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DOCUMENTACION

El artículo 121 de la Constitución, en su artículo 106, ha recogido deforma expresa y se-


parada la responsabilidad de la Administración de Justicia, en relación con la responsabili-
dad de la Administración Pública en general, al tiempo que ha introducido la responsabilidad
por error judicial, declarando que «los daños causados por error judicial, así como los que
sean consecuencia del funcionamiento anormal de la Administración de Justicia, darán dere-
cho a una indemnización a cargo del Estado, conforme a la Ley».
El artículo 121 de la Constitución ha sido desarrollado por la Ley Orgánica 6/1985, de 1
de julio, del Poder Judicial, de manera que junto a la responsabilidad personal del Juez (ya
sea civil o penal) se establece un «proceso autónomo» que permite exigir responsabilidad di-
recta y objetiva al Estado por las actuaciones u omisiones que, habiendo causado una lesión
o perjuicio antijurídico, se consideren como error judicial o como funcionamiento anormal de
la Administración, salvo casos de fuerza mayor.
La reclamación alEstado de una indemnización por causa de error deberá ir precedida de
una resolución que expresamente lo reconozca. Esta declaración ha de conseguirse a través
del «proceso autónomo», que regula el artículo 293.1 de la LOPJ y que constituye el núcleo
central del estudio que publicamos en el presente número.
El doctor Ignacio Serrano Butragueño analiza el concepto, objeto y clases de error judi-
cial, así como el fundamento de la responsabilidad del Estado por errores judiciales, para, a
continuación, pasar a estudiar los perfiles caracterizadores del «proceso autónomo», que,
para el autor, no se trata de un recurso ordinario ni extraordinario, sino de un procedimiento
de carácter subsidiario, de naturaleza especial, conforme a lo sustentado por alguna Senten-
cia del Tribunal Supremo.

Boletín núm. 1668—Pág. 108


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EL ERROR JUDICIAL

IGNACIO SERRANO BUTRAGUEÑO


Profesor del Centro de Estudios e Investigación
del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid

1. INTRODUCCIÓN

Lo primero que quiero destacar es que la responsabilidad del Poder Judicial y de sus
miembros, en el desempeño de la función jurisdiccional que tienen encomendada, es diferente
de la que puede exigirse a las Cámaras y a los parlamentarios y, sobre todo, muy diferente de
aquella en la que pueden incurrir la Administración Pública y sus funcionarios. En efecto,
como han puesto de manifiesto GARCÍA DE ENTERRIA y TOMAS RAMÓN FERNANDEZ
—contraponiendo las ideas de Estado (o Corona, igual a poder único) y pueblo—, el Parla-
mento, más que un órgano del Estado es un órgano del pueblo, auténtico titular de la «propie-
dad del poder». El Juez, por su parte, tampoco es un órgano del Estado, sino del Derecho: «La
relación entre el Derecho y el Juez es directa, sin que ningún otro sujeto u órgano pueda inter-
venir en el momento de tomar sus decisiones». ¿Cómo, si no, podrían los Jueces y Tribunales
enjuiciar a la Administración del Estado? Sin embargo, La Administración Pública no es repre-
sentante de la comunidad, sino una organización puesta a su servicio; identificada con el Po-
der Ejecutivo del Estado, puede ser considerada como una función del Estado-persona(1). Por
ello, como señala MONTERO AROCA(2): Antes de la Constitución de 1978, la opinión mayo-
ritaria venía sustentando que el artículo 40 de la LRJAE(3) no era aplicable al Estado-Juez; es
decir, a los casos de ejercicio de la potestad jurisdiccional, aclarando que el citado artículo se
referia a la responsabilidad patrimonial de las Administraciones Públicas en sentido estricto,
con exclusión del Estado-Legislador y del Estado-Juez. El argumento fundamental esgrimido
hasta entonces era que la responsabilidad de los jueces tenía su propia regulación(4). No obs-
(1)
GARCÍA DE E N T E R R I A E D U A R D O y FERNANDEZ TOMAS RAMÓN. Curso de Derecho Administrati-
vo. Madrid. Editorial Civitas, tercera edición, reimpresión, 1982, pags. 22 y 26.
(2)
Véase MONTERO A R O C A JUAN. «Resposabilidad del Estado y Tutela del ciudadano por los daños produ-
cidos con ocación del ejercicio de la Jurisdicción». En JUSTICIA, año 1987, número 4, págs. 783 y sgtes.
^ El art. 40 de la Ley de Régimen Jurídico de la Administración del Estado, Texto Refundido aprobado por De-
creto de 26 de julio de 1957 (BOE de 31-VH-1957), dispone: « 1 . Los particulares tendrán derecho a ser indemnizados
por el Estado de toda lesión que sufran en cualquiera de sus bienes y derechos, salvo en los casos de fuerza mayor,
siempre que aquella lesión sea consecuencia del funcionamiento normal o anormal de los servicios públicos o de la
adopción de medidas no fiscalizables en vía contenciosa. 2. En todo caso, el daño alegado por los particulares habrá de
ser efectivo, evaluable económicamente e individualizado con relación a una persona o grupo de personas. La simple
anulación en vía administrativa o por los Tribunales contenciosos de las resoluciones administrativas, no presupone de-
recho a indemnización..,.». Y el art. 41 de esta misma Ley, añade: «Cuando el Estado actúe en relaciones de Derecho
privado, responderá directamente de los daños y perjuicios causados por sus autoridades, funcionarios o agentes, con-
siderándose la actuación de los mismos como actos propios de la Administración..». No obstante, y aunque estos
artículos han de considerarse derogados por la Ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Adminis-
traciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común, que ha entrado en vigor el 28 de febrero de 1993, los
artículos 139 y sgtes. de esta última Ley confirman el contenido de los arts. 40-41 de la LRJAE.
^ Cfr. arts. 245-266 de la derogada Ley Provisional sobre Organización del Poder Judicial, de 15 de septiembre
de 1870; arts. 903-918 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, y arts. 757-778 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, así
como el art. 960, párrafo segundo, de esta misma Ley, sobre la responsabilidad derivada de sentencia absolutoria en
recurso de revisión penal, según la redacción dada por la Ley de 24 de junio de 1933.

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tante —prosigue MONTERO AROCA—, el Tribunal Supremo, la Dirección General de lo Con-


tencioso del Estado y el Ministerio de Justicia venían distinguiendo dos situaciones: a) Los daños
derivados del ejercicio de la potestad jurisdiccional en sentido estricto, los cuáles no quedaban in-
cluidos en la responsabilidad patrimonial de la Administración del Estado; y b) Los daños deriva-
dos de actuaciones del personal auxiliar (Policía Judicial, Agentes, Auxiliares, Oficiales e incluso
Secretarios de la Administración de Justicia), que sí podían entenderse incluidos en la responsabi-
lidad que prevé el art. 40 de la LRJAE. En el mismo sentido, MARTIN REBOLLO(5).
Sin embargo, el artículo 121 de la Constitución Española de 1978 (CE), ha recogido de for-
ma expresa y separada la responsabilidad de la Administración de Justicia, en relación con la
responsabilidad de la Administración Pública en general (art. 106 CE), al tiempo que ha intro-
ducido la responsabilidad por errorjudicial, declarando que «Los daños causados por error ju-
dicial, así como los que sean consecuencia del funcionamiento anormal de la Administración
de Justicia, darán derecho a una indemnización a cargo del Estado, conforme a la Ley». Es de-
cir, mientras que la responsabilidad de la Administración del Estado es exigible siempre y tan-
to funcione de forma nonnal como anormal, salvo en caso de fuerza mayor, la responsabilidad
de la Administración de Justicia sólo es exigible en casos de funcionamiento anormal. En-
tiendo, por tanto, que la responsabilidad del Estado por el anormal funcionamiento de la Ad-
ministración de Justicia deriva de su papel de Estado-Organización (División de poderes): Si
esa organización funciona mal (o no funciona) el Estado puede ser llamado a responder. Dis-
tinto es el fundamento, a mi juicio, del error judicial, pues en este caso la responsabilidad del
Estado deviene de constituirse el mismo en «asegurador» de los daños causados por las reso-
luciones equivocadas de Jueces y Magistrados, una vez que hayan ganado firmeza, tras haber
agotado todos los recursos. En efecto, al ser España un Estado de Derecho que propugna la
justicia —entre otros— como valor superior de su ordenamiento jurídico (art. 1.1 CE), y sien-
do los Jueces y Magistrados los encargados de impartir y administrar rectamente la Justicia
para mantener ese orden jurídico justo es lógico que el Estado asegure e indemnice los daños
que sean consecuencia de los errores judiciales, considerando, además, que es una responsabi-
lidad objetiva por cuanto no precisa indagación sobre el dolo o la culpa de quien la dictó. No
obstante, si los desatinos llegaran a ser muy frecuentes y los perjuicios muy cuantiosos podría
llegarse a pensar en la posibilidad de que fueran las Aseguradoras privadas las que se hicieran
cargo de tales indemnizaciones. Pero afortunadamente no es el caso.
A su vez, el artículo 121 de la CE ha sido desarrollado por la Ley Orgánica 6/1985, de 1 de
julio, del Poder Judicial, en su Libro III, Título V: «De la responsabilidad patrimonial del Es-
tado por el funcionamiento de la Administración de Justicia» (arts. 292-297 L.O.P.J.). De ma-
nera que actualmente —como apunta PABLO GARCÍA MANZANO—junto a la
responsabilidad personal del juez (civil y penal, conforme a los preceptos correspondientes de
las Leyes procesales), se establece un proceso autónomo que permite exigir responsabilidad
directa y objetiva al Estado por las actuaciones u omisiones que, habiendo causado una lesión
o un perjuicio antijurídico, se consideren como error judicial o como funcionamiento anormal
de la Administración de Justicia, salvo casos de fuerza mayor(6).

® Cfr. MARTIN REBOLLO LUIS. «La responsabilidad del Estado por el Funcionamiento de la Administración
de Justicia. (El artículo 121 de la Constitución y las Bases de su desarrollo)». En Documentación Jurídica, números
45/46, enero-junio 1985. Centro de Publicaciones del Ministerio de Justicia, págs. 301 y sgtes.
® Véase GARCÍA MANZANO PABLO. «Responsabilidad del Estado por funcionamiento anormal de la Admi-
nistración de Justicia». En Poder Judicial, numero especial V, págs. 117 y sgtes.

