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Título original: "Psicología e formazione.

Strutturc e Dinamismi"
Traducido pqr: Rodrigo Aguilar
Porcada: Laura Alvarado

© Edizioni Dehoniane, Bologna, 1985


© Publicaciones Paulinas, S. A. de C.V. 1994
Capri 98 - Lomas Estrella - 09870 México, D.F.
ISBN 968-437-160-8
ISBN 88-10-50802-5
Amadeo Cencini y Alejandro Manenti

PSICOLOGÍA
Y FORMACIÓN

Estructuras y dinamismos

Publicaciones Paulinas S.A. de C.V.


Presentación

Este libro lo hemos escrito realmente juntos,


poniendo en práctica nuestra experiencia de profe­
sores, psicólogos y presbíteros formadores. Nos di­
rigimos a quien cree que vale la pena profundizar
el conocimiento de sí y tender hacia la propia ma­
duración, como también a quien estudia la psico­
logía de la personalidad humana. Por esto, en el
libro partimos de dos preguntas: quién es el hom­
bre y cómo funciona.

Ambos hemos cumplido la formación psicológi­


ca, teórica y práctica de análisis personal y super­
visión, en el Instituto de Psicología de la Pontifi­
cia Universidad Gregoriana, provenientes de otros
dos ambientes universitarios: la Facultad Estatal
de Filosofía y la de Filosofía y Teología de la
Gregoriana, para Manenti; la Facultad de Cien­
cias de la Educación de la Pontificia Univesidad
Salesiana y el Instituto de Psicoterapia Analítica,
para Cencini.

Para la elección de los temas ha sido valiosa


la experiencia de actividad psicoterapéutica que
desarrollamos, desde hace varios años, con diver­
sas categorías de personas: laicos, religiosos, indi­
viduos, parejas y familias.

Antes de llegar a la redacción definitiva aquí


presentada, hemos experimentado su disposición
por algunos años, en los cursos de psicología que
tenemos en la Escuela de Teología para Laicos, en

V
el Estudio Teológico Interdiocesano de Reggio Em ilia
(Manenti) y en el Estudio Teológico San Zeno, de
Vervna (Cencini). Un particular estímulo nos ha ve­
nido de la Escuela Trienal para Educadores, inicia­
da por nosotros en 1977; escuela en que pretendemos
form ar laicos y religiosos capaces de ayudar a los
adultos jóvenes a asumir un compromiso de vida que
sepa integrar la dimensión psicológica con la dimen­
sión cristiana de la existencia.

Por tanto, Psicología y Formación es un libro


que proviene de la práctica psicoterapéutica, ha
sido experimentado en la enseñanza y ha recibido
confirmación en nuestra actividad educativa. Viene
de la experiencia viva y, después de la reflexión
verificatoria, se dirige nuevamente a la experiencia
viva.
In t r o d u c c ió n

"A todos los hombres puede ocurrir la suerte de reconocerse a sí mismos y de


sentir la inmediatez”
(Heráclito).

Somos conscientes que conocerse es un objetivo que no se


consigue solos, sin la ayuda de una persona experta. Por
otra parte, estamos convencidos que el conocimiento de sí no
se obtiene leyendo un libro de psicología. Este es un proceso,
además de intelectual, en gran parte emotivo.

Sin embargo, también es siempre fundamental el conoci­


miento objetivo de las propias estructuras y funciones intrap-
síquicas, si se quiere llegar a un conocimiento integral y posi­
tivo del yo.

Por esto hemos dividido el tratado en dos partes: nuestro


ser intrapsíquico y su funcionamiento. E l hilo conductor del
libro es por tanto doble: estructura y psicodinámica.

Estructuras intrapsíquicasr. consideramos al hombre en


su aspecto personal e interior. Evidentemente no es todo el
hombre. Hay en él también la dimensión de relación con los
demás, con los grupos y las instituciones.

Pero hemos acentuado expresamente la relación que cada


uno de nosotros debe tener consigo mismo, porque creemos
que es más importante considerar primero al hombre exist-
encial y después los problemas racionales y sociales.

V II
Para nosotros, el primer índice de madurez es que la per­
sona sepa llegar a ser autónoma-independiente: vivir en fuer­
za de convicciones interiores que actúan desde dentro, más
que en dependencia de soportes precarios que la condicionan
desde el exterior; y, preásamente gracias a esta solidez inte­
rior, ser capaz de interactuar constructivamente con el otro.

Funcionamiento psicodinámico: Ofrecemos algunas ideas


para entender el sentido de nuestras acciones. Para no dete­
nemos en el "qué cosa" hacemos, sino llegar a entender el
"por qué" lo hacemos, es necesario buscar las múltiples moti­
vaciones que están a la base de nuestro comportamiento.

De este mundo interior, hemos dado particular atención


a ¡a dimensión inconsciente por su gran influjo sobre el com­
portamiento en general (como Freud ya evidenció), y al com­
portamiento que se refiere a los valores (como nuestra expe­
riencia psicoterapéutica nos confirma). Hemos insistido en el
inconsciente, ya que esta realidad no es tocada por los instru­
mentos educativos normales.

■ Algunos lectores encontrarán, quizá, demasiado insistente


el tema de los valores y los ideales. Pero hemos insistido en
ello casi con provocación, para hacer entender ¡o específico de
la psicología en la situación concreta de quien cree que la
vida debe tener un sentido (cualquiera que éste sea), y que
esto implica la fatiga de la búsqueda y de un camino preciso.

A l interno de esta elección (no libre de riesgos y quizá


no tan frecuente en este género de publicaciones) hemos es­
pecificado todavía más el discurso¿ evidenciando en modo
particular el aspecto educativo de este crecimiento. Hemos
privilegiado, en la ejemplificaáón y en la referencia, la di­
námica del joven empeñado en una opción de vida cristia­
na y ministerial: lo hemos hecho por afinidad de vida y
por el conocimiento directo que tenemos de la situación;
pero el lector inteligente -confiamos- sabrá captar, en el
ejemplo concreto y más allá de él, los elementos más cen­
trales y significativos, aplicables a cualquier contexto y op­
ción de vida. Para tal fin nos hemos empeñado en usar un
lenguaje simple y un estilo discursivo, que favorezca lo más
posible la transparencia de los conceptos. Y si nos hemos re­
ferido, en alguna circunstancia, a categorías teológicas o a
aspectos propios de la experiencia de lo divino, lo hemos he­
cho sólo con el intento de mostrar concretamente cómo servir­
se del intrumento de la psicología: es utilizado no sólo para
una mayor salud mental, sino -aún más- en vista de una
vida de fe más madura. Este uso -válido para todos- es
particularmente importante en la formación al sacerdocio, se­
gún las mismas indicaciones conciliares (Gaudium et Spes,
62; Optatam Totius, 3,11,20). ■

Por otra parte, hemos querido estimular al lector a for­


marse una mentalidad interdisciplinar con la cual afrontar
adecuadamente las temáticas sobre el hombre: ya sea las que
encuentra en sí mismo y en su vida de relación, o bien las
consideradas en los diversos tratados que contempla la "Ra-
tio studiorum" de ios seminarios mayores. Por este motivo,
serán evidentes los reclamos a la antropología filosófica, a la
ética, a la moral fundamental.

Una última palabra sobre la función integradora de la


psicología. Al interno de una dinámica educativa, nos parece
que la psicología no debe ser vista sólo en función de una
mayor madurez humano-profesional del hombre (sea laico o
sacerdote), ni con el fin de una mayor y más completa prepa­
ración técnica de los educadores, ni mucho menos solamente
para una mayor especialización cultural. Todo esto está bien,
pero es insuficiente. Si fuese sólo esto, la aportación de la
psicología se limitaría al área didáctica, bien distinta y sepa­
rada del camino más propiamente formativo, o sería a lo
más disciplina que proporciona nuevas técnicas e instrumen­
tos de trabajo. Por el contrario, la mayor contribución de la
psicología es para la madurez integral de la persona: vivir
en mayor profundidad aquello en lo que cada uno ha deci­
dido creer, a través de un proceso de integración pro-
gresiva entre estructuras psíquicas de la personalidad y
exigencias puestas por los ideales. Y esto es lo que todo hombre
debe buscar realizar en la vida, cualquiera que sea su camino

Todas estas convicciones son fruto -como se dijo al inicio-


de la reflexión teórica unida a la experiencia práctica. Las he­
mos madurado, compartiéndolas con nuestros colegas en la en­
señanza y en la actividad educativa. A ellos va nuestro agrade­
cimiento por la fructuosa colaboraáón y. a nuestros estudiantes
por las estimulantes provocaciones. En particular hacemos
mención de las investigaciones y las publicaáones de Luigj Ra­
lla s.j., del Instituto de Psicología de la Gregoriana: en un cur­
so impartido por él en la Gregoriana se inspira, en parte, el es­
quema de este libro. A él, a Franco Imoda s.j. y a la Hna.
Joyce Ridick s.s.c., nuestra deuda y nuestra gratitud.

1 En esta línea van también otras de nuestras publicaciones: Manenti,


A., "Vocazione psicología e grazia", Dehoniane, Bologna, 1979; ídem, "Diffi-
coltá e crisi tiella vita religiosa" (en colaboración con Di domenico P.), D e­
honiane, Bologna, 1980; ídem, "Vivere insieme, aspetti psicologici', Dehonia­
ne, Bologna, 1981; "Vivere in due e piü. Aspetti sociologtci e psicologjci della
famiglia" (en colaboración don Dini Martino A.); Cencini A., "Amerai il
Signore Dio tuo; psicología deWincontro con Dio", Dehoniane, Bologna, 1982;
ídem, "Vivere riconciliati: Aspetti psicologici", Dehoniane, Bologna, 1985..

X
AtrESTRO SfeR / n t r a p s íq u ic o

Primera Parte
N uestro S er I n t r a p síq u ic o
Amadeo Cendni y Messandro Mkmmli

Partiremos de un análisis fenomenológico bastante gené­


rico: basta abrir los ojos, observar atentamente y, de inme­
diato, se recogen algunas primeras informaciones sobre el
hombre. Primera información: es un ser con exigencias fisio­
lógicas, sociales y racionales (capítulo 1). Segunda informa­
ción: es un ser que a veces se programa conscientemente y,
a veces, sin poner en ello cuidado o sin saber el porqué (ca­
pítulo 2). Tercera información: también cuando se decide y se
programa, lo puede hacer sobre base racional de convicción o
sobre base solamente emotiva de atracción (capítulo 3).

Pasaremos después a preguntarnos el porqué de todo


esto y, entonces, haremos una introspección para descubrir
aquello que no es inmediatamente visible. Descubriremos
que, en su interior, el hombre está motivado por dos fuentes
energéticas (capítulo 4) que están en relación con la estructura
de su yo, centro propulsor de la psiqué humana (capítulo 5).

2
M je s t r o S e r /n tr a p s íq u ic o

Capítulo primero
Los T r e s N iv e le s d e l a V id a P s íq u ic a

La primera constatación que una observación atenta de


los hechos nos induce a hacer, es que el hombre puede vi­
vir a tres diversos niveles: psico-fisiológico, psico-social, ra-
cional-espiritual. Estos niveles, ordinariamente, están inter-
conectados estrechamente entre sí y son reconocibles en el
acto humano concreto, en el cual normalmente uno prevale­
ce sobre los otros1. El nivel especifica el ámbito de nuestros
conocimientos y de nuestros intereses, el grado de altura
desde donde nos observamos a nosotros mismos y al mundo.
Cambiando el nivel cambia la perspectiva, como cuando se
suben los diversos pisos de una casa: en el tercer piso, el
panorama contemplado en el primero se ensancha en un
contexto más amplio, se agregan nuevos elementos y otros
disminuyen de dimensión porque están encuadrados en un
horizonte más grande. Por ejemplo, al solo nivel psicofisioló-
gico el hombre se descubre con una necesidad sexual, al ni­
vel psicosocial se ve también deseoso de comunión con los
demás y al nivel racional finaliza todo esto para perseguir
objetivos y metas. Cada vez que se sube, la dimensión
precedente no viene descartada sino integrada en un hori­
zonte más amplio y significativo. En cada nivel el elemen­
to psíquico está siempre presente, aunque en medida y
cualidad diversas.

Haremos una descripción de estos tres niveles para,


después, intentar individuar líneas de integración entre
los mismos.

1 G. Nuttin, Psicanalisi e personalitá, Paoline, Alba 1967, pp. 290-295.

3
Amadm Cendni y Masandro Monmti

1. Descripción de los niveles

a. Nivel psico-fisiológico

Comprende las actividades psíquicas estrechamente liga­


das a los estados físicos de bienestar o malestar, determina­
dos por la satisfacción o insatisfacción de algunas necesida­
des fisiológicas fundamentales del organismo como el
hambre, la sed, el sueño, la supervivencia, la salud...

El origen y el término de esta actividad se encuentran


en la sensación de déficit o de satisfacción a nivel visceral
(advertible también a nivel sensorial). La motivación que re­
gula este nivel es la satisfacción de estas necesidades. El
objeto que satisface la tensión y sacia el deseo es específico,
concreto y externo al individuo; pero lo satisface cuando él,
en algún modo, se «apropia» de ese objeto y lo hace suyo.
Se tiene así un movimiento que parte del sujeto, va al obje­
to, para después volver al sujeto mismo.

El movimiento es aprendido en cuanto se refiera a la


búsqueda del objeto satisfactorio; pero es puesto en marcha
por un proceso biológico determinístico, que empuja a bus­
car la satisfacción inmediata y total. La modalidad de fun­
cionamiento, por tanto, será siempre automática.

La percepción de la realidad a este nivel será fragmenta­


ria y parcial: la realidad, en efecto, será vista en función (in­
mediata o mediata) de la propia necesidad fisiológica. Por
tanto, es una lectura limitada a lo visible, a lo físico, a lo
útil. Es del todo subjetiva.

Detrás de las varias necesidades fisiológicas aparece, en­


tonces, como fin real operativo una necesidad más radical de
supervivencia y autopreservación, que remite a una interpre­
tación general de la vida en clave más bien utilitarista-indi­
vidualista.

4
M je s t r o S e r /n tr a p s íq u ic o

b. Nivel psico-social

Comprende las actividades psíquicas conectadas con la


necesidad de desarrollar relaciones sociales, de «estar con».
El hombre -animal social- advierte la exigencia de estrechar
amistades, dar y recibir ayuda, sentirse parte activa de una
comunidad de personas, etc.

El origen de estas actividades psíquicas no se encuentra


en una situación de déficit fisiológico a nivel visceral: no existe
un equivalente fisiológico de estos eventos que, sin embargo,
son advertibles o dejan una huella a nivel neurológico.

La motivación más inmediata que empuja esta acción es


la toma de conciencia de la propia limitación e insuficiencia
como persona, que lo hace reconocer la necesidad que tiene
de los demás. El objeto que satisface no es tan específico
como en el primer nivel, puesto que se trata de situaciones
en las cuales están implicadas personas; es siempre algo ex­
temo que, sin embargo, no podrá llegar a ser interno y he­
cho propio por el sujeto, como en el caso precedente, por el
motivo que el otro no es una cosa.

El esquema satisfactorio es aprendido a través de la re­


petición de actos homogéneos que se demuestran eficaces
en la consecución del objetivo. En lo que respecta a la mo­
dalidad del funcionamiento, también a este nivel hay un
cierto determinismo; no absoluto, como en el precedente,
sino relativo. Es un determinismo social, por el que la per­
sona se sentirá impulsada a buscar un cierto tipo de relación
gratificante, o de frente a determinados estímulos brotará,
más o menos automática, una cierta respuesta.

Respecto a la percepción de la realidad, hay que decir,


ante todo, que la realidad que llama la atención del sujeto
es,.sobre todo, aquella constituida por personas; pero vistas
no necesariamente en sí mismas, en su intrínseco valor, sino
en función de una relación positiva. La visión de la realidad,

5
Amadeo Cencini y Messandm Manenti

en parte todavía fragmentada y en sentido único, supone


aquí una cierta capacidad interpretativa y determina un en­
sanchamiento del campo experiencial del individuo; están
aquí implicadas, en efecto, nuevas y ulteriores funciones y
potencialidades humanas: un cierto sentido común (el
«buen sentido») que permite, precisamente, la relación in­
terpersonal como base de la convivencia y es una predispo­
sición, al menos tendencial, a percibir el bien común.

También aquí, detrás de la necesidad del otro y de la


relación, es posible reconocer algo más radical: la necesidad
de la expansión de sí mismo o de la autorrealización a través
del otro, que es la expresión dinámica -según Nuttin- de
aquello que el hombre es en el plano psíquico, ser él mismo
a partir y en dependencia intrínseca del otro^.

c. Nivel racional-espiritual .

Comprende las actividades psíquicas conectadas con la


necesidad de conocer la verdad, y con la correspondiente ca­
pacidad humana de aferrar la naturaleza de las cosas, abstra-
yéndola, de los datos de los sentidos. Gracias a este nivel
somos seres que, a diferencia de todos los demás animales,
tienen la capacidad de aferrar la esencia de las cosas abstra-
yéndola, de los datos de los sentidos. De la observación de
los datos el hombre puede abstraer los principios generales,
o sea los conceptos abstractos y las leyes que gobiernan y
explican los datos sensibles. Este poder constituye su «espí­
ritu», algo que, al contrario de la materia, no tiene dimensio­
nes mensurables, no tiene partes, está fuera ■del tiempo y
del espacio. Con este poder, el hombre puede formular con­
ceptos, conocer cosas abstractas, juzgar, trascender el «aquí y
ahora» para afirmar y perseguir valores espirituales.

El motivo que está al origen de este trabajo de la mente


no se encuentra en un déficit de tejidos ni tampoco en la con­
ciencia de la propia limitación, sino en un deseo-necesidad
2 G. Nuttin, o.c.

6
M je s t r o SfeR J n t r a p s íq u ic o

de saber, de resolver problemas fundamentales como el co­


nocimiento de sí, del propio lugar en el mundo, del sentido
de la vida, de la muerte... Al mismo tiempo, tal deseo-nece­
sidad está sostenido por la capacidad instrumental-funcional,
propia del hombre, de conseguir, al menos en parte, la ver­
dad de las cosas y por la conciencia de una atracción hacia
ella que va más allá del simple deseo subjetivo e indica, en
la búsqueda de la verdad, la verdadera vocación de todo
hombre.

El objeto que satisface esta sed de conocimiento se


pone totalmente en otros términos respecto a los otros dos
niveles (que sin embargo no excluye), sea desde el punto
de vista de la especificidad y concreción (ya no tan material)
como, sobre todo, de la relación entre el yo y el objeto satis­
factorio: ya no es hecho propio, como en el primer nivel
(por ejemplo el alimento); no es interpretado y dirigido se­
gún las propias necesidades, como podría suceder en el se­
gundo nivel (por ejemplo el amigo para no sentirme solo); y,
no obstante, llega a ser parte de la persona y de su identi­
dad, puesto que responde a la exigencia más radical y cons­
titutiva del ser humano. Por otra parte, no puede existir un
esquema de aprendizaje, hecho de gestos repetitivos, bueno
para toda ocasión, que bastaría poner en obra una y otra vez
para obtener infaliblemente la satisfacción. Por un ■lado, la
satisfacción plena en la búsqueda de la verdad es imposible,
como nos recuerda Frankl: «Responder a la pregunta acerca
del significado absoluto es del todo imposible para el hom­
bre»3. Por otra parte, toda búsqueda es original a su modo y
diversa de individuo a individuo y, en cierta medida, al in­
terno del individuo mismo.

La satisfacción o gratificación, a este nivel, es más com­


pleja y menos automática: viene dada por la búsqueda en sí
misma y por la sintonía entre el individuo y la verdad, que
evidentemente no podrá ser nunca total.

3 V. E. Frankl, Homo Patiens. Interpretazione umanisíica della sojferenza,


OARI, Várese, 1972, p.91.
7
Psicología... 2
Amadeo Cendni y M m andn 3h.nmti

También la modalidad de funcionamiento es profunda­


mente diversa y típicamente «humana»: en efecto, a este ni­
vel el hombre está en grado de separarse de la inmediatez
instintiva y social y de aquel determinismo que es una posi­
ble consecuencia de ello. Gracias al uso de las facultades su­
periores, él puede percibir la naturaleza de las cosas y los
nexos causales; puede aferrar el sentido de aquellos objetos
o situaciones que gratificaban los primeros niveles e ir más
allá de su simple función gratificadora, para incluirla en un
contexto más general y objetivo.

En tal modo, se crea una nueva relación entre individuo


y ambiente: una relación de respeto hacia las cosas y de li­
bertad para el hombre. El respeto nace de la ya citada capa­
cidad de «inteligir», o sea de captar los principios y formular
leyes generales que están en la naturaleza de las cosas mis­
mas. Tal capacidad de lectura de la realidad genera en el
hombre una actitud respetuosa hacia los objetos y las perso­
nas. El percibirlos por aquello que son en sí impone al hom­
bre el no «usarlos» para sus propios fines (I y II niveles) y
lo pone, al mismo tiempo, en una situación de libertad res­
pecto a ellos. Es perfectamente lógico que sea así: si las co­
sas ya no son vistas en función de mí, cesa mi dependencia
de ellas o, por lo menos, aquel determinismo que me podría
hacer esclavo de ellas. Podremos decir que saber dar nom­
bre a las cosas es signo y fuente de libertad. Una libertad
fundamental que determina otras.

Señalemos algunas. Por ejemplo, el hombre que sabe


«descifrar» correctamente la realidad puede ampliar notable­
mente el ámbito de su conocimiento, y no tanto desde un
punto de vista cuantitativo sino sobre todo cualitativo: gra­
cias al poder de abstracción llegará a ser capaz no sólo de
formar conceptos inmateriales de cosas materiales, sino tam­
bién podrá conocer cosas abstractas, como el concepto de
virtud, bondad, justicia..., conceptos todos sin una dimen­
sión mensurable en el espacio y en el tiempo (I nivel), dan­
do a ellos una interpretación de contenidos que va más allá

8
M j ESTRO SteR Tn TRAPSÍQUICO

de los criterios de lo útil personal, de la relación social grati­


ficante, de la justicia simétrica (II nivel)4.

Otra consecuencia: la capacidad de captar y usar los sím­


bolos y un lenguaje simbólico, que es una vez más expre­
sión de una comprensión en profundidad y en libertad de la
realidad misma e instrumento lógico no sólo para comunicar
en forma más eficaz los propios conocimientos, sino también
para establecer relaciones y parangones lógicos y llegar a
nuevos conocimientos y profundidades5. Todo esto, mucho
más allá de la fragmentariedad perceptiva de los dos prime­
ros niveles.

O, en fin, la creatividad, tanto más posible al hombre


cuanto más sabe él despegarse de la inmediatez absoluta­
mente determinista del reflejo sensorial (I nivel) o relativa­
mente determinista de la necesidad social (II nivel).

De estos ejemplos surge con suficiente claridad la ten­


dencia real que está en el origen de las operaciones de este
III nivel. No puede ser sólo un instinto de autopreservación
a través de una realidad por «consumir», ni sólo un impulso
de autorrealización a través del otro, sino una tendencia de
autotrascendencia6. Todas las actividades que se dan a este
nivel, como hemos visto, trascienden los límites de los he­
chos inmediatos y de los procesos materiales: son activida­
des «espirituales». Gomo tales, son puestas en acto por un
4 Entendemos por "justica simétrica" un sistema de relaciones basado
en el principio de la reciprocidad, por tanto en una norma elemental deri­
vada del sentido común. Para los problemas a ella conectados cf. B. Kiely,
Psicología e Teología morale. Linee di convergenza, Marietti, Casale Monferra-
to, 1982, p. 259.
5 Ver la definición dada por la filosofía lógica al término "símbolo":
quodcumque notum in quo aliquid congnoscatur (S. Tomás, De Veritate, q. 9, a.
4, ad 4; Summa Theologiae, III, q. 60, a. 4).
6 L. M. Rulla, Psicología profunda y vocación. Las personas, Atenas, Madrid,
1984, p. 64; V. E. Frankl, Fondamenti e applicazioni della logoterapia, SEI, To-
rino, 1977, pp. 41-57; O. Kemberg, Teoría della relazione oggetíuale e clínica psi-
coanalitica, Boringhieri, Torino, 1980, pp. 179-237. Para la distinción entre
tendencia e impulso véase el capítulo 4, la parte sobre los valores.

9
Amadeo OatcM y Mmmndn M m m ti

«yo espiritual», capaz de trascender la propia humanidad y


aquellos condicionamientos que señalan su límite, sea para
ir hacia el otro de modo realmente altruista, tanto que se ol­
vide de sí mismo, sea para obtener significados y descubrir
valores que dan verdad a la vida. Frankl encuentra en esta
autotrascendencia la'esencia de la naturaleza humana: «Ser
hombre quiete decir, fundamentalmente, estar orientado ha­
cia algo que nos trasciende, hacia algo que está más allá y
más arriba de nosotros mismos; algo o alguien, un significa­
do por realizar, u otro ser humano por encontrar y por amar.
Por consiguiente, el hombre es él mismo en la medida en
que se supera y se olvida»7.

Y, una vez más, hemos vuelto ai mismo problema, el de


la libertad: precisamente considerando la capacidad de auto-
trascendencia del hombre, podemos entender dónde nace su
libertad y cómo es posible ser libres (y no serlo). Sólo reafir­
mando y expresando concretamente la superación de sí, el
hombre experimenta la propia libertad, más allá de cual­
quier determinismo más o menos velado. Y como conse­
cuencia, únicamente al interior de esta libertad de autotras-
cenderse llega a ser posible advertir una llamada o descubrir
nuevas dimensiones de vida y decidir responder a ellas8..
En el momento en que el hombre da una respuesta, se con­
vierte en agente moral y se descubre responsable de aquello
que hace. Pero no es nuestra intención afrontar ahora las
implicaciones de este problema y del nexo que relaciona au-
totrascendencia-libertad-responsabilidad; queremos sólo cons­
tatar la realidad de este 111 nivel, como componente funda­
mental de la vida psíquica y condición imprescindible de
nuestro ser hombres.

■ Es importante, en nuestro contexto, hacer una observa­


ción histórica. Creemos que es posible leer la historia de la
psicología moderna como descubrimiento progresivo de es-
7 V. Frankl, Alia ricerca di un signiftcoto della vita; i fondamenti spiritua-
listici della logoterapia, Mursia, Milano, 1974, p. 121.
8 L. M. Rulla, Psicología profunda y vocación. Las personas, Atenas, Ma­
drid» 1984.

10
M j e s t r o & r / n t r a p s íq u ic o

tas posibilidades diversas de vida psíquica y, por tanto, como


un movimiento que parte de señalar el nivel psicofisiológico
y se dirige a subrayar, cada vez más generalmente, el nivel
racional-espiritual9. Tomando esta clave de lectura y reco­
rriendo, obviamente a grandes líneas, la evolución histórica
de esta ciencia, parece evidente cómo se ha pasado de posi­
ciones mecanicistas a posiciones de apertura a lo espiritual.
Basta pensar en el biologismo más o menos pansexualista de
Freud que provocó reacciones tan inmediatas y significativas
como las de Jung y de Adler, que se contraponen abierta­
mente al reduccionismo materialista del fundador de la psi­
cología moderna10.

Permanece todavía hoy una línea determinista, si bien


bastante diversificada: el conductismo de Watson y Skinner,
el neoconductismo de Hull, la escuela reflexológica de Pav-
lov, el neobiologismo de Lowen. Sin embargo, las reacciones
de Jung y Adler han iniciado una interpretación menos de­
terminista de la psiqué. La posición adleriana es retomada,
con o sin relación explícita, por la psicología humanista, ha­
ciendo cabeza Allport, Fromm, Maslow, Goldstein, y por la
psicología fenomenológica-humanista de Rogers; autores to­
dos que subrayan la libertad del hombre, dentro de una
concepción más global del ser humano, y se alejan decidida­
mente del biologismo y del pesimismo freudiano.

9 Para un perfil histórico de la psicología se pueden ver los siguientes


libros: S. R. Maddi, Personality Theories. A comparatwe analysis, The Dor-
sey Press, Homewood Illinois 1980; C. S. Lindzey, Teorie della personalitó,
Boringhieri, Torino, 1970; M. Wertheimer, Breve storia della psicología, Za-
nichelli, Bologna, 1983; P. Legrenzi, Storia della psicología, II Mulino, Bo­
logna, 1980; G. Mucciarelli, La psicología nel pensiero contemporáneo; antolo­
gía di autori, G. D ’Anna, Firenze, 1981.
10 No todos los comentaristas están de acuerdo en clasificar como pan­
sexualista la teoría instintual freudiana: entre éstos L. Ancona, La Psicana-
lisi, La Scuola, Brescia, 1970, p. 95. Aparte de la no demasiada claridad
de Freud, como quiera que sea queda el hecho de que la sexualidad tie­
ne un relieve particular en su psicoanálisis.

11
Amadeo Cenáni y Mmandm Memmti

Pero es, sobre todo, el filón espiritualista junguiano el


que determina una neta superación de las posiciones freu-
dianas iniciales y de los varios determinismos con ellas rela­
cionados, mediante los desarrollos y las explicitaciones sus­
tancialmente nuevos (respecto de Jung) de autores como
Frankl con su logoterapia, Nuttin con la teoría relacional,
Thomae con los estudios sobre la decisión humana, Godin y
Vergote con su psicología religiosa, Caruso con la psicología
personalística del profundo, como tantos otros11. Todos es­
tos autores, aun con acentuaciones y matices diversos, pre­
sentan el III nivel como el modo de ser típico del hombre,
con sus componentes de capacidad de autotrascendencia, de
percepción global de la realidad, de libertad creativa y de
responsabilidad moral.

Es muy significativa, a este respecto, la afirmación que


L. Rangel, conocido psicoanalista de escuela freudiana, hizo
al congreso internacional de psicoanálisis en Londres en ju­
lio de 1975: «Los problemas de la integridad, decisión y ac­
ción inevitablemente conducen al corazón del problema que
se refiere a la responsabilidad humana y así un aspecto ulte­
rior del comportamiento humano, que había estado perdido
y oscurecido, hace su entrada en la psicología psiconalíti-
ca»1^. Y continúa, siempre en dicho contexto, afirmando
que si el psicoanálisis quiere hacer un servicio de promoción
humana debe tener presentes los problemas de la decisión,
de la interioridad y de los valores.

11 Cf. A. Ronco, Introduzione alia psicología. I, Psicología dinámico, LAS,


Roma, 1980, pp. 159-196.
No pretendemos decir que Jung sea la cabeza de una corriente a quien
se inspirarían directamente los autores arriba mencionados, sino simple­
mente reconocer la importancia histórica de su intuición que pone lo es­
piritual al centro de la atención de la psicología naciente, y que permitirá
ulteriores desarrollos en tal sentido.
12 L. Rangel, Psychoanalisys and the process of change; an essay on the past,
present and future, en "Int. J. Psycho-Analysis", 56 (1975), p. 95.

12
M j e s t r o SfeR / n t r a p s í q u i g o

Quizás, usando precisamente una imagen freudiana, po­


dremos decir que la psicología en su historia ha ido pasando
del principio del placer al de la realidad13.

2. Integración jerárquica de los niveles

Todo acto psíquico ordinariamente contiene y revela los


tres niveles, aunque en medida diversa, estando ellos «in­
trínsecamente unidos en el acto humano concreto»14. Tam­
bién hemos observado que el nivel racional-espiritual es tí­
pica y exclusivamente humano, siendo el I nivel, y en parte
el II, propios también del animal. Existe, por tanto, una je­
rarquía natural entre los tres niveles, que se ha de respetar;
teniendo presentes, al mismo tiempo, sus irreductibles pro­
piedades, funciones y leyes, como subraya Nuttin15. De to­
dos modos pertenecerá a la libertad del hombre decidir a
qué nivel dar la tarea de arrastrar el entero aparato psíquico
o desde qué altura interpretarse a sí mismo y al mundo: el
nivel racional-espiritual, que naturalmente debería tener el
primado, puede ser puesto de hecho por el hombre al servi­
cio de los otros dos, en posición subordinada a ellos y distor­
sionada. La identidad personal dependerá también de este
orden jerárquico estrictamente personal: dada la posición
privilegiada de un cierto nivel, seguirá de ello un correspon­
diente tipo de identidad.

Más precisamente, cuando este ordenamiento jerárquico


de los tres niveles no es fruto de libre decisión, el hombre
se encuentra obligado a seguir una lógica de vida dictada
por un ordenamiento casual de los tres niveles, impuesto
por la presión de las necesidades más que querido por elec­
ción. En todo caso, nadie podrá realmente ignorar las exi­
gencias y los elementos propios de cada nivel; más aún, el
13 Para una profundización de este desarrollo histórico se puede ver G.
W. Allport, La personalidad, su configuración y desarrollo, Herder, Barcelona,
1980, pp. 238-263 (desarrollo de las motivaciones), pp. 638-665 (la perso­
na en la psicología).
14 G. Nuttin, Psicanalisi o.c., p. 294.
15 G. Nuttin, Psicanalisi o.c., p. 290-295.

13
Amadeo & n y Almamdm Manenti

verdadero problema de la madurez es precisamente éste:


¿Gomo puede el individuo dotado de un cuerpo, abierto a la
relación, capaz de pensar, integrar en sí mismo estas diver­
sas dimensiones? Podemos decir ya desde ahora que un cami­
no correcto buscará poner armónicamente juntas estas dimen­
siones, sin unilateralismos ni exclusiones, sino con un punto
preciso de referencia que dé orden y sentido al conjunto.

Maduración e integración, en efecto, no son fenómenos


espontáneos, sino más bien un proceso que se cumple a tra­
vés de la búsqueda de un equilibrio entre los componentes
y el descubrimiento de la propia identidad, teniendo siem­
pre presente la complejidad del ser humano. '

a. Equilibrio externo e interno: el principio de totalidad

Este equilibrio es una exigencia fundamental que deriva


de la simultánea presencia de los tres niveles en todo nues­
tro actuar. De por sí esto es algo que ya viene de hecho,
pues el hombre es una unidad somático-relacional-racional
que en cada acción expresa el propio ser compuesto.

Existe, sobre todo, una armonía externa, o sea una rela­


ción entre los tres niveles. Cualquier expresión psíquica no
sólo manifiesta esta «composición», sino que -reflexionando
bien- es posible gracias a la presencia simultánea y comple­
mentaria de potencialidades de cada uno de los tres niveles.
Un simple pensamiento o un acto de voluntad, por ejemplo,
no serían posibles si el físico no estuviese en condiciones al
menos mínimas de reposo, si no hubiese satisfecho determi­
nadas necesidades fundamentales; y una vez más este mis­
mo pensamiento o acto de voluntad estará en estrecha de­
pendencia de aquel bienestar (o malestar) interno que se
crea en nosotros gracias a una positiva (o negativa) relación
social. A su vez, aunque en manera diversa y más sutil, el
estado fisiológico y la apertura social dependerán también
del modo de vivir el nivel racional-espiritual: por ejemplo de
la paz interior que deriva de haber resuelto problemas fun­
M je s t r o S e r I n t r a p s í q u ic o

damentales, del haber dado un sentido a la vida. Es una


constatación que todos hacemos cotidianamente: cada nivel
está condicionado por el otro.

A la misma conclusión llegamos si consideramos la inter­


dependencia funcional que existe entre un nivel y otro. El
pensamiento ordinario, actividad espiritual, para ser efectiva­
mente pensado necesita no sólo de los otros dos niveles,
sino de específicos centros nerviosos que funcionen bien y
de estructuras fisiológicas en su interior, que permitan a la
mente reflexionar, a la memoria recordar, a la palabra mani­
festar el pensamiento dándole una función también social.
Son leyes naturales.

Pero hay también un equilibrio interno, o sea una armo­


nía por conseguir entre los elementos, dentro de cada nivel.
Cada nivel tiene exigencias y propiedades irreductibles que,
por tanto, es necesario respetar. Es un principio de totalidad
que asegura el equilibrio interno.

Observemos qué sucede en el nivel fisiológico. Ya la


percepción del estímulo (hambre, sueño,...) viene a través
de una coordinación entre células, tejidos, reacciones quími­
cas, órganos perceptivos internos, que culminan en la sensa­
ción del estímulo y en la reacción correspondiente del suje­
to. Existe una organización somática precisa, como nos
recuerda la biología, que obedece a criterios de totalidad es­
tática y dinámica de! cuerpo humano y establece un equili­
brio constante entre el bienestar de cada miembro y el de
todo el cuerpo. Esto aparece evidente en casos «de emer­
gencia»: cuando, por ejemplo, una parte del cuerpo sufre
por una herida o una infección, brota una especie de prime­
ros auxilios de parte de los otros miembros que aumentan
su trabajo para producir un número mayor de células y de
glóbulos necesarios para la suturación de la herida o la cura­
ción de la infección. Hay, en fin, un sistema de leyes inna­
tas que funciona para el óptimo bienestar del organismo,
para bien del conjunto, que coordina y «obliga» a cada parte
Amadeo Cmáni y Mmandro Mammti

a que trabaje en vista de este fin «renunciando» -si así se


puede decir- a objetivos parciales. ■

Este principio de totalidad radicado en la fisiología es


muy importante porque nos indica un modo de ser, relativo
a nuestro cuerpo, que la naturaleza misma ha creado en no­
sotros y que, por tanto, es probablemente constatable, aun­
que en modo diverso, en los otros niveles; constituyendo, en
todo caso, la condición para realizar el equilibrio externo.

Así, a nivel psico-social debe existir el mismo equilibrio


interno, que resulta de la dosificación entre el sentido de la
propia individualidad personal y la pertenencia al grupo16.
También aquí volvemos a encontrar una tendencia natural a
equilibrar los elementos a la luz del principio de la totali­
dad; aunque ya no funcionando con el automatismo visto en
el I nivel (incluso es posible también una cierta tensión). Es
una tendencia específica que, a través de la conciencia de la
propia limitación y la atracción ejercitada por el otro, empuja
al ser humano a ir más allá de sí para dar, recibir, vivir jun­
tos, reencontrarse a través del otro, sentirse parte de un con­
junto. Cada hombre encuentra dentro de sí este impulso,
sin el cual no existiría sociedad y, quizá, ni siquiera el hom­
bre. Una vez más, tal energía «social», que provoca a cada
uno a romper los confines de la propia individualidad sin
enajenarse todavía en el otro, obedece a criterios de totali­
dad, totalidad estática y dinámica del organismo social. El
hombre maduro es aquel que vive en modo armónico y sin
conflicto los dos elementos: sentido de la propia individuali­
dad y conciencia de pertenecer a un conjunto de personas.
Consigue sentirse parte de un todo sin sentirse minimizado
u ofendido en su singularidad; y, por otra parte, se percibe
único e irrepetible sin sentirse aislado. Sabe ser él mismo y
en relación; se siente parte activa y responsable de una tota­
lidad que contribuye con su aportación a hacer positiva,
fuente de bien para todos. Es una ley natural, con frecuen­
cia constatable concretamente, que provoca al hombre a tra­
16 J. P. Gustafson, The pseudomutual small group or institution, en "Hu­
man Relations", 29 (1976), pp. 989-997.

16
M j e s t r o SfcR / n t r a p s í q u i c o

bajar por el bien común, al punto de hacer a un lado -si es


necesario- el propio provecho para construir o favorecer el
interés de todos, especialmente en circunstancias particula­
res. Exactamente, con las debidas proporciones, como para
el organismo fisiológico: el mismo principio de totalidad es
condición de equilibrio al interior de cada nivel y con los
otros niveles.

Si llevamos nuestro análisis al nivel racional-espiritual,


volvemos a encontrar el mismo problema de relaciones, qui­
zá todavía con mayor tensión y sin duda con menos auto­
matismos: la relación entre mi yo y la verdad. Por una parte
mi necesidad-deseo de conocerme a mí mismo y mi lugar
en la vida; y, por otra parte, una verdad que está sobre mí y
abraza toda la realidad. Es una necesidad insuprimible que
impulsa al hombre (a todo hombre y no sólo al filósofo) a
buscar lo verdadero; y es una relación inevitablemente pro­
blemática la que nace entre mi verdad y la verdad. Una vez
más, el mismo principio de totalidad es el que indica un ca­
mino «natural» para que la tensión sea fructuosa y el equili­
brio alcanzable: la totalidad de la verdad -como realidad que
me supera absolutamente- me solicita a expresar al máximo
mis potencialidades de organismo pensante y me provoca a
trascenderme a mí mismo. Es un modo de buscar la verdad
que en concreto significa: la conciencia de ser una persona
en búsqueda, que no pretende haber conseguido la meta y
saber todo; el conocimiento del propio límite natural que in­
duce a no absolutizar las propias intuiciones, mientras hace
disponible a acoger las aportaciones de los demás, o al me­
nos la confrontación dialéctica; un estilo de búsqueda mar­
cado por una apertura mental y una sensibilidad perceptivo-
intuitiva, atento a no hacer leyes generales de verdades
parciales. En el fondo son las características básicas que la
filosofía del conocimiento requiere como condiciones previas
para que el deseo de saber sea eficaz17.

17 Véase por ejemplo B. J. F. Lonergan, La intelligenza; studio sulla com-


prensione dell esperienza, Paoline, Alba, 1961.

17
Amadeo Cenáni y Messandro Marnnti

En síntesis, podemos decir que en el concepto de totali­


dad se puede reconocer el sentido de una trascendencia que
se pone a diversos niveles de nuestra vida psíquica, cada
uno de los cuales nos impulsa a ir «más allá»:

I nivel: más allá del bienestar físico de cada miembro;

II niveh más allá del bienestar social de mi persona;

III nivel: más allá de mi verdad.

Hay que notar que este criterio de totalidad o impulso


de trascendencia es un principio natural que, sin embargo,
partiendo del I nivel, funciona cada vez menos en modo au­
tomático y pide cada vez más la intervención libre y respon­
sable del hombre.

b. Niveles de definición de sí

Según cuál de los tres niveles de la vida psíquica preva­


lezca, el hombre tendrá una cierta imagen de sí: psicofisioló-
gica, psicosocial o racional-espiritual. El que viva prevalente-
mente a un determinado nivel, se identificará de modo
correspondiente, privilegiando los contenidos de ese nivel.
Así, si el primado pertenece al nivel psico-fisiológico, el
hombre se definirá en base al propio cuerpo, o sea a un
dato de hecho inmediatamente perceptible, caracterizado
por una determinada expresión somática, precisas habilida­
des físicas y cualidades estéticas: preocupación exagerada
para que el propio cuerpo sea sano-bello-fuerte-juvenil y
acentuada intolerabilidad por el eventual defecto estético o
por la posible enfermedad o por el inevitable y progresivo
decaimiento orgánico. Si el primado pertenece al nivel psi-
co-social, la fuente de identidad es el bagaje de dotes y ta­
lento que la persona posee: inteligencia, sociabilidad, afirma­
ción en el trabajo, cualidades personales. En fin, si el
primado pertenece al nivel racional-espiritual, la persona va
más allá de lo inmediato y más allá de las propias cualidades

18
AI je s t r o & r / n t r a p s íq u ic o

psíquicas, para definirse en base a un proyecto de vida li­


bremente elegido cuya elaboración y prosecución es fuente
de estima personal18.

Si hay una jerarquía entre los tres niveles, parece evi­


dente que toque al tercero la función de guía o de punto de
referencia. Tal función es necesaria para que cada acto sea
«humano», y también para que el automatismo fisiológico y
la tendencia social estén coordinados entre sí y regulados en
vista de un bienestar general de la persona, que no es ni
sólo cuerpo ni sólo relación.

Nuestra experiencia diaria nos recuerda que el hombre


no puede encontrar plena realización de sí simplemente res­
pondiendo a estímulos fisiológicos o sumergiéndose como
cuerpo inerte en lo social: ambas cosas, admitido que sean
de hecho practicables, tienen necesidad de una proyectuali-
dad, o sea de un cuadro orientativo que tenga en cuenta la
naturaleza humana y pueda funcionar como elemento de
unión entre los varios niveles. El mismo criterio de totalidad
que garantizaba el equilibrio interno de cada nivel, subordi­
na los niveles inferiores al III; o sea requiere que el bien
parcial de cada nivel sea puesto al servicio del bien total de
la persona. Así, el principio de totalidad no sólo funciona
horizontalmente (para el buen funcionamiento de cada ni­
vel), sino también verticalmente: para la coordinación de
cada uno de los niveles hacia una única dirección que ya no
es el bien parcial de cada nivel, sino el bien total de todo el
hombre. En efecto, cuando el hombre se identifica al III ni­
vel dispone de un «punto de observación» más comprehen­
sivo de la totalidad y de un «punto de referencia» más esta­
ble y significativo. Lo que no sucede, en cambio, en los
niveles inferiores, donde la percepción del bien no puede
ser sino parcial y el sentido de identidad que de ello deriva
será, al menos, incompleto. Más aún, cuando el bien fisioló­
gico o social llegan a ser el bien absoluto o fin último, nace
18 Para la profundización de este tema, véase A. Cencini, Amerai il Sig­
nare Dio tuo; psicología deW incontro con Dio, Dehoniane, Bologna, 1982,
pp. 12-62.

19
Amadeo Cencini y 'Messamdro Manmti

una situación conflictiva que hará igualmente conflictivo el


correspondiente sentido de identidad. Fundamentalmente
brotará un proceso de reducción de las expresiones, deseos
y exigencias del nivel superior, a la medida de los inferiores,
con la consiguiente exasperación y distorsión del mismo
bien relativo y difusión de identidad19.

Toda dinámica reduccionista dice:

1) Absolutización del bien inferior al que son subordina­


dos todos los demás;

Z) consiguiente interpretación reductiva del bien superior


a la medida del inferior absolutizado;

3) exasperación en la búsqueda del bien inferior;

4) precariedad en la posesión de dicho bien o imposibili­


dad de obtenerlo;

5) frustración final, con posible rechazo de dicho bien y


búsqueda de su contrario.

Si, por ejemplo, en el I nivel, el bienestar fisiológico lle­


ga a ser el objetivo fundamental de la existencia, la aspira­
ción máxima será el estar bien y se pondrá todo cuidado en
evitar cuanto pueda dañar tal bienestar físico (absolutiza­
ción). La relación con las cosas decae a mera relación consu­
mista y el poseerlas da la sensación de ser dueño del propio
destino y la garantía de una felicidad definitiva (primera re­
ducción). La relación con las personas sufrirá un proceso pa­
ralelo, porque será buscada con el fin inmediato o mediato
del goce físico: la persona es «despersonalizada» y la sexua­
lidad llevada a nivel de consumo. En la misma forma, el yo
pensante estará también al servicio de este estilo reduccio­
19 Borel define así el fenómeno del reduccionismo: "Una disposición
que en el campo científico, incluida la filosofía, consiste en justificar un
valor más alto a través de uno más bajo". B. J. Borel, Riduzionismo, en Di-
zionario di Psicología, Paoline, Roma, 1975, p. 1004.

20
M je s t r o SteR / n t r a p s í q u i c o

nista: buscará justificar todo racionalmente (segunda reduc­


ción). Pero este ordenamiento jerárquico revelará su conflic-
tividad, cuando la persona se dé cuenta de ser incapaz de
aceptar la ley física del inevitable y progresivo deterioro or­
gánico, incapaz de dar un sentido a la enfermedad y a la
muerte. Cuando el estar bien llega a ser fin en sí mismo, la
persona lo busca en forma compulsiva, dispuesta a todo con
tal de obtenerlo (tercera reducción). Pero, tarde o temprano,
tendrá que constatar la precariedad de dicho bien (cuarta re­
ducción). Terminará entonces -he aquí la contradicción- por
sufrir la frustración de no poder alcanzar un bien que ha llega­
do a ser imposible. O, por el contrario, podrá recurrir al uso de
drogas, o a cuanto le consienta evitar el problema, o buscar un
goce alternativo, o -de plano- desear morir, él tan amante de la
vida (quinta reducción). La distorsión del bien relativo, asumi­
do como absoluto, se vuelve contra el hombre^0.

En modo análogo, en el nivel psicosocial es posible el


mismo fenómeno. Cuando la aspiración más grande de la
persona es el bienestar social y la afirmación de las propias
cualidades, la relación con los demás llega a ser demasiado
importante y se buscará con avidez insaciable. La búsqueda
de afecto, de estima, de aprobación será cada vez más cen­
tral para dicha persona que -condenada al triunfo- se identi­
ficará a sí misma con su imagen social y tendrá de sí un
concepto positivo en la medida en que obtenga benevolen­
cia y consideración. La relación, indispensable para todos,
tendrá el riesgo de llegar a ser relación de dependencia,
nunca saciada. Mientras tanto, la inteligencia, además de la

20 A la luz de la dinámica reduccionista se pueden interpretar muchas


crisis sobre todo de la edad juvenil: tendencias masoquistas, carencias del
deseo sexual, enfermedades psicosomáticas, niquilismo ético, depresiones.
Para la elaboración de estos temas puede consultar: E. Becker, Escape
from evil, Collier Macmillan Publishers, London 1975, pp. 73-87; F. Giar-
dini, La rivoluzione sessuale, Paoline, Roma, 1974, pp. 229-241; H. S. Ka-
plan, 1 disturbi del desiderio sessuale, Mondadori, Milano, 1982, pp. 225-259;
P. Laurie, Drugs: medical, psychológical, and social facts, Pelican Books, New
York, 1971, pp. 37-38; D. Vasse, Le temps du désir, Du Seuil, Paris, 1969,
pp. 31-32; 71-72.

21
Amadeo Cmáni y Aiessandm Manmti

acostumbrada (en estos casos) actividad «racionalizante», es­


tará muy empeñada en construir expectativas irrealistas liga­
das al propio rol y a la relación social: es el yo que sueña o
da implícitamente por descontadas, determinadas gratifica­
ciones. Pero se sentirá frustrado cuando estos sueños no se
hagan realidad o cuando se le pida dar más que recibir, olvi­
darse más que ponerse al centro de la atención.

A este punto, la persona puede escoger la actitud contra­


ria de aislamiento, de acusación, de violencia, precisamente
contra quien no ha satisfecho sus pretensiones y contra la
sociedad en general. Gomo dice Nouwen: «La frontera entre
intimidad y violencia es frágil. Vemos y sentimos la crudeza
entre marido y esposa, padres e hijos, hermanos y hermanas,
y comenzamos a advertir que aquellos que desean tan de­
sesperadamente ser amados, se encuentran con frecuencia
envueltos en relaciones de violencia. Las crónicas que apa­
recen en los diarios sobre agresiones sexuales, violencias,
homicidios, evocan la imagen de personas que se aferran de­
sesperadamente unos a otros, pidiendo amor, pero que no
reciben otra cosa sino violencia»

Una vez más, un bien parcial, desconectado de una vi­


sión más completa del ser humano, llega a ser imposible y
se vuelve contra el hombre mismo.

Parece evidente que sólo una referencia a un proyecto


total (III nivel) puede permitir descubrir la verdadera natu­
raleza del hombre y deducir de ésta aquel bien que le pue­
de satisfacer «totalmente». Definirse a nivel racional-espiri­
tual no quiere decir rechazar los niveles precedentes, sino
usar sus exigencias como instrumentos para la consecución
de fines y objetivos que respeten el bien total. Esto produ­
ce -como hemos visto- una nueva relación consigo mismo y
con la realidad, basada en el respeto, la libertad y la creativi­
dad. Respeto, por ejemplo, para las propias exigencias físi­
cas, cualidades psíquicas, demandas sociales; pero libertad
21 H. Nouwen, Clowning in Rome, Image Book, New York, 1979, p. 41.

22
M je st r o 5feR / n TRAPSÍQUICO

de deberlas perseguir a toda' costa como el bien máximo y


creatividad para saber interpretarlas para el bien genera! de la
persona^.

c. ¿Primado de la razónP

¿Es suficiente el reclamo al III nivel para óoordinar ios


niveles inferiores y tender hacia el verdadero bien? Muchos
piensan que pueden responder afirmativamente; sin embar­
go, en la realidad las cosas parecen ir en forma diversa.

Ante todo, la existencia de los tres niveles de la vida


psíquica dice que el hombre no es reducible a pura capaci­
dad de decisión. Hemos visto cómo en los primeros dos ni­
veles prevalece un mecanismo de automatismo, absoluto en
el I, relativo en el II; automatismo, evidentemente, significa
pasividad, repetitividad, determinismo: lo contrario, en defi­
nitiva, de la decisión. Como consecuencia, vivir normal y
prevalentemente a estos niveles (especialmente el I) no
ayuda a aprender a decidir; pone al hombre en una quietud
adecisional. Las «elecciones» que se hacen a estos niveles (es­
pecialmente si están orientadas exclusivamente hacia el bien
parcial) están determinadas por un estímulo natural al que el
hombre responde sin mucha implicación personal o de plano
sin darse cuenta de ello. Es un hombre que se deja vivir, ex­
perimenta el estímulo y está en peligro de no tomar jamás ver­
daderas y propias decisiones^3. El hombre no está obligado a
decidirse racionalmente, puede hacerlo. Acentuar sólo la racio­
nalidad no es suficiente para anular la posibilidad contraria.
22 Para una lectura psicológica de la pobreza, castidad y obediencia a la
luz de los tres niveles de la vida psíquica, véase J. Ridick, Un tesoro en
vasijas de barro, Atenas, Madrid, 1984.
23 Es el famoso principio homeostático, unido al instinto de muerte (o
principio de Nirvana) entendido como reducción de la energía a nivel
cero.
Freud consideraba que el aparato psíquico tiende a eliminar todas las ex­
citaciones y todos los estados de tensión originados por causas internas o
externas. Cf. S. Freud, Introduzione alia psicanalisi, en Opere, Boringhieri,
Torino, 1980, VIII, pp. 420-435; cf. también L. Ancona, La Psicanalisi,
o.c., p. 116.

23
Psicología... 3
Amadeo Cmdni y Mamndm Manenti

En segundo lugar, los tres niveles se organizan de modo


que uno emerja sobre los demás, pero no se ha dicho que el
III nivel deba prevalecer: puede ser usado en subordinación
a los otros dos y esta eventualidad no es anulada sólo recor­
dando al hombre su capacidad racional. ■

En tercer lugar, el uso mismo de la racionalidad puede


ser ofuscado por distorsiones. Admitido el primado de la ra­
cionalidad, está por verse la función que ella asume al inter­
no del aparato psíquico. También en este tercer nivel son
posibles las distorsiones perceptivo-interpretativas y se pue­
de usar la racionalidad para buscar -quizá sin quererlo- un
bien parcial, haciendo de él un ídolo. Existe un género de
búsqueda de la verdad que puede terminar en un vano nar-
cicismo intelectual, en pretensión gnóstica de ser dueños
del propio destino24; hasta puede haber un género de bús­
queda de experiencia religiosa que es el equivalente a la
idolatría: hacer de Dios un instrumento para la realización
de los propios deseos25. O también esa búsqueda de la ver­
dad que no tiene en cuenta los otros dos niveles y sus res­
pectivas exigencias, cayendo en búsqueda abstracta no a
medida del hombre. Narcicismo, gnosticismo, espiritualismo:
ejemplos de riesgos que frustran la búsqueda de la verdad y
de la integración.

En fin, puede haber conflictos entre un nivel y otro, en­


tre la búsqueda de los respectivos bienes parciales: no es
imposible que el bienestar físico esté, a veces, en contraste
con el bienestar psicosocial; o que la necesidad de relación
esté en conflicto con la prosecución de objetivos. Y no está
dicho que en el conflicto prevalezca la racionalidad.

Sostener, por tanto, que el recurso a las facultades supe­


riores baste para llevar a un proceso de decisión, es cuanto
más discutible. Una especie de prejuicio de omnipotencia
24 R. Haardt, Gnosi, en K. Rahner (ed.), Sacramentum Mundi, vol. 4o
Morcelliana, Brescia, 1975, pp. 337-348.
25 H. Yon Balthasar, Bíblica! and Patristic experience of God, en "Theology
Digest", 25 (1977), pp. 206-209.

24
M j e s t r o SfcR / n t r a p s íq u ic o

de la «diosa razón» pretendería que, en el ejercicio de sus


facultades, el hombre sea siempre coherente consigo mismo
según un estilo de búsqueda de la verdad. Este es un pre­
juicio de raíz iluminista, pero de ningún modo desaparecido
hoy, que deja todo por verificar y, cuanto parece, está lejos
de la experiencia que todos tenemos diariamente. La revo­
lución hecha por Freud, como a él agradaba llamarla, ha
querido demostrar precisamente lo contrario: la razón del
hombre no está libre de conflictos26.

La integración no se construye, por tanto, automática­


mente con la simple referencia al nivel racional-espiritual.
El actuar libre y responsable no depende sólo de la activa­
ción de la racionalidad. Entran otros factores, primero entre
todos el inconsciente y las emociones, que constituyen el
objeto de los dos próximos capítulos.

26 Freud afirmaba que después de la revolución "cosmológica" de Co-


pérnico y "biológica" de Darwin, estaba su revolución "psicológica" para
ofender el narcicismo humano, demostrando cómo la tan aclamada razón
está subordinada a otras fuerzas que ejercitan un notable influjo sobre el
yo, como por ejemplo la emotividad o el inconsciente. Cf. S. Freud, Una
dijficoltá della psicanalisi, en Opere, o.c., VIII, pp. 657-664.

25
Amadw Chmm y M m andn M m m ti

2 6
Los IfeES ÜV ELES DE CbNCIENGIA

■' ■ Capítulo Segundo


L o s T res N i v e l e s d e C o n c i e n c i a

Con este título pretendemos aludir a los diversos modos


como el hombre está presente a sí mismo: de un máximo de
autoconciencia a una vigilancia casi ausente. Remitiendo a
la parte segunda (capítulo 2) el problema del funcionamien­
to de los tres niveles de conciencia, ahora , nos limitamos a
su descripción, privilegiando el concepto de inconsciente:
nuestra perspectiva es, en efecto, de psicología profunda.
Querernos subrayar el hecho de que el hombre no es jamás
completamente conocedor de su entera naturaleza. Para to­
dos nosotros existen acontecimientos pasados o necesidades
actuales -con frecuencia fuertemente significativos- que son
inaccesibles a nuestro conocimiento. De todos modos conti­
núan formando parte de nuestro yo y, por ello, contribuyen
a determinar el comportamiento corriente aunque no este­
mos en grado de precisarlos y describirlos. Mucho de cuanto
hay en nosotros de relevante entra en lo no formulado, no
conocido, no referible. -

El concepto de inconsciente, aunque aceptado de pala­


bra, desencadena dentro de nosotros una reacción de recha­
zo. ¿Cómo es posible que el hombre inteligente, responsa­
ble, tal vez dotado también de buena cultura filosófica,
pueda tomar decisiones por motivos desconocidos para él?
Podría- parecer ofensivo.admitir que las acciones del hombre
son inaferrables y que, a veces, él mismo es ignorante del
origen de ellas y de su orientación. Todavía más difícil es
admitir el influjo del inconsciente: una decisión por valores
puede ser, en parte, una respuesta a algunas de nuestras ne­
cesidades inaceptables. El concepto de hombre racional, de­
sapegado, objetivo, totalmente desinteresado, no es ya soste-

27-
Amadeo (kmy Almwidm Manenti

rtible: el inconsciente nos recuerda que la objetividad y la li­


bertad humana sufren ciertas limitaciones.

1. Definiciones
Aquello que distingue la polaridad consciente-incons-
ciente es el grado de accesibilidad o conocimiento del com­
portamiento a la propia introspección; o sea la amplitud con
la cual podemos referirnos exactamente a nuestra actividad1.
Los procesos conscientes son directamente conocidos; los in­
conscientes lo son indirectamente, por inferencia. Se llega a
la conclusión de la existencia de influencias inconscientes
solamente cuando las razones o los motivos visibles y cons­
cientes no explican adecuadamente el modo de sentir, pen­
sar o comportarse de un individuo2. Podemos entonces dar
estas definiciones:

Consciente:
expresa el campo de conciencia normal que el individuo tie­
ne de sí y de las cosas en cuanto actualmente están presen­
tes. Comprende por tanto todo aquello que está inmediata­
mente presente o accesible al conocimiento.

Subconsciente:
comprende todo ese campo de la experiencia psíquica que
no está presente a la conciencia actual del individuo y no
puede ser reevocado a placer. Por tanto, todo aquello que
no es conocido. El subconsciente se divide en preconsciente
e inconsciente, según el grado de profundidad.

Preconsciente:
comprende aquellos contenidos psíquicos no inmediata­
mente presentes al conocimiento, pero que pueden ser lle­
vados al conocimiento por medios ordinarios (reflexión, in­
trospección, examen de conciencia, meditación...) Por
1 N. Cameron - A. Magaret, Patología del comportamento, Giunti-Barbe-
ra, Firenzc, 1962, p. 16.
2 A. C. Maclntyre, The Unconscious, Routledge and Kegan Paul, Lon-
don, 1968, pp. 50-60.

28
Los 7kE s A í v e l e s d e Q d n c ie n c ia

ejemplo, es preconsciente el título de una obra o un nombre


que se busca durante una conversación y que no viene a la
mente: tenemos que renunciar por el momento y sin más
nos viene de improviso al día siguiente, cuando ya no se
piensa en eso. O también una imprevista intuición acerca de
nosotros mismos que luego, imprevistamente, desaparece o
el rostro de una persona que, no sabemos por qué, nos vuel­
ve a la mente.

Inconsciente:
comprende aquellos contenidos psíquicos que pueden ser
reportados al conocimiento sólo por medio de instrumentos
profesionales (como, por ejemplo, ciertas técnicas psicotera-
péuticas)3.

El inconsciente es conocido indirectamente a través de


sus efectos. Cualquier manual de psicología reporta las prue­
bas más importantes de su existencia. Aquí señalamos sola­
mente que la existencia del inconsciente es una realidad ya
dada por descontada. Freud se ha empeñado en demostrarlo
en una de sus obras más importantes: Psicópatalogia de la
vida cotidiancft

Acto sintomático:
es un acto hecho automáticamente, sin pensar y sin damos
cuenta de él: gesticular las manos, jugar con el botón de la
camisa, canturrear un motivo que se impone sin ser solicita­
do. Actos aparentemente sin significado que, para Freud,
son la expresión externa de procesos psíquicos profundos.
Siendo de origen inconsciente, tienen un carácter intencio­
nal que escapa completamente al sujeto y a sus vecinos.

3 Donde no se indica lo contrario, para no complicar el discurso usa­


mos la palabra "inconsciente" en el sentido génerico de todo aquello que
no es consciente, sea como inconsciente que como preconsciente.
4 S. Freud, Psicopatologa della vita quotidiana, en Opere, o.c., IV, pp.
57-303.

29
Amadeo Cencini y Mmandm M m m ti

Acto perturbado:
en él aparece un conflicto entre dos fuerzas psíquicas inde­
pendientes. No se trata ya, como en el acto sintomático, de
una acción con origen en el inconsciente, sino de una inter­
ferencia entre una motivación consciente y otra inconsciente
de fuerte potencialidad. Por ejemplo, los errores de lectura,
los lapsus, errores de escritura. Todas estas cosas -según
Freud- están estrechamente determinadas y son la expresión
de intenciones suprimidas por el sujeto o el resultado del
choque de dos intenciones, de las cuales una permanece,
temporal o permanentemente, inconsciente.

Acto reprimido:
es el «olvido activo». Algo viene olvidado no por defecto de
la memoria, sino por la inhibición ejercitada por una fuerza
inconsciente contraria. El marido que no se, presenta a la
cita con la esposa por olvido selectivo, ha reprimido la cita
porque está cargada de un excesivo potencial emotivo del
cual se debe defender. El carácter común de las acciones ol­
vidadas y casuales ha de referirse al material psíquico imper­
fectamente reprimido que, no obstante sea excluido de la
conciencia, de todos modos no ha sido privado de toda capa­
cidad de manifestación.

Hipnosis:
el sujeto, en el estado post-hipnótico, puede seguir instruc­
ciones que se le han dado durante el período de trance hip­
nótico y no saber que está actuando así porque le ha sido
mandado por el hipnotizador. El sujeto puede ser conscien­
te del acto, pero no de su origen.

Percepción anestésica:
es famoso el experimento de Binet5. Aplicó un disco de
metal que tenía un diseño en relieve, sobre el área anestési­
ca de una muchacha histérica. La muchacha evidentemente
no había visto el disco y no podía tener una sensación táctil
de él porque estaba aplicado en una zona anestésica de su
5 A. Binet, Alterations of personality, Appleton, New York, 1896.

30
lo s U le s M v e l e s d e C o n c ie n c ia

cuerpo (parte posterior del cuello). No obstante, se le pidió


dibujar la imagen grabada en el disco; en su dibujo reportó,
en modo sorprendentemente similar, la forma y el diseño
del disco. Un sujeto normal en las mismas condiciones ha­
bría estado menos atinado. Tres años después repitió el ex­
perimento con la misma muchacha, pero usando un disco
diverso y tuvo el mismo resultado. Hay, por tanto, una para­
doja: una muchacha histérica, menos sensible que una nor­
mal porque tiene zonas no sensibles, es más sensible que la
normal precisamente en esa área anestesiada. No fue recibi­
da ninguna sensación táctil sino la información: el yo cons­
ciente ha recibido un mensaje del inconsciente.■

Personalidad múltiple: ■■
es un disturbio clínico bastante raro, pero que ha encendido
la imaginación d e. muchos artistas: el ejemplo clásico es el
del Dr. Jekyl y Mr. Hyde, en el libro de Stevenson. Se trata
de una grave reacción disociativa, en la cual el paciente con­
duce dos vidas independientes, de ordinario alternadas y
contradictorias entre sí. En psicología han sido publicados
hasta hoy cerca de 200 casos6. Es clásico el caso de Miss
Beauchamp, estudiado por Prince7. Esta estudiante, obser­
vada durante 6 años, exhibía en momentos diversos tres di­
ferentes personalidades: la «santa», que consideraba la vul­
garidad y la mentira como pecados a expiar con la oración y
el ayuno; la «mujer», que demostraba ambición y voluntad;
y la tercera personalidad, descrita como el «demonio», infan­
til y maligna. La paciente misma llamaba esta tercera perso­
nalidad como «Sally». Las tres personalidades eran activas
en modo alternado, por lo que el comportamiento de la mu­
chacha era contradictorio e incomprensible. Sally (estrato in­
consciente) estaba en conocimiento de las cosas que hacía
Miss Beauchamp (estrato consciente), pero ésta no sabía nada
6 E. L. Bliss, Múltiple personalities, a report of 14 cases with implications
for Schizophrenia and Hysteria, en «Arch. Gen. Psychiatry», 37 (1980), pp.
1388-1397. E. Berman, Múltiple personality: psychoanalitic perspectives, en
«Int. J. Psycho-Analisys», 62 (1981), pp. 283-300.
7 M. Prince, The dissociation of a personality, Longman’s Gréen, New
York, 1906.

31
Amadeo Cencini y Mmandm Monmti

de Sally. Se ve entonces cómo una parte de la personalidad


puede permanecer fuera de la conciencia aun influyendo en
el comportamiento y cómo la comunicación inconsciente-
consciente es, sobre todo, del primero al segundo y no al
contrario.

Percepción subliminal:
ver el capítulo 1, 2a parte, sobre la percepción.

Los sueños:
son considerados por Freud como el camino regio para el
conocimiento del inconsciente, puesto que el estado de sue­
ño debilita la censura interna. Todos soñamos, al menos, cua­
tro o cinco veces por la noche, aunque no lo recordemos. Los
sueños son los guardianes del sueño. En efecto, es posible en­
contrar los testimonios de los sueños en modificaciones somáti­
cas que tienen lugar durante el sueño8.

A través del análisis del trazo electroencefalográfico se


han identificado cuatro fases del sueño distinguibles por la
profundidad del sueño mismo. En general el sueño es más
profundo al inicio de la noche, disminuyendo después en
profundidad. En ciertos casos se tiene una segunda fase de
sueño profundo, en la segunda mitad de la noche.

Los sueños tienen lugar en la fase de sueño ligero (en


promedio cinco por noche), por lo que, en el curso de la no­
che, se tienen unos cinco períodos de sueños que llegan a
ser más largos cuanto más se acerca la hora de despertar. En
estas fases el electroencefalograma asume las características
del primer tipo (sueño ligero), la actividad muscular aumen­
ta y aparecen los movimientos oculares rápidos {rapid eyes
movements = REM). En efecto, los sueños están ligados al
REM: se registran los movimientos oculares por medio de
electrodos que permiten transmitir y amplificar las corrientes
de acción de la musculatura del ojo. La actividad onírica co­
rresponde a los movimientos oculares rápidos, muy diversos
8 C. W. Dement, Psicoftsiologia del sonno e del sogno, en Arieti S. Manua-
le de Psichiatria, II, Boringhieri, Tormo» 1969, pp. 1399-1438.

32
Los 7kE s A í v e l e s d e C ó n c ie n c ia

de los movimientos oculares lentos que se observan en au­


sencia de los sueños. Si la persona es despertada cuando se
constata el REM, declara que estaba soñando (los sueños du­
ran en promedio de diez a quince minutos). Si se impide
soñar por muchos días, esa persona puede acusar, en estado
de vigilia, síntomas psicopatológicos y comportamientos
francamente psicóticos.

Para Freud, los procesos responsables para la formación


de los sueños son cinco:

L -E l residuo del día:


el material del que se componen las imágenes de los sueños
no es completamente autónomo, sino que revela una proce­
dencia del mundo de vigilia.

2 -Represión
(de ella hablaremos a propósito de los mecanismos de de­
fensa).

3. -Simbolización:
representaciones mal aceptadas en la conciencia -para Freud
sobre todo sexuales y agresivas- entran en los sueños tradu­
cidas en imágenes simbólicas (sustitutivas) cuyo contenido
manifiesto es inofensivo. Para descifrar el sueño se tratará
de pasar del contenido manifiesto al contenido latente: em­
presa mucho más difícil de cuanto ciertas lecturas de divul­
gación hagan creer.

4 -Condensación:
varias imágenes de la vida real se fusionan y dan origen en
los sueños a una sola imagen. En el pensamiento onírico dos
elementos muy diversos como «una casa» y «mi padre»
pueden ser al mismo tiempo idénticos. La casa es una casa
y al mismo tiempo es mi padre, sin ninguna contradicción; o
también en los sueños podemos estar contemporáneamente
en dos lugares diversos; o ser a la vez espectador y actor. En

33
Amadeo Cencini y Mmmndn Manmti

los sueños el espacio y el tiempo son autísticos, o sea des­


vinculados de referencias sociales.

S.-Desplazamiento:
un detalle de la vida consciente puede asumir en los sueños
una función emotiva importante; o también las percepciones
que dependen de otros sentidos (táctiles, térmicas, doloro-
sas...) son traducidas en los sueños en imágenes visuales. Si,
por ejemplo, una gota de agua me cae sobre la frente, pue­
do soñar que estoy sudando o tomando agua en una fuente.

En todo caso, los sueños no son jamás posibles de foto­


grafiar; en efecto, en la medida que el yo va entrando en el
campo del pensamiento lógico, introduce en sus sueños un
orden lógico y al narrarlo sufre una «elaboración secunda­
ria», o sea un proceso inconsciente de censura y selección.

Lo que importa en nuestro tema es notar que el proceso


onírico obedece, mucho más que el pensamiento consciente,
a las leyes de la emotividad inconsciente y está más cercano
al núcleo inconsciente que el estado de vigilia. A través de
los sueños se expresan impulsos reprimidos y tendencias o
intereses de los cuales el individuo no tiene un claro conoci­
miento9. Los sueños ofrecen la posibilidad de expresar cier­
tos aspectos inconscientes de nosotros, no sólo aquellos cen­
surados -como sostenía Freud- sino también aquella realidad
afectiva de la que no somos plenamente conocedores, como
sostiene la teoría cognoscitiva de Jung, que ve los sueños
como expresión del deseo de conocer: los sueños asumirían
entonces la función de indicar cuáles son los temas de relie­
ve para el desarrollo de la personalidad que aún permane­
cen en la sombra. •

9 H. P. Blum, The changmg use of dreams in psychoanalytic practice. Dreams


and free assoáation, en "Int. J. Psycho-Analysis", 57 (1973), pp. 315-324.
Los JfeES MVELES DE tt>NCIENCIA

2. Contenidos del inconsciente

Aún el hombre común y corriente sabe que, con fre­


cuencia, actuamos por razones que no comprendemos y que
albergamos en nosotros sentimientos que nos sorprenderían
si supiésemos que los tenemos. Sin embargo, con frecuencia
se tiene una visión negativa del inconsciente como si fuese
solamente el cesto de la basura: el valor es áquello que está
en alto y es todo hermoso y el inconsciente es aquello que
está en lo profundo y es todo feo. Por el contrario, el in­
consciente puede ser positivo; ciertamente es neutro. Como -
en un edificio, en los sótanos del hombre se encuentran tan­
to locales para acumular objetos, como las instalaciones de
calefacción.

Otro inconveniente a clarificar: el inconsciente no es


sólo de origen conflictivo, consecuencia de traumas y expe­
riencias desagradables.

En tercer lugar, no existe sólo el inconsciente sexual,


sino que hay también otros contenidos. En efecto podemos
encontrar:

L- Experiencias o recuerdos reprimidos por traumáticos o


indeseados (almacén de las memorias). Por ejemplo, la
niña que se vuelve tartamuda después de un incidente
que, sin embargo, no puede recordar.

2- Energías psíquicas no utilizadas por el individuo por­


que no está convencido de tenerlas, o está temeroso de
usarlas, o porque no están aún maduras para la con­
ciencia o no son consideradas como importantes (reser­
va de energías). Por ejemplo, muchos de nuestros ta­
lentos y energías que permanecen sin ser utilizados.

3.- Impulsos no completamente integrados o que han sido


reprimidos porque crean conflictos (ámbito de conflicti-

35
Amadeo Cencini y Aiessondtv Manmti

vidad). Por ejemplo, sentimientos sexuales, agresivos,


de inferioridad...

4.- Tendencias motivacionales o modalidades de acción habi­


tualmente puestas en acto y, por tanto, cada vez más auto­
máticas (sede de los estilos). Por ejemplo, la homosexua­
lidad latente, comportamientos exhibicionistas con raíz
profunda, o la disponibilidad sincera para el servicio a
los demás.

Tratar el inconsciente no significa solamente>tomar con­


ciencia de la represión traumática, sino también liberar gran
parte de la pasión, creatividad, espontaneidad, sin las cuales
la vida sería monótona. Significa por tanto aumentar el grado
de libertad de la persona.

3. Leyes del inconsciente

1.- E l inconsciente está exento de conflicto:


elementos inconscientes aun contradictorios entre sí, existen
los unos junto a los otros sin discordia, puesto que son inde­
pendientes y no conflictivos en esta área, aunque creen con­
flicto en relación con el consciente. En la vida consciente si
A es diverso de B, A no puede ser B. En el inconsciente, en
cambio, elementos contradictorios no se anulan: lo blanco y
lo negro, el amor y el odio, el perdón y la venganza, la hu­
mildad y el exhibicionismo... pueden coexistir sin anularse
mutuamente, pero la contradicción brotará cuando la perso­
na viva también su nivel consciente y se relacione consigo y
con los demás sobre la base de la realidad.

Esta ley tiene consecuencias enormes para la compren­


sión del comportamiento.

a) El significado objetivo de una acción no necesaria­


mente corresponde al significado subjetivo que el agente le
da inconscientemente; por ejemplo, el acto sexual, que de­
bería tener el significado de donación mutua, puede ser usa­

36
Los 7kES A í v e l e s d e C ó n c ie n c ia

do como instrumento para descargar agresividad y domina­


ción inconscientes.

b) El comportamiento puede expresar contemporánea­


mente tendencias opuestas y contrarias: por ejemplo, la
elección del matrimonio puede nacer del valor genuino de
la participación (elemento germinativo de la elección) y al
mismo tiempo del miedo por la competencia social, de la in­
seguridad, de la búsqueda narcisista de sí... (elemento vul­
nerable).

c) Un comportamiento maduro en sí puede tener para el


agente un significado defensivo o instrumental: por ejemplo,
el comportamiento religioso puede ser utilizado para defen­
derse de tendencias inaceptables (culpa, poca estima) o para
satisfacer otras tendencias de otra forma alienantes (en nom­
bre del carisma personal se hace pasar aquello que es, en
cambio, descompensación). La pregunta del porqué actuamos
es mucho más central que la pregunta del qué hacemos.

2 - E l inconsciente está fuera del tiempo:


los elementos inconscientes no son ordenados temporalmen­
te ni vienen alterados con el transcurso del tiempo. Existen
independientemente de la realidad externa: no se puede
pretender que lleguen a ser conscientes espontáneamente,
con el pasar del tiempo o en fuerza de las experiencias. La
persona puede cambiar roles, ambientes, amigos o esperar;
pero no por esto mejorará automáticamente en el conoci­
miento de los problemas profundos o de sus cualidades inu­
tilizadas. La experiencia no siempre enseña.

3.- E l inconsciente no tiene en cuenta la realidad, pero influye


sobre ella:
tiene su lógica, diversa de la que regula el mundo conscien­
te (guiado por el principio de no contradicción). Así, un sen­
timiento inconsciente de inseguridad da origen a un com­
portamiento culpabilizado que la persona sabe evaluar como
irrealista (o sea no justificado por los hechos), de todos mo­

37
Amadeo Cenáni y Memmdm Manenti

dos ese sentimiento continúa haciéndose sentir y transfor­


mándose en comportamientos culpabilizados. El mundo in­
consciente influye en el consciente y no al contrario.

4.- E l inconsciente tiene una fuerza dinámica que lo auto-pre­


serva:
resiste a la introspección en cuanto que tiene una fuerza de
reacción que mantiene dentro lo que ahí se encuentra. Es
difícil para quien no tiene práctica psicológica darse cuenta
de las resistencias que la psiqué humana opone al mejora­
miento. Desde un punto de vista lógico-racional se esperaría
que el hombre respondiese positivamente y con entusiasmo
a la oferta de mayor conocimiento de sí, mayor libertad y
responsabilidad. En cambio esta oferta se topa con la lógica
del inconsciente que dice preservación, continuidad, status-
quo: resiste a hacer aflorar no -sólo aquello que es traumáti­
co, sino también aquello que es posibilidad de crecimiento
hasta ahora no utilizada.

Freud agrega otras leyes del inconsciente10, pero que


hasta ahora son objeto de discusión. Estas son:

a) El inconsciente está guiado sólo por el principio del


placer; ■■

b) En el inconsciente no existe negación, duda, incerteza;

c) La energía que pertenece a las ideas inconscientes


gira libremente y puede asociarse y desasociarse eventual­
mente con otras ideas inconscientes; como aparece en los
sueños, donde el desplazamiento y la condensación produ­
cen el contenido latente de los sueños; en contraste, la lógi­
ca consciente hace esfuerzos enormes por preservar la iden­
tidad propia de cada idea.

10 S. Freud, L ’inconscio, en Opere, o.c., VIII, p. 39.

38
l o s Ik E S AÍVELES DE' CbNCIENCIA

4. Cómo se forma el inconsciente

1.- Por un proceso de inmediata transposición del consciente


al inconsciente. Objeto de la represión pueden ser las
experiencias pasadas (especialmente las traumáticas),
los instintos-necesidades de base, las emociones. Estos
tres contenidos están ligados entre sí: para Freud los
instintos están dotados de energía y el objeto, actividad
o memoria que tiene algún vínculo con el instinto es
revestido de la energía del mismo: para usar el término
técnico, es revestido de carga pulsional (el término in­
glés es cathexis y el alemán Besetzung. Como un clavo que
al contacto con el imán llega a ser él mismo magnético,
así un objeto de experiencia llega a ser catectizado al con­
tacto con un instinto. Por ejemplo, el instinto sexual «re­
viste» a la persona amada de un cierto valor y recibe va­
lor también todo aquello que está en algún modo ligado
a la persona amada (fotografía, recuerdo, pañuelo...)

La represión impide todo esto: va contra los objetos re­


vestidos de cathexis, contra los instintos mismos de los cuales
los objetos han adquirido carga, y contra la emoción resul­
tante. La represión es automática; por consiguiente, no es el
resultado de una elección deliberada. Algo puede ser repri­
mido, pero no destruido: lo reprimido permanece en el in­
consciente, pero no pierde la fuerza. Más aún, puede au­
mentar de fuerza. En base a las leyes del funcionamiento
del inconsciente, el material reprimido no cambia; aislado
del tiempo,' no entra en el círculo normal de las sucesivas
reestructuraciones de la experiencia; la carga afectiva puede
retornar a la conducta desplazándose sobre acciones de suyo
diversas, pero para el agente de hecho unidas con el núcleo
reprimido. Ese material reprimido se puede asociar a otro
material reprimido y atraer hacia sí ulterior material. «La
tendencia que reprime no conseguiría su objetivo si... no
hubiese algo reprimido anterior, pronto a acoger cuanto la
conciencia aleja de sí»11.
11 S. Freud, Metapsicologia. La rimozione, en Opere, o.c., VIII, p. 39.

39
Psicología... 4
A m adeo C rnam y M a m n d n M m e n ti

Por tanto, el material reprimido («removido» en térmi­


nos freudíanos) prolifera requiriendo al sujeto, siempre, ulte­
rior desgaste de energías: «No debemos representar el pro­
ceso de la represión como un suceso que se produce ‘una
vez por todas5 y cuyas» consecuencias son permanentes; más
o menos como cuando se mata un ser viviente, el que, de
aquel momento en adelante, está muerto; la represión re­
quiere, por el contrario, un constante suministro de energía
y, si esta cesara, el éxito de la represión vendría disminuido
de modo que se haría necesario un renovado acto de repre­
sión. Podemos suponer que lo reprimido ejercite una cons­
tante presión en la dirección del consciente, presión que
debe estar balanceada por una ininterrumpida contrapresión.
El mantenimiento de una represión implica entonces una
constante emisión de energía y su eliminación representa,
desde un punto de vista económico, un ahorro» Puede
suceder que una persona haya reprimido la necesidad (por
ejemplo exhibicionismo) y de todos modos está impulsada
por ella: en este caso no sabe discernir las verdaderas moti­
vaciones que influyen en su actuar. Puede también haber
reprimido la emoción apropiada a esa necesidad y vivir otra
emoción: no sabe discernir sus emociones y toma por celo lo
que es ansia. Con la represión de la necesidad y/o de la emo­
ción asociada, la persona continúa cumpliendo cada vez más
acciones de contenido conflictivo (exhibicionista), en la ig­
norancia de la conexión entre aquellas acciones y las verda­
deras necesidades que están debajo.

2.- Por un proceso de sedimentación progresiva', objeto de


este cambio de lugar del consciente al inconsciente
pueden ser también los instintos-necesidades de base
que a través de un lento proceso, cuyas fases analizare­
mos más adelante (parte II, capítulo 2), escapan progre­
sivamente al control consciente hasta llegar a ser moti­
vaciones inconscientes del actuar. Así, si una persona
vive por ejemplo a nivel psico-fisiológico, desarrollará
progresivamente una tendencia a vivir habitualmente
12 S. F r e u d , M etapsicologia, e n Opere, o.c., p. 41.

40
Los TkES M vE L ES DE GbNCIENCIA

según ese modelo, del cual se sentirá siempre más


atraída. La misma cosa es aplicable en el aspecto posi­
tivo: el inconsciente como refuerzo a la virtud; un esti­
lo cada vez más habitual que ayudará a la persona a ac­
tuar en modo virtuoso. Es la dinámica que veremos a
propósito de la memoria afectiva y actitudes emotivas e
intelectuales (parte I, capítulo 3).

5. Integración de los tres niveles

Luft e Ingham han diseñado un esquema -llamado ven­


tana de Johari por las iniciales de los nombres de los auto-
res- que pueden ayudar a comprender los diversos grados de
conocimiento de un proceso psíquico13:

Tabla I

Ventana de Johari .
Conocido Desconocido
por el yo por el yo
Conocido A B
por los demas área libre área ciega
Desconocido G D
por los demas área secreta : área subconsciente

Los cuatro rectángulos representan las cuatro áreas del yo:

A: aquello que es conocido por el yo y por los demás: área


libre

B: aquello que es desconocido por el yo, pero conocido


por los demás: área ciega.

13 L. M. Rulla, Psicología del Profundo y vocación. Las instituciones, Ate­


nas, Madrid, 1985, p. 105.

41
Anadeo (buim y ÉHamndm Manatii

C: aquello que es conocido por el yo, pero desconocido


por los demás: área oculta.

D: aquello que es desconocido tanto por el yo como por


los demás: área subconsciente, especialmente la incons­
ciente y profundamente preconsciente.

Pongamos un ejemplo que sirva también para compren­


der la mentalidad de la psicodinámica. Una persona por sí
misma o con la ayuda de otros llega al conocimiento de que
el rectángulo «A» revela en él una necesidad-actitud de do­
minación: él mismo reconoce y los demás ven que con de­
masiada frecuencia tiende a imponerse (área libre). A los
ojos de los demás, esta persona imponiéndose obtiene la
ventaja de ser escuchada, impresionar, sorprender (exhibicio­
nismo en el área ciega). Además esta persona siente secreta­
mente estar impulsada a imponerse por la propia agresividad
(área oculta): aunque no lo confíe a nadie, sabe encontrar en
sí misma un espíritu de contradicción.

La combinación dominación-exhibicionismo-agresividad
hace de esta persona un individuo arrogante y presuntuoso
que usa la dominación para descargar sobre los demás el
propio humor y ser el jefe. Pero, quizás, esta competitividad
narcisista es sólo el efecto de una causa más profunda y
central: la necesidad conflictiva de inferioridad (área D) de
la que se defiende. Es arrogante porque tiene poca estima
de sí y con la dominación intenta compensar el miedo de no
valer. Pero no es consciente ni de la poca estima de sí ni de
que se está defendiendo de ella. Para el proceso educativo
es determinante la consideración de esta área subconsciente:
si se prescinde de ella no puede haber ayuda eficaz. El edu­
cador que ve sólo las primeras tres áreas intervendrá con la
crítica interpretando la arrogancia como orgullo. Actuando
así, agrava el problema: reprobando, agudiza el sentido de
inferioridad por el que la persona se sentirá impulsada toda­
vía más a repararlo con el aumento de la dominación. Mien­
tras no venga tocada la fuente conflictiva de inferioridad

42
l o s JfeES AlVELES DE CbNCIENCIA

subyacente, esa persona continuará en su estilo buscando


nuevos desahogos, más o menos distorsionados.

Otro ejemplo, ya no de defensa sino de gratificación in­


consciente del área D. Una persona que ayuda a los demás
(A), es vista como caritativa (B), es sensible a colaborar (C): las
tres áreas la hacen una persona siempre disponible. Pero si en
el área D hay' una necesidad conflictiva de dependencia afecti­
va, el cuadro psicodinámico cambia: la verdadera fuente de
tanta disponibilidad no es sólo el valor de la caridad, sino
también la necesidad de ser amada y reconocida. Esa perso­
na da, con el fin subconsciente de recibir. Se dedica con
buena fe ai servicio de los demás sin darse cuenta de no es­
tar sino en el estadio infantil de la búsqueda de sí misma. Y
así, tras el entusiasmo inicial o cuando la donación requiere
un precio por pagar, su perseverancia será puesta a dura
prueba.

Como se ve por los ejemplos, el inconsciente es una re­


alidad que logra esconderse en forma sutil, dando también
origen a comportamientos contrarios a la lógica directamente
querida. Sin embargo, no hace del hombre una marioneta
manipulada pasivamente por fuerzas desconocidas. Los tér­
minos de esta relación serán afrontados en el capítulo 2, par­
te 2a. Por el momento, hemos visto que el hombre formula
juicios, toma decisiones, elige valores y en todo esto queda
sujeto a posibilidad de distorsiones. Posibilidad ni rara ni
patológica. Por esto, refiriéndonos a la persona humana, no
se puede relegar la noción de inconsciente a una nota al
fondo de la página, relativa a los casos de patología.

43
Anadm Cencini y Mmondm Manenti

Capítulo Tercero
Los P r o c e s o s d e l a D e c is ió n :

D e s e o E m o tiv o y D e s e o R a c io n a l

Manteniéndonos todavía en la línea fenomenológica, en­


contramos la tercera información: ’■el hombre es emoción y
razón y ambos elementos interactúan en el momento de la
decisión.

Cada día tomamos decisiones, sean pequeñas o grandes:


comprar un hermoso abrigo rojo visto en el aparador, organi­
zar un encuentro, planear el día, comprometerse para toda la
vida... El objeto que suscita la acción puede ser una situa­
ción presente aquí y ahora o también una aspiración imagi­
nada o pensada. Puede ser también la anticipación' de un
evento futuro, como la colisión próxima entre dos automóvi­
les. Puede también pertenecer al pasado, como el recuerdo
de una ofensa recibida; o también la acción puede ser pues­
ta en movimiento por algo que es sólo imaginado, como la
posible pérdida del trabajo. Como quiera que sea, no hay ja­
más decisiones en frío, hechas sólo con la cabeza: siempre
nos «implican» completamente, o sea reclaman nuestro yo
hecho de emoción y razón.

