Vous êtes sur la page 1sur 24

Autoridad y transmisión.

Estanislao Antelo. (03/08/2006)

Tabla de contenidos

• I. Autoridad y transmisión

• II. Lo que queda del Apóstol

• III. Lo que queda de la transmisión

• Lectura sugerida para la clase disponible en Biblioteca

• Bibliografía

I. Autoridad y transmisión

Dicen que se perdió la autoridad. Se perdió el respeto. Se perdieron las jerarquías, se perdieron los
valores. Se perdió el Unicornio, se perdió el mundial, lo que es cierto. Me olvidaba: la juventú está
perdida también, dicen. Esta cantinela de que se perdió todo no despierta otra inquietud que la
del retorno, la nostalgia y la búsqueda frenética de lo perdido. Son los buscadores, perseguidores
incansables de autoridad.

Mientras los buscadores buscan, a la autoridad digo, y los perseguidores persiguen, al que esté
cerca, propongo recorrer algunos de los problemas que uno encuentra a su paso; quiero decir, al
paso de la autoridad. Pues la autoridad manda, esto es, es siempre un poco autoritaria. Marca el
paso.

Tengo para ofrecer dos versiones de la autoridad y una serie de problemas vinculados a la
transmisión. En algún sitio -cierto que no fácilmente- se conectan y he preferido que ésa sea una
de las tareas que ustedes emprendan.

Son, como siempre, productos un tanto provisorios del estudio. Ahí van.

La Malicia del Coordinador

Richard Sennet define a los perseguidores y buscadores como malhumorados sentimentalistas


decadentes. Son los que añoran retornos varios. Más aun, nos advierte sobre el destino
autodestructivo de esta voluntad de volver. En lugar de eso sugiere dedicarse a pensar las
mutaciones de las almas y cuerpos que circulan por este mundo, las transformaciones en lo que
llama el carácter y a localizar los sitios y las armas con las cuales es posible enfrentarse a nuevas
formas de dominación. Lo hace en el territorio del mundo del trabajo. Su pensamiento ofende.
Ofende en uno de los sentidos estrictos de la palabra ofender: Ir en contra de lo que se tiene
comúnmente por bueno, correcto o agradable.
Lo que Sennett nos ayuda a pensar es que las nuevas formas de control y dominación están
basadas en lo que llama poder sin autoridad. Una palabra las resume: gestión. El control hoy es
gestión.

Moisés, conocido como "moshe, rabbeinu" (Moisés, nuestro maestro), es una de las figuras clave
de la cultura judeocristiana. Aun creyéndose egipcio, se sintió responsable por el maltrato que el
pueblo hebreo sufría en manos del faraón. Sin embargo, cuando Dios le reveló su verdadero
origen y le encomendó la tarea de liberar a los judíos, intentó desligarse de la autoridad conferida,
descreyendo del poder divino. Por la misma desconfianza, ya en el desierto cedió a su ira y se
enojó con Dios por la falta de agua. Como castigo, su muerte tuvo lugar justo antes de que su
pueblo arribara a la Tierra Prometida.

Lo agradable que parece el no tener más jefes autoritarios ni amos arbitrarios ni jerarquías
piramidales, lo bueno que parece poder trabajar en el hogar y elaborar proyectos, lo amablemente
participativo del trabajo en equipo, en realidad, son mecanismos de control que corroen todo lo
que a su paso tocan. Yo lo diría así: nada más sospechoso que un P.E.I o un taller de reflexión
sobre la propia práctica.

Veamos el argumento de Sennett. Habla de nosotros, adultos. Pero también habla de nuestros
mayores y de los nuevos, nuestros hijos. Pero no es un libro al estilo Barylko o Bucay. No es a los
hijos que Sennett tiene miedo. Por el contrario, describe transformaciones sin vomitar consejos
higiénicos.

El libro empieza como si fuera una mesa de domingo. Una ex mesa de domingo, de esas en las que
no podía faltar un conflicto intergeneracional. Pero, en lugar de la mesa, estamos en un
aeropuerto.

Nosotros seríamos hijos de temerosos y cobardes fracasados. Algo así como lo que Bart imagina
de Homero Simpson. Esto es lo que parece pensar el hijo del amigo de Sennett con el que se
encuentra y conversa en un largo viaje en avión.

Porque el libro empieza con el encuentro del autor -en un aeropuerto- con el hijo de un amigo
suyo al que no ve desde hace 20 años. El hijo de su humilde y esforzado amigo portero es lo que se
llama un hombre exitoso que, de entrada, a partir de sus relatos, le permite a Sennett poner en la
mesa de discusión las nuevas coordenadas de lo que hasta hace poco se consideraba autoridad y
que -a continuación- resumo:

• Las jerarquías y normas estrictas operan marginalmente.

• Las estructuras piramidales parecen ceder terreno a un funcionamiento del poder más vinculado
a la horizontalidad.

• No hay abundancia de reglas fijas, ni tiempo lineal, ni largo plazo ni valores duraderos exentos
de las circunstancias. Lo que hay es incertidumbre y riesgo, y las reglas son intemporales.
• La autoridad basada en las reglas inamovibles de los antiguos produce agobio e irritación. La
experiencia acumulada no infunde respeto. La antigüedad es una pesada carga.

• Las tareas no están definidas rígidamente. Nadie parece estar visiblemente al mando.

• No hay más jefes sino gestores, guías, facilitadores, líderes. Los controles son flexibles, el trabajo
es flexible, los horarios son flexibles, hasta el dolor es flexible. Los nuevos amos son gestores de
procesos. Los nuevos amos, más que gobernarte, están de tu lado. Un gestor es como María Marta
Serra Lima y Chico Navarro y Mario Benedetti, todos juntos, diciéndote al oído: cuenta conmigo.
Cuenta conmigo quiere decir: cuenta conmigo que después yo cuento los dividendos.

• El trabajo en equipo es la condición misma del trabajo.

• Las categorías de éxito, fracaso, dominación, sumisión, alineación, dependencia e


independencia, están alteradas.

• ¿Quién necesita de nosotros? Es una pregunta sin respuesta inmediata.

Pero el hijo del amigo de Sennett (Rico, se llama) es algo más que el hijo avergonzado de un padre
cobarde, rutinario, miedoso, previsible. Las cosas son un tanto más complejas y Sennett nos ofrece
–entonces- algunos signos de lo que llama la corrosión del carácter. Y este libro que comienza y no
termina nunca (no termina nunca, digo, en tanto nos desafía a continuar su pensamiento, su
ofensa, en territorios específicos) cuenta -como pocos- de qué se trata nuestra tarea. Esto es, en
lugar de celebrar las nuevas formas laxas del ejercicio del poder -flexibles y no rutinarias,
supuestamente más libres-, mostrar dónde es que está su propio límite.

En Jefes, cabecillas y abusones, el antropólogo Marvin Harris rastrea formas de autoridad que se
alejen del "todopoderoso y leviatánico Dios mortal de Inglaterra" postulado como imprescindible
por Thomas Hobbes. Los mumis son cabecillas que se constituyen como tales no a través del uso
de la fuerza, sino por su capacidad redistributiva, consagrada en la celebración de grandes fiestas
en las que todos los miembros de la aldea, después de horas de comer y beber, quedaban
satisfechos.

Nos detendremos en los momentos en los que el libro habla de la autoridad. Sugiero que lean otro
libro que Sennett escribió sobre la autoridad que se llama (y cuando se trata de la autoridad es
necesaria esta supuesta redundante coincidencia) La autoridad. Escogí plantear los problemas de
su nuevo libro por una razón sencilla: se dirige al corazón de lo que ustedes están estudiando y -
muchos de nosotros- haciendo.

Sennett lanza una flecha y dice que el verbo más malicioso de la época es coordinar. El
coordinador es algo así como lo que para Foucault era un psicopedagogo. Un verdugo, pero -en
este caso- postcapitalista. No exagero, sino que cito: El o ella es un "guía" un "coordinador", la
palabra más maliciosa del moderno léxico de la gestión de empresas; un líder, más que
gobernarte, está de tu lado.

Y esto es un problema, un verdadero, auténtico y magnífico problema; sobretodo porque soy, he


sido y quizás seré, coordinador de algo. Y es un problema porque seguramente muchos de ustedes
son coordinadores o aspiran a tal fin. Yo coordino, tú coordinas, él coordina...

