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No existen arquetipos de guerras civiles en Europa o América Latina.

Se trata de conflictos violentos muy diversos en sus manifestaciones,


75 SOCIEDADES
cuya configuración varía según el tiempo y el lugar en que acontecen.

EN GUERRA CIVIL

°mo ra ores
Con todo, hay factores macroestructurales, tanto políticos como sociales,
que facilitan su estallido. El análisis comparado permite asimismo constatar
la tendencia expansiva de la violencia, una vez iniciada la dinámica de
confrontación armada. Decaimiento de la actividad económica, Conflictos violentos de Europa
segmentación del poder y brutalización de las relaciones sociales son
algunas de las consecuencias habituales de cualquier guerra civil. Las y América Latina
soluciones pacíficas pasan por que los actores beligerantes perciban
escasas o nulas posibilidades de imponerse al adversario mediante el
uso de las armas.
Peter Waldmann y Fernando Reinares

Malásitam"
(Compiladores)

David D. Laitin • Heinrich-W. Krumwiede • Walther L. Bernecker


Marie-Janine Calic • Adrian Guelke • Rogelio Alonso
Un Ben-Eliezer • María José Moyano • Thomas Fischer
Felipe Mansilla • Fernando Escalante

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ISBN 84-493-0778-3
45O75 w
23/01/2001
g andhi 1.ory,
PRECIO LIS .: 11 $350.hu
DESCUENTO 3C 0/0 •9
o 1-177R 7 •
Sociedades en guerra civil es un libro
multidisciplinar en el que colaboran
historiadores, sociólogos y politólogos. Su
contenido se divide en tres partes. En la
primera se exploran los rasgos que
caracterizan a las guerras civiles de nuestros
días, analizando las causas de los conflictos
violentos al igual que sus consecuencias tanto
inmediatas como estructurales, para
reflexionar luego acerca del modo en que es
posible detener tales enfrentamientos armados
y alcanzar soluciones aceptadas por los
distintos actores en pugna. La segunda parte
centra su atención preferente en distintas
experiencias europeas. La tercera está
dedicada a diversos países latinoamericanos.
Alguno de los capítulos incide sobre
situaciones que pertenecen a un pasado más
o menos remoto, pero la mayoría corresponde
a casos de manifiesta actualidad.
Aun cuando este libro trata sobre la guerra
civil, a lo largo de sus páginas se abordan
también otras expresiones de conflictividad
violenta. No en vano resulta oportuno llevar
a cabo un tratamiento más flexible de tales
fenómenos, en la medida en que se han
desdibujado sus contornos a lo largo de las
últimas décadas. Los conflictos violentos
siguen variando, sin embargo, por lo que se
refiere a su intensidad.Así, junto al estudio
de las causas, dinámica y consecuencias de
las guerras civiles propiamente dichas, interesa
analizar otras experiencias violentas de
marcada intensidad, así como procesos de
insurgencia que pudieron haber derivado en
el pasado hacia enfrentamientos armados más
generalizados o cuyo curso actual no permite
descartar esa posibilidad. Una mejor
comprensión de los factores que inhiben el
incremento en la intensidad de los conflictos
violentos, así como una aproximación
integrada al continuo de sus manifestaciones,
resulta de especial utilidad para interpretar
diferentes facetas de las guerras civiles.
Sociedades
en guerra civil
PAIDÓS ESTADO Y SOCIEDAD
Últimos libros publicados:

22. D. Osborne y T. Gaebler, La reinvención del gobierno


23. J. Riechmann y E Fernández Buey, Redes que dan libertad
24. E Calderón y M. R. Dos Santos, Sociedades sin atajos
25. J. M. Guéhenno, El fin de la democracia
26. S. G. Payne, La primera democracia española
27. E. Resta, La certeza y la esperanza
28. M. Howard Ross, La cultura del conflicto
29. S. P. Huntington, El choque de civilizaciones
30. G. Kepel, Al oeste de Alá
31. K. R. Popper, La responsabilidad de vivir
32. R. Bergalli y E. Resta (comps.), Soberanía: un principio que se derrumba
33. E. Gellner, Condiciones de la libertad
34. G. Bosetti (com.), Izquierda punto cero
35. C. Lasch, La rebelión de las élites
36. J.-P. Fitoussi, El debate prohibido
37. R. L. Heillbroner, Visiones del futuro
38. L.V. Gerstner, Jr. y otros, Reinventando la educación
39. B. Barry, La justicia como imparcialidad
40. N. Bobbio, La duda y la elección
41. W. Kymlicka, Ciudadanía multicultural
42. J. Mein, El fin del trabajo
43. C. Castells (comp.), Perspectivas feministas en teoría política
44. M. H. Moore, Gestión estratégica y creación de valor en el sector público
45. P Van Parijs, Libertad real para todos
46. P. Kelly, Por un futuro alterntivo
47. P-0. Costa, J. M. Pérez Tornero y ETropea, Tribus urbanas
48. M. Randle, Resistencia civil
49. A. Dobson, Pensamiento político verde
50. A. Margalit, La sociedad decente
51. D. Held, La democracia y el orden global
52. A. Giddens, Política, sociología y teoría social
53. D. Miller, Sobre la nacionalidad
54. S.Amin, El capitalismo en la era de la globalización
55. R. A. Heifetz, Liderazgo sin respuestas fáciles
56. D. Osbome y P Plastnik, La reducción de la burocracia
57. R. Castel, La metamorfosis de la cuestión social
58. U. Beck,¿Qué es la globalización?
59. R. Heilbroner y W Miller, La crisis de visión en el pensamiento económico moderno
60. E Kotler y otros, El marketing de las naciones
61. R. Jáuregui y otros, El tiempo que vivimos y el reparto del trabajo
62. A. Gorz, Miserias del presente, riqueza de lo posible
63. Z. Brzezinski, El gran tablero
64. M.Walzer, Tratado sobre la tolerancia
65. E Reinares, Terrorismo y antiterrorismo
66. A. Etzioni, La nueva regla de oro
67. M. Nussbaum, Los límites del patriotismo
68. P. Pettit,Republicanismo
69. C. Mouffe, El retorno de lo político
71. A.Touraine, ¿Cómo salir del liberalismo?
72. S. Strange, Dinero loco
73. R. Gargarella, Las teorías de la justicia después de Rawls
75. P Waldmann y E Reinares (comps.), Sociedades en guerra civil
Peter Waldmann y Fernando Reinares
(compiladores)

Sociedades
en guerra civil

Conflictos violentos
de Europa y América Latina
1

PA I DÓS
Barcelona • Buenos Aires • México
Traducción de Rogelio Alonso (cap. 7); Monique Delacre (cap. 3); Rosario Jabardo
(cap. 8); Zitta Moncada (cap. 10); Carlos Resa (cap. 2); y Rosa Sala (caps. 1, 4, 5 y 6)

Los capítulos 2 y 3 ya fueron publicados por la revista Sistema, n.° 132-133 (1996), el
último de ellos con una traducción distinta.

Cubierta de Víctor Viano

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares


del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción
total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos
la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares
de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

e 1999 de todas las ediciones en castellano


Ediciones Paidós Ibérica, S.A.,
Mariano Cubí, 92 — 08021 Barcelona
y Editorial Paidós, SAICF,
Defensa, 599 — Buenos Aires
http://www.paidos.com

ISBN: 84-493-0778-3
Depósito legal: B-42.241/1999

Impreso en A & M Gráfic, S.L.


08130 Sta. Perpétua de Mogoda (Barcelona)

Impreso en España — Printed in Spain


SUMARIO

Introducción, Peter Waldmann y Fernando Reinares 11

Primera parte

1. GUERRA CIVIL: APROXIMACIÓN A UN CONCEPTO DIFÍCIL


DE FORMULAR, Peter Waldmann 27
1. Definición de guerra 27
2. Respecto a la especial dureza de las guerras civiles 29
3. Ampliación del marco de referencia 33
4. Guerra sujeta a reglas versus guerra sin reglas 36
5. Warlords 40
6. ¿Fundación o disolución del Estado? 43

2. CONFLICTOS VIOLENTOS Y NACIONALISMO: UN ANÁLISIS


COMPARATIVO, David D. Laitin 45
1. El método comparativo 47
2. La búsqueda de una teoría: Cataluña y el País Vasco 49
3. Sociología histórica de Cataluña y el País Vasco 51
4. Modelos de investigación por encuestas sobre nacionalismo
vasco y catalán 53
5. Explicaciones antropológicas del nacionalismo vasco
y catalán 54
6. Los fundamentos micro de la violencia nacionalista 56
7. Recuento de las historias del resurgimiento nacionalista
vasco y catalán 62
8. Una prueba crítica: Georgia y Ucrania 69
9. Explicar el acuerdo ucraniano y la violencia georgiana . . 75
10. Fundamentos micro del acuerdo y de la violencia
nacionalistas postsoviéticos 77
11. Conclusión 82

3. DINÁMICAS INHERENTES DE LA VIOLENCIA POLÍTICA


DESATADA, Peter Waldmann 87
1. Los efectos inmediatos de las guerras civiles 88
2. Los niveles de la progresión de violencia 94
8 Sociedades en guerra civil

3. Cambios de las estructuras sociales 101


4. Para una interpretación de las guerras civiles 107

4. POSIBILIDADES DE PACIFICACIÓN DE LAS GUERRAS CIVILES:


PREGUNTAS E HIPÓTESIS, Heinrich W. Krumwiede
- 109
1. Respecto a los requisitos y características de una paz estable 110
2. ¿A qué actores interiores hay que incluir —directa o
indirectamente—en el proceso de negociación de un acuerdo
de paz para posibilitar la finalización de una guerra civil? 112
3. ¿Bajo qué condiciones los combatientes se disponen
seriamente a negociar la finalización de una guerra
y a cumplir los compromisos que presentan perspectivas
de una paz estable? 113
4. ¿Qué problemas tienen que solventarse en un acuerdo de paz
para que éste encuentre la aprobación de los contendientes
relevantes y ofrezca perspectivas de una paz estable? 117
5. La democracia como dispositivo institucional para
la pacificación de conflictos 120
6. ¿Qué guerras civiles no pueden pacificarse o sólo con
especiales dificultades? 123
7. ¿Qué posibilidades de influencia tienen los actores
externos en la pacificación de guerras civiles? 125

Segunda parte

5. RECONSTRUCTION Y FRANQUISMO: COMPARACIÓN


DE LOS EFECTOS DE LAS GUERRAS CIVILES ESTADOUNIDENSE
Y ESPAÑOLA, Walther L. Bernecker 133
1. Planteamiento de la pregunta y del problema 133
2. De la guerra de voluntarios a la guerra popular organizada 135
3. Ruptura con el pasado y nuevo comienzo 139
4. Sobre las ambivalentes consecuencias a medio y largo plazo
de la guerra civil 144
5. Memoria histórica y formación de la identidad 150
6. Conclusión 152

6. LA GUERRA CIVIL EN YUGOSLAVIA, MarieJanine Calic


- 155
1. Yugoslavia. Un Estado y sus pueblos 155
2. La desintegración de Yugoslavia 156
3. Las fases de la guerra yugoslava 158
Sumario 9

4. La guerra civil en Bosnia-Herzegovina 161


5. Objetivos bélicos de las partes implicadas en el conflicto
bosnio 164
6. La «limpieza étnica» 170
7. La reacción de la comunidad internacional 172
8. En el camino hacia la paz 174
9. Después de Dayton 176

7. MIEDO A UNA GUERRA CIVIL: LA EXPERIENCIA DE IRLANDA


DEL NORTE, Adrian Guelke y Rogelio Alonso 179
1. La partición de Irlanda 180
2. Orígenes de «los disturbios» 182
3. El nacimiento del IRA Provisional 183
4. El gobierno directo desde Londres (Direct Rule) 185
5. Criminalización 188
6. La politización de los paramilitares 190
7. El Acuerdo Angloirlandés 192
8. La iniciativa Brooke 194
9. Alto el fuego 196
10. Ruptura del alto el fuego 198
11. Restauración del alto el fuego 199
12. El Acuerdo de Belfast 200
13. Conclusión 205

8. ¿ACASO HAY POSIBILIDAD DE UNA GUERRA CIVIL EN ISRAEL?


ANÁLISIS DE LAS RELACIONES ENTRE EL EJÉRCITO, LA
SOCIEDAD Y LA POLÍTICA, Uri Ben-Eliezer 211
1. Israel como nación-en-armas: ideología de unidad 213
2. El cambio político: demarcación entre el ejército
y la sociedad 217
3. El colono-soldado 224
4. Conclusión 232

Tercera parte

9. ARGENTINA: GUERRA CIVIL SIN BATALLAS, María José Moyano 235


1. El contexto histórico 235
2. La violencia y sus agentes 238
3. El discurso bélico 243
4. Consecuencias del conflicto 249
10 Sociedades en guerra civil

10. LA CONSTANTE GUERRA CIVIL EN COLOMBIA,


Thomas Fischer 255
1. Datos sobre la violencia y grupos conflictivos 255
2. Guerras civiles entre las élites del siglo xix 261
3. La Violencia 264
4. Guerrilla y represión estatal/paramilitar 265
5. El narcotráfico como factor de violencia 270
6. Consideraciones finales 272

11. LA VIOLENCIA POLÍTICA EN PERÚ: UN ESBOZO INTERDIS-


CIPLINARIO DE INTERPRETACIÓN, Felipe Mansilla 277
1. Una constelación proclive a conflictos violentos 277
2. Anomia, desarraigo y frustraciones colectivas como focos
de violencia política 281
3. Elementos ideológicos e identidades sociales 283
4. Estructuras estatales y ejército como actores del drama
de la violencia 285
5. Los movimientos guerrilleros en cuanto actores de
la violencia 287
6. Evolución de las organizaciones guerrillera; 289
7. El decurso de los conflictos y el rol de las rondas campesinas 291
8. La terminación del período activo de la guerra 294

12. EL ORDEN DE LA EXTORSIÓN: LAS FORMAS DEL CONFLICTO


POLÍTICO EN MÉXICO, Fernando Escalante 297
1. El orden del conflicto 298
2. Los cambios del fin de siglo 302
3. Una historia conocida 305

A modo de conclusión: notas comparativas sobre las guerras civiles


en Europa y América Latina, Peter Waldmann y Fernando Reinares 311

Notas 325
INTRODUCCIÓN

Peter Waldmann
(Universidad de Augsburgo)

Fernando Reinares
(UNED, Madrid)

La guerra, al igual que otras expresiones de conflictividad violenta,


constituye un fenómeno de permanente actualidad. Durante los más de
cincuenta años transcurridos desde el final de la segunda gran contienda
bélica tan sólo ha habido un mes, septiembre de 1945, en que el mundo pa-
reció vivir en relativa paz. Salvo esos días, siempre ha existido alguna gue-
rra en alguna parte del globo, ya fuese de alcance interno o internacional.
Muchos expertos sostenían que esos conflictos armados estaban en su ma-
yoría relacionados con la Guerra Fría, los consideraban una consecuencia
inevitable de las tensiones existentes entre las dos superpotencias enton-
ces hegemónicas, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética. Se-
gún esta perspectiva, puesto que el empate en la posesión de armamento
nuclear les impedía arriesgarse a una confrontación abierta, se hostigaban
mutuamente incentivando rebeliones y otro tipo de conspiraciones deses-
tabilizadoras en países o regiones insertas dentro del ámbito de influencia
rival. De acuerdo siempre con dicha visión, al concluir la llamada Guerra
Fría, a finales de los ochenta, se abrieron nuevas posibilidades para una era
de paz mundial. Aunque ciertamente concluyeron algunas disputas arma-
das de ámbito interno, como en El Salvador, en otros casos, Somalia por
ejemplo, quedaban de manifiesto los límites de la influencia pacificadora
atribuida al emergente escenario internacional. Incluso surgían nuevos
conflictos violentos en regiones del planeta hasta entonces en aparente
calma, especialmente en el área corresponiente al desaparecido bloque co-
munista.
No resulta fácil presentar un cuadro estadístico lo suficientemente pre-
ciso como para reflejar la evolución que las guerras han registrado durante
los últimos cinco decenios. En las distintas instituciones académicas donde
se ha trabajado acerca de esta cuestión, los indicadores utilizados y los pe-
riodos de tiempo acotados difieren notablemente. El grupo de investiga-
ción dirigido en la Universidad de Hamburgo por Klaus-Jürgen Gantzel,
12 Sociedades en guerra civil

uno de los más reputados expertos en la materia, ha contabilizado 195 gue-


rras entre 1945 y 1995. El 90 % de ellas tuvo como escenario a los países en
vías de desarrollo. En su mayoría, un 75 % de los casos, se trataba de gue-
rras internas o civiles, lo cual explica que un altísimo porcentaje de las víc-
timas, nada menos que el 85 %, fueran personas no involucradas con los
bandos beligerantes. Según las mismas estimaciones, estas guerras costaron
la vida a entre 16 y 35 millones de personas. Además, aunque unos conflic-
tos armados concluían, cada vez más empezaban otros, de manera que el
numero total de guerras dirimidas anualmente siguió aumentando de ma-
nera paulatina: tres en 1945, quince en 1955, veinticuatro en 1965, veintiu-
na en 1975, treinta y tres en 1985, cuarenta y nueve en 1995. En el breve
lapso de tiempo transcurrido entre 1990 y 1995 hubo no menos de 93 gue-
rras, en las que murieron cinco millones y medio de seres humanos. La
quiebra del imperio soviético y el desmembramiento de Yugoslavia dieron
origen a doce nuevas contiendas bélicas.'
Otro grupo especializado en esta problemática, que ha llevado a cabo
sus investigaciones bajo la dirección de Alex P. Schmid en la Universidad de
Leiden, elaboró un útil esquema con tres categorías de conflictos violen-
tos. En primer lugar, aquellos conflictos violentos definidos como simples,
que producen menos de 100 víctimas mortales al año; en segundo lugar,
los conflictos violentos de baja intensidad, que cuestan anualmente la vida
a entre 100 y 1.000 personas; por último, los conflictos de alta intensidad,
con más de 1.000 víctimas mortales al año. A partir de esta clasificación
básica se obtuvieron para los años 1995, 1996 y 1997 los resultados que
ofrece el cuadro adjunto.

Conflictos violentos en el mundo según categorías, 1995-1997

Categorías de conflictos violentos 1995 1996 1997


Conflictos violentos de alta intensidad 20 19 17
Conflictos violentos de baja intensidad 39 42 70
Conflictos violentos simples 40 75 74

Total 99 136 161


Fuente: Alex P. Schmid y Alex J. Jongman, «Contemporary armed conflicts», PIOOM
Newsletter and Progress Report, vol. 8, núm. 1 (1997).

Como puede apreciarse, el cuadro revela un muy ligero descenso de


los conflictos de alta intensidad durante los últimos años. Lo que contrasta
con el significativo incremento de los tipos de conflicto violento que oca-
sionan un número más reducido de víctimas mortales. Es de suponer que,
especialmente por lo que se refiere a los conflictos violentos caracteriza-
Introducción 13

dos como simples, se trata de turbulencias menores que por lo general no


se pueden denominar, en propiedad, guerras. Esto nos lleva a preguntar-
nos, antes de continuar, ¿qué es una guerra?, ¿cuáles son los rasgos que la
diferencian de otro tipo de conflictos violentos?

II

Según una definición que puede ser tenida ya como clásica, el término
guerra se aplica a un determinado conflicto violento si éste reúne tres ca-
racterísticas fundamentales. 2 Ante todo, ha de tratarse de un conflicto ma-
nifiesto de considerable magnitud, es decir, de carácter masivo, con mu-
chas personas involucradas y una elevada tasa de víctimas mortales; en
segundo lugar, han de enfrentarse en el mismo dos o más bandos militares,
al menos uno de los cuales corresponderá al ejército regular o fuerza ar-
mada que combata en nombre de la autoridad establecida; finalmente, en
ambos lados de la contienda ha de existir cierta coordinación de las accio-
nes militares, aun cuando se trate bien de una defensa organizada o bien de
ataques por sorpresa llevados a cabo de acuerdo con un plan de conjunto
diseñado con antelación.
En el capítulo con que uno de los compiladores contribuye a la prime-
ra parte del libro se explican detalladamente las dificultades que encuentra
la aplicación de tal concepto a las situaciones actuales de guerra civil. Nos
contentamos aquí con insistir en algunos puntos especialmente críticos.
Por una parte, la aludida definición refleja una época en que predomina-
ban las guerras internacionales. Ahora bien, la amplia mayoría de los con-
flictos violentos contemporáneos son luchas dentro de una nación o un
Estado que escapan en gran parte a delimitaciones precisas. A veces cues-
ta incluso determinar si se trata de un conflicto interno o externo, porque
ambos elementos confluyen en un único escenario bélico. Por otro lado, la
mencionada definición supone un cierto equilibrio mínimo entre los gru-
pos armados enfrentados, exigencia que han planteado asimismo otros
destacados autores. 3 Sin que un grupo sea capaz de defenderse sería un eu-
femismo, según estos analistas, calificar como guerra las acciones violentas
dirigidas contra el mismo, ya que en realidad se trataría más bien de san-
ciones unilaterales que pueden ser tenidas por masacres o genocidios. Sin
embargo, lo cierto es que, en gran parte de los actuales conflictos violen-
tos, las bandas armadas o ejércitos que pretenden un combate mutuo se
enfrentan en realidad muy poco. En cambio, buscan al adversario en la po-
blación civil, a la que suelen oprimir y maltratrar sin escrúpulos.
Para los expertos que emplean la definición elaborada por Istvan Ken-
de, lo importante es la dimensión política o pública de la guerra. Por eso
\ce
14 Sociedades en guerra civil

insisten en que uno de los grupos armados en conflicto ha de representar


al gobierno o a la autoridad estatal. Temen que, si este criterio se omite,
cualquier contienda entre actores individuales o colectivos pueda ser con-
siderada una guerra. Sin embargo, en muchos de los países donde existen
actualmente conflictos armados, el Estado se encuentra en proceso de evi-
dente disolución y las tropas regulares ya no obedecen a las aútoridades.

1 No hay menos de cuarenta ejércitos privados en las regiones sur yeste del
planeta.4 Ejércitos privados dirigidos a menudo por verdaderos warlords
(señores de la guerra), que combaten por su cuenta y en pos de beneficios
privados. Pueden transformarse temporalmente en partidas de ladrones y
criminales para reaparecer de nuevo en la escena pública con proclamas y
pretensiones de índole política. De hecho, se está produciendo en algunas
partes_ del mundo _un renacimiento de la tradicionaltigiura europea del
(-mercenario, qúe presta sus servicios a cualquier líder_políticoson el dine-
ro suficiente como para mantenerlo y pagarle un sueldo adecuado. Hace
tiempo que, de alguna manera, hemos dejado atrás la época en que el Esta-
do, en línea con los argumentos de Max Weber, reclamaba para sí con éxito
el—monopolio de la coacción física dentro de su propio territorio. -
._
Estos tres sucintos comentarios críticos demuestran que tiene poco
sentido apoyarse en un concepto de guerra que sea demasiado estrecho y
dogmático. Diríase, por el contrario, que las delimitaciones clásicas entre
diversas
— situaciones
_ de conflicto armado se han difuminado. Junto a ello,
cada vez resulta mas difícil determinar con exactitud las estructuras y re-
o informales, que caracterizan tales enfrentamientos glas,forme violen-
tos. ¿Acaso no ha ocurrido repetidamente, a lo largo de los últimos tiem-
pos, que ni eLpersonal de las organizaciones no gubernamentales de
carácter
_ humanitario ha sido respetado por los combatientes de una deter-
minada cófifit t'Oí-bélica interna o internacional? De hecho, si las cosas si-
guen por tales derroteros, asistiremos a un número creciente de conflictos
anómicos, es decir, de fenómenos de violencia colectiva ctmó.seLflido y
cuya función es difícil de entender porque parecen carecer de causas u oh-
jetivos claros, adversarios bien definidos o reglas de interacción agresiva
1 reconocidas por las partes implicadas. Son conflictos armadoscuyaímico
rasgo inequívoco es la violencia misma.

III

Más allá de las dificultades existentes en la actualidad para delimitar


unos conflictos violentos de otros, a los efectos de este volumen nos pare-
ce especialmente útil distinguir cuandó menos entre cuatro tipos de gue-
rra.' En primer lugar se encontrarían las guerras dirigidas contra el propio
Introducción 15

régimen, o sea guerras civiles que tienen como finalidad la caída del go-
bierno establecido y un cambio profundo deiorden socioeconómico; en
segut
ia-o-Tifi fi
nin-o-,Tas guerras de secesión o desatadas c. on-u-naiiiirdialu-
tonomista; tercero, las guerras entre los Estados qué"-le disputan fronteras,
recut
-7s-Wnaturales o simplemente posiciones de dominio ‹,_es decir, las cláái-
cas guerras internacionales; por último, en cuarto lugar, las guerras de des-
colonización, desarrollad:15_113n la intención de sustraer a un . territorio de
la soberanía ejercida sobre el mismo por una metrópoli distante. Este es-
qtiétria, como cualquier otro. no queda exento de ambigüedades-. Así, por
ejemplo, las guerras civiles del primer o segundo tipo pueden tener como
trasfondo_unasitn2rián colonial, a la que alude el cuarto. Cabe argumentar,
de este modo, en el casó- de Irlanda del Norte, que sólo aparentemente se
trata un conflicto de secesión en el cual se plantea una ruptura con Gran
Bretarta y la unificación con la República de Irlanda, cuando en realidad se-
ría una guerra de desconolizac en la medida en que
. se considere que_Ir-
landa fue la primera colonia británica. O, para tomar otro ejemplo, esta vez
correspondiente al ámbito latinoamericano, ¿en la actividad armada de la
organización Sendero Luminoso contra-elrégimen peruano no se han per-
cibido qualámbién reminiscencias de una rebelión de la población indí-
gena contra los considerados pOr, significativos sectores de la misma como
invasores blancos?
Efectivamente, son muy raros los conflictos bélicos que tienen una
única raíz. Sin embargo, no es menos evidente que, por lo general, se ob-
serva en cualquiera de ellos una orientación prevalente, ya sea la de trans-
formar a fondo el orden socioeconómico existente, el afán de un grupo ét-
nico por beneficiarse de más derechos colectivos o disponer de un Estado
propio, la rebelión contra un orden imperialista y un régimen colonial
(que en el pasado se daba sobre todo en países africanos y asiáticos para
haberse reproducido recientemente también en el área otrora bajo domi-
nio soviético), o la competición entre Estados por posiciones hegemóni-
cas. La ventaja de este esquema, al menos para nuestro libro, consiste en
que permite una primera y sencilla clasificación de los casos que son des-
critos y analizados en sus páginas. Dejando quizá de lado el de Israel, que
es particularmente complicado, todos los otros casos caen dentro de las
categorías primera y segunda apenas descritas. Se trata, por tanto, o bien
de conflictos violentos con un componente revolucionario, en los cuales
no sólo un determinado gobierno sino todo el orden sociocconómico_se
enaiéntra afectado, o bien de insurgencias..armadas en las que una parte
a ganar importantes cotas de autonomía _respecto delapobciónsr
del gobierno central e incluso fundar un Estado propio. Una mirada más
atenta permite también constatar que, con una sola excepción, todos los
conflictos violentos tratados que tienen lugar en Europa pertenecen a la
16 Sociedades en guerra civil

segunda categoría, mientras aquéllos cuyo escenario es América Latina se


inscriben dentro de la primera. La excepción se refiere a las guerras civi-
les clásicas, tanto en los Estados Unidos de América como en España, ana-
lizadas comparativamente por Walther Bernecker. Es interesante notar
que, en lo referido a esos dos casos, en la segunda mitad del siglo xix y la
primera del xx, respectivamente, la situación era justo la inversa: había
una guerra civil sociorrevolucionaria en Europa y otra de tintes secesio-
nistas en América del Norte.
A pesar de que nos basemos en un concepto relativamente amplio de
guerra civil, hay que admitir que no todos los casos tratados en este libro
se inscriben plenamente en este tipo de conflicto violento de alta intensi-
dad. En los casos de Israel y de México, por ejemplo, se discute sobre el pe-
ligro de una posible guerra civil. En la experiencia del País Vasco, que for-
ma parte del análisis comparado de David Laitin, tampoco puede hablarse
de una guerra civil propiamente dicha, pues se trata de una actividad terro-
rista insurgente que las agencias estatales de seguridad han tratado de con-
tener con mayor o menor efectividad a lo largo de un proceso de democra-
tización. Una apreciación similar vale, en términos generales, para el
conflicto violento en Irlanda del Norte que, según Adrian Guelke y Rogelio
Alonso, durante los treinta años que ha durado sólo hubo un momento
(concretamente en el año 1972) cuando amenazó con transformarse en
una guerra civil. En el caso de Argentina, se pueden observar distintas ex-
presiones de conflictividad violenta (actividad guerrillera, terrorismo, re-
presión estatal indiscriminada, vigilantismo) que, si bien aisladamente no
reúnen los requisitos de una guerra civil, tanto por su duración como por
el elevado número de víctimas mortales ocasionadas, pueden ser aborda-
das a modo de tales. Aparte de los casos clásicos (las guerras civiles en Es-
paña y en los Estados Unidos de América), los ejemplos mas claros de gue-
rra civil en el pleno sentido del término son, por lo que se refiere a otros
capítulos de este libro, los de Yugoslavia y Georgia, en el entorno europeo,
así como Colombia y Perú en el contexto latinoamericano.
¿En qué medida tiene, pues, sentido compilar en un solo volumen con-
flictos violentos tan aparentemente distintos cuyos escenarios son Europa
y América Latina? ¿Tienen ambas regiones del mundo algo más en común
que fuertes lazos culturales, idiomas que en parte se hablan a ambos lados
del océano, una porción compartida de su pasado político y potentes vín-
culos económicos? ¿No se encuentran en una etapa de desarrollo demasia-
do distinta como para compararlas adecuadamente? Creemos que, pese a
todo ello, sí tiene sentido.Al contemplar el mapa global de conflictos vio-
lentos actuales elaborado por Alex P. Schmid y Alex J. Jongman, al que nos
hemos referido anteriormente, se pueden deducir dos cosas. Una es que ya
no hay conflictos violentos de alta intensidad en la parte central y septen-
Introducción 17

trional de Europa, ni tampoco en América del Norte. En lo que a Europa se


refiere, prácticamente todos los conflictos armados, al margen de su alcan-
ce y magnitud, ocurren o han venido ocurriendo hasta muy recientemente
en zonas periféricas de la región: Córcega, Irlanda del Norte, País Vasco,A1-
bania,Yugoslavia o Georgia. Estos tres últimos casos revelan que, dentro del
ámbito europeo y durante los últimos años, es en el Este donde han tenido
lugar las guerras civiles de mayor importancia. La segunda observación es
que también en América Latina son relativamente raros los conflictos vio-
lentos de alta intensidad, si se comparan con los acaecidos en África y Asia.
En una nota al final del libro trataremos de sacar algunas conclusiones refe-
ridas a los rasgos comunes y las diferencias entre tales conflictos violentos
en uno y otro lado del Atlántico. Aquí nos contentamos con plantear el in-
terrogante de si acaso las similitudes que se pueden constatar en lo que a
la intensidad de los conflictos violentos se refiere tienen que ver con el he-
cho de que en ambos continentes las zonas afligidas por los mismos no es-
tán entre las más desarrolladas ni tampoco pertenecen a las menos, sino
que corresponden a la semiperiferia, en el sentido conferido por Imma-
nuel Wallerstein a dicho término. 6

IV

El volumen está dividido en tres partes. La primera es de carácter gené-


rico; la segunda se refiere principalmente a Europa; la tercera trata sobre
América Latina. A modo de conclusión, se ofrece precisamente una nota
comparativa referida a ambas regiones del planeta. Conviene reiterar que,
aun cuando este libro centra su atención en el fenómeno de la guerra civil,
se exploran también otras expresiones de conflictividad violenta. A tenor
de lo argumentado en las páginas precedentes, resulta oportuno llevar a
cabo un tratamiento más flexible de tales fenómenos, en la medida en que
se han desdibujado sus contornos a lo largo de las últimas décadas. Los
conflictos violentos siguen variando, sin embargo, por lo que se refiere a
su intensidad, tal y como hemos señalado anteriormente.Así, junto al estu-
dio de las causas, dinámica y consecuencias de las guerras civiles propia-
mente dichas, interesa analizar otras experiencias violentas de marcada in-
tensidad, así como procesos de insurgencia que pudieron haber derivado
en el pasado hacia enfrentamientos armados más generalizados o cuyo cur-
so actual no permite descartar esa posibilidad. Una mejor comprensión de
los factores que inhiben el incremento en la intensidad de los conflictos
violentos, así como una aproximación integrada al continuo de sus mani-
festaciones, resulta de especial utilidad para interpretar diferentes facetas
de las guerras civiles.
18 Sociedades en guerra civil

Tras esta breve introducción, el libro inicia su primera parte con un en-
sayo de Peter Waldmann sobre el concepto de guerra civil.Ya hemos men-
cionado en esta introducción algunas de las dificultades que surgen al apli-
car la noción clásica de guerra a las situaciones bélicas de nuestro tiempo,
tanto internas como internacionales. Por eso, insistimos, se aboga en favor
de una concepción abierta y menos dogmática en la definición del térmi-
no, así como en el estudio de las guerras civiles, el cual vendría así acom-
pañado por el de otros conflictos violentos de cierta envergadura que no
giran en torno a la conquista del Estado. De cualquier modo, como fenó-
menos típicos que caracterizan a las guerras civiles actuales, se destacan
por una parte la figura del señor de la guerra, que vive de la guerra y para la
guerra; por otra, la falta de reglas en la contienda armada. El texto termina
poniendo en duda la idea, muy extendida, de acuerdo con la cual las gue-
rras civiles cumplen funciones históricas tales como la de contribuir a los
procesos de construcción nacional o de construcción estatal.
El segundo capítulo se centra en el análisis de las causas de los conflic-
tos violentos nacionalistas, un tema ampliamente tratado y muy controver-
tido. David Laitin, su autor, evita conscientemente recurrir a las grandes
teorías cuya capacidad explicativa estima modesta y por ello busca inter-
pretaciones alternativas investigando empíricamente a fondo, es decir hasta
la microestructura social. En concreto, casos como los del terrorismo na-
cionalista en el País Vasco y la guerra civil en Georgia. Se trata, por tanto, de
casos correspondientes a dos contextos políticos, sociales, económicos y
culturales distintos, España durante la transición demcrática a partir de la
dictadura franquista y un país multiétnico surgido de la extinta Unión So-
viética, respectivamente. Su método es una combinación de comparacio-
nes por similitud y por contraste. Los planteamientos del texto, basados en-
tre otras en la teoría de juegos y la de una cultura de violencia, no pueden
ser resumidos en pocas palabras. Uno de sus resultados más interesantes,
que con firma observaciones similares de otros autores, es que para comen-
zar y mantener un conflicto nacionalista violento de cierta magnitud hace
falta un sustrato de varones jóvenes procedentes de ámbitos rurales o de
pequeñas ciudades que económica y mentalmente escapan al control pre-
tendido por las autoridades centrales.
Mientras los estudios sobre las causas de los conflictos violentos inter-
nos constituyen un tema recurrente en la literatura especializada, sus conse-
cuencias han sido relativamente poco exploradas. En el tercer capítulo, asi-
mismo de Peter Waldmann, dedicado precisamente a ésta última cuestión, se
distinguen las consecuencias inmediatas de las estructurales. Entre las pri-
meras se encuentran los daños humanos y materiales, la subdivisión del
territorio en varias zonas dominadas por distintas bandas armadas y los mo-
vimientos poblacionales de huida. Estructuralmente son importantes el
Introducción 19

decaimiento de la economía, los cambios en las relaciones de poder y tam-


bién las alteraciones en la esfera de las normas sociales y de las persuasiones
morales. El autor sostiene que la mayoría de estos cambios se explican en
atención a la dinámica propia de la violencia. Una vez que ésta escapa al es-
tricto control político, tendería a invadir todos los sectores de la sociedad.
La última contribución de esta primera parte del libro trata de cómo es
posible detener situaciones de violencia generalizada y llegar a soluciones
aceptadas por todas las partes en conflicto. Heinrich ICrumwiede, su autor,
demuestra que la pacificación no resulta nada fácil. Uno de los principales
obstáculos lo constituyen los grupos armados mismos que, acostumbrados
a la guerra civil, viven mejor con ella que en ausencia de un conflicto vio-
lento. El texto mantiene que es especialmente importante que los duros,
los halcones que más insisten en una solución violenta del conflicto, lle-
guen a la convicción de que eso ya no les sirve e incluso les acarrea des-
ventajas. Las negociaciones, que indicarían así cierto cansancio de todas las
partes ante el derrame continuado de sangre, prometen tener éxito si se lo-
gra sentar a todos los actores del conflicto violento en una misma mesa y si
se encuentran soluciones pragmáticas para reintegrar en la sociedad a los
miembros de los grupos armados insurgentes.
La segunda parte del libro empieza con una comparación retrospectiva
entre la guerra civil española (1936-1939) y la guerra de secesión nortea-
mericana (1861-1865), elaborada por Walther L. Bernecker. Es el único ca-
pítulo del volumen que analiza episodios de guerras civiles que ya perte-
necen a un pasado más o menos lejano. Muestra, de cualquier manera, que
este tipo de enfrentamientos bélicos internos ha cambiado de forma y de
estructura a lo largo de los cinco últimos decenios. Las experiencias des-
critas se parecen mucho más a las guerras totales interestatales de la pri-
mera mitad del siglo que a los conflictos violentos de alta intensidad cono-
cidos en nuestros días. El autor no sólo resume la evolución en ambos
casos sino que examina también si las partes victoriosas fueron capaces,
una vez terminada la contienda, de lograr sus objetivos, y se interroga asi-
mismo sobre el significado que tienen las guerras civiles en la memoria co-
lectiva de las sociedades actuales. Llega a la conclusión de que, si bien los
vencedores no tuvieron éxito con sus proyectos sociales y políticos a largo
plazo, ni en los Estados Unidos de América ni en España, tampoco los ven-
cidos supieron extraer las oportunas lecciones de su derrota.
Con el artículo sobre la guerra civil de Yugoslavia, escrito por Marie-
Janine Calic, estamos ya plenamente inmersos en los conflictos violentos de
nuestros días. Según expone la autora, la disolución del Estado lideraclo por
Tito no empezó con el derrumbe del orden socialista sino que tenía distin-
tos antecedentes previos. Mientras que en las otras repúblicas que consti-
tuían el Estado yugoslavo había grupos étnicos claramente dominantes, la
20 Sociedades en guerra civil

situación se complicó especialmente en Bosnia-Herzegovina, donde ser-


bios, croatas y musulmanes vivían juntos sin que ninguna de sus respecti-
vas comunidades resultase numéricamente mayoritaria. Calle subraya que,
al principio, en los tres grupos étnicos surgieron milicias, no tanto con el fin
de conquistar territorio ajeno sino como mecanismo de autodefensa frente a
eventuales agresiones.Afirma también que, en contra de lo que suele pen-
sarse, las llamadas limpiezas étnicas no sólo constituían un método serbio
sino que eran un instrumento utilizado por los distintos grupos étnicos
para crear las condiciones que hicieran factible un Estado nacional sufi-
cientemente homogéneo. El texto se muestra muy decepcionado con las
intervenciones internacionales, que sólo tuvieron algún efecto cuando se
había logrado ya cierto empate militar entre las fuerzas serbias de un lado
y, del otro, la coalición formada por croatas y musulmanes.
Irlanda del Norte, el objeto del capítulo que sigue, atraviesa por las vi-
cisitudes de un proceso de paz, tras un conflicto violento de intensidad li-
mitada pero notable que ha perdurado durante casi treinta años. La situa-
ción aquí era dificil, debido a los numerosos actores colectivos implicados
en la contienda. Aparte de los católicos y de los protestantes del Ulster,
que a su vez se subdividían en varios grupos moderados o radicales, forma-
ban y forman parte del escenario del conflicto Gran Bretaña, la República
de Irlanda y en cierta medida también los descendientes de los inmigrados
irlandeses que residen en los Estados Unidos. Adrian Guelke y Rogelio
Alonso, autores de este texto, resumen convenientemente la evolución del
contencioso norirlandés en sus sucesivas etapas. Así, se realiza un segui-
miento de las cambiantes estrategias ideadas por el Irish Republican Army
(IRA, Ejército Republicano Irlandés) para lograr sus objetivos nacionalistas,
así como también de los esfuerzos llevados a cabo por las autoridades bri-
tánicas para contener el conflicto y encontrar un arreglo aceptable por to-
das las partes enfrentadas. Si este arreglo se ha hecho finalmente posible,
ello se debe en primer lugar al cansancio de todos los sectores involucra-
dos, pero sobre todo al hastío de la población del Ulster, después de una
contienda intercomunitaria tan prolongada como quizás estéril.
En la última contribución correspondiente a la segunda parte del libro,
cuyo autor es Uri Ben-Eliezer, no se trata de una guerra civil en curso sino
de la que podría eventualmente estallar bajo ciertas condiciones. En contra
de lo que pueda suponerse al leer superficialmente el título de este capítu-
lo, la guerra civil que amenaza a la sociedad israeli no consiste en un en-
frentamiento entre judíos y palestinos, sino entre distintos sectores de la
población hebrea. El autor describe, así, cómo la imagen de una nación en
armas, que era el mito fundador del Estado de Israel, ha cedido paulatina-
mente en favor de una concepción menos militarista y más abierta de la so-
ciedad, que se percibe a sí misma con crecientes rasgos individualistas y
Introducción 21

pluralistas, cuyo futuro depende menos de hazañas militares que de su ca-


pacidad para promover el desarrollo socioeconómico. Gran parte de la po-
blación y también del ejército comparten esta nueva visión de las cosas,
pero para una minoría se trata de una traición a la misión supuestamente
asignada a los israelíes: la de de conquistar y controlar las tierras sagradas.
Esta minoría, en la que sobresalen los colonos asentados en los territorios
ocupados y algunos sectores religiosos, puede poner en peligro la convi-
vencia interna si se alinea con elementos intransigentes existentes dentro
de las fuerzas armadas y trata de instaurar un régimen pretoriano. El texto
plantea un dilema difícil de resolver: o se continúa el diálogo con los pales-
tinos, lo cual podría provocar una reacción vehemente por parte de la ex-
trema derecha judía, o se detiene, lo que conllevaría fuertes presiones in-
ternacionales y, con ello, un menoscabo para el conjunto del país.
La tercera parte del libro, dedicada a América Latina, comienza con el
artículo sobre el conflicto violento que sacudió Argentina entre 1969 y
1979. Ciertamente, la violencia política no era un fenómeno nuevo en este
país. María José Moyano explica que hundía sus raíces inmediatas en el de-
rrocamiento de Juan Domingo Perón por los militares en 1955 y otras en
tiempos más remotos. Sin embargo, durante la mencionada década alcanzó
cifras de letalidad desconocidas hasta entonces. La autora deja abierta la
cuestión de si se trataba o no de una verdadera guerra civil, porque había
varios movimientos violentos que actuaban en cierto modo uno al lado del
otro, sin que se produjeran enfrentamientos abiertos o batallas, como reza
el título del artículo: las organizaciones guerrilleras, las bandas armadas de
la derecha y, a partir de 1976, el aparato represivo de los militares, además
de las sublevaciones populares espontáneas. Aunque, por esta pluralidad
de expresiones, la violencia tenía algo de confuso, Moyano afirma que sí se
podía observar una tendencia general. Era la tendencia a perseguir fines
políticos, sin escrúpulos, a través de métodos violentos y a considerar al
oponente político como un adversario que era preciso aniquilar. De acuer-
do con el texto, la sociedad argentina no se ha recuperado todavía de esta
traumática experiencia vivida en su pasado reciente.
Colombia, el segundo país en la muestra latinoamericana, constituye
un caso especial. Ello por varias razones. En primer lugar, porque pone de
manifiesto una continuidad histórica en la aplicación de métodos políticos
violentos sin parangón en otros países de la región; segundo, porque el nú-
mero de víctimas causadas por actos violentos excede marcadamente las
cifras de otras naciones; tercero, porque también el círculo de actores co-
lectivos violentos es más amplio que en otros casos próximos.Thomas Fis-
cher, el autor de este capítulo, traza las principales líneas históricas que
han llevado a la desastrosa situación presente. Esta situación se caracteriza
por la existencia de tres ejes de conflicto: el que se produce en el campo,
22 Sociedades en guerra civil

en torno a la posesión de la tierra, entre la guerrilla y los campesinos, por


un lado, y las milicias de los terratenientes por el otro; el de cariz urbano,
entre un pequeño estrato de adinerados y la masa de los empobrecidos,
marginados también; finalmente, el que se produce entre el Estado y los
cárteles de la droga. A pesar de que sólo entre un 10 % y un 15 % de los ac-
tos violentos denota claras indicaciones políticas, Fischer no vacila en ca-
racterizar la situación en su totalidad como una guerra civil. Insiste en la
necesidad de unas negociaciones para alcanzar la paz, pero no parece al-
bergar demasiadas esperanzas de que la sociedad colombiana esté todavía
lo suficientemente preparada como para terminar con una experiencia de
violencia tan arraigada y difundida.
Comparado con el caso colombiano, el panorama del Perú parece algo
más prometedor.También en éste último país las primeras organizaciones
guerrilleras aparecieron en los años sesenta. Sin embargo, su peso político
y militar no era en modo alguno comparable al alcanzado luego, a partir de
1980, por la organización armada Sendero Luminoso y, en menor medida,
el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA). Según Felipe Mansi-
lla, esta explosión de la violencia rebelde se explica en atención al profun-
do cambio social que ha tenido lugar en el país a lo largo de los últimos de-
cenios. Entre sus corolarios se encuentran un desmedido crecimiento
demográfico, una urbanización acelerada y la distancia cada vez más gran-
de que separa a los ricos de los pobres. Todo ello suscitó estados mentales
generalizados de descontento y frustración en amplios sectores de la po-
blación. Aunque difundida en toda la sociedad peruana, esta sensación es
particularmente fuerte en ciertas provincias desfavorecidas del altiplano,
donde coincide con un viejo resentimiento contra la capital, Lima. Según la
exposición de Mansilla, Sendero Luminoso supo explotar en beneficio pro-
pio este ambiente de rebeldía latente. Sus lemas marxistas y utopistas sir-
vieron para activar esperanzas milenaristas entre la población indígena y
mestiza. Sin embargo, en vez de liberarla de una supuesta dominación blan-
ca, el mencionado grupo armado la sometió a un control todavía mas rígi-
do y represivo que el de las autoridades estatales. Lo cual, junto con el me-
nosprecio que los propios dirigentes blancos de la organización guerrilla
mostraron hacía ciertas costumbres de las comunidades indígenas, hizo
que en éstas se llegaran a formar milicias para defenderse contra las incur-
siones guerrilleras en sus pequeñas localidades. Entretanto, el conflicto
sangriento parece haber traspasado su punto álgido y, aunque las dos orga-
nizaciones rebeldes siguen existiendo, lo hacen ya en circunstancias muy
precarias.
El último capítulo de esta tercera parte y del libro en su conjunto se
refiere a México. En el mismo, ya lo hemos dicho antes, no se trata de una
guerra civil en curso.Antes bien, de si un enfrentamiento generalizado de
Introducción 23

tal magnitud podría estallar a partir de los sucesos acaecidos en Chiapas.


La respuesta que da su autor, Fernando Escalante, es que no. Desde que se
formó el Estado federal de México, según expone, siempre ha existido una
suerte de orden de conflictos, que se explica por la heterogeneidad del
país y la debilidad del Estado. Estas dos características fundamentales daban
desde el inicio una especial influencia a los intermediarios, capaces de con-
ciliar las reclamaciones de los distintos grupos sociales y regionales de base
con las exigencias del Estado central. Si hay un rasgo nuevo a destacar ahora,
consiste en que la posición de estos intermediarios ha perdido consisten-
cia a raíz de los múltiples cambios sociales que han tenido lugar durante
los últimos decenios. Esto trae como consecuencia que las reivindicacio-
nes colectivas se articulen hoy con más espontaneidad y vehemencia, sien-
do menos controlables que antes. Sin embargo no hay que dejarse engañar
por las apariencias, pues persisten los mismos mecanismos de negociación
y búsqueda de compromisos. Por eso, como concluye el autor, es poco pro-
bable que desde lo que califica como una desobediencia negociada se de-
sarrolle algún conflicto sangriento generalizado, una guerra civil propia-
mente dicha.
PRIMERA PARTE
Capítulo 1

GUERRA CIVIL: APROXIMACIÓN A UN CONCEPTO


DIFÍCIL DE FORMULAR

Peter Waldmann

«Je suis la guerre du forum farouche, la guerre des prisons et des


rues, celle du voisin contre le voisin, celle du rival contre le rival,
celle de l'ami contre l'ami. Je suis la Guerre Civile, je suis la
bonne guerre, celle oú l'on sait pourquoi l'on tue et á qui l'on
tue
H. de Montherlant, 1965

Puesto que las guerras civiles son una forma especial del fenómeno gene-
ral de la guerra, se debe partir en primer lugar de una definición de ésta. Acto
seguido habrá que examinar hasta qué punto las guerras civiles tienen
unos rasgos válidos en general. Se mostrará que las guerras civiles dependen
esencialmente en sutanscurso y estructura de la configuración política de
la comunidad en que se declaran. Nuestra tesis es que con la crisis del Esta-
do en grandes zonas del mundo, lassuerras civiles también han perdido su
carácter clásico, ceñido al modelo de la guerra internacional, para ganar
una nueva cualidad o «extraestatal». Esta afirmación se explica con
más exactitud a base de dos cuestiones centrales respecto a las guerras ci-
viles: su sujeción o no a reglas y la motivación u objetivos de los comba-
tientes. De todo ello resulta una nueva definición de la función de las gue-
rras civiles ue las entiende ya no sólo como contribución a la formación
del Estado sino tambien como causa de transformación- ó descon
, --ii— posiCión
del mismo.

1. DEFINICIÓN DE GUERRA

Éste no es el lugar para entrar en una discusión general sobre la esen-


cia de los enfrentamientos bélicos. Es suficiente para el objetivo de este ar-
tículo basarse por de pronto en la definición de guerra manejada por el
grupo de científicos hamburgueses que se constituyó en torno a K. J. Gant-
zel para registrar y analizar todas las guerras tras la Segunda Guerra Mun-
dial. Según dicha definición originalmente propuesta por István Kende, las
guerras muestran cuatro característi cas ci al •1_
28 Sociedades en guerra civil

1. Son conflictos violentos de masas.


2. Implican a dos o más fuerzas contendientes, de las cuales al menos
una, sea un ejército regular u otra clase de tropas, tiene que estar al ser-
vicio del gobierno.
3. En ambos bandos tiene que haber una mínima organización centra-
lizada de la lucha y los combatientes, aunque esto no signifique más
que una defensa organizada o ataques calculados.
4. Las operaciones armadas se llevan a cabo planificadamente, por lo
que no consisten sólo en encontronazos ocasionales, más o menos
espontáneos, sino que siguen una estrategia global.

Las ventajas de esta delimitación conceptual de «guerra» saltan a la vis-


ta. Permite al investigador deslindar netamente en el plano internacional
las guerras de las meras escaramuzas fronterizas o de encontronazos arma-
dos ocasionales entre las tropas de dos Estados. Y es sobre todo de gran
ayuda cuando se trata, en el caso de conflictos internos, de trazar una neta
línea divisoria entre, por un lado, actos violentos de duración e intensidad
menor —como por ejemplo atentados terroristas aislados, un golpe de Es-
tado, disturbios públicos o una sublevación espontánea— y, por otro, una
guerra civil. Ahora bien, esta definición también plantea problemas y dos
de ellos tienen que abordarse en breve, puesto que ya anticipan dónde se
encuentran las dificultades de intentar definir las guerras civiles con exac-
titud conceptual. Las dificultades tienen que ver ante todo con las caracte-
rísticas 1 y 2.
Por lo que se refiere a la característica «conflicto violento de masas», es
sin duda aplicable desde un punto de vista puramente formal a la mayoría
de lo que en la actualidad se denomina guerra. Pero, mirándolo mejor, lla-
ma la atención que a menudo no pueda hablarse de un auténtico enfrenta-
miento entre dos grandes grupos, ya que el riesgo de ser derrotado y morir
se reparte de una manera extremadamente desigual entre los bandos.
Como destaca M.van Creveld, es propio de la guerra desde siempre tanto la
intención de matar y vencer cómo el peligro de_miser ri uno mismo
vencido. Unida a ello, la incertidumbre acerca del desenlace y las conse-
cuencias de todo conflicto violento constituye una de las marcas esencia-
les de las guerras. Según este criterio, se presupone que en cualquier_gus-
rra —por lo tanto también en las civiles— se da un equilibrio mínimo de
lasSlot zas„ 2 Podría añadirse que allí donde domina inequívocamente uno
) de los bandos todo compromiso está de más y poco espacio queda para
una solución negociada. En este sentido, apenas pueden calificarse de gue-
rras los genocidios y masacres masivas, así como tampoco poner fin a los
\ conflictos violentos «desde arriba», por medio de bombardeos masivos
—como en el caso de la guerra del Golfo en 1990-1991—. En general se
Guerra civil: aproximación a un concepto dificil de formular 29

constata que gran parte de las llamadas low intensity wars de nuestro
tiempo consisten esencialmente epa veja_ción, la extórsión _y el saqueó de
la ,población civil, indefensa ante tropas supmestamente enemistadasqLie
entre ellas sólo se infligen perjuicios limitados.
Una segunda observación se refiere a la exigencia de la característica 2
de que al menos uno de los bandos tenga un vínculo con el gobierno. Así,
se subraya abiertamente el carketerpolítico, tocante al bien común, de la
guerra genuina y se evita colocar las querellas privadas o los_merosintere-
ses particulares bajo la rúbrica «guerra». 3 Con todo, esta referencia a un
bando que lucha en nombre del gobierno plantea, precisamente en países
de África, Asia y el Próximo Oriente, donde actualmente se libran la mayo-
ría de conflictos violentos, problemas de no poca consideración, puesto
que es típico de los países del Tercer Mundo que los líderespolíticos sólo
ejerzan un control limitado sobre las fuerzas de . seguridad con lo que su
coordinación puede resultar dificultos_a_.¿Cómo habría que juzgar, por
ejemplo, una situación en la que las tropas gubernamentale s regulares ab-
juraran del gobierno y persiguieran sus propias metas politicomilitares?
¿O una situación en que unas milicias surgidas «espontáneamente» de la
sociedad pretendieran luchar por el Estado y el gobierno? Añádase la cons-
tatación, recurrente en muchos escenarios bélicos actuales, de que con fre-
cuencia los bandos cambian su semblante camaleónicamente: algunas ve-
ces operan como unidades militares, pero otras, dé repente, se convierten
en una mera sarta de bandidos que persiguen exclusivamente ventajas
teriales. ¿Qué nivel hay que considerar, qué procedimiento seguir en el
tema de la clasificación? ¿O es necesaria de entrada una disección que tra-
te la respectiva dinámica total de cada conflicto?
Estas preguntas son importantes no sólo para la adecuada concepción
y clasificación de las guerras particulares sino también porque tras ellas se
halla el problema más amplio de si las guerras civiles, como establece la de-
finición inicial, siempre giran necesariamente en torno a la conquista, re-
fundación o transformación del gobierno y del Estado, o de si, más bien,
escapan tal vez al sistema estatal de referencias y coordenadas.

2. RESPECTO A LA ESPECIAL DUREZA DE LAS GUERRAS CIVILES

Al repasar la bibliografía existente sobre la especificidad de las guerras


civiles se obtiene un resultado peculiar. Es indudable que se acostumbra a
dividir las guerras en internacionales y nacionales, reconociéndose las últi-
mas por pertenecer los bandos a un mismo Estado cuyo territorio repre-
senta el escenario bélico. Pero más-allá de esta división formal, continúa
siendo vago cuál es el factor que constituyla peculiaridad delasguerras
30 Sociedades en guerra civil

civiles. Con todo, siempre se alude o refiere al especial ensañamiento y du-


reza que las distingue. 4
El topos de la especial crueldad y brutalidad con que se dirimen las
_sierras civiles puede remontarse hasta la antigüedad. Ya en César puede
leerse que en el asedio de una ciudad enemiga arrasar los graneros y las si-
mientes, desviar los ríos y envenenar los pozos forma parte de los medios
usuales para obligar a los habitantes a ceder. 5 G.. Schulz califica una de las
primeras guerras civiles de la modernidad, la resistencia de la población de
la Vendée, fiel al rey y a la Iglesia, contra los jacobinos centralistas de París,
desde 1793 hasta 1797, de guerre á l'outrance, guerra hasta el extremo.'
Alrededor de sesenta y cinco años después encontramos el mismo ensaña-
miento hasta lo último más allá del Atlántico, en la guerra civil norteameri-
cana. Es verdad que allí se movilizaron ejércitos regulares en ambos bandos
pero al mismo tiempo se inició tras el frente una guerra de partisanos que
sembró despiadadamente el terror entre la población civil.Ya entonces se
emplearon todas las pérfidas prácticas de la violencia que están todavía
frescas en el recuerdo de la reciente guerra civil de Bosnia-Herzegovina: 7 la
delación, la extorsión, el incendio de casas y establos, el asesinato en todas
sus formas de hombres y adolescentes (disparos por la espalda, ahorca-
mientos, envenenamientos). La guerra civil española de 1936-1939, para
nombrar todavía un cuarto ejemplo, presenta la misma tendencia a una
cfiieldad excesi Apenas hubo prisioneros, se asesinaba inmediatamente
a los enemigos atrapados (también los desarmados y heridos); las ejecucio-
nes sumarias estaban al orden del día, el dinero y los bienes del enemigo,
incluidos los tesoros artísticos valiosos, fueron confiscados y bienvenidos
como botín de guerra. 8
Ahora bien, podría objetarse que esta caracterización de las guerras ci-
viles como especialmente duras y crueles se apoya menos en datos objeti-
vos que en la percepción que los participantes tienen de ellas. Mientras
que la muerte de los enemigos exteriores se contemplaría como necesaria
y aproblemática, la violencia entre miembros de un mismo gran grupo sus-
citaría una mayor atención y se consideraría antinatural. Este enfoque rela-
tivizador se sirve a veces de la familia como metáfora.' Así como lós con-
flictos familiares, cuando degeneran en odio, se viven como especialmente
chocantes e hirientes, así provocan los enfrentamientos armados dentro de
una misma nación un gran desconcierto. La comparación con la familia po-
dría no ser del todo injustificada, ya que en efecto explica no tanto la pre-
sunción de que las luchas dentro de una misma nación se perciben extra-
ordinariamente duras y ensañadas, como el hecho de que realmente son
así o tienen estas características. Es bien sabido que la mayoría de actos cri-
minales se basan en relaciones sociales, es decir, sus autores conocen bien
_ - -
a sus víctimas, a menudo con la máxima proximidad!' Precisamente en los
Guerra civil: aproximación a un concepto dificil de formular 31

últimos tiempos se ve cada vez más claro que las familias no son de ningún
modo un idílico espacio de respeto mutuo sino a menudo escenario de
maltratos violentos, ya sea entre cónyuges, sobre todo por parte del hom-
bre sobre la mujer, ya sea por parte de los padres sobre los hijos.
En general hay que concluir que la cercanía —espacial o en determina-
,

dos casos animicoespiritual de individuos ygrupos no genera necesaria-


mente un clima de armonía social sino que, al contrario, puede prestar una
acritud 'especial a los conflictos entre ellos. Ésta podría ser una primera
causa de la extraordinaria dureza e intensidad con que se baten las guerras
civiles. Dos causas más serían la asimétrica situación de partida de tales
conflictos y la implicación existencial de todos los participantes.
Afirmar, como se ha hecho a veces, que los hombres ejercen la violen-
cia más fácilmente sobre aquellos que más extraños son es, formulado así,
difícilmente sostenible, como ya vio G. Simmel con claridad." En su socio-
logía del_conflicto hizo notar que las diferencias significativas entre indivi-
duos o colectivos por otra parte muy similares pueden ser motivo de ani-
mosidades especialmente vehementes. Para mostrarlo con un ejemplo: el
visitante que callejee por el centro de Belfast, la capital biconfesional de Ir-
landa del Norte, tendrá dificultades para distinguir entre los transeúntes a
los católicos de los protestantes. Quienes conocen Irlanda del Norte indi-
can a menudo que los protestantes comparten muchos más rasgos caracte-
rísticos con los católicos que con los ingleses o escoceses a los que se
sienten íntimamente afines. Y, con todo, basta tina marca separadora, la
confesión, junto con una tradición histórica y una memoria asimismo dife-
renciadas, para que ambos grupos de población se enfrenten en una ene-
mistad irreconciliable. 12
A menudo, kos combatientes viven al comienzo de los enfrentamientos
todavía en tremezclace Lo que resulta un conocimiento profundo de las
cua lidades del adversario que explica la específica vulnerabilidad de_ambos
bandos. lis la explotación de este conocimiento lo que aporta a las hostili-
dades civiles un rasgo especialmente infame. Por esta causa, en expresio-
nes como «enemigo íntimo» o «discordia iraterik> t resuena, junto al dolor
por una relación de confianza truncada, un deje de traición e insidia.
Quien, por ejemplo, está bien familiarizado con el sentido del honor y des-
honor de su rival, puede, al pisotear estos principios, infligirle, además de
perjuicios externos, profundas heridas anímicas. Aquí, efectivamente, se
impone la analogía con determinadas disputas familiares, cuya prolongada
e intencionada humillación recíproca genera un odio imborrable.
Otro motivo de la tendencia propia de las guerras civiles a una especial
radicalidad e inclemencia lo vemos en la asimétrica situación de partida
que acostumbra a caracterizarlas: por lo general empiezan con un acto de
sublevación violenta contra el poder establecido del Estado, ya sea un ata-
32 Sociedades en guerra civil

que frontal al mismo ya sea que cierto grupo amenace con reventar y aban-
donar la unidad nacional. Todos los códigos penales del presente y del
pasado prevén la posibilidad de sancionar draconianamente este tipo de
desafíos al régimen. Las élites políticas establecidas están por completo in-
teresadas en aplicar dichas leyes del modo más enérgico, esto es, proceden
con todos los medios a su disposición contra los insurgentes mientras és-
tos son todavía débiles con el fin de desarticular sus dispositivos militares
y dar un escarmiento que disuada a eventuales simpatizantes. Los rebeldes,
por su parte, conscientes de su inferioridad inicial, aspiran a ganar territo-
rio y apoyo de la manera más rápida posible, por lo que tampoco pueden
ser muy escrupulosos en sus métodos. La parte más débil en un enfrenta-
miento bélico se siente con frecuencia poco atada a reglas restrictivas,
puesto que cree tener, sólo por su inferioridad, el derecho y la moral de su
lado. Así se llega a aquella espiral de crecientes excesos violentos que dis-
tingue a las guerras civiles.
A ello también contribuye en tercer lugar que las guerras civiles no son
guerras de conquista en el sentido usual, en que se trata de aumentar el po-
der y el territorio, sino que en ellas se pone en juego la existencia de los
grupos contrincantes, su identidad colectiva, en algunos casos incluso su
supervivencia fisica.' 3 Esto atañe sobre todo al bando vencido —hasta aho-
ra una clase social oprimida o una minoría étnica— pero no solamente. Los
contendientes en una guerra civil están más estrechamente ligados entre sí
que, por ejemplo, los Estados nacionales enemistados, razón por la cual, ex-
ceptuando los casos relativamente raros de secesión exitosa, tienen que
llevarse bien tanto en lo bueno como en lo malo." Esto presta a sus hosti-
lidades, al menos desde la perspectiva de sus protagonistas, el carácter de
un saldo igual a cero: puesto que el territorio en disputa está limitado, uno
sólo puede contabilizar a su favor lo que ha sustraído a la parte contraria.
Esta idea no se refiere solamente a la tierra disponible sino que atañe a to-
dos los restantes bienes y «recursos», personas incluidas. La eliminación de
la mayor cantidad posible de enemigos no sólo rinde beneficios en la lucha
sino que además asegura tras una eventual paz una preponderancia numé-
rica en unas elecciones. La faceta existencial de una guerra civil aparece
con más claridad cuando uno de los bandos es empujado a actuar a la de-
fensiva. Entre la espada y la pared, se defiende con el valor de la desespera-
ción, es decir, desarrolla una motivación para la lucha frente a la cual los
agresores no tienen nada que oponer." Éste es uno de los motivos princi-
pales por los que, después de una primera fase de rápidas ocupaciones de
territorio y frecuentes desplazamientos del frente, las guerras civiles en-
tran seguidamente en un estadio en que la rectificación militar de las fron-
teras es relativamente insignificante, una situación que puede alargarse
bastante.16
Guerra civil: aproximación a un concepto dificil de formular 33

3. AMPLIACIÓN DEL MARCO DE REFERENCIA

Es lógico preguntarse si en el recuento de las particularidades de las


guerras civiles no se habrá olvidado su rasgo más importante, la circuns-
tancia de que en ellas luchan «ciudadanos contra ciudadanos». [En alemán
«guerra civil» se traduce por Bürgerkrieg, es decir, «guerra de ciudada-
nos».] Sin embargo la participación del pueblo en la guerra no es nada es-
pecífico de las guerras civiles. A más tardar, desde la revolución francesa
de 1789 la guerra popular, la «levée en masse», es un signo permanente de
casi todas las guerras modernas, una evolución que, como ha señalado S.
Fürster, desemboca casi forzosamente en la «guerra total», como ocurrió,
por ejemplo, en las dos guerras mundiales." Argumentos similares pueden
ser aducidos en lo que a otros rasgos distintivos, la técnica de la lucha par-
tisana, la guerra sin reglas, se refiere. 18 Puede ser que esta técnica esté más
extendida en las guerras civiles que en las internacionales pero de ningún
modo se limita a ellas. Recuérdese, si no, la última guerra mundial, en que, a
espaldas de las fuerzas armadas alemanas, muy avanzadas en el Este, surgió
una enardecida lucha partisana. Por otro lado, las guerras civiles no consis-
ten únicamente en una sucesión de escaramuzas, emboscadas o acciones
de tipo hit and run, sino que se dirimen también en batallas regulares con
ejércitos regulares. Por muchas vueltas que se le dé, ni a partir del método
estratégico ni a partir de la organización e idiosincrasia principal de los
bandos puede establecerse una auténtica oposición entre guerra nacional
y guerra internacional.
Esto es, en cualquier caso, lo que se constata cuando se refieren ambas
formas de guerra a un último objetivo común: el mantenimiento o la con-
quista del poder estata1, 19 ya que con este punto de referencia central se
presuponen unas ciertas condiciones marco para valorar la importancia
politicomilitar de las guerras que relativizan las posibles diferencias entre
ellas. Entre dichas condiciones podrían contarse: el postulado del Clause-
witz tardío de que la guerra sería la «mera continuación de la politica con
otros medios», o sea, una concepción instrumental de la guerra; 28 la divi-
sión en cada uno de los bandos entre liderazgo político, aparato militar y
pueblo; determinadas reglas concernientes a los espacios libres de violen-
cia en la guerra, a saber, el trato a prisioneros y heridos; y cosas similares.
Esto no significa que no haya habido y haya numerosas desviaciones de es-
tos principios establecidos a partir de las guerras internacionales europeas
de los siglos xvii, xviii y XIX. Sobre todo en las guerras civiles, dichos princi-
pios se han infringido de forma manifiesta. Sin embargo, la suma de todas
estas infracciones no aporta todavía ningún contramodelo decisivo de la
acción bélica si se considera la lucha por el poder del Estado como punto
clave de la misma.
34 Sociedades en guerra civil

Para aclararlo con un ejemplo: 21 la táctica de los partisanos y de la gue-


rrilla falta a las reglas del arte militar clásico porque evita la batalla campal
abierta y la sustituye por una estrategia de «aguijoneamiento» del enemigo,
al cual desconcierta y desgasta interiormente mediante constantes hostiga-
mientos, ataques por sorpresa, pequeñas encerronas, etc. Pero toda la bi-
bliografía coincide al confirmar que el partisano está altamente motivado
desde un punto de vista político, esto es, no cabe ninguna duda respecto a
su intención de soportar su campaña militar, llena de sacrificios y privacio-
nes, por mor de un objetivo superior que depende en definitiva de una de-
terminada idea de Estado. 22 Consiguientemente, la utilidad marginal de
esta táctica se obtiene cuando ya no se refiere a la toma o el mantenimien-
to del poder estatal. Los maestros de la guerrilla, como por ejemplo Mao
Tse-Tung, siempre han destacado que ésta sólo es apropiada en una fase de
transición, mientras todavía se está supeditado al enemigo. Por el contra-
rio, la decisión militar definitiva que allane el camino hacia el poder tiene
que producirse en batallas a campo abierto entre ejércitos regulares,' lo
que demuestra que el objetivo último y el botín perseguido, el Estado
como dimensión ideal y real, imprime su sello sobre los bandos y les impo-
ne sus categorías ya por anticipado.
Ahora bien, puede alegarse que el Estado nacional de cuño clásico ya
ha superado su punto álgido como principio de ordenamiento político."
Incluso en los países occidentales industrializados su autoridad empieza a
quebrantarse y ya no dispone del monopolio indiscutido del poder. Tanto
a nivel subestatal, en forma de movimientos regionales y étnicos, como a
través de asociaciones y organizaciones supranacionales, le han surgido se-
rios rivales que cuestionan sus competencias y limitan su poder de control
sobre individuos y grupos sociales. En países de África, Asia y la antigua
Unión Soviética, algunos de ellos liberados desde hace sólo décadas de un
largo dominio colonial, empiezan a desintegrarse unas estructuras políticas
que desde el principio nunca habían alcanzado un grado de consolidación
comparable al europeo. 25 El discurso político, y en parte también socioló-
gico, que, a falta de un sistema de referencia alternativo, subsume los pro-
cesos aludidos bajo «formación» o «transformación» del Estado no puede
llevarnos a engaño. Lo que sucede en realidad sobrepasa más bien el Esta-
do en su forma original, creada a partir del modelo europeo.
En el ámbito militar, la amenaza nuclear ya ha reducido al absurdo
la soberanía estatal y la consiguiente pretensión de ofrecer al ciudadano
—como contrapartida a su obediencia— protección contra los peligros ex-
teriores, pues una guerra con bombas atómicas no puede realizarse sin el
riesgo de exterminio de la propia población, cosa de la que los dirigentes
políticos del Este y el Oeste han sido bien conscientes durante la época de
la Guerra Fría. 26 En consecuencia, todas las guerras actuales han tenido lu-
Guerra civil: aproximación a un concepto difícil de formular 35

gar a un nivel muy inferior al de las tablas nucleares de las superpotencias,


en forma de «low intensity wars». Las «low intensity wars» 27 muestran, sin
embargo, unos rasgos que, según Van Creveld, ya no pueden entenderse
como simples modificaciones del modelo de guerra clásico, referido al Es-
tado, porque más bien lo cuestionan en sus fundamentos. Por ejemplo, los
siguientes:

• Ya no están subordinados a la política o a la «razón de Estado», sino a


cualesquiera fines posibles (materiales, religiosos, étnicos) e incluso
pueden ser un fin en sí mismos.
• La clásica relación entre liderazgo político y plana mayor militar se
invierte parcialmente; los militares dictan la «lógica» por la que tiene
que regirse la «gramática» de los políticos.'
• De modo parecido a lo que ocurre entre liderazgo político y plana
mayor militar, también la línea que divide a combatientes y civiles se
borra; éstos se convierten, a menudo sin tránsito alguno, en comba-
tientes y viceversa, por lo que la población civil ya no puede confiar
en ningún tipo de indulgencia.
• Puesto que los roles y fines implicados en ella han cambiado, las nor-
mas sobre el modo en que debe hacerse la guerra, desarrolladas a
partir del fin de la Guerra de los Treinta años conforme al derecho in-
ternacional, ya no bastan. Por eso se tambalea todo el modelo tradi-
cional de cómo llevarla a cabo. 29

De todas estas consideraciones, ¿qué es lo que repercute en nuestro es-


fuerzo por determinar qué son las guerras civiles y en la ulterior marcha de
nuestras reflexiones? De ellas pueden extraerse, creemos, tres conclusiones:
En primer lugar, dejar firmemente establecido que no existe el o sólo
un prototipo de guerra civil, sino que el concepto abarca un amplio espec-
tro de posibles formas y estilos. Sobre todo, debemos guardarnos, si no
queremos ignorar las tendencias más innovadoras, de considerar guerras
civiles únicamente aquellas acciones bélicas referidas al Estado o gobier-
no. Más bien, el concepto abarca desde el ejemplo clásico de guerra civil,
que, protagonizada en origen por ejércitos regulares, se aproxima en gran
medida al modelo de las guerras internacionales, hasta conflictos colecti-
vos sin referencia directa reconocible con el Estado, conflictos en los que
aparecen nuevas formas de ordenamiento social y político.
En segundo lugar, viendo la evolución de las guerras civiles en los pasa-
dos ciento cincuenta años puede identificarse una clara tendencia. Mien-
tras el Estado nacional era el principio indiscutido de organización políti-
ca, los bandos enfrentados seguían básicamente el modelo de las guerras
internacionales. Por ejemplo, en la guerra civil norteamericana ambas par-
36 Sociedades en guerra civil

tes aceptaron espontáneamente un estatuto cuasi de derecho internacional,


y lo mismo sucedió en las numerosas guerras civiles que tuvieron lugar en
Colombia en el siglo pasado. » Pero al socavarse subrepticiamente la auto-
ridad del Estado nacional en las pasadas décadas, también el modelo clásico
de guerra internacional que le correspondía ha decaído y en su lugar se en-
sayan nuevas formas de poder colectivo tangenciales o totalmente exterio-
res a la esfera de influencia estatal. Podría hablarse de una inversión de la
relación tradicional entre conflictos internacionales y nacionales, dado
que son estos últimos los que cada vez inciden más en el espacio interna-
cional.
Como resultado de todo lo anterior y respecto al procedimiento a se-
guir a continuación, parece ocioso pergeñar una definición terminante, una
fórmula convincente que incluya todas las formas pensables de guerra civil.
Sobre todo teniendo en cuenta que no es nuestro deseo aportar una pano-
rámica cuantitativa sobre el número y extensión de las guerras civiles pasa-
das y presentes sino esclarecer el fenómeno en su estructura esencial» Al
relativizar el criterio de la referencia al Estado o gobierno, somos plenamen-
te conscientes del peligro de hacer demasiado extensivo el espectro de los
fenómenos que pueden calificarse de «guerra civil». Pero nos parece todavía
mayor el riesgo de pasar por alto, a causa de una concepción demasiado li-
mitada del concepto, cualquier nueva evolución que insinúe una subver-
sión profunda de los conflictos políticos violentos. Tales subversiones de-
ben observarse en dos ámbitos: la creciente «desregulación» de las guerras
civiles y el cambio de motivación y actitud de los combatientes.

4. GUERRA SUJETA A REGLAS VERSUS GUERRA SIN REGLAS

En la bibliografía sobre el tema, la ausencia de reglas de las guerras civi-


les es opuesta generalmente a una cierta regulabilidad de las guerras inter-
nacionales. El argumento es que, mientras durante siglos se ha podido
abordar parcialmente los episodios bélicos internacionales, las guerras ci-
viles no conocen ninguna limitación y se llevan hasta el extremo. 32 Ahora
bien, ya hemos visto que esta contraposición sólo es sostenible de forma
condicionada, y en la práctica queda frecuentemente desmentida. Ha habi-
do guerras exteriores en que se han despreciado incluso los más elementa-
les principios humanitarios, y, viceversa, guerras civiles en las cuales estos
se han respetado al menos en parte. Sin embargo, es cierto que hay un des-
nivel entre guerra internacional y guerra nacional en cuanto al respeto por
alguna clase de regla. Este desnivel se acentúa, además, si examinamos los
conflictos más recientes, los cuales trascienden la estricta esfera del Estado
tanto en el sentido ético-moral como en el estratégico-militar.
Guerra civil: aproximación a un concepto difícil de formular 37

La delimitación normativa del hecho bélico desde el punto de vista ético-


moral es sobre todo obra del derecho internacional. 33 Ya desde el siglo xvii
pero especialmente en los últimos ciento cincuenta años, se ha ido elabo-
rando un canon de principios jurídicos válidos internacionalmente que
buscaba restringir los efectos destructivos de la guerra sobre los directa-
mente participantes en ella y situar a los desarmados e incapaces de com-
batir bajo un régimen de excepción. Dicho canon concerniría entre otros a
heridos, prisioneros de guerra y población civil; asimismo declararía tabú
determinados medios (por ejemplo, el uso de gas venenoso). Pero es indu-
dable que estas reglas restrictivas sólo se aplican en las guerras «grandes»,
las internacionales, mientras que la guerra «pequeña», la interior, transcurre
en un espacio no sujeto a derecho. Quien se alza contra el propio gobierno
puede contar, en el mejor de los casos, con ser tildado de «criminal políti-
co» y sometido al derecho penal vigente, derecho que por lo general ya pe-
naliza las actividades conspirativas en tanto que anticipos de alzamientos
más violentos. Pero lo más probable es que se le arrebate tras la proclama-
ción del estado de sitio toda protección legal, esto es, que se le coloque
hors la loi, de manera que se permita cualquier procedimiento represivo
contra él. 34
Es verdad que la ONU se esforzó repetidamente (1949 y 1977) en ha-
cer extensibles a las guerras civiles los principios jurídicos desarrollados
para los enfrentamientos internacionales. Pero estos esfuerzos sólo tuvie-
ron éxito en el caso de las llamadas guerras de liberación anticolonialista,
las cuales —una concesión a la potente fracción de los países subdesarro-
llados— ya fueron tratadas, anticipando el resultado esperable, como con-
flictos internacionales. Por el contrario, los mismos países del Tercer Mun-
do se negaron enérgicamente a limitar en su interior, a causa del mandato
de respetar unos ciertos derechos humanos fundamentales, su recién lo-
grada soberanía." Con todo, hay que preguntarse si se hubiera ganado mu-
cho en el caso de que hubieran aceptado formalmente unos ciertos crite-
rios humanitarios. Los enfrentamientos bélicos de, por ejemplo, Liberia,
Somalia, Colombia o Afganistán presentan una dinámica propia que re-
vienta cualquier regla y aleja a estos países cada vez más de la noción occi-
dental de una guerra respetuosa con unos mínimos principios éticos. Los
intentos exteriores de ejercer una influencia moderadora han aumentado
algunas veces esta distancia, en lugar de disminuirla.
El desprecio de las normas del derecho internacional está estrecha-
mente relacionado con el abandono de las reglas operacionales de la estra-
tegia militar occidental. Unas y otras fueron desarrolladas durante siglos
por estrategas y juristas occidentales como un, por decirlo así, corpus co-
herente de principios de comportamiento a seguir en el caso de conflictos
bélicos; y unas y otras son consecuentemente desdeñadas o ignoradas en
38 Sociedades en guerra civil

las guerras civiles de la periferia. Ya se ha hablado de la guerra «irregular»


de los partisanos o guerra de guerrillas, que, desde la exitosa resistencia de
la población española contra el ejército de ocupación de Napoleón a prin-
cipios del siglo xix, ha desfilado triunfalmente por todos los continentes.
Sin embargo, desde la «irregularidad» de la lucha de los guerrilleros, los cua-
les no pueden arriesgarse, a causa de su inferioridad numérica y armamen-
tística, a ninguna batalla a campo abierto, a la «arregularidad» todavía hay
un paso importante.Teóricos y prácticos de la guerra de guerrillas han re-
marcado siempre que ésta sólo puede tener éxito si se respetan algunos
principios básicos. 36 Entre ellos se cuentan, además de la alta motivación
política de los contendientes, su dureza y resistencia físicas, una gran fami-
liaridad con el terreno en que operan y, sobre todo, la inserción sin fisuras
de las tropas guerrilleras en la población, entre la que tienen que «nadar
como pez en el agua».
Quizás algún que otro de estos principios pueda haberse seguido en
las guerras internas que actualmente hacen estragos en algunos países de
África y Asia pero todos los informes competentes transmiten la impresión
de una reiterada y masiva abolición de cualquier regla. 37 Tanto por lo que
respecta a las formas de dar muerte o causar perjuicio al enemigo como a
los lugares o personas objeto de la violencia, ya no es reconocible ningún
tipo de restricción. La fuerza física se ejerce contra heridos y prisioneros
igual que contra mujeres, niños y ancianos desarmados.Torturas, maltratos
de todo tipo, expulsiones y fusilamientos masivos son procedimientos ha-
bituales. La violencia desencadenada no tropieza con ninguna barrera, sólo
encuentra su tope en el agotamiento de sus autores o en la contraviolencia
del rival. G. Elwert ha llamado a estos escenarios bélicos actuales «espacios
de violencia abierta», esto es, espacios en los que la sola violencia dicta los
acontecimientos, siguiendo en todo caso rutinas adquiridas, pero en abso-
luto coartada por ningún código de reglas?
Ahora bien, se podría objetar que ser testigos de la liquidación paulati-
na de un canon de reglas ya reconocido nos confunde forzosamente y nos
ciega ante nuevas normas y estructuras que estarían formándose en medio
de la aparente anarquía. Ninguna guerra, ni la más salvaje y brutal, puede
hacerse sin seguir ciertas convenciones, las cuales, se comprende, no tie-
nen necesariamente que constar por escrito. 39 En las sociedades tradicio-
nales, esta función reguladora se plasmaba en la concepción corriente de
honor y deshonor, valentía y cobardía, virilidad y afeminamiento, justicia e
injusticia. Por ejemplo, en la Edad Media cada guerra, cada querella tenía
que legitimarse como respuesta a una violación del derecho. En la Edad
Moderna los derechos humanos provenientes de la ilustración adoptarían
un papel comparable. Sólo por la existencia de unas normas informales de
este tipo se explica que, por ejemplo, en los disturbios internos de Améri-
Guerra civil: aproximación a un concepto dificil de formular 39

ca Latina, a pesar de la inestabilidad política crónica de estos Estados, mue-


ran menos personas que en África o Asia, o que en la guerra civil nortea-
mericana, a pesar de toda su dureza e insidia, se dejara tranquilas a las mu-
jeres. 4°
Si esta experiencia se puede extender también a los países meridiona-
les y orientales, es de esperar que un día surjan de las anárquicas circuns-
tancias allí reinantes nuevas formas de apaciguamiento y acotación de la
violencia bélica. Pero según todo lo que actualmente se sabe de aquellos
escenarios bélicos, esta expectativa queda todavía en un futuro lejano. Lo
que hoy en día predomina es la tendencia a la descomposición y a la des-
trucción sin límites, el principio del anything goes como método de gue-
rra. Esta tendencia es tanto más funesta por el hecho de que invita, e inclu-
so obliga formalmente, a la imitación, tal como afirman algunos teóricos de
lo militar. C. Schmitt cita el dicho de que a los partisanos sólo puede com-
batírseles al modo partisano." Apelando a él se da por hecho que lo que
dicta las reglas de una guerra es siempre lo más falto de escrúpulos, brutal
e injusto. Por ejemplo, el último régimen militar argentino (1976-1983) creía
que sólo podría vencer a sus adversarios, los movimientos guerrilleros,
aventajándolos en arbitrariedad, opacidad y crueldad de procedimientos. 42
QuedaporvsiC.Schmtepnrazócosutei—plh-
cho de que en general se crea que reconoció una ley importante de la gue-
rra induce a esperar que en un futuro cercano proseguirá la desregulación
de los conflictos violentos antes que su restricción.
El imaginario punto final de esta evolución sería una guerra anómica,
esto es, una guerra en que nada fuera seguro: ni los enemigos ni el objeto y
meta de la guerra ni las posibles armas ni las reglas de la contienda ni sus
escenarios, etc. En el caos semántico que un conflicto tal desencadenaría,
la única prueba irrefutable del estado de guerra sería para todos sus parti-
cipantes y afectados la práctica continua de la violencia. 43 Es verdad que
una guerra anómica en forma pura es una ficción, ya que los conflictos de
cualquier clase, también los bélicos, presuponen siempre, como ya demos-
traron G. Simmel y L. Coser, un mínimo acuerdo, así como un cierto en-
tendimiento entre las partes del conflicto o de la guerra." Pero algunos
conflictos del Tercer Mundo, como los sangrientos enfrentamientos en
Tajikistán, se asemejan bastante, en su confuso transcurso, al modelo ideal
de la guerra anómica. Que sea posible comprenderlos de alguna manera,
aunque sólo sea limitada, es debido sobre todo a que los caudillos y sus sé-
quitos armados saben de antemano, o lo aprenden rápidamente, por qué
vale la pena hacer la guerra.
40 Sociedades en guerra civil

5. WARLORDS

El punto de partida de nuestras consideraciones era, repitámoslo, las re-


laciones clásicas, que Creveld caracteriza como un esquema trinitario. 45 Se
refiere a que desde la paz de Westfalia de 1648 en las guerras europeas se
distingue claramente una tríada: gobierno del Estado, ejército y pueblo. La
cúpula del Estado, representada durante mucho tiempo por la monarquía y
después por élites elegidas, decide, según el interés del Estado, sobre la gue-
rra y la paz; al ejército y aparato militar en su conjunto le compete llevar a
término e imponer estas decisiones; el pueblo, finalmente, no tiene en prin-
cipio nada que decir en la alta política y sólo aparece como parte pasiva al
tener que cargar con el peso principal de las guerras. Más tarde, después de
la Revolución francesa, su papel cambia. Movilizado por designios naciona-
listas, el pueblo se convierte en el protagonista de las guerras modernas. Al
mismo tiempo, sigue soportando el principal sufrimiento de unas guerras
que, en tanto que totales, se dirigen cada vez más contra la población civil.
Este esquema clásico ha experimentado una sacudida fundamental de-
bido, no en último término, a las guerras civiles. Sobre todo, la línea de se-
paración entre soldado y civil, como ya se ha insinuado al tratar el cambio
de rol del pueblo, se ha ido borrando progresivamente. El inicio de este
proceso, como de muchas otras modificaciones de las estructuras militares,
lo marcaron las guerras de guerrillas y partisanas, ya que a las tropas regula-
res les era imposible distinguir entre un civil inofensivo y un combatiente
camuflado de civil. Pero el proceso no se detuvo aquí. En las ultimísimas
guerras civiles de África o de zonas de la antigua Unión Soviética se da un
deslizamiento de simple ciudadano a combatiente ocasional, de éste a sol-
dado regular o miliciano o guerrillero, y de éste, a su vez, a bandido o terro-
rista. Así, en Sierra Leona hablamos del «sobel», el cual lucha durante el día
en las filas de un ejército regular y durante la noche asume el rol de rebelde
(«soldier by day, rebel by night»). 46 Especialmente trágico es el caso de
aquellos niños que, habiendo visto asesinar a sus padres, pierden sus raíces
y son reclutados por algún ejército que los envía sistemáticamente a la
muerte (existen casos documentados en Sierra Leona y Mozambique). 47 En
general, hay que constatar que, en las guerras de esta clase, las fronteras en-
tre soldado y civil, militar y bandido, a menudo también entre amigo y ene-
migo, se rectifican constantemente y acaban por ser irrelevantes.
La relativización de tales distinciones tiene mucho que ver con el cam-
bio de estatus y papel de los combatientes. Hasta bien entrado el siglo xix
hubo una clara separación entre la esfera de los civiles y la de los soldados.
Quien seguía la carrera militar recibía una formación básica, tenía que ha-
bituarse a la instrucción y la disciplina y aprender a luchar en formaciones
cerradas. Al adiestramiento sistemático para la guerra le correspondía un
Guerra civil: aproximación a un concepto dificil de formular 41

código de honor propio y una determinada mentalidad: militares y civiles


pertenecían a mundos fundamentalmente diferentes. Es cierto que la línea
de separación entre ellos se desdibujó a causa del surgimiento de la guerra
popular en el siglo xix, pero su existencia no se cuestionó, ya que el recluta
de reemplazo se veía sometido durante su servicio militar obligatorio al
mismo adiestramiento e instrucción que el aspirante a soldado profesional.
Por lo que respecta a la guerra de partisanos o de guerrillas, la otra variante
de la guerra popular, tuvo como consecuencia que, desde un punto de vis-
ta puramente externo, las fronteras entre guerrillero y población civil se di-
solvieron, pero, internamente, el guerrillero, en tanto que «soldado políti-
co», se mantenía por completo dentro de la tradición de una tropa de élite
de corte clásico. Convertido en combatiente no por obligación exterior
sino por motivación propia, se consideraba a sí mismo maestro y guía de la
gran masa al anticipar con su abnegación las máximas de comportamiento
general propias del orden social que perseguía.
Poco queda de esta conciencia mesiánica en el combatiente predomi-
nante hoy día en los países meridionales y orientales. Se trata sobre todo
de gente joven, en su mayor parte adolescentes o incluso niños, cuyas pers-
pectivas laborales en estos países superpoblados son más que turbias. El
estallido de hostilidades civiles les ofrece una inesperada oportunidad de
subsistencia a la que se aferran abnegadamente. Su formación para el ofi-
cio de la guerra se debe en su mayoría a la necesidad, y la posesión de un
arma les llena de un sentimiento desenfrenado de supremacía respecto a
las personas indefensas. Sin duda, entre estos combatientes hay también jó-
venes motivados ante todo por la religión o lá política, sobre todo en las re-
giones islámicas, pero en general parece que el uso de la violencia les sirve
en primer lugar para la autoconservación física y el enriquecimiento mate-
rial. Puesto que la soldada que se les paga es escasa, se dedican a merodear
impunemente a la población civil desarmada, siéndoles indiferente si ésta
oficialmente pertenece al bando político propio o al contrario. Habituados
desde pequeños a la miseria y a la muerte, no tienen ningún escrúpulo en
propagar a su vez la muerte y la miseria.
En cuanto a los líderes, los rasgos típicos del combatiente civil de nues-
tro tiempo se concentran, como en un vidrio ustorio, en la figura del war-
lord.48 El nombre en sí proviene de una etapa de disturbios en la China de
los años veinte, cuando en algunos territorios del gigantesco imperio unos
cuantos príncipes de la guerra instauraron una especie de señorío neofeu-
da1. 49 Desde luego, las actuales relaciones de poder en toda una serie de
países orientales y meridionales se aproximan mucho a aquella pretérita
forma de poder militar. Con todo, hay que guardarse de una generalización
precipitada.Ya la sola situación en Afganistán ejemplifica que hay «barones
de la guerra» muy diferentes: aquellos con territorio propio y aquellos que
42 Sociedades en guerra civil

andan de un lugar a otro con su séquito; algunos que disponen de sus pro-
pios recursos (por ejemplo, materias primas o drogas), y otros que viven
del comercio, los tributos, los derechos de protección; algunos a quienes la
población local considera una amenaza y una carga, y otros que disfrutan
de una amplia aceptación, etc." A pesar de estas diferencias hay algunos
rasgos distintivos recurrentes en esta clase de poder basado en la guerra.
Primero, los warlords sólo pueden poner pie allí donde las estructuras
estatales son tan quebradizas que se produce un vacío de poder reconoci-
do generalmente. Este caso es más raro en los países latinoamericanos,
existentes desde hace tiempo, que en África o partes de Asia; más improba-
ble en las zonas de influencia de las metrópolis que en las interiores, me-
nos abiertas. En parte los warlords llenan las lagunas de poder al asumir a
bajo nivel unas funciones similares a las del Estado.
Segundo, el warlord surge de la guerra y vive de la guerra, esto es, las
guerras, desde su punto de vista, no son ningún medio para un fin específi-
co sino que son un fin en sí mismas. Haciendo la guerra afirma su posición
dirigente, conserva el poder militar sobre el que se apoya, y controla y pro-
tege a la población, de cuyas contribuciones, en parte voluntarias en parte
involuntarias, depende. Con frecuencia el warlord es a la vez empresario,
general y líder político. Trae a la memoria al príncipe europeo de los co-
mienzos de la modernidad, el cual, tal como lo caracteriza C.Tilly," conso-
lidaba su señorío mediante «protección y extorsión».
De ello resulta, y éste sería el tercer punto, que los warlords no están
interesados seriamente en la paz sino que, al contrario, necesitan prolon-
gar el estado de inseguridad y de guerra. En este objetivo están todos com-
pletamente de acuerdo, por mucho que en lo demás guerreen del modo
más violento. Hablan la misma lengua y pueden entenderse fácilmente en
las cuestiones centrales. Podría decirse que los warlords son expertos en
alargar las guerras civiles, puesto que rehúyen las decisiones definitivas y
siempre encuentran un motivo para seguir luchando. 52
Finalmente, por lo que se refiere al Estado, no ocupa en el pensamiento
y la acción de los warlords ese lugar central que sí le corresponde en las
guerras de la modernidad. En parte, la causa podría ser que sus recursos
militares no bastan para hacerse con el aparato central del Estado, firme-
mente anclado en estructuras burocráticas. Pero aunque esto les fuera en
principio posible, más bien harían caso omiso o se apoderarían del Estado
para saquearlo, es decir, para debilitarlo, en lugar de utilizarlo para dar fuer-
za a sus ansias de poder.
Resumiendo todas estas observaciones, en la figura del warlord en-
cuentran una plasmación cuasi institucional los rasgos y tendencias que di-
ferencian a las últimas guerras civiles de sus predecesoras o guerras inter-
nacionales. Mientras estas últimas se dirigían a la toma y transformación del
Guerra civil: aproximación a un concepto difícil de formular 43

poder estatal y obtenían como resultado la centralización del mismo, la gue-


rra civil de las dos últimas décadas más bien da impulso a las fuerzas centrí-
fugas que lo socavan, ya que proporciona a los señores de la guerra un po-
der con el que éstos aspiran a la fragmentación de la autoridad del Estado.

