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EL PARTIDO REVOLUCIONARIO:

EL REFERENTE QUE NO CUAJA (I)

Alma Negra

La dispersión, fragmentación y atomización de la izquierda revolucionaria chilena es un


hecho conocido y presente en cada análisis político, llamamiento o propuesta que surge
del sector. No existe colectivo, organización, proto- organización, partido o piños que
no reconozca el hecho, y que a continuación no se pronuncie "por la necesaria unidad
de los revolucionarios". Los intentos de avanzar en esta línea, desarrollados desde
diversas vertientes políticas desde fines de los años 80`en adelante son incontables. Tanto
como los fracasos. Coordinaciones, Comités de Unidad, Frentes, Partidos Federados,
Bloques, y otras herramientas similares se han generado logrando efímeros acuerdos que
se disuelven a poco andar.

Quienes fuimos alguna vez militantes del MIR y hoy participamos de otras
organizaciones, reflejamos y resumimos la dispersión que no es distinta a la situación de
quienes fueron militantes del FPMR, de sectores consecuentes que alguna vez militaron
en el PC, o la de los militantes del MAPU Lautaro. Y pongo el ejemplo de militantes
que adhirieron a un Programa de Revolución Proletaria, a una Estrategia de Guerra
Popular, a una concepción de Partido de Cuadros. Baste decir que hoy existen ex
miristas en el PPD, en el PS, y en numerosas organizaciones de la llamada "izquierda
extraparlamentaria", izquierda "desconfiada" o similares, amén de partidos que se
reclaman continuadores del MIR. Tampoco es diferente las experiencias militantes de
quienes fundaron en los años 90´organizaciones nuevas organizaciones políticas que
tampoco lograron superar la dispersión, manteniéndose algunas de ellas tras fracturas y
quiebres que a su vez dan nacimiento a nuevos agrupamientos. En principio, nadie duda
teóricamente de la necesidad de la unidad. Incluso del recurso leninista de marchar
separados pero golpear juntos. Y sin embargo ni eso logramos. Ni siquiera avanzar entre
organizaciones que sustentas principios similares.

Los últimos meses hemos asistido a nuevos procesos de quiebres y reagrupamientos,


algunos de ellos debatidos agresivamente hasta en Internet, tanto como los Congresos
unitarios o nuevas coordinaciones que ya sabemos duraran algunos meses para
desplomarse una vez más. Las características de estas organizaciones son su escasa o
nula relación con fuerzas sociales reales, sostener principios y criterios políticos muy
generales, escasa capacidad para realizar análisis de la formación social y acceder a un
conocimiento más certero de las fuerzas sociales , y una práctica localista ligada al
asistencialismo, a la lucha reivindicativa que no logra politizarse, y en general con un
tipo de militante más agitador y propagandista que constructor de fuerzas y al privilegio
de una práctica política que apunta más al acuerdo político cupular, a la maniobra, que
al proceso de debate y construcción real de fuerzas conscientes, que en definitiva está
más preocupada de ganar un puesto en una federación, centro cultural u organización
social a que la organización concreta asuma “la política revolucionaria”. Mas ruidos y
fuegos artificiales que fuerzas reales construidas. Los puntos de contradicciones entre las
organizaciones, no son distintos a los temas que sacuden a la izquierda a escala
internacional, y que en muchos casos son debates y contradicciones que se arrastran
desde la aparición del marxismo y el Manifiesto del Partido Comunista, conflictos
agravados tras el desplome de los llamados socialismos reales, las derrotas a escala
mundial del ascenso revolucionario de los años 60 y 70, y la contrarrevolución mundial
desatada por las fuerzas imperialistas y burguesías locales extendida hasta el día de hoy
con episodios de resistencias locales y reinstalación de proyectos reformistas
particularmente en América latina bajo la caratula de “Socialismo del siglo XXI”. Los
temas en debate son muchos: Reforma o revolución; proyectos nacionales o ser parte
desde un proyecto o corriente a escala internacional; parlamentarismo o acumulación
de fuerzas fuera y en contradicción con el escenario político legal; lucha reivindicativa o
lucha política, lucha reivindicativa o asistencialismo, lucha legal o todas las formas de
lucha, lucha armada como centro, lucha política como centro, lucha reivindicativa como
centro. Estrategia de lucha por el poder de tipo insurreccional, estrategia
parlamentarista, estrategia de guerra irregular. Desprendiéndose de lo anterior Partido
o Movimiento, Partido de masas o Partido de cuadros. Centralismo Democrático u
horizontalidad. Sin embargo, otros elementos que están presentes en la incapacidad de
avanzar en procesos unitarios o de convergencia, son las prácticas concretas, las
confianzas o desconfianzas que generan los actores políticos concretos y un mundo de
subjetividades presentes en estos procesos. Desde este blog nos proponemos ir
abordando el tema de la unidad de los revolucionarios en diversos artículos, y nos parece
que el texto de Reinaldo Troncoso, del MCR publicado por Rebelión el año 2008 sigue
siendo en lo sustancial, un buen punto de partida en el debate. El cinismo, la mentira y
la izquierda revolucionaria en Chile.A los hermanos de ruta, a los compañeros de
historia, a mis camaradas: a los revolucionarios. Hace ya mucho que la izquierda y los
revolucionarios fuimos derrotados por nuestros enemigos de clase. Y hace ya tiempo
también, que la izquierda y los revolucionarios nos empeñamos por superar esta derrota
e iniciar nuevamente un proceso de reconstrucción orgánica, de rearme ideológico y de
recomposición moral. En función de esta necesidad histórica, nos servimos de la
experiencia y del legado moral que las generaciones anteriores nos dejaron como
lecciones de consecuencia, entrega, combatividad, heroísmo y compromiso
revolucionario. De este pasado extraemos los valores y principios que sostienen y dan
posibilidad de futuro a nuestra lucha, y desde estos valores, hacemos los esfuerzos por
levantar la estructura que sea la fortaleza de nuestras ideas y de nuestra práctica de clase.
Sin embargo, hace ya mucho también que, los valores del enemigo se han hecho parte
del acervo cultural de gran parte de esta izquierda y por lo mismo, los empeños que se
invierten para remontar la lucha revolucionaria se retrasan y nuestros objetivos se
vuelven una y otra vez a postergar en el tiempo. En casi 20 años, hemos ensayado cientos
de fórmulas para salir del atolladero. Están como experiencia, desde los círculos de
estudios y formación, pasando por los colectivos sociales y políticos, hasta repitiendo
más de una vez la idea de los frentes y la organización de partido. Casi inexcusablemente
nos hemos sentido necesarios y hasta imprescindibles en aquellas dinámicas. Nos parece
por lo tanto, muy justo, valorar y considerar como un gran y significativo aporte, cada
uno de los esfuerzos realizados en estas casi dos décadas de subsistencia política. Parte
de los años ochenta, todos los años noventa y los ya dos tercios recorridos de la primera
década de este nuevo siglo, se pueden caracterizar como un periodo copado de muchos
y variados esfuerzos que en lo fundamental apuntaron a retomar la iniciativa estratégica,
pero, lamentablemente sobre un escenario vacío de los principales antagonistas: la clase
obrera y el pueblo. Una pequeña franja de jóvenes acompañados de unos pocos ex
militantes, constituyeron la nueva fuerza de luchadores que, enfrentaban como realidad
un modelo económico en crisis, pero, funcionando dentro de estructuras de dominación
política ya suficientemente consolidadas; además de situarse al frente de una clase
dominante unida estratégicamente y con una gran capacidad de administración, que les
hizo posible prolongar hasta hoy las dificultades estructurales del modelo y su colapso.
Este será el contexto que en primer lugar hará inoperante la retoma de la iniciativa. El
reflujo social y político, no pulsado con rigor por esta nueva generación, significó
profundizar los niveles de atomización a esta izquierda consecuente y a los
revolucionarios, aislándonos aún más de las mayorías que ya habían encaminado su
rumbo por los senderos del consenso burgués. LOS CAMINOS HACIA EL
PANTANO Las ofertas culturales del capitalismo encontraron su terreno fértil en los
fenómenos de atomización orgánica, fragmentación social y dispersión ideológica de los
sectores obreros y populares, incluidos en estos, obviamente, la izquierda y los
revolucionarios. Difícilmente los pequeños grupos que enfrentaban de manera activa al
sistema, podrían mellar con sus acciones al contenido atrayente del “bienestar”
consumista, al afán individualista y a la alienante competencia dada para complacer el
arribismo social que había inoculado el sistema en cada una de las cabezas
“ciudadanas”. La marcha por el endeudamiento y por el sobre endeudamiento ya se
había iniciado en la década de los setenta y en los ochenta las tarjetas de crédito lucían
brillantes hasta en las billeteras de muchos militantes de la izquierda anti-sistémica. Las
justificaciones para legitimar tamañas novedades iban y venían del mismo modo que la
Concertación justificaba la interminable “transición” a “la democracia”. La nueva
fuerza, intentaba ser un baluarte de justicia frente a las mentiras y falsas promesas de los
sectores dominantes, y su rechazo ético al sistema que tenía como contraparte la moda
del pragmatismo político, la convertía en una izquierda marginal y distanciada de los
espacios ocupados por las mayorías que, sólo ponían atención a las ofertas del gran
capital financiero internacional. Difícilmente esta franja de revolucionarios pudo quedar
libre de alguna contaminación ideológica burguesa, sobre todo en las condiciones de
auto-“marginalidad” que asume. La identidad que se busca rescatar, definitivamente se
altera o se pierde, cuando sin darse cuenta abre espacio en su seno, a todo un andamiaje
conceptual dentro del cual la idea de diversidad, se constituye en un importante eje de
desarrollo ideológico que, la propia clase dominante había elevado como la propuesta
preferente de su consenso inter-burgués. Colocada en una situación de minoría; sin
contar con espacios amplios de gravitación social; sin el ejercicio del debate al interior
de una ausente clase obrera independiente y activa, crítica y con capacidad de control
moral; sin la oportunidad de confrontar las ideas de cara a los acontecimientos
históricos. En definitiva, esta izquierda revolucionaria minoritaria, se enreda y confunde
con sus auto-referencias y sus “verdades propias”, perdiendo así el norte dialéctico de su
dinámica, para finalmente caer cautiva de marxismos sui generis que, han resultado
altamente nocivos y hasta contrarrevolucionarios en sus premisas. La constatación que
se advierte y que resulta dialéctica en su naturaleza, es que no será posible constituir a
la clase para sí, sin la existencia del instrumento organizador, educador y conductor de
los trabajadores y el pueblo: el Partido Revolucionario. Así también, no será nunca
posible sostener en el tiempo la naturaleza revolucionaria del Partido de la clase, si no
se cuenta con una Fuerza Social Revolucionaria activa y que desarrolle un protagonismo
transformador en los ámbitos políticos, económicos y sociales. Esta retroalimentación
entre partido y masas será la condición que allane el proceso de acumulación de fuerzas
y le devuelva a las masas su soberanía y poder político. Lo que ahora está dado, es una
frágil voluntad por dotar a la experiencia militante, de los conocimientos y de los
principios que den consistencia y rigor científico a la tarea de edificación del polo
revolucionario y que sea alternativo en todos los sentidos al bloque dominante. Para
entendernos, haremos un recorrido temporal sucinto, a las fases de desarme de la
izquierda revolucionaria, y él como hemos caído en el actual momento de
descomposición que arrastramos ya desde hace dos décadas, y que han acentuado la
crisis del campo popular y prolongado en el tiempo el vacío de conducción
revolucionaria:

