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Manuel López Casquete

regreso a la felicidad del


silencio
2ª edición
R E G R E S O A LA F E L I C I DA D
D E L S I LE N C I O
MANUEL LÓPEZ CASQUETE DE PRADO

R E G R E S O A LA F E L I C I DA D
D E L S I LE N C I O

2ª edición

DESCLÉE DE BROUWER
BILBAO - 2006
1ª edición: marzo 2006
2ª edición: marzo 2007

© Manuel López Casquete de Prado, 2006

© EDITORIAL DESCLÉE DE BROUWER, S.A., 2006


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ISBN: 84-330-2052-9
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ÍNDICE

PRÓLOGO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
1. EL CINEMATÓGRAFO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17

2. FRENTE AL SUFRIMIENTO . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27

3. LUCHA DE LA MENTE Y SUFRIMIENTO . . . . . . . . . 35

4. SOBRE EL MIEDO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 39

5. SOBRE EL FUNCIONAMIENTO DE LA MENTE . . . . . 45

6. SOBRE LA ATENCIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57

7. SOBRE LOS GURÚS Y LAS TÉCNICAS . . . . . . . . . . . 61

8. SIN SISTEMAS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 65

9. LA CODICIA EN EL CAMINO INTERIOR . . . . . . . . . 75

10. LA ILUMINACIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87

11. SOBRE EL AMOR Y LA FELICIDAD . . . . . . . . . . . . . 91

12. EL ARTE DE CONVERSAR . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 97

13. LO COTIDIANO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 99

14. EL SILENCIO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103

15. SOLTAR LA RAMA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 111

E PÍLOGO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 115
A mi querido amigo José Moratiel,
sembrador de Silencio,
auténtico inspirador de estas páginas,
con todo mi cariño y mi gratitud.
PRÓLOGO

Existe un camino de antigua sabiduría trazado por todas


las culturas en todos los continentes y en toda época que
trata de devolver al hombre a su casa, a su ser. Es una lla-
mada a recuperar lo más genuino del hombre y el camino
de una gozosa vuelta a casa.
El mundo moderno nos conduce a llevar una vida aje-
treada, siempre volcados hacia el exterior, presa de nues-
tras ansiedades, de nuestros objetivos, de nuestros anhelos
y codicias nunca satisfechos. Objetivos tras los cuales nos
pasamos la vida corriendo de forma compulsiva mientras
la vida pasa por delante de nuestros ojos sin que seamos
capaces de verla, de vivirla a fondo. Siempre persiguiendo
el final del arco iris.
Y mientras tanto, el hombre continúa su viaje ansioso,
infeliz, corriendo tras de metas que no tienen sentido, que
no alivian su infelicidad, su soledad, su frustración.
De fondo existe una profunda nostalgia en el hombre.
La nostalgia de quien se siente lejos de sí mismo, lejos de
su plenitud, carente de algo. Nostalgia de un viaje que, de
todos los posibles, es el más importante: viajar dentro, allá
donde el hombre puede recobrar su ser y reconocerse a sí
mismo.
En el camino del Silencio se nos ofrece algo que es real-
mente una aventura. Dice un místico sufi: “desdichado
aquél que ni siquiera ha atisbado el aroma de esta aventu-

9
ra”. Es la aventura de la vida de muchos caminantes del
Silencio. Es un riesgo. La elección es asumirlo o no. Aceptar
la posibilidad de quedar libre, vacío, limpio para acoger la
vida, o permanecer en la seguridad de nuestros conceptos,
aspiraciones y objetivos. Seguir corriendo en pos del arco
iris o mirar lo absurdo del movimiento enloquecido.
Toda aventura conlleva sus riesgos. En el camino del
Silencio se corre el riesgo de volverse un extraño para los
demás, para nuestro entorno. Pero la gran tragedia es la de
convertirse en un extraño para uno mismo.
El Silencio es, ante todo, un descanso, un reposo. Es una
de sus bellezas. Hemos estado tan alterados, tan agitados
corriendo en pos de nuestros objetivos... De pronto el
Silencio nos permite descansar de todo ello.
Tradicionalmente se nos ha presentado el camino inte-
rior como un sendero de lucha: somos egoístas y debemos
convertirnos en generosos. O perezosos y debemos con-
vertirnos en diligentes.
Por primera vez, en el Silencio se nos dice que todo está
bien, que no hay nada que cambiar porque la plenitud ya
está en nosotros. Esto no significa que no nos importe el
mundo, que no estemos comprometidos con un mundo
más justo, más pacífico. Esto vendrá después.
Ahora estamos hablando de un vaciarse, de un aban-
donarse a la vida, al presente. Tal vez el Silencio es el pri-
mer lugar en el que nos dicen esto. Pero es que no hay
nada que cambiar, porque no hay nada que pueda ser
cambiado.
Estamos hablando de una libertad sin límite que con-
mueve nuestras entrañas, que nos lleva a lo más hondo. No
tenemos que ocultar lo que somos, las limitaciones que
imponen nuestro ego o la naturaleza en nosotros. Somos
lo que somos, pensamos lo que pensamos, decimos lo que
decimos. Basta de corsés, de luchas por convertirnos en
alguien distinto. Incluso las luchas por estar atentos, en
Silencio. Esto no es algo que se conquiste con la lucha.

10
El Silencio es algo que llega, que aflora. No hay que
hacer nada para ello. No hay que parecerse a nadie. No hay
que emprender ningún viaje ni ninguna guerra. No hay que
hacer absolutamente nada.
O, dicho de otro modo, cambiar nuestra programación
mental por otra de signo contrario es un mecanismo li-
mitado, un truco provisional, un parche. Aquí estamos
hablando de algo más importante. De algo que está más
allá, pero que no se conquista con esfuerzo, con renuncias
y sacrificios. Es un abandonarlo todo, sí. Pero no es un
sacrificio, ya que sólo sucede cuando nos damos cuenta de
que no hay nada que sacrificar. Que aquellos conceptos
que nos servían de base no son ciertos, no son verdad. Son
del todo irreales.
No hay guerra porque no hay posibilidad de batalla. No
hay campo de batalla. Sólo es una gran mentira, un gran
espejismo. Una voz que agita nuestra interioridad y que
nos llama a la lucha contra ella misma. Ese es el disparate.
Esa es la contradicción. Una voz que nos llama a luchar
contra la voz.
El camino del Silencio es, por tanto, dejar que las cosas
sucedan. Mirar los movimientos de la voluntad, el pensa-
miento, los sentimientos... Dejar que todo aflore, que nada
se enquiste. En el Silencio todo puede ser abrazado. Nos lo
podemos perdonar todo.
No existe un programa de acción, un itinerario, un plan
de trabajo, una metodología... Todo esto son asuntos de
esa voz a la cual llamamos ego. Sin luchas, quedamos en
Silencio, tan sólo atentos. Pero es una mirada, una aten-
ción, que no necesita brotar de ninguna parte. Ya estaba
ahí desde siempre. Tan solo que ahora somos capaces de
verla. No porque lo hayamos decidido. Si lo hemos deci-
dido será sólo el cumplimiento de una orden del ego, no
hay claridad, no hay limpieza. Sólo un movimiento de
concentración limitado, que durará segundos, minutos, si
nos adiestramos mucho tal vez horas. Pero concentración

11
no es Silencio. Concentración significa focalización tensa
de la atención en un punto.
El Silencio está más allá. Es el telón de fondo, la llanu-
ra donde se agita el pensamiento. Basta con ver que desde
siempre el Silencio estuvo allí. Basta con ver que somos ese
Silencio, y no las grotescas figuras que aparecen sobre él.
Puede que al principio descubrir que somos ese Silencio
nos deje un halo de frustración. Después de todo, ¿qué se
puede hacer en el Silencio? No es más que vacío. ¿Para qué
vivir en un vacío, sin actividad, sin personas, sin trabajo, sin
objetivos?
Pues bien, esa sensación de frustración es uno de los
últimos ruidos que vemos evolucionar sobre la vasta llanu-
ra de nuestro Silencio. Cuando dicho ruido se esfuma, que-
damos en paz, sin objetivos, sin teatros, sin cadenas. Sin
nada que nos ate. Quedamos prestos para abandonarnos a
la dicha más hermosa de la vida. A vivir sin exigencias. Tan
sólo a vivir. A gozar intensamente de la dulce maravilla de
cada instante, sin angustias, sin expectativas que cumplir,
sin apariencias que guardar. Qué hermosa liberación... Sin
apariencias que guardar. No hay que hacer nada. No hay
que parecer nada. Hemos llegado a nuestra tierra, de la que
nunca habíamos salido.
Es como el dulce reencuentro del regreso a casa. Desde
siempre estuvimos en la luz del Silencio, o de Dios, o del
Amor. Desde siempre la perfección fue nuestra casa, el
amor infinito nuestra morada. Ya no queda nada más que
hacer. Tan sólo gozar de la vida que, instante a instante, nos
depara una fiesta maravillosa. No hay nada que cumplir.
Desde siempre todo estuvo cumplido.
En el Silencio la tarea más importante es la de no hacer
nada. No hay que pretender, lograr ni conquistar nada, ni
visitar libros y gurús de forma interminable. Quien nos pro-
ponga un objetivo, un método, está suplantando una pro-
gramación por otra. Todo permanecerá igual.

12
La tarea es mirar las evoluciones en la llanura, en la pla-
nicie sin final. Se desatan tantas mentiras, tantos espejis-
mos... Dejar que todo ocupe su lugar, que todo encuentre
su sitio, que todo sienta el abandono en los brazos de la
vida. Sin hacer. Sin proponerse observar, ni decir, ni buscar.
Existen muchas otras distracciones, pensamientos y rui-
dos. Todo el cúmulo de pensamientos y sensaciones que
vienen de nuestro ego. Con frecuencia, al iniciarnos en el
camino del Silencio, creemos que debemos aniquilar todos
estos pensamientos. En realidad, la aniquilación de estos
ruidos se convierte en algo codiciado por nuestro ego. Es
decir, hemos reprogramado nuestro ego y ahora, en lugar
de pretender cosas más toscas, dinero, poder, estatus, etc.,
lo que busca es la aniquilación del ruido, ya que le hemos
dicho que seremos felices si lo logramos.
Pero el camino del Silencio consiste en no aniquilar
nada. En el Silencio se acoge todo. Nos lo podemos per-
donar todo a nosotros mismos: ruidos, tristezas, miedos,
sufrimientos, inconsciencias... Podemos perdonárnoslo
todo, aceptarlo todo.
Así pues, los deseos, los pensamientos, siempre nos
inducen a luchar, a ponernos en camino de algo que está
más allá. A buscar el fin del arco iris. Siempre viajando,
siempre codiciando, siempre en tensión, nunca felices,
dichosos, libres aquí y ahora. Así que aplazamos nuestra
felicidad eternamente.
El Silencio nos plantea mirar todo ese movimiento. Es
decir, no reprimir los deseos. No se trata de reprogramar-
nos para no desear nada. Igual que no se trata de repro-
gramarnos para amar más. El amor nunca es fruto de la
programación, sino es algo que para ser verdadero debe
brotar de forma espontánea.
¿Puede esto convertirse en una codicia, en una aspira-
ción, en un objetivo? Si realmente estamos atentos, no.
Podemos ver toda motivación, todo objetivo. Podemos ver
el movimiento del pensamiento mientras construye alrede-

13
dor de la atención todo un mundo de fantasía y aspiracio-
nes. Pero, si verdaderamente estamos atentos, la atención
nos traerá de vuelta al Silencio, donde no hay codicias ni
aspiraciones.
Cuando se está atento desaparecen las codicias. Desa-
parecen los deseos por conseguir cosas que están lejos, más
allá. No hay combates cuando existe atención. La atención
posa su mirada sobre nuestra lucha, y poco a poco la vida
vuelve a centrarse.
Desaparece toda fantasía, todo pensamiento, toda irre-
alidad. También todos los miedos, todas las angustias.
Cuando no codiciamos nada no hay impaciencia, no
hay sensación de frustración, de angustia. Cuando nada
queremos nos es regalado todo. La vida nos es ofrecida
como un don. Todo viene a nosotros. Todo cede. Todo deja
de oprimirnos. No hay conflictos en una mente silenciosa.
Es como soltar la rama cuando uno está colgando sobre
el precipicio. Soltar la rama es dar el paso definitivo, la
aceptación del riesgo, quedarse suspendido en el vacío sin
tener a qué aferrarse. Por eso dice Jesús: “Las zorras y los
conejos tienen madriguera; pero el Hijo de Dios no tiene
donde reclinar la cabeza”. Es un pasaje de profunda belle-
za, de un profundo Silencio. La invitación es total; es sol-
tarlo todo. No quedarse nada. Aceptar el riesgo, el desafío,
la aventura.
El Silencio es algo distinto, no es un camino más. Es el
todo, la verdad que nos habita. Es la ausencia de técnicas,
de caminos. Es la presencia de Dios.
Volver al Silencio es dejarse abrazar por el Padre del hijo
pródigo. Es dejarse acariciar cuando volvemos a casa. Es
volver a nuestra tierra, a nuestro país, donde nos esperan y
nos abrazan.
Volver al Silencio es volver a la Vida, a la intensidad de
cada instante, a la flor que brilla un momento en alabanza
a su creador y luego se marchita, en un movimiento miste-
rioso y rápido, igual que el nuestro.

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Abandonarse al Silencio es abandonarse a la vida. Es
soltar amarras y estar dispuesto a navegar, donde la brisa
nos lleve. Donde el corazón nos lleve. Sin más timonel que
el viento.
Basta caminar con paciencia, dejando que cada paso sea
el único que existe.

15
i
EL CINEMATÓGRAFO

Nadie puede ser herido sino por sí mismo.


Epícteto.

NADIE PUEDE SER HERIDO SINO POR SÍ MISMO. En el


momento en que se aprende esto, no de una forma racio-
nal, sino que se experimenta, se ha encontrado el sendero
recto y seguro a la felicidad (a Dios, al amor, a la libertad).
Quedamos libres de nuestras propias mentiras, de nues-
tros egoísmos, de las trampas que ha puesto nuestra men-
te sobre nuestro ser feliz, libre, amoroso. Sobre nuestro ser
Dios.
“Nadie puede hacerte daño salvo tú mismo”. Nadie pue-
de hacernos daño. Estamos más allá, a salvo. Nuestro pen-
samiento crea mundos que nos aterran, que nos hacen
sufrir, que nos acosan y nos angustian. Mirar el pensa-
miento es ver la trampa.
No es posible aprender la verdad de esa frase mediante
ningún proceso o camino intelectual, racional o filosófico.
Se trata más bien de una invitación a la experiencia, a inda-
gar si ello es así.
Una vez más, podemos asomarnos a la raíz del sufri-
miento para dar respuesta al misterio de esa vivencia tan
habitual en el hombre.
No nos vamos a referir al dolor físico. Como dice Epí-
cteto: “pueden matarme, pero no pueden hacerme daño”

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Vamos a profundizar en la raíz del sufrimiento psicológico.
Veamos cómo surge en nosotros este sufrimiento:
En un momento dado se produce un suceso externo
que desencadena la reacción de la mente. Podríamos decir
que el suceso externo es una chispa, algo que pone en pié
la maquinaria del pensamiento. La mente se lanza a crear
un escenario de sufrimiento, de decepción, de frustración,
de miedo... Es el sufrimiento humano.
A partir de ahí nos instalamos en un entorno de gran
dolor. Hay algo dentro de nosotros que ha surgido, un sen-
timiento negativo. Todo esto es desarrollado por nuestra
mente. Es decir, nuestra mente ha construido un escenario
de dolor y sufrimiento, un entorno que es percibido como
algo triste, desdichado, como un motivo de sufrimiento in-
consolable.
Ahora bien, cabe preguntarse, ¿es el suceso externo la
causa del sufrimiento o lo es la mente humana? Ahí radica
la clave de la cuestión.
Muchas cosas podrían ser dichas a este respecto. Es
cierto que un mismo acontecimiento puede ser vivido de
forma distinta según el temperamento de la persona. Pero
está claro que las cosas suceden de forma objetiva en la rea-
lidad. Es decir, existe la muerte, la decepción, el amor no
correspondido, la enfermedad, el fracaso laboral o de pare-
ja, la frustración de las expectativas... Las cosas suceden sin
que podamos evitarlo.
Lo que Epícteto plantea en su frase es que la raíz del
sufrimiento no está en los acontecimientos, que se suceden
en la vida con la naturalidad del día y la noche. A la oscu-
ridad sigue la luz. Ninguna es más bella que la otra, aunque
podemos percibir una de las dos como una amenaza.
Sin embargo la vida transcurre de forma natural. ¿Acep-
tamos nosotros el curso de los acontecimientos? ¿Aceptamos
la muerte y la enfermedad igual que la vida y la salud?
Evidentemente no.

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Por ejemplo, un fracaso en la vida profesional. Sucede.
Simplemente ocurre. No nos dan el ascenso esperado, sino
que es ofrecido a otra persona. Hasta ahí sólo existe un
hecho objetivo, algo que ha ocurrido.
El problema viene después, cuando leemos ese aconte-
cimiento y comenzamos a crear toda una selva de pensa-
mientos negativos en torno a ello. Sentimos frustración,
odio, celos, envidia. Sentimos todo un cúmulo de sensa-
ciones negativas que nos arrastran a una clara infelicidad.
Así pues, ¿dónde está el problema? Parece claro que está
en los pensamientos generados por nuestra mente con oca-
sión de esa cuestión profesional. Muchos de esos pensa-
mientos tienen reflejo en nuestro cuerpo, y les llamamos
sentimientos.
En todo momento, lo que se está poniendo en riesgo es
alguna aspiración de nuestro ego. En el caso del ejemplo,
nuestra “necesidad” de obtener ascensos profesionales. El
ego no acepta ver frustrada esa aspiración, y menos aún
renunciar a ella.
A lo largo de los años hemos ido moldeando nuestras
ideas y pensamientos, es decir, nuestro ego, con una serie
de dogmas, de actitudes, de expectativas. Generamos nues-
tras ideas, aquello en lo que ciframos nuestra felicidad (sea
en el éxito, en la pareja, en el bienestar económico, en la
realización espiritual, en el arte...).
De pronto sucede algo que amenaza algunos de esos
axiomas en los que basamos nuestra vida. Nuestro ego per-
cibe la amenaza y reacciona contra esa situación defen-
diéndose. No acepta esa nueva situación, sino que se
enfrenta a ella. Todo lo que significa aceptación es percibi-
do por el ego como una amenaza contra su propia identi-
dad, basada en ideas y axiomas que ha ido generando.
Es más, la aceptación de la situación adversa significa-
ría la muerte de una parte de nuestro ego, la parte que se
aferra al axioma amenazado.

19
El ego reacciona violentamente. Genera pensamientos
negativos. Reafirma su propia identidad mediante los pen-
samientos en los que se fundamenta. De ahí el miedo, la
lucha, la frustración, la tristeza, el miedo...
Aun en el caso de que lo que estamos diciendo sea cier-
to, la pregunta es evidente: ¿qué hacer, entonces? ¿Qué
hacer cuando se percibe una situación que genera en noso-
tros pensamientos negativos, dañinos, pensamientos que
nos hacen sufrir?
Paradójicamente, la única respuesta es no hacer nada.
Lo que en esencia somos es ya felicidad, es libertad, es
amor, es el propio Ser de Dios latiendo en nuestro ser. El
pensamiento oculta todo lo que desde siempre hemos sido.
Lo que desde siempre estuvo en nuestro corazón. El pen-
samiento, el sufrimiento, tapan nuestro propio Ser de Dios.
Si nos planteáramos hacer algo para combatir el pensa-
miento negativo, de nuevo estaríamos generando un pen-
samiento, cambiando de programación para defendernos
del envite, cambiando nuestra programación por otra dis-
tinta. ¿Qué ha cambiado en lo sustancial? Absolutamente
nada.
Por eso lo que nos propone Epícteto es mirar en noso-
tros. Mirar el pensamiento en cuanto surge. Mirar el sen-
timiento, las reacciones de nuestro cuerpo y de nuestra
mente.
El pensamiento no se detiene. Una y otra vez recrea un
escenario de amenaza y dolor, en el que nos vemos relega-
dos, masacrados, triturados. Una y otra vez sentimos el
dolor en las entrañas, el sufrimiento, la inconsolable triste-
za, la desesperación.
Mirar lo que sucede. Mirar los pensamientos. Mirar
cómo se levantan escenarios terribles. Mirar el movimien-
to y todo lo que sucede en nuestra mente. Mirar incansa-
blemente. Ser testigos de ese movimiento sin dejarnos
arrastrar por él, sin levantar nuevos escenarios, sin idear
soluciones, escapes, sin huir, sin hacer absolutamente nada.

20
Tan sólo permanecer con el sufrimiento, con el dolor.
Mirar cómo surge, cómo es despertado por un aconteci-
miento o por un pensamiento. Mirar cómo se levantan vie-
jos dolores, viejas heridas, viejos traumas, viejos sentimien-
tos de culpa, de infelicidad.
Mirar cómo todo esto se levanta. Mirar los escenarios
que construye en torno a ello nuestra mente. Mirar incan-
sablemente, sin elegir nada, sin tomar opción por nada. Es
decir, no hacer absolutamente nada.
En ese momento, cuando percibimos la irrealidad de
los pensamientos, dejan de tener poder sobre nosotros.
Vemos que no es más que una ficción. Que no es más que
una fantasía, una amenaza ficticia. En ese momento la
trampa es desactivada.
Pero no hay que pretender desactivar nada. Esa desac-
tivación sucederá sólo si nos limitamos a observar, sin nin-
guna pretensión, sin ningún objetivo. No hay nada que
codiciar. No hay ninguna programación. Sólo pura obser-
vación. Basta con atreverse a mirar lo que sucede.
En el momento en que el escenario comienza a de-
rrumbarse existe una sensación de muerte. Efectivamente,
la parte de nuestro ego que basaba su entidad en ese pen-
samiento está a punto de desaparecer. Si seguimos atentos
al movimiento, si ni siquiera entonces nos marchamos o
huimos, el movimiento desaparece totalmente. El pensa-
miento se diluye, se deshace.
Entonces queda una persona más libre, más feliz, con
más heridas curadas.
La observación y el Silencio son un camino profunda-
mente terapéutico. Es un camino que va sanando nuestras
heridas una a una. No hacen faltan técnicas de grupo
ni terapias psicológicas. Basta mirar desde un profundo
Silencio.
Mirar el pensamiento. Todo pensamiento. Ninguno tie-
ne por qué prevalecer, en ninguno tenemos que basarnos

21
si queremos ser libres de los viejos conceptos que hemos
generado y que nos tiranizan. Libres, por fin, de nuestras
viejas heridas.
Basta con mirar desde un profundo Silencio. Una mira-
da total y absoluta, no contaminada por ningún pensa-
miento. Una mirada que mira todo lo que sucede en noso-
tros. Ese es el camino propuesto por Epícteto y por tantos
otros que caminaron la senda del Silencio en tantas cultu-
ras, épocas y regiones del mundo.
Una vez que la herida sana, queda en nosotros una sen-
sación de vacío, de liberación. Parece que hemos dejado en
tierra un pesado fardo que atormentaba nuestro camino.
Lo hemos dejado en tierra y hemos visto que en realidad
no lo necesitábamos.
Se siente una liberación, una gran ligereza y una profun-
da alegría. Esta es la gran aventura del ser humano. Es la
gran búsqueda que estamos llamados a realizar. Es muy fácil,
ya que no hay que hacer nada en este camino. Pero también
muy difícil porque no sabemos estar sin hacer nada. En el
camino del Silencio siempre están presentes las paradojas.
Intentaremos explicarlo de otro modo recurriendo a un
ejemplo bastante gráfico. Dicen que cuando se inventó el
cinematógrafo, una de las primeras filmaciones que se rea-
lizó fue la llegada de un tren a una estación. La cámara
estaba situada justo enfrente de donde el tren había de
detenerse. Y cuentan que, cuando el público vio la proyec-
ción del tren, se asustó y comenzó a huir de sus asientos,
ya que creía que el tren los iba a arrollar.
Algo así sucede con los escenarios que nuestra mente
inventa. Vemos surgir el escenario. Por ejemplo, un escena-
rio de amenaza, como la del tren. Algo que se nos viene
encima. Una frustración, un desengaño, un abandono, una
pérdida, algo que experimentamos como negativo, terrible,
profundamente doloroso. Es decir, el pensamiento, igual
que el proyector de cine, ha creado algo que vivimos como

