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CARTA PASTORAL

DISPUESTA EN FORMA DE
EJERCICIOS
ESPIRITUALES
PARA LOS 40 DÍAS DE

LA CUARESMA

1892
CARTA PASTORAL
DEL ILMO. SEÑOR

DON FÉLIX HERRERO YALVERDE,


031SPO DE ORIHUELA, DEL CONSEJO DE S. M., ETC. .

D I S P U E S T A E X FO R MA DE E J E R C I C I O S E S P I R I T U A L E S PACIA

C U A R E N T A DI AS DE LA CU AR ES MA , CON E L F I N D E F A C I L I T A R LA IN ST R U C C IO N E N LA

H O (; TU L\ A V MÁ XI M AS C R I S T I A N A S Á S U S D I OC E SA N OS , P A R T I C U L A R M E N T E Á

LOS LA B R AD OR ES , A R T E S A N O S , J O R N A LE R O S Y OTRAS. P E R S O N A S

DE OC UP AC IO N CORPOR AL D IA R IA .

CON V A R I O S EJEMPLOS
AÑ A D ID O S P O R

I). MIONIO MARÍA CLARET Y CLARA,


i r r o f i i s p o de T r a j a n ó p o l i s . in p a r í . in f.

COTÍ AFIíOliAClGN DEL OlíDlXARIO.

LIB R ER ÍA RELIGIOSA,
CALLE DE A.Y1ÑÜ, NÚMERO 2 0 .

189S.
A L L E C T O R .

Am adísim o le c to r : Estos santos Ejercicios desde 4 8 3 3 ,


que por primera vez vieron la luz pública, están dando cri
■todas las parroquias de la d iócesis de Orihuela los mas feli­
c e s resultados, como lo sabem os y nos consta por experien­
cia; y deseando que este bien tan grande se haga extensivo
á todas las parroquias de España, hem os pensado publicarlos
con la venia del autor, no dudando que tan pronto como los
Prelados habrán leido con detención estos E jercicios, m an­
carán que en todas las parroquias de sus respectivas diócesis
se hagan cada año estos E jercicios, com o mandó su autor el
Obispo de O rihuela; y como éste quedarán gustosam ente sor­
prendidos de sus felices resultados, m ayores sin duda de lo
que ellos m ism os se pueden figurar.
En cuanto á N os, podemos decir que nos han gustado so­
brem anera, y para que se vea el interés que en ellos tom a­
m os, liem os pensado en cada instrucción doctrinal añadir un
ejem plito ó historia para mas amenizar la lectura, y hacerla
por lo tanto mas agradable á los ejercitantes.
Otro estím ulo nos falta anunciar todavía, y es que el Su­
mo Pontífice tien e concedida Indulgencia Plenaria á todos los
fieles que con esta obra hagan diez dias de ejercicios espiri­
tu ales, ya sea en la iglesia parroquial, ya en otra iglesia ó
capilla, ó bien en su casa, si no pueden asistir á la iglesia.
Y Nos, con m uchísim o gusto y afecto de nuestro corazon, con ­
cedem os ochenta dias de indulgencia por cada acto de dichos-
Ejercicios.

M a d rid 2 9 d e j u n i o de 1 8 5 8 .

Antonio M akía, Arzobispo de Santiago de Cuba,.


NOS DON FÉLIX HERRERO YALVERDE,
POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA S E D E APOSTÓ LICA

OBISPO DE ORIHUELA, DEL CO NSE JO DE S. 31., ETC-

.1 núes Ir os m u y venerables Párrocos, Vicarios eclesiásticos, y á iodos


nuestros amados diocesanos; S a lu d en N u e stro S eñ o r Jesucristo.
Ocho años se han cumplido ya, am ados diocesanos, desde que
sin mérito nuestro fuimos constituidos obispo y pastor de vuestras
almas, debiendo dar estrecha cu e n ta de ellas en el tribunal su p re­
mo del Juez de vivos y muertos, y responder con la n u es tra , por
u n a sola que se extravie y pie rd a por nuestra culpa. Todos los dias
sentimos el grave peso de esta obligación y carga formidable á los
hombros de los Ángeles, y la c o ntinua experiencia nos hace cono­
cer la insuficiencia y poquedad n u es tra para eí desempeño de tan
alto y santo ministerio. Pero en medio de tanto conflicto y a n g u s ­
tia, nos sostiene y consuela un deseo vehem ente, que por miseri­
cordia de Dios advertimos y sentimos en el fondo de nuestro cora­
zon, de em plearnos todo y sin reserva en cuanto p u ed a conducir á
ei logro de v uestra felicidad temporal y eterna.
Cuanto el tiempo y el ejercicio de nuestro ministerio nos hace co­
nocer mas los peligros de las alm as encargadas por Jesucristo á nues­
tra pastoral vigilancia, y Jos lazos que tiende sin cesar para p erde r­
las el dragón infernal, !a inconsideración y aun el abandono con que
muchas se dejan enredar en estos mismos lazos, sin temor de su p er­
dición etern a, tanto mas v ehem entes y vivos son nuestros deseos de
librarías y sacarlas de un estado el mas miserable y desgraciado.
Si nos paramos á m irar, y contemplamos ei cuadro triste que p r e ­
senta la corrupción de costum bres, y como toda carne ha corrom pi­
do sus caminos, sin que baya sido suficiente para purificar la tier­
ra de n u estra Diócesis un diluvio de calamidades y trabajos, con
que nos ha avisado y obligado el Padre de las misericordias: si re­
flexionamos sobre el q ueb ra n tam ien to continuo de los m a n d am ien ­
tos de Dios, coa toda clase de pecados, delitos y crím enes, muchos
de ellos públicos: si consideramos la continua profanación é in ­
observancia de los dias santos del Señor, y la no menos continua
violacion de los oíros m andam ientos de nuestra santa m adre Igle­
sia, y que todo esto se hace ya sin temor, como por costumbre y
sin rem ordim iento de conciencia: cuando además tenemos p rese n ­
tes las perniciosas doctrinas que se propalan, y expresiones q u e se
vierten contra nu estra Religión divina, la santa Iglesia y sus m inis­
tros, y los muchos libros que las enseñan y retienen sin entregarlos
á quien se debe, con manifiesta desobediencia á la Tglesia y d e s­
precio de sus c e n s u r a s ; entonces á Yista de tantos y tan graves m a ­
les, y de otros no menores de que seria largo h ablar, entonces,
am ados diocesanos, nuestro espíritu se aflige, se an gustia y acon­
goja sobremanera, es v erd a d ; pero interesados siempre por la sal­
vación de vuestras almas, no nos abatim os ni desmayamos, sino que
levantando nuestro corazon y nu estra s manos al Dios de todo con­
suelo, y colocando en él toda n u e s tra confianza, le pedimos y s u ­
plicamos sin cesar se digne abrirnos camino, é inspirarnos medios
eficaces, au n q u e sea á cosía de n u estra salud y n u es tra vida, para
el remedio de tantos males.
Sentimos todavía otro que nos contrista mas, porque le concep­
tuamos m anantial fecundo y causa m u y principal de los dem ás, y
de la corrupción de costumbres ta n general en el pueblo cristiano.
Este es la ignorancia. Si, amados hijos nuestros, la ignorancia, la
falta de instrucción en la mayor parte de los cristianos, de la c ie n ­
cia de la religión de Jesucristo que se glorian profesar, de la doc­
trina cristiana, de la ciencia única de salvación. E ste es el gran de
mal, cuyo remedio ha llamado siempre y llama n u e s tra particular
atención, y buscamos con ansia. Ig norancia tan común en nuestros
desgraciados tiempos, no solo a la clase rústica y sin letras, sino á
la de aquellos que se tienen por instruidos, y acaso lo son en todo,
menos en Ja ciencia de salvarse: igno rancia que ha despojado de su
color hermoso á l a hija de Sion, que ha oscurecido en los hijos de
la Iglesia, en los cristianos, el brillante esplendor de sus costum ­
bres am ables y santas, de modo que no por ellas se conoce á l a m a­
yor parte sino por el nom bre, y por aquel carácter que no se bor­
rará ja m ás de sus almas, para conñision y torm ento suyo por toda
nna eternidad infeliz: ignorancia, por fin, por la que puede decirse
con mas razón en nuestros dias, que lo decía en los suyos el v e n e ­
rable G ranada, que no se h allará moro ni judío que no esté mas
instruido en su falsa creencia, que lo están los cristianos en la R e ­
ligión santa que profesan, y les enseñó el mismo Jesucristo. ¡Qué
dolor! Situación triste, pero cierta.
Quisiéramos, amados hijos nuestros, estar engañados en este con­
cepto que nos ha hecho formar una larga y triste experiencia de cerca
de trein ta años que contamos de párroco y de obispo; pero es muy
fácil á el que q u ie ra av e rig u ar la v erda d, y d esengañarse por sí mis­
mo. Preséntese en todos los pueblos y en las ciudades de la Diócesis,
y en tre en las casas todas, de pobres, de ricos, de sabios, de ig n o ­
ra n te s, y hágalo, si le es posible, en los dias de fiesta, y encontrará
á los padres de familia, á los hijos, á los criados, atentos y ocupa­
dos en intereses del m undo, en el trabajo, en el juego, en la diver­
sión, en el ocio y en objetos de v a n i d a d ; pero con dificultad hallará
quien lo esté, ni por un breve rato, en ap re n d er y en señ a r la cien­
cia de la salvación. D eténgase en las plazas y caites, y las verá lle­
nas de infelices niños, abandonados al juego y al vicio: pase d e s -
pues á las escuelas, y encontrará m uy pocos, y ni aun las bailará en
muchos de los pueblos. Diríjase por último, y entre en lostem p lo s.lu-
g a r santo destinado p a ra enseñar y ap re n d er la ciencia de la líeligion
y el santo temor d e Dios, y en la mayor parte de los1pueblos los h alla­
rá desiertos, au n en dia de fiesta, como no sea al tiempo d é l a misa
rezada, á que se asiste con irreverencia y desasosiego. Si p r e g u n ta
3a causa, le dirán los párrocos, que jam ás se ha podido conseguir
la asistencia de los feligreses á la explicación de la doctrina cristia­
na. Lo cierto es, que nos ha sucedido en varios pueblos mas de un a
vez, estar explicando la doctrina ó predicando el santo E vangelio
con pocos oyentes, al mismo tiempo que las calles y plazas estaban
llenas de gentes ociosas, y entre gada s al juego.
P ues aho ra bien, am ados diocesanos, si no se enseña la d octrina
cristiana en las casas por los padres de familia, si no hay escuelas,
ó si las hay, no concurren á ellas los niños, á excepción de muy p o ­
co s; si no se enseña ni se aprend e en los templos, como todo es así,
y lo vemos y experim entam os, ¿en dónde se adquiere esta ciencia
sa n ia, para cuyo conocim iento é instrucción es necesario estudio,
aten c ió n y tiempo, como para un negocio el mas im portante para
nosotros? Y si no se sabe, si así está olvidada, ¿cómo se podrá ob­
servar y prac tica r? No extrañemos ya, amados diocesanos, la cor­
rupción de costum bres. P orque ¿cómo te n d rá costumbres buenas el
que ignora la regla de formarlas? Lloremos, s i ; pero no extrañemos
tampoco el olvido y violacion continua de la lc y s a n ta d e D io s. Porque
¿cófiio la te n d rá presente y observará el que la ig nora? ¿Cómo reci­
birá los santos Sacram entos el que no sabe lo que son, ni lo que se
contiene en estas fuentes y tesoros de la g racia? ¿Qué oracion hará
e! que no sabe lo que es oracion, ni el modo de hacerla? ¿Q ué idea
te n d rá y formará, y cómo m editará los adorables misterios d e n uestra
divina Religión, y de la infinita bondad y misericordia de un Dios
hecho hombre, y muerto en la cruz por nosotros, el que n in g u n a idea
tiene de todo esto? ¿Cómo, en fin, tem erá los juicios de Dios y sus
castigos, y an h e la rá y trab a jará por huir de ellos, y por conseguir
los premios eternos, el que ignora estas terribles y consoladoras
verdades de nuestra divina Religión?
Persuadidos, como hemos dicho ya, por u n a continua experien­
cia de que m ucha parte de nuestros diocesanos se baila en este es­
tado de ignorancia, hemos buscado siempre medios eficaces para
sacarlos de ella.
Sabéis, amados párrocos, cuántas v ec esn o s hemos lamentado con
vosotros mismos de esta fatal ignorancia, y excitado vuestro celo
contra ella, de p alab ra y por e s c r ito : sabéis cu ántas veces hemos
dicho que ni el párroco ni el obispo p u e d e n d esem pe ñar d eb idam ente
su ministerio en estos tiempos, sin m ayor vigilancia y trabajo que
el que era suficiente en otros; p orque cuando las necesidades y p e ­
ligros de las ovejas son mayores, debe serlo tam bién el cuidado y
vigilancia del pastor: sabéis, en fin, que hemos enseñado y ense­
ñam os la doctrina, con el deseo y esperanza de que todos los ecle­
siásticos y padres de familia siguiesen nuestro ejemplo. Por desgra­
cia ignoram os los resultados de estos medios de que nos hemos v a ­
lido hasta ahora.
Otro que habíamos adoptado hace algunos años, y principiado á
p oner por obra, era el de formar u n a larga instrucción pastoral, v a ­
liéndonos para ello de las que dieron á sus párrocos y diocesanos los
dos grandes santos obispos san Cárlos Borromeo y san Francisco de
Sales, con el objeto de facilitar y uniform ar en n u e s tra Diócesis la
enseñanza é instrucción de la doctrina cristian a ; pero la calamidad
de los terrem otos, que tanto nos ha afligido y ocupado, nos im pi­
dió llevarlo adelante.
Así nos hallábamos reducidos á b uenas esperanzas solam ente,
cuando aquel Señor que oye tos deseos de los pobres, parece se dig ­
nó a te n d e r á los nuestros. Haciendo la sa n ta visita de nuestra Dió­
cesis, llegamos á la de la parro quia de la Villa de Aspe, cuyo celoso y
respetable párroco nos dió noticia de los ejercicios espirituales q ue
practicaba en la Cuaresma, con el objeto principal de i n s t r u ir á sus
feligreses en la doctrina cristiana y máximas morales, valiéndose de
u a método proporcionado á la capacidad de todos, y dispuesto de
un modo que les hiciese gustosa tan santa ocupacion: quisimos e n ­
terarnos, no solo del método é instrucciones que había formado para
ios dichos ejercicios, sino que tam bién hicimos se practicasen á n u e s ­
tra presencia u n a noche, como así se verificó, con la mayor concur­
rencia, no obstante ser en el mes de agosto: quedamos san tam en te
sorprendidos y llenos de consuelo á la vista de tan piadosa y prov e­
chosa práctica, y desde entonces concebimos los mayores deseos de
hacerla extensiva á toda n u es tra Diócesis, y valernos del método
con que se enseñaba en estos ejercicios la doctrina y máximas cris­
tianas, para formar la instrucción pastoral que tanto ansiábam os,
co a el iin de proporcionar la que necesitan nuestros feligreses, p a r ­
ticu la rm e n te aquellos que menos p uede n adquirirla, por ocupados
en sus tareas corporales diarias, como son los labradores, jo r n a le ­
ros, artesanos, y demás que han de g an a r el sustento diario con el
sudor d e su rostro.
Desde entonces nos dedicamos á llevar ade la nte nuestro in te n to s -
no con mucho trabajo nuestro hemos llegado á formar la p re se n te in s-
truccion, siguiendo y guard ando el mismo método de los ejercicios,
p ara cu a ren ta dias de la Cuaresma, desde el miércoles de Ceniza
h a s ta el domingo de Ramos, ambos inclusive.
Nos ha parecido tanto mas conducente adoptar e s tem éto d o ,cu a n to
que la Cuaresma es el tiempo mas proporcionado para la instrucción
de los (leles, por su mayor co n c u rre n c ia a l templo, y por ser cuando
todos se b an de disponer y se disponen para recibir los santos sacra­
mentos de la P enitencia y C o m u n io n ; porque se pueda hacer uso y
se hag a de esta nu estra instrucción en los ejercicios de Minerva que
se practican todos los domingos del año por la tarde en las parro­
quias de toda la Diócesis, y por lo dem ás que dirémos despues,
¡Olí muy amados y venerables párrocos, vicarios y eclesiásticos,
y demás diocesanos n u e s tro s ! os rogamos, suplicamos y encargam os
con todo el afecto de nuestro corazon, y por las entra ñas y amor de
Nuestro Señor Jesucristo, autor y consum ador de n u estra fe, que
no recibáis en vano esta gracia.
P racticad, señores párrocos, todos los años en la san ta C uaresm a,
en vuestras respectivas parroquias, estos piadososejercicios, con celo
santo y firme constancia, asistiendo p u n tu a lm e n te á ellos con todos
los eclesiásticos, y procurando por todos los medios caritativos y
p ruden tes la asistencia de vuestros feligreses, venciendo cualquiera
obstáculo que opondrá el enemigo común de n u e s tra sa lm a s : haced
adem ás de esta provechosa instrucción el uso que diremos d e s p u e sr
y no dudéis coger coa la bendición de Dios copiosos frutos de vu es­
tro trabajo, teniendo presente p a r a ello, entre otras cosas que os
dicte vuestro celo y prudencia, lo siguien te:
1.° Se a d m ite n y deben ad m itir solo hombres y m uchachos de
a lguna edad á los ejercicios, por las razones que se expresan en sus
a dv ertencias; pero en los pueblos de corto vecindario p o d rá a d m itir-
se tam bién á las m ujeres, siempre que no falten á las obligaciones
da su casa y familia.
2." P a r a no privarlas tampoco en las ciudades y pueblos g r a n ­
des de ta n útil instrucción y práctica piadosa, p odrán repetirse en
distin ta hora por la tarde los santos ejercicios.
3.° E n n ing uno de los dias de ejercicios se omitirá, ni en todo,
ni en parte, la lección de d octrina, y si posible fuere, se leerán sin
omitir n ad a la meditación y plática, y para que no se diiate el ejer­
cicio mas de u n a hora, ó poco mas, que debe d u rar, sin contar el
tiempo que se gasta en el Rosario, podrá cercenarse ú omitirse p a rte
del cuarto de hora de oracion.
4.° E n los ejercicios de Minerva, en el discurso del año, se leerá
«no de los dias de estos ejercicios, sin omitir n u n ca la lección de
d octrina cristiana, y á continuación se leerá la m editación, ó p arte
de ella, y despues de una corta pausa, se leerá la plática, si al p á r ­
roco ó vicario no le pareciese predicar otra cosa.
5.° Cuidarán los párrocos con la mayor vigilancia (sobre lo q ue
les hacemos el mas estrecho encargo) que todos los sacerdotes, qu e
celebran en las erm itas del distrito de su p arro quia, despues del
Evangelio lean sin excusa alguna la lección de doctrina, y á conti­
nuación la meditación ó plática de uno de los dias de los ejercicios
por su o rd en ; á cuyo fin, cuidarán que h a y a en cada u n a de las
erm itas un ejem plar de esta n u es tra instrucción, conservado c u id a ­
d osam ente; en inteligencia de que no perm itirem os deje d epra cti-
carse así, adoptando al efecto oportunas providencias.
■C.° E ncargam os tam bién á los párrocos que, por todos los medios
q u e les dicte su celo, persuadan á los padres de familia tengan en sus
casas esta n u e s tra instrucción pastoral, y la lean, ó haga n leer en
los dias de tiesta á todos sus hijos y domésticos reunidos.
7.° Hacemos p articular encargo á los párrocos, y á los que han
de hacer de directores de estos ejercicios, que ante todo lean y se
in struya n con cuidado de las advertencias, y método de practicarlos
q u e se pone al principio de ellos, y son dichas advertencias y ejer­
cicios los s ig u i e n te s :
COLECCION
DE

PLATICAS DOMINICALES.

T E R C E R AÑO.

A D V E R T E N C IA S.

Como el principal objeto de esta instrucción ha sido el de propor­


cionar el pasto espiritual á los pobres trabajadores, que precisados
cada día á g an a r el sustento necesario p a r a ellos y su familia, ca re­
cen de aquellas ocasiones y tiempo, que tienen los de clase nías aco­
modada, para instruirse en la doctrina cristiana y verdades eternas,,
que es el alimento del a l m a ; nos pareció no haber otro medio, á este
fin, mas adecuado, ni mas compatible con la penosa situación de
esta recom endable porcion del rebaño de Jesucristo, que darles ca­
da año en d e term in a d a estación un pequeño curso de catecismo y
de vida moral, que sin distraerlos de sus prim eras obligaciones do­
mésticas les facilitase u n tal cual baño, conforme á s u capacidad, de
los principios fundam entales de n uestra santa Religión y de cuanto
es necesario saber para salvarse, y conducente para vivir u n a vida
ve rd a d e ra m e n te cristiana.
N ingún tiempo del año nos pareció tan oportuno como la sa n ta
Cuaresma, en la que el común de los fieles, conforme al espíritu de
la san ta Iglesia, se van disponiendo para cum plir con el precepto
pascual. Y bajo esta idea, se p rincipiarán y c on tin uarán todos los
años estos ejercicios, desde la noche de! dia de Ceniza hasta la del
dom ingo de Ramos; dejando libre la Sem ana S anta, por ocupada
con los divinos oficios que le son propios. La hora única en que los
días de trabajo p o d ría n lo s fieles, sin incomodarse, asistir á esta aca­
dem ia de religión, es aquella en que dando de mano á sus ocupacio­
nes, se retiran á casa, y perm anecen en ocio, en tre tanto que la
-consorte les prep ara la cena. Y esta misma es en la que se les con­
voca y en tre tie n e con el ejercicio, que 110 pasa de una hora ó poco
mas, por no cercenarles el descanso que necesitan para em p re n d er
el trabajo al día siguiente.
Algunos d irán : ¡para qué tantos días de ejercicios! y se respon­
de: convenimos en que ocho ó diez dias de ejercicios son suficientes,
cu a ndo no se trata mas que de purificar el alm a por medio de u n a
séria y dolorosa confesion, ó de corroborar el espíritu en el retiro y
co n te m p la c ió n , como se hace cuando se toman por devocion, ó por
instituto. Porque entonces no hay necesidad de otra cosa que de r u ­
miar las verdades de que ya se supone estar el alma im buida, Pero
como pretendem os, en cuanto nos sea posible, ilustrar unos ánimos
q u e carecen de toda ó cási toda instrucción, es necesario todo el
tiempo prefijado, p a ra que en cortas lecciones se les desm enuce y
explique todo el texto de la doctrina cristian a ; y en puntos de m e­
ditación se les enseñe el modo de tener oracion, el de recibir d igna­
mente los santos Sacramentos, el de corregir los vicios, y e v ita r la s
ocasiones de pecar, el de practicar las virtudes y buenas obras, y
todo lo dem ás que conduce á formar un hom bre buen ciudadano y
cristiano. Y en esto nos parece que estos ejercicios av e ntajan á una
misión de pocos dias, y au n á una predicación de Cuaresma, como
se hace de ordinario. Es verdad que en u n a y otra predicación el
huracan del Evangelio suele volcar uno ú otro pino envejecido en
alguno de los vicios capitales; pero al monte bajo, por decirlo así,
de vicios rateros, de que aquellos vienen á formarse, y que mas
■cunden en la sociedad, apenas llega la torm enta. Pero en estos ejer­
cicios anuales, mas prolongados que aquellos, hay tiempo para
•desenvolver en explicación todo el Catecismo, y para in stru ir con
alg u n a detención sobre todos los p untos que quedan indicados. Y la
experiencia nos ensena, que en ellos y por ellos el ferviente soplo
■de la divina palabra no solo desgaja las altas copas de maldad, sino
q u e tam bién p en e tra hasta la raíz de las malas costumbres, que es
la mala educación, y si no se logra exterm inarlas del todo, á lo
menos las azota, y en su origen no poco detiene sus creces. Otra ra­
zón p ara h ab e r adoptado el núm ero de cu a ren ta dias continuados
do este ejercicio es, que podría suceder que alguno por enferm edad,
ó por cualquier otro accidente, no pudiese asistir á unos ejercicios
de solos o dio ó diez dias continuados, y entonces quedaba privado
al todo del beneficio que le proporcionan estas conferencias. Pero
siendo en núm ero de cuarenta, cualquiera podrá com poner m uy
bien una asistencia de diez, quince ó veinte dias, a u nque no seao
seguidos; tiempo suficiente para p repararse á la confesion y co m u ­
nión pascual. T am bién hay razones para no a d m itir á estas congre­
gaciones sino á los hombres y m uchachos ya crecidos: ya porque
el sexo femenino, por lo com ún, carece menos de instrucción, por
ser el que mas frecuenta los Sacramentos, pláticas doctrinales y
demás actos de piedad : ya porque las m ujeres deben estar de n o­
che recogidas en casa, cuidando de su familia y ocupaciones do­
mésticas, para que cuando venga el padre no se incomode por cosa
alg u n a, y ya tam bién por evitar toda distracción ai otro sexo, y
m a n te n e r en el templo la devocion y el silencio que es necesario p a ­
ra oir con fruto la p alabra del Señor. Además, que siempre p artici­
parán de ¡o bueno que el padre se lleve á casa; porque lo reg ular
es p re g u n ta rle qué se ha dicho en el ejercicio, y porque el padre
go b ern a rá la familia, según la doctrina y máximas cristianas que
se le han enseñado.
Como asistirá el clero tam bién á los ejercicios para mayor edifi­
cación de los fieles, al fin de cada meditación se ha puesto un par-
r afilo h ablando con los señores sacerdotes y llamando su atención
á lo que pec u lia rm en te les corresponde, en razón de su carácter.
Pero esto, y cuanto en la le ctura se en c uentre que se dirige á los
sacerdotes, deberá om itirse si no los hubiese en el auditorio. Las
pláticas podrán p ronunciarse por el director de los ejercicios en tono
de sermón. Se ha procurado en lodo usar de un estilo y lenguaje
sencillo y acomodado á to d a c a p a c id a d . Y confesamos que nada, ó
cási nada hemos puesto de caudal propio. La explicación de la doc­
trina cristiana, teda es de los Catecismos de los PP. Ripalda, Astete
y P ou g et; y los puntos de meditación se h an tomado de los E jerci­
cios de san Ignacio, y de los PP. Esleí!a y Nepueu. Nuestro no hay
otra cosa que el pequeño trabajo de ordenar y combinar los m a te ­
riales, para que resultase un reducido y metódico compendio de
doctrina cristiana y máximas de moralidad para el uso de nuestros
diocesanos.
MÍIODO QUE SE OBSERVARÁ EN LOS EJERCICIOS.

Todos los d ias, m e d i a h o ra antes d e po n e r se el sol, h a b r á un corto r e p i q u e


d e c a m p a n a s , que s i r v a de aviso á los ejercitantes, p ara q u e p r o c u re n d a r de
m ano á sus ocu paciones, á h o r a d e p o d e r as istir al ejercicio ; y puesto el sol,
se h ará otro r ep iq u e que se p ro lo n g a hasta q u e tocan las p r i m e r a s or aciones.
Re zadas éstas, y p r e p a r a d o el a l t a r m a y o r con dos ó c u a t r o lu ces, y u n C r u ­
cifijo d e m ag nitu d q u e se liaga visible á todos, se p r in c ip ia el ejercicio con eS
santo Rosario, llevando la c n e n t a un sa cerd o te , y en s u defecto io h a r á el m i s ­
ino d i r e c t o r, q u e s ie m p re lo s e r á ei p á r ro c o , ó alg ú n otro s a c e r d o te ; este p r i ­
m e r aclo se r e d u c i r á á los cinco m isterios q u e c o r re s p o n d e n á cada dia, nn
Credo, u n a Salve y un P a d r e n u e s tro al p a t r i a r c a san José,
Concluido el Rosario, su b i r á el d ir e c to r al pulpito, q u e ya e s t a rá p r e p a r a d o
con luz, reloj de a r e n a ú otro, c a m p an illa y el libro d e Eje rc icios; y h a b i é n ­
dose p e r sig n a d o y sa lu dado á N u e s t ra S e ü o r a con un Ave M aría, l e e r á , es tan d o
se ntado , y tam bién los eje r c ita n te s, Ja lección de d o c t r i n a c ristian a, con voz.
p ro p o rc io n a d a m e n le alta é inteligible, sin a p r e s u r a m i e n t o , y con g rav ed ad .
Acaba da la lección, y per m a n e c ie n d o todos se n tad os, el d ir e c to r l e e r á el
p un to de meditación con el tono g r a v e , p ausado y devoto q u e se a c o s t u m b ra
en las M inerv as, haciendo u n a b rev e su s p en s ió n d e s p u e s de cad a pu nto final
de ia lectu ra, p a r a r e s p i r a r , y no a lr o p e lla r los co n cep tos en el oído de los
asistentes.
Leído eí pun ío d e m ed itación , se a r ro d illa n todos, y p e r m a n e c e n en silencio
como por un c u arto d e h o r a , m ed itan d o en aq u e lla s v e r d a d e s q u e o y e r o n ; y
este rato de silencio lo c o r t a r á el d ir e c to r en tres períodos iguales, con las j a ­
cu lato rias ó asp iracion es p u e s ta s al fin de cada med itación (q u e p r o n u n c i a r á
con voz percep tible d e todos), p a r a so sten er el e s p íritu del ejer citanfe , ó vol­
verlo de la distracción.
Concluida la m ed itació n , vu elven todos á s e n t a r s e p a r a oir la plática; y d i­
cha ésta, el d irector h ace se ñ al con la cam p an illa, y el sa cerd o te q u e rezó e!
Rosario, ó el m ism o d irecto r, dice la Letanía de Muestra S e ñ o r a , y se c ierra el
ejercicio con la antífona Su6 lu u m 'p m s id h m ... y . D ignare m e,,, y la oracion
Concede m isericors...
Este es el o r d e n q u e h a de o b s e r v a r s e todos los d ias, á excepció n del p r i m e ­
r o , como se n o tará en su lugar.
Se p r ev ien e el uso del reloj, p a r a q ue el d irecto r p u e d a p or él m odificar, ios
actos, d e m a n e r a q u e no pas e el ejercicio del tiem po s e ñ alad o , p or la r azón q u e
se dijo e n las a d verten cias .

SOTANDO.
El dia p rim e ro de ejer cicios, p a r a no e x c e d e r dem asiad o et tierapo p r o v e c i ­
do, se omite el Rosario, p o r q u e h a de c a n t a r s e el him no Veni C reator S p iriiv s...
E a todo io d enjás se e s t a r á á lo que se note en la p r á c t i c a de d icho dia.
EJERCICIO PRIMERO.

L legada la h o ra s u b i r á el d ir e c t o r al pa lpito, y p u b l i c a r á las sig u ien tes in ­


dulgencias:

Ei limo. Sr. D. Félix Herrero Yalverde , por la gracia de Dios y


de la S a n ta Sede apostólica, Obispo de O rih u e la , del Consejo de
S. J í. , etc. A todos ios fieles asistentes á los santos ejercicios, con­
cede las siguientes in dulgencias:

Por rezar el santo Rosario, cu a ren ta dias.


Por oir la explicación del Catecismo, cu a ren ta dias.
Por oir la ieccion espiritual, cu a ren ta dias.
Por te ner la meditación, c u a re n ta dias.
Por oir ia plática, cu a ren ta dias.

Las mismas están concedidas á los que, no asistiendo á los ejerci­


cios , hicieren ó le yeren los mismos actos, ó cada uno de ellos, en
sus casas.

En s e gu id a d e la publicación d e in d ulg en cias se p e r s ig n a el d i r e c t o r, y dice


la sig uiente p l á t i c a :

PLÁTICA PREPARATIVA.

Acerquémonos al santuario de la gracia y Ue


¡a vida, con un corazon sincero,y con en­
tura íc.
Animémonos reciprocamente con ejemplos tíe
anliente caridad y buenas obras...
Xo nos apartemos de nuestra congregación,
(Hebr.1,22, 24, 2;;).
¿Con qué expresión de gracias , mis amados oyentes , podrémos
m anifestar dignam ente nuestro reconocimiento por la gran m iseri­
cordia que nuestro buen Dios usa con nosotros? ¿Q uién podrá pon­
derar digna y ju stam e n te el singular beneficio con que nos regala?
Ni lo uno ni lo otro es posible á lo limitado de mi entendim iento.
Nuestro D io s , por unos medios propios de su sapientísim a p rovi-
2 Y a lverd e .
dencia, b a dispuesto que este santo templo sea p a r a nosotros un a l­
macén de recursos espirituales, un lazareto para alm as enfermas y
convalecientes, y u n ameno paraíso donde el h o m b re , m uerto por
el pecado, resucite á la g r a c i a , y el vivo se preserve de la culpa.
Sí, amados mios: todo esto quieren decir ios santos ejercicios que
vamos á comenzar. E ste templo es la casa de misericordia en donde
lodos los anos probáis los consuelos que solo se e n c u e n tra n en el
retiro del m undo. Y esta misma es la que Dios misericordioso ba
querido que se os a b r a tam bién este año, p a ra que entreis á cura­
ros de la enferm edad del pecado, ó á precaveros contra él. Porque
eu ella tendréis una oficina abun d a n tísim a de remedios para todos
los males.
Sí, hijos mios, no lo dudéis. Si vuestra alma está padeciendo in ­
digestión por la viscosidad de algún vicio inveterado, ó por la c r u ­
deza de apetitos desordenados, con los am argos de ía penitencia se
p u rg a rá , recobrará el paladar, y lomará apetito y gusto á la virtud.
Si vuestro corazon huele á corrompido, por el hum or corrosivo de
algu na culpa muchos años callada por vergüenza , la descubriréis
al confesor, y éste os aplicará el bálsamo de la sa n g re de Jesús,
que destilada en los santos S acram entos sana y tam bién preserva.
Si vuestros ojos están recargados con la espesa c a ta ra ta de las v a ­
nidades del siglo, la palabra del Evangelio qu ita rá la nube, y v e ­
réis con claridad que cuanto el m undo os ofrece es vanidad y aflic­
ción de espíritu. Si vuestro corazon se siente oprimido con los lazos
del i n t e r é s , se os dará á beber el recuerdo de la m u e r t e , de esta
m u e rte que un dia nos despojará hasta de la piel que cubre n u e s ­
tros h u e s o s ; y este pensamiento co rtará la ligadura , el corazon se
despre nd erá del afecto á los bienes terrenos , y solo apreciará los
eternos. Si el amor propio os lleva hinchados de soberbia ó de v e n ­
ganza , solo con poner la vísta en J e s ú s , humillado hasta la cruz,
bajará la hinchazón, y vuestro espíritu se pondrá en el punto de la
cristiana h um ildad. En s u m a , hijos m io s , si todo vuestro cuerpo
en los s e n tid o s , y vuestra alma en las p o te n cia s, están cubiertos
de lepra, las ag uas saludables de la peniten cia os lim piarán, y que­
daréis tan puros como en el dia de vuestro bautismo. Decidme a h o ­
ra, hijos mios, ¿en dónde hallaréis u n recurso para vuestras dolen­
c i a s , tan a b u n d a n te como este? ¿Por v e n tu ra en los espectáculos
profanos? Pero ¡ a h ! que éstos son las ferias del demonio. ¿Acaso
en las concurrencias y diversiones con que el mundo, os en tre tie n e?
Bien sabéis por experiencia que allí todo es veneno sin triaca. ¿Lo
hallaréis en aquella casa, en aquella am istad, en aquella ilícita cor­
respondencia, en aquellas vivas carnicerías, en donde se ceban los
apetitos d añinos? ¡Áb! y ojalá que no las hubierais conocido ; allí
contrajo vuestra alma la enfermedad. Con qué será verdadero decir,
que solo en los santos ejercicios se halla todo cuanto podéis nece­
sitar para vuestro alivio y consuelo; y que el haberos Dios propor­
cionado estos recursos de etern a salud es u n rasgo m uy p articu lar
de su infinita misericordia.
A hora b ien , amados mios: ¿queréis e n tra r á la práctica de los
ejercicios en esta casa de salud? Pues bien, e n t r a d ; ta pu erta teneis
ab ierta. Pero sabed que en mi corazon la niego á todo aquel que
q u ie ra venir por m era curiosidad: la niego al crítico que q u ie ra e n ­
tr a r con in tención de m order, y mas la niego al hombre impío que
se burla de todo lo que es santo. Todos los que vengáis impulsados
por el espíritu de verdad, podéis entrar. Pero antes que os acerqueis
al trono de la m isericordia, quiero haceros tres advertencias m uy
im p o rta n tes ; las m i s m a s , que al intento hizo san Pablo á los p r i­
meros fíeles, en su carta á los hebreos. Oidlas bien, para practicar­
las bien.

PRIMERA ADVERTENCIA.

Acerquémonos al trono de la misericordia con


sinceridad do corazón , y con plenitud do fu.

Si venís á los ejercicios, porque una fatal recaída en los antiguos


vicios os robó la salud que una vez lograsteis en los baños de la pe­
nite n cia: si vuestra a lm a , despues que se purgó de la c u lp a, quedó
débil y sujeta á nuevos retoques de concupiscencia que os tienen
con miedo; ó si gozosos con la am istad de nuestro Dios, quereis to­
m a r nuevas precauciones para m anteneros en su gracia: v e n id , y
vamos todos á nuestro médico Jesús. Pero lleguémonos á él con i n ­
g en u o corazon, y con intención sincera de lograr ó de perfeccionar
la salud de n u estra alma. P orque si venimos solo porque otros vie­
nen, ó con ánimo de curarnos por ahora, para luego volver al des­
orden de nuestros apetitos; J e s ú s , que ve nuestro interior, se ir­
r itará con n u estra presencia , y seremos perdidos. Debemos acer­
carnos á Jesucristo, como dice el A p ó sto l, con e n tera confianza y
con fírme f e , de que si pedimos bien , alcanzaremos lo que le p i­
damos. Pues si v a c ila m o s , si dudam os en n u estra s peticiones, jos
ejercicios serán para nosotros como un gran nublado de viento;
parecerá q,ue todo el cielo viene á lloverse en bendiciones sobre
n o so tr o s, y en realidad saldrémos de ellos tan to ó mas secos de lo
que habíamos entrado.

SEGUNDA A D V E R T E N C IA .

Debemos edificarnos unos ú otros con ejemplos-


líe caridad y Inienas obras.

Nos am onesta el Apóstol en esta s e g u n d a ad v e rte n c ia , que en el


tiempo de los ejercicios hemos de estimularnos unos á otros con
edificación activa y p asiv a, asistiendo á todos los actos con tal d e ­
voción y exactitud , que cada uno a p re n d a del otro el esmero cori
que debe tratar eí negocio de su salvación. La edificación activa
debe estar principalm ente de parte de los señores sacerdotes,com o
jefes, en lo espiritual, de todos los demás fieles. Debemos en s e n a r­
les con nuestro ejemplo el retiro del mundo, la abstracción de vi­
sitas no precisas, la separación de negocios te m porales, en cuanto
sea posible, el perdón de los agravios, el disimulo de las faltas dei
prójimo y Ja reconciliación cou el enemigo. Debemos tam bién a y u ­
darles en la gran d e obra de su justificación con el bu en consejo,
con la instrucción, y con el pu n tu a l cum plim iento de nuestros d e ­
beres en la adm inistración de los santos Sacram entos. La edifica­
ción pasiva obliga á todos in d is tin ta m e n te : el sacerdote debe im i­
tar del otro sacerdote la perfecta observancia de las sagradas cere­
m o n ia s, el aseo, g ravedad y reverente com portamiento en las fun­
ciones de su ministerio.
Todos los ejercitantes deben contemplarse unos á otros, y exci­
tarse con el ejemplo á la práctica de la virtu d y buenas obras.

TERCEEIA ADVERTENCIA.

No falíumos á nuestras con^resacioiii's.

Desde el principio del m und o hasta la venida de Nuestro Señor


Jesucristo habló Dios á los h o m b r e s , y les comunicó su voluntad
por el ministerio de !os Ángeles. Pero luego que se extendió y ra­
dicó el Cristianismo, ya, á excepción de rara vez, no íes habla sino
por inspiraciones al corazon , ó por boca de otros hombres. Quiero
deciros con esto, que u n a vez que Dios os ha llamado y vosotros
habéis correspondido al llam am iento; u n a vez que dais principio a
ios-santos ejercicios; la voz de! director y el eco d é l a cam pana han
de ser el móvil de vuestra voluntad. Si me miráis como hom bre y
no mas, es m uy cierto que nada valgo ni puedo valer p ara vosotros.
Pero si me consideráis como director v uestro , soy un ministro de
Jesucristo, por quien os envía su palabra. Entonces podréis decir
con verdad que estáis pendientes de ios labios deí S eñ o r, cuando
esteis obedientes á la voz del director, si algo os advirtiere, y al so­
nido de la cam pana cuando os líame. Y u n a vez que hayais em pe­
zado los ejercicios, debeis continuarlos con p untual asistencia, no
faltando á ninguno de sus actos, si no es por cum plir con v u estras
p rim eras obligaciones. P orque de lo contrario, os exponeis á no co­
ger el fruto que deseáis; ó lo que es peor, á perder para siempre la
esperanza de vu estra salvación. ¿Quién sabe, hijos mios, á qué dia
ó á qué acto de los ejercicios estará ligada aquella gracia que ha de
volver vuestro corazon de cara al Señor? Sucede á las veces, que
u n a sola palabra que se oyó en el serm ón, u n a aspiración que se
dijo en la jaculatoria, ó un renglón que se leyó en el punto de m e­
ditación, basta p ara convertir un pecador. Si acaso en este poco íijó
el Señor ía gracia de vuestra conversión, y lo perdisteis por no h a ­
ber asistido al acto en que aquello se dijo, perdisteis ya ía ocasion
de convertiros. ¿Y quién sabe si estos ejercicios que vamos á em pe­
zar serán p ara algunos de nosotros el último llam am iento que Dios
nos hace? Solo el Señor lo sabe.
Este pensam iento solo, am ados míos, será capaz, si es bien r e -
ilexionado, para hacernos e n tra r en nosotros mismos, y tomar por
regia de n uestra conducta, d u ra n te el tiempo de los ejercicios, a q u e ­
lla máxima del Espíritu Santo, escrita en el libro del Eclesiástico:
O m nia tempus kabent: todas las cosas tie n en su tiempo.
R espetables sacerdotes: disimulad á este indigno compañero v u es­
tro esta advertencia, Jíl tiempo santo en que entramos, no es el tiem ­
po de todas las cosas. No ha de ser para nosotros tiempo de reír y
an d a r alegres con el m u n d o , sino de gem ir y llorar entre el vestí­
bulo y el altar. No es tiempo de confabulaciones im pertinentes, si­
no de conversar frecuentem ente con Dios. No es tiempo de m editar
disgustos recibidos, sino de disim ular flaquezas. Misa devota, rezo
pausado y atento, continua presencia de Dios, desprendim iento de
alectos extraños, aplicación constante á nuestros m inisterios; todo
esto ha de ocupar nuestras atenciones.
Amados ejercitantes: el tiempo de ejercicios no ha de ser para vos­
otros tiempo de ir saltando de casa en casa, de tertulia en tertulia, de
juego en j u e g o ; sino de exam inar en retiro los pecados, para un a
b u e n a confesion. No lia de ser tiempo de fomentar discordias y m a n ­
tener ene m istad e s, sino de p e r d ó n , de reconciliación y de paz. No
ha de ser tiempo de dar mas treguas á fos apetitos ilícitos, sino de
declarar y hacer guerra á las pasiones. Tal ha de ser, am ados míos,
el tiempo de los santos ejercicios. Un tiempo desembarazado,
en lo posible, de las cosas de !a tie rra , para emplearlo prin ci­
palm ente en las del cielo. E sta debe ser nuestra preparación para
lograr la salud de n uestra alma, con el auxilio de la gracia de n ues­
tro buen Dios.
¿Q ué me decís, hijos mios? ¿Queréis entrar á los santos ejerci­
cios bajo este pié? Si quereis, entrad e n h o r a b u e n a , y entrem os to­
dos con e n tera fe, con voluntad eficaz de dejar el pecado, y con
propósito firme de aprovechar en la v ir tu d , como nos am onesta el
Apóstol. Edifiquémonos á nosotros mismos, y con buenos ejemplos
edifiquemos también á nuestros herm anos, y nu n ca nos apartem os
de n u estra congregación, como no obligue la necesidad. Y para q u e
todo se haga al gusto de Dios y con provecho de nuestras alraas^
invoquemos devotam ente la asistencia del Espíritu S an to , con el
sagrado him no Ycni Crealor S p ir ü i ts ...
A h o ra el directo r h ace se ñal con la cam panilla, y el coro c a n ta el h i m n o , es­
tando iodos arrodillados: y s e dice el f . y nj. E m iiie Sinrüum .., E l ren ov ab is...

OREMÜS.

Deas qui corda fidelium Sancti Spiritus illustratione d o c u isti,d a


nobis in eodem S piritu recta sapere, et de ejus semper consolatione
gaudere. Per Cbristum Dominum nostrum .
Ve ni Creator S p iritus,
m en tes Uioriim visita,
im ple s u p e r n a gratia,
qiuu tu c r e a s ti , peclo ra.
Qui d iceris P aráclitos,
altiss in ii'd o n u m Dei,
fons v i v o s , ign ís, c h a n t a s ,
et spiritalis unclio.
Tu sefiliformis m u ñ e r e ,
dígitos I'alerna; d exterte,
tu rífe prom is su m P alris ,
se rm o n e d itans g u tiu ra ,
Accemle lu m en sensifous,
in funde a m o r e s c o r d ib u s;
in firm a nostri corporis,
Y i r t n t e f im ia n s perpeti.
Hostem r ep ellas longius,
pacera do nes p rotin us,
doctor e sic te p r e v i o ,
vifeuius omne noxium .
Per to sc iarau s d a P atrem ,
n osea m us a tq ü e Filium,
tequie u l r iu s q u e S p iritu m ,
c r e d a n m s orrini tem pore.
Dso Patri sil gloria,
et Filio, qui a mor luis
¡surrexit, ac Paráclito,
in sm c u lorum snccula. Amen.

Versículo, res p on so rio y o r a c io n como a r r i b a .


Si no se can tase el himno, en su l u g a r el d irector h a r á la si g u i e n t e i n v oca­
ción, re p itie n d o los ejercitantes y todos arro dillados:

INVO CACIO N.

¡Oh Espíritu Santo criador! v e a y liena de tu soberana gracia


los pechos qae tú creaste. T ú , que eres llamado abogado, don de
Dios altísimo, fuente viva, amor y fuego, espiritual unción, encien­
de luz á nuestros sentido s, infunde amor en nuestros corazones,
confirma en eterna fortaleza la flaqueza y debilidad de nuestro c u e r­
po. Arroja léjos y destierra á nuestro cornun enemigo, y danos paz,
para que siendo tú la g uia y el ca m in o, excusemos toda culpa.
A men.

Dicho el him n o ó la invocación, y p e r m a n e c ie n d o arro d illad o s , se dice r e p i ­


tiendo el ofrecim iento y oracion sig uientes :

OFRECIMIENTO.

A tí, ó Jesús, que eres el principio y fin de todas las cosas; á tí,
que eres el Padre de las luces, de quien procede todo lo que es bue­
no y perfecto; á tí, de quien y por quien vivimos y nos movemos;
á tí, Je sús, presentam os y ofrecemos estos santos ejercicios, que
por gracia vuestra vamos á empezar, en el nom bre del Padre, y del
Hijo, y del E sp íritu Santo. Yos sabéis que nosotros no somos ca­
paces de hacer ni pensar cosa bu ena sin vuestra gracia. Os s u p l i c a ­
mos, Padre nuestro, que nos auxiliéis eficazmente, para que saliea-
do purificados de los santos ejercicios, y perm aneciendo en v uestra
gracia hasta el fin de nuestros dias, subamos á gozar de vuestra
compañía etern am e n te en la gloria. Amen.

ORACION.

Santísima y purísim a María, Yírgen y Madre de Dios: á Yos,


m adre de piedad y misericordia: á Vos os invocamos hoy por n u e s ­
tra Protectora en los santos ejercicios que vamos á em pezar, con
licencia de vuestro Hijo muy amado. Por Yos esperamos la gracia
que necesitam os, para que nos sean de provecho y p ara la mayor
h onra y gloria de toda la beatísima T rinid ad y v uestra. Sed n u e s­
tra conductora en estos dias de salud, y n u estra defensa contra to ­
da tentación de nuestro enemigo e) demonio. En vuestras manos,
S eñ ora, ponemos nu estra s alm as, confiados en que no las dejaréis
hasta q u e recobren su perfecta salud, y nos hagamos dignos de v e ­
ros y alabaros en com pañía de vuestro Hijo eternam ente en la glo­
ria. A men.

Se Sientan todos, y s i g u e la lección de d o c t r i n a cr istiana.

LECCION.

D e la creación y fin del hombre.

La ú ltim a obra que hizo Dios cuando crió el m undo, fue !a c r e a ­


ción del hombre, y lo crió de este modo: P rim eram e n te formó su
cuerpo de un poco de barro : despues crió de la n a d a un a lm a, y
la unió al cuerpo ; y quedó hecho el h o m b re , al cual llamó A d á n ,
que quiere decir hecho de barro: siendo dotada el alm a de tres p o­
te ncias, que son m em oria, entendim iento y v o lu n ta d ; y ad o rn a ­
do el cuerpo con cinco sentidos, que son: v e r , oir, oler, gustar y
tocar.
P. ¿ P a r a qué Dios le dió al hombre la m emoria?
Para que se acordase de su ley y beneficios.
P. ¿ P ara qué le dió el enten d im ien to ?
R. Para que le conociese y pensase en cosas suyas.
P. ¿ P a r a que le dió la volun tad?
R . Para que amase á su Criador é hiciese siempre la de Dios.
P. ¿P ara qué le dió el sentido de la vista?
lí. P ara que abriese los ojos á las cosas provechosas al alm a, y
los cerrase á las peligrosas.
P. ¿ P a r a qué le dió el sentido del oído?
11. P ara que oyese la palabra de Dios, sus leyes y m an d am ien ­
tos, para obedecerlos y cumplirlos.
P. ¿ P a r a qué le dió el sentido del olfato?
R. Para que por él pudiese discernir las cosas nocivas ó prov e­
chosas.
P. ¿ P a r a qué le dió el sentido del gusto?
. R. Para que por él conociese la bondad ó malignidad d é lo s m a n ­
jares que habia de comer.
P. ¿P ara qué le dió el sentido del tacto?
R. P ara que por él distinguiese la diferente natu ra lez a y propie­
dades de los objetos. Y quiso Dios que el hombre usase de estos cin ­
co sentidos en su propio provecho, y con todos ellos sirviese á su
Criador en todas las cosas.
Criado que fue el prim er hombre , dijo D io s: «No es bueno que el
(¡hombre esté solo; hagámosle com pañera semejante as im ism o ,)) y
d á n d o le á A d á n un profundo sueño , !e tomó u n a de sus costillas, y
formó de ella una m ujer á la cual llamó f í v a , que qu ie re dec ir, m a ­
dre de iodos los hombres. Y dándosela á A d a n por co m p añ e ra , dió á
los dos su b endición, y les dijo : «Creced y multiplicaos: tened se-
«ñorío sobre los peces del m a r , sobre las aves del cielo y sobre todos
«los animales que se m uev en sobre la tierra. Y ed, que os he dado
«todas las yerbas que p roducen sim iente sobre la tie rra , y todos ios
«árboles que tienen en sí mismos la sim iente de su g éne ro, para
«que os sirvan de comida. De todos los árboles del paraíso podéis
« co m er; pero no comeréis del árbol de la ciencia del bien y del m a l ;
«porque en cualquier dia que comiereis de él, quedaréis sujetos á
«la m u e rte , no solo del cuerpo, sino tam bién del alm a.»
Envidioso el demonio de la dicha y felicidad que gozaban A dan y
E v a , se entró en el cuerpo de u n a serpien te, y moviendo su lengua
habló á E v a y le dijo: « ¿P or qué os m andó Dios que comieseis de
«todo árbol del paraíso?» Y le respondió la m u je r: «Comemos de
«la fruta de los árboles que hay en el p a r a is o , mas de la fruta del
«árbol que esta en medio del paraíso, d o s mandó Dios que no co-
« miásemos, y que no lo tocásemos, no sea que m u r a m o s . » Y la ser­
piente le dijo: «N o, de n in g ú n modo moriréis; porque Dios sabe
«que en cualquier dia que comiéreis de él, serán abiertos vuestros
«ojos, y seréis como dioses, sabiendo deí bien y del m al.» Y en g a­
ñ ada la mujer por el demonio, tomó aquella fruía, la comió, y dió
á su m arido, el cual la comió también. Y por este; pecado de inobe­
diencia á Dios perdió A d á n la justicia original, y todos sus descen­
dientes qued aron privados de e n tra r en el cielo, y fueron arrojados
del paraíso. E m fue sentenciada á estar bajo la potestad del m a ri­
do, á que se multiplicasen sus p a r to s , y á sentir en ellos agudos do­
lores; y A d á n fue condenado á adquirirse con el sudor de su frente
y el trabajo el sustento necesario para vivir hasta que volviese á la
tierra d e que había sido formado; porque era polvo, y en polvo se
habia de convertir, Pero Dios, a unque privó al hombre de la pose­
sión del paraíso te rren a l, por su infinita misericordia le ha dado
derecho al paraíso cele stia l, para el que ha sido criado. Supuesta
esta doctrina:
P. ¿Cuál es la prim era obligación del hombre?
R. E n la contemplación de las cosas que Dios ha criado hallare­
mos la respuesta. Porque si levantamos ios ojos al cielo, si tiramos
la vista por todo ei m u n d o , si penetram os á las entra ñas de la tier­
r a , no encontrarem os cosa a lg u n a , g ran d e ó p e q u e ñ a , que Dios no
la baya criado para algún íin. Crió el sol, para que nos diese calor
y luz por el dia: hizo la lu n a , para que nos alum brase por la n o ­
che: el a ire , para que respiremos: el a g u a , para que ía bebamos:
los frutos de la tie r ra , para que los comamos: las yerba s, para
nuestro vestido y m edicina: los an im ales, para nuestro m a n te n i­
miento y servicio: y en las entrañas de la tierra crió el oro, Ja pla­
ta y los otros metales que e] hom bre podria necesitar p a r a su uso.
Y todas las criaturas cum plen tan co nstan tem ente su destino, que
desde su creación n in g u n a ha dejado ni por u n momento dejará de
llenar el fin para que Dios la crió; diciéndonos con voz m u d a , que
m ientras tengan existencia, toda su obligación es cum plir y llenar
el íin para que fueron criadas.
P. Y siendo el hom bre la criatura mas perfecta que Dios crió so­
bre ía tierra, ¿ c u á l será su prim era obligación?
R, No es otra que buscar el fin último para que fue criado.
P. ¿ P a r a qué fin fue criado el hom bre?
R. Para servir á Dios y gozarle.
No puede im aginarse destino mas noble ni mas provechoso p a ra
el hom bre. Servir al que es Dueño y Señor de todo lo que hay en el
cielo y en la tierra. Servir á Dios, que es el Señor de los señores,
que pone y q u ita los r e y e s , y que m anda en el cielo, en la tierra y
en los infiernos. Gozar de Dios, cuyas delicias son tan grandes, que
al q u ere r hab lar de ellas el Apóstol, no sabe explicarse de otro mo­
do q u e diciendo: «q u e ni los ojos v ie r o n , ni los oídos oyeron, ni
«cabe en el entendim iento hum ano lo qo eD io s tiene preparado p a -
«ra los que le am an y sirven.»
Cristianos: este es nuestro destino, este el iiu de n u e s tra creación.
No nos ha criado Dios para que sirvamos al vil interés, con tantos
cuidados y sobresaltos. Sirvamos al S eñ o r, y él nos colmará de u nas
riquezas inefables que nadie nos podrá quitar. No somos criados pa­
ra que sirvamos á nuestro v ie n tre , comiendo y bebiendo sin tasa:
sirvamos al que nos dió el se r, y eu él gozaremos de unos placeres
y deleites que nunca se acabarán. Jóvenes: sed p ru d en te s y conte­
nidos. No os ha criado Dios para que con vil atrevim iento sirváis al
demonio, entregándoos á los asquerosos gustos de la c a rn e; servid
al Señor con pureza y c a s tid a d , y probaréis en su servicio las d eli­
cias mas puras y satisfactorias. Cumplamos todos con n u estra pri­
m era obligación, así como la cu m plen todas las demás criaturas.
Llenemos nuestro principal destino, así como ellas llenan el suyo. Y
á la m a nera que el sol camina siempre al fin para que Dios le crió,
sin desviarse un pun to en su c a r re ra , así nosotros caminemos hacia
nuestro último lin, que es Dios, de tal m anera que siendo en vida
Heles y constantes en su servicio, merezcamos en m ue rte verle y
gozarle por etern idades en la gloria. Amen.

EJEMPLO.

L a sabiduría del C riador brilla aun en lo que parece m alo.

Se p re g u n ta á veces por gente de poca f e : ¿por qué tantos males


en el m u n d o ? ... San Agustín contesta diciendo: S uponed que h u ­
biese u n a horm iga dotada de razón, ó que hubiese u n hombre que
no fuese mayor que una hormiga. Cuando esta hormiga iria por
vu estra c a ra , m u r m u r a r ía co n tra aquel que la hizo, y d i r i a : ¿ P o r
qué la nariz sale raas que las mejillas? ¿por qué la frente es m as
elevada y los ojos mas hundidos ? ¿ no seria mejor que todo estu v ie­
ra llano, y además se ahorraría á uno el trabajo de subir y b a ja r?
Conocemos fácilmente que esta horm iga se quejaría sin r a z ó n , y que
la cara es raas hermosa y mas útil tal cual el Criador la hizo, que
no como deseara la horm iga.
Hagamos otra suposición, dice el mismo san Agustín : Demos que
esta horm iga se pasee sobre un hermoso y perfectísimo cuadro, y
q u e cuando hubiere pasado sobre el color encarnado se dirigiera
sobre el color yerde, blanco, negro y dem ás, m u rm u ran d o del p in ­
tor y diciendo que era u n hom bre sin razón y sin gusto en meter
tantos y diversos colores, que mejor habría hecho si todo lo hubiese
pintado con color encarnado, que es mas hermoso. Todos conocemos
muy bien que la hormiga se equivocaría com pletam ente, y que nos­
otros, pequeñ as hormigas para ce n su rar las obras de Dios, no nos
equivocamos menos cuando hallamos defectos en las obras de aquel
Ser supremo que todo lo hizo bien.
I, Por qué Hueve en el m a r, dirá alguno, m ientras que la tierra
está seca con daño del la brador cuyos sembrados se agolan por falta
de a g u a ? — Quizás para mostrar ai labrador q u e se porta mal, que
profana lo dias de fiesta, que Dios tiene ag u a en ab u ndancia, y se
la negará p a r a castigarle, haciéndole conocer por experiencia lo que
ensena san Pablo, que ni el que p la n ta es algo,... sino el que da el
incremento.

MEDITACION.

D e l fin d e l h o m b r e .

Considera, cristiano, que el hombre fue criado para Dios y para


se rvirle. Las demás criaturas fueron hechas para servir al hombre y
ay u d a rle á servir á D ios: las criaturas ja m á s se ap a rta n de la orden
de Dios, cum pliendo siempre la obligación que Ies ha puesto res­
pecto de nosotros. ¿Y nosotros la cumplimos hácia Dios? ¡Ay y
cuánto faltamos en e s t o ! Lo que las demás criaturas ejecutan con
nosotros, es u n a lección continua que nos en seña lo que debemos
hacer con Dios, ó por mejor decir, unos fiscales de n u estra s faltas.
Infelices serémos si no nos aprovecham os de su lección, ó si somos
in se n sib le sá su m uda rep rensió n; porque esta lección nos hace in ­
disculpables si no la tom am os; y esta acusación nos condena si no
¡a sentimos. Bien merecemos esta desgracia, si no la evitamos con
mejor conducta.
Considera, cristiano, que entre la in nu m e rable m ultitu d de cria ­
turas, n in g u u a hay que no nos dé, ó luces para conocer á Dios, ó
medios para ir á s u divina Majestad, ó motivos para am arle. Pero
¡ ay! to desarreglado de nuestro corazon y de nu estras pasiones a p a ­
ga estas luces, transform a los medios en obstáculos, y de los mayo­
res motivos de am or y reconocimiento toma la m ateria ordinaria de
nu e s tra s ingratitudes. Nosotros ponemos á las otras criaturas en una
esclavitud vergonzosa y -violenta, con el abuso que hacemos de ellas.
Ellas gim en de verse forzadas á servir á nuestras v a n i d a d e s , siendo
criadas p ara conducirnos á Dios; y nos o b ed e ce n , por no desobe­
decer á quien resistimos nosotros cuando abusamos de ellas. Pero
¡ay de nosotros! V endrá tiempo en que sacudiendo el yugo en que
ahora las tenem os, se a r m a rá n contra nosotros en venganza suya y
de su Criador. S í , pecador, lo dice el Espíritu Santo con estas te r ­
ribles p alabras: Todas las criaturas pelearán jim ia s contra los insen­
satos. Ño lo seas tú mas, pecador; m uda de vida, y haz in s tru m e n ­
tos de tu pen itencia aquellas mismas criaturas que tomaste por ins­
trum ento para pecar.
Considera tam bién que es obligación de justicia que sirvamos á
Dios, porque es nuestro C riador, y nosotros somos h ec h u ra de sus
manos. Dios es el principio de nuestro ser, y debe ser el fio de to­
das nuestras acciones. Todo lo q u e nosotros somos y tenem os, todo
lo somos y tenemos por é l : y por una razón de j a s tic ia , nosotros no
debemos vivir sino paraD ios. E s , pues, una v erdad in c o n te s ta b le ,
que es indigno de vivir el que no vive para Dios. Mas derecho tie­
n e Dios sobre nosotros, que un artífice sobre su ob ra; porque Dios
no solo nos formó, sino que tam bién hizo de la nad a la m ateria de
que nos formó: y por tan justificado derecho ¿q u é parte de nosotros
damos al servicio de nuestro Criador? ¿No se llevan la mayor p a r­
te , si no es que el todo, el m undo, el pecado y el demonio? ¡Oh in ­
justicia la mas execrable! pero castigada también con la pena mas
form idable; porque no puede darse mayor castigo al pecador, que
el mismo q u e él se im pone, apartándose etern am e n te de su Criador
por el pecado.
Considera que no solo te ha criado Dios u n a vez, sino que se
p uede decir que te cria cada m om ento; pues ya hubieras vuelto á
l a n a d a de donde saliste, si en cada momento no te sustentase con
su mano om nipotente. Y con todo esto, te atreves á ofender esta
mano tan liberal y benigna, que no ha m enester mas que retirarse
para vengarse y perderte. ¿ P u e d e darse mayor dem encia, ni mas
infame in g ratitu d ? Pues si no hay momento alguno en que Dios no
te conserve y te haga beneficios, no debe tampoco haber momento
en que le ofendas, en que no le am es y en que no le sirvas. No sa­
tisfecho el Señor con haberte criado, quiere también sujetarse á
concurrir contigo á todas tus acciones. Nosotros no podemos formar
el mas mínimo movim iento sin ayuda de Dios, y él siempre está
pronto á darnos esta a y u d a y auxilio. Su Majestad, como que sujeta
s u soberano dominio á nuestra v oluntad, y nosotros no queremos
suje ta r la n u estra á l a Divinidad. Nada fuera mas justo, que obran­
do siempre de concierto el Señor con nosotros, obrásemos también
nosotros de concierto con su Majestad. Pero ¡oh desconcierto m ons­
truoso! ¿ P u e d e darse mayor m aldad, que sobre no servir á Dios,
obligarle á que concurra con nosotros al servicio del demonio ? Pues
esto hacemos cuando pecamos.
C ristia n o ,e n tra en ti mismo, reflexiona s ó b r e la grandeza del fin
para que Dios le ha criado, que no es otro que el de servirle y go­
zarle. Piensa que esta ohligacion te es ta n precisa, que el mismo
Dios no p uede dispensarte de ella. E xam ínale de cómo has llenado
hasta ahora tan sagrados deberes, y p rep a ra tu ánimo para reparar
las faltas que en esto hayas cometido, con la p enitencia y con un fer­
viente celo de hacer en todo el servicio y voluntad de Dios. Porque
eres criatu ra de Dios, y es preciso que contribuyas á la gloria de lu
Criador, ó haciendo lucir su bondad, haciendo resplandecer su ju s t i­
cia, ó prestándote de b uena voluntad á su servicio, ó sujetándote
por fuerza á su venga nza ; ó gozándole con los b ienaventurados en
el cielo, ó padeciendo con los condenados eü el infierno. Así nos lo
dice san Agustín : O hemos de hacer lo que D io s quiere, ó tenemos que
padecer lo que no queremos.

P a r a sacerdotes.

«Venerables sacerdotes y am ados com pañeros: si tanta es la obli­


gación de todo hombre para con su Criador, ¿ cuánta deberá ser la
de un hombre, sobre cristiano, sa ce rdote ? Os confieso, hermanos
míos, que mi corazon se estremece todo con este pensam iento. P or­
q u e me parece oir en mi interior la voz de Jesucristo que me dice :
Yo te crié para que me sirvieses y g o z a se s; y para que mejor ca­
minases al logro de este último fin, le di caractéres, privilegios, po­
testad y ministerios santísim os: y de algún modo te hice árbitro de
mí mismo, elevándote al sacerdocio: te he separado de los demás
hombres, para que fueras todo mió, y para que líbre de los servi­
cios del siglo atendieses solo al mío. ¿ Cómo lo cum ples? Si en el b a u ­
tismo renunciaste á las obras de Satanás, ¿por qué le sirves en el sa­
cerdocio, y á mí me ab a n d o n a s ? Si al ordenarte m e dijiste que yo
solo habia de ser tu porcion, ¿por qué así te has alejado de mí, que
soy tu h eren cia y tu íin? Al rellejo de este pensam iento me veo p e r­
dido y todo turbado en mis caminos; y obligado á confesar que solo
en Vos, Dios mío, y en vuestro servicio, puedo hallar la paz y so­
siego que no me da el mundo.»

JACULATORIAS.

1.*1 j Dios mió y Criador mió! Haced que yo conozca, como debo,
la g rand eza de mi último fin; y dadm e gracia, para que haciendo
siempre vuestro servicio y voluntad, merezca gozar de Vos, mi ú n i­
co y sumo bien.
2.a ¿Cómo, Criador y P adre mió, á vista del cielo que me h a ­
béis prometido, he tenido valor para despreciar vuestras delicias y
á Vos mismo, por los sucios y falaces deleites de este mundo?
3 .a Avergonzado vengo, Jesús mió, á vuestros sacratísimos piés;
y reconocido y arrepentido de mis desvíos é in g ratitu d es , os digo
de todo mi corazon, que me pesa de haberos ofendido; pésame, S e­
ñor, de h a b e r pecado.

Nota. Este ejercicio p r i m e r o se concluye aq uí con la Le lan ía de Nuestra


Señora-, se g u c se dijo en las a d v e r t e n c i a s ; y en ios dias que b ay a plática, d es­
p ues de esta, se d i r á Letan ía.
EJERCICIO SEGUNDO.

LECCION.

De la insignia y señal del cristiano.

Ejercitantes: dijimos en la lección anterior, que todo hom bre n a ­


cido debe servir á Dios que lo crió, y es sn ultimo fin.
P. ¿P ueden todos los hombres servir á Dios?
R. Todos los hombres deben servir á Dios que es su Criador; pe­
ro solo puede servirle bien el hombre que sea cristiano.
P. ¿Qué quiere decir cristiano?
R. H ombre de Cristo, esto es, hombre que tiene ]a fe de Jesu­
cristo y se ofreció á su servicio en e! santo bautism o: porque así
como u n hom bre se dice soldado, porque se filió en las b an d e ras
del rey, y en ellas juró servirle, defenderle y g u a rd a r sus ordenan-
zas; así el cristiano se dice cristiano, porque en el bautismo se alistó
en ía milicia de Cristo, hizo solemne promesa de servirle, de de­
fender su doctrina y g uarda r sus santos m andam ientos, que son las
divinas ordenanzas.
P. ¿Por dónde le viene al hom bre el ser cristiano?
R. Por ía gracia de Nuestro Señor Jesucristo.
P, Y esto ¿qué quiere decir?
R. Quiere decir, que Dios nuestro Señor, como dueño absoluto
que es de nosotros, pudo criarnos ea cualquiera parte del mundos
y estando todo, á excepción de u n a p eq u e ñ a parte, poblado por
moros, judíos, paganos y otras naciones bárbaras, que no conocen
ni adoran á Dios verdadero, y por lo mismo son condenados al in ­
fierno; es un beneficio muy particular que nos ha hecho Dios, sin
merecerlo nosotros, el que hayamos nacido en el pequeño recinto
de ía cristiandad, en donde por medio del santo Bautismo salimos
de la esclavitud del demonio, y somos hechos hijos de Dios, y h e r e ­
deros de su gloria. Y como este no se nos debia de justicia, sino
que se nos ha dado solo por un efecto de su infinita bondad; por eso
decimos que somos cristianos por la gracia de Nuestro Señor Jesu­
cristo.
P. ¿En qué se distingue el que es cristiano, de otro que 0 0 loes?
II. En la santa cruz; porque es figura de Cristo crucificado, que
murió en ella por redim ir al género hum ano. E sta es la señal que
nos distingue de todos los dem ás hombres que no profesan la fe de
Jesucristo, Y así corno los que se alistan en la milicia de un rey de
la tierra llevan un signo que los distingue de los soldados que sir­
ven á otro rey; los cristianos llevamos la insignia de la santa cruz,
glorioso tim bre de Jesucristo: porque con ella triunfó del pecado y
de la m uerte, y venció todo el poder del infierno. El soldado lleva
la escarapela de su rey en el m orrion, p ara que luego á p rim era vista
sea conocido por tal; y nosotros nos signamos con la cruz en ía fre n ­
te, para que todos sepan que somos cristianos, y que no nos a v e r ­
gonzamos de serlo.
P. ¿En cu á nta s m a n eras usa el cristiano esta señal?
R. E n dos, que son signar y sa n tig u a r.
P. ¿Qué cosa es sig nar?
R. Hacer tres cruces con el dedo pulgar de la mano derecha, La
prim era en la frente, diciendo al mismo tiempo: P or la serial ¡gg de
la sania cruz. La segun da en la boca, diciendo: de nuestros gg ene­
m igos. La tercera en !os pechos, diciendo: L íb ra n o s, Señ o r .Dios
nuestro.
P. ¿Por qué nos signamos en ]a frente?
R. Porque nos libre Dios de los malos pensamientos.
P. ¿Por qué en ía boca?
R. P orque nos libre Dios de las malas palabras.
P. ¿Por qué en los pechos?
R. Porque nos libre Dios de las malas obras y deseos.
P. ¿Qué cosa es sa ntig u a r?
R. Hacer u n a cruz con la mano d erecha te ndida, desde la frente
hasta bajo del pecho, y desde el hombro izquierdo al derecho, i n ­
vocando á la santísim a T rin id ad , y diciendo: E n el nombre del P a ­
dre, y del R i j o , y del E s p i n l u S a n io . Amen.
P. ¿Cuándo hemos de usar de esta señal?
R. Sieuipre que comencemos alguna obra buena, ó nos veamos
en alguna necesidad, tentación ó peligro; y principalm ente al le­
vantarnos de la cam a por la m a ñ a n a , al s a ü r de casa, al en tra r en
la iglesia, al comer y al dormir.
P. ¿Y por qué tantas veces?
R. Porque en todo tiempo y lugar nuestros enemigos nos com­
baten y persiguen.
3 Y a lverd e .
r p . ¿Quiénes son los enemigos de n u estra alm a?
R. El demonio, el m un do y la carne.
P. ¿Pues que la cruz llene virtu d contra ellos?
R. Sí, porque con ella venció Jesucristo.
P. Y para adorar la cruz ¿cómo hemos de decir?
R. Adorárnoste, Cristo, y bendecírnoste, que por tu santa cruz
redim iste al m a n d o .
P. Y con signarnos y santig uarnos ¿confesamos algún misterio
de n u estra santa fe?
R. Cuando nos signam os y santiguam os, confesamos seis p rin c i­
pales misterios de n u e s tra santa fe. Con la s tr e s cruces que hacem os
en la frente, boca y pecho, confesamos el misterio d é l a santísim a T ri­
nidad; y en la cruz que hacemos para sa ntigu a rnos y abraza las otras
tres, confesamos el misterio de la unidad de Dios, que siendo una
sola la divina Esencia, com prend e en sí tres distintas personas. El
misterio de la E ncarnación ío confesamos, cuando bajamos la mano
desde la frente hasta el vientre, y nom bram os al Ilijo. El misterio
de la Pasión se signilica con la mism a cruz, porque en ella murió el
Hijo de Dios, y es figura expresa de Cristo crucificado. El misterio
de la Redención se significa con la misma cruz que hacemos, por­
que en ella nos redimió el Señor. Y el misterio de la Resurrección
se denota pasando la mano desde el hombro izquierdo al derecho,
p orque por la santa cruz fuimos trasladados del estado de la culpa,
significado en el lado izquierdo, al feliz estado de la gracia, sign i­
ficado en el lado derecho.
H ablando el P ad re san E fren de esta señal de la cruz, dice: «Pin-
«temos en nu estra s puertas y en nuestras frentes, en la boca, en
«el pecho, en todos nuestros miembros, la vivifica seña) de la cruz;
«armémonos de esta im penetrab le arm a d u ra de los cristianos, por-
«que la cruz es la victoria de la m uerte, esperanza de los fieles, luz
(fdel m u ndo, llave del paraíso, cuchillo de las herejías, ayuda de
«los monjes, esfuerzo de la fe, defensa, g u ard a y gloria de los c a -
«tólicos.» Y sigue el Santo: «Esta arm a , ó cristiano, de dia y de no-
«che, en todo lugar y á todas horas, traela siempre contigo, y no
«hagas cosa alguna sin la señal de la sa n ta cruz. Cuando duerm as,
«cuando veles, cuando camines, cuando comas y bebas, cuando na-
«vegues y pases los rios, árm a te con este arnés de la santa cruz, por-
aq ue estando arm ado con ella, los malos h u irán de tí.» Hagámoslo
así, ejercitantes, y experim entarém os los saludables efectos de la
sa n ta cruz. Amen.
EJEMPLO.

E stando el em perador C onstantino á punto de en tra r en batalla


■contra Majencio, rogó con instancia al Señor que le fuese propicio,
cuando hé aquí que despues del mediodía observó sobre el sol un a
cruz resplandeciente con esta inscripción : Con esía señal vencerás.
La noche siguiente se le apareció Jesucristo con la misma señal, y
le m andó que hiciera u n a im a gen de ella y que la llevase en los com­
bates, Alentado el E m p erador con esta visión milagrosa, m andó
hacer esta im agen, escogió cincu enta hombres de los mas piadosos
de sus guardias para llevarla á su turno en los combates, y así g a n ó
la victoria y el imperio. Le erigió en Roma un monum ento, en q ue
Constantino estaba representado teniendo u n a larga cruz en la m a­
no en lugar de lanza con esta inscripción : P o r esta señal saludable
he librado la chalad del Urano, y he restablecido el senado y el pueblo.
Ya lo oís, ejercitantes, como Constantino reportarem os victoria de
todos nuestros enemigos, si nos valemos de la santa cruz signándo­
nos devo tam e nte con ella, y creyendo y adorando todos los m iste­
rios que en ella están representados.

■MEDITACION.

So bre el servicio que debemos á D ios.

Considera, cristiano, que Dios nos m anda ta n pocas cosas para


darse por servido, que podemos decir con el real Profeta, que nos
quiere salvar por casi nada. Y con verd a d : de todo el dia ¿qué es
lo que Dios nos pide? Una hora, ó dos á lo mas; y nos deja lodo el
que resta para nu estra s necesidades, para nuestros negocios, p ara
nuestro descanso, y también para nuestras diversiones. De nuestros
bienes, solo nos pide lo supérfiuo para los pobres, que son los que
merecen mas sus atenciones. De nuestras acciones, nos deja todoei
mérito y el provecho. De nuestros gustos y pasatiempos, solo q u ie ­
re que le sacrifiquemos los que son dañosos y pueden hacernos i n ­
felices, y nos perm ite todos los dem ás. Y de lodo el hom bre ¿qué
nos pide? solo nuestro corazon y nuestro am or. E n verdad que en
lugar de ser mucho lo que nos pide, parece nos quiere confundir,
con lo poco que nos m anda. Pero ¡ a y ! Dios pide poco, y se lo ne­
gam os todo; el m u n d o pide m ucho, y todo se le concede. ¡Qué em ­
beleso, qué encanto es este!
Considera, ejercitante, que el m und o no se da por satisfecho con
ta n poco. P orque si quieres g an a r su favor, ¿q u é cuidado?, qué
disgustos, qué temores, qué inquietudes no te b a de costar? Será
m enester que sacrifiques tu tiempo, tu descanso, tu salud, tus g u s­
tos, tu dinero, y m uchas veces tu conciencia, tu alm a y la e te rn i­
dad. Si un soldado, por ejemplo, se va por ambición á la g u e rra ,
¿qué no le cuesta? Es m enester que sufra la ham bre, la sed, el frió,
ei calor y todas las injurias del tie m p o ; es m en ester que se niegue á
todas sus comodidades, por mas delicada que sea su com plexión,
y pase u n a v ida mas áspera que la de los religiosos mas mortifica­
dos, que disipe su hacienda con gastos excesivos, su salud con fa­
tigas continuas, y h a g a siempre su carrera con peligro de p erde r
la vida temporal y la eterna. ¿Puede darse servidum bre mas hor­
rorosa? Si otro quiere que sus negocios ó m aquinaciones tengan un
éxito favorable, y para lograrlo se dedica á servir al m ondo y se­
gu ir sus m áxim as, qué de sacrificios no tiene q u e h acer? Pierde la
libertad, sin haber hecho voto de obediencia; contiene sus pasio­
nes, sin poderlas v encer ni q u ere r mortificarlas; no puede decir fran­
cam ente lo que siente, ni ja m ás hace lo que dicta la razón; no se
atre v e á m an ifestar que am a lo que debe am ar; m u r m u r a de lo q ue
estima, alaba lo que m enosprecia, se sujeta á todos, queriendo es­
ta r sobre todos; sufre las injurias sin atreverse á q uejar, pero n u n ca
las perdona; es todo del m undo, y nad a de sí propio; rabia de pesa­
du m bre, y tiene que mostrarse c o n te n to ; lisonjea á todos, y no
se fia de n in g u n o ; ha de decir que lo blanco es negro, y lo negro
b la n c o ; siempre tem e, espera poco, a v e n ta r a m ucho y consigue
n ad a . ¿Puede darse vida mas m iserable é infeliz? Pues todo esto y
mucho mas pide el m undo á los que le sirven.
Piensa ahora, pecador: ¿ te pide Dios n ad a de esto? T ú eres sol­
dado de Jesucristo; por el Bautismo sentaste plaza en sus banderas,
y te em peñ aste á seguirle en las batallas: ¿has tenido tanto que s u ­
frir en su servicio, como el soldado en el de su rey? Y no o b sta nte ,
¿temes seguir á Cristo tu es p ita n , y lo has desam parado? Jesu­
cristo es tu Bey, y le debes servir. Pero ¿acaso te pide privacion es
ta n incómodas, sacrificios ta n violentos, sejeciones tan penosas,
como las que el m undo te pide? Todo lo que te pide se reduce á que
lo ames de todo tu corazón, y al prójimo como á tí mismo. Lo que
padece u n soldado por servir á su rey, y lo que sufre un hombre-
■de m ando por seguir sus máximas, será el arg u m e n to de tu c o n d e -
naciou.
Considera, herm ano mió, que nada hay mas fácil que co n ten ta r
á Dios. Él solo m ira n u e s tra b u e n a voluntad y nuestros d e s e o s ; y
<iGQio sean verdad eram en te sinceros, los estim a como si fueran obras.
■Si quisiste ve rd a d e ra m e n te servir á Dios y hacer buenas obras, a u n ­
que no las hayas podido hacer, dice san Agustín q u e es como si las
hicieras. Quisiste hacer u n a obra de misericordia, y le la im p id ie­
ron; Dios te la tomará, en c u e n ta : te a rrepe ntiste con vivo dolor de
las culpas de til vida pasada, quisieras i g u a l a r í a pen itencia con tus
pecados, pero tu salud no te lo p erm ite; Dios ve tu corazon y esto
basta: te compadeces de las necesidades de los pobres, y quisieras
socorrerlas; si no tienes medios, si tienes deseos, ten drás el mérito.
Y por este modo, el que tiene bu en a voluntad , podrá ser p enitente
sin austeridades, limosnero sin riquezas, y au n de alguna m a n e ra
m ártir sin morir. Si no contentas á Dios habiendo estos modos de
contentarle, verd a d eram e n te es por tu culpa.
El m undo es al r e v é s : no m ira á la intención ni á la voluntad, si­
no á los sucesos; la mejor in tención la estim a menos que el mas
pequeño servicio. A unque u n hom bre, á q uien se ha encargado u ü
negocio de im portancia, baya tenido la in tención mas recta y el g o ­
bierno mas p r u d e n te ; si no surte el efecto que se p rete ndía, a u n q u e
otro tenga la culpa, se le dice q u e es im p ru d e n te, y tiene que p a ­
g a r el yerro que otro cometió. A un q u e u n general b a y a sido sabio
y valeroso soldado, a un que no haya omitido vigilancia ni cuidado
para lograr la victoria, y a u n q u e haya derram ado su sangre en ei
com bate; si por u n accidente perdió la batalla, es m enester que p a ­
gue lo incierto de este suceso, y que despues de haber expuesto su
vida, se le recom pense con un miserable desagrado. E ste es el m o­
do que practica el m u n d o ; y no obstante, s e d e j a á Dios por el m u n ­
do. Pero nuestro benignísim o Salvador lee nuestros corazones y n in -
guu a de n u es tra s intenciones se le oculta; y por eso n in g u n a deja
sin recompensa. Su divina Majestad m and a que le sirvamos, no p or­
que tenga necesidad de nuestros servicios, sino por los deseos que
tiene de darnos el premio y hacernos bienaventurados. ¡ Q u é d ic h a
servir á un Señor tan g ra n d e y l i b e r a l ! H erm anos mios, si no le s e r ­
vimos, merecemos ser privados de esta dicha, y abandonados á la
se rv idum bre del m undo y del dem onio. E xtraño castigo, y tanto
mayor cuanto menos lo sentimos.
P a r a sacerdotes.

«Considera, sacerdote, herm ano mío, que por vocacion ai sacer­


d o c i o nos h a entresacado Dios del resto de los dem ás hom bres para
«que, léjos d e los tabernáculos de los pecadores, nos ocupemos p r i n ­
c i p a l m e n t e en su servicio, reglando nuestras accionespor n uestra
«dignidad, y no por las máximas del siglo. Nuestro carácter, en la
«estimación de Dios, es u n a g ran cosa, y nosotros debemos resp e -
atarlo y conducirnos de modo que todos lo respeten. N uestras ocu-
«paciones, n u estra conversación, n u estra doctrina, nuestro porte ex-
«terior, n u e s tra gravedad, n u e s tra integridad, n u e s tra pureza d e
«costumbres, todo sea sano é irrepreosible, p a r a que, como dice el
«Apóstol, nuestros contrarios n a d a malo te n g a n q u e d e c ird e n o so tro s.
«Si por fragilidad hemos tenido que probar las am arguras que trae
«consigo el servicio del m u n d o ,d ed iq u é m o n o se x c lu s iv a m e n te a lse r-
«vicio de Dios, y nos convencerém os de que solo en él se goza del
«mas dulce deleite.»

JACULATORIAS.

Me confundo, Jesús mió, al considerar que hago m enos por Vos


q u e por el m u n d o ; menos para salvarm e que para condenarm e.
Si los m undanos tanto hacen y padecen por servir al m undo sin
provecho, ¿qué no debería yo hacer, Dios mío, en vuestro servicio,
teniendo por recompensa u n a b ie n av e n tu ra n za etern a?
Yo, Salvador mió, yo me he cansado siguiendo y sirviendo ai
m u n d o en los caminos de la iniquidad. Pero ya reconocido vuelvo^
á Vos, diciendo con sentim ientos de contrición, que detesto mis e x ­
trav ío s; y que me pesa de haberos ofendido.

PLÁTICA.

S e r v ir á D io s es útilísim o y necesario.

E je rc ita n tes: habéis oido en la lección de doctrina cristiana, q u e


el lin de nuestra creación es servir á Dios en el mundo, para gozar­
le en el cielo. Eu el punto de meditación os he dado á co n tem plar
con cuán poco se contenta al Señor, y cuán fácil es servirle. A hora,
para mas estimularas, os liaré ver que el servicio de Dios sobre ser­
nos útilísimo nos es necesario.
Cuánta sea la utilidad que puede resultar al hom bre de servir á
su Criador, no lo evidenciaré por los bienes de fortuna y salud, ni
por las riquezas y honores, ni por u n a vejez robusta y feliz en lo
te m poral: p o rqu e todos estos bienes, por una providencia incom ­
prensible á nosotros, suele su Majestad repartirlos a u n entre aq u e­
llos que ni le sirven ni conocen. No tomemos la pru eb a de éstos,
que au n q u e quieran decirse bienes, no siempre ni á todos se d an;
no son bienes puros ni exentos de todo mal. Tomaremos el a r g u ­
mento de aquellos bienes que p ertenecen á la p arte mas noble del
hombre, que es el alma. De aquellos bienes, sin los que n ingu no
puede decirse v erd a d eram e n te feliz y rico sin espinas, ni sano sin
achaques, ni h onrado sin peligro. Dejemos en s i l e n c i o y m eno spre­
cio estas fugaces y vanas sombras de m u n d a n a felicidad, y paremos
la consideración en solos ios verdaderos bienes que nos resultan de
la divina se rvidum bre.
¿Q uién ha visto ja m á s en el m undo un señor tan indu lg e n te , que
despues de h a b e r sido ofendido muchos años por ios delitos de un
criado, le baya ofrecido espontánea y librem ente el perdón, solo
con que se lo pida h u m ild em e n te ? E sta es, pues, am ados mios, la
bondad de nuestro Dios, y ta n ta su liberalidad, que ja m ás se n ie ­
ga á los que le buscan. Y au n antes de oir las súplicas y clamores
del pecador, á un solo suspiro d e a rrepe ntim iento con infinita g e ­
nerosidad perdona al que le ofendió, recobra con gusto la joya que
se le perdió, vuelve á cargar en sus hombros la oveja q u e se ex­
travió, y como benignísim o P adre recibe en sus brazos é introduce
en sil casa al hijo ingrato y fugitivo. ¿No es esta u n a verdad, a m a ­
dos mios, que leemos testificada, por el Espíritu de Dios, en las sa n ­
tas E scrituras, y com probada con los mas asombrosos ejem plares?
Un David, un Nabuco, en el A ntiguo T estam e n to ; un Pedro, u n a
Magdalena, en el Testam ento N uevo; un F ranco de S e n a , u n a
M argarita de Cortona y otros inn um erables Santos, en los fastos de
la Iglesia, nos dan testimonio de la bondad y liberalidad de Dios
en perdonar al pecador. Sí, ejercitantes; así paga el Señor al h o m ­
bre que le sirve, que despues de te nerle infinitam ente ofendido, al
prim er paso que da para volver á su servicio, lo perdona con pie­
dad, y generoso le da la sa n tid a d , que es el sumo de todos los
bienes.
Si tan liberal se porta el Señor con los pecadores arrepentidos,
¿q u é no liará con los que fielmente le s irv e n ? Cada obra en su ser­
vicio ¿no rep o rtará un premio eterno de gloria, asegurand o con su
p alabra el divino Dispensador de los premios, que n in g u n a cosa h e ­
ch a en su nombre, por p eq u e ñ a que sea, quedará sin retrib ución?
Si au n aquellas cosas buenas que hacem os en su servicio, ó por r a ­
zón de nuestro estado, ó por ev itar )a ociosidad, ó por u n a piadosa
costumbre, quiere el Señor que no carezcan de mérito, estimulando
nuestro fervor con el socorro de indulgencias que nos franquea por
medio de su Vicario en la tie rra ; ¿cuánto mas apreciará y prem ia­
rá aquellas obras que bagamos en su servicio por pura voluntad y
deseo de servirle? E jerc ita n tes: ¿cómo dejará el Señor de prem ia­
ros de un modo diguo de su liberal grande za, por vuestra v o lu n ta ­
ria y pun tual asistencia á los santos ejercicios para hacer su servicio
en provecho de v u estra a lm a? ¿Cómo dejará sin copiosa re c o m p en ­
sa las visitas que hagais á este templo, con la p u ra y sola intención
de adorarle en el santísim o Sacra m ento, y de im plorar en vuestro
auxilio el socorro de su purísim a Madre y la intercesión de los S a n ­
tos? ¿Cómo ha de quedar sin premio s u p e ra b u n d a n te toda obra de
piedad y misericordia que practiquéis con vuestro prójimo solo por
am or de Dios? ¡Olí adm irable liberalidad de un Dios magnífico por
esencia! ¡Oh bondad de un Señor infinitam ente rico, q u e d e tantos
modos convida al pecador, para que vuelva á su se rvicio, y se haga
acreedor á los tesoros del cielo!
E jercitantes: y á vista de ta n ta liberalidad con que Dios prem ia
at que le sirve de buen a voluntad, ¿no os resolveréis á em plearos en
su servicio con el celo y p ron titud incansable? ¿Os parecerá duro y
pesado el servicio del S eñor? No, am ados mios, no os dejeis llevar
de esta aprensión, porque es todo lo contrario. Os será m u y fácil
hacer riquísim a de dones á v u estra alma, con m uy poco ó nin g ú n
trabajo. ¿Queréis premio por el servicio que hagais á Dios con v u e s ­
tra memoria? Repasad en ella frecuentem ente los muchos beneficios
que d e su mano habéis recibido; os portaréis agradecidos, y seréis
premiados. ¿Queréis premio por el servicio del enten d im ien to ? P e n ­
sad en la m u e rte ; seréis contenidos y tam bién premiados. ¿Lo q u e ­
réis por el servicio de la v o lu n ta d ? T em ed el infierno; seréis justos
y en el cielo premiados. Si coméis, si bebéis, si paseais, si conver­
sáis, si negociáis, cu alquier cosa que hagais por servir á Dios y h a ­
cer su voluntad, será prem iada como no salgais de los límites de sus
santos m andam ientos. Pero ¡oh abismo profundo de los divinos j u i ­
cios ! 4 pesar de ser tan fácil y ventajoso nuestro servicio á l a m a -
j e s t a d de n u e s t r o buen. D io s , á v i s t a d e las r e p e n t i n a s y f u n e s ta s
oa id a s q u e se h a n visto e n h o m b r e s q u e el v u lg o o p in a b a se r s a n ­
tos, d e b e m o s t e m b l a r , no sea q u e e n u n i n s t a n t e , a u n q u e este m o s
o cup ado s e n el servicio de Dios, p e r d a m o s el d e re c h o á los p re m io s
e te r n o s p o r u n a fragilidad ó v a n a p r e s u n c i ó n . Si este h a sido s i e m ­
pre el te m o r de los m as d a d o s al servic io del S e ñ o r , ¿ p o d r á n v iv i r
s e g u ro s de e sto s b ie n e s los q u e poca ó n i n g u n a a p lic ació n p o n e n e n
s ervirle? ¡O h, y q u é e n g a ñ o t a n p ern ic io so ! ¿ Q u ié n q u e p i e n s e con
ju ic io p o d rá j a m á s p r o m e te r s e u n a r e t r ib u c ió n sin t r a b a jo , u n p r e ­
mio sin v i c t o r i a , ni u n a v icto ria sin p e l e a ? Si es d e fe q u e el. fin
de n u e s t r a c re a c ió n es q u e s i rv a m o s á D io s; si t a m b i é n lo es q u e
su M ajesta d no d a r á el p re m io sino á ios q u e le s i r v a n con ferv o r y
pe lee n co n firm eza h a s t a eí íin ; ¿ e n q u é , ó en q u i é n p o d rá n a d ie
co n fia r, q u e al íin d e e s t a c a r r e r a m o r ta l t e n d r á p o r p re m io de su
p ereza, el q u e solo está v in c u l a d o á u n servicio a c tiv o , celoso y p e r ­
m anente?
No q u e r á i s , v o s o t r o s , a m a d o s e j e r c i t a n t e s , c a e r en ta n g r a n d e
f atu id ad : y si, por el c o n tr a r i o , p e r s u a d id o s , com o e stáis, de la a b ­
s o lu ta n e c e s i d a d q u e to do h o m b r e t i e n e de s e r v ir á su C r i a d o r , y
de la c op iosísim a li b e ra l id a d con q u e el S e ñ o r p r e m ia ; no q u e r á i s y a
mas s e r v ir al d e m o n i o p o r u n p re m io de d e le ite s v e rg o n z o s o s , d e
u n a s riq u e z a s de fe c tib le s, d e u n o s h o n o re s p a sa jero s, d e u n a s c o n ­
v e n ie n c ia s c a r n a l e s . T o dos estos son b ie n e s de poco tie m p o , n i n g u ­
no es d e e t e r n i d a d . R eso lv eo s d e u n a vez á s e r v ir c o n todo esm e ro ,
cad a uno en su e s t a d o , á u n S e ñ o r el m a s b e n ig n o , el m as poderoso
y l i b e r a l : á u n S e ñ o r q u e , si le o f e n d i m o s , él m ism o n o s c o n v id a
con el p e r d ó n ; á u n S e ñ o r q u e r e c o m p e n s a el m as corto serv icio
con p re m io s d e u n v a lo r in fin ito . Sí, e j e r c it a n te s : s irv a m o s á Dios,
p orq u e es n e c e sa rio . S ir v a m o s á D io s, p o r q u e es m u y fácil. S i r v a ­
mos á Dios, y te n d r e m o s el d o n d e su g r a c i a en e s t a v id a , y el m is­
mo S e ñ o r s e r á n u e s t r o ete rn o p re m io en la g lo r ia . E s ta os d e se o .
El S e ñ o r n os la d é á todos. A m en .
E JE R C IC IO T E R C E R O .

LECCION.

D e las obligaciones del cristiano.

E jerc ita n tes: hemos sentado por base y fundam ento de nuestras
doctrinas, que la p rim e ra obligación del h o m b r e e s la de buscar
el fia para que fue criado, que es servir á Dios en esta v id a , para
gozarle en la otra. Y tam bién hemos dicho que n in g ú n hom bre p u e ­
de alcanzar el último fin, si no profesa la fe de Cristo. P re g unto
pues:
P. ¿Q uié n es Cristo?
K. Dios y hom bre verdadero.
Dijimos en la p rim era lección, que en ei instante que A d á n pecó,
él y todos sus descendientes perdieron el derecho al cielo, y q u e d a ­
ron esclavos del demonio y condenados al infierno. Pero al mismo
tiem po, compadecido el Señor deí hombre que habia cria do, pro­
metió enviar un L ibertador que lo sacase de la esclavitud, y lo vol­
viese á la gracia y am istad de su Criador. Y m ientras esto 110 se v e ­
rificó, como los hom bres se h abian corrompido con todo género de
maldades, Dios nuestro Señor les enviaba de tiempo en tiempo v a ­
rones justos que les predicasen p e n ite n c ia , y los anim asen con la
esperanza del L ibertador q n e habia de v e n ir, que también se dice
Mesías, que quiere decir E n v ia d o , y aquellos varones justos se lla­
m aban profetas, porque anun c ia b an lo que estaba por venir,
P. ¿Cristo es el Mesías verdadero?
il. S í, ei prometido e a la Ley y en los Profetas.
P. ¿P or qué se llama Cristo?
l\. Por la unción y plenitud de gracia que tiene sobre todos. Es
decir, que Cristo tiene en sí mas gracia y santidad que han tenido
ni p ueden tener todos los Ángeles y Santos del cíelo, y que es la
fuente de todas las gracias y santidad.
P. ¿Q ué fueron sus oficios mas principales?
Ii, Los de Salvador y Maestro.
Como S alv a d o r, nos libró del pecado y m uerte e t e r n a , y nos re­
dimió de la esclavitud de Lucifer con el precio iníinito de su sa n ­
gre derram a d a en u n a cruz. Y como Maestro, nos enseñó con su pa­
labra y ejemplo las virtudes que debemos practicar, y cómo liemos
de portarnos con los hom bres y con nosotros mismos.
P. ¿Q ué doctrina nos ensenó?
R. La doctrina cristia n a , que es la misma que se contiene en el
santo Evangelio.
P. ¿C uántas partes contiene ía doctrina cristiana?
R. Cuatro principales, que son, el Credo, M andamientos, oracio­
nes y Sacramentos. En el Credo se nos enseña todo lo que debemos
creer: en los M andamientos, lo que debemos obrar: en las oraciones,,
lo que hemos de p ed ir, y cómo liemos de p e d ir; y los Sacram entos
son lo que debemos recibir.
P. ¿Cotí qué obras se sirve á Dios mas p rincipalm ente?
R. Con obras de fe, esperanza y caridad. Estas son las tres v ir ­
tudes principales que constituyen el fundam ento de la vida cristia­
na, y que se dicen infusos, porque las infundió Dios en el alm a por
medio del santo Bautismo.
P. ¿Q ué cosa es F e?
R. Es u n a luz y conocim iento con q u e , sin v e r , creemos lo que
Dios dice y ía Tgíesia nos propone.
P. ¿Y por qué, sin v e r l o , creemos que Dios es uno en esencia y
trino en personas, y que Cristo es Dios y ju n ta m e n te hom bre v er­
dadero?
R. Porque lo dice Dios, que no pu ede en g a ñ a rse ni engañarnos,
y la santa Iglesia nos lo enseña.
P. ¿Q ué es E sp e ra n z a ?
U. Una virtud que nos inclina á esperar la b ienaventuranza eter­
n a , y los medios necesarios p a ra alcanzarla.
P. ¿E n q u é consiste la b ie n av e n tu ra n za ?
R. E n ver á Dios en sí mismo, am arle y gozarle eternam e nte .
P. ¿P or qué medios se alcanza la b ie n av e n tu ra n za ?
R. Por la gracia d iv in a , por los méritos de Nuestro Señor Jesu­
cristo, y con las buenas obras.
P. ¿Q ué cosa es Caridad?
R. Es u c a v irtud sobrenatural que nos inclina á am ar á Dios so­
bre todas las cosas, y a! prójimo como á nosotros mismos.
P. ¿Cómo curnplirémos con la obligación de hacer actos de ie.
esperanza y ca ridad?
R. Rezando con frecuencia y devocion el Credo y el P a d r e n u e s ­
tro , y diciendo de corazon el Axto de contrición.
P. ¿Y hay otras virtudes á mas de las dichas?
R. Sí, hay m u c h as; pero cuatro son las p rincipale s, y que por
«so se dicen cardinales: que son P ru d e n c ia , Ju stic ia , Fortaleza y
Tem planza.
í \ ¿ Q u é es P ru d e n cia ?
R. Uua virtu d que reside en el en tendim iento del h o m b re , d ic ­
tándole el buen orden y método que ba de observar en todas sus
acciones, y los medios que ha de elegir para el Iin honesto que p r e ­
te n d e , inclinándole y ayudándole p a r a la ejecución de todo.
P. ¿Q ué es Justicia ?
R. Una virtu d q u e inclina ai hombre á dar á cada uno lo que es
suyo, conservando in d e m n e el derecho de las partes.
P. ¿Q ué es F ortaleza?
R, Es u o a v irtud con que el hom bre vence las dificultades que se
op o n e n á lo b u e n o , saliendo triu n fan te de todas ellas.
P. ¿Qué es Tem planza?
R. Es una virtud que fija en un medio los deleites de los se n ti­
dos, eligiendo los buenos y honestos, gozando de ellos con modera-
■cion, y desechando al mismo tiempo los malos y prohibidos.
P. ¿Cuál de las virtudes es la m a y o r?
R. La Caridad , porque da vida á todas , y las endereza á Dios,
con quien nos u n e.
P. ¿C uál de los hombres es el mas santo ante Dios ?
R. El que tuviere mayor caridad.
P. ¿Y quién tiene mayor ca ridad?
R. El que mejor gu ard a los M andam ientos.
P. ¿C u án to s son los consejos del E vangelio?
H. Tres: pobreza volu n ta ria , estado de castidad >y vida de obe­
diencia.
P. ¿D e qué sirven estos consejos?
R. De g u a rd a r mejor con ellos los preceptos.
P. ¿Estamos todos obligados á saber y en ten der la doctrina cris­
tia n a ?
R. S í : porque no podem os g u a rd a rla sin en ten d e rla .
E jercitantes: esta es la causa porque la mayor p arte de los h o m ­
bres viven en perdición, y m ueren en condenación; porque no creen
lo que deben creer, sino lo se que les a n t o j a ^ n o deb en creer. E sta
es 3a causa porque entre los mismos cristianos hay tantos que no
alcanzan de Dios lo que piden; porque no saben lo que h an de p e ­
dir, ni de qué modo deben pedir. Y esta es la causa por que tantos
se conden an. Porque no saben ni en tiende n los m and am ientos de
Dios que deben g u a rd a r, ni los S acram entos que deben recibir. To­
do se os irá explicando con el favor de Dios. Y si vosotros procuráis
no faltar á los ejercicios, y estar en ellos con atención, podréis a d ­
quirir u n a m e d ia n a instrucción de !a doctrina cristiana, y con este
conocimiento arreglar de tal modo v u estra vida, que p u ed a decirse
que servís á Dios; tam bién esperar que le gozaréis en el cielo, que
es el fin para que fui ni os criados. Así nos suceda como yo deseo.
Amen.

EJEMPLO.

E n u n a casa eclesiástica, en que cada año se d aban ejercicios es­


pirituales á los seglares, sucedió lo siguien te : Estando ya todos r e u ­
nidos y colocados en sus respectivos lugares, el director distribuía
los libros espirituales á los ejercitantes, según consideraba habían
m enester, y n u n c a se descuidaba de poner en tre ellos el Catecismo de
la doctrina cristian a ; y como uno de los ejercitantes era un g r a n
señor y sábio según el m undo, viendo que el director le entre gaba
un Catecismo quedó m uy corrido y avergonzado, y no pudo menos
que p re g u n ta r ai director, ¿ p o r qué me da Y. el Catecismo? E ste
librito desde la edad de seis años que lo sé de m em o ria.— Está m uy
bien, le contestó el d irector, y me alegro que Y. lo sepa ya desde
su p rim e ra e d a d ; pero bueno será que Y. lo lea y lo m edite en es­
tos dias d e ejercicios, por si acaso se le hubiese olvidado, como no
pocas veces su ced e; veámoslo: el d irector le hizo algunas p r e g u n ­
tas, á las que el buen señor se veia bien embarazado para respon­
der, profiriendo en sus contestaciones proposiciones contra la fe.
Sepa Y., le dijo entonces el director, que en tre las personas del m u n ­
do y au n en tre los que son hábiles en las ciencias h u m a n a s , hay
pocos que estén suficientem ente instruidos en la Religión. ¿Quie­
re Y. u n a prueba de ello? Aquí la tiene Y.: la mayor parte de los
que en tre ellos se m eten á escribir sobre religión, ponen en sus
obras, sin pensarlo ni saberlo, proposiciones inexactas y m uy r e ­
prensibles, de cuyas faltas se librarían si estuviesen mejor in s tru i­
dos en el Catecismo. Este pequeño libro es el compendio de toda la
teología y moral cristiana. Todos los cristianos, y au n los que se
tienen por muy sabios, deberían te n er uno siempre á la vista, y los
q u e lo han bien estudiado deb e rían volverlo á leer de cuando en
cu a ndo para no olvidar lo que contiene, ¡Oh, qué otra seria la g e n ­
te, si todos estuviesen bien instruidos en la doctrina cristiana! Si la
.Religión es tan mal practicada, y las costumbres están ta n perdi­
das, y tantas alm as se cond enan, es por la ignorancia de la doctri­
na, segun aquel proverbio: Del pecado de ignorancia el infierno
tiene su g anancia.

