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ARGELIA 60

Estructuras económicas
y estructuras temporales

Pierre Bourdieu

m
siglo veintiuno editores
Traducción de
ARIEL DILON
ARGELIA 60
Estructuras económ icas
y estructuras tem porales

por
P ie r re B o u rd ie u

>*a
siglo
veintiuno
editores
na
Siglo veintiuno editores Argentina s.a.
TUCUMÁN 1621 7° N (C1050AAG), BUENOS AIRES, REPÚBLICA ARGENTINA

Siglo veintiuno editores, s.a. de c.v.


CERRO DEL AGUA 248, DELEGACIÓN COYOACÁN, 04310, MÉXICO, D. F.

Siglo veintiuno de España editores, s.a,


C/MENÉNDEZ PIDAL, 3 BIS (28036) MADRID_______________ _______

Bourdieu, Pierre
Argelia 60 : estructuras económicas y estructuras temporales
- la ed. - Buenos Aires : Siglo XXI Editores Argentina,
2006.
168 p. ; 21x14 cm. (Sociología y política)

Traducido por: Ariel Dilon

ISBN 987-1220-62-6

1. Sociología. I. Ariel Dilon, trad. II. Título


CDD 301

Título original: Algérie 60. Struclures économiques et struclures lemporelles.


© 1977, Les Éditions de Minuit

Portada: Peter Tjebbes

© 2006, Siglo X X I Editores Argentina S. A.

ISBN-10: 987-1220-62-6
ISBN-13: 978-987-1220-62-5

Impreso en Artes Gráficas Delsur


Alte. Solier 2450, Avellaneda,
en el mes de octubre de 2006

Hecho el depósito que marca la ley 11.723


Impreso en Argentina - Made in Argentina
A
Indice

Prólogo a la edición en español por Pablo Tovillas 9

Prefacio 19

Introducción 25

I. Reproducción simple y tiempo cíclico 35


II. Necesidades contradictorias y conductas ambiguas 67
III. Esperanzas subjetivas y oportunidades objetivas 93
IV. Las condiciones económicas de la transformación de las
disposiciones económicas 113

Conclusión 153

Índice analítico 157


Pierre Bourdieu (1930-2002).
Ruptura social, ruptura académ ica

H ijo de un cartero, Pierre Bourdieu nace el l 9 de agosto


de 1930 en D enguin, p equeñ o pueblo de en ton ces 450 habi­
tantes, enclavado en la región de A quitaine, al sudoeste de
Francia. C om ienza sus estudios en el liceo Louis B arth ou en
la ciudad de Pau, situada a catorce kilóm etros de su p u eblo
natal. R efiriéndose a ese período de su vida, B ourdieu excla­
ma: “¡Aquel que ha conocido el internado co n o ce a los doce
años casi toda la vida!”,1 enfatizando el d isciplinam iento de
esos prim eros años de escolarización. Al finalizar los estudios
secundarios, en 1948, un profesor de la Ecole N órm ale Supé-
rieure (EN S), al advertir su excelente desem peño en el bachi­
llerato, le aconseja inscribirse en el Liceo Louis-le-Grand de Pa­
rís, in stitución que reu n ía a los m ejores alum nos del país.
Continúa sus estudios en la ENS, donde prepara la agregación
(diplom a que habilita a ser profesor universitario) en filosofía
y obtiene ese título en 1954. En esos años la filosofía era el co­
nocim iento legítim o en el cam po de las ciencias sociales y hu­
manas. Es así com o, en un clim a cultural dom inado por la fi­
losofía —y en p articular p or el existencialism o sartreano— ,
Bourdieu se in clin a inicialm ente hacia el estudio de la lógica
y de la historia de las ciencias. Cuenta entonces en tre sus pro­
fesores a Gastón Bachelard y Georges Canguilhem, quienes, se­
gún sus propias palabras, fueron “verdaderos profetas ejem pla­
res en el sentido de W eber”.2 En ese contexto escribe, en 1953,

1 Pierre Bourdieu, Esquissepour une auto-analyse, Raisons d ’agir, 2004.


2 Pierre Bourdieu, Cosas dichas, Barcelona, Gedisa, 1996.
su tesis, que versa sobre el texto Animadversiones, del filósofo
alemán Leibniz. Hasta aquí, Bourdieu opera en su vida una pri­
m era ruptura radical, aquella que establece con su origen so­
cial desfavorecido. En este sentido, com o señaló Raymond
A ron, Bourdieu constituye la excep ción de las leyes de trans­
misión cultural que él mismo había puesto en evidencia en sus
obras dedicadas a la relación entre instituciones escolares, cul­
tura y sociedad (Los herederos y L a reproducción) . Esa particular
relación con su m edio de p ro ced en cia le h abría perm itido a
Bourdieu no solam ente acceder a la selecta cultura académ i­
ca, es decir, a lo más alto de la je ra rq u ía cultural de Francia, si­
no adquirir una sensibilidad con respecto a las desigualdades
sociales y culturales que él mismo experim entó.
Luego de una breve experiencia com o profesor en el liceo
de Moulins (1954-1955), el Estado francés lo convoca a reali­
zar el servicio militar en Versalles. Sin em bargo, por problem as
disciplinarios es enviado a Argelia en el m arco del proceso de
“p acificació n ”; allí presta servicios bajo bandera durante dos
años. Entre 1958 y 1960, luego de finalizar el servicio militar,
com ienza a enseñar filosofía en la Facultad de Letras de Argel.
Escapando del golpe militar, en 1960 regresa a Francia y se con­
vierte, prim ero, en asistente en la Sorbon n e y, luego, en Mai-
tre de C onférence en la Universidad de Lille, hasta 1964. Es en
Lille donde por prim era vez enseña sociología y profundiza sus
estudios sobre Durkheim , Weber, Schütz y Saussure, la antro­
pología británica y la sociología am ericana.
En la reseña de su form ación académ ica no puede eludir­
se la figura de Lévi-Strauss, cuya influencia era reinante en los
.mus cincuenta. Su obra antropológica tuvo un im pacto nota­
ble Noble la teoría bourdieusiana en diferentes planos y senti-
«**• I n |HiiiKi lugar, la am bición de asociar disciplinas com o
I i lini in ih .i i mi la antropología; en segundo lugar, la intro-
' I ' " 1 !"ii 'I*' la investigación etnológica y la pretensión de una
" Hi Hlnn (j IhI m I ’iu b ir lau ciencias hum anas; y por últim o, la
I1" "> *•|‘ " •"<1 b l" *"lic a m b ir la condición hum ana. Sin em bar­
go, al introducir nociones teóricas m ediadoras, tales com o ha-
bitus, cam poy sentido práctico, el trabajo de Bourdieu plantea una
ruptura con el paradigm a estructuralista de Lévi-Strauss de los
años cincuenta así com o tam bién con el estructuralismo marxis-
ta francés de los años sesenta y con el estructuralismo norteam e­
ricano, al que calificó de “ortodoxia planetaria”. Esos con cep­
tos conform an, en su singular construcción teórica, reacciones
contra el m ecanicism o estructuralista, que reducía el papel de
los sujetos al de m eros ejecu to res de una estructura determ i­
nante, com pletam ente ajen a a la acción del individuo. Pero la
teoría bourdieusiana constituye, al mismo tiem po, un rechazo
a la fenom enología im perante en el cam po de la filosofía, que
ignoraba las estructuras tanto com o los estructuralistas ignora­
ban al sujeto.
El contexto académ ico de form ación de Bourdieu estructu­
ró en él un determ inado habitus sociológico, esto es, una ma­
triz teó rica de p ercep ció n y con stru cción del m undo social.
Aquí Bourdieu opera u na segunda gran ruptura con su m edio
académ ico de socialización. C ontra los determ inism os que sus
críticos le atribuyen,3 B ourdieu se encargó de deconstruir tan­
to el esquem a estructuralista com o el fenom enológico. Para es­
to, nuestro autor puso en m archa una sociología crítica del pro­
pio co n ocim ien to adquirido y reconstruyó una nueva matriz
que enriqu ecía y volvía más com plejo el análisis de lo social.
E n 1964 Bourdieu es nom brado d irector de estudios en la
Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales (E H E S S ), donde
fundará, en 1968, con el apoyo de Raymond Aron y el sostén fi­
nanciero de la Fundación Ford, el Centre de Sociologie Euro-
péenne. En ese m arco institucional, Bourdieu form a un equi­
po de investigadores que durante treinta años trabajan sobre
diversos dom inios de lo social, con la prem isa fundam ental de

3 Véanse Bernard Lahire, E l trabajo sociológico de Pierre Bourdieu. Deudas y


críticas, Buenos Aires, Siglo X X I, 2005; Jeffrey Alexander, L a réduction. Criti­
que de Bourdieu, París, Les Editions du CERF, 2000.
elegir lo que el mismo Bourdieu, siguiendo la tradición de la
sociología clásica, dio en llamar “objetos de estudio que inco­
m odan”.4 Las investigaciones em prendidas abordaron, así, la
relación en tre cultura, poder y desigualdad social, con rigor
teórico y observación sistemática, en abierta oposición a las ten­
dencias em piristas que im ponía la “gran te o ría ” de origen
norteam ericano, com o así tam bién alejándose de la inclinación
teoricista dom inante en el m edio intelectual francés. En el li­
bro E l oficio de sociólogo, publicado en 1972 en colaboración con
J . C. Passeron y j. C. Cham boredon, sienta las bases de un pro­
grama de sociología rigurosa, que utiliza todas las arm as del ri­
gor teórico y m etodológico, en ruptura con el sentido común
o con lo que Durkheim denom inó “p ren ocion es”.
En 1981 Bourdieu es designado titular de la cátedra de so­
ciología del Collége de France, la posición más prestigiosa en
el contexto del sistema universitario francés.

Argelia: un paso decisivo hacia la sociología. L a génesis


de la teoría bourdieusiana

El paso por Argelia será fundam ental en su conversión a la


sociología. A fines de los años sesenta el país estaba sumergido
en un proceso social de descolonización. Bourdieu realizará en
ese terreno social una serie de trabajos de etnología sobre la so­
ciedad argelina, especialm ente en la región de Cabila. Luego
de publicar, en 1958, Sociologie de l ’A lgérie, que constituye una
síntesis de los conocim ientos existentes sobre el país, escribe
—en colaboración con otros autores— Travail et travailleurs en
Algérie (1 963), un estudio sobre la constitución del trabajo asa­
lariado y urbano. En 1964 publica L e Déracinement. L a crise de
l ’agriculture traditionnelle en Algérie, investigación dedicada al aná­

4 Pierre Bourdieu, “Una ciencia que incomoda”, Sociología y cultura, Mé­


xico, Grijalbo, 1990.
lisis de la destrucción de la agricultura de la sociedad tradicio­
nal y la política de reagrupam iento de la población instrum en­
tada por la Armada francesa.
Los principales trabajos de Bourdieu sobre la teoría de la
acción tienen su génesis en el período de su estancia en Argelia:
Esbozo de una teoría de la práctica (1972), E l sentido práctico (1980)
y L a dom inación m asculina (1998). En ese sentido, la experien­
cia de cam po tamizada por una m irada etnográfica por Arge­
lia g eneró sobre su Corpus teórico un efecto trascendental que
es necesario incorporar para com prender de m anera totaliza­
dora la obra de uno de los sociólogos co n tem p orán eo s que,
tanto por las adhesiones com o por las polém icas que ha provo­
cado en el cam po de la observación del m undo social, se ha
convertido en uno de los más influyentes. La publicación por
prim era vez en idiom a español de Argelia 60. Estructuras econó­
micas y estructuras temporales viene a com plem entar para el pú­
blico hispano la vasta producción sociológica de un autor que
ha legado a la sociología un nutrido conjunto de conceptos teó­
ricos, estrategias m etodológicas y preguntas fundam entales.
La sociedad argelina de los años cincuenta y sesenta vivía el
mismo dram a social que sufrían en su tiem po las sociedades
analizadas por los clásicos de la disciplina. El paso de una socie­
dad precapitalista a una capitalista, de una sociedad tradicional
a una m oderna, de la vida com unitaria a la sociedad de masas,
de lo rural a lo urbano, del encantam iento de las tradiciones al
d esencantam iento del m undo m od erno, no fue un acon teci­
m iento social pacífico sino que im plicó una transform ación
profunda, en algunos casos violenta, tanto en el plano m aterial
com o en el simbólico. Bourdieu recurrió a las herramientas teó­
ricas y m etodológicas elaboradas por los representantes funda­
m entales de la sociología clásica, com o lo son Marx, Durkheim
y Weber, para com prender esa gran transformación. De esta ma­
nera, la teoría bourdieusiana nace del estudio em pírico y de la
reflexión teórica del mismo tipo de sociedad de transición que
da origen a la sociología clásica. Sus representantes com pren­
dieron y explicaron desde distintas perspectivas los fenóm enos
económ icos, sociales y culturales de su época.
Algérie 60. Structures économiques et structures temporelles, pu­
blicado originariam ente en 1977, a varios años de las prim e­
ras investigaciones sobre Argelia, dio a Bourdieu la oportun i­
dad de repensar el m aterial em p írico recolectad o en aquel
p eríodo más etnográfico. Algo más de una década después,
Bourdieu es ya un filósofo y etnólogo inm erso en la sociología,
que ha transitado la investigación sociológica y ha desarrolla­
do una teoría en la que nuevos conceptos eran introducidos y
sometidos sin descanso al análisis de distintos campos sociales.5
Argelia 60 no es, pues, un libro escrito al calor del trabajo de
cam po, sino la obra de un sociólogo m aduro que proyecta so­
bre la sociedad argelina una nueva mirada.

L a tradición sociológica en la teoría bourdieusiana

Sin dudas en los análisis de Bourdieu puede observarse par­


te del legado de M arx, en cuanto entiende que la sociedad es
un espacio estructurado en clases. Se aleja sin em bargo del mar­
xism o para acercarse a W eber cuando otorga a las relaciones
sociales un carácter no reducido a los intercam bios económ i­
cos e introduce el problem a de la dom inación sim bólica. Esto
es, en tanto se interesa por las tramas de sentido que legitim an
órdenes sociales diversos. En este sentido, confiere al nivel de
las representaciones sociales no sólo una capacidad de legiti­
m ación de lo instituido sino un poder de con stru cción y de

5 Entre 1964 y 1977 Bourdieu produjo investigaciones sobre los objetos


más variados, aunque su preocupación siempre estuvo centrada en los pro­
blemas de la distribución desigual del capital cultural. En el marco de su tra­
bajo en (“1 Centre de Sociologie Européene, él y su grupo realizaron estudios
í¡( ilii c el uso social de la fotografía, el consumo de museos, el sistema escolar,
li m usos sociales del cuerpo, para citar sólo algunos ejemplos.
transform ación de lo real.6 C ontra una de las críticas a su es­
quem a —la que le reprocha la am bición de construir otra “gran
teoría” aplicable a cualquier contexto histórico y social— Bour­
dieu tendrá en cu enta en su edificio teórico un principio we-
beriano fundam ental: el conocim iento sociológico es un traba­
jo de constitución de las relaciones y los con cep tos a partir de
realidades sociales indefinidam ente com plejas. En relación con
el espíritu que debía conservar la sociología, Bourdieu recupe­
ra de Durkheim la am bición del prim er sociólogo francés: cons­
truir la sociología com o una ciencia dotada de sus propios m é­
todos en clara ruptura tanto con las ilusiones sociales com o con
las n ocio n es de sentido com ún.
B ourd ieu, siem pre esquivo a las etiquetas, d en om in ó a su
co n stru cción teó rica “estructuralism o g e n é tic o ”. C om o toda
su reflexió n sociológica, ésta en cierra tam bién u na postura
epistem ológica y una estrategia m etodológica: “.. .el análisis de
las estructuras objetivas — las de los diferentes cam pos— es in­
separable del análisis de la génesis en el seno de los individuos
biológicos de las estructuras m entales que son, p o r una parte,
el producto de la incorporación de las estructuras sociales y del
análisis de la génesis de estas estructuras sociales mismas: el es­
pacio social, y los grupos que en él se distribuyen, son el pro­
ducto de luchas históricas (en las cuales los agentes se com pro­
m eten en fu nción de su posición en el espacio social y de las
estructuras m entales a través de las cuales apreh end en ese es­
pacio) ”.7 En abierta oposición al em pirism o ortod oxo que de­
clam a respeto por el dato en bruto, la investigación sociológica
consiste, en cam bio, para Bourdieu en un trabajo de reco n s­
trucción o, siguiendo a Bachelard, de construcción.

6 El poder de las representaciones sociales fue desarrollado por Pierre


Bourdieu en ¿ Qué significa hablar ? Economía de los intercambios lingüísticos, par­
ticularmente en el capítulo II, “Lenguaje y poder simbólico”. Madrid, Akal,
1985.
7 Pierre Bourdieu, Cosas dichas, op. cit., p. 26.
Recurriendo al concepto de habitus, de raíz aristotélico-to-
mista, Bourdieu se rehúsa a considerar a los agentes com o sim­
ples reflejos de estructuras objetivas, pero no abandona la aspi­
ración de buscar los determinantes en térm inos de génesis, esto
es, le interesará indagar acerca del nacim iento y desarrollo de
las estructuras sociales. El habitus es “la interiorización de la ex­
terioridad” y la “exteriorización de la interioridad” es la socie­
dad en el cuerpo y en la m ente, aquello que hace posible la per­
cepción, la apreciación y la acción social para los sujetos, y es
inculcado por un contexto social particular. Pero así com o para
Durkheim la regla restringe el tiempo que delinea los m árgenes
de libertad del sujeto, el habitus en Bourdieu será una “estructura
estructurada”, capaz de operar com o “estructura estructurante”:
disposiciones incorporadas, durables, transferibles y transforma­
bles que le perm iten al sujeto un conjunto de com portam ien­
tos y de actitudes al tiempo que circunscriben su m argen de ac­
ción .8 El sentido práctico es ese “con ocim ien to sin co n cep to ” y
conform a una de las propiedades del habitus. Es el sentido que
perm ite a los agentes, sin que éstos tengan que realizar una re­
flexión “táctica” consciente, actuar inm ediata y “naturalm ente”
en las situaciones sociales en las que se encuentran inm ersos.9
El esquem a teórico bourdieusiano no fue ajeno a las trans­
form aciones de todo conocim iento sociológico que som ete su
propia teoría y m étodo a una revisión y reinvención perm anen­
te. De esa form a, en el Bourdieu que se preocupaba por el sis-

8 “Entre el sistema de regularidades objetivas y el sistema de las conductas


directamente observables se interpone siempre una mediación que no es otra
cosa que el habitus, lugar geométrico de los determinismos y de una determina­
ción de las probabilidades y de las esperanzas vividas, del futuro objetivo o del
proyecto subjetivo”, Lesenspratique, París, Editions de Minuit, 1980, pp. 88-89.
9 “El habitus mantiene con el mundo social del que es producto una ver­
dadera complicidad ontológica, principio de conocimiento sin conciencia,
(Ir una intencionalidad sin intención y de un dominio práctico de las regu-
I><i i<hules del mundo que permite adelantar el porvenir sin tener siquiera ne-
11 liil.id dr |>i enrularlo como tal” (Cosas dichas, p. 24).
lema escolar y los m odos de reproducción del orden social y
que denunciaba una form a de dom inación naturalizada y arbi­
traria, el énfasis estaba puesto en la inculcación de un habitus
de clase (L a reproducción y Los herederos). El Bourdieu de E l senti­
do prácticoy L a distinción (libros que se escribieron prácticam en­
te en paralelo a Argelia 60) recupera al sujeto com o un actor es­
tratégico preocupado por garantizar las distinciones sociales y
los modos de recon ocim ien to distintivos.

Argelia 60. Estructuras económicas y estructuras temporales

Este libro tom a com o objeto de,'análisis la discordancia en-


‘tre los esquemas de p ercep ció n ; ápreciación y acción social, es
decir, el habitus, y las estructuras económ icas cam biantes de la
(i Yociedad argelina de los años sesenta. Él pasaje de una socie­
dad precapitalista a una capitalista hace convivir en un mismo
individuo social disposiciones internas y m aneras de ver el mun­
do que correspond en a estructuras econ óm icas d iferen tes.10
Con el fin de co m p ren d er este proceso de “adap tación ” a la
econom ía capitalista y los obstáculos y las luchas entre cosmo-
visiones encontradas, es necesario analizar, señala Bourdieu, “la
estructura de la con cien cia tem poral que está asociada a la eco­
nomía precapitalista”.
Así, Bourdieu en cu en tra en el uso de la m oneda com o m e­
dio de intercam bio utilizado masivamente por el capitalism o
una de las discordancias centrales en tre el habitus tradicional
de los cam pesinos argelinos y la estructura económ ica m oder­
na: “Con la m oneda fiduciaria, uno ya no posee las cosas, sino
los signos de los sig n o s...” (p. 4 2 ). La m oneda introduce en la
<onciencia de los sujetos la previsión de un uso indeterm ina­
do, al tiempo que supone el recurso al cálculo y una jerarqu i-

10 “No hay familia que no sea el ámbito de un conflicto entre civilizacio­


nes”, cap. II, Argelia 60, p. 89.
zación de las finalidades que el dinero tendrá. A los campesi­
nos argelinos les resultaba m ucho más fácil administrar durante
todo un mes bienes de consum o recolectados por ellos mismos
o intercam biados m ediante el m étodo del trueque tradicional,
que incorporar la lógica del salario m oderno que trae apareja­
do el establecim iento de una jerarq u ía de gastos y necesidades.
En el contexto de transición entre una sociedad centrada
en la vida rural y las cosmovisiones que le están asociadas, a una
sociedad urbana m oderna con una industria incipiente, Bour­
dieu despliega un análisis de las representaciones sociales del
desem pleado. Así, el subproletario argelino, con baja instruc­
ción, sin calificación profesional y dotado de un capital cultu­
ral ligado a las tradiciones, atribuye a su ser individual el hecho
de estar desempleado y no a las características de orden obje­
tivo de la estructura social que contribuye a su condición labo­
ral. Los agentes de esta categoría “tienden a vivir su sufrim ien­
to com o habitual, incluso com o natural, com o un com ponente
inevitable de su existencia; y puesto que no poseen el m ínim o
de seguridad y de cultura indispensable, n o pueden con cebir
claram ente el cam bio global del orden social que sería capaz
de abolir sus causas” (p. 18).
Bourdieu lleva el análisis de esta discordancia hasta el hábi­
tat y la econom ía doméstica: se pasa de un m odelo de sociedad
en la que los asuntos económ icos se con ciben según el m odelo
de las relaciones de parentesco a una sociedad en la que las pro­
pias relaciones de parentesco se conciben según el m odelo de
las relaciones económ icas. Así, el espíritu de cálculo se va afir­
m ando progresivamente de m anera concom itante con el desa­
rrollo de las condiciones favorables para su ejercicio.
En suma, Bourdieu analiza en este libro el problem a del or­
den y la integración de una sociedad desgarrada por el fin de
las tradiciones y las seguridades que le estaban asociadas y que
organizaban la vida cam pesina a través de un habitus y su siste­
ma de creencias.
P a b l o T o v illa s
Prefacio

Redactado en 1963 con miras a una edición en lengua ex­


tranjera, este libro es una versión abreviada, vale decir, despo­
jada principalm ente del aparato de pruebas (tablas estadísticas,
extractos de entrevistas, docum entos, e tc é te ra ), de una obra
que apareció en 1963 con el título Travail et travailleurs en Algé­
rie y que presentaba los resultados de un con ju nto de investiga­
ciones etnográficas y estadísticas realizadas en tre 1958 y 1961.1
No por azar la interrogación sobre las relaciones entre las
estructuras y los habitus se constituyó a partir de una situación
histórica en la que dicha in terrogación se proponía de algún
modo en la realidad misma com o una discordancia perm anente
entre las disposiciones económ icas de los agentes y el m undo
económ ico en el que éstos debían actuar. En las situaciones de
transición entre una econ om ía precapitalista y una econom ía
capitalista, la abstracción objetivista en la que se con frontan
neom arginalistas y marxistas estructuralistas se den un cia con
tal fuerza que habría que estar ciego para redu cir los agentes
económ icos a simples reflejos de las estructuras objetivas, y omi­
tir el planteo de la génesis de las disposiciones económ icas y de
las condiciones económ icas y sociales de esa génesis. Produci­
das por una clase particular de condiciones m ateriales de exis­
tencia, objetivam ente captadas com o una estructura particular
de oportunidades objetivas —un porvenir objetivo—, las disposi­
ciones con respecto al porvenir, estructuras estructuradas, fun­

1 Habrá pues que remitirse a esa obra para encontrar, además de estas
Informaciones, todo lo que concierne a la metodología de la investigación
(clasificación, cuestionario, etcétera) y de los análisis de los resultados.
cionan com o estructuras estructurantes, que orientan y organi­
zan las prácticas económ icas de la existencia cotidiana —opera­
ciones de compra, de ahorro o de crédito— , así com o las repre­
sentaciones políticas, resignadas o revolucionarias. A quellos
que, com o se dice, no tienen futuro, tienen pocas oportunida­
des de conform ar el proyecto individual de forjar su porvenir o
de trabajar en el advenimiento de un porvenir colectivo dife­
rente. En las relaciones con el futuro objetivam ente inscrito en
las condiciones materiales de existencia, reside el principio de
la distinción entre el subproletariado y el proletariado, en tre la
disposición a la revuelta de las masas desarraigadas y desm ora­
lizadas y las disposiciones revolucionarias de los trabajadores or­
ganizados que tienen el suficiente dom inio de su presente co­
mo para acom eter una reapropiación del porvenir.
Al leer este texto ya antiguo, en más de una ocasión hubie­
ra querido afinar y sistematizar los análisis invirtiendo en ellos
todo lo adquirido en trabajos ulteriores (en particular, el Esbo­
zo de u n a teoría de la práctica) ; hubiera querido aportar la infor­
m ación que obtuve en una investigación comparativa llevada a
cabo en Francia hace algunos años y así establecer m ejo r los
m árgenes de validez y las condiciones de generalización del
m odelo propuesto; en especial, para darle todo su alcance crí­
tico a la puesta al día de las condiciones económ icas de las dis­
posiciones exigidas por la econom ía, hubiera querido recordar
que, desde los orígenes del capitalismo hasta hoy, es en la pues­
ta entre paréntesis de sus condiciones y en la universalización
correlativa de una clase particular de disposiciones donde se
apoya el discurso justificador y m oralizador que transfigura las
exigencias colectivas de un a econom ía en preceptos universa­
les de la moral: previsión, abstinencia o ahorro (ayer); crédito,
gasto y goce (hoy). U n discurso del que la ciencia económ ica,
siempre “la más moral de las ciencias m orales”, sin saberlo, par­
ticipa con m ucha frecuencia.

París, diciembre de 1976


Para Alain Darbel
Pues, nada hay más cierto que esto, la desesperación
tiene casi el mismo efecto sobre nosotros que la dicha, y
tan pronto tenemos conciencia de la imposibilidad de
satisfacer el deseo, el deseo mismo se desvanece.

HUME, Tratado de la naturaleza humana


Introducción

Aquellos que plantean la pregunta ritual sobre los obstácu­


los culturales al desarrollo económ ico se interesan de m anera
exclusiva, es decir, abstracta, en la “racionalización” de las con­
ductas económicas y describen com o resistencias, imputables tan
sólo a la herencia cultural (o, peor aún, a tal o cual de sus aspec­
tos, el Islam por ejem p lo), todos los incum plim ientos del m ode­
lo abstracto de la “racionalidad” tal com o la define la teoría eco­
nóm ica. Paradójicam ente, la filosofía del desarrollo económ ico
que reduce la antropología a una dim ensión de la econom ía,
conduce a ignorar las condidones económicas de la adopción de un
com portam iento económ ico “racional”, y espera que el hom bre
de las sociedades precapitalistas com ien ce por convertirse en
hombre “desarrollado” antes de gozar de las ventajas de una eco­
nom ía “desarrollada”.
Al igual que la teoría econ óm ica, la antropología cultural
incurre en la abstracción cuando ve un simple efecto del “con­
tacto cultural” en las transform aciones de las sociedades preca­
pitalistas que describe com o “cam bio cultural” o “aculturación”.
I iende a ignorar, en efecto, que la transform ación del sistema
de m odelos culturales y valores no es el resultado de una sim­
ple com binación lógica entre los m odelos importados y los m o­
delos originales, sino que, co n secu en cia y condición de las
l ransform aciones económ icas a la vez, esa transform ación ope-
i a por m ediación de la exp erien cia y de la práctica de indivi­
duos situados de m anera diferente con respecto al sistema eco­
nómico. Es así com o, por ejem plo, en el interior de la sociedad
«ampesina, de apariencia más hom ogénea, el análisis estadísti­
co revela ciertas relaciones entre las diferencias en las disposi­
ciones económ icas que pueden ser relacionadas con las dife­
rencias en las condiciones econ óm icas:1 la econ om ía m oneta­
ria y el sistema de disposiciones que le es solidario se desarro­
llan más o m enos rápidam ente en las diferentes clases sociales,
según el tipo de actividad y sobre todo según la intensidad y la
duración de sus contactos anteriores con la eco n om ía m oneta­
ria; por añadidura, estas desigualdades de ritm o tienden a acre­
centar los desniveles entre los grupos.2 Este ejem plo basta para
recordar una verdad que los econom istas y los antropólogos ig­
noran con demasiada frecuencia: las desigualdades ante la eco­
nom ía “racio n al” y ante la “racion alid ad ” eco n ó m ica o, si se
quiere, los ritmos desiguales (según los individuos y los grupos)
de la transform ación de las actitudes económ icas son ante to­
do el reflejo de las desigualdades económ icas y sociales.
Se sigue de ello que la lógica de la transform ación de las
prácticas adopta formas diferentes según las situaciones econó­
micas y sociales en las que se cum ple. En efecto, la práctica eco­
nóm ica (que siempre se puede m edir abstractam ente en una
escala de grados de “racionalidad” económ ica) en cierra la re­
feren cia a la condición de clase: el sujeto de los actos económ i­
cos no es el homo economicus sino el hom bre real, el que hace la
econom ía. Por consiguiente, dado que las prácticas (económ i­
cas u otras) de cada agente tienen com o raíz com ún la relación
que él m antiene objetivam ente, por m ediación del habitus
— que es en sí mismo el producto de un tipo determ inado de
con d ición econ óm ica— , con el porvenir objetivo y colectivo
que define su situación de clase, sólo una sociología de las dis-

1 Cf. P. Bourdieu y A. Sayad, Le déracinement. L a cáse de l ’a gnculture tradi-


tionnelle en Algérie, París, Editions de Minuit, 1964.
2 Si los etnólogos recurren tan raramente al método estadístico no es só­
lo porque su formación y la tradición de su disciplina no los alienten a hacer
uso de esta técnica poco familiar incluso cuando ella se impondría, com o en
el estudio de los cambios culturales; es también, al parecer, porque piensan
casi siempre dentro de la lógica del “modelo” y de la “regla”.
I losiciones tem porales perm ite responder el interrogante tra­
dicional sobre si la transform ación de las condiciones de exis­
tencia precede y con d icion a a la transform ación de las disposi-
i iones, o si es a la inversa. Al mismo tiem po, sólo una sociología
<le las disposiciones tem porales perm ite determ inar cóm o pue­
de la condición de clase estructurar toda la exp erien cia de los
mi jetos sociales, com enzando por su exp erien cia eco n óm ica,
■lin actuar por interm edio de determ inaciones m ecánicas o de
una tom a de co n cien cia adecuada y explícita de la verdad ob­
jetiva de la situación.

Patrim onio objetivado de otra civilización, h erencia de expe-


i icncias acumuladas, técnicas de rem uneración o de com ercia­
lización, m étodos de contabilidad, de cálculo, de organización,
el sistema eco n óm ico im portado por la colonización necesita
un “cosm os” (com o dice W eber), al que los trabajadores se ven
.m ojado? y cuyas reglas deben aprender para sobrevivir. En con-
■i'cuencia, en la mayor parte de los países del tercer m undo, la
iluación es totalm ente distinta de la de los orígenes del capita­
lismo, a pesar de todas las analogías. Som bart escribió que “en
l.i lase del capitalismo naciente, es el em presario el que hace al
i apitalismo, m ientras que en la fase más avanzada, es el capita­
lismo el que hace al em presario”.3 Y él mismo aportaba m atices
.i esta fórm ula ilum inadora pero simplificadora:

No olvidemos que en el comienzo del capitalismo las organi­


zaciones capitalistas sólo existían aisladamente y que en su ma­
yor parte fueron creadas por hombres que no eran en absoluto
capitalistas; que la suma de los conocim ientos y de las expe­
riencias era aún poco importante, que esos conocim ientos y
experiencias aún debían ser adquiridos, probados, acumula­

3 Le Bourgeois, traducción francesa, París, Payot, 1926, p. 235.


dos; que al principio los medios para dirigir una empresa ca­
pitalista todavía estaban por crearse y que el sistema contrac­
tual no iba a desarrollarse sino penosamente, en relación con
los progresos extremadamente lentos de la lealtad y de la fide­
lidad a la palabra dada, al compromiso aceptado. Puede juz­
garse por esto el grado de decisión, de libre iniciativa, incluso
de arbitrariedad que se exigía entonces de cada empresario.4

Si la parte de libre arbitrio e incluso de arbitrariedad es tan


grande, es porque, com o indica Som bart, la form ación de lo
que él llama la “psicología eco n óm ica” y la constitución del sis­
tem a eco n óm ico se llevaron a cabo paralelam ente, debido a
que estaban en una relación d ialéctica de d epen d en cia y de
prioridad recíprocas.
Al contrario de la organización econ óm ica y social, lo pro­
pio de la situación de dependencia econ óm ica (cuyo lím ite es
la situación colonial) no es la culm inación de una evolución
autónom a de la sociedad que se transform a según su lógica in­
terna, sino la culm inación de un cam bio exógeno y acelerado,
impuesto por la potencia imperialista. P or eso, la parte de libre
decisión y arbitrariedad que se les deja a los actores económ i­
cos parece reducirse a nada y se podría creer que, al contrario
que sus hom ólogos de los com ienzos del capitalism o, ellos no
tienen otra opción que adaptarse al sistema im portado. De he­
cho, los agentes educados en una tradición cultural com pleta­
m ente diferente sólo pueden adaptarse a la econom ía m oneta­
ria al precio de una reinvención creadora, que se diferencia en
todo de una acom odación forzada, puram ente m ecánica y pa­
siva. En ello se asem ejan más al em prendedor de los orígenes
que a los agentes económ icos de las sociedades capitalistas. A
m edida que evoluciona, la organización eco n óm ica tiende a
im ponerse com o un sistema cuasi autónom o, que espera y exi­

4 Ibid.
ge del individuo cierto tipo de prácticas y disposiciones: adqui­
rido y asimilado insensiblem ente a través de la educación im­
plícita y explícita, el espíritu de cálculo y de previsión tiende a
aparecer com o algo que se cae de m aduro porque la “raciona­
lización” es la atm ósfera que se respira.