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No obstante, la L.O.PJ. sólo admite que se pueda exigir de forma directa la responsabilidad
patrimonial del Estado por vía administrativa, y, en su caso, contencioso-administrativa, en los
siguientes supuestos: a) Sentencia estimatoria dictada en virtud de recurso de revisión (arts.
293.1 L.O.P.J. y 960 L.E.Cr.); b) Funcionamiento anormal de la Administración de Justicia,
salvo que sea debido a la conducta dolosa o culposa del perjudicado (arts. 293.2 y 295
L.O.PJ.)(7) y c) Prisión preventiva injustificada, por inexistencia del hecho imputado, declara-
da en sentencia absolutoria o en auto de sobreseimiento libre (art. 294 L.O.PJ.). Este supuesto
ha sido ampliado por la Jurisprudencia en el sentido y con el alcance que después veremos.
En cambio, «La reclamación (al Estado) de (una) indemnización por causa de error (judi-
cial) deberá ir precedida de una resolución que expresamente lo reconozca». Esta declaración
o reconocimiento del error judicial es la única que, efectivamente, ha de conseguirse a través
del referido «proceso autónomo» regulado en el artículo 293.1 de la L.O.PJ. y que va a cons-
tituir el núcleo central de este trabajo. Asimismo, la responsabilidad patrimonial del Estado, en
caso de dolo o culpa grave de Jueces y Magistrados en el ejercicio de su función jurisdiccional
es también directa (art. 296 L.O.PJ.), pero, a pesar de lo dispuesto en este último precepto, en-
tiendo que tampoco puede exigirse directamente de la Administración, sino que habrá de ins-
tarse su reconocimiento, por la parte agraviada o sus causahabientes, «en el juicio (civil o
penal) que corresponda» (art. 412 L.O.P.J.). Eso sí demandando o ejercitando la acción de res-
ponsabilidad civil —si se quiere— única y exclusivamente contra la Administración del Esta-
do, por tratarse de una responsabilidad directa, y una vez obtenida la sentencia en que así se
declare dicha responsabilidad, entonces podrá iniciarse la vía administrativa ante el Ministerio
de Justicia para su exacción. Ello sin perjuicio del derecho que le asiste a la Administración
Pública de repetir contra los verdaderos responsables (art. 296 L.O.P.J.), y del derecho que tie-
nen los particulares perjudicados de accionar directamente, en demanda de responsabilidad ci-
vil, contra Jueces y Magistrados (arts. 411-413 L.O.PJ. y arts. 903-918 L.E.C.).
Por otra parte, la doctrina mantiene serias dudas sobre si el art. 121 CE es aplicable a ciertas
jurisdicciones, tales como Tribunal Constitucional, Ministerio Fiscal, Jurisdicción Militar o
Castrense, Tribunal de Cuentas, Tribunal de Defensa de la Compentencia y Tribunales Econó-
mico-Administrativos, en tanto que dicho artículo se encuentra dentro del Título VI, dedicado
exclusivamente al Poder Judicial. Mi opinión, al respecto, es que la responsabilidad por daños
debidos al anormal funcionamiento de la Administración de Justicia, resulta de aplicación tan-
to al Tribunal Constitucional (que deberá apreciarla por sí mismo, al ser plenamente inde-
pendiente de los demás poderes y único en su orden, art. 1 de la Ley Orgánica 2/1979, de 3 de
octubre, del Tribunal Constitucional), como a la Jurisdicción Castrense y al Ministerio Fiscal,
a tenor de la Ley Orgánica 4/1987, de 15 de julio, de la Competencia y Organización de la Ju-
risdicción Militar (Disposición Adicional séptima), y de la Ley 50/1981, de 31 de diciembre,
del Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal (art. 60), respectivamente. Por contra, tanto el Tri-
bunal de Defensa de la Compentencia, como los Tribunales Económico-Administrativos Pro-

^ En este caso, señala MONTERO AROCAque, «de conformidad con los dictámenes del Consejo de Estado...
ese funcionamiento anormal debe ser estimado exclusivamente por los órganos del Consejo General del Poder Juicial,
pudiendo entrar a apreciar la Administración solamente los aspectos del daño efectivo e individualizado y la evaluación
económica». Asimismo, entiende este autor que la tramitación administrativa deberá realizarse conforme a lo dispuesto
en el art. 134 del Reglamento de la Ley de Expropiación Forzosa, «por cuanto ése es el procedimiento para la respon-
sabilidad patrimonial del Estado», siendo preceptivo, en todo caso, el Dictamen del Consejo de Estado. Además será
el Consejo de Ministros el órgano que deberá resolver cuando el Ministro de Justicia discrepe del informe emitido por
el Alto Órgano Consultivo. Véase con mayor detalle MONTERO AROCA, en trabajo citado, págs. 829-831.

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vinciales y Central, son órganos de la Administración Pública y la responsabñidad por daños


debe exigírseles por la vía del art. 106 CE y 139-144 de la Ley 30/1992, de 26 de noviembre,
de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo
Común. Más difícil resulta pronunciarse sobre la responsabilidad del Tribunal de Cuentas, por
ser órgano dependiente de las Cortes (art. 136.1 CE). No obstante, entiendo que este Tribunal
tiene una función jurisdiccional propia (art. 136.2 CE) a la que serán aplicables los artículos
292-297 de la L.O.P.J. (argumento ex artículo 136.3 CE) y otras muchas funciones de carácter
administrativo (no judiciales), que deberán someterse a la disciplina de los arts. 106 de la CE
y 139-144 de la citada Ley 30/1992 de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas(8).
En lo que sí existe unanimidad, es en que el artículo 121 CE contiene dos figuras diferentes.
Por un lado el error judicial, y, por otro, el funcionamiento anormal de la Administración de
Justicia. Pero ahí termina precisamente la unanimidad, pues qué deba comprender una y otra
parece una cuestión muy controvertida(9). Para mí el error judicial exige una resolución de un
Juez o Tribunal, bien juzgando, bien haciendo ejecutar lo juzgado, o, incluso, en adopción de
medidas cautelares o de aseguramiento. Sin embargo, el anormal funcionamiento de la Admi-
nistración de Justicia ha de traer causa de la actividad burocrática, administrativa o de trámite
de los Juzgados y Tribunales, pudiendo ser imputable tanto al Juez, como al Fiscal, como al
Secretario Judicial o a cualquiera de sus colaborares (Agentes, Auxiliares y Oficiales). Acerta-
damente, ha observado REYES MONTERREAL que el funcionamiento anormal de la Admi-
nistración de Justicia puede ser debido a incompetencia funcionarial (excepto cuando la
misma dé lugar a error judicial), a presiones sobre la independencia, imparcialidad u objetivi-
dad, a casos de corrupción (así, por ejemplo, STS de 15 de diciembre de 1976, Aranzadi 6014,
que trató el caso de un Secretario Judicial que se había apropiado de un depósito y no pudo exi-
gírsele responsabilidad penal por haber fallecido), a rendimiento deficiente y a retrasos injus-
tificados (véanse la STC 26/1983, de 13 de abril, y las SSTS de 26 de abril de 1989, Sala de lo
Penal (Aranzadi 4040) y de 17 de septiembre de 1991, Sala de lo Civil (Aranzadi 6842)(10). En
todo caso, la determinación del funcionamiento anormal de la Administración de Justicia exi-
giría, —como dice DÍAZ DELGADO— la fijación de un «Estándar de diligencia media», con
el que comparar el presunto funcionamiento deficiente(11).
Una última cuestión, antes de abordar de lleno el estado actual del error judicial, es su de-
sarrollo mediante una Ley de carácter orgánico, como es la Ley Orgánica del Poder Judicial,
con lo cual exigiría la mayoría cualificada a que se refiere el art. 81.2 CE para su modificación,
en tanto que la previsión constitucional sólo hace referencia a su desarrollo por ley ordinaria y
toda vez que el art. 81.1 CE tampoco contiene la responsabilidad patrimonial de la Adminis-
tración de Justicia entre las previsiones de Ley Orgánica. Pero lo cierto, es que dicha responsabi-
lidad, cuando sea consecuencia sobre todo del anormal funcionamiento de la Administración de
Justicia, se roza y no poco con la vulneración del derecho fundamental a un proceso sin dila-

® Cfr. DÍAZ DELGADO JOSÉ. La Responsabilidad Patrimonial del Estado por Dilaciones Indebidas en el
Funcionamiento de la Administración de Justicia. Valencia. Ediciones Siete. 1987, págs. 34-45. MARTIN REBOLLO
LUIS, en trabajo citado, págs. 313-318.Y GARCÍA MANZANO PABLO, en trabajo citado, págs. 180-181.
P)
Ver, por todos, GARCIAMANZANO PABLO, en trabajo citado, pags. 182-185 en las que resume las opinio-
nes más autorizadas.
(10)
Cfr. REYES MONTERREAL JOSÉ MARÍA. La responsabilidad del Estado por error y anormal funciona-
miento de la Administración de Justicia. Madrid. Colex. 1987, pags. 35-41.
(11)
DÍAZ DELGADO, obra citada, pág. 52.

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ciones indebidas y con todas las garantías, (art. 24 CE), por lo que estimo correcto su desarro-
llo en una Ley Orgánica.

2. EL ERROR JUDICIAL: Concepto, objeto y clases

A) Concepto

La jurisprudencia del Tribunal Supremo (TS) ha delimitado el contenido del error judicial
en una doble vertiente: negativa y positiva. Negativa, declarando lo que no es. Y positiva, es-
tableciendo lo que ha de entenderse por error judicial. Así, yendo en cronológica progresión <yi\ la
STS de 5 de octubre de 1987, Sala de lo Penal (Aranzadi 6959), señala que: «El error judicial
no dimana de la simple revocación o anulación de las resoluciones judiciales, debiéndose en-
tender por error judicial toda decisión o resolución, dictada por los órganos de la Administra-
ción de Justicia, injusta o equivocada, pero, el yerro, debe ser palmario, patente, manifiesto,
indudable e incontestable, de un modo objetivo y no tan sólo a ojos de quienes fueron parte o
se sientan perjudicados, pudiéndose agregar que, dicho error, puede ser fáctico o jurídico, te-
niendo indebidamente por probados determinados hechos o desconociendo o ignorando los
preceptos legales o las normas aplicables o incurriendo en flagrante equivocación al aplicarlas
o interpretarlas». Así lo entiende, igualmente, la STS de 3 de noviembre de 1987, Sala de lo
Penal (Aranzadi 8435), «Las resoluciones judiciales comportan una valoración técnico-jurídi-
ca de los hechos, siéndoles inherentes la formulación de un juicio, más o menos explícito, re-
flejo y consecuencia de aquella valoración. En la apreciación defectuosa o inexacta de unos
hechos, —yerro patente y manifiesto—, consecuencia de la humana falibilidad, o en la torpe e
injustificada invocación o interpretación —ignorancia, equivocación ostensible— de una re-
gla legal, puede asentarse un supuesto de error judicial, siempre situado fuera del área de las
opciones o decisiones asumióles racionalmente susceptibles de adoptarse». «No comprende,
por tanto, —afirma la STS de 16 de junio de 1988, Sala de lo Civil (Aranzadi 4934)— un aná-
lisis de los hechos y de sus pruebas, ni interpretaciones de la norma que, acertada o equivoca-
damente, obedezcan a un proceso lógico y que, por ello, sirvan de base a la formación de la
convicción sicológica en que consiste la resolución, cuyo total acierto no entra en el terreno de
lo exigible, puesto que en los procesos, aunque se busca, no se opera con una verdad material
que pueda originar certeza. —Y prosigue— no es el desacierto lo que trata de corregir la
declaración de error judicial, sino la desatención por parte del Juzgador, a datos de carácter
indiscutible, con o sin culpa, generadora de una resolución esperpéntica, absurda, que rompe
la armonía del orden jurídico, introduciendo un factor de desorden que es el que origina el deber,
a cargo del Estado, de indemnizar los daños causados directamente, sin necesidad de que sea
declarada la culpabilidad del Juzgador». «En definitiva, el error judicial—proclama la STS
de 3 de julio de 1989, Sala de lo Civil (Aranzadi 5287), con cita de otra anterior—es el cometido
en una resolución, insubsanable dentro del proceso por la vía de los recursos ordinarios y
extraordinarios, y debido a una equivocada información sobre los hechos enjuiciados por
contradecir lo que es evidente o a una aplicación del derecho que se basa en normas
inexistentes o entendidas, de modo palmario,.fuera de su sentido o alcance». Por su parte, la

^ Salvo error u omisión he examinado todas las Sentencias y Autos del Tribunal Supremo diotadas sobre error
judicial entre 1986 y 1991, ambos inclusive, siguiendo el Repertorio de Jurisprudencia Aranzadi, cuya numeración in-
dico, así como la Sala correspondiente. La negrita de las Resoluciones está en el original, el subrayado es mío.