1. A fines de los años 80 la crisis de la izquierda deriva en a lo menos tres situaciones


negativa que instalan una correlación de fuerzas desfavorable para los sectores
dominados y serían las siguientes: o Capitulación y subordinación de un sector
importante de la izquierda al proyecto de la oposición burguesa. Año 86-87. El Partido
Socialista Almeyda, se integra a la “Alianza Democrática” y arrastra al Partido
Comunista a la demanda de elecciones libres, legitimando con ello el itinerario político
diseñado por el Departamento de Estado Norteamericano, para el término de la
dictadura y que llamaron “Acuerdo Nacional”. o El Partido Socialista, el Partido
Comunista y el equipo de Alianzas del MIR, deciden cancelar la experiencia del
Movimiento Democrático Popular (MDP) en el intento de posibilitar un acuerdo
político con la “Alianza Democrática” (Mesa Política Privada) y deciden el impulso de
“Las Mesas de Concertación” sustituyendo con ello a “Las Coordinadoras de Masas”
que tenían un carácter más ofensivo y rupturista y que expresaban un protagonismo más
directo de los sectores sociales. Se abandona al nivel cupular, la lucha democrática
independiente y se reflotan en el PC y PS las viejas concepciones reformistas,
estimulando a los sectores sociales a que se subordinen a la táctica burguesa opositora
que levantó como referente central un organismo cupular que llamaron “La Asamblea
de la Civilidad”, instrumento que asume como tarea, encabezar las negociaciones con
el instrumento pro-gobierno, “El Acuerdo Nacional”. o Como resultado del abandono
de la lucha popular independiente, se comienzan a manifestar fisuras en la izquierda y
en los sectores revolucionarios. Este proceso deriva en una crisis generalizada que
termina produciendo la división de los partidos cuya expresión se traduce en la
generación de un polo reformista y otro revolucionario. El reformismo se realinea
sumando además en esta iniciativa a la militancia escindida de los sectores
revolucionarios. En el intento de disputarle la influencia a la oposición burguesa,
constituye para la ocasión el partido electoral PAIS, que representó el absoluto divorcio
con los objetivos históricos de la izquierda e incluso con los objetivos de clase del
reformismo obrero de antaño. Son entonces, las profundas debilidades de los
revolucionarios y las explícitas posturas capitulacionistas y conciliadoras del reformismo
de izquierda, los que posibilitan la derrota ideológica de los sectores obreros y populares,
que se sumará a la ya consumada derrota político-militar de la franja revolucionaria. El
reflujo comenzado a mitad del año 1986 (año decisivo) con el aborto de la táctica del
“Alzamiento Democrático de Masas” y la consiguiente frustración que significó para los
sectores más avanzados en conciencia, devino en un fuerte y negativo impacto moral
para la resistencia obrera y popular. El importante, significativo y provechoso estado de
cohesión ideológico que se había logrado a lo largo del proceso de acumulación de
fuerzas en el desarrollo de la lucha antidictatorial, se eclipsa de modo abrupto y
comienzan a operar con respecto a las condiciones objetivas, formas de ver y entender
los hechos que difieren radicalmente de los análisis marxistas de la realidad; por lo tanto
se pierde la visión científica acerca de los acontecimientos. Las lecturas de la realidad,
comienzan a tener en el seno de la propia izquierda revolucionaria un sesgo unilateral y
absolutamente relativo, lo cual dio para que algunos intelectuales y líderes se rindiesen
acríticamente al proyecto burgués opositor a la dictadura. Tales ejercicios intelectuales
que van incidiendo en la experiencia práctica de los militantes, determinan el
fortalecimiento de la renovación socialista, que en algún momento se batió en retirada,
pero que dada esta crisis irrumpe con nuevos bríos, hermanada a sus nuevos camaradas
ideológicos: los miristas y comunistas renegados. Sin constituir estos sectores un bloque
único, se identifican con el discurso de ir valorando al interior del campo obrero y
popular la democracia burguesa, y arriban a entenderla como un sistema justo, neutral
y sin apellido de clase, legitimándola como opción política. La atomización se extiende
como fenómeno político y social y la dispersión ideológica va dividiendo y
subdividiendo a los revolucionarios, haciendo que en los pequeños grupos “el tuerto en
el país de los ciegos se convierta en rey”.

