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HISTORIA.
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OBKAS PUBLICADAS
POR
HISTORIA
LA ESPAÑA MODERNA DE LA

JHurray.—Historia de la Literatura c l á s i c a g r i e g a ,
10 pesetas.
LITERATURA INGLESA
F i t z m a u r i e e - K e l l y . —Historia de l a Literatura POR
española, 10 pesetas.
D o w d e n - Historia de la Literatura francesa, 9 pe-
setas. HIPOLITO TAINE "
G a r a e t . — H i s t o r i a de la Literatura italiana, 9 p e - de la Academia francesa.

setas.
WalSssBewsky. — Historia de l a Literatura rusa, 9
pesetas. TOMO I
Taine.—Historia de la Literatura inglesa, 5 v o l ú -
menes, 34 pesetas.—Tomo I, Los orígenes, 7 p e s e t a s - LOS ORÍGBNBS
T o m o II, El renacimiento, 7 pesetas. — T o m o III, La
Edad clásica, 6 pesetas.—Tomo I V , La Edad moderna, 7
pesetas.—Tomo V , Los contemporáneos, 7 pesetas. C a d a 8. a B D I O I Ó N
tomo se v e n d e suelto.

Otras obras de H . T a í n e publicadas por LA ESPA-


ÑA MODERNA: L a I n g l a t e r r a , 7 p e s e t a s . — L o s oríge-
nes de la F r a n c i a c o n t e m p o r á n e a . — E l antiguo régi-
men, 10 pesetas.—Notas sobre París, 6 p e s e t a s — L o s
filósofos del siglo x i x , 6 pesetas.—El A r t e en G r e c i a ,
3, pesetas.—El I d e a l en el Arte, t 3^pesetas.—Filosofía ap«í0.16¿$ mmmm, ¡misa
del Arte, 3 p e s e t a s . — V i á j é á Italia,"Florencia, 3 pese-
tas.—La Pintura en los Países Bajos, 3 pesetas.—Via-
je á Italia, Milán, 3 pesetas.—Viaje á Italia, Nápoles,
MADRID
3 pesetas.—Viaje á Italia, R o m a (2 tomos) 6 pesetas.— LA E S P A Ñ A MODERNA
V i a j e á Italia, V e n e c i a , 3 pesetas. Cuesta Sto. Domingo, 16.
OBKAS PUBLICADAS
POR
HISTORIA
LA ESPAÑA MODERNA DE LA

JHurray.—Historia de la Literatura c l á s i c a g r i e g a ,
10 pesetas.
LITERATURA INGLESA
F i t z m a u r i e e - K e l l y . —Historia de l a Literatura POR
española, 10 pesetas.
D o w d e n - Historia de la Literatura francesa, 9 pe-
setas. HIPOLITO TAINE "
G a r a e t . — H i s t o r i a de la Literatura italiana, 9 p e - de la Academia francesa.

setas.
WalSssBewsky. — Historia de l a Literatura rusa, 9
pesetas. TOMO I
Taine.—Historia de la Literatura inglesa, 5 v o l ú -
menes, 34 pesetas.—Tomo I, Los orígenes, 7 p e s e t a s - LOS ORÍGBNBS
T o m o II, El renacimiento, 7 pesetas. — T o m o III, La
Edad clásica, 6 pesetas.—Tomo I V , La Edad moderna, 7
pesetas.—Tomo V , Los contemporáneos, 7 pesetas. C a d a 8. a B D I O I Ó N
tomo se v e n d e suelto.

Otras obras de H . T a í n e publicadas por LA ESPA-


ÑA MODERNA: L a I n g l a t e r r a , 7 p e s e t a s . — L o s oríge-
nes de la F r a n c i a c o n t e m p o r á n e a . — E l antiguo régi-
men, 10 pesetas.—Notas sobre París, 6 p e s e t a s — L o s
filósofos del siglo x i x , 6 pesetas.—El A r t e en G r e c i a ,
3, pesetas.—El I d e a l en el Arte, t 3^pesetas.—Filosofía ap«í0.16¿$ mmmm, ¡misa
del Arte, 3 p e s e t a s . — V i á j é á Italia,"Florencia, 3 pese-
tas.—La Pintura en los Países Bajos, 3 pesetas.—Via-
je á Italia, Milán, 3 pesetas.—Viaje á Italia, Nápoles,
MADRID
3 pesetas.—Viaje á Italia, R o m a (2 tomos) 6 pesetas.— LA E S P A Ñ A MODERNA
V i a j e á Italia, V e n e c i a , 3 pesetas. Cuesta Sto. Domingo, 16.
DEDICATORIA

E
FONDO l historiador de la. Civilización de Europa y
W C A M K ) COVARRUB1AS de Francia es h o y aún en nuestro país el jefe
de los estudios históricos, c u y o promovedor
ES PROPIEDAD fué en otros días. Y o , por mi parte, he recibido prue-
bas de su benevolencia; he aprendido en su c o n v e r -
sación, consultado sus libros, y gozado de esa ampli-
tud imparcial de espíritu, de esa activa y generosa
simpatía con que acoge los trabajos y las ideas aje-
nas, aunque esas ideas no sean las suyas. Es para mí
un deber y una honra dedicar esta obra á M. Guizot.
« . A • » • L ••
H. TAINB.

toeUOTECA UNIVERsjgfflA
"ALFONSO REYES
i c o COVftRR

4812. —AYRIAL, impresor, San Bernardo, 92.—Teléf. 3.922


INTRODUCCIÓN

«El historiador podría colo-


carse en el seno del alma huma-
na durante un período de tiem-
po, una serie de siglos ó en
un pueblo determinado. Podría
estudiar, describir, contar to-
dos los acontecimientos, todas
ge . . las transformaciones, todas las
revoluciones consumadas en el
interior del hombre; y cuando
hubiese llegado al fin, tendría
una historia de la civilización
en el pueblo y en el tiempo ele-
gidos.»
'Guizot: Civilización de
Europa, pág. 25.)

D esde hace cien años en Alemania, desde hace


sesenta en Francia, se ha transformado la
historia á favor del estudio de las literaturas.
Se ha descubierto q u e ' u n a obra literaria no es un
simple juego de imaginación, capricho aislado de una
acalorada fantasía, sino una copia de las costumbres
reinantes, y signo de un estado de espíritu. Se ha in-
ferido, por consecuencia, que, atendiendo á los monu-
mentos literarios, podría discernirse l a manera de
pensar y sentir los hombres siglos hace. Se ha reali-
zado el ensayo, y se ha obtenido un éxito satisfac-
torio.
Reflexionando sobre esas maneras de pensar y de
sentir, se ha visto que eran hechos de primer orden; valen más que como indicios del ser íntegro y vivien-
que se enlazaban íntimamente con los más grandes te. Hasta ese ser hay que llegar; ese ser es el que •ne-
acontecimientos: que los explicaban y se explicaban cesitamos reconstruir. Es engañarse estudiar el d o c u -
por ellos á su v e z ; que en lo sucesivo había que c o n - mento como si existiese por sí solo; es tratar las cosas
cederles un puesto, y uno de los más altos puestos, en c o m o simple erudito, y caer en una ilusión de biblio-
l a historia. Se les ha concedido ese puesto, y desde teca. En el fondo, no hay mitología ni lenguas, sino
entonces se v e cambiar todo en la historia: el objeto, únicamente hombres que coordinan palabras é imá-
el método, los instrumentos, la concepción de las le- genes según las exigencias de sus órganos y la forma
yes y de las causas. Ese cambio, según se efectúa y original de su espíritu. Un dogma no es nada por sí
debe efectuarse, es el que vamos á tratar de exponer mismo; mirad á los que le hicieron: ved tal retrato
aquí. del siglo x v i , ved la rígida y enérgica fisonomía de un
arzobispo ó de un mártir de Inglaterra. Nada existe
sino por la acción del individuo; el individuo mismo
es el que debemos conocer. Guando se ha determina-
do la filiación de los dogmas, ó la clasificación de los
I poemas, ó el progreso de las constituciones, ó la trans-
formación de los idiomas, no se ha hecho más que
despejar el terreno; la verdadera historia sólo surge
Les documentos históricos no son más que indicios, por medio de los cuando el historiador empieza á desentrañar, al través
cuales hay que reconstruir el individuo visiole. de la distancia de los tiempos, el hombre vivo, activo,
dotado de pasiones, provisto de hábitos, con su v o z y
su fisonomía, con sus ademanes y sus vestiduras, vi-
Cuando volvéis las grandes páginas de un tomo en sible y tangible como el que hace poco acabamos de
folio, las hojas amarillentas de un manuscrito, de un dejar en la calle. Procuremos, pues, suprimir, hasta
poema, de un código, de un símbolo de fe, ¿cuál es donde quepa, ese gran intervalo de tiempo que nos
vuestra primera reflexión? Que no se ha hecho él solo, impide observar al hombre con nuestros ojos, con los
naturalmente: que es un molde, semejante á una con- ojos de nuestra cabeza. ¿Qué hay bajo las lindas hojas
c h a fósil; que es una impresión, semejante á una de satinadas de un poema moderno? Un poeta moderno,
esas formas depositadas en la piedra por un animal Un hombre como Alfredo de Musset, Hugo, Lamartine
que vivió y murió. ¿Por qué estudiáis la concha sino ó Heine, que ha estudiado y viajado; que usa levita
para figuraros el animal? Pues de la propia suerte n o negra y guantes; que es bien visto de las damas; que
estudiáis el documento sino para conocer al hombre. por la noche hace cincuenta saludos y una veintena
L a concha y el documento son restos muertos, y no d e frases en las reuniones; que lee los periódicos por
l a mañana; que habita por lo común en un piso s e -
gundo ; y que no es muy alegre porque tiene nervios, ajuar tres cántaros en su casa, y por provisiones dos
y sobre todo, porque, en esta democracia en que nos anchoas en aceite; y hombres ociosos, servidos por
ahogamos, el descrédito denlas dignidades oficiales h a esclavos que les dejan vagar y holgura para entre-
exagerado su importancia, y la delicadeza de sus sen- garse al cultivo de su espíritu y al ejercicio de sus
saciones habituales le da ciertas tentaciones de creer- miembros, sin otra preocupación que el deseo de p o -
se dios. He ahí lo que descubrimos al través de medi- seer la más bella ciudad, las más bellas procesiones,
taciones ó sonetos modernos. Del propio modo, en una las más bellas ideas y los tipos humanos más hermo-
tragedia del siglo x v n hay un poeta, un poeta, c o m o sos. Sobre esto, una estatua como el Meleagro ó el
Racine, por ejemplo, elegante, mesurado, cortesano, Teseo del Partenón, ó l a vista de ese Mediterráneo
pulido; con una peluca majestuosa y zapatos de cintas; lustroso y azul como una túnica de seda, por donde
monárquico y cristiano de corazón, «que había reci- asoman las islas á manera de cuerpos de mármol, y
bido d é l o alto la gracia de no sonrojarse delante d e unas cuantas frases escogidas de Platón y Aristófanes,
nadie, del rey ni del Evangelio»; hábil en distraer al os enseñará mucho más que todas las disertaciones y
príncipe, en traducirle en hermoso francés del dia el comentarios. Igualmente, para entender un Purana
«lenguaje rancio de A m y o t » ; muy respetuoso con los indio, empezad por figuraros al padre de familia que,
grandes, y sabiendo siempre «guardar su puesto» c e r - «habiendo visto un hijo en las rodillas de su hijo», se
c a de ellos; obsequioso y reservado en Marly como en retira, según la l e y , á la soledad, con un hacha y un
Versalles, en medio de los atractivos regulares de una vaso, debajo de un plátano ó á orillas de un riachue-
naturaleza atildada y decorativa, entre las reveren- lo; deja de hablar; multiplica sus ayunos; permanece
cias, las gracias, los artificios y sutilezas de los seño- desnudo entre cuatro hogueras, y bajo la quinta h o -
res que han madrugado para merecer un privilegia guera, es decir, el terrible sol devorador y renovador
de sucesión, y de las damas encantadoras que cuentan incesante de todas las cosas vivas; y durante semanas
por los dedos las genealogías á fin de obtener el dere- enteras mantiene fija su imaginación, ahora en el pie
cho de asiento en palacio. Sobre esto consultad á Saint- de Brahma, luego en la rodilla, después en el muslo,
Simon y ved las estampas de Pérelle, como antes con- más adelante en el ombligo,y así sucesivamente, hasta
sultasteis á Balzac y visteis las acuarelas de Eugenio que, á impulsos de esa meditación intensa, aparecen
Lami. Asimismo, cuando leemos una tragedia griega, las alucinaciones; hasta que todas las formas del ser,
nuestro primer interés debe ser figurarnos griegos, es fundidas y transformadas unas en otras, oscilan al
decir, hombres que v i v e n medio desnudos en gim-' través de aquella cabeza arrebatada por el vértigo;
nasios ó plazas públicas, bajo un cielo esplendoroso, hasta que el hombre inmóvil, con los ojos fijos y c o n -
y en medio de los más delicados y nobles paisajes, teniendo la respiración, v e desvanecerse el mundo
ocupados en dar agilidad y fortaleza á su cuerpo, en como una humareda por encima del Ser universal y
conversar, en discutir, en votar, en ejecutar pirate- vacío en que aspira á abismarse. L a mejor enseñanza
rías patrióticas; pero hombres sobrios, que tienen p o r á este propósito seria un viaje á la India; en su defec-
to, podrán utilizarse las descripciones de los viajeros,
de los libros de geografía, de botánica y de etnología,
En todo caso, la investigación debe ser idéntica. Una
lengua, una legislación, un catecismo, no es nunca más
que una cosa abstracta; lo completo es el hombre
II
que obra, el hombre corporal y visible que come, que
anda, que combate, que trabaja. Dejad á un lado la
teoría de las constituciones y de su mecanismo, de las
SI hombre corporal y visible no es más que un indicio, por medio del
religiones y su sistema, y procurad v e r á los hombres
cual debe estudiarse el hombre interior é Invisible.
• en su taller, en sus escritorios, en sus campos, con su
cielo, su suelo, sus casas, sus trajes y sus comidas,
no de otro modo que lo hacéis cuando al desembar-
Cuando observáis con vuestros ojos el hombre visi-
car en Inglaterra ó en Italia, miráis las caras y los
ble, ¿qué buscáis en él? El hombre invisible. Esas
ademanes, las aceras y las tabernas, la gente que se
palabras que llegan á vuestro oído, esos ademanes,
pasea y los obreros que beben. Nuestra gran preocu-
esos movimientos de cabeza, esas vestiduras, esas
pación debe ser suplir hasta donde podamos, l a falta
acciones y esas obras sensibles de todos linajes no son
de la observación presente, personal, directa y sensi-
para, vosotros más que expresiones; allí se revela algo,
ble, porque es el único camino para conocer al hom-
un alma. El hombre exterior oculta un hombre inte-
bre. Hagámonos presente el pasado; para juzgar una
rior, y el primero no hace más que manifestar al se-
cosa, es menester su presencia; no h a y experiencia de
gundo. Miráis su casa, sus muebles y su traje, para
los objetos ausentes. Claro que esta reconstrucción es
descubrir las huellas de sus hábitos y de sus gustos,
siempre incompleta, y no puede dar margen más que
el grado de su elegancia ó de su rusticidad, de su pro-
á juicios incompletos; pero hay que resignarse: más
digalidad ó de su economía, de su vulgaridad ó de su
vale un conocimiento mutilado que un conocimiento
delicadeza. Escucháis su conversación y notáis las in-
nulo ó falso, y no hay más medio de conocer aproxi-
flexiones de su voz y sus cambios de actitud, para
madamente las acciones de otros días que ver aproxi-
apreciar su espontaneidad, su abandono y su v i v e z a ,
madamente á los hombres de otros días.
ó su energía y rigidez. Estudiáis sus escritos, sus obras
Ese es el primer paso en historia. Se ha dado en de arte, sus empresas mercantiles ó políticas, para
Europa, al renacer la imaginación, á fines del siglo medir el alcance y los límites de su inteligencia, de su
último, con Lessing y Walter Scot; un poco des- inventiva y de su sangre fría, para descubrir el orden,
pués en Francia con Chateaubriand, Agustín Thierry, la índole y el poder habitual de sus ideas, la manera
M. Michelet y tantos otros. He aquí ahora el segundo cómo piensa y se resuelve. Todas esas exterioridades
paso. no son más que avenidas que se reúnen en un centro,
y no las recorréis sino para llegar á ese centro; allí
to, podrán utilizarse las descripciones de los viajeros,
de los libros de geografía, de botánica y de etnología,
En todo caso, la investigación debe ser idéntica. Una
lengua, una legislación, un catecismo, no es nunca más
que una cosa abstracta; lo completo es el hombre
II
que obra, el hombre corporal y visible que come, que
anda, que combate, que trabaja. Dejad á un lado la
teoría de las constituciones y de su mecanismo, de las
SI hombre corporal y visible no es más que un indicio, por medio del
religiones y su sistema, y procurad v e r á los hombres
cual debe estudiarse el hombre interior é Invisible.
• en su taller, en sus escritorios, en sus campos, con su
cielo, su suelo, sus casas, sus trajes y sus comidas,
no de otro modo que lo hacéis cuando al desembar-
Cuando observáis con vuestros ojos el hombre visi-
car en Inglaterra ó en Italia, miráis las caras y los
ble, ¿qué buscáis en él? El hombre invisible. Esas
ademanes, las aceras y las tabernas, la gente que se
palabras que llegan á vuestro oído, esos ademanes,
pasea y los obreros que beben. Nuestra gran preocu-
esos movimientos de cabeza, esas vestiduras, esas
pación debe ser suplir hasta donde podamos, l a falta
acciones y esas obras sensibles de todos linajes no son
de la observación presente, personal, directa y sensi-
para, vosotros más que expresiones; allí se revela algo,
ble, porque es el único camino para conocer al hom-
un alma. El hombre exterior oculta un hombre inte-
bre. Hagámonos presente el pasado; para juzgar una
rior, y el primero no hace más que manifestar al se-
cosa, es menester su presencia; no h a y experiencia de
gundo. Miráis su casa, sus muebles y su traje, para
los objetos ausentes. Claro que esta reconstrucción es
descubrir las huellas de sus hábitos y de sus gustos,
siempre incompleta, y no puede dar margen más que
el grado de su elegancia ó de su rusticidad, de su pro-
á juicios incompletos; pero hay que resignarse: más
digalidad ó de su economía, de su vulgaridad ó de su
vale un conocimiento mutilado que un conocimiento
delicadeza. Escucháis su conversación y notáis las in-
nulo ó falso, y no hay más medio de conocer aproxi-
flexiones de su voz y sus cambios de actitud, para
madamente las acciones de otros días que ver aproxi-
apreciar su espontaneidad, su abandono y su v i v e z a ,
madamente á los hombres de otros días.
ó su energía y rigidez. Estudiáis sus escritos, sus obras
Ese es el primer paso en historia. Se ha dado en de arte, sus empresas mercantiles ó políticas, para
Europa, al renacer la imaginación, á fines del siglo medir el alcance y los límites de su inteligencia, de su
último, con Lessing y Walter Scot; un poco des- inventiva y de su sangre fría, para descubrir el orden,
pués en Francia con Chateaubriand, Agustín Thierry, la índole y el poder habitual de sus ideas, la manera
M. Michelet y tantos otros. He aquí ahora el segundo cómo piensa y se resuelve. Todas esas exterioridades
paso. no son más que avenidas que se reúnen en un centro,
y no las recorréis sino para llegar á ese centro; allí
está el verdadero hombre, es decir, el grupo de facul-
conocía casi enteramente. Considerábase á los £ o m -
tades y de sentimientos que produce todo lo demás.
bres de todas las razas y de todos los siglos como casi
He ahí un nuevo mundo: mundo infinito, porque cada
semejantes; el griego, el bárbaro, el indo, el hombre
acción visible arrastra en pos de sí una serie infinita
del Renacimiento y el del siglo XVIH aparecían como
de discursos, de emociones, de sensaciones antiguas ó
vaciados en el mismo molde, según cierta concepción
recientes, que han contribuido á sacarla á luz, y que,
abstracta, que servia para todo el género humano.
á modo de largas rocas profundamente hundidas en
Se conocía al hombre; no se conocía á los hombres;
el suelo, alcanzan en ella su extremo saliente. Ese
no se había penetrado en el alma; no se había visto
mundo subterráneo es el segundo objeto, el objeto p r o -
la diversidad infinita y la complejidad maravillosa de
pio del historiador. Cuando este último atesora la edu-
las almas; no se sabía que la estructura moral de un
cación crítica necesaria, puede discernir al través de
pueblo y de una edad es tan particular y tan distinta .
cada adorno de una arquitectura, de cada línea de un
c o m o la estructura física de una familia de plantas ó
cuadro, de cada frase de un escrito, el sentimiento
de un orden de animales. H o y l a historia, c o m o la
particular de donde surgieron el adorno, la línea ó la
zoología, ha encontrado su anatomía; y sea l a q u e
frase; asiste al drama íntimo desarrollado en el artista
quiera la rama histórica que se cultive, filología, lin-
Ó escritor; la elección de las palabras, la brevedad ó
güística ó mitología, en ese sentido se trabaja para
longitud de los períodos, la especie de las metáforas,
hacerla producir nuevos frutos. Entre tantos escrito-
el acento del verso, el orden del discurso, todo le sir-
res como desde Herder, Ottfried Müller y Goethe, han
v e de indicio; mientras sus ojos leen un texto, su alma
proseguido y rectificado incesantemente ese gran es-
y su mente siguen el continuo desarrollo y la v a -
fuerzo, considere el lector tan sólo dos historiadores y
riada serie de sentimientos y concepciones de que ese
dos obras: una, el comentario sobre Cronwéll de Car-
texto ha nacido: hacen su psicología. Si queréis obser-
lyle; otra, el Port-Boyal de Sainte-Beuve; y verá con
v a r esta operación, mirad al promovedor y al mode-
qué exactitud, con qué seguridad y profundidad pue-
lo de toda la gran cultura contemporánea, á Goethe,
de descubrirse un alma al través de sus actos y sus
que, antes de escribir su Ifigenia, pasa días dibujando
obras; cómo, bajo el viejo general, en vez de un a m -
las más perfectas estatuas, hasta que, llenos sus ojos
bicioso vulgarmente hipócrita, se encuentra un hom-
de las nobles formas del antiguo paisaje, y penetrado
bre atormentado por los confusos ensueños de una
su espíritu de las bellezas armoniosas de la vida anti-
meláncolica imaginación, pero positivo en sus instintos
gua, logra reproducir en sí propio tan exactamente
y facultades, inglés hasta la medula, extraño é incom-
los hábitos y las inclinaciones de la imaginación grie-
prensible para el que no h a y a estudiado el clima y l a
ga, que da una hermana casi gemela á la Antígone
raza; c ó m o , con un centenar de cartas sueltas y con
de Sófocles y á las diosas de Fidias. Esa adivinación
veinte discursos mutilados, se le puede seguir desde
precisa de los sentimientos extinguidos ha renovado
su granja y sus yuntas hasta su tienda de general y
la historia en nuestro tiempo. En el siglo último se des-
su trono de protector, en su transformación y en su
trañar los matices: todos han labrado el mismo domi-
desarrollo, en las inquietudes de su conciencia y en
nio, y se empieza á comprender que no hay región de
sus resoluciones de hombre de Estado, hasta el punto
l a historia donde no sea necesario cultivar esa c a p a
de que el mecanismo de su pensamiento y de sus ac-
profunda, si se quiere ver surgir entre los surcos pro-
ciones se hace visible, y la tragedia íntima, perpetua-
vechosas cosechas.
mente renovada y cambiante, que trabajó aquella
gran alma tenebrosa, pasa, c o m o las de Shakespeare, Tal es el segundo paso, que estamos á punto de rea-
al alma de los espectadores. V e r á cómo bajo disputas lizar, y que constituye la obra propia de la crítica
de convento y resistencias monjiles, se puede vislum- contemporánea. Nadie la ha hecho con tanta e x a c t i -
brar una gran región de psicología humana; c ó m o tud y tan en grande como Sainte-Beuve. En este res-
cincuenta caracteres, sepultados bajo l a uniformidad pecto, todos somos discípulos suyos ; su método r e -
de una narración comedida, reaparecen á la luz, cada nueva hoy en los iibros y hasta en los periódicos toda
uno con su nota saliente, y todos con sus diversidades la crítica literaria, filosófica y religiosa. De él hay
innumerables, cómo, tras disertaciones teólogicas y que partir para inaugurar la evolución ulterior. Y o
sermones monótonos, se disciernen las palpitaciones he procurado indicar esa evolución varias veces; á mi
de corazones siempre vivos, los accesos y los desma- juicio, se abre aquí una vía nueva para la historia, y
yos de la vida religiosa, los retornos imprevistos y el v o y á tratar de describirla más en detalle.
vaivén confuso de la naturaleza, las infiltraciones del
mundo circundante, las conquistas intermitentes de la
gracia, y con tal variedad' de matices, que la más
nutrida descripción y el más flexible estilo á duras III
penas logran recoger la mies inagotable que ha hecho
germinar ¿a, crítica en ese campo abandonado. Lo
mismo sucede dondequiera. Alemania, con su genio Los estados y las operaciones del hombre interior é invisible recono-
tan dúctil, tan amplio, tan accesible á las metamor- cen por causa ciertas maneras generales de pensar y sentir.
fosis, tan á propósito para reproducir los más lejanos
y extraños estados del pensamiento; Inglaterra, con
su espíritu de precisión, tan adecuado para concretar Cuando habéis observado y anotado uno, dos, tres
las cuestiones morales, para determinarlas mediante múltiples estados íntimos de un hombre, ¿creéis que eso
cifras, pesos y medidas, mediante la geografía y la basta, y os parece completo vuestro conocimiento? Un
estadística, á fuerza de textos y de sano juicio; Fran- cuaderno de notas, ¿es por ventura una psicología? No
cia, en fin, con su cultura parisiense, con sus hábitos lo es; aquí, como siempre, tras la reunión de los hechos
de salón, con su análisis continuo de los caracteres y debe venir la indagación de las causas. Todos los he-
de las obras, con su ironía tan apropiada para marcar chos las tienen, sean físicos ó morales : las tienen la
las flaquezas, con su penetración tan fina para desen- veracidad, la ambición ó el valor, lo mismo que la di-
gestión, el movimiento muscular ó el calor animal El siste en erigir el deber en r e y absoluto de la vida h u -
vicio y la virtud son productos como el vitriolo y el mana, y en prosternar todos los modelos ideales á los
azúcar, y todo dato complejo nace del concurso de pies del modelo moral. T o c a m o s aquí el fondo del hom-
otros datos más simple de que depende. Busquemos bre: porque, para explicar esa concepción, h a y que
pues, los datos simples de las cualidades morales' considerar la raza misma, es decir, el germano y el
como se buscan los de las cualidades físicas ; y consi- hombre del Norte, la estructura de su carácter y de
deremos á este fin un hecho cualquiera, por ejemplo- su inteligencia, sus modos más generales de pensar y
una música religiosa, la de un templo protestante. H a y de sentir: esa lentitud y frialdad de la sensación, que
una causa interior que ha convertido el espíritu de los le impiden caer violenta y fácilmente bajo el imperio
fieles hacia aquellas graves y monótonas melodías del placer sensible; esa rudeza del gusto, esas irregu-
una causa más vasta que su efecto; quiero decir • lá laridades y sacudidas de la concepción que atajan en
idea general del verdadero culto externo que el h o m - su espíritu el nacimiento de las grandes síntesis y de
bre debe á Dios. Esa idea es la que ha modelado la las formas armoniosas; ese desdén de las apariencias,
arquitectura del templo, derribado Jas estatuas, pros- esa necesidad de lo verdadero, esa propensión á las
crito los cuadros, destruidos los ornamentos, cercenado ideas abstractas y desnudas que desenvuelve su con-
las ceremonias, encerrado á los concurrentes en ban- ciencia con detrimento de todo lo restante. Aquí hace
cos altos que les tapan la vista, y presidido á los mil alto el análisis; se acaba de llegar á una disposición
detalles de las decoraciones, de las posturas y de t o - primitiva, á un rasgo característico de todas las sen-
das las circunstancias externas. Y ella, á su vez pro- saciones y concepciones de un siglo ó de una raza, á
viene de otra causa más general: la idea integra de la una particularidad inseparable de todo el porte de su
conducta, así interior como e x t e r i o r - o r a c i o n e s ac- inteligencia y de su corazón. Esas son las grandes cau-
tos y disposiciones de todas í n d o l e s - á que está obli- sas, las causas universales y permanentes, dondequiera
gado el hombre para con el Ser supremo. Esta última y siempre activas, indestructibles é infaliblemente do-
es la que ha entronizado la doctrina y la gracia re minantes á la postre, puesto que los accidentes que las
ducido el clero, transformado los sacramentos, supri- contrarían, como limitados y parciales, acaban por
mido las prácticas, y convertido la religión discipli- ceder á la sorda y continua repetición de su esfuerzo;
naria en religión moral. Esta segunda idea, á su vez de modo que la estructura general de las cosas y los
depende de una í e r c e r a más general a ú n : la de lá grandes rasgos de los acontecimientos son obra suya,
perfección moral, tal como se encuentra en el Dios y las religiones, las filosofías, las poesías, las indus-
perfecto, juez impecable, riguroso celador de las al trias, las formas de la sociedad y de la familia, no
m a s , ante quien toda alma es pecadora, digna de s u - son, en resumen, más que impresiones marcadas por
plicio, incapaz de virtud, si no es por la crisis de con- su sello.
ciencia que él provoca y la renovación de corazón que
él produce. He ahí la concepción cardinal, que con-
cribirse las civilizaciones, como los cristales. ¿Quéhay
en el hombre en el punto de partida? Imágenes ó
representaciones de los objetos, es decir, aquello que
IV flota interiormente ante él, que subsiste algún tiempo,
y después se borra y reaparece, cuando ha contempla-
do tal árbol, tal animal, tal cosa sensible. Esa es la
Principales formas de pensamientos y sentimientos.
materia de todo lo demás; y el desarrollo de esa ma-
Sus efectos históricos. teria es doble: especulativo ó práctico, según que esas
representaciones conducen á una concepción general ó
á una resolución activa. He ahí todo el hombre en com-
pendio; y en ese recinto limitado se concentran las di-
Los sentimientos y los pensamientos humanos for-
versidades ñumanas, y a en el seno de la materia pri-
man, pues, un sistema, y ese sistema tiene por primer
mordial, y a en el doble desarrollo primordial. Por pe-
motor ciertos rasgos generales, ciertos caracteres de
queñas que sean en los elementos, son enormes en la
la inteligencia y del corazón, comunes á los hombres
masa, y la menor alteración en los factores acarrea
de una raza, de un siglo ó de un país. Asi c o m o , en
alteraciones gigantescas en los productos. Según* la
mineralogía, los cristales, por diversos que sean, de-
representación es clara y definitiva ó confusa y mal de-
rivan de algunas formas corporales simples, así tam-
limitada, según reúne en sí un grande ó pequeño nú-
bién en historia, las civilizaciones, por diversas que
mero de caracteres del objeto, según es violenta é im-
sean, derivan de algunas formas espirituales simples.
pulsiva ó tranquila y serena, todas las operaciones y
Los unos se explican por un elemento geométrico pri-
^ todo el juego corriente de la máquina humana se trans-
mitivo, como las otras por un elemento psicológico
" forman.
primitivo. Para comprender el conjunto da las espe-
cies mineralógicas, debe considerarse de antemano un Y , asimismo, todo el desarrollo humano varía á
sólido regular en general, con sus caras y sus ángulos, compás del desarrollo ulterior de la representación.
y notarse las innumerables transformaciones de que es Si la concepción general á que ésta conduce es una
susceptible. De análogo modo, si queréis comprender simple notación seca á la manera chica, la lengua se
el conjunto de las variedades históricas, considerad de convierte en una especie de álgebra, la religión y la
antemano un alma humana en general, con sus dos ó poesía se atenúan, la filosofía se reduce á una especie
tres facultades fundamentales, y en ese compendio no- de sentido moral y práctico, la ciencia á una colec-
taréis las principales formas que puede admitir. Des- ción de recetas, de clasificaciones, de mnemotecnias
pués de todo, esa especie de cuadro ideal, el g e o m é - utilitarias, y el espíritu entero adquiere una tendencia
trico como el psicológico, no es muy complejo, y p r o n - positivista. Si, al contrario, la concepción general á
to se ven los límites del marco en que han de circuns- que la representación conduce es una creación poéti-
ca y figurativa, un símbolo v i v o , como acontece en

