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LA NACION CLANDESTINA

Resumen
Esta película, reconocida como una de las mejores en el cine boliviano, realizada
por el director Jorge Sanjinés, plantea como tema de discusión la identidad cultural
de la nación boliviana. Narra la historia de un indígena aymara, de nombre
Sebastián Mamani, que como muchos sufre la falta de identidad producto del
desarraigo y la discriminación.
La acción se centra en que esta persona simboliza un grupo de personas
originarias, pero clandestinas ante el sistema. La historia comienza con la
migración de Sebastián a la paz , nacido en una comunidad aymara, pero
entregado desde la infancia a los patrones de la ciudad. Por haber crecido alejado
de su comunidad y habiendo sido objeto del racismo, hicieron de Sebastián un
renegado de su origen. Una vez en La Paz, Sebastián decide cambiar su apellido
de Mamani a Maisman. Las escenas que preceden a esto, narran la vida de
Sebastián entre los mestizos, que transcurre ente el servilismo a los paramilitares,
que defienden intereses antipopulares y la

degradación mediante el abuso del alcohol. En este último caso sucede el


encuentro de Sebastián con su hermano Vicente en una cantina. Este le dice que
su padre ha muerto y su madre lo requiere para cultivar la tierra. Este decide
retornar, se hace campesino y consigue una pareja, llamada Basilia. En poco
tiempo se gana la confianza de su gente y, gracias a sus anteriores vínculos con
La Paz, lo eligen jefe de la comunidad. Pero esto hace que Sebastián se
corrompa, beneficiándose personalmente de ayuda extranjera y oculta información
a la comunidad.
Al ser descubierto, Sebastián es humillado públicamente y es expulsado de por
vida de la comunidad. Arrepentido por todo lo que hizo, Sebastián decide volver a
la comunidad para efectuar la danza ancestral del Jach’a Tata Danzanti, para así
redimir sus culpas y exorcizar sus demonios identitarios. En esta danza, el
personaje principal se viste de atuendos coloridos y una máscara de diablo verde,
la cual se sacrifica por su comunidad danzando hasta morir. Sebastián expía sus

culpas con esta danza, muere por su comunidad y “retorna a la vida”.


Por qué se llama la película nación clandestina?
“La nación clandestina” es una película que no tiene orden cronológico, es más
bien una narración cíclica, donde la muerte marca el inicio, como es típico en la
cosmovisión andina. creo que lleva este nombre porque la historia se desenvuelve
en una comunidad lejos de la ciudad, del Estado , sus normas y leyes, con una
cultura propia y ancestral, con su propia forma e idea de la aplicación de la justicia.
para aclarar un poco el concepto de nación es Conjunto de personas de un mismo
origen étnico y que generalmente hablan un mismo idioma,tienen una tradición
común y ocupan un mismo territorio
En bolivia existen muchas naciones por que no todos tenemos el mismo origen
étnico y no todos hablamos el mismo idioma y no todos tenemos las mismas
tradiciones pero si todos ocupamos el mismo territorio.

USIP
Ing. Financiera

Nación clandestina

Alumno: Adolfo Aguilar

Cochabamba, 13 de noviembre de 20011

La nación clandestina y la recuperación de la identidad.

La nación clandestina es un filme cuyo tema central es la pérdida de la identidad y la


búsqueda de la misma a través de la expiación, el arrepentimiento y la muerte. A través de
la historia de su personaje protagónico, Sebastián Mamani, un carpintero (25) aymara que
regresa a su comunidad luego de haber emigrado a la ciudad e integrado las fuerzas
represivas del régimen militar en contra de su propia gente y haberse cambiado el apellido
por el de Maisman, Sanjinés recrea una narración de lo que ha sido, en términos generales,
la historia de la comunidad indígena en América Latina a partir de la colonización y
conquista del territorio por los españoles y otros europeos desde el siglo XV. (…)

En relación a la obra fílmica del cineasta, recordemos que en los últimos momentos de
Yawar Mallku, Sixto -un personaje muy parecido a Sebastián en su caracterización- regresa a
su comunidad de origen tras la muerte de su hermano para luchar por la liberación de su
pueblo. Se puede apreciar que en este caso se produce todo lo contrario, una vez que el
realizador pretende tratar otras cuestiones, ya que el protagonista de esta película, cuando
retorna a su comunidad, no puede adaptarse a ella por todo lo que ha vivido en la ciudad y
que ha cambiado su modo de pensar, a tal punto que ha olvidado las costumbres
fundamentales de su cultura, las que pretende retomar una vez muera por el bien de la
misma.

