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Thomas Paine:

Derechos del Hombre


Respuesta al ataque realizado por
el Sr. Burke contra la Revolución Francesa

Traducción, introducción, cronología y notas


de Fernando Santos Fontenla

El Libro de Bolsillo
Alianza Editorial
Madrid
Título original: R igh ts o f M an
Traductor: Fernando Santos Fontenla

© de la traducción, introducción, cronología y notas: Fernando Santos


Fontenla
© Alianza Editorial, S. A ., M adrid, 1984 .
C alle M ilán. 38; « P 200 00 45
ISBN: 84.206-0012-1
Depósito legal: til. 83.302-1984
Papel fabricado por Papelera del Mediterráneo, S. A.
Impr eso en Hijos de E. M inuesa, S. L.
Ronda de Toledo, 24 - Madrid-5
Printed in Spain
Nota a la presente edición

Las ediciones de los Derechos del Hombre son innúmeras (sólo


en 1 7 9 2 salieron ocho), y debido a razones de censura, erratas en las
ediciones más baratas, etc., es preciso escoger alguna en la que basarse.
Hemos preferido seguir el criterio erudito de Hypatia Bradlaugh
Bonner (Rights o f Man, Londres, Watts, 19 3 7 , 2 .‘ ed., 19 4 9 ),
que utiliza las ediciones deJhonson (1 7 9 1 ), Jordán ( 1 7 9 1 y 17 9 2 )
y Symonds (1 7 9 2 , revisada por el propio Paine). Como textos de
apoyo, y a veces de ampliación, se han utilizado los de Philip J. Poner
(en su inapreciable edición de las obras completas, The Complete
W ritings o f Thomas Paine, Nueva York, Citadel, 19 4 5 , 2 .a ed.,
19 6 9 ) y Henry Collins (Rights o f Man, Aylesbury, Pelican,
19 6 9 , 5.a ed., 19 7 9 ). Lógico es reconocer mi deuda intelectual con
estos tres autores, así como con M. D. Comvay A . Williamson, D. F.
Hawke, V. Parrington, G. D. H. Colé, E. Poner y un largo etcéte­
ra. .
Se han incluido en notas a pie de página, señaladas con uno o dos
asteriscos, las del propio Paine (señaladas como Notas del A utor) y
las relativas a l texto en s i (párrafos suprimidos o censurados, etc.),
con indicación de su procedencia. A l fin a l de la obra figuran las notas
de la presente edición. También en este caso hay que establecer limites.

7
8 Fernando Santos Fontenla

Se ha señalado el origen de algunas frases, la importancia de determi­


nados personajes y declaraciones, equivocaciones o interpretaciones am­
biguas de Paine, etc. P ara no insultar a ¡a inteligencia del lector se
omiten las notas sobre personajes tan obvios como Voltaire, Montes-
quieu, Rousseau..., salvo que se trate de introducir alguna aclaración
que parezca oportuna.
Se ha procurado respetar la ortografía del propio Paine incluso
cuando se equivoca (Neckar, Brogiio, Tiers Etats, fuane M irralles,
etc.). A fin de cuentas, asi era como lo leían sus contemporáneos. A si­
mismo, se ha respetado su uso de la palabra America p ara designar
a los Estados Unidos. Después de todo, en 17 9 2, desde el punto de
vista político, no había más «América» que los Estados Unidos pues
politicamente el resto del continente eran «España», «Portugal»,
«Francia» o «Inglaterra».
En los comentarios se habla a veces de «Tom» Paine siguiendo una
costumbre muy extendida y a en vida de éste y que continúa hasta la
actualidad. L a abreviatura T. P., obviamente, corresponde a l mismo.
A l principio del volumen, antes de la Introducción,figura una lista
resumida de obras de Paine, y a l fin a l una cronología y una biblio­
grafía sobre Painey su época.
Principales obras de Thomas Paine

No. es posible incluir la lista completa de las obras publicadas por Tom Pai­
ne. Su número total, según la compilación de Foner, asciende a más de cuatro­
cientas, entre cartas, artículos, libros, panfletos y poemas, tratados de ingeniería
y armamento, y ensayos. La «breve lista» de Conway contiene mis de 70 tí­
tulos, y la edición completa de Foner tiene 2.126 páginas. Incluyo, pues, las
obras más importantes por la influencia que tuvieron en su época o han se­
guido teniendo, o por lo que revelan acerca de la evolución del propio Pai­
ne, con indicación de la fecha en que se escribieron. He seguido básica­
mente la lista de P. S. Foner, y el número de páginas que se indica a la
derecha es el de las que ocupan en su edición. No se indican los editores
porque eso alargarla enormemente la bibliografía, dado el gran número de
tiradas de varias de sus obras y que el mismo Paine solía donar los dere­
chos de autor de las más polémicas a grupos afines a sus ideas, bien fuese
para comprar guantes a las tropas de Washington o para difundir la idea re­
publicana (caso de los Derttkos i d Hombre).
Van en cursiva las obras que Tom Paine mencionó en su testamento, eviden­
temente las que consideraba más importantes.
Páginas

1772 —Case of the Officers of the Excise 13


1775 - African Slavcry in America 4
1776 - Commo» Senst 44
Tbt A merita» C risis (1 a XIII, más las Supemumcrary Crisis y
la Crisis Extraordinary). Su publicación termina en 1783. 190

9
10 Fernando Santos Fontenla

1780 —Emancipation of Slaves 2


1782 —Letter to rhe Abbé Raynal 52
1786 —Disertations on Government; the Affairs of the Bank and
Paper Money (publicación terminada en 1787) 72
1791 - Rights o f Man, Part I 207
1792 - Rights o f Man, Pari II
An Essay for the Use of New Republicans in Their Opposi­
tion to Monarchy 7
On the Propriety of Bringing Louts XVI to Trial 4
1793 —Reasons for Preserving the Life of Louis Capet 5
Shall Louis XVI Be Respited? 3
The Age o f Reason, Part I 52
1795 —Dissertation on the First Principies o f Governwent 18
The Age o f Reason, Part II 91
1796 —Agrarian Justice 18
Letter to George Washington 32
1802 - Letters to the Citizens of the United States (I a VIII; su pu­
blicación termina en 1805) 49
1803 —The Construction of Iron Bridges 7
1804 - Prospect Papers 42
1806 —The Cause of the Yellow Fever 7

Esta breve lista revela los motivos por los que a Paine se lo ha califi­
cado (en el buen sentido del término) del mayor panfletista de la causa re­
publicana y de la libertad. En adelante, al citar los títulos de las obras de
T. P., lo haremos traducidos al castellano.
Introducción

. M i patria es el mundo;
mi religión, hacer el bien

En su testamento, Tora Paine menciona sólo cinco de sus


obras, una de las cuales es Derechos del Hombre. Es lógico que
lo hiciera, pues se trata, como ha señalado Parrington, de «la
elaboración más completa del pensamiento político de Pai­
ne»’ y probablemente de su obra más influyente, junto con
Sentido Común. Además, no se limita, como esta última obra, a
una sola causa, la de la independencia de los Estados Unidos,
sino que mediante la comparación a tres bandas entre la Ingla­
terra de Jorge III, la Revolución Francesa y los recién indepen­
dizados Estados Unidos, llega a abarcar la causa de la humani­
dad toda.
Concebida ihicialmente como respuesta al violento ataque
lanzado por Edmund Burke contra la Revolución en sus Re­
flexiones sobre la Revolución en Francia, la obra se va ampliando
cada vez más hasta componer toda una teoría de gobierno.
Su éxito fue instantáneo, tanto en Inglaterra com o eñ los re­
cién nacidos Estados Unidos y en traducciones al francés y a

11
12 Fernando Santos Fontenla

otros idiomas. Algunos estudiosos han llegado a calcular que


sólo en 17 9 2 y 17 9 3 se vendieron más de un millón de ejem­
plares, casi siempre a precios muy baratos. El estilo directo y
franco de Paine lo hacía inmediatamente asequible al público
a quien él se dirigía, el de los trabajadores (artisans en mu­
chas de las obras de la época), el de los desposeídos y los
oprimidos. De ahí que, como dice G . D. H. Colé, Derechos del
Hombre se convirtiese en «la Biblia de los pobres, porque fue
la primera obra de la literatura política en inglés que defen­
día la causa de las gentes del común desde el punto de vista
de la propia gente del común»2. En una era de grandes escri­
tores revolucionarios, Paine se destaca como uno de los
mayores propagandistas y agitadores en pro de la libertad y
de la redistribución de la riqueza.
El uso de este lenguaje facilita la difusión de la obra. Bur­
ke llena su obra de citas en francés, en latín, en alemán, por­
que se dirige a sabiendas a un público de sus pares. Paine,
que también sabe perfectamente a quién se dirige, raras ve­
ces escribe una frase que no sea en inglés, y cuando hace una
cita en francés, se apresura a traducirla entre paréntesis3.
Burke se refiere a quienes ahora llamaríamos las masas con
el despectivo término de «la multitud porcina» y defiende la
inmutabilidad de los derechos adquiridos. Paine considera
que la autoridad del pueblo es la única que puede dar legiti­
midad a un gobierno en cualquier país, y se dirige a ese pue­
blo de igual a igual. Su pluma apasionada va destruyendo mi­
tos y exponiendo a la luz del día lo que muchos sabían, peto
no se atrevían a denunciar.1 ' ■
Pero, evidentemente, no se trata sólo de una cuestión de
estilo. Paine- escribe en momentos en que la Revolución
Francesa tiene muchos partidarios entre las masas inglesas* y
los «ilustrados», mientras que la aristocracia y sus aliados lá
detestan y más adelante la combatirán por todos los medios.
A partir de su defensa de la Revolución, Tom Paine va mon­
tando un ataque devastador contra el sistema inglés de la
época, desde la Corte y la Monarquía hasta él régimen fiscal
y el Parlamento de los «burgos podridos». ■
Tanto llegaren a temer a Paine los poderosos que más tar­
de lo procesarían en Inglaterra y lo harían condenar en
Introducción 13

rebeldía por la publicación del «libelo sedicioso» Derechos del


Hombre, e incluso llegaron a encargar al oscuro periodista
Chalmers que preparase una biografía difamatoria para desa­
creditarlo*. Es curioso pensar que Chalmers ha pasado a la
historia con el seudónimo de Oldys, que adoptó para esa
obra,y no por sus otros escritos. Paine no llegó a ir a la cár­
cel p or hallarse en Francia cuando llegó la orden de deten­
ción. • •. - •. -. ■ .
La Inglaterra de Jorge III era el paradigma del Antiguo
Régimen. El sistema de representación era una burla sinies­
tra, con las elecciones por «burgos podridos»: el pueblo natal
de Paine, Thetfcrd, sólo tenía 32 electores y enviaba dos
miembros al Parlamento; la aldea de Oíd Sarum (que men­
ciona Paine), con sólo tres casas, también tenía dos miem­
bros del Parlamento, y Manehester, con 6 0 .0 0 0 habitantes,
no tenía representación parlametaria. Y eso no era sino el
comienzo de una larga lista de lacras. Los contrastes del lujo
de unos pocos y la miseria de millones eran apabullantes. Y
esos contrastes no se veían aliviados, sino realzados, por el
régimen fiscal.’ Los impuestos eran sobre todo indirectos, y
recaían en especial sobre los artículos de consumo de los
sectores más pobres, com o el carbón, la cerveza y el pan, o
se establecían p o r puertas y ventanas. Esta cuestión de los
impuestosv que es uno de los temas recurrentes en Derechos
del Hombre, obsesionaba a Paine, buen conocedor del tema
por haber sido agente de aduanas y consumos. En cambio,
no existía impuesto sobre la renta, que no se estableció hasta
17 9 9, para atender-a los gastos de la guerra con Francia* y
eso para quedar abolido en I 8 1 6 5. En relación con la pobre­
za general, señala o tro autor: «Si se estudia la obra de cual­
quier historiador inglés1que escriba una historia general del
siglo x v iíi, inmediatamente se encuentra uno inmerso en
una preocupación general y, necesaria por la- pobreza abyecta
e implacable del pequeño campesino, o por la miseria pesti­
lente’y m ortífera de los pobres de las ciudades»6.- El sistema
de mayorazgos (denunciado también por Paine), la liquida­
ción d e las tierras de cómunes y dé propios por el sistema de
cnclosures (el vallado de todas las tierras), el caos laboral crea­
do por los inicios d e la revolución industrial, la urbanización
Í4 Femando Santos Fontenla

acelerada y la explosión demográfica7, crean situaciones de


horrible hacinamiento e indefensión. Las libertades formales
también son una caricatura. A John Wilkes, el gran defensor
de la libertad de expresión y protopopulista, se le persigue y
se lo expulsa reiteradamente del Parlamento, pese a salir ree­
legido una vez tras otra8, por «libelo sedicioso». Lo mismo le
ocurre al propio Paine, prim ero por su folleto sobre la con­
dición de los agentes de consumos y después por estos mis­
mos Derechos del Hombre. ; ■. . .
Si una obra destinada en principio a no ser más que la re­
futación de Burke y sus Reflexiones pasa a adquirir dimensión
universal es precisamente por la universalidad de esas cir­
cunstancias del Antiguo Régimen (lo que Paine califica de
«gobiernos antiguos»), que impedía a un autor como Paine
circunscribirse al terreno de una polémica limitada. Esto no
impide que sus ataques a Burke sean despiadados: lo acusa
de recibir de la Corte una pensión secreta (acusación confir­
mada más adelante), dice que Burke no se considera un loco,
aunque otros piensen lo contrario, lo califica de teatral, des­
miente sus afirmaciones con lo que han visto sus propios
ojos, etc. Pero la pluma de Paine no se agota con la demoli­
ción de Burke y de sus argumentos, conform e a los cuales
«el cambio no estaba justificado más que si, mediante la
adaptación a la evolución de las circunstancias, reforzaba la
estructura social existente»9.
Paine va mucho más allá, sobre todo en la Parte II, e in­
troduce una serie de conceptos totalmente revolucionarios,
como su sistema de seguridad social, prim era concebido en
el mundo occidental, y el impuesto progresivo para los ricos
y negativo para los pobres. Llega a introducir él concepto de
los derechos económicos del hombre. Crea nada menos que un plan
de redistribución de la riqueza, y en la página 2 5 6 Paine em­
plea efectivamente el térm ino de «redistribución». Resulta
irónico que uno de los primeros sistemas de seguridad social
en Occidente lo fuera a implantar un personaje tan diferente
com o Bismarck, casi un siglo después. Y habría de pasar casi
medio siglo más para que la seguridad social se fuera genera­
lizando en las sociedades capitalistas.
Pero Paine no era socialista. Difícilmente podía serlo en
Introducción 15

tiempos en que ni había aparecido el térm ino10. Había ideas


dé comunismo utópico, como las de Mably o Moreily, o levan­
tamientos socializantes, como el de los «iguales» de Babeuf,
pero todavía estaba demasiado reciente la revolución indus­
trial como para generar una ideología socialista plena. Mas sí
llegó a bordear las fronteras del socialismo con sus planes de
redistribución y su criterio, sobre todo en Justicia agraria,
de que «una parte de toda form a de riqueza debería conside­
rarse esencialmente como producto social»11.
A hora bien, no por no ser socialista dejaba Paine de ser
un revolucionario. Lo que ha dado permanencia a su obra es
su planteamiento de «la posibilidad de un cambio total»12, la
modernidad de sus ideas, su form a de expresarse y su visión
de los derechos innatos de todo ser humano, como por ejem­
plo su insistencia en que la previsión social no es cuestión de
caridad, sino de derecho. Sería ahistórico y ucrónico no atri­
buir carácter revolucionario sino a. lo que es ahora revolucio­
nario. Es — ha sido revolucionario— todo lo que plantea ese
cambio total, aunque ahora, una vez efectuada ya parte de
ese cambio, lo que sé propugne haya de ser diferente por la
fuerza. Por eso no cabe contemplar los acontecimientos de
hace dos siglos con los criterios con que el siglo x x se enca­
ra el futuro, sino que es necesario hacerlo siempre en el con­
texto. La guerra de la independencia de los Estados Unidos
n o es menos revolucionaria por no haber subvertido básica­
mente el sistema dé propiedad; es revolucionaria por ser la
primera derrota del colonialismo en los tiempos modernos.
Lo que ocurrió después ya es o tra Cosa. Y lo mismo cabe de­
cir de la Revolución Francesa, aunque ésta sí procediera a
desamortizaciones y nacionalizaciones. D e ahí la necesidad
de subrayar «el carácter pasado de lo pasado, a fin de evitar
la lectura de definiciones decimonónicas o del siglo x x del
radicalismo en el radicalismo del siglo x v m » 13. El hecho es
que la influencia radicalizadora de Paine, el gran polemista,
el gran optimista, el gran racionalista, continúa viva en In­
glaterra durante mucho tiempo, y las tiradas de Derechos del
Hombre siguen multiplicándose a lo largo del siglo x i x y con­
tinúan en nuestros días.
Más cerca del mundo de habla hispana, en 19 5 3 observaba
16 Fernando Santos Fontcnla

Fidel Castro en el juicio por el asalto al Cuartel de Moneada:


«Thomas Paine decía que “un hombre justo es más digno de
respeto que un rufián coronado”»14. ,
Pero, cquién era este hombre, este revolucionario, panfle­
tista, agitador, demoledor de sistemas y precursor de otros?
Los juicios son encontrados y contradictorios. J. H. Tooke,
el filósofo y político radical inglés contemporáneo suyo, decía
de él que era «un caballero que, criado en la oscuridad, ha
demostrado ser el escritor político más grande del mundo, y
ha armado más ruido en esto y provocado más atención y
obtenido más fama que nadie antes que él»15. El día de la
muerte de Paine, Jacob Frank publicó una nota necrológica
según la cual «este distinguido filántropo» dedicó su vida «a
la causa de la humanidad...[y] si jamás ha existido alguien
cuyo recuerdo deba perdurar en el corazón de todo hombre
es el del fallecido, pues
¡Busquemos donde busquemos
Jamás encontraremos quien lo iguale!»
Y al día siguiente, Cheetham, uno de sus más encarniza­
dos enemigos en los Estados Unidos,, escribía, por contra:
«No conocí su época, pero vivió-m ucho tiempo, hizo algún
bien y mucho daño»16. , : .
El caso es que éste, para unos santo de lalib ertad y para
otros encarnación luciferina del ateísmo y la destrucción,
dejó por toda herencia material unos títulos por valor de
1.50 0 dólares y la finca de 1 1 0 ha que le había regalado la
Asamblea de Nueva Y o rk 17. Eso es lo que le habían aporta­
do materialmente sus 35 años ai servicio de la Revolución,
sus centenares de artículos v sus libros, vendidos por millo­
nes de ejemplares, pero cuyos beneficios él solía regalar a la
Causa. .
En muchos aspectos, Toen Paine era, y sigue siendo, un
personaje enigmático. A l salir de Inglaterra en 1774, con ,37
años cumplidos, n o había escrito para la imprenta más que
su exposición sobre los agentes de cbnsumps (apenas doce
páginas en la edición de Poner). Y , sin embargo, en cuanto
llega a las colonias norteamericanas, comienza upa furiosa
producción literaria que ya a. representar, en los treinta y
Introducción 17

cuatro años siguientes, un total de 4 0 0 títulos entre libros,


folletos, artículos, cartas y memoriales, con un total de m is
de 2»QCKJ páginas, cómo ya hemos dicho. Parece como si
el pisar un país en estado prerrevolucionario diera rienda
suelta a una mente trabada en su expresión por todas las
cortapisas deí antiguo -régimen que tanto detestaba. A sí pare­
cería abonarlo el dato adicional de que la producción más
importante de Paine se realiza en sólo veinte años, del Senti­
do Común (17 7 6 ) hast %Justicia A graria (1796). Es decir, en la
situación revolucionaria de la G uerra de la Independencia
norteam ericana, en la tentativa revolucionaria en Inglaterra
y en Ja Francia de la Revolución. La reacción de Thermidor
y el Directorio.18 parecen apagar al gran polemista, pese a
que permanece en Francia, Sus publicaciones a partir de esa
época tienen mucha menos importancia. Y a su regreso a los
Estados Unidos unos años después (18 0 2 ) tampoco recupera
el fuego,y. la visión que le habían hecho componer sus gran­
des requisitorias,; Los Estados Unidos ya no eran territorio
revolucionario, sino un país que se asentaba, que «estaba
volviendo la espalda a su propia gloria y avanzando a gran­
des pasos por la vía retrógrada del olvido»19, como dice él
,m is m o e n su C a r t a s l o s Ciudadanos de (os Estados Unidos
( lc$02r 1805), viltimo intento notable de vo lver a elevar su
otrora poderosa vpz. Conway cita al D r. W . Francis, el autor
e© 18 5 8 de un libro de reminiscencias sobre d antiguo Nue­
va, Y ork, en el sentido de que «por lo general, cuando Paine
escribía era motivado por alguna gran ocasión»20. Y aunque
,d presidente era su amigo Thomas Jeffcrson, aunque el pro­
pio Paine era objeto de ataques furibundos y generalizados
por su defensa del deísmo en L a Edad de la Razón, no se da­
lla n ocasiones lo bastante grandes como para m otivarlo has­
ta sus niveles de antaño. Paine, indica Conway, vivía en
Nueva Y ork como un Prometeo, y sin atraer ya más aten­
ción que la pasiva de los ataques desencadenados contra él,
que llegaban incluso a brindis como «Que jamás conozcan el
placer los am igos de Paine *»21, en la época que Conway ca­
lifica de «Inquisición norteamericana», Pero, como es lógico,

* Juego de palabras évidente entre «pain» (dolor) y «Paine», la persona.


18 Femando Santos Fontenla

aquellos frenéticos ataques contra Paine, tachado falsamente


de ateo, tenían también unos motivos prácticos: combatir el
igualitarismo que él había propugnado en Derechos del Hombre
y en Justicia Agraria.
Hay otros aspectos de la vida de Paine que plantean inte­
rrogantes y cada uno interpreta a su manera. Uno de ellos es
el de su vida sexual. Como se ve en la cronología, Paine con­
trajo su primer matrimonio muy joven, a los 22 años, pero
quedó viudo a los 23, en 1760. Después esperó once años
hasta casarse con su segunda mujer, Elizabeth O llive, la
huérfana de su antiguo casero. Tampoco este matrimonio
duró mucho. El 4 de junio de 17 7 4 — dos meses después de
su segunda expulsión del Cuerpo de Aduanas y Consumos—
Paine y su esposa se separaron amigablemente, confórme a
un acuerdo concertado ante el reverendo James Castley22.
Hay indicios de que el matrimonio nunca se consumó, pero
no datos tajantes. Lo que sí se sabe es que al separarse los
bienes gananciales, Paine sólo se llevó 35 libras esterlinas. Y
asimismo está demostrado que, pese a las insinuaciones de
malos tratos de «Oldys», tanto Paine como su esposa siem­
pre hablaron bien el uno del otro. Paine le enviaba periódi­
camente algún dinero, y ella, por su parte «siempre se negó a
hablar de [la separación], y más tarde, si alguien criticaba a
Paine en su presencia, se levantaba y se marchaba»23. Cuan­
do murió Elizabeth, un año antes que Tom, su nota necroló­
gica señalaba que el hablar mal de su ex marido sería algo
«innecesario, poco generoso e injustificable»24. Y no hay más
datos sobre la vida sentimental de Paine. Ni sus amigos ni
sus enemigos la mencionan para nada en toda su vida. Hay
una sola excepción, y es que algunos plumíferos, oficiales u
oficiosos, atribuyen la paternidad de los hijos de Mme. de
Bonneville, su generosa anfitriona en París y más tarde ama
de llaves en los Estados Unidos, a Tom Paine. Pero la ver­
dad es que cuando Paine füe a vivir con los Bonneville tenía
casi 60 años, extraña edad para iniciar una vida de amores
clandestinos y empezar a tener hijos, al cabo de tanto tiempo
de celibato. Por otra parte, cuando Cheetham lanzó ese in­
fundio, Mme. de Bonneville lo demandó por libelo y ganó el
pleito.
Introducción 19

Lo que .parece raro es que Paine fue célibe la mayor parte


de su vida. El m otivo se ignora. Fue a la tumba con él, igual
que la razón de su corta vida literaria.
O tro de los temas polémicos es el de su consumo de alco­
hol, en to m o al cual se han gastado ríos de tinta. También
en esto se muestran divididos sus biógrafos. Para sus enemi­
gos, Paine fue un borrachín inveterado, lo cual les parece
argumento para tratar de desacreditar sus escritos. En resu­
men, aducen: «Como Paine bebía demasiado, no dice la ver­
dad al asegurar que el rey de Inglaterra Cobra un millón de
libras al año, o que una quinta parte de la población v iv e de
la mendicidad, etc.», razonamiento demagógico donde los
haya. Pues lo cierto es que, bebiera mucho o no Tom Paine,
el rey cobraba un millón y los mendigos eran numerosísi­
mos, etc. En todo caso «Oldys» (aunque no en la primera edi­
ción), Cheetham y en menor medida Hawke, dedican un nú­
mero exagerado de páginas al consumo de alcohol que hacía
Paine. Cheetham, por ejemplo, escribió que «a esas borrache­
ras solía seguir el desorden...[que]...engendraba una conmo­
ción de las ideas...[lo que llevó a producir]...su despreciable
obra sobre los Derechas del Hombre»1^. Es el tipo de ataque ad
hominem que jamás sé detiene en la razón del argumento, sino
en los supuestos defectos de quien lo expone. Por el contra­
rio, otros autores ven en Tom Paine a un buen bebedor,
com o tantas personalidades d e su época, sin mayor proble­
ma. A sí lo hacen Rickman, W illiamson y Conway. En todo
caso, no s© trata de un problema de gran importancia, salvo
en la medida en que indica hasta qué extremos estaban deci­
didos a llegar los enemigos de Paine y su igualitarismo con
tal de desacreditar al hombre, y por ese medio a sus teorías.
Un aspecto controvertido más de la obra de Paine es su
defensa de la creación del Banco de América. A muchos de
sus comtemporáneos y a muchos de sus biógrafos les extra­
ñó ver que en relación con ese Banco, inicialmente previsto
para dar apoyo financiero a las tropas del general Washing­
ton, Paine se pusiera del lado de los acreedores, los ricos de
las' principales ciudades. Quizá sea eso lo que Heve a H. H.
Clark a calificar a Paine de «el Conservador»26, o al gran re­
novador de la historia de los Estados Unidos, W illiam Ap-
20 Femando Santos Fontenla

plcman Williams, a calificarlo del «dinámico portavoz del


Presente estadounidense único» [en el sentido de opuesto al
cambio]27. Pero parecen olvidar, de una parte, el odio invete­
rado que tenía Paine al papel moneda en todas sus formas
(de ahí que, por ejemplo en Derechos del Hombre, distinga en­
tre «papel moneda» y «dinero»), así com o que los artesanos y
mecánicos de las ciudades, que eran las gentes a quienes se
dirigía Paine sobre todo, eran partidarios del Banco confio
medio de Contener la inundación inflacionaria de papel mo­
neda, que amenazaba con dejar sus salarios reducidos a la
nada28. A veces, como decía C. D: W arner, el colaborador
de Mark Twain, «la política hace extrañoS" compañeros de
cama».
Podríamos seguir tratando de explicarnos las grandes y
aparentes contradicciones y los misterios de la vid a de Paine.
Por ejemplo, ¿por qué no llegó nunca a dom inar'él francés
hablado (aunque sí el escrito), cosa quéi tantos disgustos le
costó en la Asamblea y después en la Convención? Pero creo
que no se trata de eso. Como todo gran hombre — y muchos
no tan grandes— , Paine no era un hom bre Unívoco, de Una
sola pieza. Así, este gran antimonárquico y gran republicano
votó en contra de la muerte de Luis X V I, en parte p o r odio
a la violencia evitable, y en parte por tem or a que esa muerte
provocase un enfrentamiento con los Estados Unidos eft
momentos críticos para Francia. De gran defensor de G eor­
ge Washington pasa a atacarlo furiosamente. El revoluciona­
rio apoya el golpe de Estado del Directorio. El p a n defen­
sor del pueblo llano olvida a veces a los indios y los negros 0=
cae en algunos (leves) clichés antisemitas (com o ocurrió
también con el propio Marx). El partidario de la abolición de
todos los aspectos innecesarios dei gobierno aborrecía la vio­
lencia y los disturbios. !
Lo qué sí resulta sintomático de Paine es que ninguna de
sus contradicciones redundaba en su beneficio. Igual que fue
precursor en su internacionalismo revolucionario fe n los Es­
tados Unidos, en Inglaterra v en Francia), lo fue en no'que­
rer aprovecharse de los movimientos revolucionarios que im ­
pulsó o defendió. Mientras sus obras,- vendidas p or millones
de ejemplares, impulsaban efectivam ente las causás que d e ­
Introducción 21

fendían, el autor, tras ceder sus derechos a la causa, vivía a‘


salto de mata, con deudas que lo obligaban a solicitar pues­
tos subalternos para sobrevivir. Su defensa de la vida de
Luis X V I .le costó la cárcel y casi la vida durante el T error *.
A l salir de la cárcel del Luxemburgo, airado por la inde­
fensión en que lo han dejado sus amigos norteamericanos,
Paine escribe su malhadada y enconada carta a G eorge W ash­
ington, a quien considera culpable de aquélla. En realidad,
el culpable de ella había sido G ouvem eur M orris, enviado
estadounidense a Francia, quien se había negado a m over un
dedo por Tom Paine, aunque éste lo ignoraba. Su Carta aca­
ba de condenarlo ante los aristocratizantes federalistas, que
desde la prim era elección de Washington habían ido hacién­
dose con el poder y cuyos sucesores continuarían en él hasta
nuestros días, con sólo breves interrupciones, y éstas sólo de
forma. '
No es, efectivamente, Paine, profeta. Su enorme optimis­
mo y fe en la humanidad le lleva a equivocarse a menudo.
Tampoco es persona hecha para medrar. La Carta a Wash­
ington acaba de hundirlo en América. En Francia, pese a ha­
ber apoyado al D irectorio en un principio, tanto éste como
Napoleón 4o relegan al olvido. Y así sucesivamente... Paine
es un «hacedor de revoluciones», no un «beneficiario de ¡a
revolución». Los nombres de quienes han actuado así serían
incontables: desde Toussaint l’O uverture hasta Am ilcar Ca­
bral, pasando por Miranda, Bolívar, Garibaldi, Artigas, Za­
pata, San M artín, Dedan Kimathi... Quizá porque los autén­

* Un apañe sobre el Terror, cantilena favorita de los enemigos de la Re­


volución Francesa. Sin excusar ninguno de los excesos cometidos durante ¿1,
es imprescindible contemplarlo con un mínimo de perspectiva de lo que son
las situaciones revolucionarias. Según calcula Godechot, se estima que el Te­
rror produjo unos 35.000 muertos en úna población de unos 26.000.000 de
franceses. Esta cifra abarca la totalidad de los muertos, en plena guerra civil
e internacional. Toda represión es lamentable, pero lo que se ha de tener en
cuenta ante el coro de las cocodrilescas lamentaciones que recuerdan un
poco la frase de «afortunadamente todos los muertos eran viajeros de terce­
ra», es que ese porcentaje de muertes es inferior a la de cualquiera de las
grandes represiones —generalmente contrarrevolucionarias’— de la Edad
Moderna. , -
22 Femando Santos Fontenla

ticos revolucionarios a lo que menos aspiran es al propio be­


neficio.
Pero, ¿qué queda en realidad de Tom Paine? Independien­
temente de chismorreos, hagiografías, condenas, ¿cuál es la he­
rencia de aquel ciudadano del mundo?
No cabe duda de que su Sentido Común fue el clarín que
convocó a las masas de gentes del común de Norteamérica a
la primera guerra anticolonial de la Era Moderna; de que sus
Crisis fueron el segundo aldabonazo a la conciencia de aquel
mismo pueblo para que continuara la resistencia a la Poten­
cia colonial; de que la Edad de la Razón fue una de las obras
más polémicas del deísmo, con su negación del carácter divi­
no de Cristo (sin llegar a negar totalmente su existencia,
como hacía Voltaire) y su enorme difusión; de que su Justicia
agraria, sin llegar al comunismo utópico de Mably, casi llegó
a una concepción socialista de la propiedad y de la renta de
la tierra. Y asimismo es indudable que sus Derechos del Hom­
bre, extendidos por todo el mundo occidental, figuran entre
los más convincentes argumentos en pro de la República (si
defendió a Luis X V I fue por motivos sobre todo humanita­
rios), en contra del Antiguo Régimen y en pro, con una vi­
sión del futuro absolutamente única, de la seguridad social,
la redistribución de la renta y la libertad.

* * *

«La tiranía, como el infierno, no es fácil de vencer», dijo,


y «quienes esperan cosechar las bendiciones de la libertad de­
ben, como hombres, soportar las fatigas de defenderla». Su
vida y sus obra fueron vivos ejemplos de ello.

1 V. L. Parrington: «Tom Paine: Republican Pamphleteer», en Main Cu­


rrents in American, vol. I. 3954, pág. 340.
2 G. D. H. Cole: «Introducción» a la ed. de H. B. Bonner de Dertcbos dtI
//«»irr, rev. en 1949, pág. vii. ,
3 D. F. Hawke: Paine, Nueva York, 1974, pág. 221.
4 Chalmers-Oldys: The Life c f Thomas Paine, Londres, 1791.
5 E.J. Hobsbawm: The A p of Revolution, Londres, 1973, pág. 121.
6 R. H oistadter. America at 1750, Nueva York, 1971, pág. 134.
7J. Godechot: «Le Siècle des Lumières», en Histoire Universelle, Paris,
1958, págs. 280 a 286, y Les Révolutions, Paris, 1970, págs. 93 y 94.
Introducción 23

8 Véase G. F. E. Rudé: Wilkes and Liberty, Londres, 1962; A, Williamson,


Wilkes, Londres, 1974.
9 H. Collins: «Introducción» a Paine, Rights o f Man, Aylesbury, 1969, pá-
gina3l.
10 Véase G. D. H. Cole: Historia del Pensamiento Socialista. I. Los Precursores,
3.a ed., México, 1964. Introducción.
n G. D. H. Cole: ibid., pág. 40.
12 E. Foner: Tom Paine and Revolutionary America, Nueva York,1976, pá­
gina xix.
13 E. Foner: Loe. cit.
14 F. Castro: La historia me absolverá, ed. de Siglo XXI, México, 1975, pá­
gina 86.
15 Citado por A. Williamson: Thomas Paine. His Life, Work and Times, Lon­
dres, 1973, pág. 157.
10 D. F. Hawke: Op. cit., págs. 399 y 400.
17 Testamento reproducido en P. S. Foner (comp.): The Complete Writings
o f Thomas Paine, Nueva York, 1945, vol. II, págs. 1498 a 1501.
18 Véase G. Lefebvre: La France sous le Directoire (1795—1799)(ed. de J.
R. Suratteau y A. Soboul), Paris, \911, passim.
19 T. Paine: To the C itions o f the United States, Carta N.® I; en Foner
(comp.), op. cit., vol. II, pág. 910.
20 M. D. Conway: The U fe o f Thomas Paine (ed. facsímil), Nueva York,
1970, pág. 299.
21 Ibid., pág. 283.
22 Ibid., págs. 13 y 14; Williamson, Thomas Paine... págs. 48 a 59; Hawke,
op. cit., págs. 19 a 21.
23 Información adquirida por Gilbert Vale, biógrafo de Paine (1841), di­
rectamente de un aprendiz de relojero que vivió mucho tiempo con ella y su
hermano y confirmada por otros residentes de Cranbrook, donde vivían. Ci­
tada por A. Williamson en Thomas Paine... págs, 52 y 53.
24 A. Williamson: Thomas Paine..., loe. cit.
25 Citado en A. Williamson: Thomas Paine..., pág. 277.
26 H. H. Clark (comp.): Six New Letters o f Thomas Paine, Madison, Wis.,
1939, Introducción.
27 W. A. Williams: America Confronts a Revolutionary World, Nueva York,
1976, pág. 57.
28 Veasé al respecto P. S. Foner, observaciones a Dissertations on Govern­
ment; The Affairs o f the Bank; and Paper Money, en P. S. Foner (comp.), Comple­
te Writings o f Thomas Paine, vol. II, págs. 367 y 368.
A
G E O R G E W ASHINGTON
PRESIDENTE
D E LOS ESTADO S UNIDOS D E AM É RICA

Señor:

Le presento un pequeño Tratado en defensa de los Princi­


pios de la Libertad que su ejemplar Virtud ha contribuido de
modo tan eminente a establecer. Que los Derechos del
Hombre lleguen a ser tan universales como pueda desear la
Benevolencia de Vd., y que pueda Vd. gozar de la Felicidad
de ver cómo el Nuevo Mundo regenera al Viejo es lo que
fervientem ente desea,

Señor,
Su agradecidísimo, y
Obediente y Humilde Servidor,

TH OM AS PAINE

25
Prefacio a la edición inglesa

P or la participación que tuvo el Sr. Burke en la Revolu­


ción Americana era natural que yo viese en él a un amigo de
la humanidad, y como nuestra amistad se inició sobre esas
bases, jn e hubiera resultado más agradable haber tenido mo­
tivos para mantener esa opinión que para modificarla.
En el momento en que el Sr. Burke pronunció su violento
discurso el invierno pasado en el Parlamento Inglés contra la
Revolución Francesa y la Asamblea Nacional, me hallaba yo
en París, y hacía poco tiempo que le había escrito para infor­
marle de lo prósperamente que iban las cosas. Poco después
vi su anuncio del folleto que se proponía publicar. Como el
ataque se iba a realizar en un idioma poco estudiado y menos
comprendido en Francia, y como todo sufre en la traduc­
ción, prometí a algunos amigos de la Revolución en aquel
país que cuando saliera el folleto del Sr. Burke yo le daría
respuesta. Esto me pareció tanto más necesario cuando ad­
vertí las flagrantes tergiversaciones que contiene el folleto
del Sr. Burke, y que éste, además de ser un insulto intolera­
ble conta la Revolución Francesa y los principios de la Li­
bertad, constituye una impostura ante el resto del mundo.

27
28 Thomas Paine

Me siento tanto más asombrado y desilusionado ante esta


conducta del Sr. Burke cuanto que (por las circunstancias que
voy a mencionar) me había formado otras esperanzas.
Y a había visto yo bastante de las desgracias de la guerra
para desear que nunca volviera a producirse en el mundo y
que se hallara algún otro modo de resolver las diferencias
que surgieran ocasionalmente en la comunidad de las nacio­
nes. A sí podría hacerse si las Cortes Reales estuvieran dis­
puestas a ocuparse honestamente de ello, o si los países fue­
ran lo bastante ilustrados para no dejarse engañar por esas
Cortes. Las gentes de América se habían criado con los mis­
mos prejuicios contra Francia que en aquella época caracteri­
zaban a las gentes de Inglaterra, pero la experiencia y el co­
nocimiento de la nación francesa han demostrado con plena
eficacia a los americanos la falsedad de aquellos prejuicios, y
no creo que exista entre dos países relación más cordial y
confiada que la existente entre Am érica y Francia.
Cuando yo llegué a Francia, en prim avera de 17 8 7, era
m inistro1 el arzobispo de Toulouse, que en aquella época
gozaba de gran estima. Llegué a conocer mucho a) secretario
privado de dicho ministro, persona de corazón grande y be­
névolo, y hallé que sus sentimientos y ios míos coincidían
perfectamente con respecto a lo absurdo de la guerra y a te
lamentable m ala política de dos1naciones.-como Inglaterra y
Francia, que continuamente se irritaban la una a la otra,' sin
o tro fin que un aumento mutuo de las cargas y las gabelas.
Para asegurarme de que no io había interpretarlo m aly ni é lá
mí, puse p or escrito e l meollo de nuestras opiniones y se lo
envié, junto con una solicitud de que, si yo,advertía entre las
gentes de Inglaterra una disposición a cultivar una mayor
comprensión entre las dos naciones de la que había reinado
hasta el momento, ¿hasta qué punto podría yo estar autoriza­
do a decir que la misma disposición reinaba en Francia? Me
respondió por carta de la forma más sincera, y no sólo en su
propio nom bre, sino en el del ministro, corr cuyo conoci­
miento declaraba haber escrito la carta. -
Puse esta carta en manos del Sr. Burke hace casi-tres años,
y a él se la dejé, en su poder sigue, con la esperanza, y al
mismo tiempo con la natural expectación, por la opinión que
Derechos del Hombre 29

habla concebido de él, de que hallarla alguna oportunidad de


hacer buen uso de ella, a fin de rem over los errores y prejui­
cios que dos naciones vecinas, por falta de mutuo conoci­
miento, hablan venido sosteniendo, en detrimento de ambas.
Cuando estalló la Revolución Francesa, desde luego ello le
daba al Sr. Burke una oportunidad de hacer algún bien si hu­
biera estado dispuesto a ello; en lugar de lo cual, en cuanto
vio que los viejos prejuicios iban erosionándose empezó in­
mediatamente a sembrar las semillas de una nueva enemis­
tad, como si temiera que Inglaterra y Francia cesaran de ser
enemigas. El que haya hombres en todos los países que ha­
llen su sustento en la guerra y en el mantenimiento de las
querellas entre las naciones es algo tan escandaloso como
cierto; pero cuando quienes se ocupan del gobierno de un
país se consagran a estudiar cómo sembrar la discordia y cul­
tivar los prejuicios entre las naciones, ello resulta tanto más
imperdonable.
Con respecto a un párrafo de esta obra en el que se men­
ciona que el S r. Burke cobra una pensión, la noticia lleva en
circulación por lo menos dos meses,"y como muchas veces
una persona es la última en enterarse de lo que más le inte­
resa saber, lo he mencionado para que el Sr, Burke tenga
una oportunidad de contradecir el tum or, si lo ,considera
oportuno.
TH OM AS PAINE
Prefacio a la edición francesa

Podemos considerar la maravilla que ha ocasionado en


toda Europa la Revolución Francesa desde dos puntos de
vista: su influencia en las naciones extranjeras y su: influencia
en los gobiernos extranjeros. •
Todos los países de Europa consideran la causa del pueblo
francés idéntica con la de su propio pueblo, o más bien,
como algo que abarca los intereses del mundo entero. Pero
quienes rigen esos países no sustentan la misma opinión
exactamente. Y ésta es una diferencia a la que debemos con­
sagrar nuestra atención más cabal. No hay que confundir al
pueblo con su gobierno, y así ocurre especialmente cuando
se piensa en la relación del Gobierno inglés con su pueblo.
La Revolución Francesa no tiene ningún enemigo más de­
cidido que el Gobierno inglés. Las respuestas de su enemis­
tad son visibles a los ojos de todos; adviértase la gratitud
manifestada por el elector de Hannover, que a veces se hace
llamar Rey de Inglaterra2, personaje débil y demente, al Sr.
Burke.porque éste, en su obra, ha redactado un libelo grose­
ro contra aquélla, así como las invectivas calumniosas del
prim er ministro, Sr. Pitt, en sus arengas parlamentarias.
El comportamiento del Gobierno inglés en sus relaciones

30
Derechos del Hombre 31

con Francia es una contradicción palpable de todas sus pre­


tensiones dje amistad, por sinceras que parezcan ser éstas, y
demuestra claramente que las pretensiones oficiales de consi­
deración son ilusorias, que su Corte es una corte traicionera,
una corte demenrial, que es un factor destacado en todas las
conspiraciones, y las disputas europeas, porque lo que busca
es una guerra que sirva de excusa de su insano despilfarro.
Pero el pueblo de Inglaterra se ve impulsado por diferen­
tes motivos: aplaude la Revolución Francesa y ansia el triun­
fo de la libertad en todos los países; cuando alcance una
mayor comprensión de las intrigas y las estratagemas de su
G obierno, así como de los principios de la Revolución Fran­
cesa, este sentimiento se generalizará e intensificará. Conven­
dría que los ciudadanos franceses comprendiesen que la
prensa británica, incluso cuando no recibe una subvención
directa del G obierno inglés, siempre está controlada por la
influencia de éste. Naturalmente, esta prensa ataca constan­
temente a la Revolución Francesa y da una idea totalmente
falsa de sus objetivos, con la idea exclusiva de inducir al pue­
blo de Inglaterra al error. Pero la verdad siempre acaba por
triunfar, de modo que la mendacidad de esos periódicos ya
no produce el efecto deseado. .
Cuando se sepa en todas partes que el Gobierno inglés
persigue como libelo una declaración pública cuya veracidad
se reconoce, que el dictum de que «Cuanto más verdadero
sea; más grave será el libelo» es una máxima jurídica que los
jueces aplican constantemente, debería ser fácil convencer al
mundo de que en Inglaterra siempre se ha reprimido a la
verdad. Este insulto a la moral pública ha recibido el nom ­
bre de Ity, y existen jueces malvados que efectivamente im­
ponen penas por decir la verdad.
El espectáculo que actualmente nos brinda el Gobierno
inglés ya es bastante extrañe: percibe que la. enemistad que
existía antes entre los pueblos inglés y„francé^ que trajo la
pobreza y la desgracia a ambos, va desvaneciéndose gradual­
mente y por eso busca un enemigp en otras direcciones, pues
no tendrá excusas que ofrecer por sus enormes ingresos y
contribuciones más que si puede demostrar que está rodeado
de enemigos.
32 Thomas Paine

Como Francia, pues, se ha negado a ser enemiga de Ingla­


terra, el G obierno de este país no tiene más recurso que la
supuesta hostilidad de Rusia. Parece que se dijera a sí mismo
lo siguiente: «Si ninguna nación tiene la gentileza de iniciar
hostilidades contra raí, entonces no harán falta flotas ni ejér­
citos, y me veré obligado a consentir que se reduzcan las
contribuciones. La guerra con Am érica me brindo la oportu­
nidad de duplicar las gabelas; el asunto de Holanda sirvió
para lo mismo; la absurda cuestión de Nootfca3 me permitió
recaudar tres millones d e libras esterlinas. Han cambiado los
tiempos, y si no tengo una guerra con Rusia, no se podrá re ­
colectar otra cosecha de contribuciones de guerra. Y a de­
sempeñé el principal papel eri cuanto a provocar a los turcos
contra los rusos; creo que mi actitud actual tendrá como re­
sultado la recolección de otra cosecha de contribuciones.» 3
Si no fuera porque la devastación y las desgracias que in­
flige una guerra a un país limitan toda tendencia'a la ligere­
za, y deben inspirar a todos pena y no diversión, la demen-
cial conducta del G obierno inglés no sería objeto más que de
risa. Pero nadie puede observar despreocupadamente los su­
frimientos que forzosamente ha de causar una política tan
malvada. Además, sería tan absurdo discutir racionalmente
con gobiernos de éstos, del tipo que vienen existiendo desde
hace siglos, como discutir con animales irracionales. 'Cuales­
quiera sean las reformas que se logren, las-lograrán las na­
ciones, independientemente de sus gobiernos. Actualmente
es bastante seguro que los pueblos de Francia, Inglaterra y
América, que son al mismo tiempo ilustrados eilu strad ores,
lograrán en lo-porven ir servir al universo de modelos de
buen gobierno, y asimismo tendrán una influencia suficiente
como para imponer el establecimiento práctico de éste en lo ­
das partes.
Derechos del Hombre

De todas las incivilidades con las que las naciones o los


individuos se provocan y se irritan mutuamente, el folleto
del Sr. Burke sobre la Revolución Francesa4 constituye un
ejemplo extraordinario. Mi el pueblo de Francia ni la Asam­
blea Nacional se ocupan de los asuntos de Inglaterra ni del
Parlamento inglés, y el que el Sr: Burke lanzara un ataque no
provocado contra ellos, tanto en el Parlamento como en pú­
blico, es una conducta que no admite perdón por lo que hace
a los modales, ni tiene justificación por Lo que hace a la polí­
tica. :
Apenas existe un epíteto insultante que quepa hallar en el
idioma inglés y que el Sr. Burke no haya descargado contra
la nación francesa y la Asamblea Nacional. Todo lo que pu­
dieran sugerir el rencor, el prejuicio, la ignorancia o el cono­
cimiento sé convierte en.la copiosa furia de casi cuatrocien­
tas páginas. En la tensión y con el plan con que escribía el
Sr. Burke, lo mismo podría haber seguido escribiendo otros
tantos miles.’ Cuando se sueltan la lengua o la pluma en el
frenesí de lá pasión, cs el hombre, y n o el tema, el que se
agota. y : ¡ T ■ .■ -

33
34 Thomas Paine

Hasta ahora, el Sr. Burke se ha venido equivocando y des­


ilusionando con opiniones que se había form ado de los
asuntos de Francia, pero tal es la ingenuidad de su esperan­
za, o la malignidad de su desesperación, que éstas le brindan
nuevas pretensiones para continuar. Hubo un tiempo en que
era imposible hacer creer al Sr. Burke que habría una R evo­
lución en Francia. Su opinión, entonces, era que los france­
ses no tenían el ánimo para emprenderla ni la fortaleza para
soportarla, y ahora que ocurre una, trata de disimular su
error condenándola.
No contento con insultar a la Asamblea Nacional, gran
parte de su obra se dedica a insultar al D r. Price5 (uno de los
hombres de mejor corazón de este mundo) y a las dos socie­
dades inglesas conocidas por los nombres de Sociedad de la
Revolución y Sociedad para la Información Constitucional.
El Dr. Price predicó un sermón el 4 de noviem bre de
17 8 9 , fecha aniversario de lo que en Inglaterra se llama Re­
volución, que ocurrió en 1688. El Sr. Burke, al hablar de ese
sermón, dice: «Este clérigo político procede dogmáticamen­
te a afirmar que, gracias a los principios de la Revolución, el
pueblo inglés ha adquirido tres derechos fundamentales:

1. Elegir a nuestros propios gobernantes.


2. Destituirlos si es mala su conducta.
3. Formar nosotros mismos el gobierno.»

El D r. Price no dice que el derecho a hacer esas cosas re­


sida en tal o cual persona, ni en tal o cual categoría de perso­
nas, sino que existe en el todo: que es un derecho residente en
la nación. El Sr. Burke, por el contrario, niega que tal dere­
cho exista en la nación, en el todo ni en una parte, o que
exista en lugar alguno; y lo que es aún más extraño y mara­
villoso, dice «que el pueblo de Inglaterra rechaza totalmente
ese derecho y que se resistirá con sus vidas y haciendas a la
afirmación práctica de ese derecho». El que los hombres se
alcen en armas y consagren sus vidas y haciendas no para
mantener sus derechos, sino para mantener que no tienen de­
rechos, es una especie completamente nueva de descubri­
miento. v oroDÍa del venío oaradóiico del Sr. Burke.
Derechos del Hombre 35

El método que adopta el Sr. Burke para demostrar que el


pueblo de Inglaterra no tiene esos derechos, y que esos dere­
chos no existen actualmente en la nación, en todo ni en par­
te, ni en lugar alguno en absoluto, es del mismo género ma­
ravilloso y m onstruoso que el dicho anteriormente, pues sus
argumentos son que las personas, o la generación de perso­
nas, en quienes sí existían han muerto, y con ellas ha muerto
también el derecho. Para demostrarlo, cita una declaración
hecha p or el Parlamento hace unos cien años, a Guillerm o y
María6, en estos términos: «Los Lords Espirituales y Tempo­
rales, y los Comunes, en nombre del pueblo mencionado [es.
decir, el pueblo de Inglaterra entonces viviente], con plena
humildad y fidelidad se someten a sí mismos, a sus herederos y
sus posteridades, para SIEMPRE,» También cita uría cláusu­
la de o tra ley del Parlamento, promulgada en el mismo rei­
nado, cuyos términos dice él «nos vinculan [es decir, vincu­
lan al pueblo de aquella época] a nosotros, a nuestros herede­
ros y a nuestra posteridad, a ellos, a sus herederos y su posteri­
dad, hasta el final de los tiempos».
El Sr. Burke considera que su argumento está suficiente­
mente probado mediante la presentación de estas cláusulas,
cuya aplicación, según él, excluye el derecho de la nación
para siempre. Y no contento todavía con hacer esas declara­
ciones, repetidas una vez tras otra, dice además «que si bien
el pueblo de Inglaterra poseía ese derecho antes de la R evo­
lución [como reconoce ocurría, no sólo en Inglaterra, sino
en toda Europa, en época antigua], sin embargo la Nación In­
glesa, en la época de la Revolución, renunció a él y abdicó de
él con teda solemnidad, para sí misma y pata toda su posteri­
dad, para siempre».
Como el Sr. Burke aplica de vez en cuando el veneno des­
tilado de sus horrendos principios (si es que no es profana­
ción darles el nombre de principios *) no sólo a la nación in­
glesa, sino a la Revolución Francesa y a la Asamblea Nacio­
nal, y aplica a ese augusto, ilustrado e ilustrador órgano el

* La frase entre paréntesis ha desaparecido en muchas ediciones a partir


de la 6.» de Jordán, e incluso de la de Foner, pero se conserva en otras mu­
chas, entre ellas la de H. B. Bonner. (N. d el T.)
36 Thomas Paine

epíteto de usurpadores, yo, sans cérémonie, voy a establecer otro


sistema de principios en contraposición al suyb.
El Parlamento inglés de 1688 hizo algo que, por lo que
respectaba a sí mismo y a sus electores, tenía derecho a ha­
cer, y que parecía acertado :haccr, pero, además de este, dere­
cho, que poseía por delegación, estebleáó otro derecho por arro­
gación, el de vincular y controlar a la posteridad hasta el fin de
los tiempos. Por lo tanto, el caso se divide en dos partes: el de­
recho que aquel Parlamento poseía p or delegación y el derecho
que estableció por arrogación. El prim ero se reconoce, pero
en cuanto al segundo, replico:
Nunca ha existido, nunca existirá y nunca puede existir un
parlamento, ni una categoría de hombres, ni ninguna gene­
ración de hombres, en ningún país, .en posesión del derecho
de vincular y controlar a la posteridad hasta elfin de los tiem­
pos, ni de ordenar para siempre cóm o se gobernará el mundo
ni quién ha de gobernarlo, y p o r ende todas las cláusulas,
leyes o declaraciones en virtud de las cuales sus autores tra­
tan de hacer lo que no tienen el derecho ni las facultades de
hacer, ni las facultades para ejecutar, son en sí mismas nulas
de toda nulidad. Cada edad-y cada generación deben tener
tanta libertad para actuar por sí mismas en todos los casos como
las edades y las generaciones que las precedieron. La vanidad
y la presunción de gobernar desde más allá de la tumba es la
más ridicula e- insolente de todas las tiranías- El hombre no
tiene derecho de propiedad sobre el hombre, y tampoco tie­
ne ninguna generación derecho de propiedad sobre las gene­
raciones que la sucederán. El parlamento o el pueblo de
16 8 8 , o de cualquier otro período, n o tenía* más derecho-a
disponer del pueblo del día de hoy, ni de vincularlo o con­
trolarlo de ninguna form a en absoluto, que el parlamento o el
pueblo de hoy tienen a disponer de, vincular o controlar a,
quienes vayan a v ivir dentro de cien o de mil añosy Cada ge­
neración tiene, y debe tener, competencia eri cuanto a to ­
dos los objetivos que sus circunstancias requieran. Es a los
vivos, y no a los muertos, a quienes se ha de satisfacer.
Cuando el hombre cesa de existir, cesan con él sus facultades
y sus deseos; y como ya no tiene ninguna participación en
las preocupaciones de este mundo, no tiene tampoco autori-
Derechos del Hombre 37

dad alguna para ordenar quiénes serán sus gobernantes, ni


cómo se ha de organizar su gobierno, ni cómo se ha de ad­
ministrar. . • .
No propugno ni me opongo a ninguna form a de gobier­
no; no defiendo ni ataco a ningún partido, aquí ni en otra
parte. Cuando toda una nación decide hacer algo, tiene dere­
cho a hacerlo. El Sr. Burke dice: No. ¿Dónde, pues, reside el
derecho? Lo que yo propugno son los derechos de los vivos, y
me opongo a que se les arrebaten, se les controlen o se les
contráten en virtud de la supuesta autoridad manuscrita de
los m uertos; y el Sr, Burke propugna la autoridad de los
muertos sobre los derechos y la libertad de los vivos. Hubo
una época en qüe los reyes disponían de sus coronas por tes­
tamento a i su, lecho de muerte, y dejaban en herencia a los
pueblos, como animales del campo, al sucesor que designa­
ran. Esto es algo tan periclitado ya que apenas se recuerda, y
tan m onstruoso que apenas se puede creer, pero las cláusulas
parlamentarias sobre las que el Sr. Burke edifica su iglesia
política son de esa misma índole.
Las leyes, de todo país deben guardar analogía con algún
principio común. En Inglaterra no hay padre ni señor, ni
toda la autoridad del Parlamento, aunque éste se haya auto-
calificado de omnipotente, que pueda vincular o controlar la
libertad personal n i siquiera de un individuo que haya cum­
plido los veintiún años. ¿Con qué derecho, pues, podría el
Parlamento de 16 8 8, ni ningún otro parlamento, vincular a
toda la posteridad para siempre?
Quienes han salido de este mundo, y quienes todavía no
han llegado a él, están tan distantes entre sí como pueda
concebir la más fértil imaginación mortal. ¿Qué obligación
imaginable, pues, puede existir entre ellos; qué norma o
principio puede establecerse de modo que dos seres inexisten­
tes, el uno porque ha dejado de existir, y el otro porque toda­
vía no existe, y que nunca podrán encontrarse en este mun­
do, puedan el uno controlar al otro hasta el final de los tiem­
pos?
En Inglaterra se dice que no se puede sacar el dinero de
los bolsillos de la gente sin su consentimiento. Pero, ¿quién
autorizó, o quién podía autorizar, al Parlamento dé 16 8 8 a
38 Thomas Paine

controlar y a arrebatar la libertad de la posteridad (que toda­


vía no existía para dar o negar su consentimiento) ni a limi­
tar y confinar el derecho de esa posteridad de actuar, en
determinados casos para siempre?
No cabe presentar mayor absurdo a la comprensión hu­
mana que el que ofrece el Sr. Burke a sus lectores. Les dice,
y dice al mundo futuro, que un cierto grupo de hombres que
existían hace cien años hizo una ley, y que en la nación no
existe hoy, ni existirá jamás, ni jamás podrá existir, una fuer­
za que la altere. ¡Con cuántas sutilezas o absurdos se ha im­
puesto a la credulidad de' la humanidad el gobierno por dere­
cho divino! El Sr. Burke ha descubierto un modo nuevo de
hacerlo y ha abreviado su viaje a Roma mediante la exhorta­
ción a las facultades de ese infalible parlamento de antaño, y
exhibe lo que aquél hizo como si fuera una autoridad divina,
pues desde luego han de ser más que humanas unas faculta­
des que ninguna fuerza humana puede alterar hasta el fin de
los tiempos.
Pero el Sr. Burke ha prestado un servicio, no a su causa
sino a su país, al sacar esas cláusulas a la luz pública. Sirven
para demostrar cúan necesario es en todo momento mante­
nerse alerta contra las tentativas de intrusión del p o d e rle
impedir que caiga en i excesos. Resulta algo extraordinario
que el delito por el que se expulsó a Jacobo II, el de estable­
cer el poder por arrogación, lo vuelva a cometer, de otra
manera y otra forma, el parlamento que lo expulsó. Demues­
tra que los derechos del hombre no se comprendieron sino
de modo imperfecto durante la Revolución; pues no cabe
duda de que el derecho que aquel parlamento estableció por
arrogación (pues por delegación no lo tenía, ni podía tenerlo,
porque nadie podía conferirlo) sobre las personas y la liber­
tad de la posteridad para siempre, era del mismo género tirá­
nico y sin fundamento que el que Jacobo II intentó establecer
sobre el parlamento y la nación, y por el que se le expulsó.
La única diferencia es (pues en principio no difieren) que el
uno era un usurpador respecto de los vivos, y el otro sobre
los nonatos, y como el uno no tenía mayor autoridad en que
apoyarse que el otro, ambos deben ser por igual nulos de
toda nulidad, y carecen de efecto. :
Derechos del Hombre 39

¿De qué, o de dónde, demuestra el Sr. Burke la autoridad


de ningún poder humano para vincular a la posteridad para
siempre? Y a nos ha mostrado cláusulas, pero también debe
m ostrarnos sus pruebas de que existió tal derecho, y demos­
trarnos cómo existió. Si alguna vez ha existido debe existir
ahora, pues nada de lo que pertenece a la naturaleza humana
puede jamás aniquilarlo el hombre. Corresponde a la natura­
leza del hombre el morir, y seguirá muriendo mientras siga
naciendo. Pero el Sr. Burke ha establecido una especie de
Adán político, al cual toda la posteridad queda vinculada
para siempre; por ende, debe demostrar que su Adán tenía
esos poderes, o ese derecho.
Cuanto más floja sea una cuerda menos soportará que ti­
ren de ella, peor política será tirar de ella, salvo que se pre­
tenda romperla. Si alguien se hubiera propuesto refutar las
tesis del Sr. Burke, habría procedido exactamente como ha
hecho el Sr. Burke. Habría ensalzado a las autoridades, con
objeto de poner en tela de juicio el derecho de éstas, y en el
momento en que se planteara la cuestión del derecho habría
habido que desechar esas autoridades.
No hace falta sino pensarlo un instante para percibir que,
si bien, muchas veces las leyes promulgadas en una genera­
ción continúan en vigor a lo largo de sucesivas generaciones,
sin embargo siguen derivando su vigencia del consentimien­
to de los vivos. Una ley no derogada no sigue en vigor por­
que no se pueda derogar, sino porque no se ha derogado, y esa
no derogación equivale a consentimiento.
Pero las cláusulas del Sr. Burke no cuentan ni siquiera con
ese matiz a su favor. Se convierten en nulas al tratar de con­
vertirse en inmortales. Su naturaleza excluye el consenti­
miento. Destruyen el derecho que podrían tener al basarlo en
un derecho que no pueden tener. La inmortalidad del poder
no es un derecho humano, y por ende no puede ser un dere­
cho del Parlamento. Lo mismo podría el Parlamento de
1688 haber promulgado una ley que autorizase a sus miem­
bros a v ivir eternamente que hacer que su autoridad viviese
eternamente. Por consiguiente, todo lo que cabe decir de
esas cláuslas es que son una formalidad verbal, de la misma
importancia que si quienes las utilizaron se hubieran felicita­
40 Thorn»* Paine"
do a sí mismos y, en el estilo oriental de la antigüedad, hu­
bieran dicho: «¡Oh, Parlamento, vive eternamente!»
Las circunstancias del mundo cambian coristanterriente, y
también cambian las opiniones de los hombres; y como a
quien Se gobierna es a los vivos, y no a los muertos, son los
vivos los únicos que tienen algún derecho en él. Lo que pue­
de considerarse adecuado y juzgarse inoportuno en una época,
puede considerarse erróneo y juzgarse inoportuno en otra.
En esos casos, ¿quiénes han de decidir, los vivos o los muer­
tos? '
Como casi cien páginas del libro del Sr. Burke se dedican
a esas cláusulas, se sigue en consecuencia que si las propias
cláusulas, en la medida en que establecen una dominación-'
arrogada y usurpada sobre la posteridad para siempre, no es­
tán autorizadas, y por su propia naturaleza son nulas de toda
nulidad; que todas sus voluminosas inferencias y la déclama-
ción que de ellas se derivan, o en ellas se fundan, también
son nulas de toda nulidad, y con esto term ino mi argumenta­
ción.
Pasamos ahora más en particular a los asuntos de Francia.
El libro del Sr. Burke tiene la apariencia de haberse escrito
como libro de enseñanza para la nación francesa, pero per­
mítaseme la utilización de una metáfora extravagante, ade­
cuada a la extravagancia del caso, y es que es cómo si la os­
curidad fratasé de iluminar a la luz.
M ientras escribo estas páginas tengo por accidente ante
mí algunas propuestas que él marqués de Lafayette ha fo r­
mulado acerca de una declaración de derechos (le pido per­
dón por utilizar su antiguo título, y lo hago únicamente en
aras de la claridad) ante la Asamblea Nacional el día 11 de
julio dé 1789, tres días antes de la toma de la Bastilla, y no
puedo por menos de observar con asombro lo Opuestas que
son las fuentes de las que extraen sus principios este caballe­
ro y el Sr. Burke. En lugar de remitirse a documentos moho­
sos y pergaminos polvorientos para demostrar que los dere­
chos de los vivos son inexistentes, que a ellos han «renun­
ciado y abdicado para siempre» quienes ya no existen, com o
ha hecho el Sr. Burke, el Sr. de la Fáyétte se refiere al mun­
do de los vivos, y dice calurosamente:" «Exhortemos a los
Derechos del Hombre 41

sentimientos que la Naturaleza ha grabado en el corazón de


todo ciudadano, y que adquieren una nueva fuerza cuando
están solemnemente reconocidos por todos: para que una
nación ame a la libertad basta con que la conozca, y para que
sea libre basta con que lo desee.» ¡Qué seca, estéril y oscura
es la fuente de la que bebe el Sr. Burke, y qué ineficaces,
aunque se adornen de flores, resultan todos sus discursos y
todos sus argumentos en comparación con estos sentimien­
tos, claros, concisos y estimulantes. Pese a ser pocos y bre­
ves, llevan a un vasto campo de pensamientos generosos y
viriles y no nos dejan, como los períodos del Sr. Burke, con
el oído lleno de música y el corazón vacío de todo.
Como he introducido la referencia a M. de la Fayette, me
tom o la libertad de añadir una anécdota relativa a su discur­
so de despedida al Congreso de América, pronunciado en
17 8 3, que me vino a la mente al leer el estrepitoso ataque
del Sr. Burke a la Revolución Francesa. M. de la Fayette fue
a Am érica en los momentos iniciales de la guerra y siguió
como voluntario a su servicio hasta el final. Su conducta du­
rante toda aquella empresa es una de las más extraordinarias
que quépa hallar en la historia de un joven, a la sazón de
poco más de veinte años de edad. Se hallaba en un país que
era el lugar ideal para los placeres sensuales, y gozaba de los
medios para disfrutar de ellos, ¡cuán pocos se podría encon­
trar que cambiaran ese escenario por los bosques y las hos­
quedades dé América, para pasar los años más floridos de la
juventud sumidos en un peligro y uñas estrecheces nada ren­
tables! Pero así Ocurrió. Cuando term inó la guerra y estaba a
punto de despedirse, se presentó a l Congreso y al contem­
plar, en su afectuosa despedida, la revolución que acababa de
presenciar, se expresó Con estas palabras: «¡Que este gran
monumento erigido a la Libertad sirva de lección al opresor
y de ejemplo al Oprimido!» Cuando llegó este discurso a ma­
nos del D r. Franklín, que a la sazón se hállaba en Francia,
éste pidió al conde de Vergennes7 que se insertara en la G a­
ceta francesa, peto jamás logró obtener su consentimiento.
La verdad es que e l conde de Vergennes era un déspota
aristocrático en su país y temía el ejemplo de la revolución
americana en Francia, igual que determinadas personas te­
42 Thomas Paine

men hoy el ejemplo de la Revolución Francesa en Inglaterra,


y el tributo del tem or que rinde el Sr. Burke (pues así es
como hay que considerar su libro) tiene un paralelo en esa
negativa del conde de Vergennes. Pero volvam os más en
particular a su obra:
«Hemos visto», dice el Sr. Burke, «cómo los franceses se
rebelaban contra un monarca apacible y legítimo, con más
furia, encono e insulto con que se haya visto jamás a un pue­
blo levantarse contra el usurpador más ilegítimo, o contra el
tirano más sanguinario». Este es uno de los mil casos en que
el Sr. Burke demuestra que ignora las fuentes y los princi­
pios de la Revolución Francesa.
No fue contra Luis X V I, sino contra los principios del go­
bierno despótico contra los que se levantó la nación. Esos
principios no tenían sus orígenes en el rey, sino en la institu­
ción en sí, desde hace muchos siglos, y estaban demasiado
profundamente arraigados para que se pudieran eliminar, y
aquellos establos de Augías de parásitos y ladrones estaban
demasiado abominablemente sucios para que se pudieran
limpiar de otro modo que no fuera una revolución completa
y universal. Cuando resulta necesario hacer algo, es preciso
ponerse a ello con todo el corazón y el alma, o no intentarlo.
A sí se llegó a la crisis, y no quedaba más opción que actuar
con vigor decidido o no actuar en absoluto. Se sabía que el
Rey era amigo de la nación, y esta circunstancia fue favora­
ble a la empresa. Es posible que ningún hombre criado en el
estilo de rey absoluto poseyera jamás un ánimo tan poco dis­
puesto al ejercicio de esa especie de poder como el actual
rey de Francia. Pero los principios del gobierno en sí se­
guían siendo los mismos. El Monarca y la Monarquía eran
dos cosas distintas y separadas; y fue contra el despotismo
establecido de la última, y no contra la persona o los princi­
pios del primero, contra el que se inició la revuelta y se ha
llevado a cabo la revolución.
El Sr. Burke no hace caso de la distinción entre hombres y
principios, y por ello no advierte que una revuelta puede lle­
varse a cabo contra el despotismo de los últimos sin necesi­
dad de que se hagan acusaciones de despotismos a los primeros.
Derechos del Hombre 43

La natural moderación de Luis X V I no contribuyó en


nada a alterar el despotismo hereditario de la monarquía:
todas las tiranías de anteriores reinados, practicadas en v ir­
tud de aquel despotismo hereditario, podían todavía resucitar
en manos de un sucesor. No era el respiro de un reinado lo
que satisfaría a una Francia tan ilustrada como había llegado
a ser ese país. Una interrupción casual de la práctica del des­
potismo no es una interrupción de sus principios; la primera
depende de la virtud del individuo que se halla en posesión
inmediata del poder; la segunda, de la virtud y el vigor de la
nación. En el caso de Carlos I y de Jacobo II de Inglaterra; la
revuelta se dirigió contra el despotismo personal de los hom­
bres, mientras que en Francia fue contra el despotismo here­
ditario del sistema de gobierno. Pero quienes pueden consig­
nar los derechos de la posteridad para siempre basándose en
la autoridad de un pergamino polvoriento, como el Sr. Burke,
no están calificados para juzgar esta revolución. Abarca un
campo demasiado vasto para que lo exploren con su vista, y
avanza a tal velocidad bajo el impulso de la razón, que ellos
no pueden seguirla.
Pero son muchos los puntos de vista desde los que cabe
contemplar esta revolución. Cuando el despotismo lleva si­
glos enteros establecido en un país, como en Francia, no re­
side sólo en la persona del Rey. A sí aparece en la superficie
y en la autoridad nominal, pero no es así en la práctica ni en
los hechos. Sienta sus reales en todas partes. Todo cargo y
todo departamento tiene su despotismo, fundado en la cos­
tumbre y en el uso. Todo lugar tiene su Bastilla, y toda Bas­
tilla su déspota. El despotismo hereditario inicial, residente
en la persona del rey, se divide y subdivide en mil formas y
modos, hasta que al final todo él se practica por delegación.
A sí ocurría en Francia, y contra esa especie de despotismo,
que actúa mediante un laberinto interminable de cargos, has­
ta que la fuente apenas sí es perceptible, no hay form a de re­
paración. Se refuerza al revestirse de la apariencia del deber,
y tiraniza so pretexto de obedecer.
Cuando uno reflexiona acerca de la condición en que se
hallaba Francia debido al carácter de su gobierno, se advier­
ten otras causas de revolución, además de las que guardan
44 Thomas Paine

relación inmediata con la persona o el carácter de Luis XVI.


Había, si me permito expresarlo así, mil despotismos que re­
form ar en Francia, que se habían desarrollado bajo el despo­
tismo hereditario del monarca y estaban tan arraigados que
en gran medida eran independientes de él. Entre la M onar­
quía, el Parlamento y la Iglesia existía una rivalidad de despo­
tismo, además del despotismo feudal que actuaba iocalmente
y del despotismo ministerial que actuaba en todas partes,
Pero el Sr. Burke, al considerar al Rey como único objeto
posible de revuelta, habla como si Francia fuera una aldea,
todo lo que pasa en la cual, debe estar en conocimiento del
comandante del puesto, y donde no podía practicarse ningu­
na opresión que no pudiera controlar inmediatamente aquél.
El Sr. Burke podría haber estado en la Bastilla toda su vida,
tanto bajo Luis X V I como bajo Luis X IV , sin que ni el uno
ni el otro se enterasen de la existencia de un tal Sr. Burke.
Los principios despóticos de gobierno eran los mismos en
ambos reinados, aunque los caracteres de los hombres'dista­
sen entre sí tanto com o distan la tiranía y la-benevolencia;
Lo que el Sr. Burke considera como un reproche a la Re­
volución Francesa (el que se haya realizado bajo un reinado
más suave que los precedentes) es una de sus m ayores'hon­
ras. Las revoluciones que han ocurrido en otros países euro-
peois se han visto impulsadas por él-odio personal. L a ira se
dirigía contra el hombre, que se convertía en la víctima:
Pero en el caso de Francia asistimos a una revolución rege­
nerada en la contemplación racional de los derechos del
hombre, y que distingue desde el comienzo en tre las perso­
nas y los principios. • . ; . \
Pero el Sr. Burke no parece tener idea de los principios
cuando Contempla' los gobiernos. «Hace diez años», dice,
«podría haber felicitado a Francia por ten er Un gobierno sin
preguntar cuál era el carácter de ese'gobierno, ni cómo esta­
ba administrado.» ¿Son esas palabras de un hombre racional?
¿Son las palabras de un corazón que siente lo que debería
sentir por los derechos y la felicidad de la raza humana? Se­
gún ese criterio* el Sr. Butke debería' felicitar a todos los go­
biernos del mundo mientras se olvida'totalm ente de las víc­
timas que padecen bajo ellos, sea porque se las vendé Como
Derechos del Hombre 45

esclavas o porque se les arrebata la existencia con torturas.


