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HUMANISMO Y RENACIMIENTO

En la misma Florencia, ciudad de elección de las nuevas tendencias culturales y crisol de las corrientes que iban a
revolucionar el arte, las unas y las otras no se impusieron mucho antes de mediados del siglo XV. Un siglo después
habían triunfado en casi todo el Occidente. La relativa rapidez y la amplitud de tal proceso, su real importancia, así como
la altísima calidad de sus manifestaciones han impresionado, desde hace poco más de un siglo, a los estudiosos de
aquella época y les han inducido a darle un apelativo particular:

Renacimiento.

Hay que observar, ante todo, que este término desde mediados del siglo XIX en adelante, es un éxito creciente. Sin
embargo, al margen de los fenómenos históricos un fenómeno cultural. Renacimiento, en efecto, es un vocablo que ha
expresado un modo, de concebir ciertos aspectos de la cultura occidental en torno al 1500 como momento inicial de la
historia moderna de Europa; El Renacimiento aparece como momento privilegiado de la humanidad occidental, como
una especie de anuncio de una revelación laica, el largo instante de concepción del mundo moderno. Aun sin examinar
sus raíces y su significado, parece que una mitificación historiográfica tan prolongada refleja, precisamente, la crisis de
los valores que se idealizan. Alberto Tenenti y Romano dicen que del vocablo renacimiento que Cualquier definición
histórica es imperfecta, pero, se mantiene y se usa como instrumento un concepto que implica una supremacía
arbitrariamente postulada de un cierto arte o de una cierta literatura en la vida europea de los siglos XV y XVI.
Humanismo y Renacimiento para indicar fenómenos idénticos o análogos. Para titular las páginas dedicadas a muchas
de las más altas creaciones culturales aparecidas en Occidente entre mediados del siglo XV y mediados del XVI se ha
preferido, desde luego, el primer término. Este, en realidad, como toda definición de la realidad histórica, tiene
necesidad de ser precisado en cada caso, según los períodos, los países, los ambientes a los que se aplica a pesar de la
gran diferencia cualitativa que, en general, separa las manifestaciones artísticas y literarias inspiradas en el humanismo
de las que permanecen ancladas en las comentes tradicionales, o que se desarrollan a partir de ellas en otras
direcciones, no parece posible definir, sin más, como humanístico el sistema cultural europeo entre 1450 y 1550. Y
también porque nuestros conocimientos sobre los humanistas superan notablemente, y de un modo tan inorgánico
como excesivo, los estudios sobre los otros aspectos de la cultura entre los siglos XV y XVI (con una parcial excepción
respecto a la Reforma). Los humanistas, en gran parte italianos, contribuyen al patrimonio cultural de Occidente, entre
1440 y 1530, aproximadamente. Lo fundamental y más precioso de este fenómeno fue su tendencia a la universalidad y
su capacidad de expresar valores adecuados a un tipo de sociedad en desarrollo dinámico. El humanismo italiano en el
siglo XV aparece esencialmente ligado a la ideología de una burguesía mercantil, ciudadana y pre capitalista. El
humanismo pretende sustituir el sistema mental jerárquico de la sociedad medieval con una perspectiva que, si bien es
individualista, tiende a una unión fraterna y sin desigualdades sustanciales entre todos los hombres. Su reivindicación de
la dignidad del individuo se refiere y corresponde, en efecto, a la afirmación del valor universal de la humanidad y de la
naturaleza en que está asentado. El humanismo es una cultura abierta, libre y dinámica, es decir, una cultura consciente
de que es puramente humana y de que, como tal, no puede imponer al hombre opresiones o alienaciones
fundamentales. Aun manteniendo la idea clásica y cristiana de que el verdadero conocimiento es el que comporta la
aprehensión y la práctica del deber ser, exige también que el saber libere en el hombre todas sus posibilidades y no sólo
algunas —como, por ejemplo, la de ser feliz en otro mundo y la de sufrir en éste, o la de someter su propio cuerpo y su
propia inteligencia al arbitrio social y al dogma religioso—. Contra el peso de la tradición cristiana y de la mentalidad
escolástica, los humanistas evocaron la Antigüedad y buscaron su mayor autenticidad filológica, para convertirla en su
mejor sostén en la lucha, que era la misma de la parte más comprometida de la sociedad europea. El innegable fracaso
práctico de la ideología humanista en la primera fase de su florecimiento no impidió, gracias a la funcionalidad de su
visión, su progresiva adecuación a nuevas situaciones sociales en Occidente. Es cierto que el humanismo sólo en parte
fue una cultura funcional y concreta. Quiso responder a necesidades terrenas y socialmente precisas. Sin embargo, a
causa de su referencia a los antiguos o por las fuertes sugestiones trascendentales ejercidas por la tradición cristiana, los
humanistas se entregaron a reivindicar principalmente valores históricos y válidos para el «hombre en sí». La que fue su
mayor fuera —y también la de los artistas que como ellos sintieron y concibieron—, es decir, la idealización de lo
humano, fue también su principal debilidad. En su visión del mundo, que ellos persiguieron mucho menos en el plano
práctico que en el teórico, precisamente su tendencia a lo perfecto y a lo excelente, en general, no pudo traducirse,
socialmente, más que a dimensiones aristocráticas y nobiliarias. También por esto su cultura no representó una
verdadera revolución mental, y el humanismo fue tan laico como cristiano, tan conservador como de vanguardia. Esto
nos lleva a afirmar, por último, que este gran movimiento —por reflejo de su desigual aceptación en la sociedad, sin
duda— llegó a resultados muy valiosos, pero frecuentemente inorgánicos, tanto entre una forma y otra dela cultura,
como en el seno de cada una de ellas. El arte constituyó el campo en que la visión humanística alcanzó sus realizaciones
más coherentes y continuas, así como más originales y fecundas.

El humanismo es una tendencia común, una general exigencia de un saber y de una expresión más directa, terrena y
humana. Pero no puede olvidarse que el proceso por el que se diferencian entre sí las diversas entidades históricas de
Europa está muy avanzado ya y repercute necesariamente en sus formas y en sus desarrollos culturales. Además, dentro
de la península italiana, y precisamente en el seno de las mismas ciudades donde más se consolida, el humanismo —
como ya se ha dicho— no se manifiesta de un modo orgánico y sistemático: es la ideología de un organismo social
maduro, pero de tendencia estática, minado por una profunda crisis, y que se dirige hacia su ocaso sin tener conciencia
de ello.