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NICOLAS CO'

PERNICO, THOMAS
D IG G E S , G A L IL E O
GALILEI

Opúsculos sobre el movimiento de la 1 ierra


Alianza Editorial
Nicolás Copérnico,
Thomas Digges,
Galileo Galilei:
Opúsculos sobre el
movimiento de la Tierra
Traducción, introducción y notas
de Alberto Elena

El Libro de Bolsillo
Alianza Editorial
Madrid
Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1985
Segunda reimpresión en «El Libro de Bolsillo»: 1996

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido


por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las co­
rrespondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes re­
produjeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en
todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transforma­
ción, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de so­
porte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva auto­
rización.

© De la traducción, introducción y notas: Alberto Elena


© Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1983, 1986, 1996
Calle Juan Ignacio Lúea de Tena, 15; 28027 Madrid; teléf. 393 88 88
ISBN: 84-206-9953-5
Depósito legal: M. 21.805-1996
Impreso en Closas-Orcoyen, S. L. Polígono Igarsa
Paracuellos de Jarama (Madrid)
Printed in Spain
Introducción
La forja de la mentalidad copernicana,
1515-1615,.'

«Muchos siglos de trabajo han hecho caer final­


mente el velo que cubría a l sistema del mundo. El
hombre se ha visto entonces sobre un planeta casi
imperceptible en medio de la vasta extensión del sis­
tema solar, el cual a su vez no es sino un punto
insensible en la inmensidad del espacio. Pero los su­
blimes resultados a los que este descubrimiento ha
conducido son más que suficientes para consolarle
por la extremada pequenez y el rango que se asigna
a la Tierra.»
(Pierre-Simon Laplace, Exposition du
systeme du monde, 1796.)

I.—Un fantasma recorre Europa

Bastantes años antes de que, en marzo de 1543, sa­


liera de la imprenta de Johannes Petreius en Nürnberg
la primera edición del De revolutionibus orbium coeles-
tium el fantasma del heliocentrismo —o, si se prefiere,
del copernicanismo— preocupaba ya a las cabezas visi­
bles de las ortodoxias católica y protestante. Como la
pólvora se habían difundido y esparcido por* todo el
continente las ideas que en un perdido rincón de la
Prusia polaca el canónigo Nicolás Copérnico había
plasmado por escrito en un pequeño opúsculo desti­
nado a circular únicamente entre los amigos. En 1533,
una década antes de que su obra magna fuera publi­
cada, el Papa Clemente VII se hizo informar por el
jurista y orientalista alemán Johann Albrecht Widmans-
tadt de las características del nuevo sistema del mundo.
Tres años después, el 1 de noviembre de 1536, el car­
denal de Capua —el dominico Nikolaus von Schón-
berg— escribió a Copérnico desde Roma solicitándole
8 A llir r h , lilcna

información acerca de sus trabajos y, muy cu concreto,


pidiéndole una copia del pequeño tratado que tanta
celebridad había alcanzado (a pesar del —o quizás más
bien en virtud del— reducido número de copias del
mismo disponibles).
En los ambientes cultos protestantes el Commentario-
lus — título con el que dicho opúsculo sería conocido—
había despertado igualmente un vivo interés. Una ob­
servación'del propio Lutero en sus Tischreden, fechada
el 4 de junio de 1539, alude a «un astrólogo advenedizo
que pretende probar que es la Tierra la que gira, y no el
cielo, el firmamento, el Sol o la Luna (...). Este loco echa
completamente por tierra la ciencia de la astronomía, pero
las Sagradas Escrituras nos enseñan queJosué ordenó al Sol,
y no a la Tierra, que se detuviese». Melanchthon era aún
más claro y escribía lo siguiente a Burkhardt Mithobius
el 16 de octubre de 1541: «Muchos son los que conside­
ran meritorio hacer lo que ese buscador de estrellas prusiano,
que pone en movimiento a la Tierra y deja inmóvil al Sol.
En verdad los gobernantes, si son sabios, deberían poner
freno al desencadenamiento de los espíritus.» Era tal la si­
tuación que, aún antes de publicarse el De revolutioni-
bus, Tiedemann Giese (obispo de Kulm y amigo íntimo
de Copérnico) creyó conveniente redactar un opúsculo
en defensa de éste, el cual desgraciadamente se ha per­
dido.
El propio Commentariolus, jamás publicado en su
momento, permaneció durante mucho tiempo fuera
del alcance de los investigadores, llegándose a creer
que se había perdido definitivamente. Por lo demás la
única alusión pública al mismo se encontraba en una
obra de Tycho Brahe —Astronomiae Instauratae Progym-
nasmata (Praga, 1602)— , donde el astrónomo danés
hacía referencia a «un cierto tratadillo acerca de sus hipó­
tesis» que Copérnico había redactado. Sin embargo,
sólo en 1877 pudo encontrarse un manuscrito del
mismo en la Biblioteca Imperial de Viena, descubri­
miento al que siguió en breve el de otra copia en la
Biblioteca del Observatorio de Copenhague (1881).
Por muchos años éstas fueron las dos únicas copias
Introducción 9

disponibles —aunque ciertos rumores aseguraban la


existencia de una tercera en Leningrado—, pero muy
recientemente (1962) se halló otra más en la Biblioteca
del King’s College de Aberdeen.
Para comprender cabalmente la suerte de este pe­
queño tratado es preciso indagar en el testimonio de
Tycho Brahe, único que puede ponernos sobre la pista
de sus avatares. Las tres copias del Commentariolus que
han llegado hasta nuestros días parecen proceder —de
acuerdo con las más recientes investigaciones 2— de un
mismo original, lo cual podría concordar con lo que el
astrónomo danés refiere en el pasaje antes mencio­
nado. Tycho Brahe afirma haber recibido la copia ma­
nuscrita del tratado de Copérnico de manos de su
amigo Tadeas Hájek —médico del emperador Maximi­
liano II— durante la Dieta de Radsbona, encargándose
él mismo de distribuir posteriormente nuevas copias
entre algunos astrónomos alemanes amigos suyos. N o
nos dice, sin embargo, de dónde había sacado Hájek su
copia, pero Edward Rosen 3 ha llegado a la conclusión
de que procedía de la biblioteca de Rheticus, que la
había donado al famoso médico al morir. Entre los
amigos de Tycho Brahe que tuvieron la suerte de reci­
bir un ejemplar del manuscrito del Commentariolus se
contaban su ayudante y colaborador Christian Sarensen
(Longomontanus) —a quien perteneció la copia descu­
bierta en Viena4— y el .astrónomo Heinrich Brucaeus.
Este último era profesor de astronomía en Rostock
cuando llegó a esta ciudad el joven científico escocés
Duncan Liddel, a quien debemos la copia de Aberdeen
(intercalada en su ejemplar del De revolutionibus). Las
piezas del rompecabezas parecen, pues, cuadrar, mas
con ello no desaparecen ni mucho menos todos los
interrogantes acerca del Commentariolus.
Puesto que el título completo de este tratado, Nico­
lás Copernici de hypothesibus motuum coelestium a se cons-
titutis commentariolus [Breve exposición de las hipótesis
de Nicolás Copérnico acerca de los movimientos celes-
tesl, se refiere explícitamente a Copérnico en tercera
persona, hay razones más que sobradas para pensar que
10 Alberto Elena

no se debe al propio autor. Aunque algunos historiado­


res creen que fue Hájek el responsable, lo cierto es
que su origen sigue siendo desconocido y no parece
haber por ahora elementos de juicio que permitan
aventurar una conjetura plausible. Mucho más impor­
tantes han sido, sin lugar a dudas, los intentos de de­
terminar la fecha de composición del Commentariolus.
No vamos a entrar aquí en la polémica, sino que bas­
tará con presentar las conclusiones —por lo demás
harto modestas— que pueden extraerse de la misma. El
único dato realmente significativo fue descubierto a
comienzos de este siglo por el investigador polaco L.
A. Birkenmajer. Se trata de una breve entrada en el
catálogo de la biblioteca particular de Maciej de Mie-
chów, profesor de medicina en la Universidad de Cra­
covia (ciudad en la que —detalle en absoluto intras­
cendente— vivía en la misma casa que Bernhard Wa-
powski, un buen amigo de Copérnico), fechada el 1 de
mayo de 1514 y donde se menciona «un manuscrito de
seis folios en el que se exporte la teoría de un autor que
afirma que es la Tierra la que se mueve, en tanto que el Sol
permanece estacionario». A la sazón no podía tratarse
sino del Commentariolus. Esta fecha —comienzos de
1514— marca, pues, un tope antes del cual hubo de ser
redactado dicho tratado, pero hasta el momento no se
ha podido fijar con precisión un terminas post quem
realmente significativo.
Habitualmente se ha querido ver en el Commentario­
lus un mero borrador de la obra de madurez de Copér­
nico, escasamente valioso de por sí y cuyo único inte­
rés sería el puramente histórico. Aleksander Birkenma­
jer, hijo del eminente historiador polaco al que se
acaba de aludir, ha llegado incluso a afirmar:
«Si (Copérnico) hubiese escrito y publicado única­
mente el Commentariolus, su obra habría podido correr
la misma suerte que le cupo a aquellos pitagóricos que
casi dos mil años antes de él habían admitido la posibi­
lidad de una Tierra en movimiento, cuyas ideas fueron
consideradas por sus contemporáneos y por las genera­
ciones posteriores como meras fantasías que suelen ci-
Introducción 11

tarse como curiosidad, pero que nadie toma en se­


rio» 5.
Ahora bien, antes que nada habría que preguntar­
se por qué no se aceptó el modelo heliocéntrico esboza­
do por Aristarco d e Samos en el siglo III antes de nuestra
era. Podríamos establecer un triple orden de razones:

1. Razones de índole religiosa. No es preciso


abandonar el mundo antiguo para encontrar fric­
ciones de este tipo: en el capítulo 6 de su De facie
in orbe lunare Plutarco nos relata cómo Oleantes
acusó de impiedad al propio Aristarco por haber
desplazado a la Tierra del ‘corazón del universo’.
2. Razones de índole filosófica. El sistema he-
liostático era incompatible con la física aristoté­
lica: si la Tierra girase —o incluso rotara sobre su
propio eje—, las piedras no podrían caer perpen­
dicularmente al suelo, las nubes habrían de que­
dar retrasadas, el alcance de los proyectiles de la
artillería sería distinto hacia el Este que hacia el
Oeste (argumento típicamente renacentista)...,
conclusiones todas éstas que la observación coti­
diana desmentía.
3. Razones de índole ‘técnica’. Fueron éstas las
que menos explícitamente se formularon, acaso
porque su comprensión estaba fuera del alcance
del vulgo. D e acuerdo con las Hipótesis planeta­
rias de Ptolomeo, el radio de universo equivalía a
unos 20.000 radios terrestres: eso significa que el
universo concebido por los antiguos era bastante
pequeño. La mera rotación diaria habría de pro­
ducir un cambio paraláctico de 6 ó 7o en las estre­
llas fijas y, sin embargo, este fenómeno no se
observaba en absoluto.

Pero, con todo, la razón básica del rechazo del sis­


tema heliocéntrico de Aristarco por parte de los astró­
nomos ha de buscarse en otra parte. Dicho modelo del
universo era altamente especulativo; se trataba mucho
más de una cosmología de raíces filosóficas que de una
12 Alberto Elena

concepción astronómica que pudiera ser asumida por


los profesionales de esta disciplina. Una hipótesis tan
vaga e imprecisa difícilmente podía competir con los
elaborados, y aun sofisticados, modelos de los astró­
nomos, por lo que no es de extrañar que desde el
primer momento estuviese abocada al fracaso y al ol­
vido.
Las circunstancias que rodean la recuperación de la
hipótesis del movimiento de la Tierra por parte de
Copérnico son muy distintas. Níatbemata matbematicis
scribuntur [la matemática se escribe para los matemáti­
cos], afirmaba al final de su dedicatoria al Papa Pa­
blo III en De revolutionibus, La astronomía —parte,
como se sabe, de las matemáticas en la antigua división
del saber— debía quedar exclusivamente en manos de
los expertos, en tanto que los legos y advenedizos (en­
tre los cuales se contaban muchos de los jerarcas de la
Iglesia) debían guardar silencio al respecto. El propio
Commentariolus, obra puramente divulgativa, presen­
taba no obstante una complejidad técnica suficiente
para que su lectura resultase poco menos que impracti­
cable para los filósofos y dilettanti en general. Copér­
nico introduce ciertamente una nueva cosmología, pero
lo hace de la mano de un programa astronómico deta­
llado y considerablemente elaborado. No cabe, pues,
parangonar su caso al de Aristarco, ni siquiera sobre la
base del Commentariolus, tal y como Birkenmajer pre­
tende.
Este pequeño tratado debería verse (frente a lo que
ha sido la interpretación habitual por parte de los his­
toriadores) no como un boceto del De revolutionibus,
sino como una obra independiente que corresponde a
un momento distinto de su carrera y de su evolución
intelectual. Prueba de que no es un mero resumen de
sus tesis, de que su redacción no obedeció a una simple
maniobra táctica tendente a divulgar sotto voce sus pun­
tos de vista definitivos, la tenemos en las nada insigni­
ficantes diferencias que uno y otro escrito presentan.
Dos son las variaciones fundamentales que introduce
De revolutionibus: en primer lugar, el dispositivo con-
Introducción 13

centro-biepicíclico (círculos concéntricos y dos epici­


clos combinados) es sustituido por un sistema excéntri-
co-epicíclico (excéntricas más epiciclos únicos)6; en se­
gundo lugar, los ápsides planetarios —fijos en el Com-
mentariolus— se convierten ahora en móviles a causa
del desplazamiento observado con respecto al firma­
mento o esfera de las estrellas fijas7. En consecuencia,
el Commentariolus constituye una pieza imprescindible
si se quiere conocer la gestación del sistema coperni-
cano, un eslabón que ni siquiera el análisis del monu­
mental De revolutionibus orbium coelestium puede obviar.

II.—La edad de oro de los propagandistas

Aún hoy Thomas Digges sigue siendo casi un desco­


nocido, apreciación que — salvo honrosas excepcio­
nes— podría muy bien hacerse extensiva a toda la as­
tronomía isabelina. De hecho, fue en Inglaterra donde
antes prendió la nueva concepción del mundo entre los
hombres de ciencia y aun entre el pueblo llano. Ya en
una fecha tan temprana como 1556 Robert Recordé
examinaba en su Castle of Knowledge la cuestión del
movimiento de la Tierra, si bien evita pronunciarse y
promete volver a ocuparse del asunto en otra ocasión.
John Dee y John Field tenían también amplio conoci­
miento de ia obra de Copérnico y no dejaron de adver­
tir las ventajas que desde el punto de vista computa-
cional reportaba. Sin embargo, el primero en pronun­
ciarse decidida y resueltamente en favor del sistema
copernicano del universo fue Thomas D igges8.
Thomas Digges (c. 1545-1595) era hijo del gran
matemático Leonard Digges y fue de él de quien reci­
bió su primera instrucción científica, tarea en la que
tomaría el relevo el propio John Dee (gran amigo de
Thomas a partir de entonces): al parecer no cursó nin­
gún tipo de estudios universitarios. Su primera gran
obra fue un tratado en latín acerca de la nueva estrella
aparecida en la constelación de Casiopea en 1572, titu-
lado Alae seu Scalae Mathematicae (Londres, 1573). Ty-
14 Alberto Elena

cho Brahe, en su Astronomiae Instauratae Progymnas-


mata, se refirió ampliamente a las observaciones de
Digges y las comparó con las suyas propias, encon­
trando diferencias prácticamente insignificantes (y mu­
cho menores que las que presentaban las observaciones
de Hájek en Bohemia, por no citar sino algunas de las
mejores). Ahora bien, no se trata aquí tanto de demos­
trar que Digges era uno de los mejores observadores
de la época como de determinar cuál era el sentido que
él mismo atribuía a su destreza. En Alae ya está conven­
cido de la superioridad del copernicanismo y acaricia la
idea de obtener una prueba definitiva en su favor ésta,
dice, tendrá que venir dada por observaciones mucho
más precisas que las entonces disponibles. Confiado en
la posibilidad de obtener una confirmación empírica
del nuevo sistema del universo, el interés de Digges
por la observación astronómica resulta más que expli­
cable.
A Perfit Description of the Caelestiall Orbes (Londres,
1576) fue concebida inicialmente como un suplemento
a una nueva edición del Prognostication Everlastinge
(Londres, 1553) de su padre, donde éste seguía afe­
rrado al sistema ptolemaico del universo. Esta obrita
alcanzó de inmediato una gran popularidad en Inglate­
rra (no así en el continente, donde prácticamente no se
conoció debido a que estaba escrita en inglés), hasta el
punto de ser objeto de por lo menos seis ediciones más
antes de 1605 9. Consistía sustancialmente en una tra­
ducción un tanto libre 10 de los pasajes más relevantes
del Libro I del De revolutionibus de Copérnico, si bien
incorporaba un importante añadido al que en segui­
da se hará referencia. Digges no pretendía con este
opúsculo sino llenar una laguna hasta que pudiera pu­
blicar una obra de mayor envergadura que habría de titu­
larse, según él mismo informa,Commentaries upon theRevo-
lutions of Copemicus. Lamentablemente este tratado no
llegó nunca a escribirse y, por consiguiente, debemos
conformarnos con lo que en la Perfecta Descripción deja
entrever Digges.
Al final de la primera sección de esta obra 11 aparece
Introducción 15

un breve texto, que no se encuentra en el De revolutio-


nibus, en el cual Digges afirma la infinitud del uni­
verso. N o era, ciertamente, la primera vez que tal cues­
tión se discutía, pero sí la primera en que se planteaba
fuera de un contexto filosófico o teológico y se aso­
ciaba a un sistema astronómico suficientemente elabo­
rado desde el punto de vista técnico. Particularmente
significativo resultaba el diagrama que encabezaba la
obra, muy similar al que incluye Copérnico en el capí­
tulo 10 del Libro I de su obra magna, aunque también
con una importante variación: las estrellas no están re­
presentadas en el firmamento u octava esfera, sino que
figuran fuera de este círculo a distancias variables del
centro del universo. Una leyenda explica además que
tales estrellas son mucho mayores que el Sol y se re­
parten aleatoriamente por todo el espacio infinito12.
La fuente de inspiración de Digges ha de buscarse en
el Zodiacus Vitae de Marcellus Stellatus Palingenius,
obra a la que él mismo hace referencia en su prólogo.
En realidad, este poema fue más el detonante que in­
dujo al astrónomo inglés a interrogarse sobre los lími­
tes del universo que un precedente en toda regla. Las
diferencias que median entre las obras de ambos auto­
res no se reducen a la —ya considerable— que hay
entre un universo geocéntrico y otro heliocéntrico. Pa­
lingenius conserva la octava esfera de la tradición y
sigue ubicando en ella las estrellas fijas, de modo que
su esquema del universo apenas presenta alguna origi­
nalidad. La única novedad viene determinada por la
convicción de que el mundo que ha creado Dios todo­
poderoso debe forzosamente ser infinito: en conse­
cuencia, defiende la existencia de un espacio infinito
más allá de la esfera delprimum mobile, en el cual no se
encuentra cuerpo material alguno, pues es allí donde
moran Dios y sus ángeles (en medio de una luz purí­
sima, deslumbrante e inagotable). Alexandre Koyré ha
sabido expresar lacónicamente el sentido de la ‘innova­
ción’ del poeta italiano: «Palingenius afirma la infinitud
del cielo de Dios y no del mundo de Dios» 13.
Las razones que movieron a Digges a concebir un
16 Alberto Elena

universo infinito continúan siendo oscuras, pero de lo


que en todo caso no cabe duda es de que las considera­
ciones estrictamente científicas jugaron ya un papel
preponderante. Quizás haya que remontarse a sus in­
vestigaciones sobre la nova de 1572 para encontrar al­
gún indicio que nos permita reconstruir su itinerario
hasta acabar sosteniendo la infinitud del universo.
Como es bien sabido, la nueva estrella se observó por
primera vez a comienzos de noviembre de 1572, mo­
mento en que su brillo era comparable al máximo al­
canzado por Venus. Paulatinamente dicho brillo fue
debilitándose y en febrero del año siguiente — fecha en
que Digges llevó a cabo sus observaciones— apenas era
parangonable al de las estrellas de primera magnitud
(terminando por resultar totalmente invisible en marzo
de 1574). Puesto que una disminución real del tamaño
de la nueva estrella le parecía algo contrario a los prin­
cipios y fundamentos de la física, Digges sólo disponía
de una hipótesis para explicar la evidente variación en
su luminosidad: el progresivo aumento de la distancia a
medida que la Tierra efectuaba su revolución en torno
al Sol, conforme a lo cual predecía un nuevo incre­
mento en el brillo de la nova cuando nuestro planeta
entrara en la segunda mitad de su trayectoria. Alae se
publicó en el mes de febrero de 1573, antes, pues, de
que Digges pudiera advertir el fracaso de su predic­
ción, pero es posible que entonces —a la vista de los
hechos— prestara oídos a una conjetura aventurada
por su amigo Dee: tal vez era la propia estrella la que
se alejaba en línea recta del centro del universo. Sea
como fuere, el hecho de que ni siquiera en los momen­
tos de máxima luminosidad se observara paralaje al­
guna obligó al astrónomo inglés a ubicar dicha estrella
a una enorme distancia del centro del mundo y es muy
posible que fuese entonces cuando comenzara a acari­
ciar la idea de la inexistencia de los límites habitual­
mente reconocidos por las cosmologías hegemónicas.
Parece justo, pues, conceder a Digges los derechos
de prioridad frente a Giordano Bruno, a quien los his­
toriadores de la ciencia y de la filosofía venían sistemá-
Introducción 17

ticamente presentando como el introductor de la tesis


de la infinitud del universo en el marco del nuevo
sistema copernicano. Y no sólo por razones de índole
cronológica (La cena de las cenizas vio la luz en 1584),
sino fundamentalmente porque el nolano continúa to­
davía inscrito en la tradición filosófica y especulativa de
Nicolás de Cusa o Palingenius. Bruno no era un cientí­
fico y ni siquiera dominaba el aparato matemático so­
bre el que se sustentaba el nuevo sistema astronómico;
fue un magnífico propagandista, pero su contribución
desde el punto de vista estrictamente científico es nula.
No hay por qué cuestionar los méritos que en justicia
le corresponden, mas tampoco hay razón para seguir
empañando las importantes aportaciones de Digges.

