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E cu m en icid a d y n u m era ció n de los concilios

L os criterio s que diferencian la autoridad de las reuniones de obispos, prelados y


autorid ad es im periales no fueron objeto de discusión teórica en la historia de los prim eros
co n cilio s, reco n o cid o s com o ecum énicos, precisam ente, p o r consenso. Tan sólo en el
año 7 8 7 , con el N iceno II, se fijaron algunas líneas fundam entales para negar la ecu ­
m enicidad de un co n ciliáb u lo anterior; los requisitos que no h ab ía cum plido eran de dos
tipos: 1. la co n co rd an cia y la hom ogeneidad de la m ateria con las decisiones de los
precedentes concilios «grandes y ecum énicos»; 2. la concurrencia de las autoridades
co m p eten tes, entre las que destacaba la sinergia de la Iglesia rom ana. Se trataba, p o r
tanto, de unas reglas dúctiles, m ás adecuadas para valorar si un concilio p od ía asum ir el
título de ecum énico y cóm o podía hacerlo que para convocar uno propiam ente tal.
A lo largo de toda la edad m edia se aceptó com únm ente que la ruptura entre oriente
y o ccid en te, consum ada en el plano eclesial en el año 1054, tras una incubación bisecular
en el plano p o lítico , a p esar de no hacer im posible la convocatoria legítim a d é lo s concilios,
im pedía en condiciones ordinarias la celebración de sínodos aceptados por todas las sedes
patriarcales y aceptables a escala universal com o ecum énicos en el pleno sentido de la
palabra, después de los siete prim eros, m encionados en la m ism a bula de excom unión
contra C erulario. E ran conscientes de ello ante todo los participantes en los num erosos
concilios que fueron constelando la historia europea occidental de los siglos X II-XIV y
que reunieron de form a cada vez m ás am plia a arzobispos, obispos, abades y autoridades
seculares, o bien, según una definición del Lugdunense I, «los reyes, los prelados y los
prín cip es, tanto eclesiásticos com o seculares, en una localidad segura, personalm ente o
por m edio de sus representantes oficiales»'; todos ellos, que deben estar en com unión
con la romanaecclesia, cuyo núcleo está form ado por el papa y por los cardenales,
suelen definir estas reuniones com o concilios generales (el Lateranense IV también com o
sínodos universales) para m arcar una discontinuidad sin añoranzas de la tradición anterior.
Son estos concilios p apales (según una expresión utilizada en historiografía para explicar
el resultado al que llegó la tradición sinodal latina) los que constituyen el verdadero
fundam ento del pontífice en su esfuerzo por em ancipar su propio poder de los vínculos
que le im ponían la sim biosis con la autoridad del em perador, las tradiciones y los derechos
locales, y la colegialidad cardenalicia. 1