Sería útil examinar con paciencia el sentido de la frase no coordina. ¿Quién no coordina? ¿Será
que los antiguos subordinados son los hoy coordinados? ¿Será la consigna de la época:
coordinación y valor?.

No estoy diciendo que el coordinador sea el Mal, como Michael Jackson para Jaim Echeverry. Digo
que Coordinar es casi como gobernar sin gobernar. Coordinar es como dominar sin que parezca.

No es nuevo manipular al otro sin que parezca. Rousseau inauguró la serie. Kant no tardó en
hacerla más sofisticada y Dickens hablaba, en su Hard Times, de aquellos castigos que no dejan
marcas en el cuerpo. Se olvida, hemos olvidado, que la disciplina, la vigilancia y la sanción se
legitimaban siempre en nombre del Bien. Quizás Foucault se murió antes de saber que coordinar
era dominar.

Pero recordemos, es preciso, que cuando Sennett describe con minucia las reestructuraciones del
alma, se cuida bien de no ofrecer un pasado maravilloso como fondo de un presente caótico y al
borde de la disolución. Sennett procede de otro modo: allí donde suponíamos encontrar libertad,
encontramos -en rigor- otra cosa; en realidad la repugnancia a la rutina burocrática y la búsqueda
de la flexibilidad han producido nuevas estructuras de poder y control en lugar de crear las
condiciones de liberación.

De los desafíos basados en el rechazo a las jerarquías tradicionales, a la rutina y al carácter fijo de
las normas, no se sigue un mundo sin ataduras y siempre free. Por el contrario, la transformación
no ha traído ni menos mando, ni menos estructura institucional, sino que la misma ha dejado de
ser claramente piramidal.

No se trata de que la dominación no venga desde arriba ni de que no haya más control. Se trata de
que no sea tan fácil reconocer al de arriba. Recordemos la escena -en la oficina- de la película la
Tregua (1974): la satisfacción de direccionar el odio contra el de arriba, contra el jefe. Eso, dice
Sennett, se ha vuelto borroso. Se trata por el contrario de lo que llama nuevos entramados de
controles. El mas flexible de los trabajos, el hecho en casa, supone haberse liberado de la vigilancia
obsesiva y persistente del buchón de turno. Pero esta vigilancia sin vigilancia suele ser mas eficaz.
De la sumisión cara a cara pasamos a la electrónica. Si bien el trabajo está descentralizado desde el
punto de vista físico, el poder ejercido sobre los trabajadores es más directo.
Pero veamos más de cerca el trabajo en equipo, escenario de ese poder que Sennet llama poder
sin autoridad.

a. ¿Qué es el trabajo en equipo?

Las tragedias griegas pueden ser leídas como recurrentes tematizaciones sobre la autoridad, sobre
sus excesos y sus límites. En Antígona lo que está en discusión es cuál de las autoridades tiene
primacía, si la de la sangre -que es también la de los dioses- o la de la polis -la de los hombres-.
Antígona ajusta todo su comportamiento a la ley de la sangre, mientras que su tío Creonte, rey de
Tebas, obra de acuerdo con las de la ciudad.

Es la degradación superficial del trabajo. Sigamos con Sennet: "De hecho, el trabajo en equipo sale
del territorio de la tragedia para representar las relaciones humanas como una farsa (...) ¿Cuál es
la ficción que le da fuerza? Los empleados no compiten entre sí y -lo que es aún más importante-
la ficción de que empleados y jefes no son antagonistas; el jefe gestiona el proceso del grupo; (...)
el arte de fingir en el trabajo en equipo es comportarse como si uno estuviera dirigiéndose sólo a
otros empleados, como si el jefe no estuviera realmente observando".

b. ¿Y qué es un jefe de equipo?

No hay más jefes, sino -como dijimos- coordinadores, líderes, entrenadores.

El entrenador evita la confrontación y el conflicto y es un colega altamente cualificado. El director


que declara que todos somos víctimas del tiempo y el espacio es tal vez la figura más astuta que
aparece en las páginas de este libro. Ha dominado el arte de ejercer el poder sin tener que
presentarse como responsable; ha trascendido esa profesionalidad por sí mismo, poniendo los
males del trabajo otra vez sobre los hombros de sus víctimas, que -vaya casualidad- trabajan para
él.

c. ¿Y quién es un integrante de equipo?

El que dice: ¡Qué interesante! Lo que te he oído decir es... ¿Cómo podríamos hacerlo mejor?

El que pone cara de cordialidad.

El que porta las máscaras de la cooperatividad (...) únicos objetos personales que los trabajadores
llevan con ellos de una tarea a otra, de una empresa a otra: ventanas de sociabilidad cuyo
"hipertexto" es una sonrisa ganadora". Si esta formación en capacidades humanas es sólo un acto,
es también, una cuestión de supervivencia.

El que no se queja. El buen jugador de equipo no se queja.

El que no pide aumento. El que pide aumento no coopera.

El que cuchichea y rumorea.

El que usa mucho la palabra "articular".


d. ¿Y qué acontece con el poder y con la autoridad?

Como anticipamos, se ejerce el poder, pero la autoridad está ausente. Según Sennett, tiene
autoridad aquel que asume la responsabilidad por el poder que ejerce. En una jerarquía laboral a
la antigua, podía hacerlo declarando abiertamente: "Yo tengo el poder, yo sé qué es lo mejor,
obedézcame". Las técnicas modernas de dirección de empresas intentan escapar del aspecto
"autoritario" de tales declaraciones, pero en el proceso se las arreglan para no asumir la
responsabilidad de sus actos.

¿Quién es entonces responsable? El cambio.

Si el "cambio" es el agente responsable, si todos somos "víctimas" (por ejemplo, en los despidos),
entonces, la autoridad se desvanece, pues nadie puede ser considerado responsable.

Asistimos a un doble repudio por parte de los que ejercen el poder: repudio de la autoridad
(catalogada siempre como autoritaria), pero repudio –también- de la responsabilidad.

La ausencia de seres humanos reales que digan: "Te diré lo que tienes que hacer", o como fórmula
extrema: "Te haré sufrir", es más que un acto defensivo dentro de la empresa. Esta falta de
autoridad libera a los que están al mando para que adapten, cambien, reorganicen, sin tener que
justificarse ni justificar sus actos. Este juego del poder sin autoridad hace surgir un nuevo tipo
caracterológico. En lugar del hombre llevado por las exigencias, aparece el hombre irónico (....) La
ironía tampoco ayuda a desafiar el poder (...) uno pasa de creer que nada es fijo a "no soy
totalmente real, mis necesidades no tienen sustancia". No hay nadie, ninguna autoridad que
reconozca su valor.

Como vemos, el solapamiento de la dupla poder-autoridad obliga a pensar nuevamente, en su


conjunto, los clásicos problemas vinculados a los pares obediencia-desobediencia, sumisión-
insumisión. Lo que está en juego ya no es la posible sublevación contra algún tipo de distorsión de
las figuras de la autoridad o sus versiones llamadas autoritarias. Lo que está en juego es la idea
misma de autoridad y del ejercicio del poder.

En efecto, ¿qué tipo de poder es ese que no se adosa a ninguna forma clásica de la autoridad?

¿Qué forma de dominio es esa que no permite localizar ni el sitio del que emana ni el agente que
la vehiculiza?

¿Qué tipo de patrón es el coordinador?

¿Qué tenía el Dr. Neurus?.

La misma idea moderna de liberación o insurgencia contra la autoridad parece deshacerse junto
con el terreno que la hizo posible. Porque si nadie tira de los hilos: ¿de qué liberarse o contra qué
luchar?
Lo inquietante del argumento de Sennett no reside tan sólo en constatar la transformación en las
nuevas formas de dominación, sino recordarnos a cada paso que quizás sean las viejas formas de
resistencia las que deben ser puestas en cuestión. Siempre que esa palabra, resistencia, tenga
todavía alguna chance.

Interrumpo aquí el argumento de Sennett. Les digo que me parece inquietante. Habla de lo que
hago, de manera creciente, hace algunos años. Me obliga a pensar en los variados y numerosos
equipos de los que he participado y participo, como coordinador o coordinado. Me confronta con
las argucias de los nuevos amos y -por fin- se refiere a lo que veo, escucho y discuto con
educadores de toda dieta y tamaño en esta ciudad. Me ha resultado complicado leer este libro de
Sennett. Uno queda como impregnado, por no decir un poco corroído.