III.—Primeras interpretaciones de la revolución coperni-


cana

Las Considerazioni circa l’opinione copemicana de


Galileo tampoco fueron publicadas en su momento por
razones que de inmediato se comprenderán. N o es ésta
una obra que el autor redactara con vistas a darla a la
imprenta: se trata por el contrario de algunos apuntes
dispersos, redundantes y —en cualquier caso— caren­
tes del brioso estilo a que nos tiene acostumbrados el
científico italiano. Las Consideraciones constan en reali­
dad de tres fragmentos distintos, redactados probable­
mente en abril o mayo de 1615 durante la estancia de
Galileo en Roma. Ninguno de ellos tenía título 14 y
tampoco venían firmados. N o hay, sin embargo, dudas
acerca de la paternidad de los mismos, puesto que las
ideas expuestas son inequívocamente galileanas; ade­
más, el propio autor alude en su carta a Monseñor
Piero Dini de 23 de marzo de 1615 a la redacción de
unos pequeños escritos en defensa del copernicanismo
con el propósito de ofrecer unos argumentos extrema­
damente claros e inteligibles. Tal empresa se vio consi-
derablémente activada por la famosa carta del cardenal
Bellarmino al Padre Paolo Antonio Foscarini de 12 de
18 Alberto Elen;

abril de ese mismo año — de la cual Galileo poseía una


copia—, en la que aquél aconsejaba a su corresponsal y
al propio Galileo contentarse con hablar ex suppositione,
siguiendo así las directrices trazadas por el conocido
prólogo de Andreas Osiander al De revolutionibus. Dos
de estos tres fragmentos presentan un escaso interés y
no hacen sino reproducir los argumentos que contra la
apelación a las Sagradas Escrituras en materias científi-
ras desplegara Galileo en muchos otros lugares; el pri­
mero y más largo reviste, por el contrario, una impor­
tancia excepcional como reflexión acerca de lo que ha­
bía supuesto la ‘revolución copernicana’. Es precisa­
mente este texto (Opere, V, pp. 351-363) el que se
re.coge en el presente volumen y al que se refieren los
siguientes comentarios.
La historia de la condena de Galileo es tan conocida
que parece más que excusable evitar reproducirla por
enésima vez. Acaso lo único sobre lo que merece la
pena volver a insistir sea el hecho de que la Iglesia
Católica (en cuyo seno los jesuitas tendían progresiva­
mente a adoptar el sistema de Tycho Brahe, frente a la
absoluta intransigencia de los dominicos) optase por
disuadir a Galileo de presentar la cosmovisión coperni­
cana como una descripción verdadera del universo. La
referida carta de Bellarmino al Padre Foscarini no era
sino una de las múltiples advertencias de no traspasar
en cuestiones astronómicas el ámbito de lo hipotético,
dentro del cual nada tendría que temerse de parte de la
Santa Sede. Entendido como un mero instrumento
predictivo (como un artilugio técnico para el cálculo
posicional) y no como una descripción verosímil del
universo, el sistema copernicano podía esquivar sin di­
ficultad los desacuerdos evidentes con ciertos pasajes
bíblicos. Galileo no estaba en condiciones de dar un
paso en falso y así encontramos su Diálogo sobre los dos
principales sistemas del mundo salpicado de inoportunos
incisos en donde se ve obligado a insistir en el carácter
puramente conjetural del modelo heliostático. Pero de
nada sirvió el subterfugio: sus opiniones eran dema­
siado bien conocidas como para pretender camuflarlas.
Introducción 19

Por lo demás, esto era algo que a la postre un indivi­


duo del temperamento de Galileo no podría soportar.
Convencido como estaba de la verdad de su sistema,
pedirle que callara era perseguir un imposible.
Las Consideraciones están presididas por la idea —o,
mejor, por el convencimiento— de que la aceptación
de la equivalencia de las hipótesis supondría renunciar
al derecho de determinar lo que es. verdadero y lo que
es falso en la ciencia. Significaría, además, renunciar a un
auténtico ideal explicativo. Galileo no duda ni por
un momento que Copérnico aspirara a ofrecer el verda­
dero sistema del universo y no una mera descripción
ventajosa. La hipótesis copernicana, como dirá el pi-
sano en uno de los pasajes más explícitos de este opús­
cu lo 15, no se introdujo para satisfacer al astrónomo,
sino plegándose a la necesidad de la propia naturaleza.
Galileo era perfectamente consciente de que el helio-
centrismo no era una simple hipótesis de recambio;
antes bien, encarnaba una cosmología completamente
distinta. De este modo, pues, se había operado una
doble revolución, astronómica (cosmológica) y episte­
mológica: junto a un nuevo cuadro del universo se
definía un (nuevo) patrón de racionalidad científica que
habría de imponerse en las décadas sucesivas. Y — esto
es importante— tan irrenunciables eran el uno como el
otro 16.
Merece la pena esbozar una última reflexión. Galileo
no hace en ningún momento referencia al supuesto
estado de crisis del paradigma ptolemaico que Thomas
Kuhn diagnosticara en su conocida obra La estructura
de las revoluciones científicas 17. Aludía allí el historiador
y filósofo de la ciencia norteamericano al célebre pasaje
del prefacio de Copérnico al De revolutionibus, donde
acusa a la tradición ptolemaica de haber acabado
creando un monstruo a partir de miembros de la más
diversa procedencia. De acuerdo con Kuhn, la consta­
tación de esta profunda crisis en el paradigma ptole­
maico habría inducido al astrónomo polaco a elaborar
un nuevo y más satisfactorio sistema del universo.
Las cosas, sin embargo, no parecen tan sencillas. En
20 Alberto Elena

verdad, a falta de una interpretación realista, la existen­


cia de tales ‘parches’ en el modelo geocéntrico no
constituía crisis alguna (ni tan siquiera motivo de preo­
cupación) para la astronomía ptolemaica. Peurbach y
Regiomontano habían remozado convenientemente
ésta y, muy significativamente, entre el fallecimiento
de ambos (1461 y 1476, respectivamente) y el primer
aldabonazo del copernicanismo con el Commentariolus
(ya en la segunda década del siglo XV I) nadie se había
sentido en la necesidad de abandonar las concepciones
clásicas ni se escucharon rumores de insatisfacción. En
un brillante ensayo18 Owen Gingerich ha sostenido
que la reforma emprendida por Copérnico respondió
más a una nueva intuición que a la voluntad de dar
respuesta a una presunta situación de crisis. De
acuerdo con su interpretación, detrás del famoso pasaje
del monstruo late una gran concepción estética de la
estructura del universo basada en la armonía de todos
sus elementos, pero tal metáfora no aludesensu stricto a
un estado de crisis de la astronomía ptolemaica. El ma­
yor logro del copernicanismo habría consisddo, pues,
en suministrar por vez primera un auténtico sistema del
universo y no una mera colección de soluciones especí­
ficas para cada uno de los problemas planteados.
La presentación que hace Galileo del itinerario inte­
lectual de Copérnico (ajustada a la versión que éste
mismo da en su dedicatoria al Papa Pablo III) parece
corresponderse mucho más con la tesis de Gingerich
que con la de Kuhn. En el De revolutionibus habría,
antes que nada, una opción epistemológica y unos pre­
supuestos estéticos independientes de cualquier crisis
en sentido kuhniano. Copérnico pretendería hacer de
la inteligibilidad matemática y la inteligibilidad física
una y la misma cosa, acabando así con la tradicional
distinción entre 'astronomía matemática’ y 'astronomía
física’. La monstruosa quimera creada por los seguido­
res de Ptolomeo resultaba insatisfactoria en la medida
en que no podía darse en la naturaleza, mas no porque
fuera inoperante desde el punto de vista predictivo:
«Descubriendo que en modo alguno podía darse tal disposi-
Introducción 21

ción de las partes del cielo (...), Copérnico se dispuso, como


digo, a investigar cuál podría ser en realidad el sistema del
mundo, no ya pensando en la pura comodidad del astró­
nomo, cuyos cálculos ya habían sido satisfechos, sino para
llegar a dilucidar tan importante problema de la filosofía
natural, en el convencimiento de que si se habían podido
salvar las simples apariencias con hipótesis falsas, mucho
mejor podría hacerse de la mano de la auténtica constitución
del universo» 19. En Galileo encontramos, pues, una de
las primeras interpretaciones del sentido de la ‘revolu­
ción copernicana’ y, en honor a la verdad, hay que
decir que sigue resultando preferible a la de muchos de
los ulteriores cultivadores de este, al parecer, tan popu­
lar deporte.

Alberto Elena
Madrid, octubre de 1982
Nicolás Copérnico

Breve exposición de sus hipótesis


acerca de los movimientos celestes
(Commentariolus)
NOTA SOBRE LA EDICION

El Commentariolus une a su ya problemática condición de obra


inédita la circunstancia adicional de conocerse a través de tres ma­
nuscritos diferentes que, por más que puedan proceder de una
misma copia (véase la introducción), presentan innumerables varian­
tes de detalle, tanto en la terminología como en los parámetros. Las
características de esta edición de bolsillo impiden obviamente refle­
jar las distintas lecturas posibles del texto y, en consecuencia, en cada
caso se ofrecerá la que a la luz de las investigaciones más recientes
parezca disponer de un mejor aval.
Observo que nuestros predecesores recurrieron a un
elevado número de esferas celestes 1 a fin, sobre todo,
de poder explicar el movimiento aparente de los plane­
tas respetando el principio de uniformidad. En verdad
parecía completamente absurdo que un cuerpo celeste
no se moviera uniformeménte a lo largo de un círculo
perfecto. Pero se dieron cuenta de que mediante dis­
tintas composiciones y combinaciones de movimientos
uniformes podían lograr que un cuerpo pareciera mo­
verse hacia cualquier lugar del espacio.
Calipo y Eudoxo, que trataron de resolver el pro­
blema por medio de círculos concéntricos, no fueron
sin embargo capaces de dar cuenta por este procedi­
miento de todos los movimientos planetarios. No sólo
tenían que explicar las revoluciones aparentes de los
planetas, sino también el hecho de que tales cuerpos
tan pronto nos parezcan ascender en los cielos como
descender, fenómeno éste incompatible con el sistema
de círculos concéntricos. Ese es el motivo de que pare­
ciera mejor emplear excéntricas y epiciclos, prefe-
26 Nicolás Copérnico

rencia que casi todos los sabios acabaron secundando.


Las teorías planetarias propuestas por Ptolomeo y
casi todos los demás astrónomos, aunque guardaban un
perfecto acuerdo con los datos numéricos, parecían
comportar una dificultad no menor. Efectivamente, ta­
les teorías sólo resultaban satisfactorias al precio de
tener asimismo que imaginar ciertos ecuantes, en razón
de los cuales el planeta parece moverse con una veloci­
dad siempre uniforme, pero no con respecto a su defe­
rente ni tampoco con respecto a su propio centro. Por
ese motivo, una teoría de estas características no pare­
cía ni suficientemente elaborada ni tan siquiera sufi­
cientemente acorde con la razón.
Habiendo reparado en todos estos defectos, me pre­
guntaba a menudo si sería posible hallar un sistema de
círculos más racional, mediante el cual se pudiese dar
cuenta de toda irregularidad aparente sin tener para
ello que postular movimiento alguno distinto del uni­
forme. alrededor de los centros correspondientes, tal y
como el principio del movimiento perfecto exige. Tras
abordar este problema tan extraordinariamente difícil y
casi insoluble, por fin se me ocurrió cómo se podría
resolver por recurso a construccionés mucho más sen­
cillas y adecuadas que las tradicionalmente utilizadas, a
condición únicamente de que se me concedan algunos
postulados. Estos postulados, denominados axiomas,
son los siguientes.

P r im e r p o s t u l a d o

No existe un centro único de todos los círculos o


esferas celestes.

Se g u n d o po stu la d o

El centro de la Tierra no es el centro del mundo,


sino tan sólo el centro de gravedad y el centro de la
esfera lunar.
Hipótesis acerca de los movimientos celestes 27

T er c er po stu la d o

Todas las esferas giran en torno al Sol, que se en­


cuentra en medio de todas ellas, razón por la cual el
centro del mundo está situado en las proximidades del
S o l2.

C u a rto po stu la d o

La razón entre la distancia del Sol a la Tierra y la


distancia a la que está simada la esfera de las estrellas
fijas es mucho menor que la razón entre el radio de la
Tierra y la distancia que separa a nuestro planeta del
Sol, hasta el punto de que esta última resulta impercep­
tible en comparación con la altura del firmamento3.

Q u in t o p o st u l a d o

Cualquier movimiento que parezca acontecer en la


esfera de las estrellas fijas no se debe en realidad a
ningún movimiento de ésta, sino más bien al movi­
miento de la Tierra. Así, pues, la Tierra — junto a los
elementos circundantes— lleva a cabo diariamente una
revolución completa alrededor de sus polos fijos,
mientras que la esfera de las estrellas y último 'cielo
permanece inmóvil.

Se x t o po stu la d o

Los movimientos de que aparentemente está dotado


el Sol no se deben en realidad a él, sino al movimiento
de la Tierra y de nuestra propia esfera, con la cual
giramos en torno al Sol exactamente igual que los de­
más planetas. La Tierra tiene, pues, más de un* movi­
miento.
28 Nicolás Copérnito

SÉPTIMO POSTULADO

Los movimientos aparentemente retrógrados y direc­


tos de los planetas no se deben en realidad a su propio
movimiento, sino al de la Tierra. Por consiguiente, éste
por sí solo basta para explicar muchas de las aparentes
irregularidades que en el cielo se observan.

Una vez establecidos estos postulados, voy a tratar


de mostrar brevemente cómo puede preservarse siste­
máticamente la uniformidad de los movimientos. Me
ha parecido que, en beneficio de la brevedad, conven­
dría prescindir aquí de las demostraciones matemáticas,
que reservo para una obra más amplia. No obstante, en
el curso de la explicación de los círculos se darán las
lohgitudes de los radios de las esferas y, gracias a ello,
cualquiera mínimamente versado en matemáticas podrá
advertir con facilidad cuán estrecha es la correspon­
dencia entre esta disposición de círculos y los datos
numéricos y las observaciones.
N o se crea, pues, que —como los pitagóricos— he
afirmado a la ligera el movimiento de la Tierra: en mi
exposición acerca de los círculos podrá hallarse un ar­
gumento de peso en su favor. D e hecho, los argumen­
tos a los que recurren los filósofos naturales para de­
mostrar la inmovilidad de la Tierra se basan por lo
común en las apariencias: son estos argumentos los
primeros en derrumbarse aquí, puesto que la propia
inmovilidad de la Tierra se interpreta como una apa­
riencia.

E l o r d e n d e l a s esfer a s

Las esferas celestes se inscriben unas dentro de otras


según el orden siguiente4. La superior es la esfera in­
móvil de las estrellas fijas, que contiene a todas las
demás cosas y les da un lugar s. Inmediatamente des­
pués se encuentra la esfera de Saturno, seguida por la
de Júpiter y, a continuación, por la de Marte. Debajo de
ésta se halla la esfera en la que nosotros giramos, a
Hipótesis acerca de los movimientos celestes 29

la cual siguen la esfera de Venus y, finalmente, la de


Mercurio. La esfera lunar, por su parte, gira en torno al
centro de la Tierra y es arrastrada con ella a la manera
de un epiciclo. Idéntico orden guardan asimismo las
velocidades de revolución de las esferas, según sean
mayores o menores los círculos que trazan. Así, el pe­
ríodo de revolución de Saturno es de treinta años, de
doce el de Júpiter, dos el de Marte, un año el de la
Tierra, nueve meses el de Venus y tres el de Mercurio.

LO S MOVIMIENTOS APARENTES DEL SOL

La Tierra tiene tres movimientos. En primer lugar,


gira anualmente sobre un gran círculo alrededor del
S o l6, siguiendo el orden de los signos7 y describiendo
siempre arcos iguales en tiempos iguales: la distancia
que media entre el centro del círculo y el centro del
Sol es de una veinticincoava parte del radio de dicho
círculo. Así, pues, dado que se supone que la longitud
de este radio es inapreciable en comparación con la
altura de las estrellas fijas, parecerá que es el Sol el que
gira con este movimiento, como si la Tierra permane­
ciese estacionaria en el centro del mundo. Sin em­
bargo, no es el movimiento del Sol el responsable de
esta apariencia, sino más bien el movimiento de la Tie­
rra, de manera que cuando ésta se encuentra, por
ejemplo, en Capricornio, el Sol se verá en la posición
diametralmente opuesta, Cáncer, y así sucesivamente.
De igual modo, y debido —como ya se ha dicho— a la
distancia que separa al Sol del centro del círculo, su
movimiento no parecerá uniforme, siendo 2 76° la má­
xima desigualdad alcanzada. La línea que va del Sol al
centro del gran círculo está invariablemente dirigida a
un punto del firmamento situado a unos 10° al Oeste de
la más luminosa de las dos estrellas centelleantes de la
cabeza de los Gemelos. Por lo tanto, el Sol se encon­
trará a su distancia máxima con respecto a la Tierra
cuando ésta se halle en el lugar opuesto a dicho punto
y el centro del círculo esté entre ambos cuerpos. Y no
30 Nicolás Copérnico

es la Tierra la única que gira en ese círculo, puesto que


con ella, y al mismo tiempo, lo hace cuanto está in­
cluido en la esfera lunar.
El segundo movimiento de la Tierra, que le es ente­
ramente propio, es la rotación diaria sobre sus polos
siguiendo el orden de los signos, es decir, hacia el Este:
en virtud de dicho movimiento todo el universo parece
girar con una velocidad vertiginosa. La Tierra rota,
pues, junto al agua y al aire circundantes.
El tercer movimiento es el de declinación. En efecto,
el eje de rotación no es paralelo al eje del gran círculo,
sino que en nuestros días guarda una inclinación de
23 V20 con respecto a éste. Por consiguiente, mientras
que el centro de la Tierra yace siempre en el plano de la
eclíptica (esto es, sobre la circunferencia del gran cír­
culo), sus polos rotan, describiendo pequeños círculos
alrededor de centros equidistantes del eje del gran cír­
culo. El período de revolución es de aproximadamente
un año, casi igual al del gran círculo. Pero el eje de éste
mantiene una orientación invariable hacia ciertos pun­
tos de la esfera de las estrellas fijas denominados polos
de la eclíptica. Del mismo modo, el movimiento de
declinación, combinado con el movimiento anual, man­
tendría a los polos de rotación orientados siempre ha­
cia los mismos puntos del cielo si los períodos de revo­
lución de dichos movimientos fueran exactamente igua­
les. Pero, sin embargo, con el paso del tiempo se ha
evidenciado que esta inclinación de la Tierra con res­
pecto a las estrellas fijas es variable; ésa y no otra ha
sido la fuente de la opinión generalizada según la cual
la propia esfera de las estrellas estaría dotada de diver­
sos movimientos conforme a una ley aún no suficien­
temente comprendida. Ahora bien, el movimiento de
la Tierra permite explicar estos fenómenos de forma
menos sorprendente8. No me corresponde a mí decir
a qué están fijos los polos. Sé muy bien que, en las
cosas más mundanas, una aguja de hierro imantada
apunta siempre en la misma dirección. No obstante,
me ha parecido preferible explicar este fenómeno me­
diante una esfera, cuyo movimiento afecta al de dichos
Hipótesis acerca de los movimientos celestes 31

polos; tal esfera deberá ser, sin duda, una esfera sublu­
nar.

LO S MOVIMIENTOS UNIFORMES N O DEBEN REFERIRSE A


LOS EQUINOCCIOS, SINO A LAS ESTRELLAS FIJAS

Dado que los equinoccios y los otros puntos cardina­


les del universo se desplazan considerablemente, todo
aquel que trate de establecer a partir de ellos una dura­
ción constante de la revolución anual está necesaria­
mente abocado al error9. En efecto, a lo largo del
tiempo se han realizado numerosas observaciones que
han puesto de relieve cómo tal duración es desigual.
Hiparco la estimó en 365 1U días, mientras que Alba-
tegnius el caldeo10 consideró que era de 365 días, 5
horas y 46 minutos, esto es, 13 3/s ó 13 V3 minutos
menos que el valor establecido por Ptolomeo. El His­
palense11, en cambio, incrementó en una veinteava
parte de una hora la duración estimada por Albateg-
nius, puesto que computó un año trópico de 365 días,
5 horas y 49 minutos.
Que nadie crea, sin embargo, que estas diferencias se
deben a errores de observación, puesto que, si se exa­
minan cuidadosamente todas ellas, se descubrirá que la
base de la discrepancia siempre ha estado en el despla­
zamiento de los equinoccios. Así, cuando los puntos
cardinales se desplazaban un grado cada cien años, tal y
como se vio que sucedía en la época de Ptolomeo, la
duración del año era efectivamente la señalada por
éste. Ahora bien, cuando en los siglos sucesivos estos
puntos llegaron a desplazarse con mayor rapidez,
puesto que se oponían a movimientos más lentos, el
año ha acabado siendo tanto más corto cuanto mayor es
el desplazamiento de los puntos: debido ala más rápida
recurrencia de los equinoccios, el movimiento anual se
lleva a cabo en un lapso de tiempo más breve. Por lo
tanto, convendrá referir la duración constante del año a
las estrellas fijas. Eso es lo que yo he hecho, eligiendo
la Espiga de Virgo, y he podido constatar que el año
32 Nicolás Copérnico

[sidéreoj siempre ha sido de 365 días, 6 horas y —apro­


ximadamente— 10 minutos, lo cual coincide con la es­
timación que hicieron los antiguos egipcios. Este
mismo principio debe aplicarse también a los demás
movimientos planetarios, ya que sus ápsides, también
fijos con respecto a las estrellas 12, nos permiten cono­
cer —mediante un testimonio veraz— las leyes de
aquellos movimientos, así como el cielo mismo.