Es el poder, y no los principios, lo que venera el Sr. Burke, y
esa abominable depravación hace que quede descalificado
para juzgar entre una cosa y la otra. Eso por lo que respecta
a sus opiniones acerca de las circunstancias de la Revolución
Francesa. Paso ahora a otras consideraciones.
Conozco un sitio de América llamado Punta sin Punto
porque al avanzar p ór la Costa, alegre y florida cómo el len­
guaje del Sr. Burke, parece retroceder constantemente y
siempre queda distante de uno, pero cuando se llega lo más
lejos- que se puede llegar, no existe ninguna punta. Precisa­
mente lo mismo que ocurre con las trescientas cincuenta y
seis páginas del Sr. Burke. Por eso resulta difícil replicarle.
Pero com o se puede inferir el punto que desea establecer por
aquello a lo que insulta, es en sus paradojas donde debemos-
buscar sus argumentos.
' En Cuanto a las trágicas visiones con las que el Sr. Burke
ha inflamado su propia imaginación, y trata de influir en las
de sus lectores, están bien ideadas para la representación tea­
tral, donde los datos se manufacturan en aras del espectáculo
y se" maniputaií para provocar, mediante la blandura de la
simpatía, un efecto lacrimógeno. Pero el Sr. Burke debería
recordar que está escribiendo Historia y no Teatro, y que sus
lectores esperan la verdad, y no el chorro retórico de una de­
clamación altisonante. . ‘
Cuando vemos que alguien se lamenta dramáticamente en
una publicación que aspira a la credibilidad de que «¡Ha ter­
minado la era de la caballería!*, de que Se ha extinguida p ara siem­
pre Ib gloria de Europa!, de que ¡Ha desaparecido la gracia gratui­
ta de' la vida [suponiendo que alguien entiénda en qué consis­
te eso], la defensa barata de las naciones, el a ja del sentimiento v iril
y la empresa heroica!», y todo ello porque ha desaparecido la
era quijotesca de esa tontuna de la caballería, équé opinión

* Las palabras «Ha terminado» no constan en varias ediciones, con lo que


la frase queda incompleta, pero sí aparecen en las de Bonner, Foner y Co­
lima. (N, dti T.) -
46 Thomas Paine

podemos formarnos de su juicio, o que fe podemos poner en


sus datos? En la rapsodia de su imaginación ha descubierto
un mundo de molinos de viento, y lo que lamenta es que no
haya Quijotes para atacarlos. Pero si desapareciese la era de
la aristocracia, como la de la caballería (y en un principio tu­
vieron un cierto parentesco), es posible que el Sr. Burke, el
trompetero de la Orden, continuase su parodia hasta el fi­
nal, y terminase exclamando: «¡H a terminado la ocuparían de
Otelo!» .
Pese a las horrendas descripciones del Sr. Burke, cuando
se compara la Revolución Francesa con las revoluciones de
otros países lo asombroso es que se haya distinguido por tan
pocos sacrificios, pero este asombro cesa cuando reflexiona­
mos que los objetos cuya destrucción se meditaba eran princi­
pios, y no personas. En el ánimo de la nación actuaba un estí­
mulo más alto que el que podía inspirar la consideración de
las personas, y aquél aspiraba a una conquista más elevada
que la que podía producir la caída de un enemigo. Entre, los
pocos que cayeron no parece que se buscara adrede a ningu­
no. Todos ellos recibieron su destino por las circunstancias
del momento, y no se los persiguió con el espíritu de ven­
ganza prolongada, a sangre fría e implacable con que se per­
siguió a los desdichados escoceses en el asunto de 17 4 5 8.
A todo lo largo del libro del Sr. Burke no observo que se
mencione la Bastilla más que una vez, y eso con una espe­
cie de implicación de que lamenta su destrucción y desearía
que se reconstruyera. «Nosotros hemos reconstruido Newga-
te», dice, «y hecho habitar la mansión, y tenemos prisiones
casi tan fuertes como la Bastilla para quienes osen difamar a
las reinas de Francia» *. En cuanto a lo que pudiera decir un
loco como la persona llamada Lord George G órdon9, para

* Desde que escribí lo que antecede he hallado otros dos lugares en el fo­
lleto del Sr. Burke en los que se menciona la Bastilla, pero en el mismo
sentido. En uno la presenta como una especie de cuestión por dilucidar, y
pregunta: «¿Obedecerá cordialmente alguno de los ministros que ahora sir­
ven a ese rey, con nada más que una apariencia decente de respeto, las órde­
nes de aquellos a quienes nada más que ayer, en su nombre, había enviado a la
Derechos del Hombre 47

quien Newgate es más bien un manicomio que una cárcel,


no merece la pena de una consideración racional. Fue un
loco quien redactó el libelo, y ya es bastante excusa, y ello
brindó una oportunidad para confinarlo que era lo que se de­
seaba. Pero lo cierto es que el Sr. Burke, que no se autocali-
fica de loco (aunque otros podrían hacerlo), ha escrito un
libelo sin la mas minina provocación, y con el estilo más
grosero insultante y vulgar, contra toda la autoridad repre­
sentativa de Francia, ¡y sin embargo el Sr. Burke ocupa un
escaño en la Cámara de los Comunes! Ante su violencia y su
pesadumbre, su silencio sobre algunos aspectos y sus excesos
sobre otros, no resulta difícil creer que el Sr. Burke siente
mucho, muchísimo, que se haya derribado el poder arbitra­
rio, el poder del papa y el de la Bastilla.
No ha lanzado una mirada de compasión, no se ha hecho
una sola reflexión conmiserativa que yo pueda hallar en todo
su libro sobre las vidas más terribles, sobre quienes arrastra­
ron la más miserable de las vidas, una vida sin esperanza en
la más horrible de las prisiones. Resulta penoso advertir
cómo alguien consagra su talento a corromperse. La Natura­
leza ha sido más amable con el Sr. Burke que él con ella. No
le afecta a él la realidad del dolor que llega a su corazón, sino
la apariencia espectacular del dolor que le penetra en la ima­
ginación. Llora al ver el plumaje, pero se olvida del pájaro
que agoniza. Acostumbrado a besar la mano aristocrática
que le ha privado de su propio ser, se degenera en una com­
posición artística y se ve abandonado por el alma verdadera
de la naturaleza. Su héroe o su heroína han de ser víctimas
de tragedia que expiran espectacularmente, y no los presos
de carne y hueso de la desgracia que van deslizándose hacia
la muerte sumidos en el silencio de una mazmorra.
Como el Sr. Burke ha pasado por alto todo lo ocurrido en
la Bastilla (y su silencio no dice nada en su favor), y ha en­

Bastilla?» En e l otro, la toma se menciona como si implicara delincuencia


por parte de los guardias franceses, que ayudaron en la demolición. «No han
olvidado», dice, «la toma de los castillos del rey en París». Este es el Sr. Bur­
ke, que pretende escribir acerca de la libertad constitucional. (Nota de! au­
tor.) - . •
48 •Thomas Paine

tretenido a sus lectores con reflexiones sobre hechos supues­


tos tergiversados hasta convertirlos en verdaderas falseda­
des, voy a hacer, ya que él no lo ha hecho, una relación de
las circunstancias que precedieron a aquello. Servirá para de­
m ostrar que difícilmente podría un acontecimiento tal haber­
se producido con menos violencia cuando se considera en el
contexto de las provocaciones traicioneras y hostiles de los
enemigos de la revolución.
Difícilmente puede la imaginación pintarse una escena
más tremenda que la que representaba la ciudad de París en
el momento de la toma de la Bastilla y dos días antes y des­
pués, ni percibir la posibilidad de que se calmara tan pronto.
V isto a distancia, lo ocurrido parece simplemente un acto de
heroísmo aislado, y la estrecha relación política que tuvo con
la revolución se pierde en la brillantez de aquel éxito. Pero
debemos estudiar la form a en que la fuerza de las partes en
presencia llevó a unos a enfrentarse con otros y disputar la
contienda. La Bastilla había de ser el premio o la prisión de
los asaltantes. Su caída comprendía la idea de la caída del
despotismo, y esta imagen compleja llegaba, figurativamente,
a representar algo con una relación estrecha como la existen­
te entre el Castillo de la Duda y el Gigante de la Desespera­
ción de Bunyan10. .
La Asamblea Nacional, antes de la toma de la Bastilla y en
el momento de realizarse ésta, estaba reunida en Versalles,
distante doce millas de París. Aproximadamente una ¡semana
antes del levantamiento de los parisinos y de que éstos toma­
ran la Bastilla se descubrió -que se estaba form ando una
conspiración, a cuya cabeza figuraba el conde de A rtois,
hermano m enor del rey, para aplastar la Asamblea Nacional,
capturar a sus miembros y así aniquilar, mediante un coup de
main, todas las esperanzas y las perspectivas de form ar un
gobierno libre. Para bien de la humanidad, así como de la li­
bertad, este plan no tuvo éxito. No faltan ejemplos que de­
muestren lo terriblemente vengativos y crueles que sort to­
dos los antiguos gobiernos cuando alcanzan el éxito contra
lo que ellos califican de revuelta.
Este plan debía venirse contemplando desde hacía algún
tiempo, pues para ponerlo en ejecución hacía falta reu­
Derechos del Hombre 49

nir una gran fuerza militar en torno a París y cortar todas las
comunicaciones entre la ciudad y la Asamblea Nacional reu­
nida en Vcrsalles. Las tropas destinadas a este servicio eran
sobre todo tropas extranjeras pagadas por Francia, a las que,
con este fin concreto, se sacó de las provincias distantes en
que estaban entonces acuarteladas. Cuando se las reunió, en
número de entre veinticinco y treinta mil, se consideró que
había llegado el momento de poner en ejecución el plan. In­
mediatamente se despidió a los ministros que estaban en el
poder, simpatizantes de la revolución, y se form ó un nuevo
ministerio con quienes habían concertado el proyecto, entre
los cuales figuraba el ,conde de Broglio11, a quien se le con­
fió el mando de esas tropas. El carácter de ese hombre, que
se me descubrió en una carta que comuniqué al Sr. Burke
antes de que este último empezara a escribir su libro, y de
fuente que el Sr. Burke sabe perfectamente era buena, era el
de «un aristócrata altivo, frío y capaz de todo lo peor».
Mientras iban pasando estas cosas, la Asamblea Nacional
se hallaba en la situación más crítica y peligrosa en la que se
pueda suponer actúa un grupo de hombres. Se trataba de que
fueran ellos las víctimas, y ellos lo sabían. Estaban respalda­
dos por los ánimos y los anhelos de su país, pero autoridad
militar no tenían ninguna. Los guardias de Broglio rodearon
el recinto en que se reunía la Asamblea, dispuestos a capturar
sus personas en cuanto se lo ordenaran, igual que habían he­
cho el año anterior con el,Parlamento de París. Si la Asam­
blea Nacional hubiera traicionado la confianza puesta en
ella, o si hubiera dado muestras de debilidad o temor, sus
enemigos se habrían sentido alentados y el país deprimido.
Cuando se suman la situación en que se hallaban, la causa a
que se habían entregado y la crisis a punto de estallar, que de­
term inaría su suerte personal y política y la de su país, y proba­
blemente de Europa, sólo un ánimo encallecido por el prejui­
cio o corrompido p or la dependencia puede evitar el desear su
éxito.
En aquella época era presidente de la Asamblea Nacional
el arzobispo de Vienne, persona demasiado anciana para so­
portar la escena que podría producirse en unos días o en
unas horas. Hacía falta un hombre más activo y más osado, y
50 Thomas Paine

la Asamblea Nacional eligió (en forma de vicepresidente,


pues la presidencia siguió residiendo en el arzobispo) a M.
de la Fayette; y éste es el único caso en que se eligió un vice­
presidente. Fue en el momento en que se cernía esta torm en­
ta (el 11 de julio) cuándo M. de la Fayette presentó una de­
claración de derechos, la misma que se menciona en la pági­
na 33. Se redactó a toda prisa, y no es sino una parte de la de­
claración más extensa de derechos que más tarde convino y
adoptó la Asamblea Nacional. El m otivo concreto por el que
se presentó en aquel momento (me ha informado después M.
de la Fayette) fue que, si la Asamblea Nacional caía en la
destrucción que la amenazaba, algún rastro de sus principios
tuviera la oportunidad de sobrevivir al naufragio.
Ahora todo iba entrando en crisis. Se trataba de ser libres
o ser esclavos. De un lado, un ejército de casi treinta mil
hombres; del otro, un grupo desarmado de ciudadanos, pues
los ciudadanos de París de quienes entonces había de depender
inmediatamente la Asamblea Nacional, estaban tan desarma­
dos y eran tan indisciplinados como los ciudadanos de Lon­
dres hoy día. Los guardias franceses habían revelado claros
síntomas de lealtad a la causa nacional, pero sus números
eran reducidos, ni una décima parte de la fuerza que manda­
ba Broglio, y sus oficiales eran partidarios de Broglio.
Cuando las cosas ya estaban listas para la ejecución, el
nuevo ministerio ocupó sus puestos. El lector tendrá presen­
te que la Bastilla se tom ó el 14 de julio; el momento del que
estoy hablando ahora es el día 12. Inmediatamente después de
llegar a París la noticia del cambio de ministerio, aquella tar­
de, cerraron todos los teatros y lugares de diversión, las tien­
das y las casas. El cambio de ministerio se consideró como
preludio de las hostilidades, opinión que estaba bien funda­
da.
Las tropas extranjeras empezaron a avanzar sobre la ciu­
dad. El príncipe de Lámbese, al mando de un grupo de ca­
ballería alemana, se acercó por la plaza de Luis X V , que se
abre a varias calles. En su marcha, insultó a un anciano y lo
golpeó con la espada. Los franceses se distinguen por sü res­
peto a los ancianos, y la insolencia con que se perpetró aquel
acto, sumada al ferm ento general en que se hallaban, pródu-
Derechos del Hombre 51

jo un gran efecto, y en un momento corrió por toda la ciu­


dad el grito de «¡A las armas! ¡A las armas!»
Arm as no tenían, y casi nadie sabía utilizarlas, pero la re­
solución desesperada, cuando están en juego todas las espe­
ranzas, suple, de momento, a la falta de armas. Cerca de
donde se hallaba el príncipe de Lámbese había montones de
piedras llevadas allí para construir el puente nuevo, y las
gentes atacaron a la caballería a pedradas. Un grupo de guar­
dias franceses, al oír los disparos, salió corriendo de su cuar­
tel y se sumó al pueblo; y al caer la noche la caballería se re­
tiró.
Como las calles de París son estrechas, resultan favorables
para la defensa, y com o las casas, que tienen muchos pisos,
son altas y desde ellas se pueden causar muchos daños, eso
las hacía lugares seguros contra empresas nocturnas, y la no­
che la pasaron dotándose de armas de todos los tipos que po­
dían hacer u obtener: fusiles, espadas, martillos de herrero,
hachas de carpintero, barras de hierro, picas, alabardas, tri­
dentes, espetones, porras, etc. Las cantidades increíbles con
las que se reunieron a la mañana siguiente, y la resolución
todavía más increíble de que dieron muestra, avergonzaron y
asombraron a sus enemigos. Poco se esperaba tal saludo el
nuevo ministerio. Acostumbrados ellos mismos a la esclavi­
tud, no tenían idea de que la Libertad podía dar tanta inspi­
ración, ni de que un grupo de ciudadanos desarmados osaría
hacer frente a una fuerza militar de treinta mil hombres. To­
dos los momentos de aquel día se dedicaron a reunir armas,
concertar planes y organizarse en el mejor orden posible
para un m ovimiento tan instantáneo. Broglio siguió aposta­
do cerca de la ciudad, pero aquel día no avanzó más, y la no­
che siguiente pasó con tanta tranquilidad como podía ocurrir
en semejante escenario.
Pero los ciudadanos no aspiraban únicamente a defender­
se. Estaba en juego una causa de la que dependían su liberr
tad o su esclavitud. A cada momento esperaban que los ata­
caran o enterarse de que habían atacado a la Asamblea Na­
cional, y en situaciones así, a veces las mejores medidas son
las más rápidas. El objetivo que se presentaba ahora era la
Bastilla, y el ¿clat de la toma de tal fortaleza frente a tal ejér-
52 :Thomas Paine

cito no podía por menos de inspirar el terror en el nuevo


ministerio, que todavía apenas sí había tenido tiempo dé reu­
nirse. Gracias a la intercepción dé alguna correspondencia
aquella misma mañana se había descubierto que el alcalde
de París, M. Deffleselles12, que aparentemente era de los
suyos, los estaba traicionando, y aquel descubrimiento no
dejaba lugar a dudas de que a la tarde siguiente Broglio re­
forzaría la Bastilla. Por ende, era necesario atacarla aquel
día, pero antes de que eso resultara posible, prim ero era ne­
cesaria obtener más armas que las que se poseían hasta él
momento. '
Había, cerca de la ciudad, un gran arsenal dé armas depo­
sitadas en el Hospital de los Inválidos, que los ciudadanos
conminaron a rendirse, y como el lugar no era defendible, n i;
había grandes ánimos para defenderlo, pronto lograron él
éxito. A sí provistos, marcharon a atacar la Bastilla: Una vas­
ta multitud de todas las edades y de todos los estamentos, af-
mada con toda suerte de armas. La imaginación rio logra
describirse a Sí mismá el aspecto de tal procesión, n i la ansie­
dad ante los acontecimientos que podrían producirse en unas
horas o unos minutos. Los planes que el rninisterio estuviese'
formando eran tan desconocidos del pueblo de lá ciudad
como deconocfa el ministerio lo que estaban haciendo los
ciudadanos, é igualmente desconocían los ciudadanos lás
maniobras que pudiese hacer Broglio para apoyar o reforzar
la plaza. Todo era misterio y azar. -
Que se átacó a la Bastilla con un entusiasmo heroico tal
como sólo podía inspirar el más alto impulso de la libertad, y
que se tomó en el espacio de unas horas, es üri acontecí-’
miento que el mundo conoce'cabalmente. No procedo á de­
tallar el ataque, sino a sacar a la luz la conspiración contra la
nación que lo provocó y que cayó con la Bastilla. La prisión
a lá que el nuevo ministerio quería condénar a la Asamblea
Nacional, además de ser el altar mayor y el castillo del des­
potismo, se convirtió en el objeto adecuado para comenzar.
Esta empresa derribó al rhicvo ministerio, que ahora empezó
a huir-de la ruina que había preparado para otros. Las tropas
de Broglio se dispersaron, y hasta él mismo se dio a la fuga.
El Sr. Burke ha hablado mucho de conspiraciones, pero ni
Derechos del' Hombre 53

una sola vea ha mencionado esta conspiración contra la


Asamblea Nacional y las libertades de la nación, y para no
hacerlo ha pasado por alto todas las circunstancias que lo ha­
brían obligado a hacerlo. Los exiliados que han huido de
Francia, cuya causa tanto te interesa, huyeron como conse­
cuencia dcl aborto de esta conspiración. No había ninguna
conspiración contra ellos; eran ellos quienes conspiraban
contra otros; y quienes, cayeron sufrieron, como procedía, el
castigo que se estaban disponiendo a aplicar. Pero, ¿dirá el
Sr. Burke que si aquella conspiración, urdida con la sutileza
de una emboscada, hubiera triunfado, el grupo triunfador
habría contenido su ira de form a tan inmediata? Que la his­
toria de todos los antiguos gobiernos responda a esta pre­
gunta.
¿A quién ha llevado al patíbulo la Asamblea Nacional? A
nadie. Ella misma era la víctima pretendida de esta conspira­
ción y no. tom ó represalias; ¿por qué, pues, se la acusa de
una venganza que no se ha tomado? En el tremendo estalli­
do de todo un pueblo,>en el que todos los grados, los tempe­
ramentos y los caracteres se confunden, y se liberan median­
te un milagroso esfuerzo, de1la destrucción meditada contra
ellos, ¿es de esperar que no pase nada? Cuando los hombres
sienten las llagas de: las! opresiones y se ven amenazados con
la perspectiva de otras nuevas, ¿es de prever la calma de la
filosofía o la-parálisis de la insensibilidad? El Sr. Burke lanza
exclamaciones contra los abusos, pero el m ayor es el que él
mismo comete. Su libro es'un volumen abusivo, no excusa­
do p or e l impulso de un momento, sino acariciado a lo largo
de un espacio de ditó meses; y, sin embargo, el Sr. Burke no
sufría provocaciones, ni estaba en juego su vida, ni interés al­
guno.
En este combate cayeron más ciudadanos que adversarios
de éstos; pero e l puebld se apoderó de cuatro o cinco perso­
nas y les d ia la muerte instantánea: el gobernador de la Bas­
tilla y el alcalde de París, detectado cuando estaba a punto
de com eter la traición; y.después Foulon, miembro del nue­
vo ministerio, y Berthier'V su yerno, que había aceptado el
cargo de intendente de París. Les cortaron la cabeza, que
clavaron en picas y pasearon por la ciudad, y en torno a este
54 Thomas Paine

modo de castigo va creando el Sr. Burke gran parte de sus


trágicas escenas. Por ende, examinemos cómo se les ocurrió
a la gente la idea de castigarlos así.
Los hombres aprenden de los gobiernos bajo los cuales vi­
ven, y toman en represalia los castigos que han estado acos­
tumbrados a contemplar. Las cabezas clavadas en picas, que
seguían años y años clavadas en Temple Bar14 no diferían en
nada del horror de la escena de las paseadas en picas por Pa­
rís; pero aquello lo hizo el Gobierno inglés. Quizá quepa de­
cir que a un hombre no le importa lo que se le haga después
de muerto, pero a los vivos les importa mucho; o bien les
tortura los sentimientos o les endurece el ánimo, y en ambos
casos les enseña a castigar cuando el poder cae en sus ma­
nos. • ;
Córtese, pues, la raíz, y enséñese humanidad a los gobier­
nos. Son sus castigos sanguinarios los que corrompen a la
humanidad. En Inglaterra, el castigo en determinados casos
consiste en colgar, abrir en canaly descuartizar; a la víctima se
le arranca el corazón, que se exhibe a la vista del público. En
Francia, bajo el antiguo gobierno, los castigos no eran me­
nos bárbaros. ¿Quién n o recuerda la ejecución de Dam ien15,
descuartizado por caballos? El efecto de esos crueles-espec­
táculos que se exhiben al público es destruir la ternura o in-
itar a la venganza, y mediante la vil y falsa idea de gobernar
a los hombres por el terror, en lugar de por la razón, secori-
\ erten en precedentes. El gobierno por el terror tiene por
i bjeto actuar sobre la clase más baja de la humanidad, y en
ésta es en la que ejerce sus peores efectos. Sus miembros tie­
nen sufiente sentido para apreciar que ellos son los objetos a
los que se destina, y a su vez infligen los ejemplos del te rro r
que se les ha enseñado a practicar.
Existe en todos los países europeos una clase numerosa de
gentes de esa categoría, a las que en Inglaterra se califica de
«las turbas». A esa clase pertenecían quienes cometieron los
incendios y las devastaciones de Londres en 17 8 0, y a esta
clase pertenecían quienes pasearon por París las cabezas cla­
vadas en picas. Foulon y Berthier fueron capturados en el
campo y enviados a París para que se les juzgara en el Hotel
de Ville, pues la Asamblea Nacional, en cuanto el nuevo mi­
Derechos del Hombre 55

nisterio ocupó sus cargos; aprobó un decreto que comunicó


al rey y al Gabinete en el sentido de que la Asamblea Nacio­
nal consideraría al ministerio, del que formaba parte Foulon,
responsable por las medidas que aconsejaba y aplicaba; pero
las turbas, irritadas por la aparición de Foulon y de Berthier,
se los arrancó a sus guardianes antes de que llegaran al Hotel
de Ville y los ejecutó inmediatamente. ¿Por qué, pues, acusa
el Sr, Burke de abusos de este tipo a todo un pueblo? Igual
podría acusar de los motines y los abusos de 1780 a todo el
pueblo de Londres, y de los de Irlanda a todos sus compa­
triotas.
Pero todo 10 que vemos u oímos que ofende nuestros sen­
timientos y dice mal del carácter humano debe llevar a refle­
xiones distintas del reproche. Incluso los seres que cometen
esos actos tienen algún derecho a nuestra consideración.
¿Cómo ocurre, entonces, que clases tan vastas de la humani­
dad, a las que se da el calificativo de el populacho, o el de
turbas ignorantes, sean tan numerosas en todos los países
antiguos? En el instante en que nos hacemos esta pregunta
la reflexión halla una respuesta. Surgen, como consecuencia
inevitable, de la mala construcción de todos los gobiernos
antiguos de Europa, con Inglaterra incluida junto con el res­
to. Es la exaltación deformadora de algunos hombres lo que
lleva a otros a quedar deformadoramente envilecidos, hasta
que todo queda fuera de su naturaleza. A una vasta masa de
la humanidad se la pinta degradada, como si no formase
más que el fondo del cuadro de la humanidad, con objeto de
resaltar delante de ella, con la mayor brillantez, el espectácu­
lo de títeres del Estado y la aristocracia. En el comienzo de
una revolución, esos hombres son más bien los vivanderos de
los combatientes, y no los portaestandartes de la libertad, y
sin embargo hay que enseñarles a reverenciar a ésta.
Le concedo al Sr. Burke todas sus teatrales exageraciones
como si fueran realidades y después le pregunto si no esta­
blecen la certeza de lo que estoy diciendo. Si reconoce que
son verdad, ello revela la necesidad de la Revolución Fran­
cesa con tanta claridad como si él mismo la afirmase. Esos
abusos no fueron el efecto de los principios de la revolución,
sino de la degradación mental que existía antes de la revolu­
56 Thomas Paine

ción, y que se pretende reform ar con la revolución. A tri­


buyalos a su verdadera causa y hágale usted reproches por
ello a su propio bando.
Honra a la Asamblea Nacional y al Ayuntamiento de París
el que durante aquella tremenda escena de armas y confusión,
incontrolable por ninguna autoridad, pudieran, por la in­
fluencia del ejemplo y la exhortación, imponer tanta modera­
ción. Nunca se hicieron tantos esfuerzos por instruir e ilus­
trar a la humanidad, y por hacer que ésta viera que su interés
era la virtud, y no la venganza, como los mostrados en la re­
volución de Franpia. Paso ahora a form ular algunas observa­
ciones sobre el relato que hace el Sr. Burke dé la expedición
a Versalles, los días 5 y 6 de octubre. . -
No puedo considerar el libro del Sr. Burke bajo ninguna
otra luz que la de una interpretación dramática; y él debe,
creo, haberlo considerado a esa misma luz, dadas las liberta­
des poéticas que se ha tomado de om itir algunos hechos, de­
form ar otros y manejar toda la maquinaria de modo que pro­
duzca un efecto teatral. De ese género es su relato de la ex­
pedición a Versalles. Lo comienza omitiendo los tínicos he­
chos que se conbcen con certidumbre como causas; todo lo
demás es conjetura, incluso en París, y después elabora un
cuento ajustado a sus propias pasiones y sus propios prejui­
cios.
Es de observar a todo lo largo del libro del Sr. Burke que
nunca habla de conspiraciones contra la revolución,, cuándo
es de esas conspiraciones de las que surgen todos los proble­
mas. Para sus fines le viene bien exhibir las consecuencias
sin sus causas. Esta es una de las artes del drama. Si los crí­
menes de los hombres se exhibieran sin sus sufrimientos, a
veces se perdería el efecto teatral, y el público se sentiría in­
clinado a dar su aprobación cuando lo que'se pretendía era
provocar su conmiseración. •
Al cabo de todas las investigaciones que se han hecho de
este intrincado asunto (la expedición á Versalles), todavía si­
gue envuelto en el género de misterio que siempre acompaña
a los acontecimientos producidos más por una acumulación
de circunstancias extrañar que por un designio fijo. Mientras
los caracteres de los hombres están en formación, como
Derechos del Hombre 57

siempre ocurre en las revoluciones, existe una sospecha recí­


proca, y una disposición a interpretarse mal mutuamete; e
incluso hay partes directamente enfrentadas en principio que
a veces coinciden en impulsar el mismo movimiento a partir
de perspectivas muy diferentes y con la esperanza de produ­
cir consecuencias muy diferentes. En este complicado asun­
to, cabe descubrir mucho de esto, y sin embargo la solución
del todo era la que nadie contemplaba.
Lo único que se sabe con seguridad es que en aquellas fe­
chas se había despertado una considerable intranquilidad en
París debido a las dilaciones del rey en cuanto a sancionar y
tram itar Ios-decretos de la Asamblea Nacional, en particular
la Declaración de los Derechos del Hombre y los decretos del cua­
tro de agosto, que contenían los principios básicos sobre los
que se iba a erigir la constitución. La conjetura más benévo­
la, y quizá Ja más justa, sobre esta cuestión es que algunos de
los ministros se proponían hacer algunos comentarios y ob­
servaciones sobre ciertas partes de ellos antes de su sanción
final y su envío a las provincias; pero, en todo caso, los ene­
migas de la revolución se sintieron esperanzados con la dila­
ciones, que a los amigos de la revolución causaban intran­
quilidad. ,
En este estado de suspensión, la Garde du Corps, que esta­
ba integrada, como suelen estarlo esos regimientos, por per­
sonas muy relacionadas con la Corte, ofreció una diversión
en Versalles (el 1.° de octubre) a unos regimientos extranje­
ros que acababan de llegar, y cuando la diversión estaba en
su momento álgido, a úna señal dada la Garde du Corps se
arrancó J a escarapela nacional dedos sombreros, la pisoteó y
la sustituyó^ por una escarapela opuesta preparada a ese fin.
Una indignidad de ese tipo equivalía a un desafío. Era como
una declaración de guerra, y cuando los hombres lanzan de­
safíos deben prever las consecuencias. Pero todo esto d Sr.
Burke lo ha mantenido cuidadosamente en silencio. Empieza
su relato diciendo: «La Historia dejará constancia de que en
la matlana d el 6 de octubre de 17 8 9, el Rey y la Reina de
Francia* tras un día de confusión, alarma, desesperación y
matanza, reposaron bajo la promesa de seguridad dada por la
fe pública de conceder a la naturaleza unas horas de respiro
58 Thomas Paine

y un agitado reposo melancólico.» Este no es el estilo de la


historia, ni lo que con ella se pretende. Lo deja todo a la su­
posición y es confuso. Cabría pensar por lo menos que había
habido una batalla; y probablemente la habría habido si no
hubiera sido por la prudencia moderada de aquellos a quienes
el Sr. Burke envuelve en sus censuras. A l dejar fuera de su
cuadro a la Garde du Corps, el Sr. Burke se ha permitido la li­
cencia dramática de colocar al rey y a la reina en el lugar
de aquélla, como si el objeto de la expedición fuera contra
los Reyes. Pero volvam os a mi relato:
Aquella conducta de la Garde du Corps, como era de pre­
ver, alarmó y enfureció a los parisinos. Los colores de la
causa habían llegado a indentificarse tanto con la causa mis­
ma que era imposible no advertir la intención del insulto, y
los parisinos estaban decididos a pedir explicaciones a la
Garde du Corps. Desde luego, nada tenía de cobarde ni de
asesino el marchar a la luz del día para exigir satisfacción, si
cabe utilizar esa frase, de un grupo de hombres armados que
volunrariamente habían lanzado un desafío. Pero la circuns­
tancia que sirve para crear confusión en el asunto es que los
enemigos de la revolución parecen haberlo alentado tanto
como sus amigos. Los unos esperaban impedir una guerra
civil si le ponían freno a tiempo, y los otros iniciarla. Las es­
peranzas de los adversarios de la revolución se cifraban en
poner al rey de su lado, y en llevarlo de Versalles a Metz,
donde esperaban reunir una fuerza y levantar su estandarte.
Vemos, pues,1que hay dos objetivos diferentes que se presen­
tan al mismo tiempo y que se aspira a alcanzar por los mis­
mos medios: uno es castigar a la Garde du Corps, que era el
objetivo de los parisinos; el otro hacer que la conclusión de
la escena fuera inducir al rey a salir hacia Metz. ■
El 5 de octubre un grupo muy numeroso de mujeres, y de
hombres vestid os de m ujer, se reu n ió en to rn o al Hotel de
Ville o Ayuntamiento de París y salió hacia Versalles. Su ob­
jetivo confesado era la Garde du Corps, pero las gentes pru­
dentes saben muy bien que es más fácil crear problemas que
acabar con ellos; y esto se advirtió con tanta más claridad
por las sospechas ya expuestas y la irregularidad de aquella
comitiva. P or lo tanto, en cuanto se pudo reunir una fuerza
Derechos del Hombre 59

suficiente, M. de la Fayette, por orden de la autoridad civil


de París, se lanzó tras aquélla a la cabeza de veinte mil hom­
bres de la milicia de París. A la revolución, la confusión no
podía reportarle ningún beneficio, pero sí a sus adversarios.
Con su manera amigable y animosa de hablar, M. de la
Fayette había logrado hasta entonces calmar inquietudes, en
lo cual tenía extraordinario éxito; con objeto, pues, de frus­
trar las esperanzas de quienes pudieran tratar de intensificar
aquella escena hasta convertirla en una especie de necesidad
justificable de que el Rey saliera de Versalles y se retirase a
Metz, y de impedir al mismo tiempo las consecuencias que
podría tener un choque entre la Garde du Corps y aquella fa­
lange de hombres y mujeres, envió mensajeros al Rey para
comunicarle que marchaba sobre Versalles, por orden de la
autoridad civil de París con ánimo de paz y protección, y ex­
presarle al mismo tiempo la necesidad de impedir que la
Garde du Corps hiciera fuego contra el pueblo *.
Llegó a Versalles entre las diez y las once de la noche. La
Garde du Corps estaba formada, y el pueblo había llegado ha­
cía algún, tiempo, pero había quedado en suspenso. La pru­
dencia y la política imponían ahora transform ar una escena
peligrosa en un acontecimiento feliz. M. de la Fayette se
convirtió en mediador entre las partes enfurecidas y el Rey,
con -objeto de eliminar la inquietud causada por las dilacio­
nes ya expuestas, envió a buscar al presidente de la Asam­
blea Nacional y firm ó la Declaración de los Derechos del Hombre
y las demás partes de la constitución que ya estaban prepara­
das.
Y a era, aproximadamente, la una de la mañana. Todo pa­
recía haberse arreglado y se produjo el regocijo general. A
golpe de tambor se lanzó la proclama de que los ciudadanos
de Versalles ofrecieran la hospitalidad de sus hogares a sus
conciudadanos de París. Los que no pudieron alojarse de
este modo se quedaron en: las calles o se refugiaron en las

* Puedo afirmarlo de buena tinta, pues me lo ha comunicado personal­


mente M. de la Fayette, de cuya amistad vengo gozando desde hace catorce
afios. (Nota del autor.)
60 Thomas Paine

iglesias, y a las dos de la mañana se retiraron el Rey y la Rei­


na. : ' ■ ; ■ '
A sí pasaron las cosas hasta romper el día, cuando se creó
un nuevo disturbio por la censurable conducta de algunas
personas de ambos bandos, pues en todas esas escenas hay
personajes de esa índole. Un miembro de la Garde du Corps
salió a una de las ventanas del palacio, y la gente que se ha­
bía quedado en las calles durante toda la noche le atacó con
palabras insultantes y provocadoras. En lugar de retirarse,
como habría dictado la prudencia en ese caso, presentó el
mosquete, disparó y mató a uno de los milicianos de París.
A sí rota la paz, la gente entró corriendo en palacio en busca
del culpable. Atacó el cuartel de la Garde du Corps dentro dél
palacio y la persiguió por todas las avenidas de éste, hasta los
apartamento del Rey. Este tumulto despertó y alarmó no
sólo a la Reina, como ha representado el Sr. Burke, sino a
todas las personas de palacio, y M. de la Fayette tuvo que in­
terponerse por segunda vez entre las dos partes, con el resul­
tado de que la Garde du Corps se volvió á poner la escarapela
nacional y el asunto term inó como por abandono, tras la
pérdida de dos o tres vidas. r i ,
Durante la última parte de los momentos en que estaba en
marcha esta confusión, el Rey y la Reina se hallaban a la vis­
ta del pueblo en el halcón, y ninguno de ellos se había*escon­
dido por motivos de seguridad, como insinúa el Sr. Burke.
Una vez apaciguadas las cosas y restablecida la tranquilidad,
estalló un clamor general de Le R oi ¿ P arts, La Rot a P arts; El
Rey a París. Era el grito de paz, y el Rey lo aceptó inmedia­
tamente. Con esta medida sé impidieron todos los futuros
proyectos de atrapar al Rey para que fuera a Metz a izar el
estandarte de la oposición a la constitución, y se apagaron
las sospechas. El Rey y su familia llegaron a París por la tar­
de, y a su llegada les dio la bienvenida M; Bailly'C alcalde
de París, en nombre de los ciudadanos. El S r, Burke; q u e a
todo lo largo de su libro confunde las cosas, las personas y
los principios, como hace en sus observaciones sobre el dis­
curso de M. Bailly, también se confunde en cuanto al tiem­
po. Censura a M. Bailly por llamarlo un boujou r, un buen día-
El Sr. Burke debería haberse informado de que esta escena
Derechos del Hombre 61

ocupó el espacio de dos días, el día en que empezó con todas


las apariencias de peligro y de problemas, y el día en que ter­
minó sin los problemas con que amenazaba» y es a esa feliz
terminación a la que alude M, Bailly, así como a la llegada
del Rey a París. Nada menos que trescientas mil personas
participaron en la procesión desde Versalles a París, y en
toda la marcha no se cometió ni un solo acto de vejación.
E l Sr. Burke, basándose en M. Lally Tollendal, desertor
de la Asamblea Nacional, dice que al e n tra re n París las gen­
tes gritaban «Tous les éveques a la lanUm t», o sea, «A colgar a
todos los obispos de los faroles». Resulta sorprendente que
esto no lo haya oído más que Lally Tollendal y no se lo crea
nadie más que el Sr, Burke. No tiene la más-mínima relación
con parte alguna de lo ocurrido, y es totalmente ajeno a to­
das sus circunstancias. Los obispos no se habían encontrado
antes en ninguna de las escenas del drama del Sr. Burke;
cpor qué entonces se los introduce, de golpe y todos juntos,
tout a coup et tous ensemble, ahora? El Sr. Burke. saca a sus obis­
pos y a sus figuras de un farol, como en una linterna mágica,
y plantea sus escenas por contrastes, en lugar de por rela­
ción, Por ello sirve para demostrar, junto con el resto.de su
libro, el poco caso que se debe hacer a quien desafía todas
probabilidades con ánimo de difamar, y con esta reflexión,
en lugar de con un soliloquio en elogio de la caballería, como
hace el Sr. Burke, term ino el relato de la expedición a Versa-
lies *. , ,
Tengo ahora que seguir al Sr. Burke por un desierto sin
caminos llen o de rapsodias y una especie de variaciones so­
bre los gobiernos, en el cual afirma lo que quiere, en la supo­
sición de que se le cree, ski; ofrecer pruebas ni razones para
hacer .lo que hace. , '
A ntes de que se pueda razonar algo hasta llegar a una con­
clusión hay que establecer, reconocer o refutar, determina­
dos hechos, principios o datos a partir de tos cuales razonar.
El-5r. Burke, con su habitual indignación, insulta a la Deela-

* Véase una reseña de la expedición a Versalles en el n.° 13 de la Rtvnlu-


ti<m de París que contiene los acontecimientos del 3 al 10 de octubre de
1789. (Nata del atoar.)
62 Thomas Paine

ración de los Derechos del Hombre, publicada por la Asamblea


Nacional de Francia, por ser la base por la que se ha edifica­
do la constitución francesa. La califica de «hojas desprecia­
bles y emborronadas de papel sobre los derechos del hom­
bre». ¿Quiere el Sr. Burke negar que el hombre tenga derecho
alguno? Si es así, entonces debe significar que no existen esos
que se llaman derechos en parte alguna, y que él mismo no
tiene ninguno; pues, ¿quién hay en el mundo que sea más
que un hombre? Pero si el Sr. Burke se propone reconocer
que el hombre tiene derechos, entonces la pregunta es: ¿Cuá­
les son esos derechos y cómo los adquirió el hombre en un
principio?
El error de quienes razonan conforme a precedentes ex­
traídos de la antigüedad, por lo que respecta a los derechos
del hombre, es que no llegan lo bastante lejos en la antigüe­
dad, No recorren todo el camino. Se detienen en alguna de
las etapas intermedias de cien o de mil años y presentan lo
que se hacía entonces como norm a para el día de hoy. Esa
no es ninguna autoridad. Si seguimos desplazándonos a más
distancia en la antigüedad nos encontraremos con que pre­
valecían una opinión y una práctica diametralmente opues­
tas; y si la antigüedad va a constituir la autoridad, cabe pre­
sentar mil de esas autoridades, que se contradicen sucesiva­
mente las unas a las otras; pero si seguimos adelante por fin
llegaremos a la verdad; llegaremos al momento en que el
hombre salió de la mano de su Creador. ¿Qué era entonces?
Hombre. Su excelso y único título era el de hombre, y no
cabe darle otro más excelso. Pero ya hablaré de los títulos
más adelante. ~ ;
Ya hemos llegado al origen del hombre y al origen de sus
derechos. En cuanto a la forma en que se ha gobernado el
mundo desde aquel día hasta el de hoy, no no? interesa más
que para aprovechar correctamente los errores o los aciertos
que su historia nos presenta. Quienes vivieron hace cien o
mil años eran modernos entonces, igual que lo somos noso­
tros ahora. Ellos tuvieron sus antiguos, esos antiguos tuvie­
ron otros, y también nosotros seremos antiguos a nuestra
vez. Si el mero nombre de la antigüedad va a regir los asun­
tos de la vida, es muy posible que la gente que vaya a vivir
Derechos del Hombre 63

dentro de cien o de mil años nos tome como precedente,


igual que nosotros tomamos como precedente a quienes vi­
vieron hace cien o mil años. El hecho es que las partes de la
antigüedad, al demostrarlo todo, no establecen nada. Se trata
en todo momento de una autoridad contra otra, hasta que
llegamos al origen divino de los derechos del hombre en la
creación. A hí es donde nuestras investigaciones llegan a su
fin y nuestra razón halla donde refugiarse. Si hubiera surgido
una polémica en torno a los derechos del hombre a una dis­
tancia de cien años de la creación, es a ésta fuente de autori­
dad a la que se habría recurrido, y es a esa misma fuente de
autoridad a la que debemos remitirnos ahora.
Aunque no pretendo rozar ningún principio sectario de la
religión, sin embargo quizá merezca la pena observar que la
genealogía de Cristo llega hasta Adán. ¿Por qué, pues, no se­
guir los derechos del hom bre hasta la creación del hombre?
V oy a responder a esa pregunta. Porque ha habido gobiernos
ambiciosos que se han interpuesto y que han actuado presun­
tuosamente para descrear al hombre.
Si alguna generación de hombres poseyó jamás el derecho
de dictar el modo en que se debería gobernar al mundo para
siempre, fue la primera generación que existió, y si esa gene­
ración no lo hizo, ninguna de las generaciones sucesivas
puede m ostrar autoridad alguna para hacerlo, ni puede in­
ventársela. El principio ilustrador y divino de la igualdad de
derechos del hombre (pues tiene su origen en el Creador del
hombre) no se refiere sólo a los individuos vivientes, sino a
las generaciones sucesivas de hombres. Cada generación tie­
ne iguales derechos que las generaciones que la precedieron,
conforme a la misma norm a de que cada individuo nace con
iguales derechos que sus contemporáneos.
Pero por mucho que varíeñ en su opinión o creencia acer­
ca de determinados particulares, cada historia de la creación
y cada relato de la tradición, sean del m undo culto o del in­
culto, todas están de acuerdo en establecer una cosa: la uni­
dad de los hombres, con lo cual me refiero a que los hombres
son todos de una categoría, y en consecuencia que todos los
hombres nacen iguales, y con iguales derechos naturales, de
la misma form a que si la posteridad se hubiera continuado
64 Thomas Paine

por creación en lugar de por generación, pues esta última es el


único modo de que se perpetúe la primera; y en consecuen­
cia, todo niño nacido en este mundo debe considerarse
como si hubiera derivado su existencia de Dios. El mundo le
resulta tan nuevo como al prim er hombre que existió, y su
derecho natural en él es del mismo género.
El relato mosaico de la creación, tanto si se toma como
autoridad divina o como meramente histórico, es plenamen­
te adecuado en cuanto a la unidad o la igualdad delhombre. Las
expresiones no admiten controversia. «Y dijo Dios: Haga­
mos al hombre a nuestra imagen, conform e a nuestra... se-1
mejanza. A imagen de Dios lo creó; varón y hembra, los
creó.» Se señala la distinción de los sexos, pero ni siquiera se
implica ninguna otra distinción. Si ésta no es autoridad divi-,
na, al menos es autoridad histórica, y demuestra que la igual­
dad del hombre, lejos de ser una doctrina moderna, es la más
antigua de la que hay constancia.
También es de observar que todas las religiones conocidas
del mundo se basan, en la medida en que se refieren al hom­
bre, en la unidad del hombre comò pertenecientes to d o s. los
hombres a la misma categoría. Se halle; en el cielo o en el in­
fierno, o en cualquier estado en el que se suponga que existe
el hombre en el más allá, las únicas ^distinciones son entre,
buenos y malos. Lo que es más, hasta fas leyes de los gobier­
nos están obligadas a adaptarse a este principio, al hacer que
los grados de las penas correspondan a los delitos, y no a las
personas que los cometen. ■
Esta es una de las mayores verdades, y que resulta muy
ventajoso cultivar. A l considerar al hombre con este criterio,
y al enseñarlo a que se considere conforme él, se lo coloca en es
trecha relación con todos sus deberes, tanto para con su Crea-:
dor como para la creación, de la cual form a parte, y n o se
convierte en disoluto más que cuando olvida su origen, o
por utilizar una frase más de moda, su nacimiento y su fam ilia.
No es uno de los más leves entre loa males de los gobiernos
existentes en la actualidad en todas partes de Europa el qué
se aparte al hombre, considerado como hombre, a gran dis­
tancia de su Creador y se colme el vacío artificial con una
sucesión de barrearas, una especié de entradas al camino real,
Derechos del Hombre 65

que ha de cruzar. Citaré el catálogo del Sr. Burke de las ba­


rreras que él mismo ha establecido entre el Hombre y su
Creador. Se atribuye el carácter de heraldo y dice: «Tememos
a Dios, contemplamos admirados a los reyes, con afecto a
los parlamentos, con respeto a los magistrados, con reveren­
cia a los sacerdotes y con respeto a la nobleza.» El Sr. Burke
se ha olvidado de incluir a la caballería. También se ha o lvi­
dado se incluir a Pedro.
El hombre no tiene un deber para con una serie de puer­
tas y compuertas por las que ha de pasar con billetes que lo
llevan de una a otra parte. Su deber es claro y sencillo, y no
consta más que de dos puntos. Su deber para con Dios, que
todo hombre debe sentir, y con respecto a su prójimo con
el cual debe actuar como uno quisiera para sí mismo. Si
aquellos en quienes se delega el poder actúan bien serán res­
petados; si no, se verán despreciados; y en cuanto a aquellos
en quienes no se delega ningún poder, pero ellos se lo arro­
gan, el mundo racional no puede hacerles caso.
Hasta ahora no hemos hablado sino (y sólo en parte) de
los derechos naturales del hombre. Ahora hemos de exami­
nar los derechos civiles del hombre, y demostrar cómo los
unos se derivan de los otros. El hombre no ingresó en la so­
ciedad para hacerse peor de lo que era antes, ni para tener
menos derecho que antes, sino para que esos derechos estu­
vieran mejor asegurados. Sus derechos naturales constituyen
la base de todos sus derechos civiles. Pero a fin de continuar
con esta distinción de form a más exacta, hará falta establecer
las diferentes cualidades de los derechos naturales y los civi­
les.
Bastará con unas palabras para explicarlo. Los derechos
naturales son los que pertenecen al hombre por el mero he­
cho de existir. De este género son todos los derechos inte­
lectuales, o derechos de la mente, así como todos los dere­
chos de actuar como individuo para su bienestar y felicidad
propios, siempre que no vayan en contra de los derechos na­
turales de otros. Los derechos civiles son los que pertenecen
al hombre por su condición de miembro de la sociedad.
Cada derecho civil tiene su base en algún derecho natural
preexistente en el individuo, pero para el goce del cual sus
66 Thomas Paine

facultades individuales no son en todos los casos, suficientes.


De este género son tpdos los relacionados con la seguridad y
la protección.
Tras este breve examen resultará fácil distinguir entre la
clase de derechos naturales que el hombre conserva tras in­
gresar en la sociedad y los que aporta la reserva común
como miembro de la sociedad.
Los derechos naturales que conserva son todos aquellos
en los cuales la facultad de ejecución es tan perfecta en el in­
dividuo como el derecho en sí. A esta clase, como se ha
mencionado antes, corresponden todos los derechos intelec­
tuales, o derechos de la mente; en consecuencia, la religión
es uno de esos derechos. Los derechos naturales que no se
conservan son todos aquellos en los cuales, si bien el dere­
cho es perfecto en el individuo, la facultad que tiene de eje­
cutarlos es deficiente. No responden al propósito individual.
Un hombre, por derecho natural, tiene derecho a juzgar en
su propia causa, y en lo que respecta al derecho de la mente,
jamás renuncia a él. Pero, ¿de qué le vale juzgar si no cuenta
con las facultades para obtener reparación? P or lo tanto, de­
posita su derecho en la reserva común de la sociedad y toma
el brazo de la sociedad, de la cual form a parte, con preferen­
cia al suyo y además del suyo. La sociedad no le concede nada.
Todo hombre es propietario en la sociedad, y utiliza ese ca­
pital porque tiene perfecto derecho a él.
D e estas premisas se siguen dos o tres conclusiones:
Primera, todo derecho civil procede de un derecho natu­
ral; o, dicho en otros términos, es un derecho natural inter­
cambiado.
Segunda, que el poder civil, propiamente considerado
como tal, está form ado por la suma de esa clase de los dere­
chos naturales del hombre, que se convierte en deficiente en
el individuo por lo que hace a los poderes y no responde a
sus propósitos, pero cuando se reúne en un foco pasa a ser
competente para los fines de todos.
Tercera, que los poderes producidos por la suma de los
derechos naturales, imperfectos en poder del individuo, no se
pueden aplicar para invadir los derechos naturales que conser­
Derechos del Hombre 67

va el individuo, y en los cuales la facultad de ejecución es tan


perfecta como el derecho en sí mismo.
Así, en unas pocas palabras, hemos seguido al hombre
desde su condición de individuo natural a la de miembro de
la sociedad, y demostrado, o intentado demostrar, la calidad
de los derechos humanos conservados, y la de los que se in­
tercambian por derechos civiles. Apliquemos ahora esos
principios a los gobiernos.
Si echamos una mirada al mundo, resulta dificilísimo dis­
tinguir entre los gobiernos que han surgido de la sociedad, o
del contrato social, y los que no lo han hecho; pero a fin de
situar esto bajo una luz más clara de lo que permite un sólo
vistazo, procederá examinar las diversas fuentes de las que
han surgido los gobiernos y en las que éstos se han fundado.
Cabe comprenderlas todas en tres epígrafes: en prim er lu­
gar, la Superstición; en segundo lugar, la Fuerza; en tercer
lugar, el interés común de la sociedad y los derechos comu­
nes del hombre.
El prim ero era el gobierno de los sacerdotes, el segundo el
de los conquistadores, y el tercero el de la razón.
Cuando un grupo de hombres arteros pretendía, por me­
dio de los oráculos, tener relación con la Deidad, con la mis­
ma familiaridad con que ahora suben esos hombres por las
escaleras de servicio de las cortes europeas, el mundo estaba
completamente sometido al gobierno de la superstición. Se
consultaba a los oráculos, y lo que se hacía decir a éstos se
convertía en ley; y este tipo de gobierno duró tanto como
duró ese género de superstición.
Después surgió una raza de conquistadores, cuyo gobier­
no, como el de Guillerm o el Conquistador, se basaba en la
fuerza, y la espada asumió el nombre de cetro. Los gobier­
nos así establecidos duran tanto como la fuerza en que se
apoyan, pero a fin de aprovechar todos los mecanismos que
les eran favorables, sumaron el fraude a la fuerza y estable­
cieron un ídolo al que llamaron Derecho Divino y que, a imita­
ción del Papa, que dice ser espiritual y temporal, y en con­
tradicción con el Fundador de la religión cristiana, se defor­
mó después hasta convertirse en un ídolo con otra forma,
llamado Iglesia y Estado. La llave de San Pedro y la llave de la
68 Thomas Paine

Hacienda se fundieron la una con la otra, y la multitud enga­


ñada y maravillada adoró el invento.
Cuando contemplo la dignidad natural del hombre, cuan­
do me penetro (pues la Naturaleza no ha tenido la suficiente
bondad para conmigo de embotarme los sentidos) del honor
y la alegría de su carácter, me irrita la tentativa de gobernar
a la humanidad por la fuerza y el fraude, como si todos fué­
ramos bellacos e idiotas, y apenas sí puedo evitar la indigna­
ción ante la form a en que algunos dejan someter.
Ahora hemos de pasar revista a los gobiernos que surgen
de la sociedad, en contraposición a los que surgen de la su­
perstición y la conquista. .
Se ha considerado como un considerable progreso hacia el
establecimiento de los principios de la Libertad el decir que
el gobierno es un contrato entre quienes gobiernan y quienes
se ven gobernados, pero no puede ser así, porque eso es po­
ner el efecto por delante de la causa, pues al igual que el hom­
bre debe haber existido antes de que existieran los gobier­
nos, necesariamente hubo un momento en que los gobiernos
no existían, y en consecuencia inicialmente no podía haber
gobernantes con los que establecer ese contrato. P or lo tan­
to, la realidad debe ser que los propios individuos, cada uno de
ellos con su propio derecho personal y soberano, concertaron
un contrato mutuo para producir un gobierno, y ésta es la única
forma en que los gobiernos tienen derecho a surgir, y el úni­
co principio conform e al cual tienen derecho a existir.
A fin de darnos una idea clara de lo que es, o debería ser,
el gobierno debemos llegar hasta su origen. A l hacerlo des­
cubrimos fácilmente que los gobiernos deben haber surgido
a p a rtir del pueblo o sobre el pueblo. El Sr. Burke no ha esta­
blecido ninguna distinción. No investiga nada hasta llegar a
su fuente, y, por ende, lo confunde todo; pero ha señalado
su intención de em prender, en alguna oportunidad futura,
una comparación entre la Constitución de Inglaterra y la de
Francia. Y puesto que lo convierte en tema de controversia
al lanzar el guante, lo recibo en su propio terreno. En los
grandes desafíos es en los que tienen derecho a aparecer las
verdades elevadas, y acepto éste con tanta mejor voluntad
cuanto que, al mismo tiempo, me brinda una oportunidad de
Derechos del Hombre 69

continuar con el tema por lo que respecta a los gobiernos


que surgen de la sociedad.
Pero prim ero será necesario definir lo que significa una
constitución. No basta con que adoptemos la palabra; también
debemos atribuirle un significado general.
Una constitución no es algo que sólo exista de nombre,
sino de hecho. No tiene una existencia ideal, sino real; y
dondequiera que no se pueda exhibir en form a visible, no
existe. Una constitución es algo que antecede a un gobierno, y
un gobierno no es más que la criatura de una constitución.
La constitución de un país no es el acto de su gobierno, sino
del pueblo que constituye su gobierno. Es el cuerpo de ele­
mentos al que cabe remitirse y citar artículo por artículo, y
que contiene los principales en los que se ha de establecer el
gobierno, la form a en que se organizará éste, los poderes que
tendrá, la form a de las elecciones, la duración del parlamen­
to o cualquier otro nombre por el que se designe a un orga­
nismo de ese género; los poderes de que dispondrá la parte
ejecutiva del gobierno, y, en fin, todo lo relacionado con la
organización completa de un gobierno civil, y los principios en
los que se basará y por los que se regirá. Por tanto, una constitu­
ción es a un gobierno lo que las leyes promulgadas después por
ese gobierno son a un tribunal de justicia. El tribunal de justicia
no promulga las leyes ni puede enmendarlas; únicamente actúa
de conformidad con las leyes en vigor, y el gobierno está re­
gido análogamente por la constitución.
¿Puede, pues, el Sr. Burke exhibir la Constitución ingleía?
Si no‘ puede, cabe concluir con justicia que aunque se ha ha­
blado tanto de ella, no existe nada que se pueda calificar de
constitución, ni ha existido jamás, y en consecuencia que el
pueblo todavía tiene que form ular una constitución.
Supongo que el Sr. Burke no negará la postura que acabo de
exponer, es decir, que los gobiernos surgen ap a rtir'á el pueblo o
sobre el pueblo. El G obierno inglés es uno de los que han surgido
de una conquista, y no a partir de la sociedad, y en consecuencia
ha surgido sobre el pueblo, y aunque se ha modificado mucho
conforme a la oportunidad de las circunstancias desde la época
de G uillerm o el Conquistador, el país todavía no se ha regenera­
do, y p o r ello seencuentra sin constitución. .
70 Thomas Paine

Percibo rápidamente el m otivo por el que el Sr. Burke se


negó a entrar en comparaciones entre la constitución inglesa,
y la francesa, pues no podía por menos de percibir, cuando
se puso a la tarea, que de su lado de la cuestión no existía
constitución alguna. Desde luego, su libro es lo bastante vo­
luminoso para contener todo lo que quisiera decir sobre este
tema, y habría sido la mejor form a de que la gente pudiera
juzgar el valor de cada una de ellas. ¿Por qué, pues, ha re­
nunciado a lo único de lo que merecía la pena escribir? Era
el terreno más sólido que podía ocupar, si tuviera la ventaja
de su lado, pero el más frágil si no la tenía; y, al renunciar a
ocuparlo, demuestra que no podía poseerlo o que no podía
mantenerlo.
El Sr. Burke dijo el invierno pasado, en un discurso en el
Parlamento, que cuando la Asamblea Nacional se reunió por
primera vez en los tres Estados (el Tiers état, el Clero y la
Noblesse), Francia tenía así una buena constitución. Este, en­
tre otros muchos ejemplos, demuestra que el Sr. Burke no
sabe lo que es una constitución. Las personas así reunidas no
eran una constitución, sino una convención, reunida para hacer
una constitución.
La actual Asamblea Nacional de Francia es, en términos
estrictos, el contrato social personal. Sus miembros son los
delegados de la nación en su carácter original; las asambleas
futuras serán de delegados de la nación en su carácter organi­
zado. Las facultades de la asamblea actual son diferentes de
lo que serán las facultades de las asambleas futuras; las facul­
tades de las futuras asambleas serán las de legislar conforme
a los principios y las formas prescritos en esa constitución, y
si la experiencia demuestra en adelante que son necesarias
modificaciones, enmiendas o adiciones, la constitución seña­
lará la form a en que habrán de hacerse, y no lo dejará a la fa­
cultad discrecional del futuro gobierno.
Un gobierno basado en los principios sobre los que se es­
tablecen los gobiernos constitucionales surgidos de la socie­
dad no puede tener el derecho de alterarse. Si lo tuviera, se­
ría arbitrario. Podría convertirse en lo que quisiera, y donde­
quiera que se establece ese derecho, se revela que no hay
constitución. La ley por la que el Parlamento inglés se facul­
Derechos del Hombre 71

tó a sí mismo para estar reunido siete años demuestra que en


Inglaterra no hay constitución. Podría, p or esa misma auto­
ridad, estar reunido cualquier número de años, o con carác­
ter vitalicio. El proyecto de ley que el actual Sr. P itt17 pre­
sentó en el Parlamento hace unos años, encaminado a refor­
mar éste, se basaba en el mismo principio erróneo. El dere­
cho de reform a reside en la nación en su carácter original, y
el método constitucional sería el de una convención general
elegida para ese fin. Además, resulta paradójica la idea de
que unos órganos viciados se reformen a sí mismos.
A partir de estos preliminares paso a extraer algunas com­
paraciones. Y a he hablado de la declaración de derechos, y
como pretendo ser lo más conciso posible, paso a otra parte
de la Constitución francesa.
La Constitución de Francia dice que cada hombre que pa­
gue un impuesto de sesenta sous al año (dos chelines y seis
peniques de Inglaterra) es elector. ¿Qué artículo puede el Sr.
Burke comparar con éste? ¿Puede existir algo más limitado,
y al mismo tiempo más caprichoso, que los requisitos ingle­
ses para ser elector? Limitado porque no hay ni un hombre
sobre ciento (y mis cálculos son más que prudentes) que ten­
ga derecho al voto. Caprichoso porque en algunos sitios el
personaje más vil que quepa imaginar, y aunque no disponga
ni de medios visibles de vida honesta, es elector, mientras
que en otros sitios no se reconoce como elector al hombre
que paga enormes impuestos, cuyo buen carácter es conoci­
do, ni al agricultor que arrienda tierras por valor de tres o
cuatrocientas libras al año, tierras en las cuales posee propie­
dades por un valor tres o cuatro veces superior al de esa can­
tidad. Todo ha quedado desnaturalizado, como dice el Sr.
Burke en otra ocasión, en este extraño caos, y todo género
de locuras se mezcla con todo género de crímenes. G uiller­
mo el Conquistador y sus descendientes se repartieron el
país de esta guisa y sobornaron a partes de él con las llama­
das cartas, a fin de mantener a las otras partes de él mejor
sometidas a su voluntad. Ese es el m otivo de que abunden
tantas de esas cartas en Cornualles: la gente sentía aversión
al gobierno establecido con la conquista, y por eso en las
ciudades se establecieron guarniciones y sé las sobornó para
72 Thomas Paine

esclavizar al campo. Todas las antiguas cartas son recordato­


rios de aquella conquista, y de esa fuente surge el carácter
caprichoso de las elecciones.
La Constitución francesa dice que el número de represen­
tantes de cualquier lugar guardará relación con el número de
habitantes que paguen impuestos o de electores. ¿Qué artícu­
lo comparará el Sr. Burke con éste? El condado de Yorkshi­
re, que contiene casi un millón de almas, envía dos miem­
bros al Parlamento, al igual, que el condado de Rutland, que
no contiene ni una centésima parte de ese número. El pue­
blo de Oíd Sarum, que no tiene ni tres casas, envía dos
miembros, y la ciudad de Manchester, que contiene más de
sesenta mil almas, no puede enviar ninguno. ¿Revelan algún
principio estas cosas? ¿Hay algo en ellas que permita hallar
indicios de la libertad, o descubrir los de sabiduría? No es de
extrañar, pues, que el Sr. Burke haya eludido la compara­
ción, e intentado apartar a sus lectores de este aspecto me­
diante una exhibición desordenada y asistemática de rapso­
dias paradójicas. La Constitución francesa dice que la Asam­
blea Nacional se elegirá cada dos años. ¿Qué artículo compa­
rará el Sr. Burke con éste? Pues nada menos que la nación
no tiene derecho alguno al respecto; que el gobierno es per­
fectamente arbitrario en cuanto a ese aspecto, y como auto­
ridad puede citar el precedente de un antiguo parlamento.
La Constitución francesa dice que no habrá leyes sobre la
caza, que el agricultor en cuyas tierras se encuentren anima­
les silvestres (dado que es el producto de esas tierras el que
se comen) tendrá derecho a lo que pueda capturar; que no
habrá monopolios de ningún tipo, que todo el com ercio será
libre y todo hombre tendrá derecho a seguir cualquier ocu­
pación con la que pueda ganarse honestamente la vida, en
cualquier lugar, villa o ciudad de toda la nación. ¿Qué dirá el
Sr. Burke a esto? En Inglaterra la caza se convierte en pro­
piedad de aquellos a cuyas expensas no se alimenta, y con
respecto a los monopolios, el país está repartido en monopo­
lios. Cada ciudad con carta es en sí un monopolio aristocrá­
tico, y la condición de elector se deriva de esos monopolios
con carta. ¿Es eso libertad? ¿Es a eso a lo que se refiere el
Sr. Burke al hablar de constitución?
Derechos del Hombre 73

En esos monopolios con carta se persigue a los hombres


que proceden de otra parte del país como si fueran enemigos
extranjeros. Un inglés no es libre en su propio país; cada
uno de esos lugares erige una barrera en su camino y le dice
que no es un hombre libre: que no tiene derechos. Y dentro
de esos monopolios hay otros monopolios. En una ciudad,
como p or ejemplo la de Bath, de veinte a treinta mil habitan­
tes, el derecho de elegir representantes en el Parlamento está
monopolizado por treinta y una personas. Y dentro de esos
m onopolios todavía hay otros. Un hombre, incluso de la
misma ciudad, cuyos padres no estuvieran en circunstan­
cias de darle una ocupación tropieza, en muchos casos, con
la prohibición del derecho natural de buscarse una, cuales­
quiera sean su ingenio o su industria.
¿Son éstos ejemplos que dar a un país que se regenera de
la esclavitud, como es Francia? Desde luego que no, y estoy
seguro de que cuando el pueblo de Inglaterra llegue a refle­
xionar sobre ello, aniquilará, como ha hecho el de Francia,
esos recordatorios de la antigua opresión, esas reliquias de
una nación conquistada. Si el Sr. Burke hubiera poseído un
talento como el del autor de L a Riqueza de las Naciones habría
comprendido todas las partes que intervienen en una consti­
tución y la form an al ensamblarse. Habría razonado a partir
de las minucias hasta llegar a la magnitud. No es sólo por
sus prejuicios, sino por el temple desordenado de su genio
por lo que no está a la altura del tema sobre el que escribe.
Incluso su genio carece de constitución. Es un genio aleato­
rio, y hó un genio constituido. Pero tiene que decir algo.
Por eso se ha lanzado a los aires, igual que un globo, para desviar
la mirada de la multitud del suelo que esta última pisa.
Mucho es lo que se ha de aprender de la Constitución
francesa. La conquista y la tiranía se trasplantaron con G ui­
llermo el Conquistador de Normandía a Inglaterra, y el país
sigue todavía desfigurado por sus huellas. ¡Ojalá, pues, que el
ejemplo de toda Francia contribuya a regenerar la libertad
que una de sus provincias destruyó!
La Constitución francesa dice que para impedir que la re­
presentación nacional se corrompa, ningún miembro de la
Asamblea Nacional podrá ser funcionario del gobierno, em­
74 Thomas Paine

pleado de éste o recibir una pensión de él. ¿Qué puede com­


parar el Sr. Burke con esto? Y o mismo susurraré su respues­
ta: Panes y Peces ¡Ay! Este gobierno de los panes y los peces
ha creado más problemas de los que pueda imaginar todavía
la gente. La Asamblea Nacional ha hecho el descubrimiento
y exhibe el ejemplo ante el mundo. Si los gobiernos hubieran
decidido enfrentarse adrede para esquilmar a sus países con
impuestos, no podrían haberlo logrado mejor de lo que lo
han hecho.
Todo lo relativo al gobierno inglés me parece el reverso
de lo que debería ser y de lo que se dice que es. Se dice que el
Parlamento, pese a estar elegido imperfecta y caprichosa­
mente, tiene la bolsa nacional en depósito y en nombre de la
nación; pero dado como está organizado un Parlamento in­
glés es como si un hombre fuera al mismo tiempo el que hi­
poteca y su banquero, y en caso de que se utilice mal el de­
pósito, es el criminal el que se sienta a juzgarse a sí mismo.
Si quienes votan los créditos son los mismos que reciben los
créditos una vez votados y quienes han de dar cuentas del
gasto de esos créditos a quienes los votaron, es que se ban de
d ar cuentas a s í mismos, y la Comedia de los Errores concluye
con la Pantomima del Ridículo. Ni el partido ministerial ni
el de la oposición quieren ocuparse de esto. La bolsa nacio­
nal es el coche común en el que montan todos. Es lo que se
dice en el campo «M ontar a medias: un ratito vas tú y otro
rato voy yo» *. Estas cosas están mejor ordenadas en Fran­
cia.
La Constitución francesa dice que el derecho de hacer la
guerra y la paz reside en la nación. ¿Dónde va a residir, sino
en quienes han de pagar los gastos?
En Inglaterra se dice que este derecho reside en una metá­
fo ra que se enseña en la Torre por seis peniques o un chelín
por persona, como los leones, y sería algo más razonable de­

* Es una práctica de algunas partes del campo que, cuando dos viajeros
no tienen más que un caballo que, al igual que la bolsa nacional, no puede
cargar con los dos, entonces uno monta y cabalga dos o tres millas y después
ata el caballo a una puerta y sigue andando. Cuando llega el segundo viajero,
toma el caballo, monta en él, y pasa a su compañero una milla o dos, vuelve
aatarelcaballoy así sucesivamente. (Nota del autor.)
Derechos del Hombre 75

cir que reside en ellos, pues una metáfora inanimada no tie­


ne más importancia que un sombrero o una gorral8.Todos
podemos apreciar el absurdo de adorar el becerro de oro de
Aarón, o la imagen de oro de Nabucodonosor, pero, ¿por
qué sigue habiendo hombres que practican los mismos ab­
surdos que desprecian en otros?
Cabe decir con razón que dada la manera en que está re­
presentada la nación inglesa no importa dónde resida el de­
recho, en la Corona o en el Parlamento. La guerra es la cose­
cha común de todos los que participan en la división y el
gasto de los fondos públicos, en todos los países. Es el arte
de conquistar en casa, su objeto es un aumento de los ingresos,
y como no se pueden aumentar los ingresos sin impuestos,
hay que hallar un pretexto para los gastos. A l estudiar la his­
toria del G obierno inglés, sus guerras y sus impuestos, un
testigo que no estuviera cegado por el prejuicio ni deforma­
do por el interés declararía que los impuestos no se recaudan
para realizar las guerras, sino que las guerras se organizan
para recaudar los impuestos.
El Sr. Burke, como miembro de la Cámara de los Comu­
nes, form a parte del G obierno inglés, y aunque declara ser ene­
migo de la guerra, insulta a la Constitución francesa, que tra­
ta de eliminar ésta. Sostiene al G obierno inglés como mode­
lo, en todas sus partes, para Francia, pero prim ero debería
conocer las observaciones que han hecho los franceses al res­
pecto. Argumentan, a favor del suyo, que la parte de libertad
de que se goza en Inglaterra es justo la suficiente para escla­
vizar a un país de form a más productiva que con el despotis­
mo, y que como el objeto real de todo despotismo es la ren­
ta, un gobierno así form ado obtiene más de lo que podría
mediante el despotismo directo, o en un estado de plena li­
bertad, y en consecuencia, por su propio interés, se opone a
ambas cosas. También explican la disposición que siempre
aparece en esos gobiernos a lanzarse a guerras mediante la
observación acerca de los diferentes m otivos que las produ­
cen. En los gobiernos despóticos, las guerras son efectos del
orgullo, pero en los gobiernos en los que se convierten en
medios de recaudar impuestos, adquieren por ello una fre­
cuencia más permanente.
76 Thomas Paine

Por lo tanto, la Constitución francesa, a fin de protegerse


contra ambos de estos males, ha privado a los reyes y a los
ministros de la facultad de declarar la guerra y ha atribuido
ese derecho a quienes han de pagar los gastos.
Cuando se debatía la cuestión del derecho a la guerra y a
la paz en la Asamblea Nacional, el pueblo de Inglaterra pare­
cía estar muy interesado en el acontecimiento, y aplaudir
mucho la decisión. Como principio, es tan aplicable a un
país como a otro. Guillerm o el Conquistador, como conquista­
dor, retuvo para sí estas facultades de guerra y de paz, y des­
de entonces sus descendientes las han reivindicado como de­
recho.
Aunque el Sr. Burke ha afirmado el derecho que tenía el
Parlamento durante la revolución a vincular y controlar la
nación y la posteridad para siempre, niega al mismo tiempo
que el Parlamento o la nación tuvieran derecho alguno de al­
terar lo que él llama la sucesión de la corona más que en par­
te, o por una especie de modificación. A l ocupar este terre­
no, retrotrae el caso hasta la conquista normanda, y así, al esta­
blecer una línea de sucesión desde Guillerm o el Conquista­
dor hasta el día de hoy, impone la necesidad de investigar
quién y qué era Guillerm o el Conquistador y de dónde vino,
y el origen, la historia y la naturaleza de lo que se califica de
prerrogativas. Todo debe haber tenido un principio, y hay
que penetrar en las nieblas del tiempo y la antigüedad para
descubrirlo. Que nos hable, pues, el Sr. Burke de su G uiller­
mo de Normandía, dado que es a este origen al que se re­
monta su argumento. También da la casualidad, por desgra­
cia, de que al seguir esta línea de sucesión se presenta otra lí­
nea paralela a ella, que es la de que si la sucesión sigue la lí­
nea de la conquista, la nación sigue la línea de haber sido
conquistada, y debería redimirse de ese mal.
Pero quizá se diga que, si bien la facultad de declarar la
guerra desciende por herencia de la conquista, se ve frenada
por el derecho del Parlamento a retirar los créditos, Siempre
ocurre que cuando una cosa es inicialmente injusta las modifi­
caciones que se introducen en ella no hacen que resulte justa,
y ocurre a menudo que esas modificaciones hacen tanto mal
por un lado com o bien por el otro, y es lo que ocurre en este
Derechos del Hombre 77

caso, pues si uno declara temerariamente la guerra como


algo que le pertenece, y el otro perentoriamente retiene los
créditos como algo que le pertenece, el remedio resulta igual
de malo, o peor, que la enfermedad. El uno obliga a la na­
ción a combatir, y el otro le ata las manos; pero la solución
más probable es que la pelea terminé en una conclusión en­
tre las partes, y se convierta en una pantalla protectora de
ambas.
En to m o a esta cuestión de la guerra se han de considerar
tres cosas. La prim era, es el derecho de declararla; la segun­
da, el costo de hacerla; la tercera, la manera de dirigirla des­
pués de declararla. La Constitución francesa atribuye el dere­
cho a quienes han de soportar los costos, y esta unión no se
puede realizar más que en la nación. La form a de dirigirla
después de declarada la encarga al departamento ejecutivo. Si
lo mismo se hiciera en otros países, poco más sería lo que
volviéram os a oír hablar de guerras.
Antes de pasar a considerar otras partes de la Constitución
francesa, y para aliviar la fatiga de la argumentación, vo y a
introducir una anécdota que o í al D r. Franklin.
Cuando el doctor residía en Francia como ministro de
América, durante la guerra, recibió múltiples propuestas de
proyectistas de todos los países y de todas las especies que
deseaban ir a la tierra prometida, a América, y entre todos
ellos había uno que se ofreció a ser el rey. Presentó su pro­
puesta al D octor en una carta, que actualmente se halla en
manos de M. Beaumarchais, de París, en la cual decía que
como los americanos habían despedido o expulsado * a su
rey, querrían otro. En segundo lugar, que él mismo era n o r­
mando. En tercero, que era de una familia más antigua que
la de los duques de Normandía, y de linaje más honorable,
pues en el suyo nunca había habido bastardos. En cuarto,
que ya existía en Inglaterra un precedente de reyes proce­
dentes de Normandía, y que en todo eso basaba su ofreci­
miento, con la orden al doctor de que lo enviase a América.
Pero com o el doctor no hizo tal, ni siquiera le envió res­

* La palabra que utilizó fue la rertvoje] o sea, despedido o expulsado. (Nota


del autor.)
78 Thomas Paine

puesta, el proyectista le envió una segunda carta en la que,


es verdad, no amenazaba con irse a conquistar América, sino
que únicamente, y con gran dignidad, proponía que si no se
aceptaba su ofrecimiento, ¡se le reconociera una suma de
3 0.000 libras por su generosidad! Pues bien, como todos los
argumentos relativos a la sucesión deben por fuerza relacio­
nar esa sucesión con algún comienzo, el argumento del Sr.
Burke al respecto demuestra que no existe un origen inglés
de los reyes, y que éstos son descendientes de la línea n or­
manda por el derecho de la conquista. Por lo tanto, quizá le
sirva para su doctrina el dar a conocer esta historia e infor­
marle de que, en caso de esa extinción natural a la que están
sometidos todos los mortales, pueden volverse a sacar reyes
de Normandía, en condiciones más razonables que las de
Guillerm o el Conquistador, y en consecuencia que al buen
pueblo de Inglaterra en la Revolución de 16 8 8 le podría haber
ido mucho mejor si un generoso normando como éste hubiera
conocido sus deseos y ellos hubieran conocido los suyos. El
carácter caballeresco que tanto admiraba el Sr. Burke es des­
de luego mucho más fácil para cerrar un trato que el de un
duro hombre de negocios holandés. Pero volvam os a la cuestión.
La constitución francesa dice No habrá títulos, y en conse­
cuencia se elimina toda esa clase de generación equívoca que
en unos países se llama aristocracia y en otros nobleza, y se as­
ciende al p a r a la condición de HOMBRE.
Los títulos no son sino apodos, y cada apodo es un título.
La cosa es perfectamente inocua en sí, pero señala una espe­
cie de gazmoñería en el carácter humano que lo degrada. Re­
duce al hombre al dim inutivo de hombre en cosas que son
grandes y a la imitación de mujer en cosas que son pequeñas.
Habla de su magnifica cinta azul como si fuera un niño. Cier­
to autor, de alguna antigüedad, dice: «Cuando era niño pen­
saba como niño, pero cuando me hice hombre dejé de lado
las cosas infantiles.»
Es, lógicamente, gracias a la elevada mentalidad de Fran­
cia por lo que ha caído la tontería de los títulos. Y a ha creci­
do lo suficiente para no usar la ropa infantil de conde o de
duque y se ha puesto los pantalones del hombre. Francia no
ha nivelado, ha ascendido. Ha dejado en el suelo al enano y
Derechos del Hombre 79

ha elevado al hombre. La ridiculez de una palabra sin senti­


do, com o duque, conde o marqués ha dejado de agradar. In­
cluso sus titulares han rechazado la jerga y, al crecer, han re­
nunciado al sonajero. La mente verdadera del hombre, se­
dienta de su hogar natal, la sociedad, desprecia las baratijas
que la separan de él. Los títulos son como los círculos que
dibuja la varita del mago para contraer la esfera de la felici­
dad del hombre. Este vive encerrado en la Bastilla de una
palabra y contempla a distancia la vida envidiable del hom­
bre.
¿Es, pues, de extrañar que los títulos hayan desaparecido
en Francia? ¿No es más bien de extrañar que se mantengan
en alguna parte? ¿Qué son? ¿Qué valor tienen y «cuál es su
volumen»? Cuando pensamos o hablamos sobre un ju ez o un
general, asociamos las ideas de cargo y de carácter; pensamos
en la probidad del uno y el valor del otro; pero cuando utili­
zamos la palabra meramente como un titulo, no asociamos ideas
con ella. En todo el vocabulario de Adán no hay tal cosa
como un duque o un conde; tampoco podemos asociar nin­
guna idea a esas palabras. Imposible saber si significan fuer­
za o debilidad, sabiduría o estupidez, niño u hombre, jinete o
caballo. ¿Qué respeto se puede tener a lo que no describe
nada y no significa nada? La imaginación ha dado una figura
y un carácter a centauros, sátiros y hasta toda la tribu de las
hadas, pero los títulos confunden incluso a los poderes de la
imaginación, y son una mera carencia quimérica de descrip­
ción.
Pero no es eso todo. Si todo un país está dispuesto a des­
preciarlos, desaparece todo su valor, y nadie quiere tenerlos.
La opinión común es la única que los convierte en algo, o en
nada, o en menos que nada. No existe una ocasión determi­
nada para deshacerse de los títulos, pues ellos mismos se de­
sechan solos cuando la sociedad se concierta para ridiculizar­
los. Esa especie de consecuencia imaginaria ha decaído visi­
blemente en todas las partes de Europa, y va a desaparecer
corriendo con el auge del mundo de la razón. Hubo una épo­
ca en que se tenía en más a la clase más baja de lo que se lla­
ma nobleza de lo que se tiene hoy a la más elevada, y en que
se admiraba más a un hombre de armadura que cabalgaba
80 Thomas Paine

por la Cristiandad en busca de aventuras de lo que se admi­


ra a un duque moderno. El mundo ha visto desaparecer
aquella tontería, que ha desaparecido por la risa que inspira­
ba, y la farsa de los títulos seguirá la misma suerte. Los pa­
triotas de Francia han descubierto a tiempo que el rango y la
dignidad en la sociedad deben ocupar un nuevo terreno. El
antiguo se ha hundido. A hora deben ocupar el terreno firme
del carácter, en lugar del quimérico de los títulos, y han lle­
vado sus títulos al altar y los han quemado en sacrificio a la
Razón.
Si no hubiera habido ningún mal en la tontería de los títu­
los, no habrían merecido una destrucción seria y form al, como
la que ha decretado la Asamblea Nacional a su respecto, y
esto impone la necesidad de investigar más la naturaleza y el
carácter de la aristocracia.
Pues eso que se llama aristocracia en algunos países y no­
bleza en otros surgió de los gobiernos fundados en la con­
quista. Inicialmente se trataba de una orden m ilitar con el
fin de apoyar al gobierno militar (que tales eran todos los
gobiernos fundados en la conquista), y a fin de mantener
una sucesión en esta orden con el fin con el que se estable­
ció, se desheredó a todas las ramas más jovenes de estas fa­
milias y se estableció el derecho de prim ogenitura.
La naturaleza y el carácter de la aristocracia se nos revelan
en ese derecho. Es el derecho que va en contra de todas
las demás leyes de la naturaleza, y la Naturaleza misma exige
su destrucción. Establézcase la justicia de la familia y caerá la
aristocracia. P or el derecho aristocrático de primogenitura,
en una familia de seis hijos, cinco quedan abandonados. La
aristocracia nunca tiene más que un hijo. A los otros se los
engendra para devorarlos. Se lanzan al caníbal como presa, y
el padre natural prepara el antinatural festín.
Como todo lo que es contra natura en el hombre afecta,
más o menos, al interés de la sociedad, lo mismo ocurre con
esto. A todos los hijos que la aristocracia repudia (que son to­
dos salvo los primogénitos) se los echa, en general, al igual
que los huérfanos de la parroquia, p ara que se haga cargo de
ellos el público, pero a m ayor costo. Se crean cargos y pues­
Derechos del Hombre 81

tos innecesarios en los gobiernos y en las cortes a expensas


del público para mentenerlos.
¿Con qué género de reflexiones paternas pueden el padre
o la madre contemplar a sus hijos más jóvenes? Por naturale­
za son hijos, y por matrimonio son herederos, pero por aris­
tocracia son bastardos y huérfanos. Son de la carne y la san­
gre de sus padres por un lado, pero por el otro no tienen
nada que v e r con ellos. P or ende, a fin de devolver los pa­
dres a sus hijos y los hijos a sus padres — los parientes unos
a otros y el hombre a la sociedad— y de exterminar al mons­
truo de la Aristocracia, de raíz, la Constitución francesa
ha destruido el derecho de p r i m o g e n i t u r a . A hí está el
m onstruo, y el Sr. Burke, si quiere, puede escribir su epita­
fio.
Hasta ahora hemos contemplado la aristocracia sobre todo
desde un punto de vista. A hora hemos de contemplarla des­
de otro. Pero la miremos por delante, por detrás, o de lado,
o de cualquier otra forma, domésticamente o en público, si­
gue siendo un monstruo.
En Francia, la aristocracia tenía un elemento menos que
en otros países. No form aba un cuerpo de legisladores here­
ditarios. N o era una corporación de ¡a aristocracia, com o he oído
a M. de la Fayette llamar a la Cámara de los Lores inglesa.
Examinemos, pues, los m otivos por los que la Constitución
francesa ha decidido no tener una cámara así en Francia.
Porque, prim ero, como ya hemos mencionado, la aristo­
cracia se mantiene por la tiranía v la injusticia de la familia.
Segundo. Porque existe una incompetencia natural en
una aristocracia para que ésta sea quien legisle en la nación.
Sus ideas de la ju sticia distributiva están corrompidas en su
misma fuente. Inician la vida pisoteando a sus hermanos y
hermanas menores y a sus parientes de todo tipo, y se les en­
seña a hacerlo y se les educa para ello. ¿Con qué ideas de jus­
ticia y de honor puede entrar un hombre así en una cámara
legislativa, cuando absorbe en su propia persona la herencia
de toda una familia de hijos o les pasa una pitanza con la in­
solencia de un regalo?
Tercero. Porque la idea de que los legisladores sean here­
ditarios es tan incoherente com o la de que haya jueces here­
82 Thomas Paine

ditarios o jurados hereditarios; y tan absurda como la del


matemático hereditario o el sabio hereditario, y tan ridicula
como la del poeta laureado hereditario.
Cuarto. Porque nadie debe confiar en un grupo de hom­
bres que sostienen no ser responsables ante nadie.
Quinto. Porque equivale a continuar los principios incivi­
lizados del gobierno basado en la conquista, y la vil idea de
que el hombre sea propietario del hombre o lo rija por dere­
cho personal. ,
Sexto. Porque la aristocracia tiene una tendencia a dete­
riorar la especie humana. Por la economía universal de la
naturaleza se sabe, y el ejemplo de los judíos lo demuestra,
que la especie humana tiene una tendencia a degenerar, en
cualquier número reducido de personas, cuando se las separa
del grupo general de la sociedad y practican constantemente
la endogamia. V a incluso en contra de lo que de noble hay
en el hombre. El Sr. Burke habla de nobleza; que demuestre
en qué consiste. Los personajes más grandes que ha conoci­
do el mundo han salido de la base democrática. La aristocra­
cia no ha podido mantenerse al paso proporcionado de la de­
mocracia. El n o b l e artificial se convierte en un enano ante
el n o b l e de la Naturaleza, y en los pocos casos (pues hay
algunos en todos los países) en los que la naturaleza, como
por milagro, ha sobrevivido en la aristocracia, e s o s h o m ­
b r e s l a d e s p r e c i a n . Pero ha llegado el momento de pasar
a otro tema.
La Constitución francesa ha reformado la condición del
clero. Ha aumentado los ingresos del clero bajo y medio y
reducido los del alto. Ninguno recibe hoy menos de mil dos­
cientas libras francesas (cincuenta libras esterlinas) ni más de
unas dos o tres mil libras. ¿Qué puede decir el Sr. Burke
ante eso? Veamos lo que dice *.
Dice: «Que el pueblo de Inglaterra puede ver sin dolor ni
amargura que un arzobispo preceda a un duque; puede ver
que el obispo de Durham o el obispo de W inchester posea
10 .0 0 0 libras esterlinas al año, y no entiende por qué es peor
esa suma en sus manos que las fincas de igual valor en ma­

* Párrafo suprimido en algunas ediciones modernas. (N. del T.)


Derechos del Hombre 83

nos de tal conde o tal caballero.» Y el Sr. Burke ofrece esto


com o ejemplo para Francia.
En cuanto a la primera parte, el que el arzobispo preceda
al duque o el duque al obispo, creo que para el pueblo en ge­
neral es algo así como que se diga Sternhold y Hop/úns u Hop­
kins y Sternhold’9; puede uno poner primero a quien quiera; y
confieso que no comprendo qué ventaja pueda tener una
cosa u otra. No voy a discutir este caso con el Sr. Burke.
Pero con respecto a la segunda, sí tengo algo que decir. El
Sr. Burke no ha expuesto bien el caso. La comparación es
improcedente, pues que se establece entre el obispo y el con­
de o el caballero. Debería establecerse entre el obispo y el
cura, y entonces quedaría así: «El pueblo de Inglaterra puede
ver sin dolor ni amargura que un obispo de Durham, o un
obispo de W inchester, posean 10 .0 0 0 libras esterlinas al
año, y un cura treinta o cuarenta libras al año, o menos.»
No, señor; desde luego no ven esas cosas sin gran dolor ni
amargura. Se trata de un caso que clama al sentido de la jus­
ticia de todo hombre, uno de los muchos que clama por una
constitución.
En Francia se repetía el grito de «¡la iglesia!, ¡la iglesia!» con
tanta frecuencia com o en el libro del Sr. Burke, e igual de alto
que cuando se presentó el Proyecto de Ley sobre los No con­
formistas al Parlamento inglés; pero a la mayor parte del cle­
ro francés ya no se le podía engañar con este grito. Sabía que
cualquiera que fuese el pretexto, eran ellos los principales
objetos de él. Era el grito de los clérigos con grandes benefi­
cios, ‘lanzado a fin de impedir que se produjera ninguna re­
gulación de los ingresos entre los de diez mil libras al año y
los curas de parroquias. P or eso unieron su caso al de
todas las demás clases oprimidas de hombres, y al unirse a
ellas obtuvieron reparación.
La Constitución francesa ha abolido los diezmos, esa fuen­
te de perpetuó descontento entre el titular de los diezmos y
el feligrés. Cuando se tiene la tierra conform e a un diezmo,
se halla en la condición de una finca poseída entre dos par­
tes; la una recibe una décima parte, y la otra nueve décimas
partes del producto; y, en consecuencia, conform e a los
principios de la equidad, si se puede mejorar la finca, y hacer
84 Thomas Paine

que con esa mejora produzca el doble o el triple que antes, o


cualquier otra proporción, el gasto de esa mejora lo deberían
sufragar en igual proporción las partes que han de com partir
el producto. Pero no ocurre así con los diezmos: el agricul­
tor soporta toda la carga de los gastos, y el propietario del
diezmo se queda con una décima parte de la mejora, además
de la décima parte inicial, y por este medio consigue dos dé­
cimas partes en lugar de una. Este es otro caso que clama
por una constitución.
La Constitución francesa también ha abolido la Tolerancia y la
Intolerancia, o renunciando a ellas, y ha establecido e l d e r e c h o
UNIVERSAL DE CONCIENCIA.
Tolerancia es no lo contrario de Intolerancia, sino su ima­
gen complementaria. Ambas cosas son despotismo. La una
se arroga el derecho de prohibir la Libertad de Conciencia, y
la otra el de concederla. La una es el Papa armado de fuego y
leña, y la otra es el Papa que vende o concede indulgencias.
La prim era es la Iglesia y el Estado, la segunda es la Iglesia y
el comercio.
Pero cabe contemplar la tolerancia a una luz mucho más
fuerte. El hombre no se adora a sí mismo, sino a su Creador,
y la libertad de conciencia que reivindica no es para ponerla
al servicio de sí mismo, sino al de su Dios. En este caso, por
ende, tenemos por fuerza que haber asociado la idea de
dos cosas: el m ortal que rinde adoración y el s e r i n m o r t a l
que es adorado. Por lo tanto, la tolerancia no se establece
entre un hombre y otro, ni entre una iglesia y otra, ni entre
una denominación religiosa y otra, sino entre Dios y el hom­
bre; entre el ser que adora y el Ser que es adorado, y por el
mismo acto de autoridad arrogada por el que tolera al hom­
bre que rinda su adoración, se establece presuntuosa y blas­
fematoriamente en posición de tolerar al Todopoderoso que
la reciba.
Si se presentara a cualquier parlamento un proyecto de ley
titulado «Ley de tolerancia o concesión de libertad al Todo­
poderoso para recibir la adoración de un judío o un turco», o
«de prohibición al Todopoderoso de recibirla», todos se in­
dignarían y lo calificarían de blasfemia. Habría un escándalo.
Eso sería presentar sin disfraz la presunción de tolerancia en
Derechos del Hombre 85

cuestiones religiosas; pero la presunción no es menor porque


en esas leyes sólo aparezca el nombre del «Hombre», pues no
es posible separar la idea del adorador y del adorado. ¿Quién,
pues, eres tú ¡vano, polvo y ceniza!, por cualquier nombre
que te llames, sea Rey, Obispo, Iglesia, Estado o Parlamen­
to, o lo que sea, que interpones tu insignificancia entre el
alma del hombre y su Creador? Ocúpate de tus propios asun­
tos. Si él no cree como crees tú, eso es prueba de que tú no
crees como cree él, y no hay poder terrenal que pueda deci­
dir entre los dos.
En cuanto a eso que llaman denominaciones religiosas, si
a cada uno se le deja que juzgue de su propia religión, enton­
ces no hay ninguna religión que sea equivocada, pero si cada
uno ha de juzgar de la religión del otro, entonces no hay una
sola religión que sea la verdadera, y por ende todo el mundo
tiene razón o todo el mundo se equivoca. Pero en cuanto
hace a la religión en sí, sin considerar los nombres, y en el
sentido de que se dirige desde la familia universal de la hu­
manidad hacia el objeto D ivino de toda adoración, es el hom­
bre t i que lleva a su Creador ¡os fru tos de su corazón, y aunque
esos frutos difieran unos de otros como los frutos de la tie­
rra, se acepta el tributo agradecido de cada uno.
Un obispo de Durham, o un arzobispo de W inchester, o
el arzobispo que pasa por delante de los duques, no rechaza­
rá una gavilla del diezmo de trigo porque no sea un montón
de heno, ni un montón de heno porque no sea una gavilla de
trigo, ni un cerdo porque no sea ninguna de las dos cosas;
pero esas riaismas personas, bajo la figura de una iglesia ofi­
cial, n o permitirán a su Creador que reciba los diezmos di­
versificados de la devoción del hombre.
Una de las cantinelas constantes del libro del Sr. Burke es
la «Iglesia y el Estado». No habla de una Iglesia concreta ni
de un Estado concreto, sino de cualquier Iglesia y cualquier
Estado; y utiliza el térm ino como figura política para form u­
lar la doctrina política de unir siempre la Iglesia con el Esta­
do en todos los países, y censura a la Asamblea Nacional
por no haberlo hecho en Francia. Dediquemos unos pensa­
mientos a este tema.
Todas las religiones son p or su propia naturaleza amables
86 Thomas Paine

y benignas, y van unidas a principios de moral. No podrían


haber hecho prosélitos en un principio si hubieran profesado
nada que fuera malo, cruel, inclemente o inmoral. A l igual
que todas las demás cosas, tuvieron su comienzo, y procedie­
ron mediante la persuasión, la exhortación y el ejemplo.
¿Cómo, entonces, es que perdieron su blandura inicial y se
hicieron morosas e intolerantes?
O currió así por la relación que recomienda el Sr. Burke.
A l aparearse la Iglesia con el Estado lo que engendran es una
especie de muía, capaz sólo de destruir, y no de procrear, lla­
mada la Iglesia oficial conforme a la Ley. Es, desde el momento
mismo de nacer, un ser extraño a su propia madre, que lo
engendra, y a la que con el tiempo ataca a coces y destruye.
La Inquisición española no procede de la religión inicial­
mente profesada, sino de ese animal como una muía engen­
drado entre la Iglesia y el Estado. Las piras de Smithfield las
causó la misma cría heterogénea, y fue la regeneración ulte­
rior de ese extraño animal de Inglaterra lo que resucitó el
rencor y la irreligión entre los habitantes y la que impulsó a
las personas llamadas cuáqueros y no conformistas a irse a
América. La persecución no es un rasgo primigenio de nin­
guna religión, pero es siempre el rasgo más señalado de todas
las religiones oficiales, o religiones impuestas por ley. Elimí­
nese la imposición por ley y toda religión recupera su carác­
ter benigno inicial. En América, un sacerdote católico es un
buen ciudadano, una buena persona y un buen vecino; lo
mismo cabe decir de un ministro episcopaliano, y lo mismo
cabe decir independientemente de los hombres, pues no hay
religión oficial impuesta por ley en América.
Si también observamos la cuestión con sentido temporal,
veremos los malos efectos que ha tenido para la prosperidad
de las naciones. La unión de la Iglesia con el Estado ha em­
pobrecido a España. La Revocación del edicto de Nantes hizo
que los fabricantes de seda se fueran de Francia a Inglaterra,
y la Iglesia y el Estado están llevando a los fabricantes de al­
godón de Inglaterra a América y a Francia. Que continúe,
pues, el Sr. Burke predicando su antipolítica doctrina de
Iglesia y Estado. D e algo servirá. La Asamblea Nacional no
seguirá su consejo, pero se verá beneficiada por su tontería.
Derechos del Hombre 87

Fue la observación de sus malos efectos en Inglaterra lo que


advirtió a Am érica en contra de ello; y es la experiencia de
ello en Francia lo que ha llevado a la Asamblea Nacional a
abolirlo y, al igual que en América, a establecer e l d e r e c h o
UNIVERSAL DE CONCIENCIA Y EL DERECHO UNIVERSAL DE CIU­
DADANÍA * .