22
una amenaza. Como algo que nos amenaza terriblemente,
que está a punto de atropellarnos, de derribarnos.
Supongo que, en cuanto aquellos primeros espectadores
vieron la trampa, la mentira, que era sólo una fotografía en
movimiento proyectada sobre una sábana blanca, dejaron
de temer aquella enorme locomotora que se les venía enci-
ma. La amenaza y el miedo habían desaparecido.
Justo igual sucede con la mente humana. En cuanto
descubrimos la trampa no hay nada que temer. No hay
sufrimiento posible. Cuando aparece el pensamiento, cuan-
do vemos surgir esa mentira amenazadora, si estamos aten-
tos, nada llega a rozarnos.
Como dice el barquero a Siddharta: “He visto que has
sufrido, pero también he visto que el sufrimiento no ha en-
trado en tu corazón” Esa es la maravilla de la atención.
Seguimos viviendo las mismas cosas, algunas de ellas trági-
cas. La vida seguirá mostrándonos muerte, enfermedad y
destrucción. Pero lo vivimos de otro modo. Sentimos la pér-
dida, pero lo vemos como algo natural, propio del ciclo de la
vida. Existe el día y la noche. La inspiración y la expiración.
La salud y la enfermedad. La vida y la muerte. Es así de sim-
ple. Es algo que ya no nos tortura. Las torturas nos las impo-
ne el pensamiento, pero ya hemos desactivado sus trampas.
No nos queda más que abandonarnos a la dicha de vivir.
Sentarse en la silla, en el patio de butacas. Comienza la
película. Aparece la locomotora... Y no es más que una
proyección sobre una sábana. No es más que una fotogra-
fía en movimiento que jamás llega a rozarnos. ¿Qué impor-
tancia tiene? Si no le damos ninguna, si no le damos crédi-
to, si permanecemos atentos sólo mirando, sin mover un
músculo, la imagen acaba por desaparecer. La película ter-
mina. Se enciende la luz y volvemos a la vida, a la realidad.
Sin fantasmas, sin torturas, sin pesares.
Tal vez cuando miremos con atención veamos que no
hay nada que esperar. Que las esperanzas y expectativas
son cosa del ego. Que la felicidad está más dentro que todo

23
eso. Que no depende de las cosas de fuera. Que no necesi-
tamos nada. Que la vida sigue siendo terrible y maravillosa
a cada instante. Que el sol sigue brillando con fuerza, y los
trigales entregan ya el fruto de la tierra. Que sigue habien-
do nubes grandiosas, brisa fresca que suaviza las mañanas
de julio, el ocaso, el alba, la sonrisa que nos hemos negado
a ver, los pájaros y el Silencio.
En la vida se van produciendo estos momentos, estas
crisis, o vértices desde los que nos asomamos a nuestras
pulsiones más íntimas y profundas. Cada temor, cada
angustia, cada desgarro es manifestación de una pulsión del
ego, de un movimiento del ego. El camino del Silencio aca-
ba calcinando todo esto, todos nuestros asideros, puesto
que el camino del Silencio es el de “soltar la rama”.
Así pues, cuando brota la angustia, ya sabemos dónde
hay una nueva raíz de mala hierba, de hierba invasora. Allá
acudiremos con nuestra observación silenciosa. No hacien-
do nada, permaneciendo ahí, sumergiéndonos hasta el
final, hasta las últimas consecuencias. Abandonándonos,
soltando la rama. Abandonándonos al sufrimiento, con el
corazón roto. Bucear en las profundidades de nuestro
dolor, como Jesús en el huerto. En nuestra más profunda
angustia. Hasta sudar sangre.
Una vez que hemos visto que la locomotora del pensa-
miento jamás llega a rozarnos estaremos listos para todo.
Aceptaremos con un corazón alegre todo lo que haya de
venir.
Y es que la noche siempre es el sendero del alba. A
veces las épocas de “cuarto menguante” nos inspiran una
nostalgia de recuperar nuestra verdadera identidad.
Este es el camino del Silencio. Una observación sin lími-
tes, una liberación sin límites, una felicidad sin límites, un
amor sin límites. Es encarnar sin ninguna adulteración la
presencia del Dios vivo en cada uno de nosotros. Es el
mayor goce, la aventura de nuestra vida.

24
Cualquier alivio es salirse del Silencio, es seguir las pul-
siones del ego, es no afrontar la realidad. Así que basta con
dejar que todo sea, que todo suceda. Que la vida transcu-
rra como debe hacerlo. No nos es dado a nosotros decidir
el movimiento de la naturaleza y de la vida, ni regular sus
estaciones. Sólo nos es dado recuperar nuestra plenitud,
nuestro ser imagen de Dios. Nuestra divinidad, felicidad,
amor. Sólo nos es dado volver a casa. Para ello no hay que
hacer nada. Ya estamos aquí. Basta ver los ruidos que tapan
esta realidad. Cada angustia delata un anclaje del ego, un
lastre que el ego soporta y arrastra. Basta con mirarlo para
descubrir la trampa.
Confiar en el Lanzador de Puñales, en Guillermo Tell. Si
nos movemos, corremos el riesgo de herirnos. Dejar que la
vida sea. Sin complicaciones. Desde este momento renun-
ciar a toda complicación, a todo concepto que hayamos
aprendido y que nuestra memoria retiene. No hay procesos
intelectuales. La verdad sigue dentro, siempre estuvo ahí.
No hacer nada es expresión de la confianza en el Dios
que todo lo puede, el cual encarnamos nosotros en el mun-
do. Abandonarse a su suprema sabiduría, a su supremo
amor, a su supremo Silencio. Dejar que el Silencio cure
nuestras heridas, nos sane, nos reintegre, nos rehabilite.
Dejar que el Silencio vaya drenando todos nuestros egoís-
mos y esclavitudes. Dejar que la vida sea, que la vida dis-
curra, terrible y maravillosa.
Sólo una profunda e inconmovible atención. Una aten-
ción que no descansa, que no abandona, que no es altera-
da. Una atención pase lo que pase. Vengan olas, vengan
tempestades. Mientras más se conmuevan nuestros
cimientos, más profunda será la limpieza. Con valentía, con
arrojo. Sin hacer nada. Dejar que todo suceda bajo la aten-
ción pura e inconmovible que todo lo observa pero que no
trata de hacer nada con lo que observa. Es una atención
que no interviene, que no interfiere, que no ata ni desata
nada. Está sólo para observar, para ser testigo de la Vida.

25
El ego intenta perdurar, tomar cuerpo en sus objetivos,
en sus ansias de acaparar. Siente seguridad en determina-
dos pensamientos. La mente atenta puede desvelar las
trampas y poner el truco al descubierto. A partir de ese
momento no es posible sufrir más por ese motivo. Así
vamos perdiendo aquello a lo que nos aferramos, todos los
asideros. Uno tras otro, hasta no dejar ninguno. “Las zorras
y los conejos tienen madriguera, pero el Hijo del Hombre
no tiene donde reclinar la cabeza”
Y sin embargo, a medida que se acepta la pérdida de
esos asideros, lo que va quedando es una libertad cada vez
mayor, una alegría, una felicidad aún mayores. Felicidad
que está más allá de todo, que no es tocada por nada.
Sólo el pensamiento, sólo nosotros mismos podemos
hacernos daño. En el momento en que aprendemos la for-
ma en que nos hacemos daño, ya no cabe la posibilidad de
que siga sucediendo. En ese momento sólo existe felicidad.
Somos libres de nuestros propios conceptos, de nuestras
propias cárceles y trampas. Estamos listos para vivir a fon-
do, para dejar que el amor brote de nosotros.
Un amor que no teme ser herido porque sabe que nadie
puede herirlo.

26
ii
FRENTE AL SUFRIMIENTO

Las cosas nos hacen un gran favor cuando nos abandonan.


José Moratiel.

Cuando todas las criaturas abandonan o hieren, el alma


está, según la frase de Taulero, como el ciervo acosado
por todas partes, que viendo cerradas todas las salidas y
no quedándole más que el estanque, se precipita en él.
Cuando tengáis una pena, precipitaos en Dios.
Robert de Langeac.

Cuando llega la hora del sufrimiento y no tenemos nada


a que aferrarnos, cuando no tenemos nada en lo que repo-
sar, en lo que reclinar la cabeza, entonces no queda más
camino que abandonarnos, que sumergirnos en el estan-
que, en la tristeza... En Dios. Sumergirnos a fondo y sin
reservas.
La soledad es imprescindible en el sendero del Silencio.
El abandono de todo, la noche oscura del alma. Es la gran
ocasión de aprender las trampas, de conocerlas e ir hasta el
fondo de ellas. Cuando se llega hasta el fondo de las tram-
pas se comprende que no había nada terrible en ellas. De
hecho, que no había nada en ellas. Simplemente porque
eran un espejismo, una invención.
Ir hasta el fondo de lo que venga... Sólo somos respon-
sables del presente. Sólo del presente debemos ocuparnos.

27
Ni preocuparnos ni “posocuparnos”. Sólo abandonarse al
momento presente.
El sufrimiento siempre nos indica por dónde discurre
nuestro camino. Es como una mala hierba que brota en un
jardín. El jardinero sabe dónde hay una raíz de planta inva-
sora, y cuando ve el tallo puede desarraigar el brote.
Así es el sufrimiento. Nos indica un miedo, un aferra-
miento, una expectativa... Nos indica dónde encaminarnos.
Así pues, y desde ese punto de vista, el sufrimiento es
una magnífica ocasión que no debemos desaprovechar.
Una ocasión de aprender, de crecer, de liberarse, de perder
la corrupción del miedo. El miedo corrompe y nos lleva a
usar a los demás para nuestros fines.
De este modo, el sufrimiento nos muestra el camino de
una liberación, de un crecimiento, de la felicidad. Para ello
basta con sumergirse en el sufrimiento, sin buscar alivio en
nada, sin aferrarnos a ninguna tabla de náufrago. Cuando
todos se marchan, cuando todo nos abandona y queda-
mos solos con nuestro sufrimiento, estamos en una posi-
ción privilegiada. Basta con soltar todo, soltar toda rama,
toda tabla de náufrago. Soltarlo absolutamente todo. Las
cosas, las personas, nos han hecho un gran favor con
abandonarnos.
Así pues, quedamos frente a frente con nosotros mis-
mos, sin intermediarios, sin modo de rehuir la situación.
Entonces no nos queda más remedio que zambullirnos en
el sufrimiento, abandonarnos a él, dejar que él nos moldee.
Dejar que él actúe en nosotros. Ir hasta el final, hasta el fon-
do del sufrimiento. No por placer morboso. Sólo porque
no nos queda más salida.
Dice Moratiel que al Silencio se llega cuando no encon-
tramos más salida, cuando la vida nos ha conducido a un
camino sin escapatoria. Entonces no nos queda más que el
Silencio.
Cuando todos se marchan, cuando quedamos a solas
con nuestro Silencio, puede producirse el milagro.

28
Así sucedió a Jesús en el monte de los olivos. Todos le
abandonaron. Uno de sus amigos acababa de traicionarle
por 30 monedas. Los demás permanecían dormidos, y no
tardarían en huir y dejarlo solo.
Estaba frente a frente con su propia angustia, con su
propio dolor. En ese momento bajó hasta lo más profundo
de su sufrimiento. Puede que no sea un camino fácil. Jesús
llegó a sudar sangre.
También por ahí discurre a veces nuestro camino.
Muchas veces la vida nos pone en la tesitura de sudar san-
gre. Pero nosotros lo rehuimos, inventamos una escapatoria,
alguien a quien aferrarnos, un escape, una evasión. Puede ser
un argumento, una idea, un viaje, una persona, distraccio-
nes... Todo con tal de no abandonarnos al sufrimiento. El
mismo Jesús pasó por esto: “Aparta de mí este cáliz”.
Pero Jesús se quedó allí, sudando sangre. Bajó hasta el
final del sufrimiento. Se quedó vacío ante él, en Silencio. En
un total y profundo Silencio. Soltó toda rama. En el culmen
de su humanidad, dejó que la angustia penetrase hasta lo
más íntimo, hasta el último poro de su cuerpo. Se abando-
nó en un total y profundo abismamiento.
Cuando Jesús se levantó la angustia había desaparecido.
Estaba vacío, en un Silencio tal que ya no podían nada con-
tra él los sufrimientos y las angustias. Había bajado hasta lo
más profundo de su condición humana, hasta el miedo, la
oscuridad, la zozobra que también a nosotros nos acom-
paña en nuestra vida. Y allí se abandonó. Allí dejó que su
ser se empapara de lo que la vida deparaba para él. Se
abandonó a su presente, a un presente en que venían a atra-
parlo con palos y antorchas como a un malhechor para
torturarlo brutalmente hasta matarlo.
Bajó hasta el último pliegue, hasta el último recodo en
el camino de su sufrimiento humano.
Y allí, abandonado, sin nada a lo que aferrarse, se soltó.
Soltó toda salvación, todo escape, toda evasión. Entonces
estuvo listo para afrontar su prendimiento, su tortura y su
crucifixión.

29
Este es el sendero que se nos presenta también a noso-
tros. En nuestra profunda humanidad, estamos llenos de
tristezas, de angustias, de agonías, de simas profundas en
las que sentimos hundirnos. Sudamos sangre.
Como decíamos, es la expresión de nuestro ego que
busca afianzarse, adquirir, mantener, nunca soltar, siempre
aprehender, aferrarse eternamente. Este aferramiento, la
consecución de estas expectativas ocupan todos nuestros
movimientos sicológicos, todos nuestros afanes en esta
vida. Queremos acaparar, aferrar, atesorar aquello que cre-
emos que nos puede dar la felicidad.
Somos presa de nuestros movimientos compulsivos, fre-
néticos, asustados, agresivos, egoístas. Es nuestra programa-
ción, nuestro ego quien nos conduce a través de la vida.
Jesús nos dice que es posible la liberación. Es posible
bajar hasta el fondo de nuestra condición humana para
despojarnos de todo ello. Sentiremos una angustia brutal.
Sentiremos que sudamos sangre.
El camino que Jesús nos propone es el de bajar a lo más
profundo de nuestra condición humana. Es mirar de fren-
te nuestras angustias, nuestras agonías, nuestros sufrimien-
tos. En un profundo Silencio.
Miremos qué sucede cuando sufrimos:
Percibimos intensamente la soledad, el abandono de
alguien amado, la falta de perspectivas y alicientes. Esto
nos hace sufrir, nos hace llorar. Miramos lo que sucede en
el corazón y sólo vemos angustia.
Notamos perfectamente que estamos aferrados a este
sufrimiento. No queremos soltarlo. Dejaríamos de ser
nosotros. Ese es precisamente el movimiento del ego. Se
identifica, se perpetúa sobre la base de estos movimien-
tos del pensamiento, de estas angustias, aspiraciones y
sueños.
No lo queremos soltar, porque si lo hacemos no seríamos
nosotros. ¿Quién sería yo si en estos momentos no estuvie-

30
ra echando de menos terriblemente, brutalmente, dolorosa-
mente a la persona por la que me siento abandonado?
Jesús nos propone mirar en Silencio lo que sucede.
Mirar el movimiento del pensamiento, del ego, sin hacer
nada. A veces intentaremos que pase de nosotros este cáliz.
Pero si tenemos la “suerte” de vernos abandonados por
todos, que duermen sin enterarse de nada, ausentes, enton-
ces no nos quedará más camino que regresar al sufrimien-
to, a la tortura, a la agonía. Volver a sudar sangre.
Y aquí estamos. Aquí está el hombre, frente a frente con
su sino, con la maldición escrita sobre su frente: aquí está
el hombre SUFRIENDO. Frente a frente con su dolor. Sin
más. Sin escape. No hay sitio a donde ir. No hay lugar en
el que refugiarse.
El dolor nos ha alcanzado, estamos en un desierto. No
tenemos a dónde huir ni dónde ocultarnos. No hay esca-
patoria.
En este punto estamos situados justo frente a un movi-
miento de nuestro pensamiento, de nuestro yo. El ego se
identifica con un conjunto de pensamientos que están sien-
do amenazados. Se identifica con permanecer unido per-
manentemente a la persona que se ha marchado. Encon-
tramos en su alejamiento motivo para sufrir.
Y sin embargo todo esto no son más que pensamientos.
Nosotros, nuestro ego, les ha dado el poder de hacernos
daño. Pero estamos enfrentados sólo a nuestros pensa-
mientos. Pensamientos tristes, angustiosos, dolorosos, lace-
rantes. Pensamientos que nos hacen sudar sangre.
Jesús nos propone esto: NO MOVERNOS. NO ALEJARNOS.
NO IR A NINGUNA PARTE. PERMANECER AHÍ. ATENTOS. SIN
BUSCAR NADA, SIN PRETENDER NADA. SIN HUIR.
En el momento en que vemos el pensamiento en toda
su extensión, sin marcharnos detrás de él para darle sa-
tisfacción, empezamos a ver la trampa. Un pensamiento
nunca es la realidad, siempre es algo inexistente, ficticio.

31
Y cuántas veces hemos dejado que ese espejismo nos cau-
se dolor e infelicidad.
¿Qué hay de tan terrible en el pensamiento? ¿Qué pen-
samiento puede hacerse realidad y atacarnos? Todo es una
gran mentira. ¿Hasta cuándo dejaremos que una mentira
nos domine y nos haga infelices? Posiblemente estemos en
una de las encrucijadas vitales a las que el hombre se ha
enfrentado a lo largo de su historia.
Y nosotros, sencillamente, vemos el movimiento, per-
manecemos con él, lo miramos.
Ver cómo todo se desvanece. Ver cómo el miedo o la
angustia o el sufrimiento brotan como un árbol poderoso.
Surgen con firmeza, sus raíces van penetrando con dolor
nuestra carne. Sudamos sangre. El árbol del dolor va cre-
ciendo. Su tronco se hace más y más alto, más rugoso, más
fuerte, más áspero. Sus ramas crecen más y más, llenas de
espinas que rasgan nuestras entrañas. Es un árbol enorme,
membrudo, fuerte. Un árbol que ha crecido insospechada-
mente. La atención sigue ahí, sobre el árbol. No hay nada
a donde huir. No hay más que mirar el árbol. El movi-
miento continúa. Igual que fue creciendo, inicia su declive.
Sus hojas se van arrugando, se van marchitando, sus ramas
se van secando, su corteza se va desgajando. El árbol está
arrugado, vencido, como encorvado. Se va marchitando, se
va deshaciendo hasta que acaba por venirse a tierra, por
deshacerse, por quedar deshecho en polvo, en nada.
¿Qué ha sucedido? Simplemente hemos visto evolucio-
nar el pensamiento. Al final, el pensamiento pasa y se des-
vanece, y nosotros seguimos intactos. Nada nos ha rozado.
Nada nos ha atacado. Era sólo una imagen irreal, nacida
del ansia de pervivencia del ego. Hemos visto la mentira.
En adelante no volverá a torturarnos.
En todo ese movimiento sólo hay observación. Hay
una sensación que parece decir que vamos a morir también
nosotros con el árbol. Es lógico. Es el ego que siente que

32
está muriendo; que está soltando algo que no quiere soltar,
en lo cual le va la vida.
Si existe sólo observación, también podremos observar
ese movimiento, esa sensación, esa pulsión del ego, negán-
dose a soltar, aferrándose a recuerdos, a expectativas, inven-
tando soluciones, vías de actuación. Cuando observamos
esta sensación sin marcharnos, el movimiento está comple-
to. Todo se ha consumado. Somos libres.
Hemos descubierto la trampa. En adelante no volvere-
mos a dejarnos dominar por el espejismo. Hemos visto la
irrealidad del movimiento. Nos ha bastado sólo una pro-
funda y silenciosa atención
Estas cuestiones se dilucidan en soledad, sin testigos, sin
ayudantes. La ayuda de fuera sólo hace evitar que nos
encontremos frente a frente con nuestro propio dolor. El
único camino es mirar en Silencio todo lo que sucede. Toda
la expresión del ego, con su terrible carga de furia y miedo.
Mirar lo que pasa, sin actuar. Dejar que el movimiento se
realice.
Cuando acogemos nuestras heridas, cuando dejamos
que se manifiesten, que se expresen, cuando no nos identi-
ficamos con todo ello sino que lo vemos manifestarse,
entonces sucede el milagro de la curación y la alegría.
Cuando la alegría nos acompaña en el camino nada hay
imposible. Los valles se colman y las montañas se aplanan.
Cuando vamos al encuentro de nuestros fantasmas con
alegría, ya hemos vencido. Cuando llegamos al interior con
alegría, con la sonrisa en los labios, dispuestos a descubrir
lo que sucede, lo que se agita en nuestro ser, entonces
hemos ganado de antemano.
Y ello por la sencilla razón de que hemos desprovisto
de ferocidad a nuestros terribles fantasmas de miedo y
sufrimiento. Ya no son feroces, ni terribles, ni amenazado-
res. Ahora son un escollo más, un lastre más del que se nos
ofrece la maravillosa oportunidad de liberarnos.

33
La alegría es algo muy concreto. No tiene nada que ver
con la excitación, con la euforia, ni con ningún sucedáneo.
Alegría es alegría. Es como un síntoma del amor.

34
iii
LUCHA DE LA MENTE
Y SUFRIMIENTO

Cuando el ego infunde en nosotros deseos, aspiracio-


nes, codicias, podemos ver el movimiento. En realidad no
tenemos que hacer nada con ese movimiento, ya que no
hay nada que conquistar. Ni siquiera nuestro ego. Dejar
que el mundo sea, dejar que todo se manifieste, incluido el
ego. No hay que hacer nada con él. Ni vencerle, ni disol-
verlo, ni manipularlo, ni estudiarlo... Todo esto no son más
que objetos que pueden ser codiciados por nuestro ego.
No, no se trata de nada de eso.
No hacer nada es mantenerse en el Silencio, sin seguir los
dictados del ego, sin codiciar. Sólo observar los movimien-
tos, observar la agitación tal y como observaríamos las olas
romper contra la playa. Dejar que todo se manifieste, se pro-
duzca, que todo se exprese en la gran danza de la vida.
No hacer nada, ni ahora ni cuando se manifiesten nues-
tros ruidos, con su posible carga de frustración, angustia,
sufrimiento o miedo.
Todo esto procede del ego, que es una parte de noso-
tros. Luchar contra ello no sólo no resuelve la cuestión,
sino que es profundamente doloroso.
Además, luchar contra ello es caer en la propia red del
ego, que es lucha. Se lucha porque se codicia un resultado.
En el Silencio no hay aspiraciones, ni codicias, ni luchas, ni
resultados. En el Silencio la vida puede expresarse tal cual es,
sin falsear nada. Todo es oído, aceptado, abrazado, acogido.

35
En muchos momentos sucede la amargura, la angustia,
el sufrimiento, el dolor... Tampoco hay que hacer nada con-
tra ello. Al fin y al cabo, todo esto no son más que pensa-
mientos. Pensamientos que proceden de nuestro ego, que
no tienen ninguna entidad. Son escenarios inventados, irre-
ales. Pero también surgen y aparecen en nosotros.
No tenemos que hacer nada contra ello. Hemos sido
educados para pelear contra el sufrimiento. Pero nadie nos
ha dicho que la lucha es la raíz del sufrimiento.
El sufrimiento surge, existe, sin más. Es un pensamien-
to que tiene efectos sobre el cuerpo. Si intentamos luchar
contra él, será cada vez más intenso. Es como la Hydra de
Lerna contra la que luchaba Hércules. Mientras más cabe-
zas cortaba, más cabezas nacían. Cada vez que cortaba una,
nacían dos.
Mientras más luchemos, más daño nos haremos. El
sufrimiento procede de nuestro pensamiento, de nuestro
ego.
No tenemos que hacer nada contra ello. Mirar ese ole-
aje, ver cómo se agita... Es como si nuestra luna fuese
entrando en cuarto menguante hasta agotarse en una oscu-
ra luna nueva. Pues no pasa nada. Lo podemos aceptar con
total naturalidad.
Luchar contra el sufrimiento es tan absurdo como enca-
rarse con la luna porque entre en cuarto menguante.
Simplemente sucede. La luna no es culpable de nada.
Tampoco nosotros lo somos.
¿Podremos perdonárnoslo? ¿Podremos ver con naturali-
dad que nuestra vida trae alegrías pero también tristezas?
¿Atención pero también inconsciencia?
Si nosotros podemos perdonárnoslo, todo está bien. Si
nos perdonamos por ello, no hay más lucha, y no nos hare-
mos más daño.
Por eso dice Epícteto: “Nadie puede hacerte daño ex-
cepto tú mismo”. Nuestra lucha constante es el sufrimien-
to. Si no nos combatimos, si no luchamos contra nuestro

36
presente, si lo aceptamos con naturalidad, venga como
venga, no podemos sufrir daño alguno.
Por tanto, basta con dejar que todo sea, sin pretender
que ocurran cosas distintas a las que están sucediendo en
nosotros.
¿Es conformismo? Es realidad.
Efectivamente, alguien podría acusarnos de conformis-
mo. Podrían decirnos que aceptar la realidad es conformis-
mo. Es aceptar sin luchar la injusticia, la sinrazón, la vio-
lencia...
Pero no estamos hablando de las injusticias que se pro-
ducen en el mundo, de la violencia, de la pobreza, de la
marginación... Sólo podremos dar luz, paz y alegría a un
mundo roto cuando nosotros tengamos luz, paz y alegría
en nosotros mismos.
Estamos hablando de lo que sucede en nuestro interior,
en el nivel psíquico, de la violencia que ejercemos contra
nosotros mismos.
Si no somos violentos contra nosotros mismos, no lo
seremos contra los demás. Si estamos en paz, daremos paz
a nuestro entorno. Si somos felices, daremos felicidad.
Esa sola aportación al mundo, la que hace un hombre
feliz, es el mayor regalo que puede hacer a nuestro mundo.
Dice Alan Watts, “no hay nada que pueda hacerse, pero
no podemos dejar de hacer algo”. Tal vez ese sea el pro-
blema. Siempre queremos hacer algo, porque estamos
acostumbrados a ver la vida como una carrera de obstácu-
los, donde siempre tenemos una dificultad que sobrepasar,
y luego otra, y otra...
Continuamente problemas que solventar. Ya que hemos
percibido el ego como un problema, queremos solventarlo,
zanjar la cuestión. En ese momento, la idea de lucha arrai-
ga fuertemente en el ego, ya que aprende que de ello
depende nuestra felicidad. Surge la idea de la felicidad futu-
ra, cuando el asunto esté resuelto y seamos ya seres ilumi-
nados. He aquí el engaño del ego.

