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AMOR PEDAGÓGICO:

CÓMO DEBE SER EL AMOR DEL EDUCADOR PARA


QUE AYUDE AL OTRO A CRECER

“EDUCADORES SON AMANTES QUE NUNCA TERMINAN DE AMAR”

Aquí presentamos cualidades de un amor pedagógico y preguntas para su reflexión,


extraídos del libro El Perfil del Educador (P. Horacio Sosa Carbó y grupo de investigación
pedagógica P. Kentenich, Editorial Patris)

CUALIDADES DE UN AMOR PEDAGÓGICO

Acoger y aceptar
Para ayudar a crecer, el amor pedagógico tienen que regalar al tú una aceptación y un
acogimiento radicales y totales. Evidentemente, si no estuviera esa cualidad no sería
amor.

Sin embargo, lo acentuamos para evitar cualquier tipo de identificación superficial entre
amor y sentimiento, entre amor y simpatía. Puede ser que un educando me caiga muy
antipático, pero por eso no le voy a negar el acogimiento fundamental, radical y total de su
persona. Porque no se trata de mi sensibilidad, sino de la vida y del bien del otro. Y a ese
tú yo le tengo que regalar en primer lugar la aceptación radical de su persona, el
acogimiento de su ser, que es original y distinto a mí; el tú es una persona que además
tiene todo el derecho de sentir, pensar y opinar de una forma diferente de la mía.

En resumen, la primera cualidad del amor pedagógico es esa capacidad de acogimiento y


aceptación. Si queremos que surja en el tú una seguridad existencia! básica, hay que
regalarle esa acogida. La seguridad existencia! básica, hay que regalarle esa acogida: La
seguridad existencial es fruto de la experiencia de saberse aceptado radicalmente, aun
cuando le parezca que no lo merece.

Aceptar: “Acoger con gusto, voluntariamente”. ¿Qué significa para mí saber que otra
persona me acepta tal como soy? ¿Qué siento dentro de mí cuando me doy cuenta de
que no soy aceptado por alguien? ¿Acepto a cada uno de mis hijos o alumnos tal como
son realmente? ¿Los acepto con sus virtudes y defectos? ¿Qué sucede cuando la
persona que tengo ante mí no es simpática? ¿Considero que la aceptación de otro puede
depender de un sentimiento de simpatía?
Alegría
Otra cualidad del amor pedagógico es a la alegría por la existencia del otro. ¡Qué bueno
que existas, que estés ahí, que vivas! Si el educador no se alegra por la existencia del
educando, en el fondo lo está rechazando y negando. Es como si le dijera: "Mejor sería
que no estuvieses aquí. Sería más cómodo para mí que no existieras". Suele pasar que
nos asalten tales tentaciones; por eso hay que cultivar este factor y aspecto del amor
pedagógico que es la alegría. Alegrémonos profundamente, cuanto sea posible, por la
existencia del tú, tal cual es hoy. Regalémosle esa alegría para que tenga ganas de vivir y
se dé cuenta, desde adentro, que la existencia vale la pena. Quizás esto último les
parezca algo normal, pero hay gente que duda si vale la pena existir y seguir existiendo,
precisamente porque nadie les hace sentir que la vida vale la pena, ni les regala
aceptación y acogimiento personales, ni les demuestra que está feliz porque existan.

¿Qué experimentamos en nuestros encuentros personales con nuestros hijos o alumnos?


Si con mi conducto manifiesto indiferencia por el otro, ¿qué puedo esperar de él? Si mi
actitud es de rechazo, ¿cuál puede ser su reacción? Si él intuye mi alegría por su
existencia, ¿cuáles pueden ser sus sentimientos?

Comprensión
La existencia humana sería mucho más feliz si hubiera un poco más de comprensión.
¿Comprender en qué sentido? Primero, en el sentido de que yo ubique a ese tú en el
momento que está viviendo. Que comprenda que, en este estadio de su existencia, no
puede hacer otra cosa que lo que está haciendo. Por ejemplo, si ese adolescente no cesa
de provocarme, yo lo entenderé y calificaré de típica su acción o reacción frente a mí.

