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LA PRINCESA Y LA REINA
O,
LOS NEGROS Y LOS VERDES
Una historia de las causas, orígenes, batallas y traiciones del más trágico derramamiento
de sangre, conocido como la Danza de los Dragones, según lo establecido por el Archimaestre
Gyldayn de la Ciudadela de Antigua.
(aquí transcrito por GEORGE R. R. MARTIN)

La Danza de los Dragones es el colorido nombre otorgado a la salvaje lucha interna por el
Trono de Hierro de Poniente, librado entre dos ramas rivales de la Casa Targaryen durante los
años 129 y 131 DC. Caracterizar los sangrientos, oscuros y turbulentos hechos de este período
como una "Danza", nos parece grotescamente inadecuado. Sin duda, la frase fue creada por
algún bardo. "La Muerte de los Dragones" sería del todo más apropiada, pero el tiempo y la
tradición han hecho que la frase más poética apareciera en las páginas de la historia, por lo que
debemos danzar con el resto.
Había dos pretendientes principales al Trono de Hierro tras la muerte del Rey Viserys I
Targaryen: su hija Rhaenyra, la única sobreviviente de su primer matrimonio, y Aegon, su hijo
mayor con su segunda esposa. En medio del caos y la carnicería provocados por su rivalidad,
otros aspirantes a reyes aparecerían, pavoneándose por una luna como mimos en un escenario,
sólo para caer tan rápidamente como se habían alzado.
La Danza dividió en dos a los Siete Reinos, cuando señores, caballeros y pueblo llano se
decantaron por uno u otro bando y se levantaron en armas contra el otro. Incluso la propia Casa
Targaryen se dividió, cuando parientes del pueblo, familiares y niños de cada uno de los
pretendientes se vieron involucrados en los combates. Durante los dos años de lucha, los
grandes señores de Poniente pagaron un precio terrible, junto con sus vasallos, caballeros y el
pueblo llano. Aunque la dinastía sobrevivió al finalizar la guerra, el poder de los Targaryen
disminuyó considerablemente, y se redujo drásticamente el número de los últimos dragones del
mundo. La Danza fue una guerra diferente a cualquier otra jamás librada en la larga historia de
los Siete Reinos. Aunque los ejércitos marcharon y se encontraron en una batalla salvaje, gran
parte de la masacre tuvo lugar en el agua, y...en especial... en el aire, cuando el dragón luchó
contra el dragón con dientes, garras y llamas. Fue una guerra caracterizada por el sigilo, el
asesinato y la traición, una guerra librada en las sombras y huecos de escalera, en la Sala del
Consejo y patios del castillo, con cuchillos, mentiras y veneno.
Despacio, a fuego lento, el conflicto estalló a la luz pública en el tercer día de la tercera luna
del 129 DC, cuando, enfermo y postrado en la cama, el Rey Viserys I Targaryen cerró los ojos
durante una siesta en la Fortaleza Roja del Rey, y murió sin volverlos a abrir. Su cuerpo fue
descubierto por un sirviente en la hora del murciélago, cuando era costumbre del Rey tomarse
una copa de vino dulce. El criado corrió a informar a la Reina Alicent, cuyas habitaciones
estaban en el piso de abajo de las del Rey. El criado dio la nefasta noticia directamente a la
Reina, y solo a ella, sin dar la alarma general; la muerte del Rey había sido anticipada tiempo
atrás, y la Reina Alicent y su partido, los llamados verdes1, se habían encargado de instruir a
todos los guardias y sirvientes de Viserys sobre qué hacer cuando llegara el día.

1
En 111 DC, un gran torneo se celebró en Desembarco del Rey, en el quinto aniversario del matrimonio del Rey con la Reina
Alicent. En la apertura de la fiesta, la Reina llevaba un vestido de color verde, mientras que la Princesa se vistió de manera
espectacular con el rojo y negro de los Targaryen. Se tomó nota de esto, y a partir de entonces se convirtió en costumbre referirse
a los "verdes" y "negros" cuando se hablaba del partido de la Reina y el partido de la Princesa, respectivamente. En el torneo, los
La Reina Alicent se dirigió inmediatamente a la alcoba del Rey, acompañada por Ser Criston
Cole, Lord Comandante de la Guardia Real. Una vez que confirmaron que Viserys estaba
muerto, Su Alteza ordenó cerrar la habitación y y ponerla bajo vigilancia. El hombre de servicio
que había encontrado el cuerpo del Rey fue puesto bajo custodia, para asegurarse de que no
esparciera la noticia. Ser Criston regresó a la Torre de la Espada y envió a sus hermanos de la
Guardia Real a convocar a los miembros del Consejo Privado del Rey. Fue a la hora de la
lechuza. Entonces, como ahora, los Hermanos Juramentados de la Guardia Real eran siete
caballeros, hombres de probada lealtad e indudable valor, que habían hecho juramentos
solemnes de dedicar su vida a la defensa de la persona y los parientes del Rey. Sólo cinco de los
Mantos Blancos estaban en Desembarco del Rey al momento de la muerte de Viserys; el propio
Ser Criston, Ser Arryk Cargyll, Ser Rickard Thorne, Ser Steffon Darklyn y Ser Willis Fell. Ser
Erryk Cargyll (gemelo de Ser Arryk) y Ser Lorent Marbrand estaban con la Princesa Rhaenyra en
Rocadragón, e ignoraron que sus hermanos de armas se habían adelantado a levantar de sus
camas, en mitad de la noche, a los miembros del Consejo Privado.
Reunidos en las cámaras de la Reina mientras, más arriba, el cuerpo de su señor esposo aún se
enfriaba, se encontraban la Reina Alicent, su padre Ser Otto Hightower, Mano del Rey; Ser
Criston Cole, Lord Comandante de la Guardia Real, el Gran Maestre Orwyle, Lord Lyman
Beesbury, Consejero de la Moneda, un hombre de ochenta años; Ser Tyland Lannister,
Comandante de la Flota y hermano del Lord de Roca Casterly; Larys Strong, llamado Larys el
Patizambo, Lord de Harrenhal y Maestro de los Rumores, y Lord Jasper Wylde, llamado Barra
de Hierro, Maestro de las Leyes. El Gran Maestre Orwyle abrió la reunión mediante la
supervisión de las tareas y procedimientos habituales requeridos a la muerte de un Rey.
Dijo --"El Septon Eustace debe ser convocado para realizar los últimos ritos y rezar por el alma
del Rey. Es necesario que se envíe un cuervo a Rocadragón para informar a la Princesa Rhaenyra
de la muerte de su padre. ¿Quizás a Su Alteza la Reina no le importaría escribir el mensaje para
suavizar estas tristes noticias con palabras de condolencia? Las campanas siempre suenan para
anunciar la muerte de un Rey, alguien debe velar por que esto se haga, y por supuesto, tienen
que comenzar los preparativos para la coronación de la Reina Rhaenyra"--.
Ser Otto Hightower lo interrumpió. --"Es necesario esperar para todo esto"-- declaró -- "hasta
que la cuestión de la sucesión se resuelva"-- Como Mano del Rey, estaba facultado para hablar
con la voz del Rey, aún para sentarse en el Trono de Hierro durante la ausencia del Rey. Viserys
le había otorgado la autoridad para gobernar sobre los Siete Reinos, y esa norma continuaría.
– "Hasta el momento en que se corone al nuevo Rey"--.
--"Hasta que se corone a nuestra nueva Reina" -- dijo Lord Beesbury, en tono mordaz.
--"Rey"-- insistió la Reina Alicent. --"El Trono de Hierro, por derecho, debe pasar a su hijo
varón más grande"--.
El debate que siguió se prolongó casi hasta el amanecer. Lord Beesbury habló en nombre
de la Princesa Rhaenyra. El antiguo Consejero de la Moneda, que había servido al Rey Viserys
durante todo su reinado, y a su abuelo Jaehaerys el Viejo Rey antes de él, recordó al Consejo que
Rhaenyra era mayor que sus hermanos y tenía más sangre Targaryen, que el difunto Rey la había
elegido como heredera, que en varias ocasiones se había negado a alterar la sucesión a pesar de
las súplicas de la Reina Alicent y sus verdes, y que cientos de señores y caballeros habían jurado
obediencia a la Princesa en el 105 DC, y habían hecho el solemne juramento de defender sus
derechos.
Pero esas palabras cayeron en oídos de piedra. Ser Tyland señaló que muchos de los señores que
habían jurado defender la sucesión de la Princesa Rhaenyra estaban ya muertos.

negros tomaban ventaja cuando Ser Criston Cole, que contaba con el favor de la Princesa Rhaenyra, desmontó a todos los
campeones de la Reina, incluyendo a dos de sus primos y a su hermano más joven, Ser Gwayne Hightower.
--"Han pasado veinticuatro años"-- dijo --"Yo mismo hice hay tal juramento. Era un niño en ese
momento"--.
Barra de Hierro, el Maestro de las Leyes, citó el Gran Consejo de 101 y la decisión del Viejo
Rey, eligiendo a Baelon en lugar de Rhaenys en el 92, y luego discutieron largo y tendido sobre
Aegon el Conquistador y sus hermanas, y la santa tradición ándala, en la que los derechos del
hijo mayor siempre estaban antes que los derechos de una hija. Ser Otto les recordó que el
esposo de Rhaenyra no era otro que el Príncipe Daemon, y -- "Todos conocemos su naturaleza.
No os equivoquéis, Rhaenyra no debe sentarse nunca en el Trono de Hierro, sería Daemon
quien nos gobernara entonces, un Rey consorte tan cruel e implacable como Maegor lo fue una
vez. Mi cabeza será la primera en rodar, no lo dudo, pero vuestra Reina, mi hija, será la
siguiente"--.
La Reina Alicent se hizo eco. --"Tampoco perdonará a mis hijos"-- declaró. --"Aegon y sus
hermanos son hijos legítimos del Rey, con más derecho al trono que su camada de bastardos.
Daemon encontrará un pretexto para matarlos a todos. Incluso a Helaena y sus pequeños. Uno
de esos Strong arrancó el ojo de Aemond, nunca lo olvido. Era un niño, sí, pero el niño es el
hijo de su padre, y los bastardos son monstruosos por naturaleza"--.
Ser Criston Cole habló. --"En caso de que reine la Princesa"-- les recordó --"Jacaerys Velaryon
gobernaría después de ella. Los Siete salven este Reino si sentamos a un bastardo en el Trono de
Hierro"-- Habló de las extravagancias y caprichos de Rhaenyra y de la infamia de su marido.
--"Van a convertir la Fortaleza Roja en un burdel. Ninguna hija estará a salvo, ni la esposa de
cualquier hombre. Incluso los chicos... sabemos lo que era Laenor"--.
No se registra que Lord Larys haya dicho una palabra durante este debate, pero eso no era
inusual. Aunque era un hombre elocuente cuando era necesario, el Maestro de los Rumores
atesoraba sus palabras como un avaro sus monedas, prefiriendo escuchar en vez de hablar.
--"Si hacemos esto"-- advirtió al consejo el Gran Maestre Orwyle --"sin duda terminará en una
guerra. La Princesa no se hará a un lado amablemente, y ella tiene dragones"--.
--"Y amigos"-- declaró Lord Beesbury. --"Hombres de honor, que no van a olvidar los votos
que juraron a ella y a su padre. Yo soy un anciano, pero no tan viejo como para sentarme
aquí mansamente mientras la gente como vosotros complota para robar su corona"-- Y
diciendo esto, se levantó para marcharse.
Pero Ser Criston Cole obligó a Lord Beesbury a sentarse nuevamente y rajó su garganta con una
daga. Y la primera sangre derramada en La Danza de los Dragones perteneció a Lord Lyman
Beesbury, Maestro de la Moneda y Lord Tesorero de los Siete Reinos.
No existió más disenso después de la muerte de Lord Beesbury. El resto de la noche transcurrió
mientras se hacían planes para la coronación del nuevo Rey (todos estuvieron de acuerdo en que
había que hacerlo rápidamente), y la elaboración de listas de posibles aliados y potenciales
enemigos, en caso de que la Princesa Rhaenyra se negase a aceptar la coronación del Rey Aegon.
Con la Princesa en Rocadragón, a punto de dar a luz, los verdes de la Reina Alicent disfrutarían
de una ventaja; cuanto más tardara Rhaenyra en conocer la muerte del Rey, más tarde
reaccionaría.
--"Quizás la puta muera en el parto"-- dijo la Reina Alicent.
Los cuervos no volaron esa noche. Tampoco sonaron las campanas. Todos los sirvientes
que sabían de la muerte del Rey fueron enviados a las mazmorras. A Ser Criston Cole se le dio la
orden de poner bajo custodia a los posibles "negros" que estaban en la corte, señores y
caballeros que podrían inclinarse a favor de la Princesa Rhaenyra.
--"Sin violencia, a menos que se resistan"-- ordenó Ser Otto Hightower --"Los hombres que
doblen la rodilla y juren lealtad al Rey Aegon no sufrirán daño alguno"--.
--"¿Y los que no lo hagan?"-- preguntó el Gran Maestre Orwyle.
--"Son traidores"-- dijo Barra de Hierro --"y deben morir como traidores"--.
Lord Larys Strong, Maestro de los Rumores, habló entonces por primera y única vez.
--"Seremos los primeros en jurar"-- dijo -- "para que no haya traidores aquí entre nosotros"--
Sacando su daga, el Patizambo cortó a través de su palma. --"Un pacto de sangre"-- instó.
--"Todos unidos, hermanos hasta la muerte"--.
Y así, cada uno de los conspiradores cortó sus palmas y entrelazó sus manos con las otras,
jurando hermandad. Solo la Reina Alicent fue excusada del juramento, por su condición de
mujer.
Amanecía sobre la ciudad mientras la Reina Alicent enviaba a la Guardia Real para traer a
sus hijos al Consejo. El Príncipe Daeron, el más gentil de sus hijos, lloró por la muerte de su
abuelo. El Príncipe Aemond Un-Ojo, de diecinueve años, fue encontrado en la sala de armas, a
punto de ponerse la malla y el peto para la práctica matutina en el patio del castillo. --"¿Es
Aegon Rey?"-- preguntó a Ser Willis Fell --"¿O debemos arrodillarnos y besar a la puta vieja?"--
La Princesa Helaena estaba desayunando con sus hijos cuando la Guardia Real se acercó a ella,
pero cuando se le preguntó sobre el paradero del Príncipe Aegon, su hermano y marido, se
limitó a decir --"No está en mi cama, podéis estar seguros. Sed libres de buscar entre las
mantas"--.
El Príncipe Aegon estaba con su amante cuando lo encontraron. Al principio, se negó a ser
parte de los planes de su madre. --"Mi hermana es la heredera, no yo"-- dijo -- "¿Qué clase de
hermano le roba a su hermana el derecho de nacimiento?"--.
Sólo cuando Ser Criston le dijo que la Princesa seguramente lo ejecutaría a él y a sus hermanos
cuando fuera coronada, Aegon vaciló. --"Mientras un legítimo Targaryen esté vivo, ningún
Strong puede esperar sentarse en el Trono de Hierro"-- dijo Cole. --"Rhaenyra no tendrá más
remedio que cortar vuestras cabezas si desea que sus bastardos gobiernen tras ella"--.
Fue esto, y sólo esto, lo que persuadió a Aegon para aceptar la corona que el pequeño consejo le
ofreció.
Ser Tyland Lannister fue nombrado Consejero de la Moneda en lugar del difunto Lord
Beesbury, y actuó de inmediato haciendo uso del tesoro real. El oro de la corona se dividió en
cuatro partes. Una parte se confió a la protección del Banco de Hierro de Braavos, otra se envió
bajo una fuerte custodia a Casterly Roca, y un tercio hacia Antigua. La riqueza restante se
utilizaría para sobornos y regalos, y la contratación de mercenarios si era necesario. Para ocupar
el lugar de Ser Tyland como Comandante de la Flota, Ser Otto envió un cuervo hacia las Islas de
Hierro, dirigido a Dalton Greyjoy, el Kraken Rojo, audaz y sanguinario, de dieciséis años y Lord
Segador de Pyke, ofreciéndole el ministerio de marina y un asiento en el Consejo a cambio de su
lealtad.
Pasó un día, y otro más. Ni Septones ni Hermanas Silenciosas fueron convocados a la
alcoba donde el Rey Viserys yacía, hinchado y en descomposición. No sonaron las campanas.
Los cuervos si volaron, pero no a Rocadragón. Fueron a Antigua, a Roca Casterly, a
Aguasdulces, a Altojardín, y hacia muchos otros señores y caballeros que, según la Reina Alicent,
tenían motivos para simpatizar con su hijo.
Los Anales del Gran Consejo del 101 fueron leídos y examinados, y se tomó nota de cuales
eran los señores que habían hablado por Viserys, y cuales por Rhaenys, Laena o Laenor. Los
señores reunidos habían elegido al pretendiente varón por sobre la mujer, en veinte a uno, pero
había habido disidentes, y esas Casas seguramente podrían prestar a la Princesa Rhaenyra su
apoyo en caso de que se llegara a la guerra. La Princesa tendría a la Serpiente Marina y sus flotas,
pensó Ser Otto, al igual que el apoyo de otros señores de la costa oriental: Lord Bar Emmon,
Massey, Celtigar y Crabb seguramente, quizás incluso la Estrella de la Tarde de Tarth. Todos
eran potencias menores, con excepción de los Velaryon. Los hombres del norte eran una mayor
preocupación: Invernalia había hablado por Rhaenys en Harrenhal, al igual que los vasallos de
Lord Stark, los Dustin de Fuerte Túmulo y los Manderly de Puerto Blanco. Tampoco se podía
confiar en la Casa Arryn, el Nido de Águilas era actualmente gobernado por una mujer, Lady
Jeyne, la Doncella del Valle, cuyos derechos para gobernar, siempre en tela de juicio, podrían ser
obviados por la Princesa Rhaenyra, si le prestaba su apoyo.
El mayor peligro era Bastión de Tormentas, ya que la Casa Baratheon había sido siempre fiel a la
hora de apoyar las pretensiones de la Princesa Rhaenys y sus hijos. Aunque el viejo Lord
Boremund había muerto, su hijo Borros era aún más beligerante que su padre, y los señores
menores de la Tormenta seguramente lo seguirían hacia donde él los llevara.
--"Entonces tenemos que ver qué los lleva hacia nuestro Rey"-- declaró la Reina Alicent.
Con lo cual mandó llamar a su segundo hijo. No fue un cuervo lo que partió hacia Bastión de
Tormentas ese día, sino Vhagar, el más viejo y más grande de los dragones de Poniente. En su
espalda cabalgó el Príncipe Aemond Targaryen, con un zafiro en el lugar de su ojo faltante.
--"Tú propósito es ganarte la mano de una de las hijas de Lord Baratheon"-- le dijo su abuelo
Ser Otto, antes de volar. --"Cualquiera de las cuatro. Cortéjala y cásate con ella, y Lord Borros
entregará Bastión de Tormentas a tu hermano. Si fallas…"--.
-- "No voy a fallar"-- bramó el Príncipe Aemond. --"Aegon tendrá Bastión de Tormentas, y voy
a tener a esa chica"--.
En el momento en que el Príncipe Aemond se despedía, el hedor que despedía la habitación del
Rey muerto había sobrevolado a través del Torreón de Maegor, con lo que muchos cuentos
locos y rumores se extendieron a través de la corte y castillo. Las mazmorras bajo la Fortaleza
Roja habían tragado tantos hombres sospechosos de deslealtad que incluso el Septon Supremo
había comenzado a preguntarse sobre estas desapariciones, y envió un mensaje hacia el Septo de
Antigua preguntando por algunos de los desaparecidos. Ser Otto Hightower, como hombre
metódico que siempre había servido de Mano, quería más tiempo para hacer los preparativos,
pero la Reina Alicent sabía que no podían retrasarlos por más tiempo.
El Príncipe Aegon se había cansado de tanto secreto. --"¿Soy el Rey, o no?"-- le preguntó a su
madre --"Si soy el Rey, corónenme"--.
Las campanas comenzaron a sonar en el décimo día de la tercera luna del 129 DC,
anunciando el fin de un reinado. Al Gran Maestre Orwyle por fin se le permitió enviar a sus
cuervos, y los pájaros negros se elevaron por el aire de a cientos, difundiendo las noticias de la
ascensión de Aegon por cada rincón del Reino. Las Hermanas Silenciosas fueron enviadas para
preparar el cadáver para la incineración, y jinetes salieron en pálidos caballos para llevar la
noticia a los habitantes de Desembarco del Rey, llorando, -- "El Rey Viserys ha muerto, larga
vida al Rey Aegon"--.
Al escuchar los gritos, algunos lloraban, mientras otros se consolaban, pero la mayor parte del
pueblo miraba en silencio, confuso y cauteloso, y de vez en cuando una voz gritaba: --"¡Larga
vida a nuestra Reina!"--.
Mientras tanto, se hicieron los apresurados preparativos para la coronación. Pozo Dragón
fue el sitio elegido. Bajo su poderosa cúpula se situaban bancos de piedra suficientes para
acomodar a ochenta mil personas, y el grueso de la fosa, paredes, techos, y las fuertes y altas
puertas de bronce lo harían defendible, en caso de que los traidores intentaran interrumpir la
ceremonia. En el día señalado, Ser Criston Cole colocó la corona de hierro y rubí de Aegon el
Conquistador sobre la frente del hijo mayor del Rey Viserys y la Reina Alicent, proclamándolo
como Aegon de Casa Targaryen, Segundo de su Nombre, Rey de los Ándalos, los Rhoynar y
los Primeros Hombres, Señor de los Siete Reinos y Protector del Reino. Su madre, la Reina
Alicent, amada por el pueblo, puso su propia corona sobre la cabeza de su hija Helaena, esposa
y hermana de Aegon. Después de besar sus mejillas, la madre se arrodilló ante su hija, inclinó la
cabeza, y dijo --"Mi Reina"--.
Con el Septon Supremo en Antigua, demasiado viejo y débil para viajar a Desembarco del Rey,
recayó en el Septon Eustace la tarea de ungir la frente del Rey Aegon con los santos óleos, y
bendecirlo en nombre de Los Siete Dioses. Algunos de los asistentes, con vista más aguda que el
resto, notaron que no había más que cuatro Mantos Blancos presentes con el nuevo Rey, no
cinco como hasta ahora. Aegon II había sufrido las primeras deserciones la noche anterior,
cuando Ser Steffon Darklyn de la Guardia Real escapó de la ciudad con su escudero, dos
mayordomos, y cuatro guardias. Bajo el amparo de la oscuridad, se dirigieron por una
poterna a donde un bote de pescador los esperaba para llevarlos a Rocadragón. Llevaban con
ellos una corona robada: una banda de oro amarillo adornada con siete gemas de diferentes
colores. Esta era la corona que el Rey Viserys se había puesto, y el Viejo Rey Jaehaerys antes que
él. Cuando el Príncipe Aegon decidió llevar la corona de hierro y rubí de su tocayo el
Conquistador, la Reina Alicent ordenó que la corona de Viserys fuera guardada bajo llave, pero
en vez de obedecer, el administrador encargado de la tarea se había hecho con ella.
Después de la coronación, el resto de la Guardia Real escoltó a Aegon hasta su montura,
una espléndida bestia con relucientes escamas de oro y las membranas de las alas de color rosa
pálido. Sunfyre El Dorado era el nombre dado a este dragón. Munkun nos cuenta que el Rey
voló tres veces alrededor de la ciudad antes de aterrizar en el interior de los muros de la
Fortaleza Roja. Ser Arryk Cargyll llevó a Su Alteza hasta la Sala del Trono iluminada por
antorchas, donde Aegon II ascendió por la escalinata hasta el Trono de Hierro ante un millar de
señores y caballeros. Los aplausos resonaron en el pasillo.
En Rocadragón, no se escucharon aplausos. En cambio, los gritos resonaban en los
pasillos y las escaleras de la Torre del Dragón Marino, frente a las habitaciones de la Reina,
donde Rhaenyra Targaryen se agitaba en su tercer día de labor de parto. Faltaba una luna para el
nacimiento, pero las noticias de Desembarco del Rey habían envuelto a la Princesa en una furia
negra, y su furia parecía provocar el nacimiento, como si el bebé dentro de ella estuviera furioso
también, luchando por salir. La Princesa maldijo durante todo el parto, rogando que la ira de los
Dioses cayera sobre sus medios hermanos y su madre la Reina, y enumerando los tormentos que
les infringiría antes de dejarlos morir. También maldecía al bebe dentro de ella. --"¡Sal!"-- gritaba,
arañando su vientre hinchado mientras su Maestre y la partera trataban de contenerla.
--"Monstruo, monstruo, ¡Fuera, fuera, FUERA!"--.
Cuando el bebe llegó por fin, resultó de hecho ser un monstruo: una niña que nació muerta,
torcida y malformada, con un agujero en su pecho, donde su corazón debería haber estado y una
gruesa y escamosa cola. La niña muerta había sido nombrada Visenya, y la Princesa Rhaenyra
anunció al día siguiente, cuando la leche de la amapola había embotado su dolor. --"Ella era mi
única hija, y la mataron. Robaron mi corona y asesinaron a mi hija, y responderán por ello"--.
Y así comenzó la Danza, cuando la Princesa convocó a su propio Consejo. "El Consejo Negro",
establecido contra el "Consejo Verde" de Desembarco del Rey. Rhaenyra misma lo presidió, con
su tío y marido el Príncipe Daemon. Sus tres hijos estaban presentes también, aunque ninguno
había alcanzado la edad de la madurez (Jace tenía quince años, Luke catorce, Joffrey doce). Dos
Guardias Reales se quedaron con ellos: Ser Erryk Cargyll, gemelo de Ser Arryk y el hombre del
oeste, Ser Lorent Marbrand. Treinta caballeros, cien ballesteros, y trescientos hombres de armas
formaban el resto de la guarnición de Rocadragón. Fuerza que siempre había sido suficiente para
una fortaleza como esa.
-- "Como arma de conquista, sin embargo, nuestro ejército deja mucho que desear"-- observó
el Príncipe Daemon con amargura.
Una docena de señores menores, banderizos y vasallos de Rocadragón, se sentaron en el
Consejo Negro, así : los Celtigar de Isla Zarpa, Staunton de Grajal, Massey de Piedratormenta,
Bar Emmon de Punta Aguda, y los Darklyn de Valle Oscuro. Pero el señor más importante que
juró lealtad a la Princesa fue Corlys Velaryon de Marcaderiva. Aunque la Serpiente de Mar había
envejecido, le gustaba decir que se aferraba a la vida --"como un marinero a punto de ahogarse,
que se aferra a los restos de un barco hundido. Quizás Los Siete me han resguardado para ésta
última pelea"--.
Con Lord Corlys llegó su esposa, la Princesa Rhaenys, de cincuenta y cinco años, rostro enjuto
y arrugado, el cabello plateado con hebras blancas, pero feroz y valiente como si tuviera
veintidós años, y alguna vez conocida en el pueblo como "La Reina Que Nunca Fue".
Los que estaban en el Consejo Negro se llamaban a sí mismo los leales a la corona, pero
sabían muy bien que el Rey Aegon II los llamaba traidores. Cada uno había recibido ya una
citación de Desembarco del Rey, exigiendo se presentaran en la Fortaleza Roja para jurar lealtad
al nuevo Rey. Todas sus fuerzas combinadas no podían igualar el poder de los Hightower. Los
verdes de Aegon disfrutaban de otras ventajas también. Antigua, Desembarco del Rey, y
Lannisport eran las ciudades más grandes y más ricas del reino; las tres formaban parte de los
verdes. Cada símbolo visible de legitimidad pertenecía a Aegon. Se sentaba en el Trono de
Hierro. Vivía en la Fortaleza Roja. Llevaba la corona del Conquistador, esgrimía la espada del
Conquistador, y había sido ungido por un Septon de la Fe ante los ojos de decenas de miles de
personas. El Gran Maestre Orwyle se sentaba en su Consejo, y el Lord Comandante de la
Guardia Real había colocado la corona sobre su principesca cabeza. Y era hombre, cosa que a
ojos de muchos lo hacía el legítimo Rey, y a su media hermana la usurpadora.
Contra todo eso, las ventajas de Rhaenyra eran pocas. Algunos viejos señores aún podían
recordar los juramentos que habían hecho cuando se le nombró Princesa de Rocadragón y
heredera de su padre. Hubo un tiempo en el que había sido muy querida por señores nobles y
pueblo llano por igual, cuando la habían vitoreado como la Delicia del Reino. Jóvenes de la
nobleza y nobles caballeros habían buscado su favor... aunque cuantos lucharían todavía por ella,
ahora que era una mujer casada, con el cuerpo envejecido y engrosado por seis partos, era una
pregunta que nadie podía contestar. Aunque su medio hermano había saqueado el tesoro de su
padre, la Princesa tenía a su disposición la riqueza de la Casa Velaryon, y la flota de la Serpiente
de Mar le daba superioridad en el mar. Y su consorte, el Príncipe Daemon, probado y
templado en Los Peldaños de Piedra, tenía más experiencia en la guerra que todos sus enemigos
juntos. Por último, pero no menos importante, Rhaenyra tenía dragones.
--"Como los tiene Aegon"-- señaló Lord Staunton.
--"Nosotros tenemos más"-- dijo la Princesa Rhaenys, la Reina que Nunca Fue, que había sido
Jinete de Dragón tanto tiempo como el resto. --"Y los nuestros son más grandes y fuertes,
excepto por Vhagar. Los dragones se crían mejor aquí en Rocadragón"--. Los nombró para
el Consejo. El Rey Aegon tenía a Sunfyre. Una espléndida bestia, aunque joven. Aemond
Un-Ojo montaba a Vhagar, y el peligro que representaba la montura de la Reina Visenya no
podía ser negado. La montura de la Reina Helaena era Dreamfyre, un dragón hembra que una
vez había llevado a la hermana del Viejo Rey, Rhaena, a través de las nubes. El dragón
del Príncipe Daeron era Tessarion, con alas oscuras como el cobalto y con garras, cresta y
escamas del vientre tan brillantes como cobre batido.
