Vous êtes sur la page 1sur 4

Épica alemana

El Cantar de los Nibelungos


Cantar III: De cómo Sigfrido llegó hasta Worms
Además, dijo Hagen: —Aunque en mi vida he visto a Sigfrido, estoy dispuesto a creer y me parece que es él, el héroe que avanza con tanta majestad.
»Trae nuevas noticias a este país: la mano de ese héroe ha vencido a los atrevidos Nibelungos: a Schilbungo y a Nibelungo, hijos de un rey poderoso.
La fuerza de su brazo le ha bastado para realizar maravillas. […] No pudo llegar a tomar su parte del tesoro, pues los hombres de uno y otro rey
comenzaron a armarle querella: pero con la espada de su padre, que se llamaba Balmung, les arrebató a los atrevidos el tesoro y el país de los
Nibelungos. Tenían allí entre los amigos, doce hombres atrevidos que eran fuertes como gigantes: pero ¿para qué podían servirles? Sigfrido los
venció con fuerte mano y cautivó a setecientos guerreros del país de los Nibelungos. […] Había herido ya mortalmente a los dos ricos reyes; Alberico
puso en gran peligro su vida haciendo grandes esfuerzos por vengar a sus señores, hasta que también él mismo experimentó la gran fuerza de
Sigfrido. El enano vigoroso no pudo resistirlo tampoco. Como fieros leones huyeron a la montaña en la que logró arrebatar a Alberico la Tarnkappa:
de este modo, Sigfrido, el hombre terrible, logró hacerse dueño del tesoro. Los que se atrevieron a pelear con él quedaron derrotados allí. En seguida
hizo conducir y depositar el tesoro al sitio del que lo habían sacado los Nibelungos. El fuerte Alberico quedó de guardia. Le hizo prestar juramento
de que lo serviría como un fiel vasallo; desde entonces en todo le fue leal».

Canto IV: De cómo Sigfrido combatió a los Sahsen


Comparecieron ante la corte los emisarios de Ludegero: estaban sumamente contentos porque sabían que iban a volver a su patria.
Gunter, el buen rey, les hizo ofrecer ricos presentes y les concedió una escolta, de todo lo cual se mostraron ellos muy satisfechos.
—Haced saber a mis fuertes enemigos —les dijo Gunter— que harían bien en renunciar a su expedición: pero que si quieren venir a hostilizarme a
mi país, y mis fieles no me abandonan, tendrán mucho que hacer. […]
Cuando los mensajeros llegaron a Dinamarca y el rey Ludegasto tuvo conocimiento del modo como venían del Rhin y de la arrogancia de los
Borgoñones se irritó mucho. Le manifestaron que había allí muchos hombres atrevidos. «Además hemos visto uno al lado del rey Gunter que se
llama Sigfrido, un héroe del Niderland.» Al saber esto Ludegasto se puso en gran cuidado. […] El valeroso Ludegero jefe de los Sahsenos los llamó,
logrando reunir además unos cuarenta mil o más con los que se proponía invadir el país de los Borgoñones. […]
—Señor rey —dijo Sigfrido—. Permaneced en vuestra casa, ya que vuestros guerreros quieren seguirme. Quedaos al lado de las mujeres y estad
siempre tranquilo de espíritu. Tengo gran confianza en que sabré defender vuestro honor y vuestros bienes. Los que quieren atacarnos en Worms
sobre el Rhin, a los que yo detendré, podían quedarse donde están: nosotros avanzaremos tanto que su arrogancia se convertirá en aflicción. […]
Bien pronto estuvo armado el hijo de la hermosa Sigelinda. Como sus deseos eran de avanzar, confió el cuidado del ejército a Hagen y Gernot,
hombres muy valientes. Él solo se adelantó hacia el país de los Sahsen y aquel día quedó su valor muy alto. Extendido en el campo vio un ejército
considerable que excedía en mucho al que llevaba él; serían unos cuarenta mil o más: el enardecido Sigfrido los veía con grandísima alegría.
Del campamento había avanzado también un guerrero para hacer guardia y estaba muy vigilante: vio al héroe Sigfrido y éste al audaz joven.
Inmediatamente ambos se comenzaron a observar. […]
También el rey Ludegasto descargaba sobre su enemigo repetidos golpes; los brazos de ambos caían pesadamente sobre el escudo del contrario.
Treinta de sus hombres se apercibieron del combate, más antes de que llegaran, Sigfrido había conseguido el triunfo. […]
—Adelante —gritó Sigfrido—. Muchas cosas se han de realizar en este día si yo no pierdo la vida; esto entristecerá a más de una mujer del país de
los Sahsen. Vosotros, héroes del Rhin, seguidme; yo puedo conduciros a donde está el ejército de Ludegero. Veréis cómo se rompen sus cascos a los
golpes de los valientes guerreros; antes de que volvamos tendremos no pocos sobresaltos. […]

