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Grüner Eduardo

El conflicto de la(s)
identidad(es) y el debate de la
representación
La relación entre la historia del arte y la
crisis de lo político en una teoría crítica de
la cultura
I
Las imágenes espaciales son Es posible que el concepto de identi-
los sueños de la sociedad. dad sea uno de los más resbaladizos, con-
Dondequiera que se descifre fusos, contradictorios e incómodos con-
alguna imagen espacial, ceptos inventados por la modernidad oc-
se presenta la base de la cidental (puesto que, para empezar, es un
realidad social. invento, es moderno y es occidental). Efec-
Sigfried Kracauer tivamente, sólo la así llamada modernidad
–a la que además habría que calificar: la
modernidad burguesa – requirió de ese
concepto para dotar de contenido “inte-
rior”, en principio, a otro de sus inventos,
fundamental desde el punto de vista teó-
rico-ideológico: el de la figura del indivi-
duo. Figura que constituye la base filosó-
fica, política y económica de toda la cons-
trucción social de la burguesía europea a
partir del Renacimiento, y cuya expresión
metafísica máxima articula al ego
cogitans cartesiano del siglo XVII con el
sujeto trascendental kantiano del XVIII. Por
supuesto, esta imagen dominante de la
modernidad, apoyada en la “identidad”
individual, no es la única posible. Hay una
imagen crítica de la modernidad, contra-
puesta desde el propio interior de esa mis-
ma modernidad europea, y ejemplarmen-
te expresada por el pensamiento de Marx,
Nietzsche o Freud, que cuestionan impla-
cablemente ese universalismo de la iden-
tidad individual, ese esencialismo del Su-
jeto moderno. Semejante cuestionamien-
to supone una imagen colectiva y fractu-

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El conflicto de la(s) identidad(es) y el debate de la representación

ciones, angustias. Eso, en primer lugar. En


EDUARDO GRÜNER
segundo lugar, esta representación gene-
Sociólogo, ensayista y crítico Instituto de Estudios de América rada para hablar de los individuos, pronto
cultural. Profesor Titular de Latina y el Caribe. Miembro del se trasladó al ámbito de las sociedades, y –
Antropología del Arte en la Centro Argentino de especialmente a partir del romanticismo
Facultad de Filosofía y Letras Investigadores del Arte (CAIA). alemán- empezó a hablarse también de la
(UBA) y de Teoría Política en la Autor de los libros Un género
identidad nacional (el Volkgeist o “espíri-
Facultad de Ciencias Sociales culpable, Las formas de la
(UBA), de la cual es Vicedecano. espada, El sitio de la mirada, El tu del pueblo” es una primera aproxima-
Coordinador General del fin de las pequeñas historias. ción, hacia fines del siglo XVIII). Se trata,
evidentemente, de otra necesidad “bur-
guesa”, estrechamente vinculada a la cons-
trucción moderna de los estados naciona-
les, en el contexto del emergente modo de
producción capitalista; la representación
de una “identidad nacional” en la que to-
dos los súbditos de un Estado pudieran re-
conocerse simbólicamente en una cultu-
ra, una lengua y una tradición histórica
comunes (además de coexistir físicamen-
te en un territorio muchas veces
rada del Sujeto moderno, ya sea, respec- artificialmente delimitado) fue desde el
tivamente, por la lucha de clases, por la principio un instrumento ideológico de
“voluntad de poder” agazapada detrás de primera importancia. Y, desde el principio,
la moral convencional, o por las pulsiones las imágenes y la lengua -por lo tanto el
irrefrenables del Inconsciente 1 . Y arte y la literatura, entendidos como insti-
permítasenos decir que esta imagen es tuciones- constituyeron elementos decisi-
infinitamente más radical que las decla- vos de dicha construcción (aunque desde
maciones poetizantes sobre no se sabe luego, no puedan ser reducidos a ella): eran
qué disolución del sujeto, con las que nos movimientos indispensables para el logro
tiene saturados la vulgata postmoderna. de aquella identificación (léase: de aquel
En todo caso, esta noción de “identi- reconocimiento de una identidad) del pue-
dad”, pensada inicialmente para describir blo con “su” Estado-nación.
la interioridad individual es, por supues- Pero, por supuesto, la historia –y por
to, una cierta representación de los suje- ende, la historia de una representación
tos. Representación, insistamos, relativa- como la de la identidad nacional- no es
mente novedosa y consagrada, en el cam- un proceso lineal y homogéneo. La casi
po del arte, por la generalización del géne- “natural” predisposición del capitalismo,
ro “retrato” en la pintura renacentista, o y por ende de la nueva clase dominante
del género “novela” en la literatura moder- en ascenso, al expandirse mundialmen-
na; por ejemplo, en la épica caballeresca te para asegurar las bases de su repro-
medieval –que pasa por ser un anteceden- ducción, tuvo como rápido efecto (y hay
te de la novela moderna- el “carácter” del incluso quienes, desde la así llamada Teo-
héroe debe ser inducido a partir de sus ría del Sistema-Mundo, aseguran que fue
acciones exteriores . Recién en la novela una causa y no un efecto) la promoción
moderna, “burguesa”, aparecerá la psico- por los Estados europeos de la empresa
logía del personaje, y nos enteraremos di- colonial, que no sólo supuso el más gigan-
rectamente de sus pensamientos, sensa- tesco genocidio de la historia humana,