--"Son cuatro dragones con tamaño suficiente para combatir"-- dijo Rhaenys.
Los gemelos de la Reina Helaena tenían sus propios dragones también, pero no eran más que
crías; el hijo menor del usurpador, Maelor, solo poseía un huevo. Contra eso, el Príncipe
Daemon tenía a Caraxes y la Princesa Rhaenyra a Syrax, dos bestias enormes y formidables.
Sobre todo Caraxes, era terrible, y no era ajeno a la sangre y el fuego después de los Peldaños de
Piedra. Los tres hijos de Rhaenyra con Laenor Velaryon eran Jinetes de Dragón; Vermax, Arrax
y Tyraxes se hacían más grandes cada año. El Joven Aegon, el mayor de los dos hijos de
Rhaenyra con el Prince Daemon, estaba al mando del joven dragón Stormcloud, aunque todavía
no lo había montado; su hermano pequeño Viserys iba a todas partes con su huevo. El dragón
hembra de Rhaenys, Meleys la Reina Roja, había crecido lentamente, pero se volvió temible
cuando se desarrolló completamente. Las gemelas del Príncipe Daemon con Laena Velaryon
todavía podían ser Jinetes de Dragón. El dragón de Baela era una hembra esbelta, verde pálido,
llamada Moondancer, y no tardaría en ser lo suficientemente grande como para llevar a la niña
en su espalda... y aunque del huevo de su hermana Rhaena había salido una cosa deshecha que
murió pocas horas después, Syrax había incubado recientemente. Uno de sus huevos se le había
entregado a Rhaena, y se decía que la niña dormía con él todas las noches, rezando por un
dragón como el de su hermana.
Por otra parte, otros seis dragones tenían sus guaridas en las cavernas humeantes de
Montedragón, por encima del castillo. Estaba Ala de Plata, la vieja montura de la Bondadosa
Reina Alysanne; Seasmoke, la bestia gris pálido que había sido el orgullo y la pasión de Ser
Laenor Velaryon; y el viejo Vermithor, sin jinete desde la muerte del Rey Jaehaerys. Y en la
parte posterior de la montaña moraban tres dragones salvajes, nunca reclamados ni
montados por hombre, vivo o muerto. El pueblo los había llamado Sheepstealer, Fantasma
Gris, y El Caníbal. --"Encontraremos jinetes para domar a Ala de Plata, Vermithor y Seasmoke,
y tendremos nueve dragones contra los cuatro de Aegon. Montaremos y volaremos a sus
parientes salvajes, y tendremos doce, incluso sin Stormcloud"-- señalo la Princesa Rhaenys.
--"Así es como vamos a ganar esta guerra"-- convinieron Lord Celtigar y Lord Staunton.
Aegon el Conquistador y sus hermanas habían demostrado que los caballeros y los ejércitos no
podían hacer frente al fuegodragón. Celtigar instó a la Princesa a volar inmediatamente hacia
Desembarco del Rey, y reducir la ciudad a cenizas y huesos.
--"¿Y de que nos serviría eso, mi señor?"-- exigió saber la Serpiente de Mar. --"Queremos
gobernar la ciudad, no quemarla hasta los cimientos"--.
-- "Nunca se llegaría a eso"-- insistió Celtigar --"El usurpador no tendrá más remedio que
enfrentarnos con sus propios dragones. Nuestros nueve seguramente aplastarán a sus cuatro"--.
--"¿A qué precio?"-- preguntó la Princesa Rhaenyra. -- "Mis hijos estarán montando tres de esos
dragones, os recuerdo. Y no serían nueve contra cuatro. No estaré lo suficientemente fuerte
como para volar durante algún tiempo todavía. ¿Y quién puede montar a Ala de Plata,
Vermithor y Seasmoke? ¿Vos, mi señor? No lo creo. Será de cinco contra cuatro, y uno de sus
cuatro será Vhagar. Eso no es ventaja"--.
Inesperadamente, el Príncipe Daemon estuvo de acuerdo con su esposa. --"En los Peldaños de
Piedra, mis enemigos aprendieron a correr y esconderse cuando veían las alas de Caraxes o
escuchaban su rugido... pero no tenían dragones propios. No es cosa fácil para un hombre
convertirse en un matadragones. Pero los dragones pueden matar dragones, y ha sucedido.
Cualquier Maestre que ha estudiado alguna vez la historia de Valyria os puede contar eso. No
voy a lanzar nuestros dragones contra el usurpador a menos que no tengamos otra opción. Hay
otras formas de utilizarlos, mejores formas"--.
Entonces el Príncipe expuso su estrategia ante el Consejo Negro. Rhaenyra tendría su propia
coronación, para responder a la de Aegon. Después se enviarían cuervos, llamando a los señores
de los Siete Reinos para que presten juramento a su verdadera Reina.
-- "Debemos luchar esta guerra con palabras antes de ir a la batalla"-- declaró el Príncipe.
Daemon insistía en que los señores de la grandes Casas eran la clave para la victoria. Sus
banderizos y vasallos los seguirían. Aegon el Usurpador había ganado la lealtad de los Lannister
de Roca Casterly, y Lord Tyrell de Altojardín era un niño lloriqueando en pañales cuya madre,
actuando como su regente, preferiría aliarse con sus vasallos, los todopoderosos Hightower...
pero el resto de los grandes señores del reino todavía tenían que declararse por un bando u otro.
--"Bastión de Tormentas estará con nosotros"-- declaró la Princesa Rhaenys. Ella misma
compartía su sangre por parte de madre, y el difunto Lord Boremund había sido el más leal de
los amigos.
El Príncipe Daemon tenía buenas razones para esperar que la Doncella del Valle pusiera al Nido
de Águilas de su lado. Aegon seguramente buscaría el apoyo de Pyke, juzgó; sólo las Islas de
Hierro podían hacer frente a la fuerza de la Casa Velaryon en el mar. Pero los Hombres de
Hierro eran muy inconstantes, y Dalton Greyjoy amaba la sangre y la batalla; podría fácilmente
ser persuadido para apoyar a la Princesa.
El Consejo consideró que el Norte estaba demasiado lejos para ser de gran importancia en la
guerra; para el momento en que los Stark reunieran sus vasallos y marchasen hacia el sur, la
guerra bien podría haber terminado. Con lo cual sólo quedaban los señores de Los Ríos, muchos
notoriamente pendencieros, gobernados, al menos de nombre, por la Casa Tully de
Aguasdulces.
--"Tenemos amigos en las Tierras de los Ríos"-- dijo el Príncipe --"Si bien no todos ellos se
atreven a mostrar sus colores todavía. Necesitamos un lugar donde puedan reunirse, un punto
de apoyo en el continente lo suficientemente grande como para albergar un ejército de tamaño
considerable, y lo suficientemente fuerte como para soportar todo lo que el Usurpador pueda
enviar contra nosotros"-- Les enseñó a los señores un mapa. --"Aquí. Harrenhal"--
Y así se decidió. El Príncipe Daemon llevaría el asalto a Harrenhal, montando a Caraxes. La
Princesa Rhaenyra permanecería en Rocadragón hasta que recuperara sus fuerzas. La flota
Velaryon cerraría El Gaznate, y haría salidas desde Rocadragón y Marcaderiva para bloquear el
paso a todo barco que quisiera entrar o salir de la Bahía Aguasnegras.
--"No tenemos la fuerza para tomar Desembarco del Rey a través de las Tierras de la
Tormenta"-- dijo el Príncipe Daemon --"No más que la que poseen nuestros enemigos para
capturar Rocadragón. Pero Aegon es un niño verde, y los niños verdes son fáciles de provocar.
Quizás podamos provocarlo para que ataque imprudentemente"--.
La Serpiente de Mar comandaría la flota, mientras que la Princesa Rhaenys sobrevolaría la
zona para evitar que los enemigos ataquen a los barcos con dragones. Mientras tanto, los
cuervos volarían hacia Aguasdulces, el Nido de Águilas, Pyke y Bastión de Tormentas, para
conseguir la lealtad de sus señores.
Entonces habló el hijo mayor de la Reina, Jacaerys. --"Nosotros debemos entregar esos
mensajes"-- dijo --"Los dragones ganarán la lealtad de los señores más rápido que los cuervos"--
Su hermano Lucerys estuvo de acuerdo, insistiendo en que él y Jace eran hombres, o casi, no
había diferencia. --"Nuestro tío nos llama Strong, y afirma que somos bastardos, pero cuando
los señores nos vean sobre el lomo de un dragón, sabrán que es mentira. Solamente los
Targaryen montan dragones"--.
Incluso el joven Joffrey intervino, ofreciéndose para montar su propio dragón Tyraxes y unirse a
sus hermanos.
La Princesa Rhaenyra lo prohibió; Joff no tenía más que doce. Pero Jacaerys tenía quince años y
Lucerys catorce; eran muchachos fuertes y fornidos, expertos en el manejo de armas, ya que
durante mucho tiempo habían servido como escuderos. --"Si van, irán como mensajeros, y no
como caballeros"-- les dijo --"No deben tomar parte en ninguna lucha"--.
Solo cuando los jóvenes juraron solemnemente sobre una imagen de la Estrella de Siete Puntas,
Su Alteza dio su consentimiento para enviarlos como embajadores. Se decidió que Jace, siendo
el mayor de los dos, tendría la tarea más larga y peligrosa, volando primero hasta el Nido de
Águilas para tratar con la Doncella del Valle, luego iría a Puerto Blanco para ganar a Lord
Manderly, y por último a Invernalia para reunirse con Lord Stark. La misión de Luke sería más
corta y segura; iba a volar a Bastión de Tormentas, donde se esperaba que Borros Baratheon le
diera una cálida bienvenida.
Una precipitada coronación se celebró al día siguiente. La llegada de Ser Steffon Darklyn,
antiguo Guardia Real de Aegon, fue motivo de gran alegría en Rocadragón, sobre todo cuando
se supo que él y sus leales compañeros (Ser Otto los había calificado como "cambiacapas", al
ofrecer una recompensa por su captura) habían traído la corona robada del Rey Jaehaerys El
Conciliador. Trescientos pares de ojos observaron cómo el Príncipe Daemon Targaryen colocó
la corona del Viejo Rey en la cabeza de su esposa, proclamándola Rhaenyra de la Casa
Targaryen, Primera de su Nombre, Reina de las Ándalos, Los Rhoynar, y los Primeros
Hombres. El Príncipe reclamó para sí el título de Protector del Reino, y Rhaenyra nombró a su
hijo mayor, Jacaerys, Príncipe de Rocadragón y heredero al Trono de Hierro.
Su primer acto como Reina fue declarar Ser Otto Hightower y a la Reina Alicent traidores y
rebeldes. --"En cuanto a mis medios hermanos, y mi dulce hermana Helaena"-- anunció --"han
sido engañados por los consejos de viles personajes. Que vengan a Rocadragón, doblen la rodilla
y soliciten perdón, y perdonaré gustosamente sus vidas y los traeré de vuelta a mi corazón,
porque ellos son de mi propia sangre, y no hay hombre más maldito que el que mata a otro de
su sangre"--.
Las palabras de la coronación de Rhaenyra llegaron a la Fortaleza Roja al día siguiente,
para disgusto de Aegon II. --"Mi hermana y mi tío son culpables de alta traición"-- declaró el
joven Rey. --"Los condeno, quiero que los arresten, y los quiero muertos"--
Las mentes más frías del Consejo Verde deseaban parlamentar. --"Se debe hacer ver a la
Princesa que su causa no es posible"-- dijo el Gran Maestre Orwyle --"El hermano no debe
guerrear contra la hermana. Enviadme a ella, para dialogar y llegar a un acuerdo amistoso"--.
Aegon ni quería oír hablar de eso. El Septon Eustace nos cuenta que Su Alteza acusó al Gran
Maestre de deslealtad y habló de arrojarlo a una celda negra "con sus amigos negros". Pero
cuando las dos Reinas -su madre la Reina Alicent y su esposa la Reina Helaena- se pronunciaron
a favor de la propuesta de Orwyle, el Rey cedió a regañadientes. Así que el Gran Maestre
Orwyle fue enviado a través de la Bahía del Aguasnegras bajo una bandera de paz, encabezando
un séquito que incluía Ser Arryk Cargyll de la Guardia Real y Ser Gwayne Hightower de los
Capas Doradas, junto con una veintena de escribas y septones.
Las condiciones ofrecidas por el Rey eran generosas. Si la Princesa lo reconocía como Rey y se
arrodillaba ante el Trono de Hierro, Aegon II la ratificaría en su posesión de Rocadragón, y
permitiría que la isla y el castillo pasaran a su hijo Jacaerys después de su muerte. Su segundo
hijo, Lucerys, sería reconocido como el legítimo heredero de Marcaderiva y las tierras y
posesiones de la Casa Velaryon; sus hijos con el Príncipe Daemon, el Joven Aegon y Viserys,
tendrían lugares de honor en la corte, el primero como escudero del Rey, el último como su
copero. Se concederían indultos a los señores y caballeros que habían conspirado
traicioneramente con ella en contra de su verdadero Rey.
Rhaenyra escuchó estos términos en un silencio sepulcral, y luego le preguntó a Orwyle si
recordaba a su padre, el Rey Viserys.
--"Por supuesto, Alteza"-- respondió el Maestre.
--"Tal vez vos podáis decirnos a quién nombró como su heredero y sucesor"-- dijo la Reina, con
la corona sobre su cabeza.
--"A vos, Excelencia"-- respondió Orwyle.
Rhaenyra asintió y dijo --"Con vuestra lengua admitís que soy vuestra legítima Reina. ¿Por qué
entonces servís a mi medio hermano, el pretendiente? Decidle a mi medio hermano que voy a
tener mi trono, o su cabeza"-- y envió a los emisarios por donde habían venido.
Aegon II tenía veintidós años, era rápido para la ira y lento para perdonar.
La negativa de Rhaenyra a su oferta lo enfureció. --"Le ofrecí una paz honorable y la puta me
la escupió en mi cara"-- declaró. --"Lo que ocurra ahora pesará sobre ella"--.
Mientras hablaba, la Danza comenzaba.
En Marcaderiva, los barcos de la Serpiente de Mar zarparon de Hull y Spicetown para
cerrar El Gaznate, obstruyendo el comercio desde y hacia Desembarco del Rey. Poco
después, Jacaerys Velaryon volaba hacia el Norte en su dragón Vermax, y su hermano
Lucerys hacia el Sur en Arrax, mientras que el Príncipe Daemon montaba en Caraxes
hacia El Tridente.
Harrenhal ya había demostrado una vez ser vulnerable desde el cielo, cuando Aegon el
Dragón lo había derrumbado. Su anciano Castellano Ser Simon Strong se apresuraba a llamar a
sus banderizos, cuando Caraxes embistió desde lo alto de la Torre de la Pira Real. Además del
castillo, el Príncipe Daemon capturó de un plumazo la riqueza nada despreciable de la Casa
Strong y una docena de rehenes valiosos, entre ellos Ser Simon y sus nietos.
Mientras tanto, el Príncipe Jacaerys voló hacia el Norte en su dragón, para convencer a la
Doncella del Valle de Arryn, Lord Manderly de Puerto Blanco, Lord Borrell y Lord Sunderland
de Las Hermanas y Cregan Stark de Invernalia. Tan encantador era el Príncipe, y tan temible su
dragón, que cada uno de los señores que visitó prometió apoyar a su madre.
El vuelo de su hermano -más corto, más seguro-, habría ido bien, si se hubiera evitado tanto
derramamiento de sangre y dolor. La tragedia que le ocurrió a Lucerys Velaryon en Bastión de
Tormentas nunca fue planeada, en esto todas las fuentes coinciden. Las primeras batallas en la
Danza de los Dragones se libraron con cartas y cuervos, con amenazas y promesas, decretos y
halagos. El asesinato de Lord Beesbury en el Consejo Verde aún no era muy conocido; la
mayoría creía que su señoría languidecía en algún calabozo. Pese a que diversas caras familiares
habían dejado de verse en la corte, ni habían aparecido por encima de las puertas del castillo,
muchos aún confiaban en que la cuestión de la sucesión pudiera resolverse
pacíficamente.
El Desconocido tenía otros planes. Porque ciertamente estuvo su temible mano detrás de la
desgracia que hizo que dos Príncipes se encontraran en Bastión de Tormentas, cuando el dragón
Arrax volaba raudamente en alas de una tormenta para llevar a Lucerys Velaryon a la seguridad
del patio del castillo, sólo para descubrir que Aemond Targaryen había llegado antes allí.
Vhagar, el poderoso dragón del Príncipe Aemond, fue el primero en sentirlos. Los guardias que
hacían la ronda en las almenas de los poderosos muros del castillo empuñaron sus lanzas con un
terror súbito cuando ella despertó, con un rugido que hizo temblar los cimientos mismos del
Desafío de Durran. Incluso Arrax se acobardó ante el bramido, se nos cuenta, y Luke tuvo que
usar su látigo para obligarlo a descender.
Relámpagos parpadeaban al este y una fuerte lluvia caía mientras Lucerys saltaba de su dragón,
con el mensaje de su madre aferrado en su mano. Sabía lo que significaba la presencia de
Vhagar, por tanto no se sorprendió cuando Aemond Targaryen se enfrentó a él en el Salón
Redondo, ante la mirada de Lord Borros, sus cuatro hijas, el Septon y el Maestre, dos caballeros,
guardias, y sirvientes.
--"Mirad a esta triste criatura, mi señor"-- dijo el Príncipe Aemond. --"El pequeño bastardo
Luke Strong"--.
A Luke le dijo --"Estáis mojado, bastardo. ¿Está lloviendo, o te habéis meado de miedo?"--.
Lucerys Velaryon se dirigió solo a Lord Baratheon. --"Lord Borros, os he traído un mensaje de
mi madre, la Reina"--.
--"La puta de Rocadragón, quiere decir"-- El Prince Aemond se adelantó e intentó arrebatarle
la carta de la mano a Lucerys, pero Lord Borros rugió una orden y sus caballeros intervinieron,
separando a los pequeños Príncipes. Uno de ellos llevó la carta de Rhaenyra al estrado, donde su
señor estaba sentado, en el trono de los viejos Reyes de la Tormenta.
Ningún hombre puede realmente saber qué sentía Borros Baratheon en ese momento. Las
historias de los que allí se encontraban difieren notablemente unas de otras. Algunos dicen que
su señoría estaba con la cara roja y avergonzada, como lo estaría un hombre si su legítima esposa
lo encontrara en la cama con otra mujer. Otros declaran que Borros parecía estar saboreando el
momento, ya su orgullo iba en aumento ante la idea de que tanto el Rey como la Reina buscaran
su apoyo.
Sin embargo, todos los testigos están de acuerdo en lo que dijo e hizo Lord Borros. Nunca un
hombre de letras, le entregó la carta de la Reina a su Maestre, quien rompió el sello y le susurró
el mensaje al oído. Lord Borros frunció el ceño. Se acarició la barba, miró amenazante a Lucerys
Velaryon, y dijo --"Si acepto la oferta de vuestra madre, ¿con cuál de mis hijas os casareis,
muchacho?"-- Hizo un gesto hacia las cuatro niñas. --" Elegid una”--.
El Príncipe Lucerys sólo pudo sonrojarse. --"Mi señor, no soy libre para casarme"-- respondió.
--"Estoy comprometido con mi prima Rhaena"--.
--"Me lo imaginaba "-- dijo Lord Borros --"Vete a casa, mocoso, y dile a la puta de tu madre que
el señor de Bastión de Tormentas no es un perro al que pueda silbar para mandarlo a atacar a
sus enemigos"--.
El Príncipe Lucerys dio la vuelta para dejar el Salón Redondo.
Pero el Príncipe Aemond desenvainó su espada y le dijo --"¡Alto, Strong!"--.
El Príncipe Lucerys recordó la promesa a su madre. --"No voy a pelear. Vine aquí como
mensajero, no como caballero"--.
--"Vinisteis aquí como un cobarde y un traidor"-- respondió el Príncipe Aemond. --"Tendré que
quitaros la vida, Strong"--.
Lord Borros se inquietó. --"Aquí no"-- se quejó --"Vino como mensajero. No quiero un
derramamiento de sangre bajo mi techo"--.
Así que sus guardias se colocaron entre los Príncipes y escoltaron a Lucerys Velaryon desde el
Salón Redondo de nuevo al patio del castillo donde su dragón Arrax estaba inclinado bajo la
lluvia, esperando su regreso.
La boca de Aemond Targaryen se retorció en una mueca de rabia, y se volvió una vez más hacia
Lord Borros, solicitando retirarse. El señor de Bastión de Tormentas se encogió de hombros y
respondió --"No me corresponde a mi deciros que hacer cuando no estáis bajo mi techo"--.
Sus caballeros se apartaron cuando el Príncipe Aemond corrió hacia las puertas.
Afuera, la tormenta era furiosa. Un trueno retumbó en el castillo, mientras la lluvia que caía no
dejaba ver nada, y de vez en cuando grandes relámpagos de un blanco azulado iluminaban el
mundo y parecía de día. Mal tiempo para volar, aún con un dragón, y Arrax estaba luchando
para mantenerse en el aire cuando el Príncipe Aemond montó a Vhagar y fue tras él. De haber
estado calmo el cielo, el Príncipe Lucerys podría haber sido capaz de volar lejos de su
perseguidor, ya que Arrax era más joven y más rápido... pero el día era negro, y así sucedió que
los dragones se encontraron en la Bahía de los Naufragios. Los guardias de los muros del castillo
vieron explosiones de llamas a la distancia, y oyeron un rugido que cortó el trueno. A
continuación, las dos bestias estaban trabadas en lucha, con relámpagos rompiendo a su
alrededor. Vhagar era cinco veces del tamaño de su enemigo, y una sobreviviente curtida en
cien batallas. Si puede llamarse pelea, no pudo haber durado mucho.
Arrax cayó, quebrado, para ser tragado por las aguas de la tormenta que azotaban la bahía. La
cabeza y el cuello fueron arrastrados por las aguas tres días después hasta los acantilados de
Bastión de Tormentas, para festín de los cangrejos y gaviotas. El cadáver del Príncipe Lucerys,
también.
Y con su muerte, la guerra de los cuervos, los mensajeros y los pactos matrimoniales llegó a su
fin, y comenzó la guerra de fuego y sangre.
En Rocadragón, la Reina Rhaenyra se desmayó cuando se enteró de la muerte de Luke. El
hermano menor de Luke, Joffrey (Jace estaba todavía lejos en su misión al Norte) realizó un
terrible juramento de venganza contra el Príncipe Aemond y Lord Borros. Sólo la intervención
de la Serpiente de Mar y la Princesa Rhaenys evitaron que el niño montara su dragón
inmediatamente. Mientras el Consejo de Negro se sentaba a estudiar la forma de devolver el
golpe, un cuervo llegó de Harrenhal. --"Ojo por ojo, hijo por hijo"-- escribía el Príncipe
Daemon -- "Lucerys será vengado"--.
En su juventud, el rostro y la risa de Daemon Targaryen eran conocidos por cada ratero, puta y
jugador en el Lecho de Pulgas. El Príncipe aún tenía amigos en los lugares bajos de Desembarco
del Rey, y seguidores entre los Capas Doradas. Sin que estuvieran al corriente el Rey Aegon, la
Mano o la Reina Viuda, tenía aliados en la corte, incluso en el Consejo Verde... y otro alcahuete,
un amigo especial en el que confiaba totalmente, que conocía los sumideros de vino y pozos de
ratas, que se movía entre las sombras de la Fortaleza Roja, como el mismo Daemon alguna vez
lo hizo. Hacia este desconocido alargó la mano ahora, por caminos secretos, para establecer una
terrible venganza.
En el Lecho de Pulgas, el Príncipe Daemon consiguió los instrumentos adecuados. Uno había
sido un sargento de la Guardia de la Ciudad; grande y brutal, había perdido su capa dorada por
asesinar a una puta mientras estaba borracho. Otro era el exterminador de ratas de la Fortaleza
Roja. Sus verdaderos nombres se han perdido para la historia. Ellos son recordados como
Sangre y Queso.
Las puertas ocultas y túneles secretos que Maegor el Cruel había construido eran tan familiares
para el exterminador de ratas como para las ratas que cazaba. Usando un pasaje olvidado, Queso
llevó a Sangre hacia el corazón del castillo, sin ser visto por ninguno de los guardias. Algunos
dicen que su presa era el mismísimo Rey, pero Aegon estaba acompañado por la Guardia Real
donde quiera que fuera, e incluso Queso sabía que no había manera de entrar o salir del Torreón
de Maegor excepto por donde estaba el puente levadizo que cruzaba el foso seco, con sus
formidables picas de hierro.
La Torre de la Mano era menos segura. Los dos hombres entraron a través de los muros, sin
pasar por donde estaban los lanceros apostados en las puertas de la torre. Las habitaciones de
Ser Otto no eran de interés para ellos. En su lugar, se deslizaron hacia las cámaras de su hija, un
piso más abajo. La Reina Alicent había fijado su residencia allí después de la muerte del Rey
Viserys, cuando su hijo Aegon se trasladó al Torreón de Maegor con su propia Reina. Una vez
dentro, Queso ató y amordazó a la Reina Viuda, mientras Sangre estrangulaba a su doncella.
Luego se sentaron a esperar, porque sabían que era costumbre de la Reina Helaena traer a sus
hijos a ver su abuela todas las noches antes de acostarse.
Sin conocimiento del peligro, la Reina apareció cuando el crepúsculo caía sobre el castillo,
acompañada por su tres hijos. Jaehaerys y Jaehaera tenían seis años, Maelor dos. Al entrar en la
habitación, Helaena se detuvo mientras llamaba a su madre. Sangre atrancó la puerta y mató al
guardia de la Reina, mientras Queso le arrebata a Maelor. --"Si gritan, todos mueren"-- le dijo
Sangre a Su Alteza. La Reina Helaena mantuvo la calma --"¿Quiénes sois?"-- pregunto a ambos.
--"Cobradores de deudas"-- dijo Queso. --"Ojo por ojo, hijo por hijo. Sólo queremos uno, y
estaremos a mano"--.
--"No tocaremos al resto de ustedes, buena gente, ni un pelito. ¿Cuál prefiere perder,
Excelencia?"--.
Una vez que se dio cuenta a que se referían, la Reina Helaena suplicó a los hombres que la
mataran ella en su lugar.
--"A la esposa no, a un hijo"-- dijo Sangre. --"Tiene que ser un niño"--.
Queso le advirtió a la Reina que tomara pronto una decisión, antes de que Sangre se aburriera y
violara a su niña. --"Elige"-- dijo --"o matamos a todos"--.
De rodillas, llorando, Helaena nombró al más joven, Maelor. Tal vez pensó que el niño era
demasiado joven para entender, o tal vez fue porque el mayor, Jaehaerys, era el primogénito y
heredero del Rey Aegon, el próximo en la sucesión para el Trono de Hierro.
--"¿Has oído eso, hijo?"-- le susurró Queso a Maelor. -- "Tu mamá te quiere muerto"--. Luego le
dirigió una sonrisa a Sangre, y el descomunal espadachín se volvió hacia el Príncipe Jaehaerys,
cortándole la cabeza al niño de un solo golpe.
La Reina empezó a gritar.
Por extraño que parezca, el exterminador de ratas y el carnicero fueron fieles a su palabra. No le
hicieron daño a la Reina Helaena o a sus hijos sobrevivientes, sino que huyeron con la cabeza
del Príncipe en la mano.
A pesar de que Sangre y Queso habían perdonado su vida, no se puede afirmar que la Reina
Helaena haya sobrevivido a ese fatídico atardecer. Después del episodio, no quiso comer, ni
bañarse, ni abandonar sus habitaciones, y ya no podía mirar a su hijo Maelor, sabiendo que lo
había condenado a muerte. El Rey no sabía qué hacer, excepto llevar al niño a su madre, la
Reina Viuda Alicent, para que lo criara como si fuera su propio hijo. Aegon y su esposa
durmieron por separado a partir de entonces, y la Reina Helaena se hundió más y más en la
locura, mientras que el Rey se enfurecía, bebía, y se enfurecía más.
A partir de esto, el derramamiento de sangre comenzó en serio.
La caída de Harrenhal a manos del Príncipe Daemon fue una gran sorpresa para Su
Alteza. Hasta ese momento, Aegon II había creído que no había esperanzas para la causa de su
media hermana. Harrenhal lo hizo sentir vulnerable por primera vez. Otros golpes que tuvo que
acusar fueron las posteriores y rápidas derrotas en Burning Mill y Seto de Piedra, e hicieron que
el Rey se diera cuenta de que su situación era más peligrosa de lo que parecía.
Estos temores se profundizaron cuando los cuervos regresaron de El Dominio, donde los
verdes se creían fuertes. La Casa Hightower y Antigua eran firmes partidarios del Rey Aegon, y
Su Alteza contaba también con El Rejo... pero en otros lugares del Sur, los demás señores se
estaban declarando por Rhaenyra, entre ellos, Lord Costayne de Tres Torres, Lord Mullendore
de Tierras Altas, Lord Tarly de Colina Cuerno, Lord Rowan de Sotodeoro, y Lord Grimm de
Escudo Gris.
Los golpes siguieron: el Valle, Puerto Blanco, Invernalia. Los Blackwood y otros señores de Los
Ríos avanzaban hacia Harrenhal para unirse al Príncipe Daemon. Las flotas de la Serpiente de
Mar cerraban la Bahía del Aguasnegras, y cada mañana el Rey Aegon tenía que soportar los
gimoteos de los comerciantes. Su Alteza respondía a las quejas bebiéndose otra copa de vino
fuerte. --"Haced algo"-- le exigió a Ser Otto.
