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E D I T O R I A L
Título: ÉTER (Libro 2)
Íroas, Hijos de los Dioses

© 2010 Jordi Nogués


© Diseño Gráfico: nowevolution
Colección: Volution.

Primera Edición Abril 2012


Derechos exclusivos de la edición.
© nowevolution 2012

ISBN: 978-84-938266-9-7
Depósito Legal: GU-70-2012
Printed in Spain (Impreso en España)

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A mi hija Abril,
la verdadera luz de mis ojos.
Ser tu padre es un verdadero orgullo.
Prólogo

Lugar desconocido.
Finales del otoño del año 724 a.C.

Keila abrió los ojos lentamente. Todo su cuerpo estaba dolorido y


sus extremidades no respondían a las órdenes del cerebro. No sabía
dónde se encontraba. Sus ojos podían distinguir, levemente, el in-
terior de un techo de paja en forma cónica. Pero no podía ver nada
más.
Su visión estaba obstaculizada por la propia hinchazón de sus
ojos. Intentó levantar la mano pero esta apenas respondió al estí-
mulo; solo tras un fuerte esfuerzo consiguió tocar su propio rostro.
Una voz extraña le hablaba. Miró hacia la voz.
Una humana mugrienta se dirigía a ella en un lenguaje irreco-
nocible. No le hizo caso, la consideraba un ser inferior y estúpido.
Ella era distinta, Keila era uno de los Hijos de los Dioses, y no debía
mezclarse con humanos inferiores.
Pensó en cómo podía haber llegado allí.
Lo último que recordaba era la lucha contra aquel salvaje en la
isla de los sículos. Ella y Gog tenían la misión de capturar a la niña
de los ojos de colores. Gog se llevó a la pequeña humana y ella se
quedó a luchar contra aquel hombre. En esto último tenía serias
dudas; ¿era realmente un hombre o algo más? Jamás antes había lu-
chado contra alguien así por lo tanto dudó sobre aquel espécimen.
Era evidente que él la había derrotado, pero no recordaba casi
nada. La lucha contra aquel monstruo, la inutilidad de sus propias
armas; clavó incluso un kraan en el pecho de aquella bestia y el hu-
mano consiguió quitárselo como si nada.
Después el vacío más absoluto. Su primer recuerdo, desde

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entonces, se remontaba a unos segundos atrás, al abrir los ojos.
Haciendo acopio de una gran voluntad intentó levantarse. Lo
consiguió, aunque a costa de un gran dolor en todo su tronco. Esta-
ba desnuda.
Ahora podía ver mejor donde se hallaba. Estaba dentro de una
cabaña circular de adobe y paja. Un camastro, también de paja le
había servido de cama. A su lado vio sus pertrechos guerreros; con
sus correajes, armas y vestiduras.
La humana mugrienta había desaparecido tras una puerta cu-
bierta con una piel de animal. Keila estaba sola. Se vistió como
pudo.
Los moratones y golpes se extendían por casi todo su cuerpo.
Solo su espalda y las piernas se habían librado de ellos. Pero tenía
un dolor nuevo: la entrepierna le escocía terriblemente, como si un
líquido ácido penetrase en una herida. También allí tenía restos de
sangre seca.
Cuando hubo terminado de vestirse vomitó un líquido verdoso
y espeso. Nuevas arcadas terminaron sin expulsar nada; tendría el
estómago vacío, pensó.
En el cinturón de su correaje llevaba una botellita de theej, el
elixir de la curación procurado por sus Dioses, los divinos atlantes.
Se bebió su contenido de un trago.
Notó sus efectos casi instantáneamente. Aunque los moratones
no habían desaparecido se sintió con fuerzas para regresar a sus
obligaciones guerreras.
Pero primero debía saber dónde se encontraba. Salió de la tien-
da y el sol la deslumbró; un sol fuerte y limpio. Su mano izquierda
actuó como un improvisado parasol.
Un grupo de humanos se reunió ante ella. Todos iban tan mu-
grientos como la mujer de antes, solo vestidos con unas pieles y
descalzos. Un anciano se acercó a ella y le habló en la lengua de los
helenos.
—¿Estás bien, mujer extranjera? ¿Entiendes mis palabras?
El viejo casi no tenía dientes y despedía un hedor insoportable.
Keila no pudo menos que tener una nueva arcada pero su vómito
salió vacío.

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—Sí, ¿qué lugar es este? —habló con distinción y orgullo.
—Los helenos llaman a nuestra tierra Iberia, pues se halla al oc-
cidente de sus ciudades; más allá del Gran Azul.
—¿Dónde me encontrasteis?
—Tu caballo con alas te trajo hasta aquí —el viejo señaló a la es-
palda de Keila; allí, con un suave trote, se acercaba Stigg, su divino
corcel.
Ella respiró aliviada. Con la recuperación de Stigg estaba salvada.
Sin decir nada a aquellos humanos montó en su caballo, levantó
el vuelo y desapareció en el cielo.

Mientras volaba notó una extraña sensación en el vientre. Algo


se estaba hinchando dentro de ella. Y lo hacía por momentos, casi
podía notar su crecimiento.
Descendió a tierra, casi en la costa más atlántica de la península
llamada Iberia.
Ya en el suelo tuvo otro ataque de náuseas. Sus arcadas tampoco
produjeron vómito alguno. Pero era evidente que algo, dentro de
ella no marchaba bien.
Se quitó los correajes y quedó nuevamente desnuda. Observó su
barriga: un bulto redondo, aún formando una suave curva, le estaba
deformando su cuerpo.
Solo una vez había visto aquello: en las salas del palacio de los
Dioses las doncellas humanas tenían la barriga así de hinchada antes
de dar a luz a los Hijos de los Dioses.
¿Tengo un humano dentro?, pensó.
Se sentó en una roca redondeada y volvió a vestirse. Intentó re-
cordar los días pasados pero fue inútil; su último pensamiento le
llevaba hasta la lucha contra aquel salvaje.
Tras meditarlo llegó a la conclusión de que solo tenía un destino
posible: la Atlántida, allí estaban su puesto y su casa.
Montó de nuevo en Stigg y volando se alejaron en dirección
oeste.

Al día siguiente vislumbraron, a lo lejos, el perfil de su destino:


la Atlántida. Keila y Stigg habían hecho un par de paradas pero, am-

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bos, amazona y corcel, estaban más que agotados.
Ella forzó al animal hasta el máximo. Su propio vientre estaba
cada vez más hinchado y redondeado; temía estallar de un momento
a otro.

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Capítulo I

Nuevos Hijos de los Dioses

Poseidonis, capital atlante.


Principios de invierno del año 724 a.C.

Geb bajó hasta la Sala de Creación. Uno de sus principales cometi-


dos dentro del orden atlante era la creación de nuevos Hijos de los
Dioses; era su trabajo y se sentía muy orgulloso de él. Sus creacio-
nes eran perfectas, según él; los nuevos seres tenían todos los bene-
ficios de la especie atlis y casi ningún defecto de la humana. Eran
seres con las justas medidas de ambición, obedientes, voluntariosas
en sus cometidos, perfeccionistas. Como contrapunto sus defectos
eran más propios de sus madres humanas: no extremadamente in-
teligentes, con una vida corta no más allá de los ciento setenta años;
pero eran defectos menores.
Una de las ideas de Geb fue la de hacerlos estériles y sin necesi-
dades de apareamiento; pensó en los beneficios de un ser sin la ne-
cesidad sexual en su vida. Y fue un gran acierto pues los Hijos de los
Dioses vivían en una sociedad equilibrada y justa. Cada uno vivía
de acuerdo para lo que sus genes le habían condicionado y no as-
piraban a nada más que a ser perfectos en sus trabajos u ocupación.
Esa esterilidad tenía, como elemento negativo, un crecimiento
vegetativo controlado pero muy limitado. La sociedad atlante difí-
cilmente superaba los cuarenta mil habitantes.
Uno de los hechos limitadores fue la necesidad de encontrar
humanas con una genética muy particular para conseguir el carácter
pretendido en los Hijos de los Dioses. Solo las mujeres helenas
respondían a ese perfil. El otro factor restrictivo era la debilidad
de las propias mujeres helenas; muy pocas resistían al parto de los

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Hijos de los Dioses, la mayoría morían como consecuencia del
excesivo volumen de los neonatos.
Ahora se cumplía el segundo día desde una nueva cosecha de
Hijos de los Dioses. De las veinte mujeres, solo dos habían sobrevi-
vido; quedarían como esclavas para el resto de sus vidas. Sus cuer-
pos no serán válidos para un segundo parto.
Los veinte recién nacidos estaban en la sala de Creación, en sus
camas en espera de pasar por el proceso de Regeneración al día
siguiente. Durante este proceso el individuo alcanzaba el tamaño
final en pocas horas; y solo cabía esperar dos años de formación
para conseguir un adulto en perfecto estado y a punto para formar
parte de la sociedad atlante.
Geb cruzó la puerta. Las dos Hijas de los Dioses que estaban al
cuidado de los recién nacidos le saludaron con una inclinación de
sus cabezas. Ellas eran Kassia e Inci.
Kassia era bastante mayor, había cumplido ciento cuarenta años
recientemente. Por eso tenía a su lado a Inci; esta, con solo seis años
de edad, estaba aprendiendo su labor como asistente en la Sala de
Creación.
—¿Alguna novedad, Kassia? —preguntó Geb, casi por puro
formalismo, sin mirarla a los ojos. Para los Divinos mirar a los ojos
se consideraba como rebajarse hasta su nivel. Nunca miraban a los
ojos ni a sus Hijos ni a sus siervos.
—No, divinidad, todos han salido perfectos; sin defecto alguno.
Están listos para entrar en el Cubículo de Regeneración.
—No descuidéis la vigilancia ni un momento. No es el momen-
to de que ocurra imprevisto alguno —los temores de Geb estaban
justificados, los días entre el parto y la entrada de los neonatos en
el Cubículo de Regeneración eran los más delicados para los be-
bés. Se habían dado casos de enfermedad de alguno de ellos; en una
ocasión, incluso, todos se contagiaron y fallecieron pocas horas des-
pués. Como decía Geb, esta era una de las debilidades heredadas de
los humanos.
—Sí, divinidad. Sus palabras son nuestras acciones —contestó
de manera arrítmica y casi dogmática Kassia.
Geb confiaba plenamente en Kassia; era una creación admirable.

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Precisa y minuciosa hasta casi la perfección. Solo con mirar el esta-
do de la Sala de Creación era suficiente para apreciar su entrega; el
suelo, el techo, las paredes, el mobiliario, mostraban una absoluta
pulcritud y brillo. Inci, a pesar de ser muy nueva en su labor, mos-
traba tanto entusiasmo como su preceptora.
Igual sucedía con los neonatos; ambas situaban a los pequeños
en una posición casi matemática. Al igual que las pequeñas mantas
que los protegían; estas telas acogían a los bebés con un pliegue muy
curioso y un nudo situado en el pecho de los diminutos Hijos de los
Dioses. Mirando de perfil desde la primera cama, todos los nudos
formaban una hilera perfecta; desde el primero hasta el último.
El divino atlante abandonó la Sala de Creación dejando a solas a
las dos hembras.