2
las razas arias, la lengua se convierte en una especie como los romanos y los ingleses, se detienen en los
de epopeya matizada y coloreada, donde c a d a v o z es primeros escalones; otras, como los indos y alemanes,
un personaje; la poesía y la religión adquieren una suben hasta los últimos. Si ahora, después de haber
magnífica é inagotable amplitud; l a metafísica se des- considerado el tránsito de l a representación á la idea,
arrolla libre y sutilmente, sin curarse de las aplicacio- se examinase el tránsito de l a representación á l a re-
nes positivas; el espíritu entero, al través de las des- solución, se encontrarían diferencias elementales de la
viaciones y los desfallecimientos inevitables de su es- misma importancia y del mismo orden, según que la
fuerzo, se prenda de lo bello y lo sublime, y concibe impresión es viva, como en los climas del Mediodía, ó
un modelo ideal, capaz de c o n c e n t r a r a n torno suyo, pálida, como en los climas del Norte; según que lleva
por la virtud de su nobleza y su armonía, las simpa- á la acción desde el primer instante, como sucede en
tías y los entusiasmos del humano linaje. Si ahora la los pueblos bárbaros, ó tardíamente, como ocurre en
concepción general á que la representación conduce, las naciones civilizadas; según que es ó no susceptible
es poética pero no meditada y medida; si el hombre de acrecentamiento, de persistencia y arraigo. Todo el
la alcanza, no por una gradación constante, sino por sistema de las pasiones humanas, todas las condiciones
una intuición brusca; si la operación original no es el de la paz y de la seguridad públicas, todas las fuentes
desarrollo regular, sino la explosión violenta, -enton- del trabajo y la acción derivan de ahí. Lo mismo su-
ces, como acontece en las razas semitas, falta la me- cede con las otras diferencias primordiales: sus conse-
tafísica; la religión no concibe más que el Dios r e y , cuencias abrazan toda una civilización, y pueden c o m -
devorador y solitario; la ciencia no puede formarse; el pararse á esas fórmulas algébricas que, en sus estrechos
espíritu es demasiado rígido ó inflexible para reprodu- limites, contienen de antemano toda la curva cuya
cir el delicado orden de la naturaleza; la poesía no ^ ley constituyen. No es que esa l e y se cumpla siempre
sabe dar á luz más que una serie de exclamaciones* hasta el fin; á veces se encuentran perturbaciones;
vehementes y grandiosas; la lengua no puede expresar pero, cuando así ocurre, no es que la ley sea falsa,
la trabazón del discurso y de la elocuencia; el hombre sino que no ha obrado por sí sola. Nuevos elementos
se reduce al entusiasmo lírico, á la pasión indómita, á han venido á mezclarse á los antiguos; grandes fuer-
la acción fanática y estrecha. En ese intervalo entre zas extrañas han venido á contrariar las fuerzas pri-
la representación particular y l a concepción univer- mitivas. Ha emigrado la raza, como el antiguo pueblo
sal, se encuentran los gérmenes de las mayores dife- arfo, y el cambio de clima ha alterado toda la econo-
rencias humanas. Algunas razas, como las clásicas, mía de la inteligencia y toda la organización de la so-
por ejemplo, pasan de la primera á la segunda por ciedad. Ha sido conquistado el pueblo, como la na-
una escala gradual de ideas regularmente clasificadas ción sajona, y la nueva estructura política le ha im-
y más generales cada v e z ; otras, como las germáni- puesto hábitos, capacidades é inclinaciones que no
cas, realizan la misma travesía por saltos, sin unifor- tenía. La nación se ha instalado en medio de vencidos
midad, después de largos y v a g o s tanteos. Algunas, # amenazadores, como los antiguos espartanos, y la obli-

gacióa de vivir á la manera de tropa acampada ha tor- rosas é inteligentes y otras tímidas y de cortos alcan-
cido violentamente en un sentido único toda la consti- ces; unas capaces de concepciones y de creaciones
tución moral y social. En todo caso, el mecanismo de superiores, y otras reducidas á las ideas y á las in-
l a historia humana es semejante. Siempre se encuen- venciones rudimentarias; algunas dispuestas más es-
tra como primitivo resorte alguna disposición m u y g e - pecialmente para ciertas obras y dotadas más r i c a -
neral del espíritu, ora innata en la raza, ora adquiri- mente de ciertos instintos, al modo como se ven castas
da por virtud de alguna circunstancia influyente. Esos de perros de aptitudes especiales para la carrera, ó
grandes resortes hacen p o c o á poco su efecto, y al para el combate, ó para la caza, ó para la custodia
cabo de algunos siglos colocan á la nación en un nue- de las casas ó de los rebaños. Hay aquí una fuerza
v o estado religioso, literario, social, económico: c o n - definida, tan definida, que, al través de las enormes
dición nueva que, unida al esfuerzo renovado de tales desviaciones que los otros dos motores la imprimen,
factores, produce otra condición, y a buena, y a mala, se reconoce aún; y una raza, como el antiguo pueblo
ora con lentitud, ora con rapidez, y así sucesivamente; -ario, diseminada desde el Ganges hasta las Hébridas, •
de modo que el movimiento total de cada civilización establecida en todos los climas, escalonada en todos
distinta, puede considerarse como resultado de una
: los grados de la civilización, transformada por treinta
fuerza permanente, que á cada instante modifica su siglos de revoluciones, manifiesta, sin embargo, en
obra, alterando las circunstancias en que actúa. sus lenguas, en sus religiones, en sus literaturas y en
sus filosofías, la comunidad de sangre y de espíritu
que enlaza hoy aún á todos sus vástagos. Por diferen-
tes que esos vástagos sean, no ha desaparecido su pa-
rentesco; por mucho que hayan labrado la selvati-
V
quez, el cultivo y el injerto, las diferencias de cielo y
de suelo, y las prósperas ó adversas vicisitudes, han
#

subsistido los grandes rasgos de la forma original, y


Las tres fuerzas primordiales: la r a z a , el medio y el momento.
se descubren los dos ó tres lincamientos principales
de la impresión primitiva bajo las impresiones secun-
darias que el tiempo ha superpuesto. Nada tiene de
Tres fuentes diversas contribuyen á producir ese
asombroso esa tenacidad extraordinaria. Aunque la
estado moral elemental: la raza, el medio y el mo-
inmensidad de la distancia no nos deje entrever más
mento. Lo que se llama la raza son esas disposiciones
que á medias y á una incierta luz el origen de las espe-
innatas y hereditarias que el hombre aporta consigo,
cies (1), los hechos de la historia iluminan bastante
y que van unidas, por lo común, á marcadas diferen-
cias de temperamento y de estructura corporal. Va-
rían según los pueblos. Hay naturalmente variedades (1) Darvrin: Del origen de las especies. — Prosper Lucas:
de hombres, como de toros y de caballos: unas v a l e - De la herencia.

gacióa de vivir á la manera de tropa acampada ha tor- rosas é inteligentes y otras tímidas y de cortos alcan-
cido violentamente en un sentido único toda la consti- ces; unas capaces de concepciones y de creaciones
tución moral y social. En todo caso, el mecanismo de superiores, y otras reducidas á las ideas y á las in-
l a historia humana es semejante. Siempre se encuen- venciones rudimentarias; algunas dispuestas más es-
tra como primitivo resorte alguna disposición m u y g e - pecialmente para ciertas obras y dotadas más r i c a -
neral del espíritu, ora innata en la raza, ora adquiri- mente de ciertos instintos, al modo como se ven castas
da por virtud de alguna circunstancia influyente. Esos de perros de aptitudes especiales para la carrera, ó
grandes resortes hacen p o c o á poco su efecto, y al para el combate, ó para la caza, ó para la custodia
cabo de algunos siglos colocan á la nación en un nue- de las casas ó de los rebaños. Hay aquí una fuerza
v o estado religioso, literario, social, económico: c o n - definida, tan definida, que, al través de las enormes
dición nueva que, unida al esfuerzo renovado de tales desviaciones que los otros dos motores la imprimen,
factores, produce otra condición, y a buena, y a mala, se reconoce aún; y una raza, como el antiguo pueblo
ora con lentitud, ora con rapidez, y así sucesivamente; -ario, diseminada desde el Ganges hasta las Hébridas, •
de modo que el movimiento total de cada civilización establecida en todos los climas, escalonada en todos
distinta, puede considerarse como resultado de una
: los grados de la civilización, transformada por treinta
fuerza permanente, que á cada instante modifica su siglos de revoluciones, manifiesta, sin embargo, en
obra, alterando las circunstancias en que actúa. sus lenguas, en sus religiones, en sus literaturas y en
sus filosofías, la comunidad de sangre y de espíritu
que enlaza hoy aún á todos sus vástagos. Por diferen-
tes que esos vástagos sean, no ha desaparecido su pa-
rentesco; por mucho que hayan labrado la selvati-
V
quez, el cultivo y el injerto, las diferencias de cielo y
de suelo, y las prósperas ó adversas vicisitudes, han
#

subsistido los grandes rasgos de la forma original, y


Las tres fuerzas primordiales: la r a z a , el medio y el momento.
se descubren los dos ó tres lincamientos principales
de la impresión primitiva bajo las impresiones secun-
darias que el tiempo ha superpuesto. Nada tiene de
Tres fuentes diversas contribuyen á producir ese
asombroso esa tenacidad extraordinaria. Aunque la
estado moral elemental: la raza, el medio y el mo-
inmensidad de la distancia no nos deje entrever más
mento. Lo que se llama la raza son esas disposiciones
que á medias y á una incierta luz el origen de las espe-
innatas y hereditarias que el hombre aporta consigo,
cies (1), los hechos de la historia iluminan bastante
y que van unidas, por lo común, á marcadas diferen-
cias de temperamento y de estructura corporal. Va-
rían según los pueblos. Hay naturalmente variedades (1) Darvrin: Del origen de las especies. — Prosper Lucas:
de hombres, como de toros y de caballos: unas v a l e - De la herencia.
mera y la más rica fuente de esas facultades matrices
los hechos anteriores á la historia, para explicar la
de donde derivan los acontecimientos históricos; y
casi inquebrantable solidez de los caracteres p r i m o r -
diales. Cuando quince, veinte, treinta siglos antes de desde luego se v e que, si es poderosa, es p o r q u e no

