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Los orígenes de la historiografía profesional en el siglo XIX

La historia y los historiadores desde fines del XIX. Instituciones, enfoques y problemas

El interés de los hombres por conocer y comprender su pasado ha sido siempre tan intenso que
difícilmente una historia de la historiografía pudiera sintetizarse en unas pocas páginas; por el
contrario, necesitaríamos una vasta biblioteca para dar cuenta de todas las formas en que fue
concebida la historia. El objetivo de las líneas que siguen es más modesto: dar cuenta de
algunas de las experiencias más significativas de la historiografía occidental del último siglo y
medio, atendiendo particularmente a aquellas que han tenido mayor impacto en la Argentina.
La influencia de la historiografía francesa es sin duda de las más destacadas, por ello se notará
que ocupa un espacio importante.

Creímos conveniente comenzar en el siglo XIX, porque allí se configura un paradigma


historiográfico que fue dominante durante gran parte del siglo XX y contra el cual se van a
levantar los movimientos renovadores. Hemos tratado de tramar esta historia en un tejido que
incluya la historia de la historiografía en procesos de cambios sociales y políticos significativos
y globales, ya que la historiografía no es autónoma respecto del medio y el contexto en el que
transcurre su desarrollo. Por el contrario, la forma en que los hombres visualizan su pasado
forma parte de los problemas de su presente.

Finalmente, un pequeño comentario. La reflexión sobre el pasado no es monopolio de los


historiadores profesionales, sino que hay innumerables registros que bucean en la historia
para dar algún tipo de interpretación: el documental o la ficción televisiva, el ensayo libre, la
investigación periodística, la biografía literaria, la novela histórica, la memoria personal o
grupal, etcétera. En estas líneas nos proponemos analizar exclusivamente aquellas líneas
historiográficas académicas, es decir, aquellas que se ajustan a ciertas reglas de producción y
crítica propias de la investigación científica, lo cual no desmerece ni cuestiona otros formatos.

Estado y nación en el surgimiento de la historiografía profesional

A lo largo del siglo XIX, pero sobre todo a partir de la segunda mitad de esa
centuria, coincidieron una serie de procesos que, relacionados entre sí,
contribuyeron a definir las características dominantes de la historiografía
académica hasta, al menos, mediados del siglo XX. Tales procesos, que con
algunas diferencias temporales y especificidades nacionales se desarrollaron
tanto en Europa como en América, estuvieron vinculados a la conformación
del Estado-nación, la construcción de identidades nacionales y la
profesionalización de la disciplina histórica.

La conformación de Estados nacionales que sustituyeron a las comunidades


políticas articuladas en torno a un principio de legitimidad real, interpelaba a
grupos sociales diversos en su nueva condición de ciudadanos, esto es,
miembros de una misma comunidad política integrada por el concepto de
nación. Así, se podía invocar a una nación alemana, francesa, italiana o
argentina, que sustituía identidades previas agrupadas en torno a principios
territoriales (lo local, regional o provincial), sociales, religiosos o étnicos,
entre otros.

Por ejemplo, en el caso de la Argentina la frase con la que inicia el Preámbulo


de la Constitución Nacional: "Nos los representantes del pueblo de la Nación
Argentina...", transforma a los constituyentes en representantes de la nación
y no de las provincias por las que habían sido elegidos.

Sin embargo, tal invocación no supone pensar que los habitantes de esos
nuevos Estados se transformaron inmediatamente en franceses, alemanes,
italianos o argentinos. Dichas identidades serían resultado de otros procesos,
más lentos y complejos, destinados a la construcción de lo queBenedict
Anderson denominó "comunidades imaginadas"1. Las naciones incluyen a
individuos que difícilmente conocerán a quienes consideran sus compatriotas
y menos aún a aquellos

compatriotas que murieron mucho antes de que ellos nacieran. Sin embargo, dice Anderson:
"en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión".

Responder a la pregunta sobre cómo se elaboró esa idea de comunión, es uno de los temas
que interesaron a los historiadores en los últimos años. Uno de los esfuerzos más notables en
esta dirección lo representa la fórmula que eligió Eugène Weber para describir la transición de
los sectores populares en Francia de "campesinos a franceses"2. Los distintos Estados operaron
de diversas formas sobre la sociedad para construir identidades nacionales, incluyendo la
"invención de tradiciones" que dieran cuenta de la existencia de las mismas tanto en el
presente como en el pasado3. Al mismo tiempo que se constituía en una cuestión central la
difusión social de dichas tradiciones cuyo objetivo era promover un sentimiento de
nacionalidad que reemplazara o desplazara identidades previamente constituidas, a través de
la escuela, la prensa y la incorporación al ejército, que interpelaba a los ciudadanos como
patriotas4.

Por su parte, los historiadores cumplieron un rol central tanto en lo que se refiere a la
elaboración de relatos que dieran cuenta de la preexistencia de los Estados nacionales en el
pasado como en lo relativo a la difusión de la historia entre los ciudadanos. Por lo tanto,
contribuyeron a la gobernabilidad integrando a los individuos sobre la base de un sentimiento
de pertenencia y legitimando el orden político vigente y la supremacía del Estado.

Para que los historiadores pudiesen realizar esta tarea en calidad de expertos, fue preciso
diferenciar la historia de otros relatos sobre el pasado, especialmente de la literatura y la
filosofía. Es decir, de relatos que por apelar a la ficcionalización del pasado o por su
trascendencia respecto de los hechos no contribuyeran a organizar el pasado en torno a un
principio de verdad o no dieran cuenta de la especificidad nacional. Así se inició un proceso de
profesionalización de la disciplina histórica que implicó su institucionalización y la atribución
de un status científico a través de un método que se correspondía con los cánones de
cientificidad propios de las ciencias fisiconaturales, para entonces consideradas las ciencias por
excelencia, según las convicciones difundidas por el positivismo.

El rol del Estado fue central en tanto proveyó los recursos materiales y simbólicos para que la
tarea de los historiadores fuera llevada a cabo.