MEDITACION.

D el cuidado do la salvación.

Considera, cristiano, que si la salvaciones nuestro último í i n , d e ­


be ser también ei principal objeto de nuestros cuidados, porque to­
do el provecho es para nosotros, E n los negocios del mundo, el que
trabaja no está asegurado de que eí fruto será para él. Un la brador
siem bra, y m uch as veces es p ara otro: un padre se desvela por
agenciar dineros y propiedades, y re g u la rm e n te es para sus hijos,
las mas veces ingratos. Otros se a to rm e n ta n por lograr empleos, pa­
ra hacerse víctimas del pueblo, sin mas fruto que un poco de v a n a ­
gloria. Pero en el cuidado de la salvación, el que siem bra es solo el
q u e coge el fruto, sin diezmar, ni p a rtir con otro. Si vosotros se m ­
bráis, nos dice san Pablo, vosotros recogeréis u n a cosecha p ropor­
cionada á la semilla que habéis echado; si sembráis en e ! alm a, co­
geréis del espíritu la vida eterna. Si teneis oracion, si ayunais, si
dais limosnas, si mortificáis vuestros sentidos, si m a ce ra isla carne,
el útil será para vosotros solos, y con mucho la cro ; porque en esta
vida Dios da ciento por uno, pero en la otra da millares.
Díme ahora, ejercitante: el cuidado de la salvación debe ser p r in ­
cip alm en te nuestro cuidado, y todo el provecho ha de ser para nos­
otros; ¿de dtmde nace que tú te descuides ta n to ? Si 110 eres bueno
para ti, dice el Sabio, ¿p a ra quién serás bueno? Si tanto velas so­
bre tus mas pequemos intereses, ¿de dónde procede que estás con
tanto descuido en u n a cosa en que se tra ta im portancia ta n g rande,
como es la salvación? Luego que te dicen esto te conviene, ¿dejas
a lg u n a diligencia por hacer? ¿excusas pasos ni solicitudes? ¿hay al­
go que omitas ó embarazo que no venzas? Yo te p r e g u n to : ¿tiene s
negocio m as im portante ni que mas te toque que el de tu salvación?
T u mismo amor propio, que tanto te agita por bagatelas que acaso
na te im porta n, ¿por qué te tiene calmoso, perezoso en negocio de
¿urna consecuencia para tí? ¿esperas d esp ertar de este sueño á la
hora de 3a muerte? ¿Qué dirias de un hom bre que activo y a rd ie n ­
te por solicitar un negocio ajeno y de poca im portancia, se descui­
dase totalm ente de un proceso en que se tratase de su h acienda y de
su vida? Dirias que esto es u n a especie de dem encia. P ues puede
ser que ésta tú la tengas. Se dice ord inariam ente: fulano ha m u e r ­
to, ba trabajado y adquirido m uc ho; ha dejado m uchos bienes.y
acomodada su familia, porque era u n hombre que sabia m uy bien
hacer su negocio. Pero digámoslo mejor, supo muy bien hacer los
negocios de otros, porque estos que hemos dicho, eran negocios de
otros mas que suyos. Mas en eí que le era propio, que es su salva­
ción, no tuvo tiempo de pensar; le sorprendió la muerte; se olvidó
de sí mismo, y ocupado en ajenos cuidados, omitió en teram e n te su
propia y gran d e im p o rta n cia ; aseguró bien su familia por algunos
dias en el m u n d o , y él se adquirió para la otra vida una eternidad
de infierno. Aquel es sabio, dice el E sp íritu Santo, que lo es p a ra
su alma.
Considera, herm ano mió, que la salvación es u n a im portancia ta n
propia n u estra , que solos nosotros podemos trabajar en ella, y no.
puede lograrse sin nosotros mismos. «Dios, dice san Agustín, q u e
«nos crió sin nosotros, no nos salvará sin nosotros.» Todas las cosas
pueden hacerse con la ay u d a ó ministerio de otro, excepto la salva­
ción. Podemos tra ta r, obligarnos, defendernos por medio de p rocu ­
rador, pero no salvarnos. SÍ tienes un proceso de gravedad no im ­
porta m ucho que no tengas habilidad, porque si tienes un b u e n
abogado, podrás ganarlo. No es necesario que un rey exponga su
persona á los peligros de la g u e r r a ; porque teniendo un buen g e­
neral puede g an a r las batallas, y ser conquistador sin ser valiente.
Mas no sucede así en cuanto á la salvación; porque no puede h aber
para ello sustituto ni suplefaltas. E n la g uerra que tenemos que h a ­
cer á los enemigos de n u estra alma, no cabe sustituto; es m e nester
pelear en persona si querem os vencer.
Considera aquí, ejercitante, que tú tienes un proceso de la m ayor
consecuencia, en el que se trata de u n a pena ó de u n a gloria e te r­
na, y que se ha de sentenciar delante de un juez igualm ente sábio
que incapaz de soborno; y a unqu e fueras m onarca de todo el u n i ­
verso, es m enester presentarse en persona, y que tú mismo hagas
en tn causa, porque nadie te podrá justificar, si tú no lo haces. «To­
ados, dice el Apóstol, debemos parecer en persona delante de este
«tribunal terrible para dar razón de nuestras acciones.» Conforme á
este artículo de fe, ¿tienes ya prontas y arregladas tus cu e nta s? Yo
veo que en tas necesidades temporales, por m ucho que confies en la
Providencia, siem pre pones de tu parte alguna diligencia para pro­
veerte: en la salvación solo es en lo que todo lo dejas á lo que h aga
Dios. E n tiende, pues, que au n q u e v erd a d eram e n te su divina Ma­
je sta d p uede hacer todas las cosas sin nosotros, en la presente pro­
videncia, nosotros no nos podemos salvar sin la gracia de Dios, y
esta gracia no nos salvará si nosotros no cooperamos á ella. Si crees
lo contrario, es u n error. Si has incurrido en este pecado de v a n a
confianza, sal de tu ilusión, arrep ié n te te, y pídele á Dios que te dé
su gracia para obrar y querer obrar en tu salvación.

P a r a sacerdotes.

E sto la ¡m raii, quia qua hora non p ida lis, F iliu s hom inis ceniel. F or­
m idable amonestación, herm ano mío sacerdote, capaz de despertar
al cristiano mas dormido. Q uid hic síalis tota die oíiosi? R econv en­
ción Ja mas terrible que h ará un dia Jesucristo al sacerdote descui­
dado en el negocio de la salvación. Consideremos, venerables sacer­
dotes, que si esta debe ser n u estra principal ocupacion, por el íin
de n u e s tra creación, debe también serlo por n u e s tra vocacion al sa­
cerdocio; así que fuimos elevados para q u e trabajásem os en n u e s ­
tra salvación y en la de nuestros h erm ano s. Pensem os siempre, y
trabajem os con aplicación en negocio que tanto nos interesa. A de­
más de u n a misa celebrada con ía debida pausa y devocion, y con
u n a preparación y acción de gracias razonablem ente detenida; des-
pues de un oficio divino rezado con atención, sin apresuram iento,
distribuyam os las horas del dia con proporcion á nuestros cargos y
deberes; señalemos algún tiempo para la lectura espiritual y para
la m editación, otro tiempo para el exám en de conciencia, algún
rato para el estudio, y las demás horas del dia para obras de p ie ­
dad, caridad y demás incum bencias personales. Todo lo que no sea
esto, será estar ociosos. Todo lo que sea llenar nosotros el dia, ó
g ran parte de él, en juegos, tertulias y pasatiempos; todo lo que sea
ocuparse en negocios extraños á nuestro m inisterio; todo lo que sea
concurrir con los deí siglo á sus proyectos y ocupaciones p u ram e n te
m u n d a n a s, será p a r a Dios lo mismo y peor que estar ociosos, mate­
ria para que en el dia de nu estra visitación nos arg u y a Jesucristo,
guid hic statis (oía die otiosi?
JACULATORIAS.

¡Oh Jesús de mi corazon! mi alm a se abism a en confusion al con­


siderar cuánto halléis hecho Vos por salvarme, y cuán poco, ó por
mejor decir, cuán n a d a he trabajado yo por un irm e á Vos, mi últi­
mo y sumo Iíicn.
¡Dios mío! desde ahora p ara siempre me despido de todas las cria­
turas y negocios del m undo, que me im pidan trabajar en el mas im ­
portante de todos, que es mi salvación.
¡Oh Dios d e misericordia! haced que yo de tal modo me aplique
al trabajo de mi salvación, que reparando el tiempo perdid o, v ay a
subiendo de virtud en v irtu d , h asta un irm e á Yos en el Sion santo
de la etern a gloria.

PLATICA.

L a salvación merece el sum o cuidado.

Ejercitantes: de cuantas criaturas han salido d é l a s manos de Dios


en el orden de la naturaleza, n in g u n a tan grand e y excelente como
el hombre : no solo por ser el mas noble de los entes que respiran
vida; no solo porque á su dominio y servicio está sujeto todo c u a n ­
to hay de mas gran d e y adm irable sobre la tie r ra , sino p rin cipal­
mente p orque elevado sobre el orden n a tu ra ], ha querido Dios h a ­
cerle capaz de participar de su misma dignidad y perfección en
adoptarlo por hijo y nombrarlo heredero de su reino y felicidad.
Mas á pesar de ta n ta excelencia y grandeza, es tanta tam bién la os­
curidad de ia razón en el mismo h o m b re, y tal el trastorno de sus
ideas, que son m uchos, infinitos, según el dicho del E spíritu S a n ­
to, los necios que vo lu n ta riam e n te pierden el derecho á ta n ta h o n ­
ra, ó por un antojo d e p ra v a d o , ó por no hacer aprecio de las cosas
eternas, ó porque se ign oran á sí mismos; y alucinados por los
atractivos de la sen su alid ad , 6 deslum brados por los hrüjos de los
bienes de este m undo, se precipitan en su alcance, y aplican todos
los cuidados, todos los trabajos y todo el tiempo á la consecución de
una cosa, que ó no alcanzan, ó lograda la pierden por un corte que
da la m u e rte , 6 por u n vaivén de mala fortuna. Descuidaron e n te ­
ramente de su salvación, perdieron por las bagatelas de este m u n ­
do el certísimo derecho á ía gloria, que se les dió por el Bautismo,
¿ Y a i / v e u d !:.
y de hijos adoptivos de Dios y herederos de su reino, bajan d es ter­
rados al eterno presidio del infierno. Desgracia irre p a ra b le , ejer­
citantes, y desgracia que lleva consigo el conjunto de todas las m i­
serias y penalidades. Yo quiero, amados unios, que vosotros las evi-
te is, y p&ra ello voy á insinuaros brev em ente tres razones ó m oti­
vos muy poderosos, que deben decidiros á despreciar cuanto ei
m undo seductor pueda ofreceros, y á dedicar todos vuestros esm e­
ros al logro de la salvación, que es la v erd a d era y única felicid a d :
aten d e d .
Traigam os prim ero á la m emoria el suceso memorable de Moisés
q u e nos refiere la sagrada E scritura. E ste desgraciado n iñ o , m eti­
do en u n a cestilla de mimbres y arrojado á las corrientes de un rio,
iba cam inando á su cercana m uerte, cuando la hija del rey Faraón
casu alm ente se bailaba de recreo á las márgenes de aquellas aguas.
Movida de curiosidad esta señora, mandó extraer aquel bul tillo que
v enia íluctuando. Ye que era un hermoso n iñ o ; y com padecida de
su desgracia hace que se lo lleven á p alacio, y se lo adopta por
hijo. I n au d ita fortuna, me diréis, y así l'ue de verdad. La hija de un
rey que libra á esta c ria tura de la m uerte temporal y la pone en es­
p era n za de ceñir la corona de E g ip to , es toda la felicidad del niño
Moisés. Un Díos eterno, Rey de cielos y tierra, nos alim enta con su
sangre, nos adoptó por hijos, y declaró herederos de su reino: esta
es n u es tra dicha. ¿Cuál os parece mejor fortuna? Ya leo en vuestro
corazon la respuesta. Antes de todo cotejo, me diréis que la n u estra
excede en infinito á la feliz suerte d e aquel niño. Ved aquí, pues, la
prim e ra causa que nos debe excitar al trabajo y negocio d e n uestra
salvación, que es la inefable g ran d e za de n u estra dicha. ¿Será p r u ­
dencia; pero qué digo prudencia? ¿S erá proceder con sana razón y
viva fe, que seamos tan solícitos, ta n activos y laboriosos, ta n ex­
trem ados por la conservación de u n a casa, de una posesion, de un
cualquier derecho que heredam os de nuestros mayores, cosas que,
ó el tiempo las consume, ó la necesidad las en ajena, ó las dejamos
con la m uerte; y nos portem os tan indiferentes, tan remisos y flojos
en conservar la adopcion de hijos de Dios, y el derecho á los bienes
etern aies? ¿Hemos de ser infatigables acaso en obrar n u e s tra p er­
dic ió n, y poco ó n ad a cuidadosos por n u e s tra salvación? N o , am a­
dos mios, no: la salvación es n u e s tra ú nica verd a d era felicidad, por
su gran d e za y etern id ad : tenemos u n derecho á ella; trabajem os
por no perderlo.
Sensible y m uy sensible le es al hom bre llegar á perd er, por d e ­
lito ó por desgracia, la pren d a que tiene en g ran d e estim ación, ó
por haberle costado mucho trabajo ad q u irirla , ó por ser dádiva de
algún príncipe. Mas si á esta pérdida acom paña eí desconsuelo de
no poder ja m ás recobrarla, suele el dolor pasar á desesperación. La
sagrada Historia nos ofrece en Esaú un ejemplar de tan vivo senti­
miento. Vendió éste á su herm ano Jacob por u n a vil comida la ben­
dición de su p a d r e , que le pertenecía por p rim ogé nito, que era !a
cosa mas estim ada en tre los P atriarcas. Cuando Esaú entró en r e -
ílexion y quiso a rrepe ntirse de su hecho, al ver que ya no tenia re­
medio fue tanto su dolor, que no solo suspiró, gimió y lloró a m a r ­
g am ente á los piés de su p a d r e , sino q u e , según la frase de la sa­
grada E sc ritu ra , como íeon herido ru g ía con g rande s clamores ai
considerar que para siempre h ab ía perdido el derecho de prim oge-
n itu ra ; y que él y sus descendientes habían de ser dominados por
el herm ano m enor y sus hijos. Yed a q u í , ejercitantes, p inta da en
■el corazon de este infeliz la a m a r g u ra y desesperación del pecador
á la hora de la m uerte, viendo que ya no podrá, por toda la etern i­
dad, recobrar la-hercncia del cielo que vendió, ó de que renunció
por los viles y m om entáneos deleites de este m undo. Y este es el se­
gundo motivo q u e á nosotros nos debe estim ular á conservar á toda
costa el derecho á n u estra salvación; la absoluta desesperación de
jamás poderlo recobrar.
Pero au n no está cifrado en esto todo lo peor de la desgracia de
un cristiano q u e despreció y renunció á su salvación. Lo peor de
su infelicidad y lo mas acerbo de su dolor, lo causará el inevitable
tránsito ¿ s u p lic io s y torm entos eternos. ¡Ay de mí! exclam ará:
que por mi gusto he cambiado el honor de ser hijo de Dios por los
enormes desprecios con que ah o ra me in su ltan , no solo ¡os dem o ­
nios, sino tam bién aquellos que allá en el mundo yo desprecié. ¡Y
esto ha de ser para siempre! ¡Ay de mí! que pudiendo estar v e s ti­
do de virtudes y rico de g lo ria , yo mismo he querido venir á ta n
extrem ada miseria y desnudez, que soy el objeto de burla de a q u e ­
llos mismos pobres que yo alejé de las puertas de mi ca sa , por no
verlos ni oírlos: y esto ha de ser para sin fin! ¡Ay de mí! que por
darme á los gustos y pasatiempos del m u n d o , me descuidé de mi
salvación, no practiqué las obras de piedad, huí de los ejercicios de
devocion, á todo preferí mi condenación; y ahora me abraso y me
a b ra saré ete rn a m e n te en estas voraces llamas, sin esperar de n in g u ­
na p arte u n a m irada de compasion. ¡Amargo trán sito , locura irre­
m e d iable, dolor sobre todos los dolores!
E j e r c i t a n t e s : este es el te rc e ro y ú lt im o m o tiv o q u e p ro p o n g o á
v u e s t r a c o n s i d e ra c i ó n , p a r a q u e os a n im é is á t r a b a j a r con todo es­
m e r o y c u id a d o en el n e g o c io d e la s a lv a c ió n . P o r to d os t r e s , y p o r
c a d a uno de ellos, m e p e rs u a d o q u e n i n g u n o d e v oso tro s m i r a r á co n
t a n t a in d i f e r e n c ia el d e re c h o á la r i q u í s i m a h e r e n c i a d el cielo, q u e
q u ie r a e x p o n e rs e á p e r d e r lo , ni p o r el g u s to de los p l a c e r e s ilícitos,,
ni p o r el d e s o r d e n a d o deseo d e los b ie n e s de este m u n d o , n i p o r
c u a n to el d e m o n i o os q u i e r a o frecer. No, h e r m a n o s m íos, ese cielo
q u e te n e m o s a la v is ta es el r e in o d e Dios; esa es n u e s t r a h e r e n c i a ,
p or n a d a la p e rd a m o s . P o r q u e si u n a ve z la p erdem os,, no solo j a ­
m á s la r e c o b r a r é m o s , sin o q u e su p é r d i d a la llo ra re m o s con l á g r i ­
m a s in c o n s o la b le s, e n t r e a c e rb o s t o r m e n t o s , p o r toda ía e te r n id a d ^
Yo ru e g o á Dios por v oso tro s, a m a d o s m ios; h a c e d vo so tro s lo m i s ­
m o por míj á fin d e q u e el S e ñ o r á todos n o s d é su g r a c i a , p a r a q u e
a p r e c i e m o s n u e s t r a d i g n i d a d , tr a b a je m o s p o r n u e s t r a sa lv a c ió n y
m e r e z c a m o s la g lo ria . E s ta os d e s e o , e tc .
EJERCICIO CUARTO.

L E C C IO N .
D el Credo.
Dejamos dicho que la p rim e ra parte de la doctrina cristiana con­
tiene todo lo que debemos creer, y que esto se nos ensena en ei
¡Credo. P regu nto pues:
P. ¿Quién hizo el Credo?
R. Los Apóstoles.
P. ¿Quiénes son los Apóstoles?
R. Son aquellos doce varones que Jesucristo escogió entre todos
sus discípulos, p ara que predicasen por todo el m undo la doctrina
que Ies h abia enseñado.
P. ¿Cuándo y cómo lo h icieron?
R. Despues que N uestro Señor Jesucristo se subió al cielo, de­
biendo separarse los Apóstoles para d a r principio á la misión que
el Señor les h ab ia m andado, determ in a ro n formar el Credo ó sím­
bolo de la fe q u e h a b ían de enseñar, y que todos los hom bres de­
bían abrazar y creer para poderse salvar. Á este efecto, y p a r a que
todos conformes predicasen y ensenasen u n as mismas verdades, se
congregaron los doce Apóstoles en el cenáculo, y despues de diez
días de ayuno y c ontinua oracion, ilustrados y llenos del E spíritu
Santo, procedieron á la formación del Credo, que hicieron d e e s l a
m anera:
San Pedro, que era el prim ero de los Apóstoles, cabeza visible
de la Iglesia de Jesucristo, y su vicario en ia tierra, habló el pri­
mero. Yo en señaré, d i j o :
Creo en D ios P a d r e , todopoderoso:
Criador del ciclo y de la tierra.
Estos son los prim eros artículos del Credo.
P. ¿Quién era sa n Pedro?
R. Este sanio Apóstol era de oficio pescador. Despues de h ab er
trabajado toda u n a noche sin haber cogido cosa alg una, le dijo el
S e ñ o r : «T ira la red á la mar.» Y le contestó san P edro: «T oda la
«noche lie trabajado sin sacar pez alguno; pero en tu n om bre echa-
«ré la red:» y haciéndolo así, fue ta n ta la pesca que hizo, q u e se lle­
naron dos barcas. E ste fue el prim er discípulo q u e llamó Jesús al
apostolado diciéndole: «Ten confianza y sígueme: quiero que sin de­
ajar el oficiolo mejores: de aquí ade la nte se rá sp e sc a d o r d e h o m b re s .»
Padeció martirio en Rom a, siendo cruciiicado cabeza abajo, y su
cuerpo se venera en el Vaticano.
San Andrés dijo en seguida el tercer artículo:
Y en Jesucristo su único H i j o , nuestro S eñ o r.
Este santo Apóstol era tam bién pescador, y vivía en com pañía de
su herm ano Pedro. Y estando otro dia los dos herm anos d isponien­
do las redes p a ra pescar, les dijo el Señor: «Venid en pos de mí, y
«yo os haré pescadores de hombres.)) Y al p unto dejaron las redes y
el barco, y siguieron al Señor. Padeció martirio en P airas, az o tá n ­
dolo primero, y despues fijándolo en u n a cruz, en la que p e r m a n e ­
ció vivo dos dias sin cesar de predicar la fe de Jesucristo. Su cabeza
se v enera en Roma en la iglesia de San Pedro.
El cuarto y quinto artículos del Credo s o n :
Que fue concebido por el E s p ír i tu S a n to ,
y nació de santa M a r ía V irgen.
Y estos los pronunció Santiago el Mayor.
P. ¿Quién era Santiago el M ayor?
R. Este Apóstol era herm a no mayor de san J u a n Evangelista, piv
rientes los dos de María santísim a y de Jesús. Vino á E sp añ a á p r e ­
dicar el Evangelio. Y estando en Zaragoza se le apareció la Virgen
santísim a, estando au n en vida, y le m andó que fabricase un te m ­
plo en aquel mismo sitio en que h abia sentados sus sacratísimos pies,
y c o lo c a s e e n él su im agen sobre u n a colum na de m árm ol, cuya im a ­
gen. y columna fueron hechas por ministerio de Ángeles. Padeció
martirio en Jeru salen, m andando el rey Herodes que lo desollasen
vivo. E ste Apóstol es patrón de E spañ a, y su cuerpo se v e n e r a en
Compostela.
El sexto artículo del Credo es:
Padeció debajo del poder de P o n d o P íla lo ,
fue crucificado, m uerto y sepultado,
Y lo pronunció san Ju a n E vangelista, h erm a n o , como se ha dicho,
de Santiago el Mayor. F ue el mas jóven de todos los Apóstoles, pues
cuando el Señor lo llamó, solo tenia de veinte y cuatro á veinte y cin­
co auos. El em perador Domiciauo lo martirizó en Roma, metiéndolo
en u n a caldera de aceite hirviendo; y saliendo de ella sin lesión, fue
desterrado á la isla de Palmos, y despues murió en Éfeso, en don­
de se conservan sus reliquias.
El séptimo artículo del Credo lo dijo santo Tomás, y es a s i ;
Descendió á los infiernos,
y al tercero dia resucitó de entre los m uertos.
P. ¿Quién era santo T omás?
R , E ste santo Apóstol era de oficio pescador. F ue martirizado y
m uerto á lanzadas en Calamina, q u e ahora se llama la isla de Santo
Tomás. Su cuerpo fue hallado por losportugueses y se venera en Goa.
El octavo artículo del Credo es:
S u b ió á los cielos, y eslá sentado á la diestra
de D io s P a dre todopoderoso.
Lo dijo Santiago el Menor.
P. ¿Quién era Santiago el M enor?
R. Este Apóstol era sobrino segundo de María santísim a, y p r i­
mo segun do de Jesucristo. Padeció martirio en J erusalen, a p e d re á n ­
dolo prim ero, y despues arrojándolo de lo alto del templo abajo; y
estando a u n vivo lo acabaron de m atar con u n golpe de palo en la
cabeza. Su cuerpo se v enera en Roma en la iglesia de los doce
Apóstoles.
El artículo noveno del Credo lo dijo san Felipe, y es así:
Desde a llí ha de venir á ju zg a r á los vivos y á los muertos.
k este Apóstol lo llamó el Señor, diciéndolesolo; «Sígueme.» Y al
punto le siguió sin jam ás apa rtarse ya de su compañía. E n Frigia,
los sacerdotes de los ídolos lo despedazaron con azotes, y a m a r r á n ­
dolo en u n a cruz, lo m ataron á p edradas. Su cuerpo se v en e ra en R o ­
ma en la iglesia de los Apóstoles.
San Bartolomé dijo el décimo artículo del Credo, que es:
Creo en el E s p ír i tu S a n io .
Este Apóstol fue martirizado en la A rm enia, desollándolo y cor­
tándole la cabeza. Su cuerpo se y en e ra en Roma.
— 56 —

Ei undécim o artículo del Credo, que dice:


L a sania Ig le sia católica, la com union de los sanios,
Lo pronunció san Mateo.
P. ¿Quién era san Mateo?
K. Este Apóstol era recaudador de los caudales públicos. V p a s a n ­
do un dia nuestro Salvador por su oficina, le dijo: «Sígueme.» Y al
ni omento dejó su despacho y ejercicio, y se l'ué en seguimiento del Se*
ñor. F u e tam bién otro de los cuatro E vangelistas, y murió m ártir en
Etiopia, en donde los paganos por mandado del rey lo m ataron á
golpes de hacha. No se sabe el paredero de sus reliquias.
El duodécimo artículo del Credo eslá expresado con estas pala­
bras q u e pronunció san S im ón:
E l perdón de los pecados.
Este santo Apóstol, tom ando el consentim iento de su esposa, la
dejó por seguir á Jesucristo. Padeció el martirio en la P e rsia ^ sie a -
do su cuerpo aserrado por medio, y sus reliquias se v en e ra n en
Roma.
San l a d e o pronunció el artículo decimotercio del Credo, dicien­
do estas p a l a b r a s :
L a resurrección de la ca rn e .
E ste Apóstol era herm a no de Santiago el Menor, y los dos se l la ­
m a b a n herm anos de Jesús, por ser sobrinos de María santísim a. P a ­
deció el m artirio en Persia, cortándole la cabeza; y sus reliquias se
ven e ran en Rom a
El décimocuarío y último artículo del Credo expresado con estas
palabras:
Y la vida perdurable,
Lo pronunció san Matías.
Este santo Apóstol, que era de u n a familia ilustre y rica, despucs
dB la ascensión del Señor fué elegido por los otros Apóstoles, y aso­
ciado á su colegio en lugar del traidor Ju das. Murió m ártir en la
Arabia, siendo prim ero apedreado y despues cortada la cabeza; sus
reliquias se ven e ran en Roma.
Ejercitantes: estos son los catorce artículos que se contienen en el
Credo, los mismos que decimos artículos de la fe. En las lecciones
siguientes los explicaré uno por uno con el favor de Dios. El Señor
nos dé su gracia.

E.TE5IPLO.

E n u n a reunión en que por casualidad se hallaba u n sabio y v ir­


tuoso sacerdote, varios jóvenes hacían el papel de impíos y profe­
rían con énfasis las blasfemias de Rousseau contra la divinidad de
la religión católica, enseñada y p redicada por los Apóstoles. S eñ o ­
res, les dijo el buen sacerdote, Yds. no creen a h o ra ; mas dia v e n ­
drá que c re erán , si no es en el tiempo, será en la eternidad. Yds.
creerán entonces como los dem onios; ellos creen y se h allan e n los
tormentos.
E je rc ita n tes: demos crédito á todo lo que Dios ha dicho y r e v e ­
lado, y los Apóstoles y sus sucesores nos enseñan como de le, y así
nos salvarem os; de otra m a n era nos condenaríamos, pu es dice J e ­
s u c r i s t o : . ^ que creará y será bautizado, se sa lv a rá ; pero el que no
creerá, se condenará.

MEDITACION.
l) e la im itación de Jesucristo.
Considera, cristiano, como no contento nuestro b u en Dios con h a ­
bernos criado para un fin tan dichoso, como es gozar de su vista en
el cielo, para que no errásemos en los caminos que llevan á él, q u i­
so darnos á su mismo único Hijo por nuestro conductor y guia. Así
nos lo dice Jesucristo 1: «Yo soy el cam ino, la verdad y la v i d a ", el
«que me sigue no ca m ina en tinieblas, porque lleva consigo la luz de
«la vida.» Luego si Jesucristo es nuestro guia, debemos seguirle;
si es la m ism a verdad, debemos c r e e r l e ; si es nuestro maestro, d e ­
bemos im itarle ; si es nuestro conductor, debemos obedecerle, y si
es nuestro camino, debemos ir siempre por él p ara no perdernos.
Sus máximas han de ser la regla de n uestras acciones y p e n s a m ie n ­
tos, y sus ejemplos la n o rm a de n u e s tra conducta. Mas ¡ay, y qué
fatal cambio hemos hecho en nuestros caminos! ¿No son las m á x i­
mas del mundo las que h asta ahora h an servido de regla á n uestras
acciones? ¿No son los ejemplos del m undo los que hemos seguido
en nuestro modo de o b rar? ¿Podrem os negarlo sin e n g a ñ arn o s?
¿Podrémos confesarlo sin confun dirn os?

1 Joan. \l l — - Joan, x v i u , VL
Discurramos ahora del m undo por lo contrario. El m undo lo d i­
ce, es m enester no creerlo; el m undo lo hace, es m enester no eje­
cutarlo. Porque el m undo es un mentiroso, y si lo creemos no po­
demos dejar de caer en muchos errores. El mundo es un ciego, y
si le seguimos no podemos dejar de perdernos. Si el m undo v e r d a ­
d e ra m e n te es un ciego, ¿c uánto mas ciego será el q u e s e deja g u ia r
por él? «Si un ciego guia á otro ciego, dice Jesucristo ambos
«caen en eí precipicio.» ¿C uán tas veces t hermanos mios 7 hemos
caido siguiendo u n a guia tan m ala? ¿Y nos hemos le v antado ? Yo no
lo sé: lo que sé es, que no podemos lev antarn os ni volver al buen
camino, y perseverar en él, sin el socorro de u n a mano poderosa y
caritativa como la de Jesús, y sin la asistencia de un guia ta n cierto y
seguro, de una v erd a d ta n infalible, y de u n a luz ta n indeficiente y
clara como Jesús.
Considera, cristiano, el lastimoso erra r con que hacen su cam ino
los mundanos, «Todo el m undo lo hace (dicen ord inariam ente), y
«es m e n ester hacerlo,» ¡Ah, y q u é discurso ta n errado, qué conse­
cuencia tan fatal! Discurrir así, no solo no es discurrir de cristiano,,
pero ni au n de gentil p ru d en te . P ues de éstos no ha faltado q uien
ha dicho que es p ru e b a cási cierta de que u n a cosa s e a m ala el que
la hag an muchos. El partido de los hombres p ru d e n te s y sensatos
re g u la rm e n te no es el m ayor ni el m as num eroso; porque, como
dice el E spíritu Santo a : «El núm ero de los locos es infinito.» Pues
¿por qué, amados mios, hemos de im itarlos? Jesucristo dijo que él
era la verd ad, pero no dijo que era la costumbre. ¿P or qué, pues,
hemos de dejar á Jesús que es Ja v erdad, por seguir las malas cos­
tu m b re s del m undo m entiroso? El camino por donde van la mayor
p arte de los hombres, en verd a d que es el m as ancho, y por lo mis­
mo el q u e se pierde y nos pierde, conduciéndonos al precipicio. J e ­
sucristo solo es el verdadero cam in o ; pero camino estrecho, en eí
que n ingu no pued e p erderse si lo sigue h asta el íin. ¿P odrás tú,
herm ano mió, decir que le sigues, si caminas por las an chas llanuras
de las costumbres del m undo?
Considera, ejercitante, que por el camino estrecho y siguiendo por
él á Jesús, y Jesús crucificado, han llegado los Santos á la posesion
de Dios, su último í i n ; y que es indispensable q u e tú hagas el mis­
mo camino, sí quieres tam bién gozarle. El apóstol san Pablo, una
vez que entró en ei camino de su salvación, siguió tan aju sta d a m e n ­

1 MaUb. v. — -Sedes, i, lo.


te las huellas de Jesús, y fue tan perfecto imitador de Cristo, su
m aestro, que pudo decir de sí mismo *: «Traigo en mi cuerpo las
«cicatrices de los azotes y llagas que he padecido siguiéndole, y de
«nada me glorio, sino de la cruz de Jesucristo, por el que vivo cru-
«cificadoal mundo, y el m undo lo está para mí.» Y así, estando ya
el Apóstol cercano á la m u e rte, y escribiendo á su discípulo T im o­
teo, pudo decirle a : «Yo estoy prest n ti en do q u e se acerca ya el tiem -
<rpo de mi resolución, y el dia en que mi alm a se sep arará de mi
«cuerpo: [je concluido mi carrera, y he seguido fielmente á J e su -
«cristo en sus cam inos: ya no me resta sino recibir la corona d é l a
«justicia que me espera, y que este Juez, tan justo como misericor-
«dioso, me d ará cuando comparezca an te su tr ib u n a l; y no solo á,
«raí, sino tam bién á todos los que íe am a n , y se disponen á rec i-
«birle con obras buenas.»
Ahora, herm a n o mió, te quiero yo p r e g u n ta r: ¿H as sido tú, co­
mo sa n Pablo, perfecto im itador de Jesucristo? ¿Le has seguido fiel
en tus caminos, practicando su d octrina y ejemplos? ¿T e has hecho
sem ejante á él en los trabajos, en el sufrimiento, en la paciencia, en
el desprecio del m undo, de sus máximas, consejos y costum bres?
¿P odrás decir al fin de tu c a rre ra (que acaso está ya m uy cerca),
que has sido fiel á tu Dios? ¿T e n d rá s razón p a r a esperar que reci­
birás de Jesucristo la corona de premio prom etida á los que han h e ­
cho el cam ino de la cruz, sem brándole con buenas obras? E x am í­
n ate, y contém plate despacio. Yeas cuál ha sido tu celo por la honra
y gloria de Dios, tu diligencia y exactitud en la observancia de los
divinos m a nd am ientos, tus palabras y pensam ientos, tus deseos y
operaciones, tus virtudes ó tus vicios; y tu propia conciencia te dirá
lo que al fin de tu carrera te podrás prom eter.

P a r a sacerdotes.
S i quis m ih i m inislrai'erit, honorijicabit eum P a lc r rtmis, qui est tn
cmlis... qu i m ih i m in isira l m e s e q u a tu r , el ubi ego sum , illic et m inis-
ter meits e r é l 1. ¡Qué palabras estas, venerables sacerdotes, tan
llenas de consolación para nosotros que tenemos la incom parable
d ic h a de ser llamados ex clusivam ente al ministerio de Jesucristo!.
Pero ¡ay! ¿nos hacemos dignos de que se verifiquen en nosotros
promesas tan inefables? ¿Im itam os á nuestro divino .Maestro, ó

1 G a l a L vi. — J II T i m . i v, G. — 3 J oan. x n .
desm entim os n u e s tra vocacion, envileciendo nuestro ca rácter?
¿Edificam os á los dem ás fieles con nuestras costum bres, como el
S alvador edificó á todo el m undo con sus ejemplos, ó nos h a c e ­
mos su escándalo con nuestros vicios? ¿S em bram os en el campo
del Señor la sana doctrina, ó en privadas confabulaciones s e m ­
bram os la zizaña del hom bre enemigo del gran P ad re de familia?
¿ P la n tam os en la v iña con nuestros buenos ejemplos, ó a r r a n c a ­
mos con inducciones las mejores p la n ta s ? ¿H acem os notoria n u e s ­
tra modestia á todos los hom bres, ó com unicamos con los m u n d a ­
nos, en su locuela, en su porte indecoroso, en sus m aquinaciones,
en sus costumbres desregladas? Cuando lleguem os á las p uerta s de
la eternidad , y digamos: D o m in e a-per i nobis, ¿se nos ab rirán de
par en p ar, ó se nos dirá con eterna repulsa, nescio vos? Pensém os­
lo bien.

JACULATORIAS.

i Oh Rey de trem en d a m a je s ta d ! Si es m aldito el negligente en las


obras de vuestro servicio, ¿q u é será de mi, que tan activo he sido
en las obras de pecado?
IA hí Señor y Padre mió, si yo no hubiera dejado vuestro ca­
m in o; si yo siem pre hubiese seguido á Yos que sois mi luz, no h u ­
b iera dado ta n tas veces en el abismo de mi perdición.
Dignaos, Señor, de alargarm e v u estra mano poderosa y a lu m ­
brarm e con v u estra gracia, para que volviendo ai camino de mi sal­
vación, sea en él ta n fiel en vuestro servicio, que m erezca estar con
Yos ete rn a m e n te en la gloria.

PLÁTICA.

D e la im itación de Cristo.

E je rc ita ntes: querien do Dios estar con su pueblo de Israel de un


modo mas p articular que en tre las dem ás gen tes, mandó á Moisés
q u e le hiciese un pabellón portátil, en el que residiría su Majestad
y á donde el pueblo acudiría á rendirle adoracion. Y después de h a ­
berle instruido d é l a m a n era que h abia de co nstruir el tabernáculo,
para que al tiempo de la ejecución no equivocase las reglas, le hizo
ver en el aire el diseño del pabellón con expresión clara de sus p a r ­
tes, y le dijo: ((Moisés, m ira, y hazm e el tabernáculo conforme ai
«diseño que te he mostrado en el monte.» Igual conducta, amados
m ios, ha usado Dios con todos los hombres. Quiere que cada uno
se haga á sí mismo u n templo vivo, digna m o rada de su Majestad ^
y para que no errásemos su formación, hizo aparecer en el m undo
á Jesucristo su único Hijo, para que m irand o nosotros á este divino
diseño, ajustásemos nu estra s operaciones á sus v irtu des, y nos for­
másemos cada uno en morada digna de la santísim a T rinidad. Pero
¡ oh torpeza de la h u m a n a condicion ! Á pesar do las reglas claras y
ciertas que Dios nos h a dado en sus m an d am ien to s, y á pesar ta m ­
bién del divino modelo que nos ha puesto á la vista, son millares
de millares los hombres que, trastornando las reglas y equivocando
las ideas, se h an formado á si mismos u n a sentina de todos los v i­
cios, una mezquita del demonio. Apenas se ve un hom bre que por
su virtud y santidad pueda decir que su corazon es la morada de
Dios. Desgracia en que viven y m ueren la mayor p a r te de los cris­
tianos, y desgracia que m uy pocos p rocuran evitar.
E je rc ita n tes: ¿quereis vosotros evitarla? ¿quereis formaros en
templos vivos de Dios vivo, en estos santos ejercic io s? ¿q u e re is no
equivocaros en la aplicación de las reglas? Diréis que sí. Y yo os
hago l a j u s t i c i a d e creerlo. Y queriendo ahorraros de u n a equivoca­
ción fatal en ei proyecto, voy á mostraros el mismo modelo que bajó'
del cielo. Sí: m irad, allí teneis ¿ Jesucristo clavado en u n a cruz e n ­
tre el cielo y !a tie rra : este ha de ser vuestro modelo. Repasad los
principales pasos de su v id a : esta ha de ser la regla y norma d é l a
vuestra. Salid en contemplación al desierto; y allí le veréis, como-
celoso de la h o n ra de su Padre, ofreciéndole el demonio todo lo que
hay de mas rico en el m undo, si postrado le da adoración, encendido
en fuego santo le respon de: «Yete de aquí, S atanás, porque está
«escrito: A dorarás solo d lu. D ios, y á n ingu no otro s e r v ir á s .» E n tra d
en el templo de Je ru sa le n , y veréis con qué p u n tua lida d celebra las
fiestas prescritas por la ley ; con qué reverencia pide á su Padre ado­
ración, y con qué animosidad echa fuera á los que profanan la casa
del Señor. Seguidle por los caminos y poblaciones, por montes y
por m ares, y en todas partes le veréis trabajar, sudar, fatigarse p a ra
enseñar, para cu ra r, para consolar afligidos, para dar vida á los
muertos. E ncam inaos al huerto de G etsem aní, y !o hallaréis postrado
en tie rra , diciendo con profunda hum ildad á su P a d r e : « Padre mío,
«mi alm a repug na la cruel m ue rte que se me p re p a ra ; pero no se
«haga mí voluntad, sino la vuestra.)) Contempladlo en todo el d is­
curso de su vida, y lo adm iraréis pobre en su nacim iento, obediente
á s u s padres en la ju v e n tu d , manso y sufrido en su pasión, y en su
m uerte misericordioso y caritativo con sus mismos enemigos. Siem ­
pre fue en su conducta bu en ciudadano y vasallo; en su trato cor­
tés y pacífico con todos; y á todos edificaba con su modestia, com ­
p ostura y recogimiento. S iem pre sumiso á su Dios, y siempre be­
nigno con los hombres, se p rese nta al mundo como un perfecto m o­
delo de todas las virtudes.
A hora, pues, ejercitantes, si p rocedeisde b u e n a fe, poned v uestra
conducta ai frente de este divino d is e ñ o ; cotejad y ved si está con­
form e con ef modelo, y no estándolo, tratarem os de e n m e n d a r las fal­
tas. («Km pezemos el cotejo por la casa del Señor, venerables sacer-
« d o te s : seamos nosotros los primeros á e n tra r en esta im portantísim a
«observación. Nosotros somos los ministros de Jesucristo, los d is-
«pensadores de los misterios de "Dios,, los consagrados al Señor. Á
« n o so tro sp a rticu la rm en te , m a s q u e á todos los demás hombres, nos
«dice el divino Maestro desde la c r u z : ínspice, el fac secundum exem -
«píar quod Ubi in monte m onslratiim esL E ste es nuestro Pontífice,
«santo, inocente, sin m ancha, separado de la vida y costumbres
«de los pecadores. Á éste nos exhorta el Apóstol que imitemos, como
«carísimos hijos : cotejemos retratos. Mas ¡ay herm anos mios! y qué
«asom brosadiferencia se p r e s e n t a d mi vista. Miro primero vuestra
«figura, y veo en ella delineados los caracléres de un buen sacerdote.
«Os veo mansos y hum ildes como nuestro Maestro, limpios de co ra -
«zon, y pobres de espíritu como el Salvador, pacientes y caritativos
«como ei Nazareno. Todos aspirais á ser santos en el alm a y en el
«cuerpo, como Cristo. Miro en seguida á mí mismo, y veo... ¡Qué
«veo, Jesús mió! ¿E s mi figura la v u estra ni la de mis herm anos?
«Yo no veo en mí sino la im agen de ía m uerte, y ¡a figura de este
«m u ndo; este es mi retrato. Y no obstante, amigos mios, vestido
«como estoy de u n saco abom inable de pecados, me atrevo á presen­
te tarm e iodos los dias en la sagrada m esa, y á introducir al Hijo de
«Dios vivo, no en templo adornado de virtudes, sino en u n a caverna
«de in m u n d a s sabandijas. Perdón am e, Jesús mió, que no supe lo
«que hice. Y vosotros, hermanos mios, animaos á perfeccionar mas
«y mas cada„uno ei tabernáculo de su corazon, donde descansa c a -
«d a dia el Rey de trem en d a m a jestad; y rogad por mí á Dios, ne
■«[orle d u m aliis pn ed ica v erim , ipse reprobus cf(iciar. »)
E je rc ita ntes: venid vosotros á cotejar vuestra figura con la del
Crucificado. ¿Descubrís, por la v e n ta n a que abrió la cruel lanza en
el pecho de Jesús, su divino corazon tostado y consumido por el
fuego inexting uible de su amor hácia nosotros? ¿E stá el vuestro en
b uena correspondencia con el de nuestro S alvador? ¡AJi! decidme
lo que queráis; no será fácil que engañeis á mi propia observación.
El corazon de Jesús está destilando el n éc ta r de la paz y el bálsamo
de nuestra salud; y veo algunos corazones entre vosotros, que á
borbotones vierten el veneno de la discordia, que altera la paz y
m ata la tranquilidad de las almas. Jesús se ha empobrecido por nos­
otros, hasta qu ed a r sin gota de sangre, y aparecer p ú b licam ente en
la últim a desnudez. Y muchos de vosotros, ¿q u é dais á vuestros
herm anos necesitados? ¡Oh, y qué contraste! Un desden, un des­
vío, un enfado, un insulto, y con esto le despedís. Mis amados jóve­
nes : venid vosotros al cotejo. Almas justas, prevenid lágrimas:
porque ¿qu ién no ha de llorar al yer contrapuestos al limpísimo
Cordero de Dios, muchos jóvenes sucios, asquerosos, y de piés á
cabeza m anchados con el cieno de la lujuria? ¿Y quién no ha de
llorar, al ver mezclados con estos jóvenes, otros hombres de edad
m a d u ra , envueltos en el mismo vicio, adúlteros de profesion y e m ­
peño, á quienes las am onestaciones, los consejos, ni las am enazas
de las autoridades bastan para que se resuelvan á romper los lazos
que los a rr a s tra n al inlierno?
Amantísimo S alvador mió: no tengo valor para con tin u ar tan
displicente cotejo: con v u estra licencia corro el velo á v u estra las­
timosa íigura. Ejercitantes: ya habéis visto cuán distantes estamos
de im itar á Jesucristo. A provechémonos de n u estra propia o bserva­
ción, que a u n es tiempo de mejorarnos. Sí, yo os prometo, si de
veras os em peñáis en m uda r en buenas vuestras malas costumbres,
que tendréis de Dios los auxilios necesarios p a r a formaros buenos
im itadores de Jesucristo. Hacedlo como el Señor quie re , y él mismo
os colocará en el templo de su gloria. Así os suceda por la b endi­
ción del Padre, y del Rijo, y del E spíritu S anto. Amen.
E JE R C IC IO QUINTO.

LECCION.

D e los artículos de la fe.

E jercitantes: del Credo que p ro nuncia ron los Apóstoles, ilu stra­
dos por el Espíritu Santo, formó n u e s tra m a d re Iglesia catorce A r­
tículos, que son los principales misterios de n u e s tra santa fe. Los
cuales, au n q u e en la sustancia son lo mismo que se contiene en ei
Credo, la Iglesia, g o berna da por divina ilustración, hizo esta se p a­
ración, para que todos los fieles, por rudos que sean, e n tie n d a n los
misterios de n u es tra religión y creencia. Los explicaremos con cla­
ridad cada uno de por sí.
P. ¿Cuántos son los Artículos de la fe?
R. Son catorce. Siete pertenecen á la D ivinidad, y siete á [a s a n ­
tísima H u m an id ad de Nuestro Señor Jesucristo.

L o s que pertenecen á la D iv in id a d son estos.

El primero, creer en un solo Dios todopoderoso.


El segundo, creer que es Padre.
El tercero, creer que es Hijo.
El cuarto, creer que es E spíritu Santo.
El quinto, creer que es Criador.
El sexto, creer que es Salvador,
El séptimo, creer que es Glorificador.

L o s que perlcnecen á la santa H u m a n id a d son calos.

El primero, creer que nuestro Señor Je su cristo , en cuanto hom ­


bre, fue concebido por el E spíritu Santo.
El segundo, creer que nació de santa María Virgen, siendo ella
virgen antes del parto, en el parlo, y despues del parto.
El tercero, creer que recibió m uerte y pasión por salvar á nos­
otros pecadores.
E i cuarto, creer que descendió á los infiernos. *
E i quinto, creer que resucitó al tercero dia de entre los muertos.
E l sexto, creer que subió á los cielos, y está sentado á la diestra
de Dios Padre todopoderoso.
E l séptimo, creer que vendrá á juzgará los vivos y A los muertos:
conviene á saber, á los buenos para darles gloria porque guardaron
sus santos Mandamientos, y á los malos pena eterna porque no los
guardaron.

A R T ÍC U L O P i l i M E lio D E L A D IV IN ID A D .

Creer en im solo Dios todopoderoso.

P, ¿Qué entendeis por Dios?


R. Debemos entender y creer que no hay mas que un Dios, que
es el que adoramos los Cristianos, y que toda la caterva de dioses que
adoran ios gentiles es invención de hombres locos, y unos meros
bultos de piedra ú otra materia, que ni ven, ni oyen, ni hablan, ni
entienden. Nuestro Dios es solo el verdadero, el que vive por sí mis­
mo, y el que á todos nos da vida. Un Señor infinitamente bueno, sa­
bio, poderoso, principio y íin de todas las cosas, premiador de bue­
nos y castigador de malos. Es ¡nfinitamente bueno, porque no hay
bien alguno que no esté en Dios, y que no dimane de Dios, Infini­
tamente sábio, porque todo lo sabe, y es el principio de toda sabidu­
ría. Todopoderoso, porque todo lo puede hacer y deshacer. Princi­
pio y fin de todas las cosas, porque á todas ha dado el ser, y todas
tienen por fin la honra y gloria de Dios. Y es premiador de buenos y
castigador de malos, porque á cada uno da lo que tiene merecido.
P, ¿Y este Dios es una persona sola?
íl. No es una persona sola, sino tres en lodo iguales.
Notad que esta respuesta es explicación del segundo, tercero y
cuarto artículos.
P. ¿Quién son estas personas?
R. Padre, Hijo, y Espíritu Santo.
P. ¿El Padre es Dios?
R. Sí: como también lo es el Ilijo y el Espíritu Santo.
P, ¿Sou tres dioses?
R. No: sino uno en esencia, y trino en personas.
Ejercitantes: este es el primero y mas alto misterio de nuestra
santa Religión. Esta es la roca en que los mas sublimes entendimíen-
3 Y a lverd e.
tos se estrellaron. Pues queriendo, atrevidos, remontarseá escudri­
ñar el misterio, fueron confundidos por los rayos de la misma divi­
nidad, y cayeron precipitados en diferentes herejías. La primera
persona se llama Padre, porque en su entendimiento eDgendró al
Hijo. La segunda se llama Hijo, porque es engendrada por la pri­
mera. La tercera se llama Espíritu Santo, porque procede del Padre
y del Hijo por espiración. Y sin embargo ninguna es mas antigua
que las otras, ninguna mayor, siso todas tres eternas, todas tres en
todo iguales. No hay símil perfecto que pueda dar una idea clara del
misterio de la Trinidad. Pero el ser Dios uno en esencia y trino en
personas se declara de algún modo con el símil de nuestra alma,
que siendo una sola tiene tres potencias distintas, que niDguna es
la otra, y todas tres son el alma.
P. ¿D los tiene figura corporal como nosotros?
Ji. N o: porque es un Espíritu puro; esto es, un Ser que no está
compuesto de materia alguna, y por consiguiente ni puede dividir­
se en partes, ni está sujeto á nuestros sentidos.

a r tíc u lo ü in ríT o .

Creer que es Criador,


P. ¿Cómo es Dios Criador?
R. Porque todo lo hizo de la nada.
Dios, solo era en sí mismo en la eternidad. Y queriendo el Señor
en tiempo, que se hiciese manifiesta su grandeza, cuando fue su
voluntad crió el cielo y la tierra, la luz, el sol y la luna, las aguas,
los árboles y plantas, todos los animales, y los Ángeles. Y por últi­
mo, crió á nuestros primeros padres Adán y Eva, como se dijo en
3a primera lección. Y desde entonces empezaroná contarse ios tiem­
pos por dias, meses y años. Es una herejía y una demencia el de­
cir, como algunos dijeron, que el mundo es eterno, ó que se formó
por una casualidad. Todo cuanto hay en el cielo y en la tierra ha
sido criado por Dios. Esta es nuestra fe, y por eso decimos que Dios
es Criador.

A JtT ÍC Ü LO S E X T O .

Creer que es Salvador.

P. ¿Cómo es Dios Salvador?


R. Porque da gracia, y perdona los pecados.
Ya os he dicho que el primer hombre, por su desobediencia, y to­
dos sus descendientes, quedaron esclavos del demonio y condenados
á pena eterna. Nunca hubieran salido de esta esclavitud, si el mis­
mo Dios misericordioso no Ies hubiese enviado á su único Hijo para
■que los rescatase con su sangre. Ni tampoco el hombre se aprove­
charía de los merecimientos de Cristo, si Dios no le ayudase con su
gracia, para merecer, mediante ellos, el perdón de los pecados y su
salvación. Y por esto decimos que Dios es Salvador.
P. ¿Qué cosa es gracia?
11. Un don sobrenatural que infunde Dios en el alma, por el cual,
perdonados los pecados, quedamos hijos de Dios, y con derecho al
reino de los cielos,
P. ¿Y qué bienes nos vienen con esta gracia?
R. E l querer y poder hacer obras satisfactorias y meritorias. Por­
que nosotros, por nosotros, sin la gracia de Dios, nada podemos
hacer ni querer en orden á la salvación.
P. ¿Por qué medios se alcanza la gracia?
R. Con oraciones, Sacramentos y ejercicios de virtud.

ARTÍCULO SÉPTIMO.

Creer que es Clarificador.

P. ¿Por qué es Dios Glorificador?


R. Porque da la gloria al que persevera en su gracia. Entended
bien esto: al que persevera en su gracia. Porque Jesucristo dice,
que solo aquel que persevere hasta el fin, será salvo. Quiera Dios
por su bondad que todos tengamos la dicha de perseverar ea su
gracia hasta el último momento de nuestra vida. Amen,

JiJESIPJ-O.

¡Cuán poco es conocido Dios, aun en medio de las grandes poblaciones!...

E l gran misionero Iiauzan reíiere lo que á él mismo le sucedió en


París, y lo dice en estos términos: Había muchos años que ejercía
mi ministerio en la casa de refugio, cuando se me dió noticia de una
joven que despues de haber estado dos años en este asilo, trataba de
salir de él para entrar de nuevo en el mundo. Creí deberle dirigir
mis últimas instrucciones para fortificarla en el amor de la Keligion
y en la práctica de la virtud: la hice llamar al locutorio. Mientras
yo le daba, con toda la caridad cristiana de que estaba animado,
consejos saludables, me escuchaba con atención, y de cuando en
cuando, oprimida por el dolor, dejaba escapar estas palabras:— Pa­
dre mió, ¿tendrá Dios compasion de m í?— Entonces sospeché que-
la pobre joven daba á mi discurso un sentido que me era descono­
cido, y no pude menos que decirle: Sin duda, hija, Dios tendrá
compasion de tí, y ¿qué prueba mas fuerte quieres de 3a misericor­
dia de Dios para contigo, que el cuidado que tomó de conducirte á
este santo retira?— ¡Ah! padre, me dijo derramando copiosas lágri­
mas, antes que yo entrase en esta casa de refugio no sabia que Dios
existiera.— ¡Cómo! ¿no habias pensado nunca que en el cielo habia
un Ser supremo, criador de todo lo que existe?— No, padre, jamás
habia oido hablar de él.—Cuando entrabas en una iglesia, ¿tú pen­
samiento no se te dirigía hacia Dios?— Kara vez entraba, y enton­
ces no hacia ninguna reflexión piadosa.— Cuando veias que iban á
enterrar á algún muerto, ¿tu espíritu no se elevaba á alguna con­
sideración sobre la muerte y sobre el porvenir?— N o, padre.—
¿Según esto, hacías el bien y el raa! con la misma indiferencia?—
La vergüenza y el temor de los castigos me detenían. Despues de
estas palabras sus lágrimas se aumentaron, y me prometió que nun­
ca jamás olvidaria sus deberes, y que siempre tendría presentes Ios-
consejos é instrucción que babia recibido en la casa de refugio,
Despues de la narración de este hecho, decia el Padre, hermanos
mios, esta ignorancia se halla no solo en países lejanos y en tierras
bárbaras, sino en medio de las poblaciones cristianas. ¡Qué horror'

M E D IT A C IO N .

De la eternidad.

Considera, cristiano, que en cuerpo y alma eres criado para la


eternidad. Esta es la primera nocion que le da nuestra fe acerca de
nuestra existencia. Eres criado para gozar de Dios eternamente, ó le
has de perder para siempre. ¿De qué le aprovechará, pues, al hom­
bre, ganar todo el mundo, si pierde su alma? Esta es la pregunta
que hace Jesucristo en su Evangelio 1: «¿De qué le aprovechará al
«hombre ganar todo el mundo, si pierde el alma para siempre?»
Meditemos en este siempre, que es toda el alma de la pregunta. Ejer­
citante: una sola alma tienes, y no es como la de un perro, que solo
dura y vive lo que el perro. Tu alma es eterna, y, en pena ó en glo­
ria, tiene que vivir tanto como Dios. Si una vez se gana, jamás se
pierde; y si una vez se pierde, jamás se gana. Recógete en tu inte­
rior, hermano mío, y piensa que la eternidad tiene dos puertas, una
■que da camino para el cielo, y otra que da salida para el infierno,
Y á vista de un abismo de siglos infinitos, ponte á meditar en solas
estas palabras, siempre y jamás. La muerte es la que abre-las puer­
tas de ia eternidad, y ésta está comprendida en siempre y jamás.
Un siempre, que jamás tendrá fin; y un jamás, que durará siem­
pre. Un siempre, que contiene iníiniLos dias, infinitos años, infinitos
siglos, y jamás llegará á tener fia; y un jamás, que despues de in­
finitos siglos, siempre será jamás. Esta es la duración del alma, ¡Oh
eternidad! ¡ob mar sin suelo y sin término! Tu sola contemplación
estremece, y llena de pasmo al espíritu mas fuerte. Guanto la tierra
será tierra, cuanto el cielo será cielo... ¡o h , y qué pasmo! cuanto
Dios será Dios, los bienaventurados serán bienaventurados, y los
condenados serán infelices. ¡Oh eternidad, y cómo asombras mi en­
tendimiento! Si esto lo pensamos mucho, hermanos míos, ¡cuán li­
gera no nos parecerá cualquiera pena; cuán dulce y suave todo tra­
bajo sufrido por Dios!
Ahora, ejercitante, te pregunto yo con san Juan Crisóstomo:
¿cuántas almas tienes? Porque si tienes dos, aunque pierdas una,
te queda la otra. Pero ¡ay de tí, y ay de mí! pues no tenemos mas
de un alma que es eterna; y si ésta la perdemos, no nos queda otra.
¿En dónde está, pues, nuestra fe y nuestro juicio? Díme, joven li­
cencioso, ¿ó crees que hay eternidad de gloria y eternidad de in­
fierno, ó no lo crees? Si no lo crees, salte al momento del templo;
porque eres un hereje, y nada tengo que ver contigo. Y si lo crees,
díme, ¿qué haces para ganarte la eternidad de gloria? ¡Ah, hijo
mió! que haces muy poco, ó por mejor decirlo, nada haces. De un
poco de aire de vanidad, de un momento de deleite tan súcio y as­
queroso, que ni aun quieres que el sol lo vea, de un pequeño des­
aire que te han hecho, de una palabra picante que te han dicho,
haces mas caso que de tu alma, alma sola y alma eterna. Entiende,
pues, que no basta que creas la eternidad, si no obras también para
la eternidad.
Si yo tuviese esta noche una voz tan Tuerte como la del Ángel que
llamará ajuicio, gritaría: oid, paganos, oíd, herejes, oid, sacerdo­
tes, oid, grandes y pequeños todos los que vivís en el mundo, oid
esta sentencia de Nuestro Señor Jesucristo: «El que ama su vida en
«este mundo, la pierde para siempre; y el que aborrece su vida en
«este mundo, la guarda para la eternidad.» Medita, cristiano, sobre­
estás palabrasdel Salvador, y hallarás en ellas dos verdadesinfalibles
y muy poderosas para convertirte, si te has desviado en el camino-
de tu salvación. La una es, que has de padecer despues; y la otra
es, que si tratas mal tu cuerpo en esta vida, serás bienaventurado
en la otra. Porque creyendo, como crees, la resurrección de la carne,
debes también creer que los cuerpos bien tratados en este mundo
con ofeasa de Dios, han de ser tratados mal en el otro por toda la
eternidad; y que los cuerpos mortificados por Dios en esta vida, han
de ser regalados en la otra con gozos y placeres eternos.
Es una verdad que muerto el animal, su cuerpo se reduce al
polvo de donde salió, y se deshace para no volver á unirse. Pero tam­
bién es artículo de fe, que nuestra carne, despues de haber sido-
pasto de gusanos y reducida á ceniza, en el último dia del mundo
y del juicio universal se volverá á formar en este mismo cuerpo que
ahora tenemos, y á él se unirá otra vez el alma, para jamás volver
á morir. Verdad es esta, que bien meditada llena de dulzura el co­
razon del justo, como de amargura al pecador... ¡Oh, y cuán suave
nos baria toda mortificación este solo pensamiento! ¡Qué consuelo
produciría en nuestro corazon la memoria de la eternidad que aguar­
da á nuestro cuerpo! Yo te ruego, hermano mió, que rumies á me­
nudo estas dos palabras que se leen escritas en los claustros de la
penitencia: breve padecer, eterno gozar. Y si eres tan amante de tu
cuerpo, que lo regalas en todo sentido, medita en estas otras: brem
gozar, eterno padecer.
Ejercitantes: entremos en nosotros mismos; y si nuestro cuerpo
se resiente del ayuno, si se queja del vestido, si se duele de los tra­
bajos, consolémosle con los manjares inefables que le están prepa­
rados en el cielo, con la estola rica y hermosa que allí le vestirán, y
con la esperanza de consueles y deleites que nunca tendrán fin. En ­
tremos en conversación con nuestros sentidos, y digámosles: Ojos
mios, no ofendáis ya mas á Dios; se acabaron ya para vosotros las
miradas torpes y provocativas, porque sois eternos. Oidos mios, es­
taréis siempre abiertos á la divina palabra, y cerrados á la murmu­
ración, porque sois eternos. Lengua mia, ya no te moverás para la
mentira, maldición, juramento y palabras escandalosas, porque eres
eterna. Manos y piés mios, de hoy en adelante os emplearéis solo en
hacer el servicio de Dios, porque sois criados para gozarle y para ser
eternamente felices.
Para sacerdotes.

«Y á nosotros, venerables sacerdotes, que de un modo particular


«somos llamados al servicio del Señor, ¿á qué puerta déla eterni­
d ad nos conducirá la muerte? ¿á la puerta de la eternidad de la g!o-
«ria, ó á la del infierno? Yeamos cómo nos conducimos, y nuestra
«propia conciencia dará la respuesta. Si caminamos por esta vida
«limpios en el espíritu , y santos en el cuerpo, entrarémos por la
«puerta que lleva á la mansión de los Santos ; pero si somos malos
«eu ei alma y en el cuerpo, con la librea de la casa real del Señor,
«y con el brillante sello de nuestro carácter, entrarémos por la ne-
«gra puerta que guia al infierno, para padecer eternamente en el
«alma y en el cuerpo. ¡ Oh eternidad! ¡oh siempre! \oh jamás! ¡qué
«dignos sois de mas seria contemplación! Amados hermanos míos:
«pensemos esto, meditemos esto, y nunca se aparte de nosotros !a
«memoria de un gozar y un padecer que jamás se acabará; siempre
«sin fin, y siempre eterno.»

JACULATORIAS.

¡ Oh Jesús y Señor mió! abridme los ojos del alma para que yo
contemple bien lo que es la eternidad, y trabaje por entrar en ella
por la puerta que conduce á vuestro reino.
Dadme gracia, Padre mió, para que emplee todos los momentos
de mi vida tan santamente , que esté siempre cerrada para mí la
puerta que conduce al siempre del infierno.
Alegraos, Santos del cielo, de vuestra dicha, y pedidle al Señor
que me abra la puerta del cielo, que yo me cerré con mis pecados;
por mis pecados, que detesto ya. Sí., Jesús mió, los detesto, y ar­
repentido de ellos os digo, que me pesa una y mil veces de haberos
ofendido.

PLATICA.
Sobre la eternidad.
Ejercitantes: ¿qué causa os parece pudo haber para impeler al
potentísimo David para retirarse á su gabinete, y vivir enteramente
separado de los bullicios y atractivos de! mundo? Ya lo dice él mis­
mo: «Me acordé de los dias antiguos, y meditaba en los años eter-
«nos.» La memoria de la eternidad es la que obligó á este Príncipe
á tan estrecha reclusión. Y esta es también la que impulsó á un san
Bruno y á un san Romualdo, para imponer á sus monjes el absoluto
y perpétuo silencio que guardaron: este fue el objeto del instituto
monacal: reducirse el hombre á perpetua soledad, para, así separa­
do de los negocios del mundo, entregarse todo al pensamiento de fc<.
eternidad, y al cuidado del alma, que es el máximo de los negocios.
Este mismo pensamiento, amados mios, quisiera yo estampar en
mi memoria, y fijarlo en la vuestra para siempre: seguramente
nuestra vida seria otra, y nuestra muerte dichosa. Porque, ¿quién
se atrevería á pecar si pensase que á un momento de vida se sigue
una eternidad de gozar ó una eternidad de padecer? E l olvido de
este artículo de nuestra fe es el que condena á la mayor parte de
los cristianos, y del que yo intento sacaros con estas dos reílexiones:
¿Qué es nuestra vida, y qué es nuestra eternidad? Discurramos un
poco.
¿Qué es nuestra vida comparada con la eternidad? S i, como
dice el real Profeta, «mi! años en la presencia de Dios son como el
«dia de ayer que ya pasó;» si un dia que ya pasó, no es nada; una
vida de sesenta, ochenta ó cien años, ¿qué sera respecto á la eter­
nidad? ¿Podrá reputarse por un dia, por una hora ó por un minu­
to? No hay proporción. Yo, por no decir que nuestra vida es un
tiempo imaginario, le daré alguna extensión ; pero no me atreveré
á darle mas que la que en sí lleva un solo momento de tiempo, una
apresurada respiración. ¡Oh eternidad! y tú, ¿qué eres? ;Qué caos,
amados mios, qué abismo! no hay cosa que pueda hacerla compren*
der. Sin embargo, para que forméis alguna idea de su perdurable
duración, figuraos que todo el globo de la tierra se ha deshecho en
sutilísimas arenas , y que cada mil años una hormiga ha de pasar
un granito á su lugar, hasta que desaparezca el promontorio. Lle­
garía á pasar la última de las arenas, el inmenso monte de ellas ya
no parecería, y la eternidad seria tan sin íin despues del último gra­
no, como lo era antes que la hormiga sacase el primero. Amados
mios, el entendimiento se pierde en esta contemplación; pero se
para con estas pocas palabras de inefable verdad: Dios es sin fin t
y la eternidad es sin fin. Estas dos reílexiones, juntas con mi propia
observación, me hacen decir que el olvido de la eternidad es el que
conduce al infierno á la mayor parte de los cristianos. Porque,
¿quiénque la contemplase habia de preferir un momento de mun­
dano placer á un eterno padecer? De aquí es que, sin recelo de
temeridad, digo lo que el profeta Jeremías en su tiempo 1: «El pe­
scado tiene desolada la tierra, porque no hay quien se acuerde de la
«eternidad.» No le hay, amados míos; os remito á vuestra propia ob­
servación: apenas me daréis uno: pronto vamos á verlo.
Para proceder á la demostración , no digamos ya que la vida del
hombre es un momento: digamos que es uq d ia , y á este dia dé­
mosle la extensión de ochenta ó cien años. Consideremos ahoraá este
hombre, en Jos tres períodos principales del dia de su vida, que son
el amanecer de su niñez y juventud, el mediodía de su edad varonil,
y la tarde de su vejez; y veamos cuándo este hombre se dedicó á pen­
sar en la eternidad. ¿ Por ventura en su infancia? No: porque ésta se
pasó entre las caricias de los padres, en juegos y entretenimientos
pueriles, y en e! ejercicio de aquellas travesuras que son propias de
una edad que no piensa; y aun quizá este niño no habrá oído de sus
padres la palabra eternidad. ¿Diremos que ha pensado en ella en ¡a
época de la juventud? ¡qué error! Lo regular es, que al eotrar el
niño en esta edad se desenvuelven las semillas de las malas inclina­
ciones, la carne lo despierta, el mundo lo ahoga, el demonio lo en­
gaña ; y conducido por estos seductores, suele sacudir el yugo de la
Religión y el de la buena educación , si la tuvo, y acostumbrarse
por los males ejemplos á todo género de vicios; embelesado con los
atractivos del mundo, correrá tras de sus pasatiempos pecaminosos,
y llegará á la edad perfecta, siempre pensando, hablando y ejecu­
tando lo malo. Y en orden á la eternidad, ¿qué hizo? ni aun nom­
brarla, cuanto menos pensar en ella. Con efecto, llegó este hombre
al mediodía de sn vida. Y cuando debía ya entrar en reflexión, he­
mos visto que con el ardor de sus pasiones se entró de pechos en el
lodazal de los vicios, y con mas empeño y descaro que antes se de­
dica á satisfacer sus desordenados deseos. Lo que antes eran fraudes
y robos disimulados, ahora son latrocinios públicos y violentos. Las
deshonestidades que antes se procuraban ocultar con todo cuidado,
han salido a! público con la nota de adulterios y amancebamientos
escandalosos. Y ya tenemos que el mediodía de la vida de este hom­
bre es un estado peor que lo fue su infancia y juventud. No solo no
pensó en la eternidad, sino que, si por casualidad se le presentaba
en un libro, al punto lo cerraba; ó si en boca de otro oia nombrar­
la f tomaba desazón.
Pero sigamos á este hombre, me diréis; porque puede ser que
a! trasmontar el sol de su vida se recoja á pensar en este importante
negocio. Mas, ¡ oh, y qué vana esperanza! este hombre ya envejeció:
ya no hay fuerzas en su naturaleza para dirigir la crudeza de apeti­
tos sensuales; se amortiguaron y calmaron ya tos hervores de su edad
robusta, es verdad ; pero otros proyectos, extraños á la salvación
de su alma, han entrado á ocupar sus atenciones. El aumento de sus
caudales, ja conservación ó nueva adquisición de bienes, pleitos,
negociaciones, colocacíon de los hijos y otros semejantes negocios,
son lodos sus pensamientos, Pero quizá, ahora que ya él mismo co­
noce la vanidad de todas ¡as cosas del mundo; ahora que ve, á pe­
sar suyo, que las pasiones han perdido de su vigor; ahora que ad­
vierte que su cabeza se va inclinando al sepulcro, puede ser que
entre en reflexión del cercano término de su jornada. É l se ve ya
postrado en el lecho de la muerte, y la luz de su dia le va faltando
por momentos. Ahora sí que entrará en el pensamiento de la eter­
nidad, porque así se lo amonesta el sacerdote que tiene á la cabe­
cera. Mas ¡oh dolor! la fuerza de los accidentes, la debilidad de las
potencias, los deseos de vivir mas, el sentimiento de lo que se deja,
no le franquean ni siquiera un momento de tiempo para pensar en el
eterno fin de su carrera. Murió este infeliz hombre; y se verificó que
la vida de sesenta, ochenta ó mas años, la pasó sin haber pensado un
momento en la eternidad. Por este olvido fue este hombre pecador,
y por este olvido se condenó.
Ejercitantes: Este es el desastrado fin de la mayor parte de los
cristianos; la experiencia lo atestigua. ¿Queréis vosotros entrar en el
número de estos desgraciados, ó queréis ser del número de los po­
cos que se salvan? Si quereis esto último, no tengáis ociosa vuestra
memoria en el pensamiento de la eternidad. Si con frecuencia y se­
riamente pensáis en elía, pasaréis en inocencia la juventud; vuestra
edad varonil será honrada; vuestra vejez será loable, y vuestra
muerte dichosa. Si pensáis que nuestra vida por larga que sea se
reputa por un momento con respecto á la eternidad, y que despues
de este momento hemos de entrar en un abismo de penas ó de glo­
ria, según baya sido nuestra vida, sujetaréis los malos apetitos, to­
maréis buenas costumbres, y al ponerse el sol de vueslra vida en­
traréis en el claro y feliz dia de la eternidad, para gozar de Dios en
la gloria. Esta os deseo, etc.
EJERCICIO SEXTO.

LECCION.

De los Artículos de la santísima Humanidad de Nuestro


Señor Jesucristo.

A R T ÍC U L O P R IM E R O .

Creer que Nuestro Señor Jesucristo en amito hombre-


fue concebido por el Espíritu Santo.

P. ¿Cuál de las tres divinas Personas se hizo hombre?


R. E l Hijo de Dios eterno.
Ofendida la divina justicia por el pecado del hombre, era necesario-
para perdonarle que se le diese uua satisfacción de un valor igual á la
injuria recibida, y no pudiendo darla el hombre, por no ser igual á la
majestad de Dios ofendido, dispuso el Señor en sus eternos consejos,
que la segunda Persona, que es tan Dios como el Padre, se hiciese
hombre para satisfacer por el hombre.
P. Siendo eterno el Hijo de Dios, ¿cómo pudo ser de nuevo con­
cebido?
R. Tomando cuerpo y alma racional, no por obra de varón, sino-
milagrosamente.
Habiendo determinado el Padre eterno que su Hijo tomase nues­
tra carne, quiso que fuese concebido en las entrañas de una donce­
lla, la mas pura y perfecta que hubiese en el mundo. Y fue escogi­
da la jóven María , que aunque estaba desposada con losé, varón
justo, conservaba intacta su virginidad. Estando un dia esta donce­
lla encerrada en su retrete haciendo oracion, vio cerca de sí un ga­
llardo jóven, que saludándola le dijo l : «Yo te saludo, María, llena
«de gracia, el Señor está contigo, y eres la bendita antre todas las
«mujeres.» Algo se turbó la Virgen , creyendo que era un hombre
el ángel san Gabriel que la saludaba. Y entonces le dijo el Ángel:
«No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: con-
«cebirás en tu seno, y parirás ua hijo á quien llamarás Jesús.» «¿Có-
«rao puede ser eso, dijo María, si yo no conozco varón?» Y el Ángel
le respondió: « El Espíritu Santo vendrá á tí, y la virtud del Altísimo
■«le fecundará, porque para Dios nada hay imposible.» Y la Virgen
contestó con profunda humildad: «Yo soy la síerva del Señor, há-
«gase en mí según su voluntad.» Desapareció ei Angel, y en el
mismo instante tomó Dios de la sangre mas pura de la Virgen , y
formó en sus entrañas un cuerpecilo perfeclísimo, crió ía mejor alma
que jamás hubo, la infundió en aquel cuerpo, y áeslecuerpo y alma
unidos se unió la segunda Persona de la santísima Trinidad, que es
el Hijo, y quedó hecho Dios y hombre verdadero.

ARTÍCULO SEGUNDO.

Creer que nació de santa María Virgen, siendo ella virgen antes
dei parto, en el parto, y despues del parto.
P. ¿Cómo pudo nacer Jesús de madre virgen?
II. Sobrenatural y milagrosamente, como fue concebido.
Habiendo ido José y María desde la ciudad de Nazaret, en donde
vivían, á la ciudad de Belen para encabezarse en los registros de la
provincia, acaeció que no encontrando en toda la ciudad quien qui­
siera recogerlos por su pobreza, siendo ya de noche y en lo mas cru­
do del invierno, hubieron de albergarse fuera de las murallas, en un
establo de bestias. Y á ía media noche conoció María que era llegada
su hora, y dió á luz á su Ilijo primogénito, sin dolor ni lesión alguna
de su virginal entereza, asícomo los rayos del sol pasan por un cristal
sin romperlo. Y por esto decimos que fué virgen antes del parlo, en el
parto, y despues del parto.

AllTÍCULO TERCERO.

Creer que recibió muer le y pasión, para saltar á nosotros


pecadores.
P. ¿Para qué se hizo Dios hombre?
R. Para poder morir por el hombre y darle ejemplo.
P. ¿Por qué quiso morir?
R. Por redimirnos del pecado, y librarnos de la muerte eterna*
P. Pues qué, ¿no pudo Dios, sin morir, redimirnos de otro
modo?
R. S í , pero nos convino este mas que otro alguno.
P. ¿Por qué escogió muerte de cruz?
R, Porque cuanto era mas ignominiosa y penosa, fuese mas me­
ritoria y gloriosa.
Dijimos que el Ilijo de Dios no podia morir, porque es Dios in­
mortal . Pero la divina sabiduría halló el modo de vencer este impo­
sible, haciendo que el Yerbo tomase nuestra carne, y así podria
nacer, padecer y morir. «Así, dice Nuestro Señor Jesucristo ’, así
«amó Dios al mundo, que no dudó entregar á la muerte por él á
«sujunigénito H ijo.» Y tanto es el amor que el Hijo tiene á los hom­
bres, que gustoso aceptó la muerte por redimirlos y salvarlos. Sí,
amados mios, Jesús murió por nosotros; y para darnos las mayores
pruebas de su amor, quiso que á su muerte precediesen los mayores
tormentos que pudo inventar toda la rabia del inlierno. Fue vendi­
do á sus enemigos por el pérfido Judas, uno de sus amados discípu­
los; fue atado como ladrón y asesino; fue escupido como cosa in­
munda y asquerosa; fue mofado como loco, y abofeteado por un vil
hombre; fue azotado cruelmente, hasta descubrirse los huesos de
sus sacratísimas espaldas; fue coronado de agudas y duras espinas,
que taladrando su delicadísima cabeza, le hicieron brotar arroyos de
su inocentísima sangre; y fue vestido como rey de farsa, escarne­
cido, golpeado con una caña que le dieron por cetro. Todo lo su­
frió sin desplegar sus labios, para enseñarnos á llevar con paciencia
los trabajos por aquel Señor que con tanto amor los pasó por nos­
otros. Y por último, le cargaron en sus hombros el infame madero
en que habia de morir, y lo condujeron al monte Calvario, que era
el sitio destinado para aj usticiar á los malhechores: allí los verdugos
lo desnudaron vergonzosamente de todas sus vestiduras, lo encla­
varon depiésy manos en la cruz, entre dos ladrones, que también
crucificaron, y en ella lo dejaron pendiente y expuesto á la vista y
burla del pueblo.
En este punto, que fue al mediodía poco mas ó menos, el sol se
oscureció de un modo nunca visto, y toda la tierra quedó envuelta
en negras tinieblas, hasta las tres de la tarde. Y en esta hora, incli­
nando Jesús la cabeza dijo con voz fuerte : «Padre, en tus manos
«encomiendo mi espíritu;» y espiró el Señor. Esta es la muerte
afrentosa que Jesús escogió por nuestro amor, para enseñarnos á
despreciar todas las honras del mundo, cuando se trata de hacerla
voluntad del Señor. Quiso morir pobre, desnudo, y de todos des­
amparado, para enseñarnos á no hacer caso de las riquezas y vani­
dades del mundo, y á que 110 pongamos nuestra confianza en los
hombres, sino salo en Dios. Murió en la cruz, como dando á enten­
der en los cuatro cabos de ella, que moria para redimir todas las
cuatro partes del mundo. Murió Jesús, y al punto de espirar se tras­
tornó todo el universo, y manifestó su sentimiento. E l sol enlutado,
el cielo con la oscuridad, la tierra con espantosos temblores, las pie­
dras rompiéndose unas con otras, los cuerpos muertos saliéndose de
los sepulcros, la cortina dei santuario rasgándose ella misma de alto
•abajo en dos partes, todas las criaturas, cada una á su modo, mani­
festaron su dolor.
Murió Jesús; y como no dándose aun por satisfecho su amor para
con nosotros, permitió que un soldado temerario, y mas cruel, le
abriese su divino costado al fiero golpe de una lanza, para que saliese
de su corazon la poca sangre que le quedaba, y mezclada con agua,
para que fuese el bálsamo de salud para todo el género humano. Y así
padeciendo y muriendo, dejó concluida la grande obra de nuestra
redención.
Dios quiera por su infinita misericordia, que no se malogre para
ninguno de nosotros el fruto de su pasión, Amen.

EJEM PLO .

Para que entendáis mas claramente las obras de Jesucristo, Dios y


hombre verdadero, nos valdrémos de la comparación que pone san
Francisco de Sales. Dice así: Á. la manera que el hierro encendido tie­
ne la naturaleza de hierro y de fuego; así Nuestro Señor, habiendo to­
mado la naturaleza humana como el hierro toma el fuego, es verdade­
ramente Dios por razón del fuego de la divinidad, y verdaderamente
es hombre por razón del hierro de la humanidad. Y como el hierro no
deja de ser hierro, pesado, macizo, (irme y duro por mas que esté en­
cendido, y el fuego no deja de ser fuego, caliente, luminoso y ardien­
te por mas que esté en el hierro; así la humanidad de Nuestro Señor
Jesucristo no deja de ser pequeña, tierna, gemidora, friolenta en el
pesebre de Belen, aunque esté unida á la divinidad; y la divinidad
no deja de ser omnipotente, gloriosísima, no obstante de hallarse
unida á la humanidad.
Asi como este hierro encendido es propio para los usos y efectos de
que no seria capaz si no estuviera encendido, y así como su unión á la
llama hace á ésta capaz de los efectos que no produciría si estuviese
soia; del mismo modo el compuesto teándrico (es decir, divino y
humano al mismo tiempo) es propio para los usos y efectos de que 110
sería susceptible si no fuera mas que divino, ó si no fuera mas que hu­
mano. Como las operaciones de este hierro en cuanto es hierro, son
distintas de las operaciones de este mismo hierro en cuanto es encen­
dido, y como es verdad el decir que en cuanto á hierro rompe, por
ejemplo, un pedazo de madera sobre el cual cae, y en cuanto á encen­
dido lo quema; del mismo modo las operaciones del compuesto teán­
drico, en cuanto es divino, son distintas de las operaciones de este
compuesto en cuanto es hombre, y vice versa.
Finalmente, como la diferencia de las operaciones del hierro en
cuanto es hierro, de sus operaciones en cuanto es encendido, no
impide que el hierro y el fuego contribuyan juntos á hacer llegar e)
obrero al objeto que se propuso, juntando el fuego al hierro, y que no
habria podido lograr sin esta unión; del mismo modo la diferencia
que hay entre las operaciones divinas y las operaciones humanas
del compuesto teándrico no le impide de contribuir juntos á obtener
ci fin que Dios se propuso uniendo las dos naturalezas, y para lo
cual esta unión es necesaria.

MEDITACION.

De la gravedad del pecado -mortal.

Considera, cristiano, qué tanta será la malicia del pecado, que


priva al hombre de lo sumo de la felicidad, que es ver y gozar á
Dios en la gloria. Es tanta la malicia de un pecado mortal, que pa­
ra expiarla, y ofrecer á la divina Justicia una satisfacción igual ala
ofensa, ba sido preciso que Dios se hiciese hombre, y muriese en
una cruz. Aunque todas las criaturas fuesen tan perfectas y puras
como lo fue María santísima, y padeciesen cada una todos los tor­
mentos que padecieron los Mártires por millones de siglos, no po­
drían dignamente satisfacer por un solo pecado mortal; porque su
malicia es infinita, y solo Dios, que es infinito, podia dar por é) una
satisfacción infinita. La malicia del pecado mortal debe medirse por
la dignidad de Dios, contra quien se comete. La grandeza y majes­
tad de Dios es infinita; la bajeza y distancia que hay del hombre á
Dios es también infinita: luego la malicia del pecado mortal, y la
injuria que por él hace á Dios el hombre, debe ser infinita. Asi es
que Dios justísimo condena ai pecador á padecer eternos tormentos;
y aunque siempre estará pagando su pecado, mmca acabará de pa­
gar, porque la deuda es infinita.
¡Ah hermano mío ! si nosotros hubiéramos comprendido bien la
malicia del pecado mortal, no le hubiéramos cometido con tanta faci­
lidad. Nos asustamos cuando losmaspequeños males nos amenazan,
y nobayprecaucionesque no tomemos para evitarlos.¿Dedónde nace
que esteraos con tanla tranquilidad, sin temer un mal infinito como
es el pecado mortal, ni Lomarprecanciones contra él? Nace de nuestra
misma, ceguedad, infeliz consecuencia del pecado. Porque si no estu­
viésemos ciegos, temeríamos al pecado mas que á todos los males del
mundo, mas que á la muerte y masque al infierno. Los santos que
conocen á Dios, y conocen lo que es el pecado, no dudarían un ins­
tante sobre esto, si hubiesen de elegir lo uno y lo otro. San Agustín
dice: «Sí yo viese de una parte el infierno y de la otra el pecado, y
«fuese precisado á elegir el uno ó el otro, me echaría al infierno antes
«que al pecado.» ¿Y nosotros tomamos por gusto y felicidad el preci­
pitarnos cada dia en el pecado, que nos conduce al infierno? Bien
merecido lo tenemos, si amamos al pecado.
Considera, cristiano, que asi como Dios se ama con un amor eter­
no, y que jamás ha estado un momento sin amarse, así aborrece el
pecado con un odio eterno, sin haber estado jamás un instante sin
aborrecerlo. Así como Dios no puede dejar de amarse sin dejar de
ser Dios; así no puede dejar de aborrecer al pecado sin dejar de ser
Dios. Así como Dios no puede amarse mas de lo que se ama;
así no puede aborrecer mas al pecado de lo que lo aborrece. Ahora
bien, hermanos mios: ¿y tú cuántasyeces no solo no has aborrecido
el pecado, sino que lo has amado, y aun ahora mismo quizá lo es­
tarás amando? Piensa, pues, que el odio eterno, necesario é infi­
nito que Dios tiene al pecado, precisamente ha de inspirarle con­
tra tí un deseo eterno, necesario é infinito de venganza. ¿Y hasta
dónde no extenderá sus venganzas una indignación animada por
un odio tan fuerte, y sostenida por una omnipotencia? ¿Y no teme­
rás este odio, y aborrecerás al pecado que te expone á los terribles
golpes de una indignación todopoderosa? ¿ Y no solo no evitas el
pecado, sino que lo amas y cometes con mas facilidad que bebes el
agua? ¡Qué ceguedad! Verdaderamente que te aborreces á tí
mismo.
Considera, pecador, que en rigor el pecado es el único mal que
debes temer, porque todos los otros males pueden ser bienes; solo
el pecado se debe llamar siempre mal porque siempre priva del ver­
dadero bien. Por el pecado se pierde la gracia de Dios, que es e!
verdadero bien, la que nos asegura todos los bienes, la que nos da
un derecho á la posesion del mismo Dios que hace toda la bien­
aventuranza. Todo esto se pierde, cuando se pierde la gracia por el
pecado. Y tú, pecador, no sientes perderla* ni tienes dolor de ha­
berla perdido, y aun acostumbras perderla con gusto. ¡Ah! que es­
te gusto injusto te causará algún dia justísimos dolores, si no dejas
y aborreces el pecado. Piensa también que con perder la gracia se
pierden también todos los méritos de las buenas obras que se hicie­
ron antes. Aunque tuvieses todos los méritos de todos los justos,
todos los perderlas por solo un pecado mortal.
Considera cuál seria tu pena, si habiendo adquirido en la India
grandes riquezas, vieses naufragar el navio en que las traias, casi
dentro del mismo puerto, ¿Será justo que tengas menos sentimien­
to cuando por el pecado mortal pierdes todos los méritos tuyos, y
todos los de Jesucristo que la gracia hizo que fuesen tuyos? San Pa­
blo dice: «Cuando yo tuviese una fe tan viva, que transportase de
«una parte á otra los montes; un corazon tan caritativo, que diese
«todo lo que tengo á los pobres: un valor tan fuerte, que entregase
«mí cuerpo á las llamas mas ardientes; si no tengo caridad, si estoy
«en pecado, si no estoy en gracia, todo es inútil, de nada me apro-
«yecha.» Cuando tú, hermano mió, poseyeses todos los bienes del
mundo, todo está perdido para tí si pierdes á Dios. Iíl alma de un
hombre que está en pecado mortal, ya se puede decir que está en
el infierno; porque ni pertenece á Dios, ni está con él. ¡Oh! y qué
infelicidad es perderlo! Pero no sentir esto, es la mayor de las infe­
licidades. Pues ¿qué será reirse, y celebrar esta pérdida? ¿Qué
será solicitarla á toda costa, como si fuera una gran dicha? Esto es
un trastorno de la razón, que no se comprende bien aunque se ve
con tanta frecuencia. Sacadme, Dios mió, de tan miserable atolon­
dramiento.

Para sacerdotes.
«Nosotros, mis amados sacerdotes, nos gloriamos, envanecemos
«v aun también nos jactamos con los legos, diciendo: sé lo que me
«hago; y lo sé mejor que vosotros. Y es una verdad , que siendo nos­
otros depositarios de la doctrina y dispensadores de los misterios,
«debemos estar instruidos mas que aquellos en las verdades de nues­
t r a creencia. Entremos dentro de nosotros mismos, y pensemos
G Yalveiíde.
«qué seria de nosotros, si con tantos talentos y luces, con tanto co-
«nocimiento de la malicia del pecado, lo cometiésemos mas frecuen­
temente que los seglares; si cuando muchos de ellos se horrorizan
«de solo el nombre de pecado, nosotros fuésemos mas libres en co-
«meterlo que lo son ellos. Excitemos nuestra voluntad con la frecuen­
t e meditación de su malicia para evitarlo. Vivamos y estemos siem-
«pre en el grado de pureza que exige nuestro ministerio; y para no
«mancharlo con la sordidez del pecado, digamos cada dia lo que se
«decia á sí mismo san Francisco de Sales: ¡Oh! cuánto conviene que
«j¡o me considere, y me pruebe atentamente, á fin de que en el fondo del
acáliz sacrosanto no halle mi condenación!v

JACULATORIAS.

Ángeles y bienaventurados del cielo, pasmaos al ver cómo he


podido yo ofender tanto á ese mismo Señor á quien vosotros con
tanto respeto adorais. ¿Cómo ha cabido en mí tan ruin corazon y
tan ingrato?
¿En dónde estaba mi juicio, cuando yo, pecando, quise hacer­
me el objeto de la indignación de mi Salvador? ¿Por qué, Señor,
me habéis sufrido lauto tiempo?
Dulce Jesús mió, tened misericordia conmigo. Dadme gracia, y
alentad mi corazon, para que pueda deciros en espíritu de verdad:
Padre mío, perdonadme mis maldades; que ya arrepentido os digo
que me pesa, pésame en el alma de haberos ofendido.

P L Á T IC A

Sobre la gravedad del pecado mortal.

Ejercitantes: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado


«sea tu nombre, venga á nos tu reino, hágase tu voluntad.» Estas
son las palabras que frecuentemente salen de nuestros labios. ¡Ya
que siempre saliesen de corazon limpio! Si con la contemplación
penetramos los cielos, oirémos á los bienaventurados alabar y glo­
rificar á Dios con aquel seráfico Trisagio: «Santo, Santo, Santo, Se-
«ñor Dios de los ejércitos, llenos están Jos cielos y la tierra de tu
«gloria.» Pero si observamos lo que pasa en esta tierra, ¡qué poco
vemos que se haga con la obra lo que se pide con la boca! ¡Cuán
escasamente se santifica el nombre de Dios, digno de toda gloria y
alabanza! ¡Qué limitadamente reina el Rey de cielos y tierra en el
corazon de los hombres! ¡Qué perezosa y torpemente se hace la vo­
luntad de aquel Señor que, con infinita liberalidad, premia á quien
le sirve! ¡Cuán general es el desprecio que se hace de su poder!
¡Cuánto se insulta su sabiduría! ¡Con qué osadía y repetición no
es injuriada su bondad! S í, amados mios: esta es la monstruosa
conducta de los hombres: alaban á la santísima Trinidad con la bo­
ca, y al mismo tiempo la deshonran con el pecado mortal. Esto me
he propuesto haceros conocer, para que procuréis evitarlo; oid, que
lo haré brevemente.
La persona del Padre se injuria por e! pecado mortal: no hay cosa
mas cierta. Si nosotros existimos, si vivimos, á Dios Padre lo debe­
mos. Si tenemos un entendimiento que conoce, una memoria que
recuerda lo que ya pasó, una voluntad que quiere, á él solo lo de­
bemos. SÍ vemos, si oímos, si olemos, si gustamos, si sentimos, be­
neficio es de Dios Padre. Este conjunto de finísimos sentidos y bien
formados miembros de que nos valemos para las funciones de la v i­
da, don es de su mano omnipotente. Ese hermoso tendido de cielos
que hay sobre nuestras cabezas; ese sol, esa luna, ese ejército de
estrellas, que con sus giros nos señalan las horas de trabajo y de
descanso; esta tierra tan armoniosamente variada en montes, valles
y llanuras; esos prados cubiertos de yerbas medicinales, de pastos
y árboles útiles y provechosos, de fuentes y rios; los animales que
viven sobre la tierra; los que cruzan por los mares; todas son obras
del poder de Dios Padre, y sujetas por su mandato al servicio de los
hombres. ¡Poder de Dios! ¿Qué príncipe, el mas poderoso del mun­
do, ha podido ni podrá jamás dejar á su posteridad un imperio tan
dilatado y universal, como este con que Dios quiso regalar al hom­
bre? Tanta es la grandeza de este beneficio, que absorto en su con­
templación el real Profeta no sabe explicarse de otro modo, que con­
vidando á todas las criaturas del universo á que alaben á su Criador.
Ejercitantes, á vuestra razón pregunto yo ahora: si el Profeta, como
obligado, llama á todas las criaturas del cielo y de la tierra para
que alaben á Dios, solo porque les dió el ser: ¿cuánta será la obli­
gación en el hombre, de bendecir á Dios Padre, que todas las crió
para que sirviesen al hombre? ¿Ycuán grande será la injuria que el
hombre hace al poder de Dios Padre, si no contentándose con no
glorificarle en sus criaturas, se vale de todas ellas para injuriarle, y
de ellas hace armas para ofenderle? Esto esf pues, lo que hace, cuan­
do comete el pecado mortal: confundámonos en la contemplación de
tanta ingratitud. Las potencias que Dios le lia dado para que conoz­
ca, aprecie y recuerde sus beneficios; los sentidos y miembros para
que ios emplee en su servicio, y todas las criaturas que lo rodean5.
para que use de ellas en obsequio de su Criador; todas las convier­
te en medios para ultrajarle. Con el entendimiento medita el peca­
do; con la voluntad lo consiente; con la memoria se recrea en el
que ya cometió. Con los ojos contempla lo prohibido; con los oídos
bebe lo ilícito; con los piés se encamina á la maldad, y con las ma­
nos la ejecuta. Y Yed aquí, amados mios, como el pecado mortal es
injurioso á Dios Padre; porque el hombre íe ofende con las mismas
obras de su infinito poder.
Ahora veréis que no es menor la injuria que el pecado hace á la
persona de Dios Hijo. Cuando un hombre de tal modo pierde el pu­
dor, que ya no se recata de la vista de otros para ejecutar la obra
mala, decimos que está poseído de la mas nefanda desvergüenza.
Si así pensamos del que obra lo malo á los ojos de otro hombre,
¿qué deberemos pensar del pecado que se comete á la vista de Dios
vivo? Diremos poco si decimos que es el mayor de los desacatos.
Digamos que es el mas atrevido insulto que puede imaginarse con­
tra la segunda persona de la Trinidad beatísima. Al Hijo se atribu­
yen las obras de sabiduría, cuyo atributo es como los ojos de Dios:
nada hay oculto para Dios: su vista alcanza mas arriba del mas al­
io cielo; no hay mar extenso y profundo que no penetren sus ojos,
no hay caverna en los montes, ni en la tierra profundidad tan oscu­
ra, que no la ilumine su presencia; ninguna noche tan tenebrosa,
que á su vista no aparezca el mediodía mas luminoso. No hay án­
gulo, no hay escondrijo ni secreto en el corazon del hombre, en
donde la sabiduría de Dios no tenga su trono, su tribunal y su rei­
no. ¿Quién, pues, podrá ponderar el atrevimiento, la temeridad y
la imprudencia de un hombre que se arroja á cometer el pecado á la
vista de Dios Hijo, y pecado tan súcio, que lal no se alreveria á po­
nerlo delante de nuestros ojos? Confesemos, pues, que el pecado
mortal injuria, y también deshonra, á la segunda de las tres Per­
sonas divinas. Y veamos, por último, que también está en oposi-
cion con Dios Espíritu Santo.
Todas las criaturas son obras de la bondad de Dios, Y como esta
bondad es el mismo Espíritu Sanio, por eso decimos que las obras
de bondad se atribuyen á la tercera Persona, que es el Espíritu Santo,
E l sol que nos alumbra, el rocío que vivifica las plantas, el agua
que nos refrigera, el vino que nos conforta, e! fuego que nos ca­
lienta, todas son obras de Dios Espíritu Santo. ¿Quién, sí no es que
esté loco, hablará con desprecio de estas criaturas tan provechosas
á nosotros? Bendita seáis, tercera Persona de la augusta Trinidad,
¿ Y ha de haber hombres de razón que os desprecien, obrando mal
contra Vos? Si: infinitos son, todos ios que hacen el pecado mor­
tal. Ejercitantes, vais averio. El Espíritu Santo es el sol que difun­
de los rayos de su gracia en el corazon del hombre, y lo ilumina con
sus luces. Á este sol eclipsa, estas luces oscurece el hombre con la
inmundicia y sordidez del pecado. ¿Qué es el Espíritu Santo? El
agua saludable que nos lava y fecunda, para que demos frutos de
buenas obras: esta agua desprecia el que bebe el pecado en la copa
-de la tentación. ¿Qué es el Espíritu Santo? Aquel divino rocío que
hace producir en nuestra alma las herniosas flores de la virtud: á
este rocío celestial se niega e! que cubre su corazon con los espinos
y abrojos de la culpa. ¿Qué es el Espíritu Santo? El vino de Dios,
generoso, dulcísimo, sabrosísimo, que engendra y hace vírgenes:
este vino repugna el que en las tabernas de! demonio bebe ei agraz
del pecado. ¿Qué es el Espíritu Santo? Aquel fuego bajado del cie­
lo que inflama en divino amor: á este fuego odia el que quiere mas
sufrir las escarchas de la culpa, que gozar los suaves ardores de la
gracia. ¿Yeis, amados mios? ¿Puede imaginarse injuria mas atroz
contra la tercera divina Persona? Conozcamos, pues, y confesemos
que el pecado mortal es injurioso, es infinito, á toda la beatísima
Trinidad. Y en fuerza de este conocimiento procuremos siempre
huir del pecado y de la ocasion de! pecado. Y unidos á los espíri­
tus celestiales, alabemos á Ja santísima Trinidad, diciendo con la
boca, y acreditando con la obra nuestra alabanza: Santo, Santo, San­
to, Señor Dios de los ejércitos, llenos están los cielos y la tierra de vues­
tra gloria. Esta os deseo, etc.
E JE R C IC IO S É P T IM O .

Sigue la explicación de los Artículos de la Humanidad


de mies tro Señor Jesucristo.

ARTÍCULO CUARTO.

Creer que descendió á los infiernos, y sacó las ánimas de los santos
Padres que estaban esperando su santo advenimiento.

P. ¿Qué debemos entender por infiéraos?


R. Cuatro senos ó lugares de las almas que no van al cielo. El'
primero es el de los dañados que mueren en pecado mortal. El se­
gundo el de los niños que mueren sin Bautismo. E l tercero es el
purgatorio de los justos. Eí cuarto es el que habia de los justos,
despues que no tenían que purgar, en donde estaban como deposi­
tados. Aunque todos estos lugares se llaman infiernos, que quiere
decir lugares que hay en el centro de la tierra, no se entienden así,
en el riguroso sentido en que entendemos el lagar destinado á las
penas eternas de los que mueren en pecado mortal.
P. ¿A cuál de estos infiernos bajó el Señor?
R. Al de los justos.
P. ¿Y cómo bajó?
R. Con el alma unida á la divinidad.
P. Y su cuerpo, ¿cómo quedó?
R. En el sepulcro, unido á la misma divinidad.
P. ¿ Y á qué bajó?
R. A sacar las ánimas de ios santos Padres que estaban esperan­
do su libertad.
Como en el instante que pecaron nuestros primeros padres se cer­
ró el cielo, para que ni ellos ni sus descendientes pudiesen entrar,
hasta que Jesucristo volviese á abrirlo con su cruz, todos los hom­
bres justos que habían muerto, desde el principio del mundo hasta
entonces, estaban detenidos en eí centro de la tierra, en un depósito
que se llamaba el seno de Abrahan, esperando al Libertador pro­
metido, que era Jesús. Á este lugar bajó su alma, y llenando de res-
plandores aquellos calabozos, sacó de ellos álas benditas ánimas, y
las llevó en su compañía todo el tiempo que permaneció en el mun­
do, hasta que con ellas se subió al cielo.

A«TÍCULO QUINTO.

Creer que al tercero día resucitó de entre los muertos.

P. ¿Cómo resucitó el Señor?


R. Volviendo á unir su cuerpo y alma gloriosos.

ARTÍCULO SEXTO.

Creer que subió á los cielos, y está sentado á la diestra de Dios


Padre todopoderoso.

Este articulo nos enseña qne á los cuarenta dias de resucitado ei


Señor, lleva á los Apóstoles y discípulos al monte Olívete, y dán­
doles la última despedida y bendición, empezó á subirse poco ápo­
co por el aire, hasta que se perdió de vista. Y entonces, penetran­
do en un momento los cielos, se sentó á la diestra de su Padre en
el mismo trono; y allí está siempre haciendo el oficio de abogado
por nosotros para con su eterno Padre.

ARTÍCULO SÉPTIMO.

Creer que vendrá á juzgar á los vivos y á los muertos: conviene á saber,
á tos buenos para darles gloria porque guardaron sus sanios Manda­
mientos, y á tos malos pena eterna porque no los guardaron.

Aun estaban los discípulos mirando al cielo despues que ja habían


perdido de vista á su Maestro, cuando aparecieron dos Angeles en
figura humana, y les dijeron «Varones galileos, ¿paraqoéos estáis
«aquí, mirando inútilmente al cielo? Este Jesús que acaba de au­
gmentarse de vosotros,j volverá en el último dia del mundo y*} del
«juicio universal, desde lo mas alto de los cielos; y lo veréis venir
«con la misma pompa y gloria con que ha subido. Y entonces hará
«sentir su dulzura á los buenos, y su rigor á los malos.»
— ss —
Entendidos ya los Artículos de la fe. resta explicar lo que es la
santa Iglesia, la cora unión de los santos, el perdoti de los pecados y
la vida perdurable, que son las últimas verdades de nuestra santa
Religión contenidas en el Credo.
P. ¿Qué se entiende por la santa madre Iglesia?
R. Se entiende la congregación de lodos los fieles cristianos, que
tiene por cabeza á Jesucristo en el cíelo, y al Papa su vicario en la
tierra. T A esta congregación, representada en el Sumo Pontífice y
demás pastores, pertenece exclusivamente el gobierno espiritual de
la cristiandad, hayan dicho ó digan lo que quisieren en contrario
los enemigos de nuestra santa Religión, Cualquiera que se atreva á
negarlo, ó usurparle este derecho que le dió Jesucristo, será hereje
y tendrá mala muerte.
P. ¿De dónde sabemos que Jesucristo dió esta potestad á la
Iglesia?
R. Del santo Evangelio.
En él se nos dice que preguntando un dia Jesucristo á san Pedro,
el primero de sus Apóstoles, «¿y tú, quién dices que soy Yo?» san
Pedro, que también se llamaba Simón, le respondió: «Yo digo que
«tú eres Hijo de Dios vivo.» Y le dijo eí Salvador *: «Bíenaventü'
«rado eres, Pedro Simón; porque esta verdad no te la ha revelado
«ni la carne, ni la sangre, sino mi Padre que está en los cíelos. Yo
«te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,
«y las puertas del infierno jamás prevalecerán contra ella. Apacien­
t a mis ovejas, y confirma en la fe á tus hermanos. Yo te daré las
«llaves del cíelo, y lo que atares en la tierra, será atado en el cié-
«lo, y lo que desatares en la tierra, será desatado en el cielo.»
Y á los demás Apóstoles les dijo antes de subirse al cielo 2: «Se
«ffle ha dado toda potestad en 'el cielo y en la tierra. En virtud de
«ella os envío, como mi Padre me ha enviado á Mí. Id por todo el
«mundo, y predicad el Evangelio á todos los pueblos de la tierra,
«bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
«Santo; y enseñadles todas las cosas que Yo os he dicho. El que
«creyere, será salvo; y el que no creyere, será condenado. Salid á
«predicar penitencia á todas las naciones, empezando por Jerusa-
(flen: anunciadles el misterio de la resurrección, y prometedles en
«mi nombre el perdón de los pecados. E l que os oiga, á Mí me oirá;
«y el ¡‘fue os desprecie, áM í me despreciará. Yo estaré con vosotros
días la la consumación de los siglos. Y dentro de pocos días os eavia-
<tré el Espíritu Santo que os he prometido, para fortificaros contra
«todas las persecuciones.»
Digan ahora los impíos, ¿cómo podrán, por mas que se empeñen,
hacer que desaparezca del mundo esta Iglesia que Jesucristo ha fir­
mado sobre su palabra? Necios y crueles, podrán perseguirla, y
atropellar, maltratar y quitar la vida á sus ministros. Pero desengá­
ñense; que de la sangre de estos mismos se formarán otros; y aun­
que se empeñe, como se ha empeñado, todo el infierno, la santa
Iglesia durará lo que el mundo. Lo ha dicho Jesucristo; y primero
faltará el cielo y la tierra que su palabra.
Esta Iglesia se dice nuestra madre, porque nos ha engendrado á
la vida de la gracia por el santo Bautimo. Se dice una, porque fue­
ra de ella no hay salvación; y porque, á diferencia de todas las sec­
tas, tiene una sola cabeza, una misma y sola doctrina, y unos mis­
mos miembros.
P. ¿Por qué se dice santa?
R, Porque sus leyes, sus mandamientos, sus ceremonias y Sa­
cramentos son santos. Se dice católica ó universal, porque á todos
admite, de cualquiera nación que sean, como quieran entrar por la
puerta del santo Bautismo. Y también se dice apostólica, porque la
fundaron los Apóstoles, y porque tiene y enseña la fe de Jesucristo,
que recibieron y enseñaron los Apóstoles.
El Señor nos dé gracia para vivir y morir en esta santa fe, y for­
taleza para confesarla y defenderla, hasta, si es menester, derramar
ia sangre por ella. Amen.

