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APÍTULO 2

KALPAS Y YUGAS

«En cálculos humanos, un conjunto de mil Eras constituye la duración de un Día de Brahma, y ésa
es también la duración de su Noche.»
(Bhagavad–gita, 8:17)

E n esencia, la doctrina hindú de los ciclos


cósmicos postula un tiempo circular, cualitativo, que
influye cíclicamente en los acontecimientos de nuestro
universo y en el desarrollo de todo cuanto en él existe. Un
universo que por su parte es eterno, sin principio ni fin, y
que se manifiesta, junto con otros miles de millones de
universos, desde un estado de desarrollo a otro de
equilibrio, y luego a otro de decadencia, tras el cual
sobreviene la disolución —o pralaya— y vuelta a
empezar, por siempre jamás. Un universo, en suma, regido
por la periodicidad, donde todo tiene un ritmo, una
pulsación; en el cual, entre manifestación y pralaya,
discurren en incontable número los dilatadísimos Días de
Brahma, o kalpas, precedidos por sus respectivas Noches;
y en el que dentro de cada kalpa se suceden mil “ciclos
humanos”, o maha-yugas, cuyo estudio, invirtiendo el
orden, intentaré en primer lugar.
Empecemos por señalar que cada uno de estos maha-
yugas se compone de cuatro edades cíclicas o yugas, de
duración decreciente, que señalan otras tantas etapas de
degradación paulatina de la humanidad y que se
corresponden, por consiguiente, exactamente con aquellas
que la tradición occidental ha designado siempre como
edades de Oro, de Plata, de Bronce y de Hierro —excepto
por un aspecto de la doctrina: la magnitud de las
duraciones involucradas, pues la que se atribuye al maha-
yuga, 4'320,000 años comunes, suena tan desmesurada
como para representar un ciclo humano, que desconcierta
al occidental no iniciado con estos temas. Y es que sin
mencionar que estamos hablando de ciclos, tal duración
supera incluso la antigüedad del hombre sobre la Tierra, la
cual, aunque en sentido muy amplio bien podría
remontarse a algunos millones de años, generalmente se
estima en sentido más estricto —es decir, referida al
hombre moderno o Sapiens Sapiens— a lo sumo en unos
cincuenta o cien mil años. Y por otro lado, ¿por qué los
yugas han de ser proporcionales a la escala 4 + 3 + 2 + 1
= 10 y no más bien iguales, como las cuatro edades de la
tradición occidental? Luego veremos, empero, que estas
cuestiones no son, como podría pensarse, insolubles, ni el
problema en su conjunto es tan complejo como parece; por
lo que de momento estudiaremos sin más las duraciones
tal como se deducen de los textos pertinentes.
Tabla 1 – El maha–yuga o ciclo de cuatro yugas