En primer lugar, la organización de los archivos y bibliotecas permitió a los historiadores


acceder a una documentación que se constituía en fuente indispensable para la investigación.
De ese modo, los papeles en manos privadas pasaron al ámbito público y pudieron ser
consultados en salas de lectura habilitadas para ese fin.
En segundo lugar, las universidades sirvieron de base institucional y fuente de legitimidad a los
historiadores, además de un medio para vivir del ejercicio de la profesión. Por otra parte, en
ellas se formó el personal que se dedicaría tanto a la investigación como a la difusión de la
historia en los diversos niveles de enseñanza y entre públicos más amplios a través de la
publicación de libros y manuales.
En tercer lugar, el Estado procuró los recursos para la edición de fuentes que recogían la
documentación disponible para diversos períodos históricos, realizando previamente un
análisis crítico de las fuentes y su catalogación. El modelo de estas publicaciones fue la
Monumentae Germaniae historicae. En esa misma línea, Boeckh realizó para la Academia de
Berlín la publicación de las inscripciones de la Grecia antigua; Mommsen el Corpus
Inscriptionum Latinarum; la Academia de Ciencias de Viena el Corpus de los escritores
eclesiásticos; en España la Academia de la Historia de Madrid editó el Memorial histórico
español y la Colección de documentos inéditos; en Inglaterra se publicaron los Calendars of
state papers y, en Francia, el Comité de Trabajos Históricos(1834) inició la publicación de
los Documentos Inéditos de la Historia de Francia5.

En este medio, comenzó a desmontarse un terreno y a trazarse una frontera frente a otros
discursos sobre el pasado, en la que el manejo del método, la objetividad y un estilo de
escritura se transformaron en criterios de autoridad para comenzar a definir las líneas de un
espacio propio: el de los historiadores profesionales6.
1
Anderson, B., Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del
nacionalismo, México, FCE, 1993 [1ra. ed. 1983]
2
Ver Weber, E., Peasants into frechmen: The Modernization of Rural France, 1870-1914,
Stanford, Stanford University Press, 1976.
3
Hobsbawm, E. y T. Ranger, The invention of Tradition, Cambridge/New York, Cambridge
University Press, 1982.
4
Sobre el rol de la escuela en estos procesos ver el clásico estudio de Vilar, P., "Enseñanza
primaria y cultura popular en Francia durante la tercera república" [1966], en L. Bergeron
(ed.),Niveles de cultura y grupos sociales, México, siglo XXI, pp. 274-284.
5
Carbonell, Charles-Olivier, La historiografía, México, FCE, 1986, pp. 115-116. [1ra ed. 1981]
6
Freidson, Elliot, Professional powers: A study of Institucionalization of formal knowledge,
University of Chicago Press, Chicago y Londres, 1986.
El recurso del método

A comienzos del siglo XIX, Alemania ofrecía a Europa el modelo de una organización
institucional de la historia erudita que comprometía al Estado y a los historiadores en una
unión que tenía su centro en los prestigiosos centros intelectuales de Munich, Berlín, Gotinga,
Bonn y Heidelberg. Entre los historiadores universitarios de aquella
generación: Mommsem, Curtius,Droysen, Gervinus y Nieburh, se destaca Leopold Von Ranke,
por su imagen de historiador erudito e infatigable investigador de archivos europeos y por ser
quien tendría mayor influencia en el desarrollo de la historiografía positivista en Occidente. El
autor de la Historia de Alemania en la época de la reforma, de 1839, fue el responsable del
sistema de seminarios como instancia de formación en la investigación para los estudiantes;
fue también quien transformó la nota a pie de página en un medio que reflejaba erudición,
crítica de fuentes y prueba de aquello que se afirmaba en el texto1.

Al mismo tiempo, afirmaba una historia centrada no ya en el establecimiento de leyes o causas


generales que explicaran los acontecimientos y le otorgaran sentido a la historia universal "a la
manera de Hegel, Bossuet o Comte", sino que pretendía establecer cómo se produjeron los
hechos, fundamentalmente aquellos relativos a la historia política, diplomática y
administrativa. Una historia desde y del Estado o, más ampliamente, del poder y de los
hombres involucrados en él.

Para ello era preciso establecer un método científico para el tratamiento de los documentos,
detrás de los cuales el historiador se constituiría en un sujeto oculto y complaciente a sus
designios. Ello era así porque los documentos eran vistos como fuentes transparentes de la
realidad que reflejaban y a la que, por su intermedio, era posible acceder de manera directa.

Disciplinas como la filología y la paleografía ofrecían técnicas rigurosas para el análisis crítico
de las fuentes y dotaban a la historia de un modelo de objetividad científica que remedaba el
utilizado por las ciencias físiconaturales. Contribuía a ese fin el privilegio otorgado a los
documentos públicos por sobre los escritos privados, como las cartas personales. Mientras que
se excluían otras fuentes, no escritas, como los restos arqueológicos o las imágenes.

El primer paso a recorrer por el historiador era la crítica interna de los documentos para
establecer su originalidad, autenticidad, la autoridad de los firmantes, el lugar y la fecha
precisa en que fueron confeccionados. Posteriormente, se realizaba la crítica interna, que
consistía en el análisis del contenido y de la correcta interpretación de lo que quiso decir el
autor, incluyendo una reflexión sobre sus intenciones. Para, finalmente, pasar a la etapa de
síntesis o de construcción histórica que consistía en aislar y jerarquizar los hechos particulares
para luego establecer las conexiones causales entre ellos.

Ese ideal de investigación científica basada en una investigación exhaustiva de fuentes


documentales sería posible de realizar una vez que se hubieran recopilado todos los
documentos existentes sobre un tema o un acontecimiento particular, ese era el cimiento
sobre el que se elevaría el edificio de la historia. Lo que significaba que la verdad histórica, una
vez establecida, no dependía de las diversas interpretaciones que los historiadores podían
formular sobre un mismo documento, sino que sólo podría ser reformulada una vez que se
hallara un documento hasta ese momento no considerado o que se demostraran errores
cometidos en la etapa del análisis crítico de las fuentes.

Así formulaba Fustel de Coulange ese ideal científico que eliminaba los preconceptos, en
laMonarquía Franca, de 1888:

"Introducir las propias ideas personales en el estudio de los textos, es el método subjetivo[...].
Pensar así es equivocarse mucho en cuanto a la naturaleza de la historia. La historia no es un
arte, es ciencia pura. No consiste en contar de manera agradable o en disertar con
profundidad. Consiste como todas las ciencias en comprobar los hechos, en analizarlos, en
compararlos, en señalar entre ellos un lazo."2

Ese modelo de historia científica, tan equidistante de la filosofía como de la literatura como
homologable a la entomología como lo quería Taine, fue estabilizado por Langlois y
Siegnobosen su manual sobre las reglas del método Introduction aux études historiques, de
1898, de notable difusión en Occidente y sobre todo en América latina en el siglo XX.
1
Ver Grafton, Anthony, Los orígenes trágicos de la erudición, FCE, Bs. As., 1998
2
Citado por Carbonell, Charles-Olivier, en cit., pp. 121-122.

