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1 Corintios 1:10–7

Vivimos en una época caracterizada por la rebelión y la lucha. El divorcio se hace cada día
más común, aun entre los evangélicos. Los pleitos legales se multiplican como nunca.
Cada uno quiere hacer valer sus propios derechos.
Aun en la iglesia de Jesucristo se ven antagonismos. Conservadoramente se ha calculado
que las iglesias evangélicas se dividen a razón de cinco por ciento anual. La mayoría de los
cristianos sólo aguantan cierto número de divisiones antes de abandonar por completo a
sus congregaciones. Algunos soportan una de estas crisis pero muy pocos sobreviven a
dos. Sólo un puñado de personas, las más fuertes, siguen siendo fieles después de pasar
por tres, pero casi nadie resiste más.
En nuestro siglo existen gran número de iglesias, lo que ha producido que muchas
personas emigren de una a otra, buscando a un gran maestro al que puedan seguir. Este
problema es muy similar al que enfrentaban los corintios.

LA SITUACION PRESENTADA 1:10–17


En su introducción a esta epístola (1:1–9), Pablo daba gracias a Dios porque podía
observar que en esa iglesia eran evidentes las grandes verdades doctrinales. Estaba
seguro de que los corintios serían encontrados irreprochables en el día de Jesucristo
gracias a que Dios es fiel, no por los esfuerzos o logros personales de los creyentes.
Los hermanos de esa congregación lo tenían todo; comprendían correctamente la
revelación divina y mostraban todos los dones espirituales. Pero a pesar de la gran
herencia que habían recibido, no tenían amor unos por otros. Poseían todo y todavía eran
carnales; les faltaba el amor y la unidad. Debido a ello, Pablo trata en primer lugar el
prblema principal, que eran las divisiones.
Tres exhortaciones a la unidad 1:10
Pablo inicia su disertación con tres exhortaciones a la unidad. En la primera, les pide que
se pongan de acuerdo en decir lo mismo. El apóstol no deseaba que fueran como loros,
repitiendo siempre las mismas palabras sin pensarlas. Tampoco que impidieran la
diversidad en el cuerpo de Cristo, sino que hubiera equilibrio entre unidad y diversidad.
Teniendo libertad para expresarse, debían hacerlo en un espíritu de unidad.
En la segunda, les advierte que eviten las divisiones. La palabra que emplea aquí se usaba
para describir la rotura de una tela. En Marcos 2:21 se refiere a lo que sucede cuando se
coloca un remiendo de tela nueva en un vestido viejo. El mismo vocablo aparece en los
pasajes que relatan que el velo del templo se rasgó en dos el día de la crucifixión de
Jesucristo (Marcos 15:38) y cuando al llegar el Señor con los discípulos a la Playa después
de su resurrección, les ordenó echar la red a un lado de la barca, misma que no se rompió
cuando la sacaron llena (Juan 21:11). Esta expresión llegó a usarse más tarde en relación
con el rompimiento de la iglesia. Pablo quería evitar ese resultado.
En tercer lugar los exhorta a que permanezcan unidos, sintiendo lo mismo. Esta expresión
es contraria a la anterior y se empleaba para denotar el acto de remendar las redes rotas
de un pescador. Ya sean redes, los huesos del cuerpo, o los miembros de la iglesia, todas
deben unirse en una relación efectiva para poder realizar juntos algún trabajo. El deseo
de Pablo era que se unieran en pensamiento, en actitudes y opiniones. Earle ha dicho: “La
idea es la de colocar juntas las piezas de un mosaico para que cada parte, por pequeña
que sea, llene perfectamente el lugar que le corresponde”.
Descripción de las condiciones 1:11–12
Pablo les confronta con la, situación imperante según los reportes que había recibido y al
mencionarla, identifica la fuente de su información. Parece que había dos clases de
