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Enrique Cambón: La comunidad y la socialidad humanas a la luz de las relaciones

entre las Personas trinitarias participadas a los seres humanos:

a) «El Padre y yo somos una sola cosa» (Jn 10,30; cf. 17,21.23).
La cosa extraordinaria de la Trinidad es que se trata de “Tres reales que son Uno” (C. Lubich).
¿Cómo es posible? ¿No es una afirmación contradictoria? Puede ayudarnos a intuir que no se trata
de una contradicción, el reflexionar sobre el hecho de que en la Trinidad cada Persona es Ella
misma gracias a las otras, a través de las otras. El Padre lo es sólo en relación al Hijo. En Dios
Unidad y Trinidad son inseparables, coinciden, porque el mismo acto de amor que da la vida a la
otra Persona, es el que hace existir a quien ama.
"¿Qué indicación nos da esta realidad para nuestra vida? La relación de amor fraterno con
los demás no es algo “opcional” y más o menos secundario, un “mandamiento” de Dios que
se impone desde afuera a los seres humanos. La relación con los demás, el tenerlos en
cuenta seriamente, el amor recíproco, es constitutivo de la persona. Es una realidad que
hace tales a las personas. El otro forma parte de mí mismo. Sin los demás, el individuo se
deshumaniza. Cuando todas las grandes religiones piden a sus seguidores “no hacerles a los
demás lo que no queremos que los demás nos hagan a nosotros”, o el evangelio dice “a
quien da le será dado” (Lc 6,38), o los Hechos de los Apóstoles reconocen que “da más
felicidad dar que recibir” (Hech 20,35), no están haciendo afirmaciones “religiosas” válidas
sólo para los creyentes; son “leyes trinitarias” escritas en el “código genético” de la
humanidad, que forman parte de la condición humana, que hacen tal al ser humano."

b) “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,11; 10,38)


"Jesús no dice “me anulo en el Padre”, “el Padre me asimila”, “yo desaparezco en él”, sino al
contrario, “yo” estoy en el Padre, y “el Padre” está en mí. Esta es una característica típica de la
trinitariedad: el mismo amor que une diversifica. Las Personas de la Trinidad son una sola cosa
pero no se confunden. Existe entre ellas una total interpenetración pero esto no produce mezcla
ni fusión, sino al contrario, hace que cada una sea ella misma. Un teólogo decía que en la
Trinidad “la unidad es tan intensa que no puede ser pensada más intensa, y la distinción de las
Personas tan grande que no puede ser pensada más grande” (H. Mühlen).
El termómetro para comprender si un grupo se mueve en sentido trinitario, es el hecho de que las
personas que lo componen no sean “asimiladas”, no se vuelvan “dependientes”. El grupo, la
comunidad, no debe servir para apoyarse, refugiarse, mimetizarse, sino para ayudar a las personas a
crecer en aquellas características que les son propias, a encontrar su lugar en la vida, a no ser
“satélites” sino a brillar con luz propia. Un grupo donde circula un amor de tipo trinitario, al mismo
tiempo socializa y personaliza.
¿Cuándo se puede decir que entre dos o más personas hay unidad de pensamiento de estilo
trinitario? Cuando dos personas pueden decir: “yo soy yo en ti, y tú eres tú en mí”. Un legítimo
pluralismo es una exigencia y consecuencia de la estructura trinitaria de la persona.
Cuando los cristianos se preguntan cómo será la unidad de la Iglesia del futuro, hoy se contesta que
no lo sabemos con precisión, pero de una cosa estamos seguros: que tendrá que ser una unidad de
tipo trinitaria. Las distintas Iglesias se unirán “sin ser absorbidas” por una sola Iglesia, o que la
Iglesia de Cristo tendrá que asumir y evidenciar todo aquello de positivo y respetable que las varias
tradiciones cristianas han desarrollado en estos siglos en que vivieron la tragedia de la división.
Trinitariedad vivida en las relaciones humanas, significa no sólo ser uno mismo gracias a los otros,
sino a su vez ser uno mismo para hacer posible que los demás sean ellos mismos. "Hacerle espacio”
al otro, promover al otro para que sea lo que está llamado a ser, y con ello potenciar la propia
realización, forma parte del arte de vivir trinitariamente.

