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Conferencia Episcopal Italiana

Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, el Anuncio y la Catequesis


CARTA
A LOS BUSCADORES
DE DIOS
Presentación: BRUNO FORTE

INDICE
PRESENTACIÓN
ADVERTENCIA PREVIA
LAS PREGUNTAS QUE NOS UNEN
I. FELICIDAD Y SUFRIMIENTO
La experiencia de la fragilidad
¿Qué felicidad?
¿Qué podemos esperar?
II. AMOR Y FRACASOS
Aprender a amar
Renacer cada vez de nuevo en el amor
III. TRABAJO Y FIESTA
¿Por qué el trabajo?
Problemas y desafíos
La dignidad del que trabaja y la fiesta
IV. JUSTICIA Y PAZ
La paz de nuestro día a día
El respeto de lo creado
V. EL DESAFÍO DE DIOS
Más allá de la pregunta de sentido y de esperanza
La posibilidad de la fe
Luchar con Dios
La fe como búsqueda y como paz
VI. JESÚS
El encuentro con Jesús
La novedad de Jesús
La condena a muerte de Jesús
VII. EL CRISTO
El encuentro con el Resucitado
La resurrección ilumina los orígenes de Jesús
La comunidad de los discípulos
VIII. DIOS PADRE, HIJO Y ESPÍRITU
«Yo y el Padre somos una sola cosa»
Un solo Dios
La Trinidad, relación de amor
IX. LA IGLESIA DE DIOS
La comunidad de los hermanos
La comunidad enviada en misión
La comunidad de los creyentes en Jesucristo
La comunidad de amigos y la «esposa del Cordero»
X. LA VIDA SEGÚN EL ESPÍRITU
El Espíritu de Cristo
Los dones del Espíritu
La promesa de la vida plena
María, madre de la esperanza
XI. LA ORACIÓN
¿Cómo rezar?
El camino de la oración
La oración, fuente de amor
XII. LA ESCUCHA DE LA PALABRA DE DIOS
El Dios que habla
La casa de la Palabra
Acoger la Palabra en el silencio y en la contemplación
XIII. LOS SACRAMENTOS, LUGAR DEL ENCUENTRO CON CRISTO
El buen sabor de una vida entregada
Los sacramentos y la vida nueva en Cristo
XIV. EL SERVICIO
Muchos modos de servir
Nuestra vida cotidiana como servicio ofrecido a Dios
Colaboradores de la alegría de todos
El diálogo, estilo del servicio
Más allá de la fatiga de amar
XV. LA VIDA ETERNA
La esperanza última y la penúltima
El destino final

PRESENTACIÓN
Esta «Carta a los buscadores de Dios » se ha preparado por iniciativa de la Comisión Episcopal
para la Doctrina de la Fe, el Anuncio y la Catequesis de la Conferencia Episcopal Italiana, como
material que se ofrece a cualquiera que desee usarla para la lectura personal, además de como
punto de partida para diálogos destinados al primer anuncio de la fe en Jesucristo, dentro de un
itinerario que pueda introducir en la experiencia de la vida cristiana en la Iglesia. El Consejo
Episcopal Permanente aprobó su publicación en la sesión del 22-25 de septiembre de 2008.
Fruto de un trabajo colegial que ha implicado a obispos, teólogos, pastoralistas, catequistas y
expertos en comunicación, la Carta se dirige a los «buscadores de Dios», es decir, a todos los que
andan a la búsqueda del r ostro del Dios vivo. Lo son los creyentes, que crecen en el conocimiento
de la fe justo a partir de preguntas una y otra vez nuevas, y cuantos —aunque no crean— advierten la
hondura de los interrogantes acerca de Dios y de las cosas últimas. La Carta desearía también suscitar
atención e interés en quien no se siente a la búsqueda, con pleno respeto de la conciencia de cada uno,
con amistad y simpatía hacia todos.
El texto parte de algunas cuestiones que nos parecen difundidas en la experiencia vital de muchos,
para proponer después el anuncio cristiano y responder a la pregunta: ¿dónde y cómo encontrar
al Dios de Jesucristo? Obviamente, la Carta no pretende decir todo: quiere más bien sugerir, evocar,
atraer hacia una posterior profundización, para la cual se remite a instrumentos más aptos y
completos, entre los que sobresalen el Catecismo de la Iglesia Católica y los Catecismos de la
Conferencia Episcopal Italiana.
La Comisión Episcopal espera y desea que la Carta llegue a muchos y suscite reacciones, respuestas,
nuevas preguntas, que ayuden a cada uno a interrogarse sobre el Dios de Jesucristo y a dejarse
interrogar por Él. Por eso, confía estas páginas al Señor y al que las lea, para que sea Él quien lo haga
instrumento de su gracia.

Bruno Forte
Arzobispo de Chieti-Vasto
Presidente de la Comisión Episcopal
para la Doctrina de la Fe, el Anuncio y la Catequesis
Conferencia Episcopal Italiana
Roma, 12 de abril de 2009, Pascua de Resurrección

ADVERTENCIA PREVIA
Como creyentes en Jesucristo, animados por el deseo de dar a conocer a Aquel que ha
proporcionado sentido y esperanza a nuestra vida, nos dirigimos con respeto y amistad a todos
los buscadores de Dios. Los reconocemos en tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo, al
observar la situación de difusa inquietud, que no nos parece posible ignorar. Se trata de una
inquietud que hemos detectado también en nosotros mismos y que se expresa en estas preguntas,
que anidan en el corazón de muchos: Dios, ¿quién eres para mí? Y yo, ¿quién soy para Ti?
Nos damos cuenta de que, habitualmente, estas preguntas se formulan con palabras muy
diferentes a las reseñadas. Sabemos también que a veces esas preguntas son sofocadas,
maltratadas, malentendidas o tal parece que lanzadas inútilmente hacia horizontes indescifrables.
Con todo, tenemos la impresión de que el interrogante sobre el misterio último que a todos nos
envuelve y, como consecuencia, sobre el sentido de nuestra existencia, está ampliamente difundido.
Incluso nos preocupa tener que constatar que a veces, por distintas razones, se ahoga nada más
nacer o corre el peligro de atascarse.
Esto es lo que nos ha impulsado a escribir una «carta» a quienes buscan y, a menudo, se esfuerzan
por hallar una respuesta a las preguntas más profundas de su corazón, así como a quienes ya han
dejado de buscar, resignados o desencantados. Deseamos que sea un diálogo entre amigos, el
punto de partida para ponernos a reflexionar juntos con verdad y transparencia. Una «carta» que
es más bien un conjunto de cartas, algo así como lo son algunas del apóstol Pablo, por emplear
un ejemplo familiar a los que conocen las Sagradas Escrituras.
Pedimos a quien lea estas páginas que las interprete como un gesto de amistad. Las hemos
titulado «Carta a los buscadores de Dios» porque entendemos que quien busca razones para vivir,
en el fondo, busca de alguna manera a Dios: queremos proponer un camino para encontrar a Jesús,
el Cristo, el Hijo del Dios vivo que habita entre nosotros, Aquel que rompe nuestros esquemas
y nuestras expectativas, pero también el único al que consideramos que puede darnos el agua que
salta hasta la vida eterna.
Se trata, pues:
— de una invitación a reflexionar juntos sobre las preguntas que nos unen (parte I);
— de un testimonio, enfocado a dar razón de la esperanza que está en nosotros (parte II);
— de una propuesta hecha a quien busca la r uta de un encuentro posible con el Dios de Jesucristo
(parte III).

Primera parte

LAS PREGUNTAS QUE NOS UNEN


En esta primera parte, tratamos de echar una ojeada al corazón de todos, capaz de ir más allá de
las apariencias. Constatamos así la presencia de una vaga expectativa de algo —o de Alguien— al
que confiar el deseo personal de felicidad y de futuro, y que esté en condiciones de desvelamos un
sentido que lleve a que nuestra existencia sea buena y digna de ser vivida.
Ciertamente, no cabe olvidar que este sueño de felicidad y de futuro se percibe de maneras
diversísimas y se manifiesta con muchos nombres. Vamos a intentar descifrarlo, organizándolo en
torno a algunas preguntas concretas. Hemos elegido unos cuantos interrogantes, que creemos
atraviesan acontecimientos, personas, experiencias de alegría y de limitación, reconocibles en la
vida de cada uno.
Se trata de las preguntas que atañen a nuestra existencia, a nuestro destino y al sentido de lo que
somos y hacemos, además de a todo lo que nos rodea. Son interrogantes que, para afrontarlos en
serio, requieren la valentía de la búsqueda de la verdad, así como la libertad del corazón y de la
mente. Como discípulos de Jesús, nos parece discernir en estas múltiples expectativas un fuerte
requerimiento de encuentro con el Dios que Él nos ha revelado.

I. FELICIDAD Y SUFRIMIENTO
Somos buscadores de felicidad, apasionados y jamás saciados. Esta inquietud nos aúna a todos.
Casi parece que sea la dimensión más poderosa y consistente de la existencia, el punto de
encuentro y de convergencia de las diferencias. No puede ser de otra manera: nuestra vida
cotidiana es el punto del que brota la sed de felicidad. Nace con el primer aliento de vida y se
apaga con el último. En el camino entre el nacimiento y la muerte, todos somos buscadores de
felicidad.
Ciertamente, esta experiencia común se desperdiga en mil direcciones diferentes. Todos podemos
reconocernos en el anhelo de felicidad, pero ¿qué felicidad deseamos?, ¿cómo la buscamos?, ¿qué
instrumentos nos aseguran su posesión?; y los demás, en esta búsqueda apasionada, ¿qué lugar
ocupan?
Algunos han acusado a la tradición cristiana de oponerse al afán de felicidad, de mirar
excesivamente al futuro y olvidar el presente. A los creyentes en Cristo, alguna vez se les ha
echado en cara el precio excesivo que hay que pagar para asegurarse la felicidad, o se les han
reprochado los modelos con sabor de renuncia, incluso un tanto masoquista, presentados como
condición para alcanzar la felicidad. Algunos han tomado la determinación de que, para restituirle
el derecho a la felicidad, al hombre hay que liberarlo de Dios.
Las provocaciones nos desafían y nos estimulan a pensar, llevándonos a descubrir en la raíz de la
experiencia cristiana la figura de Jesús, que nos ofreció el rostro de un Dios amante de la vida y de la
felicidad del hombre. Por lo demás, las crisis en la relación entre vida y felicidad no solo nos
atañen a los cristianos. Cualquiera que ama la vida y busca la alegría duradera para sí mismo y para
los demás, ciertamente, no se contenta con propuestas que vinculan la felicidad únicamente a la
posesión, a la conquista, al poder, al solo placer, al egoísmo personal o de grupo.

La experiencia de la fragilidad
Como creyentes, tenemos una convicción irrenunciable, que proviene de nuestra experiencia
cristiana. Fundados en ella, tratamos de entendernos con todos los que prefieren la vida a la
muerte y buscan la felicidad como la cualidad profunda de esta misma vida. La vida es bella, a pesar
de todas las pruebas y contrariedades, porque existimos y experimentamos el amor.
Ciertamente, no para todos es así. La vida está marcada en todas sus fases y formas por la
fragilidad: la fragilidad del recién nacido, del niño, del anciano, del enfermo, del pobre, del
abandonado, del marginado, del inmigrante, del encarcelado. En todas las edades se dan
sufrimientos físicos, psíquicos, sociales. Del mismo modo que acontece con la felicidad, también la
experiencia del dolor nos aúna a todos.
Al igual que en cada situación humana se experimenta la fragilidad, así cada ambiente
vital es fruto de un frágil equilibrio. En los rostros de las familias hay con frecuencia más
lágrimas que enjugar, que sonrisas que recoger. En la vida se presentan padecimientos que se
ciernen sobre nosotros en contra de toda expectativa nuestra, y se dan también sufrimientos que
nacen de nuestros errores y de nuestras culpas, esas que elaboramos con nuestras propias manos:
cuando, por ejemplo, otorgamos prioridad al tener sobre el ser; cuando nos cargamos de cosas
inútiles; cuando damos precedencia a las cosas sobre las personas, a los intereses materiales sobre
los afectos.
La fragilidad sigue siendo un gran desafío: desde siempre ha suscitado interrogantes,
problemas, dudas. Un personaje de la Biblia se ha convertido en punto de referencia para quienes
tienen la valentía de recapacitar sobre el dolor. Se trata de Job: su nombre lo usamos para referirnos
tanto a quien sufre injustamente como a quien justamente tiene motivos para lamentarse. Con Job
nos planteamos: ¿por qué debemos sufrir y morir?
Muchos desconocen las palabras que la Biblia pone en labios de Job en el momento en que el
contacto con el dolor se le vuelve insoportable. Palabras similares hemos gritado quizá nosotros
mismos, una o muchas veces:
Perezca el día en que nací...
¿Por qué no morí en el seno de mi madre y no expiré recién salido del vientre? ¿Por qué me
acogieron dos rodillas,
y dos pechos me amamantaron?...
Como el esclavo suspira por la sombra y el jornalero espera su salario,
así me han tocado a mí meses de desgracia
y noches de dolor se me han asignado... Recordad que ¡ni vida es un soplo,
mis ojos ya no volverán a ver la dicha.
(Jb 3, 3.11-12; 7, 2-3.7)

¿Qué felicidad?
Nos cuesta aceptar que el sufrimiento constituya una escuela para descubrir qué es la vida
y la felicidad. A pesar de todas nuestras reflexiones y protestas, en efecto, la debilidad, el
dolor y la muerte siguen siendo un misterio.
La cultura moderna, al no saber dar respuesta a estos desafíos, intenta esconderlos tras la vorágine
del consumismo, del placer, de la diversión, del no pensar. Sin embargo, de este modo se niega el
significado profundo de la debilidad y de la vulnerabilidad humanas, y se ignora el peso del
sufrimiento o su valor y dignidad. Y esto vuelve a los hombres interiormente áridos e induce a vivir
de manera superficial.
La experiencia de la fragilidad, de la limitación, de la enfermedad y de la muerte puede enseñarnos
varias cosas fundamentales. La primera es que no somos eternos: no vivimos en este mundo para
permanecer en él para siempre; somos peregrinos, estamos de paso. La segunda es que no somos
omnipotentes: a pesar de los progresos de la ciencia y de la técnica, nuestra vida no depende
únicamente de nosotros; nuestra fragilidad es un signo evidente de la limitación humana. Por
último, la experiencia de la fragilidad nos enseña que los bienes más importantes son la vida y el
amor: la enfermedad, por ejemplo, nos obliga a ordenar del modo debido las cosas que realmente
cuentan.
La fragilidad supone también un gran reto para la fe en el Dios de Jesucristo. El Señor nos ha
creado para la vida, para la felicidad. ¿Por qué, entonces, permite el dolor, el envejecimiento, la
muerte? ¡Cuántas preguntas ante un dolor o un fallecimiento que hace sangrar el corazón! Cabe
incluso afirmar que el sufrimiento y la muerte constituyen el mayor desafío contra Dios. Hay quien se
ha declarado «ateo» por amor de Dios, para justificar su ausencia y su silencio ante el dolor
inocente.

¿Qué podemos esperar?


Las preguntas se multiplican. Cada cual tiene las suyas. Si bien se piensa, cambian las palabras,
pero el grito se mantiene, común y compartido por todos: albergamos un gran anhelo de vida, de
felicidad, de seguridad y de tranquilidad, pero el dolor, la fragilidad y la muerte parecen hechos
aposta para descabalar todo eso. ¿Tenemos que resignarnos? ¿Apagar las ganas de vivir, refrenando
nuestros impulsos? ¿Hemos de reconocer que esta no es nuestra casa y remitir todo a un después,
cuando al fin estaremos en casa?
Ahora bien, esta casa, lejana y no experimentable, ¿existe realmente o es una ilusión, más o
menos como sucede con tantos proyectos que forjamos con nuestras ambiciones y acaban
dejándonos un amargo sabor de boca? Alguno va más allá, pensando: dejemos de soñar y
contentémonos con lo que podemos tener en mano. Paciencia, por tanto, si hemos de robarlo
violenta o astutamente a otros. Esta es la vida. ¿No es más sabio resignarse?
Nuestra experiencia cotidiana se ve tentada con frecuencia a caer en la resignación o en el
cinismo; sin embargo, siente continuamente una fuerte necesidad de esperanza. ¿Pero qué significa
esperar? La esperanza tiene que ver con la alegría de vivir. Supone un futuro que aguardar, que
preparar, que desear. Notamos que la esperanza requiere y suscita unidad en el corazón: da sentido
y motiva todo sentimiento nuestro, toda aspiración, todo proyecto. Promueve también unidad en la
historia personal: en tantas cosas que pensamos y hacemos cada día, puede proporcionarnos un
hilo conductor que aglutina e ilumina todo. Si hay esperanza, hay paciencia, además de la oportuna
vigilancia que sabe calibrar las cosas e impulsa a aplicarse en cada una.
No se puede vivir sin esperanza: sería como vivir sin conseguir dar una respuesta inicial a la
pregunta sobre «por qué estoy en el mundo». Todos tenemos necesidad de un horizonte de
sentido, a fin de poder afirmar algo verdadero sobre nuestro futuro. Tiene sentido esperar que lo
que deseamos se hará realidad; al igual que tiene sentido esperar el éxito en cada uno de los
asuntos que pretendemos. Existe una esperanza a nivel personal y una esperanza a nivel histórico-
cósmico. El tiempo y las circunstancias son importantes para dar un contexto y un contenido a
nuestras esperanzas.
Existe una esperanza que nace y crece gracias al trato con las personas; es más, ciertos contactos,
abiertos al diálogo y a la colaboración, generan esperanza, porque nos hacen sentirnos acogidos
y buscados, y nos estimulan a la acción. Ahora bien, ¿cabe pensar y desear la esperanza como
don que nos viene de modo imprevisible, como una intervención no solamente humana? ¿Un
don que trasciende nuestras posibilidades, nuestros proyectos, nuestros horizontes?
En los momentos más felices, así como en los más profundos, incluso cuando los padecemos,
soñamos con una esperanza que cree y que ama: la esperanza de quien se siente amado, buscado,
sostenido cotidianamente, con un crescendo de sentido, de alegría, de operatividad constructiva, que
va más allá del final de todo. ¿Es esta la esperanza que viene de Dios?
II. AMOR Y FRACASOS
Estamos hechos para amar. El amor da la vida y vence a la muerte: «Si tengo una certeza
indestructible, esta es la de que un mundo abandonado por el amor debe hundirse en la muerte,
pero que allí donde el amor per dura, donde triunfa sobre todo lo que querría envilecerlo, la muerte
ha sido definitivamente vencida » (Gabriel Marcel). Somos conscientes de ello, si bien las
palabras que pronunciamos y los hechos que entretejen nuestra existencia no están en condiciones
de expresar eso que hemos intuido y que deseamos. Nos atemorizan las personas áridas,
desencantadas del anhelo de amar y de ser amadas.
En amor es irradiante, contagioso, origen primero y nuevo cada vez de la vida. Por amor hemos
nacido. Por amor vivimos. Ser amados entraña alegría. Sin amor, la vida se vuelve triste y vacía. El
amor supone una salida airosa de uno mismo, para ir hacia los demás y acoger el don de su
diferenciación de nuestro yo, superando en ese encuentro la incertidumbre de nuestra identidad y la
soledad de nuestras seguridades.