37
Nos lleva al tiempo, creación suya, al tiempo psicológi-
co donde habremos evolucionado y seremos otros. Pero,
¿qué hay del ahora? No hay futuro, sólo existe presente.
Dejar el cambio para el futuro es dejarlo para nunca jamás.
El futuro siempre es una idea de algo que está más allá.
Una idea inexistente, como todas las del ego. No puede
existir algo que significa “lo que está fuera del presente, en
un momento futuro”. No puede existir nada salvo el pre-
sente. El futuro no existe, es una idea de nuestra mente, de
nuestro ego. Se pervive a sí mismo de este modo, con el
eterno somnífero de confiar en un futuro para que las cosas
vayan mejor. Entretanto, sigue vivo.
Es una de las trampas. Por lo tanto, sin futuro, vemos
aquí y ahora agitarse nuestras programaciones. Vemos
cómo se agita, cómo se enfurece el oleaje interior. Todo se
agita y se conmueve.
Nos cuesta tanto mirar sin actuar... Es tan fuerte nuestra
inercia de resolver... No podemos entender que la forma de
resolver es no actuar. Es sólo mirar. Estamos hablando del
fuero interno. Es hermoso trabajar por un mundo más jus-
to, no nos referimos a esto.
Mirarnos a nosotros mismos. Mirar cómo se agita y se
aquieta el oleaje. Mirar cómo todo sucede, como todo ocu-
pa su lugar. Mirar, mirar, mirar...

38
1v
SOBRE EL MIEDO

El miedo es, sin duda, un aspecto crucial en el camino


interior.
Pero ¿qué es exactamente el miedo? De entrada, pode-
mos decir que es un pensamiento. Es algo que parte de
nuestra mente, que nace de ella. Pero, partiendo de la men-
te, afecta también nuestro plano físico, nuestro cuerpo.
Todos lo hemos experimentado. De pronto algo nos
atenaza. Tememos no ser felices, perder a nuestros amigos
y familiares, perder nuestra propia vida... Tememos perder,
no lograr, sentirnos desdichados, solitarios...
También existe un miedo mucho más físico, por ejem-
plo el caer desde un alto edificio, el de ser atropellados...
No nos vamos a referir a esos miedos. Están más cerca del
espíritu de supervivencia que de otra cosa. Son buenos, nos
ayudan a mantener nuestra vida y nuestra integridad física.
Pero, en cambio, existe el miedo psicológico, al que alu-
díamos en primer lugar.
Este miedo es uno de los más terribles lastres que pue-
de arrastrar una persona. Es lo contrario al amor. El temor
corrompe, nos empuja a utilizar a los demás. Por ejemplo,
quien teme estar solo busca a alguien que ahuyente esa
sensación. Utiliza a otra persona para que le alivie de sus
miedos.
Es, por tanto, una terrible carga, una enorme causa de
infelicidad. Es, como decimos, lo contrario al amor. Para

39
amar hay que estar completamente libre del miedo. Posi-
blemente, como dice Tony de Mello, las personas agresivas
actúan con violencia a causa del miedo.
Pero aterricemos ahora en sus causas y, sobre todo, en
su solución. Observaremos todo el movimiento, desde que
surge hasta que desaparece.
Como decíamos, en primer lugar aparece un pensa-
miento que atemoriza, que paraliza. De pronto el pensa-
miento nos lleva a creer que, si no encontramos una pare-
ja, un amigo, alguien que nos acompañe, estaremos solos y
seremos desdichados por siempre.
A partir de ese instante el temor nos invade, nos sacu-
de. Sentimos una opresión interna, el cuerpo vibra de una
forma distinta, sin duda negativa. Nos entristecemos, nos
cerramos, incluso físicamente.
Nos sentimos atenazados, incapaces de reaccionar a
nada, excepto a nuestro propio miedo. Entonces ponemos
en marcha algunas soluciones que hemos ido adquiriendo,
como malsanos hábitos para salir de tan desdichada si-
tuación.
Por ejemplo, nos ponemos a razonar con el miedo.
Generamos pensamientos de signo contrario, argumentos
que nos convenzan de que nuestros miedos son irraciona-
les. Evidentemente que lo son. Pero, por eso mismo, no sir-
ve de nada contraatacar con argumentos. Es un callejón sin
salida, una contradicción.
Buscamos otro modo, otra vía. Escapar. Es muy común
cuando alguien pierde a un ser querido. Enseguida sus
amigos lo sacan de casa para que se distraiga. Lo llevan al
cine, al teatro, al fútbol... Todo con el firme propósito de
que se distraiga de su temor a no ser feliz en ausencia de
esa persona.
Pero tampoco resulta. La persona llega a casa tarde o
temprano. El temor regresa, sin tardar mucho.
Otra posibilidad frecuentemente utilizada: reprimir el
miedo. Tampoco esto soluciona nada. El miedo permanece

40
agazapado, esperando para saltar de nuevo... Y tarde o tem-
prano regresa, ya que no hemos quedado curados de él.
Son muchos los recursos que empleamos, pero ningu-
no es válido ya que parten de nuestra razón, en un cierto
tipo de obediencia al miedo, de sometimiento a él.
Planteamos aquí que el miedo tiene solución. Es posible
liberarse de todos los miedos de una vez y para siempre. Y
no se trata de aplicar un sistema, un truco para tiempos de
crisis. Al contrario, no se trata de trucos. Basta con asen-
tarnos en la única práctica verdaderamente importante en
el camino interior: estar atento. La sola atención puede
liberarnos de un lastre tan pesado como el miedo.
Liberarse del miedo, dejar que desaparezca, es una de las
mayores bendiciones que pueden ocurrir a una persona.
Es posible liberarse del miedo de una vez y para siem-
pre. Es algo que dura sólo unos segundos; los breves ins-
tantes que dura la observación del movimiento del miedo.
La liberación es absoluta, total, maravillosa. Se produce
una liberación del miedo, de todos los miedos, y para
siempre.
Vamos a seguir el movimiento del miedo. Veamos qué
sucede:
Surge un pensamiento, una situación, un contexto que
pone en pié nuestros miedos. No es que surja un miedo
concreto. La naturaleza del miedo siempre es la misma. No
hay diferencia entre el miedo a la soledad, a la infelicidad,
al fracaso, o a cualquier otra cosa. Lo cierto es que algún
acontecimiento actúa como la chispa que desencadena
nuestro miedo; un encuentro, un pensamiento, una con-
versación, una palabra que nos dirigen...
Cuando se levanta el miedo, éste va acompañado de
todo un cúmulo de sensaciones físicas. Puede que el estó-
mago se contraiga, que se sienta una opresión en el pecho,
un nudo en la garganta, nuestro cuerpo se cierra, se blo-
quea. No hay energía para emprender nada distinto a lo
que el miedo nos exige.

41
Pero ya sabemos que no hay nada que no se cure, que
no se drene, cuando lo exponemos a la atención, al Silencio.
De este modo, la mente silenciosa mira al miedo. Lo
observa sin tomar partido, sin obedecerle, sin ponerle
remedio, sin buscar un argumento que lo alivie, sin escapar
de él, sin escabullirse. Simplemente lo mira de frente. Con
total serenidad, sin hacer nada.
La mente silenciosa mira las sensaciones físicas, el blo-
queo corporal, el estómago retorcido por la angustia, el
pecho oprimido por un peso insoportable. Mirar el miedo
como una flor que va naciendo, que va creciendo, ramifi-
cándose por todo nuestro cuerpo. Alcanza todos nuestros
miembros. Y la mente sigue observando en Silencio.
También comienzan a desencadenarse sensaciones
mentales, angustia, pesar, tristeza, desesperación... Del mismo
modo la mente silenciosa observa todas estas sensaciones.
El miedo es una de las manifestaciones del ego, una de
sus pretensiones de eternidad y pervivencia. Una de las
mentiras que hemos tomado por verdad. Cuando mira-
mos, misteriosamente, todo eso se desmorona. Empieza a
deshacerse esa ficción que hemos creído real. Con la obser-
vación, con el Silencio, todo pensamiento acaba agotándo-
se, desapareciendo. No es que hayamos reprimido nada, no
es que hayamos huido de nada. Simplemente hemos deja-
do que las cosas sucedan, y las hemos expuesto a un pro-
fundo Silencio.
Todo pasa antes nuestros ojos, como la corriente del río
cuando miramos desde el puente. Todo sucede ante nues-
tra atenta mirada. Y todo se desmorona. La planta que
hemos visto extenderse por todo nuestro cuerpo y mente
empieza su declive. Había florecido en nosotros con enor-
me vigor, y tras su momento de plenitud comienza a mar-
chitarse. Sólo sucederá si no nos movemos, si aceptamos lo
que va viniendo en total inmovilidad, SIN PRETENDER NADA.
Se trata de una atención intensa, que no tiembla, dispuesta
a aceptar lo que haya de llegar.

42
En este instante, si el miedo es profundo, puede produ-
cirse una sensación de muerte. Hay algo que está murien-
do en nosotros. O, mejor dicho, en nuestra cáscara, en
nuestra superficialidad, en nuestro ego. Algo que ha empe-
zado a desmoronarse, a morir. El aroma inconfundible de
la muerte aparece.
Nos parece que si seguimos atentos, en Silencio, si deja-
mos marchar aquello cuya pérdida nos llenaba de miedo,
habremos dejado de ser nosotros mismos. No en vano,
estamos a punto de soltar algo profundamente incrustado
en lo más hondo de nuestro ego.
Y sin embargo no hay nada más que hacer. La mente
sigue observando el movimiento de la muerte en Silencio.
Si persistimos atentos, la planta acaba por deshacerse,
por consumirse y desaparecer completamente, víctima de
un profundo Silencio. El movimiento se habrá completado.
Y la persona vuelve a ser libre de esa profunda herida
que es el miedo. Ha dejado en tierra un fardo insoportable,
un peso que lastraba su vida, la hacía pesada, la corrompía
y llenaba de impureza su relación con los demás. Todo eso
ha cesado. Y por fin habremos quedado libres del miedo
para siempre. De todos los miedos.
Esto es mirar el movimiento, la corriente. Esto es el
Silencio y la atención: dejar que el movimiento pase ante
nuestros ojos, sin hacer nada, sin controlar nada. Sólo
mirando.
Mirar posee una profunda belleza por sí mismo. Mirar
ese movimiento, sea el del miedo o cualquier otro, tiene
una intensa belleza. Quien ha mirado en Silencio conoce
esa belleza.
Al final tal sólo queda un intenso y maravilloso aroma
a libertad.

43
v
SOBRE EL
FUNCIONAMIENTO
DE LA MENTE

¿Por qué salís de vosotros mismos? ¿Por qué no permanecéis


en vosotros y os recibís en vuestro propio bien?
Maestro Eckhart.

¿Por qué salimos de nosotros mismos? Esa es una bue-


na pregunta. Es tanto como preguntarse por el origen del
ego, su sentido, el misterio de su existencia. No sabemos
por qué, pero tenemos ego.
Tenemos un acervo de pensamientos, aversiones, gustos,
juicios, expectativas, identificaciones, apegos... Tenemos un
acervo enorme acumulado de pensamientos que se han ido
posando, creando un poso sólido y duro. Eso es nuestro ego,
con ello nos identificamos. Reaccionamos cuando lo vemos
amenazado. El ego hace todo lo posible por pervivir, por
continuar. Si su forma de manifestarse es el miedo, se expre-
sará de ese modo para mantenerse vivo.
El ego es una ficción de nosotros, es el reflejo en un
espejo de nosotros mismos, una imagen vacía y hueca en
la que no existe nada de nosotros. Pero, paradójicamente,
nos identificamos con ella y luchamos por mantenerla. Mi
país, mi patria, mi bandera, mi trabajo, la importancia que
tengo y que los demás deben respetar...
Asentarse en el ego es vivir fuera, ajeno a uno mismo.
En el más puro sentido de la palabra, vivir en el ego es vivir
alienado.

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Por qué salimos fuera de nosotros mismos. Por qué vivi-
mos continuamente asomados a nuestra exterioridad, a lo
que los demás piensan de nosotros, a lo que queremos que
crean, a la opinión que queremos que tengan. Posición, sta-
tus... Gran locura es el ego.
Vivimos, efectivamente, fuera de nosotros mismos. Por
qué sucede esto, es un misterio. Debería ser tan sencillo...
Basta con mirar, con ver la locura, desenmascarar la men-
tira... Para ello no hay más camino que mirar en Silencio.
Vivir fuera es vivir en el ruido. Mirar el ruido desde den-
tro es romper las cadenas, las ataduras. Cuando miramos
desde dentro, van cesando todos los espejismos. Se van
rompiendo con un aroma de muerte. En verdad, es el ego
quien va muriendo. A cada muerte le sigue un vasto espa-
cio de libertad, serenidad y alegría.
Cuando se mira en el Silencio, sin yo, sin pensamientos,
aparecen los perfiles claros de la vida. Se puede observar la
realidad como es. Ceden las mentiras, se derrumban en un
estrépito de muerte, de mundos que desaparecen, de cade-
nas que se funden en un estallido de júbilo.
El miedo, el sufrimiento, son pensamientos que fácil-
mente percibimos y que una mente atenta y sensible pue-
de observar para que no nos destruyan. Una mente atenta
los observa, los mira, observa su movimiento...
Pero nos cuesta más con el placer, con la euforia, con
la emoción... Y sin embargo tienen la misma raíz. En el
momento en que dejamos entrar los pensamientos placen-
teros estamos dejando también entrar los dolorosos. Es
decir, en el momento en que nos aferramos a un logro, a
una conquista, a algo que nos da satisfacción, placer, esta-
mos también asumiendo el sufrimiento que nos va a causar
la derrota, la pérdida.
Dicho de otro modo, en la medida en que vivamos a
expensas de nuestro pensamiento estaremos expuestos a
los vaivenes positivos y negativos de la mente. Placer y
dolor son las dos caras de una misma moneda.

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El Silencio es otra cosa. Es libertad, es lo contrario a la
imposición. Es lo que brota, lo que surge, lo espontáneo, lo
que ya estaba ahí, el vacío anterior, el vacío primero. El
Silencio es lo genuino, lo puro. Seguir las voces que pre-
tenden suplantarlo es falsedad, es esclavitud y cadena.
Bajar a la vida, al Silencio, regresar a casa es ser cons-
ciente de todas las voces, verlas. Ver las órdenes, las viejas
y nuevas programaciones. Ver toda la programación, inclu-
so la que nos dicta quien nos convence para buscar el
Silencio. Esta nueva programación nos lleva a autoimpo-
nernos comportamientos, nuevas pautas que incluso pue-
den ser las de estar atentos o en Silencio.
Todas esas órdenes no son sino expresión del ego y de
la codicia.
El camino del Silencio es dejarse fluir, mirar las órdenes
del pensamiento hasta que desaparezcan. Porque cuando
desaparecen no queda más que Silencio y atención. Mirar
también, por tanto, el pensamiento que nos manda callar,
que nos pide atención, que nos ensordece a fuerza de ruidos.
Así pues, dejar que todo fluya. Mirar sin autoimposi-
ción. Es la sutil diferencia entre el Silencio que fluye y el
que es impuesto por el ego.
En realidad no pretenden lo mismo. Sencillamente por-
que el Silencio que fluye no pretende nada. El Silencio que
impone el ego sí que pide, ya que está orientado a la con-
secución de objetivos.
Cuando nos pedimos acabar con el ego, trascenderlo,
en realidad estamos participando de un juego atroz, de una
pantomima colosal. Queremos que el pensamiento acabe
con los pensamientos. Queremos que el diente muerda al
diente. Eso es imposible, es una falacia, una teatralidad, una
farsa.
Cuando el ego pide acabar con el ego está obrando pre-
sa de una programación y movido por su codicia. Ver esto
trae una gran libertad. Ver sin órdenes. Ver sin imposicio-
nes. Ver porque se ve.

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El Silencio desaparece cuando llegan los pensamientos
y nos arrojamos en sus brazos. En ese momento nos iden-
tificamos con sus contenidos, que pueden ser de tristeza, de
soledad, de abandono, de melancolía, de desesperación, de
impaciencia, de falta de expectativas, alicientes y motiva-
ciones. Nadie cerca, ninguna esperanza, ninguna ilusión.
Sólo soledad y abandono, rechazo, lejanía de alguien muy
querido. El ego sufre mucho, se identifica con sus expecta-
tivas, se siente solo. Necesita personas que le hagan sentir
que está vivo, que no está solo. Necesita a los demás,
corrompe, utiliza.
Frente a este movimiento del ego surge la posibilidad de
aprender, de descubrir el engaño, de liberarse de él, de ser
más pleno, más libre, más feliz, menos dependiente de los
vientos que soplan fuera.
Para ello basta con mirarse, instante a instante, sin esca-
par de nada, sin pretender nada. Sin recordar vivencias
anteriores similares. Sólo mirar. No pretender nada es ser
paciente. Las cosas no sucederán cuando queramos y
como queramos. No nos corresponde regir los destinos de
la Vida. Sólo podemos estar atentos, en un profundo Silen-
cio. Si la gente se marcha, si apenas quedan amigos en los
que podamos confiar, tampoco pasa nada.
La mente es una máquina que nunca se detiene, que
siempre está en movimiento. Cuando no hay nada, ella lo
inventa. Cuando no hay una acción que requiere su con-
curso, inventa algo con lo que juguetear, entretenerse,
seguir en movimiento. Mirar ese movimiento es el Silencio,
es la meditación.
Evidentemente, no todas las funciones del pensamiento
son nocivas. La mente es un maravilloso regalo que pode-
mos utilizar para vivir, para hablar un idioma, llegar a nues-
tra casa o conducir nuestro coche, para trabajar y para
reconocer a nuestros familiares y amigos.
Estas funciones de la mente son maravillosas, impor-
tantísimas, esenciales en la vida. Pero más allá, allá donde

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la mente comienza a tejer sus dependencias, sus objetivos,
sus pretensiones, es decir, en el momento en que la mente
comienza a tejer su tiempo, el tiempo psicológico, cargado
de recuerdos, objetivos y aspiraciones, de expectativas y
heridas, ahí nacen todos los engaños. Mirar esos movi-
mientos, mirar lo que sucede... Ésa es la liberación.
Dejar que todo aflore. Como los cuervos que salían de
la cueva de Montesinos en el Quijote. Desear “no desear”
es un gran absurdo, una contradicción. No tenemos por
qué formular ningún deseo. Ni siquiera el de no desear. No
hay ninguna codicia que formular. Ni siquiera la de no
codiciar.
Dejar que todo sea lo que quiera ser. Incluido uno mis-
mo. Es decir, dejar que nuestra propia interioridad se
exprese libremente. Esa es la palabra: libremente. Dejar que
todo suceda, sin hacer nada.
Los deseos van y vienen. Inmediatamente ponen en
marcha nuestra lucha, nuestra batalla por darles satisfac-
ción. En esa lucha se genera la tensión y el sufrimiento, ya
que queremos una situación distinta a la que vivimos.
En el Silencio no hay lucha que emprender. No hay
batalla que librar. En el Silencio todo se produce, todo
resuena, todo se expresa. Se expresan los deseos, las alegrí-
as y las tristezas. En el Silencio no hay un movimiento para
dar satisfacción a los deseos, para aferrarse a las alegrías,
para tornar las tristezas en gozo.
Cuando todo se expresa, cuando no hay luchas ni movi-
mientos, cuando permanecemos en lo profundo, el oleaje
sigue expresándose, pero ya no nos identificamos con él.
No es que tengamos que hacer ningún esfuerzo para ello.
Es algo que sencillamente sucede.
Siguen viniendo pensamientos, sentimientos, deseos... Y
nosotros seguimos en Silencio. Sin movernos. Tal vez esa
sea la clave. No hay que desechar ningún pensamiento,
ningún deseo, ningún sentimiento. En el Silencio todo es
abrazado.

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Es característico del Silencio no estar en tensión, siem-
pre agitados para dar satisfacción a los deseos, ni para
mudar los sentimientos tristes en alegres. Simplemente se
acepta todo. Se acoge todo.
La mayor parte de las veces el movimiento se produce
en nuestra mente. Ella se agita con el miedo, la ira, los
celos, el afán por aparecer bien visto por los demás, ele-
gante, atractivo, con pensamientos interesantes, con posi-
ción social, admirado, respetado. O bien fluyen pensa-
mientos ruidosos, sin propósito, erráticos, que no condu-
cen a nada más que a complicarse, liarse y reliarse sin cami-
no alguno.
Con mucha frecuencia el pensamiento nos lleva al pasa-
do o al futuro. Revisamos el pasado, planeamos el futuro.
Pensamientos enrevesados, alejados del momento presente.
Mirar el movimiento es mirar el momento presente. Es
mirar cómo todo ese oleaje surge bajo nuestra atenta mira-
da. Surge el movimiento de los pensamientos, y la mente
sigue atenta, vigilante, mirando cómo surgen, florecen y
desaparecen.
Siempre una actitud de observación, de atención. Una
actitud profundamente vigilante que va liberando todas
nuestras tensiones, miedos, angustias, afanes, egoísmos... Va
dejando limpia a la persona, como un drenaje que, gota a
gota, va eliminando impurezas.
Mirar cómo florecen esos movimientos nos va sanando
de ellos. La persona queda cada vez más aligerada de
pesos, de cargas, de tensiones. Cada vez más libre, más sen-
cilla, más feliz. La alegría es el testigo de todo esto, la luz
que se enciende para indicar que el camino es el correcto.
La alegría siempre es la compañera del sendero cuando
éste es el verdadero.
Viajar con alegría, cantando, silbando mientras los pies se
van posando en el camino, paso a paso. No hay mayor dicha.
Un camino y unos pies viajeros. Unos pies de barro que
siguen con sencillez y alegría el camino que lleva dentro.