Pasado el mediodía Kassia se fue a comer, dejando a Inci al


cuidado de los veinte pequeñines. Comería con rapidez para que
la aprendiza hiciese lo propio poco después. Inci se sintió un poco
abrumada ante las palabras del divino atlante y el hecho de encon-
trarse sola en ese momento. Podía pasar cualquier cosa.
El amplio ventanal rectangular de la Sala de Creación daba al pa-
tio de armas del palacio divino; la sala estaba situada en la cuarta
planta. La ventana quedaba fuera de la dirección de los bebés. La
Sala tenía forma de letra L y los niños se situaban en el palo largo,
mientras que la ventana se abría en el extremo más alejado del palo
corto. Así se evitaban al máximo las malas corrientes de aire.
Un sonido de voces fuertes distrajo a Inci de su labor. La curio-
sidad la empujó a mirar por la ventana; allí vio cómo uno de los
soldados gritaba fuertemente a una esclava humana por tirar unos
cestos de ropa al suelo.
Inci sonrió. Estos humanos son unos inútiles, recordó las palabras
de Kassia dos jornadas atrás ante una escena similar a la de ahora.
Inci abrió la ventana para ver mejor la reprimenda. En efecto, la
humana recogía la ropa caída en el suelo como consecuencia de su
propia torpeza. El oficial al mando de la guardia del patio le gritaba
como si la pobre mujer fuese sorda. Inci no vio lo que ocurría mien-
tras tanto en una de las camas de los bebés.

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Un rato después Kassia regresó.
—¿Alguna novedad con los bebés? —preguntó la veterana asis-
tente a su aprendiz.
—Ninguna, todos duermen apaciblemente.
—Pues ve a comer tú.
Inci, sin añadir nada más, abandonó la Sala de Creación.
Kassia examinó por sí misma, minuciosamente, a los bebés. En
su trabajo, nunca se fiaba de nadie; solo de su propio criterio y sus
acciones.
Uno a uno los neonatos le confirmaron el pronóstico de Inci…
hasta llegar al penúltimo.
Algo no marchaba bien. La manta del bebé estaba ligeramente
arrugada y el nudo, torcido. Aquel niño no dormía, estaba despierto
y jugaba con sus propios deditos. Incluso era ligeramente distinto a
los demás; parecía más grande y más formado que los demás. Como
si hubiese nacido con una semana de diferencia. Kassia frunció el
ceño. ¿Qué había ocurrido allí?
Examinó más a conciencia al bebé. Era igual que los demás; las
orejas ligeramente puntiagudas en su parte superior, unas pequeñas
protuberancias en los talones que más tarde serían las alitas tan típi-
cas en los Hijos de los Dioses. Sus brazos, piernas, manos y pies eran
tan perfectos como los de los otros bebés.
¿Qué hacía distinto a ese bebé de los demás?
Kassia cogió al bebé que dormía junto al diferente y los puso uno
junto al otro. Era evidente que el diferente era algo más grande; pero
esto no era un hecho raro. Al ser las humanas de origen también más
altas unas que otras, los Hijos de los Dioses, a pesar de tener unas
medidas muy regulares, alguna vez solían ser más altos o más bajos.
No le vio nada distinto. Todo parecía normal. Dejó al bebé dor-
mido en su sitio y miró más detenidamente al bebé más grande.
¡Al fin descubrió la diferencia! Los ojos del niño no poseían la
forma felina tan típica en los Hijos de los Dioses; eran más redon-
deados. Y lo que más le sorprendió fue el color de cada iris: distinto
uno de otro; el de la derecha de un azul muy intenso y el de la iz-
quierda de un color miel muy suave.
Nunca, en todos sus años de experiencia como asistente en la

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Sala de Creación, había visto nada semejante. La mirada del bebé
era limpia y muy clara. Parecía increíble que solo tuviese unas pocas
horas de vida.
El neonato la miró fijamente y sonrió. Kassia quedó confundi-
da. Un instinto maternal heredado de sus progenitoras humanas
emergió a la superficie. No pudo más que sentir ternura por aquel
pequeñín y le devolvió la sonrisa. El bebé soltó algo parecido a una
carcajada y a Kassia le conmovió el corazón. Con el dedo índice
acarició la pequeña barbilla del pequeñín y este renovó su sonrisa
reclamando más atención.
Kassia reaccionó por un momento. ¿Qué pasaba allí? ¿Qué le
ocurría a ella misma?
Debía informar a su Divinidad de aquel cambio, era su deber.
Uno de los preceptos de su misión como asistente era informar de
cualquier cambio en los recién nacidos; por pequeño que fuese el
cambio. Hubo alguna otra ocasión en que uno de los bebés manifes-
tó un extraño comportamiento. En aquella ocasión el pequeñín fue
eliminado inmediatamente. Kassia debía informar a su divinidad.
Pero la sonrisita de aquel pequeñín le había clavado una pequeña
astilla en su corazón y despertado un sentimiento inexistente para
los Hijos de los Dioses: el amor materno.
Su instinto le pudo y acarició de nuevo al pequeñín, esta vez en
la barriguita. El niño volvió a sonreír ampliamente.
¡No podía entregarlo! Su corazón se encogió solo de pensar en
la eliminación de aquel bebé. Incluso sus ojos se humedecieron de
manera transitoria. Totalmente trastornada por ese sentimiento tan
nuevo para ella cogió la manta del bebé y la plegó como estaban
todas las demás y lo dejó tal y como estaba. Ahora no se distinguía
de los demás.

El Cubículo de Regeneración era un estrecho espacio donde ca-


bían justas, las veinte camas. Solo dos horas allí dentro y los cuer-
pos de los bebés, de tres días de vida, cambiaban a cuerpos adultos
totalmente formados. Una radiación de esencia de oro consumaba
el milagro.

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Cada individuo despertaba con un carácter propio, unas
condiciones genéticas particulares y con su propio nombre en su
mente. Esas condiciones genéticas y su carácter condicionarían,
totalmente, el futuro quehacer de los nuevos Hijos de los Dioses;
pues cada individuo solo haría aquello para lo que estaba dotado
genéticamente. Así se buscaba la perfección social.
Tres eran los estratos sociales: guerrero, artesano o campesino.
Dentro de cada estrato social cada individuo podía escalar posición
para llegar a lo más alto; solo dependía de sus capacidades para
hacerlo, de su carácter y, sobre todo, del factor suerte, siempre
presente.
El estrato de los campesinos era el más bajo de los tres. Y solo
los seres menos dotados de la sociedad atlante ingresaban en esta
posición. Su labor consistía en extraer lo máximo de la tierra para
alimentar al resto de la población. Una labor noble pero carente de
honor.
Los artesanos representaban la posición intermedia. Los más
inteligentes, como Kassia o Inci, podían llegar hasta posiciones de
verdadero privilegio. En cuanto a los menos dotados, se convertían
en herreros o carpinteros.
Por último estaba el estrato de los guerreros. La más alta de las
posiciones. Se requerían unas condiciones perfectas e impecables
para ser considerado un luchador. Y los más inteligentes se conver-
tían en nobles. Algunos de estos conseguían gobernar en las provin-
cias como auténticos reyes.
En la cúspide de ese sistema social estaban los Divinos Atlantes,
verdaderos Dioses para los habitantes del continente atlántico.
Geb, Kassia e Inci aguardaban fuera del Cubículo, pues el lugar
era totalmente hermético; una radiación de ese tipo mataría a un
adulto, pues envejecería sus células demasiado deprisa.
Al poco rato se abrió la puerta.
Kassia, en su interior, deseaba ver en qué se había convertido el
niño de la mirada de colores, como ella le definió.
El motor del Cubículo empujó las veinte camas hacia el exterior.
Los nuevos Hijos de los Dioses fueron, poco a poco, despertán-
dose. El primero en hacerlo fue, para calmar la impaciencia de Kas-

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sia, el situado allí donde antes le había sonreído el niño de la mirada
de colores.
Le observó, mientras se desperezaba, detenidamente. Sus alitas
en los pies eran perfectas, al igual que sus orejas y todo su cuerpo. Y
era alto, muy alto. Esa era la principal distinción con respecto a sus
compañeros de camada.
Geb se acercó hasta él y le preguntó su nombre.
—Eryx, divinidad —respondió con voz ronca, fruto de su re-
ciente transformación.
El Divino Atlante miró en el hombro derecho de aquel gigantón:
una cicatriz en forma de espada revelaba su carga genética.
—Guerrero —habló Geb de forma orgullosa ante aquel magní-
fico ejemplar—. El símbolo es muy claro.
Kassia miraba embobada a Eryx y su límpida mirada. Era un in-
dividuo divino, pensó, casi al nivel de los Dioses. Nunca olvidaría a
Eryx y en un futuro lejano ambos se encontrarían de nuevo.
El resto de la camada respondió a lo esperado. Un tercio del total
serían guerreros, el otro tercio artesanos y el resto serían campesi-
nos. El porcentaje no podía ser exacto al no ser el número veinte
múltiplo de tres y por eso el número exacto variaba de una camada
a otra. Allí, ahora, había ocho guerreros, seis campesinos y los últi-
mos seis eran artesanos. Los artesanos llevaban grabado un martillo
en su hombro, mientras los campesinos lucían la forma de una es-
piga de trigo.
Geb se llevó a los nuevos Hijos de los Dioses. Eryx, al salir, pasó,
junto con los demás, al lado de Kassia; él le sonrió levemente. Ella
se sonrojó, azorada.

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Capítulo II

Resultados

Palacio de las Divinidades,


Poseidonis, principios del año 723 a. C.

