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10 pasos para escribir un cuento

El argentino Tomás Downey, uno de los cinco finalistas del Premio


Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez que se entrega este
miércoles 2 de noviembre, preparó para ‘Arcadia’ este decálogo en el que detalla
su proceso a la hora de escribir.

1. La inspiración y el talento comparten una característica: son imposibles de evocar


por medio de la voluntad. El bloqueo de escritor es permanente, los momentos en que
la escritura fluye sin trabas son tan pocos que no entran en la estadística. Conviene
quitar esas variables de la ecuación y quedarme solo con el esfuerzo; sentarme a
escribir todos los días, dedicar la cantidad de horas que sean posibles a alternar la
mirada entre la pantalla de la computadora y la ventana. Y leer siempre, todo lo que se
pueda.

2. Escribo sobre lo que no entiendo, no sobre lo que ya sé ni con alguna idea


ingeniosa que creo poder manejar. El misterio que encierra un cuento, que es su
núcleo, se devela a medida que lo voy escribiendo. Parto de una imagen que me
inquieta, del rasgo de algún personaje, y busco qué hay ahí, qué pasa luego, hacia
dónde va la historia. En algún momento, el misterio se percibe con cierta claridad, se
lee sin estar enunciado. Recién entonces entiendo de qué trata el cuento; y cuando
llego al final vuelvo al principio, empiezo a corregir para que todo apunte en la misma
dirección. Como lector, lo más placentero son esos momentos epifánicos en los que
comprendo algo sin que me lo digan.

3. A veces imagino la historia completa, con principio, desarrollo y final. En otras


ocasiones es apenas una imagen, algo bastante vago que no toma forma hasta que
empiezo a escribir. Lo que sucede siempre, en cualquiera de los casos, es que antes
de bajarlo al papel ese cuento en potencia tenía una gracia que se pierde. Al rodear
eso que vimos en determinada situación de coordenadas y descripciones, necesarias
para que otro comprenda, se vuelve pesado y torpe. Es inevitable, lo importante es
aprovechar el envión y seguir adelante, no detenerme en cuestiones de estilo, mucho
menos preguntarme de qué trata el cuento hasta haberlo entendido sin necesidad de
explicármelo.

4. Después viene el trabajo real, corregir. Una vez que tengo la primera versión, puedo
hacerle al texto todas las preguntas incómodas que quiera, eliminar lo que sobre,
tensar lo que está flojo y reordenar para acercarme lo más posible a aquel estado
previo, de pureza y fluidez. Eso requiere tiempo y paciencia, dejar pasar uno o dos
meses, releer con una mirada más fresca, corregir de nuevo. Y, por último, asumir la
frustración de que nada de lo que escriba va a estar a la altura de mis expectativas.

5. Si algo no funciona, no funciona. Hay que ser honesto y despiadado. A veces


cuesta tanto escribir una página, que luego parece un despropósito desecharla. Pero
todo sirve, quizás como germen de otra historia, o al menos para saber que ese
camino en particular no conduce a ningún lado.
6. Las opiniones de colegas y amigos son más que útiles, son necesarias. Aportan la
distancia y objetividad que yo no tengo. Y no tiene sentido defender mis
interpretaciones frente a las de los demás, mucho menos ofenderme ante las críticas.
Lo mejor es saber escuchar y aprovechar la oportunidad, única, de saber qué ve un
lector en eso que escribí. Eso no significa que tenga que escribir para alguien en
particular, no se escribe para complacer. Tengo que escribir pensando que a nadie le
interesa lo que estoy haciendo, que nadie me lo pidió y que, quizás, nadie lo vaya a
leer. Pero tengo que escribir de todas formas.

7. No importa qué estoy contando, lo importante es cómo. Tengo que avanzar con
seguridad y sin ningún tipo de prejuicios, olvidar que estoy inventando a un narrador, a
personajes que atraviesan situaciones que estoy imaginando. Hay que habitar ese
mundo, observarlo como si fuese real y hubiese estado siempre ahí; e hilar una lógica
interna que no se explique sino que se desprenda de las acciones de los personajes,
de la causalidad del relato. La verosimilitud se construye en los detalles y las
particularidades. Si uno escribe un cuento desde el punto de vista de un monstruo,
¿qué es la monstruosidad?

8. La novela suele apoyarse en sus personajes –con tiempo y espacio para


desarrollarlos en profundidad– y en la empatía que generan, el arco que recorren. Un
buen cuento, en cambio, se sostiene en la tensión de determinadas situaciones; en lo
no dicho y la inminencia que genera. Tiene que haber algo contenido, que en general
no termina de estallar y que se lee entre líneas e impide cerrar el libro.

9. El autor de un cuento tiene que ser invisible. No tengo que intentar lucirme con
palabras rebuscadas o juegos de ingenio, mucho menos hablar de mí mismo. Tengo
que crear un narrador que cuente lo mejor posible una buena historia, nada más. El
cuento es un objeto estético autónomo, no se completa buscando en él pistas de la
personalidad del autor, sus gustos o secretos.

10. Sentarse a escribir es un acto de fe. Por eso necesito recordarme estas cosas
todos los días. Algunas de ellas, probablemente, sean mentiras, quizás solo suenen
bien. Porque en literatura no existen las certezas, lo que me permite cambiar de
opinión, adquirir mi propia experiencia, buscar respuestas nuevas para las mismas
preguntas.