Aparte de la proporción en que decrecen las duraciones,


aquí se ve de inmediato que la duración total en “años
divinos”, traducida a “años humanos”, es igual al producto
de aquélla por 360 —de acuerdo con la afirmación, en
Bhagavata Purana 3, 11:12, de que “un día de los
semidioses es como un año de los seres humanos”. Un
examen más profundo revela, empero, un hecho que es tal
vez el más significativo en todo este análisis, si bien, en
realidad, se trata de algo perfectamente lógico: al menos
en “años humanos”, todas las duraciones son propiamente
“circulares”, esto es, no sólo son divisibles, debido a que
terminan en dos o más ceros, por 2, 4, 5, 8, 10, 15, 20, etc.,
sino que además lo son, por el hecho que sus dígitos
suman nueve, por 3, 6, 9, 12, 18, 24, 36, 72, 108, 144, 180,
360, etc., todos los cuales son números “sagrados” para la
mayoría de las tradiciones. Lo cual no sólo acomoda muy
bien a cualquier sistema numérico basado en el círculo de
360 grados, que es el que más se adecua a un tiempo
circular porque permite efectuar divisiones exactas, sino
que además permite relacionar las duraciones “humanas”
con la del período de precesión de los equinoccios de
25,920 años comunes, cuyos dígitos también suman
nueve. Así, 72 x 60 = 4,320 y 72 x 360 = 25,920
(recordemos que el equinoccio precesiona un grado cada
72 años), y en fin, 4,320 x 6 = 25,920, todo lo cual, en
realidad, nada tiene de particular, ya que la división del
círculo se efectúa naturalmente según múltiplos de tres,
seis o nueve, siendo los de este último los que ofrecen las
posibilidades más amplias.
Ahora bien, en conexión con estos dos números clave,
72 y 25,920, existen coincidencias en extremo sugestivas
que evidencian una perfecta correspondencia entre la vida
del hombre, el “microcosmos”, y la de nuestro universo o
“macrocosmos”. Para empezar, 72 corresponde al
promedio de latidos del corazón humano en un minuto, y
la cuarta parte de 72, o sea 18, al de respiraciones humanas
en el mismo lapso, por lo que en un día un hombre habrá
respirado 18 x 60 x 24 = 25,920 veces. Y por otro lado, al
cabo de 72 años, que es la duración media de vida del
hombre en la actualidad, un hombre habrá vivido un total
de 25,920 días (considerando un año ideal de 360 días),
mientras que el eje polar de la Tierra habrá recorrido
apenas un grado del círculo equinoccial de 360 grados o
25,920 años comunes. En otras palabras: desde la
perspectiva cósmica, la vida del hombre dura un solo
día.
Por otra parte, el número 72 aparece frecuentemente en
conexión con los ciclos cósmicos. Por ejemplo, figura en
los cuadrados mágicos chinos y correspondía, en la
tradición extremo-oriental, a la división del año en cinco
partes (5 x 72 = 360), de las cuales tres (3 x 72 = 216) eran
“Yang” o masculinas, y dos (2 x 72 = 144) “Yin” o
femeninas; 1 mencionaré, de paso, que esta división del
año era asimismo empleada por los antiguos incas. Entre
los antiguos egipcios, por su parte, son 72 los
conspiradores que acompañan a Seth en su conjura para
asesinar a Osiris.
Recordemos, en fin, que 72 eran los discípulos de Jesús,
72 los miembros del Sanedrín judío, y 72, en el Medioevo,
los puntos de la Regla de la Orden del Temple. Pero por
muy interesantes que sean todas estas consideraciones
numéricas —que ciertamente podrían multiplicarse hasta
el tedio—, las dejaré en este punto para regresar al maha-
yuga.
Tal vez la descripción más vívida de este importante
ciclo sea la ofrecida por la historia del toro Dharma,
narrada en otra parte del Bhagavata Purana (1, 16:17 y
ss). Allí se describe cómo Dharma, “la Religión”, pierde,
en cada edad sucesiva, una a una sus cuatro piernas: En
Satya-yuga, la era primigenia en que la humanidad
mantiene íntegramente los principios religiosos, y que se
caracteriza por la virtud y la sabiduría, se apoya en los
cuatro principios de austeridad, limpieza, veracidad y
misericordia; luego, en Treta-yuga, la era en que se
introduce el vicio, pierde la austeridad; en Dvapara-yuga,
a medida que el vicio aumenta, pierde la limpieza; y en
Kali-yuga, la era de riña e hipocresía, y la de mayor
degradación y oscuridad espiritual de las cuatro, en la que
nos encontramos actualmente, pierde adicionalmente la
veracidad y queda tan sólo apoyado en la misericordia, la