Keket hablaba a sus tres compañeros sobre el resultado de sus inves-


tigaciones. Un resultado imprescindible, según la propia definición
de Geb, para la supervivencia de la raza atlis en la Tierra. Siempre
y cuando la profecía de Amón-Ra estuviese en lo cierto. Aunque la
lucha contra los dioses de la Tierra era una situación muy real.
Los cuatro estaban reunidos en el Salón Divino, el verdadero
epicentro de todo el Imperio Atlante.
—Las pesquisas sobre la niña de los ojos de colores han dado
unos resultados sorprendentes. Jamás nos habríamos imaginado
encontrar tanta información acerca de nuestros rivales.
Su habitual parsimonia estaba poniendo nervioso, algo habitual,
a Sejmet. Este no habló pero el movimiento de sus dedos y manos
demostraban claramente su impaciencia.
Jnum y Geb escuchaban, impasibles, la exposición del paciente
Keket.
—La situación es esta: la niña lleva la esencia de una divinidad
terrestre en su interior; de eso no cabe la menor duda. Esa esencia
la convierte en un ser extraordinario, casi al mismo nivel que nues-
tros Hijos de los Dioses; tiene mayores virtudes pero también, por
su faceta humana, mayores defectos. Sus virtudes: gran capacidad
telepática, coeficiente intelectual que se sale de nuestras tablas ha-
bituales, y, sobre todo, un autocontrol sobre sus condiciones físicas.
Por el contrario posee todas y cada una de las debilidades humanas;
mal carácter, debilidad física, corta vida y todo un largo etcétera que
todos conocemos.
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—¿Cómo puede ayudarnos eso en la lucha contra nuestros ad-
versarios terrestres? —Sejmet no podía estarse callado.
—Pues mucho, y creo que el resultado de la investigación y el
posterior desarrollo bio-genético nos dará una clara ventaja sobre
nuestros adversarios. No hay duda alguna.
Keket se aclaró brevemente la garganta y continuó su exposición.
—Los dioses de la Tierra son entidades energéticas canalizado-
ras de las propias energías vitales de la misma naturaleza terrestre.
Sus poderes no son más que las mismas fuerzas de la naturaleza
pero ampliadas. Son energía y, como tal, transformables. Podemos
modificar cualquier tipo de energía a nuestra voluntad y esta no es
una excepción.
—¿Quieres decir crear una especie de antídoto? —Sejmet que-
ría saber la solución lo antes posible.
—Sí, pero no de la manera que te imaginas. Nuestro antídoto
será un humano modificado, un humano anti-dioses terrestres.
Jnum, Geb y Sejmet se miraron unos a otros. Parecía la solución
a todos sus problemas, pero aún había demasiados cabos sueltos
por atar.
—Nuestro humano modificado será un recolector de energía.
He hallado el modo de conferir esa facultad al ADN humano. El
resto será cosa tuya, Geb.
Geb no dijo nada; su tarea con la genética de los Hijos de los
Dioses le convertía en el encargado de crear a ese ser humano es-
pecial. Solo necesitaba las modificaciones nucleicas explicadas por
Keket.
—¿Recolector? ¿Qué significa? Explícate mejor —preguntó Se-
jmet.
—Pues muy fácil. Ese humano modificado absorberá toda la
energía que se utilice contra él; ya sea física o mental. La podrá al-
macenar y utilizar contra sus enemigos. Incluso podrá, si se hace un
buen trabajo nucleico, agotar de una sola succión toda la energía de
sus rivales.
—Eso le convertiría en un asesino de dioses terrestres de mucho
cuidado. Con un ejército de ellos acabaríamos con toda esa rebel-
día —Sejmet sonrió al acabar su frase. En su rostro se veía ya como
vencedor.
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Geb rompió su silencio con su habitual pesimismo.
—¿Y cuál es el inconveniente?
—¿Inconveniente? ¿Cómo? —Sejmet se adelantó a la respuesta
de Keket.
—En toda investigación hay pros y contras. Falta que nos expli-
ques, Keket, cuáles son los inconvenientes de ese asesino de dioses.
Keket sonrió. Era evidente que los cuatro formaban un grupo exce-
lente. Cada uno con su propia forma de ser aportaba mucho al quehacer
diario de todos. Por eso había resistido durante tantos años en aquel
planeta y por eso serían invencibles eternamente, pensó Keket.
—Pues sí, hay un inconveniente… y grave.
Todos callaron en espera de la revelación.
—La creación de un solo individuo resulta carísima. Imposible
crear un ejército.
—¿Cómo de cara? —inquirió Sejmet.
—Pues… el equivalente, en oro, a más de cien de nuestros Hijos
de los Dioses.
Un cortante silencio se instaló en medio del Salón Divino. Jnum
no varió su impasible rostro ni su postura. Pero Sejmet y Geb echa-
ron sus cuerpos y apoyaron sus espaldas en los respaldos de sus si-
llones; parecían abatidos.
Sejmet, rápidamente, hizo un cálculo mental.
—La creación de un solo asesino nos dejaría casi vacía nuestra
Sala del Tesoro. Hemos acumulado algo más que en los últimos me-
ses pero aún estamos lejos de tener una salud económica estable y
saneada.
Jnum rompió el silencio, por fin, para dar con la solución a todo
el problema:
—Así pues la creación del asesino tendrá que ser con un fin
determinado, con una misión específica para cumplir. Y no como
arma de choque.
Los tres atlantes restantes le escucharon atentamente, con los
ojos muy abiertos.
—Debemos acabar con el padre de la niña. Ese es nuestro mayor
enemigo. Su fin significará nuestro triunfo.
—No te entiendo, Jnum —dijo Geb—. ¿De verdad piensas que

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si vences al chico de los ojos de colores acabaremos con los dioses
de la Tierra?
—Sí, está muy claro que sí. Escúchame bien. El chico posee la
energía de los dioses en su interior y una comunicación constante
con ellos, como un conducto permanente unido a ellos. Si nuestro
asesino consigue enfrentarse a él y abrir un canal de extracción de
energía, que puede vaciarle totalmente e incluso eliminar la energía
de los dioses de la Tierra durante el mismo proceso.
—¡Vaya! ¡Es genial! Sin duda, lo es —el semblante de Sejmet
había cambiado radicalmente con la idea de Jnum.
—Pero deberemos tener el control total sobre ese asesino de
dioses —contestó de forma radical Keket.
Los tres miraron ahora a Geb, esperando alguna afirmación ne-
gativa; como siempre.
—Bueno, un control total sobre ese asesino será muy fácil de
obtener, —y cuando parecía que por fin rompería con su habitual
proceder dijo—: pero no tenemos ni idea dónde está el chico de los
ojos bicolor, Dorian creo que se llamaba.
Keket y Sejmet se sonrieron ante la frase final de Geb, cada uno
aportaba su forma de ser.
—Bueno la última vez —explicó Sejmet— se le vio en Atenas
explicando a sus homónimos humanos un plan para acabar con no-
sotros. Se ve que ha comenzado una guerra religiosa contra noso-
tros y ahora busca adeptos a su causa. Según tengo entendido las úl-
timas noticias le sitúan en algún punto perdido en pleno mar Egeo.

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Capítulo III

Aire

Isla de Quíos en el Mar Egeo, primavera del 723 a.C.

La isla de Quíos era el refugio secreto de los piratas phiniki. Ningún


comerciante se acercaba por allí pues los propios piratas habían ex-
tendido una leyenda negra sobre el lugar. Dioses malignos, animales
demoníacos y demás leyendas circulaban acerca de los peligros de
acercarse a la isla maldita. De este modo los piratas podían dedicar-
se a sus negocios de manera más tranquila y segura.
Era solo un pedazo de tierra emergido de las aguas y rodeado por
estas pero lo suficientemente grande para acoger, suficientemente, a
una pequeña polis como las de tierra firme. El clima, cálido y agra-
dable, favorecía la vida humana; viñedos, higueras y olivares en es-
tado salvaje esperaban para ser domesticados.
Un pequeño poblado y una vetusta pero sólida fortaleza, junto a
un imprescindible puerto marítimo, eran los únicos testimonios de
la presencia del hombre en la isla. El poblado, de reducidas dimen-
siones, albergaba al grueso de los piratas phiniki y los servicios ne-
cesarios para ese grupo humano: prostíbulos, tabernas y tiendas de
alimentos o armas. La fortaleza constituía el palacete del cabecilla
de los piratas; una construcción rectangular y de aspecto compacto
y duro, rodeado de una gruesa muralla de ciclópeas piedras, servía a
la vez como refugio de los piratas en caso de un ataque.
La puerta se hallaba vigilada por dos guardias, mal vestidos pero
bien equipados de armamento.
Dieron el alto al nuevo visitante.
El encapuchado se detuvo y su voz, desde el interior de aquella
inescrutable oscuridad, resonó grave e impersonal.
—Vengo a comerciar con vuestro jefe, anunciadme a él.
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A los dos vigilantes se les erizó el pelo ante aquella voz y aquella
imagen. Una persuasión más allá de lo humano les conminó a hacer
lo solicitado por el recién llegado. Uno de los piratas le hizo un gesto
invitándole a acompañarle; ambos se perdieron por el interior de la
fortaleza.
En el salón principal de la fortaleza Siqueo actuaba con la auto-
ridad de un verdadero rey oriental; sentado en su sillón, a modo de
trono, negociaba, ejecutaba o disfrutaba de los placeres de la vida.
Siqueo se convirtió unos años atrás en jefe de los piratas de Quíos
cuando asesinó a su predecesor; así funcionaba la sucesión, hasta
que el propio Siqueo muriese o fuese asesinado, sería el cabecilla de
los proscritos. Era un hombre de treinta y cuatro años de piel muy
oscura y con el pelo muy rizado y mal peinado. Su estatura media
contrastaba con su gran corpulencia; casi parecía más largo su pe-
cho que toda su propia talla de la cabeza a los pies.
Delante de él apareció uno de los vigilantes de la puerta junto
a un extranjero oculto bajo una gruesa y oscura capucha. El salón
estaba repleto de sus esbirros, no podía temer por su propia segu-
ridad.
—Siqueo, señor, el extranjero desea comerciar con su excelencia
—anunció el vigilante.
—¿Y cómo se llama este individuo?
El vigilante arqueó las cejas ante el desconocimiento de aquel
dato, miró al encapuchado.
Este avanzó dos pasos y se puso delante del secuaz.
—Me llamo Dorian, soy heleno —al tiempo que echaba su ca-
pucha hacia atrás y mostraba su rostro a Siqueo— y vengo a hablar
de negocios contigo, honorable Siqueo.
El cabecilla de los piratas se asombró al ver a aquel hombre:
era alto y bien proporcionado, su rostro mostraba una elegancia y
dignidad que ninguno de sus propios hombres, o el propio Siqueo,
tendría jamás; su barba, muy bien recortada y limpia, le confería un
aspecto noble y distinguido . Pero lo más destacado era el color y
la forma de sus cabellos: un peinado rarísimo, según el propio pen-
samiento de Siqueo, junto a un color amarillo pajizo. Aquel, pensó
Siqueo, era un ser extrañísimo.
—¿Y qué negocios pretendes hacer conmigo? ¿Tienes algo que
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pueda interesarme? —respondió Siqueo con tono firme y decidido.
—Tienes un prisionero que me interesa, quiero negociar por él.
No era habitual hacer un trato con uno de los presos allí mismo,
en la fortaleza, pues esos negocios se hacían a través de los mensajes
enviados por los propios piratas a los parientes o gente interesada
en pagar por el rescate del retenido. Pero Siqueo no diría que no a
un buen negocio.
—¿Y cuál es el prisionero que te ha movido hasta llegar hasta
mí?
—Un hombre que se hace llamar Homero, un escritor de histo-
rias.
La mirada de Siqueo se iluminó; recordaba bien al prisionero.
Lo habían capturado en un saqueo efectuado por él mismo cerca
de la costa helena y Siqueo estuvo a punto de matarlo en aquel mis-
mo lugar; era un prisionero pobre y sin ningún familiar con ganas
de pagar por él. Solo el hecho de ser un hombre que supiese leer y
escribir en varias de las lenguas del mar Egeo y el gran Mar le salvó
de ser asesinato.
Ahora podría sacar algo de oro por aquel desgraciado.
—Es un prisionero muy valioso para mí, deberás pagarme su
propio peso en oro.
—Antes de negociar por la vida de Homero quiero estar seguro
que está vivo. No hablaré de precio sin saber su estado de salud.
Siqueo comprendió las razones del heleno e hizo traer al prisionero.
Unos minutos después dos guardias acompañaban a empujones
a un hombre algo mayor y sucio. Su cabello espeso y blanco, junto a
unos ojillos diminutos pero muy inteligentes, confirmaron la iden-
tidad de Homero.
Las fosas nasales de Dorian aspiraron el olor humano del prisio-
nero y memorizaron su particular fragancia.
Siqueo habló, impaciente.
—Bien, hablemos del oro.
Siqueo esperaba comenzar un regateo por Homero; si podía re-
cibir una cuarta parte del peso del prisionero en oro habría hecho
un excelente negocio.
—No tengo oro para pagarte.

