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Pierre Bourdieu /burdié/

Bourdieu plantea un estructuralismo genético o estructural constructivismo. Estructural porque existen en el


mundo social estructuras objetivas, independientes de la conciencia y voluntad de los agentes. Constructivismo porque hay
una génesis social de los esquemas de percepción, apreciación y acción que son constitutivos del habitus.
Le interesa ver cómo se conforman y reproducen las estructuras sociales pero analizadas desde cómo se conforman
los portadores de las mismas, los agentes sociales incorporados a las estructuras. Toma de Durkheim la necesidad de
operar con rigurosidad en el campo de las ciencias sociales, el sociólogo debe despejar ilusiones y opiniones de su análisis.
No puede quedarse sólo con la trama de sentido, debe tomar también como elementos de análisis procedimientos que
permitan mostrar las estructuras concretas y objetivas (demografías, estadísticas), articulando criterios cualitativos y
cuantitativos. Se mantiene la rigurosidad sin perder el compromiso político en el análisis.
Propone superar la oposición entre objetivismo y subjetivismo. La sociología debe tomar la realidad social como
objeto de percepción, y también la percepción de esa realidad, los puntos de vista que tienen los agentes. Punto de partida
más allá de la alternativa entre objetivismo y subjetivismo: en el espacio el universo me comprende y absorbe, pero en el
pensamiento yo lo comprendo. El mundo me comprende e incluye como una cosa, pero cosa para la que hay cosas y un
mundo que comprendo, porque me abarca y comprende.
Dentro del espacio, además del físico, está el social. El yo que comprende el espacio físico y social, está implicado
en ese espacio. Ocupa en él una posición que está asociada a una toma de posición acerca del mismo. Es una relación
paradójica de doble inclusión. En el espacio social se resuelve el conflicto sujeto – objeto, porque lo objetivo incluye al
sujeto.
Por lo tanto, el espacio social es un concepto central, eje de su teoría. Se presenta el mundo social como un
espacio pluridimensional constituido sobre principios de diferenciación y distribución social. En el espacio físico se produce
la diferenciación, por los capitales económicos sustancialmente. Estos principios de distinción están constituidos por las
propiedades que como principios de construcción del espacio social, definen las posiciones de los agentes. Cada uno tiene
diferentes poderes o fuerzas que le permiten ocupar una u otra posición, excluyendo de ella a otra persona, los agentes no
ocupan el mismo plano.
Los capitales son poderes o fuerzas sociales que están en juego en cada campo, que permiten ubicarse en una
posición de ese sistema y determinan las probabilidades de los agentes de obtener ciertos beneficios. El capital económico
es el portador de valores de cambio en el mercado. El capital cultural son los bienes simbólicos, puede ser objetivado, el
objeto cultural, la producción del sujeto; incorporado que son los conocimientos del sujeto, habilidades de cada uno;
institucionalizado, institución reconocida que garantiza que se es titular de ese capital. El capital social es el conjunto de
relaciones relativamente estables con otros agentes, la conjunción del capital económico y el cultural. Estos tres tipos de
capital mantienen una relación fundamental con un cuarto tipo, el capital simbólico, que es la forma percibida y
reconocida como legítima por agentes dotados de categorías de percepción, en cada campo entre los diferentes tipos de
capital. Es el reconocimiento particular que tienen los otros tres capitales en relación a un campo específico en el que se
ejerce una práctica.
El espacio social es entonces un sistema pluridimensional de posiciones en el que los agentes se distribuyen según
el volumen y la composición de su capital (estas dos variables determinan el lugar que ocupa el agente); y ocupan un lugar
físico y social, que se define por la exterioridad y la exclusión mutua de las posiciones. Estructura sistema de posiciones y
sistema de relaciones, que se dinamizan a partir de las luchas sociales. El espacio social es en gran parte algo que
construyen los agentes a cada momento, pero sólo pueden hacerlo o deshacerlo en base a un conocimiento realista del
mundo y de lo que ellos pueden hacer en función de la posición que en él ocupan.