Paso ahora a la segunda versión de la autoridad que les prometí. Ésta no impregna tanto, supongo.

II. Lo que queda del Apóstol

Ctera escribió un libro contra el apostolado educativo. No somos Apóstoles, dicen de entrada;
somos trabajadores.

La interpretación que propone Hyppolite Taine de la sociedad francesa medieval subraya que la
legitimidad de la autoridad de los señores feudales se fundaba en la protección y seguridad que
ofrecían a los campesinos, quienes en las duras condiciones de aquellos tiempos, sin su socorro,
apenas podían sobrevivir. Los orígenes de la Francia contemporánea, escrita y publicada después
de la Comuna de París (1871), es uno de los hitos del pensamiento conservador europeo.

Suena bien, parece. Al fin y al cabo, uno -como educador- trabaja y no apostolea. Y eso de andar
sacrificándose a destajo por el Bien de los otros no va con la época. Sin embargo, dudo que sea tan
sencillo borrar de un plumazo el largo affaire entre apóstoles y educadores. No sólo en tanto la
matriz escolar-religiosa le ha permitido a Ctera escribir su libro y a nosotros, en cierta forma,
mantener este intercambio; sino porque aquello que hacía del Apóstol un Apóstol sigue
solicitando presencia cuando de la autoridad se trata. Poco se entiende de la autoridad -por así
decirlo- sin el Apóstol cerca. Recordemos -por las dudas- qué es, entre otras cosas, un Apóstol:
Enviado, propagador, predicador, mensajero.

Una historia cualquiera de la educación nos confronta rápidamente con cierta palabra santa de la
maestra.

¿Qué se ha hecho de la santa que ahora manosea a los niñitos o -con fogosidad- deja caer su
delantal frente a la adolescencia siempre viva?

¿Qué ha sido de su autoridad sometida a toda clase de ordalías en el día a día escolar?
"Mirá la idiota esta lo que le puso en el cuaderno" (esta expresión me fue referida por una
maestra que la escuchó, de boca de dos madres, en la puerta de una escuela. De la boca de una
madre hacia la otra, digo.).

A los reyes taumaturgo se le atribuían poderes sobrenaturales que remarcaban su autoridad para
gobernar. El rey Carlos X de Francia, a principios del siglo XIX, cuando ya esta creencia estaba en
franca decadencia, fue el último soberano que tocó las escrófulas de sus súbditos enfermos para
proporcionarles milagrosa cura.

¿Cómo es que el santo termina por ser un idiota?

No veo como podría contestar todas estas preguntas en este breve espacio, de manera tal que las
dejo aquí para que ustedes las lleven todo lo lejos que puedan.

Me contentaré con una:

¿Dónde es que esa palabra santa fundaba su autoridad? O ¿Cuál es el fundamento de la


autoridad?

Para responder, para intentar responder, voy a avanzar sobre un texto complejo de Slavoj Zizek en
el que hace mención a lo que llama las paradojas de la autoridad. Selecciono este texto pues habla
de los Apóstoles y los apostolados, de maestros y enseñanzas. Se trata de una lectura que el autor
hace de un otro texto del filósofo Kierkegaard.

Un subtítulo enigmático guía la argumentación: Sócrates versus Cristo. Allí, lo que de alguna
manera se despliega es una perspectiva para situar el fundamento de la autoridad, o su
localización.

O bien, la autoridad está en el maestro o bien está en su enseñanza. O bien la autoridad de la


señorita Betty está en sus cualidades personales, o bien está en el contenido de su enseñanza. O
bien, no está en ninguna de esas dos opciones.

En lo que concierne a Sócrates, se trata de una se trata de una partera. Este oficio consiste en que
el sujeto dé a luz lo que ya estaba en él. No es Sócrates el asunto, sino la verdad. Una vez que el
sujeto se las ingenia con Sofía (no soy yo, sino Sofía, parece decir Sócrates), se hace visible que el
filo no es el filo con Sócrates, sino filo Sofía, o -como dice Tomás Abraham- el amante casto de la
Diosa sabiduría.

Lo que está en juego aquí es la enseñanza y no tanto la figura de Sócrates, que -según cuentan los
platonistas- no era precisamente un modelo publicitario. ¡Con qué claridad explicó la señorita
Betty el Peloponeso! O, ¡Cómo me ayudó a parir el triángulo rectángulo! Son los que recuerdan
(¿será que existen?) a la señorita Betty por sus verdades proferidas.

El 21 de enero de 1793, en uno de los momentos más álgidos de la Revolución Francesa, el rey Luis
XVI fue decapitado. Este acontecimiento que estremeció al mundo no comenzó a escribirse con el
inicio de la Revolución, ya que aun después de la toma de la Bastilla el rey siguió gozando de la
confianza del pueblo francés. Las huellas de este desenlace hay que buscarlas en 1791, cuando
disfrazado y dándose a la fuga, fue detenido en la aldea de Varennes y enviado a París acusado de
haber abandonado y traicionado al pueblo y a la nación franceses.

En lo que concierne a Cristo, es estrictamente lo contrario. El objeto de la fe cristiana no es la


enseñanza, sino el maestro: Un cristiano cree en Cristo como persona, no inmediatamente en el
contenido de sus afirmaciones; Cristo no es divino por haber proferido verdades tan profundas,
Sus palabras son verdaderas porque fueron pronunciadas por Él. Si lo dijo la Señorita Betty debe
ser verdad. Son los que recuerdan a la señorita Betty porque era la señorita Betty y no por lo que
dijo en clase.

Puedo conocer, puedo tener acceso a esa verdad, en tanto creo. Lo que importa aquí es la
autoridad de quien profiere verdades y no la profundidad de su contenido. Siempre recuerdo
haber leído por ahí del notorio académico historiador que asistía a la misa dominical con
algodones en los oídos.

Por ejemplo, hay un abismo, dice Zizek que dice Kierkegaard, entre el genio y el apóstol. El genio
es pura capacidad inmanente (sabiduría, creatividad). El apóstol, en cambio, está sostenido por
una autoridad trascendente de la que el genio carece.

Lo que es posible ver en estos ejemplos es la puesta en cuestión de que es el contenido inherente
de una verdad proferida lo que la autoriza. Pero, preguntemos: si no es el contenido lo que
autoriza, ¿qué o quién autoriza?

¿Por qué tengo que estudiar contabilidad? Porque te lo digo yo. Es así porque te lo digo yo.

La autoridad parece hasta aquí -como dijimos a propósito de Sennett- siempre un poco
tautológica. ¿Por qué hay que obedecer al padre? ¿Por la claridad y precisión de sus mandatos?
No, porque es el padre. Lo dijo el Tío, lo dijo Perón. Esto suena autoritario. Lo es. La autoridad
parece ser siempre autoritaria.

Ahora bien, si la autoridad no está en la argumentación racional como fundamento del


conocimiento, ¿cómo es que se demuestra? Recordemos la pregunta de Abraham: ¿Quién te crees
que sos?

Si obedecemos a una persona a quien la autoridad le es conferida independientemente del


contenido de sus afirmaciones, ¿cómo es que se hace visible? ¿Cómo sabemos que está
autorizada?.

Si la autoridad se puede probar físicamente, no es autoridad. Cuando la autoridad está respaldada


por una compulsión física inmediata, no estamos tratando con la autoridad propiamente dicha,
sino, simplemente, con una agencia de la fuerza bruta.
La autoridad propiamente dicha siempre es -en su nivel más radical- impotente; se trata de cierta
"llamada" que "no puede obligarnos efectivamente a nada" y, no obstante, por una especie de
compulsión interna, nos sentimos obligados a seguirla incondicionalmente.

Lo que Zizek afirma es que la autoridad es por definición paradójica:

El Manifiesto Comunista pone de relieve que el proletariado es la clase que puede empezar a
escribir la Historia. Un nuevo actor -y un nuevo autor- ha entrado en escena.

Por un lado, porque lo dijo Perón, sin importar demasiado lo que dijo. Tuvimos un presidente que,
por ejemplo, habló de aquel hombre que vivía sólo en una Isla: el famoso Robin Hood, y después
de decir semejante cosa, la gente lo siguió. La autoridad se sigue. Obedecemos una afirmación de
autoridad porque tiene autoridad, no porque su contenido sea sabio, profundo, etc.