* Cuando vemos que en cualquier país se dan circunstancias extraordina­


rias, naturalmente ello lleva a cualquier hombre que tenga talento para la ob­
servación y la investigación a preguntarse por sus causas. Las manufacturas
de Manchester, Birmingham y Sheffield son las principales manufacturas dé
Inglaterra. ¿A qué se debe eso? Un poco de observación bastará para expli­
car el caso. Los principales habitantes, la inmensa mayoría de los habitantes
de estos lugares, no pertenecen a lo que se califica en Inglaterra de la Iglesia
oficial conforme a la ley, y ellos o sus padres (pues rodo ello ocurrió hace sólo
unos años) se retiraron de la persecución de las ciudades con carta, donde se
aplican más particularmente las leyes religiosas, y establecieron una especie
de asilo para sí mismos en esos lugares. Era el único asilo que se ofrecía en­
tonces, pues el resto de Europa estaba peor. Pero ahora están cambiando las
cosas. Francia y América dan la bienvenida a todo el que venga, e inician a
todos en los derechos de la ciudadanía. Por ende, tanto la política como el
interés dictarán en Inglaterra, aunque quizá demasiado tarde, lo que no pu­
dieron imponer la razón y la justicia. Esas manufacturas se van yendo de allí
y surgiendo en otros lugares. Actualmente se está levantando en Passy, a
tres millas de París, una gran fábrica de tejidos de algodón, y en América ya
se han edificado varias. Poco después de que se rechazara el Proyecto de Ley
de derogación de las leyes religiosas, uno de los más ricos fabricantes de In­
glaterra dijo delante de mí: «Inglaterra, señor m ío, n o es un país adecuado
para que viva en él un no conformista; hemos de irnos a Francia.» Estas son
verdades, y el decirlas es hacer justicia a ambas partes. Son sobre todo los no
conformistas los que han llevado las manufacturas inglesas a la cima que hoy
día ocupan, y esos mismos hombres tienen la capacidad para llevárselas a
otra parte, y aunque esas manufacturas sigan haciéndose después en esos
mismos lugares, se habrán perdido los mercados extranjeros. A menudo apa­
recen en la Gaceta de Londres extractos de determinadas leyes encaminadas a
impedir que salgan del país máquinas y personas, en la medida en que esas
leyes se puedan aplicar a personas. Según parece, pues, empieza a sospechar­
se mucho de los malos efectos de las leyes religiosas y del carácter oficial de la
Iglesia; pero el remedio de la fuerza no puede suplir jamás al remedio de la
razón. Én el transcurso de menos de un siglo, es posible que toda la parte no
representada de Inglaterra, de todas las denominaciones, que es por lo me­
nos cien veces la más numerosa, empiece a apreciar la necesidad de una
constitución y entonces le vendrán a la mente todas estas cuestiones. (Nota
del autor.)
[Esta nota y todo el párrafo al que pertenece, suprimidos en algunas de las
ediciones más tardías.) (N. del T )
88 Thomas Paine

Cesaré aquí la comparación con respecto a los principios


de la Constitución francesa y concluiré esta parte del tem a
con algunas observaciones acerca de la organización de las
partes formales de los Gobiernos francés e inglés.
El poder ejecutivo de cada país se halla en manos de una
persona a la que se llama Rey; pero la Constitución francesa
distingue entre el Rey y el Soberano. Considera oficial la
condición de Rey y atribuye la Soberanía a la nación.
Los representantes de la nación que componen la Asam­
blea Nacional y que constituyen el poder legislativo proce­
den del pueblo por elección, como derecho inherente en el
pueblo. En Inglaterra no es así; y ello se debe a la form a en
que se estableció inicialmente lo que se califica de su m onar­
quía, pues como por conquista todos los derechos del pue­
blo o de la nación quedaron absorbidos en manos del con­
quistador, que añadió el título de Rey al de Conquistador, las
mismas cosas que actualmente en Francia se entienden como
derechos del pueblo, o de la nación, se entienden en Inglate­
rra como concesiones de lo que se califica de la Corona. El
Parlamento de Inglaterra, en sus dos cámaras, se erigió por
patentes de los descendientes del Conquistador. La Cámara
de los Comunes no se originó como cuestión de derecho del
pueblo a delegar o elegir, sino como concesión o gracia.
En la Constitución francesa siempre se nombra a la na­
ción por delante del Rey. El tercer artículo de la Declaración
de Derechos dice: «El origen (o principio) de toda soberanía
reside esencialmente en la nación.» El Sr. Burke sostiene que
en Inglaterra el Rey es el principio, que es el principio de
todo honor. Pero como esta idea desciende evidentemente
de la conquista, no haré más observaciones al respecto, salvo
que es carácter de la conquista ponerlo todo al revés; y como
no se va a negar al Sr. Burke el privilegio de hacer uso de la
palabra dos veces, y como no hay más que dos partes en la
figura, el principio y el fin, la segunda vez tendrá razón.
La Constitución francesa coloca al poder legislativo por
delante del ejecutivo, a la Ley por delante del Rey: L a Lqy, le
Roí. Esto también se halla dentro del orden natural de las
cosas, porque una ley ha de tener existencia antes de que se
pueda poner en ejecución.
Derechos del Hombre 89

El rey de Francia no dice, al dirigirse a la Asamblea Na­


cional: «mi Asamblea», como en la frase utilizada en Inglate­
rra de «mi Parlamento»; no puede decirlo conform e a la
Constitución ni se le podría admitir. Es posible que sea co­
rrecto hacerlo en Inglaterra porque, como ya se ha mencio­
nado antes, ambas Cámaras del Parlamento tuvieron su ori­
gen en eso que se califica de la Corona por patente o gracia,
y no p or los derechos inherentes del pueblo, como ocurre
con la Asamblea Nacional en Francia, cuyo nombre designa
su origen.
El presidente de la Asamblea Nacional no pide al rey que
conceda a la Asam blea libertad de palabra, como ocurre en la
Cámara de los Comunes inglesa. La dignidad constitucional
de la Asamblea Nacional no puede rebajarse. La palabra es,
en prim er lugar, uno de los derechos naturales del hombre
que siempre se ha conservado, y con respecto a la Asamblea
Nacional, su uso es su deber, y la nación es su autoridad. Sus
miembros los elige el mayor grupo de hombres que el mun­
do haya visto jamás ejercer el derecho de elección. No sur­
gen de la basura de los burgos podridos, ni son los represen­
tantes vasallos de los aristócratas. Como tienen conciencia
de la dignidad que corresponde a su carácter, la defienden.
Su lenguaje parlamentario, sea en pro o en contra de una
cuestión, es libre, atrevido y viril, y se extiende a todas las
partes y circunstancias del caso de que se trate. Si han de
ocuparse de algún asunto o tema relativo al departamento
ejecutivo o a la persona que lo preside (el rey), se debate
como cosa de hombres, y con lenguaje de caballeros, y su
respuesta o sus órdenes se imparten con el mismo estilo. No
se quedan en silencio con la boquiabierta vacuidad de la ig­
norancia vulgar, ni se inclinan con el temblor de la insignifi­
cancia aduladora. El gracioso orgullo de la verdad no conoce
extremos y mantiene, en todos los ámbitos de la vida, el ca­
rácter recto del hombre.
O bservemos ahora la otra cara de la cuestión..En los dis­
cursos de los Parlamentos ingleses a sus reves no vemos el
espíritu intrépido de los antiguos Parlamentos de Francia ni
la serena dignidad de la actual Asamblea Nacional; tampoco
advertimos en ellos nada del estilo de los modales ingleses,
90 Thomas Paine

que bordean algo en la incorrección. Como no son de ex­


tracción extranjera, ni por su naturaleza son de extracción
inglesa, el origen de esos modales se ha de buscar en otra
parte, y ese origen es la Conquista Normanda. Evidentemen­
te, esos modales son de la clase de los vasallos, y señalan en­
fáticamente la distancia degradada que no existe en ninguna
condición de hombres más que entre el conquistador y el
conquistado. Que esta idea y este estilo de hablar de vasallaje
no desaparecieron ni siquiera con la revolución de 16 8 8 es
evidente por la declaración hecha por el Parlamento a G ui­
llermo y María en estas palabras: «Nos sometemos con plena
humildad y fidelidad a nosotros mismos, a nuestros herede­
ros y posteridades, para siempre.» La sumisión es cabalmen­
te un térm ino de vasallaje, repugnante a la dignidad de la li­
bertad, y eco del lenguaje utilizado en la Conquista.
Como todas las cosas se estiman por comparación, aunque
p or las circunstancias la revolución de 1688 se haya visto
elevada muy por encima de su valor real, ya hallará su nivel.
Y a está en retirada, eclipsada por la ampliación del orbe de
la razón y por las luminosas revoluciones de Am érica y de
Francia. D entro de menos de un siglo entrará, al igual que
los trabajos del Sr. Burke, «en el panteón familiar de todos
los Capuletos». La humanidad apenas podrá creer entonces
que un país que se llame libre enviase a buscar a un hombre
a Holanda o lo dotase adrede de poderes para que ese hom­
bre le inspirase temor, y le diese casi medio millón de libras es­
terlinas al año para que permitiera someterse a sus habitan­
tes y a su posteridad como servidores y servidoras, para
siempre.
Pero hay una verdad que debe darse a conocer: yo he teni­
do la Oportunidad de verla, y es que pese a todas ¡as apariencias,
no hay ninguna categoría de hombres que desprecie tanto a la monar­
quía como los cortesanos. Pero éstos saben muy bien que si otros
la vieran como la ven ellos no podría seguirse manteniendo
el juego de manos. Se hallan en la situación de hombres que
se ganan la vida con un espectáculo, y para quienes la tonte­
ría del espectáculo es tan conocida que lo ridiculizan, pero si
el público supiera tanto com o ellos a este respecto, se acaba­
ría el espectáculo, y con él sus beneficios. La diferencia entre
Derechos det Hombre 91

un republicano y un cortesano con respecto a la monarquía


es que el uno se opone a la monarquía por creer que es algo,
y el otro se ríe de ella porque sabe que no es nada.
Como antes yo mantenía correspondencia con el Sr. Bur­
ke, por creer que era un hombre de principios más sólidos
de los que revela su libro, el invierno pasado le escribí desde
París y le hice un relato de lo prósperamente que iban las co- ■
sas. Entre otros temas de aquella carta, me refería a la buena
situación en que se hallaba la Asamblea Nacional; que había
ocupado un terreno en el que se reunían su deber moral y su
interés político. No tenía que utilizar un lenguaje en el que
no creía ella misma con el fin fraudulento de hacer que otros
lo creyeran. Su condición no requiere de artificios en los que
apoyarse, y no se puede mantener más que si ilustra a la hu­
manidad. No le interesa premiar la ignorancia, sino disipar­
la. No se halla en el caso de un partido ministerial o de la
oposición en Inglaterra, que, pese a estar enfrentados, siguen
unidos en cuanto a mantener el misterio común. La Asam­
blea Nacional ha de abrir la caja de la luz. Debe mostrar al
hombre el verdadero carácter del hombre, y cuanto más lo
pueda aproximar a esa norma, más fuerte será la Asamblea
Nacional.
A l contemplar la Constitución francesa advertimos en
ella un orden racional de las cosas. Los principios armonizan
con las form as, y ambos con sus orígenes. Quizá quepa decir
como excusa de las malas formas que no son más que fo r­
mas, pero eso es un error. Las formas crecen a partir de los
principios, y sirven para mentener los principios de los que
nacen. Es imposible practicar una mala form a basándose en
algo que no sea un mal principio. No se puede injertar en
uno bueno; y cuando quiera que las form as de un gobierno
son malas, es un indicio cierto de que también los principios
son malos.
Y con esto cierro finalmente este tema. Lo inicié al obser­
var que el Sr. Burke se había negado voluntariamente a form u­
lar comparaciones entre las constituciones inglesa y france­
sa. Se excusa (en la página 2 4 1) por no hacerlo, diciendo que
no tenía tiempo. El libro del Sr. Burke tardó más de ocho
meses en escribirse, y se extiende a lo largo de un volumen
92 Themas Paine

de trescientas sesenta y seis páginas. Como su omisión va en


perjuicio de su causa, su excusa lo empeora todavía más, y
los hombres del lado inglés de las aguas empezarán a pre­
guntase si no existe un defecto radical en lo que se califica
de constitución inglesa, que ha impuesto al Sr. Burke la ne­
cesidad de suprimir la comparación, para evitar que ese de­
fecto salga a la luz.
A l igual que el Sr. Burke no ha escrito sobre las constitu­
ciones, tampoco lo ha hecho sobre la Revolución Francesa.
No cuenta nada de su comienzo ni de su marcha. Sólo expre­
sa su asombro. «Parece», dice, «como si estuviéramos en una
grave crisis, no sólo de los asuntos de Francia, sino de toda
Europa, quizá de más que Europa. Si se suman todas las cir­
cunstancias, la Revolución Francesa es la más sorprendente
que jamás haya ocurrido en el mundo».
Como a los sabios les sorprenden las cosas tontas, y a otra
gente las sabias, no sé de qué form a explicar la sorpresa del
Sr. Burke, pero lo que es cierto es que no comprende la Re­
volución Francesa. Aparentemente ha surgido com o una
creación a partir de un caps, pero no es más que la conse­
cuencia de una revolución mental que existía previam ente en
Francia. La mente de la nación había cambiado de antema­
no, y el nuevo orden de cosas ha seguido naturalmente al
nuevo orden de ideas. Y o trataré, con toda la concisión que
pueda, de describir el nacimiento de la Revolución Francesa,
y señalaré las circunstancias que han contribuido a producirla.
El despotismo de Luis X IV , unido a la alegría de su Cor­
te, y a la llamativa ostentación de su carácter, habían humi­
llado tanto, y al mismo tiempo fascinado tanto, la mente de
Francia, que el pueblo parecía haber perdido todo sentido de
su propia dignidad en la contemplación de la de su gran Mo­
narca, :y todo el reinado de Luis X V , notable sólo por su de­
bilidad y afeminamiento, no introdujo más modificación que
la de infundir una especie de letargo en la nación, del cual
ésta no parecía estar dispuesta a despertar.
Los únicos indicios que aparecieron del espíritu d e Liber­
tad durante aquellos períodos son los que se hallan en los es­
critos de los filósofos franceses. Montesquieu, presidente del
Parlamento de Burdeos, fue todo lo lejos que podía ir un es­
Derechos del Hombre 93

critor bajo un gobierno despótico, y como estaba obligado a


compaginar el principio con la prudencia, a veces parece que
su mente se halla bajo un velo, y deberíamos darle crédito
por más de lo que ha expresado.
Voltaire, que era al mismo tiempo el adulador y el satirizador
del despotismo, siguió o tra línea de conducta. Su fuerte esta­
ba en revelar y ridiculizar las supersticiones de las que el
sacerdocio, unido a los artilugios del Estado, había saturado a
los gobiernos. No era por la pureza de sus principios, ni por
su am or a la humanidad (pues la sátira y la filantropía no son
naturalmente concordantes), sino por su gran capacidad para
advertir la tontería en su verdadera forma, y por su irresisti­
ble propensión a revelarla, por lo que hizo esos ataques. Sin
embargo, resultaron tan formidables como si el m otivo hu­
biera sido virtuoso, y merece más el agradecimiento que la
estima de la humanidad.
Por el contrario, en los escritos de Rousseau y del abate
Raynal hallamos una amabilidad de sentimiento favorable a
la libertad que inspira respeto y eleva las facultades huma­
nas; pero, tras despertar esta animación, no dirigen sus ope­
raciones, y dejan la mente enamorada de un objeto, sin des­
cribir los medios de poseerlo.
Los escritos de Quesnay, Turgot y los amigos de estos au­
tores son del género serio, pero trabajaban bajo la misma
desventaja que Montesquieu: sus escritos abundan en máxi­
mas morales de gobierno, pero se encaminan más bien a
economizar y reform ar la administración del gobierno que al
propio gobierno.
Pero todos estos escritos y muchos otros tuvieron su efec­
to, y por- la diferente form a en que trataron del gobierno,
Montesquieu con su juicio y su conocimiento de las leyes,
Voltaire con su ingenio, Rousseau y Raynal con su anima­
ción, y Quesnay y Turgot con sus máximas morales y sus
sistemas de economía, los lectores de todas las clases se en­
contraron con algo de su gusto, y un espíritu de investiga­
ción política empezó a difundirse por toda la nación en la
época en que estalló la disputa entre Inglaterra y las que eran
entonces sus colonias de América.
En la guerra en la que entonces entró Francia, se sabe
94 Thomas Paine

muy bien que al principio la nación pareció ponerse de ante­


mano del lado del Ministerio francés. Cada una de las dos
partes tenía su propia opinión, pero aquellas opiniones se re­
ferían a distintos objetos; la una aspiraba a la libertad, el otro
a vengarse de Inglaterra. Los oficiales y soldados que fueron a
América después se vieron matriculados en la escuela de la Li­
bertad, y aprendieron de memoria tanto su práctica como sus
principios *.
Como era imposible separar los acontecimientos militares
que ocurrían en América de los principios de la revolución
americana, la publicación de aquellos acontecimientos en
Francia los relacionó necesariamente con los principios que
los producían. Muchos de los hechos eran en sí mismos
principios, como la declaración de la independencia america­
na y el tratado de alianza entre Francia y América, que reco­
nocía los derechos naturales del hombre y justificaba la resis­
tencia a la opresión.
El ministro de Francia, a la sazón el conde de Vergennes, no
era amigo de América, y tanto por justicia como gratitud se ha
de decir que fue la reina de Francia la que puso de moda la causa
de América en su Corte. El conde de Vergennes era amigo per­
sonal y social del Dr. Franklin, y el doctor obtuvo, con su sen­
sata amabilidad, una especie de influencia sobre él; pero por lo
que respecta a los principios, el conde de Vergennes era un dés­
pota.
Debe incluirse en la cadena de circunstancias la situación
del Dr. Franklin, como ministro de América en Francia. La
condición diplomática es en sí la esfera más limitada de la
sociedad en que puede actuar el hombre. Prohíbe las relacio­
nes por la reciprocidad de la sospecha, y un diplomático es
una especie de átomo suelto, que constantemente repele y se
ve repelido. Pero no ocurrió así con el Dr. Franklin. Este no
era el diplomático de una Corte sino del h o m b r e . S u con­
dición de filósofo gozaba de reconocimiento desde hacía
tiempo, y su círculo social en Francia era universal.
El conde de Vergennes se resistió largo tiempo a que se

* Pasaje omitido en muchas ediciones, entre ellas la de Bonner, pero pre­


sente en otras, como las de Foner y la de Collins. (N. d ii T.)
Derechos del Hombre 95

publicaran en Francia las Constituciones americanas, traduci­


das al idioma francés; pero incluso en esto se vio obligado a
ceder a la opinión pública, pues parecía que lo correcto era
admitir que se publicara lo que se había comprometido a de­
fender. Las Constituciones americanas eran a la Libertad lo
que la gramática es a un idioma: definen las partes de un dis­
curso y prácticamente las construyen para form ar una sintaxis.
La peculiar situación de quien era a la sazón marqués de
la Fayette es otro eslabón en la cadena. Prestó servicios en
América com o oficial americano con un despacho del Con­
greso, y por la universalidad de sus amistades tuvo una es­
trecha relación con el gobierno civil de América, así comó
con la línea militar. Hablaba el idioma del país, participaba
en las discusiones sobre los principios del gobierno, y siem­
pre era un amigo al que se le daba la bienvenida en cualquier
elección.
Cuando term inó la guerra, se difundió por toda Francia
un vasto refuerzo de la causa de la Libertad, al regresar los
oficiales y los soldados franceses. Entonces, el conocimiento
de la práctica se sumó a la teoría, y lo único que faltaba para
darle una existencia real era una oportunidad. El hombre no
puede, a decir verdad, crear las circunstancias para sus obje­
tivos, pero siempre está en su poder el mejorarlas cuando se
presenta, y eso fue lo que ocurrió en Francia.
M. Neckar20 se vio desplazado en mayo de 17 8 1 , y por la
mala administración de la hacienda a partir de entonces, y en
especial durante la extravagante administración de M. Colon-
ne21, los ingresos de Francia, que eran de casi veinticuatro
millones de libras esterlinas al año, pasaron a ser inferiores a
los gastos, no porque hubieran disminuido los ingresos, sino
porque habían aumentado los gastos, y ésta fue una circuns­
tancia que la nación aprovechó para hacer una revolución.
El ministro inglés, Sr. Pitt, ha aludido con frecuencia en sus
presupuestos al estado de la hacienda francesa, sin compren­
der el tema. Si los parlamentos franceses hubieran estado tan
dispuestos a aceptar edictos sobre nuevos impuestos como lo
está el Parlamento inglés a concederlos, no habría habido
ninguna perturbación de la hacienda, ni tampoco una revo­
lución, pero esto se explicará mejor cuando siga adelante.
96 Thomas Paine

Será necesario ahora demostrar cómo se recaudaban antes


los impuestos en Francia. El Rey, o mejor dicho la corte o el
ministerio que actuaban con el uso de ese nombre, redacta­
ban los edictos sobre impuestos a su propia discreción, y los
enviaban a los parlamentos para que los registraran, pues
hasta que quedaban inscritos por los parlamentos no tenían
vigencia. Desde hacía mucho tiempo existían disputas entre
la corte y los parlamentos con respecto al alcance de la auto­
ridad de los parlamentos a este respecto. La corte insistía en
que la autoridad de los parlamentos no iba más allá de pro­
testar contra el impuesto o aducir razones en contra de éste,
y se reservaba el derecho de determinar si las razones esta­
ban bien o mal fundadas, y en consecuencia retirar el edicto
de su propia voluntad u ordenar que se registrara como cues­
tión de autoridad. Los parlamentos, por su parte, insistían
en que no sólo tenían el derecho de protestar, sino el de re­
chazar, y en esto siempre contaban con el apoyo de la na­
ción.
Pero, para volver al orden de mi narración, M. Calonne
quería dinero, y como conocía la firme disposición de los
parlamentos con respecto a los nuevos impuestos, trató in­
geniosamente de acercarse a ellos con medios más blandos
que los de la autoridad directa, o de pasar por encima de
ellos mediante una maniobra, y para ello resucitó el proyecto
de reunir a un grupo de hombres de las diversas provincias,
al estilo de una «Asamblea de Notables», u hombres de nota,
que se reunió en 17 8 7 y que debía recomendar los impuestos
a los parlamentos o actuar como si fuera ella misma un par­
lamento. En 1 6 1 7 se había convocado una asamblea con
ese mismo nombre.
Dado que hemos de considerar esto como el prim er paso
práctico hacia la revolución, convendrá incluir ahora algu­
nos detalles a su respecto. En algunos lugares se ha confun­
dido la Asamblea de los Notables con los Estados Generales,
pero se trataba de un órgano completamente distinto, ya que
los Estados Generales siempre eran elegidos. Las personas
que integraron la Asamblea de los Notables fueron todas
nombradas por el Rey, y no eran más que ciento cuarenta.
Pero como .M. Calonne no podía contar con una mayoría de
Derechos del Hombre 97

esa asamblea que le fuera favorable, muy astutamente lo o r­


ganizó de form a que cuarenta y cuatro formasen una mayo­
ría de ciento cuarenta; para lograrlo, los organizó en siete
comisiones separadas, de veinte miembros cada una. Cada
cuestión general no se decidía p or una mayoría de personas,
sino p or una mayoría de comisiones, y como bastaba con
once votos para tener mayoría en una comisión, y cuatro co­
misiones eran una mayoría de las siete, M. Calonne tenía
buenos motivos para concluir que como don cuarenta y cua­
tro bastaría para determinar cualquier cuestión general, no
podía perder una votación. Pero todos sus planes le fallaron,
y con el tiempo llevaron a su caída.
El que era a la sazón marqués de la Fayette quedó en la
segunda comisión, cuyo presidente era el conde D ’A rtois22,
y com o de lo que se trataba era del dinero, naturalmente
sacó a la luz todas las circunstancias relacionadas con él. M.
de la Fayette form uló una acusación verbal contra M. Calon­
ne p or vender tierras de la corona por una cantidad de dos
m illones de libras francesas, de una form a que parecía desco­
nocer el Rey. El conde D ’A rtois (como para intimidar, pues
entonces existía la Bastilla) preguntó al marqués si estaba
dispuesto a form ular la acusación por escrito. Replicó que sí.
El conde D ’A rtois no'la exigió, pero aportó un mensaje del
Rey al respecto. M. de la Fayette presentó entonces su acu­
sación por escrito, para que se transmitiera al Rey, y se com­
prometió a fundamentarla. Este asunto no siguió adelante,
pero poco después el Rey cesó a M. Calonne y lo envió a In­
glaterra.
Como M. de la Fayette, por la experiencia de ló que había
visto en América, estaba más familiarizado con la ciencia del
gobierno civil que la generalidad de los miembros que com­
ponían la Asamblea de los Notables podía estarlo entonces,
caía sobre sus espaldas el peso de las actividades. El plan de
quienes contemplaban una constitución era enfrentarse con
la corte en¡ el terreno de los impuestos, y algunos de ellos
profesaron abiertamente su objetivo. Surgieron frecuentes
controversias entre el conde D’A rtois y M. de la Fayette so­
bre diversos temas. Con respecto a los retrasos ya incurri­
dos, este último propuso ponerles remedio mediante la
98 Thomas Paine

adaptación de los gastos a los ingresos, en lugar de los ingre­


sos a los gastos; y como objeto de reforma propuso abolir la
Bastilla y todas las prisones del Estado en toda la nación
(cuyo mantenimiento causaba grandes gastos), y suprimir las
Lettres de Cachet23; pero a la sazón no se prestó mucha aten­
ción a esos asuntos, y con respecto a las Lettres de Cachet, una
mayoría de ¡os nobles parecía ser partidario de ellas. En cuanto a
aportar nuevos impuestos a la Hacienda, la Asamblea se
negó a ocuparse del asunto por sí misma, concurriendo en la
opinión de que no estaba facultada para ello. En un debate
sobre este tema, M. de Lafayete dijo que de la recaudación de
fondos mediante impuestos no se podía ocupar más que una
Asamblea Nacional, libremente elegida por el pueblo y cuyos
miembros actuaran como sus representantes. ¿Se refiere,
preguntó al conde D ’A rtois, a los Estados Generales? M. de la
Fayette dijo que si. ¿Firmará, preguntó el conde D’A rtois, lo
que dice para que se le dé al Rey? El otro replicó que no sólo
estaba dispuesto a hacerlo, sino que iría más lejos y diría que
lo más eficaz sería que el Rey aceptara el establecimiento de
una constitución.
Como así fracasaba uno de los planes, el de lograr que la
Asamblea actuara como parlamento, surgía ahora el otro, d
de las recomendaciones. A este respecto, la Asamblea convi­
no en recomendar dos nuevos impuestos para que la regis­
trasen los parlamentos: uno un impuesto sobre el timbre y el
otro un impuesto territorial, una especie de impuesto sobre
la tierra. Los dos se han calculado en unos cinco millones de
libras esterlinas al año. A hora hemos de dedicar nuestra
atención a los parlamentos, a quienes volvía otra vez la cues­
tión.
Poco después de la dimisión de Calonne se designó al ar­
zobispo de Toulouse (después arzobispo de Sens, y ahora
cardenal) para la administración de las finanzas. También se
le nom bró prim er ministro, puesto que no siempre existía
en Francia. Cuando no existía este cargo, el jefe de cada uno
de los departamentos principales despachaba los asuntos di­
rectamente con é l Rey, pero cuando se nombraba un primer
ministro, sólo despechaban con éste. El arzobispo tenía más
autoridad estatal que ningún ministro desde el duque de
Derechos del Hombre 99

Choiseul14, y la nación estaba muy bien dispuesta en su fa­


vo r, pero con una línea de conducta difícilmente explicable,
pues desperdició todas sus oportunidades, se convirtió en un
déspota, cayó en la desgracia y pasó a ser cardenal.
Una vez dispersa la Asamblea de los Notables, el ministro
envió los edictos de los dos nuevos impuestos recomendados
p or la Asamblea a los parlamentos para que los registrasen.
Naturalmente, llegaron prim ero al Parlamento de París, que
replicó en respuesta Que con unos ingresos como los que la nación
soportaba no debería mencionarse la palabra de impuestos sino a fin
de reducirlos, y rechazó ambos impuestos *.
A nte esta negativa, se ordenó al parlamento que fuera a
Versalles, donde, como era habitual, el rey celebró lo que
bajo el gobierno antiguo se llamaba un Lecho de Justicia, y
los dos edictos quedaron registrados en presencia del parla­
mento por una orden del Estado, de la form a mencionada en
la página 96.
A nte esto, el Parlamento volvió inmediatamente a París,
reanudó su período de sesiones en debida forma y ordenó
que se borrara el registro, declarando que todo lo hecho en
Versalles era ilegal. Entonces se presentaron a todos los
miembros del parlamento L ettres de Cacbet y se los exilió a
Troyes, pero com o en el exilio siguieron igual de inflexibles
que antes, y como con la venganza no se sustituía a los im­
puestos, al cabo de poco tiempo se los volvió a llamar a Pa­
rís.
Se les presentaron los edictos una vez más, y el conde
D ’A rtois se comprometió a actuar como representante del
rey. Con ese fin fue de Versalles a París con una comitiva, y
el Parlamento se reunió para recibirlo. Pero los espectáculos
y los desfiles habían perdido su influencia en Francia, y cua­
lesquiera fueran las ideas de su propia importancia que tenía
al ponerse en marcha, tuvo que regresar con las mortifica­
ciones y desencanto. A l bajar de su carruaje para subir las es­
caleras del Parlamento la multitud (que se había reunido en

* Cuando el Sr. Pitt, ministro inglés, vuelva a mencionar la hacienda francesa


en el Parlamento inglés, haría bien en tomar nota de esto como ejemplo. (Nota
del autor.)
too Thomas Paine

gran número) lanzó expresiones vulgares, diciendo: «Aquí


viene Monsieur D ’A rtois, que quiere más dinero del nuestro
para gastar.» La marcada desaprobación que advirtió le llen ó
de aprensiones, y el oficial de la guardia que lo acompañaba
dio la voz de A u x arm es! (¡A las arm as!). La vociferó de tal
modo que reverberó por las avenidas de la Cámara y produjo
una confusión momentánea. Y o me hallaba entonces en uno
de los departamentos por los que había de pasar él, y no pude
evitar la reflexión de lo triste que es la condición de un hom­
bre que no inspira respeto.
Trató de impresionar al Parlamento con palabras altiso­
nantes y de manifestar su autoridad diciendo «El Rey, nues­
tro Dueño y Señor». El Parlamento recibió esto con gran
frialdad y con su habitual determinación de no. vo tar, los
impuestos, y así termino la entrevista.
Tras esto se planteó un nuevo tema: en los diversos deba­
tes y enfrentamientos que iban surgiendo entre la Corte y los
parlamentos acerca de los impuestos, el Parlamento de París
declaró p o r fin que si bien había sido habitual el que los par­
lamentos votaran los edictos sobre impuesto como cues­
tión de comodidad, ese derecho no pertenecía sino a los Es­
tados Generales, y que por lo tanto, ya no era procedente que
el Parlamento siguiera debatiendo cuestiones sobre las que
no estaba facultado para actuar. Tras esto, el Rey fue a París
y celebró una reunión en el Parlamento, en la que estuvo
desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde aproxi­
madamente, y de una form a que parecía actuar como si no
hubiera consultado con el gobierno o ministerio, dio su pala­
bra al Parlamento de que se convocarían los Estados G ene­
rales.
Pero después de esto surgió otra escena, por m otivos dife­
rentes de todos los anteriores. El ministerio y el gabinete se
oponían a convocar las Estados Generales, Sabía muy bien
que si se reunían los Estados Generales habrían de caer ellos
mismos, y como el Rey no había mencionado ningún momento
exacto, pensaron en un proyecto para evitarlo, sin que pare­
cieran oponerse.
Con este fin, la Corte se dedicó a preparar ella misma
una constitución. Fue básicamente obra de M. Lamoignon,
Derechos del Hombre 101

Guardián de los Sellos25, que más tarde se pegó un tiro. Este


nuevo arreglo consistía en establecer un órgano con el nom­
bre de Cour pléniere, o Corte plenaria26, dotado de todas las
facultades que el gobierno tuviera ocasión de utilizar. Las
Dersonas integrantes de esta Corte las nombraría el Rey.
Este renunciaría al debatido derecho de imposición y
y el antiguo código penal se sustituiría por un código nue­
vo, con nuevos procedimientos jurídicos. La cosa, en mu­
chos aspectos, contenía principios mejores que los ante­
riores de administración del gobierna; pero, con respecto a
la Cour pléniere, no era más que el medio de m antener el des­
potismo, sin parecer que se sucediera directamente a sí mis­
mo.
El gabinete cifraba grandes esperanzas en su: nuevo truco.
Las personas que habían de integrar la Cour pléniere ya esta­
ban designadas, y como era necesario m antener las aparien­
cias, entre ellas se designó a algunos de los mejores persona­
jes de la nación. Habla de establecerse el 8 de mayo de 1788,
pero surgió una oposición a ella p or dos m otivos, uno de
Principio y o tro de Forma. ■
Por m otivo de Principio se adujo que el gobierno n o tenía
derecho a alterarse por sí solo, y que si se admitía esta prác­
tica una vez, pasaría a convertirse en principio y se tranfor­
maría en precedente de toda futura alteración que el gobier­
no deseara establecer; que el derecho de alterar el gobierno
era un derecho de la nación, y no un derecho del gobierno.
Y p o r m otivo de Forma, se adujo que la Cour pléniere no era
más que un gabinete ampliado.
Los que eran a la sazón duques de la Rochefoucault y de Lu-
xemburgo, y D e Noailles27 y muchos más se negaron a aceptar
el nombramiento y se opusieron decididamente a todo el plan.
Cuando se envió a los parlamentos el 'edicto de estableci­
miento de esta nueva corte para que lo registraran y lo em­
pezaran a aplicar, ¡también ellos se opusieron. El Parlamento
de París no sólo sé negó, sino que rechazó su legalidad, y se
reanudó el enfrentam iento entre el Parlamento y el gabinete
con más fuerza que nunca. Mientras el Parlamento estaba
reunido para debatir esta cuestión, el ministerio ordenó que
un regimiento de soldados rodeara la Cámara y formase-un
102 Thomas Paine

bloqueo. Los miembros enviaron a buscar camas y provisio­


nes y vivieron como si se hallaran en una ciudadela asediada,
y como esto no surtió efecto, se ordenó al oficial comandan­
te que entrase en la Cámara del Parlamento y los prendiera,
lo que hizo, y a algunos de los principales miembros los en­
cerraron en diferentes prisiones. Hacia la misma época llegó
una diputación de personas de la provincia de Bretaña para
protestar contra el establecimiento de la Cour pléniere, y a és­
tas el arzobispo las mandó a la Bastilla. Pero no pódía ven­
cer al espíritu de la nación, que tenía una conciencia tan ple­
na del terreno firm e que había ocupado, el de rechazar los
impuestos, que se contentó con mantener una especie de re­
sistencia pasiva que venció efectivamente a todos los planes
que en aquel momento se form aron contra él. P or fin hubo
que renunciar al proyecto de la Cour pléniere, y poco después
el prim er ministro siguió el mismo destino y se volvió a lla­
mar a su puesto a M. Neckar.
La tentativa de establecer la Cour pléniere tuvo un efecto
sobre la nación que ella misma no percibió. Era una especie
de nueva forma de gobierno que insensiblemente sirvió para
abandonar la antigua y desencadenarla de la autoridad su­
persticiosa de la antigüedad. Era un gobierno que destrona­
ba al gobierno; y el antiguo, al tratar de hacer uno nuevo,
creó un vacío.
El fracaso de este plan replanteó la cuestión de convocar
a los Estados Generales, lo cual dio origen a una nueva ron­
da política. No existía una form a consagrada de convocar los
Estados Generales; lo único que significaban éstos claramen­
te era una diputación de lo que entonces se llamaba Clero,
Nobleza y Comunes, pero sus números o sus proporciones
no habían sido siempre los mismos. Sólo se habían convoca­
do en ocasiones extraordinarias, la última de las cuales fue
en 1 6 1 4 ; entonces sus números habían guardado proporcio­
nes iguales y habían votado por estamentos.
No era fácil que escapase a la sagacidad de M. Neckar que
el modo de 1 6 1 4 no respondería al objetivo del gobierno del
momento ni al de la nación. Como en aquella época las cues­
tiones estaban muy enconadas, habrían hecho falta larguísi­
mas polémicas para convenir algo. Los debates sobre privile­
Derechos del Hombre 103

gios y exenciones hubieran sido interminables, y en ellos no


se habría atendido a las necesidades del gobierno ni a los de­
seos de la nación. Pero como no quería adoptar la decisión
por sí mismo, volvió a convocar la Asam blea de las Notables y
se remitió a éstos. Este organismo estaba en general intere­
sado en la decisión, pues sus miembros eran sobre todo de la
aristocracia y del clero bien remunerado y su decisión fue fa­
vorable, al modo de 16 14 . Esta decisión iba en contra del
sentir de la nación, así como de los deseos de la Corte, pues
la aristocracia se oponía a ambas y exigía privilegios inde­
pendientes de ambas. Entonces se ocupó del tema el Parla­
mento, el cual recomendó que el número de los Comunes
fuera igual al de los otros dos, y que todos se reunieron en
una sola Cámara y votaran como un solo órgano. El número
al que por fin se llegó fue el de 1.200, de los cuales 6 0 0 los
elegirían los Comunes (y era menos de lo que debería haber
sido su proporción cuando se considera su peso y su impor­
tancia en una escala nacional), 3 00 el Clero y 3 00 la A risto­
cracia; pero con respecto al modo de reunirse, juntos o sepa­
rados, y en cuanto a la form a en que debían votar, estas
cuestiones quedaron aplazadas *.

* El Sr. Burke (y debo tomarme la libertad de decirle que desconoce mu­


cho los asuntos franceses)! al hablar sobre el tema, dice: «Lo primero que me
llamó la atención en la convocatoria de los Estados Generales fue que se
desviaban mucho de la línea anterior.» Y poco después dice: «Desde el mo­
mento en que leí la lista vi distintamente, y casi como ocurrió después, todo
lo que iba a ocurrir.» Desde luego, el Sr. Burke no vio todo lo que iba a ocu­
rrir. Yo traté de convencerlo, tanto antes como después de la reunión de los
Estados Generales, de que iba a haber una revotuam, pero no logré que se en­
terase, y ni siquiera quería creerlo. Cómo podía, pues, ver distintamente to­
das las partes cuando no podía ver el todo, es algo que no puedo compren­
der. Y en cuanto a desviarse «mucho de la línea anterior», aparte de la natu­
ral debilidad de la observación, demuestra que no está familiarizado con las
circunstancias. Esa desviación era necesaria, pues la experiencia demostraba
que la línea anterior era errónea. Los Estados Generales de 1614 se convo­
caron al comienzo de la guerra civil durante la minoría de Luis XIII, pero el
choque que supuso el organizados por estamentos aumentó la confusión que
se les pedía aclarasen. El autor de L intrigue du Cabinet (La intriga del Gabi­
nete), que escribía antes de que se pensara en ninguna revolución en Fran­
cia, dice al hablar de los Estados Generales de 1614: «Tuvieron al público en
suspenso durante cinco meses, y por las cuestiones que se debatieron en
ellos y el calor con que se expusieron, parece que los Grandes (les grm d s)
104 Thomas Paine

Las elecciones que siguieron no fueron muy disputadas,


pero sí animadas. Los candidatos no eran hombres, sino
principios. En París se form aron sociedades, y en toda la na­
ción se establecieron comités de correspondencia y comuni­
caciones con el fin de ilustrar al pueblo y de explicarle los
principios del gobierno civil, y tan ordenadamente se cele­
braron las elecciones que no dieron lugar ni siquiera al ru­
m or de un tumulto.
Los Estados Generales habían de reunirse en Versalles en
abril de 17 8 9, pero no se reunieron hasta mayo. Se situaron
en tres cámaras separadas, o mejor dicho, el clero y la aristo­
cracia se fueron cada uno a una cámara separada. La mayo­
ría de la aristocracia reclamaba lo que calificaba de su privi­
legio para votar como grupo separado, y de dar su consenti­
miento o su negativa de aquella form a, y muchos dé los obis­
pos y de los clérigos con grandes beneficie® exigían los mis­
mos privilegios para su Estamento.
El Tiers íta t (como se le llamaba entonces) repudió todo
conocimiento de Estamentos artificiales y artificiales privile­
gios, y no sók> estuvo muy decidido a este respecto, sino
algo desdeñoso. Empezaban a considerar a la aristocracia
como una especie de hongo que crecía por la corrupción de
la sociedad, al que no se podía admitir ni siquiera com o par­
te de ella, y por la disposición de que había dado muestras la
aristocracia al defender las L etires de Cacbet y en muchos
otros casos, era manifiesto que no se podía form ar una cons­
titución mediante la admisión, de hombres en ninguna o tra
calidad que el de Hombres Nacionales.
Tras varios altercados a este respecto el Tiers E tdt o los
Comunes (como entonces se les llamaba) declaró (conforme
a una moción formulada con ese fin por. el abate Sieyes28)
que sus miembros eran «Los r e p r e s e n t a n t e s d e l a n á c i ó n ; j '
que los dos Estamentos no se podían considerar sino como diputados de
corporaciones,y no podían tener una voz deliberante mas que cuando se
reunieran con carácter nacional con los representantes nacionales,» Este

pensaban más en satisfacer sus pasiones particulares que en procurar el bien


de la nación, y todo el tiempo se pasó en altercados, ceremonias v desfiles.»
(L ’m trigue du Cabintt, vol. I, pág. 329.) (Nota i t l autor.) (Omitida en muchas
ediciones. (N. d el T.)]
Derechos del Hombre 105

prodecimiento extinguió el título de los E tats G éniraux o Esta­


dos G enerales, y los convirtió al título que llevaban ahora, el de
L ’A ssem hlét N ationale o Asamblea Nacional.
La moción no. se presentó de forma precipitada. Fue el re­
sultado de una deliberación calmada y concertada entre los
representantes nacionales y los miembros patrióticos de las
dos cámaras, que advertían el absurdo, el mal y la injusticia
de las distinciones privilegiadas artificiales. Se había hecho
evidente que no podía establecerse ninguna constitución que
mereciese ese nom bre sobre bases que no fueran las naciona­
les. La aristocracia se había venido oponiendo al despotismo
de la Corte y afectando el lenguaje del patriotismo, pero se
había opuesto a aquél como rival (al igual que los barones
ingleses se habían opuesto al rey Juan), y ahora se oponía a
la nación por tos mismos motivos,
A l triunfar la moción, los representantes nacionales, como
habían concertado, enviaron una invitación a las dos cáma­
ras para que se reunieran con ellos con carácter nacional, y
después ponerse a trabajar. Una mayoría del clero, sobre
todo tos clérigos de parroquias, se retiró de la cámara cleri­
cal y se sumó a la nación, y cuarenta y cinco de la otra cáma­
ra se sumaron por igual a ella. Hay una especie de historia
secreta acerca de esta circunstancia última que es necesaria
para explicarla: no se juzgó prudente que todos tos miembros
patrióticos de la Cámara llamada de tos Nobles la abandona­
ran de una vez, y como consecuencia de esta precaución, se
fueron retirando de ella poco a poco, siempre dejando a al­
guno, tanto para razonar el asunto como para vigilar a Jos
sospechosos. En poco tiempo su número pasó de cuarenta y
cinco a ochenta, y poco después a un número mayor, lo cual,
junto con la mayoría del clero y la totalidad de los represen­
tantes nacionales, dejaba a tos descontentos en una condi­
ción muy disminuida.
El Rey, que, muy a! revés de la clase general a la que se
llama por ese nombre, es hombre de buen corazón, se de­
m ostró dispuesto a recomendar una unión de las tres cáma­
ras, por los m otivos aducidos por la Asamblea Nacional,
pero los descontentos se esforzaron por impedirlo, y empe­
zaron ahora a contemplar otro proyecto. Este grupo estaba
106 TTiomas Paine

formado por una mayoría de la cámara aristocrática y una


minoría de la cámara clerical, sobre todo obispos y clero con
altos beneficios, y aquellos hombres estaban determinados a
plantear todo género de problemas, tanto por la fuerza como
mediante estratagemas. No tenían qué objetar a una consti­
tución, pero había de ser la qué ellos dictaran, y conform e a
sus propias opiniones y situaciones particulares. Por otra
parte, la Nación se negaba a saber de ellos salvo como ciuda­
danos y estaba decidida a poner freno a todas esas pretensio­
nes advenedizas. Cuanto más insistía la aristocracia, más des­
preciable resultaba; había una visible imbecilidad y falta de
intelecto en la mayoría, una especie de je ne sais quoi, que si
bien afectaba ser algo más que el ciudadano, resultaba ser
algo menos que el hombre. Perdía más terreno por el des­
precio que por el odio que suscitaba, y más bien provocaba
risa, igual que un asno, que temor, como el qué despierta el
león. Ese es el carácter general de la aristocracia, o de los
que se llaman Nobles o Nobleza, o más bien Innobleza, en
todos los países.
El plan de los descontentos consistía ahora en dos cosas:
o bien deliberar y votar por cámaras (o estamentos), más es­
pecialmente con respecto a todas las cuestiones relativas a
una constitución (con lo cual la cámara aristocrática habéía
podido rechazar cualquier artículo de la constitución), o, si
no podían lograr este objetivo, derrocar totalmente a la
Asamblea Nacional.
Para lograr uno u otro de esos objetivos empezaron a cul­
tivar la amistad con el despotismo con el que antes habían
tratado de competir, y el conde D’A rtois se convirtió en su
jefe. El Rey (que después ha decláíádo que lo habían engaña­
do para adoptar esas medidas) celebró, conform e a la fórmula
antigua, un Lecho de Justicia, en el cual accedió a la delibera­
ción y al voto p a r tête (por cabeza) acerca de varios temas,
pero reservó las deliberaciones y el voto sobre todas las
cuestiones relativas a una constitución a las tres cámaras por
separado. Esta declaración del Rey se hizo contra la opinión
de M. Neckar, quien ahora comenzaba a advertir que estaba
empezando a perder el favor en la corte y que se estaba pen­
sando en otro ministro.
Derechos del Hombre 107

Como aparentemente todavía se mantenía la fórm ula de


reunirse en cámaras separadas, aunque esencialmente estaba
destruida, los representantes nacionales, inmediatamente
después de esta declaración del rey, volvieron a su propia cá­
mara para consultar sobre una protesta en contra de ella, y
la minoría de la cámara (llamada de los Nobles) que se había
sumado a la causa nacional se retiró a una casa particular
para consultar de la misma manera. Para entonces, los des­
contentos ya habían concertado sus medidas con la corte,
que el conde D ’A rtois se comprometió a llevar a cabo, y
cuando advirtieron, por el desagrado que suscitó la declara­
ción y por la oposición contra ella, que no podían obtener el
control sobre la constitución que ellos pretendían mediante
una votación separada, se prepararon para su objetivo final:
el de conspirar contra la Asamblea Nacional y derrocarla.
A la mañana siguiente se le cerró a la Asamblea Nacional
la puerta de la cámara, que estaba custodiada por soldados, y
se negó a sus miembros la entrada. A nte esto, se retiraron a
una cancha de tenis * en las cercanías de Versalles, como lu­
gar más a mano que pudieron encontrar, y tras reanudar su
sesión, hicieron un juramento de no separarse nunca los
unos de los otros, cualesquiera fuesen las circunstancias, sal­
vo la muerte, hasta que hubieran establecido una constitu­
ción. Como el experimento de cerrar la cámara no tuvo más
efecto que el de producir una relación más estrecha entre los
miembros, al día siguiente se volvió a abrir, y se reanudaron
los negocios .públicos en el sitio habitual.
A hora hemos de atender a la formación del nuevo minisr
terio, que había de.lograr la caída de la Asamblea Nacional.
Pero como para ello haría falta la fuerza, se dieron órdenes
de reunir a treinta mil soldados, cuyo mando se dio a Bro­
glio, miembro del ministerio propuesto, a quien se mandó
llamar al campo con este fin. Pero como hacía falta una cier­
ta discreción para mantener bien disimulado este plan hasta
el momento en que estuviera listo para la ejecución, es a esta
política, a la que se debe atribuir una declaración hecha por el
conde D’A rtois, y que ahora procede introducir.

* Sic en el original (N. del T.)


t08 Thomas Pairie

No podía por menos de ocurrir que mientras los descon­


tentos siguieran acudiendo a sus cámaras por separado de la
Asamblea Nacional se excitaran más celos que si se mezclaban
con ella, y que se sospechara un complot. Pero como habían
adoptado uña actitud, y ahora necesitaban un pretexto para
abandonarla, era necesario idear uno. A sí se logró efectiva­
mente mediante una declaración hecha por el conde D ’A r­
tois: «Que si no participaban en la Asamblea Nacional corre­
ría peligro la vida del Rey», ante lo cual salieron de sus cá­
maras y se mezclaron coh la Asamblea, en un solo organis­
mo.
En la época en que se hizo esta declaración se tom ó en ge­
neral como un absurdo por parte del conde D ’A rtois, calcu­
lado meramente para que los miembros restantes de las dos
cámaras pudieran salir de la situación disminuida en que se
hallaban; y si no hubiera ocurrido nada más, aquella conclu­
sión habría sido buena. Pero como la mejor form a que tie­
nen las cosas de explicarse es por sus consecuencias, aquella
aparente unión no era sino una cobertura piara las maquina­
ciones que continuaban en secreto, y la declaración se ajusta­
ba a ese objetivo. A l cabo de poco tiempo, la Asamblea Na­
cional se encontró rodeada de tropas, y cada día llegaban mi­
les de soldados más. A nte aquello, ia Asamblea Nacional
form uló una declaración muy firme al Rey, protestando con­
tra lo improcedente de la medida y preguntando el motivo.
El Rey, que no estaba en el secreto del asunto, com o declaró
él mismo más adelanté, dio sustancialmente por respuesta
que no tenía otro objetivo in mente que el de m antener la
tranquilidad pública, que parecía estar m uy alterada.
Pero al cabo de unos días se desentrañó esta conspiración.
Cesaron M. NeCkar y sü ministerio y se form ó otro de los
enemigos de la revolución, y llegó Broglío con entre veinti­
cinco y treinta mil soldados'extranjeros para apoyarlos. Ya
se habían quitado las máscaras y las cósas habían llegado a la
crisis. Lo que ocurrió fue que en el espació de tr?s días el
nuevo ministerio y sus cómplices consideraron prudente
huir de la nación; se tomó la Bastilla y se dispersaron Bro­
glio y sus tropas extranjeras, como ya se ha relatado en la
primera parte de esta obra.
Derechos del Hombre 109

Existen algunas circunstancias curiosas en la historia de


este ministerio efímero, y de esta abortada tentativa de con­
trarrevolución. El Palacio de Versallcs, donde estaba la Cor­
te, n o distaba más de cuatrocientas yardas del salón donde se
reunía la Asamblea Nacional. Los dos lugares eran en aquel
momento como los cuarteles generales separados de dos
ejércitos enfrentados, pero la Corte tenía una ignorancia tan
absoluta de la información que había llegado de París para la
Asamblea Nacional como si hubiera residido a cien millas de
distancia. Quien llevaba a la sazón el título de Marqués de la
Fayette, a quien (com o ya he mencionado) se había elegido
para que presidiera la Asamblea Nacional en está ocasión
particular, nom bró p or orden de la Asamblea tres diputacio­
nes sucesivas para que vieran al Rey durante el día y hasta
entrada fá tarde en que se tom ó la Bastilla, a fin de tenerlo
inform ado y conferenciar con él acerca del estado de la si­
tuación; péro el ministerio, que no sabía ni siquiera que se le
estaba atacando, impidió toda comunicación, y se regocijaba
por la destreza con que había alcanzado el éxito; pero al cabo
de unas horas llegó la inform ación, tan abundante y rápida,
qué tuvieron que saltar de sus escritorios y echarse a correr.
Unos se disfrazaron de una form a y otros de otra, mas todos
de form á que nó se advirtiera su condición. A hora lo que lés
preocupaba era ir más aprisa que las noticias, para que no los
pudieran detener, pues aunque aquéllas iban rápidas, no po­
dían correr con tanta velocidad como ellos.
M erece la pena relatar que la Asamblea Nacional no persi­
guió á aquellos conspiradores fugitivos, no les hizo ningún
caso, ni trató de tom ar represalias en form a alguna. Ocupada
en establecer una constitución fundada en los Derechos del
Hombre y en la Autoridad del Pueblo, la única autoridad
conform e a la Cual tiene un gobierno derecho a existir en
cualquier país, la Asamblea Nacional no sentía ninguna de
esas pasiones mezquinas que caracterizan a los gobiernos im­
pertinentes, fundados en su propia autoridad o en el absurdo
dé la sucesión hereditaria. Es facultad de la mente humana
convertirse en aquello que contempla, y actuar de form a co­
herente con su objetivo.
Una vez así dispersada la conspiración, uno de los prime­
110 Thomas Paine

ros actos de la Asamblea Nacional consistió en publicar, en


lugar de declaraciones vengativas, como ha ocurrido con
otros gobiernos, una Declaración de los Derechos del Hom­
bre, sobre cuya base se había de edificar la nueva constitu-
d o tl y que se reproduce a continuacón:

DECLARACIÓN
DE LOS
E tR E C H O S d e l h o m b r e y d e l c iu d a d a n o
POR LA
ASAMBLEA NACIONAL DE FRAN CIA29

Lo* representantes del pueblo francés, constituidos en


Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el o lvi­
do o el desprecio de los derechos humanos son las únicas
causas de los males públicos y de la corrupción de los G o­
biernos han decidido exponer, en una declaración solemne,
esos derechos naturales, inalienables e imprescindibles,. a
fin de que esta declaración, constantemente presente para
todos los miembros del cuerpo social, les recuerde para
siempre sus derechos y sus deberes; a fin de que los, actos del
poder legislativo y los del poder ejecutivo se puedan compa­
rar a cada instante con la finalidad de toda institución política
y sean por ende más respetados; a fin de que las reclamacio­
nes de los ciudadanos, fundadas desde ahora en adelánte en
principios sencillos e indisputables, se dirijan siempre al
mantenimiento de la Constitución y a la felicidad de todos.
En consecuencia, la Asamblea Nacional reconoce y decla­
ra, en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo, los si­
guientes derechos sagrados del hombre y del ciudadano:
I. Los hombres nacen j permanece» siempre libres e iguales: en
cuanto a sus derechos. L as distinciones seríales sólo pueden fundarse
en la utilidad común. - ,
II. L a meta de toda asociación política es la conservación de ¡os
derechos naturales e im prescriptibles del hombre. Estos derechos son
la libertad, la propiedad, la seguridady la resistencia, a ¡a aposición.
III. E l principio de la soberanía reside esencialmente en ,la na­
ción. N i n g ú n ó r g a n o ni n i n g ú n i n d i v i d u o pueden ejercer autoridad
alguna que no emane expresamente de ella.
Derechos del Hombre 111

IV. La Libertad Política consiste en poder hacer todo lo


que no dafle a los demás. El ejercicio de los derechos natura­
les de cada hombre no tiene más límites que los necesarios
para asegurar a |ps demás hombres el goce de esos mismos
derechos. Estos límites no los puede determinar sino la Ley.
V. La Ley no puede prohibir más que los actos nocivos
para la sociedad. No se puede impedir lo que no esté prohi­
bido por la Ley, y no puede obligarse a nadie a hacer lo que
la Ley no ordena.
VI. La Ley es expresión de la voluntad de la comunidad.
Todos los ciudadanos tienen el derecho de participar perso­
nalmente o por medio de sus representantes en su form a­
ción. Debe ser la misma para todos, tanto si protege como si
castiga, y todos, al ser iguales ante ella, son igualmente ad­
misibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos,
según sus diversas capacidades y sin otra distinción que las
creadas por sus virtudes y sus talentos.
VII. A ningún hombre se lo podrá acusar, detener ni en­
carcelar sino en los casos determinados por la Ley y según
las formas prescritas en ella. Quienes soliciten, faciliten, eje­
cuten o hagan ejecutar órdenes arbitrarias deben ser castiga­
dos, y todo ciudadano convocado o prendido; en virtud de la
■Ley debe obedecer inmediatamente, y se hace culpable si re­
siste.
VIII. La Ley no debe establecer más que las penas evi­
dente y estrictamente necesarias, y a nadie se podrá castigar
sino en virtud de una ley promulgada con anterioridad al de­
lito y legalmente aplicada.
IX. Como a todo hombre se lo considera inocente hasta
que se le haya declarado culpable, si se juzga indispensable
detenerlo, la Ley debe reprim ir severamente todo rigor que
no sea necesario para su detención.
X . A nadie se debe inquietar por sus opiniones, com­
prendidas las religiosas, siempre que su manifestación no per­
turbe el orden público establecido por la Ley.
XI. La libre comunicación de los pensamientos y las
opiniones es unos de los derechos más preciosos del hombre;
todo ciudadano puede, por tanto, hablar, escribir e imprimir
112 Thomas Paine

libremente, siempre que se haga responsable del abuso de


esta libertad, en los casos determinados p or la Ley.
XII. La garantía de los derechos del hombre y del ciuda­
dano requiere una fuerza pública, y esta fuerza se instituye,
por tanto, en beneficio de todos, y no para la utilidad parti­
cular de las personas a quienes se la confía.
XIII. Para el mantenimiento de la fuerza pública, y para
los demás gastos del gobierno es indispensable una contribu­
ción común; por tanto, ésta debe estar igualmente repartida
entre todos los ciudadanos conform e a sus posibilidades.
X IV . Todo ciudadano tiene el derecho de verificar por
sí mismo o por su representante la necesidad de la contribu­
ción públicá, de vigilar su ejemplo y de determinar la cuota,
la recaudación y la duración.
X V . Toda comunidad tiene el derecho de pedir cuentas
a todos sus agentes sobre la conducta de éstos.
X V I. Toda comunidad en la cual no esté establecida la
separación de los poderes y la igualdad de los derechos care­
ce de constitución.
X VII. La propiedad es un derecho inviolable y sagrado;
por tanto, a nadie se puede privar de ella sino cuando la ne­
cesidad pública legalmente establecida lo exija claram ente, y
a condición de que haya una indemnización justa y previa.*

OBSERVACIONES
SOBRE LA DECLARACIÓN DE DERECHOS '

Los tres primeros artículos comprenden en térm inos ge­


nerales toda la Declaración de Derechos; todos los artículos
siguientes se derivan de ellos o siguen como elucidaciones.
Los artículos 4.°, 5." y 6.° definen más particularmente lo que
sólo se expresa en general en los artículos prim ero, 2." y 3.",
Los artículos 7.", 8 .“, 9.*, 10." y 11." son declatorios dé los
principios conforme a los cuales se form ularán las leyes,‘de
conformidad con derechos ya declarados. Pero algunas gentes
muy dignas discuten, tanto en Francia com o en otros países,
Derechos del Hombre 113

si el artículo 10.° garantiza de form a suficiente el derecho al


que pretende conformarse, en comparación con él lo cual
detrae de la dignidad divina de la religión y debilita su capa­
cidad de actuación sobre la mente al someterla a leyes huma­
nas. Entonces la religión se presenta al hombre como la luz
interceptada por un medio nebuloso, en el cual su fuente se
ve oscurecida a la vista y no se ve nada que reverenciar en el
rayo apagado *.
El resto de los artículos, a partir del 12.°, están contenidos
sustancialmente en los principios de los artículos preceden­
tes; pero en la situación concreta en que se hallaba entonces
Francia, en la cual había que deshacer lo que estaba mal,
además de afirmar lo que estaba bien, era lo procedente ac­
tuar con más minuciosidad de lo que sería necesario en otras
circunstancias.
Cuando la Declaración de Derechos se hallaba ante la
Asamblea Nacional, algunos de sus miembros observaron
que si se publicaba una declaración de derechos debería ir
acompañada de una declaración de deberes. La observación
revelaba una mente reflexiva, y que sólo erraba en no refle­
xionar lo bastante. Una declaración de derechos es, por reci­
procidad, también una declaración de deberes. Lo que quiera
que sea mi derecho como hom bre es también el derecho de

* Existe una sola idea que, si llega bien a la mente, sea en sentido jurídico
o religioso, impedirá a cualquier hombre, o a cualquier grupo de hombres, o
a cualquier gobierno, equivocarse acerca del tema de la Religión, y es que,
antes de que se conociera en el mundo ninguna institución humana, existía
en el mundo, si se me permite la expresión, un pacto entre Dios y el Hom­
bre desde el principio dé los tiempos, y que como la relación y la condición
en que está el hombre en su persona individual con respecto a su Creador no
se puede cambiar, ni en modo alguno alterar en virtud de ninguna ley huma­
na ni autoridad humana, la devoción religiosa, que es parte de ese pacto, no
puede ser objeto de leyes humanas, y todas las leyes deben ajustarse a esc
pacto previo existente, y no arrogarse el derecho de hacer que ese pacto se
quite a las leyes que además de ser humanas son posteriores a él. El primer
acto del hombre, cuando miró en torno a sí y se vio como criatura no hecha
por sí misma, y un mundo preparado para recibirlo, debe haber sido el de
devoción, y la devoción debe seguir siendo siempre sagrada para cada hom­
bre individual, do! modo 1* a t i le fiarozta oportuno, y los gobieritog hacen mal
en intervenir en ello. (Nota d tl autor.) [Omitida en muchas ediciones moder­
nas. (N. dol 7 ) )
114 Thomas Paine

otro; y yo paso a tener el deber de garantizar además del de


poseer.
Los tres primeros artículos son la base de la Libertad, tan­
to individual como nacional; no se puede llamar libre a un
país cuyo gobierno no se origina en los principios que aqué­
llos contienen y no sigue manteniendo su pureza; y toda la
Declaración de Derechos tiene más valor para el mundo, y
hará más bien que todas las leyes y todos los códigos pro­
mulgados hasta hoy.
En el exordio declaratorio que prefacia la Declaración de
Derechos contemplamos el solemne y majestuoso espectácu­
lo de una nación que se comprende, bajo los auspicios de su
Creador, a establecer su propio gobierno, algo tan nuevo y
tan transcendentalmente sin igual en nada del mundo euro­
peo que el nombre de revolución disminuye su carácter, el
cual se eleva hasta una regeneración del hombre. ¿Qué son
los gobiernos actuales de Europa sino escenas de iniquidad y
opresión? ¿Qué es el de Inglaterra? ¿No dicen sus propios
habitantes que es un mercado en el que todo hombre tiene
su precio, y en el cual la corrupción es tráfico común a ex­
pensas de un pueblo engañado? No es de extrañar, pues, que
se vilipendie a la Revolución Francesa. Si ésta se hubiera limi­
tado meramente a la destrucción del despotismo flagrante,
quizás el Sr. Burke y algunos otros se habrían quedado en si­
lencio. Ahora su grito es: «Ha ido demasiado lejos»; es decir,
ha ido demasiado lejos para ellos. Contempla a la corrupción
de frente, y toda la tribu de los venales se siente alarmada.
El tem or de éstos se revela en su indignación, y nó publican
sino los quejidos de un vicio herido. Pero esa oposición en
lugar de hacer sufrir a la Revolución Francesa, le rinde ho­
menaje. Cuanto más se la golpee, más chispas emitirá, y sólo
es de temer que no se la golpee lo suficiente. No tiene nada
que temer de los ataques: la Verdad le ha dado sus raíces, y
el Tiempo dejará constancia de ella, de form a que dure tanto
como él.
Ahora, tras seguir la marcha de la Revolución Francesa
por la mayor parte de sus principales etapas, desde su co­
mienzo hasta la tom a de la Bastilla y su establecimiento por
la Declaración de Derechos, term ino con el tema con el enér­
Derechos del Hombre 115

gico apóstrofe de M. de la Fayette: ¡Que este gran monumento


erigido a la Libertad sirva de lección a l opresor y de ejemplo a los
oprimidos! *

* Véase la página 15 de esta. obra.


N. B.—Desde la toma de la Bastilla se han publicado los acontecimientos,
pero tos asuntos registrados en esta narración son anteriores a ese período, y
algunos de ellos, c o m o cabe advertir fácilmente, puede que no sean muy co­
nocidos. (Nota ¿ ti autor.) [Esta es otra de las notas que se suelen omitir. (N.
¿tlT.)) .
Capítulo de Miscelánea

A fin de no interrumpir la argumentación de la parte anterior


de esta obra, ni la narración que la sigue, reservé algunas ob­
servaciones para introducirlas juntas en un capítulo de mis­
celánea, con objeto de que la variedad no se viera censurada
como confusión. El libro del Sr. Burke es todo él misceláneo.
Su intención era realizar un ataque contra la Revolución
Francesa, pero en lugar de proceder de forma ordenada, lo
ha atiborrado con una masa de ideas que tropiezan unas con
otras y se destruyen entre sí.
Pero es fácil explicar esta confusión y estas contradiccio­
nes del libro del Sr. Burke. Cuando un hombre con una cau­
sa falsa intenta seguir cualquier rumbo que no sea el de una
verdad o un principio polar, seguro que se pierde. Su brújula
no tiene la capacidad para mantener unidas todas las partes
de su argumentación, ni la de hacer que se unan en to m o a
su cuestión, salvo que por algún medio logre que su guía
esté siempre a la vista. Ni la memoria ni la inventiva pueden
suplir a la ausencia de aquélla. La primera le falla, y la se­
gunda le traiciona.
Pese a los absurdos, pues no merecen mejor nombre, que

116
Derechos det Hombre 117

el Sr. Burke ha escrito acerca de los derechos hereditarios y


la sucesión hereditaria, y de que una nación no tiene derecho
a form ar su propio gobierno, ha dado por casualidad una ex­
plicación de lo que es un gobierno. «E l Gobierno», dice, «es un
artificio de la sabiduría humana».
D e admitir que el gobierno sea un artificio de la sabiduría
humana, debe seguirse naturalmente que la sucesión heredi­
taria y los derechos hereditarios (según los llaman) no pue­
den form ar parte de él, pues es imposible hacer que la sabi­
duría sea hereditaria, y p or otra parte, no puede ser un artifi­
cio sabio ese que en su funcionamiento puede entregar el go­
bierno de una nación a la sabiduría de un idiota. El terreno
que ocupa ahora el Sr. Burke es fatal para todas las partes de
su causa. La argumentación pasa de los derechos heredita­
rios a la sabiduría hereditaria, y la cuestión es: ¿quién es el
hombre mlás sabio? A hora ha de dem ostrar que todos le« que
han form ado parte de una línea de sucesión eran unos salo­
mones, pues'de lo contrario no tenían derecho a ser reyes.
IQué golpe ha dado el Sr. Burke! P or utilizar un térm ino ma­
rinero, ha pasado el lampazo por toda ¡a cubierta, y apenas sí ha
dejado un nom bre legible en la lista de los reyes, y ha segado
y aligerado la Cámara de los Lotes con urtá guadaña tan fo r­
midable como las de la Muerte y el Tiempo.
Pero parece que el Sr. Burke estaba al tanto de esta posi­
ble réplica y se ha tomado el cuidado de protegerse contra
ella, al hacer que el gobierno no sólo sea un artificio de la sa­
biduría humana, sino un monopolio de la sabiduría. Pone a la
nación com o una serie de bobos de un lado, y a su gobierno
de la sabiduría, todos ellos sabios de Gotham 30, del otro, y
después proclama y dice que «Los hombres tienen un d e ­
r e c h o , ei de que esta sabiduría provoca a sus n e c e s i d a d e s . »
Tras proclamar esto, pasa después a explicarles lo que son
sus necesidades, y también lo que son sus derechos. Esto lo ha lo­
grado diestramente, pues hace que' sus necesidades sean una
necesidad de sabiduría; pero como de poco Ies vale esto, les
inform a después de que tienen un derecho, no a algo de la sabi­
duría, sino a que ésta los gobierne; y, a fin de impresionarlos
con una solemne reverencia a este gobiemo-mortopolizador de
la sabiduría, y a su vasta capacidad para todos los fines, pósi-
118 Thomas Paine

bles o imposibles, buenos o malos, procede, con una im por­


tancia astrológica misteriosa, a explicarles sus facultades con
estas palabras: «Los derechos de los hombres en el gobierno
son sus ventajas; y éstas se hallan a menudo en los. matices
del bien, y en transacciones entre el bien y el mal, a veces en­
tre el m al y el mal. La razón política es un principio de cómputo:
sumar, restar, multiplicar y dividir, moral y no metafísica ni
matemáticamente, denominaciones morales verdaderas»31.
Como la maravillada audiencia a quien el Sr. Burke supo­
ne que se está dirigiendo quizá no pueda comprender toda
esta jerga erudita, trataré de interpretarla. El significado,
pues, buenas gentes, de todo esto es: Que el gobierno no se go­
bierna por ningún principio en absoluto; que puede hacer del m al bien
o del bien mal, según le agrade. En resumen, que elgobierno es un po­
der arbitrario.
Pero hay algunas cosas que ha olvidado el Sr. Burke. L a
prim era: no ha demostrado de dónde procedía inicialmente la
sabiduría, y la segunda: no ha demostrado conform e a qué au­
toridad empezó a actuar en prim er lugar. Dada la form a en
que introduce esta cuestión, o bien el gobierno ha robado la
sabiduría o bien la sabiduría ha robado al gobierno. Carece,
de. origen, y sus poderes de autoridad. En resumen, se trata
de una usurpación.
Sea por sensación de vergüenza, o por consecuencia de un
defecto radical del gobierno, que es necesario mantener es­
condido, o por ambas cosas, o p or cualquier otra causa que
no trataré de determinar, el hecho es que ningún razonador
monárquico sigue la pista del gobierno hasta su fuente. Es
una de las peculiaridades por las que cabe identificarlos.
D entro de mil años, quienes vivan en Am érica o en Francia
mirarán hacia atrás con orgullo al contemplar el origen de su
gobierno y dirán: ¡Esto fue obra de nuestros gloriosos antepasados!
Pero, ¿qué podrá decir el orador monárquico? ¿Ele qué pue­
de regocijarse? ¡Ay! No tiene de, qué. Hay algo que le prohí­
be m irar hacia atrás, hacia el origen, no sea que surja un la­
drón, o un Robin de los Bosques de la larga noche del tiem­
po y diga Yo soy el origen. Pese a lo mucho que trabajó el Sr.
Burke en el proyecto d e Ley de la Regencia y la sucesión he­
reditaria hace dos años, y a lo mucho que buceó en busca de
Derechos del Hombre 119

precedentes, todavía no ha tenido la osadía suficiente para


extraer a Guillerm o de Normandía y decir: Esta es la cabeza
de la lista, aquí está la fuente del honor; el hijo de una prostituta
y saqueador de la nación inglesa.
Las opiniones de los hombres acerca del gobierno están
cambiando rápidamente en todos los países. Las revolucio­
nes de Am érica y de Francia han arrojado sobre el-mundo
un rayo de luz que llega hasta el hombre. El enorme costo de
los gobiernos ha impulsado a la gente a pensar, al hacer que
perciba las cosas, y cuando el veló empieza a rasgarse, no ad­
mite reparación. La ignorancia tiene un carácter peculiar:
una vez que se disipa es imposible restablecerla. No es ini­
cialmente una cosa en sí, sino tínicamente la ausencia de co­
nocimiento, y aunque puede mantenerse al hombre en la igno­
rancia, no se lo puede hacer ignorante. La mente, al descubrir
la verdad, acttía de la misma manera que actúa mediante el
ojo al descubrir los objetos: una vez que se ha visto cualquier
objeto, es imposible devolver a la mente a la misma condi­
ción en que estaba, antes de verlo. Quienes hablan de una
contrarrevolución en Francia demuestran lo poco que com­
prenden al hombre. No existe en todo el ámbito del idioma
una disposición de las palabras que exprese ni siquiera el me­
dio de hacer una contrarrevolución. Los medios deben con­
sistir en una aniquilación del conocimiento, y todavía no se
ha descubierto cómo hacer que el hombre desaprenda lo que
ya sabe o que despiense lo que ha pensado.
El Sr. Burke se esfuerza en vano por frenar el avance del
conocimiento, y eso es tanto peor viniendo de él cuando que
existe una cierta transacción conocida en la ciudad que lo
hace sospechoso de recibir una pensión bajo nombre ficticio.
Ello ptíede explicar una extraña doctrina que ha formulado
en su libro, que si bien él apunta contra la sociedad de la Re­
volución, de hecho se dirige contra toda la nación.
«El Rey de Inglaterra», dice, «tiene su corona» (pues según
el'Sr. Burke ésta no pertenece a la nación), «con desprecio de
la preferencia de la Sociedad de la Revolución, que no tiene
un sólo voto que dar a un Rey en toda ella, individual o colecti­
vamente, y los herederos de su Majestad, cada uno en su mo­
mento o por su orderi, recibirán la Corona con el mismo des­
120 Thomas Paine

precio de esa preferencia con el que su Majestad ha recibido la


que ahora porta.»
En cuanto a quién sea rey en Inglaterra o en otra parte, o
que haya rey en absoluto, o que el pueblo elija un jefe chero-
ki o a un húsar de Hesse como rey, no es asunto que me
preocupe, se lo dejo a ellos; pero por lo que. respecta a la
doctrina, en la medida en que se refiere a los derechos del
hombre y las naciones, es algo tan abominable como lo que
jamás se haya expresado en el país más esclavizado que haya
bajo la capa del cielo. Lo que no puedo juzgar también es si
suena peor a mis oídos, que no están acostumbrados a escu­
char tamaño despotismo, que a los oídos de otra gente, pero
en cuanto a lo abominable de su principio, no me cuesta tra­
bajo juzgarlo. .
No es la Sociedad de la Revolución a la que se refiere el
Sr. Burke; es a la nación, tanto en su carácter original corno
representativo, y ha actuado con cuidado para hacerse com ­
prender al decir que no tienen un solo voto colectiva ni indivi­
dualmente. La Sociedad de la Revolución está integrada por
ciudadanos de todas las denominaciones31 y por miembros de
ambas Cámaras del Parlamento, y en consecuencia, si no tie­
nen derecho de voto en ninguna de esas calidades, tampoco
pueden tenerlo la nación ni su parlamento. Esto debería ser
una advertencia a todos los países de cuánto importa que
sean reyes personas de familias extranjeras. Resulta un tanto
curioso observar que si bien el pueblo de Inglaterra ha teni­
do la costumbre de hablar de reyes, siempre se trata de una
casa real extranjera, de forma que odia a los extranjeros pero
está gobernado por ellos. A hora se trata de la casa de Bruns­
wick, una de las pequeñas tribus de Alemania.
Hasta ahora ha venido siendo la práctica de los Parlamen­
tos ingleses regular lo que se calificaba de sucesión (dan­
do por seguro que la nación seguía aceptando la form a de
anexar una rama monárquica a su gobierno, pues sin esto el
Parlamento no podría haber tenido la autoridad para ir a
buscar en Holanda o en Hannover32, ni para imponer un
Rey a la nación contra la voluntad de ésta). Y éste debe ser
el límite absoluto al que puede llegar el Parlamento en este
caso, pero el derecho de la nación se refiere a todo el xaso,
Derechos del Hombre 121

porque tiene el derecho de cambiar toda la form a de su go­


bierno. El derecho de un parlamento no es sino un derecho
depositado, un derecho por delegación, y sólo de una parte
muy pequeña de la nación, y una de sus Cámaras ni siquiera
tiene ese derecho. Pero el derecho de la nación es un dere­
cho original, ta n universal como los impuestos. La nación es
la pagadora de todo, y todo ha de ajustarse a la voluntad ge­
neral.
Recuerdo haberme fijado en un discurso de eso que lla­
man la .Cámara Inglesa de los Pares, pronunciado por quien
era entonces conde de Shelbume, y creo que era cuando
él era ministro, lo cual viene muy a propósito para este caso.
No digo que recuerde perfectamente todos los detalles, pero
lo que.dijo y el sentido general, en la-medida en que recuer­
do, era lo siguiente: «Que la form a de un gobierno era algo que de­
pendía totalmente de la voluntad de la nación en todo momento, que si
optaba por una form a monárquica tenía derecho a que asífu era, y si
después optaba por convertirse en república, tenía derecho a ser una
república y a decir a un Rey: “Ya no nos valen sus servicios”.»
Cuando el Sr. Burke dice «los herederos y sucesores de Su
Majestad, cada uno en su momento y por su orden, recibirán
la Corona con el mismo desprecio de ésa preférencia con el que
Su Majestad ha recibido la que ahora porta», está diciendo
demasiado, incluso al individuo más humilde del país, parte
de cuyo trabajo diario se destina a constituir el millón de li­
bras esterlinas al año que el país entrega a esa persona a la
que llama Rey. El gobierno con insolencia es despotismo,
pero cuando se le añade el desprecio se hace peor, y el pagar
p or el desprecio es el colmo de la esclavitud. Esa especie de
gobierno procede de Alemania, y me recuerda lo que me
contaba un soldado de Brunswick tomado prisionero por los
americanos en la pasada guerra: «¡Ay!», me dijo, «América es
un buen país libre, merece la pena que el pueblo luche por
él; yo advierto la diferencia porque conozco el mío: en mi
país, si el príncipe dice,, a comer paja, comemos paja.» ¡Dios
ayude al país, pensé yo, sea Inglaterra u otro, cuyas liberta­
des han de verse protegidas por los principios germánicos de
gobierno y p or príncipe de Brunswick!
Como el Sr. Burke unas veces habla de Inglaterra, otras de
122 Thomas Paine

