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EL ARTE BIZANTINO.

1. INTRODUCCIÓN.
La crisis general que el Imperio Romano atraviesa en el siglo III había llevado a una
fragmentación del poder político, sistema de tetrarquía, hasta entonces detentado por la persona
del emperador. Al mismo tiempo la distinta estructura económica de las regiones occidentales y
orientales hacía cada vez más visibles las diferencias entre ambas poniendo de relieve la
superioridad del Oriente. Al erigir CONSTANTINO EL GRANDE la antigua colonia griega de
Bizancio en capital del Imperio Oriental, año 330 en que toma el nombre de Constantinopla, no
hace sino culminar un proceso que aseguraba la pervivencia del Imperio de Oriente ante la caída
del sector occidental y de su capital Roma. La separación de ambas partes del imperio se
consumará a la muerte del emperador TEODOSIO, 395, y la división definitiva del Imperio
entre sus hijos HONORIO, heredero del Occidente, y ARCADIO, que recibió el Oriente.

Así pues la primera etapa del Imperio Bizantino comprende desde la época de la
Dinastía Teodosia hasta el 610, destacando en su seno el reinado de JUSTINIANO
(527-565), quien intentó reconstruir el Imperio Romano, aunque sus conquistas en el
mediterráneo no se mantuvieran sino un breve tiempo.
Los fundamentos culturales de la nueva unidad política son básicamente el derecho y la
administración romana (JUSTINIANO mandó codificar el derecho romano en la obra
Corpus Iuris Civilis), idioma y la civilización griega y las creencias y costumbres
cristianas.
Desde el punto de vista del poder político se va consolidando la posición autocrática del
emperador protagonizando un poder de carácter absolutista con intervención de los
asuntos religiosos, preside los concilios, hace ejecutar sus cánones etc., poniendo en
práctica un modo de actuar conocido con el nombre de césaropapismo.
2. ARQUITECTURA
-CARACTERÍSTICAS DE LA ARQUITECTURA BIZANTINA
A- La aportación más sobresaliente tiene lugar sin duda en el campo de realizaciones
arquitectónicas. Los problemas que planteaba la utilización de cubiertas abovedadas –
cúpulas- fueron resueltos con definitivo acierto al recoger y superar la tradición y
técnicas romanas aportando una solución válida al difícil obstáculo de los empujes
mediante el empleo de medias cúpulas, junto a otros elementos de sujeción y
contrarresto más divulgados, contrafuertes y muros más gruesos. La multiplicación de
cúpulas sobre pechinas parece ser a veces el objeto fundamental de los edificios.
B- Dicha técnica constructiva queda al servicio de una nueva concepción del espacio
interior. Se trata de un espacio dilatado, dinámico, que no puede quedar limitado por los
muros y que se expresa con más holgura en los templos de planta a la vez que también
se proyecta en las bóvedas de las iglesias de planta basilical. La bóveda, cúpulas y
semicúpulas, se abre y dilata hacia el espacio celeste y ambos se convierten en el trono
y dominio del Creador que desde allí preside en ademán de bendecir.
C- La piedra, porosa y ligera, y el ladrillo usados como materiales constructivos son
cubiertos con desigual riqueza según se trate de muros exteriores o recintos interiores.
En estos últimos, el mosaico cubre de forma continua las paredes, haciendo perder el
interés en la decoración externa. Sin embargo en los siglos finales también los exteriores
se embellecerán profusamente. El lujo ornamental se ha apoderado de todos los ámbitos.
El espacio celeste no permite una delimitación o acotación de los fondos y por eso el
oro los recubre sin interrupción. Los espacios cupulados vienen a representar el cielo, la
tierra y, en suma, el cosmos.
-PRIMERA EDAD DE ORO O ERA JUSTINIÁNEA. SIGLOS VI-VII.
