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Sección Bibliográfica

R odríguez A drados, F rancisco : Ilustración y política en la Grecia


clásica. Madrid, Revista de Occidente, 1966, 588, pp.

La incansable actividad del profesor Adrados en el campo de la


lingüística indoeuropea y clásica, que ha cristalizado en sus dos re­
cientes y monumentales estudios sobre las laringales y la estructura
del verbo indoeuropeo; su labor ecdótica y de traductor, de la que
son buen reflejo sus versiones de Esquilo y Tucídides, así como edi­
ción de los líricos arcaicos, no han impedido al ilustre catedrático de
la Universidad de Madrid dedicar parte de su tiempo a problemas
relacionados con la literatura y la cultura helénicas en general. Fruto
de sus meditaciones es el libro que acaba de ofrecernos, en el que
intenta trazar la historia de la democracia ateniense a la luz de los
datos que los textos nos proporcionan.
Dicho así, llanamente, parecería que Adrados nos ha ofrecido un
libro más sobre el fenómeno político griego. Y ello no es así. Por lo
pronto, hay que señalar el original enfoque que ha dado el autor a
su trabajo. Como oportunamente señala en el prólogo (p. 26) «el tratar
aisladamente filosofía, literatura, historia y ciencia, rompe la unidad
esencial de la cultura griega. Puede tener un cierto valor práctico o me­
todológico en algunos casos: en el nuestro sería un proceder especial­
mente perturbador como sería un error el separar la ideología política
de la humana en general y de la religiosa — o irreligiosa— y la ciencia
o aislar a Platón de los escritos precedentes».
Se trata, por consiguiente, de tomar en bloque la producción del
espíritu griego para estudiar las interrelaciones que cada uno de los
elementos culturales presentan entre sí. Política y literatura, política
y religión, política y ciencia, o, en una palabra, interpretación del
hombre e ideología política en sus variadas conexiones.
A decir verdad— y ello es más que comprensible— tal enfoque no
ha dejado de realizarse en el campo del mundo antiguo, pero sólo
en casos particulares. El propio Adrados señala, como precursores su­
yos a Jaeger, a H. Frankel, a Bruno Snell. Cabría añadir a Pettazzoni
y a George Thomson, a Ehrenberg y a Schuhl. Y , sin embargo, la
existencia de tales precedentes no empaña la originalidad, no ya de
las tesis defendidas por el autor, sino incluso de su punto de partida,