El espacio social se reproduce en el espacio físico, por lo que las divisiones y distinciones del espacio social se expresan real
y simbólicamente en el espacio físico. Correspondencia entre un orden determinado de distribución de los agentes y un
orden determinado de distribución de las propiedades. Son susceptibles de un analysis situs, en Bourdieu la sociología se
presenta en forma de una topología social, el lugar que se ocupa tiene que ver con el lugar simbólico y físico.
Su análisis tiene en cuenta la determinación económica y la producción simbólica del sujeto. La sociología debe entender
los encadenamientos simbólicos, prácticos e ideológicos; su objeto de estudio son las relaciones internas del sistema de
posiciones, explicarlas de modo que se pueda comprender su funcionamiento y su génesis. Esta génesis incluye a los
aprendizajes que se hacen dentro del sistema de posiciones y que inculcan formas de percepción y comportamiento.
Además, el espacio social está dividido en campos, sectores particulares donde hay intereses opuestos por manejar las
reglas de lo que interesa en ese campo, el objeto en disputa y las reglas para acceder a él. Los campos sociales se
distinguen a partir del tipo de capital que está en juego. Éste puede definirse como el conjunto de bienes acumulados que
se producen, se distribuyen, se consumen, etc. Los campos se constituyen por dos elementos: la existencia de un capital
común y la lucha por su apropiación. Cada campo es un sistema de relaciones de fuerza, en cuyo interior los dominados y
dominantes se encuentran constantemente en luchas por la definición de los principios legítimos de división. Cada campo es
un espacio pluridimensional con valores y coordenadas que le pertenecen, según lo que está en disputa. La ley más general
es que siempre tiene que haber un bien en juego y gente dispuesta a jugar por ese objeto en disputa, cada agente intenta
poner en juego los capitales que tiene. Los capitales no tienen la misma importancia en todos los campos, siempre hay un
capital que tiene más reconocimiento. Hay un valor que guía ese campo y los agentes que participan allí lo conocen y
reconocen. Por eso está el capital simbólico, conocido y reconocido como natural por agentes dotados de categorías de
percepción. Otra ley general es que a pesar de la diferenciación, todos los que participan tienen intereses fundamentales
comunes que tienen que ver con la existencia del campo.
Considera al individuo por reconocerlo ocupando un lugar o topos como individuo biológico, por su cuerpo que es límite
para la exteriorización y también de reconocimiento de los demás. Existencia por su cuerpo en un espacio físico pero
ocupando también un lugar social. Todo espacio social tiene una correspondencia en el espacio físico, no queda sólo en el
subjetivismo. La posición de cada agente no puede ser ocupada por otro porque ese agente esta corporizado, excluye a los
otros de ocupar esa posición. La evidencia del cuerpo aislado, distinguido funciona como un principio de individuación;
pero también como agente real, como habitus con su historia, propiedades, es un principio de colectivización. Estamos
sometidos a un proceso de socialización cuyo fruto es la individualización, porque la singularidad del yo se forja en y por
medio de las relaciones sociales. Lo social se inscribe en el cuerpo, las disposiciones sociales que se incorporan con la
socialización se hacen cuerpo. El conocimiento también se hace por el cuerpo, la aprehensión del espacio social, según lo
que cada uno introyectó en un lugar y momento según su posición, en el cuerpo se exterioriza el habitus. El habitus es
entendido como cuerpo biológico socializado, porque el orden social se instituye también en los individuos. Pero eso social
incorporado también depende de las debilidades del cuerpo.
El habitus elabora el mundo mediante una manera concreta de dirigirse a él que implica un conocimiento que permite
anticipar el curso del mismo. Consiste en un conjunto de disposiciones adquiridas, no naturales, que son inculcadas por el
contexto social en un momento y lugar particulares. Los habitus son esquemas de percepción, apreciación y producción de
prácticas que se adquieren a través de la experiencia en el sistema de posiciones del mundo social, y que permiten llevar a
cabo actos de conocimiento práctico. Implica el conocimiento de la posición propia y también la de los otros. Comprende la
internalización de lo externo en el sujeto, el proceso de socialización; y la exteriorización de lo interior. Mediante el proceso
de socialización, las estructuras sociales objetivas se interiorizan en los agentes a través del cuerpo generando esquemas
de disposiciones para percibir, apreciar y actuar en el mundo, para luego exteriorizarse las estructuras subjetivas como
estructuras cognitivas; se hacen propios ciertos valores y normas del sistema. A través de la exteriorización de lo interior y
a partir de la percepción del mundo se generan prácticas cotidianas.