2. Fukuyama y el postmodernismo se perfilan como la moda intelectual de los 90. Con


el derrumbe del socialismo real, muchos de los pensadores de la izquierda ya centrista o
ya reformista involucionan, comienzan a confesar culpas y reniegan de sus principios
para compartir la misma mesa con el enemigo de ayer. En el campo revolucionario las
visiones autonomistas y el caudillismo empiezan a erosionar los cimientos valóricos; al
punto de convertir muchas experiencias orgánicas en los “laboratorios de
experimentación” de los complejos psicológicos de militantes seducidos por los afanes
de figuración personal. Con justa razón se entendió el surgimiento de los colectivos,
como la forma más genuina de la crisis y derrota de la izquierda y los revolucionarios,
esta forma de organización representó el estado concreto de la atomización en el que
había caído de manera lamentable la izquierda reformista como revolucionaria. En los
colectivos, que aparentaban las maneras democráticas con su horizontalismo a ultranza,
es en donde más patente quedó el profundo grado de distanciamiento y divorcio de la
izquierda con las grandes mayorías. En los colectivos, la izquierda y los revolucionarios
nos mentíamos un papel de vanguardia y liderazgo que no poseíamos y que
engañosamente nos iba ovillando hasta hacernos mirar nuestro propio ombligo. Los
nuevos dirigentes y líderes, particularmente los elementos más jóvenes, desarrollan su
rol y responsabilidad con un déficit significativo de preparación teórica; es más, muchos
de ellos asumen la cruzada de descalificar todo esfuerzo que tienda a explicar los hechos
desde una plataforma analítica. La soberbia y arrogancia caracterizaron en muchos
espacios de encuentro de la izquierda, la conducta y actitud política de los militantes
organizados en colectivos. El desprecio y rechazo a los militantes que intentaron una
postura de evaluación intelectual de lo coyuntural, fue una conducta recurrente, el
intento de análisis simplemente fue tratado como un ejercicio inútil, “pajero” y denso
frente a opciones de naturaleza voluntaristas, espontaneístas y que sus actores
reivindicaron como lo único válido, en tanto se trataba de una práctica de
enfrentamiento directo con los aparatos represivos en la lucha callejera.

3. LUCHAR, LUCHAR, PERO SIN OBJETIVOS CLAROS Lo antisistémico,


sintetizó el voluntarismo colectivista de casi dos décadas. A finales de los 80 y toda la
década del 90, al margen de todo análisis e indiferentes de donde estaba situada la
mayoría, se yerguen en la escena política nacional cientos de átomos políticos y sociales
que pretendieron dar cuenta de los antagonismos de clase, paradójicamente soslayando
el sentido y análisis de clases de tales enfrentamientos. Sin duda que el marco de fondo
apuntaba a las falsas promesas, al populismo y demagogia de la clase dominante, que
rápidamente había homogenizado sus intereses y que ya caminaban orientados por el
“Consenso de Washington”. El radicalismo de la nueva generación, no hilaba ni
pretendía hilar fino. Para estos actores políticos y sociales, todo olía a podredumbre y lo
único que restaba era la acción directa de masas, aunque sin masas. La consigna que
reflejaba este ánimo la construyeron el año 96, los estudiantes universitarios de la
USACH: “Si las calles arden es porque aquí no ha cambiado nada”. Sin embargo, siendo
razonable lo que esta consigna resumía, lo que no se entendía a nuestro juicio, era la
relación dialéctica y directa entre la derrota y la superestructura ideológica del régimen,
erigido para conducir la nueva etapa del Estado burgués. En este sentido, el nuevo
liderazgo revolucionario, pierde de vista al Estado como el instrumento desde el cual la
burguesía proyecta su dominación en el terreno de las ideas, y lo ven como un factor
pasivo que no produce ni concentra la dominación, de ahí que no se sienta la urgencia
ni la obligación de elaborar un programa que represente una concepción integral de
sociedad y que nutra teóricamente las aspiraciones populares del momento, respecto de
posturas como estas Lenin nos dice que: “La lucha por arrancar a las masas trabajadoras
de la influencia de la burguesía en general y de la burguesía imperialista en particular, es
imposible sin una lucha contra los prejuicios oportunistas relativos al "Estado”1, es
bueno señalar que el contexto de las postrimerías de los 90, se muestra como la etapa de
mayor dispersión ideológica en el seno de la izquierda y los revolucionarios. En este
tiempo, en muchos colectivos comienza a cobrar fuerza la crítica al partidismo, se
reivindica como más legítima la militancia social y de manera progresiva se va
instalando una suerte de gremialismo de izquierda que; establece una dicotomía entre lo
social y lo político e irrumpe con el discurso del autonomismo social y la idea de
diversidad como negación a la homogeneidad de clase. El nuevo liderazgo comete el
error de ver y sentir como enemigo a las políticas (las agendas), a los planes coyunturales,
a las medidas temporales que toma la burguesía para resolver sus problemas y proyectar
sus intereses. No logra ver el conjunto de factores que intervienen en la lucha de clases
y que configuran en la historia el reflejo estratégico de su poder e intereses. De ahí el
carácter cortoplacista que tuvo todo el accionar de la izquierda y los revolucionarios a
finales de los 90, justamente porque no estaba entendido el rol del Estado aún en
condiciones de democracia burguesa formal. Lenin nos recuerda desde el marxismo que:
“EI Estado es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las
contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que
las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la
existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son irreconciliables”2.
La verdad es que en esta década se instaló un negativo fenómeno, que convirtió los
espacios políticos y sociales en terrenos tremendamente áridos para el desarrollo del
debate y la discusión, con la altura de miras que se precisaba para momentos tan
adversos y complicados y que conformó la etapa más característica del reflujo de la clase.