c) «El que me ha visto, ha visto al Padre” (Jn 14,9)


"El misterio de la Trinidad consiste en que la unidad de Dios no es la suma de los Tres. Dios
existe plenamente en la unidad de los Tres y contemporáneamente en cada Persona según su
modo propio. Es esto lo que afirmamos cuando decimos que creemos en un solo Dios, y al
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mismo tiempo que el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. Éste es el
gran desafío que la fe trinitaria pone a la inteligencia y la vida de la humanidad."
Cuando nos preguntamos por qué Dios permite el mal, por qué no interviene ante los horrores que
vive la humanidad, desde el holocausto de millones de seres humanos hasta la miseria injusta de la
mayor parte de la población de la tierra, no encontramos una respuesta si no pensamos
“trinitariamente”. J. Sobrino cuenta que un periodista europeo agnóstico le preguntaba a un
campesino latinoamericano cómo podía creer en Dios después de todos los sufrimientos que él, su
familia, su pueblo, habían padecido. “Usted no entiende - fue la respuesta -, Dios nos dio la cabeza
para pensar, el corazón para amar y las manos para trabajar. El mal lo hacemos nosotros, no
Dios”.
Es que Dios “no puede” relacionarse con la humanidad sino trinitariamente. O sea, tomando en
serio la historia humana, respetando la libertad, haciéndole espacio al ser humano para que sea
constructor del mundo y protagonista de su propio destino. Hegel decía que no hay verdadero amor
sin igualdad. Por eso la historia no depende “en parte” de nosotros y “en parte” de Dios, como
cuando decimos que en todo cuanto hemos hecho de bueno en nuestra vida, nosotros hemos puesto
sólo el 5%, mientras el 95% depende de Dios. Una afirmación de este tipo, aunque llena de buena
voluntad, es errada porque "poco trinitaria”. La relación entre Dios y la humanidad depende
totalmente de Dios (en sentido pleno) y totalmente de nosotros (en sentido dependiente, de
respuesta). Grandes cristianos a través de toda la historia comprendieron bien esta dinámica
trinitaria, cuando enseñaban que “es necesario rezar como si todo dependiera de Dios, y actuar
como si todo dependiera de nosotros”.

d) “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn 17,10)