EJEM PLO .

Se lee en la historia de Inglaterra que antes que fuese protestan­


te aquel reino, se tuvo una famosa conferencia en presencia del rey
Oswi contra los irlandeses sobre la celebración de la Pascua. San
Yilfrido defendía con erudición la causa de la Iglesia romana, y di­
jo entre otras cosas que era preciso atenerse al uso establecido por
san Pedro, pues que Jesucristo habia dicho que le daría las llaves
del reino de los cielos, y que edificaría sobre é! la Iglesia. El Rey
inglés preguntó á aquel que defendía la causa de los irlandeses, si
era verdad que Jesucristo hubiera hablado de este modo; y como
no se lo pudo negar, dijo entonces el Rey con mucha gracia: No quie­
ro, ¡mes, reñir con el portero del ciclo, no fuera caso que cuando yo me
presente á !a puerta me niegue la entrada.
M E D IT A C IO N .

De la muerte.

Considera, cristiano, que la muerte está cerca. Todo lo que ves.


todo lo que oyes te lo está diciendo; y tú no piensas en ella. En
breve serás llamado, y tú piensas poco, ó nada piensas en la parti­
da, Es preciso morir; todos lo confiesan. Todos hemos de morir en
breve; y esto ninguno quiere confesarlo: antes por lo contrario, to­
dos se persuaden tenerla léjos porque así lo desean; como si el de­
sear que la muerte esté léjos, la alejase efectivamente. Un jóven
cuenta sobre su juventud; uno de mediana edad sobre su robustez;
un viejo sobre su buena complexión, y cada uno cree que tiene ra­
zón para vivir mas que otros; ilusión tan perniciosa como general.
Es constante que son mas los que mueren antes de los treinta años,
que despues. Pero aun cuando estuviésemos ciertos de vivir mucho,
¿qué es esta vida larga? Sesenta años de vida, luego que pasaron,
le parecen á un hombre que ha vivido un momento; y los bienes
que ha poseido, y los placeres que ha disfrutado, los recuerda co­
mo un sueño.
T si miramos esta vida con respecto á la eternidad, nos parecerá
infinitamente mas corta. Leemos en las santas Escrituras1, que mil
años en presencia de Dios son como un dia, comparados con la
eternidad. Pues ¿qué será la vida mas larga? digamos que una ho­
ra. Pues si nosotros no tenemos mas que una hora de vida, y aun
puede que menos, porque nadie se puede prometer llegar á sesenta
años, ¿por qué nos embelesamos en formar proyectos, en adquirir
bienes, en buscar honras con tanto ardor y ambición, como si hu­
biéramos de vivir eternamente? Nosotros no pensamos sino en es­
tablecernos en este mundo, en donde hemos de vivir pocos momen­
tos, y nos olvidamos del otro, en donde hemos de estar eternamente.
Pensamos siempre en alhajar el mesón donde hemos de estar pocos
instantes, y olvidamos la casa propia, en donde estarémos para sin
lin. ¡Qué locura!
Considera, ejercitante, que si huyes de pensar eu la muerte por­
que la temes, el mejor modo para salir de este temor, ó á lo menos
de moderarlo, es pensar en cl!a muchas veces; se quitan los moti­
vos de temerla. ¿Qué te hace temer la muerte? No hay duda que
es lo unido que estás á los bienes de este mundo y al pecado. Pues
mira; el Espíritu Santo nos enseña1, que do hay remedio mas po­
deroso para desasimos del afecto á los bienes del mundo y del pe­
cado, á que ellos nos llevan, como pensar en la muerte. Piensa en
ella, te dice, y no pecarás jamás. Piensa en ella con frecuencia;
porque el arte de bien morir se debe estudiar toda la vida. Este arte
de bien morir es solo el que no se puede ignorar, sin gran peligro
de eterna condenación. Guando queremos que una cosa que tene­
mos que hacer salga bien y perfectamente acabada, procuramos
hacer en ella muchos ensayos. En el morir no se hacen pruebas;
la primera vez que mueras, será la última. No hay mas que un
paso que dar, desde el tiempo á la eternidad; y si tropiezas, caerás
en un precipicio de que jamás te podrás levantar. La única, ó á lo
menos la principal precaución para evitarlo, es pensar mucho en la
muerte.
Ejercitante, ¿cómo te disculparás de d o pensar en ella? E l mo­
do de precaver una mala muerte es pensar en ella, como se ha di­
cho. Pues ¿de dónde nace este temor que tenemos tan grande á la
muerte, y tan poco á la muerte mala, ó en pecado? ¿Cómo es que
omitimos el medio de hacerla buena, siendo tan fácil? ¿En qué pen­
samos si no pensamos en esto? Acuérdate de tus novísimos, y no
pecarás. Un Dios es quien nos lo asegura; un Dios que no puede
engañarnos, y que él mismo sale fiador de este remedio. Si no lo
aplicamos, siendo tan fácil é infalible, ó carecemos de razón ó de fe.
No hay mayor mal que una muerte en pecado, porque sus conse­
cuencias llegan á la eternidad: el remedio fácil é infalible Dios lo
da; con que no tenemos escusa que alegar, si no lo aplicamos. Es
menester, pues, que expresamente queramos perecer si no lo apro­
vechamos.
Considera, cristiano, que si 3a pasión ó ceguedad del hombre
pueden hacer agradable el pecado: si una extrema infelicidad pue­
de hacer desear la muerte; la muerte, junta con el pecado, no pue­
de dejar de causar el mayor horror, porque termina en una des­
gracia eterna. Si juntas con frecuencia el pecado con tu vida, es muy
probable que unirás también el pecado con tu muerte. De! lado que
el árbol se inclina, del mismo cae. Ordinariamente se mucre en el
estado en que mas tiempo se ha vivido. Si tu vida ha sido inclina—
da al pecado, tu caída, esto es, tu muerte, será en e! pecado. Y esta
unión de muerte y pecado es la cosa mas terrible del mundo, por ser
el infierno su forzoso paradero. Si esíe término te espanta, ¿dedón­
de nace que no te apartas del camino que te lleva á él, sino de que
no piensas en esto?
¿Qué hombre de juicio habría, que estando en vísperas de que
le sentenciasen un proceso del que pendía su vida, insultase al juez
que le habia de dar la sentencia? No hay hombre, de cualquiera
estado ó fortuna que sea, que no deba considerar que cada dia pue­
de decidir Dios de su buena ó mala suerte, para toda la eternidad.
Pues ¿cómo es que en esto no se piensa? ¿Cómo es que teniendo
tanto interés eí demonio en borrar de nuestros corazones la memoria
de la muerte, tengamos nosotros tan poco en conservarla? ¿Cómo
nos atrevemos cada dia á insultar, pecando, al divino Juez que nos
ha de sentenciar? Ejercitante, piensa en la muerte, y no pecarás:
piensa en la muerte, y tendrás buena sentencia.

Para sacerdotes.
«Venerables sacerdotes, preciosa es, en la presencia deí Señor,
«la muerte de los justos. ¿Cuántos que vivieron en ociosidad, en
«disipación ó abusando de sus talentos, murieron maldiciendo la
«hora de su nacimiento, y aquella en que aprendieron á leer y es­
c r ib ir? Todos deseamos tener la muerte de los justos; pero ¿cómo
«podríamos esperarla si viviésemos relajados? Nosotros mismos que
«conocemos, decimos y predicamos á otros que esto es imposible,
«¿vivirémos una vida que no pueda darnos confianza en la hora de
«la muerte? ¿Tenemos, por ventura, otra ley, otro Evangelio, otra
«Escritura santa que aquellos? La misma es; y ella nos avisa que
«estemos siempre prontos y prevenidos, porque ignoramos la hora
«en que el Señor vendrá á visitarnos. Pensemos en esto cada dia;
«y en cada dia consideremos que para nosotros puede no haber ma-
«ñana, Suene siempre en nuestros oidos la amonestación de nuestro
«divino Maestro ‘ : Es tote parati, quia qua hora non putatis, Filius
«hominis veniet.»
JACULATORIAS.

¡Oh Padre de las misericordias! ¿qué hubiera sido de mí, si cuan­


do mas embelesado estaba en mis vanidades, me hubiese sorpren­
dido la muerte? ¿E n dónde estaría ahora mi pobre alma?
1 Luc. xn.
Os doy mií gracias, buen Jesús, porque me habéis traido á este
lugar santo, para que, al eco del primer novísimo, despertarse del
letargo y adormecimiento de la culpa.
Agradecido, Señor, á vuestra clemencia, os prometo mudar de
vida desde hoy, domar mis pasiones, sujetar mis apetitos, y estar
siempre en vela esperando mi muerte. Y para que ésta sea en gra­
cia vuestra, desde ahora para entonces os digo que me pesa en el
alma de haberos ofendido.

PLÁTICA.

Sobre el pensamiento de la muerte.

Ejercitantes: de todo lo terrible que el hombre debe temer, lo­


mas terrible es la muerte. Esta sentencia dicha por un filósofo gen­
til es una verdad innegable. Porque ¿qué cosa puede sobrevenir á
nosotros mas terrible, que haberse de disolver esta estrechísima
amistad que hay eotre nuestra alma y nuestro cuerpo? ¿Qué cosa
mas dolorosa que deshacerse este dulce lazo en cuya conservación
empleamos con tanto dispendio todos nuestros cuidados y solicitu­
des? Toda esta hermosa máquina det hombre, que ahora reputa­
mos digna de que apliquemos todo esmero en mantenerla y ador­
narla, de repente ha de convertirse en podrido y horrible cadáver,
de cuya deformidad apartarán la vista los que antes mas nos ama­
ban y uos darán la espalda. Pero aun no es esto lo mas terrible de
la muerte: otra cosa hay en ella que llena de terror al espíritu mas
fuerte. ¿Qué es la muerte? Es el último punto del tiempo que se
nos dió de vida, el cual llegado, ya no hay otro momento de gozar
de este mundo, ni de merecer para el otro. Y esto es lo que para
mí, para vosotros y para todos tiene de mas terrible la muerte. Dis­
curramos un poco, y nos convencerémos del ningún cuidado que
merecen las cosas transitorias del mundo, y del grande que debe­
mos poner en las futuras y eternas.
Tan cierto es que uu dia hemos de dejar las comodidades de esta
vida, que mas deben decirse miserias que bienes, como es de cierto
que cada dia morimos, pues cada dia perdemos unaporcion de vida,
y tanto como vivimos, tanto morimos, Perdimos la infancia: despues
la juventud; en seguida la edad varonil, y hasta el dia de ayer he­
mos perdido. Todo el tiempo que pasó, aun este dia que vivimos,
lo partimos con la muerte. Y así como hoy nada nos queda del gus­
to que tuvimos ayer; así el dia de mañana nada añadirá al de hoy,
sino tal vez amargura y remordimiento, si en él cometemos pecado.
De cualquier modo que suceda, ha de llegar un momento en que
la muerte nos diga imperiosamente, hasta aquí Uego. ¿Qué es esto,
amados mios? ¿Qué ceguedad es la nuestra, qne á pesar de tanta
evidencia, cuanto mas disfrutamos las cosas del mundo, menos las
conocemos?
Este error, este gravísimo error no tiene al parecer otra causa,
sino que en las cosas que el mundo nos da á gustar solo miramos
á su principio, y no á su tin. Una habitación cómoda, un vestido
lujoso, una mesa abundante, un empleo sobresaliente, una rica
propiedad, un buen acopio de dinero, una ociosidad divertida; es­
tos son los bienes aparentes con que el mundo nos convida, en ellos
ponemos nuestra consideración, y en ellos se queda. ¿Y el fin? ¿y
el paradero de todos estos embelesos? ¡Ah! todos, ó casi lodos hu­
yen de meditarlo. Amados mios, meditemos nosotros en este íin. si
no queremos ser víctimas de nuestro error. No es menester ir léjos
para encontrarlo: el sepulcro es el fin de todas las cosas terrenas:
todas las vanidades que gozamos ó apetecemos han de venir al se-
pulcro; esta es su condicion. Acompañadme con la contemplación,
y lo veréis. Demos una vuelta al derredor de nuestro cementerio;
entremos en su recinto y levantemos algunas lápidas de las que ocul­
tan los miserables despojos de vuestros conocidos y amigos, y allí
hallaréis el desengaño. Preguntad á ese esqueleto que aparece lodo
cubierto de asquerosas sabandijas. Ese era un hombre tan hincha­
do con su dinero, que parecia no caber en el mundo, Preguntadle,
¿en dónde están aquellos talegos que con tanto empeño acumulas­
te, y sobre que levantabas tus temerarios proyectos? ((¡Ay amigos
«mios! os responderá en silencio, yo no lo sé; solo puedo deciros
«que para mí son perdidos, y que de ellos solo me ha quedado una
«mortaja raída, que ya se redujo á polvo.» Aquí en este cajón de la
muerte aparece otro cadáver asqueroso y horrendo : preguntadle,
si no lo conocéis, de quién son estos huesos de color tostado: pue­
de que alguno los conozca y diga que estos son los huesos de un jo­
ven que fue conocido por su desarreglada conducta. Preguntadle,
¿qué se hizo aquella robusta salud que te prometía la vida de un
siglo? «¡Ah! os dirá con voz muda: yo mismo la consumí en la
«carrera del vicio, que se deja conocer en el color de mis huesos.»
Y aquellos amigos, compañeros en tus travesuras, y aquellas ami­
gas, cómplices de tus liviandades, ¿en dónde los tienes? «¡Ah! ellos
«me dejaron cuando menos lo esperaba, y son tan perdidos para
«mí, como yo soy para ellos.» ¿Qué me decís, ejercitantes, á vista
de esta especulación? ¿No os parece que será una demencia fati­
garse, perder la salud, el sosiego, la honra y el alma por el goce
de unos bienes que, sin serlo, se dicen bienes, como si siempre se
hubiesen de disfrutar, como si nunca se hubiesen de perder? ¿No
obraríamos mas prudentemente, si nos aplicásemos á adquirir mé­
ritos para la eternidad durante el escaso tiempo que se nos da para
merecer? S í, amados mios, por esto os he llevado á la región de
los muertos; para que viendo en qué paran todas las cosas del mun­
do, no pegueis en ellas vuestro corazon, Y si por desgracia, y por
el mal uso de ellas perdisteis la amistad del Señor, repareis este da­
ño con la penitencia y buenas obras antes que venga la muerte, y
juntamente con los bienes terrenos os arrebate el tiempo de mere­
cer los eternos. Porque es muy cierto que si la muerte nos sorpren­
de malgastando el tiempo que el Señor nos da para merecer, ni un
solo momento se nos concederá entonces para reparar el tiempo per­
dido; porque la muerte no es otra cosa que el último momento de
la vida.
Y así es que un condenado al infierno tira horribles maldiciones
contra sí mismo y compañeros, y blasfemias execrables contra Dios.
Mas no por esto se le da mas infierno, porque el tiempo de merecer
penas se acabó con la muerte. Una alma justa que está detenida en
el purgatorio, en medio de sus tormentos cree en Dios con perfec-
tísima fe, espera la eterna felicidad, ama á Dios con amor perfecto,
y con entera voluntad se somete á ía divina; mas no por eso se ali­
viará con la mas mínima parte de pena, ni adelantará un solo gra­
do de mérito; porque la muerte le cortó el tiempo de merecer para
el cielo. Lo que el hombre tenga acumulado de méritos al tiempo
de morir, eso solo le aprovechará para el premio. Ejercitantes: pues
si hemos perdido tanto tiempo de merecer, si de esto ya no hay lu­
gar á la hora de la muerte, si esta es incierta; ¿por qué liemos de
esperar á mañana? ¿Por qué hemos de dejar el merecer los bienes
del cielo para aquella última hora en que no podremos merecer?
Sírvanos de terror y de escarmiento aquel Antíoco, potentísimo rey
de Siria, célebre en las historias por su miserable y trágica muerte.
Despues que aterró todo el orbe con su nombre; despues de haber
subyugado á su dominio muchas provincias; despues de haber per­
seguido al pueblo de Dios con la hambre y con la sed, con los tor­
mentos y la muerte; queriendo Dios castigar la soberbia de este
h o m b r e , d e re p e n t e le hirió con u n a in v isib le é in c u r a b l e e n f e r m e ­
d a d . U n dolor v e h e m e n tís im o a t o r m e n t a b a r a b i o s a m e n te sus e n t r a ­
ñ as, y al m ism o tiem po su m a lv a d o cu e rp o a p a re c ió todo c u b ie rto
de asq u e ro so s e n ja m b re s de g u s a n o s t a n h e d io n d o s , q u e n o solo los
p rí n c ip e s de su corte, sino h a s t a los m as bajos s irv ie n te s se a le ja ­
b a n d e su ca m a . E n ta n t a d ese s p e ra c ió n conoció sus h ech o s e x e c r a ­
bles por los q u e Dios lo h a b ía h e rid o de m u e r te . Q uiso a r r e p e n t i r ­
se y e n m e n d a r sus y e rro s, p e ro no con dolor v e r d a d e r o . L a m u e r ­
te le cerró el tiem p o d e m e r e c e r ; m u rió , y su a lm a fué á los in ­
fiernos.
E je r c ita n t e s , a p ro v e c h e m o s el tiem p o qu e a h o r a te n e m o s de m e ­
recer: no p e rd a m o s de la m e m o ria el p e n s a m ie n t o de la m u e r te ;
no esp erem o s á q u e v e n g a p a r a d e s p e g a r n u e s t r o corazon de los
falsos b ie n e s d e este m u n d o ; p o r q u e en to n c e s p e rd e r ía m o s los p r e ­
s e n te s , y n o t e n d r ía m o s tiem p o p a r a m e r e c e r l o s etern os. No t r a b a ­
je m o s por g o z arn o s u n b re v e tiem po q u e h em o s de v i v i r , sino p o r
lo g r a r la e t e r n a felicidad qu e Dios nos tie ne p ro m e ti d a en la g lo ria.
E sta os deseo, etc.
EJERCICIO OCTAVO.

LECCION.
De la gracia.

Ejercitantes: el haber sido nosotros reengendrados en el seno de


3a santa madre Iglesia; el haber sido iniciados entre las demás na­
ciones infieles con la fe de Jesucristo, ha sido solo por una especial
gracia del mismo Jesucristo. De aquella gracia por la que el Se­
ñor se ha dignado hacernos hijos suyos. De aquella gracia por la
que nos hace participantes de su gloría y herederos de su reino. De
aquella gracia que da el mérito y valor á nuestras obras buenas.
De aquella gracia que es la vida de nuestra alma, así como ei alma
es la vida de nuestro cuerpo. De aquella gracia, en fin, que inspira
en dónde y cómo quiere el mismo Señor. De esta gracia vamos á
tratar.
P. ¿Qué cosa es ia gracia?
R. Es un don sobrenatural que infunde Dios en el alma, por el
cual somos hijos suyos y herederos de su gloria. Os haré esto mas
inteligible con un símil.
Figuraos un rey muy poderoso que dando vuelta á su corte se
encontró con un jóven pobre y andrajoso, pero de una figura agra­
dable; y queaficionándosele el rey, se lo llevó á su palacio, y le dijo:
Joven, ningún servicio me has hecho; pero me interesa tu perso­
na. Despójate de esos andrajos, viste el uniforme de mi real casa, y
ponte en el dedo este anillo en que está grabado mi rostro en signo
de que te adopto por hijo mió y de que te instituyo heredero de mis
Estados.
Ved aquí, amados mios, lo que Dios ha hecho con nosotros, y lo
que es el don sobrenatural de la gracia. E l Señor nos vió con el sa­
co de la culpa original en que nacimos envueltos; nos trajo compa­
decido á su esposa la santa Iglesia; nos desnudó de las súcias hila­
chas de la culpa; nos vistió en el santo Bautismo la hermosa estola
de las virtudes; estampó en nuestra alma su divina imágen, y nos
declaró solemnemente por hijos suyos con derecho al reino de ios
7 Y a ly e iid e .
cielos. Esto es lo que debe entenderse cuando decimos la gracia, 6
por la gracia de Dios.
P. ¿Y qué quiere decir estar uno en gracia de Dios?
B . Es lo mismo que decir que aquel está en ía estimación y amis­
tad de Dios; así como un hombre que goza del cariño v favor de
otro hombre, decimos que ha caido en su gracia ó que está en su
gracia.
IK ¿Y nosotros podemos merecer esta gracia?
R. Nosotros no podemos merecerla por nosotros mismos. Cuando
Dios la da, es solo por un efecto de su bondad; así como el haber
agraciado el rey á aquel jóven, fué solo por un rasgo de su libera-,
lidad y beneficencia.
P. ¿Por qué méritos Dios nos da su gracia?
R. Por los de Nuestro Señor Jesucristo. Nosotros nada tenemos
de nosotros: todo lo que tenemos de bueno nos viene por los méri­
tos de Cristo, por quien somos, vivimos y respiramos.
P. ¿Cuáles son los principales efectos que la gracia causa en el
alma?
R. El primer efecto que causa la gracia, como ya se ha dicho, es
hermosear el alma con la imagen de Dios y hacerla bija suya. El se­
gundo efecto es, que el alma, que por el pecado era negra habita­
ción de los demonios, por la gracia se transforma en hermoso pala­
cio de la santísima Trinidad y eo paraíso delicioso de lastres divi­
nas Personas. Ahora pensemos nosotros, ¿qué no deberémos hacer
para obsequiar y retener en nuestra alma unos huéspedes de tan so­
berana dignidad? Pero, ¿qué es lo que hacemos? ¡A y! amados
mios. Pocos de los cristianos hacen algo; muchos miran con indife­
rencia á los soberanos personajes; y ]os mas los desprecian hasta
el punto de arrojarlos de su casa, para que la ocupe el demonio. ¡Qué
horrendo atrevimiento!
P. ¿Cansa otro efecto la gracia?
U, S í : da fuerza y vigor al alma para resistir y vencerlas tenta­
ciones de nuestros enemigos, mundo, demonio y carne. Si el mun­
do nos tienta y quiere seducirnos con sus escándalos, malos conse­
jos y peores ejemplos, la gracia nos fortalece para que nos manten­
gamos en ella, y obremos conforme á la santa fe que profesamos.
Sí los demonios quisieron retraer de sus santos propósitos á un An­
tonio abad y otros santos anacoretas, éstos con Ja gracia de Dios
los vencieron y espantaron. Si los tiranos persiguieron á los cristia­
nos para obligarlos á que abandonasen la fe de Jesucristo, éstos
con la graciadeDios vencieron álos verdugos y tuvieron firmeza para
morir en las cruces, en el fuego y eu todo género de tormentos. Y así,
san Pablo si se asusta y estremece porque su carne le incita con tor­
pes movimientos, Jesucristo lo consuela, y le dice que su gracia le
'basta para resistir. ¿Queréis saber mas efectos déla gracia? Es im­
posible numerarlos todos; los dichos bastan para que hagamos de
este don de Dios et aprecio que se merece.
P. Y una vez adquirida la gracia ¿se puede perder?
R. Ya que no fuese tan cierto y tan frecuente. En el momento en
que el hombre consiente en cometer el pecado mortal, aquella alma
tan privilegiada queda desamparada de Dios y transformada en ob­
jeto de su indignación. En el mismo instante deja de ser hija de
Dios, y pasa á ser hija del diablo y condenada á tormentos insufri­
bles y eternos. ¡Qué cambio! ¡Qué tránsito tan digno de llorarse
■con lágrimas inconsolables! ¡Cuántas veces, hermanos mios, ha-
brémos hecho este trueque tan fatal! Y sin embargo se llora la pérdi­
da de una alhaja, la muerte de un amigo, y no se llora la pérdi­
da de la gracia y la muerte del alma, ¡Qué dureza, qué insensibi­
lidad de nuestro corazon! «¿Hasta cuándo, nos dice á todos el real
«Profeta, hasta cuándo, hijos de los hombres, tendréis agravados
«vuestros corazones con el peso y cuidado de este mundo? ¿Por
«qué buscáis con tanta ansia y amais tan ciegamente los bienes y
«placeres de la tierra, que todo es vanidad y pura mentira?»

EJEMPLO

da un principe que resistía ála gracia, ?/ despues se convirtió.

Luis, landgrave de Turingia, era un príncipe á quien los gustos


del mundo y placeres de la carne habían cegado enteramente, y pa­
ra acallar los remordimientos de conciencia que continuamente le
acibaraban sus deleites carnales se valia de este discurso : Yo, ó
soy predestinado, ó debo ser reprobado. Si soy predestinado, cual­
quier cosa que haga, siempre me salvaré, y si estoy reprobado, haga
lo que quiera me condenaré. De esta manera iba siempre viviendo
sin convertirse jamás, ni hacer obras buenas. Cuando algunas per­
sonas buenas y celosas le exhortaban á mudar de vida, siempre les
respondía con la misma cantinela, hasta que un dia habiendo caido
enfermo este Príncipe, hizo llamar á su médico, que era hombre de
gran virtud y de mucha capacidad, quien supo aprovechar esta
coyuntura para curarle de la ceguedad de su espíritu. Despues de
haber examinado la enfermedad dijo al Príncipe: Señor, es inútil'
que le aplique algún remedio: porque, añadió, ó Dios ha previsto
que V, morirá de ella, ó ha previsto que de ella curará. Si ha pre­
visto que Y. morirá, en vano emplearemos los remedios del arte,
inútil será el gasto para medicinas, y es tontería sufrir los sinsabo­
res y molestias de los remedios; por el contrario, si Dios ha pre­
visto que saldrá en bien de esta enfermedad, no morirá de ella, y
por lo tanto de todos modos lo mejor será no hacer nada.— ¡Cómo!
replicó el enfermo; pues qué, ¿no vé Y. que si no me socorre lue­
go, la violencia del mal se me llevará, y es prudencia no descuidar
nada en semejantes circunstancias?— Entonces este buen médico,
sirviéndose de esta ocasion, le hizo esta bella observación: Señor, si
este discurso os parece defectuoso porque se trata de salvarla vida
del cuerpo, ¿por qué queréis que valga cuando se trata de salvar la
vida del alma? Si Y. cree prudente emplear todos los remedios para
conservar ía vida de Y., aunque sepa y crea que la hora de su mvierte
está lijada desde la eternidad, ¿por qué resiste Y. á la gracia?¿por
qué se niega Y , á hacer penitencia, por qué no toma el remedio de
una buena confesion, y un cambio total de vida? sepa, señor, que
Diospredestinaal íin medíante los medios quenosotros oportunamen­
te debemos aplicar, que por esto nos los da tanto en lo corporal como
en lo espiritual. Este discurso hizo tal impresión en el ánimo def
Principe, que se resolvió á mudar de vida, valiéndose de los me­
dios oportunos, que son una buena confesion general y demás obra?-
buenas.

Para sacerdotes.
«Amados compañeros: oigamos con docilidad lo que nos dice el
«Apóstoli : Os ruego, hermanos mios, que no tengáis ociosa y en m-
«cío la gracia que habéis recibido. Conservémosla y empleémosla en
«nuestra santificación, y en la salud y justificación de nuestros en­
comendados.»
Ejercitantes: concluyo esta lección exhortándoos á que, por las
entrañas de !a misericordia de nuestro Dios, trabajéis por adquirir
y conservar la gracia., que es la joya preciosa y de valor infinito.
Apartaos de las malas compañías y ocasiones peligrosas, porque en
éstas está la perdición y la muerte. Piérdase la amistad, piérdase la
hacienda, piérdase el empleo, piérdase la honra, piérdase hasta !a
vida deí cuerpo, con tal que no se pierda la vida del alma. Conóz­
canlos bien que la grandeza á que nos eleva la gracia 110 hay enten­
dimiento humano que la pueda comprender. Y con esta creencia
vivamos de tal modo que consigamos la eterna gloria. Aruen.
¿v
/'-O.■
:-
MEDITACION.

Del juicio ‘particular. v '•

Considera, cristiano, que la causa que nos Lace tan terrible la


muerte, es el juicio que en seguida de ella tenemos que sufrir; y á
éste lo hace tan digno de temerse el riguroso examen que le ha de
preceder. Se examinarán no solo los pecados que hemos cometido,
sino también el bien que no liemos hecho, y aun el bien que hu­
biéremos hecho, por si se hizo ó no se hizo bien. E l alma, separada
del cuerpo, en el mismo instante será presentada en el tribunal del
supremo juez Jesucristo para ser examinada. ¡Ay amados ejerci­
tantes, y qué Juez tan severo! Él nos hará ver los pecados, no por
los mentirosos cristales de los sentidos ó de las pasiones, sino al
sol de la verdad misma. E l alma verá sus cuipas, no oscurecidas
por su ignorancia, ni disculpadas por su pasión, ni justificadas
por una falsa conciencia, sino tales como son en sí mismas. Y las
verá con toda distinción y particularidad, y con el perfeclo cono­
cimiento de todas las circunstancias que acompañaron. Los gran­
des beneficios que hemos recibido de Dios, y de que hemos usado
ó abusado pecando; la multitud de luces con que hemos sido pre­
venidos, y hemos despreciado; la santidad de nuestra Religión que
hemos profanado, los modos fáciles de salvarnos que hemos omiti­
do, y la paciencia de Dios de que hemos abusado; todas estas cir­
cunstancias abultarán asombrosamente los pecados, y los harán mas
¡horrorosos. Allí muchos serán condenados, no tanto por las culpas
■que han cometido, como por las buenas obras que omitieron, de­
biéndolas hacer. Porque ademas de que donde no hay mérito no
puede haber premio, solo el no hacer nada por un Señor que nos
manda que trabajemos, es un mal grande. Si nosotros concertamos
con un criado, no le pagarémos sí está ocioso y de nada nos sirve:
por la misma razón en el dia del juicio condenará el Señor al que
nada haya hecho en su servicio, y io despedirá de su casa por sier­
vo inútil.
Considera, cristiano, que no solamente serás juzgado del bien que
no has hecho, sino también de la obra buena que hayas hecho. ¡Oh.,
y cuántas obras que ahora te parecen buenas, saldrán faltas en eí
peso del recto Juez! Un solo respeto humano, una mirada de interés
ó vanagloria echa á perder una obra buena y la hace motivo de
condenación. Por eso dice el Señor «que juzgará las justiciasmis-
«mas, y que escudriñará á Jerusalen con candelas8:» esto es, que
las almas mas justas no escaparán del examen. «Hay caminos, dice
«el Espíritu Santo3, que al hombre parecen rectos, y verdadera-
«mente lo llevan al infierno,» Job temblaba de sus acciones las mas
santas, porque su juez habia de ser Dios, y temia que hallase mate­
ria de condenación en las cosas mismas que él habia de alegar para
su justificación i . Si un tan gran santo temblaba, nosotros tan gran­
des pecadores ¿viviremos con tanta tranquilidad?
No serán ios pecados de mas buito la materia mas terrible del exa­
men en el juicio. Serán aquellos pecados que ahora nos oculta una
ignorancia culpable, y por ella ni los detestamos ni hacemos peni­
tencia de ellos. Guando la pasión es un poco fuerte, llena de tinie­
blas nuestra alma, y entonces nuestra razón engañada quiere justi­
ficar la pasión, aun cuando sea la mas desreglada. La usura mas
escandalosa dice que es ganancia permitida; la cólera y venganza
quiere que pase por buen celo; la soberbia, por justa indignación-
la trampa, por simple defensa; la murmuración, por pasatiempo;
las amistades peligrosas, por honradas y honestas. Este es el modo
con que una falsa conciencia nos trae á pecar, para condenarnos con
mas facilidad. Pero así como al nacer el sol &e disipan las tinieblas
y todas las cosas aparecen con sus propios colores: cuando el soldé
justicia Cristo vendrá á la hora de nuestra muerte á manifestar las
dobleces de nuestro corazon, aparecerán nuestras acciones con sus
propios coloridos, y ]o que decíamos ganancia permitida verémos
que era verdadera usura; trampa injusta lo que se decia usar de su
derecho; cólera lo que parecia buen celo; cruel murmuración el di­
cho jocoso, y amistad delincuente la que se llamaba honrada. ¡Qué
sorpresa causará esta manifestación! ¿Esperarémos á salir de nues­
tra ceguedad cuando no tendrá remedio?
Considera, ejercitante, que este juicio particular que todo hom­
bre nacido tiene que sufrir, á pesar de ser tan circunstanciado y ri­
guroso, será tan breve como lo es un abrir y cerrar de ojos. En e!
mismo instante en que espires parecerás en eí tribunal de Jesucristo,
y en el mismo el Señor, por un milagro de su omnipotencia, te
hará ver de un golpe solo de vista todos loa pecados grandes y chi­
cos, con todas las circunstancias: en el mismo instante serás juzga­
do, y en el mismo serás sentenciado. Todo esto te sucederá en un
momento. En un momento tu alma será trasladada de este mundo
á una región extraña, en donde te verás solo sin la mujer, sin los
hijos, sin los parientes y amigos que poco antes le consolaban. En
este mismo momento y sobre la misma cama se formará tu juicio;
en este momento mismo y estando aun tu cuerpo caliente, tu alma
ya estará sentenciada. Y cuando se trate de amortajar tu cuerpo, tu
alma ya estará en el destino que le baya cabido por sentencia. Di-
me, hermano mió, ¿querrás pecar, habiendo de entrar en cuentas
con un Juez inflexible, inexorable y por esencia justiciero? San Pa­
blo decia1: «Nada me arguye mi conciencia; y sin embargo no nic
'(tengo por justificado, porque no soy yo el que me ha de juzgar,
'.(sino el Señor.» Si un san Pablo así temia el juicio, ¿qué no debe­
rá temer el hombre injusto, el vengativo, el lujurioso, el que vi­
viendo en el olvido de este inevitable y terrible paso, anda disipado
en todo género de vicios y de pecados? Pensemos en esto, herma­
nos mios, y no pecarémos.

Para sacerdotes.

«Venerables sacerdotes: stalutum esthominibus semelmori, el posl


hoc judicium. Esta es nuestra fe, esta es nuestra creencia, esto es lo
que enseñamos, esto es lo que predicamos. Mas si no ajustamos
nuestra vida con el pensamiento de estos novísimos, ¿qué será de
nosotros? Si tan riguroso juicio se hará á todo hombre, ¿cuál su­
frirá el sacerdote? Si tan estrecha y delicada cuenta se pedirá al que
ha recibido poco, nosotros, que tanto mas que los otros hemos re­
cibido, ¿cuánto mas llena tendremos que rendirla? Hermanos mios,
juzguémonos antes que venga aquel Jesús que ha de juzgar hasta
las mismas justicias y las acciones mas santas, no según el juicio
del mundo, sino con el peso del santuario. San Agustín, pensando
en que debia dar cuenta de sí y de los otros, se contemplaba como
debajo de los piés de todos, y se encomendaba á las oraciones de
todos, temiendo y temblando de ser condenado mas que todos por
su mayor cargo. ¿Cuánto y cómo no debemos temblar nosotros que
no somos Agustinos?»
1 I Cor. iv.
JACULATORIAS,

¡'Virgen santísima y madre mía! Mi alma se cubre de angustia al


considerar cuán desamparada de todos se lia de presentaren el tri­
bunal de vuestro Hijo. Acompañadla, Señora, y libradla del enemi­
go eo tan terrible momento.
¡Oh Virgen María, refugio de pecadores! Alcanzadme de vues­
tro querido Hijo que yo, con buenas obras, me negocie para el dia
de mi juicio particular una sentencia favorable.
Á Vos, dulce Jesús mió, á Vos pendiente en esa cruz por mi
amor, os pido arrepentido, y por los dolores de vuestra purísima
Madre, que cuando me presente en vuestro tribunal tengáis mise­
ricordia de mí, y no me juzguéis por mis pecados que ya detesto:
sí, Jesús mió: los detesto, y digo de lo íntimo de mi corazon que me
pesa de haberos ofendido.

PLÁTICA.
Sobre el juicio particular.
Ejercitantes, terribles son las sentencias de Nuestro Señor Jesu­
cristo cuando nos habla, ya de la estrechez de las puertas del cielo,
ya de los eternos suplicios del infierno, ya de lo riguroso del juicio
particular y del universal, ya del miserable fin de las vanidades,
gustos y glorias de este mundo. Pero también paralenilivo de estos
terrores nos propone los mas saludables preceptos y consejos, al
efecto de que practicándolos evitemos caer bajo tan formidables ame­
nazas. Inmediatamente que espiremos tenemos que sufrir un tre­
mendo juicio, en el que liemos de dar cuenta de nuestra vida al di­
vino Juez. Y al mismo tiempo que el Señor nos anuncia este espan­
toso y amargo novísimo bajo la parábola de un rey que pidiendo
cuentas á su criado lo halló que estaba muy alcanzado; bajo el mis­
mo símil nos Índica que procuremos hacer amigos que en el dia de
nuestra cuenta nos presten su favor, encaso de necesitarlo. ¿Y quién
no lo necesitará en el severísimo tribunal de Jesucristo, rey de tre­
menda majestad? Unos acusadores acérrimos están preparados para
perdernos; ¿quiénes saldrán á nuestra defensa? Ejercitantes, este
pensamiento me aterra hasta lo sumo. Yeo los acusadores, y en el
alcance de cuentas no se presentan defensores. ¿Qué será de nues­
tra suerte? Discurramos un poco en negocio de tanta importancia.
Aquel mismo demonio que para precipitarnos en el pecado nos
deslumbró con las vanidades del mundo, y con el atractivo de los
deleites de la carne, ese mismo á la hora de la muerte no solo nos
traerá á la memoria los crímenes que hemos cometido en la vida pa­
sada, sino que los representará con mucha mas enormidad y feal­
dad de la que realmente teniau, para que del todo desesperemos de
la divina misericordia, ¿Quién tendrá entonces tan firme constancia,
que viendo de una parte el asombroso número de sus pecados y de
otra el riguroso juicio que le aguarda, no se sentirá palpitante en­
tró el espanto y el terror? ¿Quién se presumirá tan fortalecido en
su santidad que se atreva á decirle al demonio como un san Martin
Turonense, véte de aquí, perro infernal, que nada tienes que ver
conmigo? ¿Quién en tanta aíliccion y conflicto podrá consolarse co­
mo otro Hilario^, con setenta años de vida fielmente ocupada en el
servicio de Dios? Asombra y estremece lo que san Juan Clímaco
escribe, como testigo de vista, de un monje que despues de muchos
años de una vida penitente en los desiertos de la Tebaida murió de­
jando en duda su salvación. Estando ya muy cerca de espirar, con
asombro de todos los que se hallaban presentes empezó á mirar á
un lado y á otro con vista espantada, al parecer, por alguna cosa
terrible: se estremeció, se cubrió lodo de un sudor frió y exclamó:
«Verdad es: no lo niego; pero ese pecado lo expié con muchos años
'(de rigurosos ayunos.» Poco despues, coa la misma turbación y con
uti semblante todo de pasmo, dijo, articulando mal las palabras:
«Con razón me acusais, yo soy el que lo hizo: pero despues ¿no
■((fne arrepentí, lloré, y lavé mis culpas con muchas lágrimas, y me
«ejercité en obras de caridad con mis prójimos?» Finalmente, como
estrechado por un mayor ataque de acusación, dando un grande
alarido dijo: «No puedo negarlo, nada tengo que responder á esto;
•'(pero imploro y confio en la misericordia de Dios,» Y espiró, de­
jando á los circunstantes poseídos del espanto y del pavor.
Ejercitantes: ¿quién no temerá á vista de este ejemplar, por el
éxito de un juicio en que ha de sufrir un acusador tan maligno y tan
astuto como lo es el demoDio? ¿Quién se tendrá por tan justo, que
no tiemble cuando un varón tan santo como David, al pensar en esto,
esclamaba todo consternado: &No te acuerdes, Señor, de los.peca-
«dos é ignorancias-do mi juventud: no me bagas cargo de mis pc-
«cados ocultos ni de los ajenos?» Si volvemos la cara á nuestra vida
pasada, sin duda daremos con muchos pecados que cometimos en
la juventud, de los que todavía no hemos hecho la debida peniten­
cia. Vcrémos hechos malos, procedentes, á nuestro parecer, de una
ignorancia inculpable, que en aquel juicio se nos hará ver que fue
voluntaria, porque voluntariamente despreciamos los medios de sa­
lir de ella. Yerémos pecados ocultos en nuestro corazon, délos que
aun no nos hemos acusado con ía debida claridad, porque no nos
hemos aplicado á conocerlos con toda su malicia y circunstancias.
Verémos los pecados que otros han cometido por nuestro mal ejem­
plo ó consejo, de ¡os que se nos hará cargo en el juicio, y de los que
ni aun nos hemos acordado 6 pensado en acusarnos, cuanto menos
en hacer penitencia de ellos. Cotejémonos ahora con el santo rey Da­
vid y con aquel monje penitente: y aunque faltase el demonio acu­
sador en el juicio, no podríamos evadirnos de nuestra propia con­
ciencia y conocimiento acusador, aun mas formidable que el demo­
nio. Este propio conocimiento será entonces nuestro mas cruel tor­
cedor. Debemos temer cada uno de nosotros no nos haga parecer en
nuestro juicio un hombre que, contentándose coa decir sus culpas
al confesor, poco ó nada ha procurado su enmienda: un hombre que
alguna vez emprendió el camino de la virtud, pero á poco tiempo y
at mas pequeño soplo de tentación dió la espalda á las buenas obras
^y volvió á su antigua relajación: un hombre que queriendo servir
á dos señores á un tiempo, dió medio corazon á Dios y el otro me­
dio al demonio: practicaba alguna obra buena, pero sin apartarse
de las máximas del mundo. ¡Pobre alma! acusada por el demonio
y convencida por la propia conciencia, ¿quién saldrá en tu defensa?
Vamos á verlo.
Pero ¡ahí ninguno parece. ¡Qué desconsuelo! Ángel de la guar­
da, tú que fuiste el custodio y defensor de este pecador desde su na­
cimiento hasta la muerte; tú que lo libraste de tantos peligros de
alma y cuerpo; tú que tanto cuidado te tomaste por su salvación,
¿no serás también su defensor en este juicio? Ya no hay lugar de
eso, dice el Ángel: él despreció mis inspiraciones; él á mi vista co­
metió las maldades mas execrables y vergonzosas; él recompensó
mis cuidados con los mas negros desprecios; no es digno de mi de­
fensa. Miserable pecador, ¿á quién podrás recurrir ahora para que
te defienda? ¿Al Santo de tu nombre? ¿Á los Santos de tu aparente
devocion? ¡A y, y qué esperanza tan vana! Me temo que no ha­
biendo tú imitado sus virtudes, ¡éjos de abogar por tí serán tus acu­
sadores. Oye al Padre san Agustín: «No esperemos que entonces
«nos socorran los Santos, porque ya no es tiempo de compasion ni
«de alcanzar misericordia.» Terrible sentencia. Desgraciada alma,
a li é n ta t e y r e c u r r e á la fu e n te d e to d os los consuelos; lla m a á la q u e
Je s ú s n o s dejó p o r M ad re n u e s t r a al tiem po d e m o r ir ; in v o c a á la
s a n tís im a V irgen M aría, á q u i e n t o d a la Ig le sia p re c o n iz a refu gio de
p e cad o res ; esta es eí ú ltim o refugio. P ero ¿en d ó n d e e s t á e sta M aría?
¡Ah, q u e la d ese s p e ra c ió n ha llegado á lo sumo! Sí: oye al m ism o san
A g u stín : «M aría y a se alejó de la p u e r t a del p a raíso .» Si, p e c a d o r :
aq u e lla M ad re q u e ta n t o te a m a b a en v id a ; a q u e ll a q u e a h o r a es eí
consuelo de los afligidos y el a m p a r o de los p e c a d o re s , si por tu s p e ­
cados m e r e c e s e n el ju icio la s e n t e n c ia de c o n d e n a c ió n , no se rá p a ra
íí p u e r t a del cielo : no te s a lv a rá .
E j e r c i t a n t e s : si t a n a c é rr im o s a c u sa d o r e s hem os d e t e n e r en el
tr ib u n a l d e J e s u c r is to , ¿ q u é d e b e ré m o s h a c e r en v id a p a ra t e n e r
qu ien nos d efie nd a, c u a n d o el S e ñ o r nos llam e á juicio? E s t á claro .
Seam os d ev o to s de n u e s t r o Á ng el custo dio ; sigam os sus in s p ir a c i o ­
nes; y p o r s u r e v e r e n c ia no p e q u e m o s , p o r q u e nos está m i r a n d o . I m i ­
temos las v ir tu d e s del S a n to de n u e s t r o n o m b r e y d ev o ció n , q u e es el
medio ú n ic o p a r a te n e r lo s pro picio s. M erezcam os con o b ra s d e v i r ­
tud la p ro te c c ió n d e M aria. Y salien d o de este m u n d o a r r e p e n ti d o s de
n u e s t r a s c u lp a s , t e n d r é m o s su favor en el ju ic io , y e n tr a r é m o s p or
la p u e r t a d el cielo á go za r d e Dios e t e r n a m e n t e e n la glo ria . E sta
os d e se o , etc.
EJERCICIO NOVENO.

LECCION.

De los pecados.

Ejercitantes: la lección de anoche se concluyó diciendo que el


precioso don de la gracia se puede perder, y efectivamente se pier­
de luego que el hombre comete ó consiente en cometer el pecado.
De que se concluye que el pecado es la mayor desdicha y desven­
tura del hombre. De manera, que todos los males juntos que en este
mundo se pueden padecer son nada, comparados con el pecado. La
razón es, porque con todos los males del mundo podemos tener á
Dios estando en su gracia; pero con el pecado, si es mortal, Dios no
está con nosotros; y este es el mayor de todos los males. Y así:
P. ¿Qué es pecado?
R. Es un quebrantamiento de la ley.
P. ¿De cuántos modos se quebranta la ley de Dios?
R. De tres modos: á saber, con pensamiento malo consentido, con
palabra mala y con obra mala.
P. ¿Cuántas maneras hay de pecado?
R. Tres: que son, pecado original, pecado mortal y pecado ve­
nial. E l pecado original, como ya hemos dicho, es aquel con que
nació todo hombre, y es heredado de nuestros primeros padres Adán
y Eva. Se llama original, porque lo contraemos en el primer ins­
tante de nuestro ser; y también porque es la fuente de que dimanan
todos los demás pecados. De este pecado solo estuvo exento Nuestro
Señor Jesucristo, porque es impecable por esencia, y la Yirgen san­
tísima, que fue preservada por una gracia especial de Dios. Y tam­
bién sabéis ya que este pecado se perdona recibiendo el santo Rau-
tismo.
P. ¿Que es pecado mortal?
R. Es pensar, decir, hacer, ó faltar en cosa grave contra la ley de
Dios. Y se dice mortal porque causa la muerte del alma, quitándole
■á Dios y su gracia.,
P. ¿Cómo se peca de pensamiento?
R. Siempre que el hombre, con advertencia y conocimiento, se
deleita pensando en cosas malas, ó desea ponerlas por obra.
P. Si uno desea hacer una cosa mala, pero no la hace porque no
puede ó no tiene ocasion, ¿pecará mortal mente?
R. Sí: porque la ley de Dios no solo prohibe la obra mala, sino
también el deseo de hacerla. Y el que no la hace porque no puede ó
no tiene ocasion, ese ya pecó en el corazon con desearla.
P. ¿Pecamos siempre que tenemos malos pensamientos?
R. No: solo pecamos cuando con advertencia nos detenemos en
ellos, aunque no sea mas que un instante. Pero si al punto que los
advertimos procuramos apartarlos, entonces no hay pecado.
P. ¿Cómo se peca de palabra?
R. De muchos modos se peca de palabra; pero los principales
son estos: jurando en falso, maldiciendo, mintiendo, diciendo á
otros palabras injuriosas, hablando deshonestamnte, murmurando^
dando mal consejo, y diciendo palabras contra Dios ó contra el
prójimo.
P. ¿Cómo se peca de obra?
R. Haciendo alguna cosa contra la ley de Dios.
P. ¿Pecará mortalmente el que hace alguna cosa dudando si será
ó no será pecado mortal?
II. Pecará mortalmente, aunque en realidad lo que hace no sea-
pecado mortal; porque voluntariamente se pone en peligro de pecar
mortalmente obrando con aquella duda.
P. ¿Pecará el que hace alguna cosa mala si no sabe que aquello
es pecado?
R. No pecará, porque obra sin malicia y advertencia. Pero si co­
menzada la obra tuviese noticia de que era pecado, ya no puede
continuarla sin pecar, porque entonces ya obraba con conocimiento
y malicia.
-P. ¿Peca el que se pone en ocasion próxima de pecar si efectiva­
mente no pecó en ella?
R. Peca por el mismo hecho de ponerse voluntariamente en la
ocasion.
P. ¿Qué es ocasion próxima de pecar?
R. Es aquella en la que puesto el hombre las mas veces cae ó en
obra, ó de palabra, ó con pensamiento.
P. E l que sabe que por ir á tal ó cual parte, ó hablar con tal mu­
jer, regularmente peca de obra ó por deseo, ¿pecará siempre que
vaya á aquella casa ó esté á solas con tal mujer?
R. Peca, porque sabe que aquella es para él ocasion próxima.
Y si esta mujer estuviese en tu casa, debes despedirla; si eres cria­
do de la casa, debes dejarla, y si eres hijo de familia, debes no es­
tar á solas con aquella mujer, y frecuentar los Sacramentos para no
caer. Lo mismo digo del que regularmente jura, vota, maldice ó
trampea en e! juego; debe apartarse de la casa del juego, porque
para éí es ocasion próxima de pecar. Y por regla general, todos los
que por cualquier estilo se hallan en ocasion próxima voluntaria,
deben prontamente dejarla: y mientras no lo bagan podiendo , v i­
ven en estado de condenación. Y así cuando el confesor conoce que
el penitente, sea de la clase ó condicion que quiera, está en ocasion
próxima voluntaria, debe amonestarle de su obligación, y precisarle
á que deje la ocasion. Y si no lo hiciese debe despedirlo sin absolu­
ción, y advertirle que por mas que se confiese, se condenará, si no
arroja la ocasion.
V. ¿Hay algún otro modo de pecar?
R. S í : se peca también por omision.
P. ¿Qué es pecado de omision?
R. Es dejar de hacer aquello á que uno está obligado por la ley
de Dios, ó en razón de su estado, empleo ó ejercicio. Un sacerdote
que omitiese sin justa causa el rezo del oficio divino; un padre ó un
amo que por sí ó por otro 110 cuida de enseñar á sus hijos y criadas
la doctrina cristiana, ni los corrige cuando sabe que alguno vive
mal; un alcalde que disimula los divorcios, que no corrige á los
perturbadores del buen orden, que hace vista gorda á los escánda­
los públicos, y que no remedia los males que se notan en el pueblo;
un oficial de justicia que no llena los deberes de su empleo; todo
facultativo que descuida ó abandona sus obligaciones; todos estos
pecan con pecado de omision; y aunque en lo demás sean irreprensi­
bles, viven en pecado, y por consiguiente en estado de condenación.
P. ¿Qué es pecado venial?
R. E l que no mala al alma, pero la enferma.
P. ¿Cómo la enferma?
R. Porque la entibia y dispone para el pecado mortal.
P. ¿Hay alguna cosa, fuera de la confesion, por la que se perdo­
ne el pecado venial?
R, S í : se perdona:
l..Q Por oir misa con devocion.
2.u Por comulgar bien.
3.° Por oir con atención la palabra de Dios.
L ° Por recibir )a bendición del obispo.
ü.u Por rezar con devocion el Padre nuestro.
G." Por decir con devocion la confesion general.
7.° Por tomar con devocion el agua bendita.
S.° Por comer con devocion el pan bendito.
1).° Por darse con devocion golpes de pecho.
Pero debeis saber que para que cualquiera de estas cosas aprove­
che, ha de usarse no estando en pecado mortal. Quedáis instruidos
de lo que es pecado y su malicia. Quiera Dios que con este conoci­
miento procuremos siempre huir del pecado, y mantenernos en la
gracia de Dios hasta la muerte.

EJEM PLO ,

En la vida de san Luis se lee, que apenas tenia doce años cuan­
do murió su padre: fue educado bajo la tálela de su madre Blanca
de Castilla, que gobernaba el reino de Francia en calidad de regen­
ta. Esta virtuosa señora inspiró temprano ásu augusto hijo horror al
vicio, y amor á la virtud y á la piedad. Le repetía á menudo estas
palabras tan dignas de una madre verdaderamente cristiana: «Tú
«sabes, hijo mió, cuánto te amo; no obstante menos afligida estaría
«viéndole morir, que viéndote cometer un solo pecado mortal.» Este
gran Príncipe había de ta! modo grabado estas palabras en su co­
razon, que nnnea jamás las olvidó. Durante su vida no solo se abs­
tuvo de todo pecado mortal, sino que además cuando llegó la hora
de su muerte, en la instrucción que dejó como por testamento á Fe­
lipe su hijo primogénito, le recomendó sobre todo que evitara el pe­
cado ; «Hijo mío, le decia, guárdate bien de ofender áDios, aun
«cuando tuvieras que sufrir los tormentos mas atroces del mundo.,.«
¡Dichosos padres que así saben inculcar tan buenas máximas á sus
hijos! ¡Oh, si así lo hicierais vosotros, qué otros serian vuestros hi­
jos y el mundo entero!...

OTRO E JE M P L O .

En las cartas edilicantes se lee que una señora china, muy buena
cristiana, quedó viuda con una sola bija. Siendo aun nina esta hija,
la condujo ai pié del aliar, y teniéndola entre sus brazos, dijo estas
palabras: «Te amo, Dios lo sabe, mi querida hija, y ¿cómo podría
«no amarte, siendo tú la única prenda que tu padre al morir me dejó
«de su ternura? No obstante, si yo pensase que alguna vez hablas de
«abandonar á Jesucristo, ó perder ]a inocencia bautismal, rogaría ai
«Señor que te sacara lo mas presto posible del mundo. Si,» repitió
tres veces, mirando una imagen de Nuestro Señor, y no creyendo ser
oidade nadie; «sí, Dios mió, vuestra es, podéis volverlaá tomar. Tan
«léjos estaré de llorarla, que os daré gracias por el favor que me ha-
«bréis dispensado,»

M E D IT A C IO N .

Del juicio final.

Considera, cristiano, que despues del juicio particular, que como


todo hombre nacido tienes que sufrir en el momento que espires,
has de comparecer otra vez ante el tribunal de Jesucristo, cuando
en el último dia del mundo vendrá con todo el aparato de su ma­
jestad á juzgar á todos los hombres vivos y muertos. Éste dia se
llama por el profeta Isaías 1 el dia del Señor, porque en él solo
su divina Majestad parecerá grande en todo, y todos lo verán ve­
nir como el mismo Se.íior dijo *, sentado sobre una nube con gran
poder y majestad, Dia de tribulación y angustia. Dia el mas terri­
ble de todos, porque en él se hará la publicación de los delitos de
todos los hombres. Se abrirán los libros; se manifestarán los secre­
tos, y todos los pecados que hasta entonces estuvieron ocultos se
verán con luz mas clara que la del mediodía. Todo nuestro cuidado
en esta vida es ocultar lo que somos, para parecer lo que no so­
mos. Pero en aquel dia se hará patente á todo el mundo lo que ca­
da uno en realidad habrá sido. ¡Qué confusion, qué tormento será
para eí pecador impenitente! Entonces se descubrirán los pecados
de aquel que pasaba por justo; las acciones vites de aquel que se
preciaba de honrado; las deshonestidades del otro que parecía un
santo; las intrigas y maquinaciones del vengativo disimulado, y ia
falsa devocion del que pasaba por bienaventurado. ¡Qué vergüenza
será esta, hermano mió, para el miserable réprobo! Verá que los
pecados que tanto procuró ocultar se hacen públicos á todo el mun­
do; que los ojos de todos los hombres, de todos los Ángeles y del
mismo Dios los estarán mirando, y que todas las criaturas harán de
él entonces el justo juicio que se merece; y concebirá tan extrema-
da confusion y vergüenza, que deseará que los montes caigan sobre
él, para esconderse á los ojos de lodos.
Considera, ejercitante, que esta confusion del reprobo irá subien­
do de punto, al paso que Jesucristo le irá reconviniendo con los
beneficios que ha despreciado. Le manifestará sus sacratísimas lla­
gas; le hará patente su cruz en que obró nuestra redención; y lla­
mando la atención de todos los hombres, les dirá: «Ved si he po-
adido hacer mas, que no haya hecho por la salvación de estehora-
«bre. Yo, le dirá, tomé cuerpo y lo sacrifiqué por tí; y tú mil veces
«lo has profanado con sacrilegios. Yo derramé mi sangre hasta la
«última gota por tí, y tú la has pisado con tus delitos. Yo tenia mi
«corazon , vesto aquí, herido de parte á parte por tí, y abierto para
«que te sirviese de asilo; y tú me has desterrado del tuyo. Yo te he
«llamado y buscado por mil modos; y tú por otros tantos has despre­
ciado mis llamamientos, y has frustrado todos mis cuidados y solici­
tudes. ¿Y por qué? Por darte á una criatura que no murió por tí,
«y por servir al demonio tu enemigo y mió.» ¿Qué se podrá res­
ponder á cargos tan terribles y justos? ¿Quién podrá sufrir enton­
ces los efectos de una indignación tan justa? ¿Qué dirá el pecador?
«Montes y collados, dirá, caed sobre mí, y ocultadme á las iras del
«Cordero.» Pero no caerán; porque es preciso que apure el cáliz de
mas amarga confusion.
Considera, cristiano, como entonces el supremo Juez pronunciará
esta terribilísima sentencia: «Apartaos de Mí, malditos: de Mí, que
«siendo vuestro Salvador, habéis querido hacerme vuestro enemi-
«go; de Mí, que habia de ser vuestra bienaventuranza,y me ha-
«beis precisado á daros condenación. Vosotros ya no seréis mi pue-
«blo, ni Yo seré vuestro Dios, sino para haceros conocer todo mi
«poder en castigaros. Id, apartaos de Mí; vosotros sois aquellos de
«quienes dijo el Profeta: Vosotros habéis amado la maldición, y la
«habéis hallado, y con ella todos los males. Vosotros habéis huido
«la bcndicioo, y ella se huyó de vosotros, y con ella todos los bíe-
«nes.No solo estaréis cubiertos de maldición como de un vestido, si-
«noque ella penetrará hasta lo íntimo de vuestros huesos, hasta el
«fondo de vuestra alma. Seréis malditos en vuestras riquezas, mal-
coditos en vuestras honras, malditos en vuestros gustos, malditos en
«vuestro cuerpo y malditos en vuestra alma. Ea, apartaos de Mí,
«malditos, al fuego eterno.»
Á esta voz, espantosa mas que un trueno, caerán los réprobos. y
se sumirán en un abismo de fuego, que sin embargo de ser á losu-
8 V alverbe.
mo devorador, poruña particular providencia de la divina justicia
se quemarán sin consumirse, y se conservarán siempre para que­
marse siempre. ¡Oh, y qué providencia tan rigurosa, qué infeliz
conservación! ¿Y caánto tiempo estarán en este fuego? ¡Ay! her­
manos mios: Jesucristo los sentenció al fuego eterno. A. un fuego
que durará tanto como Dios será Dios. Y como Dios jamás dejará
de ser Dios, tampoco ellos dejarán jamás de padecer, de arder y
desesperarse. «Id al fuego eterno, íes dirá Jesucristo, á ese fuego
«que no estaba preparado para vosotros, sino para el diablo y sus
«ángeles. Vosotros habéis querido ser compañeros de rebelión , y
«por eso lo seréis eternamente de sus tormentos.» ¡Qué golpe de
rayo para estos infelices, y qué lección para nosotros! E l Señor nos
dice: ctVenid tras de Mí, y llevad vuestra cruz.» Ahora estas pala­
bras nos parecen ásperas y difíciles; pero mas terribles nos parece­
rán algún dia estas otras: «Id , malditos, al fuego eterno.» No nos
podrémos librar del horror de las segundas, sino siendo dóciles á las
primeras.

Para nacerdotes.

«¡A y! amados hermanos y compañeros. Infelices de nosotros si


«no vivimos como sacerdotes. Nuestro juicio será para nosotros, mas
«que para los lejos, un dia de horror, de angustia, de tinieblas y
«oscuridad. ¿Con qué razón nos presentarémos delante del Señor,
«sabiendo que merecemos todo su enojo?¿Cuánta será nuestra ver-
«güenza al darse al público cuanto en vida liemos procurado ocul-
«tarai confesor, al mundo y á nosotros mismos? ¿cuánta nuestra
«confusion, al ver tantos sacerdotes, tantos compañeros, tantosse-
«glares que en el mundo fueron santos, y tantos infelices menos enl­
apados que nosotros? ¿cuánta nuestra desesperación, si vemos en­
greíos escogidos aquellos rústicos, aquellos.simples, aquellas po-
« brecitas y desaliñadas mujeres devotas que despreciamos? ¿ cuánta
«seria nuestra consternación, al ver como los pecadores arrepenti-
«dos se subían al cielo, y nosotros, que somos la porcion escogida,
«nos quedábamos cosidos con los réprobos en la tierra? Repasemos,
«hermanos mios, nuestras cuentas, y estemos preparados para com-
«parecer en el tribunal del Juez de tremenda majestad. San .Teróni-
«rao despues de tanta austeridad, y de una vida toda empleada en
«bien de la Iglesia, continuamente temia el juicio, pareciéndole oir
«cada instante la trompeta que lo llamaba al grande tribunal.»
No espereis, Jesús mió, á hacerme los justos cargos en el dia for­
midable, cuando no podré responder á ellos, ni recurrir á vuestra
misericordia.
Castigadme ahora, Jaez divino, con la pena que quisiereis: yo la
acepto, como no sea separándome de Yos.
¡Oh Salvador mío! no aguardéis al dia tremendo para reprender­
me. Hacedlo ahora, y hacedlo de un modo eficaz y penetrante que
me llene de amargura; para que movido á contrición verdadera, en­
miende mi vida, y diga con el mayor sentimiento, que me pesa en
el alma de haberos ofendido.

PLÁTICA.
Sobre el juicio final.

Ejercitantes: nada hay mas terrible, nada mas formidable, que


lo vaticinado por los santos Profetas acerca de aquel último dia en
que toda la máquina de este mundo será reducida á ceniza por las
voraces llamas de fuego consumidor que bajará del cielo. Toda la
superficie de la tierra quedará rasa como una tabla, sin árboles, sin
edificios, y sin fortalezas ni torreones; porque hasta los montes se
liquidarán como si fueran de cera. Morirán todos ios hombres y ani­
males, y todo el orbe quedará en soledad y silencio. Sonará la pa­
vorosa trompeta llamando ajuicio: la tierra echará fuera todos los
muertos, desde el primero que fue Adán, hasta el último que nació;
resucitados todos se juntarán en el valle de Josafat, y bajará Nues­
tro Señor Jesucristo sentado en una resplandeciente nube, para for­
mar el juicio final, y hacer manifiesta á todos la sentencia que cada
ano baya merecido. Amargo dia, amados m i o s « D i a de ira, de
«tribulación y de angustia. Dia de tinieblasy oscuridad; dia de nie-
«bla y torbellino.» Funesto, funestísimo dia. ¿Qué deberá suceder
al mundo? Está dicho en una palabra; su último fin. Terribles y es­
pantosas son todas las circunstancias de este dia último del mundo.
Pero con todo, ejercitantes, no quiero ocuparos de terror en tanta
manera, que no quede lugar ai consuelo. E l profeta Habacuc, des­
pues de haber hecho una formidable descripción de estedia, añade
todo gozoso y alegre, y dice5: «Pero me alegraré en el Señor, y
«me gozaré con Jesús mi Dios.» Como si dijera; todos los miedos y
amenazas de este dia tremendo serán solo para los pecadores; pero
los que hayan llevado una vida arreglada y santa no tendrán motivo
de temer, sino de mucho gozo y alegría. Y esto es lo que yo voy á
manifestaros, para que de tal modo arregleis vuestra vida, que en el
dia del j uicio íi nal no temáis con los pecadores, sino que os alegreis-
con los justos.
Muchos serán en aquel dia los motivos de contento, que lo ha­
rán gozoso á los justos. Pero yo solo voy á proponeros el mayor de
todos, que será la vista de Nuestro Señor Jesucristo en todo el lle­
no de su gloria y majestad. Y para haceros comprender algo de cuán
inefable será la gloria de esta visión, os recordaré el misterio de la
Transfiguración de nuestro Salvador en el monte Tabor. ¡Cuánta
os parece que debió ser la admiración y transporte de los apóstoles
Pedro, Santiago y Juan, en la expectación de este misterio, en que
solo se les dió á ver una vislumbre de la gloria que en el cielo gozaba
su Maestro? Cuando ellos vieron el rostro de Jesús resplandeciente
mas que el sol de mediodía, y que sus vestidos, que eran morados,
se dejaron ver mas blancos que la nieve mas purificada: cuando
vieron venir por el aire á los profetas Moisés y Elias, éste montado
en un carro de fuego, y aquel con su cabeza adornada con dos ra­
yos de clarísima luz, y que puestos á uno y otro lado le daban ado-
raciou: cuando vieron todo el monte cubierto de aquella esplendo­
rosa y blanca luz, y ellos mismos bañados de sus resplandores; fue
tanto su dulce enajenamiento, que olvidados de la aspereza de la
montaña, de la carencia de alimentos y de la inconstancia de las
estaciones, exclamaron: «Señor, quedémonos aquí para siempre;
«harémos, si quereis, tres pabellones, uno para tí, otro para Moi-
«sés, y otro para Elias.» Tanta fue la dulzura que sintieron los Após­
toles al ver la humanidad de nuestro Redentor bañada con solo una
gota de su gloria.
Hagamos ahora el cotejo de la alegría de los Apóstoles en esta
visión, con la que tendrán los justos en el dia dej juicio final. Aque­
llos vieron á Cristo glorificado, cuando aun estaba en vida mortal,
y sujeto á los tormentos de una pasión la mas dolorosa y cruel; nos­
otros, si perseveramos en gracia hasta la muerte, lo verémos en
aquel último dia en toda su gloria, impasible y refulgente con to­
dos los esplendores de su divinidad. Los Apóstoles no gozaron la
vista de la humanidad glorificada del Salvador sino por corto es­
pacio de tiempo, y esta transeúnte dulzura había de ser seguida de
muchos trabajos y amarguras; nosotros veremos en aquel dia toda
la gloria de Jesús, no por momentos, sino por siglos eternos; bien
seguros de que no habrá cosa tan poderosa en el cielo, ni tan fuerte
en la tierra,ni tan valiente en el infierno quepueda ni por un instante
privarnos de la gloriosa vista del Cordero. Los Apóstoles solo vie­
ron con el Salvador aquellos dos ilustres varones Moisés y Elias,
pero nosotros veremos aquel dia la santísima humanidad de Jesús
rodeada de innumerables ejércitos de Ángeles, de inmensa multi­
tud de cortesanos del cielo brillantes mas que el sol, y de hermosí­
simas y clarificadas tropas de santos, que levantándose de los se­
pulcros subirán por los aires á juntarse con su Salvador. ¡Oh visión
de Jesucristo transfigurado en el Tabor! ¡oh visión de mi Salvador
en su última venida! ¡cuánta es vuestra diferencia en el cotejo! No
quiero, ejercitantes, que me digáis cuánta os parece será la alegría
de los justos el dia del juicio universal, al ver á nuestro Salvador en
el lleno de su gloria, porque esto no cabe en la humana comprensión.
Pero sí os pregunto: ¿habrá entre nosotros alguno de un corazon
de nieve, que no se enardezca en deseos de seguir á Cristo crucifi­
cado, para merecer y verlo glorificado? Lo dicho basta para que á
costa de lodo sudor y de todo trabajo procuremos hacemos dignos
de una vida tan placentera.
Pero aun hay otras muchas cosas que harán á lo sumo gozoso para
los justos el último dia del juicio. Reflexionemos un poco. ¿Con
cuánta precipitación no vemos concurrir las gentes á los teatros, en
donde se representan las batallas y los imaginarios triunfos de unos
héroes vencedores de sus enemigos? E i clamor de los clarines, el
batido de las cajas guerreras, el espíritu marcial de los soldados, el
brillo de las armas, lo iluminado del teatro, el lujo de los especta­
dores, lo dulce de las orquestas, todo embelesa, todo encanta. ¿Qué
multitud de todas clases y condiciones no se agolpan á las puertas
y ventanas de las calles y plazas por tener el gusto de ver, al trán­
sito de un ejército, la bizarría de la tropa, lo brioso de los caballos,
lo armonioso délos instrumentos músicos, el rico tren de artillería
y lo magnífico de los equipajes? Si estas cosas de la tierra así des­
piertan nuestra curiosidad, y recrean nuestros ojos, ¿cuál será el
gozo de los justos el dia del juicio, al ver, no batallas fingidas y pe­
leas imaginarias, sino viciorias y triunfos verdaderos de los que pe­
learon contra los formidables enemigos, mundo, demonio y carne?
¿cuando yerán ejércitos de combatientes vencedores, que van á
empuñar las palmas de sus victorias, y á ceñir sus sienes con la co-
r o ñ a i n m o r t a l ? ¿ c u a n d o v e a n q u e el m ism o J e s u c ris to , R ey d é re ­
y e s , lleno de g lo ria y m a j e s t a d , s a ld rá al e n c u e n t r o de sus c o m ­
p a ñ e ro s en el p a d e c e r, y libres y a de todo te m o r y tra b a jo los
s e n t a r á en su tr ib u n a l p a ra ju z g a r á los m ise ra b le s q u e d e s e r ta r o n
de sus b a n d e r a s , p a r a s e r v ir al d e m o n io , al m u n d o y sus gustos?,
¿ c u a n d o p u e sto s y a en e te r n a s e g u r id a d los j ustos al r e d e d o r del t r o ­
no del Sefíor, v e r á n b a ja r p r e c i p it a d a m e n t e á los in fiern o s á a q u e llo s
q u e e n v id a los p e rs ig u ie r o n in j u s t a m e n t e por cau sa de Dios? ¿ c u a n ­
do se v e r á n ya s ie m p re e x e n to s de los tem o re s de c ae r en la i n d i g ­
na ción de su S a lv a d o r , y q u e en c o m p a ñ ía d e su M ajestad se s u b e n
al cielo? ¿ C u á n t a será su a le g r ía ?
E je r c ita n t e s : á mí no m e es d ado p o d e r l a e x p lic ar: p o r q u e al c o n ­
te m p la r la , ni p ued o c o m p r e n d e r l a en su g r a n d e z a , ni m u c h o meno&
d e s c r ib ir la : p e n sa d lo vosotros. P ero sí p u e d o y debo e x h o rta ro s á
q u e d e tal modo v iv á is en este m u n d o los pocos dias q u e q u e d a n de
p e re g r in a c ió n , q u e m e rezcá is e n el d ia del ju ic io iinal el in e fa b le
gozo de Ter á Je s u c ris to co n lodo el e s p le n d o r de su m a je s ta d , y la
d i c h a d e e s ta r en su c o m p a ñ í a por e te r n id a d e s en la g lo ria . E sta o?,
deseo, etc.
E JE R C IC IO DÉCIMO.

LECCION.
De los Novísimos.

Ejercitantes: corriendo estas noches por punto de meditación los


Novísimos, voy á daros una ligera lección acerca de estos cuatro
últimos pasos, que precisa é indispensablemente tiene que dar todo
hombre.
P. ¿Qué cosa es muerte?
R, No creáis que la muerte es algun horrendo fantasma, ó algu­
na bestia feroz y espantosa. Se pinta como un esqueleto de cuerpo
humano, para significar los efectos que causa: que son consumir­
se las carnes por la corrupción y gusanos, y quedar solo los hue­
sos. Y se pinta con una cuchilla en la mano, para que entendamos
que con la muerte se nos corla la vida, como con la cuchilla se cor­
ta el árbol.
P. ¿Causa dolores la muerte?
H. La muerte por sí no causa dolores. Porque no siendo ella otra
cosa que una separación del alma y del cuerpo, luego que los ór­
ganos de éste se descomponen por cualquier accidente, el alma se
lo deja sin dolor alguno.
P. ¿Cuándo tenemos de morir?
R. Solo sabemos que hemos de morir, pero no sabemos cuándo,
ni cómo, ni en dónde, ni si será de enfermedad ó desgracia, ni si
morirémos en nuestra cama ó en ajena. Jesucristo nos avisa que es­
temos prevenidos, porque en la hora menos pensada vendrá ía
muerte.
P. Despues de la muerte ¿á dónde irémos?
R. At juicio.
P. ¿Cuántos juicios tendremos?
R. Dos: uno que se dice el juicio particular, y es, como ya se
dijo, el que se hace á lodo hombre en el momento que muere, y
otro que decimos el juicio final ó universal, y es aquel en que to­
dos hemos de comparecer ante el tribunal de Jesucristo, cuando
vendrá á juzgar lodo el mundo en el último dia de los tiempos,
P. ¿Cuándo será esto?
B. Solo Dios lo sabe. Pero según las señales que Jesucristo dice
que han de preceder, ya debe estar muy cerca.
P. Y despues de uno y otro juicio, ¿qué se sigue?
R. Infierno ó gloria.
P. ¿Qué es infierno?
H. Es un lugar de fuego y tormento en el centro de la tierra, á
donde van á penar eternamente las almas de los que mueren en pe­
cado mortal; y también irán sus cuerpos el dia del juicio final.
P. ¿Cuántos modos hay de penar en el infierno?
R. Dos: el uno se dice pena de daño, y el otro pena de sentido.
P. ¿Cuál es la pena de daño?
R. Es el no poder jamás ver á Dios. Y esta es la mayor pena de
los condenados, por ser Dios la vida y centro del alma.
P. ¿Cuál es la pena de sentido?
R. La que padecen los condenados sufriendo los ardores de un
fuego abrasador, soplado por Ja divina justicia; en comparación
del cual, el horno mas encendido no quema mas que si fuera pin­
tado.
P. ¿Padecen de otro modo los condenados?
H. Sí: la memoria padecerá una cruelísima tristeza: el entendi­
miento padecerá un remordimiento de suma desesperación; y la vo­
luntad un odio tan grande contra Dios, que se consumirá en deseos
de acabar con Dios, y de acabarse á sí mismo el condenado; pero
inútilmente.
P. ¿Hay otro modo de penar á mas de estos?
R. Hay otros medios especiales de penar, correspondientes á los
diferentes modos de pecar, y á los diferentes sentidos con que se pe­
có. Los ojos, los oidos, la lengua, el paladar, el olfato, las manos,
y todo el cuerpo del condenado será particularmente atormentado
en el sentido con que mas pecó. A.sí nos lo da á entender el evange­
lista san Juan cuando dice, que mandará Dios á los ministros infer­
nales1, «que cuanto el condenado tuvo de gustos en el mundo,
«tanto le dén de llanto y de tormento.»
P. ¿Y habrá algún remedio ó esperanza en el infierno?
R. En el infierno no hay redención.
P. Y la gloria ¿qué cosa es?
E. Y ¿quién podrá decirlo, cuando san Pablo, á quien en vida
le manifestó Dios un poco de lo que en el délo se-goza, dijo al vol­
ver de su rapto \ «que ni los ojgs vieron>ni los oídos oyeron, ni
«cabe en entendimiento humano lo que Dios tiene preparado en el
recielo para los que le aman y sirven?» ¿Cómo podré yo, que nada
he visto, daros á entender ni aun medianamente lo que Dios tiene
guardado en el cielo para nosotros si lo ganamos? Solo podré deci­
ros que el evangelista san Juan, á quien el Señor en un rapto le dió
á ver la ciudad de la gloria, ía describe de esta manera 5: «Vi, di-
¿ce, la ciudad sania de Jerusalen, que bajaba del cielo, adornada
«como esposa preparada para recibir al esposo. Sus muros eran ío-
«dos de finísimo jaspe, trasparente como el vidrio mas purificado,
«ios fundamentos de esta ciudad estaban primorosamente embuti-
«dos de todo género de piedras preciosas. Los suntuosos palacios y
«magníficos edificios eran de purísimo oro, trasparente como el cris-
«tal mas limpio. El pavimento de las calles y plazas era también de
«claro y finísimo oro. Doce puertas que corlaban el muro á las cua­
tí tro partes del mundo, eran doce preciosas margaritas; y en cada
«uaa de ellas habia un Ángel por centinela. En medio de esta ciu-
«dad se levantaba un brillantísimo treno, solio de la majestad de
«Dios y del Cordero, de quien salia una claridad tan luminosa, que,
«sin necesidad de sol, reinaba un claro y eterno dia. Del pié del
ktrono salia un rio de agua limpia como el cristal, que servia de
«utilidad y de recreo. Y en el nacimiento de este rio y en sus dos
«márgenes estaba plantado el árbol de la vida, cuyos dulces frutos
«se repetían todos los meses del año.» Esta es, ejercitantes, la ima­
gen de la ciudad de la gloria,
P. ¿ Y quién irá á la gloria?
R. Solo los que la hayan merecido.
P. ¿Cómo se merece?
R. Solo con guardar los mandamientos: así lo dice Jesucristo*
P. ¿Cuánto tiempo gozarán los santos de esta gloria?
R. Todo el tiempo que los condenados padecerán en el infierno,
que será eternamente.
P. ¿En qué consiste que cuidamos, y trabajamos tan poco por al­
canzar la gloria, siendo así que el mismo Jesucristo nos dice que el
yugo de su ley es suave, y su carga ligera?
K. Porque el demonio nos ciega, para que no conozcamos los
grandes premios que Dios tiene prometidos á los que le sirven en
esta vida. Y esta ceguedad la padecen la mayor parte de los cristia­
nos. Hermanos mios t entremos en reflexión; hagamos de la gloria el
aprecio que se merece; busquemos á Dios; amemos á Dios; sirva­
mos á Dios en esta vida, y le gozaremos en la otra. Amen.

EJEM PLO .

En la vida de san Francisco deBorja se lee que habiendo muerto


en Toledo en el año de 1539 la emperatriz Isabel, esposa del empe­
rador Carlos V, Francisco de Borja, que era entonces duque de
Gandía, virey de Cataluña y grande de España, estuvo encargado
de llevar el cadáver á Granada. Al llegar allá abrieron la caja en
que venia conducido para reconocerlo, á fin de que el Duque jura­
ra que el rostro que se veia era el de la Emperatriz; mas este rostro
estaba tan desfigurado, que no fue posible reconocerlo; además el
cadáver exhalaba un hedor tan infecto, que nadie lo podía sufrir. No
obstanteFranciscode Borjahizo el juramento de costumbre, porque
sus cuidados le garantizaban de que era verdaderamente el cuerpo
déla Emperatriz.
Movido del feo espectáculo de que habia sido testigo, se decia á
sí mismo : « ¿Dónde están aquellos ojos tan brillantes? ¿en qué ha
«venido á parar aquella hermosura que admirábamos hace tan poco
«tiempo? ¿Sois vos, D.B Isabel? ¿sois la Emperatriz, mi soberana
«y señora?» La impresión que este espectáculo hizo en su alma no
concluyó con la ceremonia. Pasó la noche siguiente sin dormir ,y
postrado en su cuarto, se decia á sí mismo derramando lágrimas en
abundancia: «¡ Oh alma mia! ¿qué puedo yo buscar en el mundo?
«¿hasta cuándo iré tras de una sombra vana? ¿En qué ha venido á
«parar esta Princesa que nos parecía tan hermosa, tan grande, tan
«digna de nuestros respetos? La muerte, que ha tratado de este
«modo la diadema imperial, está á punto de herirme, y ¿no será
«prudente prevenir sus golpes, muriendo al mundo desde este mo-
«mento, á fin de que en ía bora de la muerte se salve mi alma?»En
seguida rogó al cielo le sacara del abismo de sus miserias, le ilumi­
nara, 1c fortificara con su gracia, y le hiciera amar constantemente
á un amo de quien nada le pudiesejamás separar. — El dia siguien­
te oyó el elogio fúnebre que dijo el venerable Juan de Ávila, quien
pintó con tanta unción como energía la vanidad de las cosas del mun­
do, la nada de las grandezas humanas que nos escapan con la muer­
te , é hizo ver la locura de aquellos que ocupándose de estas cosas se
descuidan de su propia santificación y salvación. Este discurso aca­
bó la conversión de Francisco de Borja; renuncia ía corte para en­
tregarse mas libremente á la piedad, é hizo voto que si se le moria
su esposa entraría en religión, como así lo cumplió, pues, muerta
su esposa, entró en la Compañía de Jesús, y fue gran santo Fran­
cisco de Borja. Pensad lodos en la muerte, juicio, infierno y gloria,
y no pecaréis y seréis santos.

MEDITACION.

Bel infierno.

Considera, cristiano, como las tres potencias del alma serán ator­
mentadas en el infierno coa imaginaciones sumamente melancóli­
cas, con indecibles tristezas, rabias y desesperaciones, y con eí re­
mordimiento del gusano de la conciencia, que continuamente Je es­
tará royendo las entrañas, acordándose de cuán fácilmente pudiera
haber evitado lautos males, y por cuán breves y viles deleites se
privó de ios bienes eternos, Y entre tantos tormentos dirá í: «Lue-
«go hemos errado el camino de la verdad.» Y esto, hermano mió,
lo estarán ya confesando los que habrán llevado una vida semejan­
te á la que tú llevas, y de tu misma edad, estado y condicion. Sí
esta confesion la hubieran hecho á su tiempo, Ies hubiera sido pro­
vechosa. Si tú has caido en los mismos yerros, aun estás á tiempo
para enmendarlos. Aprovéchate del consejo que nos da san Pablo 3:
«Ahora que tenemos tiempo, obremos bien.» Ponte bajo la protec­
ción de la santísima Virgen María, que es refugio de pecadores, y
pídele con muchas lágrimas que te alcance de su Hijo gracia para
enmendarte, y ejecutar los buenos propósitos que bayas concebido,
ó concibieres en estos santos ejercicios, i fin de que en tantos peli­
gros que ofrece el mundo no se pierda tu alma.
Considera, ejercitante, que el condenado ha de sufrir un tormen­
to particular y mas sensible en aquel miembro ó sentido con que mas
haya pecado. Esos ojos, que ahora tanto se recrean con ia vísta de
aquel sujeto que te embelesa, y de otras cosas peores, allí serán
atormentados con horrendas tinieblas, y con la vista espantosa de
los demonios. Ese olfato, que ahora tanto te deleita con los olores
de la sensualidad, allí sera mortificado con el hedor intolerable que
despedirán de sí los otros condenados, y con el olor insufrible del
azufre encendido, en que nadarás tú mismo. Esos oídos, que con
lauta delectación aplicas á la conversación deshonesta y á los can­
tares provocativos, serán atormentados coa horribles clamores, mal­
diciones y blasfemias de tus furiosos compañeros. Esa boca, por la
que ahora regalas y das pábulo á la lujuria, será amargada con hiel
de dragones encendidos. Esas manos, esos piés, tu cuerpo entero,
tantas veces revolcado en el deleite carnal, estará siempre tan pe­
netrado de fuego, y mucho mas que lo está la barra de hierro que
sale de la fragua chispeando. ¿Á. quién recurrirás entonces para que
te alivie? A ninguno. Porque sí recurres á aquel amigo que te fa­
voreció para tus maldades, ó á aquella amiga que te decia que da­
ría la vida por lí, estos serán allí tus mayores enemigos, y se verán
en tan miserable estado como el tuyo. Y aguardándote un tan gran­
de nial como este, ¿aun beberás los vientos en busca de unos gus­
tos que han de parar en tanto padecer? ¿Aun, hombre avaro, te
desvivirás por agenciar riquezas que te han de ahogar en aquel mar
de fuego? ¿Aun, iracundo, te mantendrás meditando ios modos de
satisfacer tu ira con la venganza? Pues padecerás, rabiarás, te mor­
derás, te maldecirás, y no sacarás mas fruto que esta exclamación
sin fruto: ¡Ah mundo, y qué pago me has dado!
Pecador: considera bien que este es, y no otro, el pago que ten­
drás tú y todos los que como tú se dejan llevar de los atractivos en­
gañosos de este mundo mentiroso. Y este también será el que ten­
drán todos los que, para hacer discípulos de sus libertades pecami­
nosas, propalan que eso de infierno es invención de frailes melan­
cólicos y clérigos fanáticos. Pero ¡ayl que de tales maestros, muchos
están ya comiendo el amargo fruto de su falsa doctrina en el mismo
infierno que 110 creyeron, y otros les seguirán muy pronto. Si tú,
hijo mío, crees que hay infierno, ¿por qué no te empeñas de todos
modos en no caer en é!? ¿por qué no te procuras apartar de todo lo
que te lleva á fin tan desastroso? ¿Por qué no resuelves ahora mis­
mo hacer séria penitencia de tus pecados? Esto es lo que á mí me
espanta, y no la asombrosa penitencia que hicieron muchos santos.
Estos no huyeron el cuerpo á los trabajos, los llevaron con paciencia,
y se ejercitaron en heróicas mortificaciones para no caer en el infier­
no. ¿Por qué tú no haces algo á lo menos de lo que hicieron estos?
Díme, hermano mió, ¿no es verdad que tienes merecido el infier­
no? ¿No es verdad que Jesucristo te amó tanto, que para librarte
de él dió su sangre y su vida en una cruz? ¿No es verdad que has
sido tan ingrato, que no has hecho otra cosa que injuriarlo y pisar
su sangre? Y sin embargo, ¿no es verdad qtie ha muchos años
que te espera y llama á penitencia, y otros tantos que tú de cada
dia te haces mas rebelde á sus llamamientos? Ponte á pensar des­
pacio eu estas verdades; que si bien las meditas, pronto te llena­
rás de un santo temor, harás cuanto alcancen tus fuerzas para ser
agradecido á tu Dios, y darás de mano al pecado, para ocuparle
todo en amar y servir á Jesús tu Redentor. No te contentes con
poco, ámale cuanto pudieres, sírvele con toda tu alma, y mortifica
las pasiones según tus fuerzas. Considera que todo cuanto puedes
padecer en este mundo es nada, mirado á la luz de aquella inex­
tinguible y eterna hoguera que tienes tan merecida. Por tanto, si
estás enfermo ya no te quejes de Dios, aunque mas dolores te aprie­
ten. Tampoco si estás pobre, miserable ó abatido; ni tampoco si le
ultrajan ó persiguen injustamente: porque en esto te hace el Señor
mas gracia de la que mereces, tomándolo en satisfacción de tus cul­
pas. Antes bien díle al Señor que te envíe cuantos trabajos y pe­
nalidades sean de su santísima voluntad, porque todo lo tienes bien
merecido.

Para sacerdotes.
«Venerables sacerdotes, si todo pecador que tiene vida está obliga­
ndo á Dios, ¿cuánto mas debemos estarlo nosotros, porque no solo
«no nos tiró al infierno al primer pecado que hicimos, sino que nos
«colocó entre los escogidos para su servicio? ¿Cuánto no deberemos
«hacer para corresponderá? Suframos, pues, con resignación cuan*
«tos trabajos nos envie el Señor, en descuento de nuestros pecados,
«porque mejor es padecer aquí, que no allá. Si nos persiguen, si
«nos insultan, si nos calumnian, llevémoslo todo con paciencia, que
«este debe ser nuestro pan. Nuestro divino Maestro, despues de ha-
«bernos enseñado con su ejemplo, nos dice, como bien sabéis «El
«que quiera ser mi discípulo, tome su cruz y sígame.» Y en otra
parte a: «Si os persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros, por
«mi causa, mintiendo, alegraos y regocijaos, porque vuestra recom-
«pensa será grande en el cielo.» Amados mios, jamás nos olvidemos
«de esta magnífica promesa.»

JACULATORIAS.

¡Oh Salvador de mi alma! si los Santos, siendo justos, tanto hi-


1 Matlh. xvi. — Mbiil. v.
cieron por no d a r e n el in fiern o, ¿ q u é d e b e r é yo h a c e r , s ien d o ta n
g r a n p e c a d o r , y te n ié n d o lo tan m e re cid o ?
¡Oh p ac ie n tís im o Jesú s! Ya sé lo q u e debo h a c e r, y Vos q u e ré is.
S u je t a r é mis p o te n c ia s á v u e s t r o s m a n d a m i e n t o s , re p r im i r é mis a p e ­
titos, m o rtificaré mi c a r n e , p a ra q u e v iv a su je ta al e s p í r it u , á la r a ­
zón y á v u e s t r a ley.
[Oh J e s ú s a m a n t ís im o P a d r e mió! D ig n a o s, S e ñ o r, d e ti r a r sobre
mí u n rasgo de v u e s t r a in f in ita m ise ric o rd ia . C a stig ad m e a q u í, pero
no en la cárcel de los ré p ro b o s. O íd m e , S e ñ o r ; a r r e p e n ti d o d e mis
p e c a d o s , os digo q u e m e p e sa e n el a lm a de h a b e ro s ofendido.

PLÁTICA.

Sobre el infierno .
E je r c ita n t e s : « E n to n c e s dijo el re y á sus criados: L ig ado de piés
«y m an o s , ec had lo á las tin ie b la s e x terio re s; allí h a b r á lla n to y re-
« c h in a r de d ie n te s 1.» E s ta es la s e n t e n c ia q u e dice Je s u c ris to dió
a q u e l rey al q u e en tró en las bo d as sin la v e s t id u r a n u p c ia l. D á n ­
d o n os á e n t e n d e r con esta p a r á b o l a , q u e t a m b ié n se rá esta la s e n ­
te n c i a q u e t e n d r á el c ristia n o q u e m u e r a en p eca d o m o r ta l. S e rá
arro jad o al fuego del infiern o y p a ra s ie m p re . ¡Q ué d ecreto tan t e r ­
rib le! ¡Q u é d estin o ta n m is e ra b le ! I n f i e r n o , ¿ q u i é n p o d rá c o n c e ­
b ir te ? Yo no p u e d o , a m a d o s m i o s , d e c i r m as sobre lo q u e h a b é is
oído en el p u n to de m e d ita c ió n ; sino q u e de todos los m ale s n i n g u ­
no h a y tan g r a n d e como el de e s ta r uno c o n d e n a d o . P o rq u e ¿q u é es
u n c o n d e n a d o ? Es u n infeliz p riv a d o d e todos los b ie n e s , o p rim ido
de todos los m a les y a to r m e n t a d o en todos tiem p os.
De todos los b ie n e s q u e goza el p e c a d o r en e sta vid a, n i n g u n o le
s e g u i rá á la otra. A,sí nos lo a d v ie r te el E s p ír it u S a n to en el libro de
J o b , c u a n d o h a b la n d o de u n rico im pío dice s, qu e e n m u r ie n d o
n a d a lle v a rá consigo. P o r m a s pla c e re s q u e goce en esle m u n d o , y
por m as rod eado q u e se v e a de c o n v e n ie n c ia s , no h a ll a r á en el ú l ­
timo m o m e n to d e su v id a n i s i q u ie r a u n a s o m b ra de su p a sa d a feli­
cidad. Lo mismo nos e n s e ñ ó J e s u c ris to en la p a r á b o l a del rico co­
m e d o r \ Despues de h a b e r hech o el S a lv a d o r u n a m ag n ífica p i n t u ­
r a de los b ie n e s y p la c e re s de este rico d u r a n t e su v i d a , co n c lu y e
d icien d o : «Murió este rico, y fue s e p u lta d o en el infiern o.» D ejem os
no sotros q u e su c u e rp o se p u d r a en el sep u lcro , y v a m o s á c o n s id e ­
rar la p o b re z a d e su a lm a . E s tá tan p o b re , q u e y a no le q u e d a sino
la m e m o ria triste de sus r i q u e z a s , d e sus g u sto s y de su glo ria p a ­
sada . E s t á ta n p o b r e , q u e se ve o bligado á p e d ir s i q u ie ra u n a g o ­
ta de a g u a , p a r a b a il a r a lg ú n refrig e rio en las lla m a s q u e le a b r a ­
s a n , y se le n ie g a b a sta la e s p e r a n z a de c o n s e g u irla . Y ed a q u í,
a m a d o s m i o s , el esta d o infeliz á q u e e s t a r á re d u c id o todo rep ro b o
d esde el m o m e n to de su c o n d e n a c i ó n . A p e n a s lo h a b r á c o n d e n a d o
el S e ñ o r c u a n d o se y e r á d esp o jad o d e todos los bienes q u e g o z a b a
d u r a n t e su v id a . P a ra él, a u n q u e b a y a sido el h o m b r e m as p o d e r o ­
so, no h a b r á n i m as h on ore s, ni m as d ig n id a d e s , ni mas a m ig o s, ni
m as d iv e rsio n e s , n i m as d e le i te s , n i m a s r i q u e z a s , ni s iq u ie ra u n a
sola g o ta d e a g u a . De m a n e r a , q u e las m ism a s cosas q u e s irv ie ro n
d e in s t r u m e n t o al h o m b r e p a r a o fe n d e r á Dios, s e r v ir á n d e i n s t r u ­
m e n to á Dios p a r a c a stig a r lo . E s ta es ía p o b reza de b ien es te m p o ­
rales q u e p a d e c e r á eí a lm a e n eí in fie rn o . ¿Y la p o b rez a d e bie n e s
e s p i rit u a le s ? ¡Ah, y q u é e x tr e m a d a será! P a ra ella y a no h a b r á n ni
g r a c i a , ni S a c r a m e n t o s , ni o r a c i o n e s , n i su f ra g io s , ni m ed io s de
c o n v e rt ir s e , ni e s p e r a n z a d e salv a c ió n ; se pasó el tiem po del m érito
y de la p e n ite n c ia : n in g u n o o b te n d r á d e m iserico rd ia; p o rq u e e n el
infierno no h a y re d e n c ió n . El m ism o E s p ír it u S a n to lo d ice p o r el
real Profeta *.
E je r c ita n t e s : h a b é is visto ya q u e u n c o n d e n a d o es un m ise ra b le
priv ad o de todos ios b ie n e s : a h o ra v e réis ta m b ié n como está o p r i ­
mido d e todos los males* E s a rtíc u lo de fe , q u e al m o m e n to q u e el
p ec ad o r m u e r e en s u p ec ad o , su a lm a es c o n d e n a d a al fuego del i n ­
fiern o, en d o n d e aq u e lla s v o race s lla m as o b ra r á n in m e d i a t a m e n t e
sobre ella, h a s ta q u e en el d ia del juicio u n iv ersal se r e ú n a con su
c u e r p o ; y d esp u es de esta re u n ió n o b ra r á n ta m b ié n sobre su c u e r ­
po. Y s ie m p re se v erific ará q u e el c o n d e n a d o es o p rim id o de todos
los m ales. T od as su s p o te n c ia s se rá n a to r m e n t a d a s : su m e m o ria con
el rec u e rd o de su s p ec a d o s, su e n te n d i m i e n to con el p e n s a m ie n t o de
q u e sus to rm e n to s serán sin fin, y su v o lu n t a d con el s e n t im ie n t o
de q u e no p u e d e a c a b a r co n Dios que 1c c a stig a . En el c u e r p o , c a ­
da m ie m b r o t e n d r á su p a r t ic u l a r su plicio . Los ojos q u e fueron llen o s
de a d u lt e r i o , á las lla m a s d e a m o r im p u ro en qu e se a b r a s a r o n s u c e ­
d e rá n o tr a s d e u n fuego q u e n u n c a se a p a g a r á . Eí olfato del sen s u al
q u e se recreó con los olores de la lascivia, su frirá toda la h e d io n d e z
y p o d r e d u m b r e de a q u e l a r d i e n t e calab ozo . L as b e b id a s y m a n j a r e s
d elica dos del g lo to n , s e r á n sed a b r a s a d o r a , h a m b r e rab io sa, sorbos
de fuego y hie l de d ra g o n e s . L as m a n o s del im p ú d ic o q u e se r e c r e a ­
ro n en torpes to ca m ie n to s, se c o n v e r t i r á n en a sc u a s del m a s e n c e n ­
dido fuego. ¿Q uién será cap az d e p i n t a r d i s t i n t a m e n t e todos los m a ­
les q u e c a r g a r á n sobre el c o n d e n a d o ? A qu el m ism o rico de q u ie n
h a b la el E v a n g e lio , no p u d ie n d o e x p lic a r todo el peso de m a le s q u e
su fría, solo se expresó con e sta la m e n ta c i ó n : M e quemo, me abraso en
estas llamas.
P e c a d o r: c o n s i d é r a t e e n este estado ta n e sp a n to so . T u c u e rp o , tu
a l m a , tus p o te n c i a s , todo está en vivo faego. A b re los ojos de la
ra zó n á la tr iste luz d e esta s ll a m a s : estás a m e n a z a d o d e e sta d e s ­
d i c h a por J e s u c r i s t o : ¿ t e a t r e v e r á s á p e c a r? ¿ t e p o d rás m a n t e n e r
en aq u el fuego d e v o r a d o r , y h a b it a r e n tr e a q u e lla s lla m as s e m p i­
t e r n a s ? T ú , q u e no p u e d e s su f rir p o r u n m in u to el p e q u e ñ o a rd o r
de u n a c h is p a de n u e s tro fuego, ¿ p od rás to le ra r p or toda u n a e t e r ­
n i d a d los a r d o r e s deí h o rn o del in f ie rn o , en c u y a c o m p a r a c ió n ía
m a s e n c e n d i d a h o g u e r a d e acá es u n copo de n ie v e ? P ién salo b ie n :
y al m ism o tiem po no o lvid es q u e te he dicho por toda una eternidad.
P o r q u e e s ta c i r c u n s t a n c i a es la que a g ra v a en in finito los m a les y
la in feliz s u e r te del c o n d e n a d o . P o r e x tr e m a d a s q u e se a n las p e n a s
q u e s u f re n los c o n d e n a d o s , se p o d r í a n t o l e ra r si h u b ie s e n a lg ú n d ia
d e a c a b a rs e . P e ro no s e r á esto; p o r q u e N u e s tr o S e ñ o r Je s u c ris to e n
d ife re n te s p a rte s de su E v a n g e lio n os a s e g u r a q n e el fuego q u e q u e ­
m a r á á los rép ro b o s como p a ja se r á in e x t in g u i b le \ q u e se rá n a to r ­
m e n t a d o s por to do s los siglos, y q u e no t e n d r á n alivio ni fin su s to r­
m e n to s. Todo lo q u e los c o n d e n a d o s p o d r á n d e s e a r en e s te c ú m u lo
de m ales será se r a n iq u ila d o s p a r a no se n tirlo s . Á. esto los lle v a rá
i n ú t i l m e n t e su d e se s p e ra c ió n ; c a m i n a r á n á la m u e r t e , y n u n c a lle­
g a r á n á ella; a b o r r e c e r á n su v id a , y no p o d r á n d e s t r u ir la ; m o r i r á n
y v iv i r á n á u n tiem p o: el d olo r p e r m a n e c e r á , y su n a t u r a l e z a s ie m ­
p re s u b s is t irá p a r a s e n tir s i e m p re el dolor. E stas cosas son te r r ib l e s
al o ir ía s , ¿ p e ro c u á n to m as te r rib le s s e r á n p a r a ios q u e las p a d e ­
cieren ? ¡S ufrir t a n t o , y en todos los to r m e n to s ! ¡S u frir ta n t o y sin
alivio! ¡Sufrir e n c a d a uno d e los m ales todo el peso de la e te r n id a d !
¡A h ! esto es p a r a los c o n d e n a d o s u n a u m e n t o de d o lor q u e no se
p u e d e ex p licar.
E je r c ita n t e s : ac a b e m o s e ste ra z o n a m ie n to co n las p a la b r a s de san
A g u s tí n q u e d ic e : « C u a lq u i e r a q u e no d e s p i e r ta al ru id o de este
« tr u e n o , no e stá d o rm id o , e s t á m u e r to y es insensible.!) Sí, p e ca­
d o r: si el te r r o r d e l infierno no te c o n v ie r te , n i n g u n a cosa te c o n ­
v e r t ir á . P ie n s a s e r ia m e n te q u e ta l vez h a b r á ya e n aq u ello s fuegos
ete r n o s a lg u n o s d e tu s a m ig o s q u e y a e s t á n p a g a n d o los delitos q u e
c o m e tie r o n . T ú a u n no estás en este caso. E llos fueron h o m b r e s sin
fe, sin p ie d a d , b o rr a c h o s , p e n d e n c i e r o s , v e n g a tiv o s , d e sh o n e s to s,
j u g a d o r e s , u s u r e r o s : m u r ie r o n en su p e cad o , y p a ra ellos y a no
h a y l u g a r d e a r r e p e n t i m i e n t o . T ú a u n v iv e s , y a u n p u e d e s m u d a r
de v id a . C o n v ié rte te , hijo m ió, h a z p e n it e n c ia de tu s p ecad os,
ha zla p r o n t o , y sea t a n v e r d a d e r a y c o n s ta n te , q u e d u r e h a s t a la
m u e r t e , te lí b r e del infierno y te c o n d u zca á la glo ria. Yo te la d e ­
seo. A m en .
EJERCICIO UNDÉCIMO.
— — i.<^rívs--|g --------- »

LECCIO N.

D e los pecados capitales.


E je r c ita n t e s : E n la lección a n t e c e d e n t e os enserié la m a licia del
pe cad o sobre sus d iferen cias y sobre los m odos con q u e se c o m e te n :
á s a b e r , por p e n s a m ie n t o , p a la b r a y o b ra . P ero como to do s los p e ­
cados q u e se h a c e n no son sobre n n a m ism a m a t e r i a , el C atecism o
de la d o c tr in a c r is tia n a nos e n s e n a ias sie te cab ez as p ri n c ip a l e s de
d o n d e todos d i m a n a n ; y p o r eso se l l a m a n c a p ita le s , q u e q u ie r e d e ­
cir q u e cad a u n o de ellos es c a b e z a d e o tro s m u c h o s . Y son sie te :

El p rim e ro , S o b erb ia.


El se g u n d o , A v aricia .
El tercero . L u ju ria .
El cuarto, Ira.
Eí q u in to , G u la.
El sexto, E n v id i a .
E! sé p tim o , P e reza .