Una historia para la nación

Aquellos documentos recopilados y el método estabilizado conformarían un consenso sobre la


base del cual sería posible elaborar las historias nacionales, pretendidamente objetivas,
científicas y patrióticas, que legitimarían a los Estados nacionales en un pasado colectivo, a
pesar de la crítica que en su momento formuló John Acton contra la expectativa de acceder a
una versión incontrovertible del pasado, como sostenía Leopold Von Ranke1.

La Francia del último cuarto del siglo XIX fue afectada por el prestigio intelectual alemán y por
la derrota y ocupación que sufre por parte del ejército prusiano. De ese modo, la influencia
alemana fue decisiva en el modelo más acabado de una historiografía que se propusiera
desarrollar esos objetivos. No sólo en lo que se refiere a la erudición histórica sino también en
el aspecto político.

Los historiadores franceses de la Tercera República tomaron a Alemania como modelo, pero a
la vez era contra ella que estaba dirigido el patriotismo que se proponían impulsar entre los
ciudadanos, como prolegómeno de un eventual nuevo enfrentamiento que, además de la
recuperación de Alsacia y Lorena, permitiera restaurar el honor de la nación que había sido
derrotada en la guerra francoprusiana (1870).

En ese sentido, los historiadores que se nuclearon en la Révue Historique (1876), impulsada
por Gabriel Monod, asumieron un compromiso científico y patriótico que se identificaba con
los ideales liberales de la Tercera República Francesa, cuyos orígenes se remontaban a la
Revolución de 1789. En esa publicación, dedicada a difundir investigaciones eruditas y
originales, confluyeron Taine, Fustel de Coulange y Renan, junto a los más jóvenes
historiadores: Seignobos, Lavisse, Sarnac yLanglois, entre otros. Todos ellos instalados en los
principales centros de enseñanza de Francia: la Sorbonne, la Escuela Práctica de Altos Estudios
y la Escuela de Chartres. Figuras e instituciones historiográficas dominantes en Francia hasta,
por los menos, la Segunda Guerra Mundial.
Fue Lavisse el que más fielmente expresó el nuevo rumbo, tanto por su disposición a utilizar la
historia en beneficio de una pedagogía nacional como por ser el responsable de la ejecución de
la Historia de Francia, una monumental historia colectiva cuya primera parte se publicó, en 9
tomos, entre 1903 y 19112.
Si la Revolución era el origen mítico de la República, los orígenes de Francia se remontaban en
la historia de dirigida por Lavisse a un pasado aún más lejano que transformaba al jefe galo
derrotado por Julio César, Vercengitorix, en un héroe nacional, y encontraba en el rey franco
Clodoveo los inicios remotos del Estado. A partir de allí, la historia avanzaba linealmente a
través de reinados, traiciones y guerras, hasta la Revolución. Origen mítico de una nación que
era anterior no sólo al Estado sino a la propia Francia y a los franceses como comunidad
política y lingüística.

En el caso de la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX, no existían las mismas condiciones
institucionales que las gozadas por los historiadores europeos, pero sí un criterio histórico en
gran parte heredado de Francia y necesidades más o menos similares. A partir de Caseros,
pero sobre todo después de Pavón, el poder que surgía de los restos de la Confederación
Argentina liderada por Justo José de Urquiza retornaba una vez más a Buenos Aires. Pero los
problemas que habían provocado medio siglo de conflictos seguían vigentes, aunque en
nuevas condiciones favorecidas por la inserción del litoral y la campaña pampeana en el
mercado mundial3.

En este contexto, el proceso de construcción del Estado nacional, junto a los aspectos políticos
e institucionales que involucraba, requería de un pasado que legitimara la supremacía de la
nación sobre las provincias. Fue Bartolomé Mitre, que concilió sus condiciones de hombre de
estado e historiador, el responsable de elaborar una historia en la que se daba cuenta de los
orígenes de la nación argentina, que a su vez se identificaba con la propia Buenos Aires.

En aquella historia, que se concretaba en su forma definitiva en la Historia de Belgrano y de la


independencia argentina (1876-77), los orígenes de la nación se remontaban al proceso de
conquista y colonización del Río de la Plata. La escasa mano de obra, la ausencia de riquezas
naturales y el poblamiento por parte de españoles que carecían de títulos de nobleza fueron
factores que, combinados, promovieron un tipo de sociabilidad naturalmente igualitaria y
democrática que sería el rasgo distintivo de una nacionalidad de cuya existencia se tomaría
plena conciencia durante las invasiones inglesas de 1806-1807 y la Revolución de Mayo. A
partir de allí, las guerras civiles serían el costo necesario que la nación debía pagar en su
evolución para conciliar la democracia orgánica, expresada por Buenos Aires, y el sentimiento
propio de una democracia inorgánica que impulsaba a las masas del interior liderada por los
caudillos.
La imposición de esa historia supuso el desplazamiento de las historias provinciales a un lugar
subordinado respecto de aquella trama centrada en la experiencia de Buenos Aires. Esta
historia consensuada predominó en las instituciones académicas hasta por lo menos los años
60 del siglo XX, y en los manuales escolares hasta fines de la década de 1980. Ni siquiera la
famosa polémica que Bartolomé Mitre entabló con Vicente Fidel López entre 1881 y 1882
alteró ese acuerdo interpretativo. Dicho debate se centró más en la valoración de los
documentos y, fundamentalmente, en el uso por parte de López de recuerdos y confidencias
familiares que contrastaba con el uso de fuentes con métodos más acordes a los criterios
metodológicos europeos que propiciaba Mitre4.

Para el momento en que este debate se produce, los problemas de los que debía dar cuenta la
historia eran diversos. Ya no se trataba de la amenaza que significaban las autonomías
provinciales y los caudillos, sino la que despertaba en las elites porteñas el proceso de la
inmigración masiva. Tal amenaza va a alentar una interpretación biologicista de la
nacionalidad, presente en José María Ramos Mejía, que encuentra su máxima expresión en
Nuestra América (1903), de Carlos O. Bunge.

