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CAPÍTULO 2

DUELO

2.1. DEFINICIÓN
El duelo no es un proceso patológico sino una reacción normal y es un
término en el que confluyen dos factores: la comunidad o estructura colectiva y el
abordaje que deviene de estas y la dimensión particular (Pinzón, 2009). Para Ortiz
(1998, en Pinzón, 2009) la valoración de la pérdida no tiene equivalencia con los
sucesos reales, depende de la experiencia subjetiva.

Freud (2008:1917:241) consideraba al duelo como un afecto normal, y lo


definía como “la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una
abstracción que haga sus veces.”, que ocasiona graves cambios en la conducta
normal de la persona, cuya cura llegará pasado cierto tiempo, siempre y cuando
no se le perturbe, esta dinámica consta de retirar la libido del objeto amado una
vez realizado el examen de realidad, determinando que la imagen en el
pensamiento no se encontraba más en la realidad.

Según Freud el duelo propone al yo, continuar o permanecer en la medida


que este renuncie al objeto, en esta dinámica comenta que “cada uno de los
recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anudaba al objeto
son clausurados, sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento de la
libido” (Freud, 2008:1917: 243).

Para Klein (2008:1940) una parte fundamental en el proceso de duelo es la


reparación o recreación del mundo interno. En el duelo, la pena por la pérdida real,
reside y se cataliza por las fantasías asociadas a la pérdida de objetos internos
buenos, buscando entonces la vuelta, la reincorporación del objeto perdido al yo,
no del muerto en lo real, sino su imagen y el objeto asociado a la imagen.

Este movimiento, se vincula a la situación edípica y los sentimientos de


ansiedad, culpa, dolor y pérdida que le correspondieron. Klein (2008:1940) sitúa el
fantasma del duelo en momentos tempranos del desarrollo, estableciendo formas
de colocarse en la experiencia del duelo adulto. En la relación del niño con sus
padres, se produce un proceso de internalización, que no es otra cosa que la
incorporación de la imagen de los padres a la red de significantes construida por el
niño, incorporación de la cual obtendrá material para construir fantasías que serán
el punto de contraste, angustiante en ocasiones, entre la madre externa y la
interna.

Klein (2008:1940) comenta que el primer objeto de duelo será el pecho de


la madre y los significantes que se inscriben en él: amor, bondad y seguridad, esta
pérdida será resultado de la voracidad y el deseo por la vía de la fantasía de
separarse destruyendo el pecho. En un segundo momento el objeto se desplaza
dentro del conflicto edípico y las frustraciones en relación al pecho.

Una parte esencial del duelo es el juicio de realidad, en tanto que impone a
los recuerdos y esperanzas anclados libidinalmente al objeto, la inexistencia del
mismo. Klein explica el proceso del juicio de realidad en el duelo, en dos vías de
desarrollo paralelo: la renovación de vínculos con el mundo externo y el revivir la
pérdida; y reconstruir el mundo interno, que sufre un deterioro peligroso. La ruta
de culminación del duelo que Klein propone inicia cuando la idealización del objeto
amado se fractura por medio del odio, proceso lento que finaliza cuando se
asignan múltiples valores al objeto, retirando al objeto su estatuto ideal o perfecto
(Klein, 2008:1940)

Lacan en 1958, en el seminario VI “El deseo y su interpretación” dice que el


duelo abre “un agujero en lo real, que desordena el orden simbólico, en tanto que
produce un quiebre en la estructura del sujeto (Herrera, Nobles & Acuña, 2011).

Para Bolwby (1986), existe una relación entre los comportamientos de niños
ante la separación de un ser humano y las formas de duelo. Bolwby coloca
conductas básicas asociadas al duelo: ansiedad y protesta; desesperación y
desorganización; desapego y reorganización.
La separación del objeto inicia procesos defensivos que bloquean los
sentimientos de tristeza e irán asociados al objeto perdido, en donde la ira y la
agresión cumplen la función de establecer una reunión (Bolwby, 1986).

Alcaide (2010:7) encuentra una conexión entre el duelo y la pulsión de


muerte al comentar que en la estructura yoica, tenemos un yo placer (narcisismo)
que inviste a un objeto, empero cuando este objeto desaparece, el yo tiene un
vuelco a un yo displacer (masoquismo), proposición desde la cual Freud introduce
el concepto de pulsión de muerte. La pulsión de muerte es una tendencia a volver
a un estado anterior, a la regresión, lo que hace es la desagregación y al hacerlo
(…) “aquello que estaba constituido como organización determinada se va
transformando en el caos, proponiendo la reorganización activa del sujeto”.

Jean Allouch entiende al duelo como un acto de sacrificio gratuito, que


escribe la pérdida en una parte del sujeto mismo. Para Allouch (2006:36) la
persona entra en duelo debido a que en el objeto perdido está inscrito algo de sí,
“un pequeño trozo de si”, es un objeto transicional cuya pertenencia es
indeterminada, el duelo terminará cuando la pertenencia del objeto sea cedido. En
el álgebra lacaniana: el objeto perdido es un objeto compuesto (1+a), en esta
ecuación no se puede pensar perder 1 sin perder ipso facto el petit a, por tanto el
final del duelo será despejar el objeto petit a del 1 indiviso. El objeto perdido no es
el cuerpo del muerto, lo perdido es lo que figuraba del muerto en la persona.

Despejar la función del petit a, permite entender la función de la fantasía


(fantasme) de: “permitir que el deseo condescienda al placer” (Allouch, 2006:42),
función la cual dependerá del contenido propuesto por el fantasma (fantôme) y lo
que otorgue a la fantasía.

Para poder analizar de manera adecuada un proceso de subjetivación de la


pérdida, Allouch (2006), plantea la necesidad de identificar la topología de objeto
perdido; entender el estatuto de desaparecido del muerto, no de inexistente. El
duelo es una experiencia donde la percepción de la realidad se distorsiona, se
cuestiona.
El “yo” ama al objeto que sigue estando en su psiquismo, lo ama como
nunca pero a la vez, sabe que ese objeto ya no volverá, empero su desaparición
es tan repulsiva que el yo resucita al amado bajo la forma de un aparecido, de una
alucinación (Nasio 1998).

No se trata de recobrar un objeto o una relación con un objeto, no se trata


de restaurar el goce de un objeto en su fractura particular, se trata de un trastorno
en la relación de objeto, de la producción de una nueva figura de la relación de
objeto. Siendo entonces que las identificaciones simbólicas tienden a mantener
una relación con el objeto (Allouch, 2006). En este sentido Worden (2010)
comenta que el duelo es el proceso por el que pasa una persona al adaptarse a la
pérdida de un ser querido.

El trabajo de duelo tiene su lugar en lo simbólico, el duelo no corresponde


por lo tanto a la castración, sino a la privación, la cual se entenderá como un
agujero en lo real, y la castración será bajo esta premisa un agujero en lo
simbólico, cuando se habla de lo real, se está refiriendo a lo real de la trama, no a
la realidad, la trama que impacta la parte más subjetiva de la persona (Herrera,
Nobles & Acuña, 2011).

Para Bauab de Dreizzen (2001, en Herrera, Nobles & Acuña, 2011:6) el


duelo “es dolor psíquico, pesar, aflicción, pero también es un desafío a la
estructura: un desafío a producir esa recomposición significante que le permita al
sujeto disponer de la falta instituyente recreándola”. La pérdida propone un
momento con las condiciones necesarias para que el sujeto logre re-enunciar la
falta originaria e instituyente, y proponer su propia disposición al respecto.

Savage (1992) señala que el dolor por la pérdida de un hijo en el embarazo


no se limita por lo que fue, sino por lo que pudo haber sido, ilustrado por las
proyecciones imaginarias de los padres, el restablecimiento en lo real, debe
extenderse al hijo imaginado, estableciendo una separación entre ellos. La función
del duelo residirá no en volver al lugar donde se encontraba antes de la muerte del
hijo, sino establecer un cambio en la persona, comenta además que es en el
sueño donde la relación entre la persona y el difunto continua, que en el caso de
abortos espontáneos, las imágenes oníricas del hijo ayudan a dar una realidad a la
perdida, son el principal medio para obtener el significado simbólico, en el sueño
se accede a la génesis del vínculo con el difunto y su significado.

2.2. CLASIFICACIÓN

Son muchos los factores que intervienen en el tipo de duelo, como


circunstancias de la muerte, relación con el fallecido, personalidad y antecedentes
del deudo y, el contexto socio familiar (Cabodevilla, 2007).

El duelo se puede dividir en clases o tipos: el duelo normal o agudo y el


duelo complicado (Bowlby, 1986; Meza, et al, 2008; Worden, 2010). Bowlby (1986)
identifica un correlato entre las enfermedades psiquiátricas y un duelo patológico.

Meza, et al (2008) identifican una taxonomía del duelo:

Duelo patológico. Refiere a una intensidad desbordada, al nivel que la


persona presenta conductas desadaptativas o permanece en un estado del
proceso del duelo sin avanzar hacia su resolución. Teniendo una compulsión a la
repetición (estereotipias e interrupciones a la curación). Se puede considerar
riesgo ante la presencia de este, cuando la intensidad no coincide con la
personalidad previa de la persona, evitar amar a alguien más y la prolongación del
dolor moral.

Duelo anticipado. Se presenta principalmente cuando la muerte da señas, y


se pronostica un final irremediable, la cual propone la condición de preparación o
adaptación a la situación inevitable, la pérdida.

Preduelo. Se le puede considerar una perdida en vida o sin ausencia, pues


la persona ha muerto en salud, y llega a tal grado el desplazamiento que se le
puede ver exclusivamente como la enfermedad.

Duelo inhibitorio o negado. Se niega la expresión del duelo porque la


persona no afronta la realidad de la perdida.
Duelo crónico. Cuya duración es excesiva y nunca llega a una conclusión,
existen personas estructuradas por el duelo y cuyo núcleo constitutivo se formula
entorno al duelo.

2.3. FASES

Para Bowlby (1986) el duelo es la sucesión de una serie de fases:

• Fase de embotamiento; cuya característica reside en el shock o


aturdimiento ante la noticia, terminado en una descarga emocional
habitualmente de tristeza.
• Fase de anhelo y búsqueda de la figura pérdida. La persona tiene la
sensación de que la persona aún está presente, presenta una intensa
desesperación, desasosiego y preocupación.
• Fase de desorganización y desesperación
• Fase de reorganización

En este sentido Bauab de Dreizzen (2001) distingue una lógica en los


posicionamientos de subjetividad durante el duelo: primer tiempo: frente a la
perdida en lo real, renegación, localizar la falta, nombrarla, aceptar que algo se ha
perdido; Segundo tiempo: durante este momento el trabajo implicará aceptar que
el objeto amado investido ya no está; Tercer tiempo: la persona puede consumar
por segunda vez la pérdida, perdiendo en lo simbólico lo que se había perdido en
lo real, esto permitirá la modificación de los lazos con el objeto, permitiendo la
separación y la investidura de otros objetos.

Knapp (1986, en Savage 1992), identifico 6 pautas modales de respuesta


en padres que perdieron un hijo:

1) Promesa de no olvidar nunca al hijo. Esto como medio para resolver


el vacío, a través de las memorias, preservando en lo psíquico la relación padre-
hijo y procurando la adaptación consciente a la muerte.

2) El deseo de morir. En el intento por mantener el vínculo con el hijo, el


suicidio se presenta como la opción para perpetuar ese vínculo. Harding (1970, en
Savage 1992) establece que la diferenciación psicológica de la madre y el hijo es
necesaria para garantizar la aceptación de la muerte del hijo.

3) Revitalización de las creencias religiosas; Esto debido a la búsqueda


de sentido a la muerte del hijo, en un intento de hacer consiente a través de la
experiencia de lo numinoso.

4) Cambio de valores; En el caso de los pasos 4 y 5, Knapp establece


su existencia después, estableciéndolas como un periodo de restablecimiento en
la vida cotidiana de la familia.

5) Incremento en la tolerancia;

6) Sobra del dolor.

2.4. EL CONCEPTO DE OBJETO

El concepto de objeto en Freud remite hacia la pulsión, el deseo y el amor.


En el primer ensayo de teoría sexual, Freud (2008: 1905) establece una distinción
topológica entre pulsión y estimulo, en donde establece también que las pulsiones
deben su distinción entre sí a la relación de sus fuentes somáticas y las metas
sexuales.

Freud (2008:1905) genera una topología, en un primer momento habla de


pulsión como un estímulo interno, en una categoría interna distingue el concepto
de libido, definido como un tipo de energía ligada directamente con la excitación
sexual, del cual deriva la libido yoica, energía psíquica destinada a la investidura
de los objetos sexuales, he aquí cuando toma un cuarto peldaño categorial y es
libido de objeto, en cuanto los objetos sexuales se les es retirada esta energía, la
misma fluctúa hasta regresar al yo, categorizando al yo como objeto y siendo
entonces una libido narcisista.

Para Klein (2008:1940) las relaciones de objeto, refiere a los objetos reales
y totales. Lo “Real “y lo “Irreal” son conceptos que toman sentidos hasta que les
das significado, y esto en el niño toma significado por el contraste de la palabra
(signo) con lo que nombra la palabra: el objeto, y evoluciona cuando el niño es
capaz de retener una imagen para el concepto, cuando simboliza, por tanto, el
sentido de la realidad está íntimamente relacionado con el concepto de objeto y la
relación que pudiese entablarse con él, la relación con el objeto es proporcional al
entendimiento del deseo y la omnipotencia propia y de los otros (Klein,
2008:1921).

Objeto de pulsión

Para Freud (2008/1915) el objeto será el medio para alcanzar la meta que
representa alguna aptitud satisfactoria. El objeto sexual es para Freud una
condensación de caracteres de ambos sexos hacia los que se orienta la atracción
sexual, y la meta sexual la entenderá como la acción hacia la cual se esfuerza la
pulsión. En 1920 Freud refiere que hacer de la pulsión como el esfuerzo de
reproducción de un estado previo, que por las condiciones externas debió
resignar. Cuando de los objetos sexuales es retirada la libido de objeto, esta
retorna al yo, siendo entonces libido narcisista como lo comenté antes.

Debido a lo anterior Freud plantea la hipótesis en la cual la pulsión sexual


comienza independiente de un objeto, para después encauzarse. En el segundo
ensayo destaca la función auto-erótica, en donde el objeto de la pulsión es el
propio cuerpo de sujeto, surge ahí y puede evolucionar hacia el cuerpo/objeto del
otro. En el narcisismo primario, se presenta la antítesis del amar: el odio, esto en
el juego de la relación interior-exterior, en donde lo exterior tanto que provee de
objetos para satisfacer, es también hostil (Freud, 2008:1905).

