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TEMA 2: “PAZ Y COMUNIDAD INTERNACIONAL EN EL PENSAMIENTO

SOCIAL DE LA IGLESIA”
1. La Iglesia y la Paz: mensaje bíblico sobre la violencia
2. Doctrina sobre la Guerra Justa
3. Legítima defensa
4. Mirada ética a la carrera de armamentos
5. Terrorismo
6. La no violencia activa
7. Autoridad mundial para la Paz

I. La Iglesia y la Paz: mensaje bíblico sobre la violencia

La paz no es la ausencia de conflictos, sino el modo no violento de resolver dichos


conflictos.

Del mensaje social del nuevo testamento se desprende que Jesús no vino
a proclamar la paz a cualquier precio, ni una pasividad frente a la
injusticia o la violencia institucionalizada.

“No he venido a traer la paz, sino la espada” (Mt 10, 34). Se trata de la “espada del
Espíritu” (Ef 6, 14) que es la Palabra de Dios. Una palabra que como filo de espada
cuestiona, denuncia, desestabiliza…

Pero Jesús si condenó la violencia como recurso para lograr la paz y la justicia.

Si hay que amar al prójimo, la alternativa será la no-violencia (Mt 5, 38). Es decir,
no entrar en la espiral de la violencia, sino tratar de desarmar a enemigo, ir más
allá de lo esperado…
Cuando Jesús expulsa a los comerciantes del Templo de Salomón, usó un látigo
para votar a los animales, pero no para agredir a las personas. Fue un gesto
profético lleno de pasión y ardiente defensa del Dios de Israel y su casa.

Además enseñó el amor a los enemigos (cf. Mt 5, 43-48), invitó a no responder a la


violencia con más violencia (Mt 5, 39), proclamó dichosos a los que trabajan por la
paz (Mt 5, 9), prohibió el uso de la espada incluso en defensa legítima (Mt 26, 51-
53) y propuso un cambio en el mensaje del antiguo testamento (Tb 4, 18: “No
hagas a nadie lo que no quieras que te hagan”) invitando a adoptar un
compromiso positivo, por el bien: Mt 7, 12: “todo lo que quieran que les hagan
los hombres, háganselo ustedes a ellos…”

Siguiendo esta enseñanza los primeros cristianos actuaron en consecuencia,


negándose a tomas las armas, participar en la guerra o asistir al Circo Romano.

1
“Cristo, al desarmar a Pedro, desarmó a todos los cristianos” (Tertuliano, “De
idolatría”, cap. 19,3)

Pasado el tiempo, las guerras se volvieron práctica habitual y la cristiandad elaboró


la conocida como teoría de la guerra justa, que más adelante desarrollaremos.
Se convocaron las “Cruzadas” contra los musulmanes y herejes, guerras en
nombre de Dios.
Ya en el siglo pasado la experiencia de la humanidad produjo un cambio en dicha
enseñanza de la Iglesia.
El papa Benedicto XV declaró la primera guerra mundial como “una inútil
masacre”, “una horrible carnicería humana”, contraria a la voluntad del Creador.
Pío XII señaló en vísperas de la II gran guerra que “nada se pierde con la paz; todo
puede perderse con la guerra”.
Tras la II Guerra Mundial comenzó la llamada guerra fría entre los dos grandes
bloques (soviético y estadounidense) que provocó una desbocada carrera de
armamentos y puso al mundo al borde de una tercera guerra nuclear.

En ese contexto el papa Juan XXIII, en la “Pacem in Terris” condenó todo


tipo de guerra: “En nuestro tiempo, que se jacta de poseer la energía
atómica, resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto
para resarcir el derecho violado” (PT 127)1

La caída del muro de Berlín y de la URSS dio lugar a un período de transición en el


que los gastos militares lograron reducirse.
Pero un nuevo hecho histórico, el ataque del 11 de setiembre a las torres gemelas
de Nueva York, inauguró un período nuevamente de enfrentamiento, esta vez con
el terrorismo, una guerra fundamentada en la religión y el choque de la civilización
occidental e islámica, que ha provocado un aumento en el mundo de los gastos de
armamentos, alcanzando un gasto 10 veces mayor que la ayuda al desarrollo.