P. ¿Q ué es S o b e rb i a ?
R . E s un a p etito d e s o r d e n a d o q u e t i e n e el h o m b r e de p a r e c e r ó
ser te n id o p o r m a s q u e otros. Y p a r a lo g r a r su intenLo se v a le de
m u ch o s m odos opuestos á la c a r i d a d , q u e se d ic e n hijos de la so­
b e r b i a . El so berbio es s u m a m e n t e ab o rr e c id o d e Dios, y su s e n t e n ­
cia e stá y a p r o n u n c i a d a p o r J e s u c r is to , q u e dice en su E v a n g e lio
«El q u e se e x a lta será h u m illa d o .»
k este vicio se op on e la v ir tu d de la h u m i l d a d , q u e con siste en
q u e p e u se m o s b a ja m e n te de nosotros m ism os; q u e n o s te n g a m o s p or
n a d a en la p re s e n c ia de Dios; q u e c re a m o s q u e sí algo d e b u e n o h a y
en no sotros, lo d eb em o s al S eñ or; y q u e el mas m ín im o de n u e s t r o s
h e rm a n o s , d e la n t e de Dios, p u e d e ser m as g r a n d e q u e n oso tro s p o r

' K a llh . xxm .


s u h u m i l d a d : pu es si m ism o S e ñ o r d ic e , « q u e el q u e se h u m illa
« se rá exaltado.))
P . ;0 f ív.u é es A varicia?
lí. Un a p e tito d e s o r d e n a d o á los b ie n e s te m p o ra le s.
El q u e es a v a r i e n to está s ie m p re d isp u e sto á tr a g a r s e c u a n to s p e ­
cados p ro c e d e n de e ste vicio. P o rq u e si le c o n v ie n e d esco no ce á los
am ig o s, á los h e r m a n o s , y a u n á su m ism o p a d re . Él n e g o c ia rá e n ­
g a ñ a n d o á todo v iv i e n te . Él m e n t ir á y p e r j u d ic a r á p a r a v e n d e r c a ­
ro y c o m p r a r b a ra to . Y él tr a s p a s a r á Lodos los m a n d a m i e n t o s de
Dios y de la Ig lesia. S a n Pablo dice 1: «Los q u e q u i e r e n h a c e rs e r i ­
scos ca e n en la ten tacion y en el lazo del d i a b l o . » Y Je s u c ris to dice'2:
«¿De q u é le a p r o v e c h a r á al h o m b r e g a n a r todo el m u n d o , si p ie r d e
«su a lm a ? »
C o n tra este vicio e stá la li b e ra l id a d ó v o lu n ta rio d e s p r e n d im i e n to
d e los b ien es te m p o ra le s . Y á la p rá c tic a de esta v i r t u d a y u d a m u c h o
p e n s a r q u e p ro n to nos h e m o s d e m o rir, y d ejarlo todo á q u ie n no
se rá a g ra d e c id o . J e s u c ris to re c o m e n d á n d o n o s e s ta v ir tu d nos dice:
«Dad p re s ta d o á v u e s t r o h e r m a n o , y n a d a re c ib á is de él p o r el í a -
f<vor q u e le h a b é is he cho .»
P . ¿Q u é es L u j u r i a ?
K. A petito to rp e á cosas ca rn ale s.
E s te vicio es ta n a b o m i n a b le á los ojos de D io s, q u e , como dice
san P a b lo , n i n g ú n c ris tia n o d e b ía c onocerlo ni a u n n o m b r a rlo . P or
lu ju ria se e n t i e n d e todo p e n s a m ie n t o , p a la b r a , ob ra ó acción que se
dirige á cosa to rp e y d e s h o n e s ta .
k e s te vicio se o p o n e la v ir tu d d e la c a s t id a d , q u e c o n siste en
a p a r t a r s e de tod as a q u e lla s cosas en q u e se ceb a la lu j u ri a , como son
-conversaciones d e s h o n e s ta s , m i r a d a s to rp es, a u n en la p ro p ia c a r n e ,
c o n c u r r e n c ia á e s p e c tá c u lo s pro fan os y p ro v o cativ o s, c o n te m p la c ió n
de p i n t u r a s i n d e c e n t e s , el roc e fa m ilia r y lib re con p e rs o n a de otro
sexo, la ociosid ad , la d e s t e m p l a n z a en c o m e r y b e b e r y las m a la s
c o m p a ñ ía s. T a m b i é n es re m e d io c o n tra este vicio la c o n te m p la c ió n
del S e ñ o r c la v a d o en la c ru z p o r n u e s tro s p ecad os.
P, ¿Qué es la I r a ?
R. A petito de la p ro p ia v e n g a n z a .
E s te pecado suele d a ñ a r á dos á un m ism o tie m p o . Si ia ira q u e ­
da en el corazon sin salir á la p a r t e de afu e ra , solo d a ñ a al i r a c u n ­
do. P ero si sale fu era, d a ñ a al p ró jim o c o n tr a q u ie n se d ir ig e con
insu lto s, a m e n a z a s , p a la b r a s in ju rio sa s, ó co n otros m alos t r a t a ­
m ien to s.
El re m e d io de este vicio es ia v ir tu d de la m a n s e d u m b r e . El m ism o
Je s u c ris to nos e n señ ó con su p a l a b r a y ejem p lo . « A p re n d e d d e Mí,
«nos d i c e 1, q u e soy m a n s o y h u m i l d e d e corazo n .» D e b e m o s s e r
b la n d o s, d is im u la d o s , su frido s, m o d e ra d o s y p a c ie n te s con n u e s t r o
p rójim o , Y c u a n d o por a lg ú n e n c u e n t r o s e n t im o s q u e n u e s t r a a lm a
se a lt e ra co n m o v im ie n to s de ir a , a p la q u e m o s a q u e l s e n t im ie n t o con
la reflexión de q u e p o r la p u e r t a del cielo no ca b e u n corazon h i n ­
c h a d o d e la ir a .
P. ¿Q u é cosa es la G u la ?
R. A p etito d e s o r d e n a d o á la c o m id a y b eb id a .
C u a n d o un h o m b r e se e n t r e g a al exceso en c o m er y b eb er, r e g u l a r ­
m e n t e se c o m p o r ta co n accion es y a d e m a n e s rid ículo s é in d e c e n te s,,
c o n tr a rio s e n todo á la m o d es tia d e u n h o m b r e c ris tia n o y h o n r a d o .
Y si llega á p e r d e r el c o n o c im ie n to , ya no es h o m b r e ni a u n b r u t o ,
sino u n tro nco .
El re m e d io d e este vicio es la te m p la n z a . E sta v i r t u d consiste e n
do c o m er ni b e b e r m a s q u e lo p reciso p a ra el n ecesario m a n t e n i ­
m ie n to del c u e rp o , a t e n d i d a la c o m p le x ió n , n e c e sid a d y dispo sició n
de la p e rs o n a . Y p or eso eí E s p ír itu S a n to nos a c o n s e j a 3 : «j\To co­
tan as h a s ta h a r t a r t e ; y si b eb es v in o , sea con m o d e r a c ió n ; p o r q u e
«el d e m a s ia d o v in o tr a e consigo ir rita c io n e s , riñ a s y m u c h o s danoe>
« p a r a el cu e rp o y p a r a el a lm a .»
P. ¿Qué es E n v i d i a ?
R . Es tr is te z a del b ie n ajen o.
E s te pecado es e n t r e todos el d e menos s u s t a n c i a ; p o r q u e se r e ­
d u c e á u n d is g u sto q u e sie n te el en vid ioso al v e r q u e su p ró jim o
posee ó está en estado de lle g a r á p o se e r v e n t a j a s te m p o ra le s ó es­
p ir it u a le s d e q u e él c a re c e . Y r e s in ti é n d o s e de esto su a m o r p ro p io ,
to m a a v e rs ió n á a q u e ll a p e rs o n a , d e n i g r a s u s b u e n a s p r e n d a s , a p o ­
c a sus m é rito s, m u r m u r a de sus accion es y se a le g r a de su s t r a ­
bajos.
C o ntra este vicio e stá la c a r i d a d . Dios nos m a n d a q u e a m e m o s al
pró jim o como á no so tro s m ism os, y q u e no le h a g a m o s ni d eseem o s
m a l a lg u n o . La p r á c t ic a de esta v i r t u d es ta n n e c e s a r ia p a r a l o g r a r
la s a lv a c ió n , q u e , como dice san J u a n % « el q u e no a m a á su p r ó -
« 3íruó, y a está m u e r to p a ra el cielo.»
P. ¿ Q u é es P e re z a ?
H. E s flojedad y tib ie z a en las cosas q u e son del servicio d e Dios,
P o r este vicio d e ja m o s de c u m p l ir con n u e s t r a s ob lig acio n es e n vez
■de lle n a rla s con e x a c t itu d y fervo r.
El c o n tr a r i o d e este vicio es la d ilig e n c ia . Y á la p rá c t ic a de esta
v ir tu d nos e s t im u la et p e n s a m ie n t o de q u e u n c ris tia n o perezoso en
el servicio de Dios es, como dice el apóstol S an tia g o l, «un h o m b r e
« m u e r to p a r a el cielo.» E l p e n s a m ie n t o de q u e el tiem p o q u e se n os
d a p a ra m e r e c e r es m u y lim itad o , y el te n e r s i e m p re en m e m o ria
q u e el reino del cielo no se d a r á sino al q u e tr a b a je h a s t a el tin p a ­
r a log rarlo , es el re m e d io c o n tr a la p e reza.
A p ro v e c h é m o n o s de él, to m e m o s afición á las cosas b u e n a s y e j e r ­
cicios d e v o to s , y así p o d rém o s g a n a r el cielo. A m e n .

KJKMPL O.

Un cierto jo v e n a tr a v e s a b a u n b osqu e. Á. poco de h a b e rs e i n t e r n a ­


do, se le p re s e n tó u n m o n s tru o h orroroso q u e te n ia ei cu e rp o de león
y siete cab eza s de s e r p ie n te . El a n im a !, al salir de su c u e v a , fué d i­
r e c t a m e n t e al jo v e n c a m i n a n t e con ojos c e n te lle a n t e s d a n d o silbidos
e s p a n to so s: el j o v e n , q u e e r a ro b u s to , no se esp a n tó al v e r a q u e l
m ó n s tr u o , sino q u e se a rm ó con el h a c h a q u e lle v a b a y se p a r a p e t ó
d e tr á s d e un á rb o l. E m b i s te el m o n s tr u o , el jó v e n le h a c e c a r a , le
d e s c a r g a et golpe y le c o rla u n a cab eza, d a v u e lt a al árbol y le e n ­
c u e n t r a o tr a v ez, d e s c a r g a otro go lp e y le c o rt a s e g u n d a c ab eza , y
así d a n d o v u e lt a s al árb o l y g o lp e s al m o n s tru o le cortó seis c a b e ­
zas y cayó el m o n s tru o m edio d e s a n g r a d o con u n a sola cab ez a. Se-
fué el jó v e n , sin c u id a r s e d e c o rt a r la ú n ic a c a b e z a q u e á a q u e l le
■quedaba, c re y e n d o q u e el m o n s tru o y a q u e d a b a m u e r to . A p e n a s h u ­
bo a n d a d o u n tr e c h o de c a m in o , r e a n i m á n d o s e el m o n s tru o se echó
con fu ria in f e rn a l so b re el j ó v e n , le cogió co n sus d ie n te s m o r tífe ­
ras, y le a rr a s tr ó á su c u e v a , d o n d e le d e v o ró .
Hé a q u í la e x p lic a c ió n d e este e jem p lo : E l m o n s tru o de siete c a ­
bezas son los siete p e c a d o s c a p it a le s : el j ó v e n c a m i n a n te es u n fer­
voroso c ristia n o : el h a c h a de q u e e s t á a rm a d o es la m ortificación con
q u e e m b i s t e al m o n s tru o y le c o rt a tas cabezas no c o n s in tie n d o en las
te n ta c io n e s : el árb o l á q u e se a r r i m a y c e rc a del cu al d a v u e lta s , es
el árb o l de v id a J e s u c r is to con q u e se e sc u d a por la o ra c io n , y c u ­
yos frutos com e, r e c ib ie n d o los s a n to s S a c r a m e n to s . M ie n t r a s así c o n ­
ti n ú a , todo va b ie n ; pero ¡ay de mi! el jó v e n de ja sin c o r t a r l a ú n i ­
ca cab eza del m o n s tr u o , se a p a r t a del á rb o l, y e n to n c e s el m o nstru o'
se r e a n i m a y a c a b a con el j ó v e n . ¡Ay del c ristia n o q u e deja u n a s o l a
c a b e z a del m o n s tr u o sin c o rta r, esto es, u n a sola pasió n sin m o r ti­
ficar! ¡Ay del cristia n o q u e se a p a r t a r á d e J e s u c ris to , q u e no fre­
c u e n t a r á los s a n to s S a c r a m e n to s y o m i ti r á la oracion ! El m ó n s tru o
in fern al a c a b a r á co n él y se lo lle v a r á á la c u e v a d el in fie rn o , doo.-
de se r á a to r m e n t a d o p o r to da la e te r n id a d .

M E D IT A C IO N .

D e la gloria.
C o n s id e r a , c ristia n o , q u e la g lo ria es u n lu g a r c uy os h a b i t a n t e s
ti e n e n por b ie n e s al m ism o Dios. E s uü p u e b lo dichoso q u e en la
po sesio n de su Dios ti e n e to d a s las cosas. Alií vertim os á Dios, po ­
seerem os á Dios, a m a r e m o s á Dios y g o z a ré m o s de Dios. Lo v e r e ­
mos c a ra á c a r a , p o rq u e no h a b r á velo q u e nos lo e n c u b r a . Lo p o ­
se erem o s sin i n q u i e t u d , p o rq u e no te m e re m o s el p e rd e r lo . Lo a m a ­
re m o s sie m p re , p o r q u e él será s i e m p re el q u e lle n a r á e n t e r a m e n t e
n u e s tro corazon. Y lo g o za rém o s sin e n fa d o , p o r q u e á c a d a i n s t a n t e
d e s c u b r iré m o s e n él n u e v a s p erfe ccio n es. A u n q u e Dios s i e m p re es eí
m ism o en sí m ism o, lo a d m i r a r é m o s s i e m p r e co n v a r i e d a d h a c ia n o s ­
otros. Y p o r eso d ic e s a n J u a n q u e los b i e n a v e n t u r a d o s c a n t a n
s ie m p re cá n tico s n u e v o s. V iend o y p o se y e n d o á Dios e n el cielo, ven -
d ré m o s á se r p a re c id o s á él, s a n to s , p u r o s , sá b io s, p od ero sos y d i­
chosos como su d iv i n a Maj e stad , sin o tr a v o l u n t a d , afectos n i d eseo s,
sin o los suyos.
¡C u ánd o s e r á , Je s ú s m ió, el d ia q u e yo goce e sta g lo r ia , de q u e
Vos sois el p rin c ip a l o bjeto! ; C u á n d o s e r á a q u e l d ia en q u e yo v e a
v u e stro d iv in o rostro y os c o n te m p le c a r a á cara! ¡C u ánd o lle n a ré is
mi alm a d el to r r e n te d e d e licias q u e i n u n d a la c iu d a d s a n t a d e la
g lo ria ! ¿ H a s t a c u á n d o mis e n e m ig o s me h a n de in s u l t a r d ic ie n d o ,
en d ó n d e e s t á tu D ios? C o n fu n d id lo s, S e ñ o r, y c o n s o la d m e c o n t e n ­
ta n d o mis deseos y ll e n a n d o m is e s p e r a n z a s . P o r q u e os confieso,
J e s ú s m ió , q u e Vos sois solo el q u e p u e d e H enar mi co razo n . Yo sé,
Dios mió, q u e no se os p u e d e v e r sin m o r ir , y co n sie n to en esto co n
toda mi v o lu n t a d . E! golpe d e la m u e r te s e r á p a ra mí golpe cíe
g ra c ia . H a c e d , S e ñ o r, q u e yo m u e r a p a r a v eros, ó q u e os v ea p a ra
m orir.
C o n sid e ra , h e r m a n o mió, q u e e n la c iu d a d de la glo ria d e s t in a d a
por Dios no solo p a r a t e n e r en ella su tr o n o , sino ta m b ié n p a ra h o n ­
ra y glo ria d e los ju s to s, no solo glorifica rá sus a lm a s, sino ta m b ié n
sus c u e rp o s . N u e s tr a c a r n e , esta c a rn e q u e por su v ileza p a re c ía es­
tar e n u n esta blo , q u ie r e ei P a d re de las m iserico rd ias q u e sea c o­
locada e n tr e los Á n g e le s ; y así como p a rtic ip ó de los tr a b a je s del
ju s to , p a rt ic i p e t a m b ié n d e su d ic h a , á s í , p u e s, como todos los s e n ­
tidos d e los c o n d e n a d o s t e n d r á n e n el in fie rn o un dolor y p e n a e s p e ­
cial; así ca d a se n tid o y m ie m b ro del ju s to te n d r á su d eleite y g lo ria
p a r t ic u l a r . C o n te m p la t a m b ié n el c o n te n to q u e t e n d r á s con la c o m ­
p a ñ ía d e ta n to s b ie n a v e n tu r a d o s , y con la vista del fu lg en tísim o c u e r ­
po de Je s ú s y de a q u e ll a b rill a n tí s im a cruz e n q u e obró n u e s t r a r e ­
d e n c ió n . ¿Y q u é gozo no te c a u s a r á la p az in a l t e r a b í e , l a e s tre c h ís im a
u n ió n y el g r a n d e a m o r q u e re i n a e n tr e a q u ello s dich oso s c i u d a d a ­
nos, todos sin e n v id ia , y cada u n o c o n te n t o con su glo ria ? Y al oír
esto, ¿no form as y a u n g r a n deseo d e v e rl e en la casa y p re s e n c ia
de a q u e l S e ñ o r , en c u y a c a ra d e s e a n m ira rs e los Angeles? Y si ta n to
gozo te h a r á la v ís ta d e estos y d e m á s b ie n a v e n t u r a d o s , la de la s a n ­
tísima V irg e n M aría en todo el llen o de g lo ria , y ía de la s a c r a tís i­
ma h u m a n i d a d d e N u e str o S eñ o r J e s u c ris to m as r e s p l a n d e c i e n te q u e
mil soles; ¿q u é gozo se r á el tu yo al v er con to d a c la rid ad la e se n c ia
de Dios, q u e es e n lo q u e consiste la m a y o r g loria del cielo? Si las
h e rm o s u ra s de [a tie rra ta n t o e m b e l e s a n al q u e las c o n te m p la , ¿ c u á n ­
to e m b e l e s a r á al ju s to la v is ta c la r a de Dios, q u e es el orig en y io
sum o de to das las b elleza s?
C o n sid e r a t a m b i é n c u á n to se r á tu c o n te n t o , si te g a n a s ia g lo ria ,
al v e r el h e rm o s ís im o rostro d e J e s ú s . ¡O h ! y cóm o, solo por esta
v is ta , d a r á s p o r b ie n em p le a d o s todos ios tra b a jo s q u e lle v a ste con
p a c ie n c ia y re s ig n a c i ó n , y c u a n to el m u n d o y el d e m o n io te h a y a n
hecho p a d e c e r por c a u s a del S e ñ o r! ¡Oh! b ien e m p l e a d o , d ir á s , el
p e rd ó n q u e co nc edí á mi e n e m i g o , la lim o s n a q u e di al p o b re , y
a q u e ll a ro p a con q u e tapé al d e s n u d o ! ¡Oh! dichoso mi re c o g im ie n to
y mi se p a r a c ió n d e los b u llicio s y p a s a tie m p o s del m u n d o ! ¡Oh! mil
veces felices tod as mis m o rtific acio n es, q u e sien do tan cortas en e n ­
tidad y d u r a c i ó n , m e h a n t r a í d o , S e ñ o r , á v u e s t ra v is ta q u e tanto
he d ese a d o !
Áliora, h e r m a n o m ió , im a g ín a t e q u e J e s ú s te d ice con u n a a fa -
b ilida d y d a l z u r a in e fa b le : « L e v á n ta l e , a lm a d ich o s a, p a lo m a m i a ,
«esposa m i a ; l e v á n t a t e y v e n á c e ñ ir le la c o ro n a de g lo ria q u e te
« ten go p r e v e n i d a ; v e n , h ija m ia , v e n y e s ta rá s c o n m ig o p o r tod a
«la e t e r n i d a d : y a se a c a b a r o n los tr a b a jo s ; y a p a r a tí to do se rá
«g loria y d e s c a n s o . » Y q u e a l o ir esto los Á n g e le s y S a n io s , gozo­
sos te d a n todos la e n h o r a b u e n a , y co n ellos t a m b i é n la s a n t ís i m a
V irg en M aría. ¿ C u á n to gozo t e n d r á s al v e r t u c u e rp o m a s claro y
t r a s p a r e n t e q u e el cristal m as lim p io , y m as r e s p l a n d e c i e n te q u e el
sol d e m ed io d ía, d o ta d o de t a n t a s u tile z a q u e p e n e t r a r á todo el g lo ­
bo de la tie rra con la m i s m a facilidad qu e p a s a la luz por u n c r i s ­
ta l? Ya no e s t a r á sujeto á d olo r n i in d isp o sic ió n a lg u n a , ni t e n d r á
h a m b r e , ni sed, n i c a n s a n c io , y su lig ereza se r á t a n t a , q u e en m e ­
nos tie m p o q u e u n c e r r a r y a b r i r d e ojos p a s a r á d is ta n c ia s i n m e n ­
sas. P o r m a s q u e d ig a , e je r c it a n te s , n a d a d iré q u e sea ca paz de
d a ro s u n a id ea cla ra de lo q u e Dios ti e n e p r e p a r a d o en el cielo p a r a
los q u e le sirv e n y a m a n . A m ém o s le, s irv á m o s le , y te n d r é m o s la
d i c h a d e go zarle.

Para- sacerdotes.
« S e ñ o re s s a c e r d o te s, h e r m a n o s m io s : si á todos d ic e J e s u c ris to ,
« q u e e n d o n d e él e s tá , t a m b i é n e s t a r á su siervo: si t a n t a g lo ria go-
« z a rá n todos los ju s to s en c o m p a ñ í a del S e ñ o r , ¿ c u á n t a s e r á la de
« u n fiel s a c e r d o te q u e h a y a c u m p lid o b ie n co n los d e b e re s d e su m i-
« n is te r i o , h a b ie n d o a s e g u r a d o el S e ñ o r q u e él m ism o y su g lo r ia
« será la r e c o m p e n s a ? ¿Cuál s e r á su gozo al v e rs e d i s ti n g u id o d é l o s
« d e m á s b ie n a v e n t u r a d o s con el b rilla n tísim o c a r á c t e r s a c e r d o ta l, pre-
« m iado con u n a m e d i d a la m a y o r y m a s c o lm a d a , como dice n u e s -
« tro S a lv a d o r y h o n r a d o m a s q u e o tros p o r h a b e r sido su m in is tro
«en la ti e r r a ? ¡Oh! y có m o b e n d e c i r é m o s el d eco ro y fo rta le z a con
« q u e llev am o s la p e s a d a estola s a c e r d o ta l , y a la b a ré m o s al S e ñ o r
« q u e ta n lib e ra l nos h a p re m ia d o con o tr a d e in m o r t a l gloria! T ra-
« bajem os, p u e s , a h o r a en la v iñ a del S e ñ o r , y al fin d e n u e s t r a
« c a rr e ra nos h a ila ré m o s con u n a co ro n a d e g lo ria d u p li c a d a m a y o r
« q u e la de t a n t o s otros.))

JACULATORIAS.

¡ Oh d iv in o S a l v a d o r ! como el ciervo d e s e a las f u e n t e s d e las


ag u as, así mi a lm a d esea á Vos, P a d r e m ió. ¿ C uá nd o se r á a q u e l d ia
en q u e yo p a re c e r é en tu p r e s e n c i a p a r a s a c i a r m e de tu gloria?
¿ C u án do , d u lc e J e s ú s m ió, se ro m p e r á la c a d e n a de esta c a r n e ,
para v o la r á Vos q u e sois el c e n tr o d e m is d eseos?
Confieso, P a d r e mío, q u e p o r mis pe cad o s h e d e sm e re c id o la g lo ­
ria q u e m e te n e is p ro m e ti d a . Pero confio en v u e s t ra p a l a b r a q u e m e
p e rd o n a r é is , p o rq u e a r r e p e n t i d o ya de m is c u lp a s , las d e te s to , y digo
de todo corazo n q u e m e p e sa , S e ñ o r , de h a b e ro s o fen dido .

P LÁTIC A .

Sobre la gloria.

E je rc ita n te s : d e s p u e s de h a b e r c o n te m p la d o en el p u n to de m e ­
ditación el in e fa b le c ú m u lo d e b ie n e s q u e Dios ti e n e p r e p a r a d o e n
el cielo p a r a sus esco gid os, acaso q u e rr é is p r e g u n t a r m e d e q u é
medios os v ald ré is p a r a lleg ar á la po sesio n d e t a n t a felic ida d. J a ­
más h u b i e r a cab id o e n e n t e n d i m i e n t o h u m a n o p o d e r e x c o g ita r m e ­
dios p a r a q u e el h o m b r e p u d ie s e v e n i r al goce d e los b ien es celes­
tiales, si el m is m o J e s u c ris to no nos h u b ie s e e n s e ñ a d o el modo. El
Señor, q u e solo por u n efecto d e su b o n d a d nos lla m ó p a r a el cielo,
é] m ism o n os ab rió el c a m i n o , nos e n s e ñ ó con su e je m p lo el modo
de ir p o r él, y a u n qu iso ser n u e s t r o c o n d u c to r . Oid lo q u e nos d i ­
ce en el E v a n g e lio d e san L u c as, y esla es la r e s p u e s ta q u e yo d a ­
ré á v u e s t r a p r e g u n t a . «Si a lg u n o , dic e % q u ie r e v e n i r en p os de
«Mí, n ié g u e s e á sí m i s m o , llev e su c ru z c a d a d ia y síg a m e .» V ed
a q u í , a m a d o s m io s, cifra d o s en p ocas p a l a b r a s todos los m e d io s y
modos de q u e d e b e is v a le r o s p a r a lle g a r á la po sesio n d é l o s bien e s
eternos. E l p rim e ro es n e g a r o s á vo so tro s m ism o s. El se g u n d o , l l e ­
var v u e s t r a c ru z ca d a d ia . El terce ro , s e g u i r al S e ñ o r. D e t e n g á m o ­
nos un poco en e n t e n d e r l o s b ien , p o r q u e fu era d e éstos 110 h a y o tro s
medios.
Q u e rré is s a b e r q u é q u i e r e d e c ir n e g a r s e u n o á sí m ism o. E sto no
es o tra cosa q u e n e g a r s e ó r e n u n c i a r el h o m b r e á su s propios de se os
y apetito s c u a n d o son d e s a r r e g la d o s , y d e s p r e n d e r s e de todo l o q u e
acá en la tie rra nos lis o n je a y nos in d u c e á seg u ir las in c lin a c io n e s
de n u e s t r a n a t u r a l e z a c o r r o m p id a p or el p ecad o. R e n u n c i a r de sí
mism o, es r e s is tir al a p e g o y deseo q u e te n e m o s de c csas t e m p o r a ­
les y a ficio n ar n u e s t r o co razon á las e te r n a s . Y este d e s p r e n d i m i e n ­
to, e sta r e n u n c i a de no so tro s m ism o s q u e el S eñ o r ex ig e p a ra d a r ­
nos los bien es del cielo, es lo q u e d ice p o b re z a de e s p i rit a y de c o ­
ra zo n ó p o b re za v o l u n t a r i a . E s a q u e ll a p o b re z a de !a q u e dice J e s u ­
cristo « B i e n a v e n t u ra d o s los p o b r e s d e e s p í r it u p o r q u e de ellos es
«el rein o de los cielos.» Y e sta p o b re z a de e s p íritu es, y no los b ien es
del m u n d o , lo q u e h a r á al h o m b r e b ie n a v e n t u r a d o p a r a sie m p re . De-
beis, pu es, e n t e n d e r q u e la p o b re z a q u e c o n d u c e al cielo es u n g e ­
neroso d e sa p e g o d e los b ie n e s de la tie rra . Si acaso los ten eis, no
p o n g á is v u e s tro corazo n e n ellos: servio s d e ellos e n h o r a b u e n a ; p e ­
ro solo como q u ie n los u sa y no como q u i e n los goza. T o m a d p a r a
vosotros lo n e c e sa r io , y lo su p é r llu o da d lo á los p o b res . Y si acaso
ll e g á i s á p e r d e r l o s , lle v a d lo con p a c ie n c ia in a l te r a b le , c o n te n t á n d o o s
con v u e s t r a s u e r te ; y no p ro c u r é is salir d e e lla p o r m ed io s in ju sto s:
p o n eo s en m a n o s d e la d i v i n a P ro v id e n c ia , y ella os p ro v e e r á d e lo
n e c e sa rio p a ra v u e s t r a j o r n a d a , h a s t a q u e llegu éis á la p a t r i a c e le s ­
tial. E s ta es la p o b reza q u e J e s u c r is to q u ie r e en n o so tro s, y esto es
n e g a rs e á sí m ism o. F eliz el q u e h a y a d a d o este p r i m e r p aso e n su
salv a c ió n , p o rq u e e n v e r d a d está y a m u y a d e la n ta d o , p e ro es p r e c i­
so e n t e n d e r q u e esto no b a s t a .
E s n e c e sa r io , dice el S e ñ o r , q u e todos los d ias llev em o s n u e s t r a
cruz; es d e c ir , q u e p r e c i s a m e n te y de c o n tin u o h e m o s d e m ortifi­
ca r n u e s t r a s p a s io n e s p a r a ll e g a r u n dia á g u s t a r los p la c e re s del
cielo. No b a s ta q u e lle v e m o s n u e s t r a cruz u n a s e m a n a , u n añ o; h e ­
mos de ll e v a r l a todos los d ia s de n u e s t r a v ida. Mas no os e s p a n té is
p or esto, a m a d o s m ios, sin o a le n t a o s d e c a d a d ia m a s , p o r q u e se rá
in e fab le la re c o m p e n s a . Si leeis las v id a s de los S a n to s , v e ré is cu án-
to h a n p ad ecid o los m á r t i r e s , c o nfe sore s y v ír g e n e s p o r go zar de
los c o nsue los p e r d u r a b le s d e la g lo ria . C u á n to s q u is ie r o n m a s p e r ­
d e r la v id a e n los to r m e n t o s , q u e p e r d e r la e t e r n a felicidad p o r u n a
acción c o b a rd e y p e c a m in o s a . C u á n to s por !o m ism o lian sufrid o
con in v i c ta p a c ie n c ia m alos tr a ta m ie n t o s , ir ris io n e s , c a d e n a s y p r i ­
siones. C u á n to s se h a n d e ja d o a p e d r e a r , q u e m a r y d e s p e d a z a r . No
se nos p id en á n oso tro s s e m e ja n t e s p r u e b a s , ni al p r e s e n te esta m o s
e x p u e s to s á las p e rs e c u c io n e s d e los tira n o s . Pero sin e m b a r g o , es
n e c e sa r io q u e n o s c u e s t e algo lle g a r á la felic ida d d e los sa n to s. Si
q u e r e m o s co g er la m i s m a c o s e c h a q u e ellos, es n e c e sa rio q u e s e m ­
b re m o s lo mismo q u e ellos s e m b r a r o n . E llos, como dice el real P ro ­
feta 1, s e m b r a r o n lá g r im a s y g e m id o s , ju s to es q u e co jan el fruto
de los goces y p la c e r e s e te r n o s . Todo esto q u i e r e decir, q u e p a r a
alc a n z a r el r e in o del cielo es preciso h a c e r s e v io le n c ia , lle v a r la
cruz y lle v a rla co n p e r s e v e r a n c ia . Y ta m b ié n es n ecesa rio s e g u ir á
Jesu cristo .
N a d ie p u e d e s a l v a r s e , a m a d o s m i o s , si no se co nform a con este
divino M odelo: lo dice sa n P a b lo . Y en el E v a n g e lio de sa n M ateo
leemos q u e , a c e rc á n d o s e un d ia á n u e s t r o S alv a d o r la m a d r e de los
apóstoles S a n tia g o y san J u a n , d ic ié n d o le al S e ñ o r q u e h icie se q u e
sus dos hijos se s e n t a s e n con él en su r e i n o , u n o á su d e r e c h a , y
otro a su i z q u i e r d a ; v o lv ié n d o se á ellos sil M aje sta d Ies dijo «Y
«bien, mis a m a d o s discíp u lo s, ¿ p o d ré is b e b e r el cáliz q u e Yo h e de
« b eb er? »
E j e r c i t a n t e s : figu raos vosotros a h o r a q u e os d ijera J e s u c r is to ; y
b ien , vo so tro s q u e q u e r e i s ir al cielo ¿po dréis b e b e r mi cáliz? S a b e d ,
pu es, q u e está lleno d e hiel y de a m a r g u r a : h o m b r e s d elic ad o s y
se n s u a le s, si q u e re is ir al cielo, es preciso q u e lo b e b á is . E n el fondo
de este cáliz h a y o p ro bio s, in j u r i a s , a fr e n ta s, b u rla s , m e n o s p re c io s y
todo g é n e ro de t o r m e n t o s : ¿ q u e r é i s ir al cielo? Es preciso q u e la
bebáis. ¿ Q u é r e s p o n d e r é is , a m a d o s m ios? No os e q u iv o q u é is en la
re s p u e s ta , p o rq u e no h a y elec c ión . P o d e m o s , d e b é is d e c i r , como
dijeron S a n tia g o y J u a n : p o d em o s con v u e s t r a g ra c ia ; p o r q u e e s t a ­
mos ciertos de q u e solo co n esta c o n d ic io n p o d re m o s r e i n a r con Yos
en el cielo. S í, e je r c it a n te s , eso es u n a v e r d a d infalible. H o m b re s v i ­
ciosos, d e s e n g a ñ a o s d e v u e s t r a s v a n a s e s p e r a n z a s; p o r q u e es d e fe,
que si no os n e g á is á v u e s t r o s d e s o r d e n a d o s g u sto s, si no lleváis la
cruz de la m o rtificac ión , si no segu ís con la im ita c ió n á J e s u c ris to ,
no p od éis e n t r a r en el re in o de los cielos.
Valor, p u e s , a m a d o s m io s. E n la casa del S e ñ o r h a y m u c h a s si­
llas q u e d e ja r o n v a c ía s los á n g e le s q u e p r e v a r i c a r o n , y h a n de lle­
n arlas los h o m b r e s ju s to s . H a g a m o s todos los esfuerzos posibles p a r a
llenar u n o d e estos l u g a r e s d e d e sc a n s o . D ém o no s prisa á m e r e c e r
aqu ella e t e r n a b i e n a v e n t u r a n z a . A p re s u ré m o n o s , d o b le m o s el paso
y no p e rd a m o s t i e m p o ; p o r q u e la n o c h e de la m u e r t e v i e n e c e rc a ,
y e n to n c e s ya no p o d ré m o s t r a b a j a r p a r a el cielo. Allí e u c o n l r a r é -
mos u n o s b ie n e s q u e n a d ie n o s p o d rá q u i t a r , unos d e le ite s que
n u n c a se a c a b a r á n , y u n o s h o n o res v e rd a d e r o s y e te r n o s . T r a b a j e ­
mos p a ra h a c e r n o s d ig n o s de ellos, d e s p e g a n d o n u e s t r o corazon d e
c u a n to h a y so b re la ti e r r a , lle v a n d o con p a c ie n c ia n u e s t r a cru z , y
sig u ie n d o á Je s u c ris to q u e es n u e s t r a g u ia . Y de e ste m od o tendré*
m os la d ic h a d e r e i n a r co n él e t e r n a m e n t e en la g lo ria . E s t a os
deseo, ctc.
EJERCICIO DUODÉCIMO.

LECCIO N.
D e la o r a c i o n .

E je r c ita n t e s : h a s t a a q u í os he in s tru id o de los p ri n c ip a l e s m i s t e ­


rios y v e r d a d e s d e n u e s t r a s a n t a R e lig ió n c o n te n id o s e n la p r i m e r a
p a rte d e la d o c tr in a c r i s t i a n a , q u e nos e n s e ñ a lo q u e d e b e m o s c r e e r .
Ahora h a b la r e m o s de lo q u e n os e n s e ñ a en la s e g u n d a p a r t e , q u e se
re d u c e á s a b e r lo q u e d e b e m o s p e d ir , y cómo h e m o s de p e d ir; esto
es, de cómo h e m o s de o ra r.
P. ¿ Q u é es o ra c io n ?
R. O ra c io n no es o tr a cosa q u e l e v a n t a r el c orazo n á Dios, y p e ­
dirle m erced es e s p iritu a le s ó c o rp o rales. El m ism o J e s u c ris to n o s
enseñó c o n s u e jem p lo la p r á c t ic a d e esta v i r t u d . P ues e n la n o c h e
de la ú l t i m a c e n a , s a b ie n d o q u e los ju d ío s v e n d r í a n á p r e n d e r l e p a r a
q u itarle la v id a , salió al h u e r t o d e G e ts e m a n í, y p o s tra d o en tie rra
le pidió á su P a d r e q u e si era p osible no le d ie se á b e b e r el cáliz de
la p a s ió n q u e le t e n i a n p r e p a r a d o su s enem ig o s,
P. ¿N o s es n e c e s a r ia la o ra c io n ?
R. L a o ra cio n n o s es ta n n e c e s a r ia , como q u e ella es la llave del
cielo y el c a n a l p o r d o n d e n os b a ja n to da s las g r a c i a s . N u e str o Se­
ñor Je s u c ris to n os la m a n d a e n v a ria s p a r t e s del sa n to E v a n g e l i o ;
y el ap óstol s a n P a b lo 1 ta m b ié n n os e n c a r g a q u e o re m o s sin i n t e r ­
misión.
P. ¿D e c u á n t a s m a n e r a s es la o ra c io n ?
R. De dos; o racio n m e n t a l y oracion vocal.
P. ¿ Q u é es oracion m e n t a l?
R. La q u e se h a c e solo co n el c o ra z o n , l e v a n t a n d o n u e s t r a con si­
d e ració n á Dios en silencio.
P. ¿ Q u é es o racio n v o c a l?
R. La q u e h acem o s á Dios co n el c o r a z o n , y al m ism o tiem p o la
exp resam o s con p a la b r a s .

1 I Tim. v.
P . ¿S o n m u c h a s las o ra c io n e s q u e u s a la s a n t a ig l e s i a ?
R. Son m u c h a s ; pero la p r i n c ip a l de to das es ia o racio n del P a ­
d re nuestro.
P. ¿ Q u i é n hizo la o racion del P a d r e n u e s t r o ?
R. Cristo n u e s tro S e ñ o r.
P. ¿Y p a r a q u é la hizo?
R . P a r a e n s e ñ a r n o s á o ra r , «Así h a b é is de o r a r , dijo J e s u c ris to á
«los A póstoles 1 : P a d r e n u e s t r o , q u e estás en los cielo s:» con todo
io d e m á s q u e se d ice e n esta o ra cio n .
P . ¿C óm o h em o s de o ra r p a r a q u e n u e s t r a o racio n sea b i e n h e ­
cha?
R. P a r a q u e n u e s t r a o racio n sea b ie n h e c h a y o id a del S e ñ o r
d e b e ir a c o m p a ñ a d a de c u a tr o p re c is a s c i r c u n s t a n c i a s , q u e son,
b o n d a d , h u m i l d a d , c o n fian za y p e rs e v e r a n c ia . ¥ si falta a l g u n a de
e ll a s , ia o racio n no s e r á b u e n a , n i a l c a n z a ré m o s lo q u e p e d im o s á
Dios.
P. ¿ C u á n d o direm o s q u e n u e s t r a o racio n tie n e b o n d a d ?
R. C u a n d o p e d ím o s cosa b u e n a y con b u e n fin. P o rq u e si se p i ­
de cosa q u e es c o n tr a r i a á la ley d e D ios, ó , a u n q u e 110 lo s e a , si
se p ide p a r a h a c e r m a l uso de e l l a , la oracion no es b u e n a n i se rá
o i d a ; p o r q u e es im p o sib le q u e Dios a y u d e y fav orezca p a r a cosa
m a la .
P . ¿C óm o t e n d r á h u m i ld a d la o ra c io n ?
R . S i s e h a c e co n conoci m ien to de n u e s t r a b ajez a, y d e la g r a n d e z a
■del S e ñ o r á q u ie n p e d im o s. Y e n to n c e s Dios c o n c e d e r á lo q u e p e d i­
mos, si nos c o n v ie n e . P o r q u e , como d ic e el apóstol S a n tia g o s, «Dios
« re s iste á los s o b e r b io s , y á los h u m i ld e s d a su g ra c ia .»
P. ¿ C u á n d o lle v a r á con fian za la o ra c i o n ?
R . D ícién do no s el S e ñ o r q u e p id a m o s , y rec ib ir é m o s; el p e d i r s i n
co n fia n z a es lo m ism o q u e n o d a r e n te r o c réd ito á su p a la b r a : y de
esto se o fend e m u c h o su M a jesta d . D e b e m o s s i e m p r e p e d ir con co n ­
fianza de q u e Dios n os h a r á la g r a c i a , si nos c o n v ie n e . Y p o r eso,
c u a n d o p r e s e n ta r o n á J e s u c r is to u n p a ra lític o p a r a q u e lo c u r a s e , lo
p rim e ro q u e le dijo fue: «Confia, hijo.» Y v ié n d o le c o nfiad o, a ñ ad ió :
«T u s pecad os son p e r d o n a d o s . » Y á u u tiem p o le dió la s a l u d del al­
ma y la del c u e rp o ; p o r q u e á los q u e p id e n b ie n , a c o s t u m b ra el Se­
ñ o r d a rle s m as de lo q u e p id e n .
P . ¿ Q u é es oracion con p e r s e v e r a n c ia ?
R. E s p e d ir le á Dios c o n s t a n t e m e n t e , sin d ejarlo de h a c e r , p o rq u e
Dios no nos co n c e d e luego la g ra c ia q u e se le p id e . P u e s sien do v o ­
lu n ta d del S e ñ o r h a c e r n o s p a r t i c i p a n t e s d e su b e n e f i c e n c ia , á las
veces r e t a r d a la g ra c ia p o r el g u sto q u e tie n e en q u e le p id a m o s . El
mismo J e s u c r i s t o , p a r a a l e n t a r n o s á ser p e r s e v e r a n te s en la o r a ­
cio n, p ro p u so á sus d is c íp u lo s esta p a r á b o l a q u e refiere sa n L u cas
en su E v a n g e lio *: «¿Q uién d e vosotros, les dijo, t e n d r á u n a m ig o ,
«que tocan do á m e d ia n o c h e á la p u e r t a de su araigo, le d irá: A m i-
«go mió, d a m e tres p a n e s q u e n e c e sito p a r a d a r l e á u n h u é s p e d q u e
«me lia v e n i d o , y n a d a ten g o q u e d a r l e ; y el am igo le r e s p o n d e :
«véte y d é ja m e e s t a r , p o r q u e la p u e r t a y a está c e r r a d a , y mis cria-
«dos d o rm id o s, y yo no p u e d o le v a n t a r m e ? P e ro si no o b s t a n te esta
« repu lsa, el am ig o n e c e sita d o c o n t i n ú a e n p e d ir le con in s ta n c i a los
«tres p a n e s , ¿ a l f i n , d ice el S e ñ o r ; al fin no se l e v a n t a r á el otro
« am ig o , y le d a r á los tres p a n e s q u e le p id e ? » Con este símil, n os
dió á e n t e n d e r J e s u c r i s t o , q u e c u a n d o no so tro s som os p e r s e v e r a n ­
tes en la o ra c io n , al fin Dios se c o m p a d e c e d e n o s o t r o s , y nos c o n ­
suela co n la g ra c ia q u e le p e d im o s. P id a m o s cómo d e b e m o s , y será
a te n d id a n u e s t r a o ra cio n .
P. ¿ Q u é q u ie r e d e c ir q u e h a d e ser lo q u e se p id e cosa b u e n a ?
R. P o r cosa b u e n a se e n t i e n d e todo lo q u e p u e d e c o n d u c ir á la
salvación, ó es n e c e sa r io p a r a m a n t e n e r n u e s t r a v id a . Y así p e d ir le
á Dios q u e n o s q u it e ía v id a a n te s q u e o fend erle, ó q u e nos h a g a la
gracia d e q u e llev em o s con p a c ie n c ia los tra b a jo s p o r su a m o r ; esto
es cosa b u e n a . P ed irle á Dios u n la b r a d o r q u e le d é b u e n a s c o se ch as
para m a n t e n e r e n su g r a c i a la fam ilia , y p o n e r á los hijos en h o n r a ­
da c a rr e ra y estad o d e c e n t e ; es p e d ir cosa b u e n a y con b u en fin.
Pedirle á Dios un jo r n a le r o , q u e le d e p a r e el jo r n a l diario p a r a m a n ­
tenerse él y sus hijos sin p elig ro d e b u s c a r otro modo dq v iv ir que
pueda o fe n d e r al S eñ o r; esto es p e d ir con b u e n íin. Un jó v en q u e le
pide á Dios le p r o p o r c io n e p a r a esposa u n a m u j e r v ir tu o s a p a r a v i ­
vir s a n t a m e n t e eu el estado de m a t r i m o n i o á q u e se siente i n c l i n a ­
do; este p id e con b u e n fin. Y en s u m a , todo lo q u e p u e d e c o n d u c ir
á la m a y o r h o n r a y g lo ria de Dios, á n u e s tro b ien e s p iritu a l ó t e m ­
poral ó al de n u e s t r o p ró jim o , y no lle v e otro fin to r c id o , todo es
cosa b u e n a y se p id e con b u en fin.
P. De tod as las o ra c io n e s q u e u sa la s a n t a Ig lesia, y las q u e n o s ­
otros h a c e m o s , ¿ c u á l es la m e jo r?
R.. i a m ejor y m a s e x c e le n te de todas es la o racio n del P a d r e
n u e s t r o , p o r q u e fue e n s e ñ a d a p o r J e s u c r is to p a la b r a p o r p a la b r a .
P or e sta e x c e l e n c ia , y p o r q u e c o m p r e n d e c u a n to de b u e n o y p ro ­
ve cho so podem os y d e b e m o s p e d ir á D ios, m e r e c e q u e tr a te m o s de
ella ex p lic á n d o la por p a r t e s . E sto h a re m o s en la lecció n de m a ñ a ­
n a . El S e ñ o r nos dé salu d y g ra c i a p a r a h acerlo . A m e n .

E JE M PL O

de m joven cito mvy fervoroso.

E s te b u e n jó v e n todos los d ias p o r la m a ñ a n a h a c ia su o fr e c im ie n ­


to á Dios y te n i a su rato de o r a c i o n ; él m ism o d ecia: si a l g u n a vez
falto á e ste d e b e r , todo el d ia a n d o d is ip a d o . E s te b u e n m u c h a c h o
a p e n a s te n i a doce añ os c u a n d o Dios se le llevó al cielo p a r a p r e m i a r ­
le su d ev o cio n . Su m u e r t e fue ta n feliz y d i c h o s a , q u e c u a n to s te
v e ia n y oían l l o r a b a n d e t e r n u r a . ¡Dios mió! e x c la m a b a de c u a n d o
en c u a n d o a n te s d e e s p i r a r , casi lodos los d ias os h e hecho u n s a crifi­
cio de mi co raz o n , a h o r a os h ago uno de mí v id a ; a c e p ta d lo , S eñ or
m ío ; y así m u rió . I m ite m o s á este piad oso m u c h a c h o , y seam os
exactos como él en o frecer to da s las m a ñ a n a s n u e s tro c o ra z o n , p e n ­
s a m ie n to s , p a la b r a s y o b ras á Dios, á fin d e t e n e r u n a b u e n a m u e r ­
te c u a n d o sea l l e g a d a la h o ra.

OTIíO E J E M P L O

sacado de la sagrada Escritura.

C u a n d o se dió la b a ta l la e n t r e los a m a l e c it a s y el pu eblo d e Dios,


Moisés te n i a las m a no s le v a n t a d a s o ra n d o y r o g a n d o á Dios p a r a que
d ie r a la v icto ria á su pueblo; m as como el c a n s a n c io le o blig a b a al­
g u n a s v ec es á b a j a r l a s , se o bserv ó q u e e n to n c e s los a m a l e c it a s co­
b r a b a n v e n ta j a . P o r esto A a ro n , su h e r m a n o , y H u r , hijo d e C a le b ,
h icie ro n s e n t a r á Moisés en u n a p ie d r a y le s o s tu v ie r o n los brazos,
con q u e p ud o c o n t i n u a r la o ra c io n h a s t a q u e se co nsig uió la d e rr o ta
d e los en em ig o s. Dios q uiso e n s e ñ a r n o s con e ste ejem p lo q u e la o ra ­
cion es la q u e h a ce á los h o m b r e s victo rio sos c o n t r a todos sus e n e ­
migos, y por lo ta n t o h em o s de e s ta r bien c o n v e n c id o s de q u e con
la o racio n y la fr e c u e n c ia d e S a c r a m e n to s s ie m p re s a ld ré m o s v ic to ­
riosos de los en em ig o s de n u e s t r a a l m a ; p e ro q u e si a b a n d o n a m o s
e sta s pod erosas a r m a s q u e Dios nos ha d a d o , serémoR ve n c id o s .
M E D IT A C IO N .

Sobre la soberbia.

C o n s id e r a , c ristia n o , q u e la s o b e r b ia es u n a e n fe r m e d a d de! al­


ma, p o r la q u e el h o m b r e se h i n c h a y no c ab e en sí m ism o. No h a y
vicio q u e t e n g a m e n o s m otivo p a ra a p o d e r a r s e del c o razo n del h o m ­
bre. Y sin e m b a r g o , no h a y otro q u e e c h e en él m a s p ro f u n d a s r a í­
ces. N a d ie h a y q u e no se a s o b e r b i o ; po cos q u e lo c o n o z c a n , y n i n ­
guno q u e q u i e r a p a r e c e r io . M u c h a s v ece s con fesam o s la s o b e rb ia ,
señal c ie r ta q u e en ella h a y algo d e vil y v ergo nzo so, l a s o b e r b ia
es el p e c a d o q u e m a s a b o rr e c e D ios; p o r q u e lleva en si la s e m illa
de todos los p eca d o s. N i n g u n o h a y q u e no sea efecto de la s o b e r ­
b ia ; p o r q u e n in g u n o h a y q u e no se a falta d e s u m is ió n á Dios. Si
se q u it a s e del m u n d o la s o b e r b i a , se q u i t a r í a la m a y o r p a r t e de
las c u lp a s . E lla p a re c e q u e no sea el m a y o r d e los p e c a d o s ; pero
es el de m as fu n e s ta s c o n s e c u e n c ia s . De la so b e r b ia v i e n e la a m b i ­
ción y el deseo d e h a c e r s e ó p a r e c e r u n su jeto h o m b r e g r a n d e , sea
por b u e n o s ó por m alos m e d io s. De la s o b e r b ia n a c e la v a n a p r e ­
s u n c ió n d e se r m a s q u e otros. De la s o b e r b ia n ace la h ip o c r e s ía , p a ­
ra se r te n id o el h o m b r e p o r lo q u e de v e r d a d no es. De la s o b e r b ia
p ro v ie n e la te m a q u e se c o n c ib e c o n tr a otro q u e i g u a l a ó sob re sa le
por a lg u n a p a r t i c u l a r c i r c u n s ta n c ia . De la s o b e r b ia d im a n a la t e n a ­
cidad con q u e se s o s tien e la p ro p i a o p in io n ó p a r e c e r , h a s t a p re f e ­
rirlo á lo d e c la ra d o p o r la s a n t a Ig le sia , y a u n al E v a n g e li o de .Je­
sucristo. D é l a so b e r b ia se o r i g in a n las có leras e n c e n d i d a s , las iras
e n v e n e n a d a s , las c ru e le s v e n g a n z a s , las m a l ig n a s e n v id ia s , las r i­
ñas y las m u e r te s . De la s o b e r b ia v i e n e n las m u r m u r a c i o n e s , !as
rev o lu c io n es, la re b e l d ía c o n tr a Sas le g itim a s a u t o r id a d e s y las b l a s ­
fem ias c o n t r a Dios. Y d e la so b e r b ia n a c e n las c a lu m n ia s m as n e ­
gras y los pleitos m as in ju s to s .
C o n sid e ra , e je r c it a n te , q u e ta n t o como Dios a b o rr e c e la s o b e r b ia ,
tanto la c o n d e n a y c a stig a . P e r s ig u e al so berb io, lo p r i v a de sus
auxilios, lo a b a n d o n a á su s d eseo s d e s a r r e g la d o s y las p asio n e s m as
v erg on zosas p a r a a b a tirlo y h u m i ll a r l o . Las e n f e r m e d a d e s , los co n ­
tra tie m p o s, los a c o n te c im i e n to s d e s g r a c ia d o s , la p é r d i d a d e ios h i ­
jo s y de los bie nes, y las fatales ca íd a s en los p e c a d o s m as h o r r o r o ­
sos; to d os estos y o tro s sucesos d e s g r a c ia d o s so n in s t r u m e n t o s de
qu e Dios se v a le p a r a v e n g a r s e y c a s t ig a r al sob erbio , Á v is ta de
10 Y a lv ljíiie.
esta d e m o s tra c ió n , ¿ q u e r r á s , h e r m a n o mío, ser so b erb io ? Je s u c ris to
te d ic e , q u e si e res h u m i l d e se rá s le v a n t a d o h a s t a ei c i e l o ; y si eres
sob erbio , s e r á s a b a ti d o h a s ta el in fiern o . E lig e , p u e s , lo q u e te esté
m e jo r. Mas c o n s id é ra te á tí m ism o, y h a ll a r á s g r a n d í s im o s m o tivo s
de h u m i ld a d solo con q u e m e d ite s un poco en lo p a sa d o , en lo p r e ­
s e n t e y en lo fu tu ro d e tu p e rs o n a . Si p ie n s a s en lo p a sa d o , ¿ c u ál
h a sido su o rig e n ? l a n a d a d e d o n d e saliste, y el pe cad o en q u e fu is­
te co nce bid o. Pero lo q u e te d eb e h u m i l l a r m as son los p e c a d o s q u e
h a s co m etido . T ú pe c a ste . ¡Ah! y q u é g r a n motivo p a ra tí de h u ­
m ill a r t e ! T ú m e n o s p r e c i a s te la m a je s ta d in f in ita de Dios, p u e s bien
m e re c id o tie n e s q u e te se d e s p r e c ie in f in i ta m e n te . T ú pe c a ste , luego
te m e re c is te el in fiern o . T ú p e c a ste , y estás cierto q u e h a s c o m e t i­
do m u c h o s p e c a d o s m o r ta l e s ; p e ro no estás cierto q u e te se h a y a n
p e rd o n a d o . No p u e d e s d u d a r q u e m e r e c is te el in fiern o, y no sab es
si a u n lo estás m e r e c ie n d o . P u e s ¿ q u é p u e d e h a b e r q u e m a s te h u ­
m ille ? ¿ Q u é v a n i d a d p o d rá q u e d a r t e con e s ta reflex ión ?
C o n sid e ra , h e rm a n o mío, q u e si te m iras por lo p re s e n te á v is ta de
io q u e tie nes en tí m ism o, h a ll a r á s g r a n d e s ra z o n e s p a r a h u m i ll a r t e .
¿ Q u é v e rá s en tí m ism o sino u n a fu e rte r e p u g n a n c i a p a ra el b ie n ,
y u n a p o d e ro s a in c lin a c ió n p a r a el m a l ? Como n u e s t r a v o lu n t a d está
d e p r a v a d a , m ira m o s el b ie n como m al y el m al como u n b i e n ; y es
preciso q u e la g r a c i a n o s sep are de n o so tro s m ism o s, p a ra q u e p o ­
d a m o s h a c e r o b ra s b u e n a s . Y si tú h a s h e cho a lg u n a s , ¡q u é pocas
y p e q u e ñ a s s e r á n ! Y a u n estas pocas, ¡ q u é m e zc la d a s de im p e r f e c ­
cio n es! ¡ Q ué de in c o n s ta n c i a en ellas, q u é d e c o b a rd ía , q u é de fi­
nes te m p o ra le s , q u é d e p ro p i a c o n v e n ie n c ia , q u é d e re s p e to s h u ­
m a n o s ! Si n u e s t r a s v i r t u d e s , si n u e s t r a s m is m a s acc io n e s b u e n a s
n o s d e b e n h u m i l l a r , ¿ q u é d e b e r á n h a c e r en tí tu s vicios y p e c a d o s ?
Y si te m iras p o r lo f u tu ro , ¿ q u e m o tiv o s ta n g r a n d e s no v e r á s de
h u m i ll a c ió n ? ¡A.h! ¿ Si se rá s p e rd o n a d o , si se rá s repro b o , si te
sa lv a rá s, si te c o n d e n a r á s ? ¡Qué in c e r t i d u m b r e ! T ú solo sa b rá s de
cierto q u e sin la g r a c i a de la p e r s e v e r a n c ia no p u e d e s s a l v a r le . Mas,
¡ a y de tí, y ay d e m í ! q u e no po dem os m e r e c e r ni a s e g u r a r n o s de
e sta g ra c ia . P o r q u e ¿ s o b r e q u é cosa p o d re m o s a s e g u r a r n o s ? ¿ S o ­
bre la v o lu n t a d de D io s ? P e ro ésta, como dice san P a b lo 1 , nos es
to t a lm e n te o c u lta . ¿ P o d r e m o s a s e g u r a r n o s so b re n u e s t r a v o l u n t a d ?
P e ro ésta es d e s r e g l a d a , déb il é i n c o n s ta n t e , ¿N os a s e g u r a r á n la
g r a c i a n u e s t r a s b u e n a s o b r a s ? P ero ¡ a h ! q u e las m a s e x c elen te s no
p u e d e n m e r e c e rla . ¿N os a s e g u r a r é m o s en las g ra c i a s q u e te n e m o s
re cibid as? ¿ Q u ié n n o s a s e g u r a r á q u e se re m o s líeles e n ellas? N ad ie
ha recibido m a s g ra c ia s q u e S alo m o n , y es p r o b a b le q u e no tu vo la
de p e rs e v e r a n c ia .

P a r a sacerdotes,
« C arísim os sac erd o tes: y no sotros ¿en q u é p o d ré m o s a s e g u r a r n o s
«de q u e te n d r e m o s esta g ra c ia ? ¿Acaso e n la p erfección d e n u e s t r o
o estado? N i n g u n o n ía s p e rfe c lo q u e el de J u d a s , c o m p a ñ e ro y após-
« tol de J e s u c ris to , te s tig o d e sus v ir tu d e s y m ilagros; y co n to d o esto
«fue tr a id o r y a p ó s ta ta , y m u rió d e se s p e ra d o . P u e s si las c o lu m n a s
■(del firm a m e n to faltaro n , n o so tro s q u e somos d é b ile s c añ as, ¿no te n -
«drém os raz ó n p a r a te m b la r y h u m i ll a r n o s ? E n tr e m o s , p u e s , d e n tr o
«de n oso tro s m is m o s , y en v is ta de lo n a d a q u e h e m o s s id o , d e lo
'(malo q u e te n e m o s al p r e s e n t e , y d e la m is e ria á q u e e s ta m o s expues-
«tos por lo fu tu ro , h u m illé m o n o s d e l a n t e d e Dios y d e los h o m b r e s ,
;<y a p a g u e m o s h a s t a los h u m o s d e n u e s t r a so b e r b ia . D e sp ojé m o no s
«de n u e s t r o orgu llo á los pies de J e s u c r i s t o , a n te s q u e el S e ñ o r se
«anticipe á d e s p o j a rn o s y h u m illa rn o s . M ie n tra s seam o s sob erb ios
«serénaos e n e m ig o s de n u e s t r o Dios. Y si som os e n e m ig o s de D ios
«por s o b e r b io s , ¿ q u é h a r á sino a b a ti r n o s á lo ínfim o de la m a y o r
«vileza, com o h a h e c h o con o tro s m u c h o s m e n o s so berbio s q u e n o s­
o t r o s ? Si no p e r d o n ó la s o b e r b ia de u n L u c if e r , ¿ p e r d o n a r á la de
«un vil g u s a n o de la t i e r r a ? \ r si somos h u m i l d e s , ¡ o h ! y c u á n t a s
«gracias y d o n es h a y e n los tesoros del cielo p a r a e x a lt a r n u e s t r a
« h u m ild a d á la vista d e los h o m b r e s y d e los Ángeles.))

J AC ULA TO RIA S.

¡Oh p a c e n t í s i m o J e s ú s ! ¿ q u i é n m as g r a n d e q u e V os, ni q u ié n
mas h u m i l d e q u e V o s? P o r u n a p a r t e os c o n te m p lo se n ta d o sob re
las e s t r e l l a s , y p or o tra os veo h u m illa d o y c la v a d o en u n a c r u z .
¡Q üé e jem p lo e ste p a r a m í '
¡D ulce J e s ú s mío! h u m i ll a d mi s o b e r b ia h a s t a d o n d e Vos q u e ­
ráis, y p o r los m o d o s q u e q u e r á i s . Todo lo lle v a ré con p a c ie n c ia
y h u m i l d a d , p o r q u e q u ie r o h a c e r m e s e m e ja n t e á V o s , como m e
man d ais.
Me a v e r g ü e n z o , Je s ú s m í o , d e h a b e r sido t a n soberbio á la v is ta
de u n Dios t a n h u m i l d e . D etesto mi a l t a n e r í a , la dejo ú v u e s t r o s sa-
Gratísimos píes, y digo, a r r e p e n ti d o de m i o rg u llo , q u e m e p esa en
el a lm a de h a b e ro s o fendido.

PIÁ T IC A .

Sobre la soberbia.
E je r c ita n t e s : n a d a h a y raas h a b la d o en las c o n v e rs a c io n e s , n a d a
raas leido en los lib ro s, y n a d a m as e x p e r i m e n t a d o d e n o s o tro s que
la i n c o n s ta n c i a y t r a n s it o r i a v a n i d a d de las cosas del m u n d o , y las
m is e ria s de la v id a h u m a n a . Y sin e m b a r g o , a s o m b ra la m u l t i t u d
de c ristia n o s q u e llev ad o s del a m o r p ro p io se e n s o b e r b e c e n , y q u i e ­
r e n r e m o n ta r s e so b re todos los d e m á s , com o se r e m o n t a el sol sobre-
tod as las a l t u r a s d e la ti e r r a . Se h i n c h a n sin t é r m i n o , y v ie n e n á
r e v e n t a r e n los m ales q u e tr a e consigo la so b erb ia, y q u e os b e d a ­
do á c o n te m p la r e n el p a n t o d e m e d i ta c i ó n . D eb ía b a sta r p a r a a b a ­
tir y d e r r ib a r estos e n c u m b r a d o s cip re se s d e so b e r b ia el ad m ira b le
ejem p lo de N u e s tr o S e ñ o r J e s u c r is to , y la t e r m i n a n t e lección q u e nos
d a en s u E v a n g e li o d íc ié n d o n o s : « A p re n d e d de Mí, q u e soy h u m ü -
<fde de co raz on .» P e ro no b a s t a n d o ni ei e je m p lo , n i la a m o n e s ta c ió n
d e n u e s t r o S a lv a d o r , p a r a q u e m u c h o s q u e se tie n e n p o r discípulos
suy os se p r e c a v a n con !a h u m i ld a d c o n t r a la p e s te d e la soberbia,
q u e in ficio n a tod as las a c c io n e s del q u e e stá poseído de este vicio-
c a p i t a l , v o y á d e m o s tr a r le s los p o d ero s o s m o t iv o s q u e t i e n e n , no
solo p a r a no p r e t e n d e r h u m i l l a r á n a d i e , sino a u n p a r a p e n s a r b a ­
j a m e n t e d e sí m is m o s : a te n d e d .
H o m b re p re s u m id o y so b e r b io , q u e p r e t e n d e s h a c e rt e , ó parecer-
m e jo r q u e todos e n to da s las cosas; yo p o d rí a m u y b ie n a p la s ta r tu
h i n c h a z ó n , solo co n h a c e r q u e tu s ojos d ie s e n u n giro al d e r r e d o r de
tí m ism o . ¿ C u á n to s v e ría s m a s a p lic a d o s q u e tú al servicio de Dios,
y á los acto s d e d ev o c io n y p i e d a d ? ¿ C u á n to s m a s p ro n to s y dili­
g e n t e s q u e t ú , p a r a o ir la p a l a b r a del S e ñ o r , y c u m p l ir s u s m a n ­
d a m ie n to s ? ¿ C u á n to s m a s sufrid os q u e tú en las in j u r i a s , y m a s dó­
ciles en p e r d o n a r los a g ra v io s ? ¿ C u á n t o s m a s fu ertes q u e t ú en la-
to le ra n c ia d e los trab ajo s? ¿ C u á n to s m as li b e ra le s q u e lo eres tú con
los pobres? ¿ C u á n to s m a s e x c e le n te s q u e tú e n to do g é n e ro d e v ir­
tu d e s ? ¿C óm o á v is ta d e tu p e q u e n e z h a b ía s de p r e t e n d e r se r te n i­
do p o r el m a s p e rfecto e n tr e tu s h e r m a n o s , sin a v e r g o n z a r te y con­
f u n d i r t e ? P ero no es m e n e s t e r ta n t o : d e n t r o de tí m ism o hem os de
d e s h a c e r la a m p o lla de v ie n t o d e tu so b erb ia . E n tr e m o s en tu cora-
:zon, q u e es el ch a rc o d e d o n d e s a le n tu s v a n o s p e n s a m ie n t o s . ¿H as
■pecado? Sí q u e has p ecado . P u e s m ira , este solo p e n s a m ie n t o d e b ia
b astar p a r a q u e de tal modo te a v e rg o n z a s e s d e tí m ism o , q u e ni a u n
p u d iese s t o l e ra r el r e c u e r d o de tu s o b e r b ia . ¿ H a s p e c a d o ? P u e s le
has h ech o á los ojos d e Dios m a s h e d io n d o q u e u n sapo , m as a s q u e ­
roso q u e u n b asilisco , m a s a b o m in a b le q u e u n d r a g ó n . ¿ T e n d r á s
valor p a r a q u e r e r ser ten id o p o r u n a g r a n cosa en la e s tim a c ió n de
los h o m b r e s ? ¿ H a s p e c a d o ? P u e s te h a s h ec ho e n e m ig o de Dios,
hijo del d e m o n io , esclavo d e L u cife r, c o n d e n a d o al in fie rn o . ¿Q u er­
rás a u n q u e todos te r i n d a n su s res p eto s y a te n c io n e s? Si, has peca do
y a u n no te h a s a r r e p e n t i d o d e tu s c u lp a s ; a u n no te se h a n p e r d o n a ­
do tus delitos; estás bajo la c u c h illa d e la d iv i n a ju s ti c ia , e s p e r a n d o
el golpe de su v e n g a n z a . ¿Y a u n te a t r e v e r á s á e r g u i r tu c u e ll o , y
m irar co n d e sp r e c io á los q u e e s t á n m as b ie n p u e s to s q u e tú? E s lo
■sumo d e la in s o le n c ia .
Mas yo q u ie r o c o n c e d e r t e q u e Dios m isericordioso te h a y a p e r ­
d on ad o, en v i r t u d de u n a d o lo ro sa confesion , los m u c h o s y g r a v e s
.pecados co n q u e o fe n d iste á su M a je s ta d ; y ta m b ié n q u e te b a y a
condonado las p e n a s y suplicios q u e m e r e c is te p o r ellos. ¿ T e n d r á s
por esto u n ju s to m otivo p a r a i n s u l t a r al m as p e q u e ñ o d e tu s p ró ji­
mos, ni a u n p a r a p e n s a r e n h a c e r l o , d ic ié n d o le q u e tú e res m e j o r
que é l? ¿ E n q u é f u n d a s e s t a e x c e le n c ia ? ¿ e n q u e te se p e rd o n a r o n
aquellos p e c a d o s? P u e s ¿ y c a d a d ia 110 h a s c o m e t id o , y a u n a caso
■ahora m ism o no e s ta r á s c o m e tie n d o o tro s n uev os? E x a m i n a las p o ­
tencias d e tu a l m a , y lo v e rá s . ¿ Q u e h aces de t u m e m o r i a , d e e sa
potencia d e t a lm a q u e nos r e c u é r d a l o p a s a d o ? ¿N o te v a les d e
tilla p a r a h a c e r lo q u e no d e b e s , ó la tie n e s ociosa sin o c u p a rl a en
lo q u e debes? ¿C u á n ta s v ec es te a c u e r d a s de tu s p ec a d o s, p a r a g lo ­
riarte de ellos? ¿ C u á n ta s a p la u d e s en tu c o r a z o n , como u n tr iu n fo ,
las m a q u in a c io n e s q u e u s a s te p a r a lo g rar tu s d e p r a v a d o s in te n to s ?
¿C uántas te has d is c u lp a d o de tu s m is m a s c u lp a s , p a li á n d o la s con el
h o no r, con la n e c e s i d a d , ó con el no pudo pasa r por otro punto? Y
j*or el c o n tr a rio , ¡q ué pocas veces te h as ac o rd a d o d e los m u c h o s b e ­
neficios q u e h a s re c ib id o d e Dios! ¡Q ué e n t o r p e c id a tie n e s tu m e m o ­
ria, p a r a p e n s a r e n t a n t a s v ece s como el S e ñ o r te ba p e rd o n a d o sin
m erecerlo! ¿ T o d o esto es v i r t u d ó es p e c a d o ? Y ei e n t e n d i m i e n t o ,
esa noble p o te n c ia ca paz d e r e m o n ta r s e b a s ta el tro n o d e la D iv in i­
dad, ¿no lo tie n e s p e r v e r ti d o , sin c o n te m p la r ni la g r a n d e z a de Dios,
ai la d u lz u r a d e los gozos e te r n o s , ni la h o r r e n d a fe a ld a d del p e c a ­
do, ni lo te r r ib l e de las p e n a s del in fiern o? ¿E sto es v ir tu d ó es p e ­
ca d o ? É sa v o l u n t a d p ro p e n s a á todo lo m alo ¿ á q u é excesos no se-
a r r o ja r í a , si Dios no la tu v ie s e e n f r e n a d a ? C o n t e m p l a , p u e s , h o m ­
bre altivo , las m u c h a s llag as d e q u e está c u b i e r t a tu a lm a e n sus p o ­
te n c i a s , y c o n té m p la lo b ien . Yo estoy cierto de q u e lejos d e e s t i m a r ­
te en m a s q u e á otros, e x c la m a ría s como e! sa n to Jo b en el m u l a d a r :
«D esde la p la n t a del pié h a s t a lo sum o d e la c a b e za no h a y en mí
« p a rte s a n a ; todo soy ll a g a s , d o lo res y c a r n i c e r í a .»
P e ro no sigam os mas esta o b s e r v a c ió n , h e r m a n o mió. Yo te su­
po ngo c o n v e rtid o á Dios, y q u e co n v e r d a d e r o d o lor has llorado tus-
cu lp as, y q u e d e s p u e s de tu a r r e p e n t i m i e n t o no h a s co m e tido p e c a ­
do m ortal. Pero ¿ p o d r á s ya p o r esto a d u l a r t e á tí m ism o y d e c ir te ,
« ¿ q u ié n como yo?» N o , hijo m i ó , no. Si no h a s v u e lto á los a n t i ­
g u o s excesos, ni h a s in c u r r id o en o tro s, ¿n o es b a s t a n t e m o tiv o p a ­
ra q u e dejes de a p r e c i a r t e el solo te m o r d e q u e p u e d e s c a e r e n ellos?
¿ C u á n to s e je m p la r e s p o d ria yo p r e s e n ta r t e d e e sta n a tu r a le z a ? P e ro
no h a y tiem p o. B a s ta r á d e c ir te q u e a u n q u e fueses m as san to q u e s a n
P a b lo , p a r a c a e r en el ab ism o d e to da s las m a l d a d e s , y e n v o lv e r te
en los m a y o re s p eca d o s q u e p u e d e n c o m e te rs e , no h a y n e c e sid a d de
m ila g r o : solo con q u e Dios re tíre d e tí su g r a c i a ; solo con q u e te
n ie g u e sus a u x ilio s , es b a s t a n t e p a r a q u e v e n g a s á se r el m as p é s i­
mo y m a lv a d o de todos los h o m b r e s . Díme y a, p u e s , h o m b r e e n t o n a ­
do en a m o r p ro p io , c u a l q u i e r a q u e tú seas, si á v is ta de lo q u e h a s
oído, de lo q u e eres, y de lo q u e p u e d e s ser á los ojos d e Dios, q u e r ­
rás y a p o n e r t e en el s u p e r io r g ra d o de e s tim a c ió n e n tr e los h o m b r e s ,
6 si d e b e rá s h u m i l l a r t e y g e m i r como u n san A g u s tín , q u e le d e cia
á Dios co n la m a y o r co nfusion: « T a n r u i n soy, S e ñ o r , q u e sí a lg u -
«n a cosa m a la he d eja d o de h acer, lo a tr ib u y o solo á v u e s t ra m is e ­
r i c o r d i a , á v u e s t r o s au x ilio s y á v u e s t r a g ra c ia .»
C o nclu yam os', e j e r c i t a n t e s , y c o n c lu y a m o s h u m i ll á n d o n o s com o
viles g u s a n o s d e la n t e d e D io s, q u e s ie n d o n u e s t r o S e ñ o r , le h e m o s
o fend id o y p ro vo cad o t a n t a s veces con n u e s t r o s p e c a d o s p a s a d o s :
d e l a n t e d e D io s, q u e s ie n d o n u e s t r o R e d e n t o r , le in ju r i a m o s cada
d ia con pecad os d e p re s e n te : d e la n t e d e Dios, q u e h a d e s e r n u e s t r o
ju e z , y p id á m o s le h u m i l d e m e n t e m is e ric o rd ia por lo p a sa d o , i n d u l ­
g e n c ia por lo p r e s e n te y c le m e n c ia p o r lo fu tu ro . Et S eñ o r m is e ri­
cordioso nos c o n c e d e rá e sta s g ra c ia s, si nos n e g a m o s á noso tro s m i s ­
m o s , si to m a m o s n u e s t r a c r u z , si le im ita m o s en su h u m i l d a d . Si
nos r e m o n ta m o s so berbio s, se re m o s h u m illa d o s h a s t a el in fie rn o ; y
si h u m ild e s nos a b a ti m o s , se ré m o s e x a lta d o s h a s t a la g lo ria . E s ta os
d e se o , etc.
EJERCICIO DÉCIMOTERCIO.

LEC C IO N .
B e l P a d re nuestro.
E je r c ita n t e s : sie n d o l a n r a c i o n del P a d re n u e s t r o la m a s e x c e le n te
de to d a s , voy á e x p lic a ro s las sie te p e tic io n e s q u e en ella h a c e m o s
á Dios, á fin de q u e e n t e n d á i s lo q u e ped ís, y la re ceis con d ev o c io n ,
p o rq u e no es oida d e Dios la o racio n q u e se le h a c e sin d evo cion y
a te n c ió n .
P. ¿ P o r q u é e m p e z a m o s e s ta o ra c io n , d ic ien d o P a d re n u e stro ?
R . P o r q u e la p a la b r a P a d re es la m as ti e r n a , la m as d u lc e y ¡a
q u e m a s m u e v e n u e s t r o s afectos h á c ia Dios, d e q u ie n som os hijos;
y ta m b ié n la m a s p o d ero s a p a r a in c l in a r á n u e s t r o favor las e n t r a ­
ñas del S e ñ o r.
P. ¿ P o r q u é no sotros nos d ecim os y som os hijos d e Dios?
R . P o r q u e Dios nos hit d a d o todo el ser q u e ten em o s e n cu e rp o y
en a lm a , y todo lo q u e som os por naL uraleza y g ra cia.
P , ¿ P o r q u é d e c im o s P a d r e n u e s t r o , y no d e c im o s P a d re m i ó ?
R . P o r q u e todos somos h e rm a n o s ; y no solo h e m o s de p e d ir p a r a
n o so tro s, sin o q u e d e b e m o s p e d ir p a r a todos los p ró jim o s, se a n
a m igo s ó e n e m ig o s , y a se a n b u e n o s , y a sean malos.
P. ¿ E n d ó n d e e stá Dios n u e s t r o P a d r e ?
R . E n el cielo, en la t i e r r a y e n to das p a r t e s , p o r ese n c ia , p re ­
se n c ia y p o te n c i a . P o r e se n c ia , p o rq u e d a el ser á to das las cosa¡f;
por p r e s e n c ia , p o r q u e en todo lu g a r está p r e s e n te , y por p o te n c i a ,
p o rq u e Lodo lo c ria , c o n s e r v a y p u e d e a n i q u i l a r . Y d ecim os q u e está
en los cielos, p o r q u e allí ti e u e p r i n c i p a l m e n t e su l r o n o , y allí se deja
ver y p o se e r de los b ie n a v e n t u r a d o s . Es a rtic u lo de fe q u e Dios está
en to das p a r t e s ; y de c o n s i g u i e n t e , ta m b ié n está en n u e s t r o c ora ­
zon: s i e m p re va con n o so tro s, y n a d a se le o c u lta de lo q u e h a c e m o s
y p e n s a m o s . P o r ta n t o , d e b e m o s p e n s a r en q u e no h a y m o m e n to a l­
g u n o en q u e no este m o s en p r e s e n c ia de Dios. ¿ Q u ié n se a tr e v e r í a
á p e c a r si p e n s a s e q u e el S e ñ o r le e stá m i r a n d o ?
¿ Q u é p e d im o s d icien d o santificado sea lu nombre?
R. P e d im o s q u e el n o m b r e de Dios sea tenido en r e v e r e n c ia y
a la b a d o de todos los h o m b r e s, s e a n c ris tia n o s ó m oros, ju d ío s ó g e n -
tiles. P o rq u e , como hijos su yo s, d e b e m o s d e s e a r que de todos sea
con ocido y a la b a d o el n o m b r e d e n u e s t r o P a d r e .
P . ¿ Q u é p e d im o s d ic ie n d o , venga á nos tu reino?
R. P o r rein o d e Dios se e n ti e n d e la g ra c ia , y ta m b ié n la g lo r ia .
Y le p ed im os q u e en e sta v i d a re i n e en noso tro s p o r g ra c ia , y d e s ­
p u é s re in e m o s con el S eñ o r en la g lo ria .
P . ¿Qué p ed im o s d icie n d o , hágase tu voluntad, así en la tierra co­
mo en el cielo?
R. Le p e d im o s q u e nos dé g ra c ia p a r a g u a r d a r sus sa n to s m a n ­
d a m i e n to s , p o r q u e e s ta es su v o l u n t a d ; y p a r a q u e sea m o s t a n
p r o n t o s en su serv icio en este m u n d o , como lo son los Á n g e le s e n
el cielo.
P. ¿Q u é son los Á n g e le s ?
R , S o n e s p íritu s h e rm o sís im o s q u e crió D io s.en el p rin c ip io del
in u n d o , c u y a c o n t i n u a o c n p ac io n es h a c e r la corte á su M ajestad ,
a la b a r le y b e n d e c irle . De ellos se v a le el S e ñ o r p a r a g u a r d a r á Jos
h o m b r e s , y p a r a re c ib ir sus p e tic io n e s y e n v ia r le s s u s g ra c ia s . Sé
p i n t a n en fig ura h u m a n a , m u y h e r m o s a y con alas , p a r a q u e for­
m e m o s a l g u n a id ea de su belleza, y de la lig e re z a con q u e e je c u ta n
las ó rd e n e s de Dios. D eb em os ser m u y dev o to s de los sa n to s Á n g e ­
les, y p a r t i c u l a r m e n t e del Á n g e l de n u e s t r a g u a r d a , q u e d esd e q u e
n ac im o s n os a c o m p a ñ a p a r a d e fe n d e r n o s de n u e s t r o e n e m ig o el d e ­
m o n io , y lib ra rn o s de ios p e lig ro s d e a lm a y c u e rp o .
P. ¿ Q u é p e d im o s dicie n d o el pan nuestro de cada d ia dánosle hoy?
R. P o r pan se e n t i e n d e el sa n tísim o S a c r a m e n to d el a lta r, del c u al
dice J e s u c r i s t o 1 : «Eí q u e co m ie re de este p a n , v i v i r á e t e r n a m e n t e . »
T a m b i é n se e n t i e n d e p o r pan la p a l a b r a d e Dios. Así lo dijo e) S e­
ñor al diab lo t e n t a d o r 2: « E s t á esc rito q u e el h o m b r e n o solo se
« m a n t i e n e y v iv e d e l p a n , sino t a m b ié n d e la p a l a b r a q u e sale d é l a
«boca d e Dios.» Y p o r s u s te n to del c u e rp o no solo se e n ti e n d e el p a n
q u e co m em os, sino t a m b ié n to do lo q u e es n e c e sa rio p a r a n u e s t r o
m a n t e n im ie n t o , v estid o y h a b it a c ió n .
V. ¿ P o r q u é p e r m it e Dios q u e a lg u n o s h o m b r e s q u e son b u e n o s
se v e a n p riv a d o s de lo n e c e s a r io p a r a la v id a del c u e rp o ?
11. P a r a p r o b a r su fe y su p a c ie n c ia , y d a r l e s m a s g lo r ia en el
cielo.
P. ¿ P o r q u e d e cim o s, de cada dia dánosle hoy?
R. P a r a q u e d a r o b lig ad o s á p e d ir lo m is m o m a ñ a n a : c o n t e m p l á n ­
donos e n !a p r e s e n c ia d e Dios como u n o s p o b re s m en d ig o s, q u e n e ­
cesita m o s c ad a d ia p e d ir le n u e s t r o s u s te n to .
P . ¿ Q u ó p e d im o s d ic i e n d o , perdónanos nuestras deudas, asi como
nosotros perdonamos á nuestros deudores?
R. N o sotros, lu e g o q u e p e c a m o s , n o s h a c e m o s d e u d o re s ¡i ©ios,
y d e b e m o s sa tisf a c e r á su ju s ti c ia en esta v id a ó e n la o tr a , p o r la
in j u r i a q u e le hicimos, Y p a r a o b lig a r m as al S e ñ o r á q u e n o s p e r ­
d on e, le d e c i m o s q u e l o l s a g a e o r a o n o s o t r o s l o h a c e m o s con los q u e nos
lian ofen dido . Y así, el q u e g u a r d a re n c o r con su p ró jim o , y no q u ie r e
p e rd o n a r le , d e b e te m b la r s i e m p r e q u e r e z a el P a d r e n u e s t r o . P o r q u e
p e d ir á Dios q u e Jo p e rd o n e como él p e r d o n a , es lo m ism o q u e d e ­
cir; S e ñ o r , yo no p e rd o n o á mi h e r m a n o ; os pido q u e á mí t a m p o ­
co m e p e rd o n e i s . M a ldición es e s t a q u e no p u e d e ser ni m as h o r r e n ­
da, n i m a s terrib le ; p o r q u e es p e d ir la c o n d e n a c i ó n .
P . ¿ Q u é p e d im o s d ic ie n d o , no nos dejes caer en la tentación?
R . P e d im o s á Dios q u e no p e r m i t a dem o s n u e s tro c o n s e n t im ie n t o
p a ra c o m e t e r el p e c a d o á q u e somos te n t a d o s .
P. ¿ Q u é d e b e m o s h a c e r de n u e s t r a p a r t e p a r a no c a e r en la t e n ­
ta c ió n ?
R. H u i r las ocasion es en q u e solem o s se r te n ta d o s .
P. G uando decim o s, ni «5 líbranos de mal, ¿ d e q u é m al p e d im o s
ú Dios q u e n o s li b r e ?
R. Del d em o n io , del infierno y de casos d e sa s tra d o s . Del d e m o n io ;
p o r q u e ,c o m o d ice sa n P e d ro «el d e m o n io nos v a s i e m p r e ro d e a n d o
«como león ra b io s o , p a ra v e r có m o d e v o ra r n o s .» Del in f ie rn o ; p o r ­
q u e es el l u g a r en d o n d e se p a d e c e n j u n t o s todos los m ale s. Y de
casos d e s a s tra d o s , q u e son a q u e llo s e n q u e p u e d e p e r e c e r la salu d
de n u e s t r a a lm a ó la v id a d e n u e s t r o c u e rp o .
P . ¿Y p o r q u é e s t a o ra c io n del P a d r e n u e s t r o , y to d a s las q u e r e ­
zamos, a c a b a n con la p a l a b r a A m en?
R. L a p a l a b r a A m en q u i e r e d e c ir , así sea como pedimos; ó yo con­
siento en lodo lo que .se ha pedido. Y p o r eso, á tod as las o ra c io n e s
q u e reza ó c a n t a la s a n t a Ig le s ia , todos r e s p o n d e m o s A m en ; como si
d ijé ra m o s , n os c o n fo rm a m o s con la i n t e n c ió n d e los s a c e r d o te s , q u e
p id e n e n n o m b r e de todos.
Q u e d a e x p lic a d a la s e g u n d a p a r t e de la d o c t r i n a c r i s t i a n a , q u e

* l P elr. w
c o n siste en s a b e r lo q u e se h a de p e d ir , y cómo d e b e m o s h a c e r l o .
H a g a m o s n u e s t r a s o rac io n es con las c ir c u n s ta n c ia s q u e d e b e n a c o m ­
p a ñ a r l a s , y e n v id a a l c a n z a re m o s d e Dios su s g r a c i a s , y en m u e r t e
la e t e r n a g lo r ia . E s ta os de se o , e tc .

^ EJEMPLO
cíc un jóven pastor.

Un jó v e n p a s t o r te n ia la s a n t a c o s t u m b r e de h a c e r o racio n m i e n ­
t r a s ib a a p a c e n t a n d o su g a n a d o . H a b ié n d o le p r e g u n t a d o a lg u n o si
se fastidiaba.es tan d o ta n to tiem p o solo en la c a m p i ñ a , re s p o n d ió q u e
c o n su P ad re n u e stro le b a s t a b a p a r a a c o r t a r s u s d ias y h ac erlo s a g r a ­
d a b le s , p o r q u e en él h a ll a b a u n a f u e n t e s ie m p re m i e v a d e p e n s a m i e n *
tos c o n so la d o re s y d e b u e n o s s e n t im ie n t o s , d e m a n e r a q u e a lg u n a s
v e c e s n e c e s i ta b a toda la s e m a n a p a ra p o d e rlo r e z a r e n te r o . ¡T an to
e ra lo q u e se s a b o r e a b a e n c a d a p a l a b r a del P a d re n u e stro ! ¡D icho­
so el c ris tia n o q u e sa b e m e d i t a r bien ca d a u n a d e las p a la b r a s del
P a d re nuestro! E n él h a ll a r á u n a fu e n t e i n a g o t a b le d e g ra c ia s y m i ­
s e r ic o rd ia s.

M E D IT A C IO N .

S o b r e la a v a r i c i a .
C o n sid e r a , c ristia n o , q u e la fe, i g u a l m e n t e q u e la ra z ó n , c o n d e ­
n a n la a v a r i c ia y el a p e g o á las r i q u e z a s . J e s u c r is to n o s d i c e 1: «En-
« d o n d e está v u e s t r o tesoro, allí e s t a r á v u e s tro c o ra zo n .» ¡ T e r r i b l e
s e n te n c ia ! No es m e n e s te r ser c ris ti a n o p a r a co no cer lo d e sr e g la d o d e
e ste vicio; b a s ta se r r a c io n a l. P o r q u e , ¿ q u é p u e d e d a r s e m en os c o n ­
fo rm e á ra z ó n , q u e a m a r con exceso u n o s b ie n e s q u e no se p u e d e n
d e s e a r m u c h o sin d e s o r d e n , ni j u n t a r l o s sin tra b a jo s ó in j u s t ic i a s ?
¿ u n o s b ien es, q u e p a r a c o n s e r v a rlo s se p a d e c e n p r i v a c io n e s q u e h a ­
cen i n c u r r i r al h o m b r e e n la n o t a d e r u i n y m i s e r a b l e , y p a r a a u ­
m e n ta rlo s mil tr a b a jo s a s so lic itu d e s ? ¿ u n o s b íe n e s q u e , si se p ie r d e n ,
c a u s a n u n e x tr e m a d o dolor; y si se g u a r d a n , no sa tisfa cen el deseo*
sin o q u e ir r it a n y a v i v a n m as la p a s i ó n ? P o r q u e , ¿ s e halló j a m á s
a l g ú n av aro q u e h a y a d ic h o , ya jio quiero m as? ¿ u n a s riq u e z a s , q u e
no h a c e n m e jo r al q u e las t i e n e ; p o r q u e si g a s t a poco, no las g o ­
z a ; y si g a s t a m u c h o , le d u r a n poco? ¿ u n a s r i q u e z a s , q u e muchos-
ac c id e n te s las p u e d e n q u i t a r , y q u e la m u e r t e las q u i t a r á in f a lib le ­
m e n t e ? P r e g u n t o , c ri s ti a n o , ¿ p o r v e n t a r a u n o s b ie n e s ta n d e fe c ­
tu o sos y p e re c e d e r o s m e r e c e r á n ta n to tu e s t im a c ió n , q u e los p re tie ­
ras á los in fin ito s y e te r n o s ?
Pero la fe, a u n m as q u e la razó n , c o n d e n a el d e m a s ia d o a pe go á
las riq u e z a s . ¿C ó m o p u e d e u n cristian o de ja rse p o se e r d e esta p a ­
sión, si c ree el E v a n g e li o ? ¿N o t e m e r á las m ald ic io n e s de Jesucristo-
c o n tr a los ricos p e g a d o s á su d in e r o ? ¿Y cu ál es el rico q u e no lo-
e s t á ? ¿ P u e d e d e ja r de te m b l a r , o y e n d o d e c ir á n u e s t r o S a l v a d o r 1;
«Es m a s fácil q u e u n cam e llo p ase p o r el ojo d e u n a a g u ja , q u e u n
«rico e n tr e e n el c ie lo ? » ¿ Q u ié n es el rico q u e no te m b l a r á si se
p o n e á p e n s a r q u e su esta d o es c o n tr a rio al de J e s u c ris to , q u e n a ­
ció, vivió y m u r ió p o b r e ? Y u n e sta d o o p u e sto á su E v a n g e lio ¿ n o
lleva en sí el c a r á c t e r d e r e p r o b a c ió n ? Si tie n e n fe, ¿no d e b e n t e m ­
b l a r los q u e se h alle n en tal e s t a d o ? Y tú , c ristia n o , q u e te h allas
en él, ¿tie n e s p o r eso t a n t a v a n i d a d y c o m p la c e n c ia , y a u n miras-
con d e sp re c io y d e s d e n á los q u e no e s tá n ricos como t ú ? P u es
m ira , p o r lo m ism o q u e e res rico, tien es m as motivo q u e el otro
p a ra h u m i l l a r t e . D eja, p u e s , de e n g r e í r t e p o r cosa q u e p u e d e p e r ­
derte.
C o n sid e ra , h e r m a n o mió, q u e si con a n s i a b u sca s y g u a r d a s el
d in ero no h a c e s o tr a cosa q u e p o n e r o b stá c u lo s á tu salv a c ió n ; y
q u e lo m ism o q u e te h a c e d e s e a r las r i q u e z a s , es lo q u e d e b e h a ­
cé rte la s te m e r . ¿ P a r a q u é las d e se a s ? C ie r t a m e n t e p a r a satisfac er
tus a p e tito s y c o n t e n t a r tus p a sio n e s. P u e s e n ti e n d e q u e p a r a c a s ti­
g a r t e Dios no h a m e n e s t e r m as q u e d e ja r te c o r r e r con tu s d eseo s;
p o r q u e e n to n c e s es c i e r ta tu p e rd ic ió n . Y sino d im e : ¿ co n q u é i n ­
te n c ió n te a p lic as ta n t o á j u n t a r d i n e r o ? ¿No es p o r te n e r fuerza p a r a
o p r i m i r á tu e n e m ig o ? P u e s esto es p e r d e r te . ¿Es p o r t e n e r re c u r s o s
p a ra s o s te n e r u n pleito i n j u s t o ? P u e s esto es p e r d e r te . ¿S e rá p o r te ­
n e r cebo p a r a g a n a r u n a s e n t e n c i a fa v o ra b le , a u n q u e in ju sta ? E sto
es p e r d e r t e . ¿Acaso se rá por te n e r a r m a s p a r a d e r r i b a r á tu p rójim o
del p uesto q u e o c u p a , p a r a lle n a rlo t ú ? E sto es p e r d e r te . Y si es p a r a
t e n e r j a b ó n p a r a q u e d e s b a r r e á tus pies la firmeza d e u n a m u j e r
h o n e s t a , ó por te n e r m e d io s p a r a m a n t e n e r la p r o s tit u ta , ¿no tien es
en esto m u y c i e r ta tu p e rd ic ió n ? Lo m en o s m alo q u e p u e d a s d e s e a r ,
-es a t e s o ra r c a u d a l e s solo p o r el g u sto de te n e r lo s , y esto es p e r d e r ­
te; p o rq u e , co n fo rm e á la s e n t e n c ia de J e s u c r is to , p o n d rá s e n c a d e ­
n a s de oro y p l a t a á tu c o ra z ó n , y esto s e r á t u ú l t i m a p e r d i c ió n .
V e n d r á la m u e r t e , y al a r r a n c a r t e d e las r iq u e z a s el corazon, e x c la ­
m a r á s d e s e s p e ra d o : « i l fin, m u e r t e i n g r a t a , ¿ a sí m e se p a r a s d e
-«mis b ie n e s p a ra s i e m p r e ? »
C o n sid e ra , e je r c it a n te , q u e del so b rad o a n h e lo de las riq u e z a s se
d e r i v a n como d e u n m a n a n t i a l todos ios p ecad o s. S a n Pablo d i c e 1:
«Los q u e con a n s ia q u i e r e n h a c e r s e ricos, c a e n en todos los lazos
« q u e el d e m o n io les p o n e , y no h a y te n t a c ió n q u e no a d m i t a n co n
« fa c ilid a d . » Y el E s p í r i t u S a n to d ic e p o r el Sabio 3 : «El q u e q u ie r e
« h a c e rs e rico a p risa , no t a r d a r á en se r p e c a d o r,» El q u e a s p i r a con
exceso á se r ric o , es de te m e r q u e p r o n to d e je de ser b u e n c ris tia n o .
Así lo dice sa n P a b lo con estas p a l a b r a s 3 : «M uchos p o r de ja rse lie-
« v a r deí deseo d e se r ricos, p i e r d e n la e s p e r a n z a d e los b ie n e s e s -
« p ir ít u a le s , q u e es la fe.»
O tra s p asio n e s se e n fla q u e c e n co n la e d a d ; p e ro é s t a se a u m e n ­
ta. L as o tr a s c a lm a n con la p o se sio n de los o b jeto s q u e d e s e a r o n , y
é s t a mas se ir r it a con ellos. Es u n fu ego a b ra s a d o r , q u e , c u a n to m as
m a t e r i a se te a p lic a , m as c rec e. Un a v a r o es p a re c id o á u n h id r ó p i­
co, q u e en vez d e a p a g a r l e la se d el a g u a q u e b e b e , m a s a n s i a tie ­
n e p or b e b e r. El q u e es a v aro , lie u e en m o v im ie n to to das las p asio ­
nes; p o rq u e y a es in j u s t o , y a v io le n to , y a c ru e l , y a sosp echo so , y a
v a c ila en la fe, y a q u e b r a n t a las leyes, y a falta á la c a r i d a d , y a
d e s a t ie n d e á la R elig ió n ; o lvida los v ín c u lo s d e la s a n g r e , d e s p r e c ia
la v i r t u d d el r e c o n o c i m i e n to , y a p a g a los s e n t im ie n t o s de p ie d a d . Y
h a s t a de Dios p ie r d e la m e m o r i a , p o r q u e solo el in t e r é s es su Dios,
á q u ie n conoce, á q u i e n a d o ra , y á q u i e n sacrifica h o n r a , c o n c ie n c ia
y sa lv ació n . H e r m a n o mió, ¿ h a s in c u r r i d o tú e n estos d e s ó r d e n e s ?
M ira no se a q u e tu c e g u e d a d le lo e n c u b r a , y no p u e d a s a p li c a r el
rem e d io .

P a r a sacerdotes.
« S eñ o res s a c e r d o te s : g u a r d é m o n o s no sotros m a s q u e to do s del
«apego á los b ie n e s m u n d a n o s , por la a lta c o n s id e r a c i ó n de q u e J e ­
s u c r i s t o , á q u ie n nos h e m o s c o n s a g r a d o , d e b e se r n u e s t r a ú n ic a y
« m a s a p r e c i a b le p o se s io n . Si te n e m o s afición á los d in e r o s , h a b r á d i-
«ficultad en d e s p r e n d e m o s d e ellos; d e s e a r e m o s t e n e r m a s, e n v id ia -
« ré m o s la fo r tu n a d e o tros, y to do s n u e s t r o s afectos ir á n á r e u n i r s e
«en la bolsa d e n u e s t r o d in e r o . Si nos hiciésem o s a v a ro s con el p r e -
«texto d e p r e c a v e r n o s c o n tr a u n a n e c e s id a d s o n a d a , su frirérao s vo-
« l u n t a r i a m e n t e m u c h a s v e r d a d e r a s . Con el títu lo d e p r u d e n t e eco-
« n o m ía, p a d e c e ré m o s p o r n u e s tro r u i n tra to u n in fiern o a n ti c ip a d o .
« S erém o s el d e se c h o de los s e g l a r e s ; c o n esc á n d a lo d e e llo s, nos-
« a p lic a re m o s á los tráficos y neg o cio s del s i g l o ; y con el m as h o r ­
r e n d o sacrilegio a r r o ja re m o s de n u e s tro co razon á J e s ú s , p a r a e n ­
t r o n i z a r e n el al ídolo d e s p r e c ia b le del in te ré s . Si tal h ic ié se m o s,
« ¡d e s g ra c ia d o s d e no so tro s! i n c u r r ir ía m o s e n la m a ld ic ió n d e san
« Pedro á S im ó n H a g o , y el m ism o m a n d o p o n d r í a p o r epitafio en-
« n u e s t ro s e p u l c r o : Tu dinero sea tu perdición .»

JACULATORIAS.

No p e r m it á is , Dios mió, q u e mi co razon se p e g u e á los b ie n e s de


este m u n d o , e n los q u e ta n to p e lig ra la sa lv a c ió n .
Yo, J e s ú s m ió, no q u ie r o m as riq u e z a s q u e las q u e m e g u a r d a i s en
el cielo; ni m as b ie n e s d e la t i e r r a q u e los p rec isos p a r a c o n s e r v a r m i
v id a el tiem p o q u e sea d e v u e s t r a s a n t ís i m a v o lu n t a d .
F a v o re c e d , S e ñ o r, mis deseos, q u e son de a te s o ra r m é r ito s p a r a el
cielo. G r a n d e h a sido m i d e sc u id o en e sta p a r t e . Pero yo lo lloro á
v u e s t r o s sa c r a tís im o s p ié s , d ic ie n d o con s e n t im ie n t o s de co ra z o n
co n tr ito q u e m e p e sa d e h a b e r o s o fend ido .

PLÁTICA..