6. ¿FUNDACIÓN O DISOLUCIÓN DEL ESTADO?

Después de la Segunda Guerra Mundial las guerras civiles estallaron


sobre todo en aquellos países que formalmente estaban organizados como
Estados pero cuyo poder político central era incapaz de someter a control
duradero las fuerzas sociales y consiguientemente de prohibirles que se
tomasen la justicia por su mano. No hay fronteras estatales allí donde,
no habiendo tampoco ningún territorio nacional, ni tan siquiera por su for-
ma externa existe un Estado, razón por la cual está de más diferenciar en-
tre guerras nacionales y guerras internacionales. Así de inseparablemente
unida está la guerra civil moderna al ascenso y expansión mundial del Esta-
do como principio de ordenación del espacio político. Por otro lado, don-
de el Estado ha triunfado definitivamente como instancia de poder político
y ha impregnado todas las estructuras sociales, o sea, en la Europa occiden-
tal, no ha habido recientemente ninguna guerra civil. El motivo puede ser
que todos los Estados de la Europa occidental tienen constituciones de-
mocráticas que posibilitan un relevo pacifico del poder, de modo que la
necesidad de un derrocamiento violento del gobierno resulta improce-
dente.
Con otras palabras: en la actualidad las guerras civiles son un fenómeno
extendido sobre todo en los países orientales y meridionales, los Estados de
los otrora Segundo y Tercer Mundo, lo que no es sorprendente si se compa-
ra la situación de estos países con la evolución del Estado europeo. El Estado
nacional europeo, que se convirtió en la forma de organización política de-
terminativa a lo más tardar en el siglo x)x, es el producto final de un proceso
de selección y competencia que duró siglos. Las guerras que príncipes y re-
yes se declararon entre sí casi sin interrupción para ampliar con ellas su te-
rritorio y su ámbito de poder fueron al mismo tiempo la palanca más impor-
tante para agilizar la consolidación interior del Estado. Sirvieron para gravar
a los ciudadanos con impuestos regulares, para propiciar la formación de un
ejército estable y una administración eficiente, para impulsar la apertura de
calles y canales, para fomentar la economía, etc. Además, los líderes absolu-
tistas si bien supieron cómo amansar a los estamentos y grupos reacios
aprendieron por su parte —a veces sólo después de sangrientos conflic-
tos— a cerrar compromisos, sobre todo con una burguesía en ascenso que
marcaba crecientemente la evolución espiritual y cultural de estos Estados.53
44 Sociedades en guerra civil

En cambio, muchos Estados del Sur y del Este son entidades nacidas hace
poco. Sus fronteras no han surgido paulatinamente ni después de guerras ex-
ternas sino que son herencia de la época colonial o del dominio de alguna
gran potencia que las estableció arbitrariamente. Una excepción parcial a
esta regla la constituye Latinoamérica, donde, tras la liberación del subcon-
tinente del dominio colonial español y portugués, se produjeron múltiples
—en parte violentas— reorganizaciones territoriales y rectificaciones de
fronteras antes de que los Estados nacionales adoptaran su forma definitiva.
Lo dicho sobre las fronteras es también extensivo en su mayoría a las organi-
zaciones y estructuras políticas de dichos países. Ningún Estado que funcio-
nara con unas instituciones basadas en el modelo europeo o norteamerica-
no ha tenido por regla general un efecto político duradero, ya que no gozaba
de ningún arraigo social profundo. Parlamentos, una administración pública,
una justicia independiente, sin duda todo esto existía nominalmente y de
acuerdo con la letra de las constituciones respectivas, pero el estilo cliente-
lista que se atribuía a estas funciones del Estado no tenía demasiado que ver
con el espíritu de la racionalidad ilustrada al que agradecían su nacimien-
to. Además, la mayoría de estos Estados son pobres y dependientes en alto
grado del exterior. A falta de otros recursos, los mandatarios de estos Estados
se sirven de numerosos medios represivos para forzar a la población a la do-
cilidad, pero sin conseguir imponer un monopolio de poder efectivo. En ge-
neral, no existe una clase social que sustente al Estado, comparable a la bur-
guesía y las clases medias de los países industrializados. ¿Es sorprendente
entonces que en estas criaturas estatales provisionales fermenten por do-
quier, y en muchos lugares estallen, persistentes guerras civiles?
En qué acabarán estas guerras, cuál será su resultado definitivo, todavía no
se puede prever en la actualidad, y presumiblemente tampoco pronosticar de
una forma general. En todo caso, no es en absoluto seguro que siempre en-
cuentren su conclusión y su sentido en la construcción y consolidación del Es-
tado. T. Schieder ha demostrado que en Europa el nacimiento del Estado na-
cional fue el resultado tanto de procesos disociativos (la disolución de los
grandes imperios) como de procesos asociativos (la concentración de peque-
ñas unidades políticas). 54 ¿Por qué no podrían estar en marcha en África y Asia
unos procesos similares que condujeran no sólo a la modificación del orden
estatal existente sino en última instancia a un nuevo tipo de organización polí-
tica que únicamente tuviera en común con el Estado nacional clásico el nom-
bre? Aun cuando no se comparta el pronóstico de Creveld, que ya vislumbra el
fin del Estado como ordenamiento internacional, parece unilateral y reduccio-
nista ver siempre en las guerras civiles sólo una etapa y una contribución a la
formación del Estado. 55 También podrían estar señalando el comienzo de la
desintegración, la disolución o la transformación del Estado, por lo que al atri-
buírseles una función debería juzgárselas con una cierta precaución y cautela.
Capítulo 2

CONFLICTOS VIOLENTOS Y NACIONALISMO:


UN ANÁLISIS COMPARATIVO

David D. Laitin
(Universidad de Chicago)

Los movimientos nacionalistas que buscan hacer acordes las fronteras


del Estado y de la nación en muchos casos han empleado o han inducido la
violencia.' La Alemania nazi, Somalia, Serbia, Irlanda, Argelia, Vietnam y el
País Vasco son casos sangrantes. Ahora bien, movimientos comparables, si-
milares en objetivos y aparentemente parecidos en contexto, han sido re-
sueltos por medios relativamente pacíficos. Quebec,Andhra Pradesh, Flan-
des, Italia y Cataluña son ejemplos magníficos. Este ensayo empleará las
herramientas de la teoría de juegos y el método comparativo de la ciencia
política' para abordar la cuestión: ¿por qué algunos movimientos naciona-
listas son pacíficos en estrategia y resultados mientras otros provocan ma-
tanzas? La respuesta no se va a encontrar en las grandes fuerzas de la histo-
ria que tienen que ver con el capitalismo, la formación del Estado y la
desigualdad. Más bien, las condiciones que llevan a la violencia requieren
unos fundamentos micro basados en la organización social de la vida rural
y de las pequeñas ciudades, los fenómenos vinculados al reclutamiento po-
lítico y los efectos disparados de sucesos fortuitos.
Los enfoques predominantes en el estudio del nacionalismo y la violen-
cia se han basado en la identificación de los diversos procesos sociales que
ayudan a situar el nacionalismo en un contexto histórico profundo. 3 Estos
métodos han señalado el hecho de que el nacionalismo es una formación
social moderna que surge tras el capitalismo industrial y la concomitante
modernización.' El capitalismo en la Europa del siglo xvn dio rienda suel-
ta a energías productivas en un buen número de zonas centrales, y estas
zonas atrajeron inmigrantes de localidades relativamente deprimidas. Este
proceso, denominado «movilización social», descolgó a las personas de las
lealtades a la tribu, al pueblo o a la región. 5 Pero con la modernización, las
culturas de las personas que habitaban las zonas capitalistas centrales co-
menzaron a ser dominantes, y establecieron estándares comunes en am-
plias regiones.
Los Estados del período precapitalista eran plurinacionales, y las fron-
teras se fijaban mediante matrimonios dinásticos, guerras y conveniencias
geográficas. Las culturas de la población dentro de estas fronteras eran de
poca relevancia para los líderes o para los súbditos. Pero el capitalismo, la
46 Sociedades en guerra civil

Ilustración y la Reforma protestante trajeron las nociones de ciudadanía in-


dividual a la conciencia de las nuevas clases sociales poderosas. 6 Se presio-
nó a los reyes para que justificasen su dominación actuando en el interés
de su «pueblo». Los símbolos que indicaban la cultura común de las perso-
nas, asociados a las culturas de las zonas económicas centrales, se convir-
tieron en poderosas herramientas de legitimación, en gran parte porque
conectaban lo moderno (un Estado poderoso) con lo neotradicional (sím-
bolos de un idioma nacional, ascendencia y territorio). De esta forma se
«inventaron»7 o se «imaginaron»8 las naciones.
Los reyes ingleses, franceses o españoles buscaron poner de relieve
una cultura «nacional» común tratando de aumentar la coherencia y la efi-
cacia del gobierno estatal. Toda la fuerza cíe las ideas nacionalistas, que la
habilidad de Napoleón demostró brillantemente a la hora de reclutar sol-
dados que estuviesen comprometidos con la causa «nacional», llevaron a
los gobernantes de todo el mundo a reproducir el éxito francés haciendo
hincapié en los símbolos nacionales que legitiman la dominación estatal. 9
Gruposdenaqcmrtíulaoúnperqucí
de Estado sufrieron un impacto parecido, y buscaron Estados para sus na-
ciones. El enorme éxito de los primeros proyectos nacionalistas y el mate-
rial simbólico disponible universalmente (una historia mítica, un idioma
común, un apego al territorio) contribuyeron a una reproducción fácil de
estos proyectos por todo el mundo. Debido a esta cualidad y a las profun-
das necesidades de las personas de sentirse parte de una comunidad en el
anómico mundo moderno, las ideologías nacionalistas han continuado te-
niendo una enorme fuerza durante todo el siglo actual.'
Estos grandes rasgos del nacionalismo se han dibujado astutamente en
la macrosociología. Pero la historia de la violencia es más difícil de contar.
Los sociólogos históricos son muy conscientes de que el nacionalismo cre-
ció en Inglaterra de una forma relativamente benigna, mientras en Alema-
nia se asoció con odio a las minorías, genocidio y guerra imperialista. Se
han hecho múltiples intentos para establecer conexiones entre los tipos de
nacionalismo y la probabilidad de la violencia, por ejemplo distinguien-
do los Estados que crearon naciones (Francia o Inglaterra) de las naciones
que crearon Estados (Italia o Alemania). Otras tipologías identificaron pau-
tas adicionales de desarrollo nacionalista, pero en ninguno de estos traba-
jos se ha dibujado una línea empírica o teórica entre nacionalismo de una
parte y resultados violentos de otra."
El trabajo más convincente que diferencia los tipos de nacionalismo se-
ñala incluso las condiciones especiales que transforman el nacionalismo
en una forma «integral» o exclusivista, y uno propenso a la violencia." El
nacionalismo integral está atribuido a un buen número de factores, en ge-
neral sintetizados por el término «interrupción de la modernización». Bajo
Conflictos violentos y nacionalismo 47

condiciones de desarrollo capitalista, si una minoría cultural se enriquece


mucho en comparación con el grupo mayoritario, los líderes del grupo ma-
yoritario pueden utilizar los símbolos del nacionalismo para castigar y ex-
torsionar al grupo con éxito, y esto tiene un elemento violento intrínseco.
O si un Estado nacional se encuentra a sí mismo económicamente débil
comparado con un Estado vecino, sus líderes podrían utilizar los símbolos
del nacionalismo para movilizar a la población hacia esfuerzos extraordina-
rios para «darle alcance». Esto podría en última instancia dar lugar a accio-
nes militares en que el Estado atrasado busque apoderarse de los recursos
valiosos mediante la guerra o el imperialismo; o bien podría dar lugar a la
persecución dentro de las fronteras estatales de las minorías a las que se
responsabiliza del fracaso en el desarrollo. La violencia nacionalista (en for-
ma de «guerras étnicas» internas) en los Estados poscoloniales de África y
Asia se atribuye a menudo al hecho de que estos pueblos coloniales sufrie-
ron el desarraigo que trajo el capitalismo pero pocos de sus beneficios
económicos. Ésta fue la interrupción primordial en la modernización.
En general, los teóricos de la macrosociología sostienen que el capitalis-
mo induce un vasto cambio social y una poderosa ideología de legitimación
(esto es, el nacionalismo).Aquellos que pierden en estos procesos de cam-
bio emplearán la poderosa ideología de forma violenta para enfrentarse a
los vencedores. A menudo se utilizan teorías psicológicas para dilucidar las
razones por las que los que sufren «privación relativa» o los que afrontan un
«estatus de inferioridad» pueden ser inducidos a la acción violenta.' 3

1. EL MÉTODO COMPARATIVO

El método comparativo utilizado en este ensayo ayuda a socavar la con-


tundencia de las formulaciones que encuentran la raíz principal de la vio-
lencia nacionalista en el capitalismo, las interrupciones en la moderniza-
ción, el poscolonialismo, la pobreza, la privación relativa o el estatus de
inferioridad. Y lo hace buscando sistemáticamente las divergencias en re-
sultados (la variable dependiente) cuando la supuesta causa (la variable in-
dependiente) está presente en todos los casos. Si el colonialismo se asocia
con violencia en Argelia pero con paz en Túnez, el método comparativo
nos manda dirigir nuestra mirada a otra parte para buscar las causas de la
violencia argelina. Observar un único caso (por ejemplo, Argelia) podría
llevar a un historiador o a un antropólogo a establecer lazos entre la expe-
riencia colonial y la guerra violenta para la liberalización nacional. El méto-
do comparativo sugiere que estas conexiones son tenues.
O pensemos en los casos de Cataluña y el País Vasco cuando reaparecie-
ron los movimientos de resurgimiento nacional en estas dos regiones espa-
48 Sociedades en guerra civil

ñolas en la década de 1960. La diferencia en la variable independiente —al-


tos niveles de violencia en el movimiento vasco; bajos niveles de violencia
en Cataluña— es muy marcada. Se pueden controlar las condiciones macro-
sociológicas: el contexto internacional, la experiencia de la guerra civil y el
régimen autoritario de Franco y una relativa prosperidad económica en
comparación con el resto de España son las mismas para las dos regiones.
Podemos por tanto descartar estas variables como explicativas de la violen-
cia vasca o de la paz catalana. La comparación vasco-catalana sirve como
primer paso de este ensayo en la utilización del método comparativo.
El paso siguiente requiere una identificación de las diferencias funda-
mentales entre los casos que sirvan de explicaciones convincentes para
sus diferentes resultados. Estas diferencias necesitan formularse como va-
riables, y por tanto es necesario algún grado de abstracción. La razón es
que el objetivo del método comparativo no es explicar únicamente el con-
junto de casos que se estudien. Las supuestas causas deben formularse, por
tanto, de manera que otros especialistas puedan determinar si ese factor
estuvo presente en otros casos.
Luego paso a la teoría de juegos para complementar el método compa-
rativo. Lo hago porque la identificación de las conexiones factibles entre
variables dependientes e independientes sólo sugiere asociación, pero no
causa. Las relaciones empíricas se hacen fuertes si son parte de un «relato»
conducido por deducción que proporcione las razones del cómo y el por-
qué la situación de la variable independiente lleva a resultados específicos
de la variable dependiente. Este relato debería sugerir mecanismos que di-
rigen las diferencias en las direcciones pronosticadas. Cuanto más fuerte
sea la teoría (sus supuestos sean razonables; el número de variables inde-
pendientes sea moderado; su aplicación a otros casos sea grande; la expli-
cación de casos próximos sea verosímil), más confianza debe tener uno en
que la asociación empírica tiene propiedades causales. La teoría de juegos
seguramente no es el único enfoque para contar un relato llevado por de-
ducción, pero es convincente.
El método comparativo requiere que refinemos nuestros relatos a la
luz de los nuevos casos que se presenten. En este ensayo aplico las lec-
ciones de los casos españoles y la teoría de juegos al aumento de los mo-
vimientos nacionalistas en la extinta Unión Soviética. Por lo tanto, cons-
truyo otra comparación controlada entre Ucrania y Georgia. En Ucrania,
la instauración de la soberanía nacional entre 1989 y 1994 ha sido pací-
fica. En Georgia, que afrontó limitaciones y oportunidades parecidas,
ha existido violencia intranacional e internacional. ¿Pueden las varia-
bles identificadas en los casos españoles y explicadas por la teoría apli-
carse al nacionalismo postsoviético? Hasta cierto punto, la teoría pare-
ce «robusta».
Conflictos violentos y nacionalismo 49

Este ensayo demostrará que las variables identificadas en los casos es-
pañoles ayudan también a explicar las diferencias en los casos postsoviéti-
cos. Esto no significa que ambas parejas sean similares. El final del gobier-
no franquista es muy distinto al derrumbamiento del poder soviético.
Tampoco significa que la naturaleza de la violencia en el País Vasco sea pa-
ralela a la de Georgia. Lo que quiero, por el contrario, es sacar una ventaja
metodológica de las considerables diferencias en el conjunto de parejas
afirmando que si funciona un conjunto similar de mecanismos en una gran
variedad de casos, entonces la teoría que está detrás de estos mecanismos
debe ser igualmente sólida. En la medida en que las comparaciones por pa-
rejas produzcan modelos similares de asociación que sean convincentes
en su deducción, podemos decir que está surgiendo una teoría satisfacto-
ria del nacionalismo. Vayamos entonces a los casos.

2. LA BÚSQUEDA DE UNA TEORÍA: CATALUÑA Y EL PAÍS VASCO

Cataluña y el País Vasco son dos regiones de España cuyas culturas con
su peculiaridad lingüística han sobrevivido en la memoria y en la práctica
popular a pesar de siglos de estrategias de racionalización por parte de los
líderes del Estado español." Ambas regiones tuvieron una industrialización
temprana en comparación con el centro político castellano. El resurgi-
miento regional del siglo xviii en las dos regiones está relacionado con su
progreso industrial, aunque en Cataluña la vanguardia nacionalista fue la
burguesía que buscaba autonomía de la España mercantilista mientras en
el País Vasco la vanguardia fueron los aristócratas rurales que temían las
consecuencias de que la alta burguesía vasca se estuviese volviendo espa-
ñola.' Ambas regiones, debido al dinamismo económico de todo el siglo
xx, fueron foco de atracción para los inmigrantes de la España rural, y se
consideró a estos inmigrantes como «extranjeros». Las comunidades de in-
migrantes representaban una amenaza demográfica para las poblaciones
autóctonas, lo que hacía temer a los nacionalistas regionales que se perdie-
sen sus culturas peculiares. Esta amenaza se volvió más real, después de la
guerra civil (1936-1939), cuando el general Francisco Franco impuso polí-
ticas de racionalización coactivas en el País Vasco y Cataluña, y suprimió to-
das las manifestaciones de particularismo regional. En estas condiciones,
los inmigrantes no tuvieron ni necesidad ni posibilidad de asimilarse a la
cultura regional, y las poblaciones autóctonas de casi todas las inclinacio-
nes políticas asociaron la dictadura a la hegemonía castellana. Entre la opo-
sición democrática a Franco llegó a convertirse en dogma de fe el hecho
de que la autonomía regional era un requisito previo para la democracia
española.
50 Sociedades en guerra civil

Los movimientos nacionalistas se consolidaron en Cataluña y el País Vas-


co en la década de 1960. Sus programas eran parecidos, con los radicales de
ambas regiones pidiendo la «independencia» respecto a España. Ambos bus-
caban la creación de unidades políticas de nueva construcción a partir de
un conjunto de provincias separadas. En la práctica, los radicales querían
más, y era unificar el territorio más grande que se pudiese concebir bajo la
bandera regional: los nacionalistas vascos trataban de incorporar a Navarra,
que es el centro histórico del poder medieval vasco, pero cuyos residentes
en la actualidad se ven a sí mismos mayoritariamente como navarros, y muy
pocos de los cuales se identifican con las aspiraciones del nacionalismo vas-
co; los nacionalistas catalanes buscaban incluir a Valencia, uno de los que lla-
man los «Paisos Catalans», y el lugar del que provienen la mayoría de los
principales reanimadores de la lengua y la cultura de Cataluña, pero cuyo
pueblo en la mayor parte considera que tiene un idioma y una cultura dis-
tintos de Cataluña. Una vez que los movimientos se pusieron en marcha, y
muchos activistas fueron arrestados por la policía franquista, ambos movi-
mientos hicieron de la amnistía uno de los elementos principales de su pro- '
grama político. Durante la transición democrática, los principales partidos
regionales, el PNV (Partido Nacionalista Vasco) en el País Vasco y CDC (Con-
vergencia Democrática de Cataluña) en Cataluña, estuvieron dirigidos por
burgueses moderados, que tenían el apoyo de los profesionales y los empre-
sarios autóctonos así como una fuerte base rural. Los líderes de ambos parti-
dos estaban bastante dispuestos a abandonar el objetivo de la independen-
cia con tal de lograr la transferencia de la mayoría de las funciones estatales
a nivel regional. Estos líderes tenían lazos económicos y sociales con «Espa-
ña» y eran ambivalentes sobre su propio nacionalismo.Ambos movimientos,
entonces, se ganaron el desprecio de los elementos más radicales en su pro-
pia región por no comprometerse en el objetivo de la independencia.
A pesar de las similitudes en la experiencia histórica, el movimiento de
resurgimiento nacionalista en Cataluña ha sido relativamente pacífico,
siendo los grupos terroristas eficazmente marginados por los mismos cata-
lanes, mientras que el movimiento revitalizador nacionalista en el País Vas-
co ha sido sangriento. La organización terrorista vasca, ETA (Euskadi y Li-
bertad), había sido hasta 1990 responsable de casi 780 muertos, de un
sinfín de secuestros y de atentados contra estaciones eléctricas, centros tu-
rísticos y propiedades estatales. Los blancos de los asesinatos han sido los
militares y las fuerzas policiales españolas así como los mismos vascos que
cooperaban con el Estado español o se afiliaban a partidos españoles o que re-
chazaban pagar el «impuesto revolucionario». En un ataque sangriento, los
terroristas de ETA asesinaron a un político vasco que estaba afiliado al par-
tido español UCD (Unión de Centro Democrático).Arrastraron el cuerpo y
lo dejaron a la puerta de la sede de UCD en Vitoria. No es extraño que los
Conflictos violentos y nacionalismo 51

terroristas provocasen en los vascos miedo a realizar cualquier declaración


pública en favor del acuerdo con España. I6
Los catalanes no han sido inmunes a la violencia nacionalista. En la dé-
cada de 1960 se formaron organizaciones separatistas radicales, y un pe-
queño grupo escindido del Partit Socialista d'Alliberament Nacional (Parti-
do Socialista de Liberación Nacional) defendió incluso la insurrección
militar. En los últimos años de la década de 1960, el Front d'Alliberament
Catalá (Frente de Liberación Catalán) realizó actos violentos, aunque no
mortíferos. Un poco más tarde se fundaron las organizaciones Crida de la
Solidaridat (Llamada a la Solidaridad) y Terra Lliure (Tierra Libre), cuya mi-
litancia se nutrió de jóvenes catalanes que estaban horrorizados por la dis-
posición de los dirigentes de CDC a abandonar el compromiso con la pre-
ciada meta de la total independencia. La violencia como táctica se debatió
siempre en los círculos catalanistas radicales, y nunca se rechazó comple-
tamente." En 1981 los activistas de Terra Lliure se dedicaron a secuestrar y
poner bombas, en una táctica que era reminiscencia de ETA. Pero estas ac-
tividades fueron rápidamente contenidas dentro del movimiento naciona-
lista catalán, y el terrorismo no se normalizó.
Con estas similitudes en la historia regional y en los objetivos naciona-
listas, ¿por qué un movimiento nacionalista debería verse involucrado en el
terrorismo y el otro en la negociación política? Esta pregunta ha sido inclu-
so captada por la imaginación de los principales científicos sociales que
estudian España, pero no han podido ofrecer una respuesta coherente.
Carr y Fusi resaltaron que «no hay una explicación sencilla»' 8 y Gunther y
otros advirtieron que la respuesta es «compleja».' La razón de que sea tan
complicado (y con frecuencia enrevesado) ofrecer explicaciones es la si-
guiente «paradoja»: Cataluña ha sido una espina histórica en el costado del
Estado español mientras que el nacionalismo vasco fue únicamente una
irritación local; 20 esto debería hacernos «pronosticar» ¡terrorismo catalán y
negociación vasca! 2 ` Además, un estudio de los movimientos obreros de
principios del siglo xx sugeriría la hipótesis de que son los catalanes quie-
nes tienen afinidad optativa por la violencia.' A pesar de la confusión exis-
tente en el material publicado, no obstante, es instructivo examinar los es-
fuerzos que han hecho los sociólogos históricos, los politólogos y los
antropólogos para explicar el terrorismo vasco y la negociación catalana,
porque mi perspectiva micro se construirá a partir de sus enseñanzas.

3. SOCIOLOGÍA HISTÓRICA DE CATALUÑA Y EL PAÍS VASCO

Los sociólogos históricos diferencian los nacionalismos vasco y catalán


del siglo xrx observando las clases sociales que jugaron el papel de van-
52 Sociedades en guerra civil

guardia política. 23 El nacionalismo vasco fue el programa de los notables


rurales que perdieron sus estatus ante el rápido desarrollo industrial en la
producción siderometalúrgica de las ciudades. Los principales industriales
necesitaban grandes inversiones de capital y los banqueros vascos crearon
sucursales por toda España para obtener capital. La burguesía industrial y
financiera veía al nacionalismo vasco como algo provinciano y atrasado;
ellos tenían una perspectiva cosmopolita y se consideraban españoles. El
nacionalismo vasco en el siglo xix enlazó con el carlismo neotradicionalis-
ta. En el siglo xx, mientras la alta burguesía mantenía estrechas conexiones
con Franco, se formó una alianza nacionalista entre las fuerzas nacionalis-
tas de izquierda de las ciudades y los nacionalistas tradicionales de las zo-
nas rurales. Se dice que la profunda división de la sociedad vasca y el cu-
rioso matrimonio entre la izquierda anticlerical y el bajo clero llevaron un
fervor moralista al nacionalismo vasco moderno.
En Cataluña, las burguesías industrial y financiera nunca perdieron el
control del movimiento nacionalista, incluso aunque muchos de ellos eran
ambivalentes sobre un programa nacionalista completo. A finales del siglo
xix, los industriales catalanes presionaron sin éxito en Madrid para desarro-
llar una legislación que facilitase el desarrollo de compañías de acciones
conjuntas y que estableciese barreras comerciales para limitar las importa-
ciones textiles de Inglaterra. Estos fracasos, junto con la pérdida en la gue-
rra «hispano-norteamericana» de 1898 de Cuba y de Filipinas donde los in-
dustriales catalanes tenían derechos de cuasi-monopolio, impulsaron a la
burguesía catalana a liderar una alianza interclasista para apoyar la autono-
mía regional catalana. El bloque hegemónico que se formó en Cataluña
pudo negociar con éxito con el Estado español en la década de 1930 y de
nuevo en la de 1980, lo que disminuyó el espacio para una alianza de gen-
tes rurales desafectas y radicales urbanos que retasen a la burguesía en
nombre del nacionalismo.
Los modelos presentados en la investigación de los sociólogos históri-
cos son imágenes convincentes de los dos movimientos nacionalistas; pero
aún siguen estando oscuras las relaciones entre la variable independien-
te (los grupos sociales prominentes en el movimiento nacionalista) y la va-
riable dependiente (el nivel de violencia dentro del plan estratégico para
conseguir sus programas). Las explicaciones son a posteriori: si Cataluña
tuviese terrorismo, sería verosímil conectar el logro de la hegemonía inter-
clasista con la capacidad para organizar una guerra de maniobras contra las
fuerzas del Estado español; y entonces uno podría enlazar el fracaso de
hegemonía en el nacionalismo vasco con la necesidad de hacer la mejor
negociación posible para no ir a la guerra. Las pautas generales macrohis-
tóricas pueden explicar prácticamente cualquier nivel de violencia en los
movimientos nacionalistas que se estudien.
Conflictos violentos y nacionalismo 53

4. MODELOS DE INVESTIGACIÓN POR ENCUESTAS SOBRE NACIONALISMO


VASCO Y CATALÁN

La investigación por encuestas, recogiendo datos de la opinión pública


por toda España, ha tratado de conseguir una comprensión de las diferen-
cias entre los niveles de violencia en los dos movimientos nacionalistas es-
tudiando la estructura de creencias y opiniones populares. Los resultados
políticos, desde esta perspectiva, son el resultado de los valores y senti-
mientos subyacentes. Los datos de las encuestas, por ejemplo de las compi-
ladas por Gunther y otros, 24 desafortunadamente pueden apoyar argumen-
tos en cualquier sentido. Quizá su mejor virtud, sín embargo, sea su poder
para desacreditar las explicaciones habituales de la «ciencia política», tres
de las cuales se resumen aquí.

1. Ideología racista. A menudo se expone, basándose en el estudio de


los escritos nacionalistas de Sabino Arana, que el nacionalismo vas-
co es más «racista» y excluyente que el nacionalismo catalán, y de
este modo más intolerante. El nacionalismo catalán ha recalcado a
menudo la naturaleza diversa del pueblo catalán, y el país se ve
como una encrucijada comercial. Los catalanes se presentan a sí
mismos como más incluyentes y abiertos que otros españoles. Los
datos de encuestas muestran que más vascos que catalanes definen
la pertenencia a partir de «la voluntad de defender la nación». Aun-
que no racista, esta actitud refleja una perspectiva un tanto intole-
rante, considerando como vascos sólo a aquellos que dan muestras
de voluntad para combatir por la causa nacional. 25 Pero otros datos
muestran que los vascos son más propensos que los catalanes a in-
cluir como connacionales a quienes viven y trabajan en su región, y
de ese modo ser más tolerantes en cuanto a la pertenencia. 26 Sobre
la base de estos datos, sería posible encontrar una afinidad optativa
tanto por la intolerancia (violencia) como por el pluralismo (nego-
ciación) en ambas regiones.
2. Divisiones internas. Siguiendo los trabajos de Simmel, los científi-
cos sociales han apuntado que en los lugares donde las personas es-
tán unidas a diferentes conjuntos de otras en diferentes arenas socia-
les (por ejemplo, el trabajo, la familia y la Iglesia) es más probable
que se tengan puntos de vistá políticos más tolerantes y que se bus-
quen compromisos democráticos. Esto se debe a que el oponente
en una cuestión podría perfectamente convertirse en aliado en la
próxima. Los datos de Gunther y otros muestran que los vascos tie-
nen mayores niveles de conexiones entre los diferentes segmentos
en su modelo de divisiones (clase, religión, región y derecha-izquier-
54 Sociedades en guerra civil

da) que los catalanes. Debido a la preeminencia y notable polariza-


ción de una de estas divisiones —la región— en el País Vasco, Gun-
ther y otros sostienen que es más esta preeminencia de la división
relevante que el fiado de conexión entre diferentes segmentos lo
que explica el nivel de violencia.Ya sea esto correcto o no, sus datos
cuestionan la teoría habitual de las divisiones."
3. El poder simbólico de las instituciones culturales. Un alto porcen-
taje de catalanes, por el uso de la lengua catalana, son regionalistas
militantes. El porcentaje de vascos que son exclusivamente castella-
noparlantes es mucho mayor. Si la omnipresencia de una institución
cultural como la lengua facilita la acción colectiva, podría esperarse
que el nacionalismo catalán fuese mucho más militante que el de
los vascos. Efectivamente, podría alegarse, como un dirigente de
UCD, que «hay una mayor angustia en las demandas [vascas), porque
existen mayores amenazas a la supervivencia de su cultura», pero si
tanto el poder de los símbolos culturales como su desaparición in-
minente pueden anticipar una acción política militante, tenemos
que cargar con una teoría que no puede refutarse."

Otros datos de la encuesta muestran también que la identificación vas-


ca únicamente con la comunidad autónoma y el apoyo a un partido nacio-
nalista revolucionario son mucho mayores que los de los catalanes. Pero si
se analiza en el tiempo, Díez llega a la conclusión de que estas actitudes
son producto más de los hechos engendrados por ETA que una explica-
ción de las actividades de ETA." La investigación mediante encuestas ha
sido útil para ayudarnos a eliminar teorías que tienen una buena reputa-
ción a la hora de explicar las diferencias entre los repertorios estratégicos
vasco y catalán. Pero concentrar la investigación en las actitudes y valores
para explicar la acción violenta ha sido menos fructífero. Las mismas acti-
tudes proporcionan señales ambiguas, y es más probable que sean una res-
puesta a los hechos que una explicación de los mismos.

5. EXPLICACIONES ANTROPOLÓGICAS DEL NACIONALISMO VASCO Y CATALÁN

Los antropólogos han hecho importantes aportaciones para entender


la reproducción de la cultura vasca y las fuentes de la cultura de la vio-
lencia que ha caracterizado al País Vasco desde la mitad de la década de
1960. 3° En un sugerente tratado, Zulaika describe el escenario en el que
los hombres jóvenes encuentran que unirse a un movimiento que les
pide que asesinen a personas que han conocido de toda la vida pero que
se han hecho informantes de la policía española es emocionalmente
Conflictos violentos y nacionalismo 55

atractivo. Si los muchachos norteamericanos de la década de 1950 siem-


pre animaban a los «vaqueros» en sus incursiones genocidas contra los
«indios», los muchachos jóvenes vascos ven en ETA una organización que
les ayuda a realizarse como hombres y como ciudadanos. Para su horror,
el mismo Zulaika se sintió empujado por esas mismas fuerzas para buscar
que le admitiesen en ETA. Aunque Zulaika rechaza dar una «causa» social
al atractivo de unirse a ETA en el País Vasco rural, proporciona un con-
texto cultural. Por ejemplo, analiza los significados simbólicos de las pala-
bras «sí» y «no» en la lengua vasca y en su literatura y encuentra que tie-
nen fronteras nítidas e infranqueables. Esta característica cultural, entre
otras, sostiene una política en la que la oposición implacable parece nor-
mal y moral. La cultura vasca, señala Zulaika, rechazó ceder a los atracti-
vos de la «España» moderna y urbana, rechazó comprometerse con el au-
toritario Estado franquista, y en la década de 1960 ETA pidió a los
miembros de esta cultura oponerse terminantemente al centralismo es-
pañol.
Por más sutil y esclarecedor que sea el análisis, el problema epistemo-
lógico del relato de Zulaika es que no puede explicar los siglos de asimila-
ción de los vascos a la vida cultural y política española. Los vascos se hicie-
ron multiculturales, y dijeron «sí» y «no» a la cultura castellana. Encontrar
una base cultural profunda para explicar el terrorismo de ETA siempre
choca con el problema de no poder explicar un fenómeno mucho más du-
radero: la participación vasca en la construcción y el imaginario de la na-
ción española. Quizá lo más problemático a la hora de utilizar el trabajo
de Zulaika como modelo explicativo de la violencia vasca es realizar un
ejercicio complementario para tratar de esclarecer las bases simbólicas
de las interpretaciones propias catalanas. Mientras los antropólogos cata-
lanistas han subrayado la importancia de la noción catalana de seny, un
espíritu práctico de pies en el suelo que premia la frialdad y el compro-
miso,31 es importante reseñar que dentro del repertorio simbólico catalán
existe el concepto de rauxa (impulsivo) a la que los antropólogos habrían
recurrido si los catalanes hubiesen centrado su política en actividades in-
surrectas durante los últimos años del franquismo. 32 De hecho, se ha se-
ñalado que en las leyendas catalanas existe un importante género sobre
batallas heroicas en las que sus antepasados supuestamente combatieron
por el honor de la nación." Los catalanes tienen un repertorio cultural
que puede dar sostén al acuerdo cobarde o a la rebelión heroica. Al igual
que el de los vascos.
56 Sociedades en guerra civil

6. Los FUNDAMENTOS MICRO DE LA VIOLENCIA NACIONALISTA


Aunque las investigaciones anteriores en Cataluña y el País Vasco no
han explicado de forma adecuada el diferente resultado en violencia, y
aunque ninguna de estas teorías se ha puesto a prueba con eficacia en
otros países, es mil desarrollar estas ideas para los tests posteriores. En esta
sección expondré tres proposiciones sobre la violencia en los movimien-
tos nacionalistas de base regional, y en las siguientes secciones comproba-
ré cómo son de firmes estas proposiciones en la comparación vasco-catala-
na y, en prueba de solidez, cómo se mantienen a la hora de explicar en la
etapa postsoviética los altos niveles de violencia comunitaria en Georgia y
los bajos niveles en Ucrania. Si las proposiciones desarrolladas para una
comparación por parejas se mantienen en una segunda comparación, pue-
de sostenerse su fuerza de verosimilitud.
Mi concentración en los fundamentos micro se justifica por la perple-
jidad con que los teóricos de lo macro se han enfrentado a la violencia. Si
macroestructuras similares se unen a resultados divergentes en cuanto a
violencia, quizá las variables que explican la violencia tengan más que ver
con procesos microsociales que trasladan los amplios objetivos sociales a
las tácticas cotidianas. Si se quiere desarrollar una teoría micro de la vio-
lencia nacionalista corresponde a los teóricos promocionar un «relato» ve-
rosímil y convincente del porqué muchos individuos toman sobre sus es-
paldas los riesgos de la lucha armada para lograr unos resultados inciertos
que se compartirán igualmente tanto por los que se han comprometido en
la lucha como por los que no. Mi análisis micro ha identificado tres relatos
separados, que expondré a continuación.

1. Una condición necesaria: la estructura social rural densa

Los movimientos violentos necesitan miembros. Dos condiciones son


necesarias para encontrar luchadores. Primero, debe haber un estrato so-
cial en que la violencia sea parte del repertorio de la cultura habitual. Los
estudios criminológicos se han concentrado no en las clases medias (que
liderarán estos movimientos, pero que no serán capaces de comprometer-
se en actividades violentas), sino en la clase media baja y en los jóvenes de
clase obrera en barrios urbanos, en pequeñas ciudades y en sociedades ru-
rales. 34
Segundo, entre los jóvenes que son miembros de los grupos sociales
(en contraposición con los políticos y económicos) locales es donde más
éxito tiene la banda violenta en el reclutamiento." Se pueden observar
tres tipos ideales de sociedades rurales o de pequeñas ciudades: uno don-
Conflictos violentos y nacionalismo 57

de existe una fuerte presencia de un partido nacionalista en casi todo el


pueblo; un segundo donde la forma principal de solidaridad se basa en so-
ciedades de riego y otros grupos de trabajo compartido; el tercero, donde
exista una fuerte presencia de grupos sociales locales, desde clubes de ex-
cursionistas a boy scouts. Una proposición inicial es que una condición ne-
cesaria para la acción guerrillera nacionalista contra la autoridad estatal es
una sociedad rural rica en grupos sociales de pertenencia.A continuación
explico por qué.
En el primer tipo, es fácil que los partidos nacionalistas sean penetra-
dos por los principales partidos centralistas del Estado, puesto que los líde-
res de los partidos nacionalistas negocian más habitualmente con las fuer-
zas centralistas que con las locales. Un incentivo para los líderes de los
partidos nacionalistas es presentar a las localidades los compromisos gana-
dos con esfuerzo como lo mejor que se puede obtener. Puesto que una
guerra contra el Estado dirigida por los líderes nacionalistas va a necesitar
un ejército coherente y puesto que tendrá muy pocas posibilidades de
vencer a un ejército bien instituido, es muy poco probable que los partidos
nacionalistas apoyen una guerra violenta contra el Estado.
En el segundo tipo, con grupos agrícolas densos, la probabilidad de
que exista acción guerrillera (en el combate localizado es imposible for-
mar ejércitos convencionales) es baja, en gran parte porque cualquier
miembro de un grupo local de trabajo que quiera comprometerse en una
vida de acción politico/militar necesariamente tendrá que abandonar sus
obligaciones económicas. Por lo tanto, existirán fuertes incentivos para
que los líderes de los grupos laborales rurales desalienten estas desercio-
nes de las obligaciones de los equipos de trabajo. Además, puesto que los
grupos de trabajo son visibles públicamente, cualquier acción guerrillera
que esté apoyada por estos grupos puede ser fácilmente identificada por la
policía estatal, y podría seguirse perfectamente el principio de culpabili-
dad colectiva. Es, por consiguiente, imprudente que la acción guerrillera
tenga como base la solidaridad de los grupos laborales rurales.
Los grupos sociales localizados son, sin embargo, el nicho ideal para la
acción guerrillera. Mientras que los grupos económicos tienen normas de
justicia, los grupos sociales tienen normas de honor. Si un miembro desta-
cado de un grupo scout se comprometiese con un grupo guerrillero nacio-
nalista, que otro miembro lo delatase sería una deshonra para este último, y
en la realidad sentirá la presión social para que se una a ese líder. Además,
puesto que la mayoría de grupos sociales locales tienen listas de miembros
que son tan privadas como las de los masones, los miembros del grupo no
tendrán temor a represalias por pertenecer a grupos en que muchos de sus
miembros estén activos en movimientos guerrilleros o terroristas. Cuanto
mayor sea el número de estos grupos, mayor será la probabilidad de que
58 Sociedades en guerra civil

una masa crítica de líderes se comprometa en una campaña terrorista clan-


destina para alcanzar el sueño nacional.

2. Explicar los incentivos a la violencia: un fenómeno


de juego inclinado

El juego inclinado, que desarrolló por primera vez Schelling para expli-
car fenómenos como la estabilidad vecinal, 36 puede aplicarse a la dinámica
de reclutamiento para causas nacionales. Para ilustrar el mecanismo de in-
clinación, primero presentaré un modelo que muestre las dificultades a las
que se enfrentan los líderes nacionalistas para buscar apoyo en un cambio
de lengua de la educación pública desde la del centro a la de la región.'
Este modelo puede aplicarse para concretar el punto del proyecto nacio-
nal en el que los líderes tendrán incentivos para utilizar tácticas violentas.
Pensemos en una región de un país en la que durante siglos un porcen-
taje significativo de las personas han empezado a utilizar la lengua del cen-
tro político como idioma de educación, de trabajo, e incluso de la vida co-
tidiana en el hogar. Muchas personas de las pequeñas ciudades y de las
áreas rurales son bilingües, pero sólo unos pocos son monolingües en la
lengua de la región, una lengua que ya no tiene apoyo institucional (en es-
cuelas o en la administración pública) para sobrevivir a largo plazo. Inevi-
tablemente habrá cuerpos de historiadores, poetas y filólogos nacionales
que mantendrán «viva» la lengua nacional; ellos tendrán las semillas para
cualquier movimiento nacionalista contrahegemónico siempre y cuando
los sectores dirigentes de la sociedad regional cultiven un movimiento na-
cional. El renacimiento nacional requerirá, entre otras cosas, que las perso-
nas que utilizan principalmente la lengua estatal para obtener informa-
ción, ver la televisión o escribir cartas comiencen a prepararse (y lo que es
más importante, a preparar a sus hijos) para funcionar en la lengua regia
nal. Será una inversión costosa, en especial si el movimiento fracasa por-
que carece de una masa crítica de portavoces de la lengua regional.Todos
los individuos de la región necesitan calcular los costes y los beneficios del
reajuste a la lengua regional, que se basan en valoraciones subjetivas de la
probabilidad de que los otros tomen la misma decisión. El cálculo para rea-
lizar esta inversión en la lengua regional se basa en: a) la compensación
económica por aprender la lengua regional; b) el estatus adquirido o perdi-
do en la sociedad regional aprendiendo o no la lengua regional; y c) los
cambios en a y b basados en el porcentaje de ciudadanos de la región que
ya han invertido en la lengua regional como idioma de la futura «nación».
Supongamos que la compensación media que reciben los individuos
por cambiar a la lengua local es considerablemente menor que la compen-
Conflictos violentos y nacionalismo 59

sación media por seguir utilizando fundamentalmente la lengua del centro.


Y supongamos que los primeros que cambian a la lengua regional (que
tendrán compensaciones individuales mayores que la media de la socie-
dad) obtienen mayores honores de la comunidad por su valentía y buenos
empleos como líderes regionales y profesores, pero que estos éxitos pri-
meros únicamente recompensan a un pequeño porcentaje de los que cam-
bien, y que a un nivel aproximado del 25 %, a los que se pasan a la lengua
regional ya no se les recompensa como héroes regionales. Supongamos
además que los beneficios económicos en forma de empleo profesional
por aprender la lengua regional únicamente comienzan a funcionar des-
pués de que más de la mitad de las personas de la región estén funcionan-
do en esta lengua. Supongamos finalmente que las sanciones negativas
(pérdida de honor local) por utilizar la lengua del centro no se hacen gra-
ves (en especial en las ciudades) hasta que el 45 % de la población cambia
la lealtad de la lengua primaria. Si se formalizan estos supuestos, el juego
inclinado podría ser como la figura A (véase pág. 60).
En este punto son de especial interés dos aspectos de la figura A. Pri-
mero, es individualmente irracional para aquellos cuyas compensaciones
por cambiar están en la media o por debajo de la media hacerlo en las pri-
meras etapas de un movimiento nacional. Segundo, después de los éxitos
iniciales en el campo de la lengua regional, el movimiento nacional pasará
épocas duras (dada la creciente divergencia en las compensaciones me-
dias) a la hora de reclutar gente que haga una inversión personal en el
futuro de la lengua regional (esto es, a<b). Esta diferencia se agravará por
el hecho de que los primeros que cambiaron fueron los que tenían una
compensación mayor de la media por «R». Esto hará que el campo poten-
cial de los que cambien al 40 % de R tengan menor apoyo medio por R
(siendo las otras constantes) que la población potencial al 25 % de R. De
este segundo aspecto se deduce mi hipótesis sobre la violencia. La hipóte-
sis es que cuanto mayor sea la diferencia entre a y b, más probable será
que en el punto de «cambio al 40 %» los primeros que se cambiaron (los
que llamo los «vigilantes de la lengua») vean el terrorismo como una tácti-
ca útil para aumentar los costes de aceptar el statu quo lingüístico. Aterro-
rizando a los actores regionales relevantes que aún no han cambiado, los
vigilantes aumentarán los costes en estatus de no cambiar. Aterrorizando a
las fuerzas policiales del centro político, los vigilantes buscan crear una
mayor solidaridad regional y así aumentar los beneficios de cambio. El te-
rrorismo, entonces, es una táctica válida en el juego inclinado de resurgi-
miento nacional para los vigilantes de la lengua cuando las diferencias en-
tre las compensaciones de identificarse con el centro y las de identificarse
60 Sociedades en guerra civil

RESURGIMIENTOS NACIONALISTAS Y VIOLENCIA

FIGURA A
Un juego modelo inclinado

Comienza la pérdida del honor


por escoger C 12

Altas

a
Compensaciones
R

Bajas
Compensaciones colosales Comienzan los mayores beneficios
por descensos de R económicos espetados por escoger R

o 25 50 75 1(X)

Porcentaje de personas en la región que cambian de la lengua del centro como medio prima-
rio de instrucción en su educación a la lengua regional.
CC = Compensaciones para las personas que reciben instrucciones en la lengua central;
RR = compensaciones para las personas que reciben instrucción en la lengua regional.
• = Statu quo antes de comenzar el movimiento nacionalista.

con la región comienzan a aumentar en una dirección desfavorable para la


causa nacional.

3. Mecanismos de mantenimiento: un suceso aleatorio, el valor de las


victorias clamorosas pero pequeñas, la tiranía de los costes
sumergidos y la cultura de la violencia

El tercer conjunto de mecanismos explica cómo se mantiene la violen-


cia. La proposición básica en este punto es que la violencia sólo aparece en
un pequeño subconjunto de casos de entre aquellos en los que existen las
condiciones necesarias y entre los que hay fuertes incentivos para utilizar-
la. La fortuna escoge un pequeño subconjunto para que comience a operar
un ciclo de la violencia. Una vez que comienza la violencia, se mantendrá
Conflictos violentos y nacionalismo 61

por tres factores: a) si la población regional percibe las victorias tácticas


pero es ciega a las pérdidas estratégicas; b) si los costes de abandonar la or-
ganización terrorista son altos; y c) si se institucionaliza la «cultura» de la
violencia.
Los movimientos nacionalistas activos en regiones de Estados bien
arraigados se enfrentan indefectiblemente a fuerzas policiales y a ejércitos
estatales que están bastante más institucionalizados y que tienen un acce-
so bastante mayor a las armas de fuego que sus rivales. En estas condicio-
nes, sería irracional para cualquiera alistarse en un ejército que probable-
mente sea aniquilado. Supongamos, sin embargo, que un pequeño grupo
de comando planease un acto revolucionario, como el asesinato de un po-
lítico prominente del centro. En la mayoría de los casos, estos esfuerzos fra-
casarán; pero cuando triunfen —es lo que llamaría un suceso «aleatorio»
que no puede explicarse por factores de estructura social—, estos sucesos
tendrían el poder de galvanizar el apoyo de los potenciales miembros que
ahora observan cómo el grupo tiene «éxito». Si se concentra la atención en
la táctica, las organizaciones terroristas pueden presentar una increíble su-
cesión de victorias, lo que puede tener el efecto de formar percepciones
en la región de que el equilibrio de fuerzas está de su parte.
Una clamorosa «victoria» aleatoria, y la concomitante revaluación de
las oportunidades de independencia por parte de las personas de la
región, conducirá a una nueva tiranía —la tiranía de los costes sumergi-
dos—. 38 Después de que los nuevos miembros se unan a la organización
militar ilegal, y después de que cometan un acto criminal, es sumamente
difícil, psicológicamente y por razones de seguridad, que cambien de
opinión y vuelvan a la inactividad política. 39 Esta tiranía de los costes su-
mergidos actúa para mantener un movimiento mucho después de que
sus objetivos originales, o incluso su caracterización originaria del «cen-
tro», se difuminan en las acciones de los comandos y en las represalias
estatales. Este ciclo de acción-represión-acción que se intensifica entre el
movimiento nacionalista y la autoridad estatal (u otros enemigos del movi-
miento regional) crea lo que puede denominarse una «cultura de la violen-
cia» en la que la gente corriente se vuelve insensible a la violencia y co-
mienza a verla como parte de la vida «normal». 4° La expectativa cultural de
la violencia ayuda a perpetuarla, puesto que la violencia se une al conjunto
de actos verosímiles que cualquiera en una sociedad puede utilizar para al-
canzar un determinado objetivo político.
62 Sociedades en guerra civil

7. RECUENTO DE LAS HISTORIAS DEL RESURGIMIENTO NACIONALISTA VASCO


Y CATALÁN

Los mecanismos micro expuestos en la sección anterior se desarrolla-


ron con miras a diferenciar los movimientos regionales vasco y catalán. No
será sorprendente encontrar las diferencias clave entre las dos regiones en
cada uno de estos mecanismos. La «prueba» real será ver su nivel de soli-
dez, una vez que nos traslademos a otro contexto, en la desaparecida
Unión Soviética. Pero incluso si no hubiese sorpresas, merece la pena ex-
poner las diferencias fundamentales entre las dos regiones españolas.

1. Estructura social:prácticamente todas las explicaciones antropoló-


gicas de la sociedad vasca señalan la importancia de los grupos so-
ciales con pocos miembros y de base rural. Cada pueblo tiene sus
propios clubes de montaña, llamados mendigoitzale, y se ha com-
probado que las habituales excursiones siempre son ocasiones para
vinculaciones afectivas masculinas y para la intriga política.Además,
es característico de la sociedad vasca que los hombres jóvenes se
unan en bandas, o cuadrillas de entre seis y diez por grupo. Las tra-
vesuras y el pequeño vandalismo son parte del repertorio de activi-
dades de estos grupos. Cuando los miembros maduran, los grupos
se transforman en sociedades para beber. En palabras de Gurrutxa-
ga: «Parece que el desarrollo en Guipúzcoa facilita la difusión del na-
cionalismo, porque está basado en las pequeñas ciudades, donde los
mecanismos de control social se hacen más significativos y donde
existe una red muy densa de relaciones interpersonales»."
Aunque los miembros fundadores de ETA fueron principalmen-
te intelectuales urbanos y universitarios, a mitad de los setenta la
base de reclutamiento de ETA se trasladó a las ciudades de tamaño
pequeño y medio, donde se reclutaba a los miembros entre los tra-
bajadores semicualificados de las pequeñas fábricas.'" Se convirtie-
ron, como nos habían anticipado Mardin 43 y Waldmann, 44 en coman-
dos del programa terrorista de ETA. En el estudio de Clark sobre
ETA, encuentra que los grupos de montaña y las cuadrillas fueron
las fuentes de reclutamiento de ETA." En su base de datos con
ochenta y un militantes de ETA, ninguno (y esto es coherente con la
teoría de Petersen) procedía de un pueblo agrícola. La gran mayoría
provenía de pequeñas ciudades en las que los jóvenes iban a traba-
jar a pequeñas fábricas cercanas. Eran trabajadores de día, pero se
imbuían en la cultura vasca por la noche.A diferencia de los agricul-
tores, no eran miembros de los grupos económicos locales sino sólo
de los sociales. La solidaridad dentro de estos grupos permite el re-
Conflictos violentos y nacionalismo 63

clutamiento clandestino y una cultura de honor grupal que hace


casi imposible que cualquier miembro del grupo se convierta en in-
formante de la policía.
Si bien el País Vasco era fuerte en grupos sociales locales, era dé-
bil a nivel de organizaciones locales de partidos conectadas con las
instituciones políticas del conjunto de España. Los líderes de estos
partidos, como indican las teorías de Petersen, estaban interesados
en desarrollar negociaciones con el poder político del centro. Sin
duda, el PNV había construido un partido fuerte centralizado (en la
región) con excelentes contactos locales. Esto podría ayudar a ex-
plicar por qué el PNV a finales de los ochenta fue capaz de coope-
rar con el Estado español para marginar a ETA de la región vasca. 46
PeroETAfucapz,hstlnovedimuzarscnte
tipo de negociaciones. El brazo político de ETA, Herri Batasuna, en-
tró en la competencia parlamentaria, pero prohibió a sus cargos
electos que ocupasen sus puestos. Los parlamentarios de HB no po-
dían enriquecer sus carreras tratando de vender un compromiso
político a su base de masas."
Si el trabajo antropológico en el País Vasco hace hincapié en los
grupos sociales con una base local, la investigación sobre el caso ca-
talán resalta la importancia de los grupos de base económica (los sin-
dicatos) y sus conexiones con los partidos políticos nacionales. Díez
comenta que al final del franquismo Cataluña tuvo una actividad polí-
tica de partidos mucho mayor que el País Vasco, y señala que «mien-
tras ETA se encontró con poca competencia a la hora de convertirse
en el centro simbólico de la oposición vasca a Franco, los grupos na-
cionalistas revolucionarios en Cataluña... se enfrentaron con una fuer-
te competencia de otros grupos políticos más moderados...».48 Es más
probalequstidpíconegqumbat;soy-
da a explicar el bajo nivel de nacionalismo violento en Cataluña.
Si Cataluña fue fuerte en desarrollo de partidos, era más débil en
el desarrollo de grupos sociales autónomos en ciudades pequeñas.
En un estudio del Alto Penedés, el autor menciona que con anterio-
ridad a mediados del siglo xix los únicos grupos voluntarios estaban
dirigidos por hermandades católicas. 49 Y cuando comenzaron a crear-
se organizaciones sociales seculares, todos los grupos estaban diri-
gidos por hombres que eran «los caciques de uno u otro partido na-
cional. La prominencia del partido nacional determinaba en parte la
prominencia del cacique a nivel local... El cacique local era poco
más que un recolector de votos para el partido nacional y un admi-
nistrador de clientelismos a nivel local... Era un hombre que se ocu-
paba de conseguir cosas para las gentes...». Según la lógica de las ba-
64 Sociedades en guerra civil

ses grupales de una organización terrorista, el modelo catalán de


grupo rural invita a establecer acuerdos extralocales entre los líde-
res de los grupos sociales y las autoridades estatales. Otro estudio
antropológico centrado en la «cultura de oposición» durante la Ca-
taluña franquista vio que los sindicatos y la Iglesia eran las organiza-
ciones fundamentales en la vida del pueblo. Tenían cierta importan-
cia los grupos de scouts (que estaban apoyados por la Iglesia) y de
montaña; por tanto sería razonable considerar que la vida rural cata-
lana tenía algún potencial, si bien es cierto que menor que el del
País Vasco, para desencadenar un grupo violento de oposición."
La evidencia antropológica sugiere que las condiciones sociales
para una estructura del tipo comando tenía más apoyo en el País Vas-
co que en Cataluña; pero esto no significa necesariamente que hu-
biese sido imposible en Cataluña (no sabemos el umbral), ni significa
que la violencia fuese el resultado lógico de la estructura social vas-
ca. Únicamente hemos visto cómo una condición necesaria se ha
cumplido de forma más completa en el caso vasco que en el catalán.
2. Fenómenos de inclinación: el enfoque de la sociología histórica
identificó una élite nacionalista hegemónica catalana y una vasca di-
vidida. Políticamente, esto se manifestó claramente en el desmoro-
namiento de la Segunda República. A diferencia del País Vasco, Cata-
luña tenía un gobierno regional que funcionaba con éxito en la
Segunda República. Su presidente, Josep Tarradellas, pasó los años
del franquismo en el exilio en Francia. Se convirtió en un símbolo
de las aspiraciones catalanas, incluso aunque las generaciones de li-
deres más jóvenes, como Jordi Pujol, sentían que les llegaba el turno
de gobernar. Debido a la legitimidad de Tarradellas, los catalanes ra-
dicales no pudieron renunciar públicamente a su liderazgo, o soca-
var las negociaciones de Tarradellas con Adolfo Suárez, el presidente
español que dirigió la tramitación. Mientras tanto, en el País Vasco el
liderazgo republicano se descompuso en grupos divididos durante
la guerra civil. Una fracción se fue al exilio, mientras que otra siguió
combatiendo en la guerra. El gobierno en el exilio no tuvo el mismo
peso simbólico para los vascos que el que tuvo para los catalanes. La
competencia política dentro del País Vasco siguió siendo más nota-
ble que dentro de Cataluña. Shabad escribe que dentro del País Vas-
co la mayor hostilidad existente se produce entre HB y el PNV (que
estaba dispuesto a pactar con Madrid), más que entre todos los par-
tidos nacionalistas vascos unidos contra el Partido Socialista Obrero
Español gobernante y no regionalista."
Sin embargo, ¿cuáles son los mecanismos que transforman la di-
visión de las élites en violencia y la unidad de las élites en negocia-
Conflictos violentos y nacionalismo 65

ción? Aquí es donde el juego inclinado podría proporcionar una res-


puesta, puesto que estudia más detenidamente la dinámica de reclu-
tamiento dentro de la sociedad autóctona, comenzando desde un
período de optimismo en el País Vasco cuando la oposición a Fran-
co comenzó a expresarse en clave nacionalista. Los nacionalistas ra-
dicales de la primera época ganaron el apoyo de un porcentaje pe-
queño pero significativo de población vasca para el bando
abertzale (perspectiva de liberación nacional). Pero la gran mayo-
ría, aunque era comprensiva con la posición abertzale, no estaba
dispuesta a cortar amarras con España. Los líderes experimentaron
el complicado problema de convencer a sus compañeros vascos de
que cambiasen infinitamente sus comportamientos cotidianos a
cambio de ganancias inciertas. Una manera para cambiar los cálcu-
los de los que siguen siendo españoles en su forma de pensar y vivir
fue aumentar los costes de hacerlo, al principio por acoso y des-
pués probablemente por terror.
Aunque ETA no se vio involucrada directamente en batallas de re-
vitalización cultural, una manera de pensar sobre el dilema de reclu-
tamiento de ETA, al menos de un modo metafórico, es analizar los di-
lemas a los que se enfrentaban los que buscaban potenciar la lengua
vasca. Aprender la lengua vasca para muchos vascos urbanos y en es-
pecial para los de Álava y Navarra sería una gran carga, solamente
con recompensas inciertas. Para los inmigrantes, aprender una len-
gua que no comparte raíces con las lenguas indoeuropeas sería espe-
cialmente oneroso. Sería duro para cualquiera asumir racionalmente
que el vasco reemplazase al castellano en la vida propia.
Mientras tanto, la tarea era más sencilla para los nacionalistas ca-
talanes. La lengua catalana ha sido una lengua de ciencia y literatura
durante siglos. Desde el renacimiento cultural de mediados del siglo
xix hasta la segunda República (1931-1936) hubo una efusión de
publicaciones en catalán. La lengua es de la familia romance y, a di-
ferencia del euskera, podía ser aprendida fácilmente por los inmi-
grantes castellanoparlantes. Costaba unos meses alcanzar el enten-
dimiento pasivo; la participación activa quizás unos pocos años.
Cuando los nacionalistas catalanes aprobaron la Ley de Normaliza-
ción Lingüística (1979) en Cataluña, muchas personas vieron con
razón que si sus hijos no aprendían catalán, su futuro (por ejemplo,
en las admisiones universitarias) corría peligro.
Los radicales vascos se enfrentaron a una situación más dificil
al tratar de «inclinar» su región en la dirección de una cultura con
centro vasco. Sus más firmes seguidores tenían dificultades para
aprender la lengua vasca. Estos líderes radicales afrontaron una ta-
66 Sociedades en guerra civil

rea más ingente que los catalanes para alterar las compensaciones
subjetivas. Los primeros que se pasaron a los estilos culturales vas-
cos se convirtieron en héroes locales. Cuando se hizo irracional
que más vascos se ajustasen del mismo modo, los radicales tuvie-
ron que aumentar los costes de mantener el statu quo mediante la
intimidación de los que rechazan cambiar. En un cálculo racional
de los radicales pueden encontrarse las fuentes del miedo y quizás
incluso del terror de que el movimiento se estancaría si no se aña-
día el coste del miedo a los que se encuentran cómodos en el sta-
tu quo.
ETA no estaba jugando un juego inclinado de lengua, pero la ló-
gica puede ser la misma. Mi hipótesis es que la violencia estaba diri-
gida contra las autoridades policiales españolas, y los secuestros y el
«impuesto revolucionario» eran acciones instrumentales diseñadas
para reconfigurar la función de compensaciones de los vascos en su
evaluación del valor de mantener una forma de vida «española». La
explicación micro, enlazada con la situación macrosociológica de
una élite vasca dividida y una élite catalana unida, proporciona un
relato coherente de por qué la violencia en el País Vasco se convier-
te en una estrategia nacionalista válida, incluso racional.
3. Mecanismos de mantenimiento: ETA apareció en 1959 cuando una
coalición de grupos juveniles, frustrados con la pasividad de las ge-
neraciones más antiguas del PNV, fusionaron ideas de nacionalidad
etnolingüística con la guerra de guerrillas anticolonial y el marxis-
mo. Los grupos que formaron fueron propensos a cismas de todo
tipo, y sólo suponían un elemento marginal en el movimiento clan-
destino antifranquista en el País Vasco. En 1965, los miembros se pu-
sieron de acuerdo en una teoría de cambio revolucionario: involu-
crar al Estado en una «espiral de acción-represión-acción» que
serviría a los propósitos nacionalistas, puesto que esta espiral atrae-
ría cada vez a un número mayor de vascos al bando revolucionario.
Nueve años después de su formación, con no más de un centenar
de miembros, se les dio el alto en un control de carretera a un par
de etarras tras el robo de un banco. A uno de ellos se le sacó del co-
che y le dispararon; el otro fue encerrado y torturado. Fiel a su ideo-
logía, ETA seleccionó como objetivo a un comisario de policía espe-
cialmente cruel, y lo asesinó. Las consecuencias jugaron a favor de
la ideología de ETA. Franco declaró un «estado de excepción» en
todo el país, poniendo en marcha exactamente el mismo tipo de ac-
ciones represivas que habían aventurado los líderes de ETA, y ETA
atrajo a nuevos miembros. La vasta represión de la policía española,
sin embargo, fue eficaz y en 1970 el número de miembros de ETA
Conflictos violentos y nacionalismo 67

había descendido de seiscientos a unos cien. En diciembre de ese


año, el infame juicio de militantes de ETA celebrado en Burgos, en el
que se acusaba a dos curas vascos, indignó a la opinión pública in-
ternacional y ayudó a ETA a recuperar fuerzas.Y tres años después,
en lo que por entonces fue quizá la victoria terrorista más apabw
liante en la historia moderna europea, los comandos de ETA asesina-
ron a Carrero Blanco, el primer ministro español y heredero in pec-
tore de Franco. Finalmente, la ejecución de dos presos de ETA en
1975 provocó una huelga general y convirtió a las víctimas en már-
tires. 52 Por estos sucesos, ETA se convirtió en la estructura organiza-
tiva para muchos jóvenes vascos de pequeñas ciudades que busca-
ban desesperadamente formar parte del panorama nacionalista. ETA
se hizo tan mítica en su identificación con los valores vascos que
pudo aumentar su reclutamiento en la sociedad rura1. 53
Esta historia esquemática de ETA ilustra dos facetas. 54 Primero,
identificar las condiciones sociales que condujeron al surgimiento
de ETA no ayuda a explicar por qué la violencia, el terror, el asesina-
to y el secuestro se convirtieron en características definitorias del
resurgimiento nacionalista vasco contemporáneo. Grupos como ETA
se forman en muchos tipos diferentes de sociedades, y su perspecti-
va quizá no es muy diferente de la organización catalana Terra Lliu-
re. Pero un suceso aleatorio —como es que le den el alto en un con-
trol de carretera— que terminó siendo un asunto de Estado, catalizó
al grupo como fuerza representativa fundamental de las aspiracio-
nes vascas. El asesinato de Carrero Blanco, que tuvo éxito porque el
general siguió la misma ruta a la iglesia cada mañana durante varios
años, fue igualmente aleatorio y vigorizante. Sin esta clase de suerte
de ETA, el PNV podría haberse convertido perfectamente en la voz
hegemónica de las aspiraciones vascas, y los científicos sociales es-
tarían escudriñando en la historia y en la estructura social vascas en
busca de las raíces del nacionalismo pacífico.
Segundo, los primeros asesinatos, el exitoso secuestro de un in-
dustrial vasco que había intimidado a los sindicatos, el cobro de un
«impuesto revolucionario» a un amplio segmento de atemorizados
empresarios vascos, y la facilidad para robar armas y municiones de
las armerías españolas dieron a los operativos (así como a los pa
tenciales miembros) de ETA un sentido claro de triunfos tácticos
inagotables. El valor de las sucesivas pequeñas victorias fue más po-
deroso en los cálculos de ETA que el grado de progreso hacia el ob-
jetivo último. Por supuesto, el cúmulo de victorias eclipsó cualquier
valoración sobre que fuese posible una vida en libertad dentro de la
recién estrenada democracia española.
68 Sociedades en guerra civil

En cuanto que se hubo instituido la cultura vasca de la violencia


mediante la sobrevaloración de victorias tácticas apabullantes, los
nacionalistas vascos contra ETA se enfrentaron a un apuro político.
Un alto mandatario del PNV respondió en una entrevista que era
poco realista trabajar por los objetivos de ETA, pero rápidamente
añadió que «si dijese hoy que soy español, que renuncio a la inde-
pendencia vasca, me echarían de inmediato de mi partido». Un sena-
dor del PNV, Joseba Elósegui, dijo en 1984 que «los padres de los
miembros de ETA pertenecían al PNV, y proponen que el padre pe-
neuvista denuncie a su hijo etarra a la Guardia Civil...». 55 El ímpetu
de ETA impidió que los líderes políticos vascos denunciasen su uso
de la violencia.
ETA influyó en la agenda política no solamente vigilando a los
peneuvistas, sino que también fue capaz de vigilar a los desertores
de entre sus militantes. Es cierto que el control de ETA sobre la po-
blación vasca se limitaba a unas pocas zonas de la Euskadi más pro-
funda, y que era relativamente fácil para los miembros de los co-
mandos que decidían regresar a la vida civil norma1. 56 Además, en
1980 el ministro del Interior español desarrolló un programa de am-
nistía que al final reinsertó a doscientos antiguos terroristas a la so-
ciedad civil. Todavía los que aceptaron la amnistía se encontraban
sujetos a las amenazas de muerte de los terroristas." La violencia se
mantiene cuando los ya implicados en actos de terrorismo temen
represalias si abandonan sus puestos en la organización.
Nunca se produjo un ciclo de violencia en Cataluña, incluso
aunque las tensiones generacionales que llevaron a ETA sin duda
existían en Cataluña, y aunque los grupos radicales de Cataluña deba-
tieron el terrorismo con el mismo vocabulario que los organizadores
de ETA. Terra Lliure 5» y la «corriente social marxista» 59 por supuesto
tenían elementos que hacían difícil distinguirlos de los de ETA. Las
culturas de la violencia no son eternas; ni pueden atribuirse a nin-
gún grupo nacional. Debe recordarse que los catalanes fueron los
anarquistas violentos de principios del siglo xx y los regionalistas
pacíficos de finales del siglo xx. A los vascos se les conocía por su
incorporación pacífica de siglos a la corona castellano-leonesa. Una
combinación de organización social y sucesos aleatorios puede in-
troducir en el pueblo un estilo de vida en el que los terroristas pa-
sen a ser héroes y en el que los ciudadanos corrientes se vuelvan in-
munes a la violencia. Las culturas, una vez institucionalizadas, son
resistentes al cambio; pero no son eternas.
Conflictos violentos y nacionalismo 69

8. UNA PRUEBA CRÍTICA: GEORGIA Y UCRANIA

El desmoronamiento de la Unión Soviética y el surgimiento de las re-


públicas de la Unión como nuevos Estados nacionales permiten una exce-
lente prueba de solidez. Como en el caso vasco-catalán, los líderes en Geor-
gia y Ucrania tenían problemas parecidos en cuanto al establecimiento de
un programa nacionalista. Sin embargo, los resultados fueron muy diferen-
tes. En Georgia, las elecciones democráticas no condujeron a un gobierno
pacífico sino a una especie de insurgencia violenta antigubernamental in-
trageorgiana y a un conjunto de guerras entre los georgianos y los grupos
étnicos minoritarios. En Ucrania, se discutieron ampliamente las eleccio-
nes democráticas, pero el ganador pudo plantarse en el poder sin guerras
intestinas, y unas elecciones posteriores llevaron a la transferencia pacífica
del poder presidencial. Además, a pesar de las múltiples minorías cultura-
les existentes en Ucrania, los primeros años de independencia pasaron sin
guerras de guerrillas interétnicas, incluso aunque las nubes de guerra se
cernieron sobre Crimea.
Prácticamente todas las repúblicas de la antigua Unión Soviética eran
multiétnicas en su composición pero tenían un único grupo (llamado en
la Unión Soviética la nacionalidad «titular») que daba nombre a la repúbli-
ca y al que iban la mayor parte de las prebendas. En el contexto de la
Unión Soviética, a los grupos minoritarios se les garantizaba protección
en las republicas de la Unión desde Moscú, y los miembros de estos gru-
pos que tenían ambiciones podían orientarse hacia la jerarquía de estatus
de la Unión Soviética. Mientras tanto, los miembros de la nacionalidad «ti-
tular» podían orientar su futuro o bien hacia la república o bien hacia la
Unión Soviética.Tras el desmoronamiento de la Unión Soviética, las mina
rías étnicas en las repúblicas recién independizadas estaban expuestas a la
buena voluntad de los titulares, y esta situación era una invitación al con-
flicto.
En Georgia, puesto que muchos armenios, judíos y rusos salieron de la
república a partir de 1959, los georgianos representaban casi el 70 % de la
población, los armenios suponían el 9 % y los rusos el 7,4 %. 60 La mayoría
de la población de otras minorías vive en la frontera con Turquía y en las
regiones montañosas del Cáucaso fronterizas con la república rusa. Los
osetios se encuentran a ambos lados de la frontera entre Georgia y Rusia.
En esta última, Osetia del Norte es una república autónoma; en la primera,
Osetia del Sur (con sólo sesenta mil osetios y treinta mil georgianos) es un
oblast autónomo, algo más bajo en estatus que una república autónoma.
Los osetios del sur temían la fractura de la Unión Soviética y buscaron la
unidad con sus hermanos del norte. Los georgianos sostienen que los ose-
tios sólo llegaron a Osetia del Sur en siglos recientes, y que legítimamente
70 Sociedades en guerra civil

deberían volver a Rusia. El problema osetio tenía un considerable potencial


para la violencia en la Georgia postsoviética.
En el noroeste de Georgia, en un importantísimo nudo de ferrocarriles
hacia Rusia (importantísimo no sólo para Georgia sino también para Arme-
nia), está la montañosa República Autónoma de Abjazia, donde los abjazios
sólo representan una pequeña minoría del 17 % de la población (mientras
que los georgianos suponen el 45 %). Los abjazios pidieron inmediatamente
la separación de Georgia, y las autoridades de Tbilisi temieron por la segu-
ridad de los georgianos que vivían allí. En Abjazia también viven adigueses
(también conocidos como cherkeses), abazos, ingushes, kabardinos y che-
chenos.Todos ellos son predominantemente musulmanes, y el conflicto en-
tre estos grupos ha sido una característica habitual de la historia política re-
ciente. Sin embargo, estos conflictos se han concentrado en la república
rusa, y a finales de 1994 dio comienzo una invasión rusa en Chechenia. Fi-
nalmente, en Georgia, en la frontera con Turquía, los adzharios, que son étni-
camente georgianos pero de religión musulmana, plantean otra amenaza se-
cesionista.
El escenario de naciones en Ucrania es incluso más complejo, y quizás
está incluso más «cargado» de antipatías históricas. Ucrania tenía cincuenta
y dos millones de personas y ciento diez nacionalidades: 37 millones de
ucranianos, 11,3 millones de rusos, 486.000 judíos y 440.000 bielorrusos.
Los mineros del Kuzbass (originarios de Siberia), muchos de los cuales
emigraron de las áreas mineras del Donbass, no eran conscientes de que vi-
vían fuera de «Rusia». Crimea, que Jruschov cedió a Ucrania en 1954, es una
zona turística rusa efervescente y el centro de una base naval «soviética»
clave. Los rusos de Crimea han insistido en la creación de «Novorus», una
república independiente dentro de la Confederación de Estados Indepen-
dientes. En la región de los Cárpatos, eslovacos, checos, húngaros, ruma-
nos, gitanos y alemanes viven junto a rusos y ucranianos. Los habitantes de
los Cárpatos han solicitado un oblast especial, pero también se han plan-
teado la posible incorporación a repúblicas vecinas, sobre todo por Molda-
via y Rumania en lo que respecta a la franja de tierra de Besarabia y Bukovina
del Norte que se cedieron a Ucrania como resultado del pacto entre Molo-
tov y Ribbentrop. De toda Ucrania, los tártaros, que fueron arrancados
inhumanamente de su tierra natal en Crimea, comenzaron a volver a su pa-
tria en la década de 1960 y ahora afirman que los ucranianos y los rusos
que viven allí lo están haciendo ilegalmente. Las divisiones religiosas entre
la Iglesia Unitaria (mayoritariamente ucraniana) y la Iglesia Ortodoxa Autó-
noma Ucraniana (mayoritariamente rusa), con batallas sobre los derechos
de propiedad en la agenda actual, empañan la escena política. Menos mani-
fiesto hasta ahora es el conflicto entre los unitarios y la Iglesia Ortodoxa
Autocéfala Ucraniana (de mayoría ucraniana). Una monografía reciente
Conflictos violentos y nacionalismo 71

examina el «legado de intolerancia» entre los grupos religiosos en Ucrania,


y el autor señala que cuando el Estado soviético «relajó sus políticas opre-
sivas hacia la religión y permitió la legalización de las Iglesias hasta ese mo-
mento prohibidas, los miembros de estas Iglesias de repente se encontra-
ron necesitados de confrontar los viejos antagonismos, [de los cuales] los
últimos estallaron en actos hostiles entre algunos de los grupos, junto con
acusaciones mutuas de discriminación y violencia». 6'
El hecho relevante de la etapa postsoviética es que aunque ambas repú-
blicas estaban plagadas de antipatías nacionales, culturales y religiosas, en
Ucrania se marginaron eficazmente los potenciales pogromos, mientras que
en Georgia las antipatías nacionales fueron base para el terrorismo y la guerra.
En Ucrania, a pesar de un intento coordinado de los medios de comunica-
ción rusos por despertar los odios nacionales —prácticamente todas las
crónicas que reflejan incidentes aparecen en televisiones y periódicos ru-
sos—, los nacionalistas ucranianos han sido capaces de controlar sus peo-
res instintos. En palabras de Mijailo Horin, el vicepresidente del Ruj, la coa-
lición nacionalista de Ucrania, «el movimiento ucraniano Ruj y otras
organizaciones, como el Partido Demócrata Republicano... siempre han de-
fendido una visión de Ucrania como patria de diversas nacionalidades
[que] son iguales ante la ley... Sabemos lo que sucedió en Alemania en el
pasado: Hitler actuó contra los judíos...También sucedió en la Unión Sovié-
tica: Lenin comenzó a actuar contra los terratenientes... Quienquiera que
utilice el aparato de represión debería saber: comienza con la represión de
los otros y al final uno mismo es reprimido o incluso eliminado. Por lo tan-
to, si defendemos los derechos de los judíos, de los rusos, de los armenios y
de los griegos, al mismo tiempo estamos defendiendo los derechos del
pueblo ucraniano». 62 Mientras tanto, el Sóviet Supremo de la República So-
cialista Soviética de Ucrania, Leónid Kravchuk (primer presidente de la
Ucrania independiente) y casi todos los candidatos a las elecciones ucra-
nianas han subrayado que era «inadmisible» incitar la hostilidad étnica. 63
Perosmáquiplabrs.Enmzode19,hubacntrm-
nifestación de los cadetes rusos frente a una concentración ucraniana a fa-
vor del separatismo de Ucrania occidental. Rápidamente se enzarzaron en
combates. Sin embargo, los «supervisores» del Ruj intervinieron de inme-
diato para defender a los rusos con el objetivo de evitar la creación de
mártires." Un diputado radical de Lvov en el parlamento ucraniano, Stepan
Jamara, ha intentado avivar la violencia interétnica para presentar a los
ucranianos como un pueblo asediado.A pesar de que goza de amplio reco-
nocimiento en toda Ucrania y que puede presentar unas credenciales na-
cionalistas impecables, las autoridades políticas ucranianas han hecho
todo lo que estaba en sus manos por marginarle y limitar el daño potencial
que podría producir.
72 Sociedades en guerra civil

Los referendos de Crimea que apoyaron de hecho la soberanía, tanto


en 1992 como en 1994, llevaron a la península al borde de la guerra con
Ucrania. En 1994, la Comisión de Asuntos de la Confederación de la Duma
Estatal rusa informó (sin que se corroborase) de que Ucrania había desple-
gado cincuenta mil soldados en Crimea, en respuesta a los temerarios in-
tentos del presidente de Crimea,Yuri Mesjov, de situar a Crimea en la zona
horaria rusa y de situar al ministro del Interior de Crimea (y así a las fuer-
zas de seguridad) bajo su propio mando. Pero esta crisis, a pesar de los mo-
vimientos provocativos de ambas partes, azuzada por elementos del Estado
ruso (incluido el comandante del XIV Ejército de la República del Dniés-
ter), entró en calma con rapidez, puesto que ambos bandos acordaron la
existencia de dos Ministerios del Interior separados, y el presidente Krav-
chuk reiteró que el conflicto debía resolverse únicamente por medios le-
gales. En Crimea, el parlamento despojó a Mesjov de sus poderes y el pri-
mer ministro, S. Tsekov, luego primera autoridad de Crimea, ha moderado
sus puntos de vista con respecto a Ucrania. Ambas facciones han margina-
do a sus seguidores más fanáticos.
Finalmente, con respecto a los sufrimientos de los nacionales ucrania-
nos en Moldavia, el gobierno de Ucrania hizo todo lo posible para mirar ha-
cia otro lado.Tenía miedo de que si azuzaba la cuestión hablando en nom-
bre de esos ucranianos, entonces el gobierno ruso, el rumano y el húngaro
podrían comenzar con toda la razón a incitar a sus minorías dentro de las
fronteras de la actual Ucrania. A menudo el presidente Kravchuk invocó el
fantasma de Nagorno-Karabaj. 65 Su estrategia de vigilar a su propio pueblo
tuvo éxito para evitar que se avivasen las llamas de los conflictos históri-
cos. Finalmente, a pesar de los miedos a choques religiosos violentos, el au-
tor de Ucrania: el legado de la intoleranciaescribió en el epílogo que a fi-
nales de la década de 1990 se habían subsanado pacíficamente la mayoría
de los conflictos, incluso aquellos en los que se mantenían las animadver-
siones tradicionales entre las diferentes congregaciones. 66
Con respecto a la violencia electoral, podría apuntarse que Ucrania tiene
un sistema de partidos bastante parecido a lo que Gunther y otros describen
como la fuente de política polarizada del País Vasco. 67 En 1991, más de cien
candidatos compitieron por la presidencia, y al menos cuatro tenían serias
aspiraciones. 68 Las elecciones presidenciales se celebraron con éxito y el re-
sultado fue la derrota de la coalición nacionalista, Ruj, y la victoria de un an-
tiguo comunista.A partir de los comicios se sucedieron las negociaciones y
los acuerdos entre las élites. El presidente Kravchuk perdió la reelección de-
bido a la catástrofe económica y social que siguió al desmoronamiento de la
Unión Soviética, pero su fracaso no se debió a una guerra abierta entre na-
cionalistas y pactistas. La elección pacífica del presidente Leónid Kuchma en
1994 aupó al poder a un candidato que quería acomodar las políticas guber-
Conflictos violentos y nacionalismo 73

namentales a las necesidades expresadas por la población rusa en Ucrania.


Asombrosamente, estas elecciones se celebraron sin que se avivase la vio-
lencia entre el occidente nacionalista ucraniano y el oriente pactista ruso.
En Georgia, desde el desmembramiento de la Unión Soviética, ha sido
difícil alcanzar la paz, tanto entre los diferentes grupos de nacionalidades
como entre las facciones políticas georgianas. La política electoral estaba
circunscrita a una atmósfera de bandas armadas rivales. En 1990, el candi-
dato nacionalista radical a la presidencia, Gia Chanturia, estuvo a punto
de perder la vida en un intento de asesinato, y al menos dos personas mu-
rieron en choques armados durante la campaña. Zviad Gamsajurdia, que
estaba considerado por entonces como un moderado con impecables cre-
denciales nacionalistas, venció en las elecciones con su coalición «Mesa
Redonda - Georgia Libre». Rápidamente Gamsajurdia perdió apoyo entre los
otros líderes georgianos. Había organizado las elecciones para que se le
permitiese participar a Dzhaba Ioseliani, un profesor de historia del arte
que era líder del Sakartvelos Mjedrioni (Caballeros de Georgia). El grupo
de Ioseliani, con siete mil miembros dotados de armamento que se com-
pró a los soldados desmovilizados que habían combatido en Afganistán,
consiguió una gran credibilidad nacional combatiendo frente a las tropas
soviéticas del MVD (Ministerio del Interior). Pero cuando Gamsajurdia le
marginó, Ioseliani movilizó a los Caballeros para derrocar al presidente ge-
orgiano. Incluso los antiguos aliados de Gamsajurdia, disgustados por su
gobierno errático, pronto se unieron a la oposición armada, como también
hicieron los resquicios de la Guardia Nacional. A principios de 1992 el ci-
clo de combate armado llevó a sitiar la residencia oficial de Gamsajurdia.Al
final pudo escapar, pero la batalla, que duró seis semanas, costó la vida a
ciento diez personas, y Tbilisi se convirtió en un campo de combate en el
que las explosiones y los ataques armados eran cotidianos. 69
Con respecto a los grupos de nacionalidades en Georgia, el oblast au-
tónomo de Osetia del Sur fue el escenario de los primeros derramamientos
de sangre. Las autoridades titulares georgianas negaron la posibilidad de
participar en las elecciones a los candidatos que propusiesen cualquier
forma de secesión, y esta actuación por sí sola sacó a los osetios nacionalis-
tas del juego democrático. Los osetios solicitaron a Moscú no sólo el dere-
cho a presentar candidatos sino que les protegiese de las amenazas de que
el georgiano llegara a ser la única lengua oficial de la república. Los nacio-
nalistas osetios comenzaron a atemorizar a los aldeanos georgianos, y los
georgianos de Osetia les devolvieron la jugada cortando la electricidad en
Chjinvali en mitad del invierno de 1991 y cercando la ciudad con quince
mil soldados georgianos. Entre tanto, los georgianos que vivían en las al-
deas agrícolas de los arrabales comenzaron a lanzar misiles a las ciudades ose-
tias y los osetios atacaban a los georgianos que viajaban entre los pueblos
74 Sociedades en guerra civil

agrícolas. El ejército ruso medió entre ambos bandos, pero el número de


víctimas mortales fue de más de doscientos cincuenta en 1991, y hubo de-
cenas de miles de refugiados. En el sur, en Adzharia, un líder nacionalista
fue asesinado en abril de 1991 durante una manifestación en apoyo de la
autonomía política. Se está gestando una espiral de violencia: la vieja élite
adzharia ha venido sobornando a los altos mandos de las guarniciones del
ejército para conseguir armas.
El mayor derramamiento de sangre en Georgia ha ocurrido en Abjazia.
En el período estalinista, la República de Georgia deportó a muchos abja-
zios y los que se quedaron estaban sujetos a medidas no deseadas de geor-
gización. Con la perestrollea se dispararon sus esperanzas y los líderes abja-
zios pidieron a Gorbachov un mayor nivel de autonomía administrativa. El
gobierno georgiano se opuso, y hubo violentos enfrentamientos en julio de
1989. En 1990, los diputados georgianos abandonaron el Sóviet Supremo
de Abjazia, dando a los delegados abjazios la oportunidad de declarar la in-
dependencia. Estaban dispuestos a continuar formando parte de una Geor-
gia federal, pero querían que Georgia permaneciese en la Unión Soviética,
lo que proporcionaba a los abjazios cierto tipo de protección contra la pre-
dación georgiana. Pero Georgia recibió la independencia, y cuando su par-
lamento reinstauró la Constitución de 1921, sin menciones específicas de
Abjazia, se volvió al conflicto violento. El Consejo de Estado georgiano en-
vió unidades de la Guardia Nacional (que en realidad era un conjunto de
ejércitos privados entre los cuales estaban los Caballeros de Georgia de Io-
seliani) que se vieron implicadas en actos de violencia gratuita, haciendo
caso omiso de las órdenes que les llegaban del gobierno georgiano. El mo-
vimiento autonomista abjazio obtuvo el apoyo militar de los otros grupos
nacionales caucásicos y sus guerrillas pudieron forzar la retirada militar ge-
orgiana de la capital Sujumi." A finales de 1994, continuaba la sangrienta
guerra.
Incluso el regreso a Georgia de Eduard Shevardnadze, la única esperan-
za de Georgia para asegurarse el reconocimiento internacional, fue incapaz
de apagar las llamas de la violencia. Aunque fue un personaje clave del in-
tento de Gorbachov de resucitar la Unión Soviética, durante bastante tiem-
po fue dirigente del Partido Comunista georgiano. En 1978, cuando se pro-
dujeron las concentraciones en las calles de Tbilisi para protestar contra
las restricciones en el estatus oficial de la lengua georgiana, Shevardnadze
cedió a las demandas y evitó una posible espiral de violencia. Su regreso
triunfal en medio de la guerra civil hizo estallar el optimismo. Incluso fue
capaz de negociar un acuerdo con Rusia sobre Osetia. Pero continuaban la
guerra en Abjazia y los ataques de los seguidores del último presidente
Gamsajurdia por toda Georgia. La cultura de violencia es una característica
fundamental de la Georgia postsoviética.
Conflictos violentos y nacionalismo 75

9. EXPLICAR EL ACUERDO UCRANIANO Y LA VIOLENCIA GEORGIANA

Como en el caso de la comparación vasco-catalana, sería posible pero


no fructífero encontrar las raíces de la violencia y del acuerdo en el perío-
do actual con modelos de comportamiento o de estructura social de los
períodos anteriores. De hecho, como en los ejemplos españoles, puede re-
latarse una historia convincente para predecir resultados opuestos. La his-
toria nacional clásica de Georgia señala que el papel del país, como el de
Cataluña, ha sido el de un pasillo histórico en el que las minorías étnicas y
religiosas podían estar de paso, podían integrarse social y culturalmente y
podían comerciar sin amenaza a su seguridad personal. 71 Y como pasillo
entre los imperios otomano y ruso, las élites georgianas aprendieron la im-
portancia de acomodarse a las realidades de poder más que a combatir por
la autonomía. La incorporación a finales del siglo xvin y principios del xix
al imperio ruso se llevó a cabo sin resistencia, puesto que la aristocracia
georgiana entendió perfectamente la realidad del poder ruso. Durante la
revolución rusa, la fuerza más poderosa en Georgia fueron los menchevi-
ques. Pero cuando los bolqueviques sitiaron Tbilisi en 1921, los menche-
viques salieron de la capital sin oponer resistencia.
Si es fácil establecer las raíces de la acomodación pacífica en Georgia,
es también sencillo relatar la historia de una Ucrania militarista, empezan-
do por la llegada de los cosacos en el siglo xv. Los pogromos religiosos y
las guerras entre nacionalidades son características esenciales de la histo-
ria ucraniana hasta la Segunda Guerra Mundial. Ninguna de las dos es la
única historia que puede contarse del pasado georgiano y ucraniano, pero
son historias que podrían explicar una tradición de pacto pacífico georgia-
no y otra de violencia ucraniana. El problema es que en el período postso-
viético, los resultados han sido los contrarios a lo que podrían pronosticar
estas historias. Es cierto que en el período que siguió a la muerte de Stalin,
los georgianos discriminaron con mucha más fuerza a las minorías que los
ucranianos. En Georgia, los georgianos suponían el 67 % de la población de
la república. Durante el año escolar 1969-1970, representaban el 82,6 % de
los estudiantes universitarios. «La autonomía nacional en Georgia había lle-
gado a considerarse», según concluye Suny, «como el ejercicio del poder lo-
cal contra las minorías locales subrepresentadas.» 72 Mientras tanto, los
ucranianos constituyen el 74 % de la población en la república, y represen-
tan sólo el 60 % de los estudiantes en instituciones universitarias. 73 Podría
alegarse que la discriminación georgiana contra las minorías era un polvo-
rín al que le prendieron fuego las libertades que llegaron con la glasnost.
Pero no creo que éste sea un factor significativo para explicar los niveles
de violencia postsoviética. Para empezar, la violencia en Georgia era tanto
entre los propios georgianos como entre los georgianos y las minorías. Se-
76 Sociedades en guerra civil

gundo, el rencor entre las naciones estuvo presente, incluso fue predomi-
nante, quizá más en la Ucrania postsoviética que en Georgia; pero se con-
tuvo politicamente.
Es probable que los observadores contemporáneos del escenario étni-
co postsoviético expliquen los diferentes resultados en Georgia y Ucrania
recurriendo a la habilidad política de Kravchuk a la hora de erigir coali-
ciones y su sangre fría a la hora de manejar la crisis en comparación con la
retórica exclusionista y las ambiciones megalómanas de Gamsajurdia.
Otras explicaciones se centran en el miedo georgiano a las amenazas de-
mográficas y regionales que les movilizaron contra los extranjeros en
comparación con un entorno ucraniano más sólido. Aunque seguramente
no vayan desencaminados, estas explicaciones tienen la cualidad de ser a
posteriori. Un analista ve las raíces de la violencia actual en el desgracia-
do pasado de Georgia. Otyrba explica: «En Georgia pueden encontrarse los
ejemplos de todas las causas importantes de conflicto étnico en el Cáuca-
so: el legado de la división nacional-territorial de la Unión Soviética, el pro-
blema del derecho de las naciones a la autodeterminación, la tensión entre
federalismo y unitarismo y las frustraciones de las personas sometidas a la
represión»." Aunque estas cuestiones sin duda tienen su fuerza, no diferen-
cian adecuadamente a Georgia de otras repúblicas que transitaron del go-
bierno soviético a la independencia de una forma menos violenta.
Se ha propuesto una teoría más general que ayuda a diferenciar los re-
sultados en Ucrania y Georgia. Barry Posen, entre otros, sostiene que la
principal minoría en Ucrania eran los rusos, cuya seguridad está garanti-
zada por la presencia de una superpotencia vecina con interés en su pro-
tección." Esto eliminó de raíz cualquier provocación por parte de Ucra-
nia y evitó que los rusos que vivían allí sintiesen la necesidad de armarse.
En Georgia, por contra, los osetios y los abjazios no tenían «madre patria»
que les amparase, y al protegerse provocaron a los georgianos. Ronald
Suny, en su descripción del Cáucaso postsoviético, incluso suministra al-
gunos datos que muestran que el nivel de violencia en las tres repúblicas
caucásicas está en proporción directa al tamaño de la población minorita-
ria no rusa de cada república. 76 La teoría de Posen es sólida porque define
el ámbito de casos relevantes como situaciones de «anarquía», con una se-
lección amplia de casos ya documentados (aunque sólo en relaciones
dentro del Estado) por teóricos realistas. Pero su teoría no podría explicar
con soltura el alto nivel de paz en la región ucraniana de los Cárpatos ni
el alto nivel de conflicto intrageorgiano en la propia Georgia. Tampoco
nos suministra una base para los casos españoles. No desecho las teorías
realistas del conflicto como enfoque antagónico al mío; cada cual se sos-
tiene en ámbitos separados pero coincidentes. De hecho, futuras investi-
gaciones deberían determinar los ámbitos apropiados para cada uno de
Conflictos violentos y nacionalismo 77

estos enfoques. Más que comparar los dos enfoques, aquí trataré de darle
cuerpo a mi teoría micro dando un repaso amplio a los dos casos postso-
viéticos.