II. Doctrina sobre la Guerra Justa

Ya se señaló más arriba que los primeros cristianos fueron pacifistas y se negaron a
participar del ejército de Roma. Esta situación cambió a partir del s. VI cuando se
comenzó a elaborar la llamada teoría de “la guerra justa”.
Según esta enseñanza de la iglesia, para que una guerra sea justa no basta con que
haya una justa causa. Deben confluir varias condiciones:
- Una injusticia evidente y de extrema gravedad, que convoque a la legítima
defensa
- Intento fracasado previamente de buscar una solución no violenta

11
S. JUAN XXIII. Pacem in Terris

2
- Análisis razonable que concluya que las consecuencias de la guerra no serán
tan graves como la injusticia y el daño que se pretender reparar con ella.

También se ha admitido en la Iglesia el recurso a la violencia en el caso extremo de


“tiranía evidente y prolongada que atentara gravemente a los derechos
fundamentales de las personas y dañase peligrosamente el bien común del país”2

En la época moderna, el papa Pío XII (1939-1958) fijó una doctrina clara: las únicas
guerras justas son las que se inician para defenderse de una agresión injusta. En
ningún caso las guerras ofensivas (Radiomensaje del 24/12/1948)

La Iglesia enseña que ninguna guerra ofensiva es justificable hoy

El Concilio Vaticano II continuó esta enseñanza pero con una nueva condición:
existe la posibilidad de una guerra defensiva “mientras falte una autoridad
internacional competente y provista de medios eficaces para evitar cualquier
guerra” 3

En la actualidad hay la convicción en la Iglesia de que no existe ya ninguna guerra


justa, especialmente por el enorme poder destructivo del armamento moderno, y
por su capacidad de dañar la vida de los civiles. Y ello porque tenemos hoy la
posibilidad de resolver los problemas y conflictos por otras vías y a través de los
organismos internacionales (Tribunal Internacional de la Haya, Corte
Interamericana de Derechos Humanos…)

En la actualidad existe la convicción en la Iglesia de que no existe ya


ninguna guerra justa. Se debe abogar por un gobierno mundial que
asegure la paz mundial.

En esta misma línea la Iglesia aboga por una autoridad que ejerza un verdadero
gobierno mundial, reformando la ONU, con una policía internacional provista de
los medios para imponer un orden justo entre todos los países.

Fruto de esta doctrina fue la postura del papa Juan Pablo II, que se negó a incluir al
Vaticano en la OTAN, y condenó las guerras contra Iraq y después contra Serbia. Y
en varias ocasiones se manifestó así:

“Hacer la guerra hoy no es inevitable ni irremediable. La humanidad está obligada


a resolver las diferencias y los conflictos por medios pacíficos”4

“El concepto de guerra justa es una cosa que pertenece al pasado. En nuestro
tiempo no tiene ya validez, porque los hombres tienen otros medios para poder
resolver los conflictos entre los pueblos”5

2
Pablo VI, “Populorum Progressio”, n°31
3
Gaudium et Spes, 79
4
Juan Pablo II, “Discurso en Hiroshima”, 25/2/1981
5
Juan Pablo II, “Entrevista al diario el País”, 4/6/1982

3
El Consejo Mundial de las Iglesias mantiene la misma enseñanza, señalando que
hoy ha desaparecido toda proporción entre los daños de una guerra y el bien que
se busca defender, a causa del enorme potencial destructivo del armamentismo
moderno. Por tanto se condena moralmente cualquier guerra, dada la magnitud
de los males que produce, en especial a la población civil.