Sobre la avaricia.
E je r c ita n t e s : el vicio c o m ú n en todos los p e c a d o re s es a d u la r s e á
sí m ism os. C re e n no h a c e r m a l , c u a n d o e f e c t iv a m e n te lo h a c e n ; 6
ti e n e n p o r falta lig e ra lo q u e m u c h a s veces es u n a pasió n c r i m i n a l.
Pero es m a l p e c u li a r de los a v a ro s este modo d e p e n s a r . El E s p ír it u
S an to d ice \ q u e la t i e r r a está ll e n a de éstos; y n o o b s ta n te n i n g u n o
cree q u e está su je to á e ste vicio. Se d e c la m a c o n tr a las in ju s tic ia s , las
u s u r a s y la d u r e z a d e los a v a ro s , y n i n g u n o de ellos se d a p o r e n t e n ­
did o. Los m a s p e g a d o s á los b ien es d e este m u n d o se c re e n los m en o s
crim in a le s á los ojos de Dios; y es n e c e sa rio sacarlo s d e su e n g a ñ o .
f a c i e n d o q u e se co n o z c a n . P o n e r toda co n fian za en los b ie n e s d é l a
t i e r r a ; a m o n t o n a r l o s á m a n o s l l e n a s , d e ja r s e p o se e r d e m a s ia d o de
la triste z a c u a n d o se p i e r d e n , y no u s a r d e ellos c u a n d o la j u s ti c ia
ó la c a r i d a d lo p i d e n , son las s e ñ a le s p o r las q u e se conoce el a v a ­
ro : v o y á exp lica rlas.
El a v a ro es a q u e l h o m b r e de q u ie n d ice el real P ro f e ta ’ , q u e n o
m i r a á Dios como su protector* sino q u e lia p u e sto s u co n fia n za e n
la m u l ti tu d de sus b i e n e s , y se j a c t a de su v a n o p o d e r. J e s u c ris to
n os h ace u n r e t r a t o de este a v a ro con e sta p a r á b o l a s : « ll a b ia u n
« h o m b r e rico, c u y a s tie rra s fru ctificab an e x t r a o r d i n a r i a m e n t e , y se
« o cu p a b a y r e c r e a b a co n este p e n s a m ie n t o ; No ten g o en d ó n d e e c h a r
«todo lo q u e h e co gid o; ¿ p u e s q u é h a r é ? D e r r i b a r é m is g r a n e r o s y
« h aré o tro s m ay ores; j u n t a r é en ellos to das mis cosech as y to d os mis
« b ien es , y d ir é á mi a lm a ; a lm a m ia , ti e n e s m u c h o s b ie n e s j u n t o s ,
«y p a ra m u c h o s a ñ o s ; d e s c a n s a , com e y b e b e , y r e g á l a te .» Y ed
a q u í u a h o m b r e q u e no p ie n s a e n la P r o v i d e n c i a , y p o n e lo d a su
c o n f i a n z a en sus b ien es. E s te es el a v a r o , y e s ta es su p r i m e r a se­
ñ a l, a p o y a rs e e n su r i q u e z a e n v ez d e co nfiar e n solo Dios. ¿Y q u é
le s u c e d e ? T a m b i é n lo dice J e s u c r i s t o ; p r o n u n c i a Dios la s e n t e n ­
c i a , [a m u e r t e le a r r e b a t a el a l m a , y c u a n d o m e n o s lo te m ia todo
lo p erdió .
L a s e g u n d a señ a l del a v a r i e n to es p o n e r en m o v im ie n to todo g é n e ­
ro de m e d io s p a ra c o n s e r v a r y a u m e n t a r las r i q u e z a s , u s u r a s , fra u ­
d e s , p ré s ta m o s á in f e re s , y c u a n to s m od os se le p r e s e n t a n , a u n q u e
s e a n p ro h ib id o s. ¿Y q u é dice de este el p ro feta E z e q u i e l « . M o r i r á
«y será c o n d e n a d o .» ¿Y q u é p ie n s a y dice este av aro d e sí m ism o ?
« \ro soy u n h o m b r e h o n r a d o y c a r i ta t iv o ; á a q u e l d e sg r a c ia d o q u e
« e stab a á p u n to d e ser a r r u in a d o le p r e s té d in e r o y se r e p a r ó de sus
« q u i e b r a s ; a q u e ll a v i u d a no ten ia con q u e c u lt iv a r y s e m b r a r sus
« t i e r r a s , le di trigo y p u d o re s p ir a r .» T e e n g a ñ a s , h o m b r e m i s e r a ­
ble: no e re s c a r i ta t iv o , no eres h o m b r e de bien; ere s u n a v a r o , p o r­
q u e p r e s ta s t e p o c o , p a r a q u e le v o lv ie ra n m u c h o ; so c o r ris te , p e ro
con g a n a n c i a e sc a n d a lo s a y c r u e l ; m o r irá s m a la m u e r te .
La te r c e r a señ al de a v a r i c ia es ia d e m a s ia d a triste z a en las d e s ­
g r a c i a s . S u c é d e le á este h o m b r e un d e sc a la b ro en sus in t e r e s e s ; y
c u a n d o á otros d e s i n te re s a d o s v e m o s q u e e n s u s in f o rtu n io s d ic e n
relig io sa y c r i s t i a n a m e n t e , como el d e s g racia d o y p a c ie n te Jo b : aDios
« m e dió los b ien e s, Dios me los q u itó , sea b e n d ito su s a n t o n o m b r e ; »
eslos a v a r o s , p o r lo c o n t r a r i o , como si les a r r a n c a s e n la piel del
c u e rp o , se i m p a c i e n t a n , c la m a n , m u r m u r a n de la P r o v i d e n c ia , m a l ­
d ic e n y se d e s e s p e r a n . Mas no por eso se re c o n o c e n , ni confiesan s e r
av aro s. El e n c a n t o d e los b ie n e s te m p o ra le s p r o d u c e e n los q u e se
aficion an á ellos tal a to l o n d r a m i e n t o , q u e v ie n e á d e s t r u i r el b u e n
m odo d e p e n s a r , a u n en a q u e llo s sujetos q u e p a re c ía n ser del m ejor
ju ic io y r e c t i t u d . Y d e a q u í p ro ced e q u e no h a c e n uso de su s b ien es
en favor de la h u m a n i d a d , p o r raas q u e c la m e n la ju s ti c ia y la c a r i ­
d ad. Y p o r eso dice el E s p ír it u S a n to , « que no h a y cosa n ía s d e t e s ­
t a b l e q u e un a v a r o .a I n s e n s ib l e á la d e s g r a c ia de su p ró jim o y á
la m ise ria d e los p o b res , ti e n e u n c orazon de p i e d r a p a r a no so co r­
rerlo s; a m a d e m a s ia d o el d in e r o , p a r a q u e q u ie r a h a c e r l i m o s n a s ;
a m a m u c h o s u d i n e r o , p a r a q u e lo p re s te á ía c a rid a d ó á la ju s t i c i a .
Y esta es la c u a r t a señal p o r la q u e se conoce el a v a r o . In fe lic e s h o m ­
bres: las l á g r im a s de los p o b res q u e h ab éis o p rim id o , y el ro b ín de
v u e stro oro y d e v u e s t r a p la ta os a c u s a r á n a lg ú n d ía : s í , y seré is
d e s g r a c ia d a s v íc t im a s d e la a v a ric ia .
E j e r c i t a n t e s : ya sabéis las c u a tr o s e ñ a le s p o r las q u e se co no ce
el q u e es a v a r o . E x a m i n a o s por e ll a s , y si os h a lla is libres d e este
vicio c a p ita l, d a d g ra c ia s á Dios. P ero si no lo estáis, te m e d m u c h o ;
p o r q u e no h a y p eca d o r m a s difícil d e c o n v e r t ir q u e u n a v a r o . Si a l­
g u n a vez q u i e r e el h o m b r e c o m b a t ir este v ic io , al i n s t a n t e a c u d e n
los otros vicios á soc orrerle. V iene la a m b ic ió n y d ic e : sí no ten g o
d in ero no p u e d o h acer figura e n el m u n d o . V ie n e la i m p u r e ­
za y d ic e : si dejo de m a n t e n e r a q u e ll a m u j e r m e a b a n d o n a r á . L a
so b e r b ia , la ir a, ía e n v id i a , todos ios vicios se e m p e ñ a n en s o s te n e r
á su m a d r e la a v a ric ia , y h a c e n la c o n v e rs ió n m u y difícil. Con e fe c ­
to , la e x p e r i e n c ia n o s h a c e v e r q u e las p e rs o n a s raas a d e l a n t a d a s
e n e d a d e s t á n por lo c o m u n m as p e g a d a s al d in e r o q u e los jó v e n e s .
Los otro s vicios e n v e je c e n c u a n d o el h o m b r e e n v e je c e ; p e ro la
a v a ric ia se fortifica , á p e sa r d e la d e c a d e n c i a del viejo a v aro . H a ­
blar á u n a p i e d r a y h a b l a r á u n a v a r o en el a rtíc u lo de la m u e r ­
te , es cási lo m ism o. E s t á ta n lleno d e la t i e r r a , q u e ni el p a ­
raíso, ni el in fie rn o , ni ía b i e n a v e n t u r a n z a , ni u n a felicidad e t e r n a
hallan l u g a r ni en su e n t e n d i m i e n t o ni en su co razon . L la m a al es­
c rib an o p a r a q u e re c ib a su ú lt im a v o l u n t a d , y le d ic e : Y o dejo ...
D etente, in f e liz , se le podía d e c i r ; y a v e m o s q u e d e r e p e n t e y á la
fuerza te h a s h e c h o lib e ra l. P ero como dices yo dejo, ¿ p o r q u é no
dices, yo mé llevo? S í , b ien p u e d e s d e c ir, yo m e llevo todos los d e ­
litos q u e c o m e t í; mis t r a m p a s , m is p e rj u rio s y mis in j u s t ic i a s : yo
m e llevo' las l á g r im a s de las familias? q u e a r r u i n é con mis m aio s ¡.ra­
tos: yo m e llevo los g e m id o s d e la v iu d a q u e a t r o p e l l é .. . A c a b a , m i ­
s e r a b l e , ¿ y q u é te d e ja s ? Dejo m is b ie n e s á m is in g r a to s h e r e d e ­
ros, m i c u e rp o á la t i e r r a , á la p o s t e rid a d mi m e m o ria p a r a q u e to­
dos m e m a l d i g a n , y mí a lm a al d e m o n io p a r a q u e la a r r a s t r e á los
in fiern o s . E s ta e s , a m a d o s m io s, la d e s d i c h a d a m u e r t e del h o m b r e
a v a r o : lo dice el p ro f e ta B a r u c , p r e g u n t a n d o 1: « ¿ E n d ó n d e está n
«[os q u e a te s o r a r o n el oro y la p la ta en q u e c o n íia n los hombres?)-:
y r e s p o n d e : « b a ja r o n á los i n f i e r n o s , y otros h a n q u e d a d o en su
« lu g a r.»
C on clu yo , e je r c it a n te s ; y c o n c lu y o e x h o r t á n d o o s á q u e p o r a m o r
á Dios y á v osotros m ism o s os e x a m in e is so b r e este vicio. M ira d ,
q u e no solo h a y a v a r i c ia en los g r a n d e s , sin o ta m b ié n en los p e q u e ­
ños; no solo en los ricos, sino t a m b ié n en los p o b res , q u e p ri v a d o s
de los b ien es te m p o ra le s a r d e n de e n v id i a y deseos d e ten e r lo s: h a y
a v a r i c ia en los q u e t i e n e n e m p leo s; la h a y en los m e r c a d e r e s y a r ­
tesano s; y no h a y e sta d o e n q u e de u n modo ó de o tro no h a y a a v a ­
rie n to s . C o n te n ta o s co n lo q u e c a d a u n o b u e n a m e n t e ten eis: p e n s a d
en q u e n a d a h a b é is tr a id o á este m a n d o , y q u e tam p o co h a b é is d e
ll e v a r cosa a l g u n a d e é l. Y p e d id l e á Dios q u e a r r a n q u e d e v u e s t r o
corazon el a m o r á los b ien es t e m p o r a l e s , p a r a po n erlo solo en los
b ie n e s e te r n o s d e la glo ria. E s t a os d e s e o , etc.

1 O ip . n i.
EJERCICIO DÉCIMOCUARTO.

LECCIO N.
D e los Mandamientos.
E je r c ita n t e s : e sta n o c h e e n tr a m o s en la ex p licació n de la te r c e ra
p a rt e d e la d o c tr in a c ri s ti a n a , q u e n os e n s e ñ a lo q u e d e b e m o s o b ra r .
V amos á v e r cómo h e m o s de o b r a r en e sta v id a , p a r a p o d e rn o s sa lv ar
en la o tr a . P r e g u n t a n d o u n h o m b r e á N u e str o S e ñ o r Je s u c ris to q u é
h a ría p a r a s a lv a rse , le re s p o n d ió el S e ñ o r solas e stas p a l a b r a s 1 :
« G u a rd a los M a n d a m ie n t o s .» Y esto n o s es tan p reciso, q u e eí m i s ­
mo S a lv a d o r d i c e 51: «El q u e tr a s p a s e uno d e ellos, no e n t r a r á e n el
«rein o de los cielos.» S i e n d o , p u e s , im p osib le q u e se o b se r v e n los
M a n d a m ie n to s , si no se sa b e n y e n t i e n d e n , v a m o s ¿ e x p l i c a r l o s u n o
p o r u n o . Ya sab é is q u e so n d iez, y q u e los tres p rim e ro s p e r t e n e ­
cen ai h o n o r d e Dios, y los oíros siete al p ro v e c h o del p rójim o.

PlUMIiH MANDAMIENTO.

A m a r á D ios sobro todas las cosas.

P. ¿ Q u é q u i e r e d e c ir esto?
R. Q u e d e b e m o s a m a r á Dios m a s q u e al p a d r e , m a s q u e á la
m a d re, m a s q u e a! am ig o , m as q u e al d in e r o , m as q u e á la h o n r a ,
mas q u e c u a n to h a y en el m u n d o ; y q u e d e b e m o s e s ta r re s u elto s á
p erderlo todo, a u n q u e sea la v id a , a n te s q u e ofen derle.
P . ¿ i q u é nos obliga este m a n d a m i e n t o ?
R. Á no co n o c er otro Dios q u e ai q u e nos crió, y q u e á éí éoío
liemos de a d o ra r .
P. ¿Cómo se a d o ra á D ios?
R. Con r e v e r e n c ia d e cu e rp o y r e n d i m i e n to d e p o te n c ia s, h a c ie n ­
do actos de fe, e s p e r a n z a y c a rid a d .
P. ¿ Q u i é n p e c a c o n tr a este m a n d a m i e n t o ?

1 M a tm . x ix . — M b id . v .
11 Y alverde.
R. E l q u e no e s t á en el tem p lo c o r d e v o c io n , ó de a l g ú n m odo se
d e s c o m p o n e e n la p r e s e n c ia d e su M a je sta d ; el q u e c u a n d o p a s a p or
d e la n t e d el S an tísim o S a c ra m e n to no le h a c e el d e b id o a c a t a m ie n t o ,
ó lo h a c e con in d e c e n te y rid ic u la g e n u fle x ió n ; el q u e n ie g a ó d u d a
de a lg ú n a rtícu lo d e la fe; el q u e d e s e s p e ra d e su salv a c ió n , y el
q u e no c u m p le co n la v ir tu d de la re lig ió n .
P. ¿ Q u é se e n t i e n d e p o r r e lig ió n ?
1L P or relig ió n se e n t i e n d e el culto so b e r a n o q u e se d e b e á Dios.
P . ¿C óm o se p ec a c o n tr a la r e lig ió n ?
R , No d a n d o á Dios el culto d e b id o , u sa n d o a d o ra c io n e s y c e r e ­
m o n ia s su p e r stic io sa s , y c o n fia n d o en él c o n v a n a p r e s u n c ió n , como
lo h a c e n aq u ello s q u e c re e n q u e ll e v a n d o tai esc a p u la rio , m e d a l la ,
e s t a m p a ó ro s ario , no m o r ir á n m a la m u e r t e , ni se c o n d e n a r á n ; y
confiados en esto, se m a n t i e n e n m u y sosegados en sus vicios.

e je m p l o

sacado de las sanias E scrituras,

D e m e trio , rey d e la S iria , e n c a rg ó á N ican o r, g e n e r a l d e su s e jé r ­


citos, q u e fuese á d e s t r u i r el te m p lo d e J e r u s a l e n . N ic a n o r, h o m b r e
m alo , en e m ig o del p u e b lo de Dios, v o m i ta n d o b lasfem ias se d irig e
c o n tr a J e r u s a l e n . T a n p ro n to como lo s u p i e ro n los sa c e r d o te s fuero n
al tem plo , y d ije ro n á Dios esta o rac io n d e rr a m a n d o lá g r im a s : «Se-
«ñ or, Vos h ab éis escogido e sta casa p a r a q u e v u e s tro n o m b r e fuese
« inv ocad o en ella, y á fin de q u e fuese p a r a v u e s tro p u eb lo u n a ca-
«sa de o racion es; v e n g a o s de este h o m b r e y de su ejército: p e re z c a n
«al filo de la esp a d a .» E n t r e ta n to llegó el caud illo de ios M. a c á b e o s,
y á la v is ta d e los e n e m ig o s dijo ta m b ié n su o racio n á Dios en estos
t é r m i n o s : « S eñ o r, p o r q u e a q u e llo s q u e h a b ía n sido e n v ia d o s por
« S e a a q u e r i b b la s fe m a ro n c o n tr a Vos, vino un Á n g e l q u e m a tó cie n to
((ochenta y cinco mil soldados; h erid , pu es, del m ism o modo h o y á
«estas tro p a s e n n u e s t r a p re s e n c ia , y s e p a n todos q u e N ic a n o r h a
« h a b la d o in d i g n a m e n t e c o n tr a v u e stro s a n t u a r i o . » 1ÍJ c o m b a te se
t r a b a , y N ic a n o r es' el p rim e ro q u e cae. Los soldados, v ie n d o m u e r ­
to á s u g e n e ra l, se e s p a n t a n , se d is p e r s a n , y son p a sa d o s á cuc hillo
todos los tr e i n t a mil q u e fo rm a n el ejército: ni u n o solo q u ed ó . J u ­
d as Macabeo hizo c o rt a r la cabe za y u n brazo á N ic a n o r : el brazo
fu e s u s p e n d id o e n f r e n te d e l tem p lo de J e r u s a le n , y la cabeza colo­
c a d a en lo alto d é l a c i n d a d e la : la le n g u a b la s fe m a fue a r r a n c a -
-da d e la boca, y r e d u c i d a á p e q u e ñ o s p e d a c ito s fué c o m id a p o r las
av es d e r a p i ñ a . T a l fue la m u e r t e del im p ío b las fem a d o r c o n tr a
-Dios y c o n tr a el tem p lo .

SEfiUNDO MANDAMIENTO.

N o ju ra r el sanio nombre de Dios en vano.


P. ¿ Q u é es j u r a r en v a n o ?
R . Es j u r a r sin v e r d a d , ó sin j u s ti c ia , ó sin n e c e s i d a d .
P. ¿ Q u i é n j u r a sin v e r d a d ?
. II. E l q u e a firm a a l g u n a cosa con j u r a m e n t o , s a b ie n d o q u e no es
v e rd a d lo q u e j u r a , ó d u d a n d o q u e io sea. S on m u c h o s los q u e , l l a ­
m ad os por las a u t o r id a d e s p a r a j u r a r , h a c e n con todo c o n o c i m i e n ­
to u n j u r a m e n t o falso, p o r p a re c e r le s q u e ía m a t e r i a sobre q u e j u ­
ran es d e p oca c o n sid e ra c ió n , ó por fa v o re c e r á o tros p o r a m i s t a d ó
por d in e r o . E sto s p e c a n m o r ta l m e n t e , p o r q u e p o n e n á Dios por tes­
tigo d e u n a m e n t ir a .
P. ¿ Q u é es j u r a r sin ju s t i c i a ?
R . E s j u r a r de h a c e r a lg u n a cosa m a l a ; p o r la ir re v e r e n c i a q u e
se h a c e á D i o s , tr a y é n d o le por testigo del p ecad o .
P . Y el q u e así ju r ó ¿ q u é d e b e h a c e r?
R. A r r e p e n t ir s e de h a b e r j u r a d o , y no h a c e r lo q u e ju r ó . Como
si uno ju r ó q u e h a b ia d e m a t a r á o tr o , d e b e no e je c u ta rlo , y d o le r­
se d e h a b e r l o j u r a d o .
P . ¿ Q u i é n j u r a sin n e c e s i d a d ?
R. E l q u e j u r a sin ped irlo a lg u n a a u t o r i d a d le g ítim a . Y así el q u e
j u r a en c o n v e rs a c ió n p o r q u e c re a n lo q u e d ic e , p e c a p o r q u e j u r a
sin n e c e s id a d . Y p o r esto nos e n c a r g a el apóstol S a n ti a g o \ q u e n o s
ciñam os á d e c ir , es a si , ó no es así, sin a ñ a d i r j u r a m e n t o .
P. C u a n d o se h ace a lg ú n j u r a m e n t o p o n ie n d o por te stigo , no ¿
Dios, sino á a l g u n a c r i a t u r a , ¿ s e p ec a?
II. Si la c r i a t u r a es d e aq uellas,cn q u e p a r t i c u l a r m e n t e se reco n o ce
al C riad o r, es lo m ism o q u e j u r a r p o r Dios, y se p eca. P o r eso n os
dice J e s u c r i s t o 5 : «No ju r é is p o r el cielo, p o rq u e es el tro n o d e D i o s ;
«tiipo r la ti e r r a , p o r q u e es la ta r im a d e sus pies, ni p o r v u e s t r a c a ­
b e z a , p o r q u e n i n g ú n p o d e r te n e is , como Dios, p a ra liacer blan cos ó
«negros los cabellos. C u an d o a firm a is a l g u n a cosa, u s a d solo del s í
«y del no. Todo lo q u e a ñ a d a i s á esto, es d e m a l o .» De c u y a d o c­
t r i n a se in fiere, q u e el q u e j u r a p o r la s a n t a c ru z , ó p o r el E v a n g e ­
lio, ó p o r lo q u e se iia cele b ra d o e n la misa, y otros j u r a m e n t o s se ­
m e j a n te s , p e c a a u n q u e no se n o m b r e á Dios.
P. Y c u a n d o con j u r a m e n t o , ó sin él, p r o m e te m o s a lg u n a cosa &
Dios ó á los S a n to s , ¿ e s t a m o s ob lig ad o s á c u m p l ir lo ?
R . C u a n d o co n li b e r t a d , y con in te n c ió n de o b lig a rn o s, h a c e m o s
a l g u n a p ro m e sa , d e b e m o s c u m p l ir la , si no h u b ie s e j u s t a c a u s a p a ­
ra d ila ta r lo , ó de jarlo d e h a c e r, a j u i c i o d e h o m b r e s doctos. Y p o r
esto nos d ic e el E s p ír it u S a n to i : «SÍ a l g u n a cosa h a s p ro m e ti d o á
«Dios, no ta r d e s e n h a c e rlo , p o r q u e le d e s a g r a d a m u ch o u n vo to
« qu e no se c u m p le .» Y p ro s ig u e : « D a al p u n to io q u e has ofrecido r
« p o rq u e es m u c h o m ejo r no h a c e r p r o m e s a , q u e h a c e r l a y no c u m -
« p l i r l a . » H a y p ro m e sa s, p a r t i c u l a r m e n t e en hijos de fam ilia y en los
c a sa d o s , q u e no d e b e n h a c e r s e ni c u m p l ir s e sin c o n s e n t im ie n t o de>
p a d r e , ó del c o n so r te . E n caso d e a l g u n a d u d a , c o n s u lta d al con fe­
sor ó á o tr a p e rs o n a d o c ta, y os s a c a r á de e lla.

EJEMPLO.

Tíav en In g l a te r r a u n m o n u m e n to q u e e te r n iz a la m e m o ria de u n
p e rj u ro castig a d o r e p e n t i n a m e n t e de u n m odo esp an to so . U n a m u ­
j e r h a b ia c o m p r a d o le g u m b r e s : v ie n d o el v e n d e d o r q u e no p a g a b a ,
le pidió la m ó d ic a s u m a q u e v a l í a n : Que Dios me dé la muerte, dijo,.
si no ke p a g a d o . L le g a n los m a g i s t r a d o s , y h a ll a n en la m a n o d e esta
d e s g r a c ia d a m u j e r el d in e ro q u e ella j u r a b a h a b e r e n tr e g a d o . El
G o b ie rn o hizo erig ir u n m o n u m e n to e n a q u e l m ism o lu g a r , y esto
fu e p a ra la p o s te rid a d u n a g r a n lecc ió n c o n tr a el p e rju rio .

T .[] [{ G Y. Tí M \ N ü AÍI J E ATO.

Santificar las [ m ía s .
P ¿ Q u é se e n ti e n d e p or s a n tific a r las fiestas?
R . A b s te n e r s e d e trab ajo s c o r p o r a l e s , y o c u p a rs e en obras de
relig ió n .
P. ¿ E n q u é dias d ebe m o s cesar en todo tr a b a jo ?
R . E n los d o m in g o s y tiestas d e g u a r d a r .
E s ta es u n a ,o b lig ació n im p u e s ta p or el m ism o Dios. E n seis dias
crió Dios el cielo y la tie rra , y to das las d e m á s c r i a tu r a s ; y el dia
-séptimo d e sc a n s ó , q u e es d e c ir , q u e lo dejó todo c o nclu id o e n el d ia
sexto. Y q u e r i e n d o Dios q u e su p u e b lo c o n s e r v a s e la m e m o r i a de
■este d ia g r a n d e , m a n d ó q u e t r a b a ja s e n los seis d ia s d e la s e m a n a ;
pero no e n el sé p tim o , q u e e n to n c e s se d e c ia s á b a d o , y a h o r a se d i ­
ce d o m i n g o . Y lo m a n d ó con ta n t o rig o r y castig o p a r a los tr a n s g r e -
sores, q u e s ien d o cogido u n h o m b r e h a c ie n d o le ñ a en d ia d e s á b a ­
do, m a n d ó el S e ñ o r q u e lo m a ta s e n á p e d ra d a s .
P. ¿ Q u é d e b e m o s h a c e r e n los d o m in g o s y fiestas de g u a r d a r ?
11. E j e r c ita r n o s en o b ra s d e p ie d a d y relig ió n . E sto se e x p lic a rá
m as c u a n d o h a b le m o s de los M a n d a m ie n to s d e la s a n t a m a d r e I g l e ­
sia. El S e ñ o r nos dé su g ra c ia . Á m e u .

M E D IT A C IO N .

S o b r e la l u j u r i a .

C o n s id e r a , c r i s t i a n o , q u e el p ecado de l u j u r i a , q u e m u c h o s lla ­
m a n p e c a d o d e f r a g ili d a d , es u n pec ad o g ra v í s im o , y n in g u n o íiav
q u e te n g a p e o re s c o n s e c u e n c ia s . Es un pe cad o q u e no a d m i te p a r ­
v e d a d de m a t e r i a , y s e m e ja n t e a l fu ego, c u y a s h e r i d a s no son li g e ­
ras. Y a u n tie n e d e p eor q u e el fue g o , q u e c u a n to es m as g r a n ­
d e la h e r i d a , ta n t o m e n o s se s ie n te , y p o r de c o n ta d o es m a s i n c u ­
ra ble . Es como la l e v a d u r a q u e , a u n q u e poca e n la c a n ti d a d , co r­
ro m p e to d a la m a s a ; ó como la m o r d e d u r a d e la v íb o r a , q u e a p e n a s
se con o ce, p e ro q u e en u n m o m e n to se d if u n d e su v e n e n o p o r to d o
el c u e rp o , y m a t a en lle g a n d o al co razon . P o r eso el E s p í r i t u S a n ­
to n o s a m o n e s t a ' , q u e h u y a m o s de e ste peca do como d e u n a
se r p ie n te . Jó v e n in d isc re to y p r e o c u p a d o , si no h u y e s d e los l u g a ­
res e n d o n d e e s t á la v íb o r a d e s h o n e s t a , ¿ c ó m o p o d rá s li b r a r t e d e
sus p i c a d u r a s ? Y si te e x p o n e s y a r r i e s g a s , ¿ n o m e r e c e s q u e le
p iq u e ?
El p eca d o d e l u j u r i a es el m as p ern icio so e n s u s efectos; p o r q u e
se p r o p a g a con in d e c i b le f e c u n d i d a d , y es la fu ente de d o n d e n a c e n
ia m a y o r p a r t e de los g r a n d e s pec ad o s q u e afligen aí p u e b lo c r i s ti a ­
no. L as co nfesion es y c o m u n io n e s s a c rile g a s, los m as e n o rm e s e s ­
c án d a lo s, las d is co rd ias q u e d iv i d e n ias familias, las n e g ra s m u r m u ­
raciones, las m a s in fam e s c a lu m n ia s , las riñ a s y m u e r te s m a s atr o c e s ,
los a b o rto s p r o c u r a d o s , los m as h o rr e n d o s in f a n tic id io s, y las a b o ­
m i n a b l e s p ro fa n a c io n e s de las cosas raas s a g r a d a s ; esto s y otro s
en o rm e s p e cad o s son las o r d i n a r ia s c o n s e c u e n c ia s de lo q u e se d ice
pecado de fra g ilid a d ó pecado ligero. P ero lo q u e h a c e c o n o c er m a s la
g r a v e d a d d e este p eca d o , es el ju ic io t a n severo q u e Dios ha h e c h o
d e él en todo tiem po .
C o n sid e ra , e je r c it a n te , q u e la c e g u e d a d es la o r d i n a r i a y m a s fu ­
n e s t a c o n s e c u e n c i a del p e c a d o de lu j u ri a . E l l a es la p la g a con q u e
Dios ca stig a á los d e s h o n e s to s . Ellos, dice sa n P a b lo , se a b a n d o n a r o n
á la d e s h o n e s tid a d , y Dios los a b a n d o n ó á los to rp e s deseos de su
corazon, y les dejó p a r a q u e ciegos s e p re c i p it a s e n á in d i g n a s accio­
nes d e un h o m b r e . L uego q u e el d e sh o n e s to se deja d o m i n a r de su
p a s ió n , e m p ie z a á p e r d e r la luz del d iscu rso y p ro c e d e en todo, á d i ­
cho del re a l P r o f e t a 1, « co m o u n c ab allo ó m u l o q u e no tie n e e n ­
t e n d i m i e n t o . » Y no s o la m e n te este p ecad o p r i v a al h o m b r e del u so
de la razón , sino t a m b ié n , y es lo p e o r, de la luz de ia g ra c ia . El
E s p ír it u S a n to d i c e 2 : «Q ue la s a b i d u r í a no p u e d e e n t r a r e n u n a a l­
terna im p u r a , ni h a b i t a r e a u n c u e rp o sucio por el p e c a d o .» D ios tie ­
n e h o rr o r á todos los p ecad o s, pero con la d e s h o n e s tid a d ti e n e u n a
p a r t ic u l a r opo sicio n; y m a s p resto se u n i r á la luz con las tin ie b l a s ,
q u e la p u re z a d e la g r a c i a con la im p u r e z a del co razo n . Y a u n c u a n ­
do Dios p o r u n m ilag ro c o m u n ic a s e su s luces á u n lujurioso, no h a ­
r í a n en él im p re s i ó n a l g u n a , p o rq u e , com o dice sa n P ablo, eí h o m b r e
lascivo no ti e n e g u s to d e las cosas espirituales^ ni a b ra z a los p e n s a ­
m ie n to s q u e p o d rí a n c o n v e r t ir lo . P or eso san A g u s tí n n os a s e g u r a ,
q u e n a d a su c e d e m as r a r a m e n t e ni es m as difícil, q u e la co n v e rs ió n
de u n d e s h o n e s to . ¿H u b o n i n g ú n h o m b r e m a s sa n to n i m a s i l u m i­
n a d o q u e D a v id ? A p e n a s cayó e n u n a d u lte rio fue ta l su c e g u e d a d ,
q u e e stu v o m u c h o s meses sin r e c o n o c e r su c ulp a, y fue m e n e s t e r
e n v ia r le u n p ro f e ta q u e íe a b rie s e los ojos, y le m o v iese á h a c e r p e ­
n it e n c ia de su p ecado.
C o n sid era t a m b i é n , h e r m a n o mío, q u e el vicio de la l u j u r i a p r i v a
al h o m b r e h a s t a d e las lu ce s de la fe, y d e s e n f r e n a d a la razó n corre
ciega h a s t a d a r en el p re cip icio d e la in íid e lid a d . El pérfido L u te ro
llegó á d e c ir q u e la o b s e r v a n c ia del voto d e c a s tid a d es u n y u g o i n ­
s o p o r ta b le , q u e es v a n i d a d el h a c e rlo , q u e es im p o sib le g u a r d a r lo ,
y q u e es u a a ti r á n i c a o b lig a c ió n . No h u b ie r a sido h e re je , si no h u ­
b iese sido d e sh o n e s to . El p e n s a m ie n t o del in íie r n o es inc ó m o d o al
d e sh o n e s to , y p o r eso d u d a de él, y p o r eso lo n ie g a . Dios, q u e cas­
tig a u n g u sto d e lascivia co n p e n a e t e r n a , le p a re c e al d esh o n esto
u a Dios in j u s t o y c r u e l ; y y a q u e no p u e d e d e s t r u ir lo , lo b o rra de
su m e m o ri a . P ocos, ó n i n g ú n a te í s t a h u b o q u e no fuese lascivo;
p o rq u e , como dice sa n A g u s tín , n a d ie n ie g a á Dios sino a q u e l á
q u ie n c o n v e n d r í a q u e no h u b ie s e Dios. £1 h o m b r e d e corta y débil
fe r e g u l a r m e n t e lleva en su corazon m í a fuerte in c o n tin e n c ia .
P ie n s a , h o m b r e d e sh o n e s to , q u e co n tu v icio ofend es m u y p a r t i ­
c u l a r m e n t e á to da s las tre s d iv i n a s P e rs o n a s . O fen de s al P a d r e q u e
te crió á su i m á g e n y se m e ja n z a , te dió u n alm a e s p iritu a l é in c o r ­
r u p t ib l e como su d i v i n a M ajestad; y tú b o rra s y d esluces los b rillos
de esta i m á g e n con la d e s h o n e s tid a d , y h aces á tu a lm a se n s u a l y
m a t e r i a l. O fendes d e un m odo p a r t ic u l a r al Hijo d e D ios; p o rq u e
d e s p u e s de su e n c a r n a c i ó n tie n e m a y o r d e fo rm id a d este vicio. A n ­
tes era p e c a d o en u n g e n ti l, a h o r a es espe cie de sacrileg io e n u n
cristian o; p o rq u e todo cristia n o es m ie m b ro de J e s u c ris to , y el q u e
m a n c h a su c u e rp o con la im p u r e z a , h ace in j u r i a á Cristo q u e es su
cabeza. Y por eso san P ab lo , h o rro riz ad o de este p e c a d o y ofensa
p a r t i c u l a r q u e h a c e á la te r c e ra P e r s o n a d e la s a n t ís i m a T r in i d a d ,
re p r e n d í a á los fieles de C o rinto y les d e cia 1: « ¿Ig no ráis acaso q u e
«Questros c u e rp o s son te m p lo del E s p í r i t u S a n to ? » D íme y a, h o m ­
b re i m p u r o , sí e n a d e l a n t e t e n d r á s á tu s d e s h o n e s tid a d e s p o r p e ­
cados ligeros y m e r a s fra g ilid a d e s.

P a r a sacerdotes.
« V e n e ra b le s sa c e r d o te s , h e r m a n o s m íos, si el cu e rp o de todo c r i s ­
t i a n o es tem p lo d e l E s p ír it u S a n to , ¿con c u á n t a m a s razón ]o se rá el
« n u e s tro , q u e h e m o s c o n sa g r a d o á Dios del modo m as solem n e? Yi-
«vam os, p u e s , d e tal m o d o , q u e no se v erifiq u e en no so tro s la a m e n a ­
z a de D i o s 2 : N o n permanebit spirilus meus in homine, quid caro esí. Y
«p ues si la d e s h o n e s tid a d es pec ad o tan a b o m i n a b le , reso lv ám o n o s á
« e v ita r todo lo q u e p u e d a h a c e rn o s i n c u r r i r e n él, y á t e n e r un g r a n
«celo p a r a im p e d ir lo en los o tro s. H u y a m o s d é l a ociosidad; c a u t e l e ­
m o s ios s e n t i d o s ; m o r tifiq u e m o s la c a r n e , á lo m e n o s c o n l a s o b r ie ­
d a d , el e stu d io y re tiro : e v i t é m o s l a s co n v e rs a c io n e s co n p e rs o n a s
« m u n d a n a s y d is o lu ta s; y e n tiem p o de te n ta c ió n r e c u r r a m o s á la
« c o n te m p la c ió n de J e s u c r is to en la c r u z ; y e n lodo tiem p o t e n g a ­
m o s g r a n d ev o c io n á M aría s a n t ís i m a , q u e es m a d r e de la m a y o r
« p u rez a y c a s tid a d .»
JACGLA TO BIAS .

[Olí E s p ír it u de v e r d a d ! y c u á n e x p e r i m e n t a d o está lo q u e h a b é is
d icho : « Q u e la l u j u r i a es u n p a n a l d e miel, q u e a.l p rin c ip io d u l e i -
«fica al h o m b r e , y al íin lo a m a r g a como h iel, y lo tr a s p a s a como
« e sp a d a de dos fiíos!»
J ó v e n e s d e mi corazon , d e c id le c o n m i g o á Je s ú s y dec id lo con to ­
d a v u e s t r a a l m a : S e ñ o r, ya no p r o f a n a r é mi cu e rp o con la i m p u ­
re z a , p o rq u e es te m p lo del E s p ír it u S a n to .
¡Oh Dios d e las m ise ric o rd ia s! Yos sa b é is c u á n to m e pe sa de h a ­
b e r m e de jado d o m i n a r del in m u n d o e s p í r it u de la lu j u r i a . P e r d o ­
n a d m e , P a d r e m ío, y d a d m e un c o ra z o n n u e v o , pu ro y dign o de
u n ir se al v u e s tro e t e r n a m e n t e e n la g lo ria .

PLÁTICA..
Sobre la lujuria.
E j e r c i t a n t e s : u n a triste o b s e r v a c ió n nos h a c e p a lp a b le q u e son
r a r o s los d e sh o n e s to s q u e se c o rr ig e n de su s d e só r d e n e s. ¿Y p or
q u é ? P o rq u e no h a y vicio q u e m as aleje d e Dios, y p o r q u e no h a y
otro raas op ue sto á la c o n v e rs ió n del p e c a d o r ; oid , y os c o n v e n ­
ceréis,
E s ta n t o lo q u e a leja d e Dios e! p ecad o d e im p u re z a , q u e solo u n
m a l p e n s a m ie n t o , u n m al deseo en q u e se h u b ie s e co n se n tid o b a s t a
p a r a s e p a r a r n o s del S e ñ o r. E n otros p ecad o s p a re c e q u e sola la p a ­
sión q u e les es p ro p ia h a c e la fu e rz a p a r a ale ja r d e Dios al p e c a ­
do r; p ero co n la l u j u r i a se a d u n a n tod as las pa sio n es, p a r a a p a r t a r
m as y m a s de su C ria d o r al infeliz luju rio so. L a so b e r b ia , v. g r . ,
p a r e c e q u e p o r sí sola no se o po ne sin o á la s o b e r a n ía de n u e s t r o Dios,
y así en todos los d e m á s p ec a d o s, con resp ecto al d iv in o a tr ib u t o
q u e c o n t r a r í a n . P e ro la l u j u r i a , en c o n c u r r e n c i a de las d e m á s p a ­
siones, h a c e q u e eí h o m b r e se aleje d e su Dios o fe n d ie n d o todos
su s a tr ib u t o s y p erfeccio n es. P r e s e n t a d m e un h o m b r e a b a n d o n a d o á
este vicio, y yo d ir é d e s d e lu eg o q u e s e r á s o b e rb io , in h u m a n o ,
codicioso, v e n g a tiv o , c ru e l, m e n tir o s o , b las fem o , in ju sto , sin fe,
sin e s p e r a n z a , sin c a r i d a d , sin re lig ió n . É l r o m p e r á las dos f u e r te s
r i e n d a s del amor y temor d e Dios, y como cab allo d esb o c ad o co r­
r e r á todos los se n d e r o s de la i n i q u i d a d . Y y a te n e i s q u e s o b e r b i o se
op on e á la s o b e r a n ía de su Dios. I n s e n s ib l e su corazon á las m i s e -
rías del p ró jim o , o fe n d e rá el a tr ib u t o d e la m ise ric o rd ia . Codicioso
de a d q u ir ir m a s y m as p a r a m a s y m as lu j u r i a r , p r o c u r a r á m ed ios,
a u n q u e se a n in ju sto s, p a r a sa tisfacer sus a p e ti to s , y h a c e r u q h o r ­
rend o a b u so d e la d i v i n a P r o v i d e n c ia . Si a lg u n o se op on e al logro
de su s m alv a d o s d e sig n io s, v e n g a ti v o p e r s e g u ir á de m u e r t e á s u r i ­
val , y a tr e v id o y de h ec ho le d ir á á Dios, mia es la venganza. M e n ­
tiroso p a r a s e d u c i r y c o r r o m p e r la i n o c e n c i a , n o h a b r á j u r a m e n t o
con q u e no i n j u r i e al q u e es la m ism a v e r d a d p o r e se n c ia . B la s­
fe m a rá c o n tr a Dios y su s S a n to s , si a l g ú n a c o n te c im i e n to le d e s­
co m p o n e su s p ro y ecto s. I u j u s to c o n tr a los m as sag ra d o s d e re c h o s ,
110 d u d a r á u s u r p a r al m arid o el q u e tie n e á la fid elidad de su c o n ­
so r te , al p a d re el d e re c h o q u e ti e n e so b re la in te g r i d a d de su b ija ,
y á Dios eí q u e tie n e á la p u r e z a d e u n a v i r g e n , m i e n t r a s q u e r e l i ­
g io s a m e n t e n o d e je de serlo. In fie l, c o n tr a d ic e p r á c t i c a m e n t e la p a ­
la b r a d e D io s; y d e s e s p e r a d o , r e n u n c i a á los p la c e re s del cielo,
n ie g a la e x is te n c i a d el i n ü e r n o , a b o rr e c e á D ios, y m u e r e s i n r e ­
ligión.
¿ Q u é os p a r e c e , a m a d o s m io s? ¿ P u e d e d a rs e m a y o r a le j a m i e n to
de Dios? No p u e d e d a r s e . C onfesem os, p u e s , q u e el vicio de la i m ­
p u re z a e s , e n t r e to d o s los v icio s, el q u e m as a p a r t a d e Dios ai p e ­
cador; y p o r c o n s i g u ie n t e , q u e el d e sh o n e s to con d ific u ltad se c o n ­
v ie r te d e los excesos á q u e se a b a n d o n ó . Y a ñ a d o , q u e es ta m b i é n
el vicio q u e m a s se o p o n e á su s a lv a c ió n . E s cierto q u e d e tie m p o
en tiem p o se le ofrece al i m p ú d ic o a l g ú n p e n s a m ie n t o de c o n v e rs ió n .
Pero ¿se d e t e r m i n a á p ra c t ic a r lo ? ¡ A.h! q u e esto se v e r a r a s v e c e s ;
po rq u e e n c a n t a d o con su s g u sto s c rim in a le s , no q u ie r e d eja rlo s sino
con m u c h a tib ieza. E n otro tie m p o el uso de los S a c r a m e n to s !o a c e r ­
cab a á D ios; a h o r a se p r i v a de e llo s, ti e n e a v e rs ió n á los s a g r a d o s
m iste rio s , y m i r a con i n d i f e r e n c ia las c e re m o n ia s m a s s a n t a s d e la
Iglesia, L as r e p r e n s io n e s d e los b u e n o s y las a d v e r t e n c ia s de los m i ­
nistros d el S e ñ o r ya no t i e n e n efecto, y solo sirv e n p a r a m a s e x a s ­
pe rarlo . L as m as esp es as tin ie b la s lian lle gad o á c u b r i r del todo los
ojos del d e s h o n e s to , y y a no los a b r e sino p a r a c o n te n t a r su p a s ió n :
ojos de a d ú l t e r o , como dice san P a b l o , y d e in c e s a n te d e lito . P o r ­
qu e el im p ú d ic o , de día y de n o c h e , en el l u g a r y en el c a m p o , e n
el tra b a jo y en el d e s c a n s o , s ie m p re y c o n t i n u a m e n t e e stá p e c a n d o ;
p o rq u e s i e m p r e ti e n e fija su im a g in a c i ó n en el objeto q u e lo a r r e ­
bata, p i e n s a sin c esar en él, y c a d a d ia m u l ti p li c a i n f i n i t a m e n t e su s
pecados. E n u n a p a l a b r a , a m a d o s m ios, el d e sh o n e s to es u n h o m ­
bre d e p e c a d o c o n t i n u o ; y esto e s , p o r lo c o m ú n , lo q u e lo h a c e
in c o r re g ib le . P e ro acaso a lg u n o d i r á , ¿ p u e s no se nos dice q u e el
re y David pecó, y d e s p u e s se a rr e p in tió ? S í , es v e r d a d . P e ro ¿ c u á l
fu e la p e n i t e n c i a d e este P r í n c i p e ? O id la p a r a v u e s t r a edificación.
D a v id tuv o u n a c o n tr ic ió n tan g r a n d e , t a n v iv a y t a n c o n ti n u a ,
q u e llo ra b a su p eca d o tod as las n o c h e s, con lá g r im a s tan a b u n d a n ­
tes, q u e lleg a b a á re g a r su c a m a . Pecó por la n o c h e , dice sa n E fre n ,
y to das las n o ch es lloró. Y no solo llo ró , sino q u e como leó n d a b a
ru g id o s d e d o lo r , y hacia re s o n a r la h a b it a c ió n con su s c lam o res .
Hizo dolorosa confesión d e s u p e c a d o , y no se disculp ó d e él f sino
q u e lo confesó de lla n o , e x c l a m a n d o : P equé contra mi D ios. H o m ­
bre a d ú lte ro , ¿es e sta t a m b i é n la s i n c e r id a d d e tu s confesiones? Des-
p u e s q u e h a s m a n c h a d o el lech o n u p c ia l co n tu s a d u lte rio s , ¿tienes
la s i n c e r id a d q u e es n e c e s a r ia p a r a d e s c u b r i r tu s p e c a d o s al c on fe­
so r? ¿N o es v e r d a d q u e p o r falta de e ü a a ñ a d e s ei sacrile g io á tus
im p u re z a s ? ¡A h ! ya q u e no fu era tan cierto. P ero D av id ¿ c ó m o sa­
tisfizo á Dios por su p e c a d o ? No se c o n t e n t a b a co n o r a r p o r la m a ­
n aría , al m e d io d ía y á la ta r d e , sino q u e se l e v a n t a b a t a m b ié n á m e ­
d ia n o c h e , p a r a con fe sar su p e c a d o d e l a n t e de D io s, y p e d ir le per-
d o n . O rab a, no solo d e ro d illa s , sin o t a m b ié n p o s tra d o en ti e r r a , y
c o n ta n to a r d o r , q u e su voz se hizo ro n c a á fuerza de c l a m a r , p i ­
d ie n d o á Dios m ise ric o rd ia . Á. la o rac io n j u n t a b a el a y u n o , y t a n r i­
g uro so , q u e m e z c la b a su p a n con c e n iz a , y la b e b id a con sus lá g r i­
m a s ; y a y u n o ta n c o n t i n u a d o , q u e al íin de s u s d ias y a no podía
so s te n e rs e so b re sus rodillas.
D e cid m e a h o r a , h o m b r e s lu j u r i o s o s , ¿ h a c é i s vo so tro s e s ta p e n i ­
te n c ia ? Vosotros, q u e soléis d is c u lp a ro s con d e c ir q u e ta m b i é n pecó
D a vid , ¿está is re s u e lto s á im it a r á este R ey p e n i t e n t e ? Digo q u e es
b ie n dificultoso q u e lle g u e is á ta n to . P e ro t a m b i é n d eb o d ecir, que
y a q u e tu v is te is la d e s g r a c ia de i m it a r l e e n su p ecad o, es i n d i s p e n ­
s a b l e q u e , á lo m eno s d el modo q u e p o d á is , le im ité is en su p e n i­
te n c ia . Á n im o , p u e s , h e r m a n o s m ios, á c o n v e rt ir o s d e v u e s t r o s d e s ­
ó r d e n e s : ¿ s e r á p o sib le q u e q u e r á i s h a s t a la m u e r t e sacrificaros al
d e m o n io i m p u r o , y se r a d o r a d o r e s de u n ídolo c o r r o m p id o ? No,
a m a d o s m io s, salid al i n s t a n t e d e ese a b is m o á q u e os h a p re c i p it a ­
do el a m o r im p u r o : c o r r e s p o n d e d á Dios q u e os c o n v id a con el per-
d o n , y p ra c t ic a d los m edios q u e os dé u n p r u d e n t e c o n fe s o r, p ara
sa lir de ta n m is e ra b le estad o . Y p r i n c i p a l m e n t e , p o n e d en p ráctica
e ste q u e os doy co n el apó sto l san P a b l o ; q u e es, huir de la forn i­
cación. E n los o tros vicios se t r a t a de c o m b a t ir con ellos; p ero en
éste se t r a t a de h u i r de él. S í , h u id de todo g é n e r o d e im p u r e z a ;
p o r q u e el q u e e stá s u je to á este v ic i o , no p u e d e t e n e r p a r t e en el
reino d e los c íe lo s , y s e r á a rr o ja d o á u n e s t a n q u e de e te r n o fu e g o .
H u id d e todo lo q u e p u e d a i n d u c i ro s á la l u j u r i a : h u id la d e s t e m ­
plan za en la c o m id a y b e b id a , y t a m b i é n e n el d o rm ir: h u id la ocio­
s id a d , la c o n v e rs a c ió n d e m a s ia d o f a m ü ia r co n las m u je re s , las d i v e r ­
siones p e l i g r o s a s , las c o n v e rs a c io n e s d e s h o n e s t a s : h u id de todo lo
que p u e d a se r oc asion de p e c a d o , y h u id h a s ta de v oso tro s m ism o s:
q u iero de cir, q u e n o os d e te n g á is u n m o m e n to á r a z o n a r c o n lo s m a l o s
p e n s a m i e n t o s , c u a n d o a lg u n o os v e n g a ; sino al in s t a n t e a c u d id á
Dios, sin c u y a g r a c i a n i n g u n o p u e d e se r casto. Yo co n fio , a m a d o s
mios, q u e si fielm ente p r a c tic á is estos m ed io s, el ScEior os c o n c e d e ­
rá el don d e la c o n t i n e n c i a y la d ic h a d e s e g u i r el C ordero sin m a n ­
cha, b a s t a l l e g a r á la m an s ió n d e la e t e r n a glo ria. E s ta os deseo, e tc .
EJERCICIO DÉCIMOOUINTO.

L EC C IO N .

DEL COARTO M A N D A M IEN T O ,

' Jfonrcir padre y m a d r e .


D esp u es d e los tres m a n d a m i e n t o s q u e p e r t e n e c e n al h o n o r d e b i­
d o á D ios, pasó s u M ajestad á i m p o n é r n o s l o s q u e p e r t e n e c e n al
p ro v e c h o del p r ó j im o , e m p e z a n d o p o r lo q u e d e b e m o s á n u e s t r o s
p a d re s ; d á n d o n o s á e n t e n d e r en esto el S e ñ o r, q u e d e s p u e s de Dios
son los p a d re s los p r i m e r o s q u e d e b e n e n t r a r e n el a m o r y e s t i m a ­
c ió n de los h ijos. P e ro como la o b lig a c ió n q u e éstos t i e n e n n a c e de
los beneficios q u e h a n rec ib id o de sus p a d r e s , m e p a re c e c o n v e n ir
n v u e s t r a i n s tr u c c i ó n h a b la r o s p r i m e r o de las o b lig a c io n e s q u e t e -
n e is á v u e s tro s h ijo s , p a r a q u e c u m p l ié n d o l a s como es debido t e n ­
g á i s u n a j u s t a razó n p a r a e x ig ir d e ellos el h o n o r y resp eto q u e Dios
les m a n d a .
P. ¿ Q u é d e b e n los p a d r e s n a t u r a l e s a sus h ijo s ?
K. D e b e n s u s t e n t a r l o s , d o c tr in a r lo s , y d a rle s estad o q u e no sea
■contrario á s u v o lu n t a d . L ueg o q u e el h o m b r e sa b e q u e es p a d r e ,
y a d eb e te n e r to do m i r a m ie n t o á su hijo y á la m a d r e , p a r a q u e su
n a c im ie n t o no se a d e sg r a c ia d o , y r e c i b a su a lm a la v id a d e la g r a ­
cia p o r el sa n to B a u tis m o . F a l t a n á e sta p r i m e r a o b ü g a c io n y p e ­
c a n a q u e llo s m a r id o s i n c o n s id e r a d o s y c ru e le s q u e m a l t r a t a n á ía
m u j e r e n el tiem p o d e la p r e ñ e z , con p e lig ro de q u e a b o rte ; y t a m ­
bién los q u e no la a s i s te n , s e g ú n su p o sib ilid a d , con los a lim e n to s
q u e en tal e stad o n e c e s ita , p a r a q u e el n iñ o 110 v e n g a al m u n d o e n ­
d e b le ó e n ferm izo ; p o r q u e en esto no solo i n t e r e s a el n i ñ o , sino
ta m b i é n los p a d r e s , Dios , la Ig le sia y el E s ta d o . De c o n s i g u ie n t e ,
son reos d e h o r r e n d o in fan tic id io a q u e llo s q u e h a b ie n d o te n id o fruto
d e u a co m e rcio c a r n a l ilícito, m a s c ru e l e s q u e las f i e r a s , p ro c u r a n
■el a b o rto , ó e x p o n e n lo n a c id o á p e lig ro de q u e m u e r a sin lía m i s ­
i n o , ó no lo a l i m e n t a n y v is te n , p u d ie n d o h a c e rlo ; y t i e n e n esta
o b ü g a c io n h asta q u e el hijo tom a estado ú oficio. T a m b i é n p e c a n los
q u e ó n o tr a b a j a n p a r a a l i m e n t a r su fam ilia, ó, lo q u e es p e o r, t r a ­
b a ja n , y g a s t a n lo g a n a d o en a l i m e n t a r su s v icio s, c o a a b so lu to
a b a n d o n o de s u s o blig acio n es.
T ie n e n los p a d r e s o blig a ció n d e d o c t r i n a r sus hijos, y e n s e ñ a r l e s
con el e je m p lo á q u e se a n b u e n o s cris tia n o s , y de p on erlo s en c a r ­
rera ú oficio q u e p u e d a p r e s ta r l e s su m a n t e n i m i e n t o , si no ti e n e n
otro r e c u r s o ; y a u n q u e lo t e n g a n , p a r a q u e si éste les falta p o r c u a l ­
q u ie r a c o n te c im i e n to , les q u e d e el oficio p a r a m a n t e n e r s e . De no
h a c e rlo así, t e n d r á n unos hijos h o lg a z a n e s y viciosos, q u e d e s p u e s
de se r el e s c á n d a lo d e la p o b la c io n , v e n d r á n á d e s h o n r a r la fam ilia
en u n sup licio .
P . ¿ Q u é o tr a ob lig ació n t i e n e n los p a d r e s ?
R. La d e a p l i c a r s e á c o n o cer las in c lin a c io n e s de los hijos d esd e
n iñ o s , p a r a si so n b u e n a s c u lt iv a r la s , ó p a r a e n d e re z a r ía s ó a r r a n ­
ca rlas si fu e s e n to r c id a s ó m alas. Im it a n d o al j a r d i n e r o , q u e si el
arb o lito sale b u e n o , lo c u lt iv a y c u id a p a r a q u e no se p i e r d a ; y si
sale co n vic io, p r o c u r a re m e d ia r lo en lo posible.
C u a n d o el hijo e m p ieza á d e s a r ro lla rs e en el tra to d e g e n te s , d e b e
in d a g a r el p a d r e q u é pasos llev a, q u é e n t r e t e n i m i e n t o s tie n e fu era
de casa, si c u m p l e con las o b lig a c io n e s d e b u e n c ri s ti a n o , con q u é
am igos se ha c e , q u é c o m p a ñ ía s tie n e , y q u é casas fr e c u e n ta . Si en
algo m e r e c e el hijo q u e se le c o rrija , d e b e h a c e rlo el p a d re , p r i m e ­
ro con a m o r ; p o r q u e p u e d e ser q u e esto b aste p a r a la e n m i e n d a .
P ero si no b a sta se la p r i m e r a a m o n e s ta c i ó n , ya la c o rre c c ió n d e b e
re p e tirse con se r ie d a d y algo d e a m e n a z a ; y si a u n , re b e ld e , la r e ­
sistiese, e n to n c e s y a es m e n e s t e r d a rle u n p r u d e n t e c a stig o ; es d e ­
cir, u n castigo p r o p o r c io n a d o al d elito , sin m ezc la d e m a la p a l a b r a
ó a c ció n e s c a n d a l o s a ; p o r q u e d e otro m od o, m a s se p ie r d e q u e se
gana.
P. ¿ T i e n e n o tr a o bligac ión los p a d r e s ?
R. Sí, y es m u y n e c e s a r ia p a r a el bien d e la s o c i e d a d ; y es ía de
d a r e sta d o á sus hijos á tiem p o o p o r t u n o ; y no el estad o q u e á los
pa d res se les a n to je , sino a q u e l á q u e se in c l i n a n los hijos. E n esto
faltan m u ch o s p a d r e s q u e po r p r o p i a c o n v e n ie n c ia r e t a r d a n c a s a r á
sus hijos in c lin a d o s al m a t r i m o n i o , y q u e y a está n en ed ad c o m p e ­
t e n te . P o r q u e s a b e m o s p o r e x p e rie n c ia q u e de no c a sa rlo s á su t i e m ­
po r e s u l t a q u e ellos s u e l e n h a c e rlo p o r m alo s modos, de q u e se s i ­
g u e n p esad o s d is g u sto s en las fam ilias, v , lo q u e es p eo r, m u c h a s
ofensas de Dios.
P . ¿ P o r q u é el to m a r e stado h a d e ser á g u sto d e los h ijo s?
R. P o r q u e los hijos son lib re s p a r a ello; y Dios no h a d a d o t a n t a
■autoridad á los p a d re s , q u e p u e d a n v io le n ta r lo s en esto. El E s p ír it u
S a n t o d i c e 1 : «C asa á t u h ija , y con esto liarás u n a o b r a b u e n a . »
P . ¿ Q u é d e b e n h a c e r los p a d r e s p a r a no fa lta r e n esto ?
R. D e b e n d e ja r e n li b e r t a d á los hijos p a r a q u e to m e n el estad o
q u e f u e r e de su g u sto , ya sea de clérig o , fraile ó c asa d o , y a c o n ­
se jarle s q u e lo c o n s u lte n con el p r u d e n t e c o n fe s o r; y p e d ir le á D i o s
q u e les d é a c ie r to ; p o r q u e d e la a c e r t a d a elección d e estad o p e n d e
la sa lv a c ió n .

Á este cum io mandamiento pertenece también la obligación que


tím en los amos con los criados.
P . ¿ Q u é oblig ació n es e s t a ?
R. E s t a o blig a ció n es d e d o s m a n e r a s : u n a e n o rd e n á lo te m p o ­
ra l , y o tr a e n o rd e n á ío e s p i r it u a l. Por la p ri m e ra , d e b e n los a m o s
d a r á los criado s el a li m e n t o n e c e s a r io , p a g a r l e s á su tie m p o y con
fidelidad el salario c o n v e n id o , tr a ta r lo s con c a r i d a d e n las n e c e s i d a ­
d es, y c o rreg irlo s con a m o r c u a n d o sea m e n e s te r . Y si se hiciesen
in c o r re g ib le s y tercos, d e sp e d irlo s de casa, p a r a q u e no p e r v i e r t a n
con su m al ejem p lo á los otros c ria d o s ó á los h ijos. El E s p ír it u S a n ­
to d ice á los a m o s 5 : « E l p ie n s o , la v a r a y )a c a rg a p a r a el asn o ;
«la d o c tr in a , el p a n y el traba jo p a ra el c ria d o .» Y en o rd e n á lo
e s p i r it u a l, d e b e n c u id a r q u e o ig an m isa, q u e confiesen y c o m u lg u e n ,
q u e s e p a n la d o c tr in a c r i s ti a n a , y c u m p l a n con ios d e b e re s de u n
h o m b r e h o n r a d o y c ristia n o . D e b e n v e la r ta m b i é n p a r a q u e n o b a ­
y a e n tr e los criad os d e m a s ia d a fa m il ia r i d a d ; y si h a y d e u n o y otro
■sexo, a p a rta rlo s d e los peligros y ocasiones d e o fe n d e r á Dios.
P. ¿ Y es m u y g r a n d e e sta o b lig a c ió n ?
R. E s ta n g r a n d e como la q u e t i e n e n los p a d r e s co n los h ijo s;
p o r q u e Dios los h a p u e s to en l u g a r d e p a d r e s . Y á p e s a r d e s c r e s t a
la o rd e n a c ió n de Dios, h a c e l á s ti m a el v e r c u á n m al se c u m p l e por
m u c h o s am os. A lg ú n d ia s e n t i r á n las m ala s c o n se c u e n c ia s de su
■descuido.
E j e r c i t a n t e s : os h e d ec la ra d o en e s t a lecc ió n las p ri n c ip a l e s o b li­
g a c io n e s q u e te n e is e n fu erz a del c u a rto m a n d a m i e n t o de la ley de
Dios, y q u e d eb éis c u m p l ir p a r a lo g r a r v u e s t r a s a lv a c ió n y e n c a m i ­
n a r á v u e stro s e n c o m e n d a d o s p o r la s e n d a q u e lleva al cielo. Si las
c u m p l í s bien, el S e ñ o r os d a rá la g lo r ia q u e yo os d eseo . A m e n .
E n u n a c iu d a d de F r a n c i a h a b ia u n a s e ñ o r a q u e tenia, un hijo q u e
hizo e d u c a r con el m a y o r espjero. Dios b en d ijo sus esfu erzos, p u e s
el b u e n hijo co rr e sp o n d ió á la p ie d a d y á los deseos d e la m a d r e .
Llegó el d ia de la p r i m e r a c o m u n i o n , y fue ro n in e x p lic a b le s la d e ­
voción y el fervor con quo el b u e n jó v e n se acercó al a lta r. ¿Qué g o ­
zo p a r a a q u e ll a p ia d o sa m a d r e ! T u v o a d e m á s el g u sto de v e r q u e
su hijo á p ro p o rc io n q u e c re c ía en e d a d , c-recia t a m b ié n e n s a n ­
tidad y perfe cció n b a s t a los diez y siete año s. A.1 lleg ar á tal e d a d ,
vió a q u e ll a m a d r e con so r p re sa y d o lo r de su corazon q u e su hi jo se
re t ir a b a d e la f r e c u e n c ia d e los s a n t o s s a c r a m e n t o s de P e n it e n c ia y
C o m u n io n . L a celo sísim a m a d r e no s a b ia a t i n a r cuál seria la c a u s a ;
ella v e ía q u e s u hijo no t e n i a m a las c o m p a ñ ía s , ni leia m alos lib ros.
T r a s p a s a d a de d olo r e n tr a en el c u a rto del hijo, y m a s co n l á g r i ­
mas y sollozos q u e con p a l a b r a s le dice : Hijo m ió, ¡qué c am b io o b ­
servo en t í ! . . . ¡ í ú , a n te s piad oso , d evo to y fervoroso, y a h o r a ni
frec u en tas los S a c r a m e n to s ! ¡ q u é es esto, hijo mió! El jó v e n b aja
la ca b e z a y g u a r d a sile n c io ; la m a d r e r e d o b la su s lá g r im a s y su s
ru e g o s ; en fin su hijo se e n t e r n e c e . — Ya q u e Y. q u ie r e s a b e r la
causa se la d iré . Yo in s tr u i d o p o r sus d u lc e s le cciones d e Y . y s o b r e
todo por sus ejem p lo s , a m a b a la R e lig ió n , f r e c u e n ta b a los S a c r a ­
m en tos, y e r a feliz: m as de a lg ú n tiem p o á esta p a r t e he lijado ia
ate n c ió n so b re m i p a d r e q u e no p ra c t ic a la R elig ió n, ni fr e c u e n ta los
S a c ra m e n to s , y así es q u e h e res u e lto im it a r á él y no á V. — ¡Ah!
hijo mió, e x c l a m ó l a m a d r e , ¡ q u é r e v e l a c i ó n ! .. . Sale del c u a r t o del
hijo y se v a al a p o s e n to d e su m a r id o , y refiere llo ra n d o la esce na
que a c a b a d e r a s g a r su c o r a z o n ... Á e s ta re la c ió n el esposo q u e d a
inm oble d e e s t u p o r , y e m p ie z a á llo rar. ¡Oh esp osa m ia! e x c la m a ,
¿dónde está mi h i j o ? — Le he d ejad o en su c u a r t o . — Y en, s íg u e m e .
Van j u n t o s al c u a rt o del jó v e n ; el p a d r e se p a ra en el u m b r a l, ¡Oh
hijo m ío ! d ice s o llo z a n d o , c u á n d u ro es p a r a un p a d r e el a c u s a r s e
d e la n te d e su h ijo ! Sí, soy c u lp a b l e , hijo m ió ; m a s no es p o r falta
de fe-, ni tam p o c o q u e t e n g a a l g ú n vicio q u e m e i m p i d a ; es y n a ­
da m a s u n m ald ito re s p e to h u m a n o lo q u e m e im p id e la p r á c t ic a de
la R e ligió n y la fr e c u e n c ia de ios S a c r a m e n to s . ¡Ay! no h a b ia j a ­
más p e n s a n d o q u e mi ejem p lo d e b ia ser ta n f u n e s t o . a s , hijo mió,
p e rd ó n a m e y d a m e u n a b ra zo . T u confesor será ta m b ié n el mió; tú
te c o n fe s a rá s de tu flaqueza, y yo m e co n fe saré de mi c r i m i n a l o m i-
sion. AJ in s t a n t e fueron los dos á co nfe sarse, y s i e m p re m as se c o n ­
fe saron Jos dos con fr e c u e n c ia , p ra c tic a n d o la R eligió n.

M E D IT A C IO N .

Sobre la ira.

C on sid era, cristiano , q u e no se p u e d e c u r a r u n a e n fe r m e d a d sin


co no cer las cau sas. Y por consi g u ie n te, tií no p o d rá s c u r a r t e de la
ir a, si la tien es, ó p r e c a v e r te d e ella, si no la tie n e s, si no te a p li­
cas á c o n o c er su o rig e n . La so b e r b ia , q u e n os h ac e sen sib le s al m e ­
n o r d isg usto, es m u c h a s v eces la can sa de n u e s t r o e n o j o ; y el am o r
propio q u e nos te n e m o s es el q u e n o s e n g a ñ a , h a c ié n d o n o s c re e r q u e
todo se nos d e b e ; sien do ta n d elicad os en la h o n r a , q u e a p e n a s d o s
to c a n e n ella nos ir r it a m o s . El so b ra d o a p eg o q u e te n e m o s á las co­
sas d e este m u n d o h ace q u e no p o d am o s sufrir al q u e n o s p e r t u r b a
en la p osesion. P a r a c o rt a r e sta e n f e r m e d a d es m e n e s t e r u s a r d e r e ­
medios c o n tr a r i o s á la c a u s a de q u e p ro c e d e . Si la ira p ro ce d e de
u n te m p e r a m e n t o s o b r a d a m e n t e viv o y fogoso, es m e n e s t e r aplicarse
á la m ortificació n del g en io , a c o rd á n d o n o s d e q u e o b r a r s e g ú n el
n a t u r a l no es o b r a r de c ri s ti a n o , n i a u n d e h o m b r e d e razó n . Esta
es a q u e ll a s a n t a v io le n c ia q u e d ice J e s u c ris to ser n e c e sa r io nos h a ­
g a m o s á n o so tro s m ism o s. E s m e n e s te r p e d ir á Dios c o n ti n u a m e n t e
la v ic to ria c o n tr a esta p a sió n de la ira . y m e d i t a r con fre c u e n c ia las
m á x i m a s y e jem p lo s de m a n s e d u m b r e q u e nos dejó n u e s t r o S a l v a ­
do r, y a q u e l p a r t i c u l a r m a n d a m i e n t o q u e n os hizo d icien d o : « A p ren ­
d e d d e Mí q u e soy m an so .» Pero si la ir a v ie n e de a m o r pro pio 6
d e so b e r b ia , como es lo m as o rd in a rio , el re m e d io es q u i t a r de raíz
n u e s t r a v a n i d a d , y p r a c t i c a r l a h u m i ld a d . C u a lq u i e r a q u e h a y a c o n s e ­
g u id o esta v ir tu d , v a n o j u z g a r á q u e se le h a c e i n ju s t ic i a , a n te s creerá
q u e se le d a lo q u e m e r e c e , c u a n d o se v e m e n o s p re c ia d o ó m a l t r a ­
tad o. M od erem os n u e s tro s deseos, y lo g r a ré m o s m a n s e d u m b r e y p a ­
cien c ia . Y sobre todo no nos p e rd o n e m o s el m as m ín im o m o v i m i e n ­
to de cólera; p o r q u e te n d r e m o s u n b u e n r e s u l t a d o , si en sin tien d o
sus m o v im ie n to s ap lic a m o s ei re m e d io .
C on sid e ra , h e r m a n o m ío, q u e si p o r d e s g r a c í a t e h a c ab id o un
g en io fu erte y d o m i n a n t e , y p o r no d o m a rlo te l e v a n t a s ira c u n d o
c o n tr a tu prójim o, te coge de lle n o a q u e lla s e n t e n c ia de Jesu cristo :
«El q u e se en c o le riz a c o n tr a su h e r m a n o , es reo d e e n t r a r en j u i -
«cio.» A p r e n d e d de Mí, dice el S eño r, q u e soy pacífico y h u m ild e
de co raz o n . ¿ P o d r á s tú ser b u e n c ristia n o , si no p ra c tic a s las le c­
ciones del d iv in o M a e s tro ? T od as las v ir t u d e s nos h a e n s e ñ a d o ei
S eño r cou su e je m p lo ; p e ro la m a n s e d u m b r e y h u m i l d a d son p a r ­
t i c u la r m e n t e las q u e q u ie r e q u e a p r e n d a m o s de su M a jestad . E s ta s
son las dos v ir t u d e s d e q u e nos dió m as e jem plo s, y las q u e p u e d e
d ecirse q u e fo rm an su c a r á c t e r . P o r eso ei p ro feta Is aía s al q u e r e r
h a c e r el re t r a t o del M esías q u e h a b ía de v e n i r , y p i n t a r las faccio­
nes m o rales q u e m as le d is l i n g u i r i a n , no h a b la tan to de su p o d e r ,
de su s m ilag ro s, d e su d o c tr in a y s a n t i d a d , como h a b la de su m a n ­
s e d u m b r e . «No será, dice *, ni i m p a c ie n t e , ni colérico, ni se ie oirá
« le v a n ta r la voz.» E s te es el re t ra t o de J e s u c ris to .
E je r c ita n t e , ¿ e s t a m b ié n el tu y o ? ¿C o n o c e s e n él tu s e m e ja n z a ?
¡O h! y q u é a d m i r a b l e s lecc io n es nos d a el divin o M ae stro, de la
v ir tu d de la m a n s e d u m b r e ! S u d i v i n a M aje sta d nos e x h o r t a á p r e ­
s e n t a r la o tra m e jilla á q u ie n nos dió u n a b o fe ta d a , en vez d e v e n ­
g a rn o s ; y á d e ja r q u e se lleve ta m b ié n n u e s t r a c a p a el q u e q u ie r e
q u ita rn o s la tú n ic a , a n te s q u e a l t e r c a r con él. No solo nos m a n d a
sufrir, sino ta m b ié n a m a r á n u e s tro s e n e m ig o s y h a c e rle s b i e n ; y
nos a s e g u r a q u e así n o s d is ti n g u ir e m o s de los g e n ti le s y p u b lí c a ­
nos, y q u e e sta se r á la señ al p o r la q u e serem o s re c o n o c id o s p o r
d iscípulos su yo s y p o r v e rd a d e r o s cris tia n o s . Q u ie re q u e m e r e z c a ­
mos s u m is e ric o rd ia , p o r la q u e no sotros u se m o s co n n u e s tro s pró­
jimos. Las o b ra s m a s ex c e le n te s le se r á n d e s a g r a d a b le s , si no n a ­
ciesen d e u n c orazo n Heno de b e n i g n i d a d y c a rid a d co n n u e s t r o s
h e rm a n o s. Nos d e s t ie r r a de sus a lt a re s y de su corazon, si nos a t r e ­
vemos á lle g a r á su M a jestad co n d e s a b r im i e n to y s e q u e d a d h á cia
n uestros p ró jim o s. E s t a r u n o d e s t e r r a d o d e los a l t a r e s , es e s ta r e x ­
c o m u lg a d o ; y e s ta r d e s te rra d o del co razon de J e s ú s, ¿ q u é será sino
ser re p r o b o ?
S a b ie n d o , p u e s, a m a d o s mios, y e s t a n d o p e r s u a d id o s d e las p a ­
cíficas m á x im a s q u e nos e n s e ñ ó J e s u c ris to , ¿ p o d r e m o s re s istir á
im itar los a d m i r a b l e s ejem plo s que nos dió d e m a n s e d u m b r e ? ¿ C o n
qué p a c ie n c ia no sufrió la r u s tic i d a d de su s d is c íp u lo s, y d is im u ló
sus flaq u eza s? ¿ Q u é d u lz u r a , q u é p ie d a d no usó con los p e c a d o re s ?
Ja m á s arro jó d e sí á n i n g u n o ; á todos recib ía con b e n i g n i d a d , y
cuan to m as m ise ra b le s e r a n , mas t e r n u r a y m ise ric o rd ia u s a b a con
ellos. Ei h o r r o r in finito q u e t e n i a al p ecado ja m á s le in spiró el m as
m ínim o m o v im ie n to d e a sp e re z a co n tra los p ecad o re s . Los g r a n d e s

1 Cap. x li.

M Va lyeiid e.
d elito s d e l P u b l i c a n o y d e la M a g d a le n a no tu v i e r o n otro efecto q u e
a u m e n t a r su co rap asion co n ellos. S us v e rd u g o s e x p e r i m e n t a r o n la
g r a n d e z a de su b o n d a d ; p u e s no solo los p erd o n ó , sin o q u e a u n los
d e fe n d ió , y rogó á su P a d r e p o r ellos. Mas ¡ a y ! d u lc e J e s ú s mió,
¿ e n d ó n d e h a r e s p la n d e c id o m a s v u e s t r a m a n s e d u m b r e y b o n d a d ,
q u e e n su f rir m e á mí, d e s p u e s d e ta n t a s i n g r a t i t u d e s ? ¿ Y q u ié n n e ­
c e s ita de e sta v i r t u d ta n t o como y o ? P ero es ta n t a mi m iseria, q u e
solo p u e d o te n e r la p or v u e s t r a g r a c i a y m ise ric o rd ia .

P a r a sacerdotes.
« V e n e r a b le s s a c e r d o te s ; á n o so tro s m a s p a r t i c u l a r m e n t e nos dice
«el d iv ino M ae s tro : « A p re n d e d de Mí.» ¡-Ah! J e s ú s m ió : ¿ y q u é
« h e m o s d e a p r e n d e r de V os? ¿ k f a b r ic a r u n m u n d o , á e n d e r e z a r
« tu llid o s, á r e s u c i t a r m u e r t o s ? N o : Disciie a me, quia m ilis sum ,
«eí h u m áis c o u k . ¿ Q u é conl'usion no s e r a Ja n u e s t r a , h e r m a n o s
«mios, e n el d ia de n u e s t r a v is ita c ió n , si el d iv in o M aestro e n c u e n -
« tr a q u e n u e s t r a v id a no h a sido n iv e l a d a con la s u y a ? ¿si siendo
« Je sús h u m i ld e en el n a c e r , en su p o r t e y c o n v e rs a c ió n , h a ll a q u e
«nosotros h e m o s sido a r r o g a n te s y altiv os, y h e m o s q u e ri d o p a r e -
«cer g r a n d e s e n n a c im ie n t o , v estid o y t r a t o ? ¿si J e s u c r is to f u e o b e -
« d ie n te á la voz de s u s p a d re s , y n o so tro s i n o b e d i e n te s á la del mis-
«mo J e s ú s ? ¿si n u e s tro S a lv a d o r se fatigó por b u s c a r la g lo ria de
«su e te r n o P a d r e , y n oso tro s no h em o s b u sc a d o m a s q u e la n u e s t r a ,
« v a n a y p e rn ic io s a ? ¿ si dicie n d o J e s ú s q u e el m a y o r se h a g a m e -
« n o r, no so tro s h e m o s e rg u id o n u e s t r o cuello p a r a sa lir so b re todos?
«¿si J e s ú s fue m an s o , pacífico y h u m i ld e , y n osotros coléricos, i r a -
« cu n d o s é irre c o n c ilia b le s ? ¡ Q u é j u i c i o su f rir é m o s! ¡ q u é s e n t e n c i a !
« ¡ q u é c o n d e n a c i ó n !»

J AC ULA TO RIA S.

¡O h h u m i ld í s i m o J e s ú s ! a u n q u e la ir a no tu v ie se ta n m a la s c o n -
se c u e n c ia como tien e, solo por ser t a n o p u e s ta á v u e s tro d u lc ísim o
c o razo n la aborrezco y la d e te s to .
¿ Q u i é n , S a lv a d o r m ió, q u e c o n te m p le la m a n s e d u m b r e con q u e
os d e jasteis c o n d u c ir a l C alv ario como o veja q u e lle v a n al m a t a d e ­
ro, q u e r r á ya to m a r c ó le r a c o n tr a su h e r m a n o ?
Confieso, J e s ú s mió, h a b e r caido e n la flaqueza de a ir a r m e c o n tr a
mi pró jim o . No ío tom éis en v u e s tro ju ic io p a r a c a s t ig a r m e . A te n d e d
á que ya p e r d o n o á todos, p a r a q u e Vos ra e p e rd o n e is á mí. Si, P a ­
d r e mió, p e rd o n a d m e : os digo con todo mi corazon q u e m e p e s a de
h a b e ro s o fen dido .

PLÁTIC A .
S o b r e la i r a .
E je r c ita n t e s : si n u e s t r a s iras fuesen como la de n u e s t r o S a lv a d o r ,
cu a n d o ir rita d o al v e r q u e ios c o m e r c ia n t e s h a b í a n h ech o del t e m ­
plo d e Dios casa d e tráfico, m o v id o en cólera s a n i a , tom ó u n látig o,
y los arro jó del l u g a r s a n io , se ría m o s d ig n o s de a l a b a n z a . P e ro
cu a n d o reflexiono so b re io q u e c o m u n m e n t e su c e d e en el m u n d o ;
«obre los ru id o s y ri ñ a s ta n f r e c u e n te s en las fa m ilia s, y so b re las
d is p u ta s a c a l o ra d a s y c o n te s ta c io n e s p o rfiad as e n tr e los vecino s; no
hallo sin o u n a ir a in j u s t a y viciosa, cuy os p e rn ic io so s efectos q u i e ­
ro h a c e ro s v e r, á fin d e q u e p ro c u r é is e v it a r la m a l i g n a c a u s a q u e
los. p ro d u c e . D igo, p u e s , q u e u n h o m b r e a ir a d o se h ace e n e m ig o de
sí m ism o , del p ró jim o y de Dios: vais á verlo.
Se h a c e en e m ig o de sí m ism o , p o r q u e h a c e d a ñ o á su p ro p io
cuerpo y á su a lm a . Lo d ice el E s p ír it u S a n to con esta s p a l a b r a s 1 :
«La ir a y 1a e n v id i a m i n o r a n los dias d e la v id a .» Y la e x p e r i e n c ia
nos h a c e v e r c l a r a m e n t e e sta v e r d a d . L u ego q u e el h o m b r e se ha
dejado p o se e r d e la ira ó d e la so b e rb ia colérica, se le e n c ie n d e la
sa n g re , se le in f la m a la bilis, lodos los h u m o r e s se le a lt e r a n y t u r ­
ban, y q u e d a e x p u e sto á fu n es to s a c c i d e n te s . H o m b re s se h a n v is to
m o n ta d o s e n cóle ra , q u e d a r m u e r to s de r e p e n t e , y c u m p lir s e á la
letra lo q u e se lee en el iibro de J o b , á s a b e r : Q u e la ir a m a t a ai
n e c io 4. Así le su c ed ió al e m p e r a d o r Y a l e a t i n i a n o , q u e en u n a s u ­
bida d e có lera p e rd i ó en u n m o m e n to la voz, la re s p ira c ió n y la v i ­
da, Si b ie n es v e r d a d q u e esto no s u c e d e f r e c u e n te m e n te , ta m b i é n
lo es q u e m u y á m e n u d o v e m o s p u esto s en m o v i m i e n to los f a c u lta ­
tivos, p a r a so c o r re r p e rs o n a s in f la m a d a s p o r la ir a ó in s u lt a d a s p or
la có lera. P ero no p a r a a q u í lodo el d a ñ o . Lo p e o r es, q u e la ir a
causa e n el a lm a del q u e la tie n e otros a c c id e n te s d e m as fatales c o n ­
secuencias. E ll a t u r b a ia razó n y hace p e r d e r ei ju icio . P o r m a n e r a ,
que el p ro f e ta I s a í a s 3 c o m p a r a el corazo n del h o m b r e fogoso á u n
mar a g ita d o de b o rr a s c a s y t e m p e s t a d e s . B ella c o m p a r a c i ó n , a m a ­
dos mios: n i n g u n a cosa r e p r e s e n t a m ejor al cielo, q u e el m a r c u a n -

Eccli. xxx. — - Cip. v. — 3 Cap. lvii .


do e s tá en c alm a . E n él, como e n u n e s p e j o , se v e n p e r f e c t a m e n t e
co piad os el sol, la l u n a , las e s trellas y h a s t a el h e rm o so azu l del
cieío. P ero v e n g a u n a te m p e s t a d y t u r b e el m a r ; al in s t a n t e d e s­
ap a re c ie ro n tod as esta s im á g e n e s celestiales: tai es el h o m b r e . M ie n ­
tr a s su corazon e stá e n calm a, p a r e c e p or las m i r a d a s , p o r las p a ­
lab ras y o p e racio n es q u e la D iv in id a d está r e p r e s e n t a d a en su a lm a .
P e ro al m o m e n to q u e e! furor d é l a ir a a lte ra e sta a lm a , d e s a p a r e c e
a q u e ll a h e rm o s a im a g e n : y e ste m ism o h o m b r e y a no es m a s q u e la
i m á g e n d e i d em o n io , cuyos fu ro re s re p r e s e n ta . O b se rv a d lo vo sotros,
y v eréis q u e no ex age ro, ¿ C u á le s so n los p e n s a m ie n t o s del d e m o ­
nio? P e n s a m ie n t o s de v e n g a n z a y d iv is ió n ; éstos so n los del h o m b r e
ir rita d o . ¿C uáles son las ex p re s io n e s d e l d e m o n io ? B lasfem ia s y j u ­
r a m e n t o s ; este es el l e n g u a j e del colérico. ¿ C u á le s son las m ira d a s
del d e m o n io ? M irad as d e e s p a n t o , d e t e r r o r y d e a m e n a z a ; tales
so n las del i r a c u n d o . ¿Y en d ó n d e h a b it a el d e m o n i o ? E n el in f ie r­
no, l u g a r de c o n fusio n y d e s o r d e n ; tal es la casa y fam ilia de u n
h o m b r e v io le n to . E n s u m a , a m a d o s inios, si o b se r v á is con a te n c ió n
á los h o m b r e s co n q u ie n e s tr a ía is , vosotros m ism o s c o n o c eréis p or
su c o m p o r ta m ie n t o y sin e q u iv o c a c ió n cuál es el h o m b r e in t e ri o r de
a q u e ll a p e rs o n a . ¿Veis u n h o m b r e pacífico, m an s o y c o n te n i d o en sil-
t r a t o ? Decid a b i e r t a m e n t e q u e a q u e ll a a lm a r e i n a so b re sus p asio ­
nes;, y q u e goza de la t r a n q u i l i d a d d e e s p íritu q u e h a c e lo da la fe­
lic id a d del h o m b r e en e sta vida. ¿Yeis p o r lo c o n tr a rio otro q u e es
a rr e b a ta d o y furioso? Decid q u e es u n loco é i n s e n s a to , q u e t a m b ié n
lo d ice el E s p ír it u S a n io , Veamos a h o r a cómo el i r a c u n d o se h ace
en e m ig o de su prójim o.
El h o m b r e q u e es esclavo de esta p a sión no ti e n e a q u e l a c o m o d a ­
m ie n to g e n ia l co n su p ró jim o , en el q u e c o n siste lo m as d u lc e y g r a ­
to d e la c o m u n ic a c ió n social; p o r q u e á todos se h a c e odioso é in s o ­
p o r t a b l e con su s p e s a d a s porfías y fogosos a lte rc a d o s . Y p o r esto ei
E s p ír it u S a n to nos a c o n s e j a , q u e n o to m e m o s a m i s t a d con h o m b r e
colérico, n i le tr a te m o s con fr e c u e n c ia , p a ra q u e su c o m p a ñ í a 110
sea p a ra n u e s t r a a!m a u n a ocasio n d e c a íd a e n el m ism o vicio. ¡No­
taréis ta m b ié n esto: tos leones se d o m e s ti c a n , los osos se a m a n s a n ,
el b u e y y el caballo deporten su fiereza á la p r e s e n c ia del a m o , p e ­
ro este g é n e ro de p e rs o n a s i r a c u n d a s , c u a n d o se m o n t a n en furor, no
c o n o cen á p a d re s , n i á h e r m a n o s , n i á p a r i e n t e s , ni á am ig o s, y
con todos se t o m a n ; y s e g u n la e x p re s ió n del E s p ír it u S a n to e n el
lib ro d e los P ro v e rb io s *, n a d ie p u e d e sufrirlos. Y d e estos los h ay
1 Cap. x\ 111.
ta n v io le ntos, ta n terco s y p e r t in a c e s , q u e g u a r d a n sn cólera h a s t a
la m u e r te , y a u n la d e ja n v i n c u l a d a á sus d e s c e n d i e n te s . Y no o b s­
ta n te esto, t i e n e n la p re s u n c ió n d e q u e Dios les p e r d o n a r á : la m e n ­
table c e g u e d a d ; p o r q u e no solo se h a c e n en e m ig o s deí p ró jim o , s i ­
no ta m b ié n d e su Dios. Voy á d e m o s tra r lo .
El c orazo n del h o m b r e es el tro no d o n d e el S e ñ o r rep o sa ; y el co-
■razon d el h o m b r e q u e se h a c e t u r b u le n t o con la ir a ya no es eí trono
d e Dios, sino la silla del d e m o n i o ; así lo d ice san J u a n C lím aco.
S a b e d , p u e s , h o m b r e s ir a c u n d o s , q u e m i e n t r a s n o p ra c t iq u é i s este
m a n d a m ie n t o de J e s u c ris to , « a p r e n d e d d e Mí, q u e soy m a n s o y hu-
« m ild e de corazon,)) no p odéis e s ta r e n su g r a c i a , ni p a r t i c i p a r d e
su e s p í r i t u ; p o r q u e J e s u c ris to t i e n e u n e s p íritu d e p r u d e n c i a y de
consejo, y el v u e s tro es d e co n fu s io n y d e s o r d e n . El e s p íritu dei S e ­
ñor es e s p íritu de in t e li g e n c ia y s a b i d u r í a ; el v u e s tro c a re c e h a s t a
del se n tid o c o m ú n . E l e s p í r it u del S e ñ o r es e s p í r it u d e tem or; y el
v u e stro ni te m e la s e v e r id a d del juicio de Dios, ni el rig o r de Jas le­
yes h u m a n a s . El e s p íritu del S e ñ o r es e s p íritu de c a rid a d , q u e todo
lo d is im u la y todo io sufre; el v u e s tro n i excu sa, ni sufre. Él e s p í ­
ritu del S e ñ o r es e s p íritu de paz; y el v u e s tro de g u e r r a y d i s e n s i ó n .
¿ E n q u é p e n s á is , m is e r a b l e s i r a c u n d o s ? ¿ Q u e r é is m as p e r d e r v u e s ­
tra a lm a e n v u e s tro fu ro r, q u e r e p r i m i r ios ím p e tu s de esa p a sió n
q u e os h ace en e m ig o s d e Dios, del prójim o y de vosotros m is m o s ?
.¿Con q u é p o d ré is e x c u s a r o s ? ¿Me diréis q u e este es v u e s tro g e n io ?
Yo os dig o q u e ese g en io es el q u e d e b e is v e n c e r. ¿Me re p lic a r é is
q u e no po déis h a c e r o tr a co sa? Yo os c o n c e d e ré q u e el p r i m e r m o ­
v im ie n to n o e stá en v u e s t r a m a n o el r e p r im i r l o ; pero os digo, q u e
en v u e s t r a v o l u n t a d está el d o m a r co n tiem p o el gen io p a r a e v it a r
a q u e l p r i m e r m o v im ie n to . S a n P a b lo n o s a c o n s e j a -1, q u e no d ejem o s
se n os p o n g a el sol en n u e s t r a ir a. P o r ta n t o , yo os d ig o, a m a d o s
mios, q u e si a l g u n a vez os coge la ira d e so r p re s a , no le p e rm it á is
un m o m e n to de reposo e n v u e stro corazon. ¡Ay Dios mió! ¿ q u é se rá
en el d ia del ju icio del q u e fue ir a c u n d o p o r m u c h o s años, y a u n
h a s ta la m u e r te , sin h a b e r p ro c u ra d o m o d ificar su corazon? H a c e d ­
nos la g ra c ia , d u lc ísim o J e s ú s, de q u e seam o s m an so s y h u m i ld e s ,
p ara q u e se am o s d ig n o s d e poseer la t i e r r a d e los viv os q u e nos te-
ae is p ro m e ti d a , la e t e r n a g lo r ia . E s ta os deseo, e tc .
EJERCICIO DÉCIMOSEXTO.

LECCION'.

D el cuarto mandamiento.
E je r c ita n t e s hijos de fa m ilia : e sta n o c h e es n e c e s a r io q u e re d o ­
bléis v u e s t ra a t e n c i ó n , p o r q u e voy á h a b l a r de las o b lig a c io n e s d e
los hijos p a r a coa su s p a d r e s , c u y o c u m p l im ie n t o es t a n i n d i s p e n s a ­
ble, como q u e sin él no te n d r é is felicidad en e sta vid a, ni glo ria e n
el cielo.
P. ¿ Q u i é n se dic e con v e r d a d q u e h o n r a á su s p a d r e s ?
ft. Q u ie n los a m a , o b ed ece, so corre y re v e r e n c ia .
P . ¿C ó m o faltan los hijos al a m o r q u e d e b e n á sus p a d r e s ?
R. A b o rre c i é n d o lo s , m a ld ic i é n d o lo s , d e se á n d o le s a lg ú n m a l , 6
n e g á n d o s e por hi jos. Así es q u e p e c a n aq u ello s h ijo s in g r a to s y c r u e ­
les q u e , olv id ad o s d el a m o r con q u e sus p a d r e s los c ria ro n y c u id a ­
ro n , h a s t a q u it a r s e d e la b oca el bocado p a r a d á rse lo á ellos, a b o r ­
r e c e n de m u e r t e á sus p a d r e s , los m i r a n con in d i g n a c ió n , se fasti­
d ia n de su p r e s e n c ia y c o n v e rs a c ió n , y les d e s e a n la m u e r t e p o r s a l i r
d e ellos. In felic e s hijos: ellos m o r irá n a n te s de tiem p o; p u e s d ic i e n ­
do el E s p ír it u S a n to "1, « A m a á tu p a d r e y á tu m a d r e , si q u ie r e s
« v iv ir largos a ñ o s so b re la tierra,); es c o n s i g u ie n t e q u e el hijo que
no ios a m e , jó v e n tie n e q u e m o rir.
P. ¿ Q u ié n p e ca c o n t r a la r e v e r e n c i a d e b id a á los p a d r e s ?
R . Los q u e p o n e n m a n o s v io l e n ta s e n su p a d r e ó en su m a d r e , 6
les d ic e n p a la b r a s d e s c a r a d a s , in ju rio s a s é i n d e c e n te s , ó los m a l d i­
cen en su p re s e n c ia , a u n q u e no sea de c o razo n . El S e ñ o r a b o r r e c e
tan to este p e c a d o , q u e en la le y a n t i g u a m a n d ó á M o i s é s 2 q u e h i ­
ciese q u i t a r la v id a al hijo q u e h ir ie s e ó m a ld ije se á su s p a d r e s . Y
p or lo c o n tr a rio , lle n a d e b e n d ic i o n e s al hijo q u e los r e s p e ta . Y t a n ­
to, q u e el E s p ír it u S a n to d i c e 3 : q u e el hijo q u e h o n r a á sus p a d r e s ,
él t a m b ié n se rá h o n r a d o d e sus hijos, q u e se rá n oidas sus oracio n es,
y q u e te n d r á la r g a v i d a ; y a ñ a d e : « H o n r a d e o b ra , de p a la b r a y

1 Exod. xx. — 5 ÜHd. xxi. — 3 Eccli. ru.


«con toda p a c ie n c ia á tu p a d r e , p a r a q u e r e c a i g a e n tí s u b e n d i c i ó n ;
« p o rq u e la b e n d ic i ó n del p a d r e a s e g u r a la casa d e los h i j o s , y ia
« m a ld ic ió n de la m a d r e a r r a n c a b a s t a los c im ie n to s .»
P. ¿C óm o fa lta n los hijos á la o b e d ie n c ia q u e d e b e n á sus p a ­
dres?
K. No o b e d e c ié n d o le s , c u a n d o les m a n d a n cosa g r a v e y j u s t a . P o r
e jem plo: p e c a n los hijos, q u e p o n ié n d o lo s su p a d r e á q u e a p r e n d a n
a lg ú n oficio, ellos p o r h o lg a z a n e a r , no q u i e r e n a p li c a rs e . P e c a n los
q u e s a le n de ca sa á h o ra s in có m o da s de la n o c h e , c o n tr a el ex p reso
m a n d a m ie n t o de sus p a d r e s . P e c a n , c u a n d o d icié u d o le s el p a d r e q u e
d e je n la m a la c o m p a ñ í a , no la d e ja n ; ó si Ies m a n d a q u e no fr e c u e n ­
te n las casas de s o s p e c h a ó d e j u e g o , c o n t i n ú a n en ir á ellas. V o s­
otros m ism o s, a m a d o s jó v e n e s , c o n o ceréis las v e n t a j a s q u e lleva e n
sí la o b e d ie n c ia á los p a d r e s . Si a q u e l hijo q u e v oso tro s co no céis
h u b ie r a ob ed ec id o á sus p a d r e s , no le h u b ie r a s u c e d id o a q u e ll a r i­
ña, a q u e l m a l e n c u e n t r o ó d e s g r a c ia q u e t a n t o s tra b a jo s y d is g u s to s
ocasionó á la fam ilia. Y si tú , y el otro, y cási to d os los jó v e n e s h u ­
bieseis o bed ecido á v u e s tro s p a d r e s , el o tro m al c o m p a ñ e ro n o h u ­
b ie ra ten id o ocasion d e e n s e ñ a r o s u n p e c a d o q u e q u iz á os a c o m p a ­
ñ a r á h a s t a la m u e r t e , si no es q u e h a s ta el in fiern o . E j e r c i t a n t e s
jó v e n e s , o b e d e c e d á v u e s tro s p a d re s , si no q u e re i s e x p e r i m e n t a r l a s
a m a r g a s r e s u lta s q u e ti e n e la in o b e d ie n c ia .
P. ¿ E s t á n obligad os los hijos á o b e d e c e r á sus p a d r e s e n to do lo
q u e les m a n d e n ?
R. Sí: en todo lo q u e no sea c o n tr a r i o á la ley d e Dios, á las b u e ­
nas c o s t u m b r e s , y á las leyes del R eino y de la I g l e s ia ; p o r q u e e n
estos c a so s , el p a d r e q u e ta l cosa m a n d a al h ij o , n o d e b e ser o b e ­
decido. Si los p a d r e s fu esen m as p r u d e n t e s y c ristia n o s en m a n d a r
á los hijos, no se v e ría n ta n t o s d e éstos en c á rc e le s, p re s id io s y s u ­
plicios. P u e s h a b ié n d o l e s m a n d a d o ó c o n s e n tid o sus p ad res , c u a n d o
niñ os, q u e to m a s e n f u r t i v a m e n t e cosa q u e era de otro, ellos se afi­
c io n a ro n al r o b o , y con el tie m p o v i n i e r o n á p a r a r e n famosos la­
d ro n es , ó se h ic ie ro n ases in o s c ru e le s, p o r q u e en su s p r i m e r o s a n o s
el p a d r e ó la m a d r e los a n i m a b a á q u e se v e n g a s e n del otro m u c h a ­
cho co n la p i e d r a ó con el pa lo.
P. ¿C ó m o f a lta n los hijos al socorro d eb ido á los p a d r e s ?
R. No a s is tié n d o le s , d e c u a n to s m o dos p u e d a n , en las n e c e s i d a ­
des co rp o r a le s y e s p ir it u a le s .
Hijos h a y q u e v e n á sus p a d r e s e n f e r m o s , ó n e c e sita d o s d e ali­
m ento y d e v e s t i d o ; y cogidos por eí i n t e r é s , no ti e n e n v alo r p a r a
d a r l e s u n p a n , y lo t i e n e n p a r a , con esc á n d a lo y r e s e n tim ie n t o d e la
h u m a n i d a d , d e ja r lo s m o r ir en la m a y o r m is e ria . T a le s hijos p e c a n
g rav ísi m á m e n t e , y d e b e n t e n e r u n fin d e s a s tra d o . No fa lla n á n u e s ­
tr a vista e je m p la r e s d e hijos in g r a t o s , q u e d is f r u t á n d o l o s bien es q u e
en la v id a les ced ie ron los p a d r e s co n la ob ligación de a lim e n ta rlo s ;
m u y lejos de c u m p l ir la , ni a u n con lo s o b r a n te de su m e s a les a sis­
t e n , y se lo d a n a sus p e rr o s. P a d re s d e f a m il ia , no e n tr e g u é is i n ­
d i s c r e t a m e n t e , d u r a n t e v u e s t r a v id a , los b ie n e s á los hijos; y to m a d
en m e m o ria esto q u e dice el E s p i r i t a S a n to *: «Mejor es q u e tus in ­
fijos te b u s q u e n á t í , q u e v e r t e tú en m a n o s d e tu s hijos.))
P e c a n los hijos q u e e s ta n d o e! p a d r e en p e lig ro de m u e r t e , no
c u id a n de q u e re c ib a en tiem p o los s a n to s S a c r a m e n to s , y h a g a te s ­
ta m e n to , con m iras d e vil in t e r é s : de lo q u e r e s u lta n d e s p u e s r i ñ a s ,
pleitos y d is c o rd ia s en la fam ilia.
Los hijos q u e son a lb a c e a s de sus p a d re s , si r e t a r d a n sin j u s t a c a u ­
sa el c u m p l im ie n t o de su ú lt im a v o lu n t a d y o b r a pia, p e c a n , y c o n ­
ti n ú a n p e c a n d o m i e n t r a s n o la c u m p l a n . E s ta i n g r a t i t u d a u n es m as
c ru e l q u e las o tra s; p o r q u e al m ism o tiem p o q u e se la s ti m a n de v e r
p e n a r á un a n im a l, a u n q u e no sea su y o , no se c o m p a d e c e n del p a ­
d re q u e les dió el s e r , y q u e tal vez p o r ellos se e stá a b r a s a n d o en
el fuego del p u rg a t o rio .
Y p e c a n t a m b i é n aq u ello s hijos v a n o s y so b e rb io s q u e p o r h a b e r
v e n id o á m ejor fo r tu n a q u e a q u e ll a e n q u e n a c i e r o n , se a v e r g ü e n ­
z a n de d e c ir q u e son hijos de tal p a d r e . E sto s se p u e d e d e c ir q u e ¡i
p o c a fu erza n e g a r í a n y r e n e g a r í a n t a m b i é n d e J e s u c r is to .
P. ¿ Q u ié n e s m as se e n t i e n d e n p o r p a d re s a d e m á s de los n a t u ­
rales?
R. D eb em os h o n r a r á los q u e s a b e n m a s q u e n o so tro s; p o rq u e
p u e d e n d a rn o s luz p a ra q u e s a l g a n a c e r t a d o s n u e s t r o s n eg ocio s. T
p o r eso d ic e el E s p í r i t u S a n to 2 : « In c lin a tu o r e j a , y oye las p a la ­
d e a s del h o m b r e sabio.» E sto s se e n t i e n d e n p o r p a d re s . T a m b i é n
se e n t i e n d e n bajo este n o m b r e los m a y o re s d e e d a d , y d e b e m o s re s ­
p etarlo s. El mism o E s p ír it u S a n to d i c e 3; «D onde h a y viejos, no ha-
«bles mucho.))
Debem os r e s p e ta r á los s a ce rd o tes, p o r q u e son n n e s t r o s p a d r e s en
lo e s p iritu a l: p u e s nos a li m e n t a n con la p a l a b r a d e Dios, n os visten
con los S a c r a m e n to s , y nos c u r a n d e !a. e n f e r m e d a d del p ecad o. El
E s p ír it u S a n to nos dice 4: « H o n ra á Dios con to d a tu a l m a , y la m -
ftbien á sus sa c e rd o te s y m in is tro s .»
D eb em o s a m a r , h o n r a r y o b e d e c e r á n u e s t r o re y ó r e i n a ; p o r ­
q u e , como p a d r e , n os g o b i e r n a en lo te m p o r a l . E l E s p í r i t u S a n to
nos a m o n e s ta *, y dice: « T e m e á Dios, hijo m ío, y te m e ta m b ié n al
« re y , y no n i u r m o r e s d e él.»
C u m p la m o s to d os co n estas o b lig a c io n e s , y se ré m o s felices en la
tierra y e n el cielo. A m e n .

E JE M P L O

que se les en la historia dd Jayón, lib . X III.

H a b ia en el J a p ó n tres h ijos g r a n d e s q u e v i v i a n en la m a y o r i n ­
d ig e n c ia y tr a b a j a b a n d ia y n o c h e p a r a a l i m e n t a r á su p o b re m a d r e
v ia d a : p e ro como no p o d í a n a lc a n z a r con su tr a b a jo el alivio de su
m a d r e , se v a lie ro n d e u n a t r a z a b ien e x t r a ñ a : Se h a b i a p u b lic a d o
en el J a p ó n p o r o rd e n del e m p e r a d o r , q u e á a q u e l q u e cogiese á
un famoso la d r ó n y le p u s ie s e e n m a n o s de la j u s ti c ia , se 3c d a r í a u n a
c a n ti d a d . C o n v in ie ro n a q u e llo s tres h e r m a n o s en q u e u n o d e ellos
se fing iría la d r ó n , y q u e los otro s d os !e p r e s e n t a r í a n y c o b r a r ía n la
c a n ti d a d p a r a a liv ia r á su m a d r e v iu d a : e c h a r o n s u e r te s , y c ayó la
su e r te sobre el m a s jó v e n . Los o tros dos le a m a r r a r o n , le p r e s e n t a ­
ron aí j u e z , c o b r a r o n la c a n t i d a d s e ñ a l a d a , y a q u e l se q u e d ó e n la
cárcel; m a s a n te s d e p a r t i r s e los dos q u is ie r o n d e s p e d i rs e del p re s o ,
y lo h ic i e r o n co n m u c h a s lá g r im a s . Al j a e z , q u e p o r c a s u a l id a d se
h allab a e n u n l u g a r d e s d e d o n d e p o d ía ver lo q u e e s t a b a p a s a n d o ,
le llam ó m u c h o la a t e n c i ó n , y m a n d ó á uno d e su s c ria d o s q u e fu e ­
ra s ig u ie n d o co n d is im u lo á a q u e llo s dos h o m b r e s q u e h a b ía n traíd o
el preso : les s i g u ió , vió en la casa q u e e n t r a b a n , y oyó q u e refe­
rían á su m a d r e q u e el hijo e s ta b a p reso, y p o r q u é m otiv o; la m a ­
dre al o ir a q u e llo e m p ez ó á d a r g rito s l a m e n t a b l e s , d ic ien d o q u e
e s ta b a r e s u e l t a á m o r ir d e h a m b r e , a n t e s q u e v i v i r á e x p e n sa s de la
vida d e su. hijo. « Id , les dijo, hijos c a ri ta t iv o s , p ero h e r m a n o s d e s ­
n a t u r a l i z a d o s , i d , e n t r e g a d el d in e r o q u e h a b é is r e c i b id o , y v o l­
v e d m e á mi hijo, si vive a u n ; si es m u e r to , no p e n sé is m as en a u ­
g m e n ta rm e , sin o e n p r e p a r a r m e u n a t a ú d , p u e s no p u e d o v i v i r
«desp ues d e él.» — El h o m b r e q u e les h a b ia s e g u id o p o r ó rd e n del
j u e z , o y e n d o e ste d is c u rso , fue lu eg o á referirlo lo d o á su d u e ñ o .
El ju e z hizo p r e s e n t a r el p ris io n e r o ; le p r e g u n t ó , le a m e n a z ó , y le
obligó á d e c ir lo q u e h a b i a p a s a d o . H a b ié n d o lo el p re s o d e c la ra d o
tod o , el ju e z dió p a r t e al e m p e r a d o r , á q u ie n con m o v ió ta n t o esta
acció n h e ro ic a , q u e q u iso v e r á los tre s h e r m a n o s . C u a n d o los tu v o
e n su p r e s e n c ia , alab ó su p ie d a d y les dió u n a p e n s i ó n ; al q u e h a ­
b ía e stado p res o le señ aló m il q u i n i e n t o s d u r o s de r e n t a a n u a le s , y
q u i n i e n t o s á c a d a u n o d e los otros dos h e r m a n o s . — ¡O h hijos q u e
e s c u c h á is e sta h is to ria ! m i r a d como la d i v i n a P r o v i d e n c ia "vela
s i e m p re sobre ia c o n d u c t a d e los h o m b r e s , y la p ie d a d de los hijos
p a r a con su s p a d re s es á m e n n d o colm ad a» a u n en esta v i d a , de
g ra c i a s y d e b ie n e s te m p o r a l e s ! . . .

MKDITACION.