Freud (2008:1914), propone al narcisismo como un complemento de la


libido del yo, parte constitutiva de las pulsiones de auto-conservación. En este
sentido identifica y plantea una taxonomía del narcisismo: el narcisismo primario,
cuyo origen data de una investidura del yo por la libido, bajo actos vitales de
conservación que implican satisfacciones auto-eróticas, en este sentido la libido
toma el estatuto de libido yoica, la cual pasará a ser cedida a otros objetos que
jugarán una suerte de sustituto en la que tendrán lugar las pulsiones sexuales; y el
narcisismo secundario, como aquel que surge por el repliegue de la investidura
libidinal de un objeto sobre el narcisismo primario.

Freud (2008:1914), considera que en principio la energía libidinal se


concentra en el estatuto narcisista, para después pasar a investir otros objetos, en
este sentido plantea la existencia de dos objetos sexuales primarios: la imagen
misma y la madre. Objetos que en las mujeres parecieren actuar a la par, en tanto
que su necesidad se sacia amando y siendo amadas, sin embargo logran entrar
en pleno amor de objeto, cuando un cuerpo de origen propio, pero extraño, un hijo,
se coloca como vía desde el narcisismo.

En el desarrollo sexual el sujeto pasará por organizaciones pregenitales,


desde lo oral-canibálico, donde el objetivo es incorporar un objeto, en el contacto
con el exterior para lograr una identificación; por la sádico-anal, donde el
apoderamiento del objeto se presenta como el objetivo, y cuyo valor constitutivo
reside en establecer relación con el exterior; hasta llegar a la etapa genital, cuyo
objeto buscado residirá en un cuerpo ajeno. El objeto y su elección se da en dos
etapas, primero en la etapa infantil (oral y anal), teniendo un punto medio en el
periodo de latencia, y terminando en la pubertad, durante la transición el objeto
elegido puede cambiar entre una y otra, por el ejercicio de la represión.

Objeto del deseo

La elección de un objeto toma lugar primero en la representación, en la


fantasía, a través de algunas figuras de la infancia, como los padres (Freud, 2008:
1905). El vínculo con los objetos puede darse tanto en la realidad como en la
fantasía, a modo sustitutivo, dejando el acto hacia la meta.

Colina (2006) relata al deseo como un flujo psíquico, que se busca reprimir,
es medido por lo Real, con accesos a través de la fantasía, regulado por el placer
y medido por el otro y su juicio.

Freud (2008:1900-01) entenderá al pensamiento onírico como el


cumplimento de un deseo, es a través del sueño que el deseo es objetivado, es
vuelto objeto y vivido. Existe una mudación de imágenes de lo imaginario sobre la
realidad a través de regresiones. Al reproducir el sueño lo llenamos con material
escogido o creadas por olvidos. Es en el sueño donde se maneja un objeto de
valor indeterminado pero constitutivo.

En la representación del impulso sádico-oral de devorar los contenidos del


cuerpo de la madre y por el pene del padre provoca situaciones de angustia que
surgen en los niños. El pene del padre, homologo oral al pecho, se convierte en un
objeto de deseo, es entonces incorporado y en la fantasía del varón se transforma
muy rápidamente a consecuencia de sus ataques sádicos contra él. Es el pene del
padre introyectado el que forma el núcleo del superyó paterno (Klein, 2008:1931).

El deseo tiene su sustento en el cuerpo (lo orgánico que soporta y presta


energía) y en el otro. El deseo es canalizado por la pulsión, en tanto proporciona
energía libidinal, y por el amor, el cual moldea el deseo, a partir de la satisfacción
que proveyó la madre, hacia objetos sustitutivos (Colina, 2006).

Al deseo Freud lo remonta a posiciones preconscientes y consientes, en


tanto surgen condiciones que bloquean su satisfacción en lo consiente, donde
fueron valoradas, por tanto deberá ser en el sueño la vía para levantar la represión
y dar satisfacción a través de la fantasía. El deseo encuentra su asociación en lo
consciente gracias a las huellas mnémicas del plano inconsciente (Freud,
2008:1900-01).

El deseo puede entenderse como el síntoma y dolencia en el sujeto, pero


que además sirve para monitorear la salud psíquica. De su distribución, censura y
control devendrán múltiples expresiones sintomáticas: melancolía, locura,
patologías impulsivas, neurosis (Colina, 2006).

El concepto de deseo, Borsani y Gallicchio (2008) lo delimitan como el


intento de recuperar una relación inicial (especular), completa y totalmente
satisfactoria que se ha perdido, es entonces el deseo la parte fundamental del
aparato psíquico.
Con respecto a los padres y el hijo gestado, en él ven un fantasma de los
propios deseos que deben cumplirse, aquí es donde se juega la inmortalidad del
yo, en tanto que el amor parental tiene como sustrato al narcisismo de los padres
que se satisface por vía indirecta a través de la imagen del bebé (Freud,
2008/1914).

Objeto de amor

Freud (2008/1914) comenta que se ama según el tipo de narcisismo (vuelco


sobre la imagen propia; lo que en algún momento fue la imagen propia; la imagen
que se aspiraba ser; y la persona que formo parte del sí-mismo) y por el tipo de
apuntalamiento (a la mujer que nutre, el hombre que protege) del narcisismo
primario.

Freud (2008/1912) dice que la investidura se da en objetos modelados en la


historia del sujeto, será debido a la imago que la transferencia se dé. Freud
(2008/1921) identifica el objeto de amor como aquel objeto sexual bajo el cual se
reúnen las pulsiones sexuales, donde surge una dinámica entre pulsiones
sexuales y pulsiones cuya meta sexual es inhibida. Producto de esto son los
denominados sentimientos (pulsiones) “tiernos”.

El desarrollo de estos sentimientos tiernos, en la relación del niño con uno


de sus padres, del cual torna un objeto sexual, en tanto reúne todas las pulsiones,
sin embargo, es obligado a renunciar las metas sexuales, la relación continuará,
no obstante las pulsiones dirigidas habrán de inhibir su meta Freud (2008:1921).

Freud (2008:1921), identifica el proceso de idealización en la dinámica con


el objeto de amor, en donde se da tratamiento de libido narcisista sobre él,
jugando al objeto amado en un nivel similar al yo, en esta dinámica el objeto de
amor juega en sustituto al ideal del yo, satisfaciendo bajo ciertas reservas al
narcisismo.

2.4.1. OBJETO A
Para entrar en la conceptualización del objeto a, considero pertinente
establecer el esquema R.S.I. Los tres registros: R.S.I. son un sistema de
clasificación de la dimensión de ser, estableciendo según Kauffman (1995, en
Ramírez, 2009) un modelo estructural:

Lo imaginario, encuentra su fundamento en la organización del estadio del


espejo y la relación con el otro. El objetivo de esto será la formación del yo y de la
imagen corporal, para lo cual, necesitará de la mirada del otro para sostenerle y
certificarle, será entonces la alienación constituyente del orden imaginario. Guarda
la fragmentación inicial en tanto provee de esa imagen íntegra y completa
(Ramírez, 2009).

Lo imaginario será la representación(es) desde las cuales el yo, elabora al


orden simbólico (Serret, 2006). Lo imaginario precede y sucede a la organización
simbólica (Lacan, 1990, en Serret, 2006), lo cual implica que el niño antes de ser
integrado al universo simbólico, logra integrar en unidad a su imagen ante el
espejo, percibe la diferencia entre su imagen y la de los demás, después,
establece al yo a través de identificaciones imaginarias dentro del universo
simbólico.

Lo simbólico se encuentra en la cadena de significantes, la cual alberga y


construye lo social y cultural; estructura precedente al sujeto, cuya función primera
con él será la nominación, asignándole representaciones lingüísticas necesarias
en su constitución y en las cuales serán inscritos los procesos inconscientes. Será
el entramado en el cual se ordena al sujeto, permitiendo la comunicación
(Ramírez, 2009).

Serret (2006) ubica una diferencia entre lo simbólico y lo imaginario en


donde los símbolos son referentes de significación y lo imaginario como el lugar
donde las significaciones producen, será entonces, lo imaginario la forma en la
que los/as sujetos se perciben y se desarrollan, la identidad será entonces
imaginaria.
Ramírez (2009:93) sintetiza diciendo al respecto de lo real: sería lo que es
imposible de ser simbolizado lo que no puede ser atrapado en las redes del
lenguaje. Según Serret (2006) lo natural (lo real) es arbitrario, sin significado, es
en cultura donde se asigna para establecer un orden. Con esto, establece que los
significados no devienen de lo natural, sino que son establecidos dentro de un
orden de significación. Comenta además que lo real se le puede equiparar a la
Verdad, y ésta solo es accesible de manera parcial, el yo se estructura por el
orden simbólico que le precede, el cual, le prevé un lugar, la estructura permite
ser, no es; la Verdad que se alcanza será solo la muerte del yo.

Según Borsani y Gallicchio (2008) no se nace con un cuerpo, lo que el niño


posee a su nacimiento es un organismo, es a través del contacto con el otro y la
nominación de las partes constitutivas con un lenguaje, se van distinguiendo
lugares de intercambio con el otro y zonas de placer, ambos apuntalados en las
necesidades vitales.

Para Lacan (2007) el objeto a, tiene el estatuto de simbólico, en tanto que


parte del sujeto que no está él por el corte, en tanto dice Lacan: “simbólica de una
relación fundamental con el cuerpo propio para el sujeto en adelante alienado” (p.
231), una seña además de la separación y su presencia.

El objeto a es donde se soporta la función causa del deseo. Esto lo aduce


Lacan partiendo del esquema corporal y la alienación al otro y su deseo, dice: “El
deseo sigue siempre en último término deseo del cuerpo, deseo del cuerpo del
Otro, y únicamente deseo de su cuerpo” (p. 233). Es en la metáfora la vía por la
que este deseo sigue articulado, gracias a que la causa ya está inscrita dirá Lacan
en la “tripa”, se produjo pues una imagen que daba cuenta de la falta. En este
sentido, afirman la existencia de una estructura simbólica que lo precede, un
lenguaje que posibilita que sea hablado aun antes de su advenimiento real, y que
será de fundamental importancia para su estructuración subjetiva, para su
construcción como sujeto (Borsani y Gallicchio, 2008).
Para que funcione la relación entre sujeto y significante es necesario que el
deseo estructure en el fantasma, fantasma que figura la función del a, a que se
desaparece en algún nivel del fantasma (Lacan, 2007: p. 236).

El ojo como espejo, organiza al mundo en una suerte de lógica espacial,


Lacan infiere también la capacidad que existe en el sujeto para ver lo que el ojo
organiza a través de la posición especular. Antes de ser imagen dice Lacan la
imagen debió no ser una imagen. En este sentido explica que existe algo que
precede, un Uno en cuyo sitio posee una organización del espacio, una especie de
pliego contenedor, que permite pero a la vez determina un límite a la articulación a
través de la imagen particular del espacio.

Hay, en el estado oral, cierta relación de la demanda con el deseo velado


de la madre. Hay, en el estado anal, la entrada en juego, para el deseo, de la
demanda de la madre. Hay, en el estadio de la castración fálica, el menos-falo, la
introducción de la negatividad en cuanto al instrumento del deseo, en el momento
en que surge el deseo sexual como tal en el campo del Otro (p. 246-247). Pero el
proceso no se detiene en estas tres etapas, ya que en su límite debemos
reencontrar la estructura del a como separado.

Para Lacan la identificación especular con el otro, no entraña la función del


objeto a, pero si establece su lugar, la posición en la cual se le puede figurar,
como nexo al significante, figura a la que se anuda el objeto del deseo, una sutura
a la castración por una vía especular. Algo que recalca además Lacan es la
relación del sexo con la castración a través de la figura especular, donde pareceré
que no existe relación alguna, es más una función al significante que al sexo.

Los registros se superponen figurando sectores intermedios, en los cuales


se ubica: la inhibición, como proyección de lo imaginario sobre lo simbólico; el
síntoma, como proyección de lo simbólico sobre lo real; la angustia, como
proyección de lo imaginario sobre lo real (Ramírez, 2009).

Lo que da origen a la angustia no es la separación de la madre sino el


fracaso de esa separación. La castración, es lo que salva al sujeto de la angustia.
La angustia es un modo de sostener el deseo cuando el objeto está ausente y, a la
inversa, el deseo es un remedio para la angustia (Evans, 2007).

La angustia no es sin objeto involucra un tipo distinto de objeto, un objeto


que no se puede simbolizar. Este objeto es el objeto a, el objeto causa del deseo,
la angustia surge cuando aparece algo en el lugar de este objeto (Evans, 2007).

Dicen Borsani y Gallicchio (2008) que el objeto a, como lo denominará


Lacan, refiere al objeto que llene, es ese faltante y causa del deseo.

El objeto a es el objeto del deseo que buscamos en el otro. El objeto a es


cualquier objeto, principalmente los objetos parciales de pulsión, estos objetos
ponen en movimiento el deseo. Las pulsiones no intentan obtener el objeto a, sino
girar en torno a él (Evans, 2007).

2.4.2. PÉRDIDA Y FALTA DE OBJETO

Harvey y Weber (1998, en Bellver, Gil-juliá & Ballester, 2008) definen a la pérdida
como cualquier daño en los recursos personales, materiales o simbólicos con los
que se ha establecido un vínculo emocional.

Pangrazzi (1993) enumera una gran cantidad de tipos de pérdidas:

1. Pérdida de la vida. Es un tipo de pérdida total, ya sea de otra persona o de


la propia vida en casos de enfermedades terminales en el que la persona se
enfrenta a su final.
2. Pérdidas de aspectos de sí mismo. Son pérdidas que tienen que ver con la
salud. Aquí pueden aparecer tanto pérdidas físicas, referidas a partes de
nuestro cuerpo, incluidas las capacidades sensoriales, cognitivas, motoras,
como psicológicas, por ejemplo la autoestima, o valores, ideales, ilusiones,
etc.
3. Pérdidas de objetos externos. Aquí aparecen pérdidas que no tienen que
ver directamente con la persona propiamente dicha, y se trata de pérdidas
materiales. Incluimos en este tipo de pérdidas al trabajo, la situación
económica, pertenencias y objetos.
4. Pérdidas emocionales. Como pueden ser rupturas con la pareja o
amistades.
5. Pérdidas ligadas con el desarrollo. Nos referimos a pérdidas relacionadas al
propio ciclo vital normal, como puede ser el paso por las distintas etapas o
edades, infancia, adolescencia, juventud, menopausia, vejez, etc.