1
Lenin. V.I. “El Estado y la Revolución”. Pág, 2. Ediciones en lenguas extranjeras. Pekín 1975. 1ª edición 1966.
2 Lenin. V.I. “El Estado y la Revolución”. Pág, 7. Ediciones en lenguas extranjeras. Pekín 1975. 1ª edición 1966.
A mitad de los 90 se va configurando un estado de miseria intelectual que nos permitiría
hablar del comienzo de un analfabetismo cultural, situación que precisamente pone la
ciencia a larga distancia de la práctica política y social. La inteligencia es exiliada
institucionalmente de las universidades y de aquellos espacios que la hicieron en un
momento su hija predilecta y legítima; como eran los medios de comunicación social y
las tribunas de los centros de estudios e investigaciones; de paso se le niega hospedaje en
los sindicatos y en las organizaciones populares. En este periodo, la inteligencia no contó
en el mundo obrero con aliados, como si los tuvo en los comienzos del siglo XX con
Luís Emilio Recabarren, Elías Lafferte y tantos excelentes autodidactas del campo de
los oprimidos, que la cultivaron y le dieron un lugar privilegiado en la marcha de los
humildes hacia el saber y en la conformación de la conciencia de clase. Mientras la
mayoría de los viejos militantes se divorciaba de su matriz teórica, para incursionar en
muchos casos en terrenos idealistas, los jóvenes de los activos políticos, también en su
mayoría despreciaban el intelecto y combatían en el ejercicio político la necesidad de
estudiar, reflexionar y debatir a la luz de grandes ideas. Hacer el intento por sistematizar
los recorridos históricos, sintetizar la experiencia o analizar el básico estado de las
relaciones sociales, era necesariamente un enfrentamiento aparentemente generacional
porque, este intento a favor del pensamiento y del desarrollo del pensamiento, era
insultado como anacrónico, como desfasado o simple y vulgarmente tratado de “paja
mental” por gente que supuestamente nos quedamos en el pasado. Al abrigo de estas
circunstancias, los viejos y los nuevos militantes participamos e hicimos nuestras
experiencias, y cada uno llevó la impronta de estos prejuicios y las distorsiones de querer
avanzar sin la referencia teórica que, nos posibilitara orientar y ordenar nuestra marcha
como explotados y oprimidos del capitalismo. En algún momento se asumió una suerte
de acuerdo tácito, que en los espacios de discusión soslayaba recurrentemente los temas
estratégicos, argumentándose que estos no nos acercaban y que por el contrario eran
causa de división y retraso en la unidad. Esta posición que compartían muchos
colectivos, cada día que pasaba era desmentida como una falsa postura y quedó
demostrado que a la postre, tales argumentaciones, no fueron más que la gran
justificación y el gran pretexto que utilizaron los caudillos para mantener a toda costa
sus pequeñas propiedades o capillas político-ideológicas. Tarde nos dimos cuenta que la
omisión de los grandes temas de fondo o estratégicos, nos condenaba a una eterna
postergación del proceso de reconstrucción orgánico, el rearme teórico y el desarrollo de
la conciencia de clase. Obviamente, censurada esta discusión, los diferentes colectivos
y/o pequeños partidos de la izquierda y los revolucionarios, nos estábamos negando la
incorporación en el debate y la discusión, de toda la base científica desde la cual podía
edificarse nuestra concepción del mundo y de la historia. Mientras el enemigo
consolidaba sus formas de dominación, inyectando en cada tramo de sus aplicaciones
prácticas, la mayor cantidad de elementos “científicos”, aún cuando tales premisas se
correspondiesen con las corrientes teóricas más unilaterales en la forma de explicarse los
fenómenos de la realidad: Aún cuando, los modelos epistemológicos no superaran las
nociones del empirismo, el sensorialismo y toda suerte de familiaridad argumentativa
con el neo-positivismo. La clase dominante fue capaz de imponernos un “Consenso de
Washington” que volvía a poner de pie los esquemas conservadores de la propiedad
privada de los medios de producción, esta vez, sobre la base de una consistente
revolución tecnológica de la cibernética y la informática, avances extraordinarios con
los cuales se respalda toda la dinámica financiera y especulativa del gran capital
imperialista. Así las pequeñas y grandes batallas del capital financiero internacional por
una holgada hegemonía en el planeta, contó a cada momento, de una gran asistencia
técnica e intelectual que hizo su juego seguro y exitoso. En estos casos, el ítem “asesoría”
no pudo estar ausente de ningún presupuesto que pretendiera el financiamiento de
cualquier estrategia de poder. De este modo, la clase dominante cubre todos sus espacios
de planificación, con grandes y afiatados equipos de tecnócratas que a su vez se
constituyen en sus representantes políticos. Al revés, en el campo popular, los actores
orgánicos, desmerecían la labor de los intelectuales y asumían la lucha callejera como el
único resorte de reconstrucción posible. CUANDO LA RAZÓN NO NOS ASISTE La
década de los 90 que pudo ser un periodo de aprendizaje de lecciones históricas, un
momento de autocrítica y de corrección de los métodos de construcción, un momento
de análisis y profundización teórica; lamentablemente se convierte en una etapa de
autodesarme, de divisiones y subdivisiones, de fragmentación social y de dispersión en
el plano de las ideas. Pero también, se convirtió para las nuevas generaciones de activos
políticos y sociales, en un momento de ruptura con todo aquello que les pareciera causa
de la derrota. Los militantes de los 60 y de los 70 no fuimos capaces –según ellos- de
tomar el cielo por asalto y heredarles una sociedad nueva en la cual volcar todo su
ímpetu imaginativo y creativo y el gran reproche que se instala, es que fuimos
demasiados intelectuales y poco prácticos en el terreno de la lucha por el poder. Que
particularmente los partidos de la izquierda revolucionaria, gastamos demasiado tiempo
y energía en elaborados diagnósticos; pero, nos hicimos incapaces e impotentes para
imponer revolucionariamente el remedio que nuestras sociedades necesitaban. La nueva
hornada de jóvenes izquierdistas, ponen en entredicho, no sólo los métodos de lucha,
no sólo el modelo orgánico, sino algo mucho más importante: la teoría revolucionaria.
En razón de estos cuestionamientos, se abren grandes flancos de crítica al marxismo,
particularmente a lo que se supone, sería su variable stalinista. Es aquí donde el
postmodernismo arremete con sus juicios escepticistas y poniendo el acento en la
derrota, logra legitimar y justificar las visiones del radicalismo pequeño-burgués que
posibilita el desarrollo de expresiones orgánicas seudo-anarquistas, que extrañamente
conocen poco de Max Stimer, Proudhom, Bakunin, Malatesta, Kropotkin. Esta
generación expresaba aversión al ejercicio intelectual, por lo mismo construyen sus
argumentaciones con lecturas fragmentarias y desarrollan clichés sub-culturales que se
asientan fundamentalmente en la irreverencia como conducta o comportamiento social.
Junto con el advenimiento de la Concertación como coalición de gobierno, el terreno de
la izquierda y los revolucionarios, por los varios factores que ya hemos señalado en esta
reflexión, como ya lo dijimos, se muestra como un espacio árido. Con una clase obrera
y con amplias capas populares inmersas en un reflujo social y político profundo, atentos
sólo a los cantos de sirena de la clase dominante. La vieja y nueva militancia queda
reducida a pequeñas organizaciones, que más se asemejan a las estructuras de círculos
de discusión política en tiempos de derrota. Es en estos espacios donde comienzan a
cultivarse las desviaciones ideológicas, las trancas morales y los prejuicios que hacen
crecer la desconfianza hacia uno u otro colectivo que se entienda como el rival o
competidor, dentro de un falso proceso de acumulación de fuerzas que, precisamente
por su naturaleza falaz, no convierte a ninguna de las orgánicas en la vanguardia
revolucionaria que pretenden ser. Desde entonces a esta parte, la experiencia de la
izquierda revolucionaria ha sido un permanente ciclo de encuentros y desencuentros,
fusiones y divisiones que validan y confirman una y otra vez la egolatría y el
personalismo enfermizo de los caudillos o “patrones de fundo” de las pequeñas capillas
ideológicas. Ellos se nutren de las descalificaciones, de las injurias y vilipendios que
lanzan contra aquellos militantes que les “roban protagonismo” o que demuestran ser
más consecuentes, más capaces y más ejecutivos que ellos en la realización de las tareas
revolucionarias. Estos caudillos que han surgido bajo el amparo de las debilidades de la
izquierda y los revolucionarios, bajo la atmósfera de mediocridad que despliega la
decadencia valórica del capitalismo, ellos y sus acólitos no sólo han retrasado los
procesos de reconstrucción orgánica, de unidad estratégica de los revolucionarios, sino
que peor aún, premeditadamente se han propuesto enturbiar los vínculos básicos de
relaciones y acuerdos, desde los cuales se pueden trabajar las confianzas políticas para
avanzar hacia propósitos de acumulación y crecimiento de la influencia de los
revolucionarios en el seno del pueblo. Es mucho ya el tiempo y son muchos los años en
que han operado como si fuesen una quinta columna del enemigo. Muchas veces su
conducta política ha resultado mucho más dañina que las tareas de zapa de los agentes
del enemigo, y siguen en nuestras filas sin que ninguno, hasta hoy, hayamos tenido la
capacidad de neutralizarlos o derechamente expulsarlos de las filas revolucionarias. NO
ECHAR LA CULPA AL EMPEDRADO Hoy nos hacemos testigos de la reactivación
social de algunos sectores de trabajadores y de algunos sectores del pueblo. Son sin duda,
aquellos sectores que más contradicciones tienen con el modelo, y la lucha que han
emprendido es una lucha valiosa, importante, pero de naturaleza economicista. De
ninguno de los enfrentamientos dados, podemos rescatar un trasfondo político que
cuestione los pilares de sustento del modelo y que serían el origen de los problemas por
los cuales se movilizan. Aun cuando algunas orgánicas políticas, quieran ver en estas
expresiones de protesta y descontento, un giro en las condiciones subjetivas y declarar
que la lucha reivindicativa actual, se acompaña de un avance en la conciencia de clase
de estos actores sociales, y que nos encontramos a las puertas de un nuevo periodo de la
lucha de clases, pensamos hay una gran equivocación. Si bien estas dinámicas tienen
niveles satisfactorios de organización y cuentan con liderazgo social, no es menos cierto
