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APUNTES SEGUNDA PRUEBA

UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

1. La enfermedad y la muerte en la vida del ser humano

En el CCE 1500 y 1501 tiene afirmaciones que permiten adentrarnos al tema:


“1500. La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más
graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su
impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte.
1501. La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces
incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona
más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo
que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno
a Él”.
La enfermedad humana es una realidad compleja, que es rechazada por la sociedad actual. Hay
una resistencia en nuestra cultura ambiental en darle la cara a la enfermedad, puesto que normalmente se
saca la vuelta. Esta enfermedad y sufrimiento, sin embargo, es una realidad relevante y marcante para el
ser humano. Cuando sufrimos esta enfermedad, experimentamos impotencia, porque la enfermedad
siempre es algo que nos viene de fuera, que no podemos manejar y, por lo tanto, al no poderlo manejar,
experimentamos nuestros límites humanos, “no soy capaz de luchar contra esto”. Finalmente, uno
experimenta la finitud, es decir, somos seres finitos que podemos acabar en cualquier momento. En cierto
modo, toda enfermedad nos puede hacer entrever la muerte, no solo la propia, sino que también la ajena.
También es cierto que la enfermedad que puede conducir a la angustia incontrolable (no una serena
reflexión), un terror a morir, a acabarse, que puede llevar también a un repliegue sobre uno mismo, a un
centrarse solo en mi dolor y miedo, llevando a la desesperación, al suicidio y a la rebelión contra Dios
(para la persona creyente). Por contraparte, también es cierto que la enfermedad puede hacer madurar a la
persona, haciéndola discernir sobre lo que es esencial y hacerla madurar. La enfermedad siempre nos pone
frente a la reflexión sobre las cosas que son importantes en la vida y las cosas que no lo son. Y con mucha
frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios y eso se debe tener en cuenta como cristianos:
es un momento propicio para la búsqueda de Dios; por tanto, si se presenta, es bueno acogerla, pero
tampoco suscitarla forzosamente. Es claro que la enfermedad, entonces, es una realidad connatural del ser
humano; así como el existencial penitencial es una realidad connatural, también se puede hablar de un
existencial que lo enfrenta a preguntarse cuestiones fundamentales sobre la existencia humana. También
es cierto que la enfermedad es un concepto entendido por todos, que no es tan polivalente, pero es usado
de modo impropio, considerando enfermedades que rayan entre la enfermedad y la no-enfermedad como
una característica psíquica de alguien. Sobre la evitación de la enfermedad, la cultura no le gusta la
enfermedad teniendo algo positivo, como las prevenciones de la enfermedad; pero el lado negativo es

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negar la enfermedad, que es distinto de la prevención. Pasa incluso a nivel personal, donde en el campo,
especialmente en el varón, que se niega la enfermedad. Junto con el tema de evitación de la muerte,
también está el suicidio asistido, que tiene que ver con evitar el sufrimiento (¿por qué he de sufrir? ¿por
qué tengo que hacer sufrir a mi familia? Lo mejor es morir). Ni que decir sobre la eliminación de los
enfermos terminales, donde hay países que realizan eutanasia que tienen la ley de desenchufar.
Creemos que el sufrimiento y la enfermedad tiene un valor, no para buscar la enfermedad como
un ideal, sino porque de hecho puede hacer madurar, abrir a la trascendencia, de reconocer lo esencial de
la vida. Por ende, se puede aceptar el sufrimiento y la enfermedad incluso desde un ámbito no-religioso.
Es decir, prevenir la enfermedad, si es entrar en el esfuerzo de la medicina, es bueno, pero si eso significa
negarla, sería un problema, siendo un signo de que algo no está bien en mí. El aumento de expectativa de
vida es un hecho en la sociedad, donde ha crecido enormemente, teniendo cosas buenas y no tan buenas
(ej.: el problema de AFP).