La separación del objeto inicia procesos defensivos que bloquean los


sentimientos de tristeza e ira asociados al objeto perdido, en donde la ira y la
agresión cumplen la función de establecer una reunión (Bolwby, 1986).

Lacan (2008) plantea en este esquema la relación imaginaria entre a y a',


en donde el mensaje lleva y trae algo propio inconsciente, por tanto tendrá
estatuto de alienante al desconocer la relación de palabra entre el sujeto de y Otro
(Ver Esquema 1).

Al objeto se le encuentra en la medida que se sabe perdido, la unión con el


objeto será nostálgica por tanto se esforzara por buscarlo. El objeto genital es un
objeto recobrado del destete cuyas adherencias fueron satisfacciones para el
sujeto. Empero el objeto no es el mismo, esto por la lógica del tiempo, no puede
serlo, solo representará algunos signos asociados.
Para acercarse a la relación de sujeto-objeto Lacan (2008) propone el
estadio del espejo, ilustrando el conflicto de la relación dual, lo que se percibe en
lo interno y la identificación que deviene de esto.

Lacan (2008) entenderá al objeto como un instrumento no como un fin,


instrumento que se instala para proteger o enmascarar a/de la angustia del sujeto
a través de las etapas de su desarrollo. La relación establecida entre el sujeto y el
objeto se da por identificación. Lacan retoma de las ideas de Winnicott, los objetos
transicionales, de donde parte esta explicación, en tanto que serán los objetos
tanto instrumentales como fantasmáticos los que desarrollaran el deseo.

La relación de objeto, se conduce por las leyes de lo imaginario, a través


del fantasma del objeto imaginario: el falo.

Al respecto del plano imaginario y papel en la relación de objeto, Lacan


propone el esquema de la triada imaginaria (Ver Esquema 2), en donde surge
primeramente la relación madre-hijo.

Lacan (2008:18) pone en escena una pregunta que será central en esta
investigación ¿Es real el objeto, o no lo es? Lo que se encuentra en lo real, ¿es el
objeto?, que podemos aducir es que lo Real se encuentra al borde de la
experiencia.

Cuando se habla de privación se está hablando del plano de lo real, una


falta en lo real, un agujero; por otra parte la frustración se colocar dentro de lo
imaginario, algo que se desea y no se tiene; por último, la castración entra en la
clasificación de lo simbólico, una deuda. Estos términos referencian la falta del
objeto.

El objeto de la castración tiene estatuto imaginario, en la frustración el


objeto tiene lugar en lo real, y el objeto de la privación en lo real se encuentra en lo
simbólico (Lacan, 2008). El objeto no satisface el deseo, a lo único que aspira
satisfacer es la necesidad. Existe una escisión entre deseo, el producto de la
huella de la satisfacción y necesidad orgánica (Zadra, 2001).

En este sentido, el principio del placer propone la búsqueda entre sustitutos


del objeto perdido, entre significantes. Las cosas son vueltas a encontrar en los
signos (Zadra, 2001).

El deseo solo es accesible por el significante, pues existe una falta


inherente del sistema, por tanto el deseo será el deseo del Otro especular (A),
aquel que propone como digno de ser deseado al objeto (el ideal -i(a)-), sin
embargo, en este Otro existe la falta, por tanto barrado, dando sentido que la
única vía de acceso al deseo sea solo por la vía de su significante.

En la niña la falta se inscribe en lo real, es una privación, ocurre, no como


en caso del varón que es simbólica, donde la madre se presenta como el agente
de dicha privación, en el caso del varón este movimiento implica angustia, para la
mujer será dolorosa, en tanto se corrobora la falta de lo que creía poseer. La mujer
no buscará el falo singular, sino un plural, el amor (amar y ser amada) y el hijo
(Nasio, 2013).

2.6. RECURSOS DE SUBJETIVACIÓN.

Para el análisis de lo subjetivo Freud estima tres tipos de análisis: lo tópico,


lo dinámico y el económico. Freud en “más allá del principio del placer”
(2008/1920) establece la existencia de una propensión a automatizar el proceso
regulatorio tendiente a la evitación. El principio del placer tiene como genérico
principio mantener un nivel bajo de excitación, evitando sobrepasar una cantidad
de excitación disfuncional, que llevase significancia displacentera, es por tanto un
principio de constancia o estabilidad.

Para Freud es el principio del placer un primer dique o estación del aparato
anímico (2008/1920). A este principio se le presenta, no por oposición sino por
desarrollo auto-preservativo del yo: el principio de realidad, cuyo motivo es no
ceder a la búsqueda del placer, es un aplazamiento a la búsqueda de satisfacción,
una especie de renuncia discreta. Durante el desarrollo psíquico el sujeto en
cultura va procurando, no de manera consciente en algunas ocasiones, escisiones
y suturas a mociones pulsionales cuya presentación significarían para el sujeto
conflictos, y los que sobrepasan la capacidad yoica, son reprimidas, relegadas a
puntos sin la posibilidad directa de alcanzar satisfacción, es empero por vías
indirectas o sustitutivas que puede acceder, en cuyo caso el logro de esta
diligencia desembocaría en displacer por su naturaleza conflictiva inicial.

Explicación de la que parte de la distinción entre la angustia (estado


expectante de preparación ante peligros conocidos o no), el miedo y el terror en
cuyo caso el sujeto no se encuentra preparado para afrontar el peligro, Freud
empieza a bosqueja el camino por el que puede andar un sujeto para afrontar
situaciones traumáticas y hace una pregunta reveladora al respecto: “¿puede el
esfuerzo [Drang] de procesar psíquicamente algo impresionante, de apoderarse
enteramente de eso, exteriorizase de manera primaria e independiente del
principio del placer?” (2008/1920:16). Freud en este texto plantea a la abreacción
con el acto como una forma de control de la situación y por ende de su implicación
displacentera inicial, usando como principio lo transitivo, desplaza su imagen
pasiva a otro, metonimia del acto-posición y el sujeto. Deja claro que existen
medios, vías alternas que el sujeto puede echar mano para trans(re)-escribir el
objeto de recuerdo displacente y su elaboración anímica adjunta.

Para Freud en “Más allá del principio del placer” dice que los procesos
anímicos tienen una naturaleza atemporal, en sentido que su orden no es
cronológico, agrega además en “Inhibición, síntoma y angustia” que en los
procesos anímicos se incorporan estados afectivos, articulados entre vivencias
traumáticas y significantes que se recuperan a través de huellas mnémicas.
Comenta además que es en el inconsciente donde las investiduras pueden
transferirse, desplazarse y condensarse, teniendo pues que las mociones
pulsionales afectan irremediablemente.

Para Freud una pulsión es el esfuerzo de reproducción de un estado previo,


que por las condiciones externas debió resignar, resignación que nunca cesa de
aspirar satisfacción plena, aquí Freud deja un punto que analizar, la satisfacción
primaria plena, y la satisfacción plena inaccesible, por una cuestión de simple
lógica: la satisfacción primaria fue un evento pasado, es sin embargo en esta
disyunción entre el “placer de satisfacción hallado y el pretendido”, lo que
engendra el deseo mismo, por tanto las formaciones sustitutas o sublimaciones
serán siempre insuficientes.

La compulsión a la repetición dice Freud (2008/1920) es la posibilidad de


placer a la que no se accede de manera completa de una pulsión, en cuyo pasado
no presentó posibilidad alguna de placer, es por tanto una secuela sobre el
sentimiento de sí, una “cicatriz narcisista”(p.20), esto es rememorado por el
neurótico a través de transferencias dolorosas, sin embargo, Freud ya intuye un
factor determinante en la significación de la repetición: “un eterno retorno de lo
igual” (p. 22), el momento y su implicación singular, para Freud esto se debe al
avance de un elemento de “afuera” que logra vencer las resistencia, vivencias
traumáticas, momentos que superan la barrera de excitación, con lo cual dejan de
ser un evento aislado y es integrado.

En 1926 Freud realiza un ejercicio respecto de esta compulsión, asociada


con la inhibición, donde la represión demanda el desplazamiento de los medios de
acción de la moción pulsional, una renuncia parcial, en sentido que es menester
del yo buscar un sustituto que haga las veces para que la moción pulsional emerja
pero sin la significación satisfactoria inicial, ni la angustia que representaría su
ejercicio pleno, mutilando con esto también la satisfacción asociada, sin embargo
el acto se consuma, y se convierte en la vía del acto, que busca ser a través de la
repetición.
Freud en un acercamiento metapsicológico respecto del sadismo, teniendo
como base la regresión, esto según un mecanismo de vuelta, de regreso de la
energía de la libido de un objeto (considero, que no puede ser cualquier objeto, en
este caso, podría bien referirse a un objeto de duelo, un objeto amado, alguno que
implique una perdida para el psiquismo como significante) hacia el propio yo.

Freud (2008/1926) hace una distinción clara del síntoma como un indicio
patológico, donde la inhibición es un síntoma al significar una limitación normal de
una determinada función, limitación funcional del yo, síntoma que evidencia una
renuncia (parcial) de la función cuyo ejercicio desarrolla angustia en su origen, no
por el acto en sí, sino por la significación, las perturbaciones comunes en este
sentido se dan en la función sexual, la alimentación, la psicomotricidad y el
trabajo.

Algunos de los procedimientos que según Freud (2008/1926) se emplean


para perturbar la función son: 1) el extrañamiento de la libido o inhibición pura; 2)
el menoscabo en la ejecución de la función; 3) su obstaculización y su
modificación por desvío; 4) su prevención por medidas de aseguramiento; 5)
interrupción a través de un desarrollo de angustia y; 6) una formación reactiva
posterior de protesta para deshacer lo acontecido cuando se ejecutó. Algunas de
las inhibiciones orgánicas encuentran su correlato analítico en la erotización
intensa de la función de dichos órganos en los actos y su relación significativa
sexual (Freud, 2008/1926), la renuncia parcial del yo, tiene sentido cuando
tenemos que el yo evita el conflicto, conflicto que pudieran representar una nueva
represión (ello) o un acto punitivo (superyó).

Freud (2008/1926) tiene claro que en el síntoma se juegan dos cuestiones,


la primera, el síntoma es un indicio, un acto manifiesto que entraña algo más, un
aspecto latente en el inconsciente; y la segunda, el síntoma como sustituto de la
satisfacción pulsional, no es el objeto, pero tiene una relación entre significantes,
que juegan una suerte de rodeo, un vacío en la ley por donde el deseo puede
satisfacerse sin la inminente represión.
Desde una argumentación económica Freud coloca a la represión como un
mecanismo articulado en el yo, justo en el PCc, desde donde colocar una señal de
displacer, cuyo objetivo es quitar la investidura libidinal el objeto de la pulsión y la
desplaza, la desprende dirá Freud, hacia un displacer angustioso, ligado a través
de una imagen mnémica preexistente. Sin embargo, esta explicación se trunca
cuando realiza el análisis de las fobias, cuyo proceso represivo no está dado por la
moción pulsional, la represión surge del represor, donde la angustia crea la
represión, teniendo que la represión no actúa sola, puede interactuar con otras
presentaciones como la regresión que intentan desplazar el objeto angustiante del
yo.

Las presentaciones sintomáticas pueden presentarse en dos dicotomías


una a través de prohibiciones, penitencias o precauciones, o por vías satisfactorias
sustitutas, cada una posible en tanto signifiquen algún satisfactor o al menos algo
menos displacente, tendrá entonces que cada formación sintomática busca ser
una formación sustitutiva (Freud, 2008/1926). La formación sustitutiva ofrece dos
ventajas: evita el conflicto de la ambivalencia y suspende el desarrollo angustioso
en el yo.

El yo dispone además de la represión de dos mecanismos la


ungeschehenmachen (deshacer lo hecho) cuyo propósito es cambiar significantes,
sobre-escribiendo en el previo, suplantándolo, dos eventos que ocurren y un solo
significante prevaleciente, “lo que no ha ocurrido de la manera en que habría
debido de acuerdo con el deseo es anulado repitiéndolo” (p. 115); y el ísolieren o
el aislar cuyo principio versa sobre la retirada de afecto del acto, suspendiendo
con esto también posibles vinculaciones, entra en juego principalmente la
concentración, la focalización cognitiva, común, sí, pero útil para los fines de este
mecanismo en tanto no permitan la asociación entre significantes, evita pues el
contacto erótico entre el yo y el objeto (Freud, 2008/1926).

La función de la angustia es generar un estado de alerta reactivo ante un


estado de peligro, para Freud esto se puede atender a partir del ataque histérico
cuya explicación deberá buscar los actos significantes que formaron el acto
correspondiente, buscar el porqué de la respuesta. La angustia parece poseer una
marca mnémica en la ausencia de la persona maternante, la separación de ella
del bebé, la ausencia del objeto, se valora como peligro el acto de separación
dado el aumento de la tensión insatisfactoria no puede ser resuelta por el bebé de
manera autónoma, este aumento de tensión representa un peligro en la economía
pre-psíquica, esta epigénesis de la pérdida del objeto se muda a otras
formaciones como la angustia de castración en cuyo significado la privación
equivale a una nueva separación de la madre. En la articulación del superyó la
pérdida del objeto-madre se vuelve muy indeterminado por la despersonalización
de la figura paterna de la cual devenía la angustia de castración, se desarrolla a
una angustia social de exclusión, y en últimos desarrollos la angustia ante la
muerte. En el caso de la mujer esta operación, refiere Freud, más que la pérdida
real del objeto, es la pérdida de amor del objeto.

La angustia como estado afectivo está bajo el control del yo, Freud articula
además un argumento interesante al decir: “las represiones probablemente más
tempranas, así como la mayoría de las posteriores, son motivadas por esa
angustia del yo frente a procesos singulares sobrevenidos en el ello” (p. 133),
argumento desde el cual se podría admitir que es la singularidad un hecho
angustioso en tanto presenta como uno de sus fundamentos la separación del
sujeto de un núcleo común alienante, se puede agregar además la implicación que
tiene el síntoma en la sujeción del individuo, esto debido a que la represión o
cualquier presentación sintomática defiende la economía psíquica y la estabilidad,
en el proceso también priva al sujeto o el sujeto concede cierta cantidad de
autonomía.

Freud en “Inhibición, síntoma y angustia”, bosqueja una cualidad que pocas


veces son tomadas en cuenta en las funciones del yo, una cualidad que resulta
crucial para el entendimiento de los procesos de subjetivación, el yo dice Freud:
“revela (…) su origen en su aspiración a la ligazón y la unificación, (…) compulsión
a la síntesis”, represión y síntoma se saben, el yo sabe que la dispersión, el
aislamiento del síntoma solo tendrá como resultado reacciones con un costo
económico psíquico demasiado grandes para el sujeto, por ende intenta ligarlos,
incorporarlos a la organización psíquica, recuperar por tanto las presentaciones
que elaboró para sofocar la angustia, recuperar su influencia en la moción
pulsional para redirigirla, para resignarla, acto claro, que no siempre logra.