nuestra e r a , los encontramos en un ario, en un egip- constituye un simple manantial, sino una especie de
cio, en un chino, esos caracteres representan la o b r a lago y c o m o un depósito profundo donde los otros m a -
de un número de siglos m u c h o m a y o r , quizá la o b r a nantiales han ido aglomerando sus propias aguas du-
de millones de años. P o r q u e , desde el punto y hora en rante una multitdd de siglos.
q u e un animal v i v e , es menester que se amolde á su Cuando se ha r e c o n o c i d o así la c o m p l e x i ó n interior
medio: respira, se r e n u e v a , se conduce de distinto de una raza, h a y que considerar el medio en q u e v i v e .
m o d o , según el aire, los alimentos y la temperatura. Porque el h o m b r e no está solo en el m u n d o , sino que
le envuelve la naturaleza y le rodean los otros h o m -
U n clima y una situación diferentes engendran en él
bres. Así sobre la impresión primitiva y permanente
necesidades diferentes, y , por consecuencia, un siste-
se extienden las impresiones accidentales y secunda-
m a de acciones diferentes; y de aquí un sistema de
rias, y las circunstancias físicas ó sociales alteran ó
hábitos diferentes, y en último resultado un sistema
completan la condición original. O r a es el clima el que
de aptitudes y de instintos diferentes. El h o m b r e ,
hace su efecto. A u n q u e no p o d a m o s seguir más que
obligado á mantenerse en equilibrio c o n las circuns-
oscuramente la historia de los pueblos arios desde su
tancias, contrae un c a r á c t e r y un temperamento en
patria c o m ú n hasta sus patrias definitivas, c a b e afir-
armonía con esas circunstancias; y su carácter, c o m o
m a r , con todo, q u e la p r o f u n d a diferencia q u e separa
su temperamento, son adquisiciones tanto m á s esta-
á las razas germánicas de las latinas y helénicas,
bles cuanto más reiterada ha sido la impresión e x t e - "
procede en gran parte de las comarcas en que se han
rior y m á s antigua su transmisión p o r herencia á la
establecido: unas en los países íríos y húmedos, en el
progenitura. D e f o r m a que el c a r á c t e r de un pueblo
fondo de ásperas selvas pantanosas ó á orillas de un
puede considerarse en c a d a punto c o m o el resumen de
occéano bravio, viéndose reducidas á las sensaciones
todas sus acciones y de todas sus sensaciones p r e c e -
melancólicas ó violentas, estimuladas á la embriaguez
dentes, es decir, c o m o una cantidad y c o m o un peso,
y á la alimentación fuerte, inclinadas á l a v i d a mili-
no infinito (1), puesto q u e todas las cosas de la na-
tante y carnicera; las otras, al contrario, en medio de
turaleza son limitadas, pero si desproporcionado c o n
los más bellos paisajes, á orillas de un m a r resplande-
lo restante y casi imposible de levantar, en atención,
ciente y risueño, invitadas á la navegación y al c o -
á que ha contribuido á agravarle cada minuto de un
mercio, exentas de las necesidades groseras del estó-
pasado casi infinito, y á que, p a r a v e n c e r la balanza,
m a g o , dirigidas desde el principio hacia los hábitos
habría que acumular en el otro platillo un n ú m e r o de
sociales, hacia la organización política, hacia los sen-
acciones y de sensaciones m a y o r aún. Tal es la pri-
timientos y las facultades q u e desenvuelven el arte de
hablar, «1 talento de g o z a r , la invención de las cien-
(1) Espinosa: Etica, 4.a parte, axioma.
cías, de las letras y 'de las artes. Ora han trabajado
cómo es la resultante de alguna de esas situaciones
las circunstancias políticas, como en las dos civiliza-
prolongadas, de esas circunstancias envolventes, de
ciones italianas: la primera convertida por entero h a :
esas persistentes y gigantescas presiones sufridas por
cia la acción, la conquista, el gobierno y la legisla-
una masa de hombres que, uno á uno, y todos juntos, no
ción, por la situación primitiva de una ciudad de re-
han cesado de plegarse y amoldare á sus exigencias de
fugio, de un emporium de frontera, y de una aristocra-
generación en generación: en España, una cruzada de
cia armada que, importando y regimentando bajo sus
ocho siglos contra los musulmanes, prolongada aún más
órdenes á los estranjeros y á los vencidos, ponía en
allá yhasta el agotamiento de ía nación por laexpulsión
pie, uno frente á otro, dos cuerpos hostiles, y no en-
délos moros, el despojo de los judíos, el establecimiento
contraba solución para sus dificultades interiores ni
de la Inquisición y las guerras católicas; en Inglaterra,
desahogo para sus instintos r a p a c e s más que en la
una constitución política de ocho siglos que permite al
guerra sistemática; la segunda, privada de la unidad
hombre mantenerse erguido y respetuoso, indepen-
y de la gran ambición política por la permanencia de
diente y obediente, y le acostumbra á luchar en masa
su forma municipal, por la situación cosmopolita de
bajo la autoridad de la l e y ; en Francia, una organi-
su Papa y por la intervención militar de las naciones
zación latina q.ue, impuesta en un principio á bárba-
vecinas, dejándose llevar totalmente por la pendiente
ros dóciles, y deshecha luego en medio de la demoli-
de su magnífico y armonioso genio hacia el cultivo de
ción universal, se rehace de suyo bajo la conspiración
la voluptuosidad y de la belleza. Y a , en fin, han im-
latente del instinto nacional, se desarrolla bajo reyes
preso su sello las condiciones sociales, como hace diez
hereditarios, y acaba en una especie de república
y ocho siglos mediante el cristianismo, y veinticinco
igualitaria, centralizada, administrativa, bajo dinas-
siglos mediante el budhismo, cuando, así en torno del
tías expuestas á revoluciones. Esas son las más efica-
Mediterráneo como en el.Indostán, las consecuencias
ces entre las causas observables que modelan al hom-
extremas de la conquista y de la organización aria
bre primitivo; son para las naciones lo que la educa-
trajeron la opresión intolerable, el anonadamiento del
ción , la profesión, la condición y la residencia para
individuo, la desesperación completa, la maldición
los individuos; y parecen abrazarlo todo/puesto que
lanzada sobre el mundo, con el desarrollo de la meta-
abrazan todas las potencias externas que labran la
física y de la meditación soñadora, y cuando el hom-
materia humana, y por cuya virtud el exterior obra
bre, en su calabozo de miserias, concibió la abnega-
sobre el interior.
ción, la caridad, el amor tierno, la dulzura, la humil-
dad, la fraternidad humana, allí ante la idea de la Hay, sin embargo, un tercer orden de causas, por-
nada universal, aquí bajo la paternidad de Dios. que, juntamente con las fuerzas del interior y del e x -
terior, existe la obra que han realizado ya; y esa obra
Obsérvense los instintos reguladores y las faculta- contribuye á su vez á producir la que sigue : además
des implantadas en una raza, obsérvese el sentido en del impulso permanente y del medio dado, existe la
que h o y piensa y obra, y se verá las más de las veces velocidad adquirida/Guando actúan el carácter n a -
cional y las circunstancias ambientes, no actúan sobre clusión será la misma. En cada uno de esos períodos
una tabla r a s a , sino sobre una tabla donde se han reina cierta concepción dominante; los hombres, du--
marcado y a impresiones. Según se toma la tabla en rante doscientos ó quinientos años, se representan cier-
un momento ó en otro, la impresión es diferente; y eso to modelo ideal del hombre: en la Edad Media, el caba-
basta para que el efecto total sea diferente. Notad, llero y el monje; en nuestra edad clásica, el hombre
por ejemplo, dos momentos de una literatura ó de un de corte y el purista. Esa idea creadora y universal se
arte: la tragedia francesa, bajo Corneille y bajo Vol- manifiesta en todo el campo del pensamiento y de la
taire; el teatro griego, bajo Esquilo y bajo Eurípides; acción, y después de llenar el mundo con sus obras
la poesía latina, bajo Lucrecio y bajo Claudiano; la involuntariamente sistemáticas, palidece y muere,
pintura italiana-, bajo Vinci y bajo Guido. Claro es surgiendo después una nueva idea, destinada á la
que la concepción general no varía de uno á otro de misma dominación y á la misma multiplicidad de crea-
esos puntos extremos: siempre es el mismo el tipo ciones. Poned aquí que la segunda depende en parte
humano que se trata de representar ó de pintar ; el de la primera, y que la primera, combinando su in-
molde del verso, la estructura del drama, la especie flujo con el del genio nacional y de las circunstancias,
de los cuerpos han persistido. Pero entre otras dife- es la que v a á imponer á las cosas nacientes su sesgo
rencias , hay ésta : que uno de los artistas es el pre- y dirección. Según esta ley, se forman las grandes
cursor. y el otro el sucesor ; que el primero no tiene corrientes históricas, ó sean, los largos reinados de
modelo, y el segundo tiene un modelo; que el primero una forma de espíritu ó de una idea matriz, como ese
v e las cosas frente á frente, y el segundo v e las cosas período de creaciones espontáneas, que se llama el Re-
por el intermedio del primero ; que se han perfeccio- nacimiento, ó ese periodo de clasificaciones oratorias
nado varias grandes partes del a r t e ; que han dis- que se llama la Edad clásica, ó esa serie de síntesis
minuido la sencillez y la magnitud de la impresión; místicas, que se llama la época alejandrina y cristia-
que han aumentado el atractivo y el refinamiento de na, ó esa serie de florecimientos mitológicos que se
la forma; en resumen, que la primera obra ha deter- encuentra en los orígenes de Germania, de India y de
iñinado la segunda. Pasa aquí con un pueblo lo que Grecia. No hay aquí, como dondequiera, más que un
con una planta : la misma savia, bajo la misma tem- . problema de mecánica: el efecto resultante es un
peratura y sobre el mismo suelo, produce, en los di- compuesto determinado totalmente por la magnitud y
versos grados de su elaboración sucesiva, formacio- dirección de las fuerzas que le producen. L a única di-
nes diferentes, botones, flores, frutos, semillas; y de ferencia que separa estos problemas morales de los
tal modo que cada una tiene siempre por condición la problemas físicos, es que las direcciones y las magnitu-
anterior, y nace de su muerte. Si miráis ahora, no des no se dejan valuar ni precisar en los primeros
y a un corto momento, sino uno de esos vastos des- como en los segundos. Si una aspiración, si una fa-
arrollos que abrazan uno ó varios siglos, como la cultad es una cantidad susceptible de grados como una
Edad Media, ó nuestra última época clásica, la con- presión ó un peso, esa cantidad no es medible como
tesanía y la literatura majestuosa y regular bajo
l a de una presión ó un peso. No podemos fijarla en
Luis X I V y Bossuet, la metafísica grandiosa y la am-
una fórmula exacta ó aproximada; no podemos tener
plia simpatía critica bajo Hegel y Goethe. Esa c o n -
ni dar acerca de ella más que una impresión literaria;
trariedad secreta de las fuerzas creadoras es la que
nos vemos reducidos á notar y citar los hechos salien-
produjo la literatura incompleta, la comedia escanda-
tes en que se manifiesta, y que indican sobre poco
losa, el teatro abortado bajo Dryden y W y e h e r l e y ,
más ó menos, grosso modo, hacia qué altura de l a
las malas importaciones griegas, los tanteos, las be-
escala hay que colocarla. Pero aunque los medios de
llezas menudas y parciales, bajo Ronsard y la Pléyade.
notación no son los mismos en las ciencias morales
Podemos afirmar con certidumbre que las creaciones
que en las físicas, sin embargo, como la materia es la
desconocidas á que nos arrastra la corriente de los si-
misma y se compone igualmente de fuerzas, de direc-
glos serán suscitadas y determinadas completamente
ciones y de magnitudes, puede decirse que, en unas
por las tres fuerzas primordiales^? que si pudiesen
cómo en otras, el resultado final se produce según la
medirse y cifrarse esas fuerzas, cabría deducir como
misma regla. Es grande ó pequeño, según que las
de una fórmula las propiedades de la civilización fu-
fuerzas fundamentales son grandes ó pequeñas, y ac-
tura; y que si, á pesar de lo grosero de nuestras nota-
túan más ó menos exactamente en el mismo sentido,
c i o n e s , y lo inexacto de nuestras medidas, queremos
según que los efectos distintos de la raza, del medio y
hoy formarnos alguna idea de nuestros destinos gene-
del momento se combinan para sumarse unos con
rales, sobre el examen de esas fuerzas tenemos que
otros, ó para anularse unos á otros. Así se explican
fundar nuestras previsiones. Porque, al enumerarlas,
las largas incapacidades y los brillantes triunfos que
recorremos el círculo completo de las potencias acti-
se registran irregularmente y sin razón ostensible en
vas; y cuando hemos considerado la raza, el medio y
la vida de un pueblo: tienen por causas concordancias
el momento, es decir, el resorte interior, la presión
ó contrariedades interiores. Hubo una de esas c o n c o r -
exterior y el impulso y a adquirido, hemos agotado,
dancias cuando, en el siglo XVII, se aunaron el carác-
no sólo'todas las causas reales, sino todas las causas
ter sociable y el genio de la conversación innatos en
posibles del movimiento.
Francia con los hábitos de salón y la boga del análi-
sis oratorio, ó euando, en el siglo x i x , el flexible y
profundo genio de Alemania vió lucir la edad de las
síntesis filosóficas y de la critica cosmopolita. Hubo
una de esas contrariedades cuando, en el siglo XVII, t
el rudo y solitario genio inglés intentó asimilarse la
urbanidad nueva, ó cuando, en el siglo x v i , el lúcido
y prosaico espíritu francés procuró inútilínente engen-
drar una poesía v i v a . Esa concordancia secreta de las
fuerzas creadoras es la que produjo la acabada c o r -
seis regiones bien delimitadas: l a religión, el arte, la
filosofía, el Estado, la famüia, las industrias; des-
pués, en cada una de esas regiones, departamentos
naturales, y , en cada uno de esos departamentos, te-
VI
rritorios menores, hasta que se llega á esos detalles
innumerables de la vida que observamos diariamente
en nosotros y alrededor de nosotros. Si ahora se exa-
Cómo se distribuyen los efectos de ana causa primordial —Comuni-
minan y se comparan entre sí esos diversos grupos de
dad de los elementos.—Composición de los grupos.—Ley de las
hechos, se verá que están compuestos de partes, y que
dependencias mutuas.—Ley de las Influencias proporcionales.
todos tienen partes comunes. Consideremos primera-
mente las tres obras principales de la inteligencia hu-
mana: la religión, el arte y la filosofía. ¿Qué es una
Falta inquirir de qué modo se distribuyen los efectos
filosofía sino una concepción de la naturaleza y de sus
de esas causas en una nación ó en un siglo. Así c o m o
causas primordiales, bajo forma de abstracciones y de
las aguas de un manantial elevado se reparten según
fórmulas? ¿Qué h a y en el fondo de una religión y de
las alturas, y descendiendo de piso en piso, hasta lle-
•uñarte sino una concepción de esa misma naturaleza
g a r al fin á la capa más baja del suelo, así la disposi-'
y de esas mismas causas primordiales, bajo forma de
ción de espíritu suscitada en un pueblo por la raza, el
símbolos y de personajes más ó menos precisos, con
momento ó el medio se difunde en proporciones dife-
la diferencia de que, en el primer caso, se cree que
rentes y mediante descensos regulares por lqs diver-
existen, y , en el segundo, que no existen? Considere el
sos órdenes de hechos que componen su civiliza-
lector alguna de esas grandes creaciones del espíritu
ción (1). Si se traza el mapa geográfico de un país á
en la India, en Escandinavia, en Persia, en Roma, en
partir de la divisoria de las aguas, vemos dividirse
Grecia, y v e r á que en todas partes el arte es una es-
las vertientes, por debajo del punto común, en cinco ó
pecie de filosofía sensibilizada, la religión una especie
seis cuencas principales, luego cada una de éstas en
de poema tenido por verdadero, la filosofía una espe-
varias cuencas secundarias, y así sucesivamente hasta
cie de arte y de religión reducida á las ideas puras.
que la comarca entera con sus millares de accidentes
Así, pues, en el centro de cada uno de esos tres gru-
queda comprendida en las ramificaciones de esa red.
pos hay un elemento común: la concepción del mundo
De análoga suerte, si se traza el mapa psicológico de
y de su principio; y si difieren entre sí, es porque
una civilización, se encuentran desde luego cinco ó
cada uno combina con el elemento común un elemento
distinto: aquí el poder de abstraer; allí la facultad de
(1) Consúltese, para ver esta escala de efectos coordinados: personificar y de creer; más allá el talento de perso-
Renán: Lenguas semíticas, cap. i.—Mommsen: Comparación de
nificar sin creer. Tomemos ahora las dos obras prin-
las civilizaciones griega y romana, cap. n , v o l . i, 3. a edic.—
Tocqneville: Consecuencias de la democracia en América, v o - cipales de la asociación humana: la familia y el Es-
lumen ni.
tado. ¿Qué es lo que constituye el Estado sino el sen-
conversación y de la sociedad con las miserias del ho-
timiento de obediencia por cuya virtud se reúne una
gar y de la familia, la igualdad de los esposos y la
multitud de hombres bajo la autoridad de un jefe? ¿Y
imperfección del matrimonio bajo el y u g o necesario
qué es lo que constituye la familia sino el sentimiento
de la ley. Si, en fin, el sentimiento de obediencia tiene
de obediencia por c u y a virtud l a mujer y los hijos
por raíces el instinto de subordinación y la idea del
obran bajo la dirección del marido y del padre? L a
deber, como en las naciones germánicas, hallaréis la
familia es un estado natural, primitivo y restringido,
tranquilidad y felicidad del hogar, el sólido asiento de
como el Estado es una familia artificial, ulterior y
la vida doméstica, el desarrollo tardío é incompleto
ampliada; y en la sociedad pequeña como en la gran-
de la vida mundana, la innata deferencia hacia las
de, en medio de las diferencias debidas al número, al
dignidades establecidas, la superstición del pasado, el
origen y á la condición de los miembros, se discierne
mantenimiento de las desigualdades sociales, el res-
fundamentalmente una misma disposición de espíritu
peto natural y habitual á la ley. D e igual suerte, se-
que las aproxima y une. Suponed ahora que ese ele-
gún sea la aptitud de una raza para las ideas genera-
mento común recibe del medio, del momento ó de la
les, así serán su religión, su arte, su filosofía. Si el
raza caracteres propios, y es claro que todos los gru-
hombre es naturalmente idóneo para las más amplias
pos en que entra se modificarán en consonancia. Si el
concepciones universales, á la vez que propenso á al-
sentimiento de obediencia no es más que temor (1),
terarlas por la sobreexcitación nerviosa de su organi-
como en la mayoría de los Estados orientales, encon-
zación, se verá, como en la India, una asombrosa
traréis la brutalidad del despotismo, la prodigalidad
profusión de gigantescas creaciones religiosas, un flo-
de los suplicios, la explotación del súbdito, el servi-
recimiento espléndido de epopeyas desmesuradas y
lismo de las costumbres, la inseguridad de la propie-
transparentes, un laberinto extraño de filosofías suti-
dad, el empobrecimiento de la producción, la esclavi-
les é imaginativas, tan conexas todas entre sí y tan
tud de la mujer y los hábitos del harem. Si el senti-
penetradas de una savia común, que, por su amplitud,
miento de obediencia tiene por raíz el instinto de la
por su color, por su desorden, se reconocerán al punto
disciplina, la sociabilidad y el honor, como en Fran-
como producciones del mismo clima y del mismo espí-
cia, encontraréis la perfecta organización militar, la
ritu. Si el hombre, á la inversa, naturalmente sano y
gran jerarquía administrativa, la falta de espíritu pú-
equilibrado, limita la extensión de sus concepciones
blico juntamente con las sacudidas del patriotismo, la
para precisar mejor su forma, se verá, como en Gre-
pronta docilidad del súbdito con las impaciencias del
cia, una teología de artistas, dioses distintos separa-
revolucionario, las genuflexiones del cortesano con las
dos pronto de las cosas y transformados en personas
resistencias del caballero, el atractivo delicado de la
casi desde el primer instante, un sentimiento borroso
de la unidad universal apenas conservado en la vaga
noción del Destino, una filosofía sutil y precisa más
(1) Montesquieu: Espíritu de las leyes, Principios de loi
tres gobiernos. que grandiosa y sistemática, limitada en la alta meta'

3
física (1), pero incomparable en la lógica, la sofística día una porción restringida del conjunto vislumbra
y la moral, una poesía y un arte superiores por su d e antemano y casi predice los caracteres del resto.
claridad, por su naturalidad, su.medida, su verdad y Nada hay de vago en esa dependencia. L o que la
su belleza, á cuanto se ha visto nunca. Si el hombre, determina en un cuerpo v i v o es, en primer térmi-
por último, reducido á concepciones estrechas y pri- no, la tendencia á manifestar cierto tipo primordial;
vado de toda penetración especulativa, se halla á la en segundo término, la exigencia de poseer órganos
v e z absorbido y entumecido por las preocupaciones que puedan proveer á sus necesidades, y de encon-
prácticas, se verá, como en R o m a , dioses rudimenta- trarse de acuerdo consigo mismo á fin de vi^ir. Lo
rios, simples nombres vacíos, buenos para anotar las que la determina en una civilización, es el hecho de
menores particularidades de la agricultura, de la ge- presidir á cada gran creación humana un elemento
neración y del hogar, verdaderas etiquetas domésticas productor igualmente presente en las otras creacio-
y rurales, y , por tanto, una mitología, una filosofía nes, esto es, alguna facultad, alguna aptitud, alguna
y una poesía nulas ó de préstamo. Aquí, como en to- disposición eficaz y notable que, teniendo un carácter
das partes, se aplica* la ley de las dependencias mu- propio*, le introduce consigo en todas las operaciones á
tuas (2). Una civilización forma cuerpo, y sus partes que concurre, y , siempre que varía, hace variar las
se relacionan á la manera de las partes de un cuerpo obras en que interviene.
orgánico. Asi como los instintos, los dientes, los miem-
bros, el esqueleto y los músculos de un animal son
cosas tan enlazadas que una variación de cualquiera
de ellas determina en cada una de las otras una v a - VII
riación correspondiente, y algunos fragmentos bas-
tan á un naturalista hábil para reconstruir mental-
mente el cuerpo casi integro; así también, en una Ley de formación de un grapo.—Ejemplos Sindicaciones.
civilización, la religión, la filosofía, la forma de fa-
milia, la literatura, las artes, componen un sistema
donde todo cambio local trae consigo un cambio ge- Llegados aquí, podemos entrever los principales
neral; de suerte que un historiador perito que estu- rasgos de las transformaciones humanas, y empezar á
investigar las leyes generales que rigen, no y a simples
(1) La filosofía alejandrina no nace sino en contacto con el hechos, sino clases de hechos, no y a tal religión ó tal
Oriente. Las concepciones metafísicas de Aristóteles son aisla- literatura, sino el grupo de las literaturas ó de las re-
das, aparte de que en él, como en Platón, no son más que un
bosquejo. Ved, en cambio, el vigor sistemático de Plotino, Pro- ligiones. Si se admitiese, por ejemplo, que una reli-
clo, Schelling y Hegel, ó la audacia admirable de la especula- gión es un poema metafísico acompañado de creencia;
ción brahmánica y búdica. si se notase, además, que hay ciertos momentos, ciei*
(2) He procurado expresar esta ley varias veces, sobre todo tas razas y ciertos medios, en que la creencia, la f a -
en el prólogo de los Ensayos de critica y de historia.
-directa una disposición moral ó un concurso de dispo-
cuitad poética y la facultad metafísica se despliegan
siciones morales: dada esa causa, aparece; ausente
juntamente con un vigor inusitado; si se considerase
esa causa, desaparece; la debilidad ó la intensidad de
que el Cristianismo y el budhismo nacieron en épocas
esa causa, miden su debilidad ó su intensidad propias.
de síntesis grandiosas y entre miserias semejantes á
Se liga á ella como un fenómeno físico á su condición,
l a opresión que sublevó á los exaltados de los C é v e n -
como el rocío al enfriamiento de la temperatura am-
nes; si se reconociese, por otra parte, que las reli-
biente, como la dilatación al calor. H a y en el mundo
giones primitivas surgieron al despertar la razón hu-
moral, como en el mundo físico, pares de términos,
mana,jlurante el más rico florecimiento de la fantasía,
tan rigurosamente encadenados y tan universalmente
en tiempo del más hermoso candor y de la mayor cre-
difundidos en el uno como en el otro. Todo lo que pro-
dulidad; si se reflexionase aún que el mahometismo
duce, altera ó suprime el primer término de uno de
apareció con el advenimiento de la prosa poética y l a
esos pares, produce, altera ó suprime, de rechazo, el
concepción de la unidad nacional, en un pueblo des-
segundo término. Todo lo que enfría la temperatura
provisto de ciencia, en el momento de un repentino
ambiente hace que se deposite el rocío. Todo lo que
desarrollo del espíritu, podría concluirse que una reli-
desarrolla la credulidad al mismo tiempo que las con-
gión nace, declina, se reforma y se trasforma según
cepciones poéticas generales, engendra la religión. Así
que las circunstancias fortifican y asocian más ó m e -
han sucedido las cosas; así seguirán sucediendo. Desde
nos íntima y enérgicamente sus tres instintos genera-
el punto en que sabemos cual es la condición suficiente
dores, y se comprendería por qué es endémica en l a
y necesaria de una de esas vastas apariciones, nuestra
India, entre cerebros imaginativos, filosóficos, exalta-
inteligencia abarca el porvenir como el pasado. Pode-
dos por excelencia; por qué se despliega tan extraña
mos decir con certidumbre en qué circunstancias de-
y ampliamente en la Edad Media, en una sociedad
berá renacer, prever sin temeridad varias partes de
opresiva, entre lenguas y literaturas nuevas; por qué
su historia próxima y bosquejar con circunspección
volvió á levantarse en el siglo x v i con un carácter
algunos rasgos de Su desarrollo subsiguiente.
nuevo y un entusiasmo heroico en el momento del
renacimiento universal y al despertar de las razas
germánicas; por qué se multiplica en extrañas sectas
en la ruda democracia americana y bajo el despotismo
burocrático de Rusia; por qué, en fin, se encuentra
hoy distribuida en Europa con proporciones y parti-
cularidades tan diferentes según las diferencias deJas
razas y de las civilizaciones. Lo mismo ocurre con
cada especie de producción humana, con la literatura,
la música,las artes del dibujo, la filosofía, las ciencias,
el Estado, la industria, etc. Cada una tiene por causa
ral. Esas reglas de la vegetación humana son las que
al presente debe inquirir la historia; lo que importa es
hacer esa psicología especial de cada formación ; lo
que importa es componer el cuadro completo de esas
vni condiciones esenciales. Nada más delicado y más difí-
cil. Montesquieu acometió la e m p r e s a ; pero, en su
tiempo era demasiado nueva la historia, para que pu-
diese salir airoso: no se sospechaba siquiera el camino
Problema general y porvenir de la historia.—Método p s i c o l ó g i c o . —
. Valor de las literaturas.—Objeto de este libro. que debía seguirse, y apenas si hoy empezamos á e n -
treverle. Así c o m o en el fondo la astronomía es un
problema de mecánica, y la fisiología un problema de
A tal altura se encuentra h o y la historia, ó, m á s química, asi en el fondo la historia es un problema de
bien, está m u y cerca de ella, en el umbral de esa in- psicología. Hay sistemas particulares de* impresiones
vestigación. El problema planteado en este momento y operaciones interiores que engendran respectiva-
es el siguiente: Dada una literatura, una filosofía, una mente el artista, el creyente, el músico, el pintor, el
soeiedad, un arte, tal clase de artes, ¿cuál es el estado nómada, el hombre s o c i a l : en cada uno de éstos v a -
moral que la produce, y cuales son las condiciones de rían la filiación, la intensidad, las dependencias de las
raza, de momento y de medio más apropósito para ideas y de las emociones ; cada uno de ellos tiene su
producir ese estado moral? H a y un estado moral dis- historia moral y su estructura propia, con alguna dis-
tinto para cada una de esas formaciones y para cada posición primordial y algún carácter dominante. Para
una de sus ramas; lo hay para el arte en general, y explicar cada una de estas naturalezas habría que es-
para cada especie de arte; para l a arquitectura, para cribir un capítulo de análisis íntimo, y h o y apenas si
la pintura, para la escultura, para la música, para l a se halla esbozado ese trabajo. Sólo un hombre lo ha
poesía; cada una tiene su germen privativo en el vasto emprendido, Stendhal, merced á un sello singular de
campo de la psicología humana; cada una tiene su espíritu y de educación, y al presente aún la mayor
ley, y en virtud de esa ley la vemos surgir fortuita- parte de los lectores estiman sus obras paradójicas y
mente, en apariencia, y completamonte sola en medio oscuras: su talento ^ s u s pensamientos eran prematu-
de los abortos de sus congéneres, como la pintura en ros. No se han comprendido sus admirables adivina-
Flandes y en Holanda en el siglo x v n , como la poesía ciones, las profundas frases que siembra como de pa-
en Inglaterra en el siglo x v i , como la música en Ale- sada , la asombrosa exactitud de sus notaciones y de
mania en el siglo x v i n . En esos momentos y en esos su lógica. No se ha visto que, con sus apariencias de
países, se Jian visto reunidas las condiciones necesa- hombre de mundo y en el tono de la conversación co-
rias para un arte, y no las precisas para los otros, y rriente, explicaba los mecanismos internos más c o m -
brotó una rama sola en medio de la esterilidad g e n e - plicados, ponía el dedo en los grandes resortes, é in-
trodueía en la historia del corazón los procedimientos tancia de las obras literarias: son instructivas porque
científicos, el arte de cifrar, de descomponer y dedu- son bellas; su utilidad crece con su perfección; y si su-
cir ; no se ha visto que-era el primero que señalaba las ministran documentos, es porque son monumentos.
causas fundamentales, es decir, las nacionalidades, Cuanto más visibles hace un libro las ideas y senti-
los climas y los temperamentos; que trataba, en suma, mientos, más literario es; parque el oficio propio de la
los fenómenos internos como deben tratarse, como na- literatura es la notación de las ideas y sentimientos.
turalista y como físico, haciendo clasificaciones y pe- Cuanto mayor es el número de ideas y sentimientos
sando fuerzas. importantes que pone de relieve, más alto lugar alcan-
Por todo eso se le ha juzgado seco y excéntrico, y ha za en la literatura; porque si un escritor logra atraerse
permanecido aislado, escribiendo novelas, viajes, apun- las simpatías de toda una nación y de todo un siglo, es
tes, para los cuales sólo deseaba y obtenía veinte lec- por representar la manera de ser de todo un siglo y de
tores. Y , sin embargo, aun h o y , en sus libros es donde toda una nación. He aquí por qué, entre los diversos
podrán encontrarse los ensayos más á propósito para documentos que ponen delante de la vista la intimidad
allanar el camino que he tratado de describir. Nadie de las pasadas generaciones, el mejor incomparable-
ha enseñado mejor á abrir los ojos y á mirar, á mirar mente es una literatura, sobre todo una gran literatu-
ante todo los hombres que nos rodean y la vida p r e - ra: se parece á esos aparatos admirables, de una sen-
sente, y después los documentos antiguos y auténticos; sibilidad extraordinaria, por medio de los cuales dis-
á leer algo más que lo escrito, á ver, al través de la ciernen y miden los físicos los más íntimos y delicados
añeja impresión ó de los garabatos de un texto, el sen- cambios de un cuerpo. Las constituciones y las religio-
timiento exacto, el movimiento de ideas, el estado de nes no lleganá tanto: los artículos de códigos y de cate-
espíritu en que el autor escribía. En sus publicaciones, cismos no pintan jamás el espíritu sino grosso modo y
en las de Sainte-Beuve, en las de los críticos alemanes, sin delicadeza; si hay documentos en que adquieran vida
es donde verá el lector todo el partido que puede sa- la política y el dogma, son los discursos elocuentes del
carse de un documento literario: cuando ese documen- pùlpito y de la tribuna, las memorias, las confesiones
to es rico, y sabemos interpretarle, descubrimos en él Intimas, y todo eso pertenece á l a literatura; de modo
la psicología de un alma, frecuentemente la de un siglo, que ésta, amén de su propio dominio, abraza lo bueno
y á veces la de una raza. En este respecto, un gran délos demás. Asi,pu§s, el estudio de las literaturas es el
poema, una bella novela, las confesiones de un hombre que ha de servir principalmente para construir la his-
superior son más instructivas que un cúmulo de histo- toria moral y encaminarse hacia el conocimiento de las
riadores y de historias; y o daría cincuenta volúmenes leyes psicológicas de que dependen los acontecimientos.
de cartas y privilegios y cien volúmenes de protocolos
Y o me propongo aquí escribir la historia de una li-
diplomáticos por las memorias de Cellini, por las epís-
teratura é investigar en ella la psicología de un pueblo.
tolas de San Pablo, por los coloquios de sobremesa de
No sin motivo escogí la inglesa. Había que encontrar
Lutero ó las comedias de Aristófanes. Tal es la impor-
un pueblo que tuviese una gran literatura completa, y