1. Bula Ac! apostolícete. COD 278. 36-38.


. w. rM MV »Wti L/J ccu/neniL U S

¿Por qué entonces ocuparse de ellos en una historia de los concilios ecuménicos? Es
el éxito de la obra de algunos canonistas y teólogos postridentinos —por tanto en una
época relativamente reciente— a los que se debe la «trasformación» en ecuménicos de
siete de estos concilios que, sin renunciar en nada al gobierno de la cristiandad en
occidente, se habían considerado como asambleas generales de este régimen. Efectiva­
mente, en la tradición occidental había una laguna: el concilio de Constanza, que cerró
el cisma de occidente, había llevado a sus últimas consecuencias la concepción corporativa
del concilio general, reclamando para sí, en nom bre'de la Iglesia latina, el derecho de
«representar a la Iglesia universal» (1415). La ambigüedad de este último adjetivo habría
debido superarse en el concilio Florentino inmediatamente posterior, empeñado eñ el más
alto grado en ser el octavo concilio plenamente ecuménico (nono para quienes contaban
también el Constantinopolitano IV): esfuerzo coronado por el éxito en el área occidental
(¡ese es, por ejemplo, el título que le da la edición romana de sus actas aparecida en el
año 1526!), pero no por mucho tiempo y, sobre todo no en el área oriental. Poco más
de un siglo después, Roberto Belarmino (1542-1621) propuso indirectamente una solución
distinta: preocupado por reconstruir un subsuelo bien sólido para el Tridentino, recogió
de la cronografía publicada en 1566-1567 por el español Pontac, una lista de los concilios
totalmente nueva y la consagró con su propio prestigio insertándola en su tratado de las
controversias De conciliis ex ecclesia militante (1586). La exigencia de establecer una
línea semirrecta de continuidad con la tradición de la Iglesia indivisa hace que en la lista
Pontac-Belarmino figure un elenco inédito que añade a los concilios de la Iglesia indivisa
hasta siete concilios medievales (cuatro de Letrán, dos de Lyon y el de Vienne), a los
que se proponía reconocer no sólo la autoridad que había englobado tantas decisiones
suyas en el derecho canónico, sino también el título de ecuménicos. Según el docto
cardenal este aumento sobre las listas anteriores se justificaba por el hecho de que la
sinergia de los cinco patriarcas, que seguramente se había venido abajo después del cisma
del año 1054, servía a la «buena marcha» de los concilios, pero no a su ecumenicidad,
caracterizada suficientemente por lo que él denominaba la acción y el consenso papal.
Esta posición, que pretendía defender la legitimidad del reciente concilio de Trento
en la polémica antiprotestante, influyó inmediatamente en gran parte de la historiografía
católica a partir de Baronio, de una manera tan profunda que fue bastante frecuente ver
estudiados esos siete concilios medievales, no a partir de su importancia histórica objetiva
y documentable, sino por la asunción acrítica y apologética de la lista y de la numeración
del siglo XVI, olvidando en la investigación historiográfica los concilios que no figuraban
en ella2.
A sí pues, aquí y a continuación se hablará de los concilios «ecuménicos» de los
siglos XII-XIV sólo en sentido crítico, comprendiendo bajo este título a siete de los
sínodos generales de la Iglesia latina medieval, valorados hasta el más alto grado
como expresión de la eclesiología papal, numerados por Pontac desde el 9 hasta el
15, y a los que Belarmino atribuyó el reconocimiento de ecumenicidad interpretando
con parcialidad la autoconciencia histórica de la cristiandad occidental y el significado
de la persistencia en ella de una débil e insuprimible conciencia sinodal, fecundada
y vigorizada a menudo por instituciones paralelas en el gobierno de los reinos y del
imperio.
Hecha esta precisión, podemos pasar a fijar ahora ante todo las líneas de desarrollo
de dos siglos intensos de la historia conciliar del occidente comprendidos entre el 1123,
año en que se celebra el Lateranense I, y el 1312, año en que se concluye el concilio de
Vienne.
Sínodos generales anteriores al 1123