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El silencio se adueñó de la sala; todos los secuaces de Siqueo
esperaban, expectantes, la respuesta de su jefe.
—¿Con qué pretendes pagarme? Sin oro, no hay trato.
—Es tu propia vida, Siqueo, la que está en juego. Tu vida a cam-
bio de la de Homero. Es un trato justo.
Todos los esbirros de Siqueo sacaron sus armas de sus fundas
esperando la señal de su jefe para matar a aquel desconsiderado he-
leno.
—¡No tienes oro para comerciar! ¿Te crees que somos idiotas, o
qué? ¿Qué podía esperarse de un heleno? Todos sois unos estafado-
res. ¡Lárgate de mi isla inmediatamente! —el pirata estaba enfadado
de verdad.
Dorian abandonó la sala. Al salir le dirigió una leve sonrisa a Ho-
mero.
Estaba seguro que los piratas de Siqueo intentarían matarle an-
tes de salir de la isla; pero él no tenía intención de que ocurriese
ninguna de ambas cosas: ni morir, ni salir de la isla, al menos por el
momento.
En el exterior de la fortaleza siete esbirros de Siqueo intentaron
matarle. La lucha duró poco, muy poco. Los siete cayeron, incons-
cientes, como moscas ante la velocidad de los golpes de Dorian. Se
alejó y se escondió hasta la salida de la noche.
Con el sol escondido, Dorian salió de su propio escondrijo. En
pocos minutos llegó hasta la base de la muralla oeste de la fortaleza.
Allí, sin ser visto por los vigilantes de Siqueo, aspiró profundamente
por la nariz en busca del olor de Homero.
Uno de los antiguos poderes de los ancestros de los lobos, el ol-
fato, le dijo con total exactitud dónde se encontraba el viejo escritor.
También, junto al olor, con el oído pudo determinar cuál sería el
mejor sitio para ganar la muralla evitando a los vigilantes: una zona
justo en la muralla sur. Hacía allí se dirigió; lanzó una cuerda con
un gancho en un extremo y escaló la pared sin mayores dificultades.
Una vez arriba se percató de la exactitud de sus cálculos; ese tramo
de muralla estaba vacío de vigilantes. Descendió por el otro lado de
la muralla sin hacer el menor ruido: ya estaba dentro del recinto.
Eludiendo vigilantes con su proverbial sigilo canino llegó hasta

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la zona de las celdas. Allí se vería obligado a hacer más ruido. Mucho
más ruido.
En la entrada dejó fuera de combate a los tres guardias y pene-
tró hasta el corredor de las celdas; allí los prisioneros aguardaban
su destino. De las doce celdas, solo dos estaban ocupadas; todas
tenían, mirando al pasillo, unos gruesos barrotes que servían para
impedir la fuga de los allí confinados.
Localizó enseguida su destino: Homero. El hombre dormía pro-
fundamente; solo se despertó al oír agonizar los dos barrotes que
Dorian dobló.
—¡Vámonos de aquí! —susurró el joven heleno.
—¿Quién eres tú? ¿Y qué pretendes de mí? —preguntó Home-
ro, también en voz baja.
—Lo hablamos en la salida. De momento quiero rescatarte.
Comenzaron a salir por el pasillo cuando una voz le trajo recuer-
dos de otras épocas, de otros lugares, de otros amigos.
—¿Myles? ¿Eres tú?
Dorian se giró para buscar el origen de aquella voz tan familiar.
Un hombre algo mayor que él mismo era el prisionero en la otra
celda. Se trataba de un individuo alto y hercúleo; aunque ahora es-
taba todo sucio y sus ropas, deshilachadas, le daban un aspecto mi-
serable.
—¿Talos? —la voz de Dorian, clara y fuerte, se olvidó del sigilo
ante la monumental sorpresa.
—¡Por todos los dioses! ¡Chico, vaya cambio! ¿Qué pelo es ese?
Dorian sonrió por lo bajo; esa había sido la principal virtud de
Talos en el pasado: hacerle sonreír. Sin perder un segundo más libe-
ró a su antiguo amigo del mismo modo que hizo con Homero. Un
abrazo sincero y corto les acercó la memoria hasta los años de sus
competiciones en Olimpia.
Sin demorarse más se encaminaron con paso decidido hasta la
salida. Al llegar donde yacían los tres guardias Talos cogió una de las
espadas cortas de uno de ellos.
Homero reclamó la atención de Dorian.
—No me iré sin mis libros, muchacho.
—¿Qué libros? —preguntó Dorian con el ceño fruncido.

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—He de recuperar mis libros, no puedo irme sin ellos; son el
trabajo de toda mi vida.
—¿Y dónde están esos libros?
—Me los arrebató Siqueo. Le dije que eran una posesión valio-
sa, más que mi vida, y los tendrá a buen recaudo; el muy idiota no
tiene ni idea de su verdadero significado. Tal vez los guardó en sus
habitaciones privadas. Dorian mostró cierto malestar en su rostro.
Pretendía rescatar a Homero con la mayor rapidez posible y sin
matar a un solo ser humano. Ahora eso sería imposible. Un grito de
alarma del exterior les puso en tensión: habían sido descubiertos.
Al salir, el patio comenzó a poblarse de piratas armados hasta los
dientes.
—Quédate tras nosotros y no luches. Te necesito con vida —or-
denó Dorian a Homero.
—No te preocupes, no tengo ninguna intención de morir —
contestó en tono irónico Homero.
Dorian, con las manos desnudas, y Talos con la espada corta ro-
bada se enfrentaron a los piratas de Siqueo.
Talos, todo fuerza, basaba sus ataques en golpes definitivos.
Dorian, por su parte, procuraba no matar a ningún rival: sus gol-
pes causaban contusiones e inconsciencia, y así los dejaba fuera de
combate.
En poco rato el patio se llenó de cuerpos tendidos de piratas.
Los tres salieron por la puerta de la muralla, los guardias que la
custodiaban habían participado en la lucha y ahora la salida estaba
libre y despejada.
—Te repito, muchacho, que no me iré sin mis libros —conminó
Homero a Dorian.
Este contestó.
—Vosotros iréis en esa dirección —señaló el noroeste— hasta
una pequeña cala donde tengo un bote. Aguardadme allí. Iré a bus-
car tus libros. ¿Cómo los reconoceré?
—No creo que ese pirata tenga una gran biblioteca en su palace-
te, pero son los hechos de lo sucedido en Ilión en tiempos de Aqui-
les y las aventuras de Odiseo; son dos libros, pero muy valiosos para
mí. ¿Sabrás distinguirlos?

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—Sí, no hay problema. Esperadme en la cala que os he dicho.
Cuando Homero y Talos se hubieron marchado, Dorian regresó
a la fortaleza. Al llegar al patio aspiró en busca del olor de Siqueo. El
aroma principal estaba en una habitación en el segundo piso de la
principal construcción. Un ventanuco en el exterior le indicó cuales
serían los aposentos del jefe pirata.
Sin la cuerda que le sirvió para entrar y viendo los mal encajados
bloques de piedra del edificio decidió escalar la muralla a pelo, sin
ningún otro sostén.
Sus manos y pies parecían dotados de una especial imantación
pues se pegaban a la piedra de una manera prodigiosa. Con una fa-
cilidad pasmosa llegó hasta la altura del ventanuco.
Penetró violentamente desgarrando la cortina que cubría la pe-
queña ventana.
La habitación, cuadrada, era el aposento principal de Siqueo.
Estaba acondicionada para dormir y poder tratar asuntos menores;
contaba con una cama y una mesa grande.
Tras la mesa Siqueo y uno de sus lugartenientes se sorprendie-
ron al ver aparecer por la ventana al joven del cabello pajizo.
—¡Maldito seas! Debí imaginar que eras tú. ¡No escaparás de
aquí con vida! —juró Siqueo.
Dorian no contestó. Con las manos desnudas se enfrentó a Si-
queo y a su sicario. En primer lugar atacó el subordinado del jefe
pirata. Este intentó alcanzar a Dorian en el costado derecho con un
gran espadón curvado, pero el heleno esquivó el ataque y respondió
con un suave golpe en la sien izquierda de su atacante quien cayó
conmocionado al suelo.
—¿Qué eres tú? —la pregunta de Siqueo sonó atemorizada y
caótica. Sostenía en sus manos una lanza, pero esta temblaba bajo
su pulso.
—La peor pesadilla de tus sueños. Quiero los libros de Homero;
dámelos y me iré sin cobrarme tu vida.
El temblor en la lanza de Siqueo aflojó ligeramente al igual que
la tensión de su cuerpo.
—Están dentro del baúl a tu espalda —el cabecilla pirata se re-
fería a un enorme baúl situado junto al ventanuco por donde había

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entrado Dorian. Una sonrisa se dibujó en el interior del heleno; Si-
queo quería tenderle una trampa, no había duda.
Olfateó, buscando la esencia de Homero. Percibió el aroma bus-
cado bajo la cama del pirata, aunque la sensación era muy tenue.
Dorian no tuvo dudas sobre su origen.
No se anduvo con contemplaciones; con un fuerte puñetazo en
pleno rostro dejó sin sentido a Siqueo, este cayó como un saco pe-
sado.
Dorian rebuscó bajo la cama y allí, efectivamente, encontró los
libros de Homero. Eran unas hojas de papiro cosidas entre sí y pro-
tegidas por unas cubiertas de piel recia y curtida.
Se los guardó en el interior de su túnica y salió corriendo por la
puerta de entrada, escaleras abajo.
No encontró resistencia alguna por el camino. En pocos minutos
encontró a Homero y a Talos en la cala junto al bote; un esquife
equipado con una pequeña vela. Ideal para trayectos cortos y para
poca gente a bordo.
Dorian entregó los libros a Homero; este le agradeció con gran
emoción el rescate. Y los miró como quien recupera su posesión
más valiosa tras estar convencido de su pérdida definitiva.
Los tres se montaron en la embarcación y se alejaron en direc-
ción a tierra firme guiados por las estrellas.
Cuando el rumbo estuvo asegurado Talos y Dorian se cogieron
de nuevo de las muñecas como signo de amistad.
—¡Gracias, amigo, por el rescate! Has sido toda una bendición
para mí. Pero tendrás que contarme cómo has conseguido ese as-
pecto y cómo lo haces para moverte de ese modo. Antes eras veloz
corriendo pero ahora no puedo ni verte cuando luchas.
Dorian sonrió.
—Me han ocurrido muchas cosas, Talos. Ya no soy el de antes.
Pero, ¿qué hacías aquí preso?
—Te lo puedes imaginar; en uno de mis viajes de comercio en
un navío de mi padre fui atacado y capturado por los esbirros de
ese malnacido de Siqueo. Toda mi tripulación fue asesinada; solo
yo, por el hecho de poder obtener un rescate por mi vida, conseguí
sobrevivir. Suerte de tu llegada, Myles.