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1Q/10

STS de 11 de octubre de 1989, Sala de lo Social (Aranzadi 7159), advierte que «La noción de
error tiene, según lajurisprudencia de este Tribunal, un significado precisoy necesariamente
restringido en el sentido de que no toda equivocación en el establecimiento de los hechos o
en la aplicación del Derecho es susceptible de esta calificación, sino que la misma ha de
reservarse a supuestos especialmente cualificados...». La STS de 5 de diciembre de 1989, Sala
de lo Civil (Aranzadi 8796), hace un compendio de toda la doctrina jurisprudencial elaborada
hasta entonces(13). Y de nuevo, la STS de 16 de noviembre de 1990, Sala de lo Social (Aranzadi
8578), vuelve a insistir sobre la especial cualificación del error judicial, declarando que «no
pueden denunciarse a su amparo presuntas violaciones sobre la interpretación de normas
jurídicas... ya que, en el campo de la hermenéutica legal caben, en principio, diversas interpre-
taciones, sobre todo tratándose de determinadas normas, aun cuando evidentemente una de
ellas sea más acertada, sin que por ello quepa calificar a otras posibles de irracionales e
ilógicas». La STS de 25 de abril de 1991, Sala de lo Contencioso-Administrativo (Aranzadi
3438), recoge la doctrina jurisprudencial relativa al error «de facto», señalando que «es
coincidente en exigir no la concurrencia de meras equivocaciones o desaciertos en la
resolución judicial, sino errores esenciales; entendiendo por tales aquellos que manifiesten
una contradicción abierta, palmaria o inequívoca entre la realidad acreditada en el proceso
y las conclusiones que el Juzgador obtiene respecto a dicha realidad». Sin embargo, en un
voto particular emitido contra esta Sentencia por el Excmo. Sr. D. Paulino Martín Martín, el
citado Magistrado afirma que se trata de una figura —el error judicial— «insuficientemente
perfilada por la doctrina jurisprudencial». La STS de 19 de junio de 1991, Sala de lo Social
(Aranzadi 5153), fija algunos requisitos del error judicial indemnizable, «y que son entre otros
—señala esta Resolución con cita de varias otras— el carácter ostensible o patente del error,
su influencia determinante en el fallo, y que no halla sido provocado por conducta dolosa o
culposa de la parte accionante». Sentando, por último, la STS de 31 de octubre de 1991, Sala
de lo Civil (Aranzadi 7248), «la doctrina consolidada de esta Sala al respecto... (que refiere) el
error judicial exclusivamente a la desatención del juzgador a datos de carácter indiscutible, con
o sin culpa, generadora de una resolución absurda que rompe la armonía del concierto jurídico».

En resumen, el error judicial sólo puede afirmarse de resoluciones —incluso Providencias


(14)
— dictadas por Jueces y Magistrados en el ejercicio de su Jurisdicción, es decir, juzgando,
haciendo ejecutar lo juzgado, o adoptando medidas cautelares, frente a las que se hayan ago-
tado todos los recursos ordinarios y extraordinarios previstos por la ley, y que evidencien la de-
satención del Juzgador por tratarse de un yerro manifiesto e indiscutible, ya sobre los hechos
declarados probados, ya sobre el derecho aplicado, que sea determinante del sentido de la re-
solución, que haya provocado daños indemnizables y que no sea debido a dolo o culpa del per-
judicado.
B) Objeto del error puede ser, por tanto, como señala la STS de 16 de noviembre de
1990, Sala de lo Social (Aranzadi 8578), cualquier «resolución injusta o equivocada, viciada
de un error patente, indubitado e incontestable, que haya provocado conclusiones fácticas o ju-
rídicas ilógicas o irracionales», añadiendo la STS de 12 de septiembre de 1991, Sala de lo Pe-
nal (Aranzadi 6150), que «Lajurisprudencia de este Tribunal utiliza un criterio muy amplio en

^ Véase su Fundamento de Derecho tercero.


^ Véase al respecto, la STS de 1 de febrero de 1988, Sala de lo Civil (Aranzadi 582), que declara la existencia
de error judicial cometido por el Juzgado de Primera Instancia número 2 de Zaragoza, al dictar en autos del Juicio Eje-
cutivo 1199/83, la Providencia de 3 de marzo de 1986.

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cuanto a la determinación del objeto sobre el que puede recaer el error del juzgador, pues pue-
de afectar tanto a la cuestión fáctica, porque se parte de unos hechos radicalmente distintos de
aquellos que razonablemente pudieran deducirse de la prueba practicada, como a la califica-
ción jurídica, por haberse aplicado una norma que no era la adecuada o por haberse interpre-
tado la disposición procedente en forma absolutamente incorrecta, ya se trate de una
norma de orden material (error in iudicando) o procesal (error in procedendo)», si bien,
como razona la STS de 16 de noviembre de 1991, Sala de lo Penal (Aranzadi 8584), la am-
plitud de admisión del objeto de error se matiza exigiendo, en cuanto a los hechos, que el
yerro sea patente y manifiesto, y en cuanto al derecho, que su aplicación sea torpe e injus-
tificada, quedando fuera de los supuestos de error judicial «las opciones o decisiones asumi-
bles racionalmente».
No debe confundirse el objeto del error con el objeto del proceso, pues como certeramente
indica la STS de 15 de febrero de 1991, Sala de lo Penal (Aranzadi 1071), «Los trámites pre-
vistos en el artículo 293.1 de la Ley Orgánica tienden a obtener un título habilitante para exigir
al Estado en la vía administrativa una indemnización por error judicial», añadiendo la STS de
19 de junio de 1991, Sala de lo Social (Ar. 5153), que constituye la finalidad de este proceso
«la obtención de una decisión judicial formal que, expresamente, reconozca la existencia de un
error judicial, y que actúa, a su vez, como título para exigir responsabilidad patrimonial al Es-
tado, cuyo acto decisorio, al efecto, es controlable ante la Jurisdicción Contencioso-Adminis-
trativa».
C) Clases: Desde un punto de vista legal podríamos hablar de un error juicial «in genere»,
cuya declaración formal y expresa es menester, a tenor del art. 293 L.O.P.J., para tener derecho
a indemnización en contraposición con un error judicial advertido como consecuencia de un
recurso de revisión (art. 293.1 L.O.P.J.), o del específicamente previsto en el art. 294.1 del
mismo texto legal, al prescribir que «Tendrán derecho a indemnización (directa) quienes, des-
pués de haber sufrido prisión preventiva, sean absueltos por inexistencia del hecho imputado
o por esta misma causa haya sido dictado auto de sobreseimiento libre, siempre que se le hayan
irrogado perjuicios». Esta última clase de error judicial, a la que doctrina y jurisprudencia
consideran una especie o subespecie del género error judicial, y que después examinaré en epí-
grafe aparte, está asimismo contemplada en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Polí-
ticos (Nueva York, 16 de diciembre de 1966), ratificado por España el 27 de abril de 1977
(BOEde30-IV-1977)(15).
Otras clases de error judicial, ya suficientemente mencionadas al tratar la jurisprudencia,
son el error «de facto», o de hecho, y el error «de iure», o de derecho.
También, atendiendo a la clase de resolución sobre la que recae podría hablarse de error en
Sentencia, en Auto o en Providencia, y con la mira en la composición del órgano al que se atri-
buya cabría referirse a un error de Jueces y Magistrados, como órganos unipersonales, y a un
error de Salas, como órganos colegiados.

' ' Art. 9.5 «Toda persona ilegalmente detenida o presa tendrá el derecho efectivo a obtener reparación». Y art.
14.6 «Cuando una sentencia condenatoria firme haya sido ulteriormente revocada, o el condenado haya sido indultado
por haberse producido o descubierto un hecho plenamente probatorio de la comisión de un error judicial, la persona
que haya sufrido una pena como resultado de tal sentencia deberá ser indemnizada conforme a la ley, a menos que se
demuestre que le es imputable en todo o en parte el no haberse revelado oportunamente el hecho desconocido». No hay
que olvidar que este Pacto forma parte de nuestro Derecho interno, a tenor del art. 96.1 de la CE.

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— 1944 —

Sin embargo, entiendo que ni el recurso de revisión, «en todo caso», ni el anormal funciona-
miento de la Administración de Justicia tienen que ver con el error judicial en sentido estricto.
En cuanto al primero, a pesar de que una sentencia estimatoria dictada en recurso de revi-
sión puede dar lugar al derecho de reclamación directa ante la Administración del Estado, ello
no quiere decir que todos los casos, obviamente tasados por la ley, en los que procede dicho
recurso, sean debidos a error judicial, por cuanto muchos de ellos ni siquiera son imputables a
la actividad del Juzgador (v.g. art. 1796 L.E.C. para el recurso de revisión civil). Sí serán, por
el contrario, constitutivos de error judicial, por ejemplo, los casos previstos en el art. 954, nú-
meros 1 y 2, de la L.E.Cr, para el recurso de revisión penal.
Y con respecto al anormal funcionamiento de la Administración de Justicia, ya he apuntado
que su causa u origen ha de estar en el incorrecto o deficiente servicio público de la Justicia,
pero con excepción del contenido de las resoluciones judiciales, que, precisamente, son el úni-
co objeto sobre el que puede versar el error judicial. No obstante, un sector jurisprudencial in-
cluye dentro del anormal funcionamiento de la Administración de Justicia los errores
judiciales (16). Sin embargo, otros sectores doctrinales y jurisprudenciales, con distinto crite-
rio, evidentemente, sostienen que el error judicial es algo normal. Así, por ejemplo, DÍAZ
DELGADO afirma que «todo el sistema de impugnaciones está montado sobre la base de la
falibilidad humana», añadiendo que «el sistema de recursos y el de la cosa juzgada buscan, en
todo caso, la seguridad jurídica prescindiendo del acierto o no de la solución adoptada»(17). Y
ALMAGRO NOSETE, por su parte, señala: «No puede pedirse al dispensador o administrador
de Justicia que no se equivoque, sino que ponga toda la diligencia posible según su oficio en
no equivocarse. Si, pese a ello, se equivoca incurre en error judicial» (18). En mi opinión, el
ideal de la Justicia, entendido como darle a cada uno lo que le corresponde, no admite errores
ni equivocaciones. Sin embargo, esto no es más que un desiderátum, pues los errores judicia-
les, aunque escasos, existen. Lo cual es normal, ciertamente, desde el punto de vista humano,
y anormal desde la perspectiva del ideal de la Justicia.

