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Son muchos los venezolanos que han recibido el título de profesor y que hoy colman los

libros de historia por lo ilustre de sus carreras. Ellos han sido pilares de nuestra nación, musas
de los que muchos hemos querido ser a lo largo de nuestra infancia. Podríamos mencionar a
tantos, Andrés Bello, Simón Rodríguez, Mariano Picón Salas, Augusto Mijares, o quien le
da nombre a nuestra promoción hoy, al profesor Antonio Luis Cárdenas, quien fue el primer
rector de la UPEL y que además fue ministro durante el segundo gobierno de Rafael Caldera.
El profesor Cárdenas dijo en el año 2012 que “Si Venezuela no despierta, no se cambia la
mediocre educación que tenemos por una educación de calidad y no se detiene la fuga de
cerebros y de niños y jóvenes que se van al exterior con sus padres, el futuro de nuestro país
será de mayor pobreza, más subdesarrollo y cada vez será más difícil salir de la situación
actual, que se agrava cada día más”
Qué difícil es decir estas palabras, qué difícil es estar aquí hoy en este momento tan fuerte
que estamos pasando como nación, en donde a uno le cuesta ver los logros y que no se sientan
como derrotas. Desde el primer día en que quisimos estudiar esta carrera se nos dijo que
cometíamos un error, porque habíamos escogido una carrera que no nos daría ni prestigio ni
dinero. ¿Qué nos queda entonces? Ser la base de nuestra sociedad, ser un actor secundario en
la vida de nuestra patria en la que haremos de otros los actores principales, en los que les
daremos las primeras letras a los médicos, a los ingenieros, a los políticos de nuestro país,
nos llenaremos de pesadillas nosotros para que otros puedan cumplir sus sueños, y es nuestro
deber.
Es verdad que en estos momentos, tan duros para todos los venezolanos por igual, se nos
hace difícil comprender la magnitud del deber que escogimos con nuestro país.
Augusto Mijares dijo en uno de sus ensayos sobre unas palabras que mencionó Juan Vicente
Gómez al referirse a Santos Michelena.
El último venezolano: es como un finis patriae que resume el desaliento, la
renunciación, la derrota irremediable de todo el país, y así fue aceptado y
repetido, casi con paradójico entusiasmo.
¿Por qué? Duro es adivinarlo: porque aquella cancelación derrotista reflejaba un
sentimiento nacional, tan arraigado y unánime que durante muchos años será
repetido, en las más variadas formas, por casi todos los venezolanos.
Mucho tiempo después otro gran escritor, José Rafael Pocaterra, igualmente
apasionado y dolorido, publicará Las memorias de un venezolano «de la
decadencia»; y este título, tan amargo, que debió provocar dolor, sorpresa,
vergüenza o cólera, fue recibido, por el contrario, con la más natural aceptación.
Dijérase que expresaba también lo que todos sentían: la devastación definitiva de
la patria, o peor aún: la culpa y la ignominia de todos.
Con este título, muchas puertas se nos abren, tanto dentro de Venezuela como fuera de ella,
y nos hacemos la pregunta de qué haremos, nos quedaremos aquí y trataremos de levantar a
nuestro país desde adentro, trataremos de salvarla del momento más triste y oscuro de su
historia, o nos iremos y trataremos de construir un futuro afuera. Graduandos, profesores, la
grandeza que está en nosotros mismos se pone a prueba todos los días con cada decisión que
tomamos. Es muy fácil vivir cuando no se ha visto las dificultades que existen, pero nosotros
que hemos vivido tanto, podemos decidir no olvidar nunca, podemos decidir crecer y ser
mejores, ser mejores hombres, y que nuestros valores nos guíen en cualquier lugar en donde
nos encontremos.
Me despido con una frase que dijo Clerys Pérez en su graduación en la ULA hace ya unos
años. “En nuestras manos está que hagamos Venezuela un lugar tan bueno que las personas
no quieran dejarla. Por todo ello me permito gritar: Viva la universidad autónoma, libre,
democrática y plural. Viva la UPEL. Muchas gracias.””

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