El síntoma como producción psíquica responde como medio preventivo de


la angustia, y en tanto prevalezca el yo se verá a “salvo”, sin embargo, cualquier
obstáculo o privación del acto sintomático devendrá en un ataque de angustia.

Las situaciones angustiosas están en correspondencia con la etapa de vida


o de desarrollo del aparato psíquico, de esto tendremos que existen épocas o
momentos en los cuales el amor paternal y sus cuidados son centrales y
sumamente significativos para el sujeto, y momentos en los cuales los cuidados
paternales pasan a un segundo plano de importancia respecto de las relaciones
sociales entre pares. Por tanto como explicábamos previamente en el transcurso
de la maduración las condiciones angustiantes se resignan acorde a nuevos
supuestos psíquicos y culturales.

Es la perdida de la ilusión un evento traumático narcisista intenso, en tanto


que pone al sujeto en una posición en la que debe confrontar la perdida de una
parte de su propio ser, aquello que “nos mantuvo fascinados” (Baz, 1994:125).
Hay dolor, hay pérdida, pero también liberación, dado el tremendo poder
sometedor de las instancias ideales de la constitución subjetiva.

Vargas y Fernández (1994) resaltan la imposibilidad de cooptar al sujeto a,


o, de lo social, tiene como premisa que no somos entes pasivos ni preexistentes
de lo social, el otro es fundante y en tanto otros de otros participamos en la
constitución (producción) de subjetividades.

Para Vargas y Fernández (1994) la historia del sujeto está determinada por
dos factores, la constitución simbólica de la cultura y por la constitución simbólica
e imaginaria del sujeto mismo, ambos enrolados en un proceso de re-significación
en un presente perpetuo, el tiempo y el espacio son por tanto dos factores entorno
a los cuales la subjetividad se organiza.
El yo era entendido como un centro sintético consiente, es sin embargo un
lugar de desconocimiento, que encubre, evade y niega pulsiones sexuales, un
lugar escindido entre lo que sabe y dice, dentro de esta dinámica el conflicto es
uno de los principios fundamentales, conflicto entre instancias diametralmente
opuestas por deseos, pero unidas por una constitución común y dialéctica: el ello
ubicación de las pulsiones singulares, y el yo y el superyó receptor de los
discursos de la cultura y la ley del padre, cuyo resultado es la subjetivación
(Fernández, 1999), no siempre en una suerte equivalente como lo evidencia Freud
en 1920.

La falta y la prohibición son los elementos inaugurales del registro


simbólico, mediante el cual (Fernández, 1999), se intenta asir el objeto que fue en
el presente que es.

El deseo tiene un punto inaugural biológico, es, sin embargo, este punto el
que marca una demanda, una necesidad que se convierte en deseo, este deseo
se articula por lazos afectivos, pérdidas y sustituciones, figuras necesarias que
dotan de significantes que dan lugar a la subjetivación y a la palabra, a la
posibilidad de novelar la realidad del sujeto (Fernández, 1999).

Hay una cualidad en la subjetividad deseante de difícil acceso, la que tiene


que ver con la lucha por la individuación, esto debido a la constitución alienante
inaugural donde el otro (la madre) introduce al sujeto a través de su discurso, una
tercera función debe agregarse para escindir esta primera relación alienante e
introducir al sujeto, esto es la ley del padre, en cuyo movimiento se busca transitar
del yo ideal (narcisismo) al ideal del yo, una identificación edipica simbólica que
rompe con la ilusión del poder inscrita por el narcisismo, este, sin embargo, no es
un tránsito dado, es una constante como lo comenta Lidia Fernández (1999):
“profundizar esas diferencias entre el yo y el otro, entre el digo y el dicen, entre el
pienso y piensan, sin abandonar la posibilidad de ubicarnos en el tiempo y deseos
del otro”.
En el proceso de la subjetivación, la cultura juega un papel importante al
establecer trascendencia y significación al acto, postergando o inhibiendo la
descarga libidinal a favor de un intercambio entre sujetos, por tanto las
subjetividades se entraman y permean en conflictos esto debido a la multiplicidad
de discursos de las distintas formaciones culturales, de las cuales el sujeto puede
o no identificarse, en ocasiones el sujeto es eco del discurso de otros, y en raras
ocasiones es dueño de su palabra (Fernández, 1999).

Los nichos clásicos instituyentes como la familia, han visto desplazadas sus
atribuciones simbólicas a nuevos instituyentes como los medios de comunicación,
donde la figura del padre y los lazos se han debilitado constituyendo nuevos
ideales y valores, en donde el sujeto tiene que tramitar en soledad, aislado, las
complicaciones psíquicas y sociales que se le presente, lo cual da como resultado
algunas expresiones subjetivas tales como: 1) pasividad respecto de la cultura y
compulsión por el acto; 2) paradojas de vacío en el yo ante exceso de información;
3) virtualización del vínculo con el otro; 4) superficialidad en los afectos; 5)
sensibilidad impostada de una realidad virtual y cosificación del otro que lo vuelve
sustituible, desechable.

Incluso el mismo Estado como lo comenta Lewkowics y Cantarelli (2003)


explican que ante el agotamiento del Estado Nación la cual es su estatuto de
meta-institución generaba sentido disciplinario totalizador de los sujetos y sus
subjetividades la antiguas estrategias de subjetivación quedan acrónicas ante la
entrada en vigor de una nueva figura instituyente: el mercado neoliberal cuyo
objetivo no es crear un ente totalizador, es más una modalidad fragmentaria, por
tanto ya no es preciso desligar, romper o subvertir, sino ligar, afirmar y sostener.
Es por tanto, crear, de lo fragmentado crear un lugar y un habitante (habitar) de
ese lugar, dicen Lewkowics y Cantarelli: “una subjetividad situacional” (p.110).

Para Isabel Jáidar (2003) la subjetividad está constituida socialmente, dado


que requiere de una construcción colectiva, histórica y social, que articulen una
forma de leer y entender la realidad, esto a través del hecho social simbólico,
debido a que la simbolización es el procedimiento necesario que debe inscribirse
en el acto para poder significar, es un punto previo del lenguaje y de la “razón
discursiva”, es una cualidad fundante de lo humano.

Isabel Jáidar ve en el sujeto un proceso integrador, el reflejo de la


subjetividad misma, la capacidad integradora de las partes opuestas, cuyo origen
data del principio de contradicción, esto dado que es capaz de integrar los dos
puntos opuestos de la posibilidad: inconsciente-consiente, el Yo y otro, el amor y
el odio, adentro y afuera (2003:54).

“La cualidad de la subjetividad es construir sujetos y colectividades,


buscando significaciones y sentido a lo humano”, por tanto el sujeto singular
representa una variante de la subjetividad colectiva, “es simbolizado/significado”
(Jáidar, 2003:57).

Para D’Alfonso y González (2015) las producciones subjetivas son


particulares a cada momento histórico, esto bajo el argumento que en cada época
se generan formas específicas de malestar: estructural y de época.

La subjetividad es producto de la cultura, como la cultura es producto de


esta a su vez, por tanto la cultura al ser una formación social, establece un lazo
social para conformarse y con esto establecer un tipo de subjetividad que
responda a la primera condición de la cultura.

Es la Ley condición constitutiva para el lazo social, en tanto su carácter


prohibitivo y prescriptivo, por un lado reprime la satisfacción pulsional, sin
embargo, posibilita vías para su realización por otros medios, es en este sentido
fundamento externo de la función simbólica intrasubjetiva.

La Ley articula en la medida que plantea una distancia entre la aspiración y


la realización, es la distancia, un espacio de falta que actúa como causa del
deseo, es la falta lo que instaura entonces un sujeto deseante.
SEGUNDO ESTUDIO
Caso 1

Datos técnicos

La señora B tiene 38 años, está casada desde hace 15 años, tiene cuatro
hijos, siendo la mayor su hija de 13 años, seguida por su hijo de 11 años, una
menor de 3 años y una bebé de 40 días. Es la tercera hija del matrimonio de sus
padres. Nació en una comunidad del municipio de Tonalan. Vivió y trabajo durante
su adolescencia (aproximado 16 años) hasta entrada en los 22 cuando se casa y
se establece en Naolinco. Fue miembro de una familia estable de un estatus
socioeconómico medio-bajo.

El superyó de la señora B es la instancia psíquica más afianzada, esto


gracias a un proceso de alienación que se fue afianzando a través de una
identificación especular con la figura de sus padres, ambos, primariamente por las
prohibiciones a través de la ley de su padre, de quien refiere de manera reiterada:
fue un poco, estricto (…) porque no daba muchos permisos, además de cierta
inseguridad frente a ciertas figuras de autoridad que hagan las veces de su padre,
esto debido a la necesidad de confirmación, esto se refleja a través de una
muletilla que repite a lo largo de todo el estudio: bastante buena, ¿no?; si nos
regañaba ¿no?; fue bonito ¿no?

La represión se ha consolidado como un mecanismo primario, causa de lo


antes citado, bajo la lectura de la represión se puede encontrar cierto grado de
angustia e inconformidad o algún tipo de confrontación entre su estatuto de mujer
y madre.

La señora B ha sufrido dos perdidas gestacionales: su primer embarazo y el


cuarto, más allá de estas pérdidas no refiere otras igual o más significativas,
durante el estudio.

Mujer

A comenta además en la primera entrevista en relación al establecimiento


de su relación y la decisión de ella para resolver optar por su actual pareja: “fue
una de las relaciones más bonitas que yo tuve, porque, pues, yo que yo viera con
mis propios ojos nunca me fue infiel”, es el deseo del otro-hombre por ella, un
deseo que además tiene una variable particular: la exclusividad, eso parece ser
algo que motiva su deseo, crea la posibilidad de certificar su identidad sexual, a
partir de la mirada exclusiva: ella quiere ser vista por el otro y ser deseada por
este, pero no porque ella demande ser deseada por él, sino ser vista por él, por
qué ese otro desee verla por deseo propio.

Es interesante como esta variable se torna determinante en la toma de


decisión para casarse de la señora B. Cuando empieza a narrar respecto de la
relación de ella con su esposo, vuelve a la necesidad de reafirmación en la forma
siguiente: me vine a vivir con él, pues fue bonito ¿no?, discurso que después ella
intenta negar varias ocasiones: nunca pensé (…) ósea no (…) la verdad no (…) ni
por la mente me pasaba.

Esta mirada del otro deseante, y más la posibilidad de perderla parece


convertirse en el factor determinante para que la señora B determinará unirse con
su esposo.

Mujer y madre

Con la inscripción de la maternidad, de la cual refiere ser cada vez (con cada hijo)
más responsabilidad y más presión: la responsabilidad es más grande. Parece
haber una suerte de ambivalencia respecto de este tópico: la maternidad, una que
gusta de ella, pero otra que no la reniega pero no termina de aceptarla. El proceso
de alienación entorno a la figura de su madre, empieza cuando la imagen
especular de su madre inscribe un acto de correspondencia reciproca en torno a la
ley del padre: a mí no me ves (…) pues tú tampoco lo tienes que hacer. Ambas
formaciones están alienadas en torno a la función fálica, cuando habla respecto de
su madre no lo hace con su nominación de mujer, lo hace siempre investida como
madre, tendremos pues que la identificación especular es de madre a hija,
identificación alienante que a la pos de la maduración de la señora B de niña a
mujer y después en madre, esa identificación se vuelve madre a madre, aparece
pues una figura ideal del yo.
Además de la identificación con la imagen de la madre, está también
presente la figura de su padre, del cual está muy apegada, y es justamente en la
relación con su padre donde empieza a germinar el significante de la presión y
responsabilidad que años después desplazará la señora B con el cuidado de sus
hijos: reprobé en tercero, me da risa porque, mi papá decía que era descuido de él
(…) al llegar de trabajar (…) decía: ya hicieron la tarea. (…) empezó a trabajar en
Xalapa, ya llegaba cansado (…) le flojee (…) y reprobé (…) me compró una guía
para recuperarme (…) llegaban las tres de la tarde (…) era la hora de jalar el libro
y sentarme con mi papá (…) como que me sentía muy presionada. El amor que
sentía por su padre y el poder perder ese amor, han sido una angustia sumamente
significante para la señora B, angustia que hoy que tiene cuatro hijos se
incrementa por la imposibilidad de controlar y disponer un final adecuado que no
signifique alguna pérdida.

En el apartado anterior proponía el deseo de la señora B como mujer, sin


embargo, ya lo mencionaba Askman (2015), el objeto a, de la madre es el hijo, y la
madre como función que se inscribe a partir de la función fálica. Dos figuras entran
en conflicto, una división subjetiva del yo.

El objeto a de la función materna de la señora B, se encuentra asido a la


figura—fantasma de un bebé o un niño pequeño, figuras con las cuales afirma
tener más cariño: soy cariñosa con mis hijos casi la mayoría del tiempo, sobre
todo los más chiquitos.

Claro en este sentido estamos hablando de figuras especulares, pero en


cada imagen se anuda una serie de significados y significantes. En el objeto a de
la función materna de la señora B, se establece la necesidad del otro-hijo, surge
además la posibilidad de control, la capacidad de alienar, incluso por encima de la
necesidad de corte-individuación del emergente individuo, estos dos vertientes
están correlacionados de manera proporcional, mientras mayor sea la necesidad
expresa del otro-hijo, la posibilidad de control a partir de la necesidad establece la
posibilidad de controlar ese algo que se sabe fuera de sí, la falta inscrita desde Ⱥ.
El discurso médico y su implicación en la pérdida

Para la señora B el discurso medico ha significado dos cuestiones bastante


distintas pero afianzadas en la estructura subjetiva. Términos médico-sanitarios en
el discurso, la señora B en el primer acercamiento a la narrativa del primer aborto
espontaneo, usa términos como el producto, embarazo de alto riesgo, físicamente,
además de un discurso lineal, plano, o como lo dice Jean Allouch, una muerte
seca, “pérdida a secas” (p. 9), esto como un mecanismo para objetivar esa
pérdida, pero más que la pérdida, lo que representa el discurso de la pérdida, un
recuerdo de lo perdido, quitar la vestidura libidinal del evento, quitarle el sentido
afectivo y volverlo un acto, un acto además médico, pulcro, ascético.