Tal como hemos demostrado con frecuencia, las técnicas ma­


teriales que requiere la conducta económica en el sistema ca­
pitalista son inseparables de una “filosofía vivida” que se ela­
bora lentamente en el curso de la historia y que se transmite
a través de la educación primordial impartida por el grupo fa­
miliar, así como a través de la educación formal: “A medida
que se hacía sentir la necesidad de racionalizar la economía
—señala Sombart—, el descubrimiento de medios apropiados
para satisfacer esa necesidad se convertía para una gran canti­
dad de personas en una ocupación autónoma, principal o se­
cundaria. Miles y miles de personas, desde los profesores que
enseñan los principios de la econom ía privada en nuestras es­
cuelas de com ercio hasta los innum erables tenedores de li­
bros, calculadores, fabricantes de toda clase de máquinas au­
tomáticas, consagran en nuestros días toda su actividad y toda
su ingeniosidad a buscar y a aplicar los mejores métodos para
asegurar la buena m archa de los negocios. Los empleados y
los obreros de las grandes empresas son estimulados median­
te recompensas a contribuir al avance de la racionalización
económica” ( op. cit., p. 417). Para mostrar cómo la economía
tiende a modelar desde la infancia el habitus económico, bas­
tará una anécdota “ideal típica” (reportada por los diarios del
29 de octubre de 1959): los escolares del curso intermedio de
Lowestoft, Inglaterra, habían creado un seguro contra los cas­
tigos que preveía que, por una paliza, el asegurado recibía cua­
tro chelines. Pero ante los abusos, el presidente, de trece años,
debió prever una cláusula suplementaria según la cual la so­
ciedad no era responsable de los accidentes voluntarios.
Para el hom bre de las sociedades precapitalistas, estos pre­
supuestos constituyen otros tantos aportes extran jeros que se
trata de adquirir laboriosam ente. En efecto, el nuevo sistema
de disposiciones no se elabora en el vacío; se constituye a par­
tir de las disposiciones acostum bradas que sobreviven a la de­
saparición o a la disgregación de sus bases económ icas y que
sólo pueden ser adaptadas a las exigencias de la nueva situa­
ción objetiva al costo de una transform ación creadora. Relati­
vamente reducida tanto en el capitalism o n aciente com o en la
sociedad capitalista avanzada, la discordancia entre los habitus
y las estructuras de la econ om ía es aquí tan grande com o se
pueda imaginar. Puesto que no se transform an al mismo ritmo
que las estructuras económ icas, en la sociedad y a veces inclu­
so en el interior de los propios individuos coexisten disposicio­
nes e ideologías que corresponden a estructuras económ icas
diferentes, algunas todavía actuales y otras ya abolidas. Pero la
com plejidad de los fenóm enos se ve redoblada además por el
h ech o de que los resabios del m odo de producción precapita­
lista, y al mismo tiem po las disposiciones que le son solidarias,
se m antienen a pesar de todo. Se sigue de ello que, tanto en el
nivel de las estructuras económ icas com o en el de las disposi­
ciones, las representaciones y los valores, se observa la misma
dualidad, com o si esas sociedades no fuesen contem poráneas
de ellas mismas.
Tom ar por prim er objeto de análisis el proceso de adapta­
ción de las disposiciones y de las ideologías a estructuras eco­
nóm icas importadas e impuestas —es decir, la reinvención de
un nuevo sistema de disposiciones que se realiza bajo la pre­
sión de la necesidad económ ica— no es sucum bir al subjetivis­
m o psicologista que consistiría en considerar que las disposi­
ciones de los sujetos económ icos en gendran la estructura de
las relaciones objetivas, económ icas o sociales, ni tam poco caer
en el etnocentrism o esencialista que a m enudo se le asocia y
que tiende a convertir el deseo de m axim izar la utilidad o la
preferencia en el principio que gobierna toda actividad econó­
mica. Aunque no exprese una regularidad universal de la acti­
vidad económ ica, la teo ría de la utilidad m arginal m anifiesta
una característica fundam ental de las sociedades m odernas: la
tendencia a la “racionalización” (form al) que afecta a todos los
ispectos de la vida econ óm ica. “El carácter propio de la época
i .ipitalista”, escribe M ax W eber, “y —puesto que lo uno con lle­
va lo otro— la im portancia de la teoría de la utilidad m arginal
(así com o de toda teoría del valor) para la com prensión de es­
ta época consisten en qu e, así com o se ha llam ado, no sin ra­
zón, a la historia eco n óm ica de num erosas épocas del pasado
la historia de lo no eco n ó m ico ’, del mismo m odo, en las pre­
sentes condiciones de la vida, la aproxim ación de esta teoría y
i le la vida era, es y, en la m edida en que puede apreciarse, será
i ada vez más grande y m odelará la suerte de estratos cada vez
más amplios de la hum anidad. La utilidad m arginal en cu entra
11 significación heurística en este h ech o histórico-cultural”.5
El devenir recien te de la sociedad argelina es un caso par-
ticular de ese h ech o histórico-cultural: el proceso de adapta-
' ión a la econom ía capitalista que puede observarse allí recuer-
<l.i lo que la m era consid eración de las sociedades capitalistas
avanzadas podría h acer olvidar, es decir, que el funcionam ien­
to de todo sistema eco n óm ico está ligado a la existencia de un
■istema determ inado de disposiciones con respecto al m undo,
v más precisam ente con respecto al tiem po. Dado que el siste­
ma económ ico y las disposiciones se hallan en arm onía relati­
va, y dado que la “racion alización ” se extiende poco a poco en
la econom ía dom éstica, el riesgo consiste en ignorar que el sis­
tema econ óm ico se presenta com o un cam po de esperas o b je­
tivas que sólo podrían ser llenadas por agentes dotados de cier­
to tipo de disposiciones económ icas y, en sentido más am plio,

5 Max Weber, Die Grenznutzenkhre und das “psychophysische Grundgesetz”, Ge-


Mimmelte Aufsátze zur Wissenschaftslehre, p. 372, citado por Oskar Lange, Econo-
mie politique, 1.1, Problemes généraux, París, PUF, 1962, p. 396.
temporales. En consecuencia, si la descripción del sistema ca­
pitalista acabado puede atenerse (al m enos en u na prim era
aproxim ación) a las propiedades objetivas —com o la previsibi-
lidad y la calculabilidad—, no por ello deja de ser cierto que en
las sociedades en vías de desarrollo la discordancia entre las es­
tructuras objetivas y las disposiciones es tal que la construcción
de una teoría económ ica adaptada supondría tal vez renunciar,
en este caso al m enos, a deducir los com portam ientos del sis­
tem a tal com o es en realidad o, p eor aún, tal com o uno que­
rría que fuese.
Por otra parte, la observación de la confrontación dramáti­
ca en tre un cosmos económ ico im puesto y agentes econ óm i­
cos a los que nada prepara para recobrar la intención profun­
da, obliga a reflexionar sobre las condiciones de existencia y de
funcionam iento del sistema capitalista, es decir, sobre las dis­
posiciones económ icas que éste favorece y exige a la vez. En
efecto, nada es más ajeno (o indiferente) a la teoría económ i­
ca que el sujeto económ ico concreto: lejos de ser la econom ía
un capítulo de la antropología, la antropología es sólo un apén­
dice de la econom ía y el homo economicus, el resultado de una
form a de deducción a priori que tiende a confirm arse en la
experiencia, al m enos estadísticam ente, porque el sistema eco­
nóm ico en vías de “racionalización” tiene los m edios para m o­
delar a los agentes conform e a sus exigencias: después de pre­
guntarse de form a im plícita o explícita por lo que el hom bre
económ ico debe ser para que la econom ía capitalista sea posi­
ble, uno se inclina a considerar las categorías de la conciencia
económ ica propia del capitalismo com o otras tantas categorías
universales, independientes de las condiciones económ icas y
sociales; correlativam ente, uno se expone a ignorar la génesis,
tanto colectiva com o individual, de las estructuras de la co n ­
ciencia económ ica.
La adaptación a un orden económ ico y social, sea cual sea,
supone un conjunto de conocim ientos transmitidos por la edu­
cación difusa o específica, saberes prácticos solidarios de un
«thos que perm iten actuar con oportunidades razonables de éxi­
to. Por eso, la adaptación a una organización econ óm ica y so­
cial que tiende a asegurar la previsibilidad y la calculabilidad
exige una disposición d eterm inada con respecto al tiem po y,
más precisam ente, con respecto al porvenir, puesto que la “ra­
cionalización” de la conducta económ ica supone que toda la
existencia se organiza en relación con un punto de fuga ausen­
te e im aginario. Para com prender el proceso de adaptación a
la econ om ía capitalista y, más precisam ente, para explicar su
lentitud y sus dificultades, parece necesario analizar, aunque
sea sum ariam ente, la estructura de la con cien cia tem poral que
está asociada a la econ om ía precapitalista.
R E P R O D U C C IÓ N SIMPLE
Y TIEM PO C ÍCLIC O
C iertam ente, nada es más ajeno a la eco n om ía precapitalis-
la que la representación del futuro com o cam po de posibles
que al cálculo le corresponde explorar y dom inar. Sin em bar­
go, uno no debería concluir de ello, com o se ha h ech o con tan-
la frecuencia, que el cam pesino es incapaz de avizorar un por­
venir lejano, puesto que la desconfianza con respecto a toda
tentativa de tom ar posesión del porvenir coexiste siem pre con
la previdencia necesaria para distribuir una bu ena cosecha en
el tiem po, a veces por varios años. De h ech o, la puesta en re­
serva que consiste en acopiar, con miras al futuro consumo, una
parte de los bien es directos (capaces de o frecer en todo m o­
mento una satisfacción inm ediata, com o los bienes de consu­
mo de los que se rodea el cam pesino y que constituyen la ga­
rantía palpable de su seguridad), supone la visualización de un
“por venir” virtualmente encerrado en el presente directam en­
te percibido. Por el contrario, la acum ulación de bienes indi­
rectos que puede concurrir a la producción de bienes directos,
sin ser ellos mismos fu ente de ningu na satisfacción, sólo ad­
quiere sentido en relación con un futuro construido m ediante
el cálculo. “Prever —decía Cavaillés— no es ver por anticipado.”
1,a previdencia [prévoyance] (en cuanto “ver por anticipado”) se
distingue de la previsión [previsión] en que el porvenir que
aquélla apreh end e está directam ente inscrito en la situación
misma, tal com o puede ser vista a través de los esquemas de per-
( epción y de apreciación técnico-rituales inculcados por con­
diciones m ateriales de existencia, con d icion es que son apre­
hendidas a través de los mismos esquemas de pensam iento: la
decisión econ óm ica no está determ inada por un fin explícita­
m ente planteado en cuanto futuro, com o aquel que se establece
por m edio del cálculo en el m arco de un plan; la acción eco­
nóm ica se orienta, en cambio, hacia un “por venir” directam en­
te captado en la experiencia o establecido por todas las expe­
riencias acumuladas que constituyen la tradición.
Así, en general, el cam pesino com p rom ete sus gastos en
función de la ganancia procurada por la cam paña precedente
y no de la ganancia con la que cuenta; por lo demás, en caso
de excedente de recolección, tiende a tratar el trigo o la ceba­
da suplem entarios com o bienes directos, y prefiere acum ular­
los para el consum o en lugar de sem brarlos y acrecentar las ex­
pectativas de la futura cosecha, con lo cual sacrifica el porvenir
de la producción al porvenir del consumo. Lejos de ser dictadas
por la visión prospectiva de un futuro proyectado, las conduc­
tas de la previdencia obedecen a la preocupación por confor­
marse a m odelos heredados: así, el h o n o r exige que, incluso si
no se posee árboles de granada, se ponga en reserva las semi­
llas de granada que se utilizan en el cuscús servido a los kham-
més (aparceros al quinto) o a los vecinos en ocasión de la pri­
m era salida de los bueyes para la labranza, o que se haga
reserva de carne salada en vista de las fiestas. Hace m ucho tiem­
po, el ama de casa ponía todo su orgullo en establecer una re­
serva especial, llamada thiji, que estaba conform ada por todo
lo m ejor que se había producido, los m ejores frutos (higos, raí­
ces secas, granadas, nueces, e tcé te ra ), el aceite extraído de las
m ejores olivas, la m ejor m anteca, etcétera.1 En este dom inio,
al igual que en otros, las norm as éticas son, indisociablem ente,

1 La dominación de la economía de mercado determina una inversión


de los pros y los contras de la jerarquía de los valores, que se expresa en esta
tradición, por una parte, imponiendo reservar para el mercado los produc­
tos de primera calidad y, por otra, introduciendo los hábitos de consumo
mandados hacer para justificar el abandono de la tradición del thiji y la bús­
queda de ganancias monetarias (por ejemplo, la introducción del café, que
ha reemplazado a los higos).
imperativos rituales, y la hom ología que une la fecundidad de
la casa y la fecundidad de la tierra hace de la puesta en reser­
va, que asegura la plenitud de la casa ( la ’m m ara ukham ) , un ri­
to propiciatorio tanto com o un acto económ ico. De igual m o­
do, num erosas cond uctas que podrían p arecer inversiones
obedecen a una lógica que no es la del cálculo econ óm ico ra-
< ional. Así pues, las com pras de tierras que hasta hace poco se
multiplicaban a m edida que las bases económ icas de la antigua
sociedad se desfondaban, a causa de la generalización de los in-
lercambios m onetarios y la crisis correlativa del ethos cam pesi­
no, con frecuen cia se debían a la preocupación por evitar que
la tierra familiar cayera en manos de una familia extranjera. Asi­
mismo, el sentim iento del h o n o r está todavía en el origen de
110 pocas iniciativas innovadoras que se observan desde h ace
unos cincuenta años en el dom inio del equipam iento agrícola
y dom éstico. No es raro que las com petencias de prestigio en-
i re los dos “partidos” que dividen la mayor parte de los pueblos,
0 bien entre dos grandes familias, los hayan llevado a aprovisio­
narse de los mismos equipos, prensas de aceite, m olinos a mo-
lor, cam iones, etcétera, sin preocuparse por la rentabilidad.
En una econ om ía agrícola donde el ciclo de producción se
puede abarcar con una sola m irada y donde los productos se
1 m uevan por lo general en el espacio de un año, el cam pesino
no disocia más su trabajo del producto “por venir” del que es-
i.i “preñado” ni distingue, dentro del año agrario, el tiem po del
ii abajo del tiem po de la producción, período durante el cual
•ii actividad está cuasi suspendida. Por el contrario, puesto que
la longitud del ciclo de produ cción es allí generalm ente mu-
■ho mayor, la eco n om ía capitalista supone la constitución de
un futuro m ediato y abstracto, y la falta de una intuición del
proceso en su con ju nto se debe suplir con el cálculo racional.
I’ero para que dicho cálculo sea posible es preciso que se re-
i In/.ca la distancia entre el tiem po de trabajo y el tiempo de pro­
ducción, así com o la d ep en d en cia correlativa con respecto a
procesos orgánicos; dicho de otro m odo, es preciso que se rom ­
pa la unidad orgánica que unía el presente del trabajo a su “por
venir”, unidad que no es otra que la de los áclos indivisibles e
inanalizables de reproducción o la del producto m ismo, com o lo
m uestra la com paración de una técn ica artesanal que fabrica
productos enteros con la técnica industrial fundada en la espe-
cialización y la fragm entación de las tareas. Es com prensible la
resistencia de los campesinos argelinos a las medidas tendien­
tes a m odificar la longitud tradicional de los ciclos agrarios y
que exigían que se sacrificara un interés inm ediatam ente tan­
gible a un interés abstracto (com o la m edida que consistía en
ofrecer a los agricultores construir gratuitamente bancales don­
de serían plantados los árboles), así com o se com prende que
esa resistencia sólo se levantara (muy parcialm ente, por lo de­
más) ante el éxito de los trabajos em prendidos sobre las tierras
de los colonos europeos, que se apresuraron a beneficiarse con
esas ventajas. De m odo más general, si a m enudo los planes só­
lo suscitan incom prensión o escepticism o es porque, fundados
en el cálculo abstracto y en la creen cia de que se suspenderá la
adhesión a la tradición familiar, se ven afectados por la irreali­
dad de lo imaginario; com o si la planificación racional fuese a
la previdencia acostumbrada lo que una dem ostración racional
es a una “presentación” por cortado y plegado. U n proyecto só­
lo encuentra adhesión cuando se propone resultados concreta
e inm ediatam ente perceptibles, o cuando tiene la caución de
un “garante” reconocido y respetado (por ejem plo, el maestro
en los pueblos cabilas).
Asimismo, si los campesinos argelinos han manifestado por
m ucho tiempo una viva desconfianza con respecto a la m one­
da, es porque el intercam bio m onetario es al trueque lo que la
acum ulación capitalista es a la puesta en reserva, desde el pun­
to de vista de la estructura tem poral que exige.

Los intercambios se hacían antaño en especies de acuerdo con


equivalencias fijadas por la tradición: “En el Tell, el nómade
intercambiaba una medida de dátiles por tres medidas de ce-
bada, o media medida de trigo por tres medidas de dátiles” (A.
Bernard y N. Lacroix, L ’évolution du nomadisme en Algérie, Argel,
A.Jourdan, 1906, p. 207). En 1939, según Augustin Berque, la
equivalencia de intercambio se establecía así: un quintal de tri­
go = una oveja = veinte litros de aceite = dos quintales de raíz
o de damascos = un quintal de higos = trescientos kilos de car­
bón = un quintal y un tercio de cebada. Hasta la Segunda Gue­
rra Mundial, en la mayor parte de los pueblos de la Cabila, el
pago de los khammés y de los asociados o los préstamos se ha­
cían en especies. El trabajo del herrero se pagaba en cereales;
hasta no hace mucho, las vasijas todavía se intercambiaban por
su contenido en higos o en semillas. El intercambio en espe­
cies se mantuvo en ocasiones, pero se reinterpretaba en fun­
ción de la lógica del intercambio monetario: así, puesto que
el trigo vale dos veces más caro en primavera que en el mo­
mento de la cosecha, el prestatario debía devolver dos veces
más semillas de lo que había recibido. Incluso hasta unos cin­
cuenta años atrás, en todas partes, los mercados daban lugar
a intercambios directos de mercancías en lugar de intercam­
bios comerciales que requerían el recurso al crédito o el em­
pleo de la moneda. Esta, cuando intervenía, jugaba sobre to­
do el papel de referencia de los intercambios: de este modo,
la cotización de los productos en metálico ha reproducido por
mucho tiempo su equivalencia de cambio tal como estaba es­
tablecida en la época en que las transacciones se hacían por
trueque.

Mientras que el objeto de intercam bio deja librado directa­


mente a la intuición el uso que se podrá h acer de él, uso que
HCencuentra tan inscrito en él com o el peso, el color y el sabor,
la m oneda —bien indirecto por excelencia— , en sí misma, no
es fuente de ninguna satisfacción (com o lo recuerda la fábula
del fellah que m urió en pleno desierto cerca de la piel de ove­
ja llena de m onedas de oro que acababa de descubrir). El uso
futuro que la m oneda indica es lejano, im aginario e indeterm i­
nado. Con la m oneda fiduciaria, uno ya no posee las cosas, si­
no los signos de sus signos: “un producto —se dice-— vale más
que su equivalente (en m o n ed a)”, “adquiere productos antes
que d in ero ”. Instrum ento que sirve no im porta a quién, no im­
porta dónde, para no im porta qué operación de intercam bio,
“que no sirve para nada excepto poder servir para to d o ”, la mo­
neda perm ite, en prim er lugar, la previsión de un uso indeter­
minado y la cuantificación de la infinidad de los propósitos cuya
virtualidad encierra, autorizando de ese m odo u na verdadera
contabilidad de las esperanzas. “Si yo no sé qué cantidad de tri­
go podré com prar con la m oneda, sé no obstante — observa Si-
m iand— que podré com prarlo en el futuro; incluso si el trigo
n o es lo que necesito, sé que podré alim entarm e, vestirm e, ha­
cer algo útil con el o ro .” Y señala en otra parte: “Es este poder
de anticipación o de representación, incluso de realización an­
ticipada de un valor futuro, lo que constituye la fu nción esen­
cial de la m oneda, particularm ente, en las sociedades progre­
sivas”.2 En segundo lugar, dado que los diferentes alcances de
una suma determ inada se excluyen cuando uno decide darle
un uso, la utilización racional de una cantidad lim itada de mo­
neda supone un cálculo que tiende a determ inar, prim ero, los
posibles usos futuros según los medios disponibles y, entre ellos,
aquellos que son com patibles entre sí, y, segundo, a definir la
elección “razonable” de acuerdo con una estructura jerarq u i­
zada de finalidades. Muy por el contrario, las m ercancías que
se intercam bian en el trueque sobre la base de equivalencias
tradicionales abandonan inm ediatam ente su uso potencial y su
valor, el cual, a diferencia de la m oneda, es independiente de
toda condición exterior. Tam bién es m ucho más fácil adminis­
trar “razonablem ente” reservas de bienes de consum o que dis­
tribuir a lo largo de todo un mes una suma de dinero o estable­

2 F. Simiand, “La monnaie, réalité sociale”, Anuales soáologiques, serie D,


1984, pp. 1-86, especialmente pp. 80-81.
cer una je ra rq u ía racional de necesidades y gastos: sin dudas,
la propensión a consum irlo todo es infinitam ente más peque­
ña que la inclinación a utilizar de golpe todo el dinero que se
posee. Los cabilas guardan el trigo o la cebada en grandes tina­
jas perforadas con agujeros a diferentes alturas, y la buena ama
de casa, responsable de la gestión de las reservas, sabe que
( liando el grano desciende por debajo del agujero central —lla­
mado thimith, el ombligo— es im portante m oderar el consumo:
el cálculo, com o se ve, se hace solo y la tinaja es com o un reloj
de arena que perm ite percibir en cada m om ento lo que queda
y lo que no. En resum en, el uso de la m oneda exige una con ­
versión análoga a la que opera, en otro m arco, la g eom etría
analítica: la clara evidencia proporcionada por la intuición es
sustituida por la “ciega evidencia”, surgida del m anejo de los
símbolos. A hora bien, en la actualidad, uno ya no razona sobre
objetos que anuncian de m anera casi tangible y palpable su uso
y la satisfacción que prom eten, sino sobre signos que no son en
si mismos fuente de ningún goce. En tre el sujeto económ ico y
las m ercancías o los servicios que él espera se interpone la pan-
i.illa de la m oneda. Por consiguiente, los agentes económ icos
formados en otra lógica eco n óm ica deben hacer, a su m odo,
el aprendizaje de la utilización racion al de la m oneda com o
m ediación universal de las relaciones económ icas: es grande,
<-n efecto, la tentación de convertir el salario apenas recibido en
bienes reales, alim ento, ropa de cam a, m obiliario; hace unos
cincuenta años, no era raro ver a los trabajadores agrícolas gas­
tar en algunos días la ganancia de un m es de trabajo; más re­
cientem ente se han observado prácticas análogas entre los nó­
madas del Sur, cuando los pastores, hasta entonces retribuidos
en especies, com enzaron a recib ir el salario en dinero.

Es bien sabido que la ineptitud en el manejo de la moneda y


la inadaptación a las reglas jurídicas de los habitantes rurales
han contribuido en gran medida a acelerar el movimiento de
desposeimiento territorial. Así, después de haber condenado
la política que llevaba a despojar a los argelinos de sus tierras
de pastoreo, Violette observaba: “Se abusa realmente de las ex­
propiaciones [...]. En todo caso, es preciso que, ya que se ha
hecho lugar a la expropiación, el daño sea reparado con equi­
dad y especialmente que se respete la obligación de parte de
la administración de recolocar a los expropiados y especial­
mente a los indígenas [...]■ La indemnización monetaria no
tiene sentido para el fellah. La gastará enseguida, no podrá ca­
pitalizarla y utilizar la magra ganancia que una operación bur­
sátil le aseguraría” (M. Violette, L ’Algérie vivra-t-elle? Notes d ’un
anden gouvemeurgénéral, París, Alean, 1931, pp. 83-91). Con­
vertidos en dueños de un título de propiedad auténtico y fá­
cilmente alienable como consecuencia de la división favoreci­
da por las leyes del 26 de ju lio de 1873 y del 23 de abril de
1897, numerosos pequeños propietarios, apremiados por la
miseria, fueron tentados por la atracción del dinero y vendie­
ron su tierra; poco familiarizados con el uso de la moneda,
muy pronto disiparon su pequeño capital y se vieron obliga­
dos a emplearse como trabajadores agrícolas o a huir hacia la
ciudad.

De todas las instituciones y técnicas económ icas introduci­


das por la colonización, la más ajena a la lógica de la econom ía
precapitalista es sin ninguna duda el crédito, que supone la re­
ferencia a un futuro abstracto, definido por un contrato escrito
y garantizado por todo un sistema de sanciones que, ju n to con
la noción de interés, involucra el valor contable del tiempo.

Sin duda la usura, cuyas tasas eran del 50 al 60% en promedio


antes de 1830 y del 25 al 30% en 1867 (A. Hanoteau, Poésiespo-
pulaires de la Kabylie, París, Impr. Impériale, 1867, p. 193, n. 1),
se inscribía normalmente en una estructura económica que,
si bien daba a la circulación monetaria un espacio mínimo, no
estaba exenta de crisis motivadas por la precariedad de las téc­
nicas disponibles, que no permitía dominar los tizares del cli­
ma. Pero el crédito de urgencia, impuesto por la necesidad y
exclusivamente destinado al consumo, no tenía nada en co­
mún con el crédito destinado a la inversión: sólo se recurría al
usurero una vez agotados todos los recursos de la ayuda fami­
liar y aquel que entregara un hermano o un primo al usurero,
teniendo los medios para ayudarlo, era deshonrado. La prohi­
bición del préstamo a interés es en realidad el reverso del im­
perativo de solidaridad, y las reglas comunitarias —a veces co­
dificadas en los que tenían la costumbre— imponían que se
prestase asistencia a los enfermos, las viudas, los huérfanos y
los pobres y que se ayudase a las víctimas de una calamidad
(por ejemplo, cuando un animal herido debía ser abatido, la
comunidad indemnizaba al propietario y la carne era compar­
tida entre las familias).

M ientras que el crédito se preocupa de garantizar su segu­


ridad verificando la solvencia del deudor, la ú nica garantía que
conocen las convenciones del arreglo amistoso (las únicas que
i econoce la m oral del hon or) es la bu ena fe, de m anera que el
que ofrece seguridades sobre el porvenir no es la riqueza sino
aquel que dispone de ella. El prestatario visita a un pariente o
i un amigo: “Yo sé que tienes tal y cual suma y que no la n ece­
sitas; puedes considerarla com o si todavía entuviera en la casa”.
No se fija un plazo preciso (“hasta el verano” o “hasta la reco­
lección”). Como sólo se contrata a personas conocidas, parien­
tes, amigos o aliados, el porvenir de la asociación está asegura­
do, en el presente m ism o, p o r la exp erien cia que cada uno
tiene del otro, conocido por ser fiel a sus com prom isos, pero
también, y sobre todo, por la relación objetiva que une a los so-
<ios y que sobrevivirá a su transacción y garantizará el porvenir
del intercam bio de m anera más segura que todas las codifica-
i iones explícitas y form ales de las que el crédito debe armarse
porque supone la total im personalidad de la relación entre los
<ontratantes. Nada es más radicalm ente opuesto a la ayuda mu-
tua, que asocia siempre a individuos unidos por lazos de con­
sanguinidad real o ficticia, que la cooperación que moviliza a
individuos seleccionados en función de los fines calculados de
un em prendim iento específico: en un caso, el grupo preexiste
y sobrevive al cum plim iento en com ún de una obra en com ún;
en el otro caso, al en co n trar su razón de ser fu era de sí mis­
mo, en el objetivo futuro definido por el contrato, la coopera­
ción deja de existir ju n to con el contrato que la funda. Es de­
cir que, contra todas las ilusiones populistas, las tradiciones de
ayuda mutua por agnación están lejos de preparar a los campesi­
nos para adaptarse a organizaciones cooperativas o colectivistas,
y los trabajadores agrícolas de las zonas de gran colonización,
desposeídos de sus tierras y tradiciones, tienen más disposicio­
nes para ese tipo de estructura que los pequeños propietarios
de las regiones relativam ente protegidas.
Lo que distingue al futuro, lugar de los posibles abstractos
de un sujeto intercam biable, del porvenir práctico, lo que dis­
tingue lo posible de la potencialidad objetiva, no es, com o se cree
a m enudo, la mayor o m enor distancia con respecto al presen­
te, puesto que éste puede entregar com o cuasi presentes las po­
tencialidades más o m enos alejadas en el tiempo objetivo que
están vinculadas en la unidad inm ediata de una práctica o de
un ciclo natural. La conciencia popular vive y actúa esta distin­
ción sin explicitarla, com o ironía sobre sí misma. “¿Adonde
vas?”, le preguntaron un día a D jeha, personaje im aginario con
el que a los cabilas les gusta identificarse. “Voy al m ercad o .”
“¡Cóm o! ¿Y no dices ‘si Dios qu iere’?” D jeha sigue su cam ino,
pero al llegar al bosque unos bandidos lo golpean y roban.
“¿Adonde vas, D jeha?”, alguien le pregunta entonces. “Vuelvo
a casa... si Dios q u iere.” Esta locución señala el paso a otro
m undo, a un m undo regido por una lógica diferente, el mun­
do irreal del futuro y de los posibles.3

3 Se cuenta la historia de un viejo cabila que, al llegar por primera vez a


la cima de la colina que es el límite del horizonte de su pueblo, exclama: “¡Oh,
Dios, qué grande es tu m undo!”. Más allá del horizonte del presente comien-
Tal vez se pueda ver en ello una de las raíces de las prohibicio­
nes concernientes a todas las formas de enum eración: no se
debe contar a los hombres presentes en una asamblea, no se de­
be medir el grano reservado para la simiente, no se cuenta el
número de huevos de la nidada, pero se cuenta el número de
pollos en el nacimiento. Contar los huevos de la nidada o me­
dir el grano de la simiente sería presumir del porvenir y, de
ese modo, com prom eterlo, “cerrarlo” o “cortarlo”. El fellah
mide su cosecha con extrem a precaución, “a fin de no contar
la generosidad de Dios”. En ciertas regiones, está prohibido
pronunciar el nom bre de un número en el área a trillar. Por
otra parte, se recurre a números eufemísticos. Se sabe también
que, en su origen, encontraron vivas resistencias medidas ad­
ministrativas tales como las operaciones de inventario destina­
das al establecimiento de un censo civil preciso. Se lee en un
poema de Qaddoúr ben Klifa citado por J. Desparmet (en “Les
réactions nationalitaires en Algérie”, Bulletin de la Société de Géo-
graphie d ’Alger, 1933; cf. también “La turcophilie en Algérie”,
loe. cit., 1916, p. 20): “Todos los bienes fueron pesados en la
balanza. ¡Cuántas hectáreas se han medido, marcado con el me­
tro! ¡Todos los años se nos enumera en el registro de inventa­
rio! ¡Han inscripto también a todos los vivos, hombres y muje­
res!”. Ese mismo rechazo del espíritu de precisión y de cálculo
inspiraba los nombres atribuidos en esas poesías a los france-

/,i el mundo imaginario que no puede adjudicarse al universo de la experien-


i m y donde reina, por ello, una lógica totalmente diferente. Lo que puede
parecer absurdo o imposible si se lo sitúa dentro del campo de la experien-
i i¡i, puede sobrevenir en otros lugares alejados en el espacio o en el tiempo:
.<*.( ocurre con los milagros de los santos: Sidi Yahia hizo ponerse de pie a un
buey degollado, Sidi Kali se metamorfoseó en león, Sidi Mouhoud dividió en
■los una fuente a fin de apaciguar un diferendo entre clanes enemigos, Sidi
Moussa hizo surgir aceite de un pilar. No funcionan los mismos criterios cuan­
do se trata de un acontecimiento que se ha producido en el interior del ho­
rizonte familiar o de un hecho sobrevenido en el país de las leyendas, que co­
mienza en las fronteras mismas del mundo cotidiano.
ses: “la raza industriosa”, “la raza de los filósofos” (de los sa­
bios), “el pueblo de la firma y el sello” (J. Desparmet, “L’oeuvre
de la France jugée par les indigénes”, loe. cit., 1910).

Azka d azqa, “m añana es la tum ba”: el futuro es u na nulidad


que sería vano intentar captar, una nada que no nos perten e­
ce. De aquel que se preocupa demasiado por el porvenir, olvi­
dando que éste no se deja atrapar, se dice que “quiere hacerse
socio de Dios” y, para llamarlo a recato, se le indica: “No te ocu­
pes de lo que te es ajen o ”, o tam bién: “En la plata que está fue­
ra de la bolsa, no veas un capital”.
La fábula de D jeha alerta contra el etnocentrism o que lleva
a tantos etnólogos a establecer una diferencia de naturaleza en­
tre el sistema de disposiciones con respecto al tiem po que invo­
ca la econom ía precapitalista y aquel que exige y engendra la
econom ía m onetaria. La experiencia tem poral que la eco n o ­
m ía precapitalista favorece es una de las modalidades que pue­
de revestir toda experiencia de la temporalidad, incluida la de
los agentes económ icos más “racionales” de las sociedades que
producen a los etnólogos. Esta debe su especificidad únicam en­
te a que, en lugar de proponerse com o una posibilidad entre
otras, es impuesta com o la única posible p o r una econom ía inca­
paz de asegurar las condiciones de posibilidad de la posición de
lo posible y, lo que viene a ser lo mismo, por un ethos que es en
realidad la interiorización del sistema de las posibilidades y de
las imposibilidades objetivamente inscritas en unas condiciones
materiales de existencia dominadas por la inseguridad y el azar.
Todo sucede com o si, al desalentar expresam ente todas las dis­
posiciones que la econom ía capitalista exige y favorece —espí­
ritu de empresa, preocupación por la productividad y el rendi­
m iento, espíritu de cálculo, etcétera—, y al denunciar el espíritu
de previsión com o una am bición diabólica en n om bre de la
idea de que “el porvenir es la parte de Dios”, uno se contenta­
ra, aquí com o en otras partes, con “h acer de la necesidad vir­
tud” y ajustar las esperanzas a las oportunidades objetivas.
Si las prácticas económ icas del cam pesino argelino sólo se
com prenden en relación con las categorías de su co n cien cia
temporal, no deja de ser cierto que éstas están estrecham ente
ligadas, por m ediación del ethos, a las bases económ icas de la
sociedad. El propósito de la actividad técnica y ritual es asegu-
i ir lo que M arx llam aba la reprod u cción sim ple, es decir, la
producción de los bienes que perm iten al grupo subsistir y re­
producirse biológicam ente y que al mismo tiem po perm iten la
i «'producción de los lazos, los valores y las creencias que cons-
nluyen la cohesión del grupo. La in terdepen dencia de la eco ­
nomía y del ethos es tan profunda que toda la actitud con res­
pecto al tiem po, al cálculo y a la previsión está com o inscrita en
•I modo de apropiación del suelo, a saber: la indivisión. C on
frecuencia se ha señalado que al im pedir el cálculo de la parte
i <\spectiva de cada m iem bro del grupo (o de cada unidad fam i­
liar) en el consum o y, con más razón, en la p rod u cción , esta
institución tiende a prohibir la novación individual y a ahogar
i I espíritu de em presa.4 En el dom inio del consum o, perm ite
reducir el cálculo a su expresión más simple, es decir, a un ra-
i ionamiento bastante elástico, sin que jam ás se mida la relación
i ntre los recursos y el núm ero de los individuos. E n tre otras
■(msecuencias, de ello resulta que las tendencias natalistas pue­
den cum plirse sin fren o .5 Pero, recíp rocam en te, la indivisión

No se puede ignorar el carácter etnocéntrico de semejante visión. Pa-


i i un análisis de las diferentes funciones de la indivisión en el sistema econó-
iilii o de la Argelia precolonial, véase P. Bourdieu, Sociologie de l ’Algérie, París,
lili', 1960, p. 66.
'' Habría lugar para estudiar sistemáticamente la influencia diferencial
Htlr las diversas costumbres sucesorias y los modos de apropiación del suelo
t|Ur les son solidarios (derecho de mayorazgo, propiedad reservada a uno so-
I", división en partes iguales, efectiva o virtual, como en Argelia, por el he-
<lio de la indivisión) han ejercido o ejercen sobre la natalidad, el espíritu de
no puede m antenerse salvo si (y sólo si) a nadie se le ocurre
efectuar una contabilidad sistemática de las partes individuales
en la producción y en el consumo. De hecho, la generalización
de los intercam bios m onetarios y del espíritu de cálculo ha
coincidido en todas partes con la m ultiplicación de las ruptu­
ras de la indivisión. En efecto, al volver posible la m ensurabili­
dad y la conm ensurabilidad de la energía gastada, del produc­
to del trabajo y de los recursos consumidos, la m oneda estimula
el cálculo de la parte respectiva de cada unidad fam iliar en la
econom ía del grupo. En síntesis, la indivisión proh íbe verdade­
ram ente el cálculo y, recíprocam ente, la prohibición del cálcu­
lo es la condición de la perm anencia de la propiedad indivisa
y de la com unidad que ella funda, sea fam ilia o clan.
Cosa notable: el ethos se prolonga sin solución de continui­
dad en la ética: los preceptos de la m oral del h o n o r que de­
nuncian el espíritu de cálculo y todas sus m anifestaciones, ta­
les com o la avidez y la precipitación, que con denan la tiranía
del reloj — el “m olino del d iablo ”— , pueden ap arecer com o
otras tantas explicaciones parciales y veladas de la “in ten ció n ”
objetiva de la econom ía. En efecto, al estar los intercam bios
reducidos al m ínim o, no pueden convertirse en el punto de
fuga con respecto al cual se organizan la produ cción y el con ­
sumo; al ten d er cada unidad de produ cción a vivir en autar­
quía, la mayor parte de las transacciones se efectúa entre fam i­
liares y la introducción del cálculo en éstas resultaría absurda;
el productor, que al mismo tiem po es consumidor, no estima el
producto de su trabajo en térm inos de esfuerzo o de tiem po
gastado. El despilfarro de tiem po —que aparece com o tal só­
lo en relación con principios foráneos, com o el del mayor ren­
d im iento— y el despilfarro de m edios son tal vez la condición

empresa, la emigración hacia las ciudades, etcétera (cf. H. J. Habakkuk, “Fa­


mily Structure and Economic Change in Nineteenth Century Europe”, The
Jou rn al o f Economic History, Londres XV, 1955).
tle supervivencia de sociedades que, si hicieran cuentas, renun-
i iarían.
Por cierto, el cálculo está necesariam ente im plícito en toda
iransacción equitativa. Supongam os un caso de asociación
practicado con frecuen cia para la hacienda. El propietario (a
menudo una m ujer que ha invertido así su peculio) confía sus
m im ales, por ejem plo cabras, a otra persona, que se com pro­
mete a alim entarlas y cuidarlas. Se hace una estim ación de los
■mímales y se acuerda que se com partirá el producto de ellos.
<iada semana el prestatario envía una calabaza de leche por me-
ilio de un niño (a quien, a cam bio, se le dan frutos, aceite, hue-
v<>s o azúcar). Al cabo de tres años, el prestatario restituye los
ulímales y se com parten los productos; las dos partes soportan
por igual la dism inución del capital inicial debido al envejeci­
miento, ya sea que se pague una com pensación en especies o
liu-n que se devuelva solam ente la mitad de la m anada y una
tuina igual a la mitad de su valor al com ienzo del contrato. Co­
mo se ve, aunque un entendim iento sem ejante sólo es posible
cutre personas conocidas, entre amigos, y aunque los intercam ­
bios rituales son totalm ente ajen os al espíritu de cálculo, esa
i lase de entendim iento nunca escapa al cálculo más riguroso.
IVro este cálculo está al servicio del sentim iento de equidad y
■<•opone en todo al espíritu de cálculo, que, al fundarse en la eva­
luación cuantitativa de los beneficios, suprime las aproxim acio­
nes azarosas y desinteresadas (al m enos en apariencia) de una
moral de la generosidad y del honor. No se lo puede adm itir
excepto si se lo subordina al sentim iento de la equidad que tie­
ne sus raíces en el igualitarismo puntilloso del con cep to de ho-
m ii antes que en una conciencia racional y abstracta de la igual­
dad. Asimismo, si la innovación es siem pre sospechosa —y no
"lam ente com o desm entido que se inflige a la tradición— , es
pi >rque uno siem pre se inclina a ver en aquélla la expresión de
"n a voluntad de distinguirse, de singularizarse, una m anera
de desafiar y de aplastar a los otros. El imperativo de la confor-
mii lad se deja com prender entonces en la lógica del honor: sin­
gularizarse, sobre todo m ediante una novación gratuita y osten-
tatoria, es lanzar un desafío al grupo y a su h on or; la conducta
ostentatoria (o percibida com o tal), a la m anera de un don que
excluye todo contradón, coloca al grupo en estado de inferio­
ridad y sólo puede experim entarse com o una afrenta, pues ca­
da uno se siente tocado en su autoestima.
La adquisición de la riqueza nunca es reconocida explícita­
m ente com o el fin de la actividad económ ica. La resistencia a
la acum ulación y a la consiguiente diferenciación es una ma­
nera de salvaguardar las bases económ icas del orden social: en
una econom ía estacionaria en la que la cantidad de bienes po­
seídos (es decir, principalm ente, la tierra) es constante, el en­
riquecim iento de uno supone el em pobrecim iento de otro. Y
la ética no hace otra cosa que registrar nuevamente las necesi­
dades inm anentes de la econom ía.