La Lu n a

La Luna tiene, a mi modo de ver, cuatro movimien­


tos, además de la revolución anual ya mencionada. Así,
gira una vez al mes sobre su deferente alrededor del
centro de la Tierra y siguiendo el orden de los signos.
Este deferente transporta a su vez al epiciclo que habi­
tualmente se conoce como epiciclo de la primera desi­
gualdad o argumento, pero al que yo me voy a referir
como primer epiciclo o epiciclo mayor. El período de
revolución de este epiciclo, que en su parte superior
gira en sentido contrario al deferente, es de poco más
de un mes; acoplado a él hay un segundo epiciclo u . La
Luna, emplazada en este segundo epiciclo, efectúa, por
último, dos revoluciones al mes en sentido contrario al
del epiciclo mayor, de manera que siempre que el cen­
tro de éste corte la línea que partiendo del centro del
gran círculo pasa por el centro de la Tierra (a la cual
denomino radio de la gran esfera), la Luna estará en su
posición más próxima al centro del epiciclo mayor: esto
sucede cuando hay luna nueva y luna llena 14. Por el
contrario, en las cuadraturas, es decir, a medio camino
entre estas dos posiciones, la Luna se hallará en su
posición más alejada del centro del epiciclo mayor. La
razón entre el radio del epiciclo mayor y el radio del
deferente es de 1 Vis : 10, en tanto que la razón entre
aquél y el radio del epiciclo menor es de 4 3A*.
Así, pues, a consecuencia de estos movimientos, la
Luna tan pronto parece descender como ascender, unas
veces deprisa y otras más lentamente: a esta primera
Hipótesis acerca de los movimientos celestes 33

desigualdad el movimiento del epiciclo menor añade


otras dos irregularidades. En efecto, impide el movi­
miento uniforme de la Luna sobre la circunferencia del
epiciclo mayor, alcanzando la máxima desigualdad un
valor de 12 lU de una circunferencia de la misma lo n g i­
tud o diámetro. Además, tan pronto aproxima la Luna
al centro del epiciclo mayor como la aleja del mismo,
siempre dentro de los límites del epiciclo menor. Por
consiguiente, y dado que la Luna describe círculos irre­
gulares alrededor del centro del epiciclo mayor, la pri­
mera desigualdad experimenta variaciones considera­
bles: mientras que en las conjunciones y las oposiciones
con el Sol su valor máximo no excede de 4o 56’, en las
cuadraturas llega hasta 7o 36’.
Aquéllos que piensan que es posible dar cuenta de
esta variación por medio de un círculo excéntrico no
sólo introducen un movimiento no uniforme, sino que
incurren en dos errores manifiestos. Efectivamente, de
su teoría se sigue — en virtud del análisis matemático—
que cuando la Luna está en una cuadratura y se halla al
mismo tiempo en la parte inferior del' epiciclo, debería
parecer casi cuatro veces más grande (al menos si toda
ella resplandeciera) que durante la luna nueva y la
llena, salvo que se afirme imprudentemente que su ta­
maño realmente aumenta y disminuye. Del mismo
modo, puesto que el tamaño de la Tierra resulta apre­
ciable en comparación con su distancia a la Luna, la
paralaje lunar debería aumentar enormemente en las
cuadraturas. Pero basta observar con la suficiente aten­
ción para poder constatar que tanto el tamaño aparente
como la paralaje de la Luna difieren muy poco en las
cuadraturas y en las fases de luna nueva y luna llena; de
ahí que no se pueda poner fácilmente en duda que mi
teoría sea la más próxima a la verdad.
Así, pues, con estos tres movimientos en longitud, la
Luna pasa por los puntos de su movimiento en lati­
tud I5. Los ejes de los epiciclos son paralelos al eje de
la esfera y, en consecuencia, la Luna no se aparta nunca
del plano de ésta. Ahora bien, el eje de la esfera lunar
está inclinado con respecto al eje del gran círculo o
34 Nicolás Copérnico

eclíptica, razón por la cual la Luna sí que se separa del


plano de ésta. Dicha inclinación viene determinada por
el ángulo resultante de una intersección de 5o con la
circunferencia de un círculo16. Los polos de la esfera
lunar giran paralelamente al eje de la eclíptica, de
forma muy similar a cuanto acerca de la declinación se
ha explicado más arriba. N o obstante, ahora se mueven
en sentido contrario al orden de los signos y su veloci­
dad es mucho menor, invirtiendo 19 años en cada revo­
lución. Se suele creer que este movimiento tiene lugar
en alguna esfera superior, a la cual estarían acoplados
los polos de manera que pudieran girar en la forma que
se acaba de describir. Tal parece ser, pues, el meca­
nismo de los movimientos de la Luna.

LOS TRES PLANETAS SUPERIORES:


S a t u r n o , J ú p it e r y M a r t e

Saturno, Júpiter y Marte tienen un sistema de mo­


vimientos similar, puesto que sus deferentes circuns­
criben por completo al gran círculo del movimiento
anual y siguen asimismo el orden de los signos en sus
revoluciones en torno a un centro común, que no es si­
no el centro del gran círculo. Ahora bien, la esfera de Sa­
turno tarda 30 años en cada revolución, doce la de Jú ­
piter y 23 meses la de Marte, como si el tamaño de
las esferas redundara en una menor velocidad de revo­
lución. En efecto, si dividiéramos en 25 partes el radio
del gran círculo, el radio de Marte equivaldría a 38 de
las mismas, el de Júpiter a 1305/i2 y el de Saturno a
230 5/é. Por radio entiendo la distancia que media entre
el centro del deferente y el centro del primer epiciclo.
Cada deferente tiene, en efecto, dos epiciclos, uno de
los cuales transporta al otro, de forma muy parecida a
cuanto se ha dicho a propósito de la Luna, aunque de
acuerdo con una disposición distinta. El primer epiciclo
gira en sentido contrario al deferente, pero sus perío­
dos de revolución son iguales. Por su parte, el segundo
epiciclo, que es el que transporta al planeta, gira en
Hipótesis acerca de los movimientos celestes 35

sentido contrario al primero con una velocidad de re­


volución dos veces mayor, de forma tal que siempre
que este segundo epiciclo se encuentre a su distancia
máxima o mínima respecto del centro del deferente, el
planeta estará en su posición más próxima al centro del
primer epiciclo; por el contrario, cuando el segundo
epiciclo se halle a un cuarto de círculo de las posiciones
precedentes, esto es, a medio camino entre ambas, el
planeta alcanzará su distancia máxima con respecto al
centro del primer epiciclo. D e la composición de estos
movimientos del deferente y de los dos epiciclos, así
como de la igualdad de sus revoluciones, resultará que
el máximo alejamiento y la máxima aproximación acae­
cen siempre en lugares fijos por referencia a la esfera
de las estrellas y que en todos los puntos de sus trayec­
torias los planetas se ajustan a esquemas de movi­
miento invariables. A consecuencia de ello, sus ápsides
permanecen fijos: el de Saturno, cerca de la estrella
conocida como el codo de Sagitario; el de Júpiter, a 8o
al Este de la estrella conocida como el extremo de la
cola de Leo; el de Marte, a 6 V20 al Oeste del corazón
de Leo 17.
Por lo que respecta a las dimensiones de los epiciclos,
son las siguientes. Tomando como unidad la veinticin-
coava parte del radio del gran círculo, diremos que el
radio del primer epiciclo de Saturno es de 19,41 uni­
dades, en tanto que el segundo epiciclo tiene un radio
de 6,34 unidades. Por lo que respecta a Júpiter, su
primer epiciclo tiene un radio de 10,6 unidades y de
3,22 el segundo. En Marte, el radio del primer epiciclo
es de 5,34 unidades y el del segundo de sólo 1,51. Así,
pues, en todos estos casos el radio del primer epiciclo
es unas tres veces mayor que el del segundo. A esta
desigualdad producida en el deferente por el movi­
miento de los epiciclos se le ha dado en llamar primera
desigualdad; ésta, como ya se ha dicho, tiene siempre
lugar en puntos de sus trayectorias invariables con res­
pecto a las estrellas fijas.
Existe una segunda desigualdad, en virtud de la cual
el planeta parece a veces experimentar retrogradado-
36 Nicolás Copérnico

nes y, en muchas otras ocasiones, detenerse. La razón


de ello no ha de buscarse en el propio movimiento del
planeta, sino en el de la Tierra a medida que cambia de
posición a lo largo del gran círculo. Puesto que el mo­
vimiento terrestre es más rápido que el movimiento
del planeta, el radio visual que pasa por éste se des­
plaza en sentido retrógrado —teniendo como referen­
cia la esfera de las estrellas fijas— y el movimiento de
la Tierra aventaja al del planeta. Todo esto resulta mu­
cho más evidente cuando la Tierra está en su posición
más cercana al planeta, es decir, cuando — en la apari­
ción vespertina de éste— aquélla se encuentra entre el
Sol y el planeta. Por el contrario, durante el ocaso
vespertino o el orto matutino el movimiento de la Tie­
rra hace que el radio visual que pasa por el planeta se
desplace en sentido directo. Pero cuando el radio vi­
sual se desplaza en sentido contrario al del movimiento
del planeta y con igual velocidad, éste parece estacio­
nario, habida cuenta de que los movimientos opuestos
se anulan entre sí; esto generalmente acontece cuando
el ángulo formado por el Sol, la Tierra y el planeta en
cuestión es de 120°. En todos estos casos la desigual­
dad resulta tanto mayor cuanto inferior sea la posición
del deferente sobre el qüe se mueve el planeta; de ahí,
pues, que sea menor en el caso de Saturno que en el de
Júpiter y que todavía aumente más en Marte, propor­
cionalmente a la razón entre el radio del gran círculo y
los radios de los respectivos deferentes. La desigual­
dad alcanza su valor máximo en cada caso cuando la línea
visual que pasa por el planeta es tangente a la circunfe­
rencia del gran círculo. Por eso nos parecen errar estos
tres planetas.
Los planetas presentan además una doble desviación
en latitud. Como quiera que las circunferencias de los
epiciclos permanecen siempre en el mismo plano que
su deferente, habrán de estar consiguientemente incli­
nadas con respecto a la eclíptica. Esta inclinación es
idéntica a la inclinación de los polos, los cuales —a
diferencia de lo que sucedía en el caso de la Luna,
donde giraban en torno a sí mismos— guardan una
Hipótesis acerca de los movimientos celestes 37

orientación invariable por referencia a una misma re­


gión del cielo. Por lo tanto, las intersecciones del defe­
rente y la eclíptica —llamadas nodos— mantienen asi­
mismo posiciones fijas en el firmamento. Así, el nodo a
partir del cual el planeta comienza a ascender hacia el
Norte está, en el caso de Saturno, a 8 V20 al Este de la
estrella situada en la cabeza del más oriental de los
Gemelos; para Júpiter, a 4o al Oeste de esta misma
estrella; y, para Marte, a 6 V20 al Oeste de las Pléyades.
En consecuencia, cuando un planeta se encuentra en
uno cualquiera de sus nodos no tiene latitud. Sin em­
bargo, su latitud máxima, que tiene lugar a un cuarto
de círculo de los nodos, experimenta una notable desi­
gualdad. En efecto, la inclinación de los ejes y de los
círculos parece oscilar en torno a la línea de los nodos;
de hecho, alcanza su valor máximo cuando la Tierra
está en su posición más próxima al planeta, esto es, du­
rante la aparición vespertina de éste. El eje presenta
entonces una inclinación de 2 2h ° en el caso de Sa­
turno, 1 2h ° en el de Júpiter y 1 s/6° en el de Marte.
Por el contrario, al filo del ocaso vespertino y del orto
matutino del planeta, cuando la Tierra se encuentra a
su mayor distancia del mismo, la inclinación es menor,
su valor es de sl 12o para Saturno y Júpiter, así como de
1 2h ° para M arte18. Esta desigualdad es, pues, espe­
cialmente manifiesta en las latitudes máximas, decre­
ciendo a medida que el planeta se acerca a sus nodos:
dicha desigualdad aumenta y disminuye uniforme­
mente con la latitud.
Constatamos asimismo que el movimiento de la Tie­
rra a lo largo del gran círculo produce las variaciones
observadas en las latitudes, dado que su proximidad o
lejanía con respecto al planeta hace que aumenten o
disminuyan los ángulos de la latitud aparente, con­
forme el análisis matemático requiere. Ahora bien,
puesto que este movimiento de libración se produce
según una línea recta, no será difícil ver cómo puede
componerse a partir de los movimientos de dos esfe­
ras ,9: siendo éstas concéntricas, la superior hace girar,
a medida que ella misma se mueve, los polos de la
38 Nicolás Copérnico

esfera inmediatamente inferior, cuyo eje está inclinado,


en tanto que esta otra —que gira en sentido contrario a
aquélla y con una velocidad doble— imprime su mo­
vimiento a los polos de la esfera que transporta a los
epiciclos. Además, el eje de éstos presenta, en relación
al eje de los polos de la esfera inmediatamente supe­
rior, una inclinación igual a la del eje de los polos de
esta última con respecto al eje de los polos de la esfera
superior a todas.
Hasta aquí lo que se refiere a Saturno, Júpiter y
Marte, así como a las esferas que rodean a la Tierra.

V enus

Queda aún por exponer la teoría de aquellos plane­


tas circunscritos por el gran círculo, es decir, Venus y
Mercurio. Venus presenta un sistema de círculos muy
parecido al de los planetas superiores, pero sus movi­
mientos responden a una regla diferente. El deferente
y su epiciclo mayor tienen un período de revolución
idéntico, nueve meses, tal y como se dijo más arriba.
En virtud de su movimiento compuesto, el epiciclo
menor es conducido a lo largo de una trayectoria inva­
riable con respecto a la esfera de las estrellas fijas y su
ápside superior es fijado en aquel punto en dirección al
cual el Sol —como ya se ha apuntado— se separa del
centro del gran círculo20. Por otra parte, el período de
revolución del epiciclo menor es distinto del período
de revolución del deferente y del epiciclo mayor, pero
guarda una relación constante con el movimiento del
gran círculo. Por cada revolución de éste, aquél lleva a
cabo dos revoluciones completas; así, siempre que la
Tierra se encuentre en la línea que prolonga el diáme­
tro que pasa por el ápside, el planeta estará en su posi­
ción más cercana al centro del epiciclo mayor, mientras
que alcanzará su posición más distante cuando la Tie­
rra, situada sobre la perpendicular al diámetro que pasa
por los ápsides, se halle a un cuarto de círculo de las
posiciones precedentes. El epiciclo menor se comporta,
Hipótesis acerca de los movimientos celestes 39

pues, en relación al Sol de forma muy similar a como lo


hace el epiciclo menor de la Luna. La razón entre el
radio del gran círculo y el radio del deferente de Venus
es de 25 a 18; el valor del epiciclo mayor es de de
una unidad y el del epiciclo menor de XU.
En ocasiones también parece Venus experimentar
ciertas retrogradaciones, sobre todo cuando se encuen­
tra más cerca de la Tierra, exactamente igual que su­
cede en el caso de los planetas superiores, aunque por
la razón contraria. Efectivamente, mientras que las re­
trogradaciones de éstos se deben a la mayor rapidez del
movimiento terrestre, la velocidad de revolución de
Venus supera a la de la Tierra; además, ahora la esfera
terrestre circunscribe a la de Venus y no a la inversa
(como era el caso de los planetas superiores). D e ahí
que Venus no esté nunca en oposición al Sol, dadó que
es imposible que la Tierra se interponga entre ambos;
puede, sin embargo, moverse a uno y otro lado del Sol
dentro de límites invariables, distancias que vienen de­
terminadas por las tangentes a su circunferencia traza­
das desde el centro de la Tierra y .que nunca exceden
de 48° en nuestras observaciones. Este es el conjunto
de movimientos que hace que Venus se desplace en
longitud.
Su latitud también varía, debido a una doble razón.
El ángulo de inclinación del eje de su esfera es de
2 V20, en tanto que el nodo a partir del cual el planeta
se eleva hacia el Norte coincide con su ápside. Aunque
en sí misma tal inclinación sea única e invariable, a
nosotros la desviación resultante nos parece ser de dos
formas distintas. En efecto, cuando la Tierra se encuen­
tra en la línea que pasa por los nodos de Venus, las
desviaciones hacia arriba y hacia abajo a nosotros nos
parecen transversales y reciben el nombre de reflexio­
nes. Cuando, sin embargo, la Tierra está a una distancia
de un cuarto de círculo de la línea de los nodos, las que
se observan son las propias inclinaciones naturales d d
deferente, denominadas declinaciones. En todas las res­
tantes posiciones de la Tierra, estos dos tipos de latitud
se confunden y se combinan entre sí: tan pronto supera
40 Nicolás Copérnico

una a la otra como a la inversa, sumándose o neutrali­


zándose dichas latitudes conforme sean semejantes o
diferentes.
La inclinación del eje presenta una libración variable,
que —a diferencia de lo que sucedía en el caso de los
planetas superiores— no depende de los nodos, sino
de algunos otros puntos móviles que llevan a cabo re­
voluciones anuales con respecto al planeta. Como con­
secuencia de ello, siempre que la Tierra esté en oposi­
ción al ápside de Venus, la libración alcanzará su valor
máximo para el planeta, con independencia de cuál
pueda ser la posición de éste sobre el deferente. Esa es
la razón de que el planeta no carezca nunca de una
cierta latitud, ni en su ápside ni en el punto diametral­
mente opuesto; incluso encontrándose en los nodos
presentará alguna latitud. La inclinación va disminu­
yendo hasta que la Tierra pasa a estar a un cuarto de
círculo de la posición precedente, momento en que
—debido a la igualdad de sus movimientos— el punto
de máxima inclinación estará a la misma distancia del
planeta: no cabe encontrar entonces el menor indicio
de tal desviación. Posteriormente continúa producién­
dose la oscilación en la desviación, .descendiendo de
Norte a Sur el punto inicial de la misma y alejándose
constantemente del planeta hasta alcanzar una distancia
igual a la que separa a la Tierra del ápside. De ese
modo el planeta llega a aquella parte de su circunferen­
cia que antes se encontraba al Sur, pero que ahora, sin
embargo, en virtud de la ley de oposición, ha pasado a
estar al Norte, donde permanece hasta que de nuevo
alcanza su punto de mayor elevación, una vez recorrida
la mitad del círculo de libración. Y entonces la desvia­
ción vuelve a ser idéntica a la inicial, e incluso en el
mismo sentido, por lo que nuevamente cobra su valor
máximo. Después, a lo largo del semicírculo restante,
la desviación sigue variando de forma exactamente
igual a la primera mitad de su trayectoria. Ese es el
motivo de que esta latitud, a la que generalmente se
denomina desviación, no sea nunca austral.
También en este caso parece razonable suponer que
Hipótesis acerca de los movimientos celestes 41

estos fenómenos son producidos por dos esferas con­


céntricas con ejes oblicuos, tal y como ya expliqué a
propósito de los planetas superiores.

M e r c u r io

De todos los fenómenos celestes el más sorpren­


dente es sin duda alguna el movimiento de Mercurio,
que recorre caminos casi imposibles de seguir, hasta el
punto de que no resulta nada fácil proceder a su estu­
dio. A ello ha de añadirse aún otra dificultad, a saber,
que su trayectoria permanece casi siempre invisible en­
tre los rayos del Sol y en consecuencia el planeta sólo
puede observarse durante un número muy reducido de
días. No obstante, y a condición de que se aguce un
poco más el ingenio, también se podrá llegar a com­
prender el movimiento de Mercurio.
Como en el caso de Venus, es preciso atribuir a
Mercurio dos epiciclos que giran sobre su deferente.
Los períodos de revolución del epiciclo mayor y del
deferente son iguales, tal y como sucedía con Venus,
mientras que el ápside se fija a 14 V20 al Este de la
Espiga de Virgo. Por su parte, el epiciclo menor lleva a
cabo una doble revolución, si bien se ajusta a una ley
opuesta a la que rige el movimiento de Venus: así,
cuando la Tierra se encuentra por encima del ápside de
Mercurio o en posición diametralmente opuesta al
mismo, el planeta estará a su distancia máxima del cen­
tro del epiciclo mayor; por el contrario, se hallará en su
posición más próxima cuando la Tierra esté a un cuarto
de círculo del ápside. Y a señalé que la esfera de Mer­
curio invierte tres meses en cada revolución, 88 días
para ser exactos, en tanto que su radio equivale a 9 2/s
unidades sobre las 25 antes estipuladas para el radio
del gran círculo. Por lo demás, el radio del primer
epiciclo contiene 1,41 unidades, siendo el valor del
segundo epiciclo aproximadamente un tercio del de
aquél, esto es, unas 0,34 partes de una unidad.
Pero tal combinación de círculos, suficiente en el
Nicolás Copérnico

caso de los otros planetas, no lo es en el de Mercurio.


Así, cuando la Tierra se encuentra con respecto al
ápside en las posiciones señaladas más arriba, el planeta
parece moverse sobre una circunferencia mucho menor
de lo que requeriría el sistema de círculos apuntado y,
a la inversa, sobre una circunferencia considerable­
mente mayor cuando la Tierra está a un cuarto de cír­
culo del ápside. Como quiera que, sin embargo, no se
observa ninguna otra desigualdad en longitud, cabe
concluir que la causa de este fenómeno reside en algún
movimiento rectilíneo de acercamiento y alejamiento
con respecto al centro del deferente. Dicho movi­
miento ha de estar necesariamente producido por dos
pequeños círculos acoplados, cuyos ejes son paralelos
al eje del deferente; el centro del epiciclo mayor, o del
propio deferente, se encuentra a una distancia del cen­
tro del pequeño círculo contiguo exactamente igual a la
que separa a éste del centro del pequeño círculo si­
tuado en una posición más exterior. Se ha estimado
que esta distancia equivale a 14 V2 minutos de una de
las 25 unidades que me han servido como referencia
para medir los tamaños de todas las esferas. El pequeño
círculo exterior efectúa dos revoluciones en un año
trópico, mientras que el pequeño círculo interior
—que gira en sentido contrario con una velocidad do­
ble— completa cuatro revoluciones en ese mismo lapso
de tiempo. El movimiento compuesto hace que el cen­
tro del epiciclo mayor se desplace a lo largo de una
línea recta, como ya se señaló a propósito de las libra­
ciones en latitud. Por lo tanto, cuando la Tierra se halla
en las posiciones relativas al ápside que antes se indica­
ron, el centro del epiciclo mayor estará en su posición
más próxima al centro del deferente; su posición más
alejada advendrá cuando la Tierra se encuentre a un
cuarto de círculo del ápside. Ahora bien, cuando ocupe
cualquiera de las posiciones intermedias —es decir, a
45° de las posiciones precedentes— el centro del epici­
clo mayor coincidirá por completo con el centro del
pequeño círculo exterior. La amplitud de este movi­
miento de acercamiento y alejamiento es de 29 minu-
Hipótesis acerca de los movimientos celestes 43

tos de una de las unidades previamente estipuladas.