¿Qué quiere decir "típica"? Que en el fondo ese muchacho no puede hacer otra cosa; si lo
hiciese no estaría de acuerdo con la etapa que vive y hasta podría constituir un mal
síntoma: significaría que la actitud típica que omite asumir ahora quizás la asuma
después, cuando esté casado y su esposa debe comentarle a su confesor: "Padre, me
casé con un adolescente".

Comprensión, amor comprensivo, ¿significa decir que todo está bien? No señor. El amor
comprensivo ubica "Fásicamente" (permítanme el neologismo) discierne y ordena las
cosas según la fase y época del desarrollo del educando. La época tiene muchas fases.
Uno puede estar, por ejemplo, como mamá en la época de tener los primeros hijos; pasa
primero por una fase de cansancio y luego viene otra de euforia. En la misma época
puede haber distintas fases. El amor pedagógico tiene la capacidad de comprender y
ubicar los diversos fenómenos de la existencia en los momentos adecuados, para no
exigir en cualquier momento cualquier cosa. Hay que saber qué se puede esperar y qué
no se puede exigir.

Comprensión es capacidad de comprender al tú y lo que hace, ubicando lo que dice y


hace - cómo lo dice y hace- en I a fase concreta que está atravesando.
Esta comprensión no es una apología de los falsos desarrollos de la personalidad, sino
una sana defensa, por así decir, del derecho natural "fásico epocal" del adolescente. Por
ejemplo, el adolescente pone su música con un volumen que me hace doler los tímpanos,
y entonces, me enojo y hago un escándalo. En este caso, el que está mal soy yo. Porque
a ese mismo chico, a los seis años, cuando jugaba con sus camioncitos en el suelo, yo no
le decía nada. En el fondo, ahora ocurre algo similar con ese asunto de la música: está
haciendo lo adecuado a la fase y a la época; y eso es correcto. Esto no quiere decir que el
educador no pueda decir algo luego de aceptar, acoger, alegrarse por la existencia del
otro y comprenderlo. Por supuesto que puede, pero después, no primero. ¿Se dan
cuenta? La primera tentación es la corrección, meter el dedo en la llaga, mirar por abajo
pero así no se educa a nadie.

Comprender: “Encontrar justificación para los actos o sentimientos de otro” ¿Me ubico en
el momento de la vida del niño o adolescente que tengo frente a mí? ¿Me doy cuenta de
que ese ser en crecimiento vive una etapa distinta de la mía? ¿Tengo conciencia de que
lo que estoy exigiéndole está de acuerdo a su edad, intereses y posibilidades?

Paciencia
Hay otra cualidad del amor pedagógico que ustedes mismos pueden deducir a partir de
sus propias experiencias: la paciencia pedagógica. Sin ella nadie se atreve a acercarse al
"campo magnético" de la formación de personalidades, pues saldrá disparado como un
cohete. Paciencia pedagógica es la capacidad de vivir situaciones que en realidad no
deberían ser así, y hacerlo con la mayor serenidad posible, no por santidad, sino por
pedagogía. No estamos hablando en un plano moral; yo los invito a advertir esa
particularidad. Lo que estamos diciendo ahora -que no se trata de obrar con paciencia por
motivos de santidad-, lo puede decir también una atea, o nuestros hermanos
musulmanes, judíos, bautistas, etc. Se trata de la persona, la paz y la paciencia.

Si no apaciguo primero mi corazón, no transmitiré paz y voy a producir una rebeldía


crónica en el educando, precisamente porque yo estoy mal. El amor debe ser paciente,
transmitir una paz fundamental. Si el educador no tiene esta paciencia por temperamento,
puede adquirirla por entrenamiento cotidiano. La paciencia es un principio básico
fundamental de todo educador. Si no se entrena todos los días, le costará caro a él y a los
demás. Él sabe que hay que aprender a vivir, con la mayor paciencia, situaciones que en
realidad están mal, que no deberían ser así; sabe que todo ser humano tiene sus tiempos,
sus límites, por eso trata de ser prudente, de no salirse de sus casillas, y cuando se salga
de ellas, debe volver a entrar. Así me decía la rectora de un colegio en Buenos Aires:

"Padre, probé sus métodos, pero no logro dominarme a veces y me salgo de las casillas".
"Bueno, salga nomás de sus casillas, pero después, entre".