2. La unción en la Biblia

En el Antiguo Testamento, lo importante que hay que decir es que la comprensión de la enfermedad
en la Biblia se inserta en el horizonte más amplio del mal, la injusticia, de la desgracia y del sufrimiento.
En la biblia no existe una mirada aislada de la enfermedad. Normalmente, la enfermedad, sobre todo
cuando es grave o invalidante, se vincula con Dios, con Satanás y con el Pecado. ¿Por qué? Porque Dios
se considera un Dios de salvación (salus = salud, salvación), es el que salva, el que quiere la salud para
todos. Por eso, la enfermedad viene a hacer un corto circuito en esto (¿por qué, si un Dios de salvación,
se permite la enfermedad?). En este Testamento hay dos ordenes de respuesta, una etiológica (Ej.: el
Génesis es un relato etiológico –¿de dónde venimos?– en cuanto presenta una explicación de la causalidad)
que dice que, dado que Dios es salvador, no puede dar esa alternativa, sino que la enfermedad viene del
ser humano y, concretamente, del pecado del hombre. En el Génesis, cuando Adán y Eva son expulsados
del Edén, el redactor agrega que Adán le va a costar el alimento con el trabajo y el sudor de la frente, y
Eva va a parir con dolor, es decir, serás presa de tus pasiones y te harán sufrir. Justamente, es la explicación
etiológica: el sufrimiento del ser humano proviene del pecado del mismo hombre, y porque pecó, mereció
este castigo. Por lo tanto, la enfermedad es un mal, es un castigo del hombre, para decirlo sintéticamente.
Un texto es Gn 3,19ss (cf. Gn 1-3; Ex 4,6; Jb 16,2ss; Dt 28,15-21):
“Comerás el pan con el sudor de tu rostro, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste
tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás”.
La segunda explicación es la jurídico-penal, es decir, establece una relación, una conexión causal
entre enfermedad y castigo. La enfermedad es como una venganza de Dios (¡Yo he pecado! Entonces Dios
me castiga con la enfermedad). En la historia del rey Saúl (1 Sam 16,14; cf. Ez 20,1-11; 2Re 5,27; Sal
32,3-5; Jer 9,6; Sal 66,10), describe una enfermedad psíquica:
“El espíritu de YHVH se había apartado de Saúl, y un espíritu malo que venía de YHVH
le infundía espanto”.

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El contexto de esto, que acabamos de leer, es que Saúl ha hecho el mal y no se ha portado bien
como rey, siendo castigado por Dios con esta enfermedad y perdiendo el trono, a favor de David. Y la
tercera explicación es la demonológica, es decir, al estar en conexión con el pecado, está también en
conexión con el demonio, porque el pecado también es visto muchas veces como posesión o insinuación
del demonio. En el relato del Génesis, es la serpiente –imagen del demonio– la que tienta a Eva, no siendo
completamente responsables. Hay una influencia de las potencias del mal, que están en raíz del pecado y
del mal. Esto se verá muchas veces en las sanaciones de Cristo, donde las oraciones de exorcismo expulsan
al demonio, que tiene poseso a la persona como reo de una enfermedad. Por ende, el exorcismo será uno
de los ritos más antiguos para eliminar la enfermedad (cf. Os 13,14; Jb 2,7; 18,13). Estas tres explicaciones
tienen algún tipo de intersección, pero que en realidad son distintas entre sí. Ahora bien, el Antiguo
Testamento tiene expresa la teología y la comprensión del mundo de muchos siglos, lo cual estas
expresiones refieren a la concepción más antigua.
Con respecto a una visión más nueva, se presenta en la Teología Sapiencial y en la Teología
Apocalíptica, que aportan una visión distinta de la enfermedad. Las preguntas que se realiza el judío, la
cual tiene en base de esta visión antigua, se pregunta: ¿qué pasa cuando no hay una posesión demoniaca
y cuando uno es una persona justa, pero igual me enfermo? Es el gran tema de Job, siendo el gran libro de
esta reflexión, tematizándolo de modo más directo y que trata de dar una respuesta distinta. El libro de
Job no relata un hecho real, sino que es una obra literaria que pone un problema narrativamente. Comienza
a explicar un bienestar y riqueza de este hombre, expresión de cómo era bendecido por Dios, explicitando
que era un hombre justo y, por ende, en el fondo merecía todo eso. De repente, comienzan todas las
desgracias inmediatamente, quedando solo y abandonado, perdiendo su salud, su familia y sus riquezas.
Cuando está en esa situación, llegan sus amigos a verlo, terratenientes del sector, que llegan a consolarlo,
a estar con él y a compartir, de alguna manera, su dolor, pero llegan con el juicio hecho: Job no era del
todo justo, y por eso Dios lo ha castigado; en el fondo era un pecador. Sin embargo, Job se defiende
diciendo que es justo, dando razones y comenzando una discusión con los amigos. Al final del libro, la
conclusión –como salto de la espiritualidad del Antiguo Testamento– es, en el fondo, renunciar a esta
explicación antigua en alguna medida, porque dice que Dios es soberano y que puede mandar el bien y el
mal a cualquier persona, independiente de la condición de la persona. Por ende, Job descubre que Dios lo
está probando para ver si se revela contra Dios; Dios es soberano y la enfermedad no es necesariamente
un castigo. Lo que crece aquí es un Dios, porque antes casi era un “Dios programado” (si pecaba, Dios
me castigaba). Hay salmos que también expresan esta teología, donde llegan a la conclusión de que Dios
es Soberano y uno lo que tiene que hacer es plegarse a su voluntad, creciendo en el ser humano la
consciencia de la sumisión de la voluntad, distinta de uno. Job insiste que Dios es incomprensible,
apelando a no caer en ninguna tentación de manipular a Dios. En Job 42,1-6 dice:
“Job respondió a YHVH: ‘Me doy cuenta que todo lo puedes, que eres capaz de cualquier
proyecto. [Dijiste:] ¿Quién es éste que vela mi designio con razones carentes de sentido?
Sí, hablé sin pensar de maravillas que me superan y que ignoro. [Escucha y déjame habar,
te voy a preguntar y tú me instruirás]. Sólo de oídas te conocía, pero ahora te han visto
mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento echado en el polvo y la ceniza’”.
Esta frase es muy profunda porque expresa el clic que tiene Job. Uno había oído que Dios retribuía
según la conducta del ser humano, pero ahora ha crecido la imagen de Dios, renunciando a estas