10. FUNDAMENTOS MICRO DEL ACUERDO Y DE LA VIOLENCIA NACIONALISTAS


POSTSOVIÉTICOS

Necesita construirse una investigación antropológica del tipo de la


que se presentó en los casos españoles para someter los mecanismos mi-
cro a un escrutinio empírico fuerte, y por consiguiente para ver si estos
mecanismos pueden explicar la violencia georgiana y el pacto ucraniano
en el curso de sus resurgimientos nacionalistas. Pero, no obstante, es posi-
ble dar los perfiles de un relato que descanse en estos mecanismos micro
para que adquiera algún sentido el escenario nacional postsoviético en
Georgia y Ucrania.

1. Estructura social rural. La estructura social rural de Georgia pare-


ce haber servido de base para una organización terrorista. Ucrania,
por su parte, se convirtió durante el pasado medio siglo en una repú-
blica muy urbanizada cuyas pequeñas ciudades y pueblos no podían
contener a sus jóvenes, lo que ha hecho mucho más dificil crear y
mantener grupos militantes de comando.
Georgia tuvo en la Unión Soviética posterior a Stalin una eco-
nomía sumergida boyante. Se estima que había alcanzado un 25 %
del PNB georgiano, de los más altos de la Unión. Un estudio casi an-
tropológico que se proponía explicar el éxito de esta economía en
medio de castigos severos por parte de las autoridades comunistas
señaló la importancia de los «núcleos de redes» que se construye-
ron a partir de los enlaces de familia y de los negocios por los indi-
viduos que tenían más éxito en esta economía. 77 Era posible cons-
truir con éxito y a escondidas estos núcleos porque, desde el
punto de vista de Mars y Altman, la vida de los pueblos en Georgia
tiene todavía su base en una cultura de «honra y de deshonra». 78
Estaculrdehonmpjbalsreogéxitc-
nómico que no era posible en el contexto del comunismo soviéti-
co; pero también impide a los miembros de la red informar de las
prácticas ilegales a las autoridades centrales. Su conclusión es que
lo hermético de las redes dentro del pueblo ayuda a explicar tanto
la motivación como la seguridad de la economía sumergida geor-
giana. Es esta misma organización de la vida rural lo que permite la
formación de organizaciones de comando para luchar tanto en las
78 Sociedades en guerra civil

batallas entre georgianos como contra las minorías durante un re-


nacimiento nacionalista.
Por contra, la estructura social rural en Ucrania cambió radical-
mente durante la pasada generación. La intensa emigración de los
pueblos a las ciudades durante las décadas de 1920 y 1930 fue con-
secuencia de las políticas soviéticas que trataban de fomentar la
producción minera e industrial en Ucrania." Posteriormente el pro-
yecto de Tierras Vírgenes de Jruschov indujo a 80.000 granjeros
ucranianos a establecerse en las repúblicas orientales. Pero la emi-
gración del campo a la ciudad continuó, y las tendencias sugieren
que para el año 2000 casi el 70 % de los ucranianos vivirá en gran-
des ciudades.Así pues, la mano de obra rural, que en 1965 era de 7,2
millones; en 1980 estaba por debajo de los 5,8 millones. Subtelny se-
ñala con ironía que «en muchas granjas colectivas son las mujeres
ancianas las que proporcionan la principal fuente de trabajo ma-
nual».8° Y esto tiene, según él, grandes consecuencias culturales:
«Puesto que ha disminuido el papel del campesinado en la sociedad
ucraniana, el populismo que fue el sello característico de las ideo-
logías en el siglo xix y principios del xx también ha perdido in-
tensidad. Uno puede incluso sostener que hoy el concepto de na-
rod en el sentido tradicional, masas de campesinos pobres y

oprimidos— ya no ocupa un lugar central en el pensamiento políti-


co de los ucranianos». 81 Lo realmente importante para nosotros es
que el número de aldeas ucranianas capaces de producir un guar-
dián nacionalista como Stepan Jmara es pequeño y las estructuras
locales que le permitirían reclutar una red de organizaciones de
apoyo para las operaciones de comando también está disminuyendo.
Aunque en Ucrania durante la pasada generación se han debili-
tado las organizaciones sociales rurales, el Partido Comunista ucra-
niano tuvo un crecimiento tan rápido como cualquier partido repu-
blicano en la etapa posterior a Stalin. Jruschov ucranizó el partido.
Olejsi Kirichenko fue el primer titular que ocupó el puesto de pri-
mer secretario en cualquier república soviética (excepto la propia
Rusia), y desde la era Jruschov todos los que han estado en ese car-
go han sido ucranianos. 82 Aunque está por demostrar si ha sobrevi-
vido intacta la red del Partido Comunista ucraniano en la década de
1980, Kravchuk, un eminente apparatchik, fue capaz de construir
los elementos de esa red y vapuleó a los otros candidatos, que te-
nían mejores credenciales nacionalistas pero que carecían de los ri-
cos enlaces organizativos de la época soviética. Quizá porque él
mismo era un ucraniano occidental con conexiones políticas en el
este, Kravchuk pudo aunar grupos de apoyo de ambas regiones. En
Conflictos violentos y nacionalismo 79

cualquier caso, el Partido Comunista, que en Ucrania sobrevivió par-


cialmente y de forma relativamente coherente, pudo resistir el em-
bate por el poder de personajes desconocidos e inestables como
Gamsajurdia, que podrían tratar de hacerse con la presidencia. El
hecho relevante es que una acción de tipo de comando es más im-
probable cuando un partido que abarque todo el territorio tiene
mayor presencia organizativa que los grupos sociales de base local.
En Ucrania fue así, y las acciones de los comandos locales fueron
atajadas con éxito con la policía.
2. El juego inclinado. Aunque no es posible hacer un cálculo preciso
del coste de los juegos inclinados de los nacionalistas georgianos
dados los datos disponibles, las pautas son similares a las que hemos
visto en España. En Ucrania, la campaña korenizatsia de la década
de 1920 fue un gran éxito. Mientras en 1922 únicamente el 20 %
de los asuntos gubernamentales se llevaban a cabo en la lengua re-
gional, en 1927 el 70 % se realizaban en ucraniano. Por ejemplo, en
1927 más de la mitad de los libros publicados en Ucrania fueron en
la lengua ucraniana y el 55 % de los periódicos de la república eran
en ucraniano." Estos cambios sirvieron de base para la ucraniza-
ción de la cultura en el deshielo postestalinista, en la que la lengua
de Ucrania llegó a institucionalizarse en la vida cultural, si bien es
cierto que con menor intensidad en el este fuertemente rusifica-
do.84 Por ello, los costes de ucranizar la sociedad en el período post-
soviético no fueron de tan enormes proporciones. Incluso para los
inmigrantes, que eran en su mayor parte eslavos, aprender ucrania-
no, una lengua cercana al ruso, tiene unos costes relativamente ba-
jos. Puesto que el proyecto nacional no es tan amenazante para los
individuos, existe una necesidad menor de que la violencia aumente
los costes de la subversión.
Es cierto que el georgiano prosperó en el período soviético
como lengua de la administración, de la educación y de la cultura
(y por eso no se le puede comparar con el desuso literario y admi-
nistrativo en que cayó el vasco durante los siglos xix y xx). No obs-
tante, el coste de acomodarse a la hegemonía cultural georgiana es
bastante mayor para una variedad de grupos que lo que sería el
coste para grupos comparables de acomodarse al ucraniano. El geor-
giano es una lengua caucásica, que es una familia separada del tron-
co indoeuropeo (al que pertenecen las lenguas eslavas, bálticas, ro-
mances, iraníes y armenias). Por lo tanto, será más complicado para
los rusos aprenderlo (aunque el porcentaje de rusos en Georgia
que dicen saber georgiano es sólo dos puntos y medio menor al de
los rusos en Ucrania que afirman conocer el ucraniano). 85 El osetio
80 Sociedades en guerra civil

y el armenio son lenguas de la familia indoeuropea; sus hablantes


se han opuesto categóricamente a la hegemonía del georgiano. In-
cluso los abjazios, cuya lengua está dentro de la familia caucásica,
soportan mayores costes por ajustarse al georgiano. Desde la déca-
da de 1950 su lengua se ha escrito en un alfabeto cirílico modifica-
do, mientras que el alfabeto georgiano es bastante peculiar. Puesto
que el georgiano es una lengua no indoeuropea con un alfabeto no
cirílico y no latino, los no georgianos pagan altos costes de asimila-
ción. Y los georgianos que se rusificaron afrontan problemas pare-
cidos. 86 No existe una evidencia suficiente que sugiera que cual-
quier tipo de violencia esté relacionada con este tipo de cálculos;
pero parece ser que el Frente Popular Osetio apeló a Moscú por-
que rechazaba las medidas lingüísticas que según la prensa georgia-
na iban a hacer del georgiano la única lengua oficial de la nueva re-
pública. Ya que tan sólo el 14 % de los osetios saben georgiano, la
ley sobre la lengua georgiana que se proponía suponía un reto de
enormes proporciones. Dado que los osetios del norte se han ga-
rantizado perfectamente la educación superior en Rusia, los ose-
tios del sur se sintieron gravemente discriminados en Georgia.'
Quizá la combinación de bajas tasas de natalidad georgianas y de
bajos incentivos para la asimilación de las minorías hizo pensar a
los nacionalistas georgianos radicales que la inclinación hacia la
georgización de los grupos minoritarios y los georgianos antinacio-
nalistas no sería posible a menos que se les intimidase e incluso
que se les aterrorizase.
3. Mecanismos de mantenimiento. Georgia ha experimentado en su
historia reciente algunos episodios fascinantes que han servido
como fuerza desencadenante para la institucionalización de una
cultura de la violencia. En 1956, por ejemplo, se velaba silenciosa-
mente el monumento de Stalin, simbolizando la indignación que
sentían con la revelación por parte de Jruschov de los crímenes de
Stalin. El ejército se puso en acción con rapidez y mató a docena de
jóvenes e hirió a cientos de ellos." Quizá más relevante sea que una
concentración pacífica a favor de la democracia en Tbilisi en abril
de 1989 de nuevo hizo intervenir a las tropas soviéticas con el re-
sultado de 19 personas muertas, la mayor parte ancianas y chicas
jóvenes. Después de este suceso, las tropas soviéticas pasaron a ser
denominadas rutinariamente en el discurso político georgiano
como «ejército de ocupación»." Los denominados Caballeros de Geor-
gia, que naturalmente necesitaban una estructura social local que
hiciese posible este tipo de reclutamiento, nacieron de estos acon-
tecimientos sangrientos.
Conflictos violentos y nacionalismo 81

La guerra civil en Osetia, como la guerra entre Gamsajurdia y


sus antiguos partidarios, no estuvo determinada por la historia. Las
autoridades georgianas consideraron que los contactos osetios
con las autoridades rusas con respecto a la cuestión lingüística en
1989 socavaban la soberanía georgiana, y dieron comienzo las acti-
vidades terroristas. Luego se sucedió una espiral de acontecimien-
tos: en 1990 se les impidió a los osetios que presentasen candida-
tos a las elecciones georgianas; y el oblast soviético de Osetia del
Sur se declaró «república democrática soviética independiente» a
finales de ese año. Muy pronto llegó la tiranía de los costes sumer-
gidos para perpetuar esta guerra de guerrillas. Cuando los suceso-
res de Gamsajurdia propusieron el inicio de conversaciones, un lí-
der de Osetia del Sur encontró el statu quo inicial inaceptable,
como que «demasiada sangre ha sido derramada... ¿Para qué, para
que volvamos al pasado?». Lo mismo pasó con Abjazia. Aunque
Otyrba está en lo cierto cuando afirma que existieron raíces histó-
ricas en la violencia abjazio-georgiana, yerra cuando implica que
estas raíces eran más sólidas que en muchos otros lugares que se
mantuvieron en paz en medio del desmembramiento de la Unión
Soviética. 90
Aunque aún es demasiado pronto como para afirmar que los
mecanismos que llevaron a la guerra civil en Georgia han creado
una cultura autosostenida de violencia, la teoría micro que se ha
presentado ayuda a explicar esa violencia. En el último período so-
viético algunos acontecimientos con ciertas evocaciones históricas
normalizaron la violencia en Georgia. La estructura social georgia-
na, que mantiene una fuerte base local para los grupos sociales, per-
mitió el reclutamiento de bandas militarizadas irregulares en nom-
bre de la causa nacionalista. Esto facilitó a las facciones políticas
que se encontraban fuera del circuito de poder retar a Gamsajurdia
mediante tácticas de guerrilla. El temor a la georgización de toda la
sociedad, costosa para las minorías, les indujo a desafiar el proyecto
nacionalista georgiano. El hecho de que los guardianes llegasen a la
conclusión de que para muchas personas que viven en Georgia se-
ría irracional volverse «georgianos» en sentido cultural fue motivo
de que los grupos nacionalistas prefiriesen el enfrentamiento con
las minorías a la negociación. Todos estos mecanismos apuntan ha-
cia una explicación del cómo y del por qué el proyecto nacionalista
georgiano se cargó de violencia y terror.
82 Sociedades en guerra civil

11. CONCLUSIÓN

En la introducción se le ofreció al lector un panegírico sobre el método


comparativo. Una lectura atenta de este trabajo, sin embargo, debería llevar-
le a preocuparse en cierta manera sobre su debilidad metodológica. Aquí
en la conclusión es el lugar apropiado para encarar los puntos débiles.
Seguramente he contribuido a transmitir el mito de las variables «con-
troladas». Cualquier especialista del área señalaría las consecuencias de
las apabullantes diferencias históricas, culturales, económicas y sociales
entre el País Vasco y Cataluña, o entre Georgia y Ucrania. ¿Por qué sólo
me centré en unas pocas que identifiqué según mis predilecciones? ¿Por
qué paso por alto aspectos peculiares y únicos de cada movimiento na-
cionalista mientras realzo los comunes? Quizá las causas puedan encon-
trarse en la concatenación excepcional de factores que sistemáticamente
se subestiman en el método comparativo. En una preocupación parale-
la, ¿por qué asumo que las causas de la violencia en el País Vasco son las
mismas que las de Georgia? Quizá cada uno experimenta la violencia por
diferentes razones, un punto que se pierde cuando se acepta el mito del
control.
El método comparativo tiene, sin embargo, una respuesta a estas preo-
cupaciones imperiosas. El mundo no presenta casos perfectamente contro-
lados que permitan a los científicos sociales una mejor realización de su
trabajo. Los «comparativistas» deben continuar, como Sísifo, reconfiguran-
do su trabajo para aislar mejor las variables que piensan que son importan-
tes." Si se escogen controles no adecuados, los «comparativistas» deberían
diseñar un experimento que tenga mejores controles, por ejemplo entre
una aldea vasca violenta y otra pacífica con la misma estructura social. De-
beríamos siempre buscar casos «duros» que nos fuercen a examinar de
nuevo nuestras teorías. Por ejemplo, la noción de que un recuerdo imbo-
rrable de la violencia en el curso de un movimiento político normaliza la
violencia para interacciones futuras podría tener límites claros, como po-
dría verse de la respuesta relativamente pacífica de los estudiantes chinos
a los horrores de la plaza de Tiananmen. Los odios sanguinarios de la gue-
rra civil española, por utilizar otro ejemplo, dieron a los comunistas, a los
conservadores y a los liberales de España el sentimiento de que en la tran-
sición democrática debían abjurar de la violencia. El método comparativo
debería utilizarse, por tanto, para descubrir en qué condiciones la violen-
cia repentina e inesperada conduce a ciclos de más violencia y en cuáles
lleva a la aceptación coordinada por todos los partidos en conflicto de la
negociación pacífica.
Los críticos podrían señalar además que las fuentes de violencia en las
dos parejas objeto de comparación no son exactamente las mismas. Sin
Conflictos violentos y nacionalismo 83

duda que tanto en el caso español como en el de la antigua URSS existía


potencial para el conflicto dentro de las élites regionales separatistas entre
los que deseaban restablecer los contactos con el centro y los que querían
una ruptura total. Pero las dos regiones españolas no tuvieron problemas
serios con poblaciones minoritarias arraigadas no asociadas con la nacio-
nalidad del antiguo centro, como pasa en los casos de la desaparecida
URSS: ni tampoco los ejemplos soviéticos tienen, al contrario que en el
caso de España, un centro con nuevo vigor determinado a mantener las
fronteras internacionales tal y como existían antes del desmoronamiento
del régimen autoritario. No puedo afirmar que las parejas sean isomórficas.
En respuesta a esta crítica, quizá debería celebrar la inconmensurabilidad
de los ejemplos español y soviético, en tanto que cada una de las compara-
ciones en pareja se controle apropiadamente. El hecho de que la investiga-
ción muestre mecanismos parecidos en los dos casos de violencia y la au-
sencia aparente de esos mecanismos en los dos casos de acomodación
pacífica sugiere la solidez de la relación más que la inadecuación del dise-
ño. Una historia común que ayude a iluminar casos inconmensurables es
evidencia de éxito científico, no de fracaso.
Una lectura crítica del modelo de juegos también le conducirá a uno a
preocuparse sobre los métodos por los que se han codificado las preferen-
cias de los actores. He afirmado aquí que alguien que hable vasco fluida-
mente tiene un interés mayor en la promoción de la identidad vasca, y por
consiguiente recibirá una compensación mayor si el País Vasco logra su in-
dependencia. Pero ¿qué pasa con los inmigrantes del País Vasco que han
entrado en ETA? Los vascos les aceptaban socialmente si se hacían nacio-
nalistas radicales, y por lo tanto tendrían mayores incentivos para unirse a
la banda violenta. Estos dos casos sugieren que a posteriori puedo encon-
trar que cualquiera que entre en ETA tendrá una compensación mayor. Por
consiguiente, estas codificaciones poseen un elemento tautológico, puesto
que las observaciones de la variable dependiente se vuelven fuentes de in-
formación para codificar la variable independiente.
Incluso existe un elemento de tautología en la presentación teórica he-
cha hasta ahora. Un camino por medio del cual los teóricos de las redes en-
caran este problema es suponer una distribución aleatoria o desconocida
de las preferencias. 92 Entonces pueden mostrar un reclutamiento rápido
por los movimientos violentos una vez que se alcanza un umbral crítico.
No se necesita información sobre cualquier persona particular. Dirán que
no pueden explicar por qué Sun Yat-sen, o cualquier otro parecido, se con-
virtió en el primero que se pasó a un movimiento nacionalista. No tienen
ninguna teoría sobre lo que está en las mentes de los actores sociales.Todo
lo que pueden decir es que existirán algunas personas con desviaciones es-
tándares de la media, que serán los primeros que se pasen, y la cuestión es
84 Sociedades en guerra civil

descubrir los mecanismos que hacen que los otros que están inmediata-
mente por encima de la desviación estándar les sigan. El problema de este
enfoque es que da poco juego a la estructura social, que es una clave para
entender los procesos micro. Yo quiero saber por qué fue Sun Yat-sen en
China el primero en formar un movimiento nacionalista. Estoy dispuesto a
arriesgar la tautología intentando determinar cuáles son las matrices distin-
tivas de compensaciones para que se pasen los primeros. La clave de esta
estrategia de investigación es desarrollar mecanismos de codificación para
las compensaciones que tienen como base información diferente de las
observaciones de los resultados subsecuentes. Esto no se ha hecho en el
contexto del presente ensayo, pero es un área por donde necesita ir la fu-
tura investigación sobre política comparada en sintonía teórica. Algunos
teóricos de las redes ya están realizando avances en este sentido."
Para todos estos problemas irresueltos, el método comparativo que se
ha utilizado en este texto ha sido capaz de arrojar algo de luz sobre los pro-
blemas de la violencia y del nacionalismo, y a continuación se resumen los
resultados. La violencia, el terrorismo, la acción de comandos y la guerra de
guerrillas son un conjunto relacionado de tácticas que han utilizado gru-
pos inmersos en movimientos de resurgimiento nacional. Estas tácticas
prevalecieron en el País Vasco desde la década de 1960 hasta la de 1990, y
en Georgia desde 1989. En otros proyectos similares de resurgimiento na-
cional como los que tuvieron lugar en Cataluña desde la década de 1960 y
en Ucrania desde 1989, estas tácticas han jugado un papel mucho más re-
ducido. Politólogos y sociólogos históricos han tratado de explicar estos re-
sultados diferentes sobre la base de variables como la ruptura de la moder-
nización, las actitudes de la población, la situación de «anarquía» y las
ideologías. Estos factores macro han demostrado ser insuficientes para una
explicación de resultados divergentes.
Nada que sea inherente al nacionalismo lleva de por sí a la violencia;
pero puesto que los renacimientos nacionales obligan a las personas a re-
alizar cambios importantes en sus vidas, la violencia y el terror se convier-
ten en una herramienta disponible para los que apoyan o para los que re-
primen el proyecto nacional. La herramienta de la violencia no está
determinada ni histórica ni culturalmente; se desencadena por factores in-
cidentales a los factores macrosociológicos y a la ideología nacionalista
predominante. A la luz de las lagunas en el análisis macrohistórico, este
texto ha tomado un enfoque diferente. Se ha tomado como base el méto-
do comparativo para poner de relieve una variedad de factores micro que
ayudan a explicar por qué ciertos movimientos nacionalistas se convier-
ten en arenas para el terror y otros para negociaciones pacíficas. Sin duda
que los movimientos de resurgimiento nacionalista que ponen en entredi-
cho Estados centrales relativamente débiles pero tenaces dan una oportu-
Conflictos violentos y nacionalismo 85

nidad para la violencia. Pero existe un abismo entre oportunidad y su ex-


plotación violenta.
La laguna existente entre oportunidad y ejecución de la violencia se
salva cuando los lideres nacionalistas pueden reclutar en pequeños pue-
blos y ciudades en los que existen una multitud de grupos sociales cuyos
miembros están unidos por códigos de honor. El grupo nacionalista necesi-
ta además pasar por un período primero de euforia, seguido por un mo-
mento en el que se hace irracional para la mayoría de los que no están in-
mersos en el movimiento nacional unirse a él. Es en este punto en el que
las actividades terroristas comienzan a verse como un camino posible para
revigorizar el reclutamiento. Mi teoría no puede determinar si los lideres
escogerán realmente un sendero violento para pasar el punto de inclina-
ción. Pero esto no sugiere que sea necesario un éxito atronador por los ac-
tivistas que aún continúen o un ataque sangriento por las fuerzas del cen-
tro antes de que la organización nacionalista se comprometa en la acción
terrorista. Una vez que se escoge ese curso de acción, la tiranía de los cos-
tes sumergidos y las dificultades estratégicas de los Estados para hacer creí-
bles los acuerdos de seguridad para los terroristas que consideran dejar sus
unidades de comando ayudan a perpetuar la cultura de la violencia. Lo que
se puede decir de los relatos de la violencia en el País Vasco y en Georgia
pone de relieve estos factores, y si se yuxtaponen los relatos de la negocia-
ción pacífica en Cataluña y Ucrania, donde estos factores son menos pre-
dominantes, se da crédito al enfoque.
Capítulo 3

DINÁMICAS INHERENTES
DE LA VIOLENCIA POLÍTICA DESATADA

Peter Waldmann

Aunque las guerras civiles representen para las personas afectadas un


período trascendental y doloroso, y no exista en la actualidad región im-
portante en la tierra que no haya sido testigo de una u otra forma de esta
catástrofe colectiva, llama la atención que las ciencias sociales no hayan
mostrado mayor interés por este problema. No es que falten monografías
sobre guerras civiles importantes, como la norteamericana o la española, lo
que se echa de menos son estudios comparativos y sistemáticos que anali-
cen los diferentes rasgos generales propios de esta forma de guerra.' La ra-
zón de esta situación radica en la dificultad que existe para conceptualizar
y delimitar las guerras civiles que, como fenómenos violentos colectivos
particulares, no se pueden desglosar sin más mediante los tradicionales
métodos de las ciencias sociales basados en los análisis de causalidad y fi-
nalidad.' Efectivamente, el origen y los motivos iniciales de largos y persis-
tentes conflictos civiles son a menudo difíciles de detectar a posteriori y
pierden el sentido a lo largo del enfrentamiento debido a que la guerra de-
sarrolla su propia dinámica que la estimula e impulsa. 3 Una incertidumbre
y una falta de claridad similares se observan en cuanto al resultado y «éxi-
to» de las guerras civiles. Únicamente en casos muy raros se alcanza un ob-
jetivo determinado, se reconoce un motivo por el que ha merecido la pena
luchar. Irónicamente, al final del encuentro, tras el despilfarro de esfuerzos
y los elevados costes que ha implicado, a menudo la situación no es muy
diferente de la que reinaba al comenzar la lucha. Las guerras civiles no sue-
len tener ni vencedores ni vencidos. 4 El pacto o la resolución común que
sellan la finalización formal de los conflictos se asemejan, a veces, de forma
fatal a los acuerdos que existían antes de la ruptura de las hostilidades y
que luego serían quebrados arbitrariamente.
Sostenemos de forma provisional que las guerras civiles se alimentan ge-
neralmente a sí mismas. Desenganchadas de sus orígenes y causas iniciales,
desarrollan una dinámica propia cuyo propulsor principal lo constituye una
violencia liberada de las ataduras políticas. Pueden aguclizarse y, en algún mo-
mento, agotarse, sin que pueda predecirse de manera fiable el momento en
que se alcance la «madurez» necesaria para el establecimiento de la paz.' A
continuación procuraremos esbozar esta dinámica, para lo cual nos apoya-
remos en dos formas de guerra civil: las guerras civiles que tienen un tras-
88 Sociedades en guerra civil

fondo sociorrevolucionario y aquellas otras causadas por un conflicto étni-


co. Los ejemplos de la primera tipología son tomados del ámbito latinoa-
mericano: la revolución mexicana (1910-1920, a pesar de ser llamada «revo-
lución», se asemeja en gran medida a una guerra civil), las guerras
civiles en Colombia (desde 1948, aunque con interrupciones, hasta el pre-
sente) y en Perú (1980-1990). 6 Por el contrario, los casos de estudio referi-
dos a las guerras civiles por motivos de carácter étnico proceden de Europa
y del Próximo Oriente. Para ello contamos con los ejemplos del conflicto
libanés (1975-1990), el conflicto norirlandés (desde 1969 hasta la actuali-
dad) y los enfrentamientos de Bosnia-Herzegovina (desde 1992 hasta nues-
tros días). 7
En primer lugar abordaremos los efectos inmediatos de las guerras ci-
viles. El siguiente apartado, que constituye una de las partes fundamentales
del artículo, examina la inquietante dinámica inherente de los procesos
violentos. Esta dinámica produce una serie de efectos reflexivos sobre las
demás estructuras sociales cuyas transformaciones se analizarán. Por últi-
mo volveremos a plantearnos la pregunta inicial sobre la falta de función,
es decir, la insensatez de las guerras civiles.

1. Los EFECTOS INMEDIATOS DE LAS GUERRAS CIVILES

las guerras civiles pueden iniciarse de forma casual, como consecuen-


cia de un pequeño tiroteo o de un asalto armado. No es extraño que al prin-
cipio se produzca un escándalo, una explosión social, en la que la furia y el
odio acumulados se descarguen de forma brusca. Un «estallido» ejemplar de
estas características lo constituyó el bogotazo de 1949, que algunos autores
consideran el mayor levantamiento urbano de América Latina hasta aquellas
fechas.' Con este acontecimiento se iniciaría la primera fase particularmen-
te sangrienta de la guerra civil colombiana, marcada fundamentalmente por
las desavenencias existentes entre los dos grandes partidos.'
Con el comienzo de los enfrentamientos se opera un cambio brusco en la
imagen externa que ofrecen estas sociedades. Las tensiones de carácter étni-
co-religioso o socioestructural, de las cuales muchos posiblemente tenían
conciencia pero que hasta ese momento no habían condicionado la vida co-
tidiana, se manifiestan repentinamente y se convierten en el principio domi-
nante al que se someterán los demás ámbitos de la vida.Tanto en el aspecto
político-intelectual como en el geográfico-militar se produce una fundamen-
tal reagrupación así como un reordenamiento de la sociedad afectada.
Los pasajes que mejor describen la peculiar metamorfosis mental que
se opera tras el inicio de una guerra civil fueron escritos hace alrededor de
2.400 años, con motivo de la guerra del Peloponeso: 16 «En tiempos de paz
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 89

y bajo circunstancias felices, las ciudades y los seres humanos poseen me-
jores sentimientos debido a que no son sometidos a situaciones violentas.
Pero la guerra, que impide cubrir las necesidades de la vida cotidiana, agita
la férula de la violencia y dirige las pasiones de la masa según lo manden
las circunstancias. De este modo, las ciudades fueron sacudidas por las lu-
chas entre las facciones y el ejemplo de los que comenzaron empujó a los
que siguieron a cometer excesos siempre mayores y a emplear los medios
más inauditos para realizar astutas maquinaciones partidistas y disfrutar
del placer de la venganza». En estas líneas se hace referencia claramente a
la dinámica inherente de la polarización —Tucídides habla de «luchas en-
tre facciones»— cuando ésta se ha adueñado de la comunidad. En el caso
extremo, afirma Tucídides, puede causar la inversión de todos los valores:
«Ahora se considera que actuar temerariamente es interceder abnegada-
mente en favor de los amigos, que la sabia moderación es disfrazada cobar-
día, la mesura, propia de afeminados, quien emplea el sano juicio es tenido
por perezoso y cómodo, pero aquel que golpea sin razón pasa por ser un
auténtico hombre»."
Nuestros casos de estudio demuestran ampliamente que estas agudas
observaciones no pierden actualidad. Para esta dinámica resulta secunda-
rio el hecho de que el conflicto se agrave como resultado de la iniciativa
de élites influyentes rivales o de las animosidades de vastos sectores de la
población, o que lo alimenten fríos cálculos o arrebatadoras emociones. En
todo caso, hay que constatar que, tras la ruptura de las hostilidades, los es-
píritus conciliantes, que piden paciencia y tolerancia, pierden rápidamente
su influencia. Éste es el momento de los indignados y fanáticos que pro-
pugnan soluciones radicales. Su argumentación obedece siempre a un mis-
mo esquema básico; refleja el creciente temor que se apodera de todos los
grupos u ante la agravación de las tensiones y desarrolla la lógica siguiente:
se corre el peligro de ser oprimido y discriminado; la única posibilidad de
eludir este amenazante destino es anticiparse al adversario, pasando uno
mismo al ataque armado.
Ocasionalmente surgen testimonios de la consternación que se apode-
ra de los grupos pacíficos de la población ante el aparentemente inconte-
nible agravamiento del conflicto. Como M. Cehajic, un prestigioso y prós-
pero musulmán bosnio, que escribió a su familia tras su deportación a un
campo de prisioneros por los serbios poco antes de ser asesinado:' 3 «Des-
de el 23 de mayo en que vinieron a buscarme a nuestra casa he vivido en
otro mundo. Parece que todo lo que me ha sucedido fuese un sueño odio-
so, una pesadilla.Y simplemente no puedo entender cómo puede ser esto
posible».
El desconcierto ante el rigor del cambio producido repentinamente es
típico de los universitarios e intelectuales. Este grupo de gente traumatiza-
90 Sociedades en guerra civil

da constituye en realidad una minoría. Amplios sectores de la población de


todas las clases sociales celebran la agravación de los enfrentamientos o, al
menos, la consideran inevitable. Los activistas pertenecientes a los medios
sociales militantes se suman lo antes posible a las milicias de todo tipo que
se multiplican rápidamente. Los motivos para entrar a formar parte de una
hueste revolucionaria, una organización guerrillera o una formación de mi-
licianos pueden ser de diferente índole. Para algunos de los «luchadores»
voluntarios, la posibilidad de ensañarse en la indefensa población civil pro-
voca una embriaguez de poder y sangre. Ésta es la impresión que suscita,
por ejemplo, la lectura de los informes sobre los asaltos cometidos por los
serbobosnios a los musulmanes en Bosnia-Herzegovina." Por si no fuera
suficiente encarcelar o expulsar a los supuestos enemigos de sus lugares
de origen, los agresores inventaron toda clase de atrocidades para torturar-
los y humillarlos antes de terminar por asesinarlos. En Irlanda del Norte en-
contramos motivaciones diferentes. Los ataques de los protestantes contra
los católicos que han osado establecerse en «su territorio» tienen caracte-
rísticas que hacen pensar en un acto de limpieza casi sagrado, como si la
paulatina mezcla de los grupos confesionales mancillara la pureza de la re-
ligión protestante." Sin embargo, no es siempre la arbitrariedad emocio-
nalmente alimentada, ni el fanatismo ideológico, la principal fuerza motriz
de un conflicto sangriento. Como lo ha señalado H.W. Tobler, en el caso de
la revolución mexicana, los motivos materiales fueron finalmente la causa
decisiva para que las tropas y los oficiales se unieran a los insurgentes."
Por lo general, no se deben subestimar las ventajas concretas que promete
la participación en campañas militares (que en la mayoría de los casos son
expediciones de saqueo) frente a los motivos políticos o religiosos que ge-
neralmente se exhiben en primer plano.
Al constatar esto hemos abordado el segundo aspecto de la polariza-
ción de las fuerzas que se produce repentinamente tras el estallido de una
guerra civil, es decir, el militar-geográfico. Sólo él confiere al conflicto
aquella particular irreversibilidad, que, tras la ruptura de las hostilidades,
no permite retornar al statu quo anterior. Si tales desavenencias colectivas
tuvieran lugar en un espacio exclusivamente simbólico, se podría revocar
cada una de las afrentas, apaciguar al enemigo mediante gestos tranquili-
zantes y renovar de esta manera la distensión. Una de las características de
las guerras civiles es, sin embargo, el hecho de que tengan consecuencias
geográficas y militares directas. Cada una de las facciones en conflicto se
adueña con rapidez y determinación de espacios concretos, de manera
que aquellos territorios, que hasta entonces se encontraban bajo un único
control estatal, se desintegran rápidamente en numerosos pedazos. Llama
particularmente la atención este proceso de división territorial en el caso
de los conflictos étnicos. Las tristemente célebres medidas de «limpieza ét-
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 91

nica», conocidas con motivo del conflicto yugoslavo, no pueden ser consi-
deradas privativas de la situación específica de esta región.Tales procesos
de segregación pueden encontrarse en cualquier lugar donde las comuni-
dades étnicas tengan altercados violentos.'' La tendencia general consiste
en formar bloques territoriales homogéneos partiendo del «territorio de
origen», en el cual la etnia es demográficamente mayoritaria, que sean inex-
pugnables tanto desde su interior (para la minoría) como desde el exte-
rior.' Cuanto más numerosas son las zonas en las que las etnias se encuen-
tran mezcladas y cuanto más estrecho es el entrelazamiento mutuo de los
grupos étnicos que en ellas conviven, tanto más dificil es realizar estos pla-
nes. Sobre todo, las grandes ciudades cuya expansión es el resultado de la
afluencia sucesiva de diferentes grupos étnicos, tras la ruptura de las hosti-
lidades se convierten, a menudo, en focos de conflicto. Las animosidades
existentes, alimentadas además por la concentración territorial de diferen-
tes etnias, pueden ser amortiguadas en algunos casos mediante muros de
separación —en Belfast se lo denomina eufemísticamente «peace-line»—
los cuales dividen la ciudad en diversos segmentos.
Por lo general, el empeño que ponen los grupos en redondear «su terri-
torio» lo más rápidamente posible produce al comienzo de las guerras civi-
les una agitación particularmente agresiva. Más tarde, cuando, debido a que
ningún grupo más se deja arrollar, la probabilidad de obtener nuevas gana-
cias territoriales existe únicamente en situaciones excepcionales —por
ejemplo, gracias al apoyo externo—, los impulsos agresivos iniciales hacen
sitio a una estrategia defensiva."' De todos modos, desde el principio, el ob-
jetivo exclusivo que tenía cada grupo de defenderse al verse amenazado
era puramente retórico.
La subdivisión de un país en zonas dominadas por las diversas faccio-
nes en pugna durante una guerra civil tiene para cada uno de los ciudada-
nos una importancia trascendental. Según donde viva y trabaje, puede sen-
tirse seguro con su familia o puede ser aconsejable que abandone su hogar
y se traslade al «territorio de origen» del grupo al que pertenece. General-
mente, las guerras civiles tienen por consecuencia migraciones masivas.Ya
la guerra de los Treinta años provocó en Alemania un incremento de la emi-
gración de la población campesina a las ciudades, detrás de cuyas fortifica-
ciones se sentía más segura. 2° Durante la primera fase de la guerra civil co-
lombiana, caracterizada por el enfrentamiento entre los dos grandes
partidos (liberales y conservadores), la seguridad de cada individuo depen-
día decisivamente de que, dentro de la comarca en la cual vivía, «su» parti-
do tuviese la superioridad militar. Los terratenientes liberales, cuyas pro-
piedades se encontraban en zona conservadora, se apresuraron a mar-
charse, arrendando o vendiendo sus tierras. Se calcula que, entre 1949 y
1953, en total dos millones de colombianos, es decir, alrededor de una sex-
92 Sociedades en guerra civil

ta parte de la población de entonces, cambiaron su lugar de residencia a


causa de persecuciones políticas. 21
Como muestra esta cifra, es considerable la parte de un grupo étnico o
de la totalidad de la población de un país que es expulsada durante el
transcurso de una guerra civil o que voluntariamente busca un nuevo para-
dero. Durante el conflicto libanés, alrededor de la mitad de la población, es
decir, un millón y medio de personas, abandonaron sus hogares provisional
o definitivamente y no pocos fueron obligados a emigrar varias veces. 22 En
el caso de Bosnia-Herzegovina, el número de migraciones es asimismo ele-
vado según las apreciaciones: de 1,5 a 2 millones de desplazados en un pe-
ríodo de alrededor de dos años y medio, dentro de una población total cer-
cana a los 4,5 millones de habitantes. 23
Mientras las zonas en las cuales dominen las facciones en conflicto en
una guerra civil estén claramente delimitadas, las opciones para las masas
de personas en movimiento son simples y forzosas: salir del territorio en el
cual son sólo una minoría desprotegida en dirección hacia aquel barrio o
región en donde su partido, grupo étnico o confesional constituya una ma-
yoría capaz de defenderse. Sin embargo, a veces no existen zonas de in-
fluencia ni límites claros ya que varios grupos reivindican el mismo territo-
rio.Todos los analistas están de acuerdo en que las circunstancias confusas
de este tipo implican un gran peligro para los grupos de la población resi-
dentes debido a que corren alternativamente el riesgo de que ambas par-
tes los avasallen, exploten y castiguen por haber supuestamente colabora-
do con el enemigo. 24
La posibilidad de emigrar puede constituir un privilegio si las hostilida-
des se han agravado de tal forma que las personas pertenecientes al campo
contrario son normalmente encarceladas o asesinadas en el acto. Por lo ge-
neral, las guerras civiles son consideradas particularmente crueles. Este
texto no es el lugar indicado para describir detalladamente la sangrienta
tragedia que representan los casos citados. Queremos, sin embargo, men-
cionar algunos hechos que muestran el abismo de dolor y sufrimiento
abierto por la violencia de la guerra civil. Entre ellos cuenta, en primer lu-
gar, el elevado tributo de sangre que exige una guerra civil; segundo, la cir-
cunstancia de que la mayoría de las víctimas de la violencia son personas
civiles que no están directamente involucradas en el conflicto; y tercero, la
extraordinaria arbitrariedad de la violencia que puede alcanzar a cualquie-
ra en cualquier momento.
El hecho de que las guerras civiles están vinculadas a una elevada pér-
dida de vidas humanas es algo que consta desde la guerra de los Treinta
años, que en el siglo xvii redujo la población alemana de 16 a 11 millones
de habitantes. Debemos acotar, sin embargo, que no pocas de estas vícti-
mas sucumbieron a la peste y no a la violencia bélica. No hay que pasar por
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 93

alto, no obstante, las considerables diferencias que existen entre las dife-
rentes guerras civiles. Es así, por ejemplo, que el conflicto de Irlanda del
Norte, que en 25 años ha causado alrededor de 3.000 muertos (esto equi-
vale a 8 muertos anuales por cada 100.000 habitantes), es considerado más
bien una «guerra de baja intensidad» (low intensity war), mientras que la
lucha en Bosnia-Herzegovina, donde, en dos años y medio escasos, perecie-
ron 145.000 personas (el equivalente de 1.300 muertos anuales por cada
100.000 habitantes), presenta una imagen mucho más sangrienta. 25 Por lo
demás, a través de la comparación de estas cifras se percibe que las guerras
civiles de carácter sociorrevolucionario y las que tienen una motivación ét-
nica no se diferencian unas de otras en cuanto a la crueldad y la tendencia
destructiva. Ambas pueden ser moderadas o despiadadas.
El elevado número de civiles inocentes que se encuentran entre las víc-
timas se debe, por un lado, al ambiente social de odio mutuo que engen-
dran las guerras civiles y, por otro, son el resultado de la estrategia político-
militar practicada por las facciones beligerantes. Ésta se reduce, en lo
esencial, a aplicar la violencia para mantener a raya al propio campo y para
intimidar y disuadir al potencial adversario o enemigo. Si además tenemos
en cuenta que las milicias que participan en una guerra civil operan en me-
dio de la sociedad civil y que los guerrilleros no se distinguen precisamen-
te por su disciplina y valentía, no es sorprendente que el blanco principal
de sus ataques y abusos no sean los grupos armados mismos sino los indi-
viduos indefensos.
Para caracterizar la arbitrariedad de las guerras civiles, las sociedades in-
volucradas han inventado fórmulas muy pegadizas. En Irlanda del Norte reza
tit for tat, lo cual equivale al «ojo por ojo» testamentario. En concreto, era
aplicada cuando un atentado del IRA contra los protestantes era respondido
inmediatamente por el asesinato de algún católico que casualmente se había
cruzado en el camino con una banda de matones protestantes. En el Líbano
tienen una función similar los «asesinatos del documento de identidad». 26
Detrásdéminoapet burcáiosltapde
asesinar a personas que tienen la mala suerte de atravesar el límite hacia el
territorio de otro grupo confesional justamente en el momento en que éste
busca una víctima expiatoria para vengar a alguien de sus propias filas ase-
sinado poco antes. En este contexto, no obstante, hay que cuidarse de exa-
gerar cuando se aplica el atributo de «arbitrario». Aunque, desde nuestra
concepción occidental del derecho, estos homicidios nos parezcan mani-
fiestamente injustos, ellos se encuentran en consonancia con una moral ar-
caica, según la cual al individuo se le imputa la conducta de la totalidad de
su propia comunidad, incluyendo la de sus grupos militantes y militares.
El aumento de la violencia no se produce en una guerra civil de una
forma continua. La típica imprevisibilidad, de esta clase de conflictos (una
94 Sociedades en guerra civil

expresión de su carácter arbitrario) se manifiesta también en su transcurso


irregular. Así como determinados pueblos y comarcas no son afectados
de ninguna manera por ellos, y otros, en cambio, son salvajemente asola-
dos, también tienen fases en las cuales la dinámica de la lucha decrece para
volver a acelerarse y alcanzar nuevos puntos culminantes. Este movimiento
ondulatorio puede estar condicionado por las intervenciones de potencias
extranjeras, pero también puede ser la consecuencia de la circular dinámi-
ca inherente de la violencia que abordaremos en el próximo capítulo.

2. Los NIVELES DE LA PROGRESIÓN DE VIOLENCIA

Nuestra tesis sobre la dinámica inherente de la violencia en el contexto


de las guerras civiles no es nueva. Esta idea se encuentra en la mayoría de
las monografías sobre determinadas guerras civiles como, por ejemplo, en las
de H. W. Tobler, E. Hanf y H. C. E Mansilla, entre otras.' Claro, la cuestión
que se plantea es ¿qué significa específicamente que la violencia «se haya
independizado», que «tenga su fin en sí misma»? ¿Se puede hablar de vio-
lencia independiente cuando las milicias beligerantes o las asociaciones
guerrilleras comienzan a recaudar impuestos en los territorios ocupados?
¿Es posible afirmar que la finalidad de la violencia está en sí misma cuando
el combate continúa a pesar de que los objetivos iniciales, de carácter polí-
tico e ideólógico, hayan perdido su importancia? ¿Es plausible que el moti-
vo de la violencia sea la propia violencia?
Para responder a preguntas de este tipo es conveniente concebir un es-
quema basado en los diferentes grados que tiene la violencia al irse libe-
rando paulatinamente de las restricciones político-estatales. Un esquema
tal puede ser únicamente «un tipo ideal», en el sentido que le da Max We-
ber. Los casos en que se basan nuestras reflexiones no se pueden asignar
exclusivamente a un solo nivel, sino que contienen elementos de varios de
ellos o, a lo largo del conflicto, se han ido desplazando en la escala, hacia
arriba y hacia abajo. Como punto de partida tomaremos una situación en la
cual el Estado ejerza el monopolio de la coacción, de manera que los disi-
dentes con ideas de orden político radicalmente opuestas a las imperantes
no puedan menos que recurrir a las armas para realizar sus ideales. Tam-
bién esta situación inicial es una ficción; el supuesto de una violencia utili-
zada en los comienzos sólo como instrumento necesario para lograr un ob-
jetivo concreto nos sirve para seguir y comprender el proceso que lleva
este medio a independizarse. Para ello distinguimos tres grados o niveles
en la escala de la intensificación de la violencia que caracterizaremos
como sigue: «la violencia se independiza», «la violencia se privatiza» y «la
violencia es comercializada».
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 95

La transición de una función puramente instrumental al primer nivel


de la escala, el momento en que la violencia se establece por su cuenta
adoptando la forma de un aparato coactivo, llega sin ruido y casi automáti-
camente. La lógica funcional en que se basa este proceso es esencialmente
la siguiente: si los movimientos políticos de carácter insurgente no quieren
desaparecer sin haber producido efecto deben proyectarse de manera per-
durable, ya que cuanto más grande sea el alcance de los objetivos de los re-
beldes, menos posibilidades tienen de lograr realizarlos mediante un golpe
de mano. Esto significa que el adversario se acomodará al peligro amena-
zante y se armará para defenderse. Por tanto, hay que contar con un en-
frentamiento a largo plazo que consumirá gran cantidad de energía y de
medios por ambas partes. Los insurgentes tienen la posibilidad de resistir
en un conflicto de este tipo sólo si disponen de un hábil comando operati-
vo, de una tropa apropiadamente abastecida y equipada, así como de cierta
infraestructura material y logística; si están bien organizados y proceden
de manera coordinada. Sin embargo, como se sabe, las organizaciones po-
seen una vida propia, con sus intereses particulares, en primer lugar, el de
autopreservarse. Este principio es también válido para las organizaciones
violentas: se trate de células terroristas, milicias, asociaciones guerrilleras o
ejércitos revolucionarios, la tendencia de todas estas organizaciones es
siempre la misma. Una vez creadas tienden a independizarse, degenerando
en aparato coactivo. 28
El elemento decisivo de este prOceso degenerativo es, en la mayoría de
los casos, la necesidad financiera del movimiento insurgente. Si éste pro-
cede —como, por ejemplo, en el caso del movimiento revolucionario del
norte de México— de una determinada provincia que previamente poseía
sus propias tropas y recaudación de impuestos, es suficiente con aumen-
tarlos. 29 Si dentro del territorio ocupado por los rebeldes existen bienes o
propiedades de declarados enemigos de los insurgentes, pueden ser confis-
cados, utilizando el producto de su venta para el ejército revolucionario.
Donde se carecen de semejantes recursos, fácilmente accesibles y justifica-
bles desde el punto de vista político-moral, los insurgentes se ven a menudo
obligados a utilizar métodos dudosos para obtener los medios necesarios.
Por ejemplo, recaudando entre «sus» adeptos, en «sus» territorios, impues-
tos y primas de protección; 3° aumentando su presupuesto financiero me-
diante atracos a bancos, secuestros y extorsiones; o comprometiéndose en
oscuras ramas comerciales del juego de azar o del tráfico de drogas. Aun-
que, al comenzar la lucha, estas formas poco ortodoxas de obtener recur-
sos financieros puedan parecer justificadas a los adeptos en función del
objetivo de las mismas y debido a la situación precaria que se atraviesa,
tienen dos defectos que determinarán el posterior desarrollo: por un lado,
constituyen cargas que son impuestas a la población afectada sin contar
96 Sociedades en guerra civil

con su beneplácito y sólo pueden ser recaudadas a través del potencial coac-
tivo de la organización rebelde. Por otro, debido a estos manejos financie-
ros poco convencionales, se produce una mezcla de formas políticas y pri-
vadas en el empleo de la violencia que puede desembocar finalmente en la
desaparición del límite entre ambas.
Todas las organizaciones insurgentes, sea cual fuere su motivación, se
encuentran frente al interrogante de cómo justificar su existencia cuando
el conflicto se prolonga demasiado. 3I Al respecto se abren varias posibili-
dades. Una de ellas consiste en evocar permanentemente el peligro que
amenaza al grupo. El argumento es que mientras no se haya consumado la
revolución ni estén aseguradas las posesiones étnicas, se puede producir
en cualquier momento un revés de consecuencias imprevisibles. Las con-
diciones ideales para el mantenimiento de los privilegios de las unidades
de combate irregulares las constituyen, en particular, las situaciones en las
que se produce un equilibrio de poder entre las diferentes facciones de
una guerra civil." En cuanto el adversario muestra síntomas de fatiga o
hasta de estar dispuesto a transigir, se lo provoca lo antes posible para que
se vea obligado a defenderse. De esta forma se crea un «equilibrio del te-
rror», en el que las diferentes milicias, so pretexto de combatirse entre
ellas, lo que realmente hacen es mantenerse mutuamente en vida.
Otra posibilidad menos macabra para legitimar la existencia de las or-
ganizaciones insurgentes consiste en asumir efectivamente funciones casi
estatales. La lógica de este paso es evidente: tras haber usurpado una parte
importante de la soberanía estatal con el apoyo de un determinado grupo
de la población, es natural que se reemplace también en otros ámbitos al
Estado oficial claudicante, por ejemplo, en el mantenimiento del orden y la
seguridad pública. De esta manera, el IRA ha asumido en las barriadas cató-
licas de Belfast y de Londonderry importantes funciones policiales y judi-
ciales: castiga a criminales, zanja conflictos familiares, dirige el tráfico, lleva
a los niños que faltan a clase hasta las escuelas, etc."
La última posibilidad que tienen las organizaciones violentas insurgen-
tes de reaccionar ante el perceptible alejamiento de su «base» consiste en
ignorar y reprimir las eventuales protestas. Esta vía es también la más có-
moda ya que corresponde al principio más inherente de estas organizacio-
nes que es no confiar en el consenso, sino en la utilización de la coacción.
Al seguir este curso, se acercan al siguiente nivel de la escala de progresión
de la violencia.
En general, hay que retener que el vínculo que tienen las organizacio-
nes violentas con los sectores sociales que sustentan el levantamiento, sea
éste de naturaleza sociorrevolucionaria o étnica, representa al mismo tiem-
po cierta garantía de que los objetivos lejanos del movimiento no se pier-
dan de vista. Ambas circunstancias son características del primer nivel de
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 97

la escala violenta. Por muy despiadadamente que proceda el aparato vio-


lento una vez que ha entrado en acción, su compromiso con los altos fines
del movimiento no se verá en principio afectado. En cambio, en el nivel si-
guiente, este nexo se rompe o, al menos, se vuelve quebradizo. De allí en
adelante, la violencia se utilizará para toda clase de fines, que no tendrán
que ser forzosamente de naturaleza política o social; la violencia «se priva-
tiza». Existen varios indicadores que permiten inferir que la guerra civil ha
alcanzado el segundo nivel en la escala de la progresión:

• Las tensiones en el seno de las facciones políticas o étnicas de una


guerra civil se incrementan. Con frecuencia estallan conflictos entre
grupos rivales que resultan más rudos que el enfrentamiento que
mantienen con el adversario inicial y principal enemigo. Los líderes
insurrectos se independizan con su tropa y ofrecen sus servicios ar-
mados a cualquiera que se los remunere adecuadamente. El campo
de fuerzas políticomilitares comienza a fluctuar; se establecen alian-
zas y se rompen al poco tiempo según criterios exclusivamente tác-
ticos.
• Se desiste de las reivindicaciones y los objetivos iniciales que moti-
varon la lucha, produciendo un grotesco desequilibrio entre las mo-
destas reclamaciones que se hacen y el gran despliegue de violencia
empleado para conseguirlas. La población pierde su importancia
como sostén social y factor político para las asociaciones violentas,
sirviéndole únicamente como objeto de rapiña y extorsión, y de re-
serva para el reclutamiento forzoso.Ya no se diferencia entre los sec-
tores de la población hostiles y aquellos favorables a los rebeldes.
También estos últimos son saqueados y aun maltratados.
• La violencia se emplea desenfrenadamente y sin rodeos para fines
privados. Sirve en primer lugar para el enriquecimiento personal,
pero no sólo para ello: también la venganza, la envidia y los celos
pueden desencadenar actos violentos. El límite entre la violencia po-
lítica y la criminal se va borrando a ojos vistas. El mismo grupo arma-
do puede presentarse, a veces, como paladín de la libertad y, otras,
entrar en acción como banda de salteadores de caminos. Gracias a la
violencia coactiva organizada surgen auténticas cortes feudales que
se mantienen merced a los servicios y las contribuciones de los «súb-
ditos» locales. La ley del más fuerte se convierte en el instrumento
decisivo para el que quiera imponer su voluntad en la sociedad.

La mayoría de las tendencias aquí descritas aparecen tanto en la revo-


lución mexicana como en las guerras civiles de Perú, Colombia,Yugoslavia
∎ el Líbano. En este contexto abordaremos únicamente el caso del Líbano.
98 Sociedades en guerra civil

Según T. Hanf, las circunstancias reinantes en este país durante la guerra ci-
vil son comparables a la dominación mercenaria de los lansquenetes en
Alemania durante la guerra de los Treinta años (1618-1648). 3' Hanf conti-
núa diciendo que las milicias de los diferentes grupos confesionales, surgi-
das al principio de manera espontánea, terminaron actuando por su cuen-
ta, adoptando todas el mismo estilo y manera de proceder. Se dividieron en
numerosos grupos, dirimiendo constantemente sus disputas de manera
sangrienta. Se apoderaron del control de la administración y de los parti-
dos, recaudando impuestos dentro de su propio grupo confesional, sin im-
portarles la disminución de su popularidad. Es decir, se establecieron como
un «Estado dentro del Estado». Aún más lejos va S. Khalaf al afirmar que,
tras una década de guerra civil, la violencia ha penetrado en todos los po-
ros de la sociedad libanesa." Este autor afirma que esto se puede percibir
en los cambios arbitrarios de los objetivos y alianzas de las milicias y, sobre
todo, en el hecho de que la violencia se ha convertido, también fuera del
conflicto étnico, en un instrumento corriente, utilizado para lograr todo
tipo de fines. Asimismo, señala el alarmante incremento de toda clase de
delitos violentos, desde el vandalismo hasta el robo con homicidio. Sigue
diciendo que es cada vez más frecuente la aparición de bandas de ladrones
armadas que asaltan a los ciudadanos y les roban hasta los pocos objetos
que hayan podido salvar de la guerra.
Como podemos constatar en las opiniones emitidas por ambos auto-
res, la expansión de la violencia en este nivel de la guerra civil provoca ve-
hementes sentimientos de desaprobación e indignación. Emerge la imagen
terrorífica de una sociedad como la descrita por Hobbes, en la cual todos y
cada uno se sienten permanentemente amenazados por todos y cada uno,
pero en la que también desempeña un papel importante el hecho de que
numerosos ciudadanos todavía recuerden vivamente aquellos tiempos pa-
sados en los cuales el derecho, y no la violencia coactiva, determinaba las
pautas del comportamiento.
Estos recuerdos desaparecen casi por completo en el tercer nivel de la
escala de la agravación y difusión de la violencia. En Colombia, que consti-
tuye el modelo del tercer nivel de nuestra escala, la violencia ya no produ-
ce escándalo, y esto a pesar de que en este país anualmente más de 20.000
personas encuentran la muerte por causas forzadas intencionadamente
—más que en ninguna otra parte del mundo—. i6 Existen muchos intentos
de explicar el incesante aumento de la violencia en Colombia. El último de
ellos culpa al tráfico de drogas de haber convertido el empleo de la violen-
cia en un negocio. 37 Es posible que haya algo de verdad en esto, pero, en
realidad, los cárteles de drogas constituyen sólo una de las muchas organi-
zaciones violentas, como veremos más adelante. Lo probable es que cinco
décadas, casi ininterrumpidas, de conflictos políticos y sociales hayan acos-
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 99

tumbrado tanto a la gente a soportar la violencia como instrumento para


lograr cualquier propósito que se resigna con naturalidad a ella y la emplea
cuando la necesita.
En comparación con otros países, tampoco libres de violencia, en Co-
lombia se pueden distinguir tres características que hacen de esta nación
un caso particular. En primer lugar se encuentra la gran cantidad de agentes
colectivos de la violencia; en segundo lugar está la banalización de la vio-
lencia y, por último, estrechamente vinculada con ésta, su comercialización.
En cuanto a la primera característica: desde el primer momento, lo. que im-
presiona del escenario colombiano es la gran cantidad de grupos involucra-
dos de una u otra forma en sucesos violentos, de los cuales una gran parte
obtiene de ellos los medios para su sustento. Enumeraremos brevemente
los más importantes. ° Además del ejército y la policía, reconocidos como
las instancias coactivas estatales, existen las siguientes agrupaciones: las aso-
ciaciones paramilitares que combaten en el campo a los supuestos simpati-
zantes izquierdistas; los escuadrones de la muerte parapoliciales que en las
grandes ciudades proceden contra delincuentes y grupos marginales (ho-
mosexuales, prostitutas, etc.); los mercenarios y guardaespaldas al servicio
de traficantes de drogas; las organizaciones guerrilleras; las bandas de delin-
cuentes juveniles; los grupos de autodefensa que surgen de la ciudadanía
con el objetivo de perseguir a los delincuentes juveniles; y, por último, las
milicias formadas por los terratenientes para su propia protección.
Esta enumeración permite vislumbrar de qué manera, al menos a nivel
organizativo, la violencia se reproduce y se renueva permanentemente en
ciclos: un sistema de partidos cerrado —que es controlado por la clase alta
y que excluye a los inconformes políticos, negándoles el derecho a interve-
nir— generó en un momento dado la protesta violenta. Como ésta fue de-
soída, tomó cuerpo bajo la forma de organizaciones guerrilleras que opera-
rían, en parte, en el ámbito rural y, en parte, en el urbano. En el campo,
cobraban impuestos a los terratenientes, los cuales, por su lado, se defen-
dían formando milicias armadas. En la ciudad, adiestraban a jóvenes «com-
batientes por la libertad» en el manejo de las armas, que, al encontrarse las
asociaciones guerrilleras a la defensiva, aprovecharían sus capacidades
para ponerse al servicio de los incipientes cárteles de drogas como guarda-
espaldas y bandas de matones. Dicho sea de paso: en Colombia, la ley no
sólo permite esta difusión de la violencia, sino que la fomenta consciente-
mente ordenando a las fuerzas armadas que ayuden a formar grupos de au-
todefensa.
La omnipresencia en Colombia de los agentes violentos y de la violen-
cia ha logrado que este medio, en otras sociedades restringido por prohibi-
ciones y barreras afectivas, se haya convertido en el instrumento que «nor-
malmente» se utiliza para alcanzar un objetivo y haya cesado de llamar la
100 Sociedades en guerra civil

atención. No hay nada más apropiado para ilustrar esta cotidiana, discreta y
masiva tendencia a cometer acciones violentas que la amplia difusión de
masacres que existe en este país. 39 Se denominan masacres aquellas matan-
zas en las que se produce un mínimo de cuatro víctimas. Entre 1980 y 1992
se produjeron en Colombia alrededor de 1.030 masacres, distribuidas por
casi todas las provincias. En estas matanzas, ejecutadas generalmente por la
noche en regiones rurales, se suele asesinar a familias enteras, sobre todo
de campesinos. Sólo en contados casos se encuentran en juego emociones
acumuladas o un fanatismo político o ideológico. Lo más corriente son las
masacres motivadas por razones «sociales» o «económicas»: se elimina a una
persona en el cercano entorno social junto a sus familiares (para evitar ac-
tos de venganza), sea para apoderarse de sus bienes, sea para suprimir a un
rival en los negocios o a un acreedor molesto. La violencia se transforma así
en el sustituto de conversaciones y negociaciones y evita tener que sopor-
tar situaciones conflictivas. Una importante diferencia —característica del
caso colombiano— en relación a la fase precedente reside en la posibilidad
de «hacer matar». Cuando la violencia se encuentra en el «segundo nivel»,
sirve como instrumento para obtener ventajas personales; en cambio, en el
tercer nivel se convierte en un servicio adquirible, en un negocio profesio-
nal. Quien desee asesinar a alguien no tiene necesidad de matarlo personal-
mente, sino que puede hacerlo por encargo. Solamente en Medellín existen
docenas de «oficinas» que viven de estos encargos. 4° Es suficiente entregar
una foto de la futura víctima y pagar por adelantado la mitad del precio
convenido, que dependerá del rango y del grado de protección de que dis-
frute la persona en quien se ha puesto la mira. En Medellín viven varios mi-
les de asesinos profesionales llamados sicarios. En la mayoría de los casos
se trata de jóvenes de entre 13 y 25 años que sueñan con dar el gran «gol-
pe» asesino que los convierta en ricos de la noche a la mañana.'"
El ejemplo colombiano demuestra que al espectacular descarrilamien-
to de la violencia al abandonar el ámbito político —característico del se-
gundo nivel— sucede otro nivel donde la violencia se vuelve profana y pe-
netra en los entresijos cotidianos de las interacciones humanas. Por esta
razón, mirándolo bien, la sucesión de niveles en la difusión de la violencia
no se puede concebir como un proceso continuo en el cual ésta se va in-
dependizando y vaciando de funciones, sino como una evolución en forma
de espiral: la violencia inicialmente vinculada al ámbito político trasciende
en un primer paso sus límites y restricciones (la «privatización») para vol-
ver a convertirse, en un segundo paso, en un valor calculable y «firme»,
como servicio adquirible por dinero en el mercado de las relaciones socia-
les. Se sobrentiende que este proceso no es forzoso y que, cuando se efec-
túa, no transcurre de manera ininterrumpida ni determinada. El esquema
de varios niveles sirve para demostrar que sería equivocado negar que las
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 101

guerras civiles tengan una dinámica propia y considerar que constituyen


una destrucción masiva de personas y bienes carente de normas y sentido,
y que no cesan hasta que todos los contendientes terminan agotados y
vuelven a la mesa de negociaciones. Las guerras civiles poseen su propia
dinámica, derivada esencialmente de la lógica inherente de los procesos
violentos que se perpetúan y expanden. Estos procesos, a su vez, tienen re-
percusiones en las estructuras de la sociedad, de la economía, la política y
la cultura. A continuación, trataremos de estas repercusiones.

3. CAMBIOS DE LAS ESTRUCTURAS SOCIALES

Existe una opinión casi unánime acerca de los efectos económicos de


las guerras civiles: generalmente son considerados negativos. En este senti-
do, la guerra de los Treinta años establece un precedente histórico que sir-
ve de advertencia. Ésta no sólo dejó tras de sí una población considerable-
mente reducida, sino también las arcas estatales vacías, o bien llenas de
deudas, las ciudades destruidas, los monumentos culturales expoliados y
arrasados, así como comarcas completamente devastadas, en cuya repobla-
ción se emplearían décadas. 42
Es necesario, sin embargo, constatar que hay diferencias. No todas las
regiones de un país son afectadas por la guerra civil de la misma forma.
Las guerras civiles se diferencian entre ellas en cuanto a su grado de in-
tensidad. Según la dimensión y la densidad de las acciones de combate,
inciden más o menos profundamente en la red de producción y de co-
mercio del país en cuestión. También tiene importancia la estructura
económica del Estado afectado. Un país pequeño como el Líbano, especia-
lizado en el comercio, los servicios financieros y el turismo, sufrió mucho
más bajo el largo y sangriento conflicto que el extenso México con su es-
tructura económica aún poco diferenciada durante el período revolucio-
nario.
Entre los casos que analizamos en este contexto, los efectos de la gue-
rra civil en la ex Yugoslavia, en particular en Bosnia-Herzegovina, han sido
realmente catastróficos." No hay que pasar por alto, no obstante, que la
economía yugoslava ya había comenzado a declinar antes de estallar la
guerra y que la situación de emergencia empeoró dramáticamente tras la
proclamación inmediata del embargo internacional. Aparte de esto, hay
que constatar que una guerra civil tan violenta y destructiva, como en el
caso de la república central del desintegrado Estado balcánico, forzosa-
mente paraliza la economía en su totalidad. La producción industrial, el co-
mercio, los servicios, los bancos y el tráfico se hunden —sólo prospera la
economía sumergida.
102 Sociedades en guerra civil

Noticias parecidas, aunque quizá no tan deprimentes, se escucharon


durante mucho tiempo sobre el Líbano. A diferencia de Yugoslavia, este
país fue considerado durante décadas como una especie de «Suiza orien-
tal» debido a la capacidad de sus habitantes y a su privilegiada situación
como centro financiero y comercial. Los combates provocaron rápidamen-
te la pérdida de esta ventajosa situación. Los daños que dejaron los enfren-
tamientos militares —desde la destrucción de la infraestructura (puertos,
calles, aeropuertos, etc.), pasando por el desmembramiento de la antes flo-
reciente capital, hasta el despoblamiento de amplias comarcas del interior—
eran demasiado elevados y persistentes. Al finalizar el conflicto, que duró
alrededor de quince años, el Estado se encontraba fuertemente endeudado
debido a que sus ingresos tributarios habían ido a parar a los bolsillos de
las milicias; la moneda libanesa había perdido la mayor parte de su valor
inicial, la balanza de pagos era negativa y el nivel de vida había bajado a la
mitad de lo que alcanzaba antes de 1975. 44
La lista de Estados cuya economía ha sido seriamente afectada por una
guerra civil podría ser ampliada fácilmente. No todos, sin embargo, han te-
nido que pagar un precio tan elevado como Yugoslavia y el Líbano. Así, los
efectos económicos negativos de los persistentes disturbios que se desa-
rrollan en Perú e Irlanda del Norte —dos países que, de todos modos, no
son especialmente ricos— son limitados y sobre México señala H. W To-
bler que la revolución perjudicó mínimamente el nivel de vida debido a
que los descensos de la producción en algunos sectores fueron compensa-
dos por el incremento en otras ramas de la economía. 45
Colombia presenta un cuadro totalmente diferente, ratificando así lo
expuesto antes sobre su particular posición en cuanto al desarrollo de la
violencia. A pesar de los cruentos enfrentamientos internos que ya duran
décadas, es uno de los países latinoamericanos económicamente más esta-
bles y dinámicos. 46 Posee, a diferencia de la mayoría de los países del sub-
continente, una balanza comercial positiva, la deuda estatal es limitada y el
producto interior bruto así como la afluencia de inversiones extranjeras
aumentan sin cesar, es decir que todos los indicadores económicos clási-
cos apuntan hacia arriba. Esto no excluye la posibilidad de que sin las san-
grientas desavenencias internas el desarrollo económico hubiese evolucio-
nado positivamente aún más rápido. La pregunta que se impone es si este
balance general positivo no es un indicio de que la economía se ha inmu-
nizado contra los actos de violencia. Si esto es así, difícilmente cabe espe-
rar que los círculos económicos colombianos contribuyan a reducir el alto
nivel de violencia en este país.
A diferencia de la valoración de las consecuencias económicas, la de
los efectos sociales de la guerra resulta mucho menos homogénea. Por un
lado, se señala el efecto nivelador que tiene la guerra civil en lo social y,
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 103

por otro, a veces, se afirma que no es así, que, al contrario, profundiza el


desnivel existente entre ricos y pobres. Es posible que no se trate de una
verdadera contradicción, sino que ambas afirmaciones sean acertadas, se-
gún el ámbito a que se refieran.
Si observamos el ámbito público, dificilmente se puede negar que éste
es con regularidad seriamente perturbado por los disturbios provocados
por la guerra civil y que todos los ciudadanos son afectados por la disminu-
ción de la calidad de vida pública. Por ejemplo, cuando, debido a un ataque
de artillería, se corta la electricidad de un barrio, el agua es racionada, las ar-
terias centrales son cerradas al tráfico y las escuelas públicas clausuradas; o
cuando, debido a la falta de vigilancia estatal, las bandas de ladrones y de
asaltantes hacen de las suyas, en esos casos sufre las consecuencias la po-
blación entera, independientemente de la clase social a la que pertenezcan
los individuos. Es posible que, al principio, los mejor situados puedan paliar
los efectos negativos haciendo gastos de caráctér privado (clases particula-
res, sobornos, etc.); no obstante, debido al empobrecimiento de la pobla-
ción en general, es decir, de todas las clases sociales, durante el transcurso de
una prolongada guerra civil se desvanece rápidamente esta ventaja inicial. El
efecto nivelador decisivo emana de la amenaza que pende sobre todos y
cada uno de ser víctimas de la violencia. Ante la impredictibilidad de la
violencia en una guerra civil, nadie está a salvo de esta amenaza mientras
que no se decida a abandonar el país.
Si nos fijamos en la esfera «privada» de la repartición de bienes y patri-
monio, la situación es diferente. En este ámbito, la desigualdad social es en
general agravada por las guerras civiles. Éstas implican para la mayor parte
de la población una sensible disminución de la oferta de mercancía, el de-
terioro de sus condiciones de vida y, en parte, una amarga pobreza. Estos
efectos negativos se pueden observar en todas las clases sociales, aunque
en grados diferentes. En la clase alta tradicional, el hundimiento del Estado
y de la economía tiene por consecuencia una sensible reducción de su
margen de desenvolvimiento. Si no deciden abandonar el país, tendrán que
aceptar que sus ingresos disminuyan y que desaparezca su influencia poli-
tica, aunque sea pasajeramente. Algo similar sucede a las clases medias,
que, sin embargo, carecen en parte de los medios para trasladarse rápi-
damente y sin contratiempos a un nuevo domicilio en el extranjero. Espe-
cialmente afectadas se ven las «nuevas» clases medias de formación univer-
sitaria, generalmente empleadas en grandes organizaciones privadas o
públicas y dependientes del pago de salarios. A menudo se ven obligadas
a buscarse ocupaciones muy por debajo de su nivel universitario. Los prin-
cipales damnificados por los disturbios bélicos son los grupos de la clase
baja, aun cuando oficialmente la guerra civil se haga para liberarlos y para
mejorar su situación material. Ellos, por lo general, carecen de reservas ma-
104 Sociedades en guerra civil

teriales y de la necesaria flexibilidad mental para afrontar la nueva situa-


ción y reaccionar según lo exijan las circunstancias. El precio que estos
grupos han de pagar, sea en forma de expulsiones, sea con muertos y heri-
dos, excede en mucho las pérdidas sufridas por las demás clases sociales.
En todas las sociedades afectadas por guerras civiles existe, sin embar-
go, un grupo social que sabe cómo obtener ventajas de los disturbios. 47
Éste,nparocditmenlsaoyrptivdelsm-
licias y de los grupos de mercenarios recién creados o surge a la sombra de
los violentos enfrentamientos y se recluta entre los especuladores, los que
comercian con bienes confiscados o adquiridos a bajo precio, así como en-
tre los cuadros de funcionarios de la administración y de ejecutivos de las
nuevas unidades administrativas. Estos trepadores sociales, procedentes en
su mayoría de la clase media baja, se caracterizan por su talento organiza-
dor e improvisador, por su amor al riesgo y su desconsideración. Esta cir-
cunstancia y la forma desvergonzada en que hacen ostentación de sus ri-
quezas recientemente adquiridas son los principales motivos de que sean
vistos con envidia por la población en general y también en la literatura es-
pecializada se los represente sobre todo con atributos negativos: como lo-
greros de la guerra, mafiosos y típicos representantes de la próspera eco-
nomía sumergida que no tienen reparos en sacar provecho personal de la
miseria general. Desde una perspectiva más fría, hay simplemente que
constatar que en este aspecto las guerras civiles no se diferencian funda-
mentalmente de otras formas de cambio social acelerado: aumentan la mo-
vilidad vertical, sobre todo en sociedades con estructuras anquilosadas,
casi feudales, como era la española antes de 1936. Las guerras civiles pue-
den acrecentar repentinamente las posibilidades de movilidad social de
clases sociales enteras."
En relación directa con los procesos de ascenso y descenso social sur-
ge el interrogante de cuál es la transformación que se produce en las
estructuras del poder a lo largo de las guerras civiles. A este respecto hay
que distinguir el aspecto externo del interno en relación con los bandos
en conflicto. En lo referente al aspecto externo, es decir, a las relaciones
entre las facciones beligerantes, los desplazamientos de poder que se pro-
ducen como resultado de una lucha de muchos años son frecuentemente
mínimos. Como he señalado al principio, los ejércitos, las milicias y las aso-
ciaciones guerrilleras que se combaten se encuentran generalmente al fi-
nalizar la guerra no muy lejos del punto de partida. ° Las ventajas militares
decisivas se obtienen a menudo en la primera fase, cuando las energías es-
tán todavía intactas y hay más posibilidades de coger por sorpresa al ene-
migo desprevenido y ponerlo en apuros. Más tarde, por regla general, se es-
tablece un «equilibrio de poder», término éste que siempre se vuelve a
encontrar en la literatura especializada sobre guerras civiles." Es evidente
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 105

que, a partir de cierto punto, los bandos en conflicto tienen más interés en
mantener el estado de posesión territorial que en aumentarlo corriendo
riesgos considerables. Las milicias de este tipo de guerras son excelentes
en la defensa pero débiles atacantes, sobre todo en los casos en que no se
enfrentan a una población indefensa sino a adversarios que luchan por la
existencia.
Mirándolo bien, no sorprende la opinión de que las guerras civiles
sólo producen desplazamientos muy limitados en las relaciones de poder
entre los bandos en conflicto, ya que ello se desprende implícitamente de
la propia definición de la guerra civil como conflicto bélico prolongado.
Si uno de los bandos fuera claramente superior, podría vencer, es decir,
poner fin a las operaciones de combate. No en vano, en el caso de México
—en donde, aunque sólo después de muchos años, se obtuvo un resulta-
do final definitivo— se ha adoptado el término de «revolución» y no de
guerra civil.
Paradójicamente, los principales cambios de poder debidos a las gue-
rras civiles no se producen entre los bandos en conflicto sino que son el
resultado de desplazamientos de fuerzas dentro de ellos mismos. Este he-
cho es paradójico debido a que las élites que se encontraban en el poder y
que son las que frecuentemente desencadenaron el conflicto con el objeti-
vo de obtener pequeñas ventajas, resultan ser generalmente las principales
perdedoras. Algunos informes y análisis dan la impresión de que se ha
producido un cambio completo de las élites dominantes. En ellos se suele
leer que los jefes tradicionales, los que tomaban las decisiones, han sido re-
legados ya que sus aptitudes mediadoras se han vuelto innecesarias ante
una confrontación armada; su lugar ha sido ocupado por una nueva clase
dirigente, que procede esencialmente de las unidades militares y de los
cuadros administrativos estrechamente vinculados con ellas. Las conclusio-
nes de este tipo pueden resultar precipitadas. Si bien, a lo largo del conflic-
to, hay que contar con la relegación de la antigua camarilla política diri-
gente, cuyos puestos serán ocupados por homines novi, expertos en
cuestiones de conducción bélica. Sin embargo, las viejas élites dominantes
son correosas y difíciles de eliminar definitivamente. Tras algún tiempo, so-
bre todo cuando se propaga un cansancio general de la guerra, pueden
recuperar el terreno político que habían perdido. A largo plazo, se produ-
ce generalmente una fusión de las viejas y las nuevas clases altas, pudién-
dose mantener únicamente los grupos políticos dirigentes que tienen en
cuenta los intereses de ambas.
Para concluir, resta sólo hacer algunas observaciones sobre el desarro-
llo cultural y moral de aquellas sociedades que se encuentran en guerra ci-
vil. Éste es el ámbito que provoca más comentarios terminantes en la lite-
ratura especializada, todos los cuales condenan las consecuencias que
106 Sociedades en guerra civil

estos conflictos han tenido en las costumbres y los espíritus de los seres
humanos. Como ejemplo de una opinión relativamente moderada, citare-
mos un pasaje del libro de H. C. E Mansilla sobre la guerra civil en Colom-
bia y Perú: «La inseguridad general, la disminución de la producción agra-
ria, el descenso de los precios de las casas, los terrenos y las fincas en las
zonas de combate, así como el aparente escaso valor de la vida humana
abren el camino a una desmoralización colectiva, puesto que el futuro se
presenta sombrío y la vida no parece prometer mucho. La utilidad del aho-
rro, la necesidad de comportarse tanto social como económicamente de
una manera previsible e, incluso, el valor de los vínculos familiares y de
amistad son puestos en duda. Esta dolorosa relativización de normas funda-
mentales y de pautas de orientación que no son sustituidas por nuevos va-
lores hace que la población caiga en una profunda crisis sociocultural y
ética)." Juicios similares emiten la mayoría de los autores. ¿Se puede con-
cluir por tanto que las épocas de guerra civil son generalmente períodos
de decadencia moral?
El hecho de que este tipo de generalizaciones pueden ser peligrosas se
puede deducir, por ejemplo, de investigaciones sobre Irlanda del Norte, las
cuales demuestran que sólo con reservas se puede afirmar que las normas
morales hayan perdido su valor y que el control social haya disminuido
desde 1969 en el seno de ambas comunidades confesionales." Ante todo,
en lo relacionado con la evolución moral y ética, resulta importante distin-
guir entre las normas de comportamiento social, por un lado, y, por otro,
las concepciones básicas sobre el bien y el mal. El hecho de que las guerras
civiles produzcan cierto debilitamiento del control social se puede consta-
tar, por ejemplo, en el incremento de la cuota de criminalidad que acompa-
ña estos conflictos. 53 El creciente egoísmo que se deplora en todas partes,
los cada vez más toscos modales, la propagación del miedo, de la descon-
fianza y de una falta total de consideración, todo esto no es sólo la mani-
festación de la debildad moral general de los seres humanos, sino que res-
ponde a la necesidad de adaptarse a la nueva situación, así como a la de-
sensibilización ante el sufrimiento humano.
Sin embargo, de estas reacciones no se puede deducir sin más que las
personas afectadas por tales presiones externas también modifican sus
convicciones más profundas. Puede darse el caso, no obstante, este tipo de
reacción no se puede generalizar. Sabemos que otras situaciones de extre-
mo desconcierto normativo, como las hiperinflaciones, 54 no debilitan los
preceptos morales ni los modelos de referencia más arraigados, sino que, al
contrario, contribuyen a fortalecerlos. Tan difícil como es, en las socieda-
des que nunca han conocido un duradero monopolio estatal de la coac-
ción, desarraigar de la mente colectiva la contingencia de recurrir a las ar-
mas para lograr un propósito, es, por otro lado, borrar de la memoria en
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 107

períodos de violencia crónica el recuerdo de los buenos modales civiliza-


dos. Esto no sucederá, al menos, mientras vivan las generaciones que no
han crecido bajo el signo de la violencia."

4. PARA UNA INTERPRETACIÓN DE LAS GUERRAS CIVILES

¿Tienen las guerras civiles una función o carecen de ella? De esta pre-
gunta se han ocupado también los autores de las monografías que hemos
citado. Hanf señala, al final de su obra, que la principal consecuencia de la
guerra podría ser la formación de una nación libanesa unificada y Burk-
hardt resume su trabajo afirmando que la guerra de los Treinta años no fue
un conflicto interestatal, sino que sirvió para crear un Estado. Otros auto-
res niegan que las guerras civiles que han analizado tengan algún sentido."
La formación de naciones o Estados son los temas principales que sur-
gen en la discusión sobre las consecuencias o funciones de las guerras ci-
viles. Sin embargo, estas discusiones dejan un interrogante pendiente: ¿qué
conclusiones se pueden sacar de estas interpretaciones ex post facto sobre
las peculiaridades de las guerras civiles? ¿Por qué las guerras civiles han
sido en determinados casos la condición necesaria para la formación de un
Estado o una nación y, en cambio, en otros no? Y, sobre todo, ¿cómo se han
de clasificar las guerras civiles que no encajan en este esquema pues no
han contribuido a formar ni un Estado ni una nación, como la guerra civil
norirlandesa o la permanente matanza colombiana?
Volviendo a nuestras hipótesis iniciales, proponemos contemplar las
guerras civiles no tanto a la luz de sus causas y efectos, sino, más bien,
como sistemas propios, cuya dinámica se encuentra esencialmente deter-
minada por la lógica que desarrolla una violencia expansiva tendiente a
perpetuarse. Como hemos mostrado, es característico de estos sistemas el
hecho de que la violencia desborde los estrechos límites estatales y políti-
cos para inundar otros sectores, procurando someterlos a sus propios me-
canismos de coacción, obediencia y ejecución. Cuando esto sucede, se for-
man diferentes amalgamas sociales generalmente inestables. No obstante,
nos hemos encontrado con casos en los cuales la violencia ha conseguido
establecerse de forma relativamente duradera fuera de las esferas políticas;
afectan justamente a aquellos países que rompen el esquema de las clasifi-
caciones funcionales de las guerras civiles: Colombia e Irlanda del Norte.
La violencia se ha convertido en Colombia en un servicio que se puede
comprar. Con ello está subordinada al dinero y tiene en el mercado un va-
lor calculable. Estandarizada y comercializada, no está bien vista como ins-
trumento social para imponer intereses, pero, sin embargo, por el momen-
to no se sabe cómo extirparla del mercado y someterla al exclusivo control
108 Sociedades en guerra civil

del Estado. Irlanda del Norte presenta en ciertos aspectos un interesante


contraste con Colombia: la violencia no ha desbordado todos los límites,
sino que se la emplea de manera más restringida; lejos de caer en la banali-
zación, ha experimentado en Irlanda del Norte un alto grado de ritualiza-
ción y sacralización. El rasgo que estos dos países comparten es, sin embar-
go, el hecho de que tampoco en el caso de irlanda del Norte se puede
hablar de un control estatal de la violencia (dejando de lado el papel que
desempeña el Estado británico). Las reglas arcaicas de venganza y represa-
lia que determinan las relaciones entre ambos grupos confesionales en el
Ulster, al igual que el desborde de la violencia en Colombia, ultrajan todos
los principios del Estado de derecho.
Nuestro análisis plantea algunos interrogantes, también aquel de cómo
se podría poner freno a la descrita dinámica de la violencia, y permite sa-
car varias conclusiones. Una de ellas es que, aparte de las ataduras político-
estatales a las cuales se puede someter a la violencia y de su «administra-
ción» por parte del Estado, existen todavía otras dos formas relativamente
duraderas para regular y organizar la violencia: su comercialización y su sa-
cralización.
Capítulo 4

POSIBILIDADES DE PACIFICACIÓN DE LAS GUERRAS CIVILES:


PREGUNTAS E HIPÓTESIS

Heinrich-W. Krumwiede
(Fundación Ciencia y Política, Ebenhausen)

Dado que la mayoría de las guerras de la actualidad son guerras civiles,


y que a menudo se espera que en su arbitraje participen activamente Esta-
dos no directamente implicados en ellas, se plantea la pregunta siguiente:
¿qué condiciones hay que satisfacer y qué criterios considerar para pacificar
las guerras civiles, de manera que existan expectativas de una paz estable?
Se entiende por pacificación de las guerras civiles no sólo su finalización
(cese de las hostilidades) sino, sobre todo, el acuerdo sobre las estructuras
y los principios de un régimen de paz, incluyendo las normas del arreglo
pacífico del conflicto que las constituyeron.A1 preguntar por las condicio-
nes y criterios generales de una pacificación de las guerras civiles el interés
teórico de este artículo se diferencia de aquellas aportaciones al tema que
se ocupan preferentemente de la mediación (¿quién y cómo debe hacer
de mediador?). '

Correspondiendo al interés teórico apuntado, el presente artículo


atiende a las siguientes cuestiones particulares:

1. ¿A qué actores hay que incluir —directa o indirectamente— en el


proceso de negociación de un acuerdo de paz?
2. ¿Bajo qué condiciones están los beligerantes seriamente dispuestos
a negociar la finalización de una guerra civil?
3. ¿Qué problemas hay que solventar en un acuerdo de paz?
4. ¿Por qué vale la pena pactar el establecimiento de un Estado demo-
crático al pacificar una guerra civil?
5. ¿Qué factores dificultan o facilitan la pacificación de una guerra civil?
6. ¿Qué posibilidades de influencia tienen los actores externos en la
pacificación de guerras civiles?

A cada una de estas preguntas se dedica un epígrafe. Para empezar, se


esbozan en el primero cuáles son los requisitos y características de una
paz estable. Al tratar este tema se verá claramente por qué tiene sentido
diferenciar entre instauración y consolidación de un ordenamiento pa-
cífico. Se intenta contestar a las preguntas con hipótesis concretas que
convengan a múltiples casos. El punto de partida desde el que el autor
110 Sociedades en guerra civil

analiza los problemas de la pacificación de guerras civiles ha sido el caso


salvadoreño. 2 Además, para prevenir el peligro de «universalizar» en cierto
modo dicho caso particular en la elaboración de hipótesis, se han conside-
rado diferentes guerras civiles en diferentes regiones. En el marco de un
proyecto de la Fundación Ciencia y Política (Stiftung Wissenchaft uncí Poli-
tik), así como en una conferencia sobre la problemática de las guerras civi-
les, el caso de El Salvador ha sido contrastado con los siguientes: Bosnia-
Herzegovina, Camboya, Líbano, Mozambique, Irlanda del Norte y Tajikistán.
En la elaboración de hipótesis, junto con el salvadoreño, se han tenido en
cuenta todos estos casos.