3
M e . 1625fóQNÌÈRRK,MEXie®
eso es raro: existen pocas naciones que hayan pensado
y escrito, verdaderamente, durante toda su vida. En-
tre los antiguos, la literatura latina es nula al comien-
zo, y después prestada é imitada. Entre los modernos,
HISTORIA DE LA LITERATURA INGLESA
la literatura alemana presenta un gran vacío durante
dos siglos (1); la literatura italiana y la española a c a -
ban á mediados del siglo x v n . Sólo la Grecia antigua
y la Francia é Inglaterra modernas, ofrecen una serie
LIBRO PRIMERO
completa de grandes monumentos expresivos. He ele-
gido Inglaterra, porque, viviendo aún y estando some- Los orígenes.
tida á la observación directa, puede ser mejor estudia-
da que una civilización destruida, de que no nos que-
dan y a más que girones, y porque, siendo distinta de
la nuestra, presenta más fácilmente caracteres acen- CAPITULO PRIMERO
tuados á los ojos de un francés. Por otro lado, esa ci-
vilización tiene la particularidad de que, á más de su LOS SAJONES
desarrollo espontáneo, ofrece una desviación forzada
por haber sufrido la última y la más eficaz de todas
las conquistas, y de que los tres elementos de que h a I. La antl^a patria.—El suelo, el mar, el cielo, el clima.—La
salido: la raza, el clima y la invasión normanda, pue- nueva patria.—El país húmedo y la tierra ingrata.—Influjo
del clima sobre el carácter.
den observarse en los monumentos con una preci-
II. El cuerpo.—La alimentación.—Las costumbres.—Los ins-
sión perfecta; de modo que, en esa historia, se estudian tintos rudos en Qermania y en Inglaterra.
los dos motores más poderosos de las transformaciones III. Los instintos nobles en Germania.—El individuo.—La fa-
humanas: la naturaleza y la presión exterior; y pue- milia.—El Estado.—La religión.—El -Edda.r-Concepción trá-
gica y heroica del mundo y del hombre.
den estudiarse sin incertidumbre ni laguna en una IV. Los instintos nobles en Inglaterra.—El guerrero y su jefe.
serie de monumentos auténticos é íntegros. Y o he t r a - —La mujer y su marido.—Poema de Beowulfo.—La sociedad
tado de definir esos primitivos re^prtes, de mostrar sus bárbara y el héroe bárbaro.
V. Poemas paganos.—Indole y fuerza de los sentimientos.—Se-
efectos graduales, de explicar c ó m o han acabado por
llo del espíritu y del lenguaje.—Vehemencia de la impresión
dar vida á las grandes obras políticas, religiosas y li- y rudeza de la expresión.
terarias, y de exponer el mecanismo interno por c u y a VI. Poemas cristianos.—Predisposición de los sajones al cristia-
virtud el sajón bárbaro ha llegado á ser el inglés que nismo.—Cómo se convierten al cristianismo.—Cómo entien-
den el cristianismo.—Himnos de Coedmon.—Himno de los
v e m o s en el día. funerales.—Poema de Judit.—Paráfrasis de la Biblia.
VII. Por qué no penetra en los sajones la eultura latina.—Ra-
zones derivadas de la conquista sajona.—Beda, Alcuino, Al-
(1) De 1550 á 1750. fredo. —Traducciones. —Crónicas. — Compilaciones. — Im-
eso es raro: existen pocas naciones que hayan pensado
y escrito, verdaderamente, durante toda su vida. En-
tre los antiguos, la literatura latina es nula al comien-
zo, y después prestada é imitada. Entre los modernos,
HISTORIA DE LA LITERATURA INGLESA
la literatura alemana presenta un gran vacío durante
dos siglos (1); la literatura italiana y la española a c a -
ban á mediados del siglo x v n . Sólo la Grecia antigua
y la Francia é Inglaterra modernas, ofrecen una serie
LIBRO PRIMERO
completa de grandes monumentos expresivos. He ele-
gido Inglaterra, porque, viviendo aún y estando some- Los orígenes.
tida á la observación directa, puede ser mejor estudia-
da que una civilización destruida, de que no nos que-
dan y a más que girones, y porque, siendo distinta de
la nuestra, presenta más fácilmente caracteres acen- CAPITULO PRIMERO
tuados á los ojos de un francés. Por otro lado, esa ci-
vilización tiene la particularidad de que, á más de su LOS SAJONES
desarrollo espontáneo, ofrece una desviación forzada
por haber sufrido la última y la más eficaz de todas
las conquistas, y de que los tres elementos de que h a I. La antl^a patria.—El suelo, el mar, el cielo, el clima.—La
salido: la raza, el clima y la invasión normanda, pue- nueva patria.—El país húmedo y la tierra ingrata.—Influjo
del clima sobre el carácter.
den observarse en los monumentos con una preci-
II. El cuerpo.—La alimentación.—Las costumbres.—Los ins-
sión perfecta; de modo que, en esa historia, se estudian tintos rudos en Qermania y en Inglaterra.
los dos motores más poderosos de las transformaciones III. Los instintos nobles en Germania.—El individuo.—La fa-
humanas: la naturaleza y la presión exterior; y pue- milia.—El Estado.—La religión.—El -Edda.r-Concepción trá-
gica y heroica del mundo y del hombre.
den estudiarse sin incertidumbre ni laguna en una IV. Los instintos nobles en Inglaterra.—El guerrero y su jefe.
serie de monumentos auténticos é íntegros. Y o he t r a - —La mnjer y su marido.—Poema de Beowulfo.—La sociedad
tado de definir esos primitivos re^prtes, de mostrar sus bárbara y el héroe bárbaro.
V. Poemas paganos.—Indole y fuerza de los sentimientos.—Se-
efectos graduales, de explicar c ó m o han acabado por
llo del espíritu y del lenguaje.—Vehemencia de la impresión
dar vida á las grandes obras políticas, religiosas y li- y rudeza de la expresión.
terarias, y de exponer el mecanismo interno por c u y a VI. Poemas cristianos.—Predisposición de los sajones al cristia-
virtud el sajón bárbaro ha llegado á ser el inglés que nismo.—Cómo se convierten al cristianismo.—Cómo entien-
den el cristianismo.—Himnos de Coedmon.—Himno de los
v e m o s en el día. funerales.—Poema de Judit.—Paráfrasis de la Biblia.
VII. Por qné no penetra en los sajones la eultura latina.—Ra-
zones derivadas de la conquista sajona.—Beda, Alcuino, Al-
(1) De 1550 á 1750. fredo. —Traducciones. —Crónicas. — Compilaciones. — Im-
potencia de los latinistas.—Razones deducidas del carácter
sajón.—Aldhelm.—Alcuino.— Versos latinos.—Diálogos poé- ta más adelante del siglo onceno. La savia húmeda, '
ticos.—Mal gusto de los latinistas.
recia y potente del país corre en el hombre como en
VIII. Oposición de las razas germánicas y de las razas latinas.
Carácter de la raza sajona.—Sn persistencia bajo la con- las plantas, y , mediante la respiración, la alimenta-
quista normanda. % ción, las sensaciones y los hábitos, forma sus aptitudes
y su cuerpo.
Esa tierra, así constituida, tiene un enemigo: el
I mar. Holanda no subsiste sino á favor de sus diques.
En 1654 se rompieron los de Jutlandia, y quedaron
sepultados quince thil habitantes. Hay que ver encres-
Si recorréis las orillas del mar del Norte desde el Es- parse al nivel del suelo aquel pálido y avieso oleaje
calda hasta Jutlandia, notaréis al punto que el rasgo del Norte (1); el enorme mar amarillento se abalanza
característico del país es la falta de pendiente: cena- de golpe sobre la llana tirilla de costa que no parece
gales, landas y terrenos bajos; .los ríos se arrastran capaz de resistirle un solo instante; el viento aulla y
trabajosamente, inertes y entumecidos, trazando lar- muge; las gaviotas gritan; las pobres embarcaciones
gas ondulaciones negruzcas; su agua extravasada r e - huyen instantáneamente vencidas, casi tumbadas, y
zuma al través de la orilla, y reaparece más allá es- procuran buscar refugio en la boca del río, que pa-
tancada en charcos. El suelo de Holanda no es más rece tan hostil como el mar. Triste y precaria vida,
que cieno que se hunde; apenas si sobrenadé la tierra como delante de hambrienta fiera. Los frisones, en sus
aquí y allí formando una delgada y frágil costra de añejas leyes, hablan y a de la liga que formaron con-
barro: aluvión del río que el río mismo parece pronto tra «el feroz Océano». Aun durante la calma, ese mar
á sumergir. Por encima se ciernen las pesadas nubes, es inclemente. «Ante los ojos se extiende el gran de-
alimentadas por las eternas exhalaciones; vuelven v i o - sierto de las aguas; por encima bogan las nubes, esas
lentamente sus vientres violáceos, se ennegrecen, y de pardas é informes hijas del aire, que con sus cubos de
pronto se desploman deshechas en aguaceros; el v a p o r nieblas sacan el agua del mar y la arrastran con gran
se arrastra de continuo por el horizonte, á modo de trabajo, para dejarla caer en el 'mar nuevamente:
humo. Con ese riego pululan las plantas; en el ángulo triste, inútil y enojosa fHena(2)». «Tendido á la larga,
de Jutlandia y del continente, en un suelo pingüe, li-
(1) Cuadro de Ruysdael, galería del Sr. Baring. De las tres
moso, «la vegetación es tan fresca como en Inglate- islas sajonas, North Strandt, Bnsen y Heligoland North Strand,
rra (1)». Inmensos bosques cubrieron la c o m a r c a has- fué invadida por el mar en 1300, 1483 1532, 1615, y casi des-
truida en 1634; Rusen es una llanura rasa azotada por las tem-
pestades, que ha habido qne rodear de un dique; Heligoland
(1) Malte-Brun, t. rv, pág. 398. Dinamarca significa campo fué devastada por el mar en 800, en 1300, en 1500 y en 1649,
bajo. Sin contar las bahías, golfos y canales, la décimaserta esta última vez de un modo tan terrible que no ha quedado más
parte del país se halla ocupada por las aguas. El dialecto jut- qne un fragmento de ella.—Turner, i, 118.
landés guarda aún mucha analogía con el inglés. (2) Enrique Heine: Die Nordsee. Véase en Tácito, Anales,
lib. ii la impresión de los romanos. Truculentia coeli.

«1 informe viento del Norte murmura con v o z doliente bles de sus costas, que atraerán más tarde las verda-
y misteriosa como un viejo gruñón, y cuenta una por- deras flotas y los grandes buques: la verde Inglaterra,"
ción de? patrañas.» Lluvia, viento y oleaje: no hay ca- esta expresión viene aquí á los labios, y lo dice todo.
bida aquí más que para ideas siniestras ó melancóli- También allí abunda con exceso la humedad; aun en
cas. El retozo mismo de las olas tiene un no sé qué estío sube la niebla; aun en los días despejados se adi-
que preocupa é impone. Desde Holanda hasta Jutlan- vina que v a á venir de la gran cintura marítima, ó á
dia una hilera de islillas sumergidas (1) atestigua sus salir de la inmensa pradera siempre empapada que,
estragos; las móviles arenas que acarrean las aguas cortada por setos,, ondula del llano á la colina hasta el
siembran de escollo la costa y la entrada de los confín del horizonte. A trechos cae un r a y o de sol so-
ríos (2). Allí pereció la primera flota romana (mil na- bre las altas hierbas, iluminándolas violentamente, y
ves); aún hoy los buques permanecen á la vista de los el brillo de la vegetación hiere y deslumhra. El agua
puertos durante un mes ó más, bazuqueados sobre las rebosante yergue los tallos blandos; las plantas, hen-
grandes olas blancas, sin atreverse á penetrar en la chidas de savia, brotan con profusión, y esa savia se
canal movediza y tortuosa, célebre por sus naufra- renueva de continuo; porque sobre un fondo de niebla
gios. En invierno una coraza de hielo cubre los dos inmóvil se arrastran las pardas nubes, y de v e z en
ríos principales; el mar repele los témpanos que ba- cuando un chubasco enturbia el borde del cielo. «Hay
j a n ; los témpanos se amontonan crujiendo sobre los aún commons, como en los tiempos de la conquista,
bancos de arena, y oscilan; á veces se han? visto bu- abandonados (1), incultos, llenos de aliagas y mato-
ques que, aferrados como por una tenaza, partíanse rrales espinosos, sin'más que algún que otro caballo
en dos mitades, á impulsos de su presión. Figuraos en paciendo en la soledad. Triste aspecto; ingrata tie-
medio de esa atmósfera brumosa, entre esos hielos y rra (2). ¡Cuánto trabajo ha sido menester para huma-
esas tempestades, en esas ciénagas y % n esos bosques, nizarla! ¡Qué impresión debió producir sobre los hom-
salvajes medio desnudos^ especie de animales rapaces, bres del Mediodía, sobre los romanos de César! Vién-
pescadores y cazadores, pero sobre todo cazadores de dola, pensaba y o en los antiguos sajones, en los vaga-
hombres: esos s a l f a j e s , sajones, anglos, jutos, friso- bundos del Oeste y del Norte, que fueron á acampar á
nes también (8), y más tarde %aneses, fueron los que ese país de cenagales y de brumas, en la margen de
en los siglos v y i x , con sus espadas y sus grandes los antiguos bosques y á orillas de esos grandes ríos
hachas, tomaron y conservaron la felá de Bretaña. cenagosos que arrastran su fango hacia las olas. Nece-
País rudo y brumoso, semejante al suyo, salvo en sitaban vivir como cazadores y porqueros; necesita-
la profundidad de su mar y en las condiciones favora- ban hacerse, como antes, atléticos,feroces y sombríos.

(1) Watten, Platen, Sande, Düneninseln.


(2) A nueve ó diez millas, cerca de Heligoland, es donde se (1) Notes de un viaje por Inglaterra.
encuentran por primera vez profundidades de veinte pérticas. (2) Leonce de Lavergne: De l'agriculture anglaise. El suelo
. (3) Palgrave: Saxon commonwealth, tomo i. es mucho peor que el de Francia.
Suprimid de ese suelo la civilización, y no quedará á enérgicas. En todo país el hombre se adhiere á la na-
los habitantes más que la guerra, la caza, la pitanza turaleza por todas sus raíces corporales, y tanto más
y la embriaguez. El amor risueño, los dulces sueños cuanto mayor es su incultura y menor su emancipa-
poéticos, las artes, el pensamiento ágil y sutil qué- ción por consiguiente. Estos de Germania, en medio
danse para las afortunadas playas del Mediterráneo. de sus tempestades, dentro de sus míseros barcos de
Aquí el bárbaro que, mal resguardado en su fangosa cuero, entre los rigores y los riesgos de la vida marí-
cabaña, oye caer la lluvia durante días enteros sobre tima, se hallaban hechos como ningunos para la re-
las hojas de las encinas, ¿qué ensueños puede tener sistencia y las empresas difíciles, á fuer de curtidos
cuando contempla su lodo y su cielo empañado? en el sufrimiento y despreciadores del peligro. Piratas
ante todo, porque la caza del hombre es la más noble
y provechosa, dejaban el cuidado de la tierra y de los
rebaños á las mujeres y á los esclavos: navegar, c o m -
n batir y saquear (1), era para ellos cuanto competía á
un hombre libre. Se lanzaban al mar en sus barcas de
dos velas; arribaban á la ventüra; mataban, é iban á
Corpanchones blancos, flemáticos, con fieros ojos otro lado á proseguir sus fechorías, después de dego-
azules y pelo de un rubio rojizo; estómagos voraces, llar en honor de sus dioses la décima parte de los cau-
repletos de carne y queso, y caldeados por bebidas tivos, y dejando tras de sí el resplandor rojizo del in-
fuertes; un temperamento frío, tardío para el amor (1); cendio. «Del furor de los jutos, decía una letanía,
apego al hogar doméstico; propensión á la embria- líbranos, Señor.» «De todos los bárbaros (2), son los
guez brutal: tales son aún los caracteres que la heren- de cuerpo y de corazón más firmes, los más temidos»;
cia y el clima conservan en la raza, y son los mismos añádaselos más «cruelmente feroces». Convertida en
que ofreció en su primer país á los ojos de los histo- oficio, la matanza llega á ser un g o c e . Hacia fines del
riadores romanos. No se v i v e en esas comarcas sin siglo VIII, la descomposición definitiva del gran cadá-
abundante y sólida alimentación; el mal tiempo en- ver romano, que Carlomagno había querido reanimar
cierra á los moradores en sus casas; para reanimar- y que se disolvía roído de podredumbre, los atrajo á
los, se necesitan bebidas fuertes; sus sentidos son la presa como buitres. Los que habían quedado en
obtusos, sus músculos resistentes, sus voluntades Dinamarca, con sus- hermanos de Noruega, paganos
fanáticos y encarnizados contra los cristianos, c a -
yeron sobre todas las riberas. Sus reyes de mar (3)
(1) Tácito: De moribus Germanorum, passim: Diem, noc-
temque continuare potando, nnlliprobrum.— Sera juvenum Ve-
nus.-Totos dies juxtafocum atque ignem agunt.-Dargaud: (1) Beda, v, 10; Sidonio, VIII, 6; Lingard, Historia de Ingla-
terra.
Voy a ge en Danemark. Seis comidas al día, la primera á las cin-
co de la mañana. Véase las figuras y las comidas en Hamburgo (2) Zósimo, m, 147; Ammiano Marcelino, xxvin, 526.
y en Amsterdam. (3) Vitíngs. Agustín Thierry, Hist. Sancti Edmundi, t. vi,
i
Suprimid de ese suelo la civilización, y no quedará á enérgicas. En todo país el hombre se adhiere á la na-
los habitantes más que la guerra, la caza, la pitanza turaleza por todas sus raíces corporales, y tanto más
y la embriaguez. El amor risueño, los dulces sueños cuanto mayor es su incultura y menor su emancipa-
poéticos, las artes, el pensamiento ágil y sutil qué- ción por consiguiente. Estos de Germania, en medio
danse para las afortunadas playas del Mediterráneo. de sus tempestades, dentro de sus míseros barcos de
Aquí el bárbaro que, mal resguardado en su fangosa cuero, entre los rigores y los riesgos de la vida marí-
cabaña, oye caer la lluvia durante días enteros sobre tima, se hallaban hechos como ningunos para la re-
las hojas de las encinas, ¿qué ensueños puede tener sistencia y las empresas difíciles, á fuer de curtidos
cuando contempla su lodo y su cielo empañado? en el sufrimiento y despreciadores del peligro. Piratas
ante todo, porque la caza del hombre es la más noble
y provechosa, dejaban el cuidado de la tierra y de los
rebaños á las mujeres y á los esclavos: navegar, c o m -
n batir y saquear (1), era para ellos cuanto competía á
un hombre libre. Se lanzaban al mar en sus barcas de
dos velas; arribaban á la ventüra; mataban, é iban á
Corpanchones blancos, flemáticos, con fieros ojos otro lado á proseguir sus fechorías, después de dego-
azules y pelo de un rubio rojizo; estómagos voraces, llar en honor de sus dioses la décima parte de los cau-
repletos de carne y queso, y caldeados por bebidas tivos, y dejando tras de sí el resplandor rojizo del in-
fuertes; un temperamento frío, tardío para el amor (1); cendio. «Del furor de los jutos, decía una letanía,
apego al hogar doméstico; propensión á la embria- líbranos, Señor.» «De todos los bárbaros (2), son los
guez brutal: tales son aún los caracteres que la heren- de cuerpo y de corazón más firmes, los más temidos»;
cia y el clima conservan en la raza, y son los mismos añádaselos más «cruelmente feroces». Convertida en
que ofreció en su primer país á los ojos de los histo- oficio, la matanza llega á ser un g o c e . Hacia fines del
riadores romanos. No se v i v e en esas comarcas sin siglo VIII, la descomposición definitiva del gran cadá-
abundante y sólida alimentación; el mal tiempo en- ver romano, que Carlomagno había querido reanimar
cierra á los moradores en sus casas; para reanimar- y que se disolvía roído de podredumbre, los atrajo á
los, se necesitan bebidas fuertes; sus sentidos son la presa como buitres. Los que habían quedado en
obtusos, sus músculos resistentes, sus voluntades. Dinamarca, con sus- hermanos de Noruega, paganos
fanáticos y encarnizados contra los cristianos, c a -
yeron sobre todas las riberas. Sus reyes de mar (3)
(1) Tácito: De moribus Germanorum, passim: Diem, noc-
temque continuare potando, nnlliprobrum.— Sera juvenum Ve-
nus.-Totos dies juxtafocum atque ignem agunt.-Dargaud: ( 1 ) Beda, v, 10; Sidonio, V I I I , 6; Lingard, Historia de Ingla-
terra.
Voy a ge en Danemark. Seis comidas al día, la primera á las cin-
co de la mañana. Véase las figuras y las comidas en Hamburgo (2) Zósimo, m, 147; Ammiano Marcelino, xxvin, 526.
y en Amsterdam. (3) Vitíngs. Agustín Tñierry, Hist. Sancti Edmundi, t. vi,
i
«que nunca habían dormido bajo las vigas ahumadas
que vigilaban á las puertas de la ciudad.» Por esas
de un techo, que nunca habían vaciado el cuerno de
palabras y esos gustos de una doncella, juzgad de lo
cerveza en un hogar habitado», se reían de los vien
restante (1).
tos y las tormentas, y cantaban: «El soplo de la tem-
Helos ahora en Inglaterra, más sedentarios y más
pestad ayuda á nuestros remeros; el mugido del cielo
ricos: ¿creéis que hayan cambiado mucho? Cambiado,
y el r a y o no nos dañan, el huracán está á nuestro
quizá, pero de mal en peor, como los francos, como
servicio y nos lleva adonde queremos ir.» «Hemos
todos los bárbaros que pasan de la acción al goce. Son
esgrimido nuestras espadas (dice un canto atribuido á
más glotones; despedazan sus puercos; se atiborran de
Ragnar Lodbrog): ¡era para mí un placer igual al de
carne; beborrotean hidromiel, cerveza, vino de pig-
tener á mi lado una hermosa doncella!... El que no es
mento todas esas bebidas fuertes y ásperas que han
herido nunca, lleva una vida enojosa.» Uno de ellos
podido agenciarse; y con eso se animan y alegran.
mata con sus manos á todos los monjes del monaste-
Añádase á todo el placer de combatir, y se compren-
rio de Peterborough, en número de ochenta y cuatro;
derá que no es con tales instintos como se llega pronto
otros, habiendo prendido al rey Alia, le abren las cos-
á la cultura; la cultura natural y rápida hay que bus-
tillas y le arrancan los pulmones. Haroldo Pie de Lie-
carla en las poblaciones vivas y sobrias del Mediodía.
bre, habiéndose apoderado de su competidor Alfredo,
Aquí el temperamento tardo y pesado (2) permanece
con seiscientos hombres, mandó desojarlos y desjarre-
sumido mucho tiempo en la vida brutal. Nosotros,
tarlos, ó desollarles el cráneo, ó sacarles las entra-
gente de raza latina, no vemos al pronto en esos hom-
ñas. Suplicios y carnicerías, sed de peligros, furor de
bres más que bestiazas, torpes y ridiculas, cuando no
destrucción, audacias porfiadas é insensatas de un
rabiosas y temibles, Hasta el siglo x v i , la masa del
temperamento asaz vigoroso, desenfreno de los instin-
país, según un antiguó~historiador, apenas se compu-
tos carniceros: he ahí los rasgos que aparecen á cada
so más que de pastores dedicados á la custodia de re-
instante en las antiguas Sagas. L a hija del Iarl danés,
ses de carne y lana; hasta fines del siglo XVII, el goce
viendo que Egill quiere sentarse á su lado, le rechaza
de la clase elevada fué la embriaguez; lo es aún de la
con desprecio, porque rara vez ha deparado «á los
clase baja, y todos los refinamientos de las delicade-
lobos manjares calientes, y porque en todo el otoño
ha oído graznar al cuervo sobre la carnicería». Pero
Egill la coge, y la aplaca cantando: «Iba yo con la (1) Francos, frisones, sajones, daneses, noruegos é islande-
ses, son un mismo pueblo. Apenas difieren sus lenguas, sus le-
espada ensangrentada, y el cuervo me seguía. Hemos
yes, sus religiones, sus poesías. Los que están más al Norte
combatido furiosos; cerníase el fuego sobre la vivien- conservan más tiempo las primitivas costumbres. Germania en
da de los hombres, y adormecimos en la sangre á los los siglos iv y v, Dinamarca y Noruega en el vn y en el vih,
Islandia en el x y el xi, ofrecen el mismo estado,iy los docu-
mentos de cada país pueden llenar las lagunas que existen en
la historia de los otros.
441, apud Surium. Véase la Yglingasaga, y sobre todo la Saga (2) Tácito: De moribus Germanorum, xxn. Gens nec astuta,
de EgÜl. nec callida.
zas y de la humanidad modernas no han abolido allí
monasterios, en tiempo del r e y Edgardo, oíase hasta
el uso de la vara y las puñadas. Si el bárbaro carní-
la media noche el ruido de los juegos, de las canción
v o r o , belicoso, bebedor, duro á las intemperies, alien-
nes y de los bailes ^Gritar, beber, agitarse, sentir las
ta aún bajo la regularidad de nuestra sociedad y bajo
venas caldeadas y henchidas por el vino, oir y ver en
l a dulzura de nuestra cortesía, figuraos lo que debía
derredor el tumulto de la orgía, era la primer necesi-
ser cuando, desembarcado con su gente en una comar-
dad de los bárbaros (1). L a torpe bestia humana se
c a devastada ó desierta, y convertido por primera vez
sacia de sensaciones y de ruido.
á la vida sedentaria, veía en el horizonte los pastos
Para este apetito hay un pasto más fuerte: las re-
comunes de la Marca, y el gran bosque primitivo que
friegas y las batallas. En vano se apegan al suelo tales
proporcionaba ciervos á sus cacerías y bellotas á sus
hombres y se hacen agricultores en grupos y en sitios
puercos. Eran hombres «de grande y grosero apeti-
distintos; en vano se encierran (2) en su marca con su
to (1)», dicen las antiguas historias. Aun en tiempo de
parentela y sus compañeros, unidos entre sí y separa-
la conquista (2), «la costumbre de beber con exceso
dos de los demás por límites sagrados, por encinas se-
era el vicio común de las personas de alto rango, y á
culares donde graban figuras de aves y de cuadrúpe-
él se entregaban sin interrupción días y noches ente-
dos, por estacas clavadas en medio de los pantanos y
ras». En el siglo XII, Enrique de Huntington, suspi-
á cuyo violador se castiga con suplicios atroces. En
rando por la antigua hospitalidad, dice que los reyes
vano esas marcas y esos gaus se agrupan en Estados
normandos no daban á sus cortesanos más que una
y acaban por constituir una sociedad algo ordenada,
comida al día, mientras que los reyes sajones les da-
provista de asambleas, regida por leyes y dirigida por
ban cuatro. Un día que Athelstan visitaba con los no-
un rey único. Su misma estructura indica las necesi-
bles á su parieñta Ethelflede, se agotó de buenas á
dades á que provee. Aquellos hombres se reúnen para
primeras la provisión de hidromiel á consecuencia de
mantener la paz: tratados de paz es lo que celebran
la enormidad de los tragos; pero san Dunstano, adi-
sus parlamentos, y providencias para la paz es lo que
vinando la inmensidad del estómago regio, había abas-
estatuyen sus leyes La guerra impera en todas partes
tecido la casa, y así «los escanciadores, según la cos-
y á diario. Todos tienen que v i v i r prevenidos para que
tumbre de las fiestas reales, pudieron servir de beber
no los cautiven, los mutilen, los saqueen, los maten;
durante todo el día en cuernos y otras vasijas». Cuan-
y las mujeres, además, para que no las violen (8).
do los convidados estaban ahitos, pasaba el arpa de
mano en mano, y resonaba bajo las bóvedas la ruda
(1) Tácito: De moribus Germanorum, xxn, x x m .
armonía de aquellas voces profundas. En los mismos
(2) Kemble: Saxons in England, i, 70; n, 184. «Los acuerdos
de un Parlamento anglo-sajón son una serie de tratados de paz
entre todas las asociaciones que componen el Estaio, una revi-
(1) Pictorial history of England, por Craig y Mac-Farla- sión y nna renovación perpetuas de todas las alianzas ofensi-
ne, i, 337. W; de Malmsbury, Enrique de Huntington, vi, 365. vas y defensivas entre todos los hombres liores. Son invada •
(2) Turner: History of the Anglo-Saxons, hi, 29. blemente contratos mutuos para el mantenimiento de la paz »
(3) Turner, in¿ 238, Leyes de Ina,
habiéndose casado con Elgita, parienta suya en grado
Todo hombre debe estar armado y dispuesto á recha-
prohibido, salió de la sala donde se bebía, el dia mis-
zar á los merodeadores, en unión con los de su pueblo
mo de la coronación, para irse al lado de ella. Los no-
ó ciudad; los merodeadores van en partidas: las hay
bles se creyeron insultados, é inmediatamente el abad
de treinta y cinco, y aun más numerosas. El animal
Dunstano se fué en persona á buscar al joven. «Encon-
es todavía demasiado potente, demasiado fogoso, de-
tró á la mujer adúltera (dice el monje Osbern), á su
masiado indómito. L a cólera y la codicia le precipitan
madre y al r e y , todos juntos en el lecho de libertinaje.
al punto sobre su presa. L a historia de los siete reinos,
Arrancó al rey de alli violentamente, y ciñéndole la
tal y como ha llegado á nosotros, se parece á «la de
corona, le volvió á llevar ante los thanes.» Entonces
los cuervos y los milanos» (1). Matan ó esclavizan á
Egita mandó sacar los ojos al abad; después, como
los bretones; combaten á los galeses que quedan, á los
sobreviniese una revuelta, huyó con el r e y , «ocultán-
irlandeses y pictos; se matan unos á otros, y son des-
dose por los caminos»; pero c a y ó en poder de las gen-
pedazados por los daneses. De catorce reyes que se su-
tes del Norte, las cuales «la dejarretaron, y le hicie-
ceden en Nortumbria durante un siglo, siete mueren
ron sufrir la muerte de que era digna». Barbarie sobre
violentamente, y seis son depuestos. Penda el de Mar-
barbarie. «En Bristol, durante la época de la conquis-
cia mata cinco reyes, y para tomar la ciudad de Bam-
ta (1), era costumbre comprar hombres y mujeres en
borough, demuele todos los pueblos vecinos, amon-
todas las partes de Inglaterra y exportarlos á Irlanda
tona sus ruinas en una hoguera inmensa capaz de
para revenderlos. Los compradores solían embarazar
quemar á todos los habitantes, trata de exterminar á
á las jóvenes, y las llevaban en cinta al mercado á fin
los nortumbrios, y perece á su vez por la espada á los
de sacar mayores beneficios. Hubieseis visto con pena
ochenta años. Muchos de ellos son asesinados por sus
largas filas de jóvenes de ambos sexos de la mayor
thanes; tal thane es quemado v i v o ; los hermanos se
belleza, atados con cuerdas y puestos en venta diaria-
degüellan á traición. La cultura progresiva ha inter-
mente...» Y el cronista añade que, habiendo renun-
puesto entre el deseo y el acto, el tejido complejo y r e -
ciado á esa costumbre, «dieron asi un ejemplo á todo
lajador de los cálculos y reflexiones; pero aquí el im-
el resto de Inglaterra».—¿Se quiere saber cuáles eran
pulso es repentino, y p r o v o c a instantáneamente el
las costumbres en las regiones más elevadas, en la fa-
asesinato y toda acción extrema. El r e y E d w y (2),
milia del último rey (2)? Haroldo servia de beber al
rey Eduardo el Confesor. Irritado su hermano Tosti, se
abalanza á él de repente, y le coge de los pelos. Fué
(1) Expresión de Milton (Kites and CrowsJ. Lingard, tomo r,
cap. ni. Esa historia se asemeja mucho á la de los francos en
las Galias. Véase Gregorio de Tours. Los sajones, como los
francos, se ablandan un poco; pero sobre todo se depravan, y (1) Pictorial history, i, 270. Vida de San Wulston, obispo.
son saqueados y acuchillados por los hermanos del Norte, q'ue (2) «Tantae saevitiae erant fratres illi quod, cum alicujus
han permanecido salvajes. nitidam villam conspicerent, dominatorem de nocte interflci
(2) Pictorial history, i, 171. — Vita sancti Dunstani; Anglia
juberent, totamque progeniem illius possessionemque defuncti
sacra, n. obtinerent.» Turner, in, 32; Enrique de Huntington, vi, 367.
menester separarlos. Tosti se v a á Hereford, donde
Haroldo había mandado preparar un gran banquete
regio; mata á los servidores de Haroldo; les corta la
cabeza y los miembros; los pone en vasijas de cer-
veza, de vino, de hidromel y de sidra, y manda decir
HI
al rey: «Si vas á tu hacienda, verás allí una buena
ración de carne salada, pero harás bien en llevar al-
gunas otras piezas contigo.» El otro hermano de Ha-
Esa nativa barbarie ocultaba nobles inclinaciones,
roldo, Sueno, había violado á la abadesa Edgiva y
desconocidas del mundo romano, y que debían erigir
asesinado al thane Beorn; luego, desterrado del país,
sobre sus ruinas un mundo mejor. En primer termino,
se hizo pirata. Al ver los arrebatos de esos hombres,
«cierta seriedad que los aparta de las frivolidades y
su ferocidad, sus risas falsas de caníbales, se adivina
los inclina hacía los sentimientos elevados (1)». Desde
que no necesitaban recorrer mucho camino para tor-
un principio se los ve así en Germania, con severas
narse nuevamente reyes del mar y parientes de aque-
costumbres, graves inclinaciones y una dignidad viril.
llos sectarios de Odino que comían carne cruda, col-
Viven solitariamente, cada uno junto al manantial ó
gaban hombres de los árboles sagrados de Upsal á
junto al bosque c u y o aspecto le ha atraído (2). Aun en
guisa de víctimas, y se mataban á sí propios para mo-
las aldeas no se tocan las cabafias: sus habitantes n e -
rir, como habían vivido, en medio de la sangre. Cien
cesitan independencia y aire libre. No los llama la v o -
veces reaparecen los feroces instintos añejos bajo la
luptuosidad: en ellos es tardío el amor, la educación
tenue corteza del cristianismo. En el siglo x i , «Sige-
dura, la alimentación sencilla. Todas sus diversiones
ward (1), el gran duque de Nortumberlandia, atacado
se reducen á cazar el toro salvaje y á saltar entre es-
de un flujo de vientre y sintiendo acercarse la muerte:
padas denudas. La embriaguez violenta y las apues-
«¡Qué vergüenza (dice) no haber podido morir en tan-
tas preligrosas: he ahí el flaco: se inclina á buscar,
tas guerras, y acabar de este modo como las vacas!
no los placeres dulces, sino la excitación fuerte. En
Ponedme siquiera la coraza, ceñidme la espada, c o l o -
todas las cosas, en los instintos rudos y en los instin-
cadme el casco en la cabeza, el escudo en la mano de-
tos varoniles, son hombres. Cada cual, en sus domi-
recha y el hacha dorada en la izquierda, para que un
nios, en su tierra y en su choza, es dueño de sí, sin
gran guerrero, cual y o , muera como guerrero.» Se
que nada le doblegue ni quebrante su entereza. Cuan-
hizo lo que decía, y murió así honrosamente con sus
do la comunidad toma algo suyo, es porque él lo con-
armas. Aquellos hombres habían dado un paso fuera
cede. Vota armada en todas las grandes resoluciones
de la barbarie, pero nada más que un paso.