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concepciones mecanicistas. Por eso es que Job es tan importante en la espiritualidad de la Sagrada
Escritura, representando un paso gigantesco que arrastra toda una generación y espiritualidad distinta.
Respecto de la enfermedad, Job dice que puede ser un medio de purificación que Dios impone al inocente,
el cual no la merece, pero puede tomarla como medio para purificarse. Cuando hablamos de la enfermedad
como una posibilidad de crecimiento interior, se refiere a esto. La sapiencialidad de Job afirma que el
justo no sea vencido por el pecado y la muerte, afirmando de nuevo que Dios es salvador, donde Él nunca
va a dejar abandonado al muerto ni al enfermo. De aquí se mete la idea de la resurrección, tomada por al
teología apocalíptica. También aquí empieza no solo a aparecer que Dios acompaña al enfermo y quiere
su salud, sino que también lo va a librar de la muerte (¡el justo vivirá!). El sufrimiento tiene un valor
salvífico y los textos más claros de estos son los llamados del “Siervo Sufriente” de Isaías. Entre ellas,
está en Is 52,13 – 53,12, siendo el más importante:
“Veréis a mi Siervo prosperar; será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera. Del
mismo modo que muchos quedaron asombrados al verlo –pues tan desfigurado estaba que
no parecía un hombre, ni su apariencia era humana–, así se admirarán muchas naciones;
ante él cerrarán los reyes la boca, pues verán lo que nunca les contaron y descubrirán lo
que nunca oyeron. ¿Quién creyó en nuestra noticia? ¿A quién le fue revelado el brazo
poderoso de YHVH? Creció ante él como un retoño, como raíz en tierra reseca. No tenía
apariencia ni presencia; (le vimos) y carecía de aspecto que pudiésemos estimar.
Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no
verle. Despreciable, un Don Nadie. ¡Y de hecho cargó con nuestros males y soportó todas
nuestras dolencias! Nosotros le tuvimos por azotado, herido por Dios y humillado. Mas fue
herido por nuestras faltas, molido por nuestras culpas. Soportó el castigo que nos regenera,
y fuimos curados con sus heridas. Todos errábamos como ovejas, cada uno marchaba por
su camino, y YHVH descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido y humilado,
pero él no abrió la boca. Como cordero llevado al degüello, como oveja que va a ser
esquilada, permaneció mudo, sin abrir la boca. Detenido, sin defensor y sin juicio, ¿quién
se ocupó de su generación? Fue arrancado de la tierra de los vivos, herido por las rebeldías
de su pueblo; pusieron su tumba entre malvados, su sepultura entre malhechores. Por más
que no cometió atropellos ni hubo nunca mentiras en su boca, YHVH quiso quebrantarlo
con males. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días; su mano
ejecutará el designio de YHVH. Después de sufrir, verá la luz, el justo se saciará de su
conocimiento. Mi Siervo justificará a muchos, pues las culpas de ellos soportará. Le daré
su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, pues se entregó indefenso a
la muerte y fue tenido por un rebelde, cuando él soportó la culpa demuchos e intercedió por
los rebeldes”.
El foco es que el sufrimiento es redentor y, en este caso, además, en el Siervo Sufriente, este
sufrimiento puede salvar a otros y purifica, es un sufrimiento vicario, donde este Siervo carga con estos
pecados y enfermedades.
Antes de la enfermedad, independiente de las causas que sean, ¿qué reacciones tiene el judío? Una
de las enfermedades en esos siglos es la lepra, enfermedad no solamente muy grave física y