1 El carácter “colectivo” del Sujeto en Marx no necesita mayor argumentación: la subjetividad que “hace historia” es la de las
clases. En el caso de Nietzsche y Freud, ese carácter es más difícil, pero no imposible, de demostrar: en el primero, el
“aristocratismo” espiritual del Superhombre tiene una dimensión plural, y no necesariamente “individualista”. En el segundo,
está claro por lo menos a partir de la Psicología de las Masas que el Inconsciente es “transubjetivo”; la idea de un Inconsciente
propio de cada “individuo” es una deformación psicologista que nada tiene que ver con el psicoanálisis.

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sino un igualmente gigantesco etnocidio, lla, y sufrió sucesivos desplazamientos se-


con el arrasamiento de lenguas y cultu- gún fuera la ideología, la posición políti-
ras a veces milenarias, y su sustitución ca, étnica o clasista de quienes intenta-
forzada por la lengua, la cultura y la reli- ran reapropiarse de esa noción. Pero, aun-
gión del Estado metropolitano, así como que durante los siglos XIX y XX la cuestión
el invento de “naciones” virreynales –y de la “identidad” (es decir de la
luego, tras la descolonización de “nacio- autorrepresentación imaginaria) nacional
nes” supuestamente soberanas- allí don- o latinoamericana constituyó un debate
de había otras formas de organización político, ideológico e intelectual perma-
política, territorial, cultural. nente, en general –y con las sempiternas
Es decir, mediante la violencia (física o excepciones del caso- no se puso en cues-
simbólica) se transformaron radicalmente tión, en interrogación profunda, aquel
las formas de representación identitaria origen ficcional de la idea misma de una
de esos pueblos. Y, como acabamos de “cultura nacional”, que se dio más o me-
decir, las guerras independientistas no al- nos por sentada, aún cuando se la perci-
teraron sustancialmente –no podían ha- biera como un terreno de conflicto. Quizá
cerlo: la destrucción ya estaba demasiado –es apenas una tímida hipótesis de tra-
avanzada- esa situación. Esas guerras fue- bajo- esto explique por qué, si bien en
ron llevadas a cabo fundamentalmente todo intento de definir una cultura “na-
(con la única excepción de la primera de cional” o “regional”, la literatura o el arte,
ellas, la de Haití) bajo la dirección de las el universo de las representaciones, tienen
élites trasplantadas, de las nuevas burgue- un papel decisivo, en la cultura latinoa-
sías coloniales que habían desarrollado in- mericana se puede decir que, en buena
tereses propios y localistas, y que en gene- medida, esas representaciones literarias
ral mantuvieron (y aún profundizaron, con y estéticas (digamos, desde El Matadero,
la ayuda de las potencias rivales de la anti- pasando por el Ariel, hasta el boom de los
gua metrópolis, como Inglaterra y Francia) sesenta) fueron un espacio dominante -y
la situación heredada de “balcanización”. casi nos atreveríamos a decir: el único re-
Y sus intelectuales orgánicos, repitiendo lativamente exitoso- de construcción de
forzadamente y en condiciones históricas representaciones identitarias colectivas.
radicalmente diferentes el modelo euro- Es como si la plena y consciente asunción
peo, se aplicaron a generar representacio- de una materia prima “ficcional” fuera la
nes “nacionales” allí donde no habían exis- forma sobresaliente de articulación de
tido verdaderas naciones, en el sentido una verdad latinoamericana que perte-
moderno del término. nece en buena medida al orden de lo
Pero esto produjo una extraordinaria “imaginario” o lo “alegórico”. Por supues-
paradoja: si por una parte ese proceso de to, estos conceptos no equivalen, en modo
definición un tanto artificial de “culturas alguno, a “falsedad”: el imaginario colec-
nacionales” tuvo mucho de ficción, por el tivo es la vía indirecta a través de la cual
otro, cumplió un rol ideológico nada des- se articula –con todas las “deformaciones”
preciable (y que aún hoy está muy lejos del caso que es necesario interpretar- una
de haberse agotado, pese a todos los verdad social e histórica en su carácter
ideologemas sobre el fin de las culturas simbólico. La reconstrucción de una ver-
nacionales bajo el imperio de la dad a partir de materiales
globalización) en la lucha anticolonial. representacionales-ficcionales no es, por
Esta tensión en buena medida irresoluble otra parte, ninguna operación insólita: es
entre las representaciones “ficticias” y sus exactamente el mecanismo descubierto
efectos “reales” creó, para las nuevas so- por Freud para el funcionamiento del In-
ciedades así “inventadas”, una situación consciente, que se las arregla para decir
particular y altamente conflictiva bajo la una verdad inter-dicta (es decir, al mis-
cual la propia noción de “cultura nacio- mo tiempo prohibida y “entredicha”)
nal” se transformó en un campo de bata- mediante los textos “ficcionales” del sue-