(1) Grimm: MytJiologie, 53, Prólogo.


(1) Ptne oigas statura, dice el cronista, 1055. Kemble, i, 393.
<2) Tácito, xx, XX.II, xi, XII, xiu. y passim. Se pueden ver
Enrique de Huntington, lib. vi, 367.
aún las huellas de ese gusto en las construcciones inglesas.
menester separarlos. Tosti se v a á Hereford, donde
Haroldo había mandado preparar un gran banquete
regio; mata á los servidores de Haroldo; les corta la
cabeza y los miembros; los pone en vasijas de cer-
veza, de vino, de hidromel y de sidra, y manda decir
HI
al rey: «Si vas á tu hacienda, verás allí una buena
ración de carne salada, pero harás bien en llevar al-
gunas otras piezas contigo.» El otro hermano de Ha-
Esa nativa barbarie ocultaba nobles inclinaciones,
roldo, Sueno, había violado á la abadesa Edgiva y
desconocidas del mundo romano, y que debían erigir
asesinado al thane Beorn; luego, desterrado del país,
sobre sus ruinas un mundo mejor. En primer termino,
se hizo pirata. Al ver los arrebatos de esos hombres,
«cierta seriedad que los aparta de las frivolidades y
su ferocidad, sus risas falsas de caníbales, se adivina
los inclina hacía los sentimientos elevados (1)». Desde
que no necesitaban recorrer mucho camino para tor-
un principio se los ve así en Germania, con severas
narse nuevamente reyes del mar y parientes de aque-
costumbres, graves inclinaciones y una dignidad viril.
llos sectarios de Odino que comían carne cruda, col-
Viven solitariamente, cada uno junto al manantial ó
gaban hombres de los árboles sagrados de Upsal á
junto al bosque c u y o aspecto le ha atraído (2). Aun en
guisa de víctimas, y se mataban á sí propios para mo-
las aldeas no se tocan las cabafias: sus habitantes n e -
rir, como habían vivido, en medio de la sangre. Cien
cesitan independencia y aire libre. No los llama la v o -
veces reaparecen los feroces instintos añejos bajo la
luptuosidad: en ellos es tardío el amor, la educación
tenue corteza del cristianismo. En el siglo x i , «Sige-
dura, la alimentación sencilla. Todas sus diversiones
ward (1), el gran duque de Nortumberlandia, atacado
se reducen á cazar el toro salvaje y á saltar entre es-
de un flujo de vientre y sintiendo acercarse la muerte:
padas denudas. La embriaguez violenta y las apues-
«¡Qué vergüenza (dice) no haber podido morir en tan-
tas preligrosas: he ahí el flaco: se inclina á buscar,
tas guerras, y acabar de este modo como las vacas!
no los placeres dulces, sino la excitación fuerte. En
Ponedme siquiera la coraza, ceñidme la espada, c o l o -
todas las cosas, en los instintos rudos y en los instin-
cadme el casco en la cabeza, el escudo en la mano de-
tos varoniles, son hombres. Cada cual, en sus domi-
recha y el hacha dorada en la izquierda, para que un
nios, en su tierra y en su choza, es dueño de sí, sin
gran guerrero, cual y o , muera como guerrero.» Se
que nada le doblegue ni quebrante su entereza. Cuan-
hizo lo que decía, y murió así honrosamente con sus
do la comunidad toma algo suyo, es porque él lo con-
armas. Aquellos hombres habían dado un paso fuera
cede. Vota armada en todas las grandes resoluciones
de la barbarie, pero nada más que un paso.

(1) Grimm: MytJiologie, 53, Prólogo.


(1) Ptne oigas statura, dice el cronista, 1055. Kemble, i, 393.
<2) Tácito, xx, XX.II, xi, xu, xiu. y passim. Se pueden ver
Enrique de Huntington, lib. vi, 367.
aún las huellas de ese gusto en las construcciones inglesas.
comunes; juzga en la asamblea, hace alianzas y gue-
sabe entregarse del mismo m o d o : cuando ha elegido
rras privadas; emigra; se mueve y obra por su cuen-
su jefe, se olvida de sí; le atribuye su gloria; se deja
ta (1). En ese sajón se v e y a íntegramente al inglés
matar por él. «Infame por toda la vida es el que vuel-
moderno. Si se doblega, es porque tiene á bien doble-
ve sin su jefe del campo de batalla (1).» Sobre esa su-
garse; no es menos capaz de abnegación que de inde-
bordinación voluntaria se asentará la sociedad feu-
pendencia: es aquí frecuente el sacrificio; el hombre
daí^El hombre, en esta raza, puede aceptar un s u p e - ,
da á poca costa su sangre y su vida. En Homero, los
rior, ser capaz de adhesión y de respeto. Replegado
héroes flaquean á menudo, y no se los censura por
sobre sí por la tristeza y rudeza de su clima, ha de3 •
huir. En las Sagas, en el Edda, tienen que ser valien-
cubierto la belleza moral, mientras los otros descu-
tes hasta el extremo. En Germania se ahoga en cieno
brían la belleza sensible. Esa especie de bestia desnu-
al cobarde. Al través de los arrebatos de l a brutalidad
da, que y a c e durante todo el día al amor de la lum-
primitiva, se trasluce oscuramente la gran idea del de-
bre, inerte y sucia, ocupada en comer y dormir, y
ber; el dominio de sí propio en vista de algún fin n o -
cuyos órganos enmohecidos no pueden seguir los de-
ble. Allí es puro el matrimonio, y voluntaria l a casti-
licados lincamientos de las armoniosas formas poéti-
dad. Entre los sajones se castiga con la muerte al
cas (2), entrevé lo sublime en sus confusos ensueños.
hombre adúltero; á la mujer se la obliga á ahorcarse,
No lo representa; lo siente; su religión es y a interior,
ó la acribillan á cuchilladas sus compañeras. Las mu-
como lo será cuando en el siglo x v i rechace el culto
jeres de los cimbros, no pudiendo obtener de Mario la
sensible importado de Roma y consagre la fe del co-
salvaguardia de su castidad, se mataban con sus p r o -
razón (3). Sus dioses no están encerrados entre pare-
pias manos. Los hombres creen que hay «algo de san-
des; no tiene ídolos. Lo que él designa con nombres
to» en las mujeres; no se casan más que con una, y le
divinos es ese y o no sé qué de invisible y grandioso
guardan fidelidad. Desde hace quince siglos no ha
que circula al través de la naturaleza y que se adivina
cambiado en esa raza la idea del matrimonio (2). La
más allá (4); ese misterio infinito que los sentidos no
esposa, al penetrar bajo el techo de su marido, sabe
alcanzan, pero que «la veneración revela»; y cuando
que se entrega por entero (3), «que será una con él en
después precisan y alteran las leyendas, esa vaga adi-
cuerpo y alma; que no tendrá ningún otro pensamien-
to, ningún otro deseo; que será la compañera de sus
peligros y de sus trabajos; que sufrirá y se arriesgará (1) Tácito, xiv; Kemble, i, 32.
tanto como él en la paz y en la guerra». El hombre \2) «In omni domo, nudi et sordidi ... Plus per otium transi-
gunt, dediti somno, ciboque; totos dies juxta focnm atque
ignen agunt.»
(1) Tácito, XII. (3) Grimm, 53, Prólogo; Tácito, x.
(2) «Una vez casadas son verdaderas lluecas, consagradas (4) «Deorum nominibns apellant secretum illud qnod sola
á sacar hijos y á vivir en adoración perpetua ante el procrea- reverentia vident.» Más tarde, en Upsal, por ejemplo, hubo es-
dor.» Stendhal, De l'amour en Aüemagne. tatuas. (Adam de Brema )
(3) Tácito, xix, VIII, xvi; Kemble, i, 232. Wotan (Odino) significa, por su raíz, el Omnipotente, el que
penetra y circula al través de todo. (Grimm, Mythologie.)
denarán, contra la gran serpiente, á quien sumergirán
vinación de las potencias naturales, en aquel caos de
en el mar, contra el pérfido Loki, á quien atarán so-
ensueños gigantescos queda en pie una idea: la idea
bre peñascos debajo de una víbora que destilará ve-
de que este mundo es una guerra, y el heroísmo el so-
neno continuamente sobre su cara. Los valientes, que
berano bien.
por una muerte sangrienta han merecido entrar «en
En un principio, dicen esas viejas leyendas escritas
el recinto de Odino, y empeñan allí un combate cada
en Islandia (1) había dos mundos: el helado Nilflheim
día», ayudarán, durante mucho tiempo, á los dioses en
y el ardiente Muspill. D e las gotas de la nieve derre-
su magna guerra. Día vendrá, no obstante, en que
tida nació un gigante, Imer. «Al venir Imer dieron
dioses y hombres serán vencidos: «Entonces tiembla
comienzo los siglos. No había entonces arenas, mares
el gran fresno de Iggdrasil. El viejo árbol tirita. El
ni frescas ondas. No se veían tierras ni alto cielo.
loto Loki rompe sus ataduras. Se estremecen las som-
Existía el gran abismo, pero ni una brizna de hierba.»
bras en los caminos del infierno, hasta que el fuego de
No existía más que Imer, el horrible Océano helado,
Surtr devora al árbol. El nauclero Hrymr avanza
con los hijos nacidos de sus pies y de su sobaco, y con
desde Oriente, cubierto por un escudo. Izrmungandr
el informe linaje de estos últimos: los terrores del abis-
se retuerce con furia de gigante. L a serpiente levanta
mo, las montañas estériles, los huracanes del Norte y
las olas; el águila bate las alas; el a v e de pálido pico
los demás seres maléficos, enemigos del sol y de la
desgarra los cadáveres. Lánzase el navio Naglfar.
vida. Entonces la v a c a Andhumbla, nacida también
Surtr llega del Mediodía con las espadas desastrosas.
de la nieve derretida, lamiendo el hielo de las peñas,
En las tajantes armas de los dioses héroes resplandece
dejó al descubierto un hombre, Bur, cuyos nietos ma-
el sol. Conmuévense las montañas; tiemblan los gi-
taron á Imer. «De su carne hicieron la tierra, de su
gantes. Las sombras huellan el camino del infierno;
sangre el suelo y los ríos, de sus huesos las montañas,
el cielo se entreabre. El sol empieza á oscurecerse; la
de su cabeza el cielo, y de su cerebro, finalmente, las
tierra se hunde en el mar. Las brillantes estrellas des-
nubes.» Así empezó la guerra entre los monstruos del
aparecen del cielo. El humo se arremolina en torno
invierno y los dioses luminosos y fecundantes: Odino,
del fuego destructor del mundo. La gigantesca llama
el fundador; Balder, el dulce y benéfico; Thor, el true-
sube hasta el cielo.» Los dioses perecen devorados por
no de estío que purifica el aire y alimenta la tierra con
los monstruos, y la leyenda celeste, lúgubre y g r a n -
la lluvia. Los dioses combatieron durante mucho tiem-
diosa aquí como la historia humana, anuncia corazo-
po contra «los lotos helados», contra las negras p o -
nes de combatientes y de héroes.
tencias bestiales, contra el lobo Fenris, á quien enca-
Ni temor al dolor, ni preocupación de la vida. Por
todo saltan, una vez poseídos de su idea. El estreme-
cimiento de los nervios, la repulsión del instinto ani-
(1) Passim. Edda Saemnndi, Edda Snorri, Ed. de Copenha-
gue, 3 volúmenes. Bergmann ha traducido varios poemas: j o mal, que ante las heridas y la muerte retrocede, todo
utilizo á veces su traducción. Visiones de la Vala. Discursos ceja al empuje de la voluntad irresistible. Ved brotar
de Vafthrudnis, etc.
el calzado todas las mañanas. Me amenazaba por celos
de nuestros collares, de nuestro tesoro! Ahora á mí
y me maltrataba duramente.»
solo queda confiado todo el tesoro oculto, toda la ri-
Todo inútil: ninguna palabra puede humedecer
queza de los Niflungs. Porque Hógni no se cuenta y a
aquellos ojos secos; es menester que le pongan en las
entre los vivos. Yo no estaba tranquilo mientras vi-
rodillas el cadáver ensangrentado, para arrancarle
víamos los dos. Pero lo estoy ahora, que sobrevivo
lágrimas. Entonces prorrumpe en llanto, se desvane-
solo.» Supremo insulto del hombre seguro de sí, que
ce, y los cisnes responden á sus gritos. Moriría, como
en nada repara por saciarse, ni en su vida ni en la
Sigurd, sobre el cadáver del único á quien amó, si con
ajena. Arrojado entre las serpientes, muere; pero la
un mágico brevaje no le hiciesen perder la memoria.
llama inextinguible de la venganza ha pasado de su
Trastornada de esa suerte, parte para casarse con Atli,
corazón al de su hermana; cadáver sobre cadáver, se
el rey de los hunos. Pero parte á su pesar, con sinies-
los ve caer á unos tras otros; una especie de furor c o -
tros presentimientos. Porque el asesinato engendra el
losal los precipita á ojos cerrados en la muerte. L a
asesinato; y sus hermanos, los matadores de Sigurd,
hermana degüella á los hijos que ha tenido de Atli;
atraídos cerca de Atli, van á caer á su vez en un lazo
un día que éste vuelve de la matanza, le da por co-
parecido al que tendieron. Gunnar está atado, y se
mida los corazones en miel, y se ríe fríamente al re-
quiere que entregue el tesoro; él responde con la ex-
velarle la clase de pasto que ha devorado. Los hunos
traña risa de los bárbaros: «Pido que se me ponga en
aullan, y en los bancos, dentro de las tiendas, todos
la mano el corazón de mi hermano Hógni, el corazón
lloran; ella no: elia no ha llorado desde la muerte de
arrancado del pecho del gran caballero, del hijo del
Sigurd, ni por sus hermanos «de corazones de osos»,
rey, con embotado puñal.» Sacaron el corazón al es-
ni por «sus tiernos y confiados hijos». Llegada la no-
clavo Hjalli; le pusieron ensangrentado en un plato,
che, degüella á Atli en la cama, prende fuego al pala-
y se le llevaron á Gunnar... Habló entonces Gunnar,
cio, y quema á todos los servidores y á todas las m u -
el jefe de los hombres: «Este es el corazón del cobarde
jeres guerreras. Júzguese por este cúmulo de devasta-
Hjalli; no se parece al corazón del valiente Hógni.
ciones y de carnicerías á qué excesos propende aquí
Ahora que está en el plato, tiembla mucho; cuando
la voluntad. Había entre ellos hombres, los berserki-
estaba en su pecho, temblaba más...» «Hógni reía,
res (1), que, atacados de una especie de locura en el
cuando le arrancaban el corazón... No pensó, no, en
combate, desplegaban de pronto una fuerza sobrehu-
llorar.»—Pusieron el corazón ensangrentado en un
mana, y no sentían y a las heridas. He ahí el héroe tal
plato, y le llevaron á Gunnar. Gunnar, el valiente Ni-
como esa raza le concibe en su primera aurora. ¿No
flung, habló así, con rostro sereno: «¡He aquí el c o r a -
es extraño verlos cifrar la dicha en las batallas y la
zón del valeroso Hógni! No se parece al del cobarde
belleza en la muerte? ¿Hay un pueblo, ni indos, ni
Hjalli. Ahora que está en el plato, tiembla poco; cuan-
do estaba en su pecho, temblaba menos. ¡Que no estés
tú, Atli, tan lejos de mis ojos como lo estarás siempre (1) Esa voz designa á los hombres qne combatían sin cora-
za, probablemente sia más que un simple sayo.
persas, ni griegos, ni galos, que se formase una con- mente, en el Witenagemot, sus alianzas con los de-
cepción tan trágica de la vida? ¿Hay uno que poblara más. Cada parentela, dentro de su marca, forma una
su pensamiento infantil de imágenes tan fúnebres? liga cuyos miembros, «hermanos de la espada», se de-
¿Hay uno que haya desterrado tan completamente de fienden unos á otros, y reclaman unos por otros, á ex-
sus ensueños la dulzura del goce y la molicie de la v o - pensas de su sangre, el precio de la sangre. Cada jefe
luptuosidad? El esfuerzo, el esfuerzo doloroso, l a exal- sabe que tiene, no mercenarios, sino amigos, en los
tación en el esfuerzo: he ahí su estado preferido. Car- fieles que beben su cerveza, que han recibido de él,
lyle decía acertadamente que en la sombría obstina- en prueba de estimación y confianza, brazaletes, es-
ción del trabajador inglés subsiste aún la rabia silen- padas, armaduras, y que el día del combate se inter-
ciosa del antiguo guerrero escandinavo. Luchar por pondrán entre él y el adversario (1). En esa joven so-
luchar es todo su goce. Con qué tristeza, con qué fu- ciedad hierven la independencia y la audacia con vio-
ror y con qué estragcs se desborda semejante natura- lencias y excesos; pero ambas son, en sí mismas, co-
leza, se verá en Byron y en Shakespeare; con qué efi- sas nobles, y los sentimientos que las disciplinan, es
cacia, con qué beneficios se encauza y utiliza bajo las decir, la adhesión afectuosa y el respeto de la fe jura-
ideas morales, se verá en los puritanos. da, no lo son menos. Esos sentimientos aparecen en
las leyes, y brillan en la poesía. Aqui la grandeza de
alma es la que presta asunto á la imaginación. Los
personajes no son egoístas y astutos como los de Ho-
IV mero. Son corazones excelentes, sencillos (2) y ani-
mosos, «fieles á sus parientes, leales á su señor, cons-
tantes con el amigo, firmes contra el adversario», pró-
Se establecen en Inglaterra, y , por desordenada que digos de valor y dispuestos al sacrificio. «Viejo y todo
sea la sociedad que los une, fúndase, como en Ger- como soy, dice uno de ellos, de aquí no he de m o v e r -
mania, sobre sentimientos generosos. L a guerra esta- me. Pienso morir al lado de mi señor, cerca de ese
lla en todas las puertas, es cierto; pero detrás de to- hombre á quien tanto he querido... Cumplió su pala-
das las puertas alientan las virtudes guerreras: el va- bra, la palabra que había dado á su jefe, al reparti-
lor y la fidelidad. Dentre del bruto habitan el hombre dor de los tesoros, prometiéndole que volverían j u n -
libre y el hombre de corazón. No hay entre ellos uno tos á la ciudad, que tornarían sanos y salvos á sus ho-
solo que no pueda hacer ligas, salir á combatir y aco- gares, ó que los dos caerían en el lugar de la matan-
meter empresas por su cuenta y riesgo (1). No hay za, expirando á consecuencia de sus heridas. Perma-
grupo de hombres libres que no renueve continua- necía como un servidor leal al lado de su señor.» Aun-