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—No, ahora no soy Myles. Aquel murió en la isla de los sículos:
ahora soy Dorian. Dime, Talos ¿te casaste?
—Sí —su semblante se ensombreció—, pero mi esposa y mi
hijo fueron asesinados por estos malditos piratas.
—Lo lamento, amigo mío. La pérdida de un ser querido es dura
de digerir y tú has perdido a los dos a la vez. Ten fe en los dioses.
Talos miraba a Dorian. Su amigo había cambiado muchísimo.
Habían pasado cinco años desde la última vez que se vieron, allí
en Olimpia, pero era evidente la profunda transformación de aquel
chico tan dulce que se ganó a todo el público en el santuario olím-
pico. Ya no era solo su cabello, ese horrible tono amarillento, sino su
cuerpo e incluso su cara. Su tronco se había musculado notable-
mente, dejando atrás aquella esbeltez suya tan característica. Y su
rostro parecía haber sido recortado con las hábiles manos de un es-
cultor: sus contornos formaban ángulos muy duros y pronunciados.
Sus ojos, eso sí, conservaban esa esencia tan típica del joven Myles:
claridad y limpieza.
—¿Y tú? ¿Qué te ha ocurrido? ¿De dónde has sacado ese pelo?
Dorian sonrió levemente y miró al suelo de la embarcación.
—Es una historia muy larga, Talos, muy larga.
—Tenemos casi dos horas hasta la costa más próxima, tienes
tiempo de explicárnoslo todo.
Homero, sin decir nada, escuchaba lleno de curiosidad las pala-
bras de aquellos dos amigos.
Dorian comenzó explicando su boda, la colonización en la isla
de los sículos, el nacimiento de Agneta y el ataque de los Hijos de
los Dioses. Después relató su viaje por el Metamundo y la confir-
mación de su propia identidad; una mezcla de la diosa Althea y el
mismo Dorian, además de ser el hijo de Zeus.
—Estos días pasados he hablado en las distintas polis del conti-
nente sobre nuestro deber sagrado con nuestros dioses. Debemos
reunir aliados para lo que se nos avecina. En la última comunión
con mi padre Zeus —Dorian pronunció esas palabras como lo ha-
bría hecho de haber hablado de Tíbalt o Giles, los padres terrenales
que había tenido— me comunicó los pormenores de mis siguientes
misiones.

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Debo reunir los cinco estados de la materia; solo entonces po-
dré lanzarme al ataque de los Hijos de los Dioses y sus falsas di-
vinidades. «El primero de estos estados de la materia, el aire, está
en oriente, en la tierra de los asirios. El llamado Árbol de la Vida
es su protector. Padre me dijo que un escritor prisionero en Quíos,
llamado Homero, podría ayudarme a llegar hasta los asirios y hallar
ese árbol.
La mirada de Dorian se dirigió hacia Homero.
Aquel hombrecillo sonrió y su rostro adquirió la nobleza de la
sabiduría.
—Me alegro de poder ayudarte, divino Dorian. Será un abso-
luto placer acompañarte en tus viajes. Podré escribir de mi propia
experiencia tus aventuras; esto superará en mucho las epopeyas de
Aquiles y Odiseo, no te quepa la menor duda.
—Solo para la búsqueda del aire, sabio anciano. Después no
quiero exponer tu vida a los distintos peligros que nos vayamos a
encontrar. ¿Puedes ayudarme?
—Por supuesto que sí; conozco a Sargón, el rey de los asirios. Es
un hombre cruel y déspota pero respeta mi trabajo pues le escribí
en su lengua una historia sobre las aventuras pasadas de un héroe
legendario para su pueblo, Gilgamesh. Nos recibirá sin ningún pro-
blema.
—Bien. Gracias por tu ayuda, Homero.
—No me des las gracias, tú has salvado mi vida. Es lo menos
que puedo hacer por ti. Pero hay un fallo en tu explicación anterior.
Has nombrado, como misiones dictadas por Zeus, la búsqueda de
los cinco estados de la materia; son cuatro los estados de la materia:
aire, agua, fuego y tierra.
No hay ninguno más.
—Sí, hay un quinto. Padre lo llamó el Éter y parece estar con-
centrado en una sola persona o una sola divinidad en toda la Tierra;
cuando llegue el momento descubriremos de qué se trata.
—Éter, ¿eh? ¡Hum! —Homero se acarició su escasa barba blan-
ca, en un gesto parecido al de Libón, el maestro de Dorian en los
juegos de Olimpia—. Leí una vez un tratado de física de una cultura
muy lejana, más allá de Oriente, donde se decía que el éter era el aire

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respirado por los dioses. En ese tratado lo formulaban como una
energía muy potente y duradera, más allá incluso del fuego.

Al amanecer llegaron a tierra firme. Bajaron del bote y continua-


ron su trayecto a pie.
—Talos, amigo, te veo muy callado. ¿Estás bien?
El hercúleo heleno le miró de reojo.
—Voy a renovar un juramento que te hice en Olimpia; allí no me
dejaste cumplirlo. Ahora ni Zeus podrá obligarme a quebrantar el
cumplimiento del mismo.
Hincó una rodilla en el suelo delante de Dorian y mirándole a los
ojos habló con gran solemnidad.
—Yo, Talos de Calcis, me convierto en tu sirviente y protector.
Ligo mi vida a la tuya y que solo mi muerte pueda romper este ju-
ramento.
Dorian cogió la diestra de su amigo y lo levantó. Le besó en am-
bas mejillas.
—Acepto tu juramento, Talos de Calcis. Me irá bien un luchador
como tú a mi lado. Pero no me gusta tenerte como sirviente, sino
como aliado y amigo.
Ambos se abrazaron de nuevo.
—Esto mejora a cada minuto que pasa —Homero habló con
entusiasmo con su ahogada voz—. Nadie va a creer estos hechos
como ciertos, son demasiado divinos.

Babilonia, primavera del 723 a.C.

Dorian, Talos y Homero llegaron a orillas del río Éufrates en


busca de Babilonia. La ciudad se alzó a sus ojos; aún estaba a unas
horas de camino pero se divisaba a la perfección.
Una enorme explanada, con uno de los afluentes del río en su
centro, acogía la mítica ciudad. A la derecha del río la arena del de-
sierto era un freno a la vegetación. En cambio a la izquierda el agua
de origen fluvial mantenía un paisaje verde y más apto para la vida
humana. Las murallas de Babilonia se erigían orgullosas de su pa-
sado.
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—Hemos llegado en mal momento —explicó Homero.
Sus pequeños ojos miraban más allá de la urbe, donde una polva-
reda ascendía como una nube tempestiva.
Dorian y Talos dirigieron su vista hacia allí. Dos enormes man-
chas oscuras, separadas entre sí, se buscaban.
—Está a punto de comenzar una batalla. Debemos mantenernos
lejos y ser prudentes. Los asirios no distinguen entre enemigos o
neutrales; quienes se ponen en su camino son aplastados como las
hormigas.
»Sargón es el señor de muchos reinos. Con la fuerza de las ar-
mas todos sus vecinos se han incorporado a sus dominios. Estos ve-
cinos se rebelan con frecuencia contra su señor.
»Ahora un noble babilonio se ha alzado en armas contra Sargón
y se ha proclamado soberano de Babilonia; se llama Marduk-apal-
idina. Me imagino que debe ser el ejército más cercano a la ciudad.
El otro ejército es el de asirio. Busquemos un lugar donde podamos
ver bien la batalla y a la vez mantenernos a salvo. Será más prudente
esperar a que termine el conflicto y presentarnos después.
—¿Y si esto se prolonga demasiado? —preguntó Talos.
—No lo creo. Los asirios son excelentes luchadores; esto acaba-
rá rápido con una nueva victoria de Sargón.
Siguiendo el consejo de Homero se situaron en una colina, en un
punto intermedio entre la ciudad y la batalla a punto de comenzar.
El ejército de Marduk era casi exclusivo de infantería ligera, con
algún refuerzo de caballería pesada; pero esta permanecía en la
reserva. Su nuevo soberano, según argumentó Homero, esperaría
dentro de la ciudad esperando el desarrollo de la batalla.
Los asirios poseían una poderosa infantería pesada y numerosos
carros de batalla equipados con lanceros y arqueros. Sargón iba con
su ejército y lucharía al lado de sus hombres, como uno más de ellos.
Desde la distancia Dorian contemplaba aquel terrible choque
bélico. Los hombres se mataban para conseguir tierras, botín, reco-
nocimiento. Ese parecía ser el destino de los seres humanos, matar-
se unos a otros sin remedio. La propia naturaleza de Dorian le impe-
día matar seres humanos, aunque estos fuesen enemigos. Desde la
salida del Metamundo no había segado una sola vida; apartaba a los

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rivales que se interponían en su camino, pero siempre ocasionando
un mal menor.
El choque de los dos ejércitos fue atroz. Las infanterías se encon-
traron y las bien equipadas tropas asirias no eran rival para los babi-
lonios. Los flancos de estos últimos eran hostigados por los carros
de guerra de Sargón; sus lanzas y flechas causaban estragos entre sus
enemigos y aumentaba el peor mal para un ejército: el terror a una
derrota frente a los asirios.
Con el dedo índice Homero señaló a un contingente de tropas
de élite asirias comandadas por el propio Sargón. El rey luchaba a
brazo partido junto a sus guerreros.
Dorian observó como aquel hombre segaba vidas como si fue-
sen espigas de trigo. Las cabezas de sus rivales volaban por el aire al
ritmo de sus terribles sablazos.
Como había predicho Homero la batalla duró poco. El ejército
babilonio fue totalmente exterminado. Los pocos desgraciados que
se rindieron fueron decapitados inmediatamente.
Todas las cabezas cortadas fueron expuestas a las puertas de
Babilonia. El terror era el mejor diplomático de los asirios.
Las puertas de la ciudad se abrieron de par en par. Los vencedo-
res penetraron en el interior.
—Deberíamos esperar hasta mañana. Hoy correrá la sangre por
toda la ciudad para evitar nuevos brotes de rebeldía. Por la mañana
los soldados asirios estarán agotados de una noche tan larga y
Sargón retomará el gobierno de la ciudad. Entonces será un buen
momento para presentarnos ante él.
—¡Estos asirios están locos! —exclamó Talos, casi enfadado—.
¿Habéis visto su forma de luchar? No conocen la piedad y solo
disfrutan con la muerte. O eso parece.
—Sí, tienes razón. No me gustaría tenerlos como enemigos.
Parece difícil razonar con ellos si no compartes sus ideas —asintió
Dorian.
—Homero, ¿de verdad crees posible poder dialogar con estos…
salvajes? —Talos preguntó con incredulidad.
—Sí. Aparte de luchar, a Sargón le encantan las historias de gue-
rreros. Tiene en su corte todo un séquito de poetas y aedos.
Utilizaremos eso a nuestro favor.
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—Eso, y el hecho de que te conoce, ¿no? —preguntó Talos
—Sí, nos conocemos bastante bien.