“El generoso —se dice— es amigo de Dios.” Dios da la riqueza


a quien él quiere, pero aquel que la recibe debe mostrarse dig­
no dando pruebas de generosidad, sirviéndose de ella para ali­
viar la miseria de los otros; de lo contrario, le será negada.
“Oh, Dios mío —se dice también—, dame para que pueda
dar.” “Oh, Dios mío, si no me das, dale a mi herm ano.” Aquel
que sabe unir la riqueza, la generosidad y la sobriedad (aqná)
es el más afortunado de los hombres, puesto que el mundo y
el más allá le pertenecen. La riqueza implica deberes. La ri­
queza que no se acompaña de generosidad es despreciada.

Nunca ausente, el cálculo jam ás es confesado: ciertas tareas,


com o la siega, la cosecha de las olivas, la escarda y la binazón,
eran realizadas en Cabila por el subclan, el clan y a veces el pue­
blo entero; lo mismo ocurría con el traslado de las piedras y las
vigas cuando se construía una nueva casa. Después de los ritos
de inicio, las ofrendas de objetos, los sacrificios que m arcaban
el com ienzo y el fin de los trabajos que llevaba a cabo el je f e de
fam ilia, después de la unción de los m ateriales con la sangre
<le la víctima, los trabajos concluían con una com ida com ún en
la que se com ía al anim al sacrificado: cuando esto se finaliza­
ba, las m ujeres cantaban en coros alternados m ientras las mu-
<hachas danzaban. El trabajo com ún era fiesta y rito colectivos
I >or los cuales se reafirm aba pública y solem nem ente la solida-
i idad familiar. Pero las consecuencias económ icas de la fiesta
<-ran pesadas: una sola com ida podía engullirse las provisiones
laboriosam ente acumuladas. En principio, todos los habitan­
tes del pueblo que habían colaborado en la constru cción de­
bían participar en ella. De h ech o, según los lugares, se invita-
lía solam ente a los notables o a un h om bre p or fam ilia o a los
miembros del m ismo clan o del mismo subclan.6 Así, se recu-
i fía al cálculo para resolver el problem a planteado por el cálcu­
lo; pero no había otra opción que aprobar el uso del cálculo
que tendía a perpetuar tradiciones incom patibles con el espí-
i Un del cálculo.
La generalización de los intercam bios m onetarios se ha co-
l>i .ido m uchas de estas tradiciones. Durante la construcción de
i asas, los trabajos de albañilería y carpintería eran confiados a
eN|»ecialistas que recibían una com pensación en especies y en
'huero: la com ida jam ás era tenida en cu enta en la estim ación
Hel salario; se podía adm itir que se ren u n ciara al salario pero
ile ninguna m anera a la com ida. En un pueblo de la región de
’•(<li-AIch, un albañil reputado que había aprendido su oficio
•MFrancia fue llamado hacia 1955 a construir una casa; cuan­
do volvió a su hogar, sin haber com ido, reclam ó una indem ni-
ii ión de doscientos francos. Se le pagó la jo rn a d a (mil fran-
•«in) de inm ediato, aum entada en doscientos francos, y se lo
invitó a no regresar.7 La historia se difundió y desde entonces
hay un rechazo a confiarle cualquier obra.

R. Maunier, Mélanges de sociologie nord-africaine, París, Alean, 1930, pp.


171 172.
' A(|uí, como en lo sucesivo, se trata de francos antiguos.
Esta anécdota encierra lo esencial del debate entre el cálcu­
lo, inevitable, y el espíritu de cálculo, condenable. Hace eviden­
te, para empezar, que se establece una división tajante entre
el pago en especies o en dinero, compensación del daño pro­
vocado (que puede llegar a ser entendida como salario), y la
comida, acto simbólico que no podría ser reducido sin escán­
dalo a su dimensión estrictamente económica. La comida es un
acto de intercambio que sella una alianza, que crea una rela­
ción análoga al parentesco entre los extranjeros (“Pongo entre
nosotros el alimento y la sal”). La thiwizi (trabajo colectivo) no
puede concebirse sin la comida final y sólo reúne a las perso­
nas del mismo clan o del mismo subclan. Es comprensible que
el albañil provoque una reprobación unánime: su conducta no
hace más que realizar con toda lógica la intención calculadora
que se expresaba en forma larvada a través de los artificios em­
pleados para moderar el gasto; pero, llevada a las últimas con­
secuencias, al reclamar la conversión de la comida en moneda,
hace brillar a plena luz lo que la conducta aprobada se las in­
geniaba para disimular. ¿No forma parte de las reglas de juego
que la convertibilidad y la calculabilidad objetivas no puedan
aparecer nunca como tales?
Hay intercambios en los que el cálculo se traiciona más; por
ejemplo, la charka, contrato que opera sobre todo entre perso­
nas de diferentes pueblos y por el cual el propietario de un
buey se lo confía a un campesino demasiado pobre para com­
prarlo, a cambio de cierto número de medidas de cebada o de
trigo. Se podría creer que, en este caso, el buey es considerado
capital (ras elmal, palabra por palabra, significa “la cabeza del
bien”) destinado a aportar un beneficio. De hecho, nunca es
tan manifiesto el desajuste entre la verdad objetiva de la prác­
tica económica y la experiencia que los agentes obtienen de és­
ta. El economista puede ver en este intercambio un simple prés­
tamo, en el que el individuo A confía un buey mediante un
interés de algunas medidas de trigo. La forma en que lo descri­
ben los cabilas es muy diferente: el individuo A entrega la fuer-
m de trabajo del buey, pero se satisface la equidad porque el
individuo B alimenta al buey, cosa que el individuo A se ha vis-
10 en todo caso obligado a hacer. Por lo tanto, las medidas de
irigo son una compensación por la desvalorización del buey
que trae aparejada el envejecimiento. De este modo, el buey no
es tratado ni percibido jam ás como capital (es frecuente que el
prestatario que tiende a esconder su indigencia y a hacer creer
que el buey es de su propiedad vaya por la noche a entregar las
medidas de trigo previstas por el contrato, y que el propietario
fio preste al juego porque es m ejor m antener oculta una tran-
■t.icción que encierra la potencialidad de la explotación). Cuan­
do el cálculo interesado se revela abiertamente, la reprobación
r*Hfranca: es el caso de cierto tipo de rahnia (anticresis), con-
i rato por el cual el prestatario cede al prestador el usufructo de
una tierra hasta la fecha del reembolso. Sin embargo, las cosas
no son siempre tan tajantes y hay lugar para toda una casuísti-
<a. Nadie culparía —todo lo contrario— a aquel que presta di­
nero a un pariente en la miseria a cambio de una tierra consi-
i le rada como prenda (la suma prestada puede no tener ninguna
relación con el valor de la tierra; puede ser superior o inferior,
‘íi'gún las necesidades del prestatario; de modo que no se cal-
<illa; tampoco se fija un plazo para la eventual toma de pose­
sión de la tierra). “Me has salvado de la venta”, se suele decir.
I' vitar que la tierra caiga en manos de una familia extranjera es
un deber; y además, como la tierra nunca se considera verda-
■lelamente un capital, se admite implícitamente que el produc­
to debe corresponderle a quien la trabaja.
Así, a riesgo de permanecer siempre en la ambigüedad y el
■quívoco, se ju ega al mismo tiempo en los registros del inte-
i ^nque no se confiesa y del honor que se proclama. ¿No es el
¡nicrcambio generoso sólo un despliegue en la sucesión tem-
|toral de los diferentes momentos de una transacción que el
11nitrato racional comprime en un instante? Si el don puede
JJfMentarse al observador como momento obligado de una se­
lle c ontinua de dones y de contradones mientras es vivido co­
mo acto desinteresado y deliberado, es precisam ente gracias al
intervalo de tiempo que se interpone. ¿La peor ofensa no con­
siste acaso en restituir inm ediatam ente el don recibido o en de­
volver un objeto idéntico? Al ser diferido el con trad ón , cada
don puede ser captado com o un com ienzo absoluto y no como
continuación impuesta de un intercam bio ya com enzado. To­
do sucede com o si el intercam bio generoso perm itiese que los
actores de la transacción no tengan que descubrirla com o tal,
no tengan que recon ocer ante ellos mismos y ante los otros la
existencia del modelo según el cual actúan objetivam ente. El in­
tercam bio de dones es un intercam bio en y p o r el cual uno se
esfuerza por velar su verdad: el cálculo com o garantía de la
equidad del intercam bio. Si el “dador-dador” es la verdad del
intercam bio de dones, el intercam bio de dones es un dador-da­
dor que no puede confesarse com o tal.8 Es tam bién la form a
por excelencia del intercam bio en una sociedad que, según la
expresión de Lukács, niega “el verdadero suelo de su vida” y
que, al no resignarse a con ferir a las realidades económ icas su
sentido propia y puram ente económ ico, tiene u na economía en
sí y no para sí. A centuando sistem áticam ente la significación

8 Este análisis tiende a sobrepasar la oposición que ha podido establecer­


se entre una “fenomenología verbosa” cautiva de las ideologías nacidas de la
experiencia vivida del intercambio y la antropología estructural, capaz de re­
construir el modelo según el cual esta experiencia se efectúa, pero que no
podría ser aprehendida en la experiencia ingenua. “Es el intercambio el que
constituye el fenómeno primitivo y no las operaciones discretas en las cuales
la vida social lo descompone” (Lévi-Strauss, “Introduction á l’oeuvre de Mauss”,
Soáologie et anthropologie, pp. XXXVIII, X XXIX y X LV l). Corresponde a la etnolo­
gía reconstruir la totalidad a partir de la cual se puede descubrir la unidad
de la experiencia subjetiva, aprehensión mutilada del sistema social y de la
estructura objetiva que la reflexión erudita construye o descubre. En efecto,
sólo la existencia de una discordancia esencial entre la certidumbre subjeti­
va y la verdad objetiva explica que el don pueda ser descrito como momen­
to de una serie indefinida de prestaciones y de contraprestaciones, y, al mis­
mo tiempo, ser vivido como acto deliberado y desinteresado.
imbólica de los actos o de las relaciones de producción, uno
te rehúsa a presentar la econom ía en tanto tal, es decir, en tanto
istema regido por leyes originales, y a reco n ocer explícitam en­
te los fines económ icos con respecto a los cuales está orienta-
■la objetivam ente la acción económ ica, los del cálculo interesa-
do, la com petencia o la explotación.
La misma denegación se observa en la producción. El cam ­
pesino no se alza com o poder eficaz fren te a un m undo ajeno:
muy próxim o a una naturaleza apenas acondicionada y poco
marcada para la acción del hom bre, sólo puede experim entar
sumisión ante potencias a las que ni siquiera se le ocurre disci­
plinar. A quién puede asombrar, pues, que no capte su acción
<orno trabajo en el sentido verdadero, que rehúse tratar com o
materia bruta esa naturaleza o m n ip oten te que sus creencias
pueblan de prestigios y misterios, situándola en el lugar de una
sacralidad difusa e im personal, fu ente de todos los infortunios
y de todos los beneficios. El cam pesino no trabaja en sentido
estricto: él pena. “Dale a la tierra (tu su d o r), y ella te dará”, di-
i <•el proverbio. U no puede entender que la naturaleza, obede-
<¡rndo a la lógica del intercam bio de dones, conceda sus bene-
lit ios sólo a aquellos que le dan su penar com o tributo. Pero,
más profundam ente, la acción técnica podría ser una de las for­
mas de un ritual de revivificación.9 En efecto, la aplicación de
i alegorías ajenas a la experiencia del cam pesino es la que ha-
( e surgir la distinción entre el aspecto técnico y el aspecto ri-
lual de la actividad agrícola. AI llevarse a cabo en el interior de
un ciclo cósmico que esas categorías escanden, las tareas agríco-
l.ts —labranza o siega— se im ponen con el rigor arbitrario de

Los antiguos describen el abandono de las tradiciones agrícolas como


«•cándalo, profanación y sacrilegio. Por ejemplo, dejar en manos de jóvenes,
i una cada vez más frecuente, el cuidado “de abrir la tierra y de enterrar la ri­
queza del año anterior”, es hacerle una injuria a esa tierra. “La tierra no da
más porque no se le da nada. Se burlan abiertamente de la tierra y es justo
ijiic a cambio ella nos pague también con mentiras.”
los deberes tradicionales, con el m ismo derecho que los ritos
que les son inseparables. N unca tratada com o m aterial vulgar
o m ateria prim a que se intenta explotar, la tierra es objeto de
un respeto m ezclado con tem or (el hiba). Ella sabrá, se dice,
“hacer que se le rindan cuentas” y o b ten er una reparación pol­
los malos tratos que le inflige el cam pesino atareado (el a h ’maq)
o torpe. La verdad de las prácticas agrarias y del ethos que las
habita encu entra una expresión sim bólica en el sistema ritual
cuyo análisis estructural perm ite volver a asir la intención ocul­
ta. Abandonada a sí misma, la naturaleza va hacia la izquierda,
el erial es la esterilidad. A la m anera de la m ujer retorcida y ma­
ligna, ella debe ser sumisa a la acción ben éfica y fecundante
del hom bre. Aunque necesaria, inevitable, esta intervención del
cam pesino y de sus técnicas es crim inal, porque es violación y
violencia. Todo ocurre com o si los ritos, y particularm ente los
que m arcan los puntos críticos de la relación en tre el hom bre
y la tierra —labranza y siega—, estuviesen habitados por la in­
tención de resolver la contradicción que se halla en el corazón
de la agricultura, obligada a forzar a la tierra para arrancarle
sus riquezas.10
El trabajo no es ni un fin en sí m ism o ni de por sí una vir­
tud. Lo que se valoriza no es la acción orientada a un fin eco­
nóm ico, sino la actividad m isma, in d ep en d ien tem en te de la
función econ óm ica y sólo a condición de que tenga una fun­
ción social. El hom bre respetable debe estar siem pre ocupado
en algo. Si no encuentra nada para hacer, “que al m enos talle
su cu ch ara”. “El pastor ocioso talla su vara.” El perezoso no
cumple la función que le incum be en el seno del grupo; de ese
m odo, se coloca al m argen y se expone a ser rechazado. Perma­
n ecer ocioso, sobre todo para quien perten ece a una gran fa­
milia, es traicionar sus com prom isos con respecto al grupo, es

10 Sobre este punto, véase P. Bourdieu, “Le sens pratique”, Actes de la re-
cherche en sciences sociales, 1976, n- 1, pp. 43-86.
ustraerse a los deberes, las tareas y los cargos que son insepa-
i.lbles de la pertenencia al grupo. A aquel que ha perm aneci­
do fuera de la actividad agrícola durante un cierto tiem po (el
•migrado o el convaleciente) tam bién se lo apura, por ejem ­
plo, a recolocarse en el ciclo de los trabajos y en el circuito de
los intercam bios de servicios. “Vayan a em plearse ( charkath),
ai ateniend o el arado y cavando la tierra se volverán h om bres”,
r les dice a los adolescentes de las familias pobres, a los hijos
«le viudas. Con el derech o de exigir de cada u no que se entre­
gue a una ocupación, por im productiva que sea, el grupo de-
lit asegurar a todos una ocupación, incluso puram ente simbó-
li« a. El cultivador que o frece una oportunidad de trabajo en
tus tierras a aquellos que no tien en tierras de labranza, ni ara­
do para sostener, ni árboles que talar — h ijos de khammés, de
u abajador agrícola o de viuda— , recibe la aprobación de to­
los porque les asegura a esos individuos m arginales la posibi-
llt l id de integrarse en el grupo, es decir, de volverse hom bres
• i unpletos.
En ese co n texto, lo que ap arece co m o sim ple ocu pación
u nido uno se refiere im plícitam ente a la co n cep ció n del tra­
il lo com o actividad productiva n o era y n o pod ía ser p e rd ­
ió lo com o tal. Así, el je f e de fam ilia era n atu ralm en te el de
mas edad, porque su trabajo, a sus ojos así com o a los del gru-
jio, se id en tificaba co n la fu n ció n m ism a de je f e de fam ilia,
' ■ ponsable de cada u no y de todos, en cargad o de ord en ar y
’l» organizar los trabajos, los gastos y las relacio n es sociales.
I il distinción en tre trabajo productivo y trabajo im producti­
vo, así com o la distinción en tre trabajo ren tab le y trabajo no
a n u b le, estaban relegadas al segundo plan o, pues la oposi-
lon fundam ental se establecía en tre el ocioso (o el perezo-
o) i|ue faltaba a su d eb er social y el trab ajad or que cum plía
u función social, cu alq u iera que fuese el producto de su es­
fuerzo.
I I verdadero cam pesino se reco n o cía en que em pleaba to-
dlj» ñus instantes de respiro en esos p eq u eñ o s trabajos que
eran com o el arte por el arte del arte de vivir cam pesino: va­
llado de los cam pos, tala de árboles, p rotección de los nuevos
brotes co n tra los anim ales o “visitas” de supervisión de los
cam pos; porque, en ausencia de la obsesión de la productivi­
dad, el esfuerzo era en sí m ismo su propia m edida y su propia
finalidad.

Al no poder distinguir claramente el trabajo como actividad


de lucro y el trabajo como función social, uno se expone a
comprender erróneamente la lógica de las economías preca-
pitalistas. El mismo Max Weber daba pábulo al malentendido
mediante el uso que daba al concepto unívoco de beruf. En
efecto, se podrá considerar, según el punto de vista adoptado,
que el capitalismo burgués, como la ética protestante, hace del
trabajo un fin en sí mismo, no siendo la actividad un simple
medio económico, en tanto actividad de lucro, sino finalidad
moral, como deber impuesto por la ética. Por el contrario, se
puede pensar que para el capitalista la finalidad última de la
existencia no es el trabajo como fin en sí, sino el trabajo como
“medio para ganar siempre más dinero”, pues el imperativo
fundamental es “el deber, para el individuo, de acrecentar su
capital”. Max Weber acentúa precisamente este último aspec­
to en los textos que consagra al espíritu tradicionalista: “El rei­
no universal de la ausencia absoluta de escrúpulos en la per­
secución de los intereses egoístas por la adquisición del dinero
constituye uno de los caracteres específicos de aquellas regio­
nes, precisamente, donde el desarrollo del capitalismo bur­
gués medido según criterios occidentales ha quedado atrasa­
do. Sin embargo, no hay empleador que no sepa que la falta
de conciencia profesional de los trabajadores de esos países,
por ejemplo Italia comparada con Alemania, ha sido y sigue
siendo en cierta medida uno de los principales obstáculos a su
desarrollo capitalista” (L a ética protestante y el espíritu del capita­
lismo, capítulo II). Lo que está en cuestión, entonces, es una
moral del trabajo considerado com o actividad de lucro. En
otra parte, Max Weber señala justamente que lo que distingue
a las sociedades “tradicionalistas” es que el apetito de lucro má­
ximo no constituye de por sí una incitación al trabajo. Pero,
hay que tener cuidado de no olvidarlo, el trabajo como fun­
ción social forma parte de los deberes tradicionales.

Por poco eficaz que sea, la acción del cam pesino transfor­
ma la naturaleza m endiante la violencia que le inflige, pero esa
violencia no puede evidenciarse com o tal. Sem ejante confesión
i ipone en sí misma una conversión de la relación entre el hom-
I >re y el mundo: convencido de que no dispone de ningún m e­
dio para actuar eficazm ente sobre su propio futuro y sobre el
(aturo de su producción, el cam pesino sólo se siente responsa­
ble del acto, no del éxito o del fracaso, que dependen de po­
m adas naturales o sobrenaturales. El trabajo com o tal aparece
i liando (y sólo cuando) la entrega de sí, indisociable del senti­
miento de dependencia, deja lugar a la agresión confesa con-
ii a una naturaleza desembarazada de los encantam ientos de la
magia y reducida a su m era dim ensión económ ica. Desde ese
momento, la actividad agrícola deja de ser un tributo pagado
i un orden necesario y se convierte en trabajo, es decir, la ac-
•ion orientada hacia otro orden posible que sólo puede sobre-
vrnir a través de la transform ación de lo actu alm ente dado.
Mientras la distinción entre la función social y la función pro­
piamente económ ica del esfuerzo perm anezca ignorada, la ac-
(ividad no puede orientarse explícitam ente hacia un fin exclu­
sivamente económ ico. A hora bien, la organización deliberada
v sistemática de todos los m edios económ icos en función de un
lm com ún, el beneficio m onetario, es la condición de la apari-
■ion de un orden eco n óm ico dom inado por la necesidad de
obtener un beneficio en dinero, necesidad propiam ente eco­
nómica e independiente de los imperativos éticos.
El desencantam iento del m undo coincide con la derrota
■IH esfuerzo por en can tar la duración m ediante la estereotipa-
i mágico-mística de los actos técnicos o rituales que tendía
a h acer del desarrollo tem poral “la im agen móvil de la eterni­
dad”. M ientras la actividad no tenga otro fin que asegurar la
reproducción del orden econ óm ico y social, m ientras todo el
grupo no se proponga otro fin que el de durar y m ientras trans­
form e objetivam ente el m undo sin confesárselo, el sujeto ac­
tuante dura lo mismo que la duración del m undo a la que es­
tá ligado. Este sujeto no puede descubrirse co m o un agente
histórico cuya acción en el presente y contra el orden presen­
te sólo adquiere sentido con respecto al futuro y al orden fu­
turo por el que trabaja para su advenim iento. El tradicionalis­
m o aparece com o una em presa m etód ica (a pesar de que se
ignore esa condición) para negar el acon tecim ien to com o tal,
es decir, com o novedad suscitada por la acción novadora o ade­
cuada para suscitarla. Así se reduce el acon tecim ien to y se ha­
ce depender el orden cronológico del orden etern o de la lógi­
ca m ítica.
La existencia del paisano cabila está ritm ada p o r las divisio­
nes del calendario m ítico-ritual, que es la p rotección en el or­
den de la sucesión del sistema de oposiciones m íticas que do­
m inan toda la existencia. El otoño y el invierno se oponen a la
primavera y el verano, así com o lo húm edo se opone a lo seco,
lo bajo a lo alto, lo frío a lo caliente, la izquierda a la derecha,
el oeste y el norte al este y al sur, la n o ch e al día, lo masculino
a lo fem enino. La labranza y la siem bra se op onen a la siega y
a la trilla, así com o el tejido, hom ólogo de la labranza, a la coc­
ción de vasijas, etcétera. El principio de organización de la su­
cesión tem poral es el mismo que determ ina la división de los
trabajos entre los sexos, la distinción en tre el alim ento húm i­
do de la estación húm eda y el alim ento seco de la estación se­
ca, las alternancias de la vida social, fiestas, ritos, ju eg os, traba
jo s , la organización del espacio y tantos otros rasgos. Así, dos
m om entos sucesivos pueden ser reducidos a los dos términos
opuestos de una relación intemporal. Por consiguiente, el tiem­
po social com o form a, en el sentido musical, es decir, com o or
denam iento de una sucesión, orden cuya esencia es cumplirse
i «lo en el tiempo, es reducible a un sistema intem poral de opo-
•ti iones lógicas.11
El calendario de trabajos y de fiestas es al m ism o tiem po
jii mcipio de organización —al ser su fu nción ordenar la suce-
......tem poral— y fuerza de integración, puesto que garantiza
11 .iimonización de las conductas individuales y el cumplimiento
IPf íproco de las expectativas con cern ien tes al com portam ien-
lii ilc] prójim o. El calendario de trabajos y de fiestas funda la
i iliesión del grupo prohibiendo toda falta a las expectativas co-
tn (ivas, al mismo tiem po que, por vías opuestas ala s de la cien-
i lito las del cálculo económ ico, asegura la previsibilidad. El or-
>t* n social es ante todo un ritm o, un tempo. Adecuarse al orden
• i.il es prim ordialm ente respetar los ritmos, seguir el compás,
un ir a destiem po. P e rten ecer al grupo es ten er en el mismo
momento del día y del año el mismo com portam iento que to­
llón los otros m iem bros del grupo. A doptar ritm os insólitos e
Hi m i arios propios es ya excluirse del grupo. Trabajar cuando
li w (>(ros descansan, perm an ecer en casa cuando los demás tra-
!<i|.ni en los campos, pasearse por las calles del pueblo cuando
Itu olios duerm en, ir por los cam inos cuando están desiertos,
Viijiíilmndear por las calles del pueblo cuando los otros están
m i « I m ercado son tam bién conductas sospechosas. El respeto

¡ m u los ritmos tem porales es, en efecto, uno de los imperativos

(tu HI,i mentales de esta ética de la conform idad. La observancia


it !■■ ritmos anuales se im pone aún más rigurosam ente. Ade-
Ht ii i Ir que las grandes fechas del año agrícola son determ ina-
1 1 |ioi una decisión colectiva y precedidas por fiestas y cere-
moiii.ts, no hay actividad técnica o social que no tenga su día y
H 11* ii ,i. Para cada período, el calendario agrícola propone re-
m i i i ' i (daciones, prohibiciones, proverbios, presagios. Se llama

itwhhiilafíú. individuo original que actúa de m anera distinta de


(m olios (de khalef, infringir, con travenir) y, ju g an d o con las

11 Vi .ii<- P. Bourdieu, “Le sens pratique”, art. cit.


raíces, am k h a la fes tam bién quien está retrasado (de khellef, de­
ja r atrás). Pero actuar a destiem po no es solam ente infringir el
imperativo que prohíbe singularizarse, sino tam bién transgre­
dir el imperativo que im pone que uno se adapte a un orden so­
cial y se confunda con el orden del mundo.
Com o la razón científica, el ethos precapitalista se esfuerza
por asegurarse del porvenir, pero por vías totalm ente opuestas.
La previsión supone que se reconozca la posibilidad de otro po­
sible capaz de contradecirla: la hipótesis crea el acontecim ien­
to com o real, es decir, com o desmentida o com o confirm ación.
Por el contrario, la prudencia del tradicionalism o escapa a las
desmentidas del mundo. No se propone la am bición de asir el
futuro, sino que se esfuerza únicam ente en ofrecerle el m enor
asidero. El tem or a una refutación objetiva, capaz de estrem e­
cer el orden establecido y de interrum pir el encadenam iento
de las expectativas lleva a atenerse —al precio de un estrecha­
m iento sistemático del cam po de las aspiraciones— a un esta­
do de cosas que pueda ser dom inado por la simple actualiza­
ción de los esquemas tradicionales, y a excluir m etódicam ente
las situaciones insólitas, que exigen la invención de nuevos es­
quemas. La adhesión a una tradición indiscutida im plica la ne­
gativa a em prender abiertam ente la lucha contra la naturaleza
y conduce a buscar el equilibrio al precio de una reducción de
las expectativas proporcional a la debilidad de los medios de ac­
ción sobre el m undo. Amenazada incesantem ente en su exis­
tencia misma, obligada a gastar su en ergía en m an ten er un
equilibrio peligroso con el mundo exterior, esa sociedad, aco­
sada por la necesidad de durar, elige conservar para conservar­
se en lugar de transformarse para transformar.
El orden tradicional sólo es viable a condición de ser cap­
tado no com o el m ejor sino com o el único posible, a condición
de que se ignoren todos los “posibles colaterales”, que en cie­
rran la peor amenaza por el solo hecho de que harían aparecer
al orden tradicional, tenido por inm utable y necesario, com o
un posible entre otros, es decir, com o arbitrario. La superviven-
¡a del tradicionalismo supone que se lo ignore com o tal, es de-
ir, com o elección que se desconoce. Al rehusar el proyecto y,
il mismo tiempo, el trabajo com o voluntad orientada a la trans-
'<>rmación del m undo y de los medios de transform ar el mun-
lo, la sociedad tradicional se rehúsa a ten er una historia. En
•lecto, el trabajo, así com o la voluntad de progreso o la con-
iencia revolucionaria, se apoyan en la adopción de la perspec-
iva de lo posible, en la suspensión de la aquiescencia pasiva al
>rden natural o social. La voluntad de transform ar el m undo
mpone la superación del presente hacia un futuro racional-
líente calculado que sólo puede alcanzarse m ediante la trans-
orm ación de lo dado y, sobre todo, m ediante la transform a-
ión de la acción transform adora, es decir, de las técnicas y de
<>s agentes que las utilizan. El tradicionalism o apunta a abolir
i sucesión cronológica en tanto discontinuidad continua, re­
luciendo el orden cronológico (en el ciclo de la vida y en el ci-
lo agrario) al orden (m ito)lógico. Y ésa es tal vez la intención
nás profunda de ese orden social que el análisis estructural re-
ii oduce sin saberlo cuando reúne en un instante, con la form a
lo un sistema de oposiciones y de hom ologías, lo que en esen-
¡a es sucesión, similar a un Dios leibniziano, capaz de captu-
ar en acto la esencia de V 2 que los agentes sólo aprenden de
nanera parcial y sucesiva, agregando indefinidam ente cifras
lospués de la com a.
NECESIDADES CON TRAD ICTORIAS
¥ CONDUCTAS AMBIGUAS
Aunque uno no pueda, sin ser arbitrario, caracterizar gené­
ricam ente la inm ensa y variadísima literatura que los antropó­
logos han consagrado al cam bio cultural, no se puede dejar de
observar que esos estudios, que difieren profundam ente en sus
objetos, en general coinciden en autonom izar algunos niveles
de la realidad social y en conferirles sólo un lugar muy limita­
do a las transform aciones económ icas y sobre todo al exam en
sistemático de la influencia que esas transform aciones ejercen
en el sistema de las relaciones sociales y de las disposiciones. Ya
sea que se ponga el acento en las “transacciones culturales”, en
la lógica de la selectividad, en la recon textu alización de lo
adoptado y en la reinterpretación de los rasgos antiguos, en los
fenóm enos de desintegración o de rein teg ración cultural, en
la dinám ica de las transform aciones de la personalidad com o
consecuencia de las transform aciones de las técnicas de la pri­
m era educación, o en la adaptabilidad diferenciada de las di­
ferentes culturas en contacto, ya sea que se esté interesado más
bien en las relaciones entre las sociedades presentes, en el tipo
de relaciones sociales que unen a los individuos que las com ­
ponen, en la form a concreta de esas relaciones (superioridad
o inferioridad, distancia o proxim idad, etcétera) y en la situa­
ción en la cual se establecen (situación colonial, reserva, etcé­
tera) , uno se atiene al cam bio cultural o al cam bio social en su
form a genérica y se om ite com únm ente analizar la diferencia­
ción progresiva de la sociedad y las reacciones diferenciales de
las diferentes clases sociales.
Pero este “sesgo etn ológico”, que por una parte se atiene a
las características económ icas y sociales de las sociedades que
estudian los especialistas de la “aculturización”, es sin duda m e­
nos peligroso que las deform aciones sistemáticas que introdu­
ce cierta sociología disociando las diferencias en las actitudes
con respecto a la “m odernidad” y a la “m odernización” de las
condiciones económ icas y sociales de su constitución y expre­
sión. Así, D aniel Lerner, apoyándose en una vasta indagación
llevada adelante en seis países de O riente Medio, presenta una
“teoría de la m odernización que articula las com pulsiones co­
munes a las cuales están sujetos los pueblos de O riente M edio”,1
teoría que él mismo resume así: “El m odelo de com portam ien­
to desarrollado por la sociedad m oderna está caracterizado por
la empatia, aptitud para reorganizar rápidamente el sistema del
yo (self-system) . Mientras que las com unidades aisladas de la so­
ciedad tradicional funcionan, desde luego, sobre la base de una
personalidad altam ente constructiva, los sectores interdepen-
dientes de la sociedad m oderna requieren una am plia partici­
pación. Ésta exige a su vez un sistema del yo expansivo y adap-
tativo, dispuesto a in corp orar nuevos roles y a iden tificar los
valores personales con cuestiones públicas. Por eso la m oder­
nización de una sociedad ha im plicado la gran transform ación
psicológica que llamamos movilidad psíquica”.2 Al definirse la
“m odernidad” com o un “estilo de vida participativo”, se puede
ver en “la exposición a los medios masivos de com un icación ”
{m edia exposuré), que se supone acrecienta la em patia al darle
u na ocasión de ejercerse, uno de los factores determ inantes
de la transformación de las actitudes. Si no hay ninguna duda de
que el alejam iento al orden tradicional y la entrada, a m enudo
brutal, en el m undo de la econom ía m oderna acarrean y supo­
nen transform aciones sistemáticas del habitus, reducir a su di­
m ensión psicológica el proceso de adaptación a la econom ía

1 Daniel Lerner, The Passing o f Traditional Society. Modernizing the M iddle


East, Nueva York, Free Press, 1958, p. 77.
2 Ibid., p. 51.
m oderna es tom ar el efecto por la causa. De h ech o, “las trans­
form aciones caracterológicas que requiere la transform ación”,3
así com o las “transacciones culturales” de las que hablan los an­
tropólogos, son efectuadas concretam ente por agentes particu­
lares insertos en con d icion es económ icas y sociales particula­
res, lo cual no significa que no le deban nada a la lógica de las
disposiciones adquiridas o de los sistemas culturales presentes.
Al dar por sentado que la adopción del estilo de vida m o­
derno es el resultado de una libre elección, ¿el sociólogo no de­
ja penetrar su ju ic io por cierta filosofía im plícita de la historia
que hace de la “sociedad m od erna” —es decir, de la sociedad
capitalista en su fo rm a n orteam erican a— el cen tro de una
atracción universal? “Los individuos en vías de m odernización
( modernizing individuáis) — escribe D aniel L ern er— son consi­
derablem ente m enos in felices, y cuanto más rápidam ente se
m oderniza la sociedad que los circunda, más felices son [ ...] .
La sociedad tradicional está a punto de desaparecer de O rien ­
te M edio porque relativam ente pocas personas quieren todavía
vivir según sus reglas.”4 Nietzsche podría com entar: “Q uieren
persuadirse a toda costa de que el esfuerzo por la felicid ad ingle­
sa, quiero decir el confort y la fash ion (y en últim a instancia por
una banca en el P arlam ento), de que todo eso está precisam en­
te en la senda de la virtud, en fin, de que toda virtud que ha
existido jam ás en el m undo se ha encarnado siem pre en dicho
esfuerzo”.5

En la sociedad cam pesina, la longitud de los ciclos agrarios


perm itía disociar el esfuerzo — “causa ocasional”— de su pro­

3 Ibid., p. 76.
4 Ibid., pp. 398-399 (el destacado es m ío).
5 Nietzsche, P ar delá le Bien et le M al, prélude d ’u ne philosophie de Vavenir
[M ás allá del bien y del mal], París, Mercure de France, 1948, p. 230.
ducto — “don de Dios”—, y la solidaridad fam iliar que protegía
contra la miseria absoluta y cuidaba de las reservas de provisio­
nes, siempre disponibles para el consum o, todo con cu rría a ve­
lar la relación que unía el trabajo con su producto; en ese uni­
verso económ ico, el pasaje que va de la actividad de producción
con fines tradicionales a la actividad de lucro “racion al” se efec­
túa de m anera lenta y progresiva porque, aun cuando las ga­
nancias m onetarias han hecho su aparición ju n to a los recu r­
sos acostumbrados, los productos de la agricultura, la crianza y
el artesanado fam iliar perm iten satisfacer al m enos una parte
de las necesidades sin necesidad de recurrir al m ercado. P or el
contrario, en el mundo urbano la universalización de los inter­
cam bios m onetarios, correlativa a la desaparición de los otros
recursos, convierte la obten ció n de un ingreso en d in ero en
una necesidad absoluta y universal.6 Los campesinos cabilas tra­
je r o n un refrán de las granjas europeas de la región de Phip-
peville adonde antaño habían ido a trabajar. Ese refrán resu­
mía su descubrim iento de la significación m oderna del trabajo:
“Si no hay trabajo, no hay pan” (tam bién trajeron una locución:
achantyi ichumuran, taller de desem pleo). D escubrir el trabajo
com o actividad de lucro —por oposición a la actividad tradicio­
nal, que parece ahora una simple ocupación— es descubrir la
escasez, noción inconcebible en una econom ía que ignoraba
la preocupación por la productividad.