III. Legítima defensa


Para entender en profundidad la enseñanza de la iglesia sobre el tema de las
guerras y la paz, vamos a desentrañar este principio de la moral tradicional.
Existe un derecho (reconocido por las legislaciones modernas) a la defensa propia
y ajena, cuando se conculcan o amenazan derechos fundamentales. Es más, dicha
legítima defensa es además obligatoria. Hay que actuar para defenderse de dichas
violaciones o amenazas.
En el Concilio Vaticano II se actualizó la validez y aplicabilidad de dicho principio,
pero se señaló la voluntad de que se destierre de la historia de la humanidad
cualquier tipo de guerra. La enseñanza social de la iglesia hizo un llamado a una
“mentalidad totalmente nueva” y a “preparar aquella época en la que, gracias al
acuerdo entre las naciones, se podrá prohibir totalmente el recurso a la guerra”
(Gaudium et Spes, 82)6
En la teología moral moderna se sigue defendiendo este derecho a la legítima
defensa, pero por medios no violentos. El magisterio de la Iglesia lo ha ido
reconociendo. Un ejemplo está en Juan Pablo II que ve como un signo de los
tiempos “una nueva sensibilidad cada vez más contraria a la guerra como
instrumento de solución de los conflictos y orientada cada vez más a la búsqueda
de medios eficaces, pero no violentos, para frenar la agresión armada”
(Evangelium Vitae, 27)7
Paralelamente a esta doctrina sobre la legítima defensa se ha ido desarrollando la
enseñanza sobre la llamada “injerencia humanitaria por la fuerza”. El mismo Juan
Pablo II la defendió en estos términos: “Cuando todas las posibilidades de
negociaciones diplomáticas se acaban y poblaciones enteras están por sucumbir
frente a un injusto agresor, los gobiernos ya no tienen derecho a la indiferencia.
Nos parece que su deber es desarmar al agresor, si todos los demás medios no
violentos se han revelado inútiles”. 8
Es una reivindicación también a que existan Tribunales Penales Internacionales
que intervengan en los países, también de modo armado si fuera necesario,
siempre bajo el mandato de la ONU. Pero no una injerencia militar, sino de una
policía internacional con capacidad de desarmar al culpable de la agresión.

IV. Mirada ética a la carrera de armamentos

6
Ídem, 82
7
Juan Pablo II, “Evangelium Vitae”, 27
8
Juan Pablo II, “Discurso Anual al cuerpo diplomático”. Vaticano, 1993

4
Detrás de la enseñanza de la Iglesia sobre este tema, está un juicio ético más
profundo.
En primer lugar hay un fuerte cuestionamiento a los gastos militares actuales, con
los que se podría resolver hoy día los principales problemas del planeta:
alimentación, salud y educación.
El Consejo Pontificio de Justicia y Paz publicó en 1994 un arriesgado informe
denunciando el comercio internacional de armas, iluminado con una reflexión
ética. Se cuestiona por ejemplo que medio millón de científicos en el mundo se
dedicaran a investigar con fines militares, o que los cinco países permanentes del
Consejo de Seguridad de la ONU sean los más grandes exportadores de armas a los
países pobres (China, Francia, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos). Paralelamente
a ello se enjuicia el gasto militar de muchos países en vías de desarrollo, superior
en gran medida a las inversiones en salud o educación.
El Vaticano II condenó la carrera de armamentos, calificándola como “la plaga más
grave de la humanidad y responsable de perjudicar a los pobres de manera
intolerable”9.
El pensamiento social de la Iglesia considera imprescindible la eliminación de las
armas de destrucción masiva (atómicas, biológicas y químicas) y el desarme de las
llamadas convencionales. Y ello porque no tienen un supuesto poder disuasorio. El
tenerlas genera el riesgo de usarlas. “Estar listos para la guerra hoy significa de
alguna manera provocarla” dijo Juan Pablo II.

La carrera de armamentos no garantiza la paz. Justifica, por el contrario, la guerra.


No se cumple el aforismo latino “Si vis pax, para bellum”. Habría que
afirmar: “Si vis pax, para pacem”.