Este argumento está sumamente relacionado con la afirmación cultural que caracteriza el
cine de Sanjinés, y muestra la historia de Bolivia en una especie de revisión de lo
transcurrido en los últimos treinta años, desde la revolución obrera de 1952 hasta el pacto
militar-campesino de la década de los sesenta y los golpes de estado y represiones de los
años posteriores. Asimismo, cuestiona muchos problemas latentes en la sociedad boliviana y
en los sectores de izquierda del país, la cual es simbolizada por un estudiante solitario en la
carretera que es perseguido y asesinado por el ejército. (26)

Uno de los valores más significativos del filme es la afirmación de esa otra nación, la nación
clandestina que retrata Sanjinés. La puesta en evidencia de las cualidades de esa cultura
milenaria despreciada por muchos pobladores bolivianos, e inclusive por los propios hijos de
esa cultura, así como la recreación de los valores que tiene la comunidad y su relación con la
naturaleza, resultan elementos sumamente interesantes, y se adaptan a la cosmovisión
andina representada. Lo que diferencia a este filme de los anteriores es que se puede
apreciar claramente que la intención de Sanjinés no es solamente defender las cualidades de
la cultura aymara, sino también darlas a conocer y cuestionar el proceso de aculturación al
que es sometido el habitante de ascendencia indígena que se ve obligado a vivir en las
ciudades. (…) Visualmente, la representación de un tiempo y espacio propio de los
habitantes de los Andes se consigue por los excelentes movimientos de cámara dirigidos por
el peruano César Pérez, que ha comprendido muy bien la idea del plano secuencial integral o
andino, como también es llamado por la crítica. La película tiene 130 escenas y 136 planos,
es decir, un poco más de un plano por escena. Esto no es solamente una curiosidad de
cinéfilo, sino que tiene mucho que ver con los presupuestos teóricos del cineasta esgrimidos
en su libro Teoría y práctica de un cine junto al pueblo y que complementa con la idea de
captar la cosmovisión indígena aymara.
En un texto publicado en 1989 por el Grupo Ukamau, Jorge Sanjinés explica lo que para él
significa el plano secuencia integral: “Poco a poco se nos hizo claro qué la cámara debía
movilizarse sin interrupción y motivada por la dinámica interna de la escena. Solo así podía
lograr su imperceptibilidad y la integración espacial. Al no fragmentar la secuencia en
diversos planos, se podía transmitir un ordenamiento nuevo, un ordenamiento propio de los
pueblos que conciben todo como una continuidad de ellos. El ritmo estaría dado
internamente, por los desplazamientos de personas y cosas que, a su vez, motivan y generan
los movimientos de cámara los acercamientos, los primeros planos y los planos abiertos
integradores del grupo...” (27) Y continua diciendo: “Por todo esto para narrar la vida y
conflictos de los hombres andinos, en particular de aquellos grupos humanos como los
aymaras que constituyen un porcentaje gigantesco en la población boliviana (...) es más
propio utilizar un lenguaje cinematográfico de mayor continuidad escénica, menos
fragmentado que permita sentir la misma integridad colectiva que ellos han creado y
desarrollado como forma de resolver su relación interna y su relación con la naturaleza de la
que no se creen amos sino parte.” (28)

LA NACIÓN CLANDESTINA

Una metáfora cinematográfica puede contener varios libros de antropología. Las naciones
clandestinas que pueblan Latinoamérica se funden al calor de los siglos, se contaminan con
cautela o se repelen a pedradas. Un hombre aymara retorna a la pureza. Su existencia,
mermada por el desprecio de su origen y después por la traición, se inmola en honor de su
comunidad. Sebastián, el expulsado, ejecuta el Danzanti, una danza inmemorial que ya casi
nadie recuerda. El baile debe concluir con la muerte del ejecutante, exhausto bajo atuendos
coloridos y una pesada máscara de diablo.