(1) Véase la vida de Sueno, de Hereward, etc., aun en el (1) Beowulf, passim. Muerte de Byrhtnoth.
tiempo de la conquista. (2) «Gens nec callida, nec astuta.» Tácito.
persas, ni griegos, ni galos, que se formase una con- mente, en el Witenagemot, sus alianzas con los de-
cepción tan trágica de la vida? ¿Hay uno que poblara más. Cada parentela, dentro de su marca, forma una
su pensamiento infantil de imágenes tan fúnebres? liga cuyos miembros, «hermanos de la espada», se de-
¿Hay uno que haya desterrado tan completamente de fienden unos á otros, y reclaman unos por otros, á ex-
sus ensueños la dulzura del goce y la molicie de la v o - pensas de su sangre, el precio de la sangre. Cada jefe
luptuosidad? El esfuerzo, el esfuerzo doloroso, l a exal- sabe que tiene, no mercenarios, sino amigos, en los
tación en el esfuerzo: he ahí su estado preferido. Car- fieles que beben su cerveza, que han recibido de él,
lyle decía acertadamente que en la sombría obstina- en prueba de estimación y confianza, brazaletes, es-
ción del trabajador inglés subsiste aún la rabia silen- padas, armaduras, y que el día del combate se inter-
ciosa del antiguo guerrero escandinavo. Luchar por pondrán entre él y el adversario (1). En esa joven so-
luchar es todo su goce. Con qué tristeza, con qué fu- ciedad hierven la independencia y la audacia con vio-
ror y con qué estragcs se desborda semejante natura- lencias y excesos; pero ambas son, en sí mismas, co-
leza, se verá en Byron y en Shakespeare; con qué efi- sas nobles, y los sentimientos que las disciplinan, es
cacia, con qué beneficios se encauza y utiliza bajo las decir, la adhesión afectuosa y el respeto de la fe jura-
ideas morales, se verá en los puritanos. da, no lo son menos. Esos sentimientos aparecen en
las leyes, y brillan en la poesía. Aquí la grandeza de
alma es la que presta asunto á la imaginación. Los
personajes no son egoístas y astutos como los de Ho-
IV mero. Son corazones excelentes, sencillos (2) y ani-
mosos, «fieles á sus parientes, leales á su señor, cons-
tantes con el amigo, firmes contra el adversario», pró-
Se establecen en Inglaterra, y , por desordenada que digos de valor y dispuestos al sacrificio. «Viejo y todo
sea la sociedad que los une, fúndase, como en Ger- como soy, dice uno de ellos, de aquí no he de m o v e r -
mania, sobre sentimientos generosos. L a guerra esta- me. Pienso morir al lado de mi señor, cerca de ese
lla en todas las puertas, es cierto; pero detrás de to- hombre á quien tanto he querido... Cumplió su pala-
das las puertas alientan las virtudes guerreras: el va- bra, la palabra que había dado á su jefe, al reparti-
lor y la fidelidad. Dentre del bruto habitan el hombre dor de los tesoros, prometiéndole que volverían j u n -
libre y el hombre de corazón. No hay entre ellos uno tos á la ciudad, que tornarían sanos y salvos á sus ho-
solo que no pueda hacer ligas, salir á combatir y aco- gares, ó que los dos caerían en el lugar de la matan-
meter empresas por su cuenta y riesgo (1). No hay za, expirando á consecuencia de sus heridas. Perma-
grupo de hombres libres que no renueve continua- necía como un servidor leal al lado de su señor.» Aun-

(1) Véase la vida de Sueno, de Hereward, etc., aun en el (1) Beowulf, passim. Muerte de Byrhtnoth.
tiempo de la conquista. (2) «Gens nec callida, nec astuta.» Tácito.
que torpes para expresarse, sus antiguos poetas en- ando solo, antes de amanecer, bajo la encina, entre
cuentran palabras conmovedoras cuando se trata de; estas cuevas subterráneas... Muchas veces me ha ago-
pintar esas amistades viriles. Impresiona oirles refe- biado aquí de pena la partida de mi señor.» Entre las
rir cómo «el anciano r e y abrazó al mejor de los tha- costumbres peligrosas y la perpetua apelación á las
nes, y le echó los brazos al cuello...», cómo «corrían armas, no hay aquí sentimiento más v i v o que la amis-
las lágrimas por las mejillas del jefe de cabeza cana... tad, ni virtud má3 eficaz que la lealtad.
¡Quería tanto á aquel valiente! No podía contener la Con este apoyo del sólido afecto y la fe prometida,
ola que subía de su pecho. ¡Desde lo más profundo de toda sociedad es sana. Lo es el matrimonio como el
su corazón suspiraba secretamente por aquel hombre Estado. Vemos á la mujer confundida con los hombres
querido!» Aunque pocos, los cantos que nos quedan,- en los festines, seria y respetada (1). Habla, y se la
vuelven sobre este tema continuamente: el hombre escucha. No es menester esconderla ni esclavizarla
desterrado piensa en sueños en su señor (1); «le pare- para contenerla ó protegerla. Es una persona, y no
c e que le besa y abraza, y que pone las manos y la uaa cosa. La ley exige su consentimiento para el ma-
cabeza sobre sus rodillas, como en otro tiempo, como trimonio; la rodea de garantías y la provee de pro-
en aquellos días en que disfrutaba de sus dones. En tecciones. Puede heredar, poseer, legar, comparecer
esto despierta el mortal sin amigos. Ve delante de sí ante los tribunales de justicia, en las asambleas de
los caminos desiertos, las aves marinas que se bañan -condado, en la gran asamblea de los sabios. El nom-
extendiendo las alas, la escarcha y la nieve que des- bre de la reina y el nombre de otras varias damas
cienden, mezcladas de granizo. Entonces son mis aparecen inscritos varias veces en las actas del W i t e -
graves las heridas de su corazón». «Muchas vece% nagemot. La ley y las costumbres amparan su perso-
dice otro, habíamos decidido los dos que nada podría ' nalidad como la del hombre. Lo que la ata y sujeta,
separarnos sino la muerte. Ahora han cambiado la^ como al hombre, es el corazón. Hay en Alfredo (2) un
cosas; y nuestra amistad es como si nunca hubiese retrato de la esposa, que iguala en pureza y elevación
existido. Tengo que habitar aquí, lejos de mi querido á cuanto han podido inventar nuestras delicadezas
amigo, sufriendo enemistades. Se me obliga á perma- modernas: «Tu mujer vive ahora para ti, para ti solo.
necer debajo de los follajes del bosque, debajo de la en- Por eso no ama nada, excepto á ti. Tiene bienes de
cina, en esta c a v e r n a subterránea. Fría es esta casa «obra en esta vida, paro todos los ha desdeñado por
de tierra. No puedo tolerarla. Oscuros son los valles, ti solo. Los ha dejado todos, porque no te tiene á ti
y altas las colinas; triste recinto de ramaje, cubierto con ellos. Tu ausencia la hace creer que todo lo que
de zarzas; morada sin alegría... Mis amigos están en posee no es nada. Así, por amor á ti se consume, y
la tierra. L a tumba guarda á los que amé. Y yo aquí

(1) Beowulf, 48; Turner, in, 68; Pictorial history, i, 340


(1) The Wanderer, the Exile's song. Codex Exoniensis, pu-
(2) Alfredo toma ese retrato de Boecio, pero le rehace casi
integramente.
blicado por Thorpe.
está á punto de morir de tristeza y de pena.» Y a ea
tes de la época del feudalismo (1). Ha «bogado por el
las leyendas de Edda se ha visto á Sigrun en la tumba
mar oprimiendo en su mano la espada desnuda, entre
de Helgi «con tanta alegría como los voraces gavila-
las furiosas olas y las heladas tempestades, cuando el
nes de Oiino cuando saben que les tienen preparadas
furor del invierno hervía sobre las ondas del abismo;
las presas calientes de la matanza»; se la ha visto,
los monstruos del mar le atraían al fondo, sujetándole
decimos, querer dormir aun en los brazos del muerto
con sus garras horribles. Pero él ha alcanzado á los
y morir al fin sobre su sepulcro. Aquí no hay nada
miserables con su espada, con su hacha de guerra; h a
semejante al amor tal y como se ve en las poesías pri-
embestido á la gran bestia del Océano y ha dado
mitivas de Francia, de Provenza, de España y de
muerte á nueve nicors.» (2) A h o r a hele aquí viniendo
Grecia. Le falta toda alegría, todo atractivo; fuera
al través de las olas en socorro del viejo rey Hroth-
del matrimonio, no es más que un apetito feroz, una
gar, que se halla afligido en «el alto salón de hidro-
sacudida del instinto bestial. En ninguna parte apa-
miel», sentado con sus thanes. Porque «un espantoso
rece con su encanto y su sonrisa: en esa antigua poe-
desconocido, un demonio habitante de los pantanos»,
sía no hay una canción de amor. Es que allí el amor
Grendel, entró de noche en su salón, cogió á treinta
no es un entretenimiento y una voluptuosidad, sino un
nobles que dormían, y se llevó á su bañil los cadáve-
compromiso y una abnegación. Todo es allí grave, y
res; hace doce años que «el ogro de las guaridas», la
hasta sombrío, en las asociaciones civiles como en l a
bestial y voraz criatura, el pariente de los Orcos y de
sociedad conyugal. De igual suerte que en Germa-
los lotos, devora á los hombres y «aniquila las mejo-
nia, entre las tristezas del temperamento melancó-
res casas». Beowulfo, el gran guerrero, se presta á
lico y las rudezas de la vida bárbara, no se v e domi-
combatirle él solo, cuerpo á cuerpo, vida por vida,
nar y obrar sino las más trágicas facultades del hom-
sin espada ni cota de malla, «porque no hacen mella
bre: el profundo poder de amar y el gran poder de
las armas en la piel del maldito». Sólo pide que, si
querer.
muere, se lleven su cuerpo ensangrentado, le entie-
Por eso el héroe, aquí como en Germania, es verda- rren, pongan una señal sobre «su húmeda morada (3)»,
deramente heroico. Hablemos de él detenidamente;, y envíen á su jefe H y g e l a c «su mejor cota de a c e r o » .
nos queda uno de los poemas casi íntegro: el de Beo- Se acuesta en el salón, «confiando en su arrogante
wulfo. Oigámoslos relatos que, sentados en sus esca- fuerza»; y cuando se levantan las nieblas de la no-
beles, á la luz de las antorchas, escuchaban los thanes che, hete aqui á Grendel que arranca la puerta con
bebiendo la cerveza de su príncipe: en ellos se ven sus
costumbres, sus ideas y sentimientos, como las ideas,
(1) Kemple opina qne el fondo de este poema es mny anti-
los sentimientos y las costumbres de los griegos en l a
guo, quizá coetáneo de la invasión de los anglos y sajones, pero
lilada y la Odisea. Es un héroe ese Beowulfo, y un que la redacción actual es posterior al siglo vn. Kemble's Beo
caballero antes de la época de la caballería, como l o s vmlf, texto y traducción. Los personajes son escandinavos.
guías de las bandas germánicas son jefes feudales an.- (2) Monstruos del agua.
(3) Fen-dwelling.
las manos, y cogiendo un guerrero, «le desgarra de tío desierto, refugio de lobos, cerca de los promon-
improviso, muerde su cuerpo, bebe la sangre de sus torios donde el viento sopla, donde «un torrente de las
venas, y se le engulle bocado tras b o c a d o » . Pero montañas, precipitándose entre la oscuridad de las co-
Beowulfo le ha cogido á su vez. «El salón regio trona- línas, se internaba bajo tierra». « L o s bosques, soste-
ba. Se había desparramado la cerveza... Los dos eran nidos por sus raíces, proyectaban su sombra sobre el
furiosos, duros y fuertes combatientes. L a casa retum- agua. De noche podía contemplarse una maravilla:
baba. Gran maravilla fué entonces que la sala de be- faego sobre las ondas»; el ciervo, acosado por los pe-
ber pudiese resistir á los dos leones de la guerra, y rros, «hubiese dejado su alma en la orilla» antes que
que no se desplomase en el suelo el hermoso palacio. sumergirse allí para esconder la cabeza. Nadaban
Arreció otra vez el ruido. Fué un terror tremendo serpientes y extraños dragones, y de v s z en cuando
para los daneses del Norte, para todos los que oyeron «salía del cuerno un canto de muerte, un canto terri-
aquel rugido desde el muro, para todos los que oyeron ble». Beowulfo se lanzó al a g u a ; bajó al través de
al enemigo de Dios entonar su canto lúgubre, su canto los monstruos que chocaban con su cota de malla
de derrota, y quejarse de su herida... El infame mal- hasta dar con l a o g r a , con « l a homicida detestable»,
dito sufría la herida mortal. Tenia en el hombro una que, echándole la zarpa, se le llevó hacia su guarida.
gran llaga visible; tenía arrancados los músculos, y Lucía un pálido r a y o , y se vió en frente de « l a loba
habían crujido las junturas de los huesos. L a victoria del abismo», la poderosa mujer del mar. Empezó el
quedaba por Beowulfo. Grendel se veía obligado á ataque con «su espada de batalla, la cual, blandida
huir, herido de muerte, á su refugio de los pantanos, con ímpetu, entonó por encima de su cabeza un impo-
en busca de su lúgubre vivienda. Sabía bien que era nente canto b é l i c o » . Pero viendo que ni el filo ni la
llegado el fin de su vida, que el número de sus días punta penetraban en la carne, retorció á su enemiga
estaba cumplido.» Porque había dejado en el suelo la entre los brazos y la derribó al suelo, mientras ella,
mano, el brazo y el hombro, y en el lago de los ni- «con su ancho cuchillo de filo o s c u r o » , pugnaba por
cors, donde se había vuelto á zabullir, «borbotaban traspasar la cota que le cubría. Rodaron así hasta que
las aguas henchidas de sangre, con su manantial im- Beowulfo vió cerca de él, entre las armas, «una espa-
puro revuelto y caldeado por la ponzoña, y mancha- da afortunada en la victoria, una antigua espada gi-
do su color por la muerte; con los borbotones subían gantesca, de filo seguro y pronta á servir, obra de ios
á la superficie cuajarones de sangre». Quedaba un gigantes. La asió del puño el guerrero de los Scyldings,
monstruo hembra, su madre, «habitante c o m o él de blandiéndola violenta y terriblemente. Desesperando
las frías corrientes, y terror de las aguas», la cual de su vida, dió un tajo con furia, alcanzando al cuello
vino de noche, y entre las espadas desnudas arrancó de la ogra y rompiendo los anillos de la espina; l a hoja
y devoró otro hombre, (Eschere, el mejor amigo del atravesó toda la carne maldita. El monstruo vino al
rey. Levantóse gran clamor en el palacio, y volvió á suelo; la espada estaba ensangrentada. El hombre se
ofrecerse Beowulfo. Marcharon á l a guarida, á un si- recreó en su obra. Entró la luz. L a sala estaba alum-
brada como cuando desde el cielo luce suavemente la pone furioso... Ardiente y feroz en la guerra, engan-
lámpara del firmamento». Entonces vió á Grendel chó todo el cuello del rey con sus garras envenenadas.
muerto en un rincón, y cuatro de sus compañeros, le- Se ensangrentó en la sangre de la vida. L a sangre
vantando con trabajo la monstruosa c a b e z a , la lleva- corría á raudales.» Ellos con sus espadas, le partie-
ron por los pelos basta la casa del rey. ron por en medio. Pero la herida del r e y se enconó;
Tal es su primera o b r a , y el resto de su vida es se- conoció que tenía dentro el veneno, y se sentó c e r c a
mejante. Cuando hubo reinado cincuenta años en su del muro en una piedra «mirando la obra de los g i -
tierra, un dragón, á quien habían robado su tesoro, sa- gantes, viendo cómo la eterna c a v e r n a , con sus arcos
lió de la colina y fué á quemar los hombres y las ca- de piedra, se mantenía firme sobre pilares». Luego
sas de las islas « c o n olas de fuego». Entonces «el am- dijo: «He tenido este pueblo bajo mi custodia durante
paro de los condes mandó que le hiciesen un escudo cincuenta inviernos. No había un rey entre todos mis
abigarrado, todo de hierro», sabiendo bien que un vecinos que se atreviese á venir á mi encuentro con
escudo de madera de tilo sería insuficiente contra las hombres de guerra, á atacarme con el miedo. Y o he
llamas. El príncipe « e r a demasiado altivo para bus- defendido bien mi tierra; no he recurrido á embosca-
car á la bestiaza volante con una tropa, con muchos das de traidor; no he pronunciado injustamente m u -
hombres. No temía por sí mismo aquella batalla. No chos juramentos. Por todo eso, aunque herido mortal-
hacía caso de la enemistad del gusano, de su esfuerzo mente, puedo estar a l e g r e . . . Ahora, querido W i g l a f ,
ni de su v a l o r » . Y , n o obstante,estaba triste é iba con- ve inmediatamente á v e r el tesoro que se halla b a j o
tra su voluntad, porque «su destino se acercaba». la piedra gris... Ese montón de tesoros le he com-
Vió una caverna, « u n hueco debajo de la tie- prado con mi muerte. Podrá servir para las necesida-
r r a , cerca de las olas del Océano, cerca del embate des de mi pueblo. Me regocijo de haber podido adqui-
del mar, que por dentro estaba llena de adornos en rir tal tesoro para mi pueblo, antes de morir... Ahora
relieve y de brazaletes. Sentóse en el promontorio el no necesito permanecer aquí más tiempo.»
r e y avezado á la guerra, y se despidió de los compa-
He ahí la generosidad completa y verdadera, no
ñeros de su hogar»; porque, aunque viejo, quería ex-
exagerada y ficticia, como lo será más tarde en l a
ponerse por ellos, «ser el guardián de su pueblo».
imaginación novelesca de los zurcidores de aventuras.
Gritó, y acudió el dragón echando fuego; la espada
La ficción no se aleja aquí mucho de las cosas, y bajo
no hizo meüa en su cuerpo, y el rey quedó envuelto
el héroe se siente palpitar el hombre. Por tosca que
en la llama. Sus compañeros se habían internado en
sea tal poesía, este héroe es grande, porque lo es sen-
el bosque, salvo uno, Wiglaf, que acudió al través del
cillamente y por sus obras. Ha sido fiel á su principe
humo, «sabiendo que no era la antigua costumbre
y á su pueblo ha ido voluntariamente á exponerse en
abandonar al pariente, al príncipe, dejándole sufrir
una tierra extraña por librar á los hombres; se olvida
angustias, dejándole caer en la batalla». «El gusano,
de sí al morir para pensar que su muerte aprovecha
el pérfido innoble, pintarrajeado de ondas de fuego, se
á otros. «Todos nosotros, dice una v e z , tenemos q u e
llegar al fin de esta vida mortal. Asi que cada uno sus poderosos pechos un estremecimiento de cólera ó
haga justicia, si puede, antes de m o r i r . » Mirad esos de entusiasmo, y de pronto viene á sus labios involun-
monstruos que ha destruido, últimos recuerdos de las tariamente una frase, una expresión oscura. Ningún
antiguas guerras contra las razas inferiores y de la arte, ningún talento natural para describir una á una
religión primitiva; considerad esa vida peligrosa, esas y con orden las diversas partes de un acontecimiento
noches pasadas sobre las olas, esos esfuerzos del hom- ó de un objeto. Los cincuenta rayos de luz que cada
bre en pugna con l a naturaleza bruta, ese pecho in- cosa envía sucesivamente á un espíritu regular y me-
vencible que estruja los pechos bestiales, y aquellos dido, llegan á éste á la v e z , en una sola masa ar-
colosales músculos que arrancan á los monstruos jiro- diente y confusa, trastornándole con su sacudida y su
nes de carne, y veréis reaparecer, entre las nebulo- aflujo. Escuchad estos cantos de guerra, verdaderos
sidades de la leyenda y á la luz de la poesía, á los cantos atropellados, violentos, tales como cuadraban
hombres valerosos que, en medio de los desafueros de á aquellas voces terribles; es hoy, y á esta distancia,
la guerra y los arrebatos del temperamento, empeza- separados de nosotros por las costumbres, por la len-
ban á asentar un pueblo y á fundar un Estado. gua y por diez siglos, todavía se los o y e :
3 «El ejército sale (1). Los pájaros cantan. L a cota
de armas retumba. L a v i g a de guerra (2) resuena; el
escudo responde á la lanza. Entonces brilla la luna,
V errante entre las nubes; entonces se levantan las
obras de venganza que debe cumplir la cólera de este
pueblo... Entonces se oyó en la muralla el tumulto de
Un poema casi entero, con dos ó tres fragmentos la refriega mortífera. El escudo protector de los hue-
de poemas, he ahí todo lo que subsiste en Inglaterra sos hubo de romperse en las manos de los valientes.
de esa poesía seglar. El resto de la corriente pagana, Las tablas de la ciudadela retumbaron, hasta que
germana y bárbara, quedó detenido ó cubierto, pri- cayó en la batalla Garulfo, el primero de todos los
meramente por la introducción del Cristianismo, y hombres que habitan en la tierra; Garulfo, el hijo de
después por la conquista de los francos de Norman - Guthlaf. En torno de él yacían moribundos muchos
día. Pero lo que subsiste basta y sobra para mostrar valientes. Por encima giraba el negro y sombrío cuer-
el extraño y poderoso genio poético que hay en la vo. Había un fulgor de espadas, como si estuviese ar-
raza, y para que se v e a de antemano la flor en el c a - diendo todo Finnsburg. Jamás oí contar batalla más
pullo. hermosa de v e r . »

Si hubo jamás en alguna parte un profundo y serio


sentimiento poético, es aquí. Esos hombres no hablan,
cantan, ó más bien gritan. Cada uno de sus versos (1) Finnsburg, publicado por Grein como apéndice á su edi-
ción especial de Beowulfo, páginas 75-76, Cassel, 1887.
es una aclamación, y sale como un zumbido; levanta
(2) La lanza, la espada.
llegar al fin de esta vida mortal. Asi que cada uno sus poderosos pechos un estremecimiento de cólera ó
haga justicia, si puede, antes de m o r i r . » Mirad esos de entusiasmo, y de pronto viene á sus labios involun-
monstruos que ha destruido, últimos recuerdos de las tariamente una frase, una expresión oscura. Ningún
antiguas guerras contra las razas inferiores y de la arte, ningún talento natural para describir una á una
religión primitiva; considerad esa vida peligrosa, esas y con orden las diversas partes de un acontecimiento
noches pasadas sobre las olas, esos esfuerzos del hom- ó de un objeto. Los cincuenta rayos de luz que cada
bre en pugna con l a naturaleza bruta, ese pecho in- cosa envía sucesivamente á un espíritu regular y me-
vencible que estruja los pechos bestiales, y aquellos dido, llegan á éste á la v e z , en una sola masa ar-
colosales músculos que arrancan á los monstruos jiro- diente y confusa, trastornándole con su sacudida y su
nes de carne, y veréis reaparecer, entre las nebulo- aflujo. Escuchad estos cantos de guerra, verdaderos
sidades de la leyenda y á la luz de la poesía, á los cantos atropellados, violentos, tales como cuadraban
hombres valerosos que, en medio de los desafueros de á aquellas voces terribles; es hoy, y á esta distancia,
la guerra y los arrebatos del temperamento, empeza- separados de nosotros por las costumbres, por la len-
ban á asentar un pueblo y á fundar un Estado. gua y por diez siglos, todavía se los o y e :
3 «El ejército sale (1). Los pájaros cantan. L a cota
de armas retumba. L a v i g a de guerra (2) resuena; el
escudo responde á la lanza. Entonces brilia la luna,
V errante entre las nubes; entonces se levantan las
obras de venganza que debe cumplir la cólera de este
pueblo... Entonces se oyó en la muralla el tumulto de
Un poema casi entero, con dos ó tres fragmentos la refriega mortífera. El escudo protector de los hue-
de poemas, he ahí todo lo que subsiste en Inglaterra sos hubo de romperse en las manos de los valientes.
de esa poesía seglar. El resto de la corriente pagana, Las tablas de la ciudadela retumbaron, hasta que
germana y bárbara, quedó detenido ó cubierto, pri- cayó en la batalla Garulfo, el primero de todos los
meramente por la introducción del Cristianismo, y hombres que habitan en la tierra; Garulfo, el hijo de
después por la conquista de los francos de Norman - Guthlaf. En torno de él yacían moribundos muchos
día. Pero lo que subsiste basta y sobra para mostrar valientes. Por encima giraba el negro y sombrío cuer-
el extraño y poderoso genio poético que hay en la vo. Había un fulgor de espadas, como si estuviese ar-
raza, y para que se v e a de antemano la flor en el c a - diendo todo Finnsburg. Jamás oi contar batalla más
pullo. hermosa de v e r . »