Para captar plenamente los cambios que tendrán lugar, es indispensable comprender
la amplitud de la reforma iniciada y perseguida en el siglo anterior respecto al ámbito
que vamos a estudiar: el ingreso de Rusia en el mundo cristiano, la ruptura entre el papa
de Roma y el patriarca de Constantinopla, la victoria de una eclesiología que se centra
en la ecclesia romana, el éxito de la reforma emprendida con tenacidad por Gregorio VII
y por el grupo tan variado de los «gregorianos», son otros tantos factores que contribuyen
a promover un proceso histórico de alcance epocal, que a lo largo de dos siglos fue
haciendo del sucesor de Pedro el verdadero rector y el supremo legislador de la cristiandad
occidental.
El papado reformador, producto e intérprete de las instancias religiosas y políticas
de una sociedad en trasformación, es el propulsor y el punto de equilibrio de esta compleja
arquitectura: su papel sin embargo queda «equilibrado» por diversas instituciones, cuyo
perfil se va modificando junto con el de la función petrina y cuyo influjo en el perfil
conciliar de la Iglesia es notablemente profundo. Los cardinales, definidos con un adjetivo
ya sustantivado, conquistan entre sus prerrogativas, en el año 1059, la de ser los electores
del pontífice y desempeñan una función colegial, vista como una alternativa práctica al
concilio y descrita a través de las imágenes bíblicas usadas anteriormente para definir
dicho acontecimiento. Los obispos, con una importancia ya menguada por el creciente
papel de los monjes, quedan superados en autoridad por el colegio cardenalicio, que
simboliza cada vez más lo que eran antes los vínculos de comunión y la praxis sinodal;
sin embargo, es precisamente en el concilio donde se convierten en el apoyo necesario
y en el objeto del proyecto reformador, que ilumina sus funciones.
Esta simbiosis de autoridad entre el papa y el concilio está documentada por el alto
número (absoluto y pro capite) de sínodos convocados por los pontífices del siglo XI:
el alsaciano León IX reúne a los obispos primero en Pavía, luego en Reims en 1049, y
nuevamente en Roma el año siguiente; Nicolás II promulga el decreto In nomine Dornini
(que reserva a los cardenales la elección papal) en un sínodo celebrado en Roma en 1059;
Gregorio VII admite por primera vez en el sínodo cuaresmal del 1075 a los abades,
recompensando así la entrada del monaquismo en el proyecto reformador y trazando
precisamente en el sínodo cuaresmal del 1078 el programa de la reforma; así también
Urbano II convoca en 1095 para la reforma y para la cruzada una serie de imponentes
asambleas, que reunieron en marzo en Piacenza a 200 obispos y en noviembre en Clermont
a 92 obispos y 90 abades; esta experiencia se renovó el año siguiente en Nimes; y Calixto
II, para seguir adelante, hizo aprobar algunas decisiones importantes en los concilios de
Tolosa y de Reims de 1119.
Se trata de reuniones ya imponentes (¡en el sínodo Lateranense de 1116 hay 427
miembros presentes!), organizadas como asambleas legislativas de la cristiandad e ins­
trumentos de la reforma. Su orden del día no se modela ya sobre las «emergencias»
teológicas, como había ocurrido desde el Niceno I al II; más aún, como un esquema
invisible, ese orden permanece invariable, ya que son los pontífices reformadores los que
lo interpretan, en un esfuerzo de replanteamiento de la Iglesia y de su disciplina conti­
nuamente renovado y activo. Ellos son el motor fijo del concilio general, cuyo desarrollo
se moverá a lo largo de una línea ya trazada en el esbozo de la reforma gregoriana, el
Dictatas Papae, en donde bajo la forma de criterios aparentemente inocuos se inculcaban
perspectivas de gran impacto en el plano de la historia de la institución, de la doctrina
y hasta de los mismos concilios. Cuando el Dictatus decía que «sólo al papa le compete
legislar», intentaba simplemente reconocerle la tarea de definir el estatuto canónico de
los textos, sin prejuzgar para nada la autoridad sinodal; pero muy pronto esa idea se
desarrolló en un sentido tanto más destructor de los límites anteriormente reconocidos
10¿ Historia de los concilios ecuménicos