dificultades. La primera eran las divisiones causadas por los debates sobre los importantes
temas que se tratan en el resto del libro: ¿Es mejor quedarse soltero o casarse? ¿Debían
comer carne ofrecida a ídolos o no? Además, existían otros motivos, tales como si las
mujeres debían dejar de usar el velo; carismáticos y no carismáticos; ricos y pobres; y así
por el estilo.
La segunda clase de desacuerdos tenía que ver con los maestros líderes. Algunos seguían
a uno, mientras que otros preferían a otro distinto. Los filósofos griegos de los pueblos
acostumbraban venir a la ciudad buscando discípulos y estos creyentes respondían de la
misma manera. Cada uno quería identificarse con un gran maestro o predicador. Habían
puesto los ojos en el mensajero y no en Dios que era quien les había enviado el mensaje.
Algunos eran adeptos a Pablo, el apóstol a los gentiles que había sido el iniciador de la
iglesia. Los miembros fundadores permanecían fieles a él. Recordaban cómo había
llegado para predicarles. Entre ellos tal vez se encontraban los intelectuales y teólogos
del grupo. Otros por su lado, apoyaban a Apolos, un judío elocuente. Por ser un gran
predicador, su presentación de la Palabra de Dios debe haber sido maravillosa.
Otros preferían a Cefas, el apóstol a los judíos, cuya autoridad había sido establecida por
el Señor Jesús personalmente. Era considerado varón de varones, fuerte e impresionante.
Por último, había otro grupo que no quería seguir a ninguno de los mencionados;
sencillamente querían obedecer sólo a Cristo. Se, sentían “demasiado espirituales” para
confiar en los hombres. El orgullo que demostraban tal vez era lo peor de todo.
Corrección del concepto 1:13–17
Pablo se dirige a los hermanos de Corinto para corregir el concepto que tenían acerca de
seguir líderes humanos, haciendo distinción entre ellos. Para hacerlos meditar, les hace
tres preguntas:
• ¿Ha sido Cristo cortado en pedazos y distribuido entre distintas personas para que cada
una lo presente como quiera?
• ¿Fue Pablo crucificado por ustedes?
• ¿Fueron bautizados en el nombre de Pablo?
Estos cuestionamientos deberían suscitar una respuesta negativa de parte de sus
lectores. Además, les confirmó que no había nada malo en el bautismo porque a través
de ese paso de obediencia hecho en el nombre del Señor, se habían identificado
públicamente con Cristo, no con quien lo realizó ni con quien predicaba. Así que el apóstol
los conmina a que quiten sus ojos del mensajero y los pongan en el Salvador.
Cada líder representa a Jesucristo, no a sí mismo, porque fue él quien Murió y habían sido
bautizados en su nombre. Los dirigentes estaban unidos en él; Apolos y Pablo no estaban
divididos. Aún más, se habían reunido para hablar del problema y estaban preocupados
por la actitud de sus seguidores. Pablo había querido enviar a Apolos para corregir la
situación, pero él se negó porque no deseaba que surgieran mayores complicaciones (1
Corintios 16:12).
La carta continúa diciendo que cada quien tiene una comisión dada por el Señor (1:17).
Todos debían procurar servirle a él. El apóstol afirma que tenía cosas más importantes
qué hacer y carecía de tiempo para ir a buscar seguidores personales. Tampoco quería
convertirse en un bautizador para ver cuántos se identificaban con él, sino que quería
lograr que todos fueran como Jesucristo. Su interés principal era predicar el evangelio.
En lugar de imitar a los filósofos griegos, deseaba que vieran solamente la cruz. La
sabiduría humana y los trucos publicitarios populares los distraerían de su divino mensaje.
Por eso, no había por qué dividir la iglesia a causa de los líderes que Dios había enviado.