Pero, sin embargo, no es suficiente decir que la autoridad está en el maestro y no en la enseñanza.
Veamos si no, el caso mismo del Apóstol y de la señorita Betty (aquel a quien se confiere la
autoridad de Dios en la Tierra y aquella a quien se le confiere la autoridad de Sarmiento en el
aula). Porque -como dijimos- el Apóstol es un enviado, portador de algún mensaje foráneo. No
importa quién es sino qué es lo que tiene para decir, lo que trae a decir. Lo que importa es el
mensaje del Apóstol (si bien este mensaje es trascendente y no es el del genio producto de su
capacidad y, vale, intrínseca genialidad) y no su cuerpo finito y pasajero. En cuanto el Apóstol se
pone a introducir variaciones en el mensaje o a querer opinar al respecto, socava su autoridad.
Preguntemos por el destino de algunos de nuestros vicepresidentes reacios a mantener firme su
andar apostólico.

Cito un fragmento que cita Zizek de Kierkegaard, de inquietante cercanía con el oficio del
educador:

Así como un hombre enviado a la ciudad con una carta no tiene nada que ver con su contenido,
sino que lo único que tiene que hacer es entregarla; así como un ministro que es enviado a una
corte extranjera no es responsable del contenido del mensaje, sino que lo único que tiene que
hacer es transmitirlo correctamente; así también, un Apóstol, en realidad, sólo tiene que ser leal
en su servicio y llevar a cabo su tarea. En ello radica la esencia de la vida de autosacrificio del
Apóstol, aun si nunca fuera perseguido: en el hecho de que es pobre, aunque hace ricos a muchos.

Dos cosas sobre esto.

Primero, vuelvan a ver las características que enumeramos más arriba acerca de todo integrante
de un equipo de trabajo.

Segundo: Un poco de razón tiene Ctera.

Sigamos.
Michel Foucault, Roland Barthes y Maurice Blanchot comparten con Michel Foucault la concepción
del lenguaje como un murmullo anónimo donde nadie toma la palabra. El autor desaparece como
instancia judicial de sentido porque sólo habla el texto. Al morir el autor, como fundamento último
de su obra, la crítica literaria deja de pensarse como un lenguaje segundo o metalenguaje,
subordinado a su autoridad. Interpretar es entonces transitar las múltiples redes de significantes
que atraviesan un texto.

El tanden Zizek-Kierkegaard insiste con Cristo, pero nosotros podríamos poner ahí a Piaget o
Foucault. Dicen que para considerarse un auténtico alumno autorizado del maestro Cristo, de
Piaget o Foucault, no basta con concentrarse en su persona, conocer sus rasgos personales, sus
logros, etc.; no basta con ser fan de Cristo, de Piaget o de Foucault; lo que quizás omite el fan
transformado en un demente es el carácter insondable de aquello que hace de Él, su ídolo
máximo, una autoridad.

Pero tampoco basta con aprenderse de memoria todas las letras de las canciones de Cristo, de
Piaget o de Foucault; ni saber exactamente el contenido de cada palabra que pronunció. Estos
reducen a Cristo, a Piaget o a Foucault, a un simple Sócrates, intermediario que nos posibilita el
acceso a la verdad eterna.

No basta concentrarse ni en la descripción personal ni en la enseñanza, porque la autoridad no


está en ninguno de esos dos lados.

¿Dónde es entonces que está?

Por el electrodoméstico: ¿Dónde está la autoridad?

La única respuesta posible es: en el espacio vacío de la intersección entre los dos conjuntos, el de
sus rasgos personales y el de su enseñanza, en la insondable X que es "en Cristo más que Él
mismo". Ese Je ne sais quoi.

Ahora, que al parecer encontramos el sitio de la autoridad, podemos ver.

III. Lo que queda de la transmisión

Un periodista comunica, un profesor transmite. Para comunicar, basta con interesar. Para
transmitir bien, hay que transformar, si no convertir.

El anuncio de la muerte de Dios fue una de las proclamaciones claves de la cultura del siglo XIX.
Mientras que en la apreciación de Nietzsche esa muerte, que en más de un sentido era también la
de la autoridad y el fundamento, podía ser celebrada como si se tratara de una liberación, para
Dostoievski, de ser cierta, habilitaba a que todo fuera posible y todo era, más que nada, el horror.

Todo indica que los asuntos educativos han terminado por devenir asuntos tecno-
comunicacionales. Lo negativo, lo que dice "no" en la escuela, obedece a trastornos en la
comunicación. Ruido, interferencia, interrupción, desvíos de la comunicación y sus ausencias. De
ahí que la promesa consista en aceitar nuestras máquinas tecno-comunicacionales. Pero aquí
vamos por otro lado. Si ponemos el comunicar del lado del procurar hacer conocer, hacer saber
(Debray, ibid:15), la materialidad de la transmisión -por el contrario- no se agota en estas
operaciones.

Puede que educar trate de transferir conocimientos, válidos en tanto actuales, como ligera e
irresponsablemente se dice; pero es preciso recordar que, para que una transmisión tenga lugar,
debe antecederle un acto: heredar. Esta antecedencia se desprecia en el terreno pedagógico que
ama los principios y las sustancias.

Se comunica el ranking de escuelas de moda, pero se hereda el himno nacional y la Asamblea del
año XIII.

Se distribuyen alegremente por las escuelas, los fascículos y las novedades educativas, pero el
fantasma de Sarmiento resiste -con o sin mordaza- en las paredes no virtuales de algunas escuelas.

Acontece que estas escuelas, devenidas empresas, pasan a lidiar con ratings y variadas formas de
la meritocracia. Los alumnos, espectadores apáticos, se transforman en audiencias desmotivadas y
los padres, consumidores del otrora porvenir, fundan ligas defensivas de derechos del consumidor
del teorema de Thales.

La pedagogía entendida como estrategia comunicadora olvida que se transmiten tanto bienes
como ideas, tanto fuerzas como formas. El diccionario ayuda al respecto: Trasladar, transferir,
pasar, traspasar, ceder, endosar. Dar. Enajenar, ceder. Se cede el polinomio, pero también un
aroma, un color, una voz. Se cede una chacarera, pero también una cadencia, una forma de
caminar, una melodía.

Si comunicar puede pensarse como un transportar en el espacio, la transmisión es un transporte


en el tiempo. ¿Qué tiempo? La comunicación vincula a contemporáneos, presentes
simultáneamente (un emisor a un receptor simultáneamente presentes en los dos extremos de la
línea). La transmisión establece vínculos entre muertos y vivos, muchas veces en ausencia física de
los emisores.

La debilidad del hijo frente a la fuerza de la autoridad paterna es el tema principal de la Carta al
Padre (1919) de Franz Kafka. "Reconozco que peleamos el uno con el otro, pero hay dos clases de
combate. El combate caballeresco, en que se miden la fuerza de adversarios independientes; cada
uno está solo, pierde solo, vence solo. Y la lucha del parásito, que no sólo pica, sino también sorbe
la sangre del que lo mantiene. Así es el soldado de profesión y así eres tú"

El carácter cruel y despiadado de la autoridad, en cualquiera de sus manifestación atraviesa toda


la obra del escritor checo. En su lectura de América, J-F. Lyotard observa que el símbolo del
autoritarismo primitivo aparece ya desde la primera página. En la entrada del puerto de Nueva
York, en lugar de la tradicional antorcha, la Estatua de la Libertad erige una espada. "En un mundo
sin justicia ni libertad –escribe- la fuerza bruta y el poder arbitrario reinan soberanos."
El objeto de la transmisión no preexiste a la transmisión o para decirlo de otra manera, la
recolección hace la herencia. A menos que creamos que un curriculum estaba desde siempre ahí,
aguardando al experto administrador.

Retomemos entonces el carácter no-preexistente del inestimable objeto de la transmisión. Regis


Debray centra su mira en la iglesia. Hemos sugerido el affaire de larga data y cuasi perenne entre
educación y religión o, para ser más precisos, iglesias y escuelas.