El habitus se traduce de forma inmediata en el sentido práctico, en el conjunto de anticipaciones que permite obrar como
es debido según las maneras de ser que el espacio social presenta como verdaderas y legítimas. Es fruto de la incorporación
de un nomos, de un principio de visión y división de un orden social, por lo tanto engendra prácticas ajustadas y adecuadas
a ese orden. Entonces el habitus es el concepto bisagra entre el mundo exterior e interior, porque permite a cada uno
convertirse en agente social al ser la forma incorporada del mundo social. Los agentes sociales son portadores, pero
también los principales reproductores de las estructuras sociales. Es una relación doble, estructurada y estructuradora, con
el entorno. Proceso por el que lo social se interioriza en los individuos logrando que las estructuras objetivas concuerden
con las objetivas. Es, simultáneamente, una estructura estructurante, que genera y organiza las prácticas y la percepción
que se tiene de las mismas y una estructura estructurada, ya que el principio de división en clases que organiza la
percepción del mundo social es a su vez producto de la incorporación de la división de clases sociales.
Entonces hay una doble estructuración de la percepción del mundo, desde lo objetivo, lo socialmente estructurado por las
propiedades y capitales que se ofrecen en forma desigual; y desde lo subjetivo, el proceso reflexivo propio de cada agente,
los esquemas de percepción son producto de luchas simbólicas y expresan relaciones de fuerza simbólica. El mundo es
comprensible y dotado de sentido porque el sistema de disposiciones y las estructuras cognitivas que se pone en
funcionamiento para su comprensión, son producto de la incorporación de las estructuras objetivas del mundo; los
instrumentos de elaboración que se emplean para conocer el mundo son elaborados por el propio mundo. Aprehensión
como natural del mundo que resulta de la coincidencia casi perfecta de las estructuras objetivas y las estructuras
incorporadas. Esa coincidencia perfecta entre los esquemas prácticos de los agentes y las expectativas del mundo en que
están insertos, sólo es posible si los esquemas que se aplican al mundo son fruto de ese mismo mundo. Las estructuras
cognitivas estructurantes, son ellas mismas socialmente estructuradas. Por esto, el espacio social se puede construir de
diferentes maneras según diferentes principios de visión y división, porque depende de la posición ocupada en el espacio
social. Los objetos del mundo social se pueden percibir de diferentes maneras porque comportan siempre una cuota de
indeterminación, todo está sometido a variaciones de orden temporal. Esta incertidumbre da un fundamento a la pluralidad
de visiones del mundo y está vinculada a las luchas simbólicas por la producción e imposición de la visión legítima del
mundo.
El habitus es producto de una historia. Hay complicidad entre dos estados de lo social: la historia hecha cuerpo, encarnada
en los cuerpos en forma de habitus, y la historia hecha cosa, objetivada en forma de estructuras y mecanismos. El cuerpo
está en el mundo social, y el mundo social está en el cuerpo; la relación dóxica con el mundo es una relación de
pertenencia en la que el cuerpo poseído por la historia, se apropia de cosas habitadas por la misma historia. Pero la
relación entre las posiciones y las disposiciones no siempre se ajusta perfectamente. Debido a ciertas transformaciones
estructurales, siempre hay agentes desplazados y a disgusto en su lugar. La concordancia anticipada entre el habitus y las
condiciones objetivas es un caso particular frecuente, pero que no debe universalizarse. El habitus no está necesariamente
adaptado ni es necesariamente coherente, sino que tienen grados de integración. Pueden encontrarse en muchos casos
con condiciones de actualización diferentes de aquellas en las que fueron producidos. Los habitus cambian en función de
nuevas experiencias, se revisan permanentemente, pero siempre a partir de premisas del estado anterior, es una
combinación de constancia y variación. En situaciones de crisis o cambios drásticos, los agentes tienen dificultades para
ajustarse al nuevo orden y sus disposiciones se vuelven disfuncionales. El habitus tiene sus fallos, desconciertos y desfases,
porque no hay regla que pueda prever todas las condiciones posibles de su ejecución y no deje cierto margen de
interpretación para estrategias prácticas del habitus.