que, tanto la organización como su liderazgo, manifiestan como contenido una
demanda social de carácter sectorial, que precisamente, no asume el conjunto de
problemas económicos, sociales y políticos que de ser tomados en cuenta, daría lugar a
una plataforma más integral de lucha democrático-popular, y que reflejaría por lo tanto,
un estadio mucho más elevado de conciencia. Frente a estos embrionarios niveles de
reactivación social, está presente otra realidad, pero que se plantea desde su ángulo
negativo: el vacío de conducción revolucionaria. Si bien el enemigo de clase cumple con
su cuota de causal en esta situación de debilidad y dispersión de los revolucionarios,
también es real que otras causas y otros factores que condicionan la existencia de una
dirección revolucionaria, se encuentran en nuestras propias filas. En este sentido, es
bueno agudizar el sentido político y darnos cuenta que en nuestras propias
organizaciones puede estar solapadamente presente el reformismo obrero o pequeño–
burgués; puede estar el defensismo de izquierda, cuyas posturas centristas, se enuncian
al interior de las organizaciones con postulados vacilantes que postergan
permanentemente las tareas revolucionarias, so pretexto de que las condiciones objetivas
nunca están maduras para la intervención de los revolucionarios; y el radicalismo
pequeño-burgués que a diferencia de los defensistas, proclaman coyunturalmente
posturas ofensivas y radicales, pero que están carentes de finalidades programáticas y
objetivos estratégicos. En esta última concepción, nos encontramos con los elementos
más perniciosos en cuanto a las desviaciones ideológicas que se manifiestan en nuestras
filas. El radicalismo pequeño burgués suele ser por razones de extracción social, una
tendencia de características negativa y peligrosa en la organización revolucionaria, por
su afán de poder y de control de la estructura orgánica y en razón de una auto-percepción
mesiánica, que pone en duda la capacidad teórica y política de conducción de aquellos
militantes que no participan de su camarilla y de su política de pequeño círculo al interior
de la organización revolucionaria; legitimando de este modo y en los hechos el
fraccionalismo y la conducta tendenciosa solapada, encubierta, y que atenta
permanentemente contra el Centralismo Democrático. Despliegan desde el pequeño
grupo la actitud insidiosa contra cualquier militante que anule o ponga en peligro su
influencia, y mediante artimañas como la mentira y el descrédito de sus “rivales” u
oponentes, imponerse en su condición de minoría oportunista y con toda la carencia de
moral revolucionaria que los caracteriza. Podemos decir por ello, que la etapa de
descomposición en las filas revolucionarias, no ha llegado aún al fondo, y que todavía
tenemos que andar un importante trecho de avances y reveses, hasta que no nos hagamos
capaces de decantar, toda la escoria que la tamaña crisis vivida nos ha adosado al cuerpo
orgánico-político. Lenin también nos alecciona, cuando en la crisis del Partido Obrero
Socialdemócrata Ruso, debió enfrentar las posiciones solapadas y engañosas de Martov
y desenmascarar el discurso aparentemente revolucionario de una minoría, que de
manera oportunista y falsa se apartaba de los principios y de la práctica revolucionaria,
intentando dar una y otra vez golpes arteros a la disciplina, a la democracia interna y a
la moral de la militancia revolucionaria. Lenin, les dijo con franqueza y acompañado de
su temple teórico, que los vacilantes, que los cobardes, que los oportunistas, podían si
así lo deseaban, caminar hacia el pantano, pero que soltaran las manos de los militantes
honestos y se fuesen solos a las trincheras de la contrarrevolución. Y así fue, Martov y
su camarilla terminaron como (mencheviques) minoría engrosando las filas de los
enemigos del proletariado. Podemos decir entonces, que la historia vuelve a dejarnos
lecciones, que lo que ahora nos toca vivir, como una lamentable etapa de
descomposición política y moral de algunos segmentos de la izquierda y los
revolucionarios, se establece como una relación dialéctica de situaciones en la que el
enfrentamiento de clases y no otro fenómeno, explica las causas y los efectos de la
derrota obrera y popular, explica las necesidades y casualidades en el proceso de
acumulación, aquilatamiento y finalmente desplome de la fuerza social revolucionaria,
es decir, la lucha de clases explica todo el balance posible de un prolongado proceso de
construcción político, social e ideológico y el carácter histórico de los enfrentamientos
así como el revés objetivo de los sectores dominados traducidos en bajas de sus dirigentes
y cuadros, por lo tanto, la lucha de clases explica también el descabezamiento de toda
su fuerza. Pero también, poniendo atención a las contradicciones históricas, podemos
integrar al análisis otra categoría de la dialéctica materialista: la relación contenido-
forma, para poder explicarnos que, toda crisis y toda derrota, es el resultado provisional
de la puesta a prueba de todo lo que táctica y estratégicamente se concibió como el
movimiento histórico de los explotados, y en un periodo determinado de tiempo de la
lucha de clases. Si es que hubo análisis y análisis riguroso, como amerita y exige una
derrota, sea esta de orden táctico o estratégico; es bueno preguntarse ¿qué elementos de
la ofensiva contrarrevolucionaria integró el balance? Hay que preguntar ¿qué elementos
del alza (periodo-UP) y posterior reflujo de las masas fue considerado en el análisis?
¿Qué elementos de la reorganización y de la etapa de resistencia (periodo-post-golpe) fue
tomado en cuenta en la reflexión? ¿Cómo se asume y que características concretas tuvo
el relevo (periodo de instauración del Modelo Económico) de los dirigentes y cuadros
presos, desaparecidos y muertos, en el proceso de reconstrucción y rearme de la
izquierda y los revolucionarios? ¿Quiénes y cómo asumen y se asumen las tareas de
conducción del nuevo periodo? ¿Qué capacidades y qué herramientas se utilizaron para
definir la dirección revolucionaria del enfrentamiento? Cómo respondemos al hecho de
que, durante dos décadas, la crisis, lejos de resolverse se haya profundizado, y que
producto de esta profundización se haya mantenido por ya tanto tiempo el reflujo de los
sectores obreros y populares y que la derrota lejos de superarse se haya convertido en
descomposición moral y desarme orgánico-político. No es en absoluto malo, poseer
aunque sea una pequeña dosis de humildad, para reconocer, que nos ha faltado
capacidad en muchos terrenos, capacidad y habilidad para estar a la altura del desafió
revolucionario de acompañar a los sectores obreros y populares en este periodo de
derrota y reflujo, contar con una visión certera, con una propuesta de trabajo clara,
lúcida, poseer un empeño enérgico y estimulador de la voluntad social y política.
Reconocer con honradez, que desde el punto vista teórico y práctico hemos estado a
kilómetros de distancia de la contextura política y moral de nuestros héroes, aquellos
camaradas caídos en la lucha y a los cuales decimos seguir en su ejemplo de coherencia
revolucionaria. En periodos de costos políticos y sociales enormes para la clase, no se
puede mirar la paja en el ojo ajeno sin ver la viga que hay en el propio, hacerlo es caer
en una vergonzosa actitud oportunista que no nos ayuda a avanzar siquiera un paso. El
reformismo pequeño burgués que se posesiono en la dirigencia de la izquierda, lo mismo
que el radicalismo pequeño-burgués, establecieron sus opciones frente al capitalismo,
hacen sus propias rutas, caminos zigzagueantes y decisiones de conciliación que
traicionan y confunden los rumbos de los trabajadores y los sectores populares. Allá
ellos, pero los revolucionarios no podemos transformarlos en los objetos de nuestra
política, nuestros destinatarios siempre son y deben ser los explotados y oprimidos, estén
estos influenciados por las corrientes ideológicas que sean, nuestra misión es
convencerlos y ganarlos para las filas de la revolución social. Tenemos demasiado que
hacer y en condiciones de tanta debilidad y frente a tanta adversidad, que no podemos
ni debemos distraernos ni desgastarnos políticamente con los amigos del pantano. Hay
que girar la cabeza dirigir la mirada hacia las masas y exhortarlas a levantarse, a ponerse
de pie e iniciar el camino de la lucha. A pesar de la crisis del sistema, los cambios
revolucionarios no están a la vuelta de la esquina. Muy por el contrario, con la enorme
maquinaria publicitaria del capitalismo, nuestra tarea de reconstrucción, en las actuales
condiciones de dispersión, se reduce enormemente y nos hace avanzar con gran
dificultad. Hasta ahora, hemos desplegado liderazgos débiles y aislados de los escenarios
más dinámicos de la lucha de clases. Por esta razón, urge que en la conciencia de la
militancia revolucionaria se instale con absoluta lucidez la necesidad científica de la
UNIDAD REVOLUCIONARIA precisamente con un sentido mayúsculo. Si no se
logra comprender que la convergencia comporta una direccionalidad estratégica en la
lucha contra el capital, todo esfuerzo político y social, por muy consecuente, honesto y
dotado del espíritu de sacrificio que sea, resultará del todo inútil, frente al compacto y
granítico cuadro de la dominación política e ideológica que nos presenta la gran
burguesía y el imperialismo. Esta necesidad científica, clasista y revolucionaria; no la
ven, no la requieren y no les importa en absoluto a los caudillos con sus chatos, grises y
mezquinos afanes personales. La tarea es aislarlos de las filas revolucionarias,
desenmascararlos y dejar en evidencia la naturaleza pequeño-burguesa de su conducta e
impulsar con los cuadros y militantes honestos, el camino de la verdadera suma de
fuerzas que sólo es posible con una cuota grande de esfuerzo, compromiso, disciplina y
un temple moral capaz de hacer frente a todos las adversidades y desafíos de la lucha
revolucionaria contra el capitalismo. Estamos en el convencimiento de que es la hora,
de rescatar las herencias de fuego, los legados firmes y macizos de nuestros héroes y
nuevamente levantar con decisión y orgullo las banderas de la libertad y el Socialismo.
“Hay que decirlo con toda sinceridad, en una revolución verdadera a la que se le da
todo, de la cual no se espera ninguna retribución material, la tarea del revolucionario de
vanguardia es a la vez magnífica y angustiosa.”. (Che: El Socialismo y el Hombre en
Cuba).
EL PARTIDO REVOLUCIONARIO:
EL REFERENTE QUE NO CUAJA II

