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EL CONCEPTO DE LITERATURA Hay que señalar la polisemia que el vocablo literatura ha tenido a lo largo de la historia: 1 En

latín, significaba instrucción, saber relacionado con el arte de escribir o leer, o también gramática, alfabeto, erudición, etc
2 En la segunda mitad del siglo XVIII la palabra pasa a designar mas bien una actividad específica del hombre de letras y
en consecuencia, la producción resultante. 3 Hacia el fin del tercer cuarto del siglo XVIII, L. pasa a significar el conjunto de
obras literarias de un país (L. Espa) 4 Al concluir la penúltima década del siglo XVIII, el término cobra un importante matiz
semántico, pasando a designar el fenómeno literario en general y ya no circunscrito a un literatura nacional en particular.
Se va hacia la noción de L. como creación estética, como específica categoría intelectual y forma específica de
conocimiento. Por otro lado se asiste a un amplio movimiento de valorización de géneros literario en prosa (novela,
periodismo) haciéndose necesaria una designación genérica que pudiera abarcar todas las manifestaciones del arte de
escribir. Esta designación fue la de L. La evolución, sin embargo, no se estancó en la época del romanticismo sino que
siguió evolucionando en los siglos XIX y XX. Algunas de las mas relevantes acepciones de la palabra en este periodo de
tiempo son las siguientes: 1 Conjunto de la producción literaria de una época o de una región. 2 Conjunto de obras que se
particularizan y cobran forma especial ya por su origen, ya por su temática o intención (L. revoluci) 3 Bibliografía existente
acerca de un tema determinado. 4 Retórica expresión artificial (el demonio de la L.) 5 Por elipsis, se emplea simplemente
“literatura” en vez de historia de la L. 6 Por metonimia, “L.” significa también manual de historia de la L. 7 Literatura puede
significar, también, conocimiento organizado del fenómeno literario. En la actualidad y según el profesor Prado Coelho
“pertenecen a la literatura, según el concepto hoy dominante, pero en la práctica frecuentemente obliterado, las obras
estéticas de expresión verbal, oral o escrita”. La obra literaria constituye una forma determinada de mensaje verbal.
Roman Jakobson distingue en la comunicación verbal seis funciones básicas: 1 La función emotiva o expresiva,
estrechamente relacionada con el sujeto emisor, pues se caracteriza por la transmisión de contenidos emotivos suyos. 2
La función apelativa, orientada hacia el sujeto receptor, la cual tiene como fin actuar sobre ese sujeto, influyendo en su
modo de pensar, de actuar.. 3 La función referencial o informativa, que consiste en la transmisión de un saber, de un
contenido intelectual acerca de aquello de lo que se habla. 4 La función fática, que tiene por objeto establecer, prolongar
o interrumpir la comunicación. 5 La función metalingüística, que se realiza cuando el emisor y el receptor necesitan
averiguar si ambos usan el mismo código. 6 Finalmente, la función poética, centrada sobre el mensaje mismo. La función
poética del lenguaje se caracteriza primaria y esencialmente por el hecho de que el mensaje crea imaginariamente su
propia realidad, crea un universo de ficción que no se identifica con la realidad empírica. El lenguaje literario es
semánticamente autónomo, porque tiene poder suficiente para organizar y estructurar mundos expresivos enteros. Entre
el mundo imaginario creado por el lenguaje literario y el mundo real, hay siempre vínculos, pues la ficción literaria no se
puede desprender jamás de la realidad empírica. No se trata de un deformación del mundo real, pero si de la creación de
una realidad nueva, que mantiene siempre una relación de significado con la realidad objetiva. Según varios autores, el
lenguaje literario se caracteriza por ser profundamente connotativo, es decir, que la configuración representativa del signo
verbal no se agota en un contenido intelectual, ya que presenta un núcleo informativo rodeado e impregnado de
elementos emotivos y volitivos. El lenguaje connotativo se opone al denotativo, en el cual la configuración representativa
del signo lingüístico es de naturaleza exclusiva o predominantemente intelectual o lógica. El lenguaje literario es
plurisignificativo porque en él, el signo lingüístico es portador de múltiples dimensiones semánticas y tiende a una
multivalencia significativa, huyendo del significado unívoco, que es propio de los lenguajes monosignificativos (discurso
lógico, lenguaje jurídico, etc) El lenguaje literario conserva y trasciende simultáneamente la literalidad de las palabras. La
plurisignificación del lenguaje literario se manifiesta en dos planos: un plano vertical o diacrónico, y un plano horizontal o