3. FUNDAMENTO DE LARESPONSABnJDAD DEL ESTADO POR ERRORES


JUDICIALES

La Constitución Española de 1978 dispone en su artículo 117.1 que la justicia se adminis-


tra, en nombre del Rey, por Jueces y Magistrados responsables, y la Exposición de Motivos
de la L.O.PJ. explicaba que «se regula por primera vez la responsabilidad patrimonial del Es-
tado que puede derivarse del error judiciaL.complementándose de esta forma un Poder Judi-
cial plenamente responsable».

(16)
Así, por ejemplo, la STS de 3 de noviembre de 1987, Sala de lo Penal (Aranzadi 8435), señala: «...El artículo 121
de la Constitución, y los preceptos en que se refleja y realiza de la Ley Orgánica del Poder Judicial, completan y cierran el
círculo de posibilidades que al ciudadano —como administrado o como justiciable— se le ofrecen para obtener la repara-
ción de los perjuicios que puedan derivar del desenvolvimiento y dinámica de los servicios públicos, en especial los ema-
nantes del funcionamiento anormal de la Administración de Justicia, figurando, como subespecie muy caracterizada, el
error judicial, desajuste entre resolución y realidad táctica o normativa legal al que la ley acude en solicitud protectora del
perjudicado alcanzado por sus consecuencias» (la negrilla y el subrayado no están en el original).
(17)
Cfr. DÍAZ DELGADO, obra citada, págs. 49 y sgtes. Lo entrecomillado en págs. 49 y 51,
(18)
ALMAGRO NOSETE JOSÉ. «El sistema español de responsabilidad judicial», en PODER JUDICIAL. Año
1983, pág. 459.
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Sin embargo, como apunta DÍAZ DELGADO(19), no faltan argumentos en contra de que el Es-
tado asuma la responsabilidad derivada de los errores judiciales. Así, por ejemplo, el carácter sobe-
rano de la función jurisdiccional, las características organizativas de la Administración de Justicia,
las especiales garantías que ofrece el proceso judicial, el peligro de sobrecargar los gastos públicos,
la eficacia de la cosa juzgada que caracteriza a las resoluciones judiciales, o la independencia del
Poder Judicial. No obstante, la propia Constitución Española, en su artículo 9, declara que «Los po-
deres públicos están sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico», y garantiza «la
interdicción de la arbitrariedad de los poderes públicos», lo que también afecta, por supuesto, a los
Jueces y Magistrados como integrantes del Poder Judicial.
Ahora bien, el ejercicio continuo de la potestad jurisdiccional en todo tipo de procesos, juz-
gando y haciendo ejecutar lo juzgado, es una función muy compleja, ya que la interpretación
y aplicación del Derecho no es unívoca, y, por ende, susceptible de error^°\ por lo cual es ló-
gico que la responsabñidad personal del Juez en el ejercicio de sus funciones sufra una cierta
limitación, en detrimento de la responsabilidad patrimonial directa de la Administración del
Estado. Además esta restricción de la responsabilidad personal del Juez —sólo exigible en ca-
sos de dolo o culpa grave— está absolutamente generalizada. Así, por ejemplo, el artículo
222.2 de la Constitución Portuguesa, de 2 de abril de 1976, según el Texto Revisado conforme
a la Ley Constitucional núm. 2/1982, de 30 de septiembre, dispone que: «Los jueces no serán
responsables de sus resoluciones, salvo las excepciones previstas en la ley».
En otro orden de ideas, algún autor ha pretendido fundamentar la indemnización por error
judicial en el derecho a látatela judicial efectiva (art. 24 CE). Sin embargo, de acuerdo con la
reciente STC 242/1991, de 11 de noviembre, que recoge una doctrina ya consolidada, la tutela
judicial efectiva no incluye un hipotético derecho al acierto judicial, ni comprende la repara-
ción o rectificación de errores, equivocaciones, incorrecciones jurídicas o, en definitiva, injus-
ticias producidas por la interpretación o aplicación judicial de las normas, sino que asegura
únicamente la emisión de un pronunciamiento judicial motivado, sea cual fuere su sentido. Es
decir, la tutela judicial efectiva no puede confundirse con el derecho a que las decisiones de los
Tribunales sean satisfactorias para los litigantes o acordes con sus aspiraciones. Ello es perfec-
tamente comprensible y lógico si se tiene en cuenta que el Tribunal Constitucional no puede
entrar a conocer del fondo de las resoluciones, sino sólo de si se han vulnerado o no, en el pro-
ceso, los derechos fundamentales del justiciable.
En mi opinión, para entender el fundamento del derecho a la indemnización citada resulta
muy esclarecedora la STS de 2 de abril de 1990, Sala de lo Penal (Aranzadi 3039): «La Ley
Orgánica del Poder Judicial, de 1 de julio de 1985, en sus artículos 292 y siguientes, ha dado
cumplimiento y desarrollado la norma constitucional representada por el artículo 121 de nues-
tra Carta Magna, ciertamente innovadora, acarreando a la Administración hacia un primer pla-
no de responsabilidad, llamando al Estado a responder resarcitoriamente, sin mediaciones y

(19)
Cft. DÍAZ DELGADO, obra citada, pág. 24.
^ Extraordinariamente acertadas me parecen las palabras de VIVES ANTÓN cuando afirma que «El juez aplica
las normas jurídicas interpretando sus reglas y extrayendo de ellas principios implícitos o explícitos en base a los cua-
les solventa sus antinomias e integra sus lagunas. Realiza, pues, un proceso de reformulación del Derecho con vistas
al caso, en el que elige entre una serie de posibles opciones, y que nada tiene de silogístico ni de automático...». VIVES
ANTÓN TOMAS SALVADOR. «La responsabilidad del Juez en el Proyecto de Ley Orgánica del Poder Judicial», en
Documentación Jurídica, Tomo XII. Enero-junio 1985, números 45/46. Madrid. Centro de Publicaciones del Ministe-
rio de Justicia, pág. 341.

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— 1946 —

sin subordinación alguna, de las personas que asumiendo funciones jurisdiccionales generaron
con su proceder una situación de damnum. El Estado se erige en responsable directo en orden
al atendimiento de los daños antijurídicos ocasionados por la actividad jurisdiccional de jueces
y magistrados». Es decir, la responsabilidad directa del Estado como consecuencia de errores
judiciales tiene un claro fundamento resarcitorio e indemnizatorio. derivado del «alterum
non laedere» (no dañara a otro); en definitiva, del daño antijurídico. Buena prueba de ello,
como señala la STS de 5 de febrero de 1991, Sala de lo Social (Aranzadi 799), es que «esta
vinculación entre la acción prevenida en el artículo 293 L.O.PJ. y los daños causados por error
judicial es tal, que si no pudiera presumirse el derecho a indemnización por la existencia de es-
tos daños faltaría un requisito esencial para que pueda ser declarado el error judicial a que se
ordena la acción». O como establece la propia L.O.P.J., en su artículo 292.2, «En todo caso, el
daño alegado habrá de ser efectivo, evaluable económicamente e individualizado en relación
a una persona o grupo de personas», sin que sea preciso que se trate de daños materiales (pue-
den ser también morales), con tal, eso sí, que sean evaluables económicamente.

Por lo demás, ya me he referido a los motivos que dan lugar a que se trate de una responsa-
bilidad directa del Estado, y objetiva (sin dolo ni culpa), de acuerdo con una reiterada jurispru-
dencia.

4. NAITJRAIJIZADELPROCESOPAR^INSIARIINADECLARACIÓNDEERROR
JUDICIAL

Debo comenzar este epígrafe diciendo que no se trata de ningún recurso ni ordinario ni ex-
traordinario, y ello, principalmente, por dos razones: La primera porque en el proceso por error
Judicial no existe impugnación pidiendo que se revoque o rescinda una resolución judicial, y
la segunda, porque la declaración de error sólo procederá en caso de resoluciones judiciales
que hayan ganado firmeza tras haber agotado todos los recursos previstos por el ordenamiento
(art. 293.1, f L.O.PJ.). En consecuencia, considero desacertadas la STS de 16 de junio de
1988, Sala de lo Civil (Aranzadi 4934), que lo califica como recurso extraordinario de recono-
cimiento de error judicial, y la STS de 16 de noviembre de 1991, Sala de lo Penal (Aranzadi
8584), que entiende se trata de una acción excepcional de impugnación. En cambio son correc-
tas, a mi juicio, la STS de 4 de febrero de 1988, Sala de lo Civil (Aranzadi 589), al considerar
que no es una segunda instancia, y la STS de 13 de abril de 1989, Sala de lo Civil (Aranzadi
3143), al estimar que no es tampoco una tercera instancia ni un claudicante recurso de casación
(negaciones que repite la ya citada STS de 16 de noviembre de 1991, Aranzadi 8584).

Asimismo, opino que es poco afortunada la STS de 22 de julio de 1989; Sala de lo Civñ (Aran-
zadi 5774), al calificar el proceso por error judicial como recurso especial, pues las diferencias con
el recurso de revisión —a pesar de lo dispuesto en cuanto a su tramitación por el art. 293.1, c
L.O.P. J.- son notables. En efecto, como ha señalado la STS de 18 de abril de 1991, Sala de lo Social
(Aranzadi 3372), la finalidad del recurso de revisión «se orienta a la prevalencia del principio de
justicia material sobre el de seguridad jurídica que acompaña a toda sentencia firme obtenida en un
proceso judicial... Es por esto que el recurso de revisión se halla sometido a precisos e inexorables
condicionamientos, tanto de motivación como cronológicos en su planteamiento e interposición».
De manera que el procedimiento por error judicial y el recurso especial de revisión civil tienen en
común el estar referidos a resoluciones firmes y el plazo para su interposición (tres meses), pero
mientras que el segundo pretende obtener una sentencia rescindente, que afecta al valor de la
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— 1947 —

cosa juzgada, y sus motivos están absolutamente tasados por la ley (art. 1796 L.E.C.), el error
judicial persigue, simplemente, una declaración formal o título habilitante para lograr una re-
paración económica de los daños, no afecta para nada al valor de cosa juzgada de la resolución
cuyo error se insta, y su objeto, como ya hemos visto, es amplísimo.
Así pues, entiendo que se trata de un procedimiento de carácter subsidiario, en tanto que
sólo puede iniciarse tras haber agotado todos los recursos previstos por el ordenamiento; de
naturaleza especial, pues su único y específico objeto es la declaración de error judicial de una
resolución firme e irrecurrible, al que se puede calificar, por tanto, de proceso especial, y tam-
bién, como hace la STS de 11 de septiembre de 1991, Sala de lo Penal (Aranzadi 6150), de
proceso declarativo de orden especial, al tenerse que instar ante la Sala correspondiente del
Tribunal Supremo, señalando que «tiene por objeto una declaración de error que, si bien obliga
a examinar la corrección factica y jurídica de la decisión judicial impugnada, sólo puede pros-
perar cuando la posible falta de adecuación entre lo que debió resolverse y lo que se resolvió
sea tan ostensible y clara que cualquier persona versada en derecho pudiera así apreciarlo, sin
posibilidad de que desde algún punto de vista defendible en derecho pudiera reputarse acerta-
da, teniendo en cuenta las circunstancias concretas del caso y la forma en que ordinariamente
se resuelven las mismas cuestiones en casos semejantes» W.