La adquisición de disposiciones específicas exigidas por un campo es una labor de socialización que transforma la libido
original en algunas formas de libido específica, mediante una serie de transacciones y operaciones de ajuste. Los recién
llegados al campo aportan disposiciones ya constituidas y ajustadas según las exigencias de la familia, que mediante
compromisos semiconscientes se transforman en disposiciones específicas. El proceso de transformación es largo,
continuo, imperceptible, y no repentino y radical. Puede haber sufrimientos morales y físicos, que forman parte del
desarrollo de la illusio. La forma original de la illusio es la inversión en el espacio doméstico, el sujeto se toma a sí mismo
como objeto de deseo, y luego, ya no en lo doméstico, pasa a otro estado en el que se orienta hacia otra persona. Proceso
de socialización de lo sexual y sexualización de lo social. La transformación hacia la inversión en el juego social, la
ambigüedad del capital simbólico se define por el principio de una búsqueda del amor propio, se basa en la búsqueda de
reconocimiento, de aprobación por parte de los demás. Descubrir a los demás, a través de descubrirse a sí mismo como
sujeto al que otros consideran objeto. Ser percibido por la percepción de los demás. Este capital proporciona formas de
dominación que implican la dependencia respecto a quienes domina: sólo existe por medio de la estima, del
reconocimiento, el crédito y la confianza en los demás.
El espacio social es el espacio de coexistencia de puntos de vista diferentes y rivales. Todos los campos son espacio de
rivalidades y conflicto, porque la propia estructura de la distribución de los capitales genera tomas de posiciones
antagonistas. Hay lucha y confrontación entre los diferentes puntos de vista por imponer los principios de visión y división, y
la representación legitima del espacio, la ortodoxia. No son luchas en las que se cuestione el objeto en disputa en cada
campo, son luchas por la producción del sentido común y por el poder simbólico. Este poder es worldmaking, el poder de
construcción del mundo y de hacer grupos, que está apoyado en la posesión de un capital simbólico y su eficacia depende
del grado en que la visión está fundada en la realidad. Tiene que tener un pie en lo real pero también crea realidad. El
poder simbólico estructura la percepción del mundo social a través de la dominación simbólica que se ejerce sobre los
cuerpos de un modo que parece mágico, al margen de cualquier coerción física, pero apoyada en disposiciones
previamente constituidas. Es necesaria una labor previa de transformación duradera de los cuerpos e imposición de
disposiciones permanentes que este mismo poder simbólico reactiva. Entonces, la violencia simbólica deriva su eficacia del
habitus. El poder simbólico sólo se ejerce con la colaboración de quienes lo padecen porque contribuyen a establecerlo
como tal. Porque la violencia simbólica es una coerción que se instituye por medio de una adhesión que el dominado
inevitablemente otorga al dominante al disponer solamente para pensar la relación, de instrumentos de conocimiento y
esquemas que son fruto de la incorporación de la estructura de esa relación de dominación. Los dominados contribuyen a
menudo sin saberlo, a su propia dominación. El efecto de esta dominación se ejerce en esa sumisión y complicidad inscritas
en los cuerpos de los dominados. La dominación simbólica y los actos de sumisión, son actos de conocimiento y
reconocimiento a partir de estructuras cognitivas por la incorporación de estructuras sociales. Esta dominación se instituye
si dominados y dominantes comparten esquemas de percepción y valoración. Se conoce y reconoce el capital simbólico
porque se incorporó como habitus una forma de ver el mundo y una nominación oficial. Naturalización de una determinada
forma de ver el mundo, una forma de imposición de la realidad. Pero no es un acto de conciencia o mera representación
mental, no se puede obtener la liberación política por la toma de conciencia. Es imposible no ceder y someterse al poder
simbólico. Esta dominación no puede suspenderse por un mero esfuerzo de la voluntad, por medio de una toma de
conciencia liberadora, porque su eficacia está inscrita en los cuerpos en forma de disposiciones. Doble naturalización por la
inscripción de lo social en las cosas y en los cuerpos. La ciencia social sólo dispone para la ruptura de esto, de la
historización que permite neutralizar los efectos de la naturalización. Sólo la crítica histórica puede liberar al pensamiento
de las imposiciones que se ejercen sobre él. Para cambiar el mundo es necesario cambiar las maneras de hacer el mundo y
las operaciones por las cuales los grupos son producidos.