cual decrece paulatinamente a medida que se acerca el
momento de la devastación.
Esta devastación sobreviene al final de un espeluznante
período postrero en que los hombres llegan a ser como
enanos, viven vidas cortísimas y decaen hasta
inimaginables extremos de abominación. La descripción
de este postrer período, que aparece en el Canto XII del
Bhagavata Purana, suele provocar rechazo e incredulidad
en los lectores occidentales, aun cuando imágenes tan
sobrecogedoras no sean en absoluto extrañas a la tradición
occidental (como lo testimonian, por ejemplo, textos
bíblicos tales como Deuteronomio 28:53, 57; 2 Reyes
6:28-29; Ezequiel 5:10; Lamentaciones 4:10, etc.). Por lo
demás, tal devastación se produciría, en el actual ciclo,
todavía de aquí a unos cuatrocientos veinte mil años, fecha
tranquilizadoramente lejana —al menos desde nuestra
limitada perspectiva histórica— y que contrasta
marcadamente con las que otras tradiciones, por ejemplo
la judaica y la persa, establecen, dentro de la época actual,
para el fin de los tiempos —si bien, como se verá en
capítulos subsiguientes, en el nivel terrenal y propiamente
humano el fin del presente ciclo bien podría hallarse, por
decirlo así, a la vuelta de la esquina.
En fin, se dice que al final del Kali-yuga aparece el
propio Señor Supremo como el avatara Kalki para destruir
a los demonios, salvar a sus devotos e inaugurar otro
Satya-yuga, dando comienzo a un nuevo ciclo de cuatro
yugas.
En cuanto al inicio del Kali-yuga, fecha crucial en
nuestro estudio por cuanto ha de permitirnos, una vez
establecida su duración real, calcular su fecha final, el
Surya-siddhanta, tal vez el tratado astronómico más
antiguo del mundo, lo sitúa a la medianoche del día que
corresponde en nuestro calendario al 18 de febrero del año
3102 a.C., cuando los siete planetas tradicionales, el Sol y
la Luna incluidos2, se hallaban alineados en relación con la
estrella Zeta Piscium. Aunque esta fecha suene
inverosímil, pues contradice todas nuestras nociones sobre
la historia conocida —además de suscitar un problema al
parecer insoluble: el de la evidente incompatibilidad entre
la existencia de ciclos humanos múltiples, por un lado, y la
de un solo ciclo de humanidad por el otro, problema que
será abordado en el próximo capítulo—, por el momento
señalaré tan sólo que tal conjunción ha sido confirmada
por cálculos astronómicos realizados con la ayuda de
programas de computadora publicados en los Estados
Unidos por Duffet-Smith.3
Pasemos, pues, a los ciclos mayores. Tal como se ha
dicho al comienzo del capítulo, un Día de Brahma consta
de mil maha-yugas, y su Noche de otros tantos. El “día”
y la “noche” duran, por tanto, 4'320,000 x 1,000 x 2 =
8,640'000,000 años comunes. Ahora bien, como Brahma
vive cien de sus años (de 360 “días” cada uno), un cálculo
simple (8,640'000,000 x 100 x 360) nos da la duración
total del inmenso ciclo de manifestación cósmica:
3ll'040,000'000,000 años comunes, duración que, en
teoría, es apenas la de un período de respiración del Maha-
Vishnu, la Gran Forma Universal, y que simbólicamente
corresponde a las dos fases complementarias en que se
divide esencialmente todo proceso de manifestación —en
este caso el doble movimiento alternativo de expansión y
contracción, exhalación y aspiración, sístole y diástole.
Aquí se imponen algunas observaciones preliminares.
Ante todo, tratándose de ciclos cósmicos, la tradición
hindú, al igual que la china y otras tradiciones antiguas,
siempre ha expresado sus duraciones mediante cantidades
fundamentalmente simbólicas, y ello con el objeto de
mantener ocultos ciertos conocimientos considerados
confidenciales. Así, en algunos casos, determinadas cifras
pueden haber sido “disfrazadas”, ya sea multiplicándolas o
dividiéndolas por algún factor, o bien añadiéndoles una
cantidad mayor o menor de ceros, sin que las respectivas
proporciones hayan sido alteradas; éste puede muy bien
ser el caso del maha-yuga de 4’320,000 años comunes. Sin
embargo, para aquellos hindúes que las aceptan sin
discusión, las duraciones literales de los yugas tal vez
debieran considerarse no tanto referidas estrictamente a la
Tierra cuanto al orden más bien cósmico; y de hecho,
todas las dificultades inherentes al problema quedarían
resueltas incluyendo, en el marco de la doctrina, diferentes