1. RESPECTO A LOS REQUISITOS Y CARACTERÍSTICAS DE UNA PAZ ESTABLE

I2 denominada paz negativa, o sea, la mera finalización de una guerra o


de unas hostilidades, ya representa por lo general un enorme progreso,
pues, habitualmente, también una mala paz es preferible a la guerra. Lo cues-
tionable, sin embargo, es si una paz tal promete ser estable. Además de fina-
lizar la guerra es necesario ponerse de acuerdo en un nuevo ordenamiento,
un orden pacífico que garantice que los conflictos políticamente significati-
vos no se dirimirán en el futuro con violencia sino pacíficamente.
Es indiscutible que sólo una paz positiva' es garantía segura de paz
estable. Como elementos de un orden pacifico de esta clase («hexágono
civilizador») Senghaas nombra: monopolio estatal del poder, Estado de
derecho, justicia social, participación democrática, una cultura del con-
flicto constructiva y un control de las pasiones logrado mediante inter-
dependencias. 4 Naturalmente, desde un punto de vista histórico, ha
habido ordenamientos pacíficos estables que no satisfacían, o sólo par-
cialmente, los criterios del «hexágono civilizador». Pero en las comunida-
des socialmente móviles y politizadas de la actualidad un arreglo pa-
cífico de los conflictos únicamente puede ser duradero si se respetan
estos criterios estructurales. Lo mismo cabe decir en casos como el de
Tajikistán, donde presumiblemente el «hexágono civilizador» sólo podrá
hacerse plena realidad en un futuro lejano.' Ahora bien, solamente una
paz prolongada puede presentar todos estos rasgos característicos de
una paz positiva. Así, las disposiciones culturales típicas de un ordena-
miento pacífico estable o paz positiva (según Serighaas una cultura del
conflicto constructiva y el control de las pasiones) únicamente se for-
man como resultado de una larga praxis. Si éste es el caso, es decir, si se
ha desarrollado una verdadera cultura de la paz que disfrute de un reco-
nocimiento general, entonces un orden pacífico puede darse por conso-
lidado.
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 111

Pero para la instauración de un orden de paz son típicos los proble-


mas siguientes:

1. Una paz sólo puede producirse si los contendientes relevantes, res-


ponsables de los episodios bélicos, acceden a ello. 6 Y conservarla
depende en toda la fase de instauración del consentimiento de éstos.
2. Para los contendientes la paz es cualquier cosa menos una obvie-
dad. Sólo por propio interés, porque una evaluación utilitaria de
pros y contras aboga por ello, se disponen a finalizar la guerra civil y
a ponerse de acuerdo sobre un orden de paz.
3. No es de esperar que los contendientes se avengan a una paz que
satisfaga plenamente el «hexágono civilizador».

La investigación de la democracia abona la opinión consoladora de que


los ordenamientos que sólo satisfacen parcialmente los criterios de la paz
positiva pueden asimismo ofrecer buenas perspectivas de estabilidad. En
la investigación de la democracia se muestra que tiene sentido diferenciar
netamente entre la fase de instauración y la fase de consolidación.' Hay
muchos ejemplos de democracias de probada estabilidad cuyos fundado-
res, sin mostrar ninguna especial estima por el Estado democrático, se deci-
dieron por él después de un cálculo interesado de pros y contras. Teniendo
en cuenta que algunas democracias estables agradecen su nacimiento a la
circunstancia de que hubo no demócratas que se decidieron a ello por pro-
vecho propio, no resulta nada absurda la presunción de que hardliners,
que marcan con su violencia el curso de la guerra, después de una ponde-
ración realista de pros y contras aprueben la instauración de un orden pa-
cífico que se revele estable.
También puede aplicarse a la problemática que sometemos aquí a de-
bate la idea de Rustow referente a una oportunidad de confirmación que
permita consolidarse a democracias jóvenes e inmaduras. 8 Así pues, según
Rustow, es perfectamente posible que a una generación de demócratas por
mero cálculo de pros y contras le siga una generación de demócratas con-
vencidos. Análogamente, podría esperarse que a generaciones de beligeran-
tes que acceden a la instauración de la paz sólo por interés propio, les si-
gan generaciones de «palomas», que ya por su sola identificación con las
normas de una «cultura de la paz», rechacen dirimir violentamente los con-
flictos.
Más allá de esta opinión consoladora: para poder identificar qué situa-
ciones de paz ofrecen buenas perspectivas de una paz estable, hay que
preguntarse concretamente a qué elementos del «hexágono civilizador»
tiene que darse prioridad al instaurar un ordenamiento pacífico. Aquí se
ha afirmado (para la justificación véase más abajo) que un orden pacífico
112 Sociedades en guerra civil

con perspectivas de estabilidad tiene que observar desde un principio, ya


en la fase de su instauración, los siguientes principios estructurales: mono-
polio estatal del poder, estado de derecho y participación democrática. En
cambio, no se le puede denegar en principio la perspectiva de estabilidad
a una paz que no pacte amplias reformas dirigidas a la superación de la in-
justicia social.

2. ¿A QUÉ ACTORES INTERIORES HAY QUE INCLUIR —DIRECTA


O INDIRECTAMENTE— EN EL PROCESO DE NEGOCIACIÓN DE UN ACUERDO
DE PAZ PARA POSIBILITAR LA FINALIZACIÓN DE UNA GUERRA CIVIL?

Como norma, sería deseable que las «palomas», siempre en contra de la


resolución violenta de los conflictos, pudieran imponer la paz sin o incluso
contra los beligerantes.' Pero la realidad no corresponde a estos deseos,
pues para la instauración de un orden pacífico es necesario el asentimien-
to de los contendientes relevantes por dos motivos:

1. Sólo ellos, acallando las armas, pueden finalizar la guerra civil. Sin
embargo, la orden no puede provenir del exterior sino que la deci-
sión tiene que surgir del propio convencimiento.
2. A causa de su disposición al uso de la violencia, pasan por defensa
res tenaces de los intereses de su bando, por lo que gozan entre sus
filas de especial credibilidad. Sus correligionarios no denuncian
como capitulaciones las concesiones —tampoco las importantes—
hechas al bando contrario sino que las juzgan necesarias. En cam-
bio, a los pacíficos, a los que no están por la violencia, sí se les haría
esta clase de críticas en el caso de que hicieran concesiones seme-
jantes al otro bando sin el plácet explícito de los contendientes.

Quien se interese por el análisis de las condiciones para instaurar la


paz no puede dejar de tratar los cálculos de pros y contras que mueven a
los que ejercen la violencia a buscar una solución negociada. El autor ha
precisado en un artículo por qué El Salvador es una buena ilustración para
la tesis de que la instauración de un orden pacífico necesita del consenti-
miento explícito de los contendientes relevantes. 10 En Guatemala, la gue-
rrilla se ha contentado con un acuerdo de paz que sólo contiene concesio-
nes socioeconómicas muy limitadas." Así, los acuerdos en el ámbito
agrario, por ejemplo, se limitan a fijar los principios de un capitalismo más
o menos social (entre otros, «impuestos de penalización» para tierras no
explotadas económicamente, créditos a campesinos para la adquisición de
tierras, inversiones en infraestructuras) que no prevé el reparto forzado
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 113

por el Estado de la tierra. Si la izquierda moderada guatemalteca se hubiera


lanzado a concesiones de esta clase, seguramente se le hubiese acusado
desde las filas de la izquierda de «liquidación social• y de escarnio a las víc-
timas de la guerra civil.
Como ilustración en cierto modo negativa de esta tesis puede valer Ir-
landa del Norte» Los intentos por parte del gobierno británico de Major
de dejar de lado a los partidarios de la violencia más importantes y cerrar
con las «palomas» profesionales un acuerdo de paz firme estuvieron y es-
tán condenados al fracaso. Cualquier negociación que no incluya al Irish
Republican Army (IRA) directa o indirectamente (a través del Sinn Fein) no
puede poner fin a la guerra civil. Y la exigencia, como la formuló el enton-
ces gobierno Major, de que el IRA deponga las armas como precondición
para admitir al Sinn Fein en las conversaciones, es llanamente descabella-
da, pues si se desarmara antes de imponer concesiones a la otra parte, el
IRA se privaría de su fuente de poder más importante en las negociacio-
nes. En efecto, sin armas ya ni siquiera podría ofrecer a sus partidarios pro-
tección contra la persecución violenta.
El ejemplo del Líbano" prueba que en los casos de guerra civil en que
hay más de dos bandos se tiene que contar con la reticencia de uno o más
de ellos a las negociaciones multilaterales de acuerdos. Así, el general Aoun
era adversario decidido de una solución negociada. Pero al fin se demostró
que no era uno de los combatientes realmente relevantes. El acuerdo de
paz pudo firmarse también sin él. En las filas cristianas representaba sola-
mente una fracción y tras su derrota militar, las fuerzas que en dichas filas
estaban dispuestas a negociar se vieron alentadas.

3. ¿BAJO QUÉ CONDICIONES LOS COMBATIENTES SE DISPONEN SERIAMENTE A


NEGOCIAR LA FINALIZACIÓN DE UNA GUERRA Y A CUMPLIR LOS
COMPROMISOS QUE PRESENTAN PERSPECTIVAS DE UNA PAZ ESTABLE?

Zartman es probablemente el autor más conocido dedicado a la pre-


gunta de cuándo una guerra civil está ripe for resolution." Sus reflexiones
se basan —al menos implícitamente— en las siguientes hipótesis genera-
les. Los combatientes en una guerra civil (violentos) se disponen a com-
prometerse en su pacificación cuando, tras un cálculo de pros y contras,
concluyen que,

• por un lado, mediante la violencia no podrán conseguir sus objetivos


o sólo con unos costes demasiado elevados, y
• por otro, parece posible un acuerdo de paz que respete sus intereses
fundamentales y les prometa compensaciones y ciertas ventajas.
114 Sociedades en guerra civil

Con esta hipótesis se supone que los beligerantes atienden a cálculos ra-
cionales que son al fin y al cabo decisivos. Del analista se espera —lo que no
es de ningún modo fácil— que penetre en el pensamiento de los conten-
dientes, los cuales tienen una relación moralmente despreocupada, sobre
todo instrumental, con la violencia como medio para conseguir objetivos
políticos, y además disimulan a menudo sus propios objetivos. Hay que to-
marse a pecho la divisa de Sherlock Holmes de que sólo puede comprender-
se al culpable si se intenta pensar como él. Por lo tanto, hay que reconstruir
la peculiar racionalidad de los contendientes, distinta a la propia.
La hipótesis general es naturalmente poco concreta. Formular hipóte-
sis más concretas, sin embargo, sólo sería posible en el caso de determina-
dos tipos de guerra civil. Por eso hay que precaverse de declarar válidas en
general y adecuadas a cualquier tipo de guerra civil hipótesis de esta clase,
cosa que se verá con claridad tomando por ejemplo las hipótesis concretas
de Zartman. En la discusión que sigue se diferenciarán dos tipos de guerra
civil: bipolares con dos protagonistas y multipolares con varios.
Para predisponer a los contendientes a buscar una solución negociada
a la guerra civil, Zartman ve condición necesaria, aunque no suficiente, que
desde un punto de vista militar se dé una situación de tablas (stalemate),
caracterizada por el hecho de que los adversarios tienen un potencial de
victoria equivalente. El propio Zartman ha indicado algunos problemas de
esta concepción del stalemate.' 5 Por ejemplo, no puede tratarse de un sta-
lemate que uno o ambos bandos acepten como alternativa a una derrota
militar, sino que tiene que tratarse de un mutually hurting stalemate, es
decir, un stalemate en que ambos bandos sufren. Por lo que respecta al
«potencial de victoria» se trata de un problema de percepción. Entre la
situación militar «objetiva» y su percepción hay a veces una considerable
discrepancia. También hay contendientes que pueden creer tener una
oportunidad de victoria aunque un militar experto no les concede «objeti-
vamente» ninguna. Además, los avatares de la guerra normalmente fluc-
túan, así que los mutually hurting stalemates estables son muy raros.
Según el parecer del autor, el concepto del mutually hurting stalema-
te apenas puede aplicarse en las guerras de guerrillas en las que la guerri-
lla persigue la victoria a nivel nacional, t6 pues las derrotas no consiguen
por regla general debilitar la confianza en la victoria de los guerrilleros, los
cuales, dado que piensan en largos intervalos de tiempo, las consideran
más bien como una especie de «aprendizaje» provechoso. Una característi-
ca del guerrillero es precisamente que no maneja los conceptos de proba-
bilidad usuales.' Si así fuese, ya no hubiera emprendido una lucha en la
que la victoria quizá es posible, pero no probable. También hay que pre-
guntarse hasta qué punto tiene sentido el mutually hurting stalemate en
las guerras civiles étnicas, puesto que las etnias no piensan normalmente
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 115

en conceptos temporales a corto plazo sino en períodos de una o varias


generaciones.
El problema principal de la hipótesis del stalemate, sin embargo, con-
sistiría en que se refiere únicamente a conflictos bipolares, con dos parti-
cipantes (o grupos de participantes) que además persiguen la victoria
ante el adversario. Sólo en este tipo de guerra civil —quizás una mino-
ría— puede reivindicar fuerza explicativa. Pero en el caso de guerras civi-
les estructuradas multipolarmente, con pluralidad de protagonistas, la hi-
pótesis es de poca ayuda, ya que en las guerras civiles de esta clase no está
claro en qué consiste un stalemate, y la mayoría de las veces no puede su-
ponerse que cada uno de los participantes quiera vencer a todos los
demás. 18
También es problemático el concepto del «momento maduro•,' del
momento que según Zartman hay que aprovechar para la pacificación de
los conflictos. Dicha concepción es dudosa en la medida que sugiere la
idea de que un conflicto alcanza su «madurez para la pacificación• cuando
los implicados han recurrido a la violencia sin éxito durante mucho tiem-
po —en ocasiones decenios— hasta llegar a darse cuenta de que los obje-
tivos perseguidos no podían conseguirse de esta forma. Con otras pala-
bras: de acuerdo con esta idea, la madurez para la pacificación surge
cuando una práctica infructuosa de la violencia lleva a quienes la ejercen
a cansarse de ella. Ahora bien, puede pensarse (véase más abajo) que no
sólo el hartazgo de violencia, resultado de su práctica infructuosa, estimula
la disposición a pacifiéar una guerra civil. Provocaría menos malentendi-
dos preguntar sin más espectacularidad por las condiciones favorables a la
pacificación de las guerras civiles.
También el concepto «momento» puede dar pie a falsas asociaciones.
Seguramente hay épocas más bien favorables y épocas más bien desfavora-
bles para negociaciones fructíferas. Sin embargo, es equivocado creer re-
dentoramente en la existencia de algo así como un momento favorable
que habría que aprovechar a toda costa pues representaría una ocasión
irrepetible de finalizar la guerra. Al fin y al cabo, ha habido negociaciones
para la finalización de algunas guerras civiles que han ocupado varios años
—por ejemplo, seis años de negociaciones formales en Guatemala— y en
las que hubo que superar varios momentos desfavorables.
Volviendo a la hipótesis básica del stalemate: hay situaciones de de-
sempate, en que a los combatientes puede parecerles razonable buscar
una solución negociada. Ejemplos de ello serían:

• El uso de la violencia conlleva en el futuro unos costes elevados. Así,


la intervención de la OTAN en Bosnia-Herzegovina hizo que a los ser-
bios no les pareciera aconsejable continuar con la guerra civil.
116 Sociedades en guerra civil

• En vez de con la violencia, los objetivos perseguidos pueden conse-


guirse más fácilmente por otros medios políticos. Un ejemplo sería la
disposición de la derecha guatemalteca a alejarse de la violencia y el
terror, y —siguiendo otros modelos y experiencias de la región—
convocar elecciones.
• El uso de la violencia cada vez está más deslegitimado. Éste es el
caso, por ejemplo, de aquellas guerras civiles que transcurrieron a la
sombra del conflicto Este-Oeste.
• Cuando los beligerantes ya han conseguido por la violencia sus obje-
tivos esenciales, que corresponden a sus intereses vitales, pueden
juzgar prohibitivamente elevados los costes de perseguir violenta-
mente sus objetivos secundarios. Por eso, después de un cálculo rea-
lista de pros y contras, en lugar de optar por continuar la guerra pue-
den tender a una solución negociada que establezca el statu quo.2°
• Un tercer acontecimiento de gran trascendencia, como por ejemplo
la hambruna en Mozambique, n puede cuestionar la continuación de
la guerra civil.

Es requisito de una solución negociada que los implicados tengan la


percepción de que el estado de paz ofrece, si no ventajas, al menos tampo-
co inconvenientes en comparación con el estado de guerra. Si alguien
quiere penetrar en el ideario de los combatientes, tiene que darse cuenta
de que para ellos no es nada obvio deponer las armas, a veces definitiva-
mente, y comprometerse con la paz. Para ellos el estado de paz, en compa-
ración con el de guerra, puede ser completamente perjudicial. 22 Así, es per-
fectamente posible que una organización violenta poderosa durante la
guerra civil pierda mucha influencia en situación de paz acaso porque re-
ciba pocos votos en las elecciones. Para muchas de estas organizaciones el
recurso político más importante es la violencia, un recurso que no se pue-
de sustituir sin más. Por otra parte, hay que observar que las organizacio-
nes violentas también abren a los individuos unas posibilidades de hacer
carrera que con toda probabilidad no tendrían en organizaciones civiles.
En definitiva, para el simple combatiente la paz significa la pérdida de un
puesto de trabajo mantenido con muchos riesgos pero al menos seguro.
Sobre todo, para los contendientes, por ejemplo para la guerrilla, la paz re-
presenta un problema por el mero hecho de encontrarse militarmente in-
defensos después de abandonar las armas. ¿Cómo pueden estar seguros de
que se respetarán los acuerdos tomados y no se les perseguirá?
También hay que considerar que como consecuencia de una larga gue-
rra civil que marca a toda la sociedad hay algo así como una dinámica au-
tónoma o una independización de la violencia: 23 la guerra civil se convier-
te con el tiempo en la normalidad en la que instalarse y a la que referir
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 117

todas las expectativas. La paz, al menos para quienes la violencia es el re-


curso político más importante, es un caso excepcional que hay que funda-
mentar. La justificación que se dio originariamente a la violencia pasa cada
vez más a desempeñar un papel secundario.
En toda paz hay también que respetar cuidadosamente los intereses
fundamentales de los contendientes relevantes. Por ejemplo, los militares
tienen el interés fundamental de sobrevivir como institución y no ser mo-
ralmente desacreditados. Idealmente el estado de paz, comparado con el
de guerra, debería prometer a los beligerantes no sólo compensaciones
sino también nuevos estímulos e incentivos adicionales. Por ejemplo, la
perspectiva para los líderes de la guerrilla (en el caso de que depongan las
armas y actúen como partido político) de alcanzar por medio de eleccio-
nes posiciones prestigiosas. Es de suponer que el estado de paz tiene que
ofrecer algo (positivo) a todos si debe resultar apetecible para los conten-
dientes relevantes. 24

4. ¿QUÉ PROBLEMAS TIENEN QUE SOLVENTARSE EN UN ACUERDO DE PAZ


PARA QUE ÉSTE ENCUENTRE LA APROBACIÓN DE LOS CONTENDIENTES
RELEVANTES Y OFREZCA PERSPECTIVAS DE UNA PAZ ESTABLE?

El título indica que el objeto de análisis son aquellos acuerdos de paz y


ordenamientos pacíficos que, correspondiendo a las consideraciones so-
bre la «instauración» y la «consolidación», satisfacen dos criterios: por un
lado tienen que encontrar la aprobación de los contendientes relevantes,
por otro, deben ofrecer perspectivas de estabilidad.
Las disposiciones culturales, como ya se ha observado, no pueden crear-
se por obra de pactos, sino que tienen que resultar de la praxis política. 25
Así,traungecivlsñautredcivsgúnl«hxáo
civilizador», a saber, la «cultura del conflicto constructiva» y el «control de
las pasiones» sólo se dan en una sociedad en el transcurso de una larga pra-
xis de la paz, y en la fase de instauración de un orden pacífico, únicamente
pueden existir, en el mejor de los casos, a modo de planteamiento. Cuando
alguien se interesa por las paces con buenas perspectivas de estabilidad, es
razonable que se pregunte en qué forma y en qué medida deben cimentar-
se los cuatro elementos restantes del «hexágono civilizador»: monopolio
estatal del poder, Estado de derecho, participación democrática y justicia
social.
Refirámonos primero a la justicia social. En parte de la bibliografía se
tiende a atribuir a los conflictos de clase un significado político prioritario,
a concebirlos como los «auténticos» conflictos (a los que corresponde un
elevado potencial de violencia). Consiguientemente, se concede escasas
118 Sociedades en guerra civil

perspectivas de estabilidad a los ordenamientos pacificadores que no pre-


vean «soluciones» para estos conflictos «auténticos». Que este parecer sea
correcto queda cuestionado al examinar en concreto los acuerdos de paz
de El Salvador y Guatemala. Según la interpretación convencional, la desi-
gualdad social era la causa determinante de estas guerras civiles en que se
enfrentaban la izquierda revolucionaria, representada por la guerrilla, y la
derecha reaccionaria, representada por el gobierno y las fuerzas armadas.
No obstante, los acuerdos de paz de ambos países no prevén ningún pacto
calificable de «solución» 26 para el problema de la desigualdad social. Al con-
trario, los movimientos guerrilleros de El Salvador y Guatemala se contenta-
ron con reformas menores y promesas generales y reconocieron los princi-
pios fundamentales del orden social dominante. 27 ¿Tienen por este motivo
los ordenamientos pactados en ambos países y que únicamente cumplen
con los otros principios estructurales del «hexágono civilizador» perspecti-
vas de estabilidad insuficientes? ¿Hay que contar otra vez con hostilidades
civiles en El Salvador y Guatemala?
Hay que tener presente en primer lugar que la exigencia de que en las
negociaciones se «solucione» el problema social no es en absoluto realista.
Es dificilmente imaginable, por ejemplo, que la derecha apruebe reformas
sociales masivas, como por ejemplo una reforma agraria radical. Pero, sobre
todo, hay que objetar lo siguiente a la hipótesis general de la desigualdad
social como causa «auténtica» de conflicto:

1. Aun cuando por supuesto la desigualdad social es una causa del conflic-
to importante, es dudoso declararla de entrada la más importante.'
2. También es dudoso el parecer, vinculado a la «argumentación de la
autenticidad» pero a menudo no explícito, de que los conflictos cle
clase tienden en especial medida a convertirse en violentos.'

En los casos de El Salvador y Guatemala hay que notar respecto a este


problema que indudablemente la injusticia social fue una causa importan-
te de la guerra revolucionaria, pero hubo factores políticos que tuvieron.
como mínimo, la misma importancia.° Más exactamente: los factores polí-
ticos fueron responsables del modo en que se dirimieron los conflictos de
clase. Los movimientos revolucionarios más potentes resultaron del hecho
de que en ambos países la democracia era únicamente una fachada que no
sólo no concedía ninguna ocasión verdadera de ganar las elecciones a los
partidos reformistas sino que en parte incluso los reprimía brutalmente. En
una formulación abstracta, si se hubiera respetado el procedimiento demo-
crático normal, el descontento provocado por la desigualdad social hubie-
ra podido integrarse pacíficamente en el sistema mediante el apoyo a fuer-
zas reformistas, y no se hubiera abonado la aparición de los movimientos
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 119

revolucionarios. En consecuencia, es posible argumentar que el acuerdo de


paz de El Salvador y Guatemala, al pactar democracias merecedoras de tal
nombre, propiciaron que el conflicto de la desigualdad social se resolviera
pacíficamente, y que pudieran tener lugar reformas sociales encaminadas a
lograr una mayor justicia social, abriendo de esta manera unas perspectivas
favorables a una paz estable.
Un análisis de la pacificación de las guerras civiles de El Salvador y
Guatemala causa la impresión de que el problema de la desigualdad social
representó para la guerrilla un papel relativamente insignificante. Esta
observación, limitada a América Central, concuerda con la declaración de
Licklider de que por lo general, en la firma de la paz el papel más impor-
tante no lo desempeñan los problemas que fueron decisivos para el surgi-
miento de la guerra civil sino otros que han pasado a ocupar el primer
plano. 31 Parece que en las negociaciones de paz lo que tiene una impor-
tancia sobresaliente para los miembros de una organización armada es
el destino de ésta (seguridad, posibilidades de influencia y posición de
poder).
El monopolio estatal del poder es un requisito indispensable para una
paz estable y tiene que establecerse ya en la fase de instauración de un or-
den pacífico. Por eso hay que tener en cuenta los intereses de los conten-
dientes, en particular el referido a su supervivencia. Ya se indicó que el mo-
nopolio estatal del poder, que la paz exige, representa un problema para
las organizaciones violentas porque éstas, después de su desarme, se ha-
llan militarmente indefensas. Una integración de sus combatientes en las
fuerzas armadas representa para ellos un «seguro de vida» en un sentido
elemental. Los acuerdos de paz de Angola y Mozambique prevén una inte-
gración de esta clase. Naturalmente, en el establecimiento del monopolio
estatal del poder pueden pensarse otros procedimientos que garanticen a
las organizaciones violentas un «seguro de vida» semejante. Por ejemplo,
una remodelación de las relaciones cívico-militares acorde a los princi-
pios del Estado de derecho puede valer como equivalente (o sustitutivo)
funcional de la participación de los militares en el poder.
Los acuerdos de paz que quieren contribuir a la realización del mono-
polio estatal del poder también contienen por regla general convenios de-
tallados sobre programas de apoyo a la «reintegración» de antiguos comba-
tientes y soldados en la sociedad civil. Así se documenta el interés de los
(antiguos) beligerantes en el destino de sus organizaciones. Estos conve-
nios, sin embargo, también son importantes para una paz estable en la me-
dida en que evitan que se formen bandas criminales de antiguos comba-
tientes y soldados ahora en paro. 32
No obstante, en interés de unas perspectivas de estabilidad más favora-
bles, hay que pactar, ya en la instauración de un orden pacífico, el recono-
120 Sociedades en guerra civil

cimiento de los principios y estructuras elementales del Estado de dere-


cho. Esta exigencia no puede calificarse de «mera petición normativa», ya
que el propio interés de quienes incitaron a la guerra civil puede llevarlos
a formularla, pues el Estado de derecho representa un medio de control
que debe evitar el abuso del monopolio estatal del poder frente a la oposi-
ción y los otrora enemigos en la guerra civil. El Salvador es un buen ejem-
plo de que la implantación del Estado de derecho puede tener un significa-
do eminentemente práctico para la guerrilla.
En las soluciones negociadas la mayoría de las veces se alcanzan los
confines del Estado de derecho cuando se revelan y sancionan las violacio-
nes de los derechos humanos ocurridas en el pasado. Desde un punto de
vista normativo sería deseable que el pasado fuera suficientemente investi-
gado y que se suprimiera la «impunidad» (exención de pena). Ahora bien,
durante las negociaciones esto sólo parece poder conseguirse parcialmen-
te,;; ya que, con frecuencia, quienes violaron los derechos humanos son
también los que tienen que dar su aprobación al descubrimiento y sanción
de tales violaciones. Así, por ejemplo, el consentimiento de los militares es
difícil de conseguir, ya que, como institución, rechazan sentarse en el ban-
quillo de los acusados. No es, pues, de esperar en ningún caso que se san-
cionen penalmente todos los delitos contra los derechos humanos. En al-
gunos casos puede que el castigo de los principales responsables de las
violaciones serias de los derechos humanos sea imprescindible para lograr
una paz sólida (así parece ser en Bosnia-Herzegovina). En otros casos pare-
ce que lo importante no es tanto la penalización de tales atentados cuanto
su esclarecimiento —al menos de los hechos especialmente graves—. En
este sentido, la objetividad se expresa no ahorrando a ninguno de los cul-
pables la revelación de sus responsabilidades. En el próximo epígrafe se
tratará sobre el elemento estructural del «hexágono civilizador» que toda-
vía resta.

5. LA DEMOCRACIA COMO DISPOSITIVO INSTITUCIONAL PARA LA


PACIFICACIÓN DE CONFLICTOS

No es ninguna casualidad que en las soluciones de guerras civiles ne-


gociadas en los últimos años los combatientes acordaran por regla general
la democracia como forma de Estado y, por tanto, tener en cuenta el prin-
cipio de participación democrática. La explicación de que ello se debe a
que la democracia corresponde al «espíritu de los tiempos» y es actual-
mente la única forma legítima de Estado es demasiado superficial. Lo deci-
sivo es más bien que la democracia representa un dispositivo institucional
adecuado para el arreglo pacifico de conflictos, el cual debería entrar ya en
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 121

acción en la fase de instauración de la paz para mejorar las perspectivas de


estabilidad de ésta.
Precisamente nosotros, los alemanes, tenemos la tendencia, después de
la experiencia de la república de Weimar, a malentender la democracia como
una forma de Estado frágil. Sin embargo, es francamente fuerte en compara-
ción con otras formas de Estado, pues es la única de ellas para la que la ma-
nifestación de la crítica y la protesta en forma de oposición a la política del
gobierno es un fenómeno político normal, y como tal las tiene en cuenta
institucionalmente» Las democracias se establecen de manera que exista la
confrontación de intereses, haya una pluralidad de «ideas», intereses e identi-
dades distintos, y parte de la participación política se articule como descon-
tento, crítica y oposición. Una debilidad fundamental de los sistemas políti-
cos no democráticos en comparación con los democráticos es que son poco
hábiles para tratar con flexibilidad fenómenos políticos normales como el
conflicto, la crítica y la oposición. Frecuentemente sólo se dedican a la re-
presión de la protesta y no disponen de ningún procedimiento apropiado
para integrar la crítica y la oposición. Los regímenes autoritarios únicamente
saben negar/ignorar estos fenómenos y/o reprimirlos. La democracia es el
dispositivo político-institucional que posibilita, como dice Senghaas, un
«arreglo civilizado de los conflictos», en particular en las comunidades so-
cialmente móviles y politizadas. La mayoría de los países del Tercer Mundo
pertenecería, a causa de su relativamente alto grado de movilización y politi-
zación, a los países necesitados —en este sentido— de democracia.
La democracia sería la única forma de Estado cuya estabilidad exigiría
en una determinada medida la disensión, ya que cuando un problema polí-
tico importante encuentra sólo una expresión débil, no es objeto de vivos
debates y no estructura conflictivamente las discrepancias, existe el peli-
gro de que en la «agenda setting» y en el contexto político se lo tenga insu-
ficientemente en cuenta, de modo que se genere un potencial de crisis gra-
ve. El trato usual del problema de la inestabilidad política implica el peligro
de que no se repare en lá especial idoneidad de la democracia para el
manejo de los conflictos, idoneidad que le da su fortaleza característica.
Así, es habitual certificar un exceso de disensión o una falta de consenso a
las democracias consideradas —potencialmente— inestables. Por correcto
que sea tratar el problema de la inestabilidad política como un problema
de falta de consenso, también se debería considerar que hay algo así como
un exceso de consenso y una falta de disensión que causa un efecto nega-
tivo sobre las perspectivas de estabilidad de la democracia. Menciónese
como ejemplo que el autor juzga inquietante para las perspectivas de futu-
ro de la democracia en Latinoamérica que el serio problema que allí repre-
senta la desigualdad social y la miseria de las masas sólo haya desempe-
ñado hasta ahora un papel político secundario. 35 El observador tiene la
122 Sociedades en guerra civil

impresión de que en su mayoría los parlamentos latinoamericanos temati-


zan la problemática de la desigualdad social de un modo muy incompleto
y con frecuencia meramente populista, de modo que los intereses de
los no privilegiados están infrarrepresentados. Los partidos de izquierda
son en general relativamente débiles en Latinoamérica y sólo existen como
partidos minoritarios importantes en pocos países. Asimismo, los partidos
declaradamente reformistas tienen éxito en pocos países. Debido a ello
puede tenerse en general la impresión de que Latinoamérica adolece no
de un exceso sino más bien de una carencia de polarización politicosocial.
No obstante, la democracia sólo garantiza un arreglo pacifico del con-
flicto cuando prevé mecanismos de decisión que respetan los intereses y
situación del perdedor (de los perdedores). 36 Para cumplir este principio
el tipo de democracia tiene que corresponder a la estructura de la socie-
dad. El principio de mayoría de la democracia representativa, por ejemplo,
sólo se justifica como principio democrático de decisión cuando al perde-
dor de hoy (la actual minoría) se le da una ocasión auténtica de ser el ven-
cedor de mañana en el caso de que consiga la mayoría en unas elecciones.
Sin embargo, el principio de mayoría, típico de las democracias competiti-
vas, por lo general sólo es condescendiente con el perdedor en sociedades
étnicamente muy homogéneas. En cambio, en sociedades étnicamente
fragmentadas, en las que la pertenencia a una etnia determina la elección,
el principio de mayoría reparte a vencedores y perdedores a la larga,es
decir, sin que quede la menor perspectiva de que los perdedores de hoy
puedan ser los vencedores de mañana. Por este motivo, es aconsejable que
estas sociedades escojan otras formas de democracia, aquellas que contem-
plen el principio de concordancia. 37
El ideal de democracia de la concordancia se distingue por los si-
guientes principios fundamentales: reparto del poder (power sharing) en-
-

tre los representantes de los segmentos más importantes a nivel de órganos


de decisión nacional (por ejemplo, el gabinete); un alto grado de autonomía
interna para dichos segmentos, quizá mediante la aplicación de principios
federalistas; principio de proporcionalidad (derecho de representación pro-
porcional) para las corporaciones representativas, así como en lo referente
a la distribución de cargos funcionariales y al reparto de medios públicos;
derecho de veto para las minorías en cuestiones de especial importancia.
En vez de empeñarse de un modo rígido y estéril en el modelo ideal de de-
mocracia concordante, habría que preguntarse concretamente, en referen-
cia a sociedades étnicamente fragmentadas, de qué manera pueden preser-
varse mejor los derechos de las minorías y en qué medida deben combinar-
se elementos de la democracia competitiva y de la democracia concordan-
te. En algunos casos particulares podría ser razonable —al menos temporal-
mente— conceder derechos especiales a las minorías.
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 123

Ejemplos positivos son Zimbabwe y Sudáfrica, donde las mayorías ne-


gras se preocuparon de que las minorías blancas —al menos en los prime-
ros años después del cambio de régimen— participasen en el poder y no
fuesen dominadas por el voto mayoritario. Un ejemplo negativo, o más
exactamente, un ejemplo para confirmar negativamente esta tesis es Ango-
la. En Angola reinó la paz durante un año tras el primer acuerdo de paz.
Una vez celebradas las elecciones previstas en dicho acuerdo, sin embargo,
estalló nuevamente la guerra civil. No fue ninguna casualidad, sino el resul-
tado de un grave defecto estructural del acuerdo de paz angoleño, el cual
dictaba en la esfera militar un reparto paritario del poder (el 50 % del per-
sonal de las fuerzas armadas para ex guerrilleros), pero en la esfera política
establecía una reglamentación según el principio puro de victoria-derrota
(determinación del vencedor y el perdedor mediante elecciones, sin relati-
vizar el principio de victoria-derrota pactando, por ejemplo, un gobierno
de coalición independientemente del resultado de éstas). Es cuestionable,
no obstante, que el MPLA no hubiera reemprendido la guerra civil de todos
modos en el caso de que hubiera perdido las elecciones. La idea de que los
participantes en una guerra civil que no han sido vencidos por las armas se
dejen excluir del poder por el voto de unas elecciones es ingenua (tam-
bién las elecciones «libres y limpias» tienen perdedores). Con otras pala-
bras: la pacificación de una guerra civil, para merecer tal nombre, tiene que
procurar al mismo tiempo, en el caso de que introduzca el principio de
victoria-derrota (por ejemplo en unas elecciones) que la derrota no sea de-
masiado grave para el perdedor. Con el fin de relativizar la derrota pueden
pensarse, según el contexto específico, diferentes medidas de reparto del
poder o participación en él. El pacto de una gran coalición independiente
del resultado de las elecciones, una descentralización política 38 que ofrez-
ca la posibilidad de establecer gobiernos regionales a la fuerza política per-
dedora a nivel nacional; formas de democracia concordante en sociedades
étnicamente fragmentadas. Otra posibilidad de relativización de la cues-
tión de los perdedores es convenir, en el marco del acuerdo de paz, exten-
sas medidas que limiten el espacio de juego del gobierno.

6. ¿QUÉ GUERRAS CIVILES NO PUEDEN PACIFICARSE O SÓLO CON


ESPECIALES DIFICULTADES?

Los conflictos étnicos que se dirimen por la violencia 39 son por regla
general más dificiles de pacificar que otros conflictos sociales. Son varios
los argumentos que abonan esta hipótesis.
Una argumentación prototípica: la desigualdad social puede interpre-
tarse en categorías individuales apolíticas (por ejemplo, como reflejo de di-
124 Sociedades en guerra civil

ferentes méritos individuales) y así ocurre con frecuencia. Consiguiente-


mente, su fuerza explosiva es, desde un punto de vista político, menor de lo
que comúnmente se cree según la «sabiduría convencional». 40 Por el con-
trario, no hay ninguna salida individual para las filiaciones étnicas, no se
puede escapar de ellas (un pobre puede enriquecerse pero nadie de color
puede llegar a ser blanco). Por consiguiente, la fuerza explosiva potencial
de la diversidad étnica es políticamente grande. Pero lo es en especial por-
que en realidad se etnicifican otros conflictos (por ejemplo, sociales o polí-
ticos), de modo que la desigualdad social se «sobrecarga» étnicamente.
Finalizado el conflicto Este-Oeste, las interpretaciones marxistas de los
conflictos sociales ya no representan ningún gran papel en el discurso polí-
tico. Además, quizá la tendencia a la independización o a la dinámica autó-
noma de la violencia sea más fuerte en los conflictos étnicos (o etnicifica-
dos) que en los sociales, lo que podría dificultar todavía más su pacificación.
En los conflictos étnicos o etnicificados quizá la «tolerancia de los cos-
tes» (la disposición al sacrificio) es también mayor que en los sociales (pu-
ros). Calic señala, por ejemplo, que en Bosnia-Herzegovina la tolerancia de
los costes en los combatientes era, cuando perseguían sus intereses vitales
(dirigidos a la homogeneidad étnica), mayor (le lo que se había supuesto
desde el exterior, y que fue un error atribuirles, en una especie de mirror
imaging, un cálculo de pros y contras que no les correspondía." Así, por
ejemplo, la «tolerancia» frente a los costes económicos fue mucho más
grande de lo que supusieron los actores externos, razón por la cual el arma
de las sanciones económicas se reveló inoperante.
El grado de dificultad en la solución de un conflicto naturalmente tam-
bién depende —para indicar una circunstancia trivial pero importante—
de cuántos combatientes relevantes en la guerra civil haya que tomar en
consideración. Cuantos más implicados relevantes haya más dificil será un
acuerdo, ya que la cantidad de intereses a considerar es normalmente ma-
yor que en los conflictos bipolares. En las guerras civiles étnicas la canti-
dad de implicados relevantes es a menudo superior a dos. En cambio, los
conflictos de clase se expresan con frecuencia en guerras civiles de es-
tructura relativamente simple, a saber, en dos frentes polarizados con dos
grupos de combatientes enfrentados.
Las guerras civiles etnicificadas representan un reto especial para los
mediadores, siempre que no se trate de conflictos en que se recomiende
una política de hands off a los actores exteriores. Y éste es el caso de las
guerras civiles en las que no puede descubrirse ningún planteamiento ra-
cional de objetivos (ninguna clara relación medios-fines) en el sentido de
Clausewitz, en las que la guerra parece haberse convertido en un puro fin
en sí misma. En tales situaciones caóticas es imposible identificar condicio-
nes favorables para la pacificación de la guerra civil por muchos cálculos
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 125

de pros y contras más o menos racionales que se intente reconstruir. Ejem-


plos de guerras de esta clase son sobre todo los fragmentadísimos escena-
rios bélicos de África. Asimismo, el proceso de independización de la vio-
lencia tiene la tendencia a la irracionalización de los episodios violentos.
Cuando la violencia se independiza demasiado de su justificación origina-
ria se convierte en irracional. 42 Por lo tanto, sólo en las guerras civiles en
que puede descubrirse una cierta racionalidad en el empleo de la violencia
se da el requisito de una pacificación estable.

7. ¿QUÉ POSIBILIDADES DE INFLUENCIA TIENEN LOS ACTORES EXTERNOS


EN LA PACIFICACIÓN DE GUERRAS CIVILES?

Apenas hay guerras civiles en las que no desempeñen ningún papel, o


uno sólo insignificante, los actores externos, trátese de gobiernos de Esta-
dos vecinos, poderes regionales o superpotencias, o grupos políticos o
económicos pertenecientes a éstas. Verdad es que sólo determinadas gue-
rras civiles se califican, a causa del destacado significado que tienen para
ellas los actores y factores externos, 43 de «guerras civiles internacionaliza-
das», pero también es absolutamente usual en las guerras civiles «normales»
que los bandos beligerantes en el interior busquen en el extranjero aliados
que les procuren apoyo moral y material (por ejemplo, armas). Y en las
guerras civiles «normales» es regla que se vean involucrados los actores ex-
ternos —incluso cuando no quieren—, y que éstos ejerzan alguna influen-
cia no solamente al actuar sino también al no hacerlo.
En la mayoría de guerras civiles los acuerdos de paz sólo pueden ha-
cerse realidad si ningún agente externo relevante interpone su veto. Gene-
ralmente las posibilidades de los actores externos de prolongar las guerras
civiles son considerablemente mayores que su capacidad de contribuir a su
cese, ya que para la prolongación de una guerra civil son suficientes a me-
nudo los suministros de armas de un solo agente externo a «su» cliente en
la guerra.Tal comportamiento unilateral de un agente externo obliga a los
demás a intervenir.
Depende del caso concreto cuáles sean los actores externos realmente
relevantes. Así, en los países centroamericanos la pacificación no hubiera
sido posible contra la voluntad de Estados Unidos, en Camboya, contra la
de China y en el Líbano, contra la de Siria. Aquí nos interesan únicamente
aquellos intentos de influencia externa que contribuyen no sólo al cese de
las guerras civiles sino también a la instauración de órdenes pacíficos con
perspectivas de estabilidad. 44 Desde el exterior, en algunas circunstancias,
pueden forzarse armisticios —cuando hay actores externos dispuestos a
comprometerse— pero no regímenes que prometan estabilidad. Por lo tan-
126 Sociedades en guerra civil

to, los actores externos deberían ser conscientes de que sus posibilidades
de influir en la pacificación de guerras civiles son básicamente limita-
das." Cuando intentan intervenir, los actores externos se ven generalmen-
te enfrentados al problema de que sólo con las «palomas», que siempre re-
chazan la violencia y aspiran a la paz, no se puede ni acabar una guerra
civil ni instaurar regímenes pacíficos. Más bien lo que se necesita es la
aprobación de los contendientes relevantes, que utilizan la violencia. Por lo
tanto, sobre los cálculos de pros y contras de éstos tienen que intentar in-
fluir los actores externos con una política de carrots and sticks (zanaho-
rias y palos).
Requisito fundamental para una influencia bien encauzada es que se
intente entender a los contendientes penetrando en su peculiar ideario.
Sobre todo, no se puede cometer el error de atribuirles la propia manera
de pensar, a modo de un mirror imaging. Habría que comprender, como
punto de partida, que la paz no es obvia para los contendientes, ya que a
veces les comporta desventajas en comparación con el estado de guerra.
Una pacificación, para ser atractiva, tiene que ofrecer al menos recompen-
sas a tales «desventajas». Tampoco debería suponerse que los contendien-
tes piensan en los conceptos temporales de uno mismo. Así, hay grupos ét-
nicos que parecen incluir en sus cálculos de pros y contras el destino de la
generación siguiente o la posterior, con lo que los cálculos referidos al pre-
sente y al futuro más inmediato pierden relativa importancia.
En los capítulos precedentes se ha apuntado a qué principios de un or-
den pacífico debería orientarse la influencia de los actores externos intere-
sados en una paz estable. Cuando se intentan concretar intelectualmente
las posibilidades de los actores externos de influir en la pacificación de
guerras civiles, queda bien claro lo limitadas que son en realidad. (No se en-
trará aquí en el problema de que tal vez los actores externos pueden evitar
el surgimiento de guerras civiles y de que sus medidas son especialmente
efectivas precisamente en la fase embrionaria.) 46 En situaciones de guerra
civil cuyos «costes» son en la percepción de los combatientes relevantes ta-
les que aconsejan una solución negociada, las carrots, ofrecidas por ejem-
plo por los países industrializados a países en vías de desarrollo inmersos
en una guerra civil, pueden ser, si no decisivas, sí muy atractivas. Por eso al
firmar la paz se ofrece por regla general un apoyo económico especial. Hay
que destacar que los programas de apoyo internacional abarcan también
ámbitos que son de especial significado para las perspectivas de estabilidad
de los órdenes pacíficos: ayudas para la integración de antiguos combatien-
tes en la vida civil, ayudas al establecimiento de un Estado de derecho y a la
democratización.También pueden considerarse hasta cierto punto carrots
las ofertas de la comunidad internacional de contribuir al cumplimiento
del acuerdo de paz encargándose de verificarlo imparcialmente.
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 127

Como ya se ha destacado, la política de carrots, que beneficia el cálculo


de los pros, sólo será efectiva cuando los cálculos de los costes de los con-
tendientes les presente como potencialmente razonable finalizar la guerra.
Pero es precisamente en este cálculo de costes donde desempeñan un gran
papel factores internos no susceptibles —o sólo muy limitadamente— de
influencia exterior. Esto se ve muy claro en el caso de «terceros aconteci-
mientos» significativos, como por ejemplo la hambruna en Mozambique,
que modifican drásticamente los cálculos de costes efectuados hasta en-
tonces por los beligerantes. Asimismo, depende decisivamente de factores
internos (por ejemplo, de su gancho electoral) que uno de los combatien-
tes en la guerra civil llegue a la conclusión de que los objetivos que persi-
gue se pueden lograr más fácilmente y ser «más baratos» con recursos polí-
ticos distintos a la violencia (por ejemplo, unas elecciones).Y depende de
las preferencias —apenas susceptibles de influencia externa— de los com-
batientes qué objetivos juzgan éstos especialmente importantes (porque
corresponden a sus intereses vitales) y por lo tanto especialmente «dignos
de actos violentos», y cuándo se interesan, al evaluar la «utilidad marginal»,
por una solución negociada. A los esfuerzos de los actores externos por
cuestionar la justificación de las acciones violentas e influir así en el cálcu-
lo de costes les está destinado por regla general un efecto sólo limitado, ya
que existen indicios de que la legitimación puertas adentro tiene un pro-
tagonismo especial y de que son sobre todo los procesos internos los im-
portantes. Así, parece que la crítica moral que en todo el mundo se hizo de
la «limpieza étnica» en la guerra de Bosnia-Herzegovina no tuvo gran efecto
en esta república.Y en el Líbano las organizaciones violentas perdieron su
legitimidad interna no a catia de la violencia que ejercieron sobre otras et-
nias sino a causa de la que ejercieron sobre la propia. 47
Naturalmente, los actores externos pueden influir considerablemente
sobre los cálculos de costes de los combatientes si intervienen activamen-
te en los acontecimientos bélicos, toman partido y apoyan con energía a
determinados participantes. Ahora bien, como en el caso de la «paz forza-
da», cabe preguntarse si con medidas aplicables a corto plazo puede cons-
truirse una paz que prometa ser estable. Considerada a más largo plazo, en
cambio, la decisión de un agente externo importante de poner fin a su in-
tervención en una guerra civil puede causar efecto sobre los cálculos de
istes a más largo plazo de los combatientes (como ejemplo alúdase a la
decisión de Estados Unidos de interrumpir su apoyo al gobierno y las fuer-
zas armadas en la guerra civil salvadoreña).
La idea, expresada en origen por Zartman, de que los combatientes ve-
rían tan costosas unas prolongadas tablas militares o situación de stalema-
te que se plantearían acabar la guerra civil mediante una solución negocia-
da, se ha ganado mientras tanto amplio reconocimiento como una especie
128 Sociedades en guerra civil

de «regla de oro» que podría sugerir a los actores externos que el «camino
real» hacia la pacificación de una guerra civil consistiría en contribuir al
surgimiento de una situación de tablas militares, mediante, por ejemplo, el
suministro/no suministro calculado de armas. Ahora bien, frente a la con-
fianza ingenua en esta supuesta «regla de oro» política hay que hacer una
advertencia por el motivo siguiente: se está presuponiendo un conflicto bi-
polar con dos contrincantes que pugnan en cada caso por la victoria fren-
te al rival y que sufren por una situación de tablas militares en que una vic-
toria les parece imposible. Por lo tanto, la «regla de oro» sólo puede
reclamar validez plena en un tipo de guerra civil muy determinado. Ade-
más, hay que preguntarse si al fin y al cabo éste es el tipo más frecuente, si
no predominan las guerras civiles multipolares con más de dos conten-
dientes, ninguno de los cuales aspira a la victoria a nivel estatal sobre los
demás (tal victoria sería de todos modos imposible). En semejantes guerras
civiles queda poco claro en qué consistirían las «tablas».También es difícil
de juzgar desde fuera cuáles de los contendientes son realmente relevan-
tes y a cuáles podría renunciarse en caso de necesidad.
E incluso en las guerras civiles bipolares la concepción de las tablas no
está exenta de problemas, ya que, por un lado, tiene que tratarse de unas ta-
blas duraderas, en cierta manera de unas tablas «estables». Sin embargo, qui-
zá son más frecuentes las tablas fluctuantes. Por otro lado, también en el
caso de unas tablas «estables» lo significativo no es tanto la situación mili-
tar «objetiva» cuanto su percepción «subjetiva». Así, puede haber bandos
que, «objetivamente» en inferioridad frente al enemigo según la opinión de
los expertos, vean posible una victoria en el futuro y valoren una situación
de tablas como la conquista exitosa de un objetivo parcial (quizá los gue-
rrilleros piensen de este modo). Incluso en guerras civiles de estructura
relativamente simple, que parecen relativamente sencillas de entender, es
dificil pronosticar la reacción de los actores internos a las medidas prove-
nientes del exterior. Por eso hay que advertir frente a los intentos externos
de influir en la solución de una guerra civil mediante una política del palo.
Completamente desconcertantes son, como hemos expuesto más arri-
ba," las guerras civiles que se asemejan a las clasificadas por Waldmann
como «anómicas». 49 Es difícil comprender cómo los actores externos po-
drían contribuir efectivamente a su pacificación, puesto que no está claro
cómo hay que pacificarlas. En estos casos es recomendable que los actores
externos se limiten a la oferta de carrots y en lo restante a una política de
hands off'
El análisis se ha concentrado, como es usual en las ciencias sociales, en
probabilidades. Hirschmann tiene toda la razón cuando señala que lo que
sucede a veces es lo ciertamente improbable pero en principio posible, y
recomienda a las ciencias sociales tener más en cuenta el «posibilismo»."
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 129

Así, puede parecer improblable que una paz plagada de defectos estructu-
rales y más o menos forzada desde fuera, como la de Bosnia-Herzegovina,
presente unas perspectivas de estabilidad favorables. No obstante, según el
«posibilismo» no se puede excluir en principio que haya algo así como una
dinámica autónoma de la paz (¿por qué debería concederse sólo a la vio-
lencia una dinámica autónoma?) y que pueda surgir una paz estable de un
ordenamiento pacífico imperfecto.
SEGUNDA PARTE
Capítulo 5

RECONSTRUCTION Y FRANQUISMO:
COMPARACIÓN DE LOS EFECTOS DE LAS GUERRAS
CIVILES ESTADOUNIDENSE Y ESPAÑOLA

Walther L. Bernecker
(Universidad de Erlangen-Nuremberg)

1. PLANTEAMIENTO DE LA PREGUNTA Y DEL PROBLEMA

Las comparaciones siempre forman parte del proceso de conocimiento


de la historia. Sirven de base (en su mayor parte implícita, raramente explí-
citamente) para el trabajo histórico. En toda historiografía que proceda
comparativamente se plantea siempre la pregunta por las afinidades y las
diferencias: ¿en qué consiste que procesos históricos diferentes sean com-
parables? ¿Son las afinidades suficientemente significativas como para que
un procedimiento comparativo parezca científicamente provechoso?'
En el caso de las guerras civiles estadounidense (1861-1865) y españo-
la (1936-1939) parecen insinuarse varios aspectos que dan poco sentido a
una comparación: por un lado, la esclavitud —probablemente el motivo
decisivo del inicio de la guerra civil americana— era una peculiar institu-
tion de Estados Unidos para la que no hay equivalente en el caso español;
por otro, hay entre los dos acontecimientos a comparar un largo período
de tiempo de más de setenta años durante los cuales tuvieron lugar cam-
bios sociales fundamentales que hacen problemático poner en relación
dos formas sociales estructuralmente muy diferentes; finalmente, las cons-
telaciones y características de cada caso —una guerra de secesión y una
guerra de clases, respectivamente— eran extremadamente distintas.
A pesar de que estas diferencias (y algunas otras) saltan a la vista, la
guerra de secesión y la guerra civil española ofrecen una base para la
comparación. Por un lado, ambas exigieron un elevado tributo de sangre
(en relación a la población total), por otro, tendieron a disputarse como
«guerras totales», es decir, no se dirimieron sólo en el campo de batalla
sino que se volvieron contra la población civil, la cual, además, después
del fin de los enfrentamientos militares quedó a merced del arbitrio de los
vencedores. Por otra parte, se trataba en ambos casos de una guerra entre
concepciones del mundo que en los enfrentamientos ideológicos se inter-
pretaban como conflictos entre «buenos» y «malos». También hay que
constatar que ambas guerras civiles representaron fracturas fundamenta-
les en las respectivas historias nacionales; fueron sucesos de significado
134 Sociedades en guerra civil

de época. La guerra civil estadounidense se considera como el aconteci-


miento más importante de la historia de Estados Unidos, como segunda
revolución después de la de 1776-1783 y como punto de arranque de la
América moderna. 2 Una importancia similar tiene la guerra civil española
de 1936-1939 para el origen inmediato de la España moderna. Sin duda, en
esta guerra vencieron las fuerzas del tradicionalismo y a ella siguió por de
pronto una fase de sombría represión, de impermeabilidad económica
frente a Europa, de aislamiento espiritual; pero el régimen que surgió ven-
cedor de la guerra se vio obligado, si no quería derrumbarse económica y
políticamente, a una apertura frente a las influencias de la economía libe-
ral y de Europa; al final de la era de Franco, España era, pues, más moder-
na, más europea y estaba más abierta al mundo que nunca antes en su his-
toria.
Estas indicaciones introductorias ya evidencian que, al comparar los
efectos de ambas guerras civiles sobre las respectivas sociedades, debe di-
ferenciarse entre la perspectiva a corto plazo y la perspectiva a medio y
largo plazo. 3 A corto plazo y desde un punto de vista militar es fácil identi-
ficar en ambos casos a los vencedores; sin embargo, cuestión totalmente
aparte es si también a medio y largo plazo se llegó a las metas perseguidas
por éstos, o más bien debe hablarse de consecuencias no pretendidas.
Ambas guerras civiles marcaron, si bien de distinta forma, el fin de una
era y una ruptura con el pasado.Todavía habrá que abordar la forma diver-
gente de dicha ruptura. Las diferencias dependen decisivamente de los «ca-
racteres» diferenciados de ambas guerras: mientras en el caso estadouni-
dense se trataba de una guerra de secesión fracasada en la que los aspectos
regionales en su expresión histórica, económica, social y política eran de-
terminantes, la guerra civil española puede caracterizarse en el fondo
como un conflicto de clases al que ciertamente se superpusieron tantos
conflictos secundarios que los ejes del conflicto no pueden ya trazarse si-
guiendo exclusivamente las líneas de clase, sino que más bien se inmiscu-
yen y cruzan problemas nacionales y religiosos, económicos y culturales; fi-
nalmente, algunos autores hablan del fenómeno de la «lealtad geográfica»
—un aspecto que se deja comparar especialmente bien con Estados Uni-
dos— y que demuestra que en muchos casos la opción por uno u otro ban-
do fue cualquier cosa menos una decisión tomada libremente. En cualquier
caso, las dos guerras y las fases de reconstrucción que las siguieron repre-
sentaron grandes desafíos para los contemporáneos afectados; se trató de
fracturas decisivas en la marcha histórica de ambos países.
Si bien, por consiguiente, es evidente prima facie que existen parale-
los entre el caso estadounidense y el español, surge con urgencia la pre-
gunta por el beneficio que reporta al conocimiento una comparación ex-
plícita. Para que ésta tenga sentido exige «magnitudes comparables», lo que
Reconstruction y franquismo 135

significa que los ámbitos de la historiografía comparativa deben escogerse


cuidadosamente.Aparte de esto, requiere un planteamiento previo y clara-
mente definido de la cuestión con el fin de estructurar las fuentes. En el
caso presente, como ya se ha indicado, debe tratarse sobre todo la pregun-
ta de hasta qué punto los vencedores militares de las guerras civiles consi-
guieron imponer en sus respectivas sociedades sus metas a medio y largo
plazo. Pues una primera ojeada a la bibliografía sobre el tema sugiere la
conclusión de que debe diferenciarse con precisión entre victoria militar
e imposición eficaz a medio plazo de las metas proclamadas durante la
guerra.

2. Di TA GUERRA DE VOLUNTARIOS A LA GUERRA POPULAR ORGANIZADA

Diferencias y afinidades ya se ponen de relieve por lo que respecta a al-


gunas características fundamentales de ambas guerras. El hecho de que el
tipo guerra (civil) sea parecido en los casos estadounidense y español es
revelador. En cuanto a la guerra de secesión ya se ha indicado 4 que por pri-
mera vez en la historia de Estados Unidos el país se vio expuesto a una gue-
rra popular industrializada. El estado de desarrollo de las fuerzas producti-
vas, la creciente participación de grandes masas de población en los
sucesos políticos y la posibilidad de una movilización militar masiva con-
dujeron a una «deslimitación» y radicalización de la guerra en que ya se
perfiló claramente la tendencia a la implicación de toda la sociedad y em-
pezaron a esfumarse los límites entre lo civil y lo militar. La guerra se insti-
tuyó como «guerra popular» y al principio fue popular entre la población
de ambos bandos. El Sur formó un «ejército provisional» constituido por
milicias de cada uno de los Estados individuales pero, sobre todo, por vo-
luntarios. Las autoridades no tuvieron ningún problema —ni en el Norte ni
en el Sur— con el reclutamiento de voluntarios, la ola de entusiasmo alcan-
zó a todas las capas de la población, la automovilización fue enorme.' Stig
Ffirster ha fundamentado la popularidad de la guerra en ambos bandos
con cuatro argumentos: la conciencia política promedio en Estados Unidos
era alta; la autoidentificación con la comunidad era masiva; el entusiasmo
de los nordistas estaba relacionado con la indignación por el asalto a Fort
Sumter; y el lema de combate de Lincoln «mantened la Unión» fue popular
incluso en la oposición. Por lo que respecta a la disposición a la lucha de
los sudistas pueden citarse la indignación por la política antiesclavista del
Norte y la intromisión en la política sudista, la política arancelaria y comer-
cial —favorable a la industria— de los republicanos, un odio generalizado
hacia los fatuos yankees, el particularismo del Sur y el miedo racista, fran-
camente histérico ante la abolición de la esclavitud.`'
136 Sociedades en guerra civil

Todo lo que los voluntarios tenían en exceso de entusiasmo, les faltaba


en organización, experiencia y disciplina. Según una vieja tradición elegían
a sus propios superiores, incluso los altos mandos entendían poco de tácti-
ca y estrategia. La mayoría de soldados recibían sólo una formación rápida
y superficial; en correspondencia, las bajas en el campo de batalla fueron
elevadas —con frecuencia por encima del 50 % de los efectivos—. Sólo
poco a poco, tras la dolorosa impresión del fracaso militar (en ambos ban-
dos), tuvo lugar una reorganización del ejército y la profesionalización de
la guerra; la espontaneidad y el voluntarismo retrocedieron ante la guerra
popular organizada y controlada «desde arriba», se abandonó el tradicional
sistema de milicias de los Estados, en 1862-1863 se introdujo el servicio mi-
litar obligatorio —¡una ruptura radical con la tradición militar america-
na!—. El Estado ganó cada vez más terreno no solamente en el ámbito mili-
tar: las tendencias autoritarias fueron inequívocas, hubo detenciones, se
organizó un servicio de espionaje, se cerraron periódicos, se sometieron
regiones enteras al dominio militar, se atosigó a la población con múltiples
medidas coercitivas. Las tendencias a una «totalización» fueron patentes,
sobre todo en el terror frente a los civiles enemigos. Algunos autores ha-
blan de una guerra «total»! La guerra de secesión fue en muchos aspectos
una ruptura en la historia estadounidense.
Casi todas las características de la guerra civil de 1861-1865 enumera-
das pueden aplicarse igualmente a la guerra civil española de 1936-1939.
También es comparable el tributo de sangre extraordinariamente alto de
ambas guerras: en el momento de sus respectivas guerras civiles Estados
Unidos tenía aproximadamente 31 millones de habitantes, España, 25 millo-
nes.' Los americanos tuvieron que lamentar en sus cuatro años de guerra
620.000 soldados muertos (320.000 yankees, 260.000 sudistas, la cifra de
los civiles es desconocida), los españoles, en su guerra de apenas tres años,
varios cientos de miles —las cifras son extremadamente discutidas, oscilan
entre 150.000 y 500.000—. La proporción de los caídos respecto a la pobla-
ción total, sin embargo, no sería esencialmente dispar entre ambos casos.'
La guerra civil española pasó por mutaciones que se asemejan en sus
fases individuales a las de la guerra de secesión estadounidense: también
comenzó como guerra popular. Muchos miles de voluntarios se alistaron
en ambos bandos. Al principio, la cifra de los milicianos republicanos fue
más alta que la de los soldados regulares en el bando de Franco. A diferen-
cia de las profesionales formaciones del bando nacional, el republicano
sólo disponía al principio de columnas insuficientes, compuestas por mili-
cianos. En estas columnas reunidas al azar, qué sólo en la España central
abarcaban 90.000 hombres, recibieron su bautismo de fuego comandantes
milicianos rápidamente célebres, como Juan Modesto, Valentín González
«El Campesino», Enrique Líster o Cipriano Mera.'" Al principio, las milicias
Reconstruction y franquismo 137

se agruparon en unidades de orientación específicamente revolucionaria;


la más combativa fue el comunista Quinto Regimiento, que sirvió en pri-
mer lugar como escuela de formación y estrategia, y que ejercería una gran
influencia en la guerra.
La primera fase de la guerra fue en el bando republicano una época de
autodefensa del pueblo; propiamente, puede hablarse de nacimiento de un
ejército republicano, de un «ejército popular», sólo en el verano de 1937.
Además, el problema principal del ejército republicano, que no se solucio-
nó hasta el final de la guerra, fue su deficiente eficacia. El gobierno, políti-
camente aislado, no pudo hacerse respetar e incluso en el mismo ejército
la disciplina sólo se impuso con grandes esfuerzos. La defensa republicana,
creada de la nada en 1936, actuó demasiado a base de improvisaciones y
no llegó a convertirse en un sistema militar plenamente organizado capaz
de enfrentarse con éxito al ejército de Franco.
En los primeros días de guerra, debido a la desorganización militar y a
la desintegración del ejército, el lugar de las unidades regulares lo ocupa-
ron milicias antifascistas que muy rápidamente tomaron la iniciativa y re-
chazaron por de pronto cualquier autoridad gubernamental. Aparte de su
uniforme único, el mono de trabajador, sólo la falta de experiencia bélica
era común a todos los milicianos; además, las diversidades regionales o las
peculiaridades locales potenciaron las diferencias de formación y arma-
mento, de estructuración y mando, de fiabilidad y valor combativo de las
distintas divisiones. Las milicias no eran en absoluto, según su propia con-
cepción, sólo unidades bélicas; se sentían al mismo tiempo responsables
de la reconstrucción económica, social y político-administrativa de las
zonas conquistadas por ellas. Tras la formación de las primeras milicias
surgieron en seguida en muchas partes de la España republicana comités
de trabajadores y soldados que con frecuencia se marcaron como meta
la «democratización y proletarización de las unidades armadas». Los oficia-
les debían ser elegidos democráticamente en los cuarteles entre los dele-
gados de las centurias o compañías, y asumir el control político y la res-
ponsabilidad de las unidades o del arma que representaban.A los líderes de
las milicias, por lo general inexpertos y sin formación, debían asignarse
como «asesores técnicos» oficiales de carrera de confianza.
Sobre todo los anarquistas catalanes se pronunciaron repetidamente
contra una «militarización» de las milicias del pueblo, pero pronto pusieron
de relieve la necesidad de coordinar las acciones militares. El 21 de octu-
bre de 1936 el gobierno del Frente Popular publicó el decreto sobre la in-
corporación de las milicias a las fuerzas armadas regulares. En el transcurso
de los meses siguientes las unidades milicianas fueron «militarizadas», esto
es, sometidas a un alto mando unificado y a la disciplina militar. Después de
que las milicias se reestructuraran en unidades regulares del ejército, los
138 Sociedades en guerra civil

comités de trabajadores y soldados fueron disueltos y sustituidos por co-


misarios de guerra." El problema de los primeros meses consistió ante
todo en transformar la «heroica indisciplina», proclamada en particular por
los milicianos anarquistas, en combativa «autodisciplina». La introducción
de principios de democracia directa —elección diaria de sus superiores,
votación sobre el cumplimiento o no de órdenes, deliberaciones comunes
sobre ataques, etc.— comportó en las primeras semanas pérdidas especial-
mente altas a los anarquistas; contra su voluntad debieron aceptar final-
mente un alto mando unitario, disciplina militar y la incorporación de sus
columnas al nuevo «ejército popular».
Los golpistas dispusieron desde el principio de un ejército pequeño
pero bien formado y excelentemente dirigido, al que se añadieron las mi-
licias de falangistas y carlistas —de estos últimos se alistaron en las prime-
ras 24 horas ya 7.000 voluntarios— cuando las condiciones de la guerra
civil determinaron decisivamente las posibilidades de acción de los distin-
tos grupos políticos. Así, en los primeros meses, una de las funciones prin-
cipales de la Falange consistió en la movilización de voluntarios y milicia-
nos para la retaguardia. Sin duda, en el otoño de 1936 las milicias
nacionales ya estaban sometidas al «Generalísimo» y al mando militar. Ra-
fael Casas de la Vega ha estimado que, durante la guerra, en total al menos
160.000 ó 170.000 voluntarios, probablemente más, pertenecieron a las
milicias nacionales. 12
Tanto en la guerra civil estadounidense como en la española puede es-
tablecerse, por lo tanto, un tránsito de guerra realizada por voluntarios en-
tusiastas a guerra realizada por un ejército popular organizado «desde arri-
ba». Además, el Estado fue «militarizado» en muchos aspectos —sobre todo
en el bando de Franco, pero también en el de la República—. Intervino en
cada vez más ámbitos tanto de la vida pública como de la privada, hasta lle-
gar finalmente a ser omnipresente. Mes a mes fue más evidente que la gue-
rra civil española era una «guerra total» en el sentido de que no se hacía
ninguna diferencia entre militares y civiles; cada vez más civiles eran vícti-
mas de las acciones militares, los bombardeos, las represalias, el terror esta-
tal. Es simbólica al respecto la destrucción de Guernica. 13
También es comparable en ambas guerras y en las fases de posguerra el
cambio de rol de las mujeres: el comportamiento específicamente determi-
nado por el sexo se modifica considerablemente durante la guerra; puede
constatarse en ambos casos que las mujeres asumen muchas actividades
masculinas, que son ellas las que soportan las fatigas de la guerra, que se
quebrantan los esquemáticos roles tradicionales y las relaciones entre se-
xos —en el caso español (en el bando de la República) mucho más radical-
mente que en el estadounidense—. Parecida fue la dinámica, por lo que se
refiere al sexo, después de la guerra, en los respectivos proyectos de re-
Reconstruction y franquismo 139

construcción: en ambos casos las mujeres desempeñan —sobre todo en la


familia— un papel protagonista en la construcción de los nuevos órdenes
sociales. Además, tanto en España como en los Estados sureños de Estados
Unidos, las mujeres postergan sus intereses específicamente de género y la
reivindicación de la igualdad de derechos con el fin de conseguir más rápi-
damente un mayor bienestar común y la estabilidad social. En España esta
ruptura abrupta del proceso de emancipación dependió, mucho más que
en Estados Unidos, del orden estatal y el modelo social patriarcal de los cír-
culos católico-tradicionalistas."
Sin embargo, queda una gran diferencia entre ambas guerras civiles.
Aunque también en Estados Unidos fueron inequívocas las tendencias auto-
ritarias e incluso parcialmente terroristas del Estado, no se llegó al estableci-
miento de una dictadura ni en el norte ni en el sur. Completamente al con-
trario en España: en el bando de los alzados Franco gobernó desde el
principio con mano de hierro; las libertades democráticas introducidas en
los años de paz de la Segunda República fueron suprimidas y no volvieron a
establecerse durante toda la era de Franco. En el bando de la República no
se puede hablar (formalmente) de una dictadura pero el comportamiento
del Partido Comunista de España, siempre influyente, con respecto a sus ad-
versarios políticos tuvo sin duda el carácter de terrorismo de estado. De
aquí que en conjunto la arbitrariedad de la violencia bélica y la radicalidad
de la lucha fueran más allá en el caso español que en el estadounidense.

3. RUPTURA CON EL PASADO Y NUEVO COMIENZO

Vale la pena una comparación de los conceptos «nuevo comienzo» y


«ruptura» con el pasado. En este contexto ocupa una posición central la
cuestión de cuál fue el tipo de nuevo comienzo y de ruptura con el pasado
tras las guerras civiles de Estados Unidos y España. Puede servir como base
para las consideraciones comparativas que en ambos casos fueran los ven-
cedores de una situación de conflicto militar los que llevaron a cabo el
nuevo comienzo. Al respecto, hay que investigar si se trató de una recons-
trucción de las diversas formas sociales o más bien de una desconstruc-
ción y consecutiva neoconstrucción. Por consiguiente la pregunta debe
,,er si el poder vencedor se basó en categorías, estructuras y tradiciones de
las antiguas y —durante y tras el conflicto— casi destruidas formas socia-
les, o si forzó un sistema completamente nuevo (que por cierto sólo podría
subsistir a base de ejercer una opresión extrema).' «
En ambos casos se pretendía borrar o adaptar determinados compo-
nentes de los sistemas opuestos al modelo de sociedad del vencedor. Re-
construction y «primer franquismo» pueden entenderse en general como
140 Sociedades en guerra civil

la persecución de las metas de la guerra incluso más allá de ella, 16 después


de que ya los enfrentamientos precedentes aspiraran también a reprimir
las ideologías rivales. Si entendemos el período de posguerra como prolon-
gación de la guerra, surge la necesidad de definir más exactamente los ob-
jetivos bélicos de los respectivos vencedores.
En el caso estadounidense, durante los años 1865-1877 se intentó, me-
diante una serie de medidas desarrolladas por los nordistas, remodelar eco-
nómica y socialmente los antaño Estados confederados del Sur, de modo
que fuera posible la integración de éstos en la globalidad de la sociedad
americana. Se consideraron condiciones mínimas para una comunidad
americana homogénea; la abolición de la esclavitud y la lealtad a la Unión
de los Estados del Sur; la meta máxima estaba puesta en la concesión de la
ciudadanía y los derechos políticos a los otrora esclavos. Además la econo-
mía nacional sudista debía transformarse en un sistema económico con un
mercado de trabajo libre.
El concepto de Reconstruction de Abraham Lincoln se orientaba sobre
todo a las metas máximas; su sucesor, Andrew Johnson, introdujo muy
pronto una política menos ambiciosa. Esto significa que, aparte del fin de
la esclavitud y el retorno del Sur a la Unión, el nuevo ejecutivo no impulsa-
rá ninguna ulterior transformación del Old South, meta que sí perseguía, y
que en los años siguientes además impuso, un ala radical del partido repu-
blicano, los Radical Republicans." Entre estas metas se contaban la con-
cesión ilimitada de todos los derechos civiles a los antiguos esclavos, la
persecución judicial de criminales de guerra y traidores, la ocupación mili-
tar del territorio de la Confederación, la asunción por parte de funciona-
rios nordistas de los cargos públicos más importantes en el sur.
En la valoración del concepto «nuevo comienzo» nos encontramos, en
el caso estadounidense, con el problema de que había diversas fracciones
del Norte que perseguían en la guerra metas distintas y cambiantes. El ob-
jetivo originario de Lincoln era la unidad nacional pero esta meta perdió
importancia en el transcurso de la guerra frente a las socialmente más am-
biciosas de la liberación de los esclavos y la equiparación de derechos de
los negros. La divergencia de objetivos y el traspaso imprevisto de la presi-
dencia del republicano Lincoln al demócrata Johnson I8 explican las dificul-
tades que se oponen a una definición exacta de «nuevo comienzo». La pos-
tura de cierto laissezlaire de las «palomas» del ejecutivo de Lincoln, para
quienes la meta esencial de la guerra ya se había conseguido con la reinte-
gración del Sur (y la abolición formal de la esclavitud), contrastaba con el
programa de los «halcones» de los Radical Republicans, que presentaba
una especie de extenso proyecto de reeducación.
Tanto en la política de Abraham Lincoln como en la de Andrew John-
son se encuentran, todavía durante la guerra civil e inmediatamente des-
Reconstruction y franquismo 141

pués, elementos de compensación, momentos de reconciliación y ofertas


de control y cogestión a los perdedores. La amnistía que declaró Johnson
el 19 de mayo de 1865 es sólo un ejemplo de esta política de posguerra to-
lerante. En la historiografía antigua y en una parte de los medios de comu-
nicación —sobre todo el cine— se ha dibujado durante mucho tiempo una
imagen desfigurada de la Reconstruction como dominio de una pandilla
desenfrenada y corrupta de esclavos liberados, inmigrantes nordistas y co-
laboracionistas sudistas. Contra esta visión unilateral habla el hecho de que
no se castigara radicalmente a los traidores ni a los criminales de guerra su-
distas sino que más bien los antiguos confederados fueran por regla gene-
ral integrados después de la guerra (otra vez) en la política regional y na-
cional. Por otra parte, apenas hubo expropiaciones de plantaciones de la
aristocracia sudista. Sí hubo, ciertamente, corrupción, pero éste no fue nin-
gún problema específico de la Reconstruction republicana.Y los nordistas
tampoco adoptaron ninguna posición dominante en la política de los Esta-
dos sudistas.
Completamente distinta se presenta la situación en España en 1939
por lo que respecta a la disposición a la reconciliación y a la cooperación
con los sometidos. Franco y toda la «derecha sociológica» de los vencedo-
res estaban decididos a conseguir que nadie olvidara la guerra civil puesto
que la victoria sobre la «anti-España» representaba la auténtica legitimación
del dominio franquista. Para el bando vencedor la derrota de la República
era el acceso al poder y a la influencia en la «nueva España».' 9 El entusias-
mo de la derecha, suscitado por la victoria, era, por así decirlo, el centro
esencial de sus sentimientos, y la omnipresente mística guerrera de la Es-
paña nacional se prolongó a lo largo de cuarenta años, sostenida por los an-
tiguos combatientes en los frentes bélicos. En el caso español no hubo ni
un momento de vacilación por lo que respecta a cuáles eran las metas de
la guerra y a su imposición durante y después de ella: la guerra truncó la
posibilidad de una revolución de tendencia proletaria, y anarcosocialista,
pero también puso fin a la posibilidad de una política democrático-refor-
mista tal como la habían intentado las fuerzas burguesas republicanas y so-
cialdemócratas. El objetivo antirreformista y restaurador de los sediciosos
consistió en volver a establecer sin compromiso alguno las viejas formas
de dominio social.
La guerra selló el fracaso del reformismo modernizador, «europeiza-
dor». En la zona de los sediciosos el proceso sociopolítico se orientó a una
solución de la crisis en el sentido de la reinstauración de las relaciones so-
cioeconómicas que habían imperado desde mucho antes de la proclama-
ción de la República. Se perseguía el retorno a las estructuras de poder
ideológico y social de la época de la Restauración. No se trató sólo del fin
de la revolución en la zona republicana sino de la eliminación definitiva de
142 Sociedades en guerra civil

la herencia de la tradición liberal.Aquí es donde los vencedores veían el au-


téntico sentido de la guerra civil cuyo resultado condujo al inmediato final
del impulso modernizador de la Segunda República.
Sobre todo, de lo que se trataba para los vencedores era de eliminar a
todos sus opositores (los efectivos y los potenciales). Por eso el número de
personas que fueron víctimas de asesinatos políticos y judiciales fue, des-
pués de 1939, extraordinariamente alto: según datos oficiales españoles a
fines de 1939 fueron a prisión 270.000 personas, además de más de 100.000
a campos de concentración y batallones de trabajo. Gabriel Jackson dedu-
ce que la represión masiva en el territorio dominado por los nacionales
ocasionó hasta finales de la Segunda Guerra Mundial de 150.000 a 200.000
víctimas con o sin condena de un tribunal militar. Aunque no existen cifras
exactas —que por otra parte tampoco cambiarían la valoración histórica
de los crímenes de Franco en la posguerra—, puede decirse sin dudarlo
que la venganza de los vencedores en los primeros años de posguerra al-
canzó un punto álgido único en la historia española. 2°
También el exilio que tuvieron que sufrir cientos de miles pertenece a
la realidad social de la España de Franco y hay que valorarlo como un as-
pecto particular de la política de represión. La gran ola de refugiados se
vertió sobre Francia, donde los exiliados, en campos de recepción monta-
dos a toda prisa, soportaron más bien el penoso destino de prisioneros que
el de asilados políticos. Datos oficiales del Ministerio de Interior francés
hablaban de 441.000 españoles que habrían cruzado la frontera de los Piri-
neos hasta abril de 1939. Puesto que muchos volvieron pronto, Manuel Tu-
ñón de Lara estima en 300.000 el número de exiliados, otros autores ha-
blan de 162.000 emigrantes de larga duración. Aunque servicios de socorro
organizados precipitadamente pudieron evacuar antes del asalto alemán
sobre Francia una cantidad considerable de republicanos hacia Latinoamé-
rica, éstos tuvieron que sufrir mezquindades y reservas hostiles que impi-
dieron una óptima organización de la ayuda. Muchos republicanos fueron
entregados a Franco por el gobierno de Vichy o las fuerzas de ocupación
alemanas. Miles de republicanos españoles lucharon en el maquis, donde
encontraron la muerte, decenas de miles no sobrevivieron a los campos de
concentración alemanes (sobre todo Mauthausen). 2 '
Particularmente desoladoras fueron las consecuencias ideológicas y
psicológicas de la guerra. La derrota de 1939 marcó en los actos y la con-
ciencia política de la población obrera, sobre todo en los territorios rura-
les, una profunda fractura histórica y dejó tras de sí un trauma que afectó la
vida obrera de muchas zonas (especialmente de Andalucía) hasta el final
del franquismo. Las consecuencias despolitizadoras de este trauma sólo pu-
dieron superarse paulatinamente en el transcurso de los años setenta. El le-
gado más importante de la guerra de 1936 fue la subsiguiente escisión de
Reconstruction y franquismo 143

la sociedad española en dos bandos: el de los vencedores y el de los ven-


cidos. Para el de los «nacionales» quedó claro desde el principio que los
vencedores gobernarían y gozarían los frutos del poder. Los vencidos, que
a los ojos de Franco encarnaban el mal absoluto, tenían que pagar y expiar.
La supuesta política de reconciliación de Franco no llegó en todos los
«años de paz» tan rimbombantemente estilizados a conceder a los perdedo-
res de la guerra civil una amplia amnistía general; sólo amnistías individua-
les, proclamadas espectacularmente, franquearon el camino a la libertad a
algunos escogidos cuidadosamente. La temible represión de los años cua-
renta al perseguir, torturar, fusilar y exiliar a aquellos que habían apoyado
(a conciencia o porque no les quedó ninguna otra posibilidad) la república
del Frente Popular, profundizó aún más los abismos existentes. Los amos del
poder no pensaron después de 1939 en una reconciliación; ellos querían
ante todo la venganza. El primero de abril —el día que se declaró el fin de la
guerra civil— no fue un «día de la paz»; en la época de Franco fue más bien
conmemorado como «día de la victoria» con el que año tras año se recorda-
ba a los españoles la división del país en vencedores y vencidos.
Aunque el programa de los Radical Republicans en Estados Unidos
puede compararse en cierta manera a la línea dura de los «ultras» franquis-
tas en la década posterior a la guerra civil española —hubo procesos polí-
ticos masivos, los dignatarios republicanos fueron desposeídos de sus car-
gos y perseguidos con métodos terroristas, los bienes de las instituciones
democráticas fueron expropiados, decenas de miles fueron a parar a las cár-
celes del Régimen—, aun así subsiste una gran diferencia: mientras que en
el caso estadounidense, a pesar de la justicia de los vencedores, se mantu-
vieron en lo esencial los principios constitucionales y las depuraciones po-
líticas se desarrollaron individual y selectivamente, en el caso español se
trató de la violación masiva de los derechos humanos, de la arbitrariedad
total por parte del Estado, de actos sistemáticos contra la justicia. Por lo
tanto, hay que concluir que el nuevo orden social impuesto en España por
el control y el poder de un régimen dictatorial supone una experiencia to-
talmente distinta de la de la Reconstruction; y tampoco tiene en común
con esta última que la Reconstruction fuera un proceso forzado de trans-
formación de una sociedad no democrática en una sociedad democrática.
En algunos aspectos específicos sí pueden compararse las inmediatas
fases de posguerra de ambos países: en Estados Unidos la Reconstruction
del Sur va unida a la ocupación militar y a la toma de posesión de los car-
gos públicos y de las posiciones influyentes por parte de nordistas, los lla-
mados Carpetbaggers.22 En España hubo igualmente —aunque en otro
sentido— una ocupación militar, sobre todo de las ciudades (subversivas
en tanto que industrializadas); militares y (en el campo) Guardia Civil eran
omnipresentes y dominaban la imagen de las calles. Mientras en el caso de
144 Sociedades en guerra civil

Estados Unidos los criterios que rigieron la toma de puestos importantes


fueron regionales, es decir, los ocuparon representantes del Norte, en Espa-
ña fueron consideraciones sociales las que basaron la reasignación de di-
chos puestos: todos los representantes de las organizaciones obreras fue-
ron alejados de ellos y sustituidos por representantes de los vencedores,
los cuales sociológicamente pertenecían a la burguesía y a la clase alta.
Desde un punto de vista organizativo, la antigua clase trabajadora fue des-
truida; en el «nuevo Estado», la representación obrera sólo podía reivindi-
carse en el marco de la organización corporativista. 23 En ambos casos, las
medidas de posguerra llevaron a importantes crisis de identidad: en el caso
estadounidense del Sur de la Unión, en el español, de la clase trabajadora y
de las regiones agrarias con gran componente de jornaleros.

4. SOBRE LAS AMBIVALENTES CONSECUENCIAS A MEDIO Y LARGO PLAZO


DE LA GUERRA CIVIL

Si se pregunta por las consecuencias a medio y largo plazo de la políti-


ca de guerra y de posguerra, es decir, por si las transformaciones de la es-
tructura social y política tuvieron un éxito duradero y fundamental, hay
que constatar entre los dos casos comparados un resultado coincidente en
muchos puntos. Por lo que respecta a Estados Unidos después de la guerra
civil, la Reconstruction va unida para la mayoría de los americanos a fraca-
sos: fracaso de los blancos en el Sur al restablecer el antiguo orden; fracaso
de los negros al luchar por la igualdad de derechos; fracaso del Norte, al
transmitir al Sur los valores de una sociedad libera1. 24 Tales impresiones de-
terminan hasta hoy el recuerdo colectivo del tiempo posterior a la guerra
civil. Aun cuando deban someterse tales juicios a una exacta comproba-
ción, y aun cuando el resultado detallado quizá no pueda clasificarse tan
claramente bajo la rúbrica «fracaso», aun así, hay que concluir que en el
caso de la Reconstruction sólo de una manera extremadamente condicio-
nada puede hablarse de un éxito de la política de ocupación y construc-
ción de los nordistas. La cuestión de los esclavos fue resuelta ostensible-
mente mediante la abolición de la esclavitud, pero de facto el constructo
social «raza» permaneció como principal criterio de ubicación social —si
bien en adelante de otra forma—. Es verdad que, después de 1877, la mayo-
ría de los afroamericanos poseía la ciudadanía, pero como ciudadanos de
segunda clase; la resistencia contra la igualdad de derechos políticos de los
negros estaba muy extendida incluso entre los adversarios de la esclavitud.
A partir de 1870 en el Sur se devolvió gradualmente el poder político y
económico a los grupos sociales que ya antes de la guerra poseían la máxi-
ma influencia.A pesar de la derrota en la guerra civil, el predominio de los
Reconstruction y franquismo 145

terratenientes duró hasta bien entrado el siglo xx debido al sistema de tra-


bajo campesino. Y en el año 1877 la Reconstruction encontró de todos
modos su fin, sobre todo a causa de la creciente oposición violenta de su-
reños blancos y del debilitamiento de la presión del Norte.'
También fue significativo el influjo de la época de guerra y de posgue-
rra sobre el sistema de partidos y los mecanismos de establecimiento del
poder político. En este sentido se evidencia igualmente la gran continuidad
política en el Sur, aunque una consideración detallada permite reconocer
algunas diferencias: para Estados Unidos la imagen dominante está marca-
da por la idea de que, a pesar del acontecimiento de época de la guerra ci-
vil, apenas hubo transformación de los partidos políticos o del comporta-
miento de los electores. Esta imagen proviene probablemente de que en el
sur de Estados Unidos no hubo ninguna dictadura y el Partido Demócrata
(a pesar de unas limitaciones iniciales) continuó participando en la confi-
guración de la voluntad política y en el poder.
Una consideración más exacta muestra un cuadro bien diferenciado
por lo que respecta al estatus y administración de la antigua Confedera-
ción y la participación de los demócratas en el poder político. Sin duda, el
Partido Republicano fue la fuerza política dominante después de 1865. Su
meta era integrar a los antiguos demócratas y escogió para ello a Andrew
Johnson —el único senador demócrata de uno de los Estados secesionistas
que había permanecido leal a la Unión— como vicepresidente. Cuando
Johnson asumió la presidencia tras el asesinato de Abraham Lincoln, que-
dó, a causa de su política de equilibrio, rápidamente en una posición aisla-
da dentro del Partido Republicano, ya que el tono en este último lo daban
los Radical Republicans, los cuales casi separaron al presidente de su car-
go. 26 El auténtico conflicto entre los Radicals y el presidente o, lo que es
igual, los Moderates se volvió hacia la reintegración de los antiguos Estados
confederados en la Unión. Finalmente, se impusieron los Moderates: a ellos
esencialmente hay que atribuir que (en la 14 enmienda de la Constitución)
no se concediera plenamente a los antiguos esclavos los derechos ciudada-
nos y los confederados pudieran retornar rápidamente a la Unión. La retira-
da de las tropas (del Norte) inició el colapso del último gobierno republi-
cano en los Estados de la antigua Confederación. En el Sur los Redeemers
tornaron el poder político, los representantes de la antigua Confederación
dominaron de nuevo la política, una década después del fin de la guerra es-
taba el Sur otra vez bajo el control de un partido demócrata, los afroameri-
canos fueron expulsados de los cargos políticos y en la década de 1890 se
llegó finalmente a la segregación completa.
Si se confrontan las situaciones estadounidense y española hay que
constatar afinidades y diferencias. Por lo que respecta a estas últimas, hay
que indicar que el franquismo a diferencia de los vencedores en la guerra
146 Sociedades en guerra civil

civil americana, consiguió —al menos aparentemente— imponer durade-


ramente sus ideas en los ámbitos social y político: los vencedores anularon
en seguida la reforma agraria de la Segunda República y aniquilaron todas
las iniciativas reformistas. La Iglesia ejerció en adelante el control decisivo
sobre la educación y la cultura en el país. En general puede hablarse de una 1
restauración de las relaciones sociales características de la España agraria y
oligárquica del siglo XIX, que justificadamente se habían considerado ame-
nazadas. Paralelamente a esta restauración de las estructuras sociales trans-
currió el restablecimiento de las mismas ideas religiosas y morales, de la mis-
ma tradición cultural y de la misma orientación política fundamental que
ya habían existido en aquella España de las estructuras tradicionales, domi-
nada por una pequeña oligarquía.
Sobre todo en el ámbito económico la política franquista pareció co-
rresponder por completo a las metas de la guerra. La acumulación de capi-
tal de las dos primeras décadas de posguerra se cargó, en primer lugar, so-
bre los hombros de los explotados trabajadores, cuyos minúsculos salarios
les obligaron durante años a un ahorro forzoso. La distribución de los in-
gresos en esta fase del primer franquismo benefició únicamente al empre-
sariado. Los dos conceptos clave del discurso económico-político de los
años cuarenta eran autarquía e intervencionismo. Alrededor de estos con-
ceptos se mueve también la discusión económico-política más reciente.
Según la opinión de José Luis García Delgado, la política económica de los
años cuarenta fue «el período de la industrialización española que mejor
revela las penosas limitaciones de un intervencionismo económico exa-
cerbado, expresión final del introvertido nacionalismo económico español
del medio siglo precedente, síntesis última de autarquía y máxima exten-
sión de las facultades estatales de ordenación y regulación de la econo-
mía». 27 Los años cuarenta se diferencian de la época subsiguiente por el
crecimiento nulo en el sector industrial y la extraordinaria intensidad del
intervencionismo económico en el marco de un aislamiento económico y
político sin precedentes. Después del fin de la guerra civil fue decisivo
para la reorganización de la economía el programa nacionalsindicalista de
la Falange. El fuerte control de la economía que se había establecido du-
rante la guerra desde Burgos y que se había organizado en las «comisiones
de regulación» (para producción, distribución y venta) de todos los bienes
importantes, ya se extendió en 1939 a toda España transformándose en
uno de los controles económicos estatales ejercidos por los nuevos minis-
terios.
Investigaciones recientes han precisado que los años cuarenta . fueron
una década de estancamiento económico; las cifras indicativas, calculadas
de nuevo, permiten ver que los anteriores cálculos oficiales del Consejo
Económico Nacional y del Instituto Nacional de Estadística estaban enmas-
Reconstruction y franquismo 147

carados: 28 a la ya relativamente negativa evolución de los años republica-


nos, se sumó la larga depresión que durante una década y media siguió al
año 1936. Historiadores de economía han calculado incluso que los años
treinta y cuarenta fueron la única fase de los últimos ciento cincuenta años
de la historia española en que se registró un retroceso duradero del nivel de
vida de la población.
Entre 1939 y 1959 el gobierno practicó una política de autarquía en el
sentido de suprimir las importaciones y disminuir sistemáticamente la rela-
ción con el mercado mundial en todos los sectores. La industrialización de-
bía independizar al país de las importaciones y sentar los fundamentos de
una estructura productiva dirigida al mercado interior y basada en la divi-
sión del trabajo. A la vista del marco de condiciones externas es natural
que se persiguiera una economía nacionalista centrada en la autarquía y el
intervencionismo estatal; sin embargo, este concepto estaba determinado
en primer término por las ideas económicas y sociales de la Falange, para
la que la economía debía subordinarse a la política, la producción estar al
servicio de la patria y la industrialización ser expresión del prestigio nacio-
nal. Además esta política coincidió con un nacionalismo extremo como
ideología justificadora del nuevo régimen. 29
A la economía política como expresión económica del vencedor sobre
el proletariado se asociaron cultura e ideología en el franquismo: la guerra
civil habría iniciado aquel «camino singular» que la España franquista pro-
pagó hasta bien entrados los años sesenta. Si durante la guerra civil la iz-
quierda había albergado la esperanza de convertir a España en el segundo
país socialista de la historia, del mismo modo la derecha situó consciente-
mente el glorioso pasado español como norte de sus anhelos. La propagan-
da franquista equiparó en adelante liberalismo, socialismo, comunismo y
francmasonería —las fuerzas que durante la Segunda República aspiraron a
la modernización y se abrieron a Europa— con la eterna «anti-España», pro-
clamó la ideología conservadora de la singularidad española y su guerra de
cruzadas en la época de la secularización y propagación del socialismo, y
abolió todas las medidas modernizadoras del quinquenio precedente. El
propio Franco calificó su régimen de «retorno a los elementos primigenios
de la esencia española» que en las décadas de la gran aparición de España
en la política mundial bajo los Reyes Católicos decidieron la historia. El
«desenganche» consciente del desarrollo político de España respecto a las
sociedades occidentales y el acento sobre la historia y la tradición españo-
las como fundamento del «nuevo Estado» fueron en el futuro característi-
cas de la estructura argumentativa de la ideología franquista.°
Política y económicamente, por lo tanto, España inició tras la guerra ci-
vil un «camino singular» que en parte fue elegido y en parte impuesto des-
de el exterior. El eslogan turístico España es diferente, que en los años se-
148 Sociedades en guerra civil

senta idearon los propagandistas del régimen para atraer a los nórdicos y
centroeuropeos hambrientos de sol, muestra también esta autoconciencia
ideológica y política. La singularidad política que diferenció a la España
franquista de la evolución europea occidental se mantuvo hasta la muerte
del dictador: una vez que Franco, ya pocas semanas después del final de la
guerra civil, había caracterizado programáticamente las relaciones de Espa-
ña con el exterior en términos de defensa contra un contubernio mundial,
el régimen ya no se separó nunca de esta valoración básica.
Cuán contrario a los valores «europeos» era el sistema represivo del
franquismo se infiere del hecho de que las reflexiones sobre Europa de los
intelectuales españoles en aquellos años fueran mayoritariamente una de-
fensa de la apertura del país. Europa se convirtió en patrón de medida y la
alusión a la diversidad europea en crítica a la forzada uniformidad política
y cultural de España. La referencia a Europa fue (directa o condicionada)
expresión de la disconformidad y perspectiva de una alentadora esperanza
de libertad y democracia. Esta aspiración no se dirigía a la mejora económi-
ca sino al desarrollo social, político y cultura1. 31
Si se considera la evolución del régimen vencedor en su primera fase,
parece evidente una imposición de las metas proclamadas en la guerra.
Pero el resultado es completamente distinto si en la consideración se in-
cluye toda la era franquista. La perspectiva a largo plazo aproxima el caso
español al estadounidense en cuanto se plantea la pregunta por la imposi-
ción de las metas proclamadas en la guerra. Los efectos a largo plazo de la
política practicada por el régimen fueron más consecuencias no intencio-
nadas que intencionadas. Cuando a finales de los años cincuenta el régi-
men franquista se vio al borde del colapso económico como consecuencia
de la política de autarquía practicada hasta entonces, el gobierno dio un
giro económico-político radical y se decidió (por necesidad) por la liberali-
zación económica y la apertura hacia Europa.
El despegue económico de los años sesenta trajo tras de sí importantes
transformaciones de los ámbitos socioeconómico y sociocultural. La demo-
grafía adoptó paulatinamente el modelo de las naciones industrializadas:
elevación de la esperanza de vida, descenso de la natalidad, envejecimiento
de la población, racionalización de la conducta generativa. Los movimien-
tos migratorios llevaron a una elevada concentración de la población es-
pañola en pocas provincias, a grandes asentamientos en barrios y, como
consecuencia de ello, a una alta urbanización. La estructura de la población
activa, con su predominio de empleados en los sectores secundario y ter-
ciario en detrimento de la agricultura, se adaptó progresivamente a las
otras sociedades industriales. A causa de la industrialización y de la espe-
cialización de los puestos de trabajo, la profesionalización y la movilidad la-
boral se incrementaron en casi todos los sectores. La alfabetización alcanzó
Reconstruction y franquismo 149

cotas comparables a las naciones industriales desarrolladas. La política edu-


cativa en las últimas décadas del franquismo supuso el tránsito de un anal-
fabetismo todavía masivo a una diferenciación sociocultural. La estructura
de la familia evolucionó cada vez más claramente hacia el llamado núcleo
familiar, las cuotas de empleo femenino aumentaron rápidamente. El siste-
ma de valores (actitud ante el divorcio, sexualidad, emancipación) sufrió
transformaciones fundamentales; el proceso de secularización real de la
población avanzó mucho; rendimiento y éxito se contaron pronto entre
los valores «positivos» de la sociedad española. Con la divisa España es di-
ferente, repetida durante décadas, el régimen había convertido por necesi-
dad la tesis de la radical incompatibilidad de las instituciones políticas de
España y los valores culturales del país con el resto de Europa en una me-
tafísica altamente estilizada y acentuado la distancia respecto a los mode-
los económicos e ideológicos de las democracias occidentales. Pero en la
misma medida, este distanciamiento consciente debió ceder ya en los años
sesenta a una clara aproximación al oeste en los ámbitos de la economía y
del consumismo y, tras la muerte de Franco, todo el lastre espiritual de su
régimen fue rápidamente lanzado por la borda.
En muchos aspectos, por tanto, el resultado de la política franquista
contradijo las intenciones originales: al final del dominio de Franco la so-
ciedad española estaba más politizada, urbanizada y secularizada que nun-
ca, los trabajadores y estudiantes eran más rebeldes que nunca, los movi-
mientos de autonomía e independencia de las regiones más acentuados
que en ningún otro momento de la historia española moderna, los socialis-
tas y comunistas obtuvieron un éxito electoral sin precedentes en las pri-
meras elecciones después de la muerte de Franco, la economía española
dependía financiera y tecnológicamente en una alarmante proporción del
capital internacional. Nunca anteriormente en su historia había sido Espa-
ña económica y socialmente tan «europea» como en la transición democrá-
tica tras el fin del régimen autoritario.'
En resumen puede concluirse: en 1865 se eliminó en Estados Unidos un
sistema no democrático, en 1939, en España uno democrático; en el primer
caso, la meta perseguida era la construcción de un sistema democrático, en
el segundo, de uno corporativista-estatal. Como medida del éxito o fracaso
de ambas reorganizaciones podría servir la duración de los sistemas instau-
rados, así como su capacidad de reacción frente a las crisis. La persistente
discriminación económica, social y política de los afroamericanos debería
por consiguiente valorarse como indicio del fracaso de la Reconstruction
tras la guerra civil estadounidense. Después de doce años el intento de «ree-
ducación» ya había fracasado. En el caso español es cierto que el franquis-
mo tuvo una vida mucho más larga, pero no pudo dominar las numerosas
crisis y tuvo que hacer concesiones en muchos ámbitos. El poderoso despe-
150 Sociedades en guerra civil

gue económico fue consecuencia de una política económica que contradi-


jo las intenciones originarias del franquismo.Además el crecimiento econó-
mico no tuvo un efecto legitimador —¡al contrario!—, atizó el descontento
contra la rigidez política del sistema, que no sobrevivió a su creador.

