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Ana María Crespo

Estética

19/10/2017

Si acudimos a la etimología de la palabra estética, esta nos remite a la idea de


sensibilidad. La estética también podría definirse como la percepción de la belleza. Las
cosas que nos rodean producen en nosotros una reacción estética: las calificamos como
bellas o feas, pero este ejercicio está atravesado por el contexto histórico. De manera
que la belleza no es un valor delimitado, sino más bien, tiene el carácter de mutar.

Al abordar la belleza surge el problema de la objetividad, pues hay que definir si ésta
reside en las cosas (objetivo) o quien la espectador quien la experimenta (subjetivo).

Para los antiguos la belleza estaba ligada a la armonía y simetría. En base al contexto
hay un criterio epocal de lo bello; esto se entiende como “relativismo estético”.

En la modernidad el arte se define como la representación de lo real, pero también


como la producción de lo bello. Sin embargo, las vanguardias desarman estas nociones
y proponen hacer de la vida un acto creativo. Por lo que se posicionan en contra de la
institución del museo que crea una distancia entre el arte y los sujetos, volviéndolo
inaccesible para ellos. Pero esta estrategia no surte efecto y el arte se vuelve objeto de
especialistas.

Para embellecer la vida cotidiana hay dos caminos: uno tiene que ver con el consumo
de objetos o servicios para modificar nuestra apariencia. Otra opción es acercarnos a lo
diferente y producto de esta experiencia: crecer.

Hoy en día la estética está en todas partes, en la educación, en la política, en la religión.


Vivimos en un mundo donde continuamente estamos sometidos a estímulos estéticos,
de manera que cabe cuestionarse qué pasa con el arte bajo estas condiciones. La
reproductibilidad técnica modificó la forma en que se hace arte, lo volvió más accesible
para las masas. Sin embargo, su industrialización lo transforma en mercancía y somete
el ejercicio artístico a las leyes del mercado. De acuerdo a Walter Benjamin, la obra de
arte pierde su calidad aurática, es decir su relación con el aquí y el ahora, además el
vínculo con su contexto de producción se difumina.
En la república de Platón, se plantea que la belleza de un objeto, un animal o una acción
está asociada a su utilidad. Para cada objeto se definen tres artes: el uso, la fabricación
y la imitación. El imitador fabrica fantasmas, copia la apariencia y por lo tanto se aleja
de la verdad. En esta categoría están los pintores, quienes sin conocer de primera mano
la realidad que retratan, la trazan sobre el lienzo. O los poetas, que hablan de
experiencias que no han vivido. Ambos son definidos como “simples constructores de
imágenes”. Es como si se tratase de sujetos que siendo habitantes de la caverna, esta
realidad distorsionada de la cual solo se asimilan las sombras, crearan a partir de lo que
ellos creen ver, es decir de lo que en apariencia se presenta como real.