Hasta aquí la explicación del movimiento de Mercurio
en longitud.
Su movimiento en latitud es exactamente igual al de
Venus, aunque siempre en sentido contrario: mientras
Venus va hacia el Norte, Mercurio lo hace hacia el Sur.
La inclinación de la esfera de Mercurio con respecto a
la eclíptica es de 7o; presenta asimismo una desviación,
siempre austral, que no excede nunca de 3U°. Respecto
a todo lo demás, y a fin de evitar la repetición de las
mismas cosas, bastará con remitir a cuanto se ha dicho
acerca de 4a latitud de Venus.
Así, pues, el movimiento de Mercurio requiere un
total de siete círculos; cinco el de Venus; tres el de la
Tierra; cuatro el movimiento de la Luna en torno a
ésta; y cinco círculos cada uno los de Marte, Júpiter y
Saturno. Por consiguiente, treinta y cuatro círculos son
suficientes para explicar toda la estructura del universo
y toda la danza de los planetas21.
Thomas Digges

Una perfecta descripción de las esferas


celestes según la antiquísima doctrina de los
pitagóricos, recientemente revivida por
Copérnico y acreditada por medio de
demostraciones geométricas
'i l-¡.

fig ura 1
Diagrama del universo incluido por Thomas Digges en su obra Una
perfecta descripción de las esferas celestes.
FIGURA 2

El sistema copernicano del universo, de acuerdo con De revolutimi-


bns, Libro I, capítulo 10 (reproducido aquí a partir de la tercera edi­
ción de la obra: Amsterdam, 1617). El diagrama de Digges, clara­
mente inspirado en éste, introduce como única novedad la aleatoria
distribución de las estrellas en el espacio infinito que se extiende más
allá de la octava esfera.
A l lecto r

Amable lector, habiendo tenido recientemente la


ocasión de corregir y reparar diversas erratas que por
negligencia en la impresión presentaba el Pronóstico ge­
neral de mi padre, hallé en el mismo — entre otras
cosas— una descripción o modelo del universo y de la
disposición de las esferas1 celestes y elementares con­
forme a la doctrina de Ptolomeo, acerca de la cual
todas las universidades (inducidas sobre todo por la
autoridad de Aristóteles) han venido mostrándose de
acuerdo desde entonces. Pero en nuestros días un inte­
lecto privilegiado (a la vista de los continuos errores
que cada vez con mayor frecuencia se descubren y de
los innumerables absurdos que comportan las teorías a
las que se recurre para no tener que atribuir movi­
miento alguno al globo terrestre) ha sugerido, luego de
un prolongado estudio y una laboriosa práctica, acom­
pañados por una rara inventiva, una nueva teoría o
modelo del universo.
Ha demostrado que la Tierra no yace en reposo en
50 Thomas Digges

el centro del universo, sino únicamente en el-centro de


nuestro mundo de lo perecedero o esfera de los elemen­
tos. La esfera de la Luna lo rodea y encierra, siendo
transportadas ambas anualmente alrededor del Sol.
Este, en medio de todo como un rey, gobierna sobre
todas las demás cosas y decreta las leyes de sus movi­
mientos, esparciendo sus rayos de luz en todas las di­
recciones de este sagrado Templo Celeste. La Tierra es
un planeta como los demás, que, con su curso errático
y peculiar, se revuelve en torno a su propio centro cada
24 horas; de ahí que el Sol y la gran esfera de las
estrellas fijas parezcan balancearse y dar vueltas, por
más que en realidad permanezcan inmóviles._ Aun
siendo los sentidos de losjnortales de tal forma enga­
ñados, gracias a la razón y al discurso riguroso d.el en­
tendimiento, pudo Copérnico descubrir todas estas co­
sas y presentarlas al mundo de la mano de.las demos­
traciones matemáticas más evidentes. M e pareció,
pues, conveniente publicar sus conclusiones como
complemento de la vieja teoría a fin de que los más
distinguidos espíritus ingleses no se vean privados de
una parte de la filosofía tan noble como ésta (placer
inalcanzable para la clase más baja de los hombres). Y
también para dejar claro que, por más que ése haya
sido el pretexto esgrimido por algunos para exculparle
fervorosamente, Copérnico jamás presentó los funda­
mentos de su hipótesis sobre el movimiento de la Tie­
rra como meros principios matemáticos, es decir, pu­
ramente ficticios y en modo alguno'filosóficamente
verdaderos2. También reproduzco los argumentos
filosóficos aducidos por Aristóteles y otros muchos
para defender la inmovilidad de la Tierra, así como las
respuestas a los mismos y las razones de su insuficien­
cia. Y no poco habría que decir en favor de la modestia
de un filósofo tan respetable como Aristóteles, que
—dándose sin duda cuenta de la insuficiencia de sus
propios argumentos en contra del movimiento terres­
tre— se pronunció de la siguiente forma: «acerca de esto
se. ha explicado cuanto estaba a nuestro alcance», palabras
que han continuado repitiendo sus discípulos, aunque
Una perfecta descripción de las esferas 51

ya no con la misma templanza de aquél3. Eso es todo


lo que por mi parte tengo que decir.
Es bien sabido que los efectos verdaderos se siguen
tanto de principios verdaderos como de principios fal­
sos, mientras que es imposible inferir algo falso o ab­
surdo a partir de principios verdaderos. Ahora bien, si
la Tierra permanece inmóvil en el centro del universo,
¿por qué no encontramos teorías que sobre tal base
produzcan efectos tan ciertos y verdaderos como los
descritos por Copérnico? ¿Por qué no se abandonan
los ecuantes y los movimientos no uniformes, si hasta el
propio Filósofo, Aristóteles, que es la luz de nuestras
universidades, enseñaba que «a los cuerpos simples con­
viene un movimiento simple»? Pero si, partiendo de la
base de la inmovilidad de la Tierra es lo contrario lo
que hallamos, necesariamente nos veremos abocados a
tales absurdos y no habrá forma alguna de evitarlo.
¿Por qué confiar. ciegammite.£me]^siimonip_dejiues­
tros sentidos, víctimas potenciales de tantos engaños, y
no encomendarnos más bien a la Razón, antorcha que
Dios nos ha dado para iluminar las tinieblas de nuestro
intelecto y guía perfecta para conducirnos, por. entre el
bosque de lo? errores, hasta la dorada rama de. la ver­
dad í 4.
H e aquí una importante cuestión de la que los filóso­
fos y los matemáticos de nuestras universidades debe­
rían ocuparse, no intercambiando pueriles invectivas,
sino esgrimiendo serias razones filosóficas e incontro­
vertibles demostraciones matemáticas. Y no nos deje­
mos llevar en materias que competen a la Razón por la
autoridad y la opinión de los hombres; antes bien, di­
gamos con el Poeta Estrellado5:

«De cuanto Aristóteles o cualquier otro dijera, no hago caso,


pues son muchas las veces que se apartan de la verdad.
Los grandes hombres a menudo dicen grandes mentiras;
nadie es tan sabio comopara no equivocarse nunca.
La Razón es la fiel guía de los sabios.»
Al mundo elemental, que está rodeado por la esfera
52 Thomas Digges

de la Luna, lo denominó mundo de lo perecedero por­


que constituye el imperio propio de la muerte. En
efecto, como el Poeta Crisdano6 dijera, por encima de
la Luna ya no se teme a esta fuerza;

«Todo lo que está por encima de la Luna es bueno y eterno,


nada que sea funesto puede afectar a las cosas celestes.
En verdad, cuanto bajo la bóveda celeste puso la fértil natu­
raleza
es aciago, soporta las severas leyes de la muerte
y es aniquilado por el tiempo destructor.»

Otra vez:

«Todo lo que es malo se encuentra bajo la Luna: la noche


sombría,
las terribles tormentas, el frío, el calor, la dura vejez, la
pobreza
que tan mal aconseja, el trabajo, el dolor, la maldad, la
muerte.
Más allá de la Luna, en cambio, todo está lleno de luz;
y la alegría y la paz, el tiempo y el error,
la muerte y la vejez, son algo inútil allí.
¡Oh, dichoso, harto afortunado, aquél a quien
le haya sido dado vivir en un lugar tan glorioso,
tan bello y tan feliz, don del Monarca Supremo!» 1.

Y de nuevo:

«Piensan algunos que todos los astros son como mundos


y que la propia Tierra no es sino un astro sin luz,
ciertamente el menos importante de todos.»

En medio de este mundo de lo perecedero se en­


cuentra este astro sin luz, el globo terráqueo, suspen­
dido en perfecto equilibrio en el sutil aire gracias a esa
propiedad que el maravilloso Artífice confirió durante
la Creación al centro de dicha esfera: la fuerza mag­
nética8 que atrae y arrastra hacia sí a todas las cosas
elementales, puesto que son de idéntica naturaleza.
Una perfecta descripción de las esferas 53

Esta esfera rota cada 24 horas con un movimiento na­


tural, uniforme y prodigiosamente tenue y suave, cuyo
período constituye nuestro día natural: ésa y no otra es
la razón de que nos parezca que la vasta, la infinita
esfera inmóvil, se balancea y da vueltas a nuestro alre­
dedor.
La esfera de la Luna, que circunda y encierra este
oscuro astro, junto a todos los elementos y las sustan­
cias elementales (corruptibles, mutables y perecede­
ras), también gira cada 29 días, 31 minutos, 50 segun­
dos, 8 tercios, 9 cuartos y 20 quintos, período éste
muy acertadamente denominado mes. Acerca del mo­
vimiento de los demás planetas, que se refleja en la
figura, se hablará con mayor detenimiento un poco más
adelante.
Aquí, querido lector, he ido más allá de lo que es
común tanto en la teoría como en la práctica, y a Dios
que me ha dado vida para hacerlo se lo dedico, aunque
no en calidad de juez que haya de decidir, puesto que
en este caso el tribunal de las matemáticas hablará de
tal forma que el mundo entero estará en perfectas con­
diciones de juzgar si es o no posible proponer una
teoría verdadera, o tan siquiera probable, sobre la base
de la inmovilidad de la Tierra; será, pues, el respetable
Senado de los discretos y desinteresados lectores ma­
temáticos el que pronuncie la sentencia.
Adiós, y respetad mis esfuerzos en lo que valen
como intento de hacer prosperar la verdad y de des­
enmascarar la repugnante y monstruosa faz del error.

U n a p e r fe c t a d e s c r ip c ió n d e la s e sf e r a s c e l e st e s

Aunque en esta suprema y más difícil parte de la


filosofía ha habido en todas las épocas opiniones muy
diversas acerca de la disposición y de los movimientos
de los cuerpos celestes, existen sin embargo ciertos
principios en los que todos los filósofos de cierta talla
han coincidido y sobre los cuales han estado de
acuerdo 9. En primer lugar, convienen que la esfera de
54 Thomas Digges

las estrellas fijas es la superior y más remota de todas,


enmarcando al resto de las esferas y de los astros erran­
tes. Respecto a estos erráticos cuerpos denominados
planetas, los. filósofos antiguos pensaron con sobrada
razón que el más próximo al centro debería moverse
con una mayor rapidez, puesto que su órbita es menor
y, en consecuencia, la recorrerá antes que ningún otro,
mientras que el más alejado tendría que ser el más
lento. Y como quiera que es la Luna la que efectúa su
revolución con más rapidez, demostrando las medicio­
nes que es también la más próxima, convinieron todos
que la esfera de Saturno, cuyo movimiento es el más
lento de todos los planetas, debía de ser asimismo la
más elevada. Júpiter y Marte, por este orden, le siguen.
Venus y Mercurio fueron, sin embargo, objeto de una
gran controversia, ya que sus cursos no se alejan tanto
del Sol como los de los otros planetas. Por esa razón
hubo algunos, como es el caso de Platón en su Timeo,
que los emplazaron por encima del Sol, mientras que
otros, como Ptolomeo y casi todos sus seguidores, los
creyeron por debajo de aquél; Alpetragius l0, por su
parte, situó a Venus por encima del Sol y a Mercurio
por debajo.
Cada una de las partes eh litigio ha aducido diversas
razones en favor de sus puntos de vista. Los que siguen
a Platón (y suponen que todos los planetas son cuerpos
oscuros y sombríos que, como la Luna, resplandecen
gracias a la luz que reciben) argumentan que si dichos
planetas estuviesen situados por debajo del Sol, debe­
rían eclipsar una parte de éste en determinadas ocasio­
nes y tendrían que verse parcialmente recortados y no
perfectamente circulares, variando su forma exacta­
mente igual que la de la Luna. Como quiera que la
experiencia demuestra que esto jamás sucede, conclu­
yen lo mismo que Platón.
Quienes, por el contrario, sitúan a estos planetas por
debajo del Sol se basan para hacerlo en el enorme
espacio existente entre las esferas de aquél y de la
Luna. Efectivamente, la distancia máxima entre la Tie­
rra y la Luna es de 64 V2 radios terrestres, por una
Una perfecta descripción de las esferas 55

distancia mínima de 1160 radios entre la Tierra y el


Sol: hay, pues, una diferencia de 1095 radios, que co­
rresponde a la distancia que separa la Luna del Sol
Y, para que tan vasto espacio no quedara vacío, se
ubicaron en él las esferas de Venus y de Mercurio.
Además, trataron de determinar el grosor de las esferas
en virtud de la longitud de su línea de ápsides y descu­
brieron que estos dos planetas son ciertamente los que
mejor se adecúan a tal emplazamiento: así, el apogeo
lunar casi coincide con el perigeo de Mercurio, cuyo
apogeo prácticamente equivale a su vez a la distancia
del perigeo de Venus, y lo mismo cabe decir del apo­
geo de este último planeta y del perigeo del Sol. En
efecto, calculan que la línea de ápsides de Mercurio
representa 177 radios terrestres y que, por consi­
guiente, el grosor de la esfera de Venus tendría que ser
de 910 radios a fin de llenar casi por completo el espa­
cio restante. No pueden admitir, pues, que estos plane­
tas presenten —como la Luna— cierta opacidad, sino
que deben brillar con luz propia o bien hacerlo gracias
a la luz que reciben del Sol de forma que parezcan
perfectamente circulares. Debido' al extraño curso de
su movimiento en latitud rara vez se interponen entre
nosotros y el Sol; pero incluso en tal caso su tamaño es
tan pequeño en comparación con el de éste que difí­
cilmente podría llegar a oscurecer una centésima parte
del mismo, ya que apenas se puede distinguir una man­
cha tan diminuta en una luz tan resplandeciente. Y, no
obstante, en su paráfrasis de Ptolomeo, Averroes
afirma haber visto una pequeña mancha en el Sol
cuando observaba la conjunción [del Sol y de Mercu­
rio] que sus cálculos habían predicho12.
La extrema fragilidad de esta argumentación se pone
de manifiesto tan pronto como se considera el hecho de
que la distancia mínima entre la Tierra y la Luna es
de 38 radios terrestres (o, si se prefiere, de acuerdo
con la más fiable estimación de Copérnico, de 52 ra­
dios) y de que, sin embargo, en tan vasto espacio no
sabemos que haya otra cosa más que el aire o, en caso
de existir, la esfera ígnea. Además, el diámetro del
56 Thomas Digges

círculo sobre el que Venus es transportado hasta apro­


ximadamente 45° a cada lado del Sol debería ser por lo
menos seis veces mayor que la distancia que separa a su
perigeo de la Tierra. Ahora bien, si (como correspon­
dería) se hiciera girar alrededor de la Tierra a todo el
círculo comprendido dentro de la esfera de Venus y no
atribuyésemos a aquélla movimiento alguno, no sería
difícil ver qué función cumple ese enorme epiciclo,
que abarca un espacio lo suficientemente grande como
para contener a la Tierra, al aire y a las esferas de la
Luna y de Mercurio (teniendo en cuenta sobre todo
que gira alrededor de una Tierra inmóvil).
Igualmente se revela absurdo el razonamiento de
Ptolomeo según el cual el Sol debe de estar simado
entre los planetas que se alejan libremente de él y
aquellos otros que parecen estar combinados con él,
puesto que el movimiento de la Luna no es menos
independiente con respecto al Sol que el de los tres
planetas superiores. Pero aun ubicando estos dos pla­
netas por debajo de la esfera solar, ¿cómo explicar el
hecho de que sus trayectorias no sean independientes
de la del Sol, tal y como sucede con las de los otros
planetas? Teniendo en cuenta que, en virtud de su po­
sición inferior, deberían ser los más rápidos, única­
mente podría hacerse al precio de renunciar a la corre­
lación entre el orden y. la velocidad que todas las teo­
rías reconocen. Resulta, pues, evidente que debe de
haber algún otro centro al cual referir el orden de las
esferas; de lo contrario, su disposición resultaría pura­
mente arbitraria y careceríamos de todo criterio para
situar a Saturno, y no a Júpiter, en la esfera más ele­
vada o remota. Por lo tanto, merece la pena reparar en
lo que Marciano Capella escribió en su Enciclopedia 13 y
algunos otros latinos sostuvieron, a saber, que Venus y
Mercurio giran con sus propias esferas en tomo al Sol,
razón por la cual no pueden alejarse de éste más de lo
que la convexidad de sus órbitas les permite. El hecho
de que, a diferencia de los demás planetas, no circuns­
criban la órbita terrestre y la disposición de sus ápsides
sea diferente, ¿qué otra cosa puede querer decir sino
Una perfecta descripción de las esferas 57

que el centro de revolución de sus esferas se encuentra


próximo al Sol? De esta manera, la esfera de Mercurio
estaría encastrada dentro de la de Venus, cuyas dimen­
siones son más de dos veces mayores que las de aquella
otra. Y si de igual forma refiriésemos a ese mismo centro
las esferas de Saturno, Júpiter y Marte —a condición de
que sus esferas fuesen lo suficientemente grandes como
para abarcar y rodear a la esfera de la Tierra— no nos
equivocaríamos: prueba de ello la tenemos en las eviden­
tes demostraciones incluidas en el resto del De revolutio-
nibus de Copérnico.
Es bien sabido-,-por lo demás, que los planetas están
más cerca del SoLcuantomás alejados se encuentran de
la Tierra, mientras que cuando se oponen a aquél se
hallan en su posición más próxima a nosotros: de ahí
que no sea al centro de la Tierra, sino más bien al
centro del Sol, adonde deben referirse sus revolucio­
nes (lo cual vale exactamente igual para los deferentes
de Venus y de Mercurio). Ahora.bien, puesto que to­
dos los planetas tienen al Sol como centro común, es
preciso que entre la superficie convexa de la esfera de
Venus y la cóncava de la esfera de Marte quede un
amplio espacio en el cual puedan ubicarse la Tierra, la
esfera de la Luna y todo el mundo de los elementos
que ésta enmarca 14. Pues en modo alguno podemos
separar la Luna de la Tierra, dado que sin duda alguna
es de entre todos los astros el más próximo a ésta (así
como el de naturaleza más parecida): especialmente si
tenemos en cuenta que entre las esferas de Venus y de
Marte hay lugar suficiente para ambas.
En consecuencia, no tenemos por qué avergonzarnos
al afirmar que todo este mundo de los elementos que
la esfera de la Luna encierra en su interior, y que tiene
por centro a la Tierra, recorre el gran círculo exacta­
mente igual que los otros planetas, empleando un año
en efectuar una revolución completa alrededor del Sol.
Cualquier fenómeno que nos parezca haber sido pro­
ducido por el movimiento del Sol podrá deberse
igualmente a la revolución de la Tierra en torno a
aquél, que permanece inmóvil y estacionario en el cen­
58 Thomas Digges

tro de todo. La distancia de la Tierra al Sol es tal que, si


se compara con la de los otros planetas, da lugar a
notables alteraciones y a gran variedad de aspectos; si,
por el contrario, referimos esta distancia a la esfera de
las estrellas fijas, resulta imperceptible (exactamente
igual a como un punto o centro lo es a una circunfe­
rencia), cosa que me parece preferible conceder antes
que precipitarnos en esa serie infinita de absurdos que
se ven obligados a admitir quienes obstinadamente
mantienen a la Tierra inmóvil en el centro del uni­
verso. Deberíamos guiarnos aquí por esa sabiduría que
constatamos en todas las obras de la naturaleza, donde
siempre se evitan los elementos superfluos o innecesa­
rios, aunque para ello sea preciso dotar a una cosa de
múltiples propiedades o efectos. Pues bien, gracias a
Copérnico y a su De revolutionibus (donde cumple su
promeTa)) todo cuanto acaba de exponerse, por extraño
e increíble que pueda parecer, resulta a la postre más
claro y evidente que los rayos del Sol, al menos para
aquellos hombres juiciosos que han templado su en­
tendimiento en la ciencia de las matemáticas. Su teoría
admite, pues, algo que ningún hombre sensato debería
cuestionar: el mayor período de revolución corres­
ponde a la esfera más grande. D e esta ley se sigue la
extraordinariamente bella y ordenada trama celeste 15.
La esfera de las estrellas fijas es la primera y más alta
de todas; puesto que se contiene a sí misma y aloja
también a las demás cosas, debe de permanecer inmó­
vil. Ella constituye el lugar del universo al que han de
referirse los.movimientos y las posiciones de las esferas
inferiores. Algunos astrónomos han descubierto ciertas
variaciones en la declinación y en la longitud de las
estrellas y han supuesto que acaso la esfera de éstas
pudiera estar también dotada de un movimiento pro­
pio. Copérnico, sin embargo, ha logrado explicar todos
estos fenómenos en función de los movimientos de la
Tierra y ha eliminado por completo las esferas novena
y décima, que —contra el testimonio de los sentidos—
se habían visto forzados a postular los partidarios de la
inmovilidad de la Tierra I6.
Una perfecta descripción de las esferas 59

La primera de las esferas móviles es la de Saturno,


que, por ser la más próxima de todas a esa esfera infi­
nita e inmóvil engalanada con incontables luminarias, es
también |a más lenta: así, su período de revolución
es de treinta años. La siguiente esfera es la de Júpiter,
que invierte doce años en cada revolución completa. Mar­
te, a continuación, tarda dos años en recorrer su circui­
to. Le sigue esa gran esfera cuyos límites son los de la
esfera lunar y que encierra en su interior, como a un
epiciclo, a todo el mundo de lo perecedero; en su cen­
tro se encuentra ubicada la Tierra (suspendida en me­
dio del aire en virtud únicamente de su propio peso), la
cual gira una vez por año. Venus, en quinto lugar, tiene
un período de revolución de nueve meses y Mercurio,
que le sigue, de ochenta días. En el centro de todas
estas esferas se encuentra el Sol. Y , morando en ese
majestuoso templo, ¿hubiera podido desear alguien un
lugar mejor o más adecuado para emplazar esta lumina­
ria? Desde este lugar puede iluminarlo todo al mismo
tiempo, por lo cual muy justamente le llamaron algu­
nos ‘luz’ o ‘antorcha’ del mundo, en tanto que otros
prefirieron referirse a él como la ‘mente’ o el ‘rector’
del universo.

