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Fuente de información: Vatican news y aciprensa.

HOMILÍAS
8 de abril de 2018
En la Misa que el Papa Francisco presidió por el II Domingo de
Pascua o también llamado Domingo de la Misericordia, afirmó que
para conocer y tocar la misericordia de Jesús es necesario dejarse
perdonar.
“¿Cómo saborear este amor, cómo tocar hoy con la mano la
misericordia de Jesús?”, preguntó a los fieles presentes.
“Para experimentar el amor hay que pasar por allí: dejarse perdonar.
Pero ir a confesarse parece difícil, porque nos viene la tentación ante
Dios de hacer como los discípulos en el Evangelio: atrincherarnos con
las puertas cerradas”.
Francisco habló de la vergüenza que se siente al haber pecado y
aseguró que cuando ocurre esto “debemos estar agradecidos: quiere
decir que no aceptamos el mal, y esto es bueno. La vergüenza es una
invitación secreta del alma que necesita del Señor para vencer el mal.
El drama está cuando no nos avergonzamos ya de nada. No
tengamos miedo de sentir vergüenza. Pasemos de la vergüenza al
perdón”.
El Papa comentó el Evangelio de la liturgia del día en el que se narra
el momento en el que el discípulo Tomás se encentra con Jesús
resucitado y necesita comprobar sus heridas para creer.
“A pesar de su incredulidad, debemos agradecer a Tomás que no se
conformara con escuchar a los demás decir que Jesús estaba vivo, ni
tampoco con verlo en carne y hueso, sino que quiso ver en
profundidad, tocar sus heridas, los signos de su amor”.
“Para nosotros es suficiente saber que Dios existe; no nos llena la vida
un Dios resucitado pero lejano; no nos atrae un Dios distante, por
más que sea justo y santo. No, tenemos también la necesidad de 'ver
a Dios', de palpar que él ha resucitado por nosotros”, reconoció
Francisco.
El Papa dijo que para verlo hay que mirar a sus llagas: “Al mirarlas,
ellos comprendieron que su amor no era una farsa y que los
perdonaba, a pesar de que estuviera entre ellos quien lo renegó y
quien lo abandonó. Entrar en sus llagas es contemplar el amor
inmenso que brota de su corazón. Es entender que su corazón palpita
por mí, por ti, por cada uno de nosotros”.
“Podemos considerarnos y llamarnos cristianos, y hablar de los
grandes valores de la fe, pero, como los discípulos, necesitamos ver a
Jesús tocando su amor. Solo así vamos al corazón de la fe y
encontramos, como los discípulos, una paz y una alegría que son más
sólidas que cualquier duda”.
Por otro lado, el Pontífice señaló que “Dios no se ofende de ser
‘nuestro', porque el amor pide intimidad, la misericordia suplica
confianza”.
“Ellos lo hacían por miedo y nosotros también tenemos miedo,
vergüenza de abrirnos y decir los pecados. Que el Señor nos conceda
la gracia de comprender la vergüenza, de no considerarla como una
puerta cerrada, sino como el primer paso del encuentro”.
“Existe, en cambio, una puerta cerrada ante el perdón del Señor, la
de la resignación. La experimentaron los discípulos, que en la Pascua
constataban amargamente que todo había vuelto a ser como antes”,
alertó el Papa.
A este respecto, denunció que “también nosotros podemos pensar:
‘Soy cristiano desde hace mucho tiempo y, sin embargo, no cambia
nada, cometo siempre los mismos pecados’. Entonces, desalentados,
renunciamos a la misericordia”.
“Pero el Señor nos interpela: ‘¿No crees que mi misericordia es más
grande que tu miseria? ¿Eres reincidente en pecar? Sé reincidente en
pedir misericordia, y veremos quién gana’”.
“En cada perdón somos renovados, animados, porque nos sentimos
cada vez más amados. Y cuando siendo amados caemos, sentimos
más dolor que antes. Es un dolor benéfico, que lentamente nos
separa del pecado. Descubrimos entonces que la fuerza de la vida es
recibir el perdón de Dios y seguir adelante, de perdón en perdón”,
añadió.