La Mano le aseguró que se estaba haciendo algo; había ideado un plan para romper el bloqueo
de los Velaryon. Uno de los principales pilares de apoyo a la reclamación de Rhaenyra era su
esposo, el Príncipe Daemon, sin embargo, representaba también una de sus mayores debilidades.
El Príncipe había hecho más enemigos que amigos durante el curso de sus aventuras. Ser Otto
Hightower, que estaba entre los primeros de esos enemigos, se había contactado a través del
Mar Angosto con otro de los enemigos del Príncipe, el Reino de las Tres Hijas, con la esperanza
de persuadirlos a moverse contra la Serpiente de Mar.
Sin embargo, la lentitud del plan no iba con el joven Rey. Se había agotado la paciencia de
Aegon II ante el accionar de su abuelo. Aunque su madre, la Reina Viuda Alicent, habló en
defensa de Ser Otto, Su Alteza hizo oídos sordos a sus súplicas. Convocando a Ser Otto a la Sala
del Trono, rasgó la cadena del cargo de su cuello y se la arrojó a Ser Criston Cole. --"Mi nueva
Mano es un puño de acero"-- se jactó --"Hemos terminado con la redacción de cartas"--.
Ser Criston no perdió tiempo en demostrar su posición. --"Un Rey no implora el apoyo de sus
señores, como un mendigo pide limosna"-- dijo a Aegon. -- "Sois el legítimo Rey de Poniente, y
aquellos que lo nieguen son traidores. Ya es hora de que aprendan el precio de la traición"--.
El Maestro de los Rumores del Rey Aegon, Larys Strong el Patizambo, había elaborado una lista
con todos aquellos señores que se reunieron en Rocadragón para asistir a la coronación de la
Reina Rhaenyra y sentarse en su Consejo Negro. Lord Celtigar y Lord Velaryon tenían sus
asentamientos en islas; pero Aegon II no tenía poderío en el mar, por lo que estaban fuera de su
alcance. Los señores "negros”, cuyas tierras estaban en el continente no tenían tal protección, sin
embargo. Valle Oscuro cayó fácilmente, tomada por sorpresa por las fuerzas del Rey, la ciudad
fue saqueada, los barcos en los puertos fueron incendiados, y Lord Darklyn decapitado. El
Grajal fue el próximo objetivo de Ser Criston. Sabiendo del ataque, Lord Staunton cerró sus
puertas, y desafió a los atacantes. Detrás de sus muros, su señoría sólo pudo observar como sus
campos, bosques y aldeas eran quemados, sus ovejas, vacas y pueblo pasados por la espada.
Cuando las reservas del castillo comenzaron a agotarse, envió un cuervo a Rocadragón, pidiendo
ayuda. Nueve días después de que Lord Staunton enviara su pedido de ayuda, se escuchó el
sonido de unas alas de cuero a través del mar, y el dragón Meleys apareció ante Grajal. La Reina
Roja, la llamaban, por las escamas de color escarlata que la cubrían. Las membranas de sus alas
eran de color rosa, su cresta, cuernos y garras claras como cobalto. Sobre su espalda, con
armadura de acero y cobre que resplandecía al sol, montaba Rhaenys Targaryen, la Reina que
Nunca Fue.
Ser Criston Cole no se espantó. La Mano de Aegon se lo esperaba, contaba con eso. Tambores
resonaron dando órdenes, y los soldados se precipitaron hacia adelante, arqueros y ballesteros
llenaron el aire con flechas y virotes. Los escorpiones apuntaron hacia arriba, lanzando saetas de
hierro como las que una vez habían derribado a Meraxes en Dorne. Meleys sufrió una veintena
de golpes, pero las flechas sólo sirvieron para enfurecerla. Se precipitó hacia abajo, escupiendo
fuego a derecha e izquierda. Los caballeros se calcinaban en sus sillas mientras las crines, la piel y
los arneses de sus caballos eran pasto de las llamas. Los hombres de armas arrojaron sus lanzas y
se desbandaron. Algunos trataron de esconderse detrás de sus escudos, pero ni roble ni hierro
podían soportar el aliento del dragón.
Ser Criston montó en su caballo blanco gritando --"¡Apunten al jinete!"-- a través del humo y las
llamas.
Meleys rugió, expulsando humo por sus fosas nasales, a la vez que un semental coceaba contra
sus mandíbulas pero era devorado por lenguas de fuego.
Entonces se escuchó otro rugido en respuesta. Otras dos formas aladas aparecieron: el Rey
montando a Sunfyre El Dorado, y su hermano Aemond sobre Vhagar. Criston Cole había
tendido el cebo, y Rhaenys había caído en la trampa. Los dientes se cerraron sobre ella.
Pero la Princesa Rhaenys no intentó huir. Con un grito de satisfacción y un latigazo, se volvió
con Meleys para enfrentar al enemigo. Sola contra Vhagar podría haber tenido alguna
posibilidad, porque la Reina Roja era vieja y astuta, y conocía la batalla. Contra Vhagar y Sunfyre
juntos, su destino estaba sellado.
Los dragones se encontraron violentamente a mil pies de altura sobre el campo de batalla, con
bolas de fuego y explosiones tan brillantes, que los hombres juraron después que el cielo se llenó
de soles. Las mandíbulas color carmesí de Meleys se cerraron alrededor del cuello dorado de
Sunfyre, hasta que, desde arriba, Vhagar cayó sobre ellos. Las tres bestias se desplomaron dando
volteretas hasta golpear contra el suelo. Golpearon tan duro que las rocas volaron media legua
desde las almenas de Grajal. Aquellos que estaban cerca de los dragones no vivieron para
contarlo. Aquellos que estaban más lejos no pudieron ver nada a causa de las llamas y el humo.
Pasaron horas antes de que los fuegos se consumieran. De las cenizas, sólo la rosada Vhagar
emergió ilesa. Meleys estaba muerta, rota por la caída y destrozada en pedazos sobre la tierra. Y
Sunfyre, esa espléndida bestia dorada, tenía un ala media arrancada de su cuerpo, mientras su
real jinete tenía las costillas rotas, la cadera fracturada y quemaduras que cubrían la mitad de su
cuerpo. Su brazo izquierdo era lo peor. El fuegodragón lo había quemado tanto, que la
armadura del Rey se había derretido contra la carne.
Un cuerpo que se cree era el de Rhaenys Targaryen fue encontrado más tarde junto al cadáver
de su dragón, pero estaba tan calcinado que nadie pudo asegurarlo. La amada hija de Lady
Jocelyn Baratheon y el Príncipe Aemon Targaryen, fiel esposa de Lord Corlys Velaryon, madre y
abuela, la Reina Que Nunca Fue, vivió sin miedo, y murió en medio de sangre y fuego. Tenía
cincuenta y cinco años.
Ochocientos caballeros, escuderos y hombres del pueblo también perdieron la vida ese día.
Otros cientos perecieron no mucho después, cuando el Príncipe Aemond y Ser Criston Cole
tomaron Grajal y pasaron su guarnición por la espada. La cabeza de Lord Staunton fue llevada a
Desembarco del Rey y clavada sobre la Puerta Vieja... pero fue la cabeza del dragón Meleys,
llevada a la ciudad en una carreta, la que asombró a la multitud del pueblo y los sumió en el
silencio. Miles huyeron de Desembarco del Rey después de esto, hasta que la Reina Viuda
Alicent ordenó cerrar las puertas de la ciudad a cal y canto.
El Rey Aegon II no murió, a pesar de que sus quemaduras le producían tanto dolor que
algunos dicen que imploró por la muerte. Llevado de nuevo a Desembarco del Rey en una litera
cerrada para ocultar la gravedad de sus heridas, Su Alteza no pudo levantarse de la cama por el
resto del año. Septones oraron por él, Maestres lo asistieron con pociones y leche de amapola,
con lo que Aegon dormía nueve horas de cada diez, despertando sólo el tiempo suficiente para
tomar un magro alimento antes de volver a dormir. Nadie osó perturbar su descanso, salvo su
madre, la Reina Viuda y su Mano, Ser Criston Cole. Su esposa nunca apareció, tan perdida
estaba Helaena en su propio dolor y locura.
El dragón del Rey, Sunfyre, demasiado grande y pesado para ser movido, e incapaz de volar con
un ala rota, permaneció en los campos más allá de los restos de Grajal, arrastrándose a través de
las cenizas como una gran serpiente dorada. En los primeros días, se alimentaba de los cadáveres
chamuscados. Cuando se acabaron, los hombres que Ser Criston había dejado para protegerlo lo
alimentaron con terneros y ovejas.
--"Tenéis que gobernar el reino ahora, hasta que vuestro hermano esté lo suficientemente fuerte
para ponerse la corona de nuevo"-- dijo la Mano del Rey al Príncipe Aemond.
Ni decir que Ser Criston no necesitó expresarlo dos veces. Y así, Aemond Un-Ojo, el Asesino
de Sangre, tomó la corona de hierro y rubíes de Aegon el Conquistador. --"Me queda mejor a mí
de lo que alguna vez le quedó a él"-- proclamó el Príncipe.
Sin embargo, Aemond no se adjudicó los títulos del Rey, sólo el de Protector del Reino y
Príncipe Regente. Ser Criston Cole permaneció como Mano del Rey.
Mientras tanto, las semillas que Jacaerys Velaryon había plantado en su vuelo al Norte
comenzaban a dar sus frutos, y los hombres se reunían en Puerto Blanco, Invernalia, Los
Túmulos, Las Hermanas, Puerto Gaviota y las Puertas del Luna.
Ser Criston advirtió al nuevo Príncipe Regente que si unían sus fuerzas a las de los señores de
Los Ríos reunidas en Harrenhal con el Príncipe Daemon, ni siquiera los fuertes muros de
Desembarco del Rey serían capaces de resistirlos.
Muy confiado en su propia destreza como guerrero y en el poder de su dragón Vhagar, Aemond
estaba ansioso por presentarle batalla al enemigo. --"La puta de Rocadragón no es una
amenaza"-- dijo --"No más que Rowan y esos traidores de El Dominio. El peligro es mi tío. Una
vez que Daemon haya muerto, todos esos tontos reunidos bajo el estandarte de nuestra hermana
correrán de nuevo a sus castillos y se acabaran los problemas"--.
Al este de la Bahía del Aguasnegras, la Reina Rhaenyra también la pasaba mal. La muerte de su
hijo Lucerys había sido un duro golpe para una mujer ya deprimida por el embarazo, el parto y
el nacimiento sin vida de su hija. Cuando la noticia de la caída de la Princesa Rhaenys llegó a
Rocadragón, hubo un intercambio de palabras airadas entre la Reina y Lord Velaryon, que la
culpaba por la muerte de su esposa.
--"Deberíais haber muerto vos"-- le gritó la Serpiente de Mar a Su Alteza. --"¡Staunton pidió por
vos, en cambio dejasteis que fuera mi esposa la que lo socorra, y prohibisteis a vuestros hijos
acompañarla!"-- Porque, como todo el castillo sabía, los Príncipes Jace y Joff habían
estado ansiosos por volar con sus propios dragones hacia Grajal con la Princesa Rhaenys.
Fue Jace quién tomo las riendas de la situación, a finales del año 129 DC. Primero logró
nuevamente el apoyo del Señor de las Mareas nombrándolo Mano de la Reina. Junto a Lord
Corlys, comenzó planear el asalto a Desembarco del Rey.
Consciente de la promesa que había hecho a la Doncella del Valle, Jace ordenó al Príncipe
Joffrey volar a Puerto Gaviota con Tyraxes. Munkun sugiere que lo que hizo que Jace tomara
esta decisión fue el deseo de mantener a su hermano lejos de los combates. No le cayó bien a
Joffrey, quien estaba decidido a probarse en batalla. Sólo cuando se le dijo que estaba siendo
enviado a defender el Valle contra los dragones del Rey Aegon, aceptó a regañadientes. Rhaena,
de trece años de edad, hija del Príncipe Daemon y Laena Velaryon, fue elegida para
acompañarlo. Conocida como Rhaena de Pentos, por la ciudad donde nació, no era Jinete de
Dragón, su cría había muerto algunos años antes, pero llevó tres huevos de dragón con ella al
Valle, donde rezó todas las noches para que eclosionaran. El Príncipe de Rocadragón también se
preocupaba por la seguridad de sus medios hermanos, el Joven Aegon y Viserys, de nueve y siete
años de edad. Su padre, el Príncipe Daemon, había hecho muchos amigos en la Ciudad Libre
de Pentos durante sus visitas allí, así que Jacaerys se puso en contacto con el Príncipe de esa
ciudad, quien accedió a hacerse cargo de los dos niños hasta que Rhaenyra hubiera asegurado
el Trono de Hierro. En los últimos días de 129 DC, los jóvenes Príncipes abordaron el Gay
Abandon -Aegon con Stormcloud, Viserys con su huevo- orientando la vela hacia Essos.
La Serpiente de Mar envió siete de sus barcos de guerra como escolta, para asegurarse que
llegaran a salvo a Pentos.
Con Sunfyre cerca de Grajal, herido e incapaz de volar y Tessarion con el Príncipe Daeron en
Antigua, sólo dos dragones maduros defendían Desembarco del Rey ... y el jinete de Dreamfyre,
la Reina Helaena, pasaba sus días en la oscuridad, llorando, y no podía ser considerada una
amenaza. Eso dejaba sólo a Vhagar. Ningún dragón viviente podía igualar a Vhagar en tamaño o
ferocidad, pero el razonamiento de Jace era que si Vermax, Syrax y Caraxes atacaban juntos
Desembarco del Rey, ni siquiera la "vieja y vetusta puta" sería capaz de resistirse a ellos. Sin
embargo, tan grande era la reputación de Vhagar que el Príncipe vaciló, considerando la
posibilidad de añadir más dragones al ataque.
La Casa Targaryen había gobernado Rocadragón por más de doscientos años, desde que
Lord Aenar Targaryen fuera el primero en llegar de Valyria con sus dragones. A pesar de que
siempre había sido costumbre casarse hermano con hermana y primo con prima, la sangre
joven siempre quería más, y no era raro que los hombres de la Casa buscaran placer entre las
hijas (e incluso las esposas) de sus súbditos, y de los pobladores que vivían bajo Montedragón,
labradores de la tierra y pescadores.
De hecho, hasta el reinado del Rey Jaehaerys y la Bondadosa Reina Alysanne, la antigua ley de la
primera noche aún se mantenía en Rocadragón, como así también en todo Poniente, por lo que
era derecho del señor llevarse a la cama a cualquier doncella de su dominio la noche de su boda.
Aunque esta costumbre no era bien vista en otros lugares de los Siete Reinos, por hombres de
celoso temperamento que consideraban deshonrosos tales actos, esos sentimientos no existían
en Rocadragón, donde los Targaryen eran considerados como más cercanos a los dioses que el
resto de los hombres. En este lugar, las novias así bendecidas en la noche de bodas eran
envidiadas, y los hijos nacidos de tales uniones eran estimados por encima de todos los demás, y
los Señores de Rocadragón a menudo celebraban el nacimiento con espléndidos regalos de oro y
seda y tierras para la madre. Estos felices bastardos fueron llamados como "nacidos de la semilla
del dragón", y con el tiempo llegaron a ser conocido simplemente como "semillas". Incluso
después del final del derecho a la primera noche, ciertos Targaryen continuaron pasando el
tiempo con las hijas de los posaderos y las esposas de pescadores, por lo que las semillas y los
hijos de las semillas eran abundantes en Rocadragón.
El Príncipe Jacaerys necesitaba más Jinetes de Dragón, y más dragones, y así fue que busco a los
nacidos de la semilla del dragón, y prometió que a cualquier hombre que pudiera domar un
dragón se le concederían tierras y riquezas y sería armado caballero. Sus hijos se ennoblecerían,
sus hijas se casarían con príncipes, y ellos tendrían el honor de luchar al lado del Príncipe de
Rocadragón contra el pretendiente Aegon II Targaryen y sus traidores partidarios .
No todos los que se dieron a conocer en respuesta a la llamada del Príncipe eran semillas,
ni siquiera hijos o nietos de semillas. Una veintena de caballeros de la Reina se ofrecieron como
Jinetes de Dragón, entre ellos el Lord Comandante de la Guardia Real, Ser Steffon Darklyn,
junto con escuderos, pinches, marineros, hombres de armas, bufones y dos criadas.
Los dragones no son caballos. No aceptan fácilmente hombres sobre sus espaldas, y cuando se
enojan o se sienten amenazados, atacan. Dieciséis hombres perdieron la vida cuando intentaron
convertirse en Jinetes de Dragón. Tres veces ese número de hombres resultaron calcinados o
mutilados. Steffon Darklyn murió incinerado cuando se disponía a montar al dragón Seasmoke.
Lord Gormon Massey corrió la misma suerte cuando se acercó a Vermithor. Un hombre
llamado Denys el Plateado, cuyo cabello y ojos daban credibilidad a su afirmación de ser un hijo
bastardo del Rey Maegor el Cruel, perdió su brazo cuando Sheepstealer se lo arranco
violentamente. Mientras sus hijos luchaban para restañar la herida, el Caníbal descendió sobre
ellos, ahuyentó a Sheepstealer, y devoró al padre y a sus hijos.
Sin embargo, Seasmoke, Vermithor y Ala de Plata estaban acostumbrados a los hombres y
toleraban su presencia. Habiendo sido montados alguna vez, se mostraban más dispuestos hacia
nuevos jinetes. Vermithor, el dragón del Viejo Rey, inclinó el cuello para el bastardo de un
herrero, un hombre llamado Hugh Hammer o Hugh el Duro, mientras que un hombre de armas
de cabello claro llamado Ulf el Blanco (por el cabello) o Ulf el Beodo (por ser gran bebedor)
montó sobre Ala de Plata, amado de la Bondadosa Reina Alysanne.
Y Seasmoke, que una vez había pertenecido a Laenor Velaryon, llevó sobre su espalda a un
muchacho de quince años conocido como Addam de Hull, cuyos orígenes siguen siendo hasta
hoy motivo de controversia entre los historiadores. No mucho después de que Addam de Hull
demostrara que podía volar con Seasmoke, Lord Corlys fue más lejos aún y solicitó a la Reina
Rhaenyra eliminar la mancha de bastardía que pesaba sobre él y su hermano. Cuando el Príncipe
Jacaerys sumó su voz a la petición, la Reina accedió. Addam de Hull, semilla de dragón y
bastardo, se convirtió en Addam Velaryon, heredero de Marcaderiva.
Los tres dragones salvajes de Rocadragón fueron más difíciles de reclamar que aquellos que
habían conocido jinetes, sin embargo, se hicieron intentos con todos ellos. Sheepstealer, un feo
dragón de color marrón barro, nacido cuando el Viejo Rey aún era joven, tenía un gusto
preferencial por la carne de cordero, y atacaba los rebaños de los pastores desde Marcaderiva al
Rodeo. Rara vez dañaba a los pastores, a menos que intentaran interferir, pero se sabía que
ocasionalmente devoraba algún perro pastor. Fantasma Gris habitaba en lo alto de un humeante
respiradero, en el lado oriental de Montedragón, prefería el pescado, y era frecuente verlo
volando bajo sobre el Mar Angosto, tomando sus presas del agua. Era una bestia de un gris
pálido, como el color de la niebla matinal, un dragón claramente tímido, ya que llevaba años
evitando a los hombres y sus obras.
El más grande y viejo de los dragones salvajes era el Caníbal, llamado así porque se le había visto
alimentándose de cadáveres de dragones muertos, y descendiendo sobre los criaderos de
Rocadragón para devorar a las crías recién nacidas y los huevos. Los aspirantes a Jinetes de
Dragón habían hecho intentos de montarlo docena de veces; en su guarida residían sus huesos.
Ninguno de los semilla de dragón fue tan tonto como para molestar a Caníbal (cualquiera que lo
hubiera intentado no contaba el cuento). Algunos buscaron a Fantasma Gris, pero no pudieron
encontrarlo, siempre una criatura evasiva. Sheepstealer resultaba más fácil de atrapar, pero seguía
siendo una bestia perversa, de mal genio, y mató más semillas que los tres "dragones de castillo"
juntos. Uno que esperó domarlo (después que la búsqueda de Fantasma Gris resultara
infructuosa) fue Alyn de Hull. Sheepstealer no quiso saber nada con él. Cuando salió tropezando
de la guarida del dragón con su manto en llamas, sólo la acción rápida de su hermano le salvó la
vida. Seasmoke ahuyentó al dragón salvaje mientras Addam usaba su propia capa para apagar las
llamas. Alyn Velaryon llevaría las cicatrices del encuentro en la espalda y las piernas por el resto
de su larga vida. Sin embargo, se consideraba afortunado, porque sobrevivió. Muchas de las
otras semillas y exploradores que aspiraron a montar sobre la espalda de Sheepstealer
terminaron en su vientre.
Al final, el dragón pardo fue domado por la persistencia y astucia y de una "pequeña y morena
chica" de dieciséis años, llamada Netty, quien le entregó una oveja recién sacrificada todas las
mañanas, hasta que Sheepstealer aprendió a aceptarlas y esperarlas. Era de pelo negro, ojos
marrones, piel morena, flaca, malhablada, sucia, y temeraria... y el primer y último jinete del
dragón Sheepstealer.
De esta manera, el Príncipe Jacaerys logró su objetivo. Para llevar muerte y dolor, para dejar
viudas en su camino, y para que hombres quemados llevaran sus cicatrices hasta el día de su
muerte, cuatro nuevos Jinetes de Dragón fueron encontrados. Mientras 129 DC llegaba a su fin,
el Príncipe estaba preparado para volar contra Desembarco del Rey. La fecha que eligió para el
ataque fue la primera luna llena del año nuevo. Sin embargo, los planes de los hombres no son
más que juegos para los dioses. Porque mientras Jace exponía sus ideas, una nueva amenaza se
cernía desde el este. La estrategia de Otto Hightower había dado sus frutos; reunido en Tyrosh,
el Alto Consejo de la Triarquía había aceptado su oferta de alianza. Noventa barcos de guerra
avanzaban desde Peldaños de Piedra bajo los estandartes de Las Tres Hijas, doblando los remos
en dirección a El Gaznate... y, ya sea por el azar o por decisión de los dioses, la coca Pentoshi
Gay Abandon, que llevaba dos Príncipes Targaryen, navegaba directo hacia sus fauces. Los
escoltas enviados para proteger la coca fueron hundidos o apresados, y el Gay Abandon
capturado.
La historia llegó a Rocadragón sólo cuando el Príncipe Aegon llegó aferrándose
desesperadamente al cuello de su dragón, Stormcloud. El chico estaba pálido de terror,
temblando como una hoja y apestando a orina. Con sólo nueve años, nunca había volado antes...
y nunca volvería a volar, porque Stormcloud había sido terriblemente herido cuando huía, tenía
innumerables flechas incrustadas en su vientre y un virote de escorpión atravesado en su cuello.
Murió en menos de una hora, respirando con un silbido mientras la sangre brotaba negra y
humeante de sus heridas. El hermano menor de Aegon, el Príncipe Viserys, no tenía forma de
escapar de la coca. Muchacho inteligente, escondió el huevo de dragón y se puso unas ropas
harapientas, coloreadas por la sal, fingiendo ser un niño más de la tripulación, pero un verdadero
niño de la tripulación lo traicionó, y fue hecho prisionero. Fue un capitán tyroshi quien primero
se dio cuenta de la importancia del prisionero, pero el almirante de la flota, Sharako Lohar de
Lys, pronto lo liberó de su premio.
Cuando el Príncipe Jacaerys se precipitó sobre una línea de galeras Lyseñas montando a Vermax,
una lluvia de lanzas y flechas se elevaron a su encuentro. Los marineros de la Triarquía habían
enfrentado antes a los dragones, mientras guerreaban contra el Príncipe Daemon en los
Peldaños de Piedra. Ningún hombre podía negar su valentía; estaban dispuestos a enfrentar al
fuegodr con todas las armas que poseían.
--"Matad al jinete y el dragón se alejará"-- les decían sus capitanes y comandantes.
Un barco se incendió, y luego otro. Los hombres de la Ciudades Libres continuaban luchando...
hasta que un rugido resonó, y miraron hacia arriba solo para ver más formas aladas que llegaban
de Montedragón y volaban hacia ellos.
Una cosa es enfrentarse a un dragón, otra es hacer frente a cinco. Cuando Ala de Plata,
Sheepstealer, Seasmoke y Vermithor descendieron sobre ellos, los hombres de la Triarquía
sintieron que el coraje los abandonaba. La línea de barcos de guerra se rompió mientras una a
una las galeras se alejaban. Los dragones caían como rayos, escupiendo bolas de fuego, azul y
naranja, rojo y oro, cada una más brillante que la anterior. Nave tras nave estallaban en pedazos o
eran consumidas por el fuego. Hombres gritaban mientras se arrojaban al mar, envueltos en
llamas. Altas columnas de negro humo se elevaban desde el agua. Todo parecía perdido... todo
estaba perdido... Hasta que Vermax voló demasiado bajo, y fue a estrellarse contra el mar.
Diferentes historias se contaron después, acerca de cómo y por qué cayó el dragón. Algunos
afirman que un ballestero puso un virote de hierro a través de sus ojos, pero esta versión es
sospechosamente similar a la forma en que Meraxes conoció a su fin, hace mucho tiempo en
Dorne. Otro relato nos dice que un marinero, desde la cofa de una galera Myriense, le arrojó un
ancla mientras Vermax se deslizaba entre la flota. Una de sus puntas se clavó entre sus escamas, y
se hundió profundamente debido a la velocidad que llevaba el dragón. El marinero enrolló el
extremo de la cadena al mástil, y el peso de la nave y el poder de las alas de Vermax realizaron
un profundo corte en el vientre del dragón. El alarido de rabia del dragón se oyó lejos, hasta
Spicetown, a pesar incluso del fragor de la batalla. Su vuelo se sacudió con un espasmo violento,
y Vermax se fue a pique humeando y rugiendo, rozando el agua. Los sobrevivientes dicen que
luchó para elevarse, sólo para estrellarse de cabeza contra una galera en llamas. Las maderas se
astillaron, el mástil se vino abajo, y el dragón, destrozado, se enredó en los aparejos. Cuando el
barco hizo agua y se hundió, Vermax se hundió con él.
Se dice que Jacaerys Velaryon se arrojó al mar y se aferró a unos pedazos de restos humeantes,
por unos pocos latidos de corazón, porque unos ballesteros de un barco de Myr que estaba
cerca, comenzaron a dispararle con sus ballestas. El Príncipe fue alcanzado una vez, y luego otra
vez. Más y más hombres de Myr se asomaron con sus ballestas cargadas. Finalmente un virote lo
atravesó por el cuello, y Jace fue tragado por el mar.
La Batalla del Gaznate se prolongó hasta la noche hacia el norte y el sur de Rocadragón, y es
considerada una de las batallas navales más sangrientas de toda la historia. El Almirante de la
Triarquía, Sharako Lohar, partió desde los Peldaños de Piedra comandando una flota de noventa
buques de guerra de Myr, Lys y Tyrosh; sólo veintiocho retornaron.
Los atacantes no intentaron tomar Rocadragón, sabiendo que la antigua fortaleza Targaryen era
demasiado fuerte para ser asaltada, pero exigieron una fuerte compensación a Marcaderiva.
Spicetown fue saqueada, los cuerpos de los hombres, mujeres y niños fueron masacrados en las
calles y abandonados como carroña para gaviotas, ratas y cuervos; los edificios ardieron. La
ciudad nunca fue reconstruida. High Tide fue incendiada también. El fuego consumió todos los
tesoros que la Serpiente de Mar había traído de oriente, sus criados murieron cuando trataban de
huir de las llamas. La flota Velaryon perdió casi un tercio de su fuerza. Miles de personas
murieron. Sin embargo, ninguna de estas pérdidas se sintió tan profundamente como la de
Jacaerys Velaryon, Príncipe de Rocadragón y Heredero al Trono de Hierro.
Quince días más tarde, en El Dominio, Ormund Hightower se encontró atrapado entre
dos ejércitos. Thaddeus Rowan, Lord de Sotodeoro y Tom Flores, bastardo de Puenteamargo,
avanzaban hacia él desde el noreste, con una gran cantidad de caballeros, mientras que Ser Alan
Beesbury, Lord Alan Tarly y Lord Owen Costayne habían unido sus fuerzas para cortarle la
retirada hacia Antigua. Cuando su enemigos se cerraron a su alrededor, en las orillas del río
Vinomiel, y atacaron a su vanguardia y retaguardia a la vez, Lord Hightower solo pudo observar
como sus líneas se rompían. La derrota parecía inminente... hasta que una sombra se extendió
por todo el campo de batalla, y un terrible rugido resonó por encima, apagando el sonido del
acero contra acero. Un dragón había llegado.
El dragón era Tessarion, La Reina Azul, de cobalto y cobre. En su espalda cabalgaba el más
joven de los tres hijos de la Reina Alicent, Daeron Targaryen, de quince años, escudero de Lord
Ormund. La llegada del Príncipe Daeron y su dragón alteraron el curso de la batalla. Ahora eran
los hombres de Lord Ormund los que atacaban, maldiciendo a sus enemigos, mientras que los
hombres de la Reina huían. Al final del día, Lord Rowan se retiraba hacia el norte con los restos
de su ejército, Tom Flores yacía muerto y abrasado en el cañaveral, los dos Alan habían sido
hechos prisioneros, y Lord Costayne agonizaba por una herida sufrida por la espada negra del
Audaz Jon Roxton, Hacedora de Huérfanos.