Aprender a amar
La del amor es la historia más personal de nuestra existencia. Reconocemos sus trayectos y
proclamamos los hitos que la jalonan. Sin embargo, a menudo nos encontramos fatigados, cansados,
tentados de pararnos al borde del camino por culpa de desilusiones e incertidumbres.
Reconocemos que en la ruta del amor siempre hay una procedencia, una acogida y un porvenir.
La procedencia es el salir de uno mismo con generosidad en la entrega, por el solo gozo de amar:
o el amor nace de la gratuidad o no existe. La acogida es el grato reconocimiento del otro, el gozo y
la humildad de dejarse amar. El porvenir es la entrega que se hace acogimiento y el acogimiento
que se hace entrega, la liberación de uno mismo para ser uno con el otro y en el otro, mediante una
comunión recíproca y abierta a los demás, que es libertad.
Todo esto resulta arduo. Mil obstáculos se interponen en el camino y a menudo lo bloquean. Basta
echar un solo vistazo al mundo de las relaciones humanas para constatar la evidencia de tantos
fracasos del amor, una evidencia que a veces se muestra incluso clamorosa e inquietante. Estamos
hechos para amar y, sin embargo, descubrimos que casi no somos capaces de lograrlo. Originados
por el amor, con gran frecuencia nos parece que no sabemos suscitar amor.
¿Por qué? Nos lo planteamos cuando la nostalgia de intensas y límpidas experiencias de amor
traspasa nuestra existencia y colorea nuestros sueños. Alguno, recogiendo de su propia
experiencia las palabras, sugiere razones y perspectivas para este cansancio de amar; todas ellas, en
cualquier caso, han de comprobarse en primera persona. La posesividad, la ingratitud y la tentación de
secuestrar al otro se yerguen como las formas que más habitualmente paralizan el camino del amor.
La posesividad paraliza el amor porque impide la entrega, bloqueando el corazón con una ávida y
ficticia acumulación de riqueza para uno mismo. La ingratitud es lo opuesto al reconocimiento
gozoso. Impide acoger al otro y empobrece el alma, porque donde no hay gratitud, la entrega
misma se desvanece. El secuestro es fruto de los celos y, a la vez, del temor a perder el instante
poseído: en una suerte de saciedad ilusoria, cierra la mirada hacia los demás y al porvenir. ¿Cómo
superar estas resistencias? ¿Cómo ser capaces de amar más allá de toda posesividad, ingratitud y
aprisionamiento del corazón? ¿Quién nos hará capaces de amar?

Renacer cada vez de nuevo en el amor


Hemos buscado palabras para hablar de nuestro amor, eso que nos hace nacer, vivir y
esperar. Hemos tenido que usar palabras amargas, tales como desilusión, fracaso, traición,
incertidumbre, cerrazón, egoísmo. No todo es así, por fortuna.
Nuestra experiencia del amor sabe renacer. Hablamos de fracaso precisamente porque soñamos con
experiencias diferentes. Soñamos con experiencias nuevas porque otros, amigos cercanos o
desconocidos, nos devuelven la confianza en el amor y la seguridad en su victoria, a pesar de todo.
El choque entre amor y traición nos pone realmente en una situación de inquietud, que
descubrimos siempre presente y siempre nueva, por mucho que nos parezca que ya la habíamos
superado y resuelto. En el silencio de nuestro corazón inquieto detectamos una pregunta que
envuelve todo el misterio de nuestra existencia y se proyecta hacia el futuro, aun cuando
hallemos respuestas que parezcan satisfactorias.
La respuesta que debemos hacer muy nuestra es sobre todo la que dé cada uno de nosotros a esta
pregunta. Cada cual está llamado a mostrarla en su historia personal y a proporcionarse a sí mismo
sus buenas razones para amar y para superar las resistencias a amar, a partir de la propia vivencia.
Sin embargo, la solidaridad que nos une impele a romper el silencio y a formular cada uno
propuestas a los demás.
Sí, albergamos una inmensa necesidad de amar y de ser amados. Realmente, «el amor es lo que
hace existir » (Maurice Blondel). El amor es lo que vence a la muerte: «Amar a alguien significa
decirle: ¡tú no morirás!» (Gabriel Marcel). Eugenio Montale expresa intensamente esta necesidad,
que a la par es nostalgia, deseo y expectativa, en los versos escritos tras la muerte de su mujer, donde
la ausencia de la persona amada es justamente lo que le lleva a percibir la importancia del amor, que
sobrevive por encima de toda fragilidad e interrupción:
Bajé, dándote el brazo,
al menos un millón de escaleras
y, ahora que no estás, el vacío me aguarda en cada escalón.
Aun así fue breve nuestro largo viaje.
El mío dura todavía, y ya no se me presentan las coincidencias,
las preanotaciones, las trampas, las humillaciones de quien cree
que la realidad es la que se ve.
Bajé millones de escaleras dándote el brazo
y no porque con cuatro ojos posiblemente se vea mejor.
Contigo las bajé porque sabía que de nosotros dos
las solas pupilas verdaderas, a pesar de estar tan enceguecidas,
eran las tuyas.
En esta necesidad de renacer siempre de nuevo al amor nos parece reconocer una nostalgia: la de un
amor infinito...

III. TRABAJO Y FIESTA


El trabajo es un derecho y una responsabilidad. En el trabajo entran en juego nuestra dignidad de
personas, el sentido y la calidad de nuestra vida, el ejercicio cotidiano de nuestra relación con los
demás. Estamos convencidos de ello y no necesitamos que nadie nos lo recuerde. Miramos con
sentido de preocupación y de reproche a las personas que tienen poco afán de trabajar. Percibimos
las dificultades y hasta el drama de quien no logra encontrar trabajo. La negación del derecho al
trabajo, que sufren todavía muchas mujeres y muchos hombres de este tiempo, especialmente entre
los jóvenes, no puede dejamos indiferentes.
Como discípulos de Jesús, el Hijo de Dios que «trabajó con manos de hombre, pensó con mente
de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre» (Concilio Vaticano II,
Constitución Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, 22), reconocemos que el
trabajo posee una gran dignidad, un hondo significado. De ahí que queramos interrogamos juntos
sobre su significado, para comprender mejor esta dimensión importante de nuestra existencia y las
expectativas que lleva consigo.

¿Por qué el trabajo?


Al trabajo dedicamos la mayor parte de nuestra existencia. Si perdemos el sentido del trabajo,
perdemos el sentido mismo de nuestra vida. Provenimos de experiencias y de modelos de tejido
social en los que al trabajo lo gravaban condiciones inhumanas: dañino para la salud, cargado de
peligros, marcado por horarios insoportables, pagado en negro. Hoy, ciertamente, han cambiado
mucho las cosas, aunque no siempre ni para todos.
Afloran problemas nuevos, vinculados a la globalización, a la deslocalización, a la competencia, a
las dificultades de las empresas, a las recurrentes crisis económicas. Ha crecido el nivel medio de
riqueza, pero al mismo tiempo se han ampliado los sectores de la pobreza y de la marginación. Al
trabajador, la enorme innovación tecnológica le ha provocado con frecuencia inseguridad sobre
su puesto de trabajo e incertidumbre acerca del destino de su profesionalidad. De ahí deriva una
sed de justicia y de dignidad, cada vez más difundida y exigente.
¿En qué condiciones hay que trabajar, para no volverse esclavos del trabajo y para que en él se
manifieste nuestra dignidad de personas? Nos lo planteamos con el ansia de quien no se contenta
con palabras y reconoce que afronta cuestiones vitales, personales y sociales. No vivimos para
trabajar, sino que trabajamos para vivir. No trabajamos para obtener un sueldo -o al menos no
deberíamos hacerlo solo por eso-, sino que trabajamos para vivir dignamente. No trabajamos
solo para nosotros, sino para dar vida a quienes todavía no están en condiciones de trabajar, los
niños, y a quienes ya no pueden trabajar, los ancianos. El trabajo debe servir para hacer realidad
nuestra dignidad de personas. No es una mercancía que se compra y se vende, sino una actividad
humana libre y responsable.
Crecer en conciencia y en responsabilidad nos ha ayudado a descubrir otra razón de nuestro
trabajo: trabajamos para el bienestar de la colectividad y de la humanidad en general. En este
sentido, el trabajo es una obligación moral hacia el prójimo: en primer lugar hacia la propia familia,
y luego hacia la sociedad a la que se pertenece, la nación de la que se es ciudadano, la entera
familia humana. Somos herederos del trabajo de las generaciones que nos han precedido y
constructores solidarios del futuro de los que vivirán después de nosotros.
Quienes reconocen horizontes más amplios que los que construimos con nuestras manos y
procuran, de algún modo, hacer referencia a Dios creador en su experiencia cotidiana, descubren
una ulterior razón del trabajo humano. A nosotros nos parece una razón importante, que
proporciona un soplo de esperanza a nuestros esfuerzos, si bien nos damos cuenta de lo exigente
que puede resultar esta visión: mediante el trabajo, el hombre colabora con Dios en llevar a
término la creación.
Lo refiere una de las primeras páginas de la Biblia. Después de crear el mundo, Dios manda al
varón y a la mujer: «Henchid la tierra y sometedla, dominad sobre los peces del mar y sobre las aves
del cielo... » (Génesis 1, 28). Someter la tierra significa tomar posesión del ambiente y gobernarlo,
respetando el orden que el Creador le ha impreso y desarrollándolo en el propio provecho, para
satisfacer las necesidades personales, familiares y sociales. En esto consiste la tarea de la ciencia y del
trabajo para humanizar el mundo, a fin de convertirlo en la morada del hombre, en una casa de
justicia, de libertad y de paz para todos.
Cuando Dios creó el mundo, no lo creó completo: la creación no está acabada. El hombre tomó
lentamente posesión de la tierra, forjándola, adaptándola a sus exigencias, desarrollando las
potencialidades de lo creado en bien suyo y para la gloria de Dios. Hoy en particular asistimos a
transformaciones impensables hasta hace escasos decenios. Ellas nos hacen ver que el hombre posee
capacidades ilimitadas, de las que las nuevas tecnologías son su instrumento.
Con todo, no somos dueños de lo creado. Hemos de colaborar con Dios en llevarlo a
cumplimiento, respetando la naturaleza y las leyes inscritas en ella. Dios nos confió lo creado para
que pudiésemos custodiarlo y perfeccionarlo, no para disfrutarlo y manipularlo a nuestro antojo.
Nos lo recuerda de nuevo el libro del Génesis: «El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín
de Edén, para que lo cultivase y lo custodiase » (Génesis 2, 15). El trabajo -vivido en condiciones
respetuosas de la justicia y la dignidad humana, así como del ambiente que nos confió el Creador-
constituye el modo como el hombre realiza este cometido.
Problemas y desafíos
En el mundo del trabajo, sin embargo, no faltan las contradicciones y los problemas: «Está
bien eso de trabajar -observa alguno-, pero con estos ritmos y con esta tensión ya no tengo
tiempo ni para mí ni para mi familia». Muchos jóvenes se ven forzados a constatar: «Dicen
que todo hombre tiene derecho a un trabajo, pero desde hace tiempo no consigo encontrar un
empleo que me dé garantías». No es fácil hallar las palabras adecuadas para encarar estos
desafíos. Por lo demás, las solas palabras no bastan. Se requieren hechos. ¿Cuáles? ¿Cómo
podemos inventar hechos nuevos en un contexto social como el que a menudo
experimentamos, donde rigen reglas y dominan lógicas que muchas veces conculcan la
dignidad de la persona humana y su derecho al trabajo?
No resulta difícil comprobar que, por desgracia, la cultura occidental ha puesto en la base de la
idea del trabajo una visión economicista y materialista, que acaba por otorgar la primacía al dinero.
Es este uno de los más graves errores de nuestro tiempo, del que deriva un principio perverso para la
vida social: tener cada vez más, conforme a la lógica de que la riqueza debe generar nueva riqueza,
por lo que es preciso tender siempre a la máxima ganancia. Una de sus consecuencias más trágicas está a
la vista de todos: un desarrollo desequilibrado, que crea diferentes velocidades de crecimiento, en
virtud del cual, los pueblos ricos se hacen cada vez más ricos y los pueblos pobres, cada vez más
pobres. Esta disparidad va también acentuándose entre los componentes de una misma
comunidad.
Por fortuna, no todo es así. Un observador atento descubre, ciertamente, no pocas realizaciones
positivas, que confortan nuestros esfuerzos y alimentan nuestra esperanza. Podemos afirmarlo con
plena conciencia mirando justamente a nuestro pueblo, conformado por tantas personas
comprometidas y animosas, que han sabido transformar las tierras más áridas y convertir los más
arduos contextos productivos en lugares de humanidad habitable, promoviendo la calidad de vida
de todos.
Con todo, mucho queda todavía por realizar. Somos conscientes de que mucho de lo que falta
por hacer atañe a la dirección y al sentido de nuestro esfuerzo, a la calidad de nuestro trabajo y del
ambiente en que se desempeña, a la seguridad que prevenga cualquier posible daño a los
trabajadores. Todos tenemos preguntas inquietantes y poseemos atisbos de respuestas concretas.
Compartiendo unas y otros, podemos proyectar un futuro posiblemente más feliz que el presente
y que hemos de vivir como protagonistas.
La dignidad del que trabaja y la fiesta
Entreverada entre preguntas y respuestas que aluden al trabajo y a nuestra responsabilidad
hacia los demás y hacia lo creado, encuentra su sitio una exigencia que ya es patrimonio de casi
toda la humanidad, al menos a nivel teórico. La tradición cristiana la subraya con fuerza: es la
exigencia del descanso y de la fiesta.
Sí, hay un modo concreto de manifestar la dignidad del que trabaja: suspender la actividad
laboral con el descanso semanal, a semejanza de Dios que, una vez creado el mundo, descansó. El
hombre participa del trabajo y del descanso de Dios: ambos son para él una bendición y un don
vitalmente fecundos, además de necesarios para afirmar la dignidad de la persona humana.
El descanso semanal no solo tiene por objeto recobrar las fuerzas físicas, a fin de trabajar más y
mejor los días siguientes: esto sería el descanso del esclavo. Descansar y celebrar la fiesta son
expresión de la «libertad» del ser humano, experiencia de comunión familiar y de trato fraterno
con la comunidad, posibilidad de reavivar el contacto con la naturaleza. Para los cristianos, el
descanso y la fiesta dominicales entrañan especialmente participar en la vida del Señor
Resucitado, anticipar y pregustar la vida futura junto con la comunidad reunida en su nombre. Al
participar en la Eucaristía dominical, a los cristianos se les impulsa a liberarse de la idolatría del
dinero, de la posesión, del trabajo obsesivo y a crecer en la sobriedad y en la solidaridad con los
más débiles.
Ciertamente, resulta más fácil decirlo que hacerlo. La realidad social, y la intrincada trama en que
se desarrolla, exige de muchos hombres y mujeres una disponibilidad que no consiente días
vacíos o tiempos rígidos. Para muchos, la fiesta y el descanso siguen siendo una aspiración,
demasiado lejana como para alcanzarla. Ahora bien, lo acertado no es resignarse ante esas
exigencias ni nos ayuda a crecer en humanidad tan solo constatarlas, sino encararlas e imaginar
alternativas. Estas son las que hemos de buscar juntos, poniendo en ejecución la fantasía, el amor,
la competencia y la responsabilidad. Todos estamos llamados a colaborar en esta búsqueda, porque
a todos atañe lo que nos jugamos. Y la visión de fe nos es ahí de gran ayuda.
IV. JUSTICIA Y PAZ
En el mundo actual, los acontecimientos nos persiguen: es imposible eludirlos, porque el mundo se
ha estrechado y aislarse no puede ser una solución. Esta nueva dimensión de la existencia tiene un
hondo significado ético. Comporta, en efecto, que no podamos escondernos ni siquiera de nuestras
responsabilidades morales. También en esto, el mundo se ha vuelto pequeño. No cabe cerrar los
ojos. No podemos buscar un sentido más alto a la vida o el mismo rostro de Dios sin interrogarnos
sobre la realidad tal como es y sobre nuestro sitio y nuestra responsabilidad en ella.
En este contexto, hablamos de paz y reconocemos su estrecha relación con la justicia y el respeto
del ambiente. Con frecuencia, todo se para ahí. Los buenos proyectos y las grandes proclamaciones
se quedan en letra muerta, al tiempo que dominan las divisiones y las injusticias que desencadenan
violencias, conflictos y guerras. Las muchas palabras que pronunciamos y las muchísimas que
escuchamos nos dejan un amargo sabor de boca. Nos parecen vacías, semejantes a banderas que
se agitan al viento, sin incidir en los destinos generales y en la construcción concreta de la paz.
Sufrimos por eso y no sabemos a quién echarle las culpas, para ser serios con nosotros mismos y
con los demás. Para el creyente es motivo de consuelo —a la par que de inquietud— la convicción
de que la paz es justamente el don supremo de Jesús: «La paz os dejo, mi paz os doy » (Juan 14,
27). Hasta quienes se muestran poco benignos con la Iglesia reconocen y aprecian sus
intervenciones a propósito del tema de la paz. La Iglesia pide a menudo gestos de paz concretos,
simples y cotidianos: la piedad con las víctimas, la ayuda a los supervivientes, la solidaridad con los
prófugos, la oración por todos.
¿Por qué este grito, compartido por los hombres de buena voluntad de todo nivel, permanece
ineficaz y las armas continúan gritando más fuerte que las acciones de paz? ¿Por qué la injusticia
sigue gravando tantas situaciones humanas, negando de hecho la construcción de la paz?

