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Relativismo y mundos posibles en la ontología de Nelson Goodman

Rodolfo Gaeta

En Ways of Worldmaking, Nelson Goodman les pone nombres a las dos


características prominentes de su concepción ontológica. Califica su rechazo de varias
posiciones clásicas --el materialismo, el idealismo y el dualismo-- y encuadra su
pensamiento en una forma radical de relativismo a la que denomina irrealismo. El
punto de partida de su argumentación se encuentra en la convicción de que afirmar la
existencia de una realidad independiente, un mundo “ready made” cuyas propiedades
puedan ser descubiertas gracias al empleo de nuestras facultades cognitivas, es una
tesis que se autorefuta. Porque cualquier intento de avanzar en la descripción de ese
mundo independiente en sí mismo solamente podría dar lugar a la disposición de sus
componentes en objetos, clases, formas de organización, etcétera, que responderían a
nuestra propia manera de percibir, conceptualizar y expresarnos. Si intentáramos decir
algo acerca de ese mundo, no estaríamos refiriéndonos a sus propiedades intrínsecas,
Nuestra actividad se limitaría a brindar lo que Goodman llama “una versión”, en cuyo
caso, si es que aludimos a algún mundo, se trata exclusivamente del que se
corresponde con esa versión. Goodman no rechaza completamente la posibilidad de la
existencia de una realidad inefable que de algún modo esté relacionada con las
versiones que proponemos, pero la desprecia porque piensa que un mundo así “no es
algo por lo que valga la pena luchar a favor o en contra”.

Por otra parte, piensa Goodman, una vez que se ha dejado de lado la
presencia de un mundo único e independiente, si se mantiene alguna distinción entre
una versión y el mundo que ella describe, se arriba a la coexistencia de una indefinida
pluralidad de mundos. No solo los generados por las versiones del sentido común y
las teorías científicas o filosóficas, sino también los producidos por la actividad
artística. Goodman subraya, no obstante, que la creación de mundos se ve limitada
por ciertas restricciones, pues hay versiones correctas (right), adecuadas a los
propósitos que las impulsan, y otras incorrectas. Y consecuentemente, mundos
genuinos y mundos espurios.

Las tesis de Goodman han recibido diversas interpretaciones y han sido objeto
de importantes objeciones. En este trabajo me referiré brevemente a algunas de las
dificultades que enfrenta su doctrina y haré hincapié en un aspecto aparentemente
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menos atendido, la vinculación de la existencia de una pluralidad de mundos con los


conceptos de mundo actual y mundo posible. Goodman proclama --enigmáticamente--
que no solamente los caracteres que conforman cada mundo son relativos, sino que la
realidad también es relativa. En esas condiciones, nos resultan extrañas tanto la
inmediata afirmación de que el hecho de que haya muchas versiones y multiplicidad
de mundos no anula la distinción entre versiones correctas y erróneas como la
conclusión de que, por diferentes razones, ni los mundos asociados a versiones
correctas ni los que les corresponderían a las versiones incorrectas pueden ser
caracterizados en términos de mundos posibles. Esta situación parece implicar que, de
acuerdo con la teoría de Goodman, las corrientes concepciones que establecen una
distinción básica entre el mundo real y los mundos posibles colapsan completamente.
En estas condiciones cabe preguntarse si la coexistencia de infinitos mundos reales
constituye algo por lo que valga la pena luchar a favor o en contra.

Hay varias ideas que, si bien están emparentadas con las sostenidas por otros
filósofos, se combinan para hacer de la propuesta de Goodman una teoría sumamente
original y controvertida. A continuación enumeraré los aspectos que me parecen más
relevantes para la presente discusión y formularé a propósito de ellos algunos
comentarios críticos