A. La realidad de la división (1:10–17)


1:10. El apóstol los insta como a hermanos, no como a adversarios, echando mano de lo
que le daba mayor autoridad: el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Esta es la décima
referencia que se hace a Cristo en los primeros 10 vv., y no deja dudas en cuanto a quién
consideraba Pablo que debía ser la base y centro de unidad entre los corintios. Su ruego
era que hubiera armonía, no que se eliminara la diversidad. Él deseaba la unidad de todas
las partes, como un tejido que se trama usando varios colores y diseños y cuya
combinación forma un conjunto armonioso.
1:11–12. Pero en lugar de mostrar unidad, el tejido se estaba rompiendo por las costuras,
según le habían informado los siervos de Cloé. Aunque las divisiones sin duda eran reales,
es posible que Pablo, según su comentario de 4:6, hiciera algunos cambios en los nombres
de los que dirigían las distintas facciones, y que los que usó—Pablo, Apolos, Cefas—fueran
sólo ejemplos para no empeorar una situación ya de por sí deplorable.
1:13. Las tres preguntas que se hacen en este v. son retóricas y la respuesta que se espera
de cada una de ellas es un “no” categórico. El cuerpo universal de Cristo no está dividido,
ni debe estarlo en su manifestación local. Ningún ser humano había efectuado la salvación
de los corintios y ellos no le debían lealtad a nadie, sino a Cristo.
1:14–17. Los esfuerzos de Pablo por imitar a Cristo se reflejaban en todos los aspectos de
su ministerio. Según Juan 4:2, Jesús no había bautizado a nadie, sino que había delegado
esa responsabilidad en sus discípulos. En general, Pablo también mantenía esa
costumbre. ¿Sería posible que Pablo considerara el bautismo como indispensable para
recibir la salvación? Es imposible pensar tal cosa (cf. 1 Co. 4:15; 9:1, 22; 15:1–2). El apóstol
no quiso decir que el bautismo era innecesario, porque fue ordenado por Cristo (Mt.
28:19) y también la iglesia primitiva lo practicaba (Hch. 2:41). Estas dos verdades hacen
que el bautismo, al igual que la santa cena, sean ordenanzas para la iglesia. Sin embargo,
lo más importante es saber de qué cosa dan testimonio las ordenanzas y no los efectos
que ellas puedan producir.
La encomienda primordial que se dio a Pablo fue predicar el evangelio (9:16), pero no con
sabiduría de palabras humanas. La elocuencia brillante y persuasiva puede ganar la mente
del individuo, pero no su corazón. En cambio, las palabras sencillas del evangelio que
pudieran parecer ingenuas al criterio del mundo, se vuelven efectivas por medio del
Espíritu de Dios (2:4–5).

Walvoord, J. F., & Zuck, R. B. (1996). El conocimiento bíblico, un comentario expositivo:


Nuevo Testamento, tomo 3: 1 Corintios-Filemón (pp. 17–18). Puebla, México: Ediciones
Las Américas, A.C.

CAPÍTULO 2

A partir de 1:10, el apóstol entra de lleno a tratar los temas que le preocupan de la vida
en la iglesia de Corinto. Decimos que entra de lleno, pues lo hace en una forma abrupta
que sorprende, por no ser la que usa en forma habitual.
Estos problemas son muchos y variados (más o menos una docena, según cómo se los
clasifique). No hay en el N.T. otra iglesia que presentara tantas características negativas a
la vez, lo que valoriza el aprecio demostrado por Pablo en los saludos iniciales. Al mismo
tiempo, debe servir para que midamos la seriedad de las dificultades que pueda enfrentar
nuestra propia congregación. Ni una vez el autor insinúa que se debe dejar la
congregación o producir una división.
La redacción de este apasionado trozo bíblico comienza con un cuadro de la situación,
una apelación apostólica, y una descripción de los motivos que han llevado a ella. Luego
profundiza el tema en aspectos más doctrinales, como ser la relación entre el Espíritu y la
carta, o entre el ministerio de la iglesia y el del apóstol.

