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Qué son las circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal y como se articulan

dentro de nuestras leyes, es algo que adquiere gran relevancia en todo proceso penal,

siempre en aras a individualizar la pena que lleva aparejada la comisión de un delito y que,
con mayor o menor acierto, se tienen en cuenta en todo enjuiciamiento de causa penal.

En Derecho, al fin y al cabo, como en cualquier otro ámbito, casi todo (por no decir
todo) es opinable.

Y nos encontramos con situaciones en las que la modificación de la pena, quizá, no es tan
“justa” como parece o debería ser (así lo vemos, por ejemplo, con el arduo tema de

la minoría de edad y la responsabilidad de los mismos por los hechos que cometen, y el
gran debate que siempre existe en torno a este tema).

Como su propio nombre indica, no son más que determinados elementos que rodean la

comisión de un hecho delictivo, y que hacen que la persona o personas que lo realizan
vean variada su pena, fijada en Sentencia, en función o no de su concurrencia.

Tales elementos son llamados, según los casos: o bien “elementos accidentales”, en

cuanto que la existencia o no del delito no va a depender de la concurrencia o no de los

mismos; o bien “elementos esenciales”, ya que, en ocasiones, sirven para calificar


determinados delitos, en cuanto que la presencia de tales circunstancias, en su comisión, es

necesaria para que tenga lugar (por ejemplo, el asesinato, que para que exista tiene que

concurrir: alevosía, ensañamiento o precio, recompensa o promesa, lo que ya conlleva una

circunstancia más que lo diferencia, entre otras cosas, del homicidio y, por tanto, la
agravante ya va implícita en el tipo penal).

Concurrencia que ha de ser valorada y probada en el seno del mismo proceso (mediante las

correspondientes periciales, en su caso, y el resto de pruebas practicadas en la vista y


propuestas por las partes).
Eximentes, agravantes y atenuantes

Se concretan a través de las llamadas: “agravantes” (que pueden ser elementos

accidentales o esenciales, según las circunstancias, cuya concurrencia genera una mayor

graduación o rango en la aplicación de la pena, esto es, se castiga al autor con más
pena); o “atenuantes” (que son elementos siempre accidentales, y que moderan la pena a

aplicar en el caso concreto, esto es, se aplica una pena menor a la señalada por el tipo
básico penal).

Y luego, en otro orden de cosas, nos encontramos con las llamadas “eximentes”, que

pueden ser, cumpliendo siempre con los requisitos que marca la ley: completas (cuando

concurren todos los presupuestos para ello, en cuyo caso la comisión del delito no será

sancionado penalmente, por ejemplo, la “legítima defensa” o el “estado de necesidad”);

o incompletas (cuando no se cumplen todos los presupuestos, en cuyo caso no tendrá

lugar una exoneración de pena sino simplemente una atenuación de la misma, por

ejemplo, si en la “legítima defensa” el medio empleado para impedir la agresión por la

víctima no es “racionalmente necesario” o no es “proporcional” al utilizado por el agresor.

Supuesto, por cierto, que genera bastantes problemas en la práctica en relación a su


valoración).

¿Cuáles son las circunstancias agravantes en el


Código Penal?

La alevosía. Esto es, aprovechar la indefensión de la víctima para cometer el delito,

“pillándola desprevenida” (por ejemplo, atacar cuando la víctima duerme o atacar por la
espalda sin dar posibilidad de defensa). Figura en el Art. 22.1 del Código Penal.
Hay que tener en cuenta que puede existir esta alevosía desde el principio, o bien

sobrevenir en su comisión como una acción posterior alevosa, distinta de la inicial (lo que
puede generar problemas de prueba).

Igualmente, no existirá esta alevosía, generalmente, en los casos de “riña” (por ejemplo, en

una pelea callejera), y es compatible con el llamado (y a veces no demasiado “bien”


valorado) “trastorno mental transitorio”.

Cometer el delito utilizando un disfraz, con abuso


de superioridad, o aprovechar determinadas
circunstancias en su ejecución

En cuanto al disfraz, basta simplemente con “cualquier ocultación o desfiguración del

rostro, de la apariencia exterior, o de la indumentaria habitual” para, así: evitar la

identificación del agresor, cometer el hecho delictivo con más facilidad o, simplemente,

para intimidar a la víctima. Tiene que utilizarse, siempre y en todo caso, al tiempo de

cometer la infracción penal (por ejemplo, robar utilizando una máscara, o la utilización de

un pasamontañas). Y tiene que ser suficientemente apto (es decir, que verdaderamente varíe
la apariencia del sujeto que lo comete).

En relación con el abuso de superioridad, se da cuando existe más fuerza en el agresor

que en la víctima, existiendo así “posiciones desequilibradas” que faciliten al agresor

cometer el delito (aquí hay que tener en cuenta que no sólo se trata de un desequilibrio

físico, sino que también puede tratarse de un “poder anímico”, pudiéndose valorar incluso,
en ocasiones, las personalidades del agresor y de la víctima a través de periciales).

Si bien en este segundo caso la prueba siempre será más difícil de practicar.

Y para entender a lo que se refiere el Código cuando habla del “aprovechamiento de las

circunstancias de lugar, tiempo o auxilio de otras personas” como agravante, diremos


que, en el anterior Código Penal, se decía expresamente: “son circunstancias agravatorias:
ejecutarlo de noche, en despoblado o en cuadrilla”.

Así, se recogía la llamada “nocturnidad” y se elevaba la pena sólo por el hecho de


aprovechar la falta de luz para delinquir.

Si bien, hoy en día, en su regulación se ha dado un paso más allá, y ahora no solamente

tendrá lugar esta agravante cuando el delito se cometa de noche, sino también cuando exista
cualquier otra circunstancia que se aproveche para dicha comisión.

