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III Domingo de Pascua.

Mañana (B) Seminario San Antonio Abad


(14.04.2018) P. Ciro Quispe

PAZ A USTEDES
(Lc 24,35-48)

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Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le
habían conocido al partir el pan. 36 Estaban hablando de estas cosas, cuando
él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz a ustedes». 37 Sobresaltados
y asustados, creían ver un espíritu. 38 Pero él les dijo: «¿Por qué se turban?
¿Por qué se suscitan dudas en sus corazones? 39 Miren mis manos y mis pies;
soy yo mismo. Tóquenme y vean, porque un espíritu no tiene carne y huesos
como ven que yo tengo». 40 Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. 41
Como no acababan de creérselo a causa de la alegría y estaban asombrados,
les dijo: «¿Tienen aquí algo de comer?». 42 Ellos le ofrecieron un trozo de pes-
cado. 43 Lo tomó y comió delante de ellos. 44 Después les dijo: «Éstas son aque-
llas palabras mías que les dije cuando todavía estaba con ustedes: Es necesario
que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y
en los Salmos acerca de mí». 45 Y, entonces, abrió sus inteligencias para que
comprendieran las Escrituras 46 y les dijo: «Así está escrito: que el Cristo de-
bía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día 47 y que se predicaría
en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones,
empezando desde Jerusalén. 48 Ustedes son testigos de estas cosas.

«Paz a ustedes» (36b), no solo les dijo, el Resucitado les concedió la paz, sin necesidad
de súplicas o lamentos, a sus desconsolados discípulos. Durante el tiempo pascual, que
dura cincuenta días, los apóstoles, aquellos que no supieron estar a la altura de las circuns-
tancias, es más, fugaron cuando más los necesitaba el Nazareno, escucharán repetidas ve-
ces esta expresión inaudita: «paz a ustedes» (no es una expresión sencilla, lo dice las
mismas traducciones: «paz a ustedes» o «la paz con ustedes» o «la paz sea con ustedes» o
«la paz esté con ustedes». ¿Aferras lo distintos matices?). «Paz», fue el don gratuito del
Resucitado a sus discípulos y a aquel pueblo que vivía en guerra contra los romanos y con-
tra sí mismo. «Paz». Sin embargo, después de dos mil años, el mundo necesita aún de Paz.
Fíjate lo que pasa en Siria, la cuna donde nació el cristianismo. La violencia o la fuerza
bruta no es la solución, lo dijo el Papa Francisco. «Paz» es lo que necesita nuestro sufrido
continente, divido por las injustas condiciones humanas de pobreza. Lo dijeron estos días
nuestros jefes de gobierno. «Paz» es lo que necesita nuestra patria para reordenarse y enca-
minarse: Lo dicen todos. «Paz», es lo que necesitan nuestros pueblos, nuestra gente, cada
uno de nosotros. ¡La violencia, en sus distintas manifestaciones, nos está consumiendo!
¡Atento! Pero ojo, no se trata de una «paz» abstracta, al menos para el cristiano. Se trata de
una «paz» que se recibe y que viene del Otro. Y esta paz no es abstracta. Es precisamente
la paz que necesita el mundo.

Paz a ustedes
El Resucitado, volvió a aparecer, aquel domingo, pero esta vez ya no a las solitarias
mujeres (Lc 24,10) ni a los tristes peregrinos de Emaús (Lc 24,13), sino a aquellos que
lo habían traicionado: sus amigos más íntimos. Pero aquellos andaban más que confun-
didos. Lamentaban seguro sus actos pasados. Su conciencia les perturbaría. Es más, psi-
cológicamente estuvieron extraviados. No lograron comprender nada. Vieron sufrir

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(14.04.2018) P. Ciro Quispe

pasivamente al Mesías y eso los desconcertó. Es más, oyeron que Jesús perdonó desde
la cruz. Nada de rencores y nada de venganzas. ¡Qué confusión! Por eso andaban «len-
tos para creer y torpes para comprender las Escrituras» (Lc 24,25). El Maestro murió es-
candalosamente. Y ellos no prestaron atención a su advertencia o profecía. Es más, se
escandalizaron (Mt 26,31). Y en lugar de defenderlo, dijeron «¡No lo conozco!» (Mt
26,72). Y escaparon: Pero no pudieron escapar de los martillazos de su conciencia.
Precisamente a estos hombres ofuscados, «sobresaltado y asustados», se les apareció
el Resucitado y les dijo lo que más necesitaban oír en el fondo de su corazón en aquel
momento: «Paz a ustedes» (36b). Lo dijo Jesús porque es el único que conoce el cora-
zón del hombre. Lo dijo usando la palabra, porque la Palabra tiene poder. Porque la Pa-
labra es una «espada de doble filo» que entra en tu corazón no para aniquilarte sino para
transformarte. La Palabra del Resucitado. Él no se fija en tus pecados sino en tu angus-
tia, y quiere liberarte. Escucha su Palabra, transforma.

