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El ciudadano promedio de Kast y Bellolio

Ha sido interesante leer el intercambio de columnas entre Cristóbal Bellolio y José Antonio Kast,
publicadas en The Clinic. Quizás sea demasiado comentar sobre lo ya comentado, pero como
estamos en verano se le puede dedicar algo de tiempo a estas cosas. Sin duda Kast ha sido un
fenómeno. Habiendo renunciado a su partido, pudo juntar las firmas necesarias para presentar una
candidatura presidencial independiente y alcanzar una votación inesperadamente alta, con pocos
medios económicos, corriendo contra un candidato competitivo de su sector y con la oposición de
importantes miembros de su antiguo partido. Si a esto se le suma un discurso directo y poco
conciliador, es sorprendente que haya alcanzado una votación superior a la de una candidata de
uno de los partidos políticos más establecidos.
Por supuesto, el candidato tocó una tecla del electorado y el intelectual progresista exige una
explicación. Surge, de manera casi automática, la comparación con Donald Trump, el fantasma
del populismo de derecha. Pero tal como los que se equivocaron rotundamente respecto del futuro
de Trump no son los más indicados para explicar su triunfo, tampoco lo son quienes se sorprenden
con la votación de Kast (nos explican cómo pasó lo que ayer nos decían que era imposible). En
este sentido la columna de Bellolio es especialmente iluminadora, no por lo que dice de Kast, sino
por lo que muestra de Bellolio. Para empezar, podemos destacar la siguiente frase: “Tanto Trump
como JAK dicen hablar por el ciudadano promedio –que en su imaginario es hombre, blanco,
maduro, heterosexual, creyente y patriota.” No hace falta de defender a Kast, que ya lo hace en su
respuesta a Bellolio. Para el caso, da lo mismo lo que Kast piense que sea el ciudadano promedio.
Lo que resulta chocante es que Bellolio no ve que basta un acceso muy general a las estadísticas
nacionales para darse cuenta de que el ciudadano promedio es como lo que, según él, cree Kast.
Vamos por partes. Hombre: un poco menos de la mitad de la población es masculina. No alcanza
a ser el promedio, pero se acerca. En todo caso, Kast tiene el apoyo de mujeres (comenzado por
las de su familia) así que atribuirle una creencia de ese tipo podría implicar hasta mala fe. Blanco:
el tema racial en Chile es complicado, pero al menos se puede decir no sólo que el promedio, sino
que la gran mayoría de los chilenos descendemos de españoles y de otros europeos. Si acaso el
ciudadano promedio es o se considera blanco requiere más estudio. Maduro: basta ver la pirámide
poblacional chilena para darse cuenta de que nuestro promedio de edad no hace más que subir.
Heterosexual: de nuevo, la gran mayoría de la población es heterosexual, aun tomando como
parámetro las cifras más elevadas sobre la población homosexual. Creyente: lo mismo, la gran
mayoría de la población adhiere a algún credo. Patriota: no conozco datos al respecto –y habría
que definir el término– pero no parece descabellado pensar que la mayoría de la gente siente algún
tipo de amor por la comunidad nacional a la que llama patria.
Por lo tanto, si Bellolio tiene razón respecto de lo Kast cree, entonces Kast tiene razón sobre la
realidad nacional. El paso a la segunda tesis de la columna es un poco más complejo. ¿Acaso el
votante promedio se siente amenazado “el otro”? Esto se puede abordar desde la teoría o la
práctica. En teoría, podemos decir que si hay visiones del mundo que son incompatibles, una tendrá
que imponerse sobre la otra dentro de una misma comunidad. Por ejemplo, si uno cree que las
fronteras nacionales son cosa del pasado y otro quiere conservarlas, no es posible que cada uno
siga “su proyecto de vida” de manera independiente, como quiere el liberal. Podemos hacer reglas
para resolver estas diputas, pero, por una parte unos verán su visión de las cosas confirmada y
otros no, y por otra, hay llegar a un acuerdo para poder hacer esas reglas, lo que prolonga el debate
(de ahí el asunto Constitucional). En la misma línea, la pluralidad de las formas y proyectos de
vida naturalmente tiende a crear grupos con intereses distintos, que van a entrar en conflicto por
la conformación general del todo. Las minorías convencidas, organizadas, financiadas y con
elementos bien posicionados pueden llegar a imponer sus puntos de vista, pero de cuando en
cuando –y cuando esas posturas se hacen extremas– la mayoría hace sentir su voz (de eso se trataba
la democracia). Que el liberalismo no sea sustentable, de hecho, ni siquiera coherente, es algo
necesariamente tiene que pesarle a los liberales aunque no deba sorprenderles. En la práctica, es
cosa de ver lo que escribe Bellolio. Habla de “canutos delirantes” y de “viejos decrépitos”. Ese
tipo de desprecio, que viene del mismo Bellolio, confirma lo que él dice que creen Kast y sus
votantes, sólo que no llega a considerar que puedan tener razón.