El Papa, antes de concluir, recordó que “Dios obra maravillas” y que
“Él no decide jamás separarse de nosotros, somos nosotros los que le
dejamos fuera”.
“Pero cuando nos confesamos acontece lo inaudito: descubrimos que
precisamente ese pecado, que nos mantenía alejados del Señor, se
convierte en el lugar del encuentro con Él. Allí, el Dios herido de
amor sale al encuentro de nuestras heridas. Y hace que nuestras llagas
miserables sean similares a sus llagas gloriosas. Porque Él es
misericordia y obra maravillas en nuestras miserias”.
CATEQUESIS
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles, 4 de abril de 2018
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buena Pascua!
Vosotros veis que hoy hay flores: las flores dicen alegría. En ciertos
lugares, la Pascua se llama también «Pascua florida», porque florece el
Cristo resucitado: es la flor nueva; florece nuestra justificación; florece
la santidad de la Iglesia. Por eso, muchas flores: es nuestra alegría.
Toda la semana nosotros festejamos la Pascua, toda la semana. Y por
eso, nos damos, una vez más, todos nosotros, el deseo de «Buena
Pascua». Digamos juntos: «Buena Pascua», ¡todos! [responden: «Buena
Pascua»]. Quisiera también que felicitáramos la Pascua —porque fue
Obispo de Roma— al amado Papa Benedicto, que nos sigue por
televisión. Al Papa Benedicto, todos deseamos Buena Pascua: [dicen:
«¡Buena Pascua!»] Y un aplauso, fuerte.
Con esta catequesis concluimos el ciclo dedicado a la misa, que es
precisamente la conmemoración, pero no solamente como memoria,
se vive de nuevo la Pasión y la Resurrección de Jesús. La última vez
llegamos hasta la Comunión y la oración después de la Comunión;
después de esta oración, la misa se concluye con la bendición
impartida por el sacerdote y la despedida del pueblo (cf. Instrucción
General del Misal Romano, 90). Como se había iniciado con la señal
de la cruz, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, se
sella de nuevo en el nombre de la Trinidad la misa, es decir, la acción
litúrgica.
Sin embargo, sabemos que mientras la misa finaliza, se abre el
compromiso del testimonio cristiano. Los cristianos no van a misa
para hacer una tarea semanal y después se olvidan, no. Los cristianos
van a misa para participar en la Pasión y Resurrección del Señor y
después vivir más como cristianos: se abre el compromiso del
testimonio cristiano. Salimos de la iglesia para «ir en paz» y llevar la
bendición de Dios a las actividades cotidianas, a nuestras casas, a los
ambientes de trabajo, entre las ocupaciones de la ciudad terrenal,
«glorificando al Señor con nuestra vida». Pero si nosotros salimos de
la iglesia charlando y diciendo: «mira esto, mira aquello...», con la
lengua larga, la misa no ha entrado en mi corazón. ¿Por qué? Porque
no soy capaz de vivir el testimonio cristiano. Cada vez que salgo de
la misa, debo salir mejor de como entré, con más vida, con más
fuerza, con más ganas de dar testimonio cristiano. A través de la
eucaristía el Señor Jesús entra en nosotros, en nuestro corazón y en
nuestra carne, para que podamos «expresar en la vida el sacramento
recibido en la fe» (Misal Romano. Colecta del lunes en la Octava
Pascua).
De la celebración a la vida, por lo tanto, consciente de que la misa
encuentra el término en las elecciones concretas de quien se hace
involucrar en primera persona en los misterios de Cristo. No
debemos olvidar que celebramos la eucaristía para aprender a
convertirnos en hombres y mujeres eucarísticos. ¿Qué significa esto?
