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«ET LUX IN TENEBRIS LUCET…» por AMEDEO ZORZI*

Si a aquellos que han leído los libros de René Guénon, y han sacado alguna
consecuencia, se les preguntara lo que ha significado para ellos el encuentro con esta
obra, sin duda cada uno tendría una historia que contar, y muchas veces serían
historias de cambios profundos; no obstante, a cualquiera le resultaría harto difícil decir
algo que sea decisivo sobre el efectivo alcance de la obra y hasta imposible aplicarle
definición alguna. Se podría decir tout court que Guénon es la metafísica, y
precisamente porque se ajusta a las características de esta última, su obra escapa a
cualquier sistematización, definición o etiqueta.
La obra de René Guénon es toda una con la doctrina tradicional metafísica, no
conteniendo nada que se halle en discrepancia con el cumplimiento de una función de
rigurosa exposición doctrinal. Guénon mismo, como ya se sabe, hubiera preferido
desempeñar esta función en el anonimato, para evitar lo más posible que pudiese ser
indebidamente atribuído algo que fuese de índole individual a las enseñanzas que
estaba exponiendo. La gran riqueza de enseñanzas, informaciones, analogías entre
las diversas tradiciones, consideraciones históricas y análisis críticos, son otros tantos
ingredientes cuya razón de ser es la de llegar al centro, al punto de vista metafísico, a
la Verdad última para la que no hay otra realidad que no sea la del Principio mismo,
fuera del cual no hay absolutamente nada. Pero esta obra tan elevada, completa hasta
el punto más alto de la doctrina, viene al encuentro de los occidentales en la situación
en la que se encuentran: esto es, en los límites estrechos del pensamiento científico y
filosófico, en la falta de medios de desarrollo espiritual, en la desorientación de las
falsas doctrinas, en la confusión y en las tinieblas de este fenómeno de hipnosis
colectiva que es el mundo moderno. Con increíble paciencia se vuelven a examinar
todos esos elementos culturales y pseudo-culturales que forman la mentalidad
occidental moderna y constituyen un legado a veces demasiado agobiante. El primer
objetivo es justamente el de brindar la posibilidad, a quien experimenta la necesidad y
se atreve, de cambiar radicalmente este tipo de mentalidad deformada por un proceso
de alejamiento del conocimiento de la realidad que persiste desde hace ya varios
siglos. Este método, que parte de la periferia para volver a ordenar todo en la síntesis
de un punto de vista central unitario y unificante, y que constituye un carácter
fundamental de su obra, muestra además cómo no sería legítimo asumirla de manera
parcial, limitándose a tener en cuenta algunos aspectos aislados de la misma. En otros
términos, no existe un Guénon cosmológico, histórico, exotérico, etc., pues por más
que se habla mucho de todos estos aspectos, es el punto de vista metafísico el que
constituye la única clave de lectura de todo ellos, a falta de la cual toda la obra
perdería su auténtico significado.

Alguien ha criticado a Guénon alguna vez diciendo que repite a menudo las mismas
cosas: ante todo, ningún otro autor ha llegado a producir jamás una obra de tal
vastedad y envergadura, razón por la cual a cualquiera que tuviese un poco de
objetividad él debería aparecérsele al menos como un gigante del pensamiento; en
cuanto al hecho de que los conceptos fundamentales sean retomados en varios puntos
de la obra, ello es, además de oportuno, también inevitable, puesto que, en ese
proceder desde la periferia hacia el centro, cuando se llega al «meollo», la
multiplicidad se disipa y no se puede hacer otra cosa que corroborar las verdades
esenciales, siempre iguales, a causa de que son expresiones de la realidad pura.