Siempre sentida intensamente, la presión del “ejército de re­


serva industrial” se expresa a veces en forma explícita, ya sea
en juicios vagos y generales (“Hay muchos brazos”, “Hay de­
masiada gente”), o bien en términos más concretos, más pare­

6 Al instaurar en las zonas rurales argelinas una situación cuasi urbana,


los reagrupamientos de la población han determinado transformaciones de
la actitud económica completamente análogas a las que provoca la situación
urbana (cf. P. Bourdieu y A. Sayad, Le déraánement. L a crise de l ’agriculture tra-
ditionnelle en Algérie, op. cit.).
cidos a una experiencia vivida: “Vas por los muelles, una ma­
ñana, y lo verás: son cientos, miles los que esperan para con­
seguir un trabajo, para trabajar una jornada, para ganarse el
pan para sus chicos” (peón, A rgel). En ese contexto, la com­
petencia por el empleo es la forma primera de la lucha por la
vida, una lucha que, para algunos, recom ienza cada mañana y
que no conoce otras reglas que las de un ju eg o de azar: “Mira,
ya ves, estamos delante de un taller, por ejemplo; es como un
qmar (juego de azar). ¿A quién tomarán?” (peón desemplea­
do, Constan tina.)

L a com petencia ju e g a sin fren o porque los m étodos racio­


nales de reclutam iento no pueden aplicarse a este ejército de
peones igualm ente desarmados. Para todos aquellos que no po­
seen ni diplom a ni calificación —la gran m ayoría— , la libertad
de elegir profesión se reduce a nada y un em pleo no puede ser
sino efecto de la suerte, al igual que la orientación. Disponible
para todos los em pleos porque no está verdaderam ente prepa­
rado para ninguno, el peón desprovisto de calificación está li­
brado al azar de la contratación y el despido. ( “El peón —dice
un em pleado de com ercio— sirve para todo, es decir, para na­
da.” Y dice otro: “No es un obrero, es una criada al servicio de
los hom bres”.) “A cada uno su suerte”, “A cada uno su destino”,
esas fórm ulas estereotipadas traducen la e x p erien cia del de­
creto arbitrario que hace de uno un desem pleado y del otro un
trabajador. En la gran m ayoría de los casos, no es el trabaja­
dor quien elige su trabajo, sino el trabajo el que elige al traba­
jador. Obligados a com enzar a ganarse la vida muy tem prano,
entre los diez y los quince años, los jó v en es son arrojados a la
com petencia por el em pleo sin ninguna preparación, apenas
salidos de la escuela, cuando han tenido la suerte de asistir a
ella. Los años de adolescencia son los más difíciles de la exis­
tencia: es la época de la inestabilidad forzada y de los oficios
improvisados; antes de acceder a una verdadera profesión, la
mayor parte de los obreros y de los em pleados perm anentes
han conocido muchas ocupaciones sucesivas, es decir, casi siem­
pre m uchos patrones y a m enudo m uchos oficios.
A hora bien, cuanto más tem prano se abandona la escuela,
más se restringe el abanico de opciones. A cada grado de ins­
trucción le corresponde un grado determ inado de libertad: en
una sociedad donde el 87% de los individuos no tien e ningún
diploma de enseñanza general y el 98% ningún diplom a de en­
señanza técnica, la posesión de un certificado de aptitudes pro­
fesionales o un certificado de estudios prim arios procura una
ventaja enorm e en la com petencia económ ica. U na ínfim a di­
ferencia de nivel, la que separa por ejem plo a un individuo que
sabe leer de otro que sabe leer y escribir, determ ina una dife­
rencia totalm ente desproporcionada en las oportunidades de
éxito social. Esto tiene diversas consecuencias: en prim er lugar,
las barreras creadas por las diferencias de instrucción son bru­
talm ente tajantes, sobre todo en el sector m od erno, donde el
progreso en la jera rq u ía social se op era de a saltos; en segun­
do lugar, los trabajadores calificados y altam ente calificados se
benefician de un privilegio in com parable: se sustraen de un
solo golpe a la masa de personas desprovistas de toda califica­
ción y disponen de todo un con ju nto de seguros, seguridades
y ventajas. Pero los principales ben eficiarios de este efecto de
cincel son las personas provistas de un diplom a de enseñanza
general que, en razón de su escaso núm ero, no tien en dificul­
tades para m onopolizar los em pleos administrativos y todas las
fu nciones “n o b les”, cuyo prestigio asociado a esas fu nciones
viene a redoblar el que tradicionalm ente se le reco n o ce al le­
trado. El estilo de vida y la misma existencia de esta subintelli-
gentsia de pequeños burócratas, funcionarios o em pleados, que
a m enudo goza de su com petencia com o de u na técn ica caris-
m ática, suponen una sociedad abandonada al analfabetism o y
poco inform ada del cursus escolar y de las jerarqu ías que le son
solidarias.
Para los subproletarios, toda la existencia profesional está
situada bajo el signo de lo arbitrario. Y, de h ech o, en ausencia
de una organización racional del em pleo y a falta de un co n ­
trol de los procedim ientos de reclutam iento, algunos em plea­
dores pueden explotar (o dejar explotar) al ejército de peones
desprovistos de especialidad y dispuestos a atravesar todas las
pruebas para escapar al desempleo. La contratación en ciertas
empresas, y en particular en la construcción, depende del pa­
go de un bakchich, con frecuencia destinado al capataz. Para for­
zar a la suerte y triunfar sobre la hostilidad de un orden injus­
to, aquellos que no tienen “o ficio ”, ni “instru cción ”, ni dinero,
disponen de un recurso: el poder de las “p ro teccio n es”, de la
“palm ada en el h o m b ro ” y de los “co n ocid o s”. Las relaciones
de parentesco, vecindad y cam aradería tienden a reducir el sen­
tim iento de lo arbitrario, pero al costo de desarrollar la convic­
ción, no m enos irracional, de que las relaciones, la cuña, la
“m añ a” ( chtara), el bakchichy “el ca fé” todo lo pueden. Sin du­
da, el recurso a las relaciones personales está favorecido por to­
da la tradición cultural que estimula e im pone la solidaridad y
la ayuda mutua: aquel que ha triunfado debe servirse de su pro­
pio éxito para ayudar a los demás, com enzando por los m iem ­
bros de su propia familia; todo individuo que se precie se sien­
te responsable de m uchos parientes, más o m enos cercanos,
con los cuales está en deuda de, entre otras cosas, conseguirles
trabajo valiéndose de su posición y de sus relaciones persona­
les. Aquí, el nepotism o es virtud.7

7 La mayoría de las veces, la ayuda mutua es el único seguro del campe­


sino que es arrojado brutalmente en la gran ciudad: en efecto, las estadísti­
cas muestran que, si se exceptúa a aquellos que residen en una gran ciudad
desde hace cierto tiempo, más de dos tercios de los jefes de familia de la ciu­
dad han llegado directamente de las regiones rurales, sin etapa intermedia,
mientras que sólo un tercio ha pasado antes por ciudades de mediana impor­
tancia. Todo parece indicar que estos dos tipos de migración corresponden
a dos categorías diferentes de población rural: las migraciones por grandes
saltos parecen corresponder a capas inferiores, trabajadores agrícolas perma­
nentes o estacionales, khammes, pequeños propietarios, que parten a la aven­
Si la incertidumbre de los procedimientos de reclutamiento,
la escasez de obreros calificados, el excedente de mano de
obra otorgan fuerza a la creencia en la om nipotencia de las
protecciones, la eficacia de las protecciones y de las relaciones
personales no es la misma en las diferentes categorías profesio­
nales y en los diferentes sectores de la economía. En el sector
tradicional, y particularmente en el artesanado y el comercio,
se perpetúan los procedimientos antiguos de reclutamiento,
sobre todo en las pequeñas empresas familiares. Además de
todos aquellos que han heredado su tienda o su taller, nume­
rosos artesanos y comerciantes administran una empresa cu­
yo propietario es un pariente; otros sólo han podido instalar­
se por su cuenta gracias a la ayuda financiera de un pariente
o de un amigo. En otras palabras, el sector tradicional permi­
te a aquellos que no tienen ningún bagaje intelectual o técni­
co torcer las barreras que les pondrían por reglas racionales o
semirracionales de selección. Pero el propio sector moderno
ignora con frecuencia esas reglas. No son propiamente las em­
presas las que reclutan; la contratación es, de hecho, el resul­
tado de una suerte de cooptación espontánea entre los obreros.
Además, ju n to a grandes enjambres profesionales que a veces
tienen una larga tradición —comerciantes mozabitas, cargado­
res y mercaderes de legumbres de la región de Djidjelli, basu­
reros de Biskra, antaño portadores de agua, mozos de café de
la región de Michelet, lavaplatos de la región de Sidi-AIch—,
hay toda una red de pequeños grupos, nacidos de la ayuda mu­

tura hacia la gran ciudad o hacia Francia, sin otra esperanza que la condición
de asalariado o, a falta de empleo, de pequeño comerciante; las migraciones
de amplitud débil corresponderían más bien a los medianos propietarios que
van hacia las ciudades vecinas a su antigua residencia, donde se benefician
de las ventajas que les garantiza su red de relaciones anteriores (el crédito,
por ejemplo) y donde pueden ejercer, gracias al peculio producido por la
venta de su propiedad o de su producto, oficios nobles y poco penosos, co­
mo el comercio o el artesanado tradicional.
tua y de la cooptación, y que preservan fragmentaria y parcial­
mente en el seno del mundo del trabajo un tipo de relaciones
sociales características de un sistema cultural fundado en los
lazos de parentesco y de mutuo conocimiento.

La influencia real de las protecciones nunca es tan manifies­


ta com o entre los em pleados y los cuadros subalternos. Esto se
debe en prim er lugar a que quienes están provistos de una ins­
trucción elem ental pueden, a condición de tener el apoyo de
un amigo o de un pariente, aspirar a em pleos estables o poco
penosos, y por ende extraordinariam ente anhelados, tales co­
mo el de ordenanza o el de enferm ero; por otra parte, los sub­
proletarios a m enudo tienen una red de relaciones sociales más
restringida y más laxa que los trabajadores perm anentes, lo cual
es al mismo tiem po causa y consecuencia de su situación profe­
sional. En efecto, en razón de su inestabilidad, tienen m enos
oportunidades de anudar lazos —por lo general, circunscriptos
al lugar de trabajo— que los viejos em pleados de las empresas
familiares o los obreros calificados ligados a una empresa.

Ellos invocan sobre todo la duración de su tarea y lo distante


de su residencia para explicar que sus relaciones se limitan al
lugar de trabajo. Lo que parece determinante, en realidad, es
el distanciamiento psicológico con respecto al oficio, a la em­
presa y a todo lo que forma parte de ésta; es un rechazo gene­
ralizado a adherir a un universo globalmente detestado, es la
voluntad de marcar un corte tan tajante como sea posible en­
tre el medio de trabajo en el que se sienten inferiores y la pro­
pia vida, la vida familiar que, en compensación, adquiere una
importancia muy grande. “Yo no frecuento a nadie, no veo a
nadie —declara un chofer, antiguo peón de la construcción—,
voy, vengo; la familia, eso es todo.” Y dice otro: “No tengo com­
pañeros en el trabajo; somos dos cortadores. Después del tra­
bajo, regreso a casa: mis chicos, ése es mi placer” (cortador en
una fábrica de toldos, Orán). La miseria hace mermar las tra­
diciones de ayuda mutua y algunos justifican esa negativa invo­
cando la indigencia común: “A la salida del trabajo, discuto con
ellos; hablamos de nuestra pobreza, de nuestras preocupacio­
nes y luego cada uno vuelve a su casa porque está agotado [...].
No hay ayuda mutua: somos todos pobres. Para los casamien­
tos, las circuncisiones, va de visita uno solo” (obrero en una fá­
brica, O rán). Otros llegan hasta el límite del individualismo for­
zado que lleva a rechazar las relaciones fuera del trabajo: “En
el trabajo, cada uno a lo suyo; después del trabajo, cada uno a
su casa” (peón, O rán). El establecimiento de relaciones amis­
tosas sobre la base de las relaciones profesionales parece pues
inseparable de una fuerte adhesión a la profesión y de una fuer­
te integración al grupo de trabajo. Los obreros calificados, ge­
neralmente con antigüedad en la empresa, suelen mantener
buenas relaciones con sus compañeros. Sólo en algunos obre­
ros altamente calificados aparece una actitud novedosa: habien­
do triunfado en su vida profesional, consideran que deben
guardar distancias con respecto a la masa de obreros y peones,
lo cual convierte el encogimiento del campo de las relaciones
sociales en uno de los índices de aburguesamiento.

Preparados por toda su tradición cultural a esperar unas re­


laciones interpersonales intensas y sobredeterm inadas, los tra­
bajadores argelinos están, por ende, inclinados a experim entar
dolorosam ente la im personalidad fría o brutal de las relacio­
nes de trabajo y muy particularm ente tal vez las relaciones con
los superiores; pero, en razón de la obsesión del despido, la as­
piración a relaciones más humanas se queda en nostalgia. “Lle­
go, m e pongo el delantal. ‘Buen día, buen día; buenas noches,
buenas n och es’, es así, ¡nada m ás!” (La nostalgia de las relacio­
nes personales y simétricas se expresa a través de otros índices:
por ejem plo, es el apego al patrón la razón invocada con ma­
yor frecu en cia por aquellos que dicen no qu erer cam biar de
trabajo para ganar más. Asimismo, la mayor parte de los obre­
ros y em pleados de las empresas pequeñas en las que se perpe­
túan relaciones profesionales de aire patriarcal o paternalista
dicen que les gusta su profesión, incluso cuando están descon­
tentos con su salario.) Los más jóvenes, que tien en una co n ­
ciencia política más co h eren te y que acceden con más frecuen­
cia a la n oció n capitalista de trabajo com o sim ple m edio de
procurarse un ingreso en dinero, tienden a consid erar al pa­
trón com o tal y a acom odarse a relaciones neutras e im perso­
nales, m ientras que los subproletarios experim entan con más
frecuencia la nostalgia de las relaciones encantadas o la oposi­
ción m aniquea entre el capataz malo y el patrón bueno.
Sólo la referen cia a una situación de desem pleo cró n ico
perm ite com prender que cerca de tres cuartas partes de los in­
dividuos ocupados dicen que no les gusta su oñcio; que entre
las causas de insatisfacción, sólo se invoque la insuficiencia del
salario y el carácter penoso o peligroso del trabajo; que nadie
deplore estar privado de iniciativa en el trabajo y verse reduci­
do al papel de ejecutante; que la insuficiencia del salario eclip­
se todas las otras razones de descontento, tales com o la distan­
cia del lugar de trabajo, el carácter m onótono o aburrido de la
tarea, los malos tratos o el abuso de los novatos por parte de los
superiores (y esto aunque con m ucha frecu en cia se exprese la
rebeldía con tra el desprecio asociado a un trabajo degradan­
te) ; que sólo algunos trabajadores de las categorías más favore­
cidas valoren el interés intrínseco de su tarea y esperen de ella
enriquecim iento o prestigio; que la aspiración a relaciones más
humanas en el m edio de trabajo se exprese solam ente en la for­
ma de resignada nostalgia o de rebeldía im potente; que más de
dos tercios de aquellos que dicen que no les gusta su trabajo
declaran tam bién no estar buscando otro; y, finalm ente, que el
desconten to generalizado co in cid a con una estabilidad muy
grande en el em pleo.

Conscientes del excedente de mano de obra y de ser fácilmen­


te reemplazables, la única preocupación de la mayoría de los
peones, obreros o empleados es conservar su puesto, por muy
detestable que sea. Habría que reproducir la letanía de razo­
nes invocadas por ellos para explicar el fracaso de su búsque­
da y otros, su renuncia a buscar. “No, no he buscado otra co­
sa, porque no la habría encontrado. No puedo hacer otra cosa;
para encontrar trabajo, hay que ser instruido. ¿Dónde encuen­
tra usted trabajo hoy en día? Son changas, es eso o nada. Si no,
me muero de hambre.” “Yo no tengo oficio, ése es mi oficio.”
La adhesión forzada a un empleo al que no los une ninguna
razón que puedan expresar sólo puede comprenderse en re­
lación con la obsesión del desempleo. Toda su actitud con res­
pecto a su empleo está encerrada en esta fórmula de un peón
de Philippeville: “Por supuesto, estoy obligado a que me gus­
te (mi trabajo); el que atrapa un oso dice: ‘es carne”’. Dada la
situación de desempleo estructural, el hecho de tener un em­
pleo, y sobre todo un empleo permanente, en lugar de estar
desempleado, sólo puede parecer un privilegio.

La inestabilidad escogida está reservada a aquellos que, en


razón de su calificación, están seguros de encontrar trabajo fá­
cilm ente. Para el resto, sólo queda la inestabilidad forzada y el
tem or del despido, ante el cual todo cede y se olvida. Los más
despojados a m enudo tienen que elegir entre el ham bre y el
desprecio. Además, la reivindicación de la dignidad, nunca au­
sente, tiene que ceder ante el imperativo del trabajo a toda cos­
ta. No pasa a ocupar el prim er plano, salvo para una m inoría
de privilegiados, liberados de la obsesión del día siguiente, los
pequeñoburgueses, funcionarios subalternos e interm edios.

Incluso si no es percibido claram ente com o tal, el trabajo


más envilecedor sigue siendo siem pre algo más y algo diferen­
te de un simple ganapán, y no se le tendría tanto m iedo al de­
sem pleo si no fuera porque la privación económ ica se ve redo­
blada por una m utilación social. En efecto, si uno se sitúa en la
estricta lógica de la rentabilidad económ ica, ¿cóm o com pren­
der la conducta de todos esos pequeños vendedores am bulan­
tes, vendedores de naderías, que em pujan todo el día su peque­
ño carro con la esperanza de vender dos o tres sandías, algo de
ropa usada o un paquete de m aníes? ¿Cuál puede ser la fun­
ción de ese tipo de trabajo — que habría que llam ar más bien
ocupación— para aquellos que la ejercen y para la colectividad?
En prim er lugar, el com ercio más pequeño es la ú nica ocu­
pación que no exige ningún capital inicial, ni calificación pro­
fesional ni aptitud especial alguna, ni instrucción, ni dinero, ni
un local, ni “protecciones”. Por ese motivo, es el único recurso
de aquellos que no tien en nada y a quienes les están prohibi­
das todas las profesiones, incluidos, a falta de contratación, los
oficios duros y unánim em ente despreciados, “el pico y la pala”.
En general, el problem a de la inversión inicial no se plantea.
“El equipam iento” es, en realidad, insignificante: cajas m onta­
das sobre ruedas de bicicleta, cochecitos de bebé sobre los cua­
les se ha instalado una plancha de m adera que hace las veces
de puesto, carretillas improvisadas en las que se tienden cuer­
das de las cuales se cuelga lencería, ropa usada, juguetes, y otras
tantas creaciones tan insólitas com o ingeniosas. La m ercadería
la adelanta un pariente o un amigo y se reem bolsa después de
venderla. Sin que los com isionistas lo sepan, algunos vendedo­
res de les Halles ceden legum bres a bajo precio a parientes o a
personas de su región. Pero la situación de los vendedores am ­
bulantes no siempre es tan favorable: “A hora vendo sandías. A
veces, m e quedo todo el día parado sin ganar nada [ ...] . Hoy
vendí m ercadería por 80 francos antiguos y estuve de pie toda
lajornada. Si ganara 50 francos al día, estaría bien. Pero lam en­
tablem ente no gano nada de nada. Hay días que las sandías se
pudren y estoy obligado a tirarlas. Estoy obligado a com prar un
quintal de sandías a crédito. Cuando haya vendido la m ercade­
ría, le podré pagar al com erciante. A veces, le doy todo a él y
me quedo sin un centavo”.
Sin duda los ingresos que estas ocupaciones procuran, por
irrisorios que sean, no son desdeñables para aquel que no tie­
n e nada. Sin em bargo, la m era consideración del interés y del
b en eficio no alcanza para explicar la proliferación de todos
esos “falsos oficios”. La presión de la necesidad econ óm ica y la
situación de desempleo estructural tienen por efecto perpetuar
prácticas que tom an su justificación de la m oral cam pesina del
pasado. En efecto, no es raro oír en u n ciar preceptos que, en
un prim er análisis, parecen p erten ecer a la lógica del ethos tra­
dicional: “Un hom bre digno, un hom bre que no quiere vivir a
expensas de otros, incluso si debe vivir de cuentos, debe traba­
ja r. Si no en cu entra ningún trabajo, aún puede ser vendedor
callejero ” (cocinero, A rgel), es decir, en el lenguaje de antaño,
“tallar su vara”. Y no hay ninguna duda de que, para los subpro­
letarios de las ciudades que m antienen viva la preocu pación
por su dignidad, los símiles de ocupación son el últim o recur­
so contra la decadencia extrem a de aquel que se hace alim en­
tar por otros, de aquel que m antienen parientes o vecinos. Tal
actividad no tiene otro fin, en verdad, que el de garantizar la
salvaguarda del respeto por sí mismo.
¿Hay que asignarles entonces el mismo sentido y la misma
función a la actividad sim bólica del subproletario de las ciuda­
des y a la del cam pesino de antaño? A pesar de la aparente
igualdad, la actividad tradicional con form e a las expectativas
del grupo se distingue del trabajo com o actividad productiva y
com o la simple ocupación. U na sociedad que, com o la socie­
dad cam pesina, se atribuye el d eber de dar trabajo a todos sus
m iem bros, que ignora la n oción de trabajo productivo o lucra­
tivo y, al mismo tiem po, la escasez de trabajo, excluye la con­
ciencia del desem pleo, puede estim ar que siem pre hay algo
que h acer y tratar el trabajo com o un deber social, y a la ocio­
sidad com o una falta m oral. Al identificarse la actividad con la
función social y al no m edirse por el producto en especies (y
m enos aun en dinero) del esfuerzo y del tiem po gastados, ca­
da uno está en su d erech o de sentirse y de decirse ocupado,
con tal de que cum pla el papel que corresponde a su edad y
a su estatuto. En la sociedad urbana, por el con trario, la acti­
vidad que no asegura u na ganancia en din ero aparece com o
despojada de algo que es, según la lógica nueva, su resultado
natural.
Sólo porque los trabajos rentables les están vedados los sub­
proletarios renuncian a la satisfacción econ óm ica para confor­
marse con ocupaciones cuya función principal, si no la única,
es sólo procurar una ju stificació n ante el grupo. Todo sucede
com o si se llegara, por la fuerza de las cosas, a disociar el traba­
jo de su resultado econ óm ico, a captarlo m enos com o ligado a
su producto que com o opuesto al no trabajo. Trabajar, incluso
por un ingreso ínfim o, es hacer, ante sí m ismo y a los ojos del
grupo, todo lo que está en su poder para ganarse la vida traba­
jan d o , para sustraerse a la condición de desem pleado. Ante la
imposibilidad de en co n trar un verdadero trabajo, intenta lle­
nar el abismo entre las aspiraciones irrealizables y las posibili­
dades efectivas realizando un trabajo cuya fu n ció n es doble­
m ente simbólica: le aporta una satisfacción ficticia a aquel que
la realiza y le ofrece una ju stificació n ante los otros, aquellos
que tiene a su cargo y aquellos a quienes recu rre para subsistir.
Por su parte, el grupo no puede responsabilizar razonablem en­
te a los desempleados de su falta de em pleo; pero tiene dere­
cho a esperar de ellos que se ocupen de algo. La lógica de las
relaciones entre parientes n o excluye nunca por com pleto la
consideración del interés y el cálculo; además, los deberes de
solidaridad sólo se sienten hacia aquellos cuya actitud testim o­
nia que son víctimas de una situación objetiva y no de su inca­
pacidad o pereza.
De allí que el trabajo entendido com o ocupación sólo se de­
fina en térm inos negativos. La con cien cia de los obstáculos que
se oponen a la obtención de un em pleo constituiría, a los ojos
de todos, una excusa irrecusable y bastaría para descargar al in­
dividuo de su responsabilidad si no se siguiera creyendo que,
al m enos idealmente y de acuerdo con otra lógica, siempre exis­
te la posibilidad de h acer algo en lugar de nada. Pero, al mismo
tiempo, todos tienden a adm itir que el verdadero trabajo es só­
lo aquel que reporta una ganancia en dinero. Así se explica que
para justificar la actividad com o ocupación se recurra a ideolo­
gías ambiguas, mezclando las lógicas capitalista y precapitalista:
“Si él no en cu entra ningún trabajo —decía un inform ante— ,
puede hacerse vendedor am bulante”. Y él mismo añadía: “Si tra­
bajo quiere decir tener un oficio, practicarlo de m anera estable
y vivir de él correctam ente [...] es otra cosa. Si trabajo quiere
decir hacer algo, hacer lo que sea para no quedarse de brazos
cruzados, para ganarse el pan, ahí sólo los perezosos no traba­
ja n ”. Se puede invocar el deber categórico de trabajar, incluso
por un producto casi nulo, y al mismo tiem po insistir sobre el
hecho de que ese producto, por irrisorio que sea, no es desde­
ñable. Mientras que la sociedad cam pesina no disociaba nunca
la función social de la función eco n óm ica de la actividad, se
opera una distinción entre esas dos funciones, entre el trabajo
en el sentido de actividad productiva y rentable y el trabajo co­
mo m anera de cumplir sus obligaciones para con el grupo.
La dualidad de las pautas de referen cia según las cuales los
subproletarios falsam ente ocupados juzgan su propia actividad
(y según las cuales son juzgados por su grupo) conform a una
realidad am bigua que, para ser com prendida, supone que se
recurra, por turnos y sucesivamente, a dos grillas diferentes. De
ese m odo, la actividad com o simple ocupación que suprime to­
da correspondencia entre el ingreso y el tiem po de trabajo es
totalm ente absurda si se hace referen cia al m ero principio de
la racionalidad económ ica. Esto recu erda la conducta de los
campesinos antiguos, que se fundaba en la inconm ensurabili­
dad de hecho y esencial entre los m edios utilizados y el fin ob­
tenido y, más exactam ente, en la ausencia de toda considera­
ción y de toda cuantificación (mediante la expresión del tiempo
de trabajo en m oneda) de los gastos de trabajo.
Pero para el campesino de otras épocas, la ausencia de cálcu­
lo y de contabilidad es uno de los aspectos constitutivos del or­
den económ ico y social del que participa: siem pre dotado de
una pluralidad de funciones no cuantificables e inconm ensu-
rabies entre las cuales la función económ ica n u n ca está aislada
y constituida com o tal, em pleando medios de órdenes diferen­
tes, ellos mismos ajenos a la cuantificación y a la m edida, su ac­
tividad econ óm ica realiza finalidades tradicionales definidas
por m edios tradicionales. P or el contrario, incluso cuando la
necesidad los condena a abandonar a la in co h eren cia su con­
ducta econ óm ica y toda su existencia, el subproletario de las
ciudades y el campesino proletarizado retienen del sistema eco­
nóm ico al que deben plegarse la idea de calculabilidad e incluso
la aptitud de plegarse al cálcu lo, in abstracto. Es tam bién fre­
cuente que capten su actividad com o desprovista de rentabili­
dad y, por lo tanto, de significación. “En la tienda —dice un co­
m erciante de Tlem cen — , paso todo el día, desde las siete de la
m añana hasta las ocho de la n oche. Sólo m e tom o el viernes al
mediodía. Sé que no vendo nada. Sólo vendo un poco a la ma­
ñana, cuando las m ujeres salen a h acer m andados, pero igual
me quedo, diciéndom e: ‘Tal vez h abrá un c lie n te ’. ¡Term ina
por convertirse en un vicio, se lo aseguro! ¡U n vicio! Vengo
aquí, no hago nada, espero. Pero tengo que estar. ¡Es un vicio!
No gano lo suficiente para que viva mi fam ilia.”
De hecho, ya sea que parezcan el m ero producto de la ne­
cesidad o el resultado de una obediencia estricta a la antigua
lógica, las conductas nuevas van siem pre acom pañadas de un
m ínim o de ideología tendiente a racionalizar las elecciones for­
zadas: la con cien cia de que se puede actuar de otro m odo se
halla im plicada en la con cien cia de estar im pedido, de h ech o
y por la fuerza de las cosas, de actuar de otro m odo: “¿Cómo
no m e va a gustar mi trabajo?”, “¿Q uién no querría m ejorar?”,
son algunas de las preguntas mil veces escuchadas que testimo­
nian que la necesidad sólo puede aparecer ante una con cien ­
cia para la cual existen otros posibles.

Entre todos los trabajadores que dicen aceptar h acer horas


extras, ninguno señala una finalidad distinta del interés por ga­
nar más “para que la familia tenga de qué vivir”. No obstante,
todos com prenden el sentido de la noción, al m enos lo bastan­
te para decir que h acer horas extras no tiene sentido para
quien ya trabaja todo el día, lo que supone la referen cia implí­
cita al trabajo limitado en el tiem po y a la noción correlativa de
salario por hora. Si la mayor parte de los subproletarios identi­
fican el salario que estiman m erecer y los ingresos requeridos
para la satisfacción de sus necesidades; si a m enudo se indig­
nan de que la rem uneración no se defina en función de la can­
tidad de niños, de acuerdo con el principio “A cada uno según
sus necesidades” y no “A cada uno según su m érito”; si rara vez
hacen intervenir en sus estim aciones la noción de salario por
hora, no pueden ignorar, en cam bio, las exigencias que el nue­
vo sistema les propone o les im pone, incluso cuando no les per­
mite cum plirlas.8
Dado que la necesidad económ ica tiende a im poner la su­
bordinación de todos los fines (y en particular de los fines tra­
dicionales) y de todos los m edios de la actividad al producto
m onetario, las antiguas norm as y particularm ente las que regu­
lan las relaciones con los parientes, así com o los antiguos valo­
res de h on o r y solidaridad, deben tener tam bién en cuenta las
exigencias del cálculo y a veces ceder a ellas. En el sur de Arge­
lia, donde la econ om ía tradicional se ha m antenido relativa­
m ente intacta, el je f e de fam ilia (es decir, según la convención
adoptada por la encuesta, el que declara serlo) es generalm en­
te el más an cian o: su autoridad reposa en los fu ndam entos
tradicionales y sigue siendo totalm ente ind ep en d ien te de su
contribución a la vida económ ica del grupo, m ientras que los
restantes m iem bros de la fam ilia perm anecen en u na relación

8 Numerosos encuestados juzgan su situación con respecto a la de los


funcionarios: “Si yo trabajara en la administración, tendría un horario fijo y
podría tomar licencia” (lechero, Argel). “No puedo hacer horas extras, mi
trabajo no es limitado [...] . Un comerciante no tiene horario fijo; hablo de
nuestro caso” (empleado en un comercio de tejido, Tlem cen).
de dependencia, no im porta cuál sea su con tribu ción efectiva.
La indivisión asegura la autoridad del patriarca, que garantiza
la unidad de la fam ilia indivisa. En general, y por más que se
vuelva cada vez más infrecuente, se adm ite más fácilm ente esa
autoridad en el m edio rural, porque la p en etración de la eco ­
nom ía m onetaria es m enos profunda allí y las actitudes corre­
lativas no están tan extendidas, pero tam bién y sobre todo por­
que el recurso más claro sigue siendo el producto directo de la
agricultura. En las regiones donde la p en etración de la econ o­
m ía capitalista es más grande —en Cabila por ejem plo, y a for-
tiori en las grandes ciudades— , cada vez más frecu en tem en te
el que se declara je fe de la familia es, no im porta su edad, aquel
que realiza la contribución más grande al presupuesto familiar.
Evidentem ente es necesario matizar. El padre, cuando trabaja
igual que su hijo y todavía es relativam ente jo v e n , puede con ­
servar la autoridad efectiva; lo mismo ocurre co n el herm ano
mayor. Con m ucha frecuen cia se opera una suerte de división
espontánea de los poderes: el jo v en je f e de la unidad fam iliar
tiende a tom ar las decisiones que co n ciern en a la vida econ ó­
mica de la fam ilia y al conju nto de las relaciones con el m un­
do e co n ó m ico m od erno al que él está o bjetivam ente m ejo r
adaptado, a m enudo porque tiene mayor instrucción. En resu­
men, el análisis de las situaciones concretas pone de m anifies­
to todo un abanico de form as de relaciones posibles, desde el
m anten im ien to de la autoridad patriarcal hasta la inversión
com pleta de la relación acostum brada.
Se desprende de ello una prim era consecuencia: la apari­
ción de una pluralidad de ingresos en dinero, m ensurables y
conm ensurables, en cierra una eventual ruptura y am enaza la
autoridad del je f e de familia, puesto que la d epen d en cia eco­
nóm ica de los m iem bros restantes no deja de d ecrecer y, por lo
tanto, cada u no de ellos puede reivindicar su parte de los in­
gresos totales. En efecto, a partir de que los aportes respectivos
se efectúan en form a de m oneda, se hace posible la contabili­
dad racional, lo que perm ite que cada individuo o cada unidad
familiar evalúe con precisión la parte que le corresponde en los
ingresos y en los gastos. Se acabó esa suerte de rechazo del cálcu­
lo que la indivisión autorizaba y que salvaguardaba la indivisión:
“En casa —dice un peón de Orleansville— somos cu atro h er­
m anos y dos herm anas con sus maridos. En total hay veintio­
cho crios. Som os cuarenta y och o personas. Dejam os de h acer
olla com ún porque las m ujeres decían: ‘Mi niño no tien e sufi­
cie n te ’. Siem pre las peleas. A hora m i m adre com e con m igo,
que soy el mayor”. La desintegración de la fam ilia extendida es
al mismo tiem po condición de la racionalización de la eco n o ­
m ía dom éstica y de la conducta económ ica en general, y pro­
ducto de esa racionalización, com o lo m uestra el h ech o de que
la unidad fam iliar tiende a convertirse en la unidad econ óm i­
ca y social de base a m edida que crecen el grado de adaptación
al sistema económ ico m oderno y el aum ento de los ingresos.
La desintegración de la fam ilia extendida se ve frenada por la
crisis habitacional que m antiene reunidas unidades fam iliares
destinadas a separarse en cuanto tengan la posibilidad de ha­
cerlo. Si ella es un obstáculo a la racionalización de la conduc­
ta —porque, com o la indivisión, veda las empresas a largo pla­
zo y m antiene a las fam ilias en la in co h eren cia forzada al
im pedirles el cálculo— , la cohabitación perm ite a los más po­
bres realizar una form a de equilibrio, entre otras cosas, debido
a la pluralidad de fuentes de ingresos (simultáneas o sucesivas)
para un gasto único: “Mi padre era com erciante — dice un ven­
dedor de tejidos en T lem cen— y eso me decidió a com prar un
fondo de com ercio con él. A hora está viejo, pero sigue tenien­
do su negocio y trabaja. Gracias a él vive la familia, yo tengo tres
hijos, no tengo suficiente dinero. No podría vivir con lo que ga­
no y es él quien nos ayuda. No podem os h acer otra cosa [ ...] .
N ecesitaría tres o cuatro mil francos por día para pod er vivir
sin la ayuda de mi padre, yo solo con mi m ujer y mis h ijo s”.
Además de determ inar el crecim iento de la autonom ía de
la unidad fam iliar que tiende a convertirse en una unidad eco­
nóm ica independiente e incluso, cuando sus recursos se lo per­
m iten, a despegarse, el cam bio de la estructura de la actividad
de los diferentes m iem bros de la familia determ ina cierto núm e­
ro de transform aciones importantes. Para empezar, aun cuando
la urbanización acarree la em ancipación en otros dom inios, la
dependencia económ ica de la m ujer se acrecienta, y esto ocurre
tanto más cuando la adopción (incluso parcial e inconsciente) de
las disposiciones económicas capitalistas conduce a despreciar las
actividades fem eninas al no reconocerse com o verdadero tra­
bajo aquel que no aporta un ingreso m onetario. Al no poder
trabajar fuera de casa, la m ujer está a cargo del hogar y perma­
n ece com pletam ente ajena (excepto en las capas más favoreci­
das) a las decisiones económ icas im portantes, ignorando a ve­
ces cuánto gana su m arido. Como la ideología apropiada para
ju stificar y valorizar su nueva función aún no se ha form ado, la
m ujer se en cu entra relegada, de m anera más brutal y más total
que antes, a un rol y a un rango inferiores, porque el nuevo uni­
verso econ óm ico y social tiende a despojarla incluso de las fun­
ciones que la antigua sociedad le reconocía.
P or otra parte, aunque el subem pleo cró n ico tiende a ac­
tuar en sentido opuesto, la dependencia de los jóvenes con res­
pecto a los padres d ecrece desde el m om ento en que reportan
un salario, y en particular cuando, más instruidos que sus ma­
yores, ellos están m ejo r adaptados al m undo econ óm ico. Así,
m ientras que en la sociedad tradicional seguían dependiendo
de su padre m ientras éste viviera, la sociedad urbana a veces les
proporciona las condiciones de la em ancipación. Conscientes
de contribuir con una parte del ingreso familiar, se proponen
participar en la gestión del presupuesto incluso cuando, com o
ocurre a m enudo, continúan entregándole a su padre una par­
te o la totalidad de su salario. No hay fam ilia que no sea el ám­
bito de un conflicto entre civilizaciones. No obstante, la tensión
en tre las g en eracio n es (que con frecu en cia se com plica allí
donde son tres las edades que conviven) no siem pre adquiere
una form a aguda, ya sea porque el hijo, más respetuoso de la
tradición, acepta entregar sin dudar la totalidad de su ingreso
—cosa frecuente en el artesanado o el com ercio— , porque las
unidades fam iliares se separan, para gran indignación de los
padres, o incluso porque el padre —caso cada vez más frecu en ­
te— acepta de buen o de mal grado el nuevo m odelo de rela­
ciones entre padres e hijos, así com o la ideología corresp on ­
diente, o, por último, porque el padre o el herm ano mayor —la
solución más extrem a— le pagan un salario al hijo o al herm a­
no menor.
La em ancipación de los jóvenes es tanto más precoz cuan­
to más rápidam ente consiguen un em pleo estable y bien rem u­
nerado, cuanto más instruidos son o, más exactam ente, cuan­
to más grande es la diferencia entre el nivel de los padres y el
de los hijos. El caso extrem o es el de esas fam ilias en las que
el padre iletrado se ve obligado a recurrir a su hijo y a su hija,
todavía muy jóvenes, para leer o redactar sus cartas, llenar los
form ularios administrativos u orien tar incluso sus decisiones
en lo que concierne a la vida económ ica de la familia. C on fre­
cuencia se ve al padre, a la m anera de cierto artesano de Tlem -
cen, m antener una autoridad absoluta sobre los hijos mayores
desprovistos de instrucción y dejar una libertad casi total a los
más jóvenes que van a la escuela. No deja de ser cierto que, en
la mayoría de los casos, se ha acabado la autoridad indiscutida
del je f e de familia, dispensador y ordenador de todas las cosas.
Los más apegados al orden antiguo deben acom odarse a nue­
vos valores que se han introducido irresistiblem ente por obra
de la generalización de los intercam bios m onetarios e indepen­
dientem ente de la influencia ejercida por el ejem plo de la vi­
da familiar de los europeos. En efecto, las disposiciones que son
solidarias con esa econom ía, com enzando por la búsqueda del
beneficio y el espíritu de cálculo, están en las antípodas de las
que aseguran la salvaguarda de la fam ilia trad icional: m ien­
tras que en la antigua sociedad las relaciones económ icas eran
concebidas sobre el m odelo de las relaciones de parentesco, las
relaciones mismas de parentesco ya no están al abrigo del cálcu­
lo económ ico.
A m edida que crecen el grado de adaptación a la econom ía
capitalista y el grado de asim ilación de las disposiciones corre­
lativas, no deja de crecer la tensión entre las norm as tradicio­
nales que im ponen deberes de solidaridad para con la familia
extendida y los im perativos de una econ om ía individualista y
calculadora. Los subproletarios están som etidos a presiones
contradictorias que suscitan actitudes ambiguas. Así pues, las
necesidades de la econ om ía pueden desarrollar en ellos el es­
píritu de cálculo que la necesidad económ ica les prohíbe ejer­
cer en su conducta cotidiana. Más precisam ente, el espíritu de
cálculo que se introduce, com o ya hem os visto, con la calcula-
bilidad (es decir, con el ingreso m onetario) corroe poco a poco
las relaciones fam iliares del tipo antiguo, lo cual ocurre ju sta­
mente cuando las restricciones económ icas y la crisis habitacio-
nal im ponen con frecu en cia el m antenim iento o la reconstitu­
ción de las grandes familias. La indivisión en los barrios pobres
es más cercana a lo que los cabilas llaman “el reparto de aden­
tro” [ lepartage du dedans] que aquella que proporcionaba coh e­
sión a la fam ilia extendida de otros tiempos. Así com o, para no
(altar al honor, algunas familias levantan la indivisión en el in­
terior del hogar y secretam ente efectúan el reparto de todos los
bienes m anteniendo por afuera una ficción de unidad, del mis­
mo m odo las familias de la ciudad presentan a m enudo sólo la
apariencia de la indivisión porque el espíritu de cálculo corroe
una unidad im puesta por la necesidad.
Así, la necesidad económ ica puede im poner a los m enos fa­
vorecidos conductas en las que se puede ver tanto el cum pli­
miento com o la trasgresión de la tradición. Dichas conductas
no adquieren realm en te su sentido ni en referen cia a la lógica
tradicional ni en referen cia a la de la econ om ía capitalista. En
realidad, a la m anera de una Gestalt am bigua, cada conducta
puede ser o b jeto de una doble lectura porque lleva en sí mis­
ma la referen cia a las dos lógicas impuestas por la necesidad.
Es así com o la existencia en el día a día del subproletario y del
cam pesino proletarizado difiere absolutam ente de la existen-
cia rodeada de seguridades del fellah de otros tiempos. En un
caso, la búsqueda de la subsistencia es la finalidad única, uná­
nim em ente aprobada, a la que garantizan las reglas acostum ­
bradas; en el otro caso, la obtención del m ínim o de superviven­
cia es el fin impuesto por la necesidad de una clase explotada.
Dado que el contexto ha cam biado y que todos son conscien­
tes de ello, dado que las garantías económ icas y la seguridad
psicológica procuradas antaño por u na sociedad integrada y
una tradición viviente se hallan abolidas, la improvisación aza­
rosa tom a el lugar de la previdencia acostum brada y de la es-
tereotipación tranquilizadora de los com portam ientos. Así, el
desempleo y el em pleo interm itente conllevan una desorgani­
zación de la conducta en la que hay que evitar ver una innova­
ción fundada en una conversión de la actitud. Tradicionalism o
de la desesperación y falta de un plan de vida son las dos ca­
ras de una misma realidad.
ESPERA N ZA S SU BJETIV A S
Y O PO R T U N ID A D ES O BJETIV A S
A lejarse del m undo para en fren tarlo o d om inarlo es sus­
traerse al presente inm ediato y al porvenir in m inente, urgen­
cia y am enaza de las que el presente está preñado. Encerrado
en el presente, el subproletario sólo co n oce el futuro sin ama­
rras de la ensoñación. Debido a que el cam po de los posibles tie­
ne los mismos lím ites que el cam po de las posibilidades objeti­
vas, el proyecto individual y la co n cien cia revolucionaria están
necesariam ente ligados. Para que las conductas individuales
—com enzando por los actos económ icos— puedan organizar­
se según un plan de vida y para que pueda form arse una con­
ciencia sistem ática y racional del sistema econ óm ico com o tal,
es preciso que se relaje la presión de la necesidad económ ica,
que no perm ite la puesta en suspenso de la adhesión fascinada
a la actualidad de lo dado, condición de la posición de posibles
colaterales. De ello se desprende que a las diferentes etapas del
proceso que conduce de la existencia abandonada al azar a la
conducta económ ica regulada por el cálculo, les corresponden
diferentes form as de la con cien cia del desem pleo y de la con­
ciencia revolucionaria.1
Interrogados sobre el ingreso que les sería necesario para
vivir bien, los individuos provistos de los recursos más débiles
tienden, en su mayor parte, a form ular aspiraciones desmesu-