Antes de que la acción sea puesta en acto, hay un traba­


jo interior: vemos, recordamos el pasado, esperamos una
consecuencia, evaluamos, volvemos a evaluar una vez más,
decidimos. Es un proceso con frecuencia automático y velo­
císimo. Intentemos verlo en cámara lenta y hacer una feno­
menología de cuanto sucede antes de llegar a la acción. Nos

45
L o s P ro ce so s d e l a D e c is ió n

apoyaremos en los estudios de M. Arnold quien, más que


otros, ha estudiado con claridad el problema1.

Antes de actuar es necesario experimentar, evaluar y


juzgar. El proceso de la decisión inicia siempre con un «de­
seo emotivo» al cual puede seguir sucesivamente el «deseo
racional». El primer impacto con la realidad es siempre
emotivo. Aquello que nos toca y nos envuelve, antes es sen­
tido y después, eventualmente, razonado. Hay por tanto in­
teracción entre afectividad y racionalidad. Refiriéndonos a la
obra de filósofos como Lonergan2 y Petters3, de psicólogos
como Rulla4, McGuire5, Rokeach6, además de la ya citada
Arnold, o también de teólogos como B. Kiely7 y Bresciani8,
podemos definir así los dos tipos de procesos que están a la
base de la decisión:

E l deseo emotivo:
una evaluación inmediata del objeto basada en el «me agra­
da» - «no me agrada». Aquí son operativos los niveles psico-
fisiológico y psicosocial. Es el proceso de la afectividad que
1 M. B. Arnold, Emotion and Personality, Cohimbia Univ. Press, New
York, 1960; Idem, Human emotion and action, en T. Mischel, Human Ac­
tion: conceptual and empirical issues, Academic Press, New York, 1970;
Idem, Memory and the brain, Erlbaum, Hillsdale, N. J., 1984.
2 B. ]. F. Lonergan, Insigfit: a study of human understanding, Longmans-
Green, London, 1958.
3 R. S. Petters, The education of emotions, en M. B. Arnold, Feelingp and
Emotions, Academic Press, New York, 1970, pp. 187-201.
4 L. M. Rulla, Psicología del profundo y vocación. Las personas, o.c., pp.
45-49. . .
5 W. J. McGuire, A syllogistic analysis of cognitive relationships, en M. J.
Rosenberg, C. I. Bovlan, W. G. McGuire, R. P. Abelson y G. W. Brehm,
ÁUitude Organizaron and Change, Yale Univ. Press, New Haven, 1960, pp.
65411.
6 M. Rokeach, Belief, Attitudes and Valúes. A Theory of Organization and
Change, Jossey-Bass, San Francisco, 1968..
7 B. Kiely, Psicología e Teología Morak, o.c.
8 C. Bresciani, Personalismo e Morak Sessuale. Aspetti teolopci e psicología,
Picmme, Casale Monferrato, 1983.

46
A tnadm Cenáni y Mesmmdm Mmmti

sigue criterios de parcialidad: evalúa y reacciona según crite­


rios ligados sólo al aquí y ahora. El objeto es evaluado como
deseable o indeseable, en un cierto momento y en un cierto
lugar, porque es intuitivamente considerado capaz de satisfa­
cer o no satisfacer una necesidad. Si el objeto es evaluado
agradable, viene un impulso hacia él. Si es evaluado inde­
seable, viene una tendencia a huir de él.

E l deseo racional:
una evaluación secundaria y reflexiva basada en el «me ayu­
da» - «no me ayuda». En este caso es operativo el nivel ra­
cional. Se trata de una evaluación que va mucho más allá
del interés inmediato y sensitivo por el objeto, porque se
inspira en los valores y objetivos que el sujeto se establece.
La racionalidad sigue criterios de universalidad y de no con­
tradicción: pide comprender, correlacionar, evaluar a la luz
de valores abstractos.

Cuadro II

Querer Emotivo:
percepción «=> memoria afectiva => imaginaciones refera
al futuro ■=> evaluación intuitiva O emoción { ^ ao
impulsiva).

Querer Racional:
juicio reflexivo que juzga el precedente proceso del
deseo emotivo «=> emoción típicamente humana
(acción deliberada).

47
Los Pro c e s o s d e l a Z te c is ió N

1. Querer emotivo

Percepción:
antes de actuar es necesario percibir, en algún modo, el ob­
jeto, aunque no tenga que ser en forma cuidadosa. Envia­
mos al lector al capítulo 1, parte II, para el estudio de los
elementos que influyen en ella. Pero podemos decir ya que
la percepción capta la cosa en sí, independientemente de
toda reacción emotiva que ella suscita en el sujeto. Es la
simple aprehensión de un objeto (elemento cognoscitivo).
Por ejemplo: el ver un hermoso abrigo rojo en el aparador.
Si luego ese abrigo me agrada, significa que lo he conocido
no sólo en sí, sino también en su relación conmigo y lo he
considerado deseable, tanto, que -me he sentido después
instintivamente impulsado a comprarlo. Pero para tener la
estima se necesita una actividad ulterior a la percepción que
no se puede reducir al ejercicio de uno de los sentidos o a
la suma de ellos. Es el paso de la evaluación inmediata o in­
tuitiva.

Evaluación intuitiva:
no estamos todavía a nivel de la reflexión, sino de una fun­
ción sensitiva integratoria. Esta evaluación que sigue y com­
pleta la percepción, considera la relación del objeto con el su­
jeto. Una consideración no experimentada como juicio, sino
sólo como atracción-repulsión hacia un objeto o situación.

Percibir y considerar el efecto sobre mí significa sólo re­


coger informaciones: el sujeto es todavía pasivo. Pero apenas
siente que un objeto vale la pena que se obtenga o se re­
chace, de inmediato nace la tendencia a acercarse o alejarse
de ese objeto considerado como bueno o malo. La evalua­
ción sensitiva suscita, por tanto, una tendencia o impulso
hacia ese objeto o contra él. Es una atracción-repulsión in­
voluntaria sin razonamiento intelectual (elemento afectivo).
Si veo un abrigo, conozco que es una particular indumentaria,
pero si es de mi gusto y tengo frío, entonces lo evalúo de in­
mediato como deseable y me siento impulsado a comprarlo.

48
Amadeo Cendni y M am ndn M m m ti

Emoción:
la evaluación de una cosa como buena-mala para mí, produ­
ce una tendencia hacia-contra esa cosa. Hay por esto la se­
cuencia: percepción-evaluación intuitiva-emoción. La emo­
ción es una tendencia sentida hacia cualquier cosa
intuitivamente evaluada como buena, o bien un alejamiento
de cualquier cosa intuitivamente evaluada como mala (ele­
mento conativo). En ella hay un elemento estático (la dispo­
sición favorable-desfavorable hacia el objeto) y un elemento
dinámico (el impulso hacia lo que agrada y la repulsión ha­
cia lo que no agrada). Todo esto viene con frecuencia acom­
pañado de un conjunto de reacciones físicas: el miedo hace
temblar, la ira pone rígido, el placer excita...

Se puede decir que la emoción es una forma de conoci­


miento: se ve la situación según la óptica de agrado-desagra-
do. Sentir miedo quiere decir ver la situación como peligro­
sa. Orgullo: ver con placer alguna cosa como mía. Envidia:
alguien posee algo que yo quiero. Celos: el otro posee a al­
guien o alguna cosa sobre la que nosotros tenemos derecho.
Todas las emociones implican una evaluación: difieren entre
sí por cuanto se refiere al modo de evaluar. Así, el miedo es
diverso de la rabia puesto que el primero ve con ojos impo­
tentes la amenaza que llega, y la segunda con ojos de opo­
nerse violentamente a la amenaza9.

La emoción, como tendencia, no lleva necesariamente a la


acción. Un diabético puede ser glotón de dulces, pero también
puede frenarse si reflexiona en las consecuencias nocivas de
esto. El fumador conoce los peligros del humo, pero continúa
fumando con la esperanza de estar entre los afortunados. La
decisión final puede no ser la alternativa más atractiva ni tam­
poco la elección más prudente, pero en ambos casos hay una
reflexión secundaria, un sopesar las alternativas. La evalua­
ción intuitiva está sometida a un juicio deliberado.
9 Una emoción que dura se transforma en un sentimiento: tendencia
durable a reaccionar emotivamente. Se transforma cuando el objeto emo­
tivo tiene un significado durable que va más allá de una llamada sensitiva
inmediata.

49
Los PkOCESOS DE LA DECISIÓN

2. El deseo racional

Una tendencia apetitiva producida por la evaluación in­


mediata conducirá a la acción, a menos que intervenga el
deseo racional: proceso ulterior de verificación que criba el
producto hasta ahora elaborado.

A diferencia de los animales, guiados sólo por juicios in­


tuitivos iniciados por un estado fisiológico y concluidos con
respuestas estereotipadas, el hombre, además del deseo
emotivo, es capaz, de modo totalmente único, de formular
otro juicio reflexivo o intelectual.

Que existan estos dos tipos de deseo, se ve mejor cuan­


do una evaluación es positiva y la otra es negativa. A un
niño se le puede decir que el oso no puede salir de la jaula
y que debe tener confianza en su papá que está junto a él,
pero el oso es grande y él tiene miedo no obstante el juicio
reflexivo. Un adulto en el mar sabe que no hay peligro, ahí
el agua es baja, tiene él salvavidas, pero tiene miedo igual­
mente. Un ejemplo más patológico es el obsesivo que se
lava continuamente las manos por miedo a contaminarse;
continúa lavándose, aunque su conocimiento reflexivo le
dice que el miedo es exagerado y que el lavarse no hace
sino aumentar el miedo: la evaluación intuitiva inconsciente
produce miedo y la evaluación reflexiva consciente es impo­
tente frente a ella.

Evaluación reflexiva:
cuando un elefante tienta la tierra con las patas hace un jui­
cio sensitivo, cuando un físico experimenta una hipótesis
hace un juicio reflexivo. La primera evaluación se limita a
encontrar los datos sensoriales y a conectarlos con objetos
particulares; la segunda en cambio, comprende esos datos y
de ellos obtiene generalizaciones (III nivel de la vida psí­

50
Amadeo Cenáni y Mmandro Manmti

quica)10. La evaluación ■intuitiva no es experimentada en


forma consciente, sino como una predisposición favorable-
desfavorable hacia una cosa que agrada-no agrada. En cam­
bio, la evaluación racional es consciente y su objeto es el
entero proceso del juicio instintivo revisado a la luz del cri­
terio «me ayuda»-«no me ayuda». Criterio que no ha de en­
tenderse en sentido utilitarista sino como evaluación del ob­
jeto en relación a la consecución de valores y objetivos que
el hombre se establece: ¿aquello que inmediatamente me
agrada es también útil o no? (pregunta que a menudo no
nos hacemos porque nos dejaría desconcertados).

El deseo racional es, por tanto, capaz de trascender la si­


tuación y el interés inmediato al momento presente para
evaluar a la luz de criterios más universales (principio de to­
talidad). Lo bueno-malo-para-mí sobre lo que se apoyan nues­
tras evaluaciones tiene un significado diverso para la voluntad
emotiva y racional. En el primer caso, el objeto es sentido
como placentero-incómodo, agradable-desagradable. En el
segundo juicio, está presente un acto de elección basado en
la evaluación de que un objeto no es sólo agradable, sino
también digno para la persona; o bien que es dañino, aun­
que sea emotivamente agradable. El «me ayuda» va más
allá del interés parcial del aquí y ahora. Este es el acto de
voluntad: una tendencia a la acción puesta en movimiento
por un juicio intuitivo, pero que exige también una decisión
deliberada antes de llegar a la acción.

Emoción:
el producto de esta evaluación reflexiva es una emoción
(tendencia a la acción), esta vez de naturaleza racional. Es
10 Para B. Lonergan la experiencia precede a la inteligencia, el juicio y
la decisión. El nivel de la experiencia comprende la emoción, mientras
que el nivel de la inteligencia-juicio-decisión comprende la racionalidad.
B. J. F. Lonergan, Método en Teología, Sígueme, Salamanca, 1988; cf. tam­
bién B. Kiely, Psicología e teología morale, o.c., pp. 26-31. El punto de vista
de Lonergan parece un instrumento particularmente útil para un trabajo
interdisciplinar que involucra a la psicología, filosofía y teología (cf. B.
Kiely, Psicología e teología morale, o.c., capítulos 1,2,3). Por este motivo ha­
remos frecuente referencia a él.

51
Los A c c e s o s d e l a In c is ió n

una emoción que no ha sido concedida al animal. Una paz y


libertad interior que nace del conocimiento de haber hecho
aquello que ayuda y de realizarse como criaturas racionales y
libres. O bien, en el caso negativo, un sano sentido de culpa
reflexiva. Sin embargo, no toda evaluación racional se trans­
forma en emoción. Una persona puede apreciar la vida ma­
trimonial, pero puesto que no la considera buena para ella
aquí y ahora, no advertirá ninguna emoción y no estará in­
ducida a iniciar una relación formal. La emoción sigue sola­
mente al juicio de que «esta cosa particular es buena o mala
para mí aquí y ahora», ya sea que este juicio sea intuitivo o
reflexivo. También estas emociones a menudo están acom­
pañadas de reacciones físicas.

3. Variables intermedias

Percepción-evaluación intuitiva-tendencia emotiva a la


acción-reevaluación secundaria reflexiva-tendencia sentida a
la acción. Pero el proceso de la decisión no es tan simple.
Cada decisión está inserta en el camino evolutivo del hom­
bre y en el contexto actual de su personalidad total. El hoy
está influido por el pasado (memoria) y por el futuro (expec­
tativas); además, toda decisión, una vez hecha, no desapare­
ce sino que deja una huella, por la que la segunda vez el
hombre estará más inclinado a hacer evaluaciones análogas
(actitudes). Intervienen, por tanto, otras variables que en se­
guida examinamos.

Memoria'.
el material sobre el que pensamos y razonamos está consti­
tuido ampliamente de recuerdos. Si nada quedase de las ex­
periencias precedentes, el aprendizaje sería imposible. La
memoria es el almacén de las informaciones, del cual pode­
mos sacar las noticias de los eventos transcurridos. Gracias a
ella estamos en grado de usar el concepto de tiempo, refi­
riendo el presente al pasado y haciendo previsiones para el
futuro.

52
Amadeo Cenáni y M&sandn Manenti

Toda situación nueva reclama situaciones similares ex­


perimentadas en el pasado y su efecto sobre nosotros. Re­
cordar significa mostrar en las respuestas actuales algunos
signos de respuestas aprendidas en precedencia. Existen va­
rios tipos de memoria11:

Memoria reintegradora:
es el reconstruir una antigua experiencia sobre la base de in­
dicios parciales. Algo de hoy nos hace «traer a la mente» un
episodio del pasado que reconstruimos no sólo en su conteni­
do, sino también colocándolo en el tiempo y en el espacio.

E l reconocimiento-.
es la sensación de familiaridad probada cuando se percibe
nuevamente algo con lo que ya se había encontrado prece­
dentemente: «esa canción me es familiar, ¿cómo se llama?»,
«estoy seguro que ya nos hemos encontrado, pero no recuer­
do dónde» (=hay el reconocimiento pero no la memoria
reintegradora). Es, por tanto, la capacidad de juzgar algo se­
gún su identidad (verdadera o presunta) con alguna otra
cosa percibida precedentemente. Se. trata de una forma de
generalización traída por la experiencia pasada.

La reevocación\
es la conservación de una actividad aprendida en el pasado
y que puede ser repetida hoy. Se puede reevocar una poesía
y recitarla, sin recordar las circunstancias en las que la ha­
bíamos aprendido. Recordamos cómo se hace para caminar o
para andar en bicicleta sin ninguna referencia al pasado, sino
sólo subiendo sobre ella y pedaleando. Si no hubiese esta
capacidad de repetir un movimiento aprendido en preceden­
cia, no podríamos andar en bicicleta y cada vez que camina­
mos deberíamos pensar en los movimientos que hacemos.

11 P. R. Hofstatter, Psicología, Feltrinelli, Milano, 1966, pp. 135-142; F.


Robustelli, La memoria, en L. Ancona, Nuove questioni di psicología, I, Mor-
celliana, Brescia, 1972, pp. 395-425; E. R. Hilgard, Psicología, corso intro-
duttivo, Giunti-Barbera, Firenze, 1971, pp. 333-359.

53
Los A c c e s o s d e l a D e c is ió n

E l reaprendizaje'.
cierto material que era familiar puede ser aprendido más rá­
pidamente de cuanto lo sería si se tratase de material total­
mente desconocido. Aunque haya olvidado completamente
el griego, es más fácil aprenderlo una segunda vez porque
ya lo había aprendido anteriormente.

La memora afectiva: -
una emoción una vez experimentada tiende a ser más fácil­
mente experimentada nuevamente. Esta es la que interesa
en el proceso de la decisión y por eso ahora nos fijamos sólo
en ella. Cuando evaluamos una situación la debemos cono­
cer como es ahora, pero también recordamos qué nos había
sucedido en el pasado en una situación similar, qué impacto
había tenido sobre nosotros y cómo la afrontamos. Luego
imaginamos qué impacto tendrá la situación ahora y estima­
mos (en forma instintiva o refleja) si es dañina ó no. La me­
moria afectiva juega, por esto, un papel importante en la
evaluación e ' interpretación de todo aquello que nos rodea.
Ella agudiza espontáneamente una reacción emotiva pasada,
en tal modo que, cuando en el presente se realiza una situa­
ción análoga, el sujeto estará inclinado a la misma reacción
emotiva.

Cómo se origina: ■
una experiencia, una vez vivida, deja en nuestra psiqué una
impronta afectiva no necesariamente consciente. De aquella
experiencia podemos olvidar las modalidades de ejecución,
el tiempo y el lugar, pero en nosotros permanece la emoción
por ella estimulada. Se puede tratar de una sola experiencia
pasada, pero afectivamente muy cargada; o de varias expe­
riencias insignificantes, pero que juntas han provocado una
emoción de placer o desplacer. Esta impronta emotiva no
desaparece: un anciano desmemoriado puede olvidar el pa­
sado, pero no las emociones entonces experimentadas. Esta
memoria es, en efecto, comúnmente llamada memoria de
elefante: es el recuerdo imborrable de la historia emotiva de
toda persona que puede olvidar los hechos, pero no la emo­

54
Amadeo C endni y Masondro Manmti

ción que los acompañaba: ésta permanece en su inconscien­


te, lista a aflorar cuando se presenten situaciones análogas.

Cómo funciona:
sigue el principio de la semejanza real o simbólica. Algo que
ha traído dolor o alegría suscitará .la misma emoción si se
presenta una segunda vez. Si el niño se ha quemado el
dedo con la vela, cuando vuelva a ver la vela experimentará
«ansia anticipatoria». Si he tenido relaciones serenas con fi­
guras significativas del pasado, tenderé a responder con la
misma serenidad a figuras significativas del presente. La se­
mejanza presente-pasado puede ser sólo sobre bases subjeti­
vas: en este caso, entre los dos elementos hay una relación
simbólica las más de las veces inconsciente y debida a nece­
sidades conflictivas, por lo que el sujeto hace una asociación
impropia entre situación presente y emoción pasada (cf. par­
te II, capítulo 3, el párrafo Inconsciente y simbolismo).

La memoria afectiva influye, por tanto, en la percepción: la


nueva situación es coloreada a priori por una connotación
emotiva no originada por ella, sino por nuestro modo de
percibirla. Se produce así una constancia de evaluación: se
tenderá a evaluar un objeto siempre en la misma forma,
aunque el objeto cambie o dé nuevas informaciones. Por
ejemplo, el afecto de celos me hará sospechar de los demás,
aunque ellos hagan todo por ser dignos de confianza.

La memoria afectiva opera en el inconsciente', el retorno de


la emoción pasada no es experimentada como memoria, sino
como sentimiento del aquí y ahora que brota de la situación
presente. El sentimiento mantenido vivo por la memoria
está fuera del tiempo y nosotros desconocemos completa­
mente que nuestra evaluación aquí y ahora pueda ser, de
hecho, una pre-evaluación dictada por la memoria afectiva.
Normalmente las nuevas informaciones actuales deberían
hacernos corregir nuestras evaluaciones, pero la memoria
afectiva lo impide. Es difícil una experiencia correctiva.

55
Psicología... 5
Zjos A ccesos d e l a D e c i s ió n

En fin, la memoria afectiva generaliza: un afecto suscita­


do por un objeto particular es inconscientemente generaliza­
do a toda la clase de objetos. El niño mordido por un perro
tenderá a tener miedo a todos los perros, del mastín al rato­
nero; y si para él otros animales son semejantes al perro,
tendrá miedo también de ellos. Un hombre a punto de aho­
garse por haberse volcado su canoa, tendrá miedo de todo
tipo de embarcación.

Imaginaciones referentes al futuro


La evaluación no se basa sólo en la memoria del pasado; si
fuese sólo así, la reacción a la situación sería estereotipada,
una mera repetición de la respuesta precedente. Recorda­
mos, pero también hacemos previsiones acerca del futuro:
imaginamos qué podrá suceder mañana y evaluamos posi­
bles resultados. El niño la primera vez toca la llama de la
vela para saber que quema; pero una vez quemado, la se­
gunda vez evita el fuego porque espera que queme. Tal
aprendizaje es posible sólo si recuerda la quemadura y ade­
más advierte que la siguiente vez también quemará la llama.
Memoria e imaginación están ligadas: se espera que el obje­
to permanezca constante. Toda evaluación intuitiva, una vez
hecha, lleva consigo la expectativa de que ese objeto y to­
dos los objetos de la misma clase permanecerán buenos o
malos por el resto de la vida. «Siempre ha sido así, por tanto
siempre será así». Si un hombre ha quedado desilusionado
de la vida, no puede ilusionarse fácilmente de que en el fu­
turo todo será diverso; la sola reflexión de que el mañana no
será igualmente malo o de que él será capaz de mantenerse
firme, no son suficientes para quitarle la amargura. Una vez
que una expectativa se ha realizado, será difícil que sea co­
rregida por las sucesivas experiencias. Se forman así las acti­
tudes emotivas.

Actitudes emotivas:
son disposiciones emotivas habituales a responder, causadas
por la progresiva sedimentación de las emociones. Toda
emoción puede llegar a ser la raíz de una actitud emotiva.

56
Amadeo Cencini y Masandm Manmti

La persona afrontará gradualmente nuevas situaciones con


un modo de relacionarse ya predefinido, con la óptica de
quien se siente amado, odiado, inferior, superior, poderoso,
capaz, perdedor... Cualquier cosa que decida hacer, la acti­
tud emotiva le dictará una evaluación inmediata y una parti­
cular emoción con la cual afrontar la tarea. Por ejemplo, una
persona sedienta de afecto evalúa instintivamente como po­
sitiva una relación de dependencia y, por tanto, sentirá un
impulso emotivo a buscarla. Mientras más gratifica esta de­
pendencia, más se crea en ella una correspondiente disposi­
ción emotiva (= entre más dependiente es, más necesidad
tiene de depender), hasta que esa disposición llegue a ser
habitual (= esa persona tenderá a medir cada nueva relación
con la medida del «¿cuánto me darán?» «¿cuánto me ama­
rán?»). Todo esto aunque produzca un efecto paralizante
para el pleno desarrollo de la propia personalidad. O bien la
gratificación de una necesidad sexual puede crear una pre­
disposición habitual que tiende a resistir aun si la gratifica­
ción es dañina para la relación misma. (Se encuentra aquí el
fundamento científico del propósito de evitar las ocasiones
próximas de pecado).

Actitudes intelectuales.
El mismo discurso vale también para el deseo racional. Así
como el juicio instintivo llevaba a actitudes emotivas, así el
juicio reflexivo basado en el «me ayuda» crea actitudes inte­
lectuales, o sea juicios reflexivos hechos habitualmente.
También la reflexión hecha en base a valores deja una hue­
lla en la memoria afectiva que facilita el uso habitual de jui­
cios reflexivos (virtud).

Las actitudes intelectuales no necesariamente provienen


de emociones, aunque éstas puedan tener parte en su for­
mación y conservación. Ellas derivan de convicciones, de
evaluaciones ponderadas en base a argumentos racionales
que van más allá de una simple consideración de las cir­
cunstancias presentes. Estas actitudes se mantienen porque
estamos convencidos de que son correctas; la convicción

57
Los P r o c e s o s d e l a D e c i s ió n

puede estar también sostenida por un considerable tono


emotivo, pero no deriva de la emoción. Así, la actitud hacia
la política, la religión, la sexualidad, etc., es emotiva si nace
de emociones inmediatas; es, en cambio, intelectual si es
producida por convicciones racionales. El objetivo de la for­
mación consiste precisamente en favorecer el surgimiento
de actitudes intelectuales sin detenerse en las adhesiones
puramente emotivas.

Hábitos.
La actitud, como predisposición habitual a responder, no in­
cluye de suyo la puesta en acto. El hábito, en cambio, es la
predisposición puesta en acto. Un hombre puede ser tímido
y desarrollar por tanto una actitud de miedo; pero si logra
actuar no obstante su debilidad, ese miedo no llegará a ser
un hábito, sino que continuará sólo como actitud. Si, por el
contrario, satisface la propia timidez, se desarrollará en él un
hábito de aislamiento social. Una actitud se convierte en há­
bito cuando es transformada en acción. Existen hábitos
emotivos y hábitos de elecciones deliberadas, según que
sean la actualización de actitudes emotivas o racionales.
Existen hábitos para actuar según el «me agrada» y hábitos
para actuar según el «me ayuda».

Guando se ha desarrollado un hábito es difícil extirparlo,


especialmente si a él se ha asociado una connotación emoti­
va positiva. Por ejemplo, la dependencia de la droga es un
hábito que se ha desarrollado por una experiencia inicial
agradable. Quizás antes todavía, esa experiencia era inicial­
mente neutra o desagradable e inició por otras razones (la
«espinita», para mostrarse hombre o para no ser tachado de
inhibido). Desde el momento en que la persona comienza a
encontrar en esa experiencia cualidades agradables, inicia la
posibilidad de dependencia que estará cada vez más reforza­
da por la indulgencia y por situaciones emotivas concomi­
tantes (depresión, fastidio, deseo de consuelo...). Para rom­
per un hábito emotivo no basta transformar el placer en
miseria (por ejemplo hacer experimentar al drogadicto náu­

58
Amadeo Cencini y Mmandro Manentí,

sea cada vez que se droga), no basta tampoco hacer cons­


ciente a través de introspección el origen psicodinámico ra­
dicado en el pasado. Es necesario, además, un fuerte motivo
que haga la decisión deliberada capaz de detener la indul­
gencia y de actuar contrariamente a la tendencia emotiva.

4. Conflicto entre tendencias apetitivas

El deseo emotivo conducirá a la acción, a menos que un


nuevo proceso de evaluación produzca una tendencia diver­
sa o aun contraria.

Si esto sucede habrá conflicto, o sea un contraste entre


dos tendencias, ambas apetitivas, pero de diverso origen: las
dos alternativas son deseables bajo ciertos aspectos e inde­
seables bajo otros. El «me agrada» me impulsa hacia una di­
rección diversa de la indicada por el «me ayuda». ¿Cuál es
la decisión final?

En la base de cualquier decisión debe haber un mínimo


de atracción, de otra forma no podremos sostenerla. Sin una
tendencia apetitiva («me agrada»), no puede haber acción;
pero no puede ser la tendencia misma la que cause y man­
tenga la decisión. Las acciones sugeridas por las emociones
no nos permiten afrontar el mundo como seres adultos por­
que faltan criterios de universalidad y, a menudo, tales ac­
ciones no realizan, sino que destruyen, el objetivo para el
cual habían sido puestas.

No es, por esto, la tendencia más fuerte la que determi­


na qué acción se concretará: el hombre puede actuar contra
los deseos emotivos fuertes y elegir aquello que es inmedia­
tamente menos atractivo, pero que más ayuda. Y en este
caso, cuando el juicio deliberado va contra la evaluación in­
tuitiva y prevalece, ya no hay conflicto, aunque sea difícil
llevar la decisión adelante por la permanencia de la atrac­
ción emotiva contraria.

59
Los A o c e s o s d e l a D e c i s ió n

No es tampoco la alternativa más atrayente la que deba


vencer: se puede elegir aquello que menos atrae, pero que
más ayuda. Esa atracción emotiva permanecerá; pero no
como disturbio, sino como provocación a renovar sobre bases
preferenciales la elección hecha, que se convierte en atracti­
va a la luz del deseo racional.

El hombre puede pronunciar un no definitivo y durade­


ro aun sobre exigencias irrenunciables como el derecho de
propiedad, de autogestión y de familia para hacer una elec­
ción de pobreza, obediencia y castidad, aun sintiendo un
impulso emotivo contrario. Precisamente porque está dotado
de dos procesos decisionales, puede evaluar reflexivamente
la emoción que siente, ponerla en relación con los valores,
para decidir después qué camino seguir: según la necesidad
o según los propios ideales, en caso de que la necesidad no
esté en la misma dirección de estos últimos. Y estas eleccio­
nes humanas están en grado de estimular emociones típica­
mente humanas.

Lo que se quiere afirmar es la capacidad psíquica para


hacer un acto de voluntad. El hombre no está ligado a la in­
mediatez de las emociones, sino que puede desligarse de
ellas y convertirse así en agente moral. El juicio y la toma
de posición son posibles solamente sobre el fundamento de
la libertad de los vínculos de los niveles psico-fisiológico y
psico-social1^.

Capacidad de desapego y no inhibición: debe haber in­


tegración entre afectividad y racionalidad. La cual viene a
través de la subordinación (y no eliminación) de la afectivi­
dad a la racionalidad.

La lógica de la afectividad que -hemos visto- sigue crite­


rios de singularidad, debe ser integrada por el deseo racional
que sigue criterios de universalidad y no contradicción. Los
problemas puestos a nivel de afectividad no pueden ser re­

12 E. Coreth, Antropología filosófica, Morcelliana, Brescia, 1978, p. 71.

60
Jbnadm Cenáni y Mmandro Manmti

sueltos plenamente sino a nivel de racionalidad, la cual no


niega ni anula la afectividad, sino que la encuadra en un ni­
vel superior que permite salir de las contradicciones de la
afectividad. Por ejemplo, las contradicciones afectivas de
amor-odio, venganza-ternura, etc., necesariamente presentes
en toda relación afectiva, podrán ser adecuadamente contro­
ladas si están encuadradas en el contexto del sentido por
dar a la relación misma: permaneciendo en un plano emoti­
vo, la relación permanece conflictiva e inestable.

Niveles de la vida psíquica, niveles de conciencia, deseo


emotivo y racional: tres informaciones que nos vienen de
una observación fenomenológica. Nos falta por analizar al
hombre en sus aspectos más internos y menos directamente
visibles.

í
I
I
f

61
l o s CÓNTENIDOS DEL Yo

Capítulo Cuarto

Los C o n t e n i d o s d e l Yo

Nuestro análisis sobre la constitución intrapsíquica del


hombre tiene necesidad de una ulterior profundización y de
una caracterización más específica. Hasta ahora hemos visto
que el hombre se construye sobre tres niveles de vida psí­
quica y de conciencia; que se motiva en base a las emocio­
nes y/o a la razón. Ahora es necesario ir más allá del análisis
para mirar al hombre «desde el interior», es decir de captar
aquello que sirve de fondo a estos modos de vivir y de decidir.

Ir más allá significa ponerse dos interrogantes: 1) Cuan­


do el hombre actúa, ¿De qué es impulsado o atraído? ¿Cuá­
les son las energías que lo motivan? Es el problema del
«qué» o sea de los contenidos del yo; 2) Cuando el hombre
actúa, ¿por qué es impulsado o atraído por estos contenidos y
no por otros? Es el problema del «por qué» o sea de las es­
tructuras del yo. Por ejemplo, un comportamiento emotivo
guiado sólo por el «me agrada» se puede explicar como el
resultado inmediato de una necesidad conflictiva de agresi­
vidad (contenido) que, a su vez, deriva del ansia de no sa­
ber armonizar los ideales con la realidad actual (estructura).
El contenido dice qué es lo que impulsa a esa persona; la
estructura explica el por qué de tal impulso y no de otro.
Como se ve, es necesario conocer los contenidos, pero es
igualmente importante llegar a captar las estructuras que
dan informaciones más profundas y sobre todo más durables
y constantes: del «qué» al «por qué». Este sería propiamen­
te el método estructural que seguimos en este libro.

Remitiendo ai capítulo siguiente el examen de las es­


tructuras, iniciamos ahora el análisis de los contenidos del
yo y vemos que lo que impulsa o atrae a la persona son las
necesidades y los valores, que se expresan en actitudes.

63
Amadm Cmáni y Messamdm M anenti

1. Las necesidades

a. Definición

«Las necesidades son tendencias innatas a la acción que


derivan de un déficit del organismo o de potencialidades na­
turales inherentes al hombre, que buscan ejercicio o actuali­
zación»1. Analicemos los elementos de esta definición.

1. Ante todo, las necesidades son tendencias a la acción, es


decir que contienen energía psíquica sin la cual no po­
dríamos formular ningún pensamiento o realizar algún
evento. El área de las necesidades es, por consiguiente,
extremamente preciosa; cada uno de nosotros continua­
mente acude a ella para amar, conocer, establecer rela­
ciones, superar dificultades... No tendría sentido ni se­
ría posible refutar en bloque las necesidades porque
fueran vistas como contrarias a los propios ideales o
porque se sintieran como algo no muy noble: esto sig­
nificaría pretender vivir sin energía. Un acto de amor a
Dios o de violencia al prójimo deben recurrir siempre a
la misma fuente energética, aunque interpretada y ex­
plotada según finalidades diferentes.

La necesidad es sólo una tendencia, o sea que no basta


por sí sola para provocar la acción^. Por esto es que no de­
termina un comportamiento específico ni tampoco indica la
dirección concreta que debe asumir el comportamiento. No
contiene una «dirección de recorrido», sino solamente una
«orientación preferencial»3. La necesidad de afecto nos hace
preferir los contactos afectivos más que las relaciones que
llevan al rechazo, pero no los determina ni contiene las mo­
dalidades concretas de comportamiento. La orientación de
fondo es innata y lo que es aprendido es la habilidad técni­
1 Rulla, L.M. Psicología del profondo, he persone, o.c., p. 38.
2 Arnold, M.B. Emotion and Personality», o.c., pp. 177-182.
3 Nuttin, G. Teoría della motivazione amana; dal bisogno alia ¡brogettazio-
ne, Armando, Roma, 1983, pp. 78-89.

64
LOS CONTENIDOS DEL Yo

ca en el seguir los caminos que conducen a la satisfacción


de la necesidad. La necesidad tiene por esto, una enorme
maleabilidad: puesto que no tiene una dirección de recorri­
do, se puede expresar en formas infinitamente diferentes, se
deja plasmar por las situaciones y por el aprendizaje, como
también por los procesos de elaboración cognoscitiva (deseo
racional). En otras palabras, el hombre no está necesaria y
automáticamente predeterminado en su actuar por sus nece­
sidades: entre éstas y la acción hay un intervalo ocupado por
la decisión de actuar. Un enfermo de anorexia nerviosa tie­
ne, a nivel fisiológico, la necesidad de comer; pero, al mis­
mo tiempo, no quiere ingerir alimento alguno y de hecho no
come. O bien una persona deprimida tiene, a nivel psicoso-
cial, la necesidad de establecer relaciones con los demás;
pero no lo desea y se cierra en sí misma. Evidentemente,
para que la necesidad se concretice en acción se requiere, al
menos, la presencia del deseo emotivo o racional que ya he­
mos analizado; para un acto agresivo no basta sentir el eno­
jo, es necesario también consentirlo en forma consciente o
inconsciente.

Freud mismo había intuido que junto al «principio del


placer» (proceso primario), que impulsa hacia la gratificación
inmediata de la necesidad eliminando cualquier intervalo
entre ésta y la acción, existe el «principio de realidad» (pro­
ceso secundario) que provoca al sujeto a confrontarse con el
ambiente que lo rodea y así rompe el automatismo necesi­
dad-acción.

65
Amadeo C encini y Mesmndm Momenti

Así, había indicado con el primero la forma de actuar tí­


pico del niño (y del neurótico) y, con el segundo, la del
adulto4.

2. Las necesidades derivan de un déficit del organismo o


de potencialidades naturales inherentes al hombre: se
quiere afirmar que éstas son activadas tanto por una si­
tuación fisiológica de carencia, como por predisposicio­
nes positivas a actuar, inherentes a la naturaleza huma­
na. En otras palabras se puede decir:

a) Las necesidades no se pueden reducir sólo a instin­


tos radicados en el nivel fisiológico y regulados a
través del modelo mecanicista de la «reducción de
tensión», como sostenía Freud5.

4 Cf. Freud, S. Precisazioni sui due principi dell'accadere psichico, in Opere,


o.c. pp. 453-460; Al di la del principio di piacere, in Opere, IX, pp. 193-249;
cf. también Ancona, L. La psicanalisi, o.c. pp. 76-80.
En otro lugar Freud parece haber redimensionado la función del principio
del placer, originado sólo por la «influencia del mundo externo» (Bribing,
E. The development andprobletns of the theory of the instincts, in «Intern. J. of
Psycho-Analysis», 22 (1941), pp. 102-131).
Freud ha afirmado también que «el sustituir el principio del placer por el
principio de realidad no significa la destitución del principio del placer,
sino una mejor salvaguarda del mismo» (Freud, S. Precisazioni, in Opere,
o.c. VI, p. 458). Es por esta razón que Magnani cree poder concluir que «el
principio del placer se sostiene siempre como fundamental y originariá-
mente el único, y el principio de la realidad como una variación suya»
(Magnani, G. La crisi della metapsicologia freudiana, Studium, Roma, 1981,
p. 122).
Permanece, sin embargo, el valor de la intuición original freudiana y la
percepción de una diferencia, al menos funcional, entre los dos principios.
5 Freud da esta definición de pulsión: el representante psíquico de los
estímulos que tienen origen en el interior del cuerpo y afectan a la psi­
que (Freud, S. Pulsioni e loro destini, in Opere, o.c. VIII, p. 17) y que ten­
derían automáticamente a una anulación del desgaste de energía que pro­
voca tensión y fastidio en el individuo (Freud, S. Precisazionni, in Opere,
o.c. VI, pp. 453-460).
Precisamente porque es tendencia, preferimos hablar de necesidades y no
de pulsiones o instintos.

66
LOS CbNTENIDOS DEL I b

b) Tampoco se puede considerar que, además de las


necesidades fisiológicas «primarias», existan sólo
las sociales o «secundarias», que serían fundamen­
talmente «aprendidas» por los condicionamientos
sociales o por los procesos contingentes de sociali­
zación a través del mecanismo de «refuerzo so­
cial», como lo consideran conductistas y neocon-
ductistas, en particular McClelland6 o Dollar y
Miller7. Una concepción análoga se encuentra
también en la teoría freudiana, en la que el proce­
so de sublimación es considerado como el respon­
sable de la derivación de las motivaciones supe­
riores de la libido.

c) Existen necesidades innatas o sea inherentes a la


naturaleza humana, y por tanto universales.

d) Existen necesidades relativas a cada nivel de nuestra


vida psíquica (fisiológico, social, racional), con sus caracterís­
ticas y exigencias propias, y que son irreductibles a un único
motivo de base, como si fuesen una simple variación de tal
motivo fundamental. De este modo se enriquece toda la
vida psíquica de la persona (además de ser exigentes dan
otro punto de vista)8. La noción psicológica de necesidad no
se limita al aspecto de carencia, sino que comprende tam­
bién las tendencias hacia el crecimiento, el desarrollo de sí y
la comunicación.

6 McClelland, D.C. Personality, Sloane, New York, 1951, pp. 466 ss.
7 Dos libros clásicos sobre la teoría del estímulo-respuesta: Dollard, J. y
Miller N.E. Personality and psychotherapy: an analysis in terms of lear-
ning, thinking and culture. McGraw, New York, 1950; Dollard, J. e Mi­
ller, N.E. y col. Frustrazione e aggressivitá, Ed. Universitaria, Firenze,
1967.
8 Loevinger define «ontológicamente falaz» la teoría del monismo im­
pulsivo, en cuyo ámbito podemos hacer entrar también. el psicoanálisis
freudiano: Loevinger, J. Ego-development: conceptions and theories, San Fran-
cisco-Washington-London, 1976.

67
Amadm Cencini y Mmandnt Mamrnti

b. Tipos de necesidades

Buena parte de la psicología moderna parece orientarse


hacia una ampliación del concepto de necesidad al área ra­
cional- espiritual: «Toda la psicología moderna habla, de he­
cho, de la tendencia del hombre normal a romper continua­
mente el propio equilibrio homeostático para alcanzar
nuevas metas, asumiendo riesgos e incertezas que se conclu­
yen en un nuevo equilibrio temporal, de nivel superior: y
así, todo parece indicar que es el funcionamiento de las mo­
tivaciones del nivel cognoscitivo y de los valores la sede
propia en la que opera tal principio de expansión»9. Veamos
algunos de los representantes más significativos de esta evolu­
ción.

Ya al interno del desarrollo del mismo psicoanálisis freu-


diano nació rápidamente una corriente denominada del «yo
autónomo» (o psicología del yo). Hartman hizo cabeza a este
movimiento. Según está corriente, más allá del área instinti­
va ligada al principio homeostático de la reducción de ten­
sión, existe el yo como ente que conoce, al menos en parte,
independiente del impulso y que funciona para fines pro­
pios y con energía propia, en vista de objetivos a largo plazo
que comportan un aumento de tensión, por consiguiente no
en perspectiva homeostática10.

Además de los «motivos de deficiencia» existen también


los «motivos de crecimiento» como los llama Maslow11. Es­
tos últimos, a diferencia de los anteriores, pueden ser agra­
9 Ancona, L. La psicanalisi, o.c. pp. 204-205.
10 Hartman, H. Psicología del’io e problema dell’adattamento, Boringhieri,
Torino, 1970. Otra obra que ilustra bien la evolución del psicoanálisis es
Rapaport, Struttura della teoría psicanalitica, Boringhieri, Torino, 1969.
Recordamos que el psicoanálisis usa el término homeostasis para indicar
la supuesta tendencia de la psique a restablecer el status disturbado por
algún estímulo.
11 Maslow, A.H. Deficiency and Growth Motivation, in Jones, M.R., Ne-
braska Symposium on Motivation. III, Nebraska Univ. Press, Lincoln 1955,
pp. 1-30; ídem, Motivazione e personalitá. Armando, Roma, 1973.

68
LOS CONTENIDOS DEL Yo

dables; por ejemplo la sed de saber, distinta de la sed fisio­


lógica, la cual provoca una sensación de incomodidad; en­
cuentran la gratificación apropiada no en un sucesivo gesto
consumatorio-reduccionista que ofrece un alivio sólo mo­
mentáneo, sino en una búsqueda y una tensión constante
que ya en sí es gratificante y garantiza un placer duradero,
si bien el objetivo buscado nunca es completamente alcanzable.

Otro autor que rechaza la reducción de todas las necesi­


dades a las fisiológicas e impulsivas con una relativa nivela­
ción homeostática es Harlow. Según este psicólogo, la gente
vive y obra no porque está motivada por el sexo, la ansie­
dad, el dolor, sino que no obstante existan estas realidades; a
veces, de plano, el hombre se enfrasca en resolver proble­
mas que no tienen ninguna utilidad evidente, o que incluso
pueden producir incomodidad y dolor: es como si el proble­
ma en sí mismo ofreciese la motivación para afrontarlo1^.

Una teoría importante en esta evolución del concepto de


necesidad es la de la «autonomía funcional de los motivos»
de Allport, según el cual los gestos puestos en acto, al ori­
gen de la vida, por motivos primarios (la conservación de sí),
pueden en un cierto punto llegar a ser tan agradables que el
individuo los realiza aun sin saber el objetivo del motivo fi­
siológico originario. Tales actividades han llegado a ser en sí
mismas un objetivo, son «funcionalmente independientes».
Entre estas actividades, Allport coloca también las operacio­
nes «superiores» (inteligencia, creatividad...) ejercitadas por
sí mismas13.

En síntesis, a nivel racional - espiritual, parece que son


estas necesidades las más subrayadas.

12 Harlow, F. H. Motivation as a factor in the acquisition of new responses, in


M.R. Jones, Current theory and research in motivation: a Symposium I, Ne-
braska, Univ. Press, Lincoln 1953, pp. 24-49.
13 Allport, Psicología della personalitá, o.c. pp. 193-203.

69
Amadeo C en áni y Masondm M anenti

Al nivel más propiamente racional: la necesidad de co­


nocimiento de sí y del ambiente, de identidad positiva14; de
seguridad15; de autorrealización16; de creatividad producti­
va17.

Al nivel más explícitamente espiritual: la necesidad de


significado18, de dar una «intención central» a la vida19; de
búsqueda del sentido último de la realidad2*0; de un proyec­
to general de la existencia21; de tender al absoluto22.

Las necesidades más evidenciadas a nivel psico-social


parecen ser las del grupo en general y de estima por parte
del grupo23; de amistad24; de exploración y estimulación del
ambiente25; la necesidad de competencia, en el sentido de
interactuar eficazmente con la realidad26.
14 Rogers, C. Terapia centrata sul cliente, Martinelli, Milano 1970; Rogers
C.-M. Kinget, Psicoterapie e relazioni umane, Boringhieri, Torino, 1970.
15 McKinnon, D.W. - Dukes, W.F. Repression, in Postman, Psychology in
the making, Knopf, New York 1962, pp. 667-744; Nuttin, Comportamento e
personalitá, PAS- Verlag, Zürich, 1964.
16 Adler, A. Individual Psychology, in Murchison, C. Psychologies of 1930.
Clark Univ. Press, Worchester, Mass, 1930.
17 Fromm, E. Psicanalisi della societá contemporáneo, Comunitá, Milano,
1960.
18 Frankl, V.E. Logoterapia e analisi esistenziale, Morcelliana, Brescia
1972.
19 Allport, G.W. Psicología della personalitá, o.c.
20 Nuttin, J. La struttura della personalitá, Paoline, Roma, 1967.
21 Festinguer, L. La dissonanza cognitiva, F. Angelí, Milano, 1971; Tho-
mae, H. Dinámico della decisione umana, PAS-Verlag, Zürich, 1964.
22 Caruso, I. Psicanalisi e sintesi dell’esistenza, Marietti, Torino, 1953.
23 Asch, S.E. Psicología sociale, SEI, Torino, 1958.
24 Fromm, E. L ’arte di amare, Mondadori, Milano, 1971.
25 Farné, M. La privazione sensoriale, in «Riv. Psicológica», 57 (1963),
pp. 183-206.
26 White, R.W. Motivation reconsidered: the concept of competence, in
«Psychol. Rev», 66 (1959), pp. 297-333.

70
LOS CONTENIDOS DEL í b

Se tiene la impresión que muchos psicólogos, aun los


que han sido citados antes, subrayando particularmente esta
o aquella necesidad, no tienen presente toda la gama de las
necesidades en los diversos niveles, con sus unilateralismos
consiguientes y posibles.

Un autor, quien parece evitar ese peligro es Murray,


quien después de un cuidadoso análisis comparativo de las
listas de las necesidades propuestas por varios psicólogos, in­
dicó algunas de ellas como más significativas en el área psi-
cosocial y racional- espiritual y que podemos considerar uni­
versales, parte de la naturaleza humana27. Presentamos la
definición de las principales28.
Tabla III

Definiciones de las necesidades

Adquisición:
Cumplir cosas y actividades que tengan sentido. Obtener
alguna cosa para sí mismo. No perderse en cosas inútiles.
Construir, crear. Interactuar eficazmente con el ambiente.
Competencia.

Afiliación:
Tendencia innata hacia el otro para establecer relaciones
de amistad y contacto. Trabajar al lado de un objeto alia­
do. Colaborar, intercambiar puntos de vista. Ligarse a un
amigo y permanecerle fiel.

Agresividad:
vengarse de las injurias recibidas. Atacar, asaltar, dañar.
Actuar en contra o estar en oposición. Ofender, poner en
27 Murray, H.A. e coll., Explorations in personality, Oxford Univ. Press,
New York, 1938.
28 Cf. Lista de necesidades reportadas por Rulla, L.M. - Imoda, F.- Ri-
dick, J. Struttura psicológica e vocazione; motivazioni di entrata e di abbando-
no. Marietti, Torino, 1981, pp. 195-196.

71
Psicología... 6
Amadeo Cencini y Mmomdm Mammti

ridículo. Calumniar, ironizar, tener espíritu de contradic­


ción.

Aprobación Social (consideración):


Ser conocido y apreciado. Obtener estima, respeto y con­
sideración. Impedir la pérdida del respeto, conservar el
propio buen pombre.

Autonomía:
Dirigir activamente la propia vida. Resistir a la coacción.
Evitar ser manipulado por autoridades dominantes. Ser li­
bre para actuar según criterios personales. Resistir a las
constricciones e imposiciones.

Ayuda a los Demas:


Dar el propio afecto a una persona sin recursos y satisfa­
cer sus necesidades: una persona frágil, desorientada, can­
sada, inexperta, enferma, desviada, humillada, sola, recha­
zada, confundida. Asistir a una persona en peligro, nutrir,
ayudar, sostener, consolar, proteger, confortar, cuidar, cu­
rar. Tendencia innata al altruismo como seguir un com­
portamiento útil a los demás.

Cambio (novedad):
Modificar el ambiente, las circunstancias, las actividades.
Evitar la rutina o la repetitividad.

Conocimiento:
Satisfacer la curiosidad, explorar. Poner interrogantes, ha­
cer preguntas. Adquirir informaciones que vayan desde
las sensaciones elementales hasta la abstracción y racioci­
nio más avanzado. Mirar, escuchar, tocar objetos, explicar­
se la propia posición sobre la realidad.

Dependencia Afectiva:
Satisfacer las necesidades gracias a la ayuda afectuosa de
un objeto aliado. Ser curado, apoyado, sostenido, circun­
dado, protegido, amado, guiado, consolado, favorecido,

72
lo s CbNTENIDOS DEL Yo

perdonado. Tener siempre necesidad de un apoyo para


poder continuar e ir adelante. Permanecer apegado a un
protector devoto a quien emular.

Dominación:
Influenciar o controlar el comportamiento de otros a tra­
vés de sugerencias, persuaciones, órdenes. Disuadir, pro­
hibir, convencer, proponer. Mostrar, informar, explicar, in­
terpretar, enseñar. Organizar.

Estima de Sí:
Tener una identidad estable y sustancialmente positi­
va. Conocer las propias cualidades, gozar por aque­
llo que se es y se hace. Organizar las percepciones
de sí en un cuadro orgánico y unitario. Integrar el
propio aspecto negativo.

Evitar el Peligro:
Evitar el fracaso, el dolor y las dificultades. Preferir am­
bientes ya conocidos y organizados. Temer la incertidum-
bre y la novedad. Huir de situaciones peligrosas. Obrar
con excesiva cautela, con falsa prudencia. Evitar exponer­
se. Mantener un nivel mínimo de tensión (homeostasis).

Evitar la Inferioridad y Defenderse:


Evitar todas las situaciones que podrían poner en condi­
ciones de vulnerabilidad y reproche: la irrisión, la crítica
por parte de los demás, la autocrítica. No admitir jamás
los propios errores. Autojustificarse exageradamente. Con­
formidad pasiva. Esconderse y justificarse gratuitamente.

Exhibicionismo:
Deslumbrar, estar al centro de la atención. Excitar, sor­
prender, impresionar, fascinar, provocar curiosidad, seducir.

Excitación (Sensibilidad):
Conmoverse, dejarse estimular, agitar o tocar. Tener sen­
sibilidad; buscar excitaciones.

73
Amadm Cencini y Messundm Manenti

Exito (Triunfo):
Salir adelante en cualquier cosa difícil. Actuar las propias
potencialidades latentes. Desarrollo de sí a través del de­
senvolverse hábilmente con destreza, lo mejor posible,
con el empleo adecuado de los propios talentos.

Gratificación Erótica:
Instrumentalizar al otro para el propio placer. Conquistar
para después abandonar. Percibir al otro como una super­
ficie corporal, sin ninguna expresión de contenido psíqui­
co.

Humillación (Desconfianza de Sí):


Tendencia a subestimarse, rendirse y resignarse. Someter­
se pasivamente a una fuerza externa. Disminuirse y re­
procharse a sí mismo. Tener miedo de hacer aquello de
que se es capaz.

Juego:
Actuar sin otra finalidad que divertirse. Buscar alguna di­
versión; relajarse con alegría. Gustar de las bromas y la
risa. Soñar con los ojos abiertos.

Orden (Necesidad de Significado):


Organizar y sistematizar los objetos dentro de un todo
significativo. Construirse un sistema de referencia que dé
razón del propio lugar y del de las cosas en el mundo.
Darse un sentido, captar la naturaleza de las cosas. Pre­
guntarse si aquello que se hace o se desea es de algún
valor. Sopesar la magnitud de nuestros actos. No sólo co­
nocer, sino también poner las cosas en su propio puesto,
darles un sentido.

Sumisión (Respeto):
Admirar un ser superior, seguirlo con dedicación. Estimar,
alabar y honrar a alguien. Seguir su ejemplo.

74
LOS CONTENIDOS DEL Yo

Triunfo (Exito):
Tener éxito en alguna cosa difícil. Realizar potencialida­
des latentes; desarrollo de sí, ingeniárselas rápido y lo
mejor posible en el desempeño de los propios talentos.

Reacción:
Superar con tenacidad las dificultades, experiencias frus­
trantes, humillaciones o situaciones embarazosas. Oponer­
se a la tendencia de evitar tales situaciones o de retirarse
frente a una tarea o situación que pudiera tener tales re­
sultados.

Como se ve en la lista, los contenidos de las necesida­


des pueden estar en contraste entre sí. Una vez más esta­
mos de frente a la complejidad y ambivalencia del ser hu­
mano. Ya Freud había identificado, al término de largas
viscisitudes intelectuales y ' replanteamientos continuos de
pensamiento, las dos necesidades centrales del hombre
como netamente contrastantes: el instinto de vida y el de
muerte29.

c. Experiencia de las necesidades

Llegados a este punto podemos indicar algunos elemen­


tos de los cuales depende la prevalencia de una necesidad
sobre otra.

a) Dependerá, ante todo, de la mayor fuerza con que


es sentida una necesidad con respecto a otra. Es
evidente que no todos sentimos todas las necesi­
dades en la misma forma y que en el interior de
cada persona no todas las necesidades tienen la
misma fuerza. Si, por ejemplo, un individuo, debi­
29 Freud, S. Al di la del principio di piacere, in Opere, o.c. IX, pp. 193-
249. Ancona cree poder distinguir cinco fases de la teoría instintual freu­
diana: 1. Instinto del ego y del sexo; 2. Fase libídica narcisista y objetual;
3. Fase de los instintos libidinales y agresivos; 4. Fase del id y del ego; 5.
Eros (instinto libidinal y de vida) y thanatos (pulsiones destructivas y ■de
muerte). Ancona, L. La psicanalisi, o.c. p. 114.

75
Anadeo Chtóm y Alasandm ManenU

do a carencias educativas o hábitos incontrolados,


no ha dominado nunca suficientemente la necesi­
dad de agresividad, desarrollará de cuando en
cuando una fuerte agresividad y usará así mucha
de su energía psíquica en tal sentido sustrayéndo­
la de las demás necesidades. Si una persona, por
el contrario, ha gratificado excesivamente la nece­
sidad de dependencia afectiva, sentirá de forma
exagerada la exigencia de continuar satisfaciéndo­
se en esta área; dará, por tanto, más importancia a
recibir afecto que a darlo (lo mismo sucederá si ha
habido una privación exagerada)30.

b) Otro elemento ligado a la fuerza de una necesidad


es la relación entre esa necesidad y la estima de
sí. Si la estima de mí mismo está conectada de
modo significativo al hecho - por ejemplo- de sa­
ber dominar o de hacerme respetar o de tener ra­
zón..., la necesidad correspondiente de dominar
tendrá una cierta fuerza que, sin duda, será mayor
que la de aquellas necesidades menos significati­
vas para la propia estima.

c) Por último, es importante ver si la necesidad en


cuestión es consciente o no. Si una necesidad es
advertida y reconocida como tal y en sus conti­
nuos y frecuentes subterfugios el individuo se da
cuenta de lo que siente y del porqué de ciertos
impulsos: en tal caso podrá tomar posición frente
a tal necesidad y podrá decidir de modo responsa­
ble. Pero si la necesidad es profundamente in­
consciente, la persona no podrá comprender lo
30 Se verificaría, en tal caso, el mecanismo que Freud llamaba de fija­
ción, por el cual el sujeto permanece fijo en la fase del desarrollo de la li­
bido en la cual ha recibido o una gratificación excesiva o una excesiva
privación del afecto. Es interesante el hecho que Freud considere peli­
groso no sólo el exceso de privación sino también el de gratificación. Cf.
Freud, S. Introduzione alia psicanalisi, la fissazione a l trauma in Opere, o.c.
VIII, PP. 435-446; L ’uomo Mosé e la religione monoteisúca: tre saggi, in Opere,
o.c. XI, p. 398.

76
l o s CONTENIDOS DEL I b

que le está sucediendo dentro; advierte, quizás, el


impulso y sus consecuencias, pero no sabe recono­
cer su origen y tal vez lo justifica (por ejemplo, se
da a los demás pero en realidad lo hace para exal­
tarse a sí mismo): por consiguiente, tendrá escasas
posibilidades de controlar tal necesidad; precisa­
mente porque está escondida en el inconsciente,
podrá afectar su vida con mucha más influencia
que una necesidad consciente.

Naturalmente, como ya se ha visto, no es suficiente la


necesidad por sí sola para determinar la acción: por consi­
guiente, otros elementos tendrán su peso cuando una deter­
minada necesidad se concrete en la acción. De cualquier
manera, la acción deberá hacer siempre referencia a esta
preciosa fuente energética.

2. Las actitudes

«Una actitud es un estado mental y nervioso de predis­


posición a responder, organizado a través de la experiencia,
que ejercita un influjo directivo y/o dinámico sobre el com­
portamiento». Es la definición dada por Allport y retomada
por McGuire, después de haber analizado 16 de ellas31; esto
confirma el interés, pero también la ambigüedad, que hay
en torno a este término, puesto al centro de la atención de
los psicólogos sociales en los años ’60, gracias a los estudios
de Hovland, Festinger, Sherif32. Como quiera que sea, hay,
al menos, otras dos definiciones que nos ayudan a compren­
der todavía mejor la naturaleza de la actitud. La primera es
de Katz: «Una actitud es la predisposición del individuo a
evaluar algún símbolo, objeto o aspecto de su mundo en
31 Allport, G. W. Attitudes, in Murchison, C.C. A handbook of social
psychology, Clark University Press, Worchester, 1935, c. 17; idem, Psicología
della personalitá, o.c. pp. 295-296; McGuire, W.J., The nature of attitudes
and attitude change, in Lindzey, G. e Aronson, E. The Handbook of Social
Psychology, III, Addison-Wesley, Reading, Mass. 1969, pp. 136-314.
32 Estudios reportados por W.J. McGuire, citado en la nota 31. Cf tam­
bién Warrent-J. Jahoda, N. Gli atteggiamenti, Boringhieri, Torino, 1976.

77
Amadeo Cendni y Mmandm .Mammti

una manera favorable o desfavorable»33; la otra es de Ro­


keach: «Una actitud es una organización, relativamente dura­
ble, de creencias respecto a un objeto o una situación, y que
predispone a responder según un cierto modo preferencial»34.

Conviene resaltar algunos elementos comunes:

1. La identificación por parte de los tres autores, de la ac­


titud como predisposición a responder. La actitud es,
por consiguiente, algo que viene antes de la acción
(entendida como algo externo); en algún modo la pre­
para y la introduce, contribuye a darle una intención y
un estilo de comportamiento, pero sin confundirse jamás
totalmente con ella. Esto confirma la complejidad del
concepto y nos habla de las dificultades de su medi­
ción, que es posible sólo indirectamente (por ejemplo a
través del análisis de las reacciones fisiológicas, de las
manifestaciones verbales, de la globalidad de los deta­
lles del comportamiento, de las respuestas a tests ver­
bales estructurados y no estructurados...); pero Wilson
nos recuerda que «ninguna de estas variables de obser­
vación puede identificarse con la actitud; éstas pueden
utilizarse sólo como indicios, escalas o definiciones opera-
cionales»35. De esto podemos comprender que sea inco­
rrecto basar juicios sólo en la observación de comporta­
mientos.

2. Las tres definiciones, de modo diferente y casi comple­


mentario, ponen el acento en los componentes de las
actitudes: cognoscitivo, afectivo, conativo. El compo­
nente cognoscitivo se refiere al modo como es percibido
el objeto de una actitud, a su connotación conceptual.
33 Katz, D. The functional approach to the study of attitudes, in Fis-
hbein, M. Readings in attitude theory and measurement, Wiley, New
York, 1967, p. 459.
34 Rokeach, M. Beliefs, Attiudes and Valúes. A theory of organization and
ckotiff. o.c. p. 112.
35 Wilson, G.D. Atteg&amento, in Dizionario di psicología, Paoline, Milano,
1975» pp. 117-120.

78
LOS CONTENIDOS DEL Yo

En este sentido, la actitud es una opinión: lo que yo


pienso de una realidad sin sentirme necesariamente
atraído o no por ella. Por ejemplo, la actitud antisemíti­
ca me dice que los judíos son avaros y antipáticos. En
cambio, el componente afectivo indica el sentimiento
de atracción o de repulsión que la persona siente con
respecto al objeto de la actitud; en la actitud antisemítica
el componente afectivo hace sentir una repulsión, un
desprecio por los judíos. Este componente se considera
como el «corazón» de las actitudes: cuando hablamos de
la intensidad de una actitud, nos referimos normalmente
a su componente afectiva. Que tal componente sea el
más significativo, es bastante fácil de comprender. Lo de­
muestran también estas tres observaciones, tomadas de la
experiencia diaria de nuestras actitudes:

a) Una actitud perdura aun si falta o se haya olvidado


el componente cognoscitivo. Si me agrada fumar,
me agrada no obstante sepa que hace mal; si me
agrada un cierto cantante, me continúa agradando
aunque haya olvidado los particulares de su vida
que fueron destacados por algún tiempo en los
diarios.

b) La base de las actitudes no es, de ordinario, una


serie de argumentaciones; es decir, que el conte­
nido cognoscitivo no determina mucho el compo­
nente afectivo: el drogadicto y el policía conocen
muy bien los efectos de la droga, pero el primero
se droga y el segundo no.

c) El componente afectivo es más durable en el tiem­


po y más central que el cognoscitivo: una actitud
experimentada una vez, tiende a volver a manifes­
tarse otra vez.

En fin, el componente conativo (de impulso a la acción)


indica la tendencia al comportamiento en relación al objeto.

79
Amadeo Cenáni y Masondm Marnnti

Así, la actitud antisemítica lleva no sólo a tener una opinión


negativa de los judíos, a sentir repulsión, sino también a ac­
tuar en modo agresivo o crítico hacia ellos. Hay, por tanto,
una percepción e interpretación del objeto o situación, luego
surge un estado emotivo de atracción o rechazo que, a su
vez, estimula a actuar en modo correspondiente.

Esta composición de fuerzas psíquicas nos ayuda a com­


prender la función de mediación de la actitud, como ele­
mento intermedio entre percepción y acción.

3. El influjo de la actitud sobre el comportamiento no es


sólo de naturaleza directiva, sino también dinámica; a
diferencia de cuanto opinaba Freud, para quien la
energía estaba toda centrada en las necesidades.

La actitud no sólo canaliza la energía pre-existente hacia


una cierta expresión más bien que hacia otra (función direc­
tiva), sino que también produce energía (función dinámica).
Si el antisemitismo fuese una actitud sólo directiva, bastaría
para destruirla con desviar la agresión hacia otro objeto, por
ejemplo los ricos o los extorsionadores, y el antisemitismo
desaparecería. Por el contrario, siendo también dinámica; no
sólo canaliza sino que también genera la hostilidad misma. Y
así, cambiar actitud es más difícil: no basta la persuasión de
lo contrario («es malo odiar a los judíos»), sino que es nece­
sario disminuir el nivel de hostilidad («¿Cómo es que odias
a los judíos?»).

Por lo que se refiere a la directividad de la actitud, esto


significa que la actitud influye no sólo en la respuesta al es­
tímulo, sino también en el modo mismo de percibir el estí­
mulo: determina cómo el estímulo es percibido y codificado
por el individuo. Si tengo una actitud (predisposición a res­
ponder) de desconfianza hacia los políticos («todos son en­
gañadores»), apenas veo un político e inmediatamente lo
percibo como un engañador, independientemente de la respues­
ta visible que daré. La terminología usada para definir la di-

80
LOS CONTENIDOS DEL Yo

rectividad de la actitud es variada: esquema de referencia


(Cantrul, H. y Sherif M.), criterios de significado (Campbell
D.T.), interpretación adquirida de los estímulos (J. Dollard
y N.E. Miller), estereotipo (W. Lipmann), prontitud para
responder (G.W. Allport), disposición de comportamiento
adquirida (D.T. Campbell)36. Puesto que actúa sobre la per­
cepción, para cambiar una actitud no basta dar una respues­
ta nueva a un estímulo viejo, sino que es necesario también
redefinir el estímulo mismo, es decir, cambiar el modo de
percibir el estímulo. No basta decir: busca comportarte me­
jor la próxima vez; sino que hay que preguntarse: ¿Por qué
te estás comportando de esta manera? Cambiar la actitud
hacia los políticos no implica tanto un cambio de respuesta
cuanto un cambio de percepción de qué significa «político».
Para cambiar no bastan nuevas informaciones, es necesario
que las nuevas informaciones induzcan a la persona a reeva-
luar sus respuestas a los estímulos viejos.

4. Todavía a nivel de definición, veamos ahora la especi­


ficidad de la actitud respecto a otros conceptos que se
refieren al comportamiento. La diferencia con las necesi­
dades está en que estas últimas son tendencias innatas,
mientras que las actitudes son adquiridas a través de la
experiencia: de esto deriva que, mientras las necesida­
des son universales, las actitudes son específicas y per­
sonales. El hábito es una actitud llevada normalmente a
la acción y expresada siempre en el mismo modo. La
opinión se refiere sólo al componente cognoscitivo,
mientras que las actitudes hacen referencia también al
componente afectivo-conativo; la opinión se cambia fá­
cilmente, basta cambiar el elemento cognoscitivo; la ac­
titud, en cambio, resiste al cambio ya que su compo­
nente afectivo no se deja modificar fácilmente por
nuevos hechos o nuevas informaciones. Los rasgos indi­
can una capacidad actualizada de respuesta (modelos
habituales de acción), mientras que las actitudes expre­
san sólo una predisposición a responder. En síntesis,
36 McGuire, W.J. The nature of attitudes and attitude change, o.c., p. 149.

81
Amadeo Cencini y Messandm Manenti

Rokeach, retomando las conclusiones de Katz y Stot-


land, sostiene la utilidad de este concepto y lo diferen­
cia así respecto de otros: la actitud es más flexible y
menos evidente que el hábito, más específicamente
orientada hacia objetos sociales que los rasgos de la
personalidad, menos global que un sistema de valores,
más directiva que una opinión, más imaginativa que un
conjunto de motivos37.

3. Funciones de las actitudes

La actitud, al no identificarse inmediatamente con la ac­


ción exterior, no se ha de interpretar en un solo sentido (el
que se encuentra en el gesto del comportamiento). Toda ac­
titud es ambivalente, dice y no dice, cubre y descubre. Lo
primero que ha de hacerse frente a una actitud es pregun­
tarse el porqué de la misma. ¿Por qué soy amable? ¿por qué
contesto?, ¿por qué sostengo cierta idea?... preguntas que
pueden tener muchas y diferentes respuestas, ya que las ac­
titudes pueden servir a diferentes funciones.

Consideremos tres casos:

- Una actitud de disponibilidad hacia los demás puede


expresar el valor de la donación, pero también pue­
de ser un medio para gratificar la propia necesidad
de exhibicionismo.

- Una toma de posición contestataria puede ser la ex­


presión del amor por la verdad, pero también un
medio para descargar la propia agresividad ■y hacer
hablar de sí a los demás.

- El respeto por la opinión de los demás puede ser la


expresión d e ' una apertura de mente, pero también
puede surgir de un sentimiento de inferioridad que
impide abrirse libremente.
37 Rokeach, M. Beliefs, Attitudes and Valúes, o.c. pp. 123-125.

82
LOS CONTENIDOS DEL Yo

Estas motivaciones menos genuinas, de ordinario sub­


conscientes, pueden escapar al conocimiento del individuo:

- Se dedica en buena fe a los demás sin darse cuenta


que no está sino en el estadio infantil de la búsque­
da de sí mismo; y así, tras el entusiasmo inicial, todo
termina.

- Piensa estar sirviendo a la verdad sin darse cuenta


de encontrarse aún en la fase de negatividad, en la
cual se siente sí mismo sólo oponiéndose; y así,
cuando se trate de comprometerse personalmente,
nacerán las resistencias.

- Piensa que es democrático, pero la realidad es que


no tiene el coraje de mantener las propias ideas; y
así, poco a poco no sabrá justificar sus propias elec­
ciones.

Evidentemente, las diferentes funciones de las actitudes


pueden coexistir en una misma actitud. Nosotros las exami­
namos separadamente por motivos de claridad. Tenemos di­
versos estudios al respecto: Smith, Bruner y White, Katz y
Stotland, Eysenk, Freedman38. Nos referimos en particular
a la clasificación propuesta por McGuire, Katz y Rokeach39.
Según estos autores existen cuatro posibles funciones de las
actitudes:

1. Función utilitaria:
se asume una actitud en cuanto sirve para una utilidad per­
sonal, sea mediata o inmediata, en vista de una recompensa
(ventaja) a obtener o de un castigo (peligro) a evitar.
38 Smith, M.B., Bmner-R., White, W. Opinión and personality, Wiley,
New York, 1956; Katz, D.,Stotland, E. A preliminary statement of theory of
attitude structure and change, in Koch, S. Psychology: study of a Science, III,
McGraw-Hill, New York, 1952; Freedman, J.L. y cois. Social Psychology,
N.J., Prentice-Hall, Englewood Cliffs, 1974.
39 McGuire, W.J. The nature of attitude, o.c.; Katz, D. The functional ap-
proach, o.c.; Rokeach, M. Belief attitudes, o.c.

83
Amadeo Cencini y M m andn Manenti

Tal utilidad está ligada a las propias necesidades, pero


puede ser buscada sin que tal relación sea conscientemente
pretendida por el agente. Esta función nos recuerda el he­
cho de que todos tendemos a maximizar las recompensas y
a minimizar los castigos del mundo externo. El niño desa­
rrolla actitudes favorables hacia los objetos que lo gratifican
y actitudes desfavorables hacia los objeto que lo castigan.
En síntesis, la función utilitaria sirve:

a) para obtener una recompensa; o bien,


b) para evitar algo no deseado.

Un ejemplo de a) es la actitud de un trabajador que da


su voto a un partido político, no porque cree en la ideología,
sino como sumisión a las reglas del grupo para evitar la con­
secuencia desagradable de ser marginado.

2. Función defensiva del yo:


si la primera función nos permitía establecer una relación
aceptable con los demás, ésta nos permite tener una rela­
ción aceptable con nosotros mismos. Más que adaptarnos a
los demás, muchas veces el verdadero problema es adaptar­
nos a nosotros mismos, especialmente cuando experimenta­
mos impulsos inaceptables. Como la función precedente nos
protegía de los castigos que vienen del exterior, así la fun­
ción defensiva del yo nos protege de las amenazas que nos
vienen de nuestro interior: se asume una actitud con la fina­
lidad de salvar la estima de sí, protegiéndola de amenazas
consciente o subconscientemente advertidas. La persona se
defiende de reconocer la verdad sobre sí misma: aquí la ne­
cesidad fundamental es la de salvar a toda costa la imagen
positiva que tenemos de nosotros mismos: con tal objeto son
puestos en acción los mecanismos de defensa que veremos
más adelante.

Las actitudes defensivas del yo son diferentes de las uti­


litarias, sea por el objetivo que se proponen, sea por las mo­
dalidades con que se forman. El objetivo de la actitud utili­

84
¡JOS CONTENIDOS DEL Yo

taria es de naturaleza social: protegerse de los demás, vistos


como los que detentan el poder. El objetivo de las actitudes
defensivas del yo es más intrapsíquico: el hombre se escon­
de de sí mismo. Las actitudes defensivas del yo se forman
enseguida de los impulsos internos que son inaceptables a
la persona; derivan de conflictos emotivos y el objeto exter­
no es elegido por conveniencia; si no existe alguno, la perso­
na lo crea con tal de salvarse. En cambio las actitudes utili­
tarias se forman en base a la naturaleza del objeto de la
actitud: el objeto no es ocasional o ficticio, sino que está li­
gado a la recompensa o castigo. El estudiante que quiere
buenas calificaciones (objeto de la actitud) porque busca ser
admitido en una buena universidad, tiene una actitud utili­
taria; el estudiante que quiere buenas calificaciones para
asegurarse que vale como hombre, tiene una actitud defen­
siva del yo: las calificaciones sólo son un pretexto ocasional.

Con la función defensiva del yo, la persona pretenderá


cancelar una inmadurez que no quiere admitir en sí, asu­
miendo por ejemplo un comportamiento exactamente con­
trario. Es el caso del dependiente afectivo que multiplica los
gestos de donación de sí: puede ser la disimulación de la
necesidad de recibir afecto, un modo para no decirse a sí
mismo que es afectivamente inmaduro y una forma diferen­
te y aceptable para obtener afecto. El defecto no está en el
comportamiento exterior, sino en la incapacidad de decirse
la verdad y en la sutil búsqueda de sí mismo, la cual motiva
tal comportamiento. O bien, el caso de la persona insegura
que, para no admitir su inseguridad, ostenta una seguridad
permanente fuera de toda duda, a veces al límite de la obs­
tinación y de la despreocupación. Fatalmente estas actitudes
defensivas son siempre artificiosas y exageradas y a la larga
no convencen a nadie.

3. Función expresiva de los valores:


más allá de la búsqueda utilitaria y defensiva, la actitud
puede llegar a ser un medio para vivir mejor y expresar pro­
gresivamente los valores en los cuales la persona cree y que

85
Amadeo Cencini y Alessandm Manmti

constituyen los ideales de su existencia. Aquí nos situamos


en un plano sustancialmente diferente respecto a las otras
dos funciones: hay en la base una situación de verdad inte­
rior y exterior, de correspondencia entre gesto e intención.
El comportamiento llega a ser un modo para afirmar y reali­
zar con mayor plenitud las propias convicciones. De hecho,
tendremos una persona que si realiza un gesto es porque
cree en lo que hace, sin tener segundos fines utilitarios o
defensivos. Por consiguiente, no todos los comportamientos
tienen la función negativa de reducir la tensión. La persona
humana también puede obtener satisfacción por la expresión
de actitudes que reflejan lo que le es más querido. En este
caso, la satisfacción no viene dada en términos de reconoci­
miento social, sino que consiste en confirmar aquella imagen
de persona que pretende ser: pero se trata de una «ventaja»
que va más allá de la confirmación de la propia imagen.

4. Función de conocimiento:
La persona adopta una actitud con el fin de tener una com­
prensión estructurada (y frecuentemente simplificada) de sí
misma y del mundo. Todos tienen necesidad de esquemas
de referencia para comprender la realidad y tales actitudes,
de componente prevalentemente intelectual, determinan la
formación de categorías y generalizaciones que simplifican la
complejidad del mundo y ofrecen una guía (es decir, esque­
mas cognoscitivos y de comportamientos) para afrontar ade­
cuadamente la realidad. La actitud es como una teoría em­
pírica e informal basada en aquello que la persona ha
observado directamente y en lo que los demás le han dicho.
No podemos recomenzar a analizarlo todo desde el inicio
cada vez que nos sucede algo. Tenemos necesidad de un
cuadro interpretativo o esquema de referencia que nos per­
mita encuadrar más rápidamente lo que sucede. Nos cons­
truimos un conjunto de opiniones y estereotipos culturales
con los cuales afrontar de inmediato y velozmente la reali­
dad. Las actitudes de conocimiento son para el hombre de
la calle lo que la teoría es para el científico. El término co­
nocimiento, por consiguiente, no es entendido como sinóni­

86
LOS ObNTENlDQS DEL I b

mo de sed de saber universal, sino como exigencia funda­


mental de comprender qué es lo que sucede.

Las cuatro funciones hasta aquí descritas, no se exclu­


yen entre sí. Más aún, la misma actitud puede servir a va­
rias funciones, como está indicado en los ejemplos del inicio
de este tema. Las cuatro funciones pueden sobreponerse ya
que difícilmente la acción es expresión de una sola tenden­
cia, sino que generalmente es el resultado de una multiplici­
dad de motivaciones más o menos nobles. Pero también es
igualmente cierto que una de ellas tiende a emerger sobre
las demás, dando a nuestro actuar una motivación prevalente
y a la propia vida una orientación en función de las necesi­
dades o de los valores. En las varias predisposiciones a res­
ponder existen también funciones utilitarias y defensivas del
yo; esto no quita autenticidad a nuestras acciones, mas con
dos condiciones: que no prevalezcan sobre las funciones más
genuinas de conocimiento y expresión de los valores, y que no
sean conscientemente buscadas. En este caso, no son ellas la
razón principal o exclusiva del actuar, sino que constituyen,
al máximo, una ventaja secundaria no buscada ni querida: el
gesto permanece genuino, aunque menos eficaz; en el caso
contrario constituiría un encubrimiento de alguna otra cosa.

Finalizamos con una palabra sobre la tendencia a perma­


necer de las actitudes. Ya lo hemos mencionado hablando
del componente afectivo. Nos detenemos en particular en la
actitud con función defensiva, la cual tiene una notable re­
sistencia al cambio: está, en efecto, sostenida por los meca­
nismos de defensa que tienden precisamente a esconder las
verdaderas razones del conflicto y, como consecuencia, impi­
den al sujeto sentir la necesidad de cambiar y de saber dón­
de o qué cambiar, aun en presencia de evidentes malesta­
res. «Las actitudes de defensa del yo, en modo particular,
ponen resistencia al cambio aun cuando el equilibrio que
ayudan a conservar no esté al servicio de la adaptación, sino
que sea fastidioso o aun masoquista40. La verdadera razón
40 Kiely, B. Psicología e teología morale. o.c. p. 202.

87
Psicología... 7
Amadeo Cencini y Mmandm Mamnti

de esta tenacidad la conocemos: la actitud defensiva protege


algo extremamente importante, la estima del yo. Cambiar las
actitudes significaría para el sujeto arriesgarse a perder esta
estima o tener que construirla sobre bases nuevas; pero
quien está habituado a funcionar sobre bases defensivas no
siente mucha atracción para moverse y crecer, no tiene los
estímulos suficientes para cambiar y ponerse en crisis.

Igual de resistente al cambio es la actitud utilitaria, so­


bre todo si también gratifica la necesidad de estima (por
ejemplo, a través de una dependencia afectiva): en lugar del
cambio brotará su contrario, ese automatismo repetitivo que
Freud llamaba «coacción a repetir», la cual es también ex­
presión y ley operativa del instinto de muerte41. Es como
decir que la resistencia al cambio conduce lentamente, a tra­
vés de la repetición de eventos gratificantes cada vez más
automáticos, a la inercia de la muerte psíquica42.

La tendencia a mantener lo que salva la propia imagen


es tan fuerte que en caso de conflicto entre valores y actitu­
des, la persona estará más propensa a cambiar los valores.
Retomaremos más adelante este problema.

41 Freud, S. Analisi terminabile e interminabile, in Opere, o.c. XI, pp. 524-


526; L ’uomo Mosé, in Opere, o.c. XI, p. 398. L. Ancona, La psicanalisi, o.c.
pp. 115-119.
42 Sin duda que hace reflexionar la correlación establecida por Freud
entre la coacción a repetir y el instinto de muerte. Sabemos también que
thánatos, dentro del pensamiento de Freud, se revela siempre más funda­
mental que eros (instinto de vida), y la coacción a repetir (instrumento de
thánatos) es más determinante del principio del placer (instrumento de
eros); tanto es así que dijo un día: «la meta de todo aquello que está vivo
es la muerte» (S Freud, Al di la, in Opere, o.c. IX, p. 224). Esto demues­
tra, como se dice ordinariamente, el pesimismo de Freud; pero, ¿no hay
quizá, también un cierto realismo en este nexo o en aquella subordina­
ción entre un cierto tipo de vida y la muerte, o sea entre principio de
placer o coacción a repetir, entre gratificación repetitiva y muerte psíquica
progresiva? En el fondo, el principio de placer ha sido considerado por
Freud como «uno de los motivos más fuertes que inducen a creer en la
existencia de las pulsiones de muerte» (Ibidem, p. 241).

88
lo s CbNTENIDOS DEL Ib

4. Formación de las actitudes

Según la visión de McGuire, existen diferentes factores


que determinan el nacimiento de las actitudes: fisiológicos
(actitudes ligadas a la edad, al bienestar o malestar físico),
sociales (por ejemplo: los condicionamientos por parte de los
demás, la comunicación verbal y no verbal, la publicidad, la
cultura del grupo, las instituciones...), la experiencia personal
directa (modos de percibir la realidad, memoria afectiva, ex­
pectativas sobre el futuro, traumas, fases críticas del desarro­
llo...). Todos estos factores juegan un papel notable. Nos
parece, sin embargo, que sea posible incluir cada una de es­
tas determinantes en la última - la experiencia personal di­
recta- sea porque realmente comprende los otros tres facto­
res, sea porque estos últimos no pueden normalmente
determinar automáticamente una actitud, sino que pasan
inevitablemente a través del filtro de la compleja e irrepeti­
ble realidad individual.

Remitiéndonos al capítulo sobre el deseo emotivo y ra­


cional y sobre la memoria afectiva, podemos comprender
mejor cómo nace la actitud.

Existen las actitudes emotivas que se han ido formando


en situaciones en que estaba disminuida la capacidad de
evaluación reflexiva, o de plano en aquella fase de desarro­
llo en la que tal capacidad está ausente, es decir en la infan­
cia: «aun antes de haber aprendido a hablar, casi todo ser
humano -aun aquellos que pertenecen a la categoría de los
enfermos mentales - aprendió algunos esquemas rudimenta­
rios de relación con una figura paterna o con alguien que le
dio los cuidados maternos. Estos esquemas primitivos llegan
a ser los fundamentos fijos, aunque queden completamente
sepultados, sobre los que se agregan y construyen muchas
realidades»43. Si esto es verdad, podremos entonces decir
que, en general, «las actitudes se forman sobre una base
prevalentemente emotiva en un momento en que no se
43 Sullivan, H.S. Teoría interpersonale della psichiatria, Feltrinelli, Milano,
1962, p. 6.

89
Amadeo Cendni y Mmandm Mmenti

puede considerar en forma adecuada su mismo formarse»44.


Tal origen remoto de nuestras actitudes nos hace compren­
der cómo sea difícil captar el significado y la naturaleza de
algunas de nuestras actitudes actuales. En efecto, no sólo se
han formado cuando no disponíamos de la capacidad de ha­
cer análisis reflexivos, sino que puede darse el caso de que
los acontecimientos que han conducido a su formación tien­
den a ser olvidados, mientras que permanecen las actitudes
emotivas45. Estos acontecimientos han pasado al inconscien­
te; o bien son todavía recordados pero ya no son puestos en
relación con la actitud emotiva actual; es, por consiguiente,
este preciso nexo causal el que ha pasado al inconsciente. Y
así se vuelve bastante problemática la reinterpretación o la
reevaluación reflexiva de la actitud46.

Existe, en fin, un inconsciente emotivo responsable, en


buena parte, de la formación de nuestras actitudes emotivas
o de su componente emotiva.

Pongamos el ejemplo de un individuo que ha transcurri­


do su infancia en la miseria, ha sufrido hambre y variadas
privaciones y que, como consecuencia, ha desarrollado un
sentido de odio hacia los ricos - más o menos absorbido de
su ambiente familiar- con proyectos de revancha o también
de desprecio de su estado de pobre, con abundantes sueños
prohibidos de riqueza (actitudes emotivas originarias). Más
tarde, esta persona podrá sentirse empujada a asumir las si­
guientes actitudes y comportamientos diferentes: de agre­
sión contra los ricos, casi como un vengarse inconsciente­
mente de su pasado, comprometiéndose totalmente en la
causa de los pobres; o también puede tomar la actitud con­
traria de una atracción irresistible hacia los que gozan de
bienestar, con la secreta aspiración de ser como ellos o al
44 Kiely, B. Psicología e teología morale, o.c., p. 159.
45 Arnold, M.B. Feelings and emotion, o.c. pp. 173-177.
46 Es por este motivo que frecuentemente, en el ámbito psicoterapéuti-
co o bien simplemente diagnóstico, se encuentran resistencias notables a
recordar el pasado propio: no se trata de un simple vacío de memoria,
sino que es efecto del inconsciente que tiende a permanecer así.

90
LOS CONTENIDOS DEL I b

menos de ser aceptado en su círculo, tal vez ignorando a los


pobres porque ya no cuentan.

En ambos casos es evidente cómo está aún en función


la emoción infantil del pasado, la cual actualiza los deseos y
los odios de entonces: sea la emoción negativa hacia los ri­
cos -los «malos»- que lo lleva aun en el presente a odiarlos
y desear humillarlos; o que se trate de la emoción positiva
hacia ellos -los «afortunados»- que lo impulsa a idealizarlos
y a identificarse con ellos en todos los modos posibles. Esta
persona podrá incluso pasar toda la vida agrediendo y mitifi­
cando ricos y pobres, sin saber bien el porqué o dando mo­
tivaciones racionales o hasta nobles en relación a su actuar
correspondiente; pero en realidad está animada por una
emoción infantil jamás «olvidada» y que está radicada en el
inconsciente emotivo. Por tanto, nuestro pasado no es pasa­
do, sino que continúa existiendo e influyendo a través de
nuestras actitudes emotivas, por lo que es presente y es
también futuro47. Se verá más adelante el tipo de relación
entre pasado y presente (cf. conclusión de la parte II).

Por lo que se refiere a la formación del componente in­


telectual de nuestras actitudes, la cuestión se pone en tér­
minos sustancialmente diferentes en lo que se refiere al mo­
mento en que se origina. Pero no son tan diferentes en
cuanto a la conclusión práctica que de eso se deriva.

La actitud intelectual, por definición, se forma cuando el


hombre está en grado de usar su inteligencia, o sea de hacer
análisis reflejos, basados ya no en el instinto sino en juicios
ponderados y razonables. Este momento, evidentemente, no
puede ser en la infancia, sino en el período en que la aten­
ción del sujeto está despierta y el análisis crítico es posible.
De esto se sigue que los elementos que han dado origen a
nuestros juicios, opiniones, convicciones, serían mucho más
fácilmente identificables y localizables que aquellos que hi­
cieron nacer las actitudes emotivas. En teoría, las premisas de
47 Mohana, J. Psicanalisi, o.c. p. 29.

91
Amadeo Gamm y Mmandro Manmti

nuestras convicciones, aun las remotas, serían siempre evo-


cables para ser revisadas y si fuera necesario reformularlas.

Pero las cosas no son tan simples. Y no lo son porque el


proceso operativo intelectual no lo es: también éste hunde
sus raíces en un terreno no siempre accesible ni verificable
inmediatamente. Ya hemos visto, hablando del nivel racio­
nal-espiritual, cómo nuestra búsqueda de la verdad no es
precisamente infalible, sea porque la verdad en sí es difícil
de alcanzar, o bien porque subjetivamente nuestro modo
personal de acercarnos a ella puede ser frenado y distorsio­
nado por disposiciones internas que no son «verdaderas»,
aun sin que lo advirtamos (por ejemplo, narcisismo intelec­
tual, confusión entre verdad parcial y verdad total, esplritua­
lismo desencarnado...). De suyo, tales disposiciones o predis­
posiciones subjetivas pueden hacer menos verdaderos o hasta
falsos los juicios explícitos o evaluaciones implícitas que diaria­
mente hacemos sobre personas y situaciones, y que llegan a
formar propiamente nuestras actitudes intelectuales.