5. EL PROCEDIMIENTO DE ORDEN ESPECIAL PARA LA DECLARACIÓN DE


ERROR JUDICIAL (art. 293.1 L.O.P.J.): REQUISITOS

A) Competencia

La demanda instando la declaración de error judicial habrá de presentarse ante la Sala del
Tribunal Supremo correspondiente al mismo orden jurisdiccional que el órgano a quien se im-
puta el error. Cuando se trate de órganos de la jurisdicción militar la competencia correspon-
derá a la Sala Quinta de lo Militar del Tribunal Supremo. Y si el error se atribuye a una Sala o
Sección de este Alto Tribunal el conocimiento de la demanda compete a una Sala formada por
el Presidente del Tribunal Supremo, los Presidentes de Sala y el Magistrado más antiguo y más
moderno de cada una de ellas (arts. 293.1,b y 61.1.5 L.O.P.J.). Cuando el error se impute a al-
gún órgano (Magistrados) del Tribunal de Cuentas estimo que la competencia habría de recaer
en la Sala Tercera de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo, por afinidad. Al-
gún autor propone, pienso que un tanto ingenuamente, que el reconocimiento del error debería
efectuarse por el propio órgano jurisdiccional causante del daño(22).

B) Legitimación

Ostenta la legitimación activa el interesado o perjudicado por los daños derivados del error
judicial cuya declaración postula. Mientras que la legitimación pasiva (arts. 293.1, c L.O.P.J.

(21)
Véanse las SSTS de 11 de octubre de 1989, Sala de lo Social (Aianzadi 7159); 1 de febrero de 1988, Sala de
lo Ovil (Aranzadi 589); 21 de julio de 1989, Sala de lo Social (Aranzadi 5774), y 8 de noviembre de 1991, Sala de lo
Civil (Aranzadi 7939).
(22)
Así DÍAZ DELGADO, en obra citada, pág. 56.
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y 1801 L.E.C.) recae, en primer lugar, sobre todos cuantos hubieran litigado en el pleito al que
se refiera la resolución tachada de errónea, con excepción del actor que, obviamente, ostentará
la legitimación activa, y en segundo lugar, sobre la Administración del Estado, que actuará re-
presentada por el Letrado del Estado. Además, en este tipo de procesos, será parte en todo caso
el Ministerio Fiscal, aunque no puede decirse que ostente legitimación activa o pasiva, ya que,
actuando en defensa de la legalidad, igual puede apoyar la declaración de error que solicitar la
desestimación de la acción(23).

Por otra parte, como señala PABLO GARCÍA MANZANO, «a la sentencia de la Sala del
Tribunal Supremo ha de preceder el informe del órgano jurisdiccional a quien se imputa el
error (art. 292.1,d L.O.P.J.), garantizando así el principio de contradicción y dando la oportu-
nidad al Juez o a los Magistrados integrantes del Tribunal a quien se atribuye el error de efec-
tuar alegaciones tendentes a justificar su actuación»(24). La oportunidad de este informe me
parece incuestionable, incluso cabria contemplar la posibilidad de que el Juez o Magistrados
de la Sala a quien se impute el error se personaran como parte en el proceso, ostentando su pro-
pia representación, en defensa de su cuestionada resolución. Pero lo que no está claro es el mo-
mento procesal en que el citado informe debe emitirse. Así, del tenor literal del precepto
mencionado se desprende que ha de evacuarse inmediatamente antes de dictarse sentencia: «El
Tribunal dictará sentencia definitiva, sin ulterior recurso, en el plazo de quince días, con infor-
me previo del órgano jurisdiccional a quien se atribuye el error» (art. 293.1,d L.O.P.J.). Sin
embargo, de la STS de 27 de noviembre de 1987, Sala de lo Civil (Aranzadi 8700), se deduce
que el informe fue previo a la vista, (sic) refiriéndose al informe emitido por el Magistrado-
Juez de Distrito núm. 2 de Valladolid, al que se imputaba una resolución errónea: «puesto de
manifiesto a las partes el anterior informe se ha señalado para la vista el día 23 de noviembre
actual». Por su parte, la STS de 4 de febrero de 1988, Sala de lo Civil (Aranzadi 589), sin men-
cionar la vista, pero sí los informes del Fiscal y del Abogado del Estado, señala «Remitidos
los autos al Juzgado de Primera Instancia núm. 4 de los de Murcia para emitir el informe
a que se refiere el apartado d) del art. 293. de la L.O. 6/85 de 1 de julio del Poder Judicial,
se llevó a cabo, manifestando su total conformidad con los respectivos escritos del Ministe-
rio Fiscal y del Letrado del Estado». No obstante, en algún procedimiento de error judicial el
referido informe se ha solicitado dentro del término del emplazamiento, es decir, en el plazo
de cuarenta días desde la notificación de la demanda en declaración de error(25), lo que
conlleva, a mi juicio, una mayor objetividad, pero también una cierta indefensión (al no
conocer el Juez o Tribunal informante las posturas del Fiscal y del Abogado del Estado, ni
los argumentos esgrimidos por éstos), así como una interpretación menos literal del citado
precepto.

' 2 3 ' FAIREN GUILLEN parece cuestionarse el uso del término «acción» empleado por el art. 293.1,a de la
L.O.P. J. (véase FAIREN GUILLEN VÍCTOR. Comentarios a la Ley Orgánica del Poder Judicial, de 1 de julio de 1985.
Madrid. Edersa. 1986, pág. 331), pero estimo que es correcto, entendiendo por acción el instrumento con que se ejer-
cita por el justiciable el derecho a la justicia, ya pretenda la condena a una prestación, o la mera declaración de la exis-
tencia o inexistencia de un derecho, relación jurídica o hecho, o la constitución, modificación o extinción de un estado
o de una relación jurídica, o, incluso, la adopción de una medida cautelar. Cfr. PRIETRO CASTRO EERRANDIZ y
ALMAGRO NOSETE. Curso de Derecho Procesal I. U.N.E.D., pag. 53.
(24)
GARCÍA MANZANO, trabajo citado, pág. 196.
^ Así en autos 2893/90 de la Sala Primera del Tribunal Supremo. Secretaría Sr. Crevillén Sánchez.

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C) Habilidad procesal

Para poder accionar en demanda de error judicial es «conditio sine qua non»: a) acredi-
tar la existencia de un daño efectivo evaluable económicamene e individualizado en re-
lación a una persona o grupo de personas (art. 292.2 L.O.P.J.). Así —siguiendo a DÍAZ
DELGADO—, la noción de daños efectivos excluye los daños eventuales o simplemente
posibles, pero no actuales; individualizados quiere decir que excedan de lo que pueden
considerarse cargas comunes de la vida social, y patrimonialmente evaluables significa
que puedan cuantificarse, pudiendo tratarse tanto de daños materiales como de daños mo-
rales, citando a título de ejemplo la STS de 9 de abril de 1985, que reconoce el derecho a
ser indemnizado por las molestias y daños síquicos a consecuencia del ruido ^6\ Sobre la
exigencia de acreditación de los daños afirma la STS de 27 de noviembre de 1987, Sala de
lo Civil (Aranzadi 8700), al desestimarla demanda «que, a tenor del art. 292 de la Ley Or-
gánica del Poder Judicial: los perjudicados por error judicial tienen derecho a exigir del
Estado la correspondiente indemnización por los daños causados, siempre que tales da-
ños sean efectivos, y en el caso de litis no existe el más elemental principio de prueba
que acredite que la sentencia de desahucio le ha ocasionado perjuicios» (27). Por esta
misma razón, del deber de demostrar los daños, el art. 292.3 de la L.O.P.J. dispone que «la
mera revocación o anulación de las resoluciones judiciales no presupone por sí sola dere-
cho a indemnización»; es decir, que en tanto no se acredite la existencia efectiva de los
daños evaluables e individualizados, que además han de guardar, con respecto al error ju-
dicial, relación de causa-efecto no puede prosperar la acción(28). b) Haber agotado todos
los recursos previstos en el ordenamiento, tanto ordinarios como extraordinarios, contra
la resolución tachada de errónea, incluso como dice la STS de 10 de junio de 1987, Sala
de lo Social (Aranzadi 4323), el mal llamado recurso de «aclaración de sentencias», rela-
tivo a las resoluciones oscuras o que contengan omisiones (art. 267 números 1 y 3 de la
L.O.P.J.), teniendo también en cuenta que «los errores materiales manifiestos y los aritmé-
ticos podrán ser rectificados en cualquier momento» (art. 267.2 L.O.P.J.). Este requisito
viene exigiéndose por el Tribunal Supremo con gran rigor. Así, la citada Sentencia de 10
de junio de 1987, contempla un interantísimo caso de error, formulado por el recurrido
contra «una sentencia del Tribunal Central de Trabajo, que tras acoger integramente en su
fundamentación jurídica la tesis del recurrente, lo que acarreaba inexorablemente la esti-
mación del recurso de suplicación formulado, lo desestima en su parte dispositiva confir-
mando la resolución recurrida en plena contradicción con sus fundamentos de derecho». El
Tribunal Supremo desestima la demanda de error interpuesta, al no haber pedido la aclaración
de la resolución, «cuyo remedio o subsanación pudo y debió pedir por la vía de aclaración la
parte agraviada que ha de soportar, al no haberlo hecho, las consecuencias de su pasividad».
No comparto la tesis del TS en esta ocasión, en tanto que al serle favorable al recurrido la parte
dispositiva del fallo no puede hablarse de parte agraviada, máxime cuando el plazo para pedir
la aclaración es tan sólo de dos días. Pienso, por ello, que debió estimarse la demanda de error