1 A fin de poner más claramente de manifiesto la afinidad estructural


que une las disposiciones políticas y las disposiciones económicas, hemos pre­
sentado en forma sinóptica y esquemática la descripción de los diferentes sis­
temas de disposiciones que retomaremos más adelante.
radas que parecen asignarse al azar, de suerte que, con frecuen­
cia, la distancia entre el ingreso necesario y el ingreso real es
gigantesca. Todo sucede como si la mayoría de los subproleta­
rios fuesen incapaces de medir sus necesidades, incluso en for­
ma de cálculo abstracto. Y sin embargo, dado que es parte de
las preocupaciones más cotidianas, más apremiantes, la esti­
mación de las necesidades tiene menos oportunidades de que­
dar desconectada de lo real que las opiniones que conciernen
a aspectos de la existencia a propósito de los cuales, como dice
un encuestado, “está permitido soñar”. Si siempre es preciso je ­
rarquizar las opiniones que involucran el porvenir de acuerdo
con su modalidad, desde la ensoñación hasta el proyecto arrai­
gado en la conducta presente, no hay que olvidar que el grado
de compromiso en la opinión formulada es función del gra­
do de accesibilidad del porvenir avizorado. Ahora bien, ese por­
venir es más o menos accesible según las condiciones materia­
les de existencia y el estatuto social de cada individuo y, por otra
parte, según el dominio de la existencia que esté involucrado.
Así pues, por ejemplo, las opiniones que conciernen al porve­
nir de los niños, puesto que suponen un plan de vida de dos
generaciones, son aún más descabelladas que la estimación de
las necesidades.
No es sorprendente observar que las aspiraciones tienden
a tornarse más realistas, más estrictamente ajustadas a las posi­
bilidades reales, a medida que estas últimas aumentan. La di­
ferencia entre el ingreso que se estima necesario y el ingreso
actual disminuye a medida que el ingreso aumenta, lo cual sig­
nifica que la distancia entre el nivel de aspiración y el nivel de
realidad, entre las necesidades y los medios, tiende a decrecer
a medida que el ingreso se eleva y que el cálculo económico se
encarna en la conducta.
Extremadamente reducido para los subproletarios, conde­
nados a proyectar posibles imposibles, el campo del porvenir
real, es decir, el realmente accesible, no deja de ensancharse.
El grado de libertad que se imparte a cada trabajador, libertad
de elegir su empleo y su empleador, libertad de definir el rit­
mo y la cualidad de su trabajo, libertad de reivindicar el respe­
to en las relaciones profesionales, varía considerablemente se­
gún las categorías socioprofesionales, según los ingresos y sobre
todo según el grado de calificación o el nivel de instrucción.
Asimismo, el campo de los posibles tiende a ensancharse a me­
dida que uno se eleva en la jerarquía social: mientras que la
gran mayoría no puede esperar ni de la antigüedad en la em­
presa ni de la acción reivindicativa un m ejoramiento de su si­
tuación profesional y una elevación de su estatuto social, una
minoría de privilegiados se beneficia de un conjunto de segu­
ridades que conciernen al presente y al porvenir. Como el as­
censo en el espacio de una sola vida, la movilidad en dos gene­
raciones, siempre relativamente débil, varía fuertemente según
las categorías.2
Ya sea que se haga una estimación de las necesidades fami­
liares o se avizore el porvenir de los hijos —que se presentan co­
mo una carga desde el momento en que hay una preocupación
concreta por su futuro y, particularmente, por su educación—,
ya sea que se considere el propio futuro profesional o que se
emitan juicios generales sobre la sociedad, las opiniones se vuel­
ven más realistas, es decir, más estrictamente ajustadas a la rea­
lidad, y más racionales, es decir, más estrictamente sometidas al
cálculo, a medida que se elevan las posibilidades efectivas (de
las que son buenos índices el nivel de instrucción y el ingreso).
La esperanza de ascender en la profesión varía de manera sig­

2 Para los hijos del agricultor o del trabajador rural, el ascenso social,
siempre infrecuente, supone la ruptura con el medio familiar por la emi­
gración hacia las ciudades o hacia Francia. Para los hijos de comerciantes y
de artesanos, las esperanzas de promoción son tanto más reducidas cuanto
más grande es la herencia profesional, más fuertes las tradiciones del oficio
y más alta la probabilidad de una herencia importante. Son los com ercian­
tes muy pequeños los que proveen un contingente relativamente importan­
te de trabajadores y empleados.
nificativa según la categoría socio-profesional, al igual que la
m odalidad de esta esperanza. La inestabilidad del em p leo y
la irregularidad de los ingresos que resulta de ella, la ausencia
de garantías con respecto al porvenir, incluso el más próxim o,
la conciencia (exasperada por la experiencia) de carecer de ab­
solutamente todos los medios indispensables para hurtarse a la
incoherencia y el accidente, condenan a la desesperación. Inte­
rrogados sobre su esperanza de ascender en su profesión, los
subproletarios a menudo responden con la risa: “No espero na­
da —dice un peón cam inero de Salda—, para m í es el pico y la
pala”. No sólo toda esperanza razonable de ascenso social les es­
tá vedada, sino tam bién la idea misma de sem ejante esperanza:
“Trabajo todo el año a nueve mil francos la quincena, más dos
mil francos por mes. Eso suma veinte mil francos. C on nueve
personas, ¿cómo quiere usted que viva con eso? Em pujo los au­
tos, uno no tiene derecho a ponerlos en marcha. Yo vigilo. To­
dos los días lo mismo, desde hace m ucho tiem po. ¡Ascender!
¿Sueña usted, o quiere que yo sueñe? No tengo oficio y no es
haciendo lo que hago com o voy a aprender uno. Ah, si yo fue­
se instruido, habría encontrado otro trabajo... H abría podido
e sp e ra r...” (guardacoches en un garaje, Philippeville). A falta
de expectativas razonables, no queda más que el sueño y la uto­
pía. La distancia entre las aspiraciones y la realidad tiende al
infinito. Si la esperanza realista de ascenso se tom a más frecuen­
te a m edida que aumenta el ingreso, parece depender de ma­
nera más precisa de las garantías y seguridades sobre el porve­
nir que el trabajo desempeñado proporciona. El estudio de la
modalidad de las esperanzas de ascenso en dos generaciones, a
través de los anhelos formulados acerca del futuro de los hijos,
confirm a los análisis precedentes. La aspiración sobre el porve­
nir depende estrecham ente, en su form a y en su modalidad, de
las potencialidades objetivas que para cada individuo son defi­
nidas por su estatuto social y por sus condiciones m ateriales de
existencia. El proyecto más individual es siem pre un aspecto
de las esperanzas estadísticas que están vinculadas a la clase.
E videntem ente, es en tre los subproletarios donde es más
grande el abismo entre lo im aginario y la experiencia y más fre­
cuente la in co h eren cia entre las opiniones. U n desem pleado
de Constantina, desprovisto de todo recurso, evalúa en doscien­
tos mil francos por mes el ingreso que le hace falta para satis­
facer las necesidades de su fam ilia. Interrogado sobre el futu­
ro que anhela para sus hijos, declara: “Irían a la escuela; cuando
estuvieran lo bastante instruidos, elegirían p o r sí mismos. Pero
no los puedo m andar a la escuela. Me gustaría, si pudiera, dar­
les instru cción por m ucho tiem po para que sean d octores o
abogados. Pero no tengo ayuda. Sólo puedo soñ ar”. La misma
ruptura tajante entre las aspiraciones im aginarias y la situación
real en este desem pleado de Salda que, después de h aber di­
cho que tenía m iedo de verse obligado a retirar a sus hijos de
la escuela por falta de recursos, anhela para su h ija “que llegue
hasta el final, hasta que haya triunfado; hasta el bac [baccalau-
réat, el bachillerato fran cés], o hasta ten er el título; así puede
trabajar com o m aestra”. Son los mismos individuos que, cuan­
do se les pregunta si desean que sus hijos con tinú en sus estu­
dios más allá del certificado de estudios prim arios, a m enudo
responden: “Sí, hasta el final”, o bien com o aquel peón de Orán:
“Que se distinga com o el m ejo r”. La misma ausencia de m ati­
ces, el m ismo irrealismo onírico en las opiniones co n cern ien ­
tes al trabajo de las m ujeres. Es de h ech o en los individuos de
ingresos más endebles donde se en cu entran las tasas más ele­
vadas de respuestas sin m atices, positivos o negativos indistin­
tam ente.
Con los asalariados perm anentes, uno entra en otro univer­
so. L a conciencia de los límites se expresa al mismo tiem po que
la esperanza realista de m ejorar: “Q uisiera ser auxiliar de clíni­
ca — dice un m ucam o en el hospital de C onstantina— , hay que
estar calificado para ser enferm ero. Incluso si uno solicita algo,
no lo consigue. Hay que hacer cursos. El que es auxiliar de clí­
nica (con el CEP [certificado de estudios prim arios], se puede)
llega a hacer algo. Con los niños, se pueden hacer 105.000 fian-
eos”. Al interrogarlo sobre el porvenir de sus hijos, responde:
“Eso, amigo mío, es demasiado, todavía no lo he podido pensar.
Algún oficio técnico: ingeniero, electricista. Hay demasiados
doctores. Son técnicos lo que hace falta. Si hay diez cafés, uno
no va a hacerse cafetero. Hay médicos desempleados. Si yo los
meto a técnicos, es para que se los considere”. Este ejemplo bas­
tará para mostrar cómo las aspiraciones tienden a circunscri­
birse a medida que la posibilidad de satisfacerlas se acrecienta,
tal vez porque la conciencia de las dificultades interpuestas se
vuelve más aguda, como si nada fuese verdaderamente imposi­
ble en tanto que nada es verdaderamente posible.
En pocas palabras, el conjunto de las actitudes económicas
se define con respecto a dos umbrales. El empleo permanente
y el ingreso regular, con todo el conjunto de seguridades sobre
el futuro que ellos garantizan, hacen acceder a lo que se podría
llamar el rellano de seguridad: la finalidad de la actividad sigue
siendo la satisfacción de las necesidades y el comportamiento
obedece al principio de la maximización de la seguridad. El ac­
ceso al umbral de calculabilidad (o de empresa), marcado esen­
cialmente por la posesión de ingresos capaces de liberar de la
preocupación por la subsistencia, coincide con una profunda
transformación de las disposiciones: la racionalización de la
conducta tiende a extenderse a la economía doméstica, lugar
de las últimas resistencias, y las disposiciones componen un sis­
tema que se organiza en función de un futuro aprehendido y
dominado por el cálculo y la previsión. Así, de todos los índi­
ces de las transformaciones del habitus económico en función
de las condiciones de existencia, el más seguro es sin duda la
cantidad de personas empleadas por familia: en efecto, entre
los medios para aumentar el ingreso, la multiplicación de fuen­
tes de ingreso por medio del trabajo de varios miembros de la
familia es a las categorías menos favorecidas lo que las horas ex­
tras o las promociones son a las otras. En el máximo para la
franja de ingresos más bajos, el porcentaje promedio de perso­
nas ocupadas por familia decrece regularmente a medida que
el ingreso familiar se eleva y luego se alza a continuación regu­
larmente: eso atestigua que de este lado del rellano de seguridad
se impone la multiplicación de las fuentes de ingreso. Desde
que aparece un empleo permanente, los recursos adicionales,
a menudo procurados por un empleo improvisado, pierden to­
do sentido, habiéndose asegurado cierta tranquilidad. En el
umbral superior, se ven reaparecer varios empleos, pero todos
estables y bien remunerados.
Este modelo sólo vale, se sobreentiende, para los trabajado­
res del sector moderno. El comercio y el artesanado constituyen
un islote protegido y reservado que ofrece un refugio para
aquellos que no están armados para la com petencia económi­
ca, al mismo tiempo que se mantiene en una lógica precapita-
lista de los capitales y de las capacidades que podrían invertir­
se en el sector moderno.

Los capitales argelinos tienden a invertirse en el comercio o


bien en los sectores de la industria (textiles, vestimenta, cue­
ros y pieles, alimentación) o se pueden mantener empresas
tradicionales de tipo familiar, conducidas muy a menudo a la
manera de empresas comerciales o usurarias, siendo el patrón
el que asegura la gestión financiera del negocio: compra él
mismo la materia prima, fija el precio y supervisa la venta. Co­
mo este tipo de industria, el comercio no requiere competen­
cias técnicas complejas y no exige una participación directa en
la actividad de la empresa. Se sabe, por lo demás, que el capi­
tal comprometido por el comerciante regresa mucho más rá­
pido que aquel que es invertido en empresas de producción.
El minorista y el revendedor que pueden manejar sus nego­
cios sin adquirir derechos de propiedad sobre las mercancías
comercializadas, corren tan pocos riesgos como es posible,
puesto que, aparte de las pérdidas debidas a la degradación de
la mercadería, sólo se exponen a perder el beneficio. El em­
presario industrial que compromete un capital más importan­
te y por un tiempo más prolongado, se libra a la coyuntura y,
sobre todo, al no poder abarcar por intuición el conjunto del
proceso de producción, debe recurrir al cálculo racional de
los riesgos y las oportunidades. Es la actitud con respecto al
tiempo y al cálculo que éste autoriza la que hace del comercio
el asilo del espíritu precapitalista en el seno del mundo urba­
no, y la que hace que el pequeño comerciante se empariente
al pequeño campesino por tantos rasgos de su estilo de vida y
de su visión del mundo.

Esas actividades, de las que con la mayor frecuen cia no se


espera otra cosa que los medios para subsistir, constituyen a los
propios ojos de quienes las ejercen un últim o recurso. La com ­
petencia del com ercio europeo y de la fracción racionalizada
del com ercio argelino (por ejem plo, las empresas mozabitas en
Argel y en numerosas ciudades de Argelia) encadena a los pe­
queños com erciantes a la clientela más despojada, que viene a
ellos debido a que no obstante otorgan crédito y descuento.
G anancias endebles e inestables, capital reducido y con fre­
cu en cia com prom etido en form a de adelantos a la clientela,
son m uchos los obstáculos objetivos a la racionalización. Ade­
más, perpetuando a m enudo en el m undo urbano actitudes de
los habitantes rurales, en general los com erciantes tienen po­
ca inclinación a racionalizar sus empresas: en su mayoría iletra­
dos, ignoran la contabilidad por partida doble y la distinción
entre el presupuesto fam iliar y el presupuesto de la empresa, y
con frecuencia confunden las entradas con las ganancias; por
transiciones infinitesimales, se pasa del com ercio muy peque­
ño com o simple ocupación al com ercio verdaderam ente lucra­
tivo. Se com prende que el artesanado y el com ercio sean el asi­
lo del tradicionalismo en el seno de la sociedad urbana: no hay
nada en la actividad profesional, en el m edio de trabajo (con­
fundido con m ucha frecuencia con el m edio fam iliar), en los
contactos con la clientela, que pueda incitar al com erciante a
cam biar de estilo y de hábitos de pensam iento; muy por el con­
trario, el sistema de representaciones y de valores legado por
la tradición con cu erda p erfectam ente con una actividad eco­
nóm ica que excluye la racionalización.

M uchos individuos se in terrogan sobre las causas del de­


sempleo: son tantas otras formas y grados de conciencia de una
misma situación, aprehendida a través de experiencias diferen­
tes.3 En efecto, desde la pura y simple ren u n cia hasta la totali­
zación co h eren te, se pasa por una serie de graduaciones. “Hay
desem pleo” o “hay demasiado desem pleo”, “no hay trabajo ” o
“no el suficiente tra b a jo ”, “hay m ucha g e n te ” o “dem asiada
g en te”. Este discurso, por rudim entario que sea, sólo aparen­
tem ente es algo que se da por sentado. El desem pleo acosa el
espíritu de la gente en el verdadero sentido de la palabra. Ri­
ge las conductas, orienta las opiniones, inspira los sentim ien­
tos. Y sin em bargo escapa a m enudo a la con cien cia y al discur­
so sistemático. Es el centro invisible alrededor del cual gravitan
los com portam ientos, el punto de fuga virtual de la visión del
m undo.
Si la conciencia del desem pleo puede existir sin llegar a for­
mularse de otro m odo que en el lenguaje de las prácticas o en
un discurso que hace pleonasm o con lo real, tam bién puede,
lo hem os visto, estar totalm ente ausente. En efecto, en tanto
que el trabajo se define com o fu nción social, las nociones de

3 Aunque en todo caso fue impuesto por la situación de control policial


que excluía cualquier pregunta directa sobre la guerra revolucionaria, la elec­
ción de interrogar sobre las causas del desempleo para captar las actitudes
políticas se inspiraba también en el interés de aprehender esas actitudes so­
bre el terreno en el que tenían más posibilidades de expresarse con el máxi­
mo de realismo. De hecho, como lo ha mostrado el propio análisis de las res­
puestas (y sobre todo el análisis estadístico de las variaciones de la definición
implícita del trabajo y del desempleo implicada en el hecho de declararse o
no jefe de familia), el solo hecho de hablar de desempleo conllevaba ya im­
poner una problemática (al menos cuando la pregunta se les formulaba a los
menos urbanizados y a los de menos edad entre los encuestados).
desempleo o de subempleo no pueden formularse. La apari­
ción de la conciencia del desempleo marca así una conversión
de la actitud con respecto al mundo. La adhesión natural a un
orden que se tiene por natural, en tanto que tradicional, resul­
ta suspendida; el trabajo acostumbrado es captado y medido en
relación con un nuevo sistema de referencias, a saber, la noción
de pleno empleo tomada de la experiencia del trabajo en el sec­
tor moderno. Así es como, para tareas de ocupación real muy
vecinas, los habitantes rurales de las regiones cabilas se decla­
ran de buena gana desempleados, si estiman insuficiente su ac­
tividad, mientras que los agricultores y los pastores del sur de
Argelia se dicen más bien ocupados. Se puede sostener indis­
tintamente que los desempleados cabilas son agricultores que
se declaran desempleados o que los agricultores del sur son de­
sempleados que no lo saben. Los unos, antiguos emigrados o
miembros de un grupo profundamente transformado, en sus
prácticas económicas y sus representaciones de la econom ía,
por una larga tradición de emigración hacia las ciudades de Ar­
gelia o hacia Francia, piensan la actividad agrícola tradicional
por referencia a la única actividad digna de ese nombre, aque­
lla que aporta un ingreso en dinero, y por lo tanto, como de­
sempleo; en cuanto a los otros, en ausencia de una concepción
del trabajo semejante, no pueden captar como desempleo la
inactividad a la que están condenados y menos aún las ocupa­
ciones que les concede el orden tradicional.
Así, el desempleo puede en principio existir “en sí”, sin ser
aprehendido como tal; en un segundo nivel, la “conciencia” del
desempleo puede manifestarse en la práctica sin explicitarse,
o solamente en formas muy rudimentarias de discurso, tales co­
mo el enunciado pleonástico y tautológico de lo dado. La ex­
presión de la conciencia del desempleo marca pues el pasaje a
un tercer nivel: desde entonces, la conciencia y su expresión
van juntas, la riqueza y la claridad del contenido de la concien­
cia aumentan paralelamente a la riqueza y la claridad de la ex­
presión que se da de él. Gran cantidad de sujetos proponen
explicaciones parciales que con toda frecuencia no son otra co­
sa que el enunciado de las experiencias que más los han mar­
cado en su vida profesional, la explicación que lleva siempre la
marca de las circunstancias y de las condiciones concretas de
su emergencia; otros, menos numerosos, proponen una suma
de explicaciones unilaterales, simplemente yuxtapuestas en un
conjunto aditivo, y la preocupación de sintetizarlas permanece
generalmente ausente, como lo testimonian las contradiccio­
nes y el hecho de que a menudo es difícil distinguir entre la ex­
presión parcial y el estereotipo.4 Mención aparte merece aque­
llo a lo que podría darse el nombre de cuasisistematización
afectiva, es decir, una visión unitaria del mundo económico y
social cuyo principio de unificación no es el orden del concep­
to, sino el del sentimiento, y que aprehende el mundo colonial
como universo dominado por una voluntad maligna y todopo­
derosa. Lo que se da prácticamente en la experiencia cotidia­
na son, en efecto, desigualdades concretas y conflictos particu­
lares, sólo pudiendo captarse el sistema colonial a través de sus
manifestaciones. Además, la estructura y los mecanismos obje­
tivos del sistema, y sobre todo el sistema como tal, no pueden
sino escapárseles a espíritus absorbidos por las dificultades in­
mediatas de la vida cotidiana: la revuelta está dirigida ante to­
do contra personas o situaciones individuales, jamás contra un
sistema que se trataría de transformar sistemáticamente. ¿Ycó­
mo podría ser de otra manera? Lo que se percibe no es la dis­
criminación sino el racismo; no es la explotación sino el explo­
tador; no es ni siquiera el patrón, sino el capataz español.
Estrechamente encadenados a una condición particular, los
subproletarios no sabrían ir más allá de las manifestaciones fe­

4 He aquí dos ejemplos de estas categorías de respuestas:


A. “No hay suficientes fábricas”, o “No hay trabajo porque hay dema­
siados extranjeros”.
B. “No hay suficientes fábricas: son los españoles que ocupan todos
los puestos y para nosotros no hay nada.”
nom énicas del sistema colonial que los detienen y en las que se
detienen porque ellas se proponen con una urgencia excep cio­
nal en su existencia cotidiana o porque están más cargadas de
fuerza em ocional. Invitados a dar razón de un m undo que de­
safía la razón, no tienen otro recurso que el estereotipo, discur­
so que se sitúa a m edio cam ino entre la ficción y la exp erien ­
cia, entre lo construido y lo fortuito, que parece referirse a lo
dado cuando es enteram ente inventado y aparece com o flatu s
vocis incluso cuando expresa la experiencia, porque en él los
encadenam ientos autom áticos de palabras ocupan el lugar de
significaciones auténticas.

Es entre los subproletarios y entre los pequeñoburgueses don­


de se encuentra la proporción más alta de relatos estereotipa­
dos y de discursos que obedecen a la lógica de la cuasi sistema­
tización afectiva. El discurso vacío no es algo propio de los
subproletarios. No obstante, mientras que entre los pequeño­
burgueses la palabra vacía a menudo tan sólo expresa la pre­
tensión desarmada, siempre conserva entre los subproletarios
una forma de verdad y de plenitud, porque, a la manera de un
grito, expresa dramáticamente una experiencia dramática y
no se da ni como explicación suficiente de una existencia inex­
plicable, ni como confesión incoherente de la incoherencia
irremontable.

Sin em bargo, el carácter sistemático de las experiencias más


diversas, desde el hostigam iento que sufre el principiante has­
ta el desempleo, es sentido de m anera muy intensa. Además, la
simple descripción de un h ech o particular dado, de un cierto
tipo de relaciones entre las personas, por ejem plo, se supera a
sí misma al alcanzar la aprehensión del sistema exterior y supe­
rior a los individuos. “Aquí se favorece al europeo; para unos
estar desempleado es algo natural; para un europeo, es un es­
cándalo que nadie podría soportar, ni la adm inistración ni los
demás europeos. Se hace lo que sea para encontrarle algo. Se
le encuentran cualidades, calificaciones; incluso si no las tiene,
se le encuentran. Y una vez en su puesto, estará por lo m enos
apenas por encim a de todos los musulmanes. ¡No puede haber
un trabajador p eor que ellos! Así es: la cuña, sin que se sepa
quién fue el que le hizo cuña; son todos” (ebanista, A rg el). Así,
las experiencias particulares son vividas com o el resultado de
una especie de plan sistemático. D entro de esta lógica, en efec­
to, sólo una voluntad puede ser responsable del carácter coh e­
rente y cuasi m etódico de las pruebas soportadas y sólo una vo­
luntad diabólica puede ingeniarse para en cerrar a los hom bres
en un encadenam iento ineluctable de situaciones catastróficas.
El desem pleo no es percibido com o uno de los aspectos de
una coyuntura eco n óm ica y social, sino com o la obra de una
especie de Dios malvado y oculto que puede encarnarse, según
la ocasión, en “los E u rop eos”, “los Españoles”, “los Franceses”,
“la A dm inistración”, “el G obiern o”, “Ellos”, “Ésos”, “los O tros”,
y que es ju stam en te el sujeto que quiere cuando se dice “Así se
quiso”. “Los franceses — dice un desem pleado de Salda— no
m e quieren dar trabajo. Todos esos señores que están ahí conmi­
go no tienen trabajo. Todos tienen certificados; uno es albañil, el
otro chofer, todos tienen un oficio. ¡Por qué entonces no tienen
d erecho a trabajar! No tenem os nada, los franceses tienen to­
do lo que les hace falta para vivir. Pero a nosotros no nos quie­
ren dar nada, ni trabajo ni n ad a.” Y afirm a el du eño de una
tienda en Argel: “Es preciso que quien tiene trabajo lo dé, que
no lo esconda”. La frecu en cia e intensidad em ocional con las
que se alude a la cuña, de m anera tan vaga com o sea posible,
y que carece a veces de toda referen cia a una situación co n cre­
tam ente probada, m uestran con toda evidencia que, para los
m enos favorecidos, es un h ech o de la razón m ítica tanto com o
de la experiencia. La vida vivida com o ju e g o de azar hace sur­
gir potencias im personales y personalizadas, om nipresentes y
localizadas, benéficas y m aléficas, que mueven y anim an todo
el universo social. “¡A hora—dice un mozo de cordel de O rán—
es la cuña la que pasa prim ero! ¡Pero sí! Alguien con la fuerza
de sus puños no llega. En mi opinión es así, directamente, ¡es
la cuña lo que cuenta! ” La cuña maléfica y sus manifestaciones,
la discriminación, los colonos, los españoles o las máquinas, to­
das esas potencias hostiles, surgidas de la experiencia, se ven
transfiguradas por la razón mítica. Y el sentimiento de una ma­
levolencia sistemática se asocia naturalmente a la creencia en la
omnipotencia de la cuña benéfica, la baraka del subproletario.
El fatalismo pesimista, fundado en la convicción de que es
absurdo luchar contra una maldad todopoderosa, no le debe
nada al sentimiento del mektub de la antigua religiosidad. La re­
vuelta del resentimiento, que la emprende menos contra el sis­
tema como tal que contra sus manifestaciones, es una sola co­
sa, en la mayoría de los casos, con la renuncia resignada, y el
miserabilismo se inspira en la misma lógica de cuasi sistemati­
zación afectiva. Son los mismos los que dicen: “No nos quieren
dar trabajo” y “No nos dan lo suficiente”. Al sustituir la necesi­
dad por la intención, se ponen a merced de los decretos arbi­
trarios de esa potencia de la que se es víctima pero de la que, a
pesar de todo, se espera como una limosna la satisfacción de
las expectativas vitales. ¿No es ése el sentido profundo de la
conducta de los demandantes que se obstinan en la contempla­
ción de lo imposible, como para enmascarar o compensar, me­
diante una operación sucedánea, una derrota y una renuncia
subterráneamente reconocidas?
La cuasi sistematización afectiva es el tipo mismo de la com­
prensión que el subproletario se forja del mundo económico y
social. El sentimiento es, efectivamente, el único principio po­
sible de unificación de una experiencia dramática dominada
por la incoherencia. Los sufrimientos impuestos por la situación
más inhumana no son motivo suficiente para que se conciba
otro orden económico y social; todo sucede, por el contrario,
como si fuese preciso que la miseria aflojase y autorice a conce­
bir otro orden económico y social para que se la pueda captar
como tal e imputar a un sistema explícitamente captado como
injusto e inadmisible. Puesto que la miseria se les impone con
una necesidad tan total que no les deja entrever ninguna salida
razonable, los subproletarios tienden a vivir su sufrimiento co­
mo habitual, incluso como natural, como un componente ine­
vitable de su existencia; y puesto que no poseen el mínimo de
seguridad y de cultura indispensable, no pueden concebir cla­
ramente el cambio global del orden social que sería capaz de
abolir sus causas. Después de haber hecho visitar su miserable
casilla y de hacer observar la indigencia de sus hijos, un chofer
de Orán añadía: “Ésta es mi vida. Es nada más el salario lo que
no camina. En cuanto al resto, estamos acostumbrados”.
Dado que la conciencia de los obstáculos objetivos para la
obtención de un empleo o de un ingreso suficiente los remite
a la conciencia de sus incapacidades, la falta de instrucción y de
calificación profesional, por ejemplo, los subproletarios tienden
a imputar sus carencias a las carencias de su ser, en lugar de las
carencias del orden objetivo (“A cada uno lo que le toca —di­
ce un peón de Constantina—. El que no es instruido no tiene
nada. Se lo hace penar hasta que apoya la rodilla en tierra. Así
es la vida del que no sabe leer”). No acceden nunca a la con­
ciencia del sistema como responsable también de su falta de ins­
trucción y de calificación profesional, es decir, a la vez de sus
carencias y de las carencias de su ser.
Lejos de poder determinar por sí sola la captación de lo da­
do como insoportable o indignante, la presión de la necesidad
económica tiende incluso a impedir la toma de conciencia, que
supone una cosa muy distinta de una suerte de cogito revolucio­
nario. A falta de aprehender como tal el sistema del que su pro­
pia situación es sólo un aspecto, los subproletarios no pueden
vincular el mejoramiento de su condición con una transforma­
ción radical del sistema; sus aspiraciones, sus reivindicaciones
e incluso su rebeldía se expresan dentro de la lógica que el sis­
tema les impone. Es así como la cuña, ese producto del siste­
ma, es considerada el único medio para modificar el rigor sis­
temático del sistema. Es decir, la alienación absoluta anula la
conciencia misma de la alienación.
Para que la conciencia del desem pleo y del sistema que lo
funda pueda enunciarse es preciso que la urgencia del m undo
se relaje: la conciencia del no em pleo y de su fundam ento ob­
jetivo es una cosa distinta y de un orden distinto que el con o­
cim iento im plícito que sólo se expresa en la práctica o en el
lenguaje ambiguo y a m enudo contradictorio del sentim iento.
Por un lado, la revuelta del sentim iento, expresión insegura e
incoherente de una condición caracterizada por la inseguridad
y la incoherencia; por el otro, la radicalidad revolucionaria, sur­
gida de la consideración sistemática de la realidad, dos actitu­
des que corresponden a dos tipos de condiciones m ateriales de
existencia: por un lado, los subproletarios de las ciudades y los
campesinos desarraigados cuya existencia no es más que fatali­
dad y arbitrariedad; por el otro, los trabajadores perm anentes
del sector m oderno, provistos de un m ínim o de seguridad y de
garantías que autorizan la puesta en perspectiva de las aspira­
ciones y de las opiniones. La desorganización de la conducta
cotidiana impide la form ación de ese sistema de proyectos y de
previsiones racionales del que la conciencia revolucionaria es
sólo un aspecto. Fuerza de revolución, el cam pesinado proletari­
zado y el subproletariado de las ciudades no form an una fu er­
za revolucionaria estrictam ente hablando. Con el em pleo per­
m anente y el salario regular, puede form arse una co n cien cia
abierta y racional; las acciones, los ju icio s y las aspiraciones se
ordenan en función de un plan de vida. Es entonces y sólo en­
tonces cuando la actitud revolucionaria tom a el lugar de la eva­
sión por el sueño o de la resignación fatalista.
Es por eso por lo que hay que rechazar la tesis según la cual
el proletariado no sería, en los países colonizados, una verda­
dera fuerza revolucionaria, so pretexto de que, a diferencia de
las masas campesinas, tiene todo que perder, a título de engra­
naje irreem plazable de la m aquinaria colonial. Es verdad que,
en una sociedad asediada por el desem pleo, los trabajadores
que se aseguran un em pleo perm anente e ingresos regulares
conform an una categoría privilegiada. Es verdad que, siempre y
en todas partes, el proletariado es determ inado, tanto por sus
condiciones m ateriales de existencia com o p or la posición que
ocupa en la estructura social, no en lo más bajo, en lo más hon­
do, com o lo pretende cierta representación escatológica de la
revolución com o derrum bam iento, sino en el punto de partida
de una carrera negativa, la que conduce a la recaída en el sub-
proletariado; sería más fácil com prender unas prácticas impu­
tadas con dem asiada ligereza al conservadurismo de los prole­
tarios (o de sus “aparatos”) si se supiese que, con igual derecho
que la solidaridad efectiva, las magras ventajas asociadas a la es­
tabilidad del em pleo están a m erced de un accidente, de una
enferm edad, de un despido, y que todo lo que los burgueses
(revolucionarios o no) se apresuran a describir com o signos de
aburguesam iento son, en principio, murallas de defensa alza­
das con tra los contraataques de la miseria.
A aquellos que tienen el “privilegio” de ser o b jeto de una
explotación perm an ente y “racion al” y de ben eficiarse de las
ventajas correlativas, les pertenece tam bién el privilegio de una
verdadera co n cien cia revolucionaria: de h ech o, esa visión rea­
lista del porvenir no les es accesible más que aquellos que tie­
nen los m edios para afrontar el presente y para buscar en él un
com ienzo de ejecución de sus esperanzas, en lugar de abando­
narse a la ren u n cia resignada o a la im paciencia m ágica de
aquellos que están demasiado aplastados por el presente para
poder avizorar otra cosa que un futuro utópico, negación in­
m ediata y m ágica del presente.
LAS C O N D IC IO N E S EC O N Ó M IC A S
D E L A T R A N SFO R M A C IÓ N
D E LAS D ISPO SIC IO N ES EC O N Ó M IC A S
Las disposiciones econ óm icas y políticas sólo pueden ser
com prendidas en relación con la situación econ óm ica y social
que estructura toda la exp erien cia por m edio de la ap reh en ­
sión subjetiva del porvenir objetivo y colectivo. Esta aprehen­
sión depende en su form a, m odalidad y con tenid o de las po­
tencialidades inscriptas objetivam ente en la situación, es decir,
del porvenir accesible que se le propone a cada agente, a títu­
lo de porvenir objetivo de la clase de la que form a parte. Tan­
to en Argelia com o en la m ayoría de los países en vías de desa­
rrollo, la división más tajante es aquella que separa a la masa
de desem pleados y trabajadores in term iten tes —jo rn a le ro s,
peones o pequeños com erciantes, y otras tantas condiciones in­
tercam biables que recaen a m enudo sucesivamente en un mis­
mo individuo— de los trabajadores perm anentes, m anuales o
no. De h ech o, a cada una de las condiciones económ icas y so­
ciales corresponde un sistema de prácticas y de disposiciones
organizado alred ed or de la relació n con el porven ir involu­
crado en ellas. Esos sistemas de disposiciones pueden ser des-
criptos sincrónicam ente com o distribuidos según la jera rq u ía
objetiva de las condiciones económ icas y sociales a las que co­
rresponden. Pero tam bién se puede ver allí otras tantas etapas
de un proceso ordenado: considerando que, en el m om ento t
los sistemas de disposiciones de dos individuos o de dos clases
sociales A y B están definidos p or condiciones económ icas y so-
( iales X a y X b, se supone que en la época t\ el individuo o la
i lase A que haya adquirido la condición B adoptará el com por-
i.uniento que era el de B en la ép o ca t. De allí que se puede
considerar que la descripción de los sistemas de disposiciones
de las diferentes clases sociales es al mismo tiempo una descrip­
ción de las diferentes etapas del proceso de “racionalización”.