5. MEMORIA HISTÓRICA Y FORMACIÓN DE LA IDENTIDAD

Tanto la guerra civil estadounidense como la española fueron también


guerras entre diferentes concepciones del mundo. En ambos casos los res-
pectivos bandos enfrentados estaban convencidos de su superioridad mo-
ral. Victoria o derrota tenían pues en estas guerras un significado que iba
mucho más allá del aspecto militar. Para los sudistas en Estados Unidos no
se trataba sólo de la abolición de la esclavitud sino más bien de la transfor-
mación radical de una sociedad y de la aniquilación de todo un sistema so-
cial. No menos significativa fue la derrota de los republicanos en la guerra
civil española: las estructuras democráticas en la sociedad, la cultura traba-
jadora, las tradiciones liberales, las iniciativas colectivistas anarquistas en la
economía quedaron destruidas. En ambos casos, se unían a estas transfor-
maciones y destrucciones cuestiones de identidad colectiva .
La derrota en estas guerras comportó en los dos sistemas vencidos efec-
tos de solidaridad: la superioridad de los vencedores se atribuyó a la mayor
capacidad económica (en el caso de Estados Unidos) o al apoyo fascista in-
ternacional (en el caso de España), pero desde la perspectiva de los vencidos
no decía nada de la preeminencia de las posiciones espirituales.Todo lo con-
trario: la asociación de la cultura propia con la superior civilización fue man-
tenida a conciencia después de la derrota militar. De «derrota» sólo se podía
hablar en el campo de batalla pero no en el terreno del derecho y la moral.
En ambos casos, la desesperación, desorientación y desmoralización se
unieron a la derrota militar. La evolución ulterior del bando sometido trans-
currió de distintos modos, cosa que hay que atribuir a la diferenciada pos-
tura de los respectivos vencedores. Pues, mientras en el caso estadouniden-
se, los nordistas no tenían un concepto preciso sobre el trato de los
perdedores y esta falta de una línea clara fue seguramente una contribu-
ción decisiva al resurgimiento de una actitud reaccionaria en el Sur des-
pués de la guerra civil, en el caso español para los franquistas estuvo desde
el principio claro que la victoria era completa y debía paladearse plena-
mente. El sur de Estados Unidos empezó muy rápidamente a recuperar su
autoconfianza y su identidad nacional, no se consiguió una superación se-
ria del pasado sudista, no se modeló una nueva identidad. Los intelectuales
sudistas se pusieron al servicio del Old South y lo glorificaron sentimental-
mente; apenas se detectaron posicionamientos críticos.
Reconstruction y franquismo 151

Las experiencias de la guerra, la derrota, la represión y las vejaciones


diversas marcaron la formación de la identidad; de ahí que también se
cuestionaran las estructuras sociales decididas por los vencedores. La vin-
culación a los valores culturales del poder vencedor fue extremadamente
ambivalente; la evolución social, política e intelectual determinada por los
vencedores quedó expuesta a una crítica creciente.
Algunos de estos fenómenos formadores de identidad aparecieron tam-
bién —aunque de un modo distinto— entre los vencidos republicanos en
España. Aquello que en el caso de Estados Unidos formó la identidad del
Sur —limitada regionalmente— lo constituyó en España el medio obrero,
la identidad social como luchadores de clase, la identidad espiritual como
defensores de las libertades republicanas. La arrogancia de los vencedores
y la humillación de los sometidos provocó la aparición de una cultura so-
cial de la derrota y la pérdida que aglutinó a los vencidos, mediante la me-
moria selectiva del pasado, en un «pueblo» homogéneo y golpeado que
nunca había existido en la realidad social anterior a la guerra.
Pero ciertamente resta una gran diferencia entre ambos casos: mientras
en Estados Unidos la identidad sudista y su nacionalismo específico pudie-
ron desarrollarse plenamente a partir de 1865, la supervivencia de una
identidad libertadora y republicana en España sólo fue posible en la clan-
destinidad o el exilio. La dura dictadura de Franco destruyó después de
1939 todos los símbolos de la libertad y los monumentos republicanos, eli-
minó las celebraciones obreras o las manipuló (por ejemplo el 1° de mayo),
arruinó las tradiciones proletarias y liberales, en suma: impidió el manteni-
miento y cultivo público de una identidad republicano-democrática.
En ambos casos se rechazó el régimen de los vencedores, que, por lo que
respecta a España, no se tomó absolutamente ninguna molestia en integrar a
los sometidos. Todo lo contrario: durante décadas el bando perdedor tuvo
que notar que en todo caso eran tolerados en la «nueva España» pero no ac-
tivamente integrados en el nuevo sistema. La falta de una crítica del propio
pasado por parte de los perdedores de la guerra civil española los hace com-
parables a los sudistas en Estados Unidos. Durante mucho tiempo la victoria
de Franco se atribuyó exclusivamente a la brutalidad terrorista del vencedor,
al apoyo masivo de los países fascistas, a la superioridad material. Sólo poco a
poco —sobre todo entre los anarquistas— se inició una autorreflexión que
señaló las deficiencias, sacó a la luz los defectos, reconoció los errores.
En vista de la desertización de los sistemas sociales impuesta por los
vencedores tanto en Estados Unidos como en España surge la cuestión
del consenso en una comunidad formada socialmente a la fuerza. En el
caso de los Estados Unidos puede hablarse de un recuerdo colectivo del
defeated South: la memoria histórica —al menos la de los sudistas, en su
mayoría blancos— estaba transfigurada; era una mezcla de recuerdo y am-
152 Sociedades en guerra civil

nesia a partir de la cual lo que quedó en la memoria fue lo caracterizado


como positivo antes de 1861 y lo caracterizado como negativo después
de 1865. Surgió el mito de la lost cause, de la noble causa perdida del
Sur." Este recuerdo permaneció y constituyó al mismo tiempo la simplifi-
cadora explicación de los diversos problemas de los perdedores de la
guerra civil. Esta mezcla de amnesia y de memoria selectiva se halla tam-
bién en el bando derrotado en la guerra civil española; debido a la destruc-
ción del sistema de valores sociales de las fuerzas republicanas, los venci-
dos tuvieron después de 1939 que mitificar esencialmente el pasado,
mostrando una gran amnesia respecto a los propios problemas. Únicamen-
te la historiografía desmitificadora —sobre todo después de la restitución
de la democracia— ha podido desmontar, en un proceso trabajoso de
puesta al día, las leyendas de la historia.

6. CONCLUSIÓN

La comparación de algunos aspectos significativos de las guerras civiles


estadounidense y española ha mostrado una serie de afinidades y diferen-
cias. El punto de partida de nuestras reflexiones era el hecho de que ambas
guerras se consideren una cesura fundamental en los cursos históricos de
sus respectivos países y el inicio de una evolución hacia la «modernidad».
Pero hay que atribuir este efecto común a intenciones completamente di-
ferentes de los actores: en efecto, mientras en el caso estadounidense fue-
ron metas de la política nordista el mantenimiento de la Unión, la moderni-
zación de las estructuras sociales mediante la abolición de la esclavitud, y
la imposición de una economía capitalista de mercado, pueden detectarse
en el caso español unas metas precisamente antimodernizadoras, restaura-
doras y tradicionalistas que, si bien se impusieron provisionalmente, a la
larga quedaron por detrás de unas consecuencias modernizadoras no pre-
tendidas. También se revela como comparable el carácter «moderno» de
ambas guerras, la evolución de guerra de voluntarios y milicias hasta gue-
rra popular industrial, organizada «desde arriba», que cada vez implicó a
sectores más grandes de las sociedades afectadas y que tendencialmente se
extendió a guerra «total». La cual comportó importantes transformaciones
sociales y supuso una ruptura con el pasado y, en muchos aspectos, un
nuevo comienzo.
Estas coincidencias «formales» no permiten ocultar las decisivas dife-
rencias «de contenido». Al final de la guerra civil estadounidense se preten-
dió la integración de los territorios y población vencidos a un Estado de
derecho en que se quería conceder a los perdedores la igualdad de dere-
chos políticos —aunque poderosas deficiencias malbaratarán estas inten-
Reconstruction y franquismo 153

ciones—; en el caso español, de la guerra civil surgió un régimen ilegítimo


que expulsó y perjudicó a los perdedores. Esta distinta posición de los Es-
tados vencedores también condicionó esencialmente la diferencia de sus
respectivas historias después de la guerra, en particular la convivencia so-
cial; al mismo tiempo muestra los límites de un análisis comparativo de am-
bas guerras civiles.
Capítulo 6

LA GUERRA CIVIL EN YUGOSLAVIA

Marie-Janine Calic
(Fundación Ciencia y Política, Ebenhausen)

La guerra de secesión yugoslava, que ya animó a intervenir a numero-


sos actores internacionales mientras se insinuaba la violenta desintegra-
ción del Estado plurinacional en la primera mitad del año 1991, involucró
con la escalada del conflicto a cada vez más organizaciones estatales y no
estatales, gobiernos nacionales y enviados especiales como «terceras par-
tes». A la vista de la progresiva descomposición de aquel orden estatal y de
la creciente violencia, dicha guerra se convirtió pronto en un símbolo de la
incapacidad internacional de acción. Pero ¿cómo surgieron los conflictos
yugoslavos? ¿Por qué se desarrollaron con tanta brutalidad? ¿Y cómo se ve
el futuro de la región tras la firma de la paz?

1. YUGOSLAVIA. UN ESTADO Y SUS PUEBLOS

Yugoslavia fue una de las criaturas políticas modernas más polifacéti-


cas y complicadas. El «Estado de los serbios, croatas y eslovenos», fundado
en 1918 y bautizado en 1929 «Yugoslavia» (Eslavia del sur), surgió de regio-
nes cultural, étnica y económicamente muy distintas. Serbia y Montenegro
habían sido independientes desde 1878, mientras que las restantes partes
del país al estallar la Primera Guerra Mundial todavía estaban sometidas al
dominio extranjero de los austrohúngaros y otomanos. Eslovenia, Dalmacia
e Istria pertenecían a la mitad austríaca, Croacia-Eslavonia y la Voivodina, a
la mitad húngara del imperio de la monarquía de los Habsburgo, mientras
que Bosnia-Herzegovina se hallaba bajo la administración común austro-
húngara. Kosovo, el Sanjacado, situado entre Serbia y Montenegro, y Mace-
donia habían pertenecido al imperio otomano hasta la guerra de los Balca-
nes de 1912-1913.
Mientras los gobernantes del primer Estado yugoslavo todavía habían
creído que serbios, croatas y eslovenios constituían una única nación triá-
dica que podía ser regida por un gobierno centralista dominado por los
serbios, los comunistas yugoslavos, que tomaron el poder tras la Segunda
Guerra Mundial, aprendieron la lección de las debilidades del sistema polí-
tico del período de entreguerras. En 1941 tropas alemanas e italianas ataca-
ron Yugoslavia y la parcelaron. El país se convirtió en una retahíla de terri-
156 Sociedades en guerra civil

tonos ocupados y anexionados o de Estados aparentemente independien-


tes. Cuando el comunista «Consejo de la Liberación del Pueblo», liderado
por Josip Broz Tito se proclamó el 29 de noviembre de 1943 órgano legis-
lativo y ejecutivo superior de Yugoslavia, se prometió a los pueblos de Ser-
bia, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina la
plena igualdad de derechos y una constitución federal para la Yugoslavia
de la posguerra. Se reconoció a serbios, croatas, eslovenos, macedonios,
montenegrinos y bosniomusulmanes como pueblos autónomos.'
Los musulmanes de Bosnia son descendientes de aquellos eslavos del
sur que durante el dominio turco se convirtieron al islam, en parte por obli-
gación, en parte para obtener privilegios políticos y económicos. A causa de
su estatuto especial y de su religión desarrollaron a lo largo de los siglos una
identidad nacional propia. Científicos serbios y croatas han defendido siem-
pre la tesis de que los bosniomusulmanes son en realidad croatas o serbios
islamizados. Sin embargo, hoy día se sostiene que la conciencia separatista
de los musulmanes tiene que ser aceptada y ellos reconocidos como pue-
blo.' Finalmente, los comunistas garantizaron también la posibilidad de
unirse prescindiendo de la etnia. Así nació la categoría del «yugoslavo» (pro-
veniente en su mayoría de matrimonios mixtos), que se concebía a sí mis-
mo exclusivamente como ciudadano de Yugoslavia y no se sentía pertene-
ciente a ningún grupo étnico.
En muchas regiones de Yugoslavia vivían los pueblos tan mezclados
que apenas podían trazarse fronteras étnicas o lingüísticas claras: en los
años ochenta los eslovenos constituían cerca del 90 % de la población de
Eslovenia; en Croacia el porcentaje de croatas rondaba el 75 %; en Serbia
eran los serbios poco más o menos el 66 %. Los macedonios apenas alcan-
zaban el 67 % y los montenegrinos llegaban al 68 % de la población de
«sus» repúblicas. En Bosnia-Herzegovina la población estaba compuesta
por un 44 % de musulmanes, un 31 % de serbios y un 17 % de croatas. ;

2. LA DESINTEGRACIÓN DE YUGOSLAVIA

El «experimento yugoslavo» arrancó en 1918 en condiciones extrema-


damente difíciles. De la reunión de regiones históricamente tan dispares
surgió una gran cantidad de problemas políticos, sociales y económicos
que tampoco pudieron resolverse satisfactoriamente tras la Segunda Gue-
rra Mundia1. 4 Por lo tanto, los enfrentamientos entre las élites regionales
ponían en peligro la unidad y la estabilidad política del joven Estado. ¿Yu-
goslavia debía ser centralista o federalista? ¿Y qué derechos debían mante-
ner sus pueblos? A raíz de estas cuestiones,Yugoslavia, después de más de
siete décadas, se ha desintegrado.
La guerra civil en Yugoslavia 157

Los motivos que han conducido a la disolución de Yugoslavia son de


naturaleza política, económica, jurídica y sociopsicológica. 5 Desde que
Tito, tras la Segunda Guerra Mundial, convirtió Yugoslavia en una repúbli-
ca federal socialista, las seis repúblicas federadas, Eslovenia, Croacia, Bos-
nia-Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia llevaron una intensa
vida propia. Cada una de las repúblicas de Yugoslavia poseía una identidad
histórica y regional particular y cada uno de sus pueblos cultivaba una
pronunciada conciencia nacional. Los prejuicios étnicos y las traumáticas
experiencias vividas durante la Segunda Guerra Mundial se habían graba-
do profundamente en la conciencia colectiva de los yugoslavos creando
una desconfianza latente que se expresaba abiertamente en las épocas de
(riSiS. 6
Desde la fundación del Estado, las élites de los diversos pueblos yugos-
lavos se habían ido quejando cada vez más de supuestos perjuicios y exigi-
do más presencia en la política federal. El federalismo, que al principio sólo
figuraba en el papel, se convirtió en los años sesenta en un refinado sistema
de representación étnica en los órganos superiores de decisión política de
la federación y sus repúblicas. En virtud de una reforma constitucional los
partidos y el Estado fueron completamente federalizados en 1974, y algunas
decisiones importantes, entre ellas la secesión o la modificación de las fron-
teras, debían tomarse de común acuerdo entre los distintos pueblos del Es-
tado.Tito concedió a las repúblicas y a las provincias autónomas unos dere-
chos tan amplios que incluso se ha hablado de sobrefederalización. Por
ejemplo, las repúblicas podían vetar individualmente las decisiones de la fe-
deración, un derecho del que hicieron gran uso, sobre todo en los años
ochenta. Debido a ello, el gobierno federal acabó siendo inoperante.'
Sin duda, detrás de los impulsos autonomistas de los pueblos y repúbli-
cas había distintas visiones políticas pero también intereses sociales y eco-
nómicos.Yugoslavia adoleció desde su fundación de unas diferencias extre-
mas en cuanto al desarrollo de sus regiones, desigualdades que tampoco
allanó la forzada política industrializadora de Tito en los años sesenta y se-
tenta. Muchos conflictos surgieron de los abruptos desniveles económicos
que recorrían el país de noroeste a sudeste. Entre Eslovenia y Kosovo, dos
regiones con aproximadamente la misma cantidad de habitantes (1,9 mi-
llones), la diferencia de ingresos era máxima. En 1989 la renta de Eslovenia
ascendía a 36,55 millones de dinares, mientras que la de Kosovo era tan
sólo de 3,97 millones.' Las luchas estructurales por la distribución de la ri-
queza entre las zonas ricas y las zonas pobres del país se agudizaron en los
años setenta al ralentizarse el crecimiento económico. Entre 1980 y 1986
el producto interior sólo creció un 0,6 % anual y la renta real fue en 1985
un 27 % inferior a la de 1979. La duradera crisis socioeconómica sometió a
Yugoslavia a una dura prueba: cada vez menos gente estaba dispuesta a
156 Sociedades en guerra civil

torios ocupados y anexionados o de Estados aparentemente independien-


tes. Cuando el comunista «Consejo de la Liberación del Pueblo», liderado
por Josip Broz Tito se proclamó el 29 de noviembre de 1943 órgano legis-
lativo y ejecutivo superior de Yugoslavia, se prometió a los pueblos de Ser-
bia, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina la
plena igualdad de derechos y una constitución federal para la Yugoslavia
de la posguerra. Se reconoció a serbios, croatas, eslovenos, macedonios,
montenegrinos y bosniomusulmanes como pueblos autónomos.'
Los musulmanes de Bosnia son descendientes de aquellos eslavos del
sur que durante el dominio turco se convirtieron al islam, en parte por obli-
gación, en parte para obtener privilegios políticos y económicos. A causa de
su estatuto especial y de su religión desarrollaron a lo largo de los siglos una
identidad nacional propia. Científicos serbios y croatas han defendido siem-
pre la tesis de que los bosniomusulmanes son en realidad croatas o serbios
islamizados. Sin embargo, hoy día se sostiene que la conciencia separatista
de los musulmanes tiene que ser aceptada y ellos reconocidos como pue-
blo.2 Finalmente, los comunistas garantizaron también la posibilidad de
unirse prescindiendo de la etnia. Así nació la categoría del «yugoslavo» (pro-
veniente en su mayoría de matrimonios mixtos), que se concebía a sí mis-
mo exclusivamente como ciudadano de Yugoslavia y no se sentía pertene-
ciente a ningún grupo étnico.
En muchas regiones de Yugoslavia vivían los pueblos tan mezclados
que apenas podían trazarse fronteras étnicas o lingüísticas claras: en los
años ochenta los eslovenos constituían cerca del 90 % de la población de
Eslovenia; en Croacia el porcentaje de croatas rondaba el 75 %; en Serbia
eran los serbios poco más o menos el 66 %. Los macedonios apenas alcan-
zaban el 67 % y los montenegrinos llegaban al 68 % de la población de
«sus» repúblicas. En Bosnia-Herzegovina la población estaba compuesta
por un 44 % de musulmanes, un 31 % de serbios y un 17 % de croatas. 4

2. LA DESINTEGRACIÓN DE YUGOSLAVIA

El «experimento yugoslavo» arrancó en 1918 en condiciones extrema-


damente difíciles. De la reunión de regiones históricamente tan dispares
surgió una gran cantidad de problemas políticos, sociales y económicos
que tampoco pudieron resolverse satisfactoriamente tras la Segunda Gue-
rra Mundial. 4 Por lo tanto, los enfrentamientos entre las élites regionales
ponían en peligro la unidad y la estabilidad política del joven Estado. ¿Yu-
goslavia debía ser centralista o federalista? ¿Y qué derechos debían mante-
ner sus pueblos? A raíz de estas cuestiones, Yugoslavia, después de más de
siete décadas, se ha desintegrado.
La guerra civil en Yugoslavia 157

Los motivos que han conducido a la disolución de Yugoslavia son de


naturaleza política, económica, jurídica y sociopsicológica. 5 Desde que
Tito, tras la Segunda Guerra Mundial, convirtió Yugoslavia en una repúbli-
ca federal socialista, las seis repúblicas federadas, Eslovenia, Croacia, Bos-
nia Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia llevaron una intensa
-

vida propia. Cada una de las repúblicas de Yugoslavia poseía una identidad
histórica y regional particular y cada uno de sus pueblos cultivaba una
pronunciada conciencia nacional. Los prejuicios étnicos y las traumáticas
experiencias vividas durante la Segunda Guerra Mundial se habían graba-
do profundamente en la conciencia colectiva de los yugoslavos creando
una desconfianza latente que se expresaba abiertamente en las épocas de
crisis. 6
Desde la fundación del Estado, las élites de los diversos pueblos yugos-
lavos se habían ido quejando cada vez más de supuestos perjuicios y exigi-
do más presencia en la política federal. El federalismo, que al principio sólo
figuraba en el papel, se convirtió en los años sesenta en un refinado sistema
de representación étnica en los órganos superiores de decisión política de
la federación y sus repúblicas. En virtud de una reforma constitucional los
partidos y el Estado fueron completamente federalizados en 1974, y algunas
decisiones importantes, entre ellas la secesión o la modificación de las fron-
teras, debían tomarse de común acuerdo entre los distintos pueblos del Es-
tado.Tito concedió a las repúblicas y a las provincias autónomas unos dere-
chos tan amplios que incluso se ha hablado de sobrefederalización. Por
ejemplo, las repúblicas podían vetar individualmente las decisiones de la fe-
deración, un derecho del que hicieron gran uso, sobre todo en los años
ochenta. Debido a ello, el gobierno federal acabó siendo inoperante.'
Sin duda, detrás de los impulsos autonomistas de los pueblos y repúbli-
cas había distintas visiones políticas pero también intereses sociales y eco-
nómicos.Yugoslavia adoleció desde su fundación de unas diferencias extre-
mas en cuanto al desarrollo de sus regiones, desigualdades que tampoco
allanó la forzada política industrializadora de Tito en los años sesenta y se-
tenta. Muchos conflictos surgieron de los abruptos desniveles económicos
que recorrían el país de noroeste a sudeste. Entre Eslovenia y Kosovo, dos
r egiones con aproximadamente la misma cantidad de habitantes (1,9 mi-
llones), la diferencia de ingresos era máxima. En 1989 la renta de Eslovenia
ascendía a 36,55 millones de dinares, mientras que la de Kosovo era tan
sólo de 3,97 millones. 8 Las luchas estructurales por la distribución de la ri-
queza entre las zonas ricas y las zonas pobres del país se agudizaron en los
años setenta al ralentizarse el crecimiento económico. Entre 1980 y 1986
el producto interior sólo creció un 0,6 % anual y la renta real fue en 1985
un 27 % inferior a la de 1979. La duradera crisis socioeconómica sometió a
Yugoslavia a una dura prueba: cada vez menos gente estaba dispuesta a
158 Sociedades en guerra civil

compartir su bienestar y las crecientes preocupaciones sociales predispo-


nían a los nuevos nacionalismos.
Además, el vuelco de la situación política mundial a mediados de los
años ochenta aceleró el desmoronamiento total de las estructuras yugos-
lavas. La condición de país no alineado con ningún bloque y la autono-
mía administrativa socialista, columnas centrales del pacto estatal, se de-
rrumbaron con el final del conflicto Este-Oeste. Sobre el telón de fondo
de una profunda crisis de identidad, la lengua, la nación y la religión se
convirtieron en los puntos de referencia más importantes para mucha
gente. La liberalización del sistema político llevada a cabo tras la muerte
de Tito en 1980 ofreció abiertas posibilidades de articulación a los nue-
vos movimientos nacionalistas. La crítica y la exasperación por el despre-
cio que la política federal había mostrado durante años por los intereses
nacionales se propagaron sobre bases cada vez más amplias en todas las
repúblicas.
Cuando en 1990 tuvieron lugar las primeras elecciones democráticas
fueron los partidos y coaliciones de orientación burguesa o nacional los
que formaron gobierno. La alianza de partidos «Demos» en Eslovenia y el
HDZ en Croacia trabajaron desde el momento de su acceso al poder por la
autodeterminación de sus repúblicas.
Después del fracaso de los últimos intentos de mediación de la UE los
eslovenos y los croatas se declararon independientes el 25 de junio de
1991; pocos meses después les siguieron Bosnia-Herzegovina y Macedonia.
Serbia y Montenegro fundaron una nueva federación yugoslava, la Repúbli-
ca Federal de Yugoslavia.

3. LAS FASES DE LA GUERRA YUGOSLAVA

Inmediatamente después de su declaración de independencia, a prin-


cipios del verano de 1991, estallaron en Eslovenia y Croacia los primeros
choques entre los ejércitos de las repúblicas, el ejército de la federación
yugoslava y los guerrilleros serbios. En pocos meses los conflictos por la
herencia de Yugoslavia crecieron hasta convertirse en una guerra de pro-
porciones insospechadas. Mientras que los dirigentes de las repúblicas de
Eslovenia y Croacia apelaban al derecho de autodeterminación de los
pueblos garantizado por la ONU, los dirigentes serbios y la armada fede-
ral yugoslava sostenían, por el contrario, que las fronteras de Yugoslavia
establecidas por la constitución vigente y reconocidas internacionalmen-
te no podían ser modificadas de forma unilateral, sin el consentimiento
de todos los pueblos del Estado. Los serbocroatas y serbobosnios amena-
zaron con escindirse de Croacia y Bosnia-Herzegovina en el caso de que
La guerra civil en Yugoslavia 159

estas repúblicas abandonasen Yugoslavia. Exigían —igual que antes Eslo-


venia y Croacia— hacer realidad su derecho de autodeterminación. An-
tes de la guerra vivían alrededor de 600.000 serbios en Croacia y cerca
de 1,4 millones en Bosnia. En Zagreb y Sarajevo, mientras tanto, los man-
datarios sostuvieron la legitimidad jurídica y la integridad territorial de
sus repúblicas. Las preguntas centrales en la fase de desintegración de Yu-
goslavia eran, por lo tanto: ¿cómo debía interpretarse el derecho de auto-
determinación de los pueblos reconocido internacionalmente? ¿Dónde
debían situarse las fronteras entre los Estados sucesores de Yugoslavia? Y,
finalmente, ¿se trataba de un conflicto interno o de un conflicto interna-
cional?
Los pareceres de los Estados de la CE al contestar estas preguntas
eran diversos. Con la excepción de Alemania creían que Yugoslavia debía
mantenerse unida para evitar sentar precedentes. Pero el ministro ale-
mán de Asuntos Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, opinaba que Yugosla-
via debía dividirse en sus componentes, las seis repúblicas, a las cuales
había que considerar, por consiguiente, sujetos autónomos de derecho
internacional. De este modo, pretendía también intimidar al Ejército Po-
pular Yugoslavo. 9 Bajo la presión alemana, los Estados miembro de la CE
decidieron en diciembre de 1991 reconocer a las distintas repúblicas
como Estados independientes si así lo deseaban. Requisito para ello era
que los aspirantes en cuestión protegieran los derechos humanos y de las
minorías, respetaran las fronteras existentes e introdujeran principios de-
mocráticos de gobierno. En enero de 1992 Eslovenia y Croacia, y en abril
Bosnia-Herzegovina, fueron reconocidos como Estados independientes y
soberanos.'
Entre el inicio del verano de 1991 y el otoño de 1995 la guerra yugosla-
\ a tuvo tres fases:

a) La «pequeña guerra» de Esloventa (junio/julio 1991)

Los conflictos entre los dirigentes de la república de Eslovenia y el


gobierno central de Belgrado aumentaron cuando los mandatarios eslo-
venos decidieron en junio de 1991 declarar independiente la república,
abolir la constitución federal e instalar puestos aduaneros y fronterizos.
El 26 de junio el Ejército Popular Yugoslavo intervino para ocupar los pa-
sos fronterizos eslovenos. El núcleo del conflicto era la cuestión de si po-
día la república independizarse y bajo qué circunstancias. Aquí no había
minorías serbias que amenazaran, como en Croacia o Bosnia, la soberanía
t erritorial de la república, razón por la cual al cabo de pocos días se pudo
poner fin a los altercados entre el ejército federal y la defensa territorial
160 Sociedades en guerra civil

eslovena a través de la mediación de la CSCE y la UE. En el acuerdo de


Brioni del 7 y 8 de julio, eslovenos y croatas se comprometieron a dejar
en suspenso su proceso de independencia durante tres meses. Entonces
el ejército federal se retiró de Eslovenia y la guerra en esta república
prácticamente acabó.

b) La guerra en Croacia (junio/julio 1991-enero 1992; mayo y agosto


1995)

Además de la independencia, en Croacia se debatía la cuestión de las


fronteras. Como reacción a la independización de Croacia en junio 1991, la
minoría serbia proclamó una república propia y exigió la independencia.
Las milicias serbias ocuparon algunos puestos policiales y administrativos
en la Krajina y empezaron a expulsar de sus casas a las familias croatas. A
pesar del acuerdo de Brioni, los enfrentamientos armados se extendieron
hasta convertirse en una guerra convencional, en cuyo transcurso casi el
30 % del territorio croata pasó a integrar la «República Serbia de la Kraji-
na». Cuando los serbios, a quienes había apoyado el ejército federal yugos-
lavo, alcanzaron sus objetivos territoriales, la guerra podía haber acabado
transitoriamente en enero de 1992. La ONU envió tropas a la región para
mantener la paz (UNPROFOR), supervisar la desmilitarización de la Krajina
y preparar una solución política. Pero todos los intentos de encontrar una
regulación concerniente a la autonomía o a las minorías que serbios y croa-
tas pudieran aceptar fracasaron. En mayo y agosto de 1995 el ejército croa-
ta, fortalecido con los suministros ilegales de armas, inició la conquista del
territorio serbio. Al cabo de pocos días la Krajina fue ocupada y más de
170.000 serbios expulsados de Croacia. Sólo al este de Eslavonia se mantu-
vo un resto del poder serbio en Croacia."

c) La guerra en Bosnia-Herzegovina (abril 1992-noviembre 1995)

Cuando todavía se estabilizaba lentamente la situación en Croacia,


Bosnia-Herzegovina se sumergió en abril de 1992, inmediatamente des-
pués de ser reconocido Estado soberano, en una guerra de una crueldad
excepcional. Como los croatas, también los serbobosnios proclamaron su
propia república (República Serbia) y conquistaron entre abril y septiem-
bre de 1992, en una especie de guerra relámpago, casi el 70 % del territo-
rio estatal bosnio. En el plazo de pocos meses decenas de millares de per-
sonas fiieron asesinadas y millones de fugitivos tuvieron que abandonar
su patria.
La guerra civil en Yugoslavia 161

4. LA GUERRA CIVIL EN BOSNIA-HERZEGOVINA

Muchos observadores habían previsto que esta república multiétnica,


que contaba con cuatro millones y medio de habitantes, no viviría en paz
en el caso de que Yugoslavia se desintegrara, puesto que Yugoslavia no era
más que un reflejo del multicolor conglomerado de Bosnia-Herzegovina.
Según el recuento de 1991, los musulmanes constituían el 43,5 % de la po-
blación bosnia, los serbios el 31,2 %, y los croatas el 17,4 %. Tradicional-
mente, los tres pueblos de Bosnia-Herzegovina se habían repartido el poder,
ya que ejercían rotativamente la presidencia del Estado. Además, eran los tres
los que debían tomar de común acuerdo las decisiones importantes, entre
ellas la secesión o la modificación de fronteras. La liberalización del sistema
político yugoslavo, iniciada tras la muerte de Tito en 1980, coincidió con un
dramático empeoramiento de la situación económica, y el sistema de powen
sharing, que descansaba sobre el consenso interétnico, se cuestionó en la
misma medida en que la crisis de legitimidad de Yugoslavia se hacía más pro-
funda y el nacionalismo crecía. Por eso después de 1990 la clase política en
Bosnia-Herzegovina sólo se esforzó a medias en traspasar el sistema de cuo-
tas étnicas y el power-sharing a la era del pluripartidismo.
La mayoría de los 41 partidos que se formaron en 1990 en Bosnia-
Herzegovina después de la disolución de la federación de comunistas —el
partido único yugoslavo— incluía en sus programas la economía de merca-
do y la democracia. De facto, sin embargo, el paisaje pluripartidista se es-
tratificaba étnicamente y su orientación era preponderantemente naciona-
lista. Entre los grandes partidos sólo los ex comunistas y la alianza de las
fuerzas reformistas se declaraban explícitamente multiétnicos. En su con-
tra se aliaron en las primeras elecciones libres de noviembre y diciembre
de 1990 el musulmán SDA, el croata HDZ-BiH y el serbio SDS, partidos que
finalmente obtuvieron la mayoría de escaños en el parlamento bicameral
bosnio y formaron un gobierno de coalición.'
Los objetivos políticos que se habían propuesto el serbio SDS y el croa-
ta HDZ-BiH pueden reducirse simplificadamente a los conceptos de sepa-
ración étnica, administración político-territorial autónoma y unión con los
compatriotas en Serbia y Croacia. Ambos partidos se declaraban respecti-
vamente los exclusivos protagonistas de los pueblos serbio y croata. Tam-
bién el musulmán SDA, a pesar de intentar simular lo contrario en el ex-
tranjero durante la guerra, figuraba como el partido de la unión de todos
los musulmanes y sus objetivos eran claramente nacionalistas. En su pro-
grama exigía revivir la «conciencia nacional de los musulmanes bosnio-
herzegovinos» y reconocer su especificidad nacional, incluidas todas «las
consecuencias legales y políticas». Esto incluía también la atención a los
musulmanes de la provincia serbia del Sanjacado."
162 Sociedades en guerra civil

Oficialmente, el sistema de representación y decisión políticas también


debía funcionar, tras la reforma democrática, según cuotas étnicas. Por lo
que respecta a la presidencia bosnia debía componerse de dos musulma-
nes, dos serbios y dos croatas, así como un yugoslavo. En el parlamento, nin-
guno de los pueblos podía estar sobre o subrepresentado por más o menos
de un 15 %. Sin embargo, el consenso de los dirigentes nacionales estalló
pronto en diferencias de opinión fundamentales, en especial respecto al po-
der de reforma interna de Yugoslavia. Cuando los diputados musulmanes y
croatas quisieron obtener, contra la voluntad de sus colegas serbios, una re-
solución mayoritaria sobre la soberanía e independencia de Bosnia, la coali-
ción de gobierno se rompió. Los parlamentarios serbios argumentaron que
el SDA y el HDZ habían vulnerado el consenso histórico de los pueblos de
Bosnia, establecido firmemente en la constitución. Como protesta, abando-
naron el gobierno y el parlamento y empezaron a erigir estructuras estata-
les paralelas. Fundaron un contraparlamento que se pronunció por la per-
manencia de la república en un renovado Estado federal yugoslavo."
La cuestión de la independencia de Bosnia estaba estrechamente re-
lacionada con la de la construcción del Estado. A este respecto las coali-
ciones naturalmente variaron. Sólo los musulmanes querían mantener
Bosnia-Herzegovina como un Estado centralista multiétnico y con las fron-
teras que ya tenía. Los serbios y los croatas, por su parte, apoyaban la can-
tonización o federalización de la república según criterios étnicos, postura
tras la que se ocultaba la intención de reunir a corto plazo los territorios
serbios y croatas con sus respectivas «madrepatrias»: las repúblicas serbia
y croata. La federalización étnica de Bosnia aparecía como problemática, ya
que en la multiétnica zona bosnia no se podía delimitar ningún cantón na-
cional homogéneo. Cualquier trazado de fronteras hubiera convertido al
menos a 1,5 millones de personas (un tercio de la población bosnia total)
en una minoría en cada una de sus respectivas particiones territoriales o
cantones.' Las familias étnicamente mixtas hubieran tenido que ser dividi-
das o asimiladas.
Los musulmanes hubiesen sido los auténticos perdedores de una fede-
ralización por criterios étnicos. De entrada, sus asentamientos se esparcían
por todo el territorio de la república, con lo cual aparecían grandes con-
centraciones de población musulmana en las ciudades. En cantones defini-
dos étnicamente, los serbios y los croatas, que como mínimo se habían
agrupado más compactamente en algunas regiones, hubieran dominado
con claridad. Además, los musulmanes temían tener que actuar también a
la defensiva en política exterior, ya que Serbia y Croacia habían adoptado
el rol de potencias protectoras de sus compatriotas en Bosnia-Herzegovi-
na. En cualquier caso, una estructuración por etnias de la república hubiera
elevado la posibilidad de influencia de intereses externos.
La guerra civil en Yugoslavia 163

Tras la desintegración de la coalición gubernamental y del parlamento


en octubre de 1991, la fragmentación étnica se extendió a todos los ámbi-
tos de la vida pública, política y económica. Los líderes de los partidos na-
cionales empezaron a armar a «sus» grupos étnicos y a formar sus propios
ejércitos, lo que condujo a una lógica atomización del poder militar. No
sólo cada comunidad sino también cada localidad organizaron su propia
defen.sa, definida étnicamente. Aunque la situación de la seguridad ya em-
pezó a deteriorarse en otoño de 1991, el gobierno bosnio reaccionó con
lentitud. Los primeros enfrentamientos violentos entre miembros de et-
nias distintas ya habían tenido lugar en septiembre. En la frontera con
Croacia y Montenegro hubo intercambio de disparos. En el transcurso del
invierno las tensiones se estancaron, especialmente después de que la CE
decidiera en enero de 1992 que antes del reconocimiento de Bosnia
como Estado independiente tenía que celebrarse un referéndum. Éste, ce-
lebrado el 29 de febrero y el 1 de marzo, fue boicoteado por los serbios.
De una participación del 64 % de los ciudadanos con derecho a voto, el
99 % se pronunció por la independencia y soberanía de su república. El 6
de abril de 1992 la CE reconoció a Bosnia-Herzegovina como Estado inde-
pendiente.
Ya en la noche del uno de marzo los serbios levantaron las primeras ba-
rricadas en Sarajevo y otros lugares con el fin de aislar a la capital del in-
terior del país. Los croatas y los musulmanes también bloquearon varias
calles. Las primeras acciones bélicas de envergadura se produjeron en dife-
rentes regiones estratégicamente interesantes algunos días antes del reco-
nocimiento internacional del Estado bosnio. Fueron atacadas Bosanski
Brod (27 de marzo), Bijeljina (2 de abril), Kupres (4 de abril), Fona (8 de
abril), Zvornik (8 de abril), Vilegrad (13 de abril), Brtchko (30 de abril) y
Prijedor (30 de abril). Las fronteras norte y este de Bosnia-Herzegovina
quedaron, así, bajo control serbio, mientras que la Bosnia central, el núcleo
del país, quedaba bajo el dominio de las tropas musulmanas y croatas. En-
tre los meses de abril a junio de 1992 los serbios tomaron el este de Bos-
nia, el corredor septentrional, la Herzegovina oriental y la Krajina serbia, es
decir, alrededor del 70 % del territorio bosnio. El presidente Alija Izetbego-
vitch amenazó el 8 de abril con declarar el estado de guerra pero éste no
fue proclamado hasta el 20 de junio de 1992, tres meses después del co-
mienzo de la guerra bosnia. En ese momento los serbios y los croatas ya ha-
bían conquistado grandes zonas del país.
164 Sociedades en guerra civil

5. OBJETIVOS BÉLICOS DE LAS PARTES IMPLICADAS EN EL CONFLICTO BOSNIO

a) Objetivos bélicos de los serbobosnios y su ejército

Los serbios nunca definieron la guerra yugoslava como una guerra de


agresión, sino como una guerra en la que luchaban por la permanencia en
un Estado común. Oficialmente se declaraba que el pueblo serbio quería
permanecer en un Estado yugoslavo junto con los serbios de Croacia, Ser-
bia y Montenegro.' A diferencia de lo que después afirmarían sus adversa-
rios, jamás se completó un programa panserbio para la unión de los terri-
torios serbios al cual se adhirieran todas las instancias serbias decisivas. El
«memorándum» secreto de la Academia Serbia de las Ciencias, dado des-
pués a conocer y considerado el plan maestro serbio para la conquista de
los países sudeslavos, exigía muy vagamente el «establecimiento de la ple-
na integridad nacional y cultural del pueblo serbio, al margen de la repúbli-
ca o provincia en que se encuentre»." En la fase de desintegración de Yu-
goslavia esto significó en concreto lo siguiente: en primer lugar no debía
degradarse a los serbios —reconocidos antes de la guerra también en Croa-
cia y Bosnia-Herzegovina como nación con derecho a Estado— a ser una
«minoría», sino hacer realidad su derecho de autodeterminación mediante
la fundación de un Estado propio. En segundo lugar, los serbios de las dis-
tintas regiones tenían que disponer del derecho a cooperar entre ellos has-
ta el momento de la unificación en un Estado. Partiendo de este mínimo
consenso, sin embargo, entraron en circulación varios conceptos políticos.
Las opciones más aludidas al comienzo de la guerra eran:

• un gran Estado central serbio;


• una (con)federación panserbia, integrada por Serbia, Montenegro, los
territorios serbios de Croacia y Bosnia;
• repúblicas serbias con una gran autonomía dentro de Croacia y Bos-
nia, repúblicas que, sin embargo, se relacionarían estrechamente con
Yugoslavia (que desde 1991 sólo constaba de Serbia y Montenegro), 18
así como (al menos en tanto que alternativa atractiva);
• la agrupación de los territorios serbocroatas y bosniocroatas en un
Estado propio, independiente de Yugoslavia.

Ninguno de estos conceptos de unificación dejaba claro por dónde de-


bían pasar las fronteras de un futuro gran Estado serbio o de una federación
yugoslava reducida. En Belgrado circularon mapas en los que la «Gran Ser-
bia» (siguiendo los postulados de los nacionalistas serbios, los tcheknicks,
durante la Segunda Guerra Mundial) se extendía hasta la frontera con Istria,
mientras otros planes se contentaban con objetivos territoriales mucho más
La guerra civil en Yugoslavia 165

modestos. Por ejemplo, el artículo 2° de la constitución de la «República Ser-


bia de Bosnia-Herzegovina», proclamada en enero de 1992, definía vagamen-
te el territorio del Estado como el «territorio de las entidades étnicas serbias,
incluidas las regiones en las que se hubiera cometido genocidio contra el
pueblo serbio». 19 Aquí se refleja de nuevo el corriente convencimiento de
que la nación serbia no sólo unificaría su origen e historia comunes, sino
también, y precisamente, el territorio en el que vive el pueblo serbio, en el
que moraron sus antepasados y en el que se encuentran los lugares histórica-
mente simbólicos. En principio, pues, todas las opciones quedaban abiertas.
Sin embargo, inmediatamente antes de la guerra y durante su transcur-
so, las ambiciones territoriales serbias se concretaron progresivamente y
se modificaron en parte, ya que no derivaban sólo de planes nacional-polí-
ticos (la fundación de un Estado panserbio) sino también de consideracio-
nes estratégicas (capacidad defensiva) e intereses económicos (reparto de
los recursos). A todo esto se añadía el más realista cálculo político, que en
ciertos extremos se adaptaba a los acontecimientos militares (relativa for-
taleza del antagonista, presión de la comunidad internacional). Por eso tam-
bién se quería controlar, además de los asentamientos serbios, otros territo-
rios importantes estratégicamente en los que la población serbia no era
mayoritaria. El mando serbobosnio siempre destacó que lo prioritario para
los serbios de Bosnia no era conquistar territorios sino asegurar la capaci-
dad estratégica de supervivencia del Estado serbobosnio.
Desde el otoño de 1991 pueden distinguirse las siguientes etapas en el
camino hacia la fundación de un Estado serbobosnio:

La fragmentación del monopolio estatal del poder: los serbios pro-


clamaron a mediados de septiembre de 1991 cuatro territorios autónomos
en Bosnia (el oblast autónomo de Srpska) que abarcaban 32 comunidades:
el territorio autónomo de la antigua Herzegovina oriental (12 de septiembre
de 1991), el territorio autónomo de la Krajina bosnia (16 de septiembre de
1991), el territorio autónomo de Romanija (17 de septiembre de 1991), así
como el territorio autónomo de la Bosnia nororiental (19 de septiembre
de 1991). Poco tiempo después se fundaron los territorios autónomos de
Bosnia del norte y Bihac. En estos territorios se armó a los civiles, se arre-
bató el poder a los órganos comunales y diversos puntos estratégicamen-
te importantes fueron sometidos al control de la policía y los militares ser-
biOS. 20
Declaración de independencia: el 9 y 10 de noviembre de 1991 el par-
tido serbobosnio SDS organizó un referéndum entre los serbios de Bosnia
en que el 98 % se pronunció por una república serbobolnia independien-
te. Como dominio, la «Asamblea del pueblo serbio en Bosnia-Herzegovina»
le asignó, el 21 de noviembre de 1991, las comunidades pertenecientes a
166 Sociedades en guerra civil

los territorios serbios autónomos. El 21 de diciembre de 1991 el parlamen-


to serbio anunció la fundación de un Estado serbio dentro de la república
y proclamó, el 9 de enero de 1992, la «República Serbia de Bosnia-Herzego-
vina» (más tarde llamada «República Serbia»). El 7 de abril de 1992 esta re-
pública se declaró independiente.
Construcción de estructuras cuasiestatales: la Asamblea del Pueblo
Serbio se dio un gobierno propio ya el 21 de diciembre de 1991. 2' El 28 de
febrero de 1992 el para-Estado proclamó una constitución propia. 22 Paso a
paso, las formaciones paramilitares se transformaron en un ejército riguro-
samente organizado. Al mismo tiempo, se consolidaron los sistemas admi-
nistrativos y económicos regionales.
Homogeneización étnica: tras la toma del poder en las regiones autó-
nomas se inició una política intransigente de estandarización étnico-
cultural. El ejército popular yugoslavo y/o militares serbios se apoderaron
del control de los nudos de comunicaciones más importantes. Se exigió a
croatas y musulmanes que entregaran sus armas. Los alcaldes no serbios
fueron obligados (por ejemplo en Prijedor) a anunciar por radio su dimi-
sión, y otros líderes de opinión (profesores, médicos y otros) fueron dete-
nidos. 23 Todos los símbolos y nombres no serbios fueron desterrados de la
vida pública. Los no serbios fueron expulsados o sometidos a leyes racia-
les; iglesias, mezquitas y otros patrimonios culturales fueron sistemática-
mente destruidos.
Unión política de los asentamientos serbios: la voluntad de unión po-
lítica se declaró oficialmente varias veces desde la segregación de la repú-
blica serbia de Bosnia. 24 En el convenio de Prijedor los serbios de Bosnia y
Croacia acordaron, el 31 de octubre de 1992, coordinar mejor en el futuro
sus «entidades estatales». Para acelerar la unificación estatal, los parlamen-
tos serbobosnio y serbocroata promulgaron, en noviembre de 1992, la for-
mación de una «Unión de los Estados Serbios». Su objetivo era, entre otros,
establecer un compacto espacio económico de los asentamientos serbios
en Croacia, Bosnia-Herzegovina y Serbia. Pero, sobre todo, la estandariza-
ción de los sistemas económico, político y cultural debía establecer unos
«hechos consumados» en vistas a la futura unificación estata1. 25

b) El papel del Ejército Popular Yugoslavo

Los serbobosnios deben sus rápidos éxitos militares al hecho de que el


Ejército Popular Yugoslavo (EPY) les apoyara militar, logística y financiera-
mente. El EPY era la fuerza más potente y mejor pertrechada y armada de
la antigua Yugoslavia. De acuerdo con la doctrina militar yugoslava de la
«defensa popular total», de 1969, la defensa del país constaba de dos com-
La guerra civil en Yugoslavia 167

ponentes: por un lado un ejército regular, el Ejército Popular Yugoslavo y,


por otro, una defensa territorial al modo partisano, movilizable a corto pla-
zo y bajo supervisión de las repúblicas. La idea básica era involucrar en la
defensa del país a las capas de la población más amplias posible. De ahí
que el artículo 82 de la ley de defensa de 1969 formulara «el derecho y el
deber» de cada ciudadano yugoslavo de apoyar todas las actividades desti-
nadas a la defensa del país. 26 En todas las repúblicas, las armas se almacena-
ban en grandes cantidades en depósitos comunitarios con el fin de poder
entregarlas a reservistas y voluntarios en caso que el Ejército Popular lo ne-
cesitara.
Ya en otoño de 1991 el mando del EPY había empezado a movilizar a
los serbios para la defensa territorial y a repartir armas a los voluntarios. 27
Suobjetivalprnc desitgracónYuolvmEs-
tado y así poder subsistir como una institución de todos los yugoslavos.
Tras el estallido de los primeros enfrentamientos armados en Eslovenia
y Croacia a comienzos del verano de 1991, el EPY perdió su carácter su-
praétnico y pasó a estar cada vez más fuertemente dominado y orientado
ideológicamente por los serbios. Muchos generales y oficiales no serbios
abandonaron el EPY y se adhirieron a los recién constituidos ejércitos de
las repúblicas. Cuanto más avanzaba la disolución de Yugoslavia, más claro
vio la plana mayor del ejército que, a fin de cuentas, su misión consistía
prioritariamente en «proteger» o apoyar masivamente a los serbios. 28 A este
objetivo se ajustó la estrategia del EPY. Siempre que fuera posible, el EPY
debía cooperar con unidades militares serbias. 29
Así pues, el EPY contribuyó activamente a la construcción del ejército
serbobosnio,' surgido de las unidades serbias de la defensa territorial y de
parte del EPY. Cuando el ejército yugoslavo, a exigencias de la presidencia
bosnia, se retiró de Bosnia-Herzegovina el 19 de mayo de 1992, cedió la ma-
yor parte de sus armas y de su equipo a las tropas serbias. 31 Así, el 2° sector
militar del EPY prácticamente se transfirió al nuevo ejército yugoslavo. El
comandante general Ratko Mladic fue nombrado jefe del Estado mayor. 32
Soldas,civeyfdlEPYnacioseBdbrnpmae-
cer en sus puestos y constaron como miembros registrados del EPY. Al res-
to se le concedió la posibilidad de abandonar el servicio y regresar a Yu-
goslavia. A los oficiales, que eran simultáneamente miembros del ejército
serbobosnio y del EPY, se les pagaba desde Belgrado. 33 Por lo tanto, ambos
ejércitos estaban organizativa, logística, financiera y militarmente unidos.
Así pues, el ejército serbobosnio se convirtió en la fuerza armada me-
jor equipada y organizada. En abril de 1994 sus fuerzas habían alcanzado
casi los 100.000 hombres, de los que 33.000 eran personal permanente y
P .5.000, reclutas. Aproximadamente 25.000 oficiales y soldados de rem-
plazo provenían de Serbia y Montenegro, a los que se añadían cerca de
168 Sociedades en guerra civil

4.000 voluntarios y miembros de unidades especiales de Serbia, así como


aproximadamente de 1.000 a 1.500 voluntarios de Rusia, Ucrania y Bulga-
ria. 34

c) Los objetivos bélicos de los serbocroatas y el papel del Consejo de De-


fensa Croata (HVO).

Al avance de los serbios y del EPY se opusieron las unidades croatas y


musulmanas, en un principio coaligadas pero después también enfrentadas
entre ellas porque, igual que los serbios, los musulmanes y los croatas in-
tentaron asimismo someter a su solo control y homogeneizar étnicamente
determinadas regiones. Al igual que los serbios, también los bosniocroatas,
guiados por el Partido de la Comunidad Democrática Croata (HDZ), perse-
guían desde el principio el objetivo de fusionarse políticamente con su
madre patria (Croacia). En noviembre de 1991 fundaron el territorio autó-
nomo de Herzeg Bosna, al que se atribuyó funciones de Estado." En el
transcurso del período 1991/1992 fundaron también, junto con el Consejo
de Defensa Croata (HVO), un poder militar propio que desplegó unidades
armadas en las comunidades de Bosnia y Herzegovina habitadas por croa-
tas. Estas tropas croatas, que al principio mostraron unas estructuras simi-
lares a las de la milicia, se convirtieron posteriormente en un ejército rígi-
damente organizado. En poco tiempo se construyeron, siguiendo una
sistemática parecida a la de los territorios serbios, unas estructuras cuasies-
tatales que también sobrevivieron al tratado de paz firmado en 1995. En
abril de 1992 el Consejo de Defensa Croata comandaba casi 37.000 solda-
dos, a fines de 1992, cerca de 45.000 a los que se añadían varios miles de
voluntarios. El alto mando, con sede en Grude (al oeste de Herzegovina),
era ejercido por el «presidente» del para-Estado Herzeg Bosna. 36 Aunque lo
negara, el gobierno croata apoyó a los bosniocroatas en la instrucción, el
armamento y la logística. El ejército croata envió entre 15.000 y 20.000
hombres a la Herzegovina occidental para apoyar al HVO. 37
Después de la proclamación del Estado croata Herzeg Bosna el 3 de ju-
lio de 1992, los comandos croatamusulmanes, existentes desde el estalli-
do de la guerra, fueron disueltos. El HVO intentó, cada vez más abiertamen-
te, obtener el control único de la Posavina y de la Herzegovina occidental,
donde los croatas eran mayoría y cuyos asentamientos lindaban con Croa-
cia. La alianza militar de musulmanes y croatas contra los serbios se hizo
pedazos. A principios de 1993 empezó la llamada «segunda guerra» entre
los otrora aliados. El HVO, de forma ya totalmente manifiesta, intentó con-
quistar los asentamientos de mayoría musulmana fuera de las tierras de
procedencia de los croatas. Sólo a principios de 1994 se zanjó, con la me-
La guerra civil en Yugoslavia 169

diación internacional, la guerra entre musulmanes y croatas y se fundó una


federación política. Desde la paz de Dayton de noviembre de 1995 la fede-
ración de Bosnia-Herzegovina constituye uno de los dos Estados bosnios,
llamados «entidades».

d) Los objetivos bélicos de los musulmanes y el papel del ejército del


gobierno bosnio.

El gobierno bosnio intervino en la guerra mucho peor preparado y


equipado que los otros bandos. 38 Entre otros motivos porque las concep-
ciones políticas de los musulmanes eran más heterogéneas que las de ser-
bios y croatas, y el objetivo político de una posible guerra era controverti-
do. ¿Debía convertirse Bosnia-Herzegovina en una pequeña Yugoslavia, en
un Estado nacional exclusivamente musulmán o en una república islámica?
Manto a nivel de la república como de muchas comunidades el gobierno
musulmán se paralizó a causa de las divergencias de orientación entre pro-
yugoslavos, nacionalistas bosnios e islamistas. Además, los musulmanes no
disponían de ningún poder militar fuerte. En la primavera de 1992, la de-
fensa territorial de Bosnia-Herzegovina, sometida formalmente al mando
de la república, se desintegró en subgrupos nacionales. La presidencia
bosnia ejerció su mando sobre ellos sólo en regiones limitadas. En nume-
rosos territorios de mayoría musulmana, por el contrario, se formaron uni-
dades paramilitares. Muy lentamente pudo el ejército de Bosnia-Herzegovi-
na organizarse y consolidarse. Serbios y croatas aprovecharon este período
de vacío militar y político para fortalecer sus posiciones de poder local.
El 4 de abril de 1992 la presidencia bosnia ordenó la movilización gene-
ral de la defensa territorial. En 75 de las 109 comunidades se crearon unida-
des militares. El 15 de abril de 1992 se constituyó formalmente bajo el alto
mando de la presidencia bosnia, el «Ejército de Bosnia-Herzegovina». Se exi-
gió a todos los miembros del Ejército Popular, así como a las diversas forma-
ciones paramilitares, que se alistaran en el ejército bosnio y se sometieran a
su mando. 39 Pero por lo general croatas y serbios no obedecieron sino que
se adhirieron al HVO o al ejército serbobosnio. Sólo al cabo de varios meses
de guerra el ejército bosnio sobrepasó los 80.000 soldados.
El objetivo declarado de la presidencia bosnia era reclamar nuevamen-
te la soberanía sobre la totalidad del territorio bosnio y proteger la integri-
dad territorial de las fronteras del Estado. Al principio, sus tropas mal per-
trechadas estuvieron a la defensiva casi en todas partes pero, poco a poco,
disciplinando a su ejército y recibiendo armas del extranjero, consiguieron
recuperarse del retraso militar. Cuando la fortuna de la guerra se giró a su
favor en el transcurso del año 1993 también actuaron ofensivamente con-
170 Sociedades en guerra civil

tra las otras partes. Los objetivos principales eran romper el cerco de Sara-
jevo, reconquistar la Bosnia central y abrir un corredor hacia el Adriático.

6. LA «LIMPIEZA ÉTNICA»

La historia y el presente conocen —en y fuera de los Balcanes—nume-


rosos casos de «limpiezas étnicas», o sea, intercambios de población, destie-
rro, deportación, asimilación o genocidio. 4° En general, el concepto «limpie-
za étnica» define el uso de la violencia y la intimidación para expulsar a
«personas de otra filiación étnica o religiosa de un determinado territorio»."
Según la concepción etnocultural de nación que surgió en Alemania
en el siglo xtx, y que muchos países de la Europa sudoriental adoptaron, la
nación se entendía en primer lugar como comunidad de cultura y proce-
dencia. 42 En la época del despertar nacional, y bajo el influjo cultural de
Herder, las élites del sudeste europeo adoptaron este concepto de nación.
Por motivos históricos, en Estados como Francia o Gran Bretaña la nación se
entendía sobre todo políticamente: la base de la nación debían formarla las
tradiciones comunes, los valores y las instituciones, no los criterios étnicos.
En cambio, en el sudeste europeo, bajo dominio extranjero durante si-
glos, no había ninguna tradición política o estatal moderna sobre la que hu-
bieran podido basarse las élites. Consiguientemente, cuando en el último
tercio del siglo xix o, mejor, después de la Primera Guerra Mundial, los Esta-
dos balcánicos lograron su independencia, los líderes políticos se basaron
en que Estado y nación eran idénticos y en que esta última se definía etno-
cultural o biológicamente. Por eso, durante la guerra de los Balcanes de
1912-1913 y después de la Primera Guerra Mundial, se inició en las regio-
nes étnicamente mixtas del sudeste europeo una cadena de migraciones
masivas organizadas y de expulsiones étnicas. 43
Detrás de las «limpiezas étnicas» yacía un nacionalismo extremo, exclu-
sivo. Sin embargo, tanto entonces como ahora, tenían menos que ver con
persecuciones étnico-raciales en sí que con incremento del poder, consti-
tución del Estado, formación del gobierno y expansión territorial. Los moti-
vos ideológico-raciales o la voluntad de destruir una cultura sólo tenían un
papel si podían instrumentalizarse en pro de estos objetivos. Cuanto más
homogénea es una región más fácil es controlarla y envolverla en nuevas
relaciones de poder. Las «limpiezas étnicas», por lo tanto, surgieron en una
conexión funcional con objetivos bélicos estratégicos y no fueron simple-
mente consecuencia o fenómenos secundarios de la guerra. Como el en-
viado especial de la comisión de derechos humanos de la ONU para Yugos-
lavia, Tadeusz Mazowiecki, destaca, las «limpiezas étnicas» «no fueron la
consecuencia..., sino... el objetivo de esta guerra»."
La guerra civil en Yugoslavia 171

En la «homogeneización» étnica de las regiones se cometieron graves


infracciones contra el derecho de guerra internacionalmente válido, así
como crímenes contra la humanidad, los cuales pueden caracterizarse, por
consiguiente, como «instrumento» de guerra. Entre ellos, el asedio y bom-
bardeo arbitrario de ciudades (por ejemplo de Sarajevo, Mostar, Forras y
otras), los ataques planificados a viviendas, la destrucción calculada de igle-
sias, mezquitas y otros edificios culturales que simbolicen la identidad étni-
ca, la devastación sistemática (le centros urbanos históricos, las torturas, la
mutilación y el asesinato de miembros de las etnias perseguidas, el interna-
miento de combatientes y civiles de todas las edades y ambos sexos en
campos de prisioneros, las ejecuciones masivas, la violación de mujeres, la
confiscación de propiedades (casas, fincas, aperos agrícolas y objetos per-
sonales) y las deportaciones."
Respecto a la sistemática de las expulsiones étnicas no cabe ninguna
duda." Los sistemas no sólo militar y político sino también cultural, econó-
mico y simbólico debían ser destruidos, con el fin de que los fugitivos y ex-
pulsados no pudieran regresar nunca. La identidad etnocultural de las per-
sonas y sus formas de expresión religiosa se convirtieron en el blanco.
Centenares de mezquitas, iglesias católicas y ortodoxas y sinagogas fueron
destruidas en el transcurso de la guerra. Los monumentos culturales del is-
lam europeo recibieron los daños más graves. De las mezquitas de varias
ciudades, entre otras Doboj, Farra, Donji Vakuf y Rogatica, no queda en pie
ni un solo minarete. En Banja Luka ninguno de los 16 templos ha sobrevivi-
do a la guerra. Pero también otros edificios históricos, cementerios, biblio-
tecas y archivos de Bosnia fueron premeditadamente destruidos con el
objetivo de dañar la identidad etnicocultural y social de los habitantes.
Además de los centros urbanos, las mezquitas y demás construcciones,
también los centros de comunicación históricos fueron destruidos y las re-
laciones interétnicas y comunes cortadas.Y puesto que la identidad étnica
y cultural de las personas está estrechamente ligada a su «kufa» (que en ser-
bocroata significa «casa» y «hogar») las casas fueron arrasadas hasta sus ci-
mientos. 47
F Los actos de terror eran protagonizados con frecuencia por milicias.
Antes y durante la guerra surgieron en todas las zonas de Yugoslavia nume-
rosos grupos paramilitares compuestos por voluntarios, policías locales,
miembros de ejércitos regulares, partidos políticos o líderes militares de
determinadas regiones."
La relativa eficiencia de la política serbia de expulsiones en determina-
das regiones hay que atribuirla esencialmente a la claridad de su objetivo
político (la creación de un Estado panserbio), a su preponderancia militar
y a la existencia de estructuras organizativas y logísticas que, comparativa-
mente, funcionaban bien. Allí donde estaban suficientemente armados y
172 Sociedades en guerra civil

organizados, también los croatas y musulmanes emprendieron «limpiezas


étnicas». Así que en el transcurso de la guerra todos los pueblos —en dife-
rentes medidas— fueron autores y víctimas de expulsiones étnicas. En ori-
gen, la etnia objeto de la política de expulsión fueron los musulmanes pero
también hubo serbios y croatas entre los afectados.
Al comienzo de la guerra ya se puso en marcha un movimiento migra-
torio gigantesco. Según las informaciones del UNHCR, en junio de 1992
1,4 millones de yugoslavos ya habían emprendido la huida. A finales de
1992 la cifra había superado los dos millones. En el verano de 1993, la raya
de los cuatro millones. Hoy en día Bosnia-Herzegovina está dividida en va-
rias regiones cuya homogeneización étnica por serbios, croatas o musul-
manes está muy avanzada.

7. LA REACCIÓN DE LA COMUNIDAD INTERNACIONAL

La comunidad internacional se vio impotente ante la guerra de sece-


sión yugoslava. Innumerables organizaciones internacionales, gobiernos
nacionales y enviados especiales intentaron mediar entre las partes en
conflicto. Sin embargo, a causa de una larga serie de errores de apreciación
y negligencias, intereses nacionales contrapuestos y también problemas de
coordinación y disputas de competencias, los intentos de mediación fue-
ron poco entusiastas y contradictorios. 49
Al principio, la comunidad internacional aplicó la coacción: con la ayu-
da del embargo económico se haría doblar la rodilla a Serbia y Montene-
gro, culpables principales del conflicto yugoslavo según el Consejo de Se-
guridad de la ONU. En mayo de 1992 se decretó un extenso paquete de
medidas que precipitó a Yugoslavia a un aislamiento casi completo y a una
profunda crisis económica. Simultáneamente, los mediadores internaciona-
les debían buscar una solución negociada. Responsable de ello fue la Con-
ferencia Internacional por Yugoslavia (ICFY), una institución común a la
UE y a la ONU, establecida en Ginebra en agosto de 1992 como organiza-
ción permanente. En 1994 la dirección de las negociaciones en Bosnia
recayó en un grupo de contacto formado por representantes de Estados
Unidos, Rusia, Francia, Gran Bretaña y Alemania. Pero a causa de las irre-
conciliables posiciones de los implicados, las negociaciones desemboca-
ron en un callejón sin salida. Mientras los representantes de los bosniomu-
sulmanes querían fundar un Estado multiétnico central, los líderes de los
serbocroatas y bosniocroatas exigían una confederación de tres Estados
nacionales, uno serbio, uno croata y uno bosniomusulmán. Los serbios y
los croatas todavía abrigaban el deseo de unificar sus respectivos asenta-
mientos con la madre patria, mientras que los bosniomusulmanes confia-
La guerra civil en Yugoslavia 173

ban a largo plazo en llevar la voz cantante, como grupo de población más
numeroso, en un Estado central.
Cuanto más duraba la guerra, con más fuerza se adaptaban las pro-
puestas de paz internacionales a los hechos consumados por las acciones
militares y los movimientos de refugiados. Paulatinamente, se impuso el
criterio serbio y croata de dividir étnicamente Bosnia-Herzegovina. El plan
de paz presentado por los mediadores de la ONU y la UE, Cyrus Vance y
Lord David Owen, en 1992-1993 fue el último intento de mantenerlas
como Estado unitario. Preveía descomponer el Estado en diez regiones au-
tónomas pero étnicamente mezcladas bajo un gobierno central común. Se
prohibía la anexión de territorios aislados a los Estados vecinos, cosa que
los serbobosnios no quisieron aceptar. Así pues, en el verano de 1993 se
elaboró la propuesta de una confederación bosnia triestatal (plan
Owen/Stoltenberg). Bosnia-Herzegovina se convertiría en una union de
tres Estados, musulmán, croata y serbio. Después de un período de transi-
ción, cada uno de los tres Estados mantendría la opción a decidir sobre su
anexión a las repúblicas vecinas. Pero esta vez fueron los musulmanes
quienes rehusaron.
Desde 1994 el grupo de contacto compuesto por representantes de Es-
tados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Alemania y Rusia trabajó en un plan
que contemplaba mantener formalmente el pequeño Estado pero dividido
en dos mitades. Bosnia se convertiría en una unión de dos Estados confe-
derados con un gobierno central común. La federación croatamusulmana,
creada en febrero de 1994, administraría el 51 % del territorio del Estado, la
república serbobosnia el 49 %. Pero esta última rechazó obstinadamente
contentarse con el territorio previsto para ella. A comienzos de 1995 se
veía claramente que también esta iniciativa había fracasado. Sólo a finales
de año se colocaría la primera piedra para la paz.
Al renunciar al uso de la violencia militar, la guerra yugoslava se conci-
bió más como una guerra humanitaria que como un problema de seguri-
dad política. A comienzos del año 1992 la ONU envió tropas de pacifica-
ción a Croacia y en el verano también a Bosnia-Herzegovina. En Bosnia, en
principio, sólo debían colaborar en la distribución de la ayuda humanitaria.
Por la resolución 761 se le confió la seguridad del aeropuerto de Sarajevo
con el fin de posibilitar el suministro de asistencia humanitaria a la
UNHCR. Pero puesto que desde el verano de 1992 la escalada de enfrenta-
mientos fue creciente, la misión de la UNPROFOR se reformulaba sin cesar.
Al final abarcaba cometidos tan diferentes como la protección de convo-
yes del UNHCR, la disuasión de ataques contra «zonas protegidas», la imple-
mentación de zonas de exclusión militar y la mediación y supervisión de
treguas. El Consejo de Seguridad de la ONU dictaminó más de 200 resolu-
ciones sobre la guerra yugoslava desde 1991. Muchas de ellas eran, no obs-
174 Sociedades en guerra civil

tante, poco claras y contradictorias, sobre todo por lo que se refería al tema
de en qué situación podía aplicarse la fuerza militar de los cascos azules.
Además, los Estados miembro de la ONU no estaban dispuestos a faci-
litar personal y recursos suficientes para la misión bosnia. El ejemplo más
craso de esto fueron la llamadas «zonas de seguridad» para la población ci-
vil declaradas por el Consejo de Seguridad de la ONU: Srebenica, Gorazde,
Fepa, Tuzla, Sarajevo y Bihac. Se encargó a los cascos azules que evitaran
los ataques a dichas zonas, para lo cual podían reclamar a la OTAN apoyo
aéreo. Pero estas zonas de protección no podían defenderse desde el aire.
A pesar de las múltiples protestas del secretario general, el Consejo de Se-
guridad envió para defender las zonas protegidas, en lugar de los 34.000
soldados necesarios —solicitados ya en junio de 1993—, sólo 7.600 hom-
bres con armas ligeras. En definitiva, la ONU tuvo que presenciar, impo-
tente, cómo los serbios asaltaban en junio de 1995 Srebenica y Fepa y ase-
sinaban a miles de prisioneros. Según la comandancia de la ONU, los
ataques aéreos de la OTAN hubieran podido, sin duda, frenar el avance
serbio pero hubieran causado muchas víctimas injustificables entre civiles
y personal de la ONU.
Paradójicamente, la caída de los enclaves del este de Bosnia posibilitó
un mayor compromiso militar del exterior, pues se retiró a las tropas de la
ONU del territorio controlado por los serbios. Desde entonces los cascos
azules ya no estuvieron expuestos directamente al peligro de los ataques
de represalia. Después de los ataques aéreos de la OTAN los serbios siem-
pre habían tomado rehenes entre los colaboradores de la ONU para evitar
la acciones de castigo.

8. EN EL CAMINO HACIA LA PAZ

La creencia popular de que la guerra bosnia hubiera podido acabar si


no años sí al menos meses antes, siempre que los Estados Unidos se hubie-
ran empeñado en ello, apenas resiste una comprobación empírica." El em-
pleo masivo de la aviación de la OTAN contra posiciones serbias sólo fue
posible en el verano de 1995 con el trasfondo de una específica situación
geoestratégica global que modificó fundamentalmente las relaciones de
fuerzas estratégicas y militares.'
Ya desde 1994 la relación de fuerzas militares en los frentes de Croacia
y Bosnia-Herzegovina había variado. Debido al suministro ilegal de armas y
la reorganización de sus tropas, los ejércitos croata y bosnio habían adqui-
rido una cierta capacidad ofensiva. Los ejércitos de los serbocroatas y de
los serbobosnios, que en 1991-1992, en una especie de guerra relámpago,
habían conquistado el 30 % del territorio croata y el 70 % del bosnio, se
La guerra civil en Yugoslavia 175

vieron progresivamente en aprietos. El punto de inflexión lo marcó el ejér-


cito croata al conquistar entre mayo y agosto de 1995 la «República Serbia
de Krajina» y expulsar a casi todos los serbios de la región, excepto del
este de Eslavonia. El caso de la Krajina tuvo unas implicaciones geoestraté-
gicas de enorme trascendencia, pues empeoró considerablemente la situa-
ción estratégica de los serbios en Bosnia-Herzegovina. La «República Ser-
bia» allí situada perdió sus zonas de amortiguación y las líneas defensivas
se prolongaron. Sobre todo, el ejemplo de la Krajina destruyó el cuidado-
samente cultivado mito de la invencibilidad serbia. En cambio, Croacia ob-
tenía casi el 95 % de sus objetivos territoriales y la fama creciente de ser
una potencia a tomar en serio en la región. Cuando los representantes de
los Estados del grupo de contacto acordaron finalmente el 21 de julio
de 1995, en la conferencia de Londres, una acción «más contundente», y el
Consejo del Atlántico Norte (NAC) decidió el 1 de agosto responder en
adelante «dura y rápidamente» con la fuerza aérea a los ataques sobre las
zonas protegidas de Gorazde, Bihac, Sarajevo y Tuzia, ya contaban con aca-
bar la guerra incluso sin la intervención de infantería extranjera. En sep-
tiembre de 1995, por primera vez, la aviación de la OTAN atacó masiva-
mente posiciones serbias, con lo que ayudó a las tropas bosnias y croatas a
conquistar los territorios que los serbios mantenían en la Bosnia occiden-
tal. Con el avance croata - musulmán la relación de fuerzas sobre el terreno
se aproximó mucho a la bipartición propuesta por el grupo de contacto
según la fórmula 49/51. Las nuevas «tablas» militares fueron la ocasión bus-
cada desde hacía tiempo para impulsar el proceso de paz interrumpido
durante meses.
Pero uno de los condicionantes principales de la paz fue también un
nuevo plan negociable por todas las partes. El presidente de Estados Uni-
dos, Bill Clinton, que a causa de su pasividad en la cuestión yugoslava se
vio en aprietos en politica interior, envió en agosto de 1995 un equipo de
negociación propio a la región crítica. Los americanos presentaron un plan
de paz que favorecía mucho a los serbios. Si bien los negociadores no esta-
ban dispuestos a satisfacer todas las exigencias territoriales de los serbios,
sí hicieron en el terreno político importantes concesiones: en primer lu-
gar, debía reconocerse oficialmente a la República Serbia y concedérsele
su derecho a establecer relaciones especiales con Serbia. Además de la
presión política masiva, fueron necesarios incentivos económicos para lle-
var a las partes del tratado, los presidentes de Serbia, Croacia y Bosnia-
Herzegovina a firmar la paz después de unas negociaciones maratonianas
de varios días. El 21 de noviembre de 1995 el «acuerdo marco para la paz
en Bosnia-Herzegovina» 52 negociado en Dayton puso fin a la guerra yugos-
lava. El 14 de diciembre de 1995 se firmó formalmente el tratado de paz de
París.
176 Sociedades en guerra civil

9. DESPUÉS DE DAYTON

El triste balance de cuatro años de guerra y «limpiezas étnicas» es de al


menos 200.000 muertos, cientos de miles de heridos, millones de fugitivos
y desterrados, grandes partes de Bosnia-Herzegovina devastadas. Las hostili-
dades prácticamente paralizaron la economía: durante la guerra la produc-
ción se redujo a un 5-10 % del nivel anterior a la guerra, cerca del 80 % de
la población sobrevivió sólo gracias a la ayuda humanitaria. Más o menos
toda la economía nacional bosnia se paralizó. El gobierno bosnio evaluó los
daños totales entre 50.000 y 70.000 millones de dólares americanos. El
Banco Mundial, en cambio, entre 10.000 y 20.000 millones. El Banco Mun-
dial y el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo estimaron
que en los próximos años se necesitarían al menos 5.100 millones de dóla-
res americanos para los proyectos de construcción imprescindibles."
Sin embargo, poderosos obstáculos políticos se oponen a la recons-
trucción. El acuerdo de Dayton dividía Bosnia en dos Estados confederados
con amplia autonomía y un gobierno central común.A la federación croa-
tamusulmana, formada en febrero de 1994, se le asignaba el 51 % del terri-
torio estatal, a los serbios de Bosnia, el 49 %. Formalmente Bosnia-Herzego-
vina continuaba siendo un Estado unitario y mantenía las fronteras que se
le habían reconocido internacionalmente pero se dotó a sus dos «unida-
des» de grandes competencias que incluían la nacionalidad propia, la polí-
tica de defensa y el derecho a mantener «relaciones especiales paralelas»
con los Estados vecinos. Las atribuciones de los poderes federales se redu-
cían a la política exterior, el comercio exterior y la política monetaria."
Fundamentalmente, por lo tanto, en Dayton se llegó a un compromiso
entre las exigencias de unas partes en conflicto que definían sus intereses
nacionales vitales de forma contrapuesta e imposible de comprometer. Por
un lado, Bosnia-Herzegovina continuaba siendo un solo Estado (objetivo
bélico de los musulmanes), pero, por otro, se reconocía la separación del
Estado serbio (objetivo bélico serbio). Al mismo tiempo, se intentaba regu-
lar en el marco de una democracia concordante todas las cuestiones referi-
das a los poderes centrales sin imponer a ninguno de los bandos el papel
de perdedor. En todas las instituciones de Bosnia-Herzegovina (presiden-
cia, gobierno, parlamento) los tres pueblos debían compartir el ejercicio
del poder según el modelo del power sharing. También a nivel de enfiela
-

des, donde se concentraba el auténtico poder político y militar, se introdu-


cían —al menos por lo que se refiere a la federación croatamusulmana-
elementos de federalización étnica y reparto del poder. Además, el
acuerdo también preveía distribuir las fuerzas armadas entre los pueblos
del Estado. Los controles de armamento y la ayuda exterior debían procu-
rar un equilibrio militar entre las entidades bosnias. Ninguno de los bandos
La guerra civil en Yugoslavia 177

debía proclamarse unívocamente perdedor o vencedor. En teoría, con ello


se satisfaría una condición importante para la participación de todos los
contendientes en la construcción de la paz.
No obstante, después de pocas semanas ya aparecieron problemas se-
rios en la implantación del acuerdo. El retorno de los refugiados y expulsa-
dos, la celebración de elecciones democráticas, la instauración de las insti-
tuciones políticas de la federación bosniocroata y del gobierno central
bosnio, sobre todo la reunificación de las divididas Sarajevo y Mostar; todo
esto fracasó." Los líderes políticos de Serbia, de los croatas herzegovinos y
de los bosnios se mostraron menos interesados en un poder central efecti-
vo que en la estabilización de sus posiciones regionales de poder. De fac-
to, Bosnia se descompuso no en dos sino en tres territorios definidos y ho-
mogeneizados étnicamente.
Tras la firma de la paz, pronto se pagó caro que el tratado de Dayton,
bajo la amenaza de medidas de coacción masivas, obligara a las partes beli-
gerantes sin que previamente existiera una auténtica predisposición a la
paz. Si los serbios hubiesen rechazado la solución de compromiso, se les
hubiera castigado con los ataques aéreos de la OTAN y el embargo unilate-
ral de armas en favor del ejército gubernamental bosnio. Si, por el contra-
rio, el gobierno bosnio hubiera boicoteado las conversaciones se hubiese
decretado el embargo de armas para todas las partes. En ambos casos se
hubiera movilizado a las tropas de la ONU. Esta estrategia de negociación
aceleró sin duda el proceso de acuerdo, quizás incluso lo posibilitó, pero
provocó que las partes en conflicto —como se comprobaría más tarde du-
rante la implementación— aprobaran la firma de la paz meramente pro
forma. 56 La paz yugoslava, sin embargo, será papel mojado sólo mientras
falte la voluntad política de colaboración y las élites dominantes formen un
cártel contra los principios de democracia, Estado de derecho y derechos
humanos del acuerdo.
Capítulo 7

MIEDO A UNA GUERRA CIVIL: LA EXPERIENCIA DE IRLANDA


DEL NORTE

Adrian Guelke
(Universidad Queen's de Belfast)

Rogelio Alonso
(Universidad Complutense de Madrid)

La situación de inestabilidad que desde 1968 ha padecido Irlanda del


Norte puede considerarse como uno de los conflictos internos más graves
que han tenido lugar en Europa occidental tras la conclusión de la Segunda
Guerra Mundial. Con frecuencia ha sido descrita como una guerra por los
miembros de las organizaciones comúnmente denominadas como parami-
litares, tanto aquellas que han defendido la pertenencia de Irlanda del Nor-
te al Reino Unido, como las que han perseguido el objetivo de una Irlanda
unida. En gran medida esta conceptualización ha constituido un intento
por legitimar sus acciones definiéndolas en términos militares. Sin embar-
go, esta percepción no se manifestaba con la misma intensidad entre quie-
nes no pertenecían a estos grupos. Los Troubles, eufemismo con el que se
describe el conflicto norirlandés y que puede traducirse como «los distur-
bios», han estado caracterizados por períodos de enorme tensión ante los
temores a que la situación pudiera degenerar en una auténtica guerra civil.
La mera existencia de esta amenaza demostraba que, por lo general, la so-
ciedad norirlandesa aceptaba que la situación no podía equipararse con
una guerra civil a pesar de los alarmantes niveles de violencia, incluidos los
alcanzados durante 1972, el año con mayor número de fatalidades como
consecuencia de la violencia política en las tres últimas décadas. Además,
reflejaba que el conflicto poseía el potencial para desencadenar todavía un
incremento de la violencia entre las dos comunidades.
Estos temores continuaron manifestándose incluso después del alto el
fuego decretado por las principales organizaciones paramilitares en 1994,
acentuándose tras la ruptura del cese del IRA Provisional en febrero de
1996 ante la frustración de los republicanos por el lento avance del pro-
ceso de paz. Sin embargo, dichos temores tampoco desaparecieron por
completo con la restauración del alto el fuego del IRA en julio de 1997. En
parte se debía a que esta segunda tregua parecía depender del éxito pro-
gresivo de las negociaciones multipartitas sobre el futuro de Irlanda del
Norte, lo que alimentó una persistente incertidumbre ante la posibilidad
180 Sociedades en guerra civil

de que las conversaciones fracasaran al alcanzar el plazo fijado para su con-


clusión en la primavera de 1998. En realidad, el temor a un nuevo estallido
de violencia que amenazara con desembocar en una situación próxima a
una guerra civil, representaba un importante elemento de presión sobre
los partidos para lograr una acomodación política a pesar del abismo exis-
tente entre sus posiciones.
Aunque los términos «terrorismo» y «terrorista» son ampliamente utiliza-
dos en Irlanda del Norte, sobre todo por parte de las autoridades, es más co-
mún el uso del concepto «paramilitar». Se debe en parte a la generalizada
asociación que se hace de los términos «terrorismo» y «terrorista» con situa-
ciones en las que un orden político legítimo es desafiado por la violencia de
una pequeña minoría de extremistas y a las connotaciones negativas que
ambas palabras sugieren. La definición del conflicto en Irlanda del Norte
como exclusivamente terrorista subestimaría la verdadera magnitud del
mismo y el sólido arraigo que la violencia tiene dentro de la profunda divi-
sión sectaria entre protestantes y católicos en la sociedad norirlandesa.
Durante algunas etapas del conflicto la política del gobierno británico
se centró en la marginación de aquellos partidos asociados a los grupos
implicados en la violencia, actitud que, sin embargo, varió de manera im-
portante a partir de diciembre de 1993. En esa fecha, junto al gobierno ir-
landés, los británicos presentaron una iniciativa común en la que se propo-
nía la inclusión en las negociaciones sobre el futuro de Irlanda del Norte
de las formaciones políticas ligadas a los paramilitares, siempre y cuando
éstos declararan el fin incondicional de sus campañas de violencia. A tra-
vés de esta actitud el gobierno ratificaba la ilegitimidad del uso de la vio-
lencia con fines políticos, al tiempo que la interpretaba como una táctica y
no como un elemento intrínseco a dichas organizaciones. Además, la bús-
queda de la inclusión de los representantes políticos de los paramilitares
suponía el reconocimiento de la existencia de un vínculo entre su violen-
cia y el prolongado conflicto entre las dos comunidades norirlandesas, que
se remonta a la creación de Irlanda del Norte como una entidad política.

1. LA PARTICIÓN DE IRLANDA

Irlanda del Norte, formada por seis de los treinta y dos condados de los
que está compuesta la isla de Irlanda, fue establecida en 1920 como una
entidad política autónoma dentro del Reino Unido. Con esta medida se
pretendía acomodar el rechazo de los protestantes a las reivindicaciones
autonomistas de los nacionalistas irlandeses. Dicha oposición reflejaba la
intensidad de las divisiones sectarias en Irlanda, especialmente en el nores-
te de la isla, donde los protestantes constituían la mayoría de la población.
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 181

El enfrentamiento entre católicos y protestantes como fuente de con-


flicto en la isla se había manifestado ya en el siglo )(vil, cuando la corona
británica promovió asentamientos de colonos protestantes en el Ulster
con el objeto de controlar un territorio especialmente hostil a la domina-
ción. Así, por ejemplo, en 1641 la política de colonización y confiscación
de tierras practicada por los británicos provocó una rebelión de la pobla-
ción indígena católica en la que también se produjeron atrocidades contra
los protestantes, como el célebre asesinato de 100 hombres, mujeres y ni-
ños que perecieron ahogados en la ciudad de Portadown.
La preeminencia política de los protestantes quedó consolidada tras la
victoria del monarca protestante Guillermo de Orange sobre el católico Jaco-
bo II en la famosa batalla del Boyne en 1690. Un siglo más tarde, en el contex-
to de una intensa violencia sectaria desarrollada en zonas rurales del Ulster, se
fundó la Orden de Orange con el objeto de conmemorar dicho triunfo y ga-
rantizar el mantenimiento del predominio protestante. En el siglo xix, Belfast,
que asistió a un rápido crecimiento de población como consecuencia de la
Revolución industrial, se convirtió en el principal centro de tensión sectaria.
El antagonismo entre las dos comunidades iba a provocar violentos disturbios
a lo largo de 1835, 1843, 1857, 1864, 1872, 1884, 1886 y 1898.'
Después de la partición de la isla, Irlanda del Norte iba a estar repre-
sentada en el parlamento británico mediante la elección de 12 diputados.
Su presencia apenas se hacía notar ante la ausencia de debates en West-
minster sobre cuestiones que afectaran a la región. Era ésta una deferencia
a la existencia de un gobierno autónomo norirlandés con sede en el parla-
mento de Stormont, en las afueras de Belfast. Durante sus cincuenta años de
vida desde su establecimiento en 1922, estuvo exclusivamente dominado
por protestantes sin que el sistema político británico interfiriera en su fun-
cionamiento. El gobierno británico no tenía ningún interés en involucrarse
en una cuestión que consideraba de una gran complejidad al interpretarla
como un conflicto entre dos comunidades, la unionista y la nacionalista,
con intereses mutuamente excluyentes. La política británica no se funda-
mentaba en el deseo de mantener la unión entre Irlanda del Norte y Gran
Bretaña. Así lo demuestra el hecho de que Winston Churchill intentara
persuadir al primer ministro irlandés, Eamonn De Valera, de que formara
parte del bando aliado durante la Segunda Guerra Mundial a cambio del
compromiso de Londres con la unificación de la isla.
Por su parte, los unionistas consideraban a los católicos, que consti-
tuían un tercio de la población de Irlanda del Norte, como rebeldes a los
que se debía contener políticamente. La infructuosa oposición de los na-
cionalistas a la partición de la isla proporcionó a los unionistas un motivo
con el que justificar la discriminación que llevaron a cabo desde el gobier-
no autónomo de Stormont. Esta política se vio complementada con la in-
182 Sociedades en guerra civil

troducción de una draconiana legislación de emergencia dirigida casi ex-


clusivamente contra la comunidad católica.