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Es tan fácil y tan difícil al mismo tiempo... Nos vemos
obligados a hacer, nos han enseñado a hacer, no estamos
cómodos sin hacer...
Y sin embargo el camino del Silencio nos propone una
nueva vía, una alternativa: mirar sin hacer. Como el espec-
tador en la grada que mira el partido. Sin más. No hay que
extraer conclusiones. Basta con mirar cómo todo sucede.
Esto no significa vivir la vida de forma apática, desdibu-
jada, renunciando a la belleza, limitándonos a un papel que
nunca toma iniciativa.
Nos estamos refiriendo a lo psicológico, a lo que con-
cierne a la actividad de nuestra mente. Mientras haya agi-
tación y ruido estaremos lejos del momento presente.
Estaremos alejados del frescor de la hierba, del canto del
agua, del rumor de las olas.
Cuando no nos movemos, los espejismos desaparecen.
Es como si estuviéramos en uno de esos sueños en los que
nos persiguen y nosotros corremos interminablemente,
sin encontrar final ni refugio. Si en ese sueño nos quedá-
ramos quietos, si dejásemos de correr, no habría ningún
enemigo. Veríamos la trampa del pensamiento. No existe
tal enemigo.
Si en nuestra vida cotidiana observamos todo el movi-
miento que se produce, sin hacer nada, no hay enemigo, no
hay más que irrealidad creada por el pensamiento. En ese
momento vemos el engaño y todo cesa. No hay amargura,
ni atadura, ni sufrimiento.
El Silencio es un camino de paciencia, un camino en
el que sólo hay un paso que dar, porque el primero es el
último.
Es darse cuenta de que ya hemos llegado, de que ya
estamos ahí. De que el viaje ha terminado.
Cuando necesitamos algo, cuando deseamos que algo
suceda, que algo nos ocurra, tener algo, poseer algo, ateso-
rar algo... En ese momento nos alejamos del momento pre-
sente. Nos escapamos. Huimos para llegar a otro lugar, ima-

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ginario e irreal, en el que tenemos aquello que codiciamos.
Es decir, el presente no nos satisface. Nos peleamos con
nuestra vida tal cual es. Deseamos que sea de otro modo,
distinta, con el objeto deseado presente en ella. Objeto que
puede ser también el afecto de una persona, la considera-
ción de los que nos rodean, etc.
Entonces, como no nos sentimos felices con la vida tal
cual es, peleamos contra ella, contra nuestro presente.
Intentamos construir un futuro distinto. Y así pasamos la
vida, siempre peleados con nosotros, corriendo en pos del
final del arco iris, siempre enajenados, tensos, impacientes,
estresados.
Cabe preguntarse qué sucedería si dejásemos de pelear
contra nuestra vida. Es decir, si por una vez no necesitára-
mos nada. Si dejáramos de buscar.
Hay personas que no conciben esto. Para muchos sig-
nifica conformismo, poca ilusión por trabajar, avanzar,
construir un mundo mejor...
Pero un mundo mejor sólo se construye con hombres
más felices. Lo que aquí planteamos es que la felicidad está
muy cerca. Que todo nos es dado cuando nada codicia-
mos. Entonces volvemos a hacernos amigos de nuestra
propia vida y podemos abandonarnos a ella, acurrucarnos,
descansar, confiados, serenos y seguros, en nuestra vida.
Amar la vida. Para amar lo que somos hay que dejar de
codiciar otras quimeras. Hay que dejar de perseguir el arco
iris. Abandonarse al momento presente. Incluso en los
momentos tristes y desgraciados.
Así sucede con el ego. Basta con mirar con total aten-
ción y el ego se desvanece. No tiene nada más que decir.
Se deshace. Se diluye, dejando una brisa maravillosa con
aroma de libertad, de peso aliviado. De pronto, el pesado
fardo ha quedado en el suelo. Vemos que no hay razón
para seguir cargando con él.
Convirtámonos en observadores desde el puente. No
hay nada más hermoso. La vida es como un río en el que

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nunca nos bañan las mismas aguas. Las aguas siempre son
distintas. No podemos empeñarnos en bañarnos hoy con
las aguas que nos bañaron ayer, ni con las que queremos
que desciendan la corriente mañana, o dentro de un año, o
de diez, o las aguas que bajarán cuando consigamos el as-
censo, el hijo, la pareja, la jubilación, el dinero, la lotería...
Estar atento es algo profundamente alegre. Van cesan-
do las imágenes que crea nuestro pensamiento, la angustia,
la agonía, la tristeza, los pensamientos negativos, la sole-
dad, el abandono...
A medida que vamos percibiendo la falsedad de los
escenarios que crea el pensamiento nos embarcaremos
menos en complicadas formulaciones. Cuando nos sor-
prendemos levantando un escenario, con gran facilidad
podremos soltarlo, dejar que se deshaga, que se desplome
a tierra y desaparezca en una nube de humo que ensegui-
da se disipa.
Y la sensación que queda es de descanso, de estar dejan-
do de lado las fugas de energía consumidas en cosas que
no importan.
Mirar, ver, estar atento... Es algo tan sencillo... La felici-
dad del hombre se esconde detrás de algo tan simple...
Se esconde detrás de nuestros ruidos, pero pueden ser
desenmascarados con algo tan simple como eso: mirar en
Silencio. Es terriblemente sencillo. Y nosotros nos embar-
camos en complicadas travesías, búsquedas hasta el confín
del mundo... Todo para conquistar algo que siempre estuvo
con nosotros. Como en El Alquimista. Siempre lo tuvimos.
Siempre tuvimos el tesoro cerca, con nosotros mismos.
Hacemos largos viajes, inacabables travesías para buscar el
colgante que pende de nuestro cuello...
Darse cuenta de esto es una gran liberación.
No tenemos por qué enjuiciar la programación de nues-
tro ego (aunque haya unas más dañinas que otras). Pero no
se trata de enjuiciar la programación, de definirla, clasifi-
carla, ni nada por el estilo.

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Se trata sólo de mirar cómo todo se agita, cómo las
entrañas se contraen, cómo el pulso se inquieta, cómo el
cuerpo se cierra, se descompone. Se siente un hormigueo
en el estómago, un desgarro íntimo y hondo, como una
garra que hiere nuestras entrañas. Y la mente empieza a
profundizar en ello. Trae recuerdos de tiempos mejores,
fantasías, cosas que debieron ser hechas...
Es fácil imaginar que todo esto va corrompiendo a la
persona, haciéndola más egoísta.
Nuestra opción es verlo, darnos cuenta de los mo-
vimientos. No hay soluciones, sino sólo presente. Lo que
aparezca en el momento presente, eso es lo único que
existe.
No hay más curación que la que pueda hacerse aquí y
ahora. Cuando se está en Silencio se está en el presente. No
hay ruido, la mente no está aturdiendo con sus tiempos
pasado y futuro (ya que son tiempos exclusivamente
suyos).
Los pensamientos son angustiosos. Depositan cargas
insoportables. Estar atento a ese movimiento, a todo lo que
se produce en esos momentos puede traer una gran ener-
gía, una gran liberación, un movimiento hermoso. Sólo hay
que soltar la rama. Pero, para ello no hay que tomar nin-
guna decisión de la voluntad. No se trata de reprimir lo que
sucede, lo que la mente recrea. No se trata de eso. Eso no
conduce a nada, sólo crea más tensión, más esfuerzo, más
violencia.
Se trata sólo de mirar lo que sucede. Mirar cómo la
mente busca asideros, ramas, fantasías. Mirar cómo empie-
za a darle forma de la manera más verosímil. Quiere afe-
rrarse a lo posible, necesita a alguien, necesita una emo-
ción, una experiencia emocionante, algo a lo que aferrarse
para sentirse vivo y en plenitud.
El ego, el pensamiento, es como una armada de barcos
que viaja a la conquista, a la guerra. Navegan sobre un mar

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infinito. De pronto, un día, vemos que esa armada, esos afa-
nes de guerra y conquista son mentira. ¿Dónde hay un pen-
samiento? ¿Por qué darle el poder de que determine toda
nuestra conducta?
Cuando la armada desaparece sólo queda un vasto
océano azul de vida y un aroma de abandono y libertad.

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vi
SOBRE LA ATENCIÓN

No podemos programar la atención de antemano. No


cabe decir: “MAÑANA ESTARÉ ATENTO TODO EL DÍA”. Ni siquie-
ra “HOY ESTARÉ ATENTO TODO EL DÍA”. O, “cuando termine lo
que estoy haciendo, cuando salga a pasear, cuando me sien-
te a meditar, cuando riegue las plantas, ESTARÉ ATENTO”.
No se puede hacer eso. La atención no es algo que se
programe, que quepa posponer. Sólo cabe atención ahora,
porque esos pensamientos o programaciones de futuro
Silencio no son más que ruido. Ruido que conviene obser-
var. Sólo cabe observar ahora. El Silencio sólo es posible en
el presente.
Dice Krishnamurti: “Es sólo la mente inatenta que ha
conocido lo que es estar atenta, la que dice: “¿Puedo estar
atenta todo el tiempo?”. A lo que uno debe estar atento,
pues, es a la inatención. Estar alerta a la inatención, no a
cómo mantener la atención. Cuando la mente se da cuen-
ta de la inatención ya está atenta, no hay que hacer nada
más”.
Dicho de otro modo, cuando decimos: “Ojalá pudiera
estar atento siempre; ¿cómo podría lograrlo?”, ha surgido
un pensamiento, que es expresión de nuestra propia ina-
tención. No sigamos a ese pensamiento, no caigamos en la
corriente tras él. Él es la inatención, el ruido. Sólo hay que
mirar ese pensamiento, y los que vayan aflorando. No hay
que hacer nada más. Es el primer y último paso.

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Esa pregunta nace del ego, y materializa su aspiración
de estar en Silencio, ya que su programación le dice que así
será más feliz. No es más que ruido, objetivo, codicia.
Mirarlo es volver al Silencio y la atención.
Pero una atención no impuesta, sino que surge libre y
espontáneamente cuando nos abandonamos, cuando deja-
mos que todo se aquiete. No necesitamos nada, no quere-
mos nada. Nos abandonamos. Dejamos que las cosas se
detengan.
No hay ni siquiera un sujeto que contempla. Existe
observación pura. Esto no es algo abstracto. Observar por
observar, por sí mismo, sólo existe el acto de observar, la
actitud atenta.
Decíamos antes que no cabe programar la atención. Si
ahora no estamos atentos, si ahora no observamos, si aho-
ra no nos venimos a vivir al Silencio, no tiene sentido pro-
ponerlo para más adelante.
Estar atento... Vengan desventuras, vengan oleajes enfu-
recidos. Si somos capaces de mirarlos en Silencio, será
como los espectadores que miran la locomotora echándo-
seles encima. Cuando han visto la trampa, no hay motivo
para asustarse ni huir.
Estar y Ser... Ver lo que sucede, lo que aflora, lo que vie-
ne a nosotros en el Silencio... Y mirarlo todo hasta el fon-
do, hasta el final, sin huir, sin marcharse, sin dejar la obser-
vación y marcharse sumido en los pensamientos. Es una
observación sin límites, sin elegir, sin tomar partido, sin
resolver nada. Es sólo una pura mirada, una pura atención.
Es sólo estar, sólo ser, observar, mirar...
Así pues, una mente atenta, vigilante. Una mente que
esté en el momento presente. Atenta a la realidad. Una
mente siempre aquí y ahora, nunca vagando en busca del
final del arco iris. Cuando vienen los ruidos, la mente aten-
ta los mira sin hacer nada. Y esos nudos, esos movimien-
tos, quedan deshechos.

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En el genial libro de C. S. Lewis Cartas del Diablo a su
sobrino nos plantea lo terrible que puede ser el ruido: “lo
suficiente como para privarle a un hombre de sus mejores
años, y no cometiendo dulces pecados, sino en una morte-
cina vacilación de la mente sobre no sabe qué ni por qué,
en la satisfacción de curiosidades tan débiles que el hom-
bre es sólo medio consciente de ellas, en tamborilear con
los dedos y pegar taconzazos, en silbar melodías que no le
gustan, o en el largo y oscuro laberinto de unos ensueños
que ni siquiera tienen lujuria o ambición para darles sabor,
pero que, una vez iniciados por una asociación de ideas
puramente casual, no pueden evitarse, pues la criatura está
demasiado débil y aturdida como para librarse de ellos”.
El triunfo del ego sería mantener al hombre ocupado con
vagos pensamiento que le mantienen alejado de la vida.
Fuera de la vida, instalado en el ruido. Efectivamente, cuán-
to tiempo pasamos perdidos, fuera de la vida. No estamos
vivos cuando nos mantenemos lejos del momento presente.
A eso contribuye nuestro ego de forma misteriosa.
Nuestro ego pervive en los pensamientos. Crea una ficción
de yo basado en sus ideas, en la concreción de sus pensa-
mientos. Intenta acaparar, fijar aquello a lo que cree que tie-
ne derecho, aquello que le es debido. Intenta acaparar, eter-
nizar, siendo este deseo un movimiento del pensamiento.
Entonces nuestra atención cae en la trampa, en la
corriente, y nos vamos detrás de ese pensamiento, experi-
mentando toda suerte de sensaciones negativas.
En el momento en que conseguimos ver nuestro pen-
samiento, el desempeño de nuestro ego, cómo se agita e
intenta aprisionar el objeto de su búsqueda, en ese momen-
to descubrimos la trampa. Entonces todo vuelve a su lugar,
y podemos permanecer quietos, serenos, exponiendo nues-
tra vida a una profunda quietud.
Sólo es esto, abandonarse al Silencio. Mirar. Ser una
mirada. Sin hacer nada, sin mezclarse con los pensamien-
tos, con la corriente, con el flujo. No marcharse arrastrado

59
por ellos, movido por ellos. Una profunda atención es una
atención inconmovible. Una atención que no es movida
por los pensamientos.
Es como una montaña que ve pasar el río a sus pies. Tan
sólo observa el torrente que se desliza rápido, con sus tor-
bellinos, sus cascadas, su movimiento incesante. Agitado,
turbulento... La montaña permanece quieta, inmóvil, sólo
observa, no hace nada más. Ningún viento puede derribar-
la, no tiembla.
Esa es la belleza de la montaña. Puede llover, nevar,
hacer calor. La montaña puede cambiar su aspecto exterior,
cómo está revestida, blanca de nieve o verde de vegetación.
Pero la montaña permanece ahí, inalterable, inconmovible.
La única posibilidad de vida, de felicidad, de amor, está
aquí y ahora.
Estar volcado en el momento presente tiene un sabor
muy reconocible, muy especial. Tiene sabor humano, sabor
a entrañas, a vida íntima y profunda. Un sabor de vuelta a
casa.
No hay conclusión que sacar, respuesta que dar ni solu-
ción que ofrecer. Basta con estar aquí, en una silenciosa
observación. Estar, por estar, sin más. Estar en paz. Mirar
la paz, o cualquier cosa que la tape en un momento dado.
Sabemos que el regalo está en la caja. Se trata de des-
cubrir los envoltorios, de dejar que se deshagan.
Como los primeros espectadores de cine. No tenían que
buscar la sábana blanca sobre la que se proyectaba la imagen.
Ya estaba ahí. Sólo tenían que darse cuenta de que la loco-
motora no era más que una ficción proyectada sobre ella.
No es buscar. Búsqueda significa movimiento, aspira-
ción, conquista de un objetivo. En el Silencio no buscamos
nada porque ya hemos llegado. Todos, sin excepción. Basta
con ver las trampas que recubren y ocultan toda la felici-
dad, el amor y la libertad.
Entonces la plenitud dichosa de la vida amanecerá en
nosotros.

60
vii
SOBRE LOS GURÚS
Y LAS TÉCNICAS

Al Silencio no se le puede añadir nada. Ni una técnica,


ni una doctrina, ni una formulación, ni una consigna.
Cuando se aplica todo ello en el camino del Silencio, con-
tinuamos inadvertidamente siguiendo las ambiciones de
nuestro ego. Es nuestro ego quien recibe la consigna de
buscar técnicas para lograr objetivos. Es nuestro ego quien
nos pone en movimiento. Es nuestro ego quien nos man-
tiene cegados en la obtención de los beneficios que se deri-
van de la técnica o enseñanza.
El Silencio queda entonces detrás, desapercibido. En su
nombre nos lanzamos a hacer un gran viaje a través de
libros, gurús, técnicas... En su nombre salimos de nuestra
tierra, nos lanzamos a una larga búsqueda. En su nombre
siempre. Y no vemos que en esa búsqueda lo hemos deja-
do atrás.
Efectivamente, no hay nada que buscar. Todo lo que
hay que hacer es soltar. Soltar todo ruido para recuperar lo
que siempre estuvo allí. Soltar toda pretensión, toda técni-
ca, todo gurú, todo libro. Soltarlo todo para quedarse sólo
con lo que siempre tuvimos, con lo que siempre habíamos
tapado, con lo que siempre habíamos dejado inadvertido.
Darse cuenta de esto es la liberación definitiva de los
peligros del camino. Como dice San Juan de la Cruz, “ni
cogeré las flores ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y
fronteras”.

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La metáfora de la búsqueda espiritual como un camino
a recorrer es a veces confusa, ya que nos lleva a pensar que
tenemos que marcharnos de donde estamos, cambiar.
HACER PROFUNDOS CAMBIOS EN NUESTRA RUIDOSA VIDA.
Pero los cambios no consiguen más que una variación en
la programación, un cambio de envoltura. Es cambiar una
programación o un hábito por otro de signo distinto. No se
ha arreglado nada.
No, no tenemos cambios que hacer. No tenemos cami-
nos que recorrer. El único camino se recorre cuando
vemos que ya hemos llegado. “Cuando dejes de viajar,
habrás llegado”.
No hay que ir más lejos. El camino se recorre cuando
se deja de viajar.
Entonces nos reconciliamos con lo que siempre fuimos,
con lo que siempre estuvo ahí pero mantuvimos tapado. Es
una gran liberación, un gran sosiego. No tenemos que
hacer nada, conseguir nada, conquistar nada, parecer nada.
Todo está ya aquí. El gran Silencio, el gran vacío que nos
habita, es desde siempre la aspiración humana. Lo que está
más escondido, porque lo tenemos dentro.
Buscamos fuera lo que tenemos dentro. Buscamos en
libros, gurús y cursos lo que desde siempre ha sido nuestro.
Muchos gurús confunden a la gente. Les prometen que lo
encontrarán si le siguen a él, o a sus técnicas. Si compran
sus libros y acuden a sus pláticas, conferencias y retiros.
Esto es como un crimen. Es como ocultar a las perso-
nas lo más sagrado, lo más íntimo. Bien claro lo dijo Jesús:
“A nadie más sigáis; a nadie llaméis Maestro; no adoréis a
nadie”.
Esta es la gran liberación. Una vez que nos hemos libe-
rado de todas estas técnicas, cuando nos hemos permitido
soltar, aparece la gran pradera, el desierto, el vacío. “Este es
mi sitio, mi terreno, cielo al revés, campo de aterrizaje de
mis ansias; es mi sitio y no lo cambio por ninguno” (Blas
de Otero).

62
“Un cielo raso de sombras y de sueños”, dice Blas de
Otero. Sin miedos. Sin angustias. Sin tareas que cumplir.
Sin sueños ni deseos que satisfacer. Un cielo raso, sin nada.
Esa es la patria del hombre.
Es un gran daño el que hacen los gurús. Cambian la
programación de las personas. Las llevan de la ambición a
otras ambiciones más sutiles, sin que nada haya sanado
verdaderamente.
Ver esto es el fin de toda la búsqueda, de todas las con-
signas. Ver esto significa que no se necesitan más libros
sobre el camino interior, sobre meditación, asistir a más
conferencias, conocer a más maestros...
No creemos en los gurús, en los “re-programadores”, en
las personas que cambian la programación de los demás.
La única liberación es abandonar toda programación, toda
codicia, todo objetivo. Mirar cómo se mueve nuestra men-
te, cómo funcionan nuestros pensamientos, cómo trabajan
nuestras identificaciones, nuestras trampas. Mirar, mirar,
mirar...
No oigamos a los maestros. No hay maestros. Sólo exis-
te la vida, una vida sencilla. Sin maestros que cambien
nuestra programación.
La vida empieza a encajar, a tener sentido, cuando nos
fiamos de lo que nuestro propio corazón nos dice, del
camino por el que nuestra alma nos lleva.
Dejamos de escuchar a los maestros, a los gurús, de leer
libros que nos digan cómo hacerlo. No hay que hacer nada.
Precisamente todo encaja cuando dejamos de hacer cosas,
cuando dejamos de ensayar sistemas, prácticas, ejercicios,
meditaciones guiadas, y tanto y tanto ruido. No hay que
seguir escuchando.
Ningún maestro tiene algo más importante que decir-
nos que nuestra propia nada, nuestro propio vacío. Y para
oír nuestro Silencio no nos sirven las indicaciones de nin-
gún maestro ni de ningún libro. Ni sus indicaciones, ni sus
conceptos, ni sus conclusiones, ni sus prácticas. No nos sir-

63
ve nada. Todo eso no es más que un estorbo en el único
camino, la única práctica: el Silencio. La mirada vacía y
silenciosa. La mirada que todo lo ve.
Como dice un viejo cuento chino, “la perla del color de
la noche sólo se encuentra si no se busca”.

64
viii
SIN SISTEMAS

Dice Krishnamurti que “la atención es una tierra sin


caminos”. Esta sencilla y hermosa frase recoge una profun-
da verdad del camino espiritual. Efectivamente, no hay sis-
temas, no hay técnicas, no hay camino que recorrer. La
atención es atención y basta. Una atención silenciosa des-
peja por sí toda la ignorancia, todos los espejismos de nues-
tra vida. Una atención sin caminos, sin prácticas ni rituales.
Atención pura. Silencio puro. Sólo observación silenciosa.
Ya hemos citado cómo la tarea de los gurús es la de
cambiar la programación de las personas, cambiar la ante-
rior programación por una nueva propuesta por ellos. El
ego percibe que es interesante cambiar la programación en
aras de ser más feliz, más sabio, mejor considerado o cual-
quier otra artimaña propia de la codicia espiritual. Así que,
dicho y hecho, el ego cambia su programación. Puede que
la nueva programación se llame Silencio, u observación.
Pero si no es más que una reprogramación del ego, no exis-
te ninguna diferencia. Evidentemente, algunas programa-
ciones son más peligrosas para la sociedad que otras. Por
ejemplo la de aquel que está programado para odiar y
hacer daño a un determinado grupo étnico, político, etc.
Pero, al fin y al cabo, se está operando un cambio sólo
en la programación, en el acervo de ideas, en el bagaje de
conceptos de la persona, en lo superficial, en el ego. No hay
cambio sustancial, liberación.

65
En cambio, decimos que la atención es una tierra sin
caminos. Es algo que brota de forma libre. Si no es libre, no
existe. Exactamente igual que el amor. Si es impuesto, si sur-
ge de una orden, no existe verdadero amor, verdadera liber-
tad. Existe sólo una imposición, el cumplimiento de una
orden, el ejercicio de una programación. El amor es más
sublime: o brota de forma espontánea o no es tal amor.
Exactamente igual que el Silencio. O brota de forma espon-
tánea, no impuesta, o no es tal Silencio.
Si existe imposición, de fondo tenemos una guerra. Es
decir, luchamos contra lo que somos, contra nuestra reali-
dad, para convertirnos en la imagen que nos ha sido dada.
Debemos amar, somos egoístas. E inmediatamente comien-
za la lucha contra nosotros mismos para convertirnos en
personas generosas. Incluso en caso de que al final lo logre-
mos, no será más que una generosidad impuesta, ficticia, fal-
sa, próxima a hacerse añicos en el momento de la prueba.
No, el amor, el Silencio, son algo más sublime. No hay
que hacer nada para conseguirlos, puesto que ya están con
nosotros. El Silencio, el amor, la felicidad, son nuestro fon-
do, lo hondo de nuestro ser.
Los maestros zen dicen que, simplemente, no nos damos
cuenta. O, dicho de otro modo, nuestra realidad está tapada
por lo falso, por el espejismo, por la trampa de nuestro ego.
Una vez que descubramos la trampa de nuestro ego, ya
no tendrá poder sobre nosotros y aflorará toda la bondad,
todo el amor, toda la felicidad, todo el Silencio.
La gran pregunta, por tanto, es qué hacer para destapar
la mentira, para descubrir el engaño.
Pues, justamente, y aquí está la sutileza, no hay que
hacer nada. Es más bien un no hacer, un dejar pasar. Dejar
que la mentira se manifieste, sin provocar nada. Dejar que
el oleaje de la corriente se agite, sin provocarlo. Dejar que
la vida siga su curso. Tan sólo observar desde lo más pro-
fundo. Observar de forma pura, sin intervención de la vo-
luntad, de las órdenes, del pensamiento. Dejar que las cosas

66
sean, que la vida sea, que se manifieste tal cual es. Sin pre-
tensión de cambiar nada, de escapar de nada. Dejar que
todo suceda. Sin elegir, sin rechazar. Dejar pasar la corrien-
te bajo nuestros ojos, bajo el puente.
La dificultad estriba en que, posiblemente, si nos pro-
ponemos hacer esto, lo convirtamos justamente en una
pretensión, en un objetivo, en un “hacer”. Y habíamos
dicho que se trata de no hacer. Que se trata de no impo-
ner, de no establecer ningún imperativo. Dejar que surja.
Es decir, frente a un cambio de programación del tipo
“debo estar atento, debo guardar Silencio”, el ego generará
continuas órdenes mandándonos estar en Silencio. Hay
una voz, un personaje que identificamos como nosotros
mismos. Nos vemos a nosotros mismos pronunciando
mentalmente esa orden. Al fin y al cabo, es la línea de nues-
tros pensamientos. ¿No somos nosotros mismos quienes
pensamos? Sí y no. Somos nosotros, pero es la voz de nues-
tro ego, la expresión de nuestras programaciones.
Es decir, cuando nuestro ego nos propone permanecer
en Silencio, estar atentos, existe un observador que quiere
observar. Lo que aquí proponemos es observar al observa-
dor. Observar esa voz. Observar las órdenes, el incesante
flujo de pensamientos. Mirar más allá, cruzar la línea, salir-
nos del cuadro, subirnos al puente. Podemos denominarlo
de distintas formas, pero nos estamos refiriendo a lo mis-
mo. Observar al observador. Escuchar la voz interior.
Mirar, observar, estar atento.
Es una atención que está más allá del pensamiento, más
allá de las órdenes que brotan de nuestro condicionamien-
to. Es observar sin observador. Sólo existe pura observa-
ción, sin nadie que observe o que ordene observar. Obser-
vación sin pensamientos.
Darse cuenta de esa voz, darse cuenta de cómo el ego se
expresa, es el sutil juego de la liberación. No hay objetivos.
No hay un propósito de liberación, aunque ésta suceda.
Simplemente, no hay nada. Existe sólo pura observación.