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ño, el lapsus , el acto fallido; y, desde lue- ciertas ideas de Ernst Kantorowicz en su
go, de la obra de arte o literaria. Y es por famoso estudio sobre Los Dos Cuerpos del
eso que Lacan, leyendo a la letra a Freud, Rey2 , explica que en la Edad Media eu-
puede afirmar la paradoja de que la ver- ropea el término representatio empezó
dad tiene estructura de ficción. por designar a las efigies escultóricas,
Todo lo anterior, pues, no tenía otra normalmente hechas de madera, que
finalidad que la de ejemplificar las vaci- acompañaban en la procesión fúnebre al
laciones de la relación entre la noción de féretro del rey muerto. En tanto se des-
“identidad” (incluso en su sentido colec- conocían las modernas técnicas de con-
tivo, que en la moderna cultura occiden- servación del cadáver, el cuerpo del ilus-
tal, como hemos visto, fue transportado tre fallecido era por supuesto estricta-
desde el campo del individuo: ya volve- mente inmostrable: su estado putrefac-
remos sobre este tema) y la de “repre- to y repugnante hubiera producido un
sentación”, como efecto imaginario y efecto visual de extrema decadencia del
como mecanismo de construcción de la Poder real; o habría que decir, quizá, de
identidad. Es el momento, ahora, de pro- decadencia de lo real del Poder, trans-
fundizar en este último concepto, ensa- formado en una pulpa informe y asque-
yando algunas analogías sin duda discu- rosa, indigna de respeto y veneración.
tibles y arriesgadas, pero que podrían La lógica de la representatio, entonces,
resultar asimismo productivas. en tanto representación simbólica inco-
rruptible del Rey, al mismo tiempo susti-
tuye y es el cuerpo del Poder. Y lo hace con
II toda la ambigüedad del desplazamiento
llamado “metonímico”, en el cual la ima-
En efecto, en los últimos tiempos nos gen “re-presentante” hace presente al
hemos acostumbrado a hablar de una objeto “representado” precisamente por su
profunda crisis, que algunos califican de propia ausencia, en el sentido de que esta
terminal, en lo que se suele llamar el “sis- ausencia de lo “representado” –o su estric-
tema de representación”. Cuando habla- ta “inmostrabilidad”, su obscenidad – es
mos así estamos hablando, por supuesto, la propia condición de existencia del “re-
de la crisis de la política, incluso de la cri- presentante”. O, en otras y más simples
sis de lo político, en el más amplio senti- palabras: la propia condición de posibili-
do de la palabra. Pero el término “repre- dad de la existencia de la representación
sentación” tiene el ambiguo y polisémico es la eliminación visual del objeto; allí don-
interés de ser un concepto que no perte- de está la representación, por definición
nece sólo al discurso de la política –al sale de la escena el objeto representado. Y
menos en su sentido moderno- sino tam- sin embargo, al mismo tiempo, la existen-
bién al discurso de la estética, de la teoría cia virtual del objeto “invisible” es el de-
del arte o la filosofía de las formas simbó- terminante último de la representación. En
licas en general. ¿Podemos aprovecharnos toda representación, por lo tanto, se pone
de esa riqueza semántica para intentar, en juego una paradójica dialéctica entre
a mero título de balbuceante hipótesis, presencia y ausencia. O, para decirlo con
una suerte de articulación no reduccionis- un célebre título de Merleau-Ponty, entre
ta entre esos campos discursivos, basada lo visible y lo invisible; donde lo invisible es
en el concepto de “representación” y su parte constitutiva de lo visible, así como
crisis actual? en la música los silencios son parte consti-
Para ensayar esa búsqueda es nece- tutiva de la articulación de los sonidos.
sario hacer un breve rodeo histórico. Pero, por supuesto, no se trata de cualquier
Carlo Guinzburg, retomando a su vez invisibilidad ni de cualquier silencio: si lo

2 Cfr. Guinzburg, Carlo: “Representación”, en Ojazos de Madera, Barcelona, Península, 2001, y Kantorowicz, Ernst: Los Dos
Cuerpos del Rey, Madrid, Alianza, 1985.