Algunos datos que nos hacen pensar:


 El gasto mundial al día en armamentos supera el millón de dólares
 Cada dos minutos se gastan en el mundo 60.000 dólares en armas; y cada
dos segundos un niño muere por falta de alimentos
 La cifra mundial de gastos bélicos aumenta aproximadamente en 3% cada
año, porcentaje mucho mayor que el aumento de la población y que el
crecimiento económico para el mismo periodo.
 Hay almacenadas 60.000 bombas nucleares.
 Un solo tanque moderno equivale al presupuesto anual de la FAO. En dos
días se gasta en armas el equivalente al presupuesto de un año de la ONU
 El 25% de científicos se dedica hoy a investigar en relación con las armas
(medio millón aproximadamente)
 Con lo que se invierte en un bombardero y sus misiles se pueden construir
75 hospitales de 100 camas
 Los países ricos se hacen más ricos con la venta de armas; y los pobres más
pobres comprándolas (el 20% de su gasto total)
 Hay medio millón de niños soldados en 87 países

9
Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 81

5
¿Qué valoración hace el magisterio de la Iglesia sobre esta realidad?
El papa Benedicto XVI, el primero de enero de 2007 exigió el desarme nuclear
mundial para asegurar la supervivencia de la humanidad.
El tráfico de armas es un desorden aún más grave que su producción, señaló Juan
Pablo II en la Sollicitudo Rei Socialis, 24.
Y en Ecclesia in América, el papa y los obispos americanos hablaron del
“escandaloso comercio de armas de guerra, el cual emplea sumas ingentes de
dinero que debieran destinarse a combatir la miseria y promover el desarrollo”10

V. Terrorismo
En un mundo profundamente injusto, donde impera la violencia institucionalizada,
algunos optan por la lucha armada como único modo para lograr un cambio
estructural. Otros deciden recurrir al terrorismo para lograr obtener sus objetivos
políticos. En América Latina y concretamente en el Perú sabemos muy bien de esta
realidad.
La violencia no es la solución a ningún problema y nos lleva a una trágica espiral:
engendra más violencia. Pero tampoco es la solución la pasividad ante las
injusticias.
Por eso la Iglesia condena la guerrilla y el terrorismo de modo categórico. En
Sollicitudo Rei Socialis podemos leer: “Aun cuando se aduce como motivación la
creación de una sociedad mejor, los actos de terrorismo nunca son justificables”11

Un juicio moral grave merece también para la Iglesia el llamado “Terrorismo de


Estado”. Consiste en la respuesta gubernamental a través del Ejército, la policía o
grupos paramilitares, usando métodos terroristas como torturas, secuestros,
desapariciones o asesinatos. Estuvo muy presente en dictaduras militares del siglo
pasado como Argentina, Chile, Uruguay o Centroamérica.
Los obispos argentinos en el documento “Iglesia y Comunidad Nacional” afirman:
“Ni el estado de excepción, a aun de guerra interna, ni motivos de eficacia militar o
de seguridad interna o externa pueden ser invocados para herir los derechos
humanos básicos. La teoría de la llamada “guerra sucia” no puede suspender
normas éticas fundamentales que obligan un mínimo de respeto por la persona,
aun por el enemigo. Las autoridades del Estado no pueden valerse de los mismos
métodos irracionales de que se vale la violencia subversiva”12
La situación internacional generada por el llamado Terrorismo internacional, a
partir de los atentados contra las torres gemelas el 11 de setiembre del 2001, ha
llevado a nombrar una nueva doctrina belicista. “la guerra preventiva”, esgrimida
como único instrumento eficaz para enfrentar a dicho terrorismo internacional. El
camino será analizar las verdaderas causas de dicho terrorismo internacional y
resolverlas de un modo no violento.

10
Ecclessia in America, 62
11
Juan Pablo II, Solicitudo Rei Socialis, n°24
12
Conferencia Episcopal Argentina, “Iglesia y Comunidad Nacional” , 135b, 1981

6
“La iglesia condena de forma terminante la guerrilla
y el terrorismo venga de donde venga”