Sobre la gala.
C o n s id e r a , c r i s t i a n o , q u e n u e s t r o S a lv a d o r n os d i c e 1: « G u a r -
«d aos d e q u e se a n g r a v a d o s v u e s tro s co razo n es co n el m u c h o com er
«y b e b e r.» Si u n m éd ico sabio te d ij e r a q u e te g u a r d a s e s de b e b e r
eí zu m o de a l g u n a v e r b a , p o r q u e en b e b ié n d o le m o r ir í a s ; no hay
d u d a e n q u e te a b s t e n d r í a s de él. P u e s el sabio y v e r d a d e r o M édi­
co d e n u e s t r a s a lm a s y c u e rp o s te e s t á d ic i e n d o q u e te g u a r d e s del
d e m a s ia d o c o m e r y b e b e r , p o r q u e m o r irá s ; y tú no q u ie r e s creerlo,
n í g u a r d a r t e d e e ste vicio q u e e n f e r m a el c u e rp o y el a lm a . C ua nd o
e n f e r m a el cu e rp o e n o tr a s e n f e r m e d a d e s , s u e le el a lm a e sta r mas
fu erte; p o r q u e , como dice s a n Pablo 2: « C u an d o el h o m b r e de fuera
«es a b a tid o y m a l t r a t a d o , el de d e n tr o es r e n o v a d o . » P ero en la g lo to ­
n e r í a y e m b r ia g u e z so n in fic io n a d o s et c u e rp o y el a lm a . El cu e rp o es
d e b il it a d o , y el a lm a m u e r t a ; p o r q u e , como dice el E s p ír it u S a n to ,
«ios q u e e s t á n líenos d e m u c h o s m a n j a r e s no p u e d e n u s a r de la rec-
« tilu d del a lm a .» M ie n tra s A d á n g u a r d ó a b s t i n e n c i a en el p araíso,
p e rm a n e c ió sa n to y b u e n o ; pero en siend o g u lo s o , p e rd ió m uc ho s
b ie n e s , y cayó e n g r a n d e s m ale s, Lot no h u b i e r a sido in c e s tu o so , si
no h u b ie s e b eb id o m u c h o v in o . Y po r eso el Apóstol e s c r ib ie n d o á
los c ristia n o s de Éfeso les dice 3: «No beb áis m a c h o v i n o , p o rq u e
«en él está la l u j u r i a .» E s te vicio fue la c a u s a de q u e el soberbio
H o lofern es m u r ie s e d e g o lla d o por u n a débil m u j e r , y d e q u e se p e r ­
d iese todo su ejé rc ito. El q u e s u e l ta tas r i e n d a s á la g u l a , se hace
i n h á b il p ara todo ejercicio v irtu o so . Y así como la m u c h a llu v ia cau sa
lodos, y hace lagunas donde se crian ranas y oirás sabandijas; asi
el vino demasiado causa torpes deseos, apetitos sensuales, y otros
vicios y pecados.
Considera, ejercitante, que los que se dan al demasiado comer y
beber son peores que los brutos, los cuales en comiendo y bebiendo
lo necesario ya no comen ni beben mas, aunque se les importune.
Pero los glotones, no contentos con lo que basta, comen y beben
hasta hartarse y hacerse mas irracionales que las bestias. Kn la san­
ta Escritura leemos *, «que el vino y las mujeres hacen apostatar, y
«apartarse de Dios á los hombres mas sabios.» Que hagan esto los
gentiles que no conocen á Dios, no es mucho de maravillar; pero sí
que lo es que á los gentiles imiten los cristianos, á quienes sacó el Se­
ñor de las tinieblas de la infidelidad á la luz de la fe. Es la embria­
guez un dulce veneno y un blando demonio que no es conocido del
que le tiene. El Espíritu Santo dice2: «que por la abstinencia se alar-
«ga la vida; y que por el comer y beber se perdieron muchos.» El
ayuno y ¡a abstinencia es mandado por Dios, y la prevaricación de
la ley por el demonio. Dios mandó al primer hombre que se abstu­
viese de comer cierta fruta, y el demonio persuadió á la primera
mujer á que la comiese. Y por este pecado de gula se introdujo en
el mundo la muerte y toda la infinidad de males de que está cubier­
ta la tierra. Abandonarse un cristiano á la gula, no es otra cosa, en
sentir de san Pablo, que hacer at estómago su Dios; y á él sacrifica
el guloso sus bienes, su vida y salvación. Por el exceso en beber vie­
nen los glotones á perder el juicio, y caer en las acciones mas tor­
pes y violentas; y por el demasiado comer muchos pierden la vida
del cuerpo y la del alma, ¿Cuántos se han encontrado muertos en
ia cama por un exceso de la cena? Muertes lastimosas y verdadera­
mente desgraciadas; porque en cualquier otro pecado que la muer­
te coja at hombre, si está en conocimiento, puede tener la fortuna
de un instante de tiempo para hacer un acto de contrición y salvar­
se. Pero el estado en que pone á un hombre eí exceso de comida ó
bebida, ordinariamente no le deja capaz para el arrepentimiento;
muere en su pecado y se condena.
Considera, hermano mió, si por desgracia estás inclinado á este
vicio, que el profeta Isaías dice3: que será tanta la hambre que los
glotones padecerán en el inlierno, que cada uno comerá la carne de
su brazo. Padecerán tanta sed, que desearán una gota de agua, como
aquel rico del Evangelio \ y no habrá quien se la dé: y el real Pro­
feta dice-: que entre los fuegos será tanta la hambre y sed que pade­
cerán cuanta fuela abundancia y hartura que tuvieron en el mundo.
¿Y no es una locara que un cristiano se sujete á tantos males y da­
ños por un vil deleite? Acá, por el mucho comer, es fatigado con en­
fermedades; y despues en el infierno con hambre y sed intolerables,
y con tormentos perdurables. ¿Puede darse mayor infamia y bajeza,
que deleitarse un racional en la corrupción y torpeza de ia carne?
No hallamos en los Libros santos que jamás haya dado Dios á sus
queridos grandes banquetes y comidas, sino pobres y templadas.
Cuando perseguido el profeta Elias por Jezabei se durmió cansado
y hambriento, al despertar le deparó Dios un pan y un jarro deagua.
Al profeta Daniel, que puesto entre los Icones en el lago deBabilo-
nia tenia hambre, le envió á ITabacuc, que le diese á comer de lo
que este llevaba para los segadores, k san Pablo, primer ermitaño,
mientras estuvo en el desierto, le enviaba el Señor con un cuervo
medio pan cada dia; y cuando san Antonio Abad fué á visitarlo,
les mandó un pan entero. Si estos Santos, y tan santos y separados de
ios tumultos de! mundo, vivian con tanta abstinencia;inconsiderado
será el que rodeado de tantos peligros que nos cercan contempla á su
mayor enemigo, que es la carne, y la regala con abundancia de co­
midas y licores. Yo te digo, hermano mió, que si imitas la templan­
za de los Santos, tu alma será recreada, como la de ellos, con sabro­
sos manjares y consolaciones del cielo.

P a ra sacerdotes,

«Si lanía vileza hace un cristiano que se da al vicio de la gula,


<í¿euánta seria la nuestra, amados consacerdotes, si haciéndonos de
«peor condicion que los irracionales, nos diésemos á ia hartura y cri-
«minal exceso en comer y beber? ¿No nos avergonzaríamos de ser
«esclavos de una pasión lan baja, los que estamos mas obligados á
«imitar la abstinencia y moderación del divino Maestro? Si la bar-
«tura es tan contraria á ía castidad que nos debe caracterizar, ¿po-
«drémos sin lesión de ésta entregarnos al vicio de comer y beber sin
«tasa? Podremos presentarnos en los banquetes del siglo sin peligro
«decaer, por inducción, en los excesos que muyde ordinario se come­
nten? Y si cayésemos en semejante flaqueza, ¿con qué cara podríamos
«exhortar á otros á que fuesen parcos y moderados? Si amamos la
«castidad, hermanos mios, cultivemos la templanza.»

JAC UL A TO RI AS .

■Dulce Jesús de mi vida! No permitáis, Señor, que mi alma por


un ci^ceso de comida ó de bebida se haga infeliz por toda la eter­
nidad.
Sea yo siempre, Jesús mió, parco como Yos, moderado y absti­
nente como Yos, para que también pueda ser semejante á Yos en la
limpieza de mi cuerpo y en la pureza de mi alma.
¡Ay, Salvador miol os contemplo en esa cruz abrasado de sed, sin
haber quien compadecido os diese un sorbo de agua. Y ¿vuestra vis­
ta, ¿habrá quien quiera hartarse de licores hasta perder los senti­
dos? Haced, Señor, que mis potencias siempre estén expeditas por
la templanza, para en todo momento poderos decir, como ahora os
digo, que me pesa en el alma de haberos ofendido.

PLÁTICA.
Sobre la embriaguez .

Ejercitan tes: por poco entendimiento y poca re ll exion religiosa que


tenga un hombre, no puede ni debe mirar con indiferencia su salud,
su honra y su salvación. Todo esto despreciad guloso, que con des­
templanza se entrega á excesos en el beber. Pierde su salud, pierde
su reputación, y pierde ó se expone á perder su salvación. Os de­
clararé brevemente estos tres puntos, á fin de que andéis advertidos
para no caer en vicio tan detestable: oid.
No hay en el mundo tesoro mas rico que es la salud; porque con
ella, por miserable-que uno sea, vive contento; y sin ella, por mas
riquezas que tenga, es digno de compasion. Tener salud es ser fe­
liz en el mundo; no tenerla, es padecer y morir. ¿Y será posible,
ejercitantes, que haya hombres tan poco amantes de su salud, que
voluntariamente quieran perderla? Si que los hay; y estos son los
glotones y los que se embriagan. ¡Cuántos de estos infelices han
muerto de repente por un exceso de bebida! Se dejaron llevar del
apetito desordenado á la suavidad del vino; entró éste blandamente
por la boca, y luego, como dice el Espíritu Santo l, les mordió co-
mo serpiente, y los envenenó como basilisco. Buscan estos gulosos
el placer en la bebida destemplada, y bien pronto lo pagan; porque,
como dice san Basilio y la experiencia lo acredita, por la borrache­
ra se corrompe la sangre, se irrita la cólera, la robustez pierde su
vigor y sus fuerzas, eí cuerpo contrae toda suerte de accidentes, se
adelanta la vejez, y se acelera la muerte. ¿Veis, amados mios? Es­
tos son los males que lleva consigo este vicio; y es preciso que así
suceda. Porque ¿qué es el estómago de un hombre infartado devi­
no? Es un charco de toda inmundicia, que exbalando malignos va­
pores al cerebo, produce en él una fuente inagotable de dolores y
enfermedades. Y he visto, y acaso también vosotros, liombresjóve-
nes, de bella salud y robustez, que se viciaron en el vino y otros
licores, y con una presteza increíble, si no se viera, pasaron á em­
bobarse, desfigurarse, encanecerse, podrirse y morir.
Pero no se reducen á solo estos los daños que causa al hombre la
embriaguez: trae consigo otros, que para lodo hombre racional de­
ben ser mas pesados. la pérdida de la honra, que vale mas que la
vida, es el segundo mal que el borracho se hace á sí mismo; no hay
en lo humano cosa mas cierta. Por corrompido que esté el mundo,
él hace un entero desprecio de las personas tocadas de este vicio.
Aunque los compañeros en sus desórdenes los amen, y aunque los
que viven de sus vicios los alaben; la gente de honor los desprecia,
y de todos son tenidos por viles; porque todo lo que puede hacer
infame y odioso á un hombre, lodo contribuye á deshonrarlos. Los
escándalos que causan, la torpeza de la vida que llevan, las inju­
rias y malos tratamientos que tienen que sufrir, la pobreza á que se
reducen, la incapacidad en que están de gobernar su familia y des­
empeñar las obligaciones de su cargo, todo esto concurre á hacer­
los odiosos y detestables. Con efecto, ¿en dónde se hallará un padre
juicioso que quiera dar su hija en matrimonio á “un borracho?¿Ha­
brá mujer honrada que quiera aceptar tal marido? ¿Se confiere al­
gún empleo de consecuencia al que se conoce inclinado al vino? ¿Se
le confia algún secreto ó negocio de importancia? ¿En dónde está el
juez prudente que reciba por testigo á un borracho? ¿Quién es el
hombre que quiere acompañarse con él? No tienen estos miserables
ni cabeza para conducirse, ni ojos para ver con rectitud, ni oídos
para oir bien, ni piés para andar derecho, y como observa san Ba­
silio, viven como bestias. Las bestias al llegar ia noche se retiran á
sus moradas; el borracho lo mismo duerme en la taberna, que en
la calle, que en el campo. Se ahogó su tazón, y ya no puede me-
nos que ser insolente, descarado, y dispuesto á injuriar y maltratar
á las personas de mas respeto. ¿Puede darse cosa mas vil que este
hombre? No. Y por eso el Espíritu Santo nos advierte que no ten­
gamos familiaridad alguna con semejante gente. Ahora pues, si los
hombres 110 pueden sufrir á estos hombres, Dios ¿cómo los mirará?
coa maldición. ¿Y su salvación? está muy expuesta; y este es el
máximo de sus males , como vais á ver.
Ninguno puede alcanzar su salvación , sin procurarla y trabajar
por ella. ¿Y cómo podrá procurar su salvación, uno que se embria­
ga, si él mismo se cierra todos los caminos de santificación? No pue­
de ser esto. Porque si es necesario acercarse á los Sacramentos, él
no está en disposición de aprovecharse de ellos. Si se confiesa, ó se
confiesa mal, porque no dice sus borracheras , ó continúa en ellas,
porque no hay confesor que quiera absolverlo. Si se le pregunta de
doctrina cristiana, no sabe mas que un salvaje. Si se trata de la prác­
tica de ejercicios cristianos, es un tronco; porque ni reza, ni se san­
tigua, ni hace obra buena. Si viene á un sermón, las amenazas de
Dios y las amonestaciones del predicador íe hacen tanta impresión
como á una piedra. Si asiste á una misa, solo es para dormirse. En
una palabra, digamos con ei profeta Isaías3, que el borracho ni sabe
lo que es , ni lo que se hace. Es , dice san Ambrosio 3 una criatura
inútil en eí mundo ; porque no es bueno para s í , ni para los otros,
ni para los negocios de la familia, ni para el de su salvación; no hace
3)ien alguno, y es capaz de causar todos los males. Si entráis en las
casas donde se juntan los bebedores, ¿qué veréis? horrores ; ¿qué
oiréis? blasfemias , maldiciones, palabras escandalosas f canciones
deshonestas: ¿qué observaréis? riñas de una parte , furores de la
otra, y acciones criminales que no se pueden oir. Esperad á que con
la agitación se alivien un poco del peso de la destemplanza, y los
veréis volver de nuevo á repetir las bebidas, hasta que subiéndose
el vino á la cabeza, despues de incurrir en los excesos mas vergon­
zosos, vienen á dar con su cuerpo en tierra. Miserable y peligrosí­
simo estado; porque este infeliz, ó despierta, ó no, de su sueño. Si
despierta, acomete, riñe, insulta al primero que se le pone delante,
se arma la contienda, y se acaba con palos, heridas ó muerte. Y si
no despierta, murió en la última perdición. Porque, como dicesan
Pablo, los borrachos no entran en el reino de ios cielos, ni es posi­
ble que entren. Los otros pecados á io menos no privan al moribundo
de la capacidad de poder recurrir á Dios en los últimos momentos.
Vero la borrachera lo hace incapaz para esto: porque, ¿cómo un
hombre que ha perdido la razón puede reconocer su pecado, y pe­
dir á Dios perdón? ¿Cuántos se han visto morir con ei vino, sin po­
der hacer un acto de contrición, ni dar la menor señal de peniten­
cia? Con que es evidente que el hombre que se da al vino, pierde
su salud, pierde su honra, y está en peligro de perder su sal­
vación.
Ejercitantes: si alguno se conoce poseído de este vicio, aprové­
chese del conocimiento de sus malas resultas; corríjase y pida per­
dón á Dios, con verdadero arrepentimiento, para volver á su gra­
cia y poder merecer la gloria, Esta os deseo, etc.
EJERCICIO DÉCIMOSÉPTIMO.

LECCION.
De los Mandamientos.

Ejercitantes: ya sabéis, por las lecciones anteriores, lo que do-


beis á Dios y á vuestros padres. Ahora se sigue explicar lo que de­
bemos hacer en orden á nuestro prójimo. Todos los hombres del
mundo componemos una familia, de la que el padre común es Dios;
y todos somos hermanos, como hijos todos de este misino Padre.
Dios quiere y manda que como hermanos nos ameraos unos á otros,
como nos amamos á nosotros mismos. Y así como nosotros no que­
remos para nosotros cosa que nos haga ó traiga mal, asi quiso Dios
que el hombre luego que llega al uso de la razón, conozca que lo
que no quiere para sí, no debe quererlo para otro. Pero como los
hombres se corrompieron, hasta el punto casi de borrar de su cora­
zon este principio de ley natural, quiso Dios renovarlo poniendo á
su pueblo este

QUINTO MA jS.I)AMI£.\TO.

N o matarás,

P. ¿Qué se entiende por no matar?


11. Que no quitemos la vida á nuestro prójimo, por nuestra pro­
pia voluntad.
P. ¿Nos prohíbe otra cosa este mandamiento?
R, Sí: nos prohíbe todo lo que injustamente puede causar per­
juicio á otro en su persona, por obra , palabra ó pensamiento.
P. ¿Quién causa daño al prójimo en su persona?
R. El que lo hiere ó maltrata injustamente.
P. ¿Quién mas?
R. El que aconseja, manda, ayuda, favorece, ó de cualquier otro
modo concurre á la muerte, herida ó daño que se hace á otro. Y to­
dos están obligados á resarcir los perjuicios que se originaron de la
acción injusta.
13 Y a ia eü d e.
P. ¿ Podrá uno matarse ó herirse á sí mismo sin pecar?
Jt. IHo puede darse caso en que no peque el que á su prójimo cansa
daño injustamente. Y como cada uno es el prójimo mas arrimado á sí
mismo, peca el que con conocimiento se mata ó hiere á sí mismo. To­
dos estamos obligados á la justa y prudente conservación de nuestra
vida y salud, basta que el Señor, que es dueño absoluto, disponga
de ella.
P. ¿Peca contra este mandamiento el que comeó bebe alguna cosa
ó la da á otro, con advertencia de que pueda dañarle ?
H. Peca por la razón dicha. Y así, el que se embriaga á sí mismo ó
á otro, no solo peca, sí que también está obligado al reparo de iodos
los daüíos que en tal caso se causasen á tercera persona.
P. ¿Quién mas peca contra este mandamiento?
R. El que tiene odio á su prójimo ó le desea mal en su vidaó salud,
en su lama ó en sus bienes. Porque Dios nos manda que amemos á
nuestro prójimo, y que no le deseemos mal aunque sea nuestro ene­
migo.
El demonio de tal manera engaña á machos, que les hace creer
cumplen con el mandamiento solo con no vengarse del que les hizo
mal. Estos viven con el rencor en el corazon, y si mueren en este
estado se van al'infierno. Suelen excusarse diciendo que no le desean
m al, pero que cada uno se esté en su casa. Aquí está ei engaño del
demonio. Si no le tiene mala voluntad, ¿por qué huye de encontrar­
se con é!? Sí no le desea m al, ¿por qué mira con indiferencia y
aun con gusto la desgracia que le ba sucedido? Semejantes peni­
tentes están alucinados por el demonio; y muy satisfechos con que
no se vengan , duermen con el pecado y con el demonio á la cabe­
cera.
P. ¿Hay otro modo de dañar al prójimo?
11. S í: se le hace daño en el alma con el escándalo,
P, ¿ Qué es escándalo ?
R. Es un hecho ó acción , un dicho ó palabra que da ocasion al
prójimo para que peque, aunque no llegue á pecar.
P. ¿Quién peca de esta manera?
l\. Pecan los padres que á sus hijos , ó delante de ellos, dicen
maldiciones, votan , juran, ó profieren palabras deshonestas; por­
que con su mal ejemplo los enseñan á ser mal hablados y escandalo­
sos. Y de aquí nace que se vean tantos muchachos cuyas lenguas son
tanto y aun mas abundantes de malas palabras que la de un hombre
el mas desentonado y deshonesto.
Pecan tambiem los casados que delante de sus hijos ó de modo qne
ellos ú otros puedan advertirlo, usan con el consorte ciertas licencias
■que solo en secreto son lícitas; pues con este escándalo anticipan en
los jóvenes unas ideas y conocimientos que suelen producir la pér­
dida de su inocencia, y por consiguiente la de sus almas.
Pecan de escándalo los que con intención de que otros se recreen,
les presentan estampas ó figuras indecentes, y libros ó papeles de
mala doctrina. Y también los que dicen cuentos que llaman colora­
dos; los que cantan coplas indecentes, y danzan bailes provoca­
tivos.
Pecan de escándalo los que públicamente mantienen amistad ma­
la ó sospechosa con persona de otro sexo. Los que viven separados
de su consorte sin justa causa, y sin inteligencia del tribunal ecle­
siástico; y los casados que no guardan entre sí la buena armonía y
paz que Dios manda, con lo que escandalizan á la familia y á los
vecinos.
Asimismo pecan los que estando obligados por su empleo á pro­
mover y mantener el buen orden y tranquilidad en el pueblo, no
cortan los escándalos públicos; dando ocasion con su descuido á que
los malos continúen en sus vicios, y corrompan las costumbres de
ios buenos.
P. ¿Hay algún otro modo de pecar contra el quinto mandamiento?
R. Sí, y es murmurando del prójimo que está ausente. los que
esto hacen son almas viles y cobardes, se aprovechan de la ausencia
de su prójimo para quitarle alevosamente la estimación, que es la
vida civil del hombre, lo mas precioso que tiene, según el consejo
del Espíritu Santo que nos dice1: «Conserva tu buen nombre, que
«vale mas que todo el oro y plata del mundo.»
Este vicio de la murmuración está tan introducido, que apenas
hay quien no achaque de él, en todo estado, clase y condicion. En
la visita, en el paseo, en las calles y plazas, y aun en eí templo, se
ven lenguas como de serpientes, que con mucho disimulo y suavi­
dad hieren la buena fama del prójimo, y matan su estimación con
la negra maledicencia. Este pecado es de difícil perdón, por ser muy
dificultoso restituir á su primer estado el honor que una vez se qui­
tó; y sin esta restitución eí pecado no se perdona.
Concluyamos con decir, que de cualquier modo que se daiíe al
prójimo en su cuerpo, en su alma ó en sus bienes, por obra, pala-
bra ó deseo, se peca contra el quinto mandamiento: N o m atarás.
Ejercitantes: ia mitad dei camino que lleva al cielo es el amor de
Dios; y la otra mitad es el amor al prójimo. llagamos bien todo es­
te camino, y llegarémos ai término que á todos os deseo, que es la
gloria. Amen.

E JEM PLO .

El crimen es el peor verdugo de quien lo comete. No pocas veces


se murmura de la Providencia divina porque no castiga á los gran­
des malhechores. Se juzga de la divina justicia, por lo que hace la
justicia humana; ésta, cuando puede castigar, se apresura á casti­
gar hoy, porque mañana quizá no tendrá tiempo. Mas Dios, que
tiene la eternidad entera para castigar al delincuente, no tiene pa­
ra que apurarse; tiempo siempre tendrá para ejecutar sentencia.
Aunque esto es verdad, no es menos verdad que muchísimas veces
ya empieza á castigar en este mundo. El mismo Dios ha dicho q w
los impíos no tim en paz. Si Dios crió el corazon del hombre para ha­
cer bajar en él un destello de la felicidad celestial, quiso también
que el demonio reinase en el corazon dei malvado para empezar en
él su infierno. ¿Por qué pensáis que aquel hombre se ha suicidado,
ó se ha dado la muerte? ¡Ah! el mismo crimen lo está diciendo:
en altas voces os dice que el remordimiento le ha hecho levantar la
mano para quitarse la vida. Preguntadle á Judas por qué se ahor­
có, y os responderá que por el remordimiento; que Satanás le su­
girió el lazo para que se quitara la vida. Platón y Cicerón, aunque
gentiles, decian que la divina Providencia nos habia colocado en el
mundo á la manera de un centinela que debe estar firme guardan­
do el puesto hasta que el comandante disponga otra cosa; mas si ei
centinela por cobardía abandona el puesto, es digno del mayor cas­
tigo: tal es el que se suicida, es un cobarde, es un hombre vi! que-
abandona el puesto; es un impío que ultraja y disgusta á su familia;
es un antisocial, porque defrauda á la sociedad el derecho de utili­
dad que tenia sobre él; es un desnaturalizado, porque se despojado
los sentimientos naturales que cada uno tiene de la propia conserva­
ción; es un usurpador de tos derechos del Criador que tiene sobre
cada uno. De lo que se infiere que el suicidio es un crimen de vi­
leza, de cobardía, de usurpación y otras maldades, y es tan degra­
dante, que el mismo criminal es constituido verdugo que es el oficio
mas degradante, para quitarle la vida. Lo arranca de entre los vi­
vientes y lo conduce y coloca entre los condenados, y allí estará me­
tido en aquel calabozo de penas por haber abandonado el lugar co­
mo centinela cobarde.

MEDITACION.
S o b r e la e n v id ia .

Considera, cristiano, que la envidia es un sentimiento y tristeza


que tiene el hombre por la felicidad que otro goza. Porque, como
dice Job \ quieren los mundanos ser y parecer grandes según su
estado y condicíon; y si no lo logran, les pesa que otros tengan ei
bien que ellos desean. Estos son fatigados en vida con el tormento
de la envidia, y en muerte pasan al infierno para ser atormentados
con pena eterna. Apenas hay quien no tome pesar y sentimiento del
bien que otro goza, no pudiendo darse mayor demencia que tener
por desgracia propia ia felicidad del hermano, y de la miel que és­
te se come, hacerse el envidioso un veneno para atosigarseásí mismo.
¿Y quién podrá demostrar toda la malignidad de este vicio? La en­
vidia es tan enemiga de la noble virtud de la caridad, que cuando
la ve crecer en los buenos, enciende en furor al envidioso, y persi­
gue al que ningún mal le ha hecho. Ella es la puerta de toda ini­
quidad, porque 110 hay pecado al que no le dé franca salida. Ella es
la destructora de la salida del alma y la del cuerpo; porque quema
y consume, sin salir humo, el corazon del envidioso, y de tal mo­
do altera los humores, que suele hacerlo víctima de su furor. lo s
otros vicios se oponen cada uno á determinada virtud, como la so­
berbia á la humildad, la avaricia á la liberalidad, )a gula á la abs­
tinencia, y lo mismo hacen respectivamente los otros vicios, Pero la
envidia contradice á todo bien, y es enemiga de todo lo bueno. Los
otros vicios presentan algún bien, aunque aparente, como la ava­
ricia promete el interés, ia gula el gusto, la sensualidad ei deleite,
la soberbia y ambición la vanagloria. Pero el envidioso ¿qué gana,
ó qué le dan por ser envidioso? Ningún bien recibe, ningún pro­
vecho le reporta.
Considera, ejercitante, que la ceguedad del ambicioso es mayor
que la del bruto mas torpe. El pescador cubre el anzuelo con cebo,
porque sin él nada cogería. Así el demonio para pescar al soberbio
cubre el anzuelo de la muerte con el cebo de la honra, al avariento
con el cebo del interés, al sensual con el deleite, y lo mismo hace
1 Gap. y.
con los otros vicios. Mas elenvidioso es tan ciego y sin. juicio, que ha­
ce lo que no harian las criaturas irracionales; puespica en el anzuelo-
desnudo de interés, de honra y deleite, y cerrando los ojos se traga un
bocado que no le trae otra cosa que pena y tristeza, Es la envidia peor
que la avaricia; porque si el avariento no comunica sus bienes, tam­
poco toma pena porque otros comuniquen los suyos. Es peor que la
cólera y venganza; porque si el colérico quiere vengarse, es porque
ha recibido algún agravio de su prójimo; mas el envidioso se irrita
contra su hermano que en nada le ha ofendido, y sin causa lo abor­
rece. Tan pestilencial es este vicio, que el Espíritu Santo aconseja
que nadie coma con eí envidioso, porque el que está picado de este
vicio á nadie compadece ni perdona. No perdona al padre, como se
vió en Absalon, que envidioso de su padre David, se rebeló contra
él y quiso usurparle el reino. No perdona al hermano, como se vió
en Cain, que por envidia mató á su hermano Abel; y los hijos de
Jacob por envidia vendieron por esclavo á José su hermano. No per­
dona al amigo, como se vió en Saui, que persiguió de muerte al
jóven David, despues de tan buenos servicios que le hizo. No per­
dona al inocente, como se vió en Jesucristo, á quien crucificaron
los judíos por la envidia que le tenían. [Qué contrariedad de maes­
tros y doctrinas! Jesucristo dice á sus discípulos: «En esto conoce-
«rán que sois mis discípulos, si hubiese caridad entre vosotros.» El
demonio al contrario dice á los suyos: En esto conocerán que sois
mis discípulos, sí sois envidiosos.
Considera, cristiano, que basta los ojos del envidioso están llenos
de malicia, pudiendo decirse de él aquello del Evangelio 1: «Tu ojo
«es malo, porque yo soy bueno;» y que así como la carcoma con­
sume el madero, y la polilla el paño, así la envidia roe las entrañas
del envidioso. ¿Puede darse monstruo mas dañino? Dínie, herma­
no raio, ¿acaso tú estás mordido de tan pésima fiera? Casi estoy por
decir que sí; porque apenas hay hombre que no esté tocado de este
vicio. Yo te hago, pues, esta pregunta: ¿Te amas á tí mismo? di­
rás que sí. ¿Y te amas mucho? dirás que cuanto puedes. Está muy
bien y puesto en el orden de la caridad que despues de Dios seas tú
el primero y principal sujeto de tu estimación. ¿Quieres que los de­
más todos te amemos? responderás que este deseo es muy natural,
y que está mandado por Dios que todos nos amemos. ¿Y quieres que
alguno te haga mal? me dirás.que no, porque esto repugna al amor
que debes tenerte á tí mismo. Ahora, pues, te digo yo: Dios te man-
1 Maüii. xx.
da que ames á tu prójimo como te amas á tí mismo : ¿lo haces así?
Dios te manda que no le hagas m al, ni aun que se lo desees: ¿lo
cumples así? Examina bien tu corazon , y si hallas que tienes en­
vidia á tu prójimo, cierto es que no cumples con el precepto de
amarle como á tí mismo. Y pues que ya estás cerciorado de cuánta
es la malignidad de la envidia f y de los males que causa al mismo
que la tiene, arrójala de tu corazon si la tienes, y huye de ella si no
ía tienes para que no seas sepultado ea eí infierno.
P a ra sacerdotes.
«Y nosotros, reverendos sacerdotes, vivamos alerta sobre nuestro
«corazon para que ni ía concupiscencia de la carne, ni la concupis­
cencia de los ojos, ni la soberbia de la vida introduzcan en él la
apeste de la envidia. En nosotros no deben tener fuerza alguna los
«brillos y encantos del mundo, ni los objetos sensuales; porque co-
«mo fieles imitadores de Jesucristo debemos llevar siempre nuestra
«carne mortificada, y sellada con las Hagas de nuestro Redentor. Ni
fteí poder, ni las riquezas, ni ía ostentación, ni todo lo que se llama
«soberbia de la vida, será capaz de envenenar nuestro corazon con
«3a envidia, si nos contemplamos condecorados con nn ministerio á
«cuya honra no alcanza la mayor exaltación de la tierra. Sea, pues,
«muy léjos de nosotros el vilísimo pecado de la envidia.»

JACULATORIAS.

¡Ay de t í , hermano mió, si te entristece el bien de tu prójimo !


Seguirás el camino de Cain, y como éí serás condenado.
¡Oh Jesús y Padre nuestro! no quiero ser envidioso. Bien podéis
regalar á mi hermano con cuantas gracias os digneis hacerle , que
por ello yo no tomaré pena ni tristeza.
Yo, Señor, quiero alegrarme de todo el bien que hagais á mi pró­
jimo. Y si alguna vez por mi fragilidad he caído en eí pecado de en­
vidia, ahora lo detesto de todo corazon, y de verdad digo que me
pesa de haberos ofendido.

PLÁTICA.
S o b re la e n v id ia .

Ejercitantes: os he dicho en el punto de meditación que ía envidia


es una tristeza que siente eí hombre por el bien ó felicidad que goza
otro. Y continuando el mismo asunto voy á explicaros mas la ma­
lignidad de este vicio y sus remedios. Así como no hay tierra, por
buena que sea, en que no se crie mala yerba, así tampoco hay con­
dición ó estado, por bueno que sea, en que no se introduzca el mal­
dito vicio de la envidia. Pero no consiste en solo esto toda su ma­
lignidad. Lo peor que tiene es, que encierra en sí toda la malicia
deí demonio. Es decir, que si los otros pecados son propios de hom­
bres, este vicio es propio y peculiar del demonio. No podrémos de­
cirle al demonio que ha cometido este robo, aquel adulterio, el otro
homicidio; pero bien podemos decirle, tú envidiaste la felicidad
del primer hombre, lo viste amado de Dios, formado á su semejan­
za, enriquecido de sus bienes, colocado en un paraíso de delicias;
y siendo así que la ruina del hombre no podia mejorar tu suerte,
envidioso te empeñaste en perderlo, y lo conseguiste. Yed aquí,
amados mios, como la malicia del envidioso es la misma que la del
demonio; porque sin traerle provecho alguno se entristece del bien
de sil prójimo, y le privaria de él si pudiese. No es decir por esto
que el envidioso está exento de otros vicios; antes al contrario, di­
go que la envidia es la madre de todos ellos. Porque una vez que
llega á dominar al hombre, corrompe su corazon, sus ojos y su
lengua. Corrompe su corazon; porque aquella tristeza que siente
por el bien que goza su prójimo, hace que le aborrezca y le desee
todo mal. Corrompe los ojos con la maligna curiosidad con que
siempre está observando las acciones del otro, para ver si en ellas
hay algo que notar de malo, y que lo haga de menos valer en la
estimación de los otros. Aunque un hombre sea el mas inocente, y
aunque esté adornado de las prendas mas excelentes, el envidioso
no dejará de descubrir en él alguna mancha ó defecto. Y al modo
que los cuervos pasan volando por los jardines olorosos, y se arro­
jan á los muladares; así los ojos del envidioso no quieren pararse
en lo bueno que tiene su prójimo, y se fijan en lo que pueda deslucir­
lo. ¿Y la lengua? ¡ Ah! también se ha corrompido, y se produce en
expresiones injuriosas, abulta los defectos ligeros de su hermano
para que parezcan grandes crímenes, y juega de varios modos sus
palabras y dichos para denigrar cuanto pueda las buenas circuns­
tancias de su prójimo.
Pero ¿qué mucho será que estos hombres sean enemigos de lo
bueno que ven en otros, si también lo son de la misma bondad de
Dios? Quisieran bailar en el Señor una providencia bienhechora so­
lo para ellos; y se irritan al ver que á otros reparte bienes que á su
juicio no merecen. Murmuran de la conducta de Dios; porque Ies
parece deja sin castigo los delitos de aquellos, y que á ellos no les
premia sus virtudes, insensatos, les diria yo, ¿hasta dónde os con­
ducirá vuestra malicia? ¿No sabéis que en el tribunal del Señor na­
da se hace á ciegas, y que todo se examina, todo se discierne, y to­
do se juzga por la recta razón? Tal es, amados mios, la malicia de
la envidia y su ceguedad, que hasta las operaciones de Dios hace
aparecer torcidas á los ojos del envidioso. Os he descubierto el
y voy á daros el remedio. V
Yo bien me alegraría de que hubieseis llegado á conocer que
envidia es un pecado grave por su naturaleza; porque entonces poV;¿i,-1;
dríais vosotros mismos aplicar el remedio. Pero observo que mnyXC^'o
pocos, por no decir ninguno, se acusan de este pecado; sin duda
porque no examinan bien la conciencia. Amados míos, tratemos es­
te negocio de buena fe, porque es mas grave de lo que parece. Re­
gistrad atentamente vuestro corazon, y decidme; ¿os habéis entris­
tecido alguna vez al oir la fortuna que por aígun estilo ha tenido
vuestro conocido? ¿Iíabeis tomado malhumor por ver al otro bien­
quisto y estimado de todos? ¿Os habéis desazonado en vuestro in­
terior por las buenas cosechas ó negociaciones de vuestro vecino?
Examinaos atentamente, porque esta es una calentura que apenas
se conoce por el pulso. Y si os halláis con alguno de estos sínto­
mas, tened por cierto que la enfermedad de la envidia está en
vuestro corazon, y que es preciso aplicar el remedio, ó morir al cie­
lo. ¿Y qué remedio? Este no es otro, amados mios, que el perfecto
conocimiento de los bienes de la tierra, que son el objeto de vues-
ira envidia. ¿Qué son estos bienes por los que os entristeceis? ¿Aca­
so son bienes eternos, dignos del mayor aprecio? ¡Ah! la sagrada
Escritura nos dice que no son mas que unas figuras que pasan; y
nuestros mismos ojos, nuestras manos y la experiencia de todos los
siglos lo confirman. ¿En dónde están aliora aquella dignidad, aquel
empleo, aquella grandeza que despertaba vuestra envidia? No te­
nia solidez, y se deshizo como un copo de nieve: se la sorbió el se­
pulcro. ¿Eu qué paró aquel aparato de conveniencias, aquel tráfi­
co de negocios lucrativos, aquella ruidosa acumulación de fincas,
criados y caudales? Eran humo, y los disipó un contratiempo. ¿En
dónde está aquella bella persona con todos sus respetos y opinion?
Eran coloridos falsos, y ni aun queda de ellos la memoria, Y por
unos bienes de lan poca duración, por unas sombras pasajeras, por
unas ampollas de viento, por un nada, envidiosos, ¿os habéis de
e n t r is t e c e r y c o n s u m ir? ¡O h ! y q u é p r e o c u p a c i ó n ta n f u n e s t a , q u é
e n f e r m e d a d ta n p ro v e c h o s a !
Y a u n c u a n d o fu e ra n sólidos y v e r d a d e r o s , ¿ n o te n e m o s u n m o­
tivo m u y p o d e ro s o , no solo p a r a no e n v id ia rlo s , sino p a r a a b o r r e ­
cerlos y h u ir lo s ? ¿ C u a n to s q u e p o se y e r o n los m ism o s b ie n e s q u e
e n v id iá is , se c o n d e n a r o n p a r a s i e m p r e por el m al uso q u e h ic ie ro n
de e llo s? ¿ C u á n to s q u e e r a n a m ig o s de Dios e n el tiem po de la p o ­
b re z a , al h a c e rs e ricos d ie r o n las e sp a ld a s al S e ñ o r, y se a b r a z a r o n
con el d e m o n i o ? ¿ C u á n to s fu ero n ju s to s en la p e rs e c u c ió n y en la
d e s g r a c ia , y en la f o r tu n a se e n s o b e r b e c ie ro n y re b e l a r o n c o n t r a su
M a je sta d ? ¿Y no p o d ia s u c e d e r á v oso tro s otro ta n t o ? ¡Y ta n t o c o ­
mo podia! P o rq u e r e g u l a r m e n t e lo q u e d e b ie r a c o n t e n e r al h o m b r e
e n 3a m o d e r a c ió n , eso m ism o lo lle v a á la in s o le n c ia ; lo q u e d e b i e ­
r a in s p ira r le u n ju s to re c o n o c i m i e n to á su Dios, lo in d u c e á la m as
n e g r a i n g r a t i t u d , y lo q u e d e b ia p r o p o r c io n a rle la m ejo r p rá c t ic a
de las v i r t u d e s , lo d is p o n e m a s al d esah o g o de su s p a s io n e s , ¿C ó­
m o , p u e s , m ira ré m o s con ojos e n v id io so s la p ro s p e r id a d y a b u n d a n ­
c ia a j e n a , q u e m a s b ie n m e r e c e c o m p a s ió n q u e e n v id i a ? N o , a m a ­
d os m ío s, no h a de se r así e n a d e l a n t e . Si ad olec eis de este vicio,
a p li c a d á v u e s t r a e n f e r m e d a d el c o n o c im ie n to de la fr ag ilid ad de
los b ien es de la tie rra , y la c o n s id e ra c ió n de q u e p o s e íd o s , acaso
s e r ia n motivo de v u e s t r a c o n d e n a c i ó n . D ad le g ra c i a s al S e ñ o r p o r­
q u e no os d a m as de lo q u e os c o n v ie n e ; re s ig n a o s con su s a n t ís i­
m a v o l u n t a d , y p e d id le q u e il u m i n e v u e s t r o e n t e n d i m i e n t o , p a ra
q u e c o n o cie n d o q u e solo Dios es el v e rd a d e r o b ie n , n i n g ú n otro e n ­
v id ié is del m u n d o , y solo a p e te z c á is el g o zarlo por e t e r n i d a d e s en
la g lo r ia . E s ta os d e s e o , etc.
EJERCICIO DÉCIMOCTAVO.

LECCION.
D E L SE XT O MANDAMIENTO.

N o fo rn ica r. ■

Ejercitantes: os confieso que entro con temor en la explicación de


este mandamiento. Porque, ¿quién podrá asegurar que manejará la
pez, sin peligro de que á su mano se pegue la viscosidad? El asun*
to de que vamos á tratar es la impureza: de aquel océano que ya.
en tiempo del profeta Oseas cubría toda ia tierra. Pero, por el mi­
ramiento que debo tener á la inocencia, solo hablarémos de este vi­
cio por reglas generales, dejando lo mas peligroso para tratarlo en
el secreto del confesonario con quien lo haya menester,
P. ¿Qué se entiende por fornicar?
K. Se entiende por fornicar, y estar prohibido por el mandamien­
to, todo pensamiento, toda palabra y toda acción que se dirija á la
ejecución de este pecado.
P. ¿Quién peca de pensamiento contra este mandamiento?
II. El que consiente en ejecutar el pensamiento deshonesto, ó con
advertencia se deleita volviéndolo y revolviéndolo en su imagina­
ción. Por manera, que un solo instante que el hombre se detenga
en él con advertencia, comete un pecado mortal.
P. ¿Qué debemos hacer cuando nos venga algún pensamiento
deshonesto?
K. Lo que haríamos si viésemos que por el brazo nos subia hacia
el cuello una araña venenosa. En esle caso no nos detendríamos un
momento á contemplar el animal en su marcha, por no dar lugar á
que nos picase, sino que con presteza lo sacudiríamos y mataría­
mos. Con la misma y mayor prontitud debemos sacudir de nuestra
imaginación el pensamiento deshonesto; porque si nos paramos á
contemplarlo, al instante picará el pecado en nuestra alma.
P. ¿Qué haremos para estar libres de malos pensamientos?
R. Nunca podremos estar seguros de que no vendrá á molestar­
nos algún pensamiento malo. Pero es de nuestra obügacion apar­
tarnos de aquellas causas que los producen.
P. ¿Y qué causas los producen?
R. Os insinuaré algunas de las mas comunes. La ociosidad es
causa de malos pensamientos; porque el demonio, en viendo ocioso
al hombre, luego acude á entretenerlo á su modo, que no es otro
que proponerle cosas de pecado y perdición para que caiga. La de­
masiada delicadeza en comida, bebida, vestido y cama es causa de
malos pensamientos; porque la carne en estando bien regalada lue­
go se rebela contra el espíritu, mueve alboroto en los humores del
cuerpo, y luego acuden los satélites del demonio, que son ios pen­
samientos torpes. También es causa la curiosidad ó deseo de saber
lo que no importa en materia de lujuria; porque á este deseo, no
reprimido, se sigue poner en ejecución los medios de satisfacerlo.
Son causa de malos pensamientos la asistencia á las comedias y á
bailes provocativos; porque semejantes espectáculos son los merca-
dos en donde el demonio carga de ideas y especies peligrosas para
despues entretener con ellas á los que asistieron á ellos. La con­
templación de figuras indecentes, las canciones deshonestas, los li­
bros, romances y cuentos impúdicos, son otras tantas causas; por­
que todo esto imprime imágenes en el alma, que despues producen
asquerosos pensamientos. También es causa la demasiada familia­
ridad con persona de otro sexo; porque su vista y trato de llaneza
da ocasion al pensamiento para que vaya y venga á lo prohibido.
E q suma, hijos mios, debeis huir de todo aquello de que teneis ex­
periencia que os ha ocasionado malos pensamientos, ó presumís que
pueda ocasionarlos.
F. Y si el pensamiento malo viene sin poner nosotros causa ¿qué
deberemos hacer para desterrarlo?
R. Debemos al instante pedir á Dios que no permita le demos
consentimiento, y encomendarnos ala san tisima Virgen María, que
es madre de toda pureza. Y sobre todo, andemos siempre precavi­
dos con la consideración de que, como dice el Espíritu Santo «los
«pensamientos malos consentidos son la abominación de Dios.» Que
es decir lo sumo de indignación.
P. ¿.Cómo se peca de palabra contra este mandamiento?
R. Deleitándose con hablar cosas deshonestas, ó con cantarlas ó
escribirlas, aunque sea por diversión y entretenimiento.
P. ¿Cómo se peca de obra?
R. Poniendo en ejecución el mal pensamiento.
P. ¿De cuántos modos puede ser esto?
R. Es imposible numerarlos. La sagrada Escritura nos dice que
Dios ahogó todo el mundo con el diluvio universal, porque toda
carne habia corrompido sus caminos: que es decir, que todos los
hombres pecaban en su carne de cuantos modos podian pecar, Y al
pensar yo en esto, viendo el desenfrena y desvergüenza con que de
tantos modos se peca carnalmente en nuestros tiempos, digo que es
imposible numerarlos. Y aunque fuera posible, no lo baria por no
ofender vuestros oídos. Solo os diré, que si Dios acabó una vez con
el mundo porque toda carne habia corrompido sus caminos, es una
misericordia particular que á nosotros no nos baya consumido ya
con fuego llovido del cielo. Porque no se puede negar que toda la
carne de nuestros dias ha corrompido, no solo sus caminos, sino
también todas sus veredas y senderos; pues observamos que desde
el niño tierno, subiendo hasta la vejez mas avanzada, en uno y otro
sexo, en todas las ciases, estados y condiciones, son pocos los que
de un modo ó de otro no andan los caminos de ia impureza y des­
honestidad. No hay sentido, no hay miembro en el cuerpo, no hay
potencia en el alma, no hay traza ni maquinación diabólica que no
ponga en ejercicio la lujuria.
P. ¿Hay algún remedio para evitar los pecados contra el sexto
mandamiento?
R. Sí que los hay, si queremos aplicarlos.
Remedio es la frecuencia de los santos sacramentos de la Confe­
sión y Comunión. Remedio es la memoria del infierno. Remedio es
contemplar con frecuencia en la pasión y muerte del Señor. Pero
sobre todo, hijos mios, huir las ocasiones es el principal remedio
contra el vicio de impureza: contra este vicio que reduce á nada ios
bienes temporales, que oscurece la razón, que ciega el entendimien­
to, que borra la memoria, que endurece el corazon, que estraga la
salud, que acorta la vida y causa la muerte. Contra este pecado tan
abominable, á los ojos de Dios, y aun de los hombres, que dice san
Pablo % que ni aun habia de nombrarse entre loscriMianos. Contra
este vicio, que tantos millares de almas sepulta cada dia en el in­
fierno, y tan cerrado tiene el cielo á un sinnúmero de cristianos.
Pues, como dice eí Apóstol2, «ni los fornicarios, ni ios adúlteros,
«ni los sensuales, ni los que quebrantan las leyes de la naturaleza
«abusando del propio sexo, poseerán el reino de los cielos.» Por
tanto, hijos míos, sed castos en obras, palabras y pensamientos; y
así, guardando bien el sexto mandamiento, podréis merecer gozar
de Dios en su eterna gloria. Esta os deseo, etc.

B JO IPL O .

Habia en cierta ciudad un estudiante que pasaba con razón pur


un modelo de virtud, y frecuentaba los santos Sacramentos del mo­
do mas edificante. Yendo un domingo á la iglesia para hacer en
eila sus devociones, como acostumbraba, encontró dos camaradas
que distaban mucho de ser tan piadosos como él. Le convidaron á
almorzar en una taberna vecina; resistióse mucho tiempo; insistie­
ron ellos, le introdujeron por fuerza, y se sentaron á la mesa; pri­
mero bebió por violencia, despues por placer: su razón se alteró
i nsensiblemente; en este espantoso estado le hicieron caer en un cri­
men detestable de impureza, y en el mismo instante fue sorprendi­
do por la muerte. — ¡Cuán terribles son vuestros juicios, ó Dios
mió! ¡cuán impenetrables vuestros caminos!... Los desgraciados
companeros de este desventurado, aterrorizados, fueron á expiar por
una penitencia austera el mal tan grave de haber precipitado un
alma al infierno.

MEDITACION.
S o b r e la p e re z a .

Considera, cristiano, que con razón se pone la pereza en el nú­


mero de los pecados capitales, porque la mayor parte de los peca­
dos de omision que se cometen son s ü consecuencia. Es Ja pereza
una desgana de la virtud, acompañada de una gran negligencia que
tiene el hombre en cumplir con sus obligaciones, bajo eí pretexto
de grandes dificultades. Así el siervo del Evangelio quiso excusarse
de no haber negociado con el talento que le entregó su señor, con
decir que éste era de un genio áspero, y que quería coger donde
no habia sembrado Pero no le valió la excusa, y fue condenado
por siervo inútil. El perezoso cuida poco, ó nada cuida de instruirse
en las obligaciones de su estado; porque recela que el conocimiento
de ellas le fuerce á despertar de su letargo. Y porque no conoce en
sí pasiones violentas, le parece que es bueno, porque no es muy
malo; y con este engaño descuida de sus deberes, y muy á placer
se condena. E! perezoso se engaña á sí mismo; porque equivocan­
do lo que es cristiano desasimiento de los bienes de la tierra, con
lo que es criminal negligencia, traía de avariento al que trabaja en
procurar su hacienda, y él se tiene por virtuoso. Y por eso el Espí­
ritu Santo dice *: que el perezoso es una especie de loco, que se
abandona á la ociosidad con el pretexto de que se debe preferir una
pobreza tranquila á una abundancia laboriosa. El vicio de la pere­
za trae fatales consecuencias para el perezoso. VA abandona la prác­
tica de ía virtud, porque teme las dificultades que en ella se ba­
ilan. Él se aparta de los medios de su salvación, porque le parecen
penosos. Él con el menor motivo deja de desempeñar sus mas esen­
ciales obligaciones; y es muy inconstante en las buenas resolucio­
nes, porque á vista del mas pequeño motivo con facilidad las muda.
Y por eso ei Espíritu Santo dicea: que el perezoso quiere y no quie­
re. Á éstos se les puede decir lo que Judas Macabeo decia á sus sol­
dados 3: «Si aquí hay alguno tímido y cobarde, retírese antes del
«combate, porque no lo hemos menester.» Tara salvarnos, amados
mios, es preciso vencer pasiones violentas y cumplir obligaciones
penosas; y esto no conviene cou la pereza y cobardía.
Considera, hermano mió, que no basta que digas quiero servir á
Dios; sino que es preciso que electivamente le sirvas sin pereza, así
como Jesucristo obró por nosotros sin omitir cuanto podia contri­
buir á manifestarnos lo fervoroso de su amor. El Señor sacrificó á
nuestra salvación su gloria y su vida, y nada le pareció difícil cuan­
do quiso mostrar el amor que nos tenia. Y á nosotros todo se nos
hace penoso, cuando es menester hacer ó padecer algo por Jesu­
cristo. ¡Qué ingratitud, qué mala correspondencia! Aun por nues­
tra propia conveniencia debíamos deponer toda pereza. El que obra
con fervor en el servicio de Dios, nada tiene por dificultoso, aun­
que repugne á su propia voluntad. Cualquiera que ama, dice san
Agustín, aunque trabaje, no siente el trabajo. Si trabajamos con
fervor en el servicio de Dios, en poco tiempo ganarémos mucho. Los
jornaleros del Evangelio que vinieron los últimos al trabajo, tuvie­
ron el mismo jornal que los primeros, porque su fervor suplió á lo
breve del tiempo que trabajaron. El jóven san Estanislao de Kotska
fue tan fervoroso en el servicio de Dios, que en poco tiempo apro­
vechó mas que otros en mucho, y se dice de él en su vida, que en
breve tiempo hizo una larga carrera, y con poco trabajo llegó á una
eminente santidad; verificándose lo que dice san Pablo J, que una
breve y ligera tribulación nos asegura una eterna bienaventuranza.
Considera, cristiano, que ya estamos cásí á la mitad de la santa
Cuaresma y de los santos ejercicios. Díme, hermano mió, ¿.con qué
obras buenas y con qué fervor bas trabajado hasta hoy en el servi­
cio de Dios y bien de tu alma? ¡A.h, que quizá serán muy pocas ó
ninguna! ¡Oh, y qaé perdición! ¡Cuántos medios de salvación omi­
tidos, cuántas gracias menospreciadas! ¿Cómo remediarás tanto
tiempo mal empleado? ÍNTo tienes otro arbitrio que dejar la pereza,
y tomar la diligencia. E! caminante que se divirtió en su jornada,
luego que conoce que le queda mucho que andar y poco dia, se da
prisa á redoblar el paso para enmendar su detención. Si tú lias sido
remiso y perezoso hasta hoy, debes ya acelerar el paso en el servi­
cio de tu salvación, antes que se cierre el tiempo de ejercicios, ó
acaso el de tu vida. Porque ¿quién sabe cuándo vendrá sobre tí la
noche de la muerte? Puede ser que la tengas ya muy cerca, puede
ser que no veas el último dia de los santos ejercicios. Toma luego
el consejo de nuestro Salvador que nos dice «Caminad mientras
«teneis dia, antes que os coja la noche de la muerte.» Si te se dije­
se de parte de Dios que habias de morir antes del domingo de Ra­
mos, ¿conque fervor y diligencia no practicarías los ejercicios?
¿cómo evitarías los pecados y ocasiones, y emplearías todos los mo­
mentos en el trabajo de tu salvación? Pues ¿por qué no harás aho­
ra lo que entonces quisieras haber hecho? Sacude, pues, la pereza,
y ármate de fervor para reparar los dias perdidos con los pocos que
te quedan. No puede faltarte el fervor, si piensas sériamente que
tienes un Dios á quien agradar, una alma que salvar, terribles ene­
migos con quienes pelear, un juicio que temer, un infierno que evi­
tar, y un paraíso que ganar. ¡Oh, y qué grandes motivos de fer­
vor! ¿Quién que contemple estos objetos se mantendrá sentado en
la pereza?
P a ra sacerdotes.
«¡Ay de nosotros, señores sacerdotes, si pensamos estar bien con
«Jesucristo solo porque hacemos algún bien! ¡Ay de nosotros si pen~
1 II Cor. iv. — 5 Joan, x ii.
«sanios y decimos con el fariseo: yo no soy deshonesto como aquel;
«yo ayuno, digo misa, rezo el oficio, y algunas limosnas doy tam-
«bien! Todo es bueno. Pero si no fuéramos flojos, aun podríamos
«hacer mucho mas. Y aun este poco que hacemos, ¿no va acompa-
«nado de imperfección y tibieza? Temamos no nos coja la senten­
c ia de Jesucristo al obispo de Laodicea.1 : «Porque no eres frío ni
«caliente, sino tibio, empezaré á vomitarte de mi boca.» ¡Ay de
«nosotros! ¿ Á dónde vendría á caer el vómito?»

JACULA TOR IAS .

¡Ay de mí, Jesús mío, si en el negocio de mi salvación me man­


tuviese soporado en mi pereza! ¡Ay de mí si me cogiesen las som­
bras de la muerte mal entretenido en la jornada de esta vida mortal!
Dadme gracia, Salvador mió, para caminar con diligencia en vues­
tro servicio, á íin de que no me coja la muerte en ei fatal estado de
flojedad y pereza.
Haced, Señor, que de tal modo trabaje en mi salvación y servi­
cio vuestro, que al fin del dia de mi vida merezca á Vos por premio
de mi trabajo. Á mí mepesa, Señor, haber sido tan ílojo, y me pe­
sa de todo corazon haberos ofendido.

PLÁTICA.
Sobre la pereza.

Ejercitantes: en toda república bien ordenada el primer cuidado


del Gobierno es desterrar la ociosidad y holgazanería, por ser ésta
el semillero délos vicios, tumultos y sediciones. Á este modo, nues­
tro divino Salvador casi en ninguna cosa empeñó tanto su palabra
como en exhortar á la vigilancia, á la diligencia y al trabajo á los
que quisiesen entrar en la sociedad eterna de su reino. Así nos lo
dió á entender en la parábola del padre de familia, que saliendo á
la plaza en diferentes horas de! día, reprendió á los jornaleros que
encontró que no habían salido al trabajo, díciéndoles: ¿Y vosotros
qué hacéis aquí todo ei día ociosos? Lo mismo quiso enseñarnos en
la otra parábola del criado á quien su señor castigó por haber teni­
do escondido en ia tierra el talento que le dejó par?, que negociase

1 Apoc. ni.

con él. Ya también amonestando á todos que estén siempre vigilan­
tes para cuando el Señor les toque á la puerta con la muerte, como
aquellos siervos que esperaban á su dueño que regresase de las bo­
das para abrirle pronto la puerta. Tal fue la doctrina del Salvador
para ensenarnos que no hay cosa mas indigna de un cristiano que
ser desidioso en el negocio de su salvación: nada mas torpe que no
poner mas diligencia para alcanzar el reino prometido que para ir
al suplicio; y nada mas intolerable que un discípulo que huye del
trabajo, cuando su maestro y padre nació y murió con el trabajo y
la fatiga.
Yo quiero esta noche seguir eí ejemplo del Salvador, y advertiros
cuán mala es la ociosidad y pereza en los negocios del alma. De la
hembra del erizo se dice, que cuando se siente preñada, dilata
cuanto puede su parto, temerosa del daño que han de causarle sus
hijos con las espinas de que nacen armados. No lo baria así el ani­
ma! si tuviera uso de razón; porque cuanto mas difiere el parto,
mas se endurecen las espinas, y su muerte se hace mas pronta. Este
mismo es el fatal engaño del perezoso en el trabajo de su salvación.
Toma miedo á la empresa, dilata de dia en dia y de año en año su
conversión, crece la dificultad, se endurece mas el corazon, y viene
á hacerse casi imposible sn arrepentimiento, ó á morir sin arrepen­
tirse. Cuanto mas se dilata la enmienda, mas pecados se amontonan,
los auxilios de Dios van faltando, el corazon se petrifica, y viene la
costumbre de pecar. La naturaleza misma nos presenta un símil de
este fatal resultado en sus producciones. Si queremos arrancar un
arbolito de poco tiempo nacido, á un leve impulso de la mano lo
arrancaremos. Pero si este arbolito por el transcurso de muchos
anos viene á hacerse corpulento, no solo resiste al impulso de mu­
chos brazos, sino también al golpe de las hachas mas cortantes.
¿Qué son esos maderos que el mar arroja á la ribera? Son vestigios
de un barco que naufragó, porque en la tempestad descuidáronlos
marineros de sacar el agua que se introducía por las quebraduras;
y por su peso la nave vino á zozobrar y perderse. Indolentes y pe­
rezosos en el trabajo de vuestra salvación, esto es puntualmente lo
que al fin os sucederá á vosotros. Dormid ahora dulcemente en la
cama de la ociosidad; no arranquéis con tiempo vuestros vicios;
endureceos en la costumbre de pecar; no descarguéis vuestra alma
de la pesada carga de vuestras culpas, que ya llegará la hora en
que desperteis. Sí, despertaréis; pero será para ver, sin remedio,
que la falta de buenas obras, la sobrecarga de tantos crímenes, la
enormidad de tantas maldades, todo esto, formado en violento hu-
racan de consternación, combatirá vuestra alma, y á falta de tiem­
po y de los auxilios de Dios, será estrellada en la desesperaciónt
abandonada al no hay rem edio, y sumergida en ei infierno.
¡Ojalá, amados mios, que estas reflexiones despertasen á, los in­
felices perezosos, y no dejasen ya para mañana el dar principio al
trabajo! ¡Ojalá que ya no quisiesen con mas dilaciones irritar has­
ta e! extremo las iras de nuestro Dios! ¡Ojalá que escarmentasen
con las dificultades que se opusieron á la conversión de un Agusti­
no! Las continuas lágrimas de su madre, las frecuentes amonesta-
dones de un san Ambrosio, los ardientes deseos y suspiros del mis­
mo Agustino, todo fue menester para que se resolviese á sacudir el
yugo de sus malas costumbres y depravada libertad; mas al fin, y
cooperando el auxilio de Dios, Agustín se convirtió. Pero vosotros
perezosos, ¿qué esperanza dais de vuestro arrepentimiento? ¿Vos­
otros, que no solo no quereis poner mano al remedio que se os da
para que salgais del abismo de vuestra miseria , sino que de cada
dia os ligáis con nuevas cadeuas de culpas que dificultan mas vues­
tra salida? ¿vosotros , que en vez de aplacar la ira de Dios, que es
eí único que os puede salvar, lo provocáis mas y mas á la vengan­
za? ¿vosotros, que cuanto mas atraéis los cuervos del infierno con
el fetor de vuestros pecados, tanto mas alejais de vuestra alma la
candidísima paloma del Espíritu Santo? ¡Qué mucho será, pues,
que sin sentirlo ni reconocerlo vosotros os vayan faltando los auxi­
lios del cielo? ¿qué mocho será que Dios os abandone enteramen­
te, y ni aun con castigos quiera llamaros? ¿qué mucho será que el
fruto de vuestra pereza en el servicio de Dios sea vuestra eterna
condenación?
Ejercitantes: formidable es todo esto y lleno de horror. Pero aun
lo que mas espanta es, que aunque alguna vez puedan romperse ios
lazos de la mala costumbre; aunque la bondad de Dios esté pronta
á perdonar; llega el pecador perezoso á tanta desesperación, que
con pleno conocimiento hace él menos caso de su alma, y d« propia
voluntad se niega á los medios de su salvación. No es esto una qui­
mera, amados mios; lo tengo visto, y aun me horrorizo al recordar­
lo. Despues de muy repetidos consejos, amonestaciones y amenazas
á un pecador de costumbre para que dejase su mala vida ¡ despues
de proponerle los medios mas suaves y eficaces para salir de su mal
estado; despues de hacerle evidencia de los peligros de una muerte
repentina y de una eterna condenación, ¿qué pensáis que contestó
por última resolución? «Padre, no se canse ; creo todo lo que me
«dice; conozco raí mala vida, pero no puedo dejarla.» ¿Veis, ama­
dos mios?Á tal punto de dureza y desesperación condujo á este
miserable sn envejecida costumbre. Y este mismo será el paradero-
de todo el que perezoso en el trabajo de su salvación deje que la
multiplicación de sus culpas venga á parar en costumbre. Ó tendrá
por cosa de poca monta los pecados mas enormes, y descuidará de
evitarlos; ó aunque conozca su gravedad, obstinado como aquel di­
rá : «Conozco que mi vida es mala , pero no puedo dejarla.»
Ejercitantes: sea léjos de nosotros el pernicioso vicio de la pere-
za. Aprovechemos el santo tiempo de Cuaresma que nos concede t\
SeSor para que trabajemos en el negocio de nuestra salvación : no
despreciemos los auxilios que nos da en los santos ejercicios; y de­
poniendo la pereza hagamos con tanta diligencia la voluntad y ser­
vicio deliíos, que al venir ía noche de nuestra muerte merezcamos
oír de la divina boca de Jesús: «Levántate, siervo íie!, y entra en el
«gozo de tu Señor,» que es la eterna gloria que yo os deseo, etc.
EJERCICIO DÉCIMONOVENO.

LECCION.
De los Mandamientos.

S É l’ TIMO MAKDAMIEKTO.

N o hurtar.

Ejercitantes: si el pecado de lujuria, de que hablamos anoche,


os tan aborrecido de Dios, no lo es menos el pecado de hurto que
nos prohíbe el Señor por este mandamiento. Y sin embargo se isa
hecho tan general este vicio, que no parecesíno que todo el mando
se ha hecho ladrón. De esto os convenceréis haciendo revista de lu­
gares y personas. En las casas, en las calles, en las plazas, en los
caminos, en los campos, en los templos y en todas partes veréis
cuán sin temor á Dios se quebranta este mandamiento.
P. ¿Quién peca contra este mandamiento?
R. El que hace á su prójimo algún género de daño injusto en los
bienes que le pertenecen, ó es causa de que otro lo baga.
P. ¿Cómo se daña al prójimo en sus bienes?
R. Tomando ó reteniendo lo que es de otro, ó perjudicándole in­
justamente en su propiedad.
P. ¿Qué cantidad bastará para que el hurto se estime por grave?
R. En esto no puede darse regla general; y es menester atender
á las circunstancias déla persona robada. La opinión mas común de
¡os teólogos reputa por materia grave y pecado mortal hurtar loque
bastaría para mantenerse-un dia la persona robada. Y según esta re­
gla, hurtar cuatro reales á otro, aunque este sea rico, será pecado
mortal. Pero si á un pobre se le quitase menor cantidad, y por ello
quedase sin comer aquel dia, el daño debia reputarse grave.
P. ¿Cómo peca el que hurta mucho en pequeñas porciones?
R, Luego que las pequeñas cantidades llegan juntas á formar la
que hemos dicho, el pecado se hizo mortal, porque la materia se hizo
grave. Y si cuando se hurló la primera cantidad pequeña fue con in­
tención de continuar los hurtadillos hasta cantidad grave, ei pecado
se hizo mortal en el primer hurto pequeño, por la rúala intención-
de seguir hartando. De este modo pecan muy á placer los manda­
deros y los que venden por menudo. Piensan que por hurtar poco
cada vez ó á cada uno, no pecan mortalmente. Y en esta falsa inteli­
gencia continúan robando en porciones pequeñas, no se acusan de
ello ni restituyen, y con mucha satisfacción se condenan.
P. Cuando á un robo ó daño grave concurren muchos, ¿quién es
e! que peca y está obligado á la restitución?
R. Todos pecan, y todos están de mancomún obligados á resti­
tuir; y cada uno de los compañeros está obligado por entero, si
todos los demás ó algunos de ellos se negasen á restituir á rata
porcion.
P. ¿Hay otros modos de pecar contra este mandamiento?
R. Sí: los que juegan con hijos de familia sin inteligencia y con­
sentimiento de los padres de estos. Y en llegando la cantidad ganada
á materia grave, el pecado lo es también ; y está obligado á resti­
tuir lo mismo que el que ganó con ardides y trampas que hizo en
el juego.
Pecan, y con ohligacion de restituir, los que inducen á los hijos
de familia ó á los criados para que saquen furtivamente alguna cosa
de casa del padre ó del amo, y los que á sabiendas la venden ó se
aprovechan de ella.
Pecan contra este mandamiento los que retienen el jornal del tra­
bajador, ó lo cercenan mas de lo justo, y también el jornalero que
no pone el trabajo que debía al jornal convenido. También peca el
que no paga al oficial el justo precio de la obra hecha, y el oficial
que no puso los recados competentes, ó toma mas de lo que vale la
obra; y todos estos deben restituir.
Asimismo, y con la misma obligación, pecan los que no mani­
fiestan al comprador el defecto oculto que tiene la bestia que ven­
de, y el facultativo que favorece el engaño.
Peca el que se halla una cosa perdida, y no hace diligencia para
saber su dueño, ó sabiéndolo se la retiene.
Peca el que de buena fe compró una cosa que era hurtada, si lue­
go que sabe de su dueño no se la entrega. Jín cuyo caso éste no es­
tá obligado á darle al comprador el dinero que le costó.
Pecan los que con conocimiento engañan á otro con moneda fal­
sa ó falta, y los que venden como buenos los frutos y géneros que
están deteriorados.
Peca el que, conociendo la necesidad del que vende ó compra,
se vale de esta necesidad para comprar o vender á precio injusto.
Pecan los que convienen entre sí de no comprar ni vender el gé­
nero sino á determinado precio; porque ponen en precisión al que
compra ó vende de tomar ó dar el genero por un precio injusto. Y
pecan también los que sin mas razón que el favor que hizo al otro
prestándole dinero, al tiempo de devolvérselo exigen ó toman mas
de la cantidad prestada.
Peca el heredero ó alhacea que oculta ó retiene los legados del
difunto, ó retarda sin justa causa el cumplimiento de la obra pia.
Pecan todos los que ayudan, abrigan ó favorecen á otros para,
hurtar, ó les dan noticias, ó participan del robo, ó venden los efec­
tos robados.
Pecan los litigantes que mantienen pleitos injustos, y aunque sean
justos, si con cavilaciones, dilaciones voluntarias ó artículos imper­
tinentes hacen gastar á la parte contraria mas de lo qne debia. Y
pecan también los abogados que defienden al que litiga con cono­
cida injusticia.
Pecan ios repartidores, de cualquier especie que sean, que por
aliviarse á sí mismos ó favorecer á otros cargan á los contribuyen­
tes con mas de lo que es justo.
Pecan contra el pueblo y contra Dios los cobradores y deposita­
rios de caudales públicos, si en éstos hay malversación, y en los
iibros cobratorios poca claridad, de lo que resulta agravio al común.
Por la misma razón pecan las autoridades que exigen derechos in­
justos, y los dependientes que no son fieles en su servicio con per­
juicio de tercero. Y generalmente todos los que de cualquier modo
que sea hacen daño ásu prójimo en sus intereses, todos pecan y es­
tán obligados á la restitución.
Ya veis, ejercitantes, con cuanta verdad dije al principio queson
innumerables los modos que hay de robar, y tantos los que de un
modo ó de otro lo ejecutan, que apenas hay quien no robe. Y por de
contado, siendo tan general el hurto y tan raras las restituciones, de­
bemos concluir que son infinitos los que van á pagar y restituir en
el infierno. Consideremos, amados mios, que es gran locura tomar
lo que es de otro, con una carga tan pesada como es restituir ó con­
denarse. Y andemos siempre y en todo limpios de manos y deseos;
porque el Espíritu Santo dice por el real Profeta 1y que solo los lim­
pios de manos y puros de corazon entrarán en el reino de los cie­
los, Allá nos veamos todos. Amen.
1 Psalra. l x x i i i .
EJEMPLO.

Iin las cartas edificantes se lee, que un barbero chino, que era
cristiano, halló en una calle de Pekín una bolsa que contenía unas
piezas de oro. Miró al rededor para ver si alguno la reclamaba, y
pensando que podía pertenecer á un caballero que marchaba algu­
nos pasos delante de él, corre, le llama y le alcanza: ¿Ha perdido Y.
algo, muy señor mió? le dijo.— Este caballero mira en su faltrique­
ra, y no halla la bolsa. He perdido, respondió turbado, veinte pie­
zas de oro en una bolsa. — Pierda Y. cuidado, replica el barbero;
héia aquí, nada falta.— El caballero la toma, y vuelto de su espan­
to admira tan bella acción en un hombre de una condicion oscura.
Mas ¿quién es Y.? le pregunta; ¿cómo se llama Y.? ¿de dónde
es Y., hijo?— Importa poco, contestó el barbero, que Y. sepa quién
soy yo; basta que le diga que soy cristiano, y uno de los que hacen
profesion de la ley santa. Esta santa ley no solo prohíbe robarlo
ajeno sino aun retener lo que se halla por casualidad, cuando uno
sabe á quién pertenece. Eí caballero quedó tan prendado de la pu­
reza de esta doctrina, que al instante se fné á la iglesia de los cris-
tianos para hacerse instruir en los misterios de la Religión.

MEDITACION.
Sobre el escándalo .
Considera, cristiano, que el mal ejemplo ha condenado mas almas,
que el celo de los Apóstoles y la elocuencia de ios predicadores ha
convertido. Un escandaloso es apóstol del demonio y predicador de
Satanás. Que un cristiano tenga vergüenza de declararse por Jesu­
cristo es infame cobardía. Pero que se declare por el demonio, y
se haga instrumento de su malicia para condenar con el escándalo
mas almas que redimió Jesucristo con su sangre, esto es tan horri­
ble, que no hay palabras con que poderío explicar. Podria decirse
de algún modo que un escandaloso tiene mas poder para condenar
almas, que Jesucristo para salvarlas. Si Jesucristo instituyó los Sa­
cramentos que son los instrumentos de nuestra salvación, también
el demonio, dice san Agustín, tiene sus sacramentos, que son los
instrumentos de la condenación de las almas. Los malos ejemplos,
las pinturas lascivas, los libros impíos, las conversaciones deshones­
tas, las canciones impuras, los espectáculos profanos, los discursos
libres en punto de religión, el mal ejemplo de persona constituida
en dignidad ó autoridad, son los sacramentos del demonio, que por
nuestra fragilidad son ordinariamente mas poderosos para condenar
almas, que los Sacramentos de Jesucristo para salvarlas. Por esto
no se debe hacer una acción, aunque sea indiferente, si por ella ha
de escandalizarse una alma. San Pablo decia *: «Yo puedo comer
«carne sin pecar, y si al vérmela comer pudiese escandalizarse el
«prójimo, no la comería, para 110 servir de escándalo á la flaque­
r a , acordándome de que Jesucristo murió por él.» ¿Qué será,
pues, hacer una acción mala, solicitando que otro la haga? Si se
condena un inocente por tu causa, su condenación será la tuya, y
si le haces ir al infierno, él te arrastrará consigo, él será tu verdu­
go por toda la eternidad.
Considera, hermano mió, que una chispa que salió de la lumbre
y no se tuvo cuidado de apagarla, bastó á ia vez para reducirá pa­
vesas una ciudad muy grande. Una sonrisa, una ojeada poco mo­
desta, una palabra equívoca, un mal ejemplo levanta á veces en un
corazon inocente incendios que no pueden apagarse. Padres que es­
candalizáis á vuestros hijos, ¡qué cuenta daréis á Dios! ííoiuicidas
de los mismos que habéis engendrado, no parece que les hayais da­
do la vida del cuerpo sino para quitarles la del alma. El mal ejem­
plo de un hombre constituido en dignidad ó autoridad trae fatales
consecuencias que no terminan con el empleo. i Tn magistrado, un
superior, pueden juntar sin pensar en ello tesoros de indignación
divina, que caerá sobre ellos al tiempo menos pensado. Porque el
súbdito, el hijo, el criado que indujeron á pecar con su mal ejem­
plo, continuarán pecando por cuenta de ellos. Y se puede decir, y
os lo mas horroroso, que muchos estarán ya en ei infierno, y en ei
mundo aun estarán pecando, en persona de aquellos que escanda­
lizaron. ¿Y qué será si se aumentan sus penas á proporcion de los
pecados que éstos vayan haciendo? Si el-rey David siendo tan jus­
to clamaba á Dios5 que le perdonase los pecados de otros, ¿qué
será del escandaloso? ¡Ay Jesús mió! mis propios pecados me ha­
cen vivir con temor, por su multitud y gravedad: ¿qué será de mí,
si he de responder por los de otros? Pecados que no los conozco,
porque he querido ignorarlos, y pecados cuya ignorancia no me ex­
cusa, porque no fue efecto de mi fragilidad, sino de mi malicia ó
afectación.
Considera, ejercitante, la espantosa amenaza y terrible sentencia
de Nuestro Señor Jesucristo contra el escandaloso. «Si alguno, dice \
«es motivo de escándalo á estos pequeños que creen en Mi, fuera
«mejor para él que le atasen al cuello una rueda de molino, y lo
«echasen al mar.» Y antes ya babia dicho : «¡Desgraciado del mun-
«do por el escándalo!... ¡Ay de aquel por quien viene el escánda­
nlo!» Bien es menester que el estado del escandaloso sea muy in­
feliz, cuando el Salvador le condena, aun en vida, á ser sepultado
en lo profundo del mar. Hombre escandaloso, si hubieses robado á
otro una alhaja, no podías tener esperanza de perdón, si no la res­
tituías. Tú quitaste a tu prójimo la inocencia, la pureza, la gracia
de Dios y al mismo tiempo la gloria. ¿Cómo puedes esperar perdón,
si no se lo restituyes todo? ¿cómo tendrás salvación, si no reparas
el daño que le has causado?¿Ycuándo será esto? ¡Ah, que es muy
dificultoso! ¡ah, que toca en lo imposible! Si has incurrido en este
delito, ¿cómo estás tan sosegado? ¿cómo no procuras satisfacer á
Dios y desenojarlo? ¿No temes que el Señor te diga como á Cain:
«La sangre de tu hermano que has escandalizado y muerto en el a l-
«ma, quitándole con la inocencia la vida de la gracia, da voces con-
«íra tí á mi venganza: dame cuenta de la sangre de este inocente
«que has muerto?» ¿Qué responderás á estos cargos? ¡Ay de tí!
Jesucristo sacrificó su sangre y su vida para salvar una alma, y tú
no quieres sacrificar un antojo criminal para que no se pierda. El
Hijo de Dios se hizo víctima de la caridad para salvar una alma, y
tú la has hecho víctima de la deshonestidad para condenarla. Per­
dido eres, si no reparas el daño á toda costa.

P a ra sacerdotes.

«¡Ay, carísimos sacerdotes, y qué pensamiento tan cruel devora


«mi corazon! ¿Habrá alguno de nosotros de entrañas tan impías, que
«impidiendo el bien y promoviendo el mal en las almas que Jesu-
«cristo redimió, le haga una guerra y persecución mas cruel que la
«de aquellos que inhumanamente derramaron su sangre? Sea léjos
«de mí tan funesto pensamiento, y sea léjos de mí y de vosotros te-
«meridad tan horrenda. Vivamos siempre en el pensamiento deque
«por nuestro estado estamos obligados á dar especial edificación á los
«fieles en todo, y que muchas cosas que entre ellos pasan por chan-
«zas y simples pasatiempos, en un sacerdote y en el juicio de Dios
«no se tendrán por ligeras. Y si acaso tuvimos la fragilidad de ser
«tropiezo para el prójimo, procuremos reparar el daño con el ma-
«yor esmero. Examinémonos, y llevemos siempre escrita en nues-
«tra frente la amenaza de nuestro divino Maestro: «iDesgraciado
«el hombre por quien viene el escándalo I»

JACULATORIAS.

¡Oh Salvador mío! ¡qué amarga, pero qué justa restitución! Oio
por ojo, diente por diente, y alma por alma tengo que dar por la­
que se perdió por mi mal ejemplo.
SÍ por un solo escándalo me decís, Jesús mió, ¡ay de til ¿qué me
sucederá si mis escándalos fuesen muchos? Padre mió, sálveme
vuestra misericordia.
¡Oh Salvador mió! si yo fui grande en escandalizar, Yos sois in­
finito en perdonar. Yo me acojo á vuestra inagotable clemencia. No
desatendáis los ruegos del que arrepentido os dice de todo su cora’
zon: rae pesa, Señor, de haber sido escandaloso, me pesa de habe­
ros ofendido.

PLÁTICA,.
Sobre el escándalo.

Ejercitantes: sin embargo de que en el punto de meditación os he


dicho lo bastante para que echeis de ver cuánta es la gravedad y
malicia del pecado de escándalo, es éste tan común y universal,
que aunque los predicadores no hablasen de otra cosa que de él,
me parece que nunca acabarían de demostrar toda su malignidad y
malas consecuencias. Por tanto, y continuando el mismo asunto de
la meditación, voy á, poner en vuestra consideración las tres peores-
cualidades de este pecado, á fin de que os empeñeis mas en evitar­
lo. Atended: el escándalo es un mal contagioso por su naturaleza.
1 .° El escándalo es un mal cruel en sus efectos; 2 ." el escándalo es
un mal irreparable ó casi irreparable en sus daños; 3 .1 esto es lo
que voy á demostraros.
¿Qué es escándalo? Es una palabra ó una acción menos arreglada
que da á otros ocasion de pecar. Hablemos primero del escándalo do
palabra, y digamos que así como el cuerpo se envenena por la boca,
así el alma se emponzoña por el oído. Una sola palabra mala basta
á las veces para corromper el corazón de todos los que la oyen. Una
conversación libre en materias de religión, un escrito liviano éim­
púdico son capaces de viciarlas costumbres de miliares de almas
buenas. Lo dice san Pablo, y ío probamos por la experiencia. ¿Qué
coaquista no hizo el demonio por medio de sus predicadores cuan­
do erigió la impiedad aquellas infernales asambleas y sociedades, en
que se daba entrada á cuantos de uno y otro sexo y de toda condi­
ción quisiesen oir blasfemias contra Jesucristo, su purísima Madre
y los Santos, burlarse de las virtudes mas recomendables de nues­
tra Heligion, mofar sus ministros, y ridiculizar los Sacramentos y
ceremonias mas santas de la Iglesia? ¿Qué pesca tan abundante no
hizo Lucifer con la red de escritos escandalosos que sus discipulos
hicieron correr por todo el mundo? ¿Qué de mujeres que eran hon­
radas no vinieron á prostituirse? ¿Qué infinidad de jóvenes de bue­
nas esperanzas no se vieron abandonados al libertinaje? ¿Cuántas
familias que respiraban la devocion y la paz se convirtieron en es­
cuelas de impiedad y en moradas de la discordia? ¿Qué de liber­
tades las mas indecentes, qué de robos, qué de muertes violentas,
qué de horrendos sacrilegios, qué de sediciones populares, qué de
insurrecciones contraías legítimas autoridades, qué de ejércitos
desoiadores, qué de estragos por todo estilo no vimos cundir por
todas partes en aquellos dias de execrable memoria? ¿Y quién in­
trodujo, quién difundió, quién inficionó nuestro suelo con esta pes­
te moral? No otro que el escándalo dado por palabra en las tertu­
lias, en las tribunas y en los escritos. Sí, el escándalo de palabra,
que de su naturaleza es contagioso.
¿Y qué diremos deí escándalo por acción mala? ¡ A jí! 110 es este
menos nocivo a la comunidad. «¿Qué has hecho, dijo el profeta
«Natan al rey David, que has escandalizado á todos tus vasallos, y
«has dado motivo para que los enemigos del Señor blasfemen con­
t r a él?» Lo mismo sucede en el pueblo cuando aJguno comete un
delito que se hace público. Cuando se introducen las mercadurías
inficionadas de peste en una ciudad ó villa, al punto toda la pobla­
ción se contagia. Esto mismo se vió en cierto lugar por el escánda­
lo. Una sola persona bastó para corromper y hacer adúltero á casi
todo el pueblo que no conocía este pecado. ¿Qué has hecho, se le
podia decir á aquella mujer, como Natan á David, qué has hecho,
que con tu escándalo has inficionado un pueblo que tan sano esta­
ba? ¿Qué has hecho y qué haces, digo yo á todo notorio escanda­
loso, que con esa pública amistad sospechosa, con esa correspon­
dencia ilícita, con ese divorcio estás escandalizando todo el pueblo?
Tu mal lia pasado á la casa del vecino, de e&ta á toda la calle, de
aquí á todo el barrio, de este á lo restante de la poblacion, y das
motivo para que otros aprendan y hagan lo mismo que tú. ¡Infeliz!
tú morirás, tú estarás ya en el infierno pagando tus delitos, y tu
escándalo continuará propagándose en el mundo. El escándalo de
palabra, amados mios, y el escándalo de obra son contagiosos y
también crueles.
¿Qué cosa raas cruel que hacer con el prójimo el oficio del demo­
nio, á quien la santa Escritura llama matador de las almas? Pues
este es el oficio de los escandalosos. Estudian en la escuela del de­
monio, que es su maestro, el padre de quien son hijos, y el señor
cuya voluntad ejecutan. El demonio solicita la perdición de las al­
mas, y los escandalosos ponen en práctica sus detestables desig­
nios, roban el tesoro de ía gracia á las almas inocentes, las corrom­
pen; las asesinan, las matan, las condenan. ¿Quién al oir esto no se
espantará ya de la terrible amenaza de Jesucristo: «¡Ay dei hom-
«bre escandaloso! mejor le estaria no haber nacido?» Piensa, es­
candaloso, y piénsalo bien, ¡qué desesperación será la tuya cuando
en el infierno oigas los lamentos de tantas almas condenadas por
tus escándalos, que á cada instante te dirán: «Malvado, tú has sido
«la causa de mi condenación; si yo no te hubiera conocido, si no te
«hubiera tratado, no estaria yo ahora en este iugar de tormentos!»
¿Qué responderás á quejas tan amargas? Acaba, pues, de conocer
que tu escándalo es un mal cruel, mientras yo paso á probar que
también es un maí cási irreparable.
Yo quiero conceder que algún dia el escandaloso se reconozca de
los males que ha causado, y entre en deseos de remediarlos. ¿Có­
mo podrá lograrlo? De verdad que es cási imposible. Un padre
blasfemo, jurador, maldiciente, que inficionó con sus escándalos
á los hijos, y de éstos pasó á sus nietos y descendientes, ¿cómo
remediará estos danos ni en vida ni en muerte? Lo mismo digo al
que corrompió la juventud enseñándola un vicio que pasará de ge­
neración en generación. El que hizo circular por todas partes los
papeles infamatorios contra la Religión ó determinada persona ó
estado, ¿cómo podrá ya, aunque quiera, recoger sus escritos todos,
ni variar la opinion de los que les dieron asenso? ¡Ali! yo no lo sé;
y os confieso que el mal es tan grande, que tengo por cási imposi­
ble el remedio.
No obstante, escandaloso, no quiero que desconfie» aun de tu sal-
vacíon. Oye lo que debes hacer para entrar en esperanzas. Confié­
sate del escándalo que has dado, con todas sus circunstancias y las
de la persona que escandalizaste: huye la compañía de aquellos con
quienes te has corrompido, repara el escándalo de tu vida pasada
viviendo ya tan edificante y ejemplar, que no se note cosa alguna
mala en tu conducta. Y por último, á aquellos mismos inocentes á
quienes por palabra ó por acción diste lecciones de impiedad, diso­
lución, impureza ó libertinaje, enséñales ahora con tu ejemplo los
caminos del Señor, para que ellos también se conviertan viendo có­
mo tú lo lias hecho.
Ejercitantes:.ya os he manifestado los males que trae el escán­
dalo ; á vosotros toca evitarlo ; huid de esa peste de las almas; te­
ned siempre miramiento á la inocencia de vuestro prójimo , y pro­
curad mantenerla en vosotros hasta la muerte, para que el Señor
os reconozca por suyos y os dé la eterna gloria. Esta os deseo, etc.
EJERCjCIO VIGÉSIMO.

LECCION.
De los Mandamientos.

Ejercitantes: Dios nuestro Señor ahogó una Tez todo el mundo


con na diluvio de agua universal, y despues los hombres han inun­
dado toda la tierra con un diluvio de pecados. Asi lo dice el profeta
Oseas con estas palabras 1: «Lamaledicencia, el homicidio, la men­
tira , el hurto y el adulterio han cubierto toda la faz déla tierra.»
De estos tres últimos pecados hemos hablado ya en las lecciones an­
teriores. Ahora dirémos délos dos primeros, que son la maledicen­
cia y ía mentira, sobre que recae eí octavo mandamiento.

OCTAVO MAHDAJ I I EHTO.

N o levantar falso testimonio n i m entir .

P. ¿Quién quebranta este mandamiento?


R. Quien infama al prójimo, descubre su secreto y dice men­
tira.
P. ¿Cómo se infama al prójimo?
R. Diciendo de él en presencia ó en ausencia cosa que manche,
disminuya y le quite su estimación.
Este pecado es de difícil perdón; porque una vez quitada la fama,
es muy dificultoso reponerla en el mismo grado en que estaba. Pe­
can también contra este mandamiento los que descubren algún se­
creto de importancia que se les encargó guardar. Pero si fuese cosa
que por ocultarla habia de resultar daño á la patria ó al inocente,
debe manifestarse el secreto á quien convenga para evitar el daño.
Y pecan también los que hacen mal juicio del prójimo sin funda­
mento bastante; y por eso nos dice Nuestro Señor Jesucristo2: «No
«juzguéis de otros, si no quereis ser juzgados; porque según el jui-
«cio que hiciereis, así será el que se liará con vosotros.»
P. ¿Quién peca mas contra este mandamiento?
: Cap. vi. — aMatth. \u.
R. El que dice mentira.
P. ¿Cuándo se peca mintiendo?
R. La mentira es siempre pecado, ó mortal ó venial.
P. ¿Quién peca mortalmente mintiendo?
R. E! que dice contra lo que sabe, si de la mentira resulta ó co­
noce que puede resultar grave perjuicio al prójimo. Y aunque no
haya perjuicio siempre peca, á lo menos venialmente, porque Dios
nos prohíbe absolutamente la mentira.

¡N 'O V ÍLN O M A N D A M I E N T O .

N o desear la m ujer del prójim o,

En estas palabras se entienden prohibidos todos los deseos de co­


sa torpe, según se dijo en la explicación del sexto mandamiento.

DÉCIMO MANDAMIENTO.

N o codiciar los bienes ajenos.

Por este mandamiento se nos prohíbe los deseos injustos de te­


ner la propiedad, empleo, honores ú otros bienes que goza e) pró­
jimo.
P. ¿Nos basta guardar los diez mandamientos de la ley de Dios
para salvarnos?
R, No es buen cristiano ni puede salvarse el que no guarda tam­
bién los mandamientos de la santa madre Iglesia.
PRIMElt MANDAMIENTO DE LA IGLESIA.
O ír misa entera los domingos y fiestas de g uardar.
Cómo debe hacerse esto para cumplir bien con el mandamiento,
lo explicaremos despues en lección particular.
SECUNDO MANDAMIENTO.
Confesar á lo menos una vez en el año , ó antes s i estamos en
peligro de muerte ó hemos de comulgar.

TERCER NAXD AMIENTO.


Com ulgar por Pascua florida.

Le estos dos mandamientos, para no repetir una misma doctrina


despues os hablaré cuando lleguemos á la explicación de Ies santos
Sacramentos.

CUARTO MANDAMIENTO.

A y un a r cuando lo manda la sania madre Ig le sia .

?. ¿En qué días debemos ayunar?


il. Toda la Cuaresma, las vigilias de los Santos y !as cuatro Tém­
poras.
P. ¿Quién está obligado al ayuno?
K. El que haya cumplido los veinte y un arios de edad, si no tiene
causa que lo impida.
P. ¿Quién está dispensado del ayuno?
R. El que no puede por su edad avanzada, ó por enfermedad ó
trabajo muy pesado.
P. ¿Qué se entiende por ayuno?
R. Abstenerse de manjares prohibidos, y no comer mas de una
vez al dia,
P. ¿Á qué hora se ha de hacer esta comida?
R. AI mediodía, ó poco antes ó despues.
I \ ¿Cuánta puede ser la colacion por la. noche?
R. No hay determinada cantidad fija. Pero no debe ser mas que
lo que beste para pasar la noche sin notable detrimento en la sa­
lud, y atendida la complexión de la persona, como se hace entre
gente de buena conciencia. Y esta colacion 110 ha de ser de carne,
ni huevos, ni loche, ni pescado.
P, El que no está obligado al ayuno por falla de edad ¿qué será
bien que haga?
R. Irse ensayando con algún ayuno, para que cnando le obligue
no le sea tan penoso. Los padres deben cuidar de dar á sus hijos
este ramo de educación.

QUINTO MANDAMIENTO.

P ag ar diezmos y p rim icia s á la Ig le sia de D ios.

P. ¿Qué se entiende por esto?


R. Que se dé á la Iglesia la décima parte délos frutos de ia íieiTü
y la primicia según costumbre. Y según ésta, han de pagarse en gé­
nero y cantidad según que en cada pnebío se acostumbre. Cuidando
to Y a l v e iu j e .
de pagar religiosamente: es decir, qae la medida sea justa, y no
se dé á Dios de lo peor; porque esto es una ingratitud muy 'des­
agradable á su Majestad, ¿ quien todo lo debemos.
P. ¿Qué destino tienen los diezmos y primicias?
R. No pueden tener destino ni mas religioso ni mas debido. Su
destino es mantener el culto divino, la fabrica de los templos y los
ministros de la Iglesia. La oferta que se hace á Dios de los prime­
ros frutos de la tierra es lo que se llama primicia. Los antiguos Pa­
triarcas sacrificaban á Dios algo de lo primero que cogían, como
expresión de agradecimiento á Dios y como un testimonio de que
ei Señor es el supremo dueño de todo. Seamos fieles en dar á Dios
io que debemos, y el Señor lo será también en darnos lo que nos
tiene prometido, que es la subsistencia en esta vida, y en la otra la
gloria, Amen.

EJEMPLO.

Es admirable la exactitud con que los primitivos cristianos guar­


daban todos los preceptos de la ley, la devocion y puntualidad con
que asistían á las funciones religiosas, y la frecuencia y devocion
con que se acercaban á la sagrada Comnnion. Ellos se exponían al
martirio para asistir al santo sacrificio de la misa en domingo y en
todos los dias festivos. Ganaban los guardas, y penetrando en las
cárceles y calabozos asistían á la celebración de los grandes mis­
terios.
Una virgen cristiana llamada Anisia se dirigía á la reunión de los
líeles: un guarda del emperador Diocleciano viendo una jóven tan
modesta y recatada creyó que seria una cristiana, y así le dijo: De­
tente; ¿quién eres? ¿y á dónde vas? Ella contestó valerosamente:
Soy servidora de Jesucristo, y voy á la reunión del Señor. — Te
impediré que vayas; te llevaré á sacrificar á los dioses, dijo el sol­
dado. Al mismo tiempo le arrancó el velo con que cubría su rostro,
Anísia procuraba impedirlo, y díjole: Véle, miserable, Jesucristo le
castigará. Entonces irritado eí soldado tiró de la espada y le quitó
la vida, y los Ángeles llevaron al punto su alma á los cielos. ¡ Qué
diferencia entre los primitivos cristianos y los de nuestros dias!
Antes no faltaban á la misa y demás funciones, y para asistir se
exponían á perder la vida; ahorapor pereza ó flojedad no asisten:
¡qué confusion tan grande en el dia del juicio cuando Jesús com­
parará unos con otros!
MEDITACION.
Sobre la venganza.

Considera, cristiano, que no hay cosa mas común en el hombre


que quererse vengar del que ie ha hecho algún agravio; y nada
hay tampoco mas difícil que perdonar una injuria y amar á un ene­
migo. Pero considera también que no hay otra mas necesaria para
la salvación. Jesucristo se reviste de toda su soberanía para decir­
nos 1: «Yo os digo, amad á vuestros enemigos, haced bien á los que
ítos aborrecen.» Pero yo os digo; estas son sns palabras, que es lo
mismo que sí dijera: Yo sé que el mundo y vuestras pasiones os
dicen que 110 perdoneis; pero yo os digo lo contrario. Ejercitantes,
¿ i quién debemos obedecer? Este yo os digo encierra en si grandes
razones, y nos da los mayores motivos para perdonar; porque es
como si nos dijera: To que soy vuestro Dios, que os puedo mandar
en todas las cosas, y á quien debeis obedecer; yo que me he reser­
vado ia venganza, y vosotros 110 podéis vengaros sin usurparme
mis derechos; yo que os haré justicia, si vosotros 110 osla hacéis,
y que no tendré misericordia de ■vosotros, si no la teneis de vuestro
prójimo; yo que os perdoné iníinidad de culpas graves, y no os
pido sino que perdoneis otras mas ligeras, comparadas con las vues­
tras; yo que os animo con mi ejemplo y os ayudo con mi gracia;
yo que os prometo una dicha eterna si perdonáis, y un suplicio eter­
no si os vengáis: yo os lo mando. Amados míos, ¿habrá quien no
quiera hacer el sacrificio de perdonar, siquiera porque lo manda
Dios, que tantos sacrificios ha hecho por nosotros, y tanto le liemos
costado? ¿habrá quien se atreva á resistir á estas palabras de Jesu­
cristo: Yo os lo mando?
Considera, ejercitante, que el hombre que no quiere perdonar
los agravios, debe desesperar del perdón de sns culpas y de su sal­
vación. Solo el que nada tuviese que Dios le perdone podría ven­
garse. Pero ¿en dónde está este hombre? Todos somos pecadores,
y no tenemos otro medio para salvarnos que el de la misericordia
de Dios. Pues ¿cómo podrémos esperar esta misericordia, si no usa­
mos de ella con otros? ¿Y qué seremos nosotros sin la misericordia
de Dios, sino infelices y condenados? Nos ha dicho que perdone­
mos, y él nos perdonará. Con qué no podemos entrar en el cielo-
sino por la puerta de la misericordia. Si nosotros mismos nos cer­
ramos esta puerta por no perdonar, el enemigo mas cruel no po­
dría hacernos mayor mal que el que nosotros nos hacemos. Porque
el vengativo se excomulga á sí mismo; y ya no hay para él ni Sa­
cramentos, ni oraciones, ni sacrificios. No puede rezar ei Padre
nuestro sin condenarse á sí mismo; y no abre la boca sino para pe­
dirle á Dios que le condene. Porque pedirle al Señor que le perdo­
ne como él perdona, no queriendo perdonar á su prójimo, eslá claro
que pide á Dios que á él no le perdone, que lo aborrezca, que lo
castigue, que lo condene. Ni su enemigo, ni el mismo demonio po­
día hacerle mayor mal que el que el mismo vengativo se hace pro­
nunciando tan execrable maldición. La sangre de Jesucristo que se
ofrece cada dia en los altares no llega á alcanzar perdón para quien
110 perdona. Los Sacramentos no causan su efecto en el vengativo;,
y la misma absolución del sacerdote es la sentencia de su con­
denación.
Considera, vengativo, que si tú dejas la venganza para Dios, tú
no podrás vengarte tanto del que te agravió, como Dios te vengará.
Y pues que Dios lo castigará con tormentos que no tendrán íin, deja
para el Señor la venganza. No quieras usurparle un derecho que
solo es suyo, como expresamente lo tiene declarado con estas pocas
palabras1: M ia es la venganza. Y piensa que si seria locura que un
hombre quisiese curar su llaga con llaga de otro, no será menor la
luya, si piensas encontrar tu bien vengándote de tu prójimo; por­
que no puedes hacerle el mas pequeño mal en su cuerpo ó en sus
bienes, que no lo hagas tú muy grande á tu propia alma. Y por eso
el Espíritu Santo nos dice5: «No digas haré mal por mal, sino es­
pera en el Señor, y él te librará.»
Piensa, hermano mío, en que si tú has ofendido á Dios, no tienes*
una razón para maravillarte de que otros te ofendan. No debes darte
por agraviado por ofensas que recibas, pues cuando á Dios ofende­
mos, merecemos que todas las criaturas se levanten contra nosotros.
No te quejes de que los hombres se levanten contra tí, cuando Ui
tantas veces te has alzado contra Dios. Si Dios se hubiera vengado
de las ofensas que le has hecho, va estarías en el infierno. Pues oye
lo que te dice Jesucristo3: «Por la medida que midieres á ios otros
«serás medido.» Ejercitante: como tú trates á tu hermano, serás tú
tratado, Si te vengas de las injurias que te ha hecho, Dios se ven­
gara también de las que tú hiciste á su Majestad; porque, como
dice el apóstol Santiago \ «juicio se hará sin misericordia al que
«no hiciere misericordia.»

P a ra sacerdotes.

«Y nosotros, señores sacerdotes, que debemos ser los espejos por


«donde los fieles han de componer sus acciones, palabras y pensa­
mientos; nosotros que debemos ser copias vivas de nuestro divino
«Maestro, ¿podremos ni aun de léjos presentarnos como modelos de
«venganza? [A_!i! que nuestro delito y nuestro castigo seria como
«el que Dios intimó al que matase á Cain: mayor siete y aun mas
«veces que el de otro vengativo ; porque debemos, mas que otros,
«ser imitadores de Jesús, mansos y pacientes como Jesús. Jesús per­
seguido por los judíos, vendido por el pérfido apóstol, abandona­
ndo de los discípulos, negado por Pedro, estimado en menos que
«Barrabás, atado como ladrón, insultado, azotado, y puesto á mo-
«rir en una cruz afrentosa como reo de los mayores delitos, no solo
«no se vengó de sus enemigos, sino que los perdonó, y rogó á su
«Padre que los perdonase. Á vista de tan divino ejemplar, ¿cómo
«deberemos nosotros portarnos con nuestros enemigos? El mismo
«Jesucristo nos lo dice*: D isciie a me, quia m ilis sum , el k u m ilü
«corde.»

JACULATORIAS.

¿Será posible, Jesús mío, que viendo yo como Vos perdonáis


desde la cruz á los que os pusieron en ella, no perdone yo al que
me ofendió? No, Señor, no será así: perdono á lodo el que me hizo
mal y lo perdono de corazon.
Oidme, Ángeles del cielo. Cualquiera que sea el que me baya
agraviado pública ó secretamente; desde esía noche para siempre
queda de mí perdonado, y también ruego á Dios que me perdone.
Y Yos, Jesús mió, ¿me perdonáis á mí? Sí, Dios inio, perdo­
nadme en fuerza de vuestra palabra; y perdonadme porque arre­
pentido de mis culpas digo que me pesa en el alma de haberos
ofendido.
PIÁTICA.
Sobre la venganza.

Ejercitantes: sin embargo délas poderosas razones que nos obli­


gan á perdonar á nuestros enemigos, como habéis oido en el punto
de meditación, hay muchos tan obstinados en la veDganza, que des­
preciando los preceptos de Jesucristo, las amonestaciones de los
predicadores y las promesas eternas, dicen rotundamente que no
quieren perdonar. ¿Y qué, por una negativa tan cerrada cerraré yo
también mis labios y no declamaré contra ella? No, amados mios,
si no logro ablandar con mis razones tanta dureza, á lo menos des­
vaneceré sus excusas, y os prepararé á vosotros para que no abri­
guéis en vuestro corazon deseos de venganza; ó si acaso los teneis,
para que los depongáis al instante. Dos son regularmente las razo­
nes con que se arman los rencorosos para negarse á cumplir con el
precepto de perdonar al enemigo, y son estas: N i debo, n i puedo .
Vamos á rebatirlas.
Suelen decir para excusarse: V. no sabe cuán grande es el agra­
vio que yo be recibido de mi enemigo. Él por ley del parentesco y
de amistad estaba obligado á tenerme á mi todo miramiento. Pero
¿qué querrá Y. creer que ha hecho conmigo? Me ha quitado la es­
timación con la mayor villanía, pues públicamente me ultrajó con
los modos mas insolentes; me movió un pleito el mas injusto, por
el que tengo mi casa arruinada, y ha ejecutado conmigo vejaciones
las mas crueles. ¡Le parece á V. que un hombre de bien y de re­
putación como yo deje pasar tanta afrenta sin el castigo que se me­
rece, y que no haga yo que con su sangre pague los perjuicios que
me ha causado? No puede ser eso; no debo perdonarlo. Hermano
mió, yo me compadezco de tí, y estoy muy léjos de dar la razona tu
enemigo. Pero cierra por un instante tus oidos á los gritos de amor
propio, y óyeme. ¿No es verdad que no siempre la causa de la ene­
mistad entre los hombres es un delito tan grande como lo hace apa­
recer la pasión en el hervor déla cólera? ¿Cuántas veces una lengua
mentirosa ó un solapado chismoso por hacer su negocio llena la ca­
beza del otro de cosas que su enemigo ni ha dicho, ni aun ha pen­
sado? ¿Cuántas veces se pinta el dicho ó la acción del enemigo mas
abultada y exagerada délo que fue en realidad? ¿Cuántas veces se
toma un odio implacable á otro que hizo lo que debia, cumpliendo
coa su obligación? Cómo, por ejemplo, al juez que no favoreció al
litigante porque no pudo hacerlo en justicia; al pariente porque sa­
lió demandando cosa que creía pertenecerle por mejor derecho; á
un amigo porque no quiso hacer una cosa que en conciencia no po­
día. ¿Y te parece que estas cosas y otras semejantes deben reputar­
se por insultos y agravios que merecen la venganza? ¡Oh Dios roio,
y qué pobreza de alma!
Pero, hermano mió, demos un paso mas adelante. Doy por su­
puesto que el agravio que has recibido de tu enemigo sea tan gran­
de y aun mas de lo que á tí te parece, y que su delito sea tal que
merezca un ejemplar castigo. ¿Podrás ya por eso pasar á vengarte
por tu propia mano? Amado mió, ] qué error tan grosero í Jesucris­
to lo prohíbe expresamente en su Evangelio, y la ley del Cristia­
nismo no lo permite: Jesucristo te manda que ames á tu enemigo;
luego una de dos, ó le has de perdonar, ó has de borrar de tu fren­
te el nombre de cristiano, y llamarte turco, bárbaro ó gentil, pero
no cristiano; ó has de perdonar, ó has de renunciar de la palabra
de Dios, de los santos Sacramentos, de toda devocion y obra bue­
na; porque todo es perdido para tí, porque no hay cielo para tí;
tú mismo debes confesarlo. Díme, ¿quién va al cielo? Preciso- es
que respondas que ei que hace la voluntad de Dios, ¿V el que se
venga, hace la voluntad de Dios? No: hace todo lo contrario. Lue­
go está claro que tú no puedes ir al cielo si no perdonas: luego de­
bes perdonar.
Ejercitantes; queda desvanecida la primera excusa de los venga­
tivos; vamos á destruir la segunda. Padre, replica el rencoroso, V.
tiene razón. Sé que el Evangelio me intima que perdone á mi ene­
migo; confieso que por toda ley estoy obligado á ello; y créame Y .,
yo le perdonaría, pero no puedo; porque cada vez que veo á ese su­
jeto, la sangre me hierve en las venas y el corazon me arde en có­
lera. ¿Cómo es posible que yo mire con semblante sereno á ese pér­
fido? Esto es imposible, no ¡meció. ¿Qué es lo que dices, hombre
preocupado? ¿Qué no puedes perdonar? ¿Sabes que ese dicho es
una injuria que haces á la ley de Dios? ¿sabes que si lo crees como
io dices has caido en la herejía de aquellos que por excusar su per­
fidia enseñaban que Dios manda cosas imposibles? ¿No puedes per­
donar? Esto es mentira. Pudieron hacerlo ios gentiles destituidos de
fe, ¿y tú que eres cristiano no podrás cumplirlo? No quiero presen­
tarte ejemplos de la gentilidad, porque esto seria afrentar al Cristia­
nismo: te los daré de nuestra misma Religión. Pudo san Esteban
perdonar y pedir á Dios que perdonase á los que á pedradas lo ma­
taron, ¿y tú 110 podrás perdonar al otro que le ha injuriado? Piulo
san Juan Gualbcrto, cuando encontró al matador de su hermano en
parte donde no podia escapar, no soio no vengarse, sino abrazarlo
como amigo, solo porque le pidió el perdón con los brazos en cruz;
¿y no podrás tú perdonar al que te ofendió, pidiéndotelo Jesús cru­
cificado? Pudo santa Juana Francisca Frcmiot perdonar al que ma­
tó ásu marido y apadrinarle un hijo, ¿y tú, siendo tan valiente pa­
ra vengarte, no tendrás el valor de una mujer cristiana para per­
donar? Piénsaio bien, hermano mió, á ia laz de la fe y de la razón;
y tú mismo te convencerás de que son muy frivolas tus excusas.
Sí: son de ningún momento. ¿Por qué dices que no puedes per­
donar, cuando otros han podido hacerlo, siendo de la misma carne
y hueso que tú, personas de lanío honor como tú, y masinjuriados
y agraviados que tú? ¿Y por qué dices que no debes, cuando el
mismo Evangelio que crees te lo manda expresamente? ¿Qué po­
drás decirme en resolución? ¿Qué debes y puedes, pero que no
quieres sino apagar tu cólera en la sangre de lu enemigo? Haz lo
que quieras, hijo mió. Pero antes mira y contempla que aquel mis­
ino Señor que le dió el precepto, te da también el ejemplo pendien­
te de fres clavos en aquella cruz de nuestra redención. ¡Adorables
labios de mi Señor Jesucristo! ¡cuánta fue la hiel con que os amar­
gó el infame Jadas con su ósculo descomunal! Y sin embargo, man­
so y risueño ie dijiste: A m igo, ¿á qué has venido? Ojos dulcísimos
de Jesús, ¿cuál fue vuestra confusion en el pretorio del pontífice,
cuando visteis al discípulo ainado que negaba á su divino Maestro?
Y con Lodo eso le disteis una mirada de compasion que lo movió al
arrepentimiento. ¡Corazon amabilísimo de mi Salvador! ¿qué sen­
timiento podría jamás igualar al que os causaron los desprecios, in­
sultos y tormentos? Y no obstante clamasteis desde ia cruz: Padre
m ió , perdónalos. Cristiano vengativo, yo no sé cómo podrás decir
que no puedes perdonar á vista de los ejemplos que te da tu Reden­
tor. Ea, pues, amado mío, resuélvete ya una vez, y sea esta misma
hora. Póstrate á los pies del Crucificado y díle de todo corazon: ¿Qué
quereis de mí, Señor? ¿Que salude á mi enemigo, y que le hable?
Yo lo haré por vuestro amor. ¿Que me abrace con él? Lo abrazaré
por daros gusto. Y en recompensa de mi buena voluntad os supli­
co, Padre mió, que me perdoneis á mí, como yo perdono ai que tu­
ve por enemigo: y que á é l, y á mí y á todos nos deis la eterna
gloria. Esta os deseo, etc.
EJERCICIO VIGÉSIMOPRIMERO.
----«iríé&raw—

LECCION.
B e los Sacramentos.