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visible está determinado por lo invisible, acepten el mandato del gobierno colo-
lo contrario es igualmente cierto; lo visible nial; pero tampoco con el objetivo prin-
produce lo invisible como una determina- cipal de eliminar un símbolo vergonzan-
ción concreta y específica de invisibilidad, te de la opresión femenina: esto ya ha
del mismo modo en que la nota musical sido plenamente comprendido. Las mu-
significa de modo específico al silencio jeres del FLN se quitan el velo para ha-
que la antecede o la sigue. cerse menos sospechosas, menos miste-
En determinadas circunstancias his- riosas a los ojos del ocupante –que aho-
tóricas y sociales, este juego de visibili- ra cree haber “quebrado” esa resistencia
dad / invisibilidad puede ser producido cultural- y así poder circular libremente,
con objetivos político-ideológicos bien llevando en sus bolsos y carteras occiden-
precisos, y ciertamente no sólo al servi- tales los panfletos de propaganda o las
cio del poder, sino por el contrario, al ser- armas de la resistencia.
vicio de una reconstrucción de las repre- Esta es la estrategia que en otra parte
sentaciones e identidades colectivas con hemos llamado de intermitencia dialéc-
fines de resistencia a la opresión. Los tica4 . Como corresponde a toda dialécti-
ejemplos abundan: entre ellos, es para- ca, es una lógica que se despliega en tres
digmático el ya clásico análisis que hace momentos: en el primero, la ausencia del
Frantz Fanon de la función del velo entre rostro sigue siendo el síntoma y la afir-
las mujeres argelinas del FLN (Frente de mación de un dominio, una subordina-
Liberación Nacional) en la lucha ción o una exclusión “bárbara”. En un
anticolonial a principios de la década del segundo momento, esa misma ausencia,
´603 . Fanon explica que los funcionarios inversamente, es la negación determina-
coloniales franceses estaban verdadera- da de esa exclusión: la mujer hace sen-
mente obsesionados por convencer a las tir al “civilizado” ocupante colonial la pre-
mujeres de que se quitaran el velo, invo- sencia insoportable e inquietante de su
cando razones “progresistas” y hasta de ausencia. En un tercer momento, el de la
“emancipación femenina”. Pero la verda- negación de la negación, la reaparición
dera razón, interpreta Fanon, es que ellos del rostro –que, paradójicamente, hace
perciben perfectamente que –bajo las pasar a la mujer argelina al anonimato,
condiciones de la ocupación colonial- ese al menos para el invasor- es el desplaza-
velo que para los occidentales ilustrados miento (o, mejor: la inversión en lo con-
fue siempre símbolo del sometimiento trario) del ocultamiento de los instrumen-
de la mujer, es ahora resignificado como tos de liberación. Se ve aquí, pues, cómo
índice de resistencia cultural: los con- la alternancia entre presencia y ausen-
quistadores, dice Fanon, sienten que esa cia de las representaciones de lo civiliza-
persistencia en el ocultamiento del ros- do y lo bárbaro es resignificada
tro equivale a una fortaleza que no pue- críticamente como una política de “lle-
de ser conquistada; la mujer argelina nado” de los vacíos de representación.
puede mirar a sus nuevos amos sin ser Pero esa política se monta sobre la lógica
mirada por ellos. Hay allí una “desapari- constitutiva de la que hablábamos más
ción” de la imagen, de la representación, arriba, a saber: la de que el “representan-
que permite que ese cuerpo no pueda ser te” supone, al menos en principio, la des-
simbólicamente violado por el escruti- aparición de lo representado.
nio permanente del opresor. Lo que conecta al representante con
Pero en una segunda etapa, con la lo representado es, así, una infinita leja-
lucha anticolonial ya avanzada, el FLN nía entre ambos: es la percepción de dos
hace que sus mujeres, en efecto, se qui- mundos que nunca podrían coexistir en
ten el velo. No, evidentemente, porque el mismo espacio, y cuya relación consis-

3 Cfr. Fanon, Frantz: Sociología de la Revolución, México, Era, 1969.


4 Grüner, Eduardo: El Sitio de la Mirada, Buenos Aires, Norma, 2001.

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te precisamente en esa diferencia radi- de aquélla distancia idealizada pondría