Significa dejar actuar a Cristo en nuestras obras: que sus pensamientos
sean nuestros pensamientos, sus sentimientos los nuestros, sus
elecciones nuestras elecciones. Y esto es santidad: hacer como hizo
Cristo es santidad cristiana. Lo expresa con precisión san Pablo,
hablando de la propia asimilación con Jesús, y dice así: «Con Cristo
estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí»
(Gálatas 2, 19-20). Este es el testimonio cristiano. La experiencia de
Pablo nos ilumina también a nosotros: en la medida en la que
mortificamos nuestro egoísmo, es decir, hacemos morir lo que se
opone al Evangelio y al amor de Jesús, se crea dentro de nosotros un
mayor espacio para la potencia de su Espíritu. Los cristianos son
hombres y mujeres que se dejan agrandar el alma con la fuerza del
Espíritu Santo, después de haber recibido el Cuerpo y la Sangre de
Cristo. ¡Dejaos agrandar el alma! No estas almas tan estrechas y
cerradas, pequeñas, egoístas, ¡no! Almas anchas, almas grandes, con
grandes horizontes... dejaos alargar el alma con la fuerza del Espíritu,
después de haber recibido el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Ya que la presencia real de Cristo en el Pan consagrado no termina
con la misa (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1374), la eucaristía es
custodiada en el tabernáculo para la comunión para los enfermos y
para la adoración silenciosa del Señor en el Santísimo Sacramento; el
culto eucarístico fuera de la misa, tanto de forma privada como
comunitaria, nos ayuda de hecho a permanecer en Cristo (cf. ibíd.,
1378-1380).
Los frutos de la misa, por tanto, están destinados a madurar en la
vida de cada día. Podemos decir así, un poco forzando la imagen: la
misa es como el grano, el grano de trigo que después en la vida
ordinaria crece, crece y madura en las buenas obras, en las actitudes
que nos hacen parecernos a Jesús. Los frutos de la misa, por tanto,
están destinados a madurar en la vida de cada día. En verdad,
aumentando nuestra unión con Cristo, la eucaristía actualiza la gracia
que el Espíritu nos ha donado en el bautismo y en la confirmación,
para que nuestro testimonio cristiano sea creíble (cf. ibíd., 1391-
1392).
Entonces, encendiendo en nuestros corazones la caridad divina, ¿la
eucaristía qué hace? Nos separa del pecado: «Cuanto más
participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad,
tanto más difícil se nos hará romper con Él por el pecado mortal»
(ibíd., 1395).
El habitual acercarnos al Convite eucarístico renueva, fortalece y
profundiza la unión con la comunidad cristiana a la que
pertenecemos, según el principio que la eucaristía hace la Iglesia (cf.
ibíd., 1396), nos une a todos.
Finalmente, participar en la eucaristía compromete en relación con
los otros, especialmente con los pobres, educándonos a pasar de la
carne de Cristo a la carne de los hermanos, en los que él espera ser
reconocido por nosotros, servido, honrado, amado (cf. ibíd., 1397).
Llevando el tesoro de la unión con Cristo en vasijas de barro (cf. 2
Corintios 4, 7), necesitamos continuamente volver al santo altar,
hasta cuando, en el paraíso, disfrutemos plenamente la
bienaventuranza del banquete de bodas del Cordero (cf. Apocalipsis
19, 9).
Demos gracias al Señor por el camino de redescubrimiento de la
santa misa que nos ha donado para realizar juntos, y dejémonos
atraer con fe renovada a este encuentro real con Jesús, muerto y
resucitado por nosotros, nuestro contemporáneo. Y que nuestra vida
«florezca» siempre así, como la Pascua, con las flores de la esperanza,
de la fe, de las buenas obras. Que nosotros encontremos siempre la
fuerza para esto en la Eucaristía, en la unión con Jesús. ¡Buena Pascua
a todos!
Saludos:
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de
España y Latinoamérica. En esta semana de Pascua, en la que la
victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte resuena con toda su
fuerza y belleza, los invito a nutrirse constantemente de la Eucaristía,
dejándose renovar con el encuentro real con Jesús, hasta que
gustemos plenamente del banquete que nos tiene preparado por
toda la eternidad.
Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
Regina Coeli
2 de abril de 2018
El Papa Francisco animó a los cristianos a salir a la calle a anunciar la
Pascua, la resurrección del Señor, y a emplear para ello esta antigua
fórmula utilizada por los apóstoles y por los primeros cristianos:
“¡Verdaderamente el Señor ha resucitado!”.