*
Artículo publicado en el n° 91 de la Rivista di Studi Tradizionali.
Este volver continuamente al centro recorriendo radios diversos, constituidos por miles
de argumentaciones diferentes, representa, en el campo de la doctrina teórica, algo
similar al uso del mantra o del dhikr, formulaciones de la Verdad que se repiten
innumerables veces en los ritos iniciáticos de encantación. Con esto no queremos
decir que a lectura y la reflexión puedan suplir la actividad ritual y a todos los otros
elementos necesarios para recorrer una vía iniciática, sino que ellas implican un
continuo retornar de la mente, y un recomponerse en función de la comprensión
teórica de los principios, para arribar a lo que debería ser el uso correcto del
instrumento mental.
La exposición nunca es dogmática, sino que recorre una doble vía en la que, amén
de la exposición doctrinal pura, el razonamiento la acompaña paso a paso, aunque
dentro de los límites inherentes a su naturaleza. Se pone así en evidencia ante todo
que no exista incompatibilidad ninguna entre lo racional y lo suprarracional, cuando el
primero sea utilizado correctamente; pero también que la comprensión doctrinal teórica
es como el reflejo o la huella, en el nivel mental, de un Conocimiento de orden
superior, y precisamente en virtud de esta relación, dicha comprensión teórica pueda
constituir de una manera u otra una puerta hacia posibilidades de orden más elevado.
Se podría decir que, si por efecto del descenso cíclico, el hombre ha pasado del
conocimiento sintético al distintivo, o en términos bíblicos ha caído por haber comido
del fruto del Árbol del Bien y del Mal, que representa la dualidad, carácter fundamental
del proceso cognitivo racional, la propia razón, justamente por medio de la
discriminación entre lo verdadero y lo falso, puede constituir una posibilidad de
remontar la caída. Esta misma facultad que abandonada a sí misma trata de hacerse
autónoma, propende hacia lo bajo .y es el instrumento de la ilusión, cuando se
encuentra ordenada en función de los principios e iluminada por una sabiduría de
orden superior, puede convertirse en el instrumento capaz de disipar el error, y ayudar
a hallar el acceso a lo que será el larguísimo y dificilísimo recorrido de retorno.
Así, también en este uso tradicional de la lógica, descubrimos que René Guénon
sigue lo más fielmente posible el procedimiento vedantino: en la Mândûkya Upanishad,
y especialmente siguiendo el comentario de Shankarâchârya, tenemos en primer lugar
la demostración de la tesis de la doctrina de la no dualidad (adwaita), con el respaldo
de las sagradas escrituras (Shruti) y el examen de los significados simbólicos del
monosílabo sagrado Om. Sucesivamente la misma tesis (nunca nada ha nacido, la
realidad es sin causa, la única realidad es el supremo Brahma), se demuestra tanto
con la ayuda de las escrituras como con el razonamiento. Por último, se procede a la
demostración de las mismas verdades por medio del solo instrumento de la lógica.
* * * * * * *

Pero para restituir a Occidente la posibilidad de una reanudación del contacto con
la tradición y con las doctrinas metafísicas, era absolutamente necesaria una
importante obra de adaptación, que tuviese en cuenta tanto la forma mentis como las
condiciones generales de partida de los occidentales. De esta gran obra resultará una
summa que, con excepcional claridad sintética, traduce las enseñanzas tradicionales
tanto en el orden de los grandes misterios como en el de los pequeños misterios. En
efecto, para los occidentales sería muy difícil seguir una vía iniciática puramente
intelectual, puesto que ello implicaría cualificaciones y un grado de purificación y de
desapego que, salvo casos del todo excepcionales, muy difícilmente se hallan en los
hombres de nuestra época. Hasta en los casos, relativamente raros, en los que existe
una determinada aptitud para seguir una vía iniciática, la situación es normalmente la
de un ser cuya conciencia se halla actualmente confinada en los estrechos límites de
la condición de hombre decaído, lo cual conlleva la necesidad de un trabajo
preparatorio en un dominio en el que la acción reviste todavía una gran importancia. Al
respecto es necesario destacar como Guénon dedique copiosos desarrollos y mucha
atención a la iniciación masónica.
Volviendo al meollo del asunto que nos ocupa, encontramos por lo tanto una
exposición con puntos de vista perfectamente legítimos, puesto que provisionalmente
necesarios, relativos a los diferentes órdenes de posibilidades que constituyen el
universo manifestado y los principios universales que allí presiden. De esta manera, lo
que es inferior puede ser concebido como ilusorio en el sentido de un menor grado de
realidad respecto a lo que es de orden superior, y como ligado por una relación causa-
efecto a los principios de los cuales procede.
Pero desde el punto de vista de la Realidad absoluta no existe relación causal, no hay
ya nada relativo, se vuelve hasta impropio hablar de punto de vista puesto que se trata
de la única realidad posible. Todo lo que es limitado resulta rigurosamente nulo con
relación al infinito; no puede haber más que el infinito, y el infinito es sin partes
(considerar al infinito como suma de partes finitas sería absurdo tal como considerar a
la Realidad como la suma de todas las ilusiones); en consecuencia no puede haber
diferentes Realidades sino solamente diferentes ilusiones, y en el fondo éste es el
verdadero significado del Monoteísmo.