sincrónico. En el plano vertical, la multisignificación se adhiere a la vida histórica de las palabras, a la multiforme riqueza
que en el curso de los tiempos ha depositado en ellas, a las secretas alusiones y evocaciones latentes en los signos verbales,
al uso que éstos han experimentado en una determinada tradición literaria. En el plano sincrónico u horizontal, la palabra
adquiere dimensiones plurisignificativas gracias a las relaciones conceptuales, imaginativas, rítmicas, que contrae con los
demás elementos de su contexto verbal. Pero la multisignificación puede extenderse a la totalidad de una obra, y esto es
lo que en verdad acontece con todas las creaciones literarias valiosas. El lenguaje literario es plural por esencia y la obra
literaria es plurisignificativa por la naturaleza de los elementos y de las relaciones que constituyen su estructura formal y
semántica. Por otro lado, el espacio literario es indisociable del mundo de los símbolos, de los mitos y de los arquetipos,
y el él cobran las palabras dimensiones semánticas especiales. El lenguaje literario se define por la recusación intencionada
de los hábitos lingüísticos y por una exploración inhabitual de las posibilidades significativas de una lengua. El ideal de
Mallarmé de “dar un sentido mas puro a las palabras de la tribu” representa un propósito de todo escritor auténtico, que
debe revelar como un nuevo rostro y una nueva intimidad en las palabras, depurándolas de la ganga secular que el uso
les ha impuesto. La teoría de la información enseña que cuanto mas trivial y mas previsible sea un mensaje, tanto menor
será la información que transmita. En contrapartida, cuanto mas original y mas imprevisible sea la organización del
mensaje, tanto mayor será la información que proporcione. Los símbolos, las metáforas y otras figuras estilísticas
constituyen los medios del escritor para transformar el lenguaje usual en lenguaje literario. Muchas veces, en su deseo
que conferir nueva vida al instrumento lingüístico, entra en conflicto con las convenciones lingüísticas y, a veces, llega a
infringir la norma lingüística. El artista literario violenta, por necesidad expresiva, las relaciones sintácticas impuestas Esta
transformación a que el escritor somete la lengua usual tiene un límite: la oscuridad, el hermetismo absoluto, por eso
Heidegger distingue la charlatanería vulgar, que destruye las palabras, de la poesía, que las inventa de nuevo. En el
lenguaje cotidiano, el significante, es decir, la realidad física, sonora, del signo lingüístico, tiene poca o ninguna importancia. En el
lenguaje literario se comprueba que los signos lingüísticos no valen solo por sus significados, sino también y en gran medida, por sus
significantes, pues la contextura sonora de los vocablos y de las frases, las sugerencias rítmicas, las aliteraciones, etc son elementos
importantes del arte literario. Ferdinand de Sausurre estableció como principio fundamental del estudio sobre la naturaleza del signo
lingüístico, el carácter arbitrario de este signo. Dámaso Alonso no discute la validez de este principio, pero afirma que, en el lenguaje
poético, existe siempre una vinculación motivada entre significante y significado. Henos aquí ante un carácter verdaderamente
destacado del lenguaje literario: el valor sugestivo, la capacidad expresiva de las sonoridades que el escrito utiliza, aunque esta
capacidad expresiva es secundaria con relación a los valores semánticos. Otro problema consiste en la tendencia manifestada por
algunos autores a vaciar el poema de todo significado, considerándolo solo como una cosa, una estructura sonora y visual, desprovista
de contenido. Pero el intento de despojar a la palabra de todo contenido significativo equivale a desconocer y destruir la naturaleza
del signo lingüístico, reduciéndolo a la fisicidad del significante. Después de esto, no parece muy difícil distinguir entre obra literaria y
obra no literaria. Quedarían excluidas de la literatura las obras que no participan fundamentalmente de las formas de existencia antes
asignadas al lenguaje literario y están, por tanto, despojadas de intenciones y cualidades estéticas. Serán obras literarias aquellas en
que, el mensaje crea imaginariamente su propia realidad, en que la palabra da vida a un universo de ficción. Y su verdad es verdad de
coherencia, no de correspondencia y consiste en una necesidad interna, no en algo externamente comprobable. Así pues, “el núcleo
central del arte literario ha de buscarse en los géneros tradicionales: lírico, épico y dramático. En todos ellos se remite a un mundo de
fantasía, de ficción.” Algunas obras ocupan una posición ambigua, usan máscara literarias, como la biografía, el ensayo, las memorias,
etc. No basta que una obra esté escrita con elegancia o en estilo castizo para que, de inmediato, ascienda a la categoría de literatura.