Al elegir estudiar el proceso de adaptación de los trabajadores


al sistema capitalista y la asimilación de las categorías que és­
te presupone y exige, evidentemente habrá que asegurarse de
no ignorar que el enfrentam iento de las sociedades, la con­
frontación de las culturas y los cambios culturales y sociales
resultantes se cumplen bajo la presión de la más implacable
necesidad económica, y sólo adquieren todo su sentido en re­
lación con el sistema colonial y con aquello que constituye su
especificidad, a saber, la relación de dominación que les im­
pone a los colonizados la adopción de la ley del colonizador,
en materia de economía e incluso de estilo de vida, prohibién­
dole a la sociedad dominada el ejercicio del poder de selec­
ción. Se sigue de esto que se puede describir como racionali­
zación el proceso de adaptación a la economía importada por
la colonización sin olvidar que esta economía no es racional más
que formalmente y qu e, al reposar sobre una contradicción esen­
cial, ella sólo puede ganar en racionalidad formal al perder en
racionalidad material.

Se da por sentado que la presión de la necesidad económ i­


ca puede im poner por sí misma la sumisión forzada (cuyo pre­
cio es la subsistencia) al orden económ ico importado por la co­
lonización: que ella puede determ inar el desm oronam iento de
las norm as y de los esquem as que, tradicionalm ente, regula­
ban las conductas económ icas; que puede tam bién suscitar y
m anten er conductas económ icas absurdas, tanto de acuerdo
con el espíritu de la econom ía precapitalista com o de acuer­
do con la lógica de la econom ía capitalista. ¿Significa esto que
la necesidad económ ica que puede quebrar num erosas resis­
tencias culturales y volver insostenible la fidelidad a las tradi­
ciones, es capaz de determ inar por sí sola la reinvención crea­
dora de nuevas estrategias económ icas y la adhesión electiva al
ethos que, en el sistema económ ico capitalista, le es solidario? Si
es cierto que es preciso que los determ inismos económ icos se
relajen para que aparezca la posibilidad de som eter efectiva­
m ente la práctica económ ica a los imperativos de la “racionali­
zación”, eso significa que las transformaciones bruscas o gradua­
les del habitus económ ico, de las que hemos visto que se cumplen
en algunos casos bajo la presión de la necesidad económ ica, si­
guen dependiendo siempre de las condiciones materiales. ¿Hay
que adm itir por lo tanto que son pura y sim plem ente impues­
tas? D icho de otro m odo, si el acceso a un m ínim o de seguri­
dad es la condición necesaria de la “racionalización” efectiva de
la conducta, ¿es tam bién la condición suficiente de la constitu­
ción efectiva de un sistema de finalidades de las que la más al­
ta sería la m axim ización del ingreso en dinero?

Instalados en la inestabilidad, privados de las protecciones


que las tradiciones seculares aseguran al últim o de los khammés,
desprovistos de la calificación y de la in stru cción que son las
únicas que podrían garantizar la seguridad a la que aspiran so­
bre todas las cosas, encerrados en la existencia del día a día y
en la preocupación crónica por el día siguiente, a los subpro­
letarios, desem pleados y jo rn alero s ocasionales, pequeños ven­
dedores, em pleados de las pequeñas em presas y de los peque-
nos com ercios, peones, un sistema eco n ó m ico que exige la
previsión, el cálculo y la racionalización de la conducta econ ó­
mica los m antiene en la im posibilidad absoluta de calcular y
de prever.

“A veces trabajo un día, a veces cuatro días, a veces estoy de­


sempleado un mes entero. Tengo casi cinco mil francos de
deuda. Le pido a uno para devolverle a otro, es siempre así.
No tengo oficio ni instrucción, ¿cómo quiere que viva? Traba­
jo como peón, cargo agua, piedras para la construcción [...]
¡Ah, si encontrara trabajo! Ya ve usted lo ahorcado que estoy.
Cuando no trabajo como peón, voy a la ciudad y trabajo como
changador en el mercado. Pido prestado a derecha e izquier­
da [...]. A la mañana salgo a las cinco y antes. Busco, busco.
¡A veces vuelvo a mediodía o a la una y nada, nada [...] ! Lo
que gano es como mi trabajo. No es jam ás regular, nunca se­
guro. ¿Qué se puede hacer? Gano unos diez mil francos, pro­
medio. Haría cualquier cosa para ganar el pan de mi familia”
(peón sin empleo regular, Constantina).

Para estos hom bres dispuestos a h acer de todo y conscien­


tes de que no saben h acer nada, siem pre disponibles y total­
m ente sumisos a todos los determ inism os, desprovistos de un
verdadero oficio y condenados por ello a todos los símiles de
oficio, no hay nada sólido, nada seguro, nada perm anente. El
em pleo del tiem po cotidiano repartido entre la búsqueda de
trabajo y los trabajos ocasionales, la sem ana o el mes reco rta­
dos al azar de la contratación en días laborables y días parados,
todo lleva la m arca de la precariedad. Nada de horario regular
o lugar de trabajo fijo. La misma discontinuidad en el tiem po
y en el espacio. La búsqueda de trabajo es la única constante
de esa existencia que se balancea al capricho del azar; y tam­
bién el cotidiano fracaso de la búsqueda. Se busca trabajo “a
d erecha e izquierda”, se pide prestado a la d erecha para devol­
ver a la izquierda. Toda la vida pasa bajo el signo de lo proviso­
rio. “Mi trabajo —dice un vendedor am bulante de T lem cén —
no es más que un último recurso m ientras espero algo m ejor.”
Mal adaptados al m undo urbano en el que están com o extra­
viados, desprovistos de una vida regular de trabajo y de la segu­
ridad garantizada por el producto asegurado del trabajo, pri­
vados de las tradiciones tranquilizadoras de la com unidad
aldeana y obligados a aprender todo a la vez sobre el m undo
ciudadano y el m undo técnico, el idioma, la disciplina, los ca­
m inos más cortos, allí van, obstinadam ente em peñados en for­
zar el azar y en tratar de en contrar asidero en un presente que
se les escapa.
El desempleo acarrea una desorganización sistemática de la
conducta, de la actitud y de las ideologías. Al impedirle cum­
plir su función económica, la falta de empleo regular amena­
za la función social del je fe de familia, es decir, su autoridad
en la familia y su respetabilidad hacia fuera. El padre, los her­
manos, los primos y a veces incluso la mujer y los niños deben
subvenir a las necesidades del grupo. La situación extrema, la
de los individuos que están a cargo de su mujer, es vivida tan­
to por el individuo com o por el grupo como la última deca­
dencia. “En mi opinión —dice un parado de Orán, la m ujer
no debe trabajar— está prohibido. Pero no nos podemos man­
tener, así que ella ha trabajado.” Y este otro, meneando la ca­
beza para expresar la enormidad de la situación dice: “¡Ahora
es mi mujer la que trabaja por m í!”. Cuando se la deja de con­
siderar provisoria, la permanencia en semejante situación de
dependencia implica a veces una desmoralización profunda.
Sucede que algunos vendedores ambulantes terminan por ha­
cer una profesión de lo que en el origen era apenas un último
recurso provisorio. Y lo mismo ocurre con algunos parados.
Uno se instala poco a poco en la resignación fatalista, uno se
acomoda y se acostumbra irresistiblemente a una existencia
parasitaria. Uno se hace al oficio de parado o de falso trabaja­
dor y se contenta con eso. Los obstáculos objetivos, las aspira­
ciones desmesuradas e irrealizables, los símiles de trabajo y los
símiles de esfuerzo por encontrarlo proporcionan otras tantas
excusas a la renuncia. Se multiplican las solicitudes con la cer­
teza del fracaso, se espera el milagro y se rechaza cada vez más
“el pico y la pala”. A la explotación y a la injusticia no se le pue­
de oponer otra arma que la de los desarmados, la fuga, la as­
tucia y el subterfugio, esa chtara tan a menudo evocada: todos
los medios son buenos para escapar a la explotación, para ro­
bar un momento de trabajo indeseable y para ganarse el sala­
rio con el m enor esfuerzo. A estos hombres encadenados por
la necesidad a una tarea que no les aporta más que el mínimo
necesario para sobrevivir, sólo les queda una libertad en el tra-
bajo: expresar una rebelión subterránea contra la explotación
por medio del subrendimiento.

En ausencia de em pleo regular, lo que falta no es solam en­


te un ingreso asegurado, sino el con ju nto de obligaciones que
definen una organización co h eren te del tiem po y un sistema
de expectativas concretas. Al igual que el equilibrio em ocional,
el sistema de m arcos tem porales y espaciales en el que se desa­
rrolla la existencia no puede constituirse en ausencia de pun­
tos de referencia que sólo proporciona el trabajo regular. To­
da la vida está librada a la in coh erencia.1 Se parte cada m añana
en busca de trabajo, más o m enos tem prano, según si se espera
realm ente o si se está resignado ya; se va toda la m añana de ta­
ller en taller, confiando en lo que ha dicho un amigo, un primo
o un vecino. Se para en un café donde se bebe algo fum ando
con los com pañeros. Se llega a h acer una profesión del buscar.
D esem pleo y em pleo interm itente hacen tabla rasa con las
tradiciones pero impiden la elaboración de un plan de vida ra­
cional. “Cuando no estás seguro de hoy —dice un parado de
Constan tina—, ¿cómo vas a estar seguro de m añana?” Y un pes­
cador de O rán: “Cuanto más gano, más co m o ”. Estas dos fór­
mulas encierran lo esencial de la existencia de los subproleta­
rios. La única finalidad de la actividad es la satisfacción de las
necesidades inmediatas. “Me gano mi trozo de pan, eso es to­
d o .” “Lo que gano, me lo co m o .” ‘Yo gano apenas lo ju sto pa­
ra el pan de mis h ijos.” ‘Yo trabajo para alim entar a los niños.”
Se acabaron las antiguas tradiciones de previdencia. El hom bre
de la ciudad tiende a parecerse a la im agen que se form aba de
él el cam pesino de la tradición: “Lo que la jo rn ad a ha trabaja­

1 Tal vez no sea infundado ver, en la imprecisión de los marcos tempora­


les y espaciales asegurados por el trabajo regular, una de las causas de la in-
certidumbre, incluso de la incoherencia de las opiniones y de los juicios, par­
ticularmente en lo que concierne a los problemas relativamente abstractos y
generales.
do, la noche se lo ha co m id o ... ”. A veces, se ve resurgir conduc­
tas tradicionales, totalm ente aberrantes en el nuevo contexto,
e inspiradas por la obsesión de la subsistencia: “Tengo listas las
provisiones —dice un pequeño tendero de O rán que gana de
cuatro a quinientos francos por día— . Si alguna vez no gano
nada, de todos m odos tengo para com er”. Tradicionalism o de
la desesperación, tan in consecu ente com o la existencia del día
a día.

Puesto que los sacrificios conducen primordialmente al con­


sumo, los ingresos pueden aumentar sin que aparezca el aho­
rro o tan siquiera la idea de ahorrar, tanto exceden las necesi­
dades a los medios. Además, el modo de pago por jornada,
particularmente en el caso de los jornaleros, intermitentes o
regulares, impide toda racionalización. Al parcelar los ingre­
sos en pequeñas sumas inmediatamente intercambiables por
bienes destinados a ser consumidos el mismo día, tiende a ex­
cluir todos los gastos de equipamiento que sólo pueden pen­
sarse (y amortizarse) en un período prolongado.

Lejos de que el porvenir se anuncie en la conducta presen­


te, lejos de que el presente se organice con respecto a un futu­
ro planteado por el cálculo y unido a un presente en una rela­
ción racional, el presente día es vivido sin referencia alguna, ni
intuitiva ni racional, al día siguiente. Las necesidades primarias
110 son de aquellas cuya satisfacción puede ser diferida o sacri-
licada. Está descartado que se pueda efectuar una jerarquiza-
ción racional de los fines, condición del cálculo que funda la
conducta razonable según la razón capitalista.

Un sujeto económico conforme a esta descripción estaría con­


denado a corto plazo si se encontrara arrojado a un universo
económ ico y social perfectam ente racionalizado. De hecho,
en los márgenes de las ciudades africanas o sudamericanas
existen universos económ icos que constituyen una suerte de
tapón entre el subproletario y el mundo moderno y cuya ley
fundamental parece ser la que rige las conductas individuales,
es decir, la ausencia de previsibilidad y calculabilidad. Los más
pobres y los más desorientados encuentran allí numerosas pro­
tecciones que les permiten alcanzar un equilibrio precario, en
el nivel más bajo, en ausencia de todo cálculo: ayuda mutua
entre parientes y vecinos que procura los auxilios en especies
o en dinero durante la búsqueda de trabajo, o durante el de­
sempleo, a veces el empleo mismo o el alojamiento, cohabita­
ción y cocina compartida que aseguran la subsistencia a los
más carenciados: la pluralidad de salarios para un gasto único
que tiende a compensar la irregularidad y la modicidad de los
ingresos; crédito de confianza, etcétera.

A falta de poseer sobre el presente ese asidero m ínim o que


es la condición del esfuerzo deliberado para en contrar asidero
sobre el futuro, estos hom bres no pueden elaborar un plan de
vida, un sistema coherente yjerarquizado de finalidades previs­
tas o proyectadas que abrace en la unidad de una aprehensión
la conducta presente y el porvenir que ésta trabaja para alcan­
zar. Totalm ente superados por un m undo negador de todo por­
venir, sólo pueden acceder a un futuro soñado en el que todo
es posible, porque las leyes que rigen el universo de la existen­
cia cotidiana, leyes económ icas y sociales, están suspendidas. El
parado que no aspira más que a un “buen o ficio ” para sí mis­
mo, al em pleo perm anente procurado por la calificación pro­
fesional, puede soñar para su hijo “bonitos oficios”, “oficios so­
ñados”, com o dice uno de ellos, de abogado o de m édico. Son
dos conciencias sucesivas y m utuam ente excluyen tes las que avi­
zoran el presente y el porvenir; el discurso sigue a m enudo una
línea quebrada, donde a los saltos en el sueño les siguen recaí­
das en un presente destructor de fantasías. Más acá de un cier­
to um bral de probabilidad, no queda otra cosa que recursos
mágicos. La esperanza mágica es la visión del porvenir propia
de aquellos que no tienen porvenir.
La inseguridad y la miseria son tem ibles por la desaparición
de ese conju nto de garantías que las tradiciones tranquilizado­
ras de la sociedad cam pesina proporcionaban, y que hacían po­
sible la previdencia acostumbrada, dictada y sostenida por la sa­
biduría com ún, apoyada en referen cias y m arcos tem porales
que aseguraban una form a de previsibilidad.

Se acabaron también las seguridades proporcionadas por la


religión, que organizaba las prácticas y las representaciones se­
gún un cuerpo único de principios. Alejados del ambiente so­
cial en el que transcurría toda su vida y en particular su vida
religiosa, privados de la atmósfera de religiosidad que emana­
ba de la vida colectiva, situados en condiciones de existencia
difíciles y enfrentados con problemas radicalmente nuevos, el
proletario y el subproletario de las ciudades no tienen otra
elección que la indiferencia o la superstición, piedad institucio­
nal, sucesión de gestos vaciados de sentido, pasiva y mecánica­
mente cumplidos y determinados por la sumisión sin fervor a
una tradición alterada. La ruptura con la tradición acarreada
por la emigración, la relajación de la presión colectiva ligada
al anonimato de la vida urbana, el contacto con la civilización
técnica abocada por entero a fines profanos, las enseñanzas
explícitas y difusas de la escuela son, entre muchas otras, algu­
nas de las influencias que conllevan una verdadera transmuta­
ción de los valores y destruyen el suelo en el que la religiosi­
dad tradicional echaba sus raíces.

Privados del sostén m aterial y psicológico que procuraban


las redes de relaciones de la sociedad cam pesina y los grupos
de parientes ahora desmigajados por la em igración, demasia­
do desamparados para poder tom ar una con cien cia sistemáti­
ca de su condición y abrazar en una misma intención activa el
presente sufrido y el futuro deseado, m antenidos en un estado
de frustración y de inseguridad perpetuas que los lleva a an h e­
lar satisfacciones inmediatas y a esperar el m ilagro capaz de sa­
carlos de su condición, los subproletarios —cam pesinos sin tie­
rra, trabajadores agrícolas, desempleados, jorn aleros, peones—
están dispuestos a oír todas las profecías escatológicas que, al
rom per con la rutina de la existencia cotidiana, les prom eten
encontrar, aunque sea al precio de una transform ación radical
de la sociedad, un lugar en el m undo, es decir, a la vez la segu­
ridad m aterial y el sentim iento de seguridad proporcionado
por un nuevo encuadre social. El m ilenarism o revolucionario
y la utopía m ágica son la única visión del futuro que se ofrece
a una clase desprovista de futuro objetivo.

Los trabajadores se dividen claram ente en dos grupos: aque­


llos que son estables y hacen todo para seguir siéndolo, y aquellos
que son inestables y que están dispuestos a cualquier sacrificio
para escapar de la inestabilidad. Ese es el hecho fundam ental
que hay que tener en m ente para com prender, entre otras co­
sas, la fascinación que ejercen sobre las capas m enos favoreci­
das las profesiones estables o, más precisam ente, la estabilidad
de las profesiones y, correlativam ente, la calificación profesio­
nal y la instrucción com o m edio indispensable para acceder a
ellas. Em pleos tales com o el de custodio, sereno nocturno, or­
denanza o vigilante son también a su m anera “oficios soñados”,
no solamente porque son poco penosos sino tam bién porque
son los más seguros entre aquellos a los que pueden acceder
individuos sin instrucción, sin form ación profesional y sin ca­
pital. Com ún a la gran m ayoría de los trabajadores sin espe­
cialidad —los pequeños em pleados, los pequeños artesanos y
com erciantes— , el deseo de estabilidad tom a la form a de aspi­
ración a una verdadera profesión en la que las condiciones de
contratación y de licénciam iento, de prom oción y de retiro es­
tén garantizadas y reglam entadas, donde se hayan instaurado
protecciones contra los efectos de la com petencia desenfrena­
da, donde las reglam entaciones sobre la higiene y la seguridad,
los horarios de trabajo, los criterios de calificación y la remu­
neración se apliquen efectivam ente. Si la fu n ció n pública es
captada, de m anera sincrética, com o un paraíso profesional es
porque, incluso en ausencia de un control sindical, aquélla ase­
gura las mínimas garantías contra la arbitrariedad y garantiza
sobre todo la seguridad, definida no tanto por el aum ento de
los ingresos com o por su regularidad.2
Si coincid e con un reajuste del con ju nto de las aspiracio­
nes, el ascenso en un em pleo estable no conlleva necesariam en­
te una reinvención de los fines de la actividad económ ica, que
sigue estando, en la m ayoría de los casos, orientada a la satis­
facción de las necesidades inmediatas. La am bición de la gran
mayoría de los trabajadores perm anentes es llegar a vivir “sin
tener que con tar”, es decir, sin deudas ni econom ías. Se renun­
cia, en cuanto se puede, al crédito de confianza, que les perm i­
tía a los m enos favorecidos realizar un equilibrio inestable en­
tre las aspiraciones y los recursos. Las conductas continú an
obedeciendo al principio de la m axim ización de la seguridad
y las aspiraciones tienden a ajustarse mal o bien a los m edios
disponibles. En una situación de desem pleo estructural, esos
mismos que han accedido a la seguridad la siguen experim en­

2 Esto explica muchas conductas que pueden parecer aberrantes si uno


*c atiene a la lógica de la maximización del ingreso. Tómese por ejemplo un
i aso observado en Argel en julio de 1960. Un mecánico reparador de trac-
lores y motores Diesel es contratado com o asalariado por los servicios de la
Protección y restauración de suelos: percibe un fijo de 55.000 francos, al que
no añaden una prima contra riesgos, gastos de desplazamiento, horas extras,

il<' manera que el ingreso mensual promedio alcanza los 80.000 francos. Por
consejo de su padre, prefiere entrar como mecánico en la RSTA [Régie Syn-
illcale des Transports Algérois, Dirección Sindical de Transportes de Arge-
li.i| (donde su padre es cobrador); comienza con 36.000 francos por mes,
|>rro se beneficia de las ventajas que le asegura un servicio público, estabi­
lidad, retiro, licencias, etcétera. Por las mismas razones, los artesanos y co­
merciantes cuyos ingresos se sitúan entre 30.000 y 60.000 francos a menudo
envidian la condición del obrero del sector moderno y, afortiori, del funcio­
nario.
tando com o am enazada y se co n cib en com o privilegiados.
Cuando esa seguridad aparece, la voluntad de maxim izar el in­
greso choca con tra las condiciones objetivas del m ercado de
trabajo que impiden el acrecentam iento rentable del esfuerzo.
Hay quien se indigna de que un soltero pueda ganar tanto co­
m o un hom bre casado, se denuncia la acumulación de empleos
y el trabajo de las m ujeres europeas; son muy num erosos los
que no parecen concebir que se pueda cuantificar su fuerza y
su tiem po de trabajo y que, para evaluar el salario que conside­
ran m erecer, toman en cuenta sus necesidades y en absoluto su
esfuerzo o su calificación. Sin em bargo, las opiniones tienden
a sistematizarse: el desajuste entre el nivel de aspiración y el ni­
vel de realización tiende a restringirse al mismo tiempo porque
las esperanzas se tom an más mesuradas y porque las posibili­
dades efectivas se acrecientan; a la vez, las reivindicaciones se
tom an más realistas.
Relativamente poco num erosa en razón del débil desarro­
llo de la industria, la elite obrera participa de las ventajas que
la econom ía m oderna proporciona: subsidios fam iliares, pro­
m oción, retiro, vivienda m oderna, escolarización de los niños,
otros tantos “privilegios” que son inseparables de la estabilidad
del em pleo y que tanto los subproletarios com o los semiprole-
tarios del sector tradicional desconocen por com pleto. ¿El ape­
go a esas ventajas y el contagio de necesidades suscitado por el
efecto de dem ostración constituyen obstáculos a la form ación
de una conciencia revolucionaria? De hecho, sólo unos indivi­
duos provistos de un sistema coherente de aspiraciones y de rei­
vindicaciones, capaces de situarse en la lógica del cálculo y de
la previsión porque sus condiciones de existencia se lo autori­
zan y porque han podido adquirir, en su vida profesional, una
actitud progresista y racional, pueden aprehender su existen­
cia de m anera sistemática y realista en relación con un futuro
colectivo y aceptar deliberadam ente los sacrificios o los renun­
ciam ientos que son solidarios con toda acción revolucionaria.
Por últim o, acostumbrados a som eterse a exigencias racionales
e inclinados al realism o p o r la maturaleza m ism a de su activi­
dad cotidiana, los proletarios son, de todos los trabajadores, los
menos accesibles a las seducciones de la dem agogia.
El acceso a un ingreso situado entre sesenta mil y och enta
mil francos coincide con una transform ación generalizada de
la conducta, cuya raíz reside en la aparición de una nueva rela­
ción con el porvenir y que se m anifiesta en un con ju nto de ín­
dices objetivos, tales com o la m ultiplicación de las fuentes de
ingresos, la aparición de la esperanza de acrecen tar el benefi­
cio sin acrecen tar el esfuerzo o el h ech o en apariencia pura­
mente dem ográfico de que el núm ero prom edio de niños naci­
dos vivos por m ujer casada crezca regularm ente con el ingreso
liasta alcanzar éste alrededor de och enta mil francos para m ar­
car enseguida un decrecim iento muy claro. Todo ocurre com o
sí el acceso a un ingreso tal que quede abolida la obsesión por
la subsistencia y se satisfagan las necesidades fu ndam entales
luese la condición para que el sujeto econ óm ico pueda supe­
rar los determ inism os económ icos más brutales y encam inar a
Un fin todavía ausente, el presente en el que se en cu en tra en­
cerrado por la presión de las necesidades que exigen una satis-
Iacción inmediata. El esfuerzo por dom inar el futuro no puede
em prenderse realm ente sino cuando están dadas las condicio-
iíes indispensables para que se asegure un m ínim o de oportu-
nidades de éxito. M ientras no sea así, no queda otra actitud po-
ible que el tradicionalism o forzado, que difiere esencialm ente
de la adhesión a la tradición, porque im plica la co n cien cia de
l.i posibilidad de actuar de otro m odo y la imposibilidad de rea­
lizar esa posibilidad.3

11 Eso puede verse muy bien entre los campesinos de las regiones de gran
Colonización que, al mismo tiempo que aceptan la eficacia y la rentabilidad
mtyores de las técnicas del colono, se atienen a los métodos tradicionales,
porque saben que ese tipo de explotación del suelo exige medios que les son
Inaccesibles y sin los cuales se condenan al fracaso.
Si corresponde evidentem ente a una transform ación deci­
siva de las condiciones m ateriales de existencia, ligada a la ele­
vación del nivel de calificación y de instrucción, esa reestructu­
ración del sistema de disposiciones y de ideologías no es sólo
el producto de la necesidad, y supone una sistematización ori­
ginal que cada individuo, haciéndose em presario de su propia
vida, debe operar por su propia cuenta, porque su com porta­
m iento debe ser el producto, en cada dom inio, de u na verda­
dera reinvención. La adopción y la asim ilación del espíritu de
previsión y de cálculo varían en razón directa al grado de inte­
gración a un orden económ ico y social definido por la calcula-
bilidad y la previsibilidad; el grado de bilingüismo y el nivel de
instrucción son los índices más seguros y más significativos de ese
grado de integración.

Para explicar que el grado de bilingüismo crezca tanto como


el grado de éxito económico, sin duda se podrá invocar que la
transformación de las actitudes y el aprendizaje del francés su­
ponen la misma condición, a saber, un contacto intenso y pro­
longado con la sociedad europea o con la econom ía moder­
na. No obstante, todo sucede como si el uso de la lengua árabe
fuese solidario —en un momento dado de la historia de la sociedad
y de la lengua— de la adopción de toda una visión del mundo:
raras entre los encuestados que hablan francés, las invocacio­
nes a Dios o al destino son muy frecuentes entre aquellos que
se expresan en árabe, ya sea que permitan eludir un proble­
ma embarazoso, o bien que sirvan para disimular la ausencia
de opinión definida bajo declaraciones difusas y bien pensan­
tes. Los encuestados que se expresan en francés se muestran
en general más realistas y más revolucionarios. Por otra parte,
aquellos que manejan el francés con más dificultad entrecor­
tan a menudo sus declaraciones con frases o locuciones en un
francés lleno de jerga, o correcto cuando se trata principal­
mente de hablar del misterio o de la rebelión. Para los bilin­
gües, el pasaje de la lengua materna al francés tiene a menú-
do la misma significación y la misma función. La lengua fran­
cesa, sobre todo tal como se la habla en Argelia, es laicista, rea­
lista y “positiva”. Para los argelinos es, entre otras cosas, la len­
gua del diálogo —real o imaginario— con el patrón, y por lo
tanto, de la reivindicación.

En la m ayoría de los casos, la instrucción y la calificación


profesional proporcionan los medios indispensables para que
una conducta fundada en la previsión y el cálculo pueda llevar-
,se a cabo con un m ínim o de oportunidades de éxito (estabili­
dad y esperanzas de ascenso, ingresos suficientes, e tc.), es de­
cir, la condición necesaria; al mismo tiem po que aseguran los
recursos intelectuales indispensables para racionalizar la con ­
ducta, es decir, la con d ición suficiente. Todo sucede com o si
fuese preciso que su existencia sea som etible a la previsión y al
cálculo para que el agente económ ico pueda efectivam ente so­
meterla a la previsión y el cálculo. Sólo aquellos que tienen, co­
mo se dice, un porvenir, pueden consagrarse a dom inarlo.
Si la reestructuración de las prácticas adopta una form a sis­
temática, es porque, teniendo en com ún el hecho de suponer la
referencia a un futuro calculado, todas las formas de la acción
racional —regulación de los nacim ientos, ah orro , preocupa-
c ¡ón por la educación de los niños— están unidas por una afi­
nidad estructural. Así pues, por ejem plo, en la m edida en que
uno no tiene el m ínim o de dom inio sobre el presente que per­
mite concebir la am bición de dom inar el porvenir, el abando­
no a la fecundidad natural se im pone com o el único m edio pa-
i i asegurarse mal o bien del porvenir. Se puede suponer incluso
que la ideología, legada por la tradición, según la cual el niño,
y sobre todo el varón, es protección y honor, se encuentra revi-
gorizada en tiempos de crisis, cuando las seguridades antiguas
están abolidas, por el h ech o de que rodearse de niños es ante
lodo rodearse de protecciones. D iferir los nacim ientos, por el
<ontrario, es sacrificar el presente al porvenir, es rehusar aban-
■li >narse sim plem ente al curso de las cosas y actuar en el presen­
te en función de un futuro calculado. La reestructuración de la
conducta no aparece sino en el nivel relativamente elevado de
ingresos (y no a partir de que se alcanza el um bral de seguri­
dad), porque, precisam ente en razón de la sistematicidad del
nuevo modo de vida, esa reestructuración sólo se puede operar
mediante un salto, cuando se han reunido todas las condiciones
económicas y culturales de la conversión de las disposiciones eco­
nómicas y culturales, al estar condenados los individuos y las fa­
milias incapaces de reunir el conjunto de las condiciones n ece­
sarias, a contradicciones casi irrem ontables cuando em prenden
el intento de pasar la línea por un solo punto.