(26)
Cfr. DÍAZ DELGADO, obra citada, págs. 14 y sgtes.
27
( ) Sobre la acreditación de los daños véanse también las SSTS de 16 de noviembre de 1990, Sala de lo Social
(Aranzadi 8578), y de 11 de julio de 1991, Sala de lo Penal (Aranzadi 5779).
@8) Véanse en el mismo sentido el art. 40.2 de la Ley de Régimen Jurídico de la Administración del Estado, y la
STS de 2 de noviembre de 1988, Sala de lo Social (Aranzadi 8501).
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judicial formulada1'29), c) Presentar la demanda en elplazo de tres meses a partir del día en que
pudo ejercitarse (art. 293.1,a L.O.P.J.). Sobre el cómputo de dicho plazo, afirma la STS de 12
de enero de 1990, Sala de lo Civil (Aranzadi 33), «que de acuerdo con tales preceptos (se re-
fiere al art. 293.1, apartados a) y f) de la L.O.PJ.), resulta claro que el aludido plazo de tres me-
ses, que. debe reputarse de caducidad, no comenzará a computarse sino desde el día en que, por
haberse agotado cuantos recursos ordinarios y extraordinarios prevea el ordenamiento jurídico
en relación con la resolución judicial de que se trate, quede expedita la vía de la acción por
error judicial». Además dicho plazo, por venir referido a meses, se cuenta de fecha a fecha y
no por días (art. 5.1 del Código Civil), considerándose hábil el mes de agosto (STS de 30 de
octubre de 1991, Sala de lo Contencíoso-Administrativo, Aranzadi 6939). Igualmente, debe
traerse a colación la doctrina del Tribunal Constitucional (ver p. ej. la STC 231/1991), por la
que la interposición de un recurso judicial improcedente de forma clara y manifiesta (v.g. el
de casación) no interrumpe el plazo de interposición del recurso de amparo. Doctrina que puede
ser extrapolable al proceso por error judicial. Sin embargo, y a pesar del rigor que emplea el
Tribunal Supremo para estimar la caducidad de la acción por error judicial, la STS de 11 de
julio de 1991, Sala de lo Social (Aranzadi 5153), antepone a dicho requisito el derecho a la
tutela judicial efectiva. Además, hay que tener en cuenta que mediante el procedimiento de
error judicial no se ataca el valor de la cosa juzgada, ni afecta, por tanto, a la seguridad jurídica.
De modo que siendo la primera parte —o fase previa— de un proceso indemnizatorio en
reclamación de daños y perjuicios no se comprende por qué el plazo para la presentación de la
demanda no es el de un año, a contar desde la notificación de la resolución firme cuyo error
se postula, en armonía con el art. 142.4 de la Ley 30/1992, de 26 de noviembre, que concede
dicho plazo para instar la responsabilidad patrimonial de la Administración Pública. Yd)fc
constitución de un depósito de 50.000 pesetas, a tenor de la reforma introducida en el art. 1799
de la L.E.C. por la Ley 10/1992, de 30 de abril, de Medidas Urgentes de Reforma Procesal,
salvo que el demandante tenga derecho al beneficio de justicia gratuita.

D) Procedimiento

Las demandas sobre declaración de error judicial se tramitarán y sustanciarán, en cuanto


les sea de aplicación, por las reglas del recurso de revisión civü (arts. 293.1, cL.O.P.J. y 1796
y sgtes. L.E.C.), siendo, no obstante, prioritario todo lo dispuesto en el art. 293.1 de la L.O.PJ.
por ser ley especial en esta materia. Cabe pedir en la demanda, o en la contestación a la de-
manda, el recibimiento a prueba (art. 1802 en relación con los arts. 750-757 de la L.E.C.), cuya
carga corresponde, lógicamente, al demandante. Pues como afirma la STS de 21 de mayo de
1991, Sala de lo Social (Aranzadi 3920), «es al demandante en este proceso a quien corres-
ponde acreditar que la apreciación del juzgador se realizó de forma abiertamente errónea con
desatención injustificada a evidencias inequívocas...». No es preceptiva la celebración de vis-
ta, aunque su señalamiento puede —y debe, en mi opinión— acordarse, para que el demandan-
te tenga la oportunidad de combatir las alegaciones vertidas en sus escritos por el Ministerio
Fiscal, en su caso, el Letrado del Estado y las demás partes personadas, así como en el informe
emitido por el Juez o Tribunal al que se imputa el error, tras el escrito de demanda.

^ ' Sobre la necesidad de haber agotado todos los recursos, véanse también las SSTS de 26 de mayo de 1987,
Sala de lo Social (Aranzadi 3874); 3 de noviembre de 1987, Sala de lo Penal (Aranzadi 8435); 16 de noviembre de
1990, Sala de lo Social (Aranzadi 8578), y 11 de julio de 1991, Sala de lo Penal (Aranzadi 5779).

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—1951 —

E) Suspensión de la ejecución

Dice el art. 293.1, g de la L.O.PJ. que «la mera solicitud de declaración de error no impe-
dirá la ejecución de la resolución judicial a la que aquél se impute». No obstante, por medio de
«otrosí», en la demanda en que se inste el error judicial podrá perdirse la suspensión de dicha
ejecución, siendo de aplicación lo dispuesto en el art. 1803 de la L.E.C., para el recurso de re-
visión: «...Podrá, sin embargo, el Tribunal (Supremo), en vista de las circunstancias, a petición
del recurrente, dando fianza, y oído el Ministerio Fiscal, ordenar que se suspendan las diligen-
cias de ejecución... La cuantía de la fianza comprenderá el valor de lo litigado y los daños y
perjuicios consiguientes a la inejecución de la sentencia, para el caso de que el recurso fuere
desestimado». Así, por ejemplo, el Auto de la Sala Segunda del TS, de 16 de febrero de 1990
(Aranzadi 1564), decreta la suspensión de la ejecución de una sentencia, tachada de errónea,
bajo fianza de 60.900.000 pesetas en cualquiera de las formas autorizadas en Derecho, seña-
lando que la suspensión de la ejecución, tal y como está regulada en el art. 293.1, g de la
L.O.P.J., se trata de «una facultad que la Sala habrá de utilizar con prudencia en razón a todos
los datos de que se disponga, entre otros: a) La prosperabilidad de la acción, no en el sentido
de que ello suponga la anticipación a la decisión, pero sí una prevaloración de la probabilidad,
b) Naturaleza y en su caso cuantía de la obligación, c) Gravosidad que el propio aplazamiento
puede suponer para quien resulta beneficiado, y d) Fácil separabilidad o inseparabilidad de los
efectos de la ejecución».

F) Costas

Por imperativo del art. 293.1, e «Si el error no fuere apreciado las costas se impondrán al
peticionario». Ahora bien, alguna jurisprudencia—en su función de complementar el ordena-
miento jurídico al interpretar y aplicar la ley (art. 1.6 del CC)— ha matizado este rígido prin-
cipio de imposición de costas. Así, por ejemplo, la STS de 24 de noviembre de 1986, Sala de
lo Social (Aranzadi 6716), concluye: «Procede, por consiguiente, desestimar la petición por no
apreciarse el error en la forma descrita, es decir, en obligada relación causal con el daño (aquí
inexistente o al menos no probado), pero no imponer las costas al peticionario, dado que el
error, base de la demanda, si ha existido y el artículo 293.1. e déla Ley Orgánica del Poder
Judicial supedita la imposición de costas alano apreciación del error». Por su parte, la STS
de 30 de mayo de 1990, Sala de lo Contencioso-Administrativo (Aranzadi 4293), que trata de
un caso de error judicial, relativo a un Auto por el que se acordó un embargo preventivo de bie-
nes improcedente, aunque el demandante instaba conjuntamente las acciones por error judicial
y anormal funcionamiento de la Administración de Justicia, desestimó el recurso contencioso-
administrativo, pero «sin que se aprecien méritos a los efectos de especial condena en costas».
Asimismo, la STS de 4 de enero de 1990, Sala de lo Contencioso-Administrativo (Aranzadi
325), resolviendo otro recurso de esa índole, interpuesto ante la denegación de indemnización
por error judicial en vía administrativa, si bien relativo a un caso de prisión provisional inde-
bida, tampoco estimó procedente la condena en costas. Y, por último, una reciente STS, de 13
de mayo de 1991, Sala de lo Penal (Aranzadi 3628), referente asimismo a un supuesto de pri-
sión preventiva indebida, desestima la demanda por incompetencia de jurisdicción, al entender
que la reclamación, en ese caso, correspondía formularla directamente ante el Ministerio de
Justicia, a tenor del art. 294.3 de la L.O.P.J., y en consecuencia —concluye la citada resolu-
ción— no resulta procedente hacer declaración sobre el pretendido error judicial, debiendo los

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— 1952 —

demandantes, si estimasen tener derecho a ello, dirigir sus solicitudes de indemnización al Mi-
nisterio de Justicia. Sin que proceda hacer expresa imposición de costas, al no haber entrado
en el conocimiento del supuesto error denunciado». También se ha puesto de manifiesto la de-
sigualdad de trato al no imponer las costas al Estado en caso de apreciación del error y consi-
guiente estimación de la demanda.

G) La sentencia y sus efectos

«El Tribunal dictará sentencia definitiva, sin ulterior recurso, en el plazo de quince días...»
(art. 293.1,d L.O.P.J.). Entiendo lo anterior, sin perjuicio del recurso de amparo ante el Tribu-
nal Constitucional si, a lo largo del proceso por error judicial, se hubieran vulnerado derechos
y libertades reconocidos en los artículos catorce a veintinueve de la Constitución (art.41.1 de
la Ley Orgánica 2/1979, de 3 de octubre, del Tribunal Constitucional). De otra parte, podría
pensarse que para la declaración de error bastaría la forma de Auto, sin embargo, la importan-
cia del asunto, lo delicado de la materia, la satisfacción del derecho a la tutela judicial efecti-
va, y la imposibilidad de ulterior recurso han llevado a nuestro legislador a establecer la forma
de sentencia (art. 248.3 L.O.P.J.), para poner fin al proceso por error judicial. Dicha sentencia
podrá ser estimatoria, afirmando que, en efecto, el Juez o Tribunal ha errado al fijar los hechos
o al aplicar el derecho en la resolución tildada de errónea, o desestimatoria, concluyendo que
la resolución puesta en tela de juicio, más o menos acertada, no es constitutiva, sin embargo,
de error judicial. Creo que no caben estimaciones parciales de la demanda. O todo, o nada.
Todo, significa el derecho a indemnización. Nada, la condena en costas. Si bien, puede que el
error se estime en forma distinta a la invocada por el demandante. No tan amplio, no tan fla-
grante, no sobre todos los hechos, ni sobre todos los fundamentos jurídicos, cuyo claro desa-
cierto se invoque.
En cuanto a los efectos de la sentencia estimatoria, el principal es que la misma sirve de tí-
tulo habilitante para reclamar la indemnización que correspoda ante el Ministerio de Justicia,
en vía administrativa. Por ello, se critica unánimente y con razón, que la Sentencia del Tribunal
Supremo estimatoria del error judicial, no determine con precisión la cuantía de la indemniza-
ción. En mi opinión, como los daños han de acreditarse en susodicho proceso, poco cuesta ya
evaluarlos, convirtiendo así la Sentencia en que se declare tal error y la cuantía del daño pro-
ducido por el mismo en un verdadero título ejecutivo (art. 18.2 L.O.P.J.). Actualmente, sin em-
bargo, habrá de seguirse el procedimiento establecido por el art. 134 del Reglamento de
Expropiación Forzosa, de 26 de abril de 1957, para la responsabilidad patrimonial del Estado
y, ante el retraso de la Administración en contestar a la reclamación (una vez denunciada la mora),
o, en caso de desacuerdo expreso sobre la cuantía de la indemnización, cabe interponer recurso
contencioso-administrativo (art. 293.2 L.O.P.J.). Todo ello, ha llevado a la doctrina a calificar el
procedimiento indemnizatorio por error judicial de una verdadera carrera de obstáculos»(30).
Respecto al valor de cosa juzgada de la resolución cuyo error se postula, entiendo que no
puede ser atacado por la acción prevista en el art. 293.1 de la L.O.P.J., hacerlo así sería desvir-
tuar este procedimiento establecido, simplemente, para lograr una indemnización por daños
derivados de errores judiciales, y no «como una tercera instancia o un claudicante recurso de
casación», ni tampoco como un especial «recurso de revisión», según ya hemos tenido ocasión

(30)
Cfr. por todos, MONTERO AROCA, en trabajo citado, págs. 815 y 831.