Esta afirmación obvia de que en la Trinidad “todo es común”, nos dice muchas cosas para la vida
social. La más evidente es que cuando observamos las estadísticas que hoy llenan enteros
volúmenes, donde se dice entre otras cosas que el 20% de la población de la tierra consume el 80%
de todo lo que se produce sobre el planeta, o que en ciertos países centroamericanos el 5% de la
población posee más del 60% de la tierra, o que los gatos y perros de EE.UU. comen en promedio
más que cada habitante de la India, o que mueren cada día 40.000 niños por hambre y enfermedades
banales por falta de solidaridad entre las personas y los pueblos, todas éstas son realidades anti-
trinitarias. ¿Por qué? Simplemente porque en la vida de la Trinidad no existen, y por lo tanto
constituyen la antítesis del estilo de vida para el cual Dios nos ha creado. Cuando vivimos así
contradecimos con los hechos la fe trinitaria, aún cuando la afirmemos con la boca y con gestos
rituales.
Los valores que propone una manera trinitaria de organizar la sociedad son tan humanos, que
pueden ser compartidos por personas de otras creencias o de convicciones no religiosas. Por
ejemplo Gandhi, sin saberlo, hablaba con una lógica trinitaria cuando afirmaba: “la prueba del buen
orden de un país, no la da el número de millonarios que posee, sino la ausencia de hambre entre las
masas”. La misma opción por los pobres, los últimos, los más débiles, las víctimas del sistema, que
reiteradamente ha afirmado la Iglesia latinoamericana, tiene un fundamento trinitario. Porque Dios
ama a todos totalmente, pero expresa su amor en distintos modos, como enseña toda la Escritura; el
amor de Dios no puede ser uniforme y homogéneo - porque sería injusto y no-trinitario - sino
asimétrico: ama a cada uno como necesita ser amado. Por eso alguien decía que el amor especial
por los más pobres y necesitados, pertenece “a la definición misma de Dios”.
Existe una desigualdad (respetuosa de las características personales de cada uno) que es típica de la
trinitariedad, mientras las desigualdades injustas, degradantes, causadas por la avidez o la
indiferencia, son negaciones históricas de la Trinidad Ssma. Por el contrario, los conceptos de
equidad, compartir, solidaridad, igualdad de oportunidades, son otras tantas maneras de llamar al
amor trinitario. El cristianismo se opone a un capitalismo “salvaje”, no por una opción política-
partidaria sino ética; un liberalismo que promueve la ley de la jungla, favoreciendo al más fuerte y
teniendo como objetivo fundamental el lucro, no tiene que ver sólo con cuestiones técnicas, sino
con la fraternidad entre los seres humanos.
Entre otras cosas, la Trinidad nos llama no sólo a revisar la economía mundial o sectorial, sino
también el modo cómo es vivida en nuestras comunidades cristianas. La “comunión de bienes” (que
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puede variar en sus formas y no se refiere sólo al dinero) no es algo optativo para héroes y santos,
sino una exigencia profunda, para todo cristiano, de la fe evangélica y trinitaria.

e) “Que sean uno como nosotros somos uno” (Jn 17,22)


"Una de las características aparentemente más paradójicas del modo de “ser uno” de Dios,
es el “no ser”. “El Padre genera por amor al Hijo, se ‘pierde’ en él, vive en él, se hace, en
cierto sentido, ‘no ser’ por amor y, justamente por eso, es Padre. El Hijo, como eco del
Padre, vuelve por amor al Padre, se ‘pierde’ en él, vive en él, se hace, en cierto sentido ‘no
ser’ por amor y justamente así es Hijo. El Espíritu Santo, que es el recíproco amor entre
Padre e Hijo, su vínculo de unidad, se hace, también él, en cierto sentido, ‘no ser’ por amor
y justamente así es el Espíritu Santo” (C. Lubich).
Esta característica de la vida trinitaria nos dice algo clave para nuestras propias relaciones. Los
místicos cristianos a través de la historia experimentaron y enseñaron la necesidad de nuestra
“nada” frente a Dios para que Él pueda actuar en nosotros. Una experiencia nueva que el Espíritu
está suscitando en los cristianos, es la necesidad de vivir recíprocamente esa misma “nada” frente a
Dios en el prójimo, para que sea posible establecer relaciones de estilo trinitario entre los seres
humanos. El punto culmine donde la dinámica de la vida divina intratrinitaria se ha realizado dentro
de la historia humana, ha sido el evento pascual (pasión, muerte, resurrección de Cristo, efusión del
Espíritu). En modo especial el abandono de Cristo en la cruz, es la más alta y divina “lección” sobre
cuál debe ser la medida de nuestro amor. Sólo un amor que llegue a hacerse “nada” – por cuanto
esto es posible – frente a los demás, es capaz de establecer una trinitariedad de relaciones.
Un solo ejemplo: el modo de escuchar. El card. Suenens decía que la novedad del Concilio Vaticano
II sobre la actitud de la Iglesia respecto al mundo, podía resumirse en dos palabras: servir y
dialogar. O mejor dicho – agregaba – servir y escuchar, “porque para dialogar es más necesario
escuchar que hablar”. Pero es muy difícil encontrar gente que sepa escuchar realmente.
Frecuentemente los diálogos suelen ser dos monólogos que se sobreponen. O al menos cada uno
filtra los conceptos del otro a través de la propia experiencia y visión de las cosas, por lo cual no
comprende a fondo lo que el otro desea expresar. O se está ya pensando a los argumentos y
objeciones con los cuales se responderá a lo que el otro está diciendo. En cambio para poder
comunicarse realmente es necesario “no ser”, dejar de lado todo el proprio mundo interior para
escuchar profundamente, totalmente al otro. Si cuando el interlocutor se ha expresado y
comenzamos a hablar nosotros, él se coloca en la misma actitud, se ponen las condiciones para una
comunicación de tipo trinitario, donde cada uno “penetra” empáticamente en el otro y lo recibe en
su interioridad.
Alguien decía que cuando dos personas se comprenden a fondo, se ha producido un milagro; es que
el fenómeno de la comunicabilidad humana es sumamente complejo y difícil. Una actitud trinitaria
no hace más que poner las condiciones para una verdadera comunicación y comunión entre las
personas. El mundo cambiaría si el médico supiera escuchar a sus pacientes, el comerciante o el
arquitecto captara las verdaderas necesidades de sus clientes, el alumno y el docente se escucharan
recíprocamente con interés, el diálogo entre los esposos o la relación entre padres e hijos ganaría
enormemente escuchándose sin apuro y en profundidad, los pueblos y las distintas culturas
aprenderían a conocerse y a pasar de una actitud conflictiva a una lógica de acogida de las
recíprocas riquezas y experiencias… y así se podría continuar con todos los ámbitos de la vida y la
sociedad.