Primero: Goodman se resiste a la posibilidad de postular la existencia de una realidad


totalmente independiente, la suposición emblemática de los realistas. Aquí cabe
preguntarse ¿independiente de qué? La respuesta habitual en la jerga filosófica
contemporánea reza: “independiente de la mente”. Los realistas suscriben la
existencia de algo --llámese, realidad, hechos, entidades, individuos, universales,
mundo o lo que fuere, la famosa cosa en sí— más allá de toda participación de un
sujeto cognoscente. Pero habría también otras respuestas alternativas, como por
ejemplo, “independiente del lenguaje”. Goodman parece estar pensando en esta última
cuando para descartar el realismo expresa: “Talk of unstructured content or an
unconceptualized given or a substratum without properties is selfdefeating; for the talk
imposes structure,conceptualizes, ascribes properties” (WW:6)
Los idealistas, en cambio, conciben la realidad como algo que de un modo u
otro depende de la mente, ya sea de manera total o parcial. Así, la posición solipsista
representa un idealismo total en tanto concibe que la realidad se agota en el sujeto y
en lo que es pensado por él. Pero sin llegar a ese extremo, otros idealistas reconocen
la contribución de la mente, si no en su creación, al menos en la configuración del
objeto. El “realismo interno” de Putnam, por ejemplo, sostiene algunas ideas afines a
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las de Goodman, en la medida en que niega que los rasgos que se atribuyen al mundo
sean intrínsecos a una realidad externa al sujeto; pero modera su idealismo en cuanto
reserva también un papel para un componente externo al sujeto, conforme al lema que
sintetiza sus argumentos: “la mente y el mundo hacen conjuntamente la mente y el
mundo”
Por su parte, Goodman pretende ubicarse en la posición que ha denominado
“irrealismo” y aspira a mantenerse tan alejado del idealismo como del realismo. Frente
a la crítica de Putnam, que le había atribuido un idealismo tan extremo como el de
Hegel o el de Fichte, responde que no están usando el término “idealismo” en el
mismo sentido y subraya que, si bien los mundos dependen de las versiones que los
caracterizan, tales versiones no tienen nada que ver con las mentes:

“I do not see why even saying that there are no worlds but only versions
would be idealistic, for I do not think of versions, verbal or pictorial as mental or as
being or in general referring to ideas or Ideas, but as objects functioning as symbols”
(Starmaking ;204, cursiva agregada).

La defensa de Goodman no me parece eficaz. Por lo contrario, me suena


incoherente. En primer lugar, él mismo dice en algunas ocasiones que nosotros
elaboramos versiones, por ejemplo teorías científicas, concepciónes filosóficas o
piezas de arte. Pero no caben demasiadas dudas de que la mecánica newtoniana, la
teoría de la relatividad o el retrato de la Gioconda son obras de determinadas
personas. Tampoco caben dudas de que, si bien requieren de algún soporte material
para objetivarse, se trata de creaciones mentales de sus autores. Y si esto es así --
dado que, según Goodman, los mundos son a su turno el resultado de esas
versiones— ellos provienen, en última instancia de un origen que justifica relacionarlos
con el idealismo. Después de todo, el hecho de que las versiones funcionen como
símbolos no les hace perder ese origen. La única alternativa que se me ocurre para
sortear la imputación de idealismo es pensar, como ya he sugerido, que las versiones
existen por sí mismas, en una especie de cielo platónico repleto de teorías, pinturas y
esculturas virtuales. Se trataría de una peculiar clase de símbolos, ya que no serían
símbolos para nadie. Pero Goodman se niega a reconocer explícitamente esta
similitud con las Ideas. De manera que no veo cómo puede escapar coherentemente
ante la necesidad de optar entre el idealismo y el platonismo.

Segundo: Acabamos de ver que Goodman llama “versiones” los conjuntos de símbolos
cuyos referentes serían los mundos y que las versiones no son solamente cuerpos de
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proposiciones, ya que los productos de la creación artística también constituyen


versiones. En rigor de verdad, como ha señalado Scheffler, en muchas ocasiones
Goodman intercambia los términos “versión y “mundo”. Pero otras veces los trata
como si los mundos fueran producto de ellas, y en consecuencia, ontológicamente
diferentes. En ese caso, como sugiere Scheffler, ciertos argumentos de Goodman
perfectamente admisibles en favor de la existencia de una multiplicidad de versiones,
se tornan por completo discutibles si se los intenta esgrimir para probar que existe una
pluralidad de mundos. Scheffler se muestra inclinado a admitir, por supuesto, que
pueden producirse una infinita variedad de versiones; pero no acepta que, en sentido
literal, exista una pluralidad de mundos. No encuentra ningún problema en consentir
que en cierta versión la Tierra esté inmóvil mientras que en otra dance al ritmo de una
composición de Tchaikovsky. Lo que no admite es que los correspondientes mundos
en los que esas versiones se hacen verdaderas existan simultáneamente.