Esto es lo que nos recuerda el riguroso análisis científico


de Lonergan, para quien el método cognoscitivo correcto es
un proceso de autotrascendencia progresiva que debería
conducir a un realismo crítico y que se desenvuelve a través
de estas fases: experiencia - comprensión - reflexión crítica -
decisión. El nivel de la experiencia comprende las percep­
ciones sensoriales y las representaciones de la imaginación,
más o menos atractivas, de un objeto específico; la compren­
sión inteligente es un acto de intuición práctica sobre una
posible línea de acción, es como una hipótesis de lo que se
debe hacer prácticamente; sigue la tercera fase de la refle­
xión crítica que examina la hipótesis hecha en sus pro y
contra, pesa las alternativas y emite un juicio de valor; en
fin, la decisión expresa un consentimiento o un rechazo para
actuar mediante una deliberación48. Aun sin entrar en deta­
lle en este análisis, es Lonergan mismo quien nos deja in­
tuir la dificultad de ser siempre realistas críticos. Será sobre

48 Lonergan, B.J.F. II método, o.c. pp. 52-60.

92
LOS CONTENIDOS DEL Yo

todo el análisis psicológico de Kiely el que demuestra que


el hombre, cualquier hombre, cuando percibe e imagina
hace hipótesis e intuye, reflexiona y juzga; no es del todo
un frío calculador que a través de procedimientos estereoti­
pados llega a conclusiones infalibles49. Por un lado, está pre­
sente un inconsciente emotivo que condiciona sobre todo la
primera fase (la experiencia); por el otro, hay la posibilidad
de que cada una de las fases esté viciada en sí misma o en
su sucesión por procedimientos equivocados o por defectos
de método. Por ejemplo, no siempre la fase de la compren­
sión está seguida de una verdadera y propia reflexión crítica
en la que el sujeto logra trascenderse a sí mismo y la situa­
ción; en otras palabras, no siempre la intuición práctica e in­
mediata (¡Quién sabe cuántas hagamos al día!) es sometida
a análisis, a una confrontación, a una crítica. A veces, la fase
de la reflexión crítica es absolutamente insuficiente, si no es
que francamente «saltada», para pasar directamente a la
cuarta fase, la de la decisión.

También puede existir un defecto de método al interno


de alguna de las fases: por ejemplo, fundamentar juicios sólo
en principios convencionales como la opinión de la mayoría,
el sentido común, las expectativas habituales de la gente,
etc., tomándolos como los primeros principios sin necesidad
de una confrontación crítica. Este es otro error de método
con consecuencias peligrosas: basta pensar en el ámbito del
juicio moral50. Ahora bien, si estos procedimientos lógicos (o
ilógicos) equivocados son usados cada vez más, se van sedi­
mentando progresivamente en el inconsciente cognoscitivo,
llegando a ser, paulatinamente, métodos habituales de razo­
namiento; así, el sujeto los usará cada vez que deba juzgar
acerca de personas o situaciones o que deba discernir entre
diversas opciones, sin que llegue a darse cuenta del error de
fondo. Llegará a una conclusión precisa sin saber el cómo ha
llegado a ella; porque el cómo pertenece al inconsciente
49 Kiely, B. Psicología, o.c. pp. 141-203.
50 Lonergan definiría a quien recurre a este tipo de razonamiento un «re­
alista ingenuo» para quien mirar es sinónimo de ver. Para el error de método
aplicado en el campo moral cf. B. Kiely, Psicología, o.c. pp. 169-170.

93
Amadeo Cencini y Mmandm Mammti

cognoscitivo, se ha convertido en él en una estructura habi­


tual e inconsciente de pensar51.

Las actitudes intelectuales o el componente intelectual


de nuestras actitudes pueden estar, en parte, influenciadas
por este inconsciente cognoscitivo, en el cual se ha ido sedi­
mentando nuestro método cognoscitivo habitual con todos
sus errores de funcionamiento. Este inconsciente tenderá a
actuar -siguiendo sus leyes propias- sobre el modo de pensar
consciente y actual; desarrollando, consecuentemente, un
tipo de razonamiento incorrecto que lleva a distorsionar el
modo actual de percibir e interpretar la realidad y la verdad.
Y cuando el estilo cognoscitivo no es correcto, pueden veri­
ficarse más fácilmente errores de contenido, como los que
fueron mencionados antes (narcisismo intelectual, presun­
ción gnóstica, esplritualismo desencarnado...). Es decir que
del defecto formal se pasa al de contenido. Agreguemos que
todo esto, evidentemente, nada tiene que ver con el coefi­
ciente intelectual de la persona, la cual puede ser muy inte­
ligente y, sin embargo, llegar a distorsionar la comprensión
de la realidad precisamente a causa de este inconsciente
cognoscitivo.

Ahora bien, también para la actitud intelectual es aplica­


ble el principio de que el pasado no es jamás totalmente pa­
sado; sino que deja una señal también en nuestro modo de
razonar o, más en general, de afrontar «racionalmente» la re­
alidad.

La dimensión emotiva e intelectual, por ser componen­


tes de la misma y única actitud, se influyen mutuamente,
como también sus respectivos inconscientes. Volvamos al
ejemplo del individuo que ha vivido una infancia pobre. Es
51 La idea de un inconsciente cognoscitivo es de Piaget, quien conside­
ra que la persona, a causa de este inconsciente puede ser consciente de
los resultados de su razonamiento, pero menos consciente de los procesos
racionales que han llevado a aquellos resultados. J. Piaget, The affective un-
consctous and the cogniúve unconscious, in «Journal of the American Psychoa-
nalytic Association», 21, (1973), pp. 249-261.

94
LOS CONTENIDOS DEL I b

evidente que el acontecimiento traumático inicial (deposita­


do en el inconsciente emotivo a través de la memoria afecti­
va) condicionará de forma clara la primera fase del proceso
cognoscitivo (la experiencia), haciendo experimentar una
emoción que probablemente influirá (a través del recuerdo y
la percepción selectiva) en la futura actitud adulta de cómo si­
tuarse frente a la realidad y también en el futuro proceso de la
formación de las convicciones. Pero el hecho de que sean po­
sibles dos actitudes diametralmente opuestas, nos muestra que
el condicionamiento no es automático y en un solo sentido, y
aquí entra el componente intelectual. Para justificar la actitud
emotiva de agresividad o de simpatía por una cierta categoría
de personas (en nuestro ejemplo los ricos y los pobres), esa
persona deberá distorsionar también su estilo cognoscitivo nor­
mal, quemando, por así decirlo, etapas de procedimiento: le
bastará una intuición práctica para transformarla inmediata­
mente en juicio y pasar impulsivamente a una cierta línea de
conducta. El defecto de método consistirá en la ausencia o in­
suficiencia de reflexión crítica y en la consiguiente incapacidad
de alejarse emotiva e intelectualmente de su recuerdo y de su
situación personal; en una palabra, en la falta de una autotras-
cendencia cognoscitiva.

En conclusión, la formación de las actitudes está relacio­


nada con la formación de los componentes emotivo e inte­
lectual; tal proceso se origina a través de una sedimentación
progresiva, la cual se inicia muy pronto en la vida de la per­
sona, cuando aún no están en ejercicio las funciones cognos­
citivas. Esto significa que existe un inconsciente emotivo,
responsable de la formación de las actitudes y el cual tiende
a persistir; y un inconsciente cognoscitivo, que condiciona la
formación de las mismas a través de un procedimiento lógi­
co a veces distorsionado y, por tanto, menos controlable por
el sujeto. Los dos componentes se encuentran evidente­
mente unidos entre sí y determinan juntos una predisposi­
ción típica y personal a responder, sentir y pensar; predispo­
sición de la que el sujeto no siempre conoce el origen y la
finalidad.
Amadeo Cenáni y Mmandm Manenti

5. Los valores

Llegamos así al tercer atributo de la personalidad: los


valores que, a diferencia de las necesidades, no «impulsan»
a la persona, sino que la «atraen» a actuar.

Definición:
Los valores son ideales durables y abstractos que se refieren
a la conducta actual o al objetivo final de la existencia. En
cuanto ideales durables, se diferencian de los simples intere­
ses. Una cosa es decir a una persona «eres interesante», y
otra decirle «tú eres valiosa para mí». El interés es más pa­
sajero, contingente y, sobre todo, menos cargado de impor­
tancia afectiva. Los intereses se asemejan más a las actitu­
des en cuanto que representan una actitud favorable o
desfavorable hacia ciertos objetos (arte, dinero...) o ciertas
actividades (profesión, pasatiempo...).

En cuanto ideales abstractos, se diferencian de las normas


en que no dicen inmediatamente «qué» hacer sino «cómo»
ser: no llevan a un comportamiento, sino a un estilo de vida.

La definición nos indica que existen dos categorías de va­


lores: finales f'terminales), que se refieren al fin último que se
quiere alcanzar en la vida; instrumentales, que se refieren a
los modos de actuar necesarios si se quiere lograr el fin últi­
mo. Se trata de dos exigencias irrenunciables (o se produce
crisis de identidad); cada ser humano tiene que decidir sobre
su vida: qué llegará a ser y cómo llegará a serlo; debe elegir los
objetivos a realizar y los criterios de su actuación. Cada uno
debe tomar posición respecto al sentido que le quiere dar a su
vida y a su muerte: todo esto significa que la exigencia de los
valores brota de nuestra misma constitución psíquica. Las dos
categorías de valores se organizan en un sistema de valores, en
el que los finales están (o deberían de estar) en el vértice y los
instrumentales en una posición subordinada. Los primeros se
autojustifican y los segundos encuentran su justificación en
cuanto medios para alcanzar los primeros. Por ejemplo, en la

96
l o s CbNTENIDOS DEL Yo

vida cristiana la pobreza no tiene sentido en sí, sino en cuanto


un medio para realizar el fin del seguimiento de Cristo.

Componentes:
como la actitud, también el valor tiene un elemento cognos­
citivo, afectivo y conativo. El primero es obvio: para que
algo sea válido, primero debe ser conocido; tener un valor
quiere decir conocer intelectualmente el modo correcto de
actuar y el estado final correcto al cual tender. Pero no bas­
ta, es necesario también el componente afectivo: el valor es
experimentado como fuente de energía, como estímulo para
actuar. De aquí, el componente conativo significa que el va­
lor, para ser tal, no puede ser sólo objeto de contemplación,
sino que debe concretizarse en modalidades de acción. Lo más
importante es captar el aspecto afectivo del valor, centro y pro­
blema de todo proyecto educativo. Se habla de afecto no en el
sentido banal de sentimiento pasajero, sino en el sentido ma­
duro del término: disponibilidad a canalizar todas nuestra
energías hacia algo estimado como central para nosotros.

Valores y actitudes:
la distinción entre ambos se deduce, ante todo, del grado
diferente de generalidad/especificidad: mientras que los va­
lores son tendencias generales a la acción con amplias posi­
bilidades de traducciones operativas, las actitudes se refieren
a actividades y estilos operativos más específicos. Por consi­
guiente, una persona adulta puede tener muchas actitudes,
pero normalmente pocos valores centrales.

Otro criterio de diferenciación es la relación medios¡fines:


los valores representan el objetivo final de la existencia, las
actitudes son medios para transformar en acción los valores
creídos. Para los fines de la motivación a actuar, los valores
tienen una fuerza mayor que las actitudes52.
52 Este es el resultado de las siguientes investigaciones: R Homant, Va­
lúes, attitudes and perceived instrumentality. University State Librery, Michi­
gan, 1970: C.C. Hollen, Valué change, perceived instrumentality, University
Librery, Michigan State, 1972; M. Rokeach, The nature of human valúes,
The Free Press, New York, 1973.

97
Amadeo Cencini y Mmandm Marnmti

Valores y necesidades:
mientras que las necesidades son innatas, los valores son
fruto de una elección libre y responsable, en algún modo
aprendidos o descubiertos. Más aun, las necesidades empu­
jan hacia una valoración sensitivo-emotiva, inmediata, unida
a la funcionalidad del objetivo gratificante (deseo emotivo);
los valores son fruto de una búsqueda del juicio reflexivo y
de la capacidad de abstracción (deseo racional). La necesi­
dad capta sólo el aspecto utilitarista del objeto (el «para
mí»); a través del valor, en cambio, se capta la verdad y la
validez intrínseca (el «en sí») de la realidad conocida.

Así pues, la necesidad se mueve dentro de un horizonte


de inmanencia; mientras que el valor, de trascendencia;
éste, es un concepto trascendental porque está radicado en
la objetividad del ser, no en la valoración subjetiva del indi­
viduo53.

Pero hay también un punto de encuentro entre necesi­


dades y valores y entre los respectivos dinamismos de estas
dos fuerzas tan preciosas del actuar humano. En efecto,
también los valores pueden tener su propio reclamo emotivo
y las convicciones intelectuales pueden ser sostenidas con
pasión. Efectivamente, son precisamente los sentimientos
los que «dan a la conciencia intencional su masa, su mo­
mento, su energía, su fuerza»54, entendiendo por conciencia
intencional el órgano del descubrimiento de los valores. Es
53 Por lo que se refiere a la relación entre el concepto de valor y del
ser, nos parece particularmente iluminativa la posición de Lonergan
quien, comentando a S. Tomás, afirma que «la objetividad de la verdad
es intencionalmente independiente del sujeto, pero que ontológicamente
reside sólo en el sujetos veritas formaliter est in solo judicio. Intencional-
mente, ésta va más allá del sujeto, pero esto sucede sólo porque el sujeto
es capaz de una autotrascendencia intencional» B.J.F. Lonergan, A second
collection: papers by BJ.F. Lonergan, ed. W.J.F. Ryan, BJ. Tyrell, Longman
& Todd, London 1974 p. 3. Al decir que el valor se mueve en un hori­
zonte de trascendencia, intentamos decir que sólo el sujeto capaz de au­
totrascendencia intencional puede alcanzar el valor y acercarse a la verdad
objetiva.
54 Lonergan, B.J.F. II método, o.c. p. 52.

98
LOS CONTENIDOS DEL Yo

la misma Arnold con su teoría sobre la memoria afectiva


quien advierte que «un valor se convierte en objeto de
emoción cuando el individuo lo valora como algo bueno
para él aquí y ahora»55

Es un nexo muy importante que requiere de ulteriores


profundizaciones, pero que ya desde ahora nos habla de la
unidad y la convergencia estructural del psiquismo humano; si
bien, como veremos, esta armonía está más en una situación
de búsqueda fatigosa que algo ya dado o algo ya conseguido.

Valores y normas:
puesto que a menudo confundimos los dos términos, identifi­
cando demasiado fácilmente comportamiento moral con com­
portamiento según los valores, es bueno clarificar que existen
al menos tres diferencias entre los valores y las normas:

a) El valor se refiere a una modalidad de ser, mientras


que la norma se refiere a un modo de comportar­
se; por tanto, la norma es sólo instrumental, no
terminal.

b) El valor trasciende las situaciones específicas,


mientras que la norma es precisamente la pres­
cripción para actuar (o no actuar) en un modo es­
pecífico y en una situación específica.

c) El valor es más bien personal e interior, hecho de


convicciones, mientras que una norma es fruto del
consenso general y es exterior. «Los valores son
criterios deseables independientes de situaciones
específicas. El mismo e idéntico valor puede ser
punto de referencia para muchas normas específi­
cas; una norma particular puede representar la
aplicación simultánea de varios y diversos valo­
res... Los valores, como criterios para establecer lo
que se debería considerar como deseable, consti-
55 Arnold, M.B. Emotion and personality, o.c. pp. 175-176; 189.

99
Amadeo Cencini y Masandm Manmti

tuyen la base y la medida para aceptar o rechazar


las normas particulares»56.

Tipos de valores:
Frankl indica tres posibles modalidades expresivas del valor,
con sus correspondientes funciones57. La vida, dice, puede
hacerse significativa por tres tipos de valores:

a) Los valores creativos representan lo que nosotros


damos a la vida a través de nuestras capacidades y
dotes personales. Cada ser humano posee cualida­
des específicas (manuales, expresivas, intelectua­
les, etc.), y tiene la posibilidad de manifestar en
todo lo que hace, aun en el gesto más simple, su
personalidad única-individual-irrepetible. La im­
portancia de lo que se hace, comenta Frankl, no
viene del aspecto material o de la resonancia so­
cial, sino de la conciencia de haber expresado la
propia originalidad. Es esta capacidad creativa la
que da valor a la vida, sin que haya necesidad de
hacer cosas grandes.

b) Los valores experienciales constituyen lo que recibi­


mos de la vida, como posibilidades de experimen­
tar las realidades positivas (por ejemplo, la belleza
de la naturaleza, las obras artísticas, ciertos mo­
mentos más significativos, etc.). El bien y la belle­
za están presentes en la vida de toda persona, la
capacidad de apreciarlos es lo que da valor expe-
riencial a nuestro vivir, lo enriquece y nos reconci­
lia con él.

c) Los valores actitudinales se refieren, en general, a la


actitud que tomamos frente a la vida y más en
56 Williams citado en M. Rokeach, The nature of human valúes, o.c. p. 19.
57 Frankl, V. Logoterapia, o.c. pp. 83-86; ídem, The doctor and the soul;
from psychotherapy to logotherapy, Bantam books, New York-Toronto-Lon-
don, 1967» pp. 21-50; E. Fizzotti, La logoterapia di Frankl, Rizzoli, Milano,
1974, pp. 211-232.

100
LOS CONTENIDOS DEL Yo

particular a la posición que asumimos frente a una


realidad existencial (un destino) que no se puede
cambiar. En definitiva es la capacidad de dar un
sentido, aceptado «libremente», a situaciones dra­
máticas que conducen a un resultado inevitable
como es, por ejemplo una enfermedad incurable;
o también a toda esa realidad de límite fisiológico,
psicológico y moral, que forma parte inevitable de
la vida de cada uno. Frankl afirma que una perso­
na puede no ser responsable de todas sus debili­
dades, pero es responsable de la posición que
toma frente a ellas. En fin, tales valores corres­
ponden a esa capacidad de aceptar constantemen­
te cuanto nosotros mismos, por libre elección, he­
mos hecho inevitable; como por ejemplo las
consecuencias de las renuncias que implica la
elección de un estado de vida particular.

Se puede observar la línea ascendente que une entre sí


estos tres tipos de valores: desde el nivel creativo hasta el
de actitudes, a través del experiencial. Se puede observar un
hombre que tiende cada vez más a trascender su humanidad
y también, precisamente por esto, está en grado de llenarla
de sentido y de vivirla plenamente. Se puede reconocer, por
tanto, un significado que supera continuamente el simple
hacer-observar-vivir y revela un plano de valores que no son
ya simplemente inmanentes. Es el mismo concepto de va­
lor, como hemos visto, el que se mueve dentro de este
«continuum» de trascendencia.

Funciones de los valores:


¿Para qué sirven? ¿Por qué seguirlos? También a los valores
se aplica cuanto se ha dicho acerca de las cuatro funciones
de las actitudes. Cualquier valor puede usarse para fines utili­
taristas, defensivos, de la imagen de sí, porque son válidos in­
trínsecamente, o porque son capaces de ayudar a comprender
la realidad. Pero hay dos funciones específicas de los valores.

101
Amadeo Cmáni y Masumdro Manmti

La primera es la de ofrecer una identidad al sujeto. Más


delante veremos cómo el yo ideal está constituido precisa­
mente por los objetivos que un individuo quiere realizar en
su vida, unidos, en último análisis, al descubrimiento de
algo que tiene valor en sí. En ese sentido, el valor mismo es
la fuente de la propia identidad58: orienta la vida según un
camino preciso, hace tomar las decisiones más importantes
(la profesión, las relaciones humanas, el estilo de vida...), de­
fine no sólo el criterio y el fin del actuar, sino también el
punto de llegada en el cual cada quien reencuentra el yo
que quiere ser. Tener un ideal quiere decir dejar que sea
éste el que trace los lineamientos de la propia fisonomía;
sentirse atraído por él es entregarse a dicho proyecto. El va­
lor, en definitiva, no es simplemente una virtud por con­
quistar o un modelo por imitar o buenas maneras a las cua­
les conformar el propio actuar, pero que quedan fuera del
yo; tampoco es el ideal altísimo que impone esfuerzos so­
brehumanos, con el cual no se identifica uno mismo, sino
que se percibe como un cuerpo extraño o una autoridad su­
prema. Recaeríamos de esta forma, en concepciones pasadas,
ya superadas, como la del super-yo freudiano: una intromi­
sión en la propia conciencia por parte de la autoridad pater­
na y social a través de respectivas obligaciones y prohibicio­
nes59. O también podría caerse en el imperativo kantiano
del deber por el deber.

El valor es más bien esa virtud o ese modelo o ideal


que se convierten en parte del yo; que incluso le dan un
nombre y, por tanto, una identidad, y una identidad positi­
va. Por consiguiente, no es sólo un medio para expresar me­
jor las propias potencialidades o cualidades, lo cual no agre­
ga nada substancial a cuanto la persona ya conoce de sí y a
sus formas de autorrealización (entendida en sentido narci-
sista y limitante). Al contrario, el valor aporta y expresa algo
realmente nuevo, que el individuo todavía no sabe de sí
58 Damos a este término un contenido dinámico, lo interpretamos no
como un dato biológico-anagráfico, simplemente de considerar, sino como
algo que está ante nosotros por descubrir y realizar.
59 Freud, S. L ’Io e L ’Es. L ’Io e ti Super-io, in Opere, o.c. IX, pp. 491-501.

102
lo s CONTENIDOS DEL Ib

mismo, pero en el cual se reconoce. Descubrir un valor es


de alguna manera descubrirse a sí mismo y la propia voca­
ción: tal cosa sucede porque «e-voca» la verdad del yo, soli­
citándolo a realizarse plenamente. Si el valor está en función
de la propia identidad y plenitud del ser, podemos com­
prender porqué posee una fuerza motivacional mayor res­
pecto a las actitudes, como ya hemos indicado.

La segunda función específica de los valores es de ser


elemento de atracción de todo el psiquismo. La razón de
esto ha de buscarse en el hecho que, si el valor mismo está
unido a una nueva y más verdadera imagen del yo, esto pro­
voca un consiguiente aumento de estima, y sabemos que la
búsqueda de la propia identidad positiva es de suyo un
fuerte estímulo para actuar. Naturalmente, esto funciona sólo
si el sujeto es capaz de apartarse progresivamente, aun a tra­
vés del descubrimiento y la atracción del ideal, de la «vieja»
imagen de su yo y mirar más adelante.

V. Frankl utiliza, al respecto, una imagen significativa:


compara el valor con aquella nube diurna o aquella columna
de fuego nocturna que dirigía, como una referencia constan­
te, el camino de los hebreos en el desierto. Estaba siempre
más adelante y más arriba del grupo. Exactamente así, como
comenta el fundador de la logoterapia, debería estar el valor:
en lo más alto (no hecho por nosotros ni manipulable) y
siempre adelante (para indicarnos el camino)60.

Sólo con estas condiciones puede nuestro yo dirigirse y


ser atraído más que otros estímulos y fuerzas.

Así las cosas, observando comparativamente los tres atri­


butos del yo, podemos responder a la pregunta inicial del
capítulo; ¿Qué es lo que impulsa o atrae al hombre?

El ser humano está dotado de dos fuerzas motivaciona-


les: las necesidades y los valores. Son dos fuentes energéti­
60 Frankl, V. Logoterapia, o.c,. pp. 104-105.

103
Psicología... 8
Amada) Cendni y Mmamdro Manmti

cas que constituyen las tendencias a la acción. Como ten­


dencias, tienen necesidad de un «canal» de expresión y con-
cretización; el cual está constituido por las actitudes, que
vienen a ocupar una posición intermedia entre necesidades
y valores. Ahora podemos comprender mejor la naturaleza
ambivalente de las actitudes. Precisamente porque están al
servicio de dos fuentes energéticas, pueden inspirarse en
una o en otra, o servirse de una para cubrir la otra. La pre­
disposición a ■responder recibe, así, significados dinámicos
diferentes. En lo concreto, podremos actuar satisfaciendo
prevalentemente nuestras necesidades (por actitudes con
función utilitaria o defensiva), o inspirándonos en los valores
(función expresiva de los valores y de conocimiento), o encon­
trando un acuerdo entre las primeras y los segundos. Precisa­
mente por esta ambivalencia es importante, en cualquier cami­
no de formación, no sólo reforzar los valores (algo bueno,
pero incompleto), sino también ir aprendiendo a descubrir las
funciones de las propias actitudes; sólo con esta condición la
persona se conoce y puede decidirse a cambiar y crecer.

Nuestro esquema nos lleva a pasar de los contenidos del


yo a las estructuras. Pero antes de pasar al capítulo siguien­
te, nos parece importante hacer una ulterior fundamentación
de nuestra afirmación que la relación entre el hombre y los
valores es una exigencia psíquica; que vivir según los valo­
res no es sólo algo aprendido desde el exterior, sino una
tendencia innata del hombre (afirmación explícita en este li­
bro, pero discreta y evasiva en otras obras similares).

6. Búsqueda de los valores

Es imposible vivir sin valores, o más bien la vida no


puede ser neutral. De hecho es así: todo ser, en lo más ínti­
mo de la conciencia o en el misterio del inconsciente, tiene
ideales personales, una filosofía de la vida, una «religión»
propia. Y si acaso hubiese decidido que nada tiene sentido y
que cada quien es libre de «hacer su propia vida», aun ésta
es una precisa elección de vida (aunque no esté bien expre­

104
LOS CONTENIDOS DEL Yo

sada) junto con su ideología, con criterios comportamentales,


con sus propios símbolos de inmortalidad»61. Es por esto
que la psicología indica los valores (aunque llamados e inter­
pretados de diferente forma: desde el super-yo de Freud hasta
los arquetipos de Jung o la voluntad de significado de
Frankl...) como un componente natural y punto de referencia
fundamental de nuestro psiquismo. Algún autor llega a decir
que «nuestras acciones como adultos, como autores de decisio­
nes, como seres humanos, están mediadas por los valores»62;
otro expresa que «ninguna decisión práctica puede hacerse sin
un juicio de valor implícito»63. Tales valores son tomados de
la propia cultura, pero la exigencia de la presencia de valores
es componente esencial del psiquismo humano.

Lo antes expresado pudiera parecer un problema que no


entraría en el ámbito de nuestro estudio, puesto que la psi­
cología es una disciplina analítico-inductiva más que axioló-
gico-deductiva. Por ello, nuestro intento es muy limitado:
tratamos de reflexionar acerca del camino del hombre hacia
los valores (cuya fuente no toca demostrar y definir a la psi­
cología, sino a la ética filosófica).

a. Tendencia y necesidad.

Como veremos mejor en el capítulo sobre la percepción,


decenas de investigaciones empíricas han demostrado que
nuestra organización perceptiva neuropsicológica es tal, que
siempre mira espontáneamente -a organizar en un esquema
completo los estímulos variados y desorganizados que nos
61 Becker, E. II rifiuto della morte, Paoline, Roma, 1982. Según este au­
tor el «símbolo de inmortalidad» nace de la exigencia humana de tratar
alguna cosa como si tuviera valor absoluto, encontrando en ello una garan­
tía de bienestar en el presente y en el futuro. Se trata de una especie de
ídolo que sirve para mitigar o engañarse al resolver la tensión entre el
mundo de los deseos y el de los límites, terminando por distorsionar la
realidad si el bien implicado es finito o relativo (como por ejemplo, el di­
nero, el sexo, una ideología, ideas de moda, culto a la personalidad, etc.).
62 Bronowski, J. The ascent of man, Little Brown, Boston, 1973, p. 436.
63 Kiely, B. Psicología, o.c. p. 151.

105
Amadm Cenáni y Mmandm Manenti

llegan al azar. Si vemos puntos dispersos en una hoja, ten­


demos a organizados en figura y fondo. Si vemos una cir­
cunferencia abierta, automáticamente la percibimos como
cerrada y completa. Frente a un hecho nuevo (un ruido ex­
traño en la noche, una expresión inexplicable en el rostro
de otro, un incidente internacional absurdo...) buscamos
darle un sentido, colocando ese hecho en un contexto ex­
plicativo que*nos sea familiar. Si no es posible hacerlo, esos
hechos permanecen inexplicables y entonces nos sentimos
tensos e insatisfechos hasta que un conocimiento más com­
pleto nos permita comprender tales hechos colocándolos en
un esquema interpretativo más amplio. Así como existe en
nosotros la tendencia a dar un significado a los estímulos,
está presente la misma tendencia en lo referente a nuestra
situación existencial. Tenemos necesidad de dar un sentido
a la vida. Si el hombre respeta tal exigencia, ha encontrado
un esquema explicativo coherente que le dé un sentido de
competencia. Pero si no la respeta, no sólo se siente insatisfe­
cho y enojado, sino además vulnerable e indefenso. Más que
no tener un significado de la vida, será mejor -en el peor de
los casos- tenerlo equivocado: esto resultará más confortante
que el estado de ignorancia. Respetar dicha exigencia es un
calmante eficaz de la ansiedad: destruye la incomodidad que
deriva de tener que afrontar una vida y un mundo sin es­
tructura ordenada.

La relación del hombre con los valores está acompañada tanto


de una situación de necesidad, como también de una tendencia
natural: tiene necesidad de los valores y, al mismo tiempo, está
abierto hacia ellos. La necesidad se especifica y se advierte dentro
de nosotros cuando experimentamos nuestra limitación ontológica:
ese límite que está unido a la relatividad de nuestro ser es descri­
to y analizado por la psicología (por ejemplo los variados condicio­
namientos biológicos y ambientales, la relatividad del conocimien­
to, las inmadureces e incoherencias...). Sabemos y admitimos que
la percepción-aceptación de esta realidad de límite no es ni fácil
ni simple y que, a veces, está cargada de tensión; pero, con todo,

106
LOS CONTENIDOS DEL Yo

despierta en el hombre una necesidad natural de plenitud


oncológica, como exigencia natural de «ser más».

Esta exigencia ya constatada por la filosofía, se encuen­


tra dentro de la psicología en diversas expresiones y aspira­
ciones caracterizadas por una cierta búsqueda de lo ilimita­
do, como un deseo de estar más allá y por encima de tantos
condicionamientos64. Se trata de una constatación que todos
hemos realizado, quizá en modo frustrante o hasta improduc­
tivo. Gomo quiera que sea, esta aspiración a «ser más» escon­
de una necesidad de valor, quizás percibida en forma distorsio­
nada o quizás presente sólo como necesidad inconsciente que
la psicología constata y que la filosofía explica adecuadamente
como signo del diálogo del hombre con el ser65.

Pero la psicología puede ir más adelante: no sólo consta­


ta este deseo, sino también puede individuar sus raíces en
la necesidad de conocimiento que es innata a todo ser hu­
mano y que tiende por su naturaleza a superar el mundo de
lo inmanente y de lo sensible. Si es verdad que la tendencia
humana hacia la autotrascendencia comienza con el deseo
de conocer, podemos entonces ver en esta necesidad una
predisposición del hombre hacia la autotrascendencia.

El afirmar esta predisposición no es una elección a priori


ni sólo un hecho lógico o teórico, sino que es también la
conclusión de estudios e investigaciones psicológicas de di­
versas corrientes. Es también la convicción de Conn en su
64 De la vertiente filosófica es clásica la posición de S. Tomás, Summa
Theologiae, I, q.84, a. 2 ad 2; q. 80, a,l,C. Sobre la vertiente psicológica
además del estudio citado de E. Becker, Kiely ha hecho una aguda des­
cripción del mundo del deseo y del mundo del límite mostrando,.entre
otras cosas, cómo esta tensión connatural al hombre puede ser superada
únicamente en una perspectiva de autotrascendencia. B. Kiely, Psicología,
o.c. pp. 204-290.
65 De hecho es cierto que veritas formaliter est in solo judicio, pero el
tender hacia un valor objetivo, verdadero en sí, ¿No es quizá signo de la
tensión hacia el ser? En tal sentido, Conn habla de «ontogenetic ground»
(terreno ontogenético) del valor. E. Conn, The ontogenetic ground of valué,
in «Theological studies», 39 (1978), pp. 313-335.

107
Amodm Cencini y Masandm Mmméi

ya citado estudio acerca de la naturaleza ontológica del va­


lor, cuando observa que el análisis psicológico del desarrollo
humano en sus diversos aspectos, como el afectivo-sexual,
intelectual y moral, según las respectivas investigaciones de
Erikson, Piaget y Kohlberg, lleva a la misma conclusión: el
hombre se desarrolla auténticamente según una tendencia
progresiva de autotrascendencia66.

66 Erikson considera la madurez del individuo como un proceso cons­


tante dominado por una sucesión de alternativas fundamentales. Tal pro­
ceso se articula en ocho estadios que abarcan toda la vida, desde la pri­
mera infancia al estadio adulto y presentan el interés central del sujeto en
los diferentes períodos del desarrollo. En el primer período, por ejemplo,
el problema central lo constituirá la interacción hijo-madre; la alternativa
será entre la confianza y la desconfianza; la solución que consentirá el pa­
saje armonioso a las otras fases será la adquisición de una confianza bási­
ca. Estos son los ocho estadios: confianza-desconfianza; autonomía-vergüenza
y duda; espíritu de iniciativa-sentido de culpa; industriosidad-sentido de infe­
rioridad; sentido de identidad-confusión del yo; intimidad-aislamiento; gene-
ratividad-esterilidad; integridad del yo-desesperación. E. H. Erikson, Infanzia
e societa, Armando, Roma, 1967. Cf. también H.W. Maier, Problemi delVeta
infantile; guida oll’uso delle teorie evolutive di Erikson, Piaget e Sears, nella
pratica psicopedagogica, Agneli, Milano 1972.
Piaget concibe la maduración intelectual según 4 períodos: 0-2 años, inte­
ligencia sensorio-motriz; 2-7 años, pensamiento pre-operacional, simbólico
e intuitivo; 7-11 años, operaciones concretas: razonamiento ligado al obje­
to y capacidad de organizar el mundo circunstante; 11-15 años, pensa­
miento formal: independencia del objeto concreto y capacidad de formu­
laciones hipotéticas. Piaget, J. Psicología della intelligenza, Giunti-Barbera,
Firenze, 1952. Cf. también J.H. Falvell, La mente dalla nascita alia adoles-
cenza nel pensiero di Jean Piaget, Astrolabio-Ubaldini, Roma, 1971; P.H.
Mussen, J.J. Conger, J. Kagan, Los sviluppo del bambino e la personalita,
Zanichelli, Bologna, 1976, pp. 195-304.
Kohlberg, situándose en la línea de Piaget, presenta 6 estadios universa­
les del desarrollo del pensamiento moral agrupándolos según tres niveles:
I, moral preconvencional; estadios de orientación al castigo y a la obe­
diencia y de orientación relativista instrumental; II, moral convencional:
estadios de la orientación interpersonal del «niño de oro» y de orientación
a la ley y al orden constituido; III, moral post-convencional: estadios del
contrato social y del principio ético universal. R. Duska-M. Whelan, Lo
sviluppo morale rnlVeta evolutiva; una guida a Piaget et Kohlberg, Marietti,
Torino, 1979, cf. también E. Alberich (a cura di), Educazione morale oggi,
LAS, Roma, 1983, pp. 87-105.

108
LOS CONTENIDOS DEL Yo

«Sus respectivas perspectivas complementarias no sólo espe­


cifican lo concreto de la conciencia moral o el desarrollo de
la conciencia, sino que implícitamente emplean también un
criterio de autotrascendencia para ilustrar el concepto de de­
sarrollo adecuado y real»67. La misma norma de la autotras­
cendencia -que, desde un punto de vista filosófico, Loner­
gan indica como criterio para la auténtica realización- está
señalada en dichos análisis psicológicos como la condición
que consiente el paso de una fase a otra en el desarrollo
afectivo-sexual, intelectual y moral, y como criterio final que
indica la realización adulta de los tres caminos evolutivos.

En efecto, en estos tres análisis lo que consiente la su­


peración de las primeras fases es siempre un descentramien-
to inicial y progresivo del propio yo: esto es lo que permite
llegar a los estadios adultos de la intimidad, generatividad é
integridad del yo (desarrollo afectivo-sexual), al pensamiento
formal cada vez más liberado de lo concreto (desarrollo inte­
lectual), a la formación de una conciencia que se inspira en
los principios éticos universales (desarrollo moral).

Es muy significativa esta convergencia, tanto más que


deriva de metodologías diferentes: de contenidos la de Erik­
son, estructural la de Piaget y Kohlberg; y de corrientes di­
ferentes68: el psicoanálisis (Erikson), la psicología gené-
tico-evolutiva experimental aplicada al estudio de la in­

67 Conn, W.E. The ontogenetic ground, o.c., 1978, p. 318.


68 La tipología de Erikson está basada en los contenidos ya que lo que
caracteriza la persona que está en desarrollo es el contenido de cada perío­
do sucesivo; por tanto sus estadios informan sobre qué es lo que piensa el
individuo, en qué problemas (de confianza, autonomía, culpa...) está preo­
cupado. La tipología de Piaget y Kohlberg, en cambio, es estructural por­
que indaga sobre las modalidades de razonamiento intelectual y moral más
que sobre los contenidos. Sus estudios nos dicen cómo la persona razona
o juzga. «En la tipología estructural, cada nuevo estadio del desarrollo im­
plica la reorganización profunda de los diferentes elementos con la forma­
ción de una nueva unidad estructural que funciona como un todo» Rulla,
L., e coll., Struttura psicológica... o.c. p. 26.

109
A ñada Cmámi y Mmondro Monmti

teligencia (Piaget), y el estudio de la conciencia moral


(Kohlberg)69.

Además, los tres análisis nos permiten también cualificar


la tendencia a la trascendencia; en efecto, considerándolos
atentamente, nos ayudan a descubrir tres niveles progresivos
de autotrascendencia, como tres modos, diferentes y a la vez
complementarios, de ir más allá del propio yo.

Un primer nivel podría ser el indicado por Piaget. Se


trata de una transcendencia que tiene lugar en el interior de
la persona y se refiere sobre todo a las facultades mentales,
la cual hace al individuo capaz de pasar de la inteligencia
sensorio-motriz al pensamiento formal, donde las percepcio­
nes fragmentadas de los objetos se transforman en un siste­
ma coherente de relaciones objetivas constantes (las leyes),
lo cual hace que se relativice el propio punto de vista y
quede abierto a otras perspectivas más amplias. La atención
se vuelve hacia lo posible y ya no sólo hacia lo concreto. Se
trata de una trascendencia intrapersonal.

En el análisis de Erikson podemos encontrar un segun­


do nivel. Aquí el movimiento trascendente va llevando pro­
gresivamente al individuo a romper los confines de la propia
subjetividad, implica particularmente su vida social-relacio-
nal, lo hace capaz de pasar de la atención centrada en sí
mismo a la atención hacia el otro; de la necesidad de recibir
a la capacidad ,de generar, del miedo de la inferioridad a la

69 Para este argumento ver también A. Manenti, Dio e l ’inconscio: ricerca


del padre o esigenza de creavitáP, in F. Morandi, Psicanalisi e Religione; atti
della asociaztone ASPER, Japadre, L’Aquila-Roma 1984, pp. 67-75. partien­
do de las investigaciones sobre la formación del yo y del objeto en la
edad evolutiva se puede llegar a esta conclusión: la capacidad de producir
imágenes ideales y de tender hacia lo que es intangible es parte de la es­
tructura humana y el área de la búsqueda de Dios debe distinguirse de
los procesos de proyección-introyección; se trata de una búsqueda que
tiene su origen en sentimientos de creatividad, alegría, solicitud que están
ya presentes desde los primeros momentos de la formación del yo y del
objeto.

110
LOS CONTENIDOS DEL Yo

sabiduría de la integridad. Es una trascendencia interpersonal,


y parece suponer la precedente.

Podemos deducir un tercer nivel en la teoría del desa­


rrollo moral de Kohlberg. Si bien Piaget también ha estudia­
do el ámbito moral70, parece que Kohlberg ha identificado
algunos componentes y puesto algunas premisas que hacen
pensar en un posible y ulterior desarrollo del concepto de
trascendencia. Nos referimos al estadio final (VI) señalado
por Kohlberg y, en particular, al hipotético estadio VII que
en escritos más recientes el psicólogo norteamericano pudo
apenas esbozar71. Se trata del estadio en el que el individuo
se pone, o es obligado a ponerse, cuestiones radicales: «¿Por
qué ser moral? ¿Por qué ser justo en un mundo lleno de in­
justicias?». Tales preguntas exigen una nueva capacidad de
trascendencia, que vaya más allá de los dos niveles mencio­
nados. Dichos niveles, sin embargo, están siempre ligados a
una cierta lectura de la realidad inmediatamente (o mediata­
mente) visible: intentan organizar los datos según un todo
lógico y coherente. Aquí, en cambio, -parece decir Kohl-
berg- los datos de la realidad son contradictorios, resulta di­
fícil deducir leyes en ellos (I nivel de Piaget), o hasta podría
tratarse de una realidad hostil que no favorece la experien­
cia básica de confianza; resulta, por tanto, más difícil encon­
trar un motivo que justifique y haga posible el abrirse a la
realidad (II nivel - Erikson). Así, la respuesta definitiva a es­
tos interrogantes parece tener que (o poder) ir más allá de
estos dos niveles y basarse en una ulterior posibilidad de
autotrascendencia en el hombre, como apertura más plena al
ser, como capacidad de abstracción y de referencia a una re­
alidad no inmediatamente visible y más allá de estas contra­
dicciones.

70 Piaget, J. II giudizio morale nel fanciullo, Giunti-Barbera, Firenze,


1972.
71 Kohlberg, L. Moral development in aging human beings, in «Gerontolo-
gist», 13 (1973), pp. 497-502.

111
Amadeo Cenáni y Mmandrv Manenti

Kohlberg indica el problema, pero no toma una posición;


sin embargo, la exigencia que siente de ponerse tales inte­
rrogantes así como el inventar el estadio VII, dejan entrever
la presencia de una disponibilidad operativa e intencional
específica en el hombre. Y además no está carente de signi­
ficado el hecho de que en el nivel VI haya puesto como
ejemplos a Martin Luther King y a Gandhi: dos personas
que habían dado una respuesta existencial precisa y trascen­
dente a tales interrogantes. Se trata pues, de una trascen­
dencia que es superación de la propia subjetividad y de la
realidad inmediata, pero que al mismo tiempo obtiene su
significado verdadero de una y de otra. La podemos llamar
trascendencia metapersonal, o vertical, o ultramundana, o to­
tal... Lo importante es que desde el punto de vista psicoló­
gico el hombre aparezca dotado de esta potencialidad. Si, en
efecto, a la indicación todavía implícita de Kohlberg, agrega­
mos las afirmaciones explícitas de Frankl, como de otros psi­
cólogos (de Daim a Nuttin, de Allport a Matté Blanco), en­
tonces este tercer tipo de trascendencia nos resulta todavía
más preciso y lo podemos considerar como natural o, al me­
nos , accesible para el hom bre7^.

Como conclusión de estas reflexiones podemos decir


que el hombre no sólo tiene una voluntad de significado,
sino que dispone también de una capacidad de trascenden­
cia que se presenta en niveles diferentes y progresivos.

Desde la vertiente de la falibilidad constitucional ontoló-


gica del hombre emerge la necesidad del valor como necesi­
dad -con frecuencia sólo inconsciente o incluso distorsiona­
da- de ser; y de la vertiente de la predisposición a la
autotrascendencia, el hombre manifiesta una apertura conna­
tural a la realidad trascendente del valor mismo.

72 A los textos de Frankl que ya han sido citados, añadimos, Frankl, V.


Dio nell’inconscio, Morcelliana, Brescia, 1975.

112
LOS CONTENIDOS DEL Yo

b. E l riesgo del subjetivismo

Visto que el hombre tiene en sí la capacidad de orien­


tarse a los valores, vendría la tentación lógica y consecuente
de querer improvisarse como creador de valores o juez abso­
luto, confiándose única o excesivamente a su criterio indivi­
dual para definirlos y discernirlos. Es cierto que el hombre
es fundamentalmente libre no obstante sus muchos condi­
cionamientos; igualmente, es claro que el hombre ejerce su
libertad cuando busca el sentido de la vida y se siente res­
ponsable de ella. Sin embargo, hay libertades que, por prin­
cipio, no puede aceptar un hombre realista e inteligente:
«No es libre de identificar su capacidad de entender (que
genera sólo hipótesis) con el conocimiento de la verdad (que
alcanza sólo con el juicio verificado). Tampoco es libre de
confundir las elevadas aspiraciones de su yo simbólico con la
verdad. No es libre de ignorar las inconsistencias entre su
concepto de sí mismo y su conducta, entre su concepto de
sí mismo y el juicio de los demás, entre su concepto de sí
mismo y el propio ideal. No puede dar por descontada la
perfección del grupo al que pertenece, ni considerar que el
sentido común baste para todo. No puede evitar interrogarse
sobre la autenticad de sus valores, o sobre lo adecuado de
sus criterios morales. Debe mantenerse siempre disponible
a indagar sobre cuestiones ulteriores, prescindiendo del cos­
to o de las dificultades que ello implique»73. Desde el
punto de vista psicológico podemos justificar algunas de es­
tas afirmaciones que se refieren a aspectos diversos del de­
sarrollo y de la madurez humana.

Por lo que se refiere al desarrollo cognoscitivo, ya hemos


indicado cómo el hombre puede estar tentado a funcionar
prevalentemente en los dos primeros niveles de la vida psí­
quica, en los que los dinamismos fisiológico y social no faci­
litan un adecuado acercamiento a la totalidad de la realidad;
y no sólo esto, sino que incluso el III nivel no siempre pare­
ce garantizar un contacto seguro con la verdad. Asimismo el
73 Kiely, B. Psicología, o.c. pp. 253-254.

113
ñmadm Cendni y Messamdm Mammti

deseo emotivo, el inconsciente cognoscitivo y el emotivo,


son aspectos de una misma realidad que puede condicionar
y distorsionar nuestro proceso de experimentar-captar-juzgar.
En el fondo es cuanto dice Lonergan cuando afirma que la
conversión intelectual es muy rara74. Quizás es un juicio un
poco pesimista, pero tenemos que admitir que ser realistas crí­
ticos, capaces de obrar mentalmente con objetividad y desape­
go de nosotros mismos, ser atentos, inteligentes, razonables,
responsables, no es algo que nos llega en forma espontánea.
Esto nos hace dudar, entonces, de la licitud del subjetivismo.

Desde el punto de vista del desarrollo moral, las cosas


no parecen ir mejor. Kohlberg nos señala que, de hecho,
ateniéndose a su investigación, más bien raramente se alcan­
za el estadio V (orientación legalista hacia el contrato social)
y todavía con menos frecuencia el estadio VI (orientación al
principio ético universal), siendo éstos los estadios que seña­
lan el nivel de una moralidad post-convencional y autóno­
ma. Esto significa que la capacidad de ir más allá de los jui­
cios de valor para captar y llegar a su fundamento, la realiza
concretamente una minoría de personas (las que Kohlberg
llama héroes morales)75. Esto también nos hace dudar que
el hombre pueda ser juez absoluto de sí mismo.

Si consideramos la capacidad de formular valores, llega­


mos a las mismas conclusiones. Hay una estrecha relación
entre la madurez psicológica y el modo de percibir los valo­
res o la sensibilidad hacia ellos. Ya la filosofía clásica lo ha­
bía afirmado en el axioma aristotélico: «el fin aparece a cada
uno según sus cualidades»; y en el axioma tomista: qualis est
unusquisque, talis est fines videtur <?/»76. Guando el hombre es
maduro psicológicamente y es adulto en cada aspecto de su
desarrollo, entonces podrá percibir en forma igualmente ma­
74 McShane, Foundations of theology: papers from the intemational Lonergan
congress, 1970, Gilí & Macmillan, Dublin, 1971, p. 274; Lonergan, B.J.F. 11
método, o.c. p. 43.
75 Duska, R.- Whelam, M. Lo sviluppo morale, o.c. p. 102.
76 Artistotele, Etica, lib. III, c.5. S. Tomás, Summa Theologica, I, q. 83, a.
1, ob. 5; I-II, q. 10, a.3.ob. 2. •

114
JjOS CONTENIDOS DEL Yo

dura y adulta los valores finales e instrumentales; pero si ese


hombre tiene inmadureces psicológicas -aunque sea en cier­
tas áreas de su vida-, entonces esa inmadurez, especialmen­
te si tiene orígenes subconscientes, se reflejará también en
el modo de percibir y valorar, llegando también a contami­
nar la percepción de los objetivos de la propia existencia y
la forma de ponerlos en acto. Hemos visto ya algunas de es­
tas debilidades psicológicas, otras las veremos más adelante;
con todo, estamos en grado de decir que tales limitaciones
no son una excepción o que se presentan raramente. Y esto
nos hace colocar una duda ulterior sobre la puesta en acto,
sin más, de la capacidad del hombre para discernir.

Las anteriores, son tres pruebas que nos ponen en guar­


dia contra el riesgo del subjetivismo exagerado en la defini­
ción de los valores; ese riesgo escondido y también evidente
en las actitudes espontáneas de quien se inspira en el «sen­
tido común» o en los propios sentimientos; o de quien cree
que elegir es sólo un hecho de autogestión; o, incluso, de
quien sacraliza apresuradamente el propio modo habitual de
ver las cosas, sin someterlo jamás a discusión o verificación;
o, finalmente, de quien cree saber ya todo y no tiene nece­
sidad de nadie77. La conversión intelectual quiere decir
77 Es por este motivo que nos parece un deber el redimensionar aquel
optimismo que surge de las posiciones de cierta psicología humanista y
de la llamada «tercera fuerza» (movimiento nacido en U.S.A. en 1964).
La contribución más significativa de estas teorías ha sido la de reaccionar
al excesivo pesimismo freudiano y a su consiguiente determinismo, el
cual es compartido por otras escuelas en forma diferente (por ejemplo el
conductismo); pero, en esta reacción, quizá se ha corrido el riesgo de to­
car el extremo opuesto: ya que, según esta corriente, el hombre es natu­
ralmente bueno y está en grado de elegir adecuadamente los propios va­
lores. Es cierto que algunos de estos autores (Allport, Fromm, Maslow y
otros) subrayan la importancia de los valores como la justicia, el amor, la
libertad..., pero dando siempre al individuo el derecho de ser intérprete y
medida de éstos, como único «locus of evaluation» Hall, C.S.-Líndzey,
Teorie della personalitá. o.c. p. 455.
Es precisamente esta confianza que se da por descontada, la que nos pa­
rece que tenemos el deber de poner en discusión sobre la base de las
constataciones hechas hasta aquí.'Cf. también, Vitz, P. Psychology as Reli­
gión. The cult of self-worship, Eerdmans, Michigan, 1977; D.G. Myers, The
inflated self The Seabury Press, New York, 1981.

115
Amadeo Cenáni y Mesmmdm Manenti

también experiencia de libertad y humildad, que nacen de


la conciencia de los propios límites y que crea la necesidad
y la disponibilidad para hacerse ayudar. El asunto es serio,
puesto que un error en la identificación del valor repercuti­
ría seriamente, trayendo consecuencias negativas a la vida
del individuo, alienándolo de sí mismo y frustrando su de­
seo de felicidad. Vale la pena, entonces, afrontar la fatiga de
una búsqueda «inteligente».

c. La objetividad de los valores.

Es importante señalar otra consecuencia. No cualquier


valor satisface la búsqueda natural de sentido, sino sólo
aquellos valores que respetan la cualidad específica de esa
búsqueda, es decir, la tendencia natural progresiva a la tras­
cendencia. No es tarea de la psicología individuar y funda
mentar esos valores; pero sí puede afirmar la necesidad de
valores objetivos, porque sólo éstos corresponden y satisfa­
cen tal tendencia psíquica.

Si me comprometo a amar, no puedo establecer por mi


cuenta cuál es el verdadero amor y definirlo en forma arbi
traria. El verdadero amor contiene características objetivas
que yo no he creado, sino que las encuentro ya pre-defini-
das; si bien quedará para mí la ulterior tarea de subjetivar-
las, o sea de encontrar mi forma original de amar. Así, per­
manece el hecho que sólo en la medida en que yo me
adecuó a tales criterios pre-definidos puedo reconocerme
como alguien que ama verdaderamente. El hombre maduro
no es sólo aquel que tiene un yo ideal, sino que tiene un yo
ideal como-debería-ser, con una validez objetiva y no mera­
mente privada y subjetiva78. El valor no se crea, sino que se
encuentra, se reconoce. Sucede exactamente como en el co­
nocimiento: cuando conozco un objeto que es real, no soy
yo quien le he dado el ser, sino que re-conozco su realidad,
que de cualquier forma existe independientemente de mi
conocimiento. Hay un orden objetivo que se impone para
78 Arnold, M. The Human Person, The Roñal Press, New York, 1954.

116
LOS C O N T E N ID O S D E L Yo

garantizar el éxito del ser hombre y que éste no puede cam­


biar, so pena de llevarlo al fracaso.

El verdadero motivo de la objetividad de los valores es


la unicidad de la naturaleza humana. Nadie puede decir que
para ser feliz se debe obtener todo e inmediatamente, bus­
car lo que agrada o seguir la opinión de la mayoría. Este ca­
mino no puede dar un sentido que, en cambio, será alcanza-
ble a través de los valores opuestos: saber pagar un precio,
buscar lo que ayuda, tener el coraje de tener las propias
ideas. Existe, pues, un único estilo apropiado a la naturaleza
humana. Tal estilo se encuentra en el hombre, pero no lo
ha colocado el hombre. Existe una respuesta objetiva a la
búsqueda del sentido, así como la figura del círculo requiere
objetivamente una línea cerrada. Existe una existencia de
orden objetivo «meta-personal» que posee una realidad in­
variable y cuya validez trasciende el punto de vista de cada
una de las personas.

Un muchacho de 25 años no sabe explicarse por qué jamás lo­


gra terminar una relación sexual con su novia: en el momento de
la penetración cesa la erección. Este fracaso se ha repetido con
otras muchachas, no obstante la presencia en él del deseo hetero­
sexual y la ausencia de bases orgánicas para esta disfunción. Ya
desde el primer encuentro declara que su «novia» es en realidad
una muchacha que encontró en la discoteca la semana anterior, de
la cual no conoce ni su trabajo ni sus intereses o costumbres, sino
sólo un número de teléfono. Por otra parte, declara explícitamente
que no tiene ninguna intención de comprometerse con ella dado
que, por ahora, excluye la formalización de las relaciones y que «si
acaso decidiera casarme, no elegiría ciertamente a una mujer que
se acuesta con el primero que se encuentra». ¡No puede explicar
su infelicidad!

Nadie puede obligar al hombre a dar un sentido a la


vida; cada quien es libre de permanecer en la ignorancia.
Pero cuando se decide satisfacer la necesidad de coherencia,
es necesario adecuarse y obedecer al sentido de como debe­
rían ser las cosas, respetando sus nexos esenciales. Cuando
el hombre descuida esta obediencia cambiándola por la arbi­

117
Amadeo Cenáni y Mesmmdm Manenti

trariedad, se construye con sus propias manos un desconten­


to difuso junto con una amargura general. Porque cambian­
do el orden objetivo se produce inevitablemente un conflic­
to inconsciente que impide la serenidad. El conflicto de ese
muchacho impotente consiste en el choque entre dos ten­
dencias opuestas: una es la demanda psíquica de respetar
los requisitos del verdadero amor y la otra es la pretensión
de alcanzar la misma meta, pero siguiendo un atajo o, de
plano, indicaciones contrarias a las exigidas por el «guión»
interior de la vida.

d. Libertad en relación con los valores.

Los valores se presentan al hombre como imperativos,


pero no constrictivos; piden ser realizados, pero dejan libre a
la persona de ponerlos o no en acto. Ejercen, pues, una fun­
ción «obligatoria», pero tal obligación deja libre al hombre.
La exigencia -que es innata en el hombre- no constriñe a
nadie a satisfacerla. Se puede decir que el hombre tiene ne­
cesidad de vivir los valores, pero sólo en el sentido de aspi­
ración no cohersitiva y no como una autoimposición u obliga­
ción subjetiva. Está presente en él la aspiración, pero
también está presente su libertad de elegir realizarla o no.
Esta lógica es la que distingue la forma de funcionar de los
valores respecto a la de las necesidades.

«El hombre debe hacer el bien si quiere vivir bien» -


«El hombre debe comer bien si quiere vivir bien». Dos ex­
presiones completamente diferentes:

a) El comer es una necesidad que empuja desde el


interior (o, como a menudo lo experimentamos,
«desde abajo»). Somos impulsados por el hambre,
pero atraídos por el bien. La diferencia «impulsa­
do por» o «atraído hacia» es la diferencia que hay
entre el animal y el hombre.

118
LOS CONTENIDOS DEL Yo

b) El hambre obliga tarde o temprano a satisfacerla; la


aspiración deja en libertad de actuarla o no: impli­
ca siempre una toma de decisión.

c) Satisfacer el hambre significa responder a una si­


tuación pasada y presente: con el alimento pongo
fin a la abstinencia del pasado y a los espasmos
del estómago en el presente. Responder a los va­
lores significa orientarse al futuro; tender a lo que
será, pero que todavía no es.

d) Con el alimento se restablece un equilibrio interno


disturbado y después de haber comido se entra en
un estado de reposo y quietud. Cuando decidimos
vivir valores, rompemos el equilibrio presente y
entramos en un estado de tensión y cambio.

La búsqueda de los valores se coloca, por tanto, en la lí­


nea del «si quieres» y no del «debes». El hombre es capaz
de hacer el bien, pero no está obligado a ello. Existe en él
la aspiración a los valores como posibilidad y capacidad,
pero no como necesidad. Excluimos el «debo ser bueno,
debo amar, debo ser...» en favor del «podría y debería».
Aunque construidos en corno a la exigencia moral, permane­
cemos libres de ser morales o no. Cada uno de nosotros en­
cuentra en sí mismo la aspiración hacia lo bello y lo bueno;
pero, incluso entonces, quedamos libres y dueños de nues­
tro destino. La ley de conciencia no ejerce ninguna coerción
externa. La naturaleza humana es ajena a una conformidad
reacia y contra la voluntad, más bien pide una acción e in­
tención genuinas que broten de lo profundo del corazón.

e. E l rol de la psicología.

Llegados a este punto, se hace necesario definir el papel


de la psicología en la búsqueda de los valores. El problema
epistemológico es muy importante, porque una vez que se
ha especificado la competencia de las diferentes ciencias, se

119
Psicología... 9
Amadm Cencini y Mmandm Manmti

facilita el usar los instrumentos peculiares de cada una de


las disciplinas para progresar en el conocimiento de la reali­
dad. En psicología, el problema es particularmente delicado,
puesto que se trata de una ciencia todavía joven y cuyos
confines no están aún bien delimitados. De aquí que lo que
venimos diciendo no' es más que un intento de poner, con
cierto orden, los términos de este complejo problema y no
una pretensión de solución.

Limite de la ciencia descriptiva.


Partimos de la constatación de una ambivalencia, casi una
contradicción fundamental: por un lado, la psicología, ciencia
del hombre, se empeña en afrontar los problemas del hom­
bre que directa o indirectamente nos llevan al interrogante
sobre los valores últimos; por otro lado, tratándose de una
ciencia esencialmente descriptiva, no tiene los instrumentos
necesarios para resolver adecuadamente los problemas últi­
mos79. Se puede quizás aplicar también a la psicología y al
psicólogo, la reflexión acerca de la tensión entre dos mun­
dos, vista anteriormente: el de la aspiración y el del límite.
Por una parte, el psicólogo tiende, implícita o explícitamen­
te, a resolver la problemática humana, a convertirse en un
experto de los valores de la existencia, y tiene buenos moti­
vos para justificar tal pretensión: «su trabajo le da un inten­
so conocimiento personal de la vida y de los anhelos de la
79 Frankl llega hablar incluso de «neurosis noógenas», determinadas por
una incapacidad de dar sentido a la vida, y considera que el 20% de las
neurosis es determinado por la insatisfacción de esta necesidad de signifi­
cado. V. Frankl, Logoterapia, o.c. p.38; ídem, Psicoterapia nella pratica medi­
ca, Giunti-Barbera, Firenze, 1968. Estamos muy lejos de lo que Freud es­
cribía a Marie Bonaparte: «En el momento en el que se interroga sobre el
sentido y sobre el valor de la vida se está enfermo, ya que las dos cosas
no existen en sentido objetivo»; S Freud, Lettere, 1873-1939, Boringhieri,
Torino 1960, p. 402.
Es interesante lo que anota Kiely acerca de la actitud de la psicología ac­
tual: «La psicología necesariamente afronta la cuestión de los valores últi­
mos y del significado de la vida. Es un hecho que algunas de las afirma­
ciones más urgentes y también más proféticas sobre la necesidad de tales
valores y de las consecuencias negativas de su falta, han llegado por la
psicología en estos últimos años» (B. Kiely, Psicología, o.c., p. 296) Citan­
do a Becker, Menninger, Hendin y Vitz.

120
LOS C O N T E N ID O S DEL Ib

gente, tanto que su base experiencial es superior a la del fi­


lósofo aun bien preparado, y le atribuye un cierto derecho
de competir en la definición de los valores humanos»80.
Pero también debe tener la honestidad de admitir los lími­
tes de su investigación psicológica: si sabe entrever la verda­
dera problemática que se esconde detrás de cada anhelo,
debe comprender que el tratamiento adecuado del tal pro­
blemática va más allá de su competencia. «Los valores no
caen bajo el dominio de una ciencia descriptiva»81. Estos
requieren la competencia y los instrumentos de una discipli­
na normativa como la filosofía o la teología. Mas también es
verdad que nada podrá impedir que un estudioso del hom­
bre, además de psicólogo positivo, sea también un experto
de los valores de la existencia, con tal que sepa que en ese
momento ha de acudir a un saber que va más allá de su
análisis de psicólogo. Es más, tal criterio es indispensable,
puesto que una neutralidad filosófico-antropológica por parte
de las ciencias humanas es un mito insostenible y no condu­
ce a una adecuada comprensión de la realidad en estudio,
sino, por el contrario, a una interpretación reduccionista que
impide la relación de ayuda y falsea el papel de la psicolo-
gía8^. Séve, filósofo marxista, critica el positivismo psicológi­
co precisamente porque pone a la psicología en una situa­
80 Kiely, B. Psicología, o.c. p. 294.
81 Ronco, A. Introduzione alia psicología, o.c. p. 94. Ronco admite que el
psicólogo puede seguir un criterio diferente para definir los valores como,
por ejemplo, el del buen funcionamiento del organismo psíquico. Pero
también aquí la psicología puede describir los elementos de este buen
funcionamiento y su eficiencia; de cualquier modo, no es de su compe­
tencia el establecer para qué fines deba el organismo funcionar.
Sobre el problema de la relación entre la psicología y la teología-filosofía,
cf. también G. Groppo, Psicología e teología; modelli di rapporto, in, «Orien-
tamenti Pedagogici», 5 (1980), pp. 783-793.
82 La imposibilidad de la neutralidad es la conclusión de A.De Wael-
hens, Sciences humaines, horizon ontologjque et rencontre, in Existence et Signifi-
cation, Louvain, Nauwaerlerts, 1958, pp. 233-261 y P. London, The modes
and moráis of psychotherapy, Holt Rinehart and Wiston, New York, 1964.
Un ejemplo de reduccionismo en psicología es la interpretación de cual­
quier profesión o vocación (comprendida la sacerdotal y religiosa) en clave
de sublimación de instintos reprimidos. El psicologismo no hace ningún
servicio a la persona y no tiene nada que ver con la auténtica psicología.

121
Amadeo Cendni y Mamndm Bémmti

ción de autonomía absoluta con respecto a la filosofía y acla­


ra: «Ningún saber puede despreciar las categorías de cuya
comprensión y extensión saltan radicalmente los límites de
cualquier disciplina científica particular y cuyo conocimiento
profundo y manejo apropiado presuponen la asimilación de
las adquisiciones esenciales de la filosofía»83

Más en concreto, el psicólogo debe clarificar ante sí


mismo su ideología de base, debe hacer una elección,
debe haber dado una respuesta a algunos interrogantes
fundamentales. Pero es importante que la elección sea ex­
plícita y consciente, para evitar condicionamientos incons­
cientes, que serían gravosos para el desarrollo sucesivo de
la teoría psicológica en las subsiguientes fases de análisis,
interpretación, aplicación, investigación y verificación. Por
lo demás, se da por descontado que haya una ideología al
inicio de cualquier pensamiento psicológico: a este respec­
to la historia nos enseña que no existe una psicología sin
presupuestos. El mismo Freud «todavía antes de invente'r
el psicoanálisis, se había adherido ya a una filosofía: el po­
sitivismo científico, que se acomodaba a no pocos elemen­
tos de su incipiente teoría hasta el punto que ni siquiera
Freud sospechaba que se tratase de una metafísica»®4. Lo
que Freud no sospechaba, y éste es el punto que queremen
hacer notar, era precisamente el condicionamiento engañoso
que sufría su producción psicoanalítica por obra de su filoso­
fía, de esa filosofía combatida y rechazada muchas veces po¡;
él mismo, o incluso ridiculizada parangonando sus sistemas s.
las «formaciones delirantes del paranoico»85. El problema
está, entonces, en clarificar la propia elección ideológica;
en esta forma se evitan tanto el reduccionismo como ei
sutil condicionamiento que contamina luego la elaboración
psicológica sucesiva sin que el psicólogo lo pueda preci-
83 Séve, L. La crise du positivisme psychologique et le matérialisme historique,
Proceeding XV Congress of Philosophpy, Varna, 1973, pp. 103-106.
84 Magnani, G. La crisi, o.c. p. 31.
85 Freud, S. Scritti brevi. Prefazione a «II rito religioso: studi psicoanalitici»
di Theodor Reik, in Opere, o.c. IX, p. 125; idem, Introduzione alia psicanalisi,
in Opere, o.c. VIII, p. 272.

122
LOS CONTENIDOS DEL Yo

sar86. Sólo cuando la psicología reconozca sus propios límites


puede pensar en ser autónoma.

Función de la ciencia analítica:


nando en consideración la otra prerrogativa de la psicolo-
rrx., la de ser ciencia analítica además de descriptiva, pode­
rnos especificar mejor su contribución al hombre en el mo­
mento en que éste elige la propia fuente de valores.

La psicología tiene, ante todo, la tarea de recordar al


hombre el insustituible deber hacia los valores. Le recuerda
que no podría tender jamás a la madurez sin haber dedicado
atención a estos problemas: sería como un ser mutilado, que
;-.c sabe a dónde dirigirse, quedando como presa fácil de
condicionamientos o condenado a vivir por debajo de sus
posibilidades, en todo caso lejos de una sensación de pleni-
d y felicidad. El hombre tiene necesidad de los valores. Y
recordándole este deber, la psicología le recuerda también
que esto es un problema estrictamente personal, que no se
-suelve en grupo: se trata de una elección que sólo el indi­
viduo puede hacer, debe confrontarse con ella, sin delegarla
a otros ni copiar al vecino. Es precisamente en la elección
del valor o de la fuente de los valores, donde el hombre ma-
r.i ííesta su ser y toma conciencia de sí mismo como ser libre
y responsable llamado a elegir entre el sentido o el sin sen-
:i/io. Es en esta decisión radical absolutamente personal en la
que el individuo descubre su dignidad y el valor de sus gestos
y se encuentra a sí mismo dotado de conciencia moral. Y qui­
zá:; se da cuenta también, si asume las consecuencias y no se
conforma con fuentes provisionales o con respuestas parciales,
que el problema, en último término, es esencialmente «religio­
so»; es decir, que pone inevitablemente al hombre frente a los
interrogantes últimos de la existencia. Pero de cualquier mane­
ra debe aceptar el riesgo de una elección que no puede dele-
g?.; y un reto que no puede evitar.
36 Sobre este punto ver también: Cencini, A. La teoría della consistenza
o-v-ioirascendente: una nuova prospettiva di dialogo costruttivo tra psicología e
teología, in AA.W., Teología e formazione, saggio interdisciplinare (a cura di
í . Bertucco, e S. De Guidi), Dehoniane, Bologna, 1984, pp. 11-47.

123
Amada Cmrími y M am ndn M m m ti

En este camino de la búsqueda del valor, otra aporta­


ción de la psicología es el subrayar algunas características de
la fuente de valores y algunas exigencias del hombre que
elige. En concreto, partiendo de la constatación de que todo
ser humano se encuentra antes o después con el afrontar los
problemas últimos, hará surgir la necesidad de criterios ana­
líticos correspondientes a una respuesta satisfactoria. Así, la
psicología pone en guardia contra todo reduccionismo: biolo-
gicismo, materialismo, instintivismo, positivismo, un cierto
humanismo optimista, el mismo psicologismo, el espiritualis-
mo desencamado. En efecto, todos estos «ismos» interpre­
tan el fenómeno humano con su propio patrón de investiga­
ción, ignorando cuanto no entra en su ámbito de análisis y,
por tanto, no están en grado de proporcionar respuestas sa­
tisfactorias y plenamente humanas a las cuestiones centrales
y últimas de la vida y de la muerte, del bien y del mal. Sin
duda que estas aproximaciones contienen una parte de ver­
dad, porque el hombre también es biología, instinto, mate­
ria, inconsciente, espíritu..., pero no es sólo esto. Llegaría a
ser, por lo mismo, peligroso asumir como fuente de valores
una teoría que tiene una idea sólo parcial del hombre y que
de hecho no posee los instrumentos para afrontar las cues­
tiones típicamente humanas.

124
LOS CbNTENIDOS DEL Ib

Tales cuestiones quedarían sin respuesta o con una respues­


ta insatisfactoria o se minimizarían y privarían de su sentido
original87.

En tercer lugar, la psicología le recuerda al hombre que


también está constituido sobre una exigencia de autotrascen-
derse y que posee una predisposición correspondiente en este
sentido. La prueba - si así se puede decir- está también en el
tipo de interrogantes, considerados más arriba, que todo hom­
bre, en un cierto momento, está obligado a hacerse. Interro­
gantes que presuponen no sólo una sensibilidad específica,
sino también una capacidad adecuada de moverse en ese ám­
bito. Estamos así ante otro requisito de la fuente de valores:
dar una respuesta adecuada a esta tendencia, hacerla capaz de
ponerla en movimiento y darle un modo de expresarse plena­
mente. En otras palabras: que el valor que cada un piensa ele­
gir esté en consonancia con la estructura del ser humano, que
implique la totalidad de su psiquismo y que sea digno del
hombre.
87 Un caso de respuesta que no satisface es el de ciertas psicologías de
la autorrealización, de raíz humanista, que enfatizan la capacidad del yo
(«Tú naciste para triunfar» dice el subtítulo del libro de J. Meninger, Suc-
cess through transactional analysis, Signet, New York, 1973); no ofrecen ex­
plicaciones plausibles acerca de la realidad de conflicto interno de la per­
sona o de la sociedad y parecen casi querer olvidar que la vida tiene
límites y que está afectada por la presencia del mal.
Un caso de respuesta «minimizante» sería la de Freud. Recordábamos el
juicio de Freud sobre quien se interroga acerca del sentido de la vida o
sobre la filosofía en general: podemos ahora citar sus consideraciones so­
bre la religión que, aparte de su continuo interés por el problema, redu­
cen la actitud religiosa a un simple derivado de las ilusiones infantiles, de
deseos de omnipotencia, del sentido de culpa en búsqueda de expiación,
privándolo de su naturaleza de sentimiento originario: la búsqueda de un
sentido pleno de la vida y de la muerte. Cf. S. Freud, Azioni ossessive e
pratiche religiose, in Opere, o.c. V, pp. 341-349; Un ricordo d ’infanzia di Leo­
nardo da Vinci, en Opere, o.c. VI, pp. 213-284; Tótem e Tabú: alcune concor-
danze nella vita psichica dei selvaggi e dei nevrotici, en Opere, o.c., X, pp. 433-
485; Un ’esperienza religiosa, en Opere, o.c., X, pp. 512-516; L 'uomo Mose e la
religione monoteistica: tre saggi, in Opere, o.c. pp. 337-453; sobre el mismo
tema religioso cf. también S. Freud, Psicanalisi e fede. Carteggio col pastare
Pfister, 1909-1939, Boringhieri, Torino, 1970, y A. Pié, Freud e la religione,
Cittá Nuova, Roma, 1971.

125
Anadm Cbmni y Masatuin Mammti

Además, tal fuente de valores debe exigir al hombre el


máximo de lo que puede dar; o sea de orientar su vida de
modo que disfrute plenamente su ser hombre. En efecto,
en la medida que un ideal refleja lo máximo que la persona
puede lograr, es objetivamente válido como objetivo del cre­
cimiento. Elegir, en cambio, una fuente de valores que pro­
ponga un ideal menor del que nuestra naturaleza puede
conseguir, significa elegir nuestra limitación. Así como un
trabajo monótono resulta aburrido para quien es más inteli­
gente en relación al mismo, en la misma forma, aspirar a
algo que no es lo máximo en nosotros nos llevará rápida­
mente al fastidio, al malestar y la desilusión. Es mejor tener
un ideal difícil que tal vez choque con nuestra espontanei­
dad, que tal vez jamás lo alcancemos, pero que nos lance a
dar lo máximo. Recordemos que la conversión moral «con­
siste en optar por lo que es verdaderamente bueno; por tan­
to, también por el valor en contra de la satisfacción, cuando
valor y satisfacción están en conflicto»88. Por consiguiente,
si dicho valor choca realmente con nuestra espontaneidad,
podría ser signo de que esa fuente de valores no se presta a
interpretaciones ambiguas o a gustos caprichosos. Se trata de
una fuente de valores objetivos. Y como tal es digna de ser
escuchada. De donde - como ya hemos observado- si la na­
turaleza humana es única, es lógico suponer que existan va­
lores objetivos, funcionales para la plena realización de la
naturaleza humana8"3. Es de esta fuente de valores de la que
el hombre tiene necesidad.

88 Lonergan, B.J.F. II método, o.c. p. 256. Conversión moral es un térmi­


no usado por Lonergan para indicar un cambio de criterios y un uso recto
por parte del hombre de la propia capacidad decisional. No se entiende,
por tanto, de por sí, en sentido religioso.
89 Aun si no es fácil encontrarlos con los solos instrumentos de la psico­
logía; de hecho existe un gran pluralismo en las teorías de la personali­
dad, a tal punto que algunas se excluyen mutuamente. Nos encontramos
frente a más de 30 teorías, cada una de las cuales tiene sus valores. Cf.
los textos indicados en la nota 9 c.l, además A.M. Freedman-H.I. Kaplan-
B.J. Sadock, Modem synopsis of comprehensive textbook of Psychiatry, The Wi­
lliams and Wilkins Co., Baltimore, 1976, c. 6-9.

126
LOS C O N T E N ID O S DEL Yo

f La fuente religiosa

La psicología no puede imponer al hombre ningún cre­


do específico, pero le recuerda que no puede no creer en
algo que dé sentido a su vida; no tiene competencia para
dar un nombre a esta fuente, pero puede subrayar algunas
de sus características; no pretende alguna autoridad en este
campo, pero puede ayudar a aceptar alguna como necesaria
para descubrir los valores objetivos. Siguiendo la pauta de
estas afirmaciones podemos concluir con una breve aplica­
ción. Los valores tienen una justificación racional, aunque
g e n e ra lm e n te no se forman a través de procesos puramente
racionales. Podemos, así, intentar encontrar una justificación
racional a la elección de una fuente religiosa, apoyados en el
análisis psicológico hecho hasta este momento, prescindien­
do de otros problemas (la necesidad religiosa en el hombre
como necesidad innata o adquirida, dinámica de la cuestión
religiosa, necesidad de religión y religiones institucionales...).

La pregunta sobre los valores últimos inevitablemente


pone a la persona frente al dilema religioso. Aceptar interro­
garse sobre el significado de la vida quiere decir ponerse la
cuestión del origen y del destino del hombre, de su de­
pendencia de una fuente originante. A este punto, el verda­
dero problema es qué fuente, qué Dios o, en términos bíbli­
cos, ¿Dios o un ídolo?90. En otras palabras, la vida del
hombre no puede ser neutral desde un punto de vista reli­
gioso, puesto que no existe hombre que viva completamen­
te sin problemas religiosos. En todo caso, la diferencia estará
entre religión explícita (Dios) o implícita (ídolo o símbolo de
inmortalidad).

90 En la Biblia el ídolo representa el intento del hombre de manipular


la divinidad. Se trata, por tanto, de un producto humano sobre el cual el
hombre continúa teniendo un cierto poder y del cuál recibe (o se ilusiona
de recibir) lo que por sí mismo no podría garantizarse (cf. Sab. 13,15-19;
15, 16-19). Surge espontáneo el paralelismo con el «símbolo de inmortali­
dad» de Becker. J.B. Bauer, Enciclopedia of biblical theology, vol. II, Sheed
& Ward, London-Sydney, 1970.

127
Amadeo Cendni y Mmandm Manentí

Una fuente religiosa parece responder a esas exigencias


subrayadas por la psicología y examinadas más arriba. Dicha
fuente constituye el punto de referencia más trascendente
que un hombre pueda tener en la vida; posee esas caracte­
rísticas de objetividad que permiten superar el riesgo del re-
duccionismo y del subjetivismo; está en grado de afrontar
los problemas centrales del hombre, toma en serio la condi­
ción humana, dando respuestas globales y no provisionales.

En particular, la fuente religiosa respeta la tendencia del


hombre hacia la autotrascendencia, sea la horizontal o la ver­
tical, y la solicita y promueve como difícilmente otro ideal
menos trascendente podría hacerlo.

Y sin duda que la exigencia de la fuente religiosa es má­


xima, en vista de una perfección que coincide con la plena
realización del hombre. Es probable que tal exigencia, preci­
samente porque se orienta en dirección hacia la trascenden­
cia, choque con la otra tendencia del hombre a restablecer
el equilibrio homeostático, que conduce lentamente hacia la
inercia del «thánatos». En términos freudianos, podríamos
ver en el ideal religioso una expresión del instinto de vida.

En fin, la fuente religiosa toca de cerca el aspecto moral.


No queda como algo puramente abstracto y teórico, sino
que entra en lo vivo de la vida, ahí donde el hombre decide
su destino. Ante todo, da un fundamento a nuestra vida mo­
ral, porque ofrece una razón al compromiso y una respuesta
a lo que Kohlberg llamaba91 la «duda escéptica más fuerte
de todas las dudas»: ¿Por qué ser justo en un mundo preva-
lentemente injusto? El mismo Freud sintió la necesidad de
hacerse esta pregunta: «Si me pregunto por qué he deseado
siempre ser honesto, respetar a los demás y posiblemente
ser bueno, y por qué no he dejado de serlo aun cuando he
notado la forma como lo dañan a uno mismo, y que se llega

91 Kohlberg, L. Continuities in childhood and adult moral development revi-


sited, in P.B. Baltes-K.W. Schaie, Life-span development psychology, Acade-
mic Press, New York, 1973, pp. 201-204.

128
LOS CONTENIDOS DEL Yo

a ser duro porque los otros son brutales e indignos de con­


fianza, entonces no sé dar ninguna respuesta»9^.

Por otra parte, la fuente religiosa no queda como algo


genérico, sino que ofrece la posibilidad de valorar moral-
mente la propia conducta. Si tiene un sentido el compromi-
s0 moral, será necesario encontrar sus expresiones concretas;
pero sobre todo será importante unir el fundamento teórico
de la vida moral con sus aplicaciones existenciales (en tér­
minos nuestros, valores y actitudes). La fuente religiosa
ofrece lo uno y lo otro: mientras que explica el por qué del
compromiso moral, permite intuir el cómo. N o hay ninguna
moralidad que no sea, al menos implícitamente, religiosa93;
y por otra parte, la opción religiosa determina, por su natura­
leza, una opción moral. Todo esto en beneficio y ganancia
de la unidad fundamental del hombre, «creatura ética» por
naturaleza94.

Nos parece que podemos concluir que la elección de


una fuente religiosa, desde un punto de vista psicológico,
resulta del todo razonable. Lo es en cuanto fuente objetiva,
trascendente, respetuosa del hombre y de sus exigencias, ca­
paz de responder a sus problemas centrales. Queda por ver
cómo el individuo puede abrirse a los valores y hacerlos su­
yos, orientando hacia ellos sus dinamismos interiores (nece­
sidades) y de comportamiento (actitudes) y definiendo a la
luz de los mismos su identidad. En el próximo capítulo en­
contraremos ya los primeros elementos para una respuesta.
92 Freud, S. Lettere 1873-1939, o.c. p. 280. Resulta significativo que
Freud y Kohlberg se encontraron inevitablemente de frente a esta misma
pregunta. Esto es una prueba de lo que dijimos más arriba sobre la nece­
sidad de ponerse un interrogante ante la problemática religiosa, es decir,
radical. De hecho se debe forzosamente responder a esta pregunta si se
quiere fundar seriamente la vida moral, a menos que se prefiera permane­
cer en una posición escéptica. A la misma conclusión, pero por un proce­
dimiento diferente, llega J.P. Dourley, The Psyche as sacrament; C.G. Jung
and Paul Tillich, Inner city books, Toronto, 1981.
93 Kiely, B. Psicología,o.c. p. 294.
94 Bronowski, The ascent of man, o.c. p. 436.

129
L as E s t r u c t u r a s d e l I b

Capítulo Quinto
L as E s t r u c t u r a s del Yo

Vistos los elementos de contenidos del yo, pasemos aho­


ra a considerar los aspectos estructurales dentro de los cua-
|es se sitúan las necesidades, las actitudes y los valores. Por
consiguiente, de la pregunta acerca de «qué» impulsa o
atrae a la persona, pasamos a la pregunta del «por qué» es
impulsada o atraída por ciertos contenidos más que otros.

Por estructura se entiende un sistema que representa las


leyes o propiedades de organización de una totalidad vista
como un todo; estas propiedades explican por qué se ha reali­
zado este contenido y no otro. Hagamos una analogía con la
realidad física: el estudio de la cúpula de una catedral. Si
nos detenemos en el contenido, nos enteramos que determi­
nada cúpula tiene cierta altura, diámetro, volumen, o que
está construida con cierto material; pero estas conclusiones
se aplican sólo a esta cúpula y no a otras.

Si intentamos incluir también la estructura, comprende­


mos algo más central: las leyes por las cuales la cúpula per­
manece de pie en lugar de caer sobre la cabeza de los visi­
tantes; captamos en otros términos el sistema arquitectónico;
pero esta conclusión se aplica a todas las cúpulas, no obstan­
te que cada una de ellas tenga su propio volumen, altura,
diámetro... En el campo psíquico esto quiere decir que más
allá de las modalidades de expresión es posible especificar
estructuras del hombre en cuanto tal; por lo tanto trans-cul-
turales y trans-situacionales. En otras palabras, el hombre no
es sólo ni principalmente un compuesto de un número in­
definido de tendencias psíquicas separadas. Las varias mani­
festaciones de sí mismo son la expresión de propiedades de

131
Amadeo Cendni y Messandro Manenti

dos. El hecho de motivarnos en base a los valores (lógica de


trascendencia) o en base a las necesidades (lógica de necesi­
dad); el hecho de que una persona se organice y defina pre-
valentemente a un nivel más que a otro o que asuma actitu­
des utilitaristas o defensivas del yo más que expresivas de
valores o de conocimientos... todo esto nos remite a un as­
pecto más central: el concepto del yo. Esas modalidades de
expresión son la emanación del yo, que se estructura en una
cierta manera más que en otra. Como se ve, nuestro método
de investigación penetra cada vez más profundamente en la
psiqué humana: desde los niveles de vida a los procesos
emotivos-racionales, a los contenidos, al yo mismo; la pre­
gunta del «qué» reclama la del «por qué» y ésta, a su vez,
remite al concepto del yo.

Este método estructural tiene una importancia capital


sobre todo para la teología y la filosofía cada vez que ellas
se propongan hacer una reflexión fiel al hombre. En efecto,
con este método se supera la psicología ordinaria que se
basa sólo en el determinismo y no sabe dar una verdadera
explicación del comportamiento; se supera también una psi­
cología puramente descriptiva, condenada por definición a
seguir los altibajos de la moda; y se subrayan, en cambio, las
estructuras psicodinámicas trans-culturales y trans-situaciona-
les que disponen al hombre a la acción de la gracia. La con­
sideración de estas estructuras centrales del hombre es crucial
para muchos temas morales, como la opción fundamental, el
concepto de responsabilidad, la capacidad de hacer una deci­
sión libre; o también para otros temas más específicos como
la moral sexual, la prescripción terapéutica del aborto, los
complejos de culpa y la confesión. La teología no puede
prescindir de tales estructuras psíquicas que constituyen un
potencial enorme para la vida cristiana; también puede ha­
cerlo, pero entonces hablará de un hombre que no existe.
En el fondo, estas estructuras psíquicas son puestas por
Dios en la naturaleza y es lógico suponer que El respetará
sus criterios de funcionamiento, aun cuando con su gracia
llame al hombre a seguir su ley.

132
Las E s t r u c t u r a s d e l Yo

Iniciamos, entonces, desde explicar qué se entiende por


el yo, para luego pasar al análisis de sus componentes.

I Descripción del yo
Cuando hacemos algo, asumimos la paternidad sobre
ello; decimos, en efecto: «He sido yo quien...» y esos actos
los reconozco como «míos». Las diversa actividades psíqui-
cas se reducen al yo, en donde buscan expresarse o escon-
derse. El yo, por tanto, es un principio unificador; es una
abstracción y, por consiguiente, difícil o imposible de defi­
nir. El yo es lo que está detrás de las cosas, pero no es una
cosa: éstas se pueden medir, aquél no. Es más fácil sentir el
yo que definirlo. En efecto, se le conoce a través de sus fun­
ciones.
Funciones:
Allport ha precisado siete1. Son siete situaciones de vida
particularmente humanas, consideradas como «específica­
mente mías» y por tanto en donde el yo se advierte con
más facilidad:

— Sentido corporal.
es el aspecto del yo que se desarrolla en primer lugar.
Cuánto sea revelador de mi yo, se puede probar con un pe­
queño experimento: escupimos saliva en un vaso y luego in­
tentamos bebería; lo que en la boca era natural y «mío»,
apenas está fuera de improviso, disgusta y se convierte en
«otra cosa» distinta de mí. O también pensemos en chupar
nuestra sangre del vendaje en un dedo: del dedo sí, pero de
la venda no. Lo que percibo que pertenece a mi yo corporal
es cálido y bien aceptado, lo que percibo como realidad se­
parada, al instante se convierte en frío y extraño.

— Identidad de sí mismo:
aunque pase el tiempo y cambien las circunstancias, no obs­
tante actividades diversas y pensamientos contradictorios,
1 G. W. Allport, Divenire: fondamenti di una psicología della personalitá,
Giunti-Barbera, Firenze, 1974, pp. 62-77.

133
Amadeo Cmáni y Mmandro Manenii

quedo cierto de que todo esto «me» pertenece. Aun un oc­


togenario está seguro de ser el mismo yo que cuando tenía
3 años.

— Valoración del yo:


cuando se me llama la atención, soy humillado o alabado,
me hago como nunca consciente de mí como de un yo bajo
los reflectores del otro.

— Expansión del yo:


comprende todo lo que la persona llama «mío». Regalar a
un amigo un objeto que apenas he comprado en la tienda
no me afecta profundamente; pero si me pide ese objeto
que desde hace tantos años está en mi escritorio, me parece
que quiere un pedazo de mí mismo.

— Actividad racional:
a través de la misma no sólo conozco el objeto (el libro que
tengo frente a mí), sino también mi actividad (leer) y tam­
bién experimento mi yo que conoce (soy yo quien lee).

— Imagen de si mismo:
más allá de las acciones, me preocupo de saber cómo «yo»
aparezco. Es la estima de sí mismo, de la que hablaremos
más adelante.

— E l tender del «propium»:


detrás de toda actividad está el yo que se planifica2. Es el
aspecto valorial, visto en el capítulo anterior.

Propiedades:
Advertimos como por instinto la unidad fundamental de
nuestro yo; pero a menudo estamos obligados a constatar
cómo esta unidad está en gran parte por construir. Al inter­
2 Allport considera que es indispensable distinguir el yo como sujeto y
como objeto de conocimiento, y sugiere el uso del término «propium»
para determinar el yo como objeto de conocimiento y de sentimiento.
Agrega además, que no siempre el propium es consciente. Cf. G.W.
Allport, Psicología della personalitá, o.c., pp. 110-111.

134
Z a s E s t r u c t u r a s d e l Yo

no del yo hay una heterogeneidad de elementos, una plura­


lid a d de fuerzas que atraen nuestro yo en diferentes direc­
ciones. Por un lado, somos conscientes de ser el sujeto de
nuestras acciones, pensamientos y decisiones; por otro, ad­
v e r tim o s en nosotros un contraste entre dinamismos que se
oponen, como si proviniesen de fuentes diversas. Existe
algo que escapa a nuestro control y sin embargo forma parte
de nosotros; no lo querríamos, pero lo encontramos dentro:
«Existe en mí el deseo del bien, pero no la capacidad de
hacerlo; en efecto no cumplo el bien que quiero, sino el mal
que no quiero..» (Rom 7,18-19). También la psicología ha in­
tentado resolver este dilema indagando sobre las propiedades
del yo. Entre las varias mencionadas por los autores, cuatro
son para nosotros particularmente importantes3:

— E l yo es holístico:
funciona siempre como un conjunto en el cual es difícil se­
parar las aportaciones de cada parte. No es posible dividir al
hombre en compartimentos cerrados como si algunos de los
acontecimientos pertenecieran al cuerpo y otro a la mente.
Observación aceptada sin más en teoría, pero no en la prác­
tica, pues tendemos a dicotomizar al hombre: esto pertenece
a lo físico, aquello a lo psíquico, aquello otro a lo espiritual.