En ese momento, la historia comenzará a ser fruto de un uso destinado a transformar esa
sociedad cosmopolita en una comunidad homogeneizada por el sentimiento de pertenencia a
una nación. Para esa tarea, la escuela, las fiestas patrias y los monumentos serán los lugares
para el despliegue por parte del Estado de una memoria colectiva que se tornará aún más
necesaria cuando, a comienzos del siglo XX, ya no sólo el sentimiento nacional sino también la
integridad del Estado y el orden social se percibían amenazados por la conflictividad social5.

En esta primera década del siglo XX, mientras libros como La Restauración Nacionalista (1909),
de Ricardo Rojas, recomendaban la enseñanza de la historia y la lengua para resolver dicho
problema y comenzaba a diseñarse la pedagogía patria desde el Departamento Nacional de
Educación, un grupo de jóvenes historiadores reunidos en la Sección de Historia de la Facultad
de Filosofía y Letras de Buenos Aires daban origen a la autodenominada "nueva escuela
histórica".

Ellos fueron quienes impulsaron un modelo de profesionalización asentado en instituciones


académicas. También quienes iniciaron una etapa sistemática de recolección y edición de
fuentes documentales y quienes, a partir de la década de 1920, ocuparon los puestos más
relevantes en universidades, el Instituto del Profesorado, archivos y bibliotecas, además de ser
fuentes de consulta permanente para el Estado que, a su vez, les proporcionaba los recursos
materiales para desarrollar su trabajo6.

Sin embargo, su tarea respecto de la renovación de la historiografía argentina fue, en el


aspecto interpretativo y metodológico, menos relevante que lo anunciado. En cambio, puede
señalarse que, en su caso, el fortalecimiento de los lazos con el Estado y el poder político fue
paralelo a un distanciamiento con respecto a las necesidades, intereses y expectativas de una
sociedad que comenzaría a buscar respuestas a sus problemas en el pasado por medio de
otros historiadores, tal como se revela a partir de la década de 1930 con el revisionismo
histórico.
1
Acton, John, "Inaugural lecture in the Study of History" (1895), en John Acton, Essays on
freedom and power, Meridian Books, Nueva York, 1960.
1
Ver Nora, Pierre: "L' Histoire de France de Lavisse", en Pierre Nora (dir.) Les lieux de mémoire,
T. II, París, Gallimard, 1986, pp. 317-375.
3
Chiaramonte, J.C., "La cuestión regional en el proceso de gestación del Estado nacional
argentino. Algunos problemas de interpretación" (1983), en W. Ansaldi y J. L. Moreno, Estado y
sociedad en el pensamiento nacional, Bs. As., Cántaro, 1989.
4
Cattaruzza, M. A. y A. Eujanian, Políticas de la Historia. Argentina 1860-1960, Bs. As., Alianza,
2003.
5
Bertoni, Lilia Ana, Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas. La construcción de la nacionalidad
argentina a fines del siglo XIX, Bs. As., FCE, 2001.
6
Eujanian, A. y Cattaruzza, M.A., cit.; Devoto, F. (comp.), La historia de la historiografía
argentina en el siglo XX, I, Bs. As., CEAL, 1993.

La historiografía de entreguerras

Entre la «nueva escuela histórica» y el revisionismo argentino

Desde el Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras (hoy


Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani") y la Junta de Historia y
Numismática Americana (hoy Academia Nacional de la Historia), Emilio Ravignani y Ricardo
Levene, respectivamente, encabezaron en la Argentina las instituciones rectoras de los
estudios históricos durante las décadas siguientes, junto a Luis María Torres, Diego L. Molinari
y Rómulo Carbia1. Representaron en el país un esfuerzo similar al que desde el siglo XIX venían
desarrollando los historiadores en Europa y Estados Unidos. Creación de instituciones
académicas destinadas a la formación e investigación, edición de fuentes documentales con
fondos públicos, organización de archivos, publicación de revistas especializadas, participación
en comisiones estatales vinculadas a la preservación de la memoria histórica y afianzamiento
de la historiografía científica en los procedimientos metodológicos dispuestos por el manual de
Langlois y Seignobos2.

Al mismo tiempo elaboraron una historia predominantemente política cuya máxima expresión
fue la Historia Constitucional de la República Argentina (1927) de Emilio Ravignani. En cambio,
la historia económica tuvo un lugar excepcional aún en la obra de quienes la exploraron. Ese es
el caso de un libro notable, Estudio sobre las guerras civiles en la Argentina (1912), de Juan
Álvarez, y de las Investigaciones acerca de la historia económica del Virreynato del Río de la
Plata (1927-1928), de Ricardo Levene.

Al mismo tiempo, el propio Levene fue el impulsor de una historia patriótica que se
identificaba en sus fines con los del Estado. Coincidencia de objetivos que cristaliza en la
década de 1930 en la Historia de la Nación Argentina (1936), prologada por el presidente
Agustín P. Justo, y en la creación en 1938 de la Academia Nacional de la Historia que también
tuvo a Justo como presidente honorario.

Es contra esta historia, que acusarán de "falsificada", contra la cual reaccionó el "revisionismo
histórico", cuyos integrantes navegaban entre la desilusión por el fracaso del proyecto
nacionalista autoritario de Uriburu y la condena al colonialismo tras la firma del tratado Roca-
Runciman con Inglaterra, como lo expresa el libro de Julio y Rodolfo Irazusta La Argentina y el
imperialismo británico (1934). En 1938 fundaron el Instituto de Investigaciones Históricas
"Juan Manuel de Rosas". Bastante menos marginales respecto del campo cultural argentino de
lo que pretendían, entre sus miembros contaron con intelectuales nacionalistas de
orientaciones tan diversas como Manuel Gálvez, Carlos Ibarguren, los hermanos Irazusta,
Alfredo Palacios, Ramón Doll y José María Rosa, entre otros3.

Promovieron la revisión del pasado argentino en términos ético-políticos y excesivamente


acotada al período de Rosas a través del Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas
"Brigadier Juan Manuel de Rosas" y de libros como Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama,
su tiempo (1930) de Carlos Ibarguren; Ensayo sobre Rosas (1936), de Julio Irazusta; Vida de
Don Juan Manuel de Rosas (1940), de Manuel Gálvez; Defensa y pérdida de nuestra soberanía
económica (1941), de José María Rosa. Alternaron esta operación destinada a ofrecer una
versión alternativa del pasado nacional con la condena permanente a la "historia oficial" que,
en sus contenidos esenciales, quedó plasmada en La historia falsificada (1939), de Ernesto
Palacio.