La paz de nuestro día a día


La guerra ya ha irrumpido en la cotidianidad y su asomarse potencialmente al lado de cada uno de
nosotros muestra de manera precisa su rostro devastador. Si la guerra ha entrado en nuestras
casas, todavía resulta más urgente que justo de nosotros parta la obra de pacificación y de nueva
humanización de las relaciones sociales: la trama cotidiana contiene una fuerte valía pública, por
ser lugar de contactos y de proyectos.
De ahí que una respuesta a la urgencia de la paz tenga que comenzar por la vida de cada día.
La primera meta a la que tender consiste en dar a los gestos cotidianos un significado de paz y de
fraternidad, permaneciendo responsablemente en el propio lugar, cumpliendo con abnegación
los deberes personales. Nuestro trabajo cotidiano, la vida en familia, con los vecinos y con cada
«prójimo», el empeño por crear justas condiciones de vida y de trabajo para todos, pueden
asumir una nueva tonalidad de pacificación y acogida, de entendimiento y comprensión.
No se trata de una coartada para ocultar otras responsabilidades más graves. Somos conscientes de
ello y, por eso, afirmamos esta convicción, pidiendo comprobación, atención y decisión. La paz
también es fruto del amor: aunque la justicia sea condición para la paz, no se basta por sí sola,
porque a la justicia le corresponde remover los impedimentos de la paz, tales como la ofensa y el
daño; pero la paz misma constituye un acto propio y específico de la caridad. La paz se construye
día a día poniendo amor en la búsqueda del orden querido por Dios, y solo puede florecer cuando
todos reconocen las propias responsabilidades en orden a su promoción.
Lo cierto es que la violencia jamás constituye una respuesta justa. La violencia es un mal, inaceptable
como solución de los problemas, algo indigno del hombre. La violencia es falaz, por ser contraria a la
verdad de nuestra humanidad. Destruye lo que querría defender: la dignidad, la vida, la libertad de
los seres humanos.
Hoy necesitamos más que nunca el testimonio de profetas desarmados, por desgracia, objeto de
burla en toda época: quienes, para salvar la dignidad del hombre, renuncian a la acción cruenta y
recurren a medios de defensa que están al alcance de los más débiles, atestiguan la fuerza del
amor y del perdón, sin perjuicio de los derechos y deberes de los demás hombres y de las sociedades.
Atestiguan con su vida la gravedad de los riesgos físicos y morales del recurso a la violencia, que causa
desastres y muertes. Solo ellos pueden ser los auténticos constructores de la paz, los obradores de
justicia de los que tanta necesidad tiene el mundo.

El respeto de lo creado
Una forma concreta de construir la paz es también el respeto de lo creado. ¡Cuántas veces nos
hemos parado todos a contemplar la belleza de nuestros montes, de una puesta de sol en el mar, de
los campos y las flores! Son momentos que un «cantor» de lo creado como san Francisco de Asís
supo traducir en las palabras del estupendo Cántico de las criaturas:
Alabado seas, mi Señor, por todas tus criaturas, especialmente por el hermano sol,
el cual es día; y por medio de él nos iluminas. Y es bello y radiante con gran esplendor:
de Ti, Altísimo, cobra significación.
Alabado seas, mi Señor, por la hermana agua, que es muy útil y humilde y preciosa y casta.
Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana madre tierra, que nos sustenta y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.
Sin embargo, las cosas no ocurren siempre así. La experiencia de algunos buenos momentos
vividos ante los espectáculos de la naturaleza se oscurece por el conocimiento de la amenaza a que
está expuesto el ambiente. La contaminación crece y amenaza con desastres. Muchos
descubrimientos técnicos y científicos han traído consigo beneficios a la humanidad, pero en su
aplicación se han revelado muy peligrosos.
La cuestión ecológica es de enorme importancia para el mundo y para el hombre. Si la
humanidad no cambia de dirección, se arriesga a autodestruirse. ¿Qué hacer entonces? ¿Hay
criterios en los que fundarnos para defender el ambiente?
Como todos, también los discípulos de Jesús se encuentran a menudo perplejos ante estas
preguntas. Los nuevos problemas pueden hallar un horizonte de solución en los grandes principios
de siempre, pero las respuestas concretas han de madurarse conjuntamente, conscientes de que
también este es un grave problema de justicia: para nosotros, para los hombres de este tiempo y
para legar una casa habitable a quienes vendrán después de nosotros.
En unión solidaria y responsable con toda la humanidad y, sobre todo, con cuantos sufren por
los abusos perpetrados en lo creado, reconocemos la urgencia de repensar el modelo de desarrollo,
personal y colectivo, inspirándolo en un estilo de vida sobrio y justo, que nos permita gobernar la
naturaleza sin tiranizarla, uniendo a la acción la contemplación, a ejemplo de hombres como san
Benito y san Francisco.
El respeto a la vida y, en primer lugar, a la dignidad de la persona humana deberá ser la norma
inspiradora de lodo progreso económico, industrial y científico, que desee ser auténticamente tal
para todos y para la gran casa del mundo. El desafío de la justicia y de la paz, en las relaciones entre
los individuos y los pueblos y con la entera creación, atañe a todos y nos interpela acerca de las raíces
éticas y los horizontes últimos de nuestro compromiso histórico. En este sentido, nos parece que
la mirada de la le -abierta a medirse conforme al juicio de Dios, Señor de lo creado, y a su
proyecto de bien para cada una de sus criaturas- puede constituir un estímulo y una ayuda para
todos.

V. EL DESAFÍO DE DIOS
Atraviesan nuestra existencia muchas preguntas inquietantes, personales y colectivas. Nos
hemos detenido en algunas de ellas: en la raíz de estos interrogantes, tanto los que nos abren hacia
la luz como los que nos dejan a oscuras, ¿podemos imaginar la presencia de un punto unificador,
una especie de horizonte, capaz de dar unidad al marasmo de toda aventura humana?
Nos parece que en la raíz de cada existencia hay una pregunta de sentido y de esperanza,
especialmente dramática hoy, porque se han infringido los procesos mediante los cuales el
contexto cultural y social proporcionaba con cierta facilidad el significado de la existencia en (pocas
anteriores. Nos hemos vuelto más maduros y, a la par, más solitarios. Permanece la necesidad de
organizar los fragmentos, como las teselas de un mosaico.
Muchos parecen resignados y viven al día, como si la cuestión del sentido de la vida y de un
horizonte unificador les resultase ya irrelevante. Otros redescubren la pregunta en situaciones
extremas y, luego, la abandonan sin excesivas preocupaciones. Los discípulos de Jesús, que creen en
la vida y la aman, se sienten interpelados a este nivel justamente acerca de su identidad. Eludir la
búsqueda de sentido o resignarse a una falta de esperanza implica empobrecer la calidad de la vida
de uno mismo y de los demás.

Más allá de la pregunta de sentido y de esperanza


En el fondo de la pregunta de sentido y de esperanza, algo nos orienta hacia el misterio: Dios,
¿quién eres?, ¿dónde estás?, ¿cómo podemos ver tu rostro? El problema no estriba en si Dios
existe o no existe. No nos sirve constatar la presencia o la ausencia de alguien que está lejos,
contemplar las cosas desde fuera de la discusión, impasibles.
Nos planteamos quién es Dios cuando nos llegan noticias de sucesos terribles, que no dependen
de una mala voluntad. Nos cuestionamos entonces: ¿quién eres?, ¿adónde se ha ido tu amor,
cuando tantos inocentes lloran y no saben siquiera contra quién imprecar? Nos lo planteamos
cuando decidimos tomar entre manos nuestra existencia, confundidos como estamos entre el
sueño y la realidad. ¿Quién soy yo, que me descubro cada vez más indescifrable? ¿Hay un nexo
entre el hombre que soy y Dios?
La pregunta resuena inquietante cuando nos interrogamos sobre el futuro de nuestra vida y de
nuestra historia, cuando miramos atónitos a los hombres desaparecidos en la nada, bajo la bota
injusta de otros hombres. Descubrimos hasta qué punto la pregunta sobre Dios tiene el aroma
de la expectativa. Nos preguntamos por el misterio último, porque nos parece que, honestamente,
no nos bastamos a nosotros mismos y miramos al futuro con temblor.
Con todo, una constatación resulta consoladora y acude en ayuda de la esperanza: también
muchísimos de los que aún no han conseguido madurar una respuesta a la pregunta sobre el
sentido de la vida aceptan su propia vida y la aman. Tienen confianza en la vida y en sus misteriosas
tramas, porque consideran que la vida es bella. En realidad, los que se abandonan a la duda o a la
renuncia total son, probablemente, menos de los que se piensa. Por lo general continúan buscando,
sabedores, tal vez inconscientemente, de que ya están atrapados: la respuesta que buscan está en la
vida que llevan. Vivir con conciencia y responsabilidad ya requiere un gran acto de fe. Aumentar esta
fe, impulsarla más allá de sí misma, significa abrirse a Aquel que nos llama desde el fondo de lo
que somos y, en el momento oportuno, hace resonar su voz en cada uno de nosotros.

La posibilidad de la fe
«¡Aumenta nuestra fe!» A esta petición de los Apóstoles -voz de todos los que andan a la
búsqueda de Dios con humildad y auténtico deseo-, Jesús responde así: «Si tenéis fe como un
grano de mostaza, diréis a ese monte: 'desplázate de aquí allá', y se desplazará, y nada os será
imposible» (Mateo 17, 20).
Creer no consiste en asentir a una demostración clara o a un proyecto sin incógnitas: no se cree
en algo que puede poseerse y manejarse con personal seguridad y complacencia. Creer es fiarse
de alguien, asentir a la llamada del forastero que invita, poner la propia vida en manos de Otro, para
que Él sea el único y verdadero Señor.
Cree quien se deja hacer prisionero del Dios invisible, quien acepta ser poseído por Él, con escucha
obediente y docilidad desde lo más hondo de uno mismo. Fe es capitulación, entrega, abandono,
acogimiento de Dios, que nos busca en primer lugar y se da; no es posesión, garantía o seguridad
humanas. Creer, entonces, no consiste en evitar el escándalo, rehuir el riesgo, avanzar en la serena
luminosidad del día: no se cree a pesar del escándalo y del riesgo, sino justamente desafiados por
ellos y con ellos. «Creer viene a ser como estar al borde del abismo oscuro y oír una voz que grita:
¡arrójate, que te recogeré en mis brazos!» (Soren Kierkegaard).
Sin embargo, creer no es un acto irracional. Precisamente al borde de ese precipicio es cuando las
preguntas inquietantes comprometen el razonamiento: ¿y si, en lugar de brazos acogedores, solo
hay rocas mortíferas? ¿Y si, más allá de la oscuridad, no hay otra cosa que más oscuridad? Creer
entraña soportar el peso de estas preguntas: no pretender señales, sino ofrecer signos de amor al
amante invisible que llama.

Luchar con Dios


En esta lucha con el Invisible, el creyente vive su mayor proximidad al inquieto buscador de Dios:
podría incluso decirse que el creyente es un ateo que cada día se esfuerza por comenzar a creer.
En realidad, quien cree necesita renovar cada día su contacto con Dios, bebiendo en las fuentes de
la oración, de la escucha de la Palabra revelada. Análogamente, cabe pensar que el no creyente
reflexivo no es más que un creyente que cada día vive la lucha inversa, la lucha por comenzar a
no creer: no el ateo superficial, sino el que, tras buscar y no encontrar, padece el dolor de la
ausencia de Dios, y se sitúa como en el lado opuesto del corazón de quien cree.
De estas consideraciones nace el `no' a la negligencia de la fe, el `no' a una fe indolente, estática y
monótona, así como el 'no' a todo rechazo ideológico de Dios, a toda cómoda intolerancia, que se
defiende eludiendo las preguntas más auténticas, porque no sabe vivir el sufrimiento del amor. Y
nace igualmente el `sí' a una fe interrogadora, a una búsqueda honesta, capaz de arriesgar y de
entregarse al otro, cuando uno se siente dispuesto a vivir el éxodo sin retorno hacia el abismo del
misterio de Dios, del que la puerta es su Palabra.
Si hay una diferencia que remarcar, pues, probablemente no se trate tanto de la existente entre
creyentes y no creyentes, sino entre pensadores y no pensadores, entre hombres y mujeres que
tienen la valentía de buscar incesantemente a Dios, y hombres y mujeres que han renunciado a la
lucha, que parecen haberse contentado con el horizonte penúltimo y ya no saben encender su
deseo con el pensamiento de la última patria. Cualquier acto, incluso el más costoso, es digno de
vivirse con el fin de reavivar en nosotros el deseo de la verdadera patria y la determinación de tender
a ella, hasta el final, más allá del final, por los senderos del Dios vivo.
Creer será, entonces, abrazar la Cruz del seguimiento, no la cómoda y gratificadora que
habríamos deseado, sino la humilde y oscura que nos viene dada, para cumplir así, «en mi carne,
lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia » (Colosenses 1,
24). Cree quien confiesa el amor de Dios a pesar de la no evidencia del amor, quien espera
contra toda esperanza, quien acepta crucificar las propias expectativas en la Cruz de Cristo, y no a
Cristo en la cruz de las expectativas personales. Cree quien ya ha sido alcanzado por el toque de
Dios y se ha abierto a su ofrecimiento de amor, aunque aún no posea la luz completa sobre todo.

La fe como búsqueda y como paz


A la fe nos acercamos con temor y temblor, quitándonos los zapatos, dispuestos a reconocer a un
Dios que no habla en el viento, en el fuego o en el terremoto, sino en la humilde voz del silencio,
como le ocurrió a Elías en la montaña santa (cfr. 1 Reyes 19) y les ha sucedido y sucederá a todos
los santos y los profetas. ¿Creer, entonces, quiere decir perder todo? ¿No tener ya seguridad, ni
descendencia, ni patria? ¿Renunciar a toda señal y a todo sueño de milagro? ¿Hasta tal punto es
posesivo el Dios de los creyentes? ¿Tan devorador es su fuego? ¿Tan oscura su noche? ¿Tan absoluto su
silencio?
Responder `sí' a estas preguntas supondría caer en la seducción opuesta a la de quien busca
señales a toda costa; supondría olvidar la ternura y la misericordia de Dios. Siempre hay una luz
para alumbrar el camino: una gran señal se nos ha dado, Cristo, que vive en los medios de
santificación y del amor confiados a la familia de sus discípulos, la Iglesia. En ella se ofrece un
alimento a los peregrinos, un apoyo a los titubeantes, un camino a los descarriados. Estos dones
nunca se confunden con posesiones exclusivistas y, a la vez, también es cierto que están ahí para
alimentarnos; no para eximirnos de la lucha, sino para darnos fuerza; no para adormecer las
conciencias, sino para despertarlas y estimularlas a obras y días de amor, en los que el amor
invisible se haga presente.
Testimoniar la fe no es, pues, dar respuestas ya preparadas, sino contagiar la inquietud de la
búsqueda y la paz del encuentro: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto
mientras no descansa en Ti» (San Agustín, Las Confesiones, 1, 1). Aceptar la invitación no supone
resolver todas las preguntas oscuras, sino llevarlas a un Otro y junto con Él. A Él es posible dirigirle
con confianza las palabras de la bellísima invocación de san Agustín:
Señor mi Dios, mi única esperanza,
haz que, cansado, no deje de buscarte,
sino que siempre busque tu rostro con ardor.
Dame la fuerza de buscar,
Tú que te dejaste encontrar,
y me diste la esperanza de encontrarte siempre.
Ante Ti está mi fuerza y mi debilidad:
conserva aquella, sana esta.
Ante Ti está mi ciencia y mi ignorancia;
donde me has abierto, acógerne al entrar;
donde me has cerrado, ábreme cuando llamo.
Haz que me acuerde de Ti,
que te entienda, que te ame. Amén.
(De Trinitate, 15, 28, 51).
Segunda parte
LA ESPERANZA QUE ESTÁ EN NOSOTROS

En la primera parte de esta carta hemos intentado comprender las expectativas y las esperanzas
de las mujeres y de los hombres, nuestros compañeros de viaje, escogiendo como «hilo conductor»
la pregunta por el sentido de la vida y de la historia. Hemos tratado de interpretar eso que con
tanta frecuencia nos acontece: vivir espontáneamente o con excesiva prisa. Hemos descubierto
que todos estamos a la espera de alguien que nos acoja y dé razón a nuestra esperanza.
Quien tiene la experiencia de la fe reconoce que este 'alguien' capaz de comprender, acoger y
sostener existe. Tiene un nombre y un rostro: es el Dios que en Jesucristo está junto a cada ser
humano. La relación con Dios da sentido a nuestra vida en el mundo. Al igual que sucede con
toda experiencia realmente bella y positiva, sentimos la necesidad de comunicarla a los demás en
nombre de la fraternidad humana, a fin de que la posibilidad de encontrar a Dios por medio de
Jesucristo represente una esperanza para todos.
Jesús invita a cuantos lo han reconocido como Cristo y Señor a escuchar con atención y respeto
las preguntas que brotan del corazón de los hombres y de las mujeres: «¿Qué padre entre
vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará, en vez del pez, una serpiente? ¿O, si le pide un huevo,
le dará un escorpión? » (Lucas 11, 11-12). Si no hemos escuchado o no hemos interpretado bien las
expectativas de los que andan a la búsqueda de Dios, probablemente, eso ha sucedido por nuestra
excesiva seguridad o por las prisas por comunicar lo que llevamos en el corazón.
A tantos hombres y mujeres que andan en busca de una esperanza para su camino queremos
contarles ahora la experiencia que tenemos de Jesús, el único «nombre» que nos da esperanza y
vida. Además de provenir de nuestro contacto con Él, las palabras que proponemos son fruto de
la historia de muchas personas que, antes que nosotros, han encontrado a Dios en Jesucristo. Unas
son personas famosas y la mayoría, desconocidas, que componen la larga cadena de los testigos de
Jesús. Para todos sus testigos, Jesús es una persona que vivió, en la carne de su humanidad, las
incertidumbres y las inquietudes que descubrimos en nosotros, haciéndose cargo con gallardía de la
gente con que se topó.
No pretendemos comunicar todo lo que cabe decir de la fe cristiana. Para emprender un posible
itinerario de fe, la comunidad eclesial posee textos autorizados, bien elaborados y experimentados.
Resultaría inútil repetir aquí lo que puede leerse en ellos. En cambio, deseamos suscitar interés, o
al menos curiosidad, en toda persona que anda a la búsqueda de Dios, para que pueda
replantearse la figura y el mensaje de Jesús y profundizarlo en la escucha de los testimonios que
hablan de Él.
VI. JESÚS
La fe cristiana no es una de las tantas visiones del mundo o de las múltiples interpretaciones de
la historia, personal y colectiva. Para un cristiano, la fe es encuentro con Jesús de Nazaret,
condenado a muerte de cruz por los hombres, pero al que Dios resucitó de entre los muertos,
mutando la sentencia de condena.
El encuentro con Jesús, a quien los primeros discípulos confiesan y proclaman Mesías y Señor,
engendra y alimenta la fe en Él. El testimonio de todos los demás creyentes en Jesús nos sostiene
en el esfuerzo por aceptar el riesgo de una decisión que atraviesa la existencia. En la persona y en la
vida de Jesucristo, el Dios lejano e invisible se vuelve cercano a todo ser humano, con un inspirado y
gratuito gesto de amor. Contemplando el rostro de Jesús y escuchando sus palabras, descubrimos
quiénes somos, entrevemos cuál es la fuente última de nuestra existencia y hacia qué meta tiende
nuestro camino cotidiano.
Con fuerza, pero también con trepidación, recordamos nuestro convencimiento: las doctrinas
se explican, las personas se encuentran; las teorías se discuten, las personas se reconocen y se
eligen. También nosotros nos planteamos la pregunta: ¿podemos encontrar hoy a Jesús de Nazaret,
como les ocurrió, hace dos mil años, a las mujeres y a los hombres de las aldeas de Galilea o de
Jerusalen? ¿Cabe pensar seriamente que, en su existencia terrena, Jesús recorrió los senderos de
nuestra vida cotidiana? ¿Es posible entablar un contacto vital con Jesús, que vivió en una cultura y
en una trama de relaciones tan diferentes de las nuestras?