VI. La no violencia activa


Por lo que vamos analizando en nuestro tema, podemos ir concluyendo que la
violencia no es cristiana y engendra más violencia.
Por tanto la respuesta a nuestros conflictos deberá ser no violenta. Ojo, esto no
significa resignación o aguante pasivo, sino lucha activa, pero pacífica, contra las
injusticias.
Ejemplos de esta metodología no violenta los tenemos en Mahatma Gandhi,
Martín Luther King, el sindicato obrero polaco Solidarnosh, Nelson Mandela, el
arzobispo Desmond Tutu, las madres de la Plaza de mayo o los Campesinos sin
Tierra, entre otros.
Como enseña Juan Pablo II en la encíclica Centesimus Annus, esta metodología
recurre a otras armas: políticas, sociales, económicas, espirituales, psicológicas,
por medio de la desobediencia civil o la no cooperación con el agresor (CA 23)
Y la Conferencia Episcopal Norteamericana afirmó: “creemos que los esfuerzos por
desarrollar métodos no violentos, a fin de rechazar las agresiones y resolver los
conflictos, responder mejor al llamado de Jesús a favor del amor y la justicia”.
Por tanto el mensaje cristiano es un llamado a suscitar una cultura de paz,
superando fanatismos, nacionalismos exacerbados, intolerancias, agresiones… y
promoviendo una educación que invite a defenderse y defender a la patria con
armas no militares.
Al interior de la Iglesia se debe reformular la presencia de capellanes incorporados
al ejército.
Los cristianos deben ser conciencia activa de la no violencia y de la paz en el mundo

VII. Autoridad mundial para la Paz

Tras el final de las dos guerras mundiales se constituyeron, primero la Sociedad de


Naciones y después la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945. Entre
sus objetivos se encuentra lograr la seguridad internacional y la paz. Pero
difícilmente lo puede lograr mientras cinco de las quince naciones del Consejo de
Seguridad (Estados Unidos, Francia, Rusia, China y Gran Bretaña) conserven el
derecho a veto a las resoluciones de dicho Consejo.

Por ello el Concilio Vaticano II abogó por el establecimiento de una autoridad


supranacional: “Para que sea absolutamente prohibida cualquier guerra se
requiere una autoridad pública universal, reconocida por todos, con poder eficaz
para garantizar la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los
derechos”13

13
Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 82

7
De igual manera Juan XXIII, en la Pacem in Terris había imaginado esta autoridad
mundial. Y el papa Benedicto XVI volvió a proponer, en la Caritas in Veritate una
autoridad Política Mundial para “incrementar y orientar la colaboración
internacional hacia un desarrollo solidario de todos los pueblos, gobernar la
economía mundial, sanear las economías golpeadas por la crisis, realizar un
oportuno desarme integral, garantizar la seguridad y la paz, la protección del
medio ambiente y la reglamentación de los flujos migratorios” (CV 67)14

Francisco I, en su encíclica Laudato Si se ha hecho eco de este reclamo de la Iglesia


que por décadas ha venido proponiendo la reforma a nivel internacional de la ONU
para que se convierta en una auténtica autoridad política mundial para promover
el bien común universal, como algo necesario para la protección de la naturaleza
frente a la destrucción provocada por nuestro modelo de desarrollo y la cultura
tecnocrática y consumista.

En el número 175 de la última encíclica social, dentro del capítulo dedicado a


proponer líneas de acción para afrontar el problema ecológico, el papa Francisco
advierte que “en este contexto, se vuelve indispensable la maduración de
instituciones internacionales más fuertes y eficazmente organizadas, con
autoridades designadas equitativamente por acuerdo entre los gobiernos
nacionales, y dotadas de poder para sancionar”.15

Es evidente que estamos muy lejos de este objetivo, que los obstáculos y poderes
que se oponen son enormes, que los mismos gobiernos y poderes fácticos
mundiales, especialmente los más fuertes, no tienen ningún interés o lo frenan...
Y, desgraciadamente, esta es una cuestión casi ausente del debate público y social,
inexistente en la agenda política de los partidos.

Pero esta es, seguramente, una de las grandes utopías por las que hay que luchar
hoy, en la esperanza de que, como ocurrió con otras exigencias de justicia y de paz
en la historia, pueda hacerse realidad algún día.

RESUMEN DE LA UNIDAD

Denominamos derechos humanos a aquellos que se atribuyen “directamente con la naturaleza


del hombre en cuanto persona dotada de razón y de libre albedrío, y que por tanto son
universalmente válidos, inviolables e inalienables”

Los derechos humanos son connaturales puesto que nacen de la misma naturaleza del ser
humano. No son las leyes positivas los que establecen dichos derechos. Son anteriores y
superiores a cualquier nación, que debe defenderlos y promoverlos. También son

14
Benedicto XVI, Caritas in Veritate
15
Francisco I, Laudato Si

8
características de los derechos humanos su inviolabilidad y su universalidad. Finalmente son
inalienables.