cal. Hay aquí una coincidencia, que no de manifiesto el “engaño” previo sobre la
podemos dejar de señalar de paso, con incorruptibilidad del Poder. Y tal vez sea
otra famosa noción benjaminiana: la del esto lo que está en el fondo de esa reite-
aura de la obra de arte clásica, cuya rada conducta iconoclasta de toda revo-
“idealización” (que Benjamin compara lución o rebelión contra el Poder, consis-
con el estado de enamoramiento) impli- tente en destruir las efigies, derribar las
ca asimismo esa aporética experiencia estatuas, incendiar los edificios o acuchi-
de una estrecha identificación y una in- llar los retratos de quienes han “represen-
mensa distancia simultáneas5 . Y ya sa- tado” al Poder.
bemos cuál es una de las hipótesis cen- En fin, prosigamos con nuestra alego-
trales de ese extraordinario ensayo de ría. Otro gran historiador del arte de la
Benjamin: que podría elaborarse toda escuela iconológica, Erwin Panofsky6 , nos
una historia social y política del arte, y instruye sobre un cambio importante en
por lo tanto del concepto de representa- los propios criterios de representación
ción (incluyendo su función en la cons- estética, que se produce en el pasaje de
trucción identitaria) sobre el eje de las la Edad Media al Renacimiento. Mientras
sucesivas transformaciones históricas y la representación medieval, como acaba-
antropológicas de esa “experiencia del mos de verlo, mantiene simultáneamen-
aura”: desde su carácter “cultual” (ritual te una identificación y una distancia con
y religioso), pasando por su transforma- el objeto representado -la efigie es inme-
ción en mercancía hasta llegar a lo que diatamente el cuerpo, pero al mismo
Benjamin llama la “decadencia del aura” tiempo su existencia y su valor emblemá-
bajo la lógica de las modernas técnicas tico depende de que el cuerpo se man-
de reproducción. tenga ausente, “fuera de la escena” (re-
cordemos que esta última expresión tra-
duce etimológicamente el vocablo ob-
III sceno, que alude al acto de mostrar lo que
debería haber permanecido fuera de la
Pero volvamos ahora a los avatares de vista)-, el arte renacentista –con su des-
la representatio medieval; imaginemos cubrimiento de la perspectiva, con su im-
por un momento un nada improbable pulso mimético y realista- se apropia del
accidente, merced al cual, en medio de la objeto, sustituye, como toda representa-
procesión, el féretro conteniendo el cuer- ción, su presencia física y material, pero
po “real”, material, del soberano, cayera también, ilusoriamente, sustituye y por lo
al suelo y se rompiera, exhibiendo ese tanto elimina su ausencia: su pretensión
cuerpo corrupto y obsceno. ¿No sucede- de última instancia es la fusión de la re-
ría entonces que la propia eficacia presentación con lo representado, conser-
metonímica y simbólica de la operación vando la identificación pero eliminando,
de representatio, que había permitido imaginariamente, la distancia.
trasladar los emblemas de la realeza y la Hay aquí también, sin duda, una “obs-
realidad del Poder a la efigie-represen- cenidad”, pero que se encuentra, por así
tante, ahora trasladaría hacia la propia decir, legalizada: el cambio de época ha
efigie, hacia la propia representatio, toda comenzado ya a producir su propia dis-
esa contaminante corrupción y obsceni- tancia entre el sujeto y la naturaleza;
dad? Es esa restauración de la cercanía, separación que, entre otras cosas, hará
ese retorno de lo real forcluido por la re- posible a la ciencia moderna, pero tam-
presentación lo que resultaría entonces bién a una actitud puramente
insoportable y odioso, ya que la anulación contemplativa frente al arte y a las re-

5 Benjamin, Walter: “La obra de arte en la época de su reproducción técnica”, en Discursos Interrumpidos, Madrid, Taurus, 1978.
6 Panofsky, Erwin: Renacimiento y renacimientos en el Arte Occidental, Madrid, Alianza, 1973.

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presentaciones, mientras en la Edad traducirse, no sin cierta violencia pero con


Media las representaciones –tanto las bastante aproximación, por la fórmula “el
religiosas como las políticas- forman par- individuo es el pretexto central de la lógi-
te de una experiencia relativamente co- ca económica, política y cultural de la so-
tidiana, de un “paisaje” social indiferen- ciedad burguesa”. En términos de la lógi-
ciado y todavía desconocedor de lo que ca económica –es decir de lo que Marx lla-
Weber llamaría la “autonomización de maría las “relaciones de producción”- es
las esferas” propia de la modernidad7 , es la voluntad del individuo lo que lo lleva a
decir, del capitalismo. Ya hemos adelan- intercambiar mercancías, incluida esa
tado que uno de los componentes deci- nueva mercancía esencial para el funcio-
sivos de este cambio en la “imagen del namiento del sistema, que se llama “fuer-
mundo” es la promoción del za de trabajo”; en términos de la lógica
protagonismo del individuo, expresado política, es la libertad del individuo la que
en la historia de los estilos artísticos por lo lleva a hacerse representar en el Esta-
el prestigio, renovado en la modernidad, do, en el cual cada individuo delega la
del retrato. Este cambio queda eviden- administración de sus derechos “natura-
ciado de forma aún más patente en la les”; en términos de la lógica cultural, es
utilización de la perspectiva en los retra- la mirada del individuo la que organiza el
tos a partir del Renacimiento, por la cual gran espectáculo del universo desde la
ahora el individuo (esa nueva categoría centralidad de la “perspectiva”.
de la era protoburguesa) es mostrado en Por supuesto, en las formas de repre-
un “primer plano” –es decir, en una po- sentación visual y estética de la moder-
sición dominante – respecto de su entor- nidad no sólo hay individuos, sujetos
no, mientras que en la representación humanos, sino también, y cada vez más,
medieval típica, con su carácter objetos de la “realidad”. Pero también en
igualadoramente “plano” y sin profundi- ellos es la perspectiva geométrica de la
dad, el ser humano queda también “apla- mirada individual del espectador la que
nado”, “sumergido” en el continuum de concentra la atención en el objeto como
la imagen, de manera similar a cómo, en espectáculo y como objeto de potencial
la concepción ideológico-filosófica domi- apropiación, puesto que hemos entrado
nante en la época, el ser humano –toda en la era en la cual la propiedad es el
su identidad - quedaba sumergido en el criterio fundante de toda la estructura
continuum de la trascendencia divina. socioeconómica y política. John Berger ha
Pero la nueva época, la era del inci- analizado con extraordinaria agudeza
piente capitalismo burgués y liberalismo cómo la extrema impresión de realidad
económico, requiere además una nueva permitida por la técnica moderna de la
idea de la legitimidad del poder, hecha pintura al óleo, que hace que los objetos
posible por aquel cambio de identidad: representados aparezcan ilusoriamente
esa nueva idea, esa nueva ideología, está como incluso palpables , favorece la
fundada en el contrato laico entre los in- deseabilidad del objeto, induce la volun-
dividuos como tales, y no entre lo huma- tad de apropiárselo, y para ello se apoya
no y lo divino. Para eso, el individuo tiene en la creciente ilusión, también permiti-
que ser puesto en el centro de la escena, da por esa técnica realista, de una coin-
en el centro de una escena toda ella orga- cidencia entre el “representante” y lo re-
nizada alrededor de esa centralidad in- presentado 8 , donde tiende a disolverse
dividual: el rescate renacentista de la con- la función simbólica, metafórica o
signa antropocéntrica “el Hombre es la alegórica de la propia representatio.
medida de todas las cosas” adquiere así El realismo, convertido así en ideolo-
una nueva significación que podría gía estética hegemónica (y por supuesto,