El encuentro con Jesús


En el espacio y en el tiempo, Jesús de Nazaret está lejos de nosotros. Sin embargo, los cristianos
estamos convencidos de poder reconocerlo como contemporáneo nuestro, en nuestra vivencia
y en nuestras inquietudes, hasta el punto de justificar la invitación a confiar en Él, sabiendo que
merece esta confianza. Podemos encontrarlo a través de sus testigos. La distancia entre Jesús y
nosotros se colma, ante todo, por el relato de cuantos lo han encontrado antes que nosotros. Es
un relato que nos llega a través del tiempo. A lo largo de veinte siglos, la memoria de lo que Jesús
hizo y enseñó nos ha sido transmitida mediante la cadena ininterrumpida de los creyentes, que se
remonta hasta los testigos oculares.
La narración de los primeros testigos de Jesús dio origen a los cuatro Evangelios y a los demás
textos del Nuevo Testamento. Se trata de la historia apasionada de los primeros pasos de cuantos
confesaron a Jesús como Señor de su existencia. A través del testimonio de tantos que pagaron con
sangre su decisión de seguir a Cristo, podemos conocer su vida y su enseñanza. Podemos preguntarles
y escucharles, para verificar su experiencia y orientar nuestra existencia.
¿Quién es Jesús? ¿En qué se fundamenta su pretensión de poner a cada ser humano en contacto
con Dios y de garantizar la vida plena y definitiva incluso contra el dolor, la injusticia y la muerte?
Los documentos más amplios y creíbles que hablan de Él, de su obra y de su enseñanza, son los
escritos de la primera y segunda generación cristiana.
A los cuatro Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, que tienen carácter narrativo, se añade el
testimonio de san Pablo y de otros apóstoles y de sus discípulos, que utilizan el género epistolar para
mantener viva la comunicación entre las comunidades cristianas. En estos documentos, las
palabras se entreveran con los hechos, en el entramado de la vida de las personas y de las
comunidades.

La novedad de Jesús
La colección de escritos que forman el Nuevo Testamento comienza con los cuatro Evangelios,
en los que se narra la vida de Jesús, que llega al culmen en los acontecimientos de su condena a
muerte y en su resurrección. La actividad y la enseñanza de Jesús habrían quedado circunscritas al
recuerdo de un pequeño círculo de parientes y amigos, si un evento extraordinario no hubiese roto
la pauta normal de una biografía humana, hecha de vida, muerte y sepultura. Conforme a esa
pauta es como se cuenta, por ejemplo, la historia de Juan, por sobrenombre el Bautista, mandado
ejecutar por Herodes Antipas, uno de los hijos de Herodes el Grande (37-4 a.C.). Ahora bien, la
novedad de Jesús, más que en un mensaje o en una serie de acciones que suscitan curiosidad y
asombro, estriba en la superación de la muerte. Los escritos cristianos denominan este evento con
varios términos: resurrección, glorificación, exaltación.
Obviamente, la condena de Jesús por parte de la suprema autoridad religiosa y política —el
sumo sacerdote Caifás y el gobernador romano Poncio Pilato— no se explicaría sin su actividad y su
enseñanza explosivas. Primero suscitaron sospechas y, luego, acusaciones en su contra, hasta la pena
capital. De ahí que sea legítimo preguntarse en qué consiste la novedad de la acción de Jesús, la
originalidad de su enseñanza, que lleva hasta el extremo de provocar su condena a la muerte de
cruz.
Jesús comienza su actividad pública en Galilea, después de abandonar la aldea de Nazaret,
donde había transcurrido gran parte de su vida. Sus paisanos lo conocen como el artesano y el
«hijo de María». Cuando, tras su primera actividad pública, regresa a su pueblo, la gente se
queda asombrada de la sabiduría de sus palabras y de los gestos extraordinarios que se
cuentan de Él. Y es que, conociendo a su familia y la formación recibida, no logran explicarse su
éxito como maestro y taumaturgo itinerante.
Jesús no asistió a cursos regulares impartidos por algún maestro de Séforis o de Tiberíades, las
dos ciudades más importantes de Galilea. Cuando habla en público, durante las reuniones en la
sinagoga, no hace referencia a ningún maestro autorizado o reconocido, como los demás
predicadores. Por otra parte, ni siquiera comenta les textos de la Biblia, como acontecía en las
escuelas judías. Jesús se dirige al encuentro de Juan el Bautista, al que muchos consideraban un
profeta reformador porque proponía la inmersión en el río Jordán como señal de cambio, a la
espera del Mesías. En las aldeas de Galilea, región que recorre a todo lo largo y lo ancho,
proclama que el «reino de Dios» ha llegado e invita a todos a acogerlo corrigiendo el modo de
pensar y de vivir.
Para corroborar este anuncio, que marca un vuelco en la historia de la expectativa bíblica, Jesús
acoge a la gente sencilla de los poblados, sana a las personas enfermas y acepta comer incluso con
los incumplidores o transgresores de las normas tradicionales. Sobre el trasfondo de su anuncio del
reino de Dios, que irrumpe en la historia humana con sus gestos y tomas de postura, Jesús relee la
tradición bíblica de la alianza, concentrando el contenido de las «diez palabras» —el
«Decálogo»— en el amor que abraza a Dios y al prójimo. Dios, creador del mundo y Señor de la
historia, cobra en Jesús el rostro de un Padre que cuida de los pequeños y socorre a todos sus
hijos, buenos o malos. Jesús amplía la categoría del prójimo hasta abarcar al enemigo personal y
social.
Para justificar sus decisiones y su estilo de vida, Jesús hace referencia al obrar libre y gratuito del
Padre. Habla de Dios y de su modo de obrar por medio de las «parábolas», breves narraciones
que utilizan de forma original las imágenes bíblicas y las metáforas populares de la siembra y la
cosecha, del vino y los banquetes, del pastor y el rebaño. Los pobladores de las aldeas de Galilea
acogen con grata sorpresa la manera de hacer y la enseñanza de Jesús.

La condena a muerte de Jesús


Los jefes, responsables de las comunidades que gravitan alrededor de las sinagogas, miran con
creciente sospecha la actividad terapéutica de Jesús y su comportamiento poco respetuoso del
sábado y de las normas de pureza ritual. Les preocupa que se granjee el favor de la gente. Los
habitantes de las aldeas de la Galilea oriental, impresionados por los gestos de curación realizados
por Jesús, lo escuchan también con agrado cuando denuncia el formalismo religioso de los
observantes. Entre los magistrados, que tienen sus representantes en el consejo supremo de
Jerusalén —el Sanedrín—, madura la convicción de que la actividad de Jesús resulta peligrosa,
porque afecta a la identidad religiosa del pueblo de Israel y pone en dificultades el frágil equilibrio
con el sistema de poder controlado por Roma.
De aquí la decisión de aprovechar un viaje de Jesús a Jerusalén, con motivo de la fiesta de la
Pascua, para arrestarlo y entregarlo al representante del Imperio, con la finalidad de que se le
aplique una condena ejemplar que desaliente a sus partidarios y simpatizantes. Jesús se da
cuenta del complot que lo amenaza e incluso halla cierta connivencia entre sus discípulos. Con
ocasión de la peregrinación de Pascua a Jerusalén, en el contexto de la cena con el grupo de
discípulos, Jesús da un nuevo significado a las palabras y a los gestos de la comida. El gesto de partir
y compartir el pan durante el almuerzo lo instaura como el don supremo de su persona, que va al
encuentro de la muerte. Del mismo modo, la copa de vino, que se bebe al acabar, es su sangre,
derramada para fundar la comunidad de la alianza definitiva con Dios esperada por los profetas.
Al final, Jesús, delante de sus discípulos, se compromete a no tomar ya más vino, signo de alegría
y libertad, hasta que beba el vino nuevo en el reino de Dios. Con estas palabras de esperanza, con
las que concluye la que sería su última cena en el clima de la Pascua judía de liberación, Jesús enlaza
con el anuncio hecho en las aldeas de Galilea. Con su muerte, quiere dar garantías de la fidelidad
de Dios, que ejerce su soberanía en favor de todos los seres humanos. La novedad y la originalidad
de los gestos y de las palabras de Jesús convergen, finalmente, en la entrega de su vida, que lleva a
cabo para ser fiel a Dios como «el Hijo», al tiempo que se mantiene solidario con todos sus
hermanos.
Todavía hoy, el mensaje y el comportamiento de Jesús corrigen nuestras imágenes distorsionadas de
Dios, subvierten nuestras manías supersticiosas, colman de acogimiento y de amor nuestros vínculos.

VII. EL CRISTO
Según el testimonio de los Evangelios y de san Pablo en la primera carta a los Corintios (5, 7), la
condena de Jesús a morir en la cruz aconteció en la proximidad de la fiesta judía de la Pascua,
durante una primavera de los años treinta de la era cristiana. A partir de la muerte de Jesús, sus
discípulos dan un nuevo significado a la celebración pascual: ya no es la fiesta en que se revive la
liberación de Egipto por parte de los hijos de Israel, sino la celebración de la victoria de Jesús sobre
la muerte. Proclaman abiertamente que Jesús de Nazaret, condenado a morir en la cruz por el
prefecto romano Poncio Pilato, ha sido resucitado por Dios. Gracias a esta poderosa intervención
desde el Cielo, reconocen abiertamente que Jesús es el Cristo, a quien Dios ha «consagrado» y
elegido para liberar a su pueblo, el Señor de todos los seres humanos.
Desde el punto de vista histórico, la misión de Jesús resultó un fracaso, al haber sido mandado
ejecutar por el representante del emperador de Roma, que ocupaba militarmente la tierra de Israel. El
motivo de la condena de Jesús, escrita en el titulus de la cruz, afirma: «Jesús Nazareno, Rey de los
Judíos». Las autoridades judías entienden esta inscripción, querida por Pilato, como un insulto a la
identidad propia del pueblo libre y consagrado a Dios, su único rey. Los iniciadores del movimiento
de resistencia antirromana, que desembocará en la guerra de los años 66-70, se resistían a pagar
los impuestos a los ocupantes romanos, precisamente porque sostenían que no tenían otro rey,
sino solo a Dios. Para los discípulos, la crucifixión de Jesús representa una prueba terrible, un
escándalo ante el que la reacción natural era la fuga.
El encuentro con el Resucitado
Los discípulos superan el escándalo de la muerte de Jesús en una cruz, reservada a los rebeldes y
criminales, apelando a la iniciativa de Dios, que lo ha resucitado de entre los muertos. La fe en la
resurrección no resultaba extraña al modo de pensar de los judíos contemporáneos suyos. En
contacto con la cultura persa, a partir de la época del exilio en el siglo v a.C., habían elaborado la
idea de la resurrección de los justos, sobre todo, de los mártires ejecutados por su fidelidad a la
ley de Dios, ubicándola en el horizonte de su fe tradicional: Dios, que creó el mundo con la fuerza
de su palabra, hará resurgir del polvo de la tierra a los que han muerto, reintegrándoles a su
condición de vivientes.
Sin embargo, en el caso de Jesús, sus discípulos no afirman que Dios lo resucitará al fin del
mundo, como hará con los mártires y los justos. Aseveran que Dios ya lo ha resucitado, porque
Él se ha dejado ver y ha hablado con ellos como el Señor que pertenece al mundo de Dios. De
ahí que concluyan que Jesús no es solo el Mesías prometido por Dios para liberar a Israel, sino el
Mesías que desde siempre está en relación con Dios. Jesús no es otro Dios, concurrente con el de
la tradición bíblica, sino el Hijo de Dios en plena comunión de amor con el Padre.
¿Cómo es posible que los fugitivos del Viernes Santo se hayan convertido en los animosos testigos
del Resucitado, dispuestos a dar la vida por Él? ¿Qué ha ocurrido entre la hora del abandono de Jesús
en la cruz y el inicio sorprendente del impulso misionero de la Iglesia naciente? Según refieren los
relatos de las apariciones del Resucitado, Jesús se presentó a algunas mujeres y hombres,
mostrándoseles «vivo, después de su pasión » (Hechos de los Apóstoles 1, 3). Estos encuentros
tuvieron lugar en lugares y tiempos no fácilmente compatibles entre sí. No obstante, una secuencia
idéntica emerge en todas las narraciones, permitiéndonos reconocer las características propias del
encuentro con el Señor resucitado.
La iniciativa siempre corresponde al Resucitado: es Él quien se aparece. Al comienzo de la fe cristiana
no está la emotividad de una hora extrema, sino la acción de Dios que se ofrece al hombre. La fe
nace del anuncio; se nos otorga desde fuera, a través de la escucha de la Palabra que salva, en la que
nos alcanza el Verbo de la vida. El encuentro con el Resucitado no es algo que acontece en la intimidad
de los discípulos, sino algo que les sobreviene.
En todos los relatos de las apariciones se reitera, además, un proceso de reconocimiento por parte
de los discípulos, que les lleva desde la duda inicial a la confesión gozosa: «¡Es el Señor!». El
encuentro con el Cristo que cambia la vida se lleva a cabo a través de una maduración que respeta
la libertad del asentimiento e incluye el riesgo del rechazo y la derrota de la fe.
Finalmente, del trato con el Señor vivo nace la misión: las personas a las que se muestra el
Resucitado ya no son las mismas después de encontrarse con Él. Su vida ha cambiado: ahora son los
testigos, animosos y fieles, de Cristo Jesús, los enamorados apóstoles de la buena noticia. El
encuentro entraña una experiencia transformadora, que inaugura una vida nueva, llena de
implicación y de pasión.
Esta experiencia de los primeros discípulos, que desemboca en el reconocimiento y en la
proclamación fervorosa de que Jesús es el Cristo, el Señor, suscita tensiones y, a la postre, provoca la
ruptura con la tradición y la comunidad judía. Pablo de Tarso, un judío perseguidor de los
cristianos en la región siro-palestina de los años treinta, descubre, gracias a la iniciativa divina, que
Jesús crucificado es el Hijo de Dios. A través de esta experiencia de encuentro con Jesucristo
resucitado, Pablo se siente llamado a llevar el Evangelio a todos, sin distinción entre judíos y
griegos, invitando a cada uno a una elección decisiva. Se trata de una elección que nos atañe a
todos, también hoy, porque la calidad de nuestra vida se construye escogiendo entre una forma
egoísta de conducir la existencia o la entrega total de uno mismo al amor a Dios y a los demás,
que impulsa -en el horizonte del Reino de Dios- a entablar relaciones de solidaridad con los más
débiles.
La resurrección ilumina los orígenes de Jesús
En su actividad pública, a Jesús se le considera natural y habitante de Nazaret, donde vive su
familia. Nazaret es una aldea de la Galilea serrana, en la parte norte de la tierra de Israel. Aquí pasa
Jesús casi treinta años, continuando el trabajo artesano de José, al que en Nazaret todos conocen
como su padre. Cuando regresa a su pueblo, después de la primera actividad en la ciudad de
Cafarnaúm, a orillas del lago de Galilea, la gente lo reconoce como «el hijo de María». En
efecto, José solo comparece en el relato del nacimiento y en el único episodio de Jesús
adolescente, cuando, a los doce años, sube a Jerusalén para la fiesta de Pascua.
La narración de los orígenes de Jesús consta en los Evangelios de Mateo y de Lucas, que hablan
de su nacimiento en Belén de María, esposa de José. Jesús nace en tiempos del rey Herodes, es
decir, antes del año 4 a.C., cuando se sabe que murió. Mediante la narración del nacimiento de
Jesús, los evangelistas Mateo y Lucas expresan la fe de la comunidad cristiana, que lo reconoce
como el Mesías, descendiente de David, y el Hijo de Dios concebido «por obra del Espíritu Santo».
En esta perspectiva de fe, José es el justo, que se preocupa por cumplir la voluntad de Dios y
asegura a Jesús la descendencia davídica; y María es la creyente, que confía completamente en la
Palabra del Señor.
La comunidad de los discípulos
Desde el comienzo de su actividad pública en la zona del lago de Galilea, Jesús llama a algunas
personas a compartir su proyecto y su estilo de vida. A este núcleo inicial de discípulos se
agregan otros, hombres y mujeres, que lo siguen en sus desplazamientos de un poblado a otro y
lo acompañan en los viajes a Jerusalén con ocasión de las grandes fiestas. De entre los discípulos,
Jesús escoge un grupo de «doce», que representan a los hijos de Jacob, cabezas de las doce
tribus de Israel. A esos «doce» discípulos los denomina «apóstoles», o sea, «enviados», porque
comparten y prolongan la misión de Jesús. En la tradición de los Evangelios, los doce discípulos
constituyen el prototipo de la comunidad cristiana, que será llamada «iglesia» después de la
Pascua de Resurrección.
A los discípulos, Jesús les otorga un estatuto y les traza un programa de vida. Al estilo de los
profetas, Jesús proclama «bienaventurados», afortunados y dichosos a los pobres y
abandonados, porque Dios, rey justo y fiel, interviene en su favor. Invita a los discípulos a compartir
su destino, incluso a costa de perder la propia vida y los propios bienes, para participar en la vida
plena y definitiva prometida por Dios a cuantos cumplen su voluntad.
En contraste con el modo de pensar de su ambiente, Jesús propone una nueva manera de vivir la
relación matrimonial. La unión del hombre y la mujer para formar un solo ser vivo corresponde al
proyecto original de Dios creador. También vuelve del revés los roles dentro de la comunidad de
los discípulos, respecto al modo común de pensar. Quien es el mayor y el primero se convierte en el
servidor de todos y el último. En la comunidad de sus discípulos, Jesús se presenta como el que sirve
hasta la entrega de su vida.
En las bienaventuranzas, que abren el sermón de la montaña, Jesús inaugura el camino de los
discípulos y traza su programa de vida:
«Viendo a la muchedumbre, subió a un monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. Comenzó
entonces a hablar y les enseñaba, diciendo:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque suyo es el reino de los cielos.
Bienaventurados seréis cuando os insulten, os persigan y, mintiendo, digan toda clase de maldad
contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos entonces, porque grande será vuestra
recompensa en los cielos. Así persiguieron a los profetas antes de vosotros» (Mateo 5, 1-12).
¿Qué esperanza suscita hoy en nosotros este anuncio, iluminado por la vida, la muerte y la
resurrección de Jesús?

VIII. DIOS PADRE, HIJO Y ESPÍRITU


En la tradición evangélica se nos transmite el modo de orar de Jesús, que se dirige a Dios
llamándolo con el apelativo familiar arameo Abbá, Padre. Al estilo de los Salmos, alaba y bendice
al Padre, creador del mundo y Señor de la historia, porque escoge como destinatarios de su
revelación a los «pequeños», esos que no pueden reivindicar derechos y privilegios. A estos, Jesús se
les presenta como el «Hijo», el único que hace posible el encuentro y la plena comunión con el
Padre. Ante la perspectiva de su muerte inminente, Jesús halla la raíz de su libertad de Hijo en el
abandono confiado en el Padre.