67
Nos hemos salido del cuadro y hemos contemplado la
escena. Hemos escuchado la voz del ego. Mirar la trampa,
observar el movimiento, posee una inmensa belleza.
Así pues, la observación es una tierra sin caminos. Es
simplemente observar. Dicen los monjes budistas: “zazen
es zazen”. Observar es observar. Sin más. Por eso es una tie-
rra sin caminos. Es observar sin sistema.
Los sistemas forman parte de nuestros criterios de lógi-
ca racional, de nuestra cuadriculada mentalidad cartesiana
que sólo avanza a través de los argumentos. Para observar
no hay ninguna técnica. Si hubiera técnica, formaría parte
de los contenidos del ego. Se trata más bien de observar
todo este movimiento, todo este oleaje enfurecido, toda
esta febril agitación.
Con mucha frecuencia caemos del puente a la corrien-
te, arrastrados por la inercia de nuestro ego, por nuestra
convicción de años de que esa voz que habla en nuestro
pensamiento es la nuestra.
Evidentemente el pensamiento nos aporta cosas positi-
vas. No podríamos ser hombres si no pensáramos. No
podríamos hablar un idioma, reconocer a nuestros familia-
res, ir a nuestra casa, escribir una carta... Pero más allá de
todo esto, la mente inventa otros trabajos, crea otras ilu-
siones: las ilusiones propias del ego. Eternizarse, pervivir,
acaparar, ser bien considerado, atesorar riquezas, emocio-
nes, dependencias... La creación del tiempo, del pasado y
el futuro, las proyecciones, las expectativas. Todo el movi-
miento de la codicia y del egoísmo.
Observar el movimiento, salirnos del cuadro para con-
templarlo. El sutil juego de observar al observador, a ese
espejismo con el que nos identificamos, a esa falsedad que
creemos real, a esa imagen que creemos existente.
La presencia del ego es un misterio. No sabemos por
qué existe. Es como si Dios se hubiese escondido en los
hombres y estuviese jugando al escondite con nosotros
parapetado detrás de esa muralla llamada ego.

68
Una vez visto el engaño, ya no tiene de nuevo poder
sobre nosotros. No es una abstracción decir que tras la
muralla del ego están la felicidad, la libertad, el amor, Dios...
En realidad, es algo bastante lógico. Quien sufre, quien pue-
de ser ofendido, dañado, es el ego. Ahí quedan impresas las
heridas, ya que su bagaje es el pasado.
Observar no es una práctica que se impone, que se ense-
ña, que se adiestra, un nuevo conocimiento para consumo
de nuestro ego, un nuevo truco que probar para aliviar
nuestro vacío, una nueva fuente en la que beber para des-
pués buscar otra. La verdad nunca es un artículo de consu-
mo. El ego precisa de artículos de consumo. La verdad pro-
funda que nos habita está más allá de eso. Mucho más allá.
Así pues, no consumamos libros, maestros, prácticas,
técnicas, escuelas... Todas las tradiciones de sabiduría apun-
tan al mismo sitio. Son como vidrieras tras las cuales brilla
el mismo sol. Son como el dedo que apunta la luna. Lo
importante es lo que hay más allá.
Perderse en el dedo, en la vidriera, en la técnica, los
rituales, los gurús, no hace sino alimentar nuestro ego, rea-
firmar su inercia, su pretendida búsqueda que no es más
que dotar de más fuerza a nuestro ego.
Miremos por una vez sus órdenes, sus consignas, la
expresión de su programación. Miremos cómo se agita,
cómo nos agita en pos de nuevas técnicas, de nuevos ritua-
les. Miremos el ego. Miremos el pensamiento. Miremos la
vida expresándose. Miremos la corriente. No hay más
secretos ni técnicas.
Los gurús interesados o ignorantes aportan técnicas.
Los hombres sabios dicen sólo “¡mira!”. Todo está ya en
nosotros. Toda la verdad, todo el amor, la presencia de
Dios. No tenemos más que darnos cuenta, que verlo. Que
mirar con una profunda y limpia atención que nos brota
del corazón.
Cualquier injerencia de la razón en la observación es
JUSTAMENTE la peor de las trampas.

69
Quien no se queda con nada, quien no añade nada a lo
que ve su ojo, está listo para vivir el presente en plenitud.
No hay nada más hermoso.
Dice C. S. Lewis: “somos una generación siempre en
busca del final del arco iris. Una generación que no es
capaz de disfrutar del gozo de ahora, del don de ahora, del
regalo o la virtud de ahora. Siempre pendientes de un
momento futuro”.
Estar atento al momento presente está siempre cargado
de contenidos mágicos, insondables, inabarcables, siempre
nuevos, libres, soplando como un viento hacia donde quiere.
El Silencio no puede ser descrito. Únicamente puede
ser descrito el ruido, ya que el Silencio es lo inexpresable,
ilimitable, indefinible, inefable. El Silencio es el absoluto, el
vacío donde mana la fuente de la vida, la fuente del amor,
la felicidad, la libertad, Dios.
Así pues, el Silencio no puede ser definido, sólo el ruido.
De igual modo, no hacer nada no puede ser ordenado,
impuesto, decretado. Todo esto no es más que un sutil rui-
do. El Silencio, el no hacer, está por detrás de todo ello.
¿Cómo llevar a cabo ese abandono? Una vez más, a eso
no puede responderse. Nadie puede respondernos. El
mapa del Silencio no lo tiene nadie. Es un sendero que
debe trazar cada uno.
A veces podemos ver este hecho de mera observación
como una cierta indolencia. Como si todo nos diera igual.
Y no es así. Lo que nos da igual son las maquinaciones de
nuestro ego, los escenarios que espiga, los mundos tene-
brosos que inventa.
En cuanto el ego no nos atemoriza, sino que nos des-
pierta el interés, la fascinación, la curiosidad, creo que pier-
de toda su fiereza, toda la capacidad de atemorizarnos.
Entonces regresamos a la vida dispuestos a abandonarnos
a ella, a la feliz maravilla de la naturaleza.
Como dice Epícteto, nadie puede dañarte excepto tú mis-
mo. Somos nosotros quienes nos dañamos. El ego subsiste

70
muy principalmente a través del sufrimiento. El ego precisa
sensaciones intensas, sentimientos intensos relacionados con
el objeto de su búsqueda, de su pretensión, de su apego.
La no consecución del objeto de su apego genera sufri-
mientos que de igual modo dan entidad al ego. Así pues,
para el ego no sólo se trata de conseguir su objetivo, sino
de perpetuarse, de continuar tomando cuerpo a través del
pensamiento y del sentimiento, sean la codicia por el obje-
tivo, o sentimientos negativos por su pérdida.
Por tanto, no se trata de abandonar la pretensión del
ego, sino que se trata de observar todo el movimiento. De
observar todo lo que se produce en nosotros.
Es una herida en lo superficial, pero que siempre iden-
tificamos como nuestra, ya que nos identificamos con
nuestros pensamientos.
La mayor parte de las interrogantes que nos plantea la
vida son misterios. El camino espiritual, el camino hacia
dentro no es una excepción. También está llena de incógni-
tas y misterios. Entre otras cosas, no nos es dado conocer y
mucho menos determinar los tiempos y el ritmo de nuestro
camino interior. Simplemente las cosas van surgiendo, van
ocurriendo, la vida se va desplegando en nosotros. Y nues-
tro camino es el de observar todo lo que sucede, todo el
desenvolvimiento del ego, con su carga de irrealidad.
Mirar todo lo que es falso e irreal en nuestra vida nos
capacita para vivir a fondo, para no ser presa del sufrimien-
to del ego. Porque el sufrimiento siempre proviene del ego.
Comenzamos por ver nuestros conceptos y anhelos.
Aquello que queremos ser, cómo queremos que los demás
nos vean. Nos frustra que los demás nos vean más débiles
y limitados de lo que habíamos deseado. Odiamos que los
demás establezcan conceptos negativos o juicios condena-
torios sobre nosotros. Lo que está en tela de juicio, lo que
nos escuece, es el ego. Es decir, el insaciable afán el ego por
ser bien considerado. Es lo único que resulta lastimado. Si
somos capaces de mirar en Silencio este escozor, esta sen-

71
sación de verse lastimado, nos damos cuenta de que es
totalmente irreal. No tiene entidad, no existe.
Así que, en ese momento, descubrimos la mentira. Y
abandonamos la necesidad de ser bien considerados.
Así, día a día, paso a paso, vamos abandonando todo.
Nuestras concepciones sobre nosotros mismos, sobre los
demás, nuestros afanes de riqueza, de codicia, nuestras
envidias y celos, nuestra ira... Conforme vamos exponien-
do nuestra vida al Silencio van cayendo capas de superfi-
cialidad. Siempre existe un movimiento de abandono, de
descubrir y abandonar la irrealidad.
Abandonarlo todo hasta abandonarse a sí mismo. Hasta
no tener un concepto al que aferrarse, una idea en la que
hacerse fuerte, una persona con la que mantener depen-
dencia. Soltarlo todo, abandonarlo todo. Dice Jesús que
“las zorras y los conejos tienen madriguera, pero el Hijo del
Hombre no tiene dónde reposar la cabeza”.
Cuando hablamos de observar con atención, de mirar el
presente, de vivir en Silencio, de soltar, de abandonar, no
estamos hablando de cosas distintas. Estamos hablando de
una única y misma cuestión. No son técnicas ni prácticas.
Es una forma de vivir, de mirar.
Como dice el Evangelio, si tu ojo está limpio, todo tu
ser está limpio.
Así pues, no exponemos técnicas, ni programaciones
para vivir con mayor optimismo. No se trata de eso. Se tra-
ta de una forma de vivir, de mirar, que implica a toda la
existencia, un camino que han recorrido hombres de sabi-
duría a lo largo de toda la historia y en todos los continen-
tes y tradiciones. No hay prácticas. No hay programacio-
nes. No hay gurús. Existe un vacío de todo esto. Todo esto
se desmorona ante la mirada silenciosa.
¿Cómo dejar que la mirada brote sola, sin imposición?
Es un misterio. Basta dejar que todo se detenga. No hay
nada que decir sobre esto. La atención existe, está ahí. No
la violentemos.

72
Hay algo profundamente liberador en el hecho de estar
presente; el ruido del pensamiento, cristalizado en el ego,
tapa nuestro Silencio, nos deja inmersos en una ficción, en
una mentira que nos exilia, que nos aliena.
No es que hayamos perdido nuestro Silencio, nuestra
vida profunda, el Ser divino que late en nosotros, el amor.
Es sólo que estamos inmersos en la corriente del ego, y no
somos capaces de ver lo que realmente somos.
Para regresar dentro no hacen falta conocimientos
escondidos, sutilezas, ninguna paradoja que nos dé ningu-
na llave. Es más sencillo. Jesús enseñó estas cosas a los sen-
cillos y a los ignorantes.

73
1x
LA CODICIA EN EL
CAMINO INTERIOR

Para transitar el camino del Silencio hay que estar dis-


puesto a no pretender nada. A no buscar iluminación, sabi-
duría, felicidad... Ni siquiera Silencio. Porque, ante todo, es
un camino de abandono.
Si miramos el funcionamiento de nuestra mente vemos
que surgen muchos pensamientos ruidosos que se enmara-
ñan, que no nos llevan a ningún lugar. Y también existen
pensamientos que creemos más voluntarios, más dirigidos.
Pero planteémonos algo novedoso. Miremos esos pen-
samientos que creemos conscientes. Miremos a dónde pre-
tenden llevarnos. Mirémoslos cuando nos digan “está aten-
to”, “sé silencioso”, “ama”.
Creemos que son voces sabias, que nos dicen por dón-
de transitar, que nos ayudan a ser mejores. Pero investigue-
mos si es así o si, por el contrario, no son más que ruidos,
frutos de la programación a la que hemos sido sometidos.
Por un momento dejemos que los pensamientos fluyan
y no nos dejemos arrastrar. No hagamos nada. No les obe-
dezcamos. No movamos un solo músculo. Tan sólo obser-
vemos.
Cuando miramos con atención, los pensamientos se
desvanecen, como un globo que comienza a desinflarse y
menguar hasta que desaparece. Los pensamientos están
vacíos, no son nada. Son puramente irreales. Mirar el pen-
samiento descubre la falacia, la mentira. Todo se deshace
ante una mente atenta.

75
Mirar cómo el ego nos manda estar más atentos, ser
más silenciosos, amar más, para ser así más felices, para
obtener así la sabiduría o la iluminación. Es la falacia del
camino interior, la trampa en la que caemos si nos dejamos
arrastrar por la inercia del ego, de su codicia por ser sabios,
admirados, respetados, poderosos, felices, iluminados.
Mirar esa falacia descubre la trama. Mirar el afán por
lograrlo. ¿Por lograr qué? Toda la verdad está ya aquí. No
hay que ir más lejos. Toda la pureza, la verdad, la bondad,
el amor, están ya aquí. No hay que seguir viajando. Basta
con quedarse aquí, con mirar con atención.
Escuchamos las órdenes que nuestro pensamiento nos
dicta. Por ejemplo: “ahora quédate en Silencio; ahora mira
con atención”. Son pensamientos que han surgido, órdenes
que parten de un centro que se reivindica como nosotros, de
un centro que creemos real, nuestra real entidad. Pensamien-
tos, órdenes que conforman nuestro ego, que brotan de él.
No hay más órdenes. Somos libres. Lo dice Jesús, lo
dice Buda. Sois libres. La verdad nos hará libres. No hay
más órdenes que cumplir. La tiranía del ego está llamada a
terminar para la persona atenta.
No nos es dado a nosotros determinar los tiempos en
que las cosas han de suceder en nuestro camino, cómo
hemos de evolucionar. Muchas veces tendremos la sensa-
ción de estar caminando hacia atrás, cada vez más tristes,
hundidos, solitarios y ruidosos.
Pero la vida siempre es nueva, siempre es una sorpresa.
Es un misterio, algo incontrolable. Algo que no podemos
predecir ni determinar. Las cosas suceden, igual que las
olas se levantan y sopla la brisa.
Nuestros pensamientos se irán espigando. Nuestro ego
creará escenarios. En un momento dado surge un instante
de inspiración profunda, de profundo aprendizaje. De un
aprendizaje que va mucho más allá de lo intelectual, por-
que precisamente se trata de comprender las trampas que
nos tiende nuestro pensamiento.

76
Sucede cuando sucede. Por eso el camino del Silencio es
un camino de paciencia. Como la que faltó al discípulo
cuando creyó que estaba listo y decidió abandonar al maes-
tro. Entonces vio que un hombre intentaba pulir una mon-
taña con un pañuelo de seda. El alumno vio que él nunca
había tenido paciencia, y volvió con el maestro.
No nos es dado marcar el ritmo de nuestro camino.
Precisamente porque no hay ritmos que marcar. Cuando
sólo existe el ahora, no hay programación que hacer, no
hay expectativas que marcar. No hay nada. Sólo una pro-
funda y silenciosa atención al momento presente.
Como decíamos antes, muchas veces nos falta la pa-
ciencia y creemos que vamos a peor, cada vez más deso-
rientados y solitarios, más tristes y ruidosos. De nuevo es
nuestro pensamiento quien espiga esos escenarios, quien
dirige contra nosotros esas locomotoras humeantes a mil
por hora. Sólo cabe mirar. Seguir sentados en nuestros
asientos mirando cómo la locomotora no puede arrollar-
nos, porque sólo es un pensamiento.
Efectivamente, el pensamiento espiga escenarios de
desolación y tristeza. Ver esto sin inmutarse nos brinda la
posibilidad de aceptar lo inaceptable. Es una bella imagen
del Silencio. Aceptar lo inaceptable. Una vez más el cami-
no del Silencio se explica mejor con paradojas.
Se cuenta que en cierta ocasión Buda estaba sentado con
sus discípulos, y uno de ellos le preguntó por el sentido de
la vida y de la muerte, de la existencia y del camino interior.
Entonces dicen que Buda tomó una flor entre sus dedos y
se la mostró. Sus discípulos quedaron muy confusos, excep-
to uno. Este discípulo sonrió porque había entendido que la
vida no es más que un misterio. Un misterio tan inexplica-
ble como la maravilla de una flor que nace, brota, brilla un
instante para alabar a su creador y muere. ¿Hay misterio
mayor? ¿Hay alguien capaz de explicar el sentido de este
grandioso movimiento de la naturaleza? Ningún botánico,

77
ningún científico, ningún naturalista, nadie podría explicar-
nos esto. La esencia de la vida es un misterio.
La vida, en suma, es esto. Un profundo misterio. No nos
es dado conocer los tiempos de nuestro camino, cómo y
cuándo sucederán las cosas.
A veces perdemos la paciencia porque estamos presos
de nuestro ego. Nuestro ego exige llegar a conclusiones,
adquirir algo, lograr ese objetivo codiciado que habrá de
darnos felicidad. Pero codiciar la felicidad es alejarla.
La felicidad sólo llega en el momento en que nos damos
cuenta de que ya está aquí. Cuando nos damos cuenta de
que sólo la habíamos tapado, precisamente con nuestras
codicias, nuestros objetivos, expectativas y ambiciones.
El camino del Silencio no está ausente de ego. El ego
sigue pretendiendo alcanzar objetivos, aferrarlos, acumu-
larlos, atesorarlos. En ese momento brota la impaciencia
porque el ego no encuentra cambio alguno. A veces inclu-
so siente una especie de frustración, ya que el ego es acti-
vidad y movimiento, mientras que el Silencio es principal-
mente quietud y reposo.
Jesús lo dice también de forma clara en el Evangelio:
“Estad atentos y vigilantes, porque no sabéis el día ni la
hora”. No sabemos cómo, cuándo ni dónde ha de suceder
el milagro cotidiano de la vida. Un instante puede deslum-
brarnos. Un rayo de sol puede cegarnos de luz. No codi-
ciemos nada. Miremos la codicia. La codicia es otra loco-
motora, otro escenario creado por nuestro pensamiento,
por nuestro codicioso ego.
Quien no necesita nada, no espera, no codicia, no desea
apropiarse de nada, permanece en sí mismo. No está al-
terado, enajenado (ambas palabras tienen la misma etimo-
logía).
Permanecer en uno mismo es un maravilloso regalo.
Cuando nada deseamos, todo nos es entregado. Cuando
no queremos conquistar nada en el mundo, el mundo ente-
ro nos es regalado.

78
La renuncia nunca puede ser codiciosa. El abandono, el
dejarlo todo, no puede existir si hay codicia. Porque enton-
ces no existe renuncia ni abandono, sino codicia por alcan-
zar los bienes que se derivan del abandono.
No, el abandono es algo mucho más sublime, más sutil,
más íntimo. El abandono va mucho más allá de todo. El
Silencio es la máxima maravilla, el mayor regalo.
El mundo es un regalo cuando no codiciamos nada.
Cuando nos obcecamos con un objetivo, cuando codicia-
mos una conquista, tenemos los ojos fijos en ella. El mun-
do nos pasa desapercibido, porque hemos aplazado nues-
tra plenitud hasta que consigamos ese objetivo.
Cuando ya nada codiciamos, todo es un inmenso rega-
lo. Toda la creación, todo el universo, con sus personas, sus
paisajes, sus instantes, son como un valiosísimo regalo. Esa
es la plenitud de quien se ha despojado de todo. La pleni-
tud del que lo ha abandonado todo.
Dejar que todo suceda por dentro... Es el camino de lo
misterioso, de lo oculto. El camino que no sabemos dónde
habrá de llevarnos. De seguro, eso sí lo sabemos, a un
abandono total.
Por eso dice el Evangelio que “el que echa mano al ara-
do y mira para atrás no puede recibir el Reino”. El que se
aferra a lo que sea, incluso a las personas, no puede dejar
que el Reino amanezca en él. El que tiene puesto su cora-
zón en la consecución de bienes materiales, no está dejan-
do que el Reino amanezca en él.
El Reino adviene cuando nada codiciamos. La felicidad,
la paz, la libertad, el mundo como inmenso don y regalo,
nos es entregado plenamente cuando ya no codiciamos
nada de él. Cuando no deseamos ninguna conquista.
No necesitamos conquistar nada, ni aplazar nuestra ple-
nitud. La plenitud sólo es posible aquí y ahora.
El ego también se imbuye de las palabras del Silencio
y adquiere una nueva programación, la que dice: “Guarda
Silencio y serás feliz”. Muy sutilmente, sólo se ha produ-

79
cido un cambio de programación. Nuestros dolores, nues-
tros sufrimientos, siguen ahí.
El camino del Silencio no precisa maestros, gurús,
obras de referencia... Nada de eso. Ni conferencias, reti-
ros... Es cierto que a veces hay inspiraciones que nos ayu-
dan a descubrir nuestras trampas. Pero si en vez de eso cre-
an una nueva trampa, un nuevo sistema de creencias, de
técnicas, de personas a las que aferrarse, no sirven para
nada, no modifican nada, seguimos presa de nuestro ego,
de nuestra trampa.
Cuando no necesitamos nada, nos quedamos vacíos,
estamos abiertos a la posibilidad de un encuentro, de una
acogida. No hay mayor felicidad que la de estar vacío.
Si estamos enamorados del Silencio, de nuestro mundo
interior, ya volveremos a lo profundo. Mientras tanto, a
veces el oleaje nos abruma... No pasa nada. No tenemos
que hacer nada con ese oleaje. Simplemente sucede. Sim-
plemente nuestra luna ha entrado en cuarto menguante.
¿Nos lo podremos perdonar?
Con mucha frecuencia los momentos tristes, las tor-
mentas, la angustia, nos ponen en camino de vuelta a casa,
como le sucedió al hijo pródigo. Nos permiten atisbar la
posibilidad de un encuentro, de un retorno a nosotros mis-
mos. De un encuentro con Aquél que siempre estuvo espe-
rándonos en nuestra casa. Por eso dice Jesús: “Felices los
que lloran, porque ellos serán consolados”.
Dejar que la vida se exprese, con libertad, con sorpresa.
Dejar que la lluvia sea lluvia. Dejar que el invierno sea
invierno. Dejar que en el otoño se caigan nuestras hojas,
que nuestras ramas aparezcan desnudas, frágiles, indefensas
frente al frío que se avecina.
Dejar que la nieve congele nuestros huesos. Dejar que
las estaciones avancen en su majestuosa procesión. Dejar
que todo sea, que todo se exprese conforme a su propio
impulso.