Es así com o el acceso a la vivienda m oderna arroja a los in­


dividuos que no tienen los medios para satisfacer el con ju nto
de las necesidades ligadas a la necesidad satisfecha, en un pro­
fundo malestar. Constatación tanto más sorprendente, en apa­
riencia, cuanto la instalación en una vivienda m od erna se ve
m arcada, globalm ente, por una m ejora indiscutible de las con­
diciones de vida:4 el índice de habitabilidad es de 8 contra 2,5

4 Estos análisis reposan principalmente en una encuesta que se llevó a


cabo durante el verano de 1960 y que se ha realizado sobre un muestreo re­
presentativo de familias (efectuado a partir de registros en posesión de los
organismos constructores) que residen en diez grupos de viviendas moder­
nas: un barrio de Philippeville, siete barrios en Constantina (Las Moreras, el
Buen Pastor, Anatole France, El Bir, los Apóstoles, los Plátanos, los Pinos, Ci­
té Gaillard), diez barrios de Alger (los Pinos y la Concorde, Nobleterre). Se
han utilizado también, por los requerimientos de la comparación, los resul­
tados del escrutinio, realizado en 1958, de un muestrario aleatorio de solici­
tudes de vivienda detentados por el Servicio de las HLM [Habitation á Loger
Modéré, vivienda de protección oficial] de Argel y de las observaciones y en­
trevistas realizadas durante los años 1958 y 1959 en diferentes barrios preca­
rios de Argel y la Casbah. Nos hemos servido además de las informaciones
recogidas por una encuesta sobre un muestreo de familias alojadas en vivien­
das modernas, que fue realizada en 1960 y que proporciona informaciones
Cuadro sinóptico de las variaciones de los gastos ligados a la vivienda según la clase social
para la m uestra de los habitantes de viviendas precarias. El nú­
m ero de piezas por familia alcanza 2,8 con tra 1,5. El 20% de
los encuestados tiene el mismo n úm ero de piezas que en su
antigua residencia. El 27% una pieza más, el 33% dos, el 18%
tres. La superficie disponible prom ed io es de 45 m 2 contra
18,5 m 2 entre los habitantes de viviendas precarias. Se acabó la
pieza única o, por lo menos, la gran habitación com ún a la que
estaba condenada la mayor parte de los habitantes de los ba­
rrios pobres [bidonvilles]: en el 76,1% de los casos, padres e hi­
jo s duerm en en piezas separadas (la habitación com ún sólo se
encuentra en el 14,6% de las fam ilias). De m odo que uno po­
dría atenerse a registrar únicam ente m anifestaciones de satis­
facción: ahora bien, sólo el 47% de los encuestados se dice sa­
tisfecho y el 38% descontento en grados diversos (los demás no
se pronuncian).
Por el hecho de que con la mayor frecuencia el realojamien­
to determ ina la escisión de las grandes familias que la crisis ha-
bitacional condenaba a la cohabitación, de m anera que el gru­
po fam iliar tiende a reducirse a la unidad familiar, el núm ero
de personas ocupadas por familia disminuye.5 Ahora bien, en el

sobre el conjunto de la economía doméstica. La muestra maestra de la en­


cuesta sobre los recién alojados da una imagen fiel de la estructura del con­
junto de los locatarios: los peones representan el 17%; los obreros, el 20,5%;
el personal de servicio, 25,5%; los funcionarios y militares, 9%; los artesanos
y comerciantes, 15,5%; los cuadros superiores, 2,5% , y los retirados o inacti­
vos, 10%. El 97% de los encuestados es de origen urbano y, disponiendo en
su mayor parte de un empleo y de ingresos estables, está particularmente pre­
parado para adaptarse a las exigencias del nuevo hábitat (de suerte que to­
dos los análisis que siguen valen a fortiori para poblaciones que no presentan
esas propiedades). El 36% de los encuestados ocupa su nueva vivienda des­
de hace menos de un año; el 65% , desde hace menos de dos años. (Hemos
reunido en un cuadro sinóptico los principales resultados de esta encuesta
porque no figuran en Travail et Travailleurs en Algérie.)
5 Se puede ver un índice de que la vida urbana y el modo de vida que ella
impone favorecen la disgregación progresiva de la familia extendida en el he-
íintiguo hábitat, el equilibrio económ ico reposaba con mayor
Irecuencia en la pluralidad de fuentes de ingresos para un gas-
lo único, tanto para la alim entación com o para la vivienda. Es-
le equilibrio se encuentra, por lo tanto, amenazado desde el mo-
inento en que los gastos de todos los órdenes, y particularm ente
.iquellos que están ligados a la vivienda, aum entan fuertem en-
le. El núm ero mayor de personas por familia es de 6,3: esta ci-
Ira, aún muy elevada, es claram ente inferior a la que se despren­
de de la encuesta sobre los habitantes de viviendas precarias, o
sea 8,6. Esta diferencia parecerá tanto más im portante si uno sa­
be que el núm ero de niños es, en principio, uno de los criterios
que determ inan la elección de las personas realojadas.6 La dis­
minución del núm ero prom edio de personas resulta del hecho
<le que una parte de la “fam ilia extendida” que se había recons-
lituido bajo la presión de la necesidad y perm anecido en el an­
tiguo hábitat, m ientras la otra parte se h abía instalado en la
I tLM (H abitation á Loger Moderé, vivienda de protección o ficial).
( jomo prueba, la tasa de familias nucleares es m ucho más eleva­
da en la muestra de población realojada que en la muestra que
vive en condiciones habitacionales precarias.7

dio de que la medida promedio de las familias guarda una proporción in­
versa al tamaño de las ciudades, o sea 7,2 para Philippeville, 6,9 para Cons-
l amina y 5,2 para Argel. Si ello se explica en parte por un decrecimiento pa­
ralelo del número de niños promedio (4,06 para Philippeville, 3,08 para
Constan tina y 2,95 para Argel), no deja de ser evidente que el ideal de la gran
familia parece tanto más alterado y tanto más gravoso cuanto más avanzada
rs la adaptación a la vida urbana.
6 Eran realojados los habitantes de viviendas precarias que disponían de
Un ingreso relativamente estable y elevado. Ahora bien, se sabe que en Arge­
lia el número de niños tiende a crecer paralelamente al ingreso (hasta un
i ierto umbral).
7 Por otra parte, aunque el número de niños promedio haya conocido
una ligera disminución (3,29 por familia en lugar de 3,83) debido a la diso­
ciación de las unidades familiares reagrupadas hasta entonces, el realojamien-
lo y la mejora correlativa de las condiciones de higiene y de confort han de-
El 77% de las familias cuenta una persona activa y el 14,5%
dos. El prom edio para el conjunto de la muestra es de 1,16 con­
tra 1,67 entre los habitantes de viviendas precarias, donde las
familias que cuentan tres personas activas y más representan el
20% de la muestra (contra 3% solam ente aqu í). Esto tiende a
con firm ar que la redu cción de la unidad dom éstica resulta
principalm ente del hecho de que la fam ilia se ha aligerado de
cierto núm ero de adultos a los que hospedaba (muy frecuen­
tem ente, padre, madre o herm anos de la esposa). Es éste un fe­
nóm eno con consecuencias: en el antiguo hábitat, un alquiler
muy reducido era sostenido por varios adultos en edad de tra­
bajar, m ientras que aquí unas cargas claram ente más elevadas
tienden a reposar sobre un solo salario. Es todo el antiguo equi­
librio, fundado en la pluralidad de las fuentes de ingresos pa­
ra un gasto único, el que se halla am enazado en el m om ento
mismo en que los gastos de todos los órdenes aum entan.
En la muestra de los habitantes de viviendas precarias (ha­
bitantes de la Casbah de Argelia o de los barrios p o bres), el nú­
m ero prom edio de personas activas p or fam ilia era relativa­
m ente elevado, y muy especialm ente en las categorías donde el
salario del je fe de familia es el más bajo y que no pueden vivir
de otro m odo que adicionando pequeños salarios (retirados,
peones, artesanos y com erciantes y, en m enor grado, personal
de servicio). O bligando a m uchos je fe s de unidad fam iliar a
com partir la misma vivienda e im poniendo la supervivencia de
las antiguas solidaridades que la vida urbana y la lógica de la eco-

terminado una baja de la taza de mortalidad infantil (com o lo muestra la


comparación entre el número de niños que, según las tablas de fecundidad,
habrían debido nacer después del realojamiento, con los nacimientos efec­
tivos). Este acrecentamiento a corto plazo de la fecundidad coincide, en las
familias más privilegiadas, con la aparición de una tendencia a la limitación
de los nacimientos, dimensión de una disposición global que encuentra en
el nuevo hábitat y el nuevo estilo de vida que éste autoriza, sus condiciones
de realización.
momia m onetaria habían h ech o mermar, la crisis habitacional
(iene por efecto paradójico perm itir un tipo original de adapta­
ción: al no ser la verdadera unidad el núcleo fam iliar básico, si­
no la “gente de la casa”, un conjunto de individuos o de unida-
<les familiares que disponen de una suma de pequeños salarios,
vive incom parablem ente m enos mal que com o viviría cada una
<Ir las unidades familiares con un solo salario. La solidaridad del
grupo le asegura garantías a cada individuo y a cada unidad fa­
miliar contra la indigencia m aterial y psicológica. La irregulari­
dad de los ingresos es com pensada por la ayuda m utua familiar
y por el crédito de confianza, que aseguran un m ínim o de re­
gularidad en el consumo a pesar de la incertidum bre de las en-
l radas y de la ausencia de cálculo racional. Gracias a la plurali-
<lad de salarios y a los subsidios familiares, el 48% de las familias
dispone así de un ingreso superior a setenta mil francos, mien-
l ras que el 72% , de un ingreso superior a cincuenta mil francos.
Ahora bien, los gastos se reducen relativamente (en especial si
se los com para con lo que serán en el nuevo h ábitat): el im por­
te del alquiler en general es bastante flaco; los com erciantes de
los viejos barrios venden m ercadería de segunda pero a precios
muy bajos; además, dan crédito; los gastos de transporte se han
reducido relativamente por el h ech o de que el alojam iento ha
podido elegirse en función de la proximidad con respecto al lu­
gar de trabajo. Así, a igual ingreso, se vive m ejor en un barrio
|»obre que en una HLM . L a vivienda precaria participa de un
universo económ ico que tiene su lógica propia y que perm ite a
los más carenciados realizar una form a de adaptación al m un­
do urbano. Por más que, considerada superficialm ente, tenga
toda la apariencia de lo contrario, la econom ía de miseria tiene
SU coherencia. El barrio pobre tiene incluso su m ercado de tra­
bajo, capaz de asegurar al m enos la apariencia de un em pleo
(con los pequeños oficios im provisados), y su red de inform a­
ción sobre las posibilidades de contratación.
Este equilibrio, que suponía la cohabitación de m uchas uni­
dades fam iliares puesto que, salvo muy raras excepciones, sólo
los hombres trabajan, no puede ser sustituido por un nuevo equi­
librio fundado en parte en el trabajo de las m ujeres com o en
los hogares europeos, que, en los mismos barrios, alcanzan un
ingreso prom edio dos veces más elevado (o sea, 122.900 fran­
cos contra 60.600) porque reciben salarios prom edio más ele­
vados y tam bién porque el 15% de las esposas trabaja en profe­
siones relativamente bien rem uneradas (contra el 4,5% de las
argelinas). Numerosos obstáculos que no perten ecen p o r en­
tero, al m enos en las capas más favorecidas, al orden cultural
—com o la endeble instrucción de las m ujeres— se op o n en a
ello (al menos provisoriam ente). Y el hecho de que las m ujeres
argelinas, a falta de instrucción, con frecuencia sólo puedan ac­
ced er a oficios considerados com o deshonrosos (com o el de
em pleada de limpieza) proporciona refuerzos o justificaciones
a la resistencia de los hom bres contra el trabajo fem enino. Así,
el realojam iento coloca a muchas unidades fam iliares entre un
equilibrio perdido, aquel asegurado por la supervivencia forza­
da de la antigua familia extendida, y un nuevo equilibrio veda­
do o inaccesible. El ingreso familiar prom edio (60.660 francos)
es muy claramente inferior al de los habitantes de viviendas pre­
carias (74.000 francos), aunque el salario prom edio sea clara­
m ente superior (lo cual atenúa la baja de ingresos acarreada
por la reducción del núm ero de personas activas).
Al haber disminuido el núm ero prom edio de personas por
fam ilia al mismo tiem po que el ingreso, el ingreso prom edio
por persona es superior a lo que era para la m uestra de los rea­
lojados (o sea, 9.629 francos contra 8 .6 0 4 ). Pero se puede du­
dar de que esa diferencia (relativam ente im portante) alcance
a com pensar el aum ento de nuevos gastos ligados a la instala­
ción en una vivienda m oderna. En efecto, el alquiler m ensual
prom edio en tre los habitantes de viviendas p recarias va de
aproxim adam ente 13.000 francos a 9.200. El h ech o de que los
habitantes de viviendas precarias se decían dispuestos a pagar
10.500 francos por mes, suma superior a la que pagan real­
m ente por el nuevo alojam iento, no im pide com pren d er que
l.imayoría de los recién alojados se queje sobre todo de la ca-
i ostia del alquiler. La con trad icción es sólo aparente y corres­
ponde a un fen óm en o de doble contextualización que se tra­
ía de analizar.

El 76% de los habitantes de viviendas precarias paga un alqui­


ler inferior a tres mil francos (los alquileres superiores a diez
mil francos representan sólo el 4% del conjunto); entre ellos,
el 73% consagra menos del 5% de su ingreso familiar al alqui­
ler. La tasa elevada de no respuestas hace que uno deba usar
con prudencia las informaciones concernientes al alquiler má­
ximo que se declaran dispuestos a pagar: notaremos solamen­
te que el 52% de entre ellos aceptaba pagar un alquiler supe­
rior a diez mil francos, siendo el promedio del alquiler máximo
aceptado (10.421 francos) 3,5 veces superior al alquiler real. Se­
mejante distancia no se explica solamente por el hecho de que
el deseo de escapar a las condiciones de vivienda precaria o crí­
tica sea tan fuerte que impide el cálculo puramente económi­
co. Sin duda, las condiciones catastróficas de vivienda llevan a
conferir una importancia desmesurada a la obtención de un
alojamiento (como lo testimonia, entre otras cosas, la abundan­
cia de solicitudes y de trámites efectuados por la mayor parte
de los encuestados). Pero esta sobreestimación del sacrificio
consentido se ve favorecida sobre todo por el hecho de que se
comparan cosas incomparables, como cierto equilibrio presu­
puestario realizado en la Casbah o en el barrio pobre y con­
diciones nuevas cuyas consecuencias económ icas se evalúan
mal por anticipado: cuando aceptan la eventualidad de un al­
quiler muy elevado (10.421 francos en prom edio), los habi­
tantes de viviendas precarias se refieren implícitamente a la
situación económica en la que se encuentran. Ahora bien, el
equilibrio económico que llevan adelante en la vivienda preca­
ria supone que se reúna cierto número de condiciones que ya
no se cumplirán necesariamente en el nuevo hábitat: plurali­
dad de salarios, bajo costo de vida, ausencia de gastos de equi­
pamiento, costos de transporte reducidos, cargas fijas casi nu­
las, etcétera.
La parte del ingreso consagrada al alquiler es aquí del 15,3%
en promedio, contra 4,7% entre los habitantes de viviendas pre­
carias (que se decían dispuestos a consagrar al alquiler el 13%
de un ingreso familiar claramente más elevado): una enorme
diferencia debida al efecto acumulado del bajo ingreso fami­
liar promedio y el alza del importe de los alquileres. Como to­
dos los gastos por persona, el alquiler se ha acrecentado en una
proporción más importante que el ingreso promedio por per­
sona: mientras que, en la muestra de los habitantes de vivien­
das precarias, era de tres mil francos para una familia prome­
dio de 8,6 personas, ahora es de 9.200 francos para una unidad
familiar de 6,3 personas (de suerte que el alquiler promedio
por persona se ha triplicado, pasando de 348 francos a 1.472
francos).

Además de que grava fuertem ente el presupuesto, el alqui­


ler trae consigo la n oción de vencimiento fijo y regular. Mientras
que, en el barrio pobre o en la Casbah, era posible toda clase
de acom odam iento, por el h ech o de que uno podía solicitarle
más plazo al propietario o pedirle prestado a un pariente o ami­
go la pequeña suma necesaria para el pago de los vencim ien­
tos, ya no es así en el barrio o en la HLM . A la flexibilidad de
las relaciones personales le ha sucedido la rigidez burocrática.
Por el h ech o de que absorbe una parte im portante del ingre­
so, por el h ech o de que debe ser pagado a intervalos regulares
y en fecha fija, el alquiler (al que se añaden diversas cargas de
locación) deviene el cen tro de toda la con figuración presu­
puestaria y de toda la econ om ía dom éstica. Es a través del al­
quiler com o se introduce la necesidad de disciplinar y de racio­
nalizar los gastos. Debido a la im portancia y la regularidad de
la carga que representa, prohíbe, so pena de un grave desequi­
librio, la irregularidad y la inestabilidad del em pleo y de los in­
gresos, la in co h eren cia de las com pras, en resum en, todo lo
que caracterizaba la vida eco n óm ica de la gran m ayoría de los
habitantes de viviendas precarias de la Casbah o de los barrios
pobres y que sigue asediando la existencia de los m enos favo­
recidos entre los nuevos habitantes de los barrios.
El aum ento de los antiguos gastos, tales com o el alquiler, se
ve agravado por la aparición de gastos nuevos, com o los costos
de transporte y las cargas fijas. Com o la m ayoría de los nuevos
conjuntos urbanos se han construido en la periferia de las ciu­
dades, son muy num erosos los que se han encontrad o alejados
de su lugar de trabajo a con secuen cia del realojam iento. Ade­
más, m uchos islotes habitacionales están totalm ente desprovis­
tos de instalaciones colectivas —escuela, com ercios—, y los ni­
ños d eben recurrir a veces a los m edios de transporte públicos
para ir a la escuela. A veces son precisos largos desplazamien­
tos para realizar trámites administrativos, o para aprovisionar­
se en la ciudad o en los barrios donde la vida es m enos cara (no
es raro, por ejem plo, que se siga yendo a h acer las com pras en
el barrio donde se residía antes) .8

El gasto mensual promedio para el transporte es de 2.300 fran­


cos (contra 3.000 francos para los europeos). Pero las variacio­
nes son considerables según las categorías sociales: los funcio­
narios y el personal de servicio gastan 2.600 francos y 2.700
francos por mes, y los peones 750 francos. Parece pues que los
individuos de las categorías menos favorecidas economizan en
este rubro. Es entre ellos, y particularmente entre los peones,
donde se encuentra el porcentaje más importante de indivi­
duos que se dirigen a su trabajo a pie.

8 El 32% de aquellos que declaran el anhelo de cambiar de vivienda in­


voca el deseo de aproximarse a su lugar de trabajo (la duración del trayecto
entre el domicilio y el lugar de trabajo es de veinte minutos promedio; 20%
de los jefes de familia consagra más de media hora al trayecto).
En cuanto a las cargas fijas, representan en prom edio 5.000
francos por mes (o sea, el 8,5% del in g reso ). Es sabido que,
entre los habitantes de viviendas precarias, el 64% tenía agua,
el 64% electricidad y sólo el 20% gas, y tam bién que las cate­
gorías de ingresos más débiles (peones, obreros, personal de
servicio) eran las más carentes de elem entos de con fort. Por
ende, el aum ento de las cargas fijas resulta más brutal para las
categorías m enos favorecidas eco n óm icam en te, aquellas pa­
ra las cuales el fardo del alquiler es p ro p o rcion alm en te más
pesado. Por más que el contraste se vea atenuado por el h ech o
de que las fam ilias de m enores ingresos consigu en co m p ri­
m ir esta categoría de gastos, la suma consagrada a las cargas
fijas no varía com o el ingreso y es en las categorías de ingresos
más bajos donde la parte de este rubro en el gasto global es más
im portante. Se puede im aginar el m alestar de las fam ilias de
bajos ingresos que se encuentran ante una disyuntiva: o bien
utilizar las com odidades proporcionadas p o r el nuevo aloja­
m iento sin ponerse a h acer cuentas, a riesgo de desequilibrar
com pletam ente el presupuesto fam iliar o a con sen tir sacrifi­
cios en otros dom inios, por ejem plo la alim entación, o bien
reducir al m áximo la parte del ingreso consagrada a las cargas,
evitando utilizar el agua caliente, redu ciendo el consum o de
gas, agua y electricidad. Pero ¿cómo alcanzar la conversión glo­
bal que es indispensable para asegurar la gestión racional del
presupuesto, el ju sto reparto del salario en el tiem po, la distri­
bución equilibrada de los gastos en tre los diferentes rubros,
de unas familias (y muy en particular de unas m ujeres) que,
no habiendo conocido nunca otras tradiciones que las del pue­
blo y la m iseria de los barrios pobres, carecen de los m edios
m ateriales y culturales para colocar su existencia cotidiana ba­
jo el signo de la racionalidad, el cálculo y la previsión racional?
Pero hay más: elegir restringir al m áxim o los gastos acarreados
p or el uso de las instalaciones dom ésticas sería privarse deli­
beradam ente de todo aquello de lo que se estaba privado has­
ta entonces. Eso equivaldría a volver a colocarse en la sitúa-
<ión de los barrios pobres p ero en co n d icio n es totalm ente
nuevas: hay un abismo en tre el h ech o de no ten er gas cuando
se vive en un barrio p o bre y el de verse obligado a cortarlo
cuando está allí, dentro mismo del departam ento, y ten er que
volver al kanoun [especie de h orn illo cerám ico tradicional de
los cabilas] para abaratar. Es la instalación m ism a en una vi­
vienda m oderna lo que se vuelve retrospectivam ente absurdo.
En los dos casos, la vivienda m od erna, p arad ó jicam en te, se
convierte en el obstáculo a la entrada en la vida m oderna que
parecía prom eter.
Los mismos análisis son válidos a propósito del m obiliario.
Tam bién en este dom inio, los cargos más gravosos pesan sobre
los m enos favorecidos. En efecto, los más acom odados entre los
realojados podían poseer algunos m uebles (cuando las condi­
ciones de habitación lo perm itían). Los restantes sólo tenían
en general un m ínim o de equipam iento, pues la vivienda pre­
caria tiene el efecto mayor de im pedir todo gasto en mobiliario
y en equipam iento dom éstico. Esto se debe a la convergencia
de m uchas razones. Para empezar, falta espacio y el “m obilia­
rio” debe reducirse al m ínim o indispensable: los colchones que
se tienden por la noche y que durante el día se am ontonan en
un rincón, a veces una cam a improvisada, h ech a de tablas apo­
yadas sobre caballetes, un aparador o un arm ario donde se aco­
moda la ropa y los objetos más preciados. En segundo lugar, su­
poniendo que se tenga el espacio necesario, nadie pensaría en
am ueblar realm ente una vivienda tan rudim entaria, donde los
m uebles correrían el riesgo de deteriorarse. Todas estas razo­
nes hacen que los gastos de in terior sean reducidos al m ínim o
indispensable (los gastos en rubros secundarios, com o una radio,
a veces una televisión y sobre todo una m oton eta o un autom ó­
vil, adquieren a veces una im portancia desproporcionad a). En
la vivienda m oderna, a la inversa, la ausencia de mobiliario, que
era una de las condiciones de la utilización racional del espa­
cio habitado, constituye una suerte de absurdo escandaloso; tes­
tim onia objetivam ente la incapacidad de tom ar realm ente po­
sesión del espacio concedido, la ineptitud para adoptar el m o­
do de vida m oderno propuesto por el alojam iento.9
Así, el porcentaje prom edio de los gastos ligados más o m e­
nos directam ente a la vivienda (alquiler, cargas fijas, transpor­
te, m antenim iento y m obiliario) alcanza el 44,5% , contra m e­
nos del 10% entre los habitantes de viviendas precarias (entre
los cuales el alquiler absorbía solam ente el 4,5% del ingreso
m ientras que las cargas, los gastos de m antenim iento y de mo­
biliario eran muy reducidos). Toda la vida económ ica de la fa­
milia realojada debe pues reestructurarse alrededor de este ru­
bro, que adquiere una im portancia desmesurada. Los peones,
que tienen los ingresos más bajos (41.918 fran cos), consagran
el 21,5% de sus ingresos al alquiler (con tra el 15,5% para el
conju nto de la m uestra y el 8% para los cuadros superiores);
aunque restringen al m áximo el consum o de electricidad y so­
bre todo de gas (ya sea que utilicen solam ente el kanoun o bien
que corten el agua ca lien te), sus cargas fijas se elevan no obs­
tante a cinco mil francos, o sea el 12% del ingreso. Se despren­
de de ello que estos dos absorben exactam ente un tercio de sus
recursos. Por más que los gastos en m ateria de transporte, de
m antenim iento de la vivienda y de m obiliario estén sin duda
com prim idos al m áxim o (la parte total consagrada a esos ru­
bros no es más que del 11 % contra 17% para el conju nto de la
m uestra), los gastos ligados a la vivienda absorben cerca de la mi­

9 La toma de posesión de la que se trata no tiene nada que ver con el de­
recho de propiedad. Por más que fuesen (82% ) en su gran mayoría locata­
rios, los habitantes de los barrios precarios o de la Casbah tenían menos di­
ficultad para tomar prosesión de su vivienda que los habitantes de los barrios
entre los cuales se cuenta un 9% de propietarios, 55% de propietarios virtua­
les (alquiler-venta) y solamente 36% de locatarios. El hecho de sentirse inca­
paces de tomar posesión realmente del departamento termina por vaciar de
su sustancia el sentimiento de ser propietario, a tal punto que muchas perso­
nas alojadas según el sistema del alquiler-venta dicen querer convertirse en
propietarios, cuando virtualmente lo son.
tad del ingreso.10 El desequilibrio es profundo y no es sino en
detrim ento de otros rubros, com o la alim en tación y la vesti­
menta, com o estas familias pueden m antenerse en una vivien­
da que conlleva gastos desproporcionados con sus medios. En­
tre los obreros, cuyo ingreso prom edio es sensiblem ente más
elevado, la parte de los gastos ligados a la vivienda se m antiene
más o m enos en un nivel similar (4 6 ,5 % ): el alquiler y las car­
gas fijas absorben sumas más o m enos idénticas (14.266 fran­
cos contra 14.091 en tre los p eo n es), pero los costos de trans­
porte (2.721 contra 750 francos, o sea 3,6 veces m ás), los costos
de m antenim iento (3.173 con tra 750 francos, o sea 4,2 veces
más) y las com pras de m obiliario (4.388 con tra 3.522 francos,
o sea 1,2 veces más) son m ucho más altos (más de cinco mil
fran co s). Tal vez debam os con clu ir que en tre las restricciones
que hay que im ponerse, las más penosas (aquellas que se aban­
donan en cuanto es posible) son, en ese orden, las que concier­
nen al m antenim iento y al acondicionam iento de la vivienda,
luego los costos de transporte y, por últim o, el m obiliario. En
esta categoría, los gastos ligados a la vivienda absorben aun así
cerca de la mitad de los ingresos.11 Para las otras categorías, la
situación es muy diferente: para empezar, es m enos pronuncia­

10 Si la parte del mobiliario es relativamente muy fuerte (8,4% contra


10,9% para el conjunto), es porque la mayor parte de las familias estaban to­
talmente desprovistas de muebles en el momento del realojamiento.
11 Los artesanos y los comerciantes son, de todas las categorías, la que
consagra la parte más endeble de su ingreso al alquiler y a las cargas fijas
(12,5% y 8% ); con una oposición muy marcada entre los artesanos y los co­
merciantes tradicionales que han conservado un estilo de vida tradicional, y
por ende, unas exigencias muy reducidas en materia de vivienda, y los arte­
sanos modernos que consagran al interior sumas relativamente elevadas. El
personal de servicio al que su actividad profesional pone en contacto con
los europeos, haciéndolo penetrar en ocasiones en el interior de sus casas,
tiene gastos de mantenimiento y de mobiliario (relativamente) elevados:
13.529 francos por mes, o sea, más que los peones y los obreros juntos (4.544
y 7.561 francos).
da la distancia entre los gastos en la antigua residencia y en la
nueva. En efecto, las clases medias y superiores ya estaban pro­
vistas de elem entos de confort y a m enudo pagaban un alqui­
le r relativam ente elevado; adem ás, siend o sus ingresos más
importantes, el alquiler y los cargos fijos pesan m enos en el pre­
supuesto; y por último, las familias de estas categorías están mu­
cho m ejor preparadas para adaptarse a una vivienda m oderna
e im ponerse las disciplinas que esa adaptación exige. Los sacri­
ficios son com pensados por las ventajas a las que da acceso un
ingreso relativamente alto. A m edida que se eleva el ingreso y,
paralelam ente, el nivel de instrucción y el grado de adaptación
a la vida m oderna, la vivienda m oderna deja de ser esa suerte
de regalo envenenado que es para las categorías in feriores y
p roporciona las condiciones m ateriales de una organización
del sistema de las prácticas.
El departam ento m oderno es un elem en to de un sistema y,
com o tal, exige de aquellos que han de ocuparlo la adaptación
a cierto estilo de vida; supone y reclam a la adopción de todo
un com plejo de prácticas y de rep resentaciones, tales com o
nuevas relaciones entre los m iem bros de la familia, una nueva
concepción de la educación de los niños; en síntesis, una nue­
va econ om ía dom éstica. El acceso a la vivienda requ iere una
verdadera m etam orfosis cultural, de la que no todos los realo­
ja d o s son capaces, porque no poseen los m edios económ icos
para cumplirla, ni las disposiciones que no pueden constituir­
se en ausencia de esos medios.
El departam ento m oderno es un espacio ya estructurado y
que lleva en su organización, su extensión, su form a, la indica­
ción de la futura utilización que podrá hacerse de él, del tipo
de ocupación que reclama, etcétera. En su condición de uten­
silio, es decir, de objeto m aterial preparado para cierto uso,
anuncia su porvenir y el uso por venir que se podrá (y deberá)
darle si uno quiere adecuarse a “la in ten ció n ” que lo habita. En
resum en, aparece com o un sistema de exigencias que se inscri­
ben en el espacio objetivo y que reclam an ser cumplidas, com o
un universo sembrado de expectativas y, por ende, creador de
necesidades y de disposiciones. Pero al mismo tiem po, en la m e­
dida en que no está perfecta y totalm ente acabado, en la medi­
da en que las adiciones y las m odificaciones son posibles e in-
c luso indispensables, el uso por venir que puede hacerse de él
no está com pletam ente predeterm inado. Por ese motivo, se pre­
senta a la vez com o el lugar de las exigencias que hay que colm ar
y tam bién com o un espacio extraño que se trata de desbrozar,
de humanizar, es decir, de poseer, y que se resiste. Transform ar
un departam ento, am ueblarlo, decorarlo es sin duda volverlo
más confortable, pero tam bién y sobre todo dom inarlo, impri­
miendo sobre él la propia m arca, poseerlo al volverlo personal.
“M oderno”, hecho para un hom bre “m od erno”, el departam en­
to exige un com portam iento de hom bre m oderno. Para aquel
que no tiene los medios para ocuparlo y habitarlo, se convierte
en una suerte de m undo extraño al que no puede im primirle
su m arca y cuyas expectativas no sabe cóm o cumplir. L a dispo­
sición de las piezas, el espacio disponible, las predeterm inacio­
nes funcionales reclaman cierto m obiliario, cierta ilum inación,
cierta decoración. Si no hay nada más desolado que un depar­
tam ento m oderno “am ueblado” a la m anera de una casilla pre­
caria —con algunos colchones, un kanoun y una estera—, es por­
que no está habitado sino “ocupado”: no es una vivienda, sino
un simple local. El escándalo es tanto más grande para los pro­
pios ocupantes cuanto confusam ente esperaban que el depar­
tam ento podría satisfacer las expectativas que en realidad hace
surgir sin perm itir colmarlas; tanto más grande tam bién cuan­
to, a diferencia de lo que ocurre en el barrio pobre, las incitacio­
nes y las solicitaciones ya no se encuentran (interm itentem en­
te) en un universo ajeno, el de los europeos, sino inscritas de
m anera perm anente en el corazón mismo del espacio familiar.12

12 Uno de los fundamentos de la solidaridad real que une a los habitantes


de los barrios precarios es la uniformidad de las condiciones de existencia
En resum en, la vivienda m oderna h ace surgir diferencias
m ateriales a veces irrem ontables, al mismo tiem po que aspira­
ciones inaccesibles. Además, por su estructura misma, es soli­
daria de todo un arte de vivir que la existencia cotidiana de mu­
chos locatarios nuevos contradice en todo. P or una suerte de
desplazamiento, aquel que se descubre incapaz de cum plir las
exigencias de su departam ento llega a pensar que la vivienda
no responde a sus exigencias: descifrando la intención que lle­
va en sí misma la vivienda que se dice “eco n óm ica” o “evoluti­
va”, la percibe com o una vivienda eu rop ea degradada, com o
una vivienda “h ech a para los árabes y bu ena para los árabes”,
cuando esa vivienda que ju zga insatisfactoria en tanto vivienda
rebajada ya sobrepasa sus posibilidades. De allí las m anifesta­
ciones contradictorias de esos locatarios m alhum orados que se
declaran capaces de pagar el alquiler del barrio europeo (“to­
do co n fo rt”) cuando pasan penurias para abonar el gas y el al­
quiler de su vivienda ( “econ óm ica”). De allí tam bién esa cons­
telación de prácticas por las cuales se adapta el barrio a las
posibilidades propias en lugar de poder adaptarse a él. No pu-
diendo acced er al nivel de adaptación superior que el barrio
m oderno exige, se busca crear una form a de adaptación a un
nivel inferior, al precio de una precarización [ bidonvillisation]
del barrio.13 Es así com o, en las clases m enos favorecidas, la fa­

que hace experimentar la miseria com o condición común y compartida por


todo el grupo. La rebelión de los excluidos que se arraiga en la comparación
con el mundo de los europeos, a la vez lejano y exterior, es de naturaleza to­
talmente distinta de la que suscita la experiencia directa de la imposibilidad
de beneficiarse de las ventajas ofrecidas por ese mundo, ahora al alcance de
la mano, en la misma casa, en la forma de un confort del que hay que privar­
se o, en el departamento o inmueble de al lado, en casa de aquellos que tie­
nen los medios para apropiárselo.
13 Las numerosas degradaciones que se observan en las zonas comunes
de ciertos barrios y que son obra de los niños y adolescentes pero que rara
vez suscitan la desaprobación de los padres, son sin duda el mejor índice de
milia extendida que se h abía desintegrado tien de a reconsti­
tuirse. Padres que habían perm anecido en el barrio precario o
recién venidos del cam po se unen al núcleo que se había insta­
lado en el departam ento. En los barrios horizontales, se cons­
truyen barracas en los patios (en la M ontagne, por ejem plo).
En los barrios verticales, se cierran las galerías para convertir­
las en habitaciones destinadas a albergar una nueva unidad fa­
miliar. El núm ero de personas activas aumenta. Esas personas
buscarán ocuparse en los alrededores del barrio fundando pe­
queños com ercios am bulantes o desplegando m ercaderías he-
teróclitas y m iserables en el m ism o suelo. C orrelativam ente,
una parte de los com ercios de estilo europeo es abandonada.
Se crean lugares de reu nión espontáneos en los accesos del ba­
rrio. Y se puede ver, apoyados con tra las paredes del inm ueble,
a los grupos de ancianos que conversan durante toda la jo m a ­
da, com o lo h acían en la zona de viviendas precarias o en el
pueblo de la Cabila. Pero los que precarizan el barrio m oder­
no no obedecen a un tradicionalism o retrógrado. Im pedidos
de adaptarse, com o quisieran, a un hábitat que exige una mu­
tación de toda la actitud, privados de las condiciones m ateria­
les de esa m utación, no hacen sino recrear las antiguas condi­
ciones de vida de las que habían creíd o escapar al acceder al
barrio m oderno.

la negativa a adherir al hábitat y, si puede decirse así, a hacerse cargo de él.


En un barrio así (Diar-Mahfoul), donde el descontento es muy fuerte, tal vez
porque allí las contradicciones que vienen de analizarse se ven llevadas al ex­
tremo (el barrio “evolutivo” se codea allí con el barrio “todo confort” de los
europeos; numerosos locatarios disponen de ingresos relativamente bajos y
en consecuencia tienen la mayor dificultad para adaptarse a la vivienda; por
último, toda clase de obstáculos se oponen a la “bidonvillisation" [precariza-
ción en el sentido de una conversión a las pautas de vida de una barriada po­
bre, une bidonville] que los barrios “evolutivos” autorizan, por ejemplo, la Mon­
taña), las degradaciones son muy numerosas. Otro barrio (Diar el Bahia),
ocupado por familias que poseen su departamento en copropiedad y gozan
de salarios elevados, presenta muy pocas degradaciones.
El contraste entre las necesidades suscitadas por la vivienda
y los medios disponibles se ve agravado por la conm oción que la
instalación en el nuevo departam ento ha determ inado y que
toca todos los aspectos de la existencia. No sólo se ve am enaza­
do el equilibrio presupuestario que reposaba en la pluralidad
de las fuentes de ingresos, pues a m enudo ya no queda más que
un único salario (a veces inestable) para un gasto que se ha
acrecentado y que debe organizarse alrededor de tópicos regu­
lares.14 Pero la división de la fam ilia y la ruptura con un vecin­
dario familiar acarrean el aislam iento de la fam ilia nuclear y el
aflojam iento de los lazos de solidaridad: ya no hay con quién
vagar; a la atmósfera viva del barrio pobre le han seguido las re­
laciones superficiales y ocasionales de la HLM ; algunos se van
a buscar a los viejos amigos del barrio, en las horas libres, o van
a sentarse en el barrio cercano a su edificio. Las m ujeres sufren
particularm ente esta restricción del cam po social (rodeadas de
desconocidos, ellas salen m enos) y tanto más cu anto no en­
cuentran nada en su casa que pueda com pensar lo que les pro­
curaba la antigua vida de relación.15
El nuevo hábitat aísla, m ientras que el barrio precario o la
antigua barriada unían. En una casa de la Casbah, por ejem plo,
la separación en tre las viviendas ocupadas por las diferentes
unidades fam iliares es más sim bólica que real. La casa o la ba­
rriada son la prolongación del espacio interior.16 El espacio vi­

14 Por oposición al crédito de confianza, el crédito bancario introduce


una regularidad y una rigidez desconocidas. Los nuevos costos se convierten
en el foco de todas las conductas. La estabilidad de los gastos exige la estabi­
lidad del empleo y un mínimo de cálculo racional.
lDConscientes de ello, algunos hombres compran el televisor para su mu­
jer. Pero los más pobres no podrían encarar semejante gasto cuando les re­
sulta difícil pagar el alquiler.
16 “En la Casbah, yo conocía a todo el mundo y todo el mundo me cono­
cía. Podía entrar en todas las casas y ver a todas las mujeres. Podía hacerle re­
proches a la gente sin que hubiese historia. El problema de las relaciones con
tal de las m ujeres se extiende hasta las casas o las habitaciones
vecinas, hasta el lavadero, hasta el alm acén; el departam ento o
la barraca están rodeados de todo un con ju nto de puntos más
o m enos alejados, que corresponden a tópicos diferentes de la
actividad fem enina, actividad que reúne a un grupo cada vez
más amplio a m edida que uno se aleja: en el rincón de la pie­
za reservado a este uso, la m ujer cocina; en el patio recoge agua
y a veces su lavado; en la terraza, extiende la ropa a secar; en el
baño turco, com ún a todo el barrio, se en cu entra con las veci­
nas. Así, la mayoría de las actividades que le incum ben contri­
buye a insertarla en una red social exterior a la fam ilia propia­
m ente dicha.
A la inversa, la célula h abitacion al de un inm ueble debe
proporcionar a quienes lo ocupan todo aquello que necesitan.
Todas las actividades fem eninas (lavado, secado de la ropa,
planchado, cocina, etcétera) pueden realizarse allí. De m odo
que la oposición entre el in terior y el exterior recu bre la opo­
sición entre el núcleo fam iliar y el vecindario, entre el depar­
tam ento y el resto del inm ueble. Debido a la ausencia total de
instalaciones colectivas en el barrio, el espacio de actividad de
la m ujer se restringe, tanto más cuanto la vivienda m oderna exi­
ge una mayor actividad dom éstica; el m undo exterior com ien­
za en la puerta. La galería misma, que en apariencia debería
crear un vínculo entre los vecinos, es un terreno ajeno: es raro,
por ejem plo, que se acuda a tom ar el fresco al atardecer o que
se dispongan m acetas con flores. Las relaciones con las vecinas
ya no se establecen durante los trabajos dom ésticos, se tornan
más raras y-más superficiales y, cuando se instalan, son más bien
inútiles, una pérdida de tiem po, parloteo o chism orreo. Ade­

los otros ni se planteaba. Estábamos separados unos de los otros por un sim­
ple velo. Aquí ya no es un velo, es una puerta. Somos 245 locatarios y ni si­
quiera nos conocemos. Apenas nos decimos buen día. Es cada uno en su ca­
sa y cada uno en lo suyo.”
más, percibida com o un obstáculo al individualismo estim ula­
do por el hábitat, la vida social se soporta en lugar de elegirse.
Las relaciones ya sólo se instauran, con m ucha frecuencia, a tra­
vés de las querellas suscitadas por el ruido o los niños. A causa
del cam bio de residencia, ya no se está ligado a los vecinos por
antiguas relaciones y la organización objetiva del espacio no fa­
vorece el establecim iento de nuevas relaciones. Esto explica
una actitud aparentem ente contradictoria en lo que con ciern e
al m edio am biente: m uchos se quejan a la vez del aislam iento
(sobre todo en tre las m ujeres) y de la prom iscuidad, sim ple
proxim idad que hay que aguantar. Dado que las tradiciones
culturales no los preparan para un nuevo m odo de vida y que
la exigüidad del hábitat los anim a a huir de la casa apenas pue­
den, los hom bres siguen pasando sus ratos libres en tre ellos.
Debido a que su espacio vital es más vasto y a que su lugar na­
tural es el exterior, ellos sufren m enos que la m ujer el aisla­
m iento determ inado por el realojam iento. Para la m ujer nada
viene, efectivamente, a reemplazar las satisfacciones, ahora per­
didas, que el entorno social del barrio pobre le proporcionaba.
Así, la fam ilia nuclear, cuya autonom ización a la vez m aterial y
m oral se ve, debido a las restricciones espaciales y presupuesta­
rias que supone, favorecida por la vivienda m od erna, no en ­
cuentra en sí misma ni los recursos económ icos ni las tradicio­
nes culturales (técnicas de ocio, lectura, trabajos m enudos del
hogar, representaciones culturales que favorecen y valorizan
la intim idad de la pareja) que son la con d ición de una plena
realización de dicha autonom ía. Se sigue de ello que las nue­
vas unidades sociales nacidas del realojam iento están ubicadas
a mitad de cam ino entre dos form as de equilibrio económ ico
y social, con el sentim iento de haberlo perdido todo de un la­
do sin ganar gran cosa del otro.
De m anera contraria, para los más favorecidos, a quienes el
antiguo hábitat condenaba a una existencia desdoblada (rup­
tura particularm ente m anifiesta entre la vida que llevaban en
la oficina y la que les im ponía el barrio de viviendas precarias),
<■1 acceso a la vivienda m od erna es la oportunidad de una mu­
tación cultural. Todos los obstáculos han sido suprimidos. El
loco de todas las contradicciones desaparece. El espacio vital
está ahora a la m edida de las posibilidades. Las aspiraciones re­
sultan redobladas por las incitaciones que crea el hábitat. Me­
jor aun, los deseos que se form ulaban hasta allí de m anera ima­
ginaria y que lo co n creto con trad ecía, en cu en tran ahora las
condiciones m ateriales de su realización. La tendencia a auto-
completarse por parte del sistema que constituye el nuevo esdlo
de vida suscita nuevas necesidades. Algunos gastos se acrecien­
tan muy fuertem ente: m obiliario, equipam iento doméstico, ves­
tim enta (con la preocupación de atestiguar un cierto estatus),
equipam iento para el ocio (televisión), etcétera. De ello se des­
prende que el reparto de los gastos entre los diferentes tópicos
presupuestarios se encu entre profundam ente transform ado; se
recurre cada vez más al crédito bancario, lo que conlleva la ne­
cesidad del cálculo. A m enudo parece que los gastos de alimen­
tación se restringieran, al m enos en térm inos relativos. Sin em ­
bargo, a diferencia de las otras categorías, que representan para
sus viviendas unos gastos desproporcionados en relación con
los ingresos sin llegar em pero a satisfacer las exigencias de la vi­
vienda m oderna y las nuevas necesidades que hace surgir, las fa­
milias de estas clases generalm ente están m ejor preparadas para
adaptarse a una vivienda m oderna y para im ponerse las disci­
plinas exigidas por el éxito de esa adaptación; por lo demás, al
disponer de ingresos claram ente más elevados, pueden reali­
zar un nuevo equilibrio econ óm ico sin verse obligadas a im po­
nerse sacrificios desmesurados en otros dom inios. Dado que se
han reunido todas las condiciones económ icas y culturales de
una transform ación global del sistema de las disposiciones eco­
nóm icas, el acceso a la vivienda m oderna es la oportunidad de
una reestructuración del sistema de las prácticas que se obser­
va en la división del trabajo en tre los sexos, la gestión del pre­
supuesto, la educación de los hijos o las prácticas del tiem po li­
bre. Es así com o el repliegue del grupo fam iliar sobre sí mismo
que el nuevo hábitat favorece, se ve acom pañado con m ucha
frecuencia por el descubrim iento de un nuevo arte de vivir: lo
que para otros es aislamiento se presenta aquí com o intimidad.
Los hom bres pasan m ucho más tiem po en la casa; la lectura, la
televisión y los niños ocupan cada vez más el lugar de la fre­
cuentación de los amigos. Las m ujeres se entregan más a las
tareas domésticas, a la lectura y al cuidado de los niños escola-
rizados. La intensificación de las relaciones domésticas com pen­
sa la disminución de las relaciones en el exterior y el relajam ien­
to de las relaciones con los padres más o m enos alejados, que
es a la vez la condición y el producto del aburguesam iento.17

Así, a través de las con d icion es que dan acceso y de las


transform aciones de la práctica que h ace posible, la vivienda
m od erna hizo posible el surgim iento de una (pequeña) bur­
guesía cuyo estilo de vida, valores, aspiraciones, la separan del
proletariado y del subproletariado de los barrios pobres o an­
tiguos. Las condiciones que deben cum plir los que lo atravie­
san hacen que el “umbral de la m odernidad” sea aquí una fron­
tera entre las clases.