“La nación clandestina” (1989) es posiblemente la mejor película hecha en Bolivia, un país donde
la expresión cinematográfica es mediana y esporádica, como sucede en buena parte de América
Latina. La formación de su director, Jorge Sanjines, fue resultado de una época donde un
importante sector de las artes tenía inculcado un compromiso político: alentar a las masas hacia
la Revolución. Con esta intención, el cine, como la literatura o la pintura, era concebido como el
hacha que rompiera el hielo de la pasividad en el espectador. En los setenta, liderando el Grupo
Ukamaru, Sanjines realizó sus primeros trabajos ensayando una visión socialista del mundo
indígena y sus problemas. La narrativa de su cine favorecía el distanciamiento antes de la
seducción del relato, y el protagonismo colectivo por encima de los avatares de un héroe.
Naturalmente, los tiranuelos de uniforme tomaron nota y el Grupo Ukamaru sufrió persecución.
Sanjines partió al exilio pero continuó realizando películas con comunidades campesinas en el
Perú y Ecuador. Tiempo después, cuando la dictadura de turno perdía fuerza, Sanjines retornó a
Bolivia con un cine igual de combativo pero con mayor complejidad formal. “La nación
clandestina”, su obra definitiva, estaba por venir. La película se realizó gracias al apoyo
financiero de instituciones de Europa y Japón, pero su factura es netamente autóctona. Con total
libertad en el guión y holgado de tiempo para la producción, Sanjines se concentró en las
contradicciones del mundo andino a través de un relato contundente y magníficamente
ejecutado.

La acción se centra en un individuo


que simboliza una colectividad originaria, pero clandestina ante el Sistema. El tema es el
desarraigo de Sebastián, nacido en una comunidad aymara pero entregado desde la infancia a
los patrones de la ciudad. Inevitablemente el haber crecido alejado de su comunidad y habiendo
sido objeto de racismo, hicieron de Sebastián un renegado de su origen. En La Paz, Sebastián
decide cambiar su apellido Mamani por Maisman, por el caché extranjero. Todo esto es evocando
en una escena, la primera de la película, en la cual los familiares lamentan el menosprecio de
Sebastián, pero reconocen ser ellos los primeros culpables.

Entre los mestizos, la vida de Sebastián transcurre entre el servilismo a los paramilitares, que
defienden intereses antipopulares, y la degradación mediante el abuso del alcohol. Es
justamente en una cantina donde su hermano Vicente, profesor de escuela todavía unido a su
comunidad, lo encuentra para darle la noticia que dará otro giro a su vida. Su padre ha fallecido
y ahora es requerido por su madre para cultivar la tierra. Entonces Sebastián decide retornar, se
hace campesino y consigue esposa. En poco tiempo se gana la confianza de su gente y, gracias
a sus anteriores vínculos con La Paz, lo eligen jefe de la comunidad. Pero el viejo trauma del
desarraigo lo hace ahora proclive a la tentación de la corrupción. Se beneficia personalmente de
ayuda extranjera y oculta información a su comunidad para impedir que esta se movilice
políticamente. Al ser descubierto Sebastián es humillado públicamente y es expulsado de por
vida. Nuevamente en La Paz, el remordimiento lo persigue, su regreso a la vida urbana está
vacío de sentido. Desesperado encuentra como único medio de expiación la antiquísima tradición
del Danzanti, que recuerda haber presenciado de niño, donde el ejecutante baila hasta la
extenuación y muere en honor de su comunidad. Con una enorme máscara a cuestas, cual
Cristo con su Cruz, Sebastián emprende su retorno final al orígen, atravesando un país
nuevamente agitado por golpes de Estado y persecuciones políticas.

“La nación clandestina”, una


producción de bajo presupuesto, de actores no profesionales y con más de la mitad de los
diálogos hablados en aymara, fue todo un éxito de crítica y público. Al otro lado del charco, en
Europa, el jurado del Festival de San Sebastián la premió con la Concha de Oro. Mientras tanto
al interior de Bolivia, el propio Sanjines la proyectaba en escuelas y plazas.

Además de su argumento envolvente que logra la identificación de un público comúnmente


ajeno al cine, el pueblo aymara, “La nación clandestina” se destaca por ser experimental en lo
formal, en el afán de aproximarse al arte del cine desde una visión indígena. La noción andina
del tiempo donde los sucesos no acontecen en línea recta, sino como parte de un devenir cíclico;
y su memoria colectiva, que no organiza los recuerdos en orden cronológico, encuentran
correlato en la estructura del film mediante la alteración de los tiempos. Mientras la mitad del
film transcurre, el último viaje de Sebastián hacia su comunidad; la otra parte, las razones y la
experiencia del desarraigo, transcurre entremezclada. Cada escena es mostrada mediante lo que
Sanjines llamó “el plano secuencia integral”, tomas largas sin cortes que abarcan diferentes
acercamientos y ángulos, integrando a los personajes con su medio y evocando la colectividad
andina. Si bien estos recursos no son invento nuevo, resultan sorprendentes por su armonía con
este relato de contradicciones. “La nación clandestina” juega con varios extremos, el aislamiento
y la aculturación, el bien común y el destino individual, pero el más provocador es quizá el paso
del ser alienado a conformar parte de una memoria colectiva.
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