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Osoro

Desdibujamiento, desesperanza y desilusión

El arzobispo electo de Madrid, monseñor Carlos Osoro Sierra, intervino el viernes pasado en El
Espejo de la Iglesia en Madrid, de la cadena COPE, en el que explicó que viene a Madrid «ligero
de equipaje. Es bueno llevar un equipaje ligero en la vida también, porque así te cuesta salir
menos: teniendo pocas cosas es fácil organizarse para marchar rápidamente… Y creo que eso
es importante en la vida».

Monseñor Osoro hizo referencia a la carta que dirigió a los madrileños el día de su
nombramiento como arzobispo de Madrid, en la que hacía alusión a «esa enfermedad que
padece no solamente el entorno cultural del mundo occidental, sino que de diversas maneras
esa enfermedad subsiste en esa humanidad»; es la «enfermedad del desdibujamiento, de no
saber qué es el ser humano; es la enfermedad de la desesperanza y la desilusión, unos porque
han tenido mucho pero no han llenado su vida, la han llenado de cosas pero no han llenado lo
más profundo de su corazón; y otros porque, no teniendo ni siquiera agua para beber, lo están
pasando mal y viven también en esa desilusión. Además, la desorientación… es decir, en la vida
hay que estar como peregrinos: el peregrino es el que sabe que tiene metas, al vagabundo le
da igual estar en un sitio que otro». Para monseñor Osoro, «esa enfermedad de las tres Ds:
desdibujamiento, desesperanza y desorientación, creo que es la más grave que puede tener el
ser humano y es la que, en definitiva, hace que no hagamos posible la cultura que es la que
vino a hacer nuestro señor Jesucristo en este mundo».

Preguntado si tenía una «aventura de la fe para esta nueva etapa que comienza», ha
respondido que «yo tengo la aventura solamente de Nuestro Señor Jesucristo, que en estos
momentos de mi vida me dice lo mismo que dijo a los apóstoles: Id y anunciad el Evangelio. Y
eso se hace creíble no solamente con palabras, sino desde lo más profundo de nuestra vida,
viviendo esa pasión por acoger de verdad la vida de Nuestro Señor en nuestra propia vida para
dar rostro a Nuestro Señor en este mundo, y haciendo posible que el testimonio de uno sea un
testimonio que atraiga, que haga preguntas, que haga posible que las personas, como pasaba
como con los primeros cristianos, digan: ¿Por qué estos viven así? ¿Por qué hacen estas cosas?
¿Por qué perdonan? ¿Por qué están al lado del que más sufre? ¿Por qué no abandonan a
nadie? ¿Por qué son defensores de la dignidad absoluta del ser humano, desde el inicio de la
vida hasta su término? ¿Por qué mantienen esa dignidad a costa, incluso, de sus propias vidas?
Yo creo que esto es el gran reto que tenemos. Los programas son importantes, pero lo más
importante en la vida es aquello que decía el Papa Pablo VI -que dentro de muy pocos días va a
ser reconocido como Beato de la Santa Iglesia- que es que este mundo lo que necesita no es
precisamente maestros, sino testigos. Vamos a intentar -y yo estoy convencido de que con esa
vitalidad que tiene la iglesia en Madrid, es posible- que todos nos animemos unos a otros a ser
testigos fuertes del Señor en medio de este mundo, como aquellos primeros cristianos que
convencían no por las palabras sino por cómo vivían».

Afirmó que «solamente es posible anunciar al Señor en el camino. Nos lo dice el Evangelio: a Él
lo encontramos siempre en camino. Es verdad que tenía momentos de retiro y de oración,
porque si no era imposible realizar el camino; el camino cansa, es necesario oxigenar la vida
desde Dios mismo para poder hacer el camino con esa pasión que se necesita, pero tenemos
que estar en el camino y donde están los hombres, en las mismas circunstancias en las que
están; naturalmente, unas cosas te gustarán más y otras a lo mejor menos, pero debes estar
con todos, y encontrarte con todos».

Además, confesó que se sabe el himno de la Virgen de la Almudena, Patrona de la


archidiócesis de Madrid, «lo podré cantar el día que llegue». Y ha asegurado que «mi vida no
se explica sin la Santísima Virgen María que, en advocaciones como es la de mi tierra, la Bien
Aparecida, o Santa María Madre en Orense, o la Santina de Covadonga, o la de los
Desamparados en Valencia, la de la Almudena en Madrid, es la que me ha acompañado
siempre en mi día, y es la que, en estos momentos y al tener que reformar mi escudo
episcopal, pongo también recordando a la Santísima Virgen en esta advocación de la
Almudena. Y también a San Isidro, un hombre de Dios que dignificó su vida y el trabajo».