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Estética

“Bienvenido Martínez: Consultorio 9” figura con grandes letras azules en la pantalla. Pues éste se
levanta de su asiento, realiza unos rápidos movimientos descontracturantes con su cuello;
acomoda su brillosa corbata, y finalmente se dirige hacia el pasillo correspondiente.

-Hola, permiso, buenas tardes.

-Buenas tardes.

Bienvenido toma asiento frente al Doctor (que probablemente revisa el historial médico en su
computadora), apoya el maletín en el otro asiento próximo al suyo, al tiempo que releva el
pequeño consultorio con una mirada menos exploradora que contemplativa.

-Muy bien, lo escucho. Cuénteme qué anda pasando -dice el Doctor, en tono coloquial.

-Sí, el tema es que tengo una civilización bajo mis uñas.

-¿Disculpe…?

-Eso, que tengo una civilización…perdón, ¡civilizaciones! Si, en plural, porque claro, verá que es
una por uña, diez en total. ¡Mire usted, mire! [Bienvenido le extiende ambas manos]. Es así: cada
uña posee un pueblo, una nación, un país con su respectiva cultura y demás; cada mano, entonces
representa un continente distinto, o si se quiere más generalmente es como Occidente de un lado
y Oriente de otro. Y yo, vendría a ser como un Dios, su Dios. Me erijo sobre ellos como un ser
supremo. Veo sus progresos y retrocesos, sus costumbres, tradiciones, formas y régimenes de
vida. ¡Y sus conflictos! ¿Sabe lo difícil que es regir, mediar en todas sus peleas? No sólo dentro de
cada civilización, ¡sino las disputas entre dedos! Si ya sé que soy su Dios, pero ¿quién dijo que era
un papel fácil de desempeñar? ¡Soy nuevo en esto! Igual yo estoy muy contento eh, ¡son gente
bárbara! Bárbara en el buen sentido del término, obvio, no me malinterprete. Pero cada pueblito
es un hijo que tengo que cuidar y por eso vengo a hacer este chequeo. Pasa Doctor que…mire,
éstas naciones [Bienvenido le muestra el meñique y el anular de la mano izquierda] son las que
noto más debilitadas, como más desanimadas, desunidas. ¿Sufrirán alguna pandemia Doctor?
¿Usted qué cree? ¿Qué me recomienda hacer? Como Padre Supremo no debería interferir tan
bruscamente, ser respetuoso, lo sé, lo sé, ni me lo diga… ¡pero algo tengo que hacer! ¿Cómo lo ve
usted?
Una palabra para el rostro del Doctor: impacto. Otra palabra: desazón (¿miedo?). Observa a
Bienvenido a los ojos, pero la tensión del cara-a-cara hace retrotraer la vista hacia las manos de su
paciente, que sostiene sin saber qué carajo buscar en ellas.

-¿Usted se siente bien señor? -atina a preguntar el Doctor, anticipadamente desesperanzado ante
cualquier posible respuesta-

-¿Yo? ¡Yo sí! El problema son mis pueblos como le digo.

El Doctor vuelve a recoger sus manos, “revisa” las uñas señaladas por Bienvenido y también el
resto de las demás.

-Señor, lo que usted tiene debajo de las uñas es sólo mugre…

-¿Cómo dijo?

-Que tiene mugre, tiene muy sucias las uñas nada más.

Bienvenido retira para sí inmediatamente sus manos. Gira su cuello lentamente hacia un lado,
luego hacia otro, jamás quitándole la vista al Doctor. Perdónese la distracción, pero de un
momento, un segundo, un parpadeo a otro, Bienvenido se encuentra ahorcando al Doctor. Sus
manos aprietan ese pescuezo con una fuerza, un vigor irresistible. “¿Que tengo mugre? ¿Mugre?”
le susurra Bienvenido al oído. Pregunta retórica diríamos a esta altura, dada la imposibilidad de
respuesta. Es que esos dedos, esas máquinas de presión, dispositivos de apretura, estrujen con
tal potencia que reducen a la víctima a pura mueca, magra angustia: dolor sin verbo. Un cuerpo en
definitiva; pero sin grito, sin discurso, ¡ni siquiera gemido! Los ojos se le salen, las venas se le
ensanchan, la piel se pinta de rojo. El alma se desespera. Todo bajo un silencio totalitario, una
agonía muda. Abogados penalistas: busquen una nueva tipificación penal para aquello que aquí
acontece (“Homicidio solemnemente mudo”, se me ocurre). Eso último, acontecer. Presenciamos
no ya una planificación sino un acontecimiento; no una teoría, sino un evento. Permítanme: si no
fuese narrador, aplaudiría.

Y es cuestión de segundos, de instantes. Eso le queda al Doctor: segundos, instantes. Y Bienvenido


resume al Doctor a nada menos y nada más que eso mismo: tiempo restante de respiración,
fatalidad de un destino. Muerte. Pero muerte inmanente, alienada por esos dedos de la defunción
que no dejan sosiego, cuanto menos escapatoria.
Hasta que el Doctor por fin perece. Pero no así el ahorque: esas manos no pueden abandonar la
calidez, la combustión de ese estrangulamiento. El ahorcamiento, como el show, continúa. Es
como si Bienvenido ordenara militarmente a sus dedos (¿países?) no abandonar su posición.
Porque no es inercia, no. Es placer, es deseo. Esas marcas debajo de las pinzas gritan, imploran
por miedo a abstinencia ese apriete, aman la viscosidad de esa opresión: “No te detengas, sigue,
asfixia, ¡asfixia!”

¿Una muerte ya muerta sin fin? No parece. Sea por cansancio, sea por dolor, Bienvenido va
retirando leve y delicadamente -como desvistiendo a un bebé- sus manos del maltratado cuello;
dejándolo “en paz”. Con una de sus manos cierra suavemente sus ojos, mientras que con la otra
peina el alborotado cabello del Doctor. Luego lo alza y lo acuesta sobre la camilla, dejando bien
adheridos sus piernas y brazos al cuerpo. Excelente: a muerte fina, cadáver pulcro.

Bienvenido toma su maletín, previo movimiento circular de cuello, y se retira del consultorio.

“Disculpame, el Doctor del consultorio 8 parecía no sentirse muy bien, creo que deberían
revisarlo” notifica a una de las señoritas del mostrador. ¡Brillante, brillante!

Fuera del hospital, camina hacia el estacionamiento, retira el auto y emprende marcha hacia su
casa.

-Hola amor, ¿cómo te fue? -lo saluda su mujer, Susana, beso entremedio-

-Bien, bien. Todo en orden, no tengo nada por suerte.

-Bueno, ¡me alegro! Vení sentate.

Bienvenido se sienta junto a ella en el sillón, la abraza rodeándola con su brazo, mientras Susana
se deja caer sobre su pecho.

-Che gordo, ¡tenés las uñas llenas de mugre! ¡Lavátelas! -comenta Susana (¡gracias Susana!
¡Gracias!)-

Bienvenido interrumpe su sonrisa. Comienza a rotar su cuello en dirección hacia su mujer. La mira
fijamente. Silencio por unos segundos.

-¿Cómo dijiste

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