2. ORÍGENES DE «LOS DISTURBIOS»

El sistema sobrevivió sin variaciones hasta la década de los sesenta. En


esa época surgió en Irlanda del Norte un movimiento centrado en la reivin-
dicación de igualdad de derechos para la población católica. Su campaña,
basada en protestas a través de marchas en las calles de Irlanda del Norte,
llevó al gobierno unionista de Terence O'Neill a aprobar ciertas reformas.
Sin embargo, estas medidas provocaron la reacción violenta de extremistas
protestantes, que consideraban a dicho movimiento pro derechos civiles
como una asociación infiltrada por el IRA cuyo objetivo era desestabilizar
la situación y progresar así hacia la consecución del objetivo tradicional de
los republicanos irlandeses, una Irlanda unida. Desde sus orígenes el con-
flicto norirlandés se había caracterizado por una dinámica basada en el
siguiente criterio: la sensación de inseguridad de los protestantes se incre-
mentaba al percibir como una amenaza las expectativas y las reivindicacio-
nes de la población católica. Esta relación iba a adquirir de nuevo una di-
mensión violenta en este período.
El comienzo de la fase más reciente de «los disturbios» se sitúa, general-
mente, en torno al otoño de 1968. En octubre de ese año se produjeron
violentos enfrentamientos entre la policía y manifestantes de asociaciones
pro derechos civiles tras la prohibición gubernamental de una marcha en
Londonderry, la segunda ciudad de Irlanda del Norte. En agosto de 1969 se
desplegaron tropas británicas en la región en asistencia de las autoridades
civiles, después de que los constantes disturbios en las principales ciuda-
des norirlandesas colocaran a las fuerzas de seguridad locales al límite de sus
fuerzas. Inicialmente los católicos recibieron de forma positiva esta medida,
ya que les proporcionó protección frente a los ataques protestantes a la vez
que suponía una mayor involucración del gobierno británico en la adminis-
tración de Irlanda del Norte.A1 mismo tiempo, la atención internacional que
la situación estaba despertando contribuyó a aumentar entre la comunidad
nacionalista su confianza en que las reformas serían ampliadas pronto.
En un primer momento el gobierno británico intentó limitar su impli-
cación en las cuestiones de Irlanda del Norte a la reforma del sistema de
seguridad. La policía norirlandesa, compuesta casi exclusivamente por
protestantes, se había distinguido por la violenta represión de la comuni-
dad católica, consolidando así su imagen como un instrumento armado
del poder unionista. Al igual que ocurriera en el pasado, los británicos in-
tentaban mantener la autonomía política del gobierno unionista que evi-
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 183

tara una mayor implicación de Londres en la enrevesada cuestión irlande-


sa. Esta política británica de involucración contenida, creó el contexto
para una radicalización de la opinión pública católica. Fue especialmente
manifiesta en zonas en las que el paso de desfiles organizados por la pro-
testante Orden de Orange, a pesar de la oposición de los católicos, sirvió
para alienar aún más a estos últimos potenciando las disputas con el ejér-
cito británico. Así, el entusiasmo inicial con el que las tropas habían sido
recibidas por la comunidad católica se transformó gradualmente en de-
sencanto y hostilidad. Este marco favorecería el resurgimiento del repu-
blicanismo violento.
Los sucesos de finales de la década de los sesenta serían utilizados por
el IRA (Ejército Republicano Irlandés) para intentar revitalizar a la organi-
zación. En 1956 los republicanos habían iniciado una campaña de violen-
cia que se vieron obligados a suspender en 1962, ante el escaso apoyo con
que contaba el ideal de una Irlanda unida entre la minoría católica de Irlan-
da del Norte. La derrota del IRA avivó el debate dentro del movimiento
republicano, fortaleciendo a una corriente de izquierdas que veía en el mi-
litarismo y en el aislamiento político las causas de sus fracasos. Como alter-
nativa propusieron dedicarse de manera más activa a cuestiones económi-
cas y sociales. Todo ello contribuyó a que el liderazgo del movimiento
republicano no se encontrara preparado para hacer frente al estallido de
violencia que, entre 1968 y 1969, sorprendió a la región. 2

3. EL NACIMIENTO DEL IRA PROVISIONAL

Las disensiones internas dentro del movimiento republicano sobre una


mayor politización propugnada por ciertos sectores, provocaron una esci-
sión que resultaría en la formación, a finales de 1969, del IRA Provisional y,
poco después, de su rama política, el Sinn Fein Provisional. Los Provisiona-
les recuperaron la tradición del republicanismo violento distanciándose de
tendencias más políticas, planteamiento que recibió el respaldo de parte
de la población católica norirlandesa, especialmente en aquellas áreas es-
cenario de una mayor tensión sectaria.
El periódico republicano An Phoblacht definió el objetivo de los Provi-
sionales del siguiente modo: «Acabar con la dominación extranjera en Ir-
landa, establecer una República democrática y socialista de 32 condados
basada en la proclamación de independencia de 1916, devolver a la lengua
y a la cultura irlandesa su fortaleza y promover un orden social basado en
la justicia y los principios cristianos que permita a todos los ciudadanos
participar equitativamente de la riqueza de la nación». 3 Los Provisionales
presentaron el conflicto como una clásica lucha de liberación colonial
184 Sociedades en guerra civil

frente al enemigo del imperialismo británico. Esta visión enlazaba con la


disposición general en el extranjero, e incluso entre algunos círculos en
Gran Bretaña, a considerar a Irlanda del Norte como un anacrónico rema-
nente del imperio y como un problema colonial inconcluso en la era del
poscolonialismo.
El IRA Provisional justificó sus actividades como un método de defen-
sa de los guetos católicos, lógica que también aplicó a los atentados con-
tra comercios en el centro de Belfast a partir de 1970. Como explicó Joe
Cahill, uno de los líderes Provisionales, de esa forma se le impedía al ejér-
cito que concentrara sus efectivos en los guetos. a Los Provisionales tam-
bién justificaron su campaña como un medio de incrementar la carga eco-
nómica que suponía la ocupación de Irlanda del Norte, al recaer el peso
de las compensaciones sobre el contribuyente británico. 5 El recurso a
este tipo de táctica ponía de manifiesto la gran disponibilidad de explosi-
vos en contraste con la carencia de otro tipo de armas. 8 A pesar de que
los republicanos mantenían que sus atentados iban dirigidos contra bie-
nes materiales y propiedades y que estaban precedidos de avisos, se pro-
dujeron fatalidades que contribuyeron a consolidar la percepción del IRA
Provisional como una organización terrorista. Incluso antes del inicio de
«los disturbios» en los años sesenta, los atentados con bomba constituían
un componente fundamental del republicanismo violento, como reflejaba
la forma en la que la cultura popular británica había representado a los ir-
landeses. Así por ejemplo, en 1967, en la película Atraco a la inglesa
(The Jokers, 1966) uno de los protagonistas efectuaba una amenaza de
bomba fingiendo un fuerte acento irlandés.'
Tras su reaparición a finales de la década de los sesenta, en un princi-
pio los Provisionales evitaron efectuar ataques contra efectivos militares
por el temor a una reacción adversa entre la comunidad católica de los
guetos norirlandeses. Sin embargo, al comienzo de 1971,1a cúpula de la or-
ganización autorizó ese tipo de acciones ante el creciente deterioro de las
relaciones entre las tropas y la población católica. En febrero de ese mismo
año, un soldado fue asesinado por el IRA, convirtiéndose en la primera víc-
tima mortal del ejército en esta etapa de «los disturbios». También se recru-
decieron los atentados con bomba, muchos de ellos sin avisos previos, cau-
sando un considerable aumento en el número de víctimas civiles. Mientras
que en 1970 se produjeron 153 explosiones en Irlanda del Norte, un año
después la cifra ascendió a 1.022. 8
En respuesta a la escalada de violencia del IRA, el 9 de agosto de 1971
el gobierno unionista introdujo el libre internamiento de sospechosos sin
juicio previo. Los servicios de inteligencia de las fuerzas de seguridad con-
taban con una información muy deficiente, por lo que muchos de los
arrestados fueron personas sin conexión alguna con el IRA. El resultado
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 185

fue un espectacular incremento en los niveles de violencia y en la popula-


ridad del IRA. Hasta la introducción del denominado libre internamiento,
en 1971 un total de 34 personas habían perdido la vida como consecuen-
cia de la violencia. El año se cerró con 139 muertes más.' La reacción en-
tre los católicos a tan drástica medida generó también una violenta res-
puesta por parte de los protestantes, como puso de relieve la creación, en
septiembre de 1971, de la UDA (Ulster Defence Association). Bajo esta for-
mación se aglutinaron diversos grupos de vigilantes lealistas surgidos con
el objeto de defender las zonas en las que habitaba la clase trabajadora
protestante.
La espiral de violencia recibió un nuevo impulso con el denominado
«Domingo Sangriento». El 30 de enero de 1972, 13 personas desarmadas
murieron como consecuencia de los disparos del ejército contra una mani-
festación pro derechos civiles en Londonderry. Otro de los heridos moriría
días después. En la República de Irlanda el suceso generó violentas protes-
tas, en el transcurso de una de las cuales miles de manifestantes quemaron
la embajada de Gran Bretaña en Dublín. La política del gobierno británico
en Irlanda del Norte fue duramente criticada a nivel internacional, en espe-
cial desde Estados Unidos. El «Domingo Sangriento» y el libre internamien-
to sin juicio contribuyeron a alienar considerablemente a aquellos nacio-
nalistas norirlandeses que se oponían al uso de la violencia. El SDLP (So-
cial Democratic and Labour Party), partido que representaba a la mayoría
de la población católica en la región, boicoteó cualquier tipo de negocia-
ción política encaminada a solucionar el conflicto hasta que se aboliera la
libre detención de sospechosos.

4. EL GOBIERNO DIRECTO DESDE LONDRES (D/RECT RULO

Estos acontecimientos provocaron un importante giro en la política


'
británica. El 24 de marzo de 1972 se introdujo el gobierno directo desde
Londres al suspenderse el parlamento autónomo norirlandés y la adminis-
tración local en manos de los unionistas. La violenta reacción protestante a
la imposición de este sistema, conocido como Direct Rule, alcanzó una
magnitud similar a la respuesta de la población católica tras la introduc-
ción del libre internamiento sin juicio. Gran parte de la comunidad unio-
nista consideraba la existencia de un gobierno autónomo como la mejor
garantía de que no se les forzaría a aceptar una Irlanda unida en contra de
su voluntad. Por lo tanto, la abolición de Stormont alimentó las sospechas
unionistas de que el gobierno directo desde Londres había sido introduci-
do con el fin de preparar una posterior unificación de las dos partes de la
isla. Estos temores a una traición por parte del gobierno se vieron alenta-
186 Sociedades en guerra civil

dos por la bienvenida que los católicos brindaron a la nueva política gu-
bernamental. El SDLP la recibió de forma favorable y apeló a «aquellos in-
volucrados en la campaña de violencia a cesar inmediatamente». I° Este lla-
mamiento fue ignorado por el IRA, pues los republicanos entendían que la
violencia era la causa que había forzado a los británicos a modificar su po-
lítica hacia la región. En consecuencia, los Provisionales presentaron su
propia propuesta de alto el fuego condicionándola a la retirada británica y
al establecimiento de una Irlanda federal. Su triunfalismo les había llevado
a determinar 1972 como «el año de la victoria»." Sus expectativas no llega-
ron a materializarse en un año durante el que se produjeron 470 muertes
como resultado de la violencia, la cifra más alta a lo largo de «los distur-
bios» (véase el cuadro 1). Los temores de los protestantes a una rendición
por parte del gobierno británico, junto con la reacción católica a los suce-
sos arriba descritos, habían degenerado en una peligrosa combinación con
trágicas consecuencias para Irlanda del Norte.
El elevado número de víctimas civiles durante 1972 y los cuatro años
posteriores se debió en parte a la campaña de indiscriminados asesinatos
sectarios llevada a cabo por miembros de organizaciones paramilitares lea-
listas, que costó la vida a varios centenares de católicos. Esta práctica inti-
midatoria ayudó a consolidar la segregación geográfica de ciertas ciudades
al forzar a ambas comunidades a la seguridad de sus propios guetos. La se-
lección de este tipo de objetivos facilitaba la descripción de los paramilita-
res lealistas como puramente sectarios. Aunque el IRA también causaba
víctimas protestantes, se defendía de las acusaciones de sectarismo alegan-
do que su violencia no estaba deliberadamente dirigida contra la comuni-
dad protestante. Sin embargo, en un contexto como el norirlandés, la vio-
lencia perpetrada por los paramilitares de ambas bandos debe calificarse
por igual como sectaria en su naturaleza y en sus efectos. 12
Los paramilitares protestantes entendían que Irlanda del Norte se hallaba
en un estado de guerra y, como aseguraba una de sus publicaciones, consi-
deraban que los católicos, prácticamente sin excepción, estaban de parte
de «los asesinos, los terroristas, la intimidación y la absoluta destrucción de
todos los lealistas»." Desde su punto de vista la comunidad protestante se
encontraba bajo asedio y dependía exclusivamente de sus propias fuerzas
para sobrevivir. Este sentimiento fue sintetizado con precisión en un comuni-
cado de la UDA en 1973: «Nos han traicionado y nos han calumniado. Nues-
tras familias viven constantemente aterrorizadas y en sufrimiento. Somos
un estorbo para los que se consideran nuestros aliados y no tenemos sim-
patías en ninguna parte. Una vez más en nuestra historia tenemos las espal-
das contra la pared, nos amenaza la extinción en una u otra forma. Éste es
el momento de estar alerta, pues en una situación como ésta los hombres del
Ulster luchan sin piedad hasta que o ellos o sus enemigos caen muertos»."
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 187

1
CUADRO
Muertes en Irlanda del Norte como resultado de la situación
de violencia, 1969-1996

Año RUC (1) RUCR (2) Ejército UDR/RIR(3) Civiles (4) Total
1969 1 13 14
1970 2 23 25
1971 11 43 5 115 174
1972 14 3 105 26 322 470
1973 10 3 58 8 173 252
1974 12 3 30 7 168 220
1975 7 4 14 6 216 247
1976 13 10 14 15 245 297
1977 8 6 15 14 69 112
1978 4 6 14 7 50 81
1979 9 5 38 10 51 113
1980 3 6 8 9 50 76
1981 13 8 10 13 57 101
1982 8 4 21 7 57 97
1983 9 9 5 10 44 77
1984 7 2 9 10 36 64
1985 14 9 2 4 26 55
1986 10 2 4 8 37 61
1987 9 7 3 8 68 95
1988 4 2 21 12 55 94
1989 7 2 12 2 39 62
1990 7 5 7 8 49 76
1991 5 1 5 8 75 94
1992 2 1 4 2 76 85
1993 3 3 6 2 70 84
1994 3 0 1 2 56 62
1995 1 0 0 0 8 9
1996 0 0 1 0 14 15

Totales 196 101 450 203 2.262 3.212

(I) Royal Ulster Constabulary —Policía del Ulster.


(2)Royal Ulster Constabulary Reserve —Cuerpo de la policía del Ulster en la reserva.
(3)Ulster Defence Regiment y Royal Irish Regiment —Regimientos del ejército británico.
(4)Incluyendo miembros de organizaciones paramilitares.
Fuente: Chief Constable's Annual Report 1996, Royal Ulster Constabulary, Belfast,1997, pág. 85.
188 Sociedades en guerra civil

La UDA llegó a contar con unos 25.000 miembros, 15 de los cuales sólo
una minoría estaban involucrados en los citados asesinatos sectarios. Las
principales actividades de la mayoría de sus integrantes consistían en pa-
trullar barrios protestantes y participar en paradas militares con la inten-
ción de exhibir la capacidad de la organización. El papel de esta formación
fue decisivo en el triunfo de la huelga general decretada en 1974 por el
Ulster Workers Council (Consejo de los trabajadores del Ulster). Durante
dos semanas del mes de mayo los lealistas bloquearon carreteras, erigieron
barricadas y provocaron restricciones en el suministro de energía, gasolina
y otros productos básicos, colocando a Irlanda del Norte al borde de la
anarquía. Con esta movilización pretendían derribar un ejecutivo puesto
en marcha a principios de año, basado en un sistema de poder compartido
entre unionistas y nacionalistas. Esta iniciativa política contemplaba ade-
más la creación de un Consejo de Irlanda a través del cual la República de
Irlanda y dicho ejecutivo cooperarían en cuestiones de interés mutuo. Esta
institución despertó las hostilidades de los lealistas, quienes la interpreta-
ron como un primer paso hacia la temida unificación de la isla.
El sistema de poder compartido apenas sobrevivió unos meses. El fra-
caso del experimento supuso un duro revés para la política británica, así
como para sectores unionistas y nacionalistas que podían definirse como
moderados y que habían sido capaces de acomodar sus diferencias para
constituir dicho ejecutivo, que finalmente sería destruido por la violencia
de los extremistas de ambas comunidades. Tras esta decepción, el gobier-
no llegó a considerar la retirada de la región y promovió una convención
en la que los partidos políticos constitucionales debatirían un posible acuer-
do político. Las diferencias entre ellos resultaron imposibles de reconciliar,
obligando a los británicos a aceptar la continuación del sistema de gobier-
no directo desde Londres como el menor de los males para las dos comu-
nidades.

5. CRIMINALIZACIÓN

La imposición del gobierno directo desde Londres había ido acompa-


ñada de significativas variaciones en la política de seguridad. Se habían
suprimido el libre internamiento sin juicio y el denominado «estatus de ca-
tegoría especial» del que disfrutaban aquellos presos cuyos delitos se califi-
caban como políticamente motivados. El gobierno también clausuró los lla-
mados «centros de incidencias» en zonas nacionalistas, a través de los
cuales las autoridades y los Provisionales habían mantenido un canal de co-
municación durante el alto el fuego decretado por estos últimos en 1975.
A partir de mediados de esa década la política del gobierno se basó en la pre-
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 189

misa de que en el futuro no se negociaría con «terroristas». Esta alteración en


la actitud gubernamental equivalía a criminalizar la violencia, distanciándola
de su componente político y debilitando el referente de guerra civil en un
conflicto que urgía una solución política. Al mismo tiempo las tropas prove-
nientes de Gran Bretaña redujeron su responsabilidad en materia de seguri-
dad, cediendo a la policía local una mayor preeminencia en estas cuestiones.
Inicialmente el nuevo planteamiento tuvo éxito, al coincidir con un
amplio deseo, compartido por ambas comunidades, de regresar a la norma-
lidad y de conseguir una disminución de la excepcional tensión política
causada por la violencia. En cierta medida los protestantes vieron apaci-
guados sus temores de una hipotética unificación de la isla en contra de
sus deseos, percepción de gran importancia en el comportamiento de los
paramilitares lealistas. Entre ellos también ejercía una notable influencia la
noción de que toda la comunidad católica apoyaba al IRA. Este convenci-
miento fue desafiado con la aparición en 1976 de un movimiento cono-
cido como Peace People, que organizó manifestaciones en las que por pri-
mera vez desde el comienzo de «los disturbios» participarían conjuntamen-
te católicos y protestantes exigiendo el final de la violencia. En un primer
momento esta formación contó con un considerable respaldo entre las cla-
ses trabajadoras de los guetos de ambas comunidades que, sin embargo, no
logró consolidarse. 16
Las variaciones en las percepciones protestantes se reflejaron en un
fuerte descenso de la violencia lealista. De acuerdo con las estimaciones de
Michael McKeown, entre el 13 de julio de 1973 y el 12 de julio de 1977, los
paramilitares protestantes fueron responsables del 40 % de las 924 muer-
tes producidas en ese período, mientras que entre el 13 de julio de 1977 y
el 12 de julio de 1981 lo fueron del 12 % de las víctimas mortales.' El nivel
de violencia republicana también disminuyó, aunque no de una manera
tan pronunciada. Esta tendencia también denotaba cambios en las percep-
ciones republicanas en respuesta al giro efectuado por la política del go-
bierno británico a mediados de la década de los setenta. La actitud de Lon-
dres hizo que las expectativas de los Provisionales de una inminente
retirada británica se desvanecieran, dando lugar a una importante modifi-
cación en la estrategia del IRA. Un documento interno del grupo describía
del siguiente modo las intenciones que guiarían a los republicanos a partir
de ese momento: «Debemos prepararnos para una lucha armada a largo
plazo que esté basada en la utilización de hombres desconocidos y nuevos
reclutas organizados en una estructura de células»." Esa necesidad de man-
tener una campaña de violencia durante un prolongado período de tiempo
obligaba a los republicanos a administrar sus recursos con mayor precau-
ción, lo que les llevó a reducir el número de atentados.
190 Sociedades en guerra civil

6. LA POLITIZACIÓN DE LOS PARAMILITARES

La proporción de víctimas civiles decreció como resultado de una ma-


yor selectividad en la elección de objetivos por parte de los paramilitares
de ambos bandos. También se apreció una disminución en el número de
muertes causadas por las fuerzas de seguridad.' Al mismo tiempo el IRA y
la UDA comenzaron a prestar mayor atención a actividades puramente po-
líticas. En el caso de la UDA, su desencanto con los políticos unionistas des-
pués del fracaso de una nueva huelga como reacción contra la política bri-
tánica, esta vez en 1977, llevó a sus líderes a desarrollar su propia estrategia
frente al conflicto. En enero de 1978 constituyeron una asociación conoci-
da como New Ulster Political Research Group que, un año más tarde, pu-
blicaría el informe Beyond the Religious Divide. En él se propugnaba el es-
tablecimiento de una Irlanda del Norte independiente, contexto en el que,
según sostenían, sería posible superar las divisiones sectarias de la socie-
dad al constituir la «única solución en la que no hay ni vencedores ni ven-
cidos».' Sin embargo esta propuesta del liderazgo de la UDA no encontró
demasiado apoyo entre las bases lealistas. A pesar de ello, el interés por la
politización del movimiento sirvió para frenar sus actividades violentas a
lo largo de la década de los ochenta.
Por lo que se refiere al IRA, tras los negativos resultados de la tregua de
1975 la organización nombró a una nueva cúpula en la que destacados re-
publicanos de Irlanda del Norte desplazaron a las figuras procedentes del
Sur que hasta ese momento habían dirigido el movimiento. A partir de
1976 tres serían los criterios que guiarían la estrategia republicana bajo el
nuevo liderazgo: secularización, radicalización y politización. 2 ' La variación
en el planteamiento de los Provisionales podía apreciarse en el discurso
pronunciado por un prominente miembro del Sinn Fein, Jimmy Drumm,
en Bodenstown en junio de 1977. En él advirtió sobre los peligros que en-
trañaba «la marginación de los republicanos en torno a la lucha armada». 22
A nivel internacional el sistema de gobierno directo desde Londres
consolidó la imagen de Irlanda del Norte como una colonia, percepción fa-
vorable para los intereses del IRA que agravó los problemas de los británi-
cos. Los británicos también debían hacer frente al rechazo de dicho siste-
ma por parte de los nacionalistas constitucionales del SDLP. Las gestiones
de su líder, John Hume, con destacados políticos estadounidenses servi-
rían para intensificar la presión sobre Gran Bretaña exigiéndole cambios
en su política hacia el conflicto norirlandés.
En mayo de 1979 el Partido Conservador llegó al poder. Poco después
el gobierno propuso una nueva iniciativa mediante la cual se pretendía lle-
var a cabo la devolución de ciertos poderes a una administración local en
Irlanda del Norte. Con el objeto de alentar el debate interno entre unionis-
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 191

tas y nacionalistas, el gobierno les amenazó con la imposición de estructu-


ras de gobierno si no lograban alcanzar un acuerdo entre ellos. Esta táctica
fracasó poniendo de manifiesto una vez más la imposibilidad de lograr una
solución viable para la región que no contara con la aprobación de los ene-
migos norirlandeses.
Al mismo tiempo el gobierno tuvo que hacer frente a una grave crisis
en el sistema penitenciario como consecuencia de su política de criminali-
zación. La abolición del «estatus de categoría especial» para los presos por
delitos de terrorismo fue seguida de protestas en las cárceles, que en 1980
desembocarían en la huelga de hambre de varios republicanos. Entre sus
reivindicaciones exigían el derecho a vestir sus propias ropas y a la libre
asociación con sus compañeros encarcelados. Su campaña fue respaldada
con masivas manifestaciones en zonas católicas de toda Irlanda del Norte,
poniendo de relieve el fracaso de la política de crin -finalización, cuyo obje-
tivo fundamental consistía en conseguir el aislamiento político de los vio-
lentos. El resultado de esta situación había sido anticipado por un profesor
de universidad en 1978 al afirmar que: «El limitado, aunque significativo,
vínculo de simpatía entre los ejecutores de la violencia política y una gran
parte de la gente que apoya sus objetivos, pero no sus medios, se fortalece-
rá en lugar de debilitarse como resultado de la abolición oficial del status
político de aquéllos». 23
Estas circunstancias estimularon nuevas variaciones en la política britá-
nica. En diciembre de 1980, durante una cumbre entre los primeros minis-
tros británico e irlandés, los dos gobiernos aceptaron iniciar un diálogo ba-
sado en lo que definieron como «todas las relaciones» 24 dentro de las Islas
Británicas. De esa forma se reconocía la necesidad de involucrar más direc-
tamente a la República de Irlanda en cualquier posible solución al conflic-
to, como exigían los nacionalistas norirlandeses. En consecuencia el anun-
cio fue recibido muy favorablemente en Estados Unidos. No obstante, el
comienzo de lo que vendría a denominarse como «proceso angloirlandés»
no resolvió la crisis abierta en las cárceles de Irlanda del Norte. En 1981 la
huelgas de hambre desembocaron en la muerte de 10 presos republicanos.
Este trágico desenlace generó una profunda solidaridad con la causa repu-
blicana entre la comunidad católica norirlandesa, así como en el extranje-
ro. 25 En Estados Unidos el presidente Reagan rechazó las presiones que re-
clamaban una intervención directa en la cuestión, persuadido, en parte,
por la inauguración del proceso angloirlandés que parecía sugerir una vo-
luntad de cambio en la política británica.
La legitimación de los objetivos de los presos entre el electorado cató-
lico quedó claramente demostrada con la elección de Bobby Sands como
diputado al parlamento británico una semana antes de su muerte, tras per-
manecer 66 días en huelga de hambre. Otros dos presos fueron elegidos
192 Sociedades en guerra civil

también diputados del parlamento irlandés en las elecciones generales ce-


lebradas en la República, en junio de 1981. Aunque en el sur el impacto de
las huelgas fue más efimero, en Irlanda del Norte tuvo consecuencias más
duraderas. Los éxitos electorales obtenidos convencieron a los republica-
nos de que su campaña de violencia podría verse complementada y forta-
lecida a través de la participación del Sinn Fein en futuras elecciones. En
octubre de 1982 el movimiento puso a prueba esta creencia durante las
elecciones a una Asamblea para Irlanda del Norte propuesta en una nueva
iniciativa gubernamental. El Sinn Fein obtuvo el 10,1 % de los votos, consi-
guiendo un importante triunfo que fue celebrado por los Provisionales
como «la bomba de las urnas». 26 Su resultado fue incluso mejor en las elec-
ciones generales del Reino Unido en junio de 1983, en las que alcanzaron
el 13,4 % de los votos en Irlanda del Norte. A raíz de este incremento los
republicanos especularon con la posibilidad de superar en próximos comi-
cios al principal partido nacionalista, el SDLP. Sin embargo, en diferentes
consultas, en 1984 y en 1985, el voto del Sinn Fein decreció ligeramente. A
pesar de ello, la sola amenaza de que los Provisionales pudieran llegar a
materializar sus expectativas electorales dio un mayor ímpetu al proceso
angloirlandés, del que surgiría el Acuerdo Angloirlandés de noviembre de
1985.

7. EL ACUERDO ANGLOIRLANDÉS

Este acuerdo, alcanzado por los primeros ministros de Gran Bretaña y


de la República de Irlanda, permitía al gobierno irlandés plantear sus opi-
niones sobre la manera en que Irlanda del Norte era gobernada. Este poder
meramente consultivo se ejercería a través de un órgano conocido como la
Conferencia Intergubernamental. 27 La iniciativa era vista como un triunfo
de las artes negociadoras del SDLP, cuya popularidad entre el electorado
católico de Irlanda del Norte continuó progresando en detrimento del
Sinn Fein. En cambio, la gran mayoría de la comunidad unionista se opuso
al Acuerdo, como pusieron en evidencia las populosas manifestaciones y
acciones de desobediencia civil con las que expresaron sus protestas. El
UUP (Ulster Unionist Party) y el DUP (Democratic Unionist Party), los dos
principales partidos políticos unionistas, sellaron un pacto de cooperación
con la intención de destruir las estructuras diseñadas por ambos gobier-
nos. La región volvió a asistir a una intensificación de la intimidación secta-
ria que se tradujo en la expulsión de familias católicas de sus hogares e in-
cluso de algunos oficiales del RUC. Los lealistas también dirigieron sus
ataques a la policía, a cuyos miembros acusaban de ejecutar los dictados de
la política del gobierno de Dublín.
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 193

Las protestas carcelarias de comienzos de la década, junto al ascenso


electoral del Sinn Fein y la firma del Acuerdo Angloirlandés, reavivaron las
sospechas de los lealistas hacia la comunidad católica y el gobierno britá-
nico. Una de sus consecuencias fue el recrudecimiento de los asesinatos a
cargo de paramilitares lealistas después de que a finales de los años setenta
hubieran experimentado un notable descenso. En medio de una creciente
polarización de las dos comunidades, los líderes de la UDA aseguraban
mantener su compromiso con una acomodación política, a la vez que justi-
ficaban la campaña de la UFF (Ulster Freedom Fighters), un nom de guerre
adoptado por dicha agrupación, aduciendo que perseguía la eliminación
de «activistas republicanos y nacionalistas que están intentando echar aba-
jo el gobierno». 28 Su filosofía fue sintetizada por Andy Tyrie, comandante en
jefe de la UDA, al afirmar que «la única forma de derrotar al IRA es aterrori-
zando a los terroristas». 29 A pesar de todo, los niveles de violencia lealista
habían disminuido considerablemente en comparación con la mitad de los
años setenta.
John McMichael, destacado dirigente de la UDA, resumió del siguiente
modo la falta de confianza de los paramilitares lealistas hacia el liderazgo
de las principales formaciones políticas unionistas: «Si algunos de los líde-
res unionistas actuales hubiesen estado en el poder en 1912, Irlanda del
Norte jamás hubiera llegado a existir>.' Esa fecha poseía un gran simbolis-
mo en la mentalidad protestante, ya que fue el año en el que se constituyó
la UVF (Ulster Volunteer Force), una organización paramilitar que median-
te la amenaza de la violencia se opuso a la autonomía para Irlanda que el
gobierno británico pretendía introducir. Este suceso era tan importante
para los unionistas como para los republicanos lo era 1916, momento en el
que los rebeldes irlandeses proclamaron la independencia de Irlanda al
protagonizar una insurrección contra los ingleses que fue rápidamente
ahogada en sangre. Con el objeto de legitimar sus acciones, los paramilita-
res de ambos bandos utilizaban constantemente esos dos referentes histó-
ricos y la relevancia que la violencia había tenido en el establecimiento de
las condiciones políticas a las que ellos se enfrentaban. Los violentos oríge-
nes de Irlanda del Norte continuaban ejerciendo una decisiva influencia
en las percepciones sobre la legitimidad del orden político y en la natura-
leza de las divisiones políticas contemporáneas.
Las protestas callejeras de los unionistas no lograron destruir el Acuer-
do Angloirlandés. Su fracaso les llevó a prestar mayor atención a las nego-
ciaciones políticas con el fin de intentar lograr la derogación del documen-
to. Este cambio de táctica coincidió con una aparente moderación de las
actitudes de las agrupaciones lealistas. En enero de 1987 el Ulster's Politi-
cal Research Group de la UDA publicó una serie de propuestas planteando
el establecimiento de una administración para Irlanda del Norte basada en
194 Sociedades en guerra civil

un sistema de poder compartido entre los unionistas y la principal forma-


ción nacionalista, el SDLP." En una línea semejante, un grupo de trabajo
nombrado por los líderes del UUP y del DUP concluyó que muchos miem-
bros de su comunidad estarían dispuestos a aceptar un gobierno en el que
participara el SDLP, siempre y cuando desapareciera la conexión con Du-
blín introducida por el Acuerdo Angloirlandés.'
Desde el espectro político contrario, en mayo de 1987 el Sinn Fein pu-
blicó un documento de discusión titulado A Scenario for Peace. 33 En él se
proponía la convocatoria de elecciones a una conferencia constitucional,
en el contexto de toda la isla, que siguiera a la declaración de retirada de Ir-
landa a cargo de los británicos. El documento argumentaba que la parti-
ción de la isla constituía una violación del derecho de autodeterminación
recogido en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966
de Naciones Unidas. Después de esta iniciativa, en 1988, el Sinn Fein y el
SDLP iniciaron un diálogo durante el que John Hume exigió, sin éxito,
el fin de la campaña de violencia del IRA. 34
Los republicanos intensificaron sus atentados después de que a media-
dos de esa década recibieran abundantes armas y explosivos procedentes
de Libia. 35 En respuesta, en octubre de 1988, el ministro del Interior británi-
co, Douglas Hurd, prohibió la reproducción en los medios de comunicación
de las voces de representantes del Sinn Fein y de la UDA. Aunque a partir de
ese momento sus intervenciones serían dobladas por actores, estas restric-
ciones tuvieron efectos negativos para los partidos vinculados a los parami-
litares, al contribuir a su marginación. La UDA había sufrido la pérdida de
dos de sus políticos más hábiles con la dimisión de Andy Tyrie, en marzo de
1988, y el asesinato de John McMichael, en diciembre del año anterior, a ma-
nos del IRA. En consecuencia, el UDP (Ulster Democratic Party), considera-
do como el brazo político de la UDA, acaparaba escasa atención y muy po-
bres resultados electorales. Asimismo, en 1989 el Sinn Fein disminuyó su
porcentaje de votos en las elecciones locales y al parlamento europeo.

8. LA INICIATIVA BROOKE

En medio de este escenario se produjo un ligero acercamiento de las


posturas de aquellos partidos que representaban a la mayoría de la pobla-
ción unionista y nacionalista, o sea, el UUP y el DUP por un lado y el SDLP
por otro. El entonces ministro británico para Irlanda del Norte, Peter Broo-
ke, aprovechó estas condiciones para promover, en enero de 1990, una
nueva iniciativa política basada en el diálogo entre los partidos constitu-
cionales, esto es, el UUP, el DUP, el SDLP y el Partido Alianza —tradicional-
mente considerado como no confesional—, sobre tres niveles de relacio-
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 195

nes: entre las dos comunidades norirlandesas; entre Irlanda del Norte y la
República de Irlanda; y entre el Reino Unido y la República de Irlanda.
A pesar de la aceptación de estas bases, desde el primer momento sur-
gieron obstáculos que impidieron poner en marcha las negociaciones en-
tre todas las partes. Uno de ellos fue la pretensión de los unionistas de sus-
pender el Acuerdo Angloirlandés que tanto rechazo había generado en su
comunidad. Finalmente Brooke logró una fórmula de compromiso según la
cual las negociaciones tendrían lugar durante un intervalo de 11 semanas,
entre finales de abril y mediados de julio de 1991, en el que la Conferencia
Intergubernamental diseñada en dicho acuerdo no mantendría reuniones.
El mero hecho de que por fin los partidos fueran a sentarse a la mesa de
negociaciones alumbró las esperanzas de que pudieran llegar a resolverse
las diferencias que habían creado la situación de punto muerto en la que
se encontraba Irlanda del Norte." Ese clima de optimismo se vio favoreci-
do por la decisión del Combined Loyalist Military Command (CLMC),
formación que aglutinaba a las principales organizaciones paramilitares
lealistas, de decretar un alto el fuego durante el transcurso de las negocia-
ciones. Sin embargo, el desacuerdo entre los partidos sobre cuestiones de
procedimiento bloqueó la negociación en importantes materias. Las obje-
ciones planteadas por los unionistas en este sentido sirvieron para que
gran parte de la opinión pública en Gran Bretaña les culpara por el escaso
progreso de las conversaciones al concluir el plazo estipulado. 37
El fracaso de la primera ronda de negociaciones fue seguido de una
nueva espiral de violencia lealista. En 1991, los paramilitares protestantes
fueron responsables de 40 de los 93 asesinatos ocurridos durante ese año,
el nivel más alto de muertes por su parte desde mediados de la década de
los setenta.' Este tipo de violencia continuó su escalada durante 1992, en
parte como consecuencia de las órdenes de un nuevo liderazgo más joven
∎ militante que se había hecho con el mando tras la muerte de McMichael.
Con la intención de demostrar que su efectividad no tenía nada que en-
vidiar a la de sus predecesores, decidieron tomar represalias por cada una
de las acciones del IRA. Un importante cargamento de armas procedente de
Sudáfrica a comienzos de 1988 les proporcionó los medios. 39 En agosto
de 1992 el gobierno británico respondió ilegalizando a la UDA.
Aunque muchas de las víctimas de los lealistas seguían siendo católicos
sin conexión alguna con los paramilitares del bando contrario, también di-
rigieron sus ataques hacia prominentes republicanos. Esta táctica provocó
la respuesta del IRA, que justificó así los asesinatos de protestantes a los
que acusaba de estar involucrados en la campaña lealista. Como conse-
cuencia de esta especie de guerra entre los paramilitares de ambos ban-
dos, 1991 fue el año en el que se produjeron menos víctimas entre las fuer-
zas de seguridad desde el comienzo de «los disturbios». Al mismo tiempo,
196 Sociedades en guerra civil

en zonas más afectadas por la violencia como Belfast aumentaron los te-
mores a que de nuevo se alcanzaran los terribles niveles de indiscrimina-
dos asesinatos sectarios que tan populares habían sido durante mediados
de los años setenta.

9. ALTO EL FUEGO

Después de las elecciones generales en Gran Bretaña, celebradas en


abril de 1992, tuvo lugar una nueva ronda de negociaciones entre los parti-
dos constitucionales norirlandeses. Aunque se logró tratar en mayor pro-
fundidad cuestiones sobre las que no se había podido avanzar en el intento
previo, las conversaciones concluyeron nuevamente sin un acuerdo políti-
co. En esta ocasión el SDLP recibió gran parte de la culpa por la parálisis al
proponer un ambicioso régimen de autoridad compartida para Irlanda del
Norte con participación de Gran Bretaña, la República de Irlanda y la Unión
Europea.
En dichos comicios el Sinn Fein sufrió un serio revés al perder Gerry
Adams su escaño por West Belfast. Un día después de las elecciones, el IRA
demostró su capacidad para golpear directamente a la economía británi-
ca al colocar una bomba en la City londinense que causó daños por valor
de casi un billón de libras. Un año después el IRA volvería a atentar contra
el centro financiero británico provocando de nuevo cuantiosos daños eco
nómicos. A pesar de esta manifiesta potencia, dentro del movimiento re
publicano existían serias dudas sobre la verdadera efectividad de su cam -

paña terrorista. Así lo había reconocido un portavoz del IRA durante una
entrevista en 1990 al admitir que, aunque dicho grupo no podía ser derro
tado, cada vez era más dificíl persuadir a los nacionalistas de que podía
vencer. 40
Un discurso pronunciado en junio de 1992 por el dirigente del Sinn
Fein Jim Gibney sugería también una significativa evolución en la filosofía
política dentro del movimiento republicano. En él parecía darse una mayor
consideración a las aspiraciones unionistas y a la necesidad de un proceso
de negociación." Otra muestra de dicha tendencia la proporcionó la publi-
cación por parte del Sinn Fein de un informe, titulado Towards a lasting
peace in Ireland,42 en el que los republicanos exponían su visión sobre la
forma en la que podía concluirse el conflicto. Estos factores alentaron el
diálogo que diversos dirigentes religiosos mantuvieron durante 1992 con
dicha formación con la finalidad de persuadirles de que abandonaran la
violencia.Ya en 1989 Peter Brooke había planteado la posiblidad de que el
gobierno británico entablara negociaciones con los republicanos si éstos
decretaban el fin de la violencia.'13
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 197

Pero la indicación más clara de que las conversaciones del Sinn Fein
con otros grupos o individuos podrían desembocar en un alto el fuego del
IRA se produjo en septiembre de 1993, cuando Gerry Adams y John Hume
elaboraron un documento conjunto en el que se recogían propuestas que,
en su opinión, podían poner punto final a la violencia. Estas deliberaciones
fueron el fruto de los intensos contactos que ambos habían mantenido du-
rante meses. A pesar de que Hume definió su plan como el camino hacia la
paz, los gobiernos británico e irlandés lo recibieron con escepticismo, pues-
to que planteaba condiciones inaceptables para la comunidad unionista. En
su lugar, Londres y Dublín impulsaron una alternativa propia en unos mo-
mentos en los que la confluencia de diversos factores aumentó la presión
sobre ellos para introducir una nueva iniciativa política. Por un lado, en el
otoño de 1993 los paramilitares republicanos y lealistas protagonizaron una
violenta espiral de asesinatos sectarios que acrecentaron la desesperación
de las dos comunidades. Además, en noviembre se hizo público que el go-
bierno británico había mantenido contactos secretos con la cúpula del IRA
en contra de su reiterada política de no negociar con terroristas.
El resultado fue la Declaración de Downing Street, hecha pública con-
juntamente por el gobierno británico e irlandés el 15 de diciembre de 1993.
En ella se ofrecía al Sinn Fein su inclusión en negociaciones sobre el futuro
de Irlanda del Norte con el resto de los actores involucrados en el conflicto,
una vez el IRA anunciara el final de su campaña. Al mismo tiempo se subra-
yaba una vez más que Irlanda del Norte no dejaría de ser parte del Reino
Unido sin el consentimiento de la mayoría de la población norirlandesa. Aun-
que en julio de 1994 una conferencia del Sinn Fein rechazó el documento, el
31 de agosto el IRA anunció el «cese completo de sus operaciones milita-
res».44 Tan histórico anuncio fue seguido del alto el fuego decretado por el
Combined Loyalist Military Command el 13 de octubre de ese mismo año.
Resultaba muy significativo el hecho de que el cese de la violencia de
los paramilitares se hubiera producido finalmente en ausencia de un acuer-
do político sobre el futuro de Irlanda del Norte. A pesar del optimismo que
las noticias generaron en ambas comunidades, el proceso de normaliza-
ción tras tantas décadas de conflicto planteaba todavía numerosos obstácu-
los. Desde algunos sectores unionistas se cuestionaba seriamente las impli-
caciones que podía tener su participación en negociaciones políticas con
el Sinn Fein. Estas preocupaciones se vieron complementadas por las sos-
pechas unionistas sobre un posible pacto secreto entre el gobierno británi-
co y los republicanos en recompensa por el alto el fuego. Puesto que los
dos bandos tenían expectativas contrapuestas sobre los resultados políti-
cos que el cese de la violencia debería traer consigo, no es de extrañar que
muchos norirlandeses lo interpretaran como una mera tregua de incierta
duración.
198 Sociedades en guerra civil

10. RUPTURA DEL ALTO EL FUEGO

Los gobiernos de Londres y Dublín intentaron apaciguar los temores de


los unionistas exigiendo a los republicanos una serie de concesiones que
retrasarían el inicio de las negociaciones prometidas. En febrero de 1995
ambos gobiernos presentaron el marco de dichas conversaciones y posi-
bles estructuras de gobierno para su discusión." Las formaciones unionis-
tas recibieron estas medidas con hostilidad al interpretar que favorecían
claramente los intereses nacionalistas. En un intento por compensar a los
unionistas, un mes más tarde, el ministro británico para Irlanda del Norte,
Patrick Mayhew, estableció formalmente como condición previa al inicio
de las negociaciones multilaterales la necesidad de que el IRA entregara
parte de su arsenal. Esta exigencia fue rotundamente rechazada por los re-
publicanos, creando un serio impasse en el proceso de paz del que sólo se
salió la víspera de la visita del presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, a
Irlanda del Norte, en noviembre de 1995. En esa fecha británicos e irlande-
ses anunciaron la creación de un órgano internacional, bajo supervisión
del antiguo senador estadounidense George Mitchell, con el objeto de es-
tudiar la cuestión del decomiso de armas. Su informe, publicado el 22 de
enero de 1996, recomendaba que la entrega de armamento por parte de los
paramilitares no debería producirse ni antes ni después de las negocia-
ciones, sino durante el transcurso de las mismas. Asimismo, proponía que
los participantes en las negociaciones aceptaran una serie de principios,
entre los que se incluían los siguientes: el desarme total y verificable de los
grupos paramilitares; el firme compromiso de adoptar exclusivamente mé-
todos democráticos y pacíficos para resolver diferencias políticas; y la pro-
mesa de aceptar el resultado final de las conversaciones. 46
La reacción del gobierno británico al informe Mitchell estuvo fuerte-
mente influenciada por su creciente dependencia de los diputados unio-
nistas para mantener su mayoría en el parlamento de Westminster. En lu-
gar de convocar inmediatamente las negociaciones, como exigían los repu-
blicanos, John Major prometió que éstas se iniciarían después de la cele-
bración de una consulta electoral que determinara qué formaciones ha-
brían de participar en el diálogo. Con esta medida, reconocida también por
el informe de Mitchell, los británicos pretendían satisfacer a los unionistas
que, siguiendo las recomendaciones del antiguo senador estadounidense,
debían aceptar la participación en las negociaciones sin que previamente
se hubieran entregado algunas armas.
En respuesta a esta nueva demora, el IRA rompió su alto el fuego el 9 de
febrero de 1996 con una potente explosión que destrozó Canary Wharf en
Londres. La reacción de Major a las propuestas de Mitchell no fue el único
motivo que llevó a los republicanos a reanudar la violencia. Con esa acción
Miedo a una guerra civil: la experienCia de Irlanda del Norte 199

la cúpula republicana pretendía evitar una peligrosa escisión dentro del


movimiento. El ritmo al que estaba evolucionando el proceso de paz había
fortalecido los argumentos de aquellos que inicialmente se habían opuesto
al cese de la violencia y que propugnaban una vuelta a la campaña terro-
rista. La ruptura oficial del alto el fuego intentaba evitar que grupos de disi-
dentes emprendieran por su cuenta operaciones armadas que reforzaran
divisiones internas.
Tras el atentado, todos las partes involucradas en el conflicto se critica-
ron mutuamente por el suceso. Por un lado el Sinn Fein culpó al gobierno
británico y a los unionistas, mientras que éstos acusaron a los republica-
nos. Entre tanto, los nacionalistas del SDLP y el gobierno irlandés dividie-
ron las culpas entre el IRA, así como el gobierno británico y los unionistas,
a quienes acusaban de haber desperdiciado la oportunidad que el alto el
fuego ofreció con sus constantes exigencias antes de sentarse a negociar.
La respuesta de Londres y Dublín fue rápida, reclamando la restauración del
alto el fuego y fijando el 10 de junio como la fecha para comenzar las nego-
ciaciones multilaterales. Previamente tendrían lugar elecciones, en mayo,
con el fin de determinar qué partidos participarían en el proceso de conver-
saciones, en el cual el Sinn Fein sólo podría tomar parte si antes el IRA decla-
raba un nuevo alto el fuego. En estos comicios, los republicanos obtuvieron
un 15,5 % de votos, sus mejores resultados desde que el Sinn Fein comenzó a
concurrir a las elecciones en Irlanda del Norte en 1982.
Gracias a un complicado sistema electoral diseñado especialmente
para la ocasión, el PUP (Progressive Unionist Party) y el UDP, representan-
tes políticos de la UVF y la UFF respectivamente, obtuvieron los votos ne-
cesarios para acceder a las negociaciones. Ante la ausencia de un nuevo
alto el fuego del IRA, las conversaciones se iniciaron sin la presencia del
Sinn Fein. Los republicanos llevaron a cabo nuevos atentados, como el que
destrozó el centro de Manchester el 15 de junio de 1996. Durante ese ve-
rano se produjeron violentos disturbios en toda Irlanda del Norte desenca-
denados por la polémica sobre los desfiles de la Orden de Orange a través
de zonas mayoritariamente católicas. La peligrosa atmósfera de polariza-
ción tenía su reflejo en las negociaciones que evolucionaban lentamente
sin progreso alguno.

I . RESTAURACIÓN DEL ALTO EL FUEGO

Este escenario varió con la llegada al poder del Partido Laborista tras
las elecciones generales de mayo de 1997. La amplia mayoría de la que dis-
frutaban los socialistas en el parlamento le permitía a su líder, Tony Blair,
una mayor movilidad en la política gubernamental hacia Irlanda del Norte.
200 Sociedades en guerra civil

A pesar de la ruptura formal de la tregua del IRA, acompañada de esporádi-


cos atentados de los lealistas que no fueron oficialmente reivindicados,
todavía existían posibilidades de encarrilar el proceso de paz. Así lo suge-
ría el hecho de que, aunque en el seno de los paramilitares los disidentes
contrarios a las negociaciones políticas habían fortalecido sus argumentos,
en su conjunto la violencia no había alcanzado niveles tan elevados como
los que precedieron al alto el fuego de 1994 (véase cuadro 1). Rápidamen-
te el nuevo gobierno autorizó la reapertura de contactos con el Sinn Fein con
el objeto de buscar una fórmula que facilitara la restauración del alto el
fuego del IRA. Blair y Mo Mowlam, nueva ministra para Irlanda del Norte,
les ofrecieron a los republicanos las siguientes garantías: la admisión del
Sinn Fein en el proceso de negociaciones se produciría poco tiempo des-
pués de que se anunciara el cese de la violencia; la precondición del deco-
miso no obstaculizaría la negociación en las decisivas cuestiones que de-
seaban abordar; y se establecía mayo de 1998 como la fecha tope para la
conclusión de las negociaciones.
El resultado fue la «inequívoca» restauración del alto el fuego del IRA el
20 de julio de 1997 y la admisión del Sinn Fein en las conversaciones en
septiembre. En protesta por la entrada de los republicanos, el DUP de Ian
Paisley y otro pequeño partido unionista, el UKUP (United Kingdom Unio-
nist Party) abandonaron el proceso. A pesar de ello, la principal formación
unionista, el UUP, y los representantes de los paramilitares lealistas conti-
nuaron involucrados en las conversaciones. Estas ausencias no afectaban
de manera decisiva al proceso, como consecuencia del procedimiento
acordado por ambos gobiernos para las negociaciones. En función del mis-
mo, para alcanzar un acuerdo político se precisaba que éste contara con la
aprobación de aquellos partidos que representasen a una mayoría tanto en
la comunidad unionista como en la nacionalista, así como una mayoría de
todos los partidos en las negociaciones. Por lo tanto, ni siquiera la presen-
cia del Sinn Fein resultaba imprescindible, ya que los republicanos serían
incapaces de bloquear un acuerdo que contara con el beneplácito de los
dos partidos mayoritarios, o sea, el UUP y el SDLP, y alguna otra formación
minoritaria.

12. EL ACUERDO DE BELFAST

En contra de los pronósticos, los participantes en las negociaciones al-


canzaron un acuerdo político, en abril de 1998, bautizado como el Acuerdo
de Belfast. La estructuras diseñadas en este documento diferían poco de las
que ya se habían propuesto en el pasado, en concreto en el fallido intento
de 1974, cuando también se intentó poner en marcha un sistema de poder
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 201

compartido entre unionistas y nacionalistas. El hecho de que fuera posible


lograr el Acuerdo en 1998 y no antes se debía a un importante cambio en
las actitudes de las principales formaciones norirlandesas. Los gobiernos
británico e irlandés habían establecido tiempo atrás los parámetros de un
posible acuerdo que habría de incluir una Asamblea con poderes ejecuti-
vos y legislativos con devolución de ciertas competencias desde el parla-
mento de Londres, así como un Consejo Norte/Sur a través del cual debía
materializarse la dimensión irlandesa exigida por los nacionalistas. Otro de
las pilares de la política de ambos gobiernos había sido el denominado
principio del consentimiento, según el cual Irlanda del Norte sólo podía
dejar de ser parte del Reino Unido si una mayoría de la población norirlan-
desa así lo decidía. El Acuerdo de Belfast constituía la materialización de es-
tos criterios sin que, por tanto, representara una gran variación de la políti-
ca gubernamental mantenida durante las últimas décadas.
En cambio el Acuerdo desechaba varias de las opciones que a lo largo
del conflicto habían sido defendidas por los partidos unionistas, esto es,
una Irlanda del Norte independiente y la plena integración de dicha re-
gión en el sistema político británico. Asimismo, el Acuerdo quedaba lejos
de los planes del SDLP que en el pasado ambicionaron para Irlanda del
Norte un régimen de autoridad compartida entre Gran Bretaña y la Repú-
blica. El texto acordado en 1998 tampoco satisfacía los objetivos tradicio-
nales del movimiento republicano, como han admitido destacados dirigen-
tes del Sinn Fein. 47 A pesar de ello los Provisionales aceptaron el documento,
que fue respaldado por un 71,12 % de los norirlandeses y por un 94,40 % del
electorado en la República de Irlanda en dos referendos celebrados simultá-
neamente en el norte y en el sur de la isla en mayo de ese mismo año."
Aunque las principales organizaciones paramilitares en uno y otro ban-
do apoyaron el Acuerdo, su puesta en funcionamiento iba a resultar enor-
memente complicada. Una de las causas fue la aparición de grupos de disi-
dentes republicanos y lealistas que se han opuesto mediante acciones
violentas a las nuevas estructuras de gobierno. Aunque la mayor parte del
movimiento Provisional ha permanecido fiel al liderazgo de Gerry Adams,
la posibilidad de una escisión mucho mayor ha restringido los movimien-
tos de éste en una de las cuestiones más importantes durante todo el pro-
ceso de paz: el decomiso de las armas del IRA.
En contra de lo que propuso el informe Mitchell, los paramilitares no
hicieron entrega de sus armas durante las negociaciones. Por lo tanto el
Acuerdo fijaba que «el decomiso de todas las armas paramilitares» debería
completarse en el plazo de dos años después de la aprobación en referén-
dum de dichas propuestas." Al cumplirse el primer aniversario del Acuer-
do de Belfast, seguía sin iniciarse dicho desarme, que se había convertido
en el principal obstáculo para que las instituciones acordadas fueran pues-
202 Sociedades en guerra civil

tas en marcha. De acuerdo con las elecciones a la Asamblea que tuvieron


lugar en junio de 1998, al Sinn Fein le correspondían dos carteras en el
nuevo ejecutivo encargado de gobernar Irlanda del Norte. Sin embargo, un
año después todavía no había logrado constituirse, pues los unionistas se
negaban a aceptar a los republicanos en dicho órgano mientras el IRA no
empezara a deshacerse de sus armas.
Desde la perspectiva de los Provisionales, se temía que tan histórico
paso provocara nuevas escisiones en un movimiento que aceptó un Acuer-
do en el que se reconoce la legitimidad de Irlanda del Norte y otros anate-
mas del republicanismo contemporáneo. Entre estos últimos se encontra-
ba la modificación de los artículos 2 y 3 de la constitución irlandesa en los
que se reivindicaba el territorio de Irlanda del Norte como parte del Esta-
do irlandés. De esa forma, el rechazo a desprenderse de las armas se con-
virtió en lo que Paul Bew ha descrito gráficamente como «el último símbo-
lo de virilidad» de los republicanos." Para el liderazgo de Adams y Martin
McGuinness, la entrega de armas sin que previamente se hubiese formado
el ejecutivo podía fortalecer a aquellos sectores que percibían el proceso
como una traición a los ideales republicanos, poniendo en peligro la super-
vivencia del Acuerdo. En el bando contrario, el líder unionista, David Trim-
ble, debía encarar también una difícil situación, al dirigir un partido peli-
grosamente dividido entre partidarios y enemigos del Acuerdo de Belfast.
Así lo demostraba la composición de la Asamblea tras las elecciones de ju-
nio de 1998:

CUADRO 2
Distribución de fuerzas en la Asamblea de Irlanda del Norte
Bloques Escaños Votos en primera Escaños obtenidos
opción (%)
Nacionalistas 42 39,8 38,8
Unionistas «Sí Acuerdo» 30 25,0 27,7
Unionistas «No Acuerdo» 28 25,5 25,9
Otros 8 9,4 7,4
Total 108 99,7 99,8
Fuente: Brendan O'Leary, «The 1998 British-Irish Agreement: Power-Sharing Plus», Scottish Af-
fairs, n° 26, invierno de 1999, pág. 19.

Dentro de las filas unionistas muchos fueron los que brindaron un apo-
yo condicional al Acuerdo, amenazando a Trimble de que modificarían su
postura si el Sinn Fein era admitido en el ejecutivo sin que el IRA hubiese
entregado previamente sus armas» Esta circunstancia restringía enorme-
mente los movimientos de Trimble, como el propio Gerry Adams llegó a
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 203

reconocer al afirmar en mayo de 1999 que «si a los unionistas se les diera
espacio para maniobrar, maniobrarían». 52
En el momento de escribir estas líneas, todavía no se había logrado for-
mar el ejecutivo norirlandés ante la ausencia de desarme por parte de los
paramilitares. A pesar de las incógnitas que el futuro del Acuerdo plantea,
las demoras en su puesta en práctica no deben entenderse como un signo
de que la vuelta a los niveles de violencia presenciados en el pasado resulta
inevitable. Después de tres décadas de conflicto, en amplios sectores repu-
blicanos y lealistas se acepta que el Acuerdo de Belfast es el mejor resulta-
do que los paramilitares pueden obtener. Ambos bandos podrían mostrarse
interesados en derribar los andamiajes sobre los que se sostiene el Acuerdo
si la alternativa a sus estructuras sirviera para acercar más sus objetivos úl-
timos. Sin embargo, los gobiernos británico e irlandés han dejado muy claro
que su modelo de gobierno para Irlanda del Norte admite mínimas varia-
ciones. Para decepción de los republicanos, la espectacular violencia de to-
dos estos años no ha logrado que el gobierno británico asuma una política
de persuasión encaminada a convencer a los unionistas de que la mejor so-
lución al conflicto se encuentra en la unificación de la isla. El principio del
consentimiento continúa siendo el eje de su política hacia la región que in-
cluso el Sinn Fein aceptó de facto al respaldar el Acuerdo.Tampoco es pro-
bable que los dos gobiernos intentasen imponer un nuevo Acuerdo con
provisiones más favorables para los unionistas, lo que necesariamente pro-
vocaría el rechazo de nacionalistas y republicanos.
Al mismo tiempo no es posible descartar que determinados grupos
continúen con acciones armadas. El proceso de paz no ha hecho desapare-
cer el antagonismo utilizado por los paramilitares para justificar inicial-
mente sus campañas. Desde el punto de vista republicano, la partición de
la isla y la presencia británica en Irlanda continúan vigentes. Igualmente,
para ciertos sectores unionistas, Irlanda del Norte sigue siendo una entidad
en permanente estado de amenaza. En la mentalidad de algunos republica-
nos y unionistas la violencia no ha dejado de ser un recurso útil y legítimo
para perseguir objetivos políticos. En una entrevista con uno de los auto-
res, Bernadette Sands, dirigente del 32 County Sovereignty Movement, for-
mación considerada como el brazo político del «IRA Auténtico», una esci-
sión del IRA Provisional, se mostraba convencida de que la lucha armada
había forzado a los británicos a la mesa de negociación. En su opinión, la
lucha armada no había «fallado» al movimiento republicano, sino sus diri-
gentes, que no habían logrado aprovechar en las negociaciones la fortaleza
(pie la violencia les habría brindado, llevándoles a aceptar en 1998 algo
muy similar a lo que ya se les ofreció años antes. 53
El mismo Acuerdo de Belfast contiene el potencial para prolongar el
conflicto si su puesta en práctica no va acompañada de una progresiva
204 Sociedades en guerra civil

transformación del carácter de la disputa. En el texto se incluye la posibi-


lidad de nuevas consultas electorales en el futuro con el objeto de deter-
minar el estatus de Irlanda del Norte." El hecho de que el Sinn Fein acep-
te las disposiciones del documento, junto a su participación en las
instituciones que del mismo se derivan, acomoda al republicanismo irlan-
dés dentro del Estado que pretendía subvertir. Frente a esta realidad, los
republicanos han defendido el radicalismo de su filosofía política presen-
tando el Acuerdo como un significativo avance y como una etapa de tran-
sición hacia la reunificación del Norte y el Sur de Irlanda." Este mensaje
se opone radicalmente al que los líderes unionistas partidarios del Acuer-
do han transmitido a sus bases, esto es, que el documento refuerza la
Unión entre Irlanda del Norte y el resto del Reino Unido. En un contexto
como el norirlandés, la confrontación de estas dos aspiraciones naciona-
listas, una pro irlandesa y la otra pro británica, plantea numerosas incerti-
dumbres entre los dos bandos. La coexistencia de ambas en un marco de-
mocrático y pacífico requiere la superación de temores y amenazas que
los propios firmantes del Acuerdo se han encargado de potenciar con la
intención de presentarlo a sus comunidades como una solución política
aceptable para sus intereses.
Es esta naturaleza propia del conflicto la que justifica las concesiones
que el Acuerdo ofrece a los diferentes actores. Las tres principales institu-
ciones propuestas en el mismo han sido construidas con la intención de
lograr un delicado equilibrio que satisfaga las expectativas de unionistas y
nacionalistas, como resumimos a continuación.

• La Asamblea, designada por un sistema de representación proporcio-


nal, posee competencias ejecutivas y legislativas en seis áreas: educa-
ción, salud y servicios sociales, agricultura, finanzas y personal, medio
ambiente, y desarrollo económico. El sistema de toma de decisiones
exige el apoyo de ambas comunidades contando con métodos que
protejan a los nacionalistas de una posible dominación unionista.
• El Consejo Ministerial Norte-Sur, formado por aquellos con autoridad
ejecutiva en Irlanda del Norte y en la República de Irlanda, tiene
como misión cooperar en cuestiones de interés mutuo que afectan a
ambas partes de la isla en la siguientes áreas: transporte, agricultura,
educación, salud, medio ambiente y turismo. A través del mismo los
nacionalistas norirlandeses aspiran a estrechar los lazos con la Repú-
blica de Irlanda.
• El Consejo Británico-Irlandés estará integrado por representantes de
los gobiernos británico e irlandés, los parlamentos de Irlanda del Nor-
te, Escocia y Gales, y las administraciones de las islas del Canal y de la
isla de Man. A través del mismo se han compensado los temores de
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 205

los unionistas a que el Consejo Norte-Sur pueda convertirse en un pri-


mer eslabón de una Irlanda unida. Si el norte y el sur de la isla se apro-
ximan, también lo harán el este y el oeste de las islas Británicas dentro
del Consejo Británico-Irlandés.

Como una de sus concesiones más radicales, el Acuerdo contempla la


excarcelación de los presos pertenecientes a organizaciones en alto el fue-
go. Desde el punto de vista del gobierno británico, esta medida es una de
las manifestaciones más claras del reconocimiento del carácter político im-
plícito a la violencia perpetrada por los grupos paramilitares. En esa misma
línea, resulta significativo que al referirse a dichos grupos el texto recurre
al concepto «paramilitar» y no al término «terrorista». 56 Esta deliberada ter-
minología denota una inclusividad que contrasta con otros planteamientos
políticos asumidos en el pasado. Como parte de sus esfuerzos por evitar la
exclusión de los paramilitares del proceso que habría de conducir al Acuer-
do, a lo largo del mismo el gobierno británico ha renegado abiertamente
de la política de no negociación con terroristas defendida por sus predece-
sores. Esto le llevó a eludir la interrupción de sus contactos con los para-
militares a pesar de la esporádica reanudación de la violencia en diferentes
momentos de dicho proceso."
El progresivo afianzamiento de esta política de inclusión exigió previa-
mente la declaración formal de alto el fuego por parte de los paramilitares,
así como la construcción de confianza entre las partes a través de un proce-
so gradual. Aunque el Acuerdo pueda interpretarse como el triunfo de este
enfoque, debe matizarse semejante creencia. Así lo sugiere el hecho de que
no existiera diálogo directo entre los partidos unionistas mayoritarios y el
Sinn Fein durante las negociaciones que precedieron al Acuerdo. Además
los partidos vinculados a los paramilitares apenas influyeron en la negocia-
ción de las denominadas cuestiones constitucionales del documento, consi-
deradas como las de mayor importancia de toda la iniciativa. El texto defini-
tivo fue principalmente el fruto de las discusiones entre los dos gobiernqs y
los partidos más votados en cada una de las comunidades norirlandesas,
esto es, el UUP y el SDLP Sólo el éxito o el fracaso de las propuestas acor-
dadas en abril de 1998 determinará si ese modelo de inclusión, que ha defi-
nido la etapa más reciente del conflicto, ha sido verdaderamente eficaz.

13. CONCLUSIÓN

Aunque el número de personas involucradas en grupos paramilitares


ha constituido una pequeña parte de la población total de Irlanda del Nor-
te, la violencia no puede considerarse como un fenómeno marginal. A pe-
206 Sociedades en guerra civil

sar de que sólo una pequeña minoría en ambas comunidades ha apoyado


la violencia," ésta ha influenciado totalmente el comportamiento de los
dos bandos de una manera fundamental, impidiendo aislar las relaciones
entre católicos y protestantes de dicha cuestión. Esta influencia ha queda-
do reflejada en factores como la marcada segregación de la sociedad norir-
landesa desde un punto de vista residencial y educativo, el extraordinario
nivel de autoidentificación sectaria de los individuos como protestantes o
católicos, 59 y la ausencia prácticamente completa de protestantes naciona-
listas o católicos unionistas. 60 Estas circunstancias han contribuido a crear
el contexto idóneo en el que las tensiones sectarias se han visto comple-
mentadas con violencia política.
El potencial de violencia en Irlanda del Norte permanece. Muchas han
sido las razones aducidas para explicar la decisión de los paramilitares re-
publicanos y lealistas de detener la violencia. Entre ellas se encuentran el
agotamiento propio de tantas décadas de conflicto y el reconocimiento de
que la violencia había creado una situación de estancamiento. En el caso
del IRA también se ha aludido a la influencia que el lobby americano irlan-
dés ha ejercido. Sin embargo, lo que jamás se ha sugerido es que estas or-
ganizaciones interrumpieron sus campañas porque no poseían medios su-
ficientes para mantenerlas. Por el contrario, su capacidad para prolongar la
violencia de manera indefinida pocas veces se cuestiona. Aunque no debe
subestimarse la importancia de las fuerzas de seguridad a la hora de mer-
mar dicha potencia, sus acciones no parecen exclusivamente responsables
de la interrupción de la violencia decretada por los paramilitares.
Tampoco puede ignorarse el éxito del gobierno británico al contener
el conflicto, evitando una explosión de violencia que hubiese favorecido
una mayor identificación de la situación con una guerra civil. Por lo que se
refiere a la potencial gravedad de la situación en Irlanda del Norte, este mo-
delo comparte más elementos con diversos conflictos étnicos en Europa
del Este y la antigua Unión Soviética que con otras democracias liberales
en Europa occidental. Aunque el nivel de violencia en Irlanda del Norte ha
sido mucho más bajo que en áreas como Yugoslavia, sin las restricciones
que la presencia británica ha impuesto el escenario podía haber degenera-
do en una conflagración intercomunal de proporciones considerables y,
quizá, incluso comparables al país balcánico.
También ha servido para limitar la expansión del conflicto la ausencia
de fuertes intereses externos en el resultado final del mismo. Tanto el go-
bierno británico como el irlandés han cooperado en la contención del
conflicto con la intención de evitar confrontaciones entre ambos Estados
sobre el futuro estatus constitucional de Irlanda del Norte. Los paramilita-
res republicanos obtuvieron armamento de Libia y ayuda financiera de or-
ganizaciones americano-irlandesas, mientras que los lealistas contaron con
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 207

armas de Sudáfrica y apoyos desde Escocia. Sin embargo, el grado de invo-


lucración exterior no ha afectado de manera fundamental al conflicto. No
ha sido la dimensión externa la que ha hecho el caso de Irlanda del Norte
diferente de otros ejemplos de violencia política en democracias liberales
básicamente estables, sino la intrincada relación entre la violencia y las
profundas divisiones de la sociedad norirlandesa.
La presencia británica y el sistema de gobierno directo desde Londres
se han convertido en fuerzas de contención del conflicto creando una
paradójica situación. Por un lado han servido para reducir la intensidad de
la violencia intercomunal impidiendo su recrudecimiento hasta alcanzar la
magnitud de una guerra civil. De forma simultánea, han eliminado un posi-
ble incentivo para que los principales partidos norirlandeses alcanzaran
una acomodación política, al asegurar de esa manera que su incapacidad
para acordar estructuras de gobierno no tuviera unas consecuencias más
catastróficas.
El proceso de paz inaugurado con el alto el fuego de 1994 ha pretendi-
do crear un marco en el que sea posible normalizar la vida demócratica de
Irlanda del Norte. Hasta entonces semejante tarea se había visto imposibili-
tada por una intensa violencia, que hundía sus raíces en siglos de historia, y
que llegó a convertirse en el statu quo dominante de la región. El alto el
fuego decretado por los paramilitares no ha supuesto la erradicación total
de una violencia con múltiples expresiones. Así lo demuestra el hecho de
que entre los meses de mayo y diciembre de 1998 el gobierno británico re-
cibiera un total de 1.358 solicitudes de personas que requerían nuevo alo-
jamiento como consecuencia de la intimidación sufrida en sus hogares. 61
Esteipodvlncarstiuyenodlgratsepo-
ceso, cuya magnitud ha sido reconocida por el gobierno al introducir en
1999 una iniciativa orientada a detener la constante segregación de áreas
mixtas, esto es, habitadas por católicos y protestantes. Entre sus objetivos
se encuentra la disminución de la frecuente violencia que tiene lugar en
aquellos puntos geográficos en los que zonas católicas y protestantes lin-
dan unas con otras. Esta estrategia gubernamental ha reconocido que, de
no ser por la abundante presencia de muros que separan dichas áreas, esa
violencia estaría incluso más extendida. 62
La intensidad de esta modalidad de violencia muestra también la verda-
dera importancia de la dimensión interna del conflicto. La interpretación
IL/ colonial del mismo, tradicionalmente articulada por los republicanos, tien-
de a ignorar que la cuestión irlandesa se fundamenta en el antagonismo de
los intereses mutuamente excluyentes de las dos comunidades que habitan
Irlanda del Norte. Aunque la responsabilidad del gobierno británico en las
cuestiones de la región es, por supuesto, ineludible, no es su presencia la
verdadera fuente de conflicto. La retirada británica no supondría la inme-
208 Sociedades en guerra civil

diata resolución del problema, pues la mayoría de la población norirlande-


sa se opone a esa hipotética medida. Las negociaciones que desembocaron
en el Acuerdo de Belfast reflejan cómo han sido las aparentemente irre-
conciliables diferencias entre unionistas y nacionalistas el principal obs-
táculo en la búsqueda de estructuras políticas para la región. De nada hu-
biera servido que los gobiernos británico e irlandés hubiesen impuesto sus
propuestas, si éstas no contaban con la aprobación final de la mayoría de la
comunidad unionista y nacionalista. Esto significa que ambas comunidades
ostentaban una suerte de veto sobre el progreso político, estableciendo así
unos límites a las acciones del gobierno británico.
Estas características no eximen a las autoridades británicas de obliga-
ciones hacia Irlanda del Norte. Debe recordarse que la devolución de com-
petencias no supone la cesión de la soberanía que el parlamento británico
mantiene sobre el gobierno autónomo propuesto. Durante los cincuenta
años de existencia del anterior parlamento autónomo, entre 1922 y 1972,
los británicos garantizaron la independencia política del gobierno norirlan-
dés evitando la interferencia en las cuestiones de la región, lo que permitió
la continuación de las irregularidades practicadas por los unionistas. Esta
circunstancia agravó la disputa interna entre las dos comunidades compli-
cando la resolución política del conflicto tras un nuevo estallido de violen-
cia a finales de los sesenta. Es ésta una lección que también debería tenerse
presente para evitar los errores del pasado.
Los acontecimientos políticos de los últimos años no han logrado ofre-
cer una solución definitiva al conflicto de intereses entre nacionalistas y
unionistas. A largo plazo la materialización del objetivo último de una co-
munidad excluye la satisfacción de las aspiraciones de la otra y viceversa.
Esta confrontación no debe necesariamente manifestarse de una manera
violenta, como propugna el actual proceso de paz. Sin embargo, el riesgo
de que la política quede ensombrecida por la violencia todavía permanece
en la sociedad norirlandesa, como consecuencia de la arraigada naturaleza
sectaria del conflicto. Este factor cobra especial relevancia en un contexto
en el que constantemente los vacíos políticos han sido cubiertos por vio-
lencia, creando un peligroso precedente para el futuro.
El análisis estadístico de las víctimas de la violencia a lo largo de tres
décadas permite extraer importantes conclusiones. En primer lugar, de-
muestra que la identificación que los paramilitares han hecho de sí mismos
como defensores de sus respectivas comunidades es, por lo menos, cues-
tionable. Los paramilitares republicanos han sido responsables del 74 % de
todas las víctimas protestantes y del 25 % de todas las víctimas católicas.
Los paramilitares lealistas han sido responsables del 19 % de todas las vícti-
mas protestantes y de casi el 50 % de todas las víctimas católicas. 63 Esto sig-
nifica que tanto los republicanos como los lealistas han provocado nume-
Miedo a una guerra civil: la experiencia de Irlanda del Norte 209

rosas víctimas entre aquellas comunidades a las que declaraban defender.


En segundo lugar, confirma que los paramilitares republicanos han sido los
mayores perpetradores de violencia, como ilustra el cuadro 3.
En tercer lugar, cuestiona claramente la interpretación colonial articu-
lada por el IRA según la cual su «guerra» estaba dirigida de manera exclusi-
va contra las fuerzas de la corona británica. Los republicanos han sido res-
ponsables de un mayor número de muertes entre la población católica que
el RUC y el ejército británico." El mayor número de víctimas mortales se
encuentra dentro de la categoría que puede describirse como «civiles», en
total un 53,5 %. Le sigue el ejército británico con un 19,8 %. Un 10,1 % de
los muertos pertenecían a organizaciones paramilitares republicanas y un
3,3 % a grupos paramilitares lealistas. Un 9,1 % fueron oficiales del RUC y
un 2,4 % miembros de otras fuerzas de seguridad G 5

CUADRO 3
Organizaciones responsables de las muertes a lo largo del conflicto

Organización responsable Número de muertes Porcentaje

Paramilitares republicanos 2.001 55,7


Paramilitares lealistas 983 27,4
Ejército británico 329 9,2
RUC 53 1,5
Civiles 11 0,3
Otros 216 6,0
Total 3.593 100,1
Fuente: Marie-Therese Fay, Mike Morrisey y Marie Smyth, Northern Ireland's Troubles. The
Human Cost, Londres, Pinto Press, 1999, pág. 169.

En comparación con otros conflictos dentro de la esfera internacional,


estas cifras pueden parecer insignificantes. Sin embargo, estos niveles de
violencia, que han tenido lugar en una pequeña área geográfica como Ir-
landa del Norte con una población en torno al millón y medio de habitan-
tes, demuestran la gravedad de una situación como ésta en pleno seno de
la Unión Europea.
Capítulo 8
¿ACASO HAY POSIBILIDAD DE UNA GUERRA CIVIL EN ISRAEL?
ANÁLISIS DE LAS RELACIONES ENTRE EL EJÉRCITO,
LA SOCIEDAD Y LA POLÍTICA
Uri Ben-Eliezer
(Universidad de Haifa)

Toda reflexión sobre la gran complejidad de la relación entre el ejérci-


to, la sociedad y el Estado debe tener en cuenta la existencia de dos fenó-
menos con enorme importancia política. El primero de ellos hace referen-
cia a la plétora de guerras que tuvieron lugar durante la Edad Moderna, así
como la legitimación y preferencia otorgadas a las soluciones militares
para resolver problemas políticos, lo que constituye un fenómeno que po-
dríamos denominar «militarismo». El segundo se relaciona con la toma del
poder por parte de los militares o pretorianismo, así como con los regíme-
nes militares, fenómeno muy acusado particularmente desde finales de la
Segunda Guerra Mundial. Este trabajo adopta como eje principal la rela-
ción entre militarismo y pretorianismo, mostrando cómo el declive recien-
te del militarismo israelí, que se ha producido por primera vez en la hiko-
da de Israel, puede dar lugar a una posible emergencia del pretorianismo, y
de esa manera aumentar la posibilidad de una guerra civil en Israel. En esta
perspectiva, un escenario semejante sería resultado de las complejas rela-
ciones que existen entre el gobierno de Israel y dos organismos involucra-
dos en la violencia en los territorios conquistados por Israel desde 1967:
las Fuerzas Israelíes de Defensa (FDI) y los colonos.
El término pretorianismo deriva de la Guardia Pretoriana Romana y
apunta a una situación en la que los oficiales militares desempeñan un rol
político dominante debido a la práctica o amenaza del uso de la fuerza.' En
cambio, militarismo se define como la tendencia a preferir y legitimar so-
luciones militares para conciliar problemas políticos. Es un concepto de
la esfera de la cultura política y se relaciona con la idea de que el uso de la
fuerza es el medio óptimo para resolver los problemas políticos entre Estados
o grupos nacionales. 2 Las guerras civiles están frecuentemente relacionadas
con una transformación social general que ocurre cuando grupos minorita-
rios no logran movilizar apoyo social y político en forma democrática. El po-
tencial de guerra civil en Israel debe ser asimismo analizado en un contexto
general de cambio social. Cambio que ha resultado a consecuencia del proce-
so de descolonización y desmilitarización que se ha dado en los últimos años
en Israel. Este proceso conjunto ha traído a colación el surgimiento de grupos
sociales partidarios del statu-quo-ante que se oponen tanto al proceso de
212 Sociedades en guerra civil

paz como a los cambios que están ocurriendo en el ejército israelí. Estos gru-
pos fomentan faccionalismo y el peligro de pretorianismo. El análisis de este
cambio social es vital a nuestro esfuerzo por responder a la pregunta plantea-
da en el título del capítulo, ¿acaso existe en la actualidad en Israel la posibili-
dad de una guerra civil?, y, si así fuera, ¿cuáles serían sus implicaciones?
Si bien el militarismo puede ser confinado a grupos relativamente pe-
queños: casta, clase, estatus, grupo étnico o élite 3, en algunos casos, sin em-
bargo, el militarismo dirigido por el Estado llega a ser el proyecto de la so-
ciedad entera, dando lugar a la «nación-en-armas» (la nation armée). Su
característica definidora es la movilización psíquica o material de toda la po-
blación para el proyecto conocido como guerra; sus atributos son la coope-
ración entre las élites militares y políticas, una confusión de los límites entre
la sociedad y el ejército, y la constitución de un «ejército-nación» (armée
nation). La posición central de un ejército de estas características en la so-
ciedad, tanto a nivel político como simbólico, normalmente impide fomen-
tar un golpe militar. Los ejemplos más relevantes de la nación-en-armas y del
ejército-nación no pretoriano los representan Prusia-Alemania en el siglo
=Japón (hasta 1931) y, por supuesto, Francia en diversos períodos desde
la Revolución francesa y el Estado jacobino. Un ejemplo más reciente, que
tuvo lugar durante la segunda mitad del siglo xx, lo constituye Israel. 4
La nación-en-armas israelita, como se describirá con mayor profundi-
dad posteriormente, se constituye después de la guerra de 1948 y el es-
tablecimiento del Estado de Israel. Las siete guerras en las que Israel ha
estado involucrado desde entonces también han contribuido al manteni-
miento del modelo. Pero en los últimos años, y a consecuencia del proceso
de paz, se ha percibido un cambio sustancial; el declive del militarismo is-
raelí, que abarcaba la forma de nación-en-armas en toda su amplitud. Más
concretamente, el cambio se ha manifestado en el surgimiento de una se-
paración entre el ejército y la sociedad, y en la transformación del ejército-
nación en unas fuerzas armadas más profesionales. Contra esta experiencia
es legítimo interrogarse sobre si las FDI, en la actualidad, plantean una
amenaza para la comunidad civil. ¿Y si no todo el ejército, quizá partes de
él. Y, de todas maneras, ¿aquellos que manejan los instrumentos de la vio-
lencia organizada también tratan de dictar la política de su país? ¿Y acaso
este hecho podría involucrar a la sociedad israelí en una guerra civil que
sustituye el enemigo externo por un enemigo interno?
Este capítulo esboza una comparación entre los casos de las históricas
Francia e Israel para contribuir a determinar si un golpe militar y una gue-
rra civil en este país constituyen realmente una probabilidad. Desde los
tiempos de Napoleón Bonaparte, el ejército-nación francés nunca supuso
un peligro concreto para el gobierno y fue conocido cariñosamente como
La Grande Muelle.
¿Acaso hay posibilidad de una guerra civil en Israel? 213

Como es sabido, las guerras civiles tampoco eran parte de la cultura


política en Francia. Pero, en la segunda mitad de la década de los cincuenta
y a principios de los sesenta, cuando el gobierno francés decidió liberar Ar-
gelia, la muda emitió algunos terribles gritos: el ejército francés muchas ve-
ces utilizó (o amenazó con aplicar) la fuerza de las armas para disipar la
idea de que Argelia y Francia no eran una misma entidad. Tampoco la po-
blación francesa, en Francia y en Argelia, quedó indiferente ante el proceso
de descolonización y Francia estuvo de facto al borde de una guerra civil.
Hay alguna similitud entre Francia-Argelia e Israel-Territorios Ocupados,
en ambos casos se desarrolló una alianza entre los colonos-colonizadores y
el ejército. Esta alianza debe ser tenida en cuenta a la hora de evaluar si el
pretorianismo israelí podría llegar a ser posible y la sociedad quedara al
borde de una guerra civil en el momento en que un gobierno decidiera
evacuar a los colonos de Cisjordania (territorios conocidos en Israel como
Judea y Samaria).
Este capítulo se divide en tres partes. En la primera se describe breve-
mente la emergencia de la nación-en-armas y el ejército-nación, así como
los mecanismos que las producen. Los cambios que ha experimentado Is-
rael en los últimos años, la devaluación de la nación-en-armas y el modelo
del ejército-nación durante el proceso de paz en Oriente Medio, y las mani-
festaciones de un fenómeno que puede denominarse sociedad versus ejér-
cito, constituyen el centro de la segunda parte. En último lugar se aborda
una importante consecuencia de este proceso: la emergencia del facciona-
lismo y sectarismo entre las FDI, sugiriendo la posibilidad del pretorianis-
mo y una guerra civil algo probable.

1. ISRAEL COMO NACIÓN-EN-ARMAS: IDEOLOGÍA DE UNIDAD

La constitución de la nación-en-armas israelí y el establecimiento de las


FDI como un ejército-nación se produjo después del establecimiento de Is-
rael.Tras la guerra de 1948, los líderes del país vieron inevitable «un segun-
do round» entre Israel y los árabes. Por consiguiente, la población judía de
Israel incluso se triplicó en pocos años, el ejército llegó a ser una escuela
para la socialización que instruía a los nuevos inmigrantes y con ellos a
toda la ciudadanía judía para ser parte de la nación judía —una nación en
lucha— que fue instruida en todo momento para ir a la guerra. La ley de
servicio de agosto de 1949 dio validez legal a la constitución de un pode-
roso ejército de masas. Una característica notable fue la creación de un sis-
tema militar de «cuatro filas»: ejército de carrera, ejército regular, asenta-
mientos en la frontera y un enorme ejército de reserva que podía ser
entrenado para cambiar del estatus civil al militar rápida y eficientemente
214 Sociedades en guerra civil

a corto plazo. El ejército constaba tanto de hombres (sirviendo en la reser-


va hasta la edad de 55 años) como de mujeres; incluso adolescentes (14-18
años) aún no incorporados fueron emplazados en una estructura militar
preparatoria. La idea era asegurar que la población étnica en su totalidad
tomase parte en el proyecto de guerra. 5
La nación-en-armas se caracteriza por la cooperación entre las élites
militares y civiles, basada en políticas que pueden denominarse militaris-
tas. Estas politicas descansan sobre la proposición por la que una solución
militar es la deseable y necesaria para solventar los problemas políticos
que surgen entre los Estados o entre las naciones. Cuando en una nación-
en-armas los caciques del ejército se involucran en política, a través de
contactos informales con la élite política y si los desacuerdos entre ambos
son, por lo general, poco relevantes ya que ambos tienen una visión de la
realidad idéntica, las fuerzas armadas en la nación-en-armas tienen un carác-
ter no pretoriano. Están demasiado ocupados con el proyecto de guerra
para amenazar al gobierno «civil» —el cual en ningún caso actúa de acuer-
do a la perspectiva del ejército—. Francia, por ejemplo, se organizó como
nación-en-armas (aunque no por primera vez) en el período comprendido
entre la derrota con Prusia en 1870 y el inicio de la Primera Guerra Mundial.
A pesar de las tensiones entre el ejército conservador y la tercera República,
cuyo punto álgido se alcanzó por el asunto Dreyfus, la ambición de revancha
sobre Prusia (La Revanche) y de restituir los territorios perdidos era com-
partida de forma generalizada. Aquel deseo determinó las relaciones entre
las partes y, no incidentalmente, excluyó la posibilidad del pretorianismo. 6
Junto a la cooperación entre las élites, el ejército está en el centro de la
conciencia colectiva en la nación-en-armas. Así ocurrió durante la Tercera
República francesa y, en la década de los cincuenta, en Israel. El ejército en
estos estados está ostensiblemente por encima de la política. Es une ar-
mée nation, que personifica todo lo que es positivo en la nación, un tipo
de microcosmo de la nación ideal, La France Real y no un ejército profe-
sional que está inherentemente apartado de la sociedad.'
Un ejército de este tipo no sólo emprende una guerra, sino que tam-
bién está ocupado expandiendo la dimensión «militar» sobre la «civil», con
el espíritu del famoso artículo escrito en 1891 por Marshall Hubert Lyau-
tey, Du role Social de l'officier. 8 En Israel, esta actividad «extracurricular»
implica que el ejército se involucre en el establecimiento de los asenta-
mientos y las granjas, absorbiendo inmigrantes, inculcando la lengua he-
brea, pavimentando carreteras, construyendo puentes, creando una nueva
cultura, etcétera. Algunos lo interpretan como la característica «expansión
de rol» de los ejércitos que contribuye a la construcción de la nación y al
proceso de modernización. 9 La «expansión de rol» en naciones en armas
no es, sin embargo, un indicio de «ejército civil» o de «desmilitarización de
¿Acaso hay posibilidad de una guerra civil en Israel? 215

los militares», sino, por el contrario, un medio para movilizar la sociedad y


para transformar a su población en una nación preparada para la guerra.
En Francia, el ideal fue descrito por Barere, el hombre fuerte del Estado
jacobino: «El soldado es un ciudadano y el ciudadano es un soldado».'
Igualmente, a principios de los años cincuenta, el Jefe del Estado Mayor de
las FDI, Yigael Yadin, describió al israelí medio como «un soldado con diez
meses de permiso al año». Se difuminan los límites entre militares y civiles
con la intención de difundir la idea de que todo se comparte en los prepa-
rativos para la guerra y en la misma guerra. De este modo, todos están ha-
bituados al ejército y a la guerra, ávidos de tomar parte e, incluso, morir
por la causa. Así sucedió en la Francia posterior a 1870 con la preocupa-
ción por hacer efectiva la noción de Revanche a través de maniobras a
gran escala: reclutamiento, servicio de reserva y alistamiento de toda la so-
ciedad en los preparativos de guerra; un proyecto que fue calificado como
<‹resurrección nacional»." La misma pauta se puede observar en otra na-
ción-en-armas, la Prusia-Alemania de finales del siglo XIX. Junto a mecanis-
mos formales como el reclutamiento y el servicio de reserva, brotó en esta
sociedad una red entera de organizaciones e instituciones para asegurar
que el militarismo fuese global, llegase más allá de los estrechos confines
del ejército: las escuelas impartieron una educación militarista, adoptando
caracteres propios de la disciplina militar; los profesores universitarios pre-
dicaron que la política internacional era algo razonable pero que no cons-
tituía una solución, las asociaciones estudiantiles fueron administradas de
acuerdo a los códigos militares y las organizaciones de ex combatientes y
oficiales expandieron la idea de «Una vez soldado, siempre soldado». Junto
a esto, los incipientes movimientos juveniles de Prusia-Alemania con sus
decenas de miles de miembros estaban dirigidos por generales jubilados.
Incluso la Iglesia legitimó el militarismo alemán; los sermones de los sacer-
dotes alababan al ejército alemán como un instrumento de Dios y a la gue-
rra como un mandato divino»
Tras la emergencia de la nación-en-armas israelí en los años cincuenta,
cuando las FDI se convierten en l'armée nation y el concepto de seguri-
dad se definió en un sentido amplio, incluyendo diversas áreas de la vida,"
los mecanismos institucionales comenzaron a funcionar para perpetuar la
confusión entre el ejército y la sociedad. Ello hizo posible el mantenimien-
to de la buena disposición de toda la población para compartir este pro-
yecto de preparación para la guerra y de guerra a largo plazo, ya sea a tra-
vés del servicio militar o de otros medios. Éste es un punto crucial para el
entendimiento de las razones y las posibilidades de una guerra civil: en na-
ciones-en-armas, el Estado centralista manufactura consenso a través del
ejército, constituyendo una nación luchadora, convirtiendo de hecho a la
totalidad de la sociedad en una sociedad reclutada. De hecho, la nación-en-
216 Sociedades en guerra civil

armas crea una forma de dominación política hegemónica que minimaliza


conflictos internos invocando a un común denominador: el enemigo exter-
no y la necesidad de combatirlo. Mientras una situación de este tipo existe,
la probabilidad de una guerra civil es muy baja.
Además del reclutamiento y del sistema de reserva (hasta la edad de 55
años), las FDI han continuado absorbiendo nuevos inmigrantes y enseñán-
doles hebreo, utilizando para ello, especialmente, a soldados femeninos
bien entrenados. En cuanto a los más «desfavorecidos», el ejército ofrece
programas de educación y rehabilitación. En el proyecto Makan, jóvenes
de los barrios bajos, a menudo con un historial criminal, consiguen una
oportunidad para la rehabilitación a través del servicio militar. Las FDI in-
tervienen en la cultura en general por medio de las tropas militares que
trabajan para las audiencias civiles en las grandes ciudades, o bien a través
de la radio de las FDI, la más popular del país y en la que civiles y militares
trabajan juntos. Otro proyecto que difumina los limites entre los militares y
los civiles es el de la Guardia Civil, por el que los civiles patrullan sus ba-
rrios por la noche portando armas. Esto es el «área de defensa» por la que
los civiles son movilizados en una emergencia para defender el área próxi-
ma a sus lugares de residencia; haciendo uso de las armas protegían los de-
pósitos especiales que podían ser objetivos preferentes en sus localidades.
Existen diversos fondos, entre los cuales el más famoso es el Libi, a través
de los cuales los civiles reclamados por el ejército son remunerados.Y exis-
ten unidades especiales, como la Nahal (Jóvenes Colonos Luchadores),
que vinculan el servicio militar con la colonización, o el Hesder Yeshivot,
un programa para los devotos practicantes que combina el servicio militar
con los estudios religiosos."
También hay otros mecanismos informales. Uno de ellos es la «catapul-
ta» de generales jubilados a altas posiciones directivas en la industria o a la
cúspide de la pirámide política, como ocurrió también en Prusia-Alemania
y en Japón." Más recientemente, se ha producido la participación de los
padres de soldados en el ejército. Muchas unidades de las FDI ahora tienen
«comités de padres» que obtienen cierta información sobre lo que ocurre
con sus hijos durante el servicio militar; los padres visitan las bases milita-
res en Sabbath y les llevan a sus hijos e hijas comida de casa. El entrena-
miento básico para las unidades de combate concluye con frecuencia con
una marcha forzosa de 80 kilómetros o más, tras la cual los soldados reci-
ben su insignia y grado o la boina distintiva de sus cuerpos. Los padres ayu-
dan a menudo a sus hijos en esta marcha y no es extraño verlos animar a
los exhaustos jovenzuelos hacia el final de la prueba." De esta forma. la
distribución de la violencia organizada en la sociedad se convierte en un
proyecto de todos, aunque sólo sea simbólicamente. De esta manera, la vio-
lencia dirigida hacia afuera disminuye la probabilidad de la violencia dirigi-
¿Acaso hay posibilidad de una guerra civil en Israel? 217

da hacia adentro." Muchos de estos mecanismos de la nación-en-armas,


que fueron descritos anteriormente, operan hasta la fecha en Israel. El ejér-
cito israelí aún no es un ejército pretoriano y nunca ha amenazado con la
rebelión o con el uso de sus armas. Sin embargo, en los últimos años se han
producido cambios significativos.