Si hubo jamás en alguna parte un profundo y serio


sentimiento poético, es aquí. Esos hombres no hablan,
cantan, ó más bien gritan. Cada uno de sus versos (1) Finnsburg, publicado por Grein como apéndice á su edi-
ción especial de Beowulfo, páginas 75-76, Cassel, 1887.
es una aclamación, y sale como un zumbido; levanta
(2) La lanza, la espada.
«Aquí, en Brunanburh, el rey Athelstan (1), el s e - para expresar la violencia de sus sensaciones, y eso
ñ o r de los condes, que da brazaletes á los nobles, y hasta el punto de que, cuando decae la inspiración
su hermano, Edmundo el Adalingo, han ganado una primitiva y el arte reemplaza á la naturaleza, los es-
gloria tan larga como la vida con los filos de las es- kaldas de Islandia, el país donde se extremó esa poe-
padas. Los hijos de Eduardo partieron el muro de sía, llegan á la j e r g a más retorcida y oscura. Pero,
los escudos é hicieron astillas las nobles banderas con sea la que quiera la imagen, aquí, como en Islandia,
los golpes de sus hachas... Cayeron I03 enemigos, es demasiado débil, si es única. Los poetas no han
guerreros de los escotos y hombres de las naves, he- satisfecho su anhelo íntimo, si no le desahogan más
ridos de muerte, y la llanura tuvo por abono la san- que en una sola expresión. Una y otra v e z vuelven
g r e de los hombres. Entre tanto, el alto sol, la gran sobre su idea y la repiten: «¡El alto sol! ¡La gran es-
estrella, el brillante luminar de Dios, de Dios el Señor trella! ¡El brillante luminar de Dios! ¡La noble cria-
eterno, pasó por encima de l a tierra al venir la ma- tura!» Cuatro veces seguidas se le figuran, y siempre
ñana, hasta que al fin la noble criatura se precipitó bajo un nuevo aspecto. Todas sus fases surgen en un
hacia su ocaso. Allí yacían muchos guerreros del Nor- instante ante los ojos del bárbaro, y cada expresión
t e , derribados por los dardos, caídos sobre sus escu- es como un acceso de la semialucinación que le obse-
dos, desfallecidos, rendidos de la batalla. Tras de sí diaba. Bien se comprende que, en tal estado, á cada
dejaron, para gozar de los cadáveres, el negro c u e r v o paso se rompe el orden regular de las palabras y las
d e pico de cuerno, y el águila roja de plumaje pálido, ideas. La sucesión de los pensamientos no es la misma
comedora de carne, y el v o r a z gavilán de las batallas, en el visionario que en el que discurre serenamente.
y la bestia parda, el lobo de los bosques.» Un color atrae otro; de un sonido pasa á otro sonido;
Aquí todo son imágenes. En aquellos cerebros apa- su imaginación es una serie de cuadros que se suceden
sionados, los hechos no se presentan desnudos, bajo la sin explicarse. Tuerce y trastorna la frase; grita la
seca etiqueta de una palabra exacta, sino que cada expresión v i v a que le ocurre en el momento en que le
uno penetra con su cortejo de sonidos, de formas y de ocurre; salta de una idea á otra idea lejana. Cuanto
colores, suscitando casi una visión, una visión c o m - más fuera de sí se v e transportada el alma, mayor es
pleta, con todos los sentimientos que la acompañan, la rapidez con que salva grandes intervalos. En una
con la alegría, con el furor, con la exaltación que la carrera recorre las cuatro partes de su horizonte, y
sostienen. En su lenguaje, las flechas son «las serpien- toca en un instante objetos que parecen separados por
tes de Hela, lanzadas de los arcos de cuerno»; las em- todo un mundo. Aquí las ideas se enmarañan, revuel-
barcaciones son «los grandes caballos del m a r » ; el tas unas con otras; de pronto el poeta, merced á un
mar es «la copa de las olas»; el casco es «el castillo recuerdo brusco, reanuda el pensamiento que inte-
d e la cabeza». Necesitan un lenguaje extraordinario rrumpió, y corta el que está expresando. Imposible
traducir esas ideas dislocadas que desconciertan toda
la economía de nuestro estilo moderno. A menudo no
(1) Turner, w , 280. Canto sobre la batalla de Brunanburh.
se entienden (1): los artículos, las partículas, todos los
iDterior que, no acertando á explayarse, se concentra
medios de aclarar el pensamiento, de indicar las rela-
y duplica acumulándose; la rudeza de la expresión
ciones de los términos, de unir las ideas en un cuerpo
exterior que, esclavizada á la energía y las sacudidas
regular, todos los artificios de la razón y de la lógica
del sentimiento íntimo, no hace más que manifestarlo
se suprimen (2). L a pasión ruge aquí como enorme
intacto y borroso á despecho y á expensas de toda re-
bestia informe; surge y se agita en versos abruptos:
gla y de toda belleza: he ahí los rasgos característi-
no hay bárbaros más bárbaros. La feliz poesía de Ho-
cos de esa poesía, que serán también los rasgos carac-
mero se desarrolla en amplios relatos, en ricas y ex-
terísticos de la poesía siguiente.
tensas imágenes. Jamás le parecen muchos todos los
pormenores de una pintura completa; se complace
en ver los objetos, se para á contemplarlos, goza de
su belleza, los adorna de sobrenombres espléndidos;
se parece á esas doncellas griegas que se encontrarían VI
feas si no hiciesen brillar sobre sus brazos y sus hom-
bros todas las monedas de oro de su bolsa y todos los
tesoros de su cofrecillo; sus amplios versos cadencio- Una raza constituida así estaba completamente pre-
sos ondulan y se despliegan como una túnica de púr- parada para el cristianismo por su tristeza, por su
pura á los rayos del sol jónico. Aquí manos toscas aversión á la vida sensual y expansiva, por su incli-
amontonan y estrujan las ideas en un metro reducido; nación á lo serio y á lo sublime. Guando los hábitos
si h a y una especie de medida, no se guarda más que sedentarios ofrecieron á su alma largos ocios, y dis-
aproximadamente; por todo adorno eligen tres pala- minuyeron el furor que alimentaba su religión mortí-
bras que empiezan con la misma letra. Todo su afán fera, se inclinaron de suyo hacia una nueva fe. L a
es abreviar, condensar el pensamiento en una especie vaga adoración de los poderes naturales que se c o m -
de clamor truncado (3). L a energía de la impresión baten eternamente para destruirse, y renacen para
combatirse, hacía mucho que había desaparecido en
(1) Los más hábiles entre los eruditos que saben el anglo- una oscura lontananza. L a sociedad traía consigo, a l
sajón reconocen la oscuridad de ese pensamiento. V. Turner formarse, la idea de ía paz y la necesidad de la justi-
Conybeare, Thorpe, etc.
cia, y los dioses guerreros palidecían en la imagina-
(2) Turner, m 261. Nuestras traducciones, por literales que
sean, falsean el texto: nuestra lengua es demasiado clara, de- ción de los hombres al mismo tiempo que las pasiones
masiado lógica no se puede comprender esa forma extraordi- que los habían creado. Siglo y medio después de la
naria de espíritu más que tomando un diccionario j descifrando conquista sajona (1) llegó, cantando letanías, una
durante quince días algunas páginas de anglo-sajón.
(3) Turner hace notar que la misma idea expresada en prosa procesión de misioneros romanos que llevaban una
y en verso por el rey Alfredo ocupa en el primer caso diez y
seis palabras, y en el segundo siete. Hütory cf the Anqlo-Sa
xons, ni, 269. (1) 596-625. Ag. Thierry, i, 81; Beda, 2, xn. Vale más seguir
la traducción del rey Alfredo que el latín de Beda.
se entienden (1): los artículos, las partículas, todos los
iDterior que, no acertando á explayarse, se concentra
medios de aclarar el pensamiento, de indicar las rela-
y duplica acumulándose; la rudeza de la expresión
ciones de los términos, de unir las ideas en un cuerpo
exterior que, esclavizada á la energía y las sacudidas
regular, todos los artificios de la razón y de la lógica
del sentimiento íntimo, no h a c e más que manifestarlo
se suprimen (2). L a pasión r u g e aquí c o m o enorme
intacto y borroso á despecho y á expensas de toda r e -
bestia informe; surge y se agita en versos abruptos:
gla y de toda belleza: he ahí los rasgos característi-
no h a y bárbaros m á s bárbaros. L a feliz poesía de Ho-
cos de esa poesía, que serán también los rasgos carac-
m e r o se desarrolla en amplios relatos, en ricas y ex-
terísticos de la poesía siguiente.
tensas imágenes. J a m á s le parecen muchos todos los
pormenores de una pintura completa; se c o m p l a c e
en ver los objetos, se para á contemplarlos, g o z a de
su belleza, los adorna de sobrenombres espléndidos;
se p a r e c e á esas doncellas griegas que se encontrarían VI
feas si no hiciesen brillar sobre sus brazos y sus hom-
bros todas las monedas de oro de su bolsa y todos los
tesoros de su cofrecillo; sus amplios versos cadencio- Una raza constituida así estaba completamente pre-
sos ondulan y se despliegan c o m o una túnica de púr- parada para el cristianismo por su tristeza, por su
pura á los rayos del sol jónico. A q u í manos toscas aversión á la v i d a sensual y expansiva, por su incli-
amontonan y estrujan las ideas en un metro reducido; nación á lo serio y á lo sublime. Guando los hábitos
si h a y una especie de medida, no se g u a r d a más que sedentarios ofrecieron á su alma largos ocios, y dis-
aproximadamente; p o r todo adorno eligen tres pala- minuyeron el f u r o r que alimentaba su religión mortí-
bras que empiezan c o n la m i s m a letra. T o d o su afán fera, se inclinaron de suyo hacia una n u e v a fe. L a
es abreviar, condensar el pensamiento en una especie vaga adoración de los poderes naturales que se c o m -
de clamor truncado (3). L a energía de la impresión baten eternamente para destruirse, y renacen p a r a
combatirse, hacía m u c h o que había desaparecido en
(1) Los más hábiles entre los eruditos que saben el anglo- una oscura lontananza. L a sociedad traía consigo, a l
sajón reconocen la oscuridad de ese pensamiento. V. Turner formarse, la idea de ía p a z y la necesidad de la justi-
Conybeare, Thorpe, etc.
cia, y los dioses guerreros palidecían en la i m a g i n a -
(2) Turner, m 261. Nuestras traducciones, por literales que
sean, falsean el texto: nuestra lengua es demasiado clara, de- ción de los hombres al mismo tiempo que las pasiones
masiado lógica no se puede comprender esa forma extraordi- que los habían creado. Siglo y medio después de la
naria de espíritu más que tomando un diccionario y descifrando conquista sajona (1) llegó, cantando letanías, una
durante quince días algunas páginas de anglo-sajón.
(3) Turner hace notar que la misma idea expresada en prosa procesión de misioneros romanos que llevaban una
y en verso por el rey Alfredo ocupa en el primer caso diez y
seis palabras, y en el segundo siete. Hütory cf the Anqlo-Sa
xons, ni, 269. (1) 596-625. Ag. Thierry, i, 81; Beda, 2, xn. Vale más seguir
la traducción del rey Alfredo que el latín de Beda.
cruz de plata y un cuadro en donde estaba pintado el de su temperamento y de su clima. Por brutales y
Cristo. El gran sacerdote de los nortumbrios declaró obtusos que sean, aunque esclavos de supersticiones
á poco que los dioses antiguos no tenían poder; con- infantiles, y capaces, como el rey Canuto, de comprar
fesó «que antes no comprendía nada de lo que adora- por cien talentos de oro el brazo de San Agustín, á
pesar de todo, tienen la idea de Dios. El gran Dios
b a » , y él mismo, lanza en mano, fué el primero que
bíblico, ese Dios omnipotente y único que casi des-
derribó su templo. A su v e z , se levantó en la asam-
aparece en la Edad Media (1), eclipsado por su corte
blea un jefe, y dijo:
y su familia, subiste en ellos, á pesar de las inocentes
«Tú, rey, te acordarás quizá de una cosa que ocu-
ó grotescas leyendas. No se realza á los santos con
rre á veces en los días de invierno, cuando estás sen-
detrimento suyo, á fuerza de novelas piadosas, ni al
tado á la mesa con tus condes y tus tbanes. Tienes
Niño Jesús y á la Virgen á fuerza de ternuras femeni-
fuego encendido, y caliente tu estancia; fuera hay llu-
nas. La grandiosidad y la severidad de ellos mismos
via, nieve y tormenta. Viene entonces un pajarillo
los ponen á su nivel; no se sienten tentados, á ejem-
que atraviesa la estancia con rápido vuelo; ha entrado
plo de los pueblos artistas y verbosos, á sustituir la
por una puerta y sale por otra. Ese breve rato, du-
religión con el cuento agradable ó bello. Por la sen-
rante el cual está dentro, es dulce para él: no siente
cillez y la energía de sus concepciones, se acercan
la lluvia ni el mal tiempo del invierno; pero ese rato
más que ninguna raza de Europa al antiguo espíritu
es corto.jBl pájaro desaparece en un abrir y cerrar de
hebraico. El entusiasmo es su estado natural, y su
ojos y vuelve á pasar al invierno. Tal me parece la
nuevo Dios los llena de admiración, como sus dioses
vida de los hombres sobre la tierra, en comparación
antiguos los penetraban de furia. Tienen himnos, ver-
del tiempo incierto que existe más allá. Aparece por
daderas odas, que no son más que un cúmulo de excla-
poco tiempo; pero ¿cuál es el tiempo que viene des-
maciones. Ningún desarrollo: son incapaces de conte-
pués y cuál el tiempo que h a y antes? No lo sabemos.
ner ni de explicar su pasión; su pasión estalla, todo
Por consiguiente, si esta nueva doctrina puede decir-
son transportes al aspecto del Dios omnipotente. Aquí
nos alguna cosa un poco más segura, merece que la
habla el corazón completamente solo, un gran c o r a -
sigamos.»
zón bárbaro. Csemon, su más antiguo poeta (2), era,
Esa inquietud, ese presentimiento del inmenso y os- al decir de Beda, un hombre más ignorante que los
curo más allá y esa grave elocuencia melancólica son demás, y que no sabia ninguna poesía; de modo que
el comienzo de la vida espiritual (1); no se encuentra cuando en la sala le pasaban el arpa tenía que reti-
nada semejante en los pueblos del Mediodía, natural- rarse por no poder cantar como sus compañeros. Una
mente paganos y preocupados de la vida presente.
Estos otros, completamente bárbaros, entran desde el
primer instante en el cristianismo por la sola virtud (1) Michelet, prólogo de La Renaissance; Didion, Histoire
de Dieu.
(2) Hacia 680. Vcasc Codex Exoniensis, publicado por Thorpe.
(1) V. Jouffroy: Froblème de la destinée humaine
v e z que guardaba el establo durante la noche, se dur- y envueltos en un sayal de monje. Su poesía sigue
mió; se le apareció un extraño pidiéndole que cantase siendo la misma; piensan en Dios, c o m o en Odino,
alguna c o s a , y se le ocurrieron las siguientes pala- mediante una serie de imágenes breves, a c u m u l a d a s
bras: « A h o r a alabaremos al guardián del reino celes- y apasionadas, que son c o m o una serie de r e l á m p a -
te, y los consejos de su espíritu, ¡padre glorioso d é l o s gos; los himnos cristianos son continuación de los
h o m b r e s ! , c o m o de todas las maravillas, ¡el eterno himnos paganos. U n o de esos hombres, Aldhelm, se
Señor!, sentó el principio. Primero, ¡el santo Crea- había instalado en el puente de su ciudad, y repetía
dor!, f o r m ó el cielo c o m o un techo para los hijos de odas guerreras y profanas, á la v e z que poesías reli-
los hombres. Después, ¡el guardián del género huma- giosas, para atraer é instruir á los h o m b r e s de su
n o ! , ¡el Señor eterno!, hizo la región de en medio, tiempo. Podía hacerlo sin c a m b i a r de tono. H a y un
hizo la tierra para los hombres, ¡el soberano omnipo- canto de funerales, en que habla la Muerte (uno de
tente!» Habiendo retenido ese canto al despertarse, los últimos compuestos en sajón), que se halla i m p r e g -
fué á la ciudad, y l e llevaron á presencia de los sabios nado de un cristianismo terrible, y al mismo tiempo
y de la abadesa Hilda, quienes al oirle pensaron que parece salir de las más negras profundidades del
había recibido un don del cielo, y le hicieron monje en Edda. El metro b r e v e resuena bruscamente, golpe
la abadía. Allí pasaba su existencia, escuchando los tras golpe, c o m o el clamor de una campana. P a r e c e
pasajes de la Escritura q u e le explicaban en sajón, que se o y e n los sordos responsos que se p r o p a g a n p o r
«rumiándolos c o m o un animal p u r o y poniéndolos en la iglesia, mientras la lluvia azota las vidrieras e m -
versos dulcísimos». Así nace la verdadera poesía: es- pañadas, mientras las desgarradas nubes a v a n z a n lú-
tos hombres oran c o n toda l a emoción de un alma gubremente p o r el cielo, y los ojos, fijos en el pálido
n u e v a ; a d o r a n ; están de rodillas; cuanto menos sa- semblante del muerto, sienten de antemano el h o r r o r
ben más sienten. Alguien ha dicho q u e el primero y de la húmeda fosa donde van á arrojarle los v i v o s (1).
el más sincero de los himnos es esta sola palabra: ¡ohl «Para ti se edificó una casa antes de que nacieses;
N o dicen ellos mucho más; no hacen m á s que repetir pasa ti se f o r j ó un molde antes de que salieses de tu
una y otra v e z alguna expresión apasionada, profun- madre; no está m a r c a d a su altura, ni medida su p r o -
da, con una vehemencia monótona. « ¡ T ú eres en el fundidad; no h a b r á de cerrarse, por largo que sea el
cielo nuestra a y u d a y nuestro socorro resplandeciente tiempo. Pronto te llevarán adonde has de p e r m a n e -
de felicidad! ¡Todas las cosas se inclinan ante ti! ¡Ante cer; pronto te medirán á ti y á la tierra. T u casa no
l a gloria de tu espíritu! ¡Llaman al Cristo c o n una sola es de alta armadura. No es alta, sino baja, cuando
v o z ! » Todos e x c l a m a n : «Tú eres santo, santo, r e y de estás dentro. Bajo es el tabique de los pies. L o s lados
los ángeles del cielo, Señor nuestro, y tus juicios son no son altos. El techo está muy c e r c a de tu p e c h o . Así
justos y grandes: reinan eternamente dondequiera en habitarás en la tierra f r í a , oscura y negra, que ha de
la multitud de tus obras.» Se r e c o n o c e n aquí los cantos
de los antiguos servidores de Odino, ahora tonsurados
(1) Oonjbeare's IHustrations, 622.
n0 se triunfa en las obras del espíritu sino por la since-
podrirse contigo. Sin puertas está esa casa, y sombría
ridad del sentimiento personal y original. Si esos hom-
por dentro. Allí quedas bien guardado, y la muerte
bres pueden narrar tragedias bíblicas, es porque tie-
tiene la llave. Espantosa es esa casa de tierra, y ho-
nen un alma trágica y semi-bíblica. Ponen en sus
rrible el habitar dentro. Allí habitarás, y te comerán
versos, como los antiguos profetas de Israel, su fiera
los gusanos. Allí te dejan, y tú llamas á tus amigos.
vehemencia, sus mortíferos odios, su fanatismo y todos
No tienes amigo que quiera ir contigo. ¿Quién se in-
los estremecimientos de su carne y de su sangre. Uno
formará nunca de si te agrada esa casa? ¿Quién abrirá
de ellos, cuyo poema está mutilado, ha referido la
jamás la puerta para buscarte? Porque no tardas en
historia de Judít: se v e r á con qué alientos: no hay
ponerte horrible, y mirarte es espantoso.»
como un bárbaro para presentar con toques tan enér-
¿Encontró Jeremías Taylor una pintura más lúgu-
gicos la orgia, el tumulto, el homicidio, la venganza
bre? Las dos poesías religiosas, la cristiana y la pa-
gana, se acercan tanto, que pueden fundir sus imáge- y el combate:
nes y sus leyendas. En la historia de Beowulfo, com- «Entonces Holofernes se acaloró con el vino. En las
pletamente pagana, Dios aparece como un Odino más salas de sus convidados prorrumpió en carcajadas y
poderoso y más sereno, y no se diferencia del otro sino voces, aulló y rugió de tal manera, que los hijos de
como un bretwalda sedentario de un jefe de bandidos, los hombres pudieron oir de lejos el clamor, la tem-
aventurero y héroe. Los monstruos escandinavos, los pestad de gritos que lanzaba el terrible jefe excitado
lotos enemigos de los Ases, no se han desvanecido; lo é inflamado por el vino. Las hondas copas pasaron
que hay es que descienden de Caín y de los gigantes muchas veces por detrás de los bancos. D e modo que
ahogados por el diluvio (1); el infierno nuevo es casi el hombre perverso, el feroz repartidor de riquezas,
el antiguo Nastrond, «mortalmente helado, lleno de y sus hombres, se embriagaron durante todo el día,
águilas sangrientas y de serpientes pálidas»; y el for- hasta que cayeron tendidos y borrachos, como si estu-
midable día del juicio final, en que todo ha de pulveri- viesen muertos.»
zarse, para dejar su puesto á un mundo más puro, se Llegada la noche, manda que lleven á su tienda
parece á la destrucción final del Edda, á «ese c r e - «á la virgen ilustre, á la j o v e n brillante como una
púsculo de los dioses», que terminará en un renaci- hada»; después, habiendo ido en su busca, se desplo-
miento victorioso y en una eterna alegría «bajo un sol ma beodo en medio de su lecho. Había llegado el m o -
más bello».
mento propicio para «la hija del Creador, para la santa
Por esa conformidad natural, fueron capaces de mujer».
hacer poemas religiosos que son verdaderos poemas: «Asió al pagano fuertemente por el pelo; tiró de él
hacia si ignominiosamente, y el hombre malvado, el
hombre odioso, quedó á merced de su voluntad. La
(1) _ Kemble, t, i, lib. i, xii. En este capítulo ha reunido una
multitud de rasgos que acusan la persistencia de la antigua mujer de trenzados cabellos hirió al enemigo detestable
mitología. con la espada roja hasta que le cortó á medias el cue-
lio. Asíqueél yacía desvanecido y herido demuerte. No
mente los asoladores de la pelea. Enviaban sus dar-
estaba muerto aún, no estaba sin vida del todo. Enton- '
dos á la multitud de sus jefes. Ellos, que habían sufrido
ees la mujer de fuerza gloriosa hirió violentamente por
antes los reproches de los extraños, los insultos de los
segunda vez al perro pagano hasta que rodó al suelo
paganos, les pagaron, esgrimiendo las espadas, todo lo
su cabeza. La innoble carroña yacía sin vida; su alma
que habían sufrido.»
fué á caer al abismo, y allí quedó hundida en el fondo
roída eternamente por los gusanos. Encadenado en Entre esos poetas desconocidos (1), hay uno cuyo
las torturas, aprisionado duramente, arde en el infier- nombre se sabe, Csedmon, quizá el antiguo Csedmon,
no. Después de su vida, sumido en las tinieblas, no el inventor del primer himno, y, si no, de todos mo-
puede ya esperar escaparse de esa casa de los gusa- dos, un poeta semejante, que, meditando en la Biblia
nos, sino que allí se estará siempre y siempre, sin fin con el vigor y la exaltación bárbara, demuestra la
magnitud y el ímpetu del sentimiento con que los hom-
en aquella caverna, vacía de las alegrías de la espel
ranza.» c bres de esa época abrazaban su nueva religión. Tam-
bién él canta cuando habla; cuando nombra el Arca,
¿Ha oído alguien un acento más duro de odio satis- lo hace con una profusión de nombres poéticos: «la
fecho? Cuando Clovis oyó el relato de la Pasión ex-
casa flotante, la mayor de las habitaciones flotantes,
clamó: «¡Que no estuviese yo allí con mis francos».
la fortaleza de madera, el albergue móvil, la caverna,
Aquí, de igual suerte, se inflamaba el antiguo instinto
el gran cofre de mar», y otros. Cada vez que piensa
guerrero al contacto de las guerras hebraicas. No bien
vuelve Judit, en ella, la ve interiormente como una rápida apari-
ción luminosa, y siempre bajo un aspecto nuevo, ya
«Los hombres, con sus cascos, salen de la ciudad
ondulando sobre las olas cenagosas entre dos orlas
santa al apuntar la aurora. Resuenan sus escudos, y
«de espuma», ya prolongando sobre el agua su sombra
ellos rugen tremendamente. A ese grito se regocijan
enorme, negra, tan alta como «la de un castiílo», ya
en el bosque el lobo enflaquecido y el cuervo desear-
encerrando «en sus costados cavernosos» el infinito
nado, e ave hambrienta de carnicería; los dos acuden
enjambre de los animales amontonados. Como ios
del Oeste, porque los hijos de los hombres han pensa-
otros, combate de corazón con Dios; se gloría, á fuer
do en prepararles su pasto de cadáveres. Y hacia ellos
de guerrero, de la destrucción y de la victoria; y