«A su ritmo se mueven los dioses y de él recibe sus le­


yes el orbe del mundo y observa las reglas prescri-

Trismegisto le llamó ‘dios visible’. De esta forma,, pues,


como en un trono real, el Sol gobierna la corte de los
planetas inferiores. La Tierra, por su parte, jamás se
verá privada de los servicios de la Luna, pues —como
ya dijera Aristóteles18— de todos los cuerpos celestes
es el que guarda un parentesco más estrecho con nues­
tro planeta: ésa es la razón de que aquí se les empa­
renté como conviene.
Es tan admirable la armonía que en esta trama cons­
tatamos que ciertamente ninguna otra que se propu­
siera podría igualarla. Las unidades temporales por las
cuales se rigen los habitantes de la Tierra vienen de­
60 Thomas Digges

terminadas por los movimientos del planeta: el año re­


sulta de su revolución en torno al Sol; el día, de su
rotación; el mes es producto de la revolución de la
Luna. Unicamente de la mano de esta teoría puede
explicarse cuál es la causa de que las progresiones y
retrogradaciones de Júpiter sean mayores que las de
Saturno, resultando todavía mayores en Marte, Venus
y Mercurio, respectivamente. D a también cuenta de
por qué esta alternancia entre movimientos directos y
retrógrados es, sin embargo, much.o más frecuente en
Saturno que en Júpiter, y menor en Marte y Venus que
en Mercurio. Esclarece asimismo la razón de que Sa­
turno, Júpiter y Marte estén más próximos a la Tierra
en sus ortos acrónicos que en sus apariciones cósmi­
cas y helíacas 19. Y, sobre todo, explica por qué durante
su aparición vesperdna Marte parece igualar a Júpi­
ter en magnitud, distinguiéndose sólo por su vivo
color rojizo, y, sin embargo, cuando se pone al poco
de haberlo hecho el Sol, apenas se le distingue de
una estrella de segunda magnitud. Todas estas irre­
gularidades parecen deberse al movimiento de la
Tierra.
El hecho de que nada de esto acontezca en las estre­
llas fijas revela claramente la enorme distancia y la in­
mensa altura a las que se encuentran. Con respecto a
ellas, el gran círculo de la trayectoria de la Tierra no es
más que un punto absolutamente imperceptible. En
efecto, la ciencia de la perspectiva demuestra que para
cualquier cosa existe una cierta distancia límite más allá
de la cual deja ya de verse. En el caso del firmamento
la distancia es tan extraordinariamente grande que, en
comparación con ella, la totalidad del gran círculo pa­
rece esfumarse20.
Nunca podremos admirar suficientemente esta vasta
trama, maravillosa e insondable, de la obra divina que
permanece expuesta a nuestros sentidos. En primer lu­
gar, vemos cómo este globo terrestre en el que nos
movemos a todo el mundo le parece grande y, sin em­
bargo, con respecto a la esfera de la Luna, es muy
pequeño; comparado con el gran círculo por el que se
Una perfecta descripción de las esferas 61

desplaza, apenas resulta perceptible (pues el círculo del


movimiento anual resulta asombrosamente mayor que
este pequeño y oscuro planeta en el cual vivimos). Y,
sin embargo, como ya se dijo, el gran círculo no es más
que un punto en comparación con la inmensidad del
firmamento: de ello puede fácilmente colegirse cuán
ínfima es la parte de la creación divina que nuestro
mundo elemental y corruptible representa. Pero, aun
así, nunca podremos dejar de admirar la inmensidad de
todo lo demás, en particular la de esa esfera inmóvil
engalanada por innumerables luminarias, que se ex­
tiende ilimitadamente hacia arriba en altitud esférica.
De estas luces celestiales tan sólo podemos ver aquellas
que se encuentran situadas en la parte inferior de dicha
esfera, pareciéndonos cada vez menores a medida que
están más altas, hasta llegar a un punto donde no al­
canza ya nuestra vista y no es capaz de distinguirlas: en
virtud de esta prodigiosa distancia la mayor parte de las
mismas resultan invisibles para nosotros. Muy bien po­
demos pensar que ésta es la gloriosa corte del gran
Dios, acerca de cuyas invisibles e inescrutables obras
nosotros tan sólo podemos conjeturar sobre la base de
lo que ño es dado ver, y a cuyo infinito poder y majes­
tad únicamente puede convenir un lugar infinito que
supere tanto en cantidad como en cualidad a todos los
demás. Dado que durante mucho tiempo los hombres
se han visto lastrados por la doctrina de la inmovilidad
de la Tierra, es lógico que la opinión contraria resulte
ahora un tanto inaccesible; por ello me ha parecido
muy oportuno seguir a Copérnico en la exposición de
algunos de los argumentos filosóficos aducidos en favor
de la inmovilidad de la Tierra, así como de las respues­
tas a los mismos. D e esta manera, a quien no esté
suficientemente versado en las matemáticas como para
poder penetrar en la secreta perfección de la teoría
copernicana, estos argumentos cotidianos y familiares
les servirán para seguir adelante y no condenar por
fantástica la antiquísima doctrina que Copérnico ha re­
vivido y acreditado por medio de demostraciones.
62 Thomas Digges

R a z o n e s q u e in d u je r o n a A r ist ó t e l e s y a s u s
SEGUIDORES A CREER QUE LA TIERRA PERMANECE
INMÓVIL EN EL CENTRO DE TO DO EL U N IV E R SO 21

El argumento de mayor envergadura aducido por


quienes tratan de demostrar que la Tierra permanece
en reposo en el centro (o parte inferior) del universo es
el de la gravedad y la liviandad. Alegan que la Tierra
es el más pesado de todos los elementos y que todos
los cuerpos que tienen peso son atraídos por ella, como
si se esforzaran en alcanzar su parte más recóndita.
Ahora bien, puesto que la Tierra es redonda, todos los
cuerpos que —desde cualquier lugar y perpendicular­
mente a su superficie— tienden hacia ella seguirían
hasta su centro de no ser porque la superficie, de la
misma les retiene (ya que toda línea recta que incide
perpendicularmente sobre el plano tangente a la super­
ficie terrestre se dirige hacia el centro). Por lo demás,
todo cuanto es atraído hacia dicho centro parece ha­
cerlo como si buscara reposar en él. Así, pues, mu­
cha mayor razón habrá para que la Tierra esté en el
centro y, recibiendo a todas las cosas que sobre ella
caen, permanezca inmóvil en virtud de su propio
peso 22.
Estos filósofos trataron asimismo de demostrar su
tesis por medio de una argumentación relativa al mo­
vimiento y a su naturaleza. Sostuvo Aristóteles que el
movimiento' de un cuerpo único y simple ha de ser
también simple y que hay dos clases de movimientos
simples: rectilíneos (hacia arriba o hacia abajo) y circu­
lares. En consecuencia, un movimiento simple podrá
estar dirigido hacia el centro (movimiento hacia abajo),
alejarse del centro (movimiento hacia arriba) o girar en
torno al centro (movimiento circular). A la tierra y al
agua, que son pesados, les corresponde el movimiento
hacia abajo en busca del centro; por el contrario, al aire
y al fuego —en razón de su liviandad— les conviene
más el movimiento hacia arriba a partir del centro. Pa­
rece, pues, que habría que atribuir a todos estos ele­
mentos un movimiento rectilíneo y reservar para los
Una perfecta descripción de las esferas 63

cielos todo movimiento circular alrededor de un cen­


tro. Hasta aquí Aristóteles.
Ahora bien, Ptolomeo de Alejandría observó ya que
si la Tierra girase, siquiera con su movimiento diario,
sucedería precisamente lo contrario de cuanto se acaba
de decir. En efecto, su movimiento tendría que ser
sumamente rápido y violento para poder recorrer todo
su circuito en 24 horas. Además, las cosas que se mue­
ven y rotan parecen del todo inadecuadas para reu­
nirse: antes bien, si están unidas tienden a dispersarse,
á menos que alguna fuerza las mantenga juntas. Hace
mucho tiempo, pues, que la Tierra tendría que haber
saltado en pedazos y éstos haberse desparramado por
todo el cielo (cosa que es absurda); con mayor razón,
sería imposible que permaneciesen íntegros los seres a-
nimados y todos aquellos otros cuerpos pesados que no
estuviesen sujetos a alguna otra cosa. De igual forma,
los graves no caerían exactamente sobre la perpendi­
cular, puesto que mientras tanto el punto de ésta al
cual se dirigían ya se habría desplazado rapidísima-
mente. A su vez, las nubes y todas las demás cosas
suspendidas en el aire nos parecerían moverse siempre
hacia el Oeste.

R e spu esta a e st o s a r g u m e n t o s y a
SU INSUFICIENCIA 23

En estas y otras razones similares se basan para afir­


mar que la Tierra yace inmóvil en el centro del uni­
verso y que no cabe duda de que es así. Ahora bien,
quien defienda el movimiento de la Tierra podrá alegar
que éste no es violento, sino natural. Y las cosas some­
tidas aun movimiento natural producen efectos contra­
rios a las que lo hacen violentamente. Así, ciertamente,
aquellos movimientos en los que intervienen la fuerza
y la violencia pronto se desvanecen y en forma alguna
pueden persistir durante mucho tiempo; por el contra­
rio, los producidos conforme a la naturaleza conservan
sin dificultad su estado y perseveran y se mantienen en
64 Thomas Digges

su óptima disposición. N o había, por consiguiente,


fundamento alguno para que Ptolomeo temiese que la
Tierra y las cosas terrestres saltaran en pedazos a causa
de esta revolución producida por la acción de la natura­
leza, cuyas operaciones son sin duda muy distintas de
las que están al alcance del arte o del intelecto humano.
Además, ¿no debería de haber pensado con mucha más
razón que eso mismo tendría que sucederle al propio
universo, dado que su movimiento ha de ser necesa­
riamente más veloz y violento que el de la Tierra (en la
misma medida en que el cielo es mayor que ésta)? ¿O
es que el universo ha llegado a ser tan vasto porque, co­
mo algunos filósofos, han afirmado, le aleja del centro
la increíble vehemencia de este movimiento bas­
tando la más mínima detención para que cayera? De
ser así, las dimensiones del universo deberían exten­
derse infinitamente. En efecto, cuanto más y más vio­
lentamente se eleve hacia lo alto en virtud de este
movimiento, mayor será su velocidad debido al au­
mento del perímetro de la circunferencia que necesa­
riamente habrá de recorrer en 24 horas; y, consiguien­
temente, al incrementarse la velocidad, por fuerza de­
berán también aumentar las dimensiones del universo.
Por lo tanto, la velocidad haría que la extensión au­
mentase infinitamente, mientras que ésta, a su vez, in­
crementaría la velocidad.
Ahora bien, de acuerdo con el conocido principio de
la física, lo que es infinito nunca puede recorrerse por
completo. Es, pues, absolutamente necesario que el
cielo permanezca inmóvil y en reposo. Dicen ellos, sin
embargo, que más allá del cielo no existe ningún
cuerpo, ningún lugar o espacio vacío, no existe nada en
absoluto hacia donde el universo pudiera extenderse.
Pero desde luego sería harto asombroso que la nada
tuviera tal poder eficiente que pudiese refrenar a algo
que sí tiene esencia y entidad propias. En cambio, si se
admitiera que el cielo es infinito y que tan sólo está
limitado hacia abajo por su concavidad interior, aca­
so pudiera verificarse mucho mejor su afirmación de
que nada hay más allá del cielo, puesto que entonces
Una perfecta descripción de las esferas 65

(siendo infinito) todo estaría dentro de él: ello exige


necesariamente que sea inmóvil. De hecho, el movi­
miento fue la razón principal que les indujo a pensar
que el universo es finito, pues lo consideraban induda­
blemente dotado de aquél. Mas dejemos a los filósofos
la discusión acerca de si el mundo tiene límites o es en
realidad ilimitado e infinito. D e lo que, en cambio, sí
estamos seguros es de que la Tierra es finita y está
limitada por una superficie esférica. Entonces, si todos
los filósofos coinciden en admitir que el movimiento
puede darse en los cuerpos finitos, y no así en los
infinitos, ¿por qué seguimos dudando en atribuir a la
Tierra, conociendo como conocemos sus límites, el
movimiento que por sii forma y naturaleza le corres­
ponde, prefiriendo suponer que es el universo entero
el que se mueve y gira, cuando ni sabemos cuáles son
sus límites ni acaso sea posible que llegue a saberlo
algún mortal? Por consiguiente, sólo en apariencia co­
rresponde el movimiento al cielo, pues es a la Tierra a
la que realmente pertenece. Sucedería con estas apa­
riencias lo mismo que Virgilio pusiera en boca de
Eneas:

«Salimos del puerto; la tierra y las ciudades se a-


lejan» 24.

Cuando un navio surca las plácidas aguas de un mar en


calma, a sus tripulantes les parece que todas las cosas
exteriores — tanto en la costa como en el propio mar— se
mueven y que, por el contrario, ellos permanecen quie­
tos con todo lo que hay a bordo. Seguramente eso mismo
sucede con la Tierra, cuyo movimiento natural y no
violento es el más uniforme e imperceptible de todos,
pues a los que en ella estamos nos parece que todo el
mundo gira a su alrededor. ¿Qué diremos entonces délas
nubes y de todas aquellas cosas que flotan o se elevan en
el aire? Sencillamente, que no sólo es la Tierra con sus
mares la que está dotada de este movimiento circular,
sino también una buena parte del aire circundante y, en
general, todas aquellas cosas que de ellas se derivan o que
3
66 Thomas Digges

guardan algún tipo de parentesco. Puede ser que la re­


gión inferior del aire esté mezclada con los vapores te­
rrestres y acuosos, participando así de la misma natura­
leza de la Tierra, o bien qu e ésta sea adquirida en razón de
la proximidad o contigüidad. Y si para alguien constituye
esto motivo de asombro, que repare en cómo los filóso­
fos antiguos dieron la misma razón para explicar la revo­
lución de la región más alta del aire, en la cual a veces
podemos ver a los cometas moverse circularmente, de
forma idéntica a los cuerpos celestes (no siendo mayor la
semejanza de esta región del aire con las esferas celestes
que la de la región inferior con la Tierra). Ahora bien,
nosotros afirmamos que esaparte del aire, en virtud de la
enorme distancia que la separa de laTierra, no es afectada
por el movimiento terrestre y que, en cambio, la región
más próxima a nuestro planeta parecerá sumamente
tranquila y apacible por el hecho de participar del movi­
miento natural y uniforme de éste: sólo el viento u otros
accidentes violentos pueden agitar de un lado a otro las
cosas que están sobre laTierra. Ciertamente, los vientos
son al aire lo mismo que las olas al mar.
Hemos de admitir, pues, que el movimiento de los
cuerpos que caen o se elevan resulta de la composición
de uno rectilíneo y otro circular, por más que a noso­
tros nos parezca perfectamente rectilíneo. Si en un
barco que navega en alta mar un hombre deja caer
suavemente un pedazo de plomo desde lo alto de un
másdl hasta que alcance la cubierta, dicho trozo de
plomo siempre parecerá caer en línea recta, paralelo al
mástil; analizado a la luz de la razón, sin embargo, su
movimiento se revelará compuesto por uno rectilíneo y
otro circular25. N o cabe duda de que las partes de
aquellas cosas de naturaleza terrestre que caen natu­
ralmente hacia abajo conservan la misma naturaleza del
todo, y exactamente igual sucede con las que en virtud
de una fuerza violenta se mueven hacia arriba. El fuego
terrestre se alimenta fundamentalmente de materia te­
rrestre, definiéndose la llama como vapor o humo ar­
diente. Por otra parte, es una propiedad característica
del fuego extenderse a partir de donde ha prendido,
Una perfecta descripción de las esferas 67

con una violencia tal que no hay procedimiento ni


máquina que —una vez desencadenado— pueda impe­
dir que realice lo que le es connatural. Este movi­
miento expansivo procede desde el centro .hacia la cir­
cunferencia, razón por la cual si algo de naturaleza te­
rrestre se incendia será arrastrado hacia arriba con gran
fuerza.
Por consiguiente, el movimiento de los cuerpos sim­
ples es —tal y como se afirma— absolutamente simple,
en tanto permanezcan en su lugar natural y en perfecta
cohesión. Esto se verifica principalmente en el movi­
miento circular, puesto que sólo de esta forma puede
ser el movimiento en el mismo lugar: el movimiento
circular es el único que subsiste completamente de por
sí, exactamente igual que lo que sucede con el estado
de inmovilidad o reposo. Por el contrario, el movi­
miento rectilíneo sólo conviene a aquellas cosas que se
desplazan, cambian de posición o por alguna causa son
separadas de su lugar natural. Y nada repugna más a la
disposición y el orden del mundo que el hecho de que
las cosas estén fuera de su lugar natural: en consecuen­
cia, esta clase de movimientos que siguen una líqea
recta tan sólo se da accidentalmente en las cosas que
han abandonado su estado natural o se han visto priva­
das de su perfección, disociándose las partes de su todo
y tendiendo luego a recobrar la unidad originaria.
Tampoco conviene el movimiento simple, uniforme y
regular (dejando al margen el susodicho movimiento
circular) a los cuerpos que ascienden o descienden,
puesto que no pueden contrarrestar la liviandad o pe­
santez de su cuerpo. Siempre que caen lo hacen lenta­
mente al principio y van luego aumentando progresi­
vamente su velocidad; por el contrario, vemos que el
fuego terrestre (el único que nos es dado observar), a
medida que asciende, va amortiguándose y apagándose,
como si la causa de su violencia le fuera exclusivamente
conferida por su materia terrestre. El movimiento circu­
lar persiste siempre de manera uniforme, puesto que
su causa es indefectible y siempre constante; el movi­
miento rectilíneo, en cambio, tiende a cesar y a que los
68 Thomas Digges

cuerpos alcancen ese lugar donde ya no son ni pesados


ni livianos, deteniéndose una vez que han conseguido
llegar a él. Comoquiera que el movimiento circular
conviene, pues, al todo y el rectilíneo únicamente a
las partes, podemos decir que el circular es al recti­
líneo como la enfermedad a un ser vivo. La distin­
ción aristotélica del simplicem motum [movimiento sim­
ple] en tres clases —a medio [desde el centro], ad mé­
dium [hacia el centro] y circa médium [alrededor del
centro]— ha de considerarse puramente especulativa e
imaginaria, de la misma forma que en geometría distin­
guimos el punto, la línea y el plano, sin que ninguno de
ellos pueda en realidad subsistir sin los otros, y menos
aún sin un cuerpo.
Debemos añadir a cuanto se ha dicho que el estado
de reposo es más noble y divino que el de cambio,
alteración o inestabilidad, razón por la cual conviene
más al cielo que a la Tierra, donde todas las cosas están
sometidas a continuas mutaciones. Siendo asimismo
evidente — en virtud de exactas mediciones— que los
planetas están en algunas ocasiones más próximos a
nosotros que en otras, y que consiguientemente hasta
los defensores de la inmovilidad de la Tierra se ven
obligados a reconocer que ésta no es el centro de sus
órbitas, habrá que considerar este movimiento circa
médium en su forma más general y admitir que el mo­
vimiento de cada esfera se refiera a un médium o centro
que le es propio (y con respecto al cual es simple y
uniforme). Vemos, por lo tanto, que las esferas tienen
distintos centros y podemos entonces preguntarnos si
el centro del mundo no será distinto del centro de la
gravedad terrestre. La gravedad no es sino una cierta
propensión o apetencia natural que la divina providen­
cia del Creador ha otorgado y conferido a las partes, en
virtud de la cual tienden a reunirse con el todo y a
restaurar de ese modo su unidad e integridad bajo, la
forma esférica. Es muy probable que esta misma clase
de propiedad o afección se dé también en la Luna y en
los demás nobles cuerpos celestes, de manera que no
aspiren sino a juntar y reunir todas sus partes y a per­
Una perfecta descripción de las esferas 69

severar en su figura esférica (aunque, sin embargo,


continúan efectuando sus movimientos en las formas
correspondientes). Todas estas sencillas razones de­
muestran que es mucho más probable y más plausible
que la Tierra se mueva y no que permanezca estaciona­
ria.
Por consiguiente, si el atento estudioso examina cada
una de las partes de cada teoría con la ayuda de las
matemáticas y de las mediciones geométricas, compro­
bará que no le faltaba razón a Copérnico para sentar
estos principios acerca del movimiento de la Tierra.
Galileo Galilei