Según la tradición recogida en el Evangelio de Lucas, la oración de Jesús, que bendice al Padre
por la elección de los pequeños, acontece bajo el impulso del Espíritu Santo. Con ocasión de su
bautismo en el río Jordán, el Espíritu de Dios desciende sobre Jesús y lo acompaña en su misión, que
se caracterizará por el «bautismo» en el Espíritu Santo. Juan el Bautista proclama: «El que me envió
a bautizar con agua me dijo: Sobre quien veas descender y posarse el Espíritu, ese es el que
bautiza en el Espíritu Santo'. Y yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios» (Juan
1, 33-34).
La tradición del cuarto Evangelio muestra a Jesús que, en la tarde de la Pascua, se presenta a
los discípulos como el Señor resucitado, encargándoles continuar la misión que Él había recibido del
Padre. Con un gesto, que evoca la creación del ser humano -hecho vivo por el soplo de Dios-, Jesús
comunica a los discípulos el Espíritu Santo, para la remisión de los pecados. El Resucitado
cumple así la promesa, formulada a los discípulos antes de su muerte, de enviar otro Paráclito
—«Consolador» y «Defensor»—, el Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, a fin de llevar a cabo
su revelación y testimonio en el mundo. Según la tradición de los tres primeros Evangelios, a los
discípulos que compartan su proyecto y lo sigan en la persecución, Jesús les promete el don del
Espíritu Santo, que les dará fuerza y sabiduría para ser sus testigos ante los magistrados y las
autoridades.
A la luz de las palabras de Jesús, conservadas y transmitidas en los Evangelios, se intuye que Él vive
una relación profunda y única con Dios, el Padre, hasta el punto de que puede presentarse como
«el Hijo». Cuando habla del Espíritu Santo, Jesús reconoce que proviene de Dios, el Padre, al igual
que Él mismo ha sido enviado por el Padre. En esta experiencia de Jesús se enraíza la fe en Dios, Padre,
Hijo y Espíritu, de los primeros discípulos y de las comunidades cristianas, fundadas por san Pablo y los
demás apóstoles en las ciudades del Imperio romano.

«Yo y el Padre somos una sola cosa»


La profundización de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu, tiene lugar en las primeras comunidades
cristianas, que se confrontan con la raíz judía, en la que se reconoce que Dios es «un solo Señor».
En la tradición del Evangelio de Juan se proclama abiertamente que, solo por medio de Jesucristo,
el Hijo, se conoce al único Dios vivo y verdadero. Dios, al que nadie ha visto y oído jamás, se deja
ver y escuchar por medio de Jesucristo, el único que lo ha visto y oído. Jesús no es otro Dios, sino el
Hijo que dice las palabras escuchadas al Padre y cumple las obras que el Padre le ha mostrado y
mandado ejecutar. En el diálogo con los discípulos antes de su muerte, Jesús revela su contacto con
Dios mediante esta declaración: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14, 9).
En la tradición joánica, atestiguada en la primera Carta que lleva el nombre de Juan, se
explicita la revelación de Dios Padre en Jesucristo, el Hijo único de Dios. Solo quien se deja implicar
en el dinamismo del amor que proviene de Dios descubre el rostro del Padre. El amor de Dios, que
precede a toda respuesta humana, se manifestó en la historia en Jesucristo, el Hijo único enviado
por el Padre, aquel que afrontó la muerte como expresión máxima de su amor. Quien tiene
experiencia de este amor reconoce que Dios es amor. El sello y la confirmación de esta experiencia
de amor de Dios Padre, en su Hijo Jesucristo, es el don permanente del Espíritu Santo.

Un solo Dios
En el diálogo con sus comunidades, san Pablo manifiesta la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu, que
él ha recibido de la primera Iglesia y les ha transmitido. En el ambiente religioso greco-romano,
donde a nivel popular se cree en una pluralidad de dioses, san Pablo afirma la fe tradicional
cristiana: «Para nosotros hay un solo Dios Padre, de quien todo proviene y para quien somos
nosotros; y un solo Señor, Jesucristo, por quien existen todas las cosas y nosotros también» (1
Corintios 8, 6). En esta declaración, que se inspira en el lenguaje de la cultura griega, confluyen
tanto la fe tradicional judía como la cristiana: el único Dios es el Padre, que se da a conocer y obra
por medio del Señor Jesucristo.
A la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu, apela san Pablo cuando habla de la experiencia bautismal y de
los dones espirituales, denominados «carismas». Por medio de la fe bautismal, los cristianos
participan de la vida de Jesucristo, el Hijo que el Padre envió para liberar a todos los creyentes. La
fuente y la garantía de la condición de libertad es el don del Espíritu, que inspira la oración filial de
los cristianos.
En la primera carta dirigida a los cristianos de Corinto, que provienen de una experiencia de
vida moralmente desordenada, san Pablo les recuerda que han sido purificados, hechos santos y
justos, gracias al baño bautismal en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de Dios. Ante el
riesgo de servirse de los carismas para oponerse unos a otros, Pablo recuerda a los cristianos que
los dones de Dios, diversos y múltiples, proceden del mismo Espíritu, del mismo Señor y de un
solo Dios, «que obra todo en todos» (12, 6).
La Trinidad, relación de amor
El Dios, que Jesús nos ha revelado, no es solitario ni cerrado en sí mismo: es el Dios que es don en
sí mismo y se nos da a nosotros, el Dios que es amor. Como asevera la primera carta de Juan, «en
esto se manifestó el amor de Dios por nosotros, en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito,
para que tengamos vida por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos
amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros
pecados... Y nosotros hemos conocido y creemos el amor que Dios nos tiene. Dios es amor; quien
permanece en el amor, permanece en Dios y Dios, en él» (1 Juan 4, 9-10. 16).
El amor es el conducto que nos lleva a conocer al Dios de Jesús: «Quien no ama no conoce a Dios,
porque Dios es amor» (1 Juan 4, 8). Desde siempre, Dios es amor: es aquel que ama; aquel
que es amado e intercambia el amor; es, en persona, el vínculo que une a quien ama y a quien es
amado. Escribe san Agustín: «Las personas divinas son tres: la primera, que ama a la que de ella nace;
la segunda, que ama a aquella de la que nace; y la tercera, que es el mismo amor» (De Trinitate 6, 5,
7). Estos tres son uno: no tres amores, sino un único, eterno e infinito amor, el único Dios que es
amor. Y san Agustín afirma todavía: «Ves a la Trinidad, si ves el amor» (ibíd., 8, 8, 12). Y añade de
este único Dios, que es amor: «Así que son tres: el Amante, el Amado y el Amor » (ibíd., 8, 10,
14), el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
La beata Isabel de la Trinidad testimonia en esta bellísima oración de qué modo puede la criatura
ser partícipe del diálogo de amor de los tres que son uno:
Dios mío, Trinidad que adoro,
ayúdame a olvidarme enteramente de mí
para establecerme en Ti,
en una inmóvil quietud
como si mi alma estuviera ya en la eternidad;
que nada pueda turbar mi paz
ni hacerme salir de Ti, mi Bien inmutable,
y cada instante me sumerja más
en las profundidades de tu Misterio.
Pacifica mi alma, haz de ella tu cielo,
tu morada preferida y el lugar de Tu descanso:
que jamás te deje solo,
sino que esté enteramente en Ti,
en todo vigilante en la fe, en total adoración,
en el completo abandono a tu acción creadora...
Oh mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza,
Soledad infinita, Inmensidad en que me pierdo,
me entrego a Vos como en prenda.
Cobijaos en mí para que yo me cobije en Vos,
a la espera de ir a contemplar en vuestra luz
el abismo de vuestras grandezas. Amén.
(Elevación a la Santísima Trinidad, 21 de noviembre de 1904)

IX. LA IGLESIA DE DIOS


La vida del Dios Trinidad, que es amor, se da a participar a los hombres reuniéndolos en una
comunidad, que es la Iglesia. La expresión «Iglesia de Dios» proviene de la tradición bíblica, donde
designa a la asamblea de Israel, convocada por Dios al pie del monte Sinaí para recibir el estatuto de
la alianza. En la tradición paulina, la «Iglesia de Dios» es el conjunto de los creyentes bautizados,
dispersos en las pequeñas comunidades del mundo greco-romano. Los autores de los Evangelios
parten de la experiencia de la Iglesia nacida en la primera misión cristiana, para buscar sus raíces y
razonamientos en las palabras y en las acciones de Jesús. La tradición evangélica presenta al grupo
de los doce apóstoles como el prototipo de la comunidad cristiana o Iglesia, a la que van destinados
los cuatro Evangelios.

La comunidad de los hermanos


En el Evangelio de Mateo, Jesús habla explícitamente de su «Iglesia», que fundará sobre la fe de
Pedro. La Iglesia es la comunidad de los creyentes que confiesan a Jesucristo, Hijo del Dios vivo. En esta
Iglesia, la autoridad se ejerce en el nombre de Jesús para la salvación de los creyentes, que son
todos hermanos, por ser hijos del Padre que está en los cielos. El acogimiento de los pequeños, la
corrección fraterna y el perdón constituyen actitudes básicas de las relaciones en la comunidad
eclesial. A esa Iglesia confía Dios su reino y le pide la aplicación de su voluntad tal como la ha
revelado Jesús, el Hijo. La Iglesia está abierta a todos los pueblos de la tierra, llamados a
convertirse en discípulos de Jesús.
Según Lucas, autor del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles, la Iglesia es una
comunidad «apostólica», por haber sido fundada sobre los doce apóstoles, representantes de todo
Israel: en su vida y en su historia se cumplen las promesas de salvación hechas por Dios al pueblo
elegido. Con la fuerza del Espíritu Santo, los discípulos son enviados a dar testimonio de Jesús hasta
los últimos confines de la tierra.
En la fiesta de Pentecostés, el quincuagésimo día después de la Pascua de Resurrección, mediante
el don del Espíritu Santo, que había sido prometido por Jesús resucitado, la Iglesia se manifestó al
mundo. El autor de los Hechos de los Apóstoles dibuja un cuadro ideal. Todos los que acogen la
Palabra de Dios, proclamada por los apóstoles, y son bautizados en el nombre del Señor Jesús,
forman la comunidad de los creyentes, que «perseveran en la enseñanza de los apóstoles y en la
comunión, en la fracción del pan y en las oraciones » (Hechos 2, 42), y constituyen una comunidad
de amigos y hermanos, que obran con «un solo corazón y una sola alma» (Hechos 4, 32).

La comunidad enviada en misión


El autor de los Hechos de los Apóstoles reconstruye las etapas de la primera misión de la Iglesia
en el mundo judío, presentando a sus protagonistas y su método. Dios está en el origen de la misión
cristiana. Por medio de Jesucristo, el Hijo «enviado» por el Padre, el don del Espíritu Santo habilita
a todos los creyentes a proclamar el Evangelio de la salvación a toda criatura humana, sin distinción
de religión, etnia y cultura. Los destinatarios de la misión son todos los seres humanos, desde Israel a
los pueblos paganos.
La misión se pone en práctica mediante el anuncio y el testimonio, que se da con la palabra y con
la vida. Esa misión corresponde a la voluntad de Dios, proféticamente anunciada en la historia de Israel
—tal como atestiguan los libros del Antiguo Testamento—, y se lleva a cabo por medio de Jesucristo
y el don del Espíritu Santo. El contenido del anuncio es Jesús de Nazaret, condenado a muerte por los
hombres, pero resucitado por Dios: en Él se cumplen las promesas divinas, formuladas en las
Sagradas Escrituras, y se abre el acceso a la salvación a todos los posibles buscadores de Dios. El
anuncio desemboca en la invitación a la conversión, para recibir el perdón de los pecados y el don
del Espíritu Santo, garantía de la salvación definitiva, esto es, de una vida plena y feliz en el tiempo y
por toda la eternidad.

La comunidad de los creyentes en Jesucristo


La Iglesia de Dios es la «santa convocación» de cuantos han acogido el Evangelio de Jesucristo y
viven, gracias a la acción interior del Espíritu Santo, en la fe, en la caridad y en la esperanza,
aguardando la manifestación gloriosa del Señor. A partir de la experiencia de la «cena del Señor»,
donde los cristianos rememoran a Jesús muerto y resucitado, san Pablo presenta a la comunidad de los
cristianos como «cuerpo de Cristo». Todos los creyentes, que comen el único pan que es Cristo,
forman, en comunión con Él, un solo cuerpo. Han sido bautizados en un solo Espíritu para formar
el único cuerpo de Cristo.
El Espíritu donado por Dios por medio de Jesús resucitado constituye la fuente de los distintos
carismas y encargos, que manifiestan y realizan la vitalidad de la única Iglesia, cuerpo de Cristo. El
amor comunicado por el Espíritu Santo mantiene unidos a todos los miembros de la Iglesia. Para el
nacimiento y el crecimiento de la Iglesia, Dios instituyó el ministerio de los apóstoles, de los
profetas y de los maestros. En la tradición de san Pablo, esta variedad de ministerios, al servicio de la
Palabra y del gobierno de la Iglesia, la dispensó el Señor resucitado, a fin de que todos los creyentes
participen en el crecimiento de su cuerpo en la unidad y en el amor.
En la vida de la Iglesia, la fe de sus miembros asume diferentes formas, vinculadas a los estados de
vida y a los dones recibidos de Dios. Estas formas manifiestan la riqueza y la variedad de la
experiencia cristiana, radicada en la participación en la vida del único Señor Jesús, el Cristo,
cabeza de la Iglesia edificada sobre la palabra de los «apóstoles y profetas». Mediante la
proclamación del Evangelio, todos los pueblos están llamados a formar parte de esta Iglesia,
cuerpo de Cristo.
En la misma tradición de san Pablo se vive la experiencia de la Iglesia como familia de Dios, guiada
por los pastores, que hacen viva y actual la tradición del apóstol. Ellos ejercen una tarea de vigilancia
(«episcopé») y serán llamados obispos, con características que se precisarán cada vez más sobre el
fundamento de lo ya presente en las comunidades apostólicas de los orígenes.
Ingresar en la Iglesia mediante la fe en Jesús y la conversión del propio corazón —testificadas en el
Bautismo—, adquiriendo actitudes de amor hacia todos, aceptar el gobierno de los pastores que
anuncian la Palabra de Dios y dispensan el don de los sacramentos —en los que nos llega la vida
divina ofrecida en Jesucristo—, nos garantiza una vida salvada, es decir, libre de las idolatrías de
este mundo y participe en la fe y en la esperanza de la alegría de la eternidad divina.

La comunidad de amigos y la «esposa del Cordero»


Según el Evangelio de Juan, los creyentes en Jesucristo, Hijo de Dios, conforman una
comunidad de amigos, que se mantienen unidos, como sarmientos a la vid, por el mandamiento
nuevo del amor, cuya fuente y modelo está en la entrega de su vida que hizo Jesús. Al igual que
Jesús, los discípulos son consagrados mediante el amor y el Espíritu Santo, para ser enviados al
mundo. La unidad de todos los creyentes se fundamenta en la oración de Jesús, que pide al Padre
que sean una sola cosa, participando en el mismo dinamismo de amor que constituye la comunión
entre Él y el Padre.
Para el autor del Apocalipsis, la comunidad de los fieles sigue a Jesús, el Cordero sacrificado
pero ahora vivo, sin componendas con el poder idolátrico, hasta el martirio. Sobre el trasfondo de
la nueva creación, el profeta de Patmos imagina a la Iglesia como una esposa preparada para las
bodas del Cordero. La compara con la nueva Jerusalén, que desciende del cielo para ser la morada
de Dios entre los hombres.
Justamente por ser la esposa del Cordero, la Iglesia es necesaria para encontrar y acoger a Cristo
con el corazón y en la vida. En la comunidad que escucha y proclama su palabra, que celebra los
sacramentos de la salvación, que vive y testifica la caridad, es Él quien se hace presente, a pesar de
los pecados y de los antitestimonios de los hijos de la Iglesia. Una comunidad de rostro humano,
acogedora, de fe viva, capaz de irradiar la alegría del Evangelio, viene a ser realmente, en relación
con el Señor Jesús, como la luna respecto al sol: recoge de Cristo, verdadero Sol, los rayos de la luz
que ilumina el mundo y los proyecta generosamente en la noche del tiempo. Así lo percibía y
representaba la fe de los más antiguos escritores cristianos:
Esta es la verdadera luna.
De la inagotable luz del astro fraterno
obtiene la luz de la inmortalidad y de la gracia.
La Iglesia, en efecto, no reluce con luz propia,
sino con la luz de Cristo.
Toma su esplendor del sol de justicia,
para luego poder decir:
Vivo, pero no soy yo quien vivo,
¡sino Cristo quien vive en mí!
(San Ambrosio, Hexamerón 4, 8, 32).

X. LA VIDA SEGÚN EL ESPÍRITU


En la tradición bíblica, el «espíritu» representa la fuerza vivificadora de Dios, que inspira a los
profetas y anima la vida de los fieles que asumen la alianza. Se espera una efusión abundante suya
en los últimos tiempos. Los primeros creyentes en Jesucristo están convencidos de que su
resurrección, con la efusión del Espíritu, inaugura los. últimos tiempos. San Pablo habla del
«Espíritu de Dios», considerándolo a la vez don de Jesús resucitado a los creyentes.
El Espíritu de Cristo
El don del Espíritu por parte de Dios lleva a los creyentes a comprender y acoger su proyecto
salvífico, que se manifiesta en Jesús, el Cristo crucificado. El Espíritu plasma la identidad y la
acción de los discípulos, que, justamente por haber sido signados por Él, están llamados a vivir
de modo «espiritual», siguiendo a Cristo.
El Espíritu suscita y alimenta esas disposiciones profundas que son conformes con el proyecto de
Dios, en antítesis a las de la «carne», esto es, con una existencia encerrada en sí misma y extraña al
proyecto de Dios. El Espíritu es quien infunde en el corazón de los creyentes el amor de Dios, que
se hace fuente del amor fraterno. El Espíritu de Dios suscita en quien cree la actitud de confidencia
filial de Jesús, que se expresa en la invocación Abbá, «Padre». En situaciones de sufrimiento, el
Espíritu inspira y alimenta también la oración de los creyentes, en sintonía con el designio salvador de
Dios.
El Espíritu de Cristo Señor es garantía de la libertad de los discípulos con respecto a la vieja
existencia y es fuente de un nuevo dinamismo de vida caracterizado por el amor. Infundido en el
bautismo, constituye a los creyentes en una comunidad de personas de igual dignidad, haciendo
superar toda discriminación étnica o social. La comunidad, animada por el Espíritu mediante los
dones (o «carismas»), crece de modo armónico y unitario con la participación de todos.
El Espíritu, comunicado por el Resucitado, es la fuente interior y permanente de la libertad
del cristiano. Esta, ante todo, es liberación de la esclavitud del pecado y de la muerte, gracias a la
iniciativa gratuita de Dios llevada a cabo por Cristo: es «libertad de» esa esclavitud y «libertad
para» entregarse a Dios y a los demás, porque el Espíritu infunde en lo más íntimo de los
corazones la capacidad de amar según la voluntad del Padre, revelada en Jesús.
La «ley», síntesis de las exigencias éticas y relaciona- les, deja de ser una norma exterior, porque
viene a coincidir con la «ley del Espíritu», donada por Dios. Se establece así una sintonía entre las
aspiraciones profundas del ser humano, que busca su realización personal en las relaciones
adecuadas y felices con las personas, y las exigencias éticas concentradas en el amor.