El revisionismo tendrá su mayor difusión en los años 60. En gran parte como resultado de la
apropiación de esa historia por el peronismo proscrito que, cuando estuvo en el poder,
demostró escaso interés por el revisionismo. En cambio, Perón había preferido afirmarse en la
tradición de "Mayo-Caseros" y rehuía cualquier identificación de su política con la llevada a
cabo en su momento por Juan Manuel de Rosas.

Si la confrontación entre la historia "oficial" y la "revisionista" era posible ello se debía a que
ambas estaban tramadas en un relato fundamentalmente político. También, en que ambas se
concebían como representativas del verdadero sentimiento nacional y patriótico. Finalmente,
en que ambas eran igualmente poco receptivas de la renovación que se estaba promoviendo
en la historiografía de entreguerras.

En el caso del revisionismo, ello se debía a que su interés era más explícitamente político y
cultural que historiográfico; en cambio, en el caso de los historiadores profesionales esa
ausencia era más notable si se atiende a los vínculos que mantenían con historiadores e
instituciones europeas e, incluso, con quienes llevarían adelante el proyecto renovador de los
Annales. En efecto, las relaciones con Henri Berr, junto a las visitas de Mathiez y de Febvre, no
tuvieron en ellos ningún impacto reconocible en sus textos historiográficos. Como tampoco la
referencia a Croce. El filósofo idealista italiano que afirmaba que "toda historia es historia
contemporánea" había sido más citado que realmente revisado por los historiadores
argentinos del período.

1a la Junta de Historia y Numismática ver: AA.VV., La junta de Historia Y Numismática


Americana y el movimiento historiográfico en la Argentina (1893-1938), Bs. As., Academia
Nacional de la Historia, 1996.

2cuanto a las revistas, nos referimos al Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas
(1922) y al Boletín de la Junta de Historia y Numismática (1924).

3Sobre el revisionismo, ver: Cattaruzza, M. A., "El revisionismo: itinerarios de cuatro décadas",
en Cattaruzza, M. A. y A. Eujanian, cit.; Halperín Donghi, Tulio, El revisionismo histórico
argentino, Bs. As., Siglo XIX, 1971; Quatrocchi de Woisson, D., Los males de la memoria.
Historia y política en la Argentina, Bs. As., Emecé, 1995; Dossier "el revisionismo histórico
argentino: circulación y difusión", en Prohistoria, N° 8, Rosario, 2004.

La Escuela de Annales

La renovación estuvo encabezada por la revista que fundaron en 1929


Lucien Febvre y Marc Bloch en Francia, mucho más receptiva de los
cambios que se ponen de manifiesto durante la posguerra europea. La
Primera Guerra Mundial impactó en la autoimagen de una Europa que se
había concebido como un modelo de civilización sustentada en la gradual
evolución de las instituciones políticas liberales y en un liberalismo
económico que colapsó en la crisis económica de 1929. Comenzaba allí
ese corto siglo XX, como lo denominó Eric Hobsbawm, que se extendió
entre la primera guerra y la disolución de la URSS en 1989.

El surgimiento de regímenes nacionalistas y autoritarios en Italia y


Alemania, la revolución socialista en Rusia y la crisis mundial que alteró
definitivamente el funcionamiento del mercado mundial tal como se había
estructurado en el siglo XIX, impactaron sobre el presente y, al mismo
tiempo, sembraron de incertidumbres el futuro. Esto llevó a algunos
historiadores a replantear los interrogantes formulados a un pasado que
difícilmente podía ser ya visto como resultado de un proceso evolutivo
sostenido en la idea de un progreso indefinido.

Por otro lado, nuevas disciplinas y teorías en el campo de las ciencias


sociales y fisiconaturales contribuían a modificar los presupuestos
admitidos por los historiadores. Entre otros, tuvieron un gran impacto la
teoría de la relatividad, que modificó las concepciones del tiempo y del
espacio; la psicología freudiana, que introdujo la noción de un sujeto
complejo que posee una vinculación compleja, múltiple y contradictoria
con su propio pasado; la lingüística estructural, que estudió las invariantes
del lenguaje desplazando a la lingüística filolológica; la economía, que
reformuló sus métodos y presupuestos acorde con las necesidades
provocadas por la crisis mundial.

Probablemente El otoño de la Edad Media (1923), de Huizinga,


posteriormente reivindicado como un temprano antecedente de la
historia de las mentalidades, fue el libro que mejor reflejó una nueva
sensibilidad historiográfica. Del mismo modo que Las ciudades de la Edad
Media, de Henri Pirenne, introdujo la historia comparativa como método
para transformar la historia en ciencia.
En este contexto, tres polos confluyeron para explicar la fundación de la
mítica revista Annales. En primer lugar, la geografía humana de Vidal de la
Blanche, que privilegió el análisis de la interacción entre el espacio social y
el medio natural, desestructurando una geografía física que se percibía
como inmutable respecto de la acción del hombre.

En segundo lugar, la sociología de Émile Durkheim que, en 1895, poco


antes que Langlois y Seignobos publicaran su notablemente más modesto
manual para historiadores, publicaba Las reglas del método sociológico.
Más influyente aún fue la crítica que su discípulo Simiand realizó en el
artículo "Méthode historique et science sociale" (1903), polemizando con
Seignobos contra la historiografía erudita a la que acusaba por su
historicismo, por el apego al método filológico y por promover un
empirismo sin sujeto. Para Simiand, la historia debía convertirse en una
ciencia abocándose a la tarea de descubrir regularidades en el pasado y
formular leyes. Sin embargo, la afirmación de que la historia debía
asociarse con el método sociológico concebido como el método científico
por excelencia para el conjunto de las ciencias sociales tendría poca
aceptación entre los historiadores de Annales. Por el contrario, estos
entendían que la unidad de las ciencias sociales se revelaba en la historia y
no en la sociología, porque era en la historia que se manifestaba la unidad
de lo social.

Finalmente, encontraron una base de legitimidad para su acercamiento a


las ciencias sociales y para su combate contra la historia "tradicional",
"événementiel" o "historizante" -como gustaban llamar a aquella historia
contra la cual se levantaban- en el proyecto que llevó a cabo Henri Berr a
través de la Revista de Síntesis histórica, en la que se publicó
originalmente el artículo de Simiand; con la creación del Centro
Internacional de Síntesis, del que también participó Pirenne y en el que
tuvo cabida Lucien Febvre; y con la colección La evolución de la
humanidad, para la que Marc Bloch escribió La sociedad feudal (1939-
1940).
Pero a diferencia de Henri Berr, que se encontraba por fuera de los
ámbitos académicos, Bloch y Febvre, junto a la mayoría de los
colaboradores de Annales, se hallaban fuertemente instalados en ellos,
pasando de la prestigiosa pero periférica Universidad de Estrasburgo (hoy
llamada Universidad Marc Bloch) a las instituciones que se hallaban en el
centro del poder de la historiografía erudita. Febvre ingresó al Collège de
France en 1932, y M. Bloch obtuvo su cátedra en la Sorbona en 19361.