Iglesias y escuelas se caracterizaron por este trabajo recolector, coleccionista y cuidador de


caducidades. Ambas atravesaron, incólumes, las diferentes eras técnicas de la memoria: literal,
analógica y digital. La potencia de ambas tradiciones parece ofrecerse como inmune al paso del
tiempo. Bien pueden modificarse sus detalles pero la voluntad de perdurar, de espaldas al
presente, parece indestructible. Parece, decimos, en tanto no es este el estado de la cuestión. Hay
suficientes signos que muestran un sentido contrario. Pero conviene ir más despacio a la hora de
caracterizar un estilo de transmisión como el pedagógico, eclesiástico por definición.
Consideremos, por ejemplo, un rito religioso como la comunión. Cuando comemos la hostia
participamos en el mismo acto que alguien realizó doscientos años antes. Si sustituimos las hostias
de trigo marrón por hostias blancas, no alteramos mucho el significado del rito; la nueva harina se
incorpora al ritual. Pero, si insistimos en que a las mujeres casadas debería permitírseles oficiar
una comunión, podemos provocar que el sentido mismo de la palabra "sacerdote" cambie
irreversiblemente y, con ello, el significado de la comunión. El ejemplo es poderoso. Una simple
sustitución de detalles nos reenvía a los rituales escolares. Los esfuerzos para hacer de los recreos
lugares de aprendizaje deben ser pensados en este registro. Lo que obtenemos es la compleja
certeza de que podemos modificar la gramática de la palabras. Por lo tanto, el carácter inmutable
e imperecedero de escuelas e iglesias se disuelve. Sin embargo, la aparición del tele-evangelismo
no parece haber acabado con el canon evangélico.

La dificultad radica en el timming de la transmisión. Según Debray, el cristianismo inventó a Cristo


tanto como el escolanovismo a la pedagogía tradicional. El cristianismo y sus iglesias, que supieron
asegurarse su perpetuación a través de los siglos y hasta nosotros. Pero no tenemos evidencia
empírica alguna del relato que lo hizo posible. Ninguna certeza de que el tal Cristo haya existido
realmente y -más aún- de que al menos uno haya muerto y resucitado. Tan sólo sabemos que
hubo gente que creyó con fervor en ello.

Importa tensar el sentido de lo que perdura y sobrevive en esta creencia, sobretodo si estimamos
que no estaba sola, que no era la única, ni siquiera en términos objetivos, la más creíble. Un
enunciado Pascaliano utilizado por Slavoj Zizek puede mostrar la temporalidad misma, no tan sólo
de la creencia, sino de todo lazo colectivo, toda política y toda educación. Hay un montón de
motivos válidos para creer en Dios, pero estos son sólo validos para los que ya creen en él.

Según Debray, el éxito de la perpetuación, la admirable propagación, radica en tres sólidos


soportes: las reliquias, las imágenes santas y las Escrituras. Ninguno de ellos puede ser explicado a
base de fundamentos originarios, por lo que el deseo de restauración termina siempre por
pedalear en el vacío. Se trata de otra operación que invierte las causalidades lineales. Resulta, en
realidad, que la institución supuestamente encargada de la retransmisión inventa poco a poco su
origen instaurando como inaugural la palabra que no transcribió sino que sin lugar a dudas
escribió. No hubo en primer término la palabra de Jesús, luego su recolección y transcripción por
unos apóstoles mediadores y por fin su difusión en todas por un cuerpo sacerdotal que cumplía las
funciones de relevo. El proceso se produjo a la inversa: fue la institución cristiana la que hizo la
proclamación cristiana.

Quizás se pueda estimar con mejor perspectiva, entonces, una de las consecuencias del declive de
la transmisión cultural escolar: no ya la desaparición misma de toda tradición, sino la pérdida del
monopolio mismo de la institución de aquello que una sociedad debe consultar a sus antepasados.

¿Cómo instaurar un lazo perdurable entre contemporáneos (religare) sin recolectar reliquias, sin
recoger restos venidos de lejos y amenazados por la desaparición (relegere)?

¿Qué acontece cuando no son los educadores los únicos recolectores?

La actualidad nos brinda una supuesta batalla creciente sobre la transmisión y sus prioridades. Un
supuesto litigio entre humanistas y técnicos que no ha dejado de filtrarse en las diatribas
escolares. Están aquellos que priorizan el momento técnico de la transmisión, la neutralidad
política del emisor, los cultores de las perfomances y anunciadores de Mesías telemáticos y
aquellos otros que -en ocasiones lamentando pérdidas-, herederos pesimistas de las luces,
reivindican la estofa política. Los vemos agrupados bajo la crítica parasitaria de lo tradicional, pero
también formando parte del conservadurismo pseudo progresista más rancio. Una concepción
clásicamente instrumental de la técnica, como conjunto de accesorios ofrecidos a una causa que
los supera, anima esta denuncia humanista de la alienación industrial. América vs Europa. Bill
Gates vs Adorno. Bourdieu vs Negroponte. América va ganando, al parecer. La omnipresencia de la
pedagogía empresarial, esto es, de la gestión, es sólo un signo.

Pero otro argumento más de Debray resuena con firmeza en el solar pedagógico. Esta vez se trata
de una teoría del transporte y el desvío. Rodea la particularidad de aquello que en la transmisión
es siempre, necesariamente, del orden de la alteración, la traición o el contrabando.

Tras la muerte de Lenin en 1924 y luego de ásperos enfrentamientos al interior del partido
bolchevique, Stalin logró hacerse con el poder absoluto y defendió la idea del socialismo en un
solo país contra la "revolución permanente" que propugnaba Trotski. Su figura se erige como
parte de un fenómeno, el totalitario, que lo tiene entre sus máximos exponentes junto a Hitler y a
Mussolini.

La lección de Debray es imponente: el resultado de un proceso de transmisión no tiene las


características del mensaje inicial (...) El transporte transforma; lo transformado es remodelado,
metaforizado, metabolizado por su tránsito (el destinatario recibe otra carta que la que el
remitente deslizó en el buzón), Tradutore, traditore. Así como heredar no es recibir (sino
seleccionar, reactivar, refundir), transmitir no es transferir (una cosa de un punto a otro). Es
reinventar, por lo tanto alterar. Estados alterados, los de la transmisión. El golpe a la idea corriente
del pensamiento sobre la linealidad de la enseñanza-aprendizaje lo evapora. No basta adosar el
término constructivismo si lo que se mantiene incólume es la preexistencia de la materialidad
supuesta a ser transmitida.

El énfasis puesto en restringir la función escolar -propia de los gestores y psicodidactas-, a ser una
máquina de enseñar conocimientos significativos, es el resultado inevitable de eludir la paradoja
temporal de la transmisión. Los CBC son su burda esperanza. Es que cuando conocimiento se
reduce a pura información circulante, algo de la transmisión ya no tiene lugar. De este modo, lo
que la escuela cree expulsar cuando purga la tarea de consultar a los antiguos, se cuela por la
ventana.

Recientemente, en una palestra informal, Leandro De Lajonquière ejemplificaba de la siguiente


manera: imaginemos un alumno al que no le han sido dados los pormenores de la antigüedad
clásica. Probablemente, al arribar al Coliseo, argumente que el sitio está todo roto y requiera
refacción. Mientras que, un heredero de tal tradición probablemente se sienta parado sobre algún
tipo de cuna de la historia misma. Lo mismo puede acontecer con los expertos en comunicación,
que bien pueden desconocer de dónde provienen.

Estimamos acá que la postulación que describe a la función educativa, como la que se restringe a
mejorar estrategias comunicacionales y favorecer vínculos sin interferencias, contribuye
activamente a la pérdida de legitimidad del oficio del transportista: el maestro.

Durante la guerra civil española (1936-1939), las diferencias ideológicas y políticas entre
comunistas y anarquistas llegaron a su extremo, produciendo asesinatos y delaciones que
facilitaron el camino al triunfo fascista. Debatían acerca de qué priorizar, si la guerra o la
revolución, pero también los enfrentaba el problema de la autoridad y la disciplina.

Veamos otro punto clave de la tensión entre transmisión y comunicación. Norbert Elías, a la hora
de definir el conocimiento, introduce la siguiente serie: adquisición, mayores, fondo social,
humanidad. Toda una síntesis de lo que aquí entendemos por educación.