Mientras lobos y cuervos se alimentaban con los cuerpos de los muertos, Lord Hightower
agasajó al Príncipe Daeron con uro y vino, y lo ungió caballero con su espada valyria Vigilancia,
llamándolo "Ser Daeron el Atrevido". El Príncipe respondió modestamente --"Mi señor es
amable por decirlo, pero la victoria pertenece a Tessarion"--.
En Rocadragón, un aire de desaliento y derrota se cernió sobre los negros cuando los
desastres de Vinomiel se conocieron. Lord Bar Emmon se atrevió a sugerir que quizás había
llegado el momento de doblar la rodilla ante Aegon II. Sin embargo, la Reina no quiso saber
nada con eso. Sólo los dioses conocen realmente los corazones de los hombres, y el de las
mujeres es más extraño. Destrozada por la pérdida de un hijo, Rhaenyra Targaryen pareció
encontrar nuevas fuerzas después de la pérdida de otro. La muerte de Jace la endureció,
quemando sus miedos, dejando sólo ira y odio. Teniendo aún más dragones que su medio
hermano, Su Alteza decidió utilizarlos, sin importar el costo. Le dijo al Consejo Negro que
llevaría una lluvia de fuego y muerte a Aegon y a todos los que lo apoyaban, y lo arrancaría del
Trono de Hierro o moriría en el intento.
Una idea similar había echado raíces cruzando la bahía, en el corazón de Aemond Targaryen,
quien gobernaba en nombre de su hermano Aegon mientras yacía en cama. Desdeñando a su
media hermana Rhaenyra, Aemond Un-Ojo veía una mayor amenaza en su tío, el Príncipe
Daemon, y en las enormes fuerzas que había reunido en Harrenhal.
Convocando a sus vasallos y al Consejo, el Príncipe anunció su intención de llevar la guerra
donde su tío y castigar a los señores de Los Ríos que se habían rebelado.
No todos los miembros del Consejo Verde estuvieron de acuerdo con el audaz golpe del
Príncipe. Aemond contó con el apoyo de Ser Criston Cole, la Mano, y la de Ser Tyland
Lannister, pero el Gran Maestre Orwyle le instó a pedir la ayuda de Bastión de Tormentas y
sumar el poder de la Casa Baratheon antes de proceder, Lord Jasper Wylde, apodado Barra de
Hierro, afirmó que debían convocar a Lord Hightower y el Príncipe Daeron desde el sur, con el
argumento de que "dos dragones son mejor que uno". La Reina Viuda apoyó esta idea, instando
a su hijo a esperar hasta que su hermano el Rey y su dragón Sunfyre El Dorado estuvieran
recuperados, para sumarse al ataque.
Sin embargo, el Príncipe Aemond no toleraba retraso alguno. Declaró que no tenía necesidad de
sus hermanos o sus dragones; Aegon estaba mal herido, Daeron era demasiado joven. Cierto era
que Caraxes era una bestia temible, salvaje, astuta y probada en combate... pero Vhagar era más
vieja, más feroz, y el doble de grande.
El Septon Eustace nos relata que el Asesino de Sangre determinó que esta sería su victoria; no
tenía deseos de compartir la gloria con sus hermanos, ni con ningún otro hombre.
Tampoco podía ser contrariado, porque hasta que Aegon II no se levantara de la cama para
esgrimir su espada, la regencia y el reino pertenecían a Aemond. Fiel a su determinación, el
Príncipe voló desde la Puerta de los Dioses luego de quince días, a la cabeza de un ejército de
cuatro mil soldados.
Daemon Targaryen era un viejo y experimentado guerrero como para quedarse de brazos
cruzados dentro de los muros, incluso los enormes muros de Harrenhal. El Príncipe aún tenía
amigos en Desembarco del Rey, y las palabras de los planes de su sobrino le habían llegado
incluso antes que Aemond se ponga en marcha. Cuando tuvo conocimiento de que Aemond y
Ser Criston Cole habían abandonado Desembarco del Rey, se dice que el Príncipe Daemon se
rió y dijo, --"Era hora"--, pues había esperado durante mucho tiempo este momento. Bandadas
de cuervos alzaron vuelo desde las torres de Harrenhal.
En otra parte del reino, Lord Walys Mooton lideró a cien caballeros de Poza de la
Doncella para unirse a los medios salvajes Crabb y Brune de Punta Zarpa Rota y a los Celtigar
de Isla Zarpa. Se dirigieron a través de bosques de pinos y colinas cubiertas de niebla hacia
Grajal, donde gracias a un ataque repentino tomaron la guarnición por sorpresa. Después de
reconquistar el castillo, Lord Mooton condujo a sus hombres más valientes al humeante campo
oeste del castillo, para dar muerte al dragón Sunfyre. Los aspirantes a matadragn se deshicieron
fácilmente de los guardias que se habían quedado para alimentar, servir, y proteger al dragón,
pero el propio Sunfyre resultó ser más temible de lo esperado. Los dragones son criaturas torpes
en tierra, y el ala rota de la gran serpiente dorada le impedía tomar vuelo. Los atacantes
esperaban encontrar moribunda a la bestia. En su lugar, la encontraron durmiendo, pero el
choque de espadas y los cascos de los caballos despertaron al dragón, y la primer lanza arrojada
para herirlo solo lo enfureció aún más. Embarrado, retorciéndose entre los huesos de
innumerables ovejas, Sunfyre giraba y se enroscaba como una serpiente, usando su cola como
látigo, y enviando torbellinos de fuego dorado contra sus atacantes mientras luchaba por volar.
Tres veces se levantó, y tres veces volvió a caer en tierra. Los hombres de Mooton lo rodearon
con espadas, lanzas y hachas, tratando de herirlo... pero cada golpe sólo parecía enfurecerlo más.
Sesenta murieron antes de que los sobrevivientes huyeran. Entre los muertos estaba Walys
Mooton, Señor de Poza de la Doncella. Cuando su cuerpo fue encontrado, dos semanas más
tarde por su hermano Manfyrd, nada quedaba más que la carne carbonizada sobre la armadura
fundida, llena de gusanos. Sin embargo, en ninguna parte de ese campo de cenizas, lleno de
cuerpos de hombres valientes y cadáveres calcinados e hinchados de un centenar de caballos,
pudo Lord Manfyrd encontrar al dragón del Rey Aegon. Sunfyre se había ido. Tampoco intentó
rastrearlo, ya que parecía que el dragón no se había arrastrado. Sunfyre El Dorado había volado
otra vez, eso parecía... pero hacia dónde, ningún hombre vivo podía saberlo.
Mientras tanto, el propio Príncipe Daemon Targaryen se apresuró hacia el sur en alas de su
dragón, Caraxes. Volando sobre la orilla occidental del Ojo de Dioses, bien lejos de la línea de la
marcha de Ser Criston, evito las fuerzas enemigas cruzando la Bahía del Aguasnegras, luego giró
hacia el este, siguiendo el río aguas abajo hasta Desembarco del Rey. Y en Rocadragón,
Rhaenyra Targaryen se calzo una armadura de relucientes escamas negras, montó a Syrax, y voló,
azotando las aguas de la Bahía del Aguasnegras como una tormenta. Muy por encima de la
ciudad, la Reina y su consorte el Príncipe se reunieron, volando sobre la Colina Alta de Aegon.
La visión llevó el terror a las calles de la ciudad que estaba a sus pies, y el pueblo no tardó en
darse cuenta de que el ataque que tanto habían temido había llegado. El Príncipe Aemond y Ser
Criston habían despojado a Desembarco del Rey de sus defensores cuando se marcharon a
reconquistar Harrenhal... y el Asesino de Sangre se había llevado a Vhagar, esa temible bestia,
dejando sólo a Dreamfyre y un puñado de crías a medio crecer para oponerse a los dragones de
la Reina. Los dragones jóvenes nunca habían sido montados, y el jinete de Dreamfyre, la Reina
Helaena, era una mujer deprimida; la ciudad contaba así con menos dragones.
Miles de los pobladores corrieron hacia las puertas de la ciudad, llevando a sus hijos y
posesiones sobre sus espaldas, para buscar seguridad en el campo. Otros cavaron pozos y
túneles debajo de sus casuchas, oscuros agujeros húmedos donde esperaban ocultarse mientras
la ciudad ardiera. Los disturbios estallaron en el Lecho de Pulgas. Cuándo las velas de los barcos
de la Serpiente de Mar fueron divisadas al este de la Bahía del Aguasnegras, subiendo por el río,
las campanas de cada septo en la ciudad comenzaron a repicar y la turba se lanzó a través de las
calles, saqueando todo a su paso. Decenas murieron antes que los Capas Doradas restauraran la
paz. Con el Lord Protector y la Mano del Rey ausentes, y el Rey Aegon quemado, postrado en la
cama y perdido en sueños de amapola, recayó en su madre, la Reina Viuda, preparar la defensa
de la ciudad. La Reina Alicent aceptó el desafío, cerrando las puertas del castillo y de la ciudad,
enviando Capas Doradas a defender los muros, y despachando jinetes en veloces caballos para
encontrar al Príncipe Aemond y traerlo de vuelta.
Además, ordenó al Gran Maestre Orwyle enviar cuervos a "todos nuestros leales señores",
convocándolos a defender a su legítimo Rey. Cuando Orywle se apresuró a regresar a sus
habitaciones, sin embargo, encontró cuatro Capas Doradas esperándolo. Un hombre ahogó sus
gritos mientras los otros lo golpeaban y maniataban. Con una bolsa cubriendo su cabeza, el
Gran Maestre fue escoltado hasta las Celdas Negras.
Los jinetes de la Reina Alicent no llegaron más allá de las puertas, puesto que más Capas
Doradas los pusieron bajo custodia. Sin conocimiento de Su Alteza, los siete capitanes al mando
de las puertas, elegidos por su lealtad al Rey Aegon , habían sido encarcelados o asesinados en el
momento en que Caraxes aparecía en el cielo sobre la Fortaleza Roja ... por soldados de la
Guardia de la Ciudad que todavía amaban a Daemon Targaryen , quien había sido su viejo
Comandante.
El hermano de la Reina, Ser Gwayne Hightower, segundo al mando de los Capas Doradas, se
precipitó a los establos con la intención de dar la alarma; pero fue capturado, desarmado y
llevado ante su Comandante, Luthor Largent. Cuando Hightower lo llamó cambiacapas, Ser
Luthor se echó a reír. --"Daemon nos entregó estas capas"-- dijo --"y son de oro, no importa de
qué lado las uses"-- Luego atravesó el vientre de Ser Gwayne con su espada y ordenó que las
puertas de la ciudad se abrieran para el ingreso de los hombres de la flota de la Serpiente de Mar.
Pese a los que se jactaban de la fuerza de sus muros, Desembarco del Rey cayó en menos de un
día. Una corta pero sangrienta lucha se sucedió en la Puerta del Río, donde trece caballeros
pertenecientes a los Hightower y un centenar de hombres de armas expulsaron a los Capas
Doradas y resistieron durante casi ocho horas, frente a los ataques que venían desde dentro y
fuera de la ciudad, pero sus hazañas fueron en vano, porque los soldados de Rhaenyra pasaron a
través de las otras seis puertas sin ser molestados. La visión de los dragones de la Reina en el
cielo, se apodero del coraje de la resistencia, y los restantes seguidores del Rey Aegon se
escondieron, huyeron o doblaron la rodilla.
Uno a uno, los dragones hicieron su descenso. Sheepstealer brilló en lo alto de la Colina de
Visenya, Ala de Plata y Vermithor en la Colina de Rhaenys, más allá de Pozo Dragón. El
Príncipe Daemon voló alrededor de las torres de la Fortaleza Roja antes de descender con
Caraxes en el patio exterior. Sólo cuando estuvo seguro de que los defensores no representaban
ningún peligro, hizo señas a su esposa la Reina para que descendiera sobre Syrax. Addam
Velaryon se mantuvo en lo alto, volando sobre Seasmoke alrededor de las murallas de la ciudad,
y el batir de las grandes alas de cuero de su dragón era una advertencia para los de abajo,
anunciando que cualquier desafío se respondería con fuego.
Al ver que la resistencia era inútil, la Reina Viuda Alicent emergió desde el Torreón de Maegor
con su padre Ser Otto Hightower, Ser Tyland Lannister, y Lord Jasper Wylde, Barra de Hierro.
(Lord Larys Strong no estaba con ellos. El Maestro de los Rumores de alguna manera se las
había ingeniado para desaparecer). La Reina Alicent intentó pactar con su hijastra.
--"Convoquemos juntas un Gran Consejo, como hizo el Viejo Rey en días pasados"-- dijo la
Reina Viuda --"y presentemos la cuestión de la sucesión ante los señores del reino"--.
Pero la Reina Rhaenyra rechazó la propuesta con desdén --“Ambas sabemos cuál sería la
decisión del Consejo"--.
Luego le dio a elegir: rendirse o arder.
Inclinando su cabeza ante la derrota, la Reina Alicent entregó las llaves del castillo, y ordenó a
caballeros y hombres de armas deponer sus espadas. --"La ciudad es vuestra, Princesa"-- se nos
informa que dijo --"aunque no la retendréis por mucho tiempo. Las ratas salen a jugar cuando el
gato no está, pero mi hijo Aemond volverá con sangre y fuego"--.
Sin embargo, el triunfo de Rhaenyra estaba lejos de ser completo. Sus hombres encontraron a la
esposa de su rival, la Reina Loca Helaena, encerrada en su dormitorio... pero cuando tiraron
abajo las puertas de las habitaciones del Rey, descubrieron "su cama vacía, y su orinal lleno". El
Rey Aegon II había huido. También sus niños, la Princesa Jaehaera de seis años de edad, y el
Príncipe Maelor, de dos, junto con los caballeros Willis Fell y Rickard Thorne de la Guardia
Real. Ni siquiera la Reina Viuda parecía saber dónde se habían ido, y Luthor Largent juró que
ninguno había atravesado las puertas de la ciudad.
Sin embargo, el Trono de Hierro no desapareció misteriosamente. La Reina Rhaenyra no reposó
hasta reclamar el trono de su padre. Así que las antorchas se encendieron en la Sala del Trono, y
la Reina subió por los escalones de hierro y se sentó donde el Rey Viserys se había sentado antes
que ella, y el Viejo Rey antes que él, y Maegor y Aenys y Aegon el Dragón, en los días de antaño.
De rostro severo, aún en su armadura, se sentó en lo alto y todo hombre y mujer en la Fortaleza
Roja fueron llevados a arrodillarse, a rogar por su perdón y jurar por sus vidas, sus
espadas y su honor que ella era su Reina.
La ceremonia continuó durante toda la noche. Ya había amanecido cuando Rhaenyra Targaryen
se levantó y descendió del trono.
Y mientras su señor esposo el Príncipe Daemon la escoltaba desde la Sala, se veían cortes en las
piernas de Su Alteza y en la palma de su mano izquierda. Las gotas de sangre caían al suelo
mientras avanzaban, y los hombres sabios se miraron, pero ninguno se atrevió decir la verdad en
voz alta: el Trono de Hierro la había despreciado, y sus días en él estaban contados.
Todo esto sucedió mientras el Príncipe Aemond y Ser Criston Cole avanzaban hacia las
Tierras de los Ríos. Después de diecinueve días de marcha, llegaron a Harrenhal... y se
encontraron con las puertas del castillo abiertas, sin rastros del Príncipe Daemon y su gente.
El Príncipe Aemond se había mantenido montado en Vhagar con la columna principal a lo largo
de la marcha, pensando que su tío podía intentar atacarlos sobre Caraxes. Llegó a Harrenhal un
día después que Cole, y esa noche celebró una gran victoria; Daemon y su "escoria ribereña"
habían huido en lugar de enfrentarse a su furia, anunció Aemond. No es de extrañar entonces
que cuando la noticia de la caída de Desembarco del Rey le llegó, el Príncipe se sintió tres veces
tonto. Su furia era espantosa a ojos del resto.
Al oeste de Harrenhal, la lucha continuaba en Las Tierras de los Ríos, mientras un ejército
de los Lannister avanzaba lentamente. La edad y y la enfermedad de su Comandante, Lord
Lefford, habían ralentizado su marcha a paso de tortuga, y cuando se acercaban a las costas
occidentales del Ojo de Dioses, se encontraron con un enorme ejército en su camino. Roddy
la Ruina y sus Lobos del Invierno se habían unido con Forrest Frey, señor de El Cruce, y
Robb Ríos el Rojo, conocido como El Arquero de Árbol de Cuervos. Los hombres del
Norte eran dos mil, Frey comandaba doscientos caballeros y seiscientos hombres de
infantería, y Ríos aportaba trescientos arqueros al combate. Mientras Lord Lefford
formaba para enfrentar al adversario, más enemigos aparecieron por el sur, desde donde
Hojalarga Mataleones y un grupo de sobrevivientes de anteriores batallas se habían
sumado a Lord Bigglestone, Lord Chambers y Lord Perryn.
Atrapado entre estos dos ejércitos, Lefford dudaba en actuar contra cualquiera, por miedo a la
derrota en su retaguardia. En cambio, se puso de espaldas al lago, se atrincheró, y envió cuervos
al Príncipe Aemond en Harrenhal, pidiendo ayuda. A pesar de una que docena de pájaros
alzaron vuelo, ni uno solo llegó hasta el Príncipe; Robb Ríos el Rojo, de quien se dice que fue el
mejor arquero de todo Poniente, los tumbó a todos dándoles en el ala. Más señores de Los Ríos
llegaron al día siguiente, liderados por Ser Garibald Gey, Lord Jon Charlton, y el nuevo señor de
Árbol de Cuervos, de once años de edad, Benjicot Blackwood. Con su número reforzado por
éstas levas frescas, los hombres de la Reina estuvieron de acuerdo en que había llegado el
momento de atacar.
--"Mejor terminar con estos leones, antes de que lleguen los dragones"-- dijo Roddy la Ruina.
La batalla terrestre más sangrienta de La Danza de los Dragones comenzó al día siguiente, con la
salida del sol.
En los anales de la Ciudadela se la conoce como la Batalla a Orillas del Lago, pero aquellos
hombres que sobrevivieron a la lucha, la llaman Alimento de los Peces.
Atacado por tres lados, los hombres del oeste fueron rechazados palmo a palmo hacia las aguas
del Ojo de Dioses. Cientos de personas murieron allí, luchando mientras caían entre los juncos;
cientos más se ahogaron cuando trataban de huir. Al caer la noche dos mil hombres estaban
muertos, entre ellos muchos nobles, Lord Frey, Lord Lefford, Lord Bigglestone, Lord Charlton,
Lord Swyft, Lord Reyne, Ser Clarent Crakehall y Ser Tyler Colina, el Bastardo de Lannisport. El
ejército Lannister fue hecho pedazos y destrozado, pero a tal costo, que el joven Ben
Blackwood, el niño Lord de Árbol de Cuervos, lloró cuando vio la cantidad de muertos. Las
pérdidas más graves las sufrieron los hombres del Norte; los Lobos del Invierno habían
solicitado el honor de dirigir el ataque, y había cargado cinco veces contra las filas de lanzas
Lannister. Más de dos terceras partes de los hombres que habían cabalgado al sur con Lord
Dustin estaban muertos o heridos.
En Harrenhal, Aemond Targaryen y Criston Cole debatían sobre la mejor manera de
responder a los ataques de la Reina. Aunque la fortaleza de Harren el Negro era demasiado
fuerte para ser tomada por asalto, y los Señores de los Ríos no se atrevían a asediarla por temor
a Vhagar, los hombres del Rey se fueron quedando sin alimentos y forraje, y perdieron hombres
y caballos por el hambre y las enfermedades. Sólo los campos ennegrecidos y las aldeas
carbonizadas quedaron a la vista de los enormes muros de castillo, y las partidas de hombres que
se aventuraron a buscar forraje no retornaron. Ser Criston propuso una retirada hacia el sur,
donde el apoyo hacia Aegon era fuerte, pero el Príncipe se negó, diciendo -- "Sólo un cobarde
huye de los traidores"--.
La pérdida de Desembarco del Rey y del Trono de Hierro lo habían enfurecido, y cuando la
noticia del Alimento de los Peces llegó a Harrenhal, el Lord Protector casi estranguló al
escudero que le dio la noticia. Sólo la intervención de su amante, Alys Ríos, salvó la vida del
niño.
El Príncipe Aemond proponía un ataque inmediato a Desembarco del Rey. Insistía en que
ninguno de los dragones de la Reina estaba a la altura de Vhagar. Ser Criston pensaba que era
una locura. --"Solo un tonto combatiría a seis con uno, mi Príncipe"-- declaró.
Debían marchar hacia el sur, instó una vez más, y unir sus fuerzas a las de Lord Hightower. El
Príncipe Aemond podía reunirse con su hermano Daeron y su dragón. El Rey Aegon había
escapado de las garras de Rhaenyra, esto se sabía, seguramente curaría a Sunfyre y se uniría a sus
hermanos. Y tal vez sus amigos dentro de la ciudad encontrarían una manera de liberar a la
Reina Helaena, por lo que podría llevar a Dreamfyre a la batalla. Cuatro dragones podrían
prevalecer contra seis, si uno era Vhagar.
El Príncipe Aemond se negó siquiera a considerar ese "plan cobarde".
Ser Criston y el Príncipe Aemond decidieron separarse. Cole tomaría el mando del ejército y lo
conduciría al sur para unirse a Ormund Hightower y el Príncipe Daeron, pero el Príncipe
Regente no lo acompañaría. En su lugar, lucharía su propia guerra, haciendo llover fuego desde
el aire sobre los traidores. Tarde o temprano, "la Reina puta" enviaría un dragón o dos para
detenerlo, y Vhagar los destruiría. -- "No se atreverá a enviar contra mí todos sus dragones"--
insistió Aemond. --"Eso dejaría Desembarco del Rey indefenso y vulnerable. Tampoco se
arriesgará a enviar a Syrax, o a su último dulce hijo. Rhaenyra puede hacerse llamar Reina, pero
es mujer, tiene el corazón débil de una mujer, y los temores de una madre"--.
Y así se separaron el Hacedor de Reyes y el Asesino de Sangre, cada uno abandonado a su
suerte, mientras que en la Fortaleza Roja, la Reina Rhaenyra Targaryen se dedicaba a
recompensar a sus amigos e infringir salvajes castigos a los que habían servido a su medio
hermano.
Grandes recompensas se prometieron a cambio de información que llevara a la captura de
"El Usurpador Aegon II", su hija Jaehaera, su hijo Maelor, los "falsos caballeros" Willis Fell y
Rickard Thorne, y Larys Strong, el Patizambo. Cuando esto no produjo los resultados deseados,
Su Alteza envió en partidas de caza a sus "caballeros inquisidores" en busca de los "traidores y
villanos" que se habían escapado, y para castigar a cualquier hombre que los hubiera ayudado.
La Reina Alicent fue encadenada por las muñecas y los tobillos con cadenas de oro, aunque su
hijastra le perdonó la vida --"por el bien de nuestro padre, que una vez te amó"--.
Su propio padre tuvo menos suerte. Ser Otto Hightower, que había servido a tres reyes como
Mano, fue el primer traidor en ser decapitado. Barra de Hierro le siguió, insistiendo en que por
ley el hijo de un Rey estaba antes que su hija. Ser Tyland Lannister fue entregado a los
torturadores, con la esperanza de recuperar parte del tesoro de la corona.
Ni Aegon ni su hermano Aemond habían sido muy queridos por la gente de la ciudad, y muchos
desembarqueños habían dado la bienvenida a la Reina... pero el amor y el odio son dos caras de
la misma moneda, y mientras cabezas frescas empezaban a aparecer todos los días en las picas
por sobre las puertas de la ciudad, acompañadas por los cada vez más severos impuestos, la
moneda giró. La joven que alguna vez fue aclamada como La Delicia del Reino se había
convertido en una codiciosa y vengativa mujer, decían los hombres, una Reina tan cruel como
ningún Rey antes que ella. Llamaban a Rhaenyra "Rey Maegor con tetas", y por cientos de años,
"las tetas de Maegor " fue una maldición utilizada comúnmente por los desembarqueños.
Con la ciudad, el castillo, y el trono en su poder, defendido por no menos de seis dragones,
Rhaenyra se sintió lo suficientemente segura para traer a sus hijos. Una docena de barcos
zarparon desde Rocadragón, trayendo a las doncellas de la Reina y a su hijo el Joven Aegon.
Rhaenyra lo nombró Copero, para mantenerlo cerca suyo. Otra flota partió desde Puerto
Gaviota con el Príncipe Joffrey, el último de los tres hijos de la Reina con Laenor Velaryon,
junto con su dragón Tyraxes. Su Alteza comenzó a hacer planes para una fastuosa fiesta, para
celebrar el nombramiento formal de Joffrey como Príncipe de Rocadragón y Heredero del
Trono de Hierro.
En la plenitud de su victoria, Rhaenyra Targaryen no se imaginaba los pocos días que le
quedaban. Aun así, cada vez que se sentaba el Trono de Hierro, sus crueles hojas cortaban sus
manos, brazos y piernas, una señal que todos podían interpretar.
Más allá de las murallas de la ciudad, la lucha continuaba a lo largo de los Siete Reinos. En
las Tierras de los Ríos, Ser Criston Cole abandonaba Harrenhal, viajando hacia el sur a lo largo
de la orilla occidental del Ojo de Dioses, con tres mil seiscientos hombres detrás de él (la
muerte, la enfermedad y la deserción habían diezmado sus filas, que habían cabalgado desde
Desembarco del Rey). El Príncipe Aemon ya había partido, volando sobre Vhagar. Sin estar
atado a un castillo o ejército, el Príncipe Un-Ojo era libre de viajar donde quisiera. Era una
guerra como Aegon el Conquistador y sus hermanas habían librado una vez, luchando con
fuegodragón, y Vhagar descendía desde el cielo otoñal una y otra vez para arrasar las tierras,
pueblos y castillos de los señores de Los Ríos. La Casa Darry fue la primera en conocer la ira del
Príncipe. Los hombres que cosechaban fueron calcinados o huyeron mientras los cultivos
ardían, y el Castillo de Darry se consumió en una tormenta de fuego. Lady Darry y sus hijos
menores sobrevivieron al esconderse en los sótanos bajo la fortaleza, pero su señor esposo y su
heredero murieron en las almenas, junto con dos veintenas de sus espadas juramentadas y
arqueros. Tres días más tarde, la Aldea de Lord Harroway ardió. Molino del Señor, Hebillanegra,
La Hebilla, Lagobarro, Swynford, Spiderwood... la furia de Vhagar cayó sobre cada uno de ellos,
la mitad de las Tierras de los Ríos perecía en llamas.
Ser Criston Cole enfrentó fuegos también. Mientras conducía a sus hombres hacia el sur a través
de las Tierras de los Ríos, el humo se elevaba por delante y por detrás. Cada pueblo al que llegó
estaba incendiado y abandonado. Su columna se movió a través de bosques de árboles muertos
que florecían solo unos días atrás, ya que los señores de Los Ríos quemaban todo a lo largo de
su línea de marcha. En cada arroyo, estanques y pozos del pueblo, se encontró con muerte:
caballos muertos, vacas muertas, cadáveres hinchados y fétidos, ensuciando las aguas. En otros
lugares sus exploradores se encontraron con escenas horribles, donde cadáveres putrefactos,
todavía con sus armaduras, sentados bajo los árboles, representaban de modo grotesco un
banquete. Los comensales eran hombres que habían caído en batalla, sus cráneos sonrientes bajo
cascos oxidados mientras la carne pálida y podrida se desprendía de sus huesos.
A cuatro días de Harrenhall, los ataques comenzaron. Arqueros escondidos entre los árboles,
mataban a los exploradores y rezagados con sus arcos largos. Los hombres murieron. Los
hombres cayeron en la retaguardia y nunca fueron vistos de nuevo. Los hombres huyeron,
abandonando sus escudos y lanzas para desaparecer en el bosque. Los hombres se acercaron al
enemigo. En el pueblo del Cruce de Olmos, se encontraron con otro de los horribles banquetes.
Familiarizados ya con tales escenas, los exploradores de Ser Criston pasaron por delante sin
prestar atención a los cadáveres putrefactos... hasta que los cadáveres se levantaron y cayeron
sobre ellos. Una docena murió antes de darse cuenta que había sido una emboscada.
Todo esto no era más que el preludio, porque los señores del Tridente habían estado reuniendo
sus fuerzas. Cuando Ser Criston dejó el lago detrás, encaminándose hacia el Aguasnegras, los
encontró esperando en lo alto de una cresta pedregosa; trescientos caballeros en armadura, otros
tantos ballesteros, tres mil arqueros, tres mil ribereños harapientos con lanzas, cientos de
hombres del norte blandiendo hachas, mazos, mazas claveteadas y viejas espadas de hierro. Por
sobre sus cabezas flameaban los estandartes de la Reina Rhaenyra.
La batalla que siguió fue tan desigual como ninguna otra en la Danza. Lord Roderick Dustin se
llevó el cuerno de guerra a los labios y ordenó el ataque, y los hombres de la Reina bajaron
gritando por la cresta, liderados por los Lobos del Invierno en sus hirsutos caballos norteños y
los caballeros en sus caballos de batalla.
Cuando Ser Criston fue herido y cayó muerto al suelo, los hombres que le habían seguido desde
Harrenhal se desmoralizaron. Se dispersaron y huyeron, arrojando sus escudos mientras corrían.
Sus enemigos fueron tras ellos, matándolos por centenares.