Goodman, sin embargo, insiste en que, aun cuando en algunos contextos se


pueden utilizar indistintamente ambos términos, las versiones no se identifican con los
mundos, de modo que si lo que dice una versión es verdadero en un mundo y lo que
dice otra contraria a la primera es verdadero en su propio mundo, ambos mundos
serían igualmente existentes.

Tercero: Es importante notar que la centralidad que Goodman otorga a las versiones
presenta la insólita alternativa de que podrían existir símbolos y nada más. En efecto,
sostiene que podría haber palabras sin que haya un mundo pero no un mundo sin que
haya palabras u otros símbolos.(WW:6). Llegado el caso, considera más plausible una
realidad compuesta únicamente por versiones que una realidad compuesta por hechos
o cosas y carente de versiones. Y pese a que Goodman niega que las versiones
tengan que ver con Ideas, encuentro en esa situación cierto coqueteo con una curiosa
forma de platonismo semiótico.

Cuarto: De todos modos, Goodman tampoco niega explícitamente la posibilidad de


que haya, al fin de cuentas, una realidad independiente, y hasta cierto punto la admite.
Cuando se defiende del cargo de ser un idealista extremo que le atribuye Putnam,
responde “In the first place, I have not said that there are no worlds, but only that
conflicting right versión are of different wordls, if any”. (Starmaking: 204) Pero
considera que esa realidad en sí carecería de las determinaciones que le imprime el
lenguaje y en consecuencia se trataría de algo sobre lo que no se puede o no vale la
pena discutir ( WW:20)
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Quinto: El último fragmento transcripto, si bien no niega que haya un mundo, tampoco
afirma que exista alguna realidad. Putnam observa que Goodman a veces habla como
si no hubiera mundos en absoluto y otras como si hubiera muchos. Por cierto, cuando
uno lee esos textos, encuentra una general ambivalencia. Pero algunas de sus
aserciones ponen de manifiesto otra variante: quizá Goodman trataba de evitar
pronunciarse rotundamente sobre si hay un mundo, si hay muchos o si no hay
ninguno. En efecto, dice que debe haber una pluralidad de mundos, si hay alguno,
afirmación que obviamente no se compromete estrictamente con la existencia de
ningún mundo. Se podría considerar que su ontología es hipotética, pues, cuando
alude a la multiplicidad de mundos, lo hace en forma condicional, como él mismo lo
reconoce: “My nihilism and my pluralism are complementary conditional; and that, I
submit, has more the flavor of irrealism than of idealism.” (Starmaking :204) Tal vez,
dado el carácter hipotético de su pluralismo, el término que mejor describiría la
posición de Goodman sería “nihilismo”, entendido en el sentido de que no afirma la
existencia de nada. Pero parece tratarse de una actitud más que de una doctrina
explícitamente formulada.

Sexto: En el caso de que además de versiones haya mundos, no se trata de una mera
coexistencia de dos categorías de entidades, porque el tono general de los
argumentos de Goodman indican una relación de dependencia ontológica. Un mundo
existe sólo en la medida en que “responda” a una versión. Como lo sugiere el título de
su libro, cabe pensar que las versiones constituyen diferentes modos de crear
mundos. No obstante, Goodman incurre en algunas incoherencias al respecto. Así, se
atribuye a sí mismo haber dicho “versions make worlds” (Starmaking :204), y aunque
uno podría creer que cuando escribe todo esto está empleando un lenguaje
metafórico, lo niega rotundamente. “Yet, when I say that worlds are made, I say it
literally; and what I mean should be clear from what I have already said” (Starmaking:
144) Explica que hay distintas maneras de hacer las cosas. Un carpintero hace una
silla con sus manos y sus herramientas a partir de piezas de madera, un poeta hace
un poema a partir de las palabras preexistentes en un lenguaje, y nosotros hacemos
mundos elaborando una versión a partir de alguna versión previa. Echaríamos de
menos, en este último caso, la materialidad de la mesa, pero Goodman no es
materialista, y esa circunstancia le permite decir que las versiones hacen mundos en
un sentido literal. Y en ellos puede haber constelaciones, estrellas, carpinteros que
fabrican mesas y también productores de versiones que a su vez hacen mundos. Pero,
contrariamente a sus reiteradas aserciones de que las versiones hacen mundos, en
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alguna ocasión declara, sorprendentemente “Such versión dependence does not imply
that versions make their worlds but only that they have worlds answering to them.”
(Starmaking: 213, cursiva agregada)