* * * * * * *

Nos referíamos antes a la perfecta concordancia con la enseñanza del Vedanta;


con respecto a esto nos parece particularmente significativa la conclusión del artículo
«Los misterios de la letra Nûn»*:
El cumplimiento del ciclo, tal como lo hemos considerado, debe guardar una
determinada correlación, en el orden histórico, con el encuentro de las dos formas
tradicionales que corresponden a su comienzo y a su fin, y que tienen respectivamente
por lenguas sagradas el sánscrito y el árabe; la tradición hindú, puesto que representa
la herencia más directa de la Tradición primordial, y la tradición islárnica, en calidad de
“sello de la profecía” y, por consiguiente, forma última de la ortodoxia tradicional para
el ciclo actual».

Es evidente que esta reunión se encuentra realizada eminentemente en la obra de


Guénon, la cual, en los textos que constituyen la parte fundamental de la exposición
doctrinal se apoya especialmente en la tradición hindú; mientras que fue abrazada por
él mismo la tradición islámica; recordamos que se había incorporado al Tasawwuf en
1912, a la edad de 26 años. Por otra parte, a la tradición islámica dedicó muchos
escritos y hasta la obra Le Symbolisme de la Croix podría ser considerada, en su
orientación fundamental, como un gran comentario esotérico de la sûratu-l-Fâtihat.
Si bien estas dos tradiciones asumen una importancia particularísima, puede decirse
que todas las tradiciones conocidas son tratadas y que sus elementos más
significativos son profundizados por medio del lenguaje universal del simbolismo. Así
que las enseñanzas tradicionales y las verdades metafísicas se hallan expresadas de
una manera que prescinde de las formas tradicionales particulares y en esto
constatamos otra característica que hace de la obra de Guénon un caso único y
señero.

*
L ‘accomplissement du cycle, tel que nous l’avons envisagé,doit avoir une certaine corrélation,
dans l’ordre hystorique, avec la rencontre des deux formes traditionnelles qui correspondent à
son commencement et à sa fin, et qui ont respectivement por langues sacrées le sanscrit et
l’arabe; la tradition hindoue, en tant qu ‘elle représente l’héritage le plus direct de la Tradition
primordiale, et la tradition islamique, en tant que «sceau de la prophetie» et, par conséquent,
forme ultime de l‟orthodoxie traditionnelle pour le cycle actuel».
En efecto, aunque en otros autores encontramos, a niveles diferentes, enseñanzas de
carácter iniciático y metafísico, las mismas se hallan siempre estrictamente vinculadas
con específicas formas tradicionales. Si por ejemplo quisiésemos establecer un
paralelo con Dante Alighieri, notaríamos de inmediato, entre otras cosas, que en este
caso la exposición se halla vinculada rigurosa y exclusivamente a la tradición cristiana.
En Guénon, en cambio, el estudio de las doctrinas abarca de Oriente a Occidente y,
además, la unidad fundamental de todas las tradiciones constituye un concepto básico
y uno de los elementos de demostración de la autenticidad de las enseñanzas de cada
una de ellas. Luego de estas consideraciones resulta natural poner de relieve que, así
como al comienzo del ciclo de manifestación había una Tradición primordial única, al
final del mismo ciclo hallamos una síntesis que, al menos bajo el aspecto teórico
doctrinal, unifica todas las tradiciones mostrando la Verdad inmutable que existe
independientemente de todas las diferentes formas de expresión.