De aquí se sigue que todo programa de formación debe­


ría ser un programa de integración, o sea dirigirse a la totali­
dad de la persona y no como a veces se hace: primero la
formación intelectual, después la actividad pastoral y luego -
si hay tiempo- la madurez humana, para lo cual los profeso­
res se interesan de la mente, los educadores de las activida­
des prácticas, el director espiritual del alma, el psicólogo
eventualmente de la enfermedad y nadie de la persona. Tal
modo de proceder no llega jamás al hombre en su unidad y
es obstáculo a la verdadera formación, la cual debería conse­
guir que los valores actúen libremente en todas las áreas de
la personalidad. La persona es un todo indivisible y el creci­
3 J. Loevinger, Theories of Ego Development, en L. Breger, Clinical - cog-
nitive Psychology, Models and Integfations, Englewood Cliffs, N. J. , Practice
Hall, 1969 pp. 83-95.

135
Psicología...10
Amadeo Cmáni y Messandro Manmti

miento está siempre en perspectiva de totalidad y unidad.


No es verdadera ni posible una madurez en la que simple­
mente un área se supera sobre otras, puesto que es «todo»
el hombre el que debe crecer, en conformidad con el princi­
pio de totalidad.

Aun cuando responde al llamado de la gracia, el hombre


debe hacerlo con todo su ser. En el fondo se puede inter­
pretar también en este sentido el mandamiento del amar a
Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las
fuerzas...(cf. Dt 6 4; Mt 22,37): no sólo en el sentido de una
plenitud de amor, sino de involucrar absolutamente todas
las fuerzas del hombre. Por otra parte, es posible amar con
todo el corazón sólo si todos los componentes (mentales, vo­
litivos, afectivos...) son atraídos y están activos en la opera­
ción. No bastan los valores ni el querer racional para que
llegue a ser adulta una persona.

Es lógico que esta manera de ver al hombre no elimina


las varias especializaciones; simplemente no las radicaliza ni
las aísla, sino que las ve en una dinámica de complementa-
riedad e integración.

— E l yo es dialéctico'.
la unidad no quita la posibilidad de conflictos, puesto que al
interno del yo se pueden distinguir partes en relación dia­
léctica entre sí: una puede desarrollarse en detrimento de
otra que es reprimida; una zona psíquica puede consolidarse
en oposición a otra; un área puede reforzar a otra... Tantas
posibles combinaciones indican que la unidad no es un dato
de hecho, sino una tarea por hacerse. Estas varias partes,
que definiremos como yo ideal y yo actual (y sus compo­
nentes), no son rígidas en sí mismas como si fuesen líneas
paralelas, sino que se reclaman recíprocamente. El mundo
de los valores tiene una lógica propia y diversa de la de las
necesidades, pero no puede desconocerla: si se estimula
una, se afecta también la otra. Si se habla acerca del valor
celibato, el área de la afectividad es inmediatamente cues­

136
Z a s E s t r u c t u r a s d e l Yo

tionada; si mejoro en la percepción de las necesidades, tam­


bién las actitudes exigen una reformulación. Por otro lado se
trata de una dialéctica constructiva, puesto que cada una de
estas partes desarrolla una función propia indispensable para
el bien del todo: los valores dan dirección e identidad al yo,
las necesidades ofrecen energía y riqueza expresiva, las acti-
tudes son ocasión para manifestar y vivir lo que se cree y se
ama. Para la formación será entonces decisivo que el hom­
bre aprenda a conocerse y apreciarse en sus dinamismos,
afronte las diversas exigencias y acepte el trabajo de concer­
tarlas en el diario esfuerzo de construcción del yo.

— E l yo es estructural.
en efecto, los componentes se llaman estructuras, que luego
se expresan a través de los contenidos. Ya se ha definido el
concepto de estructura, los contenidos se han ilustrado; falta
dar un nombre a las estructuras. Gomo indica la visión holís-
tica, es bueno recordar desde ahora que las estructuras de­
ben integrarse entre sí. A mayor armonía entre sí, mayor
será la identidad del yo y la estima de sí. Si la integración
es menor, la realidad psíquica es más conflictiva y, en con­
secuencia, mayor el sentimiento de duda de sí.

Por otra parte, las estructuras son relativamente estables:


menos cambiantes que los contenidos y, por tanto, menos
fácilemnte modificables.

— E l yo es finalista'.
tiende hacia la propia consistencia y hacia la búsqueda de
los significados. Los dos términos -consistencia y significa­
do- están expresamente unidos para indicar que no es posi­
ble tener una visión coherente y unitaria de sí sin encua­
drarla en un contexto de significados.

Nuevamente y en términos educativos, esto significa


que el verdadero crecimiento no puede ser de cualquier for­
ma y genérico, sino que va en un sentido preciso que es el
de los valores, del yo autotrascendente y del deseo racional.

137
Amadeo Cendni y Messandro Manenti

Educar significa, por tanto, ayudar a la persona a adquirir un


conocimiento profundo y duradero de sí (yo estructural), en
todos sus aspectos (yo dialéctico), unido a un dominio de la
propia persona (yo holístico), a fin de canalizar todas las
energías hacia la realización de objetivos y metas constructi­
vas (yo finalista).

2. Yo actual y yo ideal

Siguiendo la clasificación sugerida por Wylie4 y modifi­


cada en parte por Rulla5, nos parece posible dividir el yo,
desde un punto de vista estructural, en dos partes: yo actual
y yo ideal.

Yo actual'.
representa lo que la persona es realmente -lo sepa o no- con
sus necesidades y con su manera habitual de actuar (actitu­
des). El yo actual es el resultado o el conjunto de tres com­
ponentes: yo manifiesto, yo latente, yo social.

Yo manifiesto'.
es el conocimiento que la persona tiene de sí misma y de
sus actos, o sea lo que afirma ser y hacer habitualmente, con
las características negativas y positivas que admite poseer.
Comúnmente es llamado concepto de sí: lo que yo creo ser.

Yo latente".
es el conjunto de las características que el sujeto posee pero
no conoce; por tanto, todas esas características (emociones,
motivaciones, necesidades, actitudes emotivas...) de las que
el sujeto no es consciente, pero que continúan formando
parte de su persona e influyendo en su conducta. Estas ca­
racterísticas latentes pueden ser diversas de lo que el sujeto
piensa de sí. Lo que yo soy sin saberlo puede estar en con­
traste con lo que yo creo ser. El grado de característica la-
4 R.C. Wylie, The present status of self theory, en E.F. Borgatta y W.W.
Lambert, A handbook of personality theory and research, Rand McNally, Chi­
cago 1968, pp. 728-787.
5 L.M. Rulla, Psicología, Las personas, o.c., pp. 49-52.

138
L as E s t r u c t u r a s d e l Yo

tente varía según que sea inconsciente o sólo preconsciente:


por lo tanto, el yo latente puede ser inconsciente o precons­
ciente.

Yo social-.
es el yo como agente y objeto social; por consiguiente, lo
que según yo soy a los ojos de los demás. Según yo: en
efecto estamos hablando de una estructura interna a la per­
sona, y por tanto, de un influjo social sobre la definición del
propio yo, pero filtrados por los esquemas del yo. Esto no
quita que dicho influjo pueda ser tan determinante que lle­
gue a crear una especie de dependencia de la consideración
de los demás para la propia estima personal: eventualidad
tanto más fácil cuanto más frágiles son los esquemas del yo.

Yo ideal:
representa lo que la persona desea ser o llegar a ser. Es el
mundo de las aspiraciones, deseos, proyectos y, a veces, de
los sueños y de las ilusiones. El yo ideal es el resultado o el
conjunto de dos componentes: ideales personales e ideales
institucionales.

Ideales personales'.
se refiere a los valores y proyectos que la persona elige para
sí misma; lo que yo deseo llegar a ser. Es fruto de una elec­
ción del sujeto, que puede estar más o menos en sintonía
con los varios componentes del yo actual y no siempre se
manifiesta o se deduce del comportamiento.

Ideales institucionales'.
consiste en la percepción que tiene el sujeto de los valores
y de los roles que la institución social le propone6. Hay que
hacer notar que el concepto señala: percepción que el sujeto
tiene de cuanto la institución le propone. En otras palabras,
lo importante no es sólo el valor o el rol propuesto sino, so­
6 El rol es una serie de prescripciones que definen cuál debe ser el
comportamiento de un miembro de cierta clase o status social. E.J. Tho-
mas, Role theory, personality and the individual, en E.F. Borgatta y W.W.
Lambert, A handbook, o.c., pp 691-727.

139
Amadeo Cendni y Messandro M menti

bre todo, cómo el sujeto los percibe. Se distinguen, en efec­


to, dos aspectos de los ideales institucionales:

— Exigencias de rol:
lo que la institución me propone; por tanto el conjunto de
las expectativas, demandas, exigencias que los demás me
hacen. Aquí el protagonista es la institución.

—Concepto de rol:
lo que según yo la institución me propone. Aquí el elemen­
to determinante es el modo como el sujeto percibe e inter­
preta el mensaje de la institución.

Exigencias y concepto de rol no son lo mismo. Por


ejemplo, la autoridad me convoca para decirme que quiere
mi disponibilidad para cierto trabajo, porque ha visto en mí
las capacidades y los requisitos necesarios (exigencias de
rol); pero yo, saliendo de la entrevista, interpreto esa peti­
ción como un enésimo intento de la autoridad para explotar­
me a su antojo (concepto de rol). Es evidente que lo que va
a influir en la construcción de mi yo ideal será el concepto
de rol más que las exigencias. La acción que siga estará uni­
da a la percepción subjetiva, que no necesariamente coinci­
de con lo que efectivamente ha propuesto la institución. El
sentido de identidad está determinado más por la percep­
ción subjetiva de los valores y roles vinculados a la institu­
ción que por la pertenencia a dicha institución.

140
Z as E s t r u c t u r a s d e l Yo

Tabla IV
Componentes de la identidad

Ideales
personales

Yo Ideal concepto
de rol
Ideales
institucionales exigencias
Identidad de rol

Yo manifiesto preconsciente
Yo Actual Yo latente
Yo social inconsciente

3„- Identidad del yo

Puesto que el yo es holístico, las diversas partes de que


se compone -contenidos y estructuras- están en relación. El
lugar donde mejor experimentamos el influjo recíproco de
los contenidos es la actitud: por su posición intermedia en­
tre necesidades y valores, es el canal de expresión de esas
dos fuentes de energía, desempeñando cuatro posibles fun­
ciones. Pero también las estructuras interactúan y el lugar
donde mejor experimentamos su armonía o desarmonía es la
identidad personal, que es precisamente el resultado de esas
dos estructuras.

Por identidad entendemos el sentido de unidad y conti­


nuidad interior que perdura en el tiempo y en las diversas
circunstancias, unido a la capacidad de mantener solidaridad
con un sistema realista de valores7.

7 Para el problema de la identidad, c.f. sobre todo E. Erikson, Infamia


e soáetá, o.c. y del mismo autor, Introspezione e responsabilitá, Armando,
Roma, 1972.

141
Amadeo Cenáni y Messandro Momenti

Tenemos por tanto dos elementos: continuidad y solida­


ridad (o referencia a los valores). El primero resulta preva-
lentemente de la recta gestión del yo actual y el segundo,
del yo ideal. Cuando estoy en armonía conmigo mismo, ten­
go confianza en mi continuidad; cuando tengo valores de
referencia precisos, permitiendo que ellos me definan, tengo
solidaridad.

Lo contrario de la identidad es la carencia de estima


personal (que se manifiesta en la vergüenza), la carencia de
confianza (que se manifiesta en la duda), la carencia de es­
tabilidad (que se manifiesta en el vacío existencial). Sistema
realista de valores significa que el yo ideal debe ser «libre y
objetivo». Dos términos técnicos que indican dos condicio­
nes para la madurez de un proyecto:

a. Los valores no deben buscarse para gratificar nece­


sidades conflictivas. La libertad, por tanto, se re­
fiere a la modalidad de conseguirlos. Por ejemplo,
no son libres aquellos valores -soportados pero no
elegidos- que para la persona representan el mero
residuo de una tradición; o bien, los valores que
son resultado de la represión, o sea como alterna­
tiva obligada (trabajar no sé, arar la tierra tampo­
co...); tampoco esos valores que son sólo copias de
lo que se ha aprendido de figuras de autoridad o
de los grupos sociales de pertenencia;

b. Los valores del sujeto deben estar en armonía con


un sistema objetivo de valores (o sea no arbitra­
rios). La objetividad se refiere, por tanto, a la cua­
lidad de su consecución (cf. a este respecto c. 4,
parte 1, pár. 6, La búsqueda de los valores).

Lo que soy y lo que deseo llegar a ser: dos líneas que


deberían converger. Construir la identidad en términos de
estructuras significa disminuir progresivamente la separación
entre yo ideal y yo actual, o -en términos de contenidos- ac­

142
Las E s t r u c t u r a s d e l Yo

tuar de modo que los valores -ideales abstractos- se transfor­


men cada vez más en actitudes sostenidas también por ne­
cesidades correspondientes. Pero integración no significa so-
breposición. La identidad no se tiene sólo cuando las dos
estructuras se tocan, dando lugar a una actualización plena
de los valores. Sería una pretensión absurda, fuente de ten­
sión perfeccionista hacia un ideal imposible de alcanzar8.

La identidad se tiene ya en el momento del acercamien­


to progresivo. Madurez no significa perfección sino perfecti­
bilidad en realizar progresivamente un yo-ideal-en-la-situa-
ción. La persona frustrada es aquella que experimenta una
división insuperable entre lo que es y lo que quisiera ser;
por lo que vive en un estado de ansiedad (más o menos
consciente) que puede pretender resolver intentando elimi­
nar una de las dos estructuras: por un lado, el soñador perti­
naz que huye del momento presente y se ilusiona de sí mis­
mo; por el otro, el realista desencarnado que no sabe ir más
allá del momento presente y desconfía de sí mismo (defini­
remos con más precisión, en el apéndice sobre la estima, tal
concepto y sus implicaciones).

a. Crisis y dispersión de identidad

Dado el concepto dinámico de identidad, se sigue que


la misma identidad incluye el elemento de crisis. Debe reor­
ganizarse continuamente y está amenazada por errores en la
definición del yo ideal (problema de valores) o del yo actual
(problemas de conocimiento de sí); o por haber atrofiado
una de estas dos estructuras o por la incapacidad de inte­
grarlas (problemas de inconsistencia). La crisis de identidad
es, por tanto, normal y lo malo sería si no lo fuese: nos esta­
ríamos exonerando de la tarea de crecer. Lo que es menos
8 «El amor hace uno al amante con el amado, pero sólo entonces nues­
tra mente será «una» con Dios, cuando se oriente hacia El siempre en
manera actual: lo que no es posible en esta vida» (Sto. Tomás, De caritate,
ed. Parma, 1856, a 10 ad 3m, 602). Lo mismo vale para la justicia; «Sólo
entonces habrá plena justicia, por tanto habrá plena santidad, cuando lo
veamos como es» (S. Agustín, De perfectione justitiae hominis, CIV P.L. t.
44, col. 295).

143
Amadeo Cendni y Alessandro Manenti

normal es la «dispersión de identidad». En cada estadio de


desarrollo, la persona tiene una particular definición de sí
que corresponde al desarrollo alcanzado hasta ese momento.
Por crisis de identidad entendemos una pérdida de corres­
pondencia entre la propia definición hasta entonces alcanza­
da y las exigencias de la realidad, por la que el individuo se
siente desconfiado para redefinirse (aunque no lo debe ha­
cer solamente en base a los dictados del ambiente). El con­
traste, por tanto, es entre el yo y la realidad que invita al yo
a renovarse. En cambio la dispersión de identidad es un
contraste entre estados internos del yo mutuamente contra­
dictorios y que la persona no consigue armonizar: es un pro­
blema de autogestión9.

Frente a un comportamiento negativo con el ambiente


(provocativo, furibundo, etc.) es necesario remontarse a la
experiencia subjetiva interna de la persona: si, no obstante
este contraste, hay un sentido fundamental de continuidad
del yo, hay sólo crisis de identidad. Según O. Kernberg se
tiene dicha situación cuando, más allá del problema de la re­
definición de sí, se encuentra la presencia de estos signos:

a) La capacidad de reflexionar críticamente sobre el


propio comportamiento y, si hay auto-engaño, ex­
perimentar culpa y preocuparse de superarlo.

b) La capacidad de establecer relaciones interpersona­


les que sean duraderas y no de explotación recí­
proca, junto con una valoración realista de tales
personas.

c) La presencia de un sistema de valores que se bus­


ca ampliar y profundizar (no importa si es en con­
formidad o en contraste con una cultura prevalen-
te), unido a la voluntad de actuar según tales

9 El término «identity diffusion» es traducido como difusión de identi­


dad y otras veces como dispersión de identidad o, incluso, confusión de
identidad.

144
Z as E s t r u c t u r a s d e l Yo

valores y no según motivaciones hedonistas-utilita-


rias y según la presión del grupo10.

La ausencia de estas capacidades refleja la carencia de


integración de los estados del yo, la dificultad para com­
prender a los demás en profundidad y la presencia de de­
fensas: características todas de la dispersión de identidad.

b. Identidad y comportamiento

Insistimos en el concepto de identidad por la importancia


que reviste también en relación con el comportamiento. Noso­
tros usamos constantemente la identidad como esquema de
referencia para nuestro actuar. Es la conclusión de R.C. Wylie
después de haber demostrado estas tres afirmaciones:

1. Tendemos a percibir y aprender más rápidamente lo


que es consistente con nuestra identidad, y a distorsio­
nar o descartar lo que está en contraste. Esto aun para
el conocimiento de nuestras características: estamos in­
clinados a ignorar los aspectos de nosotros mismos que
no confirman lo que pensamos ser; y esta tendencia
salta aun frente a informaciones positivas que podrían
corregir eventuales imágenes negativas de nuestro yo.
(De esto hablaremos posteriormente a proposito de las
inconsistencias lógicas y, más adelante, en el capítulo
sobre la percepción).

2. A mayor incertidumbre sobre la identidad de sí, más se


sentirá vulnerable la persona, dado que se advertirá
continuamente expuesta a la posibilidad de recibir estí­
mulos inesperados que la pueden desconcertar. De
aquí la tensión de frustación y el estilo defensivo en el
comportamiento.

3. La valoración del otro está en relación directa con la


valoración que hacemos de nosotros mismos. Freud
10 O. Kernberg, Teoría della relazione oggettuale e clínica psicoanalitica, o.c.,
pp. 221-226.

145
Amadeo Cendni y Messandro Manmti

pensaba (con muchos de nosotros) que se podía amar


al prójimo con solo apartar el investimiento libídico de
nosotros mismos, como si hubiese una relación inversa
entre amor de sí y de los demás. Los neo freudianos y
los «teóricos del sí mismo» sostienen, en cambio, que
la capacidad de amar a los demás depende del desarro­
llo de una imagen realista de sí. Si, en efecto, una per­
sona se percibe en forma realista como amable y ama­
da, estará menos preocupada del rechazo de los demás
y menos amenazada de la positividad de ellos; en cam­
bio, si se sobrevalora o se subvalora estará impulsada a
actuar en forma defensiva capturando aprobaciones o
replegándose en el rencor solitario11.

4. Consistencias e inconsistencias

El término consistencia reclama la idea de integridad,


armonía, no contradicción. En general, en el uso corriente,
se dice consistente un objeto en el que cada una de sus
partes desarrolla su tarea y contribuye al bien del todo o
para un fin común. Tal concepto, por consiguiente, está uni­
do con la «verdad» de la cosa en cuestión y con su capaci­
dad de conseguir el fin natural. Así, es consistente una casa
que tiene cimientos profundos, paredes resistentes, techos a
prueba de inclemencias, cuyos elementos y estructuras estén
unidos entre sí para garantizar al edificio solidez, y seguri­
dad y refugio a quien ahí vive. En cambio, no es consisten­
te una casa de fachada muy hermosa y confortable en el in­
terior, pero con cimientos poco profundos o construida con
material de escasa calidad que no asegura una suficiente es­
tabilidad al conjunto, y aun ofreciendo algún confort a quien
ahí vive, no está en grado de garantizarle el fin principal
para el que desde siempre el hombre construye una casa, la
seguridad material y física.

Aplicando el concepto a la conformación intrapsíquica


del ser humano, podemos definir la consistencia como una
11 R.C. Wylie, The present status of self theory, en E.F. Borgatta W.W.
Lambert, A handbook of personality theory and research, o.c., pp. 750-752.

146
L as E s t r u c t u r a s d e l Yo

situación interna y profunda de armonía entre las estructuras


del yo y los componentes correspondientes. Más en particu­
lar, se puede hablar de consistencia-inconsistencia a diversos
planos:

1. Psicológico-existencial:
la relación de acuerdo y complementariedad que debería ve­
rificarse entre los diversos niveles de vida psíquica. Ya he­
mos hablado de ello a próposito de la ley de la totalidad,
que dirige toda expresión de vida humana para el bien del
todo. Totalidad por consiguiente, como consistencia o como
precondición de ella. En cambio habrá inconsistencia cuan­
do haya conflictividad entre los niveles y no suficiente inte­
gración de sus características y exigencias. Lo que agrada
contrasta con lo que ayuda; se quiere el fin, pero se recha­
zan los medios; se pretende un valor, pero se rechazan sus
cláusulas y consecuencias. De ordinario es una inconsisten­
cia consciente, en cuanto el sujeto advierte los términos del
problema.

2. Lógico-mentah
es la relación de correspondencia, o al menos de no contra­
dicción, entre dos conocimientos. En el caso contrario se tie­
nen dos conocimientos opuestos entre sí. Contraste que se
siente más en la medida en que esos contenidos cognosciti­
vos se refieren a la imagen de sí. En el caso de contradic­
ción -afirma Secord- brotará una tendencia a eliminar lo más
posible el elemento cognoscitivo que contiene una valora­
ción negativa del yo: ejemplo típico es ei individuo que mi­
nimiza o racionaliza un infortunio; actuándo así, pone resis­
tencia a aceptar valoraciones negativas que se refieren al
concepto de sí.

Pero, junto a esta tendencia hay otra hacia la estabilidad


de nuestra imagen. Según Smith, cada uno de nosotros tie­
ne un «concepto de sí» más estable y central que las «per­
cepciones de sí», que son más transitorias y están originadas
en la relación ocasional con el ambiente: normalmente, en

147
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

caso de conflicto prevalecerá el concepto de sí, aun a costa


de distorsionar la percepción y rechazar la eventual informa­
ción positiva. Si, por ejemplo, deseo ser inteligente, pero me
creo tonto (concepto de sí), tenderé a rechazar todas las ma­
nifestaciones de inteligencia (percepciones de sí) como erro­
res de valoración o cumplidos no sinceros. Podrá incluso darse
una competencia entre la tendencia a la estabilidad y la ten­
dencia a pensar bien de sí. Rosenberg sostiene, en fin, que
cuando se introducen informaciones negativas en un sistema
de autoconocimiento substancialmente positivo, serán acepta­
da en la medida en que no sean consideradas importantes
para la estima de sí y no afecten al sistema central12.

3. Intrapsíquica-estructurah
se refiere a la relación existente entre los componentes
constitutivos del yo, o sea entre yo actual y yo ideal; y con­
siguientemente entre los contenidos del yo necesidades-acti­
tudes-valores. Son, pues, tomados en consideración explícita
también los componentes inconscientes y los motivacionales.
Nos parece que esta tercera perspectiva puede resumir ade­
cuadamente las primeras dos, puesto que toda consistencia-
inconsistencia a nivel existencial y lógico está destinada a
reflejarse en el estructural (si no es que francamente deriva
de él). Ya sea la elección implícita o explícita del nivel de
vida, o bien la formación de los propios juicios, especial­
mente en referencia al yo, tienen que ver con los equilibrios
entre el yo actual y yo ideal y con la relación entre elección
de un valor e impulso de las necesidades.

Concentremos entonces nuestra atención en el análisis


de las consistencias-inconsistencias estructurales y, más en
particular, en tres elementos: la relación necesidades-actitu-
des-valores; la motivación que impulsa al sujeto; el nivel de
conciencia.
12 Cf. R.P. Abelson y coü., Theories of cognitive consistency: a sourcebook,
Rand McNally and Company, Chicago 1968; cap. 25: Consistency theory
and self-referent behavior (P.F. Secord), pp. 349-354; cap. 27: The self
and cognitive consistency (M.B. Smith), pp. 366-372;cap. 29 : Discussion:
the concept of self (M.J. Rosenberg), pp. 384-389.

148
Za s E s t r u c t u r a s del Yo

a . Definición

Un individuo es consistente cuando está motivado en su


actuación, a nivel consciente o inconsciente, por necesidades
que están de acuerdo con los valores; en cambio, es incon­
sistente cuando está motivado por necesidades (inconscien­
tes) que no están de acuerdo con los valores. Como se ve, el
elemento central está constituido por la relación necesida­
des-valores; también las actitudes intervienen en la determi­
nación de la consistencia-inconsistencia, pero en forma su­
bordinada a esta relación. Lógicamente, desde el punto de
vista operativo y de la constatación diagnóstica, será más im­
portante observar precisamente la posición de las actitudes
en relación con las necesidades y los valores.

La persona consistente -en el área en que es tal- está ar­


mónicamente integrada, porque los componentes de su yo, y
en consecuencia sus estructuras, son puestos en movimiento
por la misma fuerza motivante y están orientados hacia un
mismo objetivo, interactuando constructivamente entre sí.
Lo contrario sucede al individuo inconsistente: vive en un
estado de desacuerdo interno, no es dueño de la propia
vida, porque una motivación que no conoce desmiente y
contradice su proclamación de valores; por lo tanto, sus es­
tructuras y contenidos están en relación conflictiva entre sí y
provocan un conflicto del que el individuo advertirá sus
consecuencias sin advertir su origen.

En el primer caso tenemos un individuo que asume, en


un proyecto de vida libremente eligido, las fuerzas dinámi­
cas de la propia personalidad y puede tender con eficacia y
constancia hacia la realización de tal proyecto. En el caso
del inconsistente habrá menos libertad en la definición y en
la ejecución del proyecto, porque está presente una fuerza
inconsistente que condiciona sus opciones y limita sus capa­
cidades efectivas de realizarlas.

149
Amadeo Cencini y Alessandro Manenti

En fin, el individuo consistente vive en una situación de


transparencia interna y externa: lo que afirma ser el objetivo
de su actuar es realmente la fuerza que lo impulsa a hacerlo,
capta su validez intrínseca (valor), se siente cautivado por él
(necesidades), lo quiere y se empeña concretamente por re­
alizarlo (actitudes). Es una persona «verdadera» y, precisa­
mente por esto, puede conseguir los fines que se propone.
Al contrario del inconsistente, que en lo que hace, además
de las «oficiales», tiene segundas intenciones aun sin saber­
lo, y normalmente no consigue realizar ni las primeras ni las
segundas.

Para ser más precisos, en lugar de contraponer persona


consistente a persona inconsistente, se debe hablar de áreas
consistentes e inconsistentes al interno de la misma persona.
El concepto, por tanto, más que al yo se aplica a sus conte­
nidos y estructuras.

Las inconsistencias de las que se habla en este libro son


las normales (o sea comunes) dificultades del hombre normal
para vivir según los valores profesados. No hablamos, por
tanto, de las inconsistencias psicopatológicas de las que se
interesa la psiquiatría: alucinaciones, delirios, fobias... Por
otra parte, hablamos sólo de las inconsistencias vocacionales\
o sea sólo de esas dificultades normales vinculadas con la
prosecución de los valores. Finalmente, hablamos de las in­
consistencias sobre todo subconscientes, que no son fruto, por
tanto, de la deliberación del hombre: el hombre puede sen­
tirse bloqueado en el crecimiento humano y espiritual sin
que por su parte haya mala voluntad; más aún, no obstante
su buena voluntad y su recta intención. Aun en la persona
que ha elegido un ideal de vida, quedan dificultades para
vivir según ese ideal. El elemento de valoración moral en­
trará si acaso en el valorar cómo el hombre maneja esas in­
consistencias que -aunque subconscientes- advierte instinti­
vamente o de las que constata en alguna forma sus efectos.

150
Z as E s t r u c t u r a s d e l Yo

Naturaleza de las inconsistencias

El contraste provocado por las inconsistencias, no nece­


sariamente involucra todos los componentes estructurales
del yo; lo puede hacer, pero raramente. De ordinario no se
trata de todo contra todo. Por ejemplo, puede haber cohe-
rencia entre ideales profesados y comportamiento práctico
(por tanto consistencia entre ideal personal y yo manifiesto),
pero la persona puede tener dificultad en sentir en profun­
didad ese comportamiento a causa de necesidades subcon-
sientes inaceptables. O también, el contraste puede ser al
interno del solo yo ideal (buen conocimiento de sí, pero ca­
rencia o irrealismo de los ideales que atraen); o también sólo
en el yo actual (valor claro, pero mal conocimiento de sí).
Ejemplos para darnos cuenta que pueden coexistir las con­
sistencias-inconsistencias. Por consiguiente, según de cuáles
componentes estructurales implicados en la inconsistencia se
trate, así se tendrán diversos «tipos» de inconsistencia.
Mientras que según los contenidos implicados en la incon­
sistencia, tendremos diversas «áreas» de inconsistencia, cada
una especificada por la relación entre necesidad y valor co­
rrespondiente. Por ejemplo, un individuo puede ser consis­
tente en el área de la autonomía, pero no en la del éxito.

Es posible ver en cada uno si prevalecen las consistencias


o las inconsistencias. El índice de madurez resultará precisa­
mente de esta relación entre zonas fuertes y zonas débiles.
Pero afirmar que algunas partes son inconsistentes y otras no,
no significa afirmar que entre ellas haya incomunicabilidad. En
efecto, como veremos, las inconsistencias van minando progre­
sivamente las consistencias y con el tiempo pueden llegar a
ser cada vez más centrales. Quizás valga la pena recordar que
nadie es perfectamente consistente, como probablemente no
exista persona totalmente inconsistente. Las inconsistencias
son una parte del hombre, no todo el hombre. Cada uno de
nosotros tiene una zona libre, fuerte, en ésta puede apoyarse
para descubrir las propias inconsistencias, limitar su efecto pa­
ralizante e impedir la formación de otras.

151
Psicología... 11
. KAsnam y Messandro Manenti

En segundo lugar, la inconsistencia puede ser más o


menos reconocida por el sujeto. Entonces, según el grado de
conocimiento, se tendrán diversos niveles de inconsistencia. Al
interno de la misma persona puede haber varias inconsisten­
cias, cada una de las cuales puede situarse a diverso nivel:
veo mi contradicción (inconsistencia consciente), pero no
veo el por qué (inconsistencia inconsciente). Evidentemen­
te, en la medida en que las inconsistencias sean más nume­
rosas y subconscientes, el yo será más vulnerable.

En tercer lugar, no todas las inconsistencias tienen la


misma importancia para la estabilidad y la perseverancia del
yo. En el cuadro dinámico general de una persona, la agresi­
vidad puede causar más problemas que el exhibicionismo
(= es más agresiva que exhibicionista); mientras que para su
gemelo puede ser al contrario. Por tanto, según el significado
funcional que una inconsistencia tenga en el cuadro general
de la persona, se tendrán diversos grados de centralidad de las
inconsistencias.

Tipos, niveles, número, grado de centralidad de las in­


consistencias: nociones un poco áridas, pero que los siguien­
tes casos hipotéticos nos ayudarán a comprender:

Caso A: supongamos que un hombre tenga claros los valores


personales y se comporte también según sus ideales (= consisten­
cia entre ideal personal y yo manifiesto). Pero si le preguntamos
acerca del ideal institucional nacen dudas: él mismo refiere con
desagrado, dado que inútilmente ha logrado remediarlo, que cada
vez que la autoridad habla, él se dedica a criticar y a re-interpretar
las cosas, descubriendo el «verdadero» (según él) sentido escondi­
do de lo que la autoridad pretendía decir: lo que deja a sus com­
pañeros perplejos y espantados (= inconsistencia consciente entre
concepto y exigencias de rol).

A través de una investigación más profunda brota que dicha


persona tiende a ser individualista; se empeña en sostener la pro­
pia autonomía y ¡ay de quien se la toca!; «Es bueno, pero hay que
dejarlo solo», dicen sus compañeros. Un individualismo que, sin
embargo, él se rehúsa a toda costa admitir. Aquí hay una inconsis­

152
Z as E s t r u c t u r a s del Ib

t e n c ia entre lo que hace (disponibilidad en el yo manifiesto) y lo


que siente sin reconocerlo (necesidad de autonomía en el yo la­
t e n t e ) : por consiguiente, inconsistencia entre el yo manifiesto y el
y o latente.

Puesto que el yo es holístico y estructural, las tres característi­


cas (disponibilidad a los demás - crítica a la autoridad - individua­
lismo) son aspectos del único y mismo yo y se iluminan y explican
entre sí. Una posible explicación es ésta: el «ponerse de punta»
con lo que la autoridad dice es un medio para afirmar subcons­
cientemente - con estilo de oposición y negatividad - la propia au­
tonomía, y la disponibilidad a los demás está subordinada a la pre­
misa subconsciente de poder manejarse en forma autónoma. Una
persona, en fin, que debe afirmarse a sí misma, actuando cautelo­
samente con quien la puede encajonar y descuidándose con quien
la deja libre. Disponible, pero en el cuadro de un proyecto sub­
consciente de autogestión. Este problema no representa todo lo
que es esa persona: tal vez las otras áreas del yo actual e ideal son
consistentes, o sea que sabe orientar bien las otras necesidades y
valores.

Caso B: Otro tipo de inconsistencia puede ser entre el ideal


personal y el yo latente. Un individuo que elige el ideal sacerdotal
en nombre de los valores de Cristo (consistencia), mas también
para compensar una necesidad subconsciente de humillación. No
sabe -aunque a veces lo sienta- que tiene la tendencia a conside­
rarse poca cosa: un vago sentimiento de no valer... Puesto que el
yo es holístico, esa necesidad ejerce también su influjo en la elec­
ción de la vocación (influjo tanto mayor cuanto más inconsciente
es esa necesidad), con la consecuencia de que el ideal sirve para
curar su sentido de inferioridad. Esta persona usará en tal sentido
y con esta sutil esperanza (concepto de rol) las varias exigencias
del rol. Bastará con ponerle un alba y de inmediato se sentirá due­
ño de la situación, o con ponerle a la mano una liturgia de las ho­
ras y de inmediato se soñará ser el nuevo cura de Ars. Tal vez las
otras áreas están (momentáneamente) exentas de contradicción:
«es bueno», «se hace amar de los demás», «ama la liturgia», «es
un hombre espiritual», «sabe guiar la asamblea»... pero lo que él
(y con frecuencia incluso los superiores) no ve es que su ideal es­
conde una incorrecta valoración de sí que tarde o temprano saldrá
fuera, amenazando la vivencia de ese ideal.

153
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

Dos personas tienen el mismo problemas de masturbación,


pero lo viven en forma diferente:

Caso C: Así lo describe: «Advierto que estos hechos me mo­


lestan. No es que pretenda verme inmaculado, pero no estoy en
consonancia con mis opciones» (= masturbarme no sirve). «Luego,
cuando sucede, me quedo con un cierto sentido de vacío y turba­
ción» (= no me agrada masturbarme). «He procurado remediarlo,
comprender, nada me queda por hacer: por eso estoy aquí; porque
busco entender qué me está sucediendo» (= quisiera hacer algo).
El problema es ego-distónico.

Caso D: también él ve el problema, pero en el modo de ex­


presarlo se transparenta un cierto apego al mismo: «Sé que me
equivoco, pero debe comprender: los instintos son fuertes y de
otra forma uno explota, viene el dolor de cabeza y luego ya no se
puede hacer nada» (= masturbarme sirve). «Por otro lado, es nece­
sario no dramatizar, sino buscar una razón» (= masturbarme puede
incluso darme placer). «Y a veces pienso que cada quien tiene sus
propios defectos y éste es el mío» (= no puedo hacer nada). El
problema es ego-sintónico.

Evidentemente el problema tendrá resultados diferentes en


los dos casos.

Ejemplos de inconsistencias varias: crítica a los supe­


riores, falso sentido de autonomía, ideal compensatorio, mas­
turbación.

c. Tipos de inconsistencias

No entramos en la compleja discusión acerca de cuántos


y qué tipos de inconsistencias. Sólo nos interesa comprender
que según los componentes del yo que estén implicados, se
tienen diversos tipos de inconsistencia. En nuestros casos
mencionados, inconsistencia entre exigencias y concepto de
rol y entre yo manifiesto y yo latente (caso A); inconsisten­
cia entre ideal personal y yo latente (caso B); inconsistencia
al interno de una necesidad (casos C y D); y el lector atento
habrá descubierto otras inconsistencias...

154
Z as E s t r u c t u r a s d e l Yo

Generalizando, podemos decir que existen cuatro gran­


des clases de problemas que un buen agente de pastoral de­
bería saber distinguir:

Problemas de psicopatología manifiesta.

2. Problemas de desarrollo, o sea las crisis inevitablemen­


te asociadas a las varias fases de la edad del desarrollo.

3. Problemas espirituales, que se refieren, por tanto, sólo


al área de los valores, por ejemplo las dudas de fe, de
moral...

4. Problemas de inconsistencias vocacionales, las tratadas


en este libro: las dificultades comunes para integrar la
energía de las necesidades y los valores, que de ordina­
rio no se ven a primera vista, haciendo aparecer a la
persona como «normal».

Tratándose de problemas diversos, también será diverso


el tipo de ayuda dado por el sacerdote. No son de su com­
petencia los problemas de psicopatología manifiesta, que de­
berá orientar al psiquiatra o al neurólogo. Los problemas de
desarrollo le interesan en la medida en que se vinculan a la
formación de un proyecto de vida en el muchacho: son bas­
tantes fáciles de identificar (a menos que escondan otros
problemas) y el sacerdote los tratará presentándose como
consejero y amigo. Pero al sacerdote -formador de concien­
cias- interesan sobre todo los últimos dos tipos de proble­
mas. Frente a los sólo espirituales se presenta como maestro
que clarifica y enseña el modo correcto de ser y actuar. En
cambio, si se trata de problemas de inconsistencias vocacio­
nales se presenta como educador preocupado por desarrollar
virtudes y disposiciones maduras, y esto no lo puede hacer
sólo proclamándolo, sino predisponiendo a la persona a aco­
ger ese mensaje proclamado: una ayuda que, si queremos,
es también psicológica, pero que no podemos pedir al psicó­
logo profesionista; también esto es propio del sacerdote (o al

155
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

menos de quien tiene las dotes y la preparación para ser


educador). Y no se trata de higiene mental, sino de ayudar a
la persona a entregarse «toda» cuando se decide por un
ideal de vida.

d. Niveles de inconsistencias

Mientras que el tipo de inconsistencias se refiere a los


elementos específicos del yo implicados en el conflicto, el
nivel se refiere al grado de conocimiento del conflicto. Vol­
viendo a nuestros casos arriba mencionados: el problema de
la crítica a la autoridad es consciente (A lo refiere franca­
mente con desagrado y con el proposito de remediarlo); el
problema de la autonomía es subconsciente (A no lo ve en
ninguna forma), como también el problema del ideal com­
pensatorio (B interpreta las actitudes pseudolitúrgicas como
signo de llamada vocacional); el problema sexual es cons­
ciente, aunque para C es ego-distónico y para D ego-sintó-
nico.

Se puede, pues, tener una jerarquía de inconsistencias:


desde el nivel consciente al inconsciente, pasando por el
preconsciente. Una dificultad esconde otra. En el caso A, el
problema de autoridad esconde el de autonomía y deriva de
este último: esa persona no es rebelde, pero es individualis­
ta y, como consecuencia, tiene que ser rebelde.

En el caso B la posición incorrecta respecto a la voca­


ción esconde el verdadero problema de la no definición de
sí, por lo que el yo ideal puede ser, al menos en parte, com­
pensación del yo latente.

Volviendo a los cuatro tipos de problemas, se compren­


de entonces que el 4to. caso puede estar debajo de los pro­
blemas espirituales y de desarrollo. No se necesita mucho
para comprender que el verdadero problema de la persona
escrupulosa no es el discernimiento moral, sino su patología.
Pero el sacerdote educador debería también comprender

1S6
Z as E s t r u c t u r a s del Ib

que muchas dificultades espirituales son en realidad expre­


sión de inconsistencias vocacionales subconscientes: no es
cuestión de valores sino de dificultad para armonizarlos con
las necesidades. Y estos casos no son la excepción sino la re­
gla: los elementos sensibles y los espirituales del hombre es­
tán entretejidos en forma intrincada. No comprender esto es
perder enormidad de tiempo sin que la persona progrese
significativamente, para concluir -a fin de salvar la estima de
nosotros mismos- que esa persona es poco generosa en rela­
ción con Dios. Sin comprender la verdadera naturaleza de
los problemas, la intervención educativa puede incluso agra­
var los problemas mismos; si la rebeldía es una defensa con­
tra la humillación subconsciente, la clásica amonestación so­
bre el orgullo no consigue otra cosa que aumentar el
problema de la rebeldía: no se ha entendido que la persona
es rebelde porque se siente poco buena, y mientras más se
le diga que no es buena, más se hará rebelde; la interven­
ción adecuada debería ser exactamente al contrario: aumen­
tar en esa persona la estima de sí misma.

Por la misma organización jerárquica, una consistencia


puede esconder una inconsistencia. En este caso hablamos
de consistencias defensivas o sólo aparentes, pero que en
realidad tienen finalidades defensivas.

El caso B es aparentemente consistente en el área de valo­


res que, sin embargo, le sirven para una función defensiva del
yo; por tanto, como tapón de un problema no resuelto, que
tarde o temprano se volverá a hacer sentir. Es evidente que
una consistencia defensiva es equivalente a una inconsistencia.

De aquí, entonces, la importancia de una labor formativa


de prevención: no es oro todo lo que brilla. Hay que dis­
cernir desde el principio las fuentes de dificultades que la
persona encontrará más adelante en su compromiso de vida;
individuarlas antes todavía de que se organicen y se convier­
tan luego en irreversibles. Y esto hoy se puede hacer con un
alto grado de garantía.

157
Amadm Crnám y Alessand.ro Manenti

Si en el fondo hay un problema subconsciente, no nos po­


demos ilusionar que se pueda resolver con los puros medios
ascéticos: oración, propósitos, experiencias... La gracia -de
ordinario- no remedia los límites de la naturaleza en forma
extraordinaria. Dios quiere la cooperación del hombre. La
acción de la gracia no necesariamente toca la libertad del
hombre, por cuanto se refiere a las limitaciones subconscientes
para vivir según los ideales trascendentes que se propone. No
hace superar las limitaciones naturales subconscientes, aun­
que éstas limiten la capacidad de vivir los valores trascen­
dentes. Dios, en su infinita omnipotencia, lo podría hacer,
pero de ordinario no lo hace13.

e. Grado de centralidad de las inconsistencias

El caso C podría prescindir de la masturbación, pero el


caso B no puede renunciar al uso defensivo de la liturgia o,
de lo contrario, se vería descubierto en la propia fragilidad.

Como se ve por nuestros cuatro casos, el grado de impli­


cación del yo es diverso: desagrado, ignorancia, padecimien­
to, autocomplacencia. Son tres los criterios para captar la di­
versa centralidad de una inconsistencia14:

1. Es un aspecto sentido como medio necesario para obte­


ner fines personales. Así, la agresividad es central si su
renuncia comporta para la persona un menor gusto por el
ideal mismo, que decae a sus ojos y pierde fuerza de
atracción. Es la situación de quien está bien con los de­
más (fin personal) sólo cuando hay enfrentamiento de por
medio (aspecto central). Para el caso D la masturbación
es una inconsistencia central, puesto que es sentida como
importante para continuar trabajando, a diferencia del
caso C que la siente como dispersiva e inútil.
13 Sobre este punto, cf. L. Rulla, the discemment of spirits and christian
anthropology, en «Gregoranium», 59(1978), pp. 537-569.
14 L. Rulla, Psicología, Las personas, o.c.; y del mismo autor y coll., Strut-
tura psicológica, o.c., pp. 30-33. Intenta encontrar estos criterios en los ca­
sos C y D.

158
Z as E s t r u c t u r a s d e l Yo

2. Es importante para la estima de sí, o sea en relación


con ese aspecto la persona tiene un afecto positivo,
aunque el mismo sea un impedimento para el creci­
miento («mientras más domino la situación y me hago
respetar, más soy alguien que vale»). Es el prevalecer
indiscutible del deseo emotivo. Es precisamente este
vínculo con la estima de sí el que da fuerza y urgencia
a un atributo del yo. Cuando está implicado el éxito o
no de mi yo, una necesidad, una actitud, un valor o un
comportamiento se cargan de energía. Por la belleza fí­
sica acepto someterme a cuidados estéticos extenuan­
tes; por la carrera me someto a agotamientos imposi­
bles que, sin embargo, no soporto realizar en relación
con mis hijos; para hacer ver que soy «alguien que pue­
de», soporto filas interminables en la carretera para llegar
en días de aglomeración a la localidad de moda, a donde
no soñaría ir cuando no hay nadie. Pensándolo bien es
absurdo, pero en todo esto encuentra gusto la persona.

También vale lo contrario: actividades y privaciones que


van contra la estima de sí, son difíciles de sostener. Se tiene
la sensación de «comportarse como necios». La dificultad
para renunciar -con el dolor de resquebrajarse la estima de
sí- vuelve problemática la perseverancia en esos valores vin­
culados con atributos irrenunciables del yo: se acepta el va­
lor hasta cierto punto. Si renunciar a la dependencia afectiva
comporta una pérdida de auto-estima, vivir la soledad resul­
tará frustante; si tengo necesidad de apoyarme en el exhibi­
cionismo o la autonomía, la disponibilidad y la renuncia
quedarán expuestas a fallas. Cuantas veces esté ligada la
auto-estima a un determinado valor y al mismo tiempo a una
necesidad opuesta, ahí brotará una situación de conflicto.

3. La persona es incapaz de adoptar mecanismos protec­


tores de auto-control contra el influjo de un atributo
del yo, aunque sea experimentando en forma negativa:
«una atracción inaceptable persiste como centro de la

159
Amadeo Cencini y Alessandro Manenti

atención»15. En lugar de resolver el problema, buscará


justificarlo recurriendo a los mecanismos de defensa.

El mismo problema en diferentes personas puede tener


una funcionalidad diversa y, por lo mismo, diverso será el
resultado. El educador, antes todavía de tratar un problema,
deberá ver cómo lo afronta el interesado. Si sus mecanismos
de control son adecuados, tendremos una inconsistencia con
menor contraste interno y menor dificultad en la realización
de los valores.

Es interesante notar que los mismos criterios funcionan


para el concepto de consistencia central. Por consiguiente, si
una necesidad responde a estas tres características habrá una
consistencia central en dicha área. Tomemos, por ejemplo,
la necesidad de dar ayuda a los demás dentro de un contex­
to valorativo de caridad. Si el individuo lo siente como un
aspecto importante para la consecución del objetivo (la.
condición), si ha aprendido a estimarse por esta energía po­
sitiva que posee, advertirá una atracción hacia el mismo (2a.
condición); si, finalmente, sabe armonizar tal necesidad con­
sonante (con los valores) con las otras necesidades consonan­
tes y con la situación externa (aun el dar ayuda requiere de
cierto control, de otra manera se vuelve invadente y el otro
no crece) entonces se respetará la 3a. condición y habrá una
consistencia central unida a la necesidad de dar ayuda, en
tal forma que la persona se haga armónicamente integrada
en dicha área y capaz de tender eficazmente hacia sus obje­
tivos: el valor procesado está sostenido por una necesidad
que está en armonía con el mismo. Puesto que la emoción
da a la conciencia intencional su movimiento, su energía, su
fuerza, el valor sostenido por una emoción correspondiente
será más estable e influirá más en el psiquismo del indivi­
duo; y será más eficaz y convincente en su testimonio res­
pecto a los valores no sostenidos por las emociones o de pla­
no en contraste con ellas.

15 L. Rulla, Psicología, Las personas, o.c.

160
Za s E s t r u c t u r a s dkl Yo

Es el verdadero secreto de cualquier camino formativo:


no sólo proponer valores y sugerir actitudes, sino ayudar a
compaginar necesidades y valores.

5. Las aportaciones de las teorías

Nuestra afirmación de que son dos las estructuras del


yo, es el resultado de la integración de varias teorías psicoló­
gicas, cada una de las cuales ha estudiado esta o aquella es­
tructura, a veces aun en menoscabo de la otra. Hemos in­
tentado tomar sus aportaciones sin absolutizarlas, sino
viéndolas como una explicación parcial del hombre, a inte­
grar en un cuadro antropológico más respetuoso de la reali­
dad.

Abstrayendo de las posiciones específicas de cada autor,


en la reciente historia de la psicología podemos identificar al
menos dos corrientes de pensamiento. Una subraya más el
yo actual y la otra el yo ideal: la primera es de carácter más
instintivo y la segunda, más espiritualista16.

La corriente instintiva aparece en la escuela freudiano-


psicoanalítica, donde la realidad original y fundamental del
psiquismo son los instintos, y el yo ideal queda reducido a
sublimaciones instintivas17. Los instintos, radicados en la
naturaleza biológica del hombre, deberían, por tanto, tener
vía libre, pero el super-yo -conciencia «derivada» de la auto­
ridad paterna y social- interviene severamente para reprimir­
los cuantas veces estuviesen en contraste con esta autoridad,
para evitar el eventual castigo y angustia a ella unidos. La
16 Para un detenido estudio comparado de las diversas teorías, cf. S.
Maddi, Personaliíy Theories. A comparative analysis, o.c. O también D.
Wyss, Storia della psicología del profondo, vol 2, Cittá Nuova, Roma 1979-
1980.
17 La sublimación, concepto típicamente freudiano, es ese mecanismo
defensivo mediante el cual impulsos inaceptables son canalizados hacia
metas superiores social y personalmente aceptables. Es una especie de
«disfraz» del instinto original que encuentra así una «satisfación sustituti-
va».(Cf. S. Freud, Carattere ed erotismo anale, en «Opere», o.c., V, pp. 401-
406) De esto hablaremos con detenimiento más adelante.

161
Amadeo Cencini y Alessandtv Manenti

represión es vista así como una especie de agresión a los


propios instintos y -como tal - es la raíz de la patología. Pa­
tología y normalidad, por consiguiente, se convierten en las
dos únicas categorías dentro de las cuales podemos clasificar
a todo hombre, según la mayor o la menor invasión del me­
canismo represivo. Como se ve, en ésta perspectiva el ser hu­
mano está definido más por el yo actual que por el yo ideal.

La comente espiritualista cuenta entre sus exponentes


de mayor relieve a Frankl, Daim, Caruso, y sostiene exacta­
mente lo contrario. El hombre es ante todo espíritu, espíritu
inconsciente que debería volverse consciente impregnando
toda expresión humana y dominando los instintos, parte me­
nos noble y que arrastra hacia lo bajo18. Ceder al instinto
querría decir reprimir el espíritu y cometer una acción equi­
vocada y, a la postre, neurótica. Caruso, el fundador de la
«psicología personalista del profundo», sostiene que la neu­
rosis es como una fijación en algo relativo, que puede resol­
verse sólo cuando la tendencia al Absoluto encuentra un ob­
jeto realmente Absoluto19. La convicción implícita de estos
autores es que el hombre prácticamente siempre es libre de
elegir entre virtud y pecado^0. En todo caso, es el yo ideal
-mucho más que el yo actual- el que da al hombre una pre­
cisa identidad.

Tomadas separadamente las dos corrientes no pueden


formular una comprensión exhaustiva de la complejidad del
hombre, dado que las categorías propuestas por ellos presen­
tan al menos estos límites:

- Señalan extremos del actuar humano, sin tomar en


consideración la posibilidad de situaciones interme­
dias. Entre patología y normalidad, por ejemplo, la
línea de separación no es tan rígida: puede haber los
llamados «desórdenes de la personalidad» (tendencia
18 V. Frankl, Logoterapia, o.c., pp. 33-38.
19 I.A. Caruso, Psicanalisi, o.c.
20 D. Wyss, Storia della Psicología, Yol. I, o.c., pp. 356-363.

162
Za s E s t r u c t u r a s del Ib

paranoica, histérica, narcisista...), que no son enfer­


medades mentales, pero quitan al hombre un poco
de su libertad^1. Por otra parte, pueden coexistir di­
versos aspectos y zonas del yo más o menos norma­
les. Así también, no parece del todo exacto clasificar
la conducta moral en términos rígidos: hay situacio­
nes en que la responsabilidad es poca, y no sólo en
el caso extremo de una evidente patología, sino tam­
bién cuando el hombre no está de hecho plenamen­
te consciente del móvil de sus acciones. El incons­
ciente -como hemos visto- es componente habitual
de nuestro psiquismo y realidad que influye en el
comportamiento.

- Las dos corrientes son monistas: aunque identificado


en fuentes diversas, el principio que motiva la con­
ducta es uno solo: o los instintos o los valores, y se
excluye la coexistencia de motivaciones varias que
provengan también de fuentes energéticas diversas.
La consecuencia es una rigidez inaceptable al definir
los confines de la libertad, responsabilidad, patología.
Según las investigaciones más recientes de la psico­
logía profunda, es posible identificar tres (y no dos)
dimensiones:

I dimensión: libertad plena, cuando el hombre es cons­


ciente de sus acciones y sus motivaciones;

II dimensión: libertad relativa, cuando no es suficiente


esta conciencia;

III dimensión: ausencia de libertad, cuando esta conciencia


está ausente por el influjo de fuerzas inconscientes in­
controlables^.
21 N. Cameron, Personaliíy development andpsychopathology. A dynamic ap-
proach, Mifflin Company, Boston 1963, pp. 636-678.
22 L.M. Rulla, Discemimento degli spiriti e antropología cristiana, en «Re-
cherches Ignatiennes», 5(1978), pp. 1-39; id., The discerment of spirits and
christian anthropology, en «Gregorianum», 59(1978),pp. 537-569.

163
Amadeo Cencini y Alessandro Manenti

Por la presencia de esta II dimensión, todas las catego­


rías filosóficas -morales- psicopatológicas se presentan más
matizadas: no es posible, pues, hablar de o/o (aut/aut), sino
de diversos grados de libertad, de conocimiento no delibera­
do, de inconsistencias no patológicas. Respecto a la I dimen­
sión se realiza un proceso de reducción del ser-actuar del
hombre, pero no debido a elementos patológicos (III dimen­
sión), sino a ese proceso de lenta sedimentación del incons­
ciente que ya hemos visto^3. Se puede hablar de la catego­
ría pecado/virtud en la I dimensión, pero no en la II.

La II dimensión se encuentra en una posición interme­


dia y de equidistancia de las otras dos y, por lo mismo, se
debe hablar aquí de «diversos grados de...».

- Finalmente, las dos corrientes parecen ignorarse recí­


procamente absolutizándose cada una. Por ejemplo,
la teoría psicoanalítica no da la importancia que se
merece a la realidad del espíritu, como si fuese un
subproducto psíquico, terminando prácticamente por
ignorar la posibilidad de una responsabilidad moral,
si todo es fruto de dinamismos escondidos e incon­
trolables. Tampoco parece correcto, del lado espiri­
tualista, identificar pecado y neurosis, dos realidades
completamente diversas. No ignorarse significa, en­
tonces, afirmar que el yo no siempre expresa lo me­
jor de sí mismo cuando se organiza mediante funcio­
nes utilitarias o defensivas; o que puede expresar
algo de sí que no es consciente, pero esto no anula
la existencia específica y autónoma del yo ideal. De­
tenerse en una u otra de las dos estructuras no es
suficiente para explicar la normalidad ni la patología,
dado que estos conceptos no se definen sólo como
funcionamiento/no funcionamiento de las dos estruc­
turas, sino también como armonía/no armonía entre
ellas: normalidad y patología son conceptos que se
basan en una relación dinámica entre las estructuras.
23 Es precisamente a esta II dimensión a la que parece aludir S. Pablo en
el texto de Gal 5, 16-17. Cf. L. Rulla, «Gregorianum», o.c., pp. 556-562.

164
Za s E s t r u c t u r a s del Ib

Este modo de proceder no es un método arbitrariamente


ecléctico: reunir de diferentes teorías de la personalidad ele­
mentos interesantes, simplemente porque parecen interesan­
tes, presumiendo de poder reconciliar autores, precisamente
en los aspectos en que entre sí están en desacuerdo. Se tra­
ta más bien de un método que podríamos definir genético y
global. Este, en efecto, busca por una parte indagar acerca
del nacimiento y desarrollo del actuar humano; utilizando,
por otro lado, una perspectiva pluridimensional que consien­
ta ver al hombre en su integridad. Y aquí pueden ser valio­
sas las aportaciones de las diversas teorías. El objetivo que
perseguimos es proponer una visión del hombre que tenga
en cuenta en forma adecuada todos sus elementos intrapsí-
quicos y dé razón de su complejidad: una visión antropológi­
ca integral. Y el problema de la integración no consiste sólo
en analizar «cuál» sea la motivación del comportamiento,
sino en estudiar «cómo» las diversas motivaciones interac-
túan entre sí, y además en identificar la relación entre con­
tenido y proceso motivacional. Para tal objetivo la tesis de
un único proceso motivacional no parece adecuada. Para
considerar esta red compleja de relaciones entre contenidos
y funciones, la teoría más convincente parece ser la del yo
considerado en la totalidad de sus estructuras y contenidos.

Sostener dos estructuras constitutivas del yo significa ela­


borar una antropología que se separa de las propuestas por las
dos corrientes precedentes. En base a esas dos estructuras se
puede decir que el hombre vive «contemporáneamente» en
dos mundos: el mundo de los valores y el mundo de la si­
tuación actual. El mundo de los valores habla de espíritu,
trascendencia, inmortalidad, lo absoluto. El mundo de la si­
tuación actual habla de materia, necesidad, lo relativo. La
realidad hombre -ser abierto a lo absoluto pero limitado por
lo relativo- se convierte entonces en una paradoja: hetero-
centrado y al mismo tiempo auto-centrado.

Estudiar al hombre significa, por consiguiente, afrontar


esta paradoja típicamente humana para ver cómo el hombre

165
Amadeo Cencini y Messandm Manenti

mismo puede integrar aspectos contradictorios de su yo: co­


nocerse y aceptarse en su realidad limitada (yo actual) para
hacerlo un terreno propicio donde desarrollar los valores (yo
ideal), autorealizarse en la autotrascendencia, y superarse
para vivir plenamente la propia originalidad. Así como el
hombre que se construye solamente sobre una de sus es­
tructuras se «minimiza» a sí mismo, así la psicología que es­
tudia ese hombre puede llegar a ser reductiva: por una par­
te, la corriente instintiva con su psicologismo reduccionista
que, en nombre de los condicionamientos psico-sociales in­
sertados en nuestra naturaleza, niega la posibilidad de la
vida ideal como vida genuina; y por otra parte la corriente
espiritualista que, para salvar el aspecto trascendente de los
valores, niega o no considera el terreno humano sobre .el
que tales valores deben inserirse.

La visión del hombre en su integridad, por tanto, nos


hace ver que el hombre tiene en sí la capacidad de vivir
ideales; que en él existe también una serie de contenidos y
procesos que lo habilitan para usar esta capacidad; como tam­
bién existen contenidos y procesos que le pueden hacer difícil
ese camino. Y todo esto pertenece al mismo y único yo.

Nos puede ayudar el cuadro siguiente que resume los


diversos aspectos del yo.

166
Z a s E s t r u c t u r a s d e l Yo

Tabla V
Compendio de la Primera Parte

Nivel de la Psico P s ic 0 Racional


vida psíquica Písiologico Social Espiritual

Nivel de la In- Pre-


consciencia consciente consciente Consciente

Estilos Deseo Emotivo Deseo Racional


Operativos yo egocéntrico yo egotrascendente

Contenidos Necesidades Actitudes Valores

Yo ^ Ideal ^
Latente Institucional

Yo
Yo Yo
Estructuras Manifiesto
Actual Ideal
Yo
Social Ideal
J Personal J

— Dirección de un camino de madurez (contenidos)


\ Método Genético-Global de lectura (proceso)

167
Psicología... 12
La E s t im a d e Sí M s m o

Conclusión
L a E stim a de S í M ism o

Hemos partido de una visión externa del hombre para


llegar a su centro propulsor: el yo.

La visión desde el exterior nos ha llevado a afirmar que


el hombre se construye sobre tres niveles de vida psíquica,
se decide en base a dos procesos y se estructura sobre ele­
mentos conscientes, preconscientes e inconscientes.

Para una explicación del por qué de todo esto, hemos


pasado a una visión más interna y hemos descubierto que el
hombre es así, y no en otra forma, porque su psiquismo se
compone de necesidades, actitudes, valores como contenidos
de las dos etructuras (yo actual y yo ideal), gracias a las cua­
les el hombre se reconoce a sí mismo. Por consiguiente del
modo de expresarse al modo de ser. El modo de ser explica
el por qué de esa y no de otra expresión. Cierto modo de
actuar reclama un cierto modo de ser; y el modo de ser se
expresa en un cierto modo de actuar.

Todo esto se experimenta en la estima de sí. La identi­


dad es un concepto, pero la estima de sí es una experiencia.

La estima es una necesidad natural y central, tanto que


algunos psicólogos apoyan en ella su concepción de la per­
sonalidad1. Sin la estima de sí es difícil vivir, quizá imposi­
ble: se siente uno incompetente, inferior a los demás, cada
circunstancia de vida se convierte en una amenaza, hasta
que se termina por replegarse o recurrir a los mecanismos
de defensa que nos ilusionan de lo contrario. La estima, en
1 Cf. por ejemplo, A.W. Combs-D. Snygg, Individual behavior, Harper,
New York 1959; C. Rogers, Terapia, o.c. 1970.

169
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

fundamentales para afrontar los compromisos de la vida y las


relaciones con los demás: sólo si está seguro de sí, el hom­
bre puede verdaderamente darse y amar; o sea, abandonarse
y perderse, sin necesidad de defensas y de apoyos artificia­
les de la propia identidad.

El argumento es complejo y en esta parte conclusiva lo


introducimos bolamente, dado que podrá brotar en toda su
amplitud del conjunto entero del libro.2

Según el pensamiento común de los psicólogos, haber


resuelto el problema de la autoestima significa poder dar
«una valoración realista, sustancialmente positiva y estable» de
sí3. Intervienen por consiguiente, estos elementos: conoci­
miento objetivo de sí (condición de base), capacidad de
apreciar lo que se es (nacimiento de la estima), sana tensión
hacia un bien-valor (cumplimiento del proceso de la estima),
integración de lo negativo presente en la propia vida (pleni­
tud de la estima). Veamos estos elementos.

1.Conocimiento objetivo de sí

Se tiene cuando el individuo está en grado de percibir


realistamente los varios componentes de su yo, desde el yo
manifiesto hasta el ideal institucional.

Es comúnmente aceptado por todos que no existe mejor


conocedor de sí mismo que el propio interesado. Esto es en
parte verdad: investigaciones especializadas demuestran que
en particular personas dotadas de una cierta cultura e inteli­
gencia piensan conocerse suficientemente, como si hubiese
una equivalencia entre cociente intelectual y autoconoci-
miento. También la práctica de psicodiagnóstico y psicotera­
pia pone diariamente frente a esta pretensión, que tal vez se
2 El problema de la estima y de la formación de la identidad al inte­
rior de un proyecto de vida cristiana, es analíticamente tratado en el ya
citado volumen de A. Cencini, Amerai..., o.c., pp. 13-55.
3 M.D. Lynch y coll., Self-concept: advances in theory and research, Ballin-
ger, Cambridge, Mass., 1981.

170
L a E stima d e & M s m o

encuentra particularmente en personas que han elegido un


ideal de vida muy elevado. Pero la investigación de Rulla y
colaboradores señala claramente que las cosas no suceden
siempre así: de una muestra representativa de jóvenes que
inician el noviciado o el sexenio de filosofía-teología, resulta
que el 8 6 % de los varones y el 87% de las mujeres ignora­
ban, parcial o completamente, su conflicto central (es decir
latente). Y es todavía más impresionante otro dato de la
misma investigación (una investigación longitudinal): des­
pués de 4 años de formación, el 83% de los varones y el
82% de las mujeres continuaban ignorando todavía su debi­
lidad psíquica más significativa4.

El conocimiento de sí que no incluye el yo latente (el


área D de la ventana de Johari) es, por lo mismo, parcial,
subjetivo y a menudo distorsionado; dado que el yo latente
continúa actuando, pero -puesto que no es conocido- no es
advertido por el sujeto en sus modalidades de acción e in­
flujo. Esta parcialidad tiene sus consecuencias en la estima
de sí. Según un pensamiento común pero muy ingenuo, po­
dría parecer que ignorar el propio yo latente (especialmente
si es conflictivo) ayuda por lo menos a mantener la estima
de sí, a defenderla de percepciones desagradables. La mis­
ma investigación lo contradice claramente: en efecto, del 70
al 75% de estos sujetos tenían también serios problemas de
desconfianza en sí (y la desconfianza es, evidentemente,
consecuencia de una estima no bastante positiva)5.

Parece inevitable que el conocimiento objetivo de sí es la


condición básica para una estima realista: el no conocerse sufi­
cientemente provoca o una estima artificial o una no estima.

Normalmente, el área que crea más problemas para co­


nocerse y estimarse es la del yo latente: el motivo es evi­
dente y ya lo hemos indicado. Pero junto a la dificultad «ge­
nética» del yo latente está la antigua e irreducible
4 L. Rulla y coll., Struttura psicológica, o.c. p. 85.
5 L. Rulla y coll., Struttura psicológica, o.c. p. 88.

171
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

suposición (de origen freudiano) de que el inconsciente es


sinónimo de malo y, por consiguiente, algo para deshacerse
de él o ignorarlo. Y así, por el miedo de descubrir lo perver­
so que hay en nosotros, se corre el riesgo de no darse cuen­
ta de lo positivo que también hay en nosotros y que cada
uno encuentra en su yo actual, y aun en el yo latente.

Lo que siempre debe tenerse en cuenta es la indispen­


sable copresencia, en el conocimiento de sí, de ambos com­
ponentes estructurales: yo actual y yo ideal. Ninguno de los
dos basta para definir al hombre, que está hecho tanto de
necesidades como de valores. Por consiguiente, deben evi­
tarse ciertos enfoques unilaterales del hombre. No puede
conocerse objetivamente el hombre que sofoca el reclamo
de los valores, ni tampoco quien se construye ideales igno­
rando las propias necesidades.

Otra condición fundamental es la de encontrar un justo


equilibrio entre yo actual y yo ideal. Debe haber una distin­
ción entre lo que cada uno piensa que es y lo que piensa
que debe ser. Yo actual y yo ideal no pueden identificarse
ni ser sobrepuestos en forma confusa: faltaría esa benéfica
tensión hacia valores precisos que ponen en movimiento el
dinamismo psíquico. Por otro lado, la distancia entre los dos
elementos no debe ser excesiva ni inalcanzable, en tal forma
que frustre la tendencia natural del hombre hacia el creci­
miento y la madurez: debe haber, en cambio, una distancia
óptima o sea realista y posible de conseguir. Un conoci­
miento completo y objetivo es condición de estabilidad de la
propia identidad porque se funda en las estructuras básicas
de la personalidad.

2. Capacidad de apreciar lo que se es (yo actual)

Es la valoración positiva de lo que el hombre es y tiene


por naturaleza, con todos los dones y las energías innatas, a
partir del don de la existencia. En tal sentido la estima de sí
está más por descubrirse que por conquistarse, está más en

172
I a E s t im a d e Sí M s m o

encontrarla dentro de sí que en buscarla fuera. Está, en


efecto, enraizada en una positividad «constitucional» que,
aun siendo un germen por desarrollar, «marca» profunda­
mente nuestro ser, y no deja de ser tal aun cuando el hom­
bre la desmiente y la ignora. En cambio, de ordinario hace­
mos lo contrario: la buscamos fuera de nosotros, en los
demás, en las funciones, en los resultados...La estima no es
un privilegio de unos cuantos afortunados que tienen gran­
des dotes, cuya vida tiene un éxito tras otro y son más o
menos famosos: no sería justo ni posible, y probablemente
no sería verdadera estima. Es, por el contrario, como algo
dado por la naturaleza, y por lo mismo accesible a todo ser
humano, aun a quien no dispone de excepcionales cualida­
des y fortuna; pero con una condición, que sepa conocerse
en forma realista y apreciarse por lo que es.

Esto implica: la capacidad de distinguir lo que es esen­


cial (en el sentido de unido a nuestra esencia) de lo que no
lo es o lo es menos (identificándose, por tanto, a nivel racio­
nal-espiritual); y la consiguiente capacidad de gozar con ese
bien esencial que encuentra en sí mismo. No basta la sola
percepción racional, también se requiere una sensibilidad posi­
tiva, una capacidad de gustar la riqueza de nuestro ser. For­
man parte de nuestro ser, además del don de la existencia, las
energías innatas que hacen al hombre capaz de trascenderse
para amar al otro, las expresiones originales de cada hombre, el
tender hacia lo verdadero...y, para el creyente, el propio origen
y filiación divina. Podrán parecer verdades supuestas en to­
dos, pero hay que tenerlas en cuenta porque la estima nace
aquí, de ese saber disfrutar cada día más un bien esencial
que ya poseemos, sin desesperarnos por esos bienes acci­
dentales (intelectuales, artísticos, morales...) que se poseen
evidentemente sólo en forma relativa. Si es verdad que la
estima de sí brota desde dentro, parece que éste es el único
camino que nos libera de tener que depender en forma cró­
nica de la consideración de los demás (y por lo mismo ser
inestables) y del tener necesidad de ideales irrealistas (ter­
minando siempre insatisfechos).

173
Amadeo Cmdni y JUessandro Manenti

Muchas veces éste es precisamente el verdadero proble­


ma para el nacimiento de la estima: formarse en una sensi­
bilidad que haga capaces de apreciar el propio yo actual.

3. Sana tensión hacia el bien (yo ideal)

El tercer componente se refiere en forma más explícita


al yo ideal y a su relación con el yo actual. No basta, ni des­
de un punto de vista estructural ni existencial, el yo actual
para fundamentar la autoestima; éste es sólo un germen de
positividad, y además sujeto a los influjos ambivalentes del
yo latente. El hombre tiene necesidad de tender hacia la
perfección de sí, hacia la realización plena de ese germen.
Por otra parte, la autoestima es un concepto dinámico, no
consiste sólo en contemplarse: con las solas promesas y pre­
misas de positividad no se construye un sentido definitivo
del propio yo. Tal dinamismo parece implicar estos elemen­
tos:

a. La identificación del bien real y del bien total y la capacidad


de llevarlo a plena madurez.

Por bien real entendemos no el bien en sí (o sea el bien


en absoluto, lo que se debería hacer teóricamente por parte
de todos, cuya omisión sería un mal), sino el «bien para
mí», o sea ese bien que corresponde a la situación exist­
encial del individuo concreto (lo que yo debería hacer en mi
situación). Por bien total entendemos ese bien que satisface
el principio de totalidad. El papá que se sumerge en el tra­
bajo para ganar más, pero que nunca tiene tiempo para ha­
blar con su hijo, persigue un bien parcial; y cuando en el
tiempo libre, en lugar de recuperar el diálogo con su hijo, se
dedica a otras actividades, aunque de suyo buenas o incluso
filantrópicas, persigue un bien aparente. Cuando el hombre
elige un ideal que no está en sintonía con la verdad de su
yo y/o con la totalidad de su ser, sufrirá en la autoestima:
sucede cada vez que se elige un bien sólo aparente o parcial
y no sólo cuando se elige un mal (cosa relativamente rara).

174
______ L a E s t im a d e Sí M s m o

En base a cuanto hemos dicho en los capítulos prece­


dentes, y aquí en particular, la persona hace tal elección en
estas circunstacias: cuando un bien que está por debajo de
jas reales posibilidades del hombre se convierte en el propio
ideal de vida; o también cuando la elección del bien objeti­
vo no está motivada por su intrínseco valor, sino por la bús­
queda subjetiva de una ventaja personal no coherente con
el valor, en otras palabras cuando la actitud está al servicio
de la función utilitaria o defensiva del yo.

En estos casos, el yo ideal es -en parte- la proyección


del yo latente: algo que procede más de una orientación
egocéntrica que trascendente, dentro de una percepción más
bien limitada de la realidad y del bien. Y con un bien sólo
aparente o parcial no se construye la estima de sí. Ese papá
que se empeña en el trabajo y con tanta gente, pero olvida a
su hijo, podrá satisfacer algunas de sus necesidades (afirma­
ción, amistad, adquisición, éxito...) y podrá incluso apaciguar
momentáneamente la de la estima; pero, puesto que descuida
algo más esencial-total, su estima quedará vulnerable, o sea
inestable y dependiente de la aprobación de los demás.

Se puede decir que la estima de sí funciona un poco


como espía de la propia autenticidad global: cuando una
persona no ha identificado el bien real y total tendrá proble­
mas en la imagen del propio yo...

Quizás aquí encontramos una confirmación de la imagen


antropológica que hemos expuesto más arriba: sólo una ten­
sión realmente trascendente da al hombre la posibilidad de
valorarse positivamente. «La estima de sí es el efecto no intencio­
nal de una intencionalidad trascendente», y se realiza automáti­
ca y espontáneamente cuando no se busca demasiado. No
por casualidad el porcentaje de los desconfiados de sí, en la
investigación de Rulla y colaboradores, es prácticamente
idéntica a la de los inconsistentes en general, o sea de quie­
nes en una forma u otra están replegados en sí mismos, en
un bien aparente o parcial: es como decir, quien está muy

175
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

preocupado de sí y de la propia estima tendrá una imagen


poco positiva de sí.

b. La distancia óptima entre yo actual y yo ideal

Hay dos peligros: el de la distancia exagerada y el de la


ausencia de distancia. El primer riesgo es de quien se pone
ideales demasiado altos, casi imposible de conseguir, o de
quien no tiene confianza en su yo actual y no se considera
capaz de tender efectivamente hacia un ideal superior (o yo
ideal demasiado alto, o yo actual demasiado bajo). El segun­
do riesgo es de quien piensa que ya ha alcanzado el yo ideal
porque confunde el conocimiento y la elección de un valor
con la capacidad de vivirlo coherentemente; o también de
quien tiene un ideal de vida tan horizontal y poco exigente
que fácilmente identifica lo que es con lo que debería ser
(por lo tanto, o un yo actual presuntuoso o un yo ideal prác­
ticamente inexistente).

En ambos casos se crea una situación de estaticidad de


los componentes estructurales del yo: ni los primeros ni los
segundos se mueven hacia el bien-valor, unos porque deses­
peran de llegar, otros porque consideran que ya han llegado.
Y el no moverse equivale a no resolver el problema de la
estima: en el primer caso, tendremos desconfianza y replie­
gue social; en el segundo, una artificiosa presunción e intro­
misión social.

Es difícil, por otra parte, definir en forma precisa el con­


cepto de «distancia óptima». Sin muchas pretensiones dire­
mos que: es óptima aquella distancia entre yo actual y yo
ideal que por un lado se puede recorrer y alcanzar, por el
otro respeta la naturaleza del bien-valor que de suyo jamás
es completamente alcanzable; por una parte, por lo tanto, es
tal que ejercita una fuerte atracción que provoca al sujeto a
caminar y a gustar-conocer cada vez más el valor; por la otra,
revela progresivamente sus exigencias y ejerce en el indivi­
duo una provocación cada vez mayor. La distancia óptima se

176
I a E s t im a d e Sk M s m o

define en una relación de equilibrio dinámico entre estos


dos pares de opuestos: accesible-inalcanzable, atractivo-exi­
gente, que en el fondo no son sino características del con­
cepto de valor, como lo señala Frankl6.

En la práctica, tendremos un individuo cuyo yo actual


acoge el llamado del yo ideal y busca tender efectivamente
hacia él; pero mientras más se acerca al bien-valor es como
si éste se alejara cada vez más. En otras palabras, mientras
pías se empeña el sujeto a nivel del yo actual y descubre el
sentido y la belleza del ideal, más intuye también sus exi­
gencias concretas en la vida y sus modos nuevos de realizar­
lo y hacerlo suyo. En la medida, entonces, en que progresa
el yo actual, avanza también el yo ideal: es «todo» el indivi­
duo el que crece (principio de totalidad) y con él crece tam­
bién la estima de sí. No por una intervención ocasional des­
de el exterior ni por un maravilloso don de la naturaleza,
sino porque se ha respetado esta ley elemental de la rela­
ción entre sus estructuras. Por otro lado, esto es perfecta­
mente lógico: la autoestima no es algo espontaneo ni un
concepto estático; para valorarse positivamente, el hombre
debe descubrirse no sólo portador sino también realizador
de valores; si son éstos los que le dan identidad, sólo la ca­
pacidad efectiva de realizarlos será la que le dé la estima es­
table y positiva.

4. La integración de lo negativo presente en la propia vida

La autoconsideración positiva debe ser realista, o sea ba­


sada en la totalidad de la persona. Si lo negativo es compo­
nente normal de lo humano, la estima de sí incluye necesa­
riamente esta constatación; podemos decir, incluso, que tal
reconocimiento constituye su prueba. El problema es muy
complejo y va más allá del ámbito de la psicología; nosotros,
como es usual, vemos sólo algunos de los componentes que
pueden ser iluminados por esta ciencia del hombre.

6 V. Frankl, Logoterapia, o.c. pp. 27-108.

177
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

Hay diversos tipos de negativo en la vida del hombre y


para cada uno de ellos hay una integración a realizar.

Ante todo, hay un «negativo fisiológico» unido al límite


ontológico de un ser dependiente, cuyas fuerzas físicas dis­
minuyen naturalmente, limitando progresivamente las posi­
bilidades de realización, hasta llegar a un inevitable punto
final que señalará el máximo del límite.

El hombre puede sencillamente tomar nota de este lími­


te: aceptarlo como destino inexorable y universal; pero tam­
bién puede rechazarlo o maldecirlo o negarlo por medio de
«símbolos de inmortalidad» (la cultura, el prestigio social, la
tecnología, el dinero, el culto a los héroes y estrellas...)7. Esta
búsqueda de inmortalidad -aun desviada y probablemente in­
consciente- confirma cuanto Ronco menciona: «El sujeto
sano.... debe tener la esperanza de crecer... y especialmente la
esperanza de perpetuar su existencia»8. Por medio de tal espe­
ranza podrá integrar plenamente eso negativo que limita su
vida física y afecta su imagen.

Es evidente que la integración dependerá también del


nivel habitual de vida del sujeto, del que depende -como
hemos visto- la propia identidad: si vive prevalentemente en
el I nivel, estará llevado, por consiguiente, a vincular la esti­
ma de sí a aspectos particulares de este mismo nivel (salud,
habilidades físicas particulares...) y le costará mucho aceptar
cuanto pueda impedir o condicionar negativamente estos
bienes relativos convertidos en absolutos. En tal caso, habrá
una no integración (o escasa integración) de lo negativo fi-
siológico, con el consiguiente problema de estima.
7 Para Becker, el símbolo de inmortalidad tiene estas características:
- se le considera con una seriedad intensa, como si implicase cuestiones
de vida o muerte;
- sirve como garantía del bienestar y de la importancia presente y futura
del individuo;
- está, en cuanto es posible, bajo el control de un poseedor, quien cree
que por ese medio puede convertirse en dueño del propio destino.
Cf. E. Becker, Escape from evil, o.c. pp 63, 65, 71, 85, 119.
8 A. Ronco, Introduzione, o.c., p. 97.

178
I a E s t im a d e & M s m o

La misma dificultad es para quien vive en el nivel psi-


cosocial.

Mientras que quien vive a nivel racional y sobre todo si


pone en acción su capacidad de trascendencia está, al menos
teóricamente, en mejores condiciones para dar un sentido a
lo negativo fisiológico y tener esta esperanza. En este nivel,
en efecto, se descubren otros valores, se está en una situa­
ción de respeto y de libertad frente a la vida; por lo tanto,
en grado de ir más allá de la simple inmediatez de lo dado
y del límite fisiológico y, precisamente por esto, le puede
dar un significado. Pero ya no por medio de esos «símbolos
de inmortalidad» que dan sólo la ilusión de ser dueños del
propio destino, sino por medio de actitudes y gestos concre­
tos, como expresión de una intencionalidad ultrapersonal
que busca constantemente lo verdadero, lo bueno, lo bello.
La persona podrá incluso dejar de existir, pero quedará
cuanto ha realizado: manifestación original e irrepetible de
un yo que tiende a superarse y sobrevive en su obra^. El lí­
mite fisiológico lo podrá hacer descollar con particular evi­
dencia y, más aún, de plano quedará superarado.

Hay también un «negativo psicológico», constituido por


esas debilidades, inmadureces, traumas que todos más o me­
nos llevamos dentro y que no siempre dependen de nuestra
plena responsabilidad; más bien se refieren, si acaso, a la se­
gunda dimensión, la de la libertad relativa. Hay heridas que
no se curan jamás y con las que es necesario aprender a
convivir: nuestra estima también las incluye. Nadie de noso­
tros ha tenido padres perfectos y fases de desarrollo igual­
mente perfectas: naturalmente que esta imperfección pudo
haber dejado una huella o determinado una debilidad. Es
significativo al respecto un dato de la investigación de Rulla:
9 Harvey Cushing, famoso cirujano del cerebro, dijo una vez que «el
único modo de prolongar la vida es tener una tarea por llevar a término».
Podemos agregar y especificar que cuando esta tarea trasciende intencio­
nalmente los intereses privados del sujeto, no sólo puede prolongar la
vida física, sino permanecer más allá de su término, dando al sujeto mis­
mo esa esperanza de perpetuar su existencia y de integrar el límite.

179
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

«El grado de madurez está influido negativamente cuando


una relación con los padres no sólo ha sido mala, sino inclu­
so ha sido reprimida y mantenido fuera de la conciencia;
una mala relación con los padres no lleva necesariamente a
la inmadurez» 10.Por lo tanto, lo decisivo es precisamente la
actitud con la que nos colocamos frente a las propias e ine­
vitables debilidades: es mucho mejor el admitirlas franca­
mente y no el intento de negarlas u olvidarlas distorsionan­
do la realidad.

El hombre puede no ser responsable de sus debilidades,


pero es responsable de la posición que toma frente a ellas;
él es responsable de cuánto las tiene en cuenta y de cuanto
hace para neutralizar su influjo.

Integrar significa concretamente: empeñarse en descu­


brir los propios aspectos débiles, aceptarlos sin particulares
angustias y fatalismos; reconocer el ser personas en constan­
te formación y necesitadas de ayuda; esforzarse por limitar
sus efectos en el comportamiento y porque no pesen dema­
siado en los demás; no pretender resolver todo en forma ra­
dical y de inmediato, sino tomar las debidas precauciones;
vivir la inmadurez como parte del propio yo y como signo
de un límite que el hombre no soporta pasivamente, sino
que tiende a superar.

En tercer lugar, existe un «negativo moral» que, a dife­


rencia del límite psicológico, depende normalmente, aunque
en grados diversos, de nuestra libertad y responsabilidad. Es
un negativo que con frecuencia se convierte en un mal mo­
ral, aunque no siempre imputable subjetivamente. También
esto negativo forma parte de nuestra historia y debe ser, por
lo tanto, integrado.

Hay que decir, ante todo, que desde un punto de vista


psicológico el mal moral existe en todos: el hombre es libre
de equivocarse.
10 L. Rulla y coll., Struttura psicológica, o.c. p. 101.

180
L\ E s t im a d e Sí M s m o

Lo instintivo y todas esas fuerzas de psicologismo deter­


minista que limitan, en una forma o en otra, esta libertad
mientras nos liberan aparentemente del peso de la culpa,
quitan en realidad al hombre la dignidad de sentirse artífice
de sus propios actos. Sería una sutil injusticia, con graves
consecuencias, la que pretendiera privarnos de la posibilidad
de equivocarnos11. Por lo tanto, si el límite moral existe, ha
de identificarse, y no sólo en cuanto hecho exterior, sino so­
bre todo en su raíz motivacional, aun cuando ésta esté es­
condida y la responsabilidad sea tal vez remota y mínima.
Hay un algo de dignidad en el hombre que reconoce el pro­
pio error, puesto que si admite haberse equivocado quiere
decir que sabe ser libre y responsable, capaz de captar la
provocación de un valor y de orientarse hacia él en su com­
portamiento.

Se ha dicho que el hombre jamás es tan grande como


cuando reconoce su mal moral o su pecado: en ese momen­
to puede ejercer, una vez más, su actitud trascendente que
lo hace capaz de distanciarse de su conducta y de juzgarla
críticamente a la luz de un criterio objetivo (o total). Identi­
ficar la propia culpa hace inútiles los engaños defensivos
que pretenderían ilusionarnos de nuestra «pureza»; o de
descargar en los demás la propia culpa (proyección); o la
pretensión de extirpar absolutamente toda raíz mala para
encontrarnos sin mancha (narcisismo espiritual); o, por el
contrario, la actitud cómodamente resignada de quien con­
cluye que «no hay nada que hacer..., es más fuerte que
yo...», y se consuela mirando a los demás, minimizando la
propia responsabilidad o la culpa misma. Si el mal moral
afecta en alguna forma nuestra responsabilidad, no sólo
debe identificarse, sino también sufrirse. El hombre lo
debe percibir como algo que ofende su ser y le impide re­
alizar plenamente ios valores que ha elegido y que le dan
identidad y estima.

11 Lo mismo vale para ciertos esplritualismos desencarnados que ab­


suelven a más no poder de toda introspección.

181
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

Percibir la propia transgresión es signo im plícito de la


importancia que el sujeto da a la propia conducta y de la
pasión con la que se adhiere a ella. Quizás, precisam ente
este desagrado sincero da el sentido y la m edida de la serie­
dad y de la importancia del vivir. Naturalm ente que tal con­
trición nada tiene que ver con la angustia de quien se siente
com o aplastado por la culpa y la ve por todas partes, fusti­
gando sentim ientos y em ociones y aun arriesgando caer en
formas más o m enos patológicas obsesivas (por ejem plo el
escrupuloso). La diferencia está precisam ente en ese coraje
de creer en sí mismo, que es fruto de un conocim iento ade­
cuado de sí, y que con sien te admitir la propia debilidad y
vu elv e a encontrar la fuerza para tender hacia un yo idea]
atrayente. En esta forma, el mal moral es una ocasión para
reconfirmar los valores. La experiencia negativa de repliegue
egocéntrico (como lo es todo mal moral), pide al individuo
renovar la propia elección y encontrar nuevos m otivos y estí­
mulos para no repetir una experiencia que va en su propio
daño. T o d o esto significa el descubrim iento de una volun­
tad positiva y tenaz con orientación trascendente que, qui­
zás, sin la caída no habría brotado con la misma fuerza. Y el
individuo p uede retomar el camino con una im agen de sí
que ha enfrentado la prueba de la propia debilidad, pero no
ha salido debilitada. Más bien le ha servido para abandonar
del todo esos proyectos perfeccionistas (e irreales) dictados
por una voluntad que se creía om nipotente y, en cambio, es
sólo narcisista.

Cuanto hem os dicho hasta aquí p u ed e constituir la pre­


misa para vivir adecuadam ente incluso la experiencia especí­
fica de ese mal moral que es el pecado. Aquí no hemos
afrontado explícitam ente este tema, pero nos parece que los
elem en tos considerados son una base psicológica indispensa­
ble para tener una sana conciencia de pecado (frente a un
Ser superior), y no sim p lem en te un sentim iento de culpa
(frente a sí mismo) viciado por actitudes narcisistas Y Por
una m enor capacidad de trascendencia. Pero estam os con­
vencidos tam bién de otra cosa: quien vive en la verdad la

182
I a E s tim a d e Sí M s m o

conciencia de la propia falibilidad sin esconderse a sí mis-


jno, está en condiciones óptimas para advertir la necesidad
reconciliación consigo mismo que sólo en Dios puede ser
plenamente satisfecha. El mensaje de reconciliación que
viene de Dios es también un mensaje de estima, el más de­
cisivo y consistente que el hombre puede esperar. Y podría
ser la máxima experiencia de integración del mal en un con­
cepto de sí definitivamente positivo.

