Vous êtes sur la page 1sur 2

A lo largo de la historia podemos observar que el hombre siempre se ha planteado diversas

cuestiones que comprometen su existencia y sin duda una de ellas es ¿qué es la verdad?
Respondiendo a esta pregunta, el hombre encuentra una fundamental seguridad epistemológica.
De hecho, San Agustin nos ilustra de una mejor manera con su celebre frase en las confesiones:
“Muchos he tratado a quienes gusta engañar, pero que quieran ser engañados, a ninguno”. En el
fondo todo hombre desea poseer la verdad y se turba su alma al no poder acceder a ella.

El hombre que solo se basta a sí mismo podrá responder a dicha pregunta de muchas maneras e
inclusive lo verdadero darlo por falso, no obstante, se encontrará con un túnel sin salida. Ejemplo
de ello es relativismo, que el Papa Benedicto XVI lo llamaba como una doctrina a manera de
dictadura. La sociedad contemporánea, que se autoproclama como integradora, tolerante y
progresista, acepta muchos postulados que en el fondo contradicen al ser hombre. Todo aquello
que atenta contra al hombre no puede ser verdadero, pues no hace plena su existencia (CDSI 15).
Solo basta enunciar algunos ejemplos: el aborto, entendido como interrupción libre de un
embarazo; los anticonceptivos, promocionado como salud sexual y reproductiva; la ideología de
género, defendida como tolerancia a la diversidad. En el fondo se tiene conciencia de la gravedad
de todo esto, no obstante, cuando la inteligencia se eclipsa por otros fines, como lo es el dinero y
el poder, se opta por revestir toda esta cultura con eufemismos y darlos como buenos. ¿Cuál será
el futuro de una sociedad donde los principios de la existencia humana son puestos en duda?

La cultura secularista ha tratado de quitar a Dios en muchos sectores sociales, por ejemplo en las
escuelas y en las instituciones públicas, dejándolo solo como una opción personal en el que cada
quien elige creer en Él o en lo que sea según su parecer. El hombre jamás se imaginó que
quitando, negando y despreciando, al principio de los principios, al bien de todos los bienes, a la
verdad de todas las verdades, caería en un gran caos existencial. Solo basta preguntar a un político
cuál es el fundamento del bien común para ponerlo en aprietos. Fuera de Dios todas las
respuestas serán circulares, respuestas que reclaman “algo más” y ese “algo más” es Dios, en
quien descansa nuestra conciencia. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia da fe de lo
anterior: “Cuando el hombre, con un corazón sincero indaga el porqué de las cosas, la razón se
abre a la religiosidad (CDSI 15)”.

El Papa Benedicto XVI, en su célebre encíclica Caritas in Veritate, vislumbra el fundamento del
desarrollo integral del hombre en el ámbito social. Nos deja claro que le principio de toda relación
personal con Dios y con el prójimo es la caridad (CV2), no solo en las micro-relaciones, como lo son
con los amigos y con los familiares, sino también en las macro-relaciones, como las sociales y
políticas. En la antigua Grecia, Aristóteles reflexionaba sobre tres sistemas de gobierno:
monarquía, aristocracia y democracia, y cada uno tenía su deformación: tiranía, oligarquía y
anarquía. Es interesante observar que el filósofo griego afirmaba que cualquier forma de gobierno
es funcional, pero si se quita el bien y se ponen en medio otros fundamentos e intereses que no se
identifican con el bien el sistema político deja de ser eficaz. En el fondo es la caridad, que
evidentemente no se contrapone al bien sino que es perfeccionado por ésta, la que constituye un
tejido social fuerte y justo para todos (CV5). Aquella caridad que se fundamente en el Bien de
todos los bienes: Dios.
La caridad no se entiende sin la verdad, pues si quita ésta ultima solo se puede llegar a un mero
sentimentalismo (CV3). Un aspecto de nuestra sociedad, en este marco secularista, es la
filantropía atea, en donde se prescinde de Dios y de la Iglesia para obra bien. En el cristianismo
primitivo lo que hacía distinguir a un cristiano del resto del mundo pagano era la caridad universal.
El amor al prójimo no tenía limites, no se agotaba en los conocidos, iba más allá de la condición
social y racial. De hecho, el emperador pagano, Juliano, el apostata, reconocía esa labor de los
cristianos y, haciéndole frente al cristianismo, trató de copiar los modelos caritativos en la
sociedad romana. En nuestra sociedad pasa algo similar, se habla de personas caritativas que no
creen en Dios, hombres adinerados que apoyan a los marginados que se declaran en contra de la
Iglesia. ¿Cuál es el motor de aquellos hombres que ayudan al hombre si Dios no habita en ellos? Si
el motor la vanidad, la soberbia, la buena fama y no es el amor autentico que se fundamenta en
Dios (cfr. CV 1), difícilmente se persevera en esa filantropía.