Segundo, el discurso desde la medicina y la incapacidad de dar soporte


subjetivo ante un diagnostico que signifique la reaparición del fantasma de una
pérdida. La pérdida a partir de un aborto espontaneo hace una marca, que
establece la posibilidad de la pérdida una vez más. El primer significante que se
liga a esta marca es el embarazo en sí mismo, acto cuyo desenlace no se conoce,
dice la señora B: estás pensando que venía después; Tratar de cuidar lo que más
era, lo más posible.

Surge además la posibilidad de cuidar lo que se perdió, parece jugarse una


suerte de vuelta, un reencuentro de lo extraviado, pero con una carga angustiosa
por la posibilidad de volver a perderlo, esto claro moviliza toda una suerte de actos
que favorezcan la conservación de lo reencontrado.

Con esto se puede constatar una de las propuestas de Jean Allouch


referente del estatuto de perdido del muerto: “Desde el punto de vista de la
realidad, el muerto, lejos de tener el estatuto de inexistente y cuya misma
inexistencia sería un dato a tal punto que permitiría basarse en ella para
fundamentar decisivamente su duelo, el muerto es, como también se lo denomina,
un desaparecido” (p. 71).

Embarazo
El primer embarazo de la señora B concluye en un aborto espontaneo esto
como lo establecíamos en el análisis anterior, inscribe una huella dolorosa que
vuelve a poner la posibilidad de volver a perder ese algo deseado. Al preguntarle a
la señora B respecto de su primer embarazo, hace una narrativa del segundo
embarazo sin darse cuenta, esto en un intento claro por colocar un hecho
satisfactorio que cubra otro hecho (ungeschehenmachen) que ha sido doloroso,
frustrante, diría Freud displacente.

Una arista que surge en el análisis del discurso de la señora B. El embarazo


como goce, goce en tanto que el sujeto le es difícil de simbolizar, de apalabrar,
dice la señora B: salen, cosas, que no son común-comunes en una como mujer
(…) en la extensión de la palabra fue algo, nuevo, que no había experimentado.
En términos de Dylan Evans, el goce “expresa entonces perfectamente la
satisfacción paradójica que el sujeto obtiene de su síntoma o, para decirlo en otras
palabras, el sufrimiento que deriva de su propia satisfacción” (p. 103),

Esto pone al menos dos dudas: ¿el embarazo es un acto gozoso?, y de


serlo ¿el gozo es femenino, de la mujer (Jφ) o es un gozo fálico de la madre (JA)?

Tercera cuestión, ¿Dónde concluye el embarazo?, partiendo de los tres


registros (R-S-I), y su articulación a partir de una lógica temporal (ver esquema 3)
de un presente continuo donde lo Real se encuentra al principio de la línea
temporal, los actos y su acontecer inevitable, lo Simbólico un punto siempre detrás
de lo Real y lo Imaginario con una dinámica de onda que posee la capacidad de
adelantar a lo Real, desde esta analogía analizaremos el cuestionamiento que
surge cuando la señora B dice: fue espontaneo ósea, en la madrugada desperté y
ya tenía la hemorragia, que ese fue el primer embarazo, el segundo perdón, fue
el que ya este, se terminó.

En lo Real tendremos pues que el acto abortivo, inevitable en tanto


espontaneo, en tanto ocurriendo, en tanto ocurrido, pone fin al embarazo, existe
pues un dato que lo escribe, ya no hay donde había, donde se gestaba ya no hay
más que sangre, más que principio de realidad, es inevitabilidad de lo Real, el
trauma de lo Real. En las condiciones materiales del presente continuo el
embarazo termino, existe una privación en el momento en el que el cuerpo
expulsa el cuerpo fetal gestado, no hay vías a las que acudir cuando el acto
ocurrió, cuando el corte es tajante y sin retorno.

En lo imaginario el embarazo concluye, incluso podría decirse que concluyo


antes incluso del aborto espontaneo, muestra de esto es la imagen creada del
bebé, la imagen ideal, para este momento el embarazo y el objeto es alcanzado,
claro esta imagen deviene cuando el acto de lo Real inscribe la falta material y por
tanto la imagen ideal procura una frustración, y además la perdida de una ilusión.

Sin embargo, es en lo Simbólico donde el embarazo no termina, no


concluye, dice la señora B: el que ya este, se terminó, los otros embarazos
terminaron, pero este no. Surge pues la duda: ¿Cómo continuo entonces?,
continuo en tanto perdido, continuo en la negación de su conclusión, en la
creación imaginaria de un final con un hijo al lado del otro, un hijo que está al lado
de sus hermanos, en los sueños, continua en la duda, en el ¿Qué hubiera sido?

La pérdida de la ilusión

A través del discurso de la señora B: “ya me había hecho ilusiones”, no es una


renuncia gratuita, llevo un costo claro en su discurso, con esto resuenan las
palabras de Margarita Baz cuando habla respecto de la perdida de una ilusión:
“Hay dolor, hay pérdida, pero también liberación, dado el tremendo poder
sometedor de las instancias ideales de la constitución subjetiva” (p. 125). Desde lo
simbólico se hace frente a esta pérdida como lo argumentábamos previamente,
además surge otro discurso aún más contundente de la señora B: como que eso
se ha quedado siempre conmigo.

La pérdida de la ilusión un evento traumático narcisista intenso, en tanto


que pone al sujeto en una posición en la que debe confrontar la perdida de una
parte de su propio ser, aquello que “nos mantuvo fascinados” (Baz, 1994:125).
Este puede ser nuestro punto de quiebre, un punto de re-inscripción. El discurso
completo de la señora B es: ya me había hecho ilusiones (…) el primer bebé, y
después ya no. En el caso de la señora B esta ilusión nunca regreso, debido al
fantasma de la pérdida que regresaba cada embarazo, el miedo inscrito a partir
del discurso médico, no en sí mismo, sino porque para la señora B, el diagnostico
de embarazo de alto riesgo significa la posibilidad de pérdida como ya lo
mencionábamos. Sin embargo cuando leemos: como que yo solita me daba
ánimos (…) decía, tenemos que salir adelante (…) los dos (…) hablarle ya al bebé
(…) hay que echarle ganas, el deseo se desplaza, el vínculo con la imagen
especular de un otro, en conocimiento de gestación propia pero de existencia
independiente. Aquí podríamos ver eso de lo que nos hablará Baz.

El cuerpo y sus embarazos, su constitución médica, es una clave, parece


ser que el goce privado de la mujer, el embarazo le es privado por su cuerpo,
incluso por el discurso del otro, un otro cuyo discurso le renueva el temor de la
pérdida, un recuerdo de su incapacidad, un recuerdo de la frustración, frustración
en su identificación sexual como ser femenino.

Dolor y Culpa

Como se supone que son los abortos, decía la señora B al referirse al sentimiento
físico de sufrir dolorosamente un aborto espontaneo. Pareciere que el sufrimiento
sobre la carne redujera la implicación subjetiva dolorosa o de culpa, una suerte de:
te perdí pero me dolió hasta la entraña perderte.

Pareciere ser que la espontaneidad del acto, la quietud del cuerpo ante la
inminente, la perdida, su incapacidad para poner resistencia para que no ocurra
incrementa el sentimiento de culpa ante la pérdida.
Es la pasividad entonces el significante que entraña la culpa.

Objetivación de la falta

Después del evento, después del dolor, después de la renegación desde lo


simbólico como último bastión de perpetuación de lo perdido, sin embargo, la falta
sigue presente, el objeto a, figurado en el fantasma del hijo perdido debe buscar
otros medios menos lascivos para el psiquismo de la señora B y entonces surge
una posibilidad, un hogar nuevo, un lugar que llenar, dice la señora B: de que nos
salimos de allá (…) ya veía lo que me hacía falta (…) vi la necesidad (…) mis
propias cosas.

La subjetivación a partir del trámite a través de lo Real, el vacío re-escrito


por la pérdida del objeto a, la falta puede ser ligada entre significantes, la cultura
es basta para establecer significantes que circundan el vacío y la posibilidad
material de llenarlo, en el caso de la señora B es claro que un hogar se está
jugando como un lugar que hace las veces de útero gestante, un lugar de
resguardo, un sitio donde los hijos terminan de gestarse, de desarrollarse, es
necesario tenerlo acondicionado, lleno, lleno con lo necesario y además propio.

Sin embargo la falta puesta en evidencia por la pérdida de objeto a


investido por la figura especular del hijo en gestación perdido no logra ser
satisfecha por desplazamientos objetales, este fantasma necesita un objeto que
sea igual, que tenga las mismas propiedades simbólicas.

En el caso de la señora B ocurre, se pone en evidencia cuando dice: del


aborto nació Emili, una sutura simbólica a la frustración imaginaria, y la privación
en lo Real. Sin embargo, existe algo que se escapa, un ver-saber que pone un
malestar respecto de la sutura simbólica.

En esta dinámica puede establecerse un metarelato en las categorías de


Estar y Tener. El Estar, como más allá del sujeto, fuera de él, el estar como un
lugar, un sitio ubicable, ubicación claro no solo en un espacio físico, sino también
imaginario. El Tener, se encuentra en un estatuto de posesión, en la posibilidad
tangible o simbólica de posesión. En el caso que estudiamos estas categorías se
anudan a partir de la imagen, el ver, estas posibilidades pueden ser:

Ver porque esta Ver sin Estar


Estar porque lo veo Estar sin Ver
Lo veo porque Tengo Ver sin Tener
Tengo porque lo veo Tener sin Ver

Cuando la señora B dice: va a estar, era mi hija, ya éramos tres, está


estableciendo la primera columna, esta su hija porque es constatable con un dato
óptico, incluso aritmético: ya éramos tres, esta porque la ve y la ve porque esta, la
duda resuelta del estar bajo el argumento del principio de realidad, y la
confirmación de la ilusión al estar. Era mi hija, el estatuto del tener, la veo porque
la tengo, y la tengo porque la veo, el intento de sutura de la falta evidenciada por
la pérdida del fantasma del objeto a, a través de una imagen: tengo ese algo
porque lo veo, sin embargo, ¿si lo veo es porque lo tengo?, la sutura simbólica
aquí se fractura y mantiene y lo evidencia la señora B al decir: llegue UN hijo tuyo.

Hay un dato que no se puede negar, incluso aritméticamente: dos no caben


en uno sin la irremediable pérdida: llega un hijo pero en el discurso aparentemente
satisfactorio deja algo más, la llegada de solo uno donde hubo la posibilidad de
dos.

Los sueños

Un recuento técnico de los sueños que la señora B presenta el primero después


del aborto, después del nacimiento de su primera hija, después del nacimiento de
su primer hijo, y uno después del segundo aborto, con el cual terminan. El primer
sueño pueden ubicarse la culpa: se supone que era mi hijo y como lo deje aquí
(…) arriba en la azotea, más que evidente la puesta en marcha del reproche del
dejar, del no hacer algo, de tenerlo en un lugar seguro, además la azotea, el lugar,
un sitio fuera de la casa, el sitio donde termino después de la expulsión del acto
abortivo, como no lo volví a meter y cuidarlo, porque lo deje.
Surge además el tener sin ver: tenía yo ya un bebé, pero nunca pude verlo
así, como ahorita estoy viendo a los niños, (…) no nunca lo pude ver. Estar sin
ver, un saber que se infiere o supone, en el caso de la señora B lo que esta es el
hijo sin rostro, la imagen frustrada del ideal. Ambos estatutos del Estar sin Ver y el
Ver sin Estar apuntan a la figuración fantasmatica que tramitan la certeza, en el
caso de la señora B existe una falta de certeza, solo una su-posición, un saber
que se infiere. En el caso del Ver sin Estar se encuentra del lado de la certeza, de
la negación completa a través de la alucinación una negación completa del hecho
Real, con la constatación a través del dispositivo óptico del presente Estar.

La certeza o el conocimiento refiere la señora B es algo que le ha faltado:


creo que por él, el recuerdo (…) que queda y el que pudo haber sido, por tanto el
Estar sin Ver.

Después del nacimiento de su primera hija el sueño versa: estaba sola (…)
iba perdón con otra persona nunca pude ver la cara de la otra persona, que iba
conmigo pero como que entrabamos a una casa, abandonada, y este, y veía un
porta retratos en una mesa viejita, y estaban dos niños con pañal nada más
sentaditos como de unos nueve meses me imagino más o menos, y este, y
si…la persona que iba conmigo me decían que eran mis hijos, pero, yo decía
pues (…) que eran…mis hijos (…) como que no tenía mucho sentido pues ya
tenía una hija, y eso. La casa abandonada, pone de sustrato algo que dejas,
poníamos en el análisis la correspondencia simbólica de la casa de la señora B,
con el vacío que quedo en el útero gestante, por tanto la casa abandonada podría
apuntar a la gestación que se dejó, que se olvidó, la vuelta del significante del
vacío.

Surge además una persona que después encontrará rostro en el último


sueño de la señora B, una identificación especular con la imagen de la embaraza,
ella embarazada, ella ante un espejo con la germinación de un embarazo, un
nuevo embarazo, claro en el segundo sueño la otra persona era la escisión yoica
recesiva, dejada, la figuración de lo abandonado recordando la existencia de dos
hijos indiferenciados además pues dice en un segundo momento la señora B: eran
toda la cara de Sinaí cuando estaba chiquita, el intento por suturar con uno, dos,
pero la renuencia por admitirlo en lo inconsciente, indiferenciados sí, pero dos al
fin.

Esta cuestión se repite en el tercer sueño que aparece después del


nacimiento de su primer hijo, sin embargo, aquí surge un nuevo mecanismo de
defensa ante la imagen angustiosa y cito: cuando soñé a los trillizos, a esos no les
vi la cara cuando supuestamente yo los iba a destapar para verlos, no, ahí me
despertaba, se saben tres, pero ahora no tienen rostro, mejor dicho se evita ver su
rostro, y el mecanismo es el corte, cortar el sueño mediante una excitación
corporal: despertar. Entonces parece que aquí surge un mecanismo que busca
subjetivar la falta puesta en evidencia a través de la duda.

La duda surge en el discurso como: no tenía mucho sentido pues ya


tenía una hija, aquí se vuelve más explícita la crítica que propone Jean Allouch
con respecto del principio de realidad, no es desde el principio de realidad que se
intenta desplazar la libido, no es porque ya no esté en vientre gestando, es más
por una apelación a esto, el poner en duda una realidad imaginaria articulada,
evitar la evidencia directa y completa de la falta, un metarelato de: No, ya tengo
una, no pueden ser dos.