La extraordinaria importancia estratégica de Bizancio, junto al estrecho del Bósforo y
llave de la ruta que pone en contacto el Mediterráneo y el mar Negro, y la circunstancia
de poseer un puerto natural de ventajosa situación, decidieron a Constantino a erigirla
en capital de su imperio y a dotarla de edificios apropiados que dieran cabida a las
necesidades de la capitalidad económica, política y religiosa que ostentaba. Avenidas,
foros, hipódromo, el palacio imperial, del que ya nada se conserva pero sobre cuyo lujo
nos hablan numerosas fuentes literarias, y la Basílica de Santa Sofía son los elementos
que conforman esa capital, sede de una lujosa corte, que fue durante toda la Edad Media
la ciudad más importante de Europa, y del mundo mediterráneo. La Basílica de Santa
Sofía es la obra más importante y madura de la arquitectura justinianea, el marco
adecuado al solemne ceremonial político-religioso en el que queda a salvo el poder
teocrático del emperador. Se construyó entre 532-537, siendo reconstruida en 562 tras
su prematuro hundimiento. Santa Sofía es la cumbre de un estilo que recoge la herencia
arquitectónica y decorativa del arte helenístico y romano y por otra parte el arte
paleocristiano y de Asia Menor con su uso y dominio de los espacios abovedados.
La Basílica de Santa Sofía de Constantinopla resume los principales logros del arte
bizantino: el espacio interior dilatado, el juego de los volúmenes y el equilibrio de sus
empujes, la grandiosidad que cobijara las solemnes ceremonias oficiales. En la
actualidad pueden advertirse los numerosos motivos decorativos musulmanes añadidos
en el transcurso de los siglos.
Otros notables ejemplos de la arquitectura justinianea son las iglesias de San Sergio y
Baco, 527-536, con planta octogonal y cúpula gallonada, Santa Irene, basilical con dos
cúpulas, y Santos Apóstoles, hoy desaparecida y que influirá, posteriormente, en San
Marcos de Venecia, con cruz griega y cinco cúpulas, todas en Constantinopla.
La expansión mediterránea del imperio de Justiniano posibilitó la presencia en Rávena
de varias iglesias bizantinas de gran belleza, entre las que descuella San Vital (538-547),
también de planta octogonal y que influirá en la arquitectura del occidente europeo del
Medievo. Otros templos importantes son los de San Apolinar del Puerto (549) y San
Apolinar Nuevo (558), ambos en Rávena y los dos con planta basilical constantiniana.
Otras iglesias pertenecientes a este estilo se encuentran repartidas por Asia Menor y el
Cáucaso.
-LA SEGUNDA EDAD DE ORO: LOS SIGLOS IX-XII.
A fines del siglo X, el Imperio Bizantino alcanza la victoria sobre los búlgaros y
extiende su influencia hasta el Danubio y el Adriático. La dinastía Macedónica consigue
relanzar el poderío bizantino y construir una etapa de esplendor una vez finalizada la
Guerra de las Imágenes; el poder absoluto de la monarquía se refuerza constantemente
al propio tiempo que el aparato administrativo sufre un proceso intenso de
burocratización.
En el campo de la arquitectura se unen la tradición clásica justinianea y las formas más
macizas y cúbicas que caracterizan las iglesias de los siglos VII y VIII. En la segunda
mitad del IX se configura el modelo de iglesia de cúpula en el crucero en torno a la que
se ordenan otros recintos también cupulados, quedando constituido en modelo
normativo, y en las que el mosaico, a pesar de ser la escasa altura y solidez, produce una
desmaterialización del volumen arquitectónico. La sensación de ligereza va abriéndose
paso en la arquitectura, pues las clásicas bóvedas se apoyan en pilares estilizados y
luego en columnas, iglesias de San Salvador de Cora -Kilisse Dshami-, Constantinopla,
y de San Lucas, en Fócida, ambas del XI, al tiempo que la decoración de los muros, con
notable riqueza cromática, refuerza la agilidad y dinamismo.
Fuera de Bizancio pero en el campo de las relaciones culturales aparece el monumento
más importante y conocido del período. San Marcos de Venecia se inspira en la ya
citada iglesia constantinopolitana de los Santos Apóstoles. Es de cruz griega con cinco
grandes cúpulas, una central y las otras cuatro elevadas sobre otros tantos brazos; la
aparición de los ábsides es característica de la arquitectura bizantina posjustiniánea. San
Marcos de Venecia es la obra de la etapa final del arte bizantino. Consagrada en 1094,
se ha visto enriquecida constantemente por los gobernantes venecianos con diversos
elementos decorativos y añadidos.