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puesto que Adrados ha sido el primero en intentar un estudio exhaus­
tivo, a lo largo de dos siglos, de las relaciones entre pensamiento o ideo­
logía y literatura. Le debemos, pues, un libro que marcará una im­
portante etapa en los estudios de la Grecia antigua. Abarca el estudio
de Adrados el período comprendido entre los orígenes de la Democra­
cia ateniense, y su crisis, a finales del siglo v, con los varios intentos
por superarla, en especial Sócrates y Platón. Un capítulo preliminar
plantea el estudio somero de la ideología aristocrática arcaica, y ello
por la natural razón, por decirlo con sus propias palabras, de que
«la cultura griega es una creación de las aristocracias que luego, con
determinadas transformaciones, fue aceptada en Atenas en el siglo v
por masas cada vez más amplias» (p. 33).
E l origen psicológico, digamos, del libro, arranca de las medita­
ciones de su autor sobre los primeros escritos políticos de Grecia, que
los tratadistas suelen hacer remontar a Platón. En su ponencia sobre
«La teoría política de la democracia ateniense» leída y discutida en el
marco de los coloquios sobre «Teoría política de la antigüedad», cele­
brados en Madrid hace tres años (y publicados ahora por la Sociedad
Española de Estudios clásicos), insistía Adrados en lo absurdo de tal
postura, señalando que en Platón tenemos, en cierto modo, la culmi­
nación, no los orígenes de una especulación política. Y sentaba su
tesis de la existencia en la Atenas del siglo v, de dos grandes «ideolo­
gías» políticas: la democracia religiosa, encarnada en Esquilo, y la
laica, personificada en la sofística y el grupo de «ideólogos» de la
Ilustración. De ese núcleo inicial ha brotado este libro, preñado de
nuevas tesis y de explicaciones nuevas, y, sobre todo, enfocado en una
perspectiva que nos parece altamente iluminadora.
Su interpretación «política» de Esquilo me parece una adquisición
definitiva. En este sentido se mueve Adrados en las más modernas
corrientes de la filosofía clásica, que reivindican para el trágico, una
dimensión política negada sistemáticamente hasta ahora, bajo el peso
de la autoridad de Wilamowitz. Pero hay que señalar que las páginas
que Adrados dedica a Esquilo me parecen mucho más profundas que
las que actuales intérpretes han dedicado al poeta de Eleusis: así
Stoessl, en un artículo reciente consagrado a «Esquilo como pensador
político» (Am. Journal og Phil, 1952), se limita a intentar esbozar la
política práctica defendida por el poeta. Adrados va mucho más lejos
y por mejor camino, a juicio nuestro, ya que se ha esforzado por
realizar una exégesis ideológica de la obra del poeta.
Punto interesante, y difícil sin duda, es el d e si hay en la visión
esquílea del mundo y de la sociedad una evolución. L o niega Adra­
dos, sosteniendo que «más bien hay una situación de validez eterna»

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(página i86), con lo que plantea un problema que ha sido ya ardua­
mente discutido. Aquí me permitiría disentir un tanto de la tesis del
autor y plantearía a mi vez una cuestión no tocada por Adrados y
que creo importante para la cabal comprensión de Esquilo: la de si
hay una evolución espiritual en el poeta, cosa que me parece evidente,
a pesar de los escasos textos que poseemos de él. No podemos ahondar
aquí en este punto, que nos alejaría de la finalidad de una simple re­
seña, pero sí queremos señalar que desde Los Persas hasta la Ores-
tiada asistimos a un hondo proceso de profundización no ya de la
visión trágica esquílea, sino incluso de su concepción política y hu­
mana.
Parte central del libro de Adrados es la dedicada a las teorías po­
líticas de la Ilustración, que descompone el autor en dos grandes
períodos, un primero de carácter moderado y un segundo en el que
los principios ideológicos de la Ilustración son llevados a sus más
extremas consecuencias. Entre ellos se sitúa el estudio de la ideología
tradicionalista, encarnada en Herodoto y Sófocles. La parte final del
libro se ocupa de los intentos de superación de la honda crisis de
finales del siglo v, con un estudio de Sócrates y de Platón.
No es un tópico afirmar que con este libro Adrados ha llenado
una importante laguna en la bibliografía sobre el mundo clásico. La
simple lectura de esta corta reseña es una buena muestra de la ri­
queza del contenido del estudio que ha realizado el profesor madrileño.
Y aunque indudablemente no todas las tesis de Adrados despertarán
el mismo sentimiento de conformidad, e incluso en algunos casos
habrá, a buen seguro, quien se mostrará disconforme con algunas de
sus construcciones, no es menos evidente que por vez primera poseemos
un libro completo, serio y bien construido sobre la vida de Atenas en
toda su complejidad.— J osé A lsina .

José A ngel V alente : La memoria y los signos. Ediciones de la Re­


vista de Occidente. Madrid, 1966.

Desde 1963, fecha de la publicación de Sobre el lugar del canto,


Valente no había dado a la luz ningún otro libro. Y éste era una se­
lección antológica de sus dos primeros libros, A modo de esperan­
za (1955) y Poemas a Lázaro (i960), más una tercera parte integrada
por doce poemas no incluidos en libros, formando ahora parte, con
otros pocos más, de la sexta de La memoria y los signos. Libro muy

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