7 Weber, Max: Economía y Sociedad, México, FCE, varias ediciones.


8 Berger, John: Modos de Ver, Barcelona, Gustavo Gilli, 1974.

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no es la única manera de pensarlo), es en tación como presencia de lo real-repre-


este terreno el pendant exacto del indi- sentado, en tanto el criterio anterior era,
vidualismo: es desde la perspectiva del como vimos, el de su ausencia. Una “me-
individuo que la “realidad” se organiza tafísica de la presencia” –como ha sido
como espectáculo a consumir. El término llamada- que alcanza a la propia
“consumir” es, aquí, la clave: en la ideolo- “autorrepresentación” subjetiva a partir
gía “burguesa” de la modernidad hasta de un Yo cartesiano que en efecto apa-
fines del siglo XIX –que desde luego, no rece como presente ante sí mismo, fuen-
es necesariamente la de todos los bur- te “clara y distinta” de todo conocimien-
gueses, pero bajo esa hegemonía ideoló- to, transparencia y posibilidad, y cuyo
gica es la de la sociedad en su conjunto- desmentido recién llegará –aunque sin
el mundo se presenta como algo ya ter- registrar repercusiones decisivas en las
minado, que por supuesto es necesario teorías políticas y sociales hegemónicas-
conocer “científicamente”, pero que ya no con la teoría psicoanalítica del Incons-
requiere ni es pasible de ser esencialmen- ciente, con la famosa tercera “herida
te transformado. Una vez que la nueva narcisista” infligida por Sigmund Freud
clase dominante está plenamente afirma- a una humanidad (occidental) que
da como tal, el eje de la imagen de la rea- previsiblemente nada querrá saber con
lidad pasa de la esfera de la producción ello, y que tal vez no por azar coincida
a la esfera del consumo. Lo cual es per- epocalmente con la crisis y fractura pro-
fectamente lógico: la “identidad” de la funda de los modos de representación
clase dominante como tal está asegura- hegemónica y la emergencia primero del
da sólo si ella no puede concebir posibles impresionismo y el postimpresionismo,
futuras transformaciones de la realidad y luego la subversión visual de las van-
que pudieran suponer, por ejemplo, su guardias de principio del siglo XX.
propio reemplazo en la posición domi-
nante. Como le gustaba ironizar a Marx,
en efecto, la burguesía está totalmente IV
dispuesta a admitir que siempre hubo
historia, que el mundo siempre estuvo Y esto sin mencionar, desde un punto
sometido a cambios permanentes... has- de vista sociohistórico “macro”, el oculta-
ta que llegó ella (como puede verse, el miento –mediante la abusiva “presencia”
ideologema del “fin de la historia” está representacional de un Occidente que a
muy lejos de ser una novedad). La misma partir de la modernidad se erige como
separación entre el sujeto y el objeto que, cultura universal – del lugar fundante pero
decíamos, hace posible la ciencia moder- “forcluido” que los “Otros” ausentes (para
na, hace posible a su vez una forma de empezar, el mundo colonizado entero)
representación en la cual, en el límite, tiene en la propia autoimagen de ese Oc-
toda la “realidad” está, como si dijéramos, cidente dominante. Baste para nuestros
ya hecha y disponible para su captura por propósitos mencionar, al pasar, que la
el “representante”. modernidad “filosófica” se hace empezar,
Estamos, sin duda, ante una transfor- en los manuales al uso, precisamente en
mación ideológica de primera importan- el siglo XVII, con la representación
cia, mediante la cual ahora se trata de identitaria de ese sujeto cartesiano
disimular la brecha, la diferencia monádico, encerrado en su propia trans-
irreductible, entre el “representante” y parencia y en su propia presencia ante sí
el “representado”, que antes se daba por mismo, que será el “núcleo” durante si-
descontada. La representación comien- glos de toda teoría de la representación,
za a partir de aquí a ocupar –nos atreve- tanto simbólica como estética y política.
ríamos a decir: a usurpar– el lugar de lo Muy diferente sería tal representación si
representado, con el mismo gesto con el aquella historia filosófica de la moderni-
que se instaura el criterio de represen- dad –incluso la occidental- se hiciera em-