Debido a este poder, se generan luchas simbólicas, teóricas y prácticas, por tener el monopolio de nominación legítima y
oficial, por el poder de articular el mundo social conservando o transformando las categorías de percepción. Luchas
políticas por la producción e imposición de la visión legítima del mundo social, el sentido del mundo, su significado. La
política es el lugar por excelencia de la eficacia simbólica, lo que está en juego es el conocimiento del mundo social.
Mantener o transformar el orden de las cosas a partir de las categorías por las que es percibido, modificar el mundo
modificando sus representaciones. En esta lucha por la producción del sentido común, los agentes comprometen su capital
simbólico. Entonces, el mundo social es fruto de luchas simbólicas por la dominación y el poder de imponer legítimamente
la elaboración de la realidad social favorable a su posición y capital simbólico. Bourdieu toma de Marx la idea de las luchas
sociales por la distribución desigual de capitales y la idea de las clases sociales, la división social, los grupos antagónicos,
centrales para el análisis de las estructuras. Sin embargo, las clases sociales del materialismo histórico hacen referencia a
un conjunto de agentes que ocupan posiciones semejantes, su lugar está pensado desde una perspectiva y un
determinismo económico, es demasiado estático. En Bourdieu, las diferencias no se deben a lo que se posee sino a lo que
se es, la clase social no se define desde una sola variable. Las relaciones se estructuran desde los capitales pertinentes al
campo particular en el que el agente ejerce su práctica, el valor se da en el momento en el que se ejerce el capital. La clase
social es un conjunto de agentes que ocupan posiciones semejantes y tienen todas las probabilidades de tener disposiciones
e intereses semejantes, y por lo tanto, de producir prácticas y tomas de posición semejantes. Las clases no existen como
grupo real, lo que existe es un espacio de relaciones tan real como un espacio geográfico.
La división antagónica se pone en juego a partir de las luchas simbólicas, del sentido que los sujetos le dan sus acciones, la
importancia de la trama de sentido que tienen los bienes simbólicos (Weber)
La lucha se desarrolla entre los recién llegados al campo y el grupo dominante del mismo, y se define a partir de lo que está
en juego en el campo, de la definición del mismo. Los agentes están dispuestos a jugar ese juego, están dotados de un
habitus de conocimiento y reconocimiento de leyes inmanentes al juego, aparecen las estrategias de conservación o
subversión:
Ortodoxia: Llevada adelante por los que monopolizan el capital específico del campo, el grupo dominante siempre
desarrolla estrategias de conservación.
Heterodoxia o herejía: Llevada a cabo por quienes disponen de menos capital, por los recién llegados al campo,
quienes desarrollan estrategias de subversión para terminar con el monopolio de los dominantes.
Sin embargo existe una complicidad entre antagonismos, todos contribuyen a reproducir el juego. Hay una interrelación de
cooperación, porque ambos grupos están interesados en la continuidad del campo. Esto es lo que se constituye como
límite a la subversión, es así que las revoluciones son sólo parciales, porque la revolución total pondría en tela de juicio al
fundamento del campo y lo destruiría.