183
Psicología... 13
Segunda Parte
M o d a l id a d e s de F u n c io n a m ie n t o

185
Amadeo Cenáni y Alessandro Manenti

La estima de sí es para la psiqué lo que el oxígeno es


para el cuerpo; para obtenerla y mantenerla buscamos orga­
nizar entre sí los varios componentes psíquicos. Del modo
de organizados dependerá una estima de sí más o menos re­
alista y, en último análisis, nuestra serenidad. Esta organiza­
ción funcional es el tema de la segunda parte.

La óptica sigue siendo la de la psicología profunda y, por


tanto, del inconsciente. El concepto unificador de los dife­
rentes capítulos es la decisión, como el lugar en que el
hombre se expresa a sí mismo por excelencia. Por tanto, in­
consciente y decisión.

Para querer y decidir algo debemos -principalmente- per­


cibirlo. ¿Cómo percibimos? es la pregunta del primer capítu­
lo. La decisión se construye sobre bases lógicas y conscien­
tes, pero también sobre bases inconscientes, las cuales no
siempre están en armonía con las precedentes: por esto, en
la misma decisión se pueden tener dos intencionalidades di­
ferentes, pero relacionadas entre sí (c. 2). Junto con la moti­
vación consciente es posible encontrar una lógica inconsis­
tente que influye en nuestros proyectos (c. 3) y da a la
acción un carácter defensivo (c. 4). Será, entonces, importan­
te discernir y diferenciar los diversos procesos que están a la
base de la decisión: cómo hace el hombre para justificar las
propias opciones (c. 5). En la conclusión nos preguntaremos
hasta qué punto la decisión actual, y en general toda la vida
de la persona, están condicionadas por su pasado.
186
I a /^ rc e p c ió n

Capítulo primero
L a P e r c e p c ió n

En el capítulo que trató sobre el deseo emotivo y el de­


seo racional vimos que la percepción es el punto de partida
del proceso de conocimiento y decisión. Percibir no es toda­
vía conocer: conocer no es igual que mirar. El conocimiento,
en efecto, presupone un paso ulterior: reconocer los datos
del mirar a través de la mediación del significado.

La percepción es la simple aprehensión de un objeto.


Síace directamente de la estimulación sensorial recogiendo
los elementos de ésta; pero falta en ella el proceso del pen­
sar, decidir, escoger y hacer inferencias. Como está a la base
del conocimiento y decisión, la recta percepción es condición
previa para un conocimiento y una decisión rectos: si bien
cada nivel sucesivo supera y completa el precedente, también
retiene y preserva los defectos y distorsiones del precedente.
De aquí la necesidad de percibir bien para conocer y decidir
bien. Ahora nos preguntamos: ¿En qué condiciones puede de­
cirse que nuestra percepción sea exacta? O al contrario, ¿qué
tanto estará influenciada por otros factores que la pueden dis­
torsionar, al menos en parte? ¿Cuánto nuestro conocer es ya
desinteresado y objetivo desde este primer estadio?

1. Naturaleza de la percepción

El proceso perceptivo es diferente de los elementos que lo


producen. No sólo recoge los estímulos del mundo extemo a
través de nuestros órganos de los sentidos, sino que además los
organiza en un todo perceptivo coherente. Hastorf, Schneider,
Polefka1 han descrito cinco características de la percepción:
1 Hastorf, A.H. - Schneider, D.J. - Polefka, Person perception, Addjson-
Wesley, Reading Mass, 1970. Cf. también Hochberg, J.E. Psicología della

187
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

1. Es inmediata:
basta abrir los ojos y los oídos y la experiencia perceptiva se
realiza sin la interferencia (al menos aparentemente, como
veremos) del pensamiento o de la interpretación.

2. Tiene una estructura:


percibimos los objetos o los sonidos como un todo organiza­
do y no como un aglomerado de elementos dispersos. Re-
agrupamos los estímulos en figuras y fondo. La percepción
se dirige a los objetos (por ejemplo a la manzana) y no a sus
características específicas. Percibimos las flores blancas, el
lecho suave, y no la «blancura» o la «suavidad».

3. Es estable:
percibimos un objeto siempre como tal, independientemente
de una iluminación diferente, del ángulo visual, de la distancia
o de las diversas posiciones que asume. El objeto permanece
«constante» y cada vez que lo encontramos lo reconocemos.

4. Es significativa:
percibimos los objetos en relación con nosotros mismos y
con los demás objetos. La percepción reclama automática­
mente la valoración inmediata-sensitiva.

5. Es selectiva:
la experiencia perceptiva es algo diferente del registro foto­
gráfico de una cámara. En la percepción sólo una parte de
los estímulos vienen registrados y son transformados en ex­
periencia. Mientras lees esta página estás relativamente aje­
no al campo visual que está más allá de esta página. No
eres consciente de todos los sonidos que vienen de la calle
ni de la presión que tu ropa ejerce sobre tu piel. También
los prejuicios se explican, en parte, en base a la selectividad
de la percepción. El racista percibe selectivamente algunos
aspectos del comportamiento de los demás: sólo aquellos
que confirman su opinión, descuidando aquellos aspectos
que podrían desmentirla.

188
I a JP é rc e p c ió n

El estudio de la percepción comprende dos grandes áreas:

1. El análisis de los factores personales y sociales que in­


fluyen en nuestros procesos perceptivos. Los motivos
personales, ¿influyen en la percepción? ¿El ansia inter­
fiere? ¿Distorsionamos de tal forma que vemos no
aquello que existe, sino aquello que queremos ver?

2. El análisis de cómo percibimos a los demás. ¿Qué es lo


que determina la simpatía-antipatía? ¿Cómo llegamos a
juzgar las características de los demás?

Los dos ámbitos de estudio parten de la misma pregun­


ta: Nuestra percepción ¿es verídica? ¿Vemos las cosas y las
personas como son? El hombre de la calle está convencido
de ver y sentir el mundo tal como realmente es. En efecto,
sobre todo gracias a las primeras tres características arriba
mencionadas, podemos asegurarnos que la percepción es ve­
rídica. Pero en muchos casos es demasiado personal: existen
«ilusiones perceptivas», o sea una interpretación equivocada
de las relaciones existentes entre los estímulos que se pre­
sentan; por lo cual, aquello que se percibe no corresponde a
la realidad física (por ejemplo, la luna llena nos parece mu­
cho más grande en el horizonte que cuando está alta en el
cielo, aunque en ambos casos la imagen impresa en nuestra
retina tenga la misma dimensión). Existen también «distor­
siones perceptivas», o sea interpretaciones equivocadas de
las relaciones entre los estímulos del objeto y el sujeto; de
aquí que lo que se percibe no es visto en su entidad real.
Es necesario, por tanto, considerar más atentamente los ele­
mentos que condicionan nuestro percibir.

2 . Factores personales y sociales que influyen en la


percepción

La falta de veracidad de la percepción está ligada sobre


todo a cuatro clases de factores:

189
A n a d eo C enáni y M essandro M an en ti

a. Características del objeto percibido;


b. Situaciones emotivas del sujeto que percibe;
c. Presiones de grupo;
d. Diferencias culturales2.

a. Características del objeto percibido.

Valor:
Las propiedades del estímulo pueden influir en la percep­
ción que el sujeto tiene de él. Una serie de estudios que se
inició en los años ‘50 demuestran que el juicio sobre la di­
mensión de un objeto puede variar según la importancia
que el objeto tiene para quien lo percibe3.

Son famosos los experimentos de Bruner y G oodm an4:


Estos autores demostraron que el valor social atribuido a un
objeto puede influir en la percepción, hasta el punto de ha­
cerlo aparecer más grande de cuanto lo sea en realidad. Un
grupo de niños debía reproducir algunas monedas que eran
diferentes (desde un penny hasta las de medio dólar). To­
das sus reproducciones resultaron más grandes respecto a
sus dimensiones reales; pero además, entre mayor era el va­
lor de la moneda, mayor era la dimensión de la reproduc­
ción («efecto intra-serial»).

Esta distorsión, en cambio, no se dio en el grupo de


control que debía evaluar discos de cartón sin valor («efecto
inter-serial»). Por otra parte, las dimensiones de las monedas
reproducidas por niños pobres eran medianamente más
2 Existe en este campo un número enorme de investigaciones empíri­
cas. Se puede consultar P.F. Secord-C.W. Backman, Psicología Sacíale, II
Mulino, Bologna, 1971, c. 1-2.
3 Los estudios vienen denominados del «new look in perception» como
indicadores de un nuevo interés de los psicólogos no sólo por la verifica­
ción objetiva de la realidad percibida, sino por el proceso subjetivo de la
persona que percibe.
4 Bruner, J. S. - Goodman, C.C. Valué and needs as organizing factors in
perception, in «]. Abnorm. Soc. Psychol.», 42 (1947), pp. 33-44.

190
Za P e r c e pc ió n

grandes que las dimensiones reproducidas por niños ricos5,


gste es el fenómeno de la acentuación perceptiva: que es la
tendencia a sobreestimar la dimensión de los estímulos que
tienen valor.

Según estudios posteriores, la acentuación perceptiva


se da ante estímulos evaluados positivamente y no con
aquellos valorados como negativos por el sujeto: se acen­
túan las dimensiones de los alimentos preferidos, pero no
de aquellos que no agradan6. Los objetos valorados nega­
tivamente por el sujeto son, con frecuencia, percibidos
con dimensiones más pequeñas que en la realidad. En
cambio los estímulos irrelevantes o neutros son respetados
en sus dimensiones7.

La propiedad atribuida al estímulo es capaz de modificar


nuestra percepción; si una cosa tiene mucho valor la sobre­
estimo, si tiene poco la sub-estimo y si es indiferente la per­
cibo objetivamente.

Significado emotivo:
otra contribución del «new look» viene de los estudios sobre
el «umbral de reconocimiento». Este término se refiere al
nivel en el cual una persona reconoce correctamente y por
primera vez un estímulo dado. Para individuar el umbral de
reconocimiento se presenta un estímulo a través del taquis-
toscopio, instrumento que permite una exposición de pala­
bras, imágenes o sonidos por una breve fracción de segundo.
La exposición inicial no reconocida viene prolongada gra­
dualmente en tiempo hasta que se llega al punto en que el
sujeto reconoce claramente el estímulo. Ese punto es el
«umbral perceptivo de reconocimiento». Un umbral bajo signifi­
5 Cárter, L.F.-Schooler, K. Valué, need and other factors in perception, in
«Psychol. Rev.», 56 (1949), pp. 200-207.
6 Beams, H.L., Affectivity as a factor in the apparent size of pictured food
objeets, in «J. Exp. Psychol», 47 (1954), pp. 197-200.
7 Tajfel, H. Social and cultural factors in perception, in G. Lindzey-E.
Aronson, Handbook of Social Psychology, vol. 3, Addison Wesley, Reading
Mass, 1969, pp. 315-394.

191
Amadeo Cencini y Alessandro Manenti

ca reconocimiento con una breve exposición; un umbral


alto significa reconocimiento en condiciones de exposición
más larga.

El umbral perceptivo varía de una persona a otra y al in­


terno de sí misma, porque está correlacionado con el signifi­
cado emotivo del estímulo, el cual tiene el poder de subir o
bajar el umbral. En las defensas perceptivas el umbral está tan
elevado que un estímulo desagradable es más difícilmente
reconocido. En la sensibilización perceptiva el umbral está
bajo, de modo que una vigilancia perceptiva mayor permite
al sujeto evitar las consecuencias desagradables asociadas al
estímulo. Ambas operaciones son inconscientes: el sujeto no
es consciente de las variaciones de reconocimiento que se
han dado. Estos dos procesos, aunque opuestos, pueden re­
alizarse juntos. Se ha hipotetizado una relación curvilínea
entre la intensidad emotiva del estímulo y el umbral del re­
conocimiento8: estímulos amenazantes hacen que se eleve
el umbral (defensa), pero estímulos fuertemente amenazan­
tes tienden más bien a hacerla bajar (sensibilización).

De estos datos podemos hacer dos generalizaciones. Las


personas aprenden a defenderse de algunos estímulos del
ambiente, especialmente si son amenazantes: «No hay me­
jor ciego que aquel que no quiere ver». En segundo lugar,
será necesario conocer el significado emotivo que cada per­
sona asocia a la experiencia que está viviendo. Cada uno de
nosotros tiene un modo original de reaccionar ante el am­
biente: desde el extremo de una forzada tranquilidad - los
así llamados «represores» (repressors) - hasta el extremo de
una vigilancia injustificada - los «sensibles» (sensitizers)-. En
un viaje de automóvil el «sensible» continuamente imagina
extraños ruidos en el motor, mientras el «represor» advierte
un desperfecto sólo cuando ve salir humo del motor. No
basta indicar la meta y las etapas de camino, es necesario
también conocer también la índole del pasajero.

8 Brown, J. S. The motivation of behavior, Me Graw-Hill, New York, 1961.

192
I a P e r c e p c ió n

Intensidad:
p A. Kolers pidió a los sujetos que estaba examinando, mi­
rar una pantalla aparentemente blanca, sobre la cual, sin em­
bargo, se hacía destellar una figura geométrica tan difumina-
da que l°s sujetos creían que no había nada. Después de
eSte experimento «en vacío», se les pedía resolver un pro­
blema cuya solución suponía precisamente el uso de la figu­
ra no percibida conscientemente. El problema fue resuelto
por todos, si bien ninguno se dio cuenta de haber usado la
impresión inconsciente recibida precedentemente9.

La presentación sobre una pantalla luminosa de palabras


desagradables (por ejemplo el término «cáncer») hecha de
modo que no puedan ser leídas como palabras, provoca con
frecuencia una disminución de la sensibilidad visual10. Las
palabras desagradables son percibidas menos luminosas que
las emotivamente neutras, si bien todas eran presentadas
con la misma intensidad luminosa11.

La exposición subliminal de algunas frases proyectadas


durante 4 milésimas de segundo (tiempo demasiado breve
para ser leídas) tiene el efecto de intensificar manifestacio­
nes psicopatológicas sobre algunos individuos particularmen­
te indispuestos, como los sentimientos de depresión o bal­
buceos, cuando el contenido de la frase «leída» está puesto
para provocar ansiedad. Si el contenido es, por el contrario,
de tono tranquilizador, se atenúan las mismas manifestacio­
nes patológicas12.

9 Kolers, P.A. Subliminal stimulation in problem solving, in «Amer. J.


Psychol.», 70 (1957), pp. 437-441.
10 Zubin, J.-Eron, F., Schumer, An experimental approach to projective te-
chniques, Wiley, New York 1965, pp. 137-138.
11 Dixon, N.F. Subliminal perception: the nature of a controversy, McGraw-
Hill, New York, 1971, pp. 219-220.
12 Silverman, L. Psychoanalytic Theory: «the reports of my death are greatly
exaggerated», in «American Psychologist», 9, (1976), pp. 621-637.

193
Amadeo Cencini y Alessand.ro Manenti

Como se ve, aunque la palabra-estímulo no sea reconoci­


da conscientemente como tal, es en alguna forma «leída»
por el sujeto sin que lo advierta. Surge así una inclinación
espontánea hacia el estímulo sin el reconocimiento cons­
ciente del sujeto. Se trata de la «percepción subliminal»: un
estímulo breve o débil que llega al sujeto por debajo del
umbral de reconocimiento, puede llegar a ser «registrado» y
producir una respuesta, no obstante que el sujeto no tenga
conocimiento de tal estímulo. Puede haber una reacción in­
mediata a estímulos que no son percibidos conscientemente
y que actúan sobre nosotros a través del inconsciente y la
memoria afectiva. Hoy incluso se habla de publicidad subli­
minal. Se piensa que haciendo destellar subliminalmente a
intervalos repetidos la frase «bebe Coca-Cola» o «usa Pal-
molive», se tenga efectos inconscientes sobre el comprador
potencial aunque éste no sepa haber sido sugestionado. Que
sea posible inducir la necesidad de un determinado produc­
to en esta forma es una cuestión muy dudosa. Es cierto que
una sugestión de este tipo puede hacer surgir intereses la­
tentes. Por tanto, los estímulos subliminales no determinan
la respuesta en forma directa; además, para que sea facilita­
da una determinada respuesta, es necesario que el estímulo
subliminal esté asociado a un estado afectivo previo de la
persona13.

La percepción subliminal no debe confundirse con la


«discriminación sin conocimiento». Los estímulos subliminales
no pueden ser reconocidos ni con el máximo esfuerzo; en
cambio, en la discriminación sin conocimiento el estímulo
ha sido percibido, ya que está sobre el umbral, pero ha sido
olvidado o no se le ha dado la suficiente atención. Es lo que
sucede en las actividades motrices: cuando tocamos el piano
o guiamos el automóvil, respondemos a estímulos que son
reconocibles sólo potencialmente, no porque estén bajo el
umbral, sino porque no se les da atención.

13 Dixon, N.F. Subliminal perception, o.c. p. 178.

194
I a P e rc e p c ió n

Tratando de generalizar: de estos estudios se puede con­


cluir que las defensas perceptivas no son tan impenetrables.
Creándose así una situación paradójica:

1. Un estímulo -especialmente si es ansiógeno- hace subir


el umbral de percepción de tal modo que el sujeto se
inmuniza contra tal estímulo.

2. Dicho estímulo no viene percibido conscientemente.

3. Pero de todos modos suscita una reacción emotiva.

Podemos estar influenciados por estímulos que no con­


seguimos identificar, no obstante nuestras defensas. Pode­
mos igualmente ser lo bastante fuertes y maduros para resis­
tir experiencias fuertes, pero la justificación «a mí no me
hace daño» no es sostenible para nadie, ya que la influencia
puede venir por vía inconsciente, sin que se advierta. Así,
aquella experiencia que aparentemente era «inocua» puede
dar entrada a una serie de pensamientos o a una cadena de
perplejidades o bien despertar intereses latentes; formándo­
se así actitudes emotivas distorsionadas, que inducen a reac­
cionar a un estímulo aun antes de percibir de qué se trata.

Familiaridad:
Estímulos familiares son percibidos más rápidamente que
estímulos menos familiares. La familiaridad produce la «dis­
posición preparatoria»', que consiste en la tendencia habitual
a responder en modo particular a los estímulos. Aun antes
que el estímulo se presente, la persona ya está preparada a
responder: como el corredor de 1 0 0 mts. que se dispone a
saltar al disparo de la pistola. En la disposición preparatoria
el estímulo afectivo que da inicio a la respuesta es como el
disparo de pistola, simplemente una ocasión para una res­
puesta ampliamente preparada con anticipación.

Percibir más rápidamente no significa percibir más cui­


dadosamente: incluso puede ser lo contrario. El marido que

195
Amadeo Cendni y Messandro Manenti

ha vivido 1 0 años con la esposa percibe más rápidamente los


mensajes que ella le manda, a tal punto que «no hay nece­
sidad de que ella hable, ya sé lo que va a decir». Queda por
verificar si los entiende mejor que 1 0 años antes.

La respuesta dada por la disposición preparatoria no es


necesariamente una respuesta al estímulo externo actual.
Puede ser una respuesta a un estado emotivo interno ocasio­
nado por ese estímulo externo: así, el nerviosismo que hace
explotar al marido puede ser explicable por tensiones inter­
nas del marido mismo y no directamente por el comporta­
miento actual de la esposa.

En general:
si queremos ayudar a una persona a percibir correctamente
un mensaje, hay que educarla primero a disponerse correcta­
mente hacia él, de otro modo lo distorsionará o lo rechazará:
no se debe arrojar las perlas a los puercos... Antes de enviar
un mensaje, es necesario preocuparse de crear en los destina­
tarios una disposición preparatoria positiva hacia el mensaje.

b. Factores personales y percepción.

Además de las propiedades de los estímulos, también las


características de la personalidad pueden distorsionar la per­
cepción14. La relación entre la estructura psíquica y la reali­
dad externa es el tema central de este libro, pero la presen­
te sección remite además a otras partes: deseo emotivo y
deseo racional, el inconsciente, las inconsistencias. Nos limi­
taremos a sistematizar mejor aspectos tratados difusamente
en los otros capítulos.

Mecanismos de defensa:
como se presentó en el capítulo sobre los mecanismos de
defensa, éstos influyen en el modo de percibir la realidad
interna y externa. Por ejemplo: la racionalización, la forma­
ción reactiva y la proyección, favorecen la sensibilización
14 Eriksen, C. W. Perception and Personality, in Wepman, J.M. - Heine,
R.W. Concepts of Personality, Aldine Press, Chicago, 1963, pp. 31-58.

196
I a P e r c e p c ió n

perceptiva hacia estímulos correlacionados con un conflicto,


gn el caso de la formación reactiva, la persona está particu­
larmente sensible a captar el impulso que niega en sí mis­
mo, pero lo hace para esconderlo inmediatamente. Quien
proyecta es supersensible a captar en los demás las señales
e indicios de aquello que es suyo y que podría ser usado
contra él. La racionalización, en cambio, lleva a la persona a
una preocupación excesiva por el impulso inaceptable.

Los rasgos de la personalidad:


H.A. Witkin y colaboradores popularizaron el concepto de
«,dependencia - independencia perceptiva» en relación con el am­
biente, para indicar que cada uno de nosotros es diferente
en el modo de afrontar la realidad15. A un sujeto sentado en
un cuarto completamente oscuro le presentan un asta lumi­
nosa puesta al centro de un cuadro; ambos, el asta y el cua­
dro, están inclinados, o sea que no están en posición verti­
cal. La tarea consiste en colocar en posición vertical el asta
dejando inclinado el cuadro. Las personas que logran hacer­
lo son clasificadas como «independientes del campo», pues­
to que saben orientarse sin dejarse llevar por las falsas indi­
caciones del campo visual (cuadro inclinado), sino siguiendo
las indicaciones que vienen del propio cuerpo (o sea de la
gravedad). En cambio, los «dependientes del campo» son
aquellos que fallaban en la tarea; es decir que no podían co­
locar correctamente el asta porque basaban su juicio en los
indicios del campo visual externo, sin conseguir liberarse de
las constricciones de tal situación. También fue individuada
la relación entre estos dos tipos de personas, con sus carac­
terísticas personales y sus diferencias en la educación recibi­
da: los «dependientes perceptivos» eran más ansiosos, extro­
vertidos, sensibles a la aprobación-desaprobación social y
con poca estima de sí; los «independientes perceptivos»
eran más seguros de sí, creativos y autónomos. Lo que la
persona percibe del mundo externo está en relación con lo
que siente a propósito del propio mundo interior.
15 Witkin, H.A. - Dyk, R.B. - Faterson, H.F. - Goodenough, D.R. -
Karp, S.A. Psychological differentiation: studies of development, Wiley, New
York, 1962.

197
Amadeo Cendni y Messandm Manenti

Otro estudio interesante es el de Hess, a propósito de


la reacción ante rostros infantiles16. Encontró que los ros­
tros de los niños o de cachorros de animales perdidos ha­
cen surgir emociones positivas y son preferidos a los ros­
tros de personas adultas especialmente de mujeres y
hombres casados. Además, provocan, sobre todo en las
mujeres, una dilatación de las pupilas de los ojos. Se trata
de un fenómeno opuesto a aquel descrito por Zubin a
propósito de palabras desagradables.

Entre los rasgos de la personalidad podemos poner tam­


bién el propio sistema de convicciones. Según Sherif y Hov-
land17 la comunicación interpersonal está influenciada por el
sistema de convicciones de quienes se comunican, entre los
cuales se establecen pre-conceptos que operan de tal forma
que sistemáticamente se desvían a través de dos procesos:
asimilación y contraste. Cuando el sujeto juzga sobre mate­
rial que es ligeramente discrepante de la propia convicción
preferida, tiende a distorsionarlo como si fuese todavía más
cercano a la propia posición, más de cuanto realmente es
(error de asimilación). Cuando, por el contrario, aquel material
está en contraste con la propia posición, tiende a percibirlo to­
davía más discrepante y más lejano de cuanto es realmente
(error de contraste). Cuando el mensaje cae en la «zona de in­
diferencia», o sea el sujeto ni está de acuerdo ni disiente, en­
tonces es percibido sin distorsión sistemática. El modo con
que el destinatario percibe el mensaje debe, por tanto, ser to­
mado en consideración para determinar la eficacia potencial
que una comunicación puede tener sobre el destinatario.

Necesidades y valores:
se tiende a atribuir a la realidad un significado subjetivo,
dictado por la propia dinámica intrapsíquica. Sería como de­
cir: dime cómo eres y te diré cómo percibes.

16 Hess, E. Ethologj and Developmental Psychology, in P.H. Mussen, Carmi-


chael’s Manual of Child Psychology, vol. I, Wiley, New York, 1970, pp. 25-26.
17 Sherif, M., Hovland, C.I. Social Judgment, Yale Univ. Press, New Ha-
ven, 1961.

198
La P e r c e p c ió n

Esta tendencia puede llegar hasta transformar la misma


percibo aquello que me circunda como desearía
r e a lid a d :
que fuese o como temo que sea. La distorsión es tanto ma­
yor cuanto más ambiguo es el objeto de la percepción y
cuanto más conflictiva e inconsistente es la realidad intrapsí-
quica de quien percibe.

Según el experimento clásico de McClelland y Atkin-


son18, sujetos hambrientos interpretan estímulos ambiguos
como objetos relacionados al alimento, con una frecuencia
mayor que sujetos no hambrientos; por otra parte, los ob­
jetos comestibles eran estimados más grandes por los suje­
tos hambrientos que por los que no estaban hambrientos.
Esto quiere decir que, en condiciones de ambigüedad am­
biental o de descompensaciones internas, las necesidades
tienden a aumentar la frecuencia de la percepción de ob­
jetos que se relacionan con ellas y a exagerar la importan­
cia atribuida a éstos. Conclusiones análogas fueron hechas
en las investigaciones de Levine y colaboradores19.

También los valores influyen en la percepción, desarro­


llando una función de sensibilizadores. En el experimento
de Allport-Vernon^0 se presentaron palabras asociadas a seis
áreas de intereses de los participantes: teóricos, económicos,
estéticos, sociales, políticos y religiosos. Entre mayor era el
valor de la palabra, porque estaba ligada al interés de una
persona, menor era el tiempo de reconocimiento utilizado
por aquella persona para percibirla. Como el botón del radio
sintoniza ciertos canales, así los valores hacen sintonizar a la
persona con ciertos estímulos y la hacen más sensible a captar

18 McClelland, D.C. - Atkinson, J.W. The projective expression of needs: I.


The effects of different intensities of the hunzer drtve on perception, in «J.
Psychol.», 25 (1948), pp. 205-222.
19 Levine, R.- Chein G.- Murphy, The relation of the interperceptual distor-
tion: a preliminar report, in «J. Psychol», 13 (1942), pp. 283-293.
20 Allport, G.W. - Vernon, P.E. A study of valúes, Houghton Mifflin,
Boston, 1931.

199
Psicología 14
Amadeo Cendni y Messandro Momenti

signos que se correlacionan con ellos21. Bajan el umbral de !


reconocimiento, como en el caso de la madre que -sólo ella-
consigue percibir el llanto de su niño no obstante el bullicio
de la gente que está en torno suyo. Es la «perspicacia per­
ceptiva» (response salience). Los valores deberían volver
despabiladas a las personas. Entre más llegan a ser para e]
individuo una realidad motivante, más sensibles será a cap­
tar estímulos sutiles para usarlos en concretizar ulteriormen­
te los propios valores. Por otro lado, la prontitud con la que
viene dada una respuesta está relacionada tanto con la expe- {
riencia precedente tenida con dicha respuesta y a la vez con
factores intrapsíquicos actuales; por esto, la respuesta depen­
de tanto de la disposición para responder como de la perspi­
cacia perceptiva.

Brevemente: la persona no responde sólo a las dimensio­


nes objetivas de una situación, es decir a la realidad física,
sino también al significado que le ha atribuido. Entre mayor
es la necesidad o el valor, mayor es la perspicacia perceptiva
para captar aquello que -aunque sea ligeramente- está corre­
lacionado con ellos. También es interesante la eventualidad
de que cuando la necesidad o el valor sobrepasan un cierto
nivel de intensidad, la persona puede «ver» cosas que en re­
alidad no hay. Es conocido para todos el caso de las alucina­
ciones de quien, hambriento y deshidratado, vaga perdido
en el desierto o en el océano.

Inconsistencias y distorsión perceptiva:


a causa de necesidades subconscientes inaceptables para la
estima de sí, la persona puede distorsionar, al menos en par­
te, la percepción de la situación, a fin de protegerse de
aquellas necesidades conflictivas o con el fin de gratificarlas.
Un ejemplo: quien tiene un conflicto de autoridad tenderá a
percibir la autoridad de modo distorsionado, por ejemplo
como peligrosa, y por consecuencia formulará juicios negati­
vos acerca de ella; aun si la autoridad se comporta de modo
21 Resulta curioso el experimento de Frankl: de frente a la palabra Dios
(en inglés GOD), algunos (9) leyeron God, otros (9) 600, 4 permanecieron
indecisos. Frankl, V. Logoterapia, o.c. p, 81.

200
La P e r c e p c i ó n

correcto será percibida de la misma forma y evaluada negati­


vam ente. Otro caso, bastante frecuente en los ambientes
Normativos, es la ceguera de los superiores: para huir de sus
necesidades conflictivas no ven aquella parte de la realidad
que avivaría sus conflictos obligándolos a poner remedio. No
eS que finjan no verla; de hecho no la ven. Tomemos el
caso de un superior que tiene una necesidad conflictiva de
dependencia afectiva: puesto que tiene miedo de ser recha­
zado del grupo, su respuesta al mismo será siempre positiva,
tenderá siempre a justificar y a no ver la realidad. Todos
ven y saben, pero él no ve y no sabe. Si en cambio tomase
posición, se sentiría rechazado del grupo y debería en este
caso enfrentarse con la propia dependencia afectiva. Sucede
como a aquellos padres que para evitar meterse en proble­
mas no advierten que el hijo se droga: todos lo saben pero
ellos lo ignoran.

Resumiendo:
se puede afirmar que, también sobre bases experimentales,
viene confirmado el principio filosófico clásico: quidquid per-
cipitur ad modum recipientis percipitur. Todo viene percibido
en base a la capacidad de percepción del sujeto implicado.
Factores intrapsíquicos pueden influir en la percepción, por
lo que algunos datos reciben una atención privilegiada, algu­
nos son dejados a un lado y otros son distorsionados. Una
persona insegura del propio yo tiende a tener un estilo cog­
noscitivo coherente con su personalidad: rígido, vinculado al
ambiente, complaciente. El individuo más consistente está
más inclinado a pensar con flexibilidad y en modo adecuado
a las exigencias del ambiente. Pero es más fácil distorsionar
la percepción que cambiar actitud. Si la persona es estimula­
da por una realidad diferente a sus expectativas o imprevis­
ta, responde en mínima parte cambiando de actitud, y en
buena parte percibiendo en forma distorsionada la realidad
misma y hasta criticándola. El resultado final no será un ver­
dadero cambio del individuo, sino que incluso puede desarro­
llar una adaptación defensiva a la situación en lugar de una re­
lación constructiva que lleve a un crecimiento saludable.

201
Amadeo C enáni y Messandro Manenti

c. Factores sociales y percepción

También las presiones de grupo pueden modificar los pro­


cesos perceptivos. Asch, en un experimento que se ha hecho
famoso, quiso estudiar los efectos sobre el individuo de las
opiniones de una mayoría que sostiene lo contrario de la reali­
dad22. Pequeños grupos de personas debían observar un seg­
mento y establecer cuál, de entre otros tres, tuviese una longi­
tud igual. Uno era más largo, otro más corto, uno igual a]
modelo. Las diferencias eran bastante grandes y no se trataba,
por tanto, de juicios al límite del umbral. Todos los miembros
de cada grupo habían sido instruidos para dar en coro una res­
puesta equivocada. El sujeto del experimento -en contraposi­
ción a una mayoría unánime- se encontraba frente a un dile­
ma: o decir lo que diría si estuviera solo o dudar del propio
juicio y convenir con la mayoría. Un número considerable ce­
dió a la presión de los falsos juicios de la mayoría. En contro­
les sucesivos resultó que la mayoría de estos conformistas tuvo
una «distorsión de juicio»: aceptaba el parecer de la mayoría,
aunque no correspondiese a cuanto en realidad ellos habían
percibido; pero una minoría de conformistas tuvo también una
«distorsión de percepción»: habían percibido según el juicio fal­
so de la mayoría. La presión de grupo lleva a la persona a ce­
der frente a la mayoría aun si la evaluación que hace el grupo
es incorrecta; este ceder puede ser sólo en el juicio o -más ra­
dicalmente- en la percepción misma.

Otro campo de investigación se refiere al influjo de las


privaciones sensoriales sobre la percepción; es decir, cuando
la estimulación ambiental es nula o casi nula. Los estudios
sobre los primeros meses de vida del niño han evidenciado
una relación entre estimulación sensorial, vínculo con la ma­
dre y desarrollo de la sociabilidad23.
22 Asch, S.E. Studies of independence of conformity: I. A minoriy of one
against a unanimous majority, in «Psychol. Monog.», 9 (1956) (todo el nú­
mero).
23 Para una reseña completa de este tema complejo cf. Thom pson,
W.R., Grusec, J.E. Studies of early experience, in Mussen, P.H. Carmichael's
Manual of Child Psychology, vol. I, o.c. pp. 603-610.

202
La .P e rc e p c ió n

Los primeros estudios llegaron a la conclusión -que será


precisada más delante- que para el desarrollo de un buen
vínculo social, el niño debe tener una buena relación con la
Aiadre. Spitz fue el primero en estudiar a gran escala, niños
menores de un año educados en dos instituciones diferen­
tes24: la «Nursery», para niños de madres solteras delin­
cuentes detenidas en la cárcel, y el «hospicio», para niños
abandonados. Los de la Nursery tenían muchos juegos, po­
dían ver lo que sucedía fuera y eran alimentados por sus
madres. A los niños del hospicio se les mantenía en un am­
biente carente de estímulos y eran educados por asistentes
que hacían todo a la carrera y que estaban presentes sólo en
la hora de los alimentos. Spitz encontró que los niños del
hospicio tenían retardos evolutivos y eran extremadamente
sensibles a las infecciones y enfermedades de todo género,
no obstante que la higiene del ambiente fuera indiscutible.
Repitiendo la observación con los mismos niños después de
dos años, notó que los efectos del ambiente del hospicio
eran irreversibles y atribuyó la causa a la carencia de contac­
to humano con la madre o con un sustituto materno25. En
esta forma, Spitz hizo suya la conclusión que ya había saca­
do Ribble26: los recién nacidos tienen necesidad de un pe­
ríodo largo y constante de relación con la madre para reducir
la ansiedad biológica y mantener una identidad corporal; los
niños privados de la madre desarrollan una condición de de­
bilidad física. Resumiendo todos los estudios hasta entonces
hechos, Bowlby afirmó como una tesis segura ante la Orga­
nización Mundial de la Salud, en 1952, que cuando un niño
es privado de los cuidados maternos su desarrollo intelec­
tual, físico y social se retarda en forma permanente^7.
24 Spitz, R.A. Hospitalism: an inquiry into the genesis of psychiatric condi-
tions in early childhood, in «Psychoanal. Study Child», 1 (1945), pp. 53-74.
25 Spitz, R.A. Hospitalism: an inquiry into the genesis of psychiatric conditions
in early childhood: a follow-up report, in «Psychoanal. Study Child», 2 (1946),
pp. 113-117.
26 Ribble, M.A. Infantile experience in relation to personality, in J.
McV. Hunt, Personality and the behavior disorders, Ronald Press,
New York, 1944, pp. 621-651.
27 Bowlby, J. Maternal care and mental health, WHO Monogr., (1952), n. 2.

203
Amadeo Cmárn y Messandro Manenti

Estudios sucesivos redimensionaron esta afirmación pesi­


mista. Muchas investigaciones sobre niños criados en institu­
ciones no descubrieron siempre efectos negativos e irre­
versibles en su desarrollo, no obstante que hubiesen sufrido
la carencia materna28. Se debía, por tanto, buscar en otras
direcciones para explicar los eventuales retardos evolutivos.
Se llegó así a introducir una distinción de tiempo y de cuali­
dad: la edad crítica indiciada en los 6-7 meses y el concepto
de privación perceptiva.

Hasta antes de los 6 meses el retraso evolutivo es debi­


do en gran parte a la carencia de estímulos sensoriales (audi­
tivos, sensitivos, táctiles...) más que a la carencia del vínculo
materno en cuanto tal. En este primer período son impor­
tantes los estímulos por medio de la madre, por un sustituto
materno o -en el límite- por medios mecánicos. Después de
los 6 meses, al contrario, prevalece la importancia de la rela­
ción madre-niño.

Los efectos negativos que Spitz y Ribble habían atribui­


do a la privación materna antes de los 6 meses, se relacio­
nan más bien con la privación perceptiva y a la carencia de
oportunidades de aprendizaje; en cambio, los efectos negati­
vos que se realizan después de los 6 meses son debidos,
además de la privación perceptiva, a los daños afectivos que
acompañan el romperse del vínculo madre-niño que en
aquel tiempo se había formado.

La edad de los 6-7 meses no es arbitraria: se trata del


período crítico en que emerge el vínculo social (el estadio
sensorio-motriz según Piaget). Bowlby notó que los niños
separados de la madre después de este período permanecen
afectados, mientras que si son separados antes no lo son o
28 Las investigaciones más importantes son: Freud, A. -Dann, A. An ex-
periment in gfottp upbringing, in «Psychoanal. Study Child», 6 (1951), pp-
127-168. H.L. Rheingold-N. Vayley, The later effects of an experimental mo-
dification of mothering, in «Child Dev.», (1959) 30, pp. 363-372. W. Den-
nis-P. Najarían, Infant development under evironmental handicap, in «Psychol.
Monograp.», (1957), n. 7.

204
La P e r c e p c ió n

no de la misma forma29. Spitz descubrió que hacia los 6 me-


sCs el niño es capaz de distinguir la propia madre de las
otras personas30. Schaffer y Callender encontraron que los
niños hospitalizados después de los 7 meses protestan por la
separación de la madre31: se aferran a ella cuando viene a vi­
sitarlos, tienen comportamientos de negativismo con el perso­
nal del hospital y se asustan con ellos. Los niños hospitaliza­
dos antes de los 7 meses no protestan por la separación y
están más disponibles para aceptar a los extraños como sustitu­
tos maternos. Es el síndrome de «institucionalización» descrito
también por los estudios de Spitz: con el transcurrir del tiem­
po la protesta se transforma en desesperación, el peso dismi­
nuye en forma notable y los tests indican un freno en el desa­
rrollo; a la desesperación sucede, después de 3 meses, la
regresión: el cociente de desarrollo se baja rápidamente, el
niño se recuesta boca abajo, rechaza todo contacto con el am­
biente, rechaza el alimento, no duerme bien; después del
cuarto mes de separación entra en la fase del desapego: ni lá­
grimas ni gemidos, teniendo la mirada fija. Para Spitz éste es
el punto crítico; si la separación supera los 5 meses, tales dis­
turbios tienden a ser irreversibles. Para muchos de estos niños
será la muerte o la confusión mental: a la edad de 4 años la
mayor parte de los niños que habían sobrevivido no sabían ca­
minar. Pero si antes de este período crítico de los 5 meses, la
madre es restituida al niño, la curación es inmediata: sale al
instante de su postración, el cociente de desarrollo sube con la
misma rapidez con la que había bajado y después supera el ni­
vel que tenía antes de la separación32. Schaffer ha individua­
do dos síndromes de post-hospitalización: «global» (antes
29 Bowlby, J. The nature of the child’s tie to his mother, in «Int. J. Psychoa-
nalysis», 39 (1958), pp. 350-373. Para un desarrollo del tema se puede ver
también J. Bowlby, Attaccamento e perdita; la separazione dalla madre, vol.
II, Boringhieri, Torino, 1973.
30 Spitz, R.A. IIprimo amo di vita del bambino, Giunti-Barbera, Firenze, 1980.
31 Schaffer, H.R., Callender, W.M. Psychological effects of hospitalization in
infancy, in «Pediatrics», 24 (1959), pp. 528-539.
32 Para una profundización de estos aspectos cf. B. Reymond Rivier, Lo
sviluppo sociale del bambino e delTadolescente, La nuova Italia, Firenze, 1975,
pp. 14-55.

205
Amadeo Cenám y Messandro Manenti

de los 7 meses de vida) y el «hiper-dependiente» (después de


los 7 meses)33. Cuando regresan a casa, los primeros están
extremadamente preocupados por redescubrir el ambiente y
muy poco atentos a las personas que los circundan: buscan
recuperar la estimulación sensorial que les había llegado a
faltar. Los niños «hiper-dependientes», en cambio, muestran
un excesivo apego a la madre y lloran si permanecen solos:
deben recuperar el vínculo interrumpido.

Resumiendo, el ambiente social influye en el modo de


percibir, juzgar y ponerse en relación. Hemos indicado dos
factores: la presión de grupo y la privación sensorial. La pre­
sión de grupo influye prácticamente siempre. La privación
sensorial influye sobre todo en aquellas situaciones en que
el sujeto está privado de vínculos significativos. Se trata de
dos factores que no son intelectuales pero que sin embargo
influyen en las operaciones intelectuales a través de la per­
cepción. Si nuestra acción de decidir se apoya en bases de
complacencia social o de privación, puede estar comprometi­
da. El niño que desea una relación social porque ha estado
privado de ella, puede modificar la propia aportación inte­
lectual. Si estar en lo justo significa comprometer la relación,
entonces continuará permaneciendo en el error. Y el adulto
es siempre un poco niño.

d. Diferencias culturales.

Este último factor pertenece más a la antropología cultu­


ral que a la psicología; aquí apenas lo mencionamos. La per­
cepción de un objeto varía según la función que tenga en
una determinada cultura. Un objeto que en una cultura es
necesario para la sobrevivencia, puede ser irrelevante en otra
cultura. Como resultado de lo anterior, para indicar y descri­
bir un objeto importante, el lenguaje desarrolla muchos tér­
minos que afinan las discriminaciones perceptivas. Por ejem­
plo los esquimales distinguen con diferentes vocablos los
diversos tipos de nieve y hielo, cosa que no sucede en el
33 Schaffer, H.R. Objective observations of personality development in early
infaney, in «Br. J. Med. Psychol.», 31 (1958), pp. 174-183.

206
Ia P e r c e p c i ó n

lenguaje de las culturas templadas. No es sólo una sensibili­


dad de lenguaje, sino más todavía, de percepción: denota
una perspicacia perceptiva que no se encuentra en personas
de otra cultura. Las palabras que componen un determinado
lenguaje ayudan a formular aquello que el individuo de di­
cha cultura percibe. El lenguaje no sólo indica cómo se co­
munica la persona, sino también cómo analiza la naturaleza,
advierte o no advierte los fenómenos y cómo construye el
propio conocimiento.

Conclusión general:
la percepción en su conjunto es verídica, pero puede estar
sujeta a distorsiones especialmente si la situación externa o
interna al sujeto es confusa, conflictiva y emotivamente sig­
nificativa. El modo de percibir la realidad es una función de
factores contemporáneos y de experiencias previas del orga­
nismo con dicha realidad. Las personas varían en el modo
de reaccionar: se va -en un continuum- desde el extremo de
los sensibles al de los represores. Aunque un estímulo no
sea percibido conscientemente, de todos modos la persona
puede responder a él. Las características del objeto, los fac­
tores intrapsíquicos y los elementos culturales, influyen me­
diante la percepción en el modo de pensar y decidirse.

3. Percepción social

Con este término se entienden los procesos sociales a tra­


vés de los cuales conocemos a los demás con sus característi­
cas, cualidades y estados internos. Si bien el término es co­
múnmente usado, sin embargo resulta impropio porque con
frecuencia no se trata sólo de percepción: nuestra opinión so­
bre una determinada persona no se basa sólo en su observa­
ción directa, sino también en la evaluación inmediata ligada
inevitablemente a la aprehensión de los datos sensoriales.

Los temas de este campo son muchos: ¿Es posible cono­


cer las emociones de los demás? ¿Cómo hacer para conocer­
las? ¿A través de qué procesos llegamos a percibir al otro?

207
Amadeo Cendni y Alessandro Manenti

¿En qué se basa la habilidad para entender a los demás?


¿Hay «observadores» mejores que otros? La relación con
otro, ¿qué efecto tiene en mi modo de percibirlo?34

Aquí nos limitaremos a tres aspectos que corresponden


más al tema del libro:

a. Algunos procesos a través de los cuales llegamos a


comprender a los demás.

b. Fuentes de error en la percepción social.

c. Percepción de los demás y su cambio.

Muchos de los principios que regulan la percepción de


los objetos, valen también para la percepción de las perso­
nas. Por ejemplo, no es para maravillarse que los valores y
las necesidades puedan influir también en la percepción de
los demás igual que en la de los objetos. Pero aquí se aña­
den nuevos elementos, porque el otro me «excita» más que
los objetos: es más imprevisible, se me asemeja; estoy por
tanto más implicado en su percepción. Tratar con las perso­
nas es más difícil que tratar con la cosas.

a. Algunos procesos en la percepción de las personas

Finalidad de quien percibe: cuando observamos o juzga­


mos tenemos una razón para hacerlo. A veces nos interesa
individualizar las aptitudes de una persona para el trabajo
(¿será capaz de desarrollar la tarea que le confío? ¿será un
buen trabajador?); otras veces nos interesa su afinidad con
nosotros (¿estará de mi parte? ¿podré darle confianza?); otras
veces nos preocupa su bien (¿será feliz en la vida?). El moti­
vo y el fin por el que juzgamos influye en la naturaleza de
34 Para un desarrollo más extenso del tema véase: Tagiuri, R. Personal
Perception, in G. Lindzey-E. Aronson, The Handbook of Social Psychology.
vol. III, Addison-Wesley publ., London, 1969, pp. 395-449. P.F. Secord-
C.W. Backman, Psicología sociale, II mulino, Bologna, 1971, pp. 89-160.
G.W. Allport, Psicología, o.c. pp. 425-447.

208
l A i^RCEPCIÓ N

nuestro juicio. A esta actividad de quien percibe son aplica­


bles las 4 funciones de las actitudes ya descritas.

Estereotipos sociales:
cuando encontramos a otro tendemos inmediatamente a cla­
sificarlo en la categoría del «otro generalizado». Al alemán le
atribuimos los atributos de nuestro estereotipo de alemán; al
sacerdote, el estereotipo clerical; al costeño, el estereotipo
correspondiente y así por el estilo. El conocimiento de la ca­
tegoría de pertenencia ejercita un fuerte influjo en la impre­
sión que nos hacemos del otro, sobre todo si las informa­
ciones más bien son escasas. Estamos a merced de un
estereotipo en la medida en que percibimos a los demás sólo
en base a su grupo de pertenencia más que a sus caracterís­
ticas originales.

Los estereotipos presentan tres características:

- Se seleccionan ciertos atributos que son, o se piensa


que son, comunes a una cierta categoría haciéndose
de ellos un esquema general.

- Es suficiente que una persona pertenezca a esa cate­


goría para provocar la impresión de que posee todos
los atributos propios de la categoría.

- No obstante la generalización, el estereotipo admite


la discrepancia entre los rasgos atribuidos y los ras­
gos reales de la persona: puesto que los individuos
difieren entre sí, un estereotipo no encuentra siem­
pre correspondencia en cada uno de los miembros.

Esta última característica hace que el estereotipo no sea


necesariamente un prejuicio o una fuente de error. Conocer
la «categoría» y las características básicas de un determinado
grupo puede ser un buen punto de partida para el conoci­
miento del individuo: quien tiene familiaridad con ciertas
culturas aldeanas logra comprender mejor a cada uno de sus

209
Amadeo Cencini y Messandro Manmti

habitantes. Es útil conocer el status social, el rol y la perte­


nencia a determinado grupo, pero no basta: detenerse aquí
significa no percibir la individualidad de la estructura perso­
nal. El estereotipo ofrece solamente hipótesis de investigación,
rasgos atribuibles al individuo; pero es necesario alejarse de él
para captar los rasgos reales de este individuo original.

Modelo antropológico:
todo sujeto que percibe, aunque no sea consciente, tiene
una «teoría» sobre las demás personas que influye en su
modo de percibir y juzgar. El concepto que tenemos de
hombre, en general, influye en el modo de ver el hombre
concreto. Por tanto, vale la pena explicitarlo. Sólo entrando
en esta área de la teoría se podrá organizar un plano concre­
to de acción. Para ver y distinguir qué es lo que se encuen­
tra al fondo y qué es lo que está en primer plano, no basta
abrir los ojos y mirar. Lo que se ve, está determinado por el
modelo que se usa. Si no se parte de buenos presupuestos
teóricos, existe el riesgo de las improvisaciones o de caer en
diletantismos, con la consecuencia de una acción fragmenta­
ria: cada uno actuaría a su modo, con criterios arbitrarios y
sin verificar, a tal punto que serían las contingencias las que
impongan las opciones operativas.

Percepción de sí:
las características del sujeto que percibe influyen en el
modo de percibir a los demás. Quien pretende poseer rasgos
que son deseables, tiende a atribuirlos también a las perso­
nas que le son simpáticas, más que a las que le son indife­
rentes o antipáticas35. Así, cuando la persona es invitada a
describirse a sí misma, agiganta la «pretendida semejanza»
basada no en la presencia de tal rasgo sino en el deseo de
su presencia. Cuando el rasgo deseable goza de una cierta
prioridad, produce una selectividad de la percepción: si juz­
go positivamente una rasgo (por ejemplo la honestidad, la
35 Lundy, R.M. Self perception regarding masculinity-femininity and descrip-
tion of same and opposite sex sociometric choices, en «Sociometry», 21 (1958),
pp. 238-243. J.A. Broxton, A test of interpersonal attraction predictions derived
from balance theory, en «J. Abnorm. Soc. Psychol.», 66 (1963), pp. 394-397.

210
1 a .Pe r c e p c ió n

belleza o la masculinidad), se convierte en la clave que ser­


virá de base para percibir a los demás36. Este deseo de tal
rasgo puede ser el efecto de una inconsistencia subyacente:
por ejemplo la necesidad conflictiva de dependencia afecti­
va me hace ser muy sensible a captar las señales de afecto;
por lo que los demás serán percibidos atrayentes o indife­
rentes en base a su capacidad o incapacidad (real o preten­
dida) de satisfacer mi necesidad.

En general: las personas pueden verse semejantes no so­


bre una base real sino supuesta: se presupone que la perso­
na amada es semejante a sí mismo. Tal suposición puede
nacer de la falta de libertad interior que lleva a buscar en el
otro aquello que se desea o se necesita encontrar.

b. Fuentes de error

Prejuicios:
La relación con los demás está siempre en movimiento, en
evolución y frecuentemente es contradictoria. Por ello, se
debe permanecer siempre abierto a recibir las nuevas infor­
maciones que el otro nos manda. Sin embargo, al ser la per­
cepción continua, el sujeto que percibe puede ignorar las
variaciones y las novedades manteniendo prácticamente la
misma percepción en todo momento. Esto tiene el efecto
de simplificar y estabilizar el proceso perceptivo dando a la
persona una impresión de estabilidad, pero que puede tam­
bién degenerar en percepciones equivocadas y en prejuicios.

De aquí que un primer prejuicio en la percepción social


consiste en ver al otro como una entidad constante e inva­
riable. El individuo nos parece «siempre el mismo» aunque
cambie y se comporte hoy en modo diferente de ayer. En la
percepción está presente una especie de sistema selectivo
36 Hastorf, A.H. - Richarson, S.A. - Dornbush, S.M. The problem of rele-
vance in the study ofperson perception, in R. Tagiuri-L. Petrullo, Person per­
ception and interpersonal behavior, Stanford Univ. Press. Stanford, Calif.
1958, pp. 54-62. M. Cook, La percezione interpersonale, II Mulino, Bologna,
1973, pp. 61-65.

211
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

que no permite ver en los demás aquellos comportamientos


que se desvían de la imagen que se tiene de ellos.

Una segunda forma de prejuicio consistiría en la tenden­


cia a poner siempre a la persona en el origen de sus accio­
nes. Se da por descontado fácilmente que las acciones se re­
fieren siempre a las disposiciones internas conscientes de
quien las realiza: resulta más sencillo interpretar un acto
hostil como expresión evidente de maldad, en lugar de in­
tentar comprender cuál es la situación y los motivos sub­
conscientes que han impulsado a la persona a dicho acto.
Sin advertirlo, se pasa indebidamente de la condena de la
acción al rechazo de la persona en cuanto tal; lo cual trae
consecuencias funestas.

Clasificaciones simplificadas:
Si alguien nos clasifica, nos sentimos ofendidos porque nos
damos cuenta que somos más complejos de lo que los de­
más piensan y que ni siquiera una biografía de tres volúme­
nes nos haría plena justicia. El juicio «simplificado» preten­
de extender a toda la persona una evaluación originada por
un detalle de su comportamiento (una palabra, un gesto...);
por lo cual se tiende a interpretar todas sus manifestaciones
a la luz de dicho juicio simplificado: esa persona terminará
por agradarnos o no agradarnos en todo. Tal tendencia se
llama «efecto aureola»37. Una vez formulada una impresión
sumaria, ésta se mantiene constante y lleva a valorar todo a su
luz; si después algunos aspectos contradicen tal simplificación,
son tomados como «excepciones que confirman la regla». Así,
si un estudiante es evaluado con puro 1 0 en lo académico, se
tenderá a verlo excelente también en lo referente a otras cuali­
dades como la madurez, el empeño, el sentido de servicio...
aunque de hecho esté carente en tales áreas. Es lo que se dice
«ser el preferido de alguien» o «caer en desgracia».
I

37 Osgood, C.E. - Suci, G.J. - Tannenbaum, T.H. The measurement of


meaning, Urbana, Illinois, U.P. 1957.

212
La P e r c e p c ió n

Clima emotivo:
feshbach y Singer notaron que los sujetos atemorizados por
la aplicación de pequeñas descargas eléctricas esporádicas
tienden a juzgar la expresión de otros individuos vistos en
fotografía, como temerosa (proyección suplementaria) o agre­
siva (proyección complementaria); tal evaluación no era dic­
tada por la fotografía sino por el estado emotivo de los ob­
servadores38. Aquí vale el dicho: «no pidas al enamorado
que te describa cómo es su novia». Es también el fenómeno
que se ve frecuentemente en los conflictos familiares: a la
luz de la tensión emotiva presente, se vuelve al pasado para
coger sólo lo negativo y despreciando o reinterpretando lo
positivo. La belleza de ella, antes contemplada, llega a ser
hoy vanidad; el entusiasmo de él se convierte en frenesí; la
dulzura, en estupidez; la expansividad, en habladuría; la re­
serva, en desdén...

La gestión adecuada de los propios sentimientos es un


requisito indispensable para una relación realista con los de­
más; si al menos lográramos entrever nuestras complejas mo­
tivaciones, nuestras incoherencias y la unicidad de nuestra es­
tructura, estaríamos en grado de explicar la complejidad y
unicidad del otro, o al menos estaríamos atentos a no proyectar
nuestros estados de ánimo en la percepción del otro. En deter­
minadas circunstancias será más prudente suspender el juicio
para que no esté demasiado contaminado emotivamente.

c. Percepción de los demás y su cambio

En este punto es apropiada la pregunta: ¿Qué percep­


ción tengo yo de mi interlocutor?

Los esquemas cognoscitivos:


Se tiene una percepción realista del otro, cuando «aquello
que yo pienso de él» corresponde a «aquello que el otro es
verdaderamente». En cambio, la percepción está distorsiona­
38 Feshbach, S. - Singer, R. The ejfects of fear arousal and suppression of
fear upon social perception, in «J. Abnorm. Soc. Psychol»., 55 (1957), pp.
283-288.

213
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

da cuando el concepto que yo tengo del otro no correspon­


de a la realidad; es decir que «el otro según yo» es muy di­
ferente (o hasta opuesto) de como es realmente. Esta per­
cepción distorsionada no sólo influye en la comprensión (mi
relación ya no es libre), sino también en el crecimiento del
otro: estará condicionado a actuar conmigo según mis expec­
tativas. Esta dinámica es muy importante en la relación de
ayuda, por ejemplo en la dirección espiritual: para una rela­
ción de crecimiento es indispensable que quien dirige tenga
no sólo una percepción realista del otro, sino también flexi­
ble y abierta, con la confianza que el otro puede cambiar.

Supongamos que yo, por cualquier razón, piense que tú eres


un tipo simpático. Cuando te encuentre, me comportaré contigo
consecuentemente: seré cortés y disponible. Esto te facilitará res­
ponderme con la misma cortesía. Terminado el encuentro me diré:
«¡Verdaderamente tenía razón al decir que es simpático!» (=mis
expectativas han influido en tu modo de relacionarte conmigo). Si,
por el contrario, mi expectativa es la de encontrar un tipo antipáti­
co; apenas te encuentre me sentiré fastidiado. Entonces es muy
fácil que tú reacciones consecuentemente, de modo que al final
yo obtengo la confirmación de mi diagnóstico inicial. En ambos
casos ha sucedido que yo he encontrado el tipo que me esperaba
encontrar. O sea que mi concepto de ti provoca en ti un compor­
tamiento correspondiente; la imagen que yo tengo de ti influye en
tu comportamiento. Si yo pienso que eres un estúpido es más fácil
que tú te comportes conmigo como estúpido; no porque lo seas,
sino porque yo te percibo como tal. Si en cambio pienso que pue­
des ser mejor es más fácil que tú mejores.

Veamos más analíticamente esta relación entre esquema


cognoscitivo y crecimiento del otro.

1. Cada vez que encuentro a una persona, no puedo estar


siempre redescubriéndola de pies a cabeza como si
fuese la primera vez que la veo. Es inevitable que yo
tenga algunos «esquemas de convicción» o «esquemas
cognoscitivos» de ella. Tales esquemas saltan cada vez
que la encuentro y, a su luz la «reconozco» inmediata­

214
IA /^RCEPCIÓ N

mente. Cada nuevo comportamiento suyo es interpreta­


do a la luz de lo que ya sabía de ella.

2. Estos esquemas cognoscitivos deben ser abiertos y fle­


xibles y no cerrados o rígidos. Se tiene una percepción
realista del otro cuando se está dispuesto a volver a ver
los esquemas que se tienen de él en base a las nuevas
informaciones que me da (=creía que él fuese estúpido,
pero conociéndolo mejor, debo cambiar de opinión).
De otra manera el otro podrá hacer hasta milagros ante
mí, pero yo continuaré percibiéndolo como siempre, en
modo no realista y distorsionado. Y de esta forma no
logro captar el mensaje que está presente más allá de
sus palabras.

3. Las distorsiones que tengo de la verdadera personalidad


del otro, lo provocan o lo invitan a actuar de modo que
confirme mis distorsiones; por lo que su comportamiento
podría ser no tanto la expresión de su verdadera persona­
lidad, sino el resultado de mi propia distorsión. Es como
si dijera «es inútil que yo intente cambiar; cualquier cosa
que haga, para él seré siempre un estúpido; por tanto da
lo mismo que siga haciendo el estúpido».

Con bastante frecuencia, este condicionamiento estará


escondido para ambos, pero no será menos eficaz. Mi per­
cepción negativa será entonces transmitida con diferentes
mensajes verbales y no verbales, sensoriales y metasensoria-
les, lo cüal provocará un cierto efecto correspondiente. Evi­
dentemente, el efecto dependerá también del grado de ma­
durez del individuo receptor. De cualquier manera, si envío
tales mensajes, provoco un influjo negativo y no ayudo al
crecimiento del otro en aquel aspecto que tal crecimiento
depende de mí.

4. El cambio de mi esquema cognoscitivo sobre el otro


puede estimularlo a cambiar. Cada uno de nosotros se
hace un esquema cognoscitivo de quien le está cercano

Psicología... 15
Amadeo Cencini y Mmandro Manenti

y, por tanto, puede distorsionarlo. Por esto, es inútil es­


perar que el otro cambie como condición para el propio
cambio. Cada uno debe hacer su propio juego, cada
uno debe trabajar en su propia conversión sin condicio­
narla a la conversión de los demás. Convertirse, en este
caso, quiere decir preguntarse: Pero él (o ella), ¿es en
realidad como yo pienso que es? Con todo esto, no es
que se quiera introducir un elemento de sospecha en
la relación que llegue hacer de ella un encuentro entre
eternos desconocidos, sino que se trata de un elemento
de realismo: seamos lentos en hacer el retrato de los
demás. Tal retrato no será una fotografía. Si estoy dis­
puesto a revisar mi concepto del otro, entonces estaré
abierto a todo aquello que el otro pueda revelar de
nuevo. Más aún: el otro será estimulado -gracias a mi
flexibilidad- a revelarme elementos nuevos. Y así, mi
disponibilidad a mejorar el concepto que tengo de mi
vecino, lo estimulará a llegar a ser mejor. Cuando admi­
to una mejoría en mi percepción del otro, estimulo en él la
posibilidad de una mejoría real.

La amabilidad objetiva: admitir la posibilidad de la dis­


torsión no significa, sin embargo, el sufrirla necesariamente.
Para la percepción, como para toda actividad psíquica, son
necesarias algunas directivas que indiquen el modo recto de
gobernarla. Esta función directiva del aparato psíquico -lo
hemos visto- pertenece a los valores, y más específicamente
a los valores en cuanto realidades trascendentes. En el caso
de la percepción, la orientación directiva se ve realizada por
la amabilidad objetiva. Esto significa que todo ser humano
es digno de ser amado, independientemente de su conduc­
ta, de sus méritos particulares o cualidades atrayentes; se
trata de un componente de aquella identidad positiva que
más arriba hemos definido como un dato de naturaleza, ac­
cesible a todos. La amabilidad objetiva está ligada también
a los valores fundamentales de la existencia y persiste (sien­
do un valor trascendente) aun en la presencia de una apa­

216
Z a /feRCEPCIÓN

rente indignidad del sujeto. Naturalmente, la puede percibir


en el otro sólo quien la ha sabido acoger en sí mismo.

Es posible fundamentar todavía más profundamente k


percepción positiva del otro. Ya la filosofía clásica afirmaba
que debemos interpretar los entes finitos como realidades
participantes y fundadas en una realidad fundante y absolu­
ta como la de Dios, Ser subsistente. Para la filosofía escolás­
tica, por ejemplo, la dignidad de las criaturas es proporcional
a su cercanía al Ser; por esta razón es necesario amar a los
hombres más que a los animales o a las cosas. El hombre,
en efecto, por su naturaleza, está más cercano a Dios, ama
naturalmente a Dios sobre todas las cosas. A la luz de esta
orientación, el otro nos aparece en toda su amabilidad obje­
tiva: un ser que participa del Ser. Hay en él un bien absolu­
to y objetivo; es una persona amable en virtud de su ser
creado por Dios, más allá de lo que hace. Pero puede suce­
der que el hombre -ente finito- se busque sólo a sí mismo y
use de la propia racionalidad para amar sólo el propio yo, si­
guiendo un proyecto de subsistencia autónoma. Aun en este
caso el hombre no pierde la propia amabilidad objetiva: lle­
ga a ser malo por aquello que hace, pero no por aquello que
es. En efecto, puede suceder que la cercanía-tendencia ha­
cia Dios permanezca como algo potencial más que actual.
Esto quiere decir que percibimos a los demás no sólo en
virtud de la cercanía con Dios que ya poseen, sino también
en base a esa cercanía que deseamos que ellos consigan y
que actualmente todavía no han conseguido. Yo puedo no
compartir la acción del otro porque aquello que hace puede
ofuscar su bondad objetiva; por tanto, puedo rechazar su
comportamiento, pero no por esto tengo el derecho de re­
chazarlo como persona. E l hombre es amable por aquello que es,
no por aquello que hace; y viceversa, es refutable aquello que hace,
pero jamás aquello que es.

Nótese bien que esto no significa absolver con manga


ancha todo y a todos (puesto que es objetivamente amable,
entonces puede hacer lo que quiera; que al cabo yo logro

217
Amadeo Cendni y M^sandro Manmti

ver en forma transparente su espíritu bueno a través de l-cl


carne débil). Al contrario, desear que el otro llegue a ser
aquello que «debe» ser, significa rechazar sus actos malos
egoístas, defensivos, para exigir que ponga en acto concreta­
mente ese destino que no hemos dejado de ver en él, a]
menos como potencialidad. La diferencia estará en la forma
como exigimos, es decir en el presupuesto de la amabilidad
objetiva del otro. Se le exige no para que reconquiste ante
mis ojos aquella confianza que se le tenía y que ahora se ha
perdido, sino porque se le continúa teniendo confianza, sa­
biendo que puede llegar a ser aquello que «debe» ser.

También le exijo para que satisfaga la exigencia de ser


mejor que se sabe existe en la otra persona. No se pretende
que el otro se rehabilite a mis ojos (semejanza pretendida),
sino que sea fiel al proyecto que tiene en sí y que yo sigo
viendo más allá de su comportamiento. Sólo quien se siente
perdonado podrá reconocerse pecador. Rechazo del compor­
tamiento, pero jamás rechazo de la persona con su amabili­
dad objetiva.

¿De dónde nace este deseo de abrirnos al otro? Nace


del hecho que lo vemos en la atmósfera de la caridad divi­
na: he aquí el poder de un valor trascendente que arrastra,
que permite descubrir más allá del comportamiento el espí­
ritu del otro, su ser bueno aun cuando actualmente lo con­
tradiga por su comportamiento malo.

Notemos finalmente, que este mirar en forma transpa­


rente no significa simplemente: amo al otro como conse­
cuencia de mi amor por Dios (es decir, que si no amase a
Dios quién sabe qué haría...). En este caso, estaría Dios por
su parte y yo por la mía y además el hermano, que afortuna­
damente saca algún provecho de mi relación con Dios; pero
de la que está excluido, puesto que de tal relación recibe
beneficios sólo por reflejo y «bondad mía». Sin embargo,
quiere decir mucho más: hacer participar al otro de mi rela­
ción con Dios. En otras palabras: yo amo a Dios y en este

218
1 a P e r c e p c ió n

afnor encuentro al otro y lo inserto: también él participa de


0 X cercanía con Dios. No lo amo sólo porque yo ame a
píos, sino que lo amo porque es parte integrante de mi re­
lación personal con Dios. Así, el amor hacia el otro se con­
vierte en prueba de mi amor hacia Dios. Desde un punto
¿c vista psicológico es, por tanto, ambigua la fórmula: amo
al otro por amor a Dios. Sería más correcto decir: amo al
otro en Dios39.

4. Conclusión

En la percepción se expresa el único y entero yo que


interactúa con el objeto. Si pudiésemos descomponerla, en­
contraríamos en ella dos componentes: uno que pertenece al
yo con sus componentes (emociones, necesidades, valores,
estado emotivo...); y el otro que pertenece al objeto con sus
componentes (intensidad, valor, familiaridad...). El acto de
percepción funde juntos el yo que percibe y el estímulo
percibido, por lo que el objeto percibido no es fotografiado,
sino investido de una carga del yo que le da su coloración
hasta poderlo incluso distorsionar. Estas distorsiones de la
percepción tienen una utilidad inmediata para el yo: son es­
trategias de la psiqué para simplificar la complejidad de las
informaciones a las que estamos diariamente sometidos, y
facilitan así nuestra sobrevivencia; nos aseguran que somos
nosotros quienes mantenemos el control de los acontecimien­
tos, dándonos la seguridad ahí donde prevelacería, en otra for­
ma, la confusión. Pero siendo una distorsión de la realidad,
nos impiden un contacto adecuado con ella.

La formación de la representación perceptiva sería la re­


sultante del encuentro entre los estímulos -los cuales llegan
del ambiente al aparato psíquico- y el substrato psíquico
que ellos encuentran. Para que se dé la veracidad en la per­
cepción será necesario que el estímulo externo sea claro y
que el yo sea consistente lo más posible, de modo que pue­
da organizar los datos sensoriales con un mínimo de distor­
39 Sobre este tema se puede confrontar la segunda parte del artículo de
J. De Finance, Devoir et Amour, en «Gregoranium», 2 (1983), pp. 243-272.

219
Amadeo Cendni y Messandro Mmenti

sión. Entre más consistencias del yo estén presentes, los es­


quemas representativos internos serán más realistas, y serán
capaces de coordinar las informaciones sensoriales respetán­
dolas en sus informaciones. Allport distingue la percepción
de la procepción; mientras la percepción es el proceso que
refiere fielmente la apariencia sensorial, la procepción indica
todas las influencias de las disposiciones que intervienen
entre la información sensorial y el acto40.

La coordinación debe realizarse dentro del respeto a la


realidad. Para sintetizar, se puede retomar la relación entre
esquemas representativos internos y estímulos sensoriales,
recurriendo a los dos términos de asimilación y acomodación
que Piaget usa para estudiar la formación de la estructura
psíquica general41. La asimilación implica una inercia es­
tructural, o sea una tendencia a responder a eventos nuevos
con modalidades antiguas. Los nuevos estímulos vienen in­
corporados en un esquema de orientación pre-existente. La
acomodación en cambio, es el perfeccionamiento de la es­
tructura previa bajo el influjo de nuevas informaciones. La
integración de los dos procesos dan lugar al verdadero creci­
miento que se coloca en el punto intermedio entre estatici-
Jad y revolución. El crecimiento es a la vez conservación y
desarrollo: un proceso de avance que consiste en retener
aquello que es indispensable y duradero, eliminar aquello
que está superado y añadir o sustituir la nueva información.
Si la estructura del yo es débil, es más fácil que haya rigidez
en lugar de integración de los dos procesos. La asimilación
se transforma en respuestas estereotipadas y rígidas; todo
debe confirmar el esquema mental previo de quien percibe,
de otra manera no viene visto o viene distorsionado. La aco­
modación se convierte en sugestionabilidad excesiva, por lo
que será la presión de grupo o el tono de la situación los
que determinen el modo de relacionarse con la realidad. Por

40 Allport, G.W. Psicología della personalitá, o.c. pp. 224-225.


41 Piaget, J. La nascita della intelligenza nel bambino, La Nuova Italia, Fi-
renze, 1973.

220
La P e r c e p c i ó n

Una parte, una percepción rígida, preconcebida; por otra, una


percepción frágil y mutable.

Si los dos procesos actúan simultáneamente, hay conser­


y creatividad, lo que en términos perceptivos signifi­
v a c ió n
ca constancia de la percepción y afinación progresiva de la
misma.

Existir como persona significa también elaborar una rec­


ta percepción de sí y de la realidad.

221
Ac t o C ó n s c i e n t e , A r r o .D e lib e r a d o y A s t a d o / n c o ñ s c i e n t e

Capítulo Segundo
A cto C o n s c ie n t e , A cto D e l ib e r a d o

y E st a d o In c o n s c ie n t e

En toda acción es. posible aducir motivos ilimitados que


la originan, y que se vuelven tanto más complejos cuanto
más se penetra en la vida y vicisitudes de quien la ha reali­
zado. Esta pluralidad de motivos no siempre sigue las leyes
de la lógica, por ejemplo el principio de no contradicción.
Motivaciones diversas y contradictorias entre sí pueden estar
a la base del mismo comportamiento. Si se indaga a profun­
didad se verá que las acciones humanas están alimentadas
por una cantidad enorme de posibles determinantes, más o
menos conscientes.

En las acciones humanas hay siempre motivaciones cons­


cientes; por esto no se puede afirmar -excepto en los casos de
patología- el reinado absoluto del inconsciente en nosotros1.
Tampoco se puede caer en el extremo opuesto de pensar que
todos los motivos son sólo conscientes: no es posible compren­
der el proceso psíquico en base a la sola acción voluntaria, por­
que siempre están presentes movimientos inconscientes en la
persona. No se trata, por tanto, de elegir entre la visión ilumi-
nista de un hombre guiado sólo por la razón o la visión psicoa-
nalítica de un hombre guiado sólo por el inconsciente. Se trata
más bien de indagar la relación consciente-inconsciente, elabo­
rando una antropología holística que reconduzca todas las ma­
nifestaciones de la psiqué al concepto de un yo unificado.

La existencia de la motivación inconsciente no crea pro­


blemas para una visión holística, puesto que el hombre per-

1 Arnold, M. Emotion and Personality, o.c. pp. 236-237.

223
Amadeo Cencini y Messandro Manmti

traste con las conscientes. Motivaciones conscientes e m_


conscientes se mezclan inevitablemente: el problema es es­
tudiar cómo sucede esto.

Dos mundos tan diferentes, con leyes a veces antitéticas,


con orígenes diferenciados y con modos de proceder desvincu­
lados uno de otro ¿en qué forma son expresión del único yo?
Dos modos de organizar la realidad y, sin embargo, productos
de la misma matriz. El yo que programa, decide y quiere, es
el mismo yo que se crea falsas expectativas y mecanismos
autoengañadores, que se pierde en círculos viciosos; que
construye y destruye, pero es siempre el mismo y único yo.
De aquí que el hombre no puede ser explicado sólo en tér­
minos de razón, intención y voluntad; sino también en térmi­
nos de irracionalidad, emotividad y necesidad.

El problema está lejos de ser resuelto por la psicología


del profundo actual. Aquí damos sólo algunas pistas de ex­
plicación que no son exhaustivas y que, quizá más que solu­
ciones, estimulan nuevos interrogantes.

1. La zona de penumbra

Ante todo una cosa es cierta: «Se hace cada día más pro­
blemática la distinción simple que hizo Freud entre cons­
ciente e inconsciente»2. Entre los dos mundos hay una rela­
ción de «matiz» o «penumbra», término que contrasta con la
idea de absolutismo, dogmatismo, y que indica más bien
una idea de co-presencia o de prevalencia relativa: «la pe­
numbra tiene un efecto destructivo ante los ideales absolu­
tos, achata las puntas, cancela los confines, relativiza los
opuestos, destruye los ordenamientos esquemáticos»3. Para
visualizar la penumbra consciente-inconsciente podemos
usar la metáfora que Lonergan aplica al problema de la li­
bertad y responsabilidad: «Si se presentase el campo de la
2 Wyss, D., Storia della psicología del profondo, o.c. vol. II, p. 119.
3 Von Weizsácker, V. citado en D. Wyss, Storia della psicología del pro­
fondo, o.c. vol. II, pp. 120-121.

224
Ac t o C o n s c i e n t e , Ac t o .D e lib e r a d o y A s t a d o / n c o n s c i e n t e

libertad del hombre como un área circular, entonces se po­


dría distinguir una región central luminosa en la que él es
efectivamente libre, en seguida una penumbra circunstante
en la que su conciencia inquieta continúa sugiriéndole que
podría hacer las cosas mejor, si se decidiera y, por último,
una sombra externa de la que apenas se da cuenta»4.

Se puede considerar la región central luminosa como la


voluntad consciente y deliberada, la sombra externa como el
inconsciente, y la penumbra intermedia como el lugar del
matiz o intercambio consciente-inconsciente.

Entre la luz central y la sombra externa hay una suerte


de cortina de hierro que puede ser superada solamente por
instrumentos exploratorios especiales, pero entrambas influ­
yen en la misma acción. Así, un acto consciente puede na­
cer de motivos en parte inconscientes. La teología moral,
por ejemplo, lo reconoce cuando distingue entre pecado y
pecador, entre responsabilidad del acto y responsabilidad en
causa: elementos inconscientes pueden hacer que el sujeto
no sea subjetivamente responsable o culpable. También la
filosofía ha acogido esta distinción consciente-inconsciente:
por ejemplo en la distinción entre libertad esencial y liber­
tad efectiva5. El hombre, siendo espíritu y persona, es por
naturaleza libre y su libertad es esencialmente un dato onto-
lógico que lo constituye desde antes de ser elección, deci­
sión o libre arbitrio. Sin embargo, elementos inconscientes
pueden limitar el ejercicio efectivo de la libertad ontológica,
impidiendo a la persona utilizar a fondo aquello de que dis­
pone; el sentido de la educación es hacer este punto de par­
tida lo más favorable posible. En la misma línea se coloca la
teología espiritual cuando, estudiando la respuesta del hom­
bre a Dios, distingue entre santidad subjetiva y santidad ob­
jetiva. La primera consiste en la respuesta que de hecho la
persona está dando a Dios. La segunda indica la respuesta
4 Lonergan, B.J.F. Insight: a study of human understanding, Longmans
Green, London, 1958, p. 627.
5 Lonergan, B.J.F. Insight, o.c. pp. 619-620.

225
Amadeo Cencini y Messandro Manmti

que la misma persona podría dar a Dios si fuese libre de


usar todas sus capacidades. Factores inconscientes pueden
obstaculizar a la persona para reconocer y usar todos sus ta­
lentos propios6.

Hasta aquí la distinción consciente-inconsciente. Pero


también está la penumbra intermedia: la cortina de hierro
que no es completamente insuperable. Entre consciente e
inconsciente hay comunicación. Es verdad que el incons­
ciente puede disminuir la responsabilidad moral, el uso de
la libertad y la generosidad con la que la persona responde a
Dios. De todos modos, la zona de penumbra impide ampa­
rarse en esta distinción a favor de una exclusión de la res­
ponsabilidad. Porque también el inconsciente es una reali­
dad que forma parte del yo y -si bien en diferente forma
que la realidad consciente- está bajo su dirección.

Muchas veces amparándose en el inconsciente que existe


más allá de la cortina de hierro, la persona declara la propia
neutralidad e impotencia: «No puedo hacer nada, está fuera de
mi control». El inconsciente usado como coartada para la res­
ponsabilidad. Por el contrario, admitir la existencia del incons­
ciente no determina una resignación pasiva y la negación de la
responsabilidad, sino una redefinición de la responsabilidad.

En este capítulo queremos sostener que la persona es


responsable -en los términos que diremos- en lo que se re­
fiere al inconsciente, y que se puede hablar de intención in­
consciente guiada también por un cierto conocimiento, aun­
que no deliberado. El yo ejercita una dirección también
sobre el estado inconsciente, que se vislumbra en la zona de
penumbra. Puede aceptar, secundar, reforzar ciertas dinámi­
cas inconscientes. Todo esto sin deliberación consciente,
pero con el vago indicio de estar haciéndolo. Una persona
puede no ser responsable de todas sus modalidades de ac­
ción, pero mantiene la responsabilidad de la posición que
toma frente a ellas o del rechazo a tomar posición.
6 Rulla, L.M. Discemment of Spirits and Christian anthropology, in «Gre-
gorianum», 59 (1978), pp. 537-569.

226
Ac t o C ó n s c i e n t e , Ac t o D e l i b e r a d o y J u s ta d o / n c o n s c i e n t e

Si el hombre no huye de sí mismo, tiene un vago indicio


de todo esto (conocimiento no deliberado). Pero para especifi­
car el sentido de esta responsabilidad, en este punto es nece-
sario clarificar los términos y después proceder por tesis.

2 . Definiciones

Con el término conciencia se entiende el conocimiento


inmanente en los actos cognoscitivos7, por lo que la acción
consciente es aquella en que el sujeto agente es consciente
del contenido y también del acto de su proceder. Ejemplos
de acción consciente: manejar el automóvil (sé que voy en
auto por una calle y que estoy conduciendo y no soñando);
escuchar la música (soy conocedor del sonido y de mi acto
de escuchar). Otros actos conscientes son: pensar, hablar, in-
teractuar con los demás... Al interno de la acción consciente
puede haber varios grados de conocimiento de mi proceder: el
salvaje, el filósofo, el místico, el jugador de fútbol, cumplen
acciones conscientes, aunque el grado de presencia sea dife­
rente, puesto que es diferente la conciencia del propio yo.
Quien tiene un grado mínimo de autoconsciencia y no sabe
distinguir entre la existencia del propio yo y la del propio
automóvil, se limita a un conocimiento empírico: sabe que
está viviendo sólo porque percibe, siente, trabaja, está en ac­
tividad. Quien tiene una conciencia más vigilante del propio
yo es también mejor conocedor de las propias acciones: es
más profundo en el comprender el sentido de su vivir, es capaz
de captar el diseño inteligible que está bajo sus operaciones
productivas. A un grado todavía más alto de conciencia del
yo, corresponde un conocimiento más profundo del propio
actuar: además de experimentar y comprender, consigue
también juzgar la validez o no de su vivir y obrar8. Aunque
7 Lonergan, B.J.F. Insight, o.c. pp. 320-325. J. Piaget, The grasp of Cons-
ciousness: Action and Concept in the Young Child, Harvard, Univ. Press, Cam­
bridge Mass. 1976.
8 A propósito de esto, Lonergan distingue tres grados de conciencia:
empírica, inteligente y racional. Para la relación entre los grados de la
conciencia del yo y la acción consciente, cf. el estudio de HG. McCurdy,
The Personal World, Brace and World. Harcourth, 1961, pp. 184-190.

227
Amadeo Centini y Messandro Manmti

en grados diversos, en la acción consciente hay un grado de


conocimiento que va más allá del contenido y concierne
también al acto: sé qué estoy haciendo y sé también que lo
estoy haciendo.

La acción deliberada contiene una calificación ulterior: el


conocimiento del motivo de mi actuar: sé qué cosa estoy ha­
ciendo, sé que lo estoy haciendo y sé porqué lo estoy ha­
ciendo. Este conocimiento del motivo puede también no es­
tar actualmente presente, sino permanecer en el subfondo y
de aquí ser más fácilmente reclamable: en este caso habla­
mos de estado consciente. En la acción deliberada hay un cam­
po que guía cada una de las acciones exactas, las orienta
proporcionándoles un hilo conductor; cada una de las accio­
nes son contribuciones parciales a la actuación de un plano
conscientemente formulado por el agente. Este estado cons­
ciente proporciona el sentido a las acciones, les da una fina­
lidad. Es la sede de la planificación y, por tanto, de la vo­
luntad, libertad, decisión: guío el automóvil, escucho música,
trabajo, me comunico con los demás, y todo esto con el fin
de realizar un proyecto de vida. Por consiguiente la acción
deliberada es una acción voluntaria consciente que contiene
un proyecto del hacia dónde como fin anticipado; el elemen­
to que hace sensata y comprensible la acción deliberada es
el estar-dirigida-hacia-algo.

Como se ve, toda acción deliberada es por su naturaleza


uná acción consciente; y al contrario, no toda acción cons­
ciente es necesariamente deliberada: puedo ser consciente
de aquello que estoy haciendo sin antes haber pensado den­
tro de mí si hacerlo o no; en este caso, se trata de una ac­
ción consciente pero ni deliberada ni querida con una pro­
gramación previa. Ver (acción consciente) es diferente del
mirar (acción deliberada), sentir coraje (acción consciente) es
diverso del consentir (acción deliberada).

En la acción inconsciente (sería mejor decir acción con ele­


mentos inconscientes) falta la conciencia. Puede faltar la

228
Ac t o C o n s c i e n t e , Ac t o D e l i b e r a d o y A s t a d o / n c o n s c i e n t e

conciencia del contenido: por ejemplo el acto de digerir, el


metabolismo de las células, el palpitar del corazón o el cre­
cer de la barba, son acciones orgánicas fuera de la concien­
cia. Puede faltar la conciencia del actuar como cuando guío
el automóvil en una carretera desierta al sonido de la músi­
ca. Pero sobre todo -y este es el aspecto que nos interesa-
puede faltar la conciencia del motivo de mi actuar: no co­
nozco su por qué profundo. Sé que soy agresivo, sé que es­
toy comportándome como tal, pero no sé que lo que me im­
pulsa a serlo es mi exhibicionismo frustrado. Hay motivos
inconscientes que están bajo mi actuar; constituyen el estado
Inconsciente', el conjunto de aquellos factores que influyen en
la acción, los cuales desconozco. En este estado inconsciente
encontramos un plano que también guía las acciones dándo­
les una finalidad. Esta vez se trata de un plano elaborado
sin conocimiento, pero las acciones estarán en parte también
a su servicio y servirán para concretizarlo. Guío el automóvil,
escucho música, trabajo, me comunico con los demás, para
realizar un proyecto mío de valores (campo consciente); pero
también para descargar la tensión debida a necesidades con­
flictivas que no conozco, como compensar el sentido de in­
ferioridad, gratificar el exhibicionismo o descargar la agresivi­
dad (campo inconsciente). Esta forma de descarga-compensación
no es deliberada, quizá si tuviese conocimiento de ella renegaría
de la misma, pero de hecho entra también en la orientación de
las acciones de vida.

Veámoslo esquemáticamente en la tabla VI.

229
Amadeo Cendni y Messandro Manenti

Tabla VI
Consciente e Inconsciente
l|
Conocimiento |
del l
Contenido I
Acción

Consciente
Conocimiento
del
Acto
Intención
Acción
como
Deliberada
Estado Deliberación
Conocimiento Consciente
del (actual
Motivo o
habitual)

Intención
No Estado Acción con como
Conocimiento motivos dirección
del
Motivo
inconsciente inconscientes inherente al i
acto

Nivel de
Consciencia

230
A jto O d n s c i e n t e , Ac t o j D e lib e r a d o y A s t a d o ^ c o n s c i e n t e

Un interrogante a plantearnos sería éste: ¿Cómo ver la


entre estado consciente y estado inconsciente? Más
¡•elación
específicamente: ¿la motivación inconsciente quita.la delibe­
ración a la acción consciente? En este caso la acción estaría
motivada sólo por fuerzas irracionales, mientras que los mo­
tivos conscientes serían solamente fachadas elegantes. ¿La
motivación inconsciente está más allá del control del yo? En
eSte caso el yo consciente no tendría ningún otro poder en
ja construcción y mantenimiento del plano inconsciente,
sino el de soportar pasivamente su dictadura indisputable
(sin saberlo, naturalmente).

La motivación inconsciente ¿es en algún modo elabora­


da, favorecida, querida por el yo consciente? En este caso la
proyectualidad de descarga-compensación del ejemplo pre­
cedente, aun no siendo conscientemente deliberada, sería
de todos modos un producto «causado» por el agente que
en alguna forma sería responsable de ella.

Un ejemplo.
Pensemos en un hombre implicado en un amor desafortunado. Se
dice a sí mismo y dice a sus amigos que piensa dejar a la mucha­
cha. Pero al mismo tiempo continúa viéndola y enviándole regalos.
Dada su sinceridad y buena fe, la intención consciente es cierta­
mente la de romper la relación. Pero el comportamiento se contra­
pone a este proyecto y muestra otra lógica: mantener la relación.
Con la entrada de la motivación inconsciente, viene impresa a la
acción una dirección que proviene de factores psíquicos de los que
la persona no se da cuenta y que verbalmente rechaza. ¿"Pero esta
dirección implica verdaderamente una ausencia de deliberación?
Planear las citas y enviar regalos, ¿de verdad no es querido? O por
el contrario, ¿también sigue un plan en algún modo regulado por
el yo, por el que ese hombre quiere continuar una relación des­
tructiva? Es como decir que el alcohólico no puede separarse del
vino aunque lo quisiera; ¿o más bien no quiere separarse del vino
aunque piense que debería hacerlo? La visión holística de la per­
sonalidad sugiere que al continuar esa relación destructiva lo hace
guiado no sólo por fuerzas inconscientes, sino por el yo de la per­
sona misma que ve ilógico ese comportamiento y no obstante lo
pone en acto.

231
Psicología... 16
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

3. Toda acción está dirigida por el yo

No hay duda que sea el yo quien guíe el comportamien


to del hombre. El yo, en efecto, es el principio unificador
de la personalidad: de él provienen los procesos y las fun
ciones. El desarrollo ’del hombre puede ser pensado como
un progresivo .afirmarse de esta direccionalidad por parte del
yo: de un comportamiento reactivo, el niño pasa a comporta­
mientos cada vez más originales y autónomos. Al crecer, su
comportamiento estará cada vez menos estimulado por nece­
sidades internas y guiado en su direccionalidad por impulsos
instintivos, sino que estará cada vez más motivado por pro­
cesos más complejos que superan las necesidades inmedia­
tas: se forma así un comportamiento dirigido por el yo. En
el adulto ninguna acción significativa es una simple reacción
a un impulso, sino que siempre contiene la impronta del yo.
Aunque quisiéramos, no podríamos actuar sólo de modo ins­
tintivo o inmediato, sin un mínimo de dirección del yo. Hay
siempre un cierto grado de anticipación, imaginación, plani­
ficación y un cierto conocimiento de sí mismo que actúa9.

Se tratará, sin embargo, de ver hasta qué punto la acción


está dirigida por el yo; y hasta qué punto, en cambio, de­
pende del ambiente, de la presión de grupo, de las expecta­
tivas de los demás o de las propias necesidades... Pero, aun
en el caso negativo más extremo, permanece una pequeña
dirección del yo. Por tanto, ya no es sostenible la teoría
freudiana clásica, según la cual el papel dado a la motiva­
ción consciente es irrelevante o inocuo, puesto que la fuen­
te y la dirección esencial de la acción están dictadas por los
impulsos y por fuerzas inconscientes: afectos reprimidos,
pulsiones, conflictos no resueltos. Se trata de una intuición
genial, pero que puede subestimar el peso de la razón y de
la voluntad. Esta explicación freudiana tiene el mérito de
haber vuelto a dar justo relieve a las fuerzas inconscientes,
pero añade el defecto de no ser una explicación completa
9 La excepción serían los casos de psicopatología manifiesta, en la cual
existe un yo desintegrado. Pero éstos no constituyen el objeto de este li­
bro.

