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Cuento

Un árbol mágico
Hace mucho mucho tiempo, un niño paseaba por un prado en cuyo centro encontró un
árbol con un cartel que decía: soy un árbol encantado, si dices las palabras mágicas, lo
verás.

El niño trató de acertar el hechizo, y probó


con abracadabra, supercalifragilisticoespialidoso, tan-ta-ta-chán, y muchas otras, pero
nada. Rendido, se tiró suplicante, diciendo: "¡¡por favor, arbolito!!", y entonces, se abrió
una gran puerta en el árbol. Todo estaba oscuro, menos un cartel que decía: "sigue
haciendo magia". Entonces el niño dijo "¡¡Gracias, arbolito!!", y se encendió dentro del
árbol una luz que alumbraba un camino hacia una gran montaña de juguetes y chocolate.

El niño pudo llevar a todos sus amigos a aquel árbol y tener la mejor fiesta del mundo, y
por eso se dice siempre que "por favor" y "gracias", son las palabras mágicas
Fabula

El congreso de los ratones

Había una vez una familia de ratones que vivía en la despensa de una casa, pero temiendo siempre
los ataques de un enorme gato, los ratones no querían salir. Ya fuera de día o de noche este
terrible enemigo los tenía vigilados.

Un buen día decidieron poner fin al problema, por lo que celebraron una asamblea a petición del
jefe de los ratones, que era el más viejo de todos.

El jefe de los ratones dijo a los presentes:

- Os he mandado reunir para que entre todos encontremos una solución. ¡No podemos vivir así!

- ¡Pido la palabra! - Dijo un ratoncillo muy atento-Atemos un cascabel al gato, y así sabremos en
todo momento por dónde anda. El sonido nos pondrá en alerta y podremos escapar a tiempo.

Tan interesante propuesta fue aceptada por todos los roedores entre grandes aplausos y
felicidad. Con el cascabel estarían salvados, porque su campanilleo avisaría de la llegada del
enemigo con el tiempo para ponerse a salvo.

- ¡Silencio! – Gritó el ratón jefe, para luego decir: Queda pendiente una cuestión
importante: ¿Quien de todos le pondrá el cascabel al gato?

Al oír esto, los ratoncitos se quedaron repentinamente callados, muy callados, porque no podían
contestar a aquella pregunta. De pronto todos comenzaron a sentir miedo. Y todos,
absolutamente todos, corrieron de nuevo a sus cuevas, hambrientos y tristes.

Moraleja: es más fácil proponer ideas que llevarlas a cabo


Leyenda

El Cadejo

El Cadejo corresponde a una de esas historias que no solamente se conocen en un lugar


determinado de Centroamérica (en este caso en el Salvador), sino que existen versiones del
mismo relato en otras latitudes como por ejemplo en México.

Es una leyenda de origen indígena en la que se asegura que los canes son los animales
idóneos para ayudar al recién fallecido, a arribar a la tierra de los muertos.

A pesar de eso, con la llegada de las tropas españolas a Mesoamérica, dicho mito comenzó a
transformarse, pues en versiones posteriores se dice que esta leyenda se usa para ilustrar de
una manera clara, el contraste que existe entre “el bien” y “el mal”.

Los Cadejos son perros fantasmas más grandes de lo habitual. Generalmente se les puede
ver en parejas. Un can es de color blanco, en tanto que el otro posee un pelaje completamente
negro.

El galgo de color blanco tiene los ojos azulados y simboliza la luz del paraíso. Es decir, si el
alma de un difunto es conducida por éste, encontrará en descanso eterno en muy poco
tiempo, pues no tendrá obstáculos para llegar a su morada final.

Sin embargo, si durante ese trayecto se llegara a aparecer el cadejo negro, habría que tomar
ciertas precauciones, puesto que a este can se le asocia con el averno.

Su misión principal es la de llevar a almas inocentes al infierno, para complacer a Satanás. La


forma en la que los salvadoreños antiguos alejaban a este espíritu del mal, era quemando
incienso. (En ciertas regiones de ese país, a esta sustancia obtenida de las plantas se le
conoce como Sahumerio).

El consejo que te podemos dar es que, si vas de paseo por el campo, procura regresar a tu
domicilio antes de que se oculte el sol, pues a veces los cadejos andan sueltos.
Claudia Lars

(Carmen Margarita Brannon Vega; Armenia, 1899 - San Salvador, 1974)


Poetisa salvadoreña, una de las voces más sobresalientes de la lírica
centroamericana del siglo XX.