El Estado es el detentador del monopolio de la violencia simbólica legítima, y pone un límite a la lucha simbólica,
convirtiendo al propio Estado en una de las mayores apuestas en la lucha del poder simbólico. Aparece como
representando los intereses universales cuando en realidad representa los de una clase. La dominación de clase se asegura
por la dominación simbólica. La creencia política primordial es un punto de vista particular, de los dominantes, que se
impone paulatinamente como punto de vista universal, por luchas contra visiones rivales. El Estado es el espacio de la
imposición del nomos oficial, la nominación oficial que confiere a cierta perspectiva un valor absoluto y universal, más allá
de la relatividad de todo punto de vista particular. El sentido común se estructura sobre esta nominación social. El orden
instituido tiende entonces a dar la impresión de ser necesario, evidente; pero constituye en verdad una relación
socialmente elaborada. La sumisión al orden establecido es fruto del acuerdo entre las estructuras cognitivas inscritas en
los cuerpos, y las estructuras objetivas del mundo al que se aplican. La eficacia de las estructuras estructurantes aplicadas,
se debe a que son coherentes, sistemáticas y se ajustan a las estructuras objetivas. Este ajuste pre reflexivo entre las
estructuras objetivas y las incorporadas, explica la facilidad con la que los dominados imponen su dominación. El Estado
por lo tanto, requiere sólo estar en condiciones de producir estructuras cognitivas incorporadas que se ajusten a las
objetivas y garanticen así la sumisión dóxica al orden. El derecho es la objetivación de la visión dominante legítima. Los
nóbiles son quienes están en condiciones de imponer la escala de valores favorable a esta nominación oficial, porque son
poseedores de un fuerte capital simbólico, son conocidos y reconocidos. El discurso oficial tiene tres funciones: opera
siempre un diagnóstico, afirma lo que una persona es y no oficialmente; produce un discurso administrativo mediante
directivas, órdenes y prescripciones de lo que las personas deben hacer; en los informes oficiales, dice lo que las personas
han hecho realmente. Impone un punto de vista, como legítimo.
Los juegos sociales son difíciles de describir en su doble verdad. Existen juegos para perpetuar la ilusión sobre uno mismo y
salvaguardar una forma tolerable de verdad subjetiva frente a la realidad. Se conoce y rechaza la verdad, hay sistemas
colectivos desplegados para ocultar los mecanismos fundamentales del orden social y así los descubrimientos mas
incontrovertibles pueden rechazarse como escandalosos con contraejemplos o negaciones.
Ejemplo: la doble verdad del obsequio. Doble mirada y ambigüedad porque por un lado se siente como rechazo del interés,
del cálculo egoísta y exaltación de la generosidad; pero por otro nunca excluye la conciencia lógica del intercambio y la
asunción del carácter coercitivo y gravoso del intercambio generoso. Doble verdad. El intervalo temporal entre el obsequio
y el contraobsequio permite ocultar la contradicción entre la pretendida verdad como acto generoso, gratuito y sin
reciprocidad, y la verdad que lo convierte en un momento de una relación de intercambio. Es posible porque ese
autengaño respecto al desconocimiento de la lógica del intercambio, es un autoengaño colectivo. Nadie ignora la lógica del
intercambio, pero nadie se niega a someterse a la regla del juego de hacer como si se ignorará. Es una labor colectiva, un
desconocimiento compartido, un juego en el que todo el mundo sabe que todo el mundo sabe la verdad del intercambio,
pero no lo quieren saber.
El trabajo también sólo puede comprenderse en su doble verdad. Romper con el error de omitir la verdad subjetiva. En
muchas situaciones, el margen de libertad que se da al trabajador tiene riesgo de generar haraganería o despilfarro, pero
también posibilita la inversión en el trabajo y la autoexplotación. La libertad de juego que se garantizan los agentes, puede
significar su propia explotación. Se deja en manos de los trabajadores la libertad de organizarse el trabajo, desplazando su
interés en el beneficio externo hacia el interno. Intento por sacar provecho de la ambigüedad del trabajo. Aunque se
excluya el recurso a las coerciones brutales y más visibles, sigue habiendo una violencia simbólica, suave, oculta.