232
AJTO CbNSCIENTE, A lT O DELIBERADO Y J?STADO INCONSCIENTE

la acción humana. Por ejemplo, no respeta el proyecto


cativo y las anticipaciones que se refieren al futuro: dos
lementos siempre presentes en el proceso motivacional10.
jrs necesario, pues, profundizar la relación entre intención
consciente e inconsciente.

4 Intención consciente e inconsciente

En el hombre adulto, impulsos fuertes pueden explicar


sólo fuertes tentaciones o tendencias, pero por sí solos no
pueden explicar la acción. Un sentimiento o una necesidad
fl0 hacen necesariamente brotar la acción, sino sólo hacen
nacer la posibilidad de la acción o la posibilidad de acciones
diversas. Volver a dar al yo la paternidad de las acciones,
significa que las acciones tienen contemporáneamente diver­
sas fuentes motivacionales, tantas cuantos son los compo­
nentes del yo: yo ideal y yo actual con sus elementos.

Cada componente sugiere modelos de acción. Si el com­


ponente es consciente, se tiene conocimiento de la sugeren­
cia y deliberadamente se acepta o se rechaza. Si, por el con­
trario, el componente es inconsciente, la sugerencia es
sentida y sufrida: no puedo, en efecto, ejercitar una refle­
xión crítica sobre aquello que no conozco. Esa sugerencia
actuará sin mi consentimiento, insertando en la acción un
proyecto o intención no buscado ni querido por mí, pero
que de todos modos me pertenece.

Un ejemplo:
El acto de obediencia a la autoridad. No se puede explicar sin
más como búsqueda de la figura paterna, ni tampoco como expre­
sión purísima de fe. Es el resultado de una pluralidad de sugeren­
cias. El ideal personal me dice: si quieres servir a Dios y hacer su
voluntad, sé obediente. El ideal institucional dice: se espera que
tú seas obediente. El yo social dice: no estés demasiado ligado a
tus superiores si no quieres ser ridiculizado por tus colegas. El yo
manifiesto: la colaboración con los superiores satisface tu necesi­
dad de afiliación. El yo latente preconsciente: no condesciendas
10 Este problema es tratado por Roy Schafer, Language and Insight, Yale
t-niv. Press, New Haven, 1978.

233
Amadeo Cenáni y Mmandro Manenti

demasiado, o perderás tu autonomía. El yo latente inconsciente


pon atención a no confiarte demasiado porque abusarán de ti.

Como se ve, el ideal personal, el ideal institucional, ej


yo manifiesto, el yo latente, el yo social sugieren -cada uno
una posibilidad diversa de acción. Todo en un proceso rápi
do, de ordinaria no advertido. Frente a todas estas sugeren­
cias, al final el yo emite un acto conclusivo: elijo, decido
quiero, deseo. Aunque elija obedecer, esas sugerencias in,
conscientes, que derivan de mis necesidades de evitar el pe„
ligro y defenderme, influirán en el modo de obedecer dán­
dole también una tonalidad defensiva: no obstante la
disponibilidad y más allá de ella, se transparentará entonces
una cierta reserva, una vigilancia sospechosa e injustificada
una hostilidad latente que puede surgir más claramente en
situaciones de tensión.

Si pudiésemos descomponer ese acto en sus partes, ve­


ríamos entonces que está dirigido por dos lógicas:

1. Las sugerencias conscientes de los valores son acepta­


das y se organizan en una lógica del «deseo vivir los
valores a través de la obediencia».

2. Las sugerencias de las necesidades inconscientes son


sufridas y se organizan dando lugar a la lógica del «es
mejor no confiarse demasiado». Lógica que no es deli­
beradamente organizada por el sujeto, pero de cual­
quier manera -bajo forma de vaga sensación- incons­
cientemente nutrida, elaborada por él. Es una lógica
intencional, pero de una intención particular: la persona
de nuestro ejemplo construye por vía consciente su
obediencia y por vía inconsciente la sospecha.

234
Ac t o C ó n s c ie n - t e , Ac t o D e l i b e r a d o y A s t a d o I n c o n s c i e n t e

< Significado de la intención -

gn la frase «tengo intención de...» se reagrupan situacio­


nes rnotivacionales diversas: planificación mental deliberada,
,sqiiernas de comportamiento que brotan de la acción mis-
finalidades que derivan de objetivos, tendencias o dis­
p osiciones no reconocidas. El término intención tiene dos
sentidos (para comprenderlos mejor tengamos presente el
cjcmpl° arriba mencionado y la tabla VI):

a) Intención como deliberación.


b) Intención como dirección inherente al acto.

La intención como deliberación es aquello que explícita­


mente el sujeto admite querer: la finalidad impuesta por él
a su actuar. Se motiva conscientemente, planifica delibera­
damente e impone a la acción una dirección sugerida por los
motivos que lo impulsan a actuar y por los objetivos que
quiere obtener. Es la acción deliberada. Si interrogamos al
agente, está en grado de justificar su acción porque es cons­
ciente y nace del estado consciente.

La intención como dirección inherente al acto es la fina­


lidad impuesta por los factores psíquicos inconscientes del
agente: aquello que el sujeto intenta sin saberlo. La acción
muestra una lógica que nace del inconsciente del agente,
pero que él desconoce y a la cual más bien se ve sujeto. En
el ejemplo de antes: la persona sabe que es obediente y
que lo es por valores, pero no sabe que su obediencia le sir­
ve también para evitar el peligro y defenderse; piensa haber
elegido libremente un modo de ser, pero no sabe que está
también bajo la lógica del miedo. Detrás de su obedecer
hay un campo consciente de servicio, pero también un cam­
po inconsciente de defensa. Es posible encontrar un esque­
ma finalista en la acción, y esto independientemente del he­
cho que el agente lo diga explícitamente o no. Tal esquema
deriva del inconsciente del agente y actúa en la acción, sin
pasar a través de la mediación del pensamiento reflejo. La

235
Amadeo Cenáni y Messandro Manmti

acción muestra una dirección hacia un objetivo no planeado


por el agente, pero sin embargo planeado y pretendido p0f
su inconsciente. El hombre puede pretender hacer cualqu¡er
cosa sin formular un plan mental que constituya su interi
ción consciente; será su estado inconsciente el que tratará
de lograr un objetivo.

Volviendo al ejemplo del hombre implicado en un amor desa


fortunado: hay un contraste entre la intención constituida p0r i0
que piensa y dice (romper la relación) y la intención que de hecho
emerge del comportamiento (mantener la relación). ¿Cuáles son
pues las verdaderas intenciones de ese hombre? Romper y mante­
ner la relación. La intención de romper deriva de su plan mental-
la intención de continuar, de dinamismos internos de los cuales no
se da cuenta (cualesquiera que ellos sean: experiencias pasadas
miedos sin resolver, necesidades conflictivas de dependencia...)
La motivación consciente es la planeación deliberada que nace de
una evaluación racional. La inconsciente es la dirección impresa a
la acción que deriva de conflictos que la persona ignora. Continuar
encontrando esa muchacha y hacerle regalos no es tan absurdo
como parece. Es un estilo con una coherencia interna, no explica­
ble, sin embargo, sólo con aquello que la persona dice. Según la
lógica de la motivación consciente, este comportamiento es absur­
do, sin sentido; pero se hace coherente y tiene un objetivo si es
explicado en base a las exigencias inconscientes.

Para la motivación consciente funciona un «modelo de


planificación», según el cual pretender algo significa planifi­
carlo deliberadamente. En cambio para la motivación in­
consciente funciona un «modelo de coherencia de acción»,
según el cual pretender algo significa comportarse según un
esquema impreso en y por el inconsciente*1.

¿Cómo hacer para reconocer la motivación consciente y


la inconsciente? La motivación consciente, siendo una plani­
ficación mental, es constatable por aquello que el mismo su­
jeto dice. La motivación inconsciente, en cambio, no puede
ser deducida por las afirmaciones verbales, sino que se llega
a ella por la observación del comportamiento y por tanto in-
11 Mac Intyre, A.C. The Unconscious, o.c. pp. 52-55.

236
Ac t o C o n s c i e n t e , Ac t o D e l i b e r a d o y £ s t a d o / n c o n s c i e n t e

[ directamente, por inferencia. El comportamiento, o mejor,


uria serie de comportamientos, dejan transparentar una di-
! rección hacia un punto culminante, pero no deliberado ni
| jnmediatamente evidente. En el caso concreto, la existencia
¿c influencias inconscientes es supuesta sólo cuando las ra­
il z o n e s o los motivos visibles y conscientes no explican ade­
cuadamente el modo de sentir, pensar y comportarse del in-
j jjviduo. Cuando atribuimos a una persona una motivación
i ¡nconsciente, le aplicamos mucho más que una atribución
¡ jel comportamiento: le atribuimos una disposición al com-
I portamiento o sea una tendencia general detectable luego
í en muchas y diversas áreas de su actuar.

6. Conciencia no deliberada
|
f La palabra intención, aplicada al inconsciente, indica no
una voluntad deliberada, sino una dirección extra-volitiva:
una mentalidad espontánea; un modo de vivir y predispo­
nerse a la realidad que deriva de necesidades inconscientes
del agente y brota en forma automática frente a ciertos estí­
mulos. Un campo emotivo inconsciente.

La misma palabra aplicada al consciente, indica una pla­


nificación deliberada que deriva de los valores del agente.
Un campo racional consciente.

Ambos campos concurren en la motivación de la misma


acción, con la consecuencia perjudicial que, cuando son con­
tradictorios, el agente trabaja al mismo tiempo en dos fren­
tes opuestos. Por una parte gasta energías conscientes para
la consecución de valores trascendentes y, por otra, energías
subconscientes para objetivos egocéntricos. La persona pue­
de querer un estado que no representa la realización de su
voluntad. El hombre es capaz de expresarse a sí mismo con
una finalidadad y en modo racional, pero también puede ha­
cerlo de un modo irracional. Aun el inconsciente recibe un
sentido que, sin embargo, a veces no es idéntico a la moti­
vación deliberada. Es un sentido absurdo desde el punto de

237
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

vista del carácter finalista de la acción humana. Lo irracional


es sensato, pero no con una finalidad consciente. Cuando se
dice que el inconsciente es irracional, no se quiere decir
que esté fuera del control del yo, sino que es imprevisible
repetitivo, automático.

La intención inconsciente supone una cierta conciencia


por parte del yo. Se deja acariciar, manda mensajes emoti­
vos, crea estados de ánimo. El inconsciente no es extraño
Somos responsables también de él y no sólo de nuestra in­
teligencia y voluntad. «Sucesos conscientes e inconscientes
están indisolublemente concatenados. Es necesaria una psi­
cología que indague acerca del inconsciente en la conciencia
y del consciente en el inconsciente» Puede ayudar a acla­
rarlo un poco más la referencia a observaciones tomadas de
la experiencia.

Una muchacha se expresa así de su vida afectiva: «mi sueño


sería casarme y realizar una comunión de amor (intención cons­
ciente). ¡Pero quién sabe! los hombres sólo piensan en usarte v
luego tirarte. Yo, por ejemplo, he sido desafortunada». Y llorando,
continúa. «He buscado siempre establecer una relación en un pla­
no de conocimiento, comunión, respeto recíproco y luego, contra
mi voluntad, se llegaba siempre a terminar en lo ambiguo: los
hombres quieren llegar a esto, y entonces tengo que terminar la
relación».

Hasta aquí la intención consciente y el cuadro racional. Pero


yendo adelante en la explicación resulta claro que es ella misma
quien da una cierta dirección a los encuentros (intención incons­
ciente): cuando debe encontrarse con un muchacho, se viste siem­
pre en forma «elegante» (que por su descripción quiere decir pro­
vocativa), lo escucha siempre con «gran atención» (=lanzando
miradas lánguidas), se esfuerza por ser «agradable» (=manda mensa­
jes claros a través de gestos ambiguos) y luego -riendo- recuerda que
cada vez que encuentra un hombre le viene la «extraña» idea de
pensar si él será una presa fácil o (más raramente) un «caso difícil».

12 Wyss, D. Storia della psicología del profondo, o.c.., vol. II, p. 119.

238
A T O CbNSCIENTE, ACTO DELIBERADO Y jE'STADO /NCONSCIENTE

Aquí hay una necesidad de gratificación erótica y de exhibi­


cionismo que originan una intención inconsciente de seducción.
•J£sta muchacha es de verdad completamente ignorante de lo que
sucede?

La señora Carlota, no obstante los bellos discursos sobre el


arnor recíproco (intención consciente), de hecho tiene sometido el
marido con un estilo de sutil extorsión (intención inconsciente): a
la primera señal de independencia, de inmediato lo culpabiliza
(«ya no me quieres») y le hace una escena histérica: si un día an­
tes el marido ha osado un acto de independencia, ella al día si­
guiente se siente mal delante de él. Sin embargo -quién sabe por
qué- reserva estas escenas sólo para ciertas ocasiones: no todas las
veces que el marido es independiente, sino sólo cuando según ella
lo es demasiado; y si por casualidad un extraño se presenta, ella,
aunque furiosa, se contiene y pospone la escena. Ciertamente no
hay deliberación (no se programa extorsionar al marido), pero sí un
cierto grado de conciencia; tanto es así, que «sabe» cuándo armar
la escena y cuándo no. Si, por el contrario, hiciera su espectáculo
siempre, con extraños o sin ellos, a la mínima falta del marido, di­
ríamos que su comportamiento es totalmente desconocido para
ella; no sabe contenerse y no tiene la mínima decencia; pero en­
tonces estaríamos en la patología manifiesta.

Un sacerdote exitoso que se descubre buscando una relación


romántica con una feligresa, explica así su situación: «hay fuerzas
inconscientes en mí de las que no me doy cuenta. No lo he queri­
do, pero en mí hay una tendencia inconsciente a castigarme que
se remonta a la infancia». Es una explicación que quizá no es
equivocada, pero es sólo parcial: es verdad que puede haber una
relación entre la necesidad inconsciente infantil y el hecho; pero
la necesidad no es la explicación suficiente, sin ninguna referencia
al estilo actual general de la persona. No todos los sacerdotes con
tendencia inconsciente a castigarse buscan relaciones románticas.
Ese hecho refleja también el estilo actual, el modo de actuar que
quizá no es consciente (no sabe representárselo), pero que igual­
mente advierte y percibe intuitivamente. Si en efecto, observamos
bien dicha persona, nos damos cuenta que ese incidente no es to­
talmente «irracional» o «imprevisible». También en otras áreas de
su personalidad aparecen tendencias manipuladoras, tal vez bajo
otras clasificaciones: una disposición manipuladora más o menos
advertida, pero con mucha frecuencia gratificada, que en ese acto

239
Amadeo Centini y Messandro Manrnti

se ha condensado drásticamente. Se trata de una disposición no


deliberadamente construida, pero de cuya presencia el sujeto tiene
una vaga sensación.

Los tres ejemplos nos ofrecen este esquema de la inten­


ción inconsciente:
necesidad inconsciente — estilo emotivo — acción.

En el primero:
la necesidad exhibicionista crea un estilo seductor.

En el segundo:
la necesidad de dominación crea un estilo de extorsión.

En el tercero:
la necesidad de manipular crea un estilo de juego afectivo-
sexual.

Cuando decimos que la intención inconsciente es par­


cialmente conocida, pretendemos decir que la persona no
conoce la necesidad que está a la base de su cuadro incons­
ciente, pero conoce, al menos en ciertos momentos privile­
giados, el efecto de esa necesidad. No sabe qué está persi­
guiendo inconscientemente, tal vez no sabe siquiera que
está persiguiendo algo inconsciente, pero tiene sensación de
que algo debe ser clarificado, que hay una lógica que no se
puede explicar adecuadamente a la luz de la intención cons­
ciente. Mantiene una disposición afectiva, si bien no cons­
cientemente articulada o querida. Con acciones y sobre todo
con omisiones deja espacio al plano emotivo, lo avala o lo
refuerza. El yo impulsado por necesidades inconscientes se
estructura en torna a este plano que no es justificado por
valores; se mantiene firme en hacerlo, y hacerlo siempre
«mejor», con estrategias inconscientes siempre más sutiles.

Con respecto a la teoría freudiana, queremos revalorar la


motivación del actuar separándola de un esquema puramen­
te pulsional. Sin embargo no podemos ir al extremo opuesto
de encontrar una deliberación en cada acción y, por consi-

240
Arro CbNsciENTE, A : t o D elib e r a d o y E sta d o / n c o n s c ie n t e

guíente, evaluarla en términos de responsabilidad moral.


Decir que la intención inconsciente puede ser conocida, no
quiere decir que sea deliberada. Significa solamente que
aun la lógica inconsciente es «harina de mi costal». Cierto
que el hombre responde al inconsciente sin saberlo, pero
tiene de alguna manera sensación de ésto. Además, esta ló­
gica inconsciente no es un mero residuo del pasado, sino
algo elaborado actualmente; ya que la acción puede nacer
de necesidades que llevamos dentro por nuestro pasado,
pero también del estilo contemporáneo de la persona; inclui­
da aquella acción que al mismo agente pudiera parecer ab­
surda e inexplicable. Si profundizamos el estilo general de
esa persona, su modo de ser en las áreas más significativas
de su vida, comprendemos la necesidad subjetiva de ese
comportamiento «extraño».

7. La intención consciente no representa toda la


experiencia

Los tres ejemplos mencionados en el número anterior se


refieren a tres personas en estado de inconsistencia. Si les
pedimos que nos expliquen su experiencia, nos responderán
más o menos así: la muchacha triste y abandonada se ve una
mujer de gran sensibilidad y espiritualidad, no comprendida
por los hombres vulgares; la señora Carlota se percibe una
mujer tan apasionada de los valores conyugales, que por
ellos sabe aun soportar las injurias y sufrir honrosamente; el
sacerdote vive su situación con desilusión, como golpeado
por un hecho psicológico injusto.

Si continuamos leyendo los tres ejemplos a la luz de la


motivación inconsciente las cosas cambian. La muchacha
sensible es también seductora; la señora, además de genero­
sa, es un poco extorsionadora; el sacerdote desafortunado, es
también un poco juguetón con la vida de los demás. Por la
dinámica de sus acciones y sobre todo por el estilo general
de su actitud frente a la realidad, su mundo psíquico pro­
fundo es otra cosa: seducción - extorsión - juego sexual.

241
Amada) Cencini y Alessandro Manenti

Pero ellos no lo advierten: piensan ser paladines de los idea­


les, mientras que se encuentran todavía con problemas de
adolescentes, y con su modo de actuar están respondiendo a
estos problemas y quizás aun alimentándolos. No se trata de
una deliberación, pero sí de un cierto conocimiento no del
problema adolescencial específico, sino del hecho que algo
en ellos no va de acuerdo con la lógica de los valores profe­
sados. La explicación dada por ellos no es falsa (obrarían de
mala fe), pero explica sólo una parte de su realidad. ¿Por
qué esta ilusión?

Es el problema de todo comportamiento con raíces incons­


cientes. Por una parte, el comportamiento es experimentado
como algo ajeno a sí mismo: algo que la persona no quiere
completamente, algo no sentido como suyo sino como el resul­
tado de un artificio, de una compulsión; un comportamiento
extraño, inexplicable por la intención consciente. Por otra par­
te, el mismo comportamiento refleja el estilo de la persona
que lo realiza: es una muestra de su modo de ver, de las acti­
tudes habituales. Es, por tanto, un comportamiento sintomáti­
co. Algo que la persona ha aprendido a poner en obra progresi­
vamente, con cada vez menor conocimiento y con mayor
automatismo. Podemos, con todo esto, intentar ver en síntesis
este complejo problema de nuestra responsabilidad frente a la
acción inconsciente, no deliberada.

En relación con el inconsciente somos responsables:

1 . De cuanto hacemos para hacerlo consciente.


El inconsciente se esconde y sin embargo aflora en muchos
momentos y actitudes del vivir cotidiano: motivaciones, in­
tenciones, sentimientos, emociones, proyectos, modos de po­
nerlos en obra, simpatías, antipatías, momentos de alegría o
de dolor, imaginaciones, recuerdos, sueños con los ojos
abiertos, distracciones constantes, deseos íntimos no confesa­
dos, modo de juzgar, moralidad subjetiva..., todo esto es ma­
terial útilísimo para conocerse aun en los aspectos escondi­
dos. Naturalmente nada de automático y rápido: la

242
JklTO CbNSCIENTE, A lT O DELIBERADO Y JUSTADO /NCONSCIENTE

indagación del inconsciente es accesible sólo a quien es bas­


tante paciente y humilde, y comprende la disponibilidad de
dejarse ayudar para conocerse mejor.

2. De cuanto lo tenemos en cuenta.


Quien ha tomado fuertemente en cuenta la presencia del in­
consciente en la propia vida, no estará tan seguro de decir
que se conoce bien, mucho menos que conoce a los demás,
ni tampoco dará por asegurada la autenticidad de sus actos.
Por otra parte esa «vaga sensación» -en la medida en que se
refiere a una zona particular - vuelve a la persona atenta en
aquella área comportamental: será entonces responsable de
las precauciones que toma o no toma, de cuanto hace o no
hace para limitar el influjo del inconsciente.

3. De cómo se ha formado el inconsciente en nosotros.


Sabemos que el inconsciente emotivo tiene raíces en la infancia
y, por tanto, se ha formado independientemente de nuestra vo­
luntad. Pero no todo el inconsciente ha tenido tal origen ya que
una parte de él era un tiempo preconsciente y quizá de plano
consciente. La muchacha seductora, la mujer extorsionadora, el
sacerdote manipulador, probablemente antes eran conscientes
de las tendencias que están en el origen de sus actuales actitu­
des y de su carácter disonante; al menos queda la posiblidad
que lo fueran. La gratificación sistemática de esas tendencias, con
«concesiones» quizás del todo veniales y aparentemente insignifi­
cantes, progresivamente las ha empujado a la zona inconsciente a
través del mecanismo de la sedimentación progresiva (cf. Parte I,
q.2). Mecanismo que, de ordinario, prevé 4 fases sucesivas:

- Al inicio, gratificaciones ligeras y conscientes.

- Hábitos cada vez menos controlados y ponderados.

- Dinamismo automático cada vez más escondido y


exigente.

- Motivación inconsciente.

243
Amadeo Cencini y Alessandro Manenti

En otras palabras, la persona se sentirá cada vez más


atraída por aquello que se concede regularmente; pero tal
atracción, además de que será cada vez más poderosa, surgi­
rá en una forma cada vez más emotivo-automática (sin pasar
a través del querer racional); y, como consecuencia de lo an­
terior, perderá progresivamente el aspecto problemático de
una realidad disonante y negativa, de «tentación», para con­
vertirse en algo perfectamente normal, espontáneo -por tan­
to- lícito. Ante todo esto, si no se puede hablar de responsa­
bilidad próxima, sí podemos considerar la posibilidad de una
responsabilidad remota en la formación de esas actitudes se­
ductoras, extorsionadoras, manipuladoras. Cuando hablába­
mos de la «vaga sensación» del propio inconsciente, precisa­
mente intentábamos aludir a aquellas sensaciones que
normalmente un individuo tiene de las tendencias que van
sedimentándose en el inconsciente, pero que aún no están
del todo transferidas a aquella zona. Está presente un vago
indicio, como posibilidad de un control racional, también
como señal de una incomodidad que podría ser providencial,
pero que en cierto momento podría también desaparecer, y
que remite -en la medida en que se le puede advertir- a la
propia responsabilidad. Si la incomodidad desaparece total­
mente, disminuye todavía más la responsabilidad próxima;
pero entonces llega a ser verdaderamente difícil, si no impo­
sible, volver a retomar aquel episodio inconsciente.

8 . Reacción comportamental al problema del inconsciente

La presencia de motivación inconsciente provoca una frac­


tura entre la realidad intrapsíquica y la percepción que el suje­
to tiene de tal realidad; entre aquello que está sucediendo re­
almente y aquello que el sujeto piensa que está sucediendo
en él. Una discrepancia entre el verdadero sentimiento y
aquello que el sujeto piensa que sea su sentimiento. Volvien­
do a los tres ejemplos anteriores: la verdadera realidad psíquica
es el sentimiento de seducción, extorsión, juego; mientras que
el sentimiento percibido es de ser una incomprendida, una
mártir, un desafortunado, respectivamente.

244
Aíro O d n s c ie n t e , Arro D e l ib e r a d o y E stado / n c o n s c ie n t e

La discrepancia es causada por el yo que quiere defender­


se del sentimiento real porque es desagradable y amenaza a la
estima de sí. Por tanto el yo distorsiona ese sentimiento, lo
contrae e inhibe su afloración completa a la conciencia. La
verdadera realidad intrapsíquica suscita miedo y el yo se pone
a la defensiva negando la necesidad original desagradable. Y
aSí, la intención consciente no representa, sino distorsiona, la
verdadera experiencia subjetiva, a través de una exasperación
reactiva contraria, como resulta de estos ejemplos:

Un joven expresa su atención por la salud de un anciano, pero


su comportamiento parece forzado, demasiado preocupado y hasta
abrumador. Se percibe altruista cuando está aún en la óptica del
recibir.

Una mujer se comporta con una humildad tan forzada que


pone incómodos a los demás; tanto que no comprenden si ella ac­
túa seriamente o está fingiendo. Se cree humilde, mientras que
está orgullosa de su humildad.

Un joven comenta su impasibilidad: «yo jamás me enfurezco»,


pero al comentarlo se ven sus músculos tensos en torno a la boca.
Se cree paciente, mientras que es más bien controlado.

El verdadero sentimiento subjetivo, aunque sea contrario, no


puede ser anulado o eliminado. El comportamiento adoptado para
contrastar ese sentimiento aparecerá forzado, rígido, artificial, exa­
gerado, afectado: la persona no se expresa completamente en ese
comportamiento. El valor profesado no entra en lo profundo de la
persona y, por tanto, no será sentido en toda su integridad: la per­
sona vive el valor, pero no puede agotar ni gustar su significado.
La visión consciente de sí no representa los verdaderos sentimien­
tos, deseos, intenciones, pero los puede alterar. El inconsistente
cree desear aquello que en cambio solamente se esfuerza por que­
rer; cree estar convencido, mientras que es algo que se impone a
sí mismo; piensa actuar en modo sereno, mientras su verdadera
experiencia subjetiva, el tono de su voz, la expresión de sus ojos,
traslucen embarazo y tensión. Está más preocupado de hacer a un
lado los sentimientos contrarios, que de comprometerse. Está tam­
bién más preocupado de actuar en la forma debida, que de exami­
nar el contenido.

245
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

Este estilo no es sólo el producto de necesidades in­


conscientes, sino también el producto del yo contemporáneo
que se estructura en torno a un proyecto de contracción de
su experiencia subjetiva real. Es un proceso de cobertura
que forma parte de un estilo de vida, de una lógica no reco­
nocida y asimilada expresamente, pero que la persona elabo­
ra en el momento presente y a la cual se siente ligada. Hay
una intención de autodefenderse, aunque no sea deliberada.
De este estilo la persona tiene un conocimiento: se aferra a
él y ¡ay de quien lo ponga en discusión! Con frecuencia la
actuación inconsciente de este estilo da también una cierta
gratificación: el hombre que nunca se enfurece, se complace
de la propia virtud; el joven servicial está orgulloso de la
propia generosidad; la mujer falsamente humilde se jacta d„e
no ser como las demás. La sonrisa involuntaria en los labios
o el placer vagamente sentido cada vez que se ha alcanzado
el objetivo de auto-confirmación, expresan la satisfacción
que se prueba cuando se ha logrado, en alguna forma, ejer­
cer el propio poder. Pero es algo muy frágil y contradictorio.

Correlacionando en un esquema gráfico las variables in­


consciente-consciente, no deliberación-deliberación, tendre­
mos esta secuencia acerca de los diversos grados de respon­
sabilidad:

246
Ac t o C ó n s c ie n t e , Au t o Z ) e lib e r a d o y E s t a d o / n c o n s c i e n t e

Tabla V II
Diversos grados de responsabilidad
Campo Consciente

Responsabilidad
Próxima-Plena
/
Deliberación

Penumbra

Intecionalidad
connatural al
acto

No
deliberación

247
^sicología... 17
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

Esta tabla, que excluye la categoría de dicotomía y quie­


re señalar el concepto de matiz de gradación (penumbra)
tiene consecuencias para todo lo que se refiere al modo de
valorar y tratar los problemas del hombre. Como ejemplo
examinemos estas dos situaciones pastorales:

Mentalidad de dicotomía:

Sujeto:
He hecho juicios negativos de los superiores para afirmarme a mí
mismo en relación a ellos y porque la traía en contra de ellos.

Consejero:
¿Pero lo haces a propósito? (le está preguntando sobre el cuadro
consciente y deliberado).

No. ¡Más aún, me propongo ser siempre disponible con ellos!


(cuadro consciente y deliberado).

Entonces, si no lo haces a propósito, no pienses más en ello;


son cosas que a veces suceden; encomiéndalo al Señor y no te
preocupes.

Conclusión:
el sujeto no se preocupará; pero, entretanto, además de orar conti­
nuará con el boicoteo hacia ellos.

Mentalidad de matiz de gradación:

S. He hecho juicios negativos de los superiores para afirmar­


me a mí mismo en relación a ellos y porque la traía contra ellos.

C.¿Pero tú lo haces a propósito?

S. No, ¡Más aún, me propongo ser disponible con ellos!

C. No lo haces a propósito, pero ¿cómo es posible, según tú,


que esto te suceda? Si hay una acción, tal vez habrá algo atrás que
la prepara (provocación para ir más allá del cuadro consciente).

248
Asjto ( I n s c i e n t e , A : t o D e l i b e r a d o y A s t a d o / n c o n s c i e n t e

S. Mi superior es bueno, pero -ahora que me hace pensar- al­


guna vez tengo la idea de que es mejor no confiarse ni siquiera de
¿\ (comienza a aflorar algo diferente: no es cuestión del otro que
se atrae juicios negativos, sino del propio estilo sospechoso).

G. Es posible que, sin advertirlo, tú des espacio a estas ideas.

S. En efecto -ahora que lo pienso- a veces soy yo mismo


quien provoca a los demás a decir ironías sobre él (cuadro de la
intencionalidad inherente al acto).

G. No te preocupes solamente de los juicios negativos; debes


poner atención también a estas pequeñas cosas. Tú mismo pones
las premisas para la acción que después rechazas.

Conclusión'.
el sujeto comprende que debe asumir la responsabilidad de
sus juicios.

Como se ve, no parece precisamente que la psicología


desresponsabilice al hombre. Es más bien la mentalidad de
dicotomía la que parece desembocar en una eliminación de
la responsabilidad o en su extremo contrario.

249
Zas E str a te g ia s d e l I n c o n s c ie n t e

Capítulo tercero
L as E s t r a t e g ia s del I n c o n s c ie n t e

Como hemos visto, algo inconsciente no significa algo


inactivo, ni tampoco malo.

Las tendencias inconscientes pueden ser positivas o fa­


vorables. Como veremos, hay necesidades que pueden ser
consistentes con los valores y, por tanto, servir de sostén
para la realización de éstos: una reserva de energía que, aun­
que inconsciente, es en beneficio de la persona.

En este capítulo tratamos las influencias negativas del


inconsciente en el proceso de la decisión, teniendo presente
cuanto se ha visto sobre el yo latente y las necesidades y so­
bre la relación consciente-inconsciente. Nos preguntamos:
¿En qué forma el inconsciente puede influir negativamente
en la elección de vida? ¿Cuál es su relación con el proceso
de la decisión, con la capacidad del hombre de perseverar
en los valores elegidos y de concretarlos en testimonio de
vida? La investigación científica ha evidenciado algunas for­
mas de influjo.

1. Inconsciente e ideales vulnerables

Toda decisión responsable, al implicar el deseo racional,


contiene criterios de universalidad que superan las conside­
raciones de las ventajas inmediatas ligadas al aquí y ahora.
Los valores dan la fuerza al empeño. La inclinación de la
psiqué humana para orientarse a los valores es la disposición
psicológica que favorece la ascesis: suscita una sana tensión
de crecimiento y puede favorecer la apertura del hombre al
influjo de la gracia. Precisamente porque estamos motivados

251
Amadeo Cendni y Messandro Manenti

contradice la elección hecha) y de reestructuración (apren­


demos nuevos estilos que refuercen los valores elegidos. Se
puede entonces decir que en la decisión responsable existe
un ideal «germinativo»: un núcleo de valores por desarrollar
y respecto a los cuales poner al día nuestra personalidad.

Confrontemos dos muchachos que deciden ser médicos


Ambos han logrado terminar los estudios. Uno de los dos
considera la profesión como fuente de prestigio y beneficio
cuidando poco de los pacientes como personas y de la pro­
pia actualización teórica. El otro, en cambio, más allá de las
necesidades estrictamente narcisistas, logra apreciar los valo­
res intrínsecos del ser médico. En el primer caso, hablarnos
de una actividad eficientista que refleja solamente las capa­
cidades y los talentos actuales de la persona (yo actual). En
el segundo caso, hablamos de compromiso de vida, puesto
que hay una dedicación auténtica a valores que transcien­
den el interés inmediato (yo ideal): la elección está sosteni­
da no sólo por el uso de las capacidades actuales, sino tam­
bién por ideales a alcanzar. Esta fuerza trascendente que
fundamenta cualquier tipo de empeño verdadero, es particu­
larmente evidente en la elección religiosa y sacerdotal. L.
Rulla ha demostrado que el ingreso en vocación está en re­
lación no tanto con lo que una persona es o como se ve a sí
misma, sino con lo que desearía ser, con lo que idealmente
desearía hacer con la ayuda de Dios1.

Precisamente porque se decide en base a los ideales, és­


tos pueden ser también, al menos en parte, irrealistas. Ade­
más de resultar del deseo de trascenderse, pueden derivar
de un estado de déficit de la persona, de necesidades con­
flictivas inconscientes por gratificar o de las cuales huir. Sin
saberlo, las personas pueden orientarse hacia una elección
en el intento utilitarista de gratificar las necesidades o en el
esfuerzo defensivo de dar fin a conflictos subyacentes. Los
ideales formulados conscientemente pueden ser el fruto de
fuerzas inconscientes. A pesar de la irrefutable sinceridad y
1 L.M. Rulla y col., Struttura psicológica e vocazione, o.c., pp. 53-61 y ta­
bla X, p. 119.

252
Za s E s t r a t e g i a s del I n c o n s c ie n t e

legitimidad de quien hace una decisión, no podemos tomar


por oro molido las motivaciones y la descripción de la propia
personalidad tal como los sujetos las expresan verbalmente,
gs necesario considerar también los elementos inconscien­
tes. Al lado de un ideal «germinativo» existe también un
ideal «vulnerable» poco objetivo y poco libre. Esto vale
también para quien ha elegido un ideal de suyo trascenden­
te. En efecto, L. Rulla ha encontrado que entre los candida­
tos a la vida religiosa y sacerdotal hay una carencia de realis­
mo y una situación de vulnerabilidad ligada en parte a la
presencia, en el yo, de algunas necesidades subconscientes
significativamente inconsistentes con los ideales2.

Este tipo de idealismo, puesto que es de naturaleza


compensatoria, impide la ascesis personal. El individuo bus­
ca en los valores lo que jamás podrán darle; desilusionado
de tal búsqueda, adoptará cada vez más estilos defensivos;
por lo que, por una parte, proclamará grandes valores y, por
otra, se defenderá de modelar sobre esos valores la propia
personalidad, con la consecuencia final de que dichos valo­
res no resisten a la prueba del tiempo.

La misma idealización se ha encontrado también en los


estudiantes universitarios laicos3. Un estudio análogo ha sido
hecho por S.T. Hausser4: estudió cada 6 meses, durante 18
meses, un grupo de adolescentes normales parangonados
con otros internados en hospital psiquiátrico. El objetivo era
medir el grado de realismo y de continuidad en el tiempo
de su identidad, sirviéndose como orientación teórica de los
estudios de E. Erikson; entre las variables estaba compren­
dido el yo ideal. Los resultado fueron: el concepto de sí (yo
actual) de los pacientes se deterioraba con el tiempo, mien­
tras en los normales permanecía constante. Los valores (yo
2 L.M. Rulla y cois., Struttura psicológica e vocazione, o.c., pp. 62-72.
3 L.M. Rulla y cois., Struttura psicológica e vocazione, o.c., pp. 54-55: In­
vestigaciones de Feldman y Newcomb.
4 S.T. Hausser, The contení structure of adolescent Self-Images-Longitudinal
studies, en «Arch. Gener. Psychiatry», 33 (1976), pp. 27-32.

253
Amadeo Crndni y Messandro Manmti

ideal) de los pacientes, al inicio eran más altos que los valores
de los normales; pero, con el tiempo, los valores de los norma­
les permanecían constantes, mientras que los de los pacientes
se deterioraban progresivamente, hasta reducirse a «un resto
irrelevante del pasado», con la consecuencia de que el empe­
ño hacia el futuro en los normales aumentaba y en los pacien­
tes disminuía. Los dos resultados tienen una correlación signi­
ficativa: hay correspondencia entre identidad y realismo de los
valores («integración estructural del yo»). A mayor consistencia
y estabilidad de la identidad, los valores son más realistas, du­
ran en el tiempo y se intensifican. A menor identidad, más los
valores, excesivamente altos al inicio, pierden significado con
el pasar del tiempo: la incertidumbre acerca de la propia iden­
tidad es compensada a través de la elaboración de un sistema
grandioso de ideales que, dada su función defensiva, no pue­
den ser integrados en la vida y se vuelven insignificantes, de­
jando al sujeto en una mayor frustración.

2. Inconsciente e ideales irrealistas

Si interrogamos a alguien sobre el por qué de su elec­


ción existencial, de todos los valores que su elección com­
porta evidenciará algunos más que otros. Entre los casados
hay quien subraya más la relación de pareja, quién la educa­
ción de los hijos, quién el testimonio en la vida social ... Así,
un seminarista será más sensible hacia el servicio a los de­
más, otro dará más importancia al papel litúrgico, otro más al
estudio. Si'preguntamos luego el por qué de esa preferencia,
la respuesta es clásica: «Es el aspecto que siento más, que
más me atrae». De aquí nuestra conclusión: «Ese valor, pues­
to que es el preferido, será por tanto, el más vivido por la per­
sona» y esperamos que sobre ese valor modele su futuro.

En realidad no está dicho que así suceda. Más aún, pre­


cisamente ese valor subrayado podría ser el más ajeno a la
personalidad de quien lo proclama con ardor. No se puede
identificar la importancia atribuida verbalmente al valor, con
la capacidad de vivir ese valor; sería como confundir el

2S4
Za s E s t r a t e g i a s del / n c o n s c ie n t e

«siento que me atrae» con el «soy capaz de vivirlo». Se olvi­


daría que ese valor puede ser irrealista.

Aquí está el punto: los grandes ideales de una persona


no siempre corresponden a las áreas fuertes de su personali­
dad y, viceversa, los ideales menos importantes no corres­
ponden siempre a las áreas más débiles de las personalidad.
Quien, como fundamento de la propia vocación, proclama el
servicio a los demás, el trabajo entre los drogadictos, el aposto­
lado entre las familias ... podría, en realidad, no ser tan idóneo
para hacerlo. E igualmente, quien se siente dotado para la
educación de los propios hijos. Al contrario, quien se burla
de ciertos ideales podría, en cambio, ser capaz; o también,
quien se dispersa en pequeñas actividades pastorales de ru­
tina porque «siente» que es su trabajo, podría, en cambio,
dar una contribución más relevante si conociese sus capaci­
dades inconscientes y fuese libre de usarlas.

Como se ve, el inconsciente puede crear una discrepan­


cia entre ideales profesadas y predisposiciones psíquicas,
creando entre los dos una relación inversamente proporcio­
nal. Las personas pueden tener ideales altos que correspon­
den a las áreas de su personalidad en que son efectivamente
fuertes (en este caso hablamos de ideales realistas y germi­
nativos); pero también pueden proyectar ideales irrealista-
mente altos en las áreas en que son débiles (y hablamos de
ideales irrealistas y vulnerables). Y esta segunda posibilidad
sucede en 80% de los casos, según las investigaciones repor­
tadas. Las mismas investigaciones han encontrado que en
grupos vocacionales se evalúan enfáticamente valores como
la obediencia, el servicio, la colaboración y, sin embargo, en
las mismas personas hay, a nivel de personalidad, graves di­
ficultades que contrastan con esos valores conscientes y ha­
cen difícil su actuación: en los religiosos estudiados, el 70-
75% tiene graves dificultades que se refieren, por ejemplo, a
la dominación, la desconfianza en sí, la necesidad de justifi­
carse y la agresividad5.

5 L.M. Rulla y cois., Struttura psicológica e vocazione, o.c., p. 88.

255
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

¿Por qué se enfatiza precisamente aquello que no se


consigue vivir auténticamente?

3. Inconsciente y pseudo-valores

El fundamento del idealismo irrealista reside en el in­


consciente. El valor se convierte en un pseudo-valor: es usa­
do no para trascenderse sino para hacer frente, en alguna
forma, a los problemas del inconsciente. El valor asume el
significado subjetivo de auto-protección de los conflictos, un
intento de solución a los problemas personales. La persona
no conoce todo esto, aunque siente, sin podérselo explicar,
la dificultad de progresar.

La auto-protección inconsciente puede asumir 2 formas:


«gratificación vicaria» y «fuga defensiva».

«Gratificación vicaria»'.
el valor sirve para satisfacer, indirectamente, una necesidad
inconsciente inaceptable.

Servir a los demás con el fin de ser reconocido por las


propias capacidades oblativas (exhibición); estar en buena
relación con todos para satisfacer la propia necesidad de de­
pendencia; profundizar los conocimientos con el fin sub­
consciente de demostrar que se tiene razón (agresividad);
empeñarse en una causa justa para apropiarse el derecho, a
través del celo, de descargar malhumores hasta ahora repri­
midos; el uso de la sexualidad para afirmar la identidad de
macho, de otra forma dudosa; la elección de la castidad para
satisfacer el subyacente narcicismo del «no me besen» o del
«yo no tengo necesidad de nadie». Los ejemplos, tomados
de nuestra práctica, pueden multiplicarse hasta el infinito.
Lo que importa es la psicodinámica que subyace: no obstan­
te los valores profesados, el individuo sigue una lógica de
vida contraria a esos valores; no reniega de ellos, sino que
los distorsiona poniéndolos al servicio de fines que contras­
tan con el valor mismo.

256
Za s E s t r a t e g i a s del I n c o n s c ie n t e

«Fuga defensiva»\
el valor sirve para eliminar necesidades inconscientes ina­
ceptables. A través de la elección se busca sofocar aquello
que, de otro modo parece sin solución.

También aquí abundan los ejemplos: pretender eliminar


los conflictos en el área de la agresividad y sexualidad a tra­
vés de una búsqueda narcisista de perfección; aceptar la su­
misión para evitar reconocer, invocando la virtud de la obe­
diencia, la propia agresividad o para evitar el riesgo de tener
que sostener las ideas personales; el matrimonio como me­
dio a la inseguridad; la comunidad para evitar la soledad.
También aquí importa la dinámica: el valor transformado en
pseudovalor.

Es un proceso inconsciente. Lo que lo mantiene así es


el uso de los mecanismos de defensa que salvaguardan la
estima de sí mismo que, de otro modo, se vería amenazada
si estos procesos de gratificación-fuga se hiciesen conscien­
tes. El «servicio» prestado por las defensas es poder usar el
valor como autoprotección, manteniendo la ilusión contraria:
lo que es gratificación vicaria o fuga defensiva, es vivido
como virtud, carisma personal, llamada vocacional, voluntad
de Dios ...

¿Es eficaz la autoprotección? A la ventaja de salvar la es­


tima de sí, se asocia la desventaja de la «coacción a repetir»:
mientras más es afrontada una necesidad no con la confron­
tación-clarificación sino con la gratificación vicaria-fuga de­
fensiva, más se agudiza esa necesidad y se vuelve exigente,
obligando a la persona a repetir su estilo auto-destructivo en
forma cada vez más sólida y extensa. Contrariamente a
cuanto se podría pensar (estamos en la lógica del incons­
ciente), mientras más es inconscientemente satisfecha o eva­
dida una necesidad, más se vuelve prepotente. Si alguien se
ilusiona de que algún aspecto de la vida religiosa puede re­
solver el déficit o miedos personales, podrá sentirse tranqui­
lizado, y aun quizás entusiasta, en los primero años; pero

257
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

con el tiempo esos problemas personales reaparecerán con


mayor intensidad, obligando a recurrir a estilos cada vez más
rígidos y defensivos: la persona pasará de la ilusión a la desi­
lusión. Así se explican las falsas mejorías, las crisis (aparen­
temente) repentinas, los entusiasmos pasajeros, el perpetuar­
se de estilos auto-engañadores sin aprender de los errores
cometidos.

4. El círculo vicioso de las falsas expectativas

Cuando una persona desea subconcientemente la satis­


facción de las propias necesidades o espera que la decisión
vocacional pueda evitarle el encontrar y tratar los conflictos
presentes, significa que tiene expectativas irrealistas. Antes
o después descubrirá que la elección no ha eliminado mági­
camente los problemas: ilusionado, se sentirá frustrado sin
saber el por qué. Cuando las expectativas inconscientes no
se realizan, no son por eso abandonadas: teniendo raíces in­
conscientes, la tarea de abandonarlas es extremadamente di­
fícil. Más aún, mientras más se siente frustrada la persona,
más aumenta lo irreal de las expectativas; esa frustración
que había producido expectativas irrealistas, hará aumentar
todavía más lo irreal de ellas, cada vez que la frustración se
agudice. Más está uno frustrado, más se ilusiona; más se ilu­
siona, más está frustrado y más se ilusiona todavía. No olvi­
demos que estamos en la lógica del inconsciente. Se esta­
blece así un círculo vicioso que tiene dos consecuencias
mortíferas en el campo de la perseverancia y de la capacidad
de internalización, como las citadas investigaciones de Rulla
y colaboradores han demostrado experimentalmente.

El círculo vicioso amenaza la «perseverancia»: a causa de la


frustración, las áreas vulnerables de la personalidad se vuelven
más relevantes y centrales; la parte vulnerable del empeño au­
menta cada vez más respecto a la germinativa. La persona se
sentirá alienada y poco a poco tenderá a abandonar la elección
de vida o -en modo más simple y menos costoso de energías- a
permanecer en la institución construyéndose su propio nido.

258
Za s E s t r a t e g ia s del I n c o n s c ie n t e

El círculo vicioso amenaza la capacidad de «Intemaliza-


ción» (cf. parte II. c.5, n. 4): a mayor frustración, mayor será
el desgaste de tiempo y de energías que el sujeto tendrá
que dedicar para el mantenimiento del propio estilo inesta­
ble, en perjuicio de preocupaciones de naturaleza más auto-
trascendente. No hay necesidad de recurrir al caso de quien
se ha cerrado en el propio mundo aurista; basta fijarnos en
personas eficientes pero no eficaces. Por ejemplo, quien
sabe organizarse la vida en torno a gratificaciones y lo hace
guardándose bien de tener comportamientos sospechosos
que suscitarían preguntas embarazosas: esa «justa» distancia
de los demás que no nos pone jamás a prueba; esa »discre­
ción y reserva» que no da a nadie el permiso de tocarnos o
vernos demasiado cerca como para descubrir la madurez sólo
aparente de nuestro comportamiento.

5. Inconsciente y mecanismos auto-engañadores

Ahora debería ser claro al lector que un elemento in­


consciente continúa actuando en la vida psíquica consciente:
el elemento no es conocido, pero su efecto es experimenta­
do y reconocido. Debería ser igualmente claro que, cuando
un elemento inconsciente es conflictivo, su efecto es negati­
vo para el crecimiento: el área vulnerable amenaza progresi­
vamente la germinativa.

¿Por qué esto? Ya se han dado algunas respuestas: ex­


pectativas irrealistas, círculo vicioso, coacción a repetir, sim­
bolismo. Demos la última: los mecanismos auto-engañado-
res. Gracias al influjo del inconsciente , el hombre ocasiona
aquello que teme. Es el caso de la persona «que se da de
golpes», que «se la pasa buscando problemas», que coleccio­
na injusticias «a pesar suyo».

| Para comprender esta tragedia debemos referirnos a la


! dinámica del deseo emotivo (parte I, c. 3): la constancia de
| la valoración intuitiva crea -a través de la generalización- ex­
pectativas referentes al futuro.

259
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

Cuando hemos evaluado intuitivamente una realidad


como buena-mala, esperamos que mantenga esa cualidad en
el tiempo y aplicamos la misma evaluación a realidades si­
milares. Mordido por un perro, continúo teniendo miedo de
él y de todos los perros. Esta expectativa permanece indefi­
nidamente (memoria afectiva) y lleva consigo la expectativa
de que ese objeto y otros semejantes a él permanezcan bue­
nos-malos por todo el resto de la vida. La expectativa de
que los demás se comportarán con nosotros como lo han he­
chos personas significativas de nuestro pasado es una carac­
terística esencial del proceso con que evaluamos a los demás
y sus efectos sobre nosotros. Lo que debería explicarse no
es por qué permanece la misma evaluación, sino por qué
cambia: cuando un hombre «quemado» una vez ha experi­
mentado las consecuencias dolorosas de una situación, no
puede ni siquiera imaginar que la situación será diversa en
el futuro. La sola reflexión de que la próxima vez será di­
versa o que él será más fuerte, no es suficiente: una vez que
una expectativa se ha realizado, es difícil que sea corregida
por las experiencias sucesivas. El impulso a intentar otra
vez, será más por desesperación que por confianza de poder
lograrlo. El miedo («ansia anticipatoria») provocará, una vez
más, aquello que se temía. De ordinario los cambios sirven
para corregir nuestras valoraciones, pero si estamos demasia­
do envueltos emotivamente esto no tiene lugar. Podemos
entonces comprender cómo las expectativas que tenemos
respecto a los demás, influyan en nuestro modo actual de
acercarnos a ellos; mientras que nuestro comportamiento in­
fluirá, a su vez, en la respuesta que los demás nos darán; de
modo que, con frecuencia, nosotros provocamos aquello que
nos esperamos. Es la maniobra de la «profecía de cumpli­
miento seguro» («¿ves que tenía razón?»): primero se espera
cierto evento, luego se actúa de modo que esa profecía se
realice y, finalmente, se relega al inconsciente el conoci­
miento de este modo de actuar.

Si soy reprendido por un superior, me espero reprensión


luego de él y de aquellos semejantes a él. Por esto, estaré a

260
Las E s t r a t e g i a s d e l / n c o n s c i e n t e

la defensiva a priori hacia toda persona de autoridad; y


cuando finalmente vuelva la reprensión, me confirmaré en la
exactitud de mis previsiones y continuaré provocando de los
demás las reacciones que espero. Pero conscientemente me
percibo como víctima inocente de la crueldad de los demás.
Que el percibir a los demás como hostiles los induzca a ser­
lo, se ha demostrado experimentalmente6. Lo mismo vale
también para sentimientos positivos: se pidió a algunos estu­
diantes varones tener una conversación telefónica con una
muchacha que por la fotografía algunos opinaban que era
bonita, otros fea; los análisis de los comentarios de las mu­
chachas inmediatamente después de la conversación mostra­
ron que las muchachas catalogadas como bonitas en realidad
lo fueron mucho más de las catalogadas como feas; las opi­
niones de los muchachos (no expresadas verbalmente) em­
pujaron a las muchachas a conformarse a la falsa creencia de
que la gente bonita es también simpática.7

Por esto, quien quiera que se lamente de una particular


situación debe darse cuenta que él mismo ha contribuido a
crearla. No es la mala suerte, ni la casualidad, ni los malos
cromosomas, los que ocasionan soledad, incomprensión, ner­
viosismo. Quien sufre emotivamente es responsable de la
propia situación; aunque pueda tratarse sólo de una mínima
parte de responsabilidad. Mientras la persona no acepte esta
responsabilidad, no tendrá ningún motivo para cambiar: si el
malestar es ocasionado desde fuera, ¿para qué gastar ener­
gías en el cambio personal? La única solución será la de
cambiar el ambiente. Cada uno se debe apropiar de lo que
le sucede (no: «me ha arruinado», sino: «he dejado que me
arruinase»). La cantilena «no puedo» a menudo es una es­
tratagema para evitar el «no quiero». Mientras uno perma­
nezca en el «no puedo», jamás se dará cuenta de su contri­
6 H. Harold, A. Stahelski, The social interaction basis of cooperators’ and
compeíitors’ belief about others, en «J. of Personality and Social Psychology»,
16 (1970), pp. 66-91.
7 M. Synder - E.D. Tanke - E. Berscheid, Social perception and interper­
sonal behavior: on selffulfilling nature of social stereotype, en « J. of Persona­
lity and Social Psychology», 35 (1977), pp. 656-666.

261
Amadeo Cendni y Messandro Manenti

bución activa a la situación. El principio es, por tanto, obvio;


cada vez que te lamentes de una situación, indaga qué y
cómo has hecho para crearla.

Los mecanismos auto-engañadores están a la base de la


técnica terapéutica llamada «intención paradójica», descrita
por Frankl por primera vez en 1938, y que anticipa técnicas
semejantes a las desarrolladas luego por la escuela de Milton
Erickson, Jay Haley, Don Jackson y Paul Watzlawick. Quie­
re facilitar la conciencia de la responsabilidad; se pide al pa­
ciente producir y exagerar los propios síntomas: al prepoten­
te se le pide ser intencionalmente prepotente; al miedoso,
exagerar las propias fobias; al jugador compulsivo, perder in­
tencionalmente dinero en el juego. Esta técnica pretende,
ayudar a los sujetos a tomar distancia de los propios sínto­
mas, mirarlos de modo desapasionado y, sobre todo, a llegar
a ser conscientes que ellos mismos pueden influir -hasta
crearlos- en los propios síntomas8.

6. Afrontar las inconsistencias

La presencia de las inconsistencias requeriría su solu­


ción. El verbo, en condicional, manifiesta que no siempre es
así. A diferencia del simple cambiar de opinión, el cambio
de lo que está ligado al concepto de sí requiere un gran cos­
to psicológico. Hemos visto muchas razones: raíz emotiva de
las actitudes, la función utilitaria y defensiva del yo, necesi­
dad de salvaguardar la estima de sí, la intencionalidad no
deliberada. Agreguemos una razón: las inconsistencias tienen
influjos negativos en el proceso de maduración, pero tam­
bién «ventajas secundarias». Satisfacen, en efecto, diversas
finalidades inconscientes. Por ejemplo, una inconsistencia
que se refiere a la necesidad de exhibicionismo permite a la
persona presentarse bien, cautivar a los demás suscitando en
ellos sentimientos de envidia; se siente moralmente superior
y puede verse más competente de cuanto la realidad se lo
permita. Al contrario, la persona inconsistente en su necesi­
8 V. Frankl, La sofferenza di una vita senza senso. Psicoterapia per l’uomo
d ’oggi, Elle di ci, Torino, 1977, pp. 57-65.

262
Las E s t r a t e g i a s d e l ¿ n c o n s c i e n t e

dad de humillación, presentándose como alguien que sufre,


obtiene afecto y comprensión, se protege al exponerse; a
través de su timidez puede descargar indirectamente el eno­
jo y dominar tácitamente a los demás. Cambiar significaría
¡•enunciar a estas ventajas además de someterse a la fatiga
de reorganizar el concepto de sí.

Aun cuando el hombre reconoce el propio problema, no


significa que por esto esté dispuesto a resolverlo. Quien soli­
cita ayuda para cambiar el propio estilo de vida, paradójica­
mente se opone a este cambio y malgasta gran cantidad de
energías en resistirse, no obstante sea fastidioso para él mis­
mo continuar así. La experiencia misma lo enseña: aun de
frente a una ayuda eficaz y adecuada a sus necesidades,
puede suceder que, a un cierto punto, la persona desaparez­
ca rechazando esa ayuda o lamentándose de no haber sido
comprendida. Con todo y que la ayuda es correcta esa per­
sona no tiene el deseo duradero de cambiar, sino la esperan­
za de obtener un alivio temporal o francamente la búsqueda
de un consentimiento tácito para continuar como siempre.
En nuestra experiencia, como en la de muchos educadores,
resulta que en la solicitud de ayuda la persona, con mucha
frecuencia, hace tres demandas tácitas que, de ser satisfe­
chas, bloquearían el crecimiento:

- Exigencia de seguridad: se pretende que el educa­


dor asuma la responsabilidad en lugar de sí mismos.
Una pretensión inconsciente de delegar en el otro
las propias elecciones. El educador debería, en cam­
bio, favorecer el sentido de autonomía: yo te ayudo
para que tú tomes tus decisiones según valores libre­
mente elegidos.

- Exigencia de dependencia: obtener respuestas inme­


diatas y soluciones automáticas sin pasar por la fase
laboriosa del examinar los aspectos del problema; la
pretensión de recetas, el tentativo de deshacerse en
seguida de la tensión sin haberla asimilado y tolera­

263
Psicología... 18
Amadeo Cendni y Messandro Manenti

do antes. La verdadera ayuda favorece, en cambio, ]a


necesidad de conocimiento: hace captar el estilo cje
fondo que ha llevado a esa dificultad; hace ver en el
problema individual el estilo habitual del sujeto par¡1
relacionarse con la realidad. La ayuda no consiste
sólo en salir del problema, sino -a través de él- Cn
hacer aprender un modo diverso de organizar las
propias necesidades, actitudes y valores.

- Exigencia de eficientismo: la aspiración de fondo es


a menudo, la garantía del mañana: obtener la tran­
quilidad de que todo irá a terminar bien, cualquier
cosa suceda. Es la pretensión de que se pueda vivir
sin tensión, con la felicidad garantizada. Una preten­
sión que el educador no pueda satisfacer, dado que
el futuro permanece siempre abierto a diversas posi­
bilidades y riesgos, cuya realización dependerá preci­
samente de la capacidad del sujeto para autodeter-
minarse.

Por tanto, la lógica no es el único medio para afrontar las


inconsistencias. Existen otros factores emotivos que blo­
quean su uso. Admitida la disponibilidad para afrontar las
inconsistencias, no quiere decir que automáticamente siga la
fase del confrontarse con ellas para reducirlas. Esta confron­
tación es sólo una posibilidad sobre cuatro. Según los teóri­
cos de la incosistencia, podemos distinguir cuatro modos de
tratar las inconsistencias^

9 H.C. Kelman - R.M. Barón, Determinants of modes of resoIving inconsh-


tency dilemmas: a functional analysis, en R.P. Abelson y cois., Theories of cng-
nite consistency: a sourcebook, o.c., pp. 670-683. G.W. Allport, La natura del
pregiudizio, La Nuova Italia, Firenze, 1973, pp. 460-467.
Za s E s t r a t e g i a s del / n c o n s c ie n t e

Tabla VIII
Modos de afrontar las inconsistencias

Medio

Evitar Confrontarse
la con la
inconsistencia inconsistencia

— cambiar el
’ contexto de
— alternancia referencia
Mantener — ritualismo — introducir
A 5* B la
Tensión.inconsistencia elementos a
— exigencias favor
institucionales
— contrabalan­
cear
Finalidad
— acciones
correctivas
— negación
— cambio en la
Reducir — selección actitud
OA * B la perceptiva
Tensión —fundamentar
— racionaliza­ los valores
ción
—influjo sobre
el ambiente

nivel de
acción

265
Amadeo Cencini y Messandro Mdnenti

Las cuatro se refieren a las inconsistencias intrapsíquico-


estructurales: por tanto, está implicado un problema qUe
toca al yo de la persona. El punto de partida es el mismo: ja
persona advierte en términos de tensión la contradicción en­
tre (al menos) dos elementos funcionalmente significativos
Por tanto: contraste-tensión consiguiente. Pensemos, p0r
ejemplo, en e§tos problemas: el marido que tiene una rela­
ción extra-conyugal, pero que por varios motivos no está dis­
puesto a dejar a la esposa; la muchacha indecisa respecto a
su novio, pero que no se anima a romper con él porque se­
ría la tercera relación que ha terminado mal; el jefe de una
institución que no sabe si discutir los problemas o pensar en
la propia reputación delante de sus superiores.

Según el modelo del «mantener la inconsistencia» la perso­


na está preocupada por aliviar la tensión, pero sin eliminar
la inconsistencia misma, que permanece inalterada en su
contrariedad. Actúa sobre las consecuencias, pero no sobre
las causas.

En el modelo de «reducir la inconsistencia» se trabaja sobre


la inconsistencia misma, buscando eliminar la contradicción.

a. Modos para mantener la inconsistencia:


los elementos contrastantes permanecen tales y la persona
continúa conociéndolo. No quiere renunciar a la satisfacción li­
gada a los dos elementos. Lo que busca es hacer que el con­
traste disturbe lo menos posible, aunque el permanecer en él
comporte la renuncia de ventajas asociadas a la resolución (co­
herencia, estima de sí realista ...). Son dos modos a través de
los cuales puede reducirse la tensión, aun permaneciendo el
contraste: evitar el problema o confrontarse con él.

1. «Evitarpara mantener»'.
para disminuir la tensión sin cambiar el contraste que lo ori­
gina, se puede buscar tener separados entre sí los elementos
en contraste, de modo que se excluya la posibilidad de con­
tacto entre ellos. Es el fenómeno de la «compartimentaliza-

266
La s E s t r a t e g i a s d e l / n c o n s c i e n t e

j0 ncitos, en compartimentos estancos. Guando se requiere


LlfL cierto esquema referencial, entra en juego una serie de
actitudes y valores; pero si se requiere el esquema opuesto,
se activan disposiciones totalmente contrarias. Y así se pue­
den mantener creencias, actitudes hábitos, incompatibles
entre sí, sin ponerlos nunca en confrontación.

Otro modo de evitar es el comportamiento ritual, que


esconde la inconsistencia sin resolverla. Una forma particu­
larmente adaptada cuando el contraste es entre lo que se
debería hacer y lo que se hace. En efecto, el rito permite
eximir del deber hacia el ideal, mas sin alterar la realidad de
las cosas: una formalidad sin un sostén emotivo. Es el caso
del marido que en su matrimonio en crisis no afronta nunca
el problema; pero no olvida ningún aniversario para hacer
un regalo a la esposa, ilusionándose así de haber cumplido
el propio deber. Un rito que, cuanto más suntuoso sea, tanto
más fácilmente podrá excusar las escapadillas que realizará
en otras ocasiones. Una tercera forma de huida de la con­
frontación, para dejar las cosas como están, es recurrir a las
exigencias institucionales. Lo que en clave intrapsíquica es
I contradictorio, ya no lo es en términos sociales. Más aún, en
j estos términos puede llegar a ser una solución de obligación,
algo prescrito por la sociedad y a lo que hay que adecuarse
I aun contra la voluntad, porque está requerido por las circuns-
I tancias, bajo pena de alienación social. «Yo no estaría de acuer­
do, pero hoy se usa así», «cada ambiente tiene sus reglas». Un
comportamiento institucionalizado se aísla más fácilmente del
resto de la personalidad y se exonera más fácilmente de la
confrontación. Todo esto es, posteriormente, reforzado con
| «impresiones de universalidad»: «parece que todos actúan así»,
| «hoy es opinión común«, «nadie tiene más que decir acerca
| de estas cosas». Y el problema permanece.

2. «Confrontarpara mantener»»:
la confrontación es otro medio para continuar la contradic­
ción, mas sin tener que sufrir daños. En este caso los dos
elementos contradictorios son puestos cara a cara a fin de

267
Amadeo Cendni y Messandro Manenti

elementos contradictorios son puestos cara a cara a fin de


extenuar el contraste entre sí. Se puede hacer buscando
reestructurar su contexto más general, de modo que esa
contradicción se haga más matizada. Se añaden nuevas con­
sideraciones, otros contextos y elementos que enriquecen el
cuadro de conjunto, de modo que al final los elementos ne­
gativos inherentes a la contradicción son obscurecidos p0r
los positivos. La inconsistencia permanece y es todavía reco­
nocible, pero el nuevo contexto la hace tolerable: se acentúan
sus aspectos de utilidad, y se contrapesa con otros argumentos
se inserta en una visión más amplia. «Las cosas no son tan
simples», también es necesario considerar que... », «es verdad,
pero por otra parte...»,: finalmente, todo permanece como an­
tes; con la diferencia que la inconsistencia asume un significa­
do diverso. La persona continúa siendo contradictoria y cono­
ciendo los efectos negativos, pero el sentido de todo ello ha
cambiado.

b. «Modos para reducir la inconsistencia»:


no se actúa sólo a nivel de tensión, sino en la raíz, buscando
rechazar o cambiar uno de los elementos incompatibles, al
punto que la contradicción misma desaparece. También aquí
tenemos dos medios para conseguir el fin.

1. «Evitarpara reducir»:
la persona busca percibir o interpretar el elemento discre­
pante de modo que no parezca más como tal. Un primer
modo, más bien primitivo, es negar uno de los dos elemen­
tos o la cualidad inconsistente de su relación. «Aquí no hay
problemas», «no veo la contradicción». De ordinario la nega­
ción es reforzada por la selección perceptiva: se toman, en
modo selectivo, sólo aquellos elementos que demuestran
que no hay problema. Otro modo, es persuadirse que la pro­
pia acción es diversa de como aparece: tenía otras intencio­
nes, debía producir un resultado diverso, no se ha querido...
y así, se habla del problema buscando demostrar implícita­
mente que no perdura.

268
Zas E str a te g ia s d e l / n c o n s c ie n t e

2. «Confrontarse para reducir»:


finalmente, la salida positiva. La persona trabaja en los
términos del problema, incompatibles entre sí, buscando lle­
varlos a una línea armónica. Si no puede resolver la contra­
dicción, al menos buscará controlarla y no sufrir indistinta­
mente su influencia.

El tentativo de resolver una inconsistencia tiene efectos


eíi toda la personalidad. Su conclusión no es solamente la
superación del problema; sino que conlleva la reorganización
de la personalidad a un nivel superior. Mejorando una parte
significativa del yo, todo el yo mejora.

El proceso de cambio se refiere, en primer lugar, a la ac­


ción: si la persona ha quebrantado sus valores, buscará pre­
caverse contra la repetición de transgresiones similares; mo­
dificando su actuación concreta, no sólo interviene sobre el
presente, sino que se construye un futuro diferente. Esto es
posible cuando el cambio afecta también las actitudes: cam­
bia el afecto hacia el objeto mismo de la inconsistencia, un
modo diverso de sentirlo, de atribuirle importancia, de sen-
1 tirse dependiente de él, de evaluarlo; el marido que supera
la infidelidad asume una predisposición diversa para respon­
der a la realidad mujer. En tercer lugar, el cambio afecta a
los valores, en el sentido que se fundan nuevamente sobre
la base de una aceptación más convencida. En fin, la perso­
na puede buscar quitar la inconsistencia actuando también
| en relación al ambiente: por ejemplo, reformulando el senti­
do de su presencia entre los demás, puede influir en quien
| tiene opiniones diversas de las suyas o buscar cambiar los
| aspectos de la realidad que son discrepantes con sus deseos.
Como se ve, es una confrontación integral a nivel de acción,
afecto, mente, relación social. En esta confrontación, el indi­
viduo acepta el reto que representa la inconsistencia y toma
acciones correctivas que refuercen su capacidad de tender al
objetivo. Estas correcciones llevan a una reducción de esa in­
consistencia que originariamente había señalado la existencia
de defectos del yo.

269
Amadeo Cenáni y Messandro M an en ti

7. Inconsciente y simbolismo

Para simplificar esta importante y compleja sección, par­


tamos de tres ejemplos:

1. Un ejemplo típicamente patológico reportado por Freud 10


Un muchacho de 14 años, con la vista de la montaña
Jungfrau experimentaba tal excitación érotica que no po­
día resistir a la masturbación. ¿Qué sentido tiene? Racio­
nalmente ninguno (estamos frente a un caso de fetichis­
mo). Objetivamente no hay ninguna relación entre
pulsión erótica y una montaña suiza. En una persona nor­
mal una montaña no suscita tales efectos. Sin embargo,
subjetivamente, o sea por la estructura psíquica de ese
muchacho, existía una relación (aunque inapropiada), en­
tre afecto sentido e imagen de la montaña. Para él esa
montaña significaba inconscientemente otra cosa: según
Freud le hacía nacer la idea de violación, idea que ya le
rondaba en la cabeza años atrás y luego reprimida por
vergüenza.

2. Un ejemplo más de la vida diaria: una persona se dedi­


ca con todas sus fuerzas a una actividad considerada
por todos como una causa perdida. Aun el interesado,
fríamente, la ve así. No obstante, gasta tiempo, energía,
dinero: «debo sacarla adelante», «tengo que seguir a
toda costa», «no me importa, yo lo consigo». No es la
actividad en sí lo que importa (en efecto es fallar), sino
lo que representa para quien lo cumple: prestigio, am­
bición, reto (la convierte en una cuestión personal), o
también testimonio, ejemplo para los demás (hace de
ella una cuestión de valor). Esa actividad surge como
símbolo: es investida de un significado que no tiene,
pero que le es atribuido por el agente.

10 S. Freud, Le origine della psicanalisi. Lettere a Wilhelm Fliess, Boringhie-


ri, Torino, 1968, pp. 207 ss.

270
Zas E str a te g ia s d e l / n c o n s c ie n t e

3. Un tercer ejemplo todavía más sencillo: hay gente que


da a las cosas una importancia que no se merecen. Hay
quien se dedica a la caridad en nombre de los valores
evangélicos, mas cumple ese servicio con una intensi­
dad no justificada por esos valores: es impositivo, pre­
siona sutilmente a los demás a darle respuestas, no ad­
mite críticas o interferencias, hace de ello una iniciativa
«suya». Actuando así, da a ese servicio un significado
que no viene de los valores, sino de otras exigencias de
su personalidad; significado atribuido inconscientemen­
te; tanto que si alguien se lo explicita, aunque sea sólo
en forma hipotética, reacciona con ira. A toda acción
damos un significado: por esto se vuelve significativa.

Si analizamos estos casos, en todos vemos tres elementos:

- La acción concreta;

- El afecto, o sea la energía psíquica otorgada a la acción;

- La idea o representación, o sea la imagen interna


que el agente se hace de esa acción: como él la ve,
qué significa para él11.

Toda acción puede ser leída según estos tres elementos:


10 que una persona hace, cuánto está implicada en la acción,
el significado de la acción para ella.

De los tres, el tercero es el más importante: captar el


significado de la acción. Hay un significado objetivo (intrín­
seco a la acción misma) y uno subjetivo (dado por quien la
cumple). El significado subjetivo deriva no sólo del nivel
consciente (qué significa para mí masturbarme, trabajar, ser­
vir a los demás), sino también del nivel inconsciente. La ac­
11 Las ideas para Freud no han de identificarse con las proposiciones.
Son entidades mentales que aun cuando puedan ser verbalizadas, se dis­
tinguen de las ideas exactamente verbalizadas porque son más complejas,
en cuanto contienen también elementos no verbalizables, inconscientes.
De ello hemos hablado también a propósito de la estima de sí.

271
Amadm Cencini y Messondw Manenti

ción puede asumir un significado inconsciente que puede


no corresponder al significado consciente subjetivo y al sig­
nificado objetivo. Por ejemplo, el servicio mira subjetiva­
mente a favorecer el bienestar de los demás (significado ob­
jetivo), aun quien lo cumple quiere esto (significado
subjetivo consciente), pero lo usa como medio de auto-afir­
mación (significado subjetivo inconsciente).

«La noción de símbolo»:


es muy difícil de explicar, dado que no es posible recabar
de las varias teorías psicológicas una unidad de concepción
sobre este punto; baste pensar en la discordia a este propó­
sito entre Freud y Jung. En el sentido más corriente, el sím­
bolo es una «representación de una cosa a través de otra», de
una imagen por medio de otra, de una idea por medio de otra.
El símbolo del sol puede representar la divinidad, o también la
vida, o también la sed ... La serpiente puede representar el mal,
el órgano genital masculino, la medicina que da la salud ...

Puesto que «está por otra cosa», el símbolo puede ser


también la «representación consciente de contenidos inconscientes-»'.
expresa en imágenes la actividad del inconsciente. Un ejem­
plo es el llamado pánico pseudo-homosexual de quien teme
ser homosexual, aun no teniendo confirmación ni de expe­
riencias ni de deseos eróticos en tal dirección; sin embargo,
acusa representaciones con contenidos homosexuales y está
aterrorizado por ello. No se trata de desviación sexual, sino
de problemas de otro género, pero inconscientes (de ordina­
rio ligados a la estima de sí); el verdadero problema es la
duda de no valer, representado en fantasías homosexuales
simbólicas. En el símbolo sexual se han traducido elementos
inconscientes. Pero la traducción no es ni dirigida ni percep­
tible por parte del individuo. El no puede llegar a determi­
nar espontáneamente la relación que existe entre la repre­
sentación consciente, que puede verbalizar y el contenido
inconsciente del símbolo, que no conoce.

272
La s E s t r a t e g i a s d e l / n c o n s c i e n t e

«Símbolos individuales»:
en el símbolo hay una relación entre lo que está simboliza­
do (contenido o significado inconsciente) y la representación
misma (símbolo o significante). Según el tipo de asociación,
se distinguen:

- Símbolos convencionales:
la relación símbolo-significante está fijada en modo
permanente y durable por una decisión convencional
de parte de un grupo de individuos. Es el caso del
lenguaje, que difiere para cada grupo lingüístico, o el
caso de los señalamientos de tráfico.

- Símbolos universales:
el vínculo procede de la experiencia universal del
género humano. Por ejemplo el símbolo del fuego es
percibido más o menos en el mismo modo por todos
los hombres como energía, potencia, purificación,
movilidad.

- Símbolos individuales:
el vínculo es accidental y de orden personal. Una
práctica religiosa para mí no grata se convierte en
símbolo de ulteriores estados afectivos desagrada­
bles; mientras que, para otro, esa misma práctica
puede ser símbolo de lo que ha sido agradable; y,
para otro todavía, no tiene ningún valor simbólico.

Nos interesan estos últimos símbolos, a través de los


cuales el individuo atribuye un significado original a una
realidad. Aquí hay que notar bien que la conexión no se
debe a una semejanza objetiva, sino a una «semejanza afecti­
va, de imagen». Es la diferencia que hay entre concepto y
símbolo. El concepto se refiere a identidad de esencia, se
aplica a diversas realidades que tienen, sin embargo, una se­
mejanza objetiva: el concepto «árbol» se aplica a todas las
especies de árboles distintos entre sí, pero unidos por la
misma esencia; mas no se puede aplicar a las realidades ani­

273
Amadeo C enáni y Messandro Manenti

se reúnen, en cambio, en otro concepto. También el símbo­


lo del pez se aplica a muchas realidades diversas que, sin
embargo, no necesariamente deben tener una semejanza ob­
jetiva entre sí. En el símbolo, el vínculo está basado en una
semejanza afectiva. Por tanto, es polivalente, flexible; puede
asumir diversos significados. N o obedece a las leyes de la ló­
gica, sino a las del sentimiento y de la imaginación; por lo que
admite en su interior una coincidencia de significados opues­
tos, de odio-amor, donación-egoísmo, coraje-vileza1^. A dife­
rencia del concepto, que es idéntico consigo mismo, el símbo­
lo es flexible y carece de identidad consigo mismo; o sea, es
objeto de interpretaciones abiertas a muchas direcciones.

La conexión símbolo-significado puede ser inapropiada


y, la impropiedad, debida a factores inconscientes; por lo
que el significado dado a la acción no corresponde al signifi­
cado objetivo de la misma. A mayor influencia del incons­
ciente, mayor la posibilidad de esta atribución impropia de
significado. Cuanto más permanecen problemas sin resolver,
tanto mayor es el peligro que la persona dé a sus acciones
un significado simbólico inapropiado, hasta perseguir objeti­
vos ajenos y contradictorios a la acción misma. Es importan­
te que la persona haya resuelto o, al menos, reconocido sus
problemas críticos; de otra manera arriesga actuar no en base
a la realidad, sino dando significados impropios a lo que
hace. Volviendo a nuestros ejemplos, quien no ha resuelto
problemas de estima de sí, es fácil que tome las acciones
como una «cuestión personal», las viva con demandas narcisis-
tas, sentimientos de envidia y rivalidad. Y así, las acciones que
de suyo deberían ser expresivas de valores, lo son de otra cosa.

Con el pasar del tiempo, estas atribuciones inapropiadas


inconscientes pueden provocar lo que el agente mismo no
quiere. El uso continuo de la sexualidad como símbolo in­
12 Por consiguiente, han de evitarse las interpretaciones pseudo-psicoló-
gicas de los símbolos personales. Es verdad que el símbolo puede inter­
pretarse, pero su interpretación no es nunca una sola, dado que es perso­
nal y no convencional ni universal. En otra forma se caería en el
psicologismo de un solo sentido.

274
Z as E st r a t e g ia s d e l Zn c o n s c ie n t e

quiere. El uso continuo de la sexualidad como símbolo in­


consciente de agresión puede, por ejemplo, llegar a destruir
6 1 vínculo afectivo que la persona creía salvar, precisamente,
a través de la sexualidad. La búsqueda de gratificaciones
impropias a la actividad lleva, tarde o temprano, a amarguras
y desilusiones que terminan por alejar de esa misma activi­
dad, alguna vez tan estimada.

En conclusión se pueden deducir algunos principios


operativos:

- Todo acto humano puede ser simbólico.

- Todo acto humano puede ser motivado por significa­


dos que el sujeto no conoce, pero que entran en ac­
ción sin que se dé cuenta.

- Los significados subjetivos derivan a veces de la in­


fluencia de elementos inconsciente no resueltos y
pueden añadir un excedente de significado al acto,
hasta contradecir sea el significado objetivo (propio
al acto mismo), sea el que conscientemente el agen­
te le da.

- No basta detenerse en los significados objetivos del


acto o que comúnmente se le atribuyen. Hay que ir
también al significado que, consciente e inconscien­
temente, se le atribuye. Y esto a fin de llegar a la
posible no contradicción de los tres aspectos: objeti­
vo, subjetivo consciente e inconsciente, de modo
que entre sí haya integración y no conflictividad.
Salvado el significado objetivo que se remite a la to­
talidad concreta del acto, es posible añadir un exce­
dente de significados, a condición de que no des­
mientan el significado fundamental, sino que lo
enriquezcan y lo pongan en evidencia.

275
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

to: captar el significado inconsciente sabiendo que el


inconsciente es fuente de energía. También a través
del simbolismo inconsciente se puede ayudar a la
persona a discernir mejor la futura dirección de ¡u
propia personalidad13.

- La facultad simbólica tiene el poder de dotar de un


sentido muy personal el propio comportamiento, más
allá de un significado sólo emotivo (basado en una
interpretación instintiva e inmediata) y racional (ba­
sado en una lectura objetiva de la realidad, pero sin
una particular implicación personal original): La fide­
lidad al dato objetivo, unida a una interpretación
subjetiva en sintonía con él, constituyen las caracte­
rísticas de una actividad simbólica madura.

Gracias al uso maduro del simbolismo se está en condi­


ción de dar un sentido a las diversas situaciones de la vida,
especialmente a aquellas particularmente difíciles (sufri­
miento, rechazo, desgracia ...), más allá de una lógica sólo
emotiva o racional, y a aquellas situaciones aparentemente
neutras o insignificantes. Además, el simbolismo permite un
enriquecimiento de la capacidad creativa. No de esa creati­
vidad que es consecuencia de un determinado cociente in­
telectual; sino de esa fantasía creadora que es expresión de
la propia singularidad e irrepetibilidad, y de libertad interior
de determinismos instintivos o de esquemas interpretativos
demasiados rígidos y monótonos. En fin, la capacidad sim­
bólica favorece una profundización de las propias conviccio­
nes e ideales, los hace más inteligibles y, por tanto, más
apetecibles, y permite una más extensa aplicación de ellos.

13 Esta es la contribución original de Jung a la teoría del simbolismo.


EL símbolo puede ser analizado bajos dos aspectos: el análisis retrospecti­
vo indaga sus bases instintivas; el prospectivo muestra la aspiración de la
psique hacia la mayor integridad y el cumplimiento del proceso de indivi­
duación. C. G. Jung, Le origini della coscienza, en Opere, VIII, Boringhieri,
Torino, 1965.

276
Za s E s t r a t e g ia s d e l In c o n s c ie n t e

8. Simbolismo y sexualidad

Una de las áreas más directamente implicadas en un


lenguaje simbólico es la de la sexualidad, gracias a sus carac­
terísticas de ubicuidad y plasticidad. El sexo puede servir a
muchas necesidades (ubicuidad), y puede ser estimulado
por motivaciones totalmente diversas que tienen poco o
nada que ver directamente con el sexo como tal (plastici­
dad). En efecto, el sexo no debe ser considerado sólo como
un instinto fisiológico. Es una necesidad psicológica con orien­
tación social: es la fuente de las relaciones emotivas con los
demás. Por tanto, está en relación con todas las demás necesi­
dades psicosociales: ayudar a los demás, dependencia afectiva,
dominación, etc... Como está relacionado, el sexo puede aso­
ciarse a ellos. Se pueden tener así dos posibilidades:

- Conflictos en el área sexual pueden manifestarse


en comportamientos no sexuales. Por ejemplo, es­
tilos de relaciones interpersonales de carácter ma­
nipulador, seductor, exhibicionista, que pueden es­
conder problemática sexuales inconscientes; o
también ese interés insistente por ciertas activida­
des o determinados temas culturales que hacen
dudar si nazcan del deseo del bien o de la verdad
o también de problemáticas sexuales de las que el
sujeto no se da cuenta.

- Comportamientos sexuales pueden tener raíces moti-


vacionales no sexuales. El uso de la sexualidad pue­
de, por ejemplo, satisfacer necesidades conflictivas
de dependencia o de agresividad; compensar una es­
casa identidad personal o actuar una exigencia de
dominación, etc ... El sexo, en estos casos, está por
algo diverso; es una especie de caja de resonancia
del problema originado en otra parte. Lo que apare­
ce es el comportamiento sexual, pero su raíz debe
buscarse en otras áreas de la personalidad.

277
Amadeo Centini y Messandro Manmti

La sexualidad es polivalente: puede promover o también


bloquear el desarrollo de la personalidad. Depende del sig­
nificado subjetivo que la persona dé al acto sexual14. Un
ejemplo clásico es la relación entre identidad personal y rc_
laciones sexuales. Una persona (especialmente si está toda­
vía en edad evolutiva), puede tener problemas acerca d e su
identidad psicológica (inseguridad, soledad, rebelión ...) y
buscar en la relación sexual una tranquilidad acerca de !a
positividad del propio yo. Actuando así, el problema de
identidad permanece sin resolver: la duda sobre la propia
identidad es inconsciente, y se da al acto sexual una función
que no le pertenece. El problema permanece y -aún más- se
instaura un proceso repetitivo que, a la larga, actúa destruc­
tivamente sobre la relación: el sexo, conscientemente justifi­
cado como amor por el otro, es inconscientemente usado
como desahogo o como defensa; las dos personas usan el
mismo lenguaje sexual, pero cada una puede darle un signi­
ficado diverso. Así, ese lenguaje sexual en lugar de acercar a
las personas y crear comunión, introduce amargura y resenti­
miento recíproco.

Otro caso típico es la relación entre identidad personal y


vida sexual. Recordamos, a este propósito, un joven con pro­
blemas de estima de sí: en este caso el resultado compensa­
torio lo constituía la masturbación, repetida más o menos
mecánicamente, sin consciencia de sí ni, mucho menos, so­
lución del problema originario. Más aún, a un cierto punto,
surge una ulterior «complicación»: la impotencia (como no
erección) que agrava la sensación de negatividad y, al mis­
mo tiempo, hace todavía más frenético el recurso al acto
masturbatorio. Además del uso distorsionado de la sexuali­
dad (de signo de relación social a instrumento de compensa­
ción individualista), aquí tenemos una distorsión, al límite
de la patología, de la funcionalidad misma del acto sexual.
En otras palabras, cuando el acto sexual está «cargado» de
14 Para el aspecto psicológico de la sexualidad: B.J. Sadock - H. I. Ka-
plan - A. M. Freedman, The sexual esperience, The Williams and Wilkins
company, Baltimore, 1975. Para la integración con el aspecto moral: C-
Bresciani, Personalismo e morale sessuale. Aspetti teologici e psicologici, o.c.

278
Las E st r a t e g ia s del / n c o n s c ie n t e

un significado disonante con su naturaleza, no sólo no


puede ya conseguir su fin; sino, de plano, puede convert­
irse en expresión simbólica, y anómala, del problema que
la ha originado.

«Significados simbólicos»

Para comprender el simbolismo de la sexualidad es in­


dispensable preguntarse qué significado reviste en un psi­
quismo particular. Sería simplista, por ejemplo, concluir sin
más que todo gesto masturbatorio en cualquier persona es
siempre y sólo signo de debilidad de la voluntad y búsque­
da de gratificación erótica. En la mayoría de los casos, la
masturbación es símbolo de significados que poco tienen
qué ver con el área sexual: para uno, podrá ser una actitud
compensadora, sucesiva a experiencias de rechazo, y que ex­
presa una necesidad de autonomía («no tengo necesidad de
j nadie, me basto a mí mismo»); para otro, será desahogo nar-
cisista («yo no me concedo a nadie»); para otro más, podrá
ser signo de búsqueda de una identidad positiva, vuelta
inestable por alguna equivocación («yo soy capaz ... »); para
i otro, todavía, canal de expresión del propio rencor. He aquí
I por qué es importante poner atención al verdadero problema
que está detrás de la actitud, de ordinario reconocible sea
¡ en las circunstancias que llevan a la masturbación, sea en las
1 fantasías que la acompañan.

j Por cuanto se refiere a la relación sexual, M.A. Friede-


1 rich hace una lista de nueve significados diversos, que ex-
j presan necesidades y sentimientos no sexuales15. Según la
i autora se puede buscar una relación sexual:
11 - Como alivio de la ansiedad y tensión: el orgasmo y
| la sucesiva relajación física permiten un momentá-
I neo alivio.

15 M. A. Friederich, Motivation for coitus, en «Clinical Obstetrics and


Gynecology», 13 (1970), pp. 691-700.

279
Psicología... 19
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

- Para quedar encinta y tener un hijo: un significado


positivo si la pareja quiere expresar y profundizar así
la propia unión; pero se puede usar el embarazo para
gratificar necesidades inconsistentes (tener a alguien
todo para mí) o para manipular a los demás (forzar a
la pareja a tortiar decisiones).

- Como prueba de identidad: el ejercicio sexual confir­


ma a él que es varón y a ella que es mujer; y así nace
en la mujer el mito de los orgasmos repetitivos y en el
hombre el mito de las prestaciones múltiples.

- Como huida del sentido de la propia futilidad: pre­


tender a una persona interesante, apostar que se lo­
gra hacerla caer, querer fascinarla ... da la sensación
de sentirse competentes y deseados.

- Como defensa contra sentimientos homosexuales: el


miedo de ser considerado diverso porque no se tiene
experiencias sexuales, pone un embarazoso interro­
gativo acerca de la propia normalidad y estimula a la
persona a desmentirlo.

- Como huida de la soledad y el sufrimiento: el sexo


como remedio en los momentos de tristeza; un me­
dio para obtener ternura sin el compromiso largo y
difícil de construir un vínculo emotivo.

- Como demostración de poder sobre otra persona: la


intrepidez de la conquista da la sensación de ser
fuerte y poderoso; el «sex appeal» puede usarse
como defensa de la triste realidad que la persona
está envejeciendo.

- Como expresión de rabia y destrucción: la esposa


castiga inconscientemente al marido que la ha humi­
llado haciéndolo volverse impotente; el marido trai­
ciona a la esposa que lo ha dominado, para demos-
Las E s t r a t e g i a s d e l / n c o n s c i e n t e

trarle que en el fondo ella no tiene mucho poder so­


bre él; el cónyuge traicionado, a su vez traiciona para
pagar con la misma moneda (puede entrar aquí tam­
bién el lenguaje impulsivo y audaz).

- Como medio para obtener un amor infantil: el sexo


como ocasión para ser mimados, protegidos, llevados a
un mundo de éxtasis donde se reviven las emociones
de quietud típicas de la indeferenciación infantil.

Debe advertirse que la autora habla de dinámicas «nor­


males» y no de personas perversas. Y así comenta: «Aun
considerando que en general la motivación no es pura, sino
se presenta en forma mixta, la relación sexual puede usarse
para expresar cualquier clase de conflicto individual, de ne­
cesidad o de interés, antes que una relación afectiva y agra­
dable entre dos individuos».
j
Otro estudioso afirma: «Tal vez una razón de la popula­
ridad de las técnicas para un adecuado funcionamiento se­
xual es que, aprendiendo como adaptarse sexualmente en
; forma recíproca, una pareja puede evadir la tarea fundamen­
tal de una genuina relación amorosa (dar y recibir) usando la
gratificación sexual como forma de mutua indulgencia. Esta
concesión recíproca puede reemplazar la necesidad de una
j relación adulta y genuina, en la que ambos deberían empe-
I ñarse en favorecer su felicidad de modo sincero y dándose
recíprocamente»16.