Francia y otras del mundo entero y del gobierno en general,


resulta difícil dar respuesta a su libro sin que aparezca en­
contrarse uno con él en el mismo terreno. Aunque los prin­
cipios de gobierno son temas generales, es prácticamente im­
posible, en muchos casos, separarlos de la idea de lugar y
circuntancia, y tanto más cuando se utilizan las circunstan­
cias como argumentos, como hace con tanta frecuencia el Sr.
Burke.
En la primera parte de su libro, al dirigirse al pueblo de
Francia, dice: «Ninguna experiencia nos ha enseñado [se re­
fiere a los ingleses] que con ningún rumbo o método distinto
del de una corona hereditaria puedan nuestras libertades verse
regularmente perpetuadas y mantenidas sacrosantas, como
nuestro derecho hereditario.» Le preguntaba yo al Sr. Burke,
¿Quién va a quitárnoslas? M. de la Fayette, al hablar a Fran­
cia, dice: «Para que una nación sea libre basta con que lo de­
see.» Pero el Sr. Burke presenta a Inglaterra como si carecie­
ra de la capacidad para cuidarse de sí misma, y como si de
sus libertades debiera cuidar un Rey que la «desprecia». Si
Inglaterra ha caído tan bajo, es que se está preparando para
comer paja, como en Hannover o en Brunswick. Pero ade­
más de la necedad de la declaración, da la casualidad de que
todos los hechos están en contra del Sr. Burke. Fue porque
el gobierno era hereditario por lo que las libertades del pueblo
corrieron peligro. Carlos I y Jacobo II son ejemplos de esta
verdad, pero ninguno de ellos llegó tan lejos como para sen­
tir desprecio por la nación.
Como a veces resulta beneficioso para el pueblo de un
país o ír lo que otros países tienen que decir a su respecto, es
posible que el pueblo de Francia aprenda algo en el libro del
Sr. Burke, y que el pueblo de Inglaterra también aprenda
algo de las respuestas que provocará. Cuando las naciones se
enfrentan por causa de la libertad, se abre un vasto terreno
de debate. El enfrentamiento comienza como si se tratara de
una guerra, aunque sin los males de ésta, y como lo que está
en disputa es el conocimiento, la parte que sufre la derrota
es la que se lleva el premio.
El Sr. Burke habla de lo que califica de corona hereditaria
como si fuera algo producido por la Naturaleza, o como si,
Derechos del Hombre 123

igual que el tiempo, no sólo tuviera la facultad de actuar in­


dependientemente del hombre, sino pese a él, o como si fue­
ra una cosa o un tema que gozara de la aceptación universal.
¡A y!, no tiene ninguna de esas propiedades, sino que es lo
contrario de todas ellas. Es cosa de la imaginación, su ido­
neidad está más que en duda, y su legalidad se verá negada
dentro de unos pocos años.
Pero a fin de ordenar la cuestión con una visión más clara
de lo que puede comunicar la expresión general será necesa­
rio exponer los distintos epígrafes conform e a los cuales
cabe considerar (eso que se califica de) la corona hereditaria,
o dicho en términos más correctos, la sucesión hereditaria al
gobierno de una nación, que son:
Primero, el derecho de una Familia concreta a entronizar­
se.
Segundo, el derecho de una Nación a entronizar a una fa­
milia concreta.
Con respecto al prim ero de esos epígrafes, el de una Fami­
lia que se entroniza con poderes hereditarios por su propia
iniciativa, independientemente del consentimiento de una
nación, todos los hombres convienen en calificar a esto de
despotismo, y el tratar demostrarlo equivaldría a menospre­
ciar su inteligencia.
Pero el segundo epígrafe, el de una Nación que entroniza a
una Familia concreta con poderes hereditarios, no aparece
cómo despotismo a primera vista, mas si los hombres se per­
miten una segunda reflexión, y lievan esa reflexión más ade­
lante distanciándose de sus propias personas hacia las de sus
descendientes, entonces advertirán que la sucesión heredita­
ria se convierte, en sus consecuencias, en el mismo despotis­
mo para con otros que rechazaban para sí mismos. Actúa dé
modo que excluye el consentimiento de las generaciones ve­
nideras, y la exclusión del consentimiento es despotismo.
Cuando la persona que en cualquier momento se halle en po-
-sesión de un gobierno, o quienes van a sucedería, dicen a
una nación: Y o tengo este poder con «desprecio» de tí, no
importa con qué autoridad pretenda decirlo. No resulta un
alivio, sino un agravio para una persona sometida a la escla­
vitud el reflexionar que-quien lo ha vendido ha sido su pa­
124 Thomas Paine

dre, y como lo que agrava el carácter delictivo de un acto no


se puede aducir para demostrar que ese acto es legal, n o se
puede establecer la sucesión hereditaria como cosa legal.
A fin de llegar a una decisión más perfecta a este respecto,
será oportuno considerar la generación que se compromete a
entronizar a una familia con poderes hereditarios, aparte y por
separado de las generaciones que van a seguir, así como con­
siderar en qué calidad actúa la prim era generación con res­
pecto a las generaciones venideras.
La generación que es la primera en seleccionar a una perso­
na y colocarla a la cabeza de su gobierno, sea con el título de
Rey o con cualquier otro nombre, actúa por su propia elección,
sea ésta sabia o necia, libremente y en su propio nombre. La
persona a la que se coloca ahí no es hereditaria, sino escogi­
da y nombrada, y la generación que la establece no vive bajo
un gobierno hereditario, sino bajo un gobierno de su propia
elección y que ella ha establecido. Si la generación que la en­
troniza, y la persona así entronizada, fueran a vivir eterna­
mente, nunca se convertiría en sucesión hereditaria, y en
consecuencia la sucesión hereditaria sólo puede ocurrir a la
muerte de los primeros participantes.
Por ende, no cabe hablar de sucesión hereditaria respecto
de la prim era generación, tenemos ahora que considerar én
qué calidad actúa esa generación con respecto a la generación
que la sigue y a todas las sucesivas.
Se arroga una calidad para la que no tiene derechos ni títu­
los. Transforma al Legislador en Testador, y hace como si hi­
ciera su Testamento, que debe aplicarse tras el fallecimiento
de quienes lo han hecho, para legar el gobierno, y no sólo
trata de legar, sino de imponer a la generación siguiente una
form a nueva y diferente de gobierno de aquella bajo la que
vivió ella misma. Como ya se ha observado, ella no vivió
bajo un gobierno hereditario, sino bajo un gobierno de su
propia elección y establecido por ella, y ahora intenta^ me­
diante su última voluntad y testamento (que no está faculta­
da para hacer), arrebatar a la generación siguiente, y a todas
las futuras, los derechos y la libre.actuación que ella misma
tuvo.
Pero, aparte del derecho que tenga cualquier generación
Derechos del Hombre 125

de actuar como testadora colectiva, los objetos a los que lo


aplica en este caso no se hallan dentro del ámbito de ningu­
na ley, ni de ninguna voluntad o testamento.
Los derechos de los hombres en la sociedad no son divisi­
bles, ni transferibles, ni aniquilables, sino que únicamente
son transmisibles, y no entra en las facultades de ninguna
generación el interceptar, y por último interrum pir, la trans­
misión. Si la generación actual, o cualquiera otra, está dis­
puesta a ser una generación de esclavos, ello no reduce el
derecho de.la generación sucesora a ser libre. Los errores no
pueden tener una transmisión legal. Cuando el Sr. Burke tra­
ta de mantener que la nación inglesa en la revolución de 16 8 8 re­
nuncióy abdicó con cabal solemnidad de esos derechos p ara s í mismay
p ara toda su posteridad p ara siempre habla en un idioma que ni
merece respuesta, y que no puede inspirar sino desprecio por
la prostitución de sus principios o compasión por su igno­
rancia. \ ;< ’
Bajo cualquier luz que se presente la sucesión hereditaria,
com o algo que procede de la voluntad y el testamento de al­
guna generación anterior, es un absurdo. A no puede hacer
un testamento que arrebate a B la propiedad de B para dár­
sela a C; pero así es la form a en que actúa la (llamada) suce­
sión hereditaria conform e a la ley. Una determinada genera­
ción anterior hizo u n ,testamento por el que privaba de sus
derechos, a la generación siguiente, y a todas las futuras, y
transmitía esos derechos a una tercera persona, que después
da un paso adelante y les dice, en el idioma del Sr. Burke,
que no tienen ningún derecho, que sus derechos se le han lega­
do ya a él, y que él gobernará con desprecio de esos derechos.
¡De esos principios, y de esa ignorancia, Buen Dios, libera al
mundo! .
Pero después de todo, ¿qué es la m etáfora llamada corona,
o mejor dicho, qué es la monarquía? ¿Es una cosa, es un
nom bre o es un fraude? ¿Es un «artificio de la sabiduría hu­
mana», o un truco humano para obtener dinero de una na­
ción con falsos pretextos? ¿Es algo que necesita una nación?
Si lo es, ¿en qué consiste la necesidad, qué servicios presta,
cuál es su negocio y cuáles son sus méritos? ¿Consiste la v ir­
tud en la metáfora, o en el hombre? Cuando el orfebre hace
126 Thomas Paine

la corona, ¿hace también la virtud? ¿Actúa como la gorra de


los deseos de Fortunato o como la espada de madera de A r­
lequín? ¿Convierte a un hombre en un brujo? En fin, ¿qué
es? Parece ser algo que está pasando mucho de moda, cayen­
do en ridículo y que se rechaza en algunos países, tanto por
innecesario como por caro. En Am érica se considera que es
un absurdo, y en Francia ha decaído tanto que la bondad del
hombre y el respeto por su carácter personal son las únicas
cosas que mantienen la apariencia de su existencia.
Si el gobierno fuera lo que dice de él el Sr. Burke, «un artifi­
cio de la sabiduría humana», yo podría preguntarle si esa sa­
biduría estaba tan en baja en Inglaterra que había resultado
necesario importarla de Holanda y de Hannover. Pero le haré
al país la justicia de reconocer que no ha sido así, v aunque
lo fuera no importó lo que necesitaba. La sabiduría de cada
país, cuando se ejerce correctamente, es suficiente para todos
sus fines, y no podía haber más m otivo en Inglaterra para
enviar a buscar a un estatúder holandés, o un elector alemán,
que e n América para hacer lo mismo. Si un país no com­
prende sus propios asuntos, ¿cómo va a comprenderlos un
extranjero, que no conoce sus leyes, ni sus costumbres, ni su
idioma? Si existiera un hombre tan transeendentalmente sa­
bio por encima de todos los demás que hiciera falta su sabi­
duría para instruir a una nación, cabría ofrecer alguna razón
para la monarquía, pero cuando contemplamos un país y ob­
servamos cómo comprende cada parte sus propios asuntos, y
cuando miramos por todo el mundo y vemos que de todos
los hombres que hay en él, la raza de los reyes es la de capa­
cidad más insignificante, entonces nuestra razón no puede
dejar de preguntamos: ¿para qué se mantiene a esos hom­
bres?
Si hay algo de la monarquía que no comprendemos las gen­
tes de América, form ulo el deseo de que el Sr. Burke tenga
la amabilidad de informarnos. Y o veo en Am érica a un go­
bierno que se extiende sobre un país diez veces más grande
que Inglaterra y que funciona con regularidad por una cua­
dragésima parte de lo que cuesta el gobierno en Inglaterra.
Si le pregunto a un hombre de América si quiere un rey, re­
plica preguntándose si lo tomo por un idiota. ¿Cómo es que
Derechos del Hombre 127

ocurre esta diferencia? ¿Somos más o menos sabios que


otros? V eo que en América la generalidad de la gente vive
con una abundancia desconocida en los países monárquicos,
y veo que el principio de su gobierno, que es el de la igualdad
de ios Derechos del Hombre, va realizando rápidos progresos en
el mundo. .
Si la monarquía es algo inútil, ¿por qué se mantiene en
ningún lado? Y si es necesaria, ¿cómo e s que cabe prescindir
de ella? Que el gobierno civil es necesario es algo en lo que es­
tarán de acuerdo todas las naciones civilizadas; pero el go­
bierno civil es el gobierno republicano. Toda la parte del go­
bierno de Inglaterra que comienza con el puesto de policía y
llega hasta el departamento de la judicatura, las sesiones tri­
mestrales de los tribunales ordinarios y los tribunales supe­
riores, comprendido el juicio por jurados, es gobierno repu­
blicano. En ninguna parte de él aparece nada relacionado
con la monarquía, salvo en el nombre que Guillerm o el Con­
quistador impuso a los ingleses, el de obligarlos a llamarlo
«Su Soberano Señor, el Rey.»
Resulta fácil concebir que una banda de hombres interesa­
dos, como los funcionarios por nombramiento, los que reci­
ben pensiones de la corte, los lores del dorm itorio, lores de la
cocina, lores de lo necesario, y el Señor sabe qué más, pue­
den encontrar tantas razones para la monarquía como libras
representan sus sueldos, pagados a expensas del país; pero si
pregunto al agricultor, al fabricante, al comerciante, al hom­
bre de negocios y así recorro toda la lista de ocupaciones que
hay en la vida hasta llegar al humilde peón, qué servicios le
presta la monarquía, no me puede dar respuesta. Si le pre­
gunto qué es la monarquía, cree que es algo así com o una si­
necura.
Pese a que los impuestos de Inglaterra equivalen a casi
diecisiete millones al año, que se dice son para los gastos del
Gobierno, sigue siendo evidente que se deja al buen sentido
de la nación el que se gobierne a sí misma, mediante jueces y
jurados, casi a sus propias expensas, conforme a principios
republicanos, y eso no entra en los impuestos. Los sueldos
de los magistrados son casi los únicos gastos que se pagan
con cargo al Fisco. Si se considera que de todo el gobierno in-
128 Thomas Paine

tem o se encarga el pueblo, los impuestos ingleses deberían


ser los más bajos de todas las naciones de Europa, y en cam­
bio son todo lo contrario. Como no cabe explicar esto por
razón del gobierno civil, la cuestión necesariamente ha de
referirse a la parte monárquica.
Cuando el pueblo de Inglaterra envió a buscar a Jorge I (e
incluso a alguien más sabio que el Sr. Burke le costaría traba­
jo descubrir para qué se le podía querer, o qué servicios podía
prestar), por lo que menos debería haber mencionado que renun­
ciara a Hannover. Además de las interminables intrigas alema­
nas que deben seguirse del hecho de que un elector alemán sea
Rey de Inglaterra, existe una imposibilidad natural de reunir
en la misma persona los principios de la libertad y los princi­
pios del despotismo, o com o se suele decir en Inglaterra, del
poder arbitrario. Un elector alemán es un déspota en su
electorado; ¿cómo se podía, pues, esperar que se consagrase
a los principios de la libertad en un país mientras que sus in­
tereses en el otro se habían de defender mediante el despo­
tismo? Esa unión no puede darse, y habría sido fácirp rever
que los electores alemanes serían reyes alemanes, o dicho en
los términos del Sr. Burke, que asumirían e l gobierno con
«desprecio». Los ingleses han tenido la costumbre de consi­
derar al Rey de Inglaterra únicamente en la calidad con que
se presenta ante ellos, mientras que esa misma persona,
mientras dura la relación, tiene un cargo propio en otro país,
cuyos intereses son distintos de los de ese pueblo, y los prin­
cipios de los gobiernos se oponen entre sí. Para esa persona,
Inglaterra aparecerá como su residencia en la ciudad, y el
electorado como su finca de campo. Es posible que los ingle­
ses deseen, como creo vo aue desean, el éxito de los Drinci-
pios de la libertad en Francia, o en Alemania, pero un elec­
tor alemán tiembla por el destino del despotismo en su elec­
torado, y el ducado de Mecklemburgo, donde gobierna la
familia de la actual reina, se halla en el mismo triste estado
de poder arbitrario y la gente sometida a un vasallaje de es­
clavos.
Jamás hubo un momento en que conviniera a los ingleses
contemplar las intrigas continentales con más circunspec­
ción que en el momento actual, ni distinguir la política del
Derechos del Hombre 129

electorado de la política de la nación. La revolución de Fran­


cia ha modificado totalmente la situación con respecto a In­
glaterra y Francia, como naciones; pero los déspotas alema­
nes, con Prusia a la cabeza, se están coaligando contra la Li­
bertad, y el cariño que le tiene el Sr. Pitt a su cargo, y el in­
terés que han obtenido todas sus relaciones familiares, no
brindan suficientes seguridades contra esa intriga.
Como todo k> que pasa en el mundo se convierte en mate­
ria para la historia, abandono ahora este tema y paso a hacer
una reseña concisa del estado de los partidos y la política en
Inglaterra, igual que ha hecho el Sr. Burke respecto de Fran­
cia.
Que el actual reinado empezara o no con desprecio es
cosa que dejo al Sr. Burke; pero de lo que no cabe duda es de
que tuvo esa apariencia, y muy clara. La animosidad de la
nación inglesa, como se recordará bien, era muy grande, y si
los principios de la Libertad se hubieran comprendido tan
bien com o ahora prometen comprenderse, es probable que la
nación no se hubiera sometido con tanta paciencia a tantas
cosas. Jorge I y Jorge II comprendían que tenían un rival
en los EstuardO' restantes, y como no podían por menos de
considerarse a sí mismos sino sometidos a la prueba de su
propio buen comportamiento, tuvieron la prudencia de guar­
darse sus principios germánicos de gobierno para sí mismos,
pero al ir desapareciendo la familia Estuardo, la prudencia se
fue haciendo menos necesaria.
El enfrentamiento entre los derechos y lo que se calificaba
entonces de prerrogativas siguió encendiendo a la nación
hasta que algo después de la conclusión de la guerra de
Am érica -—cuando todo cayó repentinamente en calma— , la
execración se convirtió en aplauso y en una sola noche salió
a la luz la popularidad de la Corte, como si fuera una seta.
Para explicar esta repentina transición resulta oportuno
observar que hay dos especies distintas de popularidad: una
excitada por el m érito y la otra por el resentimiento. Como
la nación se había dividido en dos partidos, y cada uno enco­
miaba los méritos de sus campeones parlamentarios en pro y
en contra de la prerrogativa, nada podía causar un asombro
más general que una coalición inmediata entre los propios
130 Thomas Paine

campeones33. Como los partidarios de cada uno quedaban as/


repentinamente abandonados en la estacada, y mutuamente
indignados y asqueados por la medida, no encontraron más
alivio que unirse en la execración común en contra de am­
bos. A l excitarse así un estímulo de resentimiento más vivo
que el ocasionado por el enfrentamiento por las prerrogati­
vas, la nación olvidó todos los objetivos anteriores de exigir
derechos y reparar injusticias y no buscó ya más que el de su
agrado. La indignación contra la Coalición superó con tanta
rapidez a la indignación con tra la Corte que la extinguió, y
ello sin ningún cambio en cuanto a los principios por parte
de la Corte, pues k. misma gente que había atacado su despo­
tismo se unió con ella para vengarse contra el Parlamento de
la Coalición. No se trataba de qué era lo que más le gustaba,
sino de qué era lo que más odiaba, y lo que era menos odio
pasó por ser amor. Como la disolución del Parlamento de la
Coalición brindó los medios de aliviar el resentimiento de la
nación, no podía p or menos de ser popular, y de ahí vino la
popularidad de la Corte.
Las transiciones de este género muestran a una nación
gobernada por los estados de -ánimo, y no. por un principio
fijo y constante, y que una vez comprometida, aunque sea
apresuradamente, se siente animada a seguir adelante para
defender, al no enmendarlo, su primer procedimiento. Las
medidas que en otros tiempos podría censurar, ahora aprueba,
y actúa de modo que se persuade a sí misma de form a que
sofoca su propio juicio.
A l elegirse un nuevo Parlamento, el Sr. Pitt, nuevo minis­
tro, se econtró con una mayoría segura, y la nación le prestó
crédito, rio por consideración a él, sino porque había resuel­
to hacerlo por resentimiento contra otro. Se presentó a la
atención del público mediante la propuesta de reforma del
Parlamento, que de haberse introducido habría equivalido a
una justificación pública de la corrupción. La nación debía
correr con los gastos de comprar los burgos podridos, cuan­
do debería haber castigado a las personas que realizaban ese
tráfico.
Si se pasan por alto los dos fraudes del asunto holandés y
el millón al año para acabar con la deuda nacional, el asunto
Derechos del Hombre 131

más destacado es el de ta Regencia34. Nunca, en el trans­


curso de mis observaciones, se ha presentado mejor un enga­
ño, ni se ha engañado más completamente a una nación.
Pero, para demostrarlo, habrá que reseñar las circunstancias.
El Sr. Fox había dicho en la Cámara de los Comunes que
el Príncipe de Gales, como heredero de lá'sucesión; tenía de­
recho p or sí mismo a asumir el gobierno. A esto se opuso el
S r. Pitt, y en la medida en que su oposición se limitaba a la
doctrina tenía razón. Pero todos los principios que el Sr. Pitt
mantenía en su oposición eran tan malos como los del Sr.
Fox, o peores que ellos, porque se encaminaban a establecer
una aristocracia por encima de la nación y por encima de la
pequeña representación que tiene la Cámara de los Comu­
nes.
Que la form a inglesa de gobierno sea buena o mala no es
lo que se trata ahora de discutir, pero si se la toma como es,
sin considerar sus méritos o deméritos, el Sr. Pitt se apartó
más de su form a que el Sr. Fox.
Se supone que está integrada por tres partes: en conse­
cuencia, mientras la nación esté dispuesta a mantener esta
forma, las partes tienen una condición nacional, independientes
las unas de las otras, y no criaturas las unas de las otras. Si el
Sr. Fox hubiera pasado por el Parlamento y dicho que la per­
sona aludida reclamaba en nombre de la nación, el Sr. Pitt
debería entonces haber aducido (k> que él calificaba de) el
derecho al Parlamento en contra d e! derecho de la nación.
P or la apariencia que adoptó el enfrentamiento, el Sr. Fox
se puso del lado hereditario, y el Sr. Pitt se puso del peor de
los dos.
Eso que llaman Parlamento está form ado por dos Cámaras,
una de las cuales es más hereditaria, y está menos controlada
por la nación de lo que según se dice está (eso que llaman) la
Corona. Es una aristocracia hereditaria, que asume y afirma
unos derechos y una autoridad invencibles e irrevocables, com­
pletamente independientes de la nación. ¿Dónde, pues, estaba
la merecida popularidad de exaltar estos poderes hereditarios
sobre o tro poder hereditario menos independiente de la na­
ción de lo que él mismo suponía ser, y de absorber los dere­
132 Thomas Paine

chos de la nación en una Cámara que la nación no puede ele­


gir ni controlar?
El impulso general de la nación era acertado, pero actuó
sin reflexionar. Aprobó la oposición que se presentó al dere­
cho formulado por el Sr. Fox sin percibir que el Sr. Pitt
apoyaba otro derecho invencible más distante de la nación
en oposición a aquél.
Por lo que respecta a la Cámara de los Comunes, no la
elige sino una pequeña parte de la nación, pero si las eleccio­
nes fueran tan universales como los impuestos, y eso es lo
que deberían ser, esa Cámara seguiría sin ser más que el ór­
gano de la nación, y no puede poseer derechos inherentes.
Cuando la Asamblea'Nacional de Francia resuelve un asun­
to, la resolución la adopta como derechohabiente de la na­
ción, pero el Sr. Pitt, en todas las cuestiones nacionales, y en
la medida en que éstas se remiten a la Cámara de los Comu­
nes, absorbe los derechos de la nación en el órgano y con­
vierte al órgano en la nación, y a la nación misma en una ci­
fra.
En pocas palabras, la cuestión de la Regencia era una
cuestión de un millón al año, que se atribuye al departamen­
to ejecutivo, y el Sr. Pitt no podía posesionarse de la admi­
nistración de esa suma sin establecer la supremacía del Parla­
mento, y una vez logrado esto resultaba indiferente quién
fuese el regente, pues había de ser regente a sus propias ex­
pensas. Entre las curiosidades que brindó este acerbo debate
figuró la de convertir el G ran Sello en Rey, pues el impri­
m irlo en una ley iba a equivaler a la autoridad real. Por lo
tanto, si la Autoridad Real es un G ran Sello, significa que en
consecuencia no es nada es sí misma, y una buena constitu­
ción tendría infinitamente más valor para una nación de lo
que valen los tres poderes nominales, tal como están estable­
cidos actualmente.
El uso constante de la palabra Constitución en el Parlamen­
to inglés revela que no existe tal cosa, y que el todo no es
más que una form a de gobierno sin constitución, y que se
constituye a sí mismo con los poderes que le placen. Si hu­
biera una constitución, desde luego que cabría remitirse a
ella, y el debate sobre cualquier aspecto constitucional term i­
Derechos del Hombre 133

naría con el recurso a la constitución. Un miembro dice que


esto es constitucional, y otro dice que lo constitucional es lo
otro, mientras que el mero hecho de que el debate continúe
demuestra que la constitución no existe. Hoy día la cantilena
del Parlamento es la palabra Constitución, para que su eco
llegue al oído de la nación. Antes era la supremacía universal
del Parlam ento; la omnipotencia del Parlamento, pero desde los
progresos realizados por la Libertad en Francia, esas frases
adquieren un tono de dureza despótica, y el Parlamento in­
glés ha copiado de la Asamblea Nacional la moda, pero sin
la sustancia, de hablar de Constitución.
Com o la generación actual del pueblo inglés no creó la
form a de gobierno, no es responsable por ninguno de sus
defectos, pero que, tarde o temprano, debe corresponderle
efectuar una reform a constitucional es algo tan cierto como
que eso mismo ha ocurrido ya en Francia. Si Francia, con
sus ingresos de casi veinticuatro millones de libras esterlinas,
con una extensión de tierras ricas y fértiles casi el cuádruple
de: la de Inglaterra, con una población de veinticuatro millo­
nes de habitantes que absorben los impuestos, con una cir­
culación de más de noventa millones de libras esterlinas de oro
y de plata en la nación, y con una deuda inferior a la deuda ac­
tual de Inglaterra, siguió considerando necesario, por la causa
que fuera, solucionar sus problemas, eso resuelve el problema
d e la financiación de la deuda de ambos países.
No se trata ahora en absoluto de decir cuánto tiempo ha
durado lo que se califica de constitución inglesa, ni de discu­
tir cuánto tiempo ha de durar en consecuencia; de lo que se
trata es de preguntar: ¿cuánto tiempo puede durar el sistema
de financiación de la deuda? Es algo que no se ha inventado
hasta los tiempos modernos, y todavía no ha durado más que
la vida de un hombre, pero en tan breve espacio ha aumen­
tado tanto que, junto con los gastos corrientes, hace falta un
volum en d e impuestos igual por lo menos a toda la renta de
la tierra de la nación en acres para sufragar los gastos anua­
les. Que un gobierno no podría haber continuado siempre
con el mismo sistema que se ha seguido en los últimos seten­
ta años es algo que debe resultar evidente para cualquiera, y
por ese mismo m otivo no puede continuar eternamente.
134 Thomas Paine

El sistema de financiación de la deuda no es dinero; tam­


poco es, en términos correctos, crédito. De hecho, crea so­
bre el papel la suma que parece tomar prestada, y establece
un impuesto a fin de mantener en vida el capital imaginario
mediante el pago de interés, y envía la anualidad al mercado
para que se venda a cambio de papel que ya está en circula­
ción. Si se da crédito a alguien, es a la buena disposición del
pueblo a pagar el impuesto, y no al gobierno, que lo estable­
ce. Cuando expire esa disposición, expirará con ella lo que se
califica de crédito del gobierno. El ejemplo de Francia bajo
el gobierno anterior demuestra que es imposible obligar al
pago de impuestos por la fuerza, cuando toda una nación
está decidida a adoptar una actitud firme al respecto.
El Sr. Burke, en su examen de la hacienda de Francia,
dice que la cantidad de oro y de plata en Francia es de apro­
ximadamente ochenta y ocho millones de libras esterlinas.
Para hacerlo, supongo que ha aplicado la diferencia del cam­
bio, en lugar de la norma de veinticuatro libras francesas por
libra esterlina, pues la exposición de M. Neckar, de la cual se
ha tomado la del Sr. Burke, es de dos m il doscientos millones de
libras francesas, lo que es más de noventa y un millones y me­
dio de libras esterlinas.
M. Neckar en Francia, y el Sr, George Chalmers, de la O fici­
na de Comercio y Plantaciones de Inglaterra, de la que es presi­
dente lord Hawkesbury, publicaron casi en el mismo momento
(17 8 6 ) una relación de la cantidad de dinero en cada nación, a
partir de los imformes de la Ceca de cada una de ellas. El S r.
Chalmers, por los informes de la Ceca inglesa de la Torre de
Londres, cüce que la cantidad de dinero en Inglaterra, com ­
prendidas Escocia e Irlanda, es de veinte millones de libras es­
terlinas *.
El Sr. Neckar ** dice que la cantidad de dinero en Fran­
cia, reacuñado a partir de las monedas antiguas que se retira­
ron, era de dos mil quinientos millones de libras francesas

* Véase Estimait o í tht Comparative Strenÿb o f Great Britain, por G. Chal­


mers. (Nota áei autor.)
** Véase Administración de la Hacienda de Francia, vol. 111, por M. Neckar.
(Nota del autor.)
Derechos del Hombre 135

(más de ciento cuatro millones de libras esterlinas), y tras


deducir las pérdidas, y lo que se pueda hallar en las Indias
Occidentales y otras posibles circunstancias, dice que la can­
tidad en circulación dentro del país es de noventa y un mi­
llones y medio de libras esterlinas, pero aunque se acepten
las cifras del Sr. Burke, son sesenta y seis millones más que
la cantidad nacional en Inglaterra.
Que la cantidad de dinero de Francia no puede ser infe­
rior a esa suma es algo que cabe advertir inmediatamente
por el estado del Fisco francés, sin necesidad de remitirse a
los documentos de la Ceca francesa en busca de pruebas. Los
ingresos de Francia, antes de la revolución, eran de casi
veinticuatro millones de libras esterlinas, y como entonces
no existía en Francia el papel moneda, todos los ingresos se
obtenían en oro y en plata, y habría sido imposible recaudar
tal ingreso a partir de una cantidad nacional inferior a la que
ha expuesto M. Neckar. Antes del establecimiento del papel
moneda en Inglaterra, los ingresos eran de aproximadamen­
te la cuarta parte de la cantidad nacional de oro y de plata,
como cabe apreciar si nos remitimos a los ingresos antes del
rey Guillerm o y a la cantidad de dinero que se ha dicho ha­
bía en la nación en aquella época, que era casi tanta como
ahora.
No puede prestar ningún verdadero servicio a la nación el
engañarla o el que ella permita que se la engañe; pero los
prejuicios de algunos y los engaños de otros han representa­
do siempre a Francia como una nación que poseyera poco
dinero, cuando la cantidad de éste no sólo es cuatro veces
superior a la de Inglaterra, sino que es considerablemente
mayor en proporción a los habitantes. Para explicar esta de­
ficiencia por parte de Inglaterra habría que remitirse de al­
gún modo a la forma inglesa de financiación de la deuda.
Funciona de modo que multiplica el papel moneda y hace
que sustituya al dinero, en diversas formas, y cuanto más se
multiplica el papel moneda más oportunidades se ofrecen de
exportar la moneda, y ello permite una posibilidad (al impri­
m ir hasta billetes pequeños) de aumentar el papel moneda
hasta que ya no quede moneda.
Y a sé que no se trata de un tema agradable para los lecto-
136 Thomas Paine

res ingleses, pero las cuestiones que voy a mencionar tienen


tanta importancia en sí mismas que requieren la atención de
los interesados en las transacciones monetarias de carácter
público. Existe una circunstancia expuesta por M. Neckar,
en su tratado sobre la administración de las finanzas, de la
que nunca se ha hecho caso en Inglaterra, pero que form a la
única base conforme a la cual estimar la cantidad de dinero
(oro y plata) que debería haber en cada nación de Europa, a
fin de mantener una proporción relativa con otras naciones.
Lisboa y Cádiz son los dos puertos por los que se impor­
tan oro y plata (dinero) de Sudamérica, que después se divi­
den y difunden p or Europa mediante el comercio, y aumen­
tan la cantidad de dinero existente en Europa. Por ende, si
se puede conocer el volumen de la importación arhial a Eu­
ropa, y se puede determinar la proporción relativa del co­
mercio exterior de las diversás naciones, por medio del cual
se distribuye, esto nos da una norm a k> bastante cierta para
determinar la cantidad de dinero que debería encontrarse en
cualquier nación y en cualquier momento.
M. Neckar demuestra, por los registros de Lisboa y Cádiz,
que el oro y la plata importados a Europa representan cinco
millones de libras esterlinas al año. No ha tomado un sólo
año, sino un promedio de quince años sucesivos, de 17 6 3 a
1777, ambos inclusive, en cuyo tiempo, la cantidad fue de
mil ochocientos millones de libras francesas, que son setenta
y cinco millones de libras esterlinas *.
Desde el comienzo de la sucesión de Hannover, en 17 1 4 ,
hasta el momento en que el Sr. Chalmers publicó pasaron
setenta y dos años, y la cantidad importada a Europa en ese
tiempo sería de trescientos sesenta millones de libras esterli­
nas.
Si se dice que el comercio exterior de G ran Brátafla es
una sexta parte de todo el comercio exterior de Europa,
equivale (y probablemente es un cálculo inferior al que pre­
ferirían los caballeros de la Bolsa) a la proporción que
G ran Bretaña debería obtener mediante el comercio de esa
suma, a fin de mantenerse en proporción con el resto de Euro­

* Administración de la Hacienda de Francia, vol. III. (Nota del autor.)


Derechos del Hombre 137

pa, y sería, también de una sexta parte, que son sesenta millo­
nes de libras esterlinas; si se deja el mismo margen para pér­
didas y accidentes que deja M. Neckar respecto a Francia, la
cantidad que queda después de esas deducciones sería de cin­
cuenta y dos millones, y esta suma debería haberse encontra­
do en la nación (en la época que escribía el Sr. Chalmers),
además de la suma que estuviera en la nación al comenzar la
sucesión de Hannovcr, y haber constituido en total por lo me­
nos sesenta y seis millones de libras esterlinas, en lugar de lo
cual no había más que veinte millones, que son cuarenta y
seis millones menos que la cantidad proporcional correspon­
diente.
Como la cantidad de oro y de plata que llegan a Lisboa y a
Cádiz se determina con más exactitud que la de ningún pro­
ducto importado a Inglaterra, y como la cantidad de moneda
acuñada en la Torre de Londres se conoce de form a todavía
más exacta, los datos principales no admiten controversia.
P or ende, o bien el comercio de Inglaterra no rinde utilida­
des, o el oro y la plata que aporta desaparecen constante­
mente por medios invisibles a una tasa media de aproxima­
damente tres cuartos de millón al año, lo que en el transcur­
so de setenta y dos años explica la deficiencia, y su ausencia
se ve suplida por papel *.

* Que el comercio inglés no aporte dinero, o que el gobierno lo envíe fue­


ra después de haber entrado, es cosa que son las partes interesadas quienes
mejor lo pueden explicar; pero que la deficiencia existe, ninguna de «Has po­
drá negarlo. Cuando ej Dr. Price, el Sr. Edén (actualmente Auckeland)35, el
Sr. Chalmers y otros estaban debatiendo si la cantidad de dinero que había
en Inglaterra era mayor o menor que en el momento de la revolución no se
advirtió la circunstancia de que, desde la revolución, no se pueden haber im­
portado a Europa menos de cuatrocientos millones de libras esterlinas, y por
ende la cantidad que había en Inglaterra debería ser por lo menos cuatro
veces mayor dé lo que era cuando la revolución, a fin de mantener la pro­
porción con Europa. Lo que Inglaterra está haciendo ahora con papel es lo
(fie hubiera podido hacer con dinero de verdad, si el oro y la plata hubieran
ingresado en la nación en la proporción que debían, o si no hubieran salido
de ella; y ahoratrata de restablecer, en papel, el equilibrio que ha perdido en
dinero. Es cierto que el oro y la plata que llegan anualmente en los navios de
registro a España y Portugal no se quedan en esos países. Si se toma el va­
lor, la mitad en oro y la mitad en plata, es de unas cuatrocientas toneladas al
año, y por el número de navios y galeones empleados en el comercio que
138 Thomas Paine

En la revolución de Francia concurren muchas circuns­


tancias nuevas, no sólo en la esfera política, sino en el círcu­
lo de las transacciones monetarias. Entre otras cosas, revela
que un gobierno puede hallarse en estado de insolvencia y la
nación ser rica. En lo que respecta al anterior gobierno de
Francia, era insolvente, porque la nación no estaba dispuesta
ya a subvencionar sus despilfarras, y por lo tanto no podía
subvencionarse a sí mismo, pero por lo que respecta a la na­
ción, no escaseaban los medios. Cabe decir de un gobierno
que es insolvente cada vez que recurre a la nación para pagar
sus atrasos. La insolvencia del anterior gobierno de Francia
y la del actual gobierno de Inglaterra no diferían en otro
respecto que en el que difieren las disposiciones de sus pue­
blos. El pueblo de Francia se negó a ayudar a su antiguo go-

trae esos metales de Sudamérica, a Portugal y a España, la cantidad queda


ampliamente demostrada, sin necesidad de consultar los registros.
En la situación en que se halla actualmente Inglaterra, es imposible que
pueda incrementar su dinero. Los impuestos elevados no sólo reducen la ha­
cienda de los particulares, sino que también reducen el capital monetario de
una nación, al inducir al contrabando, que no se puede realizar más que con
oro y con plata. Dada la política que el Gobierno británico ha seguido con
las Potencias del Interior de Alemania y del Continente, se ha atraído la ene­
miga de todas las potencias marítimas, y por ello se ve obligada a mantener
una gran marina de guerra; pero, aunque los barcos se construyen en Ingla­
terra, los pertrechos navales se han de comprar en el extranjero, y en países
donde la mayor parte se ha de pagar en oro y plata. En Inglaterra se han
lanzado unos rumores falaces para inducir a creer que hay dinero, y uno de
ellos es que los refugiados franceses lo aportan en grandes cantidades. La
idea es ridicula. La mayor parte del dinero en Francia es de plata, y harían
falta más de veinte de los carros más grandes, tirados por diez caballos cada
uno, para sacar un millón de libras esterlinas en plata. ¿Cabe, pues, suponer
que unas cuantas personas, que huyen a caballo o en sillas de postas, en se­
creto, y debiendo pasar la Aduana francesa, y cruzar el mar, podrían tener
consigo ni siquiera lo necesario para sus propios gastos?
Cuando se habla de dinero en millones debe recordarse qué esas sumas no
se pueden acumular en un país sino gradualmente, en un largo transcurso de
tiempo. Ni el sistema más frugal que podría Inglaterra adoptar ahora permi­
tiría recuperar, en un siglo, el equilibrio que ha perdido en dinero desde que
comenzó la sucesión de Hannover. Va setenta millones por detrás de Francia,
y debe estar en considerable proporción por detrás de todos los países de
Europa, porque las listas de la Ceca inglesa no revelan un aumento del dine­
ro, mientras que los registros de Lisboa y Cádiz revelan un incremento euro­
peo entre tres y cuatrocientos millones de libras esterlinas. (Nota d el autor.)
Derechos del Hombre 139

bierno, y el pueblo de Inglaterra se somete a los impuestos


sin hacer más preguntas. Eso que se llama en Inglaterra la
Corona ha sido insolvente en varias ocasiones, la última de
las cuales que se supiera públicamente fue en mayo de 17 7 7,
cuando recurrió a la nación para pagar más de 6 00 .0 0 0 li­
bras de deudas privadas, que de o tro modo no habría podido
pagar.
El error del Sr. Pitt, el Sr. Burke y todos los que no esta­
ban familiarizados con los asuntos de Francia fue confundir
a la nación francesa con el gobierno de Francia. La nación
francesa, en efecto, trató de dejar al antiguo gobierno en la
insolvencia con el objeto de tom ar el gobierno en sus pro­
pias manos, y reservó sus medios para subvencionar al nue­
v a gobierno. En un país de tan vasta extensión y tanta po­
blación como Francia, no pueden faltar los medios naturales,
y los medios políticos aparecen en el instante en que la na­
ción está dispuesta a concederlos. Cuando el Sr. Burke, en
un discurso pronunciado el in vierno pasado en el Parlamen­
to británico, echó la vista sobre el mapa de Europa y vio el vacio
que antes era Francia estaba hablando de visiones. Existía la
misma Francia natural que antes, y con ella existían todos
los medios naturales. El único vacío que había era el que ha­
bía dejado la extinción del despotismo, y que se había de lle­
nar con una Constitución cuyos recursos son más formida­
bles que el poder que había expirado.
Aunque la nación francesa hizo que el anterior gobierno
cayera en la insolvencia, no permitió que la insolvencia caye­
ra sobre los acreedores, y los acreedores, considerando que
la nación era la verdadera pagadora, y el gobierno no era
más que el agente, recurrieron a la nación, por considerarla
preferible al gobierno. Esto parece inquietar mucho al Sr.
Burke, ya que el precedente es fatal para la política gracias a
la cuál los gobiernos se creían bien seguros. Han contraído
deudas, con miras a atraer a los que se califican de intereses
adinerados en su apoyo; pero el ejemplo de Francia demues­
tra que la seguridad permanente del acreedor se halla en la
nación, y n o en el gobierno, y que en todas las posibles revo­
luciones que ocurran en los gobiernos, los medios siempre
están en la nación, y la nación siempre existe. El Sr. Burke
140 Thomas Paine

aduce que los acreedores deberían haberse solidarizado con


el destino del gobierno en el que confiaban, pero la Asam ­
blea Nacional los consideró acreedores de la nación y no del
gobierno, del señor y no del mayordomo.
Pese a que el gobierno anterior no podía pagar los gastos
corrientes, el gobierno actual ha amortizado una gran parte
del capital. Esto se ha logrado por dos medios: uno ha con­
sistido en reducir los gastos del gobierno, y el otro en la
venta de las propiedades inmobiliarias monásticas y eclesiás­
ticas. Los devotos y los calaveras arrepentidos, los chantajis­
tas y los usureros de antaño, a fin de asegurarse un mundo
mejor que el que estaban a punto de dejar, habían legado in­
mensas propiedades en depósito al sacerdocio, para obras
pias. La Asamblea Nacional ha ordenado que se vendan en
bien de toda la nación, y que se atienda decentemente a los
sacerdotes *.
Como consecuencia de la revolución, el interés anual de la
deuda de Francia se reducirá, por lo menos, en seis millones
de libras esterlinas, mediante el pago de más de cien millo­
nes del capital, lo cual, junto Con la reducción de los anti­
guos gastos del gobierno en, por lo menos, tres millones,
pondrá a Francia en situación merecedora de la imitación de
Europa *.
Si se estudia todo el tema, ¡cuán vasto es el contraste!
Mientras el Sr. Burke hablaba de la quiebra general de Fran­
cia, la Asamblea Nacional iba pagando el capital de su deu­
da; mientras los impuestos aumentaban casi un millón al año
en Inglaterra, han bajado varios millones al año en Francia.
Ni una palabra han dicho el Sr. Pitt y el Sr. Burke acerca de
los asuntos franceses ni del estado de la hacienda francesa en
el actual período de sesiones del Parlamento. El tema empie­
za a comprenderse demasiado bien y ya no sirve el engaño. '
Existe un enigma general que corre a todo lo largo del li­
bro del Sr. Burke. Escribe, con rabia contra la Asamblea Na­
cional, pero ¿qué es lo que le inspira esa rabia? Si sus afirma­
ciones fueran tan- ciertas como son carentes de base, y si
Francia con su revolución hubiera aniquilado su poderío y se

* Párrafos omitidos en varias ediciones modernas. (N .dtlT .)


Derechos del Hombre 141

hubiera convertido en lo que él califica de vacio, ello podría


excitar la pena de un francés (que se considerase hombre na­
cional) y provocar su rabia contra la Asamblea Nacional,
pero, ¿por qué habría de excitar la rabia del Sr. Burke? ¡A y¡,
no es a la nación de Francia a lo que se refiere el Sr. Burke,
sino a la c o r t e ; y como todas las cortes de Europa temen
correr el mismo destino, se hallan de luto. No escribe en ca­
lidad de francés ni de inglés, sino en la calidad de adulador
de ese su conocido en todos los países y que no es amigo de
ninguno, el c o r t e s a n o . Que se trate de la Corte de V er­
salles, o de la Corte de Saint James, o de Carlton House, o
de la Corte del heredero, no importa, pues el carácter de
oruga de todas las cortes y todos los cortesanos es el mismo.
Forman una política común en toda Europa, distantes y se­
parados de los intereses de las naciones, y cuando parece que
se enfrentan, se ponen de acuerdo sobre el saqueo. Nada
puede ser más terrible para una corte o un cortesano que la
Revolución de Francia. Lo que es una bendición para las na­
ciones les sabe amargo a ellos, y como su existencia depende
de la duplicidad de un país, tiemblan ante el alborear de los
principios y temen el precedente que amenaza con derrocar­
los a ellos.
Conclusión

R azó n e Ignorancia, dos cosas opuestas, influyen en la


gran mayoría de la humanidad. Si se logra que una de ellas
esté bastante extendida p or un país, el mecanismo del go­
bierno funciona con fluidez. La Razón se obedece a sí misma,
y la Ignorancia se somete a todo lo que se le dicte.
Los dos modos de gobierno que imperan en el mundo de
hoy son, prim ero, el gobierno por elección y representación;
segundo, el gobierno por sucesión hereditaria. A l prim ero se
lo conoce generalmente por el nombre de república; al se­
gundo, por el de monarquía y aristocracia.
Estas dos formas distintas y opuestas se erigen sobre las
dos bases distintas y opuestas de la Razón y la Ignorancia.
Como el ejercicio del gobierno requiere talentos y capacida­
des, y como los talentos y las capacidades no pueden darse
por sucesión hereditaria, es evidente que la sucesión heredi­
taria requiere del hombre una fe que no puede suscribir su
razón, y que sólo se puede establecer por su ignorancia, y
cuanto más ignorante sea un país, más adecuado resulta para
esa especie de gobierno.
P or el contrario, el gobierno, en una república bien cons­
tituida, no requiere ninguna fe del hombre más allá de lo que

142
Derechos del Hombre 143

le pueda revelar su razón. Advierte la racionalidad de todo el


sistema, su origen y su propósito; ese gobierno recibe más
apoyo cuanto mejor se comprende, las facultades humanas
actúan con decisión y adquieren bajo esta forma de gobierno
una gigantesca virilidad.
Por ende, como cada una de estas formas actúa a partir de
una base diferente, la una funcionando libremente to n la
ayuda de la razón, la otra por la ignorancia, ahora hemos de
considerar qué es lo que pone en movimiento esa especie de
gobierno que se llama gobierno mixto o, como a veces se
dice cómicamente, un gobierno que tiene de esto, aquello y un
poco de lo otro.
La fuerza motriz en esta especie de gobierno es por fuerza
la corrupción. P or imperfectas que sean la elección y la re­
presentación en los gobiernos mixtos, siguen aplicando una
parte mayor de razón de lo que conviene a la parte heredita­
ria, y por ello resulta neesario comprar a la razón. Un go­
bierno mixto es un todo imperfecto, que cementa y fusiona
juntas las partes discordantes mediante la corrupción para
que actúen como un todo. El Sr. Burke parece muy disgusta­
do porque Francia, ya que se había decidido por una revolu­
ción, no adoptara lo que él llama «una Constitución Británica»,
y los modales pesarosos con que se expresa a este respecto
implican una sospecha de que la Constitución Británica nece­
sitaba algo para que no se advirtieran sus defectos.
En los gobiernos mixtos no existe la responsabilidad; las
partes se encubren unas a otras hasta que se pierde la res­
ponsabilidad, y la corrupción que pone en marcha a la má­
quina organiza al mismo tiempo su propia escapatoria. Cuan­
do se establece como máxima que un Rey no puede equivocarse,
se le coloca en un estado de seguridad parecido al de los
idiotas y al de las personas dementes, y no cabe hablar de
responsabilidad por lo que a él respecta. Entonces desciende
aquélla sobre el ministro, que se refugia tras una mayoría en
el Parlamento a la que, mediante la distribución de puestos,
pensiones y la corrupción, siempre puede dar órdenes, y esa
mayoría se justifica a sí misma con el mismo derecho con
que protege al ministro. En este m ovimiento rotatorio, la
responsabilidad resbala de las partes y del todo.
144 Thomas Paine

Cuando en un gobierno hay una parte que no puede equi­


vocarse, ello implica que no hace nada, y no es más que el
mecanismo de otra fuerza, con cuyo consejo y bajo cuya di­
rección actúa. Eso que llaman Rey en los gobiernos mixtos
es en realidad el gabinete, y como el gabinete es siempre par­
te del Parlamento, y los miembros justifican en calidad de
una cosa lo que aconsejan y efectúan después en calidad de
otra cosa, el gobierno mixto se convierte en un enigma per­
manente, que entraña para el país, dada la cantidad de co­
rrupción necesaria para fusionar las partes, el gasto de sus­
tentar todas las formas de gobierno a la vez, y que por últi­
mo se resuelve en un gobierno por comité, en el cual quie­
nes asesoran, quienes actúan, quienes aprueban, quienes jus­
tifican, las personas responsables y las personas no responsa­
bles, son todas las mismas personas.
Con este artilugio de teatro de pantomima, este cambio de
escena y de carácter, las partes se ayudan entre sí en asuntos
en que ninguna de ellas querría actuar por sí sola. Cuando se
ha de obtener dinero, aparentemente se disuelve la masa de
la variedad, y pasa por entre las partes una profusión de elo­
gios parlamentarios. Cada una de ellas admira con asombro
la sabiduría, la liberalidad y el desinterés de la otra, y todas
ellas dan un suspiro de compasión ante las cargas de la na­
ción.
Pero en una república bien constituida no puede ocurrir
ninguna de estas soldaduras, ni de estos elogios y suspiros;
como la representación es igual en todo el país, y completa
en sí misma, cualquiera que sea su ordenamiento en poder
legislativo y poder ejecutivo, todos tienen una y la misma
fuente natural. Las partes no son extrañas entre sí, como la
democracia, la aristocracia y la monarquía. Como no existen
distinciones discordantes, no hay nada que corrom per con
componendas, ni que confundir con artilugios. Las medidas
públicas atraen por sí mismas la comprensión de la nación, y
como se basan en sus propios méritos, repudian todos los re­
cursos aduladores a la vanidad. El constante coro de lamen­
taciones p o r la carga de impuestos, por mucho éxito que
tenga su práctica en los gobiernos mixtos, es incoherente
con el sentido y el espíritu de una república. Si los impuestos
Derechos del Hombre 145

son necesarios, entonces desde luego son beneficiosos, pero


si requieren excusas, la propia excusa implica una acusación.
¿Por qué, pues, se engaña al hombre, o por qué se engaña
éste a sí mismo? .
Cuando se habla de los hombres como reyes o súbditos, o
cuando se menciona al gobierno bajo los epígrafes distintos
o combinados de monarquía, aristocracia y democracia, ¿qué
es lo que debe entender el hombre racional por estos térm i­
nos? Si verdaderamente existieran en el mundo dos o más
elementos distintos y separados de poder humano, entonces
veríam os los diversos orígenes a los que se aplicarían des­
criptivam ente esos términos, pero como no hay más que una
especie de hombre, no puede haber más que un elemento de
poder humano, y ese elemento es el propio hombre. La mo­
narquía, la aristocracia y la democracia no son más que cria­
turas de la imaginación, y lo mismo cabe idear mil como
tres.

* * *

Por las revoluciones de América y de Francia, y por los


síntomas que han aparecido en otros países, es evidente que
la opinión del mundo ha cambiado con respecto a los siste­
mas de gobierno, y que las revoluciones no entran en el ám­
bito de las maniobras políticas. La marcha del tiempo y de
las circunstancias, a la que los hombres atribuyen el logro de
grandes cambios, es algo demasiado mecánico para medir la
fuerza de la mente y de la capacidad de reflexión, por la que
se generan las revoluciones: todos los gobiernos antiguos
han recibido una descarga de las que ya se han realizado y que
antes eran más improbables, y son objeto de mayor maravilla
de lo que sería hoy día una revolución general en Europa *.
Cuando examinamos las terribles circunstancias del hom­
bre, bajo los sistemas monárquico y hereditario del gobierno,
arrancado de su casa por una fuerza, o expulsado por otra, y
más empobrecido por los impuestos que por sus enemigos,
resulta evidente que esos sistemas son malos, y que hace fal-

* Párrafo emitido en varias ediciones modernas. (fj, del T.)


146 Thomas Paine

ta una revolución general en el principio y la formación de


los gobiernos.
<Qué es el gobierno más que la administración de los
asuntos de una nación? No es, ni puede ser p or su naturale­
za, la propiedad de un hombre ni de una familia concretos,
sino de toda la comunidad, a cuyas expensas se costea, y
aunque por la fuerza y por artimañas se haya usurpado para
convertirlo en algo hereditario, la usurpación no puede alte­
rar el orden de las cosas. La soberanía, como cuestión de de­
recho, no pertenece más que a la nación, y no a ningún indi­
viduo, y la nación tiene en todo momento un derecho inhe­
rente e inderogable de abolir cualquier form a de gobierno
que considere inconveniente, y establecer la que convenga a sus
intereses, su agrado y su felicidad. Aunque la división ro­
mántica y bárbara de los hombres en reyes y súbditos les
venga bien a los cortesanos, no puede convenir a los ciu­
dadanos, y queda destruida por el principio en que ahora se
basan los gobiernos. Todo ciudadana es participante en la
soberanía, y como tal no puede obedecer más que a las leyes.
Cuando los hombres piensan en lo que es el gobierno, de­
ben suponer forzosamente que éste posee un conocimiento
de todos los objetos y todas las cuestiones sobre los que ha
de ejercer su autoridad. En esta visión del gobierno, el siste­
ma republicano, como el que han establecido Am érica y Fran­
cia, funciona de tal modo que abarca a toda la nación, y el co­
nocimiento necesario para los intereses de todas las partes se
halla en el centro, que las partes forman por representación;
pero los gobiernos antiguos se forman de un modo que ex­
cluye tanto el conocimiento como la felicidad; el gobierno de
los monjes, que no saben nada del mundo más allá de las pa­
redes de un convento, tiene tanto sentido como el gobierno
de los reyes.
Las que antes se calificaba de revoluciones eran poco más
que un càmbio de las personas, o una modificación de las
circunstancias locales. Surgían y caían de form a totalmente
corriente, y nada en su existencia o su destino podía tener
influencia más allá del punto en que ocurría. Pero lo que hoy
día vemos en el mundo, por las revoluciones de Am érica y
de Francia, es una revolución del orden natural de las cosas,
Derechos del Hombre 147

un sistema de principios tan universal como la verdad y


como la existencia del hombre, y que combina la felicidad
moral con la política y la prosperidad nacional.
«I. Los hombres nacen y permanecen siempre libres e iguales en
cuanto a sus derechos. L as distinciones sociales sólo pueden fundarse
en la autoridad común.
II. L a meta de toda asociación política es la conservación de ¡os
derechos naturales e imprescindibles del hombre. Estos derechos son la
libertad, la prosperidad, Ja seguridady la resistencia a la opresión.
III. E l principio de la soberanía reside esencialmente en la na­
ción. N i n g ú n ó r g a n o ni n i n g ú n i n d i v i d u o pueden ejercer. autoridad
alguna que emane expresamente de ella.»
Estos principios no contienen nada que pueda provocar la
confusión en una nación porque excite ambiciones. Están
calculados para constituir un llamamiento a la sabiduría y a
las capacidades, y a ejercerlas en bien público, y no para el
enriquecimiento o el engrandecimiento de categorías deter­
minadas de hombres o de familias. Queda abolida la sobera­
nía monárquica, enemiga de la humanidad y fuente de des­
gracias, y la soberanía en sí se devuelve a su lugar natural y
original, la nación. Si ocurriera lo mismo en toda Europa,
desaparecería la causa de las guerras.
Se atribuye a Enrique IV de Francia, hombre de corazón
grande y benévolo, el haber propuesto, hacia el año 1 6 1 0 , un
plan para abolir la guerra en Europa: el plan consistía en
constituir un Congreso Europeo, o com o dicen los autores
franceses, una República Pacífica, mediante la designación
de delegados de las diversas naciones, que actuarían como
árbitros en todas las controversias que pudieran surgir entre
unas naciones y otras. < ,
Si se hubiera adoptado un plan de ese tipo en el momento
en que se propuso, los impuestos de Inglaterra y de Francia,
com o dos de las partes en él, habrían sido por lo menos diez mi­
llones de libras esterlinas al año menos de lo que eran al comen­
zar la Revolución Francesa.
Para concebir una causa por la que ese plan no se ha lle­
vado a cabo (y por la que, en cambio, en ju g ar de un congre­
so con el objeto.de impedir la guerra, no se ha convocado
más que con objeto de ponerfin a una guerra, tras gastos esté­
148 Thomas Paine

riles durante varios años), será necesario considerar el interés


de los gobiernos como un interés distinto del de las nacio­
nes.
Cualquiera sea la causa de los impuestos en una nación,
también se convierte en el medio de obtener ingresos para el
gobierno. Todas las guerras terminan con una subida de los
impuestos, y en consecuencia con un aumento de los ingre­
sos, y en todos los casos de guerra, en la form a en que se
inician y concluyen, aumentar el poder y el interés de los
gobiernos. Por ende, la guerra, dada su productividad, al
brindar fácilmente el pretexto de la necesidad de los impues­
tos y de los nombramientos para puestos y dignidades, se
convierte en una parte principal del sistema de los gobiernos
antiguos; y por muy beneficioso que fuera para las naciones
establecer cualquier modo de abolir la guerra, ello arrebata­
ría a los gobiernos la más lucrativa de sus ramas. La frivoli­
dad de las cuestiones por las que se hace la guerra revela el
deseo y la avidez de los gobiernos de mantener el sistema de
la guerra y traicionar los m otivos por los que actúan.
«Por qué no se hunden las repúblicas en guerras, sino por­
que la índole de sus gobiernos no admite un interés distinto
del de la nación? Incluso Holanda, pese a ser una república
mal formada y con un comercio que se extendía por todó el
mundo, existió casi un siglo sin ir a la guerra, y en el mo­
mento en que se cambió en Francia la form a de gobierno,
con el nuevo gobierno surgieron los principios republicanos
de paz y prosperidad y economía internas, y los mismos efec­
tos seguirían a la misma causa en otras naciones.
A l igual que la guerra es el sistema de gobierno en la fo r­
ma política antigua, la animosidad que sostienen recíproca­
mente las naciones no se debe sino a que la política de sus
gobiernos la excita a fin de mantener el espíritu del sistema.
Cada gobierno acusa al otro de perfidia, intriga y ambición,
como medio de calentar la imaginación de sus respectivas
naciones y de incitarlas a las hostilidades. El hombre no es
enemigo del hombre, salvo por el conducto de un falso siste­
ma de gobierno. P or ende, en lugar de lanzar exclamaciones
contra la ambición de los reyes, la exclamación debería diri­
girse contra el principio de esos gobiernos, y en lugar de re­
Derechos del Hombre 149

form ar al individuo, la sabiduría de una nación debería apli­


carse a reform ar el sistema.
En este caso no se trata de saber si las formas y las máxi­
mas de los gobiernos que siguen en vigor estaban adaptadas
a la condición del mundo en el período en que se establecie­
ron. Cuanto más antiguas sean, menos correspondencia pueden
tener con el estado actual de las cosas. El tiempo, y la evolu­
ción de las circunstancias y las opiniones tienen el mismo efecto
progresivo, en cuanto a dejar anticuados los modos de go­
bierno, que tienen sobre las costumbres y los modales. La
agricultura, el comercio, las manufacturas y las artes pacífi­
cas, que son los mejores medios de prom over la prosperidad
de las naciones, requieren un sistema diferente de gobierno,
y una especie diferente de conocimiento, para orientar sus
operaciones del que quizá fuera necesario en la condición an­
terior del mundo.
Y no resulta difícil percibir, por el estado ilustrado de la
humanidad, que los gobiernos hereditarios están entrando en
decadencia, y que se están abriendo paso en Europa revolu­
ciones sobre la amplia base de la soberanía nacional y el go­
bierno por representación, y sería un acto de sabiduría anti­
cipar su llegada y producir revoluciones por la razón y la
transacción, en lugar de dejar que sean resultados de con­
vulsiones.
P or lo que vemos hoy día, no deberla tenerse por impro­
bable nada que tenga relación con la reforma en el mundo
político. Estamos en una era de revoluciones en la que cabe
prever cualquier cosa. La intriga de las Cortes, por la que se
mantiene el sistema de la guerra, puede provocar una confe­
deración de naciones para aboliría; y un Congreso Europeo
que patrocine el progreso del gobierno libre y promueva la
civilización de las naciones entre sí es un acontecimiento
cuya probabilidad está más cercana de lo que estaban antes
las revoluciones y la alianza de Francia y América.
LOS DERECHOS DEL HOMBRE

PARTE
SEG UN D A

QUE COMBINA
EL PRINCIPIO Y LA PRACTICA

por

THOMAS PAINE

Secretario de Relaciones Exteriores del Congreso


en la G uerra Americana y autor de la obra titulada
E l sentido común y de la primera parte de
LosDerechosdelHombre

151
A M. de la Fayette

Tras conocernos desde hace casi quince años en situacio­


nes difíciles en América, y tras diversas consultas en Euro­
pa, es para m í un placer presentar a usted este pequeño tra­
tado en agradecimiento por sus servicios a mi bienamada
América y ‘como testimonio de mi estimación p or las virtu­
des, tanto públicas como privadas, que sé posee usted.
El único aspecto en el cual he podido descubrir jamás que
diferíamos no era en cuanto a los principios del gobierno,
sino en cuanto al momento. P or mi propia parte, creo que es
tan perjudicial para los buenos principios el permitir que
queden en espera como el impulsarlos con demasiada rapi­
dez. Lo que usted supone realizable en catorce o quince años
a m í me puede parecer viable en un período mucho más bre­
ve. La humanidad, me parece a mí, siempre está lo bastante
madura como para comprender su propio interés, siempre
que se le exponga de manera clara a su comprensión, y ello
de form a que no cree sospechas de egoísmo ni ofenda por
suponer demasiado. Cuando deseamos reform ar no debemos
reprochar.
Cuando triunfó la Revolución Americana me sentí dispues­
to a sentarme serenamente a gozar de la calma. No creí que

153
154 Thomas Paine

pudiera después surgir ningún objeto lo bastante grande


como para hacerme abandonar la tranquilidad y sentirme
como me había sentido antes. Pero cuando el principio, y no
el lugar, es la causa energética de la acción, creo que un
hombre es el mismo en todas partes.
A hora me hallo una vez más en el mundo público, y como
no tengo derecho a creer que me quedan tantos años de vida
como a usted, he decidido trabajar con toda la rapidez posi­
ble, y tengo tantos deseos de la ayuda y la compañía de usted
que desearía que acelerase usted sus principios y me alcanza­
ra en la carrera.
Si parte usted en campaña la próxima primavera, aunque
lo más probable es que no tenga usted esa oportunidad, iré a
sumarme a usted. Si la campaña comienza, espero que termi­
ne con la extinción del despotismo alemán y con el estableci­
miento de la libertad de toda Alemania. Cuando Francia esté
rodeada de revoluciones, estará en paz y segura, y en conse­
cuencia sus impuestos, y también los de Alemania, serán in­
feriores.
Su sincero
Y afectuoso Amigo,

TH OM AS PAIN E

LONDRES, 9 de febrero de 1792.


Prefacio

Cuando inicié el capítulo titulado Conclusión de la primera


parte de Los Derechos del Hombre, publicada el año pasado, me
proponía ampliarlo para que fuera más largo, pero al ir refle­
xionando sobre todo lo que quería añadir, pensé que haría la
obra demasiado voluminosa o tendría que limitar demasiado
mi plan. Por ello lo llevé a su fin lo más rápido que permitía
el tema, y me reservé lo demás que tenía que decir para otra
oportunidad.
Hubo varios m otivos más que contribuyeron a producir
esta determinación. Antes de seguir adelante, deseaba saber
cómo se iba a recibir una obra escrita con un estilo de pen­
samiento y de expresión diferentes de lo que había sido habi­
tual en Inglaterra. Gracias a la Revolución Francesa se estaba
abriendo un vasto campo a la visión de la humanidad. La ab­
surda oposición del Sr. Burke a aquélla trajo la controversia a
Inglaterra. Atacó principios que sabía (por estar informado)
que yo discutiría con él, pues se trataba de principios que yo
creo buenos, a cuyo triunfo he contribuido y que me consi­
dero obligado a defender. Si no hubiera provocado él la con­
troversia, lo más probable es que me hubiese mantenido en
silencio.

155
156 Thomas Paine

O tro m otivo para aplazar el resto de la obra era que el Sr.


Burke había prometido al publicar la suya vo lver a ocuparse
de la cuestión en otra oportunidad, y establecer una compa­
ración entre lo que él llama la Constitución inglesa y la
francesa. Por lo tanto, me quedé a su espera. Desde en­
tonces ha publicado dos obras, sin hacer lo prometido, cosa
que desde luego no habría omitido si la comparación le fue­
ra favorable.
En su última obra, su Llamamiento de los Wbigs nuevos a los
viejos, ha citado unas diez páginas de Derechos del Hombre, y
tras tomarse esa molestia, dice que no va a «hacer la menor
tentativa de refutarlos» refiriéndose a los principios que en
ellas figuran. Conozco lo bastante bien al Sr. Burke para sa­
ber que lo haría si pudiera. Pero en lugar de discutirlos, in­
mediatamente después se consuela diciendo que «él ya ha he­
cho su parte». No ha hecho su parte. No ha cumplido su pro­
mesa de comparar las constituciones. Inició la controversia,
lanzó el desafío y ahora huye de él, de modo que se convierte
en un caso ejem plar de su propia opinión de que «¡H a term ina­
do la era de la caballería!»
El título, tanto como el fondo, de su última obra, su L la­
mamiento, es su condena. Los principios tienen que defender­
se por sí solos, y si son buenos no cabe duda de que lo logra­
rán. El ponerlos al abrigo de la autoridad de otros hombres,
como ha hecho el Sr. Burke, hace que infundan sospechas.
El Sr. Burke no es muy aficionado a com partir sus honores,
peto en este caso está compartiendo arteramente sus errores.
Pero ¿quiénes son esos a quienes el Sr. Burke hace su lla­
mamiento? Un grupo de pensadores pueriles, de políticos a
medias nacidos el siglo pasado, de hombres que n o han lle­
gado más allá con ningún principio de lo que Ies iba bien
para sus fines como partido; la nación nunca importaba, y
ése ha sido el carácter de todos: los partidos, desde aquella
época hasta hoy. La, nación no advierte en esas obras, en esa
política, nada que merezca su atención. Cualquiér cosilla
puede conm over a un partido, pero tiene que ser algo grande
para conm over a una nación.
Aunque no advierto nada en el Llamamiento del Sr. Burke
de lo que merezca la pena tom ar mucha nota, sin embargo
Derechos dél Hombre 157

hay una expresión acerca de la cual haré unas observaciones.


Tras citar prolongadamente Derechos del Hombre, y negarse a
discutir los principios contenidos en esa obra, dice: «Es muy
probable que esto lo hagan (si es que se piensa que tales escritas
merecen otra refutación que la de la ju sticia crim inal) otros que
pueden pensar como el Sr. Burke y con el mismo celo.»1
En prim er lugar, eso todavía no lo ha hecho nadie. Creo
que diferentes personas han publicado nada menos que ocho
o diez folletos que pretendían ser respuestas a la primera
parte de Derechos del Hombre, y que yo sepa ni uno de ellos ha
llegado a una segunda edición y en general ni siquiera se re­
cuerdan sus títulos. Como soy enemigo de multiplicar artificial­
mente las publicaciones, no he respondido a ninguno de
ellos. Y como creo que un hombre puede quitarse a sí mis­
m o con sus escritos una reputación que ningún otro puede
arrebatarle, trato de eludir esa trampa.
Pero, al igual que me abstengo de publicaciones innecesa­
rias por una parte, igual por la otra evito todo lo que pudiera
parecer un orgullo herido. Si el Sr. Burke, o cualquier perso­
na de su bando en la controversia, hace una respuesta a D e­
rechos del Hombre que llegue a la mitad, o incluso a la cuarta
parte del núm ero de ejemplares a que llegó Derechos del Hom­
bre, replicaré a su obra. Pero hasta que ocurra eso, me orien­
taré hasta tal punto por el sentido del público (y bien sabe el
mundo que no soy adulador) que lo que él no crea merece la
pena leerse no merecerá para mí la pena de contestar. Su­
pongo que eT número de ejemplares a que llegó la primera
parte de Derechas del Hombre, si se cuentan Inglaterra, Escocia
e Irlanda, n o es in ferio r a los cuarenta o los cincuenta mil.
Paso ahora a observar sobre la parte restante de la cita
que he hecho del Sr.Burke.
«Si», dice éste, «es que' se piensa que tales escritos merecen
otra refutación que la de laju sticia crim inal.» ■
Perdóneseme el juego de palabras, pero bien crim inal ha­
bría de ser la justicia que condenara una obra como sucedá­
neo de la posibilidad de refutarla. La mayor condena que se
le podría imponer sería la de refutarla. Pero al proceder por
el método al que alude el Sr. Burke la condena (jasaría, en úl­
tim o caso, a referirse al carácter criminal del proceso, y no al
î 58 Thomas Paine

de la obra, y en este caso prefiero ser el autor antes que ser


el juez o el jurado que la condenaran.
Pero para ir al fondo de una vez, he diferido con algunos
caballeros de la profesión acerca del tema de los procesa­
mientos, y vengo encontrándome con que van poniéndose
de acuerdo con mi opinión, que expondré aquí cabalmente,
aunque con toda la brevedad que me resulte posible.
Primero expondré un ejemplo que es válido para cualquier
ley, y después lo compararé con un gobierno, o con lo que
es, o se ha llamado en Inglaterra, una constitución.
Sería un acto de despotismo, lo que se califica en Inglate­
rra de poder arbitrario, promulgar una ley que prohibiese in­
vestigar los principios, buenos o malos, en los que se base
esa ley, o cualquier otra.
Si una ley es mala, una cosa es oponerse a su aplicación,
pero otra muy distinta es exponer sus errores, o razonar sus
defectos, y demostrar los m otivos por los que se debería de­
rogar, o por qué se la debería sustituir por otra. Siempre he
mantenido la opinión (y la he convertido también en mi
práctica) de que es mejor obedecer una ley que es mala, y al
mismo tiempo aprovechar todos los argumentos posibles
para demostrar sus errores y procurar que se derogue, que
violarla por la fuerza, porque el precedente de infringir una
ley mala podría debilitar la fuerza y llevar a una violación
discrecional de las que son buenas.
Lo mismo cabe decir con respecto a los principios y las
formas de gobierno o las llamadas constituciones y las partes
de que se componen.
Es por el bien de las naciones y no por los emolumentos o
el engrandecimiento de individuos determinados por lo que se
debe establecer el gobierno, y por lo que la humanidad so­
porta el gasto de contribuir a él. Los defectos de todo go­
bierno y de toda constitución, tanto de principio como de
forma, deben, por el mismó razonamiento, estar tan someti­
dos a discusión como los defectos de una ley, y todo hombre
tiene para con la sociedad la obligación de señalarlos. Cuan­
do una nación advierte generalmente esos defectos, y los
medios de ponerles remedio, esa nación reform ará su gobier­
no o su constitución en un caso, al igual que el gobierno de-
Derechos del Hombre 159

rogó o reform ó la ley en el otro. La funeión del gobierno


se limita a promulgar y a aplicar las leyes, pero es a la na­
ción a la que corresponde el derecho de form ar o refor­
mar, de generar o regenerar, las constituciones o los gobier­
nos; y, en consecuencia, estos temas, como temas de investi­
gación, están siempre ante el país como cuestión de derecho, y no
se pueden convertir en motivos de procesamiento sin inva­
dir los derechos generales de ese país. En este terreno me
encontraré con el Sr. Burke cuando él quiera. Es mejor que
salga a la luz todo lo que se ha de decir que tratar de sofocar­
lo. Fue él quién inició la controversia, y no debería huir de
ella.
No creo que la monarquía y la aristocracia vayan a durar
siete años más en ninguno de los países ilustrados de Euro­
pa. Si se pueden aducir en su favor mejores razones que en
su contra, aguantarán; si es lo contrario, no. Hoy día no se
puede decir a la humanidad que no debe pensar o no debe
leer, y las publicaciones que no van más allá de la investiga­
ción de los principios del gobierno, de la invitación a las
gentes a razonar y a reflexionar y de la demostración de los
errores o las excelencias de los diferentes sistemas, tienen de­
recho a aparecer. Si no atraen atención no merecerán la
pena del procesamiento, y si lo hacen el procesamiento no
valdrá de nada, pues no puede equivaler a la prohibición de
la lectura. Eso sería imponer una sentencia al público, y no
al autor, y además sería el modo más eficaz de hacer o acele­
rar las revoluciones *.
Los jurados de dice hombres no tienen competencia para
decidir en todos los casos que se aplican universalmente a
una nación, con respecto a los sistemas de gobierno. Cuando
no hay testigos que examinar, ni hechos que demostrar, y
cuando toda la cuestión se halla ante todo el público, y los
méritos o deméritos de ella dependen de la opinión pública,
y cuando no hay nada que se haya de oír ante un tribunal,
sino que todo el mundo sabe de ello, cualesquiera doce hom­
bres son un jurado tan bueno com o cualesquiera otros doce,
y lo más probable es que los unos casaran el veredicto de los

* Párrafo omitido en varías ediciones modernas. (N. d el T.)


160 Thomas Paine

otros, o que por la diversidad de sus opiniones no pudieran


llegar a establecerlo. Una cosa es cuando una nación aprueba
una obra o un plan, pero otra muy distinta es si entregará a
un jurado así la facultad de determinar si una nación ha de
tener o no derecho de reform ar su gobierno y si lo debe ha­
cer. M enciona ésos ejemplos para que el Sr. Burke vea que
no he escrito sobre el gobierno sin reflexionar sobre lo que
es el Derecho, además de sobre lo que son los Derechos. El
único jurado efectivo en estos casos sería una convención de
toda la nación libremente elegida, pues en esos casos el ve­
cindario es toda la nación. Si el Sr. Burke propone un jurado
así, renunciaré a todos los privilegios de ser ciudadano de
otro país y defender sus principios y aceptaré el veredicto,
siempre que él haga lo mismo; pues es mi opinión que serían
su obra y sus principios los condenados, en lugar de los
míos.
En cuanto a los prejuicios que tienen los hombres debido
a la educación y a la costumbre, favorable a una form a o a
un sistema de gobierno determinados, esos prejuicios tienen
todavía que pasar por la prueba de la razón y la reflexión.
De hecho, esos prejuicios n o son nada. Ningún hom bre tiene
prejuicios favorables a algo que sabe que está mal. Siente
apego a ello porque cree que está bien, y cuando ve que no
es así, desaparece el prejuicio. Cabría decir que hasta que los
hombres piensen por sí mismos, todo es prejuicio y no opi­
nión, pues no es opinión sino aquello que es resultado de la
razón y la reflexión. Ofrezco esta reflexión para que el Sr.
Burke no confíe demasiado en los que han sido, hasta ahora,
los prejuicios acostumbrados del país *.
No creo qué jamás se haya tratado al pueblo de Inglaterra
con justicia y honestidad. Le han engañado partidos y hom­
bres que se han arrogado el carácter de dirigentes. Y a es
hora de que la nación se erija por encima de esas futesas. Ya
es hora de que ponga fin a ese abandono que durante tanto
tiempo ha sido la causa del aumento excesivo de los impues­
tos. Y a es hora de que se deshaga de esas canciones y esos
brindis que tienen por objetivo esclavizar y sirven para sofo­

* Omitido en varias ediciones modernas. (N. del T.)


Derechos del Hombre 161

car la reflexión. Basta con que los hombres piensen sobre


esos temas y no actuarán mal ni se dejarán dirigir mal. El
decir de cualquier pueblo que no está capacitado para la li­
bertad es hacer que opte por la pobreza y diga que prefiere
estar recargado de impuestos que no estarlo. Si pudiera de­
mostrarse eso, probaría por igual que quienes gobiernan no
están capacitados para gobernarlo, dado que form an parte de
la misma masa nacional.
Pero, si se reconoce que deben cambiarse los gobiernos en
toda Europa, desde luego cabe hacerlo sin convulsiones ni
venganzas. No merece la pena hacer cambios ni revolucio­
nes si no es en pro de un gran beneficio nacional, y cuando
esto lo comprenda una nación, el peligro será, al igual que
en Am érica o en Francia, para quienes se opongan, y con
esta reflexión term ino mi prefacio.
THOM AS PAINE
LONDRES, 9 de febrebro de 1792.
Introducción

Cabría aplicar a la razón y la libertad lo que dijo Arquíme-


des de las fuerzas mecánicas: «Dadme un punto de apoyo», dijo,
«y levantaré el mundo» .
La revolución de América realizó en la política lo que no
era sino teoría en la mecánica. Tan arraigados estaban los
gobiernos del viejo mundo, y tan efectivamente se había es­
tablecido la tiranía y la antigüedad de la costumbre sobre la
mente, que no podía hacerse un comienzo en Asia, A frica ni
Europa para reform ar la condición política del hombre. La
libertad estaba perseguida en todo el globo, a la razón se la
consideraba rebelión, y la esclavitud del tem or había hecho
que los hombres tuvieran miedo a pensar.
Pero tal es la irresistible naturaleza de la verdad que todo
lo que pide, y lo único que necesita, es la libertad de apare­
cer. El sol no necesita de inscripción alguna para distinguir­
se de la noche, y bastó con que los gobiernos americanos empe­
zaran a exhibirse al mundo para que el despotismo se sintie­
ra sacudido y el hombre empezara a esperar el desagravio.
La independencia de América, considerada meramente
como separación de Inglaterra, hubiera sido cuestión de es-

162
Derechos del Hombre 163

casa importancia si no hubiera ido acompañada de una revo­


lución en los principios y en la práctica de los gobiernos. Se
irguió n o sólo en su propia defensa, sino en la del mundo, y
miró más allá de los beneficios que ella misma pudiera reci­
bir. Incluso el mercenario de Hesse, pese a estar contratado
para combatir contra ella, puede v iv ir para bendecir, su pro­
pia derrota, e Inglaterra, que condena la maldad de su go­
bierno, celebrar su propio aborto.
A l igual que Am érica era el tínico lugar del mundo políti­
co donde podía comenzar el principio de la reforma univer­
sal, también era él mejor del mundo natural. Una concatena­
ción de circunstancias conspiró no sólo para darle nacimien­
to, sino para añadir una gigantesca madurez a sus principios:
El escenario que expone este país a los ojos de un especta­
dor contiene algo que genera y alienta las grandes ideas.
La naturaleza se le aparece en toda su magnitud. Los grandio­
sos objetos que contempla actúan sobre su mente ampliándo­
la, y comparte la grandeza que contempla. Quienes primero
se asentaron en ella fueron emigrantes de diferentes nacio­
nes europeas, y que profesaban diversas religiones, que esca­
paban a las persecuciones gubernamentales del viejo mundo y
se reunían en el nuevo no como enemigos, sino como herma­
nos. Los problemas que necesariamente acompañan al cultivo
de tierras nuevas produjeron en ellos un estado de la socie­
dad que los países tanto tiempo hostigados por las peleas y
las intrigas de los gobiernos habían olvidado cultivar. En esa
situación, el hombre se convierte en lo que debería ser. No
ve a su especie con la idea inhumana de un enemigo natural,
sino como a su familia, y el ejemplo muestra al mundo artifi­
cial que el hombre debe vo lver a la naturaleza en busca de
inform ación2.
P or los rápidos progresos que hace Am érica en introducir
todo género de mejoras, es racional concluir que, si los go­
biernos de Asia, A frica y Europa hubieran partido de un
principio análogo al de América, o no se hubieran desviado
muy temprano de ese principio, en estos momentos esos
países deberían hallarse en una situación muy superior a
aquella en la que se hallan. Ha pasado una era tras otra, sin
lograr más objeto que el de contemplar su infelicidad. D e su­
164 Thomas Paine

poner a un espectador que no supiera nada del mundo y al


que se pusiera en éste meramente para-que hiciera sus obser­
vaciones, interpretaría que gran parte del viejo mundo era
nueva y combatía las dificultades y los problemas de una co­
lonia nueva. No podría suponer que las hordas de miserables
que abundan en los países antiguos pudieran ser otra cosa
que quienes todavía no habían tenido tiempo para proveer a
sus necesidades. Poco podría imaginar que eran la conse­
cuencia de eso a lo que en esos países se califica de gobierno.
Si desde las partes más infelices del viejo mundo miramos
a las que se hallan en una fase avanzada de mejoramiento,
seguimos viendo cómo la mano codiciosa del gobierno se
mete en todos los rincones e intersticios de la industria y
arrebata los despojos a la multitud. Constantemente se in­
ventan medios de dar nuevos pretextos para crear impuestos
y tasas. Contempla la prosperidad como presa suya, y no
permite que nadie se le escape sin rendirle tributo.
Como ya han empezado las revoluciones (y siempre son
mayores las probabilidades en contra de que una cosa empie­
ce que de que siga adelante una vez empezada), es natural
prever que seguirán otras revoluciones. Los asombrosos y
siempre crecientes gastos con los que funcionan los gobier­
nos antiguos, las múltiples guerras en que se empeñan o que
provocan, las dificultades que oponen a la civilización uni­
versal y la opresión y la usurpación que practican en sus paí­
ses,han agotado la paciencia y esquilmado la propiedad del
mundo. En tal situación, y con los ejemplos que ya existen,
son de prever revoluciones. Se han convertido en tema de
conversación universal y cabe considerar que están en la Or­
den del D ía .
Si se pueden introducir sistemas de gobierno menos caros
y más productivos de felicidad general que los existentes
hasta ahora, todas las tentativas de oponerse a su avance aca­
barán por ser estériles. La razón, al igual que el tiempo, se
abrirá su propio camino, y el prejuicio saldrá derrotado de su
combate con el interés. Si jamás la paz universal, la civiliza­

* Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. i t l T.)