Alma Negra

Se agradece a quienes tomaron el artículo anterior y lo publicaron o linkearon desde sus


blogs o páginas. Respecto a algunas personas que nos escribieron y que hace rato
abandonaron las filas de la izquierda revolucionaria para proclamar la imposibilidad de
construir alternativa, llamando a sumarse a experiencias reformistas y socialdemócratas,
claramente decimos que no vamos a publicar sus opiniones. Tienen diarios, revistas,
ONG, redes específicas en donde desarrollar sus propuestas. Este blog está dirigido a
personas y organizaciones que, a pesar de la confusión, dispersión y atomización en que
se encuentra la izquierda, siguen sosteniendo una postura de principios: ser
anticapitalista, estar por la construcción de fuerzas sociales y políticas que luchen por
transformación revolucionaria de la sociedad, comprometidos en la construcción de una
alternativa política que supere la experiencia local o sectorial.

Continuado con el tema de la unidad de las fuerzas revolucionarias y la construcción del


Partido Revolucionario nos parece necesario introducir un elemento, a nuestro juicio
fundamental: la relación dialéctica entre opresores y oprimidos, entre burgueses y
proletarios, entre las fuerzas que dominan y las dominadas.

Y en este sentido afirmamos que la estrategia global de dominación es una acción y


como tal tiene momentos en su ejercicio regidos igualmente por la dialéctica: de
imposición, de contradicción, de confrontación y de superación, lo que se corresponde
de igual manera con movimientos de los dominados de resistencia (con salida de derrota
o equilibrio), de reorganización de fuerzas y generación de instrumentos de lucha
adecuados al nuevo escenario (teoría, organización de las fuerzas, programa, estrategia,
táctica), para luego pasar a la confrontación en sus subsiguientes fases.

Afirmamos que la dispersión, confusión y atomización de las fuerzas populares no es un


fenómeno nuevo en la historia de la lucha de clases, ni un fenómeno excepcional o
exclusivo de Chile, aun cuando convenimos con Reinaldo Troncoso que en Chile tiene
además características particulares. Al respecto vale la pena recordar que el surgimiento
del MIR en Chile se da luego de un largo periodo de dispersión y atomización de fuerzas,
de la existencia de diversos grupos y organizaciones que se desprenden del PS, del PC,
de organizaciones trotskistas, y que van configurando un universo de la llamada
izquierda revolucionaria que claramente tiene distintas referencias: la insurrección rusa,
la revolución china y la revolución cubana. Son grupos como Espartaco, Vanguardia
Revolucionaria Marxista, Grupo Ranquil, Partido Socialista Popular, y otros grupos
provenientes del mundo sindical donde destaca Clotario Blest Riffo. Es en el marco de
ascenso de las luchas populares, del impacto de la revolución cubana, de la apertura de
un ciclo de luchas ascendentes a escala mundial, que se dan las condiciones para que
estas fuerzas dispersas pero que están interviniendo en la lucha de clases concurran al
proceso fundacional del MIR, organización que una vez constituida, debe pasar por un
periodo de construcción de teoría propia, de instalación de una hegemonía interna y de
salida de sectores que habiendo sido fundadores no se representan en la línea política
que el MIR comienza a sustentar. No podemos obviar, en este segundo articulo respecto
al tema del partido revolucionario, que hay organizaciones actuales que se reconocen en
si misma como “partido u organización revolucionaria”, en algunos casos como
continuadores históricos del MIR, del FPMR, del MAPU Lautaro, y en otros casos
como organizaciones nuevas que emergen en la década de los 90 o en el actual periodo
como lo son el PC (AP) o el GAP. Vale destacar que estos esfuerzos son distintos a los
colectivos, piños, grupos en transición, o grupos de carácter local o sectorial. Siendo
“organizaciones” políticas con un mayor grado de madurez y desarrollo, la discusión
aquí planteada tiene que ver con el proceso de acumulación de fuerzas del campo
popular en el sentido de las alianzas políticas, la construcción de una política no solo
para los militantes orgánicos sino para la construcción de un bloque politico, de carácter
popular revolucionario. Quisiéramos concluir esta segundo posteo, invitando a leer un
artículo de Lenin, escrito justamente en una época de confusión y dispersión ideológica.
Se trata de “NUESTRO PROGRAMA”.
NUESTRO PROGRAMA (1925)