Aparece un cuarto sueño donde los mecanismos de defensa que buscan


afianzar esta apelación al principio de realidad, poniendo en marcha la creación
imaginaria de una escena acechante, grotesca, incluso angustiosa: lo volví a
soñar igual que tenía yo, (…) estaba como en un hospital, pero, esa vez sí
estuvo como que medio feo el sueño porque yo veía al niño, al bebé que
supuestamente era mío, que tenía todos los intestinos de fuera (…) a la ahora
que yo volteaba a ver así como en los cuneros veía al niño que tenía los intestinos
de fuera. Lo volví a soñar, a quien, al hijo perdido, sin embargo, aquí se vuelve
más evidente la apelación a la duda: supuestamente, además cambia de
escenario, ya no es la casa de los otros sueños, ahora es un hospital, un lugar
ajeno, un lugar donde muchos se quedan, un lugar donde un discurso ajeno al
propio reina, un lugar donde muchos mueren o sobreviven, entonces el hijo se
queda ahí donde yo no puedo hablar, ahí donde no puedo controlarlo.

La necesidad y el otro-hijo

La necesidad del otro-hijo(s) un punto que es necesario establecer, que el


otro te necesite, que suture la frustración: como tengo más hijos, siento que no me
quede ahí, frustrada. Un otro-hijo que haga las veces de lo perdido con la misma
capacidad simbólica que establezca la función que le establece al hijo: la
necesidad, dice la señora B: más cuando tienes hijos, ves que te necesitan
también, el otro con el que puede establecerse la función materna, podríamos
decir que la señora B quiere establecer una renuncia, una renuncia que no es
propia, una renuncia que surge ante la demanda del otro: te sacan de tu depresión
quieras o no (…) es como una terapia (…) el que salgas a ver. Una demanda que
parece atender la figura materna cuyo objeto a es el hijo, y el otro como tal,
necesita atenderlo, intentando borrar esa falta, sin embargo no ocurre tal renuncia
de manera gratuita, una cierta renuencia, un intento por no dejar ese lugar
doliente.

La señora B establece una curiosidad topológica quedarte ahí, una


ubicación creada por la herida, esto pareciere apunta a la posibilidad obsesiva de
la compulsión a la repetición, un lugar que además es doloroso, como tener que
regresar, estar en él (el lugar-momento) como una forma para pagar el costo de la
pérdida.

La primera vez

Pareciere que el primer evento es el que más significancia tiene en el caso


de la señora B, es en el que se enrolan casi todos los discursos, pero más allá de
la especulación valorativa del primero, a parecer una cuestión que no tienen los
posteriores, no hay algo que lo compense, dice la señora B: ya como que no sabía
si iba a tener o no, la puesta en duda del tener en lo manifiesto, en lo más
traumático de lo Real, esto claro disminuye cuando ocurre un aborto espontaneo
en un segundo embarazo ya teniendo un hijo: el no quedarme pensando en que
me voy a quedar sola, que como hemos visto, no priva el dolor, pero se tiene más
herramientas para apelar a la pérdida, sin embargo, como lo dice la señora B: el
sentimiento es el mismo, sigue escribiendo la falta y su puesta en evidencia.

La muerte ante la subjetivación

Porque apela la señora B, a través del registro imaginario a no olvidar,


Allouch establece la necesidad de ubicar a la muerte en el contexto histórico de
los sujetos para entender cómo se están posicionando ante la pérdida, en este
caso la ubicación de la señora B ante la muerte y de la muerte versa sobre la
finalización de todo, dice la señora B: se acaba, todo, tu vida, tus planes, (…),
borrarte totalmente de este planeta, (…) a mi si me da miedo a la muerte,(…) me
da miedo, y a la vez tristeza morirme, dejar de existir, y que nadie te recuerde
¿no?, ósea eso, morir es que alguien te olvide, (…) cuando paso por el panteón
como que me da tristeza, que un día vaya a acabar ahí. Lo más interesante es que
en el contexto cultural mexicano hemos vivido una cosmogonía donde los muertos
regresan, donde los muertos les recordamos año con año a principios de
noviembre, para nuestra cultura morir es ser olvidado, ser borrado, como diría la
señora B, esto impactaría en los mecanismos de subjetivación que buscan ocultar
la falta.

Surge además una arista, la religión, varios autores apuntan a esta


dirección diciendo que existe una revitalización de las creencias religiosas debido
a la búsqueda de sentido a la muerte del hijo, la señora B se desenvuelve en un
contexto sumamente religioso, dice incluso: la vida la lleva Dios. En este sentido
crea un lugar donde puedan estar, un lugar fuera de sí, en el cual los perdidos
pueden estar: creo que mis hijos están con Dios, son ángeles que abogan por ti.
Un lugar ya no en sí donde el recuerdo afecte y renueve la falta, sin embargo, esto
sigue siendo un intento y se pone en evidencia cuando la señora B dice: tratar de
creer que es verdad, es una forma, un mecanismo para obtener la certeza de que
están y están bien, y si están bien, entonces no es necesario cuidarlos, porque
alguien más los cuida, incluso poseen la capacidad de cuidar desde el lugar del
otro.
Caso 2

Aspectos técnicos

La señorita A nace en la ciudad de México, es la segunda hija, la hija menor, tiene


26 años de edad. Su padre murió hace 9 años a causa de un paro respiratorio
causado por complicaciones derivadas de la diabetes mellitus y daño renal. Su
madre la ha acompañado en casi todo su desarrollo y es con quien ha tenido más
contacto afectivo. La hermana de la señorita A es la hija mayor por un año, se
encuentra casada y refiere la señorita A esta distanciada de ella. Actualmente está
terminando una carrera técnica en estilismo.

Con respecto a las pérdidas que le han supuesto a la señorita A un proceso


de duelo: ha sufrido la pérdida de dos embarazos, muerte de su padre. Sufrió
además una violación a los cinco años de parte del hijo de un amigo de su padre,
violación de la cual contrae una infección urinaria que fue importante en sentido de
que puso en peligro su vida. Respecto de este evento genera un mecanismo
represivo: una amnesia disociativa, genera además una escisión yoica, surge a
partir de aquí la señorita a y la señorita a', tramita el trauma a partir de su cuerpo:
la infección urinaria, dice: perdí todo lo de mi niñez, todo lo que había pasado,
todo, todo se me borro, de la cual dice ser la causa de su pérdida de memoria en
un inicio, defensa que deviene mientras se avanza en las entrevistas. Incluso llega
a percatarse de una serie o ciclos emocionales, en los cuales, durante ciertas
épocas del año presenta características emocionales específicas, esto claro, como
respuesta a la disociación yoica que intenta articularse pero que ante la
incapacidad de articular un todo único, lo disgrega en periodos uno tras del otro,
da lugar a cada señorita a', sin embargo el sustrato significante latente en cada
periodo es la tristeza, dice ella: una profunda tristeza. Profunda puede leerse aquí
como un evento del que dista, lejano, en su niñez temprana desde donde emerge
la tristeza, la cual busca metabolizarse por varias vías emocionales: irritación-ira,
tristeza.

Tenemos pues toda una serie de pérdidas, enroladas cada una, la puesta
en evidencia de la falta sin un acto que sirva como medio que haga las veces
como aparece en el caso de la señora B, del objeto simbólico con características
similares para poner en duda la falta.

A partir de los 10 años la señorita A empezó una mudarse de cuidad en


ciudad, la primera a Perote (Ver.) y de regreso a la Ciudad de México, sin
embargo, a partir de la muerte de su padre se vuelven más frecuentes, al menos 6
lugares hasta que llega a vivir donde vive actualmente. La incapacidad para
establecerse en un lugar parece fortalecer su síntoma, porque el andar de lugar en
lugar permea en la capacidad de establecer un lazo social, algo que ella de
manera casi manifiesta demanda: tener amigos, dice: una persona que sí te preste
atención.

Desplazamiento y el aislamiento

Utiliza dos mecanismos el desplazamiento y el aislamiento. Parece ser que


recuerda solo las cosas malas como respuesta hacia ella misma, como un castigo
a la pasividad ante el acto, a su incapacidad de responder, a la duda que le
embargo para decir lo que le ocurrió, “solo recuerdo las cosas malas”, solo
recuerdo “la cosa mala”, cosa mala que aun hoy no la puede nombrar, no es que
no recuerde, es que se ha concentrado en cosas que no le signifiquen un
desajuste a la estabilidad, porque perder esa estabilidad tendría como
consecuencia recordar el acto, una estructura endeble en la cual cualquier
movimiento en cualquiera de las aristas, cualquier intento por cambiar algo,
significaría la caída de la ilusión de no haber nada, hasta el momento es la
enfermedad la causa, enfermedad que sabe no es la causa, pero que sin
embargo, es más fácil decir o nombrar como la culpable de su falta de memoria y
su perdida.

Los recuerdos

Los recuerdos en la señorita A tienden a presentar una compulsión a la


repetición: creo que recuerdo los sucesos que han sido más marcados en mi vida,
pues los trágicos (…) si recuerdo las cosas que, han sido malas para mí. No
puedo dejar de aislar el abuso que sufrió durante su niñez, como un punto desde
el cual esta articulación compulsiva empieza a articularse, claro toma cuerpo con
la enfermedad a la cual aísla la condición traumática, es menos doloroso
psíquicamente creer que su por una infección urinaria es la pérdida de memoria, y
no por el intento por borrar el abuso sufrido, del cual durante el análisis surge el
significante de la pasividad ante el acto, la incapacidad de hacer, el sacrificio
gratuito, la posición de ser un sujeto sin verdad, sin discurso, un sujeto que no se
le escuchará.

Dice Freud que esto se debe al avance de un elemento de “afuera” que


logra vencer las resistencias, vivencias traumáticas, momentos que superan la
barrera de excitación, descripción más atinente no puedo encontrar, dice la
señorita A: hizo que me mojara, me quito más de lo que se ve, me quito el control
de mi cuerpo, que es entonces la compulsión a la repetición en este caso, yo diría:
un intento por recuperar ese cuerpo, el control, volver a construir a partir de esa
escisión yoica incapaz de integrar un todo-cuerpo, una imagen especular: no me
imagino yo. Como ser sin imagen que permita crear.

Parece que esta condición merma su condición de deseante en sentido que


su deseo se articula desde una posición histórica atemporal, además
desarticulada, incapaz de tener una imagen especular actual con formular un
deseo nuevo, como re-escribir, como re-significar.

Por otro lado, está la condición aversiva de los recuerdos, que se deben
tener en cuenta, son situaciones dolorosas, me pregunto si se están jugando como
reprimendas contra sí misma, por su incapacidad de actuar y responder.

Surge además la pregunta por la segunda figura en la que se posibilita la


opción del abuso, una niña menor que ella, una por la cual se sacrifica, una que es
su prima, esto es interesante porque la figura de la prima como arquetipo surge
recurrentemente en toda las entrevistas: como cuidadoras, como amigas, surge
incluso más que la imagen de su hermana. Una figura que me pone a cuestionar
la formación del superyó o de la función materna en la señorita A, porque el
discurso que articula, el deber de cuidado de un otro menor, la capacidad de ver al
otro y sentir empatía, e incluso más, sentir el deber de cuidado y sacrificio por él,
me recuerda las palabras que repite una y otra vez la señora B: el tener hijos es
sacrificar lo que quieres, por tus hijos, pero la señora B tiene 38 años cuando
articula esto, me pregunto que motiva a una niña de 5 años, como o cuando se
articula esta función de cuidado, que trasgrede al narcisismo de las edades
tempranas.

Des-madre

Hacer desmadre es un significante que regresa una y otra vez en el discurso de la


entrevista inaugural de la señorita A, aparece además acompañada de una
implicación de volumen-cantidad en la que el acto es de mucha importancia,
podríamos calificarlo de exagerado, trasgresor incluso de las normas, sin
embargo, cuando continuamos “leyendo” te das cuenta que el acto mismo no es
de tal importancia, empero lo es, lo es en tanto constata una queja hacia la madre:
“mi mama no quería trabajar” (ríe)”, surge además un “como”: “como voy a dejar a
mi mamá”, un como implicando resignación, un como que denota que en esa
condición (temporal y social) no es posible dejarla, es necesario otro como, de
igual modo aquí surge el discurso paterno, aquel que en un sueño surge y que
además ata a la señorita A, a estar y cuidar de su madre.

Atadura por demás pesada para la figura de la señorita A, ante esta


demanda del otro paterno la señorita A articula un mecanismo regresivo y dice:
era yo chiquita, esto nos puede remitir a la constitución creada por el abuso, y la
implicación del deber de cuidado. Para articular esto es necesario que realice un
pequeño ejercicio entorno al evento traumático y su evolución posterior.

Después del abuso la señorita A no pudo decir, ante el miedo de no ser


escuchada, de no tener la capacidad de verdad suficiente para ser creída, por
tanto el silencio impuesto hizo que la demanda buscara otros caminos, otros
medios de enunciación, en este caso, la vulnerabilidad y la sensibilidad ante la
queja o agresión de los otros, hacer que la madre la viera y la escuchará por haber
recibido una agresión por más mínima que haya sido, cuidarla, en un claro intento
por decir el evento traumático que motivaba realmente esos actos discursivos, una
especie de pedro y el lobo, digo que viene el lobo, un lobo que no es el lobo, un
lobo que le ofrezco cuerpo y ubicación en otros: como la hermana, para evitar
decir que el lobo ya vino, esto como en el caso de pedro llevo a que la madre la
dejará de escuchar a la larga, porque el lobo no llegaba y nunca lo haría, ya había
venido y se había tragado el cuerpo de ella.

Empero debo agregar otro factor, el joven que abuso de ella era conocido
de su padre, hijo de su compadre, por tanto lo volvía a ver, tenía que convivir con
él, entonces el lobo no venía pero podría hacerlo, porque estaba en la aldea,
estaba en su familia. Yo cuide y a mí quien me va a cuidar, parece ser el
metarelato que se posibilita y que sigue vigente, por eso es sumamente
significante el des-madre y el mecanismo regresivo ante la demanda de cuidado a
su madre.

El hacer des-madre, entonces tiene ese objetivo hacer otro como, otra
forma de separación, es quitar el “exceso de madre”, madre de la que lleva el
mismo nombre, toma sentido la constante necesidad de exagerar y tener las
acciones como demasiado, no es de menos querer quitar un poco del otro, des-
alienar, no solo de la madre, esto ocurre también en el caso de las normas, se
presenta un intento transgresor de las normas, un intento del mismo objetivo, en
cuyo caso refería del mandato del padre, de la implicación simbólica de la ley del
padre, las rompe simbólicamente, dice: nos salíamos de la clase, sin embargo casi
inmediatamente surge la angustia ante la pérdida del amor paterno, por lo cual
disminuye la implicación de la trasgresión y dice: pero no nos salíamos de la
escuela, si trasgredir, pero solo un poco, lo necesario, un intento temeroso.