sistemas planetarios en los que los ciclos de cuatro yugas
se desenvolvieran sucesivamente. Esta hipótesis plantea,
empero, cuestiones de índole metafísica que escapan al
alcance de nuestro estudio, por lo que, sin perjuicio de que
en el próximo capítulo tratemos este ciclo más
extensamente, aquí me limito a consignarla.
En cuanto al kalpa de 4,320 millones de años —cuyo
apropiado estudio, a decir verdad, demandaría un capítulo
entero—, hay que precisar, ante todo, que su frecuente
identificación por eruditos occidentales con la
manifestación cósmica total ha quedado desbordada por la
edad que la ciencia actual atribuye al universo, edad que lo
situaría en una dimensión más bien planetaria o, a lo
sumo, galáctica. Y en efecto, para los hindúes ortodoxos,
para quienes el kalpa es simplemente sinónimo de un Día
de Brama sin contar su respectiva Noche, el final de éste
llega con una disolución parcial del universo por el agua4;
y por lo que se refiere a su duración, la doctrina se atiene
estrictamente a la cifra anotada. Ahora bien, el hecho de
que esta duración prácticamente coincida con los 4,500
millones de años en que la ciencia moderna calcula la edad
de la Tierra (para no mencionar la cifra “definitiva” de
4,310 millones consignada en la introducción),
ciertamente apunta a la posibilidad de que represente la
vida de nuestro sistema planetario; de ser así, no sería
improbable que la Tierra estuviera actualmente en las
postrimerías de un Día de Brahma y que se estuviera
acercando su correspondiente Noche, aun cuando tarde en
llegar todavía una buena decena de millones de años. Sin
embargo, todo esto no es ni con mucho tan simple: Para
empezar, los textos alusivos son en algunos casos bastante
enigmáticos, como lo permite entrever, por ejemplo, la
reiteración de la frase: Aquellos que saben...(Bhagavad-
gita 8:17), y dejan por tanto abierta la posibilidad de que
los 4,320 millones de años se refieran en realidad no a la
parte diurna, sino al Día de Brama completo, con lo cual la
duración de la parte diurna sería 2,160 millones de años y
otro tanto la de la nocturna. También aquí, pues, conviene
tener en cuenta la posibilidad de que las cifras se hayan
disfrazado de algún modo.
Finalmente, la enorme duración de 311'040,000'000,000
años comunes que los textos atribuyen implícitamente al
gran ciclo de manifestación cósmica cubre, por cierto,
holgadamente los 15,000 millones de años en que la física
moderna calcula la edad del universo; y aun cuando la
primera se considerase exagerada —digamos que fuera mil
veces menor, es decir que la cifra real fuese de sólo
311,040'000,000 años, lo que ciertamente no es imposible
si nos atenemos a las consideraciones precedentes—, aun
así los 15,000 millones de años cabrían cómodamente en
ese período. En cualquier caso, ello significaría que
nuestro universo es todavía muy joven y que al presente
estamos, dentro del inmenso ciclo de manifestación
universal, prácticamente al comienzo de un período de
expansión.
Y por supuesto, no deja de ser impresionante que hayan
tenido que transcurrir, literalmente, milenios para que de
nuevo comience a tomar forma en los medios científicos
modernos esta antiquísima noción de un universo que
“respira”, esto es, un universo que tiene dos períodos, uno
en el que se expande y otro en el que se contrae; los
cuales, en virtud de las correspondencias a que están
sujetos los ciclos de cualquier orden, se asimilan el uno al
Día y el otro a la Noche de Brahma, así como a ambas
fases de lo que los hindúes llaman Manvantara —ciclo
éste que, con miras a conjugar lo que podríamos llamar las
vertientes occidental y oriental de la doctrina, será
estudiado con algún detalle en el próximo capítulo.

NOTAS
1
ONORIO FERRERO: El Tao te ching de Lao tzu, Ignacio
Prado Pastor, Lima, 1972, p. 12, nota.
2
La astrología tradicional consideraba la siguiente lista de siete
planetas, incluyendo como tales a la Luna y el Sol: Saturno,
Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio y Luna.

3
RICHARD L. THOMPSON, op. cit., p. 20. Es importante
mencionar que otros siddhantas hacen cálculos casi idénticos.

4
Disolución que constituye propiamente el pralaya, en
contraposición al maha-pralaya o “gran” pralaya que
sobreviene al final de la manifestación cósmica total..