80
Dejar que todo vaya sucediendo. Dejar que las alegrías
y las tristezas se sucedan. Dejar que la luminosidad de la
luna llena dé paso a la oscuridad de la luna nueva.
Es lo natural. Se suceden vida y muerte, pero siempre la
muerte es el camino de un renacer. Como en la respiración.
Moriríamos si pretendiéramos estar siempre con los pul-
mones llenos de aire. A la inspiración sigue la expiración.
Para llenarse hay que vaciarse primero.
Esto es el Silencio, una invitación a aceptar la vida. Una
invitación a volver dentro, donde nada es necesario.
Para ir dentro hay que despedirse de todo, dejarlo todo
atrás, quedarse vacío de todo. Hay que haberlo perdido
todo, como el hijo pródigo.
La desolación despierta en nosotros el anhelo de la
vuelta a casa. Por eso “seremos consolados”. Porque es po-
sible que en la desolación se despierte en nosotros el anhe-
lo de volver al Silencio.
Cuando vemos una persona que no exige nada, que no
pide nada, que no reclama, ni codicia, ni se aferra, vemos
una persona majestuosa. Avanza por la vida libre, sereno.
No codicia nada, no exige nada. La vida es hermosa tal
cual es. No significa que no haya quebraduras en su condi-
ción frágil y humana. Pero acepta su debilidad con la mis-
ma naturalidad con que el árbol acepta la caída de sus
hojas en el otoño. Es hermoso ver una persona así. Sin ego-
ísmo, sin pretensión, sin ego.
Sabemos que la vida tiene un límite, un final. Que un día
nuestro cuerpo quedará vacío de vida. Eso nos causa un
terrible pavor. Procuramos no pensar en ello, no hablar de
ello, vivir de espaldas a la cita ineludible de la muerte.
El camino del Silencio acoge incluso la muerte. La
acepta como algo natural, cotidiano, que sucede a nuestro
alrededor con frecuencia, algo de lo que nadie está llama-
do a librarse.
La muerte nos inspira miedo. Es pavor a dejar de exis-
tir, a no ser nada, a lo incierto, a lo desconocido, a la falta

81
de certidumbre. Exactamente igual que lo que ha ido suce-
diendo durante todo el camino del Silencio. Falta de certi-
dumbre. Soltar las manos del tobogán sin saber dónde nos
conducirá la pendiente. Abandonar conceptos, dependen-
cias, ataduras, deseos, objetivos. Abandonarlo todo, hasta
la propia vida.
Pero miremos un poco más de cerca el temor que nos
inspira la muerte. En realidad hay algo que está llamado a
desaparecer: nuestro yo tal y como lo entendemos. Es decir,
un cúmulo de ideas, pensamientos, sentimientos, conceptos.
¿Qué somos? ¿Qué es lo que nos hace ser lo que somos? Son
muchas cosas: nuestro nombre, nuestra posición social, las
personas que queremos u odiamos, las que nos quieren o
nos odian, nuestros gustos y aversiones, nuestro nombre,
empleo, posición... Es decir, todo lo que hemos identificado
como nuestro ego. Pero, por debajo de esas capas superfi-
ciales, existe vida. Vida humana. Exactamente igual a la de
cualquier otro hombre, de quien sólo nos diferencian nues-
tros conceptos, los “accidentes” de nuestra vida.
Así pues, en definitiva, sólo tememos que se pierda defi-
nitivamente nuestro ego, aquello para lo cual generamos
un incombustible ansia de pervivencia. La muerte es el
definitivo “dejarse ir”, el total abandono del ego.
Ese es el gran pavor que nos supone la muerte.
Sin embargo, para la persona silenciosa, la muerte sig-
nifica una nueva posibilidad de abandonarlo todo. Quien
no se aferra ni a su propia vida puede vivir con ligereza, sin
miedo al futuro, sin nada más que vivir que el momento
presente. El globo sigue soltando lastre. El camino del
abandono llega a su último extremo.
Abandonar las cosas materiales, las posesiones, la codi-
cia, tal vez sea el primer extremo, el más burdo, el más evi-
dente. Pero abandonar significa muchas otras cosas. Es un
proceso que va más allá, que implica la totalidad de la per-
sona. Como dijo Jesús, “el Hijo del Hombre no tiene don-
de reposar la cabeza”. Ni siquiera en la esperanza de que su

82
vida perdure. No queda nada. Sólo un profundo Silencio,
un total y absoluto vacío. Llamémosle libertad, felicidad,
Dios, amor... No importa. Pero es la suma de toda la dicha
y la felicidad que el hombre puede llegar a vivir. El vacío.
La inmensidad.
Con cada nuevo abandono, con cada nueva muerte, sol-
tamos un nuevo saco de lastre que deja al globo elevarse
sobre la superficie. Muy directamente estamos hablando de
abandonar pensamientos, de mirarlos pasar, de observar el
movimiento.
Vemos una vez más cómo surge un pensamiento. Por
ejemplo, el que nos dicta: “ahora voy a observar en Silencio;
ahora voy a estar atento”. De alguna manera hemos graba-
do esa programación; hemos adquirido esa idea y la hemos
añadido al acervo de nuestros conceptos. Hemos aceptado
que, si seguimos este imperativo, seremos más felices. Esta-
mos de lleno en terreno del ego, aunque estemos hablando
de algo tan sublime y sagrado como el Silencio, la atención,
la observación. Pero estamos de lleno en el ámbito de acción
del ego, en su codicia, en su programación.
Una voz ordena callar, impone Silencio. Es un pensa-
miento el que ha surgido, el que se ha erigido como una
voz. La trampa es que nos creemos que esa voz, esa orden,
la hemos dado nosotros. Pero miremos con más atención,
acerquemos la lupa. Esa voz es un pensamiento más. Un
pensamiento entre pensamientos. Es la voz del ego. No
hay diferencia. Un pensamiento que expresa una progra-
mación. Tal vez en nuestro caso la programación sea “debo
guardar Silencio” Existen otras programaciones mucho
más dañinas, pero ¿qué diferencia hay? Tal vez la diferencia
es sólo que nuestros gustos han mejorado. Cuando éramos
pequeños nos atiborrábamos de refrescos de cola y ahora
somos capaces de paladear un buen vino. Cuando éramos
pequeños nos gustaban las canciones escolares y ahora
podemos gozar con una sinfonía. Nuestros gustos han evo-
lucionado.

83
Pero de fondo existe programación. A efectos de nues-
tro ego, no hay diferencia.
Entonces puede que surja la observación. La observa-
ción pura, sin observador, sin orden, sin voz que imponga
Silencio. Descubrir que el yo está más allá, siempre en Silen-
cio. Desde siempre, desde toda la eternidad. Por eso nos
dicen los maestros zen que no sigamos buscando lo que
desde siempre ha estado con nosotros. Que ya somos el
buda, el iluminado, el despierto. Basta darse cuenta, no hay
que ir más lejos ni luchar más.
El Silencio no puede ser violentado. Desde siempre se
nos ha enseñado a violentar, a luchar y pelear. Desde siem-
pre se nos han marcado objetivos que alcanzar y proble-
mas que resolver. Es la forma de enseñar en las escuelas.
No sólo en matemáticas, sino también en las cuestiones éti-
cas, morales, religiosas. Por ejemplo, se nos dice: eres ego-
ísta y debes ser generoso.
¿Qué sucede? Simplemente que nos hemos declarado la
guerra. Hemos establecido una batalla entre lo que somos
(egoístas) y lo que queremos ser, la imagen ideal (generosos).
La guerra está servida, y con ella el conflicto, la tensión,
la falta de paz. Son pequeñas batallas que se dan cotidiana-
mente en nosotros. Desde el púlpito se nos insta a ser
mejores, a entablar nuevas luchas. El camino del Silencio,
en cambio, es la paz, el abandono de las hostilidades y de
las armas.
No hay más que hacer que mirar. En efecto, mirar nues-
tro egoísmo, el afán por aprehender, por acaparar, por acu-
mular cosas, afectos, buenas consideraciones... Ya hemos
visto cómo se puede mirar el movimiento, el paso de la
corriente. Ver pasar el ruido, la trampa, nos libera de ella.
Ver el engaño nos deja inmunes a él.
La codicia, el ego, no están ausentes del camino del
Silencio. Al fin y al cabo, la persona que se embarca en este
camino es, ante todo, persona, con su carga pesada de ego.
El ego comienza a canalizarse de otro modo, bajo la forma

84
de aspiraciones espirituales. Mirar cómo el ego se mueve,
se pavonea, desfila ante los ojos de los demás, es profun-
damente liberador.
Dice un maestro zen que cuando por fin llegamos al
final del camino, nos damos cuenta de que siempre estuvi-
mos ahí. Y sólo queda una fenomenal carcajada. Como
cuando buscamos en todos los bolsillos y cajones nuestras
gafas y por fin nos damos cuenta de que las llevamos pues-
tas. Una fenomenal carcajada.
¿Qué importa si estamos iluminados? ¿Qué más da eso?
Una persona iluminada está en Silencio, no se preocupa de
ninguna aspiración, de ninguna codicia.
La iluminación está ya, aquí y ahora. Cada vez que
observamos un pensamiento sin movernos, estamos ilumi-
nados. Cada vez que vemos una puesta de sol o un ama-
necer, o un paisaje, o un día de lluvia, sin intentar captu-
rarlo, sin intentar hacer nada para retenerlo, sin ponerle
calificativos. Cada vez que estamos absortos en la naturale-
za, estamos iluminados.
No utilicemos esta terrible palabra. No hay iluminación,
ni samadhi, ni satori. Todo esto no son más que pensa-
mientos. Hay algo más allá de estos pensamientos terrible-
mente codiciosos: un profundo Silencio. Sólo estar en
Silencio, sin moverse, sin marcharse detrás del afán de ilu-
minación, para leer cada vez más libros, para asistir a cada
vez más retiros, más conferencias, más tertulias...
Nuestro único viaje es un profundo Silencio. Es la mara-
villosa aventura del ser humano, aquélla sobre la cual el sufí
dice: “desdichado aquél que ni siquiera ha atisbado el per-
fume de esta búsqueda”.
En verdad es desdichado porque seguramente le acosa-
rán todas las desdichas de esta vida, todas las que dicta
nuestro ego, todos los afanes, los objetivos, las presiones,
los sentimientos negativos, que no son sino pensamientos
propios del ego, el sufrimiento por la pérdida, por la enfer-
medad, por el declive físico, por la soledad...

85
El Silencio es la libertad de todos estos pensamientos.
No una libertad ciega, no un esconder la cabeza lejos de
estos pensamientos. Es ir hasta el final de ellos, zambullir-
se en ellos para comprender su irrealidad, su artificialidad.
Comprender que son nuestra más horrible creación, la que
nos limita, la que esclaviza nuestra vida.
Estamos llamados a vivir toda la libertad, toda la pleni-
tud, toda la felicidad, todo el amor. Estamos llamados a ser
absolutamente libres de nuestras cadenas.

86
x
LA ILUMINACIÓN

“Siéntate en Silencio, no hagas nada. Se acerca la prima-


vera; la hierba crece sola”.
Aforismo zen

Con mucha frecuencia, en el camino interior sentimos


impaciencia, la cual se torna fácilmente en desesperación.
La impaciencia siempre nos revela nuestra codicia.
Sin embargo, en el Silencio no hay nada que pretender.
En el momento en que existe pretensión, no hay Silencio.
Hay sólo movimiento del ego, expectativa, utilización del
Silencio para nuestros fines, corrupción de lo más sublime.
Para entrar en el Silencio hay que estar libre de expectati-
vas, de pretensiones, de programas que cumplir u objetivos
que alcanzar.
Entrar en el Silencio, como dice Moratiel, es como una
gran despedida.
El Silencio es un descanso. Es mirar el vacío interior
para ver que esa es nuestra naturaleza. Uno reconoce en el
vacío su naturaleza, sabe que ahí reside toda la energía de
la vida, todo el contenido vital. Uno reconoce en el Silen-
cio, en el abismo del vacío, su propio ser. Uno se reconoce
como si se viera en un espejo. Y se tiene la certeza de haber
vuelto a casa.
Eso es el Silencio. Se ha regresado a casa. A partir de
ahí, dejar que todo suceda, que todo siga su camino. Esa es

87
la mente silenciosa, la que algunos llaman iluminación. Es
terrible que se hable de iluminación. Esa palabra se ha con-
vertido en un objetivo para muchos caminantes del Silen-
cio. Hasta que no se abandone esa palabra, esa pretensión,
no hay Silencio.
El abandono significa dejar atrás codicias y objetivos.
Las codicias y los objetivos son los ruidos que nos impiden
abandonarnos al Silencio. Mientras sigamos fijos en ellos,
siguiendo sus dictados, no hemos hecho nada. Estamos
simplemente siguiendo el impulso del ego, exactamente
igual que hace el avaro en busca de su dinero o el gurú en
busca de su prestigio. No hemos cambiado nada.
Mientras haya un objetivo, el Silencio seguirá tapado,
inadvertido, ocultado por ese ruido estridente de nuestra
pretensión egoísta de alcanzar iluminación.
Por eso es terrible que se haya constituido la ilumina-
ción como un objetivo. La iluminación no tiene ninguna
importancia ni entidad. Es una nueva creación del ego.
Cuando miramos el movimiento del ego, su pretensión de
iluminación, la trampa es puesta al descubierto. Entonces
se atisba un gran Silencio, el que existió desde siempre, la
vasta llanura de nuestra mente atenta, silenciosa.
Es mucho más sencillo de lo que han pretendido hacer-
nos creer. Es sólo Silencio, todos lo hemos experimentado,
todos lo hemos vivido. Lo único que sucede es que volve-
mos a dejarnos arrastrar por el río revuelto de nuestros
pensamientos egoístas. Pero todo es mucho más sencillo.
No hay iluminación. Lo que llamamos iluminación no es
más que un pretexto de nuestro ego para seguir eternizán-
dose en conceptos, para seguir expresando objetivos que
no son más que codicia, para seguir anhelando un futuro
que jamás llega.
“Abandona todo y serás ayudado”. Abandona todo, ilu-
minación y no iluminación, conceptos, ataduras, técnicas,
pretensiones... Abandonar todo es abandonar TODO. No
quedarse nada. En cuanto nos reservamos algo, un solo

88
concepto al que permanecer aferrados, no hay Silencio, no
se produce la dulce aventura de soltar amarras y dejar que
el barco sea movido por la suave brisa de la vida.
Aquello a lo que llaman iluminación no es ningún méri-
to. No es más que una rendición. Rendirse al presente, a la
realidad, a lo que es, sin marcharse, sin hacer ningún movi-
miento hacia fuera. No hay más iluminación. Es una terri-
ble palabra que encierra una trampa.
El Silencio no es más que MIRAR SÓLO EL PRESENTE.
Es tan fácil y tan difícil.
No hay que mandar a nuestro ser, a nuestro vacío, al
hondón de nuestra alma. No hay que ordenarle trabajar,
curtirse en libros, conferencias, prácticas, meditaciones,
maestros... No hay trabajo que hacer, no hay mandato que
dar, porque todo está ya aquí, con nosotros, en nosotros.
Toda la iluminación, todo el vacío, todo el amor está ya y
estuvo siempre con nosotros.
Dice Alan Watts que decir “ojalá” nos trae exactamente
a donde estamos ahora.
Es decir, ya somos Jesús, Buda, iluminados, despiertos.
Esos “ojalá” son los ruidos de nuestro ego, los más difíciles
de identificar, porque son los más sutiles. Por ello los más
peligrosos. Lo importante es darse cuenta de que es la voz
del pensamiento la que habla. Es un profundo ruido el que
se expresa a través de esos “ojalá”. Decir “ojalá esté atento”
es un ruido. Si siempre que se produce ese ruido lo mira-
mos, lo desenmascaramos merced a una observación sin
límite, no hay nada más que hacer. Todo está cumplido.
No hay más práctica que esa, observar. Siempre observar.

89
xi
SOBRE EL AMOR
Y LA FELICIDAD

Sólo el pensamiento, sólo nosotros mismos podemos


hacernos daño. En el momento en que aprendemos la for-
ma en que solemos hacernos daño, ya no cabe más la posi-
bilidad de que siga sucediendo. En ese momento, cuando
ya es imposible que sigamos haciéndonos daño, sólo exis-
te felicidad. Somos libres de nuestros propios conceptos,
de nuestras propias cárceles y trampas. Estamos listos para
vivir a fondo, para dejar que el amor brote de nosotros. Un
amor que no teme ser herido porque sabe que nadie pue-
de herirlo.
Hemos estado hablando de la codicia del ego. Efecti-
vamente, el ego intenta atesorar sus posesiones, las cuales
no tienen por qué ser materiales. También atesora la devo-
ción de los demás, el ser querido.
Pero el amor no tiene nada que ver con la necesidad.
Con frecuencia decimos sentir la necesidad de que nos
quieran. En ese momento sólo existe egoísmo, codicia por
atesorar el afecto y la estima de los demás. En realidad no
se está amando a los demás, sino deseando que los demás
lo quieran a uno. No es algo que baste en el amor. Es codi-
cia de obtener algo de lo que no se quiere prescindir.
También es frecuente que el miedo esté presente en
nuestras relaciones. Entonces no existe amor, sólo miedo.
Muy posiblemente la felicidad brota cuando podemos vivir
con amor, relacionarnos con amor, trabajar con amor. El
amor brota cuando podemos vivir silenciosos, atentos.

91
Cualquier acción puede desempeñarse en Silencio.
Cualquier tarea. Mientras más difícil parezca, mayor es la
liberación. Incluso tareas que implican la parte intelectual.
Basta trabajar con atención, con una profunda atención,
mirando cada pensamiento, cada situación.
Hay algo que lo complica mucho: la presión, el stress,
la carrera alocada a la que a veces nos obligan en ciertos
puestos de trabajo. Ahí el reto es mayor, pero no es impo-
sible.
Además, mirar en Silencio, atento, libera aún más la
mente de quien trabaja con stress. Le ayuda a liberarse de
una terrible situación, de una gran amenaza. Incluso ahí se
puede estar atento.
Y es que la mayor amenaza de todas es la de perder
gran parte de nuestra vida. La perdemos cuando no esta-
mos atentos, cuando nos limitamos a cumplir con los codi-
ciosos objetivos de venta, o de volumen de negocio de la
empresa en la que trabajamos. Entonces nos convertimos
en máquinas, los días pasan inadvertidos, ruidosos. Sólo
esperamos que llegue el fin de semana, el próximo puente,
las vacaciones...
Es terrible. Es como un pequeño suicidio. Es desear la
muerte de una parte de nuestra vida.
Podemos vivir la vida toda, entera. Mirar la vida, llena
de sorpresas, de misterios, de situaciones nuevas, siempre
alegre, triunfante. Llena de libertad, de felicidad, de entu-
siasmo...
Pero este panorama es ensombrecido por nuestro pen-
samiento. La vida sigue pura, intacta, feliz... Somos noso-
tros quienes la tapamos con miles de ruidos que son gene-
rados por el pensamiento, ambiciones, objetivos, frustra-
ciones, amarguras, miedos...
Si vamos mirando cada uno de esos productos del pen-
samiento, dejando que cada vez la vida esté menos conta-
minada, menos enterrada, la plenitud va creciendo en
nosotros.

92
El mejor termómetro que existe es la alegría. Si la ale-
gría nos acompaña cuando emprendemos un camino, es
señal de que estamos en el buen camino.
De hecho, el Silencio es el camino de la alegría. No hay
que esperar a conseguir ningún objetivo, cubrir ninguna
etapa en el crecimiento, ni colmar ninguna aspiración de
iluminación. No es nada de eso.
El Silencio es una pura observación de todo lo que exis-
te. Entonces los ruidos que nos asolan y nos entristecen
son observados, son vistos desde un profundo Silencio. Y
esos escenarios imaginados, fantasiosos, dejan de existir, se
deshacen.
Cada vez que uno de esos escenarios cae por tierra, la
Vida tiene oportunidad de brotar, de expresarse a través de
nosotros con mayor plenitud.
Lo que nos ofrece el Silencio es el camino más sencillo,
más humilde. No contiene reglas, ni normas, ni objetivos,
ni prácticas. A decir verdad, no contiene nada. Sólo nos
invita a observarlo todo, a estar atento a todo lo que surge,
tanto dentro como fuera de nosotros.
Ese es el camino del Silencio. El más sencillo de todos.
Nos dice que no tenemos que emprender grandes proyec-
tos, lograr grandes objetivos... La felicidad está más cerca,
siempre estuvo aquí. Basta con darse cuenta. Muchas men-
tiras la han recubierto, la han camuflado. Basta con obser-
var lo que la oculta, lo que impide verla.
A medida que vamos viendo las trampas, a medida que
los velos van rasgándose, aflora una sencilla alegría, una
sonrisa franca y verdadera, una profunda libertad, como
una brisa. Es la felicidad. No depende de nada ni de nadie.
Es porque es. Es ella misma. Existe desde siempre y siem-
pre estuvo con nosotros.
Ya no necesitamos mendigar compañía, atención, bue-
na imagen, buena consideración social, posición, dinero, un
empleo prestigioso... No dependemos de nada ni de nadie.

93
El pensamiento pone sus escenarios ante nosotros.
Cuando caen los velos, cae el desamor, la envidia, los celos,
el odio... Cae todo lo que tapa el amor. Entonces la Vida,
que es también el Amor, puede desplegarse. Está más allá
del pensamiento y de la voluntad.
No hay, por tanto, que pretender nada. Es sólo mirar.
Una pura mirada. Una pura observación.
Al ego no le importa jugar con la gente para dar satis-
facción a sus aspiraciones. El ego se consume, se angustia
si lo que codicia está lejos. Entonces se pone en movi-
miento y nos dicta que algo no está bien en el presente, que
hay algo que cambiar. Que hay que conquistar el objeto
que él ambiciona.
Entonces contagia a todo el ser de amargura, de angus-
tia, de tensión. Y nos dejamos arrastrar por las pulsiones
del ego. De este modo nos ponemos a trabajar, nos obsti-
namos en conseguir el objeto codiciado.
Una vez conquistado, vuelve a dejar de interesarnos. El
ego ha saciado su sed.
Eso es lo que sucede si seguimos nuestro ego. Dicho de
otro modo, una de las manifestaciones más claras del ego
es mostrarnos algo que codicia. Mostrarnos algo “sin lo
cual no puede vivir”, y ponernos en movimiento a base de
contagiarnos angustia y tensión, o tal vez miedo. Un mie-
do atroz.
Entonces el baile continúa, seguimos manejando a los
demás para dar satisfacción a nuestro ego, y volvemos
igual de rotos cuando lo hemos reconquistado.
Por eso es tan importante darse cuenta de esa trampa,
de ese movimiento de nuestro ego.
No hay nada que codiciar. No necesitamos nada. Todo
nos ha sido dado. Tenemos todo lo que necesitamos para ser
feliz. No precisamos de nada ni de nadie para ser feliz, para
amar.

94
Creo que es difícil poder amar si uno no se ama. En la
Biblia se nos repite con frecuencia: “ama a tu prójimo como
a ti mismo”. Si uno no es capaz de amarse, mal podrá amar
al otro.
No necesitar gente es una maravillosa vivencia. Se deja a
los demás en libertad para que sean ellos mismos, para que
se expresen de acuerdo con los sentimientos de su corazón.
No se les obliga a nada. Cuando quieras, ven a mí.
Estaré esperándote con los brazos abiertos. Pero no porque
te necesite, sino porque te quiero.
Nadie que ame puede estar angustiado por el hecho de
amar, ni siquiera por el hecho de no ser correspondido.
Sólo el ego puede amargarse. El ego se siente triste porque
intenta apresar el afecto de los demás.
Siempre la amargura, la frustración, la angustia, el dolor,
el sufrimiento, el miedo, son asuntos del ego. Cuando suce-
den esas cosas es el ego quien está por medio. No hay más
camino que estar atento a todos los movimientos. Todas
estas cavilaciones son producto del ego, son el movimien-
to del ego, son las vueltas que el ego da en torno a sus pul-
siones, en torno a sus mociones, a sus motivaciones, a lo
que le empuja a actuar, aquello en lo que cobra entidad,
en lo que cobra ser y vida. No se puede vivir a expensas
del ego, dominado por sus pulsiones, por los escenarios que
espiga en nosotros.
Una mirada silenciosa es una mirada de amor. Mirando
en Silencio se puede amar. Cuando nos dejamos llevar por
el ego, no podemos amar. No podemos más que rendir cul-
to a nosotros mismos; mejor dicho, a nuestra cáscara, a
nuestra imagen, a nuestros pensamientos, a nuestra pro-
gramación.
Sólo cuando estamos atentos es posible el amor. Y con
él, la felicidad, la paz, la vida, la libertad. Basta con mirar.
Mirar con paciencia. Mirar el movimiento. Mirar la vida
danzando a nuestro alrededor.