En la misma línea van los estudios de Robert Stoller


quien, después de 15 años de investigaciones sobre la vida
I sexual del hombre, llega a sostener que a menudo se realiza
un vínculo inconsciente entre sexo y agresividad. Lo que
puede generar la excitación sexual es la hostilidad, abierta o
escondida. Hostilidad -explica Stoller- como tentativo sim­
bólico de cancelar los traumas y las frustraciones infantiles
que -de permanecer tales- amenazarían el desarrollo de la
16 M. Gelfman, Post-Freudian comment on sexuality, en «American Journal
of Psychiatry», 126(1969), pp. 651.

281
Amadeo Cencini y Messandro Manmti

propia masculinidad o femineidad (identidad de género). L0


que excita la hostilidad es misterio, riesgo, ilusión, vengan
za, transformación del trauma de frustración en triunfo, des­
humanización. La pareja, en este caso, es sólo un símbolo
de todos aquellos que, en el pasado, en diversas formas, nos
han deshumanizado. Para Stoller la dinámica es entonces la
siguiente: en nyestro camino evolutivo, de la infancia hasta
hoy, cada uno de nosotros ha sufrido de los demás frustra­
ciones, desilusiones, «ataques», que nos han obligado a aflo­
jar en nuestro camino, o a veces a detenerlo de plano; a
causa de estos daños sufridos, nace la venganza inconscien­
te: ¿qué hay mejor sino inflingir el mismo ataque a los de­
más? En este modo, la frustración y el trauma se convierten
en triunfo. La sexualidad se usa como medio de revancha
triunfal, donde el otro no es percibido en sí, sino como una
abstracción; o sea un representante de quien en el pasado
me ha deshumanizado. La relación sexual se usa como un es­
cenario de lucha donde el protagonista rescata en victoria las
humillaciones del pasado. «No me ha comprendido quien
piense que yo esté afirmando que el amor, el afecto, la soli­
citud y otras cualidades no hostiles no entren en la excita­
ción sexual. Entran ciertamente; pero mi sospecha es que
valen sólo para algunos, raros, individuos. Para mucha gente,
estas características de afectuosidad constituyen una amena­
za a la propia capacidad de gratificación y son asociadas al
miedo de que puedan disminuir y no aumentar la excitación
y el placer ... Mi teoría es sólo un ejemplo de lo que se ha
dicho desde hace miles de años: la humanidad no es una es­
pecie muy amante, especialmente cuando hace el amor»17.

Otra contribución que vale la pena mencionar es la de


H. Gendin, confirmada también por los estudios de C. Soca-
rides. En base a sus estudios sobre jóvenes universitarios de
la Golumbia University de Nueva York, sostiene la tesis de
la actual guerra sexual entre los sexos. El clima de fondo es
el miedo: incapacidad de darse, huida de la intimidad vista
17 R. J. Stoller, Sexual Excitement, en «Archives of General Psychiatry»,
33 (1976), pp. 899-909. Cf. también del mismo autor, Sexual excitement
dynamics of erotic Ufe, Pantheon Books, New York, 1979.

282
Za s E st r a t e g ia s d e l / n c o n s c ie n t e

como experiencia peligrosa de dispersión de sí, huida del


sufrimiento, amor como alienación. Pero la vida tiene, como
quiera que sea, necesidad de excitación; así para no volverse
insípidos, además de desilusionados, se recurre a experien­
cias sexuales transitorias, donde se buscan sensaciones para
sí mismo sin dar nada a la pareja. El resentimiento consi­
guiente -a menudo hábilmente enmascarado- lleva a la re­
pulsión recíproca. Así los dos sexos se atraen en la búsqueda
de sensaciones y se repelen por el cinismo general con que
viven la relación18.

j Un último dato de la investigación sobre la vida sexual


es la aparición de un fenómeno reciente, bastante evidente
1 en los países anglosajones y ahora también en Italia: el de-
| clive del deseo sexual. En el pasado se decía: «querría, pero
1 no logro», y hoy: «podría, pero no tengo g a n a s » E n los úl­
timos años está resurgiendo el elogio de la castidad no por
motivos ascéticos, sino como una búsqueda narcisista, conse-
I cuencia del abuso de los significados de una sexualidad in-
flada2°.

I Nos hemos detenido en estos datos de investigación


porque es importante notar cómo psicólogos y sexólogos que
trabajan sin presupuestos religioso-morales, sino sólo en base
a observaciones, lleguen a las mismas conclusiones acerca de
la ambigüedad del sexo: puede expresar amor y donación,
pero no necesariamente.

18 H. Hendin, The age of sensation: a psychoanalytic exploration of youth in


the 197Os, McGraw-Hill, Nueva York, 1975; C. W. Socarides, Beyondsexual
freedom, Quadrangle-The new york times book company, New York,
1975.
19 Es el tema afrontado, sobre todo, por H. S. Kaplan, Los disturbios del
deseo sexual, Mondadori, Milano, 1981.
20 Un ejemplo de esta nueva tendencia narcisista es G. Brown, Elogio
della castitá; come mai uomini e donne stanno riscoprendo il piacere dell’astinen-
za sessuale, Mondadori, Milano, 1981.

283
Amadeo Cmáni y Messandro Manenti

b. «Sexo y existencia»

Cualquier rasgo de la personalidad puede utilizar un com


portamiento sexual como salida natural o como defensa. No se
puede interpretar la sexualidad sin conocer también a la persona
que la ejercita, dado que es ella quien da a esa función un sig­
nificado totalmente personal y original. Cada persona tiene un
modo propio de simbolizar la realidad -incluida la sexual- qUe
resulta de su pasado, ahora presente en la memoria afectiva. Al­
gunos simbolismos tienen poco o nada qué ver con el significa­
do objetivo de la sexualidad. Una comprensión adecuada de la
sexualidad debe tomar en consideración toda la personalidad. Si
por el contrario, pretendemos estudiarla aislada sin encuadrarla
en el contexto más general de la existencia de quien la usa (o
no la usa) permanece un hecho incomprensible; al máximo se
podrá conocer la sexualidad como «debería ser», sin conocer
cómo es vivida de hecho. En el vínculo sexo-existencia es don­
de se puede comprender el significado subjetivo consciente e
inconsciente que la persona da a la sexualidad. Para una recta
ubicación del problema, en nuestra actividad de asesoría se ha
demostrado útil tener presentes estas orientaciones:

- El simbolismo positivo de la sexualidad presupone,


en quien la usa, la capacidad de «relación de objeto
total». Con este término se indica el haber adquiri­
do: a) una imagen realista de sí, b) una imagen re­
alista del otro, c) la capacidad de iniciar y mantener
relaciones maduras; o sea, relaciones que, por un
lado, no sean repeticiones automáticas, sino concilla­
das por o en armonía con las actuales circunstancias;
y, por otro, que sean capaces de soportar e integrar
las reacciones ambivalentes (de odio-amor) para el
mismo objeto o del mismo objeto^1.

- La adaptación sexual no es el resultado de la activa­


ción de las zonas erógenas; sino que el tipo de rela­
ción de objeto es el que determina las características
21 O. Kernberg, Teoría della relazione oggettuale, o.c.. p. 211-221.

284
Ia s E s tr a te g ia s d e l /n c o n s c ie n t e

del acuerdo sexual. La psico-dinámica intrapsíquica e


interpersonal, los tipos de defensa y el grado de madu­
rez son los que determinan las características de la vida
sexual y no al contrario. En la relación sexual se refleja
la dinámica que se realiza fuera y antes de ella.

- No es la relación sexual la que crea identidad, sino


es la identidad la que lleva a la relación. Por tanto es
ilusorio pensar que sea la sexualidad la que dé con­
sistencia al yo: en este caso se invierten los términos
y la sexualidad asume más fácilmente un simbolismo
desviado. En el mismo modo va la relación sexo-co-
municación: no es la sexualidad la que crea la comu­
nicación, sino al contrario. Muchos problemas sexua­
les son en realidad problemas de comunicación. Dos
cónyuges que no se hablan no podrán pretender res­
tablecer contacto sólo con la relación sexual.

- La relación antes de ser puesta en acto debe ser vis­


ta a la luz del deseo racional, además del emotivo.

- La capacidad de relaciones sexuales y de alcanzar el or­


gasmo no garantizan la capacidad de amar y tampoco
son necesariamente signo de alto desarrollo psicosexual:
la armonía funcional sexual no habla mucho de la ma­
durez en general de la persona y de la relación. «Si una
pareja o un individuo tiene una intensa gratificación se­
xual, esto no significa que tales personas sean individuos
maduros, capaces de afrontar los problemas de la vida
en modo adulto, no neurótico. Freud jamás igualó la ge-
nitalidad con la madurez. También un individuo neuró­
tico puede probar placer y gratificación sexual si esto
entra en la lógica de la propia neurosis.»^.
22 M. A. Friederich, Motivation for coitus, o.c., p. 700. Genitalidad es
aquí entendida como ejercicio puramente físico de la sexualidad. Sabe­
mos, en efecto, que Freud dio progresivamente al término genitalidad un
significado más amplio, especialmente cuando llegó a decir, según el tes­
timonio de Zilboorg, que en el cristianismo encontraba una figura plenamen­
te «genital», Francisco de Asís (cf. L. Ancona, La psicanalisi, o.c., p. 184);
Freud habla de ello en II disagio della áviltá, en Opere, o.c., X, p. 591.

285
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

c. «Problemas sexuales»

A diferencia de cuanto instintivamente se ha llegado a


creer, es necesario ver la sexualidad como una variable con­
secuente y no antecedente. En otras palabras, la sexualidad
como efecto y como medio de expresión más que como cau­
sa de conflictos psicológicos. Así, los problemas sexuales
pueden ser los efectos y nos las causas reales.

Es por esto útil evidenciar las debilidades sexuales, puesto


que ellas nos hablan de algo de la personalidad general del in­
dividuo. Sin embargo no basta: esas debilidades no dan to­
davía indicaciones acerca de las causas; nos dicen que hay
problemas, pero no nos dicen cuáles sean. Las causas deben
buscarse en la dinámica personal (necesidades, actitudes, va­
lores, defensas, emociones) y, por tanto, la atención debe
cambiarse de la sexualidad (efecto) a la personalidad más
general (causa).

Del mismo modo, la solución del problema sexual no sig­


nifica necesariamente mejoría de la personalidad en general.
Como tampoco se puede decir: no hay debilidades sexuales,
por tanto la persona ha resuelto los problemas sexuales. En
efecto, si la sexualidad es un medio de expresión, puede suce­
der que el conflicto psicológico permanezca inalterado: sola­
mente ha encontrado otro medio de expresión diverso del se­
xual (sustitución del síntoma). Puede suceder que, mientras
que los problemas sexuales disminuyen, aumenten en la vida
cotidiana las manifestaciones de intolerancia, agresividad o de­
pendencia infantil, y que frente a determinados estímulos aflo­
ren esas debilidades sexuales, de ordinario en modo más gra­
ve. No basta, por tanto, detenerse en el cambio cuantitativo
(disminución del síntoma), ni cualitativo (sustitución del sínto­
ma), y preguntarse simplemente si esa persona ha cambiado.
Es necesario ver qué significado tiene ese cambio en el simbo­
lismo y, por consiguiente, en la dinámica de la persona: ¿es un
cambio de modos de expresión o se han resuelto realmente las
causas profundas?

286
Z as E s t r a t e g ia s del / n c o n s c ie n t e

Es posible que cambie el efecto pero no la causa. Según


un concepto base de la psicología del profundo, toda incon­
sistencia tiene dos elementos: dinámico y directivo.

a) «Elemento dinámico»:
la inconsistencia, que por definición quiere decir desarmo­
nía, produce tensión. La persona, por tanto, buscará disminuir
la tensión buscando un mejor equilibrio. Puede conseguirlo de
manera estable e inestable. Tiene equilibrio estable cuando ha
reducido el contraste, actuando sobre las causas (tendencia
de crecimiento). El equilibrio es inestable cuando las causas
permanecen inalteradas, pero se alivian sus canales de ex­
presión; la persona busca reducir momentáneamente los sín-
1 tomas con satisfacciones compensatorias que, por el momen-
| to, le dan la impresión de haber resuelto también las causas
I (tendencia homeostática). El problema no se ha resuelto,
| sino diferido.

1 b) «Elemento directivo»:
se refiere al objeto o instrumento con que se busca obtener
] la reducción de tensión. Para un alivio temporal, la persona
en lugar de usar el instrumento sexual porque es demasiado
problemático (sentimientos de culpa, crisis de autoestima,
miedo de castigos...), se desplaza a otros instrumentos (re­
presión incondicionada de los sentimiento, rigidez, volunta­
rismo...). Son instrumentos menos problemáticos y que dan
i la ilusión de haber resuelto el problema de raíz. Se confun-
I de el cambio del objeto con la solución de las causas. Aquí
es donde entra el simbolismo: también esos nuevos compor­
tamientos -como los sexuales anteriormente- están por otra
cosa. El problema sexual ha desaparecido, pero se ha trans­
ferido a otras áreas de la vida cotidiana.

Por consiguiente, para tranquilizarse sobre la madurez


general de la persona, no basta la superación del problema
sexual o la ausencia del mismo. Esto vale también para el
celibato eclesiástico. La ya mencionada investigación de Ru­
lla y colaboradores ha puesto en evidencia que el 60-75% de
Amadeo Cenáni y Messandro Manmti

las vocaciones sacerdotales y religiosas están afectadas, en


modo más o menos relevante, por necesidades subconscien­
tes en conflicto con los valores proclamados conscientemen­
te. Esto puede significar también que un gran número de
llamados corre el riesgo de encontrar agravado su empeño
específico en el celibato por causas que ignoran y que no
necesariamente son de orden sexual.

También se puede observar el precepto sin que por ello


se viva su riqueza de significado. También el crecimiento
en el celibato supone una armonía de fuerzas y es directa­
mente proporcional a su unidireccionalidad. A mayor síntesis
y acuerdo -intencional o espontáneo- de estas fuerzas, mayor
será el nivel de crecimiento. Este es siempre una cuestión
que se refiere a toda la estructura de la persona, aunque se
trate de un solo aspecto de ella^3.

Al concluir este capítulo podemos comprender, en forma


bastante completa, el sentido del inconsciente como realidad
activa. El inconsciente está presente en la decisión cons­
ciente en sus variadas fases de elaboración, planeación, ac­
tuación. En su papel positivo, da a la decisión una gravidez
emotiva y personal, que la convierte en una realidad sentida
hasta el fondo. En su influjo negativo, la puede distorsionar
con consecuencias para el interesado y para los demás. Acer­
ca de estas consecuencias queremos indagar más en el pró­
ximo capítulo sobre los mecanismos de defensa.

23 Cf. A. Cencini, Maturitá e maturazione nel celibato consacrato, en «Pres-


byteri», 7 (1980), pp. 516-541. En este estudio se quiere demostrar que
para hacer coincidir el significado subjetivo del celibato con el objetivo, el
individuo debe estar en posesión de estas características intrapsíquicas: 1)
ser capaz de tolerar libremente el déficit, no sólo el sexual, sino también
el que deriva de la carente satisfacción de otras necesidades; 2) haber su­
perado la preocupación infantil de recibir amor y haber entrado en una
dimensión adulta oblativa; 3) estar en grado de apasionarse por una reali­
dad ideal.

288
I d S TkfeCANISMOS DE DEFENSA

Capítulo cuarto
Los M e c a n i s m o s de D e fe n sa

Observemos estas cuatro situaciones:

1. Un aprendiz de 20 años busca en vano desmontar el motor


de un automóvil. Su patrón le quisiera ayudar, pero él se obstina
en querer hacerlo solo. El otro espera un poco, y luego, impacien­
tado, le «ayuda». Y el muchacho, por toda respuesta, tira las herra­
mientas y se va. El patrón lo ha arruinado todo.

2. Los padres reprenden al hijo delante de sus amigos y él se


pone rojo de vergüenza.

3. «El día de mi matrimonio todos han estado presentes, in­


cluso gente que no me imaginaba. Me siento tan feliz.»

4. «Me he cansado, pero todo ha ido bien: estoy feliz». Falta


de tacto, avergonzado, resentido: la estima de sí ha sido ofendida.
Reconocimiento, contento, satisfacción: mi yo ha sido reconocido.

1. La estima de sí

Remitiéndonos a cuanto ya se ha dicho al respecto, la esti­


ma de sí, es la imagen «sentida» de sí mismo como resultado
de la relación entre yo ideal, yo actual y sus componentes.
Cada hombre se mide a sí mismo con una evaluación inmedia­
ta de su positivo y su negativo; de esta medida brota una ima­
gen de sí que el yo siente bajo forma de estima o no estima.

Cada elemento constitutivo del yo proporciona una repre­


sentación parcial de lo que es la personalidad. Son repre­
sentaciones afectivo-cognoscitivas: cada una está asociada a
cargas afectivas que colorean las representaciones con tonali­
dades de placer-desplacer, estas representaciones no son, sin

289
Amadeo Cendni y Messandro Maneníi

embargo, sólo el resultado de choques pulsionales: reflejan


siempre una combinación de componentes cognoscitivos y
emotivos, con predominio de estos últimos en los grados
más primitivos de regulación de la autoestima y un predo­
minio de componentes cognoscitivos, con implicaciones
afectivas redimensionadas, en los grados más avanzados de
regulación de la autoestima1.

El conjunto de estas representaciones es experimentado


como estima de sí. Su integración armónica produce una
«estima de sí realista» que deriva, por tanto, de una evalua­
ción suficientemente objetiva de sí; incluye el sentimiento
de la dignidad personal, el reconocimiento de los propios lí­
mites y el aprecio del potencial humano en posesión nuestra
sobre el que nos construimos^. Tal estima de sí tiene una con­
tinuidad longitudinal (a través del tiempo) y transversal (perma­
nece relativamente constante en todos los aspectos del yo).

Cuando, por el contrario, las representaciones del yo no


están integradas o son contrastantes, producen «no estima
de sí» que se reconoce en varios síntomas:

a) Representaciones del yo contrastantes, con cambios


de humor y dificultad de conciliar el ideal y el real.

b) Sentimientos de vacío por la dificultad de percibir­


se en modo realista como un ser humano total.

c) Incapacidad de empatia con los demás y de juicio


sobre ellos, dado que el yo está guiado más por
las percepciones inmediatas que por evaluaciones
ponderadas y reflejas3.
1 G. Chrzanowki, The genesis and nature of Self-Esteem, en «Am. J. of
Psychotherapy», 1(1981), pp. 38-46.
2 T. Horner y cois., The mutual influences of the positive cohesive self men­
tal representational structures and interactive behaviour en the child’s involve-
ment with peers, en «Int. J. of Psycho-analysis», 4 (1976), pp. 461-475.
3 O. Kenberg, Sindromi marginali e narcisismo patologico, Boringhieri,
Torino, 1978, pp. 320-347.

290
l o s M : c a n is m o s de D efen sa

Los disturbios en la estima de sí pueden, por esto, venir


de cada uno de los componentes del yo y/o de su inconsis­
tencia recíproca.

Es imposible vivir en una situación de falta de estima


de sí; sería como vivir sin oxígeno o dejar abierta una herida
■ sin curarla. El cuidado más adecuado es volver a ver, con
base crítica y realista, las representaciones del yo. Pero tam­
bién se puede tomar el camino más corto de los mecanis­
mos de defensa para compensar (y no resolver) el déficit ori­
ginario que, por tanto, permanece pero es cubierto por una
estima de sí compensatoria o defensiva: un sistema de seguridad
que debería reparar la duda sobre sí. Este sistema de encu­
brimiento resulta precario, puesto que no resuelve el proble­
ma sino que funciona como tapón. La poca estima de sí está
siempre lista a resurgir, especialmente en situaciones difíci­
les o ambiguas. Y entonces el sistema de seguridad es refor­
zado con la adición de ulteriores defensas, que dan una ima­
gen de sí detrás de la cual esconderse: falsa humildad,
orgullo, vanidad, presunción, falsa prudencia, actitudes de
santo, lógica del «como si» y del «hacer ver»...

Poca estima de sí -defensa- estima compensatoria: pero


el camino no se puede detener aquí; debe haber el paso su­
cesivo de la estima compensatoria creída como realista. Vivir sin
oxígeno no se puede, pero tampoco vivir con un oxígeno vi­
ciado, y entonces se puede esforzar en creer y hacer creer
que ese oxígeno es bueno. La estima defensiva es percibida
como verdadera estima de sí. El hombre cree ser de verdad
como pretende representarse. Toma como real lo que es
sólo compensatorio4. En estos casos la estima de sí ya no es
controlada por la realidad, sino por creencias mágicas e imá­
genes regresivas. Se crea una diferencia entre estado real de
la persona y percepción del mismo, con una consiguiente
falta de atención o distorsión de todo lo que no confirma la
------------------------------------
4 El caso extremo, está en el delirio donde la persona se cree, sin som­
bra de duda, Napoleón. El caso menos extremo es el falso místico que
está convencido de ser verdaderamente una persona triunfadora sólo por­
que es importante a los ojos de la gente.
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

sensación compensatoria subjetiva.


Todo esto es posible gracias a los mecanismos de defensa.

2. N aturaleza y características de los mecanismos de


defensa

Definición.
Cada día nos topamos con amenazas a la estima de nosotros
mismos: una iniciativa que terminó mal, hacer el ridiculo, una
humillación recibida ... Todo esto nos hace sentir débiles, in­
ciertos, no amados. Nuestro yo sufre por ello y se apresura a
curar la herida narcisista. Como la psiqué, también el cuerpo
se previene de la excesiva estimulación. Cerrar los ojos, mirar
a otra parte, observar sin atención, extrañarse de los ruidos: ac­
ciones todas que nos protegen de estímulos molestos. La auto­
defensa es la ley más antigua de la naturaleza.

La conceptualización de los mecanismos de defensa (el


término es de Freud) sigue siendo una de las más válidas
contribuciones que el psicoanálisis ha dado para la compren­
sión del hombre. Indican un proceso mental habitual, in­
consciente y a veces patológico, que el yo usa para hacer
frente a conflictos con la realidad externa y/o la realidad in­
terna afectiva. Defensa indica, por tanto, autoprotección
contra todo lo que amenaza la propia autoconsideración. Es
un defender o recuperar la estima de sí pero sobre bases in­
correctas o sea eludiendo el problema. Al contrario, la perso­
na no defensiva mira cara a cara la realidad, aun la que des­
concierta, y se construye un sistema de vida en el que tiene
en cuenta también los propios defectos y temores.

Los mecanismos de defensa cumplen algunas finalidades:

a) Mantener el equilibrio del yo frente a situaciones di­


fíciles: ¿cómo cicatrizar el dolor por la pérdida de un
objeto amado? ¿cómo estimarse después de un
error? ¿cómo gratificarse a sí mismo no obstante las
prohibiciones y restricciones de la sociedad?...

292
l o s AfeCANISMOS DE ZlEFENSA

b) Proteger o restaurar la estima de sí amenazada por


las fuerzas pulsionales: he hecho una elección de
vida y sin embargo continúo sintiendo emociones
contrarias; soy disponible para los demás, pero
está también el rencor que me molesta; me agrada
verme fuerte pero, de cuando en cuando, me en­
cuentro con el miedo que no confirma la imagen
elegante que me he hecho de mí.

c) Neutralizar conflictos con personas o partes de la


realidad, de otro modo sentidos como irresolubles:
¿qué hacer si la realidad no confirma mis opinio­
nes? Cuando me descubre mis culpas, ¿cómo salir
del embarazo? Si mi colega es un rival, ¿cómo
vencerlo sin arriesgar en la lucha abierta? ...

Inconscientes pero reconocibles.


Todos los mecanismos de defensa tienen tres características
comunes:

a) Niegan, falsifican o deforman la realidad interna y


externa.

b) Son automáticos y no actos deliberados.

c) Obran en el inconsciente, de tal modo que la per­


sona no se da cuenta de lo que ocurre.

Es claro, por tanto, que constatar la existencia de tales


mecanismos no comporta ninguna evaluación moral sobre el
sujeto que los usa. Hay que distinguir siempre entre expli­
cación psicológica y juicio de valor, entre clarificación y eva­
luación.

Precisamente porque son inconscientes, no son siempre


observables directamente, sino a partir de sus efectos. Pro­
ducen, en efecto, distorsiones sistemáticas, dan lugar a esti­
los defensivos y pueden simbolizarse en rasgos corporales
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

como la obstinación y la rigidez, la sonrisa estereotipada,


comportamientos despectivos e irónicos, arrogancia. Las de­
fensas, más que entidades exactas, son procesos: dan origen
a estilos defensivos. Estilo significa un modo de funcionar
constante del individuo, identificable a través de una serie
de actos específicos: un modo de pensar, percibir, sentir, es­
tar con los demás, reaccionar a las situaciones ... Las defen­
sas se manifiestan en un estilo «endurecido», hecho de mo­
dos de reacción automáticos, repetitivos y crónicos. ¿Por
quién es observable este yo endurecido? Ante todo por un
observador externo que sepa captar no sólo el contenido del
acto (qué se hace), sino el estilo del acto (cómo se hace):
esto es posible sólo si el observador es bastante libre de las
propias defensas. Captar el estilo más allá del acto es un*
modo nuevo y a veces sorprendente de comprender al hom­
bre. Pero también el interesado puede reconocer el propio
estilo defensivo, aunque no sabrá captar cada una de las de­
fensas de base, porque son inconscientes. Las defensas alte­
ran la percepción de la realidad interna y externa, esconden
impulsos inaceptables con deseos o convicciones de cobertu­
ra, alternativos y a veces antitéticos a los originales; el con­
junto es sentido por el interesado como incomodidad, como
no libertad interior: no conoce los términos del problema,
pero advierte el problema. Mas, a este punto -como veremos
más adelante- en lugar de ir al origen del problema se pue­
den añadir otras defensas: defenderse de tener que admitir
que se defiende.

¿Normales o patológicos?
Si el yo quiere funcionar bien aun en el peligro, debe per­
manecer organizado a un nivel eficiente. Para esto lo ayudan
los mecanismos de defensa que, gracias, a su función de
protección, no son de suyo patológicos. Si esta noche me
siento muy cansado, es prudente dejar pasar el problema e
ir a dormir, para afrontarlo mejor al día siguiente. Si debo
aprobar un examen, es bueno que concentre la atención en
los aspectos intelectuales poniendo fuera los sentimientos
de ansiedad. Todo esto se puede hacer de un modo auto­

294
Los M :c a n is m o s d e D e f e n s a

mático sin necesidad de un acto de voluntad: las defensas


dejan libre la atención y la concentración para otras tareas
más importantes.

Tres criterios distinguen el uso adaptativo (adecuado,


«adaptive») o desadaptativo (inadecuado, «disadaptive»), de
las defensas (cf. tabla IX):

a) Finalidad, si las defensas van en dirección de la so­


lución del conflicto en términos realistas, son
adaptativas (favorecen la adaptación a la realidad).
Desadaptativas, en cambio, si van en la dirección
de evitar el conflicto. Nótese la diferencia entre la
intelectualización usada por el investigador que
quiere llegar a una teoría para comprender la reali­
dad, y la intelectualización usada por un marido in­
capaz que se empecina en su idea para ignorar la
miseria del propio matrimonio.

b) Modalidades de uso: Una defensa es adaptativa


cuando es flexible, o sea apropiada a la situación,
y cuando su uso se limita a esa situación. Es desa-
daptativa cuando es rígida, automática y generali­
zada: en este caso, el comportamiento inducido
por la defensa salta automáticamente y no está li­
mitado a una situación particular, sino que aparece
de modo estereotipado y en situaciones diversas.
La primera es, por tanto, una respuesta a la reali­
dad; la segunda es una reacción a los propios im­
pulsos. Adviértase la diferencia entre elegir estar
alegre para aliviar la atmósfera pesada y tener que
ser siempre el bufón de la reunión.

c) Efectos: La defensa es adaptativa si permite contro­


lar el conflicto, en cuanto protege y habilita la
persona a funcionar mejor. Es desadaptativa si
perpetúa el conflicto o crea ulteriores desventajas
a la personalidad entera (por ejemplo, la obliga a

295
Psicología... 20
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

recurrir a ulteriores y más limitantes defensas).


Nótese la diferencia entre el aumento de vigilan­
cia que impulsa a buscar nuevas informaciones y
el aumento de vigilancia que lleva a exagerar la
situación de peligro y, con el tiempo, a sospechar
de todos y de tddo.

Tabla IX:
Defensas y mecanismos protectores de control

Mecanismos Mecanismos
de defensas protectores de control

—Evitan el conflicto —Afrontan el conflicto


—Son automáticos- —Son flexibles-circunscritos
generalizados —Consienten un mejor
—Crean ulteriores funcionamiento
desventajas

Con el término «mecanismos de defensa» se subraya el


aspecto desadaptativo; con el término «mecanismo protecto­
res de control» («coping mechanisms») se subraya el aspecto
adaptativo. En estos últimos prevalece el deseo racional
(que actúa según una evaluación reflexiva) sobre el deseo
emotivo (que actúa según una evaluación emotiva); gracias a
su intervención, el impulso permanece bajo el control de la
racionalidad y es usado en los límites y según las circunstan­
cias que conciernen a los ideales de la persona.

Esta definición no puede ser categórica. Una defensa adapta-


tiva en una cierta edad (o situación), puede ser desadaptativa en
otra edad (o situación). Hay diferencia entre la negación en el
niño y en el adulto; o también entre la represión inmediata en
el niño, dictada por la orden de los padres, y la represión indis­
criminada del adulto que dice no a los propios impulsos sin sa­
ber justificar el por qué. Por otra parte, la defensa, aun la
adaptativa, ha de usarse con cautela: frente a problemas im­

296
Zjos M : c a n is m o s de D efen sa

portantes y complejos de la persona no puede confiarse a


automatismos de protección, sino que debe arriesgar la res­
ponsabilidad de la propia vida con una decisión voluntaria.
Aun los mecanismos de control, si se usan de modo frecuente y
amplio, pueden dañar: la persona corre el riesgo de estar preocu­
pada en sobrevivir más que en vivir y, a la larga, no se regirá ya
por la intención, sino por las necesidades de autoconservación.

Ventajas de las defensas.


Los mecanismos de defensa no ayudan a crecer, pero ayudan
a sobrevivir a lo seguro. Ofrecen, en efecto, dos ventajas:

a) Evitan a la persona la confrontación (del resultado in­


cierto) con un estímulo interno o externo peligroso.

b) Permiten gratificaciones sustitutivas (tranquilizarse


sin exponerse) y reducen a un nivel soportable los
efectos de las frustraciones.

Analicemos un hecho: el marido sorprendido por la es­


posa en adulterio. La realidad le dice: «Eres un traidor»
(=herida a la estima de sí). El se defiende: «Es verdad, pero
lo he hecho porque es ella quien en estos cinco años de ma­
trimonio me ha exasperado con sus agotamientos (proyec­
ción). La primera en alejarse ha sido ella, por tanto ella es la
traidora moral (racionalización): en efecto, la traición del co­
razón es más grave que la de la carne (intelectualización)».
Ventajas: este hombre evita la fatiga de cambiar, se absuelve
de culpa, espera que quien deba cambiar sea la esposa. La
realidad le dice que es un marido que engaña, pero su ver­
dad psicológica le dice que es la esposa quien engaña. La
estima de sí está a salvo. En detrimento de la realidad, pero
está a salvo.

Abstrayendo del ejemplo, toda defensa hace una afirma­


ción negativa y una positiva5. La afirmación negativa es la
más obvia: digo no a una realidad penosa. Un no expresado
5 R. Schafer, Aspects of intemalization, Internat. Universities, New York,
1963, p. 58.
Amadeo Cendni y Messandro Manenti

en formas diversas, según la defensa usada: «aquí no hay


nada», «no he sido yo», «no hay ninguna relación», «no ha
sucedido nunca», «yo no siento miedo». Descartando una
realidad penosa, automáticamente afirmo también una reali­
dad positiva tranquilizante: negando una realidad afirmo 10
contrario de ella. Es un sí que no emerge de la evidencia
real, sino de mi sistema defensivo. Un sí expresado en for­
mas diversas según la defensa usada: «yo estoy al seguro»,
«yo soy inocente», «puedo estar tranquilo», «soy poderoso»,
«soy bueno y valeroso». Es una conclusión que nace de las
defensas; por tanto no apoyada por los hechos, sino conse­
guida distorsionando los hechos. Pero es una conclusión que
el sujeto vive como verdadera y objetiva. Las defensas per­
miten, por tanto, una cierta gratificación no alcanzable en
otra forma. Temiendo no poder preservar la estima de sí por
medio de la confrontación con la realidad, se la mantiene
por medio de las defensas. Si no logro definirme como hom­
bre «total» sobre bases realistas, lo haré sobre bases defensi­
vas. Mientras no entrevea la posibilidad de salvar la estima
de mí, también sobre bases realistas, continuaré defendién­
dome: al menos preservo la autoestima, en otra forma no
asegurada por la confrontación con la realidad. He aquí por
qué es difícil superar las defensas, aun en el mejor de los
casos de que se hagan conscientes. Conocer no significa
cambiar. Puedo también darme cuenta que estoy proyectan­
do o negando y, no obstante esto, continúo haciéndolo: al
menos está a salvo la autoestima; en cambio, ¿quién me ase­
gura que renunciando a estas tácticas, después del baño de
realidad, me encuentre todavía digno y amable a los ojos
propios y de los demás?

Los niveles de defensa.


La estima de sí dada por las defensas es ficticia, puesto que
se ha conseguido distorsionando los hechos: ¿cómo puede
bastar una estima que no soporta la prueba de la realidad?
Detenerse aquí sería terrible: me creo alegre y, en cambio,
río para no llorar. Me considero respetuoso de la autoridad y, en
cambio, no tengo el coraje de sostener mis ideas. Me tengo por una
l o s AfeCANISMOS DE DEFENSA

persona libre, abierta al Espíritu; mientras que si escuchase


la realidad vería que, en nombre del carisma, estoy buscan­
do mi afirmación exhibicionista. Me dedico al servicio de los
pobres y, en cambio, doy a los demás con el fin subconsciente
de recibir. ¿Estas ilusiones pueden bastarme?

En efecto no bastan. Nadie puede tolerar una estima de sí


construida en detrimento de la realidad. Una seguridad artifi­
cial no da seguridad. A este punto, la personalidad humana
(¡no patológica!) tiene que cicatrizar esta herida narcisista ela­
borando mejor el propio sistema defensivo, de modo que ex­
perimente esa estima de sí defensiva, en cambio, como estima
realista. Lo que es miedo es sentido como valor, lo que es hui­
da es experimentado como confrontación, lo artificioso como
genuino, el pretexto como razón verdadera, la ocasión marginal
como la causa responsable. En otras palabras: la persona se de­
fiende y luego se defiende de reconocer que se está defendiendo. La
alienación de quien no se cree alienado.

La personalidad se puede organizar en torno a un siste­


ma de defensas, algunas más centrales y otras más periféri­
cas. Las más centrales sirven para defenderse de un conflic­
to. Las más periféricas sirven para negarnos a nosotros
mismos el uso de las primeras. Una red de defensas en la
que una sirve para defenderse de otra puesta precedente­
mente. Hay, por tanto, una organización de las defensas a
varios niveles: la racionalización contra la negación, la forma­
ción reactiva para no reconocer haber reprimido; a un nivel
más central proyecto (eres tú quien me hace enojar) y a otro
nivel racionalizo (me creo una teoría a posteriori que de­
muestre que tengo razón justamente en decir que el proble­
ma eres tú): en esta forma puedo continuar proyectando sin
encontrarme jamás con la real naturaleza defensiva de mi
modo de actuar. No siempre es posible poner una señal cla­
ra entre los varios niveles de defensa; de todos modos, cuan­
do se organizan en tal modo, los niveles más centrales son
inconscientes y automáticos y los niveles periféricos (defen­

299
Amadeo Cenáni y Messandro Manmti

sa de la defensa) son más preconscientes o francamente


conscientes y voluntarios6.

Podemos, entonces, hablar de dos clases de defensas7:

1. Defensas estratégicas: son operaciones psíquicas centrales


gracias a las cuales la persona hace frente a las propias
necesidades infantiles. Por ejemplo: niego la evidencia
de ciertos hechos para no cambiar conducta; desplazo
la atención de un problema más urgente pero más peno­
so a uno menos urgente pero menos difícil de aceptar;
me presento siempre disponible para ser estimado, com­
placiente con los demás, para obtener luego favores.

2. Defensas tácticas: son operaciones psíquicas secundarias


que sirven para no reconocer conscientemente el uso de
las defensas estratégicas. De ordinario son menos incons­
cientes que las precedentes. Niego, pero me digo a mí
mismo que no estoy negando sino viviendo la virtud de
la paciencia. Descargo enojo sobre los demás, pero me
convenzo que estoy luchando por los ideales. Tengo una
relación infantil de dependencia afectiva, pero la presento
a mí mismo como relación para el bien del otro, actual­
mente con necesidad de ayuda.

Se requieren meses, y a veces años, para llevar a una


persona a aceptar que se está defendiendo. Cada vez que se
encara a esta posibilidad, tenderá a descartarla como algo
que se refiere a los neuróticos y no a los normales como él.
Sólo si acepta, también en sí, la posibilidad de engañarse
sin quererlo, podrá luego pasar a identificar los puntos nu­
cleares de la propia personalidad que más piden conver­
sión. Antes de convertirse, hay que sentir la necesidad de
la conversión y -antes todavía- admitir que es normal, o sea

6 M. Gilí, Topography and Systems in psychoanalysis theory. Psychological Is-


sues, Monograph 10, Internat. Universities, New York, 1963, p. 123.
7 P. A. Dewald, The handling of resistences in adult Psychoanalysis, en
«Int. J. of Psycho-Analysis», 1(1980), pp. 61-69.

300
l o s M :c a n is m o s d e D e f e n s a

que puede suceder, que el hombre se cuente historias y


después las tome como verdad.

De aquí se concluye la relación directa entre conocimiento obje­


tivo de la realidad y madurez intrapsíquica del sujeto que conoce.
Para conocer objetivamente debemos examinar el objeto del conocer,
pero también el yo que examina. Los psicoterapeutas saben bien que
es imposible comprender realistamente los conflictos de los demás
sin comprender los propios conflictos y las propias transferencias. Por
esto deben someterse a análisis personal. Desgraciadamente muchos
psicoterapeutas no lo hacen. Así como muchos pastores de almas pre­
tenden examinar a los demás sin examinarse a sí mismos, o hay hom­
bres que juzgan la realidad sin registrar el propio modo de ver. En
todos los casos con efectos desastrosos.

Todos los hombres más o menos se defienden. Lo extraño es


encontrar por casualidad gente que no se defiende. No defenderse
significa exponerse a la realidad, por tanto a la crítica, a esquemas
cognoscitivos diversos de los nuestros. Todo esto es fuente de ansie­
dad para todos. Quien no tiene una estima realista vive en un siste­
ma cerrado y se defiende rígidamente de la realidad. Pero, aun quien
tiene una estima realista a veces se retira, se esconde o accede a
compromisos, aunque con menor rigidez. Que la defensa sea la nor­
ma y no la excepción, basta mirar en torno nuestro. A nuestros hijos
les decimos «tú calíate, yo soy tu padre»; a nuestras esposas les man­
damos un mensaje silencioso «no saques los problemas; si me criticas
quiere decir que has sido una tonta en casarte conmigo». Los ancia­
nos transmiten a sus familiares «soy viejo y frágil. Si me lastimas me
muero y lo cargarás sobre tu conciencia». Hacemos comprender a
nuestros empleado «si no estás de acuerdo conmigo, debes ser pru­
dente en decirlo o te encontrarás en la necesidad de buscar otro em­
pleo». No sólo los individuos, sino también las instituciones son nota­
bles por su habilidad para protegerse del reto de la realidad: por
ejemplo el tabú de la muerte®.

3. Jerarquía de las defensas

De cuanto se ha dicho, aparece clara la relación entre


mecanismos de defensa -apertura a la realidad- gestión de
los propios sentimientos. Mientras más fuerte sea el sistema
8 V. Messori, Scomessa sulla morte, Sei, Torino, 1983.
Amadeo Cenáni y Messandn M mm ti

defensivo, menores serán la objetividad del conocimiento y


el uso creativo del potencial afectivo interno, con el resulta­
do final de una estima de sí sobre bases compensatorias. Al
contrario, mientras menores sean las defensas, la estima de
sí será más realista, como resultado de la confrontación con
el mundo externo y el mundo emotivo interno.

Pero no todas las defensas nos cierran en el mismo


modo. Ya Freud postuló la posibilidad de la jerarquía de las
defensas^. En 1955 C. Brenner observó que el esfuerzo por
establecer tal jerarquía no fue muy compartido10. Después
de él G. L. Engel1* y K. Menninger12 publicaron una jerar­
quía de defensas. Pero los estudios más importantes y re­
cientes a este proposito son los de G. Vaillant13 y, sucesiva­
mente, de H. Bond14. Otros, pero no sobre base empírica
9 S. Freud, La nevrosi da difesa, en Opere, o.c., II, pp. 49-57; Progetto di
una picologia, en Opere, o.c., II, pp. 251 ss.
10 C. Brenner, An elementary textbook of Psychoanalysis, Internat. Univ.
Press Inc., New York, 1955, p, 101.
11 G. L. Engel, Psychological development in health an desease, W. B. Saun-
ders Co., Philadelphia, 1962.
12 K. Menninger, The vital balance, Viking Press Inc., New York, 1963.
13 G. E. Vaillant, Adaptive Ego Mechanisms. A 30-years follow-up of 30 men
selected for Psychological Health, en «Archives of General Psychiatry»,
24(1071), pp. 107-118; G. E. Vaillant - C. C. McArthur, Natural history of
male psychological health: I the life cycles from 18-50, en «Semin Psychiatry»,
4(1972), pp. 417-429; G. E. Vaillant, Natural History of male psychological
health: II; some antecedents of healthy adult adjustement, en «Arch. Gen.
Psychiatry», 31 (1974), pp. 15-22; ídem, Natural history of male psychological
health: III; Empirical dimensions of mental health, en «Arch. Gen.
Psychiatry», 32(1975), pp. 420-426; G. E. Vaillant, Natural history of male
psychological health: V; the relation of choice of ego mechanisms of defence to adult
adjustement, en «Archives of General Psychiatry», 33(1976), pp. 535-545;
ídem, Adaptation to life, Little Brown, Boston, 1977; G. E. Vaillant, E. Mi-
lofsky, Natural history of male psychological health: IX; Empirical evidence for
Erikson’s model of the Ufe cycle, en «American Journal of Psychiatry»
127(1980), pp. 1248-1359; G. E. Vaillant - E. Milofsky, Natural history of
male alcoholism: IV; Paths to recovery, en «Archives of General Psychiatry»,
39(1982), pp. 127-133.
14 H. Bond y cois., Empirical study of selfrated defense styles, en «Archives
of General Psychiatry», 40(1983), pp. 333-338.

302
Los ^ M e ca n ism o s d e D e f e n s a

como los dos precedentes, son los de A. Ronco15 y A. Co-


llette16. Dada la importancia de los estudios de Vaillant, en
la bibliografía referimos ampliamente sus fuentes. Partiendo
de estos estudios podemos construir una jerarquía de las de­
fensas en base a dos variables:

- Grado de distorsión-, una defensa particular ¿cuánto


distorsiona o hace ciegos? Veremos -sobre todo refi­
riéndonos a los estudios de Vaillant - que algunas
defensas son más destructivas o primitivas que otras.

- Objeto de la distorsión-, una defensa particular ¿qué dis­


torsión produce o a qué hace ciegos? Veremos que al­
gunas defensas se asocian más a ciertos problemas que
a otros. Para esta segunda variable seguimos los estu­
dios de Bond y en parte los de Ronco y Gollette.

Veremos después ambas variables (cuanta y qué distor­


sión) en relación a la materia contra la cual actúa la defensa,
que es siempre doble: realidad externa y realidad afectiva in-
trapsíquica. Así, toda defensa nos ofrece tres informaciones:

1. Cuánto es adaptativa.

2. A qué problemas sobre todo está correlacionada.

3. Cómo se pone en relación la persona con la realidad


externa e interna.

Esta jerarquía es siempre aproximativa: los mismos estu­


dios de Vaillant no son definitivos y todavía hoy son someti­
dos a verificación17. De todos modos tiene su valor puesto
que, en base a la defensa usada, podemos tener indicios so­

15 A. Ronco, Introduzione alia psicología, /, o.c., pp. 72-94.


16 A. Collette, La psicología dinamica, La Scuola, Brescia, 1975, pp. 161-196.
17 J. R. Battista, Empirical test of Vaillant’s hierarchy of ego functions, en
«American Journal Psychiatry», 139(1982), pp. 356-357.

303
Amadeo Cmtini y Messandro Manenti

bre la madurez de una persona y su modo de regirse a sí


misma y al mundo.

Por ejemplo (sígase la síntesis en la tabla X):

- Supresión: su uso dice que: 1) el grado de apertura a


la realidad es bueno, en efecto estamos en el grado
IV; Z) el estilo es de confrontación abierta, 3) ya sea
con la realidad o con los propios sentimientos, usa­
dos creativamente con el apoyo de los valores.

- Desplazamiento: 1) el grado de apertura a la realidad


es menor, estamos en efecto en el grado III; 2)
como quiera que sea, la realidad es bastante respeta­
da, aunque reinterpretada en términos más favora­
bles al yo, 3) a causa de problemas relacionados con
la gestión de los propios sentimientos.

- Idealización primitiva: 1) el grado de madurez es preo­


cupante (grado II); Z) el estilo es de distorsión de la
realidad, 3) transformada a causa de problemas de ima­
gen del yo.

- Negación: 1) estamos a nivel todavía más preocupan­


te (grado I); Z) la realidad es negada; 3) hay proble­
mas no sólo de autoestima e imagen del yo, sino
también de comportamiento externo.

Grado de distorsión:
¿qué tanto vuelve ciegos la defensa? Se pueden dividir las
defensas en 4 grados, partiendo del grado 1 como el que
ciega más.

304
Los M íc a n is m o s d e D e f e n s a

1. Defensas narcisistas18:
los apecto de realidad externa son negados o rechazados. Las
pruebas de la vida que demuestran lo contrario de cuanto el
sujeto piensa o quiere, no tocan su atención, que permanece
ciega a la evidencia. ¿Un hecho crea ansia?: lo ignoro, así para
mí ya no existe (negación), me encierro en mi castillo de mar­
fil (retraimiento social), protesto por su existencia (acting-out),
lo atribuyo a otro (proyección), hago regresar el tiempo hasta
antes de que surgiera ese hecho (regresión), busco cancelarlo
(anulación retroactiva).

2. Defensas inmaduras'.
la realidad no es negada sino transformada. Y esto la persona
lo hace no manipulando directamente la realidad (estaríamos
en los delirios y en las alucinaciones psicóticas), sino actuan­
do sobre la relación con la realidad. Busca alterar los senti­
mientos que nacen del impacto con la realidad penosa, de
modo que la respuesta emotiva, así alterada, sea capaz de
dar a la realidad una tonalidad diversa de la original. Por
tanto: choque con realidad alteración del sentimiento que se
deriva realidad que aparece bajo luz diversa.

Son muchos los caminos para hacer esto:

- Omnipotencia: en lugar de débil me siento imbatible;


así el elefante encontrado antes, se convierte a mis
ojos en un ratoncillo.

- Idealización primitiva: se encuentra un salvador omni­


potente a cuya sombra estar seguros: el grupo en­
grandecido, el amigo divinizado que es la respuesta
a todos nuestros problemas, la carrera idolatrada ...
Se rechazan la soledad, el fastidio, la duda.

18 Este y los otros términos que señalan los 4 grados no son tomados
en su sentido clínico, sino que indican menor o mayor adaptación social y
psicológica. La terminología es la propuesta por Vaillant, adoptada tam­
bién por Freedman, Kaplan y Sadock en la obra citada en la nota 89 del
cap. 4, parte I.

305
Amadeo Gmdni y Messandm Mcmmti

- Vuelta contra sí mismo: si la realidad provoca miedo,


me presento todavía más débil e inerme y así ten­
drán piedad de mí. Como el ciervo que en el último
momento de la lucha presenta el cuello al adversa­
rio, sabiendo que el enemigo, apiadado, no se ensa­
ñará sobre él.

- Fantasías esquizoides y pensamiento mágico: me ilusiono


en los sueños en espera que algo caiga del cielo.

Tantos modos para transformar mi respuesta emotiva a


la realidad que, vista con un estado de ánimo nuevo, me pa­
recerá menos dura.

3. Defensas neuróticas-.
ya no se pretende que la realidad sea diversa; se la acepta,
pero haciéndole alguna modificación. Es reinterpretada para
asegurarse una mayor adaptación social. La persona está en
condición de responder a las exigencias sociales, pero su
problema es interior, de adaptación psicológica: la relación
con los propios sentimientos.

A este nivel el riesgo es de moverme bien en el mundo,


pero llevando en mí, un sentimiento fastidioso: lo sofoco
apenas surge (represión), lo neutralizo con el pensamiento
(aislamiento), lo justifico con razones plausibles (racionaliza­
ción), lo cubro con su opuesto (formación reactiva), lo desvío
hacia blancos más inofensivos (desplazamiento). El contacto
con la realidad no queda comprometido, sino subordinado y
modelado por esta mala gestión de los propios sentimientos.

4. Defensas maduras-.
permiten la aceptación de la realidad, la buena gestión de
ella y de los sentimientos interiores. En este momento no
se habla ya de mecanismos de defensa, sino de mecanismos
protectores de control: supresión, anticipación, sentido del
humor.

306
Los M ;c a n is m o s d e D e f e n s a

Existe, por tanto, un continuum de cerrazón-apertura a la


realidad. Desde un extremo de clausura total al extremo
opuesto de disponibilidad, con los pasos intermedios de mala
gestión de la realidad y de los propios sentimientos. Un conti­
nuum -es bueno recordar- del hombre normal y no patológico.

Objeto de la distorsión-.
¿cuál es el problema que reclama una defensa particular?
defenderse quiere decir no afrontar algo: ¿qué?

1. Problemas de comportamiento'.
algunas defensas sugieren una desadaptación no sólo psico­
lógica (incorrecta gestión de los propios sentimientos), sino
también social (incapacidad de tratar eficazmente con el am­
biente). Minan la toma de responsabilidad personal, puesto
que su uso impide a la persona dirigir los propios impulsos
con acciones constructivas que se encaminen al beneficio
propio. El sujeto apartado debe ser incitado a actuar, la per­
sona «acting-out» debe ser controlada. La proyección impide
la autocrítica; la negación oscurece los términos exactos de
la situación, por lo que la solución está ya comprometida
desde el inicio; la regresión es un modo de evadir; el desa­
cuerdo hace razonar en términos exagerados de «todo her-
moso»-«todo feo» con cambios continuos de humor.

2. Problemas de imagen (propia y de los demás)'.


como las precedentes, estas defensas minan las relaciones
sociales, pero no la capacidad de trabajar. La persona es ca­
paz de trabajar, pero incapaz de amar: puede aun ser una
persona exitosa, pero no consigue formar relaciones maduras
porque tiene una imagen irrealista de sí y de los demás. La
razón varía según la defensa usada: la persona tiene un con­
cepto inflado de sí que debe defender contra los demás
(omnipotencia); absolutiza irrealistamente a los demás (idea­
lización); se ve culpable de todo lo que sucede mal (intro-
yección); o bien se encierra en su espléndido aislamiento
(fantasías esquizoides).

307
Amadw Cencini y Messandro Manenti

3. Problemas de autoestima'.
estas defensas crean problemas acerca del uso propio del po­
tencial psíquico. Se trabaja, se tienen relaciones, pero se es in­
capaz de gozar de la vida. La lógica de estas defensas conduce
a la persona a no aceptarse en los propios sentimientos, res­
pecto de los cuales hace obra de selección y de censura. Son
defensas que llevan a la automutilación psíquica: «me siento
insatisfecho», «estoy en crisis», «nada tiene sentido»...

4. Capacidad creativa'.
ya no mecanismos de defensas, sino mecanismos protectores
de control que permiten el dominio de los conflictos (antici­
pación), los ponen momentáneamente entre paréntesis (su­
presión), y los evalúan con desapego (humorismo). Es la
persona madura: capaz de trabajar, amar, gozar de la vida.

Como se ve, hay una jerarquía que va hacia el siempre


mayor impacto constructivo en confrontación con las vicisi­
tudes de la vida. Se parte de los problemas de comporta­
miento. Luego están los problemas sobre la visión realista
de sí y de los demás como base para la relación afectiva. Su­
biendo todavía, encontramos problemas de personas que tie­
nen relaciones más estables, pero que no consiguen expresar
todo su potencial. En la cima encontramos personas que
consiguen dar una expresión creativa del propio yo. Es el
paso de la vida misma: problemas de control de los impul­
sos, problemas de relación, de identidad, de vocación: pie­
dras miliares con las que el hombre debe medirse. Si las
afronta en modo defensivo, entonces deberá pagar un precio
a la vida renunciando a algo: la capacidad de trabajar, amar,
gozar o crear según valores trascendentes.

Una última observación: hemos hecho la distinción entre


madurez psicólogica y madurez social. La segunda se limita
a la dimensión de la relación social; la primera, en cambio,
incluye también la identidad interior y la capacidad de reali­
zar en lo social los valores en los que se cree. Los dos tipos
de madurez no se identifican: se puede ser adaptados social­

308
Los AfeCANISMOS DE DEFENSA

mente, pero con la confusión en el corazón. La madurez


psicológica comprende más que la social: donde hay desa­
daptación social hay, también, desadaptación psicológica;
donde hay adaptación social no necesariamente hay adapta­
ción psicológica; y donde hay adaptación psicológica es más
fácil que haya adaptación social. La dimensión intrapsíquica
es la variable más importante para la felicidad del hombre.

4. Definición de los mecanismos de defensa

Veamos ahora las defensas más importantes. Dejamos a


un lado las defensas que interesan a la psiquiatría y a la
práctica clínica. Tratamos sólo de las que son más frecuentes
y que, en particular quien quiera dar una ayuda de crecimien­
to, debería saber reconocer, porque están más directamente en
relación con el mundo de los valores. Nos detenemos en ellas
porque nuestra actividad de formadores nos confirma su im­
portancia. Reconocerlas significa saber dónde se encuentra
el verdadero problema de una persona o de un grupo, y ubi­
car bien el problema es esperanza para su solución. En el
elenco seguimos el orden de la tabla X.

Quien quiera profundizar en este tema, puede acudir a


las obras de A. Freud19, N. Cameron y A. Magaret20, H. P.
Laughlin21, además de las ya citadas de A. Ronco15 y A.
Collette16.

a.- Rechazo de la realidad -Problemas de comportamiento

Retraimiento social: tendencia a replegarse sobre sí mis­


mo como consecuencia de la incomodidad en la confronta­
ción con la realidad y con los propios sentimientos.

19 A. Freud, L ’io e i meccanistni di difesa, G. Martinelli, Firenze, 1977.


20 N. Cameron - A. Magaret, Patología del comportamento, o.c., 1962.
21 H. P. Laughlin, Le nevrosi nella pratica clínica, Giunti-Barbera, Firen­
ze, 1967; ídem., The ego and its defenses, Jason Aronson Books, London,
1979.

309
Amadeo Cencini y Messandm Manenti

Tabla X
Elenco de los mecanismos de defensa

I 11 III IV
Narcisistas Inmaduras Neuróticas Maduras:
mecanismos
protectores de
control
— realidad — realidad — realidad re- — realidad
rechazada transformada interpretada aceptada

— problemas — problemas — problemas — capacidad


de compor­ de imagen de auto­ creativa
tamiento propia y de estima
los demás

Retraimiento Formación
social reactiva
Acting-out Omnipotencia Compensa­
Escisión Idealización ción
Negación primitiva Racionaliza­
Fijación Reacción ción
Regresión contra sí Intelectuali-
Anulación mismo zación
Retroactiva Fantasía Aislamiento Supresión
esquizoide Desplaza­ Anticipación
Pensamiento miento Buen humor
(Incapacidad mágico Represión-
de encauzar remoción
los
sentimientos (Incapacidad
y de tratar de relaciones (Incapacidad
eficazmente sociales) de gozar de
con el sí y de la
ambiente) vida)

310
Los AfeCANISMOS DE DfeFENSA

Se expresa como carencia de iniciativa, incerteza del


propio papel, incomodidad en las relaciones sociales, caren­
cia de planeación por la que el futuro es dejado al acaso,
empeño en cosas de rutina en detrimento de la innovación.
Un ejemplo puede ser la jubilación precoz: sacerdotes toda­
vía jóvenes que se retiran a la vida privada no por haber lle­
gado al límite de edad, sino porque se sienten inadecuados
a las exigencias de hoy. No hay necesidad de presentar la di­
misión, basta hacerse inamovibles y hacer las cosas de rutina.
Otro ejemplo es la búsqueda del nido: se busca el propio aco­
modo, la parroquia se convierte en el propio reino donde na­
die puede interferir. Las iniciativas a nivel diocesano no alcan­
zan a superar el muro de protección del propio nido.

Es de notar que, según importantes investigaciones, esta


defensa juega un papel central en la crisis de los sacerdotes.
En particular son impresionantes 4 investigaciones reporta­
das -entre otros- por A. Godin^; la encuesta sobre la insatis­
facción profesional en el sacerdocio en España, ordenada en
1969 por la Conferencia Episcopal Española; una encuesta
análoga en Canadá en 1971; el estudio psicosociológico so­
bre el abandono del sacerdocio en USA del Este, en 1969;
la encuesta, en todo el territorio de los Estados Unidos, so­
bre sacerdotes norteamericanos, dirigida por el Centro Na­
cional de Investigaciones sobre la Opinión y ordenada por la
Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, en 1971. En
todas aparece claro que las motivaciones de insatisfacción
sacerdotal son: el miedo frente a un sacerdocio incierto y os­
curo, el sentimiento de impotencia frente a la situación, la
conciencia de no ejercitar ya ningún control sobre el propio
destino, sentimientos de soledad e inutilidad. El deseo del
matrimonio -observa Godin- es más una consecuencia del
abandono que un factor determinante del abandono. Cuan­
do un sacerdote abandona y se casa, se puede decir que en
4 casos sobre 5 ha sido problema de soledad y aislamiento.
La dificultad del celibato es la manifestación de una crisis

22 A. Godin, Psychologie de la vocation; un bilan, Du Cerf, Paris, 1975;


también en «Le supplément», 113(1975), pp. 151-236.

311
Psicología... 21
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

más general. El deseo de casarse es más una consecuencia


que un factor causal derminante.

El retraimiento social, puede también ser una defensa


de grupo: el grupo como evasión de la realidad conflictiva,
para encontrar en él respuestas y soluciones en una relación
inmediata y acogedora, sin pasar por la confrontación con la
realidad externa. A este propósito son relevantes las observa­
ciones de Godin sobre algunas experiencias de grupo en la
Iglesia23.

Acting-out.
literalmente significa actuación externa. Es la descarga di­
recta de un deseo o impulso inconsciente para evitar llegar a
conocer el afecto que acompaña tal deseo o impulso.

Se trata de un corto circuito entre estímulo y acción, una


descarga explosiva de esa tensión que resultaría del admitir
deseos inaceptables. La descarga tiene lugar a través de un
acto (o una serie de actos con una intención común) que es
impulsivo, inmediato, sin pasar a través de la evaluación ra­
cional. Son las acciones impulsivas, los caprichos, los actos
de autodestrucción como la delincuencia y la droga, las re­
beliones provocativas, las testarudeces obstinadas.

Un ejemplo clásico: el muchacho que frente a las incom­


prensiones de los padres asume una actitud de «tirar gol­
pes». Con esta provocación demuestra no tener necesidad
de nadie, y así se esconde a sí mismo la necesidad subya­
cente, desesperada, de recibir escucha y ternura. La realidad
le diría que está indefenso y hambriento, pero él responde
que es autónomo. Con el comportamiento rechaza, pero su
necesidad demanda y él pide rechazando. Su rebelión es
una tentativa (ineficaz) de comunicar la solicitud de ayuda,
expresada sin embargo, con el mensaje «no tengo necesidad
de nadie».

23 A. Godin, Psicología delle esperienze religóse: il desiderio e la realtá, Que-


riniana, Brescia, 1983, oo. 97-121.

312
l o s AfeCANISMOS DE DEFENSA

Con palabras declara autonomía, pero el afecto reclama


apoyo. A simple vista se diría que es un cachorrito necesita­
do de cariño. En la misma línea van algunos estudios sobre
la delincuencia juvenil: es fácil que el comportamiento de­
lincuente, especialmente en los adolescentes, esté asociado
a una depresión subyacente, aunque no visible inmediata­
mente 24

Pueden ser vistos como acting-out, también, ciertos com­


portamientos juveniles: el vestir con una apariencia externa
de agresividad y ausencia de prejuicios; el hablar en térmi­
nos provocantes que esconden la inhibición; las discotecas
llenas que ofrecen rápidas e ilusorias soluciones de libera­
ción, con la finalidad de no medirse con los propios afectos,
por temor de vérselos dentro.

Ya que en la práctica pastoral se encuentra fácilmente


con casos de este género, busquemos descifrar el significado
psicodinámico del acting-out. Podemos verlo estructurado en
tres niveles sobrepuestos: a) descarga de la tensión, b) para
salvaguardar ilusoriamente la integridad del yo, c) contra un
afecto inaceptable que es echado fuera de manera furtiva^5.

Esto quiere decir que un acto de acting-out debe ser desci­


frado, puesto que contiene diversos significados sobrepuestos.

Primer significado'.
el más obvio y visible a simple vista (la prepotencia del mu­
chacho). Se descarga la tensión, en lugar de regularla. Es un
acto al servicio de los impulsos (lo debo hacer) y no conse­
cuencia de la planeación (lo quiero hacer). El impulso se
presenta perentorio; anticipa y fulmina toda consideración
de la realidad. Con este acto, el sujeto acting-out intenta re­
mover de sí, poniéndolo violentamente fuera de sí, lo que
no puede ser soportado y elaborado.
24 J. Chiles y cois., Depression in an adolescent delinquent population, en
«Archives of General Psychiatry», 37(1980), pp. 1179-1184.
25 E. Gaddini, Acting out in the psychoanalytic session, en «Intern. Journal
of Psycho-Analysis», 1(1982), pp. 57-64.

313
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

Segundo significado:
(el miedo del muchacho de admitir la propia dependencia) a
un nivel más profundo está el miedo de la pérdida del yo.
Descargando la tensión, el yo se ilusiona de haberse libera­
do y de haber conseguido un sentido de plenitud que susti­
tuye la incomodidad: A través del acting-out se busca tran­
quilizar la propia integridad liberándola de la tensión.

Con la prepotencia, el muchacho se ilusiona de ser auto-


suficiente. Después del desahogo, el adulto se cree ser más
fuerte que antes. Con la aventura, el marido incapaz se ilu­
siona de ser un gran amante. Con la provocación, el miedo­
so se atribuye una omnipotencia mágica.

Tercer significado:
la solicitud enmascarada. Es el nivel más profundo que con­
tiene el núcleo esencial del acting-out. La tensión por descar­
gar se debe a la presencia de un afecto que no quiere reco­
nocer. El muchacho de nuestro ejemplo no quiere reconocer
la propia sed de afecto, que echa fuera de sí con acabado
agresivo. El verdadero mensaje de su prepotencia es un gri­
to de ayuda que él mismo se resiste a admitir.

El mensaje del acting-out es semejante al del náufrago


que lanza la botella al mar; pero con una hoja escrita en có­
dice para evitar -frente a sí y los demás- la responsabilidad
de remitente. Un mensaje enmascarado que evade la censu­
ra hasta de quien lo manda. Se busca así robar una respues­
ta, pero sin hacer ver la solicitud, de la cual -si fuese descu­
bierto- el interesado rechazaría la paternidad. En efecto,
apenas el mensaje clandestino es descodificado y satisfecho
(en nuestro caso, los padres tienen más en cuenta al mucha­
cho), el sujeto acting-out aumenta la negación provocativa (hace
todavía más maldades). Paradójicamente, mientras mejor es in­
terpretado el mensaje, más aparece la reacción negativa: se ha
revelado lo que debía pasar escondido. Es el caso del droga-
dicto descubierto en sus demandas más profundas y que vuel­
ve a drogarse o desaparece, porque debe minimizar la ayuda

314
Los AfeCANISMOS DE ífeF E N S A

recibida y continuar robando afecto sin hacerlo ver; o también el


muchacho rebelde que en algunos raros momentos confía, pero
apenas se da cuenta de haberlo hecho se avergüenza de ello y
se vuelve a atrincherar en su postura de choque.

Si se quiere ayudar a personas semejantes, hay que prote­


ger esta clandestinidad; dar sin hacerlo ver, intuir el mensaje
sin hacerlo público y mucho menos a quien lo ha mandado.
Aceptar una comunicación que es y que permanece en sentido
único: se sabe aceptar una alianza clandestina, no reconocida
por quien obtiene beneficio de ella y no gratificante para
quien la ofrece (lo que el educador no será capaz de hacer si
tiene necesidad de ver apreciado su don). La única comunica­
ción de retorno que se puede esperar, es que el sujeto acting-
out comience a tener confianza en el otro, sabiendo que habrá
alguien a quien abrirse cuando pueda salir de la clandestinidad
ya sin miedo26. En este momento será posible un viaje de re­
torno: identificación del afecto, antes rechazado, y toma de res­
ponsabilidad en confrontación con el mismo, a través de su
gestión y no por medio de su descarga evasiva. Ejemplos de
esta acción educativa se encuentran bien expresados en el li­
bro de B. Bettelheim E l amor no bastaP.

Escisión (Splitting): activación alternativa de estados del


yo contradictorios y mantenidos separados el uno del otro,
pero ambos activos en modo alternado.

Toda decisión reponsable comporta el sopesar las diver­


sas alternativas para elegir después sobre la base de una cer­
teza sólo moral y no matemática: demasiado riesgo; y enton­
ces dividimos, de una vez y por todas, lo que es bueno y lo
que es malo, lo hermoso y lo feo y así se piensa andar sobre
seguro. Un estilo frecuente en ciertos ambientes: el sacerdo­
26 R. R. Monroe, The psychotherapy of the impulsive and acting out patient,
en «The journal of the American Academy of Psychoanalysis», 1(1982),
pp. 1-26; E. R. Shapiro y cois., The borderline ego and working alliance: indi-
cations for family and individual treatment in adolescence, in «Internat Journal
of Psychoanalysis», 1(1977), pp. 77-87.
27 B. Bettelheim, L ’amore non basta, Ferro, Milano, 1967.

315
Amadeo Cendni y Messandro Manmti

te que ha pasado sus años de teología evadiéndose en tantas


actividades que lo sostuviesen, cuando se encuentra respon­
sable en primera persona, descubre toda su propia inadecua­
ción y fragmentariedad interior. Para recrearse puntos de
referencia tranquilizantes, debe abolir las ambivalencias que
toda realidad comporta. Y así divide la realidad: aísla la posi­
tividad sobre algunas situaciones o personas, que llegan a
ser «totalmente positivas»; y descarga la negatividad sobre
situaciones o personas, que se convierten, en cambio, en
«totalmente negativas». En tal modo, con la intolerancia y el
dogmatismo esa realidad confusa llega a ser a sus ojos clara
y distinta y él se tranquiliza.

La escisión se refiere al yo mismo: es como si hubiese dos


yo, separados entre sí en las emociones, pero no en la memo­
ria. La persona se ve alternativamente como «todo buena« y
«todo mala». Cuando está en un extremo puede también re­
cordar el otro, que sin embargo no consigue integrar emotiva­
mente con el actual: está, pero en ese momento no tiene nin­
guna carga emotiva y por tanto no influye en el modo actual
de sentirse. Falta una visión unitaria de sí mismo.

Esta defensa puede también referirse a los objetos ex­


ternos, por lo que hay vuelcos imprevistos de todos los sen­
timientos referentes a una persona o una actividad. El otro,
de dios se convierte en diablo o viceversa. Cuando odia re­
cuerda el otro sentimiento positivo que, sin embargo, no lo­
gra integrar con el actual: «hoy me ha desilusionado; lo ama­
ba, es verdad, pero esto no significa nada: nunca ha habido
nada entre nosotros. Me había casado con él por amor, pero
hoy no puedo sino odiarlo».

En la base, hay una defectuosa función sintética del yo:


no se consigue integrar aspectos contradictorios en un cua­
dro unitario y completo. Un buen concepto de sí y del otro
debería saber aceptar las ambivalencias, con la confianza
que puedan ser contenidas en una visión prevalentemente
positiva.

316
Los AfeCANISMOS DE DEFENSA

Proyección:
contra peligros que vienen del exterior, la persona puede
sentir intactas sus capacidades de lucha; pero si el peligro
viene de adentro, su misma energía es puesta en crisis: por
tanto, el peligro es eliminado. Y esto lo hace la proyección,
que desplaza al exterior el peligro interno. «¿He engañado?
No, él es el tramposo». «Puedo incluso admitirlo: he sido un
ingenuo; pero mira qué clase de embustero». «Si he tenido-
que actuar así es porque la institución me ha obligado». «Yo
no estoy acusando, sólo estoy defendiéndome de vuestros
ataques». Es el mecanismo paja-viga: veo la viga en los demás
(real o imaginaria), descuido mi paja; y no me doy cuenta que,
a veces, la viga en los demás es sólo mi paja agigantada. Los
procesos en las intenciones tienen aquí su origen.

Hay dos formas de proyección:

Suplementaria: evitar reconocer los propios impulsos ina­


ceptables atribuyéndolos a otros («no soy yo quien está ner­
vioso, eres tú»).

Complementaria: atribuir a los demás los motivos que


explicarían las propias turbaciones («estoy nervioso, pero me
lo has provocado tú»).

La proyección es una defensa cómoda, pero igualmente


peligrosa:

- bloquea la comunicación: ver a otro a través de sí


mismo impide percibirlo como él es verdaderamente.
La relación ya no es yo-tú, sino yo y mi prejuicio so­
bre ti;

- distorsiona la realidad: es deformada por una percep­


ción subjetiva, guiada por los propios prejuicios, que
empujan a buscar en la realidad el indicio de cuanto
se quiere que ella contenga;

317
Amadeo Cenáni y Alessatidtv Manmti

— crea excesiva vigilancia en quien la usa: sus produc­


tos son la sospecha injustificada, los prejuicios, la
tendencia a coleccionar agravios sufridos, el rencor;

- ego-sintónica: no es considerada como patológica por


quien hace uso de ella; quien, por esto, no sólo no
hará nada para corregirla, sino que ni siquiera se dará
cuenta de tratar al otro como una pantalla. Más aún,
si alguien se lo hace notar, se convertirá en el mejor
adversario de sus proyecciones. Es una defensa que
actúa también a nivel social. Está a la base del chivo
expiatorio sobre el cual cargar las responsabilidades,
agravios, culpas e inmadureces personales28. De es­
tas actitudes derivan: rigidez y repetitividad del jui­
cio; condena fácil y rápida del otro; intolerancia
acentuada. La proyección contribuye a la formación
de sectas: nos coligamos entre nosotros mismos y
arrojamos sobre los demás los aspectos inaceptables
de nosotros mismos para ver, después, esos enemi­
gos con difidente superioridad y conmiseración. Rei­
na en las «pseudocomunidades paranoides», de per­
seguidos o perseguidores: los demás (especialmente
figuras de autoridad), son vistos contra nosotros, su­
jetos de los cuales defenderse.

Algunas condiciones favorecen el desarrollo de la proyec­


ción: la creciente complejidad ambiental, el sentido de inade­
cuación personal, la necesidad de seguridad contra las contra­
dicciones y las dudas, la incompetencia en el propio papel o
las desilusiones de la vida. Quizás está aquí una de las explica­
ciones de la difusión, hoy tan amplia, de esta defensa.

Negación:
aspectos dolorosos de la realidad son inconscientemente tra­
tados negando su existencia.

28 A. Manenti, Vivere insieme; aspetti psicología, Dehoniane, Bologna,


1981, pp. 33-43.

318
lo s M e c a n is m o s d e D efen sa

Un hombre afectado por un tumor, puede soñar que


está sano (negación en la fantasía); luego de la imprevista
noticia de un luto, al menos por un tiempo diremos «no es
verdad, no es posible». Se quiere evitar la percepción de
algo doloroso que proviene del exterior.

Esta defensa anula una importante función del yo: reco­


nocer y someter a examen crítico la realidad de los objetos.
Por esto, si alineamos las defensas en un continuum de pa­
tología, la negación es puesta en el extremo opuesto de la
salud. Es común en las psicosis, pero no en los adultos, en
quienes debería aparecer sólo en modo momentáneo frente
a un stress muy severo. Conforme el adolescente aprende a
enfrentar los conflictos, a la negación sustituye progresiva­
mente la represión que, a su vez, en el adulto es sustituida
por la supresión.

Fijación:
en el desarrollo psíquico el individuo pasa a través de esta­
dios evolutivos, cada uno de los cuales está caracterizado por
específicas cualidades. Se habla de fijación cuando el desa­
rrollo se detiene -en modo parcial o total- en un estadio, sin
pasar a los superiores que el crecimiento integral comporta.

Hay fijación cuando el adulto se ha quedado niño, al


menos en algunos sectores de la personalidad, Debería vivir
de convicciones autónomas y, en cambio, se deja guiar por
las expectativas de los demás, por el miedo a los castigos o
por la búsqueda de recompensas. De un adulto se espera
que sepa asumir las propias responsabilidades y, en cambio,
en la fijación continúa apoyándose en los demás, delega, es­
pera que las cosas se resuelvan por sí solas. El adulto verda­
dero es flexible, el adulto «fijado» es testarudo y obstinado
como el niño de 2-3 años que, en la fase de negatividad, no
se deja conmover ni por raciocinios ni por hechos.

El infantilismo no está en la forma, sino en las motiva­


ciones subyacentes: el comportamiento se mantiene en el

319
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

contexto adulto y, por tanto, es diverso del infantil. Carrera,


asuntos, discusiones serias, servicio a los demás... ningún adul­
to se comporta como un niño. Pero las motivaciones que es­
tán por debajo son las infantiles: exhibicionismo, oposición,
dependencia ...

Con demasiada frecuencia el individuo no está prepara­


do para afrontar un nuevo estadio de desarrollo, o porque
teme sus dificultades o porque se siente demasiado tranqui­
lo en el estadio que debería abandonar o porque no tiene
estímulos suficientes para progresar. La vida lo obliga a ir
adelante como quiera que sea, y él lo hará con la condición
de mantener ciertos estilos infantiles que estaban bien una
vez, pero que hoy son inadecuados.

Sólo el 30-40% de los varones adultos pueden definirse


como generativos y 1 sobre 6 anda todavía luchando con
problemas de adolescencia29. El 60-80% de quienes entran
en la vida religiosa y sacerdotal presentan inconsistencias
vocacionales, no obstante la salud mental, la buena volun­
tad, y la recta intención; después de 4 años de formación,
sólo el 2% muestra una creciente madurez vocacional30. Los
2/3 de la población adulta razonan todavía, desde el punto
de vista moral, con mentalidad convencional y preconven-
cional: 2 sobre 3 tienen dificultad para vivir según los valo­
res profesados con palabras31. Y entonces viene espontáneo
preguntarse: ¿el hombre del que habla la teología existe de
verdad? «Resulta que una serie más bien amplia de estudios
proporciona datos que recurren con una cierta regularidad y,
se podría incluso decir, con una cierta monotonía. En núme­
ros redondos cerca del 2 0 % de un grupo amplio revela dificul­
tades en el vivir, que son normalmente consideradas síntomas
psiquiátricos; el 60% muestra algún grado de inmadurez o de­
sarrollo incompleto que influye en la amplitud de su libertad;
29 G. E. Vaillant - E. Milofsky, Natural history ..., 1980, o.c., p. 1353.
30 L. Rulla y Cois., Struttura psicológica, o.c., pp. 73-101.
31 L. Kohlberg, The claim to moral adequacy of a highest stage of moral
judgment, en «Journal of Philosophy», 70(1973), pp. 630-646.

320
Los AfeCANISMOS DE DEFENSA

el 2 0 % puede ser considerado prácticamente libre del tipo de


debilidades psicológicas en cuestión. Datos como éstos dan una
idea de la condición real del «hombre moderno» y esta idea
lleva a redimensionar ciertas expectativas. Sugiere que muchas
personas, en un modo u otro, están limitadas en su «libertad
efectiva», no teniendo tanto equilibrio emotivo o tanta capa­
cidad de afrontar, en modo constructivo, los problemas prácti­
cos de la vida, como se quisiera s u p o n e r » ^ .

Regresión:
fijación quiere decir permanecer, regresión quiere decir vol­
ver atrás. Se tratan los conflictos y las frustraciones regresan­
do a modos de gestión que son más primitivos, propios de
uno o más estadios precedentes. El ejemplo clásico es el
niño que, al nacimiento del hermanito o el primer día de es­
cuela, vuelve a mojar la cama o a chuparse el dedo. De or­
dinario, la regresión se funda en una fijación ya instaurada:
si en el curso de la vida ha habido un conflicto no resuelto
adecuadamente, sino dejado de lado, se puede pasar a la
fase sucesiva; pero una nueva dificultad puede reactivar ese
viejo conflicto adormecido y que ha permanecido latente:
dificultad que será afrontada recuperando estilos infantiles
del estadio en el que se originó el conflicto, o estilos de es­
tadios todavía más primitivos (fenómeno «sleeper» o de dor-
mición). Así, puede suceder que durante los años de formación
sacerdotal «desaparezcan» los problemas sexuales aparecidos an­
teriormente incluso sólo en forma transitoria. Puesto que han
«desaparecido», no son tratados. Terminada la formación, fren­
te a frustraciones o desilusiones de diversa índole, esos pro­
blemas sexuales pueden reaparecer y esta vez en forma mu­
cho más aguda. (De aquí la necesidad de afrontar en el
período de formación también el tema de la sexualidad, es­
pecialmente si el sujeto no lo ha tratado nunca).

32 B. Kiely, Psicología e teología morale, o.c., pp. 56-57.

321
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

Otro ejemplo: toda fase evolutiva de la familia comporta


tareas a realizar33. Hay tareas específicas para cada fase que
requieren ser afrontadas bien: no se puede hacer cualquier
cosa en cualquier momento, sino que existen momentos
adaptados y momentos no adaptados. Así, no es psicológica­
mente sano tener relaciones sexuales (símbolo de relación
estable) antes de haber construido una relación estable y
duradera; como no lo es procrear un hijo (símbolo de comu­
nión) para compensar la carencia de comunión. Es necesario,
por esto, que cada fase sea afrontada adecuadamente para
no comprometer el desarrollo de la fase sucesiva. En el caso
contrario se continúa adelante también, pero aumentarán las
dificultades para las tareas sucesivas34. Puesto que no hay
nada secreto que no llegue a ser descubierto, como respon­
sables pastorales debemos poner en seria discusión una cier­
ta práctica de cerrar un ojo, no dar importancia, hacer des­
cuentos, esperando el milagro. Otro ejemplo de regresión:
quien es incapaz de afrontar la realidad de hoy, se sumerge
en la nostalgia del pasado, a menudo embellecido y transfor­
mado. El adulto habituado a vivir una religiosidad consen-
sual, hoy ya no encuentra en su ambiente social tal consen­
timiento; y para no caer, también él, en crisis, evade la
confrontación volviendo al seno materno y protector de un
grupo de espiritualidad.

La regresión lleva hacia atrás, pero no constituye peligro si


es parcial, o sea si no afecta a toda la personalidad. Puede te­
ner un papel de adaptación, en la medida en que es temporal
y al servicio del yo que quiere crecer. En este caso, puede ser­
vir para enriquecer la orientación a la realidad y reconfirmar la
propia identidad sobre bases más maduras. Ciertas actividades
infantiles y lúdicas del adulto pueden ayudar, si permanecen
confinadas a sectores secundarios de su vida, si no deterioran
la relación con los ideales y si son momentáneas. Pero aun en
33 R. Mion, Le famiglie gjiovani: il contributo deU’approccio evolutivo alio
studio della famiglia nel primo stadio del ciclo di vita familiare, en «Orienta-
menti Pedagogici», 1-2, (1977), pp. 95-107; pp. 285-307.
34 A. Dini Martino - A. Manenti, Vivere in due e piú: aspetti sociologici e
psicologici, Paoline, Roma, 1981, pp. 91-109.

322
l o s TWfcCANISMOS DE DEFENSA
------------------------------- --------- —_™ ™ ~_--------------- -—------
fc
este caso, queda el riesgo de que la regresión parcial se ex­
tienda poco a poco a todos los sectores de la personalidad,
transformándose en huida de la realidad, antes que perma­
necer al servicio del compromiso.

Anulación retroactiva:
cumplir actividades inconscientes con la intención de anular
una acción hecha anteriormente.

Se busca cancelar a posteriori una conducta reconocida


como indeseable: es el caso de la persona que dedica al re­
cuerdo apasionado del cónyuge difunto, aquellas atenciones
que le había rehusado en vida. En la base está el remordi­
miento y el miedo al castigo de sí o de los demás. Este me­
canismo impide la toma de responsabilidad de lo que se ha
hecho en el pasado. El sacramento de la penitencia, enten­
dido como anulación retroactiva, perdería su eficacia: obteni­
da la garantía de que el pecado ha sido «lavado», se puede
volver a empezar desde el principio y no sentir el deber de
remediar esa debilidad.

b. Transformación de la realidad - Problemas de imagen

Omnipotencia: fantasías y comportamientos que esconden


una pretensión de poder absoluto.

Se manifiesta así: tendencia a la grandiosidad, deseo fu­


rioso de la posesión de objetos al servicio del propio yo,
convicción inconsciente de tener el derecho de ser honrados
y reverenciados, pretensión de ser perfectos y de ser trata­
dos como personas privilegiadas, especiales; tendencia a des­
valorizar todo lo que ofusca la propia seguridad. En la base
hay un sentimiento de inseguridad e inferioridad de la cual
huir y -sobre todo- una actitud de desvalorización: si un ob­
jeto ya no da satisfacción, es abandonado y despedido; en
realidad no había tampoco antes una verdadera capacidad de
amor en relación a él.

323
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

Idealización primitiva:
tendencia a ver situaciones, personas o ideales como total­
mente buenos, de modo que se neutralizan los aspectos ne­
gativos de ellos o proyectados sobre ellos.

Se trata de imágenes mentales irrealistas, todo bellas y


potentes: la muchacha que ve a quien ama sólo y siempre
perfecto; el sacerdote ingenuo que debe ver todo color de
rosa; el religioso que tiene una imagen de la vida en común
como comunidad perfecta; el joven que se obliga a verse
con todo en orden. El modelo de identificación es tan irrea­
lista que está exento de contradicciones.

Esta idealización influye negativamente en la formación,


de un ideal objetivo: no interesa el ideal en sí, sino su fuer­
za protectora para mí. ¿Protección de qué?

- Protege el propio yo de las contaminaciones que de­


rivan de la realidad, con sus límites y defectos.
¿Viendo tantos enfermos, podré creer todavía en la
salud? Mejor ver a todos sanos.

- Protege el ideal contra los ataques destructivos de


los afectos contrarios: si mi novio es una persona ma­
ravillosa, me puedo abandonar en él en un estado de
éxtasis en que no habrá más soledad, duda, incerti-
dumbre; su grandeza ahoga toda mi perplejidad.

- Protege el sentido de omnipotencia personal: guiado


por el ideal omnipotente, nada podrá deternerme.

En otras palabras, se debe ver todo hermoso porque, de


otra manera, la ambivalencia de la vida puede entristecer y
la pluralidad de los sentimientos contrastantes, hacer nacer
una duda: ¿seré capaz de mantenerme firme? Si reconozco
los defectos de quien está en torno a mí, ¿sabré apreciarlo
todavía? Y si reconozco los míos, ¿me veré todavía digno? Si

324
l o s .M e c a n is m o s de .De f e n s a

mi novio tiene aspectos antipáticos, ¿continuaré aceptándolo


o me enojaré contra él?

La idealización normal mantiene estas ambivalencias y,


por tanto, no exonera de la duda de poder resistir: deja
abiertos al riesgo. Aun creyendo en el ideal, el encuentro
con la realidad (especialmente en sus aspectos mezquinos)
deja abiertas dos posibilidades: renovar la esperanza o caer
en el escepticismo. El límite puede ser piedra de tropiezo u
ocasión de renovado empeño. La idealización primitiva da la
ilusión de que este riesgo no se presentará nunca más. Pero,
evidentemente, no estará en grado de superar la prueba del
tiempo y de la ilusión pasará a la desilusión.

A nivel social esta defensa es responsable de la dependencia


excesiva de los discípulos respecto del propio líder35. Este
es visto como omnipotente y superior y se sientan a sus
pies cuidándose bien de tener ideas propias. Se calientan
a su sol con la ventaja que la flojera se convierte en vir­
tud. Se sienten satisfechos sin poner de su parte, porque
toda obligación es adosada al jefe. Se elevan sin hacer
ningún esfuerzo y, sin haber sufrido, se recibe ya lista de
las manos del «Padre» la voluntad de Dios. Sin fatigarse se re­
fuerzan en la propia convicción por el consentimiento colectivo
de la comunidad, que juzga supremo deber y servicio de ver­
dad difamar a quien quiera que piense en forma diversa del
jefe. Interesantes al respecto son las páginas de C. G. Jung so­
bre la disolución del yo en la psiqué colectiva36.

Otros ejemplos más obvios son la infatuación fantástica


del amor ardiente o la idealización primitiva de los valores
cristianos como instrumentos terapéuticos para la propia
identidad vulnerable.

35 R. G. Newman, Thoughts on superstars of charisma: pipers in our midst,


en «American Journal of Ortopsychiatry», 2(1983), pp. 201-208.
36 C. G. Jung, L ’io e l ’inconscio, Boringhieri, Torino, 1967.

325
Amadeo Cenáni y Alessandro Manenti

Vuelta contra sí mismo:


Dirigir contra sí mismo impulsos (a menudo agresivos) que
no pueden expresarse al exterior.

Es lo opuesto de la proyección: autorreproches humillan­


tes, someterse a privaciones para castigarse, sentirse culpable
de cosas que no ameritan, escrúpulos injustificados, exáme­
nes de conciencia interminables: expresiones todas que de­
muestran que la persona la trae contra sí misma. Es la lógica
del «no pudiendo hacer otra cosa, me roeré por dentro».
Entra en esta categoría el pseudo-altruismo: amargura por­
que lo que se es, obliga a tener excesivamente en cuenta a
los demás, a ceder siempre y como sea, a no reivindicar ja­
más nada para sí, a gastar la vida en servicios superficiales
en detrimento de los más esenciales. No es verdadero al­
truismo puesto que a la base está el enojo consigo mismo, o
el miedo de no saber controlar la agresividad en el momento
de la relación social. Mecanismo que no ha de confundirse
con la sinceridad de la humildad.

Fantasías esquizoides:
(compensación en fantasía): tendencia a usar la fantasía y a
condescender en un repliegue aurista con la finalidad de re­
solver o gratificar con ella un conflicto (por ejemplo agresivo
o sexual).

Mediante la fantasía se pueden conseguir a nivel irreal


esas satisfacciones que son negadas en la vida real. Se trans­
forma la realidad adaptándola a nuestros deseos. Se puede
encontrar este tentativo ya prefabricado para nosotros en las
películas y en la televisión: nos atraen porque permiten re­
fugiarnos por un poco de tiempo en un mundo de irrealidad
donde encontrar satisfacciones imaginarias.

En la vida adulta (a diferencia de la vida infantil) la gra­


tificación a través de la fantasía no es inofensiva: fantasía y
realidad son incompatibles, hay lugar para una sola. En los
adultos la fantasía, además de una función creativa, debe te­

326
Los MkCANISMOS DE DEFENSA

ner a lo más una función de juego, que puede servir mo­


mentáneamente para dar alivio relajante.

Pensamiento mágico:
se afirma o se supone «una relación de causalidad entre un
objeto o un comportamiento, tomados materialmente, y di­
versos objetos obtenidos en un plano superior (moral, espiri­
tual) sin que a ese plano haya un esfuerzo adecuado»37.

Ejemplo que se acomoda es la publicidad. Se dice al


niño: si compras el juguete «Y» (plano material) te convier­
tes, también tú, en un campeón de motocross (plano ideal).
El niño lo compra y se siente en tal forma un campeón, que
este hecho lo dispensa de la fatiga de tener que llegar a serlo.
Se ofrece al adulto prestigio gratis si compra un auto de lujo;
alegría, si bebe cierto café; éxito en el amor, si usa cierto deso­
dorante y armonía familiar con una botella de sidra.