Derechos del Hombre 165

ción y el comercio han de ser la feliz suerte del hombre, ello


no podrá lograrse sino mediante una revolución en el siste­
ma de gobierno. Todos los gobiernos monárquicos son mili­
tares. La guerra es su comercio; el saqueo y el tributo sus
objetivos. Mientras se mantengan esos gobiernos, la paz no
gozará de seguridad absoluta ni un solo día. ¿Cuál es la histo­
ria de todos los gobiernos monárquicos, sino una imagen re­
pugnante de infelicidad humana y el reposo accidental de
unos años de descánso? Fatigados de la guerra, y cansados
de la carnicería humana, se sientan a descansar, y a eso lo lla­
man paz. Desde luego, ésa no es la condición que el cielo
se proponía para el hombre, y si esto es monarquía, bien podría
incluirse a la monarquía entre los pecados de los judíos.
Las revoluciones que han tenido lugar anteriormente en el
mundo no contenían nada que interesara a la mayoría de la
humanidad. No llegaban más que a un cambio de personas y
de medidas, pero no de principios, y surgían o desaparecían
entre las ocurrencias comunes del momento. A lo que ahora
contemplamos se lo podría motejar, y no sería incorrecto, de
«contrarrevolución». La conquista y la tiranía, en un período
anterior, desposeyeron al hombre de sus derechos, que aho­
ra está recuperando. Y al igual que la marea de todos los
asuntos humanos tiene su flujo y su reflujo, en direcciones
opuestas entre sí, lo mismo ocurre con esto. El gobierno
fundado en una teoría moral, en un sistema de paz universal, en los
invencibles y hereditarios Derechos del Hombre, se revuelve ahora
del oeste hacia el este. No interesa a individuos determina­
dos, sino a las naciones en su progreso, y promete una nue­
va era a la raza humana.
El mayor peligro que corre el éxito de las revoluciones es
que se intenten antes de que se entiendan y se comprendan
lo suficiente los principios conform e a los cuales avanzan y
los beneficios que se derivan de ellas. Casi todo lo pertene­
ciente a las circunstancias de una nación se ha absorbido y
confundido bajo la palabra general y misteriosa de gobierno.
Aunque éste elude hacerse responsable de los errores que
comete y los males que ocasiona, no deja de arrogarse todo
lo que tenga apariencia de prosperidad. Roba a la industria
sus honores, al erigirse pedantemente en la causa de sus
166 Thomas Paine

efectos, y arrebata al carácter general del hombre los méritos


que le pertenecen como ser social.
Por lo tanto, quizá convenga en esta época de revolucio­
nes discriminar entre las cosas que son efecto del gobierno y
las que no lo son. La mejor form a de hacerlo será estudiar la
sociedad y la civilización, y las consecuencias que son resul­
tado de ellas, como cosas distintas de eso a lo que se llama
gobierno. Si comenzamos con esta investigación, podremos
asignar los efectos a sus verdaderas causas, y analizar la masa
de los errores comunes.
Capítulo I
D e la sociedad y la civilización

G ran parte del orden que reina en. la humanidad no es


efecto del gobierno. Tiene su origen en los principios de la
sociedad y en la constitución natural del hombre. Existía an­
tes que el gobierno, y existiría si se aboliera el formulismo
del gobierno. La dependencia mutua y el interés recíproco
que el hombre tiene respecto del hombre, y todas las partes
de la comunidad civilizada de unas respecto de las otras crean
esa gran cadena de conexión que la mantiene unida. El te­
rrateniente, el agricultor, el fabricante, el comerciante, el
hombre de negbcios y todas las ocupaciones prosperan gra­
cias a la ayuda que cada uno recibe del Otro, y del todo. El
interés común "regula sus preocupaciones y form a su ley, y
las leyes que ordena el uso común tienen mayor influencia
que las leyes del gobierno. En fin, la sociedad hace por sí
misma casi todo k» que se le atribuye al gobierno.
Para comprender la naturaleza y la cantidad de gobierno
adecuado para el hombre es necesario atender al carácter de
éste. Como la naturaleza lo destinó a la vida social,- lo capaci­
tó para lá condición que se proponía. En todos los casos
hizo que sus necesidades naturales fueran mayores que sus
facultades individúales. Ningún hombre puede, sin la ayuda

167
168 Thomas Paine

de la sociedad, satisfacer sus propias necesidades, y esas ne­


cesidades, al actuar sobre el individuo, impelen a todos ellos
hacia la sociedad, con la misma naturalidad con que la gravi­
tación actúa respecto del centro.
Pero ha ido más allá. No sólo ha obligado al hombre a en­
trar en la sociedad mediante toda una diversidad de necesi­
dades que se pueden satisfacer medíante la ayuda recíproca
de unos a otros, sino que además ha implantado en él un siste­
ma de afectos sociales que, pese a no ser necesarios para su
existencia, son indispensables para su felicidad. No hay pe­
ríodo de su vida en que deje de intervenir su amor a la socie­
dad. Este comienza y termina con nuestro ser.
Si examinamos atentamente la composición y la constitu­
ción del hombre, la diversidad de talentos en diferentes
hombres para adaptarse recíprocamente los unos a las nece­
sidades de los otros, su propensión a la sociedad, y en conse­
cuencia a conservar las ventajas que se derivan de ella, des­
cubriremos fácilmente que una gran parte de lo que se llama
gobierno es mero engaño. :
El gobierno no es necesario más que para atender a¡ los
pocos casos en que la sociedad y la civilización no tienen
bastante competencia, y no faltan ejemplos qué demuestren
que todo lo que el gobierno puede añadir a esas compe­
tencias es algo que se ha venido haciendo mediante el con­
sentimiento común de la sociedad, sin gobierno.
Durante más de dos años a partir del comienzo de la gue­
rra de América, y un período más largo en varios de los Es­
tados americanos, n o hubo formas establecidas de gobierno.
Los gobiernos antiguos se habían abolido, y ebpaís estaba
demasiado ocupado en defenderse para dedicar su atención a
establecer nuevos gobiernos; sin embargo, durante este in­
tervalo se mantuvieron un orden y una armonía tan inviola­
dos como en cualquier país de Europa. Existe una aptitud
natural en el hombre, y más aún en la sociedad, porque abar­
ca una diversidad mayor de capacidades y recursos, para
adaptarse a cualquier situación en la que se encuentre. En el
momento en que queda abolido el gobierno form al, empieza
a actuar la sociedad: se produce una asociación natural, y el
interés común produce la seguridad común. .
Derechos del Hombre 169

Es tan poco cierto, como se ha pretendido, que la aboli­


ción del gobierno form al sea la disolución de la sociedad,
que, por el contrario, actúa a la inversa y sirve para unir más
a ésta. Toda la parte de su organización que había entregado
a sus gobiernos vuelve ahora a ella misma, y actúa por su
conducto. Cuando los hombres, tanto por instinto natural
como por beneficio recíproco, se han habituado a la vida so­
cial y civilizada, siempre se mantiene en la práctica lo sufi­
ciente de los principios de esa vida para perpetuarlos mien­
tras se efectúan todos los cambios que consideran necesarios
o conveniente hacer en su gobierno. En resumen, el hombre
es tan naturalmente criatura.de la sociedad que es casi impo­
sible dejarlo fuera de ella.
El gobierno form al no es sino una pequeña parte de la
vida civilizada, y cuando se establece incluso el mejor que
pueda idear la sabiduría humana, es una cosa más de nombre
y de idea que de hecho. Es de los grandes principios funda­
mentales de la sociedad y la civilización del uso común uni­
versalmente consentido y mutua y recíprocamente manteni­
do, de la incesante circulación del interés, que al pasar por
su m illón de canales robustece toda la masa del hombre civi­
lizado, es de todas esas cosas, infinitamente más q u ed e cual­
quier cosa que pueda hacer incluso el mejor de los gobiernos
instituidos, de lo que dependen la seguridad y la prosperidad
del individuo y del todo.
Cuanto, más perfecta, sea la civilización, menos necesidad
tiene de gobierno, pues más regula sus propios asuntos y se
rige sola, pero tan opuesta es la práctica de los gobiernos an­
tiguos a la razón que sus gastos crecen en la misma propor­
ción e n que deberían disminuir. No son sino muy pocas las
leyes generales que requiere la vida civilizada, y éstas son de
una utilidad tan común que tanto si se imponen por las for­
mas de los gobiernos como si no, el efecto será casi el mis­
mo. Si consideramos cuáles son los primeros principios que
condensan a los hombres en sociedad, y cuáles son los moti­
v o s que regulan sus relaciones mutuas después, veremos,
cuando lleguemos a eso que se llama gobierno, que casi todo
el asunto se realiza mediante la actuación natural de unas
partes sobre otras. ,
170 Thomas Paine

El hombre con respecto a todas esas cuestiones, es un ser


más coherente de lo que él mismo sabe, o de lo que los go­
biernos desearían que creyera. Todas las grandes leyes de la
sociedad son leyes de la naturaleza. Las del comercio y el in­
tercambio, sea con respecto a las relaciones entre individuos
o entre las naciones, son leyes de intereses recíprocos y mu­
tuos. Se las sigue y se las obedece porque interesa a las par­
tes hacerlo, y no debido a ninguna ley formal que sus gobier­
nos impongan o interpongan.
Pero, ¡cuán a menudo se ve la propensión natural a la so­
ciedad perturbada o destruida por las actuaciones del gobier­
no! Cuando este último, en lugar de estar injertado en los
principios de aquélla, supone que existe por sí mismo, y ac­
túa con la parcialidad del fa vo r y de la opresión, se convierte
en la causa de los males que debería prevernir.
Si miramos hacia atrás, hacia los motines y los tumultos
que se han producido en diversas épocas en Inglaterra, vere­
mos que no ocurrieron por falta de un gobierno, sino que el
mismo gobierno fue la causa que los engendró: en lugar de
consolidar la sociedad, la dividía; la privaba de su natural co­
hesión y engendraba descontentos y desórdenes que de otro
modo no habrían existido. En las asociaciones que los hom­
bres forman promiscuamente con fines de intercambio, o
con cualquier otro fin en el cual no tiene nada que ve r el go­
bierno, y en las cuales actúan meramente conform e a los
principios de la sociedad, vemos con qué naturalidad se unen
las diversas partes, y ello demuestra, por comparación, que
los gobiernos, lejos de ser siempre la causa o el medio del o r­
den, son muchas veces la destrucción de él. Los motines de
1 7 8 0 3 n o tuvieron otra fuente que los restos de los prejuicios
que el propio gobierno había, fomentado. Pero, por lo que
respecta a Inglaterra, también hay otras causas.
El exceso y la desigualdad de los impuestos, por mucho
que se disfracen sus medios, nunca dejan de ejercer sus efec­
tos. Gomo debido a ellos una gran masa de la comunidad se
ve lanzada a la pobreza y el descontento, se halla constante­
mente al borde de la conmoción, y al estar privada, como
por desgracia lo está, de los medios de información1,'es fácil
calentarla hasta el extremo de la ofensa. Cualquiera sea la
D erechos del Hombre 171

causa aparente de los disturbios, la verdadera és siempre la


falta de felicidad. Demuestra que algó malo hay en un siste­
ma de gobierno que va en contra de la felicidad por la cual
se ha de mantener la sociedad.
Pero, como el hecho es superior al razonamiento, expon­
gamos el ejemplo de América para confirm ar estas observa­
ciones. Si existe un país en el mundo en que menos cabría
prever la concordia, conforme a los cálculos vulgares, es
América. Constituida como está por gentes de diferentes na­
ciones *, acostumbradas a diferentes formas y hábitos de go­
bierno, que hablan diferentes idiomas, y tienen todavía más
diferencias en sus modos de culto, parecería que la unión de
esas gentes sería inviable; pero gracias a la sencilla operación
de edificar un gobierno sobre los principios de la sociedad y
los derechos del hombre, desaparece toda dificultad, y todas
las partes se juntan en cordial unión. A llí no se oprime a lós
pobres, ni gozan de privilegios los ricos. No se mortifica a la
industria con el esplendoroso despilfarro de una córte dedi­
cada a la orgía a su costa. Sus impuestos son pocos, porque
su gobierno es justó, y como no hay nada que los haga infeli­
ces, no háy nada que engendre disturbios y tumuttos.
Un hombre metafísico como el Sr. Burke habría torturado
su imaginación pará descubrir cómo se podría gobernar a un
pueblo así. Habría supuesto que a unos habría que manejar­
los medíante el fraude, a otros por la fuerza, y a todos me­
diante algún artilugio; que se habría de contratar a genios

* La parte de América a la que se suele llamar Nueva Inglaterra, que com­


prende el New Hampshire, Massachusetts, Rhode lsland y Connecticut, está
habitada sobre todo por gentes de ascendencia inglesa. En el estado de Nue­
va Yode, la mitad aproximadamente son holandeses, el resto ingleses, esco­
ceses e irlandeses. En Nueva Jersey, una mezcla de ingleses con holandeses,
con algunos escoceses e irlandeses. En Pennsylvania, un tercio aproximada­
mente son ingleses, otro alemanes y el resto escoceses e irlandeses, con algu­
nos suecos. Los estados más al sur contienen una proporción mayor de in­
gleses que los del medio, pero en todos ellos hay mezcla, y además de los
enumerados, hay un número considerable de franceses, y unos pocos de to­
das las naciones europeas cerca de las costas. La denominación religiosa más
numerosa es la de los presbiterianos, pero no hay ninguna secta que goce de
oficialidad a expensas de otra, y todos los hombres son igualmente ciudada­
nos. (Nota del autor.)* '
[Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. del T.)]
172 Thomas Paine

para engañar a la ignorancia, y hacer espectáculos y desfiles


para fascinar a los adocenados. Perdido en la abundancia de sus
investigaciones, habría tomado decisiones y contradecisiones,
y por fin se habría quedado sin ve r el camino liso y fácil que te­
nía ante sí.
Una de las grandes ventajas de la Revolución Americana ha
sido que llevó a un descubrimiento de los principios, y reve­
ló los engaños, de los gobiernos. Hasta entonces, todas las
revoluciones se habían realizado dentro de un ambiente de
palacio, y nunca en el gran ámbito de una nación. Los parti­
cipantes en ellas pertenecían siempre a la clase de los corte­
sanos, y por muy rabiosamente que desearan la reforma,
mantenían cuidadosamente el fraude de la opresión.
En ningún caso dejaban de representar al gobierno como
algo lleno de misterios, que no entendían más que ellos mis­
mos, y escondían a la comprensión de la nación lo único que
era beneficioso saber, esto es, que eigobierno no es sino una aso-
dación nacional que actúa conforme a los prindpios de la sociedad.
Después de tratar así de demostrar que el estado social y
civilizado del hombre basta para realizar por sí solo casi todo
lo necesario para su protección y gobierno, procede, por otra
parte, pasar revista a los actuales gobiernos antiguos y exa­
minar si sus principios y sus prácticas pueden hacer lo mis­
mo.
Capítulo II
Del origen de los actuales gobiernos antiguos

Es imposible que los gobiernos que han existido hasta


ahora en el mundo comenzaran por ningún otro medio que
una violación total de todos los principios sagrados y m ora­
les. La oscuridad en que está sumido el origen de todos los
actuales gobiernos antiguos implica la iniquidad y el h orror
con que se iniciaron. E l origen del actual gobierno de A m é­
rica y Francia se recordará siempre, pues su historia es hono­
rable, pero por lo que respecta al resto; incluso los adulado­
res lo han consignado a la tumba del tiempo, y sin epitafio.
No podría ser difícil, en las primeras edades de un mundo
poco poblado, cuando el empleo principal de las gentes con­
sistía en atender a rebaños y manadas, que una banda de ru­
fianes invadiera un país y le impusiera contribuciones. Una
vez establecido así su poder, el jefe de la banda se las arregla­
ba para perder el nombre de Ladrón y convertirse en el de
Monarca, y de ahí el origen de la Monarquía y de los Reyes.
Es posible que x l origen del gobierno de Inglaterra, en la
medida en que se relaciona con eso que llaman linaje de su
monarquía, por ser uno de los más recientes, sea u n o de lós
que mejor se recuerdan. El odio que engendró la invasión y

173
174 Thomas Paine

la tiranía normanda debe haber quedado muy arraigado en la


nación, puesto que ha sobrevivido al artilugio creado para
borrarlo. Aunque no hay un cortesano que hable de la cam­
pana del toque de queda, no hay una aldea de Inglaterra que
la haya olvidado.
Una vez que esas bandas de ladrones se dividieron el
mundo y se lo repartieron en dominios empezaron, como
suele ocurrir naturalmente, a pelearse entre sí. Lo que primero
se consiguió por la violencia, otros consideraron legítimo to­
mar a su vez, y al prim er saqueador le sucedió un segundo.
Fueron invadiendo alternativamente los dominios que cada
uno se había asignado a sí mismo, y la brutalidad con que los
unos trataron a los otros explica el carácter original de la
monarquía. Se trataba de rufianes que torturaban a otros ru­
fianes. El conquistador no consideraba al conquistado como
su prisionero, sino como su propiedad. Lo llevaba en triun­
fo, cargado de cadenas, y lo condenaba, según le placía, a la
esclavitud o a la muerte. Cuando el tiempo fue borrando la
historia de sus comienzos, sus sucesores empezaron a asumir
nuevas apariencias, con objeto de b orrar'las huellas de su
deshonra, pero sus principios y sus objetivos siguieron sien­
do los mismos. Lo que al principio fue saqueo asumió el
nombre más suave d e contribuciones, e hicieron como si
heredaran el poder que inicialmente habían usurpado.
A partir de ese comienzo de los gobiernos, ¿qué se podía
esperar sino la continuación del sistema de guerra y extor­
sión? Se hai establecido como una profesión. El vicio no es
más característico de unos que de otros, sino que form a los
principios comunes de todos. No existe en esos gobiernos
suficiente capacidad de resistencia para injertar en ellos una
reforma, y el remedio más breve y más eficaz es vo lver a empe­
zar a partir de cero.
¡Qué escenas de horror, qué perfección de la iniquidad, se
presencian al contemplar el carácter y pasar revista a la histo­
ria de esos gobiernos! Si quisiéramos pintar la naturaleza hu­
mana con una vileza de corazón y una hipocresía de sem­
blantes tales que la reflexión temblara ante ellas y la humani­
dad las repudiara, serían los reyes, las cortes y los gabinetes
quienes deberían posar para el retrato. El hombre, tal como
175

existe naturalmente, con todos sus defectos, no puede re­


presentar ese personaje.
¿Podemos en absoluto suponer que si los gobiernos se hu­
bieran originado a partir de un principio correcto y no hu­
bieran tenido interés en seguir uno falso, el mundo podría
hallarse en la condición miserable y belicosa en la que lo he­
mos visto? ¿Qué atractivo puede tener para el agricultor,
mientras sigue a su arado, dejar de lado sus pacíficas activi­
dades e irse a la guerra contra el agricultor de otro país? O,
¿qué atractivo puede hallar en ello el fabricante?, ¿qué repre­
senta la dominación para ellos o para cualquier clase de
hombre de una nación? ¿Añade un acre a las fincas de nadie,
o eleva el valor de éstas? ¿No cuestan lo mismo la conquista
que la derrota, y no es siempre su consecuencia el aumento
de los tributos? Aunque este razonamiento pueda parecerle
bien a una nación, no ocurre lo mismo con el gobierno. La
guerra es como la mesa del juego del faraón de los gobier­
nos, y las naciones son las estafadas en la partida.
Si hay algo que asombre más de lo que cabría prever en
medio de esta miserable escena de los gobiernos, es el pro­
greso que han realizado las artes pacíficas de la agricultura,
la manufactura y el comercio bajo esa carga tan larga y acu­
mulada, de desaliento y opresión. Ello coadyuva a demostrar
que el instinto de los animales no actúa con un impulso más
fuerte de lo que actúan en el hombre los principios de la so­
ciedad y la civilización. Pese a todo el desaliento, el hombre
sigue.persiguiendo su objetivo, y no se rinde ante nada más
que lo imposible.
Capítulo n i
D e los sistemas antiguo y nuevo de gobierno

Nada puede parecer, más contradictorio que los principios


conforme a los cuales se iniciaron los gobiernos antiguos y
la condición a la cual la sociedad, la civilización y el com er­
cio pueden llevar a la humanidad. El gobierno, conform e al
antiguo sistema, es una toma del poder, para el engrandeci­
miento de sí mismo; conform e al nuevo, es una delegación
del poder en beneficio comün de una sociedad. El prim ero
se mantiene mediante un sistema de guerra; el segundo, faro-
mueve un sistema de paz, como auténtico medio de enrique­
cer a una nación. El uno fomenta ¡os prejuicios nacionales;
el otro promueve la sociedad universal, como medio de co­
mercio universal. El uno mide su prosperidad por la canti­
dad de tributos que extrae, el otró demuestra su excelencia
por la pequeña cantidad de impuestos que requiere.
El Sr.Burke ha hablado de Whigs antiguos y nuevos. Si le
agrada entretenerse con nombres y distinciones pueriles, no
seré yo quien le prive de ello. No es * él, sinq al abate de
Sieyés5 a quien dedico este capítulo. Y a me he dirigido a este
último caballero para tratar del tema del gobierno monárqui­
co, y como ocurre naturalmente al comparar los sistemas an­

176
Derechos del Hombre 177

tiguos y los modernos, aprovecho esta oportunidad para pre­


sentarle mis observaciones. Y a me iré ocupando del Sr. Bur­
ke.
Si bien cabría demostrar que el sistema de gobierno al que
ahora se llama n u e v o es el más antiguo en principio de
cuantos han existido, por fundarse en los Derechos del
Hombre inherentes, no obstante, como la tiranía y la espada
han suspendido el ejercicio de esos derechos desde hace mu­
chos siglos, en aras de la claridad vale más llamarlo nuevo que
reivindicar el derecho de llamarlo antiguo.
La prim era distinción general entre esos dos sistemas es
que el que ahora se llama antiguo es hereditario, en todo o en
parte, y d nuevo es totalmente representativo. Repudia todo
gobierno hereditario.
Primero: por ser un engaño a la humanidad.
Segundo: por ser inadecuado para los fines para los que es
necesario el gobierno.
■ Con respecto al prim ero de esos epígrafes: no es posible
dem ostrar conform e a qué derecho podía comenzar el go­
bierno hereditario; tampoco existe, en el ámbito de los pode­
res humanos, el derecho de establecerlo. El hombre no tiene
autoridad sobre la posteridad en cuestiones de derechos per­
sonales, y p or ende ningún hombre ni grupo de hombres ha
tenido, ni puede tener, el derecho de establecer un gobierno
hereditario. Aunque nosotros mismos volviéram os a existir,
en lugar de que nos sucediera la posteridad, no tenemos aho­
ra el derecho de arrebatamos a nosotros mismos los dere­
chos que entonces volverían a ser nuestros. ¿Con qué moti­
vo, pues, pretendemos arrebatárselos a otros?
Todo gobierno hereditario es tiránico por naturaleza. Una
corona hereditaria, o un trono hereditario, o el nombre fan­
tasioso que se le dé a esas cosas, no tiene más explicación
plausible que la de que la humanidad es una propiedad here­
dable. Heredar un gobierno es heredar personas, como si
fueran vacas u ovejas *. • .
En cuanto al segundo: epígrafe, el de ser inadecuado para
* Primero de los ocho párrafos citados por el Ministerio de Justicia para
procesar a Tom Paine, motivo por el Cual se suprimid en la edición de Sy-
monds. (N. ¿ ti T.)
178 Thomas Paine

los fines para los que es necesario el. gobierno, no tenemos


más que considerar lo que es esencialmente un gobierno, y
compararlo con las circunstancias a las que está sometida la
sucesión hereditaria.
El gobierno debería ser algo que estuviera siempre en ple­
na madurez. Debería estar formado de manera que fuera su­
perior a todos los accidentes a los que está sometido el hom­
bre como individuo, y por lo tanto la sucesión hereditaria» al
estar sometida a todos ellos, es el sistema más irregular e im­
perfecto de todos los sistemas de gobierno. .
Hemos visto cómo se califica a los Derechos del Hombre de
sistema nivelador, pero el único sistema al que cabe verdade­
ramente calificar de nivelador es el sistema monárquico here­
ditario. Reconoce indiscriminadamente la misma autoridad a
todos los géneros de carácter. Se coloca en el mismo nivel al
vicio y la virtud, a la ignorancia y la sabiduría, en resumen a
todas las cualidades, sean buenas o malas. Los reyes no se
suceden los unos a los otros como seres racionales, sino
como animales. No im porta'cuáles sean sus condiciones
mentales o morales. ¿Puede, pues, sorprendernos el estado
abyecto de la mente humana en los países monárquicos,
cuando el mismo gobierno está basado en un sistema nivela­
dor tan abyecto? No tiene un carácter fijo. Hoy es una cosa,
y mañana será otra. Cambia con el temperamento de cada
uno de los sucesivos individuos, y está sometido a todas las
variedades de cada uno de ellos. Se trata de un gobierno por
el conducto de las pasiones y los accidentes. Aparece bajo
todos los diversos caracteres de la infancia, la decrepitud» la
senilidad; es algo que necesita enfermera, ronzal o muletas.
Invierte todo el sano orden de la naturaleza. A veces pone a
niños por encima de hombres, y sitúa las presunciones de
quienes no tienen edad por encima de la sabiduría y la expe­
riencia. En resumen, n o podemos concebir una figura de go­
bierno más ridicula que la que presenta la sucesión heredita­
ria, en todos sus casos. -
Si pudiera dictarse un decreto de la naturaleza, o promul­
garse un edicto del cielo, en el sentido de que la virtud y la
sabiduría pertenecieran invariablemente a la sucesión heredi­
taria, y el hombre pudiera conocerlo, se eliminarían las obje-
Derechos del Hombre 179

dones a esa sucesión; pero cuando vemos que la naturaleza


actúa com o si repudiara al sistema hereditario y lo considera­
se una broma; que las cualidades mentales de los sucesores,
en todos los países, están por debajo del promedio de la inte­
ligencia humana, que el uno es un tirano, el otro un idiota,
el tercero es demente, y algunos las tres cosas al mismo
tiempo, resulta imposible tener confianza en ella, cuando la
razón del hombre está facultada para actuar.
No es al abate Sieyés a quien necesito aplicar este razona­
miento; ya me ha ahorrado el trabajo al exponer su propia
opinión sobre el caso. «Si se me pregunta», dice, «qué es lo
que opino en relación con el derecho hereditario, respondo
sin titubear que, en buena teoría, la transmisión hereditaria
de una facultad o un cargo no puede ajustarse jamás a las
leyes de una representación auténtica. El carácter heredita­
rio, en este sentido, es al mismo tiempo un atentado contra
el principio y un insulto a la sociedad. Pero», continúa, «re­
mitámonos a la historia de todas las monarquías y todos los
principados electivos: ¿existe alguno en que el modo electivo
no sea peor que la sucesión hereditaria?»
En cuanto a debatir cuál es el peor de los dos, equivale a
reconocer que ambos son malos, y en eso estamos de acuer­
do. La preferencia que ha expresado el abate equivale a con­
denar lo que él prefiere. Ese modo de razonar sobre tal tema
es inadmisible, porque a fin de cuentas equivale a una acusa­
ción a la Providencia, com o si ésta no hubiera dejado al
hombre otra opción con respecto al gobierno que entre dos
males,’ el m enor de los cuales reconoce el abate que es «un
atentado contra el principio y un insulto a la sociedad».
Si pasamos p or alto de momento todos los males y los
problemas que la monarquía ha ocasionado en el mundo,
nada puede demostrar con más eficacia su inutilidad en un
estado de gobierno civil que el hacerla hereditaria. ¿Haríamos
hereditario un cargo para cuyo desempeño hicieran falta sa­
biduría y capacidades? Y cuando no hacen falta la sabiduría
ni la capacidad, ese cargo, cualquiera que sea, es superfluo o
insignificante *.

•' Párrafo omitido en varías ediciones modernas. (N. id T.)


180 Thomas Paine

La sucesión hereditaria es una caricatura de la monarquía.


La pone bajo el aspecto más ridículo, al representarla como
un cargo que cualquier niño o idiota puede desempeñar.
Para ser un mecánico corriente hace falta un cierto talento,
pero para ser rey no hace falta más que la figura animal de
hombre: una especie de autómata que respire. Esta supersti­
ción puede durar todavía unos años, pero no puede resistir
mucho tiempo al despertar de la razón y del interés entre los
hombres.
En cuanto al Sr. Burke, está muy apegado a la monarquía,
no sólo como pensionista, si lo es como creo yo, sino como
hombre político. Ha adoptado una opinión de desprecio a la
humanidad, que a su vez le paga con la misma moneda. Con­
sidera que se trata de un rebaño de seres a los que se debe
gobernar mediante el fraude, la efigie y el espectáculo, y para
él un ídolo valdría tanto, como figura de la monarquía,
como un hombre. Sin embargo, le haré la justicia: de decir
que, por lo que respecta a América, siempre ha sido muy en­
comiástico. Siempre ha dicho, al menos delante d e mí, que
las gentes de Am érica eran más ilustradas que las de Inglate­
rra o cualquier país de Europa, y que por ende el engaño del
espectáculo no era necesario en sus gobiernos. ;
Aunque la comparación entre la monarquía hereditaria y
la electiva que ha hecho el abate es innecesaria para la cues­
tión, porque el sistema representativo rechaza ambas, si yo
hubiera de hacer la comparación decidiría al revés de lo que
ha hecho él.
Las guerras civiles originadas por reivindicaciones heredi­
tarias contrapuestas son muchas más, y han tenido una dura­
ción mayor, que las ocasionadas por elecciones. Todas las
guerras civiles de Francia se han debido al sistema heredita­
rio; se produjeron por reivindicaciones hereditarias, o por la
imperfección de la form a hereditaria, que admite regencias o
una monarquía en andaderas. Por lo que respecta a Inglate­
rra, su historia está repleta de las mismas desgracias. Los en ­
frentamientos por la sucesión entre las casas de Y ork y de
Lancaster duraron todo un siglo, y desde aquel período se
han venido repitiendo otros de carácter análogo. Los de
1 7 1 5 y 17 4 5 fueron del mismo género. La guerra de suce­
Derechos del Hombre 161

sión p or la corona de España afectó a casi la mitad de Euro­


pa. Los disturbios de Holanda se deben al carácter heredita­
rio del estatúder. Un gobierno que se califique de libre con
un cargo hereditario es como un espigón metido en la carne,
que produce una fermentación que trata de expulsarlo.
Pero podría ir más allá y atribuir también las guerras exte­
riores, de todos los tipos, a la misma causa. Es al sumar el
mal de la sucesión hereditaria al de la monarquía, com o se
crea un interés familiar permanente, cuyos objetos constan­
tes son el de la dominación y el de los impuestos. Aunque
Polonia es una monarquía electiva, ha tenido menos guerras
que las que son hereditarias, y es el único gobierno que ha
hecho un ensayo voluntario, aunque de poca envergadura,
de reform ar la condición del país.
Tras haber así echado un vistazo a los defectos de los sis­
temas antiguos, o hereditarios, de gobierno, comparémoslos
ahora con el sistema nuevo, o representativo.
El sistema representativo adopta como base la sociedad y
la, civilización, y como guía la naturaleza, la razón y la expe­
riencia.
La experiencia, en todas las edades y en todos los países,
ha demostrado que es imposible controlar la form a en que la
naturaleza distribuye las facultades mentales. Las reparte
com o quiere. Cualquiera sea la norma conforme a la cual, se­
gún nos parece, las esparce entre la humanidad, esa norma
sigue siendo un secreto para el hombre. Sería tan ridículo
tratar de fijar el carácter hereditario de la belleza humana
como el de la sabiduría. Cüalquiera sea la sabiduría que resi­
de en uno, es com o una planta sis semillas: se puede cultivar
cuando aparece, pero no se puede producir voluntariamente.
Siempre existe en cantidad suficiente en la masa general de
la sociedad para todos los fines, pero por lo que respecta a
las partes de la sociedad, está constantemente cambiando de
lugar. Surge en una hoy, en otra mañana, y lo más probable
es que haya visitado en rotación todas las familias de la tierra
y se haya vuelto a retirar.
Com o así es el orden de la naturaleza, el orden del gobier­
no debe seguirlo p or fuerza, o el gobierno degenerará, como
hemos visto, en la ignorancia. P or ende, el sistema heredita­
182 Thomas Paine

rio repugna tanto a la sabiduría humana como a los derechos


humanos, y es tan absurdo como injusto.
A l igual que la república de las letras realza las mejores
producciones literarias al dar al genio una oportunidad justa
y universal, así el sistema representativo de gobierno está
calculado para producir las leyes más sabias, al recoger sabi­
duría en todas las partes en las que Se pueda hallar. Sonrío
para mis adentros cuando contemplo la ridicula insignifican­
cia en que caerían la literatura y todas las ciencias si se las
hiciera hereditarias, y transporto la misma idea a los gobier­
nos. Un gobernante hereditario es algo tan absurdo como un
autor hereditario. No sé si Homero o Euclides tuvieron hi­
jos, pero aventuraré la opinión de que si los tuvieron, y si
hubieran dejado sus obras sin acabar, esos hijos rio podrían
haberlas terminado.
¿Necesitamos mejor prueba del absurdo del gobierno he­
reditario que la que se aprecia en los descendientes de los
hombres que, en cualquier actividad, alcanzaron la fama?
¿Hay algún caso en el que no se produzca una transform a­
ción total del carácter? Parece como si la corriente de las
facultades mentales fluyera toda la distancia posible por de­
terminados canales y después abandonara su curso y volviera
a surgir en otros. ¡Cuán irracional es, pues, el sistema heredi­
tario, que establece canales de poder, en compañía de los
cuales se niega a discurrir la sabiduría! A l mantener este ab­
surdo, el hombre se halla en contradicción perpetua consigo
mismo; acepta como rey, o primer magistrado, o legislador,
a una persona a la que no elegiría para ágente d é policía.
Parece a la observación general que las revoluciones crean
genios y talentos, pero esos acontecimientos no hacen más
que sacarlos a la lüz. Existe en el hombre una masa de senti­
do que se halla en estado letárgico y que, si no hay algo que
la excite a la acción, descenderá con él, en esa'condición,
hasta la tumba. Y como es eh beneficio de la sociedad én el
que se deberían em plear todas sus facultades, la índole del
gobierno debería ser tal que hiciera despertar, mediante uri
funcionamiento tranquilo y regular, todo ese ámbito de la
capacidad que nunca deja de aparecer e n las revoluciones. ;
Esto es algo que no puede ocurrir en el estado insípido
Derechos del Hombre 183

del gobierno hereditario, no sólo porque éste lo impide, sino


porque actúa de form a que embota. Guando la mente de una
nación está humillada por cualquier superstición política en
su gobierno, como lo es la sucesión hereditaria, pierde una
parte considerable de sus poderes sobre todos los demás su­
jetos y objetos. La sucesión hereditaria requiere la misma
obediencia a la ignorancia que a la sabiduría, y una vez que
la mente puede obligarse a rendir esta pleitesía indiscrimina­
da, desciende p o r debajo de la estatura de la virilidad mental.
No puede ser grande sino en las cosas pequeñas. Comete un
acto de traición contra sí misma y sofoca las sensaciones que
impulsan a la investigación.
Aunque los gobiernos antiguos nos dan una visión mise­
rable de la condición del hombre, hay uno que p or encima de
todos los demás se exime de la descripción general. Me re­
fiero a la democracia de los atenienses. Vemos más cosas
que adm irar y menos que condenar en aquel gran pueblo ex­
traordinario que en ningún otro de la historia.*.
E l Sr. Burke está tan poco familiarizado con los principios
constituyentes del gobierno que confunde juntas representa­
ción y democracia. La representación era algo desconocido
en las democracias antiguas. En ellas la masa del pueblo se
reunía y: promulgaba leyes en primera persona. La simple de­
mocracia no era más que la sala de asambleas de los anti­
guos. Significa la form a así como el principio del gobierno.
Cuando aquellas democracias fueron aumentando su pobla­
ción y ensanchando su territorio, la form a democrática sim­
ple se fue haciendo engorrosa e inviable, y como no se cono­
cía el sistema de representación, la consecuencia fue que de­
generaron convulsivamente en monarquías o fueron quedan­
do absorbidas en las ya existentes. Si entonces se hubiera
comprendido el sistema de representación como se com­
prende ahora, no hay m otivos para creer que jamás hubieran
surgido esas formas de gobierno a la que ahora se llama mo­
nárquicas o aristocráticas. Fue la falta de un método para
consolidar las partes de la sociedad después de que ésta se hi­
ciera demasiado populosa y extensa para la form a democráti-

* Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. del T.)


184 Thomas Paine

ca simple, así como la condición suelta y solitaria de los pas­


tores en otras partes del mundo lo que creó las oportunida­
des para que comenzaran esos modos antinaturales de go­
bierno. ,
Como es necesario eliminar la escoria que son los erro­
res en los que ha caído el tema del gobierno, procederé ahora
a hacer observaciones sobre algunos otros *.
El truco político de los cortesanos y los gobiernos de las
cortes ha consistido siempre en insultar algo que ellos llama­
ban republicanismo, pero lo que nunca intentan explicar es
qué es o era el republicanismo. Examinemos un poco el
caso.
Las únicas formas de gobierno son la democrática, la aris­
tocrática, la monárquica y la que ahora se llama la represen­
tativa.
Lo que se llama república no es ninguna forma particular de
gobierno. Es plenamente característica del objetivo, la mate­
ria o la finalidad para los que se debería establecer el gobier­
no, y a los que se debe dedicar: r e s - p u b l i c a , los asuntos p ú ­
blicos o el bien público; o, literalmente traducido, la cosa
pública. Es una palabra de un buen origen, que se refiere a lo
que debería ser el carácter y la actividad del gobierno, y en
este sentido se opone naturalmente a la palabra monarquía,
que tiene un sentido original vil. Significa el poder arbitrario
de una sola persona, en el ejercicio del cual el objetivo es esa
misma persona, y no la res-publica. :
Todo gobierno que no actúe conform e a los principios de
una república, o dicho en otros términos, que no convierta a
la res-publica en un objetivo pleno y exclusivo, no es un buen
gobierno. El gobierno republicano no es otra cosa que el go­
bierno establecido y aplicado en beneficio del público, tanto
individual como colectivamente. No guarda forzosamente
relación con ninguna form a determinada, pero acompaña
con la mayor naturalidad a la form a representativa,, com o
mejor idea para lograr los fines para los cuales la nación co­
rre con los gastos de sufragarlo.
Varias formas de gobierno se han complacido en autocali-

* Idem.
Derechos del Hombre 185

ficarse de república. Polonia dice de sí misma que es una re­


pública que consiste en una aristocracia hereditaria, con una
monarquía electiva. Holanda se llama república que consiste
sobre todo en una aristocracia, con un estatúder heredita­
rio *. Pero el gobierno de America, que se basa enteramente
en el sistema de representación, es la única verdadera repú­
blica, en el carácter y en la práctica, que existe en la actuali­
dad. Su gobierno no tiene otro objetivo que los asuntos pú­
blicos de la nación, y por lo tanto es verdaderamente una re­
pública, y los americanos se han encargado de que é s t e , y
no otro, sea siempre el objetivo de su gobierno, al rechazar
todo lo que sea hereditario y establecer un gobierno basado
únicamente en el sistema de representación.
Quienes han dicho que una república no es una forma de
gobierno ideada para los países de gran estensión confun­
dían, en primer lugar, la actividad de un gobierno con la fo r­
ma de gobierno; pues la res-publica pertenece pcvr igual a to­
das las extensiones de territorio y masas de población. Y , en
segundo lugar, si querían decir algo con respecto a la forma,
era a la form a democrática simple, como era el modo de go­
bierno en las antiguas democracias, en las que no había re­
presentación. Por ende, no se trata de que una república
no pueda ser extensa, sino de que no puede ser extensa en su
form a democrática simple, y naturalmente se plantea la pre­
gunta: ¿Cuál es la mejor forma de gobierno p ara ocuparse de la
Rí-j-n aucA, o de la actividad pública de una nación, cuando llega
a ser demasiado extensa y popular para la forma simple democrá­
ticai .
No puede ser la monarquía, porque la monarquía está so­
metida a una objeción del mismo tipo a que estaba sometida
la form a democrática simple.
Es posible que un individuo formule un sistema de princi­
pios conforme a los cuales se establezca constitucionalmente
el gobierno sobre cualquier extensión de territorio. Eso no
es sino una actuación de la mente, que funciona con sus pro­
pias facultades. Pero la práctica de esos principios tal como
se aplican a las diversas y múltiples circunstancias de una na­

* ídem .
186 Thomas Paine

ción, su agricultura, su comercio, sus manufacturas, inter­


cambios, etc., requiere un conocimiento de género diferente,
y que sólo se puede obtener de las diversas partes de la so­
ciedad. Es una colección de conocimientos prácticos que no
puede poseer ningún individuo, y por ende la form a monár­
quica se ve tan limitada, en la práctica útil, por la incompe­
tencia de los conocimientos como la form a democrática se
veía por la multitud de la población. La una degenera por
extensión, en confusión; la otra en ignorancia e incapacidad,
de lo cual son prueba todas las grandes monarquías. La fo r­
ma monárquica, por ende, n o podía ser el sustituto de la de­
mocrática porque tiene los mismos inconvenientes.
Y mucho menos podía serlo cuando se hizo hereditaria.
Esta es la form a más eficaz de todas para poner barreras al
conocimiento. Tampoco podía la elevada mente democrática
resignarse voluntariamente a verse gobernada por niños e
idiotas, y toda la variopinta insignificancia de carácter que
concurre en ese sistema meramente animal, deshonra y re­
proche de la razón y del hombre.
En cuanto a la form a aristocrática, tiene los mismos vicios
y defectos que la monárquica, salvo que la posibilidad de que
haya capacidades es mayor por la proporción de los núme­
ros, pero sigue sin existir seguridad de que esas capacidades
se utilizarán y aplicarán bien *.
Si se remite uno a la democracia original, se obtienen los
verdaderos datos a partir de los cuales puede comenzar el
gobierno en gran escala. Es incapaz de extensión, no por su
principio, sino por lo inconveniente de su forma, y la m onar­
quía y la aristocracia lo son por su incapacidad. Si se mantie­
ne, pues, la democracia como base, y se rechazan los sistemas
corruptos de la monarquía y la aristocracia, se presenta natu­
ralmente el sistema representativo, que remedia a la vez los
defectos de la democracia simple en cuanto a la form a y la
incapacidad de los otros dos en cuanto al conocimiento.
La democracia simple era la sociedad que se gobernaba a

* En cuanto ai carácter de la aristocracia, se remite al lector a la pág. 86


de la Parte I de Derechos del Hombre. (Nota del autor.) [Párrafo omitido en
varias ediciones modernas. (Nota del 7'.)
Derechos del Hombre 187

sí misma sin la ayuda de medios secundarios. A l injertar la


representación en la democracia, llegamos a un sistema ca­
paz de abarcar y confederar todos los diversos intereses y to­
das las extensiones de territorio y de población, y ello ade­
más con ventajas tan superiores al gobierno hereditario
com o tiene la república de las letras con respecto a la litera­
tura hereditaria.
En este sistema se funda el gobierno americano. Es la re­
presentación injertada en la democracia. Ha fijado la form a
mediante una escala paralela en todos los casos a la exten­
sión del principio. Lo que en Atenas había en miniatura, en
Am érica existía en grandes dimensiones. La una fue la ma­
ravilla del mundo antiguo; la otra se está convirtiendo en la
admiración y el modelo * del actual. Es la form a de gobier­
no más fácil de comprender de todas, y la más deseable en la
práctica, y excluye al mismo tiempo la ignorancia y la inse­
guridad del modo hereditario y lo s inconvenientes de la de­
mocracia simple.
Es imposible concebir un sistema de gobierno capaz de
actuar sobre tal extensión de territorio, y sobre tal círculo de
intereses, cotno el que produce inmediatamente el funciona­
miento de la representación. Francia, pese a lo grande y po­
pulosa que es, no es sino una mota en la capacidad del siste­
ma. Este es preferible a la democracia simple incluso en los
territorios pequeños. De haber, tenido Atenas representa­
ción, habría superado a su propia democracia.
Lo que se llama gobierno, o mejor dicho, lo que debería­
mos concebir que es el gobierno, no es sino un centro co­
mún en el que se unen todas las partes de la sociedad. Esto no
se puede lograr por ningún otro método que sea tan condu­
cente a los ¡diversos intereses de Ja comunidad como es posi­
ble mediante el sistema representativo. Concentra los cono­
cimientos necesarios para los intereses de las partes y del
todo. $itúa al gobierno en un estado de constante madurez.
Com o ya se ha observado, nunca es joven y nunca es viejo.
No está sometido a la puerilidad ni a la senilidad. Nunca está

* Las palabras «y el modelo» faltan en varias ediciones modernas. (N. del


T.J
188 Derechos del Hombre

en la cuna ni anda con muletas. No admite una separación


entre conocimiento y poder, y es superior, como siempre de­
bería ser el gobierno, a todos los accidentes del hombre indi­
vidual, y, por ende, es superior a eso que se llama monar­
quía.
Una nación no es un cuerpo cuya figura se haya de repre­
sentar como el cuerpo humano, sino que es como un cuerpo
contenido dentro de un círculo, que tiene ün Centro común
en el cual se encuentran todos los radios, y ese centro se fo r­
ma mediante la representación. El relacionar la representa­
ción con eso que se llama monarquía sería un gobierno ex­
céntrico. La representación es por sí misma la monarquía
delegada de una nación, y no puede envilecerse al compar­
tirla con otra.
El Sr. Burke ha utilizado en dos o tres ocasiones, en sus
discursos parlamentarios y su publicación, un juego de pala­
bras que no expresa ninguna idea. AI hablar del gobierno
dice: «Es mejor tener una monarquía como base, y el repu­
blicanismo como correctivo, que tener un republicanismo
como base y una monarquía como correctivo.» Si ello signi­
fica que es mejor corregir la necedad con sabiduría qué la Sa­
biduría con necedad, no voy a discutir otra cosa con él sino
qué seríá mucho mejor rechazar la necedad totalmente.
Pero, ¿qué es eso que el Sr. Burke llama monarquía?
¿Querrá explicarlo? Todo hombre puede com prender lo qüé'
es representación, y que necesariamente ha de incluir una di­
versidad de conocimientos y talentos. Pero, ¿qué seguridad
existe de que las mismas cualidades existan en una m onar­
quía, o, cuando esta monarquía reside en un niño, dónde, enton­
ces, se halla la sabiduría? ¿Qué sabe del gobierno?¿Quién es,
entonces, el monarca, o dónde reside la monarquía? Si se ha
de tomar la form a de una regencia, demuestra que es una
farsa. Una regencia es una especie de caricatura de república,
y toda la monarquía no merece mejor calificativo. >Es algo
tan diverso como pueda pintar la imaginación. No tiene hi
un adarme del carácter estable que debería poseer el gobier­
no. Toda sucesión es una revolución, y toda regencia una
contrarrevolución. Toda ella es una escena de cábalas e intri­
gas perpetuas de la corte, de lo cual es ejemplo el propio Sr.
Derechos del Hombre 189

Burke. Para conseguir que la monarquía tuviera un sentido


en lo que respecta al gobierno, el siguiente sucesor no debe­
ría nacer niño, sino ya hombre, y ese hombre ser un Salo­
món. Es tidícuio que las naciones hayan de esperar, y el go­
bierno interrumpirse, hasta que los niños se hagan hombres.
El que- yo tenga demasiado poco sentido para advertir, ó
demasiado para dejarme engañar, el que yo tenga demasiado o
demasiado poco orgullo, es algo que no voy a discutir, pero
lo que es indudable es que eso que se llama monarquía siem­
pre me ha parecido una cosa tonta y despreciable. Lo com­
paro con algo que se guarda detrás de una cortina, en torno
a lo cual’siempre hay muchos jaleos y ceremonias, y un aire
m aravilloso de aparente solemnidad, pero que cuando, por
accidente, se abre la cortina por casualidad y la compañía ve
lo que es, todo el mundo estalla en carcajadas.
En el sistema representativo de gobierno no puede suce­
der nada de eso. A l igual que la propia nación, posee una re­
sistencia perpetua, tanto física com o mental, y se presenta en
el teatro abierto del mundo de form a limpia y viril. Cuales­
quiera sean sus excelencias, o sus defectos, todos pueden
verlos. No existe gracias al fraude y el misterio; no se ocupa
de sofismas y palabrería, sino que inspira un lenguaje que, al
pasar de un corazón a otro, se siente y se comprende.
Hemos de cerrar los ojos a la razón, hemos de degradar
vilm ente nuestra inteligencia para no ver la necedad de eso
que se llama monarquía. La naturaleza es ordenada en todas
sus obras, pero éste es un modo de gobierno que va contra
natura. Subvierte el progreso de las facultades humanas. So­
mete a la edad a verse gobernada por niños, y a la sabiduría
por la necedad. <
P or el contrario, el sistema representativo siempre es pa­
ralelo al orden y las leyes inmutables de la naturaleza, y se
corresponde en todo con la razón del hombre. Por ejemplo:
En el sistema de gobierno federal americano, se delegan en
el presidente de los Estados Unidos más poderes que en nin­
guno de los demás miembros del Congreso6. P or eso no se le
puede elegir para este cargo antes de la edad de treinta y cin­
co años. A l llegar a esa edad, el juicio del hombre ha madu­
rado^ y ha vivido suñciente tiempo para estar familiarizado
190 Thomas Paine

con los hombres y las cosas, y el país con él. Pero con el
plan monárquico (aparte de las múltiples oportunidades que
existen contra todo hombre nacido en el mundo de sacar un
premio en la lotería de las facultades humanas), al siguiente
sucesor, sea como sea, se le pone a la cabeza de la nación, y
del gobierno, a los dieciocho años de edad. ¿Parece esto un
acto de sabiduría? ¿Encaja con la dignidad característica y con
el carácter viril de la nación? ¿Cómo puede ser correcto lla­
mar a un mozo así el padre del pueblo? En todos los demás
casos, una persona es menor hasta la edad de veintiún años.
Antes de esa edad no se le confía ni la administración de un
acre de tierra, ni la propiedad hereditaria de un rebaño de
ovejas o una piara de cerdos; pero, ¡oh, maravilla!, a los die­
ciocho años se le puede confiar la nación.
Que la monarquía no es sino una pompa de jabón, un
mero artificio de la corte para conseguir dinero resulta eviden­
te (al menos a mis ojos) en todos los aspectos bajo los que se
la puede contemplar. Sería imposible, con el sistema racional
del gobierno representativo, presentar una factura de gastos
como la que admite esta estafa. El gobierno no.es en sí mis­
mo una institución muy cara. Los gastos del gobierno fede­
ral de América, fundado, como ya he dicho, en el sistema de
representación, y que se extiende sobre un país casi diez ve­
ces más grande que Inglaterra, sólo ascienden en total a seis­
cientos mil dólares, o sea, ciento treinta y cinco m il libras
esterlinas.
Supongo que nadie en su sano juicio comparará el carácter
de los reyes de Europa con el del general Washington. Sin
embargo, en Francia, y también en Inglaterra, el gasto de la
sola lista civil, para pagar a un hombre, es ocho .veces supe­
rior a todos los gastos del gobierno federal en América. E l
atribuir esto a alguna razón parece casi imposible. La mayor
parte del pueblo de América, especialmente los pobres, tie­
nen más capacidad para pagar impuestos que la m ayor parte
de las gentes de Francia o de Inglaterra. ,
Pero el caso es que el sistema representativo difunde tal
cantidad de conocimientos por toda la nación, acerca del
tema del gobierno, que destruye la ignorancia e impide el
engaño. Las artimañas cortesanas son inútiles en ese terre­
Derechos del Hombre 191

no. No hay lugar para el misterio; no tiene por dónde empe­


zar. Quienes no form an parte de la representación conocen
tanto de la naturaleza del asunto como los que están en ella.
A llí se advertiría inmediatamente la afectación de misteriosa
importancia. Las naciones no pueden tener secretos, y lo que
las cortes, igual que los individuos, guardan en secreto son
siempre sus defectos.
En el sistema representativo, debe aparecer públicamente
el m otivo de todo. Cada hombre es propietario del gobierno,
y considera que es parte necesaria de sus asuntos compren­
derlo. Se refiere a su interés, porque afecta a su propiedad.
Examina el costo y lo compara con las ventajas, y por enci­
ma de todo no adopta la costumbre servil de seguir a los que
en otros gobiernos se llama d i r i g e n t e s .
Es imprescindible cegar la comprensión del hombre, ha­
cerle creer que el gobierno es algo misterioso y maravilloso,
para obtener tributos excesivos. La monarquía es algo bien
ideado para lograr ese objetivo. Es el papado del gobierno,
algo que se mantiene para entretener a los ignorantes y con--
seguir que paguen pacíficamente.
En puridad, el gobierno de un país no se halla en las per­
sonas, sino e n las leyes. La promulgación de éstas no requie­
re grandes gastos, y una vez administradas, queda realizado
todo lo que es gobierno civil: todo el resto no es más que ar-
tilugio de las Cortes.
Capítulo IV
D e las constituciones

El que los hombres se refieren a cosas distintas y separa­


das cuando hablan de constituciones y de gobiernos es algo
evidente; pero, ¿por qué se utilizan esos térm inos de form a
distinta y separada? Una constitución no es el acto de un go­
bierno, sino de un pueblo que constituye un gobierno, y un
gobierno sin una constitución es un poder sin un derecho.
Todo poder que se ejerza sobre una nación ha de tener un
origen. Ha de ser delegado o tomado. No existen otras fuen­
tes. Todo poder delegado está en depósito, y todo poder to­
mado constituye una usurpación. El tiempo no altera la na­
turaleza ni la calidad de ninguno de ellos.
A l contemplar este tema, el caso y las circunstancias de
América se nos presentan como el principio de un mundo, y
nuestra investigación del origen del gobierno se ve abreviada
si nos remitimos a los hechos que han ocurrido en nuestros
propios días. No tenemos oportunidad de vagabundear en
busca de información por el campo nebuloso de la antigüe­
dad, ni de aventurarnos en conjeturas. Llegamos inmediata­
mente al punto en que se ve cómo comienza el gobierno,
como si hubiéramos vivido al principio de los tiempos. Te-

192
Derechos del Hombre 193

nemos directamente ante nosotros el volumen real, no de la


historia, sino de los hechos, sin mutilar por artilugios ni por
los errores de la tradición.
Expondré aquí concisamente el comienzo de las constitu­
ciones americanas, mediante lo cual aparecerá de forma sufi­
ciente la diferencia entre constituciones y gobiernos.
Quizá no sea inoportuno recordar al lector que los Esta­
dos Unidos de Am érica están integrados por trece estados
separados, cada uno de los cuales estableció un gobierno
para sí mismo, tras la declaración de la independencia, fo r­
mulada el 4 de julio de 1776. Cada estado actuó indepen­
dientemente del resto al form ar su gobierno, pero el mismo
principio general reina en el todo. Cuando estuvieron form a­
dos los diversos gobiernos de los estados, pasaron después a
form ar el gobierno federal, que actúa sobre el todo en las
cuestiones que se refieren al interés del todo, o que se refie­
ren a la relación de los diversos estados entre sí, o con na­
ciones extranjeras. Empezaré dando un ejemplo de uno de
los gobiernos de los estados (el de Pennsylvania) y después
pasaré al gobierno federal *.
Aunque el estado de Pennsylvania tiene casi la misma ex­
tensión de territorio que Inglaterra, entonces estaba dividido
en sólo doce condados. Cada uno de esos condados había
elegido un comité al comienzo de la disputa con el Gobierno
inglés, y com o la ciudad de Filadelfia, que también tenía su
comité, era la más central para fines de inteligencia, se con­
v irtió en el centro de comunicaciones con los diversos comi­
tés de los condados. Cuando resultó necesario proceder a la
formación de un gobierno, el comité de Filadelfia propuso
una conferencia de todos los comités, que se celebraría en
aquella ciudad, y que se reunió a fines de julio de 1776.
Aunque aquellos comités los había elegido el pueblo, no
estaban elegidos expresamente con ese fin, ni estaban dota­
dos de facultades para form ar una constitución, y como no
podían, en consonancia con las ideas americanas del dere­
cho, arrogarse ese poder, no podían hacer más que conferen­
ciar sobre la cuestión y ponerla en marcha. P or lo tanto, los

* Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. d tlT .)


194 Thomas Paine

reunidos no hicieron más que exponer el caso y recomendar


a los diversos condados que eligieran seis representantes por
condado, para que se reunieran en convención en Filadelfia,
con facultades para form ar una constitución y proponerla a
la consideración pública.
Esta convención, cuyo presidente fue Benjamín Franklin,
tras reunirse y deliberar, convino en una constitución, y des­
pués ordenó que se publicara, no como cosa decidida, sino
para que la examinara todo el pueblo, para su aprobación o
rechazo, y después levantó sus sesiones hasta una fecha con­
venida. Cuando expiró el plazo de suspensión, la convención
volvió a reunirse, y como para entonces se conocía la opi­
nión general del pueblo, que era de aprobación, la Constitu­
ción se firm ó, selló y proclamó por autorización del pueblo, y
se depositó el instrumento original en los archivos públicos.
Después, la convención designó un día para la elección ge­
neral de los representantes que habían de form ar el gobier­
no, y el momento en que debía de iniciarse éste, y una vez
hecho esto se disolvió y cada uno volvió a su hogar y a su
ocupación
En esta constitución se establecía, en prim er lugar, una
declaración de derechos; después seguía la form a que debía
adoptar el gobierno, y las facultades que debía poseer: las fa­
cultades de los tribunales de la judicatura y de los jurados, la
form a en que se debían realizar las elecciones y la propor­
ción de representantes por número de electores, la duración
que debía tener cada asamblea sucesiva, que era de un año,
la form a de recaudar los impuestos y de dar cuenta de los
gastos de los dineros públicos, la de designar a los funciona­
rios públicos, etc.
Ningún artículo de esta constitución podía modificarse ni
infringirse a discreción del gobierno que viniera después. Se
trataba de que fuera un gobierno de la ley. Pero, como no
habría sido prudente renunciar al beneficio de la experiencia,
y a fin también de impedir la acumulación de errores, si se
demostraba su existencia, y de mantener una unión del go­
bierno con las circunstancias del estado en todo momento,
la Constitución establecía que al cabo de siete años se eligiera
una convención con el fin expreso de revisar la Constitución
Derechos del Hombre 195

y de hacerle las alteraciones, adiciones o aboliciones que se


considerasen necesarias.
A quí advertimos un proceso regular, un gobierno que sur­
ge a partir de una constitución, form ado por el pueblo en su
carácter original, y que esa constitución no sirve únicamente
como autoridad, sino como ley de control del gobierno. Era
la biblia política del estado. Apenas había una familia que ca­
reciera de un ejemplar. Cada miembro del gobierno tenía un
ejemplar, y nada más corriente cuando surgía un debate so­
bre el principio de un proyecto de ley, o sobre la competen­
cia de cualquier género de autoridad, que los miembros se
sacaran del bolsillo la Constitución impresa y leyeran el capí­
tulo con el que guardaba relación la cuestión que se estaba
debatiendo.
Así, tras dar un ejemplo de uno de los estados, menciona­
ré los trabajos de los que fue surgiendo y se form ó la Consti­
tución federal de los Estados Unidos.
En sus dos primeras reuniones, de septiembre de 17 7 4 y
mayo de 17 7 5, el Congreso no era más que la diputación de
las asambleas legislativas de las diversas provincias, que des­
pués fueron estados, y no tenía más facultades que las deri­
vadas del consentimiento común y de la necesidad de que
actuara como organismo público. En todo lo relativo a los
asuntos internos de América, el Congreso no iba más allá de
hacer recomendaciones a las diversas asambleas provincia­
les, que las aceptaban o no, según les pareciese. El Congre­
so no tenía facultades para obligar a nada, pero en aquella si­
tuación se le obedecía con más fidelidad y afecto que a nin­
gún gobierno de Europa. Este ejemplo, al igual que el de la
Asamblea Nacional de Francia, demuestra suficientemente
que la fuerza del gobierno no consiste en nada intrínseco a
él, sino en la lealtad de una nación, y en el interés que tiene
el pueblo en darle su apoyo. Cuando se pierde esto, el go­
bierno no es más que un niño en el poder, y aunque al igtEB
que el antiguo gobierno de Francia hostigue duaaOtóttUh
tiempo a las personas, lo único que hace es facilitar s»»propia
caída *.

* Idem.
196 Thomas Paine

Tras la declaración de independencia, lo coherente con el


principio en que se basa el gobierno representativo era que
se definieran y establecieran las facultades del Congreso. No
se trataba de que esas facultades fueran más o menos de las
que entonces ejercía discrecionalmente el Congreso. Lo im­
portante era actuar correctamente.
Con este fin se propuso la ley llamada Ley de confedera­
ción (que era una especie de constitución federal imperfecta),
y tras largas deliberaciones se concluyó en el año de 17 8 1.
No fue una ley del Congreso, pues repugna a los principios
del gobierno representativo el que un órgano se otorgue fa­
cultades a sí mismo. El Congreso prim ero inform ó a los di­
versos estados de las facultades de que, a su juicio, era nece­
sario dotar a la Unión, con objeto de que pudiera desempeñar
las funciones de prestar los servicios que se le exigían, y los
estados, uno por uno, llegaron a un acuerdo entre sí y con­
centraron esas facultades en el Congreso.
Quizá no sea improcedente observar que en ambos casos
(el de Pennsylvania y el de los Estados Unidos) no existe
nada que se parezca a un pacto entre, por una parte, el pue­
blo y, por la otra, el gobierno. El pacto es de unas partes del
pueblo con otras a fin de producir y constituir un gobierno.
El suponer que un gobierno pueda ser parte en un pacto con
todo el pueblo equivale a suponer que tiene existencia antes
de que pueda tener el derecho de existir. El único caso en el
que puede darse un pacto entre el pueblo y quienes ejercen el
gobierno es cuando el pueblo paga a éstos mientras deciden
si seguirles dando empleo.
El gobierno no es un oficio que ningún hombre, ni grupo
de hombres, tenga derecho a establecer y a ejercer para su
propio provecho sino que es únicamente un bien en depósi­
to, los derechos sobre el cual pertenecen a quienes delegan el
depósito, y que éstos siempre pueden recuperar. En sí, no
tiene ningún derecho más; se trata únicamente de deberes.
Tras dar así dos ejemplos de la formación inicial de una
constitución, demostraré la form a en que se han modificado
ambas desde que se establecieron inicialmente.
La experiencia demostró que las facultades atribuidas a los
gobiernos de los diversos estados por las constituciones de
Derechos del Hombre 197

los estados eran demasiado grandes, y que las atribuidas al


gobierno federal por la Ley de confederación eran demasiado
reducidas. El defecto no se hallaba en el principio, sino en la
distribución del poder.
Aparecieron muchas publicaciones, en folletos y en perió­
dicos, acerca de la oportunidad y la necesidad de una remo­
delación del gobierno federal. Tras algún tiempo de debates
públicos, realizados por conducto de la prensa, y en conver­
saciones, el estado de Virginia, que experimentaba algunos
problemas con respecto al comercio, propuso la celebración
de una conferencia continental, como consecuencia de lo
cual, en 17 8 6 se reunió en Annapolis, Maryland, una diputa­
ción de cinco o seis de las asambleas de los estados. Como
esta reunión no se consideró con bastantes facultades para
ocuparse de la empresa de una reform a, no hizo más que ex­
poner sus opiniones generales acerca de la idoneidad de esa
medida y recomendar que al año siguiente se celebrase una
convención de todos los estados.
La convención se reunió en Filadelfia en mayo de 17 8 7 y
eligió presidente al general George Washington. En aquella
época, éste no tenía relación con ninguno de los gobiernos
de los estados ni con el Congreso. Había renunciado a su
mando al term inar la guerra, y desde entonces vivía como
ciudadano particular.
La convención se ocupó a fondo de todos los temas, y tras
varios debates e investigaciones, convino en las diversas par­
tes de una constitución federal, de modo que la cuestión si­
guiente era la form a de darle a ésta una autoridad y una
práctica.'
Para ello no enviaron, como habría hecho una cábala de
cortesanos, a buscar a Holanda un estatúder, ni un elector
alemán7, sino que rem itieron todo el asunto al sentido y los
intereses del país *.
Primero ordenaron que se publicara la Constitución pro­
puesta. Después, que cada estado eligiera una convención

* Estos tres últimos párrafos formaron la segunda parte de la instrucción


contra Tom Paine, aunque en la edición de Symonds sólo se consideró nece­
sario omitir el último. (N. i t i T.)
198 Thomas Paine

expresamente para el fin de estudiarla y de ratificarla o de


rechazarla, y en cuanto se contara con la aprobación y la ra­
tificación de cualesquiera nueve estados, esos estados proce­
dieran a elegir su proporción de los miembros del nuevo go­
bierno federal, y que entonces comenzara éste a funcionar y
cesara el gobierno federal anterior.
Los diversos estados procedieron en consecuencia a elegir
sus convenciones. Algunas de éstas ratificaron la Constitu­
ción por grandes mayorías, y dos o tres por unanimidad. En
otros hubo grandes debates y divisiones de opinión. En la
convención de Massachusetts, que se reunió en Boston, la
mayoría no fue más que de diecinueve o veinte de unos tres­
cientos miembros; pero es tal el carácter del gobierno repre­
sentativo que decide pacíficamente las cuestiones por mayo­
ría. Una vez terminado el debate en la convención de Massa­
chusetts, y realizadas las votaciones, los miembros que ha­
bían planteado objeciones se levantaron a declarar: «Que, si
bien la habían discutidoy votado en contra porque determinadas p a r­
tes las veían bajo una luz diferente de cómo se les presentaba a otros
miembros, sin embargo, como los votos habían decidido en pro de la
constitución propuesta, darían a ésta el mismo apoyo práctico que si
hubieran votado a favor.»
En cuanto la aceptaron nueve estados (y el resto siguió
por el orden en que se eligieron sus convenciones), se deshi­
zo la trama del gobierno federal anterior y se erigió la nueva,
de la cual es presidente el general Washington. A hora no
puedo dejar de señalar que el carácter y los servicios de este
caballero son suficientes como para sonrojar a todos esos
que se llaman reyes. Mientras éstos reciben un sueldo prodi­
gioso a costa del sudor y ios trabajos de la humanidad, al que
no les dan derecho ni su capacidad ni sus servicios, él presta
todos los servicios que puede y rechaza toda compensación
pecuniaria. No aceptó paga como comandante en jefe, y no
acepta ninguna com o presidente de los Estados Unidos8.
Tras establecerse, la nueva Constitución federal, el estado
de Pennsylvania, considerando que algunas partes de su pro­
pia constitución exigían modificaciones, eligió una conven­
ción con ese fin. Las alteraciones propuestas se publicaron, y
como el pueblo estaba de acuerdo, quedaron establecidas.
Derechos del Hombre 199

' En la formación de esas constituciones, o en su modificá-


ción, n o hubo problemas, o muy pocos. No-se interrumpió
el curso normal de las cosas, y los beneficios han sido mu­
chos. Siempre interesa a un número mucho mayor de perso­
nas de una nación hacer que las cosas estén bien que dejar
que estén mal, y cuando los asuntos públicos se abren a de­
bate, y el juicio público es libre, no decidirá mal, salvo que de­
cida apresuradamente.
En los dos casos de modificación de las constituciones, los
gobiernos existentes no intervinieron para nada. El gobierno
no tiene ningún derecho a convertirse en parte en debate al­
guno relativo a los principios o los modos de form ar las
constituciones ni de cambiarlas. No es en beneficio de quie­
nes ejercen los poderes del gobierno para lo que se estable­
cen las constituciones, ni los gobiernos que son resultado de
ellas. En todas estas cuestiones, el derecho de juzgar y el de
actuar corresponden a quienes pagan, y no a quienes reci­
ben.
Una constitución es propiedad de una nación, y no de
quienes ejercen el gobierno. Todas las constituciones de
Am érica declaran que se establecen por la autoridad del pue­
blo. En Francia se utiliza la palabra nación en lugar de la de
pueblo, pero en ambos casos una constitución es algo que
antecede al gobierno, y que siempre es distinto de éste.
En Inglaterra no resulta difícil percibir que todo tiene una
constitución, salvo la nación. Toda sociedad o asociación
que se instituye conviene antes en varios artículos iniciales, a
los que da una form a y que pasan a ser su constitución. Des­
pués nom bra a sus cargos, cuyas facultades y cuyos poderes
se describen en esa constitución, con lo cual se inicia el go­
bierno de esa sociedad. Los cargos, cualquiera sea el nombre
que se les dé, no tienen facultad alguna para añadir, modifi­
car ni abreviar los artículos originales. Este derecho no lo
tiene más que el poder constituyente. Como el D r. Johnson
y todos los autores de su estilo no comprenden la diferencia
entre una constitución y un gobierno, siempre acaban con­
fundidos. No podían por menos de percibir que necesaria­
mente tenía que haber un poder controlador que existiera en
alguna parte, y lo atribuyeron a la discreción de las personas
200 Thomas Paine

que ejercían el gobierno, en lugar de atribuirlo a una consti­


tución formada por la nación. Cuando se atribuye a una
constitución, ésta goza del apoyo de toda la nación, y los po­
deres de control natural y político se hacen uno. Las leyes
que promulgan los gobiernos no controlan a los hombres
sino como individuos, pero la nación, por conducto de su
constitución, controla a todo el gobierno, y tiene la capaci­
dad natural para hacerlo. Por lo tanto, la facultad última de
control y la facultad constituyente inicial no son sino una y
la misma facultad.
El D r. Johnson no podía haber expuesto una actitud tal
en un país en el que hubiera constitución, y él mismo es
prueba de que en Inglaterra no existe eso llamado constitu­
ción. Pero cabe plantear una pregunta, que no estaría mal
investigar. Que si no existe constitución cómo es que se ge­
neralizó tanto la idea de su existencia *.
A fin de responder a esta pregunta es necesario contem­
plar una constitución en sus dos aspectos: primero, en el de
crear un gobierno y conferirle facultades; segundo, en el de
regular y limitar las facultades que así se han concedido.
Si empezamos con Guillerm o de Normandía, nos encon­
tramos con que el gobierno de Inglaterra fue inicialmente
una tiranía, fundada en la invasión y la conquista del país.
Una vez reconocido esto, se apreciará que las tentativas rea­
lizadas por la nación en diferentes períodos de abatir esa ti­
ranía y hacer que fuera menos intolerable es lo que ha recibi­
do el nombre de constitución.
La Magna Carta, como se le llamó entonces (hoy día no
vale más que un almanaque de la misma fecha), no fue más
que la obligación impuesta al gobierno de renunciar a parte
de lo que se había arrogado. No creó ni dio facultades al go­
bierno de la form a en que lo hace una constitución, pero,
hasta donde llegaba, tenía el carácter de una reconquista, y
no de una constitución, pues de haber podido la nación ex­
pulsar totalmente a la usurpación como ha hecho Francia
con su despotismo, entonces habría tenido una constitución en
forma.

* Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. del T.)


Derechos del Hombre 201

* La historia de los Eduardos y los Enriques, y hasta el


comienzo de los Estuardo, da muestras de tantos actos de ti­
ranía como se podían com eter dentro de los límites a los que
la había restringido la nación. Los Estuardos trataron de
sobrepasar esos límites, y conocido es el destino que su­
frieron. En todos estos casos no advertimos nada que tenga
que ver con una constitución, sino únicamente con restric­
ciones del poder arrogado.
Después de esto, otro Guillerm o, descendiente de la mis­
ma raza y reivindicador del mismo origen, fue el que obtuvo
posesión, y de los dos males, Jacobo y Guillermo, la nación eli­
gió al que consideró menor, pues dadas las circuntancias ha­
bía de aceptar uno. Aquí se presenta la ley llamada Declara­
ción de. Derechos9. ¿Y qué es eso sino un trato que hicieron
las partes del gobierno entre sí para dividirse poderes, bene­
ficios y privilegios? Tú te quedas con tanto y yo con el resto;
y, en cuanto a la nación, le dijo: por tu parte t ú tendrás el d e ­
recho de petición. A l ser así el caso, la Declaración de Derechos
es más bien la declaración de entuertos e injurias. En cuanto
a lo que se califica de parlamento-convención, fue algo que
se creó a sí mismo, y después estableció las facultades con­
form e a las que actuó. Unos cuantos se reunieron y se dieron

* Este párrafo y los tres siguientes formaron la tercera parte de la instruc­


ción contra Paine, y se omiten en la edición de Symonds con la siguiente ex­
plicación: «Aquí siguen, en la página 52 de la edición original, cuatro párra­
fos que forman unas dieciocho líneas de texto tan apretado como el de esta
edición. Son una continuación del argumento que demuestra cómo se han
tomado por constitución las restricciones al poder arrogado originalmente.
Pero como esos párrafos forman parte de la instrucción y aparecerán en pú­
blico con los alegatos de cargo y de descargo, cuando se llegue a juicio, no se
reproducen ahora literalmente, salvo el primero de ellos que se añade en la
nota adjunta, con el fin de mostrar el ánimo de la parte fiscal y el tipo de ar­
gumento que ésta ha escogido en la obra como acusatorio. N. B.—El total de
los diversos párrafos omitidos de esta obra no pasa dos páginas de texto
igual que el de la presente edición, y en ésta se apreciará el lugar que ocupa­
ban en la primera.» Y añade Paine: «Pregunta: ¿pretende la parte fiscal negar
que los Eduardos y los Enriques cometieron actos de tiranía? ¿Pretende ne­
gar que los Estuardo trataron de sobrepasar los límites que había establecido
la nación? ¿Pretende calificar de difamador a todo el que diga que sí ios c o ­
m e t i e r o n ? » (Esta nota, la más completa de varias ediciones consultadas, pro­
cede de la de Bonner, págs. 167 y 168. .Y. del T.) .
202 Thomas Paine

ese nombre. Varios de ellos nunca habían sido elegidos, y


ninguno de ellos lo había sido para ese fin.
A partir de Guillerm o fue surgiendo una especie de go­
bierno que dimanaba de aquella Declaración de Derechos de
coalición, y aumentó sus poderes desde la corrupción intro­
ducida con la sucesión de Hanover, por actuación de W alpo-
le10, mediante lo que no cabe calificar sino de legislación des­
pótica. Aunque las partes se ataquen las unas a las otras, el
todo no conoce límites,.y el único derecho que reconoce fue­
ra del suyo propio es el derecho de petición. Entonces, ¿dón­
de está la constitución que da el poder o lo limita?
Porque una parte del gobierno sea electiva, no deja éste de
ser despótico si las personas elegidas poseen después, como
parlamento, poderes ilimitados. En este caso, la elección
pasa a separarse de la representación, y los candidatos son
candidatos al despotismo.
No puedo creer que nación alguna, de razonar por cuenta
propia, hubiera imaginado llamar a esas cosas constitución, si el
gobierno no hubiera lanzado el grito de constitución. Ha en­
trado en circulación, igual que algunas palabras nuevas como
pelma o adivinanza, a fuerza de repetirse en los discursos del
Parlamento, como si estas palabras estuvieran en las venta­
nas y en las puertas; pero sea lo que sea la constitución en
otros respectos, no cabe duda de que ha sido la máquina más
productiva de tributación que jam ás se inventara. Los tributos en
Francia, en virtud de la nueva constitución, no llegan a los
trece chelines por cabeza *, y los tributos en Inglaterra, bajo
eso que se califica de su constitución actual, son de cuarenta
y ocho chelines y seis peniques por cabeza — hombres, muje­

* La suma total de tributos impuestos en Francia, en el presente año, es


de trescientos millones de libras francesas, o sea, de doce millones y medio
de libras esterlinas, y los tributos secundarios se calculan en tres millones,
con lo que el total es de quince millones y medio, lo cual, entre veinticuatro
millones de personas, no llega a trece chelines por cabeza. Francia ha reduci­
do sus tributos desde la revolución en casi nueve millones de libras esterli­
nas al año. Antes de la revolución la ciudad de París pagaba un derecho de
más del treinta por ciento sobre todos los artículos que entraban en la ciu­
dad. Ese tributo se pagaba a las puertas de la ciudad. Se eliminó el primero
de mayo pasado y se quitaron las puertas. (Nota del autor.)11
Derechos del Hombre 203

res y niños— , que equivalen casi a diecisiete millones de li­


bras esterlinas, además de los gastos de la recaudación, que
asciende a más de un millón más.
En un país como Inglaterra, donde toda la gobernación
civil está en manos de la gente de cada villa y cada condado
mediante funcionarios de la parroquia, jueces, sesiones de los
tribunales, jurados, etc., sin ninguna intervención de eso que
llaman el gobierno, ni ningún gasto para el fisco salvo el
sueldo de los magistrados, es asombroso cómo puede em­
plearse tal masa de tributos. Ni siquiera la defensa interna
del país se paga con cargo al fisco. Con cualquier pretexto,
sea real o inventado, se recurre constantemente a nuevos
empréstitos y nuevos impuestos. No es de extrañar, pues,
que se deban hacer tantos elogios de una maquinaria de go­
bierno tan beneficiosa para los partidarios de una corte. No
es de extrañar, pues, que St. Jam es’ o St. Stephen’s resuenen
con el eco del grito constante de constitución. No es de ex­
trañar, pues, que se repruebe la constitución francesa y se
trate con reproche a la res-publica. El libro rojo de Inglaterra,
al igual que el libro rojo de Francia, explicará la razón *.

A hora, para entretenernos, dedicaré un pensamiento o


dos al Sr. Burke. Le pido perdón por haberlo descuidado
tanto tiempo.
«América», dice (en su discurso acerca del Proyecto de ley
sobre la Constitución del Canadá), «jamás soñó una doctrina
tan absurda como la de los Derechos del Hombre.»
El Sr. Burke supone tantas cosas, y expone sus afirma­
ciones y sus premisas con tal falta de juicio, que aun sin me­
ternos en los principios de la filosofía ni de la política, las
meras conclusiones que producen son ridiculas. Por ejemplo:
Si los gobiernos, como afirma el Sr. Burke, no se basan en
los Derechos del h o m b r e , y se fundan en algún derecho, el
que sea, en consecuencia deben fundarse en el derecho de
algo que no es hombre. Entonces, ¿qué es ese algo?
En términos generales no conocemos ningún ser que ha­

* Lo que se llamaba livrt rouge, o libro rojo, en Francia no era exactamente


igual que el calendario de la c o r te en Inglaterra, pero demostraba bastante
bien cómo se derrochaba gran parte de los tributos. (Nota del autor.)
204 Thomas Paine

bite la Tierra y que no sea u hombre o animal, y en todos los


casos en que no se dispone más que de dos opciones, y se ha
de elegir una de ellas, o negar una de ellas, ello equivale a
afirmar la otra, y por lo tanto el Sr. Burke, al establecer
pruebas en contra de los Derechos del Hombre, establece
pruebas a favor del animal, y en consecuencia demuestra que
el gobierno es un animal, y como a veces las cosas difíciles
se explican mutuamente, así entendemos el origen de que se
guarden animales feroces en la T orre12, pues desde luego no
pueden servir más que para demostrar el origen del go­
bierno. Ocupan el lugar de una constitución. A y, John
Bull13, qué honores has perdido por no ser un animal salvaje.
Conforme al sistema del Sr. Burke podrías haberte pasado la
vida en la Torre.
Si los argumentos del Sr. Burke no tienen suficiente peso
para inspirarle seriedad a uno, es menos culpa mía que suya,
y como estoy dispuesto a presentar excusas al lector por la
libertad que me he tomado, espero que el Sr. Burke también
le presente las suyas por haber dado el motivo.
Así, tras rendir al Sr. Burke el homenaje de recordarlo,
vuelvo al tema.
Debido a la ausencia de una constitución en Inglaterra
que modere y regule el impulso salvaje del poder, muchas de
las leyes son irracionales y tiránicas, y su administración es
vaga y problemática.
Parece que la atención del gobierno de Inglaterra (pues
prefiero darle ese nombre que el de gobierno inglés), desde
su vinculación política con Alemania, ha estado tan comple­
tamente centrada y absorbida por los asuntos exteriores y
por los medios de recaudar contribuciones que no parece
existir para ningún otro propósito. Se descuidan las cuestio­
nes nacionales, y por lo que respecta al derecho normal, ape­
nas sí existe tal cosa *.
Hoy día, casi todos los casos han de fallarse conform e a
algún precedente, tanto si este precedente es bueno como
si es malo, o si es correcto aplicarlo como si no, y la práctica

* Este párrafo, cuarto en la instrucción del proceso de Paine, se omite en


varias ediciones modernas. (N. i e l T.)
Derechos del Hombre 205

se ha generalizado tanto como para inspirar sospechas de


que obedece a una política más profunda de lo que aparece a
prim era vista.
Desde la revolución de América, y más aún desde la de
Francia, esta prédica de las doctrinas de los precedentes, ex­
traída de tiempos y circunstancias anteriores a esos aconteci­
mientos, ha sido la práctica estudiada del gobierno inglés. La
m ayor parte de esos precedentes se funda en principios y
opiniones que son lo contrario de lo que deberían ser, y
cuanto mayor sea la distancia en el tiempo de la que se ex­
traen, más se debe sospechar de ellos. Pero, al relacionar
esos precedentes con una reverencia supersticiosa por las co­
sas antiguas, al igual que los monjes muestran reliquias y las
califican de sagradas, la mayor parte de la humanidad se ve
engañada y cae en la trampa. Hoy día, los gobiernos actúan
como si temieran despertar una sola reflexión en el hombre.
Llevan a éste blandamente al sepulcro de los precedentes
con objeto de embotar sus facultades y apartar su atención
del escenario de las revoluciones. Creen que está adquiriendo
conocimientos con más rapidez de lo que ellos desean, y su
política de los precedentes es el barómetro de sus temores.
El papado político, al igual que el papado eclesiástico anti­
guo, ya está pasado, y está acelerando su propio mutis. La
astrosa reliquia y el precedente anticuado, el monje y el mo­
narca, se pudrirán juntos.
El gobierno por precedentes, sin consideración alguna del
principio del precedente, es uno de los sistemas más viles
que puedan establecerse. En muchos casos, el precedente de­
bería funcionar como advertencia, y no como ejemplo, y
debe evitarse, en lugar de imitarse, pero en lugar de esto, se
toman los precedentes en bloque y se hacen pasar de golpe
por constitución y por ley.
G bien la doctrina de los precedentes es una política para
m antener al hombre en un estado de ignorancia, o bien es
una confesión práctica de que la sabiduría degenera en los
gobiernos a medida que los gobiernos van haciéndose viejos,
y no pueden sino renquear con ayuda de los bastones y las
muletas de los precedentes. ¿Cómo es que las mismas perso­
nas que estarían orgullosas de que se las considerase más sa­
206 Thomas Paine

bias que sus predecesores no aparecen al mismo tiempo sino


como los fantasmas de una sabiduría desaparecida? ¡De qué
form a tan extraña se trata a la antigüedad! Para unos fines se
habla de ella como un tiempo de tinieblas y de ignorancia, y
para otros se la pone como faro del mundo.
Si ha de seguirse la doctrina de los precedentes, no es ne­
cesario que los gastos del gobierno sigan siendo los mismos.
¿Por qué se ha de pagar de forma extravagante a hombres
que tienen tan poco que hacer? Si todo lo que puede suce­
der tiene ya un precedente, ha terminado la legislación, y el
precedente, al igual que un diccionario, es el que determina
cada caso. Por ende, o bien1el gobierno ha llegado a su se­
nectud, y es preciso renovarlo, o bien ya se han dado todas
las ocasiones para que ejercite su sabiduría.
Hoy día advertimos en toda Europa, y particularmente en
Inglaterra, el curioso fenómeno de una nación que mira en
una dirección y el gobierno en la opuesta: una hacia adelante
y el otro hacia atrás. Si los gobiernos van a continuar con­
form e al precedente, mientras las naciones continúan mejo­
rando, habrán de llegar por útimo a una separación definiti­
va, y cuanto antes, y de form a más civilizada, determinen
este aspecto, mejor *.
Tras hablar así de las constituciones en general, como
cosa distinta de lós gobiernos efectivos, pasemos a conside­
rar las partes de que se compone una constitución.
Las opiniones difieren más a este respecto que en relación
con el todo. El que una nación deba tener una constitución,
como norma, para el funcionamiento de su gobierno es üna

* En Inglaterra, las mejoras en la agricultura, las artes aplicadas, las ma­


nufacturas y el comercio, se han introducido en oposición al genio de su go­
bierno, que es el de seguir los precedentes. Es gracias a la empres^ y la in­
dustria de los individuos, y por sus múltiples asociaciones, en las que, por
hablar claramente, el gobierno ni pincha ni corta, como se han introducido
esas mejoras. A nadie se le ocurrió pensar en el gobierno, ni en quién estaba
en él o juera de él, cuando las planeaba o ejecutaba, y lo único que cada uno
podía esperar, por lo que respectaba al gobierno, era que lo dejara en p a z Hay
tres o cuatro periódicos ministeriales muy necios que ofenden constante­
mente al espíritu de mejora nacional al atribuir esas mejoras a un ministro.
Igual de veraz sería que atribuyeran este libro a un ministro. (Nota d el au­
tor.)
Derechos del Hombre 207

cuestión sencilla en la cual todos los hombres que no sean


cortesanos ellos mismos estarán de acuerdo. Es únicamente
acerca de las partes componentes en lo que se multiplican
las cuestiones y las opiniones.
Pero esta dificultad, al igual que cualquier otra, disminuirá
cuando se la ponga en condiciones de que se la comprenda
bien.
Lo prim ero es que una nación tiene derecho de establecer
una constitución.
El que al principio ejercite ese derecho de la manera más
juiciosa o no, es algo completamente distinto. Lo ejercita
conforme al juicio que posee, y al seguir haciéndolo acabará
por eliminar todos los errores.
Cuando se establece ese derecho en una nación, no hay te­
m or de que se emplee en su propio perjuicio. A una nación
no le puede interesar equivocarse.
Aunque todas las constituciones de América se basan en
un principio general, sin embargo, no hay dos de ellas que
sean exactamente iguales en las partes que las componen ni
en la distribución de poderes que dan a los gobiernos exis­
tentes. Algunas son más complejas y otras menos.
A l form ar una constitución, lo primero que se necesita es es­
tudiar cuáles son los fines para los que es necesario el gobierno.
En segundo lugar, cuáles son los medios mejores, y menos ca­
ros, para alcanzar esos fines.
El gobierno no es más que una asociación nacional, y el
objetivo de esa asociación es el bien de todos, tanto indivi­
dual com o colectivamente. Todo hombre desea dedicarse a
su ocupación y gozar de los frutos de su trabajo y de su pro­
piedad en paz y seguridad, y con el menor gasto posible.
Cuando se logran esas cosas, se logran todos los objetivos
para los que se debe establecer un gobierno.
Ha sido habitual considerar al gobierno bajo tres epígrafes
generales diferentes. El legislativo, el ejecutivo y el judicial.
Pero si permitimos que nuestro juicio actúe sin dejarse,
aherrojar por el hábito de la multiplicación de los términos,
no podemos percibir sino dos divisiones del poder, que jun­
tas componen el poder civil, es decir, la de legislar o pro­
mulgar leyes y la de ejecutarlas o administrarlas. Por lo tan-
208 Thomas Paine

to, todo lo relativo al gobierno civil se clasifica en una u otra


de estas dos divisiones.
P or lo que respecta a la ejecución de las leyes, lo que se
califica de poder judicial es estricta y correctamente el poder
ejecutivo de cada país. Es el poder al que ha de recurrir cada
individuo y gracias al cual se ejecutan las leyes; tampoco dis­
ponemos de ninguna otra idea clara con respecto a la ejecu­
ción oficial de las leyes. En Inglaterra, y también en A m éri­
ca y Francia, este poder empieza con el juez y va ascendien­
do por todos los tribunales de justicia.
Dejo a los cortesanos la tarea de explicar lo que significa
el calificar a la monarquía de poder ejecutivo. Es meramente
un nombre en el cual se realizan los actos del gobierno, y
para ese fin bastaría con cualquier otro, o con ninguno. Las
leyes no tienen más ni menos autoridad por ese concepto.
Debe ser por lo justo de sus principios, y por el interés que
una nación siente en ellos, por lo que obtengan apoyo; si les
hace falta algo más, ello es signo de que hay algo en el siste­
ma de gobierno que es imperfecto. Las leyes que es difícil
ejecutar no pueden ser generalmente buenas.
En to que respecta a la organización del poder legislativo, se
han adoptado diferentes modos según los países. En A m éri­
ca está integrado generalmente por dos cámaras. En Francia
no tiene más que una, pero en ambos países es totalmente
representativo *.
La cuestión es que la humanidad (debido a la larga tiranía
del poder arrogado) ha tenido tan pocas oportunidades de
hacer las pruebas necesarias de modos y principios de go­
bierno para descubrir el mejor, que el gobierno no se está empe­
zando a conocer basta ahora, y todavía falta experiencia para de­
terminar muchos aspectos.
Las objeciones en contra de dos cámaras son, en prim er
lugar, que existe una incoherencia en que una parte de un
todo legislativo llegue a una decisión final por votación so­
bre cualquier asunto, mientras que ese asunto, con respecto a
ese todo, está todavía sometido a deliberación, y en conse­
cuencia es susceptible de nuevas ilustraciones.

* Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. Jet T.)


Derechos del Hombre 209

En segundo lugar. Que al someter cada asunto a votación


en ambas cámaras, como órganos separados, siempre admite
la posibilidad, y así suele ocurrir en la práctica, de que la mi­
noría gobierne a la mayoría, y en algunos casos hasta un grado
de gran incoherencia.
En tercer lugar. Que el que dos cámaras se refrenen o
controlen arbitrariamente la una a la otra es incoherente,
pues no puede demostrarse conforme a los principios de la
justa representación que la una deba ser más sabia o mejor
que la otra. Pueden refrenar en lo malo igual que en lo bue­
no, y por ende, el conferir el poder cuando no podemos im­
partir la sabiduría para utilizarlo, ni estar seguros de que se
vaya a utilizar correctamente, hace que el remedio sea por lo
menos igual de grave que la enfermedad *.

* Con respecto a las dos cámaras de que está compuesto el Parlamento


inglés, parecen estar efectivamente fusionadas en una, y como asamblea le­
gislativa no tener un temperamento propio. El ministro, quienquiera que sea
en un momento determinado, la toca con una varita de opio y ella duerme
obediente.
Pero si contemplamos las diferentes capacidades de ambas cámaras, la di­
ferencia parecerá tan grande que revelará la incoherencia de atribuir el poder
cuando no puede haber certidumbre del juicio para utilizarlo. Por terrible
que sea el estado de la representación en Inglaterra, da muestras de gran vi­
rilidad en comparación con eso que se llama Cámara de los Lores, y en tan
poco se tiene a la cámara de ese apodo que la gente raras veces ni siquiera
pregunta lo que está haciendo en cualquier momento dado. Parece también
ser la más sometida a influencias y la más distante del interés general de la
nación. En el debate sobre la entrada en la guerra entre Rusia y Turquía54,
la mayoría en la Cámara de los Lores a favor fue de más de noventa, cuan­
do en la otra cámara, cuyo número es de más del doble, la mayoría fue de
sesenta y tres.
También merece la pena destacar los trabajos en torno al proyecto de ley
del Sr. Fox, relativo a los derechos de los jurados. Las personas llamadas pa­
res del reino no eran los objetos de ese proyecto de ley. Ya están en pose­
sión de más privilegios de los que ese proyecto de ley confería a los demás.
Ellos son su propio jurado, y si cualquiera de esa cámara se viera procesado
por libelo, no purgaría pena, ni siquiera en caso de ser condenado, por el
primer delito. Esa desigualdad de la ley no debiera existir en ningún país. La
Constitución francesa dice que los mismas delitos se castigarán con las mismas pe­
nas, sin ninguna distinción por la calidad de las personas. (Nota del autor.)
[Las trece o catorce primeras líneas de esta nota —omitida en algunas edi­
ciones modernas-“ - formaron la parte siguiente de la instrucción contra Pai­
ne. (N. d el TJ)
210 Thomas Paine

La objeción contra una sola cámara es que siempre existe


la posibilidad de que se comprometa demasiado pronto. Pero
al mismo tiempo debería recordarse que, cuando existe una
constitución que define sus facultades y establece los princi­
pios conforme a los cuales debe actuar una asamblea legisla­
tiva, ya se establece un freno más efectivo, y mucho más po­
tente, de lo que pueda ser cualquier otro. P or ejemplo:
Si se presentara ante cualquiera de las asambleas legislati­
vas americanas un proyecto de ley como el que promulgó el
Parlamento inglés al comienzo del reinado de Jorge I, en el
sentido de prolongar la duración de las asambleas por un pe­
ríodo más largo del que se retinen actualmente, el freno está
en la constitución, que de hecho dice: Hasta ahí se puede lle­
gar, y ni un paso más.
Pero a fin de eliminar la objeción a una sola cámara, la de
actuar por impulsos demasiado rápidos, y al mismo tiempo
evitar las incoherencias, en algunos casos los absurdos, de la
existencia de dos cámaras, se ha propuesto el siguiente m éto­
do como perfeccionamiento de los dos.
Lo primero, no tener más que una representación.
Lo segundo, dividir esa representación, por sorteo, en dos
o tres partes.
Lo tercero, que cada proyecto de ley que se proponga se
debata en esas partes por sucesión, que cada una de ellas es­
cuche a las otras, pero sin proceder a votación alguna. Des­
pués de lo cual toda la representación se reúna para un debate
general y para determinar el asunto por votación.
A este perfeccionamiento propuesto se ha añadido otro,
con objeto de mantener a la representación en un estado de
renovación constante, y es que un tercio de los representan­
tes de cada condado cese al term inar un año, y su número se
reemplace mediante nuevas elecciones. O tro tercio al cabo
del segundo año, al que se sustituye de igual modo, y cada
tres años se celebran elecciones generales *.

* En cuanto al estado de la representación en Inglaterra, es demasiado ab­


surdo para que quepa razonarlo. Casi todas las partes representadas tienen
una población cada vez menor, y las partes no representadas, cada vez
mayor. Hace falta una convención general de la nación para que estudie
todo el estado de su gobierno, (Nota de! autor.)
Derechos del Hombre 211

Pero cualquiera sea la form a en que se ordenen las distin­


tas partes de una constitución, existe un principio general
que distingue a la libertad de la esclavitud, y es que todo go­
bierno hereditario sobre un pueblo es p ara éste una forma de esclavi­
tud,y elgobierno representativo es ¡a libertad.
Si se considera el gobierno bajo la única luz que se debe
considerar, l a de una a s o c i a c i ó n n a c i o n a l , debería estar
form ado de tal modo que no se viera afectado por nin­
gún accidente que ocurriese entre las partes, y por ende, no
debería ponerse en manos de ningún individuo poder ex­
traordinario alguno que pudiera tener ese efecto. La muerte,
la enfermedad, la ausencia o la deserción de cualquier indivi­
duo de un gobierno no debería ser cuestión de más conse­
cuencia, con respecto a la nación, que si esa circunstancia le
hubiera ocurrido a un miembro del Parlamento inglés o de
la Asamblea Nacional francesa.
. Difícilmente puede haber algo que presente un carácter
más degradante para la grandeza nacional que el verse arro­
jada a la confusión por algo que le suceda a un individuo o
que éste cometa, y el carácter ridículo de la escena se ve a
menudo acentuado por la insignificancia natural de la perso­
na que lo ocasiona. Si hubiera un gobierno form ado de tal
modo que no pudiera funcionar a menos que hubiera un
ganso o un ánade presente en el senado, las dificultades se­
rían igual de grandes y de reales, en caso de vuelo o enfer­
medad del ganso, o del ánade, que si se le llamara Rey. Nos
reímos de los individuos por las necias dificultades que se
crean a sí mismos, sin percibir que las más ridiculas de todas
las cosas son las que se cometen en los gobiernos *.
Todas las constituciones de Am érica se basan en un plan
que excluye los pueriles problemas que ocurren en los países

* Se cuenta que en el cantón de Berna, en Suiza, existía la costumbre, des­


de tiempos inmemoriales, de mantener un oso a expensas públicas, y que se
había enseñado a la gente a creer que si no había un oso todo estaba perdi­
do, Sucedió hace unos años que el oso entonces existente cayó enfermo y
murió demasiado pronto para cubrir su plaza inmediatamente con otro. Du­
rante este interregno el pueblo descubrió que el trigo crecía, las viñas pros­
peraban, el sol y la luna seguían saliendo y poniéndose y todo seguía igual
que antes, y sintiéndose alentados por estas circunstancias, decidieron no te-
212 Thomas Paine

monárquicos. A llí no se puede producir una suspensión del


gobierno ni por un momento, en ninguna circunstancia en
absoluto. El sistema de representación atiende a todo, y es el
único sistema en el cual las naciones y los gobiernos pueden
aparecer siempre con su propio carácter.
A l igual que no se debería poner un poder extraordinario
en manos de ningún individuo, tampoco se deberían asignar
fondos públicos a persona alguna, por encima de lo que pue­
dan valer sus servicios al Estado. No importa que se le llame
presidente, rey, emperador, senador o por cualquier otro
nombre que la inteligencia o la necedad inventen o la arro­
gancia tome, pues es limitado el servicio que puede hacerle
al Estado, y el servicio de cualquiera de esos individuos en la
rutina del cargo, tanto si ese cargo se llame monárquico,
presidencial o senatorial, como si recibe cualquier otro nom­
bre o título, no puede nunca exceder la suma de diez mil li­
bras esterlinas al año. Todos los grandes servicios que se
prestan en el mundo los prestan personajes voluntarios, que
no aceptan nada por ellos; pero la rutina del cargo está siem­
pre ajustada a una norm a tan general de capacidades que en­
tra en la competencia de mucha gente del país el desempe­
ñarlo, y por ende no puede merecer una recompensa tan ex­
traordinaria. E l Gobierno, dice Swift, es algo semillo, y que entra
en la capacidad de muchas cabezas.
Es inhumano hablar de un millón de libras esterlinas al
año, pagado con cargo a los tributos públicos de ningún país
para el mantenimiento de un individuo, mientras millares
que están obligados a contribuir a esa suma penan de necesi­
dad y luchan con la miseria. El gobierno no consiste en el
contraste entre prisiones y palacios, entre pobreza y pompa;
no se ha instituido para robar al necesitado su pitanza y em-

ncr más osos, pues dijeron: «un oso es un animal muy voraz y caro, y tenía­
mos que arrancarle las uñas para que no hiciera daño a los ciudadanos».
La historia del oso se narró en algunos de los periódicos franceses en el
momento de la fuga de Luis XVI, y la aplicación a la monarquía no permitía
error en Francia, pero parece que la aristocracia de Berna se la aplicó a sí
misma, y desde entonces ha prohibido la lectura de la prensa francesa. (Nota
d el autor.)
[Párrafo omitido en varias versiones modernas. (N. del T.)]
Derechos del Hombre 213

peorar La miseria de los miserables. Pero de esta parte del


tema hablaré más adelante, y me limitaré a las observaciones
políticas.
Cuando se asignan un poder extraordinario y una remune­
ración extraordinaria a cualquier individuo de un gobierno,
se convierte en el centro, en torno al cual se genera y se fo r­
ma todo tipo de corrupción. Dad a cualquiera un millón al
aflo, y añadid a eso el poder de crear y disponer de empleos
a expensas del país, y las libertades de ese país ya no están a
salvo. Eso que llaman el esplendor del trono no es sino la
corrupción del Estado. Consiste en que una partida de parási­
tos viva en una indolencia lujosa a costa de los tributos pú­
blicos *.
Una vez establecido un sistema tan malvado, se convierte
en guardián y protector de todos los abusos menores. El
hombre que recibe un millón al año será el último que pro­
mueva un espíritu de reforma, por si acaso le llega a afectar
a él mismo. Siempre le interesará defender los abusos meno­
res, como murallas que protegen a la ciudadela, y en esta es­
pecie de fortificación política todas las partes tienen una de­
pendencia tan común que nunca es de prever que se ataquen
las unas a las otras **.
La monarquía no se habría mantenido tantos siglos en
este mundo de no haber sido por los abusos que protege. Es
la jefa de la banda, que protege a los demás miembros de
ella. A l admitir una participación en los despojos adquiere

* Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. del T.)


** Apenas sí resulta posible referirse a cualquier tema que no sugiera una
alusión a alguna corrupción en los gobiernos. Por desgracia, el símil de la
«fortificación» implica en sí mismo una circunstancia que guarda relación di­
recta con la cuestión aludida más arriba.
Entre los múltiples ejemplos de abusos cometidos o protegidos por los go­
biernos, antiguos o modernos, no hay ninguno mayor que el de imponer a
un hombre y a sus herederos al público, para que éste los mantenga a su cos­
ta. ’
La humanidad dicta que se atienda a los pobres, pero, ¿con qué derecho,
moral o político, se arroga ningún gobierno el decir que a la persona llamada
Duque de Richmond la ha de mantener el público? Y sin embargo, si lo que
se dice es cierto, no hay ni un mendigo en Londres que pueda comprar su
miserable porción de carbón sin contribuir a la lista civil del Duque de Rich­
mond. Si el producto total de esta imposición no ascendiera más que a un
214 Thomas Paine

amigos, y cuando cese de hacerlo cesará de ser el ídolo de los


cortesanos.
Igual que el principio sobre el que se forman hoy día las
constituciones rechaza toda pretensión hereditaria al gobier­
no, también rechaza todo ese catálogo de presunciones cono­
cido por el nombre de prerrogativas.
Si existe algún gobierno en el cual pudieran confiarse con
seguridad prerrogativas a algún individuo, es el gobierno fe­
deral de América. El presidente de los Estados Unidos de
América es elegido para un mandato de sólo cuatro años. No
sólo es responsable en el sentido general del término, sino
que en la Constitución se dispone un modo particular de so­
meterlo a juicio. No se le puede elegir si tiene menos de
treinta y cinco años de edad, y debe ser nacido en el país.
Si se compara esto con el gobierno de Inglaterra, las dife­
rencias con este último llegan a los límites del absurdo. En
Inglaterra, la persona que ejerce la prerrogativa es, muchas
veces, un extranjero; siempre es un medio extranjero y siem­
pre está casado con una extranjera. Nunca tiene una relación
natural o política plena con el país, no es responsable de
nada y alcanza la mayoría de edad a los dieciocho años; y,
sin embargo, a esa persona se le permite form ar alianzas ex­
tranjeras, sin ni siquiera el conocimiento de la nación, y de­
clarar la guerra o la paz sin su consentimiento.
Pero no es esto todo. Aunque esa persona no puede dis­
poner del gobierno en testamento, dicta los enlaces matri­
moniales, que, de hecho, tienen en gran parte el mismo efec­
to. No puede legar directamente la mitad del gobierno a
Prusia, pero puede form ar un matrimonio que producirá casi
idéntico efecto. En esas circunstancias es una suerte para In­
glaterra no estar situada en el Continente, pues de ser así, al

chelín al año, el principio seguiría siendo igualmente inicuo, pero cuando as­
ciende, como se dice que asciende, a nada menos que veinte mil libras ester­
linas al año, la enormidad es demasiado grave como para permitir que se
mantenga. Este es uno de los efectos de la monarquía y la aristocracia.
AI exponer este caso no me dejo llevar por la antipatía personal. Aunque
me parezca mezquino que alguien viva a costa del público, el vicio se origina
en el gobierno, y tanto se ha generalizado que no importa el que las partes
estén en el ministerio o en la oposición: cada una está segura de contar con
la garantía de la otra. (Nota del Autor.)
Derechos del Hombre 215

igual que Holanda, podría caer bajo la dictadura de Prusia.


Holanda, por matrimonio, está tan efectivamente gobernada
por Prusia como si el medio de lograrlo hubiera sido la tira­
nía absoluta de legar el gobierno en testamento.
En América, la presidencia (o, como se la llama a veces,
el ejecutivo) es el único cargo del que están excluidos los ex­
tranjeros, y en Inglaterra es el único al que se los admite. Un
extranjero no puede ser miembro del Parlamento, pero pue­
de ser eso que se llama rey. Si hay algún m otivo para excluir
a los extranjeros debería ser de los cargos en que más daño
se puede hacer, y en los que, al reunir todos los prejuicios
del interés y el linaje, más garantías hay de que se haga. Pero a
medida que las naciones avancen en la gran tarea de form ar
constituciones, examinarán con más precisión el carácter y
las tareas de ese departamento al que se llama ejecutivo.
Todo el mundo puede ver lo que hacen los departamentos
legislativo y judicial, pero con respecto a lo que, en Europa,
se califica del ejecutivo, como cosa distinta de los otros dos,
se trata de una superfluidad política o de un caos de cosas
desconocidas.
Lo único que hace falta es algún tipo de departamento ofi­
cial al que se envíen informes de las diferentes partes de la
nación, o desde el extranjero, para presentárselos a los repre­
sentantes nacionales; pero el llamar a esto ejecutivo no es
coherente, ni tampoco se lo puede considerar bajo ninguna
otra luz que la de ser inferior al legislativo. La autoridad so­
berana de cualquier país es la facultad para promulgar leyes,
y todo lo demás es un departamento oficial.
Después de ía ordenación de los principios y la organiza­
ción de las diversas partes de una constitución viene la dis­
posición que debe adoptarse respecto del sustento de las per­
sonas a las que la nación confiará la administración de las fa­
cultades constitucionales.
Una nación no puede tener derecho alguno al tiempo y los
servicios de ninguna persona a expensas de esa misma perso­
na, cuando opta por emplearla en algún departamento, el
que sea, o por confiárselo; tampoco puede aducirse ningún
m otivo para atender al sustento de una parte de un gobierno
y no de otra.
216 Thomas Paint

Pero si se reconoce que el honor de que se le confíe a uno


una parte de un gobierno debe considerarse como compen­
sación suficiente, debería ser así con respecto a todos por
igual. Si los miembros de la asamblea legislativa de un país
han de prestar servicios a sus propias expensas, el llamado
ejecutivo, sea monárquico o reciba cualquier otro título, de­
bería prestarlos en las mismas condiciones. Es incoherente
pagar a uno y aceptar gratis los servicios del otro.
En América se atiende de form a decente a todos los de­
partamentos del gobierno, pero a ninguno se le paga en de­
masía. A todos los miembros del Congreso y de las asam­
bleas se les da una subvención para sus gastos. Mientras que
en Inglaterra se atiende de la forma más pródiga al sustento
de una parte del gobierno y no se aparta nada en absoluto al
de la otra, con la consecuencia de que a la una se la dota de
los medios de corrom per y a la otra se la pone en condicio­
nes de corromperse. Con menos de una cuarta parte de ese
gasto, si se aplicara como en América, bastaría para poner
remedio a una gran parte de la corrupción.
O tra reforma que figura en las constituciones americanas
es la de haber terminado con todos los juramentos persona­
les. En América, el juramento de lealtad se hace sólo a la na­
ción. El poner una persona como emblema de la nación no
es correcto. El objetivo superior es la felicidad de la nación,
y por lo tanto la intención de un juramento de fidelidad no
debe verse oscurecida al hacerlo figuradamente a, o en nom­
bre de, ninguna persona. El juramento, el que en Francia se
llama juramento cívico, esto es, a la «nación, las leyes y el rey»i
no es correcto. Si se hace en absoluto, debería ser, com o en
América, únicamente a la nación. Las leyes pueden ser bue­
nas o no serlo, pero, en este caso, no pueden tener más senti­
do que el de ser conducentes a la felicidad de la nación, y
por ende están incluidas en ella. Es resto del juramento es im­
procedente dado que deberían aboliese todos los juramentos
personales. Son, por una parte, restos de la tiranía, y por la
otra de la esclavitud; y no se debería introducir el nombre
del c r e a d o r como testigo de la degradación de su crea­
ción, o si se hace, como ya se ha mencionado, como emble­
ma de la nación, en este lugar es una redundancia. Pero cua­
Derechos del Hombre 217

lesquiera sean las excusas que se formulen por los juramen­


tos cuando se establece un gobierno por primera vez, a par­
tir de entonces ya no se deberían permitir. Si un gobierno ne­
cesita el apoyo de juramentos, ello es señal de que no merece
apoyo, y no se le debería apoyar. Que el gobierno sea lo que
debe ser y será su propio apoyo.
Para concluir con esta parte del tema: uno de los mayores
perfeccionamientos que se han introducido en pro de la se­
guridad y el progreso perpetuos de la libertad constitucional
es la disposición que establecen las nuevas constituciones
para que se puedan revisar, modificar y alterar ocasional­
mente.
El principio sobre el que el Sr. Burke form ó su credo polí­
tico, el de «vincular y controlar a la posteridad, hasta el fin de los
tiempos, y de renunciar y abdicar para siempre de los derechos para
toda la posteridad», es hoy día algo demasiado detestable para
convertirlo en tema de debate, y por ende lo dejo de lado sin
tenerlo en cuenta más que para ponerlo al descubierto.
El gobierno es algo que hoy día apenas se está empezando
a conocer. Hasta ahora ha sido el mero ejercicio del poder,
que prohibía toda investigación efectiva acerca de los dere­
chos, y se basaba exclusivamente en la posesión. Mientras el
enemigo de la libertad fue su juez, los avances realizados por
los principios de aquélla deben haber sido verdaderamente
muy escasos.
Las Constituciones de América, así como la de Francia, han
fijado un período para su revisión o establecido el modo por
el cual pueden introducirse mejoras. Quizá resulte imposible
establecer algo que combine los principios con las opiniones
y la práctica, algo que la evolución de las circunstancias, a lo
largo de un período de años, no desordene o haga incohe­
rente en cierta medida, y por lo tanto, a fin de impedir que
se acumulen los inconvenientes, hasta que desalienten las re­
formas o provoquen revoluciones, lo mejor es establecer los
medios para regularlos según van apareciendo. Los D ere­
chos del Hombre son los derechos de todas las generaciones
de los hombres, y nadie puede monopolizarlos. Lo que mere­
ce continuar, continuará por su propio mérito, y en ello resi­
de su seguridad, y no en condición alguna con la que se pre­
218 Thomas Paine

tenda revestirlo. Cuando un hombre deja sus propiedades a


sus herederos, no las vincula con una obligación de que
hayan de aceptarlas. ¿Por qué, pues, hemos de hacer lo con­
trario por lo que respecta a las constituciones?
Las mejores constituciones que cabría idear hoy en día de
forma coherente con las circunstancias del momento actual
pueden quedar muy lejos de la excelencia que puede brindar
el transcurso de unos años. Existe un alborear de la razón
que se levanta sobre el hombre, en relación con los gobier­
nos, que no había aparecido anteriormente. A medida que va
expirando la barbarie de los actuales gobiernos antiguos, se
irá modificando la condición moral de las naciones, en sus
relaciones mutuas. No se educará al hombre con la idea sal­
vaje de considerar a su propia especie como su enemiga, por­
que el accidente del nacimiento trajera a los individuos a la
existencia en unos países distinguidos por diferentes nom­
bres y como las constituciones siempre tienen alguna rela­
ción tanto con circunstancias internas como externas, los
medios de aprovechar todo cambio, sea extranjero o interno,
deben form ar parte de toda constitución.
Ya advertimos una alteración en la disposición nacional
de Inglaterra y de Francia, cada una respecto de la otra, que
cuando volvem os atrás sólo unos años, es en sí misma revo­
lucionaria. ¿Quién podía haber previsto, o quién podía haber
creído, que una Asamblea Nacional francesa sería jamás ob­
jeto de brindis populares en Inglaterra, o que una de las dos
naciones pasara a desear la alianza entre ambas? Ello de­
muestra que el hombre, si no fuera por la corrupción de los
gobiernos, es naturalmente amigo del hombre, y que la natu­
raleza humana no es malvada por sí misma. El espíritu de
celos y de ferocidad que los gobiernos de ambos países insti­
garon, y que sometieron al objetivo de las tributaciones, cede
ahora ante los dictados de la razón, del interés y de la huma­
nidad. Empieza a comprenderse cuál es el negocio de las
cortes, y empieza a decaer la afectación de misterio, con toda
la brujería artificial con la que engañan a la humanidad. Ha
recibido una herida mortal, y aunque quizá aguante algo, va
a expirar.
El gobierno debería estar tan abierto a las mejoras como
Derechos del Hombre 219

lo está todo lo relativo al hombre, en lugar de lo cual se ha


visto monopolizado siglo tras siglo por los más ignorantes y
malvados de la raza humana. ¿Necesitamos más pruebas de
su miserable gestión que el exceso de deudas y de tributos
que hacen gemir a todas las naciones, o que las disputas en
que han sumido al mundo?
Como estamos empezando a salir de esa condición tan
bárbara, es demasiado temprano para determinar hasta qué
punto puedan llevarse las mejoras del gobierno. Por lo que
podemos apreciar, es posible que toda Europa form e una
sola y gran república, y que el hombre llegue a ser entera­
mente libre.
Capítulo V
Medios de mejorar la condición de Europa
intercalados con observaciones misceláneas

A l contemplar un tema que abarca con magnitud ecuato­


rial toda la región de la humanidad resulta imposible limitar
la investigación a un solo aspecto. Esa investigación se basa
en todos los caracteres y todas las condiciones propios del
hombre, y se refiere por igual al individuo, a la nación y al
mundo.
Una pequeña chispa, atizada en América, ha sido el origen
de una llama que no se puede apagar. Sin consumirse, como
la Ultima Ratio Regumli, va abriéndose camino de nación en
nación y va conquistando en actuación silenciosa. El hombre
se encuentra cambiado, sin apenas percibir cómo. Adquiere
un conocimiento de sus derechos al consagrarse justamente a
sus intereses y en el transcurso de ello descubre que la fuerza
y los poderes del despotismo consisten únicamente en el te­
m or a resistirse a él y que «si quiere ser libre basta con que lo de­
see» *.
Tras haber, en todas las partes precedentes de este libro,
tratado de establecer un sistema de principios como la base

* Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. del T.)

220
Derechos del Hombre 221

sobre la que se deberían erigir gobiernos, pasaré ahora a los


medios de llevarlos a la práctica. Pero a fin de introducir
esta parte del tema con más correción y de form a más eficaz,
hacen falta algunas observaciones preliminares, deducibles a
partir de esos principios o relacionadas con ellos.
Cualquiera sea la form a o la constitución del gobierno, no
debería tener más objetivo que la felicidad general. Cuándo,
por el contrario, actúa de modo tal que lo que crea es el mal,
o lo agrava, en cualquiera de las partes de la sociedad, enton­
ces se basa en un sistema erróneo y es necesaria la refor­
ma *.
El habla cotidiana ha consagrado la condición humana en
dos descripciones: vida civilizada e incivilizada. A la una ha
asignado la felicidad y la abundancia; a la otra los problemas
y las necesidades. Pero, por mucho que impresionen a nues­
tra imaginación la pintura y las comparaciones, sin embargo
sigue siendo verdad que gran parte de la humanidad en los
que se llaman países civilizados se halla en un estado de po­
breza y miseria muy por debajo de la circunstancia de los in­
dios. No hablo de ningún país determinado, sino de todos.
A sí ocurre en Inglaterra, así ocurre en toda Europa. Investi­
guemos la causa.
Esta no reside en ningún defecto natural de los principios
de la civilización, sino en que se ha impedido que esos prin­
cipios tengan un funcionamiento universal, la consecuencia
de lo cual es un sistema perpetuo de guerra y gastos, que es­
quilman al país e impiden la felicidad general de la que es ca­
paz la civilización.
Ningún gobierno europeo (con la excepción actual de
Francia) está construido sobre Jos principios de la civiliza­
ción universal, sino sobre todo lo contrario. En la medida en
que esos gobiernos guardan relación entre sí, se hallan en la
misma condición que concebimos como vida salvaje e incivi­
lizada, se ponen fuera de la ley tanto divina como humana, y
son, con respecto al principio y a la conducta recíproca,
igual que otros tantos individuos en estado natural *.
Los habitantes de cualquier país, bajo la civilización de las

* Idem.
222 Thomas Paine

leyes, se civilizan juntos con facilidad, pero como los gobier­


nos se hallan todavía en un estado incivilizado, y están casi
constantemente en guerra, pervierten la abundancia que pro­
duce la vida civilizada a fin de perpetuar todavía más la parte
incivilizada. A l injertar así la barbarie del gobierno en la ci­
vilización interna de un país, extraen de éste, y en particular
de sus pobres, una gran parte de los ingresos que deberían
aplicarse a su propia subsistencia y comodidad. Aparte de to­
das las reflexiones de la moral y la filosofía, es un hecho la­
mentable que más de una cuarta parte del trabajo de la hu­
manidad se ve consumida anualmente p or este bárbaro siste­
ma.
Lo que ha servido para perpetuar este mal han sido las
ventajas pecuniarias que todos los gobiernos de Europa han
hallado en el mantenimiento de ese estado de incivilización.
Les da pretextos para obtener poder e ingresos, cosas ambas
para las que no habría ocasión ni excusa si se hubiera cerra­
do el círculo de la civilización. El solo gobierno civil, o el
gobierno de la ley, no da pretextos para muchos tributos; ac­
túa dentro del país, de modo visible, y excluye la posibilidad
de grandes engaños. Pero cuando el escenario se establece
conforme a los argumentos incivilizados de los gobiernos, se
amplía el campo de los pretextos, y como el país ya no puede
juzgar, cae víctima de cualquier engaño que le plazca al go­
bierno hacerle.
Ni una trigésima, apenas sí una cuadragésima, parte de los
impuestos que se recaudan en Inglaterra tienen que ver con
los fines de la gobernación civil ni se aplican a ella. No re­
sulta difícil ver que lo único que hace el gobierno en sí a este
respecto es promulgar leyes, y que el país las administra y las
ejecuta a sus propias expensas, por conducto de jueces, jura­
dos, tribunales de primera y segunda instancia, además de
los impuestos que paga y por añadidura a ellos.
Cuando se considera así el caso, tenemos dos tipos de go­
bierno: uno es la gobernación civil, o gobierno de la ley, que
actúa internamente; el otro, el gobierno de corte o de gabi­
nete, que actúa en el extranjero, conform e al plan brutal de
la vida incivilizada; al uno se atiende con pocos gastos, al
otro con un derroche ilimitado, y tan distintos son entre sí
Derechos del Hombre 223

que, si el último de ellos se hundiera, por así decirlo, porque


de pronto se abriera la tierra, y desapareciera en su totalidad,
el otro no se vería perturbado, y seguiría adelante, porque es
del interés común de la nación que así lo hiciera, y ya existen
todos los medios para ello.
Las revoluciones, pues, tienen por objetivo el cambio de
la condición moral de los gobiernos, y con este cambio se re­
ducirá la carga de las contribuciones públicas y se permitirá
a la civilÍ2 ación el goce de esa abundancia de la que actual­
mente se le priva.
A l contemplar todo este tema amplío mis opiniones al de­
partamento del comercio. En todas mis publicaciones, cuan­
do el asunto lo permitía, he sido defensor del comercio, pues
soy amigo de sus efectos. Es un sistema pacífico, que actúa
para dar cordialidad a la humanidad, al hacer que tanto las
naciones como los individuos se sean mutuamente útiles. En
cuanto a la mera reform a teórica, nunca la he predicado. El
procedimiento más eficaz es el de mejorar la condición del
hombre por medio de su interés, y en esto baso mi actitud.
Si se permitiera que el comercio actuara en la medida uni­
versal de que es capaz, extirparía la guerra del sistema y pro­
duciría una revolución en el estado incivilizado de los go­
biernos. La invención del comercio surgió después de que
comenzaran los gobiernos, y es el mayor avance hacia la ci­
vilización universal que jamás se ha logrado, por medios que
no se deriven inmediatamente de principios morales.
Todo lo que tenga una tendencia a prom over la relación
civil entre las naciones mediante un intercambio de benefi­
cios es tema tan digno de la filosofía como de la política. El
com ercio no es más que el tráfico entre dos individuos, mul­
tiplicado en escala numérica; y la misma norma que la natu­
raleza se propuso para el intercambio de dos, se propuso
para el de todos. Para ese fin ha distribuido los materiales de
la manufactura y del comercio en varias y distintas partes de
cada nación y del mundo, y como no se pueden adquirir me­
diante la guerra con tanta baratura ni comodidad como por
el comercio, ha hecho que este último sea el medio de extir­
par a aquélla.
En consecuencia, como el uno es casi lo contrario de la
224 Thomas Paine

otra, el estado incivilizado de los gobiernos europeos es per­


judicial para el comercio. Cualquier tipo de destrucción o de
obstáculo sirve para reducir su cantidad, y poco importa en
qué parte del mundo comercial comience la reducción. A l
igual que ocurre con la sangre, no puede extraerse de una de las
partes sin reducir la masa total en circulación, y todas ellas
comparten la pérdida. Cuando se destruye la capacidad de
cualquier nación para comprar, eso afecta también a la capa­
cidad para vender. Si el gobierno de Inglaterra pudiera des­
truir el comercio de todas las demás naciones, arruinarla to­
talmente el suyo propio.
Una nación puede ser la transportista del mundo entero,
pero no puede ser la única comerciante. No puede ser la
vendedora y la compradora de su propia mercancía. La capa­
cidad para comprarla ha de residir fuera de sí misma, y por
ende la prosperidad de toda nación comercial se ve regulada
por la prosperidad del resto. Si son pobres, ella no puede ser
rica, y su condición, sea la que sea, es un índice de hasta
dónde llega la corriente comercial en otras naciones.
El que puedan comprenderse los principios del comercio,
y su funcionamiento universal, sin comprender la práctica es
algo que no puede negar la razón, y ésta es la única base en
la que fundo mi argumento al respecto. Una cosa es el de­
partamento de contabilidad de una empresa y otra el mundo.
Con respecto a su funcionamiento, debe contemplarse forzo­
samente como algo recíproco, pues sólo una mitad de sus fa­
cultades reside en la nación y el todo queda tan eficazmente
destruido mediante la destrucción de la mitad que reside fue­
ra como si la destrucción se hubiera cometido en la parte
que reside dentro, pues ninguna de ellas puede actuar sin la
otra.
Cuando en la última guerra, al igual que en las anteriores,
se hundió el comercio de Inglaterra fue porque su cantidad
se redujo en todas partes, y ahora aumenta porque el com er­
cio va en auge en todas las naciones. Si Inglaterra, hoy día,
importa y exporta más que en cualquier período anterior, las
naciones con las que comercia deben hacer forzosamente lo
mismo; las importaciones de Inglaterra son lo que ellas ex­
portan, y viceversa.
Derechos del Hombre 225

No puede existir cosa tal como el que una nación prospere


sola en el comercio; no puede más que participar en él, y su
destrucción en cualquier parte ha de afectar forzosamente a
todas. Por ende, cuando los gobiernos están en guerra, el
ataque se realiza contra una participación común en el co­
mercio, y la consecuencia es la misma que si cada uno de
ellos hubiera atacado al suyo propio. ■
El actual aumento del comercio no se debe atribuir a los
ministros, ni a ningún artilugio político, sino a su propio
funcionamiento natural como consecuencia de la paz. Los
mercados regulares estaban destruidos, las rutas del com er­
cio bloqueadas, el camino real de los mares infestado de la­
drones de todas las naciones, y la atención del mundo dis­
traída con otros asuntos. Esas interrupciones han cesado, y
la paz ha restaurado la condición desordenada de las cosas al
orden que les corresponde *.
Merece la pena señalar que cada nación calcula la balanza
comercial en su propio favor, y por ende algo debe haber de
irregular en las ideas comunes a este respecto.
Pero el dato es cierto, conform e a lo que se llama balanza,
y a eso se debe que el comercio goce de apoyo universal.
Cada nación advierte sus ventajas, o de lo contrario abando­
naría su práctica, pero el engaño reside en la form a de llevar
las cuentas, y en atribuir lo que se califica de utilidades a una
causa errónea.
El Sr. Pitt se ha divertido a veces mostrando lo que él ca­
lificaba de balanza comercial a partir de los libros de las
aduanas. Esta form a de circulación no sólo no establece un
criterio auténtico, sino que establece uno falso.
En prim er lugar, todo cargamento que sale de la aduana

* En América, el aumento del comercio es mayor proporcionalmente que


en Inglaterra. Es, actualmente, por lo menos de la mitad más que en cual­
quier período anterior a la revolución. El año que zarpó el mayor número de
navios del puerto de Filadelfia, antes del comienzo de la guerra, fueron entre
ochocientos y novecientos. El de 1788, ese número pasó de los mil doscien­
tos. Como se calcula que el estado de Pennsylvania tiene la octava parte de
la población de los Estados Unidos, el total de navios debe ser ahora de casi
diez mil. (Nota del autor.)
[Párrafoomitidoen varias ediciones modernas. (N otadelT.)]
226 Thomas Paine

aparece en el libro de cuentas como exportación, y conforme


a la balanza de la aduana, todas las pérdidas en el mar, o
causadas por quiebras extranjeras, se cuentan en el lado de
las utilidades, dado que figuran como exportaciones.
En segundo lugar, porque lo importado por el comercio
de contrabando no figura en los libros de las aduanas, para
deducirlo de las cifras de exportación.
Por epde, no cabe establecer, a partir de esos documentos,
una balanza que represente beneficios superiores, y si exami­
namos el funcionamiento natural del comercio, la idea es fa­
laz, y si fuera cierta pronto sería perjudicial. El mayor sus­
tento del comercio consiste en que la balanza represente un
equilibrio de los beneficios entre todas las naciones.
Si dos mercaderes de naciones diferentes comercian entre
sí, ambos se harán ricos, y cada uno establecerá la balanza en
su propio favor; en consecuencia, no se hacen ricos el uno a
expensas del otro, y lo mismo ocurre con respecto a las na­
ciones en que residen. De lo que se trata es de que cada na­
ción se debe hacer rica por sus propios medios, y aumentar
esas riquezas mediante algo que obtiene de otra en intercam­
bio.
Si un comerciante de Inglaterra envía un artículo de ma­
nufactura inglesa al extranjero que le cuesta un chelín en su
país, e importa algo que vende por dos, establece una balan­
za de un chelín a su favor, pero no lo obtiene a costa de la
nación extranjera ni del comerciante extranjero, pues éste
hace lo mismo con los artículos que recibe él, y ninguno se
lucra a costa del otro. El valor inicial de los dos artículos en
sus países de origen no era más que de dos chelines *, pero
al cambiar de lugar adquieren una nueva idea de valor igual
al doble del que tenían en un comienzo, y ese valor aumen­
tado se divide por igual.
Salvo eso, no existe una balanza del comercio exterior di­
ferente de la del interior. Los comerciantes de Londres y
Newcastle comercian conforme a los mismos principios,
como si residieran en diferentes naciones, y establecen sus

* Sic. (N. del T.)


Derechos del Hombre 227

balanzas de la misma manera; pero Londres no se enriquece


a costa de Newcastle, ni tampoco Newcastle a costa de Lon­
dres; pero el carbón, que es la mercancía de Newcastle, tiene
un valor adicional en Londres y a la mercancía de Londres
le ocurre lo mismo en Newcastle.
Aunque el principio de todo comercio es el mismo, el in­
terno, desde un punto de vista nacional, es la parte más be­
neficiosa, pues todas las ventajas, de ambas partes, se quedan
dentro de la nación, mientras que en el comercio exterior la
participación no es más que de la mitad.
El comercio menos beneficioso de todos es el relacionado
con la dominación extranjera. Para unos cuantos individuos
es posible que resulte beneficioso, meramente porque es co­
mercio, pero para la nación es una pérdida. El costo de man­
tener la dominación absorbe más recursos que el beneficio
de todo comercio. No aumenta la cantidad mundial general,
sino que actúa para disminuirla, y como sería mayor la masa
flotante si se renunciara a la dominación, la participación sin
el gasto sería más valiosa que una cantidad mayor con él
Pero resulta imposible aumentar el comercio mediante la
dominación, que por ende resulta tanto más falaz. El comer­
cio no puede existir en canales limitados, y por fuerza se sale
de ellos por medios regulares e irregulares, con lo que no se
logra ese objetivo, y si se lograra sería todavía peor. Francia,
desde la revolución, ha adquirido más indiferencia a las po­
sesiones exteriores, y lo mismo ocurrirá a otras naciones
cuando investiguen la form a en que esto afecta al comercio.
A l costo de la dominación debe añadirse el de las flotas de
guerra, y cuando se restan las sumas de ambas cosas de los be­
neficios del comercio, parecerá que la llamada balanza comer­
cial, aún de admitir que exista, no es algo de lo que goce la na­
ción, sino que absorbe el gobierno.
La idea de mantener armadas para la protección del com er­
cio es engañosa. Consiste en establecer medios de destruc­
ción, en lugar de medios de protección. El comercio no ne­
cesita de más protección que el interés recíproco que cada
nación siente por apoyarlo, pues es un bien común, existe
gracias al equilibrio de las ventajas que aporta a todos, y las
únicas interrupciones que sufre son las que le hace el actual
228 Thomas Paine

estado incivilizado de los gobiernos, que a todos interesa re­


form ar *.
Abandono este tema y paso a otras cuestiones. Como es
necesario incluir a Inglaterra en la perspectiva de la reforma
general, resulta procedente investigar cuáles son los defectos
de su gobierno. La única form a de mejorar el todo y de dis­
frutar de todos los beneficios de la reforma es que cada na­
ción reforme el suyo. D e las reformas parciales no pueden
derivarse sino beneficios parciales.
Francia e Inglaterra son los dos únicos' países de Europa
en que podría haberse iniciado felizmente una reform a del
gobierno. Como la una goza de la seguridad del océano, y la
otra de la inmensidad de su fuerza interna, podrían desafiar
a la malignidad del despotismo extranjero. Pero ocurre con
las revoluciones como en el comercio, que las ventajas au­
mentan al generalizarse, y duplican para ambas partes lo que
cada una recibiría si estuviera sola.
Mientras se abre un nuevo sistema a la visión del mundo,
las cortes europeas conspiran para contrarrestarlo. Se agitan
alianzas opuestas a todos los sistemas anteriores, y se va fo r­
mando un interés común de las cortes en contra del interés
común del hombre. Esta combinación establece una frontera
que recorre toda Europa y que representa una causa tan to­
talmente nueva que excluye todos los cálculos de las circuns­
tancias antiguas. Mientras el despotismo le hacía la guerra al
despotismo, al hombre no le interesaba el resultado; pero en
una causa que une al soldado con el ciudadano, y a la nación
con la nación, el despotismo de las cortes teme asestar un
golpe aunque advierte los peligros y medita la venganza.
En los anales de la historia jamás ha surgido una cuestión
que tuviera la importancia de la actual. No se trata de que
llegue al poder tal o cual partido, sea whig o conservador,

* Cuando vi la forma en que ei Sr. Pitt estimaba la balanza comercial, en


uno de sus discursos parlamentarios, me pareció que no sabía nada del ca­
rácter ni del interés del comercio, y nadie le ha infligido torturas más crueles
que él. Durante un período de paz se lo ha perseguido con las calamidades
de la guerra. Tres veces ha caído en el estancamiento, y los buques se han
visto desprovistos de tripulantes por la recluta forzosa, al cabo de menos de
cuatro años de pa2 . (Nota del autor.)
Derechos del Hombre 229

alto o bajo el que mande, sino de si el hombre va a recibir


sus derechos y va a producir la civilización universal. ¿Goza­
rá el hombre del fruto de su trabajo o se verá éste consumi­
do por la prodigalidad de los gobiernos? ¿Se abolirá en las
cortes el robo y en los países la miseria?
Cuando vemos, en países que se llaman civilizados, que
los ancianos van al asilo, y los jóvenes al patíbulo, es que
algo malo debe tener el sistema de gobierno. Parecería, por el
aspecto externo de esos países, que no existe más que felici­
dad, pero disimulada a la vista del observador común existe
una miseria enórme que apenas sí tiene posibilidades más
que de expirar en la pobreza o la infamia. Su llegada a la
vida se ve señalada por el presagio de su destino, y mientras
eso no se remedie, de nada vale imponer castigos.
El gobierno civil no consiste en realizar ejecuciones, sino
en establecer disposiciones tales para la instrucción de la ju­
ventud y el sustento de los ancianos que excluyan, en la me­
dida de lo posible, la prodigalidad de unos y la desesperación
de los otros. Pero, en lugar de eso, los recursos del país se
despilfarran en reyes, en cortes, en seres comprados, impos­
tores y prostitutas; e incluso los propios pobres, con todas
sus necesidades, se ven obligados a sustentar el fraude que
los oprime.
¿Cómo es que casi no se ejecuta a nadie más que a los po­
bres? Esa, entre otras cosas, es una prueba de lo triste de su
condición; Criados sin moral, y lanzados al mundo sin pers­
pectivas, son el sacrificio que se ofrece al vicio y a la barba­
rie legal. Los millones que se desperdician superfluamente
en gobiernos son más que suficiente para corregir esos males
y para mejorar la condición de todos los hombres de una na­
ción que no estén confinados en los recintos de una corte.
Espero hacer que ello resulte evidente según avanza esta
obra.
Es propio de la naturaleza de la compasión solidarizarse
con la desgracia. A l entrar en este tema no busco recompen­
sa ni temo a las consecuencias. Fortalecido con esa orgullosa
integridad que desdeña tanto la dominación como la sumi­
sión, propugno los Derechos del Hombre.
Tengo la suerte de haber tenido un aprendizaje en la vida.
230 Thomas Paine

Conozco el valor de la instrucción moral y he vivido los peli­


gros de lo contrario a ella.
Cuando yo era más joven, de poco más de dieciséis años,
siendo inexperto y aventurero, enardecido por el falso he­
roísmo de un maestro * que había servido en un buque de
guerra, me decidí a hacer mi propia fortuna y me embarqué
en el corsario E l Terrible, al mando del capitán Death. A fo r­
tunadamente, no pude correr aquella aventura ante los re­
proches afectuosos y morales de un buen padre, que por sus
propios hábitos de vida, por ser de fé cuáquera, debía empe­
zar a considerarme un perdido. Pero pese a la impresión que
me hizo en su momento, ésta empezó a desvanecerse, y des­
pués me embarqué en el corsario Rey de Prusia, al mando del
capitán Méndez, con el que zarpé. Pese a estos comienzos, y
con todos los inconvenientes de mis primeros años en mi
contra, me siento orgulloso al decir que con una perseveran­
cia a la que no afectaron las dificultades, y un desinterés que
ha merecido respeto, no sólo he contribuido a elevar un nue­
vo imperio en el mundo, fundado en un nuevo sistema de
gobierno, sino que he alcanzado una eminencia en la litera­
tura política, el más difícil de todos los estilos en que obte­
ner el éxito y en que destacar, que la aristocracia con todas
sus ventajas no ha logrado alcanzar ni rivalizar.
Conocedor de mi fuero interno, y sabiéndome como me
sé superior a toda escaramuza de partido, y a la obstinación
de los adversarios interesados o equivocados, no respondo a
las falsedades ni los impulsos, sino que paso a contemplar
los defectos del gobierno inglés **.

* El Rcv. William Knowles, maestro de la escuela secundaria de Thet-


ford, en Norfolk. (Nota d el autor.)
** La política y el egoísmo han venido teniendo una relación tan uniforme,
que el mundo, a fuerza de verse engañado tan a menudo, tiene derecho a
abrigar sospechas respecto de los personajes públicos, pero por lo que a mí
respecta estoy perfectamente tranquilo en ese capítulo. Cuando ingresé por
primera vez en la vida pública, hace casi diecisiete años, no consagré mis
ideas a las cuestiones de gobierno por motivos de interés, y mi conducta
desde aquel momento hasta ahora así lo demuestra. Advertí una oportunidad
en la que creí que podía hacer algún bien y seguí exactamente los dictados de
mi corazón. No leí libros ni estudié la opinión de otros. Pensé por mí mis­
mo. Lo que ocurrió fue lo siguiente:
Derechos del Hombre 231

Comenzaré por las cartas otorgadas y las corporaciones.


Es una contradicción de términos el decir que una carta
otorga derechos. Actúa con efecto contrario: el de arrebatar
derechos. Los derechos pertenecen de form a inherente a to­
dos los habitantes; pero las cartas otorgadas, al anular esos
derechos respecto de una mayoría, dejan el derecho, por ex­
clusión, en manos de unos pocos. Si las cartas estuvieran
constituidas de forma que expresaran en términos directos
«que todo habitante que no sea miembro de una corporación no ejerci­
tará el derecho de voto», esas cartas serían, evidentemente, car­
tas no de derechos, sino de exclusiones. El efecto es el mis­
mo bajo la form a que tienen actualmente, y las únicas perso­
nas a las que se aplican son las personas a las que excluyen.

Durante la suspensión de los gobiernos antiguos en América, tanto antes


del estallido de las hostilidades como durante éstas, me impresionó el orden
y el decoro con que se realizaba todo, así como la idea de que lo único que
podía hacer el gobierno era poco más de lo que la sociedad realizaba natu­
ralmente, y de que la monarquía y la aristocracia eran fraudes y engaños qué
se imponían a la humanidad. Conforme a estos principios publiqué el folleto
titulado El Sentido Común. El éxito que obtuvo fue superior a todos los ocu­
rridos desde que se inventó la imprenta. Cedí mis derechos a cada estado de
la Unión y la demanda fue de nada menos que cien mil ejemplares. Continué
con el tema de la misma manera con el título de Las Crisis hasta el triunfo
total de la revolución.
Tras la declaración de la independencia, el Congreso por unanimidad, y
sin mi conocimiemto, me nombró secretario en el departamento exterior. Ello
me agradó, pues me dio la oportunidad de estudiar las capacidades de las
cortes extranjeras y su manera de hacer las cosas. Pero un malentendido que
surgió entre el Congreso y yo acerca de uno de sus comisionados a la sazón
en Europa, el Sr. Silas Deane16, me llevó a dimitir de mi puesto y rechazar
al mismo tiempo los ofrecimientos pecuniarios hechos por los ministros de
Francia y España, M. Gerard y Don Juane Mirralles17.
Para entonces ya había conseguido yo la atención y la confianza de Amé­
rica hasta tal punto, y tan visible era mi propia independencia, que me per­
mitía escribir sobre gran variedad de asuntos políticos, tanta que quizá nadie
la haya poseído jamás en ningún país, y lo que es más extraordinario, mantu­
ve aquella variada gama sin disminuir hasta el final de la guerra, y sigo go­
zando de ellas hasta hoy día. Como mi objetivo no era egoísta, me lancé ade­
lante con la decisión, y por fortuna con la disposición, de no dejarme con­
mover por el elogio ni la censura, por la amistad ni la calumnia, ni dejarme
desviar de mi objetivo por ningún altercado personal, y quien no pueda ac­
tuar así no está capacitado para actuar en público.
Cuando terminó la guerra fui de Filadelfia a Borden Town, en la ribera
oriental del Delaware, donde tengo una pequeña finca. En aquella época el
232 Thomas Paine

Las otras, cuyos derechos quedan garantizados al no serles


arrebatados, no ejercitan más derechos que ios que les perte­
necen como miembros de la comunidad y sin necesidad de
una carta otorgada; y, por lo tanto, todas las cartas no tienen
sino un funcionamiento indirecto y negativo. No es que le
otorguen derechos a A , sino que establecen una diferencia a
favor de A al arrebatar el derecho a B, y en consecuencia
son instrumentos de la injusticia.
Tanto las cartas como las corporaciones tienen un. efecto
nocivo más amplio que el relativo meramente a las eleccio­
nes. Son fuentes de inacabables enfrentamientos en los luga­
res en que existen, y reducen los derechos comunes de la so­
ciedad nacional. Conforme al funcionamiento de estas cartas

Congreso estaba en Prince Town18, a quince millas de distancia, y el gene­


ral Washington había trasladado su cuartel general a Rocky Hill, cerca de)
Congreso, con el objeto de renunciar a su mando (dado que el objetivo para
el que lo había aceptado ya estaba logrado) y de retirarse a la vida privada.
Mientras se hallaba en esta misión me escribió la carta que reproduzco a
continuación:
«Rocky Hill, 10 de septiembre de 1783.
Después de llegar aquí he sabido que se halla usted en Borden-Town. No
sé si con ánimos de reposo o de economía. Sea por una de esas dos cosas,
por ambas o por lo que sea, si se sirviera usted venir aquí a tomar algo con­
migo, celebraría mucho verlo.
Su presencia puede recordar al Congreso los servicios que anteriormente
ha prestado a este país, y si de mí depende convencerlos, exija todos mis ser­
vicios con la mayor libertad, pues los prestará de muy buen grado quien tie­
ne un sentido muy vivo de la importancia de las obras de usted y que, con
gran placer, se confirma como su sincero amigo,
G. WASHINGTON.»
Durante la guerra, a fines del año 1780, me formé la idea de venir a In­
glaterra, y se lo comuniqué a! general Greene19, que se hallaba entonces en
Filadelfia camino hacia el sur, pues a la sazón ei general Washington se ha­
llaba a demasiada distancia para comunicar con él inmediatamente. Estaba
yo convencido de que si podía llegar a Inglaterra sin que se supiera, y nada
más que permanecer a seguro hasta que pudiera sacar a la lu2 una publicación,
entonces podría abrir los ojos del país a la locura y la estupidez de su gobier­
no. Advertía que los partidos del Parlamento ya se habían comprometido
hasta donde podían llegar y no podían ya comunicar nuevas impresiones el
uno al otro, hl general Greene estaba plenamente de acuerdo con mis opi­
niones, pero como inmediatamente después ocurrió el asunto de Arnold y
André20, cambió de opinión y, con grandes temores por mi seguridad, me
Derechos del Hombre 233

y corporaciones, no se puede decir que una persona nativa


de Inglaterra sea inglés en el sentido más pleno de la pala­
bra. No goza de la libertad de la nación de la misma manera
en que la goza un francés en Francia y un americano en
América. Sus derechos se circunscriben al pueblo, y a veces
a la parroquia, en que nació; y todas las demás partes, pese a
tratarse de su país natal, son para él como un país extranje­
ro. A fin de adquirir una residencia en ellas ha de someterse
a la naturalización local mediante la compra, o de lo contra­
rio se le prohíbe quedarse en el lugar y se lo expulsa de él.
La mayor parte de las ciudades corporativas se hallan en
un estado de decadencia despoblada, y lo único que les impi­
de caer más en la ruina es alguna circunstancia de su situa­
ción, como el estar junto a un río navegable, o el estar ro ­
deada de campos feraces. Como la población es una de las
principales fuentes de riqueza (pues sin ella hasta la tierra ca­
rece de valor), todo lo que actúe para reducirla debe reducir

escribió con gran urgencia desde Annapolis, en Maryland, para que renun­
ciara a mi proyecto, como hice con cierta renuencia. Poco después de esto
acompañé al coronel Laurens, hijo del Sr. Laurens-5, que estaba a la sazón
en la Torre, a Francia por encargo del Congreso. Desembarcamos en Lo-
rient, y mientras yo seguía allí y él continuaba viaje, ocurrió una circunstan­
cia que renovó mi antiguo proyecto. Entró en Lorient un buque inglés que
iba de Falmouth a Nueva York, con los despachos del gobierno a bordo. El
tomar un buque de carga no es nada extraordinario, pero apenas se creerá
que se tomaran los despachos, pues siempre se cuelgan de la ventana de la
cámara en una bolsa que contiene una bala de cañón, listos para hundirlos
en cualquier momento. La captura, según se me informó, se realizó median­
te la siguiente estratagema: cuando el capitán del corsario Madame¡ que ha­
blaba el inglés, se cruzó con el buque de carga se hizo pasar por capitán de
una fragata inglesa, e invitó a bordo al capitán del carguero, y cuando éste
subió, envió al carguero a algunos de sus hombres, que tomaron el correo.
Pero cualesquiera fuesen las circunstancias de esta captura, de lo que estoy
seguro es de que ocurrió con los despachos del gobierno. Los envió a París
el conde de Vergennes", y cuando el coronel Laurens y yo volvimos a
América, llevamos los originales al Congreso.
Por aquellos despachos advertí la estupidez del Gabinete inglés, mucho
mejor de lo que hubiera podido de otro modo, y renové mi antiguo proyec­
to. Pero el coronel Laurens estaba tan poco dispuesto a regresar solo, dado
especialmente que, entre otras cosas, íbamos a cargo de más de doscientas
mil libras esterlinas en moneda, que cedí a sus deseos y acabé por renunciar
a mi plan. Pero ahora estoy seguro de que, de haberlo podido ejecutar, no
habría sido un fracaso total. (Nota d tl autor.)
234 Thomas Paine

el valor de las propiedades, y como las corporaciones no


sólo tienen esa tendencia, sino directamente ese efecto, no
pueden por menos de ser perjudiciales. De aplicar cualquier
política distinta de la libertad general de toda persona de
asentarse donde ella quiera (como ocurre en Francia o en
América), sería más lógico alentar a los que llegan en lugar
de impedir su admisión mediante la exigencia de que paguen
primas *.
Las personas más directamente interesadas en la abolición
de las corporaciones son los habitantes de las ciudades en
que están establecidas esas corporaciones. Los ejemplos de
Manchester, Birminghan y Sheffield demuestran, por con­
traste, el perjuicio que estas instituciones góticas acarrean
para la industria y el comercio. Cabe hallar algunos ejemplos,
como el de Londres, cuyas ventajas naturales y comerciales,
debidas a su situación sobre el Támesis, pueden superar los
males políticos de una corporación, pero en casi todos los
demás casos la fatalidad es demasiado visible para que se
pueda dudar de ella o negarla.
Aunque no toda la nación está afectada tan directamente
por la depresión de la propiedad en las ciudades corporativas
como sus propios habitantes, sí comparte las consecuencias.
A l reducir el valor de la propiedad, se restringe la cantidad
del comercio nacional. Todo hombre es cliente en propor­
ción a su capacidad, y como todas las partes de una nación
comercian entre sí, todo lo que afecte a una de las partes ha
de comunicarse necesariamente al todo.

* Resulta difícil explicar el origen de las cartas otorgadas y de las ciudades


corporativas, salvo suponer que procedan de alguna especie de servicio de
guarnición. La época en que se fundaron justifica esta idea. La mayor parte
de esas ciudades han sido guarniciones, y a las corporaciones se las encargaba
del cuidado de las puertas de las ciudades cuando no estaba presente la guar­
nición militar. Su negativa a permitir la entrada a los desconocidos, que ha
producido la costumbre de dar, vender y comprar la libertad, participa más
del carácter de la autoridad de la guarnición que del gobierno civil. Los sol­
dados gozan de la libertad de las corporaciones en todo el país, cosa que no
ocurre a otras personas, por el mismo motivo que los soldados gozan de la
libertad de todas las guarniciones. Pueden desempeñar cualquier empleo,
con permiso de sus oficiales, en cualquier ciudad corporativa de la nación.
(Nota del autor.)
Derechos del Hombre 235

Como una de las cámaras del Parlamento inglés está cons­


tituida en gran medida por las elecciones de esas corporacio­
nes, y como es antinatural que de una fuente sucia mane
un agua pura, sus vicios no son sino una continuación de los
vicios de su origen. Un hombre con honor moral y buenos
principios políticos no puede someterse a la rutina mezqui­
na y a los lamentables artilugios por los que se llevan a cabo
esas elecciones. Para ser un candidato con éxito debe carecer
de todas las cualidades que adornan a un legislador justo, y
al estar así disciplinado para la corrupción por el modo en el
que llega al Parlamento, no es de esperar que el representan­
te sea mejor que el hombre.
El Sr. Burke, al hablar de la representación inglesa, ha
lanzado el desafío más temerario que jamás se diera en la
época de la caballería. «Nuestra representación», dice, «se ha
considerado perfectamente suficiente p ara todos ios propósitos para
los que se puede desear o idear una representación del pue­
blo. Desafío», continúa, «a los enemigos de nuestra constitu­
ción a que demuestren lo contrario». Esta declaración de un
hombre que ha estado en permanente oposición a todas las
medidas del Parlamento durante toda su vida política, salvo
un año o dos, es de lo más extraordinario, y al compararlo a
él consigo mismo no permite más alternativa sino que ha ac­
tuado en contra de su propio juicio como miembro, o ha de­
clarado en contra de él como autor.
Pero no es sólo en la representación donde residen los de­
fectos, y por ello paso a continuación a ocuparme de la aris­
tocracia.
Eso que llaman Cámara de los Pares está constituido so­
bre bases muy parecidas a aquellas contra las que en otros
casos existe una ley. Equivale a una combinación de perso­
nas con un sólo interés común. No cabe aducir un motivo
mejor para que una cámara legislativa esté compuesta total­
mente por hombres cuya ocupación consiste en alquilar bie­
nes raíces que para que esté integrada por quienes los arrien­
dan, o por cerveceros, o panaderos, o cualquier otra clase
distinta de gente.
El Sr. Burke califica a esa cámara de «la gran basey p ila r de
seguridad para quienes poseen tierras». Examinemos esta idea.
236 Thomas Paine

¿Qué pilar de seguridad necesitarán quienes poseen tierras


más que cualquier otro grupo en el Estado, ni qué derecho
tiene a una representación separada y distinta del interés ge­
neral de la nación? La única utilización que cabe hacer de ese
poder (y que siempre se ha hecho) es eludir las contribuciones y
arrojar la carga de éstas sobre los artículos de consumo que a
ellos mismos menos les afectarán.
El que esto ha sido siempre la consecuencia (y siempre
será la consecuencia) de edificar gobiernos sobre la base de
grupos aislados es algo evidente con respecto a Inglaterra
por la historia de sus contribuciones.
Pese a que éstas han aumentado y se han multiplicado res­
pecto de todos los artículos de consumo común, la contribu­
ción territorial, que afecta más particularmenta a este «pilar»,
ha disminuido. En 17 7 8 , el volumen de la contribución te­
rritorial era de 1.95 0 .0 00 libras esterlinas, que es medio mi­
llón menos de lo que producía hace casi cien años *, pese a
que en muchos casos las rentas se han duplicado desde en­
tonces.
Antes de la llegada de la dinastía de Hannover, las contri­
buciones se dividían en proporciones casi iguales entre la
tierra y los artículos de consumo, y más bien era la tierra la
que aportaba la mayor parte; pero desde entonces se han im­
puesto casi trece millones anuales de nuevas contribuciones
sobre el consumo, la consecuencia de lo cual ha sido un au­
mento constante del número y de la miseria de los pobres, y
del volumen de las tasas de beneficencia. Pero, una vez más,
la carga no recae en proporciones iguales sobre la aristocra­
cia en comparación con el resto de la comunidad. Sus resi­
dencias, sean en la ciudad o en el campo, no se mezclan con
las viviendas de los pobres. Viven alejados de la pobreza y
de los gastos de aliviarla. Es en las ciudades manufactureras
y en las aldeas laboriosas donde más recaen esas cargas, y en
muchas de ellas lo que ocurre es que una clase de pobres
ayuda a otra.
Algunas de las contribuciones más pesadas y rentables

* Véase la obra de Sir John Sinclair History o f the Revenue. La contribución te-
rritorialeo 1646 fue de 2.473.499 libras. (Nota del autor.)
Derechos del Hombre 237

están ideadas de manera que eximan a ese pilar, que de ese


modo se levanta para apoyarse a sí mismo. La contribución
sobre la cerveza fabricada para la venta no afecta a la aristo­
cracia, que fabrica su propia cerveza sin pagar ese derecho.
Sólo recae sobre quienes no tienen los medios ni la capaci-
para fabricarla, y que han de comprarla en pequeñas cantida­
des. Pero, ¿qué pensará la humanidad de la justicia de las
contribuciones cuando sepa que sólo esta citada, de la que
está exenta la aristocracia por las circunstancias, es casi igual
a toda la contribución territorial, pues en el año 17 7 8, y hoy
día no es menor, ascendió a 1.6 6 6 .15 2 libras esterlinas, y si
se suma la proporción de las contribuciones de la malta y el
lúpulo es incluso superior? El que un solo artículo, que con­
sume sólo una parte de la población, y sobre todo la parte
trabajadora, esté sometido a una constitución igual a toda la
renta de la tierra de una nación es, quizá, un hecho sin para­
lelo en las historias de los fiscos.
Esta es una de las consecuencias que se siguen de que una
cámara legislativa esté formada sobre la base de una agrupa­
ción de intereses en común; pues cualquiera que sea su polí­
tica separada como partidos, en eso están unidos. El que una
agrupación así actúe para elevar el precio de un artículo en
venta, o los salarios, o el que actúe para imponer contribu­
ciones no a sí misma, sino a otra clase de la comunidad, el
principio y el efecto son los mismos, y si lo uno es ilegal, re­
sultará difícil demostrar que lo otro debiera existir.
De nada vale decir que las contribuciones se proponen
prim ero en la Cámara de los Comunes, pues como la otra cá­
mara siempre puede negarse, siempre puede defenderse, y
sería ridículo suponer que su aquiescencia a las medidas que
se van a proponer no es algo que se tiene en cuenta de ante­
mano. Además, ha obtenido tanta influencia con los camba­
laches entre distritos, y hay tantos de sus parientes y amigos
distribuidos en ambos bandos de los comunes, que además
de darle la negativa absoluta en una cámara, también le ofre­
ce una preponderancia en la otra en todos los asuntos que
son de interés mutuo.
Resulta difícil descubrir lo que significa la frase de quienes
poseen tierras, salvo que signifique una agrupación de terrate­
238 Thomas Paine

nientes aristocráticos que oponen su propio interés pecunia­


rio al del agricultor y a todos los sectores del comercio inter­
no y externo y de la manufactura. En todos los demás res­
pectos, es el único interés que no necesita una protección
parcial. Goza de la protección general del mundo. A todo in­
dividuo, alto o bajo, le interesarán los frutos de la tierra;
hombres, mujeres y niños de todas las edades y calidades
preferirán ayudar al agricultor antes de que se pierda una co­
secha, cosa que no harían en relación con ningún otro, tipo
de actividad. Es la única por la que se elevan las plegarias
comunes de la humanidad, y la única que nunca puede fraca­
sar por falta de medios. No interesa a la política, sino a la
existencia del hombre, y cuando ella cesa, cesa de existir él.
Ningún otro interés de una nación goza del mismo apoyo
unánime. El comercio, las manufacturas, las artes, las cien­
cias, todo lo demás, en comparación con esto, no reciben
sino un apoyo parcial. La prosperidad o la decadencia de
esas otras actividades no tienen la misma influencia univer­
sal. Cuando los valles ríen y cantan no es sólo el agricultor,
sino toda la creación quien se alegra. Se trata de una prospe­
ridad que excluye toda envidia, cosa que no cabe decir de
ninguna otra.
¿Por qué, pues, habla el Sr. Burke de esta Cámara de los
Pares como si fuera el pilar de quienes poseen tierras? Si a
ese pilar se lo tragara la tierra, ésta seguiría existiendo, y
continuarían la misma labranza, el mismo sembrado, y la
misma recolección. La aristocracia no la forman los agricul­
tores que trabajan la tierra y cultivan sus productos, sino que
se trata de unos meros consumidores de la renta, y cuando
ello se compara con el mundo activo, son los zánganos, un
serrallo de machos que ni reúnen la miel ni forman la colme­
na, sino que existen únicamente para disfrutar en medio del
ocio.
El Sr. Burke, en su primer ensayo, calificó a la aristocracia
de «capitel corintio de la sociedad educada». A fin de completar la
figura, ahora ha añadido la de p ilar, pero todavía le falta la
base, y cuando quiera que una nación opte p or actuar como
Sansón, no por ceguera, sino por osadía, ahí se hundirá el
templo de Dagón, con todos los lores y todos los filisteos.
IVrcchos del Hombre 239

Si una cámara legislativa ha de estar integrada por hom­


bres de una clase con el objetivo de proteger unos intereses
propios, todos los demás intereses deberían tener lo mismo.
La desigualdad, así como la carga de la contribución se debe
a que se admite en un caso, y no en todos. Si hubiera una cá­
mara de los agricultores, no habría leyes de caza; o si hubiera
una cámara de comerciantes y fabricantes, las contribuciones
no serían tan desiguales ni tan excesivas. Como la facultad
de imponer contribuciones se halla en manos de quienes
pueden eludir una parte tan grande de ellas, por eso se han
impuesto sin freno.
Los hombres de medios pequeños o moderados se ven
más perjudicados por la imposición de contribuciones sobre
los artículos de consumo que por su exención respecto de los
bienes raíces por los siguientes motivos:
Primero. Consumen más de los artículos productivos im­
ponibles en proporción a su propiedad que quienes tienen
grandes fincas.
Segundo. Suelen residir sobre todo en ciudades, y su pro­
piedad consiste en casas, y el aumento de las tasas de benefi­
cencia, ocasionado por las contribuciones sobre el consumo,
alcanza una proporción mucho mayor de lo que se ha permi­
tido a la contribución territorial. En Birmingham, las tasas
de beneficencia son nada menos que siete chelines por libra.
Y , como ya hemos visto, la aristocracia está en gran medida
exenta de ellas.
Estos no son sino algunos de los males que se derivan de
la malhadada existencia de la Cámara de los Pares.
Como agrupación, siempre puede deshacerse de una parte
considerable de las contribuciones, y como cámara heredita­
ria, que no es responsable ante nadie, se parece a un burgo
podrido, cuyo consentimiento cabe recabar por interés. En­
tre sus miembros son pocos los que no participan de una
form a u otra en la hacienda pública o pueden disponer de
ella. Uno resulta ser lord de la candela, o lord camarero;
otro lord del dormitorio, o paje de la estola, o cualquier
puesto nominal e insignificante que lleva anejo un sueldo,
pagado con cargo a las contribuciones públicas, y que evita
la apariencia directa de la corrupción. Esas situaciones son
240 Thomas Paine

derogatorias del carácter del hombre, y cuando alguien se


somete a ellas, no puede residir en él honor alguno.
A todo esto deben añadirse múltiples personas a cargo, la
larga lista de las ramas segundonas y los parientes lejanos, a
los que se ha de atender a expensas del erario público; en resu­
men, si se hiciera un cálculo de lo que le cuesta la aristocracia
a una nación, se averiguaría que resulta casi tanto como el sus­
tento de los pobres. Sólo el duque de Richmond (y hay ca­
sos parecidos al suyo) se lleva tanto para sí mismo como cos­
taría mantener a dos mil personas pobres y ancianas. ¿Es,
pues, de extrañar que bajo tal sistema de gobierno se hayan
multiplicado las contribuciones y los tributos hasta su medi­
da actual?
A l exponer estos asuntos hablo con un idioma abierto y
desinteresado, que no me ha dictado pasión alguna, salvo la
de la humanidad. A mí, que no sólo he rechazado ofreci­
mientos porque me parecían incorrectos, sino que he decli­
nado recompensas que podría haber aceptado sin que sufrie­
ra mi reputación, no me extraña que la mezquindad y el en­
gaño parezcan repugnantes. Hallo mi felicidad en la inde­
pendencia, y contemplo las cosas como son, sin considerar el
lugar ni la persona; mi patria es el mundo, y mi religión ha­
cer el bien21.
El Sr. Burke, al hablar de la ley aristocrática de la primo­
genitura, dice: «Es la ley constante de nuestro sistema de
tranmisión de tierras; y una ley que sin duda tiende, y a mi
juicio», continúa, «tiende felizmente, a mantener un carácter
de estabilidad y de solidez».
El Sr. Burke puede decir de esta ley lo que le agrade, pero
la humanidad y la reflexión imparcial la denunciarán como
una injusticia brutal. Si no estuviéramos acostumbrados a su
práctica cotidiana, y si únicamente la conociéramos como la
ley de una parte remota del mundo, concluiríamos que los
legisladores de esos países no habrían llegado todavía a un
estado de civilización.
En cuanto a que mantenga un carácter de estabilidad y so­
lidez, a mí me parece que ocurre exactamente lo contrario.
Es un atentado al carácter, una especie de piratería contra la
propiedad familiar. Quizá dé estabilidad a los arrendatarios
Derechos del Hombre 241

dependientes, pero no aporta ninguna a escala nacional, y


mucho menos universal. Por lo que a mí respecta, mis pa­
dres no pudieron darme ni un chelín más de lo que me die­
ron en mi educación, y para eso tuvieron que apretarse el
cinturón; sin embargo, poseo más de eso que en el mundo
llaman solidez que cualquiera del catálogo de aristócratas del
Sr. Burke. .
Así, tras lanzar una ojeada a algunos de los defectos de las
dos cámaras del Parlamento, paso a ocuparme de eso que lla­
man la corona, acerca de la cual seré muy conciso.
* Significa un cargo nominal de un millón de libras es­
terlinas al año, cuya única tarea consiste en recibir ese dine­
ro. El que esa persona sea sabia o necia, cuerda o loca, hija
del país o extranjera, no importa. Cada ministerio actúa con­
form e a la misma idea de la que escribe el Sr. Burke, esto es,
la de que hay que mantener al pueblo con anteojeras, en una
ignorancia supersticiosa con un coco u otro; y eso que lla­
man la corona responde a este fin, y por ende responde a to ­
dos los fines que cabe esperar de ella. Es más de lo que se
puede decir de las otras dos ramas.
El peligro al que se ve expuesto este cargo en todos los
países no procede de nada que le pueda ocurrir al hombre,
sino de lo que le puede ocurrir a la nación: el peligro de vol­
ver en sí.
Ha venido siendo tradicional calificar a la corona de po­
der ejecutivo, y la costumbre se mantiene, aunque han deja­
do de existir los motivos para ello.

* Este párrafo y el siguiente quedaron omitidos en la edición de Symonds,


con el siguiente comentario: «Aquí siguen, en la edición original, dos párra­
fos en la pág. 107 que en total son unas once líneas con el mismo tipo que
en esta edición. Esos dos breves párrafos sé interpretan en la instrucción
como asunto procesable, pero lo que no puedo comprender es sobre qué ba­
ses puede apoyarse ese procesamiento. Todas las partes de las que se compo­
ne un gobierno deben estar por igual plenamente expuestas al examen y la
investigación, y cuando no ocurre así, el país no se halla en un estado de li­
bertad, pues es únicamente mediante el ejercicio libre y racional de ese dere­
cho como se pueden detectar y solucionar los errores, los engaños y los ab­
surdos, sea en cada una de las partes o en el todo. Si hay alguna parte del go­
bierno en la que más debería insistir una nación que en otra es en la parte
que a la nación le cuesta más dinero, y que en Inglaterra recibe el nombre de
la corona.» (Nota del T., tomada básicamente de B onaerj poner.)
242 Thomas Paine

Se la calificaba de ejecutivo porque la persona a la que de­


signaba actuaba antes con carácter de juez, en la administra­
ción o ejecución de las leyes. Entonces los tribunales eran
parte de la corte. Por ende, el poder al que ahora se califica
de judicial es lo que a la sazón se calificaba de ejecutivo, y en
consecuencia el uno o el otro de los términos es redundante,
y uno de los cargos es inútil. Cuando hoy día hablamos de la
corona, no significa nada y no se refiere a un juez ni a un ge­
neral; además de lo cual, son las leyes las que gobiernan, y
no el hombre. Se mantienen los términos antiguos, con obje­
to de dar una apariencia de solidez a formas vacías, y el úni­
co efecto que tienen es el de aumentar los gastos.
Antes de pasar a los medios de hacer que los gobiernos
sean más conducentes a la felicidad general de la humanidad
de lo que lo son hoy día, no sería inoportuno examinar cómo
han evolucionado las contribuciones en Inglaterra.
Existe una idea general de que una vez impuestas las con­
tribuciones, nunca desaparecen. Por cierto que esto sea, no
siempre ha sido así. Por ende, o bien las gentes de antaño
ejercían sobre el gobierno una vigilancia mayor que las de
hogaño, o el gobierno se administraba con menos despilfa­
rro.
Hace ya setecientos años de la conquista normanda y del
establecimiento de eso que llaman la corona. Si se divide este
lapso de tiempo en siete períodos separados de cien años
cada uno, el volumen de las contribuciones anuales, en cada
período, será el siguiente:
Libras
esterlinas

Volum en anual de las contribuciones recaudadas


por Guillerm o el Conquistador, a partir del año
1066 4 0 0 .0 0 0
Volumen anual de las contribuciones recaudadas
en los cien años siguientes a la conquista
(1166) 200.000
Volumen anual de las contribuciones recaudadas
en el segundo siglo siguiente a la conquista
(1266) .................. 1 5 0 .0 0 0
Derechos del Hombre 243

Libras
esterlinas

Volum en anual de las contribuciones recaudadas


en el tercer siglo siguiente a la conquista
( 1 3 6 6 ) ............................................. 13 0 .0 0 0
Volum en anual de las contribuciones recaudadas
en el cuarto siglo siguiente a la conquista
( 1 4 6 6 ) ......................................................................... 10 0 .0 0 0

Estos estados, y los que siguen, se toman de la obra de sir


John Sinclair History qf the Revenue, y de ellos se desprende
que las contribuciones fueron disminuyendo constantemente
durante cuatrocientos años, es decir, pasaron de cuatrocien­
tas mil libras a cien mil. El pueblo dela Inglaterra de hoy
tiene una idea tradicional e histórica de la valentía de sus an­
tepasados, pero cualesquiera que fuesen sus virtudes o sus
vicios, desde luego era un pueblo que no se dejaba engañar y
que frenaba a los gobiernos en lo que hacía a las contribucio­
nes, aunque no a los principios. Aunque no pudieron desha­
cerse de la usurpación monárquica, la limitaron a uña econo­
mía republicana de las contribuciones.
Examinemos ahora los trescientos años restantes:

Libras
esterlinas

Volum en anual de las contribuciones recaudadas


en el quinto siglo siguiente a la conquista
( 1 5 6 6 ) ...................... 5 00 .0 0 0
Volum en anual de las contribuciones recaudadas
en el sexto siglo siguiente a la conquista
(166 6 ) 1.800.000
Volum en anual de las contribuciones recaudadas
actualmente (1 7 9 1 ) ......................................... 17 .0 0 0.00 0

La diferencia entre los primeros cuatrocientos años y los


trescientos últimos es tal que justifica la opinión de que
el carácter nacional de los ingleses ha cambiado. A los ingle­
244 Tilomas Paine

ses antiguos hubiera sido imposible imponerles el exceso de


contribuciones que existe hoy día, y cuando se considera que
la paga del ejército, la marina y los agentes del fisco es hoy
día la misma que hace cien años, cuando las contribuciones
no eran más que la décima parte de lo que son en la actuali­
dad, parece imposible explicar tan enorme gasto por motivos
distintos del despilfarro, la corrupción y la intriga *.
Con la revolución de 16 8 8, y más aún desde la sucesión
de Hannover, llegó el sistema destructivo de las intrigas con­
tinentales y la manía de las guerras extranjeras y de la domi­
nación en el extranjero, sistemas de misterio tan seguro que
sus gastos no se pueden contabilizar: una sola partida represen­
ta millones. Resulta imposible calcular hasta dónde habrían lle­
gado las contribuciones si la Revolución Francesa no hubiera
ayudado a poner fin al sistema y a term inar con los pretextos. Si
se contempla esa revolución, como sería lógico, como el medio
afortunado de reducir la carga de las contribuciones de ambos
países, tiene tanta importancia para Inglaterra como para Fran­
cia, y si acierta a introducir las mejoras y todos los beneficios de
que es capaz, y hacia los que se encamina, merece provocar tan­
to regocijo en un país como en el otro.

* Varios de los periódicos de la corte han venido mencionando última­


mente a Wat Tyler. El que su memoria se vea ultrajada por cortesanos adu­
ladores y por quienes viven a costa del público es algo que no debe extrañar.
Pues él fue el medio de frenar el ultraje y la injusticia de las contribuciones
en su época, y la nación le debió mucho a su valor. En términos concisos, su
historia es la siguiente: En tiempos de Ricardo II se impuso una contribu­
ción personal de un chelín por cabeza a toda persona de más de quince años
de edad, cualquiera fuese su estado o condición, tanto a los pobres como a
los ricos. Si la ley favorecía a alguien era más bien a los ricos que a lós po­
bres, pues a nadie se le podía cobrar más de veinte chelines por él mismo, su
familia y sus sirvientes, por muchos que fueran, mientras que a todas las de­
más familias de menos de veinte personas se les cobraba por cabeza. Esas
contribuciones de capitación siempre han sido odiosas, pero como éstas ade­
más eran opresoras c injustas, excitaron, como por fuerza había de ocurrir,
el repudio universal de las clases pobres y medias. La persona conocida por
el nombre de Wat Tyler, por su nombre de Walter y su oficio, que era el de
tejador, vivía en Deptford. El recaudador de la contribución por capitación,
cuando llegó a su casa, le pidió que pagara la de una de sus hijas, que Tyler
declaró tenía menos de quince años. El recaudador insistió en convencerse
de ello, e inició un examen indecente de la muchacha, lo cual irritó tanto a
su padre que le asestó un martillazo que lo lanzó por tierra y le causó la
Derechos del Hombre 245

Para continuar con este tema, empezaré con la cuestión


que prim ero se plantea, la de reducir la carga de las contri­
buciones y después añadiré las materias y las proposiciones,
con respecto a los tres países de Inglaterra, Francia y A m éri­
ca que la perspectiva actual de las cosas parece justificar. Me
refiero a una alianza de los tres para los fines que se mencio­
narán en lugar adecuado.
L o que ha ocurrido una vez puede ocurrir otra. Por la ex­
posición hecha más arriba de la evolución de las contribucio­
nes, se aprecia que éstas se redujeron a una cuarta parte de
lo que eran antes. Aunque las circunstancias actuales no per­
miten la misma reducción, sí admiten, no obstante, un co­
mienzo que lleve a lograr ese fin en menos tiempo que la
otra vez.
El volumen de las contribuciones el año que term inó el
día de San Miguel de 1788 fue el siguiente:

Libras
erterlinas

Contribución te rrito ria l......................................... 1.95 0 .0 00


Aduanas .................................................................. 3 .7 89 .2 7 4
Consumo (comprendidas la maltanueva y vieja) 6 .7 5 1 .7 2 7
Timbre .................................................................... 1.2 7 8 .2 14
Contribuciones varias e in cid e n tale s.................. 1.80 3 .7 55

T o t a l........................................................... 15 .5 7 2.97 0

muerte. Esta circunstancia sirvió para hacer que estallara el descontento.