Resulta llamativo hacer referencia a que, por ejemplo, si el delito se comete de noche pero

existe iluminación artificial suficiente no se apreciará su concurrencia y, por el contrario, sí

se aplicará cuando es de día pero, por condiciones climatológicas, en el lugar no exista

visibilidad suficiente (imaginemos, por ejemplo, existencia de niebla muy espesa). Se trata
así de aprovechar el momento exacto para delinquir.

Ejecutar el hecho mediante precio, recompensa o


promesa

Esta circunstancia agravante consiste en obtener una ventaja económica o material de

suficiente entidad como “condición” para ejecutarlo (pidiendo dinero efectivo o cualquier

otra cosa con valor económico como, por ejemplo, joyas). Puede tratarse de un simple

ofrecimiento (promesa) para que se cometa el delito, o tratado como una recompensa

(económica) después de cometerse el mismo. Así, es un elemento característico del

asesinato, recogido expresamente en el Código para calificarse una muerte como tal y no

como homicidio, cuando “el que mata lo hace por un precio, recompensa o promesa”. Por
lo que, en este caso, la agravante ya está recogida en el tipo.

Cometer el delito por diversos motivos


Cometer el delito por motivos racistas, antisemitas u otra clase de discriminación

referente a ideologías, religión o creencia de la víctima, o por una raza o nación a la

que pertenezca, así como su sexo, orientación o identidad sexual, género, enfermedad
o discapacidad. Estos motivos discriminatorios, para que se configuren como una

circunstancia que agrave la pena, han de haber sido motivo base (móvil del crimen) por el

que se cometa el delito. De ahí que, en estos casos (por ejemplo, actos delictivos realizados

como consecuencia de la pertenencia a determinada ideología política), la carga de la

prueba sea más compleja que en otros ya que, en ocasiones (no pocas), se hablará de prueba

indiciaria como determinante para su concurrencia (con independencia de que, obviamente,

en otros casos, la prueba que exista sea clara y evidente como ocurre, por ejemplo, en los
casos de que la víctima esté enferma o tenga una minusvalía).

Aumentar deliberada e inhumanamente el


sufrimiento de la víctima

Es el llamado “ensañamiento” (elemento también ya concurrente en el delito de asesinato

como modalidad para su existencia). Para considerarlo agravante no es determinante que

el agresor “disfrute” con ello, sino que sólo es importante el dolor causado en la
víctima.

Se trata de causar un “mal objetivamente innecesario para que se produzca el


resultado”.

Es decir, que sin que se hubiese producido tal “maldad” el resultado querido hubiese tenido

igualmente lugar, y es perfectamente compatible con el llamado “trastorno mental


transitorio”.

En este sentido, el Tribunal Supremo ha puesto de manifiesto que se trata de “poder


concretar si las acciones que componen esa agravación fueron realizadas con anterioridad a
la muerte de la víctima, pues si lo fueron con posterioridad no puede aplicarse habida

cuenta de que como tradicionalmente se ha dicho de forma muy expresiva en el ámbito

médico-forense, el cadáver no sufre”. Extremo que también presenta, en la práctica, ciertas


dificultades en la práctica de la prueba.

Obrar con abuso de confianza

Es decir, que exista confianza entre el agresor y la víctima, aprovechándose así la misma
para cometer el delito, facilitándose al delincuente, con ello, su ejecución.

Pero es importante señalar que existen determinados delitos cuya confianza ya es

parte del tipo (por ejemplo, la estafa), en cuyo caso tal circunstancia será

determinante para calificar el hecho delictivo, pero no se podrá utilizar como


agravación de la pena.

Además, en el caso de la estafa, por ejemplo, el mismo tipo penal ya hace referencia a esta
relación para imponer una pena mayor a la establecida en el tipo básico.

Prevalecerse del carácter público que tenga el


culpable

Es decir, que el autor del delito se aproveche de este carácter público para delinquir. Es

muy importante saber que esta agravante no se va a aplicar en los delitos cometidos por

funcionarios públicos en el ejercicio de sus funciones (ya que la condición de funcionario

público ya forma parte del tipo penal, que se extralimita de sus funciones para cometer el
delito).

De esta forma, y para entenderlo, se trata de todos aquéllos casos en los que el

funcionario aprovecha tal condición, pero el delito cometido no guarda una relación
demasiado estrecha con las funciones que desarrolla en el ejercicio de su cargo (un
ejemplo de agravante sería la persona con acceso a dependencias oficiales para cometer una
falsificación de documento).

Ser reincidente

Según el propio Código, “hay reincidencia cuando, al delinquir, el culpable haya sido

condenado ejecutoriamente (es decir, por Sentencia firme, aunque no haya cumplido la

pena) por un delito comprendido en el mismo título de este Código, siempre que sea de la

misma naturaleza. Así, no habrá reincidencia, por ejemplo, si una persona es condenada
(por Sentencia firme) por un delito de estafa y, posteriormente, comete un delito contra la

seguridad del tráfico (son delitos que se ubican en distintos títulos del Código y no serían
antecedentes computables en la segunda causa).

A los efectos de este número no se computarán los antecedentes penales cancelados o que
debieran serlo, ni los que correspondan a delitos leves.

Las condenas firmes de jueces o tribunales impuestas en otros Estados de la Unión Europea

producirán los efectos de reincidencia salvo que el antecedente penal haya sido cancelado o
pudiera serlo con arreglo al Derecho español”.

Y es que, como vemos, toda persona criminalmente responsable puede ver su pena

agravada por condicionantes externos que, tras su valoración, harán que, en definitiva (y
entre otras cosas), cumpla una condena mayor.