Hija de Peter Patrick Brannon, ingeniero norteamericano, y de la


salvadoreña Carmen Vega Zelayandía, estudió en el colegio La Asunción de
la ciudad de Santa Ana, donde la joven Claudia se decantó por los estudios
humanísticos. Religión y poesía se vincularon en su hogar para acrecentar
su sensibilidad natural. Desde muy pronto recibió la influencia de los
clásicos antiguos y españoles (Góngora, Quevedo, Fray Luis de León), así como la
de los románticos ingleses y de Rubén Darío. También coincidió con algunos
de sus contemporáneos, como el cuentista salvadoreño Salarrué.
Poetisa precoz, con diecisiete años publicó un breve poemario que pasó
inadvertido: Tristes mirajes, que vio la luz gracias al mecenazgo del general y
poeta Juan José Cañas, uno de sus primeros mentores. Por esa época
Claudia Lars mantenía relaciones sentimentales con el poeta Salomón de la
Selva. Pero en 1919, cuando habían ya formalizado su compromiso de
matrimonio, el padre de Claudia decidió romper el vínculo y enviar a su hija
a los Estados Unidos, a casa de unos familiares afincados en Pennsylvania.
Allí conoció a Le Roy Beers, con quien contrajo matrimonio tras un breve
período de noviazgo.
Sin abandonar el país norteamericano, la poetisa se instaló en compañía de
su nuevo esposo en el barrio de Brooklyn de Nueva York, donde ejerció
como profesora de lengua castellana en la Escuela Berlitz. En 1927 tuvo
ocasión de regresar a su país junto con su cónyuge, que acababa de ser
nombrado cónsul de los Estados Unidos en El Salvador. Aposentados en la
capital salvadoreña, a finales de 1927 nació su primer hijo, Le Roy Beers
Brannon, que sería el único vástago de Claudia Lars.

Claudia Lars volvió a frecuentar los cenáculos literarios, en especial el


congregado alrededor del poeta Alberto Guerra Trigueros, compuesto por
escritores como Alberto Masferrer, Salarrué y Serafín Quiteño. En ese nuevo
ambiente la poesía de Claudia Lars fluyó de nuevo con espontaneidad y
soltura, lo que se tradujo en 1934 en una nueva entrega lírica: Estrellas en el
pozo, publicada en las famosas Ediciones Convivio por voluntad expresa de
su director, el intelectual costarricense Joaquín García Monge.
Esta obra, bien recibida por críticos y lectores, allanó el camino del
siguiente poemario de Claudia Lars, Canción redonda (1936), al que siguió,
tras un paréntesis, La casa de vidrio (1942). En este fértil periodo publicó
también Romances de norte y sur (1946), Sonetos (1947) y Ciudad bajo mi voz, libro
premiado en el Certamen Conmemorativo del IV Centenario del Título de
Ciudad de San Salvador.

En 1948 se instaló en Guatemala para ejercer allí sus competencias como


agregada cultural de la Embajada de El Salvador, cargo con el que acababa
de honrarla el gobierno salvadoreño. En Guatemala conoció además a quien
habría de convertirse en su segundo esposo, Carlos Samayoa Chinchilla.

A su regreso a El Salvador, continuó desempeñando algunos cargos


públicos en el departamento editorial del Ministerio de Cultura, donde poco
tiempo después asumiría la dirección de la revista Cultura. Mostró una
mayor madurez conceptual y expresiva en el volumen Donde llegan los
pasos (1953), al que siguió, dos años después, Escuela de pájaros (1955), un
texto con el que se acercaba a los lectores infantiles.
En 1959 publicó Fábula de una verdad y Tierra de infancia, obra que presentó
como sus memorias poéticas. En 1961 se imprimió una muestra antológica
de sus versos destinados a los niños (Girasol), que se complementó aquel
mismo año con una selección del resto de su producción lírica (Presencia en el
tiempo). Al año siguiente, su poemario Sobre el ángel y el hombre fue distinguido
con el segundo premio del Certamen Nacional de Cultura, y en 1965 fue
galardonada con el primer premio del certamen conmemorativo del
cincuentenario de los Juegos Florales de Quezaltenango (Guatemala), por
su libro Del fino amanecer. Su última obra, Nuestro pulsante mundo, se publicaría
en 1969.
Desde su libro inicial, Estrellas en el pozo (1934), el ideal poético de Claudia
Lars quedó en evidencia: la transparencia, la sencillez y la ternura como
revelación de la belleza, a través de un notable conocimiento formal del
verso. El paisaje y los seres que lo habitaban, así como el tema familiar, la
influyeron hondamente, como reflejó en La cantora y su pueblo. Ella misma
declaró: "Bajo los temores y las supersticiones que con los años se irían
desprendiendo de mi credulidad como hojas sin savia, la abuela sembraba
en mi mente ideas magníficas: la diferencia que hay entre la cobardía y la
acción heroica; entre la pureza del alma y los bajos instintos corporales".
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