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Como alternativa a una historia de las imágenes como fruto de la producción de los hombres

de una época, objetivo tradicional de la Historia del arte y la Iconografía, Bredekamp


busca explicar las imágenes en su condición de agentes históricos, como núcleo,
más que consecuencia, de ciertas dinámicas sociales y ciertos modos de interpretación de la
realidad. En este sentido, las imágenes son eficaces cuando actúan como catalizadoras de
una cierta dinámica social, en la estela de otros ensayos fundamentales ya publicados en
castellano, como los libros de David Freedberg, El poder de las imágenes, y Hans
Belting, Antropología del arte. El eje vertebrador del libro es un análisis del poder de las
imágenes para motivar la acción humana en ciertos contextos, y el impacto de las imágenes
en tres campos fundamentales: la vida artificial, el intercambio de imagen y cuerpo, y la
actividad autónoma de la forma.
La imagen no necesariamente refleja la realidad, sino que también coadyuva a la
conformación de lo real. En este sentido, a través de ejemplos que van desde el mundo
antiguo al contemporáneo, Bredekamp problematiza la relación entre la obra de
arte y su público formulando el concepto de «acto icónico», que pone en cuestión
ideas tradicionales de la Historia del arte como ilustración, representación y mímesis.