2. EL CAMBIO POLÍTICO: DEMARCACIÓN ENTRE EL EJÉRCITO Y LA SOCIEDAD

Resulta evidente que la historia no se repite. Cierto es que hay diferen-


cias entre los casos francés e israelí, pero las similitudes son fascinantes. Ar-
gelia se consideró una parte integral de Francia, «la Francia de ultramar», de
la misma forma muchos israelíes continúan considerando parte de Israel a
Cisjordania en la ribera del río Jordán. Había colonos en la Argelia francesa,
como los hay en los territorios ocupados. En ambos casos, los movimientos
de liberación nacional, el FLN y la OLP, estaban apoyados por una resisten-
cia popular que incluía mujeres y niños en rebelión contra los ocupantes,
pero su manifiesta ventaja militar no pudo ser transformada en un éxito po-
lítico.Y, más estrictamente, en ambos casos un fuerte líder político con una
impecable experiencia militar —De Gaulle en Francia, Rabin en Israel— ini-
ció las negociaciones con grupos que fueron considerados como los peores
enemigos de cada país. En consecuencia, se realizaron varios atentados con-
tra la vida de De Gaulle con la intención de interrumpir la descolonización.
Asimismo, en Israel, el asesinato de Rabin esperaba detener el proceso polí-
tico de retirada de los territorios que conducía hacia la paz." Éstos son los
principales puntos de similitud. En el escenario argelino también se fraguó
una alianza entre una parte del ejército y los Pieds Noirs que fue dirigida
contra el gobierno de París. ¿Podría ocurrir esto en Israel?
El ejército francés intentó por la fuerza de las armas (o bien, amenazó
con su utilización) en tres ocasiones desbaratar la idea de que Argelia no
era francesa. La primera revuelta, en mayo de 1958, derribó la Cuarta Re-
pública y permitió a De Gaulle llegar a la presidencia bajo presión del ejér-
cito. Éste contaba con el pasado militar de De Gaulle para detener la libera-
ción. Cuando el ejército descubrió que De Gaulle no quería ser su salvador,
aquél llegó a involucrarse junto a los colonos en «la semana de las barrica-
das» en enero de 1960. Finalmente, se produjo el «golpe de Estado de los
generales» de abril de 1960, cuando cuatro destacados generales franceses
provocaron el golpe."
En respuesta al interrogante sobre si cabe esperar un escenario similar
en Israel, podemos sacar provecho de la evaluación de las causas que indu-
jeron al ejército francés a rebelarse contra su gobierno y su presidente.
Mi interpretación es que había tenido lugar un distanciamiento entre el
218 Sociedades en guerra civil

ejército y la sociedad francesa, ocasionándose un desequilibrio en la frágil


balanza entre militarismo y pretorianismo. Como el militarismo declinó, la
probabilidad para una solución pretoriana se incrementó. Consideremos
brevemente la concatenación de acontecimientos que sostienen este pro-
ceso. Para empezar, la debacle del ejército francés en 1940 se produjo a tal
escala que el ejército-nación, despreciando su larga tradición, se partió en
dos. Con la mayoría rendida, la minoría rechazó obedecer a sus superiores
y se unieron a De Gaulle. 20 Un segundo golpe bajo contra el honor nacio-
nal de Francia fue la entrada de los americanos en sus territorios en 1944.
Que una fuerza extranjera hubiese salvado a Francia simbolizó el declive
del país después de dos siglos de supremacía. Entonces llegó la pérdida de
Indochina en la sale guerre de Francia, con la devastadora humillación
de Dien Bien Phu, con el costo de 75.000 bajas francesas. Ya entonces el
ejército sintió que la metrópoli y sus políticos eran indiferentes a los even-
tos y no apoyaban una salida militar. En este sentido, cabe destacar la opi-
nión del general Navare —que perdió Dien Bien Phu, oponiéndose enton-
ces de forma contundente a la solución política que De Gaulle intentó
imponer en Argelia—: «Las razones del fracaso en Indochina fueron políti-
cas; el ejército fue apuñalado por la espalda». 21 Perseverante en el mili-
tarismo, el ejército francés se aisló. Poco después, Indochina seguiría el
camino de Argelia. En medio se produjo la campaña de Suez de 1956. Sólo
permaneció 40 horas en tierra egipcia y la victoria nunca se puso en duda
gracias a la superioridad aérea francesa. Pero desde el punto de vista del
ejército, los políticos perdieron las ventajas ganadas en el campo de bata-
lla, lo que causó humillación en los cuerpos de oficiales. 22
El ejército esperaba restituir su honor en Argelia a través del uso de la
fuerza para resolver el problema. Como se formula en los escritos de Mao
Zedong, el ejército desarrolló la theorie de la guerre revoluttonnaire.Sus
principios eran simples: un ejército revolucionario —sostuvo Mao— tiene
que nadar entre la población como pez en el agua. Su función no es con-
quistar territorio, sino ganar el apoyo de la población. En estos términos ar-
gumentaron los generales franceses que las tácticas militares ortodoxas no
superarían a los insurgentes. Si los rebeldes nadaban en la población como
pez en el agua, el ejército debería desecar aquel agua. Claro que esta estra-
tegia estaba cargada de relevancia política. Era una estrategia de «expan-
sión de rol» que acarreaba la intervención del ejército en la economía, la
administración, la educación, el adoctrinamiento, la asistencia médica, sus-
titutivo del equipamiento agrícola, el comercio, la justicia, la prensa; de he-
cho, cada aspecto de la vida estaba controlado por el ejército. Como estra-
tegia se había trasmutado dentro de la política, de forma que el ejército se
convirtió en un factor político que inquietaba al desamparado París!'
En el continente, sin embargo, el conjunto de las fuerzas influyentes
¿Acaso hay posibilidad de una guerra civil en Israel? 219

del país al principio se mostró indiferente, pero después hostil. La Francia


de la posguerra había optado por una nueva vía de descolonización y des-
militarización. 24 Las guerras coloniales provocaban víctimas y esto era into-
lerable para el público francés. Un extenso abismo siempre separaba una
nación que añoraba la paz y la tranquilidad de un ejército que estaba in-
merso en guerras. Consideremos las palabras a la corte del capitán Estoup,
juzgado por su participación en el golpe de Estado de abril de 1961: «Tras
una separación de ocho años, tuve la dolorosa sensación de redescubrir
una Francia que no hace mucho me conocía y que no hace mucho cono-
cí...». 25 Habiendo crecido acostumbrado a su papel central como un ejérci-
to-nación no podía ajustarse a la nueva situación y, de forma gradual, llegó
a la conclusión de que la nación había traicionado su misión. Los generales
del ejército se negaron a abandonar la representación de la nación sola-
mente en manos de los políticos y del frente interno. La nación, que era
eterna, tenía que protegerse del gobierno, que por su propia naturaleza
era tempora1. 26 Así, en la revista oficial del ejército Revue de Defense Na-
tional uno de los almirantes que había estado involucrado en la revuelta
de 1958 perfilaba la justificación teórica para la intervención militar en la
política desde la perspectiva de un ejército-nación: «En momentos impor-
tantes, cuando la voz soberana del pueblo ya no puede expresarse por sí
misma, el ejército, de repente, es consciente de lo que es: el Pueblo bajo la
Bandera. Entonces, el ejército toma la responsabilidad por el pueblo». 27 En
Argelia, el modelo de la nación-en-armas estaba en declive y la mística dual
del ejército-nación se hizo añicos. Israel se enfrenta a un proceso similar.
En los últimos años se han observado cambios sustanciales en la per-
cepción del carácter, estatus y prestigio del ejército. Ello ha venido acompa-
ñado por una acusada devaluación del modelo de la nación-en-armas, como
se pone de manifiesto en las políticas que separan al ejército de la sociedad.
Estos cambios están sin duda relacionados con la transformación que se
está produciendo en Oriente Medio y, probablemente, a mayor escala, hasta
abarcar percepciones globales sobre la guerra y las fuerzas armadas. 28 El de-
tonante más importante de estos procesos fue el colapso de la Unión Sovié-
tica, como un poder mundial y protector principal de los Estados árabes, y
los acuerdos de paz firmados con Israel, anteriormente con Egipto, después
con Jordania y, quizá, con Siria en el futuro. Sin embargo, el acontecimiento
de mayor alcance ha sido sin duda el Acuerdo de Oslo entre Israel y la Orga-
nización para la Liberación de Palestina que fue aprobada por el Knesset
(Parlamento Israelita) en 1995. Los términos del acuerdo mostraron que el
gobierno había desechado la idea de erigir el Estado de Israel sobre todo
el territorio conocido anteriormente como Palestina o como la Tierra de
Israel. Concretamente, Israel se retiró de la mayor parte de la franja de Gaza
y, posteriormente, a finales de 1995, de una tercera parte aproximadamente
220 Sociedades en guerra civil

del territorio de Cisjordania (Zonas A y B, en los términos que indica el


mapa que acompaña al Acuerdo). Un año y medio después, Israel se retira
de la mayor parte de Judea y Samaria —áreas designadas como Zona C—.
Las manfiestaciones realizadas por los líderes israelíes durante los últimos
años reflejan una nueva actitud con respecto al «nuevo Oriente Medio»; esto
es, la primacía de la paz y del desarrollo del comercio y la industria regiona-
les que harán de la guerra algo que pertenezca al pasado. 29 A1 mismo tiem-
po, la doctrina de seguridad de Israel está siendo revisada. Ahora existe una
mayor predisposición a considerar el auge económico, y no exclusivamente
el poder militar, como un elemento crucial para la seguridad nacional. Por
esta razón, la proporción del gasto en seguridad dentro del Producto Nacio-
nal Bruto de Israel (PNB) disminuyó de algo más del 40 % en 1985 aproxi-
madamente a un 20 % en 1995. De hecho, con la lección de la guerra del
Golfo las limitaciones de Israel como pequeño Estado son reconocidas con
mayor facilidad por los dirigentes políticos, estando cada vez más dispues-
tos a confiar en Estados Unidos.»
Éste es el escenario de la separación entre el ejército y la sociedad que
está teniendo lugar en Israel, una tendencia que apunta hacia la creciente
irrelevancia del modelo de nación-en-armas y del ejército-nación. Por ex-
traño que parezca, esta situación ha sido creada, y no en pequeña medida,
por el propio ejército. Esto fue muy evidente durante el período de mando
de los anteriores dos Jefes del Estado Mayor, Dan Shomron y, en particular,
Ehud Barak. Este último licenció a miles de oficiales y despidió a otros tan-
tos civiles empleados en el ejército, realizó considerables recortes en pro-
yectos de rehabilitación y otros programas «civiles» de carácter cultural y
educativo que habían contribuido a difuminar los límites entre el bienestar
social y el estrictamente militar. En resumen, el ejército se convirtió mucho
más en una fuerza profesional. Durante este proceso algunas de las vacas
sagradas que habían sido emblemáticas para la nación-en-armas fueron sa-
crificadas con la aprobación general. El servicio selectivo, como el de la
mujer, fue reducido a tres meses, reclutas «no preparados» eran descarta-
dos, el servicio anual de la reserva fue reducido considerablemente, la edad
para la desmovilización de la reserva, que había sido de 55 años, se reduce,
y así sucesivamente. En la actualidad, cerca del 25 % de los mayores de 18
años no realiza el servicio militar. A muchos otros (más del 25 %) se les li-
cencia antes de completar el período.
Declaraciones que eran impensables hace tiempo, como la de «licen-
ciar para reducir el presupuesto», ahora forman parte del discurso sobre la
movilización. De este modo, el ejército es más una profesión que una mi-
sión, poniendo el énfasis en armas de alta tecnología y desarrollando una
«revolución gerencial». Una consecuencia de esta perspectiva ha sido la
adopción por parte del ejército de criterios y técnicas «utilitarias» como un
¿Acaso hay posibilidad de una guerra civil en Israel? 221

índice para determinar el ámbito y carácter de su implicación en el sector


civil. En lugar del «rol de expansión» del pasado, se percibe ahora una ten-
dencia hacia el «rol de contracción» en la dirección de un ejército profesio-
nal que, por definición, está separado de la sociedad. 3I
Aunque estas tendencias no indican necesariamente un descenso del
militarismo, sin duda han dado lugar a su modificación, acompañadas por
un impulso hacia la desmilitarización y la descolonización. Durante la Inti-
fada, las tropas desarrollaron un síndrome llamado rosh katan, que hace
referencia a la actitud de «no saber nada» o «actitud de bajo rendimiento».
Los soldados y oficiales hacían lo que se les decía, nada más. 32 A mediados
de los años ochenta, los jóvenes israelíes estaban menos motivados para
hacer el servicio militar. Algunos artículos en prensa describieron el des-
gaste entre las tropas destinadas en los Territorios Ocupados; siguiendo
una encuesta, el 72 % de los soldados que realizaban su servicio en estos
territorios afirmaron que estaban agotados por su trabajo en los mismos. 33
Losrevitahnpdolsfuerza nqjádosela
carga que supone el servicio de reserva, que no siempre está repartida
equitativamente entre la población, y que ellos no pueden hacer frente a
las incorporaciones a filas entre 30 y 60 días por año. 34 En marzo de 1995,
el Jefe del Estado Mayor, Amon Shahak, después de realizar un estudio en-
tre alumnos de escuelas medias en el que percibió cómo la motivación
para la prestación del servicio militar entre éstos había descendido, advir-
tió que Israel podría pagar un alto precio si se elude realizar el servicio mi-
litar. Shahak aseguró estar preocupado por la expansión del fenómeno, fru-
to de un contexto en el que la sociedad israelí ha incrementado la
preferencia por el individualismo frente al colectivismo."
Éstos son sólo algunos ejemplos de los recientes cambios acaecidos
dentro del ejército. Sin embargo, la crítica pública y la protesta contra el
ejército, que tienen lugar durante el proceso de separación entre éste y la
sociedad, llama mucho más la atención. La crítica al ejército y su despresti-
gio se iniciaron durante la guerra de finales de marzo de 1973, alentados
por el trabajo de una comisión judicial de investigación que descubrió que
altos mandos de las FDI no habían actuado correctamente a la hora de pre-
venir una posible guerra. Nueve años después, en la guerra del Líbano, se
criticó el juicio del ejército con respecto a una clásica «guerra de elección».
Estas cuestiones se combinaron con la responsabilidad indirecta del ejérci-
to, como determinó otra comisión de investigación, en la masacre realizada
por libaneses cristianos contra civiles musulmanes en Sabra y Shatila, dos
campos de refugiados de Beirut.A finales de los años ochenta, los procesos
a soldados por excesos cometidos durante la Intifada atrajeron gran publici-
dad. Se les acusó de brutalidad, asesinatos innecesarios, violación de los de-
rechos civiles de los palestinos y desobediencia. 36 Su incapacidad en la gue-
222 Sociedades en guerra civil

rra del Líbano para vencer a las fuerzas palestinas en el sur y la falta de per-
cepción en la Intifada, en cuanto que se estaba luchando contra mujeres y
niños que utilizaban piedras como armas, deterioró tanto su imagen exter-
na como su autoestima interna.
El desprestigio del ejército permitió que diversos grupos se organiza-
sen. Por primera vez en la historia de Israel, los reservistas rehusaron servir
a gran escala en la guerra del Líbano.' Los padres cuyos hijos fueron lla-
mados a filas para esa guerra exigieron poner fin a las acciones militares
accesorias —una reacción a la autocomplaciente descripción del entonces
Primer Ministro Begin sobre la guerra del Líbano como una «guerra de
elección»" israelí—. Los mandos más jóvenes del ejército también habían
sido objeto de una gran crítica por los accidentes ocurridos durante ejerci-
cios de entrenamiento en los últimos años. Aunque incluso las estadísticas
ponen de manifiesto una tendencia decreciente en estos accidentes, los
airados padres, incluyen a madres y padres que perdieron a sus hijos en ac-
tividades fuera de combate, se han organizado para dirigir la dura crítica
contra el ejército. Una de sus demandas es que el ejército transfiera la in-
vestigación de los accidentes a un organismo externo, neutro, un mecanis-
mo clásico para profundizar la fisura entre ejércitos y sociedad. Los que
protestan han demostrado un nivel de combatividad que nunca antes se
había visto en las relaciones del ejército con los padres de los soldados. En
noviembre de 1993, por ejemplo, los desconsolados padres, cuyos hijos
murieron en accidentes de entrenamiento, irrumpieron en un mitin orga-
nizado por las FDI para la preinducción de alumnos de escuelas medias.
Los padres se subieron al estrado, tomaron los micrófonos y advirtieron a
los jóvenes sobre el ejército que muy pronto les llamaría a filas. El mitin se
convirtió en un gran pandemonium. 39 La participación de los padres, que
inicialmente era un mecanismo de mediación entre el ejército y la socie-
dad, y estrechó la distancia entre ellos, cada vez más se convierte en un ins-
trumento que ensancha la brecha; el ejército, por su parte, está intentando
poner punto final al fenómeno o reducir el ámbito de influencia»
Una de las más extraordinarias manifestaciones de la nueva perspectiva
hace referencia a una cuestión de gran sensibilidad en Israel: las lápidas de
los soldados que murieron durante el servicio militar. Durante los últimos
años, los afligidos padres organizaron una protesta en cuanto a la uniformi-
dad, esto es, las inscripciones estándar que se gravaban en las tumbas de los
cementerios militares. Demandaron el derecho a gravar inscripciones infor-
males que pudieran reflejar su dolor personal." La «nacionalización de la
conmemoración» es una característica pronunciada del moderno naciona-
lismo, así como también señala un destacado interés del Estado-nación y, es-
pecialmente, de la nación-en-armas, que desea que el luto en los cemente-
rios militares sea colectivo y no individual.A1 principio, en Israel se dio por
¿Acaso hay posibilidad de una guerra civil en Israel? 223

hecho que cada sufrimiento individual era una parte del conjunto de la re-
glamentación colectiva, un texto oficial en la narrativa de los propios sacri-
ficios desplegados por la nación y el Estado. 42 Cuando el ejército rechazó
las demandas de los padres, éstos litigaron y en 1995 la Corte Suprema se
pronunció a favor de las familias. La protesta de los padres puede ser inte-
pretada como un cambio sobre aquella perspectiva y como un signo del de-
clive en la cultura militarista practicada por la nación-en-armas. De hecho, la
Corte escribió: «El tiempo ha llegado a constituir un balance adecuado en-
tre la necesidad de dar expresión personal a las familias de los desapa-
recidos y la necesidad de uniformidad en los cementerios militares». Y, de
nuevo, «la demanda para la estandarización absoluta representa un colecti-
vismo y paternalismo estatales que ya no resulta relevante». 43
Las políticas de diferenciación entre el ejército y la sociedad dan testi-
monio de la reorientación del discurso general en Israel hacia la emergen-
cia de una sociedad civil dominada por el impulso liberal, suplantando la
abrumadora orientación colectivista de la democracia israelita: 44 Los ejem-
plos expuestos anteriormente muestran la posibilidad de que con el decli-
ve gradual del modelo de la nación-en-armas, el ejército de Israel, transfor-
mado desde un ejército-nación en una fuerza profesional, debería ser
separado y, en cierto grado, alienado desde la sociedad; todo ello bajo el im-
pacto de una crítica implacable. En otros países, estos cambios serían con
seguridad caldo de cultivo para el surgimiento del pretorianismo; en Israel,
en cambio, es todavía un probable escenario potencial.
La cuestión es que muchos aspectos de la nación-en-armas continúan
existiendo en Israel, los más notables son el reclutamiento y el servicio de
reserva.También resulta sorprendente que ninguna fuerza social antimilita-
rista significativa haya aparecido en Israel, y que las unidades del ejército
continúen glorificándose por frustrar ataques terroristas o por tomar parte
en otras operaciones militares. En tanto persistan los actos de violencia en
el sur del Líbano y en los Territorios Ocupados, así como ciertos grupos
continúen alarmándose por el proceso de paz en Israel, será prematuro ha-
blar de la desaparición del militarismo en el país o sobre el cambio en la
conciencia colectiva hacia una gran receptividad para la paz.
Una barrera adicional para el surgimiento del pretorianismo en Israel lo
constituye el mecanismo todavía potente que catapulta a los antiguos gene-
rales a los puestos de cabeza de la arena política o a los puestos de dirección
tanto en el sector privado como en el público. El antiguo Jefe del Estado
Mayor, Ehud Barak, por ejemplo, fue nombrado ministro del Interior en el
gobierno de Rabin. Tras el asesinato de Rabin mejoró su posición convir-
tiéndose en el ministro de Exteriores con el gobierno de Peres." Posterior-
mente se convertirá en Primer Ministro del gobierno de Israel. En tanto que
persista la concepción de que la carrera militar es una garantía de éxito en
224 Sociedades en guerra civil

la política, que llega a ser un tipo de recompensa por un largo y arduo servi-
cio, los generales tendrán pocas razones para derrocar el liderazgo político.
En Francia la historia fue diferente: en el golpe de Estado contra De Gaulle
tomaron parte famosos oficiales, como el general Andre Zeller, Jefe del Esta-
do Mayor de las Fuerzas de Tierra; el general Jouhaud, de la Fuerza Aérea; el
comandante Juin, y el general Salan. Las guerras coloniales se libraron con
estos oficiales en Indochina, Madagascar, Marruecos y Argelia, lo que les pro-
porcionó una considerable influencia política en las colonias, pero los sepa-
ró del gobierno de París. Estos generales conocían el sabor de la victoria en
la batalla —por ejemplo, en la famosa «batalla de Argel» en 1957— pero tam-
bién sintieron que habían perdido la guerra contra los políticos. 46
Con objeto de evitar la reproducción de esta situación en Israel, el
Primer Ministro Rabin decidió implicar al Estado Mayor en el proceso de paz
desde el principio. La explicación inicial era que desde el momento en que
concurrían los intereses estratégicos, resultaba obvio volverse hacia los ex-
pertos en estrategia. Pero pronto se hizo evidente que en realidad se buscaba
algo más que un limitado asesoramiento profesional. Los generales fueron
convocados para asegurar que el ejército no se opondría a las maniobras de
paz del gobierno. No casualmente, la oposición objetó enérgicamente contra
la participación de las FDI en las conversaciones de paz. Su argumento era
que violaba el principio de separación entre el ejército y la política (aunque
un principio de estas características nunca se había aplicado en Israel) y
como tal era antidemocrático. 47 La oposición tenía en sus manos un caso que
no podía ser pasado por alto en absoluto porque el motivo de la participa-
ción de altos oficiales en el proceso de paz suponía inducirlos a aceptar una
acción política muy controvertida. No obstante, la oposición ignoró la posibi-
lidad de que el ejército pudiera comenzar a mostrar signos de pretorianismo,
manteniendo éste una perspectiva profesional y ostensiblemente apolitica.
De hecho, si el peligro de pretorianismo existe en Israel, y si una de sus
secuelas fuese la creación de una situación de agitación social, aquél no re-
side necesariamente en el Estado Mayor. Un peligro de estas características
descansa en el hecho de que no todos los miembros de la FDI aceptan el
proceso político en curso. El ejército, como podremos observar ahora, está
experimentando un proceso de sectarismo y faccionalismo, aunque gra-
dual y a menudo imperceptible.Y, de todas maneras, como un reflejo de lo
que ocurre a nivel social.

3. EL COLONO-SOLDADO
El sectarismo afectó a las fuerzas judías anteriores a 1948. Diferentes
grupos del interior de aquellas fuerzas se identificaron con partidos y
¿Acaso hay posibilidad de una guerra civil en Israel? 225

orientaciones políticas. Siempre estuvieron enfrentados unos con otros, y


no siempre aceptaban la autoridad del liderazgo político; no con poca fre-
cuencia rehusaron cooperar con otras unidades militares." Durante los
primeros años del nacimiento del Estado, el «estatismo» —mamlakhtiut-
de Ben-Gurion junto con las disposiciones de la nación-en-armas ocasiona-
ron el establecimiento de un indivisible ejército-nación que la sociedad en
su totalidad ha apoyado. Pero ahora, cincuenta años después, está cultivan-
do en su propio seno, de nuevo y más intensamente, de forma paradójica,
el potencial que facilita el pretorianismo. Para comprenderlo, es necesario
centrar la atención en algunos cambios experimentados por Israel desde fi-
nales de los años sesenta hasta los primeros setenta.
La principal corriente sionista se definió en términos seculares. M mis-
mo tiempo, había una corriente religiosa-sionista que cooperaba y acepta-
ba el objetivo central del movimiento sionista: el establecimiento del Esta-
do judío. El punto de inflexión en la orientación de la corriente religiosa,
también conocida como «Sionismo Religioso», tuvo lugar en la guerra de fi-
nales de marzo y, más especialmente, tras la guerra de Yom Kippur en
1973. La conquista y posterior ocupación de Judea y Samaria fue percibida
por la generación joven del Sionismo Religioso —la también llamada «ge-
neración de los soldados del quepis»— como la liberación de los lugares
sagrados judíos y no como unos territorios que podrían servir como un es-
pecie de garantía o recuerdo para la paz. Por el contrario, se consideraron
como el «patrimonio ancestral» al que los judíos estaban retornando para
siempre. Los asentamientos en los territorios comenzaron de inmediato
tras la guerra con el apoyo y la iniciativa de todos los gobiernos de Israel,
que vieron en los asentamientos un medio para imponer su dominio en las
nuevas áreas. Para asegurar que ningún gobierno estuviese dispuesto a de-
volver los territorios, los colonos fundaron un movimiento llamado Gush
Emunim (Bloque de los Fieles). Para estos religiosos sionistas fundamenta-
listas, los acontecimientos políticos, incluyendo guerras, son presagios de
la «redención» mesiánica de los judíos. No aceptarán ningún acuerdo sobre
los territorios ya que esto supondría comprometer la Eretz Yisrael, la «Tie-
rra de Israel» (distinta del Estado de Israel). 49 Junto al Gush Emunim exis-
ten otros partidos políticos en el país que abogan por el «traslado» de los
árabes de estos territorios. Grupos paramilitares ultranacionalistas como el
Zo Artzeinu (Ésta Es Nuestra Tierra) y grupos fascistas del tipo de Kach y
Kahane Vive, que también operan en los Territorios Ocupados, con fre-
cuencia aterrorizan a la población árabe local."
Algunos observadores se han preguntado si la habilidad de estos gru-
pos para mantenerse independientes durante tantos años no da fe de la
existencia del «Estado débil» 5 ' que se ha mostrado incapaz de prevenir su
presencia en los territorios. Pero ésa no es la cuestión principal. Muy fre-
226 Sociedades en guerra civil

cuentemente, se llevaron a cabo operaciones por parte del Gush Emunim


o por el Consejo de Yesha (el órgano representativo de los colonos en Ju-
dea, Samaria y Gaza —también en la acepción hebrea significa salvación—)
como continuación informal de la política del gobierno, constituyendo
también una forma de hacer realidad la dominación de forma indirecta. Ni
el partido de derecha Likud ni los gobiernos laboristas anexionarían los te-
rritorios, pero tampoco los devolverían a sus verdaderos propietarios. De
hecho, hasta hace muy poco tiempo los gobiernos de Israel estuvieron
comprometidos con las actividades de los colonos, construyendo pueblos,
creando carreteras e infraestructuras económicas, todo el engranaje nece-
sario para conformar una situación irreversible en los territorios. 52 La ane-
xión de facto de los territorios ha sido llevada a cabo no sólo por el go-
bierno laborista, que estuvo en el poder durante la primera década de la
ocupación, sino también por los gobiernos del Likud que subieron al po-
der posteriormente.
En Israel, el ejército tiene una dilatada experiencia de cooperación es-
trecha con los colonos. La evolución de las relaciones entre los colonos y
un ejército étnico es también frecuente (el caso francés constituye otro
ejemplo). Una ocupación prolongada genera evidentemente intereses
compartidos y cooperación frente a un mismo enemigo común. Esta afir-
mación fue avalada por la comisión de investigación que abordó el asunto
Goldstein —en febrero de 1994, el doctor Baruch Goldstein, un médico del
asentamiento de Kiryat Arba, junto a Hebrón, masacró a alrededor de 30
musulmanes que estaban rezando arrodillados en la Cueva de Machpelah
(Tumba de los Patriarcas) en Hebrón—. La investigación de la comisión re-
veló la profundidad y consistencia de la cooperación entre el ejército y los
colonos. De acuerdo al alto comando de las FDI, las normas especiales apli-
cadas en incidentes con los colonos son las siguientes: «Cuando un colono
dispara, en ningún caso se le debe disparar... Hay que esperar hasta que su
cargador esté vacío o hasta que su arma se encasquille... Otra opción es su-
jetarlo por la pierna hasta que pare de disparar». 53
Este grotesco escenario refleja la peculiar situación en los territorios. De
lo contrario, sería incomprensible cómo un civil, vistiendo un uniforme de
las FDI y portando legalmente una metralleta del ejército, puede entrar sin
obstáculos en la Cueva de Machpelah en un momento en el que, de acuerdo
a las disposiciones especiales para estos emplazamientos, sólo los creyentes
musulmanes podían estar ahí. De hecho, Goldstein no era ni soldado ni civil,
sino una criatura de Jano, un híbrido. Llevaba un arma de las FDI habitual-
mente, se intaló en su vehículo un aparato receptor y emisor de radio de las
FDI, tenía un permiso para entrar en las bases de las FDI y tenía a sus dispo-
sición un uniforme y una insignia. Fue un médico que aterrorizó a víctimas y
pacientes en los Territorios gracias a su doble capacitación, como soldado
¿Acaso hay posibilidad de una guerra civil en Israel? 227

graduado en el curso médico de las FDI para oficiales y como colono devoto
de la disciplina del rabino Kahane, el loco líder de un movimiento fascista
que clama por el traslado de los árabes de la Tierra de Israel."
El origen de esta capacitación dual se localiza en la decisión tomada en
la década de los setenta por el Jefe del Estado Mayor, Rafael Eitan, para or-
ganizar a los colonos en los Territorios con unidades de reservistas espe-
ciales, un sistema conocido como «área de defensa». Estas unidades son el
núcleo principal del plan del ejército para defender el área a través de sus
residentes locales (judíos). De hecho, como ya ha mencionado anterior-
mente, estas unidades siempre han formado parte de las disposiciones de
la nación -en - armas, pero nunca en los Territorios. Eitan tuvo una visión dis-
tinta y, desde entonces, los colonos han realizado su servicio de reserva en
los Territorios, cerca de casa, y legalmente poseen armas, uniformes, recep-
tores y emisores de radio, y vehículos."
La idea de un «área de defensa» puesta en práctica por los colonos en
los Territorios recuerda el caso francoargelino. Las «Unidades Territoriales»
(UT) eran una muestra de la cooperación entre los colonos y el ejército
francés. Pero lo que allí empezó como una táctica militar orientada a la
protección de los colonos, al tiempo que también se persuadía a los resi-
dentes locales a través de la asistencia, se tornó en una política que tenía
por objeto la consecución del control del territorio argelino-francés. Así,
en septiembre de 1959, cuando por primera vez De Gaulle habló en públi-
co sobre la separación entre Francia y Argelia como una posibilidad real,
los Pieds Noirs, en Argelia, empezaron inmediatamente a desplegar su solu-
ción militar. Los que se habían integrado ya en las UT bajo la supervisión
del ejército francés junto a otras milicias locales como las FNF, se convirtie-
ron en el núcleo fuerte de los luchadores que resistían la política de De
Gaulle en activa connivencia con el ejército. 56
En el caso israelí también el área de defensa atestigua una estrategia
militar que, convertida en una forma política, refleja una relación especial
entre los colonos y el ejército. Lo que había sido parte de los mecanismos
que difuminaban la frontera entre el ejército y la sociedad, y un aspecto de
la constitución de las FDI como ejército-nación, se tornó en un problema
cuando se comenzó a aplicar en los Territorios Ocupados en conexión con
una controvertida población. De esa manera, y similarmente en el caso ar-
gelino, también en Israel se ha hecho un uso cínico del ideal de «ejército-
nación», y de los mecanismos que vinculan el ejército y la sociedad, para fo-
mentar una política sectaria en nombre de una nación toda. Esta política
legitimó la contienda de los colonos, que habían sido un factor central en
la formación de la nación, aunque no así para sus intérpretes marginales y
extremos. Una razón que explica este hecho es que los colonos no asumen
como autoridad suprema al Estado o al gobierno electo, sino los preceptos
228 Sociedades en guerra civil

religiosos y los edictos de sus rabinos. Por ejemplo, cuando el gobierno de


Rabin hizo poner en práctica el proceso de paz, el último rabino Moshe-Zvi
Neriyah, un prominente líder espiritual de los colonos, dijo que el fin había
comenzado. La paz del gobierno no era una paz real —sermoneaba el rabi-
no—, sus intenciones eran fraudulentas, no había un mandato para esta po-
lítica y por todos los medios debería venirse abajo. Neriyah no excluyó la
posibilidad de una revuelta civil. Convocó a los soldados a rechazar las ór-
denes para evacuar los asentamientos judíos, forzando al gobierno a recon-
siderar aquella línea de acción." Como veremos más adelante, es justamen-
te este fenómeno de rabinos e ideólogos que incitan a los soldados de las
FDI a desobedecer las órdenes del gobierno soberano, el que presagia la
verdadera amenaza de una guerra civil.
Se forjó una peligrosa simbiosis entre las FDI y los colonos. Al estar in-
terconectados, con frecuencia fue imposible establecer dónde terminaba
la actividad de los colonos armados y dónde comenzaba la autoridad de las
FDI. Uno de los más interesantes testigos, que hizo aparición antes de que
la Comisión de Investigación Shamgar indagara en el asunto Goldstein, fue
Moshe Edelstein. En la mañana del día de la masacre, Edelstein se encuen-
tra en la sala del operador de la radio regional de las FDI. Es un colono que
realiza el servicio de reserva. La sala de radio, que es a todas luces una base
militar complementada con verjas y patrullas, está situada en el cercado ba-
rrio judío de Kiryat Arba. Aquella mañana, Edelstein programa una ronda a
la Cueva de Machpelah para Goldstein. Cuando la esposa de este último no
puede encontrarlo, llama a Edelstein para preguntarle si sabe dónde se en-
cuentra su marido. Pero cuando Edelstein recibe noticias sobre el tiroteo y
las muertes no contacta con sus superiores del ejército; en su lugar, llama a
la secretaría de Kiryat Arba. Nada mejor puede probar el orden de priorida-
des o las lealtades de los colonos. Edelstein también pertenece a una uni-
dad de área de defensa. Después de la masacre colocó una fotografía de
Goldstein en la cocina de su casa."
Una investigación de televisión llamada «El Nudo Gordiano», emitida
después de la masacre, mostró cómo difícilmente se puede considerar que
Edelstein constituya un caso aislado. El programa no sólo demostró la bue-
na disposición de los colonos para matar árabes, sino cómo jóvenes o vie-
jos evitaban la sanción invocando diversos libros sagrados; también se hizo
referencia a las relaciones recíprocas que existen entre estos colonos y el
ejército. Uno de los que apareció en el programa era un miembro del mo-
vimiento fascista Kahane Vive, un colono llamado Eliasaf Movshovitz cuyo
más reciente puesto en la reserva fue el de comandante delegado de la
compañía apostada en la Cueva de Machpelah. 59 El superior de Edelstein y
de Movshovitz era el comandante del batallón de Kiryat Arba con rango de
mayor, un reservista llamado Yisrael Blumenthal. En una entrevista el mayor
¿Acaso hay posibilidad de una guerra civil en Israel? 229

Blumenthal describió a Goldstein como un soldado que cayó en el campo


de batalla y añadió que Hebrón es la línea de frente que nunca debe ser
abandonada. Blumenthal fue despedido inmediatamente de las FDI. 6° ¿Pero
cuántos otros mayores o coroneles tienen las mismas opiniones y guardan
silencio en los Territorios? ¿Están esperando a que el escenario empeore
—la orden para evacuar los asentamientos, desde su punto de vista— antes
de entrar en acción?
De hecho, el faccionalismo en las FDI cada vez es más acusado. En los
últimos años, los colonos y sus seguidores se han introducido dentro del
ejército en gran número. El punto de inflexión tuvo lugar a mediados de
los años setenta, después de la guerra de Yom Kippur. El marco fue una dis-
posición especial conocida como Hesder Yeshivab, por la que los alumnos
de enseñanzas medias combinan los estudios con el entrenamiento y el
servicio militar. Durante la guerra de 1967 hubo un yesbivah parecido; en
la actualidad tenemos quince. La mayoría están constituidos por activistas
de Gush Emunin o por sus simpatizantes. En el ejército todos ellos sirven
en las mismas compañías o batallones. Tanto en el ejército regular como
entre los reservistas existen los batallones Yeshivot Hesder. Así pues, Gush
Emunin tiene un ejército dentro del ejército. 6 ' ¿Acatarán estas unidades las
órdenes del gobierno cuando éste decida evacuar los Territorios o, por el
contrario, prestarán atención a sus rabinos a los que obedecen sin reservas
hasta el final?
Algunos colonos y sus simpatizantes están realizando la carrera militar.
Un hombre joven con convicciones religiosas nacionalistas que quiere ser-
vir en una unidad de combate o, quizá, hacer la carrera militar —y durante
los últimos años la han realizado muchos— tiene bastantes opciones. En
las escuelas de enseñanzas medias todavía puede participar en un progra-
ma premilitar religioso preparatorio —hay cinco en los Territorios; el pri-
mero data de 1988—, o bien pues dirigirse al internado militar que existe
desde 1980, justo en el período durante el que Rafael Eitan fue Jefe del Es-
tado Mayor. El internado, cuyo símbolo es la Torá y la espada, es dirigido
por un famoso rabino y miembro del Knesset, rabino Druckman, uno de
los más combativos a la hora de abogar por la permanencia de Israel en los
ICrritorios Ocupados. Los programas preparatorios combinan estudios re-
ligiosos con formación para el servicio militar. El currículum incluye adoc-
trinamiento nacionalista y religioso, y abundan las ideas fundamentalistas
sobre la «redención» y las «guerras de mandato», lo que asegura un «refuer-
zo ideológico». Un alumno de este internado militar describió en una en-
trevista, la esencia del internado y de aquellos otros programas premilitares
que operan en los Territorios del siguiente modo: «Todos ellos son parte de
una línea política de derecha... Se ven a sí mismos como la punta de lanza
de las FDI, la próxima [generación de] altos mandos, el primer Jefe del
230 Sociedades en guerra civil

Estado Mayor religioso». 62 La proporción de hombres jóvenes que visten el


quepis en los prestigiosos cursos de pilotos de la Fuerza Aérea está tam-
bién en alza. Por ejemplo, un piloto de helicóptero de ataque es un gradua-
do de la yeshivah, una segunda generación de colono. Sus padres y algu-
nos de sus catorce hermanos y hermanas se han trasladado recientemente
a la franja de Gaza, hogar de los colonos más combativos que han rechaza-
do abandonar a pesar de que las FDI se han retirado de gran parte de
Gaza.63 Algunos de los graduados del yeshivah que están interesados en la
carrera militar son comandantes de compañías y batallones y sirven en uni-
dades de élite. Muchos son coroneles, el rango característico de los instiga-
dores de los golpes militares en todo el mundo.
¿La entrada de los colonos en el ejército impedirá a los soldados de las
FDI desalojarlos si se da esta orden? Y, más allá, en caso de que los colonos
se rebelen, ¿acaso se acoplarán los «oficiales ideológicos» a esta rebelión?
En los dos o tres últimos años, películas, carteles y panfletos han animado
a los soldados a desobedecer el cumplimiento de una orden semejante. En
enero de 1994, ciento cincuenta altos oficiales en la reserva publicaron
una carta abierta en la que se declaraba que el acuerdo de Israel con la
OLP, «el más despreciable de los enemigos», era un acto de ceguera y una
arriesgada empresa para la supervivencia de Israel.` Durante 1994, en
bastantes ocasiones, los rabinos más importantes, incluido el antiguo jefe
rabino Shapiro, utilizaron normas halakhic para declarar que una orden
de evacuación de los colonos sería ilegal y debería ser desobedecida. «No-
sotros enseñamos —explicaba el último rabino Neriyah— que la Tierra de
Israel es sacrosanta. Para nosotros la guerra por la Tierra de Israel es una
guerra santa». 65 En septiembre de 1994, tres líderes rabinos de los colo-
nos, que tienen enorme influencia, realizaron un edicto llamando a los sol-
dados a rechazar obedecer una posible orden de evacuación de los judíos
de los Territorios. De nuevo, el posible abismo entre los mandatos de los
rabinos y las órdenes de los comandantes de los batallones surgió amena-
zadoramente en julio de 1995, cuando nueve rabinos emitieron un edicto
por el que incitaban a los soldados a desobedecer una orden de evacua-
ción de los campos de las FDI en los Territorios, fruto de la puesta en
práctica de los acuerdos de Oslo.` Previamente al asesinato del Primer
Ministro Rabin, poco después que el ejército israelita fuera evacuado de la
franja de Gaza y de Jericó, y cuando parecía que el gobierno estaba dis-
puesto a consumar el proceso de paz, los diarios de los colonos daban voz
pública al llamado de desobediencia de los líderes religiosos. Nekuda, la
revista principal publicada por los colonos, amenazó e incluso incitó a re-
belión civil, acusando al ejército de haberse convertido en un ejército de
izquierda. Eliyakim Haetzni, colono conocido por sus ideas extremas y por
su militancia, escribió de la siguiente manera: «La mano con la cual Rabin
¿Acaso hay posibilidad de una guerra civil en Israel? 231

sacudió la de Arafat está empañada de sangre... El gobierno enloqueció...


Debemos prevenir a los que están en el poder: esta vez serán sometidos a
juicio criminal...» 67
El asesinato de Yitzhak Rabin forzó al público israelí, tanto a los religio-
sos como a los laicos, a hacer un serio examen de conciencia. Pero un in-
ventario espiritual de estas características puede intensificar el desarrollo
del faccionalismo entre el ejército en lugar de reducirlo. Un escenario po-
sible se puso de manifiesto con el caso del sargento Arik Schwartz, miem-
bro de una unidad militar de élite y graduado en un Hesder Yeshivah, arres-
tado poco después del asesinato de Rabin y acusado de suministrar los
explosivos en el asesinato del Primer Ministro junto a su hermano. Accio-
nes como éstas pueden ser la génesis del pretorianismo; en ese caso, como
producto del concepto de nacionalismo religioso en torno a los Territorios
y a los árabes, fusionado con el entrenamiento militar, accesibilidad a ar-
mas y munición, con soldados y oficiales ideológicamente comprometidos
con el Gran Israel, que bien podrían volverse contra un gobierno que trate
de desalojar a los colonos."
Si ciertos miembros del ejército siguiesen una pauta similar, sería por el
estímulo y con el apoyo de los colonos. Como ocurrió en la Argelia france-
sa, los colonos serán quienes inicien la resistencia —incluso declaran cons-
tantemente que lo harán— y un reducido número de unidades de las FDI
bien podría participar con ellos. En Francia fueron los generales, en Israel
serán probablemente los coroneles. Se debería enfatizar que un escenario
como éste involucra a un pequeño número de rebeldes y a una reducida
cifra de unidades. Pero también un número tan reducido puede arrastrar
a un ejército entero a un debate político. No sólo al ejército sino también a
la sociedad entera, sociedad que se encuentra dividida y fisurada como
nunca lo ha estado. Lo dicho está basado, cabe enfatizarlo, en un escenario
que no es ni inminente ni inevitable, esto es, que el gobierno israelí decida
evacuar los asentamientos judíos en la Cisjordania. Es importante señalar, al
respecto, que el gobierno laborista jamás declaró explícitamente tener tal
intención. Es más, en mayo de 1996, Josi Beilin, líder laborista conocido por
sus ideas moderadas, firmó un tratado con uno de los líderes de los colo-
nos, el rabino Yoel Ben Nun, estipulando que en el marco del arreglo final,
no serán evacuados asentamientos judíos. 69
Así que es posible que el peligro de una guerra civil en Israel no se con-
crete ante todo por la incapacidad del gobierno israelí, tanto de derecha
como de izquierda, para evacuar los asentamientos. Sólo en caso de que
Israel se vea enfrentada con la necesidad de hacerlo por presión internacio-
nal, por ejemplo, sólo entonces y por primera vez en su historia, Israel deberá
considerar una amenaza del pretorianismo. Derivará del declive del tipo de
militarismo de la nación-en-armas y de la devaluación de las FDI como un
232 Sociedades en guerra civil

ejército-nación, acompañado por una creciente separación entre los militares


y la sociedad en general, la transformación del ejército en una fuerza profe-
sional y la emergencia del faccionalismo en su propio seno. Como en el caso
francés, el escenario no lo constituye un país atrasado, sino una democracia
que podríamos definir como moderna. En es ocasión no se dará la circuns-
tancia por la que los «militares» se impongan sobre el sector «civil», sino que
será un anticuado militarismo el que dará lugar a un potente pretorianismo,
que amenaza con involucrar a toda la sociedad en una guerra interna.

4. CONCLUSIÓN

La guerra de 1967, conocida como «la guerra de los Seis Días» abrió, sin
lugar a dudas, una nueva etapa en la historia del Estado de Israel. La ocupa-
ción territorial, interpretada por parte del público judío en Israel no sólo a
través del prisma nacionalista sino también religioso, ha dividido y sigue di-
vidiendo a la sociedad israelí. El ejército, que a través de los años ha sido
concebido como una institución «intocable», erguida por encima de los de-
bates políticos e ideológicos, se ha transformado gradualmente en un ejér-
cito fisurado, una especie de reflejo de lo que sucede en la sociedad. Esta
transformación no es circunstancial o carente de explicación. Como he tra-
tado de demostrar a lo largo del capítulo, grupos religiosos de derecha que
han penetrado en el ejército durante la última década han logrado promo-
ver a su gente con el fin de llegar a logros políticos, de prevenir todo cam-
bio político que amenace al statu quo territorial y que pueda traer a cabo
la constitución de un Estado palestino. Esta penetración carga en su seno
un peligro amenazante. ¿Acaso lograrán los mandatarios de Israel encon-
trar un compromiso entre las demandas de los palestinos por un lado y las
de los colonos por el otro? O está Israel cautiva entre dos posibilidades ne-
fastas: por un lado, satisfacer las demandas de los colonos (no retirarse de
los Territorios Ocupados e interrumpir el proceso de paz) a fin de dismi-
nuir la amenaza de violencia interna. El precio de esta opción es renovar el
círculo de violencia externa, de terror, de rebelión palestina, de guerra en-
tre Estados e inclusive, de guerra nuclear. Por otro lado, continuar el proce-
so de descolonización y de reconciliación con el pueblo palestino y con
los Estados árabes puede desencadenar en la emergencia de pretorianismo
y, eventualmente, en una guerra civil que traslade la violencia externa a la
esfera interna.
TERCERA PARTE
Capítulo 9

ARGENTINA: GUERRA CIVIL SIN BATALLAS

María José Moyano


(Escuela Naval de Posgrado, California)

Entre 1969 y 1979 Argentina experimentó más de 22.000 actos de vio-


lencia en los que murieron por lo menos 9.000 personas. Los bandos polí-
ticos se reagruparon varias veces, los objetivos fueron cambiando, pero la
realidad fue mostrando a lo largo de la década una visión de la política
como juego de suma cero que requería la destrucción del adversario. En
este capítulo se describe en primer lugar el contexto político de esta vio-
lencia. En segundo término analizo el repertorio violento de las distintas
facciones en pugna. A modo de conclusión, revelo algunas de las conse-
cuencias más terribles de este enfrentamiento.

1. EI. CONTEXTO HISTÓRICO

Para comprender las raíces de la violencia argentina de las décadas del se-
senta y el setenta es necesario remontarse al golpe militar de 1955 que de-
rrocó a Juan Domingo Perón. Con la proscripción del peronismo Argentina
se transformó en una semidemocracia.' Para los militares y sus aliados civiles,
un gobierno peronista era algo impensable. Pero gobernar efectivamente, ex-
cluyendo al electorado peronista, se convirtió en algo imposible, ya que los
sindicatos identificados con el «tirano prófugo» respondieron a la proscrip-
ción con «Planes de Lucha», ocupaciones fabriles, sabotaje industrial y huel-
gas. Entre 1955 y 1966 Argentina fue gobernada por cinco presidentes, dos
generales y tres civiles. Ninguno concluyó su período: los civiles fueron de-
puestos por golpes militares y los soldados se vieron obligados a retornar a
los cuarteles y llamar a elecciones. Para responder a esta situación, que ha
sido hábilmente descrita como empate hegemónico y pretorianismo de ma-
sas,' el general Juan Carlos Onganía tomó el poder en junio de 1966.
Éste fue el quinto golpe militar en Argentina desde 1930. Sin embargo,
la situación era ahora distinta. Los anteriores golpes pueden encuadrarse
en lo que Alfred Stepan ha llamado «pauta moderadora», gobiernos militares
con objetivos limitados y de corta duración. En cambio, en 1966 Onganía y
la oficialidad hablaban de 15 años de gobierno y de profundos cambios po-
líticos, económicos y sociales. 3 Según una encuesta de opinión realizada a
una semana del golpe, un 66 % de la población se declaraba contenta con el
236 Sociedades en guerra civil

evento. Según otra encuesta, un 77 % creía que el golpe militar era «necesa-
rio». Sin embargo, dos años después un 70 % de los encuestados considera-
ban que Onganía era igual o peor que su predecesor civil, Arturo Illia. 4 Es-
tos datos son importantes porque apoyan un tema central en este análisis:
amplios sectores de la sociedad argentina vieron en el onganiato, el nom-
bre que popularmente se le dio al régimen, el instrumento para superar el
inmovilismo de 1955-1966, y el desencanto produjo una profunda radicali-
zación social que se expresó de diversas formas, violentas y no violentas.
Entre los factores que produjeron esa radicalización cabe citar: a) el ca-
tolicismo ultramontano del presidente y sus intentos de regenerar moral-
mente a la población; b) la política cultural (por darle un nombre) del go-
bierno, que se expresó en la quema de libros considerados peligrosos, la
clausura de publicaciones, y la «Noche de los Bastones Largos», la represión
contra los estudiantes que habían ocupado la Facultad de Ciencias Exactas
en Buenos Aires en protesta contra la abolición del gobierno universitario
autónomo; c) la respuesta oficial represiva contra los diversos episodios de
protesta social; d) la política económica. 5
La radicalización social quedó de manifiesto en 1969, año en que se
produjo el primer gran estallido social, el cordobazo, y la aparición de seis
organizaciones armadas: las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), el Comando
Descamisados, los Montoneros, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR),
las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), y el Ejército Revolucionario del
Pueblo (ERP). Las primeras cuatro organizaciones se declaraban peronis-
tas, y las dos últimas, marxistas. Estas seis organizaciones se fusionaron y di-
vidieron varias veces en los años siguientes: Para 1974 quedaban en pie
sólo los Montoneros y el ERP. Las tácticas también sufrieron varios cam-
bios, como veremos en el apartado siguiente. El número total de comba-
tientes fluctuó drásticamente: aproximadamente 200 en 1969, 600 hacia fi-
nes de 1972, 5.000 en 1975, y 1.000 en 1979. Pero a pesar de estos
cambios, durante la década 1969-1979, las organizaciones armadas fueron
protagonistas claves de la lucha política argentina.`'
El cordobazo en 1969 y el accionar de las organizaciones armadas, en
especial el espectacular secuestro del general (y ex presidente) Pedro
E. Aramburu en mayo de 1970, terminaron con la pax onganiana. Onga-
nía fue suplantado por el general Roberto M. Levingston, a su vez suplan-
tado por el general Alejandro A. Lanusse. Le tocó a Lanusse planificar el re-
greso a los cuarteles de la manera más ordenada posible. Se ha sugerido
que lo que el gobierno temía era «la posibilidad de que se produjera un real
engarce entre la reactivación popular y la guerrilla»: Ésta puede haber
sido la razón por la cual Lanusse anunció elecciones generales para marzo
de 1973, libres de condicionamientos (es decir, sin proscripción del pero-
nismo). Si el objetivo era contener la radicalización, el resultado fue el
Argentina: guerra civil sin batallas 237

opuesto. Es muy difícil, a una distancia de casi 30 años, recrear el clima ideo-
lógico de la época. Bastará notar que una encuesta de opinión realizada en
1971 reveló que el porcentaje de encuestados que opinaba que la lucha ar-
mada era «justificada» era del 45,5 % en el Gran Buenos Aires y del 49,5 %
en el interior del país. 8 Este apoyo a la lucha armada se daba además entre
los estratos medios y altos, aliados naturales de los gobiernos militares.
Como última expresión de la radicalización de la época podemos citar al-
gunos resultados electorales. El candidato presidencial peronista, Héctor J.
Cámpora, obtuvo el 49,56 % del sufragio. El peronismo conquistó 20 de las
22 gobernaciones, 45 de las 65 bancas en el Senado, y 146 de las 243 ban-
cas en Diputados. 9
Si el eje del enfrentamiento durante el período 1966-73 había sido
«pueblo contra militares», a partir de 1973 el conflicto se daría en el seno
del peronismo. «Patria Peronista versus Patria Socialista» fue el eslogan de
la época que capturó la esencia del problema. El peronismo se encontraba
dividido entre un ala derecha (la Patria Peronista, constituida por la casi to-
talidad de la clase política y del sector sindical, y grupos minoritarios juve-
niles) y un ala izquierda (la Patria Socialista, la visión radicalizada del pero-
nismo que sustentaban las organizaciones armadas, los sectores juveniles
mayoritarios y una pequeña proporción del sindicalismo). El intento por
resolver este conflicto, por vías frecuentemente violentas, llevaría tres años
más tarde a otro golpe militar. i°
Con la asunción de Cámpora el 25 de mayo de 1973 la izquierda pera
nista parecía triunfante, ya que había conseguido colocar a varios de sus
personeros en puestos clave. Quizás el mayor triunfo de la izquierda haya
sido la amnistía a todos los combatientes y la legalización de las organiza-
ciones armadas, que Cámpora anunció en su discurso inaugural y el Con-
greso votó ese mismo día. Sin embargo, la «primavera camporista» duró
sólo un mes. El 20 de junio, fecha en que Perón regresaba definitivamente
al país, la Patria Peronista y la Patria Socialista se enfrentaron, armas en
mano, en el aeropuerto de Ezeiza, al cual 3 millones de personas habían
asistido para recibir al líder. El enfrentamiento dio un saldo de 16 muertos
y 433 heridos." Pocos días después, Cámpora y su vicepresidente renun-
ciaban, argumentando que estando Perón en el país, nadie más podía ser
presidente. Se organizaron nuevas elecciones para septiembre, en las que
la fórmula Juan Perón-María Estela (Isabel) Martínez de Perón obtuvo el
62 % de los sufragios." En los meses siguientes resultaría obvio que Perón
se apoyaba en la derecha peronista para destruir a la izquierda.
Un ataque del ERP a una guarnición militar dio a Perón el justificativo
para proscribir a la organización. Los Montoneros continuaban siendo una
organización legal. Sin embargo, Perón clausuró varias de las publicaciones
de la izquierda peronista, destituyó a funcionarios asociados con esta co-
238 Sociedades en guerra civil

rriente, reformó el Código Penal, introduciendo severas penas contra deli-


tos violentos, y ordenó el arresto de decenas de militantes de izquierda.
Cuando Perón murió en julio de 1974, su viuda, transformada en presiden-
te, continuó e intensificó estas políticas, a las cuales habría que añadirle las
actividades de la Alianza Anticomunista Argentina, más conocida como la
Triple A, un escuadrón de la muerte creado en vida de Perón por su minis-
tro de Bienestar Social. 13 A pesar de estas políticas la violencia continuaba
aumentando. Hacia septiembre de 1974, según un matutino porteño, ocu-
rría una muerte por razones políticas cada 19 horas." En un clima de cre-
ciente violencia y dislocación económica, los militares tomaron el poder
una vez más en marzo de 1976. El gobierno militar, autotitulado Proceso de
Reorganización Nacional, estableció una serie de objetivos. El único que se
consiguió fue el de acabar con la violencia e imponer el orden. El precio
que se pagó por cumplir este objetivo, como veremos en la sección si-
guiente, fue la llamada «guerra sucia»."

2. LA VIOLENCIA Y SUS AGENTES

Habiendo descrito el contexto político, es necesario analizar brevemen-


te el repertorio de acciones violentas de los diversos grupos. El cuadro 1
sintetiza esas acciones, agrupándolas por tipo de operación. Para cada tipo,
se especifica si se trató de acciones de las organizaciones armadas, de ac-
ciones de violencia colectiva (por estudiantes, obreros, grupos vecinales,
grupos partidistas, etc.) o acciones de la ultraderecha. Bajo esta última ca-
tegoría se incluyen tanto a la derecha peronista como a la violencia para-
militar organizada desde el poder, ya que el objetivo más general de ambas
era, principalmente, contener el desarrollo de la izquierda."
Lo primero que la tabla demuestra es la creciente ferocidad del con-
flicto. A partir de 1969 la violencia aumenta año a año hasta 1978, salvo
una importante disminución en 1972 durante el período preeleccionario.
El promedio diario de acciones violentas es de 2,28 % durante el onganiato,
4,34 % durante el interregno peronista, y 10 durante el Proceso de Reorga-
nización Nacional. La creciente ferocidad del conflicto también se pone de
manifiesto si observamos que la violencia comenzó dirigiéndose no contra
las personas sino contra la propiedad; y progresivamente fue dirigiéndose
contra las personas (véase la evolución de secuestros y muertes). Otro
dato que salta a la vista es la importancia cada vez mayor de la violencia de
derecha. Durante los años del onganiato la violencia de derecha fue prácti-
camente residual, sobre todo comparada con el protagonismo de la lucha
armada y la violencia de masas. Durante los gobiernos peronistas de mayo
1973-marzo 1976, las organizaciones armadas y la violencia de derecha pa-
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Argentina: guerra civil sin batallas 239

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240 Sociedades en guerra civil

san a ser actores principales y la violencia colectiva, aunque importante, es


secundaria. Finalmente, durante el proceso, la violencia proviene en gran
parte de la derecha."
En un principio, esta violencia de derecha se debió a la iniciativa pri-
vada, particularmente de miembros de las fuerzas de seguridad. Durante
el onganiato, los grupos violentos de derecha frecuentemente tomaban el
nombre de alguna víctima de la lucha armada, y parecían originarse en
el deseo de llevar a cabo alguna operación punitiva, después de la cual de-
saparecían. Como el cuadro 1 indica, durante el onganiato la derecha se ex-
presó a través de la colocación de explosivos, en los domicilios de aboga-
dos defensores de miembros de las organizaciones armadas y también en
teatros o cines que mostraban espectáculos que la derecha consideraba in-
convenientes o inmorales (por ejemplo, El último tango en París). Duran-
te el interregno peronista de 1973-1976 esta violencia de derecha deja de
originarse en la iniciativa privada. La violencia pasa a ser organizada, dirigi-
da y financiada desde el poder, por un gobierno supuestamente democráti-
co. Durante este período, la derecha continúa colocando explosivos, pero
el asesinato pasa a ser la operación preferida. No se trata ya de los comba-
tientes o sus abogados defensores, sino que la definición del enemigo se
amplía para incluir a los familiares, como así también a periodistas y artis-
tas, militantes de diversas organizaciones legales y ex funcionarios del go-
bierno de Cámpora. Esta tendencia al asesinato se acentúa a partir del gol-
pe militar con la metodología de las «desapariciones» —el secuestro y
posterior muerte de los secuestrados en centros clandestinos de detención.
Al igual que la violencia de ultraderecha, la lucha armada se expresó en
gran medida a través de la colocación de explosivos y, crecientemente, a
través del asesinato individual. Cabe aquí resaltar la importancia de otras
dos operaciones, secuestros y ocupaciones. Mientras que para la derecha el
secuestro fue usualmente un anticipo al asesinato del secuestrado, las or-
ganizaciones de lucha armada secuestraron por diversos motivos, el más
importante de los cuales fue el lucro. Si bien en términos de frecuencia ab-
soluta el secuestro no fue parte importante del repertorio de las organiza-
ciones armadas, los rescates millonarios (en dólares) representaron para
estas organizaciones la fuente principal de autofinanciación. Es muy posi-
ble que la solvencia económica haya contribuido de hecho al incremento
de la violencia por parte de estas organizaciones. Se actuaba violentamente
porque en términos económicos se estaba en condiciones de hacerlo.'
Las ocupaciones no representan tampoco parte importante del repertorio
violento de la lucha armada. Sin embargo, mientras en el período 1969-1972
lo que se ocupó fueron escuelas, fábricas y pueblos del interior, a partir de
1973 las organizaciones armadas se volcaron a la ocupación de instalaciones
militares, utilizando un número cada vez mayor (en varias ocasiones, pasan-
Argentina: guerra civil sin batallas 241

do el centenar) de combatientes que, además, vestían uniforme. El impacto


de estas ocupaciones, sobre todo sobre la corporación militar, fue importan-
te, y contribuyó a la caracterización del conflicto como una «guerra sucia».
Más arriba resalté el protagonismo de la violencia de masas, sobre todo
en el período 1969-1974. Es importante detenerse sobre este punto, por-
que la interpretación —errónea— que importantes sectores de la sociedad
argentina han hecho de este período es congruente con lo que se ha lla-
mado la «teoría de los dos terrorismos». Esta teoría fue formulada por pri-
mera vez en la introducción del informe de la Comisión Nacional sobre la
Desaparición de Personas, constituida por el presidente Raúl Alfonsín tras
la restauración democrática en 1983: «Durante la década de los setenta Ar-
gentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto de la extrema
derecha como de la extrema izquierda, ... a los delitos de los terroristas, las
Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que
el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el pode-
río y la impunidad del Estado absoluto...»." A través de esta teoría de los
dos terrorismos, la memoria colectiva argentina ha caracterizado a las dé-
cadas del sesenta y setenta como un episodio gangsteril. Esta interpreta-
ción no concuerda con las estadísticas de violencia colectiva presentadas
en el cuadro 1. Sin detenerse en estas cifras no se comprende ni la brutali-
dad de la reacción de la derecha ni lo que estuvo en juego.
Durante el onganiato, la violencia de masas se expresó a través de ata-
ques a la propiedad, con y sin explosivos, en el curso de estallidos sociales.
El prototipo de esta acción fue el cordobazo, que se repetiría en otras ciu-
dades.' El cordobazo creó un patrón de acción que se repetiría en los
otros disturbios: a) se trató de violencia anómica, es decir, no planeada, en
la que derivaron protestas que se iniciaron pacíficamente; b) la violencia se
desarrolló fuera de canales institucionales, en el sentido que las organiza-
dones políticas y sociales (partidos, sindicatos, etc.) no la lideraron; c) se
trató de ataques al «territorio enemigo», que comenzaron en los barrios
obreros de la periferia y culminaron en los centros citadinos, en los edifi-
cios oficiales y los reductos burgueses. La imagen que de estas acciones se
dio en la prensa (y, es de suponer, en las pantallas de televisión) fue la de
hordas incontroladas: «Un individuo vociferante se acerca al edificio con
una goma incendiada mientras los demás arrojan piedras destruyendo los
cristales. Al poco tiempo un grupo de manifestantes entra al edificio co-
menzando el saqueo. Se apoderan de todos los muebles, televisor, heladera,
colchones, que van todos a parar a la calzada».'
Esta imagen se vio reforzada por la ola de ocupaciones, que caracteri-
zó a la violencia colectiva en el período 1973-1976. Los estudiantes ocu-
paron sus escuelas y universidades, los obreros ocuparon sus fábricas, los
empleados ocuparon los hospitales, estaciones de radio, dependencias ofi-
242 Sociedades en guerra civil

ciales y bancos, las agrupaciones vecinales ocuparon los municipios, y los


presos tomaron las cárceles. En muchas de estas ocupaciones, la violencia
colectiva tenía por objeto remover a las autoridades.Algunas ocupaciones
tenían como trasfondo demandas de tipo laboral; en otros casos el objeti-
vo parecía ser el de evitar que un grupo político rival tomara la iniciati-
va.' Las organizaciones de masas demostraron cierto apetito por la vio-
lencia: «Preparen las antorchas / Preparen alquitrán / Que a todo el Barrio
Norte / Lo vamos a quemar»; «Luche luche luche / No deje de luchar / Que
a todos los gorilas / Los vamos a colgar».' Las consignas populares expre-
saban también apoyo ocasional a las organizaciones armadas: «Luche duro
duro / Como los Montoneros / Que mataron a Aramburu»; «Para tomar jus-
ticia / Y porque el Pueblo lo quiso / Los comandos de la FAR / Fusilaron a
Berisso». 24 Por último, cabría citar una identificación vaga con el socialis-
mo. Los objetivos y el sentido de estas acciones de masas se mantuvieron
suficientemente confusos como para ser pasibles de diversas interpreta-
ciones:

... nosotros creemos que lo que tiene que venir acá es un socialismo, sí,
pero nacionalista, no marxista como dice la gente que somos... Yo creo que si
viniera Perón acá y hiciera un socialismo como el pueblo necesita y quiere ...
acá el socialismo tiene que ser de izquierda, ¿no? El que venga un socialismo
de derecha ... de centro, no ... Porque ahora uno va a un hospital y no se lo
atiende ... yo opino que en un socialismo todo eso no existe, hay igualdad de
clases ...
Ni golpes ni elecciones, revolución. Pero ¿cómo la revolución? Nosotros
no tenemos las armas para poder enfrentarnos a ellos. Nosotros quisiéramos
tener las armas como tienen los militares, ¿no es cierto? De la misma forma
que los militares. Entonces, después nos pondríamos iguales y ya veríamos
cómo podríamos luchar.
Es una lucha netamente obrera. Este ... no tenemos ninguna participación po-
lítica, ni nada por el estilo, ni tampoco hemos sido ... somos mandados de afuera.
Es una política netamente obrera, sindicalmente obrera, ... estamos trabajando
con todo el conocimiento de las bases y al servicio de las bases.
Para mí la toma de fábrica es un arma que se puede usar a último momen-
to, para quemar un cartucho, ... es cansar a la gente, porque el día que haga fal-
ta una toma ... con motivos valederos no ... no va a haber gente para ese
caso ... llegado el momento oportuno los obreros son capaces de cualquier
cosa ... quemarle la fábrica, hacer cualquier cosa ... acá lo que hay que tratar
de hacer ... es que el gobierno no haga oído sordo a lo que estamos pidiendo
... porque lo que se pide es una cosa justa y ... a ellos no les importa nada ...
porque ellos viven bien ...25
Argentina: guerra civil sin batallas 243

Independientemente de los objetivos, la imagen que esta violencia de


masas brindó fue la de una crisis generalizada de autoridad. Se cuestionaba
el orden jerárquico, en la esfera privada tanto como en la pública. Frente a
este espectáculo de rebelión popular generalizada, diversos sectores saca-
ron sus conclusiones. Parte de la sociedad civil lo vio «como algo intolera-
ble frente a lo cual, cualquier régimen era mejor», 26 iniciando así el viraje
que culminaría en apoyo a un nuevo golpe militar. Tanto la ultraderecha
como la ultraizquierda interpretaron que Argentina estaba al borde de una
situación revolucionaria. El salvajismo de algunos de estos episodios de
violencia colectiva contribuyó a esa caracterización, como así lo hicieron
los eslóganes callejeros. En la medida en que durante el período 1969-1974
surgieron nuevas formas de organización popular y nuevos estilos de mili-
tancia, se podría caracterizar a la acción colectiva como revolucionaria.
Pero si con este adjetivo se apunta a describir un cuestionamiento de las
relaciones de clase, la violencia colectiva distó de ser revolucionaria. Sin
embargo, ése fue el supuesto del cual partieron la ultraderecha y la ultraiz-
quierda, cuya visión del conflicto analizaremos a continuación.

3. EL DISCURSO BÉLICO

Las organizaciones armadas partían de una visión de Argentina como


país dependiente, explotado por las naciones de industrialización avanza-
da. La «ofensiva imperialista» que se había iniciado tras el derrocamiento de
Perón demostraba la necesidad de una transformación socialista. El socia-
lismo se alcanzaría a través de la violencia. Desde su perspectiva radicaliza-
da de fines de la década de los sesenta, los combatientes interpretaban la
historia argentina como una serie de confrontaciones entre las masas y la
oligarquía:

Nos sentimos parte de la última síntesis de un proceso histórico que


arranca 160 años atrás ...A lo largo de este proceso histórico se desarrollaron
en el país dos grandes corrientes políticas: por un lado la de la Oligarquía li-
beral, claramente antinacional y vendepatria, por el otro lado la del Pueblo,
identificado con la defensa de sus intereses que son los intereses de la Nación
... Sabemos que nuestras vidas son poco al lado de la gesta emancipadora ini-
ciada hace 160 años, ... juntos debemos emprender esta Segunda Guerra de la
Independencia Nacional ...

Es nuestra participación combatiente en la guerra de la Segunda Indepen-


dencia, continuación de la que los fundadores de nuestra nacionalidad, el pue-
blo y los héroes San Martín, Güemes, Belgrano, ... libraron de 1810 a 1824 con-
tra la dominación española.27
244 Sociedades en guerra civil

Si la primera guerra de independencia había provocado el colapso del


imperio español en América, sólo una segunda guerra rescataría a Argenti-
na de su situación neocolonial. Un segundo argumento que se esgrimía en
favor de la violencia era que los fenómenos insurreccionales como el cor-
dobazo demostraban las limitaciones de las acciones de masas:

[El cordobazo es] un hecho fundamental pero que también demostró que el
espontaneísmo no es suficiente. Que se necesita la organización de una vanguardia
armada del pueblo.
Quienes nos acusan de carecer de nivel político o de desechar la importancia
de la lucha política por haber elegido el camino de las armas, de la lucha armada,
olvidan que esta lucha no es más que la política por otros medios y no a cualquier
otro medio, sino a los medios eficaces.'

La estrategia en esta segunda guerra de independencia se definía como


guerra popular: «total, porque supone la destrucción del Estado capitalista
y de su ejército, ... nacional, porque su sentido es el de la emancipación del
dominio extranjero, ... prolongada, porque hay que formar el Ejército Popu-
lar...». 29 Estas concepciones se mantuvieron sin cambios durante el onga-
niato. Tras las elecciones de marzo de 1973, el ERP envió al presidente
Cámpora una larga carta en la que la organización prometía respetar la vo-
luntad popular y no atacar al gobierno, pero continuaría atacando a las em-
presas extranjeras y al ejército.° En el análisis del ERP, los gobiernos de
Cámpora y Perón eran, en términos de sus políticas, una continuación de
la dictadura militar. Como el pueblo no había llegado a esta conclusión, la
continuación de la lucha armada se lo demostraría: «...distintos sectores
que están en el campo popular ... no llegan a comprender lo que significa
la liberación nacional y social de un pueblo, ... en la que el problema mili-
tar, el• aniquilamiento del enemigo por parte de las fuerzas populares ad-
quiere una importancia fundamental...».'
Las organizaciones de lucha armada peronistas, que al fin y al cabo ha-
bían emprendido la lucha por el retorno de Perón al país, tenían más razo-
nes para sentirse satisfechas. Sin embargo, pensaban que «el enemigo no
está derrotado. Se encuentra adentro y fuera del Movimiento [peronista],
adentro y afuera del gobierno». 32 Entrevistado tras una reunión con Perón,
y ante la pregunta «¿Esto quiere decir que ustedes abandonan las armas?»,
Mario Firmenich, jefe máximo de los Montoneros, afirmaría:

De ninguna manera: el poder político brota de la boca de un fusil. Si he-


mos llegado hasta aquí ha sido en gran medida porque tuvimos fusiles y los
usamos; si abandonáramos las armas retrocederíamos en las posiciones políti-
cas. En la guerra [existen] momentos de enfrentamiento, como los que hemos
Argentina: guerra civil sin batallas 245

pasado, y momentos de tregua en los que cada fuerza se prepara para el próxi-
mo enfrentamiento."

A este discurso habría que añadirle las prácticas cada vez más militaris-
tas, la introducción de rangos militares, uniformes, y estructuras organizati-
vas cuyo objeto era emular al «ejército burgués». En el ERP, el ex comba-
tiente Luis Mattini recuerda que en las ceremonias en las que se otorgaban
rangos militares

el escuadrón «presentaba armas» ... con saludo militar riguroso, los discursos
pertinentes y cerrando con un brindis. El graduado debía jurar de acuerdo al
reglamento elaborado por Santucho en el castellano jurídico-militar que se
usaba oficialmente ... los combatientes tomaban todo este formalismo muy se-
riamente y pacientemente explicaban [estos rituales] a los nuevos reclutas,
simpatizantes y adherentes que se preguntaban cuál era la diferencia con la
fanfarria del ejército burgués. 34

Este discurso no sufrió grandes cambios tras el golpe militar de 1976.


Desde las páginas de El Combatiente, tras el llamado «Argentinos, a las ar-
mas», Mario R. Santucho, jefe máximo del ERP, declaraba: «En la guerra de
nuestra primera independencia los ejércitos patrios intentaron avanzar dos
veces por Bolivia hacia Perú y fracasaron; luego descubrieron el triunfal ca-
mino de Chile ... Así ocurre y ocurrirá en nuestra guerra revolucionaria». 35
Alañosiguent,Frmchdlaí:

Desde octubre de 1975 ... ya sabíamos que se produciría el golpe dentro


de un año. No hicimos nada para impedirlo ... Hicimos sin embargo nuestros
cálculos, cálculos de guerra, y nos preparamos a soportar, en el primer año, un
número de pérdidas humanas no inferior a 1.500 unidades ... si lográbamos no
superar este nivel de pérdidas, podríamos tener la seguridad de que tarde o
temprano ganaríamos ... este año terminará la ofensiva de la dictadura, y final-
mente se presentarán las condiciones favorables para nuestra contraofensiva
final."

Eventualmente el exterminio a manos de los escuadrones paramilitares


obligó a los Montoneros (el ERP de hecho había dejado de existir) a reem-
plazar el discurso guerrero por el llamamiento a la resistencia. El significa-
do de este último término no quedó nunca claro. Según Rodolfo Walsh, el
teórico más lúcido del grupo,

se parte de la hipótesis de que la guerra en la forma en que la hemos plantea-


do en 1975-1976 está perdida en el plano militar ... Lo que diferencia a la gue-
246 Sociedades en guerra civil

rra de la resistencia es la respuesta a la pregunta sobre el poder. La guerra


pone en el orden del día la conservación del poder que se dispone o la toma
del poder que se carece. La resistencia cuestiona los efectos inmediatos del or-
den social, incluso por la violencia, pero al interrogarse por el poder, responde
negativamente porque no está en condiciones de apostar por él."

Se podría inferir, haciendo una lectura cuidadosa de documentos inter-


nos y entrevistas, que lo que los Montoneros entendían por resistencia era
una reducción en la frecuencia de las operaciones armadas, hasta el mo-
mento en que fuera posible una acción mas ambiciosa.A juzgar por los he-
chos, la dirigencia montonera estimó que ese momento había llegado hacia
mediados de 1978, durante el campeonato mundial de fútbol (que tuvo lu-
gar en Buenos Aires). La organización lanzó entonces la primera Contrao-
fensiva Popular, una operación corta y relativamente exitosa, en el sentido
que se demostró capacidad para operar en «territorio enemigo» con arma-
mento sofisticado. Los pocos ataques a destacamentos policiales y milita-
res fueron, por supuesto, ignorados por la prensa argentina. En la segunda
Contraofensiva Popular, que tuvo lugar en 1979, varios de los máximos je-
fes del grupo regresaron al país para morir en combate. En contraste trági-
co —y patético— con los efectos de las dos contraofensivas (que repre-
sentaron, de hecho, el fin de la lucha armada), el discurso evocaba el
triunfalismo de los primeros años:

... la Junta Militar no ha ganado la guerra. Han comenzado a perderla ... nuestro
ejército tiende a ir abandonando progresivamente el uso de explosivos y a ex-
tender un tipo de guerra de infantería con armas ligeras ... Hoy somos un ejér-
cito veterano y curtido que se fijó unos objetivos a largo plazo y los está cum-
pliendo. Nuestro objetivo es obligar a la Junta a retirarse ... Hay contactos
directos hoy en día, de ejército a ejército, entre oficiales superiores nuestros y
oficiales superiores del enemigo.'