Desde este asentamiento institucional y con un prestigio como


historiadores que precedía a la revista, propusieron una renovación de la
historiografía que superara los límites de una historia política y
diplomática, que se mantenía en el nivel de los acontecimientos y se
identificaba plenamente con la nación y el Estado francés. Opusieron a esa
historia relato una historia problema, una historia que construía su objeto
a partir de interrogantes que surgían del presente, reformulando la
relación del historiador con el pasado. Formulaban con el presente un
compromiso que, en el caso de Bloch, miembro de la Resistencia durante
la ocupación alemana de Francia en la Segunda Guerra, puso de
manifiesto, como señaló Geremek, la unidad de la vida y la obra de un
gran historiador2.

Para responder a estas preguntas la historiografía tradicional no ofrecía un


método ni perspectivas de análisis adecuadas que, en cambio, debieron
buscar en las ciencias sociales. Se abrió así un diálogo fecundo con la
geografía, la sociología y en menor medida con la economía, que se
profundizó en la segunda posguerra con otras disciplinas. Ese diálogo se
hallaba justificado, en primer lugar, porque como señalaba Febvre, la
historia es social por definición y, en segundo lugar, porque según Bloch,
una ciencia no representa más que un fragmento del movimiento social
hacia el conocimiento. Por lo tanto, la unidad de las ciencias sociales no
era más que un resultado de la unidad misma de lo social en la historia.
Lo social era así entendido en términos sociológicos como un sistema de
relaciones interdependientes en el que intervienen diversos factores:
geográficos, económicos, demográficos, culturales, sociales, etc., y una vía
de entrada a una historia total de las sociedades en el tiempo. Pero a
diferencia de la sociología, no se percibían dichas relaciones en el marco
de una sociedad estática, sino que se privilegiaban los cambios que
sucedían en una temporalidad propiamente histórica.

Al mismo tiempo, oponían a las abstracciones sociológicas una historia


empírica, concreta y cuya reconstrucción está basada en documentos. De
todos modos, a diferencia de la historiografía erudita, las fuentes
documentales se ampliaron al no quedar ya sujetas exclusivamente a los
escritos públicos que, por otro lado, no eran analizados como reflejos
inertes del pasado ya que consideraban que era el historiador quien, a
través de prácticas interpretativas, le otorga sentido a la fuente,
recuperando así protagonismo en la construcción de su objeto.

La revista Annales, que ha ingresado ya al siglo XXI, tuvo una repercusión


modesta en Francia hasta fines de la Segunda Guerra Mundial, momento
en el que inició su gran expansión, sostenida en una firme inserción
institucional y prestigio internacional. En esos años, aparecería como un
sinónimo de renovación, producto de su capacidad para reinventarse
incluyendo permanentemente nuevos temas, problemas y perspectivas de
análisis.

Sin embargo, se ha criticado su escaso interés por la historia


contemporánea, ya que se concentró básicamente en la historia medieval
y moderna cubriendo una periodización similar a la propuesta por Lavisse
en la Historia de Francia. También se ha cuestionado su escaso interés por
la teoría, que se reduce, como señaló Paul Ricoeur, a reflexiones sobre la
práctica de su oficio3.
Este último aspecto se percibe en un conjunto de textos programáticos
que han tenido una gran repercusión: Apología para la historia (1949), de
Marc Bloch; Combates por la Historia (1953), de Lucien Febvre; y La
Historia y las Ciencias Sociales (1968), de Fernand Braudel. Textos cuya
mayor contribución, como sucedió en el caso de la Argentina, fue haber
servido como armas en la batalla que los historiadores renovadores daban
contra la historiografía tradicional en distintos campos historiográficos
nacionales durante la segunda posguerra.

De todos modos, es innegable que la primera etapa de los Annales


promovió un cambio en la historiografía occidental. Los caracteres
originales de la historia rural francesa (1931), de Marc Bloch, es un libro
fundante de la historia social, del mismo modo que Los Reyes
taumaturgos (1924) lo es respecto de la historia política y de las creencias.
Por su parte, "El problema de la incredulidad en el siglo XIX. La religión de
Rabelais" (1942) y el Martín Lutero (1927), de Lucien Febvre, son textos
imprescindibles en el campo de la historia de las mentalidades y las ideas.
Sin embargo, fue ese mismo espíritu renovador el que va autorizar un
distanciamiento de aquellas fuentes por parte de una segunda generación
de historiadores vinculados con la revista.

1Ver, para una historia de la Escuela de Annales: Burke, La revolución


historiográfica francesa. La Escuela de los Annales: 1929-1989, Gedisa,
Barcelona, 1993. Revel, J., Las construcciones francesas del pasado, Bs.
As., FCE, 2001; Mastrogregori, M., El manuscrito interrumpido de Marc
Bloch, México, FCE, 1998; Hourcade, E. y Gigí Godoy, Marc Bloc. Una
historia viva, Bs., As., CEAL, 1992; Devoto, F., Braudel y la renovación
histórica, Bs. As., CEAL, 1991; Aguirre Rojas, C., Los Annales y la
historiografía francesa, México, Quinto sol, 1996.

2Geremek, B., "Marc Bloch, historiador y resistente", en Annales, año 41,


n°5, set.-oct. De 1986.
3Ricoeur, P., Tiempo y narración, I, Madrid, Cristiandad, 1987.

La historiografía en la posguerra: el imperio de la historia social –

Introducción

La historiografía de la posguerra puede subdividirse en dos etapas con sus condiciones


específicas de acuerdo con las peculiaridades de cada configuración nacional. La
primera se halla vinculada a la reinstalación de las democracias liberales en Europa y al
proceso de reconstrucción económica impulsado por el Plan Marshall, que promovió la
expansión de su economía y un proceso de movilidad social ascendente, a fines de la
década de 1950. La segunda, por el proceso de revolución cultural que afectó a
Occidente y que tuvo su epicentro en las jornadas del "Mayo francés" de 1968.
Referencia de una época de conflictividad social que incluyó acontecimientos como la
revolución cultural china, iniciada en 1966; la matanza de estudiantes mexicanos en
1968 y, el mismo año, la llamada "primavera de Praga"; el nacimiento de los
movimientos insurgentes en América latina y un conjunto de movimientos
contraculturales que suponían una crítica a la sociedad burguesa a escala mundial.