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pezar un siglo y medio antes: por ejem- ma época que instituye a la representa-
plo, con la conquista de América y los de- ción con su pretendidamente pleno va-
bates entre Bartolomé de las Casas, Fran- lor de realidad, es la época de constitu-
cisco Vitoria, Ginés de Sepúlveda y mu- ción del Estado Moderno (occidental),
chos otros sobre el estatuto de “humani- que –una vez cumplida su etapa de tran-
dad” de esos Otros súbitamente incorpo- sición con mayor o menor grado de ab-
rados a (o “violados” por) la modernidad solutismo- consagra la forma de gobier-
europea. Ya no tendríamos allí entonces no llamada “representativa”, y el sistema
esa representación cartesiana que funda político correspondiente. Es también
la subjetividad moderna sobre el imposible, entonces, sustraerse a la ten-
solipsismo autoengendrado del sujeto tación de la analogía: “constitutivamen-
monádico –y que se traslada fácilmente te”, como se suele decir, el sistema repre-
al mito de autoengendramiento de los sentativo produce el efecto imaginario
Estados y naciones de la Europa moder- de suprimir la diferencia representante
na-, sino una representación estrictamen- / representado, diferencia “objetiva” sin
te dialógica (para decirlo con el célebre la cual, paradójicamente, el propio con-
concepto de Bakhtin), atravesada por el cepto de “representación” carece abso-
conflicto permanente e inestable implí- lutamente de sentido. Pero es que esa es,
cito en el “diálogo” de los sujetos colecti- justamente, la eficacia del Mito: de esa
vos y las culturas: una representación que, “máquina de eliminar la Historia”, como
mutatis mutandis y paradójicamente, la llama Lévi-Strauss, que permite “resol-
estaría mucho más cerca de la represen- ver”, en el plano de lo imaginario, los con-
tación freudiana (y, a su manera, flictos que no se pueden resolver en el
marxiana) de la subjetividad moderna, plano de lo real. ¿Y será ocioso recordar
que de la pacífica autorreflexividad y que, para el mismo Lévi-Strauss, la “má-
autorreferencialidad (por no decir quina mítica” por excelencia, en la socie-
“autoeroticidad”) del Yo cartesiano –o, al dad occidental moderna, es la ideología
menos, de la vulgata ideológicamente in- política? 9 .
teresada que del Yo cartesiano se ha ter- Y sin embargo, en determinadas con-
minado imponiendo-. diciones justamente históricas, la máqui-
Una representación dialógica y na mítica funciona, tal vez durante siglos.
“descentrada” que parece estar paradóji- ¿Cómo se podría negar el inmenso “pro-
camente preanunciada en la “excentrici- greso” que significó, en la historia políti-
dad”, por ejemplo, del Barroco; paradóji- ca y social de occidente, la institucionali-
camente, decimos, porque como es sabi- zación del sistema representativo? Las
do, el impulso ideológico que está por de- ventajas de ese efecto imaginario de su-
trás de la representación barroca es –di- presión de la diferencia representante /
cho en términos clásicos- “reaccionaria”, representado –cuya “base material”,
ya que está estrechamente vinculado al como ya hemos también adelantado, es
movimiento de la Contrarreforma. Y sin el paralelo entre la abstracción del “equi-
embargo, no sería la primera vez en la his- valente general” de las mercancías y el
toria que una reacción contra el presente “equivalente general” de la ciudadanía
que pretende volver al pasado permita universal, según lo postulaba Marx–, son
entrever las potencialidades del futuro. indudables. Pero no necesariamente
Transformación ideológica, decíamos eternas: podría llegar el momento en que
antes. Y también, claro está, política. una dialéctica negativa10 , inherente a la
Puesto que –como ya lo adelantamos más propia lógica de las transformaciones del
arriba- es imposible olvidar que esta mis- sistema, corrompiera la eficacia de ese

9 Lévi-Strauss, Claude: Antropología Estructural, Bs. As., Eudeba, 1968.


10 Por supuesto, tomamos en préstamo este concepto de Adorno, para calificar esa dialéctica sin resolución, sin “superación”
(Aufhebung) , en la que el conflicto permanece como tensión sostenida en la polarización. Cfr. Adorno, Theodor W.: Dialéctica
Negativa, Madrid, Taurus, 1978.

66 - La Puerta FBA
El conflicto de la(s) identidad(es) y el debate de la representación