Al oscurecer la luna mostró todo su esplendor en una preciosa


noche de plenilunio; ninguna nube impedía el brillo de las estrellas.
Dorian hizo la segunda guardia; él dormía muy poco. Desde su
transformación sus hábitos humanos habían cambiado mucho; co-
mía menos que antes y dormía solo unas pocas horas. Todavía así
por la mañana se sentía fresco y descansado. La luna, sobre todo
en su fase de máximo esplendor, le llenaba de energía; el poder de
Althea era un beneficio constante.
A pesar de poseer una parte divina, Dorian era medio humano;
esa humanidad, difícil de dominar, a veces le jugaba malas pasadas.
En el Metamundo aprendió a controlar los impulsos más primiti-
vos y mantenía ese autocontrol con una férrea disciplina. Pero había
sensaciones que vivían más allá de cualquier parte consciente.
Esa noche la imagen de una niña con un grave defecto en los
ojos acudió a su mente sin previo aviso. Los ojos, sin iris y con la
esclerótica de cada ojo totalmente coloreada en azul y color miel, se
manifestaron ante él de una forma clara. Como si alargando la mano
pudiese tocar a aquella niña.
Dorian supo en seguida la realidad de aquella visión: era solo
una imagen del pasado, un sueño pero en la fase de la vigilia. Toda-
vía sentía muy real la presencia de aquella visión.
Agneta seguía viva, le decía su instinto.
A pesar de ello su padre, Zeus, en el Metamundo le aseguró lo
contrario: la niña había muerto.
Su mente estaba confundida; pues aquello era lo único que al-
teraba su psique. Y no era la primera vez que aquel pensamiento
anidaba en el lugar más recóndito de su mente. Era una visión ya re-
petida en las fases más activas del plenilunio. La máxima extensión
del disco lunar incrementaba la fuerza de sus filamentos energéticos
y sus poderes mentales obtenían un verdadero festín.
Pero tenía un límite. No podía contactar con la mente de Agneta.
Solo era una visión; como un espíritu. Pero no conocía la manera de
comunicarse con ella.
Eso si aún vivía.
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Aquello le angustiaba profundamente.
Si era cierto que Agneta había muerto, ¿qué significado tenían aque-
llas visiones? ¿Restos de su humanidad? ¿Indicios de un comienzo de
locura o descontrol?
¿Y si Agneta seguía viva? ¿Por qué le habría engañado Zeus? ¿Eran
acaso tan retorcidos los pensamientos de su padre celestial? En el caso
de ser así ¿Por qué tenía que continuar con la misión de liderar la lucha
contra los Dioses de la Atlántida?
En cualquier caso, pensó, tengo que hallar la solución a todo esto.
No es bueno para mí tener esos pensamientos sin control.
Sabía que el éxito de su empresa venía determinado por sus po-
deres originarios de su naturaleza divina. Una falta de orden podría
causar un desequilibrio con efectos muy negativos para su autocon-
trol.
Agneta, ¿estás viva, hija mía?

A la mañana siguiente, recién salido el sol, los tres viajeros llega-


ron hasta las puertas de las murallas de Babilonia.
De lejos la ciudad aparecía con una imponente majestuosidad.
En cambio, de cerca, se podía intuir cómo el dominio reciente de los
asirios había envejecido notablemente la antaño espléndida urbe.
La piedra de las murallas necesitaba unas urgentes reparaciones en
algunos tramos y la madera de la puerta de entrada presentaba un
estado lamentable.
El acceso era libre, solo unos guardas asirios vigilaban la entrada.
Los tres pudieron acceder sin ninguna dificultad al interior de la
ciudad.
—¿Qué te pasa, Dorian? —preguntó Talos; que ya se había
acostumbrado a llamar a su amigo por su actual nombre. Veía en su
amigo una cierta incomodidad en su semblante.
—No sé, me siento… extraño. Debe ser este lugar. Aquí hay…
algo raro.
—Babilonia significa Puerta del Dios en un idioma nativo anti-
guo —le comentó Homero—. Puede que tu naturaleza divina sien-
ta algo al respecto.
Dorian estuvo un momento en silencio. Después habló.

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—Sí, es la antigua esencia de un dios. Del dios de esta ciudad.
Fue destruido hace unos años, pero aún noto su presencia aquí.
Tras cruzar la puerta una larga calle configuraba la llamada Calle
de la Procesión; el centro neurálgico de la ciudad. Dos edificios des-
tacaban allí: el Palacio Real, situado a la derecha de los tres nuevos
visitantes, y el Zigurat, la torre escalonada, más al fondo en direc-
ción sur.
Homero dedujo que Sargón estaría en el palacio.
El edificio, de forma cuadrangular, parecía una fortaleza dentro
de las propias murallas. Sus pocas ventanas le conferían un aspecto
lúgubre y misterioso.
Un fuerte contingente de guardias los detuvo en las puertas del
cerrado edificio.
Homero se presentó y pidió ser recibido por Sargón en audiencia.
Uno de los oficiales junto a dos guardias más les acompañó hasta
donde estaba el monarca asirio. Dejaron el palacio atrás y llegaron
hasta los Jardines Colgantes.
Los tres recién llegados habían oído hablar mucho de los Jardi-
nes Colgantes de Babilonia. Pero verlos no disminuyó su admira-
ción por esta maravilla.
En el lado más occidental, junto al río Éufrates, se erigía un edi-
ficio formado por innumerables terrazas escalonadas. Cada terraza
contaba con sus propias especies vegetales; el agua del río, con un
ingenioso sistema de riego, hacía subir el agua hasta un gran depósi-
to en la parte superior. Desde allí el agua iba cayendo en un millar de
cascadas en miniatura. El verdor era insuperable; y más en contraste
con la tierra reseca o la arena tan cercana del desierto.
Dorian pensó que aquel sería un lugar excelente para esconderse
del mundo y retirarse a meditar. La paz allí destilada solo se rompía
por el armamento de los nuevos inquilinos: los asirios.
Sargón estaba en un recodo, en la más baja de las terrazas, junto
al río. Dorian observó al monarca asirio de cerca.
Era un hombre casi tan alto como él mismo. Lucía una oscura
y larga barba rizada y adornaba su cabeza con un casco de forma
tronco-cónica. Iba vestido a la moda asiria, con una túnica hasta los
pies. Sus hombros, descubiertos, mostraban la fortaleza física que

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el monarca deseaba lucir. Era de facciones oscuras, como todos los
de su raza.
Dorian y Talos se mantuvieron a distancia mientras Homero ha-
blaba con él. El escritor se arrodilló, como marcaba el ceremonial
impuesto por el propio rey asirio.
Unos minutos después uno de los soldados de la guardia asiria
fue a buscar a Dorian.
—Mi rey exige tu presencia, heleno.
Dorian siguió al soldado hasta situarse frente a Sargón; pero no
se arrodilló ante el asirio.
Sargón miró a aquel joven con curiosidad.
—Saludos, heleno. Homero me comenta que eres algo así como
el hijo de un dios. ¿Es cierto eso? —la pregunta parecía hecha con
cierto aire de mofa.
—Todos somos hijos de los dioses. Solo el modo en que les ser-
vimos nos distingue ante ellos.
—Nos distinguimos de nuestros semejantes por la forma en que
tratamos a nuestros enemigos. Dime, heleno ¿quiénes son tus ene-
migos? —las preguntas de Sargón, parecían las un bárbaro, aunque
Dorian las tildó como las de un dirigente duro pero inteligente. Le
estaba poniendo a prueba.
—Mis enemigos son aquellos que han extorsionado a mi pueblo
y que pronto intentarán hacer lo mismo con el tuyo. Seres a lomos
de corceles con alas, poderosos y despiadados.
—¿Pretendes decirme que ellos pueden derrotarme?
—No te digo nada; solo respondo a tus preguntas. No domino el
mundo de las armas como tú.
Solo hablo por lo que han visto mis ojos.
—Vas desarmado. Nunca vi un hombre caminar desarmado.
¿Acaso pretendes burlarte de la gente?
—Como te he dicho, rey Sargón, no domino el mundo de las
armas y no pretendo hacer daño a nadie. No es el hecho de no llevar
armas lo me impide causar daño a mis semejantes: mi naturaleza no
me permite matar seres humanos.
Sargón parecía convencido positivamente con las respuestas de
Dorian.

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—Me comenta Homero, nuestro amigo común, que necesitas
ver el Árbol de la Vida.
—Sí, rey Sargón. Mis dioses necesitan la comunión con los tu-
yos para optar a la victoria en la gran batalla que se nos avecina.
Solo con los dioses como aliados podremos, entre todos, vencer a
nuestros enemigos.
—¿Me pides ayuda militar o el acceso a nuestro Árbol de la Vida?
—Será una batalla entre dioses y los seres humanos solo sere-
mos los peones. No está en nuestra voluntad decidir si luchamos o
no; serán los dioses quienes hagan esta elección por nosotros.
Sargón calló un momento, mirando con sus ojos oscuros a aquel
heleno de cabello pajizo.
—Bien, pareces un hombre capaz de llegar hasta donde te pro-
pongas, heleno —habló por fin Sargón—. Ahora necesito acabar de
administrar esta provincia. Espérame en Nínive; allí hablaremos. Si
deseas ver el Árbol de la Vida antes tendrás que ganártelo.
Sin decir nada más Dorian, Homero y Talos abandonaron los
Jardines Colgantes y Babilonia. Nínive, la nueva capital asiria, sería
su próximo destino.

Nínive, finales de la primavera del 723 a.C.

Aunque Nínive no era la capital de los asirios resultaba ser una ciu-
dad enorme, pensó Dorian mientras cruzaban las puertas del recinto
amurallado.
La urbe estaba situada en la confluencia de los ríos Tigris y
Khosr y era un punto de paso obligado para todas las caravanas co-
merciales que cruzaban el norte del Imperio Asirio. Gracias a su po-
sición central en las rutas entre el Mediterráneo y el Índico, recibió
grandes influencias y riqueza de muchos otros lugares. Esto la hizo
convertirse en una de las más grandes ciudades de su tiempo.
El centro político y religioso de los asirios era Assur, pero Nínive
competía con ella en riqueza y mayor potencial de crecimiento. Los
últimos gobernantes asirios así lo entendieron y comenzaron a favo-
recer un gran desarrollo urbanístico, construyendo nuevos palacios
y magníficos templos.
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Los tres nuevos visitantes llegaron por el sur y penetraron por
las Puertas de Assur; allí los guardianes les dieron el alto. Homero
hizo su trabajo con gran eficacia pues fueron conducidos enseguida
a unas habitaciones privadas en un edificio cercano al palacio del
rey donde esperarían la llegada de Sargón.

