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Sonoro

Es sábado al mediodía, estoy en casa avanzando con la lectura de un capítulo de un libro,


bajito al fondo suena el arioso de la Sonata op. 110. Leo: “El tema cae, y Beethoven lo
refuerza con palabras: Perdendo le forze, dolente”. Llaman al teléfono y alguien pregunta
por mí, digo que soy yo y me responde una voz que no reconozco del todo.
Soy el inspector Clusot- Yo trato de seguir la broma y pregunto -Sospecha de mí?- Luego
me arriesgo a desenmascarar al verdadero interlocutor, me equivoco varias veces hasta
que del otro lado me saca del apuro diciéndome: -soy yo, Jean Pierre, no te hagas
problema, lo que ocurre es que no nos conocemos telefónicamente-
–Pepe! Digo yo, jocoso
Se trata de mi vecino que nos invita para esta noche a cenar; habrá otros invitados. Está
preparando una “bourgignon”. Antes de cortar me recuerda de llevar mi guitarra para
hacer música. Jean Pierre Rampal como se sabe, además de buen cocinero es un virtuoso
flautista. Su casa es antigua, tiene un gran salón con un piano. Rampal ha preparado todo
en una galería lateral cerrada con nylon, lo que permite adivinar del otro lado un paisaje
como llovido. Nos ubicamos en una gran mesa con una hornalla y una cacerola al medio
y bebidas varias en torno. Somos seis adultos- para mi sorpresa está Mozart con su mujer-
y un montón de hijos de cada uno de nosotros que ya juegan en los jardines de la casa.
Por esta disposición alrededor de la mesa rectangular quedo a la izquierda del Dr. Rampal,
de su señora Bárbara Streisand, y de frente a Amadeus con su chica. Comemos, bebemos,
charlamos distendidos y sobre nosotros se posa la noche cariñosa. Después de una
conversación sobre fútbol se pasa directamente al tema candente en política nacional. El
Dr. Rampal está un poco más del lado del “campo” mientras que Bárbara y mi mujer,
Benazir Bhutto, coinciden en su apoyo al gobierno, en tanto Mozart a carcajadas devora
su pesca de la cacerola. Después de un buen rato la charla se va transformando en
discusión acalorada, yo estoy callado, escuchando, y decido buscar la guitarra para
improvisar algunas notas. Todo cambia con la música, y la continuación de la velada se
nos revela magnífica con una luna alta y encendida que espiamos por detrás del nylon.
Mozart propone unas canciones risueñas y llenas de travesuras, luego le toca a Rampal
que entona una bellísima musicalización suya sobre poemas de Elsa Bonerman; entre
tanto nos reímos mucho y cada vez que los chicos entran desde el jardín el dueño de casa
los invita a jugar más lejos porque hacen demasiado ruido. Este cuidado de Jean Pierre
parece protegernos de algún tormento sonoro que estuviera acechándonos. Al concluir
tan encantadoras perlas musicales la guitarra cae sobre mí como por mandato.- Toca algo,
Jesús!- Dice Streisand.
- Bueno, en realidad estoy ocupado en la repartición de panes, pero… ya que insisten- Es
el momento de mis canciones descalzas que comienzo a desgranar íntimo. La última, ya
con el bostezo de la luna, la canto mientras Benazir cuenta que con ese tema la supe
conquistar; habla de un chico que mira al fondo de una botella y las palabras corren
coloridas: Mozart, Streisand y los otros saborean el final de la canción, pero noto un
silencio desaprobador en el Dr. Rampal, siempre a mi derecha; me explica clínicamente:
- Mi oído izquierdo (el que se orienta justo hacia mí) sufre una notable disminución,
escuché solo una melodía en la guitarra-
- como puede ser, y la letra?- Pregunto y al mismo tiempo pienso: “el tema cae y
Beethoven lo refuerza con palabras: perdendo le forze, dolente”.
-A tu letra se la come la música- Diagnostica Rampal.
- Es un estilo que padezco, le digo afligido, aquí voy jugando a mezclar poema y guitarra-
-Eso es ideológico, como el Rock, que atenta contra la comunicación, la instrumentación
debe estar separada de la letra.
-La comprensión de un contenido más allá de los conceptos…Schopenhauer, la estética
de Nietzsche, donde se invierte la jerarquía que situaba a la música por debajo de la
poesía- Digo. Además le recuerdo que esto no es un show y le reconozco estar algo
cansado y que no me va de hacer esfuerzo para cantar.
- Sabina, si fuiste invitado es para comunicar, y hacer esfuerzo, no?- Me inquiere y la
conversación se derrumba.

Y así, como en aquella “Fantasía que contrhaze la harpa en la manera de Luduvico”, se


aclara: “Desde aquí fasta acerca del final hay algunas falsas; tañiéndose bien no parecen
mal” yo me voy sintiendo desorientado aunque vagamente intuyo que se ha mezclado la
borra del vino con mi voz bien al fondo de la botella.
En los árboles altos del jardín suena un viento suave como invitándonos a partir, juntamos
nuestras cosas, recogemos adioses y besos y nos vamos.
En el camino pateo con bronca una piedra que da en una lata que va a caer en un charquito
donde flota el disco de la luna.