efecto imaginario, y pusiera de manifies- da” del mundo por la cual hasta las gue-
to el carácter estructuralmente imposi- rras más atroces, injustas y sangrientas
ble de la noción moderna de represen- pudieron reducirse a un colorido espec-
tación, al menos en su versión dominan- táculo televisivo detrás del cual parecía
te de sustitución o equivalencia entre no haber nada, un inmenso vacío en el
representante y representado, sacando que los objetos, y sobre todo los cuerpos
a la luz esa distancia insalvable, esa di- destrozados por las bombas, quedaban
ferencia irreductible entre los dos térmi- ya no sólo discretamente fuera de la vis-
nos de la ecuación que la Edad Media –o ta en el ataúd de contenido inmostrable,
el modo de producción feudal, si se lo sino desplazados al infinito, a una dis-
quiere llamar así- ni siquiera se plantea- tancia inaccesible en la que se pierde
ba como problema, puesto que la para siempre la relación conflictiva, sí, tal
representatio no hacía más que confir- vez imposible, pero relación al fin, entre
mar y reforzar sin disimulos la diferen- la imagen y el objeto. ¿Será por eso que
cia inconmensurable, sin equivalencia nunca vimos, ni siquiera en imágenes, los
posible ni imaginable, entre el dominan- cuerpos muertos en la Guerra del Golfo,
te y el dominado, entre el amo y el sier- en las Torres Gemelas o en Afganistán?
vo, entre el poder y el no-poder. Es como si se hubiera realizado perver-
Es sólo en la Edad Moderna –o en el samente la profecía hegeliana del “fin del
modo de producción “burgués”, si se pre- arte”, o la vocación vanguardista de vol-
fiere la denominación- que puede des- ver a fusionar el arte con la vida. Perver-
nudarse el conflicto de las “equivalencias samente, decimos, porque desde luego
generales”, el conflicto de las represen- no es que el arte –como pretendía Hegel-
taciones, dado que sólo ese modo de pro- haya sido “realizado” y “superado” por el
ducción puede hacer entrar en crisis lo pensamiento crítico-filosófico, ni que la
que él mismo ha generado. Es sólo en él vida –como pretendían las vanguardias-
que podría suceder, por ejemplo, que la se haya transformado en un escándalo
pérdida o la corrupción simbólica del estético productor de permanentes sor-
“equivalente general” licuado por el presas, sino que arte y vida se elimina-
corralito arrastrara una paralela pérdida ron mutuamente incluso en el estimulan-
y corrupción simbólica del “equivalente te conflicto que los enfrentaba, que que-
general” del sistema representativo, ins- dó disuelto en un mundo de pura repre-
talando nuevamente la percepción de sentación alienada y alienante.
aquella distancia infinita, de aquella di- Y esto tuvo su correlato en el plano de
ferencia insorteable, entre lo represen- la economía y en el de la política. En la
tante y lo representado. Sabemos que, economía, la transformación de la lógica
antes de esto, como modo inconsciente productiva del capitalismo industrial clá-
de maquillar esa crisis, la eliminación –y sico en la lógica parasitaria de la espe-
ya no sólo la sustitución- del objeto por culación financiera mundial –es decir, en
parte de la representación, fue llevada a un capitalismo soportado por la pura
sus consecuencias extremas por eso que magia de las representaciones sin base
dio en llamarse la “postmodernidad”, en material- también nos hizo olvidar que
la cual la dominación de las fuerzas pro- detrás de esa representación desmate-
ductivas y reproductivas de las nuevas rializada de un dinero que viajaba sin
tecnologías representacionales –de los fronteras a través de las imágenes
medios de comunicación de masas a la computarizadas de la Bolsa mundial,
web, por etiquetarlas rápidamente- nos había países, sociedades, continentes
hicieron pasar de la identificación en- enteros que se derrumbaban en el abis-
tre lo representante y lo representado, mo de la miseria y la desesperanza. En la
característica de la modernidad, a la li- política, la desmaterialización de la de-
quidación lisa y llana de lo representa- mocracia “representativa” formal tam-
do, a una desmaterialización “globaliza- bién aumentó al infinito su distancia con

La Puerta FBA - 67
Grüner Eduardo

los representados, hasta eliminarlos casi


por completo como datos de una reali-
dad transformada en pura virtualidad, en
la que la llamada “clase política” vive
alienada en su propia autorrepresen-
tatividad vacía.
¿Estamos asistiendo, crisis mundial (y
no sólo local) mediante, al fin de todo este
siniestro ilusionismo? El colapso de las
formas de representación de la econo-
mía, de la política, del propio arte, ¿se-
rán indicadores, o al menos síntomas, de
un “retorno de lo real” que induzca, en
todos esos campos, también un regreso
del realismo, pero ahora en el mejor sen-
tido del término; un regreso de la mate-
ria “representable”, de un conflicto pro-
ductivo entre la imagen y el objeto que
genere formas nuevas, creativas y vita-
les de la relación imposible pero inevita-
ble entre lo representante y lo represen-
tado, induciendo a su vez nuevas formas
de construcción de identidades socia-
les, culturales, etc.?
Nada de esto podemos saberlo, toda-
vía. Quizá no lo sepamos nunca, quizá no
nos den tiempo de averiguarlo. Pero sí
sabemos, por ahora, que la Historia está
lejos de haberse terminado. En cierto
sentido, recién está empezando. Y en la
Historia suceden accidentes. Sucede, por
ejemplo, que los ataúdes caen al suelo y
se rompen, y que el cuerpo putrefacto del
Poder queda exhibido en toda su repug-
nante obscenidad. Y cuando sucede eso,
sabemos que la representatio muerta
debe ser re-fundada entre todos. Porque
en eso nos va la vida, y no solamente –
aunque no es poca cosa- la representa-
ción que de ella nos hagamos.

68 - La Puerta FBA