La dominación masculina
La dominación masculina es el mejor ejemplo de la sumisión paradójica de la doxa, en la que el orden establecido con sus
relaciones de dominación se perpetúa con facilidad apareciendo como aceptable y hasta natural. Un prolongado trabajo de
socialización de lo biológico y de biologización de lo social. Se invierte la relación entre causas y efectos, y aparece
naturalizada una construcción social como el fundamento natural de la división arbitraria que está en la realidad y en la
representación de la realidad.

Incorporamos como esquemas inconscientes de percepción y apreciación las estructuras históricas del orden masculino. La
cosmología androcéntrica está en nuestras estructuras cognitivas y sociales. Las diferencias sexuales aparecen inmersas en
el conjunto de oposiciones que organizan todo el cosmos. La división entre los sexos parece estar en el orden de las cosas,
como normal y natural; a pesar de ser una significación social y arbitraria de la división de las cosas. La inversión de la
relación entre causas y efectos genera la naturalización de esta construcción social de los géneros. El orden social funciona
como una máquina simbólica que ratifica esta dominación masculina en la que se apoya. Se introyecta la construcción
social de los géneros como natural, y por lo tanto, también las expectativas y posibilidades de realizar esas expectativas.
Esta concordancia entre las estructuras objetivas y las cognitivas, entre la conformación del ser y las formas de conocer,
olvida las condiciones sociales de posibilidad.
El cuerpo aparece como depositario de los principios de visión y división que generan las diferencias entre los sexos. Estas
diferencias se aplican principalmente al cuerpo en sí como realidad biológica. Entonces la diferencia biológica y anatómica
entre los sexos, los cuerpos y órganos sexuales, aparecen como la justificación y garante natural de esa visión del cosmos.
El principio arbitrario de división antropocéntrica se apoya en las diferencias biológicas para establecer como naturales y
con fundamento objetivo las diferencias socialmente construidas. Relación de causalidad circular. Se legitima una relación
de dominación inscribiéndola en una naturaleza biológica, que es en sí misma una construcción social naturalizada.
También se produce una división sexual de las legítimas utilizaciones del cuerpo y el acto sexual en sí mismo está pensado
en función del principio de primacía de la masculinidad, como una relación de dominación.
Cada sexo como producto de una construcción social del cuerpo, socialmente diferenciado del sexo opuesto, tiene sólo
existencia relacional. Operaciones de diferenciación que tienden a acentuar en cada agente los signos exteriores conformes
con la definición social de su diferenciación sexual. Los principios opuestos de identidad masculina e identidad femenina, se
codifican bajo la forma de maneras de mantener el cuerpo y de comportarse que contienen una cosmología. A las mujeres
se les enseña cierto confinamiento simbólico en sus posiciones, movimientos, vestimenta, costumbres; contrario al trabajo
de virilización del hombre. Las divisiones constitutivas del orden social y las relaciones sociales de dominación entre los
sexos, se inscriben en dos clases de hábitos diferentes, movimientos corporales opuestos y complementarios, y en
principios de visión y división que clasifican todas las cosas del mundo social según distinciones reductibles a lo masculino y
lo femenino. La visión androcéntrica está continuamente legitimada por las mismas prácticas que determina. La lógica
exige que la realidad social que produce la dominación, confirme las imágenes que defiende para realizarse y justificarse.
Las mujeres están condenadas a dar la apariencia de un fundamento natural a su identidad disminuida socialmente
atribuida.