La socialdemocracia internacional atraviesa en la actualidad por un período de


vacilación ideológica. Hasta ahora la doctrina de Marx y Engels era considerada como
la base firme de la teoría revolucionaria; pero en nuestros días se dejan oír, por todas
partes, voces sobre la insuficiencia y caducidad de estas doctrinas. El que se declara
socialdemócrata y tiene la intención de publicar un periódico socialdemócrata debe
determinar con exactitud su posición frente a la cuestión que no apasiona sólo, ni mucho
menos, a los socialdemócratas alemanes. Nosotros nos basamos íntegramente en la
teoría de Marx: Esta transformó por primera vez el socialismo de utopía en ciencia, echó
las sólidas bases de esta ciencia y trazó el camino que había de tomar, desarrollándola y
elaborándola en todos sus detalles. Esta descubrió la esencia de la economía capitalista
contemporánea, explicando cómo la contratación del obrero, la compra de la fuerza de
trabajo, encubre la esclavización de millones de desposeídos por un puñado de
capitalistas, dueños de la tierra, de las fábricas, de las minas, etc. Esta demostró cómo
todo el desarrollo del capitalismo contemporáneo tiende a suplantar la pequeña
producción por la grande y crea las condiciones que hacen posible e indispensable la
estructuración socialista de la sociedad. Esta nos enseñó a ver, bajo el manto de
costumbres arraigadas, de intrigas políticas, de leyes complejas y doctrinas hábilmente
fraguadas, la lucha de clases, la lucha entre las clases poseedoras de todo género y las
masas desposeídas, el proletariado, que está a la cabeza de todos los desposeídos. La
teoría de Marx puso en claro la verdadera tarea de un partido socialista revolucionario:
no inventar planes de reestructuración de la sociedad ni ocuparse de la prédica a los
capitalistas y sus acólitos de la necesidad de mejorar la situación de los obreros, ni
tampoco urdir conjuraciones, sino organizar la lucha de clase del proletariado y dirigir
esta lucha ,que tiene por objetivo final la conquista del Poder político por el proletariado
y la organización de la sociedad socialista. Y ahora preguntamos: ¿qué aportaron de
nuevo a esta teoría aquellos bulliciosos "renovadores", que tanto ruido han levantado en
nuestros días, agrupándose en torno al socialista alemán Bernstein? Absolutamente nada
: no impulsaron ni un paso la ciencia que nos legaron, con la indicación de desarrollarla,
Marx y Engels; no enseñaron al proletariado ningún nuevo método de lucha; no hicieron
más que replegarse, recogiendo fragmentos de teorías atrasadas y predicando al
proletariado, en lugar de la doctrina de la lucha, la de las concesiones a los enemigos
más encarnizados del proletariado, a los gobiernos y partidos burgueses, que no se
cansan de inventar nuevos métodos de persecución contra los socialistas. Uno de los
fundadores y jefes de la socialdemocracia rusa, Plejánov, tenía completa razón al
someter a una crítica implacable la última "crítica" de Bernstein, cuyas concepciones
también reniegan ahora los representantes de los obreros alemanes (en el Congreso de
Hannover) Sabemos que estas palabras provocarán un montón de acusaciones, que se
nos echarán encima: gritarán que queremos convertir el partido socialista en una orden
de "ortodoxos", que persiguen a los "herejes" por su apostasía del "dogma", por toda
opinión independiente, etc. Conocemos todas estas frases cáusticas tan en boga. Pero
ellas no contienen ni un grano de verdad, ni un ápice de sentido común. No puede haber
un fuerte partido socialista sin una teoría revolucionaria que agrupe a todos los
socialistas, de la que éstos extraigan todas sus convicciones y la apliquen en sus
procedimientos de lucha y métodos de acción. Defender esta teoría que según su más
profundo convencimiento es la verdadera, contra los ataques infundados y contra los
intentos de alterarla, no significa, en modo alguno, ser enemigo de toda crítica. No
consideramos, en absoluto, la teoría de Marx como algo acabado e intangible: estamos
convencidos, por el contrario, de que esta teoría no ha hecho sino colocar las piedras
angulares de la ciencia que los socialistas deben impulsar en todas las direcciones, si es
que no quieren quedar rezagados de la vida. Creemos que para los socialistas rusos es
particularmente necesario impulsar independientemente la teoría de Marx, porque esta
teoría da solamente los principios directivos generales, que se aplican en particular a
Inglaterra, de un modo distinto que a Francia; a Francia, de un modo distinto que a
Alemania; a Alemania, de un modo distinto que a Rusia. Por lo mismo, con mucho
gusto daremos cabida en nuestro periódico a los artículos que traten de cuestiones
teóricas e invitamos a todos los camaradas a tratar abiertamente los puntos en discusión.
¿Cuáles son, pues, las cuestiones principales que surgen al aplicar a Rusia el programa
común para todos los socialdemócratas? Ya hemos dicho que la esencia de este
programa consiste en la organización de la lucha de clase del proletariado y en la
dirección de esta lucha, cuyo objetivo final es la conquista del Poder político por el
proletariado y la estructuración de la sociedad socialista. La lucha de clase del
proletariado se compone de la lucha económica (contra capitalistas aislados o contra
grupos aislados de capitalistas por el mejoramiento de la situación de los obreros) y de
la lucha política (contra el gobierno por la ampliación de los derechos del pueblo, esto
es, por la democracia, y por la ampliación del poder político del proletariado). Algunos
socialdemócratas rusos (entre ellos, por lo visto, los que editan el periódico Rabóchaia
Misl ) consideran incomparablemente más importante la lucha económica y llegan casi
a aplazar la lucha política para un porvenir más o menos lejano. Semejante opinión es
profundamente equivocada. Todos los socialdemócratas están de acuerdo en que se debe
organizar la lucha económica de la clase obrera, en que en este terreno hay que llevar a
cabo una agitación entre los obreros, es decir, hay que ayudarlos en su lucha diaria
contra los patronos llamar su atención sobre todos los aspectos y casos de opresión y
explicarles de este modo la necesidad de unirse. Pero olvidar la lucha política a causa de
la lucha económica significaría renegar del principio fundamental de la
socialdemocracia del mundo entero, significaría olvidar todas las enseñanzas que nos
proporciona la historia del movimiento obrero. Los fervientes partidarios de la burguesía
y del gobierno puesto a su servicio intentaron incluso, más de una vez organizar
asociaciones de obreros de carácter puramente económico, para desviarlos de esta
manera de la "política" y del socialismo. Es muy posible que también el gobierno ruso
haga algo por el estilo, puesto que siempre ha procurado arrojar al pueblo dádivas
insignificantes, mejor dicho, dádivas ficticias, con tal de distraerlo de la idea sobre la
falta de derechos y sobre el yugo que padece. Ninguna lucha económica puede aportar
a los obreros un mejoramiento estable, ni siquiera puede llevarse a cabo en amplia escala,
si los obreros no tienen el derecho de organizar libremente sus asambleas y sindicatos,
de editar periódicos propios, de enviar sus mandatarios a las instituciones representativas
del pueblo, como sucede en Alemania y en todos los otros Estados europeos (a excepción
de Turquía y Rusia). Y para obtener estos derechos es necesario llevar a cabo una lucha
política. En Rusia no solamente los obreros, sino todos los ciudadanos se ven privados
de los derechos políticos. Rusia es una monarquía autocrática, absoluta. El zar solo es
quien dicta las leyes, nombra funcionarios y ejerce el control sobre los mismos. Por eso
parece que en Rusia el zar y su gobierno no dependen de ninguna clase y se preocupan
por todos en igual medida. Pero de hecho todos los funcionarios son designados
únicamente de entre los que pertenecen a la clase de los propietarios y todos ellos están
sometidos a la influencia de los grandes capitalistas, quienes hacen de los ministros lo
que quieren y obtienen de ellos todo lo que pretenden. Sobre la clase obrera rusa pesa
un doble yugo: la expolian y saquean los capitalistas y los terratenientes y, para que no
pueda luchar contra ellos, la ata de pies y manos la policía, que además la amordaza y
castiga todos sus intentos de defender los derechos del pueblo. Toda huelga dirigida
contra los capitalistas tiene por resultado el que el ejército y la policía sean lanzados
contra los obreros. Toda lucha económica necesariamente se transforma en una lucha
política y la socialdemocracia debe fundir siempre una y otra en una lucha única de clase
del proletariado. El primer y principal objetivo de esta lucha debe ser la conquista de los
derechos políticos, la conquista de la libertad política. Si los obreros de Petersburgo,
solos, con una pequeña ayuda de los socialistas, supieron conseguir rápidamente del
gobierno concesiones tales como la promulgación de una ley sobre la reducción de la
jornada de trabajo, toda la clase obrera rusa, bajo la dirección única del "Partido Obrero
Socialdemócrata de Rusia", sabrá conseguir, por medio de una lucha tenaz, concesiones
de importancia incomparablemente mayor. La clase obrera rusa sabrá llevar a cabo su
lucha económica y política ella sola, incluso en el caso de no recibir ayuda de ninguna
de las otras clases. Pero los obreros no están solos en la lucha política. La falta completa
de derechos del pueblo y la salvaje arbitrariedad de todos los funcionarios-sátrapas
indignan también a todas las personas cultas con un mínimo de honradez y que no
pueden reconciliarse con la persecución de toda palabra libre y de toda idea libre;
indignan a los polacos, a los finlandeses, a los hebreos y a los adeptos de las sectas
religiosas rusas, que sufren persecuciones; indignan a los pequeños comerciantes,
industriales y campesinos, que no tienen a quién acudir en busca de defensa contra los
atropellos de los burócratas y de la policía. Todos estos grupos de la población, por
separado, no son capaces de librar una lucha política tenaz; pero cuando la clase obrera
enarbole la bandera de esta lucha, de todas partes le tenderán una mano de ayuda. La
socialdemocracia rusa se pondrá a la cabeza de todos los que luchan por los derechos
del pueblo, de todos los que luchan por la democracia, y, entonces, ¡será invencible!
Tales son nuestros principales conceptos que iremos desarrollando sistemática y
ampliamente en las columnas de nuestro periódico. Estamos convencidos de que así
marcharemos por el camino trazado por el "Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia"
en el "Manifiesto" lanzado por el mismo.
EL PARTIDO REVOLUCIONARIO CHILENO: LA VISION DEL GAP