Antes del rezo del Regina Coeli en la Plaza de San Pedro del Vaticano
este lunes 2 de abril, el Pontífice reflexionó sobre las palabras del
ángel que se encontraba en el interior del sepulcro donde había
estado Jesús: “Ha resucitado”, fue lo que les dijo a las mujeres que
habían acudido al sepulcro.
“Los evangelistas señalan que este primer anuncio fue realizado por
ángeles, es decir, mensajeros de Dios. En esa presencia angélica hay
un significado: del mismo modo que la anunciación de la
Encarnación del Verbo la realizó un ángel, Gabriel, así para la
primera vez que se anuncia la Resurrección no bastaba con la palabra
humana”.
Explicó que “se necesitaba a un ser superior para comunicar una
realidad tan desconcertante, tan increíble que tal vez ningún hombre
se hubiera atrevido a pronunciarla”.
“Tras este primer anuncio –continuó el Santo Padre–, la comunidad
de los discípulos comenzó a repetir: ‘Verdaderamente el Señor ha
resucitado y se ha aparecido a Simón’, pero el primer anuncio
requería de una inteligencia superior a la humana”.
El Papa invitó a repetir en Pascua: “Verdaderamente el Señor ha
resucitado”, y animó a los presentes en la plaza a repetirlo tres veces.
Francisco destacó el carácter familiar de la fiesta de Pascua: “Es un día
de fiesta, de celebración vivida habitualmente con la familia. Es una
jornada familiar. Después de haber celebrado la Pascua, hay
necesidad de reunirse con los seres queridos, con los amigos, para
festejarla”.
“Porque la fraternidad es el fruto de la Pascua de Cristo que, con su
muerte y resurrección, ha derrotado el pecado que separaba al
hombre de Dios, al hombre de sí mismo, y al hombre de sus
hermanos”.
Subrayó que “Jesús ha derrumbado el muro de división entre los
hombres y ha reestablecido la paz, comenzando a tejer la red de una
nueva fraternidad”.
En este sentido, hizo un llamado a redescubrir la fraternidad “tal y
como era vivida en las primeras comunidades cristianas. No puede
haber una verdadera comunión y un compromiso para el bien
común y la justicia social sin la fraternidad y sin compartir. Sin
compartir de forma fraterna no se puede realizar una auténtica
comunidad eclesial o civil”.
“La Pascua de Cristo ha hecho explotar en el mundo la novedad del
diálogo y de la relación, novedad que para los cristianos se convierte
en responsabilidad. De hecho, Jesús dijo: ‘Por esto todos sabrán que
sois mis discípulos: si tenéis amor los unos por los otros’”.
Por este motivo, “no podemos recluirnos en lo privado, en nuestro
grupo, sino que estamos llamados a hacernos cargo del bien común,
a ayudar a los hermanos, especialmente a aquellos que son débiles y
marginados. Sólo la fraternidad puede garantizar una paz duradera,
puede derrotar las tensiones y las guerras, puede extirpar la
corrupción y la criminalidad”.
El Papa finalizó pidiendo a la Virgen María, “que en este tiempo
pascual invocamos con el título de Reina del Cielo, nos sostenga con
su oración”.
El 8 de abril
Después de rezar el Regina Coeli, Francisco afirmó que "llegan
noticias terribles desde Siria sobre bombardeos con decenas de
víctimas, de las cuales muchas son mujeres y niños. Noticias de
muchas personas golpeadas por los efectos de sustancias químicas
contenidas en las bombas”.
“Oremos por todos los difuntos, por los heridos, por las familias que
sufren”.
El Papa aseguró que “no hay una guerra buena y una mala, y nada,
nada puede justificar el uso de tales instrumentos de exterminio
contra las personas y pueblos impotentes”.
“Oremos para que los responsables políticos y militares elijan la otra
vía, la de la negociación, la única que puede llevar a una paz que no
sea la de la muerte y la destrucción”.
El Pontífice se refería así a los últimos bombardeos ocurridos en la
localidad de Duma, en la que recientemente han muerto al menos 27
personas, entre ellas cinco niños.