Educar quiere ser, al fin, la producción de otra cosa que animalidad; es decir, prometer en base al
trabajo sobre ese fondo común histórico de conocimientos, medios de orientación sin los cuales -
todavía- no somos humanos. Hasta hace poco, esta tarea incluía como necesaria la presencia de
ciertos mayores y un gesto arbitrario de donación y apropiación. Es que el hombre es el único
animal que produce técnicamente la cultura. Al fin y al cabo, es cierto que cultura es lo que se
hereda. La técnica es lo que se recibe. La primera se transmite, mediante actos deliberados: es un
contenido singular que me concierne íntimamente, en mi propia identidad, sobre el que tengo
responsabilidad personal y me incumbe legarlo a "quienes vengan después de nosotros". La
segunda se transfiere y se difundirá espontáneamente: saco partido de ella pero ella no necesita
de mí para existir, se mantiene a disposición. Diferencia del depósito y el stock. Hay linajes
técnicos, los testamentos sólo son culturales. De lo que me diferencia de los otros y me designa
como diferente, me siento responsable. De aquello por lo cual todos nos parecemos, soy
consumidor, usuario, receptor, víctima, pero no destinatario. Si bien lo hace posible, la técnica
nunca es un mensaje; sólo la cultura se dirige a alguien (ibid:79). Una transmisión no desprecia la
técnica, pero sabe que tampoco hay transmisión puramente técnica. Hay máquinas de comunicar
pero no de transmitir. El canal que une a remitentes y destinatarios no se reduce a un mecanismo
físico ni a un dispositivo industrial. (ibid:19 y 28).

Por otra parte, una transmisión supone el ejercicio de infidelidad a la tradición. Podemos formular
la hipótesis de que aquello que da cuenta de una transmisión no es reducible a las imágenes de los
antepasados vestidos con trajes folklóricos o hablando en dialecto ancestral(ibid:124); transmitir
torna a uno necesariamente impuro, infecto de una paradójica adulteración.

Una transmisión sortea el temor, la obediencia, el respeto y el recuerdo obligatorio; evita las
siguiente tentaciones: el intento desesperado de saltear las generaciones, de borrar los exilios y
las separaciones para confundirse identitariamente con los ancestros pasados o el decreto de que
sólo la discontinuidad preside su destino a fin de producir un corte definitivo y vivir en la ilusión de
una existencia despojada de todo pasado, vivir en un presente que lo resguarda de aquello que
puede revelarse como amenazante (ibid:79) y mantiene la voluntad de perdurar y preservar la
ilusión necesaria de nombrar a aquellos que vendrán después.

La subversión de las tradiciones hace posible que una transmisión tenga lugar. Todos saben que
las subversiones son obra de los buenos alumnos y que con las fidelidades se expanden los valores
de ruptura: una sociedad que ya no recuerde antepasados puede borrar su futuro. Es preciso sin
embargo que los actos no se desvanezcan con las vidas, que las palabras sobrevivan a la voces (...)
la humanidad se cocina un porvenir con restos: glifos, trazos o marcas (ibid:103).

Una transmisión diferencia el peso del sentido de la repetición. Aquella circular e inexorable,
vinculada a todas las formas de la imitación, el calco y la clonación, pero también aquella otra
fecunda, que es parte de lo que llamamos cultura, hechos de cultura, y que asegura su continuidad
(...) porque en resumidas cuentas, yo no puedo entrar en contacto con lo nuevo que se me
presenta sino en tanto puedo reconocer allí una parte de familiaridad. Es a partir de la herencia
que me ha sido transmitida que puedo, al superarla, participar de situaciones nuevas que, a priori,
me resultarían desconocidas (ibid:145) y supone en un pasaje intergeneracional, el contrabando.

No se trata tan sólo de ofrecer un conjunto más o menos ordenado de conocimientos. Se trata de
ofrecerle al otro la posibilidad misma de caminar con sus propios pasos y su desvío de los caminos
preestablecidos.

Una transmisión soporta los exilios. Se trata de querer -habrá que repetirlo una y otra vez- que el
otro no sea como nosotros, sino uno entre nosotros, otro.

En 1961 se juzga y sentencia a pena de muerte, en Jerusalem, a uno de los mayores artífices del
genocidio nazi, Adolf Eichmann. Ante la evidencia de las pruebas en su contra y a cada pregunta
inquisidora de los fiscales, Eichman sólo atinó a responder "yo sólo cumplí ordenes", intentando
eludir así toda responsabilidad.
Una evidencia, sin embargo, tiene lugar: no hay nada en los antepasados que los sancione como
únicos y legítimos expertos capaces de atenuar el inconveniente de haber nacido.

El sapiens es sapiens en tanto transmite, intergeneracionalmente, caracteres adquiridos. No se


conoce perro que ceda a su cría, por ejemplo, algún Platero y Yo. Frente a las invariancias del
mundo animal, el hombre es el único animal que conserva huellas de su abuelo y puede ser
modificado por ellas (...) la herencia es de todos los seres vivientes, sólo el hombre puede ser
heredero (Ibid:96). Dolly no tiene abuela. ¿O sí?

La transmisión es el elixir que mengua, ilusoriamente, la corrosión del tiempo. Lo hace al practicar
la posta entre generaciones cuyo objeto de intercambio es el testimonio. Persiste en persistir.
Bálsamo, ensalmo o veneno cuya materialidad es la palabra y su voluntad la de escribir e inscribir:
Delfín o chimpancé, el animal comunica, no graba. Emite señales, no tiene archivos. Sigue pistas,
no construye rutas. Deja al aire libre cadáveres biodegradables, no cava sepulturas para hacer que
los despojos sean psicodegradables en el fuero interno de los sobrevivientes (sepultar es dar una
forma memorable y perenne a lo que pronto ya no la tendrá) (ibid:103).

No habrá en Argentina -como sabemos- paz perpetua alguna, hasta que una generación no
entierre, para poder hablar con ellos -como corresponde- a sus muertos.

¿O es que se puede pensar una educación sin herederos? Pero si hay herederos hay filiación. El
concepto de filiación se aproxima entonces al de transmisión. Concepto foráneo en el territorio
educativo. Las referencias pedagógicas usuales remiten al conocido mis chicos y a la
ininterrumpida perorata que transcurre cotidianamente entre los irrisorios deslizamientos que
confunden, por un lado, maestras con mamás y/o tías, y -por el otro- alumnos con hijos, nenes y
chicos que siempre son divinos y que, repitamos, siempre quieren parecer ser mis nenes, mis
chicos. Prescindimos aquí de las consecuencias diversas de esta pseudo maternidad confusa que
acompañó hasta hace poco tiempo el trabajo de enseñar.

La filiación que despierta la atención del pedagogo es, por el contrario, la que pone en la mesa el
trabajo, el arduo trabajo de llegar a ser alguien, que -de alguna manera- consiste en inscribirse en
una cadena generacional. Inscribirse, afiliarse, anotarse. Esta cadena no es la de ADN. Puede que
sea la de Prometeo. Podríamos afirmar que esta cadena está formada por ciertos significantes
padres, digamos así, donde el bípedo implume se reconoce. Italiano, indio, español, Centralista,
etc.; pero, además, es en este encadenamiento en el que se labran esas marcas, ciegas para
algunos o clarividentes para otros, y que trazan un destino.

De la transmisión, tal como hemos intentado bosquejar, se sabe por las marcas que deja. Rastros,
surcos, vestigios. Lo que la transmisión deja a su paso. Podría ser ésta una buena definición de lo
que es educar.

Es cierto que la época ofrece severas mutaciones a la función de filiar. Filiar es, o era -como
sugerimos- incluir, inscribir, anotar, dar lugar, hogar, acogida, nombre, deseos y palabras a ese
nuevo que arriba. Ofrecerle eslabones de esa cadena de la que hablamos; por lo que filiar es, en
cierto modo, encadenar. La cadena es curiosa en tanto sus elementos no son idénticos. Pero,
como es fácil de advertir, la ciencia barre, al parecer, las certezas de los nacimientos, los linajes, las
reproducciones y las herencias, y desencadena un amplio espectro de desconciertos. Retomemos
entonces la operación.

Como sabemos, la cría arriba al mundo siendo de alguien para procurar ser alguien. La
anterioridad que mencionamos lo recibe para producirlo como un otro en el conjunto. Otro como
uno, pero otro. Gente como Uno y Gente como Otro.