95
xii
EL ARTE DE CONVERSAR

Muchas veces estamos agitados, sometidos a fuertes


pesadumbres, a tribulaciones, preocupaciones, miedos, an-
gustias, infelicidades, sufrimientos...
Y de pronto nos sentamos a charlar con alguien, un
familiar, un amigo... Alguien con quien nos comunicamos
bien, con quien conectamos fácilmente.
El resultado lo hemos experimentado todos. Volvemos
más relajados, más serenos, con menos carga. Es un dicho
popular el que “una pena compartida es media pena”.
¿Qué sucede en realidad? Cuando tenemos un sufri-
miento, frustración, miedo, amargura, etc., estamos profun-
damente alejados de la realidad. Estamos inmersos en uno
de esos escenarios que espiga nuestro ego. Estamos en un
escenario irreal, propio del pensamiento, que no tiene nin-
guna entidad.
Esa fantasía, ese escenario irreal de sufrimiento, es nues-
tro ámbito, el entorno de nuestros movimientos. Entonces
buscamos a un amigo y nos sentamos en una terraza a
saborear un café y una agradable charla.
En ese momento se produce un cambio. Aunque los
consejos que nos den puedan ser interesantes, se produce
algo mucho más importante: hemos salido de nuestro
escenario irreal y nos hemos plantado en medio de la rea-
lidad. La realidad de una terraza, una taza de café, una per-
sona con la cual estamos hablando... Hemos salido de las
fantasías del pensamiento y hemos vuelto a la realidad.

97
Entonces es posible que regresemos a casa sintiendo
que estamos más serenos, más relajados, menos domina-
dos por nuestros fantasmas.
Hay mucha gente que dice: “no necesito que me den
consejos, sólo que me escuchen”. Cuando alguien nos es-
cucha volvemos a la realidad.
Esto es lo que sucede con el pensamiento, con sus esce-
narios irreales, como la locomotora del primer cinemató-
grafo. Cuando nos situamos frente a una persona, es como
si estuviéramos frente a un espejo. Conversar nos ayuda a
entendernos, a aprender quiénes somos. Y es justamente
por eso, porque regresamos a la realidad.
Lo importante, por tanto, es regresar siempre a la reali-
dad. Mirar lo que hay, lo que sucede dentro y fuera de
nosotros. Cuando miramos los escenarios que ha desarro-
llado nuestra mente, en medio de los cuales nos ha situa-
do, esos escenarios pierden su carácter terrible, su aparien-
cia de realidad. Se disuelven, se deshacen en nada. No era
más que una fantasía.
Habíamos caído en la corriente. Cuando, por una vez,
observamos la corriente, vemos que también ella es una
proyección, una locomotora filmada por nuestro pensa-
miento. Mirar la trampa, mirar el movimiento que se pro-
duce, es de una liberación absoluta.
Quedamos libres de todas las locomotoras que nos
amenazan, de todos los miedos, las frustraciones, las ambi-
ciones, las soledades... Vemos en Silencio desde el Silencio,
y todo cesa. Todo ruido cesa. Todo se deshace, se disuelve
como por arte de magia. Es el arte del Silencio.
Es un movimiento solemne, bello, de una gran libertad.
Soltamos lastre, el globo se eleva. Soltamos amarras y el
barco se deja llevar con el viento en sus velas.

98
xiii
LO COTIDIANO

No hay más que lo cotidiano. Con frecuencia pretende-


mos escapar de lo que somos, de lo que es nuestra vida.
Continuamente soñamos con lo que haríamos si tuviéra-
mos otra oportunidad, si se nos permitiera vivir otra vez
con el bagaje adquirido, si nos tocara la lotería, si encon-
tráramos un trabajo mejor, una pareja, si tuviéramos hijos,
si viviéramos en otra ciudad, en otra casa... O bien nos refu-
giamos en grandes viajes, aventuras, emociones, eventos,
todo con el propósito de escapar de una existencia vacía.
Y el día a día, lo cotidiano, es pasado desapercibido.
Pero, sin embargo, lo cotidiano, el día a día, el momento
presente, es lo único que existe. Podemos luchar contra ello
o aceptarlo. Habitualmente elegimos enfrentarnos a ello, lo
cual no hace más que crear en nosotros presión, conflicto
y confusión.
Vivimos en un continuo movimiento, deseando llegar a
otros lugares futuros, conquistar metas y objetivos. Cree-
mos que si no tenemos objetivos estamos muertos, no
tenemos ilusiones. Y precisamente, hacer depender nuestra
felicidad de un objetivo futuro es una ilusión, un engaño,
una mentira. Es como la zanahoria colgada delante del
hocico del burro para motivarlo a andar.
No existe más que el presente; no hay otra realidad. En
ella se esconde todo lo hermoso, todo lo bello. La felicidad,
la paz, el amor, la libertad, Dios, las grandes palabras que

99
anhela la humanidad, sólo están en el momento presente.
Hablar de la felicidad futura, del amor futuro, es hablar de
cosas irreales. El futuro siempre está más allá. Nos consu-
mimos en un anhelo que nunca llega, en llegar a un objeti-
vo que siempre está más allá, más lejos. ¿Y qué hay del pre-
sente? ¿Dónde dejamos el momento actual, la realidad?
En cierta ocasión me hablaron de una taberna en
Bélgica en la que han colgado un cartel que dice así:
“MAÑANA CERVEZA GRATIS”. Hablar de mañana es hablar de
algo irreal, inexistente.
Pero lo cierto es que siempre abandonamos el momen-
to presente. Nos embarcamos en pensamientos vagos, difu-
sos, interminables. Nos alejamos cada vez más y más. Dice
un hermoso cuento musulmán: “Cuando la bella Amidala
dejó de buscar a su príncipe, le llegó la felicidad”. Cuando
dejemos de buscar habremos llegado.
Pero, una vez más, no es cuestión de pensamientos, de
consignas. Es, más bien, un abandono de toda consigna.
Dejar que el globo alce el vuelo sin ataduras, sin cadenas.
Es la suprema libertad, el supremo amor. Una observación
que no analiza, que no toma partido, que no cae en la
corriente de pensamientos, que no añade nada a la reali-
dad, una observación pura, un Silencio puro.
Dicho de otro modo, no es cuestión de cambiar la pro-
gramación, sino de ver la falsedad de cualquier programa-
ción. De ver la falsedad de los escenarios que espiga nues-
tra mente. Verlo es liberarse. Es como un niño que se que-
ma con una vela. Ya sabe que la vela quema, no volverá a
agarrarla. Ver algo con claridad nos libra de su dictadura.
Mirar es el único camino. Se observan todas las mentiras.
Se acepta todo, hasta lo que para el mundo es inaceptable.
El Silencio es aceptar lo inaceptable. Aceptar que esa tre-
menda aspiración, ese vital objetivo que nos hemos trazado,
tras del cual corremos, al cual hemos sometido nuestra posi-
bilidad de felicidad, es una vana mentira, una trampa vacía,
algo sin contenido. Mirar el pensamiento es liberarse.

100
De algunas cosas es más difícil, ya que tenemos una lar-
ga tradición de siglos, un bagaje cultural extraordinaria-
mente pesado que nos lleva a creer que son precisas deter-
minadas cosas para ser feliz (pareja, estatus, un buen traba-
jo, familia, compañía...).
Lamentablemente el mundo nunca ha escuchado la voz
de los hombres del Silencio. La humanidad se siente “heri-
da por la memoria”, nostálgica de un regreso a casa. Pero
sigue sin emprender el viaje interior.
Y sin embargo aún tenemos la posibilidad de observar-
nos, de conocernos, de dejar que las trampas vayan poco a
poco deshaciéndose. Es algo que, paradójicamente, sucede
cuando no hacemos nada con ellas, cuando no nos pone-
mos a sus órdenes, cuando no nos ponemos en movimien-
to para servir el dictado de nuestros pensamientos.
Sólo una atención pura, que no toma partido, que no se
deja arrastrar por la ola del pensamiento, que no enjuicia,
una atención que se limita a observar sin límite, puede
desenmascarar para siempre los ruidos, desactivar nuestras
minas de tierra, inutilizar nuestras contradicciones, nues-
tras trampas, nuestros dolores, infelicidades y sufrimientos.
Una mente que está atenta a los pensamientos. Una
mirada que mira hasta el final. Hasta que todo se deshace,
hasta que cesa el movimiento. Una mirada que no preten-
de que el movimiento cese. Si la mirada es así no es más
que concentración, tensa atención focalizada en un punto
que es dictada por la programación de la mente.
La atención del Silencio es la que observa hasta el final
sin más, sin dejarse arrastrar, sin enjuiciar ni tomar partido.
Una mente que observa quieta. Una observación PURA-
MENTE SILENCIOSA.
Si inventásemos técnicas para evitar marcharnos del pre-
sente nos estaríamos limitando a cambiar nuestra progra-
mación, a establecer condicionamientos, a reprogramar nues-
tro ego. No hay nada que se pueda hacer. TAN SOLO MIRAR.
En el Silencio se nos dice que no hay nada por lo que
preocuparse. No hay ningún futuro, es sólo un pensamien-

101
to. No hay pasado, es sólo un recuerdo, un pensamiento.
No hay nada excepto el ahora. Sólo aquí es posible amar,
ser feliz, sufrir, gozar... Sólo aquí es posible la VIDA.
El camino que nos plantea el Silencio es el de no hacer
nada con el presente. No moldearlo, no forzarlo a adoptar
ninguna forma concreta, no marcharnos de él. NO HACER
NADA.
Es decir, ahora, en este momento, dejamos el libro.
¿Qué queda? De entrada, tal vez una profunda calma. Pero
dejémonos un momento y observemos lo que pasa. Llegan
pensamientos de personas, de tiempos pasados. Conclu-
siones sobre las personas que recordamos. Nos distraemos
buscando entretenimientos. Esperamos que suceda algo...
Vivir en el momento presente es, sobre todo, cuestión
de atención, de mirada. Uno de los Padres del Desierto, el
Abad Besarión, dijo en el momento de su muerte que “un
monje debe ser todo ojos”. Todo ojos para observar, sin
modelar la realidad, sin encauzarla.
El Silencio es una atención sin límites, que no juzga, que
no toma partido, que no se pone en movimiento, que no se
marcha a otro lugar. Es una total fidelidad por el momen-
to presente; una fidelidad que abraza todo lo que llega,
cualquier actividad mental que pretenda alejarnos del pre-
sente, que deja que todo se funda en la nada, que se des-
haga por completo.
Una vez que se acepta, que venimos a vivir al presente,
no hay más. Se trata de un no hacer, de un no pretender.
Mirar es la no acción, es no moverse, es no caer en la tram-
pa. Estamos vivos y vemos pasar la vida ante nuestros ojos.
Vemos desfilar una vida que ya no es una carga, una carrera
de obstáculos, un cúmulo de objetivos, situados uno detrás
de otro.
La vida pasa a ser un alegre paseo, un juego. Vivimos
relajados, libres, sencillamente, mirando la feliz danza de la
existencia. Sin más atadura, sin más cadena. Con la total
pureza y despreocupación de unos ojos de niño.

102
xiv
EL SILENCIO

“Siéntate en Silencio, no hagas nada. Se acerca la prima-


vera; la hierba crece sola”.
Aforismo zen

El Silencio es dejar hacer a la vida, dejar que todo suce-


da en ella. Podemos sentarnos en Silencio, sin hacer nada,
sin interferir, sin hacer caso a la tendencia que nos marcan
los pensamientos.
El Silencio es abandonar la batalla. Dejar que todo se
exprese, que todo sea como desee ser. Nosotros seguimos
ahí, atentos, inmutables, mirando lo que sucede, sin parti-
cipar en la lucha a la que se nos aboca. No hay nada que
buscar ni que pretender. “Las zorras y los conejos tienen su
madriguera, pero el Hijo del Hombre no tiene donde recli-
nar la cabeza”.
Cuando uno está perdido, cuando uno no sabe dónde
encaminar los pasos, se nos ofrece la alternativa del Si-
lencio. El Silencio es pureza, es vida, es alegría, es un océa-
no sin límites. No hay donde ir porque se está en la inmen-
sidad del agua. No hay que ir más lejos. La única alternati-
va, la última posibilidad, es el Silencio. Dejarse llevar, dejar-
se abandonado, rendirse...
Es vivir el presente sin añadirle nada. Cuando uno se vie-
ne a vivir al interior, cuando se instala dentro, lejos de nues-
tras capas superficiales, no hay sufrimiento, no hay amargu-
ra, ni angustia, ni miedo. Es como soltarlo todo, todo lo que
da seguridad, y quedarse suspendido en un vacío.

103
Es muy difícil hablar del Silencio. En cierto sentido,
hablar del Silencio es como mancharlo. Sólo se puede ha-
blar del ruido, de lo que no es el Silencio, de lo que nos
domina, de nuestras irrealidades, fantasías, locuras...
Al fin y al cabo, el Silencio es abandonar todas esas
locuras, quedarse en un vacío fuera del alcance de toda
cadena. Abandonarlo todo y quedarse sólo en la interiori-
dad profunda, donde habita el amor.
En el amor no cabe codicia ni desesperación. Éstas son
movimientos de nuestro ego, no son el amor. Y estamos
llamados a mirar esos movimientos, a verlos pasar sin caer
en su red, en su trampa. Mirar cómo esos movimientos van
pasando, dejarse en brazos de una cierta pasividad, de una
cierta pereza.
Es hermoso ver cómo el pensamiento está quieto, sere-
no, sin nada que lo aturda, sin nada que lo incomode o lo
inquiete. Mientras miramos las agitaciones allá fuera, la
quietud se expresa ante nuestros ojos.
Dejar que todo vuelva a casa. Cuando se deja que todo
vuelva a su lugar, también nosotros volvemos al nuestro,
que es el Silencio. Sin más doctrinas. Sin más formulaciones.
Es un sublime descanso. Frente a un mundo que nos
exige más y más, que nos obliga a mantener una frenética
actividad, el Silencio nos dice que no hay que hacer nada.
El mundo nos ofrece estatus, prestigio, éxito profesional,
social, económico, de pareja... Y nos exige para ello una fre-
nética actividad, una actividad volcada hacia lo externo y
superficial, que nos roba el gusto por lo sencillo, por los
pequeños detalles de la vida, donde lo más sublime se
esconde. Frente a esto, el Silencio es como una rebeldía,
como una insurrección.
Para encontrarnos, para encontrar la vida, el amor, la
felicidad, para encontrar a Dios, no hay que hacer nada. Ya
lo tenemos. Basta con darse cuenta. Todo lo demás son
movimientos del ego, de las pretensiones egoístas que nos
reclaman.

104
Por eso dice Jesús: “¿Por qué os alimentáis de lo que
no da hartura? Si yo te diera del agua viva, no volverías a
tener sed”.
El Silencio es el agua viva de Jesús. Es calmar la sed, los
hastíos que nos han sido dictados desde fuera, la sed de
poder, de dinero, de influencia, de estatus. En cambio Jesús
nos ofrece un agua viva, un agua que quien la beba no vol-
verá a tener sed, a estar sediento mendigando reconoci-
miento de los demás, mendigando ser bien considerado,
apreciado, querido. Un agua que no está lejos de nosotros,
que no está fuera, que no hay que viajar kilómetros para
conseguir. Ya está en nosotros. El pozo, el manantial, es
nuestro más oculto tesoro.
Ver todo lo que estamos haciendo, ver nuestro sitio,
nuestro entorno, las personas, lo que sucede. Cuando cru-
zan los pensamientos, cuando pretenden desestabilizarnos,
verlos también a ellos. Por eso dice el maestro zen: “sién-
tate en Silencio, sin hacer nada. Se acerca la primavera y la
hierba crece sola”.
El camino espiritual tiene que ver con mirar. El sufí
dice: “el camino interior es fundamentalmente cuestión de
ojo. Conviértete en ojo. Que todo tu ser sea un ojo”.
Pase lo que pase fuera, si el corazón se sienta en Silen-
cio, sin hacer nada, viendo crecer la hierba, todo está cum-
plido. La felicidad, la libertad, el amor, el Silencio, Dios,
nacen en el corazón, en la vida, a cada instante. Es un
momento de intensa belleza.
El Silencio es también la ocasión de un gran descanso.
Tras una larga caminata, percibimos el cansancio cuando
nos sentamos, cuando entramos en el descanso. Igual pasa
con la mente. Después de mucha agitación, cuando advie-
ne el Silencio, uno se siente terriblemente cansado. Cuando
uno despide a la multitud, se percibe una terrible fatiga.
Entonces podemos abandonarnos al descanso.
No intentemos que nuestra mente recuerde ninguna
consigna, ninguna técnica, ningún objetivo. Sólo es impor-

105
tante lo que ha quedado en nuestro corazón; y en relación
con ello no hay ningún esfuerzo que llevar a cabo.
Dentro nada es preciso. Dentro no necesitamos nada.
Dentro existe una profunda quietud inalterable. Nada pue-
de dañarnos dentro. Sentir el Silencio. Sentir como todo
vuelve a casa, se serena, se relaja. Sentir que estamos aquí.
Sentirnos integrados, unidos, en un profundo vacío interior.
En el profundo Silencio.
Escribir es meditar. Trabajar es meditar. Observar la
puesta de sol es meditar. Todo es meditación, puesto que
todo es Silencio, observación.
Dicen que el hombre del Silencio es el que no deja hue-
lla de su paso. Es como si caminase sobre las aguas. No tie-
ne que intervenir. Ve las cosas y no se enfrenta a ellas.
Una vez más, no nos estamos refiriendo a permanecer
pasivos y no trabajar por un mundo más justo. Al contra-
rio. Nos referimos a no declararse la guerra a uno mismo.
A estar en paz. Y quien está en paz puede abandonarse a
la acción.
Nos referimos a no intervenir en el río de los aconteci-
mientos que suceden en nuestro interior. A la gestación de
ambiciones, de deseos, de lo que percibimos como necesi-
dad, de nuestras expectativas...
Con frecuencia se nos enseña que debemos ser de otra
manera distinta a la que somos. Es decir, se nos presenta
un modelo al que debemos asemejarnos y se nos lleva a
declararnos la guerra a nosotros mismos.
Incluso la metáfora del camino, que con frecuencia se
utiliza para aludir al crecimiento espiritual, es a veces con-
fusa. Y es que no se trata de llegar a ningún sitio, al cum-
plimiento de ningún objetivo, a alcanzar ningún estado
espiritual, interior, psicológico ni nada por el estilo.
El hombre del Silencio se limita a observar el movimien-
to. Observa cómo todo surge, fluye, sopla, cómo el mo-
vimiento se manifiesta en nosotros. Y no actúa. A eso nos
referimos. No actúa, no es llevado a la guerra. Su lugar es la

106
paz y el Silencio. La guerra desaparece cuando los pensa-
mientos son desenmascarados, cuando es vista la trampa.
Efectivamente, la batalla que se había planteado es irre-
al, es sólo un juego del pensamiento, una trampa, un mis-
terioso movimiento cuya razón desconocemos pero que es
usado por nuestra mente para cobrar entidad, para perpe-
tuarse, para darse existencia.
Siempre me ha parecido un misterio, pero hay muchos
misterios que no nos ha sido dado conocer. Suceden cada
día en la naturaleza, como aquella rosa que el Buda mostró
a sus amigos.
No hay nada que decidir. No hay nada que planear. No
hay que suscribir ningún compromiso. Basta con el Silen-
cio mismo.
La vida sigue latiendo fuerte en el Silencio. Todo existe
en el Silencio, todo cobra allí su verdadera dimensión, úni-
ca, sublime, especial y espectacular. La vida sigue siendo un
espectáculo, una fiesta.
Es prodigioso ver cómo la mente puede silenciarse
totalmente cuando miramos con atención la actividad que
estamos realizando.
Hay muchas cosas que el mundo nos empuja a hacer.
Pero dentro no hay nada que hacer. Ya está todo. No nece-
sitamos adquirir nada, conquistar nada, lograr nada.
Es un maravilloso deleite no tener que hacer nada.
Dejar que todo surja. Incluso el amor. Dejar que todo entre
o salga, aparezca o desaparezca a su debido tiempo. La
vida es una continua maravilla, una imparable sorpresa. La
vida nos va acunando, nos va meciendo, como si estuvié-
semos en una barca sobre las olas. Todo está bien. No pasa
nada, no sucede nada.
El Silencio es algo que devuelve la pureza. Permite mirar
con ojos de niño, con ojos no interesados, con ojos que no
pretenden, que no acaparan, que no buscan nada. Mirar con
una mirada silenciosa es mirar amando. Mirar a las personas
desde el Silencio, sin pretender nada, sin estar absorto en

107
nuestros pensamientos, en nuestras prisas, en nuestros obje-
tivos. Entonces se ve a las personas. Entonces se vive el pre-
sente. Entonces y sólo entonces se puede amar.
Como dice Moratiel, es posible que uno esté en un
maravilloso y silencioso paisaje, en una montaña frente a
un valle inabarcable, pero esté lleno de ruidos. Y también
uno puede estar en el bullicio de un metro en hora punta,
y estar en un profundo Silencio.
La persona que vive en el Silencio jamás puede ser
ofendida. Es decir, quien vive sin ego no tiene nada que
pueda ser ofendido, porque todo él no es más que un gran
Silencio. Nada puede ofender al Silencio, molestarlo, dis-
gustarlo. El Silencio es lo que está más allá de todo esto,
que son pequeños ruidos, pequeñeces del ego.
Basta con permanecer atento, como un vigía, como un
arquero, como el cazador, como el escriba. Atento a lo que
va sucediendo, a lo que va surgiendo.
En el Silencio fluye y sale a flote lo que en realidad
somos. No nuestros ruidos, ni nuestras trampas, las que
impone nuestro ego a través del pensamiento. En el Silen-
cio está lo que nosotros somos: pureza, amor, vida...
En el Silencio podemos observar nuestros nerviosismos,
nuestros bloqueos, nuestras tristezas, nuestras frustracio-
nes. Ver todo eso, ver su irrealidad, abandonarlo todo... Y
quedar simplemente sentados en medio del vacío, de la
nada, observando lo que hay, observando la vida, obser-
vando lo que fluye a cada instante.
El Silencio siempre lo aclara todo. Basta con exponerse a
él lo suficiente. Cuando la exposición es total, cuando la en-
trega al Silencio es total, cuando el abandono de nosotros
mismos es total, también la felicidad lo es. Y la claridad,
y la ausencia de problemas, cuestiones, dudas, inconvenien-
tes, afanes, expectativas, miedos, falsas motivaciones... Todo
decae.
El Silencio todo lo aquieta y deja que se produzca el
milagro cotidiano de la vida en nosotros. Deja que nos
asombremos con las cosas sencillas. Cuando no estamos

108
sumidos en nuestros ruidos, lo cotidiano adquiere un perfil
sublime, sobresaliente. Cualquier cosa pequeña puede ser
la más dichosa de las aventuras. No necesitamos emocio-
nes fuertes, lejanos viajes, grandes homenajes... Lo sencillo
nos basta, nos colma. Lo pequeño, la más pequeña expre-
sión de la vida es suficiente para nosotros. En ella nos con-
tentamos, y ni siquiera de ello dependemos.
No hay ninguna dependencia, ninguna atadura, ningún
concepto que nos sirva de clavo ardiente al que aferrarnos.
No hay nada. Nos hemos abandonado, nos hemos arroja-
do al dichoso goce de vivir sin cadenas. Eso es el Silencio.
Vivir sin cadenas.
Liberarse de las cadenas no es más que darse cuenta de
que no hay cadenas reales; todas son trampas, vínculos fic-
ticios creados por nuestra mente, por nuestro ego. Ver la
trampa trae inmediatamente la liberación. Este es un movi-
miento de una gran hermosura.
Quedarse en Silencio es sentarse en un puente a ver
pasar la corriente de la vida, de los pensamientos, de los
afanes y búsquedas, de las luchas y contradicciones. Se va
desprendiendo un maravilloso aroma a amor, a libertad, a
frescura, a alegría.
Si sabemos mirar la corriente sabremos también mirar la
puesta de sol, el rostro de nuestros amigos, el aroma fresco
de la hierba recién cortada, el sabor de un pan caliente, el
gozo de la familia, de la casa, del Silencio. Recordar de nue-
vo el nombre de lo cotidiano. Aprender a mirar la corrien-
te es aprender a verlo todo. Este es el puente de la vida.
Curiosamente, el camino de la meditación y el Silencio
es un camino donde cada vez hay menos dudas, donde se
continúa cada vez con más fe, ilusión y empuje. Incluso
cuando las cosas no van bien se sabe desde lo más hondo
que es parte del camino, que es un escollo del que aprender.
Cuando más se aprende es cuando hallamos esos esco-
llos, esas pequeñas grandes torturas que hallamos a nues-
tro paso. Otro misterio.