Pero entonces me pregunto y qué hacer con lo madre que se quitaría,


donde lo pondría, y la respuesta que sale obscenamente posible es: a su propia
madre, demanda y queja se articulan pues en este discurso, las quejas son
reiteradas y surgen en su discurso al confundir a su madre con su hermana.
Encontrar quien le cuide, como ella cuido, parece ser el objetivo del des-madre en
ella.

El otro en la significación y subjetivación del duelo.


El otro en la significación de la pérdida, en el caso de la señorita A comenta su
sorpresa al ver a su hermana tranquila en el último momento funerario de su
padre. Se pone en juego aquí un factor interesante, que nos empieza a constatar
lo que la antropología comenta respecto del concepto de luto, un ejercicio de la
comunidad ante la pérdida de uno de sus integrantes, ante la presencia de la
muerte, aquí el papel del otro y más que nada su ejercicio, la imagen que
presenta, la de un otro que no sufre. Haciendo un ejercicio a partir de este
enunciado podríamos tener al menos dos posibilidades de interpretación: ¿Por
qué ella no sufre?, como una exclamación de denuncia: “¡era (es) nuestro padre!”,
y la segunda: ¿Por qué yo si sufro?, como un enunciado melancólico, ante el otro
como reflejo, espejo contrario, y la incapacidad para identificarse e incluirse en un
grupo.

El estadio del espejo suscita de tal modo una tensión agresiva entre el
sujeto y la imagen. Para resolver esta tensión agresiva, el sujeto se identifica con
la imagen; esta identificación primaria con el semejante es lo que da forma al yo.
No hay nada más semejante en lo simbólico que una hermana en esta situación.

El momento de la identificación, en el que el sujeto asume su imagen como


propia, es descrito por Lacan como un momento de júbilo (E, 1), porque conduce a
una sensación imaginaria de dominio; "él júbilo del niño se debe a su triunfo
imaginario al anticipar un grado de coordinación muscular que aún no ha logrado
en realidad”.

En el orden imaginario, el autoconocimiento es sinónimo de incomprensión,


porque el proceso de formación del yo en el estadio del espejo es al mismo tiempo
la institución de la alienación respecto de la de terminación simbólica del ser.

Surge además la imagen de los otros, cuando dice: me acuerdo como nada
más la gente me veía llorando, como si dijera porque está llorando, además
también: yo estaba afuera, estaba viendo afuera (…) desde la ventana, pero,
nadie, creo que nadie, se acercó a mí, a estarme el pésame, a abrazarme, y pues
yo me fui a encerrar a mi cuarto. Si ubicamos al otro en la situación social, este
otro tiene un valor simbólico sumamente importante, analizado desde el dispositivo
óptico, como imagen especular con la cual el sujeto puede identificarse, alienarse
en una condición de doliente, en el caso la señorita A, esta identificación se trunca
porque lo que encuentra es una mirada agresiva, por lo tanto la alienación,
constitución e investidura como doliente no se da, leída como una exclusión, una
escisión del grupo en luto. El lazo social es una parte importante en el trámite de la
pérdida, se juega como un estatuto simbólico de conjunción con el Otro, otro
además masculino, estado que comparte simbólicamente con su padre muerto,
además de la posibilidad de identificarse con un otro doliente, alienación que
permitirá tramitar por proyección e introyección, esto gracias a que el otro posee
otras herramientas, otros discursos con los cuales tramitar la pérdida.

Este trámite se dificulta además por la ruptura familiar que provoca la


muerte de su padre, la cual además hace que las tías y la línea familiar paterna de
la señorita A, se alejen, las releguen, las borren a ella, su hermana y su madre.

El ideal imaginario

Justo después de la muerte de su padre, la señorita A sueña con él, pero antes de
esto pasa una cuestión interesante con respecto del espacio donde decide dormir,
una vez más con una prima menor que ella, dice: me acosté en su cama donde
había muerto con mi prima, compartir la cama del muerto, dormir donde murió.
Primera lectura, la muerte como un sueño eterno, desde este punto podríamos
figurar que el dormir podría ser un intento por seguir al muerto donde los muertos
van. Segunda lectura, dormir donde se fue para ser depositario del alma en carne
propia, un intento metafísico del rito funerario de levantamiento del alma, práctica
que parte de la premisa que donde el cuerpo cae, el alma se queda inscrita y
vuelve a ese lugar. Estas lectura podrían filtrarse si analizamos el sueño como la
creación de una imagen ideal del muerto en un lugar de descanso.

Dice: era mi papá acostado en una cama (…) de (…) metal y me decía: no
te preocupes, yo estoy bien (…) voy a estar bien, ya sé a dónde voy a ir y está
muy bonito. En este punto podríamos figurar una ubicación, donde el muerto no
está perdido, es ubicable, en un espacio, espacio además bello y confortable, una
imagen satisfactoria para el que se va, esto podría apuntar a lo que señala Allouch
respecto del estatuto de perdido del muerto.

Sin embargo, esto sigue siendo solo un ideal imaginario, que no puede
soportar algunas de las implicaciones del discurso moderno de la muerte, en
donde lo espiritual, el más allá, el cielo y demás espacios mortuorios no son más
que creaciones infantiles, y esto genera un malestar, la imposibilidad de encontrar
un lugar para el muerto y esto lo enuncia la señorita A: me acuerdo que vi cómo es
el campo, las flores, y todo donde supuest…, solo un supuesto, entonces mi papá
no está bien, metarelato que se infiere a partir de esta puesta en duda del lugar y
ubicación localizable del muerto.

Entonces surge una duda inevitable, ¿para qué nos servirán entonces las
creaciones imaginarias en un lugar donde el discurso ante la muerte y la vida no
van más allá de lo que se ve y se toca en lo Real?, ¿Qué lugar tendrán nuestros
muertos?

La negación de la realidad, es una herramienta que deja siempre algo fuera,


pese a la formación imaginaria ideal del padre en un sitio de descanso, esta
imagen debe ser reforzada con la negación de un dato visual que posibilite la
caída de la ilusión, como en el caso de la señorita A, quien se niega a ver la
imagen de su padre muerto en el ataúd.

El tiempo y la pérdida

Parece haber una conexión entre el duelo y el tiempo, comenta respecto de la


muerte de su padre y de su primer embarazo perdido, que después de la pérdida
todo pasó muy rápido, como si hubiese la imposibilidad de su parte para asirlo y
detener su andar, cual si deseara fuera más lento, no se puede concluir, nada
pero muestra una relación entre el duelo y la necesidad lógica subjetiva

Más que el tiempo, es la percepción del mismo, el tiempo no como


articulación espacio-tiempo físico, sino como aprensión subjetiva, la posibilidad o
no de controlar.

Las pérdidas gestacionales


En la primera pérdida gestacional circundan una serie de significantes: tener,
desear, querer, cuidar, falta. No puedo más que empezar escribiendo que el
embarazo tuvo lugar a los 17 años, la pareja de la señorita A era un hombre al
menos 13 años mayor que ella. Embarazo a uno o dos años aproximadamente de
la muerte de su padre. La señorita A tenía una imagen idealizada de él, esto
podría ser significado entre imágenes como la imagen de su padre que había
muerto y al cual buscaba reemplazar, sin embargo, por más amor que tuviese por
su padre, la imagen ideal no era suficiente para contrastar con la imagen dice ella:
machista, del hombre que fue su pareja.

Nos la pasamos bien, hasta que quede embarazada, desde aquí podría
apuntar a dos posibilidades, o un error, la primera y pareciere más obvia que el
embarazo fue un punto indeseado con el cual se termina una etapa amorosa con
el otro, un punto validado por la necesidad constante de ella por ser vista por el
otro, esto acabaría con eso, sin embargo, a esto debe sumarse a la segunda
posibilidad del discurso que da, no de queja sino de lamento, hasta que quede
embarazada y lo perdí, perdiendo con esto también la mirada de ese otro
deseante de la imagen que representaba.

Sin embargo surge otro discurso que debe valorarse: yo nunca quise, no
quise irme con él, prefería quedarme con mi mamá, un factor clave en esta
decisión tiene que ver con la población, un pueblo más pequeño, más feo, este
dato debe tenerse en cuenta siempre considerando el deseo de la mirada del otro
en ella. Además es necesario considerar la dependencia existente entre ella y su
madre.

La dependencia a su madre debe analizarse. Después del abuso ella busco


en su madre la función de cuidado, como ya lo analizamos antes, pero no fue
hasta que su madre se enteró del ab*uso por vía de la hermana de la señorita A,
que encontró una respuesta correspondiente a la demanda realizada por la
señorita A, sin embargo, aquí ocurre una dinámica que me es necesario analizar
cual si se tratara de un caso singular.
Que pasa en la dinámica de este otro, su madre, una sujeta con deseo
propio, angustias, y una falta, cuando se entera que su hija, a quien tuvo que
cuidar no lo hizo, incluso no se enteró más que por vía de otro, (la hermana de su
hija), diría que la expresión de cuidado más fuerte que pudo encontrar para
remediar lo ocurrido fue la completa sujeción a su imagen, la completa
dependencia de su hija a ella, armando un metarelato donde el principio
fundamental es: el útero no solo gesta, también cuida al feto de todos los peligros
del exterior, en este punto podríamos estar observando la defensa ante la pérdida
del hijo de parte de la función materna, un regreso al útero, una vez más dentro, a
fin de evitar la falta.

Entonces, tenemos a una sujeta que demanda ser escuchada, vista, que
busca la función de cuidado, y por el otro, una sujeta-madre que se angustia ante
la posibilidad de perder a su hija. Dos posiciones que compaginaran en un deseo
correspondiente.

Para la señorita A, el embarazo significo tener, la falta borrada por la


gestación de algo propio, para que esto ocurriera era necesario tener para con el
embarazo un deseo, el deseo por un hijo, dice ella: yo quería algo, tener algo a mi
cuidado, este cuidado por un cuerpo, a fin y al cabo que es un embarazo en su
parte más biológica, hacer un cuerpo nuevo. Aquí remite una vez más el cuidar
algo, cuyo significante es cuidar, cuidar un cuerpo. Este significante puede ser el
sustrato del fantasma, cuya representación se da a través de un hijo.

Pareciere que de sus parejas quiere algo más que su postura deseante de
ella, algo más: que le den algo que cuidar. En el caso de la señorita A, la pérdida
gestacional parece no tener más significación que un pequeño malestar, un
pequeño dolor, si hay un sentimiento, pero no pasa de ser algo menor, esto me
hace inferir que hay algo más, existe otra condición.

Partiendo de un esquema estructural del aparato psíquico, tendría que decir


que la señorita A pertenece a la histeria. A modo de ejercicio puedo citar algunas
de las presentaciones y posiciones que me hacen llegar a esta solución: el deseo
de la mirada del otro, con un énfasis en un otro masculino, la búsqueda del padre
a través de figuras que hagan la veces: sus novios con los que presento mayor
trasferencia eran mayores, yo como analista en una posición de poder; el trauma
psíquico que suele caracterizar a los casos histéricos, en su caso el abuso sexual
que aconteció en su niñez; la compulsión a la repetición como un acto gozoso;
además presenta una disociación yoica, muchas facetas, la incapacidad por
integrar lo bueno y lo malo en un todo-único.

Teniendo esto de base, entonces el deseo de hijo queda un poco más claro,
que es lo que quiere la histérica del padre, no es su figura masculina per se, de lo
que puede proveer: el falo, en el caso de la señorita A, pareciera haber un
constante caos, la incapacidad de ordenar una imagen especular propia completa,
el camino errante cual judío por el desierto en busca de un hogar, se ha cambiado
muchísimas veces de casa, para iniciar de nuevo dice ella, dictado originado en su
madre.

El des-madre y el caos, parecieren apuntar a la ley de madre (Morel, 2012),


pero antes de esto, tengo que aclarar que esta hipótesis la baso en el supuesto
que su madre posee una estructura histérica, estructura que estuvo contenida y al
menos balanceada por la función paterna y su ley, este balance se perdió con la
muerte de su padre, se volvió más evidente la falta inscrita por la función de este,
sin embargo, muere en un momento crucial en el proceso de identificación
especular con otros pares, además no tenemos que olvidar el análisis que procure
antes respecto de la dependencia a la imagen materna, el balance que se tuvo
entre el deseo histérico de la madre y la ley del padre que le imprimió la cultura y
su estatuto como sujeta mujer, evito primeramente que su estructura psíquica
virase a la psicosis, sin embargo, fue suficiente para la estructura histérica.

Entonces el fantasma que posibilitaba el deseo del hijo estaba articulado


por la ley del padre, sin embargo el objeto a, aun esta indiferenciado, se sabe que
se quiere algo, y ese algo se le figura gracias a la ley del padre, pero debido a la
ley de la madre que aun figura, este fantasma no es suficiente y se sabe
insuficiente, por tanto se siente, pero no se sufre.
No se conoce el agua hasta que se sabe de la tierra, por lo tanto, resulto útil
analizar la condición de las parejas de las cuales se embarazo y de la que no pudo
hacerlo. Como cite el primer aborto ocurre en su primera relación, una relación
idealizada, ilusión que después se rompe, le procura una herida narcisista, por la
fractura de la imagen de él, por no ser quien quería que fuese, su padre, la ilusión
no es con el embarazo y el producto que surgirá, es con la imagen que pudo haber
sido, por tanto se puede distinguir que el dolor es por la herida narcisista y no
tanto por la perdida, la perdida gestacional le procuro cierto dolor por la
constatación de la falta que ya sabía tener, pero al fin y al cabo eso ya lo sabía.

En el segundo embarazo ocurre con su tercera pareja con la cual ella busca
llenar la falta que dejo su segunda pareja, y del cual queda embarazada, en este
caso no existe una trasferencia con él, y por tanto vive la experiencia del
embarazo como un martirio, dice: del segundo sentía que me estaba acabando
por dentro. No existe deseo para ese embarazo, es más, la relación se motivó por
un intento de sutura, ante la pérdida de un otro especular.