En el Día de la Doncella del año 130 DA, la Ciudadela de Antigua envió trescientos
cuervos blancos para anunciar la llegada del invierno, pero era pleno verano para la Reina
Rhaenyra Targaryen. A pesar de la aversión de los desembarqueños, la ciudad y la corona le
pertenecían. Al otro lado del Mar Angosto, la Triarquía comenzaba a romperse en pedazos. La
Casa Velaryon era dueña de los mares. Aunque las nevadas habían cerrado los pasos a través de
las Montañas de la Luna, la Doncella del Valle habían demostrado ser fiel a su palabra, y había
enviado hombres por mar para unirse a los ejércitos de la Reina. Otras flotas trajeron guerreros
de Puerto Blanco, liderados por los hijos de Lord Manderly, Medrick y Torrhen. Por todas
partes el poder de la Reina Rhaenyra crecía mientras que el del Rey Aegon disminuía.
Sin embargo, ninguna guerra puede ser considerada como ganada, mientras enemigos
permanezcan invictos. El Hacedor de Reyes, Ser Criston Cole, había sido abatido, pero en algún
lugar del reino, Aegon II, el Rey que había hecho, se mantenía vivo y libre. La hija de Aegon,
Jaehaera, también. Larys Strong el Patizambo, el miembro más enigmático y astuto del Consejo
Verde, se había desvanecido. Bastión de Tormentas todavía estaba en manos de Lord
Borros Baratheon, quien no era amigo de la Reina. Los Lannister se contaban también entre los
enemigos de Rhaenyra, aunque con Lord Jason muerto, y la mayor parte de la caballería del
oeste muerta o dispersa, Roca Casterly no representaba un peligro inminente.
El Príncipe Aemond se había convertido en el terror del Tridente, descendiendo desde el cielo
con una lluvia de fuego y muerte sobre las Tierras de los Ríos, para luego desaparecer, y atacar
de nuevo al día siguiente, a cincuenta leguas de distancia. Las llamas de Vhagar redujeron Old
Willow y White Willow a cenizas, y el Salón de Hogg a piedra negruzca. En Merrydown Dell,
treinta hombres y trescientas ovejas murieron por el fuegodragón. El Asesino de Sangre
regresó entonces inesperadamente a Harrenhal, donde quemó todas las estructuras de madera
del castillo. Seis caballeros y cuarenta hombres de armas perecieron tratando de matar a su
dragón. Cuando la noticia de estos ataques se extendió, los señores miraban hacia el cielo con
miedo, preguntándose quién podría ser el próximo. Lord Mooton de Poza de la Doncella, Lady
Darklyn de Valle Oscuro, y Lord Blackwood de Árbol de Cuervos enviaron mensajes urgentes a
la Reina, rogándole que enviara a sus dragones para defender sus territorios.
Sin embargo, la mayor amenaza para el reinado de Rhaenyra no era Aemond Un-Ojo, sino su
hermano menor, el Príncipe Daeron el Atrevido, y el gran ejército sureño liderado por Lord
Ormund Hightower. El ejército de Hightower había cruzado el Mander, y avanzaba lentamente
hacia Desembarco del Rey, destruyendo a los ejércitos de la Reina, donde y cuando trataban de
impedírselo, y obligando a cada señor a hincar la rodilla, para sumar fuerzas. Volando con
Tessarion sobre la columna principal, el príncipe Daeron demostró ser invaluable como
explorador, advirtiendo Lord Ormund de los movimientos del enemigo y sus defensas. Cuando
no lo hacía, los hombres de la Reina desaparecían al ver las alas de la Reina Azul, para no
enfrentar las llamas del dragón en la batalla.
Consciente de todas estas amenazas, la Mano de la Reina Rhaenyra, el viejo Lord Corlys
Velaryon, aconsejó a Su Alteza sobre la necesidad de parlamentar. Solicitó a la Reina que
ofreciera indultos a Lord Baratheon, Hightower, y Lannister si se arrodillaban, juraban fidelidad
y entregaban rehenes al Trono de Hierro. La Serpiente de Mar propuso dejar que La Fe se haga
cargo de la Reina Alicent y la Reina Helaena, por lo que podrían pasar el resto de su vida en la
oración y la contemplación. La hija de Helaena, Jaehaera, podría estar bajo su tutela, y a su
debido tiempo casarse con el joven Príncipe Aegon, para unir las dos mitades de la Casa
Targaryen una vez más.
--"¿Y qué con mis medios hermanos?"-- exclamó Rhaenyra, cuando la Serpiente de Mar expuso
su plan. --"¿Qué con el falso Rey Aegon, y el Asesino de Sangre Aemond? ¿Debo perdonar
también al que me robó el trono y al que mató a mi hijos?"--.
--"Perdonadlos, y enviadlos al Muro"-- contestó Lord Corlys --"Dejad que vistan el negro y que
vivan sus vidas como hombres de la Guardia de la Noche, obligados por votos sagrados"--.
-- "¿Qué significan los votos para los que rompen un juramento?"-- exigió saber la Reina
Rhaenyra. --"Sus votos no fueron un problema cuando me robaron el trono"--.
El Príncipe Daemon se hizo eco de las dudas de la Reina. Insistió con que dar indultos a los
rebeldes y traidores sería como sembrar semillas para futuras rebeliones. --"La guerra terminará
cuando las cabezas de los traidores estén sobre las picas por encima de la Puerta del Rey, y no
antes"-- Con el tiempo, encontrarían a Aegon II, "escondido debajo de alguna piedra", pero
podrían y llevarían la guerra a Aemond y Daeron. Los Lannister y los Baratheon serían
destruidos, y sus tierras y castillos se entregarían a los hombres que habían resultados ser los más
leales. Se le concedería Bastión de Tormentas a Ulf el Blanco y Roca Casterly a Hugh Hammer
el Duro; fue lo que propuso el Príncipe... para horror de la Serpiente de Mar. --"La mitad de los
señores de Poniente se volverían contra nosotros si somos tan crueles como para destruir dos
Casas tan antiguas y nobles"-- dijo Lord Corlys.
Le correspondió a la Reina elegir entre su esposo y su Mano. Rhaenyra eligió un término medio.
Enviaría emisarios a Bastión de Tormentas y Roca Casterly, con "condiciones justas" e
indultos... después de que pusiera fin a los hermanos del Usurpador, que aún le presentaban
batalla. -- "Una vez que estén muertos, el resto doblará la rodilla. Mataremos a sus dragones, y
pondré sus cabezas sobre los muros del Salón del Trono. Para que en años venideros, los
hombres las observen y conozcan el costo de la traición"--.
Desembarco del Rey no se dejaría sin defensa. La Reina Rhaenyra permanecería en la ciudad con
Syrax, y sus hijos Aegon y Joffrey, ya que no podían ser expuestos al peligro. Joffrey, aún con
doce años, estaba ansioso por probarse a sí mismo como guerrero, pero cuando le dijeron que
Tyraxes se necesitaba para ayudar a su madre en la Fortaleza Roja en caso de un ataque, el chico
juró solemnemente hacerlo. Addam Velaryon, el heredero de la Serpiente de Mar, también se
quedaría en la ciudad, con Seasmoke. Tres dragones serían suficientes para la defensa de
Desembarco del Rey; el resto marcharía a la batalla.
El propio Príncipe Daemon volaría con Caraxes hacia El Tridente, junto con la chica Nettles y
Sheepstealer, para encontrar al Príncipe Aemond y a Vhagar y darles muerte. Ulf el Blanco y
Hugh Hammer el Duro volarían a Ladera, a unas cincuenta leguas al suroeste de
Desembarco del Rey, el último bastión leal entre Lord Hightower y la ciudad, para ayudar en la
defensa del pueblo y el castillo, y destruir al Príncipe Daeron y a Tessarion.
El Príncipe Daemon Targaryen y la pequeña niña morena llamada Nettles buscaron por
largo tiempo a Aemond Un-Ojo sin éxito. Se habían establecido en Poza de la Doncella, por
invitación de Lord Manfryd Mooton, que vivía atemorizado por la posibilidad de que Vhagar
asaltara su ciudad. Mientras tanto, el Príncipe Aemond atacaba Pedregal, en las estribaciones de
las Montañas de la Luna; en Sweetwillow en el Forca Verde y en Danza de Sally en el Forca
Roja; redujo Puente Bowshot a cenizas, quemó Old Ferry y Molino de la Vieja, y destruyó
Bechester, siempre desapareciendo de nuevo en el cielo antes de que llegaran atacantes. Vhagar
nunca permanecía en un lugar, y los sobrevivientes no se ponían de acuerdo en cuanto a la
dirección que el dragón había tomado.
Cada amanecer Caraxes y Sheepstealer volaban desde Poza de la Doncella, sobrevolando las
Tierras de los Ríos en círculos cada vez más amplios con la esperanza de encontrar a Vhagar...
sólo para regresar derrotados al atardecer. Lord Mooton sugirió audazmente que los Jinetes de
Dragón se dividieran para la búsqueda, a fin de cubrir el doble del terreno. El Príncipe Daemon
se negó. Vhagar era el último de los tres dragones que llegaron a Poniente con Aegon el
Conquistador y sus hermanas, le recordó a su señoría. Aunque más lento de lo que había sido un
siglo antes, había crecido tanto como El Terror Negro de antaño. Su fuegodragón era lo
suficientemente ardiente como para fundir la piedra, y ni Caraxes ni Sheepstealer podían igualar
su ferocidad. Sólo juntos tenían esperanzas de oponerse a ella. Y así continuó la chica Nettles a
su lado, día y noche, en el cielo y en el castillo.
Mientras tanto, en el sur, la batalla llegaba a Ladera, una próspera ciudad comercial en el
Mander. El castillo que dominaba la ciudad era fuerte, pero pequeño, guarnecido por no más de
cuarenta hombres, pero miles más habían llegado río arriba desde Puenteamargo, Granmesa y
más al sur. La llegada del ejército de los señores de Los Ríos aumentó su número, y fortaleció su
determinación. En total, las fuerzas que se reunieron bajo los estandartes de la Reina Rhaenyra
en Ladera fueron cerca de nueve mil. Los hombres de la Reina eran superados en número
considerablemente por los de Lord Hightower. Sin duda, la llegada de los dragones Vermithor y
Ala de Plata con sus jinetes, fue más que bienvenida por los defensores de Ladera. Poco podían
saber de los horrores que les esperaban.
El cómo, el cuándo y el porqué de lo que se conoce como Las Traiciones de Ladera sigue siendo
cuestión de mucha controversia, y probablemente nunca se conocerá la verdad de todo lo que
pasó. Sí parece que algunos de los que inundaron la ciudad, huyendo ante el ejército de Lord
Hightower, eran en realidad parte de ese ejército, enviados por delante para infiltrarse en las filas
de los defensores. Sin embargo, sus traiciones no tendrían importancia, si Ser Ulf el Blanco y Ser
Hugh Hammer no hubieran elegido este momento para cambiar sus lealtades.
Como ninguno de los dos sabía leer ni escribir, nunca sabremos lo que llevó a los Dos Traidores
(como la historia los ha llamado) a hacer lo que hicieron. De la Batalla de Ladera sabemos
mucho más, sin embargo. Seis mil hombres de la Reina formaron para enfrentar a Lord
Hightower en el campo, y lucharon valientemente por un tiempo, pero una lluvia de flechas
fulminantes de arqueros de Lord Ormund diezmó sus filas, y una carga atronadora de su
caballería pesada la rompió, enviando a los sobrevivientes tras los muros de la ciudad. Cuando la
mayoría de los sobrevivientes estuvo a salvo dentro de las puertas, Roddy La Ruina y sus Lobos
del Invierno avanzaron a través de una poterna, con sus aterradores aullidos de guerra,
embistiendo el flanco izquierdo de los atacantes. En el caos que siguió, los norteños se abrieron
paso, aunque eran superados en número por diez a uno, hasta donde estaba Lord Ormund
Hightower con su caballo de batalla bajo el dragón dorado del Rey Aegon y los estandartes de
Antigua y Hightower. Como los bardos cuentan, Lord Roderick estaba ensangrentado de pies a
cabeza cuando llegó, con su escudo astillado y el yelmo agrietado, sin embargo, tan embriagado
por la batalla que ni siquiera parecía sentir sus heridas. Ser Bryndon Hightower, primo de Lord
Ormund, se colocó entre el norteño y su señor, arrancando el escudo del brazo de La Ruina con
un terrible golpe de su alabarda... pero el salvaje Lord de Fuerte Túmulo continuó luchando,
dando muerte tanto Ser Bryndon como a Lord Ormund antes de morir. Los banderizos de Lord
Hightower se desanimaron, y los hombres del pueblo aplaudieron y gritaron de alegría,
pensando que el rumbo de la batalla había cambiado. Incluso la aparición de Tessarion a través
del campo no los acobardó, porque sabían que tenían dos dragones a su favor... pero cuando
Vermithor y Ala de Plata se elevaron al cielo y lanzaron sus fuegos sobre Ladera, esos aplausos
se convirtieron en gritos.
Ladera ardió en llamas: tiendas, casas, septo, gente, todo. Los hombres descendían ardiendo de
los portones y las almenas, o tropezaban gritando por las calles como antorchas vivientes.
Los Dos Traidores azotaron la ciudad con látigos de fuego desde un extremo hasta el otro. El
saqueo que siguió fue tan salvaje como ningún otro en la historia de Poniente. Ladera, esa
próspera ciudad comercial, fue reducida a cenizas y carbones, para nunca ser reconstruida. Miles
resultaron calcinados, y muchos murieron ahogados cuando trataban de nadar en el río. Algunos
dirían más tarde que fueron los afortunados, porque no hubo misericordia para los
sobrevivientes. Los hombres de Lord Footly arrojaron sus espadas y se rindieron, sólo para ser
atados y decapitados. Las mujeres del pueblo que sobrevivieron a los incendios fueron violadas
en repetidas ocasiones, incluso las niñas tan jóvenes de ocho y diez años. Los viejos y los niños
fueron pasados a cuchillo, mientras que los dragones se alimentaban de los retorcidos y
humeantes cadáveres de sus víctimas.
Fue por entonces cuando una maltrecha coca comerciante llamada Nessaria entró a duras
penas en el puerto de Rocadragón para hacer reparaciones y tomar provisiones. Regresaba de
Pentos a la vieja Volantis cuando una tormenta hizo que naufragara, dijo su tripulación... pero a
este cuento común de peligros en el mar, los Volantinos añadieron una nota extraña. Mientras
Nessaria avanzaba hacia el oeste, Montedragón se alzaba ante ellos, enorme contra el sol
poniente... cuando los marineros divisaron dos dragones peleando, sus rugidos haciéndose eco
en los negros acantilados escarpados del flanco oriental de la montaña humeante. En cada
taberna, posada y prostíbulo a lo largo de la franja costera el relato fue contado, vuelto a contar,
y embellecido, hasta que cada hombre en Rocadragón lo hubo escuchado.
Los dragones eran una maravilla para los hombres de Volantis; la visión de dos en batalla fue
algo que los hombres del Nessaria nunca olvidarían. Los nacidos y criados en Rocadragón habían
crecido con esas bestias... sin embargo, aun así, la historia de los marineros despertó su interés.
A la mañana siguiente algunos pescadores locales recorrieron con sus botes los alrededores de
Montedragón, y volvieron para informar sobre los restos de un dragón muerto, carbonizado y
destrozado en la base de la montaña. Por el color de sus alas y escamas, el cadáver era el de
Fantasma Gris. El dragón yacía despedazado en dos partes, y parcialmente devorado.
Al oír esta noticia, Ser Robert Quince, el amable y famoso obeso caballero que la Reina había
nombrado Castellano de Rocadragón a su salida, inmediatamente señalo al Caníbal como el
asesino.
La mayoría estuvo de acuerdo, ya que El Caníbal era conocido por atacar dragones más
pequeños en el pasado, aunque rara vez de manera tan salvaje. Algunos pescadores, por temor a
que el asesino se volviera contra ellos la próxima vez, solicitaron a Quince mandar caballeros a la
guarida de la bestia para acabar con ella, pero el Castellano se negó. --"Si no lo molestamos, el
Caníbal no nos molestará"-- declaró. Para asegurarse, prohibió la pesca en las aguas debajo de la
ladera este de Montedragón, donde el cuerpo del dragón se pudría.
Mientras tanto, en la orilla occidental de la Bahía del Aguasnegras, la noticia de la batalla y
las Traiciones de Ladera habían llegado a Desembarco del Rey. Se dice que la Reina Viuda
Alicent rió cuando se enteró. --"Todo lo que han sembrado, será cosechado"-- prometió.
En el Trono de Hierro, la Reina Rhaenyra palideció y desfalleció, y ordenó cerrar las puertas de
la ciudad a cal y canto; a partir de ahora, no habría nadie a quien se le permitiera entrar o salir de
Desembarco del Rey. --"No tendré cambiacapas en mi ciudad para que abran las puertas a los
rebeldes"-- proclamó.
El ejército de Lord Ormund podría estar fuera de sus muros por la mañana o al día siguiente; los
traidores, semillas de dragón, podrían llegar incluso antes.
Esa posibilidad excitó al Príncipe Joffrey. --"Que vengan"-- anunció el muchacho --"Iré a su
encuentro en Tyraxes"--.
Las palabras alarmaron a su madre. --"No lo harás"-- declaró --"Eres demasiado joven para la
batalla"--.
Aun así, permitió al niño quedarse mientras el Consejo Negro discutía la mejor forma de hacer
frente al avance del enemigo.
Seis dragones permanecían en Desembarco del Rey, pero sólo uno dentro de los muros de la
Fortaleza Roja: el dragón hembra de la propia Reina, Syrax. Habían vaciado un establo en el
patio exterior para su uso. Pesadas cadenas la ataban al suelo. Aunque de largo suficiente para
permitir que se moviera del establo al patio, las cadenas le impedían volar sin jinete. Syrax hacía
tiempo que se había acostumbrado a las cadenas; excesivamente bien alimentada, no había
cazado durante años.
Los otros dragones fueron mantenidos en Pozo Dragón, la colosal estructura que el Rey Maegor
el Cruel había construido para tal fin. Bajo su gran cúpula, cuarenta enormes bóvedas
subterráneas habían sido talladas en las entrañas de la Colina de Rhaenys en un gran anillo.
Gruesas puertas de bronce cerraban estas cuevas artificiales en cualquiera de los extremos, las
puertas interiores con frente a las arenas de la fosa y la abertura externa de la ladera. Caraxes,
Vermithor, Ala de Plata y Sheepstealer habían hecho sus guaridas allí antes de volar a la
batalla. Cinco dragones permanecían: Tyraxes, del Príncipe Joffrey, el gris pálido Seasmoke
de Addam Velaryon, los jóvenes dragones Morghul y Shrykos, pertenecientes a la
Princesa Jaehaera (fugitiva) y su gemelo el Príncipe Jaehaerys (muerto)... y Dreamfyre, amada de
la Reina Helaena.
La tradición dictaba que al menos un Jinete de Dragón residiera en el Pozo, de modo que en
caso de necesidad de defensa de la ciudad, pudiera volar de inmediato. Como la Reina Rhaenyra
prefería mantener sus hijos a su lado, este derecho se concedió a Addam Velaryon. Pero ahora
las voces en el Consejo Negro se alzaron para cuestionar la lealtad de Ser Addam. Las semillas
de dragón Ulf el Blanco y Hugh Hammer se habían pasado al enemigo... ¿pero eran ellos los
únicos traidores entre todos? ¿Qué hay de Addam de Hull y la chica Nettles? Habían nacido
bastardos. ¿Se podía con fiar en ellos?
Lord Bartimos Celtigar pensaba que no --" Los bastardos son traicioneros por naturaleza"-- dijo.
--"Está en su sangre. La traición viene con la misma facilidad a un bastardo como la lealtad a
hombres legítimos"-- y apremió a Su Alteza a detener a los dos Jinetes de Dragón bastardos de
inmediato, antes de que se pasaran al bando enemigo con sus dragones. Otros se hicieron eco de
su punto de vista, entre ellos Ser Luthor Largent, comandante de la Guardia de la Ciudad, y Ser
Lorent Marbrand, Lord Comandante de la Guardia Real. Incluso los dos hombres de Puerto
Blanco, el temerario caballero Ser Medrick Manderly y su inteligente y corpulento hermano, Ser
Torrhen, instaron a la Reina a que desconfiara. --"Mejor no correr riesgos"-- dijo Ser Torrhen.
--"Si el enemigo gana dos dragones más, estamos perdidos"--.
Sólo Lord Corlys habló en defensa de los semilla de dragón, declarando que Ser Addam y su
hermano Alyn eran "verdaderos Velaryon", dignos herederos de Marcaderiva. En cuanto a la
niña, a pesar de ser sucia y fea, había luchado valientemente en la Batalla de El Gaznate.
--"Como lo hicieron los Dos Traidores"-- contrarrestó Lord Celtigar.
Las protestas airadas de la Mano fueron en vano. Todos los temores y sospechas de la Reina
despertaron. Había sido traicionada tantas veces, por tantos, que pensaba lo peor de cualquier
hombre. La traición ya no la sorprendía. La esperaba de cualquiera, incluso de aquellos a los que
más amaba.
La Reina Rhaenyra ordenó a Ser Luthor Largent tomar veinte Capas Doradas y acudir a
Pozo Dragón para arrestar a Ser Addam Velaryon. Y así la traición engendró más traición, para
ruina de la Reina. Cuando Ser Luthor Largent y sus Capas Doradas cabalgaron hasta la Colina de
Rhaenys con la orden de la Reina, las puertas de Pozo Dragón se abrieron por encima de ellos, y
Seasmoke extendió sus alas de color gris pálido y levantó vuelo, con humo saliendo de sus fosas
nasales. Ser Addam Velaryon había sido prevenido a tiempo para escapar. Frustrado y enfadado,
Ser Luthor regresó de inmediato a la Fortaleza Roja, donde irrumpió en la Torre de la Mano y
detuvo al anciano Lord Corlys, acusándolo de traición. El viejo no negó la acusación. Atado y
golpeado, pero aún en silencio, fue conducido los calabozos y arrojado a una celda negra en
espera de juicio y ejecución.
Mientras tanto, la historia de la masacre de Ladera se extendía por la ciudad... y con ella, el
terror. Desembarco del Rey sería el próximo, se decían unos a otros los hombres. El dragón
luchara contra el dragón, y esta vez la ciudad seguramente arderá. Temerosos de la venida del
enemigo, cientos trataron de huir, sólo para ser rechazados en las puertas por los Capas
Doradas. Atrapados dentro de las murallas de la ciudad, algunos buscaron refugio en sótanos
profundos, temiendo la tormenta de fuego que se avecinaba, mientras que otros recurrieron a la
oración, a la bebida, y al placer de ser encontrados entre las piernas de una mujer. Al caer la
noche, las tabernas de la ciudad, burdeles y posadas estaban llenas de hombres y mujeres que
buscaban el consuelo o el escape y se contaban historias terroríficas.
Otro tipo de caos reinaba en Ladera, sesenta leguas hacia el suroeste. Mientras que en
Desembarco del Rey regía el miedo, los temidos enemigos aún tenían que avanzar hacia la
ciudad, pero los leales al Rey Aegon se encontraban sin líder, acosados por las divisiones, el
conflicto y la duda. Ormund Hightower yacía muerto junto con su primo Ser Bryndon, el
caballero más importante de Antigua. Sus hijos habían quedado atrás en Torrealta a mil leguas
de distancia, y además eran niños sin experiencia. Y aunque Lord Ormund hubiera apodado a
Daeron Targaryen "Daeron el Atrevido" y elogiado su valentía en batalla, el Príncipe seguía
siendo un niño. El más joven de los hijos del Rey Aegon, que había crecido a la sombra de sus
hermanos mayores, estaba más acostumbrado a seguir órdenes que a darlas. El Hightower
restante más importante que quedaba en el ejército era Ser Hobert, otro de los primos de Lord
Ormund, hasta ahora confiado solamente a la caravana de equipaje. Un hombre "tan valiente
como lento", Hobert Hightower había vivido sesenta años sin distinguirse, sin embargo, era
ahora el supuesto hombre al mando de las fuerzas por derecho de parentesco con la Reina
Alicent.
Muy pocas veces en la historia de los Siete Reinos, un pueblo o ciudad fue objeto de tan
largo y cruel saqueo como Ladera después de las traiciones. El Príncipe Daeron, asqueado por
todo lo que vio, ordenó a Ser Hobert Hightower poner fin al mismo, pero los esfuerzos de
Hightower resultaron tan inútiles como él. Los peores crímenes fueron los cometidos por los
Dos Traidores, los bastardos Jinetes de Dragón Hugh Hammer y Ulf el Blanco. Ser Ulf se
entregó por completo a la embriaguez, ahogándose en vino y mujeres. Las que no fueron de su
agrado alimentaron a su dragón. El título de caballero que la Reina Rhaenyra le otorgó no había
sido suficiente. Tampoco lo fue cuando el Príncipe Daemon lo nombró Lord de Puenteamargo.
El Blanco tenía un premio mayor en mente: deseaba nada menos que Altojardín, declarando que
los Tyrell no habían desempeñado ningún papel en la Danza, y por lo tanto debían ser
declarados traidores. Las ambiciones de Ser Ulf eran modestas en comparación con las de su
compañero cambiacapas, Hugh Hammer. Hijo de un simple herrero, Hammer era un hombre
enorme, con manos tan fuertes que afirmaba ser capaz de arquear barras de acero en torques.
Aunque sin entrenamiento en las artes de la guerra, su tamaño y fuerza hacían de él un enemigo
temible. Su arma preferida era el martillo de guerra, con el que proporcionaba aplastantes y
mortales golpes. En batalla montaba a Vermithor, antiguamente la montura del Viejo Rey; de
todos los dragones de Poniente, sólo Vhagar era más viejo o más grande. Por todas estas
razones, Lord Hammer (como se hacía llamar ahora) comenzó a soñar con coronas. --"¿Por qué
ser Lord cuando se puede ser Rey?"-- decía a los hombres que comenzaron a reunirse a su
alrededor.
Ninguno de los Dos Traidores parecía con ganas de ayudar al Príncipe Daeron en el ataque
contra Desembarco del Rey. Tenían un gran ejército además de tres dragones, sin embargo, la
Reina poseía tres dragones también (como bien sabían), y tendría cinco una vez que el Príncipe
Daemon retornara con Nettles. Lord Peake optaba por retrasar cualquier avance hasta que Lord
Baratheon trajera sus fuerzas desde Bastión de Tormentas para unirse a ellos, mientras que Ser
Hobert deseaba volver al Dominio para reponer los suministros que disminuían rápidamente.
Ninguno parecía preocupado por el hecho de que su ejército se reducía día a día,
desvaneciéndose como el rocío de la mañana a medida que más y más hombres desertaban,
partiendo hacia el hogar y la cosecha con todo el botín que podían cargar.
Muchas leguas al norte, en un castillo con vista a la Bahía de los Cangrejos, otro señor se
encontraba deslizándose por el filo de una espada. De Desembarco del Rey llegó un cuervo que
traía un mensaje de la Reina para Manfryd Mooton, Lord de Poza de la Doncella: debía entregar
la cabeza de la niña bastarda Nettles, a quien se acusaba de haberse convertido en la amante del
Príncipe Daemon y a quien la Reina, por tanto, había declarado culpable de alta traición. --"No
se debe tocar a mi señor esposo, el Príncipe Daemon de la Casa Targaryen"-- ordenaba Su
Alteza. --"Enviadlo nuevamente a mí, luego de que todo se haya hecho, ya que tenemos
urgente necesidad de él"--.
El Maestre Norren, guardián de las Crónicas de Poza de la Doncella, nos dice que cuando su
señoría leyó la carta de la Reina, quedó tan conmocionado que perdió la voz. Solo pudo hablar
después de beber tres copas de vino. Entonces Lord Mooton mando a llamar al capitán de su
guardia, a su hermano, y a su campeón, Ser Florian Acerogris. Ordenó a su Maestre que también
se quedase. Cuando estuvieron reunidos, les leyó la carta y les pidió consejo.
-- "Esto es fácil de hacer "-- dijo el capitán de la guardia. --"El Príncipe duerme con ella, pero
esta viejo. Tres hombres deberían ser suficientes para someterlo si trata de interferir, pero voy a
llevarme seis para estar seguro. ¿Mi señor desea hacerlo esta noche?"--.
--"Seis hombres o sesenta, sigue siendo Daemon Targaryen"-- objetó el hermano de Lord
Mooton. --"Una poción de sueño en su vino de la noche sería el plan más sabio. Dejad que
despierte para encontrarla muerta"--.
--"La chica no es más que una niña, sea cual sea su traición"-- dijo Ser Florian, el austero y viejo
caballero, melancólico y canoso --"El Viejo Rey nunca habría ordenado esto, ni ningún hombre
de honor"--.
-- "Estos son tiempos viles"-- dijo Lord Mooton --"y es una vil orden la que la Reina me ha
dado. La chica es una invitada bajo mi techo. Si obedezco, Poza de la Doncella quedará maldita
para siempre. Si me niego, seremos condenados y destruidos"--.
A lo que respondió su hermano --"Puede ser que cualquier elección que tomemos nos destruya.
El Príncipe le tiene más que cariño a esta niña morena, y su dragón está al alcance de la mano.
Un Lord inteligente mataría a los dos, no sea que el Príncipe queme Poza de la Doncella en su
ira"--.
-- "La Reina ha prohibido hacerle ningún daño"-- le recordó Lord Mooton -- "y asesinar a dos
invitados en sus camas es dos veces más grave que asesinar a uno. Estaríamos doblemente
malditos"-- suspiró y dijo --"Ojalá nunca hubiera leído esta carta"--.
Y entonces habló el Maestre Norren diciendo --"Quizás nunca lo hicisteis"--.