1. EL LLAMADO A LA UNIDAD (1:10–25)

a. El cuadro de la situación (vv. 10–17)

10Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis
todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis
perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. 11Porque he sido
informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros
contiendas. 12Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de
Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. 13¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo
por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo? 14Doy gracias a Dios de que
a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y a Gayo, 15para que ninguno diga que
fuisteis bautizados en mi nombre. 16También bauticé a la familia de Estéfanas; de los
demás, no sé si he bautizado a algún otro. 17Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a
predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de
Cristo.

Podemos decir que en la primera parte (vv. 1–3), la palabra clave para describir a los
cristianos es santos (v. 2), en la segunda es enriquecidos (vv. 4–9), y en esta tercera es
unidos (v. 10). Son las características básicas que convierten a un grupo en iglesia.
Desde el punto de vista humano, notamos varias cosas. Lo primero es el afán de Pablo:
dice que les ruega, y se dirige a ellos como “hermanos míos”. Es importante usar una
palabra afectuosa antes de hacer una reprimenda o una exhortación.
La exhortación paulina debe ponerse en contexto: debemos hablar de tal manera que no
haya divisiones. No se refiere a que todos los cristianos han de pensar lo mismo en cuanto
a la política, el arte, la ciencia, etc. Tampoco hemos de considerar que todos deben pensar
siempre igual en todo lo referido a la misma vida de la iglesia. Hay aspectos en los que es
natural que haya diferencias, especialmente en aspectos prácticos. Algunos hoy se
horrorizarían de un culto tan espontáneo como parece que era el de Corinto, y a otros les
entusiasmaría. Pero la pregunta es si estamos unidos espiritualmente como para que
nada de eso produzca divisiones. Pablo promueve la unidad y no la uniformidad.
“Hablar la misma cosa” probablemente haga referencia a que los corintios tuvieron varios
maestros que enseñaban diferentes cosas sobre las cuestiones que Pablo trata en esta
carta. Pablo entonces exhorta a la unidad doctrinal. Debían estar unidos interna (“en una
misma mente”) y externamente (“en un mismo parecer”) (v. 10). La unidad que no incluye
la misma mente y el mismo parecer no es verdadera unidad. No que los creyentes
tuvieran que ser calcos idénticos sino que debían tener la misma opinión en cuanto a
doctrina cristiana, estándar y básico estilo de vida.
Luego notamos la mención de una familia, “los de Cloé” (v. 11), que habían viajado a Efeso
para que el apóstol estuviera informado de to que ocurría en Corinto. No se trataba de
chismosos o correveidiles, pues si no Pablo no los hubiera escuchado o los habría
condenado.
La forma en que Pablo se refiere a las informaciones que le llevó la familia de Cloé pone
sobre el tapete un delicado tema práctico: ¿cuándo una información deja de ser tal para
transformarse en chisme? No es fácil dar una respuesta definida. Lo crucial radica en la
intención con que se transmite o comenta algo, y en el resultado que se busca o se prevé.
Si este resultado es la corrección de algo que se presume malo, y hay una intención
positiva, no hay chisme. Si lo único que puede esperarse es una perturbación en el
prójimo o una afirmación del propio criterio, tal mezquindad no puede ser la voluntad de
Dios. Tiene mucho que ver la persona a la cual se transmite algo. Sin duda, los de Cloé
pensaban que Pablo sólo podía influir para bien en las cosas que ellos le querían no sólo
informar, sino también aclarar. No llevaron las noticias a cualquiera sino al fundador de
la iglesia, que pensaba it allá y debía saber en qué condiciones llegaría. En la actualidad,
hay mucho que se puede (y quizá debe) decirse a un pastor, pero no a otros.
También tiene que ver la actitud de los que transmiten la información. Tal vez Pablo aclaró
a los de Cloé que mencionaría su nombre. Además ellos sabían bien todas las facetas de
los temas sobre los que hablaban y no se basaron en simples rumores.
Conscientes de que posiblemente sólo él podía ayudar a solucionar tan compleja
situación, hicieron un esfuerzo doloroso por buscar apoyo. No les habrá sido fácil hablar
de esas cosas, pero era necesario.
Lo personal se tornó dramático cuando los nombres sirvieron para dividir la iglesia. Los
distintos grupos tenían su razór de ser. Los que decían ser “de Pablo” eran los antiguos
miembros de la iglesia, los de la primera hora más difícil. Los “de Apolos” (Hch. 18:24)
eran el fruto de la predicación de aquel fogoso joven; quizá tenían algo distinto de
aquéllos y representaban un momento de mayor impulso juvenil y cambios en la
congregación. Pero estaban también los “de Cefas”, Pedro, que quizá habían llegado de
Palestina o insistían en atenerse a las fuentes apostólicas. Finalmente los “de Cristo”, que
según los intérpretes posiblemente asumían un aire de falsa piedad, como los que hoy
dicen pertenecer a él y no a una iglesia o denominación.
Aparecen otros nombres cuando Pablo recuerda a quienes bautizó durante su ministerio
en aquella ciudad. Menciona a Crispo y Gayo (Hch. 18:8; 19:29), así como a la familia de
Estéfanas, “primicias de Acaya” (16:15), que fueron los primeros convertidos. El apóstol
parece dar al bautismo un lugar secundario, pero sólo lo hace en relación con la
predicación (v. 17), que siempre es previa y más trascendente que el bautismo. Notamos
que ya no se efectuaba la práctica de la iglesia de Jerusalén de bautizar a los creyentes
apenas convertidos. Pablo había conseguido superar la psicología de los predicadores
cristianos inmaduros que hoy podrían decir cosas como: “Yo bauticé a tantos” o “A mí me
bautizó Fulano”, como si ello fuese la clave de su importancia.
Lo que más sobresale es que la iglesia debe ser, ante todo, un cuerpo unido.