También en Sicilia, en la que se han establecido los normandos, el intercambio con
Bizancio da lugar a realizaciones que integran el incipiente estilo gótico con las formas
familiares a los artistas sicilianos. Esta conjunción de estilos aún se verá ampliada con
algún elemento árabe de estirpe cordobesa. Son el caso de las Catedrales de Cefalú y
Monreale, S. XII.
La cristianización de los eslavos así como la de los rusos, siglos IX y X, pondrá a estos
pueblos bajo la influencia cultural y artística de Bizancio. Será entre los rusos donde se
continuó con más firmeza el canon arquitectónico bizantino. Destaca la iglesia de Santa
Sofía de Kiev, 1020, que servirá de modelo a los templos del futuro imperio ruso.
Domina una tendencia vertical, recintos altos sobre una planta estrecha con torres y
pórticos cubiertos con cúpula. A destacar Santa Sofía de Novgorov, siglo XI.
-LA TERCERA ETAPA: DEL SIGLO XIII A LA CAIDA DE CONSTANTINOPLA.
En el tercer período las principales novedades se refieren fundamentalmente a la decoración,
especialmente a la pintura. En arquitectura, destaca el templo de los Santos Apóstoles en
Salónica, excepcional obra latericia, y, sobre todo, las iglesias rusas, con sus cúpulas en forma
de bulbo, que continúan la costumbre de los arquitectos del segundo período. En Moscú se
construyen la Catedral de la Dormición, siglo XV, y la de San Basilio el Grande, primera mitad
del siglo XVI, que junto a reminiscencias bizantinas y orientales presenta un proceso de
barroquización y nacionalización del estilo.

3. LA ESCULTURA
Desde el siglo IV disminuye la importancia que había tenido en tiempos clásicos. El
desnudo pierde interés por el abandono de las creencias paganas y la irrupción de una
nueva religión. Las primeras muestras de escultura bizantina son relieves de sarcófagos
y pequeñas tallas realizadas sobre ricos materiales, destacando entre ellos los trabajados
en marfil, Políptico Barberini, S. V. Por su número destacan los relieves de temática
conmemorativa –dípticos consulares. La Cátedra del Obispo Maximiano de Rávena,
realizada en marfil, 547-553, constituye el mejor exponente de la evolución de los
orígenes naturalistas clásicos hacia las formas más estilizadas del Bizantino.
La radicalización iconoclasta dejará una profunda huella, pues incluso después de su
derrota es tenida en cuenta por los artistas, ante el recelo de que en otra revolución
pudieran ser de nuevo acusados de idolatría. Por ello la figura humana será
deshumanizada; los cuerpos quedan anónimos bajo los ropajes. Se crean tipos de
imágenes que la iconografía hará repetir incansablemente. Las imágenes más repetidas
son: la Virgen Theótokos, sentada en el trono con el niño en su regazo; la Virgen orante
o Blanchernitissa; o como conductora señalando a su hijo, Hodegetria. El Salvador
aparece barbado y en actitud de bendecir. Más compleja es la composición de la Déesis
donde se muestra flanqueado por la Virgen y San Juan Bautista, quienes interceden por
los hombres.
Son destacadas las obras en marfil, de carácter preferentemente religioso o cortesano,
pero siempre con una cierta subordinación a la magnificiencia de la persona del
emperador, Tríptico de Harbaville, mitad S. X, en el que Cristo corona al emperador
ROMANO II y a su esposa EUDOXIA, Biblioteca Nacional de París.
4. LA PINTURA, EL MOSAICO Y LA MINIATURA.
La importancia de la pintura es superior a la de las restantes artes figurativas. La
exaltación del color encontrará en el mosaico policromado y esmaltado los mejores
efectos y calidades. Será, también, durante el periodo justinianeo cuando se formalice la
etapa clásica y dorada del estilo, dejándose ver la huella imperial en todas las
manifestaciones del género.