Dimensión social
“Después de la proclamación de Cristo, que nos "revela" al Padre y nos da su Espíritu,
llegamos a descubrir las raíces últimas de nuestra comunión y participación. Cristo nos
revela que la vida divina es comunión trinitaria. Padre, Hijo y Espíritu viven, en perfecta
intercomunión de amor, el misterio supremo de la unidad. De allí procede todo amor y toda
comunión, para grandeza y dignidad de la existencia humana. Por Cristo, único Mediador,
la humanidad participa de la vida trinitaria. Cristo hoy, principalmente con su actividad
pascual, nos lleva a la participación del misterio de Dios. Por su solidaridad con nosotros,
nos hace capaces de vivificar nuestra actividad con el amor y de transformar nuestro trabajo
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y nuestra historia en gesto litúrgico, o sea, de ser protagonistas con El de la construcción de


la convivencia y las dinámicas humanas que reflejan el misterio de Dios y constituyen su
gloria viviente. Por Cristo, con El y en El, entramos a participar en la comunión de Dios.
No hay otro camino que lleve al Padre... La comunión que ha de construirse entre los
hombres abarca el ser, desde las raíces de su amor y ha de manifestarse en toda la vida, en
su dimensión económica, social y política. Producida por el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo, es la comunicación de su propia comunión trinitaria. Esta es la comunión que buscan
ansiosamente las muchedumbres de nuestro continente cuando confían en la providencia
del Padre o cuando confiesan a Cristo como Dios Salvador; cuando buscan la gracia del
Espíritu en los sacramentos y cuando se signan "en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo". (Puebla 213-216)

“A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las


dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación.
Entonces el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad
fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada
por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto,
debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el
Señor...Entonces la conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de todos
los hombres en Cristo, "hijos en el Hijo", de la presencia y acción vivificadora del Espíritu
Santo, confiere a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo. Por
encima de los vínculos humanos y naturales, tan fuertes y profundos, se percibe a la luz de
la fe un nuevo modelo de unidad del género humano, en el cual debe inspirarse en última
instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad, reflejo de la vida íntima de Dios,
Uno en tres Personas, es lo que los cristianos expresamos con la palabra comunión." (SRS
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