LA UNIDAD DE LA IGLESIA (1:10)


1. Debe ser el anhelo del pastor (“os ruego” v. 10).
2. Da sentido a la palabra “hermanos” (10).
3. Comienza por lo que se habla: una misma cosa (10b).
4. Continúa en la misma mente y parecer (10c).
5. Debe seguirse hasta que se la viva “perfectamente”.
Pablo no pide uniformidad. La iglesia no es un ejército ni un cuerpo de bomberos. Unidos
no es lo mismo que uniformados. Al final del capítulo Pablo mostrará la gran diversidad
que había en aquella iglesia, pero lo fundamental es que haya acuerdo en el fondo, en lo
espiritual: pensar y sentir lo mismo.
Se destaca la humildad del apóstol. Quien fue crucificado es Cristo y no él. Quien
administra el bautismo es la iglesia y no el predicador. El nombre que debe identificar al
creyente y a la congregación es el de Cristo, no el del pastor. Pablo tenía claro cuál era su
ministerio, que hoy compararíamos más al de un evangelists que al de un pastor. Este no
debe desplazar la importancia de la predicación por el bautismo de los convertidos, pero
tiene la responsabilidad de que éstos lleguen a integrarse sabiamente en la iglesia—lo
que harán por medio del bautismo. En estos versículos no hallamos una doctrina sobre el
tema, sino el hecho específico de que todos llegaban a la verdad desde el paganismo.

EL MINISTERIO DEL QUE EVANGELIZA (1:17)


1. Es algo a lo que Cristo nos envía (17a).
2. Se predica estrictamente el evangelio (17a).
3. Importa el espíritu con que se hace y no las palabras que se usan (17b).
4. Debe exaltarse la Cruz de Cristo, sin que nuestras palabras la hagan secundaria
(vana) (17c).

Canclini, A. (1995). Comentario bı ́blico del continente nuevo: 1 Corintios (pp. 30–34).
Miami, FL: Editorial Unilit.