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de ver. Mas no falta quien sostiene que no es incompatible una cosa con otra, y que, siempre
que sea posible, deberá evitarse la ejecución de la resolución declarada errónea o dejar sin
efecto lo ejecutado sobre la misma, por razones de justicia material. Es decir, no sería justo —sos-
tiene algún autor— que una de las partes se beneficie de un error judicial, aunque la otra luego
sea indemnizada. Incluso hay quien estima que la declaración de error judicial conlleva de for-
ma inherente la anulación de la resolución equivocada, aunque no se pida expresamente en la
demanda, porque como razona la STS de 22 de julio de 1989, Sala de lo Civil (Aranzadi 5774),
«...según doctrina jurisprudencial —SS. de 10 de julio de 1933,21 de marzo de 1942,5 de ju-
nio de 1943 y 17 de noviembre de 1966— los Tribunales, en bien de los propios litigantes y
para evitarles nuevos pleitos, deben resolver todas las cuestiones sustancialmente planteadas
en los escritos de alegaciones del proceso, sin necesidad de ajustarse literal y rigurosamente a
las peticiones de las partes, tomando en cuenta la relación íntima y racional entre pretensiones
y resoluciones, sin prescindir de la conexión que exista con los antecedentes de hechos y razo-
namientos jurídicos expuestos en los respectivos escritos, no infringiendo el art. 359 de la
L.E.C. — S . de 7 de diciembre de 1965— las decisiones jurisdiccionales que contengan decla-
raciones sobre puntos implícitamente comprendidos en las cuestiones objeto de debate, siem-
pre que sean consecuencia lógica y legal de ellas o se refieran a extremos accesorios y
secundarios que, sin alterar los pronunciamientos principales, conduzca a la efectividad del
fallo...». Por mi parte, considero que esta doctrina no es aplicable a la demanda por error judi-
cial, en tanto que la resolución tachada de errónea —ya firme— no puede ser nuevamente ata-
cada o impugnada en este proceso, por ser requisito inexorable para interponer la demanda
declarativa de error, que se hayan agotado todos los recursos previstos por el ordenamiento
(art. 293.1, f L.O.P.J.). Por lo cual, si la sentencia declarativa de error judicial, anulase la reso-
lución desacertada, podría ser, a su vez, atacada por incongruente ante el Tribunal Constitucio-
nal (SSTS 90/1988,91/1989,79/1990 y 198/1990).

6. CASOS EN LOS QUE HA SIDO ESTIMADO EL ERROR JUDICIAL

Hasta el año el 1991 inclusive, tan sólo tengo conocimiento de tres sentencias en las que
haya sido declarado el error judicial. La primera de ellas es la STS de 1 de febrero de 1988,
Sala de lo Civil (Aranzadi 582), y se refiere al siguiente caso: Como consecuencia de un juicio
ejecutivo a instancia del Banco de Vizcaya, el Juzgado de Primera Instancia núm. 1 de Logro-
ño, había decretado el embargo de los bienes de D. Fernando G. H.; pero no habiendo cobrado
el Banco y enterado de que el por Juzgado de Primera Instancia núm. 2 de Zaragoza se iba a
proceder a la subasta de un inmueble, también embargado a dicho Sr., a instancia de la Caja de
Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, el Banco de Vizcaya consiguió que el Juzgado de Lo-
groño citado, librase un exhorto al Juzgado de Zaragoza también citado, para que pusiera a dis-
posición del de Logroño el sobrante del remate de la referida subasta. Sin embargo, el Juzgado
de Zaragoza, que había recibido el exhorto en tiempo y forma, en vez de poner el sobrante a
disposición del Juzgado núm. 1 de Logroño, lo entregó a D. Fernando G. H. mediante Provi-
dencia de 3 de marzo de 1986, en autos de juicio ejecutivo seguido contra el mismo. El Tribu-
nal Supremo declaró, en la referida sentencia, que esta última Providencia, al poner a
disposición de los ejecutados 2.481.056 pesetas, era constitutiva de «error judicial».
La segunda sentencia estimatoria es la STS de 6 de junio de 1989, Sala de lo Penal (Aran-
zadi 5031), relativa a la sentencia pronunciada por el Juzgado de Instrucción 31 de Madrid, en
el recurso de apelación formulado contra la resolución dictada por un extinto Juzgado de Dis-
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trito en un Juicio de Faltas, ya que ambos Jueces «incurrieron en el error de cifrar el tiempo de
impedimento del lesionado Francisco A.M., en doce días, sin asignarle secuela alguna, cuan-
do, en realidad, no sólo se prolongó su curación durante treinta y nueva días, sino que, además,
sufrió la pérdida del bazo a causa de la operación a la que urgentemente fue sometido», según
el historial médico remitido por el Hospital Militar «Gómez Ulla» y aceptado por ambas reso-
luciones.
Y la tercera de las sentencias, es la STS de 12 de enero de 1990, Sala de lo Civñ (Aranzadi
33), que declara la existencia de error judicial en la sentencia del Juzgado de Primera Instancia
de la Orotava de 18 de marzo de 1987, por el siguiente asunto: El Juzgado de Distrito del Puer-
to de la Cruz al conocer de una demanda de desahucio por falta de pago, había desestimado la
demanda por encontrarse el demandado al corriente de sus obligaciones imponiendo las costas
a la parte actora. Apelada la sentencia del Juzgado de Distrito, el Juzgado de Primera Instancia
de la Orotava, en la citada resolución, desestimó el recurso de apelación en cuanto al fondo
pero, modificando la condena en costas de la primera instancia, impuso las costas de aquella a
la parte demandada. El Tribunal Supremo, declara en esta sentencia que «el artículo 149 de la
Ley de Arrendamientos Urbanos, claramente establece que las costas serán impuestas al de-
mandado cuando se declare haber lugar al desahucio o que éste hubiese procedido, de no me-
diar el pago o la consignación, supuestos que no concurren en el caso contemplado, por lo que
procede reconocer el error judicial preconizado...».

También son de destacar la STS de 10 de octubre de 1989, Sala de lo Social (Aranzadi


7144), con dos votos particulares, en un tema sobre Seguridad Social, y la STS de 25 de abril
de 1991, Sala de lo Contencioso-Administrativo (Aranzadi 3438), en un asunto sobre el arbi-
trio de plusvalía. Igualmente son muy interesantes la STS de 24 de noviembre de 1986, Sala
de lo Social (Aranzadi 6716), relativa a un caso de embargo y venta de bienes de una empresa
para el pago de salarios, entre los que se encontraba una máquina cedida en «leasing» (arren-
damiento financiero con opción de compra), pero con reserva de dominio a favor de la compa-
ñía de leasing. Demanda de error que, sin duda, hubiera prosperado de no ser porque antes de
dictar sentencia el Tribunal Supremo, ya el Magistrado de Trabajo había subsanado la equivo-
cación, al comunicarle un Juzgado de Primera Instancia la admisión a trámite de la demanda
de tercería de dominio instada por la empresa de leasing sobre la máquina en cuestión. Y la
STS de 16 de noviembre de 1990, Sala de lo Social (Aranzadi 8578), en la que el demandante
pedía la declaración del error judicial cometido en una sentencia del Juzgado de lo Social núm.
3 de Valladolid, y en otra de la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y
León que, confirmando la anterior, declararon la incompetencia de jurisdicción del orden so-
cial para conocer de una reclamación formulada contra el I.N.S.A.L.U.D. y la T.G.S.S., por da-
ños y perjuicios valorados por el demandante en 2.500.000 pesetas, producidos como
consecuencia de la torpe y negligente atención médico-quirúrgica recibida de dicha Entidad
Gestora, remitiendo al actor a la jurisdicción contencioso-administrativa. En este caso, el Tri-
bunal Supremo resolvió, tras afirmar que el orden competente era el Social, que el desacierto
de las mencionadas resoluciones «no tenía la entidad suficiente para constituir un error judicial
indemnizable».

Como conclusión, es de esperar de cara al futuro, en la medida que aumente la calidad de


nuestra justicia, que se pueda llegar a apreciar el error judicial en supuestos menos burdos;
pues como decía recientemente JAVIER GÓMEZ DE LIAÑO (en «EL PAÍS» de 18-2-1993),
«Hago memoria de Popper a propósito de la profesión médica y opino que los ciudadanos son
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conscientes de que la justicia puede fallar, pero la confianza en ella no se malogrará si los pro-
pios jueces lo admiten abiertamente».

7. LOS ERRORES JUDICIALES EN MATERIADE PRISIÓN PREVENTIVA

A) Ampliación jurisprudencial de los supuestos previstos en el art. 294.1 L.O.PJ.

Como es sabido, la L.O.PJ. sólo admite el derecho a indemnización de quienes habiendo


estado presos sean absueltos por sentencia, o se dicte en su beneficio auto de sobreseimiento
libre (art. 637 L.E.Cr.), siempre y cuando la razón de la absolución o del sobreseimiento libre
sea la inexistencia del hecho imputado, añadiendo —eufemísticamente— y «se la hayan irro-
gado perjuicios» (art. 294.1 L.O.PJ.). Es decir—como señala la STS de 27 de enero de 1989,
Sala de lo Contencioso-Administrativo (Aranzadi 500)—. Este «supuesto de hecho consta de
un elemento material, que es la inexistencia del hecho, y otro formal, que recoge los actos
procesales que declaran aquel dato material, y que tanto puede ser la sentencia absolutoria
como el auto de sobreseimiento Ubre». De manera que, en este caso, como expone dicha sen-
tencia, «ye entiende que el propio proceso penal ha evidenciado la existencia del error judi-
cial, de suerte que ya no será necesaria una declaración judicial en tal sentido». Ahora bien,
prosigue, «la finalidad del art. 294 exige su aplicación no sólo en los casos de inexistencia
del hecho, sino también en los de probada falta de participación... Prueba de la inexistencia
del hecho y prueba de la falta de participación del sujeto son pues dos supuestos equiparables
y subsumíbles ambos en la regulación del art. 294. No resulta en cambio viable extender su vir-
tualidad a los casos de falta de prueba de la participación en el hecho, en los que la reclamación
de una posible indemnización derivada de la prisión preventiva habrá de discurrir por el cauce
general del art. 293.1». En el mismo sentido, las SSTS de 30 de junio de 1989, Sala de lo Con-
tencioso (Aranzadi 4926), y de 30 de abril de 1990, Sala de lo Contenciso (Aranzadi 3626).
Además de estos dos supuestos, prueba de la inexistencia del hecho y prueba de la falta de
participación, considero que puede incluirse dentro del art. 294.1 L.O.P.J. un tercer supuesto:
cuando el hecho no sea constitutivo de delito (art. 637.2 L.E. Cr.), en tanto que equivale a la
inexistencia «jurídica» de la infracción criminal. Un interesante caso de esta índole fue objeto
de la STS de 28 de mayo de 1987, Sala de lo Penal (Aranzadi 3149). Se trataba de la declaración
de error judicial, por prisión preventiva presuntamente injustificada, de un sumario instruido
por el Juzgado Militar de Instrucción núm. 2 de la Región de Centro, en el que se había decretado
prisión contra D. Julio G.I. imputándosele la comisión de un delito, terminando el procedimien-
to, mediante el Acuerdo de 19 de septiembre de 1985, en el que se le absolvió del delito por el
que fue procesado y se le corrigió por una falta leve. La Sala de lo Penal del Tribunal Supremo,
estimó que la pretensión del demandante no eral realmente la declaración de error judicial, sino
la de obtener una indemnización por la prisión preventiva indebida y, de conformidad con el
dictamen del Ministerio Fiscal, se declaró incompetente remitiendo al demandante a presentar
su reclamación ante el Ministerio de Justicia.
Por mi parte, considero, igualmente, que en los casos no sólo de prisión injustificada sino
también en los de prisión indebida por excesiva, es decir, siempre que se haya estado en pri-
sión más tiempo del fijado en la sentencia, la reclamación de la indemnización debe formular-
se directamente ante el Ministerio de Justicia, por vía administrativa.
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B) Casos en que no procede