Ya van cuatro posteos publicados respecto al tema de la construcción del partido


revolucionario chileno, con más de seiscientas visitas a las páginas respectivas. Quisimos
incorporar la visión de los Grupos de Acción Popular (GAP) respecto al tema, que está
expresada en un analisis de coyuntura que en dos tandas se han publicado en sus páginas
(http://gruposaccionpopular.org ).

" VIII. EL CAMPO DE LOS REVOLUCIONARIOS."

Durante los últimos 20 años la historia de la izquierda revolucionaria ha sido una


historia de discontinuidades y rupturas, que ha tenido como conclusión una incapacidad
de constituirse como un sector que salga de la marginalidad y que sea una alternativa
real desde el pueblo y para el pueblo. Desde que se desarticularon las estructuras
partidarias que apostaban a una salida revolucionaria a la dictadura militar, es decir a
una combinación de las tareas democráticas y socialistas como opción a la continuidad
dictatorial o “democrática” del capitalismo neoliberal, no ha podido surgir de manera
consistente, con verdadera vocación popular y hegemónica, una alternativa que dispute
al PC la conducción del movimiento popular, que permita que el pueblo entre en el
escenario político para luchar y vencer . Si bien es cierto en los noventa surgieron nuevas
expresiones de la izquierda, como las variadas derivadas del MIR tras su
fraccionamiento original; la SurDA (que tempranamente en su devenir apostó por el
Progresismo, antes que por un proyecto revolucionario); nosotros incluso, que
reconocemos nuestro nacimiento unido al mismo contexto; y otros tantos minúsculos
esfuerzos de reagrupados y nuevas generaciones que no perduraron en el tiempo; todos
ellos intentaron dar continuidad a ese imaginario de proyectos políticos más antiguos,
sin embargo, sólo lograron resistir una época caracterizada por la desesperanza política
ante la ausencia de horizontes alternativos y liberadores.

Este periodo de resistencia (principalmente ideológica), dio paso una dispersión y


fragmentación mucho más fuerte a fines de los 90’ y principios del siglo XXI, en donde
diversas expresiones de la izquierda revolucionaria se vieron envueltas en diversos
procesos fraccionamiento, desde donde nacieron nuevas organizaciones y murieron
otras. Así, el escenario durante los últimos 10 años fue un número inagotable de siglas,
con un fuerte carácter ultraizquierdista, que concentraban su praxis política en el
activismo social, con un claro ideologismo en sus propuestas y con una fuerte vocación
a la marginalización del escenario político. Esta fue la época en que se reeditaron los
polos de reagrupamiento o en que se pululaba en tal o cual coordinación social y política
para poder sobrevivir ante el escaso arraigo social. Actualmente desde nuestra
perspectiva práctica, creemos que la izquierda revolucionaria vive un proceso de latencia
aparente, pero redefiniendo sus líneas. Si bien, los fraccionamientos siguen a la orden
del día, a diferencia del período anterior, las siglas no se siguen multiplicando, sino que
se reducen, haciendo que el escenario decante en la sobrevivencia de quien sepa
posicionarse en el ciclo político actual. Aún con ello a la vista, podemos plantear la
dificultad de ciertos sectores de la izquierda revolucionaria de sobrevivir, sosteniendo
viejas banderas y colores, más proclives a mantener una política identitaria ante los
diversos fraccionamientos que hoy atraviesan. Por eso es sintomático que existan por
cada grupo entre dos y tres páginas webs, diversos congresos partidarios y otras cuantas
revistas orgánicas, con los mismos nombres, las mismas consignas y los mismos pobres
lineamientos, pero dirigidos por diferentes caudillos. Luego de la moda por la
horizontalidad y la crítica a la “organización científica” y centralizada para conducir al
pueblo, comienza a asumirse como certeza la necesidad de construir una fuerza política
capaz de disputar y crear poder por medio de un instrumento partidario. Aún cuando
resabios queden, se superan así las tendencias anarquistas y movimientistas que
rechazaban de plano la política y la construcción de una organización sólida y
cohesionada, las que dominaron desde la década de los 90, que a pesar de lo bien
intencionado (pero limitado) de buscar nuevos rumbos para la organización política del
pueblo, redujeron su acción a un mero activismo social, sin sustancia orgánica y sin
proyecciones estratégicas. El campo de los revolucionarios no puede apostar a seguir
manteniendo una política anclada en las propias y viejas trampas que lo han
acompañado estos años, manteniendo nombres y siglas para reeditar desfases históricos.
Esto sólo alimenta una auto agitación y una política reducida a su mero aspecto
identitario, pero con nula vinculación e instalación donde vive y se desenvuelve el
pueblo. Tampoco se puede seguir reproduciendo la auto marginación, pensando que al
enemigo de clase se lo combate desde la vereda contraria, abstrayendo la realidad
política y la correlación de las diversas fuerzas que se mueven en el escenario.

Por último, la izquierda revolucionaria no puede mantenerse en pie si sus únicas


definiciones y tácticas políticas nacen de esquemas y máximas preconstituidas, ya sea
por identidades de “izquierdismo infantil” o meras referencias teórico-académicas que
poco saben de la realidad del pueblo o creen saberlo por el sólo hecho de empolvar sus
zapatos en trabajos de investigación en las poblaciones. El período actual de la lucha de
clases necesita de un proyecto que recoja de la historia lo mucho de experiencia que se
ha depositado en un ideario irreprochable de cultura revolucionaria, que lo haga parir
desde un correcto análisis científico del periodo que configura el sistema de dominación
actual y de la manera en que este se reproduce (en lo ideológico y lo político), que por
tanto sea expresión de la creatividad política y práctica de los revolucionarios al centro
de donde hoy se construyen las relaciones y expectativas del pueblo, en las condiciones
particulares de la sociedad chilena actual, sin los aspavientos de esa, en verdad
retrógrada y dilatante, verborrea de “nuevas” izquierdas, “nuevos” sujetos o “nuevos”
tipos de organización popular.