En Masa y Poder Elías Canetti escribe: "No hay expresión más vívida del poder que la actividad del
director de orquesta". Este siempre está de pie, solo y elevado. Durante la ejecución, el director se
presenta como un guía para la muchedumbre de la sala que presencia el espectáculo en silencio.
Es, además, omnisciente, porque mientras los músicos sólo tienen sus propias voces, él conoce la
partitura entera.

Legèndre afirma lo siguiente: si la genealogía establece la diferenciación entre los humanos que
son semejantes, esto quiere decir que estos humanos no están clasificados como idénticos. Cada
quien debe, sin dejar de ser el mismo, volverse otro. Este volverse otro requiere paradojalmente
del desapego como condición misma del apego. Del encuentro tanto como de la separación. De la
afiliación, para que la desafiliación sea posible. De la dependencia sin la cual no hay liberación
alguna. Por otra parte, cada llegada o, deberíamos decir más estrictamente, cada institución de un
niño requiere volver a fundar sus antepasados. Todo niño en tanto tal es un acto de
desobediencia, alteración, renuncia, rechazo y violación al lugar que previamente se le tenía
asignado. La genealogía, tal como Legèndre la postula, no es sino el acto de institución del alguien
con el cual la pedagogía pretende hacer algo, es decir, la humanización educativa misma de la
carne naciente.

Tres instancias explican esta operatoria: identidad, diferencia y causalidad. Esto es, puedo decir
que soy el que soy, que soy algo o alguien, en tanto no me confundo con el otro, no soy idéntico
(en tanto este es el deporte de la clonación cuyo paroxismo acaba de formularse en la intención
de clonar a Jesucristo extrayendo ADN del santo sudario) al otro, pero puedo decir que soy
también en tanto provengo de algún sitio y no, por cierto, de repollo o cigüeña alguna. Es claro
que si me confundo con el otro, si no consigo diferenciarme y si no accedo a la clave del sitio del
cual provengo, no soy.

Lo que Legèndre introduce en la discusión es la estofa de la genealogía que, según nos hace saber,
hace posible toda filiación.

Si la genealogía tiene una función será la de separar, introducir la sucesión de las generaciones
nombrando los lugares para permitir que cada uno tenga el suyo; y que estos lugares no se
confundan, que no se penetren unos a otros. En tanto la pista en la que la cría arriba está hecha de
palabras, es mediante palabras que una sucesión se teje, separando esto de aquello y haciendo
testamento. Hacer un hijo es afiliarlo a esta función jurídica de la palabra. Afíliate, hijo mío.
Ahora bien, como antes, quizás como siempre, nos enfrentamos a un conjunto inesperado de
consecuencias derivadas de la supuesta declinación de las tradiciones, del agotamiento del largo
plazo, de la destitución del trabajo de heredar, de la confusión flagrante a la que se ven sometidas
las poderosas ideas de transmisión y filiación y a la puesta en cuestión en su conjunto de la
temporalidad que alimentara los dispositivos pedagógicos que habitamos.

Si vivimos -tal como se argumenta sin pausa- en una sociedad postradicional; si habitamos una
temporalidad frenética; si la ciencia pone en duda el sentido de toda filiación y si los dispositivos
pedagógicos han abandonado a toda prisa las tecnologías de la transmisión y sus principios
genealógicos, lejos estamos -sin embargo- de haber encontrado alguna forma de la libertad.

Del mismo modo, los avances de la tecnología genética y la extensión de los límites de lo que es
posible jaquean nuestro vínculo pedagógico con las generaciones, los antepasados y la transmisión
cultural. ¿O es que el fondo social común de conocimientos en el cual la pedagogía encontraba
buena parte de su legitimidad ha sido borrado en provecho de la avasallante aseveración de que
sólo hay información? Una proposición incómoda de Peter Sloterdijk reclama su lugar: Si 'hay'
hombre es porque una tecnología lo ha hecho evolucionar a partir de lo pre-humano. Ella es la
verdadera productora de seres humanos, o el plano sobre el cual puede haberlos. De modo que
los seres humanos no se encuentran con nada nuevo cuando se exponen a sí mismos a la
subsiguiente creación y manipulación, y no hacen nada perverso si se cambian a sí mismos
autotecnológicamente, siempre y cuando tales intervenciones y asistencia ocurran en un nivel lo
suficientemente alto de conocimiento de la naturaleza biológica y social del hombre, y se hagan
efectivos como coproducciones auténticas, inteligentes y nuevas en trabajo con el potencial
evolutivo (Sloterdijk: 2000a).

Lectura sugerida para la clase disponible en Biblioteca

Richard Sennett. La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo
capitalismo. disponible en biblioteca: Sennett.pdf y haciendo clic aquí)
Bibliografía

Abraham, Tomás (2000) La empresa de vivir. Bs.As: Sudamericana

Abraham, Tomás (1995) Batallas Eticas. Bs. As.: Nueva Visión

Aguerrondo, Inés (1994) "El compromiso con la calidad de la educación: ¿desde dónde mejorarla?"
En La Trama de la Escuela Media. Atando y desatando nudos. Paula Pogré (Comp.) Bs. As.: Paidós.

Antelo, Estanislao (Comp.) La Escuela más allá del bien y el mal. Ensayos sobre la transformación
de los valores educativos. Editorial A.M.S.A.F.E, Rosario, 2000.

Carusso Marcelo (2001) "Autoridad, gramática del cristianismo y escuela: breves reflexiones en
torno a "lo absoluto frágil" de Slavoj Zizek." En Cuaderno de Pedagogía Rosario. Año IV, N 9,
Octubre 2001. Laborde Editor. Rosario.
De Certeau, Michel (1984) "La operación histórica." En Hacer la Historia. Vol I. LE GOFF, J.; NORA,
P. Madrid: Laia.

Debray, Régis (1997) Transmitir. Bs.As: Manantial.

De la Boétie, Etienne (1980) Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Tusquets. Barcelona

Elías, Norbert (1994) Conocimiento y poder. Madrid: La Piqueta.

Etcheverry, Guillermo Jaim (1999) La tragedia educativa. Bs. As.: F.C.E.

Fariña, J.J.M Y Gutierrez, C. (2000) La encrucijada de la filiación. Bs.As: Lumen.

Giddens, Anthony (1994) "La vida en una sociedad post-tradicional" En Revista Agora N° 6/Verano
de 1997. Bs.As.

Giddens, Anthony (2000) Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas.
Madrid: Taurus.

Hassoun, Jacques (1996) Los contrabandistas de la memoria. Bs.As.: Ediciones de la Flor.

Legendre, Pierre (1996) El inestimable objeto de la transmisión. México: Siglo XXI.

Postman, Neil (1999) El fin de la educación. Barcelona: Octaedro.

Rorty, Richard (1991) Contingencia, Ironía y Solidaridad. Bs. As.: Paidós.

Sennett, Richard (1999) A corrosão do caráter. Conseqüencias pessoais do trabalho no novo


capitalismo. Río de Janeiro: Récord.

Sloterdijk, Peter (2000) Regras para o parque humano. Uma resposta á carta de Heidegger sobre o
humanismo. Sao Paulo. Estaçao Libertade.

Sloterdijk, Peter (1998) Extrañamiento del mundo. Valencia: Pre-Textos.

Steiner, Georges (1991) Presencias Reales. Bs.As: Destino

Zizek, Slavoj (1994) Goza tu síntoma! Bs. As.: Nueva Visión.

Zizek, Slavoj (1998) Porque no saben lo que hacen. El goce como factor político. Bs. As.: Paidós.

Zizek, Slavoj (1999) El acoso de las fantasías. México: Siglo XXI.

GLOSARIO

corrosión del tiempo


Al fin de cuentas, si el hombre construyera el tiempo, si la naturaleza de éste, pese a los ardides
domesticadores que inventamos para fijarlo y retenerlo, consistiera en otra cosa que en pasar,
muy neciamente, no habría necesidad de transmitir...(Debray:129)

valores

Hace un par de años le pregunté al Filósofo Tomás Abraham por esta famosa pérdida de valores.
Le dije que todos parecen anunciar la pérdida de los valores. Le pregunté si él sabía donde estaban
y aquí tienen la respuesta: Sí, están en Nueva York y en Suiza, más o menos cien mil millones
según Roberto Aleman. Esos son los únicos valores que se perdieron, los otros se transforman. En
el terreno moral nada se pierde, todo se transforma. Estamos, sí, en un momento en el que hay
una disolución de valores fijos. Es decir, un mundo monoteísta, o un mundo bipolar, o un mundo
donde los valores fijos siempre necesitan de una autoridad fija. Entonces hay gente que extraña
las autoridades fijas... no los valores, las autoridades: las iglesias... los padres... las autoridades. Es
que no puede haber valor fijo en sí. Entonces, supuestamente, en un lugar progresista son
sumamente reaccionarios porque son restauradores de valores. Extrañan eso. Lo extrañan o lo
pregonan.