Los vecinos hicieron suya la causa de Tyler, a quien en unos días se unieron,
según algunos historiadores, más de cincuenta mil hombres, que lo escogie­
ron por jefe. Con esta fuerza marchó a Londres para exigir que se aboliera la
contribución y se reparasen otros agravios. La corte, al hallarse en situación
desesperada, sin posibilidades de resistencia, aceptó, con Ricardo a su cabe­
za, celebrar una conferencia con Tyler en Smithfteld, con muchas profesio­
nes amables, al estilo cortesano, de estar dispuesta a desagraviar a los opri­
midos. Mientras Ricardo y Tyler estaban conversando sobre estos asuntos,
ambos a caballo, Walworth, que era a la sazón el alcalde de Londres y una
de las criaturas de la corte, observó una oportunidad y apuñaló a Tyler con
una daga, y como le cayeran encima dos o tres más, quedó sacrificado al ins­
tante.
246 Thomas Paine

Desde el año 17 8 8 se han impuesto contribuciones nuevas


por más de un millón, aparte del producto de las loterías, y
como las contribuciones han sido en general más producti­
vas que antes, cabe decir que la suma, en números redondos,
es de 17 .0 0 0 .0 0 0 de libras esterlinas.
N.B.—Los gastos de recaudación y las pérdidas, que juntos
suman casi dos millones, se cargan a la cifra bruta, y la suma
indicada es la neta que revierte al erario.
Esta suma de diecisiete millones se aplica a dos fines dife­
rentes, uno de los cuales es pagar los intereses de la deuda
nacional, y el otro los gastos corrientes de cada año. Unos
nueve millones se destinan al primero, y el resto, que són
casi ocho millones, al segundo. En cuanto al millón que se
dice se aplica a la reducción de la deuda, equivale a pagar
con una mano y sacar con la otra, de tal modo que no mere­
ce mucha atención.
Francia tuvo la suerte de poseer bienes nacionales para
amortizar su deuda, y reducir así sus contribuciones, pero
como en Inglaterra no sucede lo mismo, no puede reducir
las contribuciones sino mediante la reducción de los gastos
corrientes, cosa que puede hacerse hoy día hasta una cifra de
cuatro o cinco millones al año, como aparecerá más adelan­
te. Cuando se logre esto, servirá para compensar de sobra la
i torm e carga de la guerra americana, y el ahorro procederá
d. la misma fuente de la que surgió el mal.
En cuanto a la deuda nacional, por mucho que pese el in­
t rés sobre las contribuciones, sirve para mantener vivo un
capital útil para el comercio, equilibra con sus efectos una
parte considerable de su propio peso, y como la cantidad de
oro y plata existente en Inglaterra es, por unos u otros moti­

Parece que Tyler era un hombre intrépido y desinteresado con respecto a


sí mismo. Todas las propuestas que le hizo a Ricardo tenían motivos más
justos y públicos que las formuladas a Juan por los barones, pese a las actitu­
des aduladoras de los historiadores y de hombres como el Sr. Burke, que tra­
tan de glosar una acción vil de la corte mediante el insulto a Tyler, cuya
fama vivirá más tiempo que sus falsedades. Si los barones merecían que se
les erigiera un monumento en Runnymede, Tyler merece otro en Smirhfield.
(Nota del autor.)
Derechos del Hombre 247

vos, inferior a lo que debería ser * (pues no es más que de


veinte millones, cuando debería ser de sesenta), sería una mala
política, además de ser injusto, extinguir un capital que sirve
para suplir ese defecto. Pero con respecto a los gastos co­
rrientes, todo lo que se economice en ellos es ganancia. El
exceso puede servir para mantener viva la corrupción, pero
no produce una reacción favorable al crédito y al comercio
como la que tiene el interés de la deuda **.
Hoy es muy probable que el gobierno inglés (no me refie­
ro a la nación inglesa) sea enemigo de la Revolución France­
sa. Todo lo que sirva para denunciar la intriga y reducir la
influencia cortesana al disminuir las contribuciones será mal
acogido por quienes se alimentan de los despojos. Mientras
se pudo mantener el clam or de la intriga francesa, el poder
arbitrario, el papismo y los zuecos de madera24, era fácil cal­
mar a la nación y alarmarla para que pagara las contribucio­
nes. Pero ya ha pasado esa época; el engaño, es de esperar,
ha recolectado su última cosecha, y hay en perspectiva tiem­
pos mejores para ambos países y para el mundo.
De dar por seguro que se puede form ar una alianza entre
Inglaterra, Francia y América, para los fines que se mencio­
narán a continuación, se podrán reducir en consecuencia los
gastos nacionales de Francia e Inglaterra. Ninguna de ellas
necesitará ya las mismas flotas y los mismos ejércitos, y la
reducción puede hacerse barco por barco por ambas partes.
Pero para alcanzar esos objetivos, los gobiernos deben forzo­
samente adecuarse a un principio común y correspondiente.
Jamás podrá establecerse la confianza mientras exista dispo­
sición hostil en una de ellas, o mientras el misterio y el se­
creto de una parte se enfrente con la sinceridad y la apertura de
la otra.
Una vez reconocido esto, podrían reducirse los gastos na­
cionales, a fin de crear un precedente, a lo que eran en algún pe­
ríodo en que Francia e Inglaterra no eran enemigas. Esto, en

* Las intrigas extranjeras, las guerras extranjeras y los dominios extranje­


ros explicarán en gran medida esa deficiencia. (Nota del autor.)
** Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. del T.)
248 Thomas Paine

consecuencia, debe ser anterior a la sucesión hannoveriana,


así como a la revolución de 1688 *.
El primer ejemplo que se presenta, anterior a estas fechas,
es en los tiempos de enorme despilfarro y prodigalidad de
Carlos II, en cuya época Inglaterra y Francia actuaban como
aliadas. Si he escogido un período de gran derroche es por­
que eso servirá para dejar todavía peor a la extravagancia ac­
tual, dado especialmente que la paga de los oficiales de la
marina, el ejército y el fisco no ha aumentado desde aquella
época.

* Por azar me encontraba en Inglaterra durante la celebración del cente­


nario de la Revolución de 1688. Siempre me han parecido detestables los
personajes de Guillermo y Mar/a —el uno que trataba de destruir a su tío, y
la otra a su padre, para llegar ellos mismos al poder—, pero, como la nación
estaba dispuesta a pensar que aquel acontecimiento era algo importante, me
dolió ver cómo atribuía toda la reputación de ello a un hombre que se había
comprometido en el asunto como en una empresa y que, además de las otras
cosas que obtuvo, cobró seiscientas mil libras esterlinas por los gastos de la
pequeña flota que lo había traído de Holanda. Jorge I actuó con tanta mez­
quindad como había hecho Guillermo, y compró el ducado de Brcmen con
el dinero que obtuvo de Inglaterra, doscientas cincuenta mil libras además
de su sueldo de rey. O sea, que lo compró a expensas de Inglaterra, y lo aña­
dió a sus dominios hannoverianos en su propio beneficio privado. De hecho,
toda nación que no se gobierna á sí misma se ve gobernada como una em­
presa. Inglaterra ha sido la presa de aprovechados desde lá Revolución. Nota
del autor.)
[Como esta nota formó parte del auto de procesamiento contra Tom Pai­
ne, éste la omitió de la edición de Symonds y en su lugar insertó la siguien-
te:i . . . . .
En la página 116 de la edición original de esta obra hay una nota en la
cual se hacen observaciones parecidas a las de otros autores sobre los perso­
najes de Guillermo y María, el amo que combatió a su tío y la otra a su pro­
pio padre. El Dr. Johnson25, creo, mientras cobraba incluso una pensión de
la actual corte, se expresó en términos de desaprobación más fuertes que yo.
Quienes mejor pueden explicar por qué se ha producido ahora un cambio de
política, por qué se dicta auto de procesamiento ahora por lo que en otro
tiempo estaba permitido y aparentemente fomentado, son las personas inte­
resadas. En la misma nota se dice que Guillermo cobró seiscientas mil libras
por los gastos de la flota holandesa que lo trajo de Holanda, y que Jorge I
compró los ducados de Bremen y Verden con doscientas cincuenta mil li­
bras que recibió de Inglaterra, y los añadió a sus dominios hannoverianos
para su propio uso. La nota en que figuran estos asuntos ha quedado inclui­
da en el auto de procesamiento, pero no puedo explicar para qué.
La cuenta de los gastos presentada respecto de la flota holandesa» expues­
ta en la Htstory o f tbe Revenue (Historia del Erario), ya citada, de sir John Sin-
Derechos del Hombre 249

El presupuesto de paz era entonces el siguiente (véase la


«Historia del Erario» de Sir John Sinclair):

Libras
esterlinas

M arin a. . . 3 00 .0 0 0
Ejército . . 212.000
Maestranza 40.00 0
Lista Civil 4 2 6 .1 1 5

Total 1 .0 1 4 .1 1 5

Sin embargo, el Parlamento estableció todo el presupuesto


anual de paz en 1.2 0 0 .0 0 0 libras *. Si nos retrotraemos a la
época de Isabel, el volumen de todas las contribuciones era
sólo de medio millón, pero la nación no advierte nada en ese
período com o para atribuirle el reproche de falta de solidez.
Si se suman, pues, todas las circunstancias creadas por la
Revolución Francesa, por la creciente armonía y el interés
recíproco de ambas naciones, por la abolición de las intrigas
cortesanas en ambas partes y el progreso de los conocimien­
tos de la ciencia de gobernar, el gasto anual podría reducirse
a un millón y medio, como sigue:

clair (Parte tercera, pág. 40) fue de 686.500 libras esterlinas, y el Parlamento
la redujo a 600.000 libras. Y en 1701 la Cámara de los Comunes aprobó una
resolución por la que parece que Guillermo no era muy escrupuloso ni muy
cuidadoso en sus gastos del dinero inglés. La resolución dice lo siguiente:
«Que es notorio que se han dado a su majestad (es decir, al mencionado Gui­
llermo) muchos millones de libras para el servicio del público, de los que to­
davía no se han recibido las cuentas.» Véase el Diario.
En cuanto a la compra de Bremen y Verden con el dinero obtenido de In­
glaterra por Jorge I, los Diarios del Parlamento demostrarán que es un he­
cho, y la oposición con que tropezó en el Parlamento demostrará la manera
en que de forma muy generalizada lo consideró la facción. (Nota del autor.)
* Como Carlos, al igual que sus predecesores y sucesores, averiguó que la
guerra era la cosecha de los gobiernos, inició una guerra contra los holande­
ses. cuyo costo hizo elevarse los gastos anuales a 1.800.000 libras, como se
expone bajo la fecha de 1666, pero el presupuesto de paz fue de sólo
1.200.000 libras esterlinas. (Nota del autor.)
250 Thomas Paine

Libras
esterlinas

M arin a................. 500.000


E jé rc ito ......................— — ................................. 500 .0 0 0
Gastos del g o b iern o .................................................. 500 .0 0 0

T o t a l............................................................. 1.50 0 .0 00

Incluso esta suma es seis veces más de lo que son los gas­
tos del gobierno en América, aunque la gobernación civil in­
terna de Inglaterra (me refiero a la administrada por tribuna­
les de primera y segunda instancia y jurados, que de hecho es
casi el todo, y que corre a cargo de la nación) resulta menos
onerosa para el erario que la misma especie y parte del go­
bierno resulta en América.
Y a es hora de que las naciones sean racionales y no se las
gobierne como a animales, para el placer de sus jinetes. A l
leer la historia de los reyes, uno se sentiría casi inclinado a
suponer que el gobierno consistía en una cacería de ciervos,
y que toda nación pagaba un millón al año a un cazador. El
hombre debería sentir suficiente orgullo o vergüenza para
sonrojarse ante este engaño de que se le hace objeto, y cuan­
do alcance su verdadero carácter, los sentirá. En torno a to­
dos los temas de esta índole, a menudo pasa por la mente
una serie de ideas que todavía no se ha acostumbrado a fo­
mentar y comunicar. Frenado por algo que adopta el carác­
ter de la prudencia, actúa como un hipócrita ante sí mismo,
y no digamos ante los demás. No obstante, resulta curioso
observar la rapidez con que se puede disipar este hechizo.
Una sola expresión, concebida y expresada con claridad, de­
vuelve a veces a toda una colectividad sus propios senti­
mientos, y se puede actuar con naciones enteras de la misma
guisa.
En cuanto a los cargos que puedan integrar cualquier go­
bierno civil, poco importan los nombres que se les den. En la
rutina de las cosas, como se ha observado anteriormente,
poco importa que a un hombre se le llame presidente, rey,
emperador o senador, o lo que sea; es imposible que ningún
Derechos del Hombre 251

servicio que pueda prestar merezca de una nación más de


diez mil libras esterlinas al año, y como a nadie se le debe
pagar más de lo que merecen sus servicios, ningún hombre de
ánimo honesto aceptará más. El dinero público debería to­
carse con la más escrupulosa conciencia del honor. No es sólo
producto de las riquezas, sino de lo duramente ganado por
los trabajadores y los pobres. Procede incluso de la amargura
de la necesidad y la miseria. No pasa por las calles ni perece
en ellas un solo mendigo cuyo óbolo no form e parte de esa
masa.
Si fuera posible que el Congreso de América se equivocara
tanto en cuanto a su deber y al interés de sus electores como
para ofrecer al general Washington, como presidente de
América, un millón al año, él no querría, ni podría, aceptar­
lo. Su sentido del honor es de otro tipo. Ha costado a Ingla­
terra casi setenta millones de libras esterlinas mantener a
una familia importada del extranjero, de capacidad muy infe­
rior a la de millares de la nación; y apenas sí ha pasado un
año que no haya producido una nueva solicitud mercenaria.
Incluso las facturas de los médicos se han enviado al público
para que éste las pague. No es de extrañar que las prisiones
estén llenas, y que las contribuciones y los tributos para la
beneficencia vayan en aumento. En estos sistemas no es de
esperar nada sino lo que ya ha ocurrido, y en cuanto a las re­
form as, cuando éstas lleguen han de proceder de la nación y
no del gobierno.
A fin de demostrar que la suma de quinientas mil libras es
más que suficiente para sugrafar todos los gastos del gobier­
no, salvo los de las flotas y los ejércitos, se añade el siguiente
cálculo, válido para cualquier país de las mismas dimensio­
nes que Inglaterra.
En prim er lugar, trescientos representantes, imparcial-
mente elegidos, son suficientes para todos los fines a los que
se pueda aplicar la legislación, y preferibles a un número
mayor. Se pueden dividir en dos o tres cámaras, o reunirse
en una, como en Francia, o de cualquier manera que indique
una constitución.
Gamo en los países libres siempre se considera que la re­
presentación es la más honrosa de todas las categorías, el
252 Thomas Paine

subsidio que se les paga sirve únicamente para atender a los


gastos que efectúan los representantes por causa de ese ser­
vicio, y no se les paga como sueldo de un cargo.

Libras

Si se paga una subvención de un volumen de qui­


nientas libras al año a cada representante, con
deducciones en caso de no asistencia, el gasto, si
todos ellos asistieran durante seis meses al año,
sería de ..................... . ............................. .•.............. 7 5.000
Los departamentos oficiales no pueden exceder ra­
zonablemente del siguiente número, con los
sueldos que se indican: ■
Tres puestos, a diez mil libras cada uno . ................ 3 0.000
Diez ídem, a cinco mil libras cada u n o ....................... 5 0.000
Veinte ídem, a dos mil libras cada u n o ....................... 4 0 .0 0 0
Cuarenta ídem, a mil libras cada u n o ......................... 4 0 .0 0 0
Doscientos ídem, a quinientas libras cada u n o 10 0 .0 0 0
Trescientos ídem, a doscientas libras cada uno . . . . 6 0.00 0
Quinientos ídem, a cien libras cada u n o ..................... 5 0.000
Setecientos ídem, a setenta y cinco libras cada
uno ............................................................................. 5 2.500

T o t a l.................................................................. 4 9 7 .5 0 0

Si la nación lo desea, puede deducir el cuatro por ciento


de todos los gastos y establecer uno de veinte mil al año.
A todos los oficiales del fisco se les paga con cargo a las
cantidades q’ue recaudan, y por lo tanto no se les incluye en
este cálculo.
Lo que antecede no se ofrece como un detalle exacto de
los cargos, sino para indicar el número de puestos y los suel­
dos que se pueden pagar con quinientas mil libras, y la expe­
riencia demostrará que es inviable hallar ocupación suficien­
te para justificar ni siquiera este gasto. En cuanto a la mane­
ra en que se realizan actualmente los negocios oficiales, los
jefes de diversas oficinas, com o la de correos y determinadas
Derechos del Hombre 253

oficinas de la hacienda, etc., hacen poco más que firmar sus


nombres tres o cuatro veces al año, y todo el trabajo lo reali­
zan los oficinistas.
Por ende, si se toma un millón y medio como suficiente
para un presupuesto de paz para todos los fines honestos del
gobierno, que son trescientas mil libras más que el presu­
puesto de paz en los tiempos despilfarradores y pródigos de
Carlos II (pese a que, como ya se ha observado, la paga y los
sueldos de los oficiales del ejército, la marina y el fisco si­
guen siendo los mismos que en aquel período), quedará un ex­
cedente de más de seis millones con respecto a los gastos co­
rrientes actuales. Entonces la cuestión será la de cómo dispo­
ner de este excedente.
Quienquiera que haya observado la manera en que el com er­
cio y las contribuciones se entremezclan debe tener conciencia
de la imposibilidad de separarlos de un golpe.
Primero. Porque los artículos actualmente disponibles han
pagado ya el derecho, y las reducciones no pueden hacerse
sobre las existencias actuales.
Segundo. Porque respecto de todos los artículos en los
que el derecho se impone a granel, como sobre el barril, el
cesto, el quintal o la tonelada, la abolición del derecho no se
puede dividir tanto que sea un alivio para el consumidor,
que compra por pintas o por libras. El último derecho que se
impuso sobre la cerveza fuerte y la floja fue de tres chelines
por barril, que, si se suprimiera, no disminuiría el precio de
compra más que en un octavo de penique por pinta y en
consecuencia no equivaldría a un alivio en la práctica.
Como ésta es la condición de gran parte de las contribu­
ciones, será necesario buscar otras que están exentas de este
problema y en las que el alivio sea directo y visible y se pue­
da poner en práctica inmediatamente.
En prim er lugar, pues, el tributo para beneficencia es una
contribución directa que afecta a todo cabeza de familia, el
cual sabe también, hasta el último cuarto de penique, lo que
le cuesta. No se conoce exactamente el volumen nacional de
todo tributo para beneficencia, pero podría obtenerse. Sir
John Sinclair, en su «Historia del Erario» lo calcula en
2 .1 0 0 .5 8 7 libras. Una parte considerable de esa suma se gas­
254 Thomas Paine

ta en pleitos, en los cuales los pobres, en vez de verse ayuda­


dos, se ven atormentados. Sin embargo, el gasto es el mismo
para las parroquias, cualquiera sea la causa de la que proce­
da.
En Birmingham, la suma, del tributo para beneficencia as­
ciende a catorce mil libras al año. Aunque es una suma im­
portante, es moderada en proporción a la población. Se dice
que Birmingham contiene setenta mil almas, y en una pro­
porción de setenta mil a catorce mil de tributos para benefi­
cencia, la suma nacional de este tributo, si se entiende que la
población de Inglaterra asciende a siete millones, sería de un
millón cuatrocientas mil libras. Por ende, es muy probable
que la población de Birmingham esté pagando demasiado.
Catorce mil libras es la proporción correspondiente a cin­
cuenta mil almas, si se toma como cantidad nacional de tri­
butos para beneficencia la suma de dos millones de libras.
Pero, sea como fuere, no es más que la consecuencia de
una carga excesiva de las contribuciones, pues cuando éstas
eran muy bajas, los pobres podían mantenerse, y no había
tributo para beneficencia *. En el estado actual de las cosas,
un trabajador con mujer y dos o tres hijos paga por lo menos
entre siete y ocho libras al año en contribuciones. No lo ad­
vierte, porque se esconden en los artículos que compra, y se
limita a pensar que están caros, pero como las contribucio­
nes le privan, por lo menos, de la cuarta parte de sus ingre­
sos anuales, en consecuencia se le impide cuidar de su fami­
lia, especialmente si él mismo o cualquiera de ellos padecen
una enfermedad.
La primera medida, pues, de ayuda práctica sería abolir
totalmente el tributo para beneficencia, y en lugar de éste,
eximir de las contribuciones a los pobres por un valor doble
del volumen del actual tributo para beneficencia, o sea cua­
tro millones al año, con cargo al excedente fiscal. Con esta
medida, los pobres se verían beneficiados en dos millones y
los amos de casa en dos millones. Sólo esto equivaldría a una

* El tributo para beneficiencia comenzó en tiempos de Enrique VIII,


cuando empezaron a aumentar las contribuciones, y ha ido en aumento al
seguir aumentando aquéllas. (Nota de! autor.)
Derechos del Hombre 255

reducción de ciento veinte millones de la Deuda Nacional, y


por consiguiente aquivaldría a todos los gastos de la Guerra
de América.
Queda entonces por estudiar cuál es el modo más eficaz
de distribuir esta reducción de cuatro millones.
Se aprecia fácilmente que los pobres, en general, son las
familias con muchos hijos y los ancianos que ya no pueden
trabajar. Si se atiende a estas dos clases, el remedio calará
tan hondo en toda la extensión del caso que lo restante será
incidental, y en gran medida entrará dentro del ámbito de
las sociedades mutuas, que pese a ser de invención humilde,
merecen clasificarse entre las mejores instituciones moder­
nas.
Si se reconoce que Inglaterra contiene siete millones de al­
mas, si una quinta parte pertenece a la clase de los pobres
que necesitan ayuda, su número será de un millón cuatro­
cientas mil. De este número, ciento cuarenta mil serán los
ancianos pobres, como se demostrará a continuación, y para
los cuales se propondrá una disposición distinta.
Quedarán, pues, un millón doscientas sesenta mil, que a
cinco almas por familia, equivalen a doscientas cincuenta y
dos mil familias, sumidas en la pobreza por los gastos de los
hijos y el peso de las contribuciones.
Se verá que el número de hijos menores de catorce años
en cada una de esas familias será de cinco por cada dos fami­
lias, pues unas tienen dos y otras tienen tres, algunas tienen
uno y otras cuatro; algunas no tienen ninguno y otras cinco;
pero raras veces ocurre que haya más de cinco menores de
catorce años, y a partir de esa edad pueden empezar a traba­
jar o iniciar un aprendizaje.
Si hay cinco niños (menores de catorce años) por cada dos
familias,

El número de niños será de .............................. 6 30 .0 0 0


El número de padres y madres, si todos ellos vi­
vieran, sería d e ......................................................... 504.000

No cabe duda de que si se atiende a todos los niños, los


256 Thomas Paine

padres quedan exentos de los gastos, pues es a los gastos de


criar los hijos a lo que se debe su pobreza.
Así, tras determinar el mayor número del que cabe süpo-
ner que necesitan apoyo por tratarse de familias jóvenes,
paso a analizar el modo de asistencia o redistribución, que es:
Pagar como remisión de contribuciones a cada familia po­
bre, con cargo al excedente fiscal, y en lugar de tributo para
beneficencia, cuatro libras al año por cada hijo menor de ca­
torce años; ordenar a los padres de esos niños que los envíen
a la escuela, para que aprendan a leer, escribir y la aritmética
básica, y los ministros de cada parroquia, cualquiera sea su
denominación religiosa, deben certificar conjuntamente en
una oficina que se cumple con ese deber. La cuenta de los
gastos será la siguiente:

Libras

Por seiscientos treinta mil niños, a cuatro libras


al año cada uno .................................................... 2 .5 20 .0 0 0

A l adoptar este método, no sólo se aliviará la pobreza de


los padres, sino que se eliminará la ignorancia en la joven
generación, y en adelante será menor el número de los po­
bres, pues su capacidad, gracias a la ayuda de la educación,
habrá aumentado. A muchos jóvenes, con buenas aptitudes
naturales, que entran en el aprendizaje de algún oficio mecá­
nico, como el del carpintero, ebanista, molinero, carpintero
de ribera, herrero, etc., la falta de un poco de educación ge­
neral en su infancia les impide progresar durante toda su
vida.
Paso ahora a ocuparme del caso de los ancianos.
Divido la ancianidad en dos clases. La primera es el co­
mienzo de la vejez a partir de los cincuenta años. La segun­
da, la ancianidad a partir de los sesenta.
A los cincuenta, aunque las facultades mentales del hom­
bre están en pleno vigor y su juicio es mejor que en ninguna
edad anterior, las fuerzas corporales para una vida laboriosa
empiezan a decaer. No puede soportar la misma cantidad de
Derechos del Hombre 257

fatiga que en edad más joven. Empieza a ganar menos, y es


menos capaz de aguantar el viento y la intemperie, y en los
empleos más retirados en que hace falta una vista muy bue­
na, va perdiendo fuerzas y se ve a sí mismo como un caballo
viejo, que empieza a andar al paso que puede.
A los sesenta debe dejar de trabajar, al menos por necesi­
dad inmediata. Resulta doloroso ver cómo los ancianos si­
guen trabajando hasta matarse en países que se llaman civili­
zados, para ganarse el pan de cada día.
A fin de form arme un juicio acerca del número de los
mayores de cincuenta años, he contado varias veces las per­
sonas con que me tropezaba en las calles de Londres, hom­
bres, mujeres y niños, y he visto que, en general, el prome­
dio es de uno por cada dieciséis o diecisiete. Si se me dice
que los ancianos no salen mucho a la calle, tampoco lo hacen
los niños pequeños, y una gran parte de los niños mayores
están en las escuelas y en los talleres como aprendices. Si se
toma, pues, el dieciséis como divisor, el total de personas en
Inglaterra de cincuenta años o más, de ambos sexos, ricos y
pobres, será de cuatrocientos veinte mil.
Las personas a las que se deberá atender de este total se­
rán los campesinos, los peones, los jornaleros de todos los
oficios y sus esposas, los marineros y los soldados desmovili­
zados, los sirvientes ancianos de ambos sexos y las viudas
pobres.
También habrá una cantidad considerable de pequeños co­
merciantes que, tras haber vivido decentemente la primera
parte de sus vidas, empiezan, al aproximarse la vejez, a per­
der su comercio, que acaba por caer en la decadencia.
Además, siempre habrá personas de todas las ocupaciones
relacionadas con el comercio y la aventura que caerán en la
pobreza debido a las revoluciones de esa rueda que no puede
detener ni controlar nadie.
Para atender a todos esos accidentes y a todo lo demás
que pueda ocurrir, entiendo que el número de personas que,
en un momento u otro de sus vidas, tras cumplir los cin­
cuenta años, pueden considerar necesario o agradable estar
mejor sustentados de lo que pueden lograr por sí mismos, y
no com o cuestión de gracia o favor, sino de derecho, es de
258 Thomas Paine

un tercio del total, que son ciento cuarenta mil, como decía
en la página 2 55, y para los cuales debería destinarse una
suma separada. Si su número es mayor, es que la sociedad,
pese al espectáculo y el boato del gobierno, está en una con­
dición deplorable en Inglaterra.
De estos ciento cuarenta mil, supongo que la mitad, se­
senta mil, está entre las edades de cincuenta y sesenta años,
y que la otra mitad tiene sesenta años y más. Tras determi­
nar así la proporción probable de personas ancianas, proce­
do a tratar del modo de hacer que sus circunstancias sean
desahogadas, que es:
Pagar a cada una de esas personas a la edad de cincuenta
años, y hasta que llegue a los sesenta, la suma de seis libras
al año con cargo al excedente fiscal, y después diez libras al
año toda su vida a partir de la edad de sesenta años. El gasto
de lo cual será:

Libras
esterlinas

Setenta mil personas, a seis libras al año 4 20 .0 0 0


Setenta mil personas, a diez libras al año 7 00 .0 0 0

Total 1. 120.000

Esta ayuda, como ya se ha observado, no tiene carácter de


caridad, sino de derecho. Toda persona inglesa, varón o
hembra, paga por término medio en contribuciones dos li­
bras, ocho chelines y seis peniques al año a partir del día de
su nacimiento, y si se añaden los gastos de la recaudación,
paga dos libras, once chelines y seis peniques; en consecuen­
cia, al cabo de cincuenta años ha pagado ciento veintiocho
libras, quince chelines, y al cabo de sesenta ha pagado ciento
cincuenta y cuatro libras y diez chelines. Por ende, si se con­
vierten sus contribuciones individuales en un fondo común,
o tontina, el dinero que recibirá al cabo de cincuenta años
no es sino un poco más que el interés legal de la suma neta
que ha pagado; el resto lo forman las personas cuyas circuns-
Derechos del Hombre 259

tandas no les obligan a recurrir a esa ayuda, y en ambos ca­


sos el capital sirve para pagar los gastos del gobierno. Por
eso he ampliado las posibilidades de obtener esa ayuda a un
tercio del número de personas ancianas de la nación. ¿Qué
es, pues, mejor, hacer que las vidas de ciento cuarenta mil
ancianos resulten desahogadas, o que gaste un millón al año
de los fondos públicos un individuo, cuando éste muchas veces
es del carácter más indigno o insignificante? Que respondan a
la pregunta la ra 2Ón y la justicia, que la respondan el honor y
la humanidad, que las respondan incluso la hipocresía, la
adulación, que la responda el Sr. Burke, Jorge, Luis, Leopol­
do, Federico, Catalina, Cornwallis o Tippoo Saib * 26.

* Si se calculan las contribuciones por familias, con cinco por familia,


cada familia paga por término medio 12 libras, 17 chelines y 6 peniques al
año. A esta suma han de añadirse los tributos para beneficencia. Aunque to­
dos pagan contribución por los artículos que consumen, no todos pagan tri­
butos de beneficencia. Quedan exentos unos dos millones de personas, unos
por no ser amos de casa, otros por no poder, y los propios pobres, que reci­
ben la ayuda. Por ende, el promedio de los derechos de los pobres para los
restantes es de cuarenta chelines por cada familia de cinco personas, lo cual
hace que el volumen medio completo de contribuciones y tributos sea de 14
libras, 17 chelines y 6 peniques. Para seis personas, de 17 libras y 17 cheli­
nes. Para siete personas, de 20 libras, 16 chelines y 6 peniques.
El promedio de las contribuciones en América, bajo el sistema nuevo o
representativo de gobierno, comprendido el interés de la deuda contraída en
la guerra, y si se toma la población de cuatro millones de almas a que ahora
asciende, y va en continuo aumento, es de cinco chelines por cabeza, hom­
bres, mujeres y niños. Por lo tanto, la diferencia entre los dos gobiernos es
la siguiente:

C h e lin e s P e n iq u e s

INGLATERRA:
14 17 6
Para una familia de seis personas 17 17 0
20 16 6

AMERICA:
Para una familia de cinco personas 1 5 0
Para una familia de seis personas . 1 10 0
Para una familia de siete personas . 1 15 0

(Nota delautor.)
260 Thomas Paine

Libras

La suma así entregada a los pobres será:


A doscientas cincuenta y dos mil familias pobres,
con seiscientos treinta mil n i ñ o s ....................... 2.5 20 .0 0 0
A ciento cuarenta mil personas an cian a s.............. 1.12 0 .0 0 0

T o t a l............................................................. 3 .6 40 .0 0 0

Quedarán entonces trescientas sesenta mil libras de los


cuatro millones, parte de cuya suma se puede aplicar como
sigue:
Después de atender a todos los casos mencionados, segui­
rá habiendo un cierto número de familias a las que, sin per­
tenecer exactamente a la clase de los pobres, sin embargo les
resulta difícil darles una educación a sus hijos, y esos niños,
en tal caso, estarían en peores condiciones que si sus padres
fueran efectivamente pobres. Una nación con un gobierno
bien regulado no debería permitir que nadie quedara sin ins­
trucción. El gobierno monárquico y aristocrático es el único
que necesita de la ignorancia para apoyarse en ella.
Supongamos, pues, que hay cuatrocientos mil niños en esa
situación, cifra que es muy superior a la que cabe suponer
tras las disposiciones ya tomadas, y el método será:
Asignar a cada uno de esos niños diez chelines al año para
los gastos escolares durante seis años lo cual les significa seis
meses de escuela al año, más media corona al año para papel
y libros de ortografía.
El gasto que ello implica será de 2 50 .0 0 0 libras al año *.
Quedan entonces ciento diez mil libras.

* Las escuelas públicas no responden a las necesidades generales de los


pobres. Se hallan sobre todo en las ciudades corporativas, de las que están
excluidos los pueblos rurales y las aldeas, o si se los admite, la distancia oca­
siona grandes pérdidas de tiempo. Para que la educación resulte útil a los po­
bres, debe hallarse próxima, y el mejor método, creo yo, de lograrlo, es que
los padres puedan pagar los gastos por sí mismos. Siempre se pueden hallar
en cada aldea personas de ambos sexos, especialmente de las que van entran­
do en años, capaces de esa tarea. Veinte niños a diez chelines cada uno (y
Derechos de! Hombre 261

Pese a los modos generales de ayuda que el gobierno me­


jor instituido y de mejores principios puede idear, habrá va­
rios casos menores cuya consideración por la nación es tanto
una buena política como un acto de beneficencia.
Si inmediatamente después de nacer un niño se dieran
veinte chelines a todas las madres que los pidieran, y no los
pedirá ninguna que no esté obligada por las circunstancias,
ello podría aliviar muchos problemas inmediatos.
Hay al año unos doscientos mil nacimientos en Inglaterra,
y si esa ayuda la pidiera una cuarta parte,

La cantidad sería 5 0 .0 0 0 libras

Más veinte chelines a toda pareja de recién casados que


los pidieran del mismo modo. Ello no excedería la suma de
2 0 .0 0 0 libras.
Además, veinte mil libras que se destinarían a sufragar los
gastos de los funerales de las personas que, al desplazarse
por motivos de trabajo, mueran lejos de sus amigos. A l ali­
viar a las parroquias de esta carga, se tratará mejor al foras­
tero enfermo.
Terminaré esta parte del tema con un plan adaptado a las
circunstancias particulares de una metrópoli como la de
Londres.
En una metrópoli se dan constantemente casos diferentes
de los que ocurren en el campo, y para los cuales se precisa
un modo diferente, o más bien adicional, de ayuda. En el
campo, incluso en los pueblos grandes, las gentes se conocen
unas a otras y los problemas nunca llegan a la extrema gra­
vedad que se da a veces en la metrópoli. En el campo no
ocurre que, en el sentido literal del término, haya personas
que se mueran de hambre, o que se mueran de frío por falta
de vivienda. Pero casos así, y otros igual de miserables, se
dan en Londres.

sólo durante seis meses del año) sería tanto como la remuneración de un
párroco en las partes remotas de Inglaterra, y hay muchas viudas de clérigos
que pasan apuros y para las que ese ingreso resultaría aceptable. Todo lo que
se dé por este motivo a los niños sirve para dos fines: para ellos es la educa­
ción; para quienes los educan es un medio de vida. (Nota del autor.)
262 Thomas Paine

Son muchos los jóvenes que llegan a Londres llenos de es­


peranzas y con poco o ningún dinero, y si no obtienen un
empleo inmediato, están ya medio perdidos; y los muchachos
criados en Londres sin ningún medio de ganarse la vida y,
como a veces ocurre, de padres disolutos, se encuentran en
situación todavía peor, y los sirvientes que llevan mucho
tiempo sin casa no están mucho mejor. En resumen, cons­
tantemente surge un mundo de pequeños casos, que la vida
de los ocupados o los ricos no conoce, que abren la primera
puerta de la desgracia. El hambre no es una de las necesida­
des que se puedan aplazar, y muchas veces un día, o incluso
unas horas, en esa condición representa la crisis de una vida
en ruinas.
Se pueden impedir esas circunstancias, que son la causa
general de los pequeños robos y raterías que llevan a otros
mayores. Todavía quedan veinte mil libras de los cuatro mi­
llones de excedente fiscal, que, junto con otro fondo que se
mencionará más adelante, y que asciende a unas veinte mil
libras más, no cabe aplicar a cosa mejor que este objetivo.
Entonces el plan será:
Primero: Erigir dos o más edificios, u ocupar algunos ya
construidos, que puedan contener a seis mil personas, por
lo menos, y disponer en cada uno de esos lugares de tantos ti­
pos de ocupación como quepa imaginar, de form a que todo
el que llegue encuentre algo que sepa hacer.
Segundo: Recibir a todos los que lleguen, sin averiguar
quiénes ni qué son. La única condición será que por tal can­
tidad de trabajo, o tantas horas, cada persona recibirá tantas
comidas hechas con productos sanos y un alojamiento ca­
liente, tan bueno al menos como un cuartel. Que se reserve
una cierta parte de lo que valga el trabajo de cada persona, y
se le dé cuando se marche, y cada persona se quede cuanto
tiempo quiera, sea mucho o poco, o que acuda tantas veces
como quiera, a reserva de estas condiciones.
Si cada persona se quedara tres meses, esto serviría de
asistencia por rotación a veinticuatro mil personas al año,
aunque el número real, en cada momento dado, sería sólo de
seis mil. A l establecer un refugio de este tipo, las personass
que se encuentran en esas situaciones de apuro pasajero ten­
Derechos del Hombre 263

drían una oportunidad de organizarse y podrían buscar me­


jor un empleo para el futuro.
De suponer que su trabajo no sufraga sino la mitad de los
gastos de su sustento, tras reservar para ellos una parte de
sus ganancias, la suma de otras cuarenta mil libras sufragaría
todos los demás gastos para un número superior incluso a
los seis mil.
El fondo que se podría convertir de form a muy apropiada
para este fin, además de las veinte mil libras restantes del
prim er fondo, sería el producto de la contribución sobre el
carbón que de form a tan desvergonzada e inicua se aplica al
sustento del duque de Richmond. Es horrible que haya un
hombre, y especialmente al precio que tiene el carbón hoy en
día, que viva a costa del sufrimiento de una comunidad, y
cualquier gobierno que permita tal abuso merece el cese. Se
dice que este fondo representa veinte mil libras al aflo.
Terminaré este plan enumerando los diversos particulares
y después pasaré a otros asuntos.
La enumeración es la siguiente:
Primero: Abolición de los dos millones de tributo para be­
neficencia.
Segundo: Asistencia a doscientas cincuenta mil familias
pobres.
Tercero: Educación para un millón treinta mil niños.
Cuarto: Atención para el bienestar de ciento cuarenta mil
personas ancianas.
Quinto: Donación de veinte chelines cada una a cincuenta
mil recién nacidos.
Sexto: Donación de veinte chelines cada una a cada nuevo
matrimonio.
Séptimo: Subsidios de veinte mil libras para los gastos de
los funerales de las personas que viajan por m otivos de tra­
bajo y mueren lejos de sus amigos.
O ctavo: Empleo, en todo momento, para los pobres cir­
cunstanciales de las ciudades de Londres y Westminster.
Mediante el funcionamiento de este plan quedarán sobre­
seídas las leyes de pobres, esos instrumentos de tortura civil,
y se impedirán los gastos inútiles de los pleitos. Los corazo­
nes de las personas humanitarias no se sentirán escandaliza­
264 Thomas Paine

dos por los niños harapientos y hambrientos y por las perso­


nas de setenta y ochenta años de edad que piden pan por las
calles. A los pobres moribundos no se los llevará a rastras de
un sitio a otro para que exhalen su último aliento, como K t
presaba de una parroquia contra otra. Las viudas podrán
mantener a sus hijos y no se verán expulsadas cuando mue­
ran sus maridos, como si fueran delincuentes y criminales, y
dejará de considerarse que los hijos aumentan los problemas
de los padres. Se sabrá dónde están los miserables, pues a
ellos les interesará que se sepa, y disminuirá el número de
pequeños delitos, efecto de la pobreza y los apuros, Tanto a
los pobres como a los ricos les interesará entonces apoyar al
gobierno, y cesarán la causa y la aprensión de los motines y
los tumultos. Quienes gozáis comodidades y os solazáis en la
abundancia — y existís tanto en Turquía y en Rusia como en
Inglaterra— y quienes os decís «¡Qué bien vivimos!», ¿habéis
pensado en todo esto? Cuando lo hagáis dejaréis de hablar de
vosotros mismos y de no sentir sino lo que os afecta.
El plan es fácil de poner en práctica. No perturba al co­
mercio mediante una interrupción repentina del orden de los
impuestos, sino que alivia los problemas al modificar la apli­
cación de esos impuestos, y el dinero necesario para este ob­
jetivo se puede obtener de las recaudaciones del consumo,
que se hacen ocho veces al año en todas las ciudades con
mercado de Inglaterra.
Tras ordenar y concluir este tema, paso al siguiente.
, Si se entiende que los actuales gastos corrientes son de
siete millones y medio, y es el mínimo que representan, que­
dará (después de la suma de un millón y medio que se toma
para los nuevos gastos corrientes y los cuatro millones para
el servicio mencionado) la suma de dos millones; parte de la
cual se aplica como sigue:
Aunque flotas y ejércitos, si se efectúa una alianza con
Francia, resultarán inútiles en gran medida, no obstante las
personas que se han consagrado a esos servicios, y que por
ende se han hecho incompetentes para otros oficios en la
vida, no tienen por qué sufrir con lo que hace felices a otros.
Son hombres diferentes de los que forman una corte o vaga­
bundean en torno a ella.
Derechos del Hombre 265

Parte del ejército se mantendrá al menos durante algunos


años, as/ como la marina, y para ellos ya se proveen sumas
en la primera parte de este plan de un millón, que es casi
medio millón más que en el presupuesto de paz del ejército y
la marina en los tiempos pródigos de Carlos II.
Supongamos, pues, que se desmoviliza a quince mil solda­
dos y que a cada uno de esos hombres se le conceden tres
chelines por semana para toda su vida, sin ninguna deduc­
ción que se pagarán de la misma manera que se pagan a los
pensionistas del Chelsea College, y que ellos vuelven a de­
sempeñar sus oficios y estar entre sus amigos; y añadimos
también quince mil pagas de seis peniques por semana para
la paga de los soldados que sigan en activo. El gasto anual
será:

Libras

Para pagar a quince mil soldados desmovilizados,


a tres chelines por s e m a n a ....................................... 1 1 7 .0 0 0
Paga adicional de los soldados restantes ................... 19.500
Supóngase que la paga de los oficiales desmovi­
lizados sea tanta como la suma concedida a los
soldados....................................................................... 11 7 .0 0 0
Para no complicar los cálculos, concédase la
misma suma a los marineros desmovilizados que
a los soldados, y el mismo aumento de las pa­
gas ................................................................................ 2 53 .5 0 0

Total gen eral............................. 5 07 .0 0 0

Todos los años se irá reduciendo alguna parte de esta


suma de medio millón (omito el pico de siete mil libras para
no complicar las cuentas), y toda ella desaparecerá con el
tiempo, como ocurre con todas las pensiones, salvo el au­
mento de las pagas en treinta y nueve mil libras *. A l irse re­

* En la edición original de Paine y en casi todas las posteriores dice «vein­


tinueve mil libras», pero como se trata del aumento de la soldada dos veces
266 Thomas Paine

duciendo, pueden irse eliminando parte de las contribucio­


nes; por ejemplo, cuando se reduzca en treinta mil libras, se
puede suprimir del todo el derecho sobre el liipulo; y al desa­
parecer otras partes se podrán reducir los derechos sobre las
velas y el jabón, hasta que desaparezcan completamente.
A hora queda por lo menos un millón y medio de excedente
fiscal.
La contribución sobre casas y ventanas es una de las con­
tribuciones directas que, al igual que el tributo para benefi­
cencia, no debe confundirse con el comercio, y cuando se li­
mite, inmediatamente se advertirá un alivio. Esta contribu­
ción resulta muy pesada para la clase media de población.
El total de esta contribución, conforme a los resultados de
1788, fue de:

Libras Chelines Peniques

Casas y ventanas, conforme a la


Ley de 17 6 6 ............................... 384 .4 5 9 11 7
Idem, conforme a la Ley de
1779 .......................................... 13 0 .7 3 9 14 5,5

T o t a l................................. 5 1 6 .1 9 9 6 0,5

Si se elimina esta contribución, quedará entonces un mi­


llón de excedente fiscal, y como siempre es oportuno mante­
ner una suma en reserva para urgencias, quizá sea mejor no
ampliar las reducciones más allá en los primeros momentos,
sino estudiar lo que cabe hacer con otros modos de reforma.
Entre las contribuciones cuyo efecto más se hace sentir fi­
gura la contribución sobre la transmisión. Por ende, ofreceré
un pian para su abolición, mediante su sustitución por otra,
que alcanzará tres objetivos al mismo tiempo.
Primero, el de transpasar esa carga a quienes mejor la pue­
dan soportar.

(ejército y marina), y cada vez es de 19.500 libras, es evidente que se trata de


una errata. Collins, por ejemplo, la reproduce sin comentario, Foner la corri­
ge sin más, Bonner la corrige con explicaciones. (N. del T.)
Derechos del Hombre 267

Segundo, restablecer la justicia entre las familias mediante


una redistribución de la propiedad.
Tercero, extirpar el exceso de influencia que se debe a la
ley antinatural de primogenitura, y que es una de las princi­
pales fuentes de corrupción en las elecciones.
El volumen de la contribución sobre la transmisión con­
form e a los resultados de 17 8 8 fue de 77.65 7 libras *.
Cuando se proponen contribuciones, al país le causa risa
el idioma plausible de que se están estableciendo sobre el
lujo. Una cosa se califica de lujo en un momento y otra cosa
en otro, pero el verdadero lujo no consiste en el artículo,
sino en los medios de obtenerlo, y esto es lo que siempre se
oculta. .
No sé por qué una planta o una hierba del campo deba ser
un lujo mayor en un país que en otro, pero una finca excesi­
vamente grande es un lujo en cualquier momento, y como
tal debe pagar la contribución. Por ende, lo que procede es
tom ar a esos caballeros que imponen las contribuciones por
la palabra y utilizar el principio que ellos mismos han esta­
blecido, el de la contribución sobre lo suntuario. Si ellos o su cam­
peón, el Sr. Burke, que según temo se está poniendo tan an­
ticuado como el hombre de la armadura, pueden demostrar
que una posesión que rinde veinte, treinta o cuarenta mil li­
bras al arlo no es un lujo, retiraré el argumento.
D e reconocer que es necesaria una suma anual de, diga­
mos, por ejemplo, mil libras para el sustento de una familia,
en consecuencia el segundo millar es un lujo, el tercero toda­
vía más, y si seguimos adelante, llegaremos a una suma a la
que se puede calificar correctamente de lujo prohibible. No
sería político poner límites a la prosperidad adquirida gracias
a la propia industria, y por ello es acertado establecer la pro­
hibición más allá de lo que es probable adquirir con ella,
pero debe existir un límite a la propiedad o a la acumulación
de ésta por herencia. Debe transmitirse de otro modo. Los
más ricos de la nación tienen parientes pobres, y muchos de
ellos son consanguíneos cercanos.

* Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. det T.)


268 Thomas Paine

El siguiente cuadro de imposición progresiva se construye


conforme a los principios mencionados más arriba, y como
sustituto de la contribución sobre la transmisión. P or su fun­
cionamiento normal llegará al punto de la prohibición, y con
ello eliminará el derecho aristocrático de la primogenitura.

CUADRO1

Contribución sobre todas las propiedades que excedan de un


rendimiento anual neto de cincuenta libras, tras deducir la
contribución territorial.
Chelines Peniques

Hasta 5 00 lib ra s ......................................... 0 3


De 500 a 1.00 0 lib ra s ................................ 0 6
Sobre el segundo m illa r ........................... 0 9
Sobre el tercer m illa r 1 0
Sobre el cuarto millar . . . 1 6
Sobre el quinto millar .............................. 2 0
Sobre el sexto m illar ................................ 3 0
Sobre el séptimo millar ........................... 4 0
Sobre el octavo millar .............................. 5 0
Sobre el noveno m illa r.............................. 6 0
Sobre el décimo m illa r .............................. 7 0
Sobre el undécimo m illa r......................... 8 0
Sobre el duodécimo m illa r ....................... 9 0
Sobre el decimotercer m i ll a r .................. 10 0
Sobre el decimocuarto m illa r 11 0
Sobre el decimoquinto m illa r.................. 12 0
Sobre el decimosexto m illa r.................... 13 0
Sobre el decimoséptimo m illa r................ 14 0
Sobre el decimoctavo millar .................. 15 0
Sobre el decimonoveno m illa r ................ 16 0
Sobre el vigésimo m illar........................... 17 0
Sobre el vigesimoprimer m i lla r .............. 18 0
Sobre el vigesimosegundo m illa r 19 0
Sobre el vigesimotercer m illa r ................ 20 0
Este cuadro demuestra la progresión por libra por cada
millar acumulado.
Derechos del Hombre 269

El cuadro siguiente indica el volumen de la contribución


por cada millar por separado, y la última columna el volu­
men total de todas las sumas separadas recaudadas.

CU AD RO II

Una propiedad.de 50 libras al año, a 3 peniques por libra,


paga 12 chelines y 6 peniques.

Libras Chelines Peniques

Idem de 10 0 p ag a 1 5 0
ídem de 2 00 p a g a .................. 2 10 0
ídem de 3 0 0 p ag a.................. 3 15 0
ídem de 4 0 0 p ag a.................. 5 0 0
ídem de 5 00 p ag a.................. 6 5 0

A partir de 5 00 libras, la contribución de 6 peniques se


aplica a las segundas 500; en consecuencia, una propiedad de
1.0 0 0 libras al año paga 18 libras y 15 chelines, etc.
Por libra Volumen total

Libras Chelines Peniques Libras Peniques Libras Peniques

1.“ 5 0 0 a . . 0 3 6 5 18 15
2 .« 5 00 a . . 0 6 12 10 18 15
2.° m illar a . 0 9 37 10 56 5
3 .« m illar a , 1 0 50 0 106 5
4.o m illar a . 1 6 75 0 181 5
5.o millar a . 2 0 100 0 281 5
ó.0 millar a . 3 0 15 0 0 43^ 5
7.o millar a . 4 0 2 00 0 631 5
8.° millar a . 5 0 250 0 881 5
9.o m illar a . 6 0 300 0 1.18 1 5
10.° millar a . 7 0 3 50 0 1.531 5
11 .o m illar a . 8 0 400 0 1.931 5
12.o millar a . 9 0 4 50 0 2.381 5
13.o millar a , 10 0 . 500 0 2.881 5
14.o millar a . 11 0 550 0 3.431 5
270 Thomas Paine

Por libra Volumen total

Ubras Chelines Peniques Libras Peniques Libras Peniques

15.° m illar a . 12 0 600 0 4 .0 31 5


16.° millar a . 13 0 650 0 4 .6 81 5
17.» m illara . 14 0 700 0 5.381 5
18.° millar a . 15 0 750 0 6 .13 1 5
19.o millar a . 16 0 800 0 6.931 5
20.° m illar a . 17 0 850 0 7.781 5
21.o m illar a . 18 0 900 0 8.681 5
22.° millar a . 19 0 950 0 9.631 5
23.o millar a . 20 0 1.000 0 10.631 5

Al vigésimo tercer millar la contribución pasa a ser de 20


chelines por libra, y por ende cada millar por encima de esa
cifra no puede producir beneficio, sino dividir la propiedad.
Y sin embargo, por formidable que parezca esta contribu­
ción, creo que no producirá tanto como la contribución so­
bre la transmisión; si produjera más, debería reducirse en
igual cantidad respecto de las propiedades de menos de dos
o tres mil libras al año.
Para la propiedades pequeñas e intermedias este impuesto
es inferior (como se propone ser) a la contribución sobre la
transmisión. No empieza a hacerse pesado hasta que se llega
a siete mil u ocho mil al año. El objetivo no es tanto el re­
caudar mucho, sino que la medida sea justa. La aristocracia
se ha protegido demasiado, y esto sirve para restablecer par­
te del equilibrio perdido.
Como ejemplo de esa protección basta con contemplar el
establecimiento inicial de las leyes sobre el consumo, en la
llamada Restauración, o sea, a la llegada de Carlos II. Los in­
tereses aristocráticos, a la sazón en el poder, modificaron los
servicios feudales a que ellos mismos estaban obligados me­
diante la imposición de una contribución sobre la cerveza fa­
bricada para la venta; esto es, se coaligaron con Carlos a fin
de lograr una exención para sí mismos y para sus herederos
mediante una contribución que pagarían otros. La aristocra­
cia no compra cerveza fabricada para la venta, sino que fa­
brica su propia cerveza sin pagar ningún derecho, y si en
Derechos del Hombre 271

aquella época hubiera hecho falta una tranmisión, debería


haber sido a expensas de aquellos a quien se destinaban las
exenciones de esos servicios *; en lugar de lo cual, se impuso
a una clase completamente distinta de hombres.
Pero el principal objetivo de esta contribución progresiva
(además de la justicia de hacer que las contribuciones sean
más iguales de lo que son) es, como ya se ha dicho, extirpar
la influencia excesiva que es resultado de la antinatural ley
de primogenitura, que es una de las principales fuentes de
corrupción en las elecciones.
D e poco valdría investigar cómo se iniciaron esas propie­
dades tan vastas que rentan treinta, cuarenta o cincuenta mil
libras al año, y ello en un momento en que el comercio y las
manufacturas no se hallaban en estado de admitir tales ad­
quisiciones. Baste con poner remedio al mal y dejar que pue­
dan revertir a la comunidad, por el medio pacífico de distri­
buirlas entre todos los herederos y las herederas de esas fa­
milias. Ello será tanto más necesario cuanto que hasta ahora
la aristocracia ha dejado a sus hijos menores y sus parientes a
cargo del público, en puestos, empleos y cargos inútiles que,
una vez abolidos, los dejarán sin ocupación, a menos que
también quede abolida y sobreseída la ley de primogenitura.
Una contribución progresiva efectuará este objetivo en
gran medida, y ello como cosa que interesará a las partes
más directamente afectadas, como se apreciará con el cuadro
siguiente, que indica el producto neto de cada propiedad,
tras sustraer la contribución. Esto revelará que cuando una
propiedad pasa de trece o catorce mil libras al año, el resto
produce muy pocos beneficios al propietario, y en conse­
cuencia pasará directamente a los hijos menores o a otros pa­
rientes.

* La contribución sobre la cerveza fabricada para la venta, de la que está


exenta la aristocracia, es de casi un millón más que la actual contribución so­
bre la transmisión, pues conforme a los date» correspondientes a 1788, es de
1.666.152 libras, y en consecuencia la aristocracia debería cargar con la con­
tribución sobre la transmisión, dado que ya está exenta de otra que es supe­
rior a ésta en casi un millón. (Nota dei A utor)
272 Thomas Paine

CUADRO III
Que indica el producto neto de una propiedad, de mil a
veintitrés mil libras al año.
Contribución total
N.° de millares a! arto deducida Producto neto

1.000 18 9 82
2.000 56 1.944
3.000 106 2 .894
4.000 181 3 .8 19
5.000 281 4 .7 19
6.000 431 5.509
7.000 631 6 .3 19
8.000 881 7 .11 9
9 .000 1.18 1 7 .8 19
10.000 1.531 8.469
11.000 1.931 9.069
12.000 2.381 9 .6 19
13.000 2.881 1 0 .1 1 9
14.000 3.431 10.569
15.000 4.031 10.969
16.000 4.681 1 1 .3 1 9
17.000 5.381 1 1 .6 1 9
18 .0 0 0 6 .13 1 11.8 6 9
19.000 6.931 12.069
20.000 7.781 12 .2 19
21.000 8.681 12 .3 19
22.000 9.631 12.369
2 3.000 10.631 12.369
N. B.—En este cuadro se ha prescindido del pico de chelines.
Conforme a este cuadro, una propiedad no puede producir
más de 12 .3 7 0 libras después de pagar la contribución terri­
torial y la contribución progresiva, y por lo tanto se proce­
derá a la división de las grandes propiedades como cuestión
de interés familiar. Una propiedad de 2 3 .0 0 0 libras al año,
dividida en cinco de cuatro mil al año, y en una de tres, no
deberá contribuir más de 1.12 9 libras, que no es más que el
cinco por ciento, pero si está en manos de un solo propieta­
rio habrá de contribuir 10.630.
Derechos del Hombre 273

Aunque la investigación del origen de esas propiedades


sea innecesaria, otra cosa es su continuación en la forma ac­
tual. Eso es cuestión de interés nacional. Como propiedades
hereditarias, la ley ha creado el mal y debería también apor­
tar el remedio. Debería abolirse la primogenitura, no sólo
porque es antinatural e injusta, sino porque su funciona­
miento hace sufrir al país. A l privar (como se ha observado
antes) a los hijos más jóvenes de su parte justa de la herencia,
se carga al público con el gasto de mantenerlos, y la libertad
de las elecciones se ve violada por la influencia abrumadora
que produce este monopolio injusto de la propiedad familiar.
Y no es esto todo. Crea un despilfarro de la propiedad na­
cional. Una parte considerable de la tierra pasa a ser impro­
ductiva por las grandes extensiones de parques y cotos de
caza que esta ley sirve para mantener, y ello en una época en
que la producción nacional de cereales no basta para el con­
sumo nacional *. En resumen, los males del sistema aristo­
crático son tan graves y numerosos, tan incongruentes con
todo lo que es justo, sabio, natural y benéfico, que cuando se
estudian, no debería caber duda de que muchos actualmente
clasificados dentro de ese estamento desearán ver abolido
ese sistema.
¿Qué placer puede brindarles el contemplar la condición
inerte y la mendicidad casi cierta de sus hijos más pequeños?
Cada familia aristocrática tiene un apéndice de familiares
mendigos que vagabundean en torno a ella, de los que en
unos años y unas generaciones se desprende, y se consuelan
contando su historia en asilos, refugios y prisiones. Esta es
la consecuencia natural de la aristocracia. El par del reino y
el mendigo pertenecen muchas veces a la misma familia. Un
extremo produce el otro; para hacer rico a uno hay que ha­
cer pobres a otros; y el sistema no se puede sustentar por
ningún otro medio.
Hay dos clases de personas a quienes las leyes de Inglate­
rra les son particularmente hostiles, y son las más indefen­
sas: los hijos menores y los pobres. De los primeros acabo de
hablar; de los segundos no mencionaré sino un ejemplo de

* Véanse los informes sobre el comercio de cereales. (Nota del autor.)


274 Thomas Paine

los muchos que cabría aducir, y con el cual terminaré el


tema.
Hay en vigor diversas leyes para regular y limitar los sala­
rios de los trabajadores. ¿Por qué no dejarles tanta libertad
de realizar sus propias negociaciones como tienen los legisla­
dores para arrendar sus campos y sus casas? Su trabajo per­
sonal es lo único que tienen. ¿Por qué se ha de injerir nadie
en ese poco, y en la poca libertad que tiene? Pero será más
fácil advertir la injusticia si estudiamos el funcionamiento y
el efecto de esas leyes. Cuando se fijan los salarios p or eso
que llaman leyes, los salarios legales siguen estacionarios,
mientras que todo lo demás sube, y como quienes hacen las
leyes siguen estableciendo nuevas contribuciones en vitud de
otras leyes, aumentan con una ley el costo de la vida y arre­
batan con otra los medios de ganársela.
Pero si estos caballeros que legislan e imponen las contri­
buciones pensaran que es correcto limitar la magra pitanza
que puede producir el trabajo personal, y con la que se ha de
sustentar a toda una familia, desde luego deben sentirse fe­
lizmente privilegiados si se ¡im itan p or su propia parte a
nada menos que doce mil libras al año, y eso por una propie­
dad que jamás adquirieron (ni de form a honesta ninguno de
sus antepasados), y que tan mal han utilizado.
Habiendo ya terminado con este tema, reduciré todos los
detalles a una opinión y después pasaré a otros asuntos.

Se repiten los ocho artículos primeros, que figuran en la


pág. 263.
1. Abolición de los dos millones de tributo para benefi­
cencia.
2. Asistencia a doscientas cincuenta y dos mil familias
pobres, a razón de cuatro libras por persona por cada hijo
menor de catorce años; lo cual, junto con la adición de dos­
cientas cincuenta mil libras, proporciona educación a un mi­
llón treinta mil niños.
3. Anualidad de seis libras al año a todas las personas
pobres, comerciantes arruinados y otros (se supone que se­
tenta mil) de cincuenta años de edad, hasta los sesenta.
4. Anualidad de diez libras al año, vitalicia, a todas la
Derechos del Hombre 275

personas pobres, comerciantes arruinados y otros (se supone


que sesenta mil) de sesenta años de edad.
5. Donación de 20 chelines cada una a cincuenta mil re­
cién nacidos.
6 . Donación de 20 chelines cada una a veinte mil nue­
vos matrimonios.
7. Subsidios de veinte mil libras para los gastos de los
funerales de personas que viajan por motivos de trabajo y
mueren lejos de sus amig9 s.
8 . Empleo en todo momento para los pobres circunstan­
ciales de las ciudades de Londres y de Westminster.

Segunda enumeración

9. Abolición de las contribuciones sobre casas y venta­


nas.
10. Subsidio de tres chelines por semana, vitalicio, a
quince mil soldados desmovilizados, y subsidio proporcional
a los oficiales de los cuerpos desmovilizados.
11. Aum ento de paga de los soldados restantes de
19 .5 0 0 libras al año.
12. Igual subsidio a la marina desmovilizada, e igual au­
mento de paga que en el ejército.
13. Abolición de la contribución de transmisión.
14. Plan de contribución progresiva, que actúe para ex­
tirpar la ley injusta y antinatural de la primogenitura y ¡a in­
fluencia perniciosa del sistema aristocrático *.
Todavía queda, como ya he expuesto, un millón de exce­
dente fiscal. Parte de esta suma hará falta para circunstancias
imprevistas, y la parte que no haga falta permitirá una nueva
reducción de las contribuciones igual a esa parte.

* Cuando se investiga la condición de los pobres, lo más probable es que


se hallen diversos grados de penuria, que harían preferible un método distin­
to del que ya se ha propuesto. Las viudas con familia padecerán una necesi­
dad mayor que cuando sus maridos viven. También existe una diferencia en
cuanto al costo de la vida en los diferentes condados, y mayor en cuanto al
combustible.
276 Thomas Paine

Entre los derechos que la justicia exige atender, merecerá


atención la condición de los agentes subalternos del fisco.
Merece reproche todo gobierno que desperdicia tal inmensi­
dad de ingresos en sinecuras y empleos y cargos nominales e
innecesarios, y no permite ni siquiera ganarse la vida decen­
temente a quienes hacen el trabajo. El sueldo de los agentes
subalternos del fisco sigue siendo la minúscula pitanza de
menos de cincuenta libras al año desde hace más de cien
años. Debería ser de sesenta. La aplicación de unas ciento
veinte mil libras para este fin hará que todos esos sueldos
sean decentes.
A sí se propuso hace casi veinte años, pero la junta de ha­
cienda entonces en el poder se asustó, pues podría llevar a
expectativas similares por parte del ejército y la marina, y lo
que ocurrió fue que el Rey, o alguien en su nombre, pidió al
Parlamento que se le subiera a él el sueldo en cien mil al
año, y una vez hecho esto, se dejó de lado todo lo demás.
Con respecto a otra clase de hombres, el bajo clero, re­
nuncio a explayarme sobre su condición, pero aparte de toda
parcialidad o prejuicio en pro o en contra de diferentes mo­
dos y formas de religión, la más elemental justicia determi­
nará si debería haber un ingreso de veinte o treinta libras al
año para un hombre y de diez mil para otro. Hablo sobre
este tema con tanta más libertad cuanto que se sabe que no

Libras

Supongamos, pues, 50.000 casos extraordinarios a razón de


10 libras al a ñ o .................................................................................. 500.000
100.000 familias a 8libras por familia al año........................ 800.000
100.000 familias a 7libras por familia al año...................... 700.000
104.000 familias a 5libras por familia al año..................................... 520.000
Y, en lugar de 10chelines por cabeza para la educación de
otros hijos, conceder 50 chelines por familia para ese fin
50.000 familias ( s i c ) ......................................................................... 250.000 27
140.000 ancianos, como a n te s............................................................ 1.120.000

Tota! ......................................................................................... 3.890.000

Este sistema equivale a la misma suma expuesta en la pág. 260, más las
250.000 libras para educación, pero atiende (comprendidos los ancianos) a
cuatrocientas cuatro mil familias, que es casi una tercera parte de las familias
de Inglaterra. (Nota dtl autor.)
Derechos del Hombre 277

soy presbiteriano, y por ende no se puede elevar contra mí el


grito adocenado de los aduladores de la corte acerca de la
iglesia y la capilla28, que persiste con el fin de entretener y
confundir a la nación.
Vosotros, hombres sencillos en cualquier bando de la
cuestión que estéis, ¿no veis que se trata de una artimaña
cortesana? Si se os puede mantener divididos y enfrentados
en torno a la iglesia y la capilla, entonces satisfacéis todos
los objetivos del cortesano, que entre tanto vive del botín de
las contribuciones y se ríe de vuestra credulidad. Es buena
toda religión que enseñe al hombre a ser bueno, y no conoz­
co ninguna que le ordene ser malo.
Habida cuenta de todos los cálculos mencionados más
arriba, supongamos que sólo se pagan al erario dieciséis mi­
llones y medio de contribuciones, tras deducir los gastos de
la recaudación y los que se dedican a aduanas y oficinas de
consumos; con lo cual la suma que se paga al erario es de
casi diecisiete millones, si no llega. Las contribuciones re­
caudadas en Escocia e Irlanda se gastan en esos países, y por
ende sus ahorros procederán de sus propias contribuciones,
pero si alguna parte se paga al erario inglés, se podría devol­
ver. Esto no representará una diferencia ni de cien mil libras
al año.
Ahora sólo queda por tener en cuenta la deuda nacional.
En el año de 17 8 9 el interés, sin contar el fondo común o
tontina.era de 9 .1 5 0 .1 3 8 libras. En cuánto se ha reducido el
interés desde entonces, quien mejor lo sabe es el ministro.
Pero después de pagar el interés, abolir la contribución so­
bre casas y ventanas, la contribución sobre la transmisión y
los tributos para beneficencia, y de atender cabalmente a los
pobres, a la educación de los niños, la ayuda a los ancianos,
los desmovilizados del ejército y la marina y el aumento de la
soldada de quienes sigan en filas, quedará un excedente de
un millón.
El plan actual para el pago de la deuda nacional me pare­
ce, com o persona desinteresada, una empresa mal concerta­
da, por no decir falaz. La carga de la deuda nacional no con­
siste en que ascienda a tantos millones, o centenares de mi­
llones, sino en la cantidad de contribuciones que se recaudan
278 Thomas Paine

todos los años para pagar el interés. Si esta cantidad conti­


núa siendo la misma, la carga de la deuda nacional es la mis­
ma a todos los fines, tanto si el capital es mayor como si es
menor. La única form a que puede tener el público de saber
que se reduce la deuda ha de ser que se reduzcan las contri­
buciones para el pago del interés. Por lo tanto, para el públi­
co la deuda no se reduce en un cuarto de penique pese a los
millones que se han pagado, y hoy día haría falta más dinero
para amortizar el capital que cuando se inició el plan.
Con una digresión a este respecto, del que me volveré a
ocupar más adelante, me retrotraigo a la designación como
ministro del Sr. Pitt.
Entonces yo me hallaba en América. Había terminado la
guerra, y aunque ya había cesado el encono, seguía vivo el
recuerdo.
Cuando llegó la noticia de la coalición, aunque no era
cuestión que me afectara, como ciudadano de América, sí
me afectó como hombre. Tenía algo de escandaloso, al jugar
públicamente con la decencia, por no decir con los princi­
pios. Fue una insolencia por parte de Lord North, una falta
de firmeza por parte del Sr. Fox.
El Sr. Pitt era en aquella época lo que cabría calificar de
un primerizo en la política. Lejos de estar curtido en ella, pa­
recía no estar iniciado en los primeros misterios de las intri­
gas cortesanas. Lo tenía todo a su favor. El resentimiento en
contra de la coalición le fue favorable a él y su ignorancia
del vicio le dio la reputación de virtud. Con el restableci­
miento de la paz, el comercio y la prosperidad resurgirían
solos, pero incluso este resurgimiento se le atribuyó a él.
Cuando tomó el timón había pasado la tormenta, y no te­
nía frente a sí nada que le obstaculizara el rumbo. Incluso
para equivocarse hacía falta ingenio, y tuvo éxito. A l cabo de
poco tiempo demostró ser el mismo tipo de hombre que ha­
bían sido sus predecesores. En lugar de aprovecharse de los
errores que habían llegado a acumular una carga de contri­
buciones sin paralelo en el mundo, se buscó, casi podría de­
cir que publicó anuncios para buscarse enemigos, y provocó
medios de aumentar las contribuciones. En busca de algo,
no sabía qué, buscó aventuras por toda Europa y la India, y
Derechos del Hombre 279

abandonando las bellas pretensiones con las que comenzó, se


convirtió en el caballero andante de la era moderna.
Resulta desagradable ver cómo se desperdicia una perso­
nalidad. Peor aún resulta ver cómo se le engaña a uno. El
Sr. Pitt no habfa merecido nada, pero prometía mucho. Te­
nía los síntomas de poseer una mentalidad superior a la mez­
quindad y la corrupción de las cortes. Su aparente sinceridad
alentaba las esperanzas, y la confianza del público, confundi­
da, cansada y estragada por un caos de partidos, resucitó y se
apegó a él. Pero él al creer, como ha hecho, que el rechazo
de la coalición por parte de la nación era mérito propio
suyo, se ha apresurado a adoptar medidas que un hombre
con menos apoyo no se hubiera atrevido a tomar.
Todo esto parece demostrar que un cambio de ministros
no representa nada. Uno sale, otro entra, y continúan las
mismas medidas, los mismos vicios y la misma extravagan­
cia. No importa quién sea ministro. El defecto reside en el
sistema. Las bases y la superestructura del gobierno son ma­
las. Por mucho que se apuntalen, siguen hundiéndose en el
gobierno de la corte,' y así seguirán haciendo siempre.
Vuelvo, com o había prometido, al tema de la deuda nacio­
nal, ese vástago de la revolución angloholandesa y de su sir­
vienta, la sucesión hannoveriana.
Pero ya es demasiado tarde para investigar cómo empezó.
Aquellos a quienes se debía el dinero lo adelantaron, y el que
se gastara bien o mal, o que se lo embolsara alguien, no es
culpa suya. Pero resulta fácil ver que, si la nación procede a
contemplar el carácter y los principios del gobierno y a com­
prender las contribuciones, y a establecer comparaciones en­
tre las de América, Francia e Inglaterra, resultará casi impo­
sible mantenerla en el mismo estado de sopor en que ha es­
tado hasta ahora. Pronto habrá que iniciar alguna reforma,
por necesidad de las circunstancia?. No se trata de que esos
principios tengan mucha o poca fuerza en la actualidad. Es
que ya están expuestos en público. Han salido al mundo y no
hay fuerza que pueda detenerlos. A l igual que un secreto des­
cubierto, ya no se puede impedir su difusión; y bien ciego ha
de ser quien no vea que ya se está iniciando un cambio.
Nueve millones de contribuciones de peso muerto es cosa
280 Thomas Pain^

seria; y no se destinan sólo a un gobierno malo, sino en gran


medida extranjero. A l poner el poder de declarar la guerra
en manos de extranjeros que han venido a ver lo que podían
llevarse, no cabía esperar algo muy diferente de lo que ha
pasado.
Y a se han expuesto en esta obra las razones por las que
cualesquiera sean las reformas fiscales, deberían introducirse
en los gastos corrientes del gobierno, y no en la parte que se
aplica a los intereses de la deuda nacional. A l anular los tri­
butos para la beneficencia de los pobres, éstos se verán cabal­
mente aliviados, y desaparecerá todo descontento de su par­
te; y al eliminar las contribuciones que ya se han menciona­
do, la nación logrará recuperar todos los gastos de la demen-
cial guerra de América.
Entonces sólo quedará la deuda nacional como objeto de
descontento, y a fin de eliminar éste, o mejor dicho de pre-
vernirlo, sería una buena política por parte de los propios
acreedores el considerarla com o una propiedad, sometida,
como toda propiedad, al pago de parte de las contribuciones.
Le daría al mismo tiempo popularidad y seguridad, y como
gran parte de su actual inconveniencia se ve equilibrada por
el capital que mantiene en existencia, una medida de ese tipo
aumentaría tanto ese equilibrio que silenciaría las objeciones.
Cabe hacerlo por medios tan graduales que logren todo lo
necesario con la mayor facilidad y comodidad.
En lugar de imponer una contribución al capital, el mejor
método consistiría en imponérsela al interés en relación p ro ­
gresiva, y reducir las contribuciones públicas en la misma
medida en que fueran disminuyendo los intereses.
Supongamos que se impusiera al interés una contribución
de medio penique por libra el primer año, un penique más el
segundo, y continuar así conforme a una cierta relación que
se determinaría, siempre inferior a cualquier impuesto sobre
la propiedad. Esa contribución se deduciría del interés en el
momento del pago, sin ningún gasto de recaudación.
Medio penique por libra reduciría el interés, y en conse­
cuencia las contribuciones, en veinte mil libras. Eso equivale
a la contribución sobre los transportes, contribución que po­
dría eliminarse en el prim er año. El segundo año también
Derechos del Hombre 281

podría eliminarse la contribución sobre las sirvientas, .u otra


contribución parecida, y al continuar del mismo modo, al
aplicar siempre la contribución recaudada con cargo a la
propiedad de la deuda a la extinción de ésta, y no aplicarla a
los servicios corrientes, se amortizaría sola *.
Los acreedores, pese a este impuesto, pagarían menos
contribución que ahora. Lo que ahorrarían con la abolición
del tributo para beneficencia y de la contribución por casas y
ventanas, y de la contribución sobre las transmisiones, sería
mucho más de lo que representa esta contribución, cuya ac­
tuación sería lenta, pero segura. .
Me parece prudente contemplar las medidas que serían
aplicables en cualesquiera circunstancias que pudieran surgir.
Existe; actualmente, una crisis en los asuntos de Europa que
parece exigirlo. Hoy día lo prudente es prepararse. Si se anu­
lan de golpe las contribuciones, más adelante será difícil res­
tablecerlas; y el alivio no sería tan efectivo como si se proce­
diera mediante una representación mesurada y gradual.
Hoy día se está comenzando a comprender demasiado
bien el fraude, la hipocresía y el engaño de los gobiernos
como para que éstos se puedan prometer un futuro demasia­
do prolongado. La farsa de la monarquía y de la aristocracia
en todos los países va siguiendo el camino de la caballería
andante, y el Sr. Burke se viste de luto para el funeral. Que
pasen, pues, tranquilamente a la tumba de todos los demás
absurdos, y que se consuelen sus plañideros.
No es mucho el tiempo que falta para que Inglaterra se ría
de sí misma por haber enviado a buscar a Holanda, Hanno­
ver, Zell o Brunswick, hombres que le cuestan un millón al
año, que no comprenden sus leyes, su idioma ni sus intere­
ses, y cuyas aptitudes apenas si les capacitarían para el cargo
de policía de una parroquia. Si pudiera ponerse el gobierno
en esas manos es que verdaderamente debe tratarse de algo
sencillísimo y facilísimo, y para ese fin cabe hallar materiales
adecuados en todas las villas y las aldeas de Inglaterra **.

* Párrafo omitido en varias ediciones modernas (N. del T.)


** Bste párrafo y el anterior se incluyeron en la instrucción contra Paine.
(TV. del T.) .
282 Thomas Paine

Cuando cualquier país del mundo pueda decir: mis pobres


son felices; no son víctimas d e la ignorancia ni de la escasez;
en mis cárceles no hay presos, ni en mis calles mendigos; los
ancianos no padecen necesidades; las contribuciones no son
progresivas; el mundo racional es mi amigo, porque yo soy
el amigo de su felicidad; cuando puedan decirse esas cosas,
entonces ese país podrá presumir de su contribución y de su
gobierno.
En el espacio de unos años hemos sido testigos de dos re­
voluciones, la de América y la de Francia. En la primera, el
combate fue largo y el conflicto grave; en la segunda, la na­
ción actuó con un impulso tan consolidado que, al no tener
un enemigo extranjero al que combatir, la revolución tomó
completamente el poder en el momento en que apareció. Por
ambos ejemplos es evidente que las principales fuerzas que
pueden entrar en el campo de las revoluciones son la razón y
el interés común. Cuando ambas cosas tienen la oportunidad
de actuar, la oposición se muere de miedo o se derrumba
ante la convicción. Es grande el prestigio que han alcanzado
ya .universalmente, y en adelante podemos esperar que las re­
voluciones, o los cambios de gobierno, se produzcan de
modo igual de calmado, mediante el cual se logra cualquier
medida determinable por el razonamiento y el debate.
Cuando una nación cambia sus opiniones y sus hábitos de
pensar, ya no se la puede gobernar como antes; pero no sólo
sería un error, sino una mala política, tratar de forzar lo que
debería lograrse mediante la razón. La rebelión consiste en
oponerse con la fuerza a la voluntad general de la nación,
hágalo un partido o el gobierno. Por ende, en todas las na­
ciones debería haber un método de determinar de vez en
cuando el estado de la opinión pública con respecto al go­
bierno. A este respecto, el antiguo gobierno de Francia era
mejor que el actual gobierno de Inglaterra, porque en ocasio­
nes extraordinarias se podía recurrir a los que se llamaban
entonces Estados Generales. Pero en Inglaterra no existen
esos órganos ocasionales, y en cuanto a los que ahora se cali­
fica de representativos, gran parte de ellos son meros meca­
nismos de la corte, sus empleados y beneficiarios.
Calculo que, si bien todos los ingleses pagan contribucio­
Derechos del Hombre 283

nes,' ni una centésima parte de ellos son electores, y los


miembros de una de las cámaras del Parlamento no se repre­
sentan más que a sí mismos. Por ende, no hay ningún poder,
más que el deseo voluntario del pueblo, que tenga derecho a
actuar por lo que respecta a una reform a general, y confor­
me al mismo derecho p or el que dos personas pueden tratar
de ese tema, pueden hacerlo mil. El objetivo de todos los
procedimientos preliminares de esa índole es averiguar lo
que piensa en general una nación y gobernarse en conse­
cuencia. Si prefiere un gobierno malo o defectuoso a una re­
form a, u opta por pagar diez veces más contribuciones de lo
que hace falta, tiene derecho a hacerlo, y mientras la mayoría
no imponga a la minoría condiciones diferentes a las que se
impone a sí misma, aunque sea un gran error, no existe in­
justicia. Y tampoco continuará el error mucho tiempo. La
razón y el debate pronto corregirán las cosas, por mal que
éstas empiecen. De esa form a no se producen tumultos. Los
pobres de todos los países son por naturaleza pacíficos y
agradecidos a todas las reformas en las que se comprenden
sus intereses y su felicidad. No se hacen tumultuosos sino
cuando se hace caso omiso de ellos y se los rechaza *.
Los temas que hoy día ocupan a la atención pública son la
Revolución Francesa y la perspectiva de una revolución ge­
neral en los gobiernos. D e todas las naciones de Europa, a
ninguna le interesa tanto la Revolución Francesa como a In­
glaterra. Enemigas desde hace siglos, y eso a gran costo y sin
ningún objetivo racional, ahora se presenta la oportunidad
de term inar el problema amigablemente y de sumar sus es­
fuerzos para reform ar el resto de Europa. A l hacerlo, no
sólo evitarán ulteriores efusiones de sangre y el aumento de
las contribuciones, sino que se pondrán en situación de des­
hacerse de una gran parte de sus actuales cargas, como ya se
ha expuesto. Sin embargo, una larga experiencia ha demos­
trado que las reformas de este tipo no son las que desean
prom over los gobiernos antiguos, y que por lo tanto es a las
naciones, y no a los gobiernos, a quienes se plantean esas
cuestiones.

* Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. del T.)