El victorioso rey de los asirios llegó a la ciudad dos días después,


en medio de una gran pompa y un espectacular desfile militar por
las principales calles de Nínive. Sin prisioneros, la comitiva llevaba
los frutos de su victoria en una larga e interminable caravana de
carros; los primeros iban repletos de las cabezas de los vencidos,
para mayor regocijo de los habitantes de Nínive.
En cuanto se hubo instalado en su palacio mandó llamar a Do-
rian, Talos y Homero.
Sargón miró con un brillo de profundo interés a Dorian.
—¿Todavía sigues interesado en nuestro Árbol de la Vida, hele-
no?
Dorian respondió con firmeza y resolución.
—Sí, necesito hablar con vuestro dios.
Sargón se acercó a Dorian y le miró directamente a los ojos.
—Pues, como te dije, deberás ganártelo.
—¿Qué necesitas de mí?
—La cabeza de un hombre. Tráemelo y te conduciré yo mismo
hasta el Árbol de la Vida.
—No soy ningún asesino, rey Sargón. No mataré a ningún ser
humano.
—Bien, pero puedes traerme al hombre con su cabeza aún pega-
da a su cuerpo, con vida, si lo deseas. Yo me encargaré de su cabeza
después.
Viendo que el silencio de Dorian confirmaba su petición, Sargón
continuó con sus explicaciones.
—Yo, Sargón, rey legítimo por designio de Assur, el más grande
entre los dioses, solo tengo un enemigo. Él se llama Kingu —al pro-
nunciar el nombre de su rival el tono de voz de Sargón mostró un
profundo rencor— intenta proclamarse heredero de los antiguos
antepasados reales. Yo, solo yo ¡soy el legítimo rey!

40
¿Por qué repite dos veces que es un rey legítimo? ¿Tal vez porque no
lo es realmente?
—Debes traerme a Kingu para exterminar esa plaga contra mi
legítimo cargo. Y lo más importante; rescatar a mi hijo el príncipe
Senaquerib con vida. Él es el encargado de continuar con nuestra
legítima dinastía y ha sido secuestrado por esa alimaña.
—¿Y dónde puedo encontrar a tu enemigo?
—Vive en una cueva a dos jornadas de aquí.
—¿Y por qué me necesitas a mí? Sabes dónde se encuentra tu
enemigo y tus fuerzas son imposibles de derrotar.
—Bueno, no es tan sencillo como parece. Es un hechicero loco
que vive rodeado de unos leones gigantes, imposibles de vencer por
un ser humano, aunque este ser humano esté bendecido con la glo-
ria de ser rey. Son bestias imposibles de matar; lo hemos intentado
varias veces sin éxito. Tal vez tú puedas tener éxito donde otros han
muerto.
Dorian vio por dónde iban los deseos del rey asirio; luchas dinás-
ticas, pensó.
—Acepto el encargo. Volveré con tu hijo con vida y con Kingu
prisionero para ti.

Dos días después la entrada de la cueva apareció ante los ojos de


Dorian.
Homero y Talos se habían quedado en Nínive; el Íroas no permi-
tió a sus dos compañeros de viaje el sufrimiento y la posible muerte
ante aquel extraño desafío.
La boca de la gruta se abría en la ladera de una enorme mole de
piedra calcárea; parecía una enorme garganta oscura con ánimo de
alimentarse. Entró en ella sin la menor dilación.
La oscuridad le cerró el paso. Sus ojos tardaron un poco en acos-
tumbrarse a aquella negrura. Pronto vio que no era tal; una luz muy
tenue de origen desconocido resbalaba por las húmedas piedras
como la misma agua.
Recordó los ejercicios allá en el Metamundo y repitió la expe-
riencia.
Cerró los ojos y buscó energía.

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Sin su visión humana la caverna se manifestó de una forma níti-
da; la humedad acumulada en las rocas actuaba como un manto de
luz en medio de la oscuridad.
Avanzó, lentamente, pero con seguridad, por una senda en me-
dio de las rocas.
Sentía, a través de la visión del agua, las formaciones ocasiona-
das por el carbonato cálcico de origen hídrico. Conos invertidos
pendían de la parte superior y, algunos, se unían con sus homóni-
mos del suelo formando verdaderas columnas. El agua impregnada
en esas formaciones le daba a Dorian una curiosa visión del interior
de la gruta.
Cada vez las formaciones de columnas fueron más numerosas y
llegó un momento que su visión energética se esfumó.
Dorian abrió los ojos.
Una fuerte luz impactó en sus ojos obligando a los párpados a
velar por su protección. Poco a poco fue acostumbrándose a las
nuevas condiciones lumínicas.
Cuando pudo mirar dónde se encontraba, el espectáculo le hizo
abrir la boca de sorpresa.
Se hallaba en el interior de una enorme bóveda en la parte más
profunda de la gruta. Las columnas se multiplicaban como el más
frondoso de los bosques y aparecían por doquier. La altura del te-
cho era tal que solo tras tocar su occipital con su espalda pudo ver
donde finalizaban las columnas más próximas a él. Aquello era un
verdadero santuario. Y un santuario debe tener un dios.
Un rugido de origen felino atrajo su atención. El sonido fue un
eco rebotado entre aquel bosque de columnas, pero llegó hasta sus
oídos de una forma muy limpia.
Los leones gigantes explicados por Sargón, fue lo primero que
vino a su mente.
Avanzó por una estrecha senda abierta entre las columnas. El ca-
minito se abría a medida que penetraba en medio de aquella enor-
me y natural sala hipóstila.
Al fin llegó hasta el origen del rugido.
Una enorme manada de ligres le cerraba el paso.
Un ligre era el resultado del cruce entre un león y una tigresa.

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El animal cogía atributos físicos de ambas especies. Patas cortas y
robustas, líneas suaves pero perfectamente visibles en su lomo, y el
rostro rodeado por una espesa melena en los machos y desprovista
de ella en las hembras. Pero lo más destacable era su tamaño: llegan-
do a medir más de cuatro metros en los ejemplares más grandes del
interior de la caverna. Unas enormes mandíbulas le convertían en
un depredador muy peligroso.
Dorian no pudo contar el número de ejemplares, pero calculó
que el número de animales superaba la treintena.
Los ligres le habían visto y algunos comenzaron a levantarse en
su dirección.
Una voz humana resonó en la cueva.
—¿Quién eres, intruso?
Dorian buscó el origen de aquella voz. En una zona a media
altura, en una de las paredes que cerraban la enorme cúpula, un
saliente, a modo de balcón, sostenía un ser humano. O eso le pareció.
Agudizó sus ojos caninos y vio un ser deforme. Iba encorvado
como consecuencia de una gran joroba en la parte alta de su espalda.
El brazo derecho era claramente más corto que el izquierdo. Su
rostro, monstruoso, presentaba signos de gran deformidad: sus ojos
saltones casi tenían los globos oculares en el exterior; su cabeza
mostraba una alopecia total y una enorme prominencia en hueso
parietal completaba su grotesca imagen.
—Busco a Kingu y a Senaquerib, el hijo de Sargón —Dorian
gritó para que desde las alturas se oyese bien su voz. Mientras los
ligres continuaban acercándose.
Una risa de imposible origen humano resonó por toda la cúpula
cavernosa.
—No te he preguntado que buscas, sino quién eres. Me gusta
saber a quienes se van a comer mis animalitos.
¿Animalitos? ¿Así llama a estas bestias?, pensó Dorian.
—Me llamo Dorian y si conoces a Kingu tengo una propuesta
que hacerle.
—No necesito nada de ti, extranjero. Y tú estás a pocos minutos
de perder tu vida, aprovecha lo poco que te queda.
—Tú no eres Kingu, haz el favor de llamar a tu amo o él mismo
te castigará por tu insolencia.
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La voz del ser deforme adquirió un tono de ira.
—¡Yo soy Kingu! Y no necesito nada de ti, nada.
Dorian activó el poder de Hera, la persuasión, y lo focalizó hacia
Kingu. El enfado era el canalizador adecuado para la persuasión.
—Debes dejarme hablar; después, si lo deseas, que tus animali-
tos intenten comerme. Pero escucha mis palabras.
Una vez más, Hera, con su sublime poder femenino, consiguió
su propósito.
—Está bien, sube hasta esa roca, mis animales te dejarán pasar
—Kingu señaló una formación rocosa a medio camino entre am-
bos. Desde allí se oirían mucho mejor sin necesidad de forzar tanto
las voces.
Pero tenía que cruzar por el medio de la manada de ligres.
Tuvo miedo.
Su parte humana estaba salpicada por el terror y solo su parte di-
vina mantenía su apariencia intacta. Aquellos animales poseían una
esencia adecuada para infundir terror a los humanos. Una creación
más allá de la simple naturaleza.
Los ligres no se apartaron ni un palmo. Los animales le miraban
con cara de famélicos y alguno de ellos rugió agresivamente al pasar
cerca aquel humano.
Dorian consiguió llegar hasta el promontorio rocoso sin ser ata-
cado por ninguna bestia. Pero ahora estaba totalmente rodeado de
aquellos seres híbridos.
Kingu no es ningún necio, pensó Dorian. Es listo, deberé ser pru-
dente.
—Habla, extranjero. ¿Has venido a matarme por encargo de Sar-
gón?
—No estoy aquí para acabar con tu vida, Kingu. Solo deseo lle-
varte ante él y que Sargón recupere a su hijo. Por eso estoy aquí.
Una carcajada metálica hizo eco entre las columnas cálcicas.
—¿Y por qué piensas que voy a dejarme? Eres un imbécil —con-
tinuó con su risa.
—Porque en el fondo no deseas estar aquí. Este no es tu sitio.
La carcajada se detuvo al instante. Kingu le miraba con sus pecu-
liares ojos, fijamente.

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—¡Qué sabes tú, extranjero! ¡Nada! ¡No sabes nada de nada!
—Tú eres el legítimo rey de los asirios, Sargón te expulsó.
La sorpresa impregnó el rostro de Kingu.
—¡Es una trampa para matarme! Mis animalitos van a acabar
contigo. ¡Estás muerto!
—No te miento, Kingu. Puedo darte una oportunidad para lu-
char por lo que te pertenece por derecho de nacimiento. Pero debe-
rás entregarte. Y darme al hijo de Sargón.
—¡Cállate, malnacido! ¿Qué sabes tú? Si Sargón me tuviese en
sus manos me cortaría la cabeza antes de poder contar hasta tres
—y dirigiéndose hasta los ligres pronunció un sonido profundo y
gutural—. Ahora morirás.
Los ligres reaccionaron ante aquel sonido de Kingu; como im-
pulsados con un resorte se pusieron en movimiento.
Dorian no se quedó quieto. Desde aquella posición era vulne-
rable, pues estaba totalmente rodeado. Necesitaba tener la espalda
cubierta.
De un fuerte salto, como si fuese un saltamontes, aterrizó en uno
de los laterales de la enorme cúpula. A su espalda, una espesa co-
lumnata le protegía la retaguardia.
El primero de aquellos ligres estaba muy cerca.
Y solo atacó el primero de los animales; un enorme macho, con
una hermosa melena. El resto rodearon a los dos oponentes en es-
pera del desenlace. Dorian, sin armas, no tenía intención de matar
a un ninguno de aquellos animales. El ligre atacó sin piedad. Sus
enormes patas delanteras, con unas garras afiladas, eran semejantes
a dos mazas. El animal se lanzó a por el humano.
Dorian intentó esquivarlo, pero el ligre era tan rápido como
él mismo y no cayó en la treta. Impactó de lleno en los brazos de
Dorian; este solo podía oponer sus extremidades superiores ante
aquel formidable adversario.
El ligre con sus colmillos babeantes intentaba morderle en la
cabeza y el cuello. Dorian, con un fuerte movimiento, se desplazó
a un lado y el ligre cayó al suelo, de espaldas. De un salto el heleno
atacó al felino a base de puñetazos y golpes.
Un zarpazo del ligre alcanzó la espalda de Dorian.