Incluso la práctica religiosa puede estar falseada por esta


defensa: se pone una relación de causalidad, no siempre cons­
ciente, entre el sacramento recibido (eucaristía) y un efecto
prodigioso de orden material (aprobar el examen); entre signo
materialmente puesto (confesión sin arrepentimiento) y efecto
espiritual (bienestar psicológico más o menos confundido con
el perdón de Dios o la pretensión de no pecar más).

El pensamiento mágico es el perpetuarse de la causali­


dad infantil en el adulto: el pensamiento del niño no inter­
preta la realidad con la misma lógica del adulto. Entre los
procesos de pensamiento infantil y adulto no hay sólo dife­
rencia de grado: son sistemas diversos de raciocinio. Para la
causalidad infantil hay una interacción directa entre pensa­
miento y evento. Está convencido de poder influir en los
eventos, modificar la realidad o las relaciones entre las cosas
con el solo poder de su pensamiento38. Así, para el adulto
37 A. Godin, Psicología delle esperienze religóse, o.c., pp. 37-38.
38 J. Piaget, La costruziones del reale nel bambino, La Nuova Italia, Firen­
ze, 1979, pp. 243-358.

327
Psicología... 22
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

que razona todavía con la causalidad infantil, pensar es igual


a hacer: se puede modificar la realidad sólo pensando en
ella, sin una acción física intermedia y adecuada. Nos en­
contramos, discutimos el problema, organizamos comisiones,
redactamos el documento; finalmente todo es archivado y el
problema queda intacto; pero, entretanto, nosotros estamos
convencidos de haber hecho cuanto debíamos. Mientras más
dificultades tiene la persona para afrontar una situación en
la que todas las soluciones posibles son frustrantes, más bus­
cará una solución milagrosa. Las soluciones mágicas brotan
cada vez que no se sabe explicar, comprender o examinar
una determinada realidad. El hombre moderno, orgulloso de
su lógica férrea en los asuntos, se confía a lo mágico cuando
afronta las cosas espirituales: prueba de ello es la persistente
fascinación, en la época de las computadoras, por la supersti­
ción y el interés por la astrología, el horóscopo y las ciencias
ocultas.

El pensamiento mágico está ligado -además de a la si­


tuación ambigua- a la estructura de la personalidad: a mayor
desequilibrio entre necesidades y realidad, mayor es el uso
de esta defensa. Si la persona en algunas áreas funciona a
niveles más bajos a causa de la inconsistencia, cuando la de­
cisión toca también esas áreas es probable que afronte la si­
tuación a un nivel emotivo primitivo. Incapaz de encontrar
una solución lógica para esas áreas conflictivas, buscará una
solución mágica. Con mayor razón si el conflicto es incons­
ciente: mientras más fuertes e inconscientes son las necesi­
dades, más se afronta la realidad con el poder de la fantasía.

Recordamos un joven novicio en la vigilia de la profe­


sión. La decisión le creaba fuertes tensiones emotivas de ca­
rácter afectivo y agresivo. La decisión por la castidad le re­
activaba el problema de la soledad, la obediencia le hacía
sentir, como nunca antes, las dificultades con los superiores.
Dos áreas -afectividad y autoridad- no suficientemente re­
sueltas en él. Así las cosas, en lugar de afrontar los dos pro­
blemas, brota la solución mágica: «dejo que decidan los su­

328
Los M :c a n is m o s d e D e f e n s a

periores, yo estoy cansado de encontrar motivos y aunque


encontrase alguno, puesto que lo he buscado con solicitud,
sería ficticio y forzado»; tres días después, otra solución má­
gica: «cuando salga del seminario, todo quedará resuelto»;
viene luego el momento de las ilusiones: «Tengo problemas
por el ambiente, pero apenas sea sacerdote todo será dife­
rente»; y, finalmente, la ilusión clásica de la experiencia que
resuelve todo: «Hago un año de servicio y después estaré
sereno». Incapaz de afrontar la realidad, huye de la situación
con elecciones milagrosas.

Como en el ejemplo, mientras más importante es la de­


cisión, más implica a toda la personalidad y más hay la posi­
bilidad de recurrir al pensamiento mágico. Nuestra expe­
riencia nos lo confirma: mayor es la seriedad de la decisión,
mayor es la posibilidad de afrontarla en modo irrealista e in­
fantil. Para organizar su día, el hombre usa la lógica; para
decidir sobre su vida, puede servirse de la fantasía: es irra­
cional, sobre todo cuando hace las grandes decisiones.

c. Reinterpretación de la realidad - Problemas de autoestima

Formación reactiva: expresar un pensamiento, afecto o


comportamiento que, en la forma o en la dirección manifies­
ta, son diametralmente opuestos al impulso inaceptable sub­
yacente.

Por ejemplo: hacer demasiado buena cara a la mala suer­


te; supercomplacencia con quien nos fastidia; sofocar con
cuidados al prójimo cuando, en cambio, se desea ser cuida­
do; esconder el miedo con actitudes temerarias; insistir en
forma exagerada sobre algunos vicios, más por el ansia y la
necesidad de librarse de ellos que por amor a la verdad y al
bien. La defensa se reconoce en el «demasiado».

El sujeto piensa, siente, hace exactamente lo contrario


de lo que instintivamente pensaría, sentiría y haría. La for­
mación reactiva es también llamada transformación en lo

329
Amada) Cenáni y Messandro Manenti

contrario: cuando un impulso inaceptable se hace sentir, el


sujeto se pone inflexible en una conducta diametralmente
opuesta de la que tendría el impulso. Es, por tanto, una
conducta exagerada, forzada. La función de esta defensa es
tranquilizar al sujeto que no cede a las insinuaciones del im­
pulso, por el contrario es extremadamente opuesto a él.

El comportamiento que resulta es correcto, pero no sos­


tenido en lo profundo por convicciones. La persona hace
ver, a sí misma, cosas que en realidad no siente: se adapta a
criterios sociales, busca la aprobación de los demás, pero si
pudiese ser libre ... También este mecanismo es inconscien­
te; el individuo no es consciente de los afectos indeseados,
de los cuales se defiende; sin embargo, el comportamiento
reactivo es de suyo consciente: se puede tener conciencia
de asumir actitudes no sentidas hasta el fondo. La forma­
ción reactiva produce una buena adaptación social; pero el
peligro es que cuando ciertas seguridades son puestas en
crisis o ciertos controles sociales pierden fuerza, entonces la
defensa se rompe. Se puede explicar así el fenómeno de los
cambios «imprevistos» que dejan aterrorizados: el sistema
defensivo se ha roto echando abajo la apariencia; y la verda­
dera naturaleza, antes rechazada, sale en modo incontrolado.

¿De qué huimos? De cualquier necesidad, pero de algu­


nas en particular:

- Agresividad: la incapacidad de dirigir este impulso


socialmente inaceptable, puede hacer que llegue a
convertirse en excesivamente indulgentes o compla­
cientes; o también superprotectores hasta llegar a en­
trometidos; o tan exageradamente gentiles que pro­
vocan la incomodidad del otro. Sin perjuicio de que
luego se trasformen, improvisamente, en prepotentes
cuando una pequeña contrariedad cala en lo vivo.

- Dependencia afectiva: la necesidad de afecto es cu­


bierta por comportamientos diametralmente opuestos;

330
Los M e c a n is m o s d e Z ) e f e n s a

la indiferencia desdeñosa, la simulada ausencia de sensi­


bilidad, la frialdad exterior. El hambriento de afecto le­
vanta un muro contra todo ofrecimiento afectuoso, asu­
miendo actitudes amargas, para luego intentar robar
aquel afecto sin que nadie se dé cuenta.

- Sexualidad: el miedo a caer impulsa a tener compor­


tamientos rígidamente puritanos que rechazan toda
forma de intimidad como indigna del hombre. Es el
escandalizarse fácilmente. Demasiado puritanos por­
que demasiados libidinosos: sin embargo, al verlos
no parecería; tanto menos están dispuestos a oírselo
decir. En realidad tienen un excesivo miedo de su
sexualidad, que no consiguen integrar en un concep­
to positivo de sí.

- Inseguridad: por miedo de transgredir se apega al de­


ber legalista; por miedo de dudar se convierte en dog­
mático. Por miedo de ser homosexual exagera en los
rasgos masculinos; por miedo de la propia frigidez se
inclina a actitudes seductoras. Se exagera de un lado
porque se tiene miedo que emerja el otro. Pero, más
que otra cosa, emerge la propia inseguridad.

Compensación:
esfuerzo psíquico para contrarrestar carencias (reales o imagi­
narias) físicas o psíquicas.

Es semejante a la formación reactiva pero, a diferencia


de aquélla, está en relación directa con la poca estima de sí.
Es una medida protectora contra el sentido de inferioridad.
El jorobado no puede corregir la propia deformación, pero
puede convertirse en el poder tras el trono. La barba, los ta­
cones altos, los vestidos a la última moda pueden enmasca­
rar, en modo banal e ingenuo, sentimientos de inferioridad
física o social. En un grado un poco más elevado, también
el éxito de la carrera o el título de estudio pueden ser ámbi­
tos para finalidades compensatorias.

331
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

Pero también está el caso de Demóstenes que, según la


leyenda, luchó contra los tartamudeos hasta llegar a ser un
gran orador, o el caso de muchacha feílla que sabe desarro­
llar un atractivo espiritual. No toda compensación, entonces,
es autodenfensa, sino que puede también servir para una
mejor adaptación a la realidad. En este caso no se intenta
sólo combatir la debilidad originaria, sino ver si es posible
transformarla en una fuente de fuerza; y si no es posible, la
persona no se desespera porque ha aprendido a desarrollar
otras satisfacciones. Y es, tal vez, la diferencia fundamental:
actividades iniciadas con finalidad compensatoria pueden, a
un cierto punto, buscarse y cumplirse por su valor intrínseco
o por un fin completamente diverso del que las había origi­
nado (es la teoría de Allport, ya considerada, sobre la auto­
nomía funcional de los motivos).

La compensación, hoy en modo particular, juega un pa­


pel importante a nivel social, donde el factor esencial de va­
loración del hombre está en su estatus social, y que, por
consiguiente, puede llegar a ser compensatorio. Se esconde
el vacío de significado con el aparentar, con la popularidad,
los honores. La misma defensa se puede encontrar aun en
campo religioso: trabajos que se consideran ordinarios en la
vida cotidiana (o mejor la incapacidad de dar sentido a
ellos), son compensados por la manía de superempeños en
actividades eclesiales o sociales.

Racionalización:
la razón debería permitirnos una mejor adaptación a la reali­
dad: nos hace comprender qué está sucediendo, estimula a
corregirnos si tenemos opiniones equivocadas, hace que
nuestra respuesta sea siempre más apropiada a la realidad.
Con el uso defensivo de la razón sucede, en cambio, lo con­
trario: la persona busca adaptar la realidad a los propios im­
pulsos u opiniones. «El raciocinio descubre las verdaderas ra­
zones de nuestro comportamiento, en cambio la racionalización
descubre las buenas razones para lo que hacemos»39.

39 G. W. Allport, Psicología della personalitá, o.c., p. 137.

332
Los TkfeCANISMOS DE ZteFENSA

Racionalizar significa poner razones plausibles paras las


propias opiniones o acciones: se cree así poder explicarlas,
pero ignorando las verdaderas motivaciones, menos acepta­
bles, que son su verdadera fuente. Se tratará de justificar a
posteriori un acto, a través de un proceso lógico y racional.

Las racionalizaciones, que recuerdan la lógica de la uva


agria, van de lo banal a lo portentoso. Se atribuye la irritabi­
lidad al calor: el deseo de evadir se convierte en necesidad
de estar fuera por razones de trabajo; nuestro hijo es violen­
to con los amigos y nosotros minimizamos: «son sólo cosas
de muchachos»; no se tenía ganas de ir a aquella cita, pero
se dice «disculpa el retardo, pero el tráfico...». A un nivel
más complejo construimos ideologías más refinadas: nos ha­
cemos paladines de la causa de los pobres, cuando el verda­
dero motivo es descargar la rabia hacia la categoría de los ri­
cos; predicamos la teoría de la disponibilidad para justificar
nuestro miedo de tomar posición; sostenemos la teoría del
equilibrio dialéctico, pero en realidad tenemos miedo de
enemistarnos con personas importantes.

El inconveniente es que se defienden principios no asi­


milados personalmente, pero a los cuales se apela para cu­
brir las razones de base menos aceptables. No búsqueda de
la verdad, sino autodefensa, por lo que la idea es llevada
adelante con rigidez e intolerancia, mientras su promotor es
incapaz de ver las razones contrarias que podrían destruir la
conclusión, para él intocable. Quien usa la racionalización
termina él mismo por creer en las excusas que pone. Es, por
tanto, una defensa muy eficaz: tranquiliza a la persona en
sus intenciones y motivaciones. Esconde la verdad, pero
ofrece tranquilidad de conciencia suprimiendo el sentido crí­
tico. La realidad así falsificada puede jugar crueles vengan­
zas: crea personas no creíbles y un poco charlatanas.

Intelectualización:
también aquí se trata de un uso defensivo de la razón, pero
menos elaborado. Consiste en evitar el problema práctico

333
Amadeo Cmdni y Messandro Manenti

afrontándolo a un nivel teórico. Se controlan los afectos y


los impulsos con la reflexión abstracta en lugar de inspirarse
en la experiencia. Es un exceso de pensamiento, privado de
la componente afectiva.

¿Hay algo entre nosotros que no funciona? Decirlo que­


ma, entonces no lo sacamos, sino que hablamos de la teolo­
gía de la comunidad. ¿Tengo dificultades afectivas? Lo olvi­
do y construyo la teoría general de la afectividad. Se trata
de una fuga a los conceptos intelectuales, que son emotiva­
mente neutros, para evitar sentimientos o problemáticas em­
barazosas. Naturalmente, la elaboración teórica sufrirá, de al­
gún modo, del problema personal no resuelto.

Aislamiento:
evita que surja una reacción afectiva amenazadora, confinan­
do selectivamente la propia atención en los aspectos cognos­
citivos, no emotivos, o despersonalizados, del deseo o impul­
so subyacente.

Es el hombre todo cabeza y nada corazón que se consi­


dera tanto más capaz de captar la realidad cuanto más inmu­
ne es a la contaminación del sentimiento; reduce todo a un
objeto frío de conocimiento y a cuestiones especulativas. El
afecto es encapsulado. Todo lo que quema es enfriado en
un contexto impersonal y frío; permanece sólo el aspecto in­
telectual. El comportamiento -separado de sus fuentes emo­
tivas- será iñtelectualizado. Es la ilusión de ciertos ambien­
tes: se confunde la frialdad con la seguridad; el rechazo a
sentir afectivamente, con la objetividad; el miedo a las du­
das e incertezas, con la firmeza de la fe; el conocimiento
teórico de lo divino, con la experiencia de Dios.

Como los otros artificios defensivos, actúa también a ni­


vel social: se mantiene la conversación sobre temas banales
o inofensivos (qué tiempo hace, la política, el diario apenas
leído) con todos los lugares comunes que estos discursos

334
Los M e c a n is m o s d e D e f e n s a

comportan, para rechazar sistemáticamente los verdaderos


problemas que queman.

Se tiende a animar el aislamiento por los desahogos in­


telectuales (y a menudo constructivos) que ofrece: no dis­
traído por los inconvenientes de las emociones, se puede
dedicar a objetos áridos de estudio, se hace sordo a la tenta­
ción, se mantiene la paz interior. Pero no se da cuenta que
esta objetividad está construida sobre la huida y no sobre la
integración de los sentimientos. Nace así una verdadera in­
comprensión de las debilidades de los demás y el indicio de
un derrumbe general si una emoción, hasta ahora encapsula-
da, logra un día superar el muro de protección.

Desplazamiento:
dirigir el afecto hacia un objeto diverso del apropiado.

Aunque el objeto se haya cambiado, la naturaleza instin­


tiva del afecto y su finalidad permanecen inalterados. El
desplazamiento permite descargar el mismo afecto sobre un
objeto sustitutivo, más neutral que el originario. Dicho obje­
to sustitutivo es visto como símbolo del original.

Es la historia del empleado que no pudiendo enfrentar­


se con el jefe, se descarga con la esposa, la cual no pudien­
do rebatir se descarga sobre el hijo, quien a su vez rompe
con el amigo. Padre y madre, irritados por el trabajo, se des­
quitan con el hijo, desviando sobre él sus conflictos de pare­
ja: para los cónyuges se reducen momentáneamente los peli­
gros, pero el hijo sale perjudicado. En esta trasmisión de
conflictos, quien padece más es el elemento psicológicamen­
te más débil.

Dada la existencia de este mecanismo, en la práctica


pastoral hay que hacer siempre la distinción entre problema
real y problema aparente. Aparente no en el sentido de que
no hay, sino en el sentido que esconde el problema verda­
dero, existencial. Ejemplo clásico es la pregunta sobre las

335
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

relaciones sexuales prematrimoniales: el verdadero problema


puede ser la dificultad de construir el diálogo de pareja; tan
es verdad, que la relación prematrimonial muy a menudo
inicia en un momento de crisis.

Represión
excluir de la conciencia contenidos psíquicos (ideas o impulsos)
con el fin de evitar el ansia. Se puede excluir lo que una vez era
consciente (represión secundaria), o también sofocar ideas y sen­
timientos antes todavía que puedan llegar a la conciencia (repre­
sión primaria). Es, por tanto, un mecanismo automático, sin pa­
sar por la evaluación previa de lo que es reprimido.

Todo lo que es contrario a las tendencias dominantes de


la personalidad consciente, a sus deseos, ideales, gustos, y
todo lo que destruiría la buena opinión que cada uno gusta
tener de sí, es material para ser reprimido. El «olvidar» de
la represión es de tipo especial, porque a menudo es des­
mentido por un comportamiento simbólico que indica que
lo reprimido no está realmente olvidado. La represión es se­
mejante -como proceso pero no como contenido- a la nega­
ción; en la negación, en efecto, es la realidad externa, más
bien que la interna, la que es transformada.

Así explicó Freud la represión: una experiencia traumáti­


ca o una serie de experiencias (de ordinario infantiles y de
naturaleza sexual) son olvidadas y reprimidas por dolorosas o
desaprobadas. Sin embargo la excitación conectada al estí­
mulo sexual no puede ser extinguida y persisten huellas de
ella en el inconsciente bajo forma de memorias reprimidas.
Pueden permanecer sin efecto hasta que un evento contem­
poráneo (por ejemplo una desilusión) las hace revivir. En
este momento disminuye la fuerza de las contramedidas re­
presivas y el sujeto experimenta -pero sin reconocerlo como
tal- lo que Freud llamó «el retorno de lo reprimido». La ex­
citación sexual originaria es revivida y encuentra un nuevo
40 Existe cierta confusión entre los términos represión -remoción-supre­
sión. Nosotros usamos como sinónimos represión y remoción; dando, en
cambio, un significado específico a la supresión.

336
Los M e c a n is m o s d e D e f e n s a

canal que le permite manifestarse bajo forma de síntoma


neurótico. La represión y el retorno de lo reprimido son
fuerzas conflictivas: la fuerza del contenido reprimido lucha
por expresarse con la contra-fuerza del yo que busca mante­
ner ese contenido fuera de la conciencia41.

La represión ocupa un puesto sin igual entre las defen­


sas. Es capaz de controlar aquellos potentes impulsos frente
a los que las otras medidas defensivas resultan ineficaces.
Todas las otras defensas dependen de ella, en cuanto sirven
para reforzar y mantener la represión. Lo que es reprimido
no es abolido, sino sosegado; una caja que arde no puede
ser impunemente guardada en un armario. Para evitar el re­
torno de lo reprimido son necesarias defensas ulteriores. En
tal sentido la represión es la madre de todas las defensas.

d. Realidad aceptada - Capacidad creativa


(mecanismos protectores de control)

Supresión: decisión consciente o semiinconsciente de


posponer la atención a impulsos o conflictos conscientes y
de controlar o hacer ineficaces ideas, impulsos, emociones,
disonantes con el estilo de vida libremente elegido.

Con la represión se excluye, sin la conciencia de hacer­


lo; en cambio, la exclusión de la supresión es conocida y
querida. Pospone pero no evita: «ya pensaré mañana», y ma­
ñana me acuerdo de pensarlo. Controla sin pretender anular.
Es, por tanto, útil al desarrollo porque está al servicio de la
programación: se aleja lo que no cuadra con el estilo de la
persona y esto sin resentir consecuencias dañinas, porque se
hace animados de motivaciones y no por miedo.

Anticipación:
planeación o previsión realista de las dificultades futuras.
Entra aquí la discusión hecha a propósito del deseo racional
y a ella remitimos.
41 S. Freud, Metapsicologia. La rimozione, en Opere, o.c. VIII, pp. 36-48.

337
Amadeo Centini y Messandro Manenti

Humorismo:
Allport, citando al novelista Meredith, lo define como «la
capacidad de reír de las cosas que se aman (comprendidos,
naturalmente, nosotros mismos y las cosas que se refieren a
nosotros) y amarlas t o d a v ía » 4 ^.

El humorista es una persona capaz de auto-objetivarse,


está en posesión del sentido de las proporciones, está en
grado de percibir las propias incongruencias y absurdidades
en determinadas circunstancias, poniendo en el blanco -aun
a través de una actitud desapegada y desenvuelta- el senti­
do de las propias inmadureces. El humorismo es, por tanto,
signo de madurez: los niños y los adolescentes no ríen de sí
mismos. En un estudio inédito, citado también por Allport,
resultó que la correlación entre el conocimiento de sí y sen­
tido del humor era del 00.88, o sea un coeficiente altísimo;
lo que indica que quien se conoce bien, sabe también reír
de sí y de sus errores.

En segundo lugar -pero es una consecuencia de cuanto


se ha dicho hasta aquí- el humorismo es propio de quien,
superado el amor narcisista de sí, sabe apreciar realistamente
lo que es. Y puede tolerar también la percepción de lo pro­
pio negativo, más aún es capaz de integrarlo. Al mismo
tiempo, la defensa del humorismo protege la estima, puesto
que consiente al sujeto no tomarse a sí mismo tan a pecho,
no prentender demasiado de sí, redimensionar las propias
posibilidades sin hacer tragedia de ello; y, probablemente,
también de no descargarlas sobre los demás.

El humorista constituye una presencia positiva en el


grupo: facilita el intercambio y redimensiona los problemas;
en caso de conflictos, funciona como caja de descompresión
(y no de resonancia) de los mismos y, en caso necesario
sabe intervenir para hacer comprender al otro sus defectos.

42 G. W. Allport, Psicología, o.c., p. 250.

338
ZjOS AfeCANISMOS DE DEFENSA

El humorismo, por consiguiente, es muy diverso de la


ironía y de todas aquellas formas descaradas del cómico que
denigran a los demás dando al yo una ilusión mágica de om­
nipotencia. Como también es diverso de ese reír sobre lo
mordaz, que parecería expresar una liberación de la repre­
sión, pero que más a menudo es sólo mezcla de regresión e
intelectualización, de compensación en la fantasía y de coac­
ción a repetir.

e. A propósito de la sublimación

Deliberadamente no hemos puesto esta noción típica­


mente freudiana en la lista de las defensas, por las muchas
perplejidades que ella suscita. La sublimación es el proceso
mediante el cual impulsos inaceptables (especialmente sexo
y agresividad) son canalizados hacia metas superiores, social
y personalmente aceptables, encontrando así su satisfacción.

En la sublimación el impulso mantiene la propia finali­


dad (la gratificación), pero cambia el objeto (de uno social­
mente cuestionado a uno socialmente apreciado). El sexo y
la agresividad, no pudiéndose expresar directamente, buscan
la propia finalidad a través de canales sustitutivos. Sublimar
significa precisamente dar un nuevo curso al impulso blo­
queado, en su finalidad. Así, el cirujano encuentra un cami­
no de desahogo a su sadismo, seccionando gente en modo
socialmente retribuido; el artista chupa, en el arte, el seno
materno; el boxeador sublima la agresividad dando espectá­
culo; el sacerdote sublima en el celibato, las propias tenden­
cias eróticas. Los intereses adultos son un disfraz de lo que
realmente el hombre desea. A diferencia de otras defensas,
aquí el impulso, en lugar de ser distorsionado o reprimido,
es canalizado hacia finalidades significativas, en modo de
acopiarse un mínimo de satisfacción instintiva.

Para Freud la sublimación es parte del proceso de «for­


mación del carácter»43; es el buen resultado de una repre­
43 S. Freud, Carattere, en Opere, o.c., V, pp. 401-406.

339
Amadeo Cencini y Alessandro Manenti

sión exitosa44; la mayor parte de las personas llegaría a po­


nerla en acto, desviando cantidades considerables de sus
fuerzas instintivas sexuales para provecho de sus ocupacio­
nes profesionales; tanto, que el mismo progreso cultural sus­
traería a la sexualidad gran parte de la energía mental de la
que ésta tiene necesidad45'; «lo que (el hombre) emplea
para fines civiles, lo sustrae en gran medida a las mujeres y
a la vida sexual: su asociación continua con los hombres y
su dependencia de las relaciones con éstos lo alejan de sus
deberes de marido y de padre»46. Por consiguiente es un
mecanismo que sería usado más o menos por todos y que se
extiende a todas las actividades.

A nuestro parecer, el concepto de sublimación aplicado


fuera de los casos patológicos es de dudoso valor.

Ante todo, nuestras operaciones maduras no serían sino


encubrimiento de otra cosa: un camino de desahogo para los
impulsos, una creación de la libido o libido ellas mismas.
Por tanto, la motivación suprema sigue siendo siempre el
instinto y la persona que sublima sigue siendo el lobo que
se oculta bajo la piel de oveja. Todo permanece como ins­
tinto, la sublimación cambia la etiqueta o la confección ex­
terna, pero el contenido no varía. Se niega la posibilidad de
verdaderas motivaciones originales inspiradas en los valores.
¿Pero cómo le hace -nos preguntamos- un instinto para crear
una actividad superior? Si es creada por el instinto, ella par­
ticipará siempre de la naturaleza instintiva.

Se replica a esta dificultad diciendo que el concepto


freudiano de instinto sexual comprende todas las energías
afectivas de las que la persona es capaz, aun las positivas.
Que el concepto de Freud sobre la sexualidad pueda am­
pliarse tanto, es muy problemático, dado que, según el mis­
mo Ackerman -psicoanalista de indudable fe ortodoxa-,
44 S. Freud, Metapsicologia, en Opere, o.c., VIII, pp. 36-48.
45 S. Freud, Un ricordo, en Opere, o.c., VI, p. 224.
46 S. Freud, II disagio della civiltá, en Opere, o.c., X, p. 593.

340
Los jW e c a n ism o s d e D e f e n s a

Freud no comprendió la fuerza creativa del amor, o sea


cómo el amor pueda tener un origen y un destino libres de
la libido: «Ahí hay algo que queda a la sombra en la visión
de Freud, algo que ciertamente es mantenido a la sombra,
si no es que francamente ausente. Se trata, lo repito, del
amor como fuerza positiva en las relaciones familiares, como
una experiencia que enriquece recíprocamente, que propor­
ciona el estímulo para el aprendizaje social (...). El conteni­
do ideológico del psicoanálisis freudiano pone a la luz, parti­
cularmente, las tendencias hacia la fijación y la regresión;
exaspera la inercia del desarrollo emotivo. Pero no abre los
secretos del movimiento evolutivo de la personalidad, la ca­
pacidad de aprender, el elemento de creatividad en el desa­
rrollo del hombre. Freud aun siendo un gigantesco creador,
ha confesado su sentido de fracaso y de incapacidad para lo
que se refiere al intento de encontrar una explicación a la
creatividad. El mismo ha admitido que no comprendía el
impulso creativo del artista»47. El problema que está al ori­
gen de esta imposibilidad de explicación, es la teoría del
monismo impulsivo: existe una única energía que apremia
hasta que es descargada directamente o mediante sublima­
ción. Siempre es una energía sexual y a lo más agresiva, que
empujaría a la acción, a toda acción. Ahora bien, tal afirma­
ción es una hipótesis no demostrada y no necesaria48.

Una segunda crítica se refiere a la teoría de Freud a la


base de la sublimación, según la cual los afectos y sus repre­
sentaciones se asocian y disocian al caso. Los afectos, una
vez separados del objeto que los ha originado, permanecen
con una «cantidad de excitación», que se puede unir a cual­
quier otro objeto que pueda ser investido de tal carga afecti­
va (cathexis). Si se le asocia a un objeto aparentemente más
notable, tal carga afectiva es sublimada. Esta teoría es discu­
tible y no aprobada sino en casos patológicos49. En efecto,
47 N. W. Ackerman, Psicodinamica della vita familiare, Boringhieri, Tori-
no, 1971, p. 42.
48 A. Ronco, Introduzione, o.c., pp. 82-83.
49 D. Wyss, Storia della psicología del profondo ..., vol. II, o.c., pp. 53-63.

341
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

fuera de la patología, afecto y su representación se asocian


según analogías de contenido. ¿Cómo le hace entonces un
instinto para asociarse a una motivación superior cuando en­
tre los dos términos hay diferencia cualitativa?

Una tercera crítica se refiere a la finalidad de la sublima­


ción, que debería ser la de apagar el instinto inferior a tra­
vés de la actividad superior. Ahora bien, las actividades su-
blimatorias no pueden jamás satisfacer la pulsión agresiva o
sexual de base; por tanto, permanecen actividades frustran­
tes y por esto inútiles para la satisfacción de la pulsión. El
mismo Freud ha tenido que admitir que la sublimación no
da toda aquella satisfacción que el hombre esperaría, porque
representa siempre un límite al impulso50. La cirugía no
puede satisfacer las necesidades sádicas del cirujano: éstas
permanecerán y aquella actividad se mostrará inútil.

El concepto freudiano de la sublimación aparece, por


tanto, inútil para explicar la renuncia del hombre a la satis­
facción de deseos instintivos y para justificar la elección de
actividades superiores. Un ejemplo de esta insuficiencia lo
tenemos en la interpretación del celibato voluntario en tér­
minos de sublimación. El célibe que sublima sería sólo un
individuo que busca la satisfacción sexual en modo indirecto
o velado, obligado a contentarse con las migajas o con los
símbolos y, sobre todo no transgrediendo alguna prohibición
social o dictamen ético; más aún, sería casi un héroe moral.
En términos psicodinámicos, su sexualidad se habría transfor­
mado desplazándose de formas expresivas más naturales y
gratificantes a otras menos gratificantes, pero más prestigiosas
socialmente; formas, sin embargo, en realidad siempre sexua­
les en el origen y en el fin último.

Ahora bien, ni el concepto de transformación energética,


ni el paso de actividades inferiores a superiores aparecen
claros y demostrables: tampoco parece convincente explicar
el progreso normal de crecimiento en términos de renuncia
50 S. Freud, II disagio..., en Opere, o.c., X, pp. 594-595.

342
lo s M e c a n is m o s d e ZÍe f e n s a

al impulso instintivo central o en términos de actividad su­


perior (y adulta) que de hecho no sólo satisface menos que
la inferior e infantil, sino que deriva estrechamente de ella y
está a su servicio: es un progreso hacia atrás o un crecimien­
to ilusorio, que no deja espacio a la libertad y creatividad
del individuo, y se resuelve -en el mejor de los casos- en un
fatigoso y frustrante compromiso.

En el hombre existen diversas energías además de la se­


xual; y, por consiguiente, diversas fuentes energéticas que
derivan de otras necesidades, de motivaciones complejas, de
valores. Un proyecto de celibato puede derivar de una de
estas energías y convertirse en motivación que, naturalmen­
te, deberá dar una regulación al instituto sexual, directamen­
te implicado en un proyecto celibatario. Tal regulación sig­
nificará, también, un hacer morir (=mortificar) o limitar
algunos dinamismos típicos de la sexualidad, para dejar ca­
mino libre a otros dinamismos cualitativamente diversos y
originales, en vista de objetivos diversos y creativos, ya no
sexuales. La energía sexual podrá entonces contribuir a
orientar al individuo hacia una determinada dirección y dar­
le fuerza para ciertas tareas superiores, pero sin esconderse o
transformarse51.

51 G. Nuttin, Psicanalisi e personalitá, o.c., pp. 73-87; ídem, Comporta-


mentó e personalitá, o.c.

343
Psicología... 23
____________________ El A p r e n d iz a je d e l a s M m v A c io N E s

Capítulo quinto
E l Ap r e n d i z a j e d e la s M o t i v a c io n e s

Decir vida es decir crecimiento. El crecimiento implica


capacidad de moverse, salir de sí para ir al encuentro de lo
no conocido; es lo contrario de la repetitividad, del fastidio,
del quedarse con lo que se es.

Este proceso evolutivo es de los tres niveles de la vida


psíquica, según ritmos y modalidades correspondientes. En
el primer nivel hay un tipo de crecimiento en línea parabóli­
ca de ascenso (infancia, juventud) y descenso (vejez, muer­
te) inscrito en la naturaleza: no obstante su automatismo,
permite al hombre cierta posibilidad de iniciativa, quien so­
bre todo en la fase ascendente puede adquirir nuevas habili­
dades y perfeccionar particulares capacidades físico-sensoria-
les o mejorar el tono general de su vida física. En los dos
niveles superiores el proceso se pone en términos diversos:
el hombre aparece, cada vez más, en grado de dirigir un
proceso evolutivo de crecimiento, ya sea estableciendo cier­
to número de relaciones interpersonales y manifestando sus
dotes (nivel psicosocial), o bien ampliando el radio de los
conocimientos y descubriendo o profundizando el sentido
de la realidad entera (nivel racional-espiritual). Y si en el
primer nivel se aglomeran siempre más las posibilidades
operativas, emergen paralelamente las potencialidades de los
otros dos, en particular como capacidad de atribuir significa­
do y valor a los acontecimientos. En todo caso, en cada uno
de los tres niveles tiene lugar un crecimiento específico he­
cho posible por un aprendizaje continuo, un «aprender a vi­
vir» según las exigencias de la vida misma. Se está vivo
mientras se está disponible a aprender.

345
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

En general podemos definir el aprendizaje como aquel


proceso que, prevalentemente como consecuencia de la ex­
periencia, produce un cambio relativamente estable en las
diversas capacidades de obrar del sujeto1. Existen varios ti­
pos de aprendizaje (motriz, mecánico, perceptivo, mental,
instrumental...)2. No es nuestra intención tomarlos todos en
consideración: particularmente no entran en nuestro análisis
los cambios que derivan espontáneamente del crecimiento
endógeno hereditario, ni tampoco los ligados sólo a las intui­
ciones intelectuales. Tratamos el aprendizaje en el sentido
estricto del término: los procesos en que se asumen nuevas
actitudes y comportamientos que tienen lugar después de la
edad evolutiva. Nos interesa, por tanto, el adulto joven:
cómo se organiza un estilo de vida, cómo fundamenta los
motivos que lo impulsan, sobre qué justifica las propias
elecciones. Es decir, queremos estudiar las diversas modali­
dades del aprendizaje de los motivos.

Para visualizar el tema pensemos en 4 situaciones:

— Religiosidad: hay un modo creativo de vivirla, que consiste en


estar más allá, pero no fuera, de la moral; es un captar la fuerza
creativa del ideal más que basarse en la fuerza protectora de la
norma . Es la religiosidad como relación con el Dios trascenden­
te, justificada no por lo que ella puede otorgar, sino por lo que
la relación significa en sí misma. Al contrario, una religiosidad
extrínseca o protectora está motivada por lo que ella garantiza:
protección, refugio de las dificultades, sentido de pureza perso­
nal ... En el primer caso se «vive» la religión, en el segundo se
'l
la «usa» .

1 A. Ronco, Introduzione alia psicología. II, Conoscenza e apprendimento,


Pas-Verlag, Zurich-Roma, 1971, p.99.
2 A. Ronco, Introduzione II, o.c., pp. 100-128; F. Merz, Apprendimento
en Dizionario di psicología, Paoline, Roma, 1975, pp. 87-101; G. W.
Allport, L ’individuo e la sua religione, La Scuola, Brescia, 1972.
3 A. Godin, Psicología delle esperienze religiose; il desiderio e la realtá, o.c.;
G. Milanesi - M. Aletti, Psicología della religione, Elle Di Ci, Turín, 1973;
A. Van Kaam, Religione e Personalitá, La Scuola, Brescia, 1972.

346
El A p r e n d iz a je d e l a s M o t iv a c io n e s

— Ideología política: la adhesión a un partido puede estar motivada


por la convicción de que ese partido, más que otros, sabe garan­
tizar aquellos ideales en los que yo me reconozco. O también
puedo adherirme a él porque es el partido de la mayoría y el te­
ner su credencial me permite obtener ventajas personales de ca­
rrera, intereses, ocupación.

— Asociaciones: pueden favorecer el crecimiento personal en cuan­


to ofrecen un ambiente en el que ciertos aprendizajes pueden
ser más fáciles. La cultura del grupo, el refuerzo social, la atrac­
ción recíproca, las exigencias de los cargos, son todos ellos facto­
res que crean un clima de crecimiento. A veces, sin embargo,
este crecimiento puede permanecer subordinado al permanecer
en el grupo mismo: si éste se disuelve o si el líder cambia, pue­
de suceder que junto con la relación se disuelva también la ad­
hesión a los valores antes profesados en el grupo.

— Matrimonio: Lucía tiene una necesidad inconsistente de de­


pendencia afectiva que racionaliza como exigencia de darse.
Marcos tiene una necesidad inconsistente de humillación que com­
pensa con un estilo dominador y seguro de sí. Cuando Lucía y
Marcos se encuentran hay amor a primera vista: la dependencia de
ella es gratificada por la dominación de él y viceversa, y así los
años de noviazgo no señalan ninguna fisura. Después de algunos
meses de matrimonio, inician las incomprensiones: ella se siente
tratada como niña y él, cerrado en su «madurez» de jefe, no
puede confiarle los propios problemas. Ha brotado una forma vi­
sible de la dificultad, ya presente en un noviazgo demasiado
perfecto.

Hay un diseño escondido en las cosas que hacemos, en


las palabras que pronunciamos, en las fantasías que perse­
guimos. Hasta cierto punto podemos también predecir el
comportamiento de quienes nos rodean. Sabemos con antici­
pación cómo se comportarán determinadas personas de
nuestro ambiente en circunstancias precisas. En otros térmi­
nos, cada uno -al menos implícitamente- está guiado por un
proyecto, por un estilo de vida organizado en torno a una
multiplicidad de motivaciones.

347
Amadeo Cmáni y Alessandro Manenti

1. El concepto de motivación

Para actuar se requiere un motivo, una razón que justifi­


que la acción por una finalidad. Todo comportamiento signi­
ficativo tiene una causa, algo que directa o indirectamente
lo ha suscitado. El término motivación abarca una serie de
palabras del lenguaje común: intención, deseo, fin, interés,
lo que mueve, elección, preferencia ... Términos todos que
indican que el comportamiento sigue una dirección que le
ha sido impresa antes de que se manifestara. La motivación
es lo que es capaz de «mover» al sujeto. Indica el conjunto
de los motivos y de las expectativas que impulsan a actuar4.
Es la respuesta a la pregunta del «¿Por qué esta acción?»,
en el doble sentido de «¿qué la origina?» y «¿a qué tien­
de?». La motivación tiene, en efecto, dos aspectos: uno acti­
vante (prontitud a la acción) y uno directivo (dirige hacia
una particular dirección).

Motivación es un término acumulativo: todo comporta­


miento significativo está originado por una pluralidad de
motivos más o menos conscientes y centrales. Dado que el
proceso de la decisión inicia siempre con una evaluación in­
tuitiva, hay motivos emotivos. Sin embargo, para que la ac­
ción sea madura, es necesario un motivo racional que nazca
de la evaluación reflexiva. El acto de elección es puesto en
movimiento por un juicio intuitivo, pero exige una decisión
deliberada. El criterio del «me agrada» no es suficiente para
fundamentar una acción libre y no da garantías sobre la per­
severancia de tal acción. Todos los motivos -dado que pro­
vienen de una evaluación- deben ser, al menos en parte,
conscientes; sin embargo, puesto que la evaluación puede
ser también el producto de factores que la persona no cono­
ce en ese momento, puede haber también motivos incons­
cientes. Son las memorias afectivas que reafloran. Si quiero
hacer un viaje, debo conocer las razones para hacerlo, y qui­
zás al momento no sé que uno de los motivos recónditos es
huir del ambiente. No existe distinción neta entre motivos
4 Actuar en sentido amplio: la acción también puede ser sólo interior
como la fantasía o la elaboración intelectual.

348
E l A p r e n d iz a je d e l a s M o t iv a c io n e s

conscientes e inconscientes: es más exacto decir que las mo­


tivaciones tienen el doble componente, consciente e incons­
ciente. Un joven se puede enamorar de una muchacha por­
que algo en ella, de lo que el joven no se da cuenta, le
recuerda la figura de su madre (aspecto inconsciente).

Los motivos pueden ser actuales o habituales. Los moti­


vos actuales derivan de una evaluación hecha aquí y ahora
(intención actual), mientras que los motivos habituales (o
disposiciones motivacionales) derivan de una evaluación he­
cha en el pasado, pero que permanece hasta ahora eficaz:
nunca ha sido hecha a un lado y continúa influyendo, aun­
que olvidada (intención habitual). El deseo emotivo y el ra­
cional mueven a la acción, actualmente o como tendencias
habituales a la acción.

Toda acción contiene, por consiguiente, una jerarquía de


motivos: algunos más importantes y otros más periféricos. El
motivo central dominante es el que prevalece, o sea coordina y
finaliza todas las energías implicadas en la acción y les da un
significado y una direccionalidad. El motivo dominante es el
resultado de la relación dinámica entre todos los componentes
de la personalidad. ¿Cuál es y cómo se aprende?

Según Kelman existen tres diversos modos de estar mo­


tivados: complacencia, identificación, internalización. Los
describimos separadamente, pero en las situaciones de la
vida real se presentan en forma mixta: lo importante será
ver cuál prevalece5.

5 H. C. Kelman, Tre processi di influenza sociale, en N. Warren - M. Ja-


noda, Gli atteggiamenti, o.c., pp. 271-229. Los tres conceptos tomados de
Kelman son aquí integrados con los de la teoría de Rulla acerca de la na­
turaleza de las necesidades, actitudes y valores. Para la relación entre es­
tos tres procesos y la naturaleza y los fines de las instituciones de perte­
nencia, cf. A. Manenti (en colaboración con P. Di Domenico), Difficoltá e
crisi nella vita religiosa, Dehoniane, Bologna, 1980, pp. 89-115.

349
Amadeo Cmáni y Messandn Manenti

2. Complacencia

Según este proceso, la persona adopta una actitud con el


fin de obtener una recompensa o evitar un castigo del grupo
de pertenencia o de otra persona; mas sin convicción acerca
del contenido del comportamiento mismo.

Los premios-castigos no son necesariamente de carácter


físico sino, más a menudo, psicológico: retirar el afecto, no
consideración, inducir sentimientos de culpa. «Si actúas así,
me matarás de dolor» es uno de los condicionamientos más
poderosos.

No hay, por consiguiente, un consentimiento real. El suje­


to no necesariamente cree en los contenidos y en el valor de
esa actitud, simplemente espera obtener una ventaja y se
adapta más o menos pasivamente y sin comprometerse: dice y
hace la cosa esperada en una particular situación, inde­
pendientemente de cuál pueda ser su opinión personal.

No se cree en la actitud así aprendida, pero sirve para


producir un efecto social: queda, por tanto, extraña a la per­
sona misma y dura mientras tiene necesidad de ese efecto o
hasta haber obtenido la ventaja o hasta que aprende a prote­
gerse en forma diversa del peligro del castigo.

Por ejemplo, es complaciente quien elige determinada pro­


fesión para obtener un status social privilegiado; quien hace es­
fuerzos especiales para expresar sólo opiniones «justas» para no
ser atacado, quien trabaja para ganarse los favores de los demás
y obtener privilegios; quien se acomoda exteriormente a la auto­
ridad haciendo todo lo que ella quiere (o lo que la persona
piensa que la autoridad quiere).

En términos sociales también el ambiente puede favorecer


un clima de complacencia: pensemos, por ejemplo, en un jefe
que se hace valer prometiendo recompensas o castigos: es una
forma sutil de extorsión que empuja a adaptarse para evitar con­

350
E l A p r e n d iz a je d e l a s M o t iv a c io n e s

secuencias desagradables. Pero es una adaptación sólo exter­


na y temporal: activada sólo cuando la autoridad está pre­
sente, mantenida sólo si continúa disponiendo de medios de
control y mientras pueda garantizar una recompensa.

La complacencia corresponde a la función utilitaria de las


actitudes, estando en juego recompensas o castigos; pero pue­
de estar en relación también con la función defensiva del yo si
el premio es de naturaleza psicológica-moral (por ejemplo
adaptarse para no sentir los complejos de culpa ligados a un
reproche). Desde el punto de vista estructural, la persona com­
placiente es inconsistente. Quien es atraído en una dirección
por los valores e impulsado en la dirección opuesta por las pro­
pias necesidades, vive un estado de contradicción; por lo cual
necesita de un apoyo externo a fin de mantener su actitud; si
el apoyo desaparece, probablemente se derrumbará también la
actitud.

3. Identificación

Según este proceso, la persona adopta un comportamiento


porque le sirve para establecer o mantener una relación gratifi­
cante con otra persona o grupo; tal relación es gratificante en el
sentido que ayuda a la persona a conservar una imagen positiva
de sí. La relación puede establecerse en la realidad o en la fan­
tasía. Por ejemplo, el muchacho que llega a ser médico porque
el padre lo es (o lo era); el niño que, repitiendo los gestos del
héroe preferido, se siente partícipe de su poder y, como él, fuer­
te y heroico; el joven que asume los valores del grupo a que
pertenece, a veces hasta imitar la voz y el léxico del jefe.

Existen tres formas de identificación:

- Clásica: el individuo asume total o parcialmente la


identidad del modelo: quiere ser como él; hace, cree,
dice lo que el otro hace, cree y dice. Quiere ser se­
mejante a él o, francamente, ser él.

351
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

- De rol recíproco: las dos partes se identifican mutua­


mente, por lo que uno tiende a actuar según las ex­
pectativas del otro y viceversa. Cada uno de los dos
juega el papel que gratifica al otro: yo soy como tú
quieres y viceversa. Esta reciprocidad puede ser de
complementariedad o de semejanza. Ejemplos del pri­
mer caso: la relación médico-paciente; activo-pasivo;
dominador-dependiente. Ejemplo del segundo caso:
dos personas que se atraen porque en algunos aspectos
son iguales: ambas fuertes, ambiciosas, débiles, depen­
dientes. De hecho, en la realidad las dos personas se
pueden atraer por complementariedad de algunos as­
pectos y por semejanza de otros. Como quiera que sea,
lo importante no es la relación sino el concepto de sí
que a ella está ligado, o sea la imagen de sí que cada
uno puede obtener gracias a ese tipo de relación.

- Con un grupo: puede ser una identificación clásica (yo


hacia el grupo) o también de rol recíproco. Para conser­
var o mejorar la imagen de sí, la persona modela el
comportamiento según las expectativas y directivas del
grupo; las cuales, a su vez, pueden haber sido formula­
das en vistas de una respuesta a obtener. También aquí
el motivo de la asociación es la autodefinición: como
miembro de cierto grupo me siento uno que vale, el
protagonista, el depositario de la verdad, una persona
que cuenta ... Las cualidades del grupo (reales o ima­
ginarias) pasan a mi yo, reforzando mi identidad.

- Estas tres formas nos dicen, por tanto, que gracias a


la identificación, la persona se comporta como el
otro, según las expectativas del otro o como el grupo
quiere.

a. Identificación y complacencia

La identificación es de calidad superior, con respecto a


la complacencia. Aquí hay también una aceptación privada-

352
E l A p r e n d iz a je d e l a s M o t iv a c io n e s

interior, además de publica-exterior, de la actitud adoptada:


se cree verdaderamente en lo que se ha emprendido. En se­
gundo lugar, la manifestación de esa actitud no está condi­
cionada por la vigilancia de parte del agente que influye: en
efecto, esa actitud es el resultado de una relación identifica-
toria con un grupo o una persona vista como atractiva y no
como detentora de premios y castigos.

Pero la diferencia más grande es que el proceso de la


identificación es un estadio necesario en la adquisición de
los valores. Para aprender opiniones bastan los medios di­
dácticos (libros y conferencias); para aprender valores, se ne­
cesitan modelos de referencia. El valor es como el mensaje
que, para ser transmisible, necesita de una relación; es de
ésta de donde nace el aprendizaje6. El modelo sirve para
que la persona se construya según contenidos precisos y
concretos y no sobre la base de ideas peregrinas o de idea­
les arbitrariamente interpretados. El modelo es un ser hu­
mano que da cuerpo en su humanidad a una realidad difícil­
mente comunicable en abstracto, con puras nociones
intelectuales.

Pensemos, por ejemplo, en la catequesis: quiere favore­


cer el encuentro del hombre con la divinidad para habilitarlo
a encontrar en esta relación su identidad, en el doble senti­
do de aquello que es y aquello que está llamado a llegar a
ser. El modelo (en tal caso, el «testigo») se propone como
mediador de este encuentro y propone para ello, en modo
concreto, modalidades y ejemplos de realización. No como
lección para aprender de memoria ni como guión para reci­
tar, sino como estímulo para construir en sí mismo una nue­
va síntesis, personalísima e irrepetible, de este encuentro
con la divinidad, al interno de dimensiones y términos pre­
6 Lo mismo vale para el aprendizaje de los roles: en base a la expe­
riencia que tengo del rol de los demás, aprendo a asumir las actitudes co­
rrespondientes a mi rol. S. S. Dashef, Aspects of Identification and growth du-
ring late adolescence and young adulthood, en «American Journal of
Psychotherapy», 2 (1984), pp. 239-247; L. Grinberg, Teoría della identifica-
zione, Loescher, Torino, 1982.

353
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

cisos. Por otra parte, sólo de un semejante puede venir al


hombre un llamado a realizar este tipo de valores, porque sólo
de él le puede llegar un mensaje plenamente inteligible.

Es verdad para cualquier tipo de proyecto ideal: sin reci­


procidad no hay identificación positiva; pero sin identifica­
ción positiva no hay identidad lograda ni elección adecuada
de vocación7. Y es tanto más verdad para la vocación cristia­
na que exige -por el tipo de ideal propuesto- la presencia de
un modelo viviente, del cual proviene no el programa deta­
llado de lo que el otro debe hacer, sino la propuesta a ser
en un cierto modo. Si falta el modelo -persona humana- fal­
ta el ejemplo según el cual construirse a sí mismo, el punto
de referencia concreto. En una palabra, falta la posibilidad
de identificarse a sí mismo. Y se abre el camino hacia una
situación interior en la que el sujeto, abandonado a sí mis­
mo, se hace modelo de sí mismo, dando lugar a síntesis ja­
más confrontadas; o también confía la suerte incierta de la
propia identidad al rol profesional en que intenta sobresalir
o al grupo en que se esconde, domina o se defiende.

b. Ambivalencia de la identificación

Este proceso resulta, sin embargo, insuficiente, y puede


también asumir un carácter defensivo: es sólo una fase en el
camino de maduración.

La identificación es insuficiente puesto que la actitud


que ella origina se activa sólo en el contexto de la relación
autodefinitoria; las actitudes aprendidas, aunque sean creí­
das, son expresadas cuando el individuo actúa en el contex­
to de la relación sobre la cual se basa la identificación. Así,
las ideas expresadas sin miedo al interno del grupo o en am­
bientes que tienen que ver con él, pueden ser negadas o ig­
noradas cuando la persona se mueve sin referencia al grupo:
es el caso de los supercomprometidos en los grupos, que en
7 Cf. J. Lorimier, Le projet de vie de l’adolescent. Identité psychosociale et
vocation, Collection de l’Institut Supériur de Pastoral Catechétique, Fa-
yard-Mame, París, 1967.

354
E l A p r e n d iz a j e d e las M o t iv a c io n e s

lo social son anónimos. Las motivaciones no se han convertido


todavía en convicciones, no están integradas en el sistema
de valores del individuo, sino que tienden a permanecer ais­
ladas y encapsuladas dentro de ciertas condiciones.

En segundo lugar, la actitud -aunque sea creída- queda


condicionada en su perseverancia por la existencia de la re­
lación misma y depende del soporte social: dura mientras
dura la relación; si ésta termina o ya no es auto-definitoria,
la persona corre el riesgo de abandonar lo que la relación le
había hecho aprender. Es el caso de los jóvenes cuyo empe­
ño político, eclesial, social ... dura mientras se casan o han
conseguido una profesión: llegado este momento, la relación
con el grupo puede continuar, pero la imagen positiva de sí
está ahora ligada a otras fuentes. La asunción del comporta­
miento es instrumental a la relación, y la subsistencia del
mismo dependerá de la subsistencia de la relación.

La identificación puede ser también de naturaleza de­


fensiva del yo: permite mantener la estima de sí, de otro
modo no sostenible; un apoyo pasivo en el propio semejante
para evitar angustias y responsabilidades. La dificultad de
encontrar motivaciones propias es mitigada por la asunción
de uno o más motivos de otras personas. En este caso, la
identificación sirve para reducir un estado de incerteza: apo­
yarse no para construirse a sí mismo, sino para que no suce­
da lo peor8..

Esta eventualidad se realiza, sobre todo, en personas


con una percepción negativa de sí, inseguras e indecisas,
necesitadas de ser valoradas positivamente por los demás
e igualmente de salir bien en todo lo que hacen. El hecho
de establecer -en la realidad o en la fantasía- una relación
8 M. F. Weiner, Identification in Psychotheraapy, en «American Journal of
Psychotherapy», 1(1982), pp. 109-116; W. Toman, Identificazione, en Dizio-
nario di Psicología, o.c., pp. 515-516.
Cf. también R. E. Hartley, Personal needs and the acceptance of a new group
as a reference group, én «Journ. of Social Psychol.», 51(1960); Idem, Rela-
tionship between perceived valúes and acceptance. of a new reference group, en
«Journ. of Social Psychol.», 51 (1960).

355
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

privilegiada con un individuo, una comunidad, un cargo...


puede consentir a estas personas aumentar la estima de sí,
pero el comportamiento en acto es sólo instrumental.

La función de este tipo de identificación es de defensa


del yo; pero está también la función utilitaria para aquellas
gratificaciones que la identificación comporta. También en
este caso hay, desde el punto de vista estructural, una in­
consistencia de fondo, determinada por la desarmonía in­
consciente entre motivación y comportamiento, entre bús­
queda de sí y necesidad del otro.

la identificación es, por tanto, un proceso de aprendizaje


ambivalente y constituye un estadio intermedio en la madu­
ración de los motivos, pero jamás la meta. El punto final de­
bería ser la toma de actitudes adoptadas porque creídas in­
trínsecamente y, por tanto, independientes del refuerzo
social: nacidas por una relación, perseveran más allá de la re­
lación. La identificación como fin en sí misma impide el
crecimiento.

c. Dos tipos de identificación

Lo que hace surgir la identificación es la percepción en el


otro de algo que sirve para el sentido del propio yo, que es
como decir que el sujeto descubre en el otro el llamado a ser
él mismo. El objetivo de la identificación es la autodefinición.
Gracias a la relación, el yo encuentra mayor identidad.

A este punto nace la pregunta crucial discriminante: si la


identificación es para la definición del yo, ¿qué parte del yo
es gratificada por la identificación? ¿Cómo actúa la identifi­
cación para aumentar la estima de sí? ¿Sobre qué contenidos
del yo actúa?

No toda identificación hace crecer. Lucía y Marcos tie­


nen una relación identificatoria gratificante; tanto es así que
ha nacido el amor a primera vista. Pero su armonía no pue­

356
E l A p r e n d iz a j e d e las M o t iv a c io n e s

de ser sino de breve duración: se basa en la gratificación de


la dependencia de ella y de la dominación de él, dos necesi­
dades que mantienen la relación en un cuadro de sumisión
de ella y de dominio de él; por tanto, en un contexto de de­
sigualdad que impide el necesario equilibrio entre dar y re­
cibir, mandar y obedecer. En el campo educativo, la imita­
ción de un modelo puede llevar a la autonomía de la
elección, pero también la puede bloquear dentro de una
agradable y, a veces, recíproca dependencia9.

Se introduce entonces esta distinción: la identificación


es fuente de crecimiento en la medida en que hace apren­
der actitudes que acrecientan los valores. Bloquea cuando
gratifica esa parte del yo contraria a los valores. En el primer
caso, hablamos de identificación internalizante', en el segundo,
de identificación no internalizante. La variable discriminante es
la parte del yo que es gratificada.

La diferencia aparece inmediatamente cuando parango­


namos una identificación que satisface valores con una que
satisface antivalores; por ejemplo, la amistad de dos perso­
nas que se quieren bien y buscan el bien recíproco, y la
amistad de dos intrigantes que se asocian para tráficos ilíci­
tos: la primera se reforzará y la segunda, con el tiempo, deri­
vará en odio.

Más sutil es cuando la identificación satisface valores,


pero al mismo tiempo necesidades contrarias a ellos. Por
ejemplo, el amor de una madre que quiere el bien de su
hijo, pero también busca, a través de él, tener lo que ella no
ha podido obtener de joven; o un jefe de comunidad que
quiere la promoción del grupo, pero también el reconoci­
miento de los propios «derechos de propiedad» sobre el gru­
po. En igualdad de valores, lo que hace la diferencia es la
necesidad particular que la relación gratifica. Según la nece­

9 Sobre la relación entre identificación con un modelo y formación al


sacerdocio, cf. A. Cencini, / molti modi di fare comunitá en A. Manenti Vi-
vere insieme, aspetti psicología, o.c., pp. 95-112.

357
Amadeo Cencini y Alessandro Manenti

sidad gratificada se podrá distinguir entre identificación in­


ternalizante o no.

A la luz de la naturaleza autotrascendente del valor po­


demos leer la lista de necesidades (Parte primera, c. 4); ad­
vertimos que algunas de ellas son tendencias autocéntricas
y, por tanto, -por su naturaleza- contrarias a los valores hete-
rocéntricos. Otras necesidades, en cambio, puesto que son
tendencias heterocéntricas, pueden armonizarse con la ten­
dencia autotrascendente del valor y, por tanto, son necesida­
des neutrales. A título de ejemplo, reportamos algunas:

Tabla XI:
Necesidades neutrales y disonantes

Necesidades neutrales Necesidades disonantes


(heterocéntricas) (autocéntricas)

—afiliación —agresividad
—ayudar a los demás —dependencia afectiva
—conocimiento —exhibicionismo
—dominación —evitar el peligro
—orden —evitar la inferioridad
—reacción y defenderse
—éxito —gratificación erótica
—humillación

Esta diferencia de necesidades neutrales y disonantes ha


sido empíricamente probada por las ya citadas investigaciones
de Rulla y colaboradores, publicada por primera vez en 1977.

Es de notar que las necesidades hetero-céntricas son lla­


madas neutrales: pueden constituir una predisposición a vi­
vir los valores, pero no lo determinan necesariamente. De­
pende de cómo son usadas, a servicio de qué son puestas.
La necesidad de conocimiento hace crecer si sirve para pro­
fundizar los conocimientos; y es un obstáculo si se pone al

358
El A p r e n d iz a je d e l a s M o t iv a c io n e s

servicio de la agresividad (=demostrar los errores de otros) o


del exhibicionismo (=hacer ostentación de la propia cultura
y salir vencedor). Así para todas las demás necesidades neu­
trales.

A la base del estilo de vida podemos, por consiguiente,


tener dos grandes clases de motivaciones: una autocéntrica y
una hetero-céntrica. Ha de notarse que, gracias a los meca­
nismos de defensa, una puede cubrir a la otra: lo que apare­
ce neutral o hetero-céntrico puede, en realidad, ser disonan­
te y autocéntrico.

No es internalizante la identificación que gratifica las


necesidades disonantes. Es internalizante la que gratifica las
necesidades neutrales. En el primer caso, la persona se apo­
ya en otra no para construirse a sí misma, sino para depen­
der, dada su incapacidad de autodefinirse. En el segundo
caso, se define también gracias a la relación que incrementa
sus valores: hace la elección de un modelo que le dé la po­
sibilidad de vivir mejor, un estímulo para ser más. En la
identificación no internalizante se busca mantener el status
quo, no hay impulso hacia adelante sino, al máximo, una
confirmación de lo que ya se es.

Lo que en concreto complica las cosas es el hecho de


que la identificación no internalizante es experimentada
emotivamente como más gratificante que la otra; de aquí la
conclusión errónea de que, precisamente por esto, sea factor
de crecimiento: «desde el momento en que estamos juntos,
no comprendo por qué todo esto no sea también bueno»,
«puesto que me agrada, por tanto también es útil». A menu­
do se confunde entre experiencia emotivamente estimulante
y experiencia internalizante, igualando erróneamente el «me
agrada» con el «me ayuda»10.

10 Esto es lo que parece suceder en ciertas experiencias de dinámica de


grupo, como aparece también en las investigaciones experimentales de
M. A. Lieberman - I. D. Yalom - M. B. Miles, Encounter groups: first facts,
Basic Books, New York, 1973.

359
Psicología... 24
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

La identificación no internalizante establece, de ordinario,


una relación de excesiva dependencia e impide -especialmente
si está motivada por una necesidad afectiva- experimentar la
soledad y conseguir la autonomía, dos factores necesarios para
el crecimiento. Una amistad, una relación conyugal o una ex­
periencia de grupo de este tipo, frena el desarrollo psíquico y
hace más o rueños crónica la necesidad del otro. En todo caso,
este tipo de identificación favorece la parte menos madura y
más débil del yo. Así, si una persona está inclinada a dominar
(o tiene una inconsistencia central respecto a la dominación) y
se identifica con quien tiene una necesidad semejante o com­
plementaria o entra en un grupo donde la lucha por el poder
es abierta, hará daños a sí y a los demás, se fijará siempre más
en su problema central, exasperándolo en el momento en que
lo satisface. En efecto, a menudo estamos «misteriosamente»
atraídos por personas o ambientes que, en algún modo, estimu­
lan nuestros problemas no resueltos, o están en sintonía con
nuestras necesidades frustradas, o nos dan la posibilidad de no
afrontar nuestras inmadureces, ilusionándonos de haber resuelto
todo.

La identificación internalizante, al contrario, nacerá al in­


terno de relaciones no sofocantes, que dejan un margen de li­
bertad o incluso la promueven y no funcionan de relleno a la
soledad; por esto, puede constituir un precioso estímulo para
el crecimiento. Es el verdadero secreto de un proceso educati­
vo exitoso, en el que el educador se hace progresivamente a
un lado para favorecer la libre iniciativa del otro y su adhesión
responsable.

Diremos entonces que cuando la relación no está en fun­


ción de las necesidades por satisfacer, sino que se abre progre­
sivamente a una realidad diversa del simple bienestar material
o psicológico, en línea con el bienestar total del hombre, será
una identificación de crecimiento; en términos más técnicos,
cuando la imagen de sí satisfecha por la relación con un indivi­
duo o un grupo puede ser integrada con los valores de la per­
sona, podemos hablar de identificación internalizante.

360
El A p r e n d iz a j e d e las M o t iv a c io n e s

4. Intemalización

Según este proceso la persona acepta un influjo social,


haciendo suyos los valores y actitudes sugeridos, porque ve
en ellos la validez intrínseca y los descubre coherentes con
el propio sistema de valores. Internalizar significa introducir
algo al interior del propio ser, hacerlo propio, reconocer en
ello la identidad personal.

El motivo de la adhesión es el contenido mismo de la actitud


y no las presiones sociales de complacencia o las relaciones gra­
tificantes con alguna fuente de influencia. La propuesta del otro
es aceptada no porque es el otro quien la hace, sino porque es
válida en sí y el otro es creíble. Lo que ha sido internalizado -
precisamente porque sostenido por una evaluación interior- llega
a ser socialmente independiente y parte del sistema de valores
del individuo: una convicción verdadera y propia. «Es el conte­
nido del comportamiento inducido, lo que es intrínsecamente
satisfactorio. El individuo lo adopta porque lo encuentra útil
para la solución del problema, o porque va de acuerdo con su
orientación, o porque sus mismos valores lo exigen; en breve,
porque lo percibe como esencialmente apto para llevar al má­
ximo posible los propios valores. Las características del agente
que influye desarrollan una función importante en la inte­
riorización, pero aquí el aspecto crucial es la credibilidad del
agente, o sea su relación con el contenido»11. Para la perseve­
rancia de la actitud no hay necesidad del refuerzo social: la
gratificación está ya en el vivir la convicción misma, a la cual
se es fiel aun cuando nadie lo aplaude o cuando se deberá pa­
gar con esta fidelidad.

No es necesario, sin embargo, igualar intemalización con


racionalidad. Para ella no basta la cabeza, como no basta el
solo corazón o la sola voluntad; se requiere todo el hombre con
sus fuerzas psíquicas armónicamente integradas. La intemali­
zación tiene lugar sobre base super-racional de integración
mental-afectiva-volitiva: es una decisión que puede iniciar con
11 H. Kelman, Tre processi di influenza sociale, en N. Warren - M. Jahoda,
Gli atteggiamenti, o.c., p.22.

361
Amadeo Cenáni y Messandn Manenti

una reflexión o emoción, pero que termina con el descubrimiento


de la atracción. Es una sensación primero vaga, y luego cada vez
más clara, de que ese contenido es algo que hace ser más, respeta
las exigencias y el principio de totalidad del ser, es apetecible y
vale la pena hacerlo propio, aun a costa de algún sacrificio. En fin,
el núcleo y la fuerza del proceso internalizante residen en la ca­
pacidad del contenido de ser satisfactorio por sí mismo y por su
relación con el sistema de valores del individuo. Mientras las acti­
tudes de complacencia e identificación no internalizante no se
integran con el resto de la personalidad, sino que tienden más
bien a permanecer artificiales o aisladas, el comportamiento inter­
nalizado se convierte en parte integrante de la persona; manifesta­
ción, a un tiempo, de lo que es (yo actual) y de lo que quiere lle­
gar a ser (yo ideal). Son motivaciones convertidas también en
convicciones. Es evidente, entonces, la correspondencia con
la función expresiva y de conocimiento de las actitudes. La
internalización es un factor unificante de la personalidad.
En efecto, la sede de la propia identidad llega a ser la con­
vicción y, por consecuencia, el compromiso llega a ser ver­
daderamente personal.

En síntesis, podemos entonces decir que el aprendizaje


internalizante implica estos componentes:

- La capacidad de captar un valor en su validez intrín­


seca y verdad objetiva.

- Una experiencia de fuerte atracción, puesto que se


le descubre bueno en sí, y también apetecible y
conveniente para la propia persona.

- El saber advertir en él el contenido del propio yo


ideal: algo que trasciende y realiza.

Estas tres condiciones intrapsíquicas hablan, por consiguiente,


de una situación general de consistencia. La internalización es un
efecto de ella; pero, al mismo tiempo, la capacidad de internalizar
es elemento fundamental en un proyecto de consistencia.

362
E l A p r e n d iz a j e d e las M o t iv a c io n e s

Evidentemente, la intemalización quedará siempre como


un objetivo hacia el cual tender; la finalidad de la educación
consiste en favorecer la «capacidad de intemalización», o sea
en poner en marcha un proceso de aprendizaje que tenga cada
vez menos necesidad de refuerzos externos y se focalice cada
vez más en convicciones internas.

5. Estilo internalizante

La capacidad de internalizar da un tono específico a la


vida del individuo, que corresponde a los 3 componentes
del proceso internalizante: estilo realista, capacidad de so­
portar la tensión y ejercicio eficaz de las actividades.

a. Realismo de expectativas

Quien vive por convicciones socialmente independientes,


se ve a sí mismo en una dimensión justa, sin tirarse a la ca­
lle y sin exaltarse; así como en los demás no descubre ene­
migos u objetos a su servicio; va al encuentro de la vida con
las misma actitud realista, sin esperar de ella la gratificación
de todas sus necesidades; no se pondrá en la actitud de
quien pretende recibir, sino de quien se dispone a dar12. La
percepción de la verdad del valor le permite ser veraz, o sea
honesto y objetivo en el imaginarse y programarse la vida. Si,
por ejemplo, un individuo está interiorizando el valor del al­
truismo, se verá a sí mismo a la luz de este valor y a los demás
como punto natural de referencia de su donación; pedirá a la
vida la posibilidad de manifestar el ideal, previendo, por consi­
guiente, dificultades e incomprensiones, dando por descontado
que, a menudo, deberá pagar con su persona y jugar en des­
ventaja.

12 Es, entre otros, la visión existencial de Frankl, para quien no tanto


somos nosotros a pedir cuentas y adelantar pretensiones en relación con
la vida, sino al contrario: es la vida la que nos hace demandas y solicita
nuestro empeño responsable. V. Frankl, Logoterapia, o.c. pp. 61-108; del
mismo autor, cf. también Psicoterapia per tutti, Paoline, Roma, 1985.

363
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

^ Tabla XII
Complacencia, identificación, internalización

Antecedentes Complacencia Identificación Internalización


1) Fin de la efecto relación maximizar el
persona social auto- propio
influenciada definitoria sistema de
valores

2) Fuerza de poder de atracción credibilidad


influencia recompensa
de la fuente o de castigo

3) Efectos conformidad aceptación convicciones


sobre el pública privada- integradas
comporta­ exterior interior en la
miento personalidad
total
Consecuentes Complacencia Identificación Internalización
1) Condicio­ vigilancia por capacidad capacidad
nes para la parte de la auto-identi- expresiva
actuación fuente ficatoria de del compor­
del compor­ la relación tamiento
tamiento

2) Condicio­ se puede fin de la descubri­


nes de aban­ obtener el relación o miento de
dono del mismo efec­ ya no es modos
comporta­ to también auto- mejores
miento en otros definitoria para vivir
modos los valores
(defensas)

3) Estilo de limitación de estereotipado flexible-


comporta­ opciones coherente
miento
13 Esta tabla, ha sido tomada, adaptandola, de Kelman H. C., «Tre Pro-
cessi d’influenza Sociale», en Warren N.- Johada M., op. cit., 225.

364
El A p r e n d iz a je d e l a s M o t iv a c io n e s

El acercarse al valor sin segundos fines permite com­


prender cada vez más, el valor mismo en su entero significa­
do y en sus implicaciones: de él deriva el ánimo para perci­
bir la realidad personal y social en su totalidad, sin excluir
aspectos indeseados ni subestimar el bien recibido, sin uni-
lateralismos o visiones parciales. Probablemente cuando se
es así de realista se es, también, particularmente eficaz; por­
que se anuncia algo percibido como verdadero en sí mismo
y también experimentado como tal en la propia vida, se lle­
ga a ser creíble.

En cambio, cuando no hay un aprendizaje internalizan­


te, el dinamismo consiguiente será de signo opuesto: el va­
lor, aun cuando elegido u observado exteriormente, no será
acogido en su validez intrínseca ni buscando por sí mismo y,
por tanto, no podrá ser percibido en su integridad y profun­
didad. Por un lado, tal individuo ve la realidad en modo
contaminado, a partir de sí mismo y de lo que puede recibir
de los demás y le da excesiva importancia a algunos aspec­
tos mientras que no ve otros (distorsión perceptiva).

Por otra parte, va al encuentro de la vida con la preten­


sión tácita de que ella deberá garantizarle la satisfacción de
sus necesidades no resueltas o su completa eliminación, y
elige un rol profesional-social con esta oculta presuposición
(expectativas irrealistas). Así, si este individuo tiene una ne­
cesidad inconsciente de sobresalir, aun si elige un valor con­
trario a ella deberá estar siempre al centro de la situación,
esperará erróneamente que su papel le ofrezca esta posibili­
dad, y verá a los demás como posibles rivales o como satéli­
tes en torno a él (una persona de este tipo definió así a los
demás: «aquella cosa de la que cada uno de nosotros tiene
necesidad de rodearse»).

El fenómeno de la distorsión perceptiva -es bueno re­


cordar- llega a ser cada vez más general en la psiqué del su­
jeto y va, progresivamente, condicionando el modo de pro­
gramarse la vida, hacer elecciones, soñar el futuro; impide

365
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

hacer juicios objetivos, empuja gradualmente a reinterpretar ar­


bitrariamente el significado auténtico de los valores y de las
actitudes, aun aquellos valores que parecían fijos y definitiva­
mente codificados. La distorsión perceptiva no ahorra ninguna
área: de la percepción de sí a la interpretación de los mensajes,
de la relación con los demás al discernimiento cotidiano.

Y, mientras tanto, paralelamente se agigantan las expectati­


vas irrealistas: un mundo de esperanzas e ideales cada vez más
utópicos y vulnerables. Y precisamente porque irrealistas, no
pueden encontrar una verificación en la realidad y, por tanto,
aumentan el sentido de alienación de la realidad personal (ya
no se reconoce) y social (ya no se reencuentra en el grupo).
Distorsión perceptiva e ilusiones, pronto convertidas en desilu­
siones, hacen que la persona se cierre en sí, con todas las con­
secuencias que marchitan el ánimo: las jubilaciones precoces y
la búsqueda del «nido a la medida»; o también la rabia y el
aislamiento donde, al menos en la fantasía, las expectativas
pueden continuar siendo soñadas. Naturalmente está seria­
mente comprometida la eficacia del testimonio.

b. Tensión de renuncia

Saber internalizar no significa haber encontrado el modo


de simplificar la vida y volverla fácil, anulando toda fatiga y
toda incomodidad. Probablemente Freud no estaba en lo
justo cuando afirmaba que el hombre aspira a vivir sin ten­
sión o al menos a un nivel mínimo de tensión. La suya es
una constatación que fotografía exactamente la situación de
quien se contenta con vivir al nivel homeostático del princi­
pio del placer, pero no se puede decir que represente el
ideal de la vida en cuanto tal: sería como decir que la situa­
ción óptima de vida es la muerte, como ausencia absoluta
de tensión: y esto es una contradicción14. Para vivir es de­
14 Ya hemos visto cómo Freud no escapó a tal contradicción que, por
otra parte, es una consecuencia lineal de algunos de sus principios teóri­
cos; y habla de la contradicción interna de quien vive en función del
principio del placer, según el estilo operativo del instinto de muerte
(coacción a repetir).

366
E l A p r e n d iz a je d e l a s M o t iv a c io n e s

seable un cierto grado de tensión. Es la experiencia de to­


dos: la tensión es energía psíquica al origen de todo acto
psíquico y el aliento de toda pasión. Sin ella no se sufre ni
tampoco se goza; se reposa pero no se construye nada; se
tiene la impresión de estar bien, pero en cierto momento
puede venir el aburrimiento de no hacer nada. El problema
será, si acaso, ver qué tipo y grado de tensión.

La capacidad de internalizar comporta inevitablemente


una tensión de renuncia', «un estado emotivo caracterizado por
una aprehensión e incertidumbre no obstinadas y no influ­
yentes en el comportamiento, derivado de una fallida satis­
facción de una necesidad presente, pero que no es funcio­
nalmente significativa»15. En otras palabras, significa una
sensación soportable de sufrimiento, determinada por la re­
nuncia a la gratificación de una necesidad que, sin embargo,
no es tan importante en el equilibrio psíquico del individuo,
no está al centro de su atención emotiva16. La internaliza­
ción de un valor tiene, en efecto, el precio de la renuncia a
las necesidades contrarias a él, que hemos llamado disonan­
tes. El problema no es la renuncia, sino la razón por la cual se
acepta la renuncia; la renuncia no crea frustración cuando está
motivada por el yo ideal: el hombre se reconoce en el valor
elegido; sobre todo advierte la atracción que le da la doble
fuerza de tender al valor y de controlar las necesidades opues­
tas a él. El proceso de internalización es una experiencia de
fuerte atracción: es precisamente ésta la que consiente soportar
la tensión de la renuncia. Aquí, por consiguiente, el sacrificio
es consciente, libremente aceptado; hace sufrir, pero no invade
totalmente las áreas psíquicas; es, a veces, insistente, pero
siempre controlable. Para que esto sea posible, son decisivas
dos condiciones psicodinámicas:

a) Al centro de la atención y atracción emotiva está


un valor y no una necesidad: si es el valor el que
15 L. Rulla, Psicología del profondo e vocazione: le persone, o.c., p. 94.
16 Para el concepto de necesidad central, funcionalmente significativa,
cf. arriba Parte I, c. 5.

367
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

me da identidad, siento que para hacerlo mío


debo experimentarlo no sólo como bueno y grati­
ficante «en sí», sino también apetecible y conve­
niente «para mí».

b) La tensión por no haber gratificado una necesidad


disonante no invade todo el aparato psíquico: per­
manece, por consiguiente, controlable y no condi­
ciona las facultades mentales-afectivas-volitivas que,
aun cuando están bajo tensión, permanecen orienta­
das al valor. La alternativa excluida no desaparece,
sino que permanece atractiva; sin embargo, será
tenida bajo control por el otro contenido internali­
zado que atrae más poderosamente, aunque no
siempre como deseo emotivo.

Todo proyecto educativo debe rechazar el mito del


hombre sin represión, como si el hombre maduro fuese libre
de expresar todas las potencialidades propias. El yo humano,
para desarrollarse, debe autolimitarse. Es la tesis de la psico­
logía de la consistencia: «El compromiso existe cuando la
persona se vuelve incapaz de desdecir la decisión tomada, o
sea cuando hay un alto costo psicológico, y cuando el com­
portamiento elegido tiene implicaciones de costo-remunera­
ción futuros». Tal renuncia da un elemento de alegría a la
alternativa elegida1'’. El punto está en fundamentar la renun­
cia, que debe ser justificada (motivada por el valor) y sincera
(dictada por el atractivo de este valor).

El otro tipo de tensión es la tensión de frustración: un es­


tado emotivo caracterizado por una aprensión e incerteza
más o menos persistentes, que influye en el comportamien­
to y que tiene su origen en la falta de satisfacción de una
necesidad presente, que es funcionalmente significativa. Es
la frustración por las contradicciones internas: debo perdo­
nar, pero querría vengarme; querría colaborar, pero me agra­
da actuar por mi cuenta; me gustaría ceder, pero también
17 H. B. Gerard, Basic features of commitment en R. P. Abelson y cois.,
Theories of cognitive consistency: a sourcebook, o.c., p. 457.

368
E l A p r e n d iz a je d e l a s M o t iv a c io n e s

mantenerme firme para hacer rendirse al otro. Así, se que­


rría y no se querría: si sigo el impulso, después está el es­
crúpulo; si sigo el valor, me parece perder algo necesario. El
comportamiento derivante será inestable y contradictorio.
Aquí no se verifican las dos condiciones vistas arriba. Al centro
de la atención y atracción emotiva hay una necesidad que,
aunque disonante con el valor teóricamente elegido, permane­
ce, sin embargo, importante para la imagen y la realización de
sí. Por otra Aparte, no satisfacerla produce una ansia difusa
que invade las áreas psíquicas de la persona: renunciar a ella
significa sentir un vacío, en otra forma incolmable, que pesa
en el funcionamiento general de la personalidad, disturba la
atención y, a veces, la actividad y es difícilmente controla­
ble. Aun admitiendo que un excesivo (y no durable) volun­
tarismo o un ascetismo forzado haga resistir, la tensión que
derivará de ello será notable, con desgaste de energía y sen­
tido de tristeza difusa. Al renunciar, esa persona tendrá la
impresión de haber sido defraudada de un derecho suyo;
idealizará el fruto prohibido o buscará despreciarlo o mini­
mizarlo. En todo caso, no podrá estar contenta y convencida
de la elección hecha (a pesar de las afirmaciones contrarias):
observará exteriormente el ideal, pero sin real pasión por él.
Se pone en marcha un proceso de desgaste interno que per­
judica la perseverancia en el compromiso emprendido, cuan­
do ya no sepa encontrar motivaciones suficientes para conti­
nuar diciendo no a una necesidad cada vez más obsesionante
y exigente18.

c. Ejercicio de los roles

Una ulterior consecuencia del proceso internalizante es la


capacidad de dar una dirección armónica y unificante a las va­
rias actividades y roles que constituyen nuestro actuar. Todos
nosotros ejercitamos una pluralidad de roles: algunos no son
elegidos (ser varón o mujer, italiano o africano ...), otros son
elegidos (los roles profesionales); algunos, sentidos como más
18 El lector puede aplicar esta dinámica a diversos tipos de compromi­
so, como por ejemplo la fidelidad matrimonial, el celibato sacerdotal, el
perdón de las ofensas recibidas ...

369
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

importantes (los roles vocacionales), otros menos (los pasa­


tiempos o los roles ligados a aptitudes particulares). A veces,
estos roles pueden ser entre sí bastante diversos: la misma
persona puede ser médico, padre, apasionado del arte,
miembro de una asociación deportiva... Con frecuencia son
también fragmentarios: difícilmente cada uno de ellos -por sí
solo- está en grado de expresar la personalidad total. Más a
menudo todavía, son también conflictivos entre sí: no es fá­
cil concordar el papel de madre con el de profesionista; el
del gerente industrial que manda, con el del padre que
comprende. Por todas estas razones es fácil dispersarse: se
focaliza en un solo rol, se hace una inversión de roles dando
más importancia a los menos importantes, se viven en modo
esquizofrénico...

Quien tiene la capacidad de intemalización se identifica,


por definición, en base a las convicciones. Por esto, siendo
ellas las que midan su vida, sabrá organizar mejor entre sí los
varios roles, darles la importancia que merecen, ordenarlos y
vivirlos como medios más o menos orientados a realizar su op­
ción ideal. La capacidad de intemalización da un estilo a la
persona y favorece la eficacia de su trabajo: toda actividad es
utilizada como un medio para expresar y realizar valores que la
trascienden y en función de los cuales es elegida la actividad.
Hay, por consiguiente, una precisa relación entre la opción va-
lorial de fondo y los varios roles intermedios; la primera es el
fin, los segundos son los medios. El valor indica las conviccio­
nes y ofrece las motivaciones, los roles son modos para mani­
festarlas y volverlas operativas. Las convicciones son, por natu­
raleza, estables y revelan la identidad del yo; los modos
concretos de actuarlas pueden cambiar. El valor, en fin, tras­
ciende la persona, el rol no siempre y no necesariamente.

Lo opuesto de la orientación al valor es la orientación al


rol: la actividad es vivida como fin en sí misma, por su capaci­
dad de dar gratificaciones y como sede de la propia identi­
dad19. Cambia radicalmente la relación jerárquica arriba descri­
19 A. Manenti, Vocazione, Psicología e Grazia, Dehoniane, Bologna, 1979,
pp. 46-50.

370
El A p r e n d iz a je d e l a s M o t iv a c io n e s

ta: el rol se convierte en lo absoluto y el valor es poco más


que un accesorio. La inversión de tendencia se inicia en el
inconsciente, sin hacer mella en la proclamación exterior del
valor. Por consiguiente, podrá ser una persona con un plano
correcto de valores. Pero cambia su modo de identificarse,
ya no centrado en el ideal, sino en algún rol que le da modo
de expresarse, manifestar las propias cualidades, conservar la
estima frente de sí y a los demás. En vez del proceso de in­
ternalización, salta aquí la identificación no internalizante.

Deriva de ello un apego incondicionado al rol, una especie


de inamovilidad de ciertas actividades o puestos, dado que son
precisamente ellos los que le dan la impresión de ser «al­
guien». Renunciar a ellos sería ponerse en crisis de identidad.
Se ha convertido en un «enrolado». Aparentemente tal indivi­
duo se involucra totalmente en aquello que hace, hace todo
por salir bien; pero el estilo es de sutil narcisismo y autocom-
placencia por la posición que posee. Y a la larga un estilo de
este género produce fastidio. En efecto, cuando un rol es vivi­
do no como medio sino como fin en sí mismo, corre el riesgo
en cierto momento de ser desarrollado por hábito, sin entusias­
mo, como con resignación, porque «toca hacerlo». Lo que se
hace sólo por sí mismo, aunque fuese la más gratificante de las
actividades, al fin cansa. Es una ley psíquica. Si no hay motivo
superior que exalte el yo ideal y respete la íntima conforma­
ción del hombre, aun el rol termina por desilusionar y crear
frustración. Y todo ello, aún más, en daño de la eficacia y per­
severancia en la transmisión del valor.

371
Amadeo Cencini y Messandro Manenti

Tabla XIII
El proceso internalizante y no internalizante

Proceso Internalizante
determina

percepción realista _ j. , , reconocimiento del


r K, , atracción del valor ... , .
del valor . yo ideal en el valor
i
realismo de ,
i
.
tensión de renuncia
i
orientación
, ,
expectativas ^ al valor

Eficacia y Perseverancia /
i
Aumento ulterior de la capacidad de internalización

Proceso no internalizante
determina
1
distorción no integración de , , . , , ,
, , , , j j dependencia del rol
perceptiva del valor las necesidades v

.
1
expectativas
irrealistas
c
Ld
tensión de
frustación
. i
.,
y
, ,
orientación al rol

\ i /
niveles mínimos de Eficacia y Perseverancia

I
disminución ulterior de la capacidad de internalización

372
i?NTRE PRESENTE Y PASADO

Conclusión
E n tr e P resen te y P a sa d o

Alberto es un joven drogadicto. Ha robado en casa, no


va más a la escuela, se ha despedido del trabajo. Ahora anda
perdido. ¿Por qué? Vivía en una familia conflictiva: los pa­
dres, tras años de pleitos, terminaron por separarse. Conti­
nuaron luego disputándose con extorsiones y venganzas el
afecto de Alberto quien, enojado con los dos, llegó al punto
de tomar el tren para Amsterdam, donde encontró la droga.
¿El pasado de Alberto nos puede explicar su estado pre­
sente? En cierto sentido puede hacerlo: proporciona datos
esenciales para comprender el contexto global de la vida
de Alberto. Pero existen tantos otros muchachos con his­
torias análogas o peores y que, sin embargo, no se drogan.
¿Cuál es la diferencia? ¿Podemos afirmar que el pasado no
tiene que ver y que «los motivos pasados no explican
nada, a menos que sean también motivos presentes » ? 1

Sobre este tema existe mucha confusión: verdades par­


ciales, asumidas como slogans, son creídas como verdades
totales por el hombre común, que se obstina tanto por en­
contrar en la propia infancia los orígenes del sufrimiento de
hoy: complejo de Edipo, complejo de castración, frustracio­
nes en la fase pre-edípica, trauma del nacimiento... Y todo
ha llevado a algunos psicólogos celosos a poner en guardia a
los padres y educadores: no frustréis jamás a vuestro hijos,
el estrés de hoy puede causar traumas irreversibles mañana.

1 G. W. Allport, Psicología, o.c., p. 188.

373
Amadeo Cenáni y Messandro Manenti

1. El raciocinio causal

Se podría concebir la psicogenética -que busca explicar


el presente recurriendo al pasado- en términos de causalidad
entendida como en las ciencias naturales, de causa y efecto.
Como un bacilo causa una infección, así un trauma infantil
causa la neurosis2. El raciocinio causal sigue sintéticamente
este esquema: el niño en la primera infancia vive y actúa
bajo el influjo de impulsos instintivos que siguen la lógica
del «principio del placer»: obtener la máxima gratificación
evitando, lo más posible, la culpa y el castigo social. Este
estilo egocéntrico suscita, antes o después, la desaprobación
de parte de los padres; por lo que el niño debe renunciar a
la lógica del todo e inmediatamente. Al principio del placer
debe sustituir el «principio de la realidad»: en este modo, el
impulso es reprimido y -con el tiempo- también el recuerdo
de la situación a él conectada. Pero lo que es reprimido so­
brevive activo en el inconsciente. En la vida sucesiva, una
situación similar a la originaria (por semejanza real o presun­
ta) reactiva ese conflicto inconsciente que, con su carga de
emociones, causa hoy un síntoma neurótico. Ayudar al pa­
ciente a reportar a la conciencia (reevocar) ese material re­
primido significa remover la causa de su trastorno actual: el
presente es explicado en base al pasado.

Prescindiendo de los cambios y transformaciones que


han tenido lugar en el inconsciente, el raciocinio causal hace
estas tres afirmaciones fundamentales:

a) Hay relación directa entre ciertos tipos de expe­


riencias infantiles y ciertos tipos de comporta­
miento adulto.

b) Reevocar esas experiencias y las emociones a ellas


correlacionadas corrige el comportamiento actual.

2 Sobre el problema de la causalidad, cf. D. Wyss, Storia della psicología


del profondo, vol. II, o.c., pp. 63-70. R. Schafer, Psychoanalysis without
psychodynamics, en «Intern. J. Psycho-Analysis», 56 (1975). pp. 50-53.

374
Z?NTRE PRESENTE Y PASADO

c) Los acontecimientos infantiles están correlaciona­


dos a la vida actual porque las memorias han sido
reprimidas, pero han continuado operando en el
inconsciente, determinando un efecto correspon­
diente en el comportamiento actual.

Este