Así mismo, querríamos ahora recordar un concepto que hallamos en la introducción de


El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos**:(**) «. .. estas cosas no podrán
ser comprendidas por la mayoría, sino tan sólo por esos pocos que serán llamados a
preparar, en una u otra medida, los gérmenes del ciclo futuro. Ni que decir tiene que,
en todo lo que exponemos, es únicamente a estos últimos a los que exclusivamente
nos hemos siempre querido dirigir».
En qué pueda consistir este trabajo de preparación en función del ciclo futuro es
cosa harto difícil de comprender, pero de ello se podría al menos deducir que la obra
de Guénon pudiera estar llamada a cumplir una función, podríamos decir de carácter
cósmico, inherente al paso desde el ciclo actual al ciclo futuro y deberá
consecuentemente asumir un papel fundamental en las etapas postreras del período
que estamos viviendo.
Cuándo y de qué modo podrá suceder esto es algo que permanece envuelto en el
misterio; por otra parte sabemos que «los secretos del Polo» se hallan bien guardados
y por ende sería inútil hacer conjeturas al respecto. Lo que aquí nos proponemos, es
hacer todo lo posible para defender este don tan precioso y providencial.

Bien sabemos que el propio Guénon y su obra se han visto siempre sometidos a
todo tipo de ataques de parte de esas fuerzas atribuibles a lo que él mismo llamaba
«contrainiciación». Mientras Guénon estuvo en vida, la técnica usada fue más bien la
de una especie de «conjura del silencio» y de una acción persecutoria encaminada a
volver extremadamente difícil la publicación de sus libros. Actualmente, las técnicas de
ataque se han cambiado y se basan principalmente en la calumnia, la falsificación, la
conmixtión, la utilización tergiversada de los argumentos de la propia obra. Sobre
estos fenómenos harto abundantes y ramificados no nos es posible extendernos aquí;
limitémonos a decir, para hacer al menos alusión a este importante tema, que los
detractores de Guénon podrían clasificarse en dos categorías: por una parte los
enemigos declarados; y este es el término que tenemos que emplear puesto que «la
trascendencia de la tradición» debe ser hecha o mejor mantenida «inaccesible a

**
«... ces choses ne pourront pas étre comprises par la généralité, mais seulement par le petit
nombre de ceux qui seront destinés à préparer, dans une mesure ou dans une autre, les
germes du cycle futur. II est à peine besoin de dire que, dans tout ce que nous exposons, c „est
à ces derniers que nous avons toujours entendu nous adresser exclusivement».
cualquier ataque de sus enemigos, que no debiera jamás accederse a tratar como
adversarios»***.
Por la otra parte, todos los que se declaran favorables a la obra de Guénon pero
que en realidad buscan explotarla o mejor corromperla en las más diversas formas. Se
podrá observar que quien quiere hacer valer puntos de vista particulares, individuales,
o aplicaciones especiales, incluso con referencias tradicionales de diverso tipo,
fatalmente se ve llevado a tratar de reducir el alcance de esta obra y a tratar de
circunscribirla de una manera u otra, para poder hacerse lugar a sí mismo.
Pero, de cara a la enseñanza tradicional e iniciática, todo lo que es de orden
individual debe desaparecer, para dejar lugar a un esfuerzo de comprensión de las
verdades reflejadas por tal enseñanza y de correcto amoldamiento a todo lo que ella
implica, sabiendo bien, al menos teóricamente, que, sea como fuere, habrá que
renunciar a la propia individualidad, ya que, por muy extensas que puedan ser sus
posibilidades de desarrollo, jamás podrá ser el instrumento del verdadero
Conocimiento.

***
Gallimard, 1976. «la transcendance de la tradition» debe ser hecha o mejor mantenida
«inaccessible à toute attaque de ses ennemis, qu‟on ne devrait jamais consentir à traiter en
“adversaires”».