La Iglesia nos ofrece una fundamentación sólida y enraizada en el mensaje bíblico de los
derechos humanos: la paternidad de Dios y la dignidad del ser humano creado a su “imagen”
(Gen 1, 27), la igualdad básica y la fraternidad fruto del reconocimiento de ese Padre común, y
el proyecto liberador del Dios cristiano.

La postura de la Enseñanza Social de la Iglesia sobre ese tema puede sintetizarse en estos cinco
puntos:

 La unidad entre dignidad y derechos humanos.


 La vinculación entre derechos y deberes: sin su consiguiente deber los derechos se
convertirían en algo arbitrario.
 La jerarquización de los derechos humanos, puesto que no todos son igual de
fundamentales. No podemos equiparar el derecho a la vida con el derecho al descanso
semanal, por ejemplo.
 El orden objetivo como fundamentación universal de los derechos humanos: estos
pertenecen a la naturaleza humana, derivan de su dignidad y son ajenos a intereses o
contextos.
 Fundamentación teológica de la dignidad y de los derechos humanos: el ser humano
ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

El derecho a la vida y sus concreciones: derecho a vivienda, educación, sanidad,


trabajo, libertad de expresión,… deben constituir deberes que toda sociedad ha de
proteger para hacer visible el respeto a la dignidad humana y no dejarlo en algo
puramente teórico. Un cristiano, a ejemplo de Jesús, debe defender especialmente los
derechos de los más excluidos: niños, mujeres, hambrientos, minorías…

El mensaje bíblico es un mensaje de no violencia y de compromiso con la justicia: así se


desprende de la práctica y enseñanza de Jesús. Por eso la primera comunidad cristiana
renunció al uso de las armas y a toda práctica bélica. Pero pronto la Iglesia adquirió un
estatus político que la llevó incluso a declarar la guerra por los santos lugares y tener
que justificar así su práctica con la llamada doctrina de la “Guerra Justa”. Esta lo será
si se dan las siguientes condiciones: Injusticia evidente que amerita legítima defensa,
ser la última solución y que las consecuencias no serán mayores que el mal a evitar.
En el contexto internacional actual la Iglesia enseña que ninguna guerra ofensiva es
admisible hoy. Por eso se debe abogar por una autoridad mundial que dirima los
conflictos entre naciones de forma no violenta.
De esta enseñanza de la Iglesia se desprende:
- Un juicio ético a la carrera de armamentos. La iglesia propone el desarme
primero de las conciencias, y después de todo armamento. Ya que el
armamentismo no garantiza la paz, sino la guerra.
- Un juicio moral de rechazo a todo terrorismo, venga de movimientos sociales o
del estado, puesto que la violencia engendra más violencia

9
- Un llamado a practicar métodos no violentos en la resolución de nuestros
conflictos, ya que responden mejor al llamado de Jesús a luchar pacifica pero
decididamente contra toda injusticia
- La exigencia de reformar la ONU para lograr una auténtica autoridad política
mundial que promueva el bien común universal

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 Alarcón, E. & Van der Maat, B. (2015) Introducción a la Doctrina Social de la Iglesia. 5ª ed.
Arequipa: UCSM.

 Sols Lucía, Jorge (ed.), (2014) Pensamiento social cristiano abierto al siglo XXI, A partir de la
encíclica Caritas in Veritate. Cantabria: Sal Terrae.

 CELAM (2011) Enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia en la Universidad. Guía del


Profesor. Bogotá: Centro de Publicaciones Celam.

 Primo Corbelli, scj, (2012) Doctrina Social de la Iglesia. Una síntesis para todos. Buenos
Aires: Ed. Claretiana.

 Peláez, Jorge Humberto, sj, (1993) Educar para los Derechos Humanos. Santa Fe de Bogotá:
Facultad de Teología, Universidad Javeriana Colegio Máximo de la Compañía de Jesús.

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