109
En el Silencio no hay más que hacer que dejar al ego
manifestarse. Dejar que actúe conforme a sus consignas.
Dejar que se exprese y manifieste. No hay que hacer nada,
no hay que cambiar ninguna pauta ni hacer una progra-
mación con signo distinto, ni buscar ningún truco para
mantener el optimismo.
Vivir desde el ego cansa mucho, quiebra, drena las fuer-
zas, la alegría, el entusiasmo...
Estar en Silencio es mirar sin añadir nada a lo que
muestran los ojos. Dejar que todo suceda. Dejar que el
Silencio se recobre, y lo invada todo con su aroma a nardo,
como en casa de Lázaro. En muchas cosas nos inquieta-
mos, y sólo una es precisa.

110
xv
S O LTA R LA RAMA

Es maravilloso gozar de las cosas que hacemos sin un


porqué, sin un motivo, sin la comercial utilidad del inter-
cambio. No hay transacciones; sólo existe una voz que se
abandona a sí misma. Sólo existe un soltar las amarras, sol-
tar la rama. Dejar que el tobogán cumpla con su misión de
ser nuestro guía. Pero sólo lo será si nos abandonamos, si
soltamos las barandillas, si nos dejamos llevar. Un tobogán
es algo maravilloso. Es una de las mejores imágenes del
viaje interior.
Hemos sido educados para tener doctrinas, ideas sobre
las que basarnos, apegos, personas en las que echar raíces,
en las que fundamentar nuestra cotidianeidad. Soltar las
barandillas del tobogán es soltarlo todo, es dejar que el sue-
lo se hunda bajo nuestros pies. Es, como dice Suzuki Roshi,
trepar a un palo de 20 metros y, cuando hemos llegado al
extremo, seguir trepando. Eso es lo maravilloso. Seguir tre-
pando. No hay límite.
Los “palos”, las filosofías, ideas, programas, sistemas,
son creación de nuestra mente egoísta. ¿Quién ha dicho
que no podemos seguir subiendo? El razonable censor que
es nuestro ego. Dejémonos. Abandonémonos. Es posible
seguir subiendo. Es posible soltarse.
Para disfrutar de deslizarse por el tobogán sólo hay que
soltar, abandonarse al gozo de deslizarse cuesta abajo, de-
jarse llevar.

111
Al soltarnos no sabemos si la velocidad del tobogán
será excesiva. Además, si es uno de esos toboganes de los
parques acuáticos, puede que tenga curvas y túneles, y pue-
de que no sepamos a dónde nos conduce. Por eso, tirarse
por un tobogán exige abandonar nuestras certidumbres, los
conceptos y apegos en los que nos basamos. También los
apegos a las personas.
Vivir sin motivo, sin objetivo, sin un porqué. La vida
simplemente sucede, no hay que hacer nada para vivir.
Dejarse ir es recuperar la esencia misma de la vida, su mis-
ma raíz, su mismo secreto, su misterio, su esencia. Es vol-
ver a lo íntimo, a lo esencial. Dejarse mecer por la vida.
Cuando uno inicia su camino interior, muchas veces sur-
ge aquella idea de la que hemos hecho depender nuestra
vida (por ejemplo, un objetivo laboral, económico, de pare-
ja...). De pronto, un día vemos que no tenemos objetivos a
la vista. El ego se siente un poco conmovido; sin objetivos
a la vista, ¿para qué vivir? ¿Cuál es el sentido de la vida si
aquello en lo que se había puesto la esperanza, las expecta-
tivas, está fuera de alcance? La respuesta del ego será la de
buscar nuevamente otros objetivos. Es la misma rutina que
le da sensación de permanencia. Nuevos objetivos.
Puede que existan observación y Silencio. Si observa-
mos al ego buscando nuevos objetivos, vemos el movi-
miento completo, con su carga de absurdo y falsedad. Así
que la persona silenciosa ve cómo, por un momento, está
suspendida en la nada. Existe un instante de vacilación, una
pregunta sorprendida. Entonces, ¿de qué voy a vivir? Un
instante de vacilación en medio de la nada.
La mente silenciosa no tiene respuesta para ello. Sólo el
Silencio. Así que la persona que observa siente que está en
la encrucijada de dejarse caer por el tobogán. De, simple-
mente, soltar las manos. Dejarse ir. Es un momento de
valentía, pero que no procede de una heroica decisión, de
un titánico movimiento de la voluntad, de un fastuoso
movimiento de grandeza. Al contrario. Es una valentía que

112
no procede de ningún sitio, puesto que no es más que Silen-
cio y observación. Se ha visto la trampa, y si se persiste en
la observación silenciosa, se sueltan las amarras. Y uno sien-
te que está levantando las manos para empezar a deslizar-
se por el tobogán. Maravilloso movimiento. Hermosísimo
movimiento. Hemos soltado amarras y estamos dispuestos
a navegar a mar abierto. Hemos soltado lastre y estamos
dispuestos a remontar el vuelo. Este movimiento es de una
belleza incomparable. Cuando se siente que se están sol-
tando las manos, las amarras, el lastre, los puntos de re-
ferencia, nuestras seguridades, da un poco de vértigo.
Efectivamente, estamos dejando marchar aquello en lo que
hemos basado nuestra vida. Cuando lo hacemos nos que-
damos sin base. Creemos que es imposible vivir así, “sin
base”. Y lo cierto es que la plenitud de la vida comienza
cuando soltamos amarras.
Por eso muchas veces nos han dicho que estas encruci-
jadas, incluso las más grandes dificultades de nuestra vida,
son un excelente momento para crecer.
Muchas veces hemos creído que esto es una abstracción
masoquista. Es el espíritu de sacrificio y sufrimiento, la con-
cepción de ”valle de lágrimas” que lamentablemente nos
enseñaban en tiempos anteriores.
Pero, felizmente, no tiene nada que ver con eso. Un
momento de especial dificultad, de singular sufrimiento es
una encrucijada donde podemos encontrarnos con los
aspectos más enraizados de nuestro ego. Por ejemplo, el
miedo.
El miedo suele ser un aspecto terrible, enraizado, sote-
rrado de nuestra vida.
Cuando llegamos a la encrucijada, al momento en que
nuestro miedo se pone en marcha motivado por alguna
circunstancia de nuestro entorno, estamos ante una mara-
villosa oportunidad de ver nuestra trampa, de soltar lastre,
no como un cambio de programación superficial, como un
truco para ver la vida con más optimismo.

113
La encrucijada es seria; es un momento de gran impor-
tancia. De una terrible importancia.
Una vez más nos hemos identificado con nuestro ego.
Mirar el movimiento nos libra de él. Mirar el oleaje enfure-
cido de nuestro temor, cómo surge, alza sus brazos de es-
puma y lanza un bramido que encoge el corazón. Después
continúa el movimiento. Hasta que, finalmente, muere be-
sando la arena de la playa con total mansedumbre.

114
EPÍLOGO

Hemos construido un mundo extraño. Dios y nosotros


no somos algo distinto. Pero este macabro juego del ego
nos infringe unos terribles dolores. Muchas personas no
son felices, están presas de trabajos que odian, de ambicio-
nes que les presionan, de afanes que los llevan a correr de
un lado al otro, como monos de feria.
A nosotros sólo nos resta permanecer en Silencio. Mirar
lo que sucede dentro y fuera de nosotros. Sólo nos resta
vivir, porque nada más tenemos que hacer en esta vida.
Eso es el Silencio: vivir. El ruido nos aleja de la vida, nos
la limita, nos la mutila. Cuando nos abandonamos al
Silencio nos abandonamos también a la vida, al íntimo
goce de vivir plenamente. Eso es la felicidad. Recuperar la
plenitud de la vida. Vivir completamente.
El Silencio es aquí y ahora. Cualquier búsqueda externa
es salirse del camino. Como dice San Juan de la Cruz, “Ni
cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y
fronteras”.
Una atención que no conoce límites, que no pretende
nada. Si pretendiera algo ya no sería atención, sino ruido,
pretensión, expectativa, egoísmo. Una atención pura es un
Silencio puro, algo que sucede, que es sublime.
Cuando vienen las distracciones, las angustias, la aten-
ción sigue mirando. No hay nada más. No hay nada que
estemos obligados a hacer en la vida, ni negocios, ni formar
familias, ni criar hijos, ni lograr objetivos, ni crear capitales,
ni comprar casas, ni llegar alto en el estatus... No hay que

115
hacer absolutamente nada. Ni trabajar más, ni hacer más
viajes, ni vivir más emociones... No hay que hacer absolu-
tamente nada. La vida no es para hacer, para lograr. La
vida es para vivir.
Mirar cada instante. Dejar que la danza de la vida pro-
siga su curso. Que caigan las hojas secas de los árboles en
el otoño. Que los lagos se agiten con las brumas de las
mañanas frías. Que el camino siga serpenteando en la mon-
taña bajo el asfixiante sol del verano. Que las golondrinas
sigan haciendo sus nidos en los lugares frescos, y que los
vencejos sigan volando porque nacieron para volar, libres,
juguetones, amigos del viento.
Dejar que la vida siga su curso, no cambiar nada, no
interferir en nada (lo cual no significa que no debamos tra-
bajar por un mundo mejor). Pero nuestra felicidad, nuestro
total amor está más allá, no depende de lo que hagamos.
Así, el trabajo por un mundo mejor brotará libre, incom-
bustible, sin fatigar, sin pretender nada para nosotros. Será
puro amor porque habremos dejado brotar el amor.
Habremos vuelto al mercado con una sonrisa en los
labios y un corazón lleno de amor. Estaremos de vuelta en
la vida, libres, abandonados al incomparable gozo de estar
vivo, de amar, de ser felices. Todo gracias a una limpia y
pura atención. Abandono a la presencia del Dios que son-
ríe en todo lo que existe. Como dice el sufi: “tú eres todo y
basta. Todo lo demás es locura”.
Una de las palabras que más representa el camino del
Silencio es RENDICIÓN. Mirar desde el Silencio es aceptar lo
inaceptable. Como aceptar la propia muerte, la muerte de
nuestros conceptos, de nuestras limitaciones, de la forma
que nos hemos dado a nosotros mismos.
No hay que esperar. Sólo existe el ahora. Sólo existe una
mirada atenta a lo que sucede. No hay más escenarios que
levantar, no hay más mundos que inventar. Todo está ya
aquí, en el momento presente. Mirar cómo el presente se
alza, se dibuja, sin añadirle nada:

116
“El rey de la vida anda su camino libre, inactivo, descono-
cido. Se sonrojaría de intervenir. Él mantiene sus profundas
raíces ancladas en el origen, abajo, en el arroyo. Su conoci-
miento está envuelto de espíritu, y él se hace grande, gran-
de, abre un gran corazón, un refugio para el mundo. Sin
pensarlo previamente, sale en toda su majestad. Sin planes
previos, sigue su camino y todas las cosas lo siguen. Este es
el hombre soberano, que cabalga por encima de la vida.
Éste ve en la oscuridad, oye donde no hay sonido algu-
no. En la profunda oscuridad, sólo él ve luz. Sumido en el
Silencio, sólo él percibe música. Puede ir a los lugares más
profundos de las profundidades y encontrar gente. Puede
alzarse hasta lo más alto de las alturas y ver significado.
Él está en contacto con todos los seres. Aquello que no es
sigue su camino. Aquello que se mueve es sobre lo que él se
implanta. La grandeza es pequeñez para él, lo largo es cor-
to para él y todas las distancias son cercanas”.
Anónimo chino

Aquí estamos, dentro, en lo profundo. No hay recuer-


dos, ni ruidos, ni expectativas. Libres para mirar cómo
pasan los árboles por la ventanilla del coche. Libres para
abandonarse al frescor del aire en el ocaso, al vuelo de los
pájaros. Libres para ser, para vivir. Sin nada más. Sin nece-
sitar a nadie. Puro abandono. Puro ser en Silencio. Como
se dice en el zen, “abandona todo y serás ayudado”.
La persona sin ego nunca ofende ni es ofendida. No
pretende ofender, es todo dulzura y amor. Eso nunca ofen-
de. Puede desatar envidias, pero no ofende realmente. Y
tampoco puede ser ofendida. Esto mucho menos.
Dejarnos acariciar por el viento sin más que hacer que
observar cómo el viento nos agita, nos sacude, nos vuela por
dentro. Todo libertad, todo frescura. Dejar que el viento nos
agite como una bandera, como una sábana tendida al sol.
Sin nada más que hacer que recibir el sol, que blanquear,
brillar, de puro contenta, con el sol en sus espaldas. Ser

117
Silencio, sólo observación. Sólo libertad. Es lo más bello que
existe en la vida. Libertad, amor, felicidad, Dios... ¿Quién dijo
que no existen los sinónimos perfectos? He aquí cuatro.
En el Silencio no queremos nada, no tenemos nada, no
vamos a ninguna parte. Estamos aquí abandonados al gozo
de vivir. Se está tan bien cuando no hay más que el aban-
dono...
Cuando aceptamos lo que hay sin desear que sea de otro
modo estamos capacitados para vivir el momento presente,
para estar atentos a la maravillosa sorpresa que la vida nos
depara a cada instante. Para vivir como seres humanos, con
toda la grandeza de nuestra humanidad. Para ser plena-
mente felices y recuperar nuestra plenitud como hombres y
mujeres.
Dejarse volar, abandonarse, flotar... Inmensidad de Dios,
verdores y espesuras, bosques y roquedos. Sólo existe una
misma palabra que resuena en toda la naturaleza, en todo
nuestro Ser. Existe una palabra que no tiene significados,
porque significa todo lo bello, hermoso, bueno, Dios, los
hombres, el amor. Hay una palabra de plenitud que resue-
na en todo lo creado. En el camino, en la casa, en el vacío,
en el árbol, en el hayedo.
Déjate conducir a casa por ti mismo. Deja que todo se
detenga. Incluso la actividad de la voluntad y del pensa-
miento, de la memoria, de los sentimientos. Deja que todo
se vuelva Silencio, vacío, intemporalidad.
Dejemos que todo se detenga, que se desvanezca el ego,
el yo, la posesividad, el egoísmo.
Volvamos a casa. Hemos dado ya demasiadas vueltas
por el mundo, hemos buscado ya demasiadas guerras,
hemos sido mercenarios en demasiadas batallas.
Ahora dejemos que todo se sosiegue. “Estando ya mi
casa sosegada...”.
La noche es propicia para volver a casa. Dejemos que
todo se remanse. Dejemos que el corazón vuelva a su lugar,
al que le fue asignado desde siempre y para siempre. Eterno
gozo, eterna dicha. No preguntemos por qué. Las últimas

118
preguntas son siempre un misterio. No hay ciencia que las
explique. La respuesta a la última pregunta siempre es el
Silencio.
Dejar... Estar dispuesto a perder... Es algo que no se
aprende. Sólo cabe desaprender el apego, desaprender la
dependencia. No cabe aprender el desapego y la no depen-
dencia. El Silencio no es un movimiento en contra de nada.
No es un ir contra el ruido. Eso aún forma parte de nues-
tro ego.
El Silencio es algo que está ahí, que no depende de
nada, que no es provocado por nada. Somos Silencio.
Somos un pellizco de Silencio tomado del gran océano de
la vida, que brilla bajo el sol unos instantes antes de desa-
parecer en el vasto océano.
Ver el movimiento conforme aparece es lo importante.
No se trata de cortar nada, de abortar ningún pensamien-
to (igual pasa en la meditación). Eso sólo es un ruido, la
expresión de una tensión de nuestro ego, de un movimien-
to de concentración decidido por nuestro ego.
El Silencio está más allá. Nada puede ser dicho sobre el
Silencio porque es lo que estaba antes de que vinieran los
demás ruidos. Es lo que permanece, lo eterno, la pradera
donde nace la vida.
Dejar que todo suceda. Dejar que la maravillosa danza
de la vida se manifieste a su voluntad. Dejar que el ego des-
grane su danza basada en sus conceptos y programaciones.
Dejar que todo suceda.
Sólo mirar. Sólo estar atento. Sólo ver lo que tenga que
venir, lo que haya de suceder. Ver lo que hay dentro y fue-
ra. Ver el sol entre los árboles y ver la angustia. ¿Qué hay
que temer en el ahora? ¿Qué hay que temer en la realidad?
El sol está en el cielo, hay pájaros que lo saludan con can-
ciones. Hay sombra y brisa. Hay Silencio.
Las cosas nos hacen un gran favor cuando nos abando-
nan. Cada vivencia es una piedra del camino. El caminan-
te del Silencio no tiene más que hacer que mirar, que estar
atento.

119
El Silencio es un regreso a las fuentes de la vida, a lo
más puro de cuanto nos habita. Es un retorno a nuestro
Ser, al Ser de Dios que se encarna en nosotros.
Estar en Silencio... Es como una añoranza, como una
nostalgia. Estar abandonado al Silencio, a la intensa alegría
que brota de un alma sin cargas, sin pesados fardos que
arrastrar. La alegría, la ligereza, son hermosas. Se percibe
un viento tan alegre...
El secreto mayor está en lo conocido, en el lugar común
por donde pasamos cada día, en el gesto cotidiano de des-
calzarse en la puerta y de estrechar la mano amiga.

120
caminos
Director de Colección: F RANCISCO JAVIER S ANCHO F ERMÍN
1. Ma “nada” y el “todo”.
2. JOSÉ SERNA ANDRÉS: Salmos del Siglo XXI.
3. LÁZARO ALBAR MARÍN: Espiritualidad y práxis del orante cristiano.
5. JOAQUÍN FERNÁNDEZ GONZÁLEZ: Desde lo oscuro al alba.
6. KARLFRIED GRAF DUCKHEIM: El sonido del silencio.
7. THOMAS KEATING: El reino de Dios es como... reflexiones sobre las pará-
bolas y los dichos de Jesús.
8. HELEN CECILIA SWIFT: Meditaciones para andar por casa.
9. THOMAS KEATING: Intimidad con Dios.
10. THOMAS E. RODGERSON: El Señor me conduce hacia aguas tranquilas. Es-
piritualidad y Estrés.
11. PIERRE WOLFF: ¿Puedo yo odiar a Dios?
12. JOSEP VIVES S.J.: Examen de Amor. Lectura de San Juan de la Cruz.
13. JOAQUÍN FERNÁNDEZ GONZÁLEZ: La mitad descalza. Oremus.
14. M. BASIL PENNINGTON: La vida desde el Monasterio.
15. CARLOS RAFAEL CABARRÚS S.J.: La mesa del banquete del reino. Criterio
fundamental del discernimiento.
16. ANTONIO GARCÍA RUBIO: Cartas de un despiste. Mística a pie de calle.
17. PABLO GARCÍA MACHO: La pasión de Jesús. (Meditaciones).
18. JOSÉ ANTONIO GARCÍA-MONGE y JUAN ANTONIO TORRES PRIETO: Camino de
Santiago. Viaje al interior de uno mismo.
19. WILLIAM A. BARRY S.J.: Dejar que le Creador se comunique con la criatu-
ra. Un enfoque de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola.
20. WILLIGIS JÄGER: En busca de la verdad. Caminos - Esperanzas -
Soluciones
21. MIGUEL MÁRQUEZ CALLE: El riesgo de la confianza. Cómo descubrir a
Dios sin huir de mí mismo.
22. GUILLERMO RANDLE S.J.: La lucha espiritual en John Henry Newman.
23. JAMES EMPEREUR: El Eneagrama y la dirección espiritual. Nueve caminos
para la guía espiritual.
24. WALTER BRUEGGEMANN, SHARON PARKS y THOMAS H. GROOME: Practicar la
equidad, amar la ternura, caminar humildemente. Un programa para
agentes de pastoral.
25. JOHN WELCH: Peregrinos espirituales. Carl Jung y Teresa de Jesús.
26. JUAN MASIÁ CLAVEL S.J.: Respirar y caminar. Ejercicios espirituales en reposo.
27. ANTONIO FUENTES: La fortaleza de los débiles.
28. GUILLERMO RANDLE S.J.: Geografía espiritual de dos compañeros de Igna-
cio de Loyola.
29. SHLOMO KALO: “Ha llegado el día...”.
30. THOMAS KEATING: La condición humana. Contemplación y cambio.
31. LÁZARO ALBAR MARÍN PBRO.: La belleza de Dios. Contemplación del ico-
no de Andréï Rublev.
32. THOMAS KEATING: Crisis de fe, crisis de amor.
33. JOHN S. SANFORD: El hombre que luchó contra Dios. Aportaciones del
Antiguo Testamento a la Psicología de la Individuación.
34. WILLIGIS JÄGER: La ola es el mar. Espiritualidad mística.
35. JOSÉ-VICENTE BONET: Tony de Mello. Compañero de camino.
36. XAVIER QUINZÁ: Desde la zarza. Para una mistagogía del deseo.
37. EDWARD J. O’HERON: La historia de tu vida. Descubrimiento de uno mis-
mo y algo más.
38. THOMAS KEATING: La mejor parte. Etapas de la vida contemplativa.
39. ANNE BRENNAN y JANICE BREWI: Pasión por la vida. Crecimiento psicológi-
co y espiritual a lo largo de la vida.
40. FRANCESC RIERA I FIGUERAS, S.J.: Jesús de Nazaret. El Evangelio de Lucas
(I), escuela de justicia y misericordia.
41. CEFERINO SANTOS ESCUDERO, S.J.: Plegarias de mar adentro. 23 Caminos
de la oración cristiana.
42. BENOÎT A. DUMAS: Cinco panes y dos peces. Jesús, sus comidas y las nues-
tras. Teovisión de la Eucaristía para hoy.
43. MAURICE ZUNDEL: Otro modo de ver al hombre.
44. WILLIAM JOHNSTON: Mística para una nueva era. De la Teología Dogmá-
tica a la conversión del corazón.
45. MARIA JAOUDI: Misticismo cristiano en Oriente y Occidente. Las enseñan-
zas de los maestros.
46. MARY MARGARET FUNK: Por los senderos del corazón. 25 herramientas
para la oración.
47. TEÓFILO CABESTRERO: ¿A qué Jesús seguimos? Del esplendor de su verda-
dera imagen al peligro de las imágenes falsas.
48. SERVAIS TH. PINCKAERS: En el corazón del Evangelio. El “Padre Nuestro”.
49. CEFERINO SANTOS ESCUDERO, S.J.: El Espíritu Santo desde sus símbolos.
Retiro con el Espíritu.
50. XAVIER QUINZÁ LLEÓ, S.J.: Junto al pozo. Aprender de la fragilidad del amor.
51. ANSELM GRÜN: Autosugestiones. El trato con los pensamientos.
52. WILLIGIS JÄGER: En cada ahora hay eternidad. Palabras para todos los días.
53. GERALD O’COLLINS: El segundo viaje. Despertar espiritual y crisis en la
edad madura.
54. PEDRO BARRANCO: Hombre interior. Pistas para crecer.
55. THOMAS MERTON: Dirección espiritual y meditación.
56. MARÍA SOAVE: Lunas... Cuentos y encantos de los Evangelios.
57. WILLIGIS JÄGER: Partida hacia un país nuevo. Experiencias de una vida
espiritual.
58. ALBERTO MAGGI: Cosas de curas. Una propuesta de fe para los que creen
que no creen.
59. JOSÉ FERNÁNDEZ MORATIEL, O.P.: La sementera del silencio.
60. THOMAS MERTON: Orar los salmos.
61. THOMAS KEATING: Invitación a amar. Camino a la contemplación cristiana.
62. JACQUES GAUTIER: Tengo sed. Teresa de Lisieux y la madre Teresa.
63. ANTONIO GARCÍA RUBIO: Aún queda un lugar en el mundo.
64. ANSELM GRÜN: Fe, esperanza y amor.
65. MANUEL LÓPEZ CASQUETE DE PRADO: Regreso a la felicidad del silencio.
66. CHRISTOPHER GOWER: Hablar de sanación ante el sufrimiento.
67. KATTY GALLOWAY: Luchando por amar. La espiritualidad de las bienaven-
turanzas.
68. CARLOS RAFAEL CABARRÚS: La danza de los íntimos deseos. Siendo perso-
na en plenitud.
69. FRANCISCO JAVIER SANCHO FERMÍN, O.C.D.: El cielo en la Tierra. Sor Isabel
de la Trinidad.
70. THOMAS MERTON: Paz en tiempos de oscuridad. El testamento profético
de Merton sobre la guerra y la paz.
71. XAVIER QUINZÁ LLEÓ, S.J.: Dios que se esconde. Para gustar el misterio de
su presencia.
72. THOMAS KEATING: Mente abierta, corazón abierto. La dimensión contem-
plativa del Evangelio.
73. ANSELM GRÜN - RAMONA ROBBEN: Marcar límites, respetar los límites.
Por el éxito de las relaciones.
74. TEÓFILO CABESTRERO: Pero la carne es débil. Antropología de las tenta-
ciones de Jesús y de nuestras tentaciones.