Los dones del Espíritu


El Espíritu Santo, donado a los creyentes tanto en el bautismo como en los demás sacramentos,
hace de ellos el único Cuerpo de Cristo y les comunica los diversos dones o carismas. Solo puede
hablarse de dones del Espíritu en un contexto de fe, allí donde se confiesa que Jesús es el Señor. Y
porque todos los creyentes, con la fuerza del Espíritu, reconocen a Jesucristo como Señor, las
diversas manifestaciones del Espíritu se fundamentan en una base compartida y, por eso, en una
igual dignidad.
Debe también reconocerse que, en el origen de los diferentes y múltiples dones espirituales,
siempre está un solo Dios y Señor, que obra por medio del único Espíritu. De ahí que no tengan
sentido conflictos o contraposiciones en la manifestación y en el ejercicio de los distintos
carismas. En la primera carta a los Corintios, san Pablo equipara a la comunidad de los creyentes
con el cuerpo humano, el cual, «aun siendo uno solo, tiene muchos miembros, y todos los
miembros, aun siendo muchos, forman un solo cuerpo » (1 Corintios 12, 12). Y concluye la
comparación entre la comunidad cristiana y el cuerpo con la declaración: «Vosotros sois cuerpo
de Cristo» (1 Corintios 12, 27). Todos los cristianos, efectivamente, han sido inmersos en un solo
Espíritu para formar un solo cuerpo.
El amor constituye el criterio último para evaluar los carismas suscitados por el Espíritu en la
comunidad. San Pablo nos lo da a entender en el elogio de la caridad contenido en el capítulo 13 de
su primera carta a los Corintios, cuando afirma que las experiencias místicas más asombrosas y
hasta los mayores actos de heroísmo carecen de valor, si falta el amor (que en griego se dice
«agapé» y suele traducirse con el término «caridad»):
«Podría hablar yo las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como
bronce que resuena o platillos que aturden.
Podría tener el don de profecía, conocer todos los misterios y todo el saber, y poseer tanta fe como
para mover montañas, si no tengo caridad, no soy nada.
Podría repartir en limosna todos mis bienes y entregar mi cuerpo al fuego, que si no tengo caridad,
de nada me sirve.
La caridad es magnánima, la caridad es benévola; no es envidiosa, no presume, no se engríe, no
es maleducada, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal recibido, no se
alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo
lo soporta.
La caridad nunca tendrá fin...
Ahora, pues, permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad. Pero la mayor de todas es la
caridad» (1 Corintios 13, 1-7.13).
El don del Espíritu Santo, que Jesús resucitado otorga a los creyentes, se vuelve en ellos la fuente
del amor de Dios y los capacita para vivir su fe con una actitud de entrega recíproca. El Espíritu de
Dios hace que nazca, por un lado, la fe en Él y, por otro, el amor al prójimo. La madurez espiritual de
los cristianos se mide, entonces, por la calidad de sus relaciones de amor, que hacen posibles los frutos
del Espíritu: «caridad, gozo, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre,
dominio de sí» (Gálatas 5, 22). La libertad cristiana halla su piedra de toque en la caridad, ya que esta
pone en marcha decisiones y comportamientos responsables, y se orienta hacia la realización de un
proyecto en el que el ser humano, con una constante disposición de servir, se la juega
personalmente.

La promesa de la vida plena


El Espíritu que Jesús nos ha donado, pues, nos hace partícipes de la vida divina en el tiempo y
para la eternidad. Nos preguntamos: acogiéndolo en nuestro corazón, ¿qué podemos esperar? En
el libro del Apocalipsis, el profeta de Patmos describe el último acto del drama de la salvación como
una «nueva creación». La idea de la nueva creación procede de la tradición bíblica, donde los
profetas invitan a olvidar el pasado y a mirar hacia las cosas nuevas que Dios va a crear.
San Pablo retorna este lenguaje para expresar la conciencia de que los creyentes, unidos a
Jesucristo mediante el bautismo, son una «nueva criatura». La experiencia de la novedad de vida
en el Espíritu, basada en la iniciativa radical de Dios, prefigura y anticipa la comunión plena y
definitiva con Él, que el que cree aguarda con esperanza. En la perspectiva de san Pablo, la actual
condición de lo creado es también asociada al destino del ser humano, que lo arrastra consigo en su
historia de pecado. Sin embargo, en virtud de la misma solidaridad, lo creado aguarda la liberación
de su esclavitud junto con los seres humanos llamados a entrar en la gloria de Dios.
En la visión del Apocalipsis, expresada con el lenguaje evocador de los símbolos, el plan de Dios para
la historia humana se encierra en un rollo, que solo Jesucristo, el Mesías descendiente de David,
ajusticiado pero vivo, está en condiciones de interpretar y de poner por obra. Jesucristo es el
revelador y el redentor universal que inaugura la gran liturgia cósmica, en la que todos los seres
creados reconocerán el señorío absoluto de Dios. Con su muerte y resurrección, Jesucristo no solo
vence a las potencias del mal y de la muerte, sino que inaugura el tiempo y la condición definitiva de
la salvación para todos los que le siguen, aun a costa de perder la vida física. Tras la victoria final
sobre las fuerzas del mal, surgirá la «nueva creación», que englobará al cielo y a la tierra, al
tiempo que el «mar», símbolo del caos, desaparecerá para siempre.
En este escenario se sitúa la visión de la «Jerusalén celeste», la «prometida y esposa» del
Cordero, que representa el cumplimiento del plan de salvación. Allí se establecerá la morada
definitiva de Dios con los hombres. La muerte, fuente de todo dolor, será eliminada por
completo. Dios acogerá a los seres humanos como hijos llamados a participar para siempre de su
vida de amor. Este destino se halla prefigurado en la mujer María, la madre del Mesías.
María, madre de la esperanza
En la tradición evangélica, María, la virgen madre de Jesús, se presenta como la mujer creyente
que —cubierta por la sombra del Espíritu— se abre al don de la salvación definitiva, inaugurada por
su Hijo. Ella acoge la palabra del ángel enviado por Dios con la adhesión pronta y fiel de los
grandes testigos de la tradición bíblica. En el canto del Magnificat, María exalta la potencia
salvífica de Dios, el santo y el misericordioso, que en su hijo Jesús lleva a cumplimiento la promesa
hecha a Abrahán y a su descendencia. Como humilde sierva del Señor, María, la «hija de Sión», se
ubica en la historia de su pueblo, Israel, el cual, a partir del éxodo y de la travesía del desierto,
experimenta la acción poderosa de Dios. El Magnificat, síntesis de la historia de la salvación, es un
canto de esperanza, de la que María se hace portavoz.
En el nacimiento de Jesús en Belén, mientras que los pastores reconocen al Mesías y al Salvador en el
niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, María conserva y medita en su corazón
cuanto se le ha anunciado y está llevándose a cabo. Esa misma imagen de María aparece al
concluir el episodio de Jesús que, con doce años, al término de una peregrinación a Jerusalén
para la fiesta de Pascua, se queda en el templo para discutir con los maestros de la Ley. María y
José no comprenden las palabras de Jesús, que reivindica su derecho y deber de dedicarse a las
cosas de su Padre. El relato se cierra con una escena paradójica: Jesús regresa a Nazaret, donde
vuelve a mostrarse como un hijo obediente, mientras María «conserva todas estas cosas en su
corazón » (Lucas 2, 51). La Madre de Jesús vive con la expectativa del pleno desvelamiento de la
identidad de su Hijo en la Pascua de Resurrección.
María, por ser la creyente que acoge y conserva en su corazón la palabra de Dios, se erige en
prototipo de los discípulos y de la Iglesia entera. Esta identidad de la Madre de Jesús se recoge
también en la tradición transmitida en el Evangelio de Juan, a partir del relato de las bodas de Caná.
Con el regalo del vino bueno y abundante, Jesús inaugura la nueva alianza, basada en unas nuevas
relaciones de amor. Con discreción, pero también con determinación, la Madre entra en la
perspectiva de la nueva alianza, reclamando la atención del Hijo sobre el problema que ha
surgido e invitando a los siervos a hacer lo que Él les diga. En Caná, la Madre anticipa la hora de la
revelación gloriosa de Jesús, que se cumplirá con su muerte y resurrección en Jerusalén.
La Madre está presente en la escena central de la crucifixión de Jesús. Antes de las palabras «todo
está cumplido», Jesús le revela una nueva identidad, confiándola como madre al discípulo amado,
que la acoge como un precioso don. Al pie de la cruz nace la comunidad de los creyentes,
representada por el discípulo y por la Madre de Jesús. Junto con el dolor de su muerte viene el parto,
el nacimiento de la nueva criatura, que Jesús había prometido a los discípulos en el discurso de
despedida.
En este horizonte se sitúa también la visión del capítulo 12 del Apocalipsis, que presenta el destino
final de la humanidad mediante la gran señal en el cielo, donde aparece una mujer vestida de sol que
da a luz un hijo destinado a reinar como Mesías. Para eludir las amenazas de muerte por parte del
gran dragón, el hijo de la mujer es llevado al mundo de Dios. Los dolores del parto y el envío del hijo
a Dios aluden al misterio pascual de Jesús, que se prolonga en la historia de sus testigos. Estos son los
hijos de la mujer, contra los que ahora combate el dragón.
En el drama del Apocalipsis, la figura de la madre del Mesías se superpone a la de Israel y de la
Iglesia, con el trasfondo de la lucha primordial entre la antigua serpiente y la descendencia de la
mujer. María es la primicia y la imagen de la Iglesia que vive a la espera de la salvación final. En Ella,
Dios ha hecho brillar ante su pueblo, peregrino en la tierra, «una señal de consuelo y de segura
esperanza». Veamos cómo se dirige a María, la Madre de Jesús, figura ideal de toda mujer y de todo
varón, un hijo de la Iglesia de nuestros días:
Santa María, mujer de nuestros tiempos,
líbranos del peligro de pensar
que las experiencias espirituales que tú viviste
hace dos mil años no cabe que se nos propongan hoy a nosotros ...
Haznos comprender que la modestia, la humildad,
la pureza, son frutos de todas las épocas de la historia,
y que el discurrir de los tiempos
no ha alterado la composición química
de ciertos valores, como la gratuidad,
la obediencia, la confianza, la ternura y el perdón.
Son valores que aún se mantienen
y nunca caerán en desuso.
Vuelve, por eso, a nosotros, y ofrece a todos
la edición actualizada de esas grandes virtudes humanas
que te hicieron grande a los ojos de Dios.
(Oración a María del obispo Tonino Bello).
Tercera parte
CÓMO ENCONTRAR AL DIOS DE JESUCRISTO

Hemos intentado testimoniar la esperanza que habita en nosotros. Hemos presentado a Jesús, su
vida, muerte y resurrección. Hemos hablado del rostro de su Padre y del don de su Espíritu. Para
nosotros, cristianos, Jesús no es una doctrina abstracta. Es camino, es vida, es verdad que ilumina
nuestro corazón, anticipo y promesa de la vida eterna. Siguiéndole a Él, el más humano de los
hombres, el Hijo eterno venido a nosotros, nos sentimos ayudados a encarar la vida y sus desafíos
como hijos de Dios, hermanos y hermanas entre nosotros.
La tercera parte de nuestra «Carta» trata de ayudar al «buscador de Dios» a pensar, proyectar y
vivir experiencias concretas, para que logre encontrar al Dios vivo, tal como Jesús nos lo ha hecho
posible a nosotros. La presencia de tantos testigos en la historia de la Iglesia nos corrobora en esta
empresa. Ellos, conducidos por el Espíritu de Jesús y por la mano sabia de los pastores —los hermanos
a quienes el Espíritu mismo ha confiado la responsabilidad de guiarnos por el camino de la verdad
—, nos ayudan a captar e interpretar la verdad en la vida cotidiana y a abrirnos al don de Dios.
Deseamos que, entre líneas, cada cual vea aflorar el ostro de la comunidad, el rostro de la
Iglesia, madre de os creyentes, que sostiene y alienta el camino de todos. La Iglesia es la que nos
ha transmitido la buena noticia de Jesús el Señor y nos ayuda a interpretar las inquietudes que
traspasan nuestro corazón.
Intentamos, por tanto, repensar el camino cotidiano del cristiano, dejándonos llevar de la mano
por quienes lo tan experimentado antes que nosotros. El recuerdo de las exigencias a las que debemos
ser fieles, a fin de mantener una calidad de vida según el proyecto de Dios, responde también a ese
profundo interrogante que brota cuando tos dejamos interpelar por elevados compromisos.
En esta última parte, pues, intentamos proponer el <mapa» de una existencia vivida según el
Espíritu de Jesús, para devolver confianza en la vida cotidiana y recordar las condiciones para su
autenticidad. ¿Quién sostendrá nuestro esfuerzo? La respuesta brota justamente de la vivencia de
nuestros hermanos y hermanas en la fe: la oración, la palabra de Dios, los sacramentos, el
servicio, a esperanza de la casa futura representan las experiencias concretas en las que resulta
posible encontrar al Dios le Jesucristo.
Sin duda, nos vemos obligados a transcribir «palabras». Con todo, sabemos que tras ellas hay
personas y techos: los muchos discípulos de Jesús, testimonios de santidad, los innumerables
hombres y mujeres que han lado esperanza a otros en la historia. Están también nuestros
rostros, a los que las palabras interpretan y quizá... embellecen. Estás, asimismo, tú, que lees
estas páginas, estimulado a reexaminar más intensamente tu pida para volverte un «rostro» que se
hace «palabra», propuesta a todos.

XI. LA ORACIÓN
¿Para qué rezar? La respuesta es sencilla: para vivir. Sí, para vivir de veras, hay que rezar.
Porque vivir es amar: una vida sin amor no es vida. Es soledad vacía, es prisión y tristeza. Solo vive
realmente quien ama: y solo ama quien se siente amado, alcanzado y transformado por el amor.
Al igual que la planta no da su fruto, si no re-, cibe los rayos del sol, así el corazón humano no se
abre a la vida plena y verdadera, si no es tocado por el amor. Orando, nos dejamos amar por Dios
y nacemos al amor, siempre de nuevo. Por eso, quien reza vive realmente, en el tiempo y para la
eternidad.

¿Cómo rezar?
Muchos piensan que no saben rezar. Muchos preguntan cómo rezar. También en este caso, la
respuesta es inmediata: hay que dar algo de nuestro tiempo a Dios.
Al comienzo, lo importante no es que este tiempo sea mucho, sino que se le dé lealmente. Es
preciso fijar un tiempo que dedicar cada día al Señor, y dárselo con fidelidad, cuando tenemos
ganas y también cuando no las tenemos. Hay que buscar un lugar tranquilo, donde, a ser
posible, haya algún signo que reclame la presencia de Dios (una cruz, una imagen, la Biblia), o
entrar en una iglesia y plantarse delante del sagrario, donde Cristo está presente en la Eucaristía.
Basta recogerse en silencio e invocar al Espíritu Santo, a fin de que sea Él quien grite en nosotros:
«¡Abbá, Padre!». Elevamos a Dios nuestro corazón, aunque esté agitado. No debemos albergar
temor a decirle todo: no solo las dificultades y el dolor, el pecado y la incredulidad, sino también
la alegría y la esperanza, e incluso la rebelión y la protesta, si anidan en nosotros.
Todo hemos de ponerlo en las manos de Dios, alabándolo y agradeciéndole sus dones. Hay que
escuchar su silencio, sin pretender recibir enseguida respuestas. Es necesario perseverar, sin
pretender atenazar a Dios, sino dejándole penetrar en nuestra vida y en nuestro corazón,
tocándonos el alma. Hay que escuchar su Palabra, abriendo la Biblia, meditándola con cariño,
dejando que Jesús hable al corazón. En los Salmos hallaremos expresado todo lo que queremos decir
a Dios; escuchando a los apóstoles y a los profetas aprenderemos a amar la historia del pueblo
elegido y de la Iglesia primitiva, a la par que sacaremos experiencia de la vida vivida en el horizonte
de la alianza con Dios. Después de escuchar la Palabra de Dios, todavía tendremos que caminar un
largo trecho por los senderos del silencio, dejando que sea el Espíritu quien nos una a Cristo,
Palabra eterna del Padre. Dejamos que sea Dios Padre quien nos modele con sus dos manos, el
Verbo y el Espíritu Santo.

El camino de la oración
Al comienzo puede parecer que el tiempo para hacer todo esto resulta demasiado largo y no
acaba nunca: hay que perseverar con ánimo y disponibilidad, dedicando a Dios todo el tiempo
que estemos en condiciones de darle. De cita en cita, nuestra fidelidad será premiada, y poco a
poco veremos crecer en nosotros el gusto por la oración. Lo que al principio nos parecía
inalcanzable se hará cada vez más fácil y hermoso. Entenderemos entonces que lo que cuenta no
es obtener respuestas, sino ponerse a disposición de Dios: lo que llevemos a la oración será poco a
poco transfigurado.
Así, cuando nos pongamos a orar con el corazón agitado, si perseveramos, descubriremos que,
tras mucho rezar, no hemos recibido respuestas a nuestras preguntas, sino que las mismas
preguntas se han derretido como la nieve al sol. En nuestro corazón entrará la paz de quien se pone
confiadamente en las manos de Dios y se deja guiar con docilidad a donde Él quiere.
A lo largo de todo este proceso, no faltarán las dificultades: a veces, no lograremos acallar el ruido
que hay a nuestro alrededor y dentro de nosotros; a veces, sentiremos la fatiga y hasta el disgusto
de ponernos a orar; a veces, nuestra sensibilidad nos coceará y cualquier otro acto nos parecerá
preferible al de permanecer en oración delante de Dios, «perdiendo el tiempo>. En realidad, estas
han sido las pruebas de multitud de creyentes y hasta de muchos grandes santos. Tan solo hay que
tener fe: lo único que realmente podemos dar a Dios es la prueba de nuestra fidelidad. Con la
perseverancia salvaremos la oración y, sobre todo, nuestra vida.
No debemos temer las pruebas y las dificultades en la oración: Dios es fiel y nunca nos pondrá ante
una prueba sin darnos una vía de escape; nunca nos expondrá a una tentación sin proporcionarnos la
fuerza para soportarla y vencerla. Dejémonos amar por Dios: al igual que la gota de agua que se
evapora por los rayos del sol sube hacia arriba y regresa a la tierra como lluvia fecunda o rociada
consoladora, así permitimos que todo nuestro ser sea trabajado por Dios, plasmado por el amor del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, absorbido por ellos y devuelto a la historia como don fecundo.
Dejamos que la oración haga crecer en nosotros la liberación de todo temor, el ímpetu y la
audacia del amor, la fidelidad a las personas que Dios nos ha confiado y a las situaciones en que
nos ha situado, sin buscar evasiones o consolaciones baratas. Aprendemos, orando, a vivir la
paciencia de aguardar los tiempos de Dios, que no son nuestros tiempos, y a seguir los caminos de
Dios, que a menudo no son nuestros caminos.