Séptimo: Pero, como esas versiones son distintas, y en muchos casos incompatibles
entre sí –-por ejemplo, una versión en la que la Tierra está inmóvil y otra en la que
experimenta distintos movimientos--, el surgimiento de una multiplicidad de versiones
da lugar a una proliferación de mundos. De aquí resulta que la verdad queda
relativizada; una afirmación es verdadera en algunos mundos, pero será falsa en otros.
Goodman admite este relativismo e incluso lo denomina radical, pero agrega
inmediatamente, y de un modo algo sorprendente, que su relativismo está sujeto a
severas restricciones. Por cierto, no proclama el slogan “todo vale”, pues cada versión
debe respetar, por caso, las reglas de la lógica, algunas percepciones e inclusive
puede responder a ciertos “prejuicios”. En términos más generales, la versiones deben
ser correctas en un sentido más amplio que verdaderas y algunas pueden ser mejores
que otras, conforme a sus respectivos propósitos. Sin embargo, el valor de estas
restricciones, como pronto veremos, resulta irrelevante, porque de todos modos la
ontología que subsiste luce muy poco convincente.

Octavo: Cuando se afirma que hay una infinita variedad de versiones, lo más natural
sería entender que la infinitud a la que nos estamos refiriendo tiene carácter potencial.
Aunque de hecho sólo podemos imaginar un número finito de versiones, está claro
que siempre podemos encontrar alguna variación que genere una versión nueva y así
crear una serie interminable. Una manera simple de expresar esta idea consiste en
decir que hay infinitas versiones posibles. Mas, por inocente y difícilmente discutible
que esta afirmación parezca, resulta problemática en el contexto de la filosofía de
Goodman. Veamos por qué.

Si ponemos entre paréntesis las señaladas ambigüedades, y consideramos el


caso de que hay infinitas versiones posibles, incluso si contamos solamente las que
son internamente consistentes, junto con la suposición de que esas versiones
constituyen maneras de hacer mundos diferentes, podemos concluir que habría un
número infinito de mundos distintos. La idea no es nueva; todo lo contrario, en la
filosofía de nuestros días nadie se sorprendería ante la afirmación de que existen
infinitos mundos posibles. Pero esta opción no cuaja en la teoría de Goodman. De
acuerdo con el uso corriente, la expresión “mundo posible”, puede entenderse en
concordancia con las nociones modales tradicionales, de manera que existirían
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infinitos mundos posibles y el mundo real es uno de ellos. La diferencia entre este y los
demás mundos posibles radica, precisamente, en que el mundo real es el único que
ha actualizado su posibilidad de ser. Los otros son mundos “meramente” posibles.
Pero este contraste contradice las tesis de Goodman pues, de acuerdo con su teoría,
todos los mundos que responden a versiones correctas están en un pie de igualdad
ontológica; no habría un mundo privilegiado sino un conjunto infinito de mundos reales:
“The multiple worlds I countenance are just the actual world made by and answering to
true or right versions. Worlds possible or impossible supposedly answering to false
versions have no place in my philosophy.” (WW: 94)

Con estas afirmaciones –que nos traen a la mente los universos paralelos de
Hugh Everett— Goodman conmueve no sólo el sentido común sino el significado que
les correspondería a términos como “real” y “posible” aun en los contextos filosóficos,
más acostumbrados a la consideración de ideas en principio insólitas. Porque lo real,
lo posible y lo imposible son conceptos interrelacionados de tal modo que adquieren
su sentido en base a su contraste. Si todos los mundos que responden a versiones
verdaderas son reales y a las versiones falsas no les corresponde ningún mundo, ni
posible ni imposible, se pierde de vista qué quiere decir que un mundo es real. Y
consecuentemente, ya sea que se intente referirse a un único mundo o a una
pluralidad de mundos, toda la cuestión parece perder sentido. Quizá, Ways of
Worldmaking deba ser leído como un ejercicio cuyo objetivo, o al menos cuyo
resultado, sea precisamente la deconstrucción del concepto mismo de realidad, una
realidad bien perdida, más que la propuesta de una pluralidad de mundos por la que
valga la pena luchar.

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