Consideraciones sobre la
opinión copernicana
A fin de evitar (en la medida en que Dios me lo
permita) cualquier posible desviación del recto criterio
en la decisión acerca de la controversia en curso, tra­
taré de refutar dos ideas que algunos —me parece—
pretenden imbuir en aquéllos a quienes compete deli­
berar: ambas ideas son, si no me equivoco, erróneas.
La primera de ellas es que no hay razón alguna para
temer a una cuestión escandalosa; la estabilidad de la
Tierra y el movimiento del Sol están de tal forma de­
mostrados por la filosofía que su certeza resulta segura
e incuestionable, mientras que, a la inversa, la posición
contraria es tan sumamente paradójica y tan manifies­
tamente estúpida que no cabe la menor duda de que no
sólo no podrá ser demostrada, ni hoy ni nunca, sino
que ni siquiera podrá tener cabida en la mente de una
persona sensata. La otra idea que tratan de difundir es
la siguiente: aunque esta opinión ha sido difundida por
Copérnico y otros astrónomos, lo cierto es que sólo lo
han hecho ex suppositione y en razón de su mejor
acuerdo con los movimientos celestes observados y los
74 Galileo Galilei

cálculos astronómicos; ni siquiera los mismos que la


utilizan la han creído en ningún momento verdadera de
facto y en la naturaleza. Llegan, en consecuencia, a la
conclusión de que con toda seguridad pueden promul­
gar su condena. Ahora bien, si yo no me equivoco, este
razonamiento es falaz y alejado de la verdad, tal y
como deseo demostrar por medio de las siguientes
consideraciones. Estas tendrán un carácter general para
que puedan ser comprendidas sin demasiada dificultad
o esfuerzo incluso por aquellos que no estén muy ver­
sados en las ciencias naturales y astronómicas; si se
tratara más bien de discutir estas cuestiones con quie­
nes tuvieran una mayor preparación en dichas discipli­
nas, o hubieran dispuesto al menos del tiempo de re­
flexión que tan difícil materia exige, no haría entonces
sino recomendarles la lectura del propio libro de Co-
pérnico, por medio de la cual —y en virtud de la fuerza
de sus demostraciones— podrán percibir claramente
cuánto de verdad o de falsedad hay en las dos ideas de
que hablamos.
La talla de los hombres, tanto antiguos como moder­
nos, que han sostenido y sostienen la hipótesis helio­
céntrica constituye una buena prueba de que no se la
debe despreciar como si fuera una opinión ridicula.
Nadie podrá tenerla por tal si antes no considera ridí­
culos y necios a Pitágoras y sus discípulos, a Filolao,
maestro de Platón, al propio Platón (como refiere Aris­
tóteles en su De cáelo), a Heráclides de Ponto y Ec-
fanto, a Aristarco de Samos, a Hicetas 1 y al matemá­
tico Seleucos. El mismo Séneca no sólo no la pone en
solfa, sino que se burla de quienes la tienen por ridi­
cula y escribe en su obra De cometis: «A esta cuestión está
ligada aquella otra de saber si la Tierra permanece inmóvil,
girando en derredor suyo todo el mundo, o si más bien es ella
la que gira en un mundo inmóvil; algunos han afirmado,
en efecto, que la naturaleza nos mueve sin que nos demos
cuenta, no siendo el cielo el que sale y se pone, sino más bien
nuestro propio planeta quien lo hace» 2. En cuanto a los
modernos, ha sido Nicolás Copérnico el primero en
exponerla y fundamentarla a lo largo de su libro. Mu­
Consideraciones sobre la opinión copernicana 75

chos son los que lo han seguido, destacando entre


ellos: William Gilbert, eminente médico y filósofo, que
la recoge y justifica detalladamente en su obra De mag-
nete; Johannes Kepler, ilustre filósofo y matemático
contemporáneo, al servicio del anterior y del actual
Emperador, comparte igualmente dicha opinión; David
Origanus, al comienzo de sus Efemérides, verifica el
movimiento de la Tierra mediante una prolija argu­
mentación; no faltan, por lo demás, otros muchos auto­
res que han dado a la imprenta sus razones. Y yo po­
dría dar los nombres de un buen número de seguidores
de dicha doctrina que no han querido hacer públicas
por escrito sus opiniones, tanto en Roma como en Flo­
rencia, en Venecia, Padua, Nápoles, Pisa, etc. Una doc­
trina que suscriben tantos hombres ilustres no puede
ser, pues, ridicula; y si el número de sus seguidores es
efectivamente reducido en comparación con el de los
partidarios de la opinión común, eso dice más de las
dificultades que su comprensión presenta que de su
futilidad:
Por lo demás, que tal concepción se funda en razo­
nes tan sólidas como eficaces queda claro con sólo re­
parar en el hecho de que todos sus partidarios fueron
antes de la opinión contraria; durante mucho tiempo se
rieron de ella y la consideraron estúpida, actitud de la
cual yo mismo, Copérnico o cualquiera de nuestros con­
temporáneos podría dar fe. Ahora bien, ¿quién cree­
rá que una opinión que se tiene por vana e incluso
necia, que apenas han defendido uno de cada mil filó­
sofos y que ha sido reprobada por el Príncipe de la
Filosofía3, puede imponerse de otro modo que por
medio de las más rigurosas demostraciones, las expe­
riencias más evidentes y las observaciones más sutiles?
Desde luego, nadie abandonará una opinión bebida con
la leche y con los primeros estudios, plausible a los
ojos de casi todo el mundo y sustentada por la autori­
dad de los pensadores más respetables, si las razones
en contra no son más que eficaces. Y si reflexionamos
cuidadosamente llegaremos a la conclusión de que más
ha de valer la autoridad de uno solo de los seguidores
76 Galileo Galilei

de Copérnico que la de cien de sus oponentes, puesto


que cuantos han acabado abrazando el copernicanismo
eran al principio sumamente reticentes a dicha opinión.
Partiendo de esta base yo argumento así: quienes han
de ser persuadidos, o son capaces de comprender las
razones de Copérnico o no lo son; además, tales razo­
nes pueden ser verdaderas y concluyentes o, por el
contrario, falsas; de ello se sigue que los que han de ser
persuadidos y no comprenden las demostraciones
nunca podrían ser convencidos, independientemente
de que las razones sean verdaderas o falsas; por su
parte, los que comprenden las demostraciones no po­
drían estar de tal forma persuadidos en caso de que
éstas fuesen falaces, puesto que entonces ni los que
comprenden ni los que no quedarían convencidos.
Siendo imposible que alguien renuncie a sus primeras
ideas por influjo de argumentaciones falaces, habrá de
seguirse necesariamente que si alguien es persuadido
de lo contrario de lo que inicialmente creía, las razones
aducidas tendrán que ser verdaderas y concluyentes. Y
ya, de hecho, encontramos muchas personas persuadi­
das por las razones de Copérnico y sus seguidores:
tales razones son, pues, eficaces y la opinión que sus­
tentan no merece el calificativo de ridicula, sino que
más bien es digna de una atenta consideración y esti­
mación.
Por lo demás, la futilidad de argumentar a favor o en
contra de la plausibilidad de esta opinión o la contraria
en función del número de sus partidarios se pone de
relieve tan pronto como se considera el hecho de que
no hay ningún copernicano que previamente no fuese
de la opinión contraria, mientras que —por el contra­
rio— no hay ni uno solo que, habiéndose adherido al
heliocentrismo, lo haya abandonado por otra doctrina,
cualesquiera que sean las razones que haya podido es­
cuchar. Así, pues, es muy probable que —incluso para
aquellos que no hubiesen oído las razones en favor de
una y otra posición— los argumentos que abogan por
el movimiento de la Tierra resulten mucho más con­
vincentes que los que defienden la tesis contraria. Diré
Consideraciones sobre la opinión copernicana 77

aún más: si la probabilidad de ambas opiniones hubiera


de decidirse por votación, no sólo reconocería mi de­
rrota si sobre cien votos la parte contraria recogiese
uno más, sino que estaría incluso conforme conque
cada uno de los votos del rival valiese por diez de los
míos, a condición de que los votantes fuesen personas
perfectamente informadas, que hubiesen examinado
cuidadosamente las razones y los argumentos de una y
otra parte (pues es ciertamente razonable que así deban
de ser quienes han de votar). No es, por lo tanto,
ridicula y despreciable esta opinión, mientras que las
de quienes pretenden ampararse en la opinión compar­
tida por una mayoría que jamás se ha molestado en
estudiar a estos autores sí que resulta dudosa. En con­
secuencia, ¿qué debemos decir, qué importancia hemos
de atribuir al estrépito y a la palabrería de quien ni
siquiera ha examinado los primeros y más elementales
principios de estas doctrinas, los cuales probablemente
no sería capaz de comprender?
Quienes siguen afirmando que Copérnico, como as­
trónomo, únicamente sostuvo ex hypothesi el movi­
miento de la Tierra y la inmovilidad del Sol, por cuanto
permitía salvar mejor las apariencias celestes y conve­
nía mejor a los cálculos de los movimientos planeta­
rios, sin que en ningún momento tuviese tal hipótesis
por verdadera en la naturaleza, demuestran (dicho sea
sin malevolencia) haberse fiado excesivamente de aque­
llos que acaso hablan más a título personal que sobre la
base de un conocimiento de la obra de Copérnico o
una auténtica comprensión de la naturaleza del pro­
blema (razón por la cual hablan del mismo sin saber
bien qué es lo que se traen entre manos).
Examínese en primer lugar (atendiendo sólo a las
generalidades) el prefacio por medio del cual Copér­
nico dedica su obra al Papa Pablo III y, para empezar,
se verá cómo —a fin de llevar a cabo la tarea que se
estimaba propia del astrónomo— había concebido y
ejecutado su obra conforme a la hipótesis de la filosofía
establecida y de acuerdo con el propio Ptolomeo, de
manera tal que no dejaba nada que desear. Pero des­
78 Galileo Galilei

pués, despojándose del hábito del astrónomo puro y


vistiéndose con el de contemplador de la naturaleza, se
dispuso a examinar si esta suposición de los astróno­
mos, que concordaba suficientemente con los cálculos
y las apariencias de los movimientos de todos y cada
uno de los planetas, podía también corroborarse ver-
dadermente en el mundo y en la naturaleza. Descu­
briendo que en modo alguno podía darse tal disposi­
ción de las partes del cielo (dado que, aunque cada una
por separado estuviese bien proporcionada, de su con­
junción resultaba una monstruosa quimera), Copérnico
se dispuso, como digo, a investigar cuál podría ser en
realidad el sistema del mundo, no ya pensando en la
pura comodidad del astrónomo, cuyos cálculos habían
sido satisfechos, sino para llegar a dilucidar tan impor­
tante problema de la filosofía natural, en el convenci­
miento de que si se habían podido salvar las simples
apariencias con hipótesis falsas, mucho mejor podría
hacerse de la mano de la auténtica constitución del
universo. Provisto de un gran número de observacio­
nes verdaderas y exactas acerca del movimiento de los
astros (sin cuya comprensión resulta imposible llegar a
conocer aquélla), Copérnico se aplicó infatigablemente
al descubrimiento de dicha constitución; entonces, in­
ducido por la autoridad de autores antiguos tan nume­
rosos como ilustres, procedió a considerar la hipótesis
del movimiento de la Tierra y de la inmovilidad del
Sol. Sin la autoridad y el ejemplo de éstos nunca se le
hubiera ocurrido tal idea o, en caso de hacerlo, le hu­
biera parecido —como él mismo reconoce que le ocu­
rrió en un principio— una inmensa paradoja; pero des­
pués de largas observaciones, de todo tipo de coinci­
dencias y de rigurosas demostraciones, ese sistema le
acabó pareciendo tan acorde con la armonía del uni­
verso que quedó plenamente convencido de su verdad.
Así, pues, no propuso esta hipótesis para satisfacer las
exigencias del astrónomo puro, sino más bien para ple­
garse a la necesidad de la naturaleza.
Además, reconoce y escribe Copérnico en ese
mismo texto, publicar dicha opinión le hubiera valido
Consideraciones sobre la opinión copernicana 79

aparecer como un loco a los ojos de los partidarios de


la filosofía hegemónica y más aún ante los del vulgo; si,
no obstante, la publicó fue a instancias del cardenal de
Capua4 y del obispo de Kulm 5. Ahora bien, ¡cuál no
hubiera sido su locura si, en caso de creer él mismo
falsa su opinión, la hubiese publicado pese a todo, sa­
biendo además que todos le iban a considerar un necio!
¿Y por qué no se habría contentado entonces con afir­
marla como mero astrónomo, negándola como filósofo,
evitando mediante este subterfugio una acusación ge­
neral de estupidez y logrando en cambio que se alabase
su gran juicio?
El propio Copérnico nos refiere detalladamente cuá­
les fueron las razones y los argumentos que indujeron
a los antiguos a creer que la Tierra permanecía estacio­
naria, procediendo después —una vez examinados to­
dos ellos— a demostrar su ineficacia6: ¿quién ha visto
nunca a un autor sensato ponerse a refutar las demos­
traciones que sustentan una doctrina que él mismo
considera verdadera y real? ¿Con qué objeto habría
tratado de rechazar y condenar una conclusión, cuando
en realidad hubiera deseado que el lector creyese que
la tenía por verdadera? N o es posible atribuir tamañas
incoherencias a un hombre tan eminente.
Hay que reparar también en el hecho de que, cuan­
do tratamos del movimiento o de la inmovilidad de la
Tierra o del Sol, nos hallamos frente a un dilema de
proposiciones contradictorias, una de las cuales ha
de ser necesariamente verdadera, de manera que no
cabe en modo alguno decir que acaso no sea de una
forma ni de la otra. Ahora bien, si la inmovilidad de la
Tierra y el movimiento del Sol se dan realmente en la
naturaleza, resultando absurda la posición contraria,
¿cómo podrá sostenerse razonablemente que la hipóte­
sis falsa se adecúa mejor que la verdadera a las aparien­
cias observadas en los movimientos y las posiciones de
los astros? ¿Quién desconoce que’ en la naturaleza to­
das las verdades forman un todo armonioso, mientras
que entre las hipótesis falsas y los efectos verdaderos
se manifiesta una ostentosa disonancia? ¿Será, pues,
80 Galileo Galilei

falsa una hipótesis como la del movimiento terrestre y


la inmovilidad del Sol, que se revela perfectamente
acorde con la disposición de todos los cuerpos celestes
y con las innumerables observaciones realizadas con
gran precisión tanto por nuestros antecesores como
por nosotros mismos? ¿Y no habrá alguna forma de
poner en correspondencia la inmovilidad de la Tierra y
el movimiento del Sol, estimados verdaderos, con las
demás verdades? Si se pudiera decir que ninguna de
estas opiniones es verdadera, entonces podría afirmarse
que una conviene más que la otra a la hora de dar
cuenta de las apariencias: ahora bien, dado que una de
ellas ha de ser necesariamente falsa y la otra verdadera,
mantener que sea la falsa la que mejor se adecúa a los
efectos de la naturaleza es algo que realmente desborda
mi imaginación. Yo añado y objeto lo siguiente: si Co-
pérnico reconoce haber satisfecho plenamente las exi­
gencias de los astrónomos con la hipótesis común­
mente aceptada como verdadera, ¿cómo se explica que
haya querido o podido sadsfacer una vez más a estos
mismos astrónomos con otra hipótesis falsa y estúpida?
Pero voy a pasar al corazón mismo de la cuestión,
mostrando cuán atentamente se ha de proceder al so­
meterla a discusión.
Hasta la fecha los astrónomos han hecho dos tipos
de suposiciones: unas primeras se refieren a lo que es
absolutamente verdadero en la naturaleza; las otras, en
cambio, se introducen a fin de dar cuenta de las apa­
riencias de los movimientos de los astros, apariencias
que en cierta forma parecen no ajustarse a las primeras
y verdaderas suposiciones. Así, por ejemplo, Ptolo-
meo, antes de proceder a dar cuenta de las apariencias,
supone — no como astrónomo puro, sino como autén­
tico filósofo (siendo en los filósofos en quienes se ins­
pira)— que todos los movimientos celestes son circula­
res y regulares (es decir, uniformes), que el cielo tiene
forma esférica, que la Tierra está ubicada en el centro
de la esfera celeste, que ella misma es esférica y per­
manece estacionaria, etc.7. A continuación se ocupa de
las irregularidades observadas en los movimientos y las
Consideraciones sobre la opinión copernicana 81

distancias de los planetas, aparentemente contrarias a


las primeras suposiciones naturales admitidas, y recurre
a una segunda clase de supuestos cuyo.objetivo es po­
der explicar (sin tener que abandonar las suposiciones
previas) las evidentes irregularidades observadas en los
movimientos planetarios y en sus acercamientos y ale­
jamientos con respecto a la Tierra. Para ello introduce
algunos movimientos, también circulares, pero cuyo
centro no es ya el de la órbita terrestre: tales círculos
son las excéntricas y los epiciclos 8. Es de estas segun­
das suposiciones de las que cabe decir que son utili­
zadas por el astrónomo a fin de satisfacer sus cálculos, sin
comprometerse en modo alguno a afirmar que sean
verdaderas en la naturaleza. Veamos ahora dentro de
cuál de estas dos clases de hipótesis inscribe Copérnico
la del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol:
no hay duda, si examinamos adecuadamente la cues­
tión, de que la considera entre las primeras suposicio­
nes, necesarias en la naturaleza, puesto que —como
antes he dicho— ya había dado satisfacción a los astró­
nomos por la otra vía y sólo después se internó en ésta
para poder resolver el gran problema de la filosofía
natural. De la misma manera es falso que se haya ser­
vido de esta suposición únicamente con vistas a los
cálculos astronómicos, dado que él mismo, cuando
procede a realizarlos, abandona su posición y vuelve a
la antigua, considerándola más cómoda y fácil de mane­
jar, así como extraordinariamente apta para poder ser­
vir de base a dichos cálculos. Aunque de por sí ambas
hipótesis (la del movimiento terrestre y la del movi­
miento de los cielos) sean igualmente válidas a la hora
de proceder a los cálculos concretos, han sido tantos
los geómetras y astrónomos que en numerosísimos li­
bros estudiaron las ascensiones rectas y oblicuas de las
partes del zodíaco con respecto al círculo equinoccial,
las declinaciones de las partes de la eclíptica, los dife­
rentes ángulos formados por ésta y los horizontes obli­
cuos o el meridiano, así como otros muchos miles de
fenómenos que debe integrar la ciencia astronómica,
que, a consecuencia de ello, cuando el propio Copér-
82 Galileo Galilei

nico procede a investigar las dificultades que presentan


los primeros movimientos lo hace conforme a la anti­
gua usanza, suponiendo que tienen lugar sobre círculos
trazados imaginariamente en el cielo alrededor de la
Tierra inmóvil (por más que en realidad sea el último
cielo el que permanece inmóvil y el movimiento co­
rresponda a la Tierra). Pero, no obstante, al final del
proemio al Libro Segundo, dice: «Que nadie se extrañe
de que sigamos diciendo que el Sol y los demás astros
salen y se ponen, u otras cosas similares, puesto que es
evidente que lo hacemos por utilizar el lenguaje común
que todo el mundo puede entender; sin embargo,
nunca dejamos de tener presente que

a nosotros, transportados por la Tierra, la L una y el Sol


parecen sobrepasarnos;
retornan luego los astros a sus antiguas posiciones, y de
nuevo vuelven a alejarse.»

No hay, pues, por qué poner en duda el hecho de


que la suposición del movimiento de la Tierra y de la
inmovilidad del Sol por parte de Copérnico responda a
la voluntad de establecer —con el privilegio del filó­
sofo de la naturaleza— una de las hipótesis del primer
tipo, aunque ciertamente al enfrentarse a los cálculos
astronómicos retome la antigua hipótesis que ubica en el
último cielo los círculos de los primeros movimientos y
hace de la Tierra estacionaria su centro, estimando que
la inveterada costumbre facilita mucho más su com­
prensión. Pero, ¿qué es lo que yo digo al respecto?
Que tanta es la fuerza de la verdad y la fragilidad de lo
falso que quienes así discurren revelan hasta qué punto
están poco versados en estas cuestiones, dejándose
convencer de que Ptolomeo y otros grandes astróno­
mos habrían juzgado quiméricas y ficticias las hipótesis
del segundo tipo, es decir, falsas e introducidas única­
mente a fin de facilitar los cálculos! En apoyo de esta
vana opinión aducen tan sólo un pasaje en el que Pto­
lomeo, no habiendo podido observar en el Sol más que
una única anomalía, declara que podría darse cuenta de
Consideraciones sobre la opinión copernicana 83

la misma tanto con la hipótesis del círculo excéntrico


como con la hipótesis de un epiciclo sobre un círculo
concéntrico, si bien él prefiere la primera de ellas en
razón de su mayor simplicidad 9. En estas palabras se
han basado algunos para argumentar, de manera un
tanto insuficiente, que Ptolomeo consideraba ambas
posiciones totalmente ficticias (es decir, en absoluto
necesarias) dado que ambas le parecían perfectamente
utilizables, si bien es obvio que a la teoría del Sol sólo
puede convenir una, y no más. Pero, ¿qué clase de
ligereza es ésta? ¿Qué astrónomo que tenga por verda­
deras las primeras suposiciones relativas a la naturaleza
circular y uniforme de los movimientos planetarios y
admita, obligado por el propio testimonio de los senti­
dos, que todos los planetas experimentan aceleraciones
y deceleraciones a medida que recorren el zodíaco (o,
para ser más exactos, que casi todos ellos se detienen y
retroceden, apareciendo tan pronto enormes y muy
próximos a la Tierra como diminutos y muy lejanos),
qué astrónomo —repito— podrá negar, una vez com­
prendidos estos primeros supuestos, que las excéntri­
cas y los epiciclos se hallan realmente en la naturaleza?
Esto que en los legos sería perfectamente excusable, en
el caso de los especialistas no hace sino demostrar que
ni siquiera han comprendido el significado de los tér­
minos excéntrica y epiciclo: es como si alguien recono­
ciera la siguiente sucesión de letras, D, I, O, y sin
embargo afirmase que el resultado de su yuxtaposición
no es la palabra DIO, sino, por el contrario, OM-
BRA 10. Ahora bien, aun cuando los argumentos racio­
nales no bastasen para hacer comprender la necesidad
de una interpretación realista de las excéntricas y los
epiciclos, al menos debería hacerlo la observación: así,
por ejemplo, puede verse cómo los cuatro planetas
m edíceos11 describen cuatro pequeños círculos (i. e.,
cuatro epiciclos) en torno a Júpiter, y no alrededor de
la Tierra; Venus, por su parte, aparece tan pronto ilu­
minado en su totalidad como ligeramente menguado, lo
cual demuestra a las claras que gira en torno al Sol (y
no a la Tierra) y que su movimiento se opera sobre un
84 Galileo Galilei