284 Thomas Paine

En la parte anterior de esta obra he hablado de una alian­


za entre Inglaterra, Francia y América, para fines que Se
mencionarían más adelante. Aunque no estoy facultado di­
rectamente por América, tengo buenos m otivos para con­
cluir que está dispuesta a iniciar un estudio de esa medida,
siempre que los gobiernos con los que pudiera aliarse actua­
sen como gobiernos nacionales, y no como cortes envueltas
en la intriga y el misterio. Que Francia como nación, y un
gobierno nacional, preferiría una alianza con Inglaterra es
cosa que no admite dudas. Las naciones, como los indivi­
duos, que han sido enemigas durante mucho tiempo sin co­
nocerse, se hacen tanto mejores amigas cuando descubren
los errores y los engaños conform e a los que actuaban.
Tras reconocer, pues, la probabilidad de esa vinculación,
expondré algunas cuestiones en las que esa alianza, junto con
Holanda, podría prestar servicios, no sólo a las partes inme­
diatamente interesadas, sino a toda Europa.
Creo innegable que si se confederasen las flotas de Ingla­
terra, Francia y Holanda podrían proponer, y lograr, una li­
mitación y un desmantelamiento general de todas las mari­
nas de Europa, en la proporción que se conviniera.
Primero. Que ninguna potencia de Europa, incluidas las
mencionadas, construya ningún barco de guerra nuevo.
Segundo. Que todas las marinas actualmente existentes se
reduzcan a, digamos, una décima parte de su fuerza actual.
Ello ahorrará a Francia e Inglaterra por lo menos dos millo­
nes de libras esterlinas al año cada una, y su fuerza relativa
seguirá siendo la misma que ahora. Si los hombres se permi­
ten pensar como deberían pensar los seres racionales, nada
puede parecer más ridículo y absurdo, aparte de las conside­
raciones morales, que el correr con los gastos de construir
flotas, llenarlas de hombres y luego llevarlas al océano, a ver
cuál puede hundir a la otra con más rapidez. La paz, que no
cuesta nada, brinda infinitamente más beneficios que cual­
quier victoria con todos sus gastos. Pero, si bien es lo mejor
que responde a los intereses de las naciones, no es así por lo
que respecta a los gobiernos de los cortesanos, cuya política
habitual es la de buscar pretextos para imponer contribucio­
nes y lograr empleos y cargos.
Derechos del Hombre 285

Creo también innegable qué las potencias confederadas


mencionadas, junto con la de los Estados Unidos de Am éri­
ca, pueden proponer con éxito a España la independencia de
Sudamérica y la apertura de esos países de inmensas exten­
siones y riquezas al comercio general del mundo, hoy día
igual que está abierta Norteamérica.
Cuanto mayores son las glorias y el beneficio para sí mis­
mas con que actúa una nación cuando utiliza su poder para
rescatar el mundo de la servidumbre y para crearse amigos
que cuando emplea ese poder para aumentar la ruina, la de­
solación y la miseria; La horrible form a en que está actuando
hoy día el gobierno inglés en las Indias Orientales es algo
que no merecería contarse sino de los godos y los vándalos,
que, carentes de principios, saquearon y torturaron al mun­
do que eran incapaces de disfrutar.
La apertura de Sudamérica produciría un campo inmenso
de comercio y un mercado con dinero abundante para las
manufacturas, cosa que no hace el mundo oriental. El O rien­
te es ya un territorio lleno de manufacturas, cuya importa­
ción no sólo perjudica a las manufacturas de Inglaterra,
sino que consume su dinero. El saldo de este comercio en
contra de Inglaterra es regularmente de más de medio mi­
llón al año, que sale en plata en los buques de las Indias
Orientales, y éste es el m otivo, junto con la intriga alemana
y los sudsidios alemanes, de que haya tan poca plata en In­
glaterra. ‘
Pero toda guerra es una cosecha para los gobiernos de
este tipo, por ruinosa que sea para la nación. Sirve para
m antener expectivas engañosas, que impiden al pueblo in­
vestigar los defectos y los abusos del gobierno. Es el grito
del titiritero que advierte a la multitud y la engaña.
Jamás se ha ofrecido a Inglaterra y a toda Europa una
oportunidad tan grande como la que brindan las revolucio­
nes de Am érica y de Francia. Gracias a la primera, la liber­
tad tiene un campeón en el mundo occidental, y gracias a la
segunda, en Europá. Cuando se sume a Francia otra nación,
apenas si el despotismo y el mal gobierno osarán presentarse
en público. Por utilizar una frase hecha, las cosas se están
calentando en toda Europa. El alemán insultado y el español
286 Thomas Paine

esclavizado, el ruso y el polaco están empezando a pensar.


En adelante, la era actual merecerá que se la llame Edad de
la Razón, y la generación actual aparecerá ante el futuro como
el Adán de un mundo nuevo.
Cuando todos los gobiernos de Europa estén basados en
el sistema representativo, las naciones se conocerán mutua­
mente, y cesarán las animosidades y los prejuicios fomenta­
dos por la intriga y el artificio de las cortes. El soladado
oprimido pasará a ser un hombre libre, y al marinero tortu­
rado ya no volverán a llevárselo a rastras por la calle como
un delincuente, sino que continuará tranquilo su viaje m er­
cantil. Mejor sería que las naciones siguieran pagando a sus
militares todas sus vidas, y les dieran su licencia, y les devol­
vieran a la libertad y a sus amigos y cesara la recluta, en lu­
gar de mantener tamañas multitudes al mismo costo en una
condición de inutilidad para la sociedad y para sí mismos.
Tal como han venido tratando a sus soldados hasta ahora la
mayoría de los países, cabría decir que los soldados no tie­
nen ni un amigo. Rechazados por los ciudadanos que temen
se trate de enemigos de la libertad, y demasiado a menudo
insultados por quienes los mandan, su condición era la de
doble opresión. Pero cuando un pueblo está imbuido de los
principios de la libertad, todo recupera un orden, y el solda­
do, tratado civilmente, corresponde a este trato.
A l contemplar las revoluciones resulta fácil percibir que
puedan surgir por dos causas distintas: una, evitar una gran
calamidad o superarla; la otra, obtener un bien grande y po­
sitivo; y cabe distingir las dos por los nombres de revolucio­
nes activas y pasivas. En las que se deben a la primera causa,
el ánimo se enciende y se inflama, y la reparación, que se ob­
tiene con peligro, se ve demasiadas veces mancillada por la
venganza. Pero en las que se deben a la segunda, el ánimo,
más bien animado que agitado, se concentra serenamente en
el objeto. La razón y el debate, la persuasión y la convicción,
se convierten en las armas del enfrentamiento, y no es sino
cuando se intentan reprimirlas cuando se recurre a la violen­
cia. Cuando los hombres se unen para ponerse de acuerdo en
que algo es bueno, si se pudiera obtener, como el alivio de la
carga de las contribuciones y la extinción de la corrupción,
Derechos del Hombre 287

ya ha alcanzado más de la mitad del objetivo. Lo que aprue­


ban como fin lo prom overán por sus medios.
¿Habrá alguien que diga, en el estado actual de las contri­
buciones excesivas, que recaen de form a tan pesada sobre los
pobres, que una remisión de cinco libras al año de las contri­
buciones para ciento cuatro mil familias no es algo bueno?
¿Habrá quien diga que una remisión de siete libras al año a
otras cien mil familias pobres, de ocho libras al año a otras
cien mil familias pobres y de diez mil libras al año a cincuen­
ta mil familias pobres y de viudas no son cosas buenas? Y por
seguir un paso más en esta ascensión, ¿habrá quien diga que
el prever las desgracias a que está sometida la vida humana,
al garantizar seis libras al año a todas las personas pobres, en
apuros o arruinadas de los cincuenta a los sesenta años, y de
diez libras al año a partir de los sesenta, no es algo bueno?
¿D irá alguien que una abolición de dos millones de tribu­
tos para beneficencia a los dueños de casas, y de toda la con­
tribución sobre casas y luces de ventanas y de la contribu­
ción sobre la transmisión, no es algo bueno? ¿O quien diga que
el abolir la corrupción es algo malo?
P or todo ello, si el bien que se puede obtener merece una
revolución pasiva racional y que no cueste nada, sería mala
política preferir esperar a una calamidad que fuerce una re­
volución violenta. No puedo creer, habida cuenta de las re­
form as que se están aprobando y difundiendo por toda Eu­
ropa, que Inglaterra se vaya a permitir ser ella la última, y
cuando se ofrecen calmadamente la ocasión y la oportuni­
dad, es mejor eso que esperar a una necesidad turbulenta.
Cabe considerar como un honor para las facultades animales
del hombre obtener reparación mediante el valor y el peli­
gro, pero es mucho mayor el honor para las facultades racio­
nales si se logra el mismo objetivo mediante la razón, la
transacción y el consentimiento general *.

* Sé que es la opinión de muchas de las personalidades más ilustradas de


Francia (siempre habrá quienes vean más allá que otros en los acontecimien­
tos), no sólo entre la masa general de los ciudadanos, sino entre muchos de
los principales miembros de la antigua Asamblea Nacional, que el plan mo­
nárquico no continuará muchos años en ese país. Han concluido que, como
la sabiduría no puede hacerse hereditaria, tampoco debe hacerse hereditario
288 Thomas Paine

A medida que las reformas, o las revoluciones, según el


nombre que se les dé, se extiendan entre las naciones, esas
naciones form arán asociaciones y convenciones, y cuando
unas pocas se confederen así, la marcha irá rápida, hasta que
el despotismo y el gobierno corrupto queden totalmente ex­
pulsados, al menos de dos sectores del mundo, Europa y
América. Entonces podrá obligarse a que cese la piratería ar­
gelina, pues si existe es únicamente por la política maliciosa
de los gobiernos antiguos, enfrentados unos con otros *.
A lo largo de esta obra, pese a lo variado y lo múltiple de
los temas de que me he ocupado y estudiado, no hay más que
un párrafo sobre la religión, y es «que es buena toda religión que
enseñe a l hombre a ser bueno».
He evitado cuidadosamente extenderme sobre el tema,
pues me siento inclinado a creer que el llamado ministerio
actual desea que se mantengan los enfrentamientos acerca de
la religión, para impedir que la nación dedique su atención a
las cuestiones de gobierno. Es como si dijeran: «M irad allí, o
donde queráis, pero no aquí.»
Pero como se procede a transform ar a la religión, sin nin­
gún derecho, en un instrumento político, con lo cual se des­
truye su realidad, concluiré esta obra exponiendo bajo qué
luz se me aparece a mí la religión.
Si suponemos una familia con muchos hijos, que en cual­
quier día determinado, o en circunstancias concretas, tienen
la costumbre de presentar a su padre un símbolo de su

el poder; y que para que un hombre merezca un millón de libras esterlinas al


año de una nación debería tener una mente capaz de comprender desde un
átomo hasta un universo, y si la tuviera estaría por encima del cobro de un
sueldo. Pero no deseaban dar la apariencia de conducir a la nación más rápido
de lo que dictaban la razón y el interés de la propia nación. En todas las con­
versaciones sobre este tema a las que he asistido, la idea era siempre de que cuan­
do llegue el momento, por la opinión general de la nación, el método hono­
rable y liberal sería hacer un buen regalo de una sola vez a la persona, quien­
quiera que sea, que desempeñe entonces las funciones monárquicas, para que
se retire a gozar de la vida privada, en posesión de su parte de los derechos y
los privilegios generales, y sin tener que dar más cuentas al público de lo que
hace con su tiempo y de su conducta que cualquier otro ciudadano. (Nota átl
autor.)
* Párrafo omitido en varias ediciones modernas. (N. déi T.)
Derechos del Hombre 289

afecto y su gratitud, cada uno de ellos haría una ofrenda di­


ferente, y lo que es más probable, de form a diferente. A lgu­
nos expondrían su felicitación con temas en verso o en pro­
sa; otros con pequeños mecanismos, según dictara su genio
o conform e a lo que pensaran que resultaría más agradable;
y quizás los más pequeños, al no saber hacer ninguna de esas
cosas, saldrían al jardín o al campo a buscar la flo r que les
pareciera más bonita, aunque sólo fuera una simple hierba.
A l padre le agradaría más esa variedad que si todos hubieran
actuado conforme a un plan concertado y cada uno hubiera
traído la misma ofrenda. Esto tendría el aspecto frío de k»
urdido, o el severo del control. Pero de todas las cosas desa­
gradables, nada podrían afligir más al padre que el enterarse
de que después todos ellos se habían agarrado de las orejas, y
que sus hijos e hijas se habían peleado, arañado, insultado y
ofendido en torno a cuál era el mejor o el peor de los rega­
los.
¿Por qué no hemos de suponer que al gran Padre de todos
le agrada la diversidad en la devoción? ¿Y que la form a más
ofensiva en que podemos actuar es aquella en la que trata­
mos dé atormentarnos y hacer que los otros se sientan des­
graciados? P or mi parte, estoy plenamente convencido de
que lo que estoy haciendo ahora, com o tentativa de conciliar
a la humanidad, de hacer que su condición sea feliz, de unir
a naciones que hasta ahora han sido enemigas, y de estirpar
la horrorosa práctica de la guerra y rom per las cadenas de la
esclavitud y la opresión, le resulta aceptable, y como es el
mejor servicio que puedo prestar, lo hago de buen grado.
No creo que haya dos hombres que, si son capaces de pen­
sar, piensen exactamente lo mismo acerca de eso que llaman
cuestiones de doctrina. No parecen pensar lo mismo sino
quienes no piensan. En este caso ocurre como con eso que
llaman contitución británica, se ha dado por hecho que es
buena, y los elogios han ocupado el lugar de las pruebas.
Pero cuando la nación llegue a examinar sus principios y los
abusos que admite, se verá que tiene más defectos de los que
he señalado yo en esta obra y en la anterior.
En cuanto a llamarlas religiones nacionales, igual de co­
rrecto sería hablar de Dioses nacionales. O bien se trata de
290 Thomas Paine

un artilugio político o de los restos del sistema pagano, en el


que cada nación tiene su deidad particular y aparte. De todos
los autores del clero eclesiástico inglés que se han ocupado
del tema general de la religión, nadie ha superado al actual
obispo de Llandaff29, y es piara m í un placer aprovechar esta
oportunidad para expjresar esta señal de respieto.
Y a he recorrido todo el tema, al menos tal como me apa­
rece actualmente. Abrigada la intención, en estos cinco años
que llevo en Europa, de ofrecer un discurso al pueblo de In­
glaterra sobre el tema del gobierno si se presentaba la opor­
tunidad, antes de volver a América. El Sr. Burke me la ha
brindado y se lo agradezco. En cierta ocasión, hace tres
años, lo exhorté a que propusiera una convención nacional,
que estuviera imparcialmente elegida, con objeto de investi­
gar el estado de la nación, pero advertí que, píese a la fuerza
con que se estaba oponiendo la corriente parlamentaria a la
sazón contra el partido con el cual actuaba él, la piolítica de
aquel partido era mantenerlo todo dentro del camp» de la
corrupción y confiar en que fueran pasando cosas. Una larga
expieriencia ha demostrado que los parlamentos aceptarían
cualquier cambio de ministros y que en ello depiositaban sus
espieranzas y sus expiectativas.
Anteriorm ente, cuando surgían divisiones acerca de los
gobiernos, se recurría a la espada y se seguía una guerra ci­
vil. Esa costumbre salvaje ha desaparecido con el nuevo sis­
tema y ahora se recurre a las convenciones nacionales: Los
debates y la voluntad general arbitran en la cuestión, y la
opinión privada lo admite de buen grado, y el orden se man­
tiene sin interrupciones.
Algunos caballeros han presumido de calificar a los prin­
cipios en que se basa esta obra y la primera p>arte de Derechos
del Hombre de «doctrina modernista». La cuestión no es si
esos principios son nuevos o viejos, sino si son buenos o
malos. De supxmer que son lo prim ero, se demostrará sil
efecto mediante una figura de fácil comprensión.
Estamos a mediados de febrero. Si fuera a darme un paseo
por el campo, los árboles presentarían un aspecto invernal,
sin hojas. Como a la gente le gusta arrancar ramitas al pasar,
quizás hiciera yo lo mismo, y quizás observara que un solo ca­
Derechos del Hombre 291

pullo de esa mata había empezado a florecer. Razonaría yo de


form a muy antinatural, o mejor dicho no razonaría en abso­
luto, si supusiera que ése era el único capullo de Inglaterra que
presentaba ese aspecto. En lugar de decidir tal cosa, debería
concluir instantáneamente que el mismo aspecto estaba em­
pezando a darse, o a punto de empezar a darse, en todas par­
tes, y aunque el sueño vegetal continúa más tiempo en algu­
nos árboles y plantas que en otros, y aunque algunos de ellos
quizá no florezcan hasta dentro de dos o tres años, todos ellos
estarán llenos de hojas en el verano, salvo los que estén fw-
dridos. Qué ritm o mantenga el verano político en relación
con el natural es algo que no hay previsión humana capaz de
determinar. Pero no resulta demasiado difícil percibir que ha
llegado la primavera. Así, deseando como hago, con toda sin­
ceridad, libertad y felicidad a todas las naciones, term ino la
SE G U N D A PARTE.
Apéndice *

Como la publicación de esta obra se ha retrasado hasta


después de la fecha prevista, no me parece improcedente, ha­
bida cuenta de todas las circunstancias, exponer las causas
que han ocasionado el retraso.
El lector observará probablemente que algunas de las par­
tes del plan contenido en esta obra para reducir las contribu­
ciones, y determinadas partes del discurso pronunciado por
el Sr. Pitt en la apertura del actual período de sesiones, el
martes 31 de enero, se parecen tanto como para inducir a
creer que bien el autor había aceptado una sugerencia del Sr.
Pitt o el Sr. Pitt del autor. Primero señalaré las partes que se
parecen y después expondré las circunstancias que conozco y
dejaré que el lector form ule sus propias conclusiones.
A l considerar casi como un caso sin precedentes que se
proponga la reducción de las contribuciones, igual de ex­
traordinario resulta que esa medida se les ocurra a dos perso­
nas al mismo tiempo, y tanto más (dadas la gran variedad y
la multiplicidad de esas contribuciones) que se trate de las

* Suprimido en varias ediciones modernas. (N. d tl T.)

292
Derechos del Hombre 293

mismas contribuciones concretas. El Sr. Pitt ha mencionado,


en su discurso, la contribución sobre los transportes {Ca­
rruajes y Vagones), da aplicable a las Sirvientas, la reducción de
la contribución sobre las Bujías y la eliminación de la contri­
bución d e tres chelines sobre las Casas que tengan menos de
siete ventanas.
Todas y cada una de esas contribuciones concretas forman
parte del plan contenido en esta obra, cuya eliminación tam­
bién se propone en ella. Es cierto que el plan del Sr. Pitt no
va más allá de una reducción de trescientas veinte mil libras;
y la reducción propuesta en esta obra es de casi seis millo­
nes. He establecido mis cálculos sobre la base de sólo dieci­
séis millones y medio de ingresos, y aún así he dicho que era
«dé casi diecisiete millones, si es que no llega a esa cifra». El
Sr. Pitt la establece en 16 .6 9 0.00 0 . Conozco suficientemente
el tema para decir que no ha exagerado. De modo que, una
vez así dados los detalles, que se corresponden en esta obra y
en su discurso, expondré una cadena de circunstancias que
puedan desembocar en una explicación.
La primera sugerencia de reducir las contribuciones, y ello
como consecuencia derivada de la Revolución Francesa, se
haiia en el d i s c u r s o y d e c l a r a c i ó n dé los caballeros
reunidos en Thatched-House Tavem el 20 de agosto de 17 9 1.
Entre muchos otros detalles expuestos en aquel Dis­
curso figura el siguiente, expuesto como interrogación a los
adversarios gubernamentales de la Revolución Francesa:
«¿Lamentan éstos que termine la farsa conducente a nuevas contribu­
ciones opresivas, j la ocasión de mantener muchas contribuciones anti­
guas?»
Bien sabido es que las personas que más suelen frecuentar
la Thatched-House Tavem son hombres con relaciones en la
corte, y con tanta repugnancia recibieron este Discurso y
Declaración relativos a la Revolución Francesa y la reduc­
ción dé las contribuciones, que el propietario se vio en la
pbligación de inform ar a los Caballeros que asistieron a la
reunión del veinte de agosto, y que se proponían celebrar
otra reunión, de que no podía recibirlos *.

* Coreo en general se supone que el caballero que firmó el discurso y la


294 Thomas Paine

Lo único que se sugería en el Discurso y Declaración


acerca de las contribuciones y los principios de gobierno es
lo que se ve reducido a un sistema regular en esta obra. Pero
como el discurso del Sr. Pitt contiene algunas de las mismas
cosas acerca de las contribuciones, paso ahora a las circuns­
tancias a las que antes aludí.
La cosa es así: El objetivo era publicar esta obra justo an­
tes de la reunión del Parlamento, y con ese fin se puso una
cantidad considerable del original en manos del impresor en
septiembre, y todo el original restante, hasta la página 282,
que contiene las partes a las que se parece el discurso del Sr.
Pitt, se le dieron nada menos que seis semanas antes de la
reunión del Parlamento, y se le inform ó de la fecha en que
debía aparecer. Tenía compuesta casi la totalidad unas dos
semanas antes de la fecha de la reunión parlamentaria, y te­
nía impresa hasta la página 220 y me había dado la prueba
del pliego siguiente, hasta las páginas 2 5 0 -2 5 1. Entonces es­
taba todo lo bastante adelantado para salir en la fecha pro­
puesta, pues ya había otros dos pliegos preparados. Antes le
había dicho yo que si a su juicio le iba a faltar tiempo, haría
que de parte del trabajo se encargara otra imprenta, pero no
quiso. Así, la obra estaba lista para el martes dos semanas
antes de la reunión del Parlamento, cuando de repente, sin
ninguna advertencia previa, me envió con uno de sus traba­

declaración como presidente de la reunión, el Sr. Home Tooke, y como por


haberla elogiado mucho se le ha acusado bienhumoradamente de elogiar su
propia obra, y a fin de liberarlo de ese apuro y de ahorrarle la repetición de
la molestia de mencionar el nombre del autor, cosa que no ha dejado de ha*
cer, no tengo titubeos para decir que, como se me ocurrid fácilmente la
oportunidad de aprovechar los beneficios de la Revolución* Francesa^ redacté
esa publicación y se la enseñé a él y a algunos otros caballeros, quienes al
aprobarla plenamente, celebraron una reunión con objeto de hacerla pública,
y suscribieron la cantidad de cincuenta guineas para sufragar los gastos de
publicarla. Creo que en estos momentos hay en Inglaterra un número mayor
de hombres que actúan por principios desinteresados, y decididos a investi­
gar el carácter y las prácticas del gobierno por sí mismos, y no a confiar cie­
gamente, de lo que hab/a antes, sea en el gobierno en general o en los parla­
mentos o en la oposición parlamentaria, que en ningún momento anterior.
Si se hubiera actuado así hace un siglo la corrupción y las contribuciones no
habrían alcanzado las alturas a que han llegado hoy día. (Nota d ei autor.)'
Derechos del Hombre 295

jadores todo el original restante a partir de la página 220 , y


se negó a seguir adelante con el trabajo bajo ningún pretexto.
No pude explicarme aquella extraordinaria conducta, pues
se había detenido en la parte en que terminan los argumen­
tos relativos a los sistemas y principios de gobierno y en que
comienza el plan de reducción de las contribuciones, educa­
ción de la infancia, ayuda a los pobres y a los ancianos; y
más especialmente todavía porque, en el momento en que
empezó a imprimir y antes de ver todo el original, había
ofrecido mil libras por los derechos de autor, junto con los
futuros derechos de autor de la primera parte de los Dere­
chos del Hombre. Dije a la persona que me comunicó el ofre­
cimiento que no iba a aceptarlo y no deseaba que se me
repitiera, y expuse como m otivo que, si bien creía que el im­
presor era persona honrada, nunca dejaría en manos de nin­
gún impresor o editor el derecho de suprimir o alterar una
obra mía, al cederle los derechos de autor, ni darle el dere­
cho de venderlos a cualquier ministro, o a cualquier otra
persona, o de tratar como mera cuestión de tráfico lo que yo
me proponía fuese cuestión de principio.
Su negativa a term inar la obra (que no pudo comprar) me
obligó a buscar o tro impresor y ello p o r fuerza había de re­
trasar la publicación hasta después de la reunión del Parla­
mento, pues de lo contrario habría parecido que el Sr. Pitt
había tomado sólo una parte del plan que yo había expuesto
de form a más completa.
El que ese caballero, u otro cualquiera, hubiese visto la
obra, o una parte de ella, no es cosa que pueda yo afirmar.
Pero la form a en que se devolvió la obra, y el momento con­
creto en que se hizo, y ello después de hacerme los ofreci­
mientos, son circunstancias sospechosas. Sé qué es lo que
opinan los libreros y editores en esos casos, pero en cuanto a
mi propia opinión prefiero no hacer declaración alguna. Hay
muchas form as de que otras personas obtengan pliegos de
pruebas antes de que aparezca una publicación, a lo cual aña­
diré otra circunstancia, y, es la siguiente:
Un librero ministerial de Piecadilly, empleado, según se
dice comúnmente, por un secretario de una de las juntas con
estrechas relaciones con el ministerio (la junta de comercio y
296 Thomas Paine

plantaciones de la que es presidente Hawksbury) para publi­


car lo que se llama mi Biografía 30 (le deseo que su propia
vida y las vidas de todo el gabinete sean igual de buenas), so­
lía hacer que sus libros se los imprimieran en la misma im­
prenta que utilizaba yo, pero cuando salió la primera parte
de Derechos del Hombre, dejó de contratarla, airado; y una se­
mana o diez días antes de que el impresor me devolviera el
original volvió a ofrecer a éste que le hiciera sus libros, cosa
que aceptó. En consecuencia, ello le serviría para lograr el
acceso a los talleres en que entonces se hallaban los pliegos
de esta obra, y como los libreros y los impresores hablan
francamente entre sí, habría tenido la oportunidad de v e r ló
que estaba en marcha. Pero, sea como sea, el plan del Sr.
Pitt, pese a lo pequeño y diminuto que resulta, habría tenido
un aspecto muy extraño si esta obra hubiera salido en la fe­
cha en que el impresor se había comprometido a terminarla.
He expuesto ya los detalles que ocasionaron el retraso,
desde la propuesta de compra hasta la negativa de imprimir.
Si todos los caballeros son inocentes, es muy lamentable
para ellos que se combinara tal variedad de circunstancias
sospechosas, sin que ellos tuvieran ningún proyecto.
Tras term inar esta parte, concluiré exponiendo otra cir­
cunstancia.
Aproximadamente dos o tres semanas antes de la reunión
del Parlamento se introdujo un pequeño aumento, äquivalen­
te a unos doce chelines y seis peniques al año, en la paga de
los soldados, o mejor dicho, se redujeran en esa cantidad las
deducciones de la soldada. Algunos caballeros que conocían,
parcialmente, que esta obra contendría un plan de reformas
relativas a la condición oprimida de los soldados deseaban
que yo añadiera una nota a la obra en el sentido de que la
parte relativa a este tema llevaba unas semanas en manos del
impresor antes de que se propusiera el aumento de la solda­
da. Me negué a hacerlo, para que ello no se interpretara en
el sentido de una vanidad o de una tentativa de infundir sos­
pechas (que quizás habrían sido injustificadas) en el sentido
de que algunos de los caballeros del gobierno se habían en­
terado, por los medios que fueren, de lo que contendría esta
obra, y de no haberse interrumpido la impresión de modo
Derechos del Hombre 297

que se originara un retraso hasta después de la fecha prevista


para la publicación, no habria aparecido nada de lo que con­
tiene este apéndice.
T homas P a in e
Notas

Notas a la parte I

J En abrí/ de 1787 E ntienne de Brie/me, arzobispo de Toulouse, sucedió a


Charles de Calonne en el Ministerio de Hacienda de Francia. En julio de ese
año, el Parlamento de París se opuso a sus planes y exigió la convocación de
los Estados Generales. La oposición a sus planes de establecer una contribu­
ción territorial provocó su cese el 25/VII/1788. Murió en prisión en 1793,
durante el Terror.
2 Referencia a Jorge III de Inglaterra, reinante que, al igual que su padre y
su abuelo, era elector de Hannover. Sufrió varios ataques de locura, y las
alusiones a su insania fueron frecuentes en la literatura republicana de la
época, no sólo en las obras de T. P.
3 Alusión a una disputa entre Inglaterra y España en tomo al estrecho de
Nootka (NO del Canadá). En junio de 1789, buques españoles atacaron allí
a pesqueros ingleses, pero en noviembre de 1794 España renunció a su rei­
vindicación de la isla de Vancouver y accedió a pagar reparaciones a Inglate­
rra. .
4 E. Burke, Rejlections on tht Revolutim in Fronce and on the proceedmgs in Cer~
tain Socifties in London Rtlativt to that Event, Londres, 1790. Hay traducción al
castellano de E. Tierno Galván, publicada por el Instituto de Estudios Polí­
ticos.
5 El Dr. Richard B. Price (1723-1791) era un pastor protestante no con­
formista (esto es, no anglicano) y pensador político. Su obra, básicamente de
comentarios éticos, guarda afinidades con las posiciones de Kant. Defendió
la causa de la independencia de los Estados Unidos. Su defensa de la Revo­
lución Francesa fue lo que le valió las diatribas de Burke. También conocido
por sus escritos sobre Hacienda Pública.

298
Derechos del Hombre 299

6 Guillermo de Orange (1650-1702), estatüder de las Provincias Unidas,


nieto de Oírlos I de Inglaterra, casado con María, hija de Jacobo II. Desem­
barcó en Inglaterra con 15.000 hombres en momentos de agitación protes­
tante (1688) ante el peligro de que el sucesor del absolutista Jacobo II fuera
un católico. Gracias a sus anteriores contactos con los protestantes, el Parla­
mento-convención le ofreció la corona inglesa conjuntamente con su esposa
a condición de que aceptaran una Declaración de Derechos, los principales
de los cuales serían que el rey no podría suspender la aplicación de las leyes,
recaudar impuestos ni levantar un ejército y mantenerlo en tiempo de paz
salvo con el consentimiento del Parlamento. Esa fue la llamada «Gloriosa
Revolución». Guillermo y María reinarían conjuntamente hasta la muerte de
ella» en 1694, y Guillermo solo hasta 1702.
7 Charles Gravier, conde de Vergennes (1717-1787), embajador en Tréve-
riSj Constantinopla y Estocolmo. Nombrado ministro de Asuntos Exteriores
por Luis XVI en 1774. Sus contactos con Beaumarchais lo llevaron a firmar
a i 1778 el Tratado de Alianza con las colonias americanas levantadas contra
Inglaterra. Presidió la delegación francesa en las negociaciones entre Inglate­
rra, las Colonias Unidas y Francia que terminaron con la paz del Tratado de
París de 1783.
8 Posible referencia a la represión que siguió a la última invasión de Esco­
cia por los partidarios de la dinastía Estuardo (1745).
9 Lord George Gordon (1751-1793) fue un fanático agitador anticatólico
cuyas actividades desembocaron en los llamados «motines de Gordon» (2 a
7/VI/178G), que causaron más de 800 muertos y heridos. Su causa inmedia­
ta fue la eliminación de algunas discriminaciones contra los católicos. En
1788, condenado por libelo, fue a la cárcel de Newgate, donde murió.
10 Alusión a una frase , del autor religioso inglés John Bunyan
(1628-1688), autor entre otras obras del famosísimo Progreso del Peregrino. La
frase completa es: «Un castillo llamado Castillo de la Duda, cuyo propietario
era el Gigante de la Desesperación». -
11 Paine se refiere al duque de Broglie (1718-1804), del que Michelet, en
su Historia de la Revolución Promesa (cito por la ed. de Laffont de 1979), dice
que en esta ocasión, para mandar los regimientos extranjeros «se había lla­
mado... al Hércules y el Aquiles de la antigua monarquía, el viejo Mariscal
de Broglie...».
J2 El nombre correcto parece ser M. Flesselles, preboste de París.
13 Foulon era viceministro de la Guerra. Su yerno el intendente aparece
indistintamente en Michelet, op. at., co m o Bertier o Berthier.
14 Temple Bar es la puerta que construyó C. Wren hacia 1672 en el punto
de la barra o cadena que señala uná dé las entradas a la City de Londres. En
los ss. xvii y xvhi allí se exhibían las cabezas de los condenados por traido­
res.
15 Alusión a Robert Damien (o Damiens) (1715-1757), que por haber tra­
tado de asesinar a Luis XV fue descuartizado como espectáculo público. Hay
un relato escalofriante del «espectáculo» en las Memorias de Casanova.
16 Se trata de Jcan*>Sylvain Bailly (1736-1793), astrónomo y político, autor
de un ensayo sobre la teoría de los satélites de Júpiter, miembro entre otras
cosas de la Academia Francesa. Diputado por París en los Estados Genera­
300 Thomas Paine

les, fue presidente de la Asamblea Nacional. Alcalde de París de 1789 a


1791. Guillotinado en 1793.
17 Referencia al proyecto de reforma parlamentaria presentado por Wi­
lliam Pitt «El Joven» (1759-1806) en 1783.
18 Evidentemente, el sarcasmo se dirige a esos derechos residentes en la
Corona, depositada en la Torre de Londres y que para T. P. «no tiene más
importancia que un sombrero o una gorra». -
19 Compiladores de una famosa colección de himnos religiosos.
20Jacques Necker (1732-1804), estadista, financiero y escritor fisiócrata.
Director de Finanzas (1777), trató de reducirel déficit sin aumentar Jos im­
puestos. Propuso la creación de asambleas provinciales, suprimió las manos
muertas y suavizó el procedimiento criminal. Fue el primero en hacer públi­
co un presupuesto con su Memorial al Rey (1781), que le costó el puesto por
revelar las pensiones de los cortesanos. Ministro de Estado en 1788. Dupli­
có el número de los miembros del Tercer Estado en los Estados Generales.
Muy popular, se vio cesado el 11/VII/l 788, vuelto a nombrar doce días
después y cesado definitivamente en septiembre de 1790, cuando se retiró a
Coppet a escribir sobre finanzas y política. Era e l padre de Mme. de Staél.
^‘ Charles Alexandre de Calonne (1734-1802), ministro de Hacienda en
1783, organizó grandes obras públicas. Para colmar el gran déficit existente
propuso en 1786 la creación de asambleas provinciales y municipales, la li­
bertad del comercio de cereales, la sustitución de la corvée real por un im­
puesto, la creación de la subvención territorial y la reducción de loa gastos
de la Corte. Convocó la Asamblea de Notables, que rechazó sus propuéitas y
forzó su dimisión (1787). Se retiró a Inglaterra y conspiró contra la Revolu­
ción Francesa. Volvió a París baio el Consulado.
22 Carlos Felipe, conde d’Artois (1757-1836), hermano menor de Luis XVI.
Aunque su insistencia en permitir ia representación de Las Bodas de Fi­
garo, de Beaumarchais, hacía suponer que era algo liberal, fue uno de ios pri­
meros emigrados franceses (julio 1789). Apoyó la insurrección realista de la
V endes. P erm a n eció en Inglaterra hasta 1814. Durante el reinado de Luis XV ill
encabezó la oposición ultrarrealista. En 1825 se hizo coronar con el
título de Carlos X en una ceremonia pomposísima celebrada en Reims que le
valió el nombre de «Carlos el Simple». Trató de indemnizar a los emigrados,
promulgar una ley contra el sacrilegio y restablecer en general el Antiguo
Régimen. La disolución en marzo de la Cámara de los Diputados y las drás­
ticas Ordenanzas de Julio provocaron el levantamiento de París de julio de
1830 (las «tres gloriosas»), que forzó su abdicación*
23 Mediante las Lettres d e Cachet el rey podía ordenar a la policía que detu­
viera y encarcelara a cualquiera de sus súbditos sin auto de procesamiento ni
juicio.
24 Etienne François de Stainville, duque de Choiseul (1719-1815), militar
y diplomático, protegido de Mme. de Pompadour. Ministre» de Exteriores de
1758 a 1770, negoció el Pacto d e Familia, anexionó la Lorena (1766) y Cór­
cega (1768). Ministro de la Guerra y de Marina (1761-1770), reorganizó las
fuerzas armadas. Apoyó la publicación de la Enciclopedia y la expulsión de los
jesuítas. P or intrigas de la camarilla de Mme. Du Barry se vio exiliado de la
Corte. Escribió sus Memorias en 1790.
Derechos del Hombre 301

25 Aquí hay un detalle extraño que no he visto comentado en ninguna


otra edición. El único Lamoignon de nota que he podido rastrear vivo en
esta época era Christian Guillaume de Lamoignon Malesherbes (1721*1794).
La frase de Paine es «wbo afterward shot himself», lo cual, literalmente traduci­
do, es que «más tarde se pegó un tiro». Ahora bien, Paine no podía decir
esto cuando Lamoignon vivía todavía, luego quizá se pueda atribuir a esta
frase un sentido arcaizante de «se escapó», que en la construcción inglesa es
muy rara, o de lo contrario se trata de un error garrafal de Paine, pues La-
moignon se vería implicado más tarde, igual que él mismo, en la tentativa de
salvar la vida de Luis XVI. Aparte de eso, Lamoignon, más conocido como
Malesherbes, había sido magistrado del Tribunal de Ayudas y censor general
(1750), cargo este último en el que autorizó la publicación de la Enciclopedia.
Desterrado en 1771 por protestar contra el-aumento de los impuestos, en
1774 fue nombrado ministro del-Interior. Apoyó a Turgot y dimitió en soli­
daridad con éste (1776). Ministro de Estado en 1787, dimitió en 1788 y
emigró (¿de ahí el «se escapó»?) durante la Revolución. Regresó a París para
asumir la defensa de Luis XVI y murió en la guillotina, acusado de conspira­
ción realista.
26 Evidentemente, aquí el término «corte» se emplea en el sentido de la
1$.* acepción del Dicdonarh de la Academia, igual a «junta», etc;, sentido
del que se derivan las «Cortes Generales» españolas.
2 -El duque de la Rochefoucauld-Liautoúr (1747-1827) era un filántropo
que exhortó a la adopción de las medidas sociales en la Asamblea Consti­
tuyente. Huyó a ios Estados Unidos durante el Terror. A su regreso a Fran­
cia siguió escribiendo y actuando en pro de la reforma social. También el
vizconde de Noailles (1756-1804), cuñado de la Fayette, emigró en 1792,
tras haber sido diputado en los Estados Generales.
28 El abate Emmanuel-Joseph Sieyés (1748-1836) publicó en 1789 un fo­
lleto muy popular titulado ¿Qué es el Tercer Estadal, de! cual era representante
en los Estados Generales. Fue el instigador del juramento del juego de Pelo­
ta y corredactor de la Declaración de Derechos del Hombre, así como de la
Constitución de 1791, aunque adversario de (a abolición de los diezmos.
Votó por la muerte de Luis XVI. En la sombra durante el terror, fue muy
activo en la reacción.tbexmidoriana, en la que tuvo a su cargo la política ex­
terior. Coadyuvó al golpe de Estado de Napoleón, pero éste lo apartó del
Consulado, aunque fue senador y conde con el Imperio. Estuvo exiliado en
Bélgica, como «regicida», de 1816 a 1830.
2* Hubiéramos deseado utilizar para esta edición la autorizada traducción
de Gregorio Peces-Barba y Liborio Hierro que consta en Textos Básicos sobre
Derechos Humanos (Madrid, 1973). El problema es que Paine hace, a su vez,
una traducción muy específica y personal, con grandes variantes de la ver­
sión oficial francesa consultada, la reproducida por O. Voilliar y otros en
Documents d'Histoire Comtemporaine, vol. I, 3.a éd., París, 1964, págs. 47 a 49.
Como, a fin de cuentas« se trata de ofrecer el texto de Paine, con sus mati­
ces, inflexiones, variâmes y subrayados, eso es lo que hemos hecho en retra­
ducción, aunque se h ^an verificado las otras dos obras citadas.
30 Alusión a úna rima infantil anónima, probablemente del siglo xvi, que
dice: «Tres sabios de Gotham / se embarcaron en un cuenco. / Y si el cuen­
302 Thomas Paine

co resistiera / más duraría este cuento.» Los habitantes de Gotham (cerca de


Nottingham) tenían fama de hacer cosas absurdas, se supone que creada por
ellos mismos para que Juan Sin Tierra no residiera en la villa ni construyera
una carretera que la atravesara. En los Documentos de Salmagundi (1807) W.
Irving y otros le atribuyeron satíricamente esc nombre a Nueva York, y esa
identificación perdura todavía, curiosamente, en elementos subculturales
como «Superman».
31 Unas ediciones dicen «denominaciones morales...» y otras «demostraciones
morales...». M. D. Conway, según H. B. Bonner, es partidario de denominacio­
nes, y sigo la opinión de ambos, por parecer lo bastante autorizada.
32 Guillermo Til procedía de Holanda, y Jorge III de Hannover.
33 En 1783, George James Fox (1749-1806), dirigente Whig.(más o me­
nos, «liberal») formó coalición gubernamental con su archienemigo Tory
(más o menos «conservador») Lord North (1732-1792) para derrotar a Lord
Shelboume. Burke intervino en aquella coalición.
34 En 1785, pese a los esfuerzos británicos, Francia y Holanda concerta­
ron una alianza; en 1786, Pitt estableció un fondo para eliminar la deuda na­
cional (abolido en 1828) mediante una contribución de un millón de libras
al año; en diciembre de 1788, un mes después de los primeros desvarios de
insania de Jorge III, se introdujo en los Comunes un proyecto de ley sobre
Regencia, y en febrero de 1789 Pitt logró que ese proyecto se limitara a con­
ferir al Príncipe de Gales una Regencia nominal, sin facultades para nom­
brar pares del Reino ni designar cargos.
35 William Edén (1744-1814), más tarde Lord Auckland, fue el negocia­
dor del tratado anglo-francés de 1786 por el que se establecieron deduccio­
nes mutuas de derechos de aduanas conforme al principio de iaissez fnirt, lais­
sez passtr.

Notas a la parte II

1 En su Llamamiento... (Londres, 1791), Burke habla de sí mismo en terce­


ra persona (como Julio César o, en época m is moderna, el genera] de Gau­
lle).
2 Es curioso que Tom Paine, habitual defensor de los indios y los esclavos
negros, se olvide en esta exposición de las frecuentes matanzas de indios y
de los esclavos negros, que en 1780 eran más de 560.000, o sea, más de un
20% de la población no india (véase R. C. Simons, The American Colmiet,
Nueva York, 1981, pags. 175 a 177). Claro que, según el tercer apartado del
párrafo dos del Artículo 1 de la Constitución de los Estados Unidos, un ne­
gro era «tres quintas partes de persona».
1 Véase la nota 9 de la Parte I.
4 Nuevos olvidos de T. P. Ha omitido el estado del Mainc y no ha inclui­
do en la relación el porcentaje de negros. Si bien éstos no llegaban en 1780
al 3% de la población de Nueva Inglaterra, en los estados del Atlántico re­
presentaban casi el 6%, y en los estados del Sur casi el 40% (Simmons, loe.
cit.).
Derechos del Hombre 303

5 Véase la nota 29 de la Parte I.


6 Este aparente «error» de Paine se debe a que en este caso siguió la cos­
tumbre inglesa de la época» de dar al presidente de los Estados Unidos el ti­
tulo» ya arcaico» de presidente del Congreso.
7 Véase la nota 33 de la Parte I.
8 Al principio» Washington (rico hacendado virginiano) no quiso cobrar
sueldo, pero finalmente lo convencieron para que aceptara 25.000 dólares al
año.
9 Véase la nota 6 de la Parte I.
10 Robert Walpole (1676-1745), Primer Lord del Tesoro y Canciller del
Exchequer dos veces: 1715-1717 y 1721-1742 bajo Jorge I y Jorge II (ambos
electores de Hannover). Practicó una política de refbrzamiento de la flota y
apoyó a los terratenientes tories, a los que redujo el pago de la contribución
territorial. Creó el primer fondo de la deuda nacional, tan odiado por Paine.
11 Como cabe apreciar, se trataba de un sistema de consumos, parecido al
vigente todavía en España hasta bien entrada la era franquista.
12 Alusión a la costumbre de tener leones en la Torre de Londres, inicia­
da, según algunos, por Enrique II Plantagenet (1133-1189).
13John Bull, símbolo de Inglaterra, igual que el Tío Sam de los Estados
Unidos, fue personaje creado en cinco folletos anti Wig de 1712 por John
Arbuthnot (1667-1735), médico y científico amigo de Swift, Pope y Gay.
14 Referencia a la Guerra ruso-turca de 1787-1792.
15 Esta frase («argumento último de los reyes») fue el lema que ordenó
Luis XIV grabar en todos sus cañones.
* 16 El incidente con Silas Deane (1737-1789) se debió a unas acusaciones
de malversación de fondos proferidas por Paine contra Deane. Paine, acusa­
do de cometer algunas indiscreciones (pero no de errar en cuanto al fondo
del asunto), se vio forzado a dimitir y cayó en desgracia durante algún tiem­
po, pero Deane hubo de partir al exilio.
*'Conrad Aléxandre Gerard (1729-1790) era un diplomático francés,
nombrado secretario del Consejo de Estado ante los Estados Unidos en
1776. En *1778 ascendió a ministro plenipotenciario, y siguió en las Colonias
Unidas hasta septiembre de 1779. El y D. Juan Miralles, enviado español (la
errata de Paine es evidente), trataron reiteradamente de sobornar a T. P. du­
rante el enfrentamiento de éste con Deane y después.
18 La actual Princeton, New Jersey.
19 Nathanael Greené (1742-1786), general en la guerra de la independen­
cia de los Estados Unidos. Autódictada como militar, compañero de G.
Washington, reorganizó el cuerpo de Intendencia. Fue comandante de la
campaña de las Carolinas y tomó Charleston en una brillante acción. Arrui­
nado por sus contribuciones a la guerra, el pueblo de Georgia le regaló una
plantación.
20 El general Benedict Amold (1741-1801), comandante de West Point
(1780), despechado por considerarse postergado en una lista de ascensos, de­
cidió traicionar la causa independentista. Su enlace con los británicos, el
mayor John André (1751-1780), fue capturado, juzgado como espía en con­
sejo de guerra y ahorcado el 2/X/1780. Arnold huyó y cooperó con los in­
gleses. Murió en circunstancias humillantes en Inglaterra.
304 Thomas Paine

21 El coronel John Laurens (1754-1782) fue secretario confidencial de G.


Washington. Negoció la rendición de los ingleses en Yorktown (1781). Mu­
rió en combate en la campaña de las Carolinas. Apodado el «Bayardo de la
Revolución». Su padre, Henry Laurens (1724-1792) era un rico comerciante
de Carolina del Sur, que fue presidente del Segundo Congreso Continental
(1777-1778). Capturado por los ingleses cuando iba a Holanda a negociar un
tratado y un empréstito, estuvo preso en la Torre de Londres hasta 1781.
Después de la guerra formó parte, con Franklin, Adams y Jay, de la comi­
sión que negoció el Tratado de París en 1783.
22 Véase la nota 7 de la Parte I.
23 Esta frase de Paine se hizo muy famosa, y durante mucho tiempo apa­
recería en las cabeceras de múltiples publicaciones progresistas.
24 Desde el siglo xvu, el término de «papismo y zuecos de madera» sim­
boliza la superstición y la pobreza que los ingleses relacionaban con Francia.
25 Samuel Johnson (1709-1784), polígrafo inglés, periodista, poeta, autor
del Diccionario de la Lengua Inglesa (1755), ensayista, novelista {Rasselas, 1759).
Recibió una pensión del Gobierno a partir de 1762. Autor también de una
edición crítica de Shakespeare (1765).
26 Esta enumeración de reyes de Europa se cierra con el general Gornwa-
llis, ex comandante en Jefe de las tropas inglesas en América y después del
ejército inglés en la India, y con Tippoo Sahib (1749-1799), que fue el últi­
mo maharajah de Mysore, derrotado por primera vez por Cornwallis en
1792.
27 Aquí parece haber un error en los cálculos de Paine, pues 50.000 fami­
lias a 50 chelines dan 2.500.000 chelines, y a 20 chelines la libra, la cifra re­
sultante es de 125.000 libras, y no 250.000 como dice él, aunque eso hace
más viable su propuesta. . =,
28 Referencia a la distinta condición en que se hallaban los presbiterianos
y demás no conformistas («capilla») y la religión oficial anglicana («iglesia»).
29 Paine alude al Dr. Richard Watson (1737-1816), obispo de Llandaff.
Más tarde, el prelado escribió un duro ataque a La Edad de la Razpn, de Pai­
ne, con el titulo de Apología de la Biblia en una Serie de Cartas dirigidas a Tbo-
mas Paine} Autor de un libro titulada La Edad de la Razón—(Londres, 1796).
Anteriormente había adoptado actitudes opuestas a la coacción intelectual y
religiosa.
** Se trata de la calumniosa Vida de Thama$ . Paine (1791 y 1793), escrita
por George Chalmers con el seudónimo de «Francois Oldys, A. M. de la
Universidad de Pennsylvania», subvencionada par la Corona, como recono­
ció más tarde el propio Chalmers.
Cronología de Tom Paine

Se trata en este breve apunte cronológico de dar los datos biográficos


principales de Tom Paine, con algunas indicaciones de hechos contemporá­
neos en el mundo político, literario y científico, con especial incapié en las
zonas en que habitó, en un leve esbozó de periodización.

1737 —(20/1) Nace Thomas Paine en Thetford, Norfolk, hijo de Joseph


Paín, corsetero cuáquero, y Francés Cocke, anglicana, hija de un
abogado local.
1743 - Paine comienza a asistir a la escuela local. Se inicia su afición al es­
tudio de las ciencias y la literatura, pero es muy mal alumno de la­
tín.
1750 — Paine sale de la escuela y empieza a trabajar de aprendiz en el taller
de su padre.
1753 — Se escapa de casa para enrolarse en el corsario Terrible, a í mando del
ominosamente nombrado Capitán Death (Muerte). Su padre lo con­
vence para que vuelva a casa - Es el año en que se inician los con­
flictos del Rey de Francia con el Parlamento.
1756 — Al iniciarse la Guerra de los Siete Años, T. P. vuelve a escapar al
mar y se enrola en el corsario King c f Prussia, al mando del Capitán
Méndes. Se ignora la duración de su servicio —Primer Ministro Pitt
-Vóltaire: Ensayo sóbrela vida genera! y sobre las costumbres y ei espíritu
de las naciones.
1757 - Paine empieza a trabajar de ayudante del corsetero Morris, de Lon­
dres. Asiste a las clases de filosofía de Martin y Ferguson —Llega a
Londres Franklin, agente de Pennsylvania - Es el año del suplicio
de Damien.

305
306 Femando Santos Fontenla

1758 —T. P. se emplea como corsetero en el taller de Grace —Ministerio


del duque de Choiseul —Quesnay: Cuadro económico.
1759 — T. P. se establece como corsetero en Sandwich, Kent, y se casa
(27/IX) con Mary Lambert, huérfana, doncella de la mujer de un
compañero —El Duque de Bridgewater hace construir el primer ca­
nal para transportar el carbón de sus minas - Las tropas inglesas
toman el Canadá y la Guadalupe. Portugal expulsa a los jesuítas.
Ascensión de Carlos III al trono de España.
1760 ^ T. P. se muda a Márgate. Fallecimiento de su esposa —Jorge III
ocupa el trono de Inglaterra —Los ingleses toman Montreal —Se
efnpieza a generalizar en los telares el uso de la lanzadera (inventada
por John Kay en 1738).
1761 — T. P. prepara oposiciones a agente de Consumos, y actúa como su­
pernumerario de ese cuerpo en Thetford - Tercer Pacto de Familia
—Los ingleses toman Pondichéry, donde se rinde Lally-Tollendal —
Cae Pitt, sustituido por Bute.
1^762 -r T. P. nombrado calibrador de toneladas de bebidas espirituosas,
con un sueldo de 50 libras al año —Ascensión al trono de Catalina
de Rusia —J. J. Rousseau, Del Contrato Social.
1763 - Tom Paine designado para controlar el contrabando en Altford -
Fin de la Guerra de los Siete Años - Caída de Lord Bute y Ministe­
rio Grenville —Comienzan las persecucioones contra Wilkes por
sus críticas a la Corona.
1765 —T. P. cesado de su puesto por negligencia —Francia recupera la Lo­
rena —El Congreso de las colonias se pronuncia contra la le y del
Timbre en Angloamérica - Abolición de la Inquisición en Austria -
J. Watt inventa el condensador, Hargreaves la máquina de hilar al­
godón, y Metcalf el primer sistema moderno de empedrar carreteras
—Expulsión de Wilkes de los Comunes.
1766 - T. P. empleado como corsetero en el taller de Gudgcon, en Diss,
Norfolk. En septiembre solicita la reposición en el puesto de Con­
sumos. Trabaja como maestro de escuela en Londres - Inglaterra
impone por la fuerza la ley del Timbre en sus colonias americanas —
Ocupación de las Malvinas por Inglaterra —Libertad religiosa en
Rusia —Ministerio Aranda en España —Cavendish descubre que el
hidrógeno es menos denso que el aire.
1767 - Paine, repuesto en Consumos, espera plaza - Empieza en Angloa­
mérica la oposición a los nuevos impuestos —Intervención rusa en
Polonia —Expulsión de los jesuítas de España —J; Priestley, Historia
de la Electricidad.
1768 —T. P. destinado de consumero a Lewes, Sussex, para la represión
del contrabando. Empieza a escribir poesía, canciones y sátiras —
Wilkes elegido M. P. y tres meses después condenado por libelo se­
dicioso —Continúan los disturbios antiimpuestos en Boston —Gue­
rra ruso-turca —Priestley, Ensayo sobre los Primeros Principios del Go­
bierno.
1769 - Al morir el casero de T. P., éste empieza a ayudar en su tienda a la
viuda Ollive y su hija Elizabeth —John Wilkes reelegido al Parla­
mento y reexpulsado - Se extienden los disturbios en Angloamérica
Cronología 307

—Estudios de Price sobre la población y la esperanza de vida - N.


Cugnot fabrica un carruaje a vapor.
1771 - T. P. se casa con Elizabeh Ollive - En Francia, Maupeou suprime
los Parlamentos —Abolición de la servidumbre en Saboya —Galva­
ni descubre el carácter eléctrico del impulso nervioso. Primer vo­
lumen de la Enciclopedia Británica.
1772 — Paine escribe El Caso de los Agentes de Consumo y empieza a distri­
buirlo a los parlamentarios, en Londres. Conoce a O. Goldsmith —
La Asamblea de Boston amenaza con la escisión de Inglaterra —
Reformas «ilustradas» en Suecia —Mirabeau, Ensayo sobre el despotis­
mo. Herder, Sobre los Orígenes del Habla —D. Rutherford descubre el
nitrógeno.
1773 — Paine sigue agitando en Londres —La Cámara de Burgueses de Vir­
ginia designa un Comité de Correspondencia para coordinar la ac­
ción contra Inglaterra. Otras colonias la siguen —Motín del Té en
Boston —Bula de disolución de los jesuítas —Revuelta de los cosacos
de Pugachov - Abate Mably, La Legislación (primer esbozo de un
sistema comunista).
1774 - T. P. vuelto a cesar en Consumos por «abandono de puesto». El
4/VI se separa amigablemente de su mujer (a quien seguirá envian­
do dinero frecuentemente). Conoce en Londres a Franklin, que le
da una carta de presentación para su yerno R. Bache. Llega a Fila­
delfia el 30/VI y empieza a trabajar de profesor —Cierre dél puerto
de Boston por los ingleses —John Wilkes, alcalde de Londres —As­
censión ai trono de Luis XVI y convocación de los Parlamentos —
J. Watt construye una máquina de vapor. Priestley descubre el oxí­
geno —Goethe, Wertber.
1775 -y Paine nombrado director de la Pennsylvania Magazine. Publica en el
Pennyslvania Journal un ensayo sobre La esclavitud africana en América.
Conoce a Benjamín Rush Batalla de Lexington. Reunión del Con­
greso Continental. Designación de Washington como comandante
en Jefe. Franklin regresa a América —Malcsherbes ministro del In­
terior en Francia —Derrota de Pugachov —E. Burke, Discurso sobre
la conciliación con América. Estreno del Barbero de Sevilla^ de Beaumar­
chais, tras dos años de prohibición.
1776 — Paine publica en enero el Sentido Común, primera argumentación
abiertamente independentista. Nombrado secretario del general Ro-
berdeau y después ayudante de campo del general N. Greene con
grado de mayor de Brigada. Colabora con Franklin en la Constitu­
ción de Pennsylvania. El 4 de julio, Declaración de Independencia
de los Estados Unidos. Batalla de Trenton. En la gran retirada in­
vernal dé las trópas patriotas, T. P. empieza a escribir las Crisis
Americanas. Llegada a América de los mercenarios de Hesse. Frank­
lin enviado a Francia —Abolición de la corveé en Francia. Dimisión
de Malesherbes —Potemkin reorganiza la flota rusa —J. Bentham,
Fragmento sobre el Gobierno. A. Smith, La Riqueza de las Naciones. F.
M. von Klmger, Sturm und Drang.
1777 — T. P. designado secretario de la Comisión del Congreso que negocia
con los indios. Designado también secretario de la Comisión de
308 Fernando Santos Fontenla

Asuntos Exteriores del Congreso. Escribe las Crisis II, III y IV.
Llegan a América los voluntarios de la Fayette. Derrota inglesa en
Saratoga. Artículos de Confederación de las colonias —Creación en
Bristol de una cooperativa para dar trabajo a los huelguistas - E.
Burkc, Alocución al Rey.
1778 - T. P. escribe las Crisis V, VI y VII. Trabaja en la teoría de aplicar a
los barcos la energía de vapor. Alianza francoamericana. Los ingles
ses evacúan Filadelfia y conquistan Savannah. Jefferson defiende los
derechos de los esclavos —Ultimo discurso de Pitt contra la guerra
colonial —Buffon, Epocas de la Naturaleza. Primeros experimentos
de Messmer. Sheridan, La Escuela del escándalo. Moheau, Estudios de­
mográficos. Parmentier, Memoria sobre la Patata.
1779 Paine abligado a dimitir de la Secretaría de Exteriores tras su en­
frentamiento con Deane. La pobreza le obliga a emplearse como se­
cretario de O. Biddle. En noviembre nombrado secretario de la
Asamblea de Pennsylvania. Victorias navales de John Paul Jones -
España declara la guerra a Inglaterra y sitia Gibraltar —Coulomb
investiga las leyes de la fricción —Sheridan, El Critico. ,
1780 —T. P. publica las Crisis VIH y IX y la Crisis Extraordinaria y el Bien
Público, en pro de una Confederación fuerte y eficaz. Colabora en la
ley de abolición de la esclavitud en Pennsylvariia, Victorias inglesas
en Georgia. Traición de Bcnedicf Amóld —Derrota española en
San Vicente —Declaración rusa dé neutralidad armada —Muerte de
María Teresa de Austria - Estudios de Lavoisier sobre la respira­
ción —S. Erad hace su primer pianoforte.
1781 — T. P. marcha a Francia con J. Laurens para negociar, con éxito, un
préstamo de guerra. Proyecta ir a Inglaterra a agitar, pero tiene que
desistir ante los peligros. De regreso a América, solicita a G. Was­
hington una asignación de fondos para sobrevivir. Victoria de Was­
hington sobre Cornwallis en Yorktown - Tratado austrorruso con­
tra Turquía —Cese de Necker en Francia —Avanza la ocupación in­
glesa de la India (Hastings) - Tolerancia religiosa y libertad de
prensa en Austria —Pestalozzi expone su teoría pedagógica en Leo-
nardo y Gertrudis. Kant, Critica de la Razón Pura. Rousseau, Las Con­
fesiones.
1782 - Washington logra que se asignen a T. P. 800 dólares al año para
que pueda seguir escribiendo. Publica las Crisis X, XI y XII y la
Crisis Supernumeraria y la Carta al Abate Reynal - Se inician en París
las negociaciones de paz con Inglaterra. - Fin del Ministerio de
Lord North, sucedido por, Fox (Burke entra en el Ministerio) —Es­
paña recupera de Inglaterra Menorca y la Florida —Comienzo del
reinado de Tippoo Sahib en la India - Priestley, Historia de las Co­
rrupciones del Cristianismo - Apogeo de Mozart-
1783 — i . P. solicita, sin éxito, el puesto de historiador oficial y los atrasos
que se le deben.. Publica la Crisis XIII y otra Crisis Supernumeraria.
Le pagan 3.000 dólares de atrasos y compra una finquitade 1,2 ha
en Bordentown, New Jersey —Inglaterra y las ex colonias declaran
el alto el fuego, y en septiembre, por la Paz de Versalles, Inglaterra
Cronología 309

reconoce la independencia de los Estados Unidos —En Francia* el


Parlamento de Besançon pide que se convoquen los Estados Gene­
rales —Rusia conquista la Georgia —Ministerio Pitt en Inglaterra —
Primeros globos de Montgolfier —Kant, los Prolegómenos —Primeras
composiciones de Beethoven —Es el año de la muerte de d’Alem­
bert y nacimiento de Simón Bolívar.
1784 - La Asamblea de Nueva York regala a Paine una finca de unas 110 ha
en New Rochelle. Se aprueba la ley de Jefferson sobre la tenen­
cia de tierras. Depresión financiera de los Estados Unidos —Pitt re­
duce los impuestos sobre el té y el alcohol —Adquisiciones rusas en
. Crimea y el Kubán - Fundación en París de la primera escuela para
ciegos - Cavendish descubre la fórmula del agua —Fundación ofi­
cial de la secta protestante de Wesley r- Herder, Ideas de una Filosofia
de la Historia. Beaumarchais, Las Bodas de Figaro.
1785 - Paine reanuda su relación con Franklin. Inventa una bujía que no
produce humo y empieza a trabajar en su puente de hierro por sec-
dones. Ley de libertad religiosa en Virginia. Tratado comercial en­
tre Estados Unidos y Prusiá —Alianza francoholandesa. Primer cru­
ce del Canal de la Mancha en globo —Descubrimiento de la lejía
para blanquear —Kant, Fundamentación de la Metefisica de las Costum­
bres.
1786 — Publica las Disertaciones sobre el Gobierno, los Asuntos del Banco [de Nor­
teamérica) y el Papel Moneda. Sigue trabajando en su puente de hierro
—Pitt crea un fondo de reducción de la deuda nacional —Muerte de
Federico el Grande de Prusia y sucesión de Federico Guillermo II —
Tratado comercial francoinglés basado en el «laissez faire, laissez pas-
■ ser» de V. de Gourney. Clarkson, Tratado sedere la Esclavitud. Chladni
funda la ciencia de la acústica. Burns, Poemas escoceses. Mozart, Las
>; Bodas de Figaro.
1787 — Exibictón del modelo de puente de T. P., que embarca para Francia
el 26/1V. Presenta su ^modelo en la Academia de Ciencias y coinci­
de en Francia con Jefferson. En agosto va a Inglaterra y establece
una pensión de 23 libras 4 chelines para su madre. Regresa a Fran­
cia en diciembre. —Reunión de là Convención de Filadelfia para re­
dactar una constitución —Guerra ruso-turca -* El Parlamento de
París exige la convocación de los Estados Generales —Edicto de
Versalles sobre la tolerancia religiosa —J. Bentham, Defensa de la
Usura. Lavoisier, Método de Nomenclatura Química —Schiller, Don
Carlos. ; í
1788 — T. P. reanuda su amistad con la Fayette, que junto con Jefferson
trata de convencer al Gobierno de Francia para que construya sobre
el Sena un puente basado en el modelo de Paine. Este vuelve a
Londres y actúa como agente oficioso de los Estados Unidos en In­
glaterra. Se relaciona con Fox y Burke —Nueva York, capital fede­
ral de los Estados Unidos —Luis XVI convoca los Estados Genera-
Hes para 1789 - Primer ataque de insania de Jorge III - Kant, Criti-
■ ca de la Razón Práctica. Mozart, Sinfonías 39 a 41.
1789 - Empieza a montarse en Rotherham el puente de T. P., que pasa tres
semanas en prisión por deudas. Sale para París en noviembre —
310 Femando Santos Fontenla

Proyecto de Ley de Regencia de Pitt —Primer Congreso de ios Es­


tados Unidos —En mayo se reúnen los Estados Generales franceses
- Incidente de Nootka entre Inglaterra y España - 17/VI, el Tercer
Estado se constituye en Asamblea Nacional. 14/VII, Toma de la
Bastilla. 27/VIII, la Asamblea Nacional proclama los Derechos del
Hombre y el Ciudadano. Octubre, se inicia la gran emigración de
realistas franceses —Washington, primer presidente de los Estados
Unidos. —Abate Sieyés, ¿Qué es el Tercer Estad*# y Exposición de los
Derechos del Hombre. W. Biake, Cantos de Inocencia,, J. H. B. de Saint-
Pierre, Pablo y Virginia,
1790 —En marzo T. P. vuelve a Inglaterra para supervisar 1a erección de
su puente en Londres (éxito técnico y fracaso económico). La
Fayette le confía la llave de la Bastilla para que se la envíe a Was­
hington - Noviembre, publicación de las Reflexiones sobre la Revolu­
ción en Fronda..., de Burke. Paine comienza a preparar su respuesta -
Constitución civil del clero en Francia y Festival del Campo de
Marte. Libertades cívicas para lo r judíos. Dimisión de Necker. In­
dependencia de Bélgica — Andrea Chenier, Consejos a l Pueblo de
Francia. Kant, Critica delJuicio - Muere B. Franklin. .
1791 - Publicación de los Derechos del Hombre, Parte 1. Ocho ediciones ese
mismo año. Paine pasa abril, mayo y junio en Francia —Se impide
la fuga de Luis XVI a Sto. Cloud y después al extranjero —Matanza
del Campo de Marte. Primera Constitución francesa —Revuelta de
los negros de Haití - Volney, Las Ruinas. Sacie, Justine. Goethe di­
rector del Teatro de Weimar. Muerte de Mozart.
1792 — Publicación de los Derechos del Hombre, Parte II. Procesamiento de
T. P. por «sedición». Elegido miembro de la Convención Nacional
francesa por Calais. Juzgado en ausencia, en Inglaterra, en diciem­
bre —Prusia y Austria se alian contra Francia y la invaden. Disolu­
ción de las órdenes religiosas en Francia. Prisión de la familia real
francesa. Victoria francesa en Valmy. Anexión de Saboya y Niza.
Primera República francesa - Fin de la guerra ruso-turca - Derrota
de Tippoo Sahib, de Mysore —Mary Wollstonccraft: Reivindicarían de
los Derechos de la Mujer, j. G. Fichte: Critica de la Revelación. Rouget
de Liste: La Marsellesa.
1793 —T. P. se opone a la ejecución de Luis XVI. Redacta La Edad de la
Razón, Parte I. Se ordena su detención durante el Terror (28/XII) —
Ejecución de Luis XVI. Formación de una coalición antifrancesa
entre Inglaterra, Austria, Prusia, Holanda, España y Cerdefla. Inva­
sión francesa de Rosellón y Cerdeña. Revuelta realista en la Ven­
dee. Declaración Estadounidense de neutralidad. Asesinato de Ma­
rat. 16/X, ejecución de María Antonieta, XI, ejecución de Felipe
Igualdad. Establecimiento de la escolaridad obligatoria en Francia —
Segunda división de Polonia - Suspensión del habeos corpus en Ingla­
terra. Los ingleses ocupan Córcega —A. Cloots, Base constitucional de
la república del género humano; Condorcet, Cuadro del progreso d el espíri­
tu humano; Kant, Religión dentro de los limites de la razón - Eli Whitney
inventa la desmotadora de algodón en los EE.UU.
1794 —T. P. termina en la prisión del Luxemburgo La Edad de la Razón,
Cronología 311

parte I. Prepara y envía a Londres la 2.*. ed. de Derechos del Hombre.


4/XI, sale, enfermo, de la cárcel. Reelegido diputado de la Conven­
ción el 7/XII —Ejecución de Danton y Desmoulins (abril). Victo­
rias francesas en Tourcoing, Gharleroi, Quiberon y Holanda, y de­
rrotas en el Canal de la Mancha y el Caribe. Coalición antifrancesa
entre Inglaterra, Rusia y Austria. Prusia se retira de la guerra. Eje­
cuciones de Robespierre y Saint-Just. Fin del Terror. Abolición de
la esclavitud en las colonias francesas. Fundación de la Escuela
Normal Superior —E. Darwin, Zoonomia; J. Hunter, Tratado sobre la
sangre; J. G. Fichte, Sobre el concepto de la teoría de la ciencia; Goethe,
Reinecke Fuchs. Mueren E. Gibbon y Lavoisier.
1795 T. P. publica la Disertación sobre las Primeros Principios del Gobierno y
La Edad de la Razón, parte II. Pierde las elecciones a la Convención.
Recae en la enfermedad contraída en la cárcel —Fin de la insurrec­
ción de la Vendee. Victorias francesas en Holanda, Luxemburgo,
Sta. Lucía, Bélgica y Austria. Paz con España. Tercera Constitución
francesa. El Directorio. Diciembre, armisticio con Austria —Terce­
ra partición de Polonia —Mungo Park explora el río Niger —Go­
ethe, Wilbem Meister - J. Bramah inventa una presa hidráulica.
1796 — T. P. publica Justida agraria y la malhadada Carta a George Washing­
ton. Sale de París para Suresnes —Declaración de libertad de prensa
en Francia. Victoria de Napoleón en Italia. Revuelta de Babeuf.
Tratado en el Caribe - Discurso de despedida de Washington* John
Adams, presidente de los EE.UU. —J. de Maistre, Consideradones so­
bre Fronda; P. Laplacc, Expostdón del sistema del mundo. Vacuna anti­
variólica de Jenner.
1797 — T. P. vuelve a París y empieza a vivir con los Bonneville. Apoya el
golpe de Estado del Directorio y los planes de invasión de Inglate­
rra —Napoleón sigue triunfando en Italia. Derrota francoespañola
en San Vicente. Talleyrand, ministro de Asuntos Exteriores. Golpe
de Estado directorista de Barras. Paz francoaustríaca de Campofor-
mio. Napoleón, comandante en Jefe de las fuerzas para la invasión
de Inglaterra, —Chateaubriand, Ensayo histórico, político y moral sobre
las revoludones; F. SchelJing, Filosofía de la naturaleza; F. Hölderlin,
Hyperion. Mueren H. Walpole y John Wilkes.
1798 — 1802 —Napoleón consulta esporádicamente con T. P., que en todo
este período no escril>c más que cartas (sobre todo a Thomas Jefferson,
presidente de los EE.UU. desde 1801). Este le envía un buque para 1
que vuelva a los EE.UU. y T. P, desembarca inmediatamente en
Baltimore el 30 de octubre o el 1.* de noviembre de 1802. Inmedia­
tamente empieza a publicar su serie A los Ciudadanos de los Estados
Unidos (I a V). Visita en Washington a Monroe y Jefferson, y sugie­
re e este último la compra de la Luisiana.
1803 —A los Ciudadanos de los Estados Unidos (VI y VII). Publica La Cons­
trucción de Puentes de Hierro. Visita Bordentown, Nueva York, y en
otoño se va a su finca de New Rochellc. Sometido al ostracismo
por la sociedad «bienpensante» estadounidense —Compra de la Lui­
siana. Primer fallo de anticonstitucionalidad del Tribunal Supremo
de los EE.UU. Revueltas en Irlanda. Reanudación de las hostili­
312 Fernando Santos Fontenla

dades franco-británicas. España proclama su neutralidad —J. B.


Say, Tratado de Economía Política; Lamarck, Investigaciones; Beethoven,
. Sonata a Kreutztr.
1804 - T. P. vive en New Rochelle. Publicados Prospect Papen, Mme. de
Bonneville se encarga de regentarle la casa. En Navidades intentan
asesinarlo —Conspiración del duque de Enghien contra Napoleón —
12.a enmienda a la Constitución de los EE.UU. - Napoleón corona­
do Emperador. España le declara la guerra a Inglaterra. Código Na­
poleón —Beethoven, Tercera Sinfonía; F. Schiller, Guillermo Tell; J.
Leslie, Investigación esperimental de la naturaleza y las propiedades del ca­
lor. Mueren Priestley y Kant.
1805 —T. P. publica A los Ciudadanos de los Estados Unidos (VII). Se intensi­
fica su aislamiento - Segundo mandato de Jefferson —Tercera coali­
ción contra Francia (Inglaterra, Rusia, Austria). Victoria inglesa en
Trafalgar. Bloqueo inglés del comercio de los Estados Unidos con
las Indias Occidentales. Victoria de Napoleón en Austerlitz. Paz en­
tre Austria y Francia. - Chateaubriand, René; W. Scott, La dama del
último juglar; Beethoven, Cuarto concierto para piano y orquesta.
1806 — 1807* —T. P. publica De. las Causas de la Fiebre Amarilla. Sufre un
ataque de apoplejía. Vive cinco meses con la familia Carver. Se le
prohíbe votar en New Rochelle - «Conspiración» de Aaron Burr -
En Inglaterra, formación del «Ministerio de Todos los Talentos»
(Grenville-Fox). Tratado francoprusiano. Luis Bonaparte, rey de
Holanda. Confederación del Rin. Guerra franco-prusiana. Victoria
de Napoleón en Jena y captura de Berlín. Guerra ruso-turca. Murat
llega a Varsovia —H. Davy aísla el sodio y el potasio por electróli­
sis« Beethoven, cuartetos de cuerda Rasumoffsky y Concierto para
Violín. ,
1807 — Estancia de Paine con J. W. Jarvis. Escribe sobre temas militares —
Bloqueo de Francia y sus aliados. Ministerio Portland en Inglaterra.
Tratado de Tilsít entre Napoleón, Alejandro de Rusia y Federico
Guillermo 111 de Prusia. Emancipación de los siervos en Prusia.
- Tratado de Fontainebleau: Francia y España contra Portugal. Los
Braganza huyen de Portugal —Conde de Saint-Simon, Introducción a
los Trabajos Científicos del Siglo XIX; Gay-Lussac, Obsevaciones sobre el
magnetismo; Hegel, Fenomenología del espíritu; Lord Byron, Horas de ocio
—El vapor «Clermont», de Fulton» navega por el Hudson.
1808 - T. P¿, semiparalítico en Greenwich (N.Y.), pero sigue escribiendo -
Los EE.UU. prohíben la importación de esclavos de Africa. Fran­
cia invade España y Murat ocupa Madrid. Levantamiento del 2 de
mayo. José Napoleón rey de España. Congreso de Erfurt y reforza­
miento de la alianza francorrusa - Gay-Lussac, La combinación de los
gases; A. von Humboldt, Opiniones sobre la naturaleza; R. Chateau­
briand, El último abencerraje; Goethe, Fausto, parte I. Goya, Las ejecu­
ciones del 2 de mayo.
1809 - 8 de junio, muerte de Tom Paine - Mientras, continúan las guerras
napoleónicas, y el 4 de marzo Madison se convierte en el cuarto
presidente de ios Estados Unidos. Ese año David Ricardo publica
El alto precio del metal..., Entienne Malus descubre la polarización de
Cronología 313

la luz por la reflexión, se inicia en Londres el alumbrado público de


gas, Beethoven escribe su Concierto n* 5 para piano y orquesta, Goethe
escribe Las afinidades electivas y también ese año nacen P. J. Proud­
hon, Charles Darwin y Abraham Lincoln.

* * *

«He vivido una vida honesta y útil a la humanidad; he pasado el


tiempo en hacer el bien.» (Testamento de Tom Paine.)
«Es tan difícil vencer a la tiranía como al infierno.» (Tom Paine,
American Crisis, I.)
«Quienes aspiran a cosechar los beneficios de la libertad deben
soportar como hombres las fatigas de defenderla.»
Breve bibliografía sobre Tom Paine

También en este caso es forzoso reducir la cantidad de obras enumeradas.


Hemos compilado una lista de más de 360 obras relacionadas, de un modo u
otro, con Torn Paine, y esa lista no es exhaustiva, ni mucho menos. Para se­
leccionar se ha seguido el criterio de no mencionar sino las más relevantes
y/o asequibles, y se han excluido los artículos de revista. En castellano, en la
Biblioteca Nacional no hemos encontrado más que los títulos siguientes:
P a i n e , Thomas, Ei derecho del hombre para uso y provecho del género humano
(Trad. Santiago Felipe Puglia), Filadelfia, Matías Carey e hijos, 1821,
xii+13+t68 págs,, y P a i n e , Thomas, Los Derechos del Hombre (Trad. Agustín
Jiménez), Madrid, Doncel, 1977, 295 págs.
A d a m s , Randolph G., Political Ideas c f the American Revolution (10 vols.),
1850-1856.
A l d r i o g e , Alfred O., Man c f Reason; The Life o f Thomas Paine, 1959.
A p t h e k e r , Herbert, The American Revolution, 1763-1783, Nueva York, 5.*
ed., 1977.
BiRLEYj R., English Jacobinism, Oxford, 1924.
B o n n e r , H. B. y R o b e r t s o n , J. M.(comps.), The Works o f Thomas Paine,
Watts, 1912 (incluye una introducción y retraducciones al inglés dé los
discursos de Paine en la Convención Francesa, 1792-1793).
B o n n e r , H. B. (comp.), Rights o f Man, Watts, 1937.
B o n n e v i l l e , Mme. de, Thomas Paine: A Sketch c f his Life and Character (com­
pilado por Cobbett y transcrito por Conway en su Ufe... [véase infra]).
B o u l t o n , james T., The Language of Politics, 1963.
B r o w n , P. A., The French Revolution in English History, 2* ed., Nueva Yode,
1965 ( la l.-e d .e s de 1918).

315
316 Femando Santos Fontenla

B u rk e, E dm und, Reflections on the Revolution in France (h a y e d . e s p a ñ o la d e E.


Tierno Galván, Madrid, IEP, 1970).
C a r l i l e , Richard, U fe o f Thomas Paine, 3.» ed., Londres, 1820. Carlile pasó
más de nueve años en la cárcel por reeditar a Paine y a otros autores
«subversivos»
C h a l m e r s , George («Francis Oldys»), U fe o f Thomas Paine... by Francis Oldys,
Londres, 1791 y 1793. Se trata de la biografía calumniosa escrita por en­
cargo y a sueldo del Gobierno de Inglaterra.
C h h e t h a m , James, U fe o f Thomas Paine, 1809. Otro ataque a Paine, con acu­
saciones monomaníacas de alcoholismo y centrado casi exclusivamente
en los últimos años de su vida.
C l a r k , Harry H., Six New U tters by Thomas Paine, 1939.
—, Thomas Paine: Representative Selections, 1944. Curiosamente, no comenta el
programa de seguridad social de Derechos del Hombre, parte II.
C o l l i n s , Henry (comp, e introducción), Thomas Paine [...] Rights c f Man,
Londres, 1969; 5.a ed., 1979.
C o n w a y , Moncure D ., The Life o f Thomas Paine, 2 vols., Nueva York, 1892.
Se ha utilizado la ed. facsímil de la de H. N. Bonner de 1909, hecha en
Nueva York por Bloom en 1970. Es la biografía básica.
—, Thomas Paine (1737- 1809) et la Révolution dans les Deux Mondes, 1909.
—, The Writings o f Thomas Paine (4 vols.), 1894-1897.
C r a g g , Gerald R., Reason and Authority in the Eighteenth Century, 1964.
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:—,T be U fe and Major Writings c f Thomas Paine, Nueva York, 1945.
—, (comp.), The Complete Writings o f Thomas Paine (2 vols,), Nueva York,
1945. . .
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R i c h a r s o n , Lyon N., History t f American Magazines, 1741-1789, 1931. La
relación más completa de la labor realizada por T. P. en la Pennsylvania
Magazine.
R i c k m a n , Thomas Clio, The Life t f Thomas Paine, Londres, 1819. Muy im­
portante, pero con matices de hagiografía.
R i d g w a y , James (comp.), The Speeches o f the Hon. Thomas Erskine... Vol. III.
Preface to the Trial t f Thomas Paine fo r a Libel, 1813.
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S e l s a m , J. P., The Pennsylvania Constitution o f 1776, Filadelfia, 1936.
S h e r w i n , William, Memoirs o f the Life o f Thomas Paine, Londres, 1819.
S im m o n s , R. C., The American Colonies. From Settlement to Independence, Nueva
York, 1976.
S m it h , F r a n k , Tom Paine, Liberator, 1 9 3 8 .
S t i t c h c o m b e , William O., The American Revolution and the French Alliance,
1969. Una de las obras en que se repiten clichés en contra de T. P.
S y d e n h a m , M. J., The Girondins, 1961.
T h i b a u d e a u , A. C., Mémoires sur la convention et le directoire, 1824
T h o m p s o n , E. P . , The Making f the English Working Class, 1963. Obra funda­
mental sobre los inicios de la clase obrera inglesa.
T h o m p s o n , J. M., The French Revolution, 1966.
—, Leaders f the French Revolution, 1929.
—, Robespierre and the French Revolution [s. a.].
T y l e r , Moses C., Literary History f the American Revolution (2 vols.), 1897.
V ale , Gilbert, The Life f Thomas Paine, 1841. Contribución útil a los últimos
afios de la vida de Paine. Contiene varios documentos que no aparecen
en la edición de Foner.
V an D er W eyden , W ., Thomas Paine’s Last Days in New York, Nueva Y ork,
1910.
V a n D o r e n , Carl, Secret History f the American Revolution, 1941.
W endel , Thom s (com p.), Thomas Paine’s Common Sense. The Call to Indepen­
dence, W oodbury, 1975.
W h e e l e r , Daniel (comp.) Life and Writings o f Thomas Paine (10 vols.). El pri­
mer volumen contiene elementos difíciles de encontrar, como la biogra­
318 Fernando Santos Fontenla

fía de Paine por Rickman, el discurso de Erskine en el juicio de Paine in


absentia, etc.
W i l l i a m s o n , Audrey, Thomas Paint. His Life, Work and Times, Londres,
1973.
W i l m e r , James, Men and Measuresfrom 1774 to 1809, 1809.
W o o d , Gordons, The Creation o f the American Republic, 1776-1787, 1969.
W o o d w a r d , W . E., Tom Paine; America's Godfather, 1737-1809, 1945. Con­
tiene algunos datos que no se encuentran en otros textos.
Z i n n , Howará, A People's History ofthe United States, Nueva York, 1980.
Indice

Nota a la presente edición ................................................ 7


Principales obras de Tom P a in e ....................................... 9
Introducción de Fernando Santos F o n te n la .................. 11
Prefacio a la edición in g le s a .............................................. 27
Prefacio a la edición fra n c e s a ........................................... 30

D erech o s d el ho m bre ............................................................................. 33

Capítulo de M iscelán ea....................................................... 11 6


Conclusión ........................................................................... 142

Los d erech o s del ho m bre (Parte s e g u n d a )................ 151


A M. de la Fayette .............................................................. 15 3
P re fa c io .................................................................................. 155
In tro d u cció n ......................................................................... 16 2
I. De la sociedad y la c iviliz ac ió n ......................... 16 7
II. Del origen de los actuales gobiernos antiguos 173
III. De los sistemas antiguo y nuevo de gobierno . 176
IV. De las constituciones........................................... 192

319
320 In d ic e

V. Medios de mejorar la condición de Europa in­


tercalados con observaciones misceláneas . . . . 220
A p é n d ice ............................................................................... 292
N o tas...................................................................................... 298
Cronología de Tom P a in e .................................................. 305
■Breve bibliografía sobre Tom P a in e ................................ 3 15
*****1
_ sG :.3 T há :. :.
SigS :.l7u9
Tit.: D e r e c h o s d el hos del r e s p u e s ta
S l¡5 . : P a in e , Tilomas

Cubierta: Daniel G il
unque concebida inicialincnte como respuesta a

A las «Reflexiones sobre la Revolución en Francia»


de Edmund Burke, DERECHOS DEL HOMBRE
— publicada en 17 9 1 y reimpresa numerosas veces a lo
largo de los años siguientes— es la elaboración más
completa del pensamiento político de TH O M A S
PAINE (1737-1809). Como señala FERNANDO
SA N T O S FONTEINEA, prologuista y traductor de la
presente edición, el valor permanente de este libro
clásico, más allá de su proposito polémico coyuntural,
descansa en su planteamiento de la posibilidad de un
cambio total y extrae su vigor de «la modernidad de sus
ideas, su forma de expresarse y su visión de los
derechos innatos de todo ser humano». Calificada por
G. D. H. Colé como «la Biblia de los pobres», esta
obra revolucionaria, escrita para la gente del común
con el lenguaje apasionado de los grandes
propagandistas V agitadores, lanza un ataque
devastador contra el antiguo régimen, critica el sistema
económico de la época (desde los impuestos indirectos
hasta el cercamiento de tierras, pasando por la
creciente miseria de las ciudades) y defiende, desde los
postulados del optimismo racionalista, la libertad, la
redistribución de la riqueza, el gobierno ('‘"■viocrático y
la soberanía popular.

El libro de bolsillo Alianza ^