Ejercitantes; anoche dejamos concluida la explicación de la ter­


cera parte de ia doctrina cristiana, y ahora vamos ¿explicar la cuar­
ta, que contiene lo cjue debe mus recibir, que son los Sacramentos.
P. ¿Qué cosa son los Sacramentos?
R. Son unas señales exteriores por las que Dios nos da su gracia
por los méritos de Jesucristo.
1\ ¿Cuántos son los Sacramentos?
R. Son siete:
Primero, Bautismo.
Segundo, Confirmación.
Tercero, Penitencia.
Cuarto, Comunion.
Quinto, Extremaunción.
Sexto, Orden sacerdotal.
Séptimo, Matrimonio,
P. ¿Qué cosa es Bautismo?
11. Un espiritual nacimiento en el que se nos da el ser de la gra­
cia y la insignia de cristiano.
P. ¿Qué efectos causa este Sacramento?
U. Los principales son perdonar el pecado original y cualquiera
otro que se halla en ei que se bautiza; y sellar el alma con un signo
ó carácter que jamás se borrará.
P. ¿Cómo seda el Bautismo?
i\. Derramando agua sobre la criatura, y diciendo al mismo tiem­
po; «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíri­
t u Sauto. A.nien.» Esta forma de administrar el Bautismo fue or­
denada por Jesucristo, cuando dijo á los Apóstoles1: «Id á predi—
1 íriaUh. win.
«car el Evangelio á todos los hombres, bautizándolos en el nombre
«del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.»
P. ¿Quién puede bautizar?
R. Solemnemente solo pueden los sacerdotes, que son los minis­
tros ordinarios de este Sacramento. Pero en caso de extrema nece­
sidad puede hacerlo cualquiera que haya llegado al uso de la razón;
y será válido el Bautismo como lo baga con intención y bajo la for­
ma que usa la santa Iglesia. Pero en este caso, si el niño sobrevive,
debe traerse á la iglesia para que el sacerdote supla las ceremonias
que faltan. Todos deben saber bautizar; porque puede llegar caso
en que por falta de sacerdote ó de otro que sepa hacerlo muera el
niño sin Bautismo.
P. ¿Con qué agua se ha de bautizar?
R. Cuando el Bautismo es solemne, debe hacerse con el agua ben­
dita destinada para ello; y cnando es privado por necesidad y en
todo caso, es válido el Bautismo dado con cualquiera agua, como
sea natural y no esté notablemente alterada por aíguua causa ó ma­
teria extraña. Pues si se bautizase con caído, legía, agua compues­
ta ó cualquiera otro licor, no habría Sacramento.
P. ¿Y se puede quitar, ó añadir, ó alterar algo en la forma deí
Bautismo?
R. El Bautismo será nulo siempre que se haga con otra forma que
no sea precisamente esta: «Yo te bautizo en el nombre del Padre,
«y deí Hijo, y del Espíritu Santo. Amen.»
P. ¿Hay algún caso en que uno pueda ir ai cielo sin estar bau­
tizado?
R. En dos casos puede salvarse uno que no esté bautizado. El
primero es: si un moro ó judío con deseo de hacerse cristiano se
estuviese disponiendo para recibir el Bautismo, y muriese sin reci­
birlo, porque le cogió la muerte antes de tiempo; este se salvaría,
si no fue culpable en no haberse ya bautizado, y esto es lo que se
dice Bautism o de deseo. El otro caso es: si un tirano estuviese per­
siguiendo de muerte á los que eran cristianos, y un infiel se pre­
sentase á él confesando la fe de Jesucristo, y diciendo que él tam­
bién quería ser cristiano, y por esta confesión el tirano le quitase
)a vida; este inííel no bautizado se salvaría: porque se bautizó con
su propia sangre: y esto se llama Bautism o de sangre.
P. ¿Á qué estamos obligados por el Bautismo?
R. A. renunciar de Satanás, y á no hacernos en nada de su parte,
P. ¿Qué se entiende por renunciar de Satanás?
R. Se entiende que debemos negarnos á las pompas del demonio,,
que son todas las vanidades de! mundo, y renunciar de las obras del
diablo, que son los pecados. Esta solemne renuncia que hicimos en
el Bautismo conviene renovarla algunas veces en vida, para que con
su recuerdo nos animemos y estimulemos mas al cumplimiento de
lo que prometimos á Dios. Y puede hacerse esta ratificación de re­
nuncia de esta ó semejante manera:
«Creo en Dios Padre todopoderoso, Criador del cielo y de la tier-
«ra: y en Jesucristo su único Hijo, Dios y Hombre verdadero, y en
«el Espíritu Santo: renuncio al demonio, al mundo y al pecado, y
«quiero vivir y morir con Jesucristo: en el nombre del Padre, y del
«Hijo, y del Espíritu Santo. Amen.»

EJEMPLO.

B a utizo del em perador C onstantino,

El año de 337 eí emperador Constantino resolvió recibir el Bau­


tismo. Recibió este Sacramento con gran gozo y con un vivo reco-
noeimiento; se sintió como renovado é iluminado de una divina luz.
Se le mandó quitar su púrpura y se le pusieron los vestidos blan­
cos. Bautizado que fue, levantó la voz y dirigió su corazon á Dios,
para darle gracias de un tan gran beneficio, y concluyó con estas
palabras: Ahora sí que soy verdaderamente dichoso, ahora sí que
soy feliz... Puedo creerme digno de la vida inmortal del cielo. iQué
brillante luz resplandece á mis ojos! ¡Qué desgracia el hallarse pri­
vado de tales bienes!
CONFIRMACION.

P. ¿Qué cosa es Confirmación?


R. Es un Sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo que
da gracia y fuerza al bautizado para confesar y defender la santa
fe que profesó y juró en el Bautismo, hasta si es menester perder la
vida en su defensa.
P. ¿Qué efectos causa este Sacramento?
R. Dos principales.'El primero es la gracia del Espíritu Santo,
que perfecciona al alma comunicándole todos sus dones, y dándole
vigor para resistir las tentaciones contra la fe y confesar sin rubor
el nombre de cristiano. Y el segundo efecto es, imprimir en el alma
un carácter ó señal que jamás podrá borrarse; y por esto no puede
recibirse segunda vez este Sacramento.
P. ¿Coa qaé disposición se ha de recibir?
R. El que se ha de confirmar, si es adulto, debe antes ponerse en
estado de gracia por medio de ]a santa confesion, y estar instruido
en los principales misterios de nuestra santa fe.
P. ¿Qué hace el obispo para confirmar al bautizado?
R. Le unge la frente en forma de cruz con el sagrado crisma, di­
ciendo al mismo tiempo: « Te signo con la señal de la cruz, y te*
«confirmo con eí crisma de salud en el nombre del Padre, y del Hi-
«jo, y del Espíritu Santo.» Y en seguida le da una pequeña bofeta­
da, diciéndole: «La paz sea contigo;» dándonos á entender en esto
la santa Iglesia, que siempre hemos de estar prontos para sufrir
todo género de ofensas por el nombre de cristiano, y que no pode­
mos tener paz verdadera sino en la paciencia.
P. ¿Cuántos son los dones que comunica el Espíritu Santo á los
confirmados?
R. Son siete:
1 ." Don de entendimiento, para entender bien las verdades
«ternas.
i*.0 Don de Sabiduría, para juzgar bien de las mismas verdades.
3 .“ Don de Consejo, para que, consultemos con Dios lo que sea
mas de su agrado.
i . u Don de Ciencia, para elegir bien en lo consultado.
5 .° Don de Fortaleza, para padecer por Dios con paciencia y
alegría.
G.° Don de Piedad, para que demos á Dios el culto debido.
7 .° Don de temor de Dios, para que temamos el ofenderle.
Seamos valientes en confesar y defender nuestra fe, y seremos
compañeros de los Mártires y Confesores en la gloria. Amea.

MEDITACION.
D e la m isericordia de D ios.

Considera, cristiano, que el atributo que mas debemos amar en


Dios es el de su misericordia, porque no hay otro tan necesario pa­
ra nuestras miserias. Pero entre todos los efectos de su misericor­
dia, al que debemos estar mas agradecidos es la paciencia con que
espera al pecador. Para admirar mas esta paciencia debes conside­
rarla en todos sus grados. «Tú, Señor, dice el Sabio *, tienes pie—
'■ Sap. xi.
«dad de todos, porque puedes todas las cosas, y disimulas los pe­
cados de los hombres para darles tiempo de hacer penitencia.»
¡Qué cosa mas admirable! Dios lo ve todo, lo sabe todo, lo puede
todo, y nos disimula. Los hombres disimulan, ó porque ignoran el
mal, ó por no poder castigarle ó impedirle. Todo esto es fácil á
Dios, y con todo eso disimula. El segundo grado es, que no solo di­
simula Dios el pecado, sino que algunas veces lo disculpa. ¡Qué
condescendencia en un Dios que aborrece infinitamente el pecado’
Así es que dijo su Majestad ': «Y no castigaré mas al mundo con
«el rigor con que lo hice en el diluvio; porque aunque su malicia
«es muy grande, su inclinación natural para el mal y su flaqueza
«no son menores.» ¿Hubo jamás mayor pecado que ía muerte que
dieron los judíos á Jesucristo? Y no obstante el Salvador los discul­
pa diciendo 2; «Perdónalos, Padre mió, porque no saben lo que ha-
«cen.» El tercer grado de la misericordia es, que cuando Dios yti
110 puede disimular ni disculpar el pecado, espera con paciencia al
pecador, y suspende los efectos de su justicia que solicita la ven­
ganza. El cuarto grado es, que cuando despues de mucha pacien­
cia se ve obligado á dar lugar á su venganza, antes de ejecutarla
aterra al pecador con amenazas, para que se convierta y libre del
castigo. Así lo hizo con los niniviuis, y se convirtieron, Asilo hace
mucho tiempo há, con nosotros, y no nos convertimos. Pues si ía mi­
sericordia de Dios no nos mueve, y si su paciencia llega á cansar­
se, nuestro castigo será ejemplar.
Considera, ejercitante, la gran misericordia con que Dios busca
a) pecador, y el modo admirable con que lo basca. Dios da los pri­
meros pasos para encontrarle: pues nuestra miseria es tanta, que
apartándonos por nosotros mismos, no podemos dar un paso para
volver á él por nosotros mismos. Es menester que Dios busque al
pecador, que lo llame, que lo mueva, que lo solicite, para que le
pida perdón. ¿Quién vió jamás que un juez rogase al delincuente
para que recibiese ei perdón? Pues esto es lo que Dios hace, cuan­
do nos convida á. la penitencia por sus ministros y predicadores.
¿Quién oyó jamás que un reo se niegue á recibir el perdón? Pues
esto hacemos nosotros cuando rehusamos hacer penitencia. No solo
busca Dios al pecador, sino que lo busca con tanta ansia como si su
gloria y grandeza dependiesen de su amistad con el hombre. Todos
los cuidados del amante mas apasionado, todas las solicitudes de ia
madre mas tierna, no llegan al ansia con que Jfesucristo busca á
1 Genes, v ii l — 5 L a c . x n i .
una alma pecadora, ni á los cuidados que se loma por recobrar la
oveja que se le perdió. Y en medio de todo esto se porta con ella
con maravillosa condescendencia. Elige el tiempo oportuno, se con­
forma con el humor de la criatura, maneja su genio, se acomoda á
sus inclinaciones, y se sirve de sus mismas flaquezas. Si habla con
sus discípulos, les habla de pesca, porque eran pescadores. Á. los
interesados les habla de comercio y tesoros; á los ambiciosos, de
gloria y de reinos; y á un corazon corrompido con el amor impuro,
le habla de dilección y amor casto, como á la Magdalena. Por eso
nos dice san Juan Crisóstomo, que aquel que todo lo crió, aunque es
inmutable, parece que se muda para mudarnos á nosotros, y toma
todo género de figuras para entrar en nuestro corazon. Atrae las
almas interesadas con los premios, las tímidas con el temor, y las
generosas con el reconocimiento. Repasa tu vida, hermano mió, y
hallarás muchas acciones de Dios de admirable condescendencia
contigo y de una especial providencia.
Considera que aunque faltasen todos los motivos que llevo indi­
cados, para q.ue al instante correspondas á la misericordia de Dios
que te aguarda, debería bastarte la amorosa llamada que á todos
nos hace, diciéndonos: «Convertios á Mí, hijos mios; y to me con­
vertiré á vosotros.» ¡Oh palabras llenas de amor, de dulzura y de
piedad! Dios te llama, Dios te convida, Dios te espera: aliéntate,
pecador. Levántate á una verdadera conversión, y no temas. Tan­
tos dias que estás pensando si te volverás ó no al Señor, ¿qué es lo
que te detiene para no resolverte? ¿Temes ai Señor, hijo mió, por­
que le tienes muy ofendido? Yo también le temo por igual motivo.
¿Te detiene la multitud de tus culpas? Mira, hijo mió; las mías han
sido sin número. ¿No te atreves porque tus pecados son muy graves?
¡Ay! hijo mió, mas graves serán los mios, y sin embargo yo voy
ai Señor, porque misericordioso me ííama como padre. Yen conmi­
go, hermano mió; vamos al pié de la cruz, y oirás en tu corazon
como Jesús con rostro afable y dulces palabras te dice: «Hijo mió,
«conviértete á Mí, y Yo me convertiré á tí ‘ .Vuelve atrás de tus pé-
«simos caminos: ¿por qué quieres morir en ellos? Conviértete á Mí
«que soy lu Dios y Señor, benigno y de una misericordia mas gran-
«de que tu malicia.» Ea, hermano mió, marchemos ya y no nos
detengamos. Acerquémonos con toda confianza al trono de la mise­
ricordia, que Jesús, con hambre de almas, está clamando por las
cinco llagas de su benditísimo cuerpo diciéndonos: «Hijos mios,
* Job. 11.
«convertios á Mí, y Yo me convertiré á vosotros. Vamos, que el tiem-
«po se pasa: vamos sin detención, porque la muerte nos sigue; va­
hemos á Jesús, que mayor que nuestros pecados es su misericordia.»

P a ra sacerdotes.
«Y nosotros, mis venerables sacerdotes, nosotros que sabemos
«cuáles fueron siempre los deseos de nuestro divino Maestro, de glo­
rificar á su Padre y ganarle almas: nosotros que le contemplamos
«fatigado y cansado, por ganar á una infeliz samaritana pecadora;
«y siempre caminando, trabajando y sudando en busca de pecado­
r e s : nosotros que fuimos escogidos para ayudarle en tan noble
«ministerio, ¿cómo lo desempeñamos? Nosotros, que somos el án-
«gel custodio y el padre de las almas, ¿tendremos valor para ver á
«sangre fría que se precipitan tantas en el infierno? Y ya que por
«salvarlas á lodas no pasamos los sudores y fatigas que se tomaba
«nuestro Salvador, ¿no procurarémos á lo menos ganarle alguna
<<con la oracion, con la dulzura en el confesonario, con la prudente
«amonestación, con la amorosa corrección, con el oportuno consejo,
«tanto en público como en secreto? Trabajemos en esto, hermanos
«mios, porque si tanta fiesta se hace en el cielo porun pecador que
«se convierte, ¿cnanto será eí premio que tendrá de Jesucristo el
«ministro de su conversión?
JAnuIATOlUAS.
Parece, Jesús mió, que queréis raas que se dude de vuestro po­
der que de vuestra misericordia; pues aun cuando esteis mas in­
dignado no os olvidaréis de ella.
Vos, Señor, que me habéis seguido cuando yo huia de Vos, y que
no me olvidasteis cuando yo os olvidaba; ahora que vuelvo á Yos,
recibidme, Padre mió, en los brazos de vuestra misericordia.
Padre mió, pequé contra el cielo y contra Vos. Mas no miréis A
mi ingratitud, sino á que vuelvo á Vos arrepentido y pidiendo con
dolor que me perdonéis, porque me pesa en el alma de haberos
ofendido.
PLÁTICA.
Sobre la m isericordia de D ios.

Ejercitantes: tanta era la rabia de los judíos contra Jesucristo,


por la fama de sus milagros, que tomaban á mal que le presenta-
sen los enfermos y Ies diese la salud. Pero mas aun se encendían en
cólera cuando veian que recibía á los pecadores y les daba la salud
del alma: como si fuera un delito en el Salvador convertir á los
malvados, y de pecadores hacerlos justos. ¿Qué seria de nosotros,
si Jesús hubiese cambiado su conducta al gusto de aquella gente
cruel? Pero la bondad del divino Pastor y su caridad es tanta, que
con esmero infatigable congrega sus ovejas dispersas para apacen­
tarías, busca la que se perdió, sin perdonar á fatiga, la carga en
sus hombros, y ía vuelve á su redil. Esta, es la conducta que Dios
misericordioso guarda con ios pecadores verdaderamente arrepen­
tidos. No solo les perdona los pecados que lian cometido, sino que
además les resucita el mérito de las buenas obras que hicieron, y
que estaban muertas por la culpa; los regala con nuevas gracia?.; y
tal vez premia con mas liberalidad las lágrimas del pecador con­
vertido, que los trabajos del hombre que siempre fue justo. Esto es,
ejercitantes, io que voy á demostraros, para que á vista de tanta
misericordia correspondáis á los llamamientos de Dios, y os apro­
vechéis de su infinita bondad: atended.
Despues que nuestro buen .Dios aseguró por el profeta Ezequiel,
con el juramento mas solemne, que no quiere la muerte del peca­
dor, sino que se convierta y que viva; con las palabras mas dulces
convida á su pueblo rebelde á que se convierta de la idolatría á la
verdadera religión, y le dice 1: «Hijos míos, convertios de vuestros
«pésimos caminos; ¿por qué quereis morir?» Así, amados mios,
como que nos dice á nosotros desde la cruz: ¿Por qué cuando yo
os busco con tanto anhelo, con tanto amor, con tantos beneficios,
vosotros quereis perecer? To os he criado para que empleándoos en
mi servicio mientras viváis en ei mundo, reineis despues conmigo
en el cielo: ¿por qué quereis morir? Yo con mi propia sangre os
he redimido de la esclavitud del demonio, y os he librado de las
cárceles dei infierno: ¿por qué quereis morir? Yo os he librado de
tantos peligros de muerte y de tantas desgracias á que estáis ex­
puestos; os he enseñado con mi doctrina á evitar los niales de vues­
tra alma, y por medio de mis enviados os he advertido de en don ­
de el demonio os tenia puestos los lazos, para que os apartaseis de
ellos; ¿por qué vosotros, por vuestro gusto, habéis de querer mo­
rir? Yo que soy vuestro juez, cada dia os estoy aterrando con cas­
tigos ejemplares que hago con otros, á fin de que escarmenteis en
cabeza ajena; y sin embargo de que no os dais por entendidos, y
continuáis en ofenderme, no solo he tolerado vuestra insolencia, sino
que aun os convido, os espero, y ofrezco el perdón. ¿Por qué, hijos
mios, rehusáis el convertiros? Yo soy vuestro rey piadosísimo, que
aunque os hicisteis indignos de mi gracia por rebeldes, os llamo por
mis predicadores para que os volváis á mí; en todos tiempos y en
todas partes os voy buscando corao médico caritativo, os propino
los mas eficaces medicamentos para ia salud de vuestra alma, y
ahora mismo, como amoroso pelícano, viendo que estáis para morir,
abro mi pecho para que en mi corazon renazcais á nueva vida, be-
hiendo mi propia sangre en los santos Sacramentos; ¿por qué me
despreciáis á mí y á vuestra salud? ¿por qué caminais tan apriesa
á vuestra perdición? ¿por qué quereis morir? ¿Puede, hermanos
mios, imaginarse cosa mas dulce que estas cariñosas palabras con
que nuestro buen Dios nos convida para que volvamos á éi, y se
queja de nuestra tardanza? ¿No yeis como á todos llama, sin exclu­
sión de pecador alguno, aunque sea ei de mas enormes maldades,
el de mas numerosos delitos, el mas viejo ea sus malas costumbres?
Mas i oh misericordia infinitado nuestroamanlísimoDios ! Como
si hiciese aun poco con perdonar al pecador y admitirle otra vez á
su gracia, aun quiere regalarle con nuevos favores y beneficios.
¡Olí dichoso hijo pródigo del Evangelio! tú te tuviste por muy fe­
liz, si cuando reconocido de tus extravíos volvías á buscar á tu pa­
dre, éste te recibiese en su casa como uno de sus criados, aunque
lo hiciese con semblante enojado y severo. Pero ¿cuánta fue tu ale­
gría, cuando viste que te recibia y estrechaba ea sus brazos, lleno
de júbilo por haberte recobrado; y que al momento mandó que te
trajesen el mejor vestido, que te pusiesen un anillo en el dedo, y
que matasen el mejor becerro para celebrar con espléndido convite
el feliz hallazgo de uti hijo que lloraba por perdido? Con razón de­
biste admirar la benignidad de tu buen padre, porque en verdad
que fue grande. Pero, amados mios, ¿cuánto mas grande es la cle­
mencia con que nuestro padre Jesús recibe ai pecador? En el ins­
tante que se convierte al Señor, al momento que le dice, «Padre,
«pequé contra el cielo y contra Yos,y apenas se resuelve á entrar
otra vez en su servicio, no solo le perdona los pecados que hizo, si­
no que liberal le vuelve á poner en posesion de todo lo que habia
perdido por la culpa. Todas aquellas buenas oraciones que rezó en
los primeros años de su juventud, todas las misas que oyó con de­
vocion, todas las tentaciones que venció, todas las mortificaciones
16 V a lv e ro j-.
que se tomó, todas las confesiones y comuniones que frecuentó, todo
lo bueno que hizo, todo se lo devuelve, y con todo lo adorna, ha­
ciéndose mas fiesta en el cielo por su conversión, que por noventa
y nueve justos que nunca se apartaron de la casa de su Padre.
¿Veis, amados mios? Mas esperad: ¿quién lo creyera? Aun no
contenta la misericordia de Dios con enriquecer así al pecador con­
vertido, quiere colmarle de admirables y extraordinarios favores.
¿Qué criatura mas pestilente que aquella famosa Tais, que con sus
amores lascivos habia corrompido casi toda la juventud de Alejan­
dría? Y sin embargo, vencida por las amonestaciones de un santo
anacoreta, se redujo á penitencia, quemó toáoslos instrumentos de
su lascivia, se encerró en un estrecho aposento, y despues de tres
anos que lloró amargamente sus pecados, voló al cielo á recibir el
premio de su conversión. ¿Y qué premio? San Pablo, primer ermi­
taño, fue arrebatado en éxtasis, y viendo un trono hermosísimo to­
do hecho de oro y piedras preciosas, y preguntando si era para An­
tonio, se le respondió: No es para Antonio, sino parala ramera
Tais. Verificándose que aquella que habia pasado pecando la ma­
yor parte de su vida, solo con tres años de verdadera penitencia lo­
gró mas premio que Antonio despues de muchos años de vivir en
un desierto, entregado todo á la oracion, á los ayunos y A la morti­
ficación.
¿Veis, ejercitantes? Así premia Dios al pecador que de todas ve­
ras se convierte. Esta es ía liberal misericordia con que lo recibe:
siempre ío busca, siempre lo llama. Y quizá ahora mismo está lla­
mando el Señor á alguno de los que me oyen para aliviarlo de la
pesada carga de sus pecados, para cargarlo en sus divinos hombros
como oveja que se le habia perdido, y para colocarlo entre los
Santos de mas alta jerarquía en el cielo. Animo, pues, hijos mios,
aprovechadla ocasion; convertios ai Señor: haced penitencia de
vuestras culpas, y mereceréis la eterna gloria. Esta os deseo, etc.
EJERCICIO VIGÉSIMOSEGUNDO.

LECCION.
D el sacramento de la P enitencia.

P. ¿Qué es el sacramento de la Penitencia?


R. Una espiritual medicina del pecado que se ha cometido des­
pues del Bautismo.
P. "¿Qué efectos causa este Sacramento?
R. Causa gracia que perdona los pecados cometidos, y preserva
de los venideros.
P. ¿Cuántas son las partes de la Penitencia?
11. Tres: contrición, confesion y satisfacción,
P. ¿Cuántas cosas son necesarias para que la confesion sea
buena?
R. Cinco.
P. ¿Cuáles son?
R. Exámen, dolor, propósito, confesion y satisfacción,
P. ¿Qué es examen?
R. Pensar bien todos los pecados cometidos por pensamiento, pa­
labra y obra, desde la confesion última que se hizo bien hecha.
No se pueden confesar bien los pecados con la debida exactitud»
si antes no se traen todos á la memoria. Y para conseguir esto es
necesario emplear un tiempo que sea suficiente para recordarlos,
según el que haya transcurrido despues de la última confesion bien
hecha. Porque está claro que mas tiempo necesita para examinarse
el que y . g . hay un ano que no confesó, que el que se confiesa con
frecuencia. He dicho que el examen debe hacerse desde la última
confesion bien hecha, porque si alguna no fue buena por falta de
los debidos requisitos, debe repetirse aquella y todas las que des­
pues se hicieron, por ser todas malas y no haber quedado perdona­
dos los pecados.
P. Y habiendo pasado mucho tiempo desde la última confesion
buena, ¿cómo podremos acordarnos de todos ios pecados?
R. Para evitar esta dificultad 110 hay mejor medio que confesar
con frecuencia. Tero ya que esto no se hizo, se ha de procurar cl­
in ej or modo de traer los pecados á la memoria. Esto podrá lograrse
pensando en qué lugares se estuvo en ese tiempo, con qué perso­
nas se trató, qué casas se frecuentaron, qué asuntos ó negocios se*
llevaron entre manos, y cómo se cumplieron las obligaciones del
estado, oficio ó empleo. Y para que este examen se haga bien y con
orden, se hará siguiendo el orden que llevan los Mandamientos de
Dios y de la Iglesia. Esto es, se irá pensando por cada uno de ellos
cuántas veces se ha pecado contra 61, sin pasar á examinarse á otro
mandamiento hasta que aquel esté bien examinado. Y con esta guia
de los Mandamientos no será muy dificultoso que hagais bien el
examen.
P, Y si hecho el debido examen se olvidase aun algún pecado,,
¿la confesion será buena?
R. Cuando la conciencia se examinó bien, el pecado que no vino
á la memoria queda perdonado como si realmente se hubiera confe­
sado; porque el olvido no estuvo de parte del penitente. Pero si
despues de hecha la confesion viniese á la memoria el pecado, en­
tonces debe confesarse como olvidado.
P. Y si practicando el examen por esta regla no pudiese aun el
penitente fijar el número de sus pecados por ser muchos, ó por la
cortedad de su memoria, ¿cómo podrá ser buena la confesion?
R. En este caso, y no podiendo poner mas de su parte el peni­
tente, basta que diga el número de pecados poco mas ó menos que
á su conciencia y parecer habrá cometido. Y si aun esto no pudiese.,
porque la costumbre de pecar fue mucha, diga cuántas veces le pa­
rece habrá pecado en este tiempo, un dia con otro, ó una semana,
un mes, ó un año con otro. Y de este modo podrá el confesor for­
mar un juicio prudente del estado de su penitente, y le ayudará á-
quess declare en lo posible con las oportunas preguntas que Je hará.
Ya veis que todo esto 110 puede hacerse bien sino examinándose
despacio, guardando el posible recogimiento de potencias y senti­
dos, y apartándose de todo !o que pueda distraer.
Son muchos los que hacen malas confesiones, porque no hicieron
bien el exámen. Despues de un año ó mas que no han confesado al­
gunos penitentes, les pregunta ei confesor si han pensado bien los
pecados y responden muy satisfechos: sí, Padre; toda la Cuares­
ma estoy pensando en confesarme. Pues, hijo, le dice el confesor,
pensar en confesar no es pensar en los pecados para confesarlos; y
así debes volver cuando hayas empleado en examinar tu conciencia
■el tiempo que sea necesario, á proporcion del que hay que no has
confesado. Y por no haberlo hecho se vuelven sin confesar y pier­
den eí dia.
Debeis también examinaros de Ies pecados de omision. Estos son
los que se cometen no cumpliendo con las obligaciones que lleva el
empleo, estado ú oíicio: v. g. si el padre no ha cumplido con los
deberes que tiene con respecto á ios hijos, si el marido no ha cum­
plido con lo que debe á su mujer, el superior por lo que mira álos
súbditos, y así todos los demás por aquello á que respectivamente
están obligados en razón de su facultad, encargo ó destino.
P. ¿Y se han de confesar los pecados que otros han hecho?
R. Cada uno debe confesar sus propios pecados y no los de otros,
«orno lo hacen algunos que por excusar el pecado que han cometido
dan la culpa á otro, y declaran el pecado que aquel hizo. Pero si es
pecado que se hizo por consejo, mandato ó mal ejemplo que se dió,
■debe acusarse de que fue causa de que se hiciese ó dijese aquella
cosa mala.
Yo, deseoso de que á vuestras confesiones no falte el requisito
indispensable del debido examen, y sin embargo deque lainstruc-
cion que acabo de daros es muy suficiente para que un hombre que
tal cual pueda y sepa dirigirse haga bien ei eximen de su concien­
cia; antes de pasar á explicar las demás circunstancias de la buena
confesion, os diré el modo mejor de que podéis usar para examinar
la concieucia con menos embarazo para confesion de mucho tiem­
po ó para confesion general. Y es este:
Cuando hubiéseis de dar principio al exámende vuestra concien­
cia, y despues de poneros en retiro y separación de otros negocios
y distracciones, lo primero que habéis de hacer es pedirle á Dios
humildemente que os ilumine y asista con su gracia, para traerá la
memoria todas vuestras culpas cometidas por pensamiento, palabra,
y obra ú omision, desde la última confesion bien hecha, ó en el de­
curso de vuestra vida, si la confesion ha de ser general. Este exa­
men no os sera muy penoso, si, como os he dicho, lo hacéis por los
Mandamientos y por partes de vuestra vida (si ha de ser en confe­
sión general), no pasando á otra parle de vida , ó de mandamiento
hasta que el anterior quede axaminado. En la lección de mañana
os diré sobre qué puntos os habéis de examinar en cada manda­
miento, El Señor nos asista, á mí para instruiros, y á vosotros para
aprovecharos. Amen.
D ic h a que p ro c u ra la confesion, ó sea el sacram ento de la P e n i lene ia .

Un antiguo oficial de caballería pasó por un lugar en que estaba


haciendo misión el P. Brydainc. Movido por la curiosidad de oír á
aquel Padre de tanta fama, se fné al sermón en que el Padre explicó'
la utilidad y el método de hacer una buena confesion general. Con­
movido el militar de las palabras del Padre misionero, se resuelve
á hacer una buena confesion general con el mismo Padre misione­
ro. Se confiesa, y á proporcion que va diciendo sus pecados le pare­
ce que le van quitando un gran peso de encima: finalmente recibe
!a absolución, y es tan grande la alegría de su corazon, que rebosa
ea tiernas lágrimas de sus ojos. Él mismo decia que nada le era tan
dulce como estas lágrimas que salían sin esfuerzo y sin amargura.,
si solo por amor y por reconocimiento. Habiéndose el Padre levan­
tado del confesonario, se fue á la sacristía, entró también este buen
militar, y delante de otros sacerdotes que allí se bailaban expresó
sus sentimientos en estos términos: «Señores, por favor pido á Yds.
«que me escuchen, y en particular Y., P. ISrydaine: en mi vidaja-
«más he gustado placeres tan dulces ni tan puros como los que dis­
fruto desde que me he confesado y puesto en gracia de Dios por
«medio del sacramento de la Penitencia: en verdad no creo que
«Luis XV, á quien he servido por espacio de treinta y seis años,
«pueda ser mas dichoso y feliz que yo. No, este Príncipe, con todo
«el esplendor que rodea su trono, en medio de todos los placeres de
«que disfruta, no está ni tan contento, ni tan gozoso como yo: sí,
«yo soy feliz desde que he depuesto el horrible peso de mis peca-
«dos, desde que he hecho la confesion.» ¿VI decir estas palabras se
echó á los piés del P. Brydaine, le cogió ambas manos; las besó y
regó con lágrimas y dijo: <qCuántas gracias debo dar á mi buen
«Dios, que me ha traído á este lugar! ¡Ahí en nada pensaba mé­
tenos, ó padre mió, que en lo que V. me ha hecho practicar! Jamás
*podré olvidar á Y. lluego encarecidamente á Y. suplique al Señor
«me conceda tiempo para hacer penitencia.»
¿Qué os parece, ejercitantes, de este militar?... Imitadle, haced
como él una buena confesion, y experimentaréis las dulzuras de la
gracia de Dios que se da por este sacramento de ia Penitencia.
MEDITACION.
S o b r e la p e n it e n c ia .

Considera, cristiano, que la penitencia para ser buena ba de ser


verdadera; y para ser verdadera ha de ser severa. Dios perdona
nuestros pecados; pero ba de ser no perdonándonos nosotros á nos*
otros mismos. Su divina Majestad tiene la bondad de olvidarlos; pe­
ro nosotros nos hemos de acordar de ellos y conservarlos á !a me­
moria, para satisfacer por ellos á la divina Justicia. Dios deja de
aborrecernos luego que nosotros hacemos penitencia; y esta es la
razón por la que se perdona el pecado. Pero la pena no queda re­
gularmente perdonada por entero, sino que se muda en otra. Antes
de la penitencia merecíamos pena eterna; y despues de la peniten­
cia se contenta Dios con nna pena temporal. Dios nos hace árbitros
de esta pena: pero apelará de nuestra sentencia á su justicia, si no
correspondiera á nuestros delitos; y su sentencia será severa, si la
nuestra fuere blanda é indulgente. Si hiciésemos reflexión que ía pe­
na que voluntariamente nos tomamos, ó ía que nos impone el con­
fesor, es conmutación de una pena eterna, no seriamos tan blandos
con nosotros mismos. ¿Tendríamos dificultad de pagar un dinero á
quien nos perdonase mil escudos? Aunque no es necesario que ha­
ya igualdad enlrc la cosa que se conmuta y la conmutada, debe á
lo menos haber alguna proporcion. Ya que no se nos pida todo lo que
debemos, á lo menos paguemos lo que podamos. Verdaderamente
que no se guardan las reglas de justa compensación, cuando se nos
perdona una pena infinita por penitencias cortas y llevaderas. Y sin
embargo, aun éstas las cumplimos de mala gana, ó no las cumpli­
mos. La causa de ser tan blandos con nosotros, y de hacer tan poca
penitencia es, ó que no liemos pensado bien en lo que es pena eter­
na, ó en que no pensamos que la tenemos bien merecida.
Considera, ejercitante, cómo se ha conducido Dios cuando ha que­
rido imponer alguna pena temporal, que es la penitencia de esta
vida. Perdonó á David su pecado: mas por eso no dejó de castigar­
le en vida. ¿Y cómo le castigó? David fue perseguido por su mis­
mo hijo Absalon; fue abandonado de sus vasallos, y arrojado de su
reino; y esta fue su penitencia, en ía que hubo de sufrir tantos y tan
grandes trabajos. Y con todo se dice que Dios le hizo gracia. La
Iglesia, nuestra madre tan tierna y amorosa, en la antigua discipii-
na imponía penitencias de siete y raas años, por pecados que ahora
se quiere que pasen por raerás fragilidades, ¿Pero qué penitencias?
Un solo dia de aquellas parecería á nuestra tibieza un año. Díme
ahora, hermano mío: ¿el pecado de estos tiempos es menos pecado
que lo era entonces? ¿Ia justicia de Dios es menos grande ahora,
ó no es tamo de temer? ¿Somos menos cristianos que lo eran los
primeros fieles? Sí que soraos menos cristianos, y por eso menos
penitentes. Sepas, pues, que si la Iglesia ha remitido de su antiguo
rigor, por nuestra tibieza, su espíritu siempre es et mismo. Y por
eso, despues que el confesor nos impone la penitencia satisfactoria,
nos dice al despedirnos; «Lo que hicieres de bueno y sufrieres de
«malo, te aproveche en remisión de tus pecados:» dándonos á en­
tender con estas palabras, que no nos contentemos con la corta pe­
nitencia que nos mandó; sino que además hagamos otras de nues­
tra voluntad para mejor satisfacer á la divina Justicia. Anímate,
pues, pecador, y proponte de llevar en adelante una vida penitente
y mortificada, según lo permitan las circunstancias de tu edad, es­
tado ó salud. í pues que es indispensable hacer penitencia ó con­
denarte, ¿por qué dilatas el hacerla? ¿Lo dejas para el mes que
viene, ó para el año que viene, ó para cuando tomes estado, ó para
cuando acabes con el pleito ó negocio que tienes empezado? ¿Y por
qné no hoy mismo?
Considera, pecador, que no puedes estar seguro de vivir mañana,
y haces tus cuentas para despues de meses y años. ¿Es acaso tuyo
el tiempo venidero, cuando ni aun puedes contar con el presente?
Si no te aprovechas del dia de hoy, puede ser que no tengas el de
mañana. ¿Cuántas veces te has dicho á tí mismo, mañana me con­
vertiré y empezaré á hacer penitencia, y aun no ha llegado ese ma­
ñana? Sepas, pues, que lo regular que acontece al que difiere la
penitencia para mañana, es no ver ese mañana. Porque, como dice
san Agustín, Dios que ha prometido el perdón al pecador penitente,
no ha prometido el dia de mañana al que dilata su conversión. Pero
veamos qué causa te detiene á tí para que no emprendas hoy mis­
mo tu conversión. ¿Será acaso porque el nombre de penitencia te
estremece y espanta? ¡Ahí hijo mió; no te aflijas, no te pasmes al
oir penitencia; porque en verdad no debes tenerle miedo, como no
le tendrías de ver y palpar un león pintado. Si eres jóven, no tese
dirá que hagas las penitencias asombrosas del jóven san Luis Gon-
zaga: si eres un hombre de edad perfecta y robusta, tampoco te
se pedirá que te tomes las inauditas maceraciones con que mallra-
taba su delicado cuerpo aquel varón espejo de penitentes, san Pe­
dro Alcántara; y si eres viejo, no te se obligará á que practiques
los rigores y abstinencias del anciano san Jerónimo en ei desierto.
Si fuiste un joven pecador, y que para serlo pasaste tantos malos
ratos, tantas privaciones, malas comidas y peores noche?, ¿no po­
drás ayunar algún dia en la semana, y privarle algunas veces de
aquello que mas te apetece? Si eres hombre puesto en estado, ¿po­
drás, aunque te cueste algún trabajo, entregarte con espíritu de
penitencia al cumplimiento de tus obligaciones, y añadir á esto al­
gunas limosnas y obras de piedad y caridad? Y si eres viejo, ¿á lo
menos no podrás llevar con paciencia las enfermedades y achaques
de la vejez? Pues todo esto es penitencia. Y concluimos que la pe­
nitencia es necesaria, y que es fácil hacerla.
P ara sacerdotes.
«Y nosotros, respetables sacerdotes, en un siglo tan corrompido
«y sensual como este en que vivimos, ¿cómo enseñarémos y predi-
«carúmos á otros la mortificación, si nosotros no la practicamos?Si
«somos pecadores, debemos hacer penitencia aun mas que los otros.
«San Agustín dice, que todo cristiano debe temblar de llegar á la
«hora de la muerte sin haber hecho penitencia. ¿Cómo no deberá,
«temblar un sacerdote? Si fuésemos justos, también debemos hacer
«penitencia; porque el justo de los justos Jesucristo, y su inocentí-
«simo precursor san Juan Bautista, la practicaron para predicarla.
«Y nosotros, que somos destinados para enseñar álos fieles la prác-
«tica de las virtudes, debemos hacer penitencia para ensenarla, mas
«que con la voz, con el ejemplo.»

.TACU LATO R IA S.

í Olí Salvador mió! desde hoy os prometo de baceryo mismo justi­


cia por mis pecados, para prevenir los rigores de la vuestra, que
tan merecida tengo, con pronta penitencia.
Y cuando Yos, Jesús mió, me inspiréis actos de penitencia, ó el
confesor me los mande, yo diré: ¿Y qué es esta penitencia en com­
paración de las penas eternas que he merecido'?
Siendo tanta verdad, Salvador mió, que para un cristiano no debe
haber mañana, yo no quiero dejarlo para otra noche. Ahora mis­
mo, arrepentido y contrito me convierto á Yos, diciendo de todo
corazon, que me pesa una y mil veces de haberos ofendido: me pesa
haber pecado.
PLÁTICA.
Sobre la penitencia .

Ejercitantes: sin embargo de que ya habéis oido en el punto de


meditación la absoluta necesidad que tenemos de hacer penitencia
de nuestros pecados, y sin recelo de que os sea fastidioso, continúo
el mismo asunto. Y usando de las mismas palabras con que san Juan
Bautista exhortaba á los judíos en el desierto, os digo que preparcis
los caminos del Señor, y hagáis dignos frutos de penitencia. Si, ama­
dos mios, todos mis trabajos y vuestros anhelos en estos santos ejer­
cicios no deben dirigirse á otro íin que á disponernos para recibir
dignamente en nuestros corazones á Jesús resucitado, resucitando
primero nosotros de la muerte del pecado á la vida de la gracia. El
Señor está pronto a venir á nuestro corazon luego que lo tengamos
bien dispuesto. ¿Y qué disposición ha de ser esta? A'amos á verlo.
¿Qué es lo que comunmente se hace cuando se ha de recibir en ca­
sa á un huésped de gran dignidad? Se manda barrerla toda, se
blanquean las paredes, los aposentos se adornan en lo posible, y
nos proveemos de vinos generosos y manjares exquisitos para re­
galar á nuestro huésped. Y para venir el Señor á nosotros, ¿quéos
parece querrá que !e preparemos? ¡ Oh misericordia infinita de mi
Salvador! Amados mios, el Señor se contenta con que limpiemos
bien nuestra alma con la escoba de la penitencia, y de cuenta de su
Majestad queda el adornarla con las virtudes y los dones mas pre­
ciosos de la gracia. Pero este poco que nos pide es tan preciso y
necesario, que sin ello jamás se dignará Jesucristo de hospedarse
en nuestra alma. Por tanto voy á hablaros brevemente de esta pre­
paración, que no es otra que la penitencia.
Todas las cosas tienen su tiempo, como nos dice el Espíritu San­
to, y nosotros io vemos. Hay tiempo de sembrar y tiempo de reco­
ger; hay horas de trabajo y horas de descanso; ocasiones de reir y
ocasiones de llorar; pero siempre es tiempo de penitencia, porque
en todo tiempo se peca. Y mas principalmente es necesaria en el
tiempo santo de Cuaresma, en que debemos preparar nuestro cora­
zon para hospedar en él á Jesús resucitado, y cortejarle en la cele­
bridad de la Pascua, No será menester queme esfuerce mucho para
haceros conocer que desde el principio de la cristiandad, la Cuares­
ma es el tiempo destinado para hacer penitencia. Todoslos años por
este tiempo, ya lo veis, la Iglesia se viste de luto, multiplica sus
gemidos y lamentaciones, prolonga los ayunos y abstinencias, cesa
en sus cantos de alegría, y de todos modos nos anuncia la muerte
de nuestro Salvador para que hagamos penitencia de nuestros pe­
cados que fueron la causa de ella. Pero decidme en verdad: ¿qué
penitencia es la que hacemos? ¿Podrémos decir que nuestros aya-
nos, nuestras mortificaciones, nuestras limosnas, nuestras obras de
piedad, nuestro recogimiento en los dias santos de Cuaresma son
frutos dignos de penitencia, como nos encarga el Bautista? ¡Ahí es
muy cierto que no. Yo veo, sí, que algunos ayunan, pero son po­
cos; y de éstos los mas lo hacen á medias ó con fraude: las morti­
ficaciones son raras y tan flojas que cási no llegan á sentirse: las
limosnas son harto escasas, y las obras de piedad y religión las
mismas de todo el año, que es decir, muy pocas: las visitas no ne­
cesarias no se suprimen; los juegos y diversiones apenas se suspen­
den, y el reliro y recogimiento no se advierten. Amados mios, ¿será
esto preparar bienios caminos del Señor? ¿Podrémos decir á su
Majestad, venid, Señor, á mi alma, que ya está limpia y digna de
que entreis en ella, cuando ni aun siquiera se ha puesto mano á la
confesion y penitencia? Hermanos mios, no nos engañemos: nunca
estará nuestra alma bien dispuesta para recibir á Jesucristo, si no
estamos mortificados en el cuerpo, y en el espíritu muertos á las co­
sas de la tierra. Ni tampoco esteis en ia engañosa persuasión de que
vuestra penitencia, aunque sea cual debe ser en el tiempo de Cua­
resma, podrá relajarse en llegar al tiempo de la Pascua; porque en
todo tiempo se peca ó se puede pecar; y por lo mismo en todo tiem­
po debeis, ó limpiaros del pecado, ó precaveros para no pecar con
digna, séria y vigorosa penitencia.
Todos sabemos que san Juan Bautista fue santificado en el vien­
tre de su madre, y que nunca perdió la santidad con que nació. Y
sin embargo sabemos también que dejó niño la casa de sus padres,
para irse al desierto á vivir en soledad, vestir un áspero cilicio,
dormir en el duro suelo, comer solo langostas y miel silvestre, y ;i
practicar una penitencia que semejante no se ha visto. ¿Y esto por
qué? Porque aunque no tenia pecados de que hacer penitencia,
sentía en sí la inclinación á lo malo, y quería vencerla con la mor­
tificación para no llegar á ejecutar lo malo. Y tú, hombre de mundo
que no tienes 3a santidad del Bautista, que te espantas de la palabra
m ortificación, que eres un miserable y frágil pecador, ¿presumi­
rás, llegada la Pascua volver á las diversiones mundanas y á las
ocasiones ea que pecaste, y 110 pecar otra vez? Esto es imposible.
Séneca, siendo un hombre gentil, escarmentado deque siempre
volvía á su casa raas cruel y lascivo que hahia salido, aconsejaba á
su amigo que se apartase cuanto pudiese del bullicio y comercio del
mondo. San Agustín temió tanto volver á ser pecador, que ni aun
permitió á su propia hermana que habitase con él: tanto temió este
Santo á ías ocasiones que presenta el mondo, ¿Y tú has de meterte
en ellas con tanta seguridad? ¿Qué ha de sucederte sino lo que ya
tienes experimentado? Pecarás en Cuaresma, pecarás en Pascua, y
en todo tiempo pecarás, si en todo tiempo no eres penitente, si en
todo tiempo 110 practicas la mortificación.
¿Pensarás acaso que trato de estremecerte y aterrarte? No, hijo
mió, es todo lo contrario. Quiero sí y te aconsejo que hagas peni­
tencia; pero no te precisaré á que te retires á un desierto como el
Bautista, ni á que emprendas la vida de un anacoreta al extremo
mortificada; con mucho menos me contento: sí, con que ea el tiem­
po de Cuaresma cumplas fielmente con ios ayunos que nos manda
la santa madre Iglesia; con que en este mismo tiempo te abstengas
<ie diversiones que en otro tiempo te serán lícitas; con que te ejer­
cites, mas que en el resto del año, en obras de misericordia; con
que en la semana de Pasión acompañes con alguna mortificación
voluntaría á Jesús en sus dolores y tormentos; y con que en el tiem­
po de Pascua, cuando los mundanos dejan la rienda á sus pasiones,
tú mortifiques los sentidos, y te apartes de las ocasiones de pecar;
con esto, que tan poco costoso te será, quizá el Señor misericor­
dioso contigo se dará, por contento. Hazlo así, hijo mío, porque en
todo tiempo es necesaria la penitencia, ea todo tiempo es precisa la
modestia y moderación; y mas que ea otro en este en que la Igle­
sia nos recuerda la pasión y muerte de nuestro Redentor; y en el
de Pascua, en que debemos celebrar saniamente la triunfante re­
surrección del Salvador, y darle gracias porque por la virtud de su
sangre derramada por nosotros hemos resucitado de la muerte del
pecado á la vida de la gracia. Así, amados mios, prepararéis digna-
mente los caminos á Jesús, que viene á hospedarse en nuestros co­
razones. Así limpiaréis con la penitencia la morada de vuestra al­
ma, Así se mantendrá gustoso en vuestra casa, y así mereceréis
que el Señor os admita en la suya para gozarle por eternidades en
la gloria. Esta os deseo, etc.
EJERCICIO VIGÉSIMO TERCIO.

LECCIO N .
D el examen para confesion general.

Ejercitante: en el primer mandamiento, que es amar á Dios so­


bre todas las cosas, debes examinar en tu couciencia si Las dicho
blasfemias contra Dios, contra Jesucristo, contra la Virgen , ó con­
tra algún Santo. Como es decir: Voto á Dios, por vida de Jesús,
por vida de la Virgen María, por vida de san Pedro, ú otras seme-
jantes.
Si has dado crédito á sueños, ó á esas cosas que se dicen señales
de mal agüero, como que sucederá la muerte de alguna persona, por­
que en su habitación entró un lumiron ó abejorro, ó que vendrá al­
gún mal acontecimiento, porque eí gallo cantó fuera de la boraqne
le es natural, y otras semejantes bohenas. Porque con esta creencia
se ofende á Dios, sujetando su infinito poder á unas señales que no
son mas que efectos de causas naturales.
Si has consentido en algim pensamiento contra la fe.
SÍ has dudado de algún misterio de nuestra santa Religión.
Si oyendo hablar mal de ella ó de las cosas santas no saliste á la
defensa.
Si no has delatado al que así hablaba.

S EGU ND O M A KD A1IIEYTO .

N o ju r a r el nombre de D ios en vano.

Sobre este mandamiento debes examinarte:


Si juraste con mentira en juicio ó fuera de él, aunque la cosa no
fuese de importancia.
Si juraste alguna cosa como cierta, estando en duda de si seria ó
no seria como juraste.
Si juraste sin necesidad, aun cuando la cosa fuese verdad.
Si juraste de hacer mal á otro, con intención ó sin intención de
cumplirlo.
Si quebrantaste algún voto ó juramento.
Si hiciste alguna promesa á Dios ó á los Santos, y pudiendo cum­
plirla no lo hiciste.
Si juraste de hacer ó de haber hecho algún pecado mortal.

TERC ER M A N D A M IE N T O .

Santificar ¡as fiestas.

Pensarás si en dia de precepto trabajaste sin necesidad por notable


tiempo.
Si por culpa tuya perdiste la misa, ó diste motivo para que otro
la perdiese.
Si voluntariamente estuviste distraído en 3a misa, ó fuiste causa
de que otro lo estuviese.
Si dejaste de cumplir con la parroquia.
Si no hiciste la penitencia que te mandó el confesor.
Si confesaste m al, ó comulgaste en pecado mortal.
Si tomaste licencia para trabajar en dia de precepto , alegando
■causa falsa.
Si hiciste en tales dias trabajar á tus criados ó á otros.
Si en vez de emplear esos dias ea obras de piedad y religión, te
ocupaste en juegos, ó en entretenimientos peligrosos, ó en obras
de pecado.
Si te has burlado de los ejercicios de devocion, ó de quien los
practicaba.

CUARTO MANDAMIENTO,

H o n r a r p a d r e y m a d re .

Te examinarás si has dejado de obedecer á tus padres ó superio­


res en cosa justa y grave.
Si les hablaste con altivez y soberbia, ó Íes dijiste palabras inju­
riosas.
Si no has socorrido á tus padres puestos en necesidad, pudiendo
hacerlo.
Si 110 has cuidado de que tus hijos y criados supiesen la doctrina
cristiana; ó si delante de ellos has dicho ó hecho cosa que sea pe­
cado.
Si no has asistido á tu familia con el vestido y sustento necesario*
Si no has cuidado de apartar á tus hijos y criados de las malas
compañías, y de los peligros y ocasiones de pecar.
Si tiraste maldición á tus padres, ó les deseaste la muerte.

QUINTO MANDAMIENTO.

N o matarás.

Piensa si has deseado algún mal á tu prójimo, si le has alegrado


de sus trabajos, ó te has entristecido por sus bienes.
Si al que te ofendió le has negado el habla ó el saludo.
Si le has dicho palabras injuriosas, ó tiraste maldiciones con es­
cándalo de otros.
Si has tenido ánimo de matar, herir ó hacer otro mal á tu próji­
mo, y cuanto tiempo te mantuviste en esta intención, ó si aconse­
jaste ó mandaste á otro que lo hiciese.
Si con chismes ó de otro modo has sido causa de discordia ó de
riñas.
Si te has puesto en peligro de morir, estando en pecado mortal.
Si de palabra ó de obra has escandalizado á tu prójimo.
Si has enseñado á otros los modos de pecar.
Si has acompañado á otro en el pecado, ó le has auxiliado para
que pecase.
Si has hecho de tercero en alguna mala correspondencia.
Si has comido ó bebido con daño conocido de tu salud, ó con co­
nocimiento de que podías perder el uso de la razón.
Si con el mismo conocimiento ó. de propósito has dado á comerá
otro cosa dañosa, ó á beber con intención de embriagarlo.

SEXTO MANDAMIENTO.

N o fo rn ica r.

Examínate si te has deleitado con el deseo ó pensamiento de pe­


car con mujeres, de qué estado eran éstas, y por cuánto tiempo te
recreaste.
Si las solicitaste para el cumplimiento de tus deseos, aunque no
llegases á ejecutarlos.
Si las hiciste consentir á ellos con engaños, amenazas ó violencia,
ó si á alguna seduciste con palabra de casamiento, y no se la cum­
pliste como debías.
Si has tenido conversaciones deshonestas con hombres ó con mu­
jeres, y qué estado tenían éstas.
Si has cantado canciones provocativas á 1njuria; si has dicho cuen­
tos deshonestos, escrito ó leído papeles indecentes, pintado figuras
torpes; y si lias bailado ó asistido á bailes escandalosos y provoca­
tivos.
Si has tenido ósculos, miradas ó tocamientos con mujeres, y de
qué estado eran.
Si contigo mismo, solo ó en compañía de otros, has tenido seme­
jantes tocamientos, y si entonces te recreabas con el pensamiento
de alguna mujer, y de qué estado era.
Si has pecado con ía vista ó de otro modo con algún animal.
Se continuará este examen en la lección de mañana. Ei Señor nos
asista con su gracia. Amen.

EJK MV LO .

P a ra a rre p e n tirse bueno es pensar en los pecados que uno ha com etido,
cu m iio s y cuán enormes son.

Una persona que queria empezar una vida arreglada, hizo unos
ejercicios espirituales, durante los cuales escribió su confesion ge­
neral; y en un momento en que acababa de meditar sobre el infier­
no, y que estaba aun penetrada del pensamiento saludable de los
suplicios eternos, echó los ojos sobre el papel en que bahía escrito
su confesion general. Á ia vista de tantas faltas de toda su vida, su
dolor se aumentó. Tomó el papel diciendo: ¡O h , qué leña para el
fuego etern o !... Esta reílexion le obligó á dejar todos los peligros y
ocasiones próximas de pecar, y emprendió una vida mas retirada y
edificante.
¡Ojalá que todos los que estáis haciendo los ejercicios meditaseis
sériamente lo que son los pecados, á fin de llorarlos y confesarlos
bien para que no sean un dia leña para el intierno I

MEDITACION.
S o b r e la c o n fe s io n .

Considera, cristiano, que es el mayor desatino pasar un solo dia


en pecado mortal, teniendo un medio tan fácil para salir de él, co­
mo es la confesion. Porque mientras el hombre está en pecado, es
el objeto de la indignación de Dios; de una indignación infinita y
de un enojo todopoderoso. ¿Y pensará el pecador, por mas que pre­
suma de valiente, que podrá escapar de un poder al que no hay
fuerza que le resista? Si no seria bueno irritar á un rey de la tier­
ra, porque su pod^er es muy grande aunque no pasa de su reino;
¿no será locura que alguno piense resistir ai poder de Dios, que
no tiene límites aun mas allá del universo? El santo rey David de-
cia *: «¿En dónde me esconderé, Señor, para apartarme de tu in-
«dignacion? Si subo al cielo, allí estás tú; si hajo al infierno, allí
«te hallo,» Y sin embargo, un gusano como es el pecador parece
que no teme la indignación de Dios, pues no procura aplacarla pu­
diéndolo hacer tan fácilmente, solo confesando el delito.Ejercitan­
te: si por desgracia estás en pecado mortal, sabes por nuestra san­
ta Religión que en este estado eres enemigo de Dios y el objeto de
su indignación y de su enojo. Pues, ¿cómo puedes dormir una sola
noche en pecado, y tener sobre tí un peso tan enorme que te hunde
en el infierno? ¿Cómo tienes valor para mantenerte en tanto peli­
gro tantas noches, tantos dias, tantos meses y aun tantos años? ¿Qué
es de tu juicio? ¿No sabes que tienes un medio fácil y seguro para
desenojar á Dios? Sí: no es menester mas que confesar tus delitos
para alcanzar el perdón, y confesarte culpado para justificarte. Sa­
bes también que Dios te convida para que salgas, por este medio,
de tu mal estado. Y á pesar de tanta misericordia difieres aprove­
charte de 61. ¿En qué apoyas tu descuido? Teme, y con fundamen­
to, que puedes morir sin confesion.
Considera, hermano mío, que en )o que mas resplandece la mi­
sericordia de Dios, es en la piedad que usa contigo en la confesion.
Confesar los pecados con humildad y dolor, basta para conseguir eí
perdón de ellos. Ninguna dificultad tendrías en descubrir tus deli­
tos á un juez, sabiendo que solo con esto quedabas absuelto de to­
do castigo: ni repararías tampoco en manifestar tu enfermedad, por
vergonzosa que fuese, á un médico que 110 había menester masque
verla para curarla. Pues, ¿por qué te ha de costar tanto trabajo
descubrir las llagas de tu corazon al confesor, estando seguro de
que haciéndolo como se debe hallarás pronto y perfecto remedio?
¿Acaso tendrás vergüenza de confesar tus pecados? No tuviste, hi­
jo mió, vergüenza de cometerlos sin temor, ¿y has de tener te­
mor y vergüenza para confesarlos? Sepas, pues, que este temor y
esta vergüenza, si ía vences, te servirá en parte de satisfacción por

Y alverde.
tas pecados. Tu vergüenza será algo de tu penitencia y un suple­
mento de aquello á que no obliga ef prudente confesor por acomo­
darse á tu flaqueza.. Pues ¿por qué has de tener vergüenza de de­
clarar tus pecados al sacerdote que tiene el lugar de Jesucristo, y
que ó no te conoce, ó aunque te conozca está obligado aguardar un
secreto inviolable, y solo te oye para absolverte? No por esto el con­
fesor te estimará en menos; sino al contrario, concebirá mas celo y
compasion con una alma que ve traida por Dios, penetrada de dolor,
y asistida con los auxilios del Señor. El confesor, ó será pecador, ó
será justo. Si es pecador como tú, la experiencia de sus flaquezas
le liará compadecerse de las tuyas: y si es justo, tiene el espíritu
de Jesucristo, que es todo compasion y piedad para con los peca­
dores. Y en fin, hermano mió, ello es preciso, ó descubrir á un sa­
cerdote en secreto tas pecados, ó condenarte. ¿Cuál de las dos co­
sas te estará mejor?
Considera que si no hubieras pecado no seria necesario que te
confesases: pero como pecas muchas veces, es menester que mu­
chas veces te confieses. Cuanto mas dilates la confesion, mas quer­
rás dilatarla; y aumentando pecados á pecados, cuando te resuel­
vas á confesarlos, tendrás grande dificultad para acordarte de ellos.
Y si de ellos te olvidas por tu culpa, ¿crees que Dios también los
olvidará? Si esto fuese así, cuanto mas tardos en la confesion, me­
jor seria para nosotros. Pero no: Dios no perdona pecados que no
se confiesan por olvido voluntario. ¿Será, pues, buena disposición
para confesarte con fruto el confesarte rara vez? ¿Hay alguno que
haga con perfección una grande obra sin ensayarse primero? ¿Es­
peras adquirir facilidad para hacer actos de penitencia, no hacien­
do confesion sino una vez cada ano, ó despues de algunos años?
Esto es un herror; porque las dificultades no se disminuyen, sino
que se aumentan con la dilación, y ei vicio se fortifica, los pecados
echan raíces, y la voluntad de arrancarlos se debilita. Por tanto, her­
mano mió, cuando sintieres tu conciencia cargada con algún pecado
mortal, procura luego descargarte de este peso tan enorme, que para
aliviarte de él fue necesario que todo un Dios se lo cargase. Tu peca­
do será un plomo cuyo centro es el infierno, á donde sin remedio
te llevará, si con presteza no te descargas de él. Si duermes mucho
tiempo con el pecado, te acostumbrarás á mirarlo sin horror, te se
liará mas amable su compañía, y tendrás mas dificultad en sepa­
rarte de él; y entre tanto, como el pecado es la muerte del alma,
todas las buenas obras que hagas serán obras muertas y de ningún
mérito para el cielo. [Qué lástima, hijo mió! Pefo aun será mayor,
si durmiéndote en el pecado, dispiertas sin confesion en eí infierno.
P a ra sacerdotes.
«Un facultativo diestro en el arte de curar de tal modo se conduce
«con ei enfermo, que no haga la llaga iocurable por muy contempla­
t iv o , ni mas peligrosa por la aplicación de medicamentos demasía-
«do fuertes. Nosotros, señores sacerdotes,somos médicosdelas almas
«que Dios ha puesto á nuestro cuidado. Sien el confesonario somos
«demasiado indulgentes con el pecador, el vicio tomará cuerpo, ía
«llaga se hará gangrenosa, y el alma perecerá en nuestras manos.
'<Si somos al extremo rígidos,irritarémoslaherida que hizo el pecado,
«indispondrémos el ánimopara tomar con provecho las medicinas, y
«tal vez en la primera visita quedará aquella alma incurable para
«siempre: manejémonos con prudencia entre los dos extremos. Y por
«lo que á nosotros hace, procuremos que la confesion sea nuestro dia-
íí rio ó casi diario desayuno espiritual para purgar el alma de las ¡m-
«perfecciones veniales, y jamás nos acerquemos a! altar con recelo de
acosa grave, no sea que en el mismo cáliz de salud bebamos el tó­
sigo de condenación.»
JACULATORIAS.

¿Quién, Jesús mío, querrá ser tardo en la confesion, si sabe lo


que dice de sí mismo el santo rey í)avid1: «Confesé delante de Dios
«mi iniquidad, y mis pecados fueron perdonados?»
Hermano mío, malo es haber caido en la enfermedad de la culpa;
pero peor será para tí, si por vergüenza no tomas el remedio.
No, Salvador mió, no descuidaré ya de la confesion, que es el
único remedio para mi alma. Con toda diligencia dejare mis peca­
dos á los piés de vuestro ministro; y á Yos ruego que me los per­
donéis, porque arrepentido de ellos digo que me pesa en el alma
baberos ofendido.

PLÁTICA.
Sobre la confesion.

Ejercitantes: de todas las enfermedades del cuerpo, la lepra es


ia imagen mas viva y sensible de los males que afligen las almas.
Porque así como la lepra es una corrupción de la masa de la san­
gre, que extendiéndose por todo el cuerpo lo desfigura y pone es­
pantoso; así el pecado produce en el hombre la corrupción de su
alma y el horror que Dios le tiene. Por esta razón quiso nuestro Sal­
vador, que el primer enfermo que se le presentó un dia al bajar deí
monte en que predicó á las gentes que le seguían, fuese un leproso,
para darnos á conocer en sa figura la malicia del pecado, y para que
entendiésemos, por lo que le mandó hacer despues quelo curó,lo que
nosotros debemos hacer para lograr la salud del alma. «Yé, le dijo,,
«ya estás curado; ahora preséntate al sacerdote y ofrece el donati-
kvo señalado por la ley.» No habiendo de habitar siempre Jesucristo
corporalmente con los hombres, porque habia de morir y volver á su
Padre; aquella presentación que los leprosos hadan á los sacerdo­
tes de la antigua ley, mandó que se hiciese á nuestros sacerdotes; y
que los leprosos de alma, que son los pecadores, se manifestasen á
ellos como á médicos espirituales, á quienes habia dado la potestad
de limpiarlos y curarlos; y esta presentación es la confesion que ha­
cemos de nuestros pecados al confesor, para que nos cure de la lepra
del alma por medio de la absolución sacramental. Pero como no todos
obedecen este precepto, voy á haceros ver en qué consiste que muchos
no se confiesan, ó se confiesan mal, y explicaros al mismo tiempo
lo que debeis hacer para quitar estorbos á la curación de vuestra
alma: escuchad.
Tres son ordinariamente los impedimentos que el pecador pone á
su justificación, y de los que resulta que en vez de curarse por la
santa confesion sale de ella mas enfermo. Y estos impedimentos son
la vergüenza del pecado, el temor que tiene al confesor, y la mala
disposición de ánimo con que el pecador procede á la confesion: va­
mos á rebatirlos.
Quiso Dios, dice san Juan Crisóstomo, que la vergüenza fuese-
siempre unida al pecado, para que ella nos impidiese caer en él; y
que la confianza estuviese en la confesion, para que nos levantáse­
mos mas fácilmente de nuestras culpas. Pero el demonio, oponién­
dose á este designio, todo lo trastorna , y hace que el pecado pa­
rezca perdonable, y vergonzosa la confesion. Cuando, por ejemplo;
trata el hombre de cometer un adulterio ó algún otropecado sensual,
el demonio le anima k la ejecución, proponiéndole que estos son
pecados de fragilidad y flaqueza, y que bien puede cometerlos, por­
que despues se confesará de ellos. Y cuando el pecador trata de con­
fesarse, el demonio le pone por delante la vergüenza de descubrir
sus pecados al confesor, y le impide el acercarse al confesonario.
¿No es verdad, pecador, que esta es una de las causas que íe alejan
de la confesion? ¿No es verdad que te avergüenzas de manifestar
al sacerdote los misterios de iniquidad que quisieras tener siempre
ocultos: esas usuras, esas injusticias, esas torpezas, esas maquina­
ciones de venganza, y que por ocultarlas huyes de !a confesion, y
te pierdes miserablemente? Pero aun quiero que alguna -vez hayas
querido confesarte; ¿no es verdad que el temor al confesor te puso
á cavilar y decir: y yo con quién me he de confesor? Yo soy cono­
cido del cura y de todos los confesores del pueblo; y si les declaro
todos los desórdenes de mi vida, ¿qué concepto formarán de mí?
Mejor será esperar á que venga algún confesor forastero. Con esta
astucia del demonio muchos dejan la confesion para hacerla con el
confesor que no les conoce. ¿Y cómo la hacen? Con fraude. Porque
recelosos de que por el relato de la confesion venga el confesor en
conocimiento de su añeja costumbre de pecar, para facilitar la ab­
solución callan la costumbre, liada dicen de haberles despedido sin
absolución otros confesores, aparentan que sus pecados son depri­
miera vez cometidos, y si el confesor no es advertido, les pone con
la absolución un sello mas á su condenación. Ellos sacaron la ben­
dición del sacerdote con el disimulo, con el engaño y con la menti­
ra; y de verdad se precipitaron hasta lo sumo del abismo.
Pecador, voy á desvanecer estos obstáculos que opones á la con­
fesión. Tú dices que ía vergüenza te impide el confesarte: yo te di­
go que no hay cosa mas contraria á la razón que esa vergüenza. No
tuviste vergüenza de ejecutar tu pecado á la vista de los Ángeles y
del mismo Dios, ¿y la has de tener para confesarlo al oido de un sa­
cerdote? ¿En donde está tu juicio? Sabe, pues, que si no tomas el
partido de confesar tus pecados en el secreto de la penitencia, esos
mismos pecados se harán manifiestos á todo el mundo el dia del
juicio, y entonces tu vergüenza será extremada y lu confusion eter­
na. ¿icaso recelarás que el confesor diga lus pecados? Esta es una
excusa frívola que carece de fundamento, porque el sacerdote solo
oye los pecados para perdonarlos y pedir á Dios que los perdone.
¿Temes que el confesor te mande restituir el dinero ó la fama que
quitaste? Pues, ¿y no sabes que no se perdona el pecado, si no se
restituye lo hurtado? ¿Temes que el confesor le imponga una pe­
nitencia muy rigurosa, correspondiente á la gravedad de tus cul­
pas? Pues, ¿y no sabes que no puedes tener salvación, si no haces
dignos frutos de penitencia? Coteja, hermano mió, las penitencias
que ahora imponen ios confesores con la penitencia de un rey Da­
vid, de un apóstol Pedro, de una Magdalena; con las penitencias-
públicas de los primeros cristianos; con las de tantos inocentes ana­
coretas, y verás cuán distante estás de imitar á estos santos peni­
tentes. ¿Qué te mandará á tí el confesor? Que reces algunas ora­
ciones, que practiques algunos ayunos, que tengas algún rato de
oracion, que hagas algunas limosnas, que te reconcilies con tu pró­
jimo, que dejes aquella mala compañía, que restituyas loque no es
luyo. ¿Y no querrás confesarte porque esto te parece mucho? ¿Quer­
rás morir con el corazon hinchado de rencor, ó con las manos lle­
nas de bienes mal adquiridos, ó manchadas con la sangre de tu her­
mano? ¿No te estará mejor hacer en vida una penitencia útil y li­
gera, que ir á los infiernos á padecer eternamente? Esto es lo que
ai fin te sucederá. Entra en tí, pecador, y supuesto que como acabas-
de ver los reparos que te detienen para no confesarte no son mas
que unos fantasmas que te presenta el demonio para alejarte de la
confesion y perderte, véncelos todos, y düe al Señor: Ya, Dios mió,
no me alejaré de la santa confesion por vergüenza: me presentaré-
ai confesor, le manifestaré todas las llagas de mi alma por asquero­
sas que sean: no miraré sino á. Yos que me habíais por boca de
vuestro ministro y me absuelve en vuestro nombre, y le haré una
confesion humilde, verdadera y dolorosa. Dios mió, hacedme esta
gracia; y entonces todo lleno de gozo podré deciros con el peniten­
te David: «Yo tuve cuidado de hacer una buena confesion de todas
«mis culpas, y Yos misericordioso perdonasteis la impiedad de mi
«corazon;^ no me deje vuestra gracia en esta vida, para que me­
rezca en muerte vuestra eterna gloria. Esta os deseo, ele.
EJERCICIO VIGÉSIMOCUARTO.
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LECCION.
Sigue el examen p o r los M andam ientos.

S É P T IM O M A N D A M IE N T O .

N o h u rta r .

El examen de este mandamiento se ba de hacer pensando si se


ha faltado en él, cuántas veces y en qué cantidad, como se dijo en
la explicación de este mandamiento. Todos los que tienen oficio,
empleo, facultad 6 encargo; los negociantes, los que venden y com­
pran; todos deben examinar su conciencia, y pensar si de alguna
manera han perjudicado al prójimo por hurto ó por daño ocasiona-
do; y declarar en la confesion si repararon ó no el daño que hicie­
ron, para inteligencia y gobierno del confesor.

OCTAVO MANDAMIENTO.

N o levantar falso testimonio n i mentir.

Por este mandamiento te examinarás si has hecho testimonio fal­


so contra el prójimo en juicio ó fuera de él, y qué daño se le ha se­
guido.
Si has dicho mentira, de la que baya resultado daño gravea otro.
Si has murmurado de otro con grave detrimento de su estima­
ción; ó si murmurándole otros no lo has impedido, pudiendo ha­
cerlo.
Si has escrito papeles infamatorios y denigrativos contra algún
religioso ó eclesiástico, ú otra persona constituida en dignidad.
Si has puesto en las paredes ó puertas de alguna casa pasquín,
señal ú otra cosa, con lo que infamaste á algún sujeto que gozaba
buena opinion.
Si has descubierto cosa que estaba oculta, con deshonor de tu
prójimo.
Si has abierto cartas que eran para otros, por saber lo que con­
tenían.
Si has formado juicio de que tu prójimo hizo alguna cosa mala
sin bastante fundamento, y si tu mal juicio lo comunicaste áotros.
Si te has alabado de haber hecho algún pecado, aunque de ver­
dad no lo hayas hecho.

NOVENO MANDAMIENTO.

N o d e s e a r la m u je r d e l p r ó j i m o .

DÉCIMO MANDAMIENTO,

N o codiciar los bienes ajenos.

Estos dos mandamientos coinciden con el sexto y séptimo: te exa­


minarás en ellos según la explicación que ya dimos tratando de ellos.
D o lo r.
P. ¿Qué es Dolor?
R. Es pena y sentimiento de haber ofendido á Dios.
P. ¿De cuántas maneras es el Dolor?
R. De dos: dolor de contrición, y dolor de atrición.
P. ¿Qué es dolor de contrición?
R, Un pesar sobre todos los pesares de haber ofendido á Dios, so­
lo por ser quien es, con propósito de confesion y enmienda.
P. ¿Qué es dolor de atrición?
R. Un pesar de haber ofendido á Dios, por miedo del castigo en
la otra vida, ó por la fealdad de] pecado, con propósito de confesion
y enmienda.

P ro p ó sito .
P. ¿Qué es Propósito?
R. Una firme resolución que hace el penitente de no volver mas
á pecar con la gracia de Dios.
P. ¿Qué cualidades ha de tener el Propósito para que sea bueno?
R. Tres, que son: universal, firme y eficaz.
P. ¿Qué se entiende por universal?
R. Que el penitente ha de estar resuelto á no ofender mas á
Dios, no solo en tal ó tal pecado, sino en lodo género de pecado
mortal, sea el que se fuese.
P. ¿Qué se entiende por propósito firme?
R. Que el penitente ha de resolverse á no pecar mas, aunque
para ello sea necesario privarse de gustos, conveniencias ó intere­
ses; y aunque tenga que sufrir pobreza, afrentas, disgustos y la
muerte misma.
P. ¿Qué es propósito eficaz?
R. Un ánimo de no pecar, que vaya acompañado de cuantas dili­
gencias sean conducentes: como es, apartarse de las ocasiones de
pecar, restituir 3a hacienda, honra ó cualquiera otra cosa que se
quitó, y mudar de vida y costumbres.
Confesion.
P. ¿Qué es Confesion?
R, Manifestar todos los pecados cometidos por pensamiento, pa­
labra y obra desde la última confesion bien hecha.
P. ¿Á quién se ha de hacer ía confesion?
R. Al sacerdote que tenga facultad para absolver.
P. ¿Qué circunstancias ha de tener la confesion para ser buena?
R. Debe ser entera, humilde, sencilla y prudente.
P, ¿Cómo será entera la confesion?
R. Confesando todos los pecados, sin callar alguno por vergüen­
za ó por malicia.
P. ¿Cómo será humilde la confesion?
R. Confesándose con rubor, como uno que lia ofendido á su se­
ñor, y viene á implorar el perdón.
P. ¿Cómo será sencilla la confesion?
R. Diciendo los pecados así como se conocen en la conciencia,
sin aumentarlos, ni disminuirlos, ni excusarlos,
P. ¿Cómo será prudente la confesion?
R, Haciéndola con palabras decentes, sin manifestar sujetos ni
confesar pecados ajenos.
Satisfacción.
P. ¿Qué es Satisfacción?
K. Purgar con obras de penitencia la pena debida por la culpa.
P. ¿Qué se entiende por obras de penitencia?
R. La oracion, la limosna, e-1 ayuno y la mortificación.
P. ¿Qué es cumplir la penitencia?
R. Hacer lo que manda el confesor.
i\ ¿De cuántas maneras es la penitencia?
R. De dos: penitencia satisfactoria y medicinal.
P. ¿Para qué es la penitencia satisfactoria?
R. Para satisfacer á la divina Justicia por los pecados cometidos.
P. ¿Y cómo se satisface?
R. Cumpliendo con los ejercicios penales ó de devocion que man­
da el confesor.
P, ¿Que es penitencia medicinal?
R. Lo que manda e! confesor hacer al penitente para que no re­
caiga en el pecado, y se dice medicinal, porque es medicamento
preservativo de la culpa.
P. ¿Estamos obligados á cumplir la penitencia?
R. Estamos obligados á cumplir la penitencia, así la satisfacto­
ria como la medicinal, bajo pena de pecado.
P. ¿Cuándo se ha de cumplir la penitencia?
R. Si el confesor fijó el tiempo de cumplirla, en el mismo debe
hacerse. Yr si no Jo señaló, ba de cumplirse lo mas pronto que se
pueda para evitar un olvido ó cualquiera otro inconveniente.
Quiera Dios que ninguno pongamos inconveniente para que ven­
ga á nosotros su gracia. Amen.

EJEM PLO .

El Sr. de la Mothe se confesaba cada ocho días, y para confesarse


bien , bacía antes tres estaciones; !a primera en el infierno, la se­
gunda en el cielo, y la tercera en el Calvario. Entraba primera­
mente con el pensamiento en el lugar de los tormentos, y allí veia
el lugar que creía haber merecido en medio del fuego devorador y
eterno, rodeado de ios demonios y condenados. Daba gracias á Dios
de no haberle precipitado allá, le rogaba usara con él de misericor­
dia , y le pedia las gracias que necesitaba para preservarse del in­
fierno.— Sabia en seguida con el pensamiento á la mansión de la
gloria y de la dicha; temia de que por el pecado se le hubiesen cer­
rado sus puertas ; suplicaba al Señor se las abriera , é invocaba á
María santísima , Ángeles y Santos para que fuesen sus mediane­
ros.— Despues con el pensamiento se dirigía al Calvario : allí mi­
rando con atención y amor á su divino Salvador crucificado, se de­
cía á sí mismo : «Hé aquí mi obra ; yo soy !a causa de los dolores
«que Jesucristo padeció ; yo be cooperado con mis pecados con los
«otros pecadores á cubrir de llagas el cuerpo del Hijo del eterno Pa-
«dre y de la Virgen María, i Ay, yo le he crucilicado!... ¡Oh Jesús!
«¿qué mal me habíais hecho Vos para que yo os clavara en esa
«cruz? ¿Cómo he podido trataros de esa manera , á Vos que cabal-
«mente me habéis amado tanto, á Vos á quien yo debería amar con
«todo mi corazon? ¡ Ah ! porque sois infinitamente amable os amo*
«y me arrepiento de baberos ofendido.))
¡Oh ejercitantes, qué fruto tan grande sacaríamos de todas nues­
tras confesiones si cada yez que nos acercamos á ese santo tribunal
de ia Penitencia hiciéramos esas tres estaciones como el señor de la
Mothe! ] Qué progresos haríamos en la virtud y perfección !

MEDITACION.
Sobre el D o lo r y Propósito.

Considera , cristiano , que hay dos géneros de contrición : una


perfecta, que es la que propiamente se llama contrición, y es un do­
lor de haber ofendido á Dios por ser infinitamente bueno, y le dis­
gusta el pecado; y este dolor es generoso y desinteresado. La otra,
que se dice atrición , es un pesar de haber ofendido á su Majestad,,
porque por el pecado nos hicimos el objeto de su ira y de su ven­
ganza; y este dolor es interesado é imperfecto. Ni la una ni la otra
contrición justifican, si no se detesta el pecado sobre todos los ma­
les. Dios es el supremo bien , y el pecado es el supremo m al; y co­
mo opuesto á Dios, debemos tener de él un supremo dolor, y á Dios
amarle con un supremo amor. No amar á Dios sobre todas las co­
sas , es no amarle; y no aborrecer el pecado mas que á todos los
males, es no aborrecerlo. Yo te pregunto ahora, ejercitante: ¿Abor­
reces tú al pecado de este modo? ¡Ah ! que si eso fuera, mucho
tiempo há que le hubieras arrojado de tu corazon. Si tu aborreci­
miento fuera como debe ser , habias de tener mas horror al pecado
que á todos los males : lo temerías mas que á la pobreza, mas que
á la infamia, y aun mas que á la muerte. Tú debieras sentir mas el
haber cometido un pecado, que lo que sentirías si perdieses todos
los bienes ó cayeses eo la mayor desgracia. Esta es Ea disposición
de ánimo de un verdadero penitente. ¿Es esta ía tuya cuando te
acercas al sacramento de la Penitencia? Mas ¡ ay ! que el poco te­
mor que concibes á la vista del pecado ó de la ocasion de cometer­
lo-, la tranquilidad en que quedas despues de haberlo cometido, la
indiferencia con que miras el haber perdido a Dios, todo esto mues­
tra que tienes poco horror al pecado y poca disposición de verdade-
ío penitente. Y si no la tienes, ¿qué son tus confesiones , sino un
vano entretenimiento?
Considera, pecador, que no basta que te duelas de tus pecados:
es menester además que formes propósito de renunciar de ellos para
■siempre y renunciar de todos; porque si te reservas uno solo, es lo
mismo que si ninguno renunciaras. Y esta renuncia lia de ser ente­
ra; esto es, que no has de dar parte de tu voluntad á Dios y parte
-al pecado, sino á Dios todo tu corazon. Si te queda un solo pecado
que no detestes, tu propósito no solo será in ú til, sino un sacrificio
abominable á los ojos de Dios. Poquísimos hay aun de los que pa­
rece que viven mas arreglados que no tengan un vicio ó pecado que
es como el favorito del corazón, y que les cuesta mas dificultad ar­
rancarlo. Uno, por ejemplo, llevará una conducta regular, pero se­
rá muy fácil para la murmuración ; otro será pacífico para con el
prójimo, pero indolente y perezoso para las obras de virtud ; aquel
otro será diligente para los ejercicios de piedad, pero dado al rega­
lo y delicadez; este otro será casto , pero altivo si le tocan un pelo
de la ropa; y por este estilo muchos sacrifican á Dios todos los de­
más pecados, reservándose aquel á que son mas inclinados; y esto
vale tanto como no sacrificarle ninguno. La reprobación del rey
Saúl fue castigo de la blandura con que perdonó la vida á un prín­
cipe, habiéndole mandado Dios que se la quitase, Y la condenación
de muchos cristianos es el cuidado que tienen de mantener aquel
vicio á que tienen mas propensión; porque esto hace ordinaria­
mente que ías confesiones sean malas, y débiles los propósitos. No
obran de buena fe con respecto á aquel vicio, ni con Dios, ni con el
confesor, ni consigo mismos; y lo disfrazan ó lo disculpan, pero sin
provecho ; porque aunque ellos engañen al confesor , á Dios no lo
pueden engauar, porque ve todo lo que hay en su corazon. Peca­
dor, si no quieres incurrir en la indignación del Señor, procura que
tu propósito sea eficaz, universal y pronto.
Considera, hermano mió, que son muchas las almas que coge el
demonio con la red del falso propósito. Suele el penitente enterne­
cerse por ía dulzura ó por la energía de las razones del confesor, y
cree que aquella mocion del corazon, que no es mas que un efecto
de la natural complexión, lo es de un dolor y propósito verdadero;
y de aquí resulta que promete y no cumple lo que á Dios prometió,
porque su resolución no fue mas que una aparente voluntad sin fir­
meza ni eiicacia. Engañado por el demonio con su misma ternura,
se vuelve á casa muy satisfecho de su mala confesion, y á la primera
ocasion que se presenta se detiene en contemplarle , empieza á ti­
tubear en su propósito, y al fin consiente, y vuelve á ejecutar aquel
mismo pecado que poco antes había llorado y detestado á los piés
del confesor, verificándose lo que dice san Gregorio, que no es pe­
nitente , sino embustero el tal pecador. Examínate tú , y veas cuál
ha sido hasta aquí la sinceridad de tus propósitos, y veas qué ju i­
cio se podrá formar de tus confesiones. El verdadero penitente se
vale de todos los medios para no volver al pecado; vence todas las
dificultades que se le presentan, y huye de todas las ocasiones por
agradables que sean. ¿Lo has hecho tú así? Si lo has hecho, lu pro­
pósito fue bueno ; pero si en el mismo dia que confesaste , ó poco
despues, volviste á las mismas ocasiones, á las mismas llanezas con
la persona de tu correspondencia pecaminosa, á tas mismas usuras,
á la misma casa de la murmuración ó del juego, á los mismos peli­
gros de pecar; díme, ¿qué valor podremos dar á aquellos golpes de
pecho , á aquellos suspiros que diste , y á las lágrimas con que ba­
ñaste las manos del confesor? Quiera Dios, hijo mió , que la confe­
sion que has hecho ó piensas hacer en estos santos ejercicios no sea
tal, que tengas algún dia que arrepeníirte de tus mismos arrepen­
timientos.

P a ra sacerdotes .

«Quiera Dios, hermanos sacerdotes, que nuestras contriciones y


«propósitos no sean de la misma naturaleza que las de tantos cris­
tiano s, que deslumbrados por un falso propósito caen en la sima
«de su perdición. Si hemos pecado por nuestra fragilidad, y hemos
«vuelto á unirnos á Jesucristo por la penitencia, nuestro propósito
«sea tan firme que podamos decir con el Apóstol *: ¿Quién me se-
«parará ya de la caridad de Cristo? Ni la tribulación, ni la angus­
tia , ni la hambre, ni la pobreza, ni la persecución, ni el peligro,
«ni los encantos del mundo, ni los ardides del demonio, ni los ha-
«lagos de la carne, ni la muerte misma podrá jamás separarme de
«mi buen propósito. Pensemos siempre en que si debemos ser se-
«mejantes al Señor de quien somos ministros, debemos serle tan
«firmes y fieles en nuestra palabra, como el Señor nos es fiel en sus
«promesas.»
Desde hoy para siempre quiero, Jesús mió, ser constante en mis
buenos propósitos. Pero es menester, Señor, que para cumplirlo me
ayudéis coa vuestra gracia. Os lo pido con todo mi corazon.
No permitáis, Padre mió, que guiado mi espíritu por lasvislumbres
de un propósito engañoso, venga mi alma ádar en la última perdición.
Muchas veces, Dios mió, os he faltado á mi palabra; y este es
ahora todo el motivo de mi deber. Cou todas las veras de mi cora­
zon os pido que me perdoneis; y digo con el mayor sentimiento que
me pesa de haberos ofendido.

PLÁTICA.
Sobre el dolor de los pecados.

Ejercitantes: si yo he de formar juicio por lo que veo y por lo


que oigo, no puedo dejar de decir que el dolor de los pecados, ó lo
que decimos acto de contrición, es entre todos los de nuestra Reli­
gión el mas fácil de hacer y el que con mas frecuencia se hace. Se
enseña á ios niuos con las primeras letras; en la iglesia y en casa lo
hacemos una y muchas veces cada dia; y apenas habrá un cristiano
que algunas veces no diga: «Señor mió Jesucristo, me pesa de l¡a-
«beros ofendido.» Pero también digo, que á los mas de los que pro­
nuncian el acto de contrición podrá decir el Señor: «Tú me hablas
«con los labios, y tu corazon está léjos de Mí.» Amados mios, bue­
nas y santas son aquellas palabras de arrepentimiento; pero creer
que basta el decirlas para que el Señor nos perdone, cuando en
nuestro corazon nos quedamos con el afecto al pecado, esto es un
error manifiesto. Sí, amados mios, tal vez al pronunciar el acto de
contrición os vendrá algún pensamiento de mudar de vida, y aun
sentiréis inclinada la voluntada dejar el pecado; pero no creáis que
por esto solo bajará á vosotros la gracia del Espíritu Santo: por mas
que digáis, Señor, tened misericordia de mí, no lo conseguiréis,
menos que no hagais la voluntad del Padre de las misericordias.
Pues ¿qué es lo que quiere de nosotros el Padre de las misericor­
dias? No otra cosa, amados mios, sino que vuestro deber no solo
esté en la boca, sino principalmente en el corazon, De lo contrario
vuestra contrición no pasará de una contrición equívoca que á vos­
otros mismos os engañará. Rien podéis llorar cuanto queráis; será
■solo contrición de vuestros ojos: bien podéis confesar y acusaros de
vuestras culpas; será penitencia de vuestra boca : mortificaos con
ayunos y cilicios ; seréis penitentes de sola vuestra carne. Si vues­
tro corazon no toma la parte principal en vuestras mortificaciones,
confesiones y lágrimas, todo es inútil, todo es perdido. Porque des­
engañaos, hermanos míos; á lo que no es mas que señales aparen­
tes de dolor, no está vinculada la gracia de la conversión ni el per-
don de los pecados. Por eso (dice san Juan Crisóstomo ; «Yo vería
«muchos penitentes, si hubieran de juzgarlo mis ojos. Ellos profie­
re n con frecuencia aquellas palabras que se dicen actos de contri-
«cion ; hieren á duros golpes su pecho , y se postran muchas veces
«á los piés del confesor; pero si no mudan de vida, si 110 dejan las
«vanidades del mundo, si no se apartan de las casas y ocasiones en
«que peligra su pureza, si no socorren las necesidades del prójimo,
«si sus corazones no están verdaderamente contritos, ¿cómo he de
atenerlos por penitentes?» Dad á aquellas exterioridades el nombre
que queráis; yo diré con el Crisóstomo, que son figuras y máscaras
de penitencia: se tendrán ellos por verdaderos penitentes; pero yo
los llamaré hipócritas de penitencia y verdaderos fariseos; diré que
en el mundo hacen el papel de penitentes; pero en el tribunal de
Dios aparecerán como realmente son, avaros, deshonestos, sober­
bios, iracundos, á menos que el dolor que manifiestan lo acrediten
con las obras. Y aun esto no basta: es necesario que su dolor sea
universal y que abrace todos los tiempos.
De las doce tribus que componían el pueblo de Dios en la antigua
ley, todas cayeron en cautiverio, á excepción de la tribu de Judá y
la de Benjamín que quedaron libres. Pero éstas, ingratas á este be­
neficio que Dios les hizo , colocaron en el templo de Jerusalen al
ídolo B aal, y le ofrecieron sacrificios como al verdadero Dios. Y
ofendido Dios les decia ; «Hipócritas embusteros, ¿así me traíais á
«Mí? ¿Así partís el culto y el incienso enlre Mí y ¿aal?» Lo mismo
dice ahora el Señor á un sinnúmero de cristianos, que á imitación
de los judíos son idólatras de algún vicio, y con todo esperan vana­
mente que Dios les será propicio. S í: son muchísimos los que con­
templan en su corazon una pasión dominante y no tratan de repri­
mirla. Vemos que muchos declaman contra los vicios que otros
tienen, y no hacen mérito de] que á ellos los domina. El avaro
abomina del deshonesto; éste acusa al iracundo, ó acrimina al am­
bicioso ; ven la paja en el ojo de su hermano, y en el suyo no ven
la viga. ¿Qué importa que detesten los vicios que no tienen, si man­
tienen el que tienen? Su corazon está partido entre Dios y el demo­
nio, y como los judíos les dirá: «Prevaricadores: no os habéis con-
«vertido á Mí de todo vuestro corazon.»
El curso de las confesiones de tales penitentes viene á ser lo mis­
mo que el que hace ¡a rueda de una noria cuando se pone en ejercicio,
que siempre va vaciando, y nunca le falta el agua en los arcaduces
del fondo: así los penitentes de medio corazon repiten sus confe­
siones con mas ó menos frecuencia, siempre parece que vacian to­
dos sus pecados, pero siempre se quedan con el ídolo de su vicio
favorito en el fondo del corazon. ¿Qué confesiones son estas, qué
dolor, qué propósito ? ¿Será verdad que les pesa de todo corazon
haber ofendido á Dios? No , ejercitantes: es una mentira. No que­
ráis vosotros, amados mios, engañaros á vosotros mismos. Escudri­
ñad bien los pliegues de vuestro corazon, á ver si despues de tantas
confesionesaun se mantiene escondido el ídolo de aquella pasión do­
minante que hizo que vuestros propósitos fuesen falsos tantas veces;
y si hallais alguno, arrojadlo luego de vuestro corazon; hacedlo ma­
nifiesto al confesor; echadlo al fuego de la verdadera contrición, y
arrepentios cou el mas vivo dolor de no haber dado siempre entero
vuestro corazon á Dios. Y detestadlo no para determinado tiempo,
sino por siempre y para siempre : porque en esto consiste el buen
propósito, compañero inseparable de la contrición verdadera.
No basta, amados mios, que digáis al confesor que no volveréis
á cometer aquellos pecados que habéis confesado; es menester es­
tar enteramente resueltos á ello. Porque vemos que muchos están
muy prontos para decir: Sí, Padre, estoy resuelto á mudar de vida;
y hacen unas promesas tan cumplidas de vivir cristianamente, que
el confesor se queda con las mejores esperanzas; pero luego se re­
duce todo á hojarasca de palabras sin fruto de operaciones: prome­
tieron mudar de conducta, y nunca mudan. ¿Qué se hizo de aquel
dolor, de aquel propósito de tan bellas apariencias? Todo no fue
mas que una ráfaga de viento pasajero, un relámpago de contri­
ción. Pecadores: y pues que ya estáis instruidos de ías circunstan­
cias que deben acompañar á la confesion para que sea buena, que
son un verdadero dolor de todo género de pecados, y un propósito
que abrace todos los dias de vuestra vida; temblad por tantas con­
fesiones que habéis hecho malas por falta de ellas, y procurad de
aplicarlas á la primera confesion que hagais, para que saliendo per­
fecta en todas sus partes, enmiende las malas que teneis hechas, y
merezcáis por ella el perdón de todos los pecados y gracia para con­
seguir la eterna gloria. Esta os deseo, etc.
EJERCICIO VIGÉSIMOOUINTO.

LECCION.
D e la Comunion.

P. ¿Qué es Comunion?
R. Es un manjar espiritual que sustenta al alma y da la vida
eterna: á la manera que el pan que comemos sustenta el cuerpo y
nos mantiene la vida.
P, ¿Y qué cosa es este manjar espiritual?
R. Es el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que real­
mente está en la hostia y en el cáliz, por virtud de las palabras que
dice el sacerdote cuando consagra.
P. ¿Cuándo estamos obligados á comulgar?
R. Luego que el cristiano llega á tener conocimiento de lo que se
contiene en la hostia consagrada, está obligado por el precepto de
la Iglesia á comulgar á lo menos una vez en el año.
Al principio de la cristiandad todos los fieles comulgaban preci­
samente en la Pascua de Resurrección; pero despues que se aumen­
tó el pueblo cristiano, no siendo ja posible que todos comulgasen
en la Pascua, tuvo á bien la iglesia que los obispos determinasen y
señalasen el tiempo de Cuaresma para el cumplimiento de este pre­
cepto. Y debeis entender que 110 cumple con él quien comulga pa­
sado el tiempo pascual: y debe acusarse de esto en la confesion, si
en ello fue culpable. De aquí se infiere que pecan los padres y los
que tienen niños á su cargo, si no cuidan de que confiesen y co­
mulguen al tiempo debido, teniendo edad para ello. Y si los padres
íes dan en esto mal ejemplo, además del pecado de no comulgar
ellos, cometen otro de escándalo que dan a sus hijos.
P. ¿Y el cuerpo de Jesucristo está todo entero en toda la hostia?
R. No solo está todo entero en toda la hostia, sino también en
cualquiera parte de ella por pequeña que sea. Y así debeis estar ad­
vertidos de que si el sacerdote os comulga con media forma, como
suele acontecer, ó con una parte de ella, recibís todo el cuerpo del
Señor, lo mismo que si os hubiese dado forma entera.
'i 8 Y a lverd e.
P. ¿Qué efectos cansa en nuestra alma la santa Comunion?
R. Nos une y estrecha íntimamente con Jesucristo, haciéndonos
uno mismo con él; debilita nuestros deseos y apetitos desordena­
dos;'nos hace castos, y por esto se dice Sacramento de vírgenes; y
para quien lo recibe bien es prenda segura de la gloria. Así lo dice
el mismo Salvador: «El que come de este pan, vivirá eternamente.»
Pero también dice san Pablo: «El que lo come indignamente, es
«reo del cuerpo y sangre del Señor, y como otro Judas se traga su
«condenación.»
P. ¿Cuántas cosas son necesarias para comulgar bien?
R. Tres: y son, estar en gracia de Dios, ir en ayuno natural, y
saber lo que se recibe.
P. ¿Qué es estar en gracia de Dios?
U. Es comulgar con el corazon limpio de pecado mortal ;'y por
eso manda la santa madre Iglesia que se confiese bien el que ha de
comulgar. Por esto os advierto que si alguna vez os sucediese que
estando ya para comulgar os acordais de un pecado mortal no con­
fesado, debcis apartaros del comulgatorio, confesar aquel pecado
coa el mismo ú otro confesor, y despues ir A comulgar. Y si ya no
hubiese confesor, os volveréis á casa sin recibir al Señor, y sin re­
paro ó miedo al qué dirán; porque no dirán sino que sois buenos
cristianos, y que quereis comulgar dignamente.
P. ¿Qué se entiende por estar en ayuno natural?
R. Que no se haya comido ni bebido cosa alguna desde las doce
de la noche anterior. Pero esto no se entiende con los enfermos que
han de comulgar por modo de viático; porque éstos pueden recibir
al Señor aunque no estén ayunos.
P. ¿Qué se entiende por estas palabras, saber lo que se recibe?
R. Se entiende que el que va á comulgar ha de ir con el conoci­
miento de que ya á introducir en su pecho á Nuestro Señor Jesu­
cristo, tan vivo, tan grande y tan poderoso como está en el cielo.
Y coa este conocimiento se aviva la fe, y cree que real y verdadera­
mente hospeda en su corazon al Rey de cielos y tierra. Se anima la
esperanza, y confia que el Señor le concederá las gracias que le pi­
da si le convienen. Y se inflama en caridad y amor á Jesús, que por
tanto querernos nos alimenta con su cuerpo y con su sangre.
Y para ahorraros de escrúpulos os advierto, que no es impedi­
mento para comulgar el acordarse de un pecado venial 110 confesa­
do; porque éstese perdona por la misma comunion bien hecha.
Tampoco es impedimento el haber velado toda la noche, ni el ha-
foer tragado inadvertidamente algo que quedó entre los dientes de
la cena anterior. Asimismo no es impedimento si al lavaros tragas­
teis involuntariamente una gota de agua; ni si tornasteis un sorbo
para humedecer la boca, y luego ia tirasteis. Y tampoco es impedi­
mento haber vomitado antes de comulgar, si no hay recelo de que
vuelva el vómito. Si os aconteciese que al daros ia sagrada forma
cayese ésta ea vuestro vestido ó en tierra, no la toquéis; sino de­
cidlo al sacerdote, que él sabe lo que en este caso debe hacer. Para
evitarlo, lo mejor es levantar las toallas que teneis delante, que pa­
ra eso están en el comulgatorio. Y si la forma de tal modo se pega­
se al paladar, que no pudieseis separarla con la lengua, no la to­
quéis con los dedos; sino salid á humedecerla con un sorbo de
agua en lugar decente, y volved á recogeros para dar á Dios las de­
bidas gracias,
P. Y por lo que hace al cuerpo, ¿cómo se ha de ir á comulgar?
U. Habéis de presentaros limpios de manos y cara, vestidos y pei­
nados con decencia, pero no con lujo y vanidad. No como algunos
que vienen á comulgar sin asearse mas que para entrar en el esta­
blo, sin considerar que vienen á un convite que no puede imagi­
narse mas grande ni en la tierra ni en el cielo.
P. Quien comulga mal ¿cumple con el precepto?
II, No cumple; porque la Iglesia manda que se comulgue santa­
mente; lo mismo que el que se confiesa mal, no cumple con el pre-
cepto de la confesion.
Procuremos todos acercarnos á la sagrada mesa con las debidas
disposiciones de alma y cuerpo, para que la santa comunion nos sea
prenda segura de la gloria. Amen.

EJEMPLO.

El jóven Albini,no habiendo aun llegado á la edad requerida


para hacer la primera comunion, se contentaba con suspirar de con­
tinuo por el dichoso dia en que podria recibir á su Dios, oculto ba­
jo los velos eucarísticos, y ai efecto nada omitía para prepararse á
uha acción tan santa. Tenia un horror tan grande al pecado, que
evitaba aun la apariencia del mal. Con mucha frecuencia decia que
jamás permitiría que el demonio entrase en su alma antes que Jesu­
cristo. Tenia una aplicación constante en instruirse de todo lo que
concierne al Sacramento adorable del altar. No solamente procuraba
retener las palabras del Catecismo, sino que además cuidaba de pe­
netrar su sentido. La inocencia de su vida, el deseo tan grande que
tenia de comulgar, y la aplicación con que se preparaba, decidieron
á su director á que le admitiese antes de aquella edad en que se
acostumbra recibir á los muchachos. No se le podia dar noticia mas
agradable. Dió á su director las gracias con los mas vivos afectos y
transportes de alegría. Se preparó con unos ejercicios, y en ellos
hizo su confesion general; al ver el sentimiento, dolor y lágrimas
con que confesaba sus pecados, se habría creído que habia sido el
mayor pecador del mundo, cuando no tenia mas que algunos defec­
tos veniales, pues que nunca jamás habia cometido pecado mortal;
pero como conocíala bondad de Dios, sus defectilios 3e parecían
mónstruos horribles de ingratitud y audacia para con un Dios tan
bueno y tan amable. Llegó por último el dichoso momento en que
podia recibir la sagrada comunion. Todo se deshacía en lágrimas
de amor y ternura. «Sí, Dios mió, exclamaba, ya que habéis tenido
«la bondad de daros á mí, quiero darme enteramente á Yos; yaque
«os habéis unido tan estrechamente conmigo, nada será capaz de
«aquí en adelante de separarme de Yos. Seria la criatura mas in-
«grata , si usase de algunas reservas para con Yos , Dios mío , que
«me habéis amado sin medida.» No fue esto uno de aquellos fervo­
res momentáneos, fue constante y perseverante siempre mas: cada
dia crecía en virtud y perfección, sin faltar á sus respectivas obli­
gaciones; comulgaba cada quince dias, estando bien persuadido de
que la divina Eucaristía es tan necesaria á nuestras almas como la
comida corporal á nuestros cuerpos, y que es imposible mantenerse
y perseverar en la inocencia y piedad sin ei uso frecuente de este
adorable Sacramento del altar.

MEDITACION.
Sobre la Comunion.