epiciclo; en cuanto a Mercurio, podría decirse exacta­


mente lo mismo. Además, si consideramos que los tres
planetas superiores están muy cerca de la Tierra
cuando se hallan en oposición al Sol, en tanto que muy
alejados en las conjunciones, hasta el punto de que
Marte —pongamos por caso— parece cincuenta veces
mayor en el primer caso que en el segundo (razón por
la que algunos han llegado a temer su desaparición,
toda vez que su lejanía le convierte realmente en invi­
sible), nuevamente nos veremos abocados a la conclu­
sión de que sus revoluciones tienen lugar sobre círcu­
los excéntricos o sobre epiciclos (o en virtud de la
combinación de ambos, si se tiene en cuenta la segunda
anomalía). Así, pues, negar que los movimientos plane­
tarios se operan reálmente sobre excéntricas y epiciclos
es como negarle la luz al Sol; es, ciertamente, contra­
decirse a uno mismo.
Volvamos ahora con más rigor a nuestro problema:
en respuesta a quienes sostienen que los astrónomos
modernos han introducido el movimiento de la Tierra
y la inmovilidad del Sol únicamente ex suppositione para
salvar las apariencias y satisfacer a los cálculos (del
mismo modo que también se admiten excéntricas y
epiciclos, aunque para esos mismos astrónomos no
sean más que quimeras contrarias a la naturaleza), yo
diría que no tengo ningún inconveniente en aceptar su
argumentación siempre y cuando ellos se atengan a su
propio principio, de acuerdo con el cual el moviiniento
de la Tierra y la inmovilidad del Sol son tan verdaderos
o tan falsos como las excéntricas y los epiciclos. Que
dediquen todos sus esfuerzos a refutar la existencia real
de tales círculos, pues, en el momento en que consigan
desterrarlos de la naturaleza por medio de sus demos­
traciones, yo me rendiré de inmediato y concederé que
el movimiento terrestre es un enorme sinsentido: pero
si, por el contrario, acaban viéndose obligados a admi­
tirlos, que admitan de igual manera el movimiento de
la Tierra y reconozcan haber sido vencidos por sus
propias contradicciones.
Muchas otras cosas podría aducir a este respecto,
Consideraciones sobre la opinión copernicana 85

pero pienso que aquel a quien estas razones no hayan


convencido no podrá ser ya persuadido por muchas
otras que se le ofrecieran y, en consecuencia, me doy
por satisfecho con las presentadas hasta aquí. Tan sólo
trataré de dilucidar cuál pueda haber sido el funda­
mento de la opinión que con cierta verosimilitud han
expuesto algunos en el sentido de que ni siquiera el
propio Copérnico creyó realmente en su hipótesis.
Tras la página que lleva el tímío del libro de Copér­
nico se encuentra un prefacio dirigido al lector que
indudablemente no es obra del autor (puesto que se
refiere a éste en tercera persona) y que no está fir­
mado. En él se dice claramente que Copérnico no
creyó en modo alguno que su hipótesis fuese verda­
dera, sino que se limitó a servirse de ella como una
ficción útil para efectuar los cálculos de los movimien­
tos celestes, de forma que —concluye el texto— sería
estúpido considerarla verdadera y real: es tan tajante la
conclusión que quien no haya seguido leyendo y la crea
autorizada por el autor bien podría ser excusado en
cierto modo por su error. Ahora bien, que cada cual
juzgue qué opinión merece aquel que pretende pro­
nunciarse sobre un libro del que sólo ha leído un breve
prefacio del editor; por mi parte, lo que sí digo es que
este prefacio no puede ser obra sino del editor, en un
intento de facilitar la venta del libro, que dedo contra­
rio habría sido considerado por todo el mundo como
una quimera fantástica (esto es, de no contar con este
añadido moderador, teniendo en cuenta además que
todo comprador suele leer los prefacios antes de adqui­
rir los libros). Prueba de que este prefacio no sólo no
salió de la pluma del autor, sino que se incluyó sin su
conocimiento (por no hablar ya de su consentimiento),
la constituyen los errores que contiene, errores en los
que el autor jamás habría incurrido.
De acuerdo con el autor del prefacio, es imposible
—a menos que se ignore todo en geometría y en óp­
tica— considerar verosímil que el epiciclo de Venus
tenga un tamaño tal que le permita alejarse a ambos
lados del Sol hasta más de 40°, puesto que al encon­
86 Galileo Galilei

trarse a su distancia máxima de la Tierra su diámetro


tendría que parecer apenas la cuarta parte del que se
observa cuando el planeta se halla en su posición más
próxima, mientras que su volumen aparente sería en­
tonces 16 veces mayor que en aquella otra posición
(todo lo cual, mantiene, contradice la experiencia de
siglos). Sus palabras revelan, para empezar, que ignora
que Venus se aleja a uno y otro lado del Sol casi 48°, y
no 40° (como él dice). Afirma, además, que su diámetro
aumenta 4 veces y su volumen 16 cuando pasa de una
posición a la otra: no comprende— error geométrico—
que a una esfera que tiene un diámetro 4 veces mayor
que otra le corresponde un volumen 64 veces más
grande (y no 16, como él sostiene). Teniendo por ab­
surdo tal epiciclo y deseando probar consiguiente­
mente su imposibilidad física, podría — en caso de ha­
ber comprendido realmente el problema— hacer que
el absurdo pareciera mucho mayor: en efecto, de
acuerdo con la tesis que él quiere refutar y que los
astrónomos suscriben, Venus se aleja del Sol casi 48°,
siendo su distancia máxima con respecto a la Tierra
más de 6 veces superior a la distancia mínima, por lo
que su diámetro aparente no será 4, sino 6 veces mayor
en aquella posición, mientras que su volumen será
216 veces más grande, y no 16. Es imposible pensar
que errores tan burdos como éstos puedan haber sido
cometidos por Copémico o por cualquier otra persona
que no sea absolutamente incompetente. Además,
¿por qué ese interés en presentar como absurdo un epici­
clo de tales dimensiones? ¿Por qué habría que pensar, a
la vista de tal absurdo, que ni Copérnico ni ninguno de
sus seguidores creyeron en la realidad de su doctrina?
Debiera al menos recordar que si, efectivamente, en el
capítulo 10 del Libro Primero Copérnico —hablando
ad hominem— reprocha a los otros astrónomos la exor­
bitancia de atribuir a Venus un epiciclo cuyo diámetro
fuese más de 200 veces mayor que el de la órbita lunar
(estando, por lo demás, vacío en su interior), tal ab­
surdo desaparece de golpe en el momento mismo en
que él demuestra que dentro de la esfera de Venus se
Consideraciones sobre la opinión copernicana 87

alojan la esfera de Mercurio y el propio Sol, situado en


el centro de la misma. Por lo tanto, ¿qué frivolidad es
ésta de querer presentar una doctrina como errónea y
falsa en virtud de una dificultad que la propia doctrina
no sólo no contempla como tal, sino que — antes
bien— la resuelve por completo? D e la misma manera,
los enormes epiciclos que los demás astrónomos se
veían obligados a admitir en el antiguo sistema son
también suprimidos. Y éste es el único problema al que
hace alusión el prologuista de Copérnico: hay motivos
para pensar que cuantos otros hubiese abordado ha­
brían venido acompañados de otros tantos errores.
En último término, para poner fin a todas las dudas
relativas al movimiento circular de Venus en torno al
Sol (conforme establece el sistema copernicano) en vir­
tud del hecho de no percibirse tales diferencias en las
dimensiones aparentes de su superficie, bastará con
practicar cuidadosas observaciones con un instrumento
idóneo —es decir, con un telescopio perfecto— y po­
drá constatarse que son exactamente esos efectos los
que la experiencia nos muestra. Quiero decir que, en
su posición más próxima a la Tierra, Venus presentará
forma de hoz y su diámetro será más de 6 veces mayor
que el que exhibe en su posición más alejada (esto es,
más allá del Sol), momento en que el planeta se nos
aparece redondo y diminuto. Y de la misma forma que
la imposibilidad de discernir a simple vista tales varia­
ciones (por las razones que yo mismo he indicado en
otro lugar) constituye aparentemente una buena razón
para negar dicha doctrina, la exacta confirmación de
éste y otros muchos puntos permite ahora disipar todas
las dudas y presumir que se trata de una doctrina ver­
dadera y real. Por lo que se refiere al resto de este
admirable sistema, que todo aquel que desee conocer
la opinión del propio Copérnico lea en su totalidad la
obra de éste y no la vana literatura del editor: podrá,
sin duda, palpar con sus propias manos que la estabili­
dad del Sol y la movilidad de la Tierra fueron conside­
radas por Copérnico absolutamente verdaderas.
N o ta s

Notas a la Introducción

1 Con esta periodización no se pretende acotar de formaprecisa el


período correspondiente a la gestación y conformación del cuadro
copernicano del universo. Las fechas responden únicamente a los
años en que fueron redactados los textos de Copérnico y Galileo
recogidos en la presente edición (cronológicamente, el primero y el
último de los tres que se incluyen), entendiendo que —con todo—
son en cierto modo representativos del primer aldabonazo de la
cosmovisión copernicana y de un momento en el que comienza a
entreverse su implantación final, al cual acompañan ya las primeras
teorizaciones sobre la significación de tan importante proceso histó­
rico.
2 Esa es la tesis defendida por Noel M. Swerdlow en su edición
del Commentariolus («The Derivation and First Draft of Copernicus’s
Planetary Theory: A Translation of th^Commentariolus with Commen-
taty»;Proceed!»gs of theAmerican PhilosophicalSociety, vol. CXVII, n.° 6
[1973], p- 423), tesis, por lo demás, ampliamente compartida por los
historiadores.
3 « ‘Copernicus’ Hispalensis» (Organon, vol. XI [1975]), pp. 140-
141.
4 Véase Jerzy Dobrzycki, «The Aberdeen Copy of Copernicus’s
Commentariolus» (Journalfor the History of Astronomy, vol. IV, parte 2
[1973]). La copia de Estocolmo pertenecía —siempre según Dobr­
zycki— ajohann Hevelius, el gran astrónomo observador de Dant-
zig.
90 Notas

J Aleksander Birkenmajer, «Un astrónomo entre dos épocas».


En Barbara Bienkowska (ed.), Nicolás Copérnico en el quinte centenario
de su nacimiento, 1473-1973 (Buenos Aires, Siglo X X I, 1973; trad.
de Estanislao Zembrzuski), pp. 68-69.
6 A decir verdad, el modelo de los dos epiciclos subsistirá aún en
De revolutionibus para el caso de la Luna (Libro IV).
7 Acerca de estas y otras diferencias menores, véanse las notas al
texto.
8 Son muy pocos los estudios dedicados a Digges. De entre ellos
hay, sin embargo, dos que merecen ser destacados: Francis R. John­
son y Sanford V. Larkey, «Thomas Digges, the Copernican System,
and the Idea of Infinity of the Universe in 1576» (The Hunting-
ton Library Bulletin, vol. V [1934]) y Francis R. Johnson, «The In-
fluence of Thomas Digges on the Progress of Modern Astronomy in
Sixteenth-Century England» (Osiris, vol. I [1936]). Tanto uno como
otro son sobradamente tenidos en cuenta en estas páginas.
9 El tratado desapareció, sin embargo, de la circulación algún
tiempo después y sólo en 1934 fue redescubierto por Johnson y
Larkey, que publicaron la mejor de las pocas copias conservadas.
Hasta la presente edición la obra de Digges no había sido traducida a
ninguna otra lengua.
10 «El método utilizado por Digges era el que empleaban los me­
jores traductores de la época: lejos de seguir servilmente, palabra
por palabra, al original, se vertía libremente cada frase al buen inglés
isabelino. De este modo, aunque el texto se amplía a veces y se
recorta en otras, encontramos siempre una fiel y precisa traducción
de lo que Copérnico decía, así como todos los pasos de su argumen­
tación» Johnson y Larkey, op. cit., p. 98).
" Véanse las páginas 60-61 de la presente edición.
12 Pueden verse ambos diagramas en las páginas 47-48.
13 Del mundo cerrado a l universo infinito (Madrid, Siglo X X I, 1979;
traducción de Carlos Solís), p. 30.
14 El título genérico Considerazioni circa lopinione copernicana se
debe a Antonio Favaro, responsable de la Edizione Nazionale de las
Opere de Galileo (Florencia, 1890-1909), lugar donde fueron publi­
cados por vez primera estos textos.
15 Véase la página 78.
16 Sobre todas estas cuestiones puede verse Maurice Clavelin,
«Galilée et le refus de l’équivalence des hypothéses» (Revue
d’Historie des Sciences, voL XV II [1964]).
17 La estructura de las revoluciones científicas (México, Fondo de
Cultura Económica, 1971; trad. de Agustín Contín), pp. 116 y si­
guientes.
18 « ‘Crisis’ versus Aesthetics in the Copernican Revolution». En
Arthur Beer y K. A. Strand, Copemicus: Yesterday and Today (Vistas
in Astronomy, vol. XVII; Oxford, Pergamon Press, 1975), especial­
mente páginas 88-90.
19 Puede verse el texto completo en la página 78.
Notas 91

Notas a Nicolás Copérnico

1 El empleo del término orbis por Copérnico (y, en general, por


todos los astrónomos renacentistas) es enormemente problemático,
situación que viene a agravarse en virtud de la importancia capital del
mismo. Orbis puede significar tanto ‘esfera’ como ‘círculo’ y, de he­
cho, a lo largo del Commentariolus resulta perfectamente intercam­
biable con sphaera o circulas: para comprobarlo basta con remitirse al
primero de los postulados con que se abre el opúsculo. Por regla
general, sin embargo, se puede dar por buena la apreciación de Ed-
ward Rosen en su edición del presente texto: «Cuando Copérnico
discute los pormenores de la teoría planetaria reserva el término orbis
para el deferente; cuando, por el contrario, habla en términos más
generales de la estructura del universo o de los principios de la
astronomía, orbis suele significar ‘esfera’» CThree Copemican Treatises;
2.a ed. rev., Nueva York, Dover Publications, 1959, p. 19). Rosen,
no obstante, acaba convirtiéndose en esclavo de su distinción y a
veces moderniza excesivamente el léxico copernicano: en la presente
versión se tratará, en la medida de lo posible, de ofrecer el correlato
exacto de orbis en cada uno de los pasajes del texto.
La alusión a las esferas celestes por parte de Copérnico nos en­
frenta con un problema adicional: ¿se trata de esferas reales o de
meros expedientes matemáticos? Aunque algunos autores afirman
que Copérnico evitó siempre pronunciarse al respecto, lo cierto es que
las esferas de su sistema del universo son tan reales como lo
fueran las de la astronomía antigua o medieval. Diversos pasajes del
De revolutionibus, que no cabe reproducir aquí, lo evidencian sin
lugar a dudas. Por lo demás, la admisión del tercer movimiento de la
Tierra a fin de mantener paralelo a sí mismo el eje de nuestro pla­
neta durante su revolución anual era una exigencia que venía deter­
minada precisamente por la existencia de esferas sólidas.
2 D e ahí la habitual distinción entre el Sol real y el Sol medio (que
no es más que una aproximación de carácter matemático), puesto que
el Sol no está exactamente en el centro de las órbitas planetarias.
Kepler será el primero en reducir el Sol medio al Sol real, toda vez
que tal distinción pierde su sentido en el momento en que se admite
la forma elíptica de dichas órbitas. Por consiguiente, resulta más
apropiado hablar de sistema heliostáñco que de sistema heliocén­
trico.
3 Como es fácil advertir, este postulado es una respuesta directa al
argumento de la paralaje, frecuentemente esgrimido por quienes se
oponían a la idea del movimiento anual de la Tierra. Ya el propio
Aristóteles lo había formulado en su De cáelo 296*5 si laTierra girase
alrededor del Sol, las posiciones relativas de las estrellas variarían y
de ese modo veríamos modificarse la forma de las constelaciones.
Como nada de esto se observaba, la conclusión lógica era suponer la
inmovilidad de la Tierra. Lo que Copérnico afirma es, sin embargo,
que la paralaje anual de las estrellas fijas es mucho menor que la
paralaje solar, habida cuenta de la enorme distancia a que está si­
92 Notas

tuado el firmamento. Copérnico volverá sobre el tema en De revolu-


tionibus, 1,6.
4 Contra lo que a primera vista pudiera parecer, la presente sec­
ción no tiene nada de ociosa: el problema del orden de las esferas
celestes había estado presente a lo largo de toda la historia de la
astronomía. La ordenación tradicional, a la que se ajustaron Platón,
Aristóteles y Eudoxo, era la siguiente (del inferior al superior): Luna,
Sol, Venus, Mercurio, Marte, Júpiter y Saturno. Hiparco fue el pri­
mero en separarse de ellos, defendiendo la vieja disposición caldea:
Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno. Ptolomeo
consagrará esta ordenación, aunque bien es cierto que debe recono­
cer (Syntaxis mathematica, IX , 1) que en realidad no hay un criterio
incontrovertible que permita determinar el auténtico orden de los
planetas, especialmente por lo que se refiere a Venus y Mercurio
(pues ningún planeta presenta una paralaje perceptible, fenómeno
éste que sería el único que nos permitiese hacerlo). En sus Hipótesis
planetarias, sin embargo, el astrónomo alejandrino adoptará un crite­
rio 'arbitrario’ basado en la mayor o menor velocidad de revolución.
Aunque en el Commentariolus Copérnico no problematiza la cuestión
del orden de los planetas, volverá sobre el asunto en el más largo de
los capítulos del Libro I del De revolutionibus (cap. 10), donde se
explaya sobre el particular y argumenta en favor de la ordenación
ptolemaica de Mercurio y Venus, si bien ajustando todo el esquema
al nuevo modelo heliostático (tal y como, sin ir más lejos, puede
verse en esta sección del Commentariolus).
s Copérnico conserva, pues, la última esfera o esfera de las estre­
llas fijas, receptáculo inmóvil de todas las demás cosas. A pesar de
haber sido una cuestión disputada durante algún tiempo, no cabe la
menor duda de que el universo copernicano es tan finito como el de
Aristóteles, por más que sus límites se hayan ampliado considerable­
mente: si en las estimaciones de los astrónomos medievales las di­
mensiones del cosmos habían experimentado un constante incre­
mento, ahora la ausencia de paralajes observables obligaba —como
hemos visto— a ubicar la esfera de las estrellas fijas a una distancia
mucho mayor del centro del universo (era el precio que había que
pagar por poner la Tierra en movimiento).
6 Por orbis magnas entiende Copérnico la trayectoria de la Tierra
en su revolución anual alrededor del Sol. El término será consagra­
do por Rheticus en su Narratio prima (Dantzig, 1540) y por el pro­
pio Copérnico en su obra magna, utilizándolo asimismo Digges en su
Perfecta descripción de ¡as esferas celestes (véanse las páginas 60-61).
7 Se alude, naturalmente, a los signos del Zodíaco. El movimiento
según el orden de los signos, como es el caso de movimiento anual
de la Tierra (al que ahora hace referencia Copérnico), es el movi­
miento hacia el Este, mientras que el orden inverso corresponde
lógicamente ai movimiento hacia el Oeste.
8 Lo que late tras estos comentarios de Copérnico es el problema
de la precesión de los equinoccios, del que pasará a ocuparse de
inmediato. No hay constancia de si dicho fenómeno era conocido en
Notas 93