La oración, fuente de amor


Un don particular que deriva de la fidelidad a la oración es el amor a los demás y el sentido de
pertenencia a la Iglesia: cuanto más se reza, más misericordia se siente por todos, más queremos
ayudar a quien sufre, más hambre y sed de justicia tenemos, especialmente por los más pobres y
débiles. Rezando, sentiremos la belleza de estar en la barca de Pedro, dóciles a la conducción de los
pastores de la Iglesia, solidarios con todos, sostenidos por la oración común, proclives a servir a los
demás con generosidad, sin pedir nada a cambio.
Rezando, sentiremos crecer la pasión por la unidad de la Iglesia y de toda la familia humana. La
oración es la escuela del amor, porque en ella es donde podemos reconocernos infinitamente
amados y renacer de nuevo cada día a la generosidad, que toma la iniciativa del perdón y de la
entrega sin cálculos, por encima de toda medida de cansancio.
Rezando, se aprende a orar y se paladean los frutos del Espíritu, que hacen auténtica y hermosa
la vida. Rezando, se convierte uno en amor, y la vida adquiere el sentido y la belleza por la que ha
sido querida por Dios. Rezando, se advierte cada vez más la urgencia de llevar a todos el Evangelio,
hasta los últimos confines de la tierra. Rezando, se descubren los dones infinitos del Amado y se
aprende cada vez más a darle gracias por cada cosa. Rezando, se vive. Rezando, se ama. Rezando, se
alaba. Y la alabanza constituye la mayor alegría y la mayor paz de nuestro corazón inquieto, en el
tiempo y por la eternidad.
XII. LA ESCUCHA DE LA PALABRA DE DIOS

En cada uno de nosotros, con frecuencia tan cautivos de nuestras soledades, hay una honda
necesidad de amor. Es la necesidad de una palabra de vida que venza nuestros temores y nos haga
sentirnos amados. El profeta Amós describe con eficacia esta situación: «He aquí que llegarán
días —oráculo del Señor Dios— en que enviaré el hambre al país; no hambre de pan ni sed de agua,
sino de escuchar las palabras del Señor» (Amós 8, 11). Y san Agustín, que halló esa Palabra, hasta
hacerla la razón de su vida entera, presenta así la respuesta del Dios vivo a nuestra necesidad:
«Desde esa ciudad, nuestro Padre nos ha enviado cartas, nos ha hecho llegar las Escrituras, con las que
enciende en nosotros el deseo de volver a casa» (Comentario a los Salmos 64, 2-3).
Si se llega a comprender —como les ha sucedido a tantos creyentes de ayer y de hoy— que la
Biblia es esta «carta de Dios», que habla directamente a nuestro corazón, entonces uno se acerca a
ella con la trepidación y el deseo con que un enamorado lee las palabras de la persona amada.
Entonces, Dios, que es a la vez paterno y materno en su amor, nos hablará justamente a cada uno de
nosotros, y la escucha fiel, inteligente y humilde de cuanto nos diga saciará poco a poco nuestra
necesidad de luz, tu sed de amor. Aprender a escuchar la voz de Dios que habla en la Sagrada
Escritura es aprender a amar: por eso, la escucha de las Escrituras es una escucha que libera y salva.
El Dios que habla
Solo Dios podía romper el silencio de los cielos e irrumpir en el silencio del corazón: solo Él
podía decirnos —como ningún otro— palabras de amor. Esto ha acaecido en su revelación,
primero, al pueblo elegido, Israel, y, luego, con Jesucristo, la Palabra eterna hecha carne. Dios
habla: a través de acontecimientos y palabras íntimamente vinculados, Él se comunica a Sí mismo a
los hombres. Estos textos, puestos por escrito bajo la inspiración de su Espíritu, constituyen la
Sagrada Escritura, la morada de la Palabra de Dios en las palabras de los hombres. El Señor dice
lo que hace y hace lo que dice. En el Antiguo Testamento anuncia a los hijos de Israel la venida del
Mesías y la instauración de una nueva alianza; en el Verbo hecho carne cumple sus promesas
más allá de toda expectativa.
El Antiguo y el Nuevo Testamento nos narran la historia de su amor por nosotros, conforme a un
itinerario mediante el cual Dios educa a su pueblo en el don de la alianza realizada: el Antiguo
Testamento se ilumina en el Muevo y el Nuevo se prepara en el Antiguo. Por eso, los discípulos de
Jesús aman las Escrituras que Él mismo amó, las que Dios confió al pueblo judío, y que ellos leen a
la luz de Cristo, crucificado y resucitado. En efecto, el cumplimiento de la revelación es
Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, la Palabra única, perfecta y definitiva del
Padre, el cual nos dice todo y nos da todo en Él. Alimentarse de la Escritura es alimentarse de Cristo:
«La ignorancia de las Escrituras —afirma san Jerónimo— es ignorancia de Cristo» (Comentario
al Profeta Isaías, PL 24, 17).
Quien quiere vivir de Jesús, debe, por tanto, escuchar incesantemente las divinas Escrituras. Ahí es
donde se revela el rostro del Amado. Y es el Espíritu Santo, que guió al pueblo elegido inspirando a
los autores de las Sagradas Escrituras, quien abre el corazón de los creyentes para entender cuanto
en ellas se contiene. Por eso, no se producirá ningún encuentro con la Palabra de Dios sin invocar
antes al Espíritu, que desvela el libro sellado, moviendo el corazón y dirigiéndolo a Dios,
abriendo los ojos de la mente y proporcionando dulzura al consentir y al creer en la verdad. El
Espíritu es quien nos hace penetrar en la verdad completa a través de la puerta de la Palabra de
Dios, haciéndonos activistas y testigos de la fuerza liberadora que Ella posee.

La casa de la Palabra
Con su Palabra, Dios mismo alcanza y transforma el corazón de quien cree: «La palabra de Dios es
viva, eficaz y más cortante que espada de doble tilo; penetra hasta la división del alma y del espíritu,
hasta las articulaciones y la médula, y discierne los sentimientos y pensamientos del corazón»
(Hebreos 4, 12). Entreguémonos, pues, a la Palabra: es eternamente fiel, como el Dios que la
pronuncia y la habita. Por eso, quien acoge con fe la Palabra, nunca estará solo: tanto en la vida
como en la muerte, entrará a través de ella en el corazón de Dios: «Aprende a conocer el corazón de
Dios en las palabras de Dios » (San Gregorio Magno).
Corresponde verdaderamente a la Palabra de Dios quien acepta entrar en esa escucha
acogedora que es la obediencia de la fe. El Dios que se comunica a nuestro corazón no nos llama a
ofrecerle algo de lo nuestro, sino a nosotros mismos. Esta escucha acogedora nos hace libres: «Si
permanecéis en mi palabra, seréis realmente mis discípulos; conoceréis la verdad y la verdad os hará
libres » (Juan 8, 31-32).
Para hacernos capaces de acoger fielmente la Palabra de Dios, el Señor Jesús quiso dejarnos —
junto con el don del Espíritu— el don de la Iglesia, fundada sobre los apóstoles. Estos acogieron la
palabra de salvación y la transmitieron a sus sucesores como una joya preciosa, custodiada en el
joyero seguro del pueblo de Dios peregrino en el tiempo. La Iglesia es la casa de la Palabra, la
comunidad de la interpretación, garantizada por la guía de los pastores a los que Dios quiso
confiar su rebaño. La lectura fiel de la Escritura no es obra de navegantes solitarios, sino que se
vive en la barca de Pedro.
Acoger la Palabra en el silencio y en la contemplación
El fruto que nace de la escucha de la Palabra es el amor: «Sed de esos que ponen en práctica la
Palabra, y no os conforméis solamente con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1, 22).
Quien se deja iluminar por la Palabra, sabe que el sentido de la vida no consiste en replegarse en
uno mismo, sino en ese éxodo de sí sin retorno, que es el amor. La escucha constante de la Sagrada
Escritura nos lleva a sentirnos amados y nos vuelve capaces de amar, proporcionando gozo y
esperanza a nuestro corazón: si nos entregamos sin reservas al Dios que nos habla, será Él quien nos
entregue a los demás, enriqueciéndonos con todas las capacidades necesarias para ponernos a su
servicio.
La Palabra es guía segura porque —entre el griterío del mundo— nos lleva a comprometernos por
los demás siguiendo los pasos de Jesús, a reconocer en los demás su voz que dama: «Todo lo que
hagáis a uno solo de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo haréis» (Mateo 25, 40).
Quien ama la Palabra, sabe cuán necesario es el silencio, interior y exterior, para escucharla de
veras, y para dejar que su luz nos transforme mediante la oración, la reflexión y el discernimiento:
en el clima del silencio, a la luz de las Escrituras, aprendemos a reconocer las señales de Dios y a
reconducir nuestros problemas al plan de salvación que la Escritura nos testifica.
Ciertamente, el silencio necesario para la escucha no es mutismo, sino expresión de un amor
que supera toda palabra. Solo el amor abre al conocimiento del Amado, como le ocurrió al
discípulo que apoyó su cabeza en el pecho del Señor en la Última Cena: «Solo podía comprender el
sentido de las palabras de Jesús aquel que reposó sobre el pecho de Jesús» (Orígenes, In Ioannem, 1, 6:
PG 14, 31). También nosotros debemos apoyar la cabeza en el corazón de Cristo y escuchar sus
palabras, dejando que hablen a nuestro corazón y lo hagan arder en su amor.

XIII. LOS SACRAMENTOS, LUGAR DEL ENCUENTRO CON CRISTO


Probablemente hemos entrado alguna vez en una iglesia, intentando quizá poner nombre a
nuestra búsqueda interior. Aun vacío, el ambiente evoca una presencia y favorece la interioridad.
Pero toda iglesia se anima, sobre todo, cuando de edificio de piedra se convierte en Iglesia de
rostros: «Acercándoos a Él, piedra viva, (...) también vosotros, como piedras vivas, seréis edificados en
templo espiritual» (1 Pedro 2, 4-5).
Por esto, la manifestación más significativa de la Iglesia acontece cada domingo, día del Señor,
memoria viva de la resurrección de Cristo, cuando la comunidad se reúne para la celebración de la
Eucaristía. La Misa dominical es el gracias semanal, compartido por cada uno, por el don de la fe,
del amor y de la esperanza más fuerte que la muerte. La Eucaristía, esto es, la acción de gracias, nos
hace Iglesia y manifiesta a la Iglesia en la variedad y riqueza de los dones que la componen.

El buen sabor de una vida entregada


Cuando decimos que ya no existen los buenos sabores de antaño, en realidad estamos
constatando una especie de pérdida del hondo sentido de las cosas. Comer pan que huele a horno o
beber vino que sabe a uva es como reencontrar la autenticidad en nosotros mismos y en nuestras
relaciones. Si, además, eso lo hacemos comiendo con los amigos, algo cambia realmente en la
existencia.
En la noche de la traición, cuando se perfila en el horizonte la condena a muerte de Jesús, Él no
renuncia a poner una señal luminosa en las tinieblas que envuelven los corazones. A la mesa con los
amigos, en los días en que se rememora el paso liberador del pueblo judío mediante su éxodo de
Egipto, toma pan, lo parte e invita a comerlo: ¡es su Cuerpo! Luego toma un cáliz e invita a beber
el vino allí derramado: ¡es su Sangre! Son gestos que los suyos no entienden de inmediato.
Cuando lo vean clavado en el madero de la cruz, comenzarán a comprender que el pan partido y
el vino derramado son signos proféticos del don de sí mismo. ¿Pero ha valido la pena? Únicamente
al verlo resucitado se convencerán, gracias al don de su Espíritu, que Él tenía razón: «Si el grano de
trigo, caído en tierra, no muere, queda solo; pero, si muere, produce mucho fruto» (Juan 12, 24).
Cuando en la cena los había invitado a hacer esto en su memoria, quería que participasen en su
mismo don de amor mediante el gesto de comer y de beber.
He aquí por qué, desde el principio, los cristianos se reúnen cada domingo a celebrar la
memoria viva —o, como se dice, el memorial— de su Pascua de muerte y de resurrección, en
el signo del pan, que es su Cuerpo, y del vino, que es su Sangre. Comen, es decir, entran en
profunda comunión con Él y entre ellos, para obtener la fuerza de penetrar en el sentido del
vivir, en el buen sabor de la existencia: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda
su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará» (Marcos 8, 35).

Los sacramentos y la vida nueva en Cristo


Apostar por este estilo de vida ofrecido gratuitamente no es fruto de la generosidad de un
momento: toda la existencia está llamada a plasmarse de forma diferente, también porque fuera y
dentro de nosotros se da una inclinación que nos empuja hacia el egoísmo, la prevaricación, el
provecho individual. Jesús, al tomar la decisión de compartir el peso de esta realidad de mal con
nosotros, se ha puesto en fila con los pecadores y se ha metido en el río Jordán para recibir el
bautismo de Juan Bautista.
Los cristianos retoman este bautismo con un sentido nuevo. Sumergen a quien va a ser bautizado
en el agua de la fuente bautismal o le lavan la cabeza, para significar la unión a Cristo mismo en el
momento de su entrada en el sepulcro, en solidaridad con nuestras muertes, así como nuestra
resurrección con Él, partícipes de su victoria sobre la muerte. En el bautismo, de una vez por todas
y de forma indeleble, nuestra existencia se une sólidamente a la de Cristo y a la de todos los
demás cristianos; formamos un único cuerpo, el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia: cuerpo
donado, vida vivida con la lógica evangélica de la semilla que muere para dar frutos de amor.
Todos los sacramentos hacen que nuestra viva participe de la vida de Cristo. Remiten al corazón
incandescente del Evangelio, a la Pascua de Cristo, que llega al extremo en el don de sí mismo y
vence así a la muerte. Mediante los sacramentos, la vida en sus varios estadios (nacimiento y
muerte, salud y enfermedad, amor de pareja y servicio a la comunidad, pecado y perdón...) queda
inscrita en el acontecimiento pascual de Jesús, del que recibe fuerza y sentido. Mediante los
sacramentos, Cristo mismo entra en nuestra vida, actuando en ella con la potencia de su amor. Lo
expresa incisivamente este hermoso texto de un antiguo escritor cristiano:
«Aunque este oficio [la celebración de los sacramentos] aparezca ejercido por medio de hombres,
la acción corresponde al que es autor del don, y Él mismo es quien lleva a cabo lo que instituyó.
Nosotros realizamos el rito, Él concede la gracia. Nosotros actuamos, Él dispone. Suyo es el don,
aunque sea nuestra la función. Nosotros lavamos los pies del cuerpo, pero Él lava los pasos del alma.
Nosotros sumergimos el cuerpo en el agua, Él perdona los pecados. Nosotros sumergimos, Él
santifica. Nosotros imponemos las manos en la tierra, Él desde el cielo da el Espíritu Santo» (San
Cromacio de Aquileya, Sermón XV: El Lavatorio de los pies, 6).
Este encuentro de nuestra vida con la acción poderosa de Dios lo manifestamos en el rito,
experiencia que nunca ha decaído en la humanidad. En efecto, es necesario dar valor a las cosas de
la vida con el lenguaje de la alegría y de la fiesta, del encontrarse juntos y del compartir: palabras y
silencios, músicas y cantos, vestidos y signos, todo concurre para expresar lo que es más grande que
nosotros y, sin embargo, nos envuelve. Los ritos expresan lo indecible y lo inefable, lo esencial
invisible a los ojos, que remite al misterio mismo de Dios.
De este modo, el Bautismo supone el desvelamiento del hondo sentido de toda la existencia, el
ingreso en la participación de la vida misma de Dios, que es Amor. De ahí precisamente que el
Bautismo no se circunscriba únicamente al niño, sino que implique a toda la comunidad e interpele a
cada cristiano sobre el modo como vive el don recibido en el propio Bautismo. A su vez, la
Eucaristía —memorial de la Pascua de Jesús— se comprende y se vive como el culmen y la fuente
de la entera existencia cristiana y de la vida de la Iglesia.
De forma semejante, la Confirmación o Crisma —por ser el acto con el que Dios viene a
confirmar al bautizado con el don de su Espíritu Santo— se concibe como una gracia para todos,
porque a través de la fuerza del testimonio otorgada al confirmado alcanza a la entera comunidad
de los creyentes y puede vivificar toda relación humana. Bautismo, Confirmación y Eucaristía
constituyen los sacramentos de la iniciación cristiana, los que nos permiten hacernos cristianos y
crecer en la vida teologal de la fe, de la esperanza y de la caridad.
A ellos se añaden los sacramentos de curación: la Penitencia, que otorga el perdón de los pecados y
nos reconcilia con Dios y con la Iglesia; y la Unción de los enfermos, que fortifica en la debilidad
de la enfermedad y concede vigor espiritual. Y se suman también los sacramentos al servicio de la
comunión: el Orden sagrado y el Matrimonio. Estos dos últimos edifican la comunidad cristiana:
el primero, mediante el ministerio de la unidad —llevado a cabo en el servicio de la Palabra, en la
liturgia y en la guía pastoral—, y el segundo, mediante la construcción de esa célula vital del pueblo
de Dios y de la humanidad que es la familia.
Por otro lado, el contacto con los diferentes caminos religiosos, hecho hoy posible como nunca antes
por la aldea global en que vivimos, supone una invitación a cotejarse con otras ritualidades. Hablan
estas de los sinceros anhelos del hombre a la búsqueda de Dios y de Dios a la búsqueda del hombre.
En esta ritualidad difusa, desde que el Espíritu del Señor llenó el universo en Pentecostés, el
cristiano puede leer fragmentos valiosos, como «destellos de la Verdad que a todos ilumina »
(Concilio Vaticano II, Nostra aetate 2), que manifiestan «una secreta presencia de Dios» (Ad gentes 9).
El único Padre, que Jesús nos reveló en su Pascua, es el Dios hacia el que se encamina la entera
humanidad. En el acto de celebrar los sacramentos, por tanto, la Iglesia no solo afirma su fe, sino que
también da voz a las expectativas del mundo y de la historia, y pregusta los nuevos cielos y la nueva
tierra en el compromiso compartido en pro de una vida agradable y buena para todos.

XIV. EL SERVICIO
Una de las vías para vivir la memoria de Jesús y sentirse miembros de su cuerpo, que es la Iglesia,
consiste en poner en práctica por parte nuestra lo que Él realizó: servir y amar.