Su segunda pareja, una vez más un hombre mayor, y además su jefe, todo
un conjunto de supuestos simbólicos que decaían en él, sin embargo, y pese al
deseo de ella por embarazarse de él, este no puede, dice: ya era mayor de edad,
ya hacia lo que yo quería, con él no quede embarazada porque no, él no podía,
existe para con él un deseo claro, al grado de decir: él era, incluso oponerse al
mandato de su madre quien se oponía a su relación (esto por el hecho de ser
casado). Esta relación termina justamente por la aparición de la esposa de su
pareja, algo curioso ocurre cuando aparece ella (la esposa) y la increpa, acto ante
el cual ella no responde, no porque no pueda, sino porque no le significa, como si
la presencia de esa mujer fuera un reto que le excita, la ve, y después los ve
discutir, incluso dice respecto de la pelea de ellos: no pues allá ellas que se
arreglen, se abstrae de ahí, por una condición, se sabe deseada por él, eso le
basta, eso la llena, eso le evita angustiarse por su posible pérdida ante otra, ella
se sabe.
Esto claro, no duro, él empieza a separarse de ella, la otra empieza a estar
más, y en dos actos termina la ilusión, el primero una enfermedad, él se enferma
durante una ausencia de ella (la señorita A) y él acude a su esposa para que le
cuide, una primera herida, él empezó a ver a su esposa y por lo tanto dejo de
hacerlo con ella. Segundo acto, ante la inminente perdida el último recurso que
tramita a través de renunciar al empleo, dos motivos: el primero y más evidente no
ver la relación de él con su esposa y el segundo: “una prueba de amor”, y cito:
estaba yo intuyendo lo que iba a pasar, que esto estaba terminando (…) le dije:
sabes que yo ya nada más hasta cierta fecha dejo de trabajar, y me voy, y él en
lugar de tratar de retenerme al contrario me dijo que estaba bien, con esto se
termina de escribir la herida narcisista y se coloca una vez más la falta.

Esto me lleva a pensar que está significando el hijo, partiendo de lo que


dice la señorita A: teniendo un hijo estaré presionada para buscar un trabajo, y
pues para sobresalir. El primer esbozo tiene que rondar por el sentimiento de estar
presionada, el estar presionado o sentir la presión por hacer algo implica un Otro
castrante, por tanto entrar en la ley del padre, esto empieza a tener sentido
cuando lo anudamos con el caos que parece tener y la necesidad de romper toda
rutina, está siendo entonces una forma indirecta de buscar inscribirse la ley a
través del objeto a de la madre, busca el atravesamiento de la figura materna por
el falo, anuda en esta una función de cuidado, cuidado que lleva en la lógica del
significante: la privación en lo Real y la castración en lo simbólico como apuntaba
Askman (2015), quiere a su padre, el falo de él, un hijo, la metonimia de su deseo
(Ramírez, 2009).

Sin embargo, este movimiento imaginario no puede abstraérsele la segunda


parte del enunciado: para sobresalir, más que un residuo de la constitución
histérica, es su posición como deseante del deseo del otro, no completamente
castrada, capaz de un goce.

El otro y la pérdida gestacional


Si partimos que la implicación de la falta se da con la pérdida de la mirada del otro
como sujeto deseante de la imagen de la señorita A, entonces podríamos analizar
la dinámica del duelo ante la pérdida gestacional.

Para la señorita A no existe placer en la coerción para ser vista y deseada,


dice: si no quieren estar conmigo no los voy a retener a fuerzas, (…) y pues yo
siento que ya teniendo una responsabilidad si soy responsable, como que me fijo
metas, y las hago. En la primera parte del discurso podemos encontrar como es
que el deseo histérico se articula por el deseo de sujeto por convicción de
desearla, el deseo fundado por la coerción no posee el mismo valor simbólico, no
tiene la misma implicación respecto de la mirada.

Con base en esto, pudimos entender qué lugar ocupaba el discurso del otro
y más precisamente un discurso que increpa, que juzga la posición de la señorita
A, en la primera relación: en lugar de apoyarme me echo la culpa, me dijo que si
yo había tenido algo que ver, y en el segundo él en lugar de (…) apoyarme, me
echo también la culpa, que de seguro yo lo había perdido (…) que yo, tome algo
(…) y que él no se iba a hacer responsable. El deseo se pone en duda, la mirada
que puso en ella no era de un sujeto deseante, fue más un movimiento de
violencia. Este movimiento fractura en ambos casos el ideal que había figurado, es
pues un trauma que inscribe la falta. Por tanto un deseo alienado a la figura del
otro dependiente de él.

Por otra parte, no todo, su deseo también se vincula a otro registro, el hijo,
como ya lo bosquejamos antes. Por tanto volviendo con el tema de este apartado,
el otro en la significación de la pérdida, esta justamente en la posición de deseante
del otro, cita la señorita A que ambas parejas habían realizado un ejercicio de
transferencia con la figura especular del hijo idealizado que se estaba gestando, el
perder esa imagen represento la evidencia de la falta, y el movimiento subjetivo
más próximo es la culpa, culpa que se desplaza a la figura que privo de la
satisfacción de tener, en este caso la señorita A al haber sufrido el aborto.

Cuando el otro evidencia el deseo por la imagen especular del hijo


idealizado, se rompe la ilusión de la señorita A, que creía ser el motivo del deseo
del otro, la correspondencia se rompe entre deseante y ser deseo. La falta de
correspondencia trunca el proceso de significación para con la gestación, porque
lo que sustenta el deseo por la gestación es que exista ese otro que desea su
imagen, una especie de doble posición que busca suturar la falta, como un
segundo plan de contingencia, si él no me desea, de todos modos tengo algo, el
hijo. Pero en este caso la pérdida ocurre en ambas posiciones, en el momento que
sufre el aborto espontaneo, pierde el hijo-falo y también al otro causa de su deseo.

Las otras y el deseo fálico

Esta segunda posición del deseo fálico se funda en un momento, fue por medio de
la mirada de otro especular con el cual se puede identificar a través de su
condición de mujer, dice: fue, en el tiempo en el que, se embarazo mi hermana, se
embarazo mi prima (…) se embarazaron las, dos, (…) al ver.

Parece ser un momento de alienación a una figura, pero no por su


condición de madre, sino por su condición de tenencia, parece que en el momento
en el que se ve distanciada de aquellas con las que tenía un significante en
común: la generación, tiene que buscar algo más que le signifique, además
debemos agregar que su hermana tenía una condición particular que ella
deseaba, era popular, decía la señorita A, al ser popular la mirada de los otros se
centran en ti, esto podría favorecer el proceso de identificación pues garantiza la
posición de ser deseo del otro. No podría aseverar si el deseo fálico lo encontró
por objetivo o con el procesos de identificación hallo también esa condición del
deseo fálico, empero, lo que si es que ocurrió, se escribió el deseo fálico.

El duelo y el goce histérico

Parece haber varias convergencias entre la compulsión a la repetición de las


experiencias dolorosas con la mirada del otro, como un acto gozoso histérico.
Haciendo un ejercicio, podríamos citar lo siguiente eventos que nos dan motivos
para deducir esto: los otros sin rostro que la veían durante la muerte de su padre:
la gente me veía llorando, como si dijera porque está llorando; durante el velorio
de su padre la cual se presenta de manera inversa: creo que nadie, se acercó a
mí, a estarme el pésame, a abrazarme, y pues yo me fui a encerrar a mi cuarto; el
acto recriminatorio de sus parejas ante la pérdida gestacional que evito desarrollar
una investidura al objeto especular perdido.

La clave de esto se nos presenta en el segundo momento: en el momento


de la demanda casi explicita, porque además no pudo decir darme, tuvo que
recurrir a una trampa fonética, buscar que suene igual sin decir lo que quiere decir.
Son las miradas durante la muerte, un momento en el cual es vista por todos, una
especie de meta-discurso: mírenme estoy sufriendo, solo recuerdo lo malo,
véame. Esto surge además en el estatuto de la muerte, en el que pasará, pero
más allá de que pasará está el quien vendrá, quien hablará bien de mí. Entonces
será que la compulsión a la repetición de esta condición, es un acto de gozo, la
vuelta a ese momento de goce donde todas las miradas estuvieron, pero a la vez
fue doloroso, y si recordamos lo que dice Dylan Evans respecto del goce: “expresa
entonces perfectamente la satisfacción paradójica que el sujeto obtiene de su
síntoma o, para decirlo en otras palabras, el sufrimiento que deriva de su propia
satisfacción” (2007: p. 103).

SEGUNDO ESTUDIO.

La subjetivación de la perdida, es subjetivación de las pérdidas, es imposible aislar


un evento de pérdida, por muy significativo que haya sido. Las perdidas sean
“menores” o altamente traumáticas, todas las perdidas han entramado los
procedimientos de la subjetivación, por tanto, han constituido los procedimientos y
los movimientos lógicos para atender el malestar que produce la puesta en
evidencia de la falta. Es claro que existen perdidas que superan las herramientas
psíquicas hasta el momento adquiridas.

Las pérdidas no pueden objetivarse con un simple principio de realidad, es


necesario entenderlas en todas las realidades, desde lo Real como punto
traumático que denuncian la evidencia la falta simbólica a partir de la pérdida del
fantasma que contiene el objeto a, asta en lo imaginario por la pérdida de una
ilusión.
Podríamos teorizar que es en lo simbólico, la última frontera para defender
lo que se tiene y evitar la pérdida, la lengua denuncia que algo falta, denuncia no
siempre articulada, que surge por asociación sin sentido aparente, pero con
contenido. Lo simbólico siempre detrás, siempre corriendo tras lo Real sin
alcanzarlo, dispositivo necesario para atender lo traumático de lo Real.

Desde la experiencia clínica de este nuevo acercamiento a la pérdida


constatamos lo inoperable de los discursos que intentan encasillar, cerrar el duelo
a un acto ritual, a fases, a etapas, siendo que las subjetividades no tienen un
orden cronológico como lo denunciaba Freud en 1920 y que Lacan constataba al
denunciar que el inconsciente se organiza como el lenguaje.

En el tema de las pérdidas gestacionales tendremos que tener siempre


presente que para entender su significado deberemos primero entender la
constitución de mujer de la paciente y después la constitución de la función
materna, porque el deseo puede ser engañoso, pues el deseo siempre es deseo
del otro, como lo afirmaba Lacan (2007) en el seminario de la angustia. Como lo
analizamos con la señora B, los objetos a no están unificados solo un poco
indiferenciados, pareciere que en ocasiones quien tiene voz es la función materna
y la constitución de mujer se calla o es callada.

Incluso en un intento por desplazar la energía libidinal a objetos que puedan


hacer las veces significantes, siempre algo escapa y denuncia la falta: tu casa
estará llena pero aun perdiste un hijo que no recuperaras. Inclusive los nuevos
hijos como una sutura imaginaria no son suficientes, porque existe una imagen
ideal guardada que pone en evidencia por contraste con lo Real que el objeto no
es, puede saber igual, puede sentirse igual, podría verse igual, pero no es, esto
ayuda con el sentimiento de frustración al compensar el fantasma de la función
materna, pero más allá de ella, en la mujer existe una denuncia.

Algo que pudimos observar es que a la función materna se le inscribe el


destino del cuidado, este significante bien podría ser vía de la castración en la
mujer, una suerte de castración para el otro. Esta castración simbólica puede ser
la vía por la que entra la significación de la pérdida del hijo como una evidencia de
la falta en la mujer. Claro está la castración es no toda, porque puede ser resuelta
en lo Real con la capacidad inherente de la mujer para gestar ese algo que
cuidará, incluso de alienarlo para ser una extensión de ella. Esto puede ser alguno
de los motivos de la ambivalencia, de la aceptación y renegación de la maternidad.
Lo que sí sabemos es que esta función es la que inicia el proceso de duelo, al
denunciar la pérdida de algo deseado.

Existen en ese proceso de duelo múltiples discursos que son significativos


para la interpretación de la pérdida y su metabolización de parte de las mujeres.
Primeramente está el discurso médico y su contenido objetivo, ascético, que
buscan tener un sentimiento de pérdida seco, un acto realizable y pasajero. Sin
embargo, la pérdida está más allá de esa pretensión, y el acto más claro que lo
constata es el miedo que revive el diagnostico que posibilita la pérdida, un punto
que apuntaba Mulens (2009) a decir que las mujeres presentaban cierta
incertidumbre y temor por futuros embarazos, que como lo vimos, se debe a la
posibilidad de volver a perder y evidenciar aún más el estar en falta.

Es menester distinguir entre el Otro y los otros, que como sujetos singulares
y angustiados ante la pérdida asumen discursos tan diversos, algunos incluso que
incrementan el dolor y las implicaciones de la falta. Esos otros que parecieren no
escuchan o ven el dolor que eso significa para la constitución subjetiva.

Algo que encontramos, es que las parejas de estas mujeres juegan un


papel importante en el proceso de significación de la pérdida, ayudando o
mermando su subjetivación, en futuros estudios debemos escuchar estas voces,
que como sujetos deseantes toman un lugar y una posición ante la pérdida y la
subjetivación de la mujer y la de ellos mismos.

También está el discurso de la institución religiosa y su acogida de los


muertos, el cual, es uno de los motivos por el que las mujeres suelen fortalecer
sus lazos con la institución religiosa, sea cual sea, ofrece un discurso donde la
pérdida no significa falta, no significa estar borrado y desaparecer, es más un
discurso de trascendencia, de re-ubicación.

El lugar de los discurso de la muerte y ante la muerte, de la cultura, son una


expresión a la cual los sujetos pueden asirse para subjetivar la pérdida,
alienándose a ese Otro especular que ofrece un recurso para significar lo perdido,
darle una ubicación y una consecución más allá de la vida física a lo perdido. Una
solución menos angustiante al metadiscurso del Estar y Tener sin Ver, es una
especie de renuncia al tener, un ceder gratuito al Otro, una pérdida propia que
esta al resguardo de Otro, ese Estar sin Estar, tan singular de la cultura mexicana,
nuestros muertos son, nuestros muertos están. Ya no como una constitución de
tenencia del sujeto, sino como entidades independientes, que están para cuidarte,
como diría la señora B.
Esto traspasa las funciones del imaginario ideal, dispositivo que vimos no
es suficiente como mecanismo de subjetivación, porque siempre hay algo que
contrasta con él, que pone en evidencia su falsedad, un evento de lo Real que
denuncia la falta a través de la red de significante. Esto nos permitiría constatar la
tesis de Allouch (2006:36) donde el objeto transicional de pertenencia
indeterminada, determinara el duelo, el proceso de significación terminará cuando
la pertenencia del objeto sea cedido y sea producido de una nueva figura de la
relación de objeto.

Lo que constatamos es que esta pérdida esta y es dolorosa para las


mujeres, descubrimos que guarda una íntima relación con su constitución de
mujeres y la función materna. Por tanto debemos seguir trabajando para ofrecer
espacios de escucha, espacios donde estas mujeres enuncien su pérdida,
espacios en los que puedan, en el juego de la enunciación, descubrir algo de sí
que les permita re-significar no solo su pérdida, sino también su falta.