Canto V: De cómo Sigfrido vio a Crimilda por primera vez


En la mañana del día de Pascua se acercaron hacia el lugar de la fiesta, brillantemente vestidos, muchos héroes valerosos, cinco mil o más. En más
de un sitio comenzaron ya las diversiones. El jefe sabía demás cuánto y cuán noblemente el héroe del Niderland amaba a su hermana, a la que
todavía no había visto; pero en la que más Ortewein, señor de Metz:
—Si queréis conseguir gran honor con esta fiesta, dejad que sean admiradas las más hermosas jóvenes que son el orgullo de Borgoña. ¿Qué alegría
ni que felicidad podría experimentar el hombre, sino existieran hermosas vírgenes y encantadoras mujeres? Dejad que vuestra hermana aparezca a
la vista de vuestros huéspedes. […]
El poderoso rey mandó que en compañía de su hermana fueran para servirla cien guerreros de su familia con las espadas desnudas y lo mismo para
su madre. Tal era el aparato de la corte en el país de los Borgoñones. Uta la rica venía con ellos; había escogido un grupo de mujeres hermosas,
compuesto de ciento o más, llevando todas magníficos vestidos. También Crimilda venía rodeada de muchas jóvenes bellas.
Salían de un grandioso salón y muchos héroes distinguidos se atropellaban para conseguir ver bien a la noble virgen. Avanzaba en aquel momento
amorosa, como la rosada aurora saliendo de entre las negras nubes. Un gran pesar quitó su vista al que hacía mucho tiempo la llevaba en su corazón.
Pudo ver a la hermosa en todo el esplendor de su belleza. En su traje deslumbraban muchas piedras preciosas; sus bellísimos colores eran de los que
suspiran amor. Por grande que fuera el despecho, nadie hubiera podido decir que había visto una más hermosa. De la misma manera que la brillante
luna oscurece la luz de las estrellas, así la hermosa eclipsaba a todas las demás mujeres; a su vista se ensanchó el alma de muchos héroes. […]
—El rey desea que os aproximéis a su corte, para que su hermana os pueda saludar, honrándoos de este modo.
El jefe de héroes, sintió que su alma rebosaba de alegría; sentía en su corazón ternura sin aflicción, pues iba a ver a la hermosa hija de Uta. La tan
digna de amor, saludó al hermoso Sigfrido con decoro y gracia. Cuando ella vio ante sí al hombre de tan esforzado ánimo, se encendieron sus bellos
colores.
—Bienvenido, señor Sigfrido, noble y buen caballero —le dijo la bella.
Este saludo lo alegró y elevó su alma. Se inclinó ante la amorosa y le dio las gracias. El mutuo amor atraía al uno hacia el otro; y amorosas las miradas
se contemplaban con cariño al héroe y la joven, pero esto lo hacía recatadamente. Si en aquel momento la blanca mano fue oprimida amorosamente,
yo lo ignoro. Pero no puede creerse que dejaran de hacerlo: aquellos dos corazones enamorados, hubieran sido torpes de otro modo. Ni en el estío
ni en las hermosas mañanas de mayo, experimentó él una alegría tan grande en su corazón, como la que le hizo sentir el tacto de la mano de aquélla
a quien deseaba como esposa. Así pensaban muchos guerreros. «¡Ah! quien pudiera caminar a su lado y reposar junto a ella, como veo que él lo
hace; todo mi odio se acabaría.» Nunca guerrero alguno había servido a tan hermosa princesa. Todos los que habían llegado de los dominios de otros
reyes admiraban en el salón a uno y otro. Permitieron a la joven que abrazara al hombre esforzado; en toda la vida le había sucedido nada más dulce.
[…]