Muchos modos de servir


Muchos son los modos y las vías que los cristianos tienen hoy a su disposición para llevar a cabo la
memoria de Jesús a través del servicio al prójimo. La Iglesia indica principalmente tres: dar a
conocer su Evangelio, vivir el servicio de la oración, sentirse responsables de los demás, prestando
especial atención a los más pobres y necesitados. Muy diferentes son tanto los servicios como las
competencias, pero la responsabilidad es única: seguir a Jesús. Jesús, en efecto, mantiene su
presencia en nosotros y entre nosotros a través de su Espíritu, que nos capacita para realizar la
misión que nos confía.
Desde el comienzo del cristianismo, el servicio a los hermanos se concretó en un cometido muy
importante: el cuidado del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, la comunidad de los cristianos. Fue
Jesús quien, desde el inicio de su ministerio, llamó a algunos discípulos para que permaneciesen
con Él y para enviarlos a predicar. Jesús los llamó y ellos lo siguieron. Con ellos formó un grupo
estable, un «colegio», al frente del cual puso a Pedro. Permanecer con Jesús y ser enviados por Él
caracteriza al sacerdocio ministerial en la Iglesia: el fundamento, la raíz profunda del ser de los
sacerdotes se halla justamente ahí. Manteniéndose unidos a Cristo es como los obispos, y los
presbíteros junto a ellos, guían al pueblo de Dios y conducen a los fieles por el camino del Hijo hacia
el Padre.
A los cristianos se les confían también otros servicios: todos están llamados a hacerse siervos
por amor, poniendo gratuitamente a disposición de los demás cuanto han recibido gratuitamente
de Dios. La inventiva del Espíritu nos ayuda a concretar el mandamiento del amor, que Jesús nos
dejó como seña distintiva de nuestra identidad de discípulos suyos. Tal como enseña una antigua
oración, «Cristo no tiene manos, cuenta solamente con nuestras manos para hacer hoy su
trabajo. Cristo no tiene pies, cuenta solamente con nuestros pies para llevar a los hombres a Él.
Cristo no tiene labios, cuenta solamente con nuestros labios para hablar hoy a los hombres. Nosotros
somos la única Biblia, que todos los pueblos pueden todavía leer. Nosotros somos la última llamada
de Dios, escrita con palabras y obras».

Nuestra vida cotidiana como servicio ofrecido a Dios


En el desarrollo de esta «lógica del servicio», el apóstol Pablo llega aún más lejos: participando
con fe en la tarea de anunciar y difundir el amor de Dios por los hombres, nosotros estamos en
condiciones de transformar nuestra vida entera en un «sacrificio vivo», en un gran gesto
continuo de oración y de agradecimiento a Dios (cfr.Romanos 12, 1). Nuestro trabajo, el amor y los
afectos que dan calor y sentido a la vida, al igual que los muchos compromisos que llenan la existencia
diaria, pueden ser transfigurados y asumir así un significado nuevo, si se viven como lugar en donde
hacer visible el amor con que Dios nos ama.
En un mundo en el que las lógicas que ligan a los hombres entre sí conocen a menudo el drama
del pecado y de la distorsión, volviéndose alienantes e inhumanas, servir a Dios y a los demás resulta
costoso en muchos aspectos. Sin embargo, este esfuerzo es el que hizo propio el Hijo de Dios
encarnado, que otorgó así una nueva dignidad a las obras y a los días de los hombres. En comunión
con Aquel que trabajó con manos de hombre y amó con corazón de hombre, el cristiano reconoce en
la fatiga cotidiana el instrumento con el que cabe intervenir en la transformación de la realidad
para conformarla con el proyecto de Dios, en constante relación y diálogo con la entera familia
humana.
Con la esperanza de los nuevos cielos y de la nueva tierra, el cristiano sabe servir a la causa de Dios
en la causa del hombre. Humanizar el mundo es servir al Señor, que entró y obra en el mundo con
vistas a la «recapitulación» final de todas las cosas en Dios. Nuestra vida, ofrecida a Dios con la tarea
de cada día, puede hacerse camino para una comunión cada vez más honda con Cristo, redentor del
hombre.

Colaboradores de la alegría de todos


Llamado a servir en el trabajo de cada día, en la especificidad de los servicios de amor a que
Dios lo convoca, el cristiano jamás debe perder el ánimo ni ceder a la tentación de la desesperación
y del escepticismo. El secreto que le permite mantener intacta su capacidad de leer día tras día las
señales de la salvación de Dios, que sigue obrándola, se encuentra en el contacto fiel y perseverante
con Cristo, fuente de verdadera alegría.
Esta alegría del encuentro con el Señor acompaña la vida del cristiano: incluso en las pruebas y en
la persecución, los discípulos prosiguen «llenos de gozo y de Espíritu Santo» (Hechos 13, 52). La
alegría es un fruto del Espíritu, consecuencia de permanecer con Dios en la oración y en la
celebración de su amor por nosotros, experimentado en la fe y en la esperanza: «Estad siempre
contentos, orad sin interrupción, dad gracias por todo: esta es la voluntad de Dios para vosotros
en Cristo Jesús » (1 Tesalonicenses 5, 16-18). La alegría se conjuga así con la caridad, vivida al llevar
con Cristo el peso del sufrimiento propio y ajeno. Servir supone hacerse colaboradores de la
alegría de todos: «No pretendemos dominar sobre vuestra fe, sino ser los colaboradores de vuestra
alegría» (2 Corintios 1, 24).
El espíritu de las bienaventuranzas constituye la característica inconfundible de la vida cristiana:
Cristo es el que vive en quien lo vive, porque Jesús es el pobre, el paciente, el manso, el puro de
corazón, el hambriento de justicia y el pacífico, y ningún otro fuera de Él es capaz de transformar el
dolor, que devasta la tierra, en la alegría y la paz del amor. Las bienaventuranzas son, al mismo
tiempo, el anuncio y el don de la vida nueva que los cristianos traen al mundo, el criterio y la medida de
su credibilidad, la promesa de las maravillas que el seguimiento de Jesús obra en nuestra debilidad,
conforme a una lógica que la fe comprende, pero que a los ojos del mundo parece hasta
desquiciante. He aquí cómo lo reseña el evangelista Lucas:
«Bienaventurados vosotros, los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Bienaventurados vosotros, los que ahora pasáis
hambre, porque seréis saciados.
Bienaventurados vosotros, los que ahora lloráis,
porque reiréis.
Bienaventurados vosotros, cuando los hombres os odien y encarcelen, e insulten y desprecien
vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos y regocijaos en ese día,
porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Del mismo modo trataron sus padres a los
profetas» (Lucas 6, 20-24).

El diálogo, estilo del servicio


El estilo propio del servicio es el diálogo, ese lenguaje del amor en el que el amor mismo se
manifiesta como atención y disponibilidad hacia los demás. De ahí que el esfuerzo que supone
amar se refleje inevitablemente en las resistencias y en los riesgos inherentes al diálogo. Al igual
que la posesividad arrasa la gratuidad del amor, así el diálogo no existe realmente allí donde no lo
suscita una iniciativa gratuita, exenta de cálculo. Nada se opone más a la autenticidad del diálogo
que la estrategia o el tacticismo: cuando el diálogo se vuelve instrumento para dominar al otro o
para usarlo para los propios fines, deja de existir. El diálogo tiene la dignidad de fin y no de medio:
vive de la gratuidad y se plantea como un ofrecimiento de contacto que brota de la alegría de amar.
Para dialogar de verdad es preciso, además, unir a la gratuidad el acogimiento del otro: el diálogo
no se desarrolla allí donde no se respeta y se acoge la dignidad del otro. El diálogo necesita un
intercambio, donde el dar y el recibir se miden por la gratuidad y la acogida de cada uno de los dos.
La masificación —que ignora la originalidad del otro— excluye todo diálogo y, por tanto, toda
auténtica actitud de servicio.
Quien piense que no tiene necesidad de los demás permanecerá en la soledad de una vida sin
amor. Quien se introduce en la escuela del otro y se hace siervo por amor, entregándose a sí
mismo, crea lazos de paz y hace crecer a su alrededor la comunión. Incluso en el Dios tres veces
santo, el Padre es eterna gratuidad y el Hijo, eterna acogida: el eterno Amado antes de la
eternidad. ¡Amando, el Hijo nos enseña que el recibir también es algo divino! La gratitud de
quien se deja amar es realmente esencial al amor, al menos tanto como la gratuidad, que es la
fuente.
Finalmente, el diálogo es auténtico cuando se presenta como una experiencia liberadora,
abierta a los otros, inclusiva y nunca excluyente de sus necesidades e inquietudes. El encuentro de
los dos debe posibilitar otros encuentros: esto proyecta fuera del círculo del quedarse mirándose a
los ojos, hacia el amplio mundo de la solidaridad.
Solo así, en la experiencia del diálogo, la acogida y la entrega al otro no se oponen entre sí, sino
que, en cierto modo, una constituye la fuerza y la autenticidad de la otra: lo que se da y se
recibe en el diálogo entre los dos exige que se vuelva a ofrecer en siempre nuevos itinerarios de
amor y de servicio. Dialogando, se liberan las energías ocultas del amor, y la existencia, en vez de
encerrarse en sí misma, se proyecta hacia afuera, transformándose en servicio y entrega. Esta
apertura al exterior no solo no lesiona la comunión de quienes dialogan, sino que la hace
verdadera y gozosa.

Más allá de la fatiga de amar


La fatiga de servir es la fatiga misma de amar, que ha de vencer la posesividad, la cerrazón egoísta
y el egoísmo en plural, que hace de los dos una isla. Por eso, la escuela del servicio es la escuela del
amor: se comprende entonces que solo puede vivirse una existencia plena, sirviendo a los demás y
dialogando con ellos, si se reconoce que primero hemos sido interpelados y amados por Otro. Como
escribe san Agustín, «no hay mayor invitación a amar que preceder en el amor» (De catechizandis
rudibus 4): ¡así nos ha enseñado Dios a amar!
La revelación del misterio trinitario de Dios, que alcanzó su culmen en la inmolación de la Cruz,
donde el Hijo abandonado «nos amó hasta el fin » (Juan 13, 1), constituye para la fe de los
cristianos el lugar donde les es posible percatarse de que han sido amados primero, envueltos en el
diálogo de la caridad divina. La fe en el Dios amor se muestra como el fundamento más seguro de
un estilo de vida marcado por el servicio.
Dialogando con Dios y en Dios, Trinidad de amor, se responde al Amor, primero, en el Espíritu que
se nos ha dado, según el ejemplo y en unión con Jesús. Dialogando con los demás se les atestigua
que se cree en el amor: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os queráis unos a
otros » (Juan 13, 35). Con el diálogo del amor, vivido con Dios y en el propio interior, la
comunidad cristiana —en especial, la familiar— se hace imagen de la Trinidad, reflejo en el
tiempo del eterno diálogo de amor de las tres personas divinas.
Sin diálogo de adoración e intercesión con el Dios vivo, y de solicitud y amistad hacia la
comunidad de los hombres, la Iglesia no podrá anunciar con credibilidad cuanto le ha sido
revelado y donado. También por esto dialogó Jesús con el Padre, para enseñarnos a dialogar con
Él y entre nosotros, y a la vez con todos aquellos a quienes nos ha invitado a llevar la buena
noticia de su amor infinito. Da testimonio de ello el discurso de despedida recogido en el Evangelio
de Juan, que a los creyentes en Cristo los compromete a construir puentes de diálogo ion Dios,
entre ellos y con todos, a fin de que el mundo crea. He aquí un breve pasaje:
«Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros...
Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la ver dad. Como Tú me enviaste al mundo, así los he enviado yo
al mundo; por ellos yo mismo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad.
No ruego solo por estos, sino también por los que creerán en mí por su palabra. Que todos sean una
sola cosa. Como Tú, Padre, en mí y yo en Tí que también ellos sean en nosotros una cosa sola, para
que el mundo crea que Tú me has enviado» (Juan 17, 11.17-21).

XV. LA VIDA ETERNA


La muerte es algo frecuente en la existencia cotidiana. Llama continuamente a la puerta de la vida.
Todos hemos de vernos con ella y con sus inquietantes señales. Hoy tal vez está presente aún más
abundantemente que antes en nuestra vida, gracias a las comunicaciones y a los medios de
información de la aldea global. Con todo, la hemos reducido a espectáculo o a hecho privado, tratando
de interpretarla incluso como señal de una debilidad que, más pronto o más tarde, esperamos
conseguir eliminar o al menos reducir.
Sobre todo, hemos exorcizado el pensar en ella. De la muerte no hay que hablar. Quien lo hace,
rompe una convención. Casi nos persuadimos de que hablar de la muerte es malo: mejor es callar,
dejar pasar o, a lo sumo, tomar distancias. Las informaciones relativas a hechos de muerte se
yuxtaponen a noticias ligeras y poco comprometedoras.
Sin embargo, la experiencia cristiana más auténtica nos pide estar atentos a la muerte, para ser
señores de nuestra vida, según el horizonte global que la fe nos ofrece. Solo desde la muerte
podemos, en efecto, comprender nuestra vida: tanto la que fatigosamente construimos hoy, como la
que se abre ante nuestra existencia, en cuanto don imprevisible de un amor que vence incluso a la
muerte y nos introduce en una plenitud de vida más allá de la vida.

La esperanza última y la penúltima


La esperanza es la «buena noticia» que el Evangelio nos da. Lo ha recordado el Papa Benedicto
XVI en la Encíclica Spe salvi: «El Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que pueden
saberse, sino una comunicación que produce hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo,
del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de distinta manera; se le ha
regalado una vida nueva» (n. 2).
La esperanza desvelada por la resurrección de Cristo constituye precisamente la perspectiva que
ilumina la vida, incluso en el duro contraste con la muerte. No solo se trata de una expectativa que
nace cuando nos topamos con una limitación que parece insuperable o cuando vemos la necesidad
de abrir el presente a horizontes más tranquilizadores. En la experiencia cristiana, la esperanza
constituye una dimensión irrenunciable, fundada en el encuentro mismo con el Señor Jesús:
resucitado de la muerte, es Él quien ilumina el presente y enfoca nuestra mirada hacia un futuro
fiable y hermoso.
El acto de morir, visto con los ojos de la Esperanza del encuentro con Jesús resucitado, desvela
horizontes que van más allá de la limitación de la muerte misma: al igual que Cristo pasó de la
muerte a la vida, así la muerte, que Él hizo suya, se revela como paso a una nueva situación
existencial, camino pascual hacia el futuro abierto por Él, vencedor de la muerte. El Nuevo Testamento
concibe esta nueva vida, inaugurada con la muerte, como un «estar con Cristo», que corroborará
por vías misteriosas, no evidentes a los ojos de los hombres, el seguimiento suyo que en vida se ha
vivido.
La fe cristiana reconoce en la Pascua el acto con el que el Dios de la vida venció al poder de la
muerte: «Cristo, resucitado de los muertos, no muere más; la muerte ya no tiene poder sobre Él»
(Romanos 6, 9). Cristo será quien nos introduzca en la vida sin ocaso: su mirada volverá a la persona
transparente a sí misma, haciéndola tomar plena conciencia del modo en que se ha situado en la
historia del amor. Cristo juez no es, pues, el árbitro despótico y cegado por la ira de algunas
representaciones infelices, sino el rostro de la misericordia de Dios, que traspasa la conciencia
personal y le otorga la valentía de la verdad sobre sí misma. En el encuentro con el Crucificado
resucitado descubrimos así la experiencia más auténtica de la vida, su verdadero secreto.

El destino final
Surge espontáneo plantearse qué nos ocurrirá a cada uno de nosotros después de la muerte.
¿Concluye con esta la aventura de la vida o nos abre a transformaciones de nuestro existir,
imprevisibles con los instrumentos de nuestra capacidad reflexiva? Los cristianos, cuando se
interrogan sobre el epílogo de la vida tras la muerte, hablan de tres posibilidades diferentes: el
infierno, el paraíso y el purgatorio. Hoy nos suena extraño utilizar estas expresiones, que parecen
superadas. No obstante, debemos redescubrirlas en su auténtico significado, para colmar de
esperanza y de responsabilidad nuestra existencia.
El destino final del hombre y de la historia coincide con la caridad infinita que está en su
origen: Dios, que «quiere que todos los hombre se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1
Timoteo 2, 4). Afirma san Pablo: «Estoy persuadido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni
los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni
criatura alguna podrá jamás separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro»
(Romanos 8, 38-39). Se colige de ahí que al infierno solo llega quien, de modo consciente y libre,
edifica su vida lejos de Dios.
El infierno implica la tristeza de no poder ya amar, el llanto infinito de ya no poder vivir la
gratitud, sin la cual se pierde el don mismo. La posibilidad del infierno es idéntica a la de nuestra
libertad: un Dios que nos ama y respeta nuestra libertad no puede salvarnos sin la aquiescencia de
nuestra voluntad. En caso contrario, ¡su amor sería una imposición y un engaño!
En la perspectiva de la pasión y muerte de Jesús se descubre también una luz acerca del
purgatorio. Entraña este la posibilidad de una purificación en la muerte y más allá de la muerte,
que nos permite completar lo que nos falta para la plena asimilación con Cristo y con la vida
divina que nos obtuvo. Rezar por los difuntos significa ayudarles en este camino que el amor del
Dios misericordioso ofrece a quien durante la vida no le ha cerrado del todo su corazón, pero
aún no se halla en perfecto estado para entrar en la belleza del amor infinito de la Trinidad.
La Pascua de Jesús nos ayuda a comprender, por último, algo de la realidad del paraíso, término
que significa «jardín» y tiene su modelo bíblico en el Edén original. La imagen, usada con agrado por
los profetas, la retorna Jesús: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23, 43), asevera al «buen»
ladrón, crucificado junto a Él. La persona que durante su existencia terrena procuró vivir en el amor,
en el cielo participa del diálogo eterno del amor de las tres personas divinas, dejándose amar por
el Padre en la acogida del Hijo, unido a Él en el Espíritu Santo.
El paraíso constituye una imagen, pues, que señala el cumplimento de nuestra existencia como
relación plena con Dios y con todas las personas a las que hemos amado y nos han amado. San
Agustín lo expresa de este modo: «Allí nadie será nuestro enemigo, allí nunca perderemos ningún
amigo» (Discurso 256). El anuncio cristiano del paraíso supone realmente una excelente
noticia: nos ayuda a vivir con esperanza y responsabilidad nuestra vida, porque no somos seres
vivos cuyo horizonte sea la muerte, sino seres mortales cuyo horizonte es la vida. La última palabra
no la tendrá la muerte, sino la vida: el Dios de la vida triunfará al fin e introducirá a los redimidos
en el esplendor de su gloria sin fin.

Para profundizar en los contenidos de la Carta:


— Catecismo de la Iglesia Católica (1997).
— Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (2005).
— Catecismos de la Conferencia Episcopal Italiana de la Española, en particular:
· Jesús es el Señor. Catecismo para la iniciación sacramental (2008).
· Esta es nuestra fe (1986).
Además, entre otros libros de introducción a la fe:
J. RATZINGER, Introducción al cristianismo. Lecciones sobre el Credo apostólico (2007).
H. URS VON BALTHASAR, Meditaciones sobre el credo apostólico (1992).
S. HAHN, La fe es razonable (2009).
R. A. KNOX, El Credo a cámara lenta (2009).
L. J. TRESE, La fe explicada (2009).
y