Dicho en otras palabras: "Vuelva a tenerse en la mano, demos así un ejemplo de


autodominio ambiental. Si no, todos nos pondremos nerviosos, y al final el educador
inducirá a los que él o ella no quieren: a no ser dueños de la propia existencia".
Cuál fue la última vez en que perdí la paciencia? ¿Cuál fue el motivo? ¿Cómo reaccioné
en esa oportunidad? ¿He perdido el control ante mis alumnos? ¿Qué actitudes,
situaciones, o personas me hacen perder la paciencia? ¿Cómo puedo solucionarlos?

Respeto misericordioso
Otra cualidad del educador es el respeto misericordioso. ¿Por qué hablamos de respeto?
¿Y misericordioso? Porque la persona que tiene una responsabilidad de educación,
muchas veces se enfrenta, experimenta, vive la parte más miserable del otro y no aquella
más brillante. ¿Y cuál es la primera tentación? Faltarte el respeto. Por eso hablamos de
respeto misericordioso, porque a pesar de todo lo que el educador ve que está mal, y a
veces muy mal, a pesar de ello, y no porque no lo sepa o porque no lo vea, a pesar de
ello regala su respeto al educando.

En esta categoría pedagógica del respeto misericordioso es la que, a veces, no sabemos


poner en práctica. Por ejemplo, exigimos respeto sin regalarlo primero, lo cual no puede
ser. El ser humano noble y digno, si no es respetado no respeta. Primero hay que regalar
respeto ¡Pero qué entrenamiento debe tener el educador para respetar, a pesar de todo lo
que sabe y ve! Es muy difícil; por eso ser educador es una vocación.

El respeto misericordioso despierta justamente el respeto del educando y empieza a


movilizaren su interior lo más noble. El educador regala su respeto misericordioso con
plena conciencia de las miserias que él o ella tienen, y así su actitud desemboca en el
amor enaltecedor.

Respeto la originalidad de cada uno de mis alumnos/ hijos Soy respetuoso con quienes a
los que exijo respeto? Cuáles considero como faltas de respeto en mis alumnos? Qué
faltas de respeto he tenido yo con ellos?

AMOR ENALTECEDOR
Este es el amor que levanta hacia arriba, hacia lo mejor de la persona; que incide en el tú,
en la conciencia de su dignidad, estimulándolo y dándole el apoyo existencia! humano y
necesario. El amor enaltecedor es el que mira proyectándonos hacia arriba. El pecado
crónico de los educadores es precisamente mirar a la gente "hacia abajo": mirar todo lo
malo que el otro tiene y decírselo y repetírselo para que crean cabalmente que son malos.

Pero en realidad habría que mirarlos hacia arriba, levantándolos y elevándolos con esa
actitud que Goethe subrayaba:

"Si tratásemos a la gente como ellos son ahora, los arruinamos; tenemos que tratarlos
como ellos podrían llegar a ser su creyéramos en ellos".
Así es el que eleva, levanta y atrae hacia arriba: yo no trato al tú como él lo merece ahora,
sino como él podría llegar a merecerlo si yo creyera en él; si creyera no en lo que yo veo
ahora, sino en lo bueno que hay en él y está por desarrollarse. ¿Qué actitud asumo
cuando tengo frente a mí al alumno que más trabajo me da, al que presenta mayores
dificultades?

¿Creo en él? ¿Le doy un voto de confianza? O, por el contrario ¿me desanimo y lo
desanimo, le señalo todas sus faltas y dificultades, le manifiesto mi desconfianza por lo
que puede llegar a ser en el futuro y lo rotulo con algún calificativo?