Una constante y uniforme jurisprudencia de la Sala Segunda del Tribunal Supremo sostiene
que la declaración de error judicial no procede cuando se levante el auto de procesamiento o
el imputado quede absuelto por insuficiente prueba de cargo, en virtud de la presunción de ino-
cencia, siempre que la prisión preventiva esté justificada. Así, por ejemplo, la STS de 13 de
noviembre de 1991, Sala de lo Penal (Aranzadi 8122), declara que «La improsperabilidad de
esta demanda de error judicial ocurre, porque como ha señalado reiteradamente esta Sala, no
constituye tal error ordenar una prisión cuando la persona afectada puede ser probablemente
autor de unos delitos que por las penas a imponer a los mismos justificaban dicha medida (S.
3-4-1990), no debiendo olvidarse que el Auto de prisión era la lógica y natural consecuencia
de entenderse que era partícipe de los hechos delictivos que se le atribuían y que se daban to-
dos los condicionamientos exigidos en los artículos 503,504 y 529 de la Ley de Enjuiciamien-
to Criminal, en base a que, además, el Juez dictó Auto de procesamiento y el Ministerio Fiscal
las calificaciones acusatorias, siendo absuelto por motivos exclusivos de insuficiente prueba
de cargo (S. 12-2-1990). Se olvida por el promoviente con su pretensión que en el üer procesal
para la declaración de responsabilidad criminal, existen diversas etapas o estadios que vienen
a significar diversos hitos en la marcha de aproximación hacia la verdad material, que sólo se
alcanza por el libre y racional convencimiento judicial en el período del plenario donde las
pruebas se presentan al Tribunal, con publicidad, oralidad y contradicción y que en las etapas
previas a esta fase existe una fase instructora, en que se adoptan unas medidas cautelares, tanto
de orden personal como real, pero que no precisan la misma convicción de certeza que en la
sentencia...». En el mismo sentido las SSTS de 8 de octubre de 1987 (Aranzadi 7255) y 12 de
febrero de 1990 (Aranzadi 1470).

C) Incompetencia de jurisdicción y contradicciones de la Sala Segunda del Tribunal Supremo

A pesar de lo dicho en cuanto a que los casos de prisión preventiva presuntamente injusti-
ficada, distintos de aquellos que —legal o jurisprudencialmente— pueden encuadrarse en el
art. 294.1 L.O.P.J., tienen su cauce adecuado por la vía del art. 293.1 de la L.O.PJ. para la de-
terminación de error judicial, algunas resoluciones de la Sala Segunda del Tribunal Supremo
han venido alegando «incompetencia de jurisdicción», en favor del Ministerio de Justicia y del
procedimiento administrativo, en supuestos en los que tendría que haber entrado a conocer del
asunto. Es el caso, por ejemplo, de los Autos de la Sala Segunda, de 8 de junio de 1988 (Aran-
zadi 4577), de 19 de mayo de 1989 (Aranzadi 4222) y de 12 de junio de 1990 (Aranzadi 7571).
Así este último, concluye: «Nos encontramos, por tanto, ante una persona que ha estado dete-
nida policialmente durante setenta y dos horas y sobre la que recayó un auto de procesamiento
que se dejó sin efecto por una resolución judicial (fue revocado por la Audiencia Provincial el
auto de procesamiento dictado por el Juez Instructor), que puede equipararse en sus conse-
cuencias y efectos a un Auto de sobreseimiento libre, por lo que los perjuicios causados por
estas decisiones judiciales tienen su cauce, según el artículo 294.3 de la Ley Orgánica del Po-
der Judicial, por la vía directa prevista en el núm. 2 del artículo 293 de dicha Ley Orgánica, sin
que ello suponga una declaración sobre la existencia o inexistencia del error». Pero lo cierto es
que aunque una resolución deje sin efecto el procesamiento, si la misma no indica que la causa
de ello es la inexistencia del hecho, ya sea objetiva (el delito no ocurrió), o subjetiva (el sujeto
no tomó parte en el mismo), no ocurren los presupuestos del art. 294.1 L.O.P.J. para reclamar
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en vía administrativa por error judicial. Y ello, por mucho que la Sala Segunda del TS se em-
peñe en declarar que la doctrina del Consejo de Estado equipara el auto firme que deja sin
efecto el procesamiento al auto de sobreseimiento libre; cosa que nadie discute. Pues bien, a la
vista de todo lo anterior, diré con palabras de la propia Sala Segunda del Tribunal Supremo, en
su Sentencia de 22 de diciembre de 1990 (Aranzadi 9944), que «no tiene fundamento convincente,
en conclusión, la excepción dé incompetencia de jurisdicción y de procedimiento inadecuado
que exponen» los citados Autos, por lo que dicha Sala debe entrar a conocer de cuantas
demandas se le presenten para declaración de error judicial, siempre que los motivos de la
prisión (o del error) sean distintos de los previstos en el art. 294.1 de la L.O.PJ. No obstante,
mantiene todavía el criterio, a mi juicio, equivocado la reciente STS de 13 de mayo de 1991
(Aranzadi 3628), pues tras alegar que la absolución de los procesados se fundamenta sólo en
«no haber quedado debida y definitivamente acreditada su participación en los hechos»,
concluye afirmando que la solicitud de indemnización por la prisión preventiva sufrida, deben
tramitarla los interesados ante el Ministerio de Justicia que es «el órgano competente para el
conocimiento de tal pretensión». En consecuencia, deben corregirse cuanto antes tales «desa-
fueros».

D) Casos estimados y cuantía de la indemnización

Curiosamente, el único caso estimado que conozco sobre prisión preventiva injustificada
en vía jurisdiccional<?t), lo ha sido por la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal
Supremo y no por la Sala de lo Penal. Si bien es cierto que lo enjuiciado era un recurso con-
tencioso-administrativo contra el Acuerdo del Consejo de Ministros, de 12 de diciembre de
1986, denegando la responsabilidad patrimonial del Estado. Se trata de la STS de 30 de abril
de 1990 (Aranzadi 3626), relativa a un caso en que el actor fue procesado y decretada su pri-
sión, el 22 de julio de 1980, en virtud de un Auto, cuyo Resultando decía así: «José Manuel de
G.C., bajo los efectos de la ira provocada por alguna discusión, mató valiéndose de un cuchillo
de cocina a Josefa S. A. con la que hacía vida marital desde unos veinte años atrás». Sin embar-
go, mediante Auto de 18 de octubre de 1981 se dejaba sin efecto el procesamiento menciona-
do, a la vez que se decretaba la puesta en libertad del procesado, porque «los autores del hecho
por el que se encuentra en prisión José Manuel de G.C. son José Antonio R.R. y Antonio
U.O.». Posteriormente, la Sentencia de la Audiencia Provincial de Cádiz, de 23 de marzo de
1984, dictada por los mismos hechos, considera probado que estas dos personas proyectaron
dar muerte a Josefa S.A., con el fin de apoderarse de su dinero, en un tiempo cuando José Ma-
nuel de G.C. no estuviera. Que esperaron para entrar en la casa a que éste se hubiera marchado.
Y que tuvieron que huir sin coger la caja porque vieron venir al citado José Manuel. «Plena-
mente probada pues la falta de partición del demandante —prosigue la Sentencia de la Sala de
lo Contencioso del Tribunal Supremo— en los hechos de cuya autoría se le acusaba... lo
jurídicamente relevante en el art. 294 (L.OPJ.) es la declaración judicial de la inexistencia
—objetiva o subjetiva—delhecho... Y así las cosas la Sala entiende que la privación de libertad
provoca unos daños materiales que, no probada cifra superior, alcanzan al importe del
salario mínimo interprofesional, siendo de aplicar el correspondiente a 1990, dada la necesidad
de actualizar las cifras indemnizatorias... En consecuencia la suma a señalar por este concepto

(31) No tengo datos de las indemnizaciones que han sido satisfechas en vía administrativa por prisión preventiva
injustificada o indebida por excesiva, pero sospecho que muy pocos. Cfr. MONTERO AROCA, en trabajo citado, págs.
831-832, en lo que el citado profesor califica como «última y decepcionante visión práctica»-.

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será la de 773.488 pts. (Además) una reiterada jurisprudencia viene poniendo de relieve la
viabilidad de indemnización de los daños morales (Sentencias de 16 de julio de 1984, 31 de
mayo de 1985, 9 de octubre de 1986,3 de noviembre de 1988,3 de febrero de 1989, etc.), si
bien su cuantificación presenta graves dificultades: producidos los daños morales en el terreno
espiritual su indemnización ha de llevarse a cabo en términos dinerarios lo que hace necesario
un salto del plano moral al económico para el que resulta difícil encontrar criterios de
traducción. Y sobre esta base es evidente, ante todo, que en el supuesto litigioso hubo realmente
un daño moral: la acusación de haber dado muerte a la mujer con la que el actor convivía desde
hacía muchos años, la privación de libertad, la duración de ésta, la permanencia en estableci-
mientos penitenciarios, etc. necesariamente habían de causar un grave quebranto espiritual. Y
con estos datos, la Sala, ponderándolos en relación con la edad del actor y situación familiar,
llega a la conclusión de que la indemnización actualizada a la fecha de hoy, por este concepto,
ha de cifrarse en la cantidad de 6.000.000 de pesetas. En consecuencia, la indemnización a
señalar en estos autos se concreta en la suma de 6.773.488 ptas., aplicándose en cuanto a
intereses el art. 921 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, en relación con los arts. 36 y 45 de la
Ley General Presupuestaria». Solamente quisiera resaltar, para concluir este apartado, que, a
tenor del art. 294.2 de la L.O.P. J. «la cuantía de la indemnización se fijará en función del tiempo
de privación de libertad y de las consecuencias personales y familiares que se hayan producido».

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