Si en la primera de esas etapas predominó la historia económica con sus métodos de


análisis cuantitativos, la segunda se caracterizó por un giro hacia la historia cultural y la
utilización de registros de análisis de tipo cualitativo.

Ambas etapas se hallaron atravesadas al mismo tiempo por procesos más específicos.
Por un lado, la crisis de la Europa imperial que se puso de manifiesto en los
movimientos de descolonización surgidos en Oriente, Indochina y el norte de África,
entre los que habría que incluir la revolución cubana. Hechos que revelaron ante los
europeos y el mundo las miserias de las políticas coloniales y el surgimiento de nuevos
actores y espacios sociales que amenazaban los presupuestos de una historiografía
predominantemente eurocéntrica.
Por otro lado, la crisis que provocó en el marxismo y los partidos comunistas
occidentales la desilusión que siguió a la breve apertura soviética, cuando se produjo la
invasión de las tropas de la URSS a Hungría (1956) y a Praga (1968). Todos estos
hechos legitimarían la actitud de historiadores ligados al Partido Comunista, ahora
dispuestos a romper con la ortodoxia del marxismo estalinista.

Al mismo tiempo, es un período caracterizado por el crecimiento de los recursos


brindados por el Estado a los historiadores, a lo que se suma la inversión en
investigaciones por parte de fundaciones ligadas a empresas privadas, el aumento de
las cátedras, el crecimiento de la matrícula estudiantil y del público interesado en la
historia, abastecido por libros y revistas especializadas. Esta expansión fue
acompañada por una diversificación de áreas de estudios que se refleja en el
surgimiento de nuevas subdisciplinas, con sus propias preguntas, objetos y métodos.

En estas condiciones, los historiadores lograron superar con éxito la renovada crítica
de los epistemólogos contra el status científico de la historiografía. Nos referimos a los
trabajos de K. Popper, La miseria del historicismo (1944-1945); C. Hempel, La función
de las leyes generales en la historia (1942); Ch. Frankel, Explicación e interpretación en
historia (1957); A. Donogan, La explicación en historia (1967). Una razón del limitado
impacto de estos debates se halla en el escaso interés demostrado por los
historiadores por las polémicas epistemológicas y, en general, por las filosofías de la
historia. Por ejemplo, la noción de Bloch de la historia como ciencia de los hombres a
través del tiempo podía convivir con la de Febvre, que la definía como un estudio
científicamente elaborado, sin provocar diferencias sustantivas entre ellos.

Por otra parte, los viejos y nuevos debates entre quienes entendían que la historia
podía explicar el pasado y quienes se inclinaban a la comprensión, entre quienes
definían la historia como ciencia de lo particular y quienes creían que se podía
generalizar y formular leyes, entre quienes aspiraban a un monismo metodológico y
quienes sostenían el dualismo metodológico, entre otras polémicas que incluyeron la
ubicación de la historia en las ramas literarias definiéndola como un saber precientífico
o como una pseudo ciencia, no contaron con la participación de historiadores salvo en
casos aislados. Quienes participaban de estos debates reflexionaban en un nivel de
generalización en el que difícilmente los historiadores podían reconocerse o,
simplemente, los historiadores no estaban dispuestos a prestar atención a las críticas
que ponían en duda el carácter científico de sus estudios1.
Italia fue escasamente receptiva de estos debates. En parte, porque todavía en la
posguerra era fuerte la tradición del idealismo croceano en la filosofía de la península.
También porque predominaba allí una historiografía política que a pesar de haber
recibido a Annales, sobre todo después del Congreso Internacional de Ciencias
Históricas de Roma en 1955, no había asumido plenamente los presupuestos de la
historia social2.

Algo similar sucede en Francia que, sin embargo, sí contó con historiadores dispuestos
a discutir con críticos estructuralistas del campo francés como Claude Levi-Strauss y
Michel Foucault3. En cambio, parcialmente más receptivos fueron los historiadores
anglosajones, como lo demuestra el libro de I. Berlin Lo inevitable en la historia (1954),
y el surgimiento de publicaciones que tendieron a construir puentes entre la filosofía y
la historia: History and Theory, Journal of the History of Ideas y Philosophy and
Science.

Finalmente, es necesario considerar que en los años en que comenzaban a arreciar


estos debates, los historiadores encontraban en las ciencias sociales y sobre todo en la
prestigiosa ciencia económica una nueva fuente de legitimidad científica.

1Para un análisis de la recepción de estos debates: Cattaruzza, Alejandro,


"Historiadores y epistemólogos ¿un diálogo posible?", ponencia en las IIIras. Jornadas
Interescuelas de historia, Bs. As., 1991, Mimeo; Cornblit, Oscar, "Debates clásicos u
actuales sobre la historia" en Cornblit, O.(comp.), Dilemas del conocimiento histórico:
argumentaciones y controversias, Bs. As., Sudamericana,

1992.

2Gallerano, Nicolás, "¿El fin del caso italiano? La historia política entre politización y
ciencia", en Cuadernos de teoría e historia de la historiografía, 10, Bs. As., s/f. [1ra. Ed.
1987]

3Ver: VV.AA, Estructuralismo e historia, Bs. As., Nueva Visión, 1972; Pierre Vilar, "Las
palabras y las cosas en el pensamiento económico" (1967) en VV.AA, La historia hoy,
Barcelona, Avance, 1976; VV.AA, Las estructuras y los hombres, Barcelona, Ariel, 1969;
VV.AA, La imposible prisión. Debate con M. Foucault, Barcelona, Anagrama, 1982
(reúne artículos publicados entre 1976 y 1978).
Los saberes disciplinares tal como se habían organizado a fines del siglo XIX aparecían
como ineficaces para pensar lo social; era necesaria una firme integración de la historia
a las ciencias sociales como lo habían proclamado en su momento Bloch y Febvre. Ya
en esos años, sobre todo a partir de la crisis del 29, la economía había ganado peso en
el campo de las ciencias sociales y el título de los Annales. Economía y sociedad así lo
reflejaba. Pero sobre todo fueron los historiadores económicos de la New Economic
History -Meyer, Fogel, Davis y North-, junto a los analistas de los ciclos económicos -
Leontief, Rostow, Marczewski-, quienes tuvieron mayor influencia en la historia
cuantitativa que permitía construir modelos cuantificables en la larga duración.
Mediante el uso de técnicas econométricas, estadísticas y la moderna demografía
histórica era posible reconstruir series de precios, movimientos de población,
producción, circulación de mercancías, etcétera.