Los dominados aplican a la realidad y a las relaciones de poder, esquemas que son producto de la asimilación de esas
mismas relaciones de dominación. Sus pensamientos y percepciones están estructurados de acuerdo a las estructuras de
dominación, por lo tanto sus actos de conocimiento son actos de reconocimiento práctico de sumisión, adhesión dóxica. La
violencia simbólica se instituye a través de la adhesión que el dominado se siente obligado a conceder al dominador,
cuando sólo dispone para aplicar a la relación, instrumentos de conocimiento y categorías construidas desde el punto de
vista dominador. El principio de visión dominante es un sistema de estructuras establemente inscritas en los cuerpos y las
cosas. El efecto de la dominación simbólica se produce a través de los esquemas de percepción, apreciación y acción que
constituyen los hábitos. La fuerza simbólica es una forma de poder que se ejerce sobre los cuerpos al margen de cualquier
coacción física, creando inclinaciones espontaneas adaptadas al orden que se impone. Las condiciones del poder simbólico
están inscritas en los cuerpos socializados bajo la forma de disposiciones que son producto de estructuras objetivas. El
poder simbólico no puede ejercerse sin la contribución de los que lo soportan porque lo construyen como tal. Se realiza a
través de actos de conocimiento y reconocimiento práctico de la dominación, pero que no implica la toma de conciencia y
voluntad. Este habitus y dominación arraigados y naturalizados, no pueden vencerse con un mero esfuerzo de la voluntad y
la conciencia, porque su fundamento no reside en conciencias engañadas que bastaría iluminar. La ruptura de la relación
de complicidad que las víctimas de la dominación simbólica conceden a los dominadores, sólo puede darse por una
transformación radical de las condiciones sociales de producción de las inclinaciones y disposiciones que llevan a adoptar
estos puntos de vista dominantes. La lógica de la dominación masculina y la sumisión femenina, se entiende si se verifican
los efectos duraderos que el orden social ejerce sobre las mujeres. En la imagen que tienen de su relación con el hombre,
las mujeres tienen en cuenta la imagen que los demás tendrán al aplicar los esquemas de percepción y valoración
universalmente compartidos.

Las inclinaciones o habitus son inseparables de las estructuras que las producen y reproducen, que encuentran su
fundamento en la estructura del mercado de los bienes simbólicos en donde las mujeres son tratadas como objetos.
Asimetría fundamental entre el sujeto y el objeto que se establece entre el hombre y la mujer en los intercambios
simbólicos, en las relaciones de producción de capital simbólico. El dispositivo central es el mercado matrimonial. En la
lógica de la economía de los intercambios simbólicos, las mujeres aparecen como objetos de intercambio según los
intereses masculinos y destinados a la reproducción del capital simbólico masculino. Cuerpo femenino como objeto
intercambiable y evaluable. Al estar orientada a la acumulación del capital simbólico, esta economía transforma diferentes
materiales, y a la mujer, en signos de comunicación que son instrumentos de dominación. Existe una asimetría radical entre
el hombre sujeto y la mujer objeto; entre el hombre responsable y dueño de la producción, y la mujer como producto
transformado de ese trabajo. Esta economía de los bienes simbólicos que organiza toda la percepción del mundo social, se
impone incluso a la reproducción biológica, que se subordina a las necesidades de reproducción del capital simbólico.
Entonces la división sexual está también inscrita en las disposiciones o hábitos de los protagonistas de la economía de
bienes simbólicos.
Así como las mujeres practican el aprendizaje de las virtudes de abnegación, resignación y silencio; los hombres también
son prisioneros y víctimas de la representación dominante. Las tendencias que llevan a reivindicar y ejercer la dominación,
están constituidas por un prolongado proceso de socialización, de diferenciación en relación con el sexo opuesto. La
condición masculina supone un deber ser, gobierna al hombre al margen de cualquier presión externa, dirige ideas y
prácticas, conduce su acción. Es producto de un trabajo social de nominación e inculcación por los cuales una identidad
social se inscribe en la naturaleza biológica y se convierte en hábito. El privilegio masculino es una trampa que impone al
hombre el deber de afirmar en cualquier momento su virilidad, es fundamentalmente una carga. La exaltación de los
valores masculinos tiene su contrapartida en los miedos y angustias que suscita la feminidad. La virilidad tiene que ser
revalidada por los otros hombres y por el reconocimiento de pertenencia al grupo de los hombres auténticos. Temor viril
de excluirse del mundo de los hombres, miedo a perder la estima o reconocimiento del grupo. La virilidad es un concepto
relacional, construido para los restantes hombres y contra la feminidad.