17 Mientras que los subproletarios mal adaptados mantienen los lazos con
el antiguo entorno, la mayor parte de los miembros de esta nueva clase me­
dia rompen las antiguas ataduras, evitando cuidadosamente volver al barrio
de antaño y abandonando cada vez más el ritual de los intercambios de visi­
tas que mantenían los lazos con los padres alejados en el espacio geográfico
y, sobre todo, en el espacio social.
Conclusión

Si en las conductas económ icas fatalistas o em prendedoras,


in co h eren tes o m etódicas se expresa igualm ente u na misma
significación que en las conductas o en las opiniones políticas,
resignadas o resueltas, indignadas o revolucionarias, es porque
el sistema de las disposiciones está ligado a la situación econ ó­
m ica y social p o r in term ed io de las potencialidades objetivas
que esta situación define y que definen a esta situación. Esta­
dísticamente mensurables en tanto regularidades independien­
tes de las voluntades individuales, las oportunidades objetivas
y colectivas (por ejem plo, las oportunidades de acceso a los bie­
nes raros o las oportunidades de ascenso social en una o varias
generaciones) son tam bién datos concretos de la experiencia
individual. Interiorización de la situación objetiva, el habitus de
clase es la estructura unificadora del conjunto de las disposicio­
nes que suponen la referen cia práctica al porvenir objetivo, ya
se trate de la resignación o de la revuelta contra el orden pre­
sente o de la aptitud para som eter las conductas económ icas a
la previsión y el cálculo.
De h ech o, la conciencia de la situación de clase puede tam­
bién ser, en otro respecto, una inconsciencia de esa situación.
El uso m etódico de conceptos m ediadores, tales com o poten­
cialidades objetivas o habitus de clase, perm ite superar las opo­
siciones abstractas entre lo subjetivo y lo objetivo, lo conscien­
te y lo inconsciente. El porvenir objetivo es lo que el observador
debe postular para com prender la conducta presente de los su­
je to s sociales, lo que no quiere decir que sitúe en la con cien cia
de los sujetos a los que observa la con cien cia que tiene de sus
conciencias. E n efecto, el porvenir objetivo puede no ser un fin
conscientem ente perseguido por los sujetos y constituir no obs­
tante el principio objetivo de sus conductas, porque está inscri­
to en la situación presente de esos sujetos y en sus habitus, ob­
jetividad interiorizada, disposición perm an ente adquirida en
una situación, bajo la influencia de esta situación. Los subpro-
letarios reproducen, tanto en sus representaciones conscientes
com o en sus prácticas, la situación de la que son producto y que
encierra la imposibilidad de una tom a de con cien cia adecuada
de la verdad de la situación: ellos no saben esa verdad, p ero la
hacen o, si se quiere, la dicen solam ente en lo que hacen. Sus
propósitos irrealistas sólo contradicen en apariencia la realidad
objetiva que sus actos expresan tan claram ente: la ilusión mis­
ma no es ilusoria y hay que evitar ver una fantasía arbitraria en
lo que no es otra cosa que el efecto objetivo de su posición im­
posible en el sistema económ ico y social.
Aunque en esencia el agente social no pueda apreh end er
en su totalidad un sistema que sólo le presenta uno u otro per­
fil, la distancia entre la percepción subjetiva y la verdad objeti­
va de la situación varía según las situaciones de clase. L a pre­
sión de la necesidad económ ica puede suscitar un descontento
y una rebelión que no necesariam ente suponen la visión clara
y racional del propósito de la revuelta (com o puede verse en la
distancia que separa la cuasi sistematización afectiva de una ver­
dadera totalización), y que pueden traducirse igualm ente en
pasividad resignada o en explosiones elem entales y desprovis­
tas de un fin explícito. Al confiarse en la imagen m ecánica de la
com presión seguida de la explosión, com únm ente uno olvida
que la opresión más intensa no coincide con la co n cien cia más
aguda de la opresión y que, muy por el contrario, la distancia
nunca es tan grande com o en este caso entre la verdad de la si­
tuación objetiva y la co n cien cia de dicha situación. En resu­
m en, a m enos que se vea en la con cien cia de clase el resultado
m ecánico de la presión ejercida por la necesidad económ ica o,
por el contrario, el acto reflejo de una libertad que se determ i­
na para con y en contra de todos los determ inism os objetivos,
hay que adm itir que la revuelta contra la situación presente no
puede orientarse hacia fines racionales y explícitos sino cuan­
do están dadas las condiciones económ icas de la constitución
de una conciencia racional de esos fines, es decir, cuando el or­
den actual encierra la virtualidad de su propia desaparición y
produce, de tal m anera, agentes capaces de proyectarla.
índ ice analítico *

A culturación: 25, 70. Aspiración


Acum ulación a una profesión: 124-125.
capitalista y puesta en reserva: de los trabajadores
40. perm anentes: 110.
resistencia a la: 52. desmesurada: 119.
A horro: 20, 1 2 1 ,1 2 9 . distancia en tre aspiraciones y
Aldeas: 40-41, 52-55, 63, 140, 147. realidad: 98.
Véanse tam bién Cabila, estrecham iento de las: 64.
Campesinos. redoblam iento de las: 151.
Alienación, (y tom a de sistema coh eren te de: 126.
con cien cia): 109. y lógica del sistema: 109.
Alquiler: 132-140, 142-143. Véanse y oportunidades objetivas: 95-
también Presupuesto, 100.
Cohabitación, Gasto, Familia, Ayuda mutua
Vivienda, Ingreso, Salario. com o única seguridad del
Analfabetismo: 74. Véanse también cam pesino: 75-76n.
E du cación, Instrucción, familiar: 4 5 ,1 3 4 -1 3 5 .
Subproletarios. pequeños grupos nacidos de la:
Antropología: 32. 75-76.
cultural: 25. tradición de: 4 6 , 75, 77-78.
econ om ía y: 32.
estructural: 56. BERNARD, A.: 41.
A ntropólogo: 26, 69-71. B ER Q U E, A.: 41.
A propiación del suelo: 49-50, 49n. B arrio pobre [ bidonville]: 122,
Arbitrariedad: 28, 64, 74-75, 110, 130n, 132, 134-136, 137-141,
125. 142n, 145-146n , 152. Véase
Argel: 102, 130n, 133n, 134. también precarización
Artesanado: 72, 76, 8 9 -9 0 ,1 0 1 - [ bidonvillisation].
102 . Bilingüismo: 128-129.
Artesanos: 76 , 90, 97n ., 124, 134- Burgués, capitalismo: 60.
135, 143n. aburguesam iento: 7 8 ,1 1 1 , 152.
Ascenso. Véase Esperanza. Véase tam bién Funcionarios.

* Este índice ha sido establecido por Patrick L’Heureux-Bouron.


Cabilas: 40, 46, 46n, 54, 62, 72, 87, tradicionales: 120-121.
9 1 ,1 0 4 ,1 4 1 . y la naturaleza: 57, 61.
aldeas de: 43, 46, 46n , 54, 62, Véanse también Despojamiento,
72, 8 7 ,9 1 ,1 0 4 ,1 4 1 . Trabajo.
Cabila, la: 41, 104. Capataz: 75, 79, 105.
Calculabilidad: 32, 54, 85, 91, 122, Capital: 54-55, 101-102, 124.
128. capitalismo: 20, 27, 30, 60, 89,
umbral de: 100. 121- 122 .
Cálculo: 27, 37-43, 50-55, 83-88, Véanse también Acum ulación,
90, 95, 97, 1 0 0 ,1 0 2 ,1 1 7 ,1 2 1 , E conom ía, Empresa.
126-129, 140, 151. C arrera negativa: 111.
abstracto: 40 , 96. CAVAILLÉS: 37.
económ ico: 37-40, 63, 88-91, 96. Ciclo
espíritu de: 29, 48-51, 53-54, 91. agrario: 39, 65, 71.
e indivisión: 49-52. cósm ico: 57.
jerarquización de los fines de los trabajos: 59.
com o condición del: 121. de producción y de
im pedim entos del: 49. rep rod u cción : 40.
(intención calcu lad ora): 54. de vida: 65.
interesado: 55-56. Véanse también Calendario,
racional: 39-40, 102, 135, 148n. Futuro, R eproducción, Ritmo,
y utilización racional de la Tiem po.
m oneda: 42. C iu d ad /es: 4 4 , 75, 82, 85, 87-88,
Véase también Futuro. 1 0 2 ,1 1 0 ,, 1 1 7 ,1 2 3 , 132-133n,
Calendario 139, 147-148.
agrario com o instrum ento de em igración hacia las: 49-50n,
integración: 62-64. 75-76n , 97n , 104, 123.
Véanse también Ciclo, Ritmo, Clan: 53.
Tiem po. subclan: 52-53.
Cambio: 72-75, 79-83, 95, 103, Clase: 9 8 ,1 1 5 -1 1 6 ,1 5 1 -1 5 2 .
103n., 1 0 5 ,1 0 7 ,1 1 7 -1 2 2 ,1 2 5 . condición de: 26.
cultural: 25, 26n ., 6 9 ,1 1 6 . esperanzas de: 98.
de residencia: Véase Vivienda, explotada: 92.
Alojamiento. porvenir de: 115.
exógen o y transformación de C ohabitación: 88, 122, 1 3 2 ,1 3 5 -
la sociedad: 27-28. 136. Véanse laminen Vivienda,
social: 6 8 ,1 0 8 -1 0 9 ,1 1 6 . Alojamiento, Alquiler.
Campesinos: 37-41, 46, 49, 54, 57- Colonial
62, 72, 75, 8 2 , 1 0 2 , 127n. colonización: 27, 4 4 , 46, 110,
cabila y sucesión tem poral: 62- 116, 127n.
63. máquina: 110.
desarraigados: 110. m undo: 105.
proletarizados: 85, 91, 110. sistema: 106, 116.
sin tierra: 123-124. situación: 28.
Comerciantes: 7 6 ,8 8 ,9 7 n , 101-102, Cuasisistematización afectiva: 104-
125n, 132n, 1 3 4 ,1 3 5 , 143n . 105, 108, 154.
ambulantes: 81, 147. “C uña”: 75-77, 107-109, 120, 122.
com o semiproletarios: 126. “cu ñ a” maléfica y “cu ñ a ”
mozabitas: 76, 102. benéfica: 108.
pequeños: 76n ., 102, 115, 117. Véase también Subproletarios.
Conciencia
del desempleo:82,95,103-105,110. D esagregación: 30. Véase también
económ ica: 32. Discordancia.
política: 79. Desem pleado: 73, 83, 100, 104,
profesional: 60. 115, 117, 120-123.
tem poral: 33, 49. Desem pleo y desorganización: 92,
tom a de: 2 7 ,1 0 3 ,1 0 9 , 123, 154. 119. Véanse tam bién C onciencia
Véanse también Discurso, Plan del desem pleo, Subproletarios.
de vida, Revolucionario. DESPARMET, J .: 47.
Conductas: 54, 81, 8 4 ,9 6 ,1 0 3 ,1 0 8 , Despojamiento territorial de los
121-122, 1 2 5 ,125n ., 1 2 7 , 148n. campesinos: 4 4 , 46.
arm onización de las conductas Deuda: 117, 125. Véanse también
individuales: 63. Crédito, Préstam o.
de previdencia: 38. Dialéctica, relación: 28.
desorganización de las: 91-92, Discordancia
110, 119. en tre certidum bre subjetiva y
económ icas: 25, 29, 33, 85, 88, verdad objetiva: 56n .
9 5 , 1 1 6 ,1 5 3 . en tre disposiciones y
nuevas: 85. estructuras: 32.
ostentatoria: 52. en tre hábitus y estructuras: 17,
porvenir objetivo com o 30.
principio de las: 153. Discurso
racionalización de la: 8 8 ,1 0 0 ,1 2 9 . y dualidad de las conciencias:
reestructuración de la: 130. 122 .
resurgim iento de las conductas y tom a de conciencia: 103-104.
tradicionales: 121. y estereotipo: 106.
transform ación generalizada Disposiciones
de la: 127. a la rebelión: 20.
Consanguinidad: 45-46. acostumbradas: 30.
Constantina: 130n , 133n. adaptación de las disposiciones
Contabilidad: 27, 50, 84, 87, 102. y de las ideologías: 30.
Contrato: 44-46, 51, 54-55. adopción de las disposiciones
sistema contractual: 28. económ icas capitalistas: 89.
Crédito. 44-45, 81, 102. económ icas: 19, 26-30, 4 8 , 89-
bancario: 148n, 151. 90 , 95n , 99-100, 115, 130, 144,
de confianza: 122, 1 2 5 ,1 3 5 . 151, 154.
Véanse también Deuda, Plazo, lógica de las disposiciones
Préstam o, Usura. adquiridas: 71.
sistema de: 26, 30, 48, 69, 95n, estables (o perm anentes, o
100, 105, 1 1 5 -1 6 ,1 2 8 , 151, 153. regulares): 89, 104.
Don: 52, 55-56. inestabilidad de: 7 7 ,9 8 , 1 2 0 ,1 3 8 .
y contradón: 52, 55-56. interm itentes: 120-121.
m onopolización de los
Econom ía em pleos administrativos: 74.
agrícola: 39. n oción de pleno em pleo: 104.
capitalista: 17, 32, 3 9 ,4 8 , 8 7 ,9 1 , subem pleo: 77, 90, 9 9 -1 0 0 ,1 1 0 -
116. 111, 120, 122, 125, 126, 130n,
colonial: 116. 148n.
de la miseria: 132, 135. Em presa
de m ercado: 38n. com ercial o usuraria: 101.
doméstica: 3 1 ,8 8 ,1 0 0 ,131-132n, de producción: 101.
138, 144. espíritu de: 48-49.
en sí: 56. familiares: 76-77, 102.
individualista y calculadora: 91. grandes: 29.
m oderna: 7 0 ,1 2 6 -1 2 8 . mozabitas: 102.
m onetaria: 26, 28, 39, 48, 87, pequeñas: 76, 7 8 -7 9 ,1 1 7 .
134-135. Véanse también Calculabilidad
precapitalista: 19, 32-33, 37, 44, (um bral d e ), Empleados.
48, 60, 116. Enjam bres profesionales: 76.
racional: 2 6 ,1 1 6 . Escatológica, profecía: 111, 124.
tradicional: 86. Especies
y antropología: 32. com pensación en: 51, 53.
Educación: 28-29, 32-33. intercam bios en: 41.
de los hijos: 90, 129, 1 4 4 ,1 5 1 . producto en: 83.
prim aria: 74, 99. Véase también Campesinos.
y porvenir: 97. Esperanza
Véase también Instrucción. compatibilidad de las
Em ancipación: 89-90. esperanzas y uso de la m oneda:
Em igración. Véase Ciudad. 41-42.
Em igrado: 59. de ascenso social. 98, 100, 129.
antiguos emigrados: 104. m ágica y porvenir: 122.
Véase también Ciudad. y oportunidades objetivas: 126.
Empleados: 29, 74, 7 7 -8 0 ,1 1 7 ,1 2 4 , y visión realista: 111.
130n. Estatuto: 82, 150-151.
perm anentes: 73. social: 96-98.
Véanse también Funcionarios, Estereotipo: 105, 105n, 106.
Pequeñoburgueses. estereotipación: 61, 92.
E m p leo /s: 75-76n, 79-80, 83, 104, Estrategias económ icas: 116.
109, 1 2 2 ,1 2 4 . Estructura
acum ulación de: 126. discordancia en tre estructura
com petencia por el: 73-74. econ óm ica y habitus: 19, 29-30.
conciencia del desempleo: 110. económ ica: 44-45.
estructuras objetivas: 19. Fecundidad: 39, 4 9 , 129-130, 133.
habitus com o estructura Funcionarios: 86n, 125n, 1 3 1 ,132n,
unificadora: 153. 139, 145.
intercam bios y estructura pequeños: 74, 81.
tem poral: 40. Véase también
jerarq uizada de las finalidades: Pequeñoburgueses.
43. Futuro: 61-62, 6 4 ,1 2 1 -1 2 2 , 123-124,
Ética: 50, 52, 60. 127, 129.
imperativos éticos: 60, 61, 63. abstracto: 39-44.
norm as éticas: 38. calculado: 6 5 , 129-130.
protestante: 60. co m o cam po de los posibles: 37,
Etnocentrism o: 30, 48. 4 6 , 64, 95.
Etnólogo, punto de vista del: 26n , presente sufrido y futuro
4 8, 69-70. deseado: 123.
Ethos: 32-33, 39, 48-50, 5 8 ,1 1 6 . proyectado: 38.
precapitalista. 64. soñado: 95-99, 122.
tradicional: 82- utópico: 111.
Europeos: 90, 106-107, 126, 139, y m oneda: 41-42.
145, 146, 146n. Véanse tam bién Cálculo, Posibles.
com o colonos: 40, 108.
Expectativas Garantía
colectivas: 63. buena fe com o: 45.
en cadenam iento de las: 64. co n tra la arbitrariedad: 125.
razonables: 98. sistema de sanciones com o
reducción de las: 64. garan tía de un con trato: 44.
E xpropiación: 44. tradición com o: 40.
Gastos: 88, 121, 151.
Familia: 49, 50, 55, 58-59, 75, 85-91, ligados a la vivienda: 132-144,
102, 119, 1 3 2 -1 3 4 ,133-134n . 148, 151.
desintegración de la: 87-88, único y pluralidad de salarios:
132-134, 132-133n, 148. 122, 133-134.
ingresos de la: 100-101. Véanse también Vivienda,
jefe de: 52, 5 9 , 75n , 86-87, 90, Alojam iento, Alquiler, Ingresos.
103n , 119, 134, 140. G estalt 91.
necesidades de la: 97.
y vivienda: 122,13 0 -1 3 4 ,1 4 2 -1 4 4 . HABBAKUK, H. J .: 50n.
Véanse también Ayuda mutua, H abitu s
Em presa, Solidaridad. co m o m ediación: 26.
Fatalismo de clase: 153.
con du cta econ óm ica fatalista: eco n ó m ico : 29, 100, 117.
153. relaciones entre estructura y: 19.
pesimista: 108. transform ación del: 70, 117.
resignación fatalista: 108, 110- H A N O TEAU , A.: 44.
111, 119, 153. H om o economicus'. 26.
H onor: 38-39, 45, 50-52, 55, 86, 91, com ida, com o acto de: 54.
129. de los dones: 55-57.
directos de m ercancías e
Imaginario intercam bios com erciales: 41.
abismo entre lo im aginario y la en especies y estructura
experiencia: 99. tem poral: 40-41.
futuro im aginario y uso de la generosos: 56.
m oneda: 41-42. m onetarios: 40-41, 44, 4 8 , 50, 53,
y planes: 40. 72, 90.
y racionalización: 32-33. rituales: 51, 152.
Incoherencia Véanse tam bién M oneda,
de las com pras: 138. Préstam o.
Véase también Subproletarios. Interés: 5 5 , 82-83.
Indivisión: 49, 49n , 5 0 , 87-89, 91. noción de: 44.
Véase también Familia. préstam o a: 45.
Inestabilidad: 80 , 117, 124. Véanse tangible e interés abstracto: 40.
también Em pleo, Subproletarios. Islam: 25.
Ingresos: 38, 43 , 72, 79, 81-84, 86,
88-90, 97-101, 104, 109, 111, Jóvenes (adolescentes): 57n , 73, 79.
1 2 2 ,1 2 4 - 1 2 6 ,125n, 1 2 7 ,1 2 9 , dependencia de los: 89.
132-144, 132n, 133n, 148, 151. em ancipación de los: 89-90.
distancia en tre el ingreso jefe de unidad familiar: 88-89.
estimado y el real: 96. m uchachas: 52-53.
división de los ingresos y ahorro: Véanse también Porvenir,
121 . Educación, Instrucción.
m axim ización de los: 125-126, JO URDAN , A.: 41.
125n.
m onetarios: 72, 89, 91. Khamer. 38, 4 1 , 5 9 , 75n, 117.
pluralidad de fuentes de: Véase
Salarios. LA C RO IX, N.: 41.
Véanse también Necesidades, Lengua: 118, 128-129.
Gastos, Familia, Alquiler, Salarios. LERNER, D.: 70-71.
Innovación: 51. LÉVI-STRAUSS, C.: 56n.
acción novadora: 62. Libertad, grado de libertad y
Véase también Tradicionalismo. cam po de los posibles: 96-97.
Instrucción: 81, 87, 90, 99, 109, Límites, con cien cia de los: 99.
1 1 7 ,1 2 4 ,1 2 8 -1 2 9 . LUKACS, G.: 52.
nivel de: 97, 128, 144.
y posibilidades de em pleo: 74- Marginalismo
75, 77, 79-80, 90, 9 8 ,1 2 4 , 136. neom arginalism o: 19.
Véase también Porvenir. teoría de la utilidad marginal: 31.
Intercam bios MARX, K.: 49.
circuito de los intercambios de MAUNIER, R.: 53n .
los servicios: 59. Milenarismo revolucionario: 124.
Miserabilismo: 108. Negativa: 57. Véase tam bién
Movilidad social, según las R echazo.
categorías: 97, 97n . Véanse Nepotism o: 75.
tam bién Porvenir, Plan de vida. N IETZSCH E, E : 7 1 , 7 ln .
“M odernización”, teoría de la: 70. Norm as
M onetario, provecho o beneficio: antiguas: 86.
61. Véanse tam bién Intercam bios, dualidad de las n orm as de
E con om ía, M oneda, Ingresos. referencia: 84.
M oneda: 84, 87. d esm oronam iento de las: 116.
aprendizaje del uso de la: 42-43. norm as éticas: 38.
conversión de la com ida en: 54. tradicionales: 90-91.
fiduciaria: 42, 50.
función de la: 42. Objetivismo: 153-154.
los cam pesinos y la: 40-41. abstracción objetivista: 19.
rol de la m on ed a en los Véase también Subjetivismo.
intercam bios: 43. Obreros: 29, 73, 7 8 -8 0 ,1 0 8 ,1 2 4 -1 2 5 ,
y valor de las m ercancías: 42-43. 130n, 131, 132, 140, 143, 143n.
Véanse tam bién Crédito, calificados: 76-79, 126.
Intercam bios, Préstam os. Oficio
Mito, y econ om ía: 61-62. apego al: 78.
Mujeres falsos: 82, 117-120.
com o am a de casa: 38, 43. improvisado o de ocasión: 135.
d ep en d en cia econ óm ica de la: oficios accesibles a las mujeres:
89. 136.
espacio vital de la: 148-150. soñado: 122-124.
trabajo de la: 89, 99, 119, 136, y com petencias técnicas: 99-101.
149-150. O portunidades objetivas: 19, 153.

Naturaleza P atriarca: 87.


lucha co n tra la: 64. autoridad del: 87.
y trabajo hum ano: 58, 61. Pedir prestado: 4 5 , 51 , 55-56.
Véase tam bién Campesinos. Peones: 73-75, 78-79, 99-100, 115,
Necesidad econ óm ica: 82, 86, 91, 117-118, 124, 130-131n , 134,
95, 154. 139, 140, 142-143, 143-144n .
y sumisión al orden colonial: 116. Véanse tam bién Subproletarios,
Necesidades Trabajadores.
de la familia: 97. Pequeñoburgueses: 8 0 , 102, 106,
en caden am ien to por la: 119. 177, 124, 152.
fundam entales: 127. Philippeville: 8 0 , 98.
jerarquización de las: 43. Plan de vida: 9 2 , 9 5 -9 6 ,1 1 0 .
nuevas: 151. experiencias particulares y plan
satisfacción de las: 86, 120, 125, de vida sistemático: 106.
130. planificación racional: 40.
Véase tam bién Aspiración. y cálculo: 3 8 , 41.
Plazo Presupuesto: 87, 89, 102, 137-138,
alquiler com o plazo fijo: 137-138. 140, 144, 148. Véanse también
no fijo: 45. Familia, Alquiler.
Véanse también Crédito, Previsibilidad: 32-33, 63, 122-123,
Préstamo. 128. Véase también Calculabilidad.
Porvenir: 37-38, 46-49, 95-100, Previsión: 20, 29, 37, 42, 4 8 , 49,
121-122, 127, 1 2 9 ,1 4 4 . 64, 110, 117, 126-129, 140.
colectivo: 20, 26, 115. Previdencia: 37-38, 4 0 ,9 2 ,1 2 0 ,1 2 3 .
de clase: 115. Proyecto: 20, 40, 65, 95-96, 9 8 ,1 1 0 .
de los hijos: 96-100. Proletariado
disposiciones con respecto al: 32. aburguesam iento del
objetivo: 19-20, 26, 115, 153. proletariado según los
visión realista del: 111. burgueses: 111.
Véanse también Necesidades, conservadurism o del: 111.
Oportunidades objetivas, d eterm inación del proletariado
Esperanza, Futuro, Tiem po, y carrera negativa: 110-111.
Posibles. distinción en tre proletariado y
Posibles, cam po de los: 95-97. subproletariado: 20.
interiorización del sistema de urbano y vida religiosa: 123.
los: 48. y pequeña burguesía: 152.
la necesidad y los: 85. y privilegios de la elite obrera:
laterales (o colaterales): 64-65,95. 125-126.
orden tradicional, com o uno Propietarios: 45, 5 1 ,5 4-55 , 7 6 , 142n.
de los: 64-65. pequeños: 4 4 , 4 6 , 75-76n.
Véanse también Cálculo, Futuro, Véanse también Artesanos,
Plan. C om erciantes.
Potencialidades objetivas: 46, 83,
153. Véase también QUADD OÜR BEN KLÍFA: 47.
Oportunidades objetivas.
Precapitalista/s Racismo: 105.
espíritu: 102. Racionalización: 25, 28-33, 88,
lógica: 44, 101. 100, 102, 116-119, 1 2 1 ,1 2 9 .
sociedades: 25, 30. de la econ om ía dom éstica: 88,
Véanse también E conom ía, Ethos. 100 .
Precarización [ bidonvillisation]: tendencia a la racionalización
146-147. de las elecciones: 85.
Préstam o: 54, 56. y adaptación: 116.
a interés: 45. y sistemas de disposiciones:
en especies: 40-41. 116-117.
recontextualización de los: 69. Véanse también Cálculo,
subproletarios y práctica del: Conductas.
117-118. Racionalismo econ óm ico: 29.
Véanse también Ayuda mutua, Realismo: 126-127.
Crédito, Pedir prestado, Plazo. y francofonía: 128.
Rechazo del cálculo: 88. Véase Roles (o papeles)
también Negativa. de la mujer: 89.
R elación /es según la edad y el estatuto: 82-
de vecindad: 149-150, 152. 83.
objetiva en tre socios com o Ritmos
garantía del intercam bio: 45. desiguales: 2 6 , 30.
red de: 75-76n , 77, 123. de trabajo: 97.
sistema de las relaciones observancia de los: 63.
sociales y transform aciones orden social co m o : 63.
económ icas: 69. Véanse tam bién C alendario,
sociales (en el trabajo): 76-79. Ciclo, Futuro, T iem po.
Religión: 107-108, 110, 123.
R em uneración: 27, 86, 125. Véase Salarios: 18, 4 3 , 53-54, 79, 86, 89-
también Salarios. 90 , 109-110, 119, 122, 126, 154-
Rentabilidad 137, 140, 147n , 148.
de los pequeños com ercios pluralidad de los salarios (o
ambulantes: 80-83. ingresos): 122, 132-135, 137-
econ óm ica agrícola: 79. 138, 148.
Véanse tam bién Cálculo, Trabajo. Véase también Gastos.
R eproducción SAYM), A.: 26n , 72n .
del orden econ óm ico: 62. Seguridad
simple: 49. de los subproletarios: 109, 110,
Reserva: 69. 118, 124.
de provisiones: 72. del cam pesino: 37.
ejército de reserva industrial: del fe lla h de antaño: 92.
72-74. en la función pública: 124-125.
gestión de las: 43. higiene y: 124.
puesta en: 37, 39, 40. m axim ización de la: 100, 125.
Revolución. m ínim a y racionalización de la
fuerza de revolución y fuerza conducta: 117.
revolucionaria: 110. p o r la instrucción: 117.
Revolucionaria rellano de: 99-101, 109.
acción: 126. um bral de: 130.
actitud: 110. y ventajas de los trabajadores
cogito: 109. calificados: 74-75.
conciencia: 95, 1 1 0 -1 1 1 ,1 2 6 . SIMIAND, F.: 4 2 , 42n .
fuerza: 110. Sociología
guerra: 103n. deform ante: 70.
milenarismo: 124. de las disposiciones
radicalidad: 110. tem porales: 26.
Ritos: 39, 52-53, 58, 62. Solidaridad: 45, 75, 83, 86, 9 1 ,1 1 1 ,
colectivos: 53. 134-135, 148.
Ritual: 25, 37, 49, 51, 57-58, 61-62, en los barrios pobres: 145-146n.
152n. Véase tam bién Tradición. familiar: 5 3 , 72.
SOMBART: 27, 28, 29. actu ar a destiem po: 63.
Subproletarios: 74-75, 77-79, 82, de trabajo y tiempo de
87, 91, 95-99, 105-106, 108-111, producción: 39.
123-124, 126, 152, 152n, 154. despilfarro del: 50-51.
distinción entre subproletarios distribución del salario en el: 140.
y proletarios: 20. em pleo del trabajo de un peón:
e inestabilidad: 117. 118.
la incoherencia com o objetivo: 46.
experiencia de los: 85, 108, social: 62.
110- 111 . valor contable del: 44.
universo tapón en tre Véanse también Cálculo,
subproletarios y m undo C alendario, Previdencia.
m oderno: 121-122. Trabajadores agrícolas: 44-46, 75n,
vida cotidiana de los: 120. 9 7n , 124, 125n.
y conciencia de la Tradición: 64, 65 , 90-91, 117-118,
responsabilidad del sistema: 120, 123, 129, 140.
109. cam pesina y agrícola: 38, 57n.
Véanse también Porvenir, Barrios com o acum ulación de
pobres, D esem pleado, Em pleo, experiencias: 38.
Vivienda, Peón, Cuña, com o sistema de intercam bio:
Precapitalista. 40-41.
Subjetivismo: 153-154. cultural: 28, 75, 78, 150.
subjetivismo psicologista: 30. de ayuda mutua: 4 6 , 79.
Véase también Objetivismo. de la thiji: 38.
Supervivencia e innovación: 51.
despilfarro com o condición de: trasgresión de la: 91.
50-51. y desem pleo: 120.
mínim o de: 92. T rad icion al/es
finalidades: 72, 84, 86, 135.
T em p oral/es longitud tradicional de los
desorganización: 116. ciclos agrarios: 39.
disposiciones: 30-33. orden: 64-65, 70, 103-105.
estructura: 41. sector: 76.
experiencia: 48. Véanse también Ayuda mutua,
sistema de los m arcos Solidaridad.
tem porales: 120, 123. Tradicionalismo
sociología de las disposiciones com o opción que se desconoce:
tem porales: 26-27. 62, 64-65.
sucesión: 55, 62. forzado: 82-83, 91-92, 120-121,
Véanse también C onciencia, Plan 1 2 7 ,1 4 7 .
(de vida). Trabajo: 39, 43, 50, 57-62, 71, 75-
Tiem po 85, 96-104, 106-108, 117, 119-
actitudes y disposiciones con 120, 124-125, 135, 139-140.
respecto al: 30-33, 47-49, 102. búsqueda de: 118-122.
com o función social: 59-61, 80- U nidad familiar: 9 0 , 132, 133n.
84, 103. com o unidad eco n ó m ica y
com ún (o colectivo): 52-53. social: 87-89, 134-135.
del cam pesino: 57. jefe de: 134.
descubrim iento de la escasez Véanse también Familia, Jóvenes.
del: 72-73. Urbanización: 89.
división del: 151. m undo u rbano: 72, 102, 118,
productivo e im productivo: 59- 132-133n, 135.
62. Véase también Ciudad.
relaciones en el: 77. Usura: 44-45.
y dificultad: 5 7 , 83. em presas usurarias: 101.
y elección del trabajador: 73. usurero: 45
y no-trabajo: 82-83. Utopía: 98, 124.
y ocupación: 59, 80-81, 83-84,
124. Vendedores: 8 1 , 8 2 , 84, 8 8 , 119.
y transform ación del m undo: pequeños: 8 1 , 117.
65. Véase también C om erciantes.
Véanse tam bién Desem pleo, V IO LET T E, M.: 44.
Em pleo, Mujeres, Ingresos, Vivienda
Salario, Trabajadores. crisis de la (o crisis
Trabajadores: 20, 85, 127. habitacion al): 88, 91, 132.
interm itentes: 115. m od ern a (o hábitat m o d e rn o ):
perm anentes: 115, 125. 126, 130-134, 136-137, 138-139,
estables e inestables: 124 144, 149-152.
Véanse tam bién Artesanos, y ayuda m utua: 122.
C om erciantes, Em pleados, Véanse tam bién Familia, Alquiler.
Jorn aleros, Campesinos,
Subproletarios. W EBER, M.: 9 , 1 0 , 13, 14, 15, 27,
Trueque: 40-42. 31, 31n, 60, 61.