Canto VI: De cómo Gunter fue a Islandia para ver a Brunequilda


Al otro lado del mar, tenía sus estados una reina que en ninguna parte se le podía hallar otra semejante. Era excesivamente bella y de poderosa
fuerza. Esgrimía la lanza contra los fogosos héroes que venían a solicitar su amor. Arrojaba la piedra a gran distancia y rebotaba hasta muy lejos.
Todo aquél que deseara su amor debía sufrir tres pruebas sin quedar derrotado en ninguna por aquella mujer de poder tan grande; si en una sola
quedaba vencido, cortábanle la cabeza. La joven lo había hecho ya varias veces. El caballero lo supo en las orillas del Rhin; estaba convencido de ello
y por esta razón su alma se inclinaba sin cesar hacia la hermosa joven. Muchos guerreros perdieron después la vida.
Un día Gunter y sus hombres se hallaban sentados reflexionando, y buscando de todos modos, cuál sería la mujer que su señor pudiera tomar, que
le conviniera por esposa y que conviniera al país. El rey del Rhin habló de este modo: —Quiero atravesar el mar para ir al encuentro de Brunequilda;
nada me importa lo que me pueda suceder. Quiero exponer mi vida por su amor, si no la consigo por esposa.
“El cantar de los Nibelungos”
La trágica historia del tesoro de Andvari perdura en dos versiones famosas. Ya consideraremos una de ellas, la Völsunga Saga, escrita en Noruega o
Islandia a mediados del siglo XIII; ahora consideraremos la otra, el Nibelungenlied, Cantar de los Nibelungos, escrito en Austria a principios del mismo
siglo. […] Como en los poemas homéricos los versos iniciales anuncian el tema general de la obra:
Uns ist in alten maeren / wunders vil geseit Las viejas historias nos cuentan muchas maravillas
von heleden lobebaeren, / von grosser arebeit, de héroes admirables, de grandes trabajos,
von frouden, hochgeziten, / von weinen und von klagen. de alegrías, de fiestas, de llantos y de quejas;
von kuener recken striten / muget ir nu wunder hoeren sagen. ahora escucharéis prodigios de los combates de arrojados guerreros.
Kriemhild, hermana de tres reyes, Gunther, Gernot y Giselher, es la más hermosa de las doncellas y vive en la ciudad de Worms, sobre el Rhin. Sueña
que dos águilas destrozan a su halcón favorito; su madre interpreta que el halcón es símbolo de un hombre a quien Kriemhild va a tener y a perder.
Sigfrid, el más valiente de los caballeros, hijo de un noble rey de los Países Bajos, ha ganado el tesoro de los Nibelungos, la espada Balmung y la
Tarnkappe, capa que hace invisible a quien la lleva; nuevas le llegan de la hermosura de Kriemhild y se encamina a Worms, con su séquito. Un año
pasa Sigfrid sin ver a Kriemhild, hasta que un día, al volver de una guerra victoriosa en que ha sometido a dos reyes, hay una fiesta en el palacio y el
héroe y la doncella se ven:

Sam der liebte, mane / vor den sternen stat. Como la clara luna que, al surgir de las nubes,
der sein so luterliche / ab den wolken gat, borra la luz de las estrellas,
dem stuont si nu geliche / vor maneger frouwen guot. así estaba Krimhild entre las mujeres,
des wart da wol gehoehet / den zieren heleden der muot. alegrando el corazón de los guerreros.
El héroe, al ver a Kriemhild, queda tan embelesado, que parece una figura dibujada en pergamino por la destreza de un maestro.
Gunther ofrece a Sigfrid la mano de Kriemhild, a condición de que éste lo ayude a conquistar a Brünhild, reina de Islandia que somete a sus
pretendientes a difíciles pruebas. Al cabo de doce días de navegación, Sigfrid y Gunther arriban al castillo de Isenstein. Invisible por obra de la
Tarnkappe, Sigfrid ejecuta las proezas que el rey simula hacer, por medio de gestos. Brünhild arroja una piedra que siete hombres no podrían
levantar, y salta más allá de la piedra. Sigfrid arroja el proyectil aún más lejos y luego salta, llevando en sus brazos a Gunther. Brünhild se confiesa
vencida.
Son tantos los vasallos que acuden al castillo de Isenstein para dar plácemes a la reina por su próxima boda, que Hagen, uno de los caballeros de
Gunther, teme una traición. Sigfrid, entonces, busca refuerzos en el país de los Nibelungos, del cual es rey.
En la Edda Mayor, donde los Nibelungos son los Niflungar, se habla muchas veces de Niflheim, Tierra de la Niebla, Tierra de los Muertos; los
Nibelungos son acaso los muertos y quienes logran su tesoro están condenados a unirse, un día, a ellos. Asi interpreta Wagner el mito; quienes
conquistan el tesoro se convierten en Nibelungos. Un día y una noche bastan a Sigfrid para llegar a ese país, que otros no hubieran alcanzado en cien
noches; vuelve de allí con mil guerreros que asombran a los súbditos de Brünhild.
En Worms, las dos bodas se celebran el mismo día. La indómita Brünhild rechaza el amor de Gunther; éste, para conquistarla, debe de nuevo recurrir
a Sigfrid y a su Tarnkappe. Sigfrid guarda de la aventura un anillo de Brünhild, que luego, para su mal, regala a su esposa, refiriéndole lo acaecido.
Sigfrid lleva a Kriemhild a su país. Al cabo de diez años regresan; Brünhild y Kriemhild disputan sobre quién entrará primero en la catedral; Kriemhild,
airada, revela a la reina que fue Sigfrid quien verdaderamente la conquistó y confirma sus palabras con el anillo. Brünhild, para vengarse del engaño
y del desdén de Sigfrid, decide que éste debe morir.
Hagen se encarga de la muerte del héroe. Este era invulnerable, por haberse bañado en la caliente sangre del dragón, que mojó y fortaleció todo su
cuerpo, salvo un lugar entre los hombros, donde había caído una hoja de tilo. Poco después hay una cacería; Sigfrid mata un jabalí, un león, un
bisonte, cuatro toros y un oso; al inclinarse a beber en un arroyo, Hagen lo apuñala entre los hombros. Sigfrid, antes de morir, derriba a Hagen;
luego, «el hombre de Kriemhild cae sobre las flores» (Do viel in die bluomen der Kriemhilde man). Kriemhild iba todos los días a la primera misa;
Hagen deposita en la puerta el cadáver ensangrentado, para que ella lo encuentre al amanecer. Tres días y tres noches vela a Sigfrid la inconsolable
Kriemhild. Cuando lo llevan al sepulcro, hace abrir el ataúd y lo besa.
Gernot y Giselher entregan el tesoro a Kriemhild. Para granjearse la voluntad de la gente, ella comienza a repartirlo entre pobres y ricos. El tesoro
de los Nibelungos es de tal suerte que no puede agotarse ni disminuirse; aunque se comprara el mundo entero con él, no faltaría, después una sola
moneda. Hagen, temeroso de que Kriemhild logre muchos vasallos, se apodera del tesoro y, de acuerdo con Gunther, lo hunde en el Rhin. Así termina
la primera parte del Cantar.
Trece años después, el margrave Rüdiger llega a Worms y pide la mano de Kriemhild para su señor el rey de los hunos, Etzel (Atila). Kriemhild acepta,
con el propósíto de vengar la muerte de Sigfrid. Emprende el largo viafe a Etzelnburg; se casa con el rey de los hunos y le da un hijo, Ortlieb. Otrns
trece años pasan y Kriemhild invita a sus hermanos a Etzelnburg. Hagen procura disuadirlos, pero éstos se empeñan en ir. Atraviesan el Danubio;
una sirena, Sigelind, profetiza que, salvo el capellán del rey, todos perecerán. Hagen, para desmentir la profecía, arroja al capellán por la borda. Este
se salva. Hagen acepta el inevitable destino y, cuando tocan la otra margen, rompe la nave. En Etzelnburg, Kriemhild pregunta a Hagen si ha traído
el tesoro; Hagen responde que ha traído su escudo y su espada. Mil guerreros han acompañado a Gunther y a Hagen; miles de hunos ponen cerco a
la casa en que están alojados. Todo el día combaten; los sitiadores, esa noche, prenden fuego a la casa. Los guerreros, atormentados por la sed,
beben la sangre de los muertos. Kriemhild ofrece llenar de oro rojo el escudo de quien le traiga la cabeza de Hagen. La batalla prosigue; de los sitiados
sólo quedan, al fin, Gunther y Hagen. (Esta escena no carece de afinidad con el fragmento de Finnsburh.) Los acomete Dietrich von Berne (Teodorico
de Verona), los vence y los entrega atados a Kriemhüil. Hagen dice que no revelará el lugar del tesoro mientras viva su rey; Kriemhild hace matar a
Gunther. Hagen le dice: «Sólo Dios y yo sabemos ahora el lugar del tesoro» (den scaz den weiss nu niemen wan got unde min) Kriemhild le corta la
cabeza con la espada de Sigfrid; Hildebrand, uno de los caballeros de Dietrich, la mata, horrorizado.
El poema se cierra con esta estrofa:

I'ne kan iu niht bescheiden / was sider da geschach: No puedo referir qué pasó después.
wan ritter unde vrouwen / wein man da sach, Caballeros, mujeres y nobles escuderos lloraron
dar zuo die edeln knehte, / ir lieben friunde tot, a sus queridos amigos muertos.
hie hat das maere eín ende: / das ist der Nibelunge not. Aquí la historía tiene fin: éste es el Pesar de los Nibelungos.
Treinta y nueve cantos que llevan el nombre de aventuras (aventiuren) forman el Nibelungenlied. Se cree que el autor fue un juglar austríaco; dos
nombres de ciudades imaginarias, Zazamanc y Azagouc, que figuran en el poema, parecen tomadas del Parzival de Wolfram von Eschenbach, obra
de principios del siglo XIII. Cada estrofa consta de cuatro versos largos (langzeilen); las rimas son pareadas; hay, a veces, rima interior. […]
La primera mitad del Nibelungenlied es acaso inferior a la parte correlativa de la Völsunga; la Tarnkappe no es una invención muy afortunada. No
así la segunda mitad, dominada por la titánica figura de Hagen. Este guerrero, Hagen von Tronege, en algunos textos, Hagen de Troya, encarna la
lealtad germánica que, según observa Otto Jiriczek (Deutsche Heldensage), «no era incompatible con el crimen y la traición, con el engaño y el
perjurio, porque los antiguos germanos no concebían la lealtad como una abstracta y universal ley ética, sino más bien como una relación legal y
personal». Hagen es leal a su señor, de cuya fama es celoso; esa lealtad le permite engañar a Kriemhild y asesinar a Sigfrid, sin desmedro de su honor.
Hagen no espera que el destino sea piadoso con él; las leyes que rigen su mundo son tan duras como los hombres.
Gudrun venga la muerte de los hermanos; Kriemhild, la del marido. En la última, el vínculo cristiano del matrimonio es más fuerte que el antiguo
vínculo pagano de la sangre. Puede dolernos que el juglar del Nibelungenlied haya suprimido o atenuado lo maravilloso; pensemos que, al obrar así,
ayudó a construir el camino que va del cuento de hadas a la novela.
En J. L. Borges, Literaturas germánicas medievales