El concepto de literatura que acabamos de formular obedece a un criterio estrictamente estético. Repudiamos así un concepto
amplificador y cultural de la literatura, según el cual pertenecerían a la literatura obras jurídicas, históricas. etc Hay que tener en
cuenta que, en su desarrollo histórico, el concepto de literatura ha tenido una extensión diferente: 1 aunque se admitan como obras
literarias algunas crónicas o biografías, no tienen una esencia literaria semejante a un libro de poemas o una novela. 2 Lo que
verdaderamente ha cambiado no ha sido el concepto de literatura ni la naturaleza del objeto literario, sino el concepto de sermón, de
historia, etc. La teoría de la literatura se integra en el grupo de las llamadas ciencias del espíritu, las ciencias del espíritu tienen como
objeto el mundo creado por el hombre en el transcurso de los siglos, pues abarca todos los dominios de la múltiple actividad humana.
Las ciencias naturales tienen como ideal la explicación de la realidad mediante la determinación de leyes universalmente válidas, las
ciencias del espíritu, en cambio, se esfuerzan por comprender “la realidad en su carácter individual, en su devenir, espacial y
temporalmente condicionado. Quiere decirse, que la teoría de la literatura no puede aspirar a la objetividad, rigor y exactitud que
caracterizan a las ciencias naturales. El arte, según Croce, es intuición lírica y expresión de la personalidad, y, por consiguiente,
individualidad pura. La obra literaria, entendida como individuo absoluto, constituiría una esfinge permanentemente silenciosa, una
experiencia necesariamente intransferible a la conciencia de otros. La interioridad del autor solo puede ser comunicada a través de
relaciones y estructuras generales, que constituyen las condiciones de posibilidad de la experiencia literaria: estructuras lingüísticas,
poéticas, estilísticas, etc. La obra, en su origen y en su naturaleza, se sitúa en el orden de la literatura, mantiene múltiples y sutiles
relaciones con otras obras, con los valores del mundo estético, con experiencias literarias precedentes. El lenguaje es creación
perpetua, nacida de la “necesidad interna de conocer y de buscar una intuición de las cosas”, y es, al mismo tiempo, expresión,
“objetivación individual de lo individual”. Croce se sitúa, de este modo, resuelta y exclusivamente en el dominio del habla,
despreciando el dominio de la lengua, que clasifica como “construcción empírica sin existencia real”. Creemos, pues, que es posible
fundamentar una teoría de la literatura, una poética o ciencia general de la literatura, que estudie las estructuras genéricas de la obra
literaria, las categorías estético-literarias que condicionan la obra y permiten su comprensión, y que establezca un conjunto de
métodos capaz de asegurar el análisis riguroso del fenómeno literario. La teoría de la literatura debe igualmente evitar una tentación
que arruinó y desacreditó a la poética y a la retórica del los siglos XVI, XVII y XVIII: la tentación de establecer reglas que pretendan
vincular al creador literario. No se trata de elaborar reglas o normas, sino de comprender, de organizar conceptualmente un
determinado conocimiento acerca del fenómeno estético-literario.

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