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Este lanzó un grito de dolor y cuatro líneas color carmesí empa-
paron su túnica blanca. Se apartó del animal de un fuerte salto.
Animal y hombre compartían la misma velocidad, pero el felino
tenía mucha más fuerza, pesaba más y poseía unas formidables
armas en sus zarpas y en su boca. Dorian pensó que luchando no
tenía posibilidad alguna de derrotarlo ¡y otros treinta aguardaban
su turno tras el primero!
Cerró los ojos y contempló la carga energética del animal. Era
blanca, como cualquier ser vivo, pero vio unas tenues líneas azules
allí donde estaba la cabeza de aquella bestia.
El color azul significaba divinidad.
¿Un animal divinizado como yo?
Sintiendo cómo el ligre saltaba de nuevo en su búsqueda él le
esquivó, pero manteniendo su visión energética. Un nuevo salto
del felino y ambos contendientes se cogieron por las extremidades
superiores; como dos danzantes.
Dorian continuaba con los ojos cerrados. Intentaba dirigir unos
filamentos de energía propia hacia la coloración azul en la cabeza
del ligre. El animal empujaba con fuerza, el humano resistía con
todas las dificultades del mundo.
Un filamento de Dorian consiguió alcanzar la estela azul.
El ligre se calmó enseguida.
El animal se puso a cuatro patas y agachó la cabeza.
Dorian aprovechó el momento para incrementar los filamentos;
hasta cuatro hilillos de energía se posaron en la cabeza del felino.
Allí Dorian depositó parte de su propia energía creando un vínculo
definitivo entre ambos.
El ligre se sentó a sus pies, como el más manso de los gatitos.
Dorian abrió los ojos. No tendría suficiente energía para domar
al resto de los animales, tendría que buscar tiempo. Pero al mirar al
resto de los ligres vio cómo todos repetían la actitud de mansedum-
bre del primero.
Acarició a este con unas palmadas en la parte superior la cabeza.
El animal ronroneó con satisfacción y le lamió la palma de la mano.
Dejó a los ligres y ascendió hasta la balconada natural donde an-
tes había estado Kingu. Una apertura, como una puerta, conducía

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hasta una oquedad dentro de la propia roca.
Un chillido de origen humano le mostró el camino a seguir.
Unas antorchas iluminaban el pasillo rocoso.
Al final llegó hasta una nueva apertura; allí encontró a Kingú.
Este tenía cogido por el cuello a un chico de no más de diez años.
Senaquerib, pensó.
—¡No te muevas o le rebano la cabeza al chico! —un cuchillo
con una enorme hoja amenazaba el cuello de Senaquerib. El mu-
chacho lleno de orgullo se mantenía firme y decidido a no mostrar
debilidad o miedo alguno.
—De acuerdo, me quedo quieto. Hablemos, Kingu.
—¡Eres un verdadero demonio! No sé cómo lo has hecho, pero
a mí me costó mucho tiempo dominar al jefe de la manada. ¡Eres
un brujo!
—¿Por qué has secuestrado al hijo de Sargón?
—El malnacido de Sargón me arrebató mi trono, mi ciudad y
asesinó a mi hijo.
—¿Qué deseas a cambio de la vida de Senaquerib?
—El derecho a recuperar mi trono. Solo eso.

Adasi tenía el infortunio de su lado. Desde el ataque a Babilonia


parecía que el dios Assur le había dado la espalda.
Primero por ser el único de su batallón, durante la lucha contra
los rebeldes babilonios, que perdió el conocimiento a consecuencia
de una pedrada. Ello le impidió participar del expolio de la ciudad.
No pudo violar ninguna mujer, ni conseguir nada de oro.
Después al llegar a Nínive todos sus compañeros fueron conde-
corados por su valentía frente al enemigo. Él se perdió ese recono-
cimiento y fue degradado por considerar indigna su actitud en la
batalla. El tercer infortunio lo recibió al llegar a Assur.
Allí, en la capital del Imperio Asirio, fue rebajado a guardia de la
puerta de Nabu por su borrachera en Nínive. Ahora sus ojos veían
que su mala suerte no había hecho más que comenzar.
Se acercaban tres individuos con una manada de enormes fieras.
Adasi no supo distinguir si eran leones o tigres pues los animales te-
nían atributos de ambas especies. Pero sí dedujo el enorme tamaño
de los animales.
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Aquello solo podía significar problemas y de los gordos.
Uno de los tres hombres fue quien habló; era un individuo alto y
con el color de pelo pajizo.
—Soy Dorian y tengo una cita con tu rey Sargón; anúnciame a
él.
Adasi buscó la confirmación en el oficial de guardia y dejó pasar
a los tres nuevos visitantes y a la manada de bestias.

Una vez dentro del palacio del rey, Sargón los recibió en el Salón
de Audiencias; una sala enorme flanqueada por unas curiosas
esculturas pétreas: representaban unos animales con cuerpo de toro,
cabeza de hombre y con unas enormes alas; lamasus, así los llamaban
los propios asirios. Eran, según distintas versiones, los protectores
de la ciudad contra los leones, los principales antagonistas de los
lamasus.
El Salón de Audiencias estaba repleto de la nobleza asiria. Talos
y Homero estaban en un rincón de la sala; habían acudido al saber
de la llegada de Dorian.
Todo el séquito compuesto de Dorian, Kingu, Senaquerib y la
treintena de ligres, que no dejaban a Dorian ni a sol ni a sombra,
entró causando un gran revuelo. Todos exclamaron asustados al ver
a los gigantescos animales.
La guardia de Sargón se interpuso delante de los tres recién
llegados impidiéndoles el paso.
Dorian se adelantó hasta el monarca asirio.
—Saludos, rey Sargón. Me presento ante ti como te prometí que
haría, en virtud de nuestro pacto. Te traigo lo que me pediste; a tu
hijo con vida y a Kingu.
Sargón se levantó de su trono y avanzó hasta él.
—¿Y por qué traes hasta mí a toda esta jauría de bestias salvajes?
—Son los protectores para el cumplimiento de nuestro acuerdo,
rey Sargón.
Los ligres tenían rodeados a Kingu y a Senaquerib; para Kingu
representaba su seguridad pues nadie osaría tocarlo, pero para el
joven príncipe resultaban ser unos insuperables carceleros.
—Bien, deja libre al príncipe y entrégame al traidor Kingu. Des-

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pués mis sacerdotes te conducirán hasta el Árbol de la Vida.
—No tan rápido, rey Sargón. Kingu desea hablar delante de toda
tu corte de nobles. Y tiene que ser escuchado por todos.
El rostro de Sargón se contrajo de rabia y enfado. ¿Qué preten-
dían aquellos dos? ¿Restaurar a aquel deforme en el trono de los asirios?
No dijo nada pero reculó y se sentó nuevamente en su trono.
Dorian entendió que accedía a sus peticiones.
A una orden del heleno los ligres formaron un corredor hasta
el rey asirio; permitiendo la llegada de Kingu hasta la real persona
asiria con total impunidad.
Kingu habló.
—Yo soy Kingu, hijo de Salmansar, descendiente legítimo de la
verdadera dinastía de Assur. Sargón, yo te digo, eres un impostor.
¡Devuélveme el trono!
Una exclamación de la mayoría de nobles resonó por toda la sala.
Algunos mostraban su incredulidad a las palabras de Kingu. El hijo
de Salmansar, llamado Kingu, no era deforme y había muerto, de-
cían, atacado por una manada de leones gigantes hacía unos años
atrás.
—No te reconozco. Eres un ser monstruoso y deforme. Eres un
demonio que solo busca su propio bien. ¡No corre sangre real por
tus venas! —exclamó alto y claro Sargón para que todos los presen-
tes en la sala oyeran sus palabras.
Sin dar tiempo a nada más Kingu extrajo su cuchillo y atacó al
rey asirio. Sargón consiguió esquivar la primera estocada pero fue
derribado de su trono. Ambos cayeron rodando por las cuatro esca-
leras de ascensión hasta el trono.
La guardia de Sargón intentó acercarse para salvar a su rey. Pero
el propio Sargón los contuvo.
—¡Dejadnos! Lucharemos y que decida la voluntad de los dio-
ses. Ellos dictarán sentencia.
Sargón extrajo su espada y uno de los guardias le entregó la suya
a Kingu.
A una orden de Dorian los leones crearon un perfecto círculo
donde ambos luchadores podrían batirse tranquilamente sin ser
molestados.

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Dorian examinó a ambos contendientes. Sargón era alto y corpu-
lento, bien formado y con el cuerpo entrenado para luchar. Kingu,
en cambio, era una lástima humana; sus deformidades le convertían
en un ser derrotado de antemano.
Y las previsiones se cumplieron. Sargón venció a Kingu con toda
limpieza de forma rápida. Un movimiento final y su espada seccio-
nó la cabeza de Kingu; esta rodó por el Salón de Audiencias. Sargón
cogió el cráneo por los cabellos y lo mostró a sus nobles. Estos reac-
cionaron con grandes vítores y aplausos.
La victoria supuso la reafirmación de Sargón como rey. De ahora
en adelante nadie dudaría de su legitimidad como monarca asirio.
Dorian permitió que Senaquerib y Sargón se fundieran en un
abrazo guerrero. Nuevos vítores de la nobleza asiria cerraron el acto.

Mientras caminaba el Zigurat apareció a lo lejos. Era una enorme


mole artificial construida con ladrillos cocidos o secados al sol. En
esencia lo constituían varias terrazas superpuestas rematadas con
un templo en su parte superior; ese escalonamiento le confería la
buscada sensación de altitud y majestuosidad.
La comitiva la encabezaban Dorian y Sargón; el rey asirio había
resuelto acompañar al heleno hasta el Árbol de la Vida y ser su máxi-
mo valedor ante el dios Assur. Detrás de ambos Homero y Talos,
simples invitados de piedra en esta historia, junto a Senaquerib y la
treintena de ligres que no dejaban a Dorian ni un momento.
Los asirios salieron a contemplar la curiosa procesión. En poco
rato las calles se llenaron de espectadores silenciosos; la visión de
aquellos gigantescos animales constituía de por sí todo un espec-
táculo.
Al llegar ante la mole de ladrillos Dorian observó cómo una larga
rampa conducía directamente hasta la última terraza; allí una rampa
más pequeña facilitaba el acceso al templo.
Todo el séquito subió por la larga rampa. Al final de ella, en la
última terraza, esperaron todos, animales y personas, a excepción
de Dorian y Sargón; ambos subieron hasta el templo.
Allí aguardaban tres sacerdotes de Assur. Ellos mantenían el re-
cinto sagrado en condiciones y procuraban el agua suficiente a su

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