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psicológicamente –puesto que la lepra produce necrosis, es decir, se pudren los tejidos y se caen, además
de su desfiguración–, sino que en Lv 13,49ss dice:
“Si la mancha en el vestido o en la piel, en el hilo o en la trama, o en cualquier objeto hecho
de cuero, tiene color verdoso o rojizo, es un caso de lepra y debe ser mostrado al sacerdote”.
Este texto, donde aquí no se trata de una persona, sino un vestido u objeto de cuero, demuestra el
sumo cuidado que se concibe sobre la persona que podría tener lepra. En el mismo capítulo 13, pero en
los vv. 9ss está la prescripción de la persona:
“Cuando en un hombre se manifieste una llaga como de lepra, será llevado al sacerdote. El
sacerdote lo examinará y, si observa un tumor blancuzco en la piel, y el color de pelo se ha
vuelto blanco y se ha producido una úlcera, se trata de lepra crónica en su piel. El sacerdote
lo declarará impuro, sin necesidad de aislarlo; es evidente que es impuro”.
Es decir, se lo lleva al sacerdote indicando, por una parte, que se recuerda la vinculación entre la
enfermedad y la fe (Dios) y, por otra, el sacerdote no tenía una función meramente cultual o de liderazgo,
sino que también de médico. El sacerdote es un médico que diagnostica y, de acuerdo a la experiencia
anterior, califica la enfermedad y declara si esa persona es pura (no tiene problema de seguir su vida
normal) o impura (en caso de que tenga que realizar acciones para eliminar su impureza). Si es el caso de
lepra, además, se le declara que está contagiado por lepra y se aisla. En el Lv 13 hay una serie de
enfermedades que se revisa para este diagnóstico sacerdotal. Ahora bien, bajo la palabra lepra, también
hay una serie de enfermedades calificadas como lepra, como el vitiligo, la úlcera, alguna erupción en la
piel, etc. Ante la enfermedad, esencialmente, se recurre a los sacerdotes que cumplen una función de
diagnóstico y medicinal en base a ciertos ritos. La figura del médico, como una ocupación no-religiosa,
dedicada al tema de tratarla, no existe en la concepción de Israel. También, con respecto a enfermedades
particulares, como las heridas, también hay tratamientos con aceite-óleo, que era muy usado, porque alivia
el dolor. El aceite-óleo fue, desde muy antiguo, productos de la naturaleza para aliviar la piel y esto se une
a que el aceite más corriente en la Antigüedad era el olivo, que su planta se considerada paradisiaca; por
lo tanto, se ve la vinculación con lo espiritual (influjo divino). Sin embargo, también saltaron para otro
tipo de propósitos: sabemos que la acción de ungir, derramar o simplemente sobarlo en el cuerpo tiene el
sentido de elección divina (por ejemplo, a David lo ungen con aceite cuando comienzan con su ministerio
profético). Y eso, indudablemente, también se verifica en el caso de la enfermedad, siendo otro factor que
influye en un enfermo; en el fondo, se le dice “te estoy ungiendo con aceite de un árbol del paraíso y que
Dios está contigo, te favorece, te mira con compasión”. En todo caso, las unciones se distinguen por
enfermedad y por elección divina, la cual esta división se influyen mutuamente. Las unciones, por ende,
son una respuesta terapéutica común en el Antiguo Testamento para enfrentar la enfermedad. En Eclo
39,26 tiene un verso que ayuda a entender el rol del aceite:
“Esenciales para la vida del hombre son: agua, fuego, hierro y sal, flor de harina de trigo,
leche y miel, mosto, aceite y vestido”.
Existe en el Antiguo Testamento otras formas de alejar la enfermedad. Por una parte, los
exorcismos. El hecho de que la enfermedad se vincule a las fuerzas del mal, es natural que se pretenda
eliminar tal potencia del mal de un enfermo por medio del rito del exorcismo. En Eclo 38,7-15 hay una
especie de semblanza de lo que pasa con un enfermo en una época tardía del Antiguo Testamento:

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“Con las medicinas el médico cura y elimina el sufrimiento, con ellas el farmacéutico
prepara sus mezclas. Y así nunca se acaban sus obras, y de él procede la paz sobre toda la
tierra. Hijo, si enfermas, no te desanimes; ruega al Señor, que él te curará. Aparta tus faltas,
corrige tus acciones, y purifica tu corazón de todo pecado. Ofrece incienso, un memorial
de flor de harina y ofrendas generosas según tus medios. Luego recurre al médico, pues el
Señor también lo ha creado; que no se aparte de tu lado, pues lo necesitas; hay momentos
en que la solución está en sus manos. También ellos rezan al Señor, para que les conceda
poder aliviar el dolor, curar la enfermedad y salvar tu vida. El que peca contra su Hacedor
¡que caiga en manos del médico!”.
Este texto es muy interesante para ver la función del médico, donde se admite que el médico tiene
la solución para la enfermedad, pero también se le da importancia y valor a lo espiritual, manifestando en
el último versículo que no hay una confianza total en el médico.
Como colorario del Antiguo Testamento, es bueno recordar que interesa más la experiencia de fe
y las preguntas que suscita el creyente a partir de la enfermedad. Se interesa por la relación del enfermo
con Dios, se pregunta el por qué y el para qué de la enfermedad, y no tanto el cómo.
En el Nuevo Testamento, ocurre lo mismo, habiendo un continuo entre el Antiguo y el Nuevo.
Todavía se cree que la enfermedad es producto del pecado propio e, incluso, pecado de otros (cf. el texto
del ciego en Jn 9). Este pecado que se transporta a través de las generaciones es muy propio de la
mentalidad judía. En la época de Jesús se mantiene esta mentalidad. Pero Jesús combate esa idea, donde
dice claramente que no es ciego ni por el pecado propio ni por el pecado de sus padres, descartando tales
hipótesis y habiendo una superación del supuesto básico de la mentalidad judía común. Al mismo tiempo,
se sigue creyendo que la enfermedad se debe a fuerzas demoniacas, siendo bastante visible en el ministerio
de Jesús porque Él se pasa mucho tiempo curando enfermo y, una serie de casos, supone un exorcismo,
es decir, sacar de él un demonio que lo tiene preso en la enfermedad (ej.: el caso de la epilepsia). La
enfermedad, por una parte, es fruto del pecado propio o de otros y, por otra, por una posesión demoniaca.
Jesús, en el primer caso, lo discute, pero en el segundo caso, actúa sanándolo. En algunos casos, aparece
también la causalidad de Dios que castiga a una persona con una enfermedad.
¿Cómo responde el Nuevo Testamento a la enfermedad? Se puede decir que de la misma forma
que en el Antiguo Testamento, donde el médico esta vez tiene una relevancia mayor. Fundamentalmente,
es combatida con la medicina de la época, con los exorcismos y las unciones. En Mc 6,13, en contexto de
la misión de los Doce apóstoles, dice:
“Ellos, yéndose de allí, iban predicando a la gente la conversión. Expulsaban a muchos
demonios y curaban a muchos enfermos ungiéndolos con aceite”.
Junto con la actividad de la predicación, del mensaje de Cristo, los Doce expulsaban demonios,
ungian a los enfermos con aceite y los curaba, siendo la misma actividad de Jesús, pero multiplicada. Se
ve claramente una insinuación muy clara del sacramento, que es tal como aparece en Stgo 5. Es una acción
normal en Jesús y sus apóstoles exorcizar a los demonios y ungir a los enfermos para curarlos. Ahora bien,
esta unción que realizan Jesús y los apóstoles no es médica, donde tenga un efecto terapéutico, sino que
tiene un efecto simbólico-espiritual. Es el aceite paradisiaco, del favor de Dios, que lo hacen para combatir

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la enfermedad, con algo de éxito. En contexto clave, lo que lleva propiamente el sacramento de unción de
los enfermos está en la Epístola de Santiago, organizada en lo básico, donde en 5, 13-16 dice:
“¿Sufre alguno entre vosotros? Que ore. ¿Está alguno alegre? Que cante salmos. ¿Está
enfermo alguno entre vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por
él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo,
y el Señor hará que se levante; y, si hubiera cometido pecados, le serán perdonados.
Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis
curados”.
¿Qué es lo clave? Se trata, primero, de un enfermo que está en su casa, en cuanto que está postrado
en cama (enfermedad seria, no necesariamente de muerte). De ahí vienen los presbíteros (no los
presbíteros de hoy, sino sucesores de los Apóstoles y líderes de las comunidades) para orar sobre él, que
no es lo mismo que orar, sino que indica normalmente la imposición de manos, invocando la acción de
Dios y del Espíritu sobre la persona. Y se le unge con óleo (aceite) en nombre del Señor, es decir, hay una
conexión directa con lo que se acaba de leer en Mc 6,13, siendo una práctica seguida y realizada por los
Apóstoles. Juntamente, aparece la vinculación de la enfermedad con el pecado nuevamente, porque la
unción también tiene efecto de perdón de pecados, además de poder sanar la enfermedad. Este texto, por
ende, da pie a nuestro sacramento, donde la aplicación del sacramento no es a una persona que está al
borde de la muerte.