cuanto más literal. De forma análoga, cuando sancionaba que «ningún sínodo puede
llamarse general sin la decisión suya (del papa)», no quería usurpar la ecumenicidad de
los concilios de la Iglesia indivisa; pero la pretensión que eso suponía hizo que a lo largo
de unos pocos siglos se llegara a decir que el concilio no tenía más función que la de
dar solemnidad a la decisión del pontífice (Inocencio IV), en quien se resume la ecumene
cristiana. En este lapso de tiempo la sinergia entre el papa y el concilio no desapareció,
sino que cambió de piel, llegando a consecuencias inesperadas y revolucionarias. Cons­
tituye casi una maravilla aquel momento, en 1112, en el que, después de haber rozado
el cisma, el sínodo lateranense se impuso sobre Pascual II, forzándolo a revocar el acuerdo
de Sutri y el de Ponte Mammolo, con el que Enrique V había logrado mitigar el rigorismo
destructor de los reformadores.

Lateranense 1 (11-27 de marzo de 1123)

La obtención de un acuerdo y la fuerte reacción contra el pravilegium (el título que


se dio en pian de burla a los acuerdos de Pascual) habían mostrado cuál era el camino
que había que seguir para acabar con la crisis en las relaciones entre el papado y el
imperio. Un camino que se recorrió velozmente. El 23 de septiembre de 1122, durante
la dieta de Worms, el emperador Enrique y los legados del papa Calixto II cerraron la
vieja querella de las investiduras con un compromiso ambiguo y un pacto mutuo; sin
embargo, los términos eran bastante vagos y se utilizaron más bien para evitar problemas
internos en las dos partes.
Para el papa, que había puesto en el concilio de Reims de 1119 las bases de su éxito
contra los cismáticos y que había manifestado su intención de llegar a un arreglo con
Enrique V, el concilio general que se había convocado ya el 25 de junio de 1122 con un
orden del día bastante genérico («ut... per Dei gratiam concilium celebremus ea com-
munibus auxiliis pertractemus, quae ad honorem Dei et Ecclesiae suae pacem atque
utilitatem, sancto Spiritu cooperante, perveniant»: Bidlarium 304), era la ocasión para
verificar y ratificar dicho acontecimiento. Ese nuevo sínodo Lateranense (hoy señalado
como I) se reunió en el aula aneja a la basílica papal entre el 18 de marzo y el 6 de abril
de 1123. Sancionó el fin del cisma de Gregorio VIII (que duraba desde el año 1118),
pero mostró fuertes resistencias frente a la ratificación de las declaraciones hechas el 23
de septiembre en Worms: fueron muchos los non placet que se elevaron tras la lectura
de los textos del acuerdo. Algunos, como Adalberto de Mainz, intentaron hacer que el
papa Calixto denunciara esos acuerdos; otros, como Gerloh de Reichersberg, no se
convencieron nunca de la bondad de una avenencia que, dentro de su carácter genérico
y ambiguo, les parecía más bien una rendición. No obstante, el medio siglo de hostilidades
y la escasa disponibilidad del papa para nuevas revisiones acabó convenciendo al concilio.
Procuró además regular varias cuestiones pendientes y destinadas a un sólido desa­
rrollo: con el parecer favorable de una comisión, el concilio revocó al arzobispo de Pisa
el poder de consagrar a los obispos de Córcega, señalando un nudo institucional que
sufriría profundas modificaciones y causaría fuertes tensiones en los dos siglos sucesivos.
Se discutieron además los problemas de los monjes que se ordenaban cada vez con mayor
frecuencia, creando confusión en las diócesis. Entre las actividades de trabajo y de debate
se alternaron momentos litúrgicos especiales, como la canonización de san Conrado y la
importante consagración de Adalberón como metropolita de la diócesis de Brema, a quien
el concilio reconoció la jurisdicción sobre las penínsulas nórdicas.
Los 22 cánones promulgados, aunque no nuevos en su contenido, trazan el retrato
disciplinar de la Iglesia de aquel tiempo. Se advierte un gran interés por proteger la auto­
Los siete concilios «papales» medievales 163

ridad del obispo, por ejemplo, cuando se prohíbe dar prebendas o curadurías sin el
consentimiento del obispo; o bien, cuando se prohíbe

absolutamente que los que han sido excomulgados por su propio obispo sean acogidos en ia
comunión de la Iglesia por otros obispos, abades y clérigos3.

El canon 10 define el estado jurídico de los cruzados, es decir, de los que «parten
hacia Jerusalén y prestan eficazmente su ayuda para defender al pueblo cristiano y luchar
contra la tiranía de los infieles»; el concilio no sólo les concede el perdón de los pecados,
sino que establece además que

sus casas, sus familias y todos sus bienes queden bajo la protección del bienaventurado Pedro
y de la Iglesia romana, tal como estableció nuestro señor el papa Urbano. Por eso, todo el
que se atreva a robar o a apropiarse de esos bienes durante su peregrinación quede castigado
con la pena de excomunión4.

Esta exaltación del papel de la Iglesia romana se repite también en el canon 15, con
el que se confirman las decisiones

de los romanos pontífices, nuestros antecesores, relativas a la paz y a la tregua de Dios, o


a los incendios, o a la seguridad de los caminos públicos5,

y todo ello, repitiendo la antigua forma de legislar en los concilios, «por la autoridad del
Espíritu santo»6.
A estos cánones se añaden otros, típicos del espíritu de la reforma gregoriana, con los
que se intentaba demostrar cómo la declaración de intenciones de Worms no había afectado
ni a una línea de pensamiento; por consiguiente, se renovaban las condenaciones tradi­
cionales contra el concubinato y contra la intromisión de los laicos en la gestión de las
res ecclesiasricae. Se prohíbe sobre todo que
nadie consagre a un obispo si no ha sido elegido según la norma canónica7.

De esta manera se fijaba un punto central del proyecto gregoriano, pero se abría al
mismo tiempo una discusión sobre los elementos y los requisitos de la elección episcopal,
que llevaría progresivamente a la apropiación de la misma por los canónigos de la catedral.
A ello se añadía un intento de limitar el terreno de acción de los monjes y de los abades,
cuyo antagonismo con las estructuras territoriales que ellos mismos habían contribuido
a reformar se iba haciendo cada vez más palpable.

~Lateranense Jfj(3 ó 4 ó 18-19 de abril de 1139)


Las decisiones del concilio Lateranense denominado hoy comb Lfueron recibidas por
un ^entrajngdq>>_dft concilios .organizados sobre una base nacionM entre el 1125 y el
113(Tse~reunieron, entre otros, dos en Westminster y uno en cada una de las ciudades

3. COD 190, 6-7.


4. COD 191, 21-192, 3.
5. COD 193, 7-9.
6. COD 193, 9.
7. COD 160, 8.