Pueden leer toda la entrevista en Estanislao Antelo (Comp) "La Escuela mas allá del bien y el mal.
Ensayos sobre la transformación de los valores educativos"; Editorial A.M.S.A.F.E, Rosario, 2000.

Jaim Echeverry

Buscador y perseguidor notorio que gusta localizar el mal. En su libro higiénico moral, La Tragedia
Educativa, arma una selección de culpables de lo que llama el eclipse de la autoridad: los padres, la
televisión, Negroponte y las nuevas tecnologías de la información, los ídolos musicales, los
Shoppings, el lumpenaje, los maestros (muchos de ellos ya fracasaron en otras disciplinas y por
esos se hacen docentes), los que promueven la justicia social y la equidad, Bill Gates, Michael
Jackson, los cantantes de éxito, el cine, los jadeantes camarógrafos y periodistas, los chicos que no
duermen en casa, los institutos de formación docente, los cadetes, lady Di, la posmodernidad, los
alumnos, los telespectadores de videos clips, la tintura para el cabello, los autos, el homo videns,
el "video-niño", los electrodomésticos, Plaza Sésamo, el correo electrónico, los tecnoreformistas,
el edutainment, las excursiones, Luis Miguel, South Beach.

líderes

El líder, ya sea bajo el nombre de directivo, empresario, gerente, es el paladín de los valores que
sustituye al caballero andante de las gestas medievales, al prudente burgués de la revolución
industrial, al obrero revolucionario de la tradición socialista, a los héroes bíblicos de nuestros
relatos infantiles, al militante comprometido de nuestra lejana juventud; nuestro líder no sólo ya
no combate el capital, sino que lo hace bueno (...) se confirma que la visión del jefe como la de un
policía que otorga premios y castigos está dejando lugar a la del líder entrenador, a quien le
importan más los objetivos que la autoridad. El jefe ya no es el malo de la película, inaccesible,
anónimo y temible. Lo antiguo es el jefe autocrático, autoritario, aislacionista, no motivador. Lo
nuevo es el coacher, el incentivador, el que se baja al nivel de ser un par más del equipo. (33,34)
Tomás Abraham (2000). La empresa de vivir. Sudamericana. Bs.As.

ustedes

Un pasaje obligado es el breve y potente texto de Marcelo Carusso (2001) "Autoridad, gramática
del cristianismo y escuela: breves reflexiones en torno a 'Lo absoluto frágil'", de Slavoj Zizek. En
Cuaderno de Pedagogía Rosario. Año IV, N 9, Octubre 2001. Laborde Editor. Rosario.

Sabiduría

Véase una discusión sobre el peso de la enseñanza en Sócrates en Sloterdijk, Peter (1998);
Extrañamiento del mundo; Valencia; Pre-Textos.

autoritaria

Dice Zizek: Los dos logros supremos del desenmascaramiento de los prejuicios ideológicos que se
desarrollaron a partir del proyecto de la Ilustración, el marxismo y el psicoanálisis, se refieren
ambos a la autoridad de sus respectivos fundadores (Marx, Freud). Su estructura es
intrínsecamente "autoritaria": como Marx y Freud abrieron un nuevo campo teórico que establece
los criterios mismos de veracidad, sus palabras no pueden ser puestas a prueba de la misma forma
en que uno se permite cuestionar las afirmaciones de sus seguidores (...) De este modo, sus textos
deben leerse de la forma en que uno debería leer el texto de un sueño, según Lacan: como textos
"sagrados" que están, en un sentido radical, "más allá de toda crítica" dado que constituyen el
horizonte mismo de la veracidad.

presidente

Siempre recuerdo el fastidio de mis amigos agnósticos cuando les recordé que su madre, la madre
de Carlos Méndez, había tenido una visión en la cual se le aparecía su hijo como un enviado de
Dios destinado a ordenar la Argentina. Un enviado, tan solo un enviado. En estos tiempos también
vemos, más allá de la risa de la crítica agnóstica progresista, crucifijos de todos los tamaños y
formas

apostólico

Como afirma Debray, los mediadores ya no son esos delicados volátiles que desaparecen ni bien
entregan el mensaje (...) estos orgullosos (los vice, digo) se toman como el mensaje mismo
(Debray:63)

imágenes
En la introducción de Batallas Éticas (1995), Tomás Abraham deja sentado que la dominación de
los hombres requiere algo más que la exposición de la fuerza, el terror es insuficiente, se necesita
una narración, un relato, un mito, alguna ciencia, el enunciado de una verdad que se atribuya al
poder y al poderoso. Los tigres de papel también rugen (...) No hay poder sin decorados.

heredar no es recibir

Para Michel de Certeau, la operación histórica comienza con una maniobra elemental: poner
aparte, repartir, producir, presentar. Aislar un curso. Formar la colección (..) lejos de aceptar unos
datos los constituye. Las cuestiones de la transmisión y la herencia empujan la tarea de
coleccionistas y archivistas. Coleccionar, señala de Certeau, es durante mucho tiempo fabricar
objetos: copiar o imprimir, encuadernar, clasificar...

transmitir no es transferir

También Hassoun muestra la conexión entre tradición y transmisión. La traición tradere está en el
origen de los dos términos: la traditio que se refiere a la iniciación, y el traditor, el renegado, el
que pasa al bando contrario, aquel que se excluye. Pero tradere remite a liberar, remitir,
transmitir, que desembocan en darse a, ofrecerse... a otro.

Georges Steiner contribuye al poner de relieve tres sentidos diferenciados de la palabra


interpretación: Un intérprete es un descifrador y un comunicador de significados. Es un traductor
entre lenguajes, entre culturas y entre convenciones performativas. Es, en esencia, un ejecutante,
alguien que "actúa" (acts out) el material ante él con el fin de darle vida inteligible. De ahí el tercer
sentido importante de "interpretación". Un actor o una actriz interpretan a Agamenón o a Ofelia.
Un bailarín interpreta la coreografía de Balanchine. Un violinista, una partita de Bach. En cada uno
de estos ejemplos, la interpretación es comprensión en acción; es la inmediatez de la traducción.

También Legèndre aproxima un enunciado potente en tanto los que permiten romper los
eslabones son los intérpretes. Como el intérprete de Steiner, el de Legèndre interviene en esta
carrera de postas. Lo hace en tanto tal, interrumpiendo, separando la legitimidad (...) poniendo
distancia (...) notificando en la sociedad el principio genealógico de la disimetría. Principio que no
es más que lo que acabamos de postular: nombrar la disimetría de los lugares para que éstos
puedan ser habitados: madre, padre, hijo, hija, etc.

Norbert Elías

Veamos la definición de Norbert Elías: En una primera aproximación se podría decir que lo que
llamamos conocimiento es el significado social de símbolos construidos por los hombres tales
como palabras o figuras, dotados con capacidad para proporcionar a los humanos medios de
orientación. Estos, en oposición a la mayoría de las criaturas no humanas, no poseen medios
innatos, o como más frecuentemente se dice, medios instintivos de orientación. Los seres
humanos tienen que adquirir durante su desarrollo mediante aprendizaje los conjuntos de
símbolos sociales con sus correspondientes significados y, por lo tanto, retoman de sus mayores
un fondo social de conocimiento. Específicos conjuntos de símbolos sociales significativos tienen a
la vez la función de medios de comunicación y de medios de orientación y, sin el aprendizaje de los
símbolos sociales dotados de esta doble función, no podemos convertirnos en humanos
(Elías,1994:55)

inconveniente de haber nacido

Este el nombre de uno de los libros del siempre ameno y simpático Emile Ciorán. Por otra parte, es
Peter Sloterdijk quien pone en cuestión el carácter necesario de los principios genealógicos.