Los discípulos
En aquellos días andaban más que extraviados como cuando tus errores humanos te
descarrilan de tu tranquilidad y seguridad. Y encima de todo, se volvieron escépticos
frente a la noticia de la resurrección, como sucede con muchos de nosotros que fatigamos
en creer. Fueron lentos para comprender, braquicardiacos, prevenidos y desconfiados. No
creyeron a la narración insólita de las mujeres, porque – según ellos – deliraban al contar
(Lc 24,11). Tampoco dieron fe a las palabras de Cleofás y su misterioso compañero (Lc
24,35). Estos discípulos, que serán luego nuestros modelos de fe, fueron muy humanos
aquellos días. Por eso muy cercanos a nosotros. Por eso nuestros modelos de fe.
Y ahora pregúntate, ¿cómo reaccionaron cuando Jesús apareció? Es curioso. Lucas no
dice que se alegraron; es más usa expresiones desconcertantes para el lector pero de purí-
sima verdad. Aquellos apóstoles, ante la aparición del Resucitado, mostraron lo que vi-
vían en aquel momento: «desconcierto y susto» (37). Detente en esta revelación
psicológica, y analiza. También te sorprenderás de ti mismo.
No te sorprendas entonces de tus dudas en la fe. No es un obstáculo para creer en el
Resucitado. También tú necesitarás alguna vez o necesitaste escuchar del Maestro: «No
temas, soy yo». «Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Tóquenme y vean, porque
un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo» (38-39). ¡Este es Jesús resuci-
tado! En lugar de reprochar, típica característica humana, Te concede la paz. «No temas,
soy yo». El miedo no puede dominar nuestra vida, sino la fe, la confianza, el perdón y la
fuerza que nos da el Resucitado.

¿Tienen aquí algo que comer?


El Resucitado no mira hacia atrás sino hacia adelante. Y lo que está siempre hacia
adelante es tu paz, tu felicidad, tu tranquilidad. Estas verdades profundas e insoslayables
en el hombre, mucho más valiosas a medida que envejecemos, se encuentran en el por-
venir. La paz está delante de ti. Te lo dona el Resucitado. Si quieres la aceptas, sino…
Y si aceptas, lo que significa perdón de tus pecados, reconciliación con tu prójimo, rela-
ciones reconstruidas, volver a la amistad original, entonces el Resucitado te pedirá, me-
jor, te ofrecerá comer con él (41b). «¿Tienen aquí algo de comer?». Ellos le ofrecieron
un trozo de pescado. Lo tomó y comió delante de ellos» (42-43). Curioso. Porque, ¿co-
mer? Jesús quiere comer con ellos. Lo hizo con los peregrinos de Emaús y ahora quiere
hacerlo con sus discípulos. No es que Jesús tenga hambre. La verdad, es mucho más

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profunda. Para el judío compartir la mesa es signo de paz y de perdón. La noche de Pas-
cua, el día de la gran liberación, el día en que Yhwh estuvo más cerca de su pueblo, este
acontecimiento se celebró con una comida. También en el día escatológico, los cristianos
estaremos sentados en el banquete del Cordero, que es el verdadero alimento. Y así fue el
inicio de la primera creación y así es ahora al inicio de la nueva creación. Apenas Dios
creó al hombre y antes que peque, el Señor le dio el primer mandamiento al hombre:
«¡Come!», le dijo: «Puedes comer…» (Gn 2,16). Ahora, en la nueva creación, Jesús resu-
citado pide lo mismo a sus apóstoles, pero con una diferencia. Ahora, Dios come con el
hombre. «¿Tienen algo que comer?» (41b). La comida fue el último acto antes de su
muerte y quiere que sea el primer acto después de su resurrección. Misterio divino.
La fe la cristiana no se entiende sin la comida. El verdadero alimento, para los cris-
tianos, ya no es un fruto, un pan o un pescado. Es el mismo Jesús resucitado, el «Pan
bajado del cielo» (Jn 6,41). Compartiendo la mesa del Señor revivimos, entonces, aquel
encuentro de Jesús con sus temerosos discípulos y la alegría que luego suscitó en ellos
(41), porque comiendo entendieron que el Señor les había personado.
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