El icono es un cuadro religioso sobre tabla. Se conocen desde el siglo IV, representando
a los santos mártires, para prevalecer luego las representaciones de Cristo y de la Virgen
María. Los rostros ofrecen una marcada rigidez y frontalidad características con las que
se pretende resaltar su espiritualidad. Hacia el siglo VII una excesiva iconodulía
provocará la reacción contraria conocida como el período iconoclasta.
La decoración mural de las iglesias está siempre en estrecha dependencia del
pensamiento teológico y en función del ritual litúrgico. Su aplicación se ajustará a un
esquema teológico que ubicará las figuras en uno u otro lugar según su mayor o menor
grandeza, el Pantocrátor en las zonas más elevadas, dominando el espacio poblado de
ángeles, la Virgen en el lugar más próximo, mientras que el coro de los santos en la zona
más próxima a lo terrenal.
A diferencia del arte romano, que en su última época coloca el mosaico en los
pavimentos, el arte bizantino en su deseo de riqueza recubre los muros y bóvedas con
mosaicos de gran riqueza cromática y exquisita finura. Suelen representar las figuras
con un carácter rígido e inmaterial y con una disposición simétrica; la gran luminosidad
es un intento de reflejo de lo sobrenatural. Son de enorme valor los conjuntos de
Rávena, San Apolinar in Clase y San Apolinar Nuovo destacando, sobre todos, los que
adornan el presbiterio de San Vital de Rávena, creados por artistas de Constantinopla y
que representan todo el fasto de la corte en los séquitos de Justiniano y Teodora.
La pintura de libros se practicaba desde época paleocristiana y acompaña al texto de los
libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. En esta decoración se observan los hábitos
de taller o de escuela, que son fielmente continuados a lo largo de los años. Del siglo VI
son obras tan ricas como el Génesis de Viena, coloreado en púrpura y escrito en plata.
De la época iconoclasta apenas conservamos restos, pues las pinturas anteriores o se
destruyen o se blanquean. Aunque la actividad artística no se interrumpió por completo
se limitó a la representación de cruces, ornamentos y temas de culto al emperador;
aparece una tendencia a motivos abstractos, sin duda por influencia persa y musulmana.
Cabe señalar que en este período iconoclasta el mosaico bizantino es adoptado por los
Califas Omeyas de Damasco para decorar la Mezquita, permitiendo una temática que si
bien elimina la figura humana incluye elementos vegetales y estilizaciones tratados con
gran finura.
Tras la interrupción de casi un siglo y de los efectos de la iconoclastia, la pintura -y lo
figurativo- experimenta un salto atrás, haciéndose palpable una inseguridad estilística y
al mismo tiempo la búsqueda de una nueva concepción.
La pintura de los libros, con divergencias estilísticas en una misma obra, alcanza gran
esplendor. Por su importancia destacan los Salterios, siendo de gran riqueza los de
carácter cortesano y más sencillos los de uso popular o monástico. Influye en este gusto
el impulso cultural del reinado de Constantino VII PORFIROGÉNETA, bajo el que la
ilustración de libros se refiere no sólo a los temas religiosos sino a obras científicas y
literarias.
A partir del siglo XI el arte bizantino adquiere una mayor complejidad y se transforma
en las provincias, siendo este fenómeno muy marcado entre los distintos artistas,
propios y foráneos, italianos y rusos. En los mosaicos de la iglesia de San Marcos de
Venecia vemos concretado el estilo de la última época bizantina, que se manifiesta
también en Sicilia, Catedral de Cefalú e iglesia monástica de Monreale. San Marcos
ofrece un punto de contacto entre lo bizantino y lo románico occidental –trecento-.
También en San Marcos de Venecia encontramos la pieza de orfebrería más notable del
arte Bizantino: la Pala d'Oro. Con distintas intervenciones, 976-1105-1209-1345,
constituye un prodigio de esmaltado cloisonne con pedrería engarzada en oro y plata.
Finalmente hemos aludido a la extensión del arte bizantino por los territorios eslavos y
ruso. La tradicional importancia del icono se verá potenciada en el extraordinario
desarrollo de las iconostasis, muro repleto de iconos que separaba el presbiterio del
lugar ocupado por los fieles. Este espectacular desarrollo se sitúa ya a partir del siglo
XII permaneciendo en la actualidad.