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Pensaba en los almuerzos de domingo, el jardín de mi tía, las mesas sobre sobre el césped, mi
tío en la parrilla, mi abuelo quejándose de la perra que no para de meterse bajo la mesa,
esperando atrapar un pedazo de carne asada, o pollo, o quien sabe, había días con suerte en el
que le caía una salchicha entera. Pensaba en la casa de mis abuelos, sus escaleras de madera,
sus pisos de piedra, el barco, el estudio, pero mas que nada pensaba en el cuarto de invitados.
Pensaba en el vidrio empañado por el frío de una tarde típica de quito, llena de nubes y
aguaceros, porque nunca es uno, siempre son varios. Pensaba en el piso alfombrado, el librero,
la chimenea a un costado de la cama, esa cama de dos plazas en la que los nietos hacíamos
barricadas, un auto de carreras, un tren sin frenos, trampolín, ataúd y una infinidad de cosas
que estoy seguro no puedo recordar porque ya no las puedo imaginar. Pensaba en ti, tu saco
gris, tu media cola, el pantalón en el piso, una guerra contra el frío, contra la soledad, contra el
hastío. Pensaba que ya no son tan lindos los almuerzos de domingo.