Oriente antes de que Hiparco diese cuenta de él en algunas de


sus obras. Sea como fuere, Hiparco advirtió que el equinoccio
de pi mavera, lejos de estar fijo, se desplazaba lentamente
hacia el Oeste, lo cual planteaba serios problemas a los as­
trónomos del momento (véase la nota siguiente); de hecho,
la precesión de los equinoccios acabó por constituir uno de
los principales focos de atención de la astronomía antigua y me­
dieval. La explicación más frecuente de este fenómeno, adoptada por
Ptolomeo y casi todos sus seguidores, consistía en atribuir a la octava
esfera (la de las estrellas fijas) una simple rotación hacia el Este en
torno al polo de la eclíptica. Copérnico, insatisfecho con esta solu­
ción (y más aún con aquellas variantes que recurrieron a una novena
e incluso una décima esfera), prefirió postular un tercer movimiento
terrestre. J. R. Ravetz (Astronomy and Cosmology in the Acbievement of
Nicolaus Copemicus; Wroclaw - Varsovia- Cracovia, 1965) ha llegado
a sostener que la revolución copernicana nació precisamente del in­
tento de resolver el problema de la precesión, puesto que una expli­
cación satisfactoria requería la postulación del movimiento de laTie-
rra. La opinión de Ravetz, tan discutible como sugerente, parece no
obstar,te olvidar que era posible ofrecer explicaciones de dicho fe­
nómeno desde presupuestos geocentristas y, sobre todo, que la teo­
ría copernicana de la precesión fue un logro cronológicamente tar­
dío. Efectivamente, en el Commentariolus todavía está poco elaborada
(de ahí que no entre en detalles) y resulta bastante insuficiente,
mientras que en su célebre carta a Bernhard Wapowski fechada el 3
de junio de 1524 — donde se ocupa de la obra de Johann Werner De
motu octavae spherae (Nürnberg, 1522)— Copérnico tan sólo procede
a la crítica de las posiciones ajenas y reserva para otro momento la
exposición de sus puntos de vista. Esta sólo llegará en el Libro III del
De revciutionibus, especialmente en los capítulos 1-12, que constitu­
yen su última palabra sobre la precesión de los puntos equinocciales.
9 Lo que está en cuestión no es otra cosa que la diferencia entre el
año sidéreo (/. «.. el período de dempo invertido por el Sol para pasar
de nueve ante una misma estrella) y el año trópico (/'. e., el intervalo
de tiempo que separa dos pasos consecutivos del Sol por el mismo
punto equinoccial). En principio, la duración de uno y otro debería
de ser idéntica y así lo creyeron los astrónomos hasta que se descu­
brió la precesió" de los equinoccios. Hiparco se dio cuenta de que el
año trópico es un poco más corto que el sidéreo, debido al desplaza­
miento hacia el Oeste del equinoccio de primavera. Trató asimismo
de determinar la duración exacta de ambos y se preguntó por vez
primera a cuál de los dos convenía reconocer como el año natural. A
su modo de vet, por ‘año’ debía entenderse el año trópico; Copér­
nico, sin embargo, argumenta, en favor de la adopción del año sideral
como referencia para el cómputo del tiempo (por ser el único que
presenta una duración invariable).
10 Con este nombre se conocía en el Occidente latino al astró­
nomo árabe al-B rtanT(850-929), autor de una obra cuyo título ori­
ginal es du loso, pero que fue traducida al latín por Platón de Tívoli
94 N otas

como De motu stellarum y publicada en 1537 en Nürnberg. Copér-


nico, que no leía árabe, no podía conocerla en la época en que
supuestamente se redactó el Commentariolus. Sin embargo, y a dife­
rencia de lo que sucede con otras fuentes islámicas de Copérnico
(véanse las notas 13 y 19), no parece muy difícil establecer el canal a
través del cual pudiera conocerla: se trata del popularísimo tratado
De spbaera de John of Halifax o Hollywood (conocido como Juan de
Sacrobosco), enormemente difundido en la época gracias a haber
sido tempranamente editado (Ferrara, 1472), que se basaba funda­
mentalmente en los trabajos de al-Fargání y al-BattanT.
11 Este misterioso 'Hispalense’ ha hecho verter ríos de tinta a los
historiadores, empeñados en la difícil tarea de desvelar su identidad.
Los primeros editores del Commentariolus barajaron nombres como
los del astrónomo andalusí Yabir ibn Aflah —conocido como "al-ls-
bili’ (‘el sevillano’)— o el propio San Isidoro, especulaciones que un
análisis más minucioso pudo desmentir sin dificultad. El erudito po­
laco L. A. Birkenmajer lo identificó en 1924 como Alfonso de Cór­
doba, autor de un Almanach perpetuum (Venecia, 1502) en el que se
asigna al año trópico una duración que coincide con la mencionada
por Copérnico. Durante casi medio siglo se aceptó didia conjetura y
de ella se hizo eco Rosen en su edición del Commentariolus. Sin
embargo, la polémica estalló en 1973 cuando Noel Swerdlow editó
nuevamente este texto y sugirió la posibilidad de que un error de
transcripción hubiese trocado ‘ Hispaniensis’ por ‘Hispalensis’ ; de ser
así, Copérnico estaría refiriéndose sencillamente al rey Alfonso X ,
de cuyas tablas proceden muchos de los parámetros del Commenta­
riolus. En este caso el valor citado no sería sino el valor alfonsí
‘redondeado’ (Swerdlow, op.cit., p .4 5 3 ). No parece fácil, sin em­
bargo, aceptar que el error de transcripción se produjera en las tres
copias conocidas (aunque la presunta común procedencia de las mis­
mas podría hacer más plausible esta hipótesis). Por lo demás, Copér­
nico siempre llamó ‘Alfonsus’ o ‘Regis Castelle’ al monarca caste­
llano, nunca ‘ Hispaniensis’, de modo que en este punto tampoco
parece justificada la conjetura de Swerdlow. Así, pues, hay sobradas
razones para seguir considerando a Alfonso de Córdoba como el
‘ Hispalense’ de Copérnico: el lector que aún albergue dudas puede
remitirse al esp’éndidc rtículo de Rosen « ‘ Copernicus’ Hispalensis»
(ya citado en 1: introu_cción), directamente dirigido contra Swerd­
low, en la seguridad de que todas ellas se verán disipadas.
12 Como ya je indicó en la introducción a este volumen, éste es
uno de los puntos que serían objeto de una importante modificación
en De revolutionibus, donde se conferirá un cierto movimiento a la
línea de los ápsides (véanse los siguientes capítulos de esta obra:
V, 7; V, 12; etcétera).
Este recurso a un segundo epiciclo, acoplado al primero, a fin
de evitar la excentricidad de las órbitas (eliminando así los ecuantes)
no es ni mucho menos original de Copérnico. En realidad, la intro­
ducción de este expediente en la teoría planetaria ha de retrotraerse
a los astrónomos de la Escuela de Maraca (siglos XIU-XIV): Mü’ayyad
Notas 95

al-Din al-’Urdl, Nasir al-Din al-Túsí, Qu{b al-DIn Sirázi y, sobre


todo, Ibn al-Sátir. Es en la obra de este último Kitab Nihaya al-Sitl
f i tashih al-Usitl donde se encuentra un empleo sistemático de epici­
clos menores, resultando sus modelos para la Luna y Mercurio prác­
ticamente idénticos a los utilizados por Copérnico en el Commentario-
lus. Este descubrimiento, realizado por E. S. Kennedy y algunos
otros profesores de la American University de Beirut a mediados de
la década de los cincuenta, despertó inmediatamente una viva polé­
mica acerca de si se trataba de una mera coincidencia fortuita o, por
el contrario, Copérnico había tenido conocimiento de dichos textos.
Puesto que ninguno de ellos había sido traducido al latín y el astró­
nomo polaco no conocía la lengua árabe, se hacía preciso encontrar
el canal de transmisión de tal influencia. Las hipótesis más plausibles
apuntaban a la presencia de alguna copia de estas obras (o, en su
defecto, de versiones griegas importadas de Bizando) en Italia du­
rante los años que Copérnico pasó en Padua, mas lo cierto es que no
hay ningún elemento de juicio fehaciente que nos permita conceder
crédito a esta conjetura. Como quiera que la coincidencia casual
tampoco parece demasiado probable (véase, un poco más adelante, la
nota 19), los historiadores no cesaron en su empeño y, muy recien­
temente (en los años setenta), se abrió una nueva perspectiva. Algu­
nos investigadores polacos detectaron la presencia de epiciclos me­
nores en las obras de algunos profesores de la Universidad de Craco­
via, como Sedzijóv de CztcbTo y Wojciech de Brudzewo, a lo largo
del siglo xv: Copé: nico podía muy bien conocer sus obras (teniendo
en cuenta además que probablemente fue discípulo del segundo, de
estos astrónomos). Con todo, la cuestión sigue abierta y constituye
uno de los grande- retos para la historiografía copernicana.
14 Es decir, cuando la Luna está en conjunción o en oposición
(respectiv am ente).
15 El sentido del pasaje es oscuro. Swerdlow (op. cit., p. 464) sos­
pecha que la carencia de sentido pueda deberse a una corrupción del
texto, en el cual faltarían posiblemente algunas palabras. H. Hugon-
nard-Roche y J.-P. Verdet —responsables, en colaboración con Ro­
sen, de la edición francesa del Commentariolus (Introductions a l’astro-
nomie de Copernic; París, Librairie Blanchard, 197 5)— estiman, sin
embargo, que lo que Copérnico quiere decir es que, al contrario de
lo que sucedía en el modelo ptolemaico (Syntaxis mathematica,
XIII, 2), el deferente y los epiciclos se encuentran en un mismo plano
(op. cit., p. 81).
16 Copérnico procede aquí a determinar el valor de la latitud má­
xima de la Luna, que, por lo demás, coincide con las apreciaciones
ptolemaicas.
17 Véase la nota 12.
18 Lo que Copérnico quiere decir en todo este pasaje es simple­
mente que la desigualdad alcanza su valor máximo cuando el planeta
está en oposición y mínimo cuando está en conjunción.
18 Se esboza aquí someramente una idea a la que Copérnico dedi­
cará el capítulo 4 del Libro III del De revolutionibus: el movimiento
96 Notas

de libración resulta de la composición de dos movimientos circulares.


En este lugar, y a fin de demostrar matemáticamente cómo puede
componerse un movimiento rectilíneo de dos circulares, Copérnico
expone un teorema que reproduce fielmente un lema de NasTr al-
DTn al-Tüs7, recogido en su obra al-Tadkira ft cilm al-hay’a. Podría
muy bien suceder que la fuente de inspiración fuese otra (por ejem­
plo, el comentario de Prodo a los Elementos de Euclides), pero se da
el caso de que incluso la figura con la que Copérnico lo ilustra
coincide con la que aparece en el texto del astrónomo árabe, hasta el
punto de que las letras utilizadas por uno y otro son las mismas
(naturalmente transliteradas) y ocupan idénticas posiciones en el grá­
fico. D e nuevo parece improbable una coincidencia, pero tampoco
hay constancia de una transmisión directa de este dispositivo (cono­
cido como el ‘par de al-Tils?). Lo que, por el contrario, sí resulta
obvio es que gracias a este expediente se pretendía salvaguardar el
dogma aristotélico - ptolemaico de la circularidad de los movimientos
celestes (véanse, por ejemplo, De cáelo 286b y Syntaxis mathematica,
III, 3). El movimiento circular es el movimiento natural y perfecto,
pues es el único que puede persistir indefinidamente en un universo
finito (como continúa siéndolo el sistema del mundo copernicano);
la adopción de un principio de inercia rectilínea, como lo será
el de Newton, requería la previa demolición de los confines del
universo.
20 Copérnico se refiere al apogeo (o ápside superior) del planeta,
es decir, al punto de su trayectoria más alejado del Sol.
21 En esta afirmación se encuentra el origen histórico de lo que se
ha dado en llamar 'síndrome 80-34’, a saber, el mito de la mayor
simplicidad del sistema copernicano del universo. Así, su funcionar
miento estaría garantizado con sólo 34 círculos, frente a los 80 que
supuestamente necesitara Ptolomeo para dar cuenta de las aparien­
cias celestes. Ahora bien, no sólo resulta cuestionable que el cóm­
puto del número de círculos requeridos pueda erigirse en el único
criterio de simplicidad admisible (dado que hay otros rasgos más
significativos a ese mismo respecto), sino que ni siquiera parece que
la optimista apreciación de Copérnico tenga un correlato real. Para
empezar, la polémica afirmación tiene lugar en una obra de juventud
donde aún no se presenta la versión más sofisticada del sistema co­
pernicano, en tanto que no se repite bajo forma alguna en el De
revolutionibus. D e hecho, así tenía que ser, puesto que en esta obra
todo se ha complic ido considerablemente y, a consecuencia de ello,
el modelo copernicano apenas resulta algo más sencillo que el pto­
lemaico (aunque, sin lugar a dudas, disfrute de otro orden de venta­
jas).

Notas a Thom as D igges

1 Acerca de la utilización del término ‘esfera’ en la astronomía


renacentista, véase la nota 1 al Commentariolus.
Notas 97

2 Este pasaje demuestra claramente que Digges apuesta por la


interpretación realista de la hipótesis copernicana. Más de treinta
años antes de que Kepler revelase en su Astronomía nova (Praga,
1609) que el prefacio que acompañaba a la gran obra de Copérnico
no había salido de su pluma, sino que había sido añadido por An­
dreas Osiander, Digges era ya consciente de que las opiniones allí
expuestas no podían ser las del propio autor.
3 La matización de Digges es interesante. Como después harán
Galileo y otros muchos, no critica tanto a Aristóteles —cuya talla
como pensador le parece innegable— cuanto a los que se pretenden
discípulos suyos, obcecados en no modificar ni una coma de las
enseñanzas del Filósofo, por más que de ese modo no hiciesen sino
contradecir el espíritu de éstas y convertir el aristotelismo en una
escolástica empobrecedora.
4 En este punto no podemos dejar de advertir la afinidad existente
en la valoración de los méritos de Copérnico que nos ofrece aquí
Digges y el célebre elegió que Galileo pondrá en boca de Salvia» en
la Tercera Jornada del Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo
(Florencia, 1632; véanse Opere, VII, p. 367); tanto uno como otro
alaban la decisión de anteponer el recto criterio de la razón al dudoso
testimonio de los sentidos (superando así los obstáculos del empi­
rismo puramente observacionai de los peripatéticos).
5 Se trata, obviamente, de Marcellus Stellatus Palingenius (c.
1500-1543), nombre por el que era conocido Pier Angelo Manzoli,
autor del famoso poema didáctico Zodiacus Vitae (Venecia, 1534).
Digges conocía sin duda la versión inglesa de Barnaby Goodge, Zo-
diake of Ufe, publicada en Londres entre 1560 y 1565 (y a la que
seguirían muchas reediciones). Acerca de esta obra y de su influencia
sobre Digges, véanse las páginas 15-17 de la introducción.
6 De nuevo Palingenius.
7 La nítida distinción entre el mundo celeste y el mundo sublunar
que estos pasajes de Palingenius ilustran no era, sin embargo, acep­
tada por Digges. Como muy bien señalaron ya Johnson y Larkey en
su edición de la Perfecta Descripción, «a pesar de la prominencia que
se concede a estas citas y al hecho de que su diagrama del universo se
haga eco de tales ideas, no cabe duda de que Digges no aceptaba
literalmente la rígida distinción entre las esferas supralunar y sublu­
nar. Sus propias investigaciones sobre la nueva estrella aparecida en
Casiopea en 1572, publicadas en sus Alae, demuestran que dicha
estrella estaba situada por encima de la Luna y, en consecuencia, que
los cielos no eran inmutables» (op. cit., p. 102).
8 Copérnico no habla de fuerzas magnéticas. Véase la exposición
de sus opiniones en De revolutionibus, Libro I, capítulo 9, reproduci­
das por Digges hacia el final de su opúsculo (páginas 68-69 de la pre­
sente edición).
9 Al igual que Copérnico en el Commentariolus, Digges comienza
planteando la cuestión del orden de las esferas celestes. En De revolu­
tionibus este problema no aparece hasta el capítulo 10 del Libro I,
que es el que el astrónomo inglés reproduce ahora, mas en los capí­
98 Notas

tulos anteriores tan sólo se encuentran consideraciones cosmológicas


de carácter más general.
111 Nombre latinizado del astrónomo árabe Abu Ishaq al-Bitruyi,
uno de los principales representantes de la llamada escuela peripaté­
tica andalusí de los siglos XI y XII.
11 Casi todos los parámetros aducidos por Digges, tanto aquí
como más adelante, presentan ligeras diferencias con respecto a los
que aparecen en De revolutionibus. Sin embargo, no cumple consignar
en este lugar todas y cada una de las variantes, aunque, por lo demás,
resultan prácticamente insignificantes.
12 El tratado al que se alude es el Comentario a la 'Metafísica’ de
Aristóteles.
15 Marciano Capella fue el autor de un importante tratado enci­
clopédico, De nuptiis Philolojfae et Mercurii et de septem artibus libera-
libus libri novem (c. 430), que alcanzó una enorme resonancia durante
toda la Edad Media.
14 Véase la nota 1 al Commentariolus. Este texto revela a las claras la
materialidad de las esferas celestes concebidas por Copérnico (y también
por Digges); de lo contrario, resultaría absolutamente ininteligible.
15 Un testimonio más de la importancia que concedían los coper-
nicanos a la inigualable armonía de la nueva imagen del mundo como
prueba de su excelencia o, en cualquier caso, de su superioridad
frente al esquema ptolemaico. N o ha de pensarse, sin embargo, que
la idea de la armonía del universo fuese una novedad en la época,
antes bien, sus raíces se hunden en la Grecia clásica y el propio
Ptolomeo se sirvió profusamente de ella en sus Hipótesis planetarias.
En realidad, el objetivo de Copérnico no era otro que restaurar dicha
armonía universal, perdida —a su modo de ver— en el viejo es­
quema del mundo.
16 Véase Commentariolus. p. 30, así como la nota 8 a dicha obra.
17 Este fragmento intercalado por Digges en el texto del De revolu-
tionibus está extraído de la obra Urania sive de stellis (Florencia,
1514), de Giovanni Gioviano Pontano, aunque con toda seguridad el
autor de la Perfecta Descripción lo conoce a través de la cita que del
mismo hace Rheticus en su Narratio Prima, XI.
18 Según algunos autores (Menzzer, Koyré...) podría tratarse de De
generatione animalium, IV, 10, mas tal hipótesis no parece tener funda­
mento.
Orto acrónico o vespertino es aquél qüe coincide con la puesta
del Sol, momento en que el planeta se encuentra en oposición a este
astro. En los otros dos casos, el Sol se interpone entre el planeta y la
Tierra (conjunción).
20 Hasta aquí llega la traducción del capítulo 10 del Libro I del De
revolutionibus. Lo que sigue hasta el final de la sección es el célebre
añadido donde Digges introduce la idea de la infinitud del universo.
21 Esta sección se corresponde con el capítulo 7 del Libro I del De
revolutionibus.
22 Tanto Digges como Copérnico se ajustan aquí a la exposición
del propio Ptolomeo en su Syntaxis mathematica, I, 7.
N otas 99

25 A esta sección corresponden en De revolutionibus el capítulo 8 y


parte del capítulo 9 del Libro I.
24 Eneida, III, 72.
25 Esta observación no se encuentra en De revolutionibus, sino que
ha sido incorporada por Digges: ésta es, pues, la primera vez que se
propone el célebre ‘ experimento del mástil, del cual se haría eco
Galileo en la Segunda Jornada del Dialogo (Opere, VII, pp. 168 y ss.).
Durante mucno tiempo los historiadores de la ciencia pensaron — si­
guiendo a Alexandre Koyré (Estudios galileanos; Madrid, Siglo X X I,
1980, p. 213)— que nadie había llevado a cabo e! experimento antes
de que Pierre Gassendi lo hiciera en el año 1641. N o obstante, el
propio Koyré habría de reconocer tiempo después que al menos Jean
Gallé y Jean-Baptiste Morin se adelantaron a aquél, en tanto que más
recientemente Piero Ariotti («From the Top to the Foot of a Mast
on a Moving Ship»; Annals of Science, vol. X X V III, n.° 2 [1972])
proponía a Bernard Frenicle de Bessy como primer ejecutor de di­
cho experimento y atribuía a Giovan Battista Baliani una nueva con-
crastación anterior a la de Gassendi (que habría sido efectuada en
Génova en 1639, desde donde comunicó los resultados a Galileo en
una carta fechada el 16 de septiembre). En cuanto a Digges, no cabe
descartar tajantemente la posibilidad de que él mismo practicase el
experimento. Johnson y Larkey (op. cit., p. 99) recordaban su afición
a contrastar experimentalmente todas sus hipótesis, llegando al ex­
tremo de pasar quince semanas en alta mar para intentar verificar sus
conclusiones matemáticas acerca de determinados errores habituales
entre los navegantes (período durante el cual bien pudo llevar a cabo
el experimento del mástil). Sea como fuere, ninguno de los especiar
listas que se ocupan de esta cuestión parece dispuesto a negar a
Digges la prioridad en la introducción de este argumento antiaristo­
télico en las discusiones físicas acerca del movimiento de la Tierra.

Notas a Galileo Galilei

1 En el texto original se lee Niceta, mas no cabe duda de que el


personaje en cuestión es el pitagórico Hicetas de Siracusa (siglo v
a. C.). Galileo no hace sino reproducir el error del propio Copérnico
en su dedican ria al Papa Pablo III, donde — siguiendo a Cicerón
(Academícete Quaestiones, IV, 29)— menciona a un tal Nicetus como
precursor del heliocentrismo.
2 De cometis, III, 2.
3 Aristóteles, naturalmente.
4 Nikolaus von Schónberg (1472-1537), que en 1536 le había
escrito animándole a publicar sus teorías tras haber tenido noticias de
ellas en relación al Commentariolus.
5 Su íntimo amigo Tiedemann Giese (1480-1550), corresponsal
de Erasmo y Melanchthon, gran aficionado a la astronomía, verdadero
impulsor (junto a Rheticus) del proyecto de la publicación del De
revolutionibus.
100 Notas

6 En los capítulos 7 y 8 del Libro I, de los que se hace eco


Digges en su Perfecta Descripción: véanse las páginas 62-69 de la pre­
sente edición.
7 Véase Syntaxis mathematica, I, 2-8.
8 El primer problema que Ptolomeo se plantea (III, 1) es el de la
duración del año y el de la irregularidad del movimiento del Sol
(véase la nota 9 al Commentariolus), introduciendo poco después —en
la sección 3 de ese mismo Libro Tercero— las excéntricas y los epici­
clos.
9 Véase Syntaxis mathematica, III, 4.
10 Dio = Dios; Ombra = Sombra.
11 Se trata de los satélites de Júpiter, descubiertos por Galileo en
1610 y bautizados así en honor a Cosimo II de Medid en un inteli­
gente intento de vincular el nombre de tan poderosa familia a la
suerte del copernicanismo.
Indice

Introducción de Alberto Elena ............................

Nicolás Copérnico: Breve exposición de sus hipótesis


acerca de los movimientos celestes. (Commentariolus) 25

Thomas Digges: Una perfecta descripción de las esfe­


ras celestes según la antiquísima doctrina de los pitagó­
ricos. recientemente revivida por Copérnico y acreditada
por medio de demostraciones geométricas .................. ^5

Galileo Galilei: Consideraciones sobre la opinión co-


pernicana ................................................................. '1

Notas .....................................................................
¡ f e ste volumen de OPÚSCULOS SOBRE EL
MOVIMIENTO DE LA TIERRA —prologado, traducido
y anotado por Alberto Elena--- reúne tres textos de
singular importancia para entender la génesis y la
difusión inicial de la revolución copernicana. BREVE
EXPOSICIÓN DE SUS HIPÓTESIS ACERCA DE LOS
MOVIMIENTOS CELESTES, manuscrito de NICOLÁS
COPÉRNICO anterior a 1514, circuló de forma reservada
entre los amigos del autor; el «Commentariolus» no es un
borrador del «De revolutionibus orbiurn coelestium» sino
un texto independiente que expone por vez primera ios
fundamentos de la nueva cosmología con ayuda de un
detallado programa astronómico. UNA PERFECTA
DESCRIPCIÓN DE LAS ESFERAS CELESTES de
Tlioinas Digges, editada en 1576, es una excelente obra
de divulgación del sistema copernicano que alcanzó un
notable éxito popular en Inglaterra; de añadidura Digges
se adelantó a Giordano Bruno como primer defensor
de la infinitud del universo. Finalmente,
CONSIDERACIONES SOBRE LA OPINIÓN
COPERNICANA es un fragmento de GALILEO
GALILEI redactado en 1615 y nunca entregado a la
imprenta por su autor; este apunte tiene una importancia
excepcional para rastrear la evolución del -pqpgamiento
galileano desde el paradigma geocéntrico hasta ¿1 modelo
heliostático del universo. También en Alianza Editorial
«Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo
ptoiemaico y copernicano» (LS 174), de Galileo Galilei.

El libro de bolsillo
Alianza Editorial