Considera, cristiano, que Jesucristo nos dice: «Venid á Mí todos


«los que trabajais y gemís con el peso de vuestras miserias y ílaque-
«zas} y Yo os consolaré.» Los cristianos debemos comulgar con fre­
cuencia, sin que nuestras llaquczas nos sirvan de obstáculo, como
nos pese de ellas. Y por eso el Señor no solo convida al divino ban­
quete á los sanos, sino también á los débiles, para darnos á enten­
der que no excluye de él á los que padecen achaques espirituales.
Instituyendo Jesucristo este Sacramento por modo de alimento, qui­
so enseñarnos que así como nuestro cuerpo no puede pasar sin ali-
menlo material, así también nuestra alma necesita de alimento es­
piritual. Y porque nos da su cuerpo bajo las especies de nuestro pan
ordinario, por eso llamó á la Eucaristía pan de cada dia. Y ved aquí
ia razón por que debemos comulgar con frecuencia. Ahora pregunta
el padre san Agustín: «Siendo la Eucaristía e! pan de cada dia,
«¿por qué hay cristianos que pasan meses y años sin recibirla?»
¿Por qué no se come con frecuencia lo que siempre puede hacer
provecho? La santa madre Iglesia congregada en el santo concilio
de Trento exhorta á todos sus hijos á que por las entrañas de Nues­
tro Señor Jesucristo respeten este Sacramento, recibiéndolo con fre­
cuencia. Todo el tiempo que los primeros cristianos se mantuvieron
en esta loable práctica fueron santos. ¿Y cómo nosotros nos atre­
vemos á descuidar de ella, mandándonos Jesucristo que comamos
de este pan, so pena de muerte? Ea ios otros Sacramentos se reci­
be la gracia; mas en éste se recibe al Autor mismo de la gracia.
¡Qué dignación para nosotros, ser participantes de todo lo que tie­
ne Jesucristo como Dios y como hombre! ¡Y qué ceguedad, privar­
nos de todo por apartarnos de la Comunion!
Considera, cristiano, que no hay cosa que honre mas á Dios ni
mas provechosa para nosotros, que una buena comunion: ni otra
que mas deshonre á Jesucristo, ni mas dañosa para nosotros, que
una mala comunion. El que quebranta la ley del soberano es delin­
cuente; pero quien ofende su misma persona, comete un crimen el
mas horrendo en lo humano. Todos los pecados ofenden á Jesucris­
to; pero el sacrilegio hiere directamente á su persona y hace al hom­
bre reo de lesa Majestad divina. Y no solo le hace injuria, sino que
se la hace al mismo tiempo que Jesús en el Sacramento está haciendo
por el hombre el oficio de Salvador. ¡Qué atroz ingratitud! Por eso
dice san Pablo, que comulgar indignamente es hacerse reo del cuer­
po y sangre de Jesucristo, comer y beber la condenación, y pisar
al mismo Jesucristo. Y" como no hay delito que mas ofenda á Dios,
tampoco hay otro que castigue mas severamente. El mismo Apóstol
atribuye las frecuentes enfermedades y las muertes infelices de los
■cristianos á las malas comuniones. San Cipriano y san Juan Crisós­
tomo atribuiau las calamidades públicas de su tiempo á las profana­
ciones de este augusto Sacramento. Pero las penas espirituales con
que Dios las castiga son mucho mas terribles. La ceguedad del en­
tendimiento, la obstinación del corazon y la impenitencia final son
sus consecuencias. Y este sacrilegio es el delito que con masdiíicul-
tad perdona Dios. Porque siendo el sacrificio de Jesucristo el que
solo puede templar la indignación de Dios; si del sacrificio hace—
mos un sacrilegio, ía sangre de Jesús, léjos de aplacar la ira de su
Padre, pedirá contra nosotros su venganza.¿Y adonde recurrimos?
No habrá recurso.
Considera, hermano mió, que la majestad y grandeza del que
viene á nosotros en la comunion nos obliga á hacer cuanto podamos
para prepararnos bien á recibirle, Es tan grande este Sacramento.,
que si no hubiéramos de comulgar mas que una vez en la vida, y la
empleásemos toda en prepararnos con ejercicios de ia mas austera
penitencia, con Ja constante práctica de buenas obras y con peren­
ne y fervorosa oracion, aun no seria todo eso sobrado prepararnos
para esta sola comunion. Pero ya que tanto no podemos hacer ¿por
qué á lo menos no aplicamos todo fervor en lo poco que hacemos?
La tibieza y negligencia con que nos llegamos á la sagrada mesa
muestran bastantemente que no pensamos del modo que debemos,
que es Dios el que viene á nosotros. Aunque empleásemos todas
las fuerzas de nuestra alma, toda la aplicación de nuestro espíritu
y toda la ternura de nuestro corazon, no deberíamos acercarnos á
tan sacrosantos misterios sin un santo temor, considerando nuestra
indignidad. ¿Cuánto será, pues, nuestro atrevimiento si nos acer­
camos á la sagrada mesa con espíritu disipado, con las potencias
distraídas y con el corazon repartido? No sea así, amados mios. An­
tes de comulgar recojamos nuestro espíritu, nuestros sentidos y po­
tencias para ocuparnos solo de la grandeza del Señor que viene á
nosotros. Y si nuestra preparación no es tanta como la que acostum­
braba un san Francisco de Borja, á lo menos que se le asemeje en
lo devota y fervorosa, para que recibiendo dignamente la santa co­
munión, sea para nosotros prenda segura de la gloría.
P a ra sacerdotes.
«Venerables sacerdotes: tened á bien que un hermano vuestro os
«haga recuerdo de aquello que nos dice el santo concilio deTrento:
« N u U iís cdiitd opus adeo s a n c t u m ac dimnum, quam Iremcndum sa crifi-
«crnrn, quo vivifica H ostia in a lía ri im m olulur. De aquí resuelven los
«autores nada severos, que una misa que se celebra en menos que un
«cuarto de hora, aunque seadeKequiem ó votiva de la Yírgen, ha-
«ce á quien la dice reo de pecado mortal, y también á los superiores
«y rectores que permiten se celebre en sus iglesias con tanta precipi­
tación. ¿Qué menos podrémos emplear en la celebración de una mi-
«sa que un tercio de hora? Este es el tiempo mas breve que han pre-
«fijado los Sumos Pontífices, los obispos, los sagrados cánones, ía
«congregación de Ritos, los rubriquistas y teólogos. Temamos,
«pues, y no hagamos tal, que se diga de nosotros: Q u im issa m p n e-
«cipitat, in infcrnum prcecipilaL»

JACULATORIAS.

¡Ay Jesús mío! me estremezco al pensar cuántas veces me be lle­


gado á vuestra mesa sin las disposiciones necesarias para un con­
vite tan magnífico y sagrado.
Tomaré en adelante, Salvador mió, el consejo del Apóstol, y me
probaré á mí mismo para d o comer indignamente vuestro cuerpo
sacratísimo.
No permitáis, Jesús mió, que como otro Judas vuelva yo á tragar­
me mi condenación, comulgando indignamente; y perdonadme las
veces que be cometido este atentado, y del que arrepentido os digo
que me pesa en el alma de haberos ofendido.

PLÁTICA.
Sobre cu m plir la penitencia.
Ejercitantes: una de las funestas equivocaciones que padecen los
cristianos en orden á su salvación es, que despues de cometido y
confesado el pecado, presumen satisfacer á la justicia de Dios con
penitencias muy ligeras, y aun éstas á las veces mal cumplidas. Si
así fuese como piensan, 110 seria tan sensible para nosotros ía ofen­
sa que hicimos á Dios con nuestras culpas. Si bastase para reconci­
liarnos con su Majestad el propósito de mudar de vida sin tener que
satisfacer por los desórdenes pasados, no nos parecería áspero el ca­
mino que lleva al cielo. Pero esto es un error que lleva á muchos al
infierno, y que está claramente condenado por la sania Iglesia. Es
de fe que la satisfacción es parte del sacramento de la Penitencia, y
que el propósito de satisfacer por los pecados es esencial para obte­
ner el perdón de ellos, y que su cumplimiento es medio necesario
para alcanzar el perdón de las penas temporales que merecen. Y sin
embargo se ven con frecuencia penitentes que se excusan de admi­
tir las ligeras penitencias que les impone el confesor: otros que las
reciben sin ánimo de cumplirlas, y otros que iiicieron el ánimo, pe­
ro las cumplen tarde, ó nunca las cumplen. ¿Creerán éstos poder ir
al cielossn hacerlapenitencia? Esto esimposible. ¿Pensaránque solo
con confesarse aseguran su salvación? Esto es un error manifiesto.
Dios perdonó á nuestros primeros padres el pecado de inobediencia;
y no obstante esto los condenó á padecer duras penas por toda su
yida. Si no fuera necesaria la satisfacción, ¿por qué David, despues
de perdonado, lloró sus pecados en ceniza y en cilicio? ¿Por qué
san Pedro, san Pablo y todos los Sanios que fueron pecadores hi­
cieron lo mismo? No por otra cosa, sino porque despues de perdo­
nada la culpa es indispensable satisfacer con penitencia la injuria
que se hizo á Dios, y satisfacer con proporcion á la gravedad del
pecado cometido. Es decir, que si, por ejemplo, fue grande el gusto
que tuvisteis en amontonar riquezas con injusticias, grande debe
ser también el disgusto de repartirlas en los pobres: si fue grande
ei placer que sentisteis en vuestros torpes desahogos, grande debe
ser el disgusto que deis á vuestra carne con el ayuno y mortifica­
ción de los sentidos. Asombra solo el leer las ásperas y largas pe­
nitencias que ai principio de la cristiandad se imponíaná los peca­
dores arrepentidos. Pero por desgracia nues\rase enfrió aquel pri­
mer fervor dei Cristianismo; y la santa Iglesia, no pudiendo dis­
pensarnos de toda penitencia, sustituyó á las primeras otras muy
ligeras, que ahora imponen los confesores; y aun estas que se dan
por pecados enormísimos, las rehúsan muchos penitentes.
Pecadores, ¿qué juicio hacéis vosotros de vuestros pecados y de
lo ligero de las penitencias que se os dan por la gravedad de ellos?
¡Ah! bien lo dan á entender los Padres del concilio Triderflmo,
cuando hablando con los confesores les dice: «Es necesario que man-
«tengáis firmes á los penitentes en el propósito que tienen de no vol-
«ver á pecar. Y para esto no hay remedio mas adecuado^ que el de
«imponerles severas penitencias. Porque si confesando enormes cul-
ítpas se levantan de vuestros piés con ía ligera carga de la mas fácil
«penitencia, ¿qué idea formarán de su gravedad? La misma faci­
lid a d que encontrarán en llevar tal peca, ¿no los inducirá a recaer
«en la culpa?» Por esto, amados mios, yo también opino que luego
que experimentáis que es poco ó nada costosa la penitencia que os
imponen por vuestras culpas, os tomáis la licencia de reincidir en
ellas. Este es el mismo parecer de sanio Tomás de ’Villanueva y de
san Carlos líorronieo; veian las frecuentes recaídas; conocían que
la causa de ellas era la suavidad de las penitencias; y deseosos de
remediar tanto mal, declamaron contra tan pernicioso engaño. Y
de la misma manera se podía declamar en estos tiempos, al ver tan­
tos cristianos delicados que repugnan tomar otra penitencia que la
que sea de su gusto. Es preciso decir, ó que ellos se engañan, ó que
se engañaron los santos Padres y los penitentes de los diez prime­
ros siglos de la Iglesia.
Si fuese acertada la opinion y conducta de tales penitentes flojos,
podríamos decir á los de la antigüedad tan mortificados: «¿Porqué
«pasasteis vuestra vida separados del comercio del mundo, privados
«de los placeres mas inocentes, entre lágrimas, ayunos, vigilias y
((continua mortificación de los sentidos? ¿Qué necesidad teníais de
«esto para satisfacer á Dios por vuestras culpas? Nosotros somos mas
«advertidos y prudentes; pues si tantas privaciones, solo con algu­
azas oraciones bien ó mal rezadas, ó pocos y ligeros ayunos, juzga-
«mos satisfecha la divina Justicia, y confiamos de llegar al cielo por
«ei camino ancho y apacible.» Mas ¡ay! pecadores: no se engaña­
ron aquellos; vosotros sí que os engañais. Porque decidme: ¿qué
significa esta palabra penitente? San Isidoro dice que por ella sede-
nota ai hombre que tiene pena. Pregunto yo: ¿y qué pena teneís
vosotros? ¿Puede llamarse pena, por ejemplo, para los que sois
avaros, ó iracundos, ó lujuriosos, unas pocas oraciones ó ligeros
rezos? No, amados mios: el avaro tendrá pena y será penitente,
restituyendo lo mal adquirido y haciendo limosnas proporcionadas
á sus haberes: el iracundo será penitente, si mortifica su orgullo
con obras de humillación: el deshonesto tendrá pena y será peni­
tente, ayunando, mortificando su carne, su vista y demás sentidos,
y no de otra suerte.
Por último, ejercitantes, voy á desengañaros de otro error en que
frecuentemente incurren los penitentes á medias ó de solo nombre.
Sabéis que la penitencia es de dos maneras: una satisfactoria y otra
medicinal. La satisfactoria es la que impone el confesor por ei pe­
cado cometido; y la medicinal es laque se manda practicar para no
volver al pecado. En la primera cabe alguna prudente condescen­
dencia. Así lo practica la santa Iglesia, moderando el rigor de la
antigua disciplina en consideración de nuestra flojedad y tibieza.
Pero estad entendidos de que en las penitencias medicinales no hay
arbitrio en el confesor para la indulgencia. Es indispensable que os
apartéis de las ocasiones de pecar, y que os ejerciteis en la práctica
de Jas virtudes opuestas á vuestros vicios; y para esto las manda el
confesor. ¿Acaso podrá darse un medicamento que él solo cure to­
dos los males del cuerpo así grandes como chicos? No lo hay. ¿Y
querrán los pecadores blandos y afeminados, que para curarse de
gravísimas culpas sea suficiente una penitencia de partes de llosa-
rio ó lig eras d e v o c io n e s? ¡Olí ilu s ió n , y c u á n to s ti e n e s e n el in fie r­
no! C o n c lu y a m o s , h e r m a n o s « n o s. Ya d e s d e e sta n o c h e p a r a en a d e ­
la n t e q u e d á is a d v e r t id o s d e q u e no h a y e x c u sa p a r a d e j a r d e h a c e r
p e n i t e n c i a . P r o c u r a d d a r satisfa c c ió n á Dios de v u e s t r a s c u lp a s , del
m e jo r modo q u e os sea p o s i b le , co n p e n i t e n c i a sa tisf a c to r ia y m e ­
d ic in a l: re c ib id con b u e n á n im o la q u e os m a n d e el confesor; c u m ­
p li d la sin d ilac ió n y con e x a c t i t u d , y n u n c a o lv id éis q u e sin p e n i ­
te n c i a no h a y p e r d ó n d e los p ec ad o s; sin p e rd ó n d e los p e c a d o s no
h a y g r a c i a , y sin g r a c i a no p u e d e h a b e r g lo r ia . E s t a os deseo, e tc .
EJERCICIO VIGÉSIMOSEXTO.

LECCION.
D e la .Extrem aunción.

P. ¿Qué es la Extremaunción?
R. Es un Sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo,
que da gracia á tos enfermos para resistir á las tentaciones del de­
monio, que á la hora de la muerte son mas violentas que nunca,
para llevar con paciencia las incomodidades de la enfermedad, para
vencer las inclinaciones á lo malo, que son las reliquias que deja el
pecado en et alma, y también para obtener la salud del cuerpo
si conviene.
P. ¿ i quién se da este Sacramento?
R. Solo á los enfermos que se hallan en peligro próximo de mo­
rir, si han llegado al uso de la razón.
P. ¿Cuándo se ha de administrar al enfermo?
R. Si puede ser, antes que pierda sus potencias y sentidos, para
que sepa lo que recibe, y pueda pedir á Dios juntamente con el sa­
cerdote que logre su alma los saludables efectos del Sacramento..
P. ¿Qué debe hacer el enfermo despues de recibida la Extre­
maunción?
R. Debe desprenderse de todos los pensamientos terrenos, re­
coger sus potencias y sentidos, y pensar solo en la muerte y en la
eternidad. Y por esto conviene tener hecho en tiempo de salud el
testamento, ó á lo menos antes de recibir el Viático, para no tener
en aquella hora otra cosa á que atender sino al negocio de su alma.
Y por esta misma razón los de la familia no deben inquietarle con
demandas y preguntas, ni de modo alguno que pueda alterar su so-
siego.
D octrina del Orden sacerdotal.
Así como en lo temporal siempre hay superiores que nos gobier­
nen y velen sobre nuestro bienestar; así hay y habrá siempre en lo
espiritual pastores y ministros que gobiernen y dirijan nuestras al­
mas, por mas que la malicia del demonio y de los hombres se em­
peñe en acabarlos. A.sí lo aseguró á san Pedro Nuestro Señor Jesu­
cristo, diciéndole: «Tú eres Pedro, y sobre esla piedra edificaré mi
«Iglesia, y las potestades del infierno no prevalecerán contra ella.»
I en virtud de esta palabra del Salvador, desde san Pedro basta
hoy no han faltado, ni hasta el fin del mundo faltarán papas, obis­
pos, curas y sacerdotes que gobiernen la Iglesia, y dirijan las almas
que la componen. Y para esto Nuestro Señor Jesucristo instituyó el
sacramento del Orden sacerdotal.
P. ¿Qué efecto causa este Sacramento?
R. Da potestad al que lo recibe para ejercer las funciones propias
del orden que ha recibido: le da gracia para practicarlas con ben­
dición y provecho espiritual; y estampa en su alma un carácter ó
señal indeleble que le distingue del resto de los demás hombres.
La dignidad del sacerdote y el alto ministerio á que está destinado
exigen de nosotros que le prestemos una reverente estimación. Son
los sacerdotes unos ministros de Jesucristo que cada dia lo hacen ba­
jar á sus manos para nuestro consuelo. Ellos nos enseñan los cami­
nos de nuestra salvación, nos dan á comer el cuerpo de Jesucristo, y
adornan y nutren nuestras almas con los santos Sacramentos. El Es­
píritu Santo nos dice por el Eclesiástico: «Con toda tu almatemeá
«Dios, y reverencia á los sacerdotes.» Y en otra parte nos encarga
que con todas nuestras fuerzas amemos al Señor que nos crió, y no
despreciemos á sus ministros.

jD octrina sobre el templo.


Aquí parece bien digamos algo acerca de estas santas bóvedas
que nos cubren; esto es, acerca del respeto y veneración que de­
bemos al santo templo, que es la casa de Dios. Porque es consiguien­
te que siendo su Majestad tan celoso del respeto debido á sus mi­
nistros, lo sea también del que se merece su casa. Esto nos lo
manifestó claramente nuestro Salvador cuando entrando en el tem­
plo de Jerusalen, que solo era figura del nuestro, y viéndolo pro­
fanado por los que vendían y compraban los animales para el sacri­
ficio, derribó sus mesas, y con un látigo los echó del templo, in ­
crepándoles porque habian hecho de la casa del Señor ana cueva de
ladrones.
P, ¿Por qué debemos tener tanto respeto y veneración al tem­
plo?
R. Porque es palacio ea donde reside el Rey de tremenda ma­
jestad Nuestro Señor Jesucristo, y en donde quiere que principal­
mente se le dé adoracion. Debemos venir á este santo lugar con to~
da modestia y reverencia, á comunicar con el Señor nuestros traba­
jos y necesidades, á pedirle el socorro que hemos menester, á implo­
rar el perdón de nuestros pecados, y á darle gracias por los benefi­
cios recibidos.
P. ¿Con qué respeto debemos estar en et templo?
R. Con el que no estamos. En el templo habíamos de estar con el
respeto que están los Ángeles en et cielo ante la sacratísima Huma­
nidad de Nuestro Señor Jesucristo; la misma que con su Divinidad
real y verdaderamente tenemos presente en el santísimo Sacramen­
to del altar. Y nosotros ¿cómo estamos? ¡Ah! mejor eslá un
criado delante de su amo, sin embargo de ser tan corta la di­
ferencia entre los dos. Aun diré mas para vergüenza y confusion
nuestra. Mas reverente que estamos nosotros en el templo deDiosr
está un moro ó un turco en sus mezquitas; pues ni aun á escupir
se atreven delante la canilla de Mahoma, hombre el mas infame y
perverso.
Si os parece que exagero, preguntadlo á vuestros ojos, ó que lo
digan esos confesonarios en que tantos irreverentes se apoyan, y aun
algunos tienen el atrevimiento de sentarse en la silla del confesor.
Que lo digan esos altares en que tantos se recuestan, ó dejan los som­
breros sobre la sagrada mesa en que se come el Cordero de Dios,
indecencia es esta que ni la hacemos, ni permitimos en nuestra me­
sa doméstica, cuando ya está preparada para comer. Díganlo esos
bancos que frecuentemente crujen con el peso de conversaciones im­
pertinentes y negras murmuraciones. Decidlo Vos, Jesús mío, que
tan insultado sois en vuestra propia casa con el mal pensamiento de­
tenido, con la mirada profana, y con tantas ridiculas genuflexiones
que se hacen al pasar por delante de vuestra Majestad: de este mo­
do mismo os mofaban los sayones en la noche de vuestra pasión
¿olorosa.
Ejercitantes: al templo debemos venir á hablar solo con Jesucristo
y adorar con humildad á Jesucristo. El templo debe respetarse, aun
por la parte de afuera, como casa que es de Dios. Esto debeis enseñar
con el ejemplo á vuestros hijos: avivemos nuestra fe. La Majestad
que reside en el templo es el mismo Jesucristo que reina en el cielo:
respetémosle en su palacio terrenal para merecer ser admitidos en
el de su eterna gloria. Amen.
EJEM PLO .

GuiJIelmo Rufin, jóven estudiante, cuya vida debe servir de mo­


delo á la juventud cristiana, hallaba su mayor placer en ayudar mu­
chas misas; y lo haciacon una piedad tan edificante y con un fervor
tan angelical, que no se podia mirar sin sentirse movido á la piedad.
Sil mira principal era dar á menudo á Dios nuestro Señor un honor
infinito, ofreciéndole en cada misa el cuerpo y sangre de su divino
Hijo; y se puede decir que por este santo ejercicio obtuvo de Dios
tantas gracias, que le elevaron á un grado muy alto de perfección.
Hacedlo así también, ejercitantes, imitad á ese buen jóven; estad
atentos, devotos y recogidos en el santo templo, que es casa de ora­
cion y puerta del cielo; asistid con frecuencia á la santa misa, y
ofrecedla al eterno Padre con esta misma intención, y veréis qué
gracias tan grandes alcanzaréis corporales y espirituales, tempora­
les y eternas.

MEDITACION.
Sobre la devocion á M a ría sanlisim a.

Ejercitante, considera con el mayor sentimiento que los herejes


dicen que la devocion á la santísima Yírgen María es pura supers­
tición. Los impíos dicen que es un engaño, y fos críticos á la moda
le llaman indiscreción. Pero nosotros la profesamos y conservamos
como establecida sobre la piedra fundamental qneesCrísto,y no será
movida por los vientos de la contradicción, ni por las ondas de la
impiedad que la combaten. La conformidad de todos los fieles que
á porfia veneran á la santísima Yírgen bajo de tantos títulos, que
ponen toda confianza en su protección, y recurren á esta soberana
Señora por el socorro en las necesidades; el consentimiento unánime
de todos los santos Padres que ie dan tan grandes elogios; el cons­
tante y fervoroso celo de la santa iglesia por aumentar esta devocion
en sus hijos, dándole culto particular, celebrando todos sus miste­
rios, instituyendo fiestas, edificando templos, y estableciendo tan­
tos Institutos de religiosos que se dedican particularmente al servi­
cio de Nuestra Señora; todo esto y la multitud de milagros que
obra Dios en favor de los devotos de su santísima Madre, son prue­
bas irrefragables de la excelencia de esta devocion. Cualquiera que
así no lo crea, será ciego, obstinado y hereje. Pero debemos enten­
der que la verdadera devocion á María santísima no consiste en me­
ras exterioridades, sino en imitar sus virtudes, y particularmente
las tros principalísimas que son, ia pureza, la humildad y el amor
á su Rijo. Esta señora es la mas pura de todas las criaturas, y no
puede sufrir un corazon impuro. Por su grandísima humildad fue
elevada á la dignidad de Madre de Dios; y gusta mas de un pecador
humilde y contrito, que de otro soberbio aunque tenga menos pe­
cados. Ama á su Hijo mas que á sí misma; y todo lo que hace en
nuestro favor es para encender mas en nuestros corazones el amor á
su Hijo. Si no correspondemos á los deseos de ía santísima Virgen
María, no seremos verdaderos devotos suyos, ni alcanzaremos lo
que le pidamos.
Considera, ejercitante, que Ja devocion á la Virgen María es una
de las señales mas ciertas de predestinación. Pero advierte, para que
no te engañes á tí mismo, que esta devocion puede ser falsa, ó va­
na, ó imperfecta. Es falsa la devocion, cuando se aclama y honra á
la Virgen con los labios, y ai mismo tiempo se la ultraja en el cora­
zon. Esto hace quien pretende obsequiaría, y pecando agravia á su
Hijo. Será vana tu devocion, si crees que ía Virgen le salvará aun­
que tú 110 hagas de tu pártelo que puedas. Y será tu devocion im­
perfecta, perniciosa é inútil, si te sirves de ella para perseveraren
el pecado con Ja confianza de que la Virgen te alcanzará el perdón;
porque esto seria lo mismo que hacerla cómplice en tus pecados. Si
tu devocion fuese alguna de estas, no digas que eres verdadero de­
voto de María. Porque ¿cómo podrás serlo, si eres devoto deí mun­
do y del demonio? ¿Cómo podrás tenerte por devoto de María, si
eres enemigo de su Hijo, y no quieres reconciliarte con él? ¿Cómo
serás verdadero devoto de María, si amas los vicios que mas abor­
rece la Virgen? No estés en esta falsa creencia.; porque si es verdad
que ella es el consuelo y refugio de los pecadores arrepentidos, no
lo es ni puede serlo de los pecadores que por mantenerse en el pe­
cado son enemigos de su Hijo.
Ahora, ejercitante, quiero que vuelvas tu consideración á los be­
neficios que te ha dispensado el Señor desde que pusiste el pié en
este mundo, y señaladamente al que ahora estás disfrutando por
haberte traído á esta santa casa en la que te se enseñan los caminos
que llevan al cielo, para que entres en ellos y los sigas con fervo­
roso empeño. En ella y por medio de los santos ejercicios has con­
cebido horror al pecado; tu alma se ha curado de las dolencias del
vicio, ó se ha fortalecido en ía práctica de las virtudes; le se ha
dado, ó se tiene preparada para cuando tú quieras comería, la car­
ne y sangre del Cordero de Dios; y cuanto está de parte del Se­
ñor, te se han proporcionado todos los medios de salvación. Por to­
do debes estarle muy agradecido y rendirle las mas reverentes gra­
cias. ¿Y por qué conducto te ha dispensado Dios tan senakdos fa­
vores? Di, y dílo á boca llena, que por la mediación de la santísi­
ma Virgen María, á la que elegimos por protectora de los santos
ejercicios. Sí, no lo dudes; porque no hay otro canal por don­
de bajen á nosotros los favores del cielo, si no es María. Por tanto,
amados mios, despues de dar gracias á Jesucristo debemos darlas
también á su purísima Madre, y tributarle todos los afectos de nues­
tro corazon. Si le tenemos verdadera devocion, no tengamos miedo
á todo el infierno junto. Porque cuando Jesús nos ía dejó por Ma­
dre nuestra, le dió todo poder para librarnos de los peligros y so­
corrernos en todas nuestras necesidades. Y por eso dice san Buen­
aventura que María todo lo puede con su Hijo, y que cuanto pide la
Madre le concede el Hijo. No ofendamos al Señor, seamos devotos
verdaderos de María santísima, y podrémos tener por segura nues­
tra salvación.
P a ra sacerdotes .
«Es cosa bien observada que una madre regularmente muestra
«mas benevolencia que á otro alguno á los sirvientes que se alimen­
ta n á expensas de su hijo. Venerables sacerdotes, ¡con cuánta mas
«razón pod rémosnoso tros prometernos la benevolencia deNuesIra Se*
«ñorala YírgenMaría, porquesomos ministrosde suilijo, vestimos su
«librea, y no solo comemos todos los dias á su mesa, sino que nos
«alimentamos con su carne y bebemos su sangre! Y por esto la Vír-
«gen es abogada especial de los sacerdotes, sus devotos verdaderos.
«Hagámonos cada dia mas dignos de su predilección imitando sus
«virtudes. Seamos humildes y fervorosos en el servicio de Dios como
«María; benignos con nuestros prójimos y sufridos enlos trabajos co-
«mo María; abstraídos del bullicio del mundo como María, y sobre
«todo puros y continentes como María. Esta Señora es una perfecta
«copia de la santidad de su Hijo; y si nosotros imitamos las virtudes
«de María, podrémos decir que también somos imitadores de snHi-
«jo Jesucristo.))
JACU LATORIAS.

¡Oh Virgen y Madre de Dios! ¿Quién no querrá ser verdadero


devoto vuestro, diciendo Vos que el que os encuentre hallará la v i­
da, y beberá del Señor la salud?
Haced para mi consuelo, Madre mía, que por vuestra devncion
experimente yo en mí lo que dice vuestro siervo san Bernardo: 7 üj
do quiso que lo tuviésemos por M a r ía , el que quiso darnos á su H ijo
por M a ría .
¡Jesús y Salvador nuestro! por el amor que teneis á vuestra Madre,
y madre nuestra, concedednos el perdón cíe nuestros pecados, que
ya los detestamos de todo corazon, y decimos que nos pesa de ha­
beros ofendido.

PLÁTICA.
Sobre el cumplimiento de parroquia.

Ejercitantes: nos refiere san Juan en el Evangelio de boy que un


dia, cerca ya de la Pascua, salió nuestro Salvador al desierto, y su­
biendo con sus discípulos á un monte, viendo una multitud de gen­
tes que le habían seguido, compadecido el Señor preguntó á los Após­
toles de dónde comprarían pan para que comiese aquella gente, Y
diciéndole que allí no había mas que cinco panes de cebada y dos
peces que tenia un muchacho, hizo que se los trajesen, los bendijo,
y mandó á sus discípulos que de lo uno y de lo otro diesen á comer
á la turba, que se componía de cerca cinco mil personas. Y despues
de haber comido todos cuanto quisieron, se llenaron doce canastos
de los pedazos que sobraron. Ved, amados mios, en esta comida mi­
lagrosa que Jesucristo dió en el desierto á las tropas que le habían
seguido, una figura del banquete de la sagrada Eucaristía, con que
el Señor por un milagro mas estupendo alimenta nuestras almas en
el desierto de esta vida mortal. Y así como la santa Iglesia desde que
entró el tiempo saludable de la Cuaresma os está convidando á todos
p^ra que vengáis á participar de este divino banquete; así también
la proximidad de la Pascua me convida á mí para que os amoneste
á vosotros y os diga que ya es hora de que os vayáis preparando para
la santa comunion pascual, en la que consiste el cumplimiento de
parroquia.
Uno de los mandamientos de la santa madre Iglesia es que confese­
mos á lo menos una Yez en el año, ó antes si nos vemos en peligro de
muerte ó hemos de comulgar. Este precepto obliga á Lodos los heles
de uno y otro sexo luego que llegan al liso de la razón. Y la misma
Iglesia nos obliga por otro precepto á comulgar por Pascua llorida,
i 9 Y AL VE I1 D E.
que es la Pascua de Resurrección. Nos manda confesar á lo me­
nos ana vez en el ano; y en estas palabras á lo menos nos da á en­
tender que desea nos confesemos con mas frecuencia. Y con razón;
porque sabemos por experiencia que los que rara vezseconfiesan, lle­
nen costumbres poco ó nada ajustadas á íos mandamientos de Dios
y de la Iglesia. Esta confesion anual debe hacerse con el propio pár­
roco, ó con otro sacerdote aprobado por el obispo. No ha determi­
nado la Iglesia en qué tiempo del año ha de hacerse esta confesion;
pero en cualquiera tiempo que se haga, debe repetirse si sobrevie­
ne peligro de muerte y siempre que se haya de comulgar. Y ved aquí
como el precepto que nos obliga á comulgar por la Pascua lleva tam­
bién expresa-la obligación de confesar. De lo que se infiere clara­
mente que aquellos que no confiesan ni comulgan en todo el año, no
cumplen con la confesion anual ni con la comunion por la Pascua. Se
infiere también que los que con una sola confesion y comunion quie­
ren cumplir con íos dos preceptos en el tiempo de Cuaresma, deben
prepararse con anticipación para que su confesion no sea nula, ni
sacrilega su comunion. Y esta es ¡a razón por que la santa Iglesia ha
ordenado que al cumplimiento de !a comunion pascual precedan los
cuarenta dias de ay uno. Por no hacerlo así y por contentarse muchos
para satisfacer al precepto con sola una confesion, y esa sin prepa­
ración, sin examen, y mas bien forzada por respetos humanos que
voluntaria, se ven tan pocos penitentes verdaderos, y tan multipli­
cados los horrendos sacrilegios.
En la primitiva Iglesia todos los fieles que asistían al santo sacri­
ficio de la misa comulgaban con el sacerdote. Y cuando se aumentó
el número de íos cristianos y se hizo imposible esta práctica, la mis­
ma Iglesia limitó el precepto de comulgar á solo los domingos. Pe­
ro habiéndose enfriado el fervor de los cristianos, vinieron á sepa­
rarse enteramente de la comunión. Y la sania Iglesia se vió preci­
sada á.mandar que comulgasen tres veces en el año, á saber, en la
Pascua de Resurrección, en la del Espíritu Santo, y en la de la Na­
tividad del Señor. Y despues de esto vinieron tiempos tan deplora­
bles ai Cristianismo, que estas tres comuniones se redujeron á una
sola en el año. Entonces la Iglesia, para que no parase en un total
abandono la negligencia de sus hijos, hizo la ley que obliga á todos
los fieles á comulgar por Pascua de Resurrección, bajo la pena de
ser privados durante su vida de entrar en la iglesia, y de sepultura
eclesiástica despues de su muerte. Y esta comunion pascual debe
recibirse en la iglesia parroquial en donde cada uno habita; y sin
licencia del propio párroco no se cumple con el precepto en otra
iglesia.
Ejercitantes: y esta sola comunion en nuestros dias ¿en qué ha
tenido á parar? [Ob tiempos infelices! ¡oh costumbres depravadas!
Ha venido á parar en que muchísimos de los cristianos no solo pasan
todo el año sin comulgar, sino también toda la'Cuaresma y todo el
tiempo pascual. Ha venido á parar en que los párrocos tienen el tra­
bajo de buscarlos, amonestarlos y reprenderlos, con escándalo de
los buenos. lia venido á parar en que con irrisión de los infieles
mismos los obispos se ven obligados á excomulgarlos, y separarlos
del gremio de la santa Iglesia. Ha venido á parar en que es tanta
la desvergüenza de algunos, que por no dejar sus vicios y malas
costumbres se valen de rail trampas y ardides para no cumplir con
eí precepto, y pasan años y años sin acercarse á los sacramentos de
la Confesion y Comunion. ¡Infelices hombres! Pagarán en esta v i­
da su mala conducta con- trabajos que les enviará Dios, con la infa­
mia y la deshonra; y en la otra con penas y eterno fuego.
La santa Iglesia no solo manda que se reciban los sacramentos de
Confesion y Comunion por la Pascua, sino también quiere y manda
que se reciban bien. Bajo esta regla, todos los que confiesan mal y
comulgan indignamente, podrán lograr con engaño que en las ma­
triculas de la parroquia pasen por cumplidos con el precepto; pero
en los padrones que se presentarán en el tribunal de Jesucristo apa­
recerán sus motes con la falta del cumplimiento del precepto pas­
cual, y serán condenados á los tormentos eternos del infierno. Por
■tanto, amados ejercitantes, si acaso algunos os hallais actualmente
indispuestos para acercaros á la santa comunion, os encargo que por
las entrañas de Jesucristo no os descuidéis mas en prepararos por
medio de una confesion bien hecha; porque esto pide algún tiempo,
y el de cumplir con la parroquia se va pasando sin sentir. Y despues
que en la doctrina de ayer os instruí de las diligencias que debeis
hacer para acercaros dignamente á la mesa del altar, concluyo con
encargaros que siendo la principal preparación el confesarse bien,
os pongáis en manos de un prudente confesor, obedezcáis sus man­
datos, y procuréis con su ayuda hacer una confesion tal, que os ha­
ga dignos de comulgar aqui á Jesucristo, y de gozarle despues eu
k gloria. Ksta os deseo, etc.
EJERCICIO VIGÉSIMOSÉPTIMO.

LECCION.
D e la santa m isa .

Ejercitantes; en la explicación de los Mandamientos os dije que


acerca de santificar las fiestas y oir la misa os hablaría con mas ex­
tensión en. lección particular. Ya se 05 dijo que en los domingos y
fiestas de precepto debemos cesar en todo trabajo corporal y ejerci­
cio mecánico, y emplearnos en obras de piedad y religión, como es
oir los sermones, asistir á la explicación de la doctrina cristiana, al
santo Rosario, al ejercicio del Yia-Crncis, á ía lectora de algún li­
bro devoto, tener un rato de oracion, enseñar á otros la doctrina
cristiana, y visitar enfermos y encarcelados.
P. ¿Y absolutamente no podrémos en esos dias de precepto ocu­
parnos en trabajo alguno corporal?
R. ITc dicho que, uno de los modos de santificar las fiestas es em­
plearnos en obras de caridad. Y siendo otra de ellas vestir al desnu­
do y socorrer las necesidades del prójimo; santificaría bien estos
días el que se ocupase en tejer ó coser de limosna para vestir al
desnudo, ó haciendo hitas para los enfermos del santo hospital, ó en
cualquier otro trabajo que redunde en favor del pobre necesitado.
P. ¿Hay expresamente determinada alguna cosa que debamos
hacer bajo de pecado para cumplir bien con este precepto de santi­
ficar las fiestas?
fi. Sí: la santa Iglesia ha determinado y manda que todo cristia­
no que haya llegado al uso de la razón oiga misa entera todos los
domingos y fiestas de precepto, por ser la santa misa el acto de reli­
gión mas recomendable: sin perjuicio de ocuparse, como se ha di­
cho, en otros de piedad y caridad.
P. Y alguna vez oyendo misa ¿se podrá hacer algún trabajo cor­
poral?
R, Sí: cuando la necesidad es verdadera, y si por no hacer aquel
trabajo ha de seguirse algún grave perjuicio. En este caso se podrá
trabajar el tiempo necesario con ía correspondiente licencia.
P. ¿A. quién ha de pedirse esta licencia?
R. Él prelado eclesiástico, el cura ó quien haga sus veces puede
darla y niegan otro. Con la inteligencia, de que sí se alega causa
falsa, la licencia no vale, y pecará el que con ella trabaje ó haga
trabajar; porque la Iglesia no proteje el fraude.
P. Y el que trabaja sin necesidad ¿qué pecado hace?
R. Si trabaja poco tiempo hará pecado venial; pero pecará mor­
talmente si trabaja tiempo considerable. Esto queda á juicio del
prudente confesor.
P. ¿Qué cosa es misa?
R. Es un sacrificio que se hace á Dios del cuerpo y sangre de
su Hijo.
P. ¿Para qué se hace á Dios este sacrificio?
R. Para pedirle gracias, ó ea reconocimiento de los beneficios
que nos ha dispensado, y también para satisfacerle por nuestros
pecados.
P. ¿Á. quién aprovecha la misa?
R. Á. íos que estamos en el mundo y á las almas del purgatorio.
P. ¿Quién cumple con el precepto de oir misa?
R. Quien asiste á toda ella sin distracción voluntaria.
P. ¿Qué debe hacer el que 3a oyó voluntariamente distraído?
R. Debe oir otra misa si la hubiese.
P. ¿Hay alguna causa que excuse de oír misa en dia de precepto?
R. Sí: está excusado de oir misa el que no puede hacerlo por es­
tar enfermo ó encarcelado , ó de otro modo impedido. También lo
está el que asiste á un enfermo que está de cuidado, y no hay á
quien dejarlo encargado. También las madres que no tienen quien
cuide de sus niños durante la misa. Y el pastor y casero que no tie­
ne á quien encargar el ganado y la custodia de la casa.
Para animaros á oir misa con devocion, y si puede ser todos los
dias, concluiremos esta lección poniendo á vuestra consideración
algunos dichos de santos Padres sobre la excelencia de la misa.
San Agustín dice: que el que oye misa con devocion, si muriese
en aquel dia sin Sacramentos, se reputa como si los hubiese recibi­
do. Y que íos pasos que se dan yendo á misa, los escribe el santo
Ángel de guarda en descargo del que Jos da,
San Bernardo dice: El que oye misa con devocion y sin tener pe­
cado mortal, merece tanto como si peregrinara á todos Jos Lugares
de la Tierra Santa.
San Anselmo dice: vale mas una misa dicha ú oida en vida, que
muchas despues de muerto; y particularmente si se dice ú oye ce
remisión de [os pecados.
San Gregorio dice: Por cada misa que se celebra, se convierte
un iníicl, sale un alma del purgatorio, y un justo es confirmado en
gracia.
San Jerónimo es de sentir que las almas del purgatorio, por quie­
nes el sacerdote acostumbra rogar, no tienen tormento alguno de
sus penas mientras se celebra ia misa.
San Áutonino de Florencia dice: que al que oye misa con devo­
cion, Dios le guarda de desgracias y mala muerte.
San Lorenzo Justiniano dice: que el santo sacrificio de la misa
es mas agradable á Dios que todos los méritos de los Ángeles. Y
que no se puede hacer cosa de mas gusto del Señor y de su santí­
sima Madre, que ofrecer en su nombre la misa. Y dice también, que
á las almas del purgatorio les sirve de mas satisfacción una misa,
que cuantas otras buenas obras se ofrezcan por ellas.
El venerable Beda dice : que la mujer que oye misa, ó la hiciere
celebrar en el dia de su parto, lo tendrá feliz.
Y por último el citado san Gregorio dice: que todas las veces que
una mujer hacia celebrar una misa por su marido que estaba cauti­
vo, se deshacían las cadenas con que estaba amarrado, como él mis­
mo refirió despues de su rescate. Si así deshace las prisiones del
cuerpo, añade el Santo, mejor deshará las prisiones del alma.
Concluyo con advertiros que durante la misa que oís podréis re­
zar el santo Rosario ó Corona de Nuestra Señora, ú otras oraciones
compuestas á este fin. Pero será lo mejor meditar en la pasión de
Nuestro Señor Jesucristo que se representa en la misa. Eí Señor
nos dé gracia para que con tal devocion oigamos la misa, que lo­
gremos sus frutos en esta vida y en la otra. Amen.

EJEM PLO .

Á.I principio de este siglo se vió en la parroquia de Roybon, cercs


de San Marcelino, obispado de Grenobie en Francia, una familia de
labradores, cuyo jefe dió las mas grandes pruebas de santidad y per­
fección. Una de las cosas en que mas se distinguía, era la constan­
cia, fervor y devocion con que asistía al santo sacrificio de la misa,,
no obstante la distancia en que vivia, la edad que tenia, los acha­
ques de que adolecía, y, lo que es mas, el tiempo y lugar en que
moraba, en Francia, que todos sabemos cómo estaba la piedad en
aquel reino al principio de este siglo; no obstante Antonio Gimen,
que así se llamaba, aunque apartado de la iglesia una hora de ca­
mino, no dejaba de llegar á ella de los primeros para asistir á to­
dos los ejercicios religiosos, y sobre todo á la misa parroquial, que
en este logar se dice muy de mañana. No faltaba á ella niegan dia
de Cuaresma y fiesta de precepto y aun de devocion. En los últimos'
años de su vida no podia ir en invierno á cansa de sus enfermeda­
des y dolor de piernas; mas desde ia Pascua basta la fiesta de To­
dos los Santos, tiempo en que mejoraba, se levantaba antes de las
dos de ia madrugada, y se marchaba apoyado en dos palos á la igle­
sia, á donde llegaba á tiempo despues de haber empleado algunas
tres horas en el viaje por la grande dificultad con que tenia que an­
dar. Este fervoroso cristiano murió á últimos de diciembre del
arto 1809 á la edad de setenta y cinco años. ¡Qué confusion tan
grande sufrirán en el dia del juicio íinal aquellos cristianos tibios y
IIojos que por pereza, ó por uaa pequeña indisposición dejan la mi­
sa, cuando Jesucristo los pondrá en parangón con este labrador, con
san Isidro que también la oia cada dia, con san Luis rey de Francia
que cada dia oia dos!...

MEDITACION.
Sobre no di talar la penitencia.

Considera, cristiano, que el que dilata su conversiones, dicesan


Bernardo, ó porque cree que Dios no'perdonará sus pecados, ó por­
que cree que los perdonará. SÍ tú estás en este caso y crees que no
te perdonará, ¿no seria una demencia que multiplicases tus penas
multiplicando delitos? Si crees que te perdonará, ¿qué mayor po­
dia ser tu malicia, que tomar ocasion para ofenderle de lo mismo
que debía obligarle á mas amarlo? Porque Dios tiene tanta bondad
para perdonarte, ¿no has de tener temor de ofenderle? ¿Un hombre,
11 u cristiano, un demonio es capaz de discurrir de esta manera? O
crees que Dios te dará poco tiempo para que te arrepientas, ó crees
que te dará mucho. Si crees que te dará poco, ¿cómo no aprovechas
lodos los momentos de un tiempo tan breve? Si crees que te dará
mucho, ¿de qué mejor modo podrás mostrar tu gratitud que em­
pleando en desenojarle un tiempo que ha negado á tantos y á tí te
concede? O crees que algún dia te arrepentirás de tus pecados, ó
crees que no te arrepentirás. Si crees que no te has de arrepentir,
estás desesperado y esta es tu mayor desgracia. Si crees que te has
de arrepentir, ¿por qué al instante no te niegas al gusto de pecar,
y de que precisamente te has de arrepentir ó te has de condenar?
¿Cómo puedes tener placer en una acción de que has de tener al­
gún dia sumo dolor?
Considera que no llenes justo motivo para dilatar ia penitencia al
tiempo que ha de venir, no habiendo seguridad de tenerle. El tiempo
que pasó ya no es tuyo, y el que ha de venir puede que tampoco lo
sea. Sepas, pues, que este tiempo que Dios te concede de presente,
el mismo Jesucristo te dice que es muy corto y se pasa en breve. ¿Por
qué 110 lo empleas bien? ¿Acaso dirás que de aquí á unos dias te
convertirás? Pues ¿por qué no lo haces hoy mismo? Tu necesitas
de la gracia de Dios para convertirte, y hoy te convida con ella;
¿por qué ía desechas? ¿No temes que se canse de esperarte y te
abandone? Cuanto mas dilates tu conversión, mas multiplicarás los
pecados, y cuanto mas multipliques ios pecados, mas te alejarás de
Dios, mas se enfriará tu corazon, y mas se irritará el Señor contra
ti. Cuanto mas dilates la penitencia, tus pasiones se liarán mas vio­
lentas, tomarán mas fuerzas tus malas costumbres, te se apagará
del lodo ía luz de la razón, y quedará tu espíritu deí todo ciego. ¿Te
parece que todo esto podrá hacer fácil tu arrepentimiento el dia
que te pareciere? No puedes ahora romper con el pecado, al que
estás por decirlo así atado con un hilo, ¿y podrás despues romper
cnando estarás amarrado á él con una maroma? No te resuelves
ahora á salir de un lodazal en que te has entrado hasta las rodillas,
¿y crees poder salir cuando estés metido hasta los ojos? ¿Por qué
desde este mismo instante no tomas la resolución de evitar tu últi­
ma desgracia con la penitencia? ; Ay hermano mío! que el corto
tiempo de gracia y de salud te se pasa por momentos.
El demouio te dirá: 110 importa eso, tú te convertirás á ía hora
de tu muerte. ¡Oh, y qué engaño tan pernicioso! Si lo crees, y es­
peras para convertirte este último trance, ¿quién te asegura de que
entonces tendrás tiempo? Solo Dios puede hacerlo, y Dios le ase­
gura de lo contrario. ¡Qué! ¿no reparas cuántos mueren repentina­
mente que tenían la misma esperanza que tú? Pues oye lo que te
dicen con voz secreta: hoy nos ha sucedido á nosotros, y mañana puede
suceder le á tí. Ahora pues, tú que tantas seguridades tomas para co­
sas de poca monta, cuando se trata nada menos que de una des­
gracia ó dicha eterna ¿querrás aventurarla á un puede ser? Y aun­
que estuvieses cierto de que no morirás de repente, ¿teparece que
á la hora de la muerte estarás para pensar en tu arrepentimiento?
¿Podrás prometerle el sosiego y libertad de espíritu que es preciso
tener entonces para aplicarte á una cosa tan difícil? ¡Oh y qué en­
gaño tan fatal! Un hombre agravado por la violencia de !a última
enfermedad, los sentidos amortecidos, las potencias embargadas por
los dolores, y el espíritu afligido por la separación de lodo lo que
mas amaba, atormentado con mil objetos funestos, espantado á la
vista de ía eternidad, y temeroso de su futura suerte; este hombre
en tal conflicto no está capaz para atender ni aun á las cosas de me­
nos consideración. Pues ¿cómo podrás tú aplicarte á una cosa tan
importante y difícil como es una buena confesion, acompañada de
un vivo dolor de los pecados y de un arrepentimiento nacido délo
íntimo del corazon? Un dolor de muelas ó una jaqueca imposibili­
tan para formar una cuenta de corta numeración; ¿y querrás tú,
pecador malamente confiado, que los dolores de la muerte te dejen
libertad para hacer una confesion larga, y para arreglar una cuen­
ta tan escabrosa, cuyo finiquito ha de ser la sentencia de salvación
ó de eterna condenación? Piénsalo bien, y no te fies.

P a ra sacerdotes.

((¡Ay mis venerados sacerdotes! Nosotros vivimos en medio de un


«mundo tantas veces reprobado por Jesucristo y todo lleno de cor­
rupción y malignidad, y somos puesios en él para curarlo y pre­
servarlo, sin aficionarnos nosotros. Pero ¡con cuánto cuidado de-
abemos vivir, para que no nos convierta él á nosotros, antes que
«nosotros á é) [ Nosotros por nuestro ministerio somos testigos de
«cuántos pecadores, que dejaron su conversión para la hora de la
«muerte, perdieron sus esperanzas y la sal vacion, por faltarles aquel
«tiempo que ellos se prometían. Aprovechémonos de estos ejempla­
re s, no abusemos del tiempo, de las 1uces y de las gracias que Dios
«nos concede. Ratifiquemos la palabra que dimos de ser enteramen­
t e y para siempre del Señor, y nunca dejemos de serlo fiados en el
«último momento, para que cuando éste llegue, el Señor se haga
«todo de nosotros.»

JACULATORIAS.

¡Oh divino Salvador! haced que si entre mis ejercitantes hay al­
guno vanamente confiado en el tiempo futuro, se resuelva á una
pronta y seria penitencia.
Y si este pecador por quien ruego soy yo, ¡oh Jesús mío! conver­
tios Vos á mí, y yo me convertiré á Yos.
Agradecido, Padre mió, á la paciencia que habéis usado conmi­
go, desde este momento me convierto á Yos, diciendo de lo intimo
de mi corazon que me pesa de haberos ofendido; pésame, Señor, de
haber pecado.

PLÁTICA.
Sobre no d if e rir la conversión.

Ejercitantes: veinte y seis dias van ya transcurridos en los que


no os he hablado de otra cosa que de pecados, de contrición, de pe­
nitencia, de confesion, y de todos los motivos que pueden inducir
al pecador á que entre dentro de sí mismo y se resuelva á pensar
seriamente en ía salvación de su alma, que es el Iin para que Dios
nos crió. Y á pesar de esto veo que no corresponde el resultado á
mis esperanzas. Lo poco frecuentada que veo la capilla de comu­
nion para cumplir coa el precepto pascual, me daá pensar que ha­
brá muchos que sordos á ios llamamientos de Dios quieren aun dar
largas á su conversión. Pecadores, ¿qué es esto? ¿Qué es lo que
puede deteneros para no dar este paso del que pende vuestra sal­
vación? Mas, sea lo que se quiera, yo en cumplimiento de mi mi­
nisterio vengo esta noche á intimaros de parte de Dios (hablo con
los que vais dilatando de dia en dia vuestra conversión), que mori­
réis en vuestro pecado. Si no os resolvéis á dejar vuestros escánda­
los, vuestros rencores, vuestras deshonestidades y otros vicios que
os detienen, se hará inexorable para vosotros la divina Justicia, mo­
riréis en vuestro pecado. El mismo Jesucristo os lo dice con estasv
formales palabras: «Me buscaréis y no me encontraréis, y moriréis
«en vuestro pecado.» Ejercitantes: haced m e la justiciade creer que
no hablo con todos vosotros; antes por lo contrario, vuestra incan­
sable asistencia á los santos ejercicios, vuestra atención y devocion
en la mayor parte de vosotros me da las mejores esperanzas de vues­
tro aprovechamiento espiritual. Pero, amados mios, por el interés
que me tomo en vuestro bien, y para que procuréis con todo esme­
ro evitar el mal que ahora quizá estáis exentos, voy á demostra­
ros que quien difiere su conversión corre riesgo de morir impe­
nitente.
El mas fino estratagema de que se vale el demonio para perder
á una alma es lisonjearla en esta vida con la esperanza, para des-
pues á la hora de la muerte precipitarla en la desesperación, hacien­
do creer al pecador que para él ya no hay esperanza de salvación.
«¿Cómo puede ser, le sugiere, que salgas del laberinto de tantos
«amores y aficiones desordenadas con que te hallas enredado ?¿Cómo
«podrá ser que hagas un acto de verdadera contrición para lograr el
«perdón de tus pecados, teniendo tan irritado á Dios? No tienes que
«esperar tal cosa.» Y al contrario, en vida le adula con la esperan­
za de qne no solo es posible sino muy fácil en todo liempo y á cual­
quier hora ia coutricion del pecador. Y con este dulce encanlo, con
esta fantástica imágen de perdón lo engaña, lo entretiene hasta la
muerte, y al íin lo pierde. Yo soy jóven (dice el pecador ya aluci­
nado), y la sangre me hierve en las venas. ¿Cómo será posible que
yo deje de seguir ahora las inclinaciones de la juventud? ¿Yhora go­
zaré la primavera de mis años, y de penitencia trataré cuando ven­
ga el invierno de la vejez: ¿acaso no es bastante para salvarme un
acto de contrición á la hora de mi muerte?
jA.li infeliz y mal aconsejado joven! Yen, y te hablaré no como
predicador, sino como un amigo que te estima de corazon. Yen, y
díme de buena fe: ¿cómo te atreves á vivir del modo que vives, con
la esperanza de llegar á una edad muy avanzada y que quizá y sin
quizá no la verás? ¿Quién te ha dicho que la muerte, que va en tu
alcance, no te cogerá en el dia menos pensado? Vuelve la vista;
hijo mió, no mas que desde estos ejercicios hasta los del año pa­
sado, y verás cuántos jóvenes como tú, y mas jóvenes que tú, que
vivian con las mismas esperanzas que tú, y están ya pudriendo latie­
ra. ¿Quién te ha dicho á tí de parte de Dios que tú tendrás larga
vida? Y aunque la tuvieras, ¿quién te asegura que morirás con to­
dos los Sacramentos? ¿No has visto ni oido que muchos han muerto
de una ejecutiva calentura maligna, de una fina apoplejía, de un
letargo que no les permitió confesar, de una caida imprevista, de
un golpe de bala ó de piedra que en un momento les cortó el hilo
de la vida? ¿Tienes tú algún privilegio para que no experimentes
igual desgracia? ¿No sabes que otros jóvenes como tú han sido des­
graciadamente muertos cuando se estaban disponiendo para ejecu­
tar la maldad, ó cuando ía estaban cometiendo, ó poco despues de
haberla hecho? Y si á tí te sucede'otro tanto cuando estes maqui­
nando el modo de cumplir tus depravados deseos, cómo lograrás tu
venganza, ó triunfarás de aquella inocencia; ó si en el mismo acto
de pecar te coge el sueño mortal, ¿qué será de tu pobre alma? Mo­
rirás impenitente, y te condenarás, Es muy probable que así te succ-
da; porque yo leo en las santas Escrituras que el Señor acostumbra
quitar la vida á los impíos antes de tiempo. Si abro el libro de los
Proverbios, eu él leo esta sentencia: «Los años de los impíos serán
«abreviados.» Si tomo el libro de Job, él me dice: «El impío pere­
ce rá antes que se llenen sus dias.» Si repaso el Eclesiástico allí en­
cuentro: «El que desprecia la corrección tendrá una vida cercena-
«da.» Y en el mismo libro: «No vivas mucho tiempo en la impie-
«dad, porque morirás en el tiempo que no es tuyo.» ¿Y esto no lo
liemos visto muchas veces con nuestros propios ojos? ¿Cómo, pues,
podrás tú coníiar de que no se cumplirán en tí las amenazas del Se­
ñor? ¿Cómo te atreverás á continuar en tus desórdenes, y á dejar
tu conversión para la vejez? Desengáñate, hermano mío, que es muy
probable, por no decir cierto, que Dios te quitará la vida en lo me­
jor de tus años con muerte repentina ó sin Sacramentos. No te fies
en una penitencia incierta que de nada sirve, sino de hacer reír al
demonio, viendo cuán fácilmente te lia cogido en la red. Pecador,
date prisa á mudar de vida. El infierno se ha conjurado contra tí
para perderle con muerte eterna. Yo te aviso que el único medio
para salvarte es la pronta conversión ó mejor vida. No, lo dejes de
dia en dia para mañana; porque en tu misma confianza le asaltará
la muerte. Da de mano al pecado; emprende la penitencia, y con
una confesion bien hecha asegura el perdón de tus pecados, ia amis-
íad de Dios, y la esperanza de eterna gloria. Esta os deseo, etc.
EJERCICIO VIGÉSIMOCTAVO.

LECCION.
B e l M atrim onio

P. ¿Que es Matrimonio?
R. Utt Sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo que da
gracia á los casados para que vivan pacíficamente entre sí, y crien
hijos para el cielo.
P. ¿En qué consiste la santidad del Matrimonio?
ñ. En la gracia queda á los que le reciben bien, y en que repre­
senta la unión de Cristo con su esposa la santa iglesia.
P. ¿Quién puede recibir este Sacramento?
R. Los que tienen la edad que se requiere, y no tienen cansa que
lo impida.
P. ¿Qué debe preceder al Matrimonio ?
Tí. Los esponsales.
P. ¿Qué son los esponsales?
R. Son aquella palabra ó promesa de matrimonio que los solteros
se hacen recíprocamente ante el párroco antes de llevarlo á efecto,
con el consentimiento de los padres, siendo de menor edad, y no
teniendo padres, con el beneplácito de los abuelos, y á falta de és­
tos, con ia inteligencia déla Real justicia. Y esta promesa están los
contrayentes obligados á cumplirla bajo pena de pecado mortal, á
no ser que se separen de ella de común consentimiento, 6 haya jus­
ta causa para no llevar á efecto el matrimonio.
P. Y los que así se prometieron ¿podrán cohabitar en una mis­
ma casa?
R. No ; y pecan los que así lo hacen: ya por el peligro que hay
en esto, ya porque la Iglesia !o prohíbe, y ya por el escándalo que
de esto resulta. Y no solo pecan ellos, sino también los padres que
lo consienten.
P. Pues ¿cómo se han de conducir para tratar de las cosas con­
cernientes á su enlace?
R. Podrán hacerlo por medio de los padres ó por otra persona *
ó cuando mas en presencia de los padres, ó de los que estén en la ­
gar de padres.
P. ¿Cuándo queda hecho el Matrimonio?
R. Cuando los contrayentes solemnemente se hacen mútua en­
trega de su persona, y recibeu la bendición del párroco ó de otro sa­
cerdote coa su licencia, y con presencia4 lo menos de dos testigos.
P. ¿Qué disposición se requiere en los contrayentes para recibir
bien este Sacramento?
R. Se requiere estar ea gracia de Dios, para no hacer un sacri­
legio. Y por esto deben ir bien confesados, haciendo esta diligen­
cia antes del dia de su casamiento, para poder remediar con tiem­
po, si en virtud de la confesion aparece algún inconveniente ó im­
pedimento.
P. Si este Sacramento da gracia á los casados para vivir pacífi­
camente entre si, ¿por qué hay tantos matrimonios malos?
Pi. No está el defecto de parte del Sacramento, sino en que mu­
chos se casan sin llevar el recio íin para que se instituyó el Matri­
monio; pues unos se casan llevados por la codicia de los intereses
que logran con tal casamiento; oíros solo para satisfacer su brutal
pasión, y otros porque los padres por respetos humanos los inducen
al matrimonio, sin averiguar las circunstancias de consorte, y sin
examinar ni atender á la inclinación délos hijos. Y de esío resultan
despues las discordias entre los casados, el maldecir su casamiento
y á quien lo intentó, y una vida rabiosa que es principio del infier­
no que les aguarda.
F. ¿Qué debe hacerse para que el Matrimonio resulte bueno?
R. Lo primero que se debe hacer es consultarlo con Dios y con
los padres y el confesor. Lo segundo es no casarse meramente por
la dolé ó patrimonio del consorte; porque entonces mas se quiere al
dinero que al compañero. Lo tercero, no casarse llevados solamente
de la buena presencia de la persona, sino principalmente de sus bue­
nas prendas morales ; porque éstas nunca se hacen viejas, y siempre
son apreciables. Pues si el que se casa es solo por la hermosura del
cuerpo, luego que ésta se pierde por algún accidente ó por los años,
la persona viene á ser despreciada. Y lo cuarto es procurar que haya
entre los dos una igualdad razonable en edad, linaje, conveniencias
y costumbres.
P. ¿Tienen obligación los casados de amarse el uno al otro?
R. Así lo quiere y manda Dios, Y este amor se lo deben manifes­
tar mútuamente no solo con palabras, sino también con obras; aya-
dándose ea las necesidades y trabajos, y concordando en [o que pare­
ciere mejor para el buen gobierno de la casa y familia. En este punto
deben ios dos consortes parecerse á los ojos de nuestra cara, que los
dos miran siempre á un tiempo á una misma parte; pues délo con­
trario no faltarán discordias.
P. ¿Tienen obligación los casados de vivir juntos?
K. Es tan precisa la obligación de vivir juntos, que por ningún
motivo puede dispensarse, no habiendo justa causa aprobada por el
tribunal eclesiástico; así lo tiene mandado Jesucristo, la santa Igle­
sia y el rey. La justicia ordinaria debe obligar á que se reúnan los
divorciados, bajo las penas que impone la ley.
I \ ¿Cómo deben portarse los maridos para vivir en paz con su
consorte?
R. Deben tratarla con amor, sostener con blandura la autoridad
de cabeza de familia, cuidar de ocurrir á las necesidades de la mu­
jer con el esmero posible, darle en todo buen ejemplo, y llevar con
paciencia sus impertinencias y flaquezas; porque siempre es mejor
templar la cuerda que romperla.
P, ¿De qué edad pueden casarse?
R. Los hijos pueden casarse á los catorce años, y las bijas á los
doce.
P. ¿Para qué amonesta la Iglesia á los que van á casarse?
R. Para que quien sepa de algún impedimento lo manifieste al
párroco, á íin de que no resulte nulo e! Matrimonio. Y el que sabe
de impedimento debe delatarlo bajo pena de pecado.
Ejercitantes solteros y casados: si procedeis á tomar el estado de
matrimonio, y en él os comportáis según la doctrina que os he da­
do, estad seguros de que en vuestro estado, lo mismo que un monje
en el suyo, podréis merecer la gloria. Así sea.

EJEM PLO .

En ía explicación de un catecismo francés se halla el ejemplo que


voy á referir: Una señorita muy virtuosa se hallaba en el año de
1836 á punto de contraer un matrimonio muy rico y muy brillante,
cuando supo que ei jóven con quien debia casarse, no solamente no
frecuentaba los Sacramentos, sino que además se permitía, en cier­
tas circunstancias algunos chistes y sarcasmos contra la Religión.
Tan pronto como la novia supo la verdad de la poca religión de su
pretendiente, dijo á su madre que de ninguna manera se queria
casar con semejante jóven; se dió prisa á volverle todas las joyas que
había recibido; y cuantas representaciones se le hicieron no pudie­
ron hacerla mudar de resolución. Al cabo de algún tiempo la divina
Providencia le deparó otro jóven de poca fortuna, pero de mucha
piedad y religión; se casó con él y fue su felicidad.
Por lo regular los impíos nunca hacen buen matrimonio, son in­
fieles y el verdugo de su desgraciada esposa. Aprended, niñas, de
esta jóven; no os caséis con hombres impíos, porque lo pasaríais
mal, seríais infelices y desgraciadas,

MEDITACION,
Sobre la reincidencia.

Considera, cristiano, que si reincides muchas veces en el pecado


te imposibilitas para salir de él. Toda caida debilita, pero la recaí­
da debilita mas y aumenta ja dificultad de levantarse. Cuanto de
mas alto se cae, tanto es mas violenta y peligrosa la caida. Un hom­
bre que está en gracia está muy alto, porque está unido á Dios; y
cae muy bajo cuando reincide en la culpa, porque ésta tiene por
centro el infierno. Para levantarse de ese precipicio tan profundo es
preciso hacer grandes esfuerzos; y para hacerlos es menester un
auxilio muy poderoso. Un hombre que ha caído tantas veces, y que
otras tantas abusó de las gracias, ¿merece acaso que Dios se las dé
extraordinarias? No solo no tiene motivo para esperadas, sino gran­
de razón para temer que Dios se las negará; porque su reinciden­
cia le hace totalmente indigno por las circunstancias que.le acom­
pañan. La primera es una infame ingratitud á un bien tan precioso
cómo es la sangre de Jesucristo, que tan poco aprecia, y aun tiene
gusto de perderla. La segunda, es ei horrible menosprecio del per-
don que se le habia concedido; y parece que ofende á Dios para pe­
dirle perdón, y le pide perdón para volver á ofenderle, haciendo de
la paciencia de Dios el motivo de su insolencia en ofenderle. La ter­
cera es la perfidia que usa con su Majestad después de tan reitera­
das promesas, y quebrantadas por agradar á una miserable criatu­
ra, ó por satisfacer una pasión vergonzosa, Y un hombre tan ingrato
y pérfido ¿podrá hacer cuenta de obtener unas gracias que tantas
veces ha menospreciado? No permitáis, Señor, que yo añada la per­
fidia á mis delitos; pues sí tendría vergüenza de ser pérfido con
los hombres, ¿cuánta deberé tener de serlo con mi Dios?
Considera, ejercitante, que san Pablo dice que es imposible, que
es sumamente difícil que aquel que fue ilu mi natío y se vuelve atrás
de la gracia que recibió, se renueve otra vez por una verdadera pe-
nitencia. ¡Qué sentencia tan terrible contra los que recaen con tanta
frecuencia! Mucho nos debe hacer temblar. Aunque faltara la fe, la
misma razón natural nos hace comprender esta verdad. Las reinci­
dencias unen la voluntad al pecado con cadenas tan fuertes, que es
muy dificultoso el romperlas. La repetición délos actos, ya sean
buenos ó malos, produce costumbres ó de vicio ó de virtud. Pero
los hábitos del vicio se forman con mas fuerza y prontitud; porque
tienen raas conformidad con las inclinaciones de nuestro corrompi­
do corazon. Y un hombre que estuvo en gracia y repite los acíos de
Ja culpa, forma la costumbre con mas fuerza, porque obra con mas
malicia y determinación. Estas frecuentes recaídas hacen la peni­
tencia mas difícil, porque inutilizan los medios. Ellas quitan al pe­
cador el deseo de aplicar los remedios, ó por ia experiencia del poco
fruto que produjeron, ó porque pierde la esperanza de la enmienda.
Y en este estado ¿qué podrá mover á un hombre para salir de la cul­
pa, si todos los medios y razones que le podian animar ya los ha me­
nospreciado? ¿Con qué se podrá convertir? ¡Ay amados mios! que
para esto es necesario un milagro de la gracia.
Considera, pecador, que las frecuentes recaídas hacen sospecho­
so el arrepentimiento. Acaso dirás tú que si tienes facultad en caer,
también la tienes para levantarte. Pero el prudente confesor por esa
misma razón duda de tus confesiones. Porque, ¿qué importa que
te levantes, si inmediatamente caes? La voluntad del hombre, aun­
que es inconstante, ordinariamente no pasa en un momento de un
extremo á otro; y mas siendo tan opuestos como son un verdadero
odio al pecado y una ciega afición á él. Nuestro corazon no pasa tan
pronto de un grande odio á una grande amistad. No ha roto ente­
ramente con su enemigo el que fácilmente se reconcilia con él; ni
se puede llamar hoy perfectamente curado el enfermo que mañana
padece la misma calentura. Tampoco podrás decir que quisiste, pero
que no pudiste dejar e) pecado. Porque si de veras hubieras queri­
do, lo hubieras dejado; porqueta ayuda de la gracia á nadie !a
niega Dios. Y esto no obstante ¡cuántas veces le has prometido no
pecar mas, y estando en tu mano aun no lo has cumplido! Luego
no se puede creer que tus palabras fueron de buena fe, ni verda­
deros tus propósitos. Es efecto infalible de la confesion bien hecha
la gracia sacramental; ésta da fuerza para resistir á las tentacio­
nes que nos llevan al pecado y una gran precaución para que nos
20 YA LVERD E.
apartemos de las ocasiones de pecar. Pues no experimentándose en
ti esta fuerza, sino la debilidad lastimosa con que recaes; si no se ve
en ti precaución alguna para evitar las ocasiones, sino siempre la
misma facilidad de ponerte en ellas; hay una grande razón para j uz-
gar que si en tí no hay enmienda, es porque la confesion no causó en
tí la gracia sacramental, porque no tuviste verdadero dolor, ni sin­
cero arrepentimiento, ni firme propósito.
Para sacerdotes.
«Un hombre que da una palabra á otro hombre hace punío de
(thonra no faltar á ella. Solo el pecador reinciden Le no hace vergüen-
«za de faltar á la palabra que tantas veces y con tanta solemnidad
«dió á su Dios. Nosotros, hermanos mios y compañeros, si nos sen­
tíamos en el confesonario, y se llega un pecador reincidente, no
«creamos sus propósitos y promesas, por mas que los esfuerce. No
«quiera Dios que tengamos la debilidad de fiarnos para nosotros y
«entre nosotros de palabras dadas mil veces á Dios y mil veces que­
brantadas. Nosotros no estamos exceptuados de la regla común á
«todos en este particular. Antes bien, por razón de nuestro estado y
(da grande obügacion que tenemos de aspirar á la perfección, tiene
«mas fuerza para nosotros la condenación pronunciada por el papa
((Inocencio X I contra las dos proposiciones que favorecen lareinci-
«dencia. El Sr. Collet decía: Mas quisiera ser quemado vivo, que
«absolver á un sacerdote consuetudinario.))
JACULATORIA.

¡A.y Jesús inio! ¡y qué despreciable me hice á Yos, reincidiendo


tantas veces en mis culpas!
Tomaré desde hoy, Salvador mío, la firme resolución de aprove­
charme de todos los medios que me proporcione vuestra gracia, y de
los avisos de mi confesor para no volver otra vez al pecado.
Haced, Padre mió , que me levante de la culpa para no volver á
ella. Os lo suplico con todas las veras de mi corazon; y con las mis­
mas os digo que estoy arrepentido de mi infidelidad, y que me pesa
en el alma haberos ofendido.

PLÁTICA.
Sobre la reincidencia.

Ejercitantes: si cuando eí pecador llega una vez á sacudir el yu-


.go del pecado pusiese en adelante tanto cuidado para no caer otra
vez eu la esclavitud del demonio, cuanto pone un hombre, á quien
una vez los ladrones robaron su casa, en asegurar bien las puertas
por donde entraron, no serian tan frecuentes sus recaídas eu la cul­
pa. Pero vemos que muchos que tuvieron la fortuna de descargarse
del enorme peso de sus maldades á los piés del confesor, confiando
nías de lo que debían en sus propósitos, al instante vuelven á las
mismas ocasiones, y de consiguiente á revolcarse en el cenegal de
sus vicios. ¿Y cuál os parece será la causa de tan miserable y fácil
reincidencia? No otra, amados mios, que la demasiada confianza en
■sus propias fuerzas, y no tomar en consideración la pertinacia del
demonio en perseguirlos hasta perderlos. Porque si una vez fue ven­
cido y arrojado del alma por la penitencia, astuto vuelve otra vezá
tentarla con mayor fuerza; y si es menester traerá en su ayuda to­
dos los demonios del infierno. ¿Qué deberá, pues, suceder á un
penitente descuidado y que no se aparta de los peligros? Si antes
cayó a) soplo de una ligera tentación, ¿cómo podrá despues resistir
al impulso de un huracan reforzado por la rabia del demonio? £s
de temer que caiga no solo en los pecados pasados, sino también en
otros mayores. Por tanto, amados mios, para que despues de vues­
tra conversión toméis todas las precauciones necesarias para evitar
otra caída, voy á demostraros que no hay estado mas miserable en
el pecador que el de reincidencia.
Consideremos primero el furor con que procura Satanás la per­
dición del hombre. Apenas el pecador lo arrojó de su alma en vir­
tud de la verdadera contrición, se monta tanto en coraje, que sin
embarazarse por ello se vale de todos los medios y ardides para ha­
cerse otra vez dueño de aquel corazon. Y en lograrlo; ¿con qué ti­
ranía creeréis que trata á su nuevo prisionero? Tomemos el símil
del mas fiero y cruel carcelero de la tierra. ¡Ah, y qué diferencia
tan grande! Vemos que un carcelero de entre nosotros, cuando se
le fugó un reo á quien movido de piedad habia tratado con alguna
contemplación, si vuelve á caer en prisión, entonces ya se conduce
con él con algo de mas estrechez y severidad, no por venganza ni
mala voluntad; sino porque no se le haga cargo por su descuido si
otra vez se le escapase. Pero el demonio, enfurecido contra el pe­
cador que una vez rompió las cadenas del pecado á favor de la ver­
dadera contrición, si vuelve á cogerlo por el pecado, lo aprisiona
con dobles y mas gruesos grillos, no por temor de que sea recon­
venido de su descuido, sino por la rabia en que se abrasa cuando^
se le va de entre sus manos una alma que tenia en la esclavitud. lTn
carcelero acá en la tierra, advertido de su descuido y negligencia
por la primera fuga del prisionero, cuando éste es cogido otra vez,
no solo lo cela de noche y de dia, sino que también suele cercenarle
la comida para debilitarlo contra otra tentativa de rompimiento de
cárcel. Y el demonio ¿qué hace con el pecador que otra vez cayó
en sus manos? Si primero se valió del engaño de los sentidos para
inducirlo á la culpa, v. g., con la vista de un objeto provocativo, ó
con la suavidad de los placeres de la carne; ya no se contenta des­
pues con presentarle por el dia estos atractivos, sino que los deja es­
tampados en su imaginación para tenerlo dia y noche amarrado con
las cadenas del pecado. Y si el carcelero de los hombres para pre­
caver otra fuga refuerza los calabozos y asegura mas las puertas; el
carcelero del alma que volvió al pecado, con imponderable coraje la
pone en la mas desesperada situación. Todo lo que pueda condu­
cirla de cerca y de lejos, ó pueda ayudarla á levantarse otra vez de
la culpa, todo, todo se lo quita. Le pone horror á ]a confesion, le
hace que conciba tedio á la sagrada comunion, le endurece el cora­
zon, le ciega el entendimiento, y le cierra toda entrada á las luces
del cielo. ¿Puede darse estado mas miserable que el de este reinci­
dente pecador?
Pecador, ¿dirás que tienes confianza de que Dios misericordioso
te auxiliará en todo trance? [A.hí laudable y justo es esperar siem­
pre el auxilio de Dios. Pero te engañas mucho con respecto á tí mis­
mo, Es verdad que Dios promete sus auxilios á los justos, y aun á
los pecadores que tratan de mudar de vida sériamente, aunque es­
tén vacíos de méritos y virtudes; pero también es verdad que tira
terribles amenazas contra los pecadores reincidenles, que á manera
de perros vuelven á tragarse el vómito de sus culpas. Dame un mé­
dico que habiendo sacado de las garras de la muerte á un enfermo,
no lo abandone intimamente y lo deje por desahanciado, si por se­
guir éste sus antojos, contra lo prevenido por el médico, vuelve una
y muchas veces á recaer en la enfermedad. No lo encontrarás. Pues
si el médico de los cuerpos abandona al enfermo que hace costum­
bre de no obedecerle, ¿querrás tú que Dios, médico de til alma, te
sostenga, haciendo peor que aquel? Oye, pues, lo que te-dice:
«¿Qué liaré contigo, que despues de tantos avisos y castigos aun
«añades prevaricaciones á prevaricaciones? ¿Qué haré sino aban­
donarte?» Oye al Espíritu Santo que dice: «¿Quién oirá las sú-
íí plicas del que continúa cometiendo íos mismos pecados?» Oye fina]-
mente al mismo Dios en boca de Jeremías: «Humos querido curar
«á Babilonia (figura del alma), y ella no ha querido curarse; dejé­
mosla abandonada.»
Ejercitantes; baste lo dicho para que esteis persuadidos de que
no hay estado mas miserable que el de un penitente que reincide
con frecuencia en los mismos pecados que conliesa. Pecadorde cos­
tumbre, díme tú ahora: si liega á dejarte Dios, como te amenaza,
¿qué esperanza de remedio te quedará entonces? ¿Te parece que
cuando te dé ia gana de convertirte, lo lograrás sin otro auxilio que
tus propias fuerzas? La primera vez que pecaste pudiste levantarle
con la oracion, cuya virtud aplaca la ira del Señor, y con el uso de
ios santos Sacramentos, que son la medicina del alma. ¿Piensas tú
•que estos medicamentos espirituales tendrán para tí, siempre que lo
quieras, y en tu actual conducta, la misma virtud que entonces?
¡A.h! sí que la tendrán en sí; pero no la experimentarás. Porque la
costumbre de pecar te dejará ílojo para buscar el remedio; descuida­
rás enteramente de la salud de tu alma, llegarás á no sentir la en­
fermedad, te horrorizará el nombre de penitencia; atolondrado con
la gravedad y número de tus pecados, caerás en desesperación, y
ai fia experimentarás eu tí mismo, pero tarde, que no hay estado
mas miserable que el de un pecador de costumbre.
Quiera Dios, hijo mió, que aprovechándote de esta doctrina te
resuelvas pronta y eficazmente á mudar de vida, te conviertas al Se­
ñor, y por medio de una dolorosa confesion asegures el perdón de
tus pecados, la perseverancia en la gracia y la eterna gloria. Esta
os deseo, etc.
EJERCICIO VIGÉSIMONOVENO.

• LECCION.
Da las obras de m isericordia.
Ejercitantes: no hay en nuestro cuerpo cosa de mas estimación
que los ojos. Y diciendo Dios que los pobres son las niñas de sus
ojos, debemos creer que de todos los hombres son los pobres los que
se llevan sus primeras atenciones. Y hemos de creer también que lo
que en favor de ellos hagamos ha de ser muy del divino agrado. Por
tanto, voy á hablaros de las Obras de misericordia que la Iglesia
nos enseña, y que contienen todos los modos que hay de hacer bien
á nuestros prójimos.
P, ¿Cuántas son las obras de misericordia?
R. Son catorce; siete corporales, y siete espirituales.
P. ¿Cuál es la primera obra de misericordia corporal?
ñ. V is ila r los enfermos.
Por esta obra de misericordia el espíritu del pobre enfermo, aba­
tido por la fuerza de los accidentes, cobra nuevo ánimo y consuelo,
viendo que su amigo toma parte en sus trabajos, y contribuye á su
alivio del mejor modo que puede. «Estuve enfermo y me visitaste,»
nos dirá Jesucristo en el dia del juicio, como si dijera: «Yo estuve
«enfermo en tn prójimo, y tú venisteá divertir mis tristezas yexpla-
«yar mi ánimo, con lo que recibí mucho consuelo en mis penas.»
Vosotros mismos, amados mios, lo habréis experimentado si alguna
vez estuvisteis gravemente enfermos. Cuando estábais postrados en
una cama, cerradas las puertas del aposento, privados basta de la-
luz del dia, revolviendo ideas tristes, ¿no os alegrasteis de ver en­
trar á vuestro amigo que os saludaba con cariño y compasion? ¿No
os sirvió de consuelo ver que sentándose á vuestra cabecera os en­
tretenía con buena conversación, y que despues se despidió con
expresiones llenas del deseo de vuestra salud? ¿No quedasteis sa­
tisfechos de su afecto, y le disteis gracias por su caritativa visita?
Pues esta es la obra de misericordia que Dios nos pagará en el cielo
cuando Jesucristo nos dirá : « Yen , bendito de mi Padre, á poseer
«el reino que te está preparado; porque estuve enfermo, y me vi-
«sitaste.»
P. ¿Cuál es la segunda obra de misericordia corporal?
ñ. D a r de comer al hambriento,
Desde el principio del mundo ordenó Dios que en todas las gene­
raciones venideras hubiese hombres ricos y hombres pobres, para
que éstos mereciesen la gloria llevando con paciencia su pobreza, y
los ricos la ganasen socorriendo á los pobres. Por tanto, hombres
pudientes, debeis estaren la creencia de que sois obligados por or­
denación de Dios á dar limosna á los pobres á proporcion de vues­
tros haberes; porque con esta carga se os han dado, Y así debeis
dar de comer al hambriento, porque es vuestro hermano y muy que­
rido de Dios. Aunque.el pobre os hubiese hecho algún mal, ó sea
desagradecido, dadle limosna; porque osla pide por el amor de
Dios, y esto debe bastar para que le alarguéis la mano. Nunca le deis
la espalda con desden al pobre que os pide; porque las quejas del
pobre, aunque sean secretas, llegan á los oídos de Dios, y hieren
su corazon. Oid loque 1103 dice el apóstol san Juan: «Si vieres á tu
«hermano necesitado, y teniendo con que socorrerlo endureces tus
«entrañas, y no lo consuelas, ¿cómo podrás decir que la caridad de
«Dios esíá en tí?» Sobre todo, amados mios, temamos la sentencia
que dará Jesucristo á los reprobos el dia del juicio: « Id, malditos,
«al fuego eterno que os está preparado desde la constiLucion del
«mundo; porque tuve hambre, y no me disteis de comer.»
P. ¿Cuál es la tercera obra de misericordia corporal?
R. D a r de beber a i sediento.
Esta es una obra de misericordia muy recomendada por Nuestro
Señor Jesucristo, y tanto, que nos dice: «que una bebida de agua
«que se dé en su nombre, no quedará sin recompensa.» ¿Y cuánta
no será la recompensa de un Dios omnipotente y liberal? ¿Cuánto
no agradecerá un pobre caminante, v. g., tostado deí sol y fatigado
del camino y del polvo, la bebida de agua que le deis? Si se os pre­
senta semejante ocasion, consolad de buena gana al pobre; dadle
de vuestro jarro y apagadle la sed; porque esa corta bebida que le
deis, sobre no empobreceros en la tierra, os hará ricos en el cie­
lo. Sí: Jesucristo os dirá en el último dia: «Yenid, benditos de
«mi Padre, á poseer el reino de los cielos; porque tuve sed, y me
«disteis de beber: cuando lo disteis al pobre sediento, á Mí me lo
«disteis.»

P. ¿ Cuál es ía cuarta obra de misericordia corporal?


11. V eslir al desmido.

Al instante que nuestros primeros padres Adán y Eva pecaron,


tuvieron vergüenza de verse desnudos, y se escondían entre los ár­
boles del paraíso para que Dios no los viese. Y el Señor, para qui­
tarles el rubor, compasivo les proporcionó materiales con que pu­
diesen cubrir sus carnes. Esta misma misericordia usa con nosotros,
haciendo que la tierra y los animales nos dén materias para cubrir
miestra desnudez. Y siendo Dios tan misericordioso con nosotros,
¿no os parece que llevará á mal que los hombres pudientes y so­
bradamente bien vestidos no se compadezcan de sus hermanos po­
bres y desnudos? ¿Os parecerá acaso que para practicar esta obra
de misericordia será menester que os desnudeis vosotros, ó que os
incomodéis mucho? Nada de esto es menester. Es verdad que algu­
nos Santos !o han hecho; pero á vosotros no se os pide tanto. Una
camisa usada ó remendada, un calzón, unos zapatos desechados,
cualquiera mueble de vestir que retiráis de vuestro uso, es bueno
para cubrir al pobre desnudo, y para adornar brillantemente vues­
tra alma. ¿Para que guardais esas cosas que no necesitáis? ¿No es
lástima que consuma la polilla lo que al pobre le vendría bien para
taparse, y á vosotros seria de eterna gala en el cielo? ¿Dejaréis que
se reduzcan á polvo unos hilos con que podíais tejeros una hermosa
capa de méritos, que ocultaríaá los ojos de Dios vuestros pecados,
diciendo el Espíritu Santo en formales palabras: «que la limosna
«cubre la multitud de los pecados?» No tengáis miedo de que por
eso os falte á vosotros lo necesario. Cid lo que nos dice Jesucristo:
«No andéis sobradamente solícitos para que no os falte con que ali-
«mentaros y con que vestiros: buscad primero el reino del cíelo,
«y lo demás queda al cuidado de vuestro Padre que está en loscie-
«los. Mirad á los pájaros que vuelan por el aire; que sin sembrar,
«ni segar, ni tener graneros, están siempre mantenidos por la di-
«vina Providencia. Reparad como los lirios del campo, sin tenerte-
«lares, visten con mas hermosura que Salomoncon toda su opulen­
c ia . Mi Padre que está en los cielos sabe mejor que vosotros lo que
«necesitáis. Él cuidará de que nada os falte, porque basta un cabe­
dlo de vuestra cabeza tiene en su consideración.» Amados mios,
vestid como podáis al prójimo desando, y vosotros seréis vestidos de
gloria en el cielo. Amen.

EJEMPLO
de Lázaro y d rico Epulón, que se lee en el Evangelio
escrito por san Lucas.

Un pobre llamado Lázaro,, cubierto de llagas, se bailaba á la puer­


ta de un rico que era conocido por el Epulón, y que pasaba la vida
en placeres y festines, y con mucho lujo vestía púrpura y lino fino.
El pobre Lázaro que estaba eu !a puerta pidiendo una limosna no ia
podia alcanzar, ni siquiera las migajas que caian de la mesa del rico.
Murieron los dos cási á la vez, pero de muy diferente manera. Los
Ángeles se llevaron el alma del pobre Lázaro; mas Epulón fue se­
pultado en los infiernos. Hallándose el desgraciado en aquel lugar
de tormentos, para mayor pena suya levantó los ojos y vió á Lázaro
en el seno de Abrahan á donde le habían llevado los Angeles.—Pa­
dre mió Abrahan, exclamó luego, ten compasion de mí, y envíame
por medio de Lázaro una gota de agua para refrescarme la lengua,
porque sufro atroces tormentos en esta llama.—Hijo mió, le respon­
dió Abrahan, acuérdale que lú recibiste bienes en tu vida, de que
has abusado, y este Lázaro recibió males, los que ha sufrido con
paciencia: y así es justo que sea consolado, mientras que tú ator­
mentado—La vida floja, la vanidad y la dureza para con los pobres
son las tres causas de ía condeuacion del rico Epulón y de la de
muchos malos cristianos que hacen mal uso de sus riquezas.

MEDITACION.
D el santísimo Sacramento.

Considera, cristiano, que llegada la hora de dar Jesucristo cum­


plimiento á su misión con la redención del género humano, en la mis­
ma noche en que habia de tomar principio su dolorosa pasión quiso
tener la última cena con sus discípulos, y darles por despedida la
prueba mas relevante de su amor. Era preciso que verificada su
muerte, y con eila nuestra redención, se volviese a) Padre que le
envió. Pero no sufriendo su amor á los hombres dejarlos por su au­
sencia en tan amargo desconsuelo, de acuerdo con su infinita sabi­
duría y omnipotencia inventó el modo mas admirable de ausentar­
se y devolver á su Padre, quedándose al mismo tiempo con los
hombres. Y llegada que fue la hora de la cena, despues de haber
comido coa sus Apóstoles el cordero Pascual, les dijo: ((Muchísimo
«he deseado tener con vosotros esta Pascua antes de padecer; por-
«que os aseguro que ya 110 la comeré mas, hasta que se cumpla en
«el reino de Dios.» Y tomando el pan y dando gracias, lo partió y
dió á los discípulos, diciéndoles: «Este es mi Cuerpo que se da por
«vosotros; haced esto en memoria mia;» esto es, para memoria y
representación perpetua de mi pasión y muerte. Tomó de la misma
manera el cáliz despues que cenó, y les dijo: «Este cáliz es el nue-
«vo testamento eu mi sangre, que será derramada por vosotros;))
es decir, lo que está contenido en este cáliz es mi sangre que será
derramada por vosotros, y por ella confirmado el nuevo testamento.
De esta manera instituyó Jesucristo el santísimo Sacramento del al­
tar, y dió poder á sus Apóstoles y sucesores para consagrar y ofre­
cer su cuerpo y sangre, y distribuirlo á los líeles. ¡Oh milagro so­
bre todos los milagros! ¡Oh término de la omnipotencia de un Dios
enamorado de los hombres!
Considera, ejercitante, la geaerosa liberalidad del amor de Nues­
tro Señor Jesucristo en los incomprensibles bienes que nos da en el
santísimo Sacramento. Pero aun se muestra mas en lo que sufre por
nosotros en el mismo Sacramento, Nada hay mas opuesto á un Dios
infinitamente glorioso, que es el sufrir; y 110 obstante, á esto le
obliga su amor. El quiere estar en el Sacramento en el estado de
víctima, ofreciéndose siempre á su Padre, y sacrificándose con un
modo incruento, muriendo todos los dias con una muerte mística,
para mostrar con esto que estaba pronto á morir todos los dias ver­
daderamente, si fuese necesario para nuestra salvación. Quiere es­
tar como en uaa continua mortificación, careciendo de todas las se­
ñales de vida y de todo el uso de sus potencias. Y lo que es mas,
quiere exponerse á unos sufrimientos que !e son tanto mas doloro­
sos, cuanto para nosotros son mas funestos, por ser consecuencia de
nuestros pecados. ¿Qué uo tiene que sufrir en este Sacramento por
la impiedad de tantos malvados que se sirven de la sagrada Euca­
ristía para las profanaciones mas horribles? ¿Qué no tiene que su­
frir de tantos herejes que hacen de este augusto Sacramento el ob­
jeto de sus blasfemias, y un motivo de escándalo? ¿Cuánto tiene
que sufrir de la indevoción ó mas bien de la insolencia de tantos
cristianos, que parece no asisten á estos santos misterios sino para
insultar la bondad de un Dios que tanto se ha anonadado por ellos?
¿Qué no tiene que sufrir de la indignidad de tantos que, ó se retí-
ran de la comunion por falta de devocion, ó se acercan con sobrada
tibieza, ó dejan al Señor en los altares en una triste soledad? Pero
lo que le es mas doloroso, es el mal tratamiento de tantos infelices,
que con sus sacrilegas comuniones renuevan la perfidia de Judas,
haciendo del recuerdo de su pasión la renovación de todos los ul­
trajes que padeció por nosotros.
Considera, cristiano, que aunque su divina Majestad sabia bien
todos los males á que quedaba expuesto en el Sacramento, el ardor
amoroso que tenia de estar con nosotros y de ganar nuestros cora­
zones le hizo desestimar todas estas dificultades, á trueque de con­
quistar el amor de los hombres. Dímef ejercitante, ¿quieres tú jun­
tarte á los que ie hacen padecer, en lugar de consolarle y de ali­
viarle cuanto te fuere posible? ¿Quieres juntarte á los cristianos
insolentes, deshonrándole con inmodestias, ó á los infames que le
reciben con frialdad, ó le abandonan con menosprecio? ¿Ó quieres
honrarle en el estado de víctima, sacrificándote tú por él, humillán­
dote como el Señor se redujo por tí á un profundo anonadamiento,
y mortificando tus sentidos y pasiones como Jesús se mortificó tan­
to por tí? Si quieres darle pruebas de tu amor y gratitud, haz cuan­
to puedas por recibirle coa ternura y devocion. Una sola comunion
debia hacer un santo en cada uno de nosotros. Y á pesar de esto
¿en qué paran tantas comuniones? Parece que solo se ordenan á
hacernos mas tibios c imperfectos. Dios lleva grandes designios á
nuestro favor en el Sacramento; y nosotros ponemos grandes obs­
táculos á sus designios. El. Señor pretende dar, aumentar y conser­
var en nosotros la vida de la gracia, y nosotros nos oponemos acer­
cándonos á él con sobrado afecto al pecado. El Señor quiere dárse­
nos en la Eucaristía para unirnos á él; y nosotros voluntariamente
nos alejamos para estar pegados á las criaturas. Jesucristo quiere
que por este Sacramento vivamos solo por él, así como él vive solo
por su Padre; y nosotros nos oponemos queriendo vivir para solo
el mundo. Pues ya no tenemos que admirarnos sí vemos tan pono
fruto en tantas comuniones,, ni de que en vez de darnos provecho
nos sean dañosas.
P ara sacerdotes,
«Venerables sacerdotes: como ministros que nosotros somos de
«Jesucristo, si queremos tomar parte en los altos designios que tuvo
«su Majestad dándosenos por comida y bebida en el augusto Sacra-
«mentO; si queremos corresponder agradecidos á su amor, no solo
«debemos enamorarnos de él, sino hacer también que los demás se
«enamoren. Aprendamos la máxima de san Ignacio de Loyola que
«decia: No hay mejor leña para encender el fuego del amor divino,
«que la del santo madero de la cruz. Si la Eucaristía es una memo-
«ria del sacrificio del Calvario, nuestra vida debe ser una perfecta
«imitación del Crucificado. La mortificación de nuestras pasiones y
«el aumento de la caridad son la mas ardiente hacha para inflamar
«los corazones de los fieles en amor á Jesús sacramentado.»

J AC UL ATORI AS .

¡Oh divino Salvador! yo confesaré siempre y diré, que siendo


como sois omnipotente no podéis darme mas.de lo que me dais en el
Sacramento de vuestro amor.
Yo quiero, dulce Jesús mió, entregarme desde hoy todo á Yos, así
como Yos os dais todo á mí en la santa comunion.
No permitáis, Señor, que por mi ingratitud se repila aquella vues­
tra amarga queja: «Crié hijos, los llené de gloria, y me desprecia­
ron.» Haced que os ame yo siempre con todo mi corazon, y que
arrepentido de mis ingratitudes os diga en verdad que me pesa de
haberos ofendido.

PLÁTICA.
Sobre la devocion á la pasión del Señor.

Ejercitantes: habéis oido en el punto de meditación que Nuestro


Señor Jesucristo instituyó el santísimo sacramento de la Eucaristía
acabando de tener la última cena con sus discípulos. Sí, amados
mios: la última cena; porque del cenáculo salió ya para dar principio
á su dolorosa pasión, y ya no comió mas con ellos. Esta salida que
nuestro Salvador hizo para dar los primeros pasos hacia la muerte,
como que me convida á seguirle con la contemplación. Y querien­
do aprovecharme de este pensamiento, y que vosotros participéis del
bien que trae acompañar á Jesucristo en sus caminos, vamos á se­
guirle en los mas dolorosos pasos de su amarga y dolorosa carrera,
para que á vista de los acerbos dolores que quiso sufrir antes de
dar su vida en una cruz, para que nosotros la tengamos en el cielo,
vengamos á tomar por la primera y principal de nuestras obligacio­
nes una tierna y constante devocion á la sagrada pasión de Nuestro
Señor Jesucristo. Y á este intento voy á manifestaros que la devo-
cion á la pasión del Señor es la mas agradable á Dios, y la mas pro­
vechosa para nosotros: atended.
Es verdad indudable que la eosa mas agradahle á Dios es aquella
en que mas se ocupó su Hijo en este mundo. La ocupación raas cons­
tante de Nuestro Señor Jesucristo fue la de pensar continuamente en
laafrentosa muerte que habia de sufrirparaobrar nuestra redención.
Luego la devocion á la pasión de nuestro Salvador ha de ser preci­
samente lamas grataá los ojos deDios. Que este pensamiento fue el
que continuamente ocupó á Jesús durante su vida, no hay cosa mas
terminante en las santas Escrituras. No solo sufrió el cruel tormento
de la cruz, sino que también tuvo especial complacencia durante su
vida de.siempre pensar en esto. Ya veis, amados mios, que la pa­
sión no fue para el Señor una cosa imprevista; siempre pensó en ella,
siempre 3a tuvo delante de sus ojos, jamásla perdió de vista, hasta que
se consumó el sacrificio. Supuesto, pues, que la ocupacion princi­
pal de nuestro Salvador en la tierra fué pensar en la cruel muerte á
que le habían de condenar los judíos, y supuesto también que la
santa iglesia hace de la pasión del Señor el principal objeto de su
piedad y reconocimiento; pensemos siempre nosotros en ella, y par­
ticularmente en este tiempo en que la madre Iglesia nos la recuerda.
Dediquémonos á una práctica tan santa y piadosa; y creamos que
la devocion á la pasión del Señor no solo es la mas agradable á Dios,
sino al mismo tiempo la mas provechosa para nosotros.
Leemos en la sagrada Escritura que irritado Dios contra los is­
raelitas en el desierto, porque habían murmurado de su Majestad,
los castigó con una plaga de serpientes cuya mordedura venenosa
causaba en el pueblo una grande mortandad. Y aplacado el Señora
ruegos de Moisés, mandó á éste que hiciese una serpiente de metal,,
y la pusiese sobre un palo en medio del campo, y quedarían luego
sanos todos los mordidos que la mirasen. Yed aquí, amados mios,
una figura de Cristo clavado en ía Cruz. Lo dice el mismo Jesucris­
to en el Evangelio de san Juan con estas palabras: «Como Moisés
«levantó la serpiente en el desierto, así conviene que el ITijo del
«Hombre sea exaltado, para que cualquiera que crea en él no pc-
ccrezca, sino que goce una vida eterna.» Y por eso dice san Agustín,
que así como los que miraban á la serpiente luego sanaban de sus
heridas; así los que con piedad y fe viva contemplen á Jesucristo
puesto en la cruz, curarán de la mordedura de la serpiente infernal
y de la ponzoñosa llaga del pecado. En efecto, no hay vicio alguno
que no lo cure la contemplación de un Dios hecho hombre, clavado
y muerto en una cruz por nosotros. Nuestra impureza se curará me­
ditando en los crueles azotes que recibió uuestro Salvador para ex­
piar nuestra sensualidad. Nuestra avaricia se curará contemplando
la extremada pobreza en que murió Jesús. Nuestra cólera se curará
con la meditación de su paciencia y profundo silencio, aun cuando
io cargaron de injurias y malos tratamientos. Calmará el ardor de
la venganza viendo la caridad con que Jesús pide á su Padre el
perdón para sus verdugos. En una'palabra , no hay remedio tan
eficaz como este para enfrenar nuestras pasiones, y curar de nues­
tros vicios. Sí, pecadores: aunque vuestro corazon sea de piedra,
la meditación tierna de la pasión deí Señor es muy capaz de ablan­
darlo, Cid lo que el mismo Señor dice en boca del profeta Zacarías:
«Yo derramaré sobre los habitantes de Jerusalen (sobre los pecado*
«res) un espíritu de gracia y oracion: entonces pondrá ios ojos en
«Mí, á quien crucificaron , llorando con lágrimas y suspiros , á la
«manera que una madre siente y llora la muerte de su hijo primo­
génito.»
Ejercitantes: esta profecía se vió cumplida en los judios que se
convirtieron el dia de Pentecosies. ¿Y por qué no ba de cumplirse
también en vosotros en este dia de salud? Sí, amados mios, sí que
se cumplirá, si hacéis que vuestra principal ocupacion sea contem­
plar en la sagrada pasión á los piés de un Crucifijo, y mereceisser
teñidos con aquella sangre derramada por la remisión de nuestros
pecados. Este santo ejercicio no solo os alejará del pecado, sino que
os traerá á la práctica de todas virtudes. S í, amados mios; y con
este objeto os recordaré en algunas meditaciones ios dolorosos pasos
de la pasión de nuestro Salvador, y os diré con san Pedro: «Hijos
«míos, armaos en todo lugar y en todo tiempo, en el trabajo y en
«el descanso, al levantaros y al acostaros, con el pensamiento délos
«dolores y tormentos de Jesús.» San Jerónimo decia; ¡Oh feliz, y
mil veces feliz , el que viviendo en la fe del Hijo de Dios se ocupa
continuamente en el pensamiento de su pasión! Tomad vosotros,
amados mios, esta devocion con todo empeño, Y sí acaso las ocupa­
ciones y necesidades de esta vida no os permiten emplear todo el
tiempo que quísiérais en esta devocion la mas grata al Señor y mas
dulce á nuestra alma, emplead á lo menos un rato cada dia; pues
me atrevo á decir que este corto rato, si es diario ó casi diario, bas­
tará para haceros tiernos contemplativos de la pasión del Señor, y
mereceros la gracia de ser algún dia participantes de su eterna glo­
ria. Esta os deseo, etc.
E JE R C IC IO T R IG É SIM O .

LECCION.
De las Obras de m isericordia.

P. ¿Cuál es la quinta obra de misericordia corporal?


R, La quinta obra de misericordia corporal es:
D a r posada al peregrino.

Y se ejercita recogiendo al peregrino, socorriéndolo si lo necesita,


y aliviándole de las penalidades del camino. Está virtud de la hospi­
talidad fue muy practicada por los santos Patriarcas, y recomen­
dada muy particularmente por Dios en las santas Escrituras. El que
ja ejercite recibirá en premio muchos bienes espirituales y tempo­
rales , como los recibió Lot, sobrino del patriarca Abrahan, según
leemos en ia sagrada Historia; y sucedió de esta manera:
Estando un dia Lot, al caer la tarde, sentado ea las puertas de
la ciudad de Sodoma, llegaron dos Ángeles en figura humana y co­
mo en traje de caminantes. Así que los vió Lot, se adelantó á reci­
birlos y les dijo: «Os ruego, señores, que vengáis á mi casa, y que
«paséis allí la noche; lavaréis vuestros piés, y á la madrugada se-
«guiréis vuestro camino.» Ellos dijeron que no, que en la plaza se
quedarían. Pero porfiándoles mucho Lot, fueron ásu casa, y les dió
una grande cena. Se retiraron todos á dormir, y al acercarse el dia
los Ángeles despertaron á Lot con grande prisa, diciéndole : «Le­
vántate pronto, toma á tu mujer y á tus hijos, y salios lodos He es-
«ta ciudad de maldición; porque vamos á destruirla por mandado
«de Dios, que para esto nos envía.)) Luego que Lot salió con su fa­
milia de la ciudad, y apenas salió el sol, mandó Dios que sobre So-
doma y tres ciudades mas lloviese fuego y azufre en tanta copia, que
mató á todos sus habitantes chicos y grandes, y consumió y redujo
á cenizas las cuatro ciudades con todas sus plantas y animales, sal­
vándose solo Lot y su familia. Así premia Dios la hospitalidad que
se da al peregrino.
P. ¿Cuál es la sexta obra de misericordia corporal?
R. R e d im ir al cautivo.
Esta es una obra de caridad tan insigne, que por su excelencia
quiso Dios que en la cristiandad hubiese Institutos de religiosos que
se empleasen en ejercitaría. Con la práctica de esla obra de miseri­
cordia, no solo se socorre la necesidad del cuerpo, sino también la
del alma, sacando á muchos que se hallan cautivos en poder de los
infieles del peligro en que están de renegar de la fe que profesaron
en el santo Bautismo. Conviene, pues, contribuir en lo posible á la
redención de nuestros hermanos cautivos, para imitar á Nuestro Se­
ñor Jesucristo, que por su infinita misericordia quiso redimirnos de
la esclavitud del demonio con el precio de su sangre; y á poca cos­
ta adquiriremos un grande mérito para la gloria.
El mas memorable ejemplo