Lo que se dijo después nos es desconocido. Todo lo que sabemos es que el Maestre, un joven de
veintidós años, encontró cenando al Príncipe Daemon con la chica Nettles esa noche, y le
enseñó la carta de la Reina. Después de leer la carta, el Príncipe Daemon dijo --"Las palabras de
una Reina, la obra de una puta"-- Entonces sacó su espada y le preguntó si los hombres de Lord
Mooton estaban esperando fuera de la puerta para llevarlo prisionero. Cuando el Maestre le dijo
que había venido solo y en secreto, el Príncipe Daemon envainó la espada, diciendo --"Sois un
mal Maestre, pero un buen hombre"-- y luego le pidió que se fuera, ordenándole --"Ni una
palabra de esto al Lord ni a mi amante hasta la mañana"--.
No se registró cómo el Príncipe y su novia bastarda pasaron su última noche bajo el techo de
Lord Mooton, pero al amanecer aparecieron juntos en el patio, y el Príncipe Daemon ayudó a
Nettles a ensillar Sheepstealer por última vez. Era su costumbre darle de comer todos los días
antes de volar; los dragones se doblegaban más fácilmente a la voluntad de su jinete cuando
estaban llenos. Esa mañana le dio de comer un carnero negro, el más grande de todos en Poza
de la Doncella, cortando la garganta del carnero ella misma. Sus pieles de montar estaban
manchadas de sangre cuando ella montó en su dragón, registra el Maestre Norren, y "sus
mejillas se tiñeron de lágrimas". Ni una palabra de despedida se dijo entre el hombre y su
amante, pero cuando Sheepstealer batió sus escamosas alas de color pardo y ascendió al cielo del
amanecer, Caraxes levantó la cabeza y rugió tan fuerte que rompió todas las ventanas de la Torre
de Jonquil. Muy por encima de la ciudad, Nettles se volvió con su dragón hacia la Bahía de los
Cangrejos, y desapareció entre la niebla matutina, para no ser vista nunca más en la corte o el
castillo.
Daemon Targaryen regresó al castillo sólo el tiempo suficiente para desayunar con Lord
Mooton. --"Esta es la última que me veréis"-- dijo a su señoría --"Os doy las gracias por vuestra
hospitalidad. Que se sepa a través de todas vuestras tierras que vuelo hacia Harrenhal. Si mi
sobrino Aemond se atreve a enfrentarme, me encontrará allí, solo"--.
Así el Príncipe Daemon se alejó de Poza de la Doncella, por última vez. Cuando se hubo
marchado, el Maestre Norren se acercó a su señor para decirle --"Tomad la cadena de mi cuello
y atadme las manos con ella. Debéis enviadme con la Reina. Cuando le di aviso a un traidor y le
permití escapar, me convertí en traidor también"--.
Lord Mooton se negó --"Conservad la cadena"-- dijo --"Todos somos traidores aquí"--.
Y esa noche, los estandartes de la Reina Rhaenyra fueron arriados de donde ondeaban por
encima de las puertas de Poza de la Doncella, y el dragón dorado del rey Aegon II se izó en su
lugar.
No había estandartes ondeando por encima de las almenas ennegrecidas y torreones
arruinados de Harrenhal cuando el Príncipe Daemon descendió desde cielo para tomar el
castillo. Unos pocos refugiados habían encontrado amparo en las bóvedas profundas y las
bodegas del castillo, pero el sonido de las alas de Caraxes los hizo huir. Cuando el último de
ellos escapó, Daemon Targaryen caminó por los pasillos cavernosos de la fortaleza de Harren
solo, sin más compañía que su dragón. Cada noche, al atardecer, colocaba una marca en el árbol
corazón del bosque de dioses para conmemorar el paso de otro día. Trece marcas se pueden ver
sobre ese arciano todavía, viejas heridas, profundas y oscuras; sin embargo, los señores que
han gobernado Harrenhal desde los días de Daemon dicen que sangran de nuevo cada
primavera.
En el día catorce de la vigilia del Príncipe, una sombra se extendió sobre el castillo, más negra
que cualquier nube pasajera. Todos los pájaros en el bosque de dioses volaron espantados, y un
viento caliente azotó las hojas caídas a través del patio. Vhagar había llegado por fin, y en su
espalda montaba el príncipe Aemond Un-Ojo Targaryen, vestido con armadura de negra noche
con ribetes de oro.
No había venido solo. Alys Ríos volaba con él, con el pelo largo negro al viento detrás de ella,
con el vientre hinchado por su embarazo. El Príncipe Aemond voló dos veces alrededor de las
torres de Harrenhal, para después descender con Vhagar en el patio exterior, con Caraxes a un
centenar de yardas de distancia. Los dragones se miraron torvamente entre sí, y Caraxes
extendió sus alas y siseó, mientras las llamas bailaban a través de sus dientes.
El Príncipe ayudó a su mujer a bajar de la espalda de Vhagar, a continuación, se volvió hacia su
tío --"Tío, escuché que nos has estado buscando"--.
--"Sólo a ti"-- respondió Daemon --"¿Quién te dijo dónde encontrarme?"--.
--"Mi Lady"-- respondió Aemond --"Ella te vio en una nube de tormenta, en una fuente de
montaña al atardecer en la que encendíamos un fuego para cocinar nuestra cena. Ella ve mucho
y más, mi Alys. Eres un tonto por venir solo"--.
--"Si no venía solo, tampoco habrías venido"-- dijo Daemon.
-- "Sin embargo, aquí estás, y aquí estoy. Has vivido demasiado tiempo, tío"--
-- "En eso estamos de acuerdo"--respondió Daemon.
Entonces el viejo Príncipe obligó a Caraxes a doblar su cuello, y subió con firmeza sobre su
espalda, mientras el joven Príncipe besaba a su mujer y saltaba ligeramente sobre Vhagar,
teniendo cuidado de sujetar las cuatro cadenas cortas entre su cinturón y la silla de montar.
Daemon dejó sus propias cadenas sueltas. Caraxes siseó de nuevo, llenando el aire con llamas, y
Vhagar respondió con un rugido. Los dos dragones se elevaron hacia el cielo.
El Príncipe Daemon apuró a Caraxes azotándolo con un látigo de punta de acero hasta que
desaparecieron en un banco de nubes. Vhagar, más vieja y por mucho, más grande, se elevó más
lenta, pesada por su tamaño, y ascendió de manera más gradual, cada vez con círculos más
amplios, que la alejaban a ella y a su jinete de las aguas del Ojo de Dioses. Atardecía, el sol estaba
cerca de ponerse, y el lago estaba en calma, su superficie brillaba como una hoja de cobre batido.
Arriba y más arriba ascendía, buscando a Caraxes mientras Alys Ríos observaban desde lo alto
de la Torre de la Pira Real de Harrenhal.
El ataque fue tan repentino como un rayo. Caraxes se zambulló hacia abajo contra Vhagar con
un rugido agudo que se escuchó a una docena de millas de distancia, envuelto por el resplandor
del sol poniente, atacando sobre el lado ciego del Príncipe Aemond. El Gusano Sangriento se
estrelló contra el dragón más viejo con una fuerza terrible. Sus rugidos resonaron a través del
Ojo de Dioses mientras los dos forcejeaban y se desgarraban mutuamente, oscuros contra un
cielo rojo sangre. Tan brillantes ardieron sus llamas que los pescadores creyeron que las nubes
estaban en llamas. Enlazados, los dragones cayeron hacia el lago. Las mandíbulas del Gusano
Sangriento se cerraron sobre el cuello de Vhagar, sus negros dientes se hundieron
profundamente en la carne del dragón más grande. A pesar de que las garras de Vhagar rasgaban y
abrían su vientre y los dientes le habían arrancado un ala, Caraxes mordía más profundo, sin
preocuparse por las heridas, mientras se precipitaban hacia el lago a una velocidad terrible.
Y fue entonces, nos cuenta la historia, que el Príncipe Daemon Targaryen pasó una pierna por
encima de su silla de montar y saltó de un dragón al otro. En su mano estaba Hermana Oscura, la
espada de la Reina Visenya. Mientras Aemond Un-Ojo observaba aterrorizado la escena y buscaba
a tientas las cadenas que lo ataban a la silla de montar, Daemon arrancó el yelmo de su sobrino y
le atravesó el ojo ciego con su espada, con tanta fuerza que la punta apareció en la nuca del
joven Príncipe. La mitad de un latido más tarde, los dragones golpearon contra el lago,
levantando un mar de agua tan grande que se dice se elevó tanto como la Torre de la Pira Real.
Los pescadores que lo vieron, dijeron que ni hombre ni dragón pudo haber sobrevivido a
semejante impacto. Tampoco ellos. Caraxes vivió lo suficiente para arrastrarse hacia tierra.
Destripado, con un ala arrancada de su cuerpo y las aguas del lago humeando a su alrededor, el
Gusano Sangriento encontró la fuerza para arrastrarse hasta la orilla del lago, muriendo bajo las
murallas de Harrenhal. El cadáver de Vhagar se hundió hasta el fondo del lago, mientras la
sangre caliente de la herida en su cuello hervía el agua alrededor de su último lugar de descanso.
Cuando la encontraron algunos años más tarde, después del final de la Danza de los Dragones,
el cuerpo del Príncipe Aemond, aún en su armadura, permanecía encadenado en su silla, con la
empuñadura de Hermana Oscura clavada profundamente a través de la cuenca de su ojo.
No se puede dudar de que el Príncipe Daemon también muriera. Sus restos nunca fueron
encontrados, pero hay corrientes extrañas en ese lago y peces hambrientos también. Los bardos
nos cantan que el viejo Príncipe sobrevivió a la caída, para volver con la chica Nettles y pasar el
resto de sus días a su lado. Estos cuentos forman parte de canciones encantadoras, pero no de la
historia.
Fue en el vigésimo segundo día de la quinta luna del año 130 DC, cuando los dragones
danzaron y murieron sobre el Ojo de Dioses. Daemon Targaryen tenía cuarenta y nueve años
cuando murió; el Príncipe Aemond había cumplido los veinte. Vhagar, el más grande de los
dragones Targaryen desde la muerte de Balerion el Terror Negro, llevaba ciento ochenta y un
años en la tierra. Así abandonó la vida la última criatura de la época de la Conquista de Aegon,
mientras el crepúsculo y la oscuridad se tragaban la fortaleza maldita de Harren el Negro. Sin
embargo, muy pocos estuvieron presentes para dar testimonio, y pasaría algún tiempo antes de
que las palabras sobre la última batalla del Príncipe de Daemon llegaran a ser ampliamente
conocidas.
En Desembarco del Rey, la Reina Rhaenyra se encontraba cada vez más aislada a medida
que aumentaban las traiciones. El sospechado de ser un cambiacapas, Addam Velaryon, había
huido antes de que pudiera saberse realmente con que bando estaba. Por haber ordenado la
detención de Addam Velaryon, había perdido no sólo un dragón y un Jinete, sino a la Mano de
la Reina también... y más de la mitad del ejército que había zarpado de Rocadragón para
conquistar el Trono de Hierro estaba formado por hombres juramentados a la Casa Velaryon.
Cuando se enteraron de que Lord Corlys languidecía en una mazmorra bajo la Fortaleza Roja,
comenzaron a abandonar de a cientos la causa de la Reina. Algunos se dirigieron a la Plaza de
los Zapateros para unirse a la multitud allí reunida, mientras que otros se escurrieron a través de
las puertas o por sobre los muros, con la intención de regresar a Marcaderiva. Tampoco podía
confiar en los que permanecieron con ella.
Ese mismo día, poco después de la puesta del sol, la corte de la Reina conoció otro horror.
Helaena Targaryen, hermana, esposa y Reina del Rey Aegon II y madre de sus hijos, se arrojó
desde la ventana del Torreón de Maegor para morir empalada en las picas de hierro que se
alineaban en el foso seco de abajo. Tenía solo veintiún años.
Al caer la noche, una oscura historia circulaba por las calles y callejones de Desembarco del Rey,
en las posadas, burdeles y tiendas, incluso en los santos septos. La Reina Helaena había sido
asesinada, decían los murmullos, como sus hijos antes de ella. El Príncipe Daeron y sus
dragones pronto estarían en las puertas, y con ellos el final del reinado de Rhaenyra. La vieja
Reina estaba dispuesta a que su media hermana menor no viviera para deleitarse con su caída,
por lo que había enviado a Ser Luthor Largent para tomar a Helaena con sus enormes y ásperas
manos y arrojarla desde la ventana hacia las picas.
El rumor del "asesinato" de la Reina Helaena pronto estuvo en boca de la mitad de Desembarco
del Rey. Esto demuestra cuán rápida y completamente la ciudad se volvió contra su otrora
amada Reina. Rhaenyra era odiada; Helaena había sido amada. Tampoco el pueblo de la ciudad
había olvidado el cruel asesinato del Príncipe Jaehaerys a manos de Sangre y Queso. El final de
Helaena había sido misericordiosamente rápido; una de las picas la atravesó por la garganta y
murió sin emitir sonido alguno. En el momento de su muerte, a través de la ciudad, por sobre la
Colina de Rhaenys, su dragón Dreamfyre se despertó repentinamente con un rugido que hizo
temblar Pozo Dragón, rompiendo dos de las cadenas que la ataban. Cuando la Reina Alicent fue
informada de la muerte de su hija, rasgó sus vestiduras, y pronunció una terrible maldición sobre
su enemiga.
Esa noche Desembarco del Rey se alzó en un motín sangriento.
Los disturbios comenzaron en los callejones y esquinas del Lecho de Pulgas, cuando
cientos de hombres y mujeres salieron desde los sumideros de vino, hoyos de ratas, y tiendas,
enojados, borrachos, y temerosos. Desde allí los manifestantes se extendieron por toda la
ciudad, pidiendo justicia para los Príncipes muertos y su madre asesinada. Carros y carretas
fueron derribadas, las tiendas desvalijadas y los hogares saqueados e incendiados. Los Capas
Doradas que intentaron sofocar los disturbios fueron atacados y golpeados de manera
sangrienta. Nadie se salvó, alta o baja cuna. Arrojaban basura a los señores, y tiraban a los
caballeros de sus monturas. Lady Darla Deddings vio a su hermano Davos ser apuñalado en el
ojo mientras trataba de defenderla de tres jóvenes borrachos que intentaban violarla. Los
marineros que no podían regresar a sus naves atacaron la Puerta del Río y se enfrentaron en una
batalla campal con la Guardia de la Ciudad. Ser Luthor Largent necesitó cuatrocientos
lanceros para dispersarlos. Para entonces, la puerta estaba destrozada en pedazos y un
centenar de hombres estaban muertos o agonizando, un cuarto de ellos eran Capas Doradas.
En la Plaza de los Zapateros los ruidos de los disturbios se escuchaban desde todas partes.
La Guardia de la Ciudad llegó con todas sus fuerzas, quinientos hombres vestidos de cota
guarnecida de negro, sobrevestas de acero y largas capas de oro, armados con espadas cortas,
lanzas y garrotes con púas. Formaron en el lado sur de la plaza, detrás un muro de escudos y
lanzas. Al frente de ellos formó Ser Luthor Largent sobre un caballo de batalla en armadura,
una espada larga en la mano. La mera visión fue suficiente para dispersar a cientos, que
salieron disparados hacia los callejones y calles laterales. Cientos más huyeron cuando Ser
Luthor ordenó a los Capas Doradas avanzar.
Quedaron diez mil, sin embargo. La multitud estaba tan apretujada que muchos de los que con
gusto hubieran huido estaban inmovilizados, empujando, presionando y pisoteando. Otros se
lanzaron hacia delante, entre empujones, y comenzaron a gritar y maldecir, mientras las lanzas
avanzaban al lento ritmo del tambor. --"Abrid paso, estúpidos"-- rugió Ser Luthor --"Volved a
vuestros hogares. No se os hará daño. ¡Volved a vuestros hogares!”--.
Algunos dicen que el primer hombre en morir fue un panadero, quien lanzó un bufido de
desconcierto cuando una punta de lanza le atravesó la carne y vio enrojecer su delantal. Otros
afirman que fue una niña, aplastada por el caballo de batalla de Ser Luthor. Una piedra salió
volando de la multitud, golpeando a un lancero en la frente. Gritos y maldiciones se escucharon,
palos, piedras y orinales llovieron desde los tejados, un arquero al otro lado de la plaza comenzó
a lanzar sus fechas. Una antorcha fue lanzada contra un guardia y su capa dorada se incendió
inmediatamente.
Los Capas Doradas eran hombres robustos, jóvenes, fuertes, disciplinados, con buenas
armas y armaduras. Durante veinte yardas o más avanzaron dentro de un muro de escudos,
dejando un reguero de sangre a través de la multitud, con muertos y agonizantes a su alrededor.
Pero ellos eran solo quinientos, y los manifestantes reunidos eran decenas de miles. Un guardia
fue abatido, y luego otro. De repente, el pueblo entero se escurrió a través del frente roto, y
atacó con cuchillos y piedras, incluso con dientes, pululando sobre la Guardia de la Ciudad y
envolviendo sus flancos, arremetiendo desde atrás, arrojando tejas desde los tejados y balcones.
La revuelta se volvió una matanza. Rodeados por todos lados, los Capas Doradas fueron
cercados y arrojados al suelo, sin espacio para blandir sus armas. Muchos murieron por la
estocada de su propia espada. Otros fueron despedazados, golpeados hasta la muerte,
pisoteados, atacados con azadas y cuchillos de carnicero. Ni siquiera el temible Ser Luthor
Largent pudo escapar a la carnicería. Mientras le arrancaban la espada de las manos, Largent fue
arrojado de su silla de montar, apuñalado en el vientre, y asesinado a golpes con un adoquín, el
yelmo y la cabeza quedaron tan destrozados, que sólo por el tamaño su cuerpo fue reconocido
cuando los carretones para los cadáveres llegaron al día siguiente.
Durante esa larga noche, el caos reinó en más de la mitad de la ciudad, mientras que extraños
señores y nuevos reyes se peleaban por conseguir apoyo. Un caballero errante llamado Ser
Perkin la Pulga coronó a su propio escudero Trystane, un mozalbete de dieciséis años,
declarando que era hijo natural del difunto Rey Viserys. Cualquier caballero podía nombrar a
otro caballero, y cuando Ser Perkin comenzó a hacerlo con los mercenarios, ladrones, y el hijo
del carnicero que acudieron bajo el andrajoso estandarte de Trystane, hombres y niños
aparecieron por cientos para comprometerse con su causa.
Al amanecer, los fuegos ardían en toda la ciudad, la Plaza de los Zapateros estaba sembrada de
cadáveres, y bandas de hombres sin ley vagaban por el Lecho de Pulgas, irrumpiendo en las
tiendas y casas y echando mano a cada persona honesta que encontraban. Los Capas Doradas
sobrevivientes se habían retirado a sus cuarteles, mientras que los Caballeros de la Alcantarilla, el
Rey Títere y profetas locos gobernaban las calles. Al igual que las cucarachas, los peores entre
ellos huyeron antes de la llegada de la luz matinal, retirándose a escondites y bodegas para
dormir la borrachera, repartir el botín, y lavar la sangre de sus manos. Los Capas Doradas
salieron por la Puerta Vieja y la Puerta del Dragón bajo el mando de sus capitanes, Ser Balon
Byrch y Ser Garth el Labio Leporino, y para el mediodía habían logrado restablecer un aparente
orden en las calles al norte y al este de la Colina de Rhaenys. Ser Medrick Manderly, al mando de
cien hombres de Puerto Blanco, hizo lo mismo con el zona noreste en la Colina Alta de Aegon,
hasta la Puerta de Hierro.
El resto de Desembarco del Rey se mantuvo en el caos. Cuando Ser Torrhen Manderly condujo
a sus norteños hacia el Garfio, encontraron con que la Plaza del Pescado y Paseo del Río era un
hervidero de Caballeros de la Alcantarilla de Ser Perkin. En la Puerta del Río, el estandarte
andrajoso del "Rey" Trystane ondulaba por encima de las almenas, mientras que los cuerpos del
capitán y tres de sus sargentos colgaban de la puerta. El resto de la guarnición del "Lodazal" se
había pasado al bando de Ser Perkin. Ser Torrhen perdió una cuarta parte de sus hombres
luchando en su camino de regreso a la Fortaleza Roja... una agradable retirada en comparación
con la de Ser Lorent Marbrand, quien dirigió un centenar caballeros y hombres de armas hacia el
Lecho de Pulgas. Dieciséis regresaron. Ser Lorent, Lord Comandante de la Guardia Real, no
estaba entre ellos.
Al atardecer, Rhaenyra Targaryen se encontró cercada por todos lados, su reino en ruinas.
La Reina bramó cuando se enteró de que Poza de la Doncella se había pasado al enemigo, que la
chica Nettles había escapado, que su amado esposo la había traicionado, y se estremeció cuando
Lady Mysaria le advirtió que la oscuridad se cernía sobre ella, que esta noche iba a ser peor que
la anterior. Al amanecer, un centenar de hombres la acompañaron en la Sala del Trono, pero
uno a uno se marcharon. Su Alteza pasó de la ira a la desesperación y a la ira nuevamente,
asiéndose tan desesperadamente del Trono de Hierro que sus dos manos seguían sangrando a la
puesta del sol. Entregó el mando de los Capas Doradas a Ser Balon Byrch, capitán de la Puerta
de Hierro, envió cuervos a Invernalia y al Nido de Águilas pidiendo más ayuda, ordenó que se
redactara un decreto de proscripción contra los Mooton de Poza de la Doncella, y nombró al
joven Ser Glendon Goode Lord Comandante de la Guardia Real. (Aunque sólo con veinte años,
y miembro de las Espadas Blancas por menos de una luna, Goode se había distinguido durante
los combates en el Lecho de Pulgas ese mismo día. Fue él quien trajo de vuelta el cuerpo de Ser
Lorent, para evitar que los alborotadores se hicieran con él).
El Joven Aegon estaba siempre al lado de su madre, sin embargo, rara vez decía una palabra. El
Príncipe Joffrey, de trece años, se puso la armadura de escudero y pidió a la Reina que le
permitiera acudir a Pozo Dragón y montar a Tyraxes. --"Quiero luchar por ti, Madre, al igual
que mis hermanos. Permíteme demostrar que soy tan valiente como lo fueron ellos"--.
Sin embargo, sus palabras sólo profundizaron la resolución de Rhaenyra. --"Valientes eran, y
están muertos, los dos. Mis dulces niños"--. Y una vez más, Su Alteza prohibió al Príncipe
abandonar el castillo.
Con la puesta del sol, las cucarachas de Desembarco del Rey surgieron una vez más de sus
pozos de ratas, escondites, y bodegas, en número aún mayor que en la noche anterior.
En la Puerta del Río, Ser Perkin agasajó a sus Caballeros de la Alcantarilla con la comida robada
y los condujo hacia al río, para saquear muelles y almacenes y cualquier barco que no se hubiera
hecho a la mar. Aunque Desembarco del Rey se jactaba de sus enormes murallas y sólidas torres,
estas habían sido diseñadas para repeler los ataques que venían por fuera de la ciudad, no desde
dentro. La guarnición de la Puerta de los Dioses era especialmente débil, ya que su capitán y una
tercera parte de sus fuerzas habían muerto con Ser Luthor Largent en la Plaza de los Zapateros.
Los que se quedaron, muchos de ellos heridos, fueron fácilmente vencidos por las hordas de Ser
Perkin. En menos de una hora, la Puerta del Rey y la Puerta del León estaban abiertas también.
Los Capas Doradas de la primera había huido, mientras que los "leones" de la otra se habían
mezclado con la turba. Tres de las siete puertas Desembarco del Rey de estaban abiertas a los
enemigos de Rhaenyra. Sin embargo, la amenaza más grande al gobierno de la Reina provino de
la ciudad. Al caer la noche, otra multitud se había reunido en la Plaza de los Zapateros, dos
veces más grande y tres veces más temerosa que la noche anterior. Como la Reina los
menospreciaba, la multitud miraba al cielo con miedo, temiendo que los dragones del Rey
Aegon llegaran antes de que terminara la noche, con un ejército detrás. No creían que la Reina
fuera a protegerlos.
Cuando un profeta manco y demente llamado El Pastor comenzó a despotricar contra los
dragones, no sólo contra los que venían a atacarlos, sino contra todos los dragones, la multitud,
enloquecida también, le prestó atención --"Cuando los dragones vengan"-- gritó --"vuestra
carne arderá, se ampollará y se convertirá en cenizas. Vuestras mujeres bailarán con vestidos de
fuego, gritando mientras arden, lascivas y desnudas bajo las llamas. Y veréis a vuestros hijitos
llorar, llorar hasta que sus ojos se derritan y se deslicen como gelatina por sus rostros, hasta que
su carne rosada se torne negra y crepiten sus huesos. El Desconocido viene, ya viene, ya viene,
para azotarnos por nuestros pecados. Las plegarias no pueden detener su ira, las lágrimas no
pueden apagar el fuegodragón. Sólo la sangre puede hacerlo. Vuestra sangre, mi sangre, su
sangre"--.
Entonces levantó el muñón de su brazo derecho, señalando la Colina de Rhaenys detrás de él,
hacia Pozo Dragón, negro contra las estrellas. --"Allí moran los demonios, allí arriba. Esta es su
ciudad. Si queréis que sea vuestra, ¡primero debéis destruirlos! Si deseáis limpiaros del pecado,
¡primero debéis bañaros en sangre de dragón! ¡Porque sólo la sangre puede apagar el fuego del
infierno!"--.
Un grito se elevó de diez mil gargantas. --"¡Matadlos! ¡Matadlos!"--.
Y como una gran bestia con veinte mil piernas, los corderos del Pastor comenzaron a moverse,
empujando y empujando, agitando sus antorchas, blandiendo espadas, cuchillos y otras armas
más rudimentarias, caminando y corriendo por las calles y callejones hacia Pozo Dragón.
Algunos lo pensaron mejor y se fueron hacia sus casas, pero por cada hombre que se retiraba,
tres más aparecían para unirse a los matadragones. Para cuando llegaron a la Colina de Rhaenys,
su número se había duplicado.
En lo alto de la Colina Alta de Aegon, al otro lado de la ciudad, la Reina veía desplegarse
el ataque desde el tejado del Torreón de Maegor con sus hijos y los miembros de su corte. La
noche era negra y nublada, las antorchas tan numerosas que parecía que todas las estrellas
habían bajado del cielo para asaltar Pozo Dragón. Tan pronto como le llegó la noticia de que la
multitud enfurecida estaba en marcha, Rhaenyra envió jinetes a Ser Balon en la Puerta Vieja y a
Ser Garth en la Puerta del Dragón, ordenándoles dispersar a la multitud y defender los dragones
reales... pero con la ciudad en tal confusión, era difícil que los los jinetes llegaran. Incluso si lo
lograban, los Capas Doradas que se mantenían leales eran muy pocos como para tener alguna
esperanza de éxito. Cuando el Príncipe Joffrey le rogó a su madre que le permitiera montar y
avanzar con sus propios caballeros y los de Puerto Blanco, la Reina se negó. --"Si toman esa
colina, ésta será la próxima"-- dijo. --"Vamos a necesitar cada espada para defender el castillo"--.
--"Van a matar a los dragones "-- dijo el Príncipe Joffrey, angustiado.
--"O los dragones los matarán a ellos"-- dijo su madre, impasible --"Que ardan. El reino no los
extrañará"--
--"Madre, ¿y si matan a Tyraxes? "-- dijo el joven Príncipe.
La Reina no lo creía. --"Son parásitos. Borrachos, tontos y ratas de alcantarilla. Cuando prueben
el fuegodragón, escaparán"--.
A esto, el bufón de la corte, Setas, respondió: --"Serán borrachos, pero un borracho no conoce
el miedo. Tontos, sí, pero un tonto puede matar a un Rey. Ratas, también, pero mil ratas pueden
derribar a un oso. Vi lo que sucedió, allí en el Lecho de Pulgas”--.
Su Alteza se volvió hacia los parapetos.
Fue sólo cuando los guardias en el tejado escucharon el rugido de Syrax que se dio cuenta que el
Príncipe se había escabullido. --"No"-- se oyó decir a la Reina. --"Se lo prohibí, ¡se lo prohibí!"--
pero mientras hablaba, su dragón se elevó desde el patio, se encaramó por un segundo en lo alto
de las almenas del castillo, y a continuación, se lanzó hacia la noche con el hijo de la Reina
aferrándose a su espalda, una espada en la mano.
--"¡Tras él!"-- gritó Rhaenyra --"¡todos vosotros, cada hombre, cada niño, a los caballos, a los
caballos, id tras él! ¡Traedlo de vuelta, traedlo de vuelta, no sabe lo que hace! Mi hijo, mi
pequeño, mi hijo..."--.
Pero era demasiado tarde.
No vamos a pretender comprender el vínculo entre dragón y jinete; mentes más sabias
han reflexionado sobre el misterio durante siglos. Lo que sí sabemos, sin embargo, es que los
dragones no son caballos, para ser montados por cualquier hombre que coloque una silla de
montar en su espalda. Syrax era el dragón de la Reina. Nunca conoció otro jinete. Al conocer
por la vista y el olfato al Príncipe Joffrey, no se alarmó al ver que manoseaba sus cadenas, pero
el gran dragón ambarino no quería saber nada con ser montad por él. En su afán por estar lejos
antes de que pudiera ser detenido, el Príncipe había saltado hacia Syrax sin la ayuda de la silla de
montar o el látigo. Su intención, debemos suponer, fue volar con Syrax hacia la batalla, o, más
probablemente, cruzar la ciudad hasta Pozo Dragón y llegar hasta Tyraxes. Quizás intentaba
liberar a los otros dragones de sus pozos también.
Joffrey nunca alcanzó la Colina de Rhaenys. Una vez en el aire, Syrax se retorció debajo de él,
luchando por liberarse del jinete desconocido. Y desde abajo, piedras, lanzas y flechas volaron
hacia ellos, arrojadas por los amotinados, enloqueciendo aún más al dragón. A doscientos pies
sobre el Lecho de Pulgas, el Príncipe Joffrey se deslizó del lomo del dragón y cayó a tierra. Cerca
de una unión en la que cinco callejones convergían, la terrible caída del Príncipe llegó a su final.