También mediante el uso de hipótesis contrafácticas, que en su momento los


historiadores habían cuestionado, como las formula Robert W. Fogel en Los
ferrocarriles y el crecimiento económico de los Estados Unidos (1964), obra en la que
trata de demostrar que aunque los ferrocarriles no se hubieran inventado, igualmente
el Estado del norte se hubiese desarrollado gracias a la existencia de otras vías de
comunicación, como las fluviales.

La importancia de las variables económicas apareció reflejada en la obra maestra de la


segunda generación de los Annales, escrita por su figura rectora: Fernand Braudel. En
El mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (1947) refleja tres
momentos de la historiografía francesa en el largo proceso en que fue escrito, entre
1923-1947. Al mismo tiempo, dichos momentos refieren a las tres imágenes sobre el
mundo mediterráneo que componen la obra: la de sus constantes, la de sus tardos
movimientos y la de su historia tradicional atenta a los acontecimientos y a los
hombres. Descomponiendo así, sin integrar plenamente, el tiempo histórico en
fenómenos de corta duración (historia política y diplomática), de mediana duración
(que se corresponde con los procesos económicos y sociales) y de larga duración (que
hace referencia a las relaciones del hombre con el medio geográfico).

El prestigio de Braudel creció en estos años junto con el de Annales: su obra fue
recibida con entusiasmo en Polonia, Italia, España, América Latina y, en menor medida,
en el mundo anglosajón. Discípulo de Febvre, lo sucedió tras su muerte en 1956 en la
dirección de la revista, que pasó a denominarse Annales. Économies, sociétés,
civilisations. Mientras los historiadores identificados con ella pasaban a ocupar el
centro del campo historiográfico francés, con cátedras en la Sorbona (Université Paris
1) (Université Paris 4) y el Collège de France, a las que se sumó la fundación de la VI
sección de la École Practique de Hautes Études, convertida luego en École de Hautes
Études en Sciences Sociales.

En este contexto institucional, fue Ernest Labrousse, discípulo de Simiand, el que


orientó los estudios en historia económica y social en una matriz cercana a la que
había recomendado su maestro, y que tanto Bloch como Febvre se habían resistido a
adoptar. Ello implicaba privilegiar la historia regional sobre la dimensión nacional, y la
búsqueda de nuevas fuentes de las cuales extraer datos cuantificables que pudieran
ordenarse en series. A partir de ellas se podría atender a variables tales como: salarios,
precios, flujos comerciales, etc., observadas en la larga duración y analizadas con
relación a una estructura invariable respecto de la cual las crisis coyunturales son una
referencia.

La críes de l'économie française (1966), escrita por Labrousse durante la ocupación


alemana, la monumental obra de P. Chaunu, Séville et l'atlantique (1955-60) en 12
volúmenes, y Les paysan de Languedoc (1966), de Emanuel Le Roy Ladurie, son algunas
de las obras más emblemáticas de las orientaciones historiográficas inspiradas por la
segunda generación de Annales.

Entre fines de la década del 60 y comienzos de los 70 se va a producir un nuevo giro en


la revista, esta vez comandado por la generación que se formó en la posguerra junto a
Braudel y Labrousse: G. Duby, F. Furet, P. Nora, M. Aghulon, J. Le Goff, E. Le Roy
Ladurie y Marc Ferro. Estos tres últimos asumieron la dirección de la revista. Sin
abandonar plenamente el análisis cuantitativo, se van a abocar a los problemas
culturales y la historia de las mentalidades, retomando el camino de Bloch y Febvre.
Asimismo, inician un diálogo con la antropología por la vía de Levi-Strauss y Cliford
Geertz y valoran la obra inclasificable de Foucault junto a la de un historiador ajeno a
los medios académicos, Philippe Ariés, que en 1960 había publicado La infancia y la
vida en el antiguo régimen.

Un muestrario de la diversidad de temas, problemas, métodos y enfoques que


caracterizan esta nueva historia lo ofrecen los tres volúmenes que conforman la obra
dirigida por Jacques Le Goff y Pierre Nora, Hacer la Historia (1974) y el libro que
coordinan el propio Le Goff junto a Revel y Chartier, La Nouvelle histoire (1978).
Multitud de campos de estudios que contrastan con el programa más orgánico que
habían esbozado Labrousse y Braudel: las mentalidades, el imaginario colectivo, las
actitudes frente a la vida y la muerte, la brujería, el cuerpo y la enfermedad, la
sociabilidad. Pero además retornos: la historia política, el acontecimiento, lo singular.
Esta diversidad promovió, sino un abandono, sí un desplazamiento, no siempre
explicitado, del proyecto de elaborar una historia total, lo que llevó a F. Dossé a
definirla, de un modo excesivo, como historia en migajas.

Paralelamente, en Italia se estaba produciendo el nacimiento de la microhistoria, cuyas


influencias y los debates que provoca siguen teniendo peso hasta nuestros días1.
Surge de un grupo reducido de historiadores que se habían integrado a la revista
Quaderni Storici, fundada en 1966: Eduardo Grendi, Carlo Poni, Giovani Levi y Carlo
Ginzburg.

Precisamente Guinzburg logra con el El queso y los gusanos (1976) un producto


renovador tanto de la historia social como de la historia cultural, además de ser un
ejemplo de los aportes que el diálogo con la antropología podía ofrecer a la historia.
Fundamentalmente cuando se adentraba en los problemas de la cultura popular. Así,
el método de la reducción de escalas permitía atender a las historias individuales, las
subjetividades y las prácticas culturales, reconstruir redes de relaciones sociales
concretas, cuestionar los métodos macrohistóricos y volver a redefinir la relación entre
lo singular y lo general.

1Aguirre Rojas, C., Contribución a la historia de la microhistoria italiana, Rosario,


Prohistoria ed., 2003; Serna, Justo y A. Pons, Cómo se escribe la microhistoria,
Valencia, Frónesis, 2000; AA.VV, dossier "La microhistoria en la encrucijada",
Prohistoria, N° 3, Rosario, 1999.