Este breve análisis del discurso de las organizaciones de lucha armada


se ha centrado en un punto, la definición que se hizo del conflicto, porque
es importante resaltar que desde sus inicios en 1969 las organizaciones ar-
madas se consideraron en guerra. Éste fue el mensaje que esta retórica pro-
dujo, de manera clara y repetida, salvo durante el período 1976-1978 en el
que se habló de resistencia. A esta retórica habría que añadirle, como se
puntualizó más arriba, la simbología de los ataques a las guarniciones mili-
tares vistiendo el uniforme del «ejército revolucionario» (verdaderos com-
bates en los que se peleó cuerpo a cuerpo); los comunicados a la prensa ti-
tulados «partes de guerra»; el vocabulario marcial que es tan evidente en
muchas de las citas que se han incluido aquí; y por supuesto la enorme ca-
Argentina: guerra civil sin batallas 247

pacidad de golpear al enemigo de manera ininterrumpida, aun después del


inicio de la represión indiscriminada post-1976.
¿Cómo se juzgaba esta situación desde el poder? Paradójicamente, po-
demos decir que mientras la lucha armada comenzó hablando de «guerra»
para terminar hablando de «resistencia», desde el poder se comenzó ha-
blando de «delincuencia» para terminar hablando de «guerra».
«Extremistas», «subversivos» y «terroristas» fueron los tres términos uti-
lizados más frecuentemente en la prensa (que a su vez reflejaba las prefe-
rencias y los discursos y comunicados del gobierno) para referirse a los
combatientes. «Extremistas» fue un vocablo muy utilizado en los primeros
años, cuando las noticias sobre los ataques de las organizaciones armadas
aparecían en la sección de noticias policiales de los periódicos, y se hacía
necesario, a través de los titulares, diferenciar a la delincuencia común de
la delincuencia política. Entre 1971 y 1974, «extremistas» y «guerrilleros»
fueron utilizados indistintamente. A partir de 1974, «guerrilleros» pasa a ser
gradualmente reemplazado por «terroristas». Tras el golpe militar de 1976,
«subversivos» se convirtió en el vocablo preferido, aunque «extremistas» y
«terroristas» fueran empleados frecuentemente. A menudo se utilizó estos
vocablos como sinónimos." Sin embargo, en ocasiones «subversión» apare-
ció como el término mas abarcativo, sinónimo de «guerra revolucionaria»;
y «terrorismo» fue considerado como una táctica de la «subversión». 40 Más
allá de la confusión terminológica, existía un propósito definido detrás de
la elección de vocablos, el cual era el de minimizar el impacto de la lucha
armada y enfatizar que ésta constituía un simple problema policial. Esto
fue cierto durante el onganiato, el interregno peronista, y los primeros
Años del gobierno militar de 1976-1983. Es sólo promediando el gobierno
del proceso que se comienza a hablar de «guerra».
La caracterización que hacen los militares y sus aliados civiles de esta
guerra, que está íntimamente ligada a la necesidad de justificar el modo en
que la guerra se llevó a cabo, gira alrededor de tres temas: 1) la intensidad
del conflicto; 2) las acciones de los gobiernos peronistas de 1973-1976; 3)
las diferencias entre la guerra convencional y la guerra «antisubversiva« o
-sucia». La intensidad del conflicto se mide en términos del número de
operaciones llevadas a cabo por las organizaciones de lucha armada, y del
número de miembros de estas organizaciones: «Entre 1969 y 1979 se re-
gistraron 21.642 hechos terroristas ... en 742 enfrentamientos resultaron
muertas 2.050 personas ... la estructura subversiva que llegó a contar en su
apogeo con 25.000 subversivos de los cuales 15.000 fueron combatien-
tes». ,fl A estas cifras, totalmente ficticias, se le añaden el hecho que «el te-
rrorismo no redujo su accionar durante el gobierno constitucional» y «los
más ambiciosos intentos de copamiento de unidades militares». La conclu-
sión es que los Montoneros y el ERP constituían «de hecho un ejército
248 Sociedades en guerra civil

clandestino mercenario de la violencia ... la nación estaba en guerra». 42 El


interregno peronista constituye el segundo indicador de esta situación de
guerra. Se señala que «miembros activos y simpatizantes decididos de las
organizaciones terroristas ocuparon posiciones relevantes en el gabinete
nacional y en los gobiernos provinciales ... ni las organizaciones religiosas
ni las fuerzas legales estuvieron a cubierto de esta infiltración». 43 Al mismo
tiempo que se acusa a los gobiernos peronistas de inacción, se recuerda
que fue Isabel Perón quien ordenó a los militares iniciar la guerra: «Las
Fuerzas Armadas fueron convocadas por el gobierno constitucional ... que
ordena "ejecutar las operaciones militares y de seguridad que sean necesa-
rias a efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos"». 44
El tema central en la caracterización de «guerra» es el de la diferencia
entre la guerra convencional y la guerra antisubversiva:

La naturaleza y características propias del accionar terrorista, cuyos ele-


mentos se organizaban en sistema celular y compartimentación de acciones,
obligaron a adoptar procedimientos inéditos ... En la guerra clásica, donde los
contendientes son de nacionalidades distintas, usan uniforme que los diferen-
cian y están separados por líneas perfectamente identificables ... En una guerra
de características tan peculiares como la vivida, donde el enemigo no usaba
uniforme y sus documentos de identificación eran apócrifos, el número de
muertos no identificados se incrementa significativamente.
Pero todos estábamos convencidos de que estábamos en una guerra dis-
tinta, para la que no estábamos preparados, y se empleaban los elementos que
se tenían al alcance ... 45

En la guerra antisubversiva, entonces, no hay reglas. En este punto, los


militares enfatizan que se limitaron a copiar a las organizaciones de lucha
armada, por dos razones. En un sentido operativo, si los combatientes de
las organizaciones armadas se organizaban en células y vestían de civil, los
militares debían hacer lo mismo para poder combatirlos efectivamente.'
En un sentido filosófico, los militares señalan que, cronológicamente, las
organizaciones armadas fueron las primeras en utilizar el asesinato indivi-
dual, y por lo tanto en violar los derechos humanos de sus víctimas: «Aquélla
fue una "guerra sucia". Los que la hicieron sucia fueron los subversivos». '-
El corolario de toda esta racionalización se hace obvio: si se define el con-
flicto como una guerra, entonces las acciones de los miembros de las fuer-
zas armadas y de seguridad deben ser catalogadas como actos de servicio;
y si se acepta la definición de «guerra sucia», entonces se hace imposible
asignar responsabilidades directas.
Argentina: guerra civil sin batallas 249

4. CONSECUENCIAS
AS DEL
I CONFLICTO de esta

Antes de consecuencias década de violencia conti-


nua es preciso definir este conflicto. Hemos visto que en distintos momen-
tos, tanto las organizaciones de lucha armada como los militares y sus alia-
dos civiles se consideraron en una situación de guerra, mientras que las
organizaciones de masas nunca definieron con claridad cómo analizaban el
conflicto.También hemos visto que desde 1983 una parte importante de la
sociedad argentina observa el pasado en función de la «teoría de los dos te-
rrorismos», según la cual las organizaciones de lucha armada y los escuadro-
nes paramilitares se enfrentaron en acciones cada vez más brutales, mien-
tras el resto de la sociedad argentina cumplía la función de espectador.
¿Cómo definiríamos este conflicto utilizando criterios de las ciencias
sociales? El tema no es fácil. Podemos recurrir a la obra de Ted Robert Gurr,
quien ha inspirado muchas de las tipologías de violencia política en uso.
En Wby Men Rebel, Gurr define tres tipos de violencia: disturbios, conspi-
ración y guerra interna." Las variables que determinan estos tres tipos son
el número de participantes, su grado de organización y el número de even-
tos violentos. Es dificil aplicar este marco teórico al caso argentino. El nú-
mero de participantes varió enormemente: las organizaciones de lucha ar-
mada oscilaron entre 200 y 5.000 miembros, la violencia de ultraderecha
de igual forma, y es imposible estimar el número de participantes en la vio-
lencia de masas. Para Gurr, el grado de organización es una variable dicotó-
mica: la violencia es organizada o anómica. Sin embargo, en Argentina, se
dieron ambas al mismo tiempo. Finalmente, la intensidad de la violencia
también varió, de acuerdo al período y al sector social que observemos. Es
claro entonces que esta tipología (y otras similares) no definen claramente
la situación argentina. Podemos tratar de clasificar individualmente cada
uno de los tres tipos de violencia que se dieron en Argentina, pero la única
que se presta a una clasificación fácil es la violencia de ultraderecha en el
período 1976-1983. De todas formas, éste sería un esfuerzo poco producti-
vo, porque los tres tipos de violencia se dieron contemporáneamente. Se
trata entonces de clasificar el proceso de violencia, y no los actos de gru-
pos individuales.
Se podría clasificar el conflicto como una guerra civil. Ésta normalmen-
te incluye los siguientes elementos: 1) dos ejércitos o facciones rivales; 2)
relativa paridad de fuerzas; 3) enfrentamientos continuos y durante un pe-
ríodo prolongado; 4) un territorio en disputa." No es del todo fácil ajustar
el caso argentino a esta definición. La paridad entre facciones existió,
como lo demuestran las estadísticas, hasta el inicio de la «guerra sucia». A
partir de ese momento es imposible competir con la violencia organizada
desde el poder. Podemos, sí, hablar de una década de enfrentamientos con-
250 Sociedades en guerra civil

tinuos y cada vez más salvajes. No se presentaron combates en el sentido


convencional de término, aunque se podría clasificar de esta forma las ocu-
paciones de guarniciones militares por el ERP y los Montoneros a partir de
1973. Ésta fue una guerra sin batallas, pero con muchas víctimas. Los com-
bates se dieron en las fábricas, las escuelas, las oficinas y, por supuesto, en
las calles. Tampoco se combatió por un territorio en disputa, en el sentido
estricto del término. No hubo aquí repúblicas campesinas, o zonas de po-
der dual, o desplazamiento masivo de poblaciones, si bien en los estallidos
sociales como el cordobazo hubo ciertos aspectos de «invasión del territo-
rio enemigo». Solamente podemos decir que se peleó por el territorio en el
sentido que cada grupo intentó imponer su visión sobre el conjunto. Final-
mente, podemos decir que si existieron dos facciones durante la década, la
composición de esas facciones cambió. Como se vio más arriba, durante el
onganiato existió una confrontación clara, «pueblo contra militares». Con el
advenimiento de la democracia en 1973, el conflicto más importante pasó
a ser «peronistas contra peronistas». Durante el interregno peronista el ERP
continuó operando contra los militares y contra el gobierno, al mismo
tiempo que mucha de la violencia de masas, dirigida contra la autoridad en
el lugar de trabajo era, de hecho, dirigida contra el gobierno. Pero el en-
frentamiento que causa el mayor número de muertes, de daños materiales,
y el surgimiento de la Triple A, es el enfrentamiento entre la Patria Socialis-
ta y la Patria Peronista. En 1976 hay una nueva redefinición de las faccio-
nes. Lo que sí puede decirse es que en este conflicto, un número cada vez
mayor de individuos entendieron la vida política como una confrontación
con «enemigos», en la cual, como se decía desde las páginas de la revista El
Caudillo, «el mejor enemigo es el enemigo muerto». Crecientemente, la in-
teracción con «el otro» se vio en términos de enfrentamiento, de guerra de
todos contra todos, y la violencia se convirtió en medio y fin al mismo
tiempo. En este sentido, podemos hablar de una guerra civil.
Podemos distinguir tres clasificaciones distintas de las consecuencias
de la violencia. Las consecuencias pueden ser directas o indirectas; verifi-
carse en el corto, mediano o largo plazo; y afectar a toda la sociedad o a un
sector específico." Entre las consecuencias directas e inmediatas cabe ci-
tar en primer lugar, como ya hemos visto, el alto costo humano, es decir, los
muertos y heridos, los huérfanos y viudos. Habría que mencionar también
a los exiliados, es decir, a aquellos que abandonaron el país por motivos po-
líticos. Este exilio comenzó poco después de la Noche de los Bastones Lar-
gos (el ataque de Onganía contra las universidades en 1966), y continuó
ininterrumpido durante más de una década. Entre los efectos directos e
inmediatos hay que mencionar también los daños materiales, que jamás
han sido cuantificados —los autobuses incendiados y los negocios saquea-
dos durante los disturbios, y los ataques con explosivos o armas de fuego a
Argentina: guerra civil sin batallas 251

bancos, edificios públicos, cines y teatros, cafés, escuelas, periódicos, sindi-


catos, sedes partidarias, o domicilios particulares; así como también la «in-
dustria» del secuestro y la extorsión. 51
Estos daños materiales y costos humanos tuvieron además cierto im-
pacto ulterior en la performance económica del país en el mediano y largo
plazo. Establecimientos como el porteño café La Biela podían ser recons-
truidos después de las bombas, pero el efecto eventual de esta violencia
fue el de crear un clima de inestabilidad, con la resultante fuga de capitales
argentinós al exterior, y la pérdida de inversiones extranjeras. Argentina no
era un país «confiable» para estas inversiones. Sin embargo, establecer una
relación de causalidad es problemático. Mas allá del problema de la violen-
cia, habría que introducir el tema de la ineficacia económica de todos los
gobiernos desde 1973. Cuando los militares tomaron el poder en 1976, la
economía estaba en crisis y la inflación era del 600 %. ¿Se debía esto a la
violencia o a la política gubernamental peronista? Posiblemente a ambas,
sin precisar la cuota de responsabilidad de cada una. Lo mismo podría de-
cirse del desastroso manejo económico de los militares y del gobierno de
Alfonsín. Cualesquiera fueran sus causas, la crisis económica permanente
generó otra consecuencia, la de la emigración, que a diferencia del exilio se
origina en la búsqueda de prosperidad»
A medio plazo, la consecuencia indirecta más importante fue por su-
puesto la ruptura democrática. Para una democracia consolidada, hubiera
sido dificil soportar los niveles de violencia y movilización descritos aquí.
Pero para una democracia naciente, como lo era la argentina en 1973, era
prácticamente imposible, sobre todo teniendo en consideración que hasta
ese momento el peronismo, como partido gobernante, no había mostrado
gran apego por las instituciones y los procedimientos democráticos. Ni lo
demostró en el período 1973-1976, ya que fue desde el gobierno que se or-
ganizó la Triple A, el primer acto de la «guerra sucia». El peronismo no hizo
por esto un mea culpa voluntario. De hecho, el acto de clausura de la cam-
paña electoral en 1983, en el cual el peronismo quemó públicamente un
ataúd decorado con las siglas UCR (Unión Cívica Radical), mostró una vez
más la imagen del partido como asociación gangsteril. La consecuencia de
este episodio fue la primera derrota electoral en la historia del peronismo.
Esto posibilitó, durante el gobierno de Alfonsín, la transformación de un
sector importante del partido en fuerza democrática. Debe decirse que el
peronismo gobernante no fue el único responsable de la ruptura democrá-
tica en 1976. No hubo grupo político u organización social que no optara
por la acción directa a partir de 1973. La indiferencia por las normas y pro-
cedimientos democráticos fue universal —la violencia no sólo no disminu-
yó sino que aumentó considerablemente con el advenimiento de la demo-
cracia.
252 Sociedades en guerra civil

Las consecuencias indirectas de largo plazo son las más importantes, y


las más difíciles de medir. Podemos citar en primer lugar los efectos psico-
lógicos de este proceso de violencia. ¿Cómo se adecuaron los argentinos a
esta situación cada vez más hobbesiana, y a su apoteosis en la «guerra su-
cia»? En un estudio de opinión pública realizado en 1984, Manita Carballo
de Cilley observaba con sorpresa el bajo interés de los argentinos por la
política, la escasa participación en agrupaciones comunitarias (de benefi-
cencia, artísticas, religiosas, etc.), y el marcado sentimiento de desconfian-
za. 53 Y esto en plena restauración democrática, cuando era razonable espe-
rar cuotas de civismo muy superiores a las normales. Que esto no hubiera
ocurrido se debió a que, durante una década, el miedo y la incertidumbre
pasaron a ser moneda diaria. La resultante fue el «exilio interno», la pérdida
de interés o retirada de toda actividad política, el repliegue hacia la familia
en una situación en la que confiar en «el otro» era imposible. El exilio inter-
no funcionó como mecanismo de defensa y como principal método de
adaptación a un medio cada vez más hostil. La violencia no alcanzó los ni-
veles vistos en otras sociedades en guerra civil (Irlanda, Líbano o El Salva-
dor). Sin embargo, dadas las estadísticas presentadas aquí, es razonable afir-
mar que no hay ciudadano en Argentina que no conozca a un desaparecido
o a un secuestrado, que no haya presenciado un tiroteo o estudiado los
destrozos de una bomba. Por esto, en el exilio interno se encontraron gran
parte de los argentinos, hubieran o no experimentado la violencia directa-
mente. Es imposible especular sobre los efectos psicológicos adicionales
sobre aquellos individuos que padecieron o ejercitaron la violencia direc-
tamente, aunque los testimonios terribles que se escucharon durante el
histórico juicio a las juntas militares en 1985 indicarían que el horror es un
fantasma con el que muchos convivieron mucho más allá del fin de las hos-
tilidades."
La literatura sobre democratización ha descrito el fenómeno de la resu-
rrección de la sociedad civil durante las transiciones, y la correspondiente
regeneración moral que es dado esperar. 55 No ha ocurrido esto en Argenti-
na, donde el tema de la década violenta es como un fantasma cuya presen-
cia se trata de ignorar. En primer lugar cabe mencionar que los militares y
sus aliados civiles se mantienen en una posición irreductible de reivindica-
ción de la «guerra antisubversiva», la cual, habida cuenta del modo en que
ésta se llevó a cabo, no puede tener cabida en una sociedad democrática. 56
Enfretadosclivánosfamredlpcios,x-
giendo una justicia que nunca recibirán." En segundo lugar, y mas allá de
estos dos grupos, no ha habido por parte de la sociedad una evaluación co-
lectiva del período que permitiera reconocer distintos errores y culpas. Esto
debiera haber sido factible, primero porque a diferencia de otras guerras
civiles que persisten en el tiempo (Colombia, por ejemplo), en Argentina
Argentina: guerra civil sin batallas 253

la guerra terminó hace 15 años; y segundo porque no hubo vencedores (en


el sentido que si bien los militares se impusieron a la sociedad, generaron
con sus conductas el oprobio internacional). Una evaluación colectiva de
los hechos hubiera dado por tierra con la teoría de los dos terrorismos, lo
cual además hubiera sido sanísimo. La sociedad argentina no presenció, en-
tre 1969 y 1979 y como argumenta esta teoría, el espectáculo de dos ban-
das armadas atacándose mutuamente. Lo que se vivió en Argentina fue una
fascinación con la violencia, en la que participaron amplios sectores socia-
les. La sociedad civil primero glorificó la violencia como agente de cambio
social, en segundo término justificó la represión como única manera de re-
gresar al statu quo ante, y finalmente se autoeximió de responsabilidades
apelando al engaño colectivo." Sin una evaluación franca del pasado, éste
se transforma en fantasma y la sociedad debe olvidar lo que no ha podido
asimilar.
Capítulo 10

LA CONSTANTE GUERRA CIVIL EN COLOMBIA

Thomas Fischer
(Universidad de Erlangen-Nuremberg)

1. DATOS SOBRE LA VIOLENCIA Y GRUPOS CONFLICTIVOS

Desde el punto de vista formal, Colombia, un país con aproximada-


mente 35 millones de habitantes repartidos en un territorio cuya exten-
sión supera en más del doble a la de Francia, ofrece unas condiciones ópti-
mas para una convivencia pacífica de todos sus ciudadanos. Desde que
obtuvo la independencia en el año 1819 se han registrado, en comparación
con otros países de América Latina, pocas fases de gobiernos dictatoriales,
las cuales, en cualquier caso, abarcaron sólo unos pocos años. La constitu-
ción de 1991 (como todas las anteriores) prevé la separación entre el po-
der ejecutivo, el legislativo y el judicial. Periódicamente tienen lugar elec-
ciones en las que se eligen al presidente, los gobiernos de los distintos
departamentos, los alcaldes y los parlamentarios. El comercio y la industria
se ven supeditados a muy pocas restricciones, y el derecho de la propiedad
está garantizado. El derecho de huelga se extiende a la mayoría de los sec-
tores, viéndose excluidos muy pocos. Mientras no se declare el estado de
conmoción, los medios de masas están sujetos a contadas restricciones.
También la libertad de enseñanza y de investigación está contemplada por
la ley. En los parlamentos (si bien con una repartición proporcionalmente
desigual) están representadas tanto la izquierda como la derecha; en el se-
nado la presencia de una delegación de los pueblos indígenas está garanti-
zada constitucionalmente.
Sin embargo, las leyes fundamentales no reflejan en modo alguno la
realidad social, ya que las normas oficiales son permanentemente transgre-
didas. Esta realidad se plasma con mayor facilidad a través de los índices de
asesinatos y otras formas de violencia: desde el inicio de los años noventa,
han sido asesinadas más de 25.000 personas por año.' Con anualmente
más de 70 víctimas de la violencia por 100.000 habitantes, el porcentaje de
asesinatos se sitúa 10 veces por encima del alemán y 9 veces por encima
del estadounidense. 2 Incluso es único en Sudamérica, superando tres veces
al de Brasil, sobre el cual se informa tan frecuentemente en los medios de
comunicación. Las víctimas son, en su mayoría hombres, 3 un 40 % de ellos
en edades comprendidas entre los 20 y los 29 años. Ello explica que los jó-
venes colombianos tengan la peor esperanza de vida de toda Latinoamé-
256 Sociedades en guerra civil

rica. En cuanto a los asesinos, sobre los cuales se carece de datos tan con-
cretos, se cree que deben contar con unas edades también muy similares a
las de sus víctimas.
El porcentaje de asesinatos políticos se estima en un 12-15 %. Desde
1970 han perecido o «desaparecido», tras ser capturados, alrededor de
20.000 colombianos en las disputas derivadas de diferencias en la política
nacional. 4 Se cuentan entre ellos guerrilleros, campesinos (pequeños pro-
pietarios y asalariados) y colonos, paramilitares (también denominados
paras o escuadrones de la muerte), 5 hacendados, indígenas, periodistas, di-
rigentes sindicalistas, defensores de los derechos humanos, alcaldes, candi-
datos políticos, profesores, policías y militares. 6 Este conflicto armado se
desarrolla principalmente en el campo, lo que tiene por consecuencia que
en las zonas rurales, el riesgo de morir por motivos políticos sea más alto.'
La mayoría de los asesinatos y «desapariciones forzadas» —en contra de lo
denunciado por el aparato propagandista estatal, que ha culpado durante
mucho tiempo de todo y por todo a la guerrilla— corren por cuenta de las
agrupaciones paramilitares y el ejército. A partir de 1993 se puede obser-
var una disminución de los asesinatos cometidos por las fuerzas armadas y
—paralelamente— un aumento de asesinatos ejecutados por los grupos
paramilitares.'
Los asesinatos en el campo en muy pocas ocasiones tienen lugar duran-
te una confrontación directa entre los frentes guerrilleros y las fuerzas ar-
madas. En la mayoría de los casos, las víctimas son acechadas por un gran
número de hombres armados o atraídas hacia una emboscada, donde son
hechas prisioneras, algunas veces incluso torturadas, antes de ser brutal-
mente ejecutadas. Las víctimas mueren encontrándose casi siempre en una
situación desesperada, sin haber tenido una verdadera oportunidad para de-
fenderse, violando el derecho internacional humanitario. En algunas ocasio-
nes, los asesinos actúan según extrañas reglas de «responsabilidad colectiva
de familia», masacrando núcleos de familias enteras e incluso otros familia-
res más lejanos. Basta con la sospecha de mantener contactos subversivos
para que los escuadrones de la muerte o los militares ejecuten extrajudicial-
mente a campesinos. Además, con cada vez mayor frecuencia tienen lugar
muertes accidentales que afectan a los presentes en el lugar de los hechos.
Existe una alta correlación entre conflicto armado en el campo y des-
plazamiento. La lucha por el control territorial entre la guerrilla y los para-
militares (o el ejército nacional) así como las presiones económicas proce-
dentes del latifundio y el narcotráfico siembran el terror y el miedo entre
la población civil hasta tal punto que ésta se traslada a aglomeraciones ur-
banas o zonas de colonización donde se siente más segura.
Si bien los paras son quienes originan la mayor parte de los desplaza-
mientos, son los guerrilleros quienes cometen el mayor número de secues-
La constante guerra civil en Colombia 257

cros siéndoles imputados aproximadamente un 40 % del total de secuestros


en Colombia. Los guerrilleros secuestran' principalmente a hacendados así
como a directores y empleados de empresas poderosas que no pagan los
«impuestos revolucionarios» llamados «vacuna» o «boleteo». 1° En caso de
que los familiares no desembolsen las cantidades solicitadas, ejecutan a los
secuestrados. Los ingresos anuales procedentes de esta «industria» se esti-
ma que ascienden a unos 130 o incluso 400 millones de dólares estadouni-
denses." Últimamente ha aumentado el número de secuestros de candida-
tos políticos y de soldados con fines políticos.
Si el conflicto que se desarrolla en el campo difícilmente se correspon-
de con la idea que uno tiene de una guerra civil convencional, en cuanto a
la violencia en las grandes ciudades se encuentra aún menos evidencia de
este tipo de confrontación. En las grandes aglomeraciones urbanas, duran-
te la segunda mitad de la década de los ochenta aumentó especialmente el
número de víctimas de la llamada «limpieza social». Se trata en este caso de
masacres perpetradas por escuadrones de la muerte provistos de armas au-
tomáticas." Perecen aquellos que no pueden defenderse de sus agresores
con armas de igual categoría y que tampoco fueron defendidos eficazmen-
te por instituciones oficiales o privadas: jóvenes y niños callejeros (gami-
nes) de procedencia mestiza, indígena, zambo o afrocolombiana; campesi-
nos y colonos expulsados de sus tierras que no encuentran una actividad
digna en la ciudad, es decir, los desplazados: 13 personas sin hogar, mendi-
gos y vagabundos, drogadictos u homosexuales. Con frecuencia, miembros
de las fuerzas armadas participan en estas liquidaciones, si bien sin reco-
nocerlo ante la opinión pública. Los asesinos y sus mandamases, a menudo
provenientes del círculo de los comerciantes, comparten los valores del so-
cialdarwinismo en lo que concierne a definir una sociedad «en orden» y
,‹limpia», en la que naturalmente sólo sobreviven los más capaces y los más
dignos. Los torturadores despectivamente llaman a sus víctimas «los dese-
chables». Estos marginados sirven incluso de donantes de órganos para los
ricos.
La violencia urbana adopta una de sus formas típicas en los enfrenta-
mientos por un determinado territorio o por recursos económicos entre
las bandas juveniles en los barrios pobres. Dentro mismo de estos grupos
se producen sangrientos ajustes de cuentas cuyos orígenes pueden radicar
en una traición al jefe de la banda, deudas económicas, o incluso en ofen-
sas al honor." En su mayoría procedentes de familias inestables y marcadas
por la violencia, con una educación muy pobre, carentes de perspectivas
en el mercado laboral formal e integrados en un ambiente social regido
por la violencia, estos jóvenes crean su propio sistema de valores y estruc-
turas de poder basados en la autoayuda. En los barrios pobres, la violencia
y su aplicación forman parte de una estrategia global de supervivencia.
258 Sociedades en guerra civil

Algunas bandas ofrecen sus servicios para ejecutar cualquier clase de


asesinato. 15 Para estos «sicarios» sólo cuenta la ganancia rápida y el placer
del consumo inmediato que puede encontrar bruscamente su fin con cada
nuevo día. Quienes cometen estos asesinatos no persiguen otro objetivo
que el de realizar el encargo de un cliente a cambio de un sueldo previa-
mente acordado. Entre el autor del hecho y la víctima no existe relación
afectiva o ideológica alguna." En las grandes urbes colombianas se en-
cuentran algunas «oficinas» dedicadas a estas funciones —hasta este punto
se ha llegado ya en el proceso de burocratización de los asesinatos comer-
ciales por encargo—. 17 La violencia comprable ha adquirido unas propor-
ciones enormes en relación con el comercio ilegal de drogas, especialmen-
te debido a la guerra entre el «cártel de Medellín» y el Estado. Esta forma de
violencia afecta principalmente a las metrópolis de la droga como Mede-
llín y Cali, así como a las grandes aglomeraciones urbanas en las zonas de
colonización.
En algunas grandes ciudades han surgido, en los años noventa, organi-
zaciones armadas, comparables con las autodefensas de los campesinos, las
cuales se denominan a sí mismas «milicias populares» y ejercen una fun-
ción protectora para los ciudadanos de los barrios más afectados; función
ésta que debería ser ejercida en un principio por las fuerzas de seguri-
dad." Es discutible si estas agrupaciones paramilitares contribuyen a la
contención o por el contrario a la escalada de la violencia.
Hay que añadir que en todo el país, pero sobre todo en las ciudades
con mucha inmigración procedente del campo, hay un gran número de
delincuentes comunes que cuando son descubiertos o se les opone resis-
tencia asesinan a sus víctimas en sus casas, durante la compra o durante
sus vacaciones.También se ha extendido enormemente el secuestro única-
mente con fines comerciales y no políticos.
La justicia estatal es incapaz de condenar a los asesinos y demás in-
fractores del derecho internacional humanitario. En otras palabras: quie-
nes violan los derechos a la vida, la integridad física y la libertad personal
de sus víctimas gozan de «impunidad», dado que alrededor del 97 % de
los delitos no tienen consecuencias para los autores.' Esto equivale
prácticamente a una invitación al crimen. La impunidad que impera des-
de hace años, el alto índice de asesinatos y la intensidad de las operacio-
nes hacen que últimamente en el caso colombiano se hable cada vez más
de una verdadera «cultura de la violencia». El enfoque cultural parte de la
base de que la mayoría de la población colombiana considera la utiliza-
ción de la violencia en ciertas ocasiones como algo consecuentemente
lógico, normal e inevitable. 2° Tal y como se ha demostrado en este corto
resumen estadístico, la población colombiana se caracteriza, sólo aparen-
temente, por su comportamiento hobbesiano, según el cual, en su afán
La constante guerra civil en Colombia 259

por acumular propiedades y poder, cada cual se convierte en un enemigo


potencial de su semejante. Gran parte de los asesinatos tiene su origen
precisamente en tres tipos claramente definibles de conflictos entre gru-
pos armados:

1. Conflictos sociopolíticos engendrados principalmente en el inte-


rior. Como trasfondo destacan los conflictos sociales mantenidos
durante años en pos de un recurso, el suelo, contándose entre sus
víctimas tanto miembros de organizaciones armadas (guerrilleros,
soldados, policías, paras, autodefensas campesinas) como indígenas,
campesinos o colonos. Las disputas son de una especial crudeza en
las regiones de colonización de Urabá/Chocó norte,Alto Sinú, Mag-
dalena Medio, Putumayo, Cagueta y Casanaré. Cuestiones como la
explotación de las riquezas del suelo, como el petróleo, desencade-
nan los altercados más cruentos. En estas regiones, tanto las zonas
de cultivo como las ciudades, están marcadas por su predisposición
a la violencia. En este conflicto las autodefensas campesinas y mu-
chos guerrilleros defienden los intereses de los campesinos con
poca tierra, insuficiente para sobrevivir, y las capas sociales urbanas
más bajas; por su parte, las organizaciones paramilitares y el Estado
defienden a los hacendados.
2. Un segundo y muy desigual conflicto es el que rige entre los margi-
nados urbanos y los mestizos y blancos de las clases altas. Estos en-
frentamientos contienen un componente socialdarwinista. La pro-
blemática social urbana está estrechamente relacionada con la
urbanización iniciada en los años cincuenta. Ésta adoptó un carác-
ter verdaderamente dramático en Colombia debido a la violenta ex-
pulsión de los campesinos y jornaleros. La situación de los expulsa-
dos se vio agravada dado que la industria en estas ciudades no podía
crear suficiente trabajo. La ocupación en el sector informal derivada
de esta situación, así como la mendicidad y la delincuencia en cons-
tante aumento, provocan violentas reacciones en las clases media y
alta. El conflicto social rural se trasladó literalmente a las aglomera-
ciones urbanas. Sin embargo, en las grandes ciudades no llegó a
afianzarse durante un período prolongado una guerrilla que luchase
por los marginados urbanos en pos de unos objetivos políticos defi-
nidos.
3. El tercer tipo de conflicto está protagonizado por el crimen orga-
nizado con intereses comerciales, por un lado, y el Estado, por
otro. La mafia de la droga representa la forma más importante en
la actualidad del crimen organizado cuyo brazo armado desafía
constantemente al Estado. Ésta no sólo constituye una fuente de
260 Sociedades en guerra civil

violencia en las regiones de colonización, donde se producen las


drogas, sino también en las ciudades, desde donde tiene lugar su
comercialización; al infiltrarse cada vez más en la economía legal,
también en ésta se percibe un aumento de la violencia.

A diferencia de gran parte de la bibliografía que se refiere al discurso


sobre la violencia y destaca la dificultad de analizar el fenómeno, nosotros
calificamos la situación específica de Colombia de guerra civil. Se aplica
aquí el término de guerra civil en un sentido amplio, más allá del significa-
do tradicional de conflicto armado entre las fuerzas armadas oficiales y
grupos armados provistos de material bélico o Estados; 21 hay que tener en
consideración que en el caso colombiano se trata en cierto sentido de un
modelo «moderno» de guerra civil en el que el Estado no es ya el único
punto de referencia. Es más, dado que el Estado nunca ejerció durante un
período de tiempo prolongado la autoridad propia de un Estado verdade-
ramente fuerte, surge la duda, de si este principio de orden político puede
ser el criterio decisivo para una organización socia1. 22
En conjunto, la guerra civil en Colombia es una acumulación de varios
conflictos, en distintos lugares del territorio nacional, en los cuales, tal y
como evidencia la estadística de asesinatos, los fines políticos no siempre
ocupan el primer plano. Afectados por estas violentas luchas y conflictos
no sólo se ven los soldados, policías, guerrilleros y paras. Es principalmente
la población civil, es decir, la población que no se arma para participar en
los enfrentamientos violentos, quien sufre las consecuencias: los campesi-
nos, las comunidades indígenas así como los marginados de las ciudades y
además todos aquellos que se oponen de manera democrática a los actores
armados o son considerados por ellos como obstáculos para sus fines. Ni-
ños, mujeres y jóvenes no se salvan de esta violencia.
En los últimos tiempos, las ciencias sociales han relacionado la situación
colombiana de guerra civil con el fallido proceso de creación de la nación.
Se recuerda que el territorio de los Andes posee sus propios gobiernos y
aparato administrativo. Pero estas instituciones se encuentran únicamente
en una parte del territorio total. Entonces muchos colombianos y colombia-
nas se han de organizar por lo tanto fuera del marco de las instituciones pú-
blicas. 23 El Estado —y las élites a él vinculadas— no está en situación de
monopolizar el poder, sino que se ve obligado a compartir éste con otros
actores —dado que en el proceso político, social y privado es meramente
un elemento más de configuración de poder (si bien, muy relevante).
En las explicaciones a continuación expuestas, se ilustrará el trasfondo
histórico de las conflictivas relaciones de la población colombiana con su
Estado. En primer plano destacan las guerras civiles entre las fracciones oli-
gárquicas en el siglo xix y la fase de 1948-1957, conocida en Colombia
La constante guerra civil en Colombia 261

como la Violencia (con mayúscula). Sólo tras conocer este trasfondo son
comprensibles los siguientes pasajes sobre los más recientes conflictos en
el marco de la guerra de la «moderna» guerrilla y la violencia causada por
el narcotráfico.

2. GUERRAS CIVILES ENTRE LAS ÉLITES DEL SIGLO XIX

Ya durante la primera mitad del siglo xix el escenario de la política in-


terior colombiana estaba caracterizado por frecuentes conflictos entre
diversos sectores de la élite. La disensión entre los grupos dirigentes co-
lombianos suele atribuirse por norma general al marcado regionalismo
existente. La dispersión geográfica, la diversa composición étnica en las
distintas regiones del país, así como la desigual repartición de la población
debido a las culturas regionales fuertemente arraigadas, impidieron la for-
mación de una identidad nacional desde la declaración de la independen-
cia. 24 El establecimiento de un sistema federalista, iniciado por los liberales
a mediados del siglo xix, fue apoyado por las oligarquías regionales que
Procuraban ganar para sí la mayor cantidad de competencias posible. Sin
embargo, los gobiernos nacionales en Bogotá sufrían así bajo un perma-
nente déficit de legitimidad.
Pese a la repartición formal de poder, seguían produciéndose conflic-
tos. Los motines y rebeliones se convirtieron en efectos secundarios de
todo proceso electora1, 25 y la guerra era la continuación de la política pero
con otros medios. 26 Basándose en la constitución de 1863 los «Estados» de
la república solucionaban ellos mismos los conflictos dentro de su territo-
rio de soberanía; los «Estados» miembro colindantes estaban obligados a la
observancia de la más estricta neutralidad, y la guardia nacional (más tarde:
guardia colombiana) sólo podía actuar tras obtener la aprobación del con-
greso de Bogotá. Este principio también era válido en caso de que los
sublevados se hiciesen con el poder. La amplia independencia de los «Esta-
dos» favorecía así las rebeliones sin brindar al gobierno nacional la posibili-
dad de poner fin a éstas recurriendo a los medios militares. Únicamente
cuando se corría el peligro de que estas rebeliones se extendiesen a todo
el territorio colombiano intervenían las tropas del gobierno nacional?'
Aparte de la reducida legitimidad de los gobiernos, las luchas entre las
distintas fracciones de la élite, respecto a la explotación de los recursos na-
cionales (como por ejemplo la construcción del ferrocarril y la consiguien-
te ventaja infraestructural para las diversas regiones), originaron violentos
enfrentamientos. Esta lucha se convirtió en un importante motivo para las
guerras.A éste se han de añadir las ansias individuales de obtener prestigio
social por una parte y de hacerse con puestos lucrativos en el gobierno y
262 Sociedades en guerra civil

la administración por otra. Un odio ciego y la sed de venganza representa-


ban otros motivos personales significativos que predisponían a la violencia
en las situaciones críticas?'
La Iglesia católica, y con ella el concepto de autoridad y disciplina en la
vida cotidiana, era para las élites otro casus belli , según si se trataba de
conservadores o liberales. Sin embargo, se debe poner en tela de juicio, si
realmente esta discutida postura de la Iglesia dentro de la sociedad fue
la razón principal de las disputas entre los grupos conservadores y los libe-
rales. 29 Con todo, la Iglesia constituía un vehículo idóneo para la movili-
zación de la masa de creyentes que podían ser reclutados y puestos al
servicio de la defensa de los privilegios tradicionales, todo ello sin gran
participación del clero. Considerando que la Iglesia católica siempre se ha
declarado partidaria de la política conservadora, siendo en sí misma par-
cial, no podía desempeñar hasta bien entrado el siglo xx ninguna función
equilibrante en la escena política colombiana.
Por lo general, las causas de las guerras civiles en la fase liberal (1850-
1880) se pueden resumir en cuatro argumentos clave: un sistema político,
cuya fuerza de coalición a nivel nacional era muy reducida; fuertes intere-
ses regionales; motivaciones personales de ambiciosos políticos profesio-
nales; creencias religiosas opuestas. Pese a que las consecuencias respecto
al desarrollo económico del país resultaron ser fatales y que muchos tuvie-
ron que dar su vida por la patria, las guerras civiles tenían al fin y al cabo
una cierta lógica. De ningún modo pueden reducirse las causas del conflic-
to a una mera disputa partidista entre conservadores y liberales, tal y como
ocurre a menudo en la bibliografía politológica. Ya entonces coexistían
dentro de los dos principales partidos el faccionalismo y a menudo diver-
sas corrientes con ciertos visos regionales, que dificultaban una acción co-
ordinada a nivel nacional.
La supresión de la violencia como componente esencial del proceso po-
litico era un objetivo declarado del movimiento reformista que, bajo el man-
do de Rafael Núñez, marcó la década de 1880. Según los reformistas, seguri-
dad, tolerancia y justicia debían representar en lo sucesivo el fundamento
del proceso de desarrollo estatal, económico y social. Con este fin se cedió
al Estado central el control único sobre las fuerzas armadas.Al mismo tiem-
po, se revalorizó la posición de la Iglesia católica en la sociedad, poniendo a
su cargo el registro civil, la administración de los cementerios, la celebra-
ción de los matrimonios y la educación. A pesar de la revalorización formal
del Estado central, el peligro del estallido de una guerra civil era omnipre-
sente: la guardia nacional se convirtió en poco más que una guardia preto-
riana de las instituciones estatales de Bogotá, apenas presente en las distin-
tas regiones; la jerarquía de la Iglesia católica era partidista y, por lo tanto, en
sí misma un elemento que promovía la violencia, sin transmitir ningún valor
La constante guerra civil en Colombia 263

unificante que reforzase el sentimiento de nación; el partido liberal quedó


totalmente excluido de los acontecimientos gubernamentales. 3° Estos tres
factores fueron decisivos para tres guerras civiles colombianas, de las cuales
la más larga sería la llamada guerra de los Mil días (1899-1902).
Se cree que en la guerra de los Mil días, cuyos centros se localizaban en
Santander, los Llanos Orientales, el Medio Magdalena, el norte del Tolima y
Panamá, perecieron o bien en el campo de batalla, en los ataques guerrille-
ros o por enfermedades endémicas alrededor de unas 100.000 personas, es
decir, aproximadamente una quinta parte de la población masculina entre
18 y 30 años.' Los caídos eran en su mayoría artesanos mestizos así como
indígenas, negros y mulatos, obligados a prestar el servicio militar y que en
su mayoría no sabían ni leer ni escribir; también algunos oficiales de la cla-
se media y estudiantes de la clase alta dieron su vida. 32 De los grupos diri-
gentes en el escenario político y económico pocos se vieron afectados; su
propiedad, no obstante, peligraba como en cualquier otra guerra civil. El
enemigo político de turno tendría que «comprar su libertad» mediante
contribuciones o impuestos extraordinarios, y en caso de negarse, no era
extraño que se confiscase su propiedad. A nivel local, la guerra adoptó su
propia dinámica; los warlords y comerciantes infringían, la propiedad pri-
vada de «neutrales», creaban impuestos y. aranceles totalmente arbitrarios,
que iban a parar a sus propios bolsillos, y no dudaban en comerciar con
material bélico y otros bienes estratégicos con cualquiera que pagase con
una moneda fuerte.
Las operaciones militares fueron interrumpidas en 1902 por las élites,
después de que ninguno de los partidos involucrados hubiese podido im-
ponerse tras haber medido sus fuerzas en el campo de batalla. La guerra
como medio de obtener el poder político habría perdido crédito por un
largo período de tiempo. El clima político, no obstante, se mantuvo tenso,
aumentando esta tensión al ser los liberales excluidos nuevamente del pro-
ceso político a partir de 1910; pero los grupos dirigentes se pusieron de
acuerdo en establecer una especie de convivencia, cuya base material con-
sistiera en el auge de la economía del café, que se inició antes de la Prime-
ra Guerra Mundial. Principalmente el interés por una política económica
exterior coordinada procuró un consenso mínimo entre los grupos diri-
gentes a nivel nacional.
Al estar la red institucional dominada por los conservadores, el Partido
Liberal únicamente pudo volver a ganar unas elecciones en 1930. En cuan-
to a la situación social, esta época fue muy tensa; sin embargo, los liberales
lograron disminuir la presión social mediante la mejor integración de las
clases bajas en el Estado.
264 Sociedades en guerra civil

3. LA VIOLENCIA

A finales de los años cuarenta se registró de nuevo una escalada de la


violencia, pero esta vez los orígenes de la crisis se basaban tanto en la pro-
blemática social como en las luchas elitistas." El 9 de abril de 1948 Jorge
Eliécer Gaitán, un abogado cooptado por el Partido Liberal con ideas socia-
listas, fue asesinado en el centro de Bogotá. Él personificaba las esperanzas
de la clase media urbana, y había logrado acercar a jornaleros y campesinos
al partido liberal. Espontáneamente se alzó una ola de violencia contra las
insignias del poder iniciada por sus seguidores, los funcionarios subalter-
nos, dueños de tiendas, comerciantes, artesanos y la población ahora urbana,
desplazada del campo: el palacio del presidente, el edificio del departamen-
to de Cundinamarca, iglesias, cárceles y periódicos. El «bogotazo», como se-
ría denominada posteriormente esta erupción de violencia, fue el comien-
zo de una cadena de actos de violencia que se extenderían a las regiones
rurales y entrarían a formar parte de la historia con el nombre de la Violen-
cia. Hasta la mitad de la década de los cincuenta, de 200.000 a 300.000 per-
sonas, principalmente varones de la clase baja, habrían de perder su vida
en este conflicto.
Si bien en las ciudades se distinguía fácilmente el perfil de un conflicto
social, en muchas regiones en el campo, en las que campesinos y colonos
se enfrentaban a los hacendados, también regía una situación similar. En al-
gunas zonas cafeteras, protegidas por organizaciones de autodefensa se lle-
varon a cabo experimentos socialistas. Pero la confrontación de clases
adoptaba cada vez más los rasgos de un conflicto entre partidos, concreta-
mente entre el Partido Liberal y el Partido Conservador. Esto se debía a que
las clases bajas rurales carecían de recursos y por lo tanto eran dependien-
tes de otras fuentes de financiación para continuar la ya iniciada guerra de
guerrillas.A ello se sumó que los seguidores del Partido Liberal tras distan-
ciarse de la política oficial lucharon en las zonas cafeteras y de colonización
al lado de los campesinos. La justicia, el ejército y la policía que habían deja-
do de ser neutrales, ejercían a nivel local un régimen totalmente arbitrario:
los conservadores mandaban a los pueblos liberales policías reclutados en
bastiones conservadores como Boyacá, Santander y Nariño. Los hacenda-
dos conservadores financiaban asesinos («pájaros», o lo que hoy en día se
llamarían paramilitares o sicarios), para expulsar a los ocupantes y campe-
sinos de los terrenos que reclamaban como suyos." El ejército nacional se
convirtió cada vez más en un instrumento para paliar la rebelión. Notarios,
jueces y administraciones locales colaboraban con los latifundistas y co-
merciantes. Grupos de liberales armados procuraban mantener grandes te-
rritorios bajo su control operando para ello cada vez con mayor frecuencia
con los métodos de la guerrilla. En ambos bandos, tanto enemigos como
La constante guerra civil en Colombia 265

supuestos simpatizantes y miembros de clanes fueron víctimas de cruentas


masacres. Se extendieron la delincuencia común de bandoleros y soldados
merodeadores así como asesinatos arbitrarios (hecho ya conocido de las
guerras civiles del siglo xix). El temor y la delincuencia con el único objeti-
vo de enriquecerse llevaron incluso a que en algunas regiones la dimen-
sión política y social de la lucha pasara a ocupar un papel secundario."
Como en la mayoría de los conflictos en Colombia, pese a que se pro-
clamaban por todo lo alto las victorias en las pequeñas batallas, en esta
guerra nunca llegó a imponerse un único vencedor. Por este motivo y para
acabar con la situación de anomia general, cuando el hombre fuerte del
ejército gubernamental, el general Gustavo Rojas Pinilla, dio un golpe de
Estado en 1953, en un primer momento gozó del apoyo de las élites libera-
les. Su régimen se mantuvo durante cuatro años, antes de que los líderes
políticos liberales y conservadores firmasen finalmente un tratado de paz y
fundasen el llamado sistema del Frente Nacional (1958-1974) para el en-
cauzamiento a largo plazo del sectarismo político. El tratado implicaba una
amnistía. En vista de los daños causados por la guerra, la administración de
Alberto Lleras Camacho (1958-1962), igual que lo hubiera hecho anterior-
mente Rojas Pinilla, emprendió las medidas necesarias para una indemniza-
ción material. No obstante, a algunas comisiones de rehabilitación respon-
sables de ello se les echó en cara un favoritismo unilateral para con las
clases altas. 36

4. GUERRILLA Y REPRESIÓN ESTATAL/PARAMILITAR


La creación del Frente Nacional puso formalmente fin a las disputas ar-
madas entre conservadores y liberales. El nuevo sistema tenía como objeti-
vo principal una modernización duradera bajo la dirección de un funcio-
nariado más amplio y profesional. Durante dieciséis años, la alternancia
de los dos partidos en la presidencia, una paridad estricta en la ocupación de
plazas fijas de funcionarios y las redes clientelistas de ambos partidos tradi-
cionales habrían de garantizar la estabilidad en el país. La consecuencia
más notoria de la responsabilidad conjunta en la actividad gubernamental
fue la apolitización del sistema bipartidista. Además las sucesivas inversio-
nes del Estado en materia de educación debilitaron la función política de
la Iglesia. 37
A pesar del evidente refuerzo de la capacidad de liderazgo estatal con
la creación del sistema del Frente Nacional y los resultados positivos a ni-
vel macroeconómico, sobrevino un nuevo conflicto: la contienda armada
entre el ejército estatal y la guerrilla. En las regiones en las que las opo-
siciones tradicionales persistían pese al nuevo orden, a muchos de sus ha-
266 Sociedades en guerra civil

bitantes esta paz ordenada «desde arriba» les recordaría a una dictadura.
Especialmente la cuestión de la tierra exigía una respuesta. Aunque las
administraciones del Frente Nacional procuraban resolver este problema
recurriendo en un principio a una amplia modernización en el sector agra-
rio, proporcionando ayuda técnica y créditos, muchos colonos y campesi-
nos fueron testigos de cómo la burocracia decidía por encima de sus cabe-
zas. Si no se incorporaban a estos programas de reforma tenían que con-
tar con medidas represivas por parte de los militares. La opción represiva
contribuyó a la militarización del aparato estatal. Durante el sistema del
Frente Nacional, la oposición sufrió —con pocos períodos de interrup-
ción— bajo las condiciones del estado de sitio.
La exclusión de «terceros» grupos de la participación activa y el centra-
lismo administrativo, practicados durante la época del Frente Nacional, son
importantes motivos para el nacimiento de la guerrilla «moderna». Desde
un principio, los guerrilleros colombianos lucharon con sus armas contra
estos defectos de la «democracia limitada» (Daniel Pécaut), ya que no creían
en una solución satisfactoria de la cuestión de la tierra y de otros proble-
mas que preocupaban a las clases bajas. Aparte de estas razones «moder-
nas», también aspectos tradicionales, tales como el bandolerismo y las tácti-
cas de guerrilla, conocidas ya de las guerras civiles del siglo xix y puestas
de nuevo en práctica por las tropas liberales durante la Violencia, favore-
cieron la constitución de los grupos alzados en armas."
Las organizaciones guerrilleras rurales más importantes en la actuali-
dad son el Ejército de Liberación Nacional (ELN), fundado en 1964, y las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), creadas un año más
tarde. ;' Las FARC surgían de la tradición de los grupos de autodefensa en
las zonas cafeteras y de colonización al norte del Tolima y del Quindío así
como algunas partes del Magdalena Medio, zonas en las que seguían vagan-
do bandas armadas, los campesinos y los colonos veían amenazada su exis-
tencia por los especuladores de suelo. 40 El Estado contaba con poco apoyo
en estos territorios, por lo que muchos campesinos acogieron la oferta de
protección realizada por la guerrilla que instauró un régimen de extorsión
y amenazas contra los grandes propietarios. Ésta se convertiría pronto en
un factor de orden a respetar." Las FARC recibían apoyo del Partido Comu-
nista, partidario de tendencias políticas ortodoxas y poco arraigado en los
trabajadores de las grandes ciudades.
Solamente a partir de principios de los años ochenta esta organización
guerrillera, caracterizada por estructuras fuertemente jerarquizadas, se
marcó también como objetivo la conquista de las ciudades. Pero éste es
hasta el momento más un sueño que una realidad. Las acciones de los gru-
pos guerrilleros, mientras tanto fuertemente subdivididos en numerosas
unidades (llamadas frentes), lo cual les permite mantener una gran flexibi-
La constante guerra civil en Colombia 267

lidad, se limitan a asaltos a puestos policiales y estaciones militares aisla-


dos. Una de las razones radica en la falta de acogida de la guerrilla en las
grandes ciudades. Para las capas bajas urbanas, al menos el sector informal,
los lemas políticos son a menudo (demasiado) abstractos. A ello se suma
que la parte de la población que debido al conflicto armado se vio obliga-
da a abandonar el campo para trasladarse a las zonas urbanas, tiene un mie-
do justificado a ser de nuevo utilizada únicamente como escudo en la con-
frontación armada entre las fuerzas armadas y los grupos revolucionarios.
Las FARC, al estar profundamente arraigadas en las zonas de coloniza-
ción, son acusadas de colaboración con los narcotraficantes por los bandos
oficiales. De hecho, este grupo guerrillero se financia en buena parte a tra-
vés de los «impuestos» que recaudan entre los cultivadores de coca y ama-
pola así como de los traficantes de drogas. A diferencia de los campesinos
en las regiones con producción legal, aquellos que cultivan coca o amapo-
la son más fáciles de convencer para contribuir. A cambio las FARC prome-
ten protección a la lucrativa producción ilegal de este grupo poco revolu-
cionario. En aquellas zonas del país, los paras no son bien acogidos por lo
que tiene lugar una confrontación directa con el ejército. 42
El ELN, fundado por intelectuales urbanos de la generación de la Vio-
lencia, desde sus comienzos ha basado su lucha en un profundo análisis so-
cial y ha actuado según la teoría foquista. Su campo de acción preferido era
la zona selvática cercana a San Vicente de Chucurí, Bucaramanga y Barran-
cabermeja. Este movimiento también continuó la tradición de rebelión en
la población local cuyo origen radica principalmente en la colonización, la
construcción de la red de carreteras y ferrocarriles y la explotación del pe-
tróleo. En un principio, el ELN, a diferencia de las FARC, utilizaba esta re-
gión únicamente como zona de paso y de avituallamiento, para desde allí
conquistar las ciudades y con ello el poder. Sin embargo, esta táctica no te-
nía éxito ya que, en sus inicios, el ELN se debilitó a causa de sangrientos
enfrentamientos internos, teniendo además que sobreponerse a algunas
derrotas contra el ejército gubernamental. No obstante, a partir de los años
setenta, ha logrado consolidar su posición en las minas de Antioquia, y des-
de la segunda mitad de los ochenta ya tiene un grupo de seguidores fijos
en los campos petrolíferos de Arauca. El ELN liderado por un cura español
saltó en los años noventa a las páginas de la prensa internacional por dina-
mitar los acueductos petrolíferos y por sus métodos de financiación me-
diante secuestros de personajes ricos del país."
En un primer momento prácticamente inofensivo para las élites urba-
nas, el Estado colombiano reaccionó con operaciones militares ante el peli-
gro de la creación de núcleos guerrilleros en ciertas regiones. A partir de
1965 el ejército gubernamental apoyó oficialmente a grupos paramilitares,
siendo en la mayoría de los casos quien los instruía y les proporcionaba ar-
268 Sociedades en guerra civil

mas. Las élites locales, que sistemáticamente procuraban expulsar a los


campesinos y colonos para disponer así de tierras fértiles y «baratas», finan-
ciaban con este fin a los escuadrones de la muerte." La militarización del
conflicto en las zonas periféricas, junto con la problemática surgida con la
concentración del suelo, desencadenó un continuo flujo de migración a las
grandes aglomeraciones urbanas. En la misma medida en que se expandían
los barrios pobres alrededor de las ciudades, la problemática social se agu-
dizaba precisamente en estas zonas urbanas (sin que pudiese establecerse
a largo plazo, como ya se mencionó anteriormente, una guerrilla urbana
verdaderamente fuerte). Bajo el gobierno de Julio César Turbay Ayala (1978-
1982) se amplió el campo de acción de las fuerzas armadas. Éstas llevaban
a cabo sus operaciones guiándose por los conceptos desarrollados para la
lucha antiguerrilla o contrarrevolucionaria y la represión de la «penetra-
ción cubano-soviética», propagados éstos por los colegios militares esta-
dounidenses. Los crímenes contra los derechos humanos cometidos por
las fuerzas armadas durante la «guerra sucia», en su gran mayoría, nunca
fueron investigados. 45
Al resultar imposible a las fuerzas de seguridad del Estado alzarse con
alguna victoria decisiva, los grupos guerrilleros extendieron su radio de ac-
ción durante la década de los ochenta, llegando a abarcar entonces todo el
país. Se responsabiliza de la expansión de la guerra a la debilidad de las
fuerzas armadas y al proceso de anomia, es decir, los síntomas de decaden-
cia en el sistema del Frente Nacional y la pérdida de las normas e instan-
cias de control originales. 46 Si bien este argumento goza seguramente de
una cierta plausibilidad y considerando además que la lucha armada se
veía beneficiada especialmente durante los años ochenta por una coyuntu-
ra política favorable, también hay que tener en cuenta que la evidente fuer-
za actual de la guerrilla se corresponde con la espectacular mejora de sus
ingresos. Durante los años noventa, la guerrilla se insertó cada vez más en
el sector ilegal de la economía, es decir, en el sector más próspero del país.
Hoy en día, se puede constatar que la costosa guerra guerrillera se financia
únicamente a través de los ingresos procedentes del negocio de la coca/
cocaína así como por medio del dinero recaudado entre los ganaderos y
las grandes empresas."' Según parece, hace tiempo ya que los políticos en
Bogotá han renunciado a vencer a la guerrilla por medios militares y se li-
mitan a asegurar las zonas más pobladas y las más importantes desde el
punto de vista geoestratégico y económico. En las regiones más con-
trovertidas, se imponen los paras. Los escuadrones de la muerte, al estar
prohibidos por la constitución de 1991, prestan ahora sus servicios como
cooperativas rurales de seguridad. Éstas han comenzado a agruparse inte-
rregionalmente bajo el nombre de «Convivir» para así poder actuar mejor
en pos de los objetivos de la política nacional. La meta de las «Convivir» es
La constante guerra civil en Colombia 269

la extinción de la base social de la guerrilla, y de este modo, ejercer una


función de veto en el proceso de diálogo y negociación de paz."
Muchos intelectuales, que en un principio apoyaban la lucha armada
como medio para superar las desventajas estructurales de las clases bajas,
se han distanciado durante la década de los noventa de los grupos rebeldes
aún existentes, señalando que los métodos se habían agotado y que el fin
hacía tiempo que había dejado de justificar los medios. Llaman la atención
sobre la posibilidad de participación democrática, surgida con la asamblea
nacional y la nueva constitución de 1991. 49 A esto se añade la crítica que
las FARC y el ELN se han convertido en grandes empresas con miles de em-
pleados pagados, que se han enriquecido con las rentas de la economía na-
cional tanto legal como ilegal sin, al mismo tiempo, haber aportado nada a
la modernización económica del país. Los críticos de la lucha armada po-
nen énfasis además sobre el hecho de que los comandantes guerrilleros no
muestran ninguna alternativa viable, persiguen fines políticos poco realis-
tas y encienden aún más la espiral de violencia que azota el país.A este res-
pecto las campañas de abstención electoral que conllevan amenazas y
atentados contra candidatos políticos y votantes son especialmente con-
trovertidas. Sin embargo, el punto principal es que la guerrilla se ha distan-
ciado demasiado de aquellas cosas que mueven a la mayor parte de la po-
blación, principalmente a los ciudadanos de las grandes urbes, como para
poder entender sus necesidades. 5°
Un Estado socialista debería ser, de hecho, ilusorio. A esta conclusión
parecen también haber llegado a estas alturas los líderes de los grupos gue-
rrilleros, dado que, en sus exigencias actuales es imposible reconocer un
programa económico y social alternativo, con algo de coherencia al menos
en sus bases, ya que según éstas mismas hay que:" poner fin al neolibera-
lismo, evitar que las grandes multinacionales exploten las riquezas del sub-
suelo nacional, luchar contra la pobreza, respetar los derechos humanos
(algo que ellos hace tiempo han dejado de hacer), reducir la presencia mi-
litar estatal en las zonas controladas por la guerrilla (y así reconocer for-
malmente su poder local y dominio territorial), desarmar a los grupos para-
militares y desactivar sus estructuras organizativas, además de incluir
múltiples reivindicaciones en la vida civil como la seguridad personal y
unos ingresos dignos. Únicamente cuando estos puntos puedan conside-
rarse cumplidos, la guerrilla ve la posibilidad de un futuro sin violencia. És-
tas parecen ser exigencias moderadas en comparación con las anteriores;
no obstante y debido a una mala imagen cultivada durante décadas, así
como a consecuencia de experiencias negativas en anteriores tratados de
armisticio o de reincorporación social, no se ha producido hasta el día de
hoy acercamiento alguno de las partes. En los últimos tiempos las negocia-
ciones se han interrumpido ya incluso durante la discusión de las cuestio-
270 Sociedades en guerra civil

nes técnicas o procesales. Aun cuando la guerrilla colombiana esté moral-


mente desacreditada, el futuro de esta organización armada está asegurado
dada su independencia económica, su capacidad organizativa y la agitación
social en el campo. Un triunfo absoluto de la guerrilla es sin embargo muy
poco probable debido al rechazo mayoritario de sus medios y a las dudas
sobre su credibilidad que alberga la gran mayoría de la población urbana.
El encrudecimiento de las disputas desembocó en un conflicto arma-
do, por lo que en estos momentos los movimientos sociales civiles tienen
dificultades para hacerse oír. Con todo, desde los años ochenta se empren-
dieron numerosas acciones colectivas como marchas de protesta, bloqueos
de las calles, ocupaciones de casas y huelgas generales. 52 Las reivindicacio-
nes de los movimientos sociales, tales como la construcción y mejora de
colegios, hospitales, calles y canalizaciones, la implantación de reformas
agrícolas, la concesión de créditos a pequeños productores así como la re-
nuncia a la fumigación por avioneta con el objetivo de arrasar las plan-
taciones de coca eran percibidos por la opinión pública como objetivos
justificados. Los departamentos del gobierno en la mayoría de los casos es-
tán —verbalmente— dispuestos a brindar concesiones demasiado amplias,
siendo éstas sin embargo falsas promesas, como lo demuestran las discu-
siones mantenidas durante años respecto a la reforma agraria. Faltan los
medios financieros, pero también el deseo político y un personal incorrup-
to.Y es precisamente esto lo que origina una ola de resignación frente a la
posibilidad de imponer cambios por la vía democrática. El gobierno, los
gremios industriales y los hacendados siempre han reprochado a los distin-
tos movimientos sociales ser únicamente el brazo civil de los grupos gue-
rrilleros. De hecho, en algunos casos como Putumayo, el apoyo táctico por
parte de las FARC es indudable, lo cual sin embargo no justifica en modo
alguno los violentos procedimientos utilizados contra los líderes por las or-
ganizaciones paramilitares o el ejército.

5. EL NARCOTRÁFICO COMO FACTOR DE VIOLENCIA

La espiral de violencia ha ido en aumento a partir de la década de los


ochenta, no sólo debido a los enfrentamientos entre Estado/paras versus
guerrilla, sino también como consecuencia de la denominada «guerra con-
tra las drogas». La producción y venta de estupefacientes en el territorio
colombiano se vio beneficiada por los siguientes tres factores: la larga tra-
dición de contrabando de importación-exportación; los colonos en las
húmedas y cálidas tierras bajas al este de la cordillera Oriental; la crisis in-
dustrial en Antioquia y en el Valle del Cauca. 53 Puesto que es imposible ob-
tener semejantes beneficios de cualquier otro modo, gracias a esta fuente
La constante guerra civil en Colombia 271

de ingresos ha surgido una clase aparte y movible de nuevos ricos, que


cuestiona el poder de las élites tradicionales. Los narcotraficantes persi-
guen primordialmente objetivos económicos, pero también constituyen
un factor sociopolítico importante debido a su poder financiero y su fun-
ción como inversores, empresarios y patrones. Su inclinación a hacer dona-
tivos hace que sean respetados y apreciados entre las clases bajas locales
—como los cultivadores de coca y los «sicarios»—. Su apoyo lo tienen,
como la guerrilla, en su mayoría entre los colonos, así como entre las clases
bajas urbanas, donde actúan como patrones. Tampoco los políticos nacio-
nales o abogados se ven libres de la seducción del «dólar de la droga», el
cual difumina, casi hasta hacerlas desaparecer, las diferencias entre enemi-
gos acérrimos y cómplices. 5" Así se explica en buena parte el poco éxito
logrado en la lucha contra las drogas.
Los narcoempresarios no tratan, a diferencia de la guerrilla, de hacerse
con el poder político en el país, sino que procuran penetrar y debilitar las
instituciones oficiales hasta tal punto que no puedan ser molestados en el
desarrollo de sus negocios ilegales. Su presencia en la vida económica y su
intrusión en la política nacional han originado fuertes disputas, en las que
se emplea la violencia como un instrumento más entre tantos otros. 55 Gra-
cias a sus inconmesurables riquezas, los capos pueden permitirse ejércitos
así como «sicarios» para encargos especiales, dispuestos a trabajar en todo
momento a sus órdenes. Quien no obedece, es asesinado. Entre las víctimas
se encuentran políticos, abogados, militares, periodistas y hacendados que
no cooperan. El «cártel de Medellín» ha seguido una guerra sin escrúpulos
durante la segunda mitad de la década de los ochenta contra la policía. Se
suman a ello los cruentos enfrentamientos internos entre los clanes de la
mafia y los cárteles. 56 Los narcotraficantes tampoco dudaron en utilizar
métodos como los secuestros, si bien no como fuente de ingresos —como
en el caso de la guerrilla—, sino como medio para obtener favores de la
clase política.
El grupo que más sufre la violencia relacionada con el narcotráfico son
los campesinos y los colonos en Magdalena Medio, en el Valle del Cauca, en
el Urabá, en Córdoba y el Chocó, donde los barones de la droga invierten
grandes sumas en terrenos." En estos territorios, los dueños de las planta-
ciones y los principales ganaderos contratan, apoyados por los narcotrafi-
cantes, sus ejércitos privados con los que mantienen una «guerra sucia»
contra los pequeños propietarios y jornaleros, procurando disminuir la in-
fluencia de la guerrilla." Los campesinos no pueden competir con los pre-
cios pagados por los narcotraficantes, lo cual acarrea una sobrevaloración
de las tierras; esto disminuye la actividad del campesinado, por lo que mu-
chos de ellos se ven obligados a emigrar a las grandes aglomeraciones ur-
banas u otros frentes de colonización. El Estado permite actuar casi impu-
272 Sociedades en guerra civil

nemente a los paras en las regiones ganaderas y bananeras y los considera


un complemento bienvenido y barato —también como liquidación dé po-
líticos de izquierda—, 59 y emplea al ejército en los cultivos de coca domi-
nados por la guerrilla ante la presión de Estados Unidos; los plantadores de
coca sufren los abusos y los ataques, por lo que aceptan la oferta de pro-
tección de la guerrilla. Últimamente, los paramilitares de Urabá y de Córdo-
ba han expandido sus actividades hacia las regiones del Meta, Caquetá y
Putumayo. Quien no pone fin al apoyo de la guerrilla es considerado obje-
tivo militar. 60
Hasta qué punto verdaderamente se ha reducido el fenómeno de la ma-
fia en el sector de la droga, tras su parcial traslado hacia México, está aún
por demostrar. La importancia de los «cárteles» de Cali y Medellín se ha vis-
to reducida debido a la desaparición de los patrones. No obstante, la capa-
cidad de producción y venta es aún impresionante, y no puede ser erradi-
cada mediante la aplicación de medios militares o policiales. Además, los
cultivadores de coca aguardan sus encargos.
Con toda seguridad puede comprobarse aún hoy que la escalada de
violencia protagonizada por los narcotraficantes todavía no ha llegado a
su fin. Esta energía criminal ha fortalecido tanto a la mafia que ésta puede
en la actualidad mantener e incluso dirigir en cierto grado las inestables
condiciones marco necesarias para optimizar su campo de acción. Consi-
derando que la mafia se ha convertido en parte del sistema sociopolítico
en Colombia se habla incluso de una crisis institucional. Esta crisis es
también expresión de un cambio de valores acelerado bajo la influencia
del narcotráfico. En la medida en que caducan las estructuras de poder
tradicionales y los métodos de control social, se emplean en todos los
niveles sociales medios ilegales para la obtención de los objetivos mate-
riales.

6. CONSIDERACIONES FINALES

En este ensayo se ha tratado de dar una explicación a la guerra civil co-


lombiana que no quiere concluir. La situación de guerra civil se determina
a través de los numerosos y simultáneos conflictos armados, consecuencia
del incompleto proceso de formación de la nación. Dada la escueta pre-
sencia estatal en grandes zonas del país, así como de la insuficiente integra-
ción de las clases bajas de la población, la autoridad de las instituciones na-
cionales se ve enormemente limitada. La intención de este estudio era
confirmar esta tesis a través de un enfoque histórico. Dos conflictos, por
una parte las guerras entre los bandos elitistas del siglo xix, por otra la Vio-
lencia de 1948-1957, con su trasfondo sociopolítico, merecen al respecto
La constante guerra civil en Colombia 273

una especial atención. Junto a los grupos alzados en armas con fines socia-
les o políticos, hoy en día también amenazan la unidad nacional organiza-
ciones ilegales armadas con intereses puramente económicos y con una
ideología derechista.
Actualmente la situación se presenta de tal manera, que quienes ha-
cen la guerra y se complacen en ella no van a ganar ni los unos ni los
otros, pero la prolongan y roban a movimientos civiles la esperanza de
cambiar algo por medios democráticos. Los actores de guerra civil, princi-
palmente el Estado en sí, los paras, la mafia y la guerrilla han encontrado,
por muy macabro que pueda parecer, a falta de algo un modus vivendi
para el cual el uso de la violencia física tiene carácter constitutivo. Pese
a que en las distintas regiones del país tienen lugar con cierta regulari-
dad enfrentamientos —en estos momentos especialmente en las regiones
de Magdalena Medio, Urabá/norte de Chocó, Serranía de Perrijá, Llanos de
Yarí y Caquetá/Putumayo—, rara vez se producen verdaderos cambios a
largo plazo en el poder. En ocasiones surge incluso la cooperación entre
los grupos enemigos, cuando de ésta pueden obtener alguna clase de be-
neficio. La mejor evidencia al respecto se aprecia en el caso del Banco de
la República, donde se lavan los «dólares de la droga» procedentes de Es-
tados Unidos para los narcotraficantes. El Estado puede aumentar sus divi-
sas en monedas fuertes mientras que la mafia repatria «dinero caliente»
para reinvertirlo en un marco seguro y así fortalecer su posición en el
país. En las regiones donde el Estado apenas está presente, los «acuerdos»
se negocian directamente entre los grupos enemigos. Asimismo, los «bo-
leteos» para la protección pagados por los ganaderos y las grandes em-
presas, y los impuestos retribuidos por los narcotraficantes a las organi-
zaciones guerrilleras, aseguran en cierta manera esta frágil (y conflictiva)
coexistencia.
Debido a esta situación, en Colombia hay pocas expectativas de una
pacificación duradera, porque los protagonistas en la guerra civil han pros-
perado gracias y pese a la violencia. Mientras que todos los grupos de la
sociedad colombiana no se pongan de acuerdo en un concepto nacional
común con un monopolio de poder firmemente sostenido por fuertes pi-
lares, únicamente se firmarán tratados de paz parciales y acuerdos de al-
cance limitado..' «Pequeños acuerdos» son mejor que nada, pero si no se
encuentra una solución global, con el estallido de cualquier pequeña dis-
puta surgirá el peligro de que la violencia se extienda como un incendio
en llamas hacia otros ardientes conflictos.
Sin embargo, para que pueda madurar un proyecto global de paz son
necesarios la comprensión y el convencimiento de que el problema real de
Colombia no son la guerrilla ni la mafia ni los paramilitares ni la delincuen-
cia cotidiana, sino la estructura que los engendra: la pobreza, la falta de re-
274 Sociedades en guerra civil

presentación política de gran parte de la población y otros defectos de la


democracia como el autoritarismo de gran parte del establecimiento, la co-
rrupción institucional y el clientelismo, la justicia parcial e ineficaz y las ten-
dencias particularistas. La eliminación de los inconvenientes arriba mencio-
nados que generan esta penosa situación de todo tipo de ejércitos privados
es un gran reto. Si se pudiera lograr ciertos progresos en este campo se re-
ducirían los casos de impunidad y se fortalecería el orden público. El cri-
men organizado perdería su base, y la «delincuencia común» disminuiría.
Puesto que para los colombianos la paz es algo exótico, se trata en pri-
mer lugar de romper el bloqueo de comunicación para establecer un dis-
curso público sobre la paz como algo posible, deseable y necesario para
todas las capas de la sociedad. Se requiere sobre todo una reflexión auto-
crítica de los grupos que componen el establishment. Pero también los
medios de comunicación social, los profesores y los maestros, así como la
Iglesia y los demás líderes de la sociedad civil, tienen un importante papel
en el proceso de profundizar el debate. Además, el Alto Comisionado de
Naciones Unidas para los Derechos Humanos que mantiene una oficina en
Bogotá desde 1997 está contribuyendo a la ampliación de la discusión so-
bre el proyecto de paz fuera de los círculos intelectuales. Aparte de ello la
asistencia de la ONU y otros actores externos como intermediarios en los
diálogos con la guerrilla será indispendable. Su capacidad moral de presio-
nar al gobierno colombiano, que siempre ha concebido el multilateralismo
como eje principal de sus relaciones exteriores, es considerable.
Los demás grupos armados en la guerra civil, la mafia, los grupos para-
militares y la guerrilla están «inmunizados» contra cualquier presión de la
comunidad internacional. Estos grupos están lejos de buscar sinceramente
la reconciliación porque la paz no les trae las mismas ventajas que la gue-
rra. Si bien las organizaciones mafiosas y —parcialmente— los paras no
van a entrar en razón, y por consiguiente solamente pueden ser disuadidos
a través de la privación de libertad, la confiscación de su dominio y la ex-
tradición, un acuerdo de paz con los guerrilleros todavía es posible. No
obstante, la desconfianza derivada de los incumplimentos en el pasado
puede ser un gran obstáculo para el rápido inicio de los diálogos de paz. Se
requiere, más que todo, de los rebeldes armados, mucha paciencia, ya que
los gobiernos colombianos son tan débiles que sus promesas y garantías a
menudo gozan de poca credibilidad. De hecho, los guerrilleros corren un
alto riesgo tanto físico como económico si se dejan desmovilizar. Además,
deben ser concientes de que —una vez asentada la convivencia— bajo las
reglas democráticas su poder de influir en la política nacional tendrá
límites.
Para demostrar su buena voluntad, actualmente el gobierno, apoyado
por la mayoría del congreso, señala su deseo de buscar una solución acep-
La constante guerra civil en Colombia 275

table para ambas partes. Teóricamente todos los temas, incluso la justicia
social, la situación campesina, el capitalismo salvaje, los recursos naturales
y los derechos humanos son discutibles. Hasta el despeje de un extenso te-
rritorio para conversar y la convocación de una Convención Nacional ya
no son tabús en la actualidad. 62 Entre los empresarios nacionales, la dispo-
sición de negociar con los grupos alzados en armas también ha aumenta-
do. Los hombres de negocios cada vez más reconocen que los costos de
transacciones causados por la inseguridad global resultan demasiado altos
e impiden ser competitivos en el mercado global. 63 Mientras que este gru-
po tiene un interés vital en las conversaciones de paz, en el cuerpo de se-
guridad todavía no se ha consolidado la conciencia de la necesidad de en-
contrar una solución negociada. Para los generales, que temen la pérdida
de prestigio y de recursos, la reconciliación no es «buen negocio». Sin em-
bargo, los acuerdos de paz en El Salvador y Guatemala han mostrado que
los militares en ciertas circunstancias pueden cambiar de opinión. En un
futuro su labor será medida no solamente según la eficiencia militar sino
también la voluntad de respetar los derechos humanos internacionales."
Otro aspecto a considerar para aumentar la calidad de la paz será una cui-
dadosa investigación de todas la injusticias cometidas con la población ci-
vil. El nombramiento de una Comisión de la Verdad con amplios poderes
será indispensable. El gobierno Samper determinó el marco jurídico para
que los culpables no se salven al firmar los acuerdos internacionales sobre
derecho humanitario dirigidos a proteger a la población civil. Para que se
cumplen las nuevas reglas una vez más será indispensable la vigilancia de
la comunidad internacional que puede ser el vocero de las víctimas.

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276 Sociedades en guerra civil

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Capítulo 11

LA VIOLENCIA POLÍTICA EN PERÚ:


UN ESBOZO INTERDISCIPLINARIO DE INTERPRETACIÓN

Felipe Mansilla
(CEBEP, La Paz)

El análisis de fenómenos de violencia política en Perú estuvo largo


tiempo bajo una especie de monopolio de esquemas marxistas y afines,
como puede ser la teoría latinoamericana de la dependencia. Estos enfo-
ques han ofrecido explicaciones monocausales, a primera vista plausibles,
que vinculan la irrupción de la lucha armada y el surgimiento de guerras
civiles a la existencia de insoportables situaciones de injusticia histórica, la
cual estribaría principalmente en la explotación despiadada de parte de
monopolios extranjeros y sus agentes locales. Según Johan Galtung' —cu-
yas tesis han sido muy populares a la hora de explicar las causas profundas
de los problemas peruanos- 2 los motivos de la «violencia estructural» pro-
vienen básicamente: a) de una estructura socioeconómica injusta que ge-
nera miseria colectiva; b) de la represión política que produce relaciones
asimétricas con respecto al poder, y c) de la pervivencia de fenómenos de
alienación, 3 los que harían imposible una paz duradera. Contra esta con-
cepción se puede aseverar que la penuria económica, la carencia de in-
fluencia política, el desempleo crónico y el malestar colectivo representan
factores que han predominado en todos los períodos de la historia humana
y en todas las sociedades, y que sólo ocasionalmente han dado lugar a una
violencia política específica como la lucha armada. 4 El bajo consumo de
calorías y proteínas, el analfabetismo y las agresiones físicas del marido en
la vida familiar e íntima son, sin duda alguna, fenómenos reprobables, pero
calificarlos como elementos definitorios de la violencia política en Perú y
como variables que pueden explicar y hasta exculpar los movimientos
guerrilleros 5 es una exageración sin atenuantes.

1. INA CONSTELACIÓN PROCLIVE A CONFLICTOS VIOLENTOS

e En contra de las simples contraposiciones marxistas y dependentistas


(innumerables campesinos sin tierra contra poquísimos señores feudales;
miríadas de obreros explotados contra unos pocos y todopoderosos capita-
listas extranjeros), la estructura social peruana se ha destacado ya a partir de
z 1940-1950 por una enorme complejidad y por la aparición de numerosos
278 Sociedades en guerra civil

actores sociales con intereses entre sí divergentes, pero no siempre con-


tradictorios. Esta diversidad social proviene de amplias corrientes migrato-
rias que desde entonces se han dirigido de la sierra a la costa y del campo a
la ciudad. El resultado ha sido: a) la diversificación de la estructura social del
Perú, especialmente el surgimiento de nuevos sectores en las capas medias
y bajas de la población; y b) la aparición de actores con claras demandas so-
ciopolíticas dirigidas hacia el aparato estatal: los movimientos de barrio, los
informales y las corrientes étnico-culturales conscientes de su diferencia. Se
trata de movimientos populares relativamente bien organizados, sobre todo
en las ciudades de la costa, conformando asociaciones de pobladores de la
más diversa especie y para los fines más disímiles. La mayoría de las inves-
tigaciones llega, empero, a la conclusión de que estas migraciones han co-
rroído irreparablemente el tejido social tradicional, generando una sensa-
ción general de desamparo, proclive a la conocida dialéctica de frustración y
agresión. 6 Un estudio psicoanalítico, que entre tanto tiene reputación de clá-
sico, asevera que la mayoría de los miembros de estos movimientos sociales
despliega en contexto de extrema pobreza una estrategia de supervivencia
básicamente defensiva, sin rasgo alguno de generosidad y más bien con mar-
cada tendencia a un comportamiento mezquino, desconfiado y envidioso,
que no son precisamente elementos favorables a una solidaridad efectiva de
los sectores populares.' Esta alta tasa de desconfianza, que ha llamado la
atención de los estudiosos, es contraria al funcionamiento cotidiano de un
sistema democrático y de toda clase de delegación y favorece el verticalis-
mo, las jerarquías rígidas y los procedimientos altamente burocráticos. 8 El
apoyo urbano de que han gozado Sendero Luminoso y el Movimiento Revo-
lucionario Túpac Amaru (MRTA), sobre todo en el área Urna-Callao, proviene
básicamente de estos sectores urbanos desarraigados.
Algunas de las causas más importantes de la violencia política peruana
residen en un contexto conformado: a) por la destrucción acelerada del te-
jido social tradicional; b) por el surgimiento de expectativas de progreso
colectivo e individual (que no pueden ser satisfechas a corto plazo); c) por
el acelerado crecimiento demográfico de la población peruana en un lapso
temporal muy breve; y d) por el desencanto generado por una moderniza-
ción imitativa de segunda clase, que ha estado tradicionalmente asociada al
régimen de propiedad privada y marcadas diferencias sociales que ha pre-
valecido en Perú a lo largo del siglo xx, régimen que no fue, en lo básico,
atenuado por el experimento del reformismo militar izquierdista de 1968 a
1980.
Hay que tener presente, además, que gran parte del territorio peruano
está conformado por desiertos, estepas, montañas y selvas tropicales, es de-
cir por suelos que difícilmente se prestan a la vida humana, y que si se los
utiliza económicamente, se degradan rápidamente a causa de su precarie-
La violencia política en Perú: un esbozo interdisciplinario de interpretación 279

dad ecológica. La configuración del medio ambiente no es precisamente fa-


vorable a una apertura indiscriminada de todas las regiones del país hacia
el progreso material y, por ende, a mitigar de esa manera el incremento
demográfico; pese a ello persiste desde la época colonial el mito popular
de las riquezas inmensas y de la potencialidad ilimitada del Perú, potencia-
lidad que estaría refrenada por políticas públicas inadecuadas.Tenemos en-
tonces una constelación ecológico-demográfica que constriñe el desenvol-
vimiento rápido de las fuerzas productivas e indirectamente aumenta el
potencial de protesta y de violencia sociopolíticas.
Así han prosperado paulatinamente una desconfianza y un malestar co-
lectivos con respecto a todos los gobiernos; este ambiente impide una
identificación con el Estado peruano o hasta una percepción realista de las
posibilidades efectivas de este último. Se puede afirmar que en menos de
veinticinco años la actividad gubernamental pasó de administrar tranquila-
mente el subdesarrollo' a programas frenéticos en pro de la moderniza-
ción, la que resultó disminuida por la acción conjunta de la guerrilla, el nar-
cotráfico, la corrupción y las ya mencionadas limitaciones ecológicas. Una
de las consecuencias de esta constelación ha sido una hiperurbanización
caótica y productora de múltiples conflictos sociales sin una solución fácil
y aceptable para todos. Un solo dato basta para describir estas modifica-
ciones demográficas: en 1940 dos terceras partes de la población (seis mi-
llones de habitantes) vivían en y del campo, mientras que en 1998 la po-
blación rural no llega al 32 % de la global peruana (cerca de veinticinco
millones). En 1950 la capital Lima contaba con un millón de habitantes,
mientras que hoy en día no se puede determinar exactamente la magnitud
poblacional del área metropolitana a causa de su crecimiento incesante,
pero sobrepasa con seguridad los seis millones. Este acelerado incremento
demográfico no ha podido hasta hoy ser amortiguado por un crecimiento
equivalente en la generación de alimentos, puestos de trabajo, viviendas y
posibilidades educacionales. Cualquier régimen sociopolítico se habría vis-
to en enormes dificultades para brindar un nivel de vida adecuado a una
sociedad que no sólo ha crecido fisicamente a un ritmo incesante e impre-
visible (hasta la decada de 1980-1990), sino que, simultáneamente, desplie-
ga anhelos de progreso material que corresponden, en el fondo, a una eta-
pa histórica posterior.
Otros datos pueden ayudar a ilustrar esta constelación. Marcadamente
acelerado ha sido el incremento del número de estudiantes de tercer ciclo
en las últimas décadas: el número total de universitarios regulares era de
27.000 en 1960, y pasó a 340.000 en 1990; la Universidad de San Cristóbal
de Huamanga en Ayacucho, que tuvo una relevancia fundamental en el sur-
gimiento de Sendero Luminoso, tenía 300 alumnos en 1960 y llegó a los
8.000 en 1990. 10 Esta temática es, paradójicamente, de primordial impor-
280 Sociedades en guerra civil

tancia para comprender la violencia política peruana, ya que a partir de


1940 el ambiente universitario ha constituido en toda América Latina una
de las fuentes más importantes de los movimientos radicales de protesta y,
en el caso peruano, la cuna de las dirigencias guerrilleras. La masificación
del estudio universitario y su concomitante pérdida de calidad intrínseca
han contribuido a devaluar el «valor» de la formación académica en la so-
ciedad respectiva y a inducir una crisis de identidad en las capas medias
bajas, las más afectadas por esta evolución. Numerosos estudiantes decep-
cionados con esta situación se han sentido fácilmente atraídos por progra-
mas políticos radicales, que, haciendo hincapié —sobre todo verbal— en
el carácter científico de sus teorías, han propagado la lucha armada como
«la única solución» frente a una constelación socio-política que parecía to-
talmente estancada. El núcleo de Sendero estuvo originalmente conforma-
do por «la sagrada familia»:" intelectuales de provincia sin perspectivas
laborales promisorias, miembros desarraigados de antiguas familias de te-
rratenientes arruinados y algunos jóvenes campesinos con anhelos de as-
censo social y actividad política. Es interesante mencionar el hecho de que
el 38,5 % de los terroristas encarcelados en Perú son universitarios (con es-
tudios interrumpidos), mientras que el 6,3 % son personas sin ningún tipo
de educación: ambas cifras no corresponden de ninguna manera a la es-
tructura demográfica del país."
Esta constelación de un crecimiento acelerado de la población en co-
nexión con una notable intensificación de los anhelos de progreso mate-
rial induce, como se sabe, procesos de descomposición social. Un dato es-
tadístico (que al mismo tiempo es un indicador de una cierta anomia
colectiva) puede brindar un indicio a este respecto. El aumento en la tasa
de delitos registrados policialmente es sintomático: en 1963 se daban 3,27
delitos por mil habitantes, mientras que en 1988 subieron a 8,10 por mil.
En 1966 habían 2.047 presos menores de 18 años, mientras que en 1985 ya
se encontraban 10.788 menores detrás de rejas.' 3
Analizando las formas de protesta juvenil, Carlos Iván Degregori llegó a
la conclusión de que durante los años 1970-1985 dilatados sectores de jó-
venes en la sierra (región montañosa en el centro y sur del Perú) parecían
preferir un camino autoritario a la modernidad: se trataba de una genera-
ción que ya no vive en el mundo tradicional, preindustrial y premoderno
de los padres y que tampoco pertenece a la sociedad semimoderna de la
costa peruana. La inseguridad resultante se aferra a explicaciones simplis-
tas y esquemáticas del atraso (experimentado como traumático), las que, a
su vez, consolidan una estructura caracterológica maniqueísta y dogmáti-
ca." Estos jóvenes han crecido, por otra parte, en el seno de una tradición
cultural autoritaria que es afín al uso relativamente frecuente de la violen-
cia física, y son propensos a aceptar sin mucho trámite un programa políti-
La violencia política en Perú: un esbozo interdisciplinario de interpretación 281

co que combina la ideología de la modernización acelerada con pautas to-


talitarias de comportamiento y con estructuras rígidas y jerárquicas dentro
del partido.

2. ANOMIA, DESARRAIGO Y FRUSTRACIONES COLECTIVAS COMO FOCOS DE


VIOLENCIA POLÍTICA

Las transformaciones y los procesos demasiado rápidos de acultura-


ción masiva que ha experimentado Perú desde aproximadamente 1950
han conllevado dilatados fenómenos de anomia, dejando, al mismo tiempo,
casi incólume la cultura tradicional del autoritarismo." A grandes rasgos se
puede distinguir dos tipos de anomia en el caso peruano: a) la causada por
el desarraigo urbano; b) la originada por la marginalización rural.
A. El proceso acelerado de urbanización, crecimiento y modernización
ha sido, sin duda alguna, traumático para amplios sectores poblacionales,
pues no ha generado el bienestar material que éstos anhelaban. Esta mo-
dernización relativamente fallida, junto con la descomposición del tejido
social tradicional, ha engendrado una población fluctuante que no ha po-
dido ser integrada adecuadamente en la estructura formal de la sociedad
peruana urbana y que no posee una identidad colectiva sólida. Se trata de
serranos (y provincianos en general) afincados en Lima y alrededores, cam-
pesinos de origen indígena trasplantados al ambiente citadino y mestizos
que no son aceptados por un entorno social influido aún hoy decisivamen-
te por los blancos. Esta población fluctuante tiende a comportamientos
anómicos, lo que, a su vez, favorece la predisposición a la violencia políti-
ca. La frustración permanente, la falta de estructuras sociales y culturales
donde refugiarse y la carencia de reglas éticas generalmente aceptadas
crea una especie de vacío moral y social, frente al cual algunas soluciones
que pongan en cuestión el statu quo parecen más o menos plausible. 16
Nlovimentsradc—olgueriaspcnbdmuhos
de estos individuos un sentido existencial y una nueva identidad que encu-
bren su inseguridad liminar.
B.Por otra parte, es altamente probable que Sendero Luminoso y el Mo-
vimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) hayan tenido los mayores
éxitos de reclutamiento y apoyo en aquellas áreas rurales donde las estruc-
turas sociales premodernas se han descompuesto y donde la reforma agra-
ria (a partir de 1968) no produjo frutos positivos en la proporción espera-
da, es decir en aquellas zonas donde se puede constatar un proceso de
marginalización rural-provinciana. Las organizaciones guerrilleras pudie-
ron sentar pie allí donde las agencias estatales de desarrollo tienen una
presencia particularmente débil, donde el gobierno emerge sólo como fac-
282 Sociedades en guerra civil

tor represivo y donde el nivel de vida no mejoró sustancialmente en el cur-


so de largas décadas.
En resumen se puede aseverar que, en sentido literal, la sociedad pe-
ruana ha sufrido una modernización parcial y de baja calidad, un proceso
de democratización incompleto y migraciones internas de gran amplitud e
intensidad. Estos fenómenos combinados han constituido el mejor caldo
de fermento para la anomia colectiva tanto en el campo como en la ciudad
y, por consiguiente, para el florecimiento de las formas contemporáneas de
violencia política.
Los fenómenos de anomia han sido peculiarmente agudos en la sierra
peruana, sobre todo en la región conformada por los departamentos de
Ayacucho, Apurímac y Cusco. Como se sabe, Perú es una de las sociedades
más heterogéneas de América Latina, tanto en el campo étnico-cultural,
como en los terrenos de la historia, las instituciones y hasta la geografía. La
región de la costa, con el área metropolitana de Lima, es considerada como
mayormente urbana, relativamente modernizada e industrializada, fuerte-
mente influida por la civilización y las pautas normativas de Europa occi-
dental y Estados Unidos y bajo la preeminencia cultural y política de blan-
cos y mestizos. La zona de la sierra es percibida como básicamente agraria,
marcada por valores premodernos y tradiciones rurales y habitada princi-
palmente por indígenas. Todos los indicadores —ingresos, prestaciones
médicas, posibilidades educacionales— son desfavorables a la sierra andi-
na. Estos dos grandes segmentos del Perú tuvieron durante siglos fuertes
vínculos sólo en la esfera económica, y estuvieron relativamente aislados
uno del otro en el campo político y cultural. A partir aproximadamente de
1950 ingresaron, sin embargo, a un contacto más directo y personal, a lo
que coadyuvaron las grandes migraciones de la sierra hacia la costa. La for-
mación de inmensos barrios marginales alrededor de Lima y otras ciudades
de la costa generó una nueva situación, que se ha distinguido, como ya se
mencionó, por identidades colectivas precarias, estados de anomia y frus-
traciones de gran magnitud y, por ende, una potencialidad remarcable de
violencia política.'' Dilatados sectores poblacionales en la sierra, especial-
mente grupos de origen indígena, se percatan ahora de que durante siglos
la sierra ha sido explotada por la costa o que, por lo menos, el trabajo de
las comunidades serranas ha servido para bajar los costes generales del ni-
vel de vida peruano mediante la producción de alimentos y materias pri-
mas baratas.Todo ello ha engendrado una atmósfera de resentimientos mu-
chas veces irracionales con respecto a la costa y, como era de esperar, un
malestar que configura la primera etapa de la predisposición a la violencia.
Esta constelación era especialmente aguda en el departamento de Ayacu-
cho, donde se originó Sendero Luminoso y donde obtuvo sus triunfos más
notables.18
La violencia política en Perú: un esbozo interdisciplinario de interpretación 283

De decisiva relevancia para la generación de violencia abierta en la sie-


rra y en el seno de comunidades indígenas ha sido la tendencia a una mo-
dernización tecnicista en combinación con el mantenimiento de pautas nor-
mativas de comportamiento de contenido tradicionalista y autoritario. La
reforma agraria del régimen militar reformista (1968-1980) aniquiló a la cla-
se de los terratenientes blancos de talante premoderno y aristocrático de la
sierra peruana, pero la repartición de los latifundios entre los campesinos
no elevó de ninguna manera el nivel de vida de los mismos, dislocó los cir-
cuitos de comercialización de los productos agrarios y contribuyó a la for-
mación de una nueva élite bastante más autoritaria, grosera y explotadora
que la anterior, compuesta de dirigentes sindicales, líderes políticos locales e
intermediarios comerciales sin escrúpulos de ninguna clase. La desaparición
de los antiguos terratenientes conllevó, ante todo, un vacío de valores de
orientación y principios éticos,' 9 que fue aprovechado por el MRTA y Sen-
dero. El incremento demográfico ya mencionado, que ha sido especialmente
fuerte en la sierra, redujo las posibilidades de éxito de la reforma agraria: la
tierra expropiada no alcanzó para todos los campesinos, y aun en los casos
de dotación aceptable con terrenos agrícolas, las familias con numerosos hi-
jos tuvieron que fraccionar sus posesiones hasta crear minifundios impro-
ductivos. Aquí emergió una capa de marginalizados rurales, que inmediata-
mente entró en conflicto con los pequeños propietarios mejor situados.
Estos marginalizados —o descampesinizados ,2° que perdieron contacto

con el mercado, la escuela y las pocas prestaciones públicas del Estado, acu-
saron a los pequeños propietarios de traicionar el principio de la reciproci-
dad andina; entre ellos obtuvieron Sendero y el MRTA apoyo y partidarios,
sobre todo en lo que concierne al reclutamiento de los militantes de base.

3. ELEMENTOS IDEOLÓGICOS E IDENTIDADES SOCIALES

Investigadores que tienden a atribuir a las llamadas clases altas la casi


total responsabilidad por el surgimiento de la violencia política conceden
que la estructura familiar andino-rural en las capas populares puede ser ca-
lificada como particularmente autoritaria y proclive a la violencia de todo
tipo; el proverbial machismo y, sobre todo, el régimen irracional e iracundo
que impone el pater familias —quien no goza de ninguna autoridad ética
ante los hijos— hacen aparecer el ejercicio de la violencia fisica como la
alternativa habitual de solución de conflictos en la esfera política. 21 Por
otra parte, como señaló Enrique Bernales Ballesteros, la ideología maoísta
de Sendero Luminoso no hizo impacto entre las masas desarraigadas de
campesinos serranos a causa de su calidad teórica o su contenido político
específico, sino porque reproducía valores de orientación y visiones utópi-
284 Sociedades en guerra civil

cas de la propia cultura andina. El legado autoritario de ésta, la belicosidad


de numerosas comunidades campesinas y el pensamiento milenarista de la
civilización aborigen se asemejan a elementos básicos de la ideología sen-
derista22 . La tendencia utópica contiene no sólo un elemento religioso-apo-
calíptico, sino también el anhelo de una revancha histórica, social y hasta
étnica de los aborígenes contra los blancos. 23 En especial el MRTA ha acen-
tuado las reivindicaciones étnico-culturales, mientras Sendero, sin nom-
brarlas oficialmente, se ha servido con notable virtuosismo de las diferen-
cias, las discriminaciones y los resentimientos étnicos. Los monstruosos
rituales de Sendero en las aldeas que lograba ocupar temporalmente en la
sierra —castigos corporales públicos para delitos menores, el asesinato
lento y cruel de los traidores, la ridiculización de las autoridades locales y
los comerciantes, azotes para los adúlteros y los lascivos— remiten a prác-
ticas prehispánicas de la sociedad incaica y de otras comunidades aboríge-
nes, renovadas por los intelectuales urbanos de la corriente indianista. Es-
tas costumbres atávicas están ligadas a una religiosidad que acentúa los
aspectos apocalípticos y mesiánicos y que cree en la fuerza purificadora
de la guerra total. Estas formas de religiosidad, en versiones secularizadas
superficialmente, han constituido importantes fragmentos de la práctica
cotidiana de Sendero. La violencia política es justificada, por ejemplo, me-
diante el argumento de que se acerca el fin inminente de los tiempos his-
tóricos, es decir, de la era de las expoliaciones, y su transformación en la
«gran armonía eterna». 24
Aparte de este factor hay que mencionar en lugar destacado el «proble-
ma no resuelto» de la identidad nacional y de la dificil convivencia de va-
rias etnias en un mismo territorio como una de las causas fundamentales
de la especie de guerra civil que ensangrentó Perú durante largos años 25.
Lo que puede llamarse la identidad colectiva de esta nación presenta una
carencia marcada de integración social, una cierta incomunicación entre
los diversos actores étnico-culturales y una clara resistencia a aceptar una
genuina pluralidad en igualdad de condiciones para todos los habitantes
del país. Hasta hoy Perú no ha edificado una cultura común y un senti-
miento de solidaridad y continuidad compartidos, en lo esencial, por todos
los grupos étnico-sociales. Las etnias indígenas representan los sectores
en desventaja dentro de un marco sociocultural que tiende a discrimi-
nar a los elementos de origen rural y premoderno. Las barreras profun-
das entre mestizos e indios, entre costeños y serranos no son, ciertamente,
la causa inmediata de la lucha armada, pero han coadyuvado a conformar
un entorno proclive a las relaciones violentas entre estos grupos y desfavo-
rabie a la solución pacífica de conflictos.
Hay que señalar otros factores que pueden transformar el potencial de
violencia implícita en el prolegómeno de una guerra abierta, como son el
La violencia política en Perú: un esbozo interdisciplinario de interpretación 285

bajo grado de organización de la sociedad civil, las formas clientelísticas y


patrimonialistas del ejercicio del poder, el comportamiento predominante-
mente represivo del aparato estatal, una administración pública incapaz de
brindar servicios básicos a la población y una policía ineficaz, altamente
militarizada y corrupta. 26

4. ESTRUCTURAS ESTATALES Y EJÉRCITO COMO ACTORES


DEL DRAMA DE LA VIOLENCIA

Cuando se inició la guerra de guerrillas, el Estado peruano no ejercía un


control efectivo y completo de su propio territorio: tenía presencia perma-
nente sólo en los espacios más poblados y estratégicamente más relevantes,
dejando una porción importante del país de modo tácito en manos de agen-
tes privados, como ser antaño los grandes terratenientes.Y cuando el Estado
aparecía realmente en escena, lo hacía a menudo de forma represiva, y no
como un agente de desarrollo y asistencia social.
Aún hoy no es muy diferente la situación de los partidos políticos,
independientemente de su ideología específica: son organismos oligár-
quicos, centralizados, clientelistas, con intereses y actividades dirigidas pri-
mordialmente a la población urbana y costeña. Una buena parte de la po-
blación peruana, sobre todo los llamados sectores emergentes del proce-
so de modernización, no se ha sentido representada por el sistema tradi-
cional de partidos. No hay duda de que estos factores estatal-administrati-
vos y cultural-políticos han contribuido a fomentar una atmósfera de de-
sencanto con respecto a todas las organizaciones estatales, incluidos los
partidos políticos convencionales, e, indirectamente, a abonar una fe inci-
piente en movimientos socialistas radicales que prometían la destrucción
del «sistema» y la instauración de un mundo totalmente nuevo. En sus pri-
meros años Sendero Luminoso y posteriormente el MRTA aprovecharon
ese ambiente de desengaño con respecto al Estado y la sociedad.
Uno de los grandes actores de la guerra civil ha sido el ejército perua-
no. Las Fuerzas Armadas ensayaron largamente (1968-1980) un régimen
modernizante y antioligárquico de reformismo social que se inició con la
estatización de empresas petroleras norteamericanas y con una reforma
agraria bastante radical, pero que degeneró rapidamente en un gobierno
autoritario, corrupto e ineficiente.' Restablecida la democracia civil a par-
tir de 1984, y ante la impotencia de la policía, las Fuerzas Armadas tomaron
paulatinamente a su cargo la conducción de la guerra contra el MRTA y
Sendero; en esta etapa y hasta los éxitos de 1992, el ejército se destacó
también por sus continuas transgresiones de los derechos humanos y por
un tratamiento violento e irracional de la población civil no involucrada en
286 Sociedades en guerra civil

la guerra. La expansión de la justicia militar fue particularmente funesta:


los tribunales militares —sin posibilidades de apelación— se distinguieron
por la aplicación de la tortura, el fusilamiento sumario de sospechosos, por
detenciones prolongadas indebidas, la expropiación ilegal de los bienes de
los presos y por la abierta discriminación de la población indígena y cam-
pesina. Entre 1984 y 1990 se dieron innumerables casos en que el ejército
no diferenció entre el enemigo armado y la población civil rural en las zo-
nas de batalla; los éxitos que entonces conocieron Sendero y el MRTA se
debieron en gran parte a que la población campesina de la sierra central se
sintió realmente afectada por la violencia indiscriminada de las Fuerzas Ar-
madas. El propio presidente de la República, Alan García (1985-1990, de
tendencia socialdemocrática), admitió que se estaba combatiendo «la bar-
barie con la barbarie». 28 Es sintomático, por ejemplo, cómo las Fuerzas Ar-
madas trataron el «incidente» de Accomarca (en la sierra central) del 14 de
agosto de 1985. Una unidad especial del ejército asesinó a sangre fría a se-
tenta campesinos elegidos al azar en esta aldea, que nunca había brindado
protección o ayuda a los senderistas. Las Fuerzas Armadas y su Comando
General negaron largo tiempo la mera existencia de la masacre; después le
restaron importancia. Una comisión parlamentaria investigó los hechos in
situ, y el ejército acusó al parlamento de «oportunismo». Ante la prensa el
oficial encargado de la operación admitió la matanza, pero declaró que ha-
bía realizado un «buen trabajo profesional» y no exhibió arrepentimiento
por la muerte de numerosas mujeres y niños. Todos los intentos de some-
terlo a un tribunal civil fueron inútiles; el oficial fue ascendido rápidamen-
te dentro del escalafón militar. 29
La actuación de los movimientos guerrilleros, que superaron en mucho
la brutalidad, la ilegalidad y la imprevisibilidad de las Fuerzas Armadas, ha
generado paradójicamente una corriente de opinión pública que hizo ver
en una luz más positiva el rol del ejército y que contribuyó a borrar de
la memoria colectiva las atrocidades cometidas por las fuerzas del orden.
Posteriormente el clamor popular en favor de un gobierno fuerte que pon-
ga fin al terrorismo irracional del MRTA y de Sendero contribuyó a la
reintroducción de un gobierno semiautoritario en abril de 1992: el presi-
dente Alberto Fujimori, en conjunción con las Fuerzas Armadas, instituyó un
régimen altamente centralizado y personalizado, que culminó con un retor-
no de los militares al poder político, la descomposición del sistema tradicio-
nal de partidos y una cierta restricción de los derechos humanos. Esto signi-
ficó, por otra parte, justificar a posteriori toda la actuación de las Fuerzas
Armadas en la represión de la guerrilla, incluidos los actos claramente ilega-
les, y brindar así un manto de cómoda impunidad al quehacer del ejército.
Finalmente es pertinente recordar que en Perú la administración esta-
tal, los partidos políticos, el ejército y la policía representan fenómenos
La violencia política en Perú: un esbozo interdisciplinario de interpretación 287