Se estrelló en primer lugar sobre un techo empinado a dos aguas antes de rodar y caer otros
cuarenta pies en medio de una lluvia de tejas rotas. Se nos cuenta que en la caída se rompió la
espalda, que los fragmentos de ladrillos llovían sobre él como cuchillos, que su espada se le
desprendió de la mano y le atravesó el vientre. En el Lecho de Pulgas, los hombres hablan de la
hija de un fabricante de velas llamada Robin, que meció en sus brazos al destrozado Príncipe y
lo consoló mientras moría, pero hay más de leyenda que de historia en ese cuento. --"Madre,
perdóname"-- dijo supuestamente Joffrey, con su último aliento... aunque los hombres siguen
discutiendo si se refería a su madre la Reina, o le rezaba a La Madre.
Así pereció Joffrey Velaryon, Príncipe de Rocadragón y heredero al Trono de Hierro, el último
de los hijos de la Reina Rhaenyra con Laenor Velaryon... o el último de sus bastardos con Ser
Harwin Strong, según la verdad que uno elija creer.
Y mientras la sangre fluía en los callejones del Lecho de Pulgas, otra batalla se libraba en
Pozo Dragón, en la cima de la Colina de Rhaenys. Setas no estaba equivocado: enjambres de
ratas hambrientas pueden derribar toros, osos y leones, cuando atacan en número suficiente. No
importa cuántas mate el toro o el oso, siempre hay más, mordiendo las piernas de la gran bestia,
aferrándose a su vientre, corriendo por su espalda. Así sucedió esa noche.
Estas ratas humanas estaban armadas con lanzas, hachas, garrotes claveteados, y medio centenar
de otros tipos de armas, incluyendo arcos y ballestas.
Los Capas Doradas de la Puerta del Dragón, obedeciendo la orden de la Reina, salieron de sus
fortines para defender la colina, pero se vieron incapaces de avanzar a través de la turba, y se
volvieron, mientras que el mensajero enviado a la Puerta Vieja nunca llegó. Pozo Dragón tenía
su propia guarnición de guardias, pero eran pocos, y pronto fueron desbordados y masacrados
mientras la turba aplastaba las puertas (las imponentes puertas principales, enfundadas en
bronce y hierro, eran demasiado fuertes como para ser tomadas por asalto, pero la estructura
tenía una veintena de entradas menores) y trepaba por las ventanas.
Quizás los atacantes esperaban encontrarse con los dragones dormidos, pero el estruendo del
asalto lo hizo imposible. Los que vivieron para contarla, hablaron de gritos y chillidos, del olor a
sangre en el aire, de las puertas de roble, construidas con hierro debajo, astilladas y destruidas
por rudimentarios arietes y por incontables hachazos. --"Pocas veces tantos hombres se
precipitaron con tanta ansiedad sobre sus piras funerarias"-- escribió más tarde el Gran Maestre
Munkun --"La locura se había apoderado de ellos"--.
Había cuatro dragones alojados en Pozo Dragón. En el momento en que los primeros atacantes
llegaron corriendo sobre la arena, los cuatro estaban despiertos y furiosos.
No hay dos crónicas que coincidan en el número de hombres y mujeres que murieron esa noche
bajo la gran cúpula de Pozo Dragón: doscientos o dos mil, no importa. Por cada hombre que
murió, diez sufrieron quemaduras y sin embargo sobrevivieron. Atrapados dentro de la fosa,
cercados por los muros y la cúpula y atados a pesadas cadenas, los dragones no podían volar, o
utilizar sus alas para esquivar los ataques y abatirse sobre su enemigos. En cambio, lucharon con
cuernos, garras y dientes, como toros embistiendo ratas del Lecho de Pulgas... pero estos toros
respiraban fuego. Pozo Dragón se convirtió en un infierno de fuego donde hombres ardiendo se
tambaleaban gritando a través del humo, la carne desprendiéndose de sus huesos chamuscados,
pero por cada hombre que moría, diez más aparecían, gritando que los dragones debían morir.
Uno a uno, murieron.
Shrykos fue el primer dragón en sucumbir, asesinado por un leñador llamado Hobb el
Cortador, que saltó sobre su cuello, golpeando con su hacha el cráneo de la bestia, Shrykos rugió
y se retorció, tratando de sacárselo de encima. Siete veces golpeó Hobb con las piernas cerradas
alrededor del cuello del dragón, y cada vez que su hacha descendía, gritaba el nombre de uno de
Los Siete. Fue en la séptima vez, en el golpe del Desconocido, cuando mató al dragón,
cortando a través de las escamas y huesos hasta el cerebro de la bestia.
Morghul, está escrito, fue asesinado por el Caballero Ardiente, una enorme bestia de hombre en
armadura pesada que se lanzó precipitadamente entre las llamas del dragón con una lanza en la
mano, clavando la punta en el ojo de la bestia repetidamente hasta que el fuegodragón fundió la
placa de acero que lo envolvía y devoró la carne.
Tyraxes, del Príncipe Joffrey, se retiró a su guarida, se nos dice, asando a tantos aspirantes a
matadragón mientras corrían tras él, que su entrada pronto se hizo intransitable por los
cadáveres. Pero hay que recordar que cada una de estas cuevas artificiales tenía dos entradas, una
con el frente hacia la arenas de la fosa, la otra que daba a la ladera, y pronto los revoltosos
irrumpieron por la "puerta de atrás", aullando a través del humo con espadas, lanzas y hachas.
Cuando Tyraxes giró, se embrolló en sus cadenas, enredándose en una red de acero que limitó
fatalmente sus movimientos. Media docena de hombres (y una mujer) declararía más tarde haber
dado el golpe mortal al dragón.
El último de los cuatro dragones del pozo no murió tan fácilmente. La leyenda cuenta que
Dreamfyre se había liberado de dos de sus cadenas cuando murió la Reina Helaena. A las
restantes las había roto ahora, arrancando los montantes de las paredes cuando la turba se
precipitaba sobre ella, y luego se lanzó sobre ellos con uñas y dientes, desgarrando hombres y
arrancando sus miembros incluso cuando lanzaba sus terribles llamas. Mientras más hombres la
cercaban, alzó vuelo, rodeando el interior cavernoso de Pozo Dragón y descendió para atacar a
los hombres. Tyraxes, Shrykos y Morghul mataron a decenas, no cabe duda, pero Dreamfyre
mató más que los tres juntos.
Cientos huyeron aterrorizados por sus llamas... pero cientos más, borrachos, locos o poseídos
por el valor del Guerrero, se abrieron paso para atacar. Incluso en la cúspide de la cúpula, el
dragón era blanco fácil para arqueros y ballesteros, y flechas y virotes volaron a donde quiera
que Dreamfyre se moviera, a tan corta distancia que algunos pocos incluso perforaron sus
escamas. Cada vez que embestía, los hombres la rodeaban y atacaban, llevándola de nuevo al
aire. Dos veces el dragón voló hacia las grandes puertas de bronce de Pozo Dragón, sólo para
encontrarlas cerradas a cal y canto y defendidas por filas de lanzas.
Incapaz de huir, Dreamfyre volvió al ataque, derribando a sus verdugos sobre las arenas del
pozo, sembrado de cadáveres carbonizados, con el aire cargado de humo y olor a carne
chamuscada; aun así, lanzas y flechas siguieron volando. El final llegó cuando un virote de
ballesta dio en uno de los ojos del dragón. Medio ciega y enloquecida por una docena de heridas
menores, Dreamfyre desplegó sus alas y voló directamente hacia la gran cúpula en un último y
desesperado intento de llegar a cielo abierto. Ya debilitada por las ráfagas del fuegodragón, la
cúpula se quebró bajo la fuerza del impacto, y un momento después la mitad se vino abajo,
sepultando dragón y matadragones bajo toneladas de piedras y escombros.
El Asalto a Pozo Dragón finalizó. Cuatro de los dragones Targaryen yacían muertos,
aunque a un terrible costo. Pero el dragón de la Reina estaba vivo y libre... y mientras los
sobrevivientes chamuscados y ensangrentados por la carnicería en el pozo salían tambaleándose
de las ruinas humeantes, Syrax descendió sobre ellos desde el cielo.
Mil chillidos y gritos resonaron por toda la ciudad, mezclándose con el rugido del dragón. En lo
alto de la Colina de Rhaenys, Pozo Dragón lucía una corona de fuego amarillo, ardiendo tan
brillante que parecía el sol naciente. Incluso la Reina se estremeció mientras observaba, con
lágrimas brillando en sus mejillas. Muchos de los los compañeros de la Reina en la azotea
huyeron por temor a que los incendios se esparcieran por toda la ciudad, incluso hasta Fortaleza
Roja en la cima de la Colina Alta de Aegon. Otros se dirigieron al septo del castillo para rezar
por la salvación. Rhaenyra envolvió sus brazos alrededor de su último hijo vivo, el Joven Aegon,
oprimiéndolo fuertemente contra su pecho. No dejó de abrazarlo... hasta el aterrador momento
en que Syrax cayó. Sin cadenas y sin jinete, Syrax podría fácilmente haber volado lejos de la
locura. El cielo era suyo. Podría haber regresado a la Fortaleza Roja, escapado de la ciudad,
volado hacia Rocadragón. ¿Fue el ruido y el fuego lo que la llevó a la Colina de Rhaenys, los
rugidos y chillidos de los dragones moribundos, el olor a carne calcinada? No podemos saberlo,
no más de lo que podemos saber acerca de que hizo que Syrax descendiera sobre la turba,
despedazando con uñas y dientes y devorando a docenas, cuando podría fácilmente haber
arrojado desde arriba una lluvia de fuego sobre ellos, sabiendo que en el cielo ningún hombre
podía dañarla.
Sólo podemos informar lo que pasó.
Historias contradictorias nos hablan de la muerte del dragón de la Reina. Algunos
mencionan a Hobb el Cortador y su hacha, aunque esto es casi seguro erróneo. ¿Podría el
mismo hombre realmente haber matado dos dragones en la misma noche y de la misma manera?
Algunos hablan de un lancero desconocido "un gigante empapado de sangre" que saltó de la
cúpula destrozada de Pozo Dragón sobre la espalda del dragón. Otros cuentan cómo un
caballero llamado Ser Warrick Wheaton cortó el ala de Syrax con una espada de acero valyrio.
Un ballestero de nombre Bean se adjudicó la muerte, alardeando en varias tiendas y tabernas,
hasta que uno de los partidarios de la Reina se cansó de su lengua larga y lo ensartó. La verdad
del asunto nunca nadie la sabrá, excepto que Syrax murió esa noche.
La pérdida de su dragón y su hijo dejaron a Rhaenyra Targaryen abatida y sin consuelo. Se retiró
a sus aposentos mientras sus consejeros debatían. Desembarco del Rey estaba perdido,
acordaron; era necesario abandonar la ciudad. De mala gana, Su Alteza fue persuadida para salir
al día siguiente, al amanecer. Con la Puerta del Lodazal en manos de sus enemigos, y todos los
barcos a lo largo del río incendiados o hundidos, Rhaenyra y un pequeño grupo de seguidores se
deslizaron a través de la Puerta del Dragón, con la intención de dirigirse hacia la costa de Valle
Oscuro. Con ella cabalgaban los hermanos Manderly, cuatro sobrevivientes de la Guardia Real,
Ser Balon Byrch con veinte Capas Doradas, cuatro damas de honor de la Reina, y su último hijo
sobreviviente, el Joven Aegon.
Más sucesos acontecían en Ladera, y es hacia allí adonde debemos dirigir nuestra mirada
ahora. Cuando la noticias de la Revuelta de Desembarco del Rey llegaron al ejército del Príncipe
Daeron, muchos jóvenes señores estaban ansiosos por avanzar sobre la ciudad. Los principales
entre ellos eran Ser Jon Roxton, Ser Roger Corne, y Lord Unwin Peake... pero Ser Hobert
Hightower aconsejó cautela, y los Dos Traidores se negaron a unirse a cualquier ataque a menos
que sus demandas fueran satisfechas. Ulf el Blanco, como se recordará, deseaba se le concediera
el gran castillo de Altojardín con todas sus tierras y sus ingresos, mientras que Hugh Hammer el
Duro deseaba nada menos que la corona.
Estos conflictos llegaron a su punto de ebullición cuando llegó a Ladera la tardía noticia de la
muerte de Aemond Targaryen en Harrenhal. El Rey Aegon II no había sido visto ni oído desde
de la caída de Desembarco del Rey en manos de su media hermana Rhaenyra, y eran muchos los
que creían que la Reina mantenía sus muerte en secreto, ocultando el cadáver, para no ser
maldecida como Asesina de Sangre. Con su hermano Aemond muerto, los verdes se
encontraron sin Rey y sin líder. El Príncipe Daeron era el siguiente en la línea de sucesión. Lord
Peake declaró que el niño debía ser proclamado como Príncipe de Rocadragón inmediatamente;
otros, creyendo a Aegon II muerto, querían coronarlo Rey.
Los Dos Traidores sentían también la necesidad de un Rey… pero no era Daeron Targaryen el
Rey que querían. --"Necesitamos un hombre fuerte que nos lidere, no un niño"-- declaró Hugh
Hammer el Duro --"El trono debe ser mío"--.
Cuando el Audaz Jon Roxton exigió saber qué derecho lo legitimaba como Rey, Lord Hammer
respondió --"El mismo derecho que al Conquistador. Un dragón"--.
Y en verdad, con Vhagar muerto, el dragón vivo más antiguo y más grande de todo Poniente era
Vermithor, la antigua montura del Viejo Rey, ahora la de Hugh el Duro, el bastardo. Vermithor
era tres veces el tamaño de Tessarion, el dragón hembra del Príncipe Daeron. Ningún hombre
que los hubiera visto juntos podía dejar de ver que Vermithor era una bestia mucho más
temible.
Aunque la ambición de Hammer era infundada, siendo de tan baja cuna, el bastardo sin duda
poseía un poco de sangre Targaryen, y había demostrado ser feroz en la batalla y generoso con
los hombres que lo seguían, revelando esa clase de generosidad que atrae a los hombres hacia
sus líderes como un cadáver atrae moscas. Eran lo peor de los hombres, sin duda: mercenarios,
caballeros fugitivos y, como el populacho, hombres de sangre sucia y nacimiento incierto, que
amaban la batalla por sí misma y vivían de la rapiña y el saqueo.
Sin embargo, los señores y caballeros de Antigua y El Dominio se sintieron ofendidos por la
prepotencia de las afirmaciones de los Traidores, y ninguno más que el Príncipe Daeron
Targaryen, quien se enfureció tanto que arrojó una copa de vino a la cara de Hugh el Duro.
Mientras Lord Blanco lo tomó como una pérdida de buen vino, Lord Hammer dijo --"Los
niñitos deben ser más educados cuando los hombres hablan. Creo que vuestro padre no os
golpeó con suficiente frecuencia. Tened cuidado, no vaya a ser que compense su error"--.
Los Dos Traidores se retiraron juntos, y comenzaron a planear la coronación de Hammer.
Cuando al día siguiente, Hugh el Duro apareció con una corona de hierro negro, despertó la ira
del Príncipe Daeron y sus leales señores y caballeros.
Uno de estos, Ser Roger Corne, estaba tan furioso que golpeó la corona de la cabeza de
Hammer. --"Una corona no convierte a un hombre un Rey "-- dijo --"Deberíais usar una
herradura en la cabeza, herrero"--.
Fue una imprudencia. Y a Lord Hugh no le hizo gracia. A una orden suya, sus hombres
pusieron contra el suelo a Ser Roger, y a continuación el bastardo del herrero incrustó no una,
sino tres herraduras en el cráneo del caballero. Cuando los amigos de Corne trataron de
intervenir, los hombres de Hammer extrajeron sus dagas y desenvainaron las espadas, dejando
tres hombres muertos y una docena de heridos.
Eso fue más de lo que los señores leales al príncipe Daeron estaban dispuestos a soportar. Lord
Unwin Peake y un todavía reacio Hobert Hightower convocaron a otros once señores y
caballeros a un consejo secreto en la bodega de una posada de Ladera, para discutir sobre que se
podría hacer para frenar la arrogancia de los Jinetes de Dragón bastardos. Los conspiradores
estuvieron de acuerdo en que sería fácil librarse del Blanco, quien pasaba la mayor parte del
tiempo borracho y nunca había mostrado gran destreza con las armas. Hammer planteaba un
mayor peligro, porque en los últimos tiempos estaba rodeado noche y día por lameculos,
seguidores de campamento, y mercenarios ansiosos por su favor. De nada servía si mataban al
Blanco y dejaban a Hammer vivo, señaló Lord Peake; Hugh el Duro debía morir primero.
Extensa y acalorada fue la discusión bajo la enseña de la posada Los Abrojos Sangrientos, mientras
los señores decidían la mejor manera de llevar a cabo la conspiración.
--"Cualquier hombre puede ser asesinado"-- declaró Ser Hobert Hightower --"¿pero qué hay de
los dragones?"--.
Ser Tyler Norcross opinó que dados los disturbios en Desembarco del Rey, Tessarion debería
ser suficiente para tomar nuevamente el Trono de Hierro. Lord Peake respondió que la victoria
estaría asegurada con Vermithor y Ala de Plata. Marq Ambrose sugirió que en primer lugar
asaltaran la ciudad, y a continuación se deshicieran del Blanco y Hammer, sabiendo que la
victoria era segura, pero Richard Rodden insistió en que dicho plan era deshonroso --"No
podemos pedir a estos hombres que sangren con nosotros, para después matarlos"--.
El Audaz John Roxton resolvió la disputa --"Matamos a los bastardos ahora"-- dijo --"Después,
dejemos que los más valientes entre nosotros reclamen sus dragones y vuelen a la batalla"--
Ningún hombre en ese sótano dudó de que Roxton hablaba de sí mismo.
Aunque el Príncipe Daeron no estuvo presente en el consejo, los Abrojos (como se conoció a
los conspiradores), fueron reacios a proceder sin su consentimiento y bendición. Owen
Fossoway, Lord de La Sidra, se dirigió al campamento al amparo de la oscuridad para despertar
al Príncipe y llevarlo a la bodega, para que los conspiradores le informaran de sus planes.
Tampoco el alguna vez dócil Príncipe titubeó cuando Lord Unwin Peake le hizo entrega de las
órdenes para la ejecución de Hugh Hammer el Duro y Ulf el Blanco, sino que con ánimo pronto
estampó su sello.
Los hombres pueden complotar, planificar y diseñar, pero a veces harían mejor en rezar,
porque ningún plan jamás hecho por el hombre ha resistido nunca los caprichos de los dioses.
Dos días más tarde, el mismo día en que los Abrojos planeaban golpear, Ladera despertó en el
negro de la noche con gritos y alaridos. Fuera de los muros de la ciudad, el campamento estaba
ardiendo. Columnas de caballeros armados avanzaban desde el norte y el oeste, masacrando, y
de las nubes llovían flechas, y un dragón volaba sobre ellos, terrible y feroz.
Así comenzó la Segunda Batalla de Ladera.
El dragón era Seasmoke, su jinete Ser Addam Velaryon, decidido a demostrar que no todos los
bastardos eran necesariamente cambiacapas. ¿Qué mejor manera de hacerlo que reconquistando
Ladera de los Dos Traidores, cuya traición lo había ensuciado? Los bardos cantan que Ser
Addam voló de Desembarco del Rey al Ojo de Dioses, donde se posó en la sagrada Isla de los
Rostros y pidió consejo a los Hombres Verdes. Los eruditos deben limitarse a los hechos
probados, y lo que sabemos es que Ser Addam voló lejos y rápido, descendiendo en aquellos
castillos grandes y pequeños cuyos señores eran leales a la Reina, para formar un ejército.
Más de una batalla y combate se habían producido en las tierras regadas por el Tridente, y eran
pocos los castillos y pueblos que no habían pagado su lealtad con sangre... pero Addam
Velaryon fue implacable y determinante, y locuaz en su discurso, y los señores de Los Ríos
conocían los horrores que acontecieron en Ladera. En el momento en que Ser Addam estaba
listo para atacar Ladera, contaba con casi cuatro mil hombres.
El gran ejército acampado sobre los muros de Ladera superaba en número a los atacantes, pero
llevaban demasiado tiempo en el mismo lugar. Faltos de disciplina, y con enfermedades
esparcidas por el campamento; la muerte de Lord Ormund Hightower los había dejado sin líder,
y los señores que deseaban tomar su lugar estaban en discrepancia unos con otros. Mientras
estaban envueltos en sus propios conflictos y rivalidades, se habían olvidado su verdadero
enemigo. El ataque nocturno de Ser Addam los tomó completamente desprevenidos. Antes de
que los hombres del ejército del Príncipe Daeron supieran siquiera que estaban en una batalla, el
enemigo estaba entre ellos, tajeándolos a medida que salían de sus tiendas, mientras ensillaban
sus caballos, luchaban por ponerse su armadura o se colgaban el cinturón de la espada.
El más devastador de todos era el dragón. Seasmoke descendía una vez y una vez más,
respirando fuego. Un centenar de tiendas de campaña no tardaron en arder, hasta los
espléndidos pabellones de seda de Ser Hobart Hightower, Lord Unwin Peake y el Príncipe
Daeron. Tampoco la ciudad de Ladera se salvó.
Las tiendas, casas y septos que se habían salvado la primera vez fueron engullidas por el
fuegodragón.
Daeron Targaryen estaba en su tienda durmiendo cuando comenzó el ataque. Ulf el Blanco
estaba dentro de Ladera, durmiendo la borrachera en una posada llamada El Tejón Indecente, de la
cual se había apropiado. Hugh Hammer el Duro estaba dentro de los muros de la ciudad, en la
cama con la viuda de un caballero asesinado durante la primera batalla. Los tres dragones
estaban fuera de la ciudad, en campos más allá del campamento.
Aunque se hicieron intentos para despertar a Ulf el Blanco de su borrachera, resultó imposible.
Increíblemente, rodó debajo de una mesa y roncó durante toda la batalla. Hugh Hammer el
Duro reaccionó más rápido. A medio vestir, se precipitó por las escaleras hasta el patio, gritando
por su martillo, su armadura, y un caballo, para cabalgar hasta Vermithor. Sus hombres se
apresuraron a obedecer, incluso mientras Seasmoke incendiaba el establo.
Pero Ser Jon Roxton ya estaba en el patio. Cuando divisó a Hugh el Duro, Roxton vio su
oportunidad, y le dijo: --"Lord Hammer, mis condolencias"--
Hammer se volvió, ceñudo --"¿Por qué?"-- exigió saber.
--"Habéis muerto en batalla"-- respondió el Audaz Jon. Empuñando Hacedora de Huérfanos, la
hundió profundamente en el vientre de la Hammer, antes de abrir al bastardo de la ingle a la
garganta.
Una docena de hombres de Hugh el Duro se acercó corriendo a tiempo para verlo morir.
Incluso una hoja de acero valyrio como Hacedora de Huérfanos poco le vale a un hombre cuando
debe enfrentarse a diez. El Audaz Jon Roxton mató a tres antes de que fuera asesinado. Se dice
que murió cuando su pie resbaló en las entrañas revueltas de Hugh Hammer, pero tal vez ese
detalle representa una perfecta ironía para ser verdad.
Existen tres versiones contradictorias en cuanto a la forma de morir del Príncipe Daeron
Targaryen. La más conocida dice que el Príncipe salió a los tropezones de su pabellón, con sus
ropas de dormir en llamas, sólo para ser abatido por el mercenario myriense Trombo el Negro,
quien despedazó su cara con un golpe de su pica Lucero del Alba. Esta versión es la preferida por
Trombo el Negro, quien difundió su hazaña por todos lados.
La segunda versión es similar, excepto por el hecho de que el Príncipe fue asesinado por una
espada, no por Lucero del Alba, y su asesino no fue el Negro Trombo, sino un desconocido
hombre de armas que ni siquiera se dio cuenta a quien había asesinado. En la tercera alternativa,
el valiente muchacho conocido como Daeron el Atrevido ni siquiera logró salir de la tienda, sino
que murió cuando su pabellón ardiendo se derrumbó sobre él.
Desde el cielo, Addam Velaryon observaba cómo, allá abajo, la batalla se convertía en una
huida precipitada. Dos de los tres Jinetes de Dragón enemigos estaban muertos, pero él no lo
sabía. Podía, sin duda, ver a los dragones enemigos. Sin cadenas, se los mantuvo más allá de las
murallas de la ciudad, libres de volar y cazar como quisieran; Ala de Plata y Vermithor
permanecían a menudo enroscados sobre sí mismos en los campos del sur de Ladera, mientras
Tessarion dormía y se alimentaba en el campamento del príncipe Daeron, al oeste de la ciudad,
a no más de cien yardas de su pabellón.
Los dragones son criaturas de fuego y sangre, y los tres se despertaron cuando la batalla se
encendió a su alrededor. Un ballestero disparó un virote contra Ala de Plata, se nos cuenta, y
cuarenta caballeros montados rodearon a Vermithor con espadas, lanzas y hachas, con la
esperanza de matar a la bestia mientras todavía estaba medio dormido y en el suelo. Pagaron por
esa locura con sus vidas. En otro lugar del campo, Tessarion se arrojó hacia el aire, rugiendo y
escupiendo llamas, y Addam Velaryon voló con Seasmoke para enfrentarla.
Las escamas de un dragón son en gran parte (aunque no totalmente) impenetrables a las llamas;
protegen las partes más vulnerables de la carne y la musculatura. A medida que un dragón se
desarrolla con los años, sus escamas se engrosan y crecen con más fuerza, proporcionando una
protección aún mayor, así como sus llamas se vuelven más ardientes e intensas (mientras las
llamas de un dragón recién nacido prenden fuego a la paja, las llamas de Balerion o Vhagar en la
plenitud de su poder podían fundir el acero y la piedra). Por lo tanto, cuando dos dragones se
encuentran en combate mortal, a menudo emplean otras armas además de sus llamas: garras
negras como el hierro, largas como espadas y afiladas como cuchillas de afeitar, mandíbulas tan
poderosas que pueden romper incluso la armadura de acero de un caballero, colas como látigos
cuyos azotes han convertido carretas en astillas, roto la columna vertebral de pesados caballos de
guerra y enviado hombres volando a cincuenta pies por el aire.
La batalla entre Tessarion y Seasmoke fue diferente.
La historia llama a la disputa entre el Rey Aegon II y su hermana Rhaenyra La Danza de
los Dragones, pero fue en Ladera donde los dragones realmente danzaron. Tessarion y
Seasmoke eran dragones jóvenes, más ágiles en el aire de lo que sus hermanos mayores habían
sido. Una y otra vez se lanzaron sobre el otro, sólo para esquivarse en el último instante.
Elevándose como águilas, descendiendo como halcones, volaban en círculos, chasqueando y
rugiendo, escupiendo fuego, pero sin trabarse en combate. En un momento, La Reina Azul se
desvaneció en un banco de nubes, sólo para reaparecer un instante después, arrojándose contra
Seasmoke por detrás para chamuscar su cola con una explosión de llamas de cobalto. Mientras
tanto, Seasmoke viraba, se ladeaba y rondaba en círculos. Un instante después estaba debajo de
su enemigo, y de pronto giró en el aire y se lanzó tras él. Más y más alto los dos dragones
volaron, mientras cientos observaban desde los tejados de Ladera. Uno hubiera dicho que el
vuelo de Tessarion y Seasmoke parecía más una danza de apareamiento que de batalla. Quizás lo
era.
La danza terminó cuando Vermithor se elevó rugiendo hacia el cielo.
Casi con un centenar de años y tan grande como los dos pequeños dragones juntos, el
dragón de bronce con las grandes alas de color tostado aumentaba su ira mientras tomaba vuelo,
con la sangre humeando por una docena de heridas.
Sin jinete, no distinguía amigo de enemigo, así que desató su furia sobre todos, escupiendo
llamas a derecha e izquierda, atacando salvajemente a cualquier hombre que se atreviera a arrojar
una lanza en su dirección. Un caballero intentó huir ante él, sólo para ser tragado por las
mandíbulas de Vermithor, aún con su caballo al galope. Lord Piper y Lord Deddings, estando
juntos en la cima de colina baja, ardieron con sus escuderos, sirvientes y escudos juramentados
cuando la Furia de Bronce por casualidad se fijó en ellos. Un instante después, Seasmoke cayó
sobre él.
De los cuatro dragones en el campo ese día, solo Seasmoke tenía un jinete. Ser Addam Velaryon
había venido para demostrar su lealtad y destruir a los Dos Traidores y sus dragones, y ahí
tenía uno, atacando a los hombres que se le habían unido para la batalla. Debió haber sentido el
deber de protegerlos, aunque seguramente sabía en su corazón que Seasmoke no podía
igualar al dragón más viejo.
Esta no fue una danza, sino una lucha a muerte. Vermithor volaba a no más de veinte pies por
encima de la batalla cuando Seasmoke se estrelló contra él desde arriba, enviándolo con un
rugido al barro.
Hombres y niños corrieron aterrorizados o fueron aplastados mientras los dragones rodaron y
se desgarraron mutuamente. Las colas azotaban y las alas batían al aire, pero las bestias estaban
tan trenzadas que eran incapaces de liberarse.
Benjicot Blackwood observaba la lucha montado en su caballo a unas cincuenta yardas de
distancia. El tamaño y el peso del Vermithor eran demasiado para Seasmoke, afirmó Lord
Blackwood muchos años más tarde, y seguramente hubiera visto al dragón gris plateado
terminar destrozado en pedazos... si Tessarion no hubiera caído del cielo en ese mismo
momento para unirse a la lucha.
¿Quién puede conocer el corazón de un dragón? ¿Fue simplemente la sed de sangre lo que
impulsó a la Reina Azul a atacar?
¿Acudió el dragón hembra en ayuda de uno de los combatientes? Si es así, ¿cuál? Algunos
afirman que el vínculo entre un dragón y su jinete es tan profundo que la bestia comparte los
amores y odios de su amo. Pero ¿quién era el aliado aquí, y quién el enemigo? ¿Diferencia al
amigo del enemigo un dragón sin jinete?
Nunca sabremos las respuestas a esas preguntas. Todo lo que la historia nos dice es que tres
dragones lucharon en medio del barro, la sangre y el humo en la Segunda Batalla de Ladera.
Seasmoke fue el primero en morir, cuando Vermithor clavó los dientes en su cuello y le arrancó
la cabeza. Después, el dragón de bronce intentó tomar vuelo con el premio aún en sus
mandíbulas, pero sus alas rotas no podían levantar su peso. Después de un momento, se
desplomó y murió. Tessarion, la Reina Azul, duró hasta la puesta del sol. Tres veces luchó por
elevarse hacia el cielo, y tres veces fracasó. Al caer la tarde, parecía estar agonizando, por lo que
Lord Blackwood llamó a su mejor arquero, conocido como Billy Burley, quien tomó posición a
cien yardas de distancia (más allá del alcance de las llamas del dragón moribundo) y puso tres
flechas en su ojo mientras yacía indefenso en el suelo.
Al anochecer, la lucha termino.
Aunque los señores de Los Ríos perdieron menos de un centenar de hombres y dieron
muerte a más de un millar de hombres de Antigua y El Dominio, la Segunda Batalla de Ladera
no representó una victoria completa para los atacantes, ya que no tomaron la ciudad. Los muros
de Ladera seguían intactos, y cuando los restantes hombres del Rey lograron entrar y cerraron
sus puertas, las fuerzas de la Reina no tenían manera de abrir una brecha, ya que carecían de
máquinas de asedio y dragones. Aun así, causaron una gran masacre sobre sus confusos y
desorganizados enemigos, incendiaron sus tiendas y capturaron casi todas sus carretas, forrajes y
suministros, se hicieron con tres cuartas partes de sus caballos de batalla, mataron a su Príncipe,
y pusieron fin a dos de los dragones del Rey.
En la mañana siguiente a la batalla, los defensores de Ladera observaron desde las murallas de la
ciudad y se encontraron con que sus enemigos se habían ido. Los muertos estaban esparcidos
alrededor de toda la ciudad, y entre ellos, derribados, los cadáveres de tres dragones. Uno seguía
con vida: Ala de Plata, la montura de la Bondadosa Reina Alysanne en los viejos tiempos, se
había elevado hacia el cielo cuando la carnicería comenzó, sobrevolando el campo de batalla
durante horas, muy alto por encima de las ráfagas ardientes que se elevaban de los fuegos de
abajo. Sólo por la noche descendió, para posarse al lado de sus primos muertos. Posteriormente,
los bardos nos cantarían sobre cómo ella levantó tres veces el ala de Vermithor con su hocico,
como para hacerle volar de nuevo, pero esto no es más que una fábula. El sol naciente la
encontraría volando con indiferencia a través del campo, alimentándose de los restos calcinados
de caballos, hombres y bueyes.
Ocho de los trece Abrojos yacían muertos, entre ellos Lord Owen Fossoway, Marq Ambrose y
el Audaz Jon Roxton. Richard Rodden había sido herido en el cuello por una flecha y moriría al
día siguiente. Cuatro de los conspiradores sobrevivieron, entre ellos Ser Hobert Hightower y
Lord Unwin Peake. Y aunque Hugh Hammer el Duro había muerto, y sus sueños de realeza con
él, el segundo Traidor vivía. Ulf el Blanco había despertado de su borrachera para descubrir que
era el último Jinete de Dragón, y poseedor del último dragón.
-- "Hammer está muerto, y vuestro niño también"-- le dijo a Lord Peake. --"Todo lo que tenéis
ahora soy yo"--.
Cuando Lord Peake le consultó sus intenciones, el Blanco respondió --"Marchamos, como
queríais. Vosotros tendréis la ciudad, yo me quedo con el maldito trono. ¿Qué tal?"--.
A la mañana siguiente, Ser Hobert Hightower lo convocó para discutir a fondo los detalles del
asalto a Desembarco del Rey. Tenía consigo dos barriles de vino como regalo, un tinto
dorniense y un dorado del Rejo. Aunque Ulf el Beodo nunca tomaba un vino que no le
agradaba, era conocido su gusto por los vinos dulces. Sin duda Ser Hobert esperaba beber del
tinto amargo mientras Lord Ulf bebía el dorado del Rejo. Sin embargo, la transpiración, el
tartamudeo y la excesiva cordialidad de Hightower, según testificó el escudero que los servía,
levantaron sospechas en el Blanco. Cauteloso, ordenó que el tinto dorniense se dejase para más
adelante, e instó a Ser Hobert a compartir el dorado del Rejo.
La historia tiene poco bueno que decir de Ser Hobert Hightower, pero nadie puede cuestionar el
modo en que murió. En vez de traicionar a sus compañeros Abrojos, dejó que el escudero
llenara su copa, bebió profundamente y pidió por más. Una vez que vio a Hightower beber, Ulf
el Beodo hizo honor a su nombre, vaciando tres copas antes de comenzar a bostezar. El veneno
en el vino era lento. Cuando Lord Ulf se fue a dormir, nunca despertó. Ser Hobert se puso en
pie y trató de vomitar, pero era demasiado tarde. Su corazón se detuvo una hora después.
Más tarde, Lord Unwin Peake ofreció mil dragones de oro a cualquier caballero de noble cuna
que pudiera reclamar a Ala de Plata. Tres hombres se ofrecieron. Cuando el primero perdió su
brazo y el segundo murió incinerado, el tercer hombre se lo pensó mejor.
Por aquel entonces, el ejército de Peake, los restos de la gran fuerza que el Príncipe
Daeron y Lord Ormund Hightower habían comandado desde Antigua, se fue cayendo a
pedazos cuando los desertores huyeron de Ladera con todo el botín que podían cargar.
Resignado ante la derrota, Lord Unwin convocó a sus señores y comandantes y ordenó la
retirada. El difamado como cambiacapas, Addam Velaryon, nacido Addam de Hull, salvó
Desembarco del Rey de los enemigos de la Reina... a cambio de su propia vida.
Sin embargo, la Reina nada sabía de su valentía. El viaje de Rhaenyra desde Desembarco
del Rey estuvo lleno de dificultades. En Rosby, se encontró con las puertas del castillo
atrancadas. El Castellano del joven Lord Stokeworth, les otorgó hospitalidad, pero sólo por una
noche. La mitad de sus Capas Doradas desertaron en el camino, y una noche su campamento
fue atacado por hombres quebrados. Aunque sus caballeros repelieron el ataque, Ser Balon
Byrch fue derribado por una flecha, y Ser Lyonel Bentley, un joven caballero de la Guardia Real,
sufrió un golpe en la cabeza que le rompió el yelmo. Pereció delirando al día siguiente.
La Reina continuó avanzando hacia el Valle Oscuro.
La Casa Darklyn estaba entre los partidarios más fieles de Rhaenyra, pero el costo de esa
lealtad había sido alto. Sólo la intervención de Ser Harrold Darke persuadió a Lady Meredyth
Darklyn de permitir la entrada de la Reina dentro de sus muros, (los Darke eran parientes
lejanos de los Darklyn, y Ser Harrold había servido una vez como escudero del fallecido Ser
Steffon), pero con la condición de que no permanecieran por mucho tiempo.
La Reina Rhaenyra no poseía ni oro ni barcos. Cuando envió a Lord Corlys a las mazmorras,
perdió su flota, y había huido de Desembarco del Rey temiendo por su vida sin una moneda.
Desesperada y temerosa, Su Alteza se volvió cada vez más vieja y demacrada. No podía dormir y
no se alimentaba. Se negaba a sufrir la separación del Príncipe Aegon, su último hijo vivo; día y
noche, el muchacho permanecía a su lado, "como una pequeña sombra pálida".
Rhaenyra se vio obligada a vender su corona para conseguir dinero para comprar pasaje en un
barco mercante Braavosi, la Violande. Ser Harrold Darke la instó a buscar refugio con Lady
Arryn en el Valle, mientras que Ser Medrick Manderly trató de convencerla de que acompañara a
él y a su hermano Ser Torrhen a Puerto Blanco, pero Su Alteza rechazó ambas propuestas. Se
mantuvo firme en su idea de volver a Rocadragón. Allí encontraría huevos de dragón, dijo a sus
seguidores; debía tener otro dragón, o todo estaría perdido.
Los fuertes vientos empujaron la Violande cerca de las orillas de Marcaderiva, más cerca de lo
que deseaba la Reina, y tres veces pasó al alcance de la voz de los barcos de guerra de la
Serpiente de Mar, pero Rhaenyra tuvo cuidado y se mantuvo fuera de su vista. Finalmente el
barco Braavosi llegó a puerto por debajo de Montedragón cuando caía la tarde. La Reina había
enviado un cuervo para dar aviso de su llegada y ser recibida por su escolta mientras
desembarcaba con su hijo Aegon, sus damas y tres caballeros de la Guardia Real, todo lo que
quedaba de su séquito.
Estaba lloviendo cuando el grupo de la Reina llegó a la costa, y difícilmente una persona se veía
en el puerto. Incluso los burdeles del muelle estaban oscuros y desiertos, pero Su Alteza no hizo
caso. Enferma en cuerpo y espíritu, abatida por la traición, Rhaenyra Targaryen sólo quería
volver a su castillo, donde imaginaba que junto a su hijo estaría a salvo.
Poco sabía la Reina que estaba a punto de sufrir su última y más grave traición.
Su escolta, de cuarenta hombres, estaba al mando de Ser Alfred Broome, uno de los
hombres que se quedaron cuando Rhaenyra lanzó su ataque contra Desembarco del Rey.
Broome era el caballero más antiguo de Rocadragón, habiéndose unido a la guarnición durante
el reinado del Viejo Rey. Como tal, había esperado ser nombrado Castellano cuando Rhaenyra
marchó para apoderarse del Trono de Hierro... pero la rudeza de Ser Alfred y sus modos hoscos
no inspiraban afecto ni confianza, por lo que la Reina lo pasó por alto en favor del más afable
Ser Robert Quince.
Cuando Rhaenyra le preguntó por qué Ser Robert no había salido a recibirla, Ser Alfred
respondió que la Reina encontraría a "nuestro gordo amigo" en el castillo. Y así fue... aunque el
cadáver carbonizado de Quince era imposible de reconocer cuando se encontraron con él,
colgando de las almenas del portón de entrada de Rocadragón, al lado del administrador, el
maestro de armas, y el capitán de la guardia. Sólo por su tamaño pudieron saber que se trataba
de él, ya que Ser Robert había sido considerablemente gordo.
Se dice que sangre se derramó por las mejillas de la Reina mientras contemplaba los cuerpos,
pero fue el joven Príncipe Aegon el primero en darse cuenta de lo que significaba. --"Madre,
¡huye! "-- gritó, pero era demasiado tarde. Los Hombres de Ser Alfred cayeron sobre los
protectores de la Reina. Un hacha partió la cabeza de Ser Harrold Darke antes de que pudiera
desenvainar su espada, y Ser Adrian Redfort fue atravesado por la espalda con una lanza.
Sólo Ser Loreth Lansdale se movió lo suficientemente rápido para golpear en defensa de la
Reina, matando a los dos primeros hombres que lo atacaron, antes de ser asesinado. Con él
murió el último Guardia Real. Cuando el Príncipe empuño la espada de Ser Harrold, Ser Alfred
lo desarmó casi con desprecio.
El niño, la Reina y sus damas fueron llevados a punta de lanza a través de las puertas de
Rocadragón a la sala del castillo. Allí se encontraron cara a cara con hombres muertos y un
dragón moribundo. Las escamas de Sunfyre todavía brillaban como oro batido a la luz del sol,
pero a medida que se retorcía a través de las piedras valyrias de roca negra fundida, era fácil
darse cuenta que era una cuerpo destrozado, él, que había sido el más magnífico dragón que
había volado los cielos de Poniente. El ala casi arrancada de su cuerpo por Meleys sobresalía de
su cuerpo en un ángulo imposible, mientras que las cicatrices frescas a lo largo de su espalda
todavía humeaban y sangraban cuando se movía. Sunfyre estaba enroscada como una bola
cuando la Reina y su grupo lo vieron. Cuando se movió y levantó la cabeza, enormes heridas
eran visibles a lo largo de su cuello, donde otro dragón había desgarrado su carne. En su vientre,
las costras habían reemplazado las escamas, y su ojo derecho era solo una cuenca vacía, con
pústulas de sangre negra.
Uno debe preguntarse, como Rhaenyra seguramente lo hizo, cómo esto llego a suceder.
Ahora sabemos mucho más de lo que la Reina supo.
Fue Lord Larys Strong, el Patizambo, quien escapó con el Rey y sus hijos de la ciudad,
cuando los dragones de la Reina aparecieron por primera vez en los cielos sobre de Desembarco
del Rey. Para no pasar a través de cualquiera de las puertas de la ciudad, donde podían ser vistos
y reconocidos, Lord Larys los condujo a través de algunos de los pasajes secretos de Maegor el
Cruel, de los cuales sólo él tenía conocimiento.
Fue Lord Larys que decidió que los fugitivos debían separase, de modo que si uno era atrapado,
el resto podía continuar libre. Ser Rickard Thorne recibió la orden de entregar al Príncipe
Maelor, de dos años, a Lord Hightower. La Princesa Jaehaera, una chica dulce y humilde de seis
años, fue puesta a cargo de Ser Willis Fell, quien juró que la pondría a salvo en Bastión de
Tormentas. Ninguno de ellos supo donde era enviado el otro, para no traicionarlos en caso de
captura.
Y sólo Larys sabía que el Rey, despojado de sus galas y vestido con ropas de pescador
manchadas de sal, se había ocultado en un cargamento de bacalao en un esquife de pesca, al
cuidado de un caballero bastardo con parientes en Rocadragón. Una vez que Rhaenyra se
enterara de que el Rey había escapado, razonó el Patizambo, enviaría hombres tras él para
cazarlo... pero un barco no deja huellas sobre las olas, y a pocos cazadores se les ocurriría buscar
a Aegon en la propia isla de su hermana, a la sombra de su fortaleza.
Y allí Aegon permanecería, escondido pero a salvo, embotando su dolor con vino y ocultando
sus cicatrices de quemaduras debajo de una pesada capa, hasta que Sunfyre se dirigiera a
Rocadragón.
Podemos preguntarnos qué lo llevó de vuelta a Montedragón. El dragón herido, con su
ala rota a medio sanar, ¿era impulsado por algún instinto primitivo a regresar a su lugar de
nacimiento, la montaña humeante donde había salido de su huevo? ¿O es que de alguna manera
sentía la presencia del Rey Aegon en la isla, a través de muchas leguas y mares tormentosos, y
voló hasta allí para reunirse con su jinete? Algunos van tan lejos como para sugerir que Sunfyre
sintió que Aegon lo necesitaba desesperadamente. Pero, ¿quién puede presumir de conocer el
corazón de un dragón?
Después de que el ataque desafortunado de Lord Walys Mooton lo llevara lejos del campo de
cenizas y huesos de Grajal, la historia pierde de vista a Sunfyre durante más de medio año
(ciertos cuentos narrados en los salones de los Crabb y Brune sugieren que el dragón puede
haberse refugiado por algún tiempo en los bosques de oscuros pinos y cuevas de Punta Zarpa
Rota). Aunque su ala rota se había curado lo suficiente como para dejarlo volar, no conservaba
el ángulo correcto, por lo que lo volvía débil. Sunfyre ya no podía elevarse alto, ni permanecer
en el aire por mucho tiempo, por lo que necesitaba de todas sus fuerzas para volar distancias
cortas. Pero de alguna manera había cruzado las aguas de la Bahía del Aguasnegras... porque era
Sunfyre a quien los marineros del Nessaria habían visto atacar a Fantasma Gris. Ser Robert
Quince había culpado al Caníbal... pero Tom Lenguaenmarañada, un tartamudo que oyó más de
lo que dijo, había invitado a los Volantinos unas cervezas, tomando nota de todas las veces que
mencionaban las escamas doradas del atacante. El Caníbal, como él bien sabía, era negro como
el carbón. Y así, los Dos Tom y sus "primos" (una verdad a medias, ya que sólo Ser Marston
compartía su sangre, siendo el hijo bastardo de la hermana de Tom Barbaenmarañada con un
caballero que la desvirgo) zarparon en su pequeño bote a buscar al asesino de Fantasma Gris.
De esta manera, el Rey calcinado y el dragón mutilado se encontraron nuevamente.
Desde una guarida oculta en las laderas orientales desoladas de Montedragón, Aegon se
aventuraba cada día al amanecer, conquistando el cielo por primera vez desde Grajal, mientras
que los Dos Tom y su primo Marston Mares retornaban del otro lado de la isla con hombres
dispuestos a ayudarles a tomar el castillo. Incluso en Rocadragón, asentamiento y fortaleza de la
Reina Rhaenyra, encontraron muchos disgustados con la Reina por razones tanto buenas como
malas. Algunos lloraban a sus hermanos, hijos y padres asesinados durante la siembra o durante
la Batalla del Gaznate, algunos querían aprovechar el botín o los nombramientos, mientras que
otros creían que un hijo estaba antes que una hija, y veían en Aegon al legítimo pretendiente.
La Reina se había llevado a sus mejores hombres a Desembarco del Rey. En su isla, protegida
por los barcos de la Serpiente de Mar y sus altos muros valyrios, Rocadragón parecía
inexpugnable, por lo que Su Alteza había dejado una pequeña guarnición, compuesta en gran
medida por hombres que consideraba descartables: los viejos y los niños, los cojos y lisiados, los
hombres que se recuperaban de sus heridas, los hombres de dudosa lealtad y los hombres
sospechados de cobardía. Rhaenyra los dejó bajo el mando de Ser Robert Quince, un hombre
capaz, pero envejecido y gordo.
Quince era un firme partidario de la Reina, todos están de acuerdo, pero algunos de los
hombres bajo su mando eran menos leales, con ciertos resentimientos y rencores por antiguas
injusticias, reales o imaginarias. Entre los más destacados estaba Ser Alfred Broome. Broome se
mostró más que dispuesto a traicionar a su Reina a cambio de la promesa de un señorío, tierras y
oro, si Aegon II recuperaba el trono. Su largo servicio en la guarnición le permitió aconsejar a
los hombres del Rey sobre las fortalezas y debilidades de Rocadragón, y sobre cuales guardias
podían ser sobornados o ganados, y cuales debían ser asesinados o encarcelados.
Cuando llegó, la caída de Rocadragón tomó menos de una hora. Los hombres aliados a
Broome abrieron una poterna durante la hora del fantasma para permitir a Ser Marston Mares,
Tom Lenguaenmarañada y sus hombres entrar en el castillo sin ser vistos. Mientras que un
grupo se apoderó de la sala de armas y otro puso bajo custodia a los guardias y hombres de
armas leales de Rocadragón, Ser Marston sorprendió al Maestre Hunnimore en su torre,
evitando que enviara noticias del ataque a través de sus cuervos. El propio Ser Alfred lideró a los
hombres que irrumpieron en las cámaras del Castellano para prender a Ser Robert Quince.
Mientras Quince luchaba para levantarse de la cama, Broome clavó una lanza en su enorme
vientre pálido, empuñándola con tal fuerza, que la lanza salió por la espalda de Ser Robert,
atravesando el colchón de plumas y paja, y se incrustó en el piso.
Sólo en un aspecto el plan salió mal. Mientras Tom Lenguaenmarañada y sus rufianes
derribaban la puerta de la alcoba de Lady Baela para hacerla prisionera, la niña se escapó por la
ventana, saltando por los tejados y las paredes hasta llegar al patio. Los hombres del Rey habían
tenido la precaución de enviar guardias para asegurar el establo donde los dragones del castillo
habían sido confinados, pero Baela había crecido en Rocadragón, y conocía entradas y salidas
que ellos no. En el momento en que sus perseguidores la alcanzaron, ya había desencadenado y
ensillado a Moondancer.
Así sucedió entonces, que cuando el Rey Aegon II volaba con Sunfyre sobre Montedragón y
descendía, esperando hacer su entrada triunfal en el castillo tomado por sus hombres, con los
seguidores de la Reina muertos o capturados, se encontró con Baela Targaryen, hija del Príncipe
Daemon con Lady Laena, tan temeraria como su padre.
Moondancer era un dragón joven, de color verde pálido, con los cuernos, cresta y huesos de sus
alas de un tono perlado. Aparte de sus grandes alas, no era más grande que un caballo de batalla,
y pesaba menos. Sin embargo, era muy rápida, y Sunfyre, aunque mucho más grande, todavía
lidiaba con el ala mal formada, y conservaba las heridas de Fantasma Gris.
Se encontraron en medio de la oscuridad que precede al amanecer, sombras en el cielo
iluminando la noche con sus fuegos. Moondancer eludió las llamas de Sunfyre, esquivó sus
mandíbulas, se alejó de sus garras, y luego giró y atacó al dragón más grande desde lo alto,
abriendo una gran herida humeante en su espinazo y desgarrando su ala herida. Los guardias
dijeron que Sunfyre se bamboleó como un borracho, luchando por mantenerse en el aire,
mientras Moondancer daba la vuelta y atacaba otra vez, escupiendo fuego. Sunfyre respondió
con una explosión de llamas doradas tan brillantes que iluminó el patio de abajo como un
segundo sol, dándole a Moondancer de lleno en los ojos. El joven dragón fue cegado al instante,
y aunque no perdió el vuelo, se estrelló contra Sunfyre en una maraña de alas y garras. Mientras
caían, Moondancer atacaba el cuello de Sunfyre repetidamente, arrancando pedazos de carne,
mientras que el dragón más viejo hundía las garras en su vientre. Envuelto en fuego y humo,
ciego y sangrando, Moondancer aleteaba desesperadamente mientras trataba de liberarse, pero
todos sus esfuerzos solo hicieron más lenta la caída.
Los guardias en el patio corrían para salvarse mientras los dragones se estrellaban contra la dura
piedra, todavía luchando. En el piso, la rapidez de Moondancer resultó de poca utilidad contra el
tamaño y el peso de Sunfyre. El dragón verde pronto quedó inmovilizado. El dragón dorado
rugió su victoria y trató de elevarse, sólo para derrumbarse de nuevo a tierra con la sangre
caliente brotando de sus heridas.
El Rey Aegon había saltado de la silla cuando los dragones estaban todavía a unos veinte pies del
suelo, rompiéndose ambas piernas. Lady Baela se quedó sobre Moondancer hasta el final.
Quemada y magullada, la niña aún encontró fuerzas para desatar las cadenas de su silla y
arrastrarse mientras su dragón se retorcía en su última agonía. Cuando Alfred Broome
desenvainó su espada para matarla, Marston Mares arrancó la hoja de su mano. Tom
Lenguaenmarañada la llevó hasta el Maestre.
Así fue como el Rey Aegon II conquistó el asentamiento ancestral de la Casa Targaryen,
pero el precio que pagó fue calamitoso. Sunfyre nunca volaría de nuevo. Permaneció en el patio
donde había caído, alimentándose del cadáver de Moondancer, y más tarde de las ovejas
sacrificadas para él por la guarnición. Y Aegon II vivió el resto de su vida con un terrible dolor...
aunque en su honor, en esta ocasión Su Alteza rechazó la leche de la amapola. --"No voy a
tomar ese camino nuevamente"-- dijo.
No mucho después, cuando el Rey estaba en el gran salón del Tambor de Piedra, con las
piernas rotas vendadas y entablilladas, el primero de los cuervos de la Reina Rhaenyra llegó de
Valle Oscuro. Cuando Aegon se enteró de que su media hermana iba a regresar en la Violande,
ordenó a Ser Alfred Broome preparar una "adecuada bienvenida" para su regreso a casa.
Nosotros conocemos ahora todo esto. Pero no era conocido por la Reina, cuando desembarcó
en la trampa de su hermano.
Rhaenyra rió cuando observó el estado en que se encontraba Sunfyre el Dorado. --"¿Quién hizo
el trabajo?"-- dijo --"Debemos agradecerle"--.
--"Hermana"-- llamó el Rey desde un balcón.
Imposibilitado para caminar, o incluso para estar de pie, había sido llevado hasta allí en una silla.
La cadera rota en Grajal había dejado a Aegon encorvado y torcido, sus otrora atractivos rasgos
se habían hinchado con la leche de amapola, y las cicatrices de sus quemaduras cubrían la mitad
de su cuerpo. Sin embargo Rhaenyra sabía que era él, y dijo --"Querido hermano. Tenía la
esperanza de que estuvieras muerto"--.
--"Después de ti"-- respondió Aegon. "Eres la mayor"--.
--"Me complace saber que recuerdas eso"-- respondió Rhaenyra --"Parece que somos tus
prisioneros... pero no creo que por mucho tiempo. Los señores leales me encontrarán"--.
--"Si buscan en los siete infiernos, quizás"-- respondió el Rey, mientras sus hombres arrancaban
a Rhaenyra de los brazos de su hijo. Algunos relatos dicen que fue Ser Alfred Broome quien la
sujeto del brazo, otros mencionan a los Dos Tom, Barbaenmarañada, el padre, y su hijo
Lenguaenmarañada. Ser Marston Mares también estaba allí, vestido con un manto blanco, ya
que el Rey Aegon lo había ungido como Guardia Real por su valor.
Sin embargo, ni Mares ni ninguno de los otros caballeros y señores presentes en el patio
protestaron cuando el Rey Aegon II entregó a su media hermana a su dragón. Sunfyre, se dice,
no pareció en un primer momento estar interesado, hasta que Broome aguijoneó el pecho de la
Reina con su daga. El olor de la sangre despertó al dragón, quien olfateó a Su Alteza, y entonces
la bañó en una explosión de fuego, tan rápido, que la capa de Ser Alfred se incendió mientras se
alejaba. Rhaenyra Targaryen tuvo tiempo de levantar la cabeza hacia el cielo y gritar una última
maldición sobre su medio hermano antes de que las mandíbulas de Sunfyre se cerraran sobre
ella, arrancando brazo y hombro. El dragón dorado devoró a la Reina en seis dentelladas,
dejando sólo su pierna izquierda por debajo de la canilla "para El Desconocido".
El hijo de la Reina observaba horrorizado, incapaz de moverse.
Rhaenyra Targaryen, la Delicia del Reino y Reina por medio año, murió en el vigésimo
segundo día de la décima luna del año 130 después de la Conquista de Aegon. Tenía treinta y
tres años.
Ser Alfred Broome insistió en matar al Príncipe Aegon también, pero el Rey Aegon lo prohibió.
Con solo diez años, el niño aún podía tener valor como rehén, declaró. Aunque su media
hermana había muerto, todavía tenía partidarios de los que tendría que encargase Su Alteza antes
de sentarse en Trono de Hierro nuevamente. Así que el Príncipe Aegon fue esposado por el
cuello, las muñecas y los tobillos, y conducido a los calabozos bajo Rocadragón. Las damas de
honor de la difunta Reina, siendo de noble cuna, fueron encerradas en la Torre del Dragón
Marino, esperando por su rescate.
-- "Ha terminado el tiempo de esconderse"-- declaró el Rey Aegon II. --"Dejad que los cuervos
vuelen para que el reino sepa que la pretendiente ha muerto, y su legítimo Rey vuelve a casa para
recuperar el trono de su padre"--.
Sin embargo, incluso los legítimos reyes encuentran que proclamar algo es más fácil que verlo
realizado.
En los días que siguieron a la muerte de su media hermana, el Rey todavía se aferraba a la
esperanza de que Sunfyre recuperara fuerzas suficientes como para volar nuevamente. En
cambio, el dragón parecía debilitarse cada vez más, y pronto las heridas de su cuello empezaron
a apestar. Incluso el humo que exhalaba tenía un olor nauseabundo, y hacia el final ni siquiera se
alimentaba. En el noveno día de la decimotercer luna de 130 DC, el magnífico dragón dorado
que había sido la gloria del Rey Aegon, murió en el patio de Rocadragón. Su Alteza lloró.
Cuando pasó a su pena, el Rey Aegon II convocó a sus seguidores y planeó el regreso a
Desembarco del Rey, para reclamar el Trono de Hierro y reunirse una vez más con su señora
madre, la Reina Viuda, quien terminó triunfando sobre su gran rival, aunque sólo fuera por
sobrevivirle.
--"Rhaenyra nunca fue una Reina"-- declaró el Rey, insistiendo en que, en adelante , en todas las
crónicas y los registros de la corte, se refirieran a su media hermana sólo como "Princesa", y el
título de Reina estuviera reservado sólo para su madre Alicent y su difunta esposa y hermana
Helaena, las "verdaderas Reinas". Y así fue decretado.
Sin embargo, el triunfo de Aegon demostraría ser tan efímero como agridulce. Rhaenyra
estaba muerta, pero su causa no había muerto con ella, y nuevos ejércitos "negros" marchaban
aún, mientras el Rey retornaba a la Fortaleza Roja. Aegon II se sentó nuevamente en el Trono
de Hierro, pero nunca se recuperó de sus heridas, ni conoció la alegría o la paz. Su restauración
duró sólo medio año.
El relato de cómo el Segundo Aegon cayó y fue sucedido por el Tercero es una historia
para otro momento, sin embargo. La guerra por el trono continuaría, pero la rivalidad que
comenzó en un baile de la corte con una Princesa vestida de negro y una Reina de verde ha
llegado a su rojo final, y con eso concluye esta parte de nuestra historia.