vuelan por sus senderos el rápido devorador y el
cuando refiere la muerte de Faraón, balbucea, ebrio
águila de plumas grises; el milano con su corvo pico
de cólera, con la mirada empañada, porque se le sube
la sangre á los ojos. «El pueblo se espantó, la ola te-
hombr, V ' f n " e H Ü d a ' L ° S D ° b l e S «o»
rrible llegó á ellos. El viento estremecido lanzaba un
hombres de cotas de mallas avanzaron al combate ar-
mados de escudos, con las banderas desplegadas... alarido de muerte... El mar vomitaba sangre; corría
Pronto hicieron volar de sus arcos de cuerno lluvias
de flechas, serpientes de Hilda. Había en la llanura
una tempestad de lanzas. Se desencadenaban furiosa- (1) Grein, Bibliothek des Angelscechsischen Poesie. Se cono-
ce otro más: Cinewulfo.
una lamentación por las aguas... Empezaba la oscu- de todas las criaturas, hizo ante todo la tierra y el
ridad del abismo. Los egipcios se habían vuelto. firmamento. Puso en lo alto el firmamento; y esta
¡Huían espantados! El p a v o r penetraba hasta el fondo vasta extensión de la tierra, la asentó con su fuerza
de sus corazones. El ejército hubiera querido volverse temible el rey Omnipotente. La tierra no estaba aún
á su país. Su orgullo estaba abatido. Por segunda vez
vestida de verde césped; el Océano, envuelto en una
los envolvió el terrible aflujo de las olas. No había
oscuridad eterna, cubría á lo lejos los caminos de-
uno que pudiese v o l v e r , ni uno de los guerreros que
siertos (1).»
pudiese regresar á su casa. El Destino los había ence-
Así hablará más tarde Milton, heredero de los vi-
rrado por detrás en medio de su carrera. Allí donde
dentes hebreos, último de los videntes escandinavos,
antes estaba abierto el camino, corría el mar furioso.
pero contando, para desenvolver su pensamiento, con
El ejército quedó sepultado. Las olas se hinchaban.
todos los recursos de la educación y de la civilización
L a tempestad subía hasta el cielo. El ejército se la-
latinas. Y sin embargo, no añadirá nada al senti-
mentaba, gritando ¡oh dolor!, hasta la nube tenebrosa,
miento primitivo. No se adquiere el instinto religioso;
con voz desfallecida. Con agitación horrenda, se des-
se tiene en la sangre y se hereda. Lo mismo pasa con
encadenaba el furor del Océano despertado de su
los demás, y en primer término con el orgullo, con la
sueño. Surgían los terrores, y se balanceaban los ca-
indomable energía consciente de si propia, que suble-
dáveres.»
va al hombre contra todo dominio, y le fortalece con-
¿Es más vehemente y más salvaje el cántico del tra todo dolor. El Satán de Milton existe y a en el de
Exodo? Esos hombres pueden hablar de la creación Csedmon, como un cuadro en un bosquejo: es que los
como la Biblia, puesto que hablan de la destrucción dos tienen su modelo en la raza; y Caedmon encontró
como la Biblia. No tienen más que descender á su sus originales en los guerreros del Norte, como Milton
fondo íntimo, y allí encontrarán un sentimiento bas- en los puritanos.
tante fuerte para distender su alma hasta el nivel del
«¿Por qué he de implorar su favor ni inclinarme
Todopoderoso. Ese sentimiente existía y a en sus leyen-
delante de él sumisamente?» Y o puedo ser un Dios,
das paganas; y Csedmon, para referir el origen de las
como él. ¡Arriba conmigo, fuertes compañeros, que
cosas, no necesita más que reanimar las antiguas vi-
no me defraudaréis en esta lucha! ¡Guerreros de in-
siones, tales y como se habían fijado en las profecías
trépido c o r a z ó n , que me elegisteis por vuestro jefe!
de Edda.
¡Ilustres soldados! Con tales guerreros, bien se puede
«Nada existia aún, salvo una oscuridad como de adoptar un partido; con tales combatientes, bien se
caverna; el vasto abismo se abría profundo y oscuro, puede tomar un puesto. Son mis amigos leales, fieles
extraño á su Señor, sin forma y sin destino. Volvió
hacia él los ojos el rey severo, y contempló la sima
triste. Vió agolparse sin reposo las negras nubes bajo (1) Kemble, i, 407, ha demostrado que subsiste la analogía
el cielo desierto y sombrío. El eterno Señor, el padre hasta en las imágenes de ese canto y del pasaje correspondien-
te del Edda.
con toda la efusión de su corazón. Y o , como su jefe,
puedo gobernar en este reino; yo no necesito adular á
nadie; y o no seré más súbdito!
Es vencido; ¿se doblegará? Es precipitado «en la
vn
ciudad de destierro, en la mansión de los gemidos y
de los odios implacables, en la noche eterna, horrible,
surcada de humo y de llamas rojizas»; ¿va á arrepen-
tirse? Al pronto se asombra, se desespera; pero su
desesperación es la de un héroe: Aquí se detuvo la cultura extranjera; fuera del cris-
tianismo, no pudo injertar en ese tronco bárbaro
«¿Es este el lugar estrecho (1) en que me encierra
ninguna rama fecunda ni v i v a . Todas las circunstan-
mi soberano? ¡Bien distinto, en verdad, de los otros
cias que en otros puntos suavizaron la savia salvaje
que conocemos allá arriba, en el reino del cielo! ¡Oh!
faltaba aquí. Los sajones encontraron la Bretaña
¡Si y o dispusiese libremente de mis manos, y pudiese
abandonada por los romanos; no sufrieron, como sus
salir durante cierto tiempo! ¡Salir sólo por un invierno
hermanos del continente, el ascendiente de una civili-
con mi ejército! Pero me rodean ligaduras de hierro,
zación superior; no se mezclaron con los habitantes
me tienen abatido nudos de cadenas. ¡Estoy sin reino!
del suelo; los trataron siempre como enemigos ó como
¡Me aprietan tanto las trabas del infierno! ¡Me sujetan
esclavos, persiguiendo como lobos á los que se refugia-
tan duramente! Aquí llamas inmensas por encima y
ban en las montañas del Oeste, explotando como bestias
por debajo; jamás vi campo más horrible. Este fuego
de carga á los que habían conquistado con el suelo.
no se amortigua nunca; este calor sube por encima
Mientras los germanos de la Galia, de Italia y de Es-
del infierno. Los anillos que me abrazan, las esposas
paña se hacían romanos, los sajones, conservando su
que me agarrotan las carnes me impiden andar, me
lengua, su genio y sus costumbres, creaban en Bretaña
cierran el camino; tengo atados los pies, presas las
una Germania fuera de Germania. Ciento cincuenta
manos. He aquí adónde me ha confinado Dios.»
años después de la conquista, la importación del cris-
Puesto que nada tiene que hacer contra él, se vol-
tianismo y el principio de asiento adquirido por la so-
v e r á contra su nueva criatura, contra el hombre á
ciedad que se pacificaba hicieron germinar una espe-
quien lo ha perdido todo le queda la venganza; y si
cie de literatura, y se vió aparecer al venerable Beda,
el vencido puede obtenerla, se considerará feliz, «re-
y después á Alcuino, á Juan Erígena y algunos otros,
posará dulcemente, aun bajo el peso de sus cadenas».
comentadores, traductores, preceptores de bárbaros,
que trataban, no de inventar, sino de escoger y e x -
(1) Fste principio está en Milton. Se supone que pudo tener plicar, dentro de la gran enciclopedia griega y latina,
aJgúu conocimiento de este poema por mediación del erudito
Junius. lo que podía convenir á los hombres de su tiempo. Pero
las guerras danesas vinieron á aplastar esa humilde
con toda la efusión de su corazón. Y o , como su jefe,
puedo gobernar en este reino; yo no necesito adular á
nadie; y o no seré más súbdito!
Es vencido; ¿se doblegará? Es precipitado «en la
vn
ciudad de destierro, en la mansión de los gemidos y
de los odios implacables, en la noche eterna, horrible,
surcada de humo y de llamas rojizas»; ¿va á arrepen-
tirse? Al pronto se asombra, se desespera; pero su
desesperación es la de un héroe: Aquí se detuvo la cultura extranjera; fuera del cris-
tianismo, no pudo injertar en ese tronco bárbaro
«¿Es este el lugar estrecho (1) en que me encierra
ninguna rama fecunda ni v i v a . Todas las circunstan-
mi soberano? ¡Bien distinto, en verdad, de los otros
cias que en otros puntos suavizaron la savia salvaje
que conocemos allá arriba, en el reino del cielo! ¡Oh!
faltaba aquí. Los sajones encontraron la Bretaña
¡Si y o dispusiese libremente de mis manos, y pudiese
abandonada por los romanos; no sufrieron, como sus
salir durante cierto tiempo! ¡Salir sólo por un invierno
hermanos del continente, el ascendiente de una civili-
con mi ejército! Pero me rodean ligaduras de hierro,
zación superior; no se mezclaron con los habitantes
me tienen abatido nudos de cadenas. ¡Estoy sin reino!
del suelo; los trataron siempre como enemigos ó como
¡Me aprietan tanto las trabas del infierno! ¡Me sujetan
esclavos, persiguiendo como lobos á los que se refugia-
tan duramente! Aquí llamas inmensas por encima y
ban en las montañas del Oeste, explotando como bestias
por debajo; jamás vi campo más horrible. Este fuego
de carga á los que habían conquistado con el suelo.
no se amortigua nunca; este calor sube por encima
Mientras los germanos de la Galia, de Italia y de Es-
del infierno. Los anillos que me abrazan, las esposas
paña se hacían romanos, los sajones, conservando su
que me agarrotan las carnes me impiden andar, me
lengua, su genio y sus costumbres, creaban en Bretaña
cierran el camino; tengo atados los pies, presas las
una Germania fuera de Germania. Ciento cincuenta
manos. He aquí adónde me ha confinado Dios.»
años después de la conquista, la importación del cris-
Puesto que nada tiene que hacer contra él, se vol-
tianismo y el principio de asiento adquirido por la so-
v e r á contra su nueva criatura, contra el hombre á
ciedad que se pacificaba hicieron germinar una espe-
quien lo ha perdido todo le queda la venganza; y si
cie de literatura, y se vió aparecer al venerable Beda,
el vencido puede obtenerla, se considerará feliz, «re-
y después á Alcuino, á Juan Erígena y algunos otros,
posará dulcemente, aun bajo el peso de sus cadenas».
comentadores, traductores, preceptores de bárbaros,
que trataban, no de inventar, sino de escoger y e x -
(1) Fste principio está en Milton. Se supone que pudo tener plicar, dentro de la gran enciclopedia griega y latina,
algún conocimiento de este poema por mediación del erudito
Junius. lo que podía convenir á los hombres de su tiempo. Pero
las guerras danesas vinieron á aplastar esa humilde
planta que de suyo hubiese abortado (1). Cuando Al- Orfeo. Tenía una mujer m u y buena, que se llamaba
fredo (2) el libertador se hizo r e y , «había muy pocos Eurídice. Pues la gente empezó á decir que ese arpista
eclesiásticos, dice, á este lado del Humber, que pu- sabía tocar el arpa tan bien, que bailaban los árboles
diesen comprender en inglés sus oraciones latinas, ni y se movían las piedras al son, y las fieras acudían á
traducir ninguna cosa escrita del latín al inglés. A la él y allí se quedaban como si las hubiesen domesti-
otra parte del Humber, creo que no había muchos cado, tan quietas que, aun cuando fuesen contra ellas
más; había tan pocos que, cuando yo tomé el reino, no los hombres ó los perros, no huían. Y se dice también
me acuerdo de que existiese al Sur del Támesis un que la mujer del arpista murió, y que su alma fué al
solo hombre capaz de hacer tal cosa.» Procuró, como infierno. Entonces el arpista se puso m u y triste, tanto,
Carlomagno, instruir á sus súbditos, y puso en sajón que y a no podía vivir con los otros hombres, sino que
para su uso varios libros, sobre todo libros morales, se iba á los bosques y se sentaba sobre las montañas,
entre otros el Consuelo, de Boecio; pero esta misma noche y día, y lloraba y tocaba el arpa. Entonces los
traducción delata la barbarie de los oyentes. Rehace árboles se movían, y los ríos se paraban, y ningún
el texto para apropiarle á su inteligencia; los lindos ciervo huía de los leones, y ninguna liebre huía, de los
versos de Boecio, un poco pretensiosos, limados, ele- perros; y ningún animal sentía miedo ni odio hacia
gantes, poblados de recuerdos clásicos, de un estilo los otros, á causa de la dulzura del sonido. En esto le
refinado, digno de Séneca, se convierten en una prosa pareció al arpista que y a no le agradaba nada en este
Cándida, lenta, lánguida, y, sin embargo, truncada, mundo. Entonces pensó que podría ir á buscar á los
semejante á un cuento de hadas contado por una ni- dioses del infierno, y tratar de ablandarlos con su
ñera, que lo explica todo, que torna á empezar á cada arpa, y rogarles que le devolviesen su mujer.»
paso, y corta las frases, y da mil vueltas alrededor de
He ahí cómo se habla cuando se quiere transmitir
un pormenor: tanto hay que bajar para ponerse al
un pensamiento balbuciente. Boecio tenia por lectores
nivel de ese espíritu completamente novel que jamás
senadores, hombres cultos que entendían tan bien
ha pensado y no sabe nada.
como nosotros las menores alusiones mitológicas. Al-
«Sucedió una vez que había un arpista en el país fredo tiene que explanar esas alusiones á la manera
que se llamaba Tracia: éste era un país de Grecia. de un padre ó de un maestro que coge entre las rodi-
Ese arpista era extraordinariamente bueno. Sellamaba llas á su chiquitín, explicándole ce por be las cosas
que el latín no hace más que indicar; pero tal es la
(1) Ellos mismos sienten su impotencia j su decrepitud. Be-
da, dividiendo la historia del mundo en seis períodos, dice que ignorancia que el preceptor mismo necesitaría que le
el quinto, que se extiende desde la vuelta de Babilonia hasta el corrigiesen: toma las Parcas por las Furias, y atribu-
nacimiento de Cristo, es el período senil; el sexto es el presente, ye tres cabezas á Caronte como á Cerbero. Por fin, h e
aetas decrepita, totius morte saeeuli consummanda.
aquí á Orfeo delante de Plutón:
(2) Muerto en 901. Aldhelm, muerto en 709. Beda, muerto
en 735. Alcuino vivía bajo Carlomagno. Erígena bajo Carlos el «Después de tocar el arpa durante mucho, mucho
Calvo. tiempo, habló al rey de los habitantes del infierno. Y
éste dijo: demos al hombre su mujer. Porque la ha g a -
a fuerza y en la sinceridad de sus sensaciones. Fuera
nado con su música. Entonces le mandó que tuviese
de eso, es impotente; el arte de pensar y razonar ex-
mucho cuidado de no mirar hacia atrás después que
cede su alcance. Tales hombres pierden todo genio
se marchase, y le dijo que, si miraba hacia atrás, p e r -
al perder su ardiente fiebre. Balbucean de una mane-
dería su mujer. Pero á los hombres les cuesta mucho
ra torpe y pesada secas crónicas, especies de almana-
reprimir su amor, si es que pueden. ¡Gruay! ¡guay! He
ques históricos. Los tomaríais por campesinos que, al
aquí que Orfeo se llevó á su mujer consigo hasta que
volver de las faenas, van á escribir con tiza en una
llegó al límite entre la luz y la oscuridad. Detrás de él
mesa ahumada la fecha de una escasez, el precio del
iba su mujer. Cuando llegó á la luz, miró atrás hacia
trigo, los cambios de tiempo y las defunciones (1). No
su mujer. Pues en seguida l a perdió.»
de otro modo, al lado de las secas crónicas de la Bi-
Ningún adorno en este relato; ninguna delicadeza blia que tartamudean la serie de los reinados y de las
como en el original. Harto tiene Alfredo con hacerse matanzas judaicas, se despliegan la exaltación de los
entender. ¿Qué v a á ser en sus manos la noble moral Salmos y el delirio de las Profecías. El mismo poeta
platónica, la diestra interpretación á imitación de lírico puede ser alternativamente un zote y un hombre
Jámblico y de Porfirio? Todo se hace pesado. Aquí hay de genio, porque el genio le entra y se le marcha c o m o
que llamar á las cosas por su nombre, fijar los ojos de una enfermedad, y , en vez de poseerle, le sufre:
la gente en una idea de bulto, bien visible. Aun ésta
«Año del Señor 611. Este año Cvnegills empezó á
es quizá demasiado alta para ellos:
reinar en Wessex, y ocupó el trono treinta y un in-
«Esta fábula enseña á todo hombre que quiera huir viernos. Cynegills era hijo de Ceol; Ceol era hijo de
de las tinieblas del infierno y llegar á luz del verda- Cutha, y Cutha de Cyuric.
dero bien, á no mirar á sus antiguos vicios y practi- »614. Este año Cynegills y Cwichelin combatieron
carlos de nuevo tan plenamente como antes. Porque en Bampton, y mataron dos mil cuarenta y seis ga-
todo el que, con plena voluntad, vuelve su alma hacia leses.
los vicios que había abandonado antes, y los practica,
»678. Este año apareció un cometa en Agosto, y
gusta de ellos plenamente, no piensa jamás en aban-
brilló todas las mañanas durante tres meses, como un
donarlos, y pierde todo su antiguo bien, si otra vez no
rayo de sol. Habiendo sido echado de su obispado el
se enmienda.»
obispo Wilfrid por el r e y Everth, fueron consagrados
El sermón es apropiado á su auditorio de thanes; en su lugar dos obispos.
los daneses, que Alfredo acababa de convertir por la »901. Este año murió Alfredo, el hijo de Ethelwolf,
espada, tenían necesidad de una moral clara. Si se les seis días antes de la misa de todos los santos. Era rey
hubiesen traducido exactamente las últimas palabras de toda la nación inglesa, excepto de la parte que es-
de Beocio, hubiesen abierto atónitos los ojos y se ha- taba bajo el poder de los daneses. T u v o el gobierno
brían dormido.
Es que todo el talento de un alma inculta y a c e en (1) Ingram's Saxon chronicle.
treinta inviernos, menos un año y medio. Y entonces lates. En punto á ideas, los más profundos repiten d o c -
tomó el gobierno su bijo Eduardo. trinas muertas de autores muertos. Hacen manuales de
»902. Este año hubo un gran combate en el Holme teología y de filosofía, siguiendo álos Padres; Erígena,
entre los hombres de Kent y los daneses. el más docto, llega á reproducir las complicadas espe-
»1077. Este año se reconciliaron el rey de los fran- culaciones de la metafísica alejandrina. A qué distan-
c o s y Guillermo, rey de Inglaterra; pero duró poco c i a se ciernen esas especulaciones y esas reminiscen-
tiempo. Este año, la noche antes de la Asunción de cias, sobre la gran muchedumbre bárbara que ruge y
Santa María, ardió Londres tan terriblemente como se agita en las bajas regiones, no hay palabras que
nunca antes desde que se edificó.» puedan decirlo. Se v e un rey de Kent, en el siglo v n ,
Así hablan, con una sequedad monótona, los pobres que no sabe escribir. Figuraos bachilleres en teología
monjes que, después de Alfredo, compilan y anotan los que disertasen delante de un auditorio de carreteros,
acontecimientos salientes y visibles; de vez en cuando, no de carreteros parisienses, sino de carreteros como
algunas reflexiones piadosas, un movimiento de pa- los que aún existen en Auvernia ó en los Vosgos. En
sión, y nada más. En el siglo x , el r e y Edgardo da una medio de esos clérigos que piensan como estudiantes
finca á un obispo, á condición de que ponga en sajón aplicados, según sus autores favoritos, y están sepa-
la regla monástica, escrita por San Benito en latín. El rados doblemente del mundo á título de hombres de
mismo Alfredo es casi el último de los hombres cultos; colegio y de hombres de convento, Alfredo es el único
y no llegó á serlo, como Carlomagno, más que á fuerza que, á título de seglar y de espíritu práctico, desciende
de voluntad y de paciencia. En vano los grandes espí- hasta el alcance de su público con sus traducciones en
ritus de ese tiempo tratan de asirse á los restos de la lengua sajona y con sus versos sajones; y y a se ha
bella civilización antigua, y de levantarse sobre la tu- visto que su esfuerzo fué estéril, como el de Garlo-
multuosa y fangosa ignorancia en que los demás se magno. Había una muralla infranqueable entre la
revuelcan; se levantan casi solos, y , muertos ellos, los docta literatura antigua y la informe barbarie p r e -
restantes vuelven á hundirse en su cieno. L a bestia sente. Incapaces de entrar en el antiguo molde, y obli-
humana es la soberana entonces; el espíritu no puede gados á entrar en él á la fuerza, le retorcían. No pu-
encontrar su puesto entre las rebeliones y los apetitos diendo rehacer las ideas, rehacían el metro. Trataban
de la sangre, del estómago y de los músculos. Aun en de deslumhrar á sus colegas en versificación por el re-
el pequeño círculo en que trabaja, su labor no da re- finamiento de la factura y el prestigio de la dificultad
sultados. El modelo que se ha propuesto le oprime y vencida: bien así como, en nuestros colegios, los bue-
le encadena en una imitación que le corta los vuelos: nos alumnos imitan el estudiado artificio y la simetría
no aspira más que á copiar bien. Z u r c e centones que de Claudiano, más bien que la desenvoltura y la v a -
llama versos latinos; se afana por dar con los giros au- riedad de Virgilio. Se ponían grillos en los pies, y pro-
ténticos de los buenos modelos; no consigue más que baban su fuerza corriendo con sus trabas. Se impo-
fabricar un latín enfático, corrompido, plagado de dis- nían las reglas de la rima moderna con las reglas de
trompa. Recarga de imágenes exageradas é i n c o -
la cantidad antigua. Añadían á ellas la exigencia de
herentes la sobria lengua de los oradores y adminis-
empezar cada verso con la misma letra que el ante-
tradores romanos; apareja de un modo violento las
rior. Algunos, como Aldhelm, escribían acrósticos cua-
expresiones con alianzas imprevistas y e x t r a v a g a n -
drados, en que el primer verso, repetido al fin, se en-
tes; acumula los colores; llega á l a greguería extraor-
contraba también á la izquierda y á la derecha; forma-
dinaria é ininteligible de los últimos eskaldas. Como
do asi por las primeras y últimas letras de todos los
que es un eskalda que latiniza, y transporta á su
versos, abraza toda la composición, y el trozo de poe-
nuevo lenguaje los adornos de la poesía escandinava
sía se asemeja á un trozo de tapiz. Extrañas proezas
—entre otros, la repetición de la misma letra, repe-
literarias que transforman al poeta en artesano, y
tición extremada hasta el punto de que, en una de sus
atestiguan la oposición que existía entonces entre la
epístolas, h a y quince palabras seguidas que empiezan
cultura y la naturaleza, y que estropeaba á la v e z la.
del mismo modo, y , para completar este número de
f o r m a latina y el espíritu sajón.
quince, pone un barbarismo griego entre las voces la-
Más allá de esa barrera que separaba invencible-
tinas (1).—En los otros, en los legendarios, se v o l v e r á
mente á la civilización de la barbarie, había otra no
á encontrar muchas veces esa deformación del latín
menos fuerte, que separaba al genio sajón del genio
violentado por el aflujo de una imaginación demasiado
latino. L a poderosa imaginación g e r m á n i c a , adonde
vigorosa. Invade esta última hasta su pedagogía y su
afluyen súbitamente las imágenes brillantes y oscu-
ciencia. Alcuino, en los diálogos que compone para el
ras, para desbordarse después á sacudidas, contras-
hijo de Carlomagno, emplea, á manera de fórmulas,
taba con el espíritu razonador, cuyas ideas se ordenan
las frasecillas poéticas y desenfadadas que pululan en
y desarrollan en filas regulares; por manera que, si el
la poesía nacional. «¿Qué es el invierno? El destierro
bárbaro conservaba en sus ensayos clásicos alguna
del e s t í o — ¿ Q u é es l a primavera? El pintor de la tie-
porción de sus instintos primitivos, no llegaba á pro-
rra.—¿Qué es el año? La cuádriga del mundo.—¿Qué
ducir más que una especie de monstruo grotesco y ho-
es el sol? El esplendor del universo, la belleza del fir-
rrible. Uno de ellos, ese Aldhelm, pariente del rey
mamento, la gracia de l a naturaleza, la gloria del día,
Ina, que en el puente de la ciudad cantaba á la v e z
el repartidor de las horas.—¿Qué es el mar? El camino
baladas profanas é himnos sagrados, demasiado im-
de los audaces, la frontera de la tierra, la posada de
buido en la poesía nacional para imitar simplemente
los ríos, el manantial de las lluvias.» Más aún: ter-
los antiguos modelos, adornó los versos latinos y la
mina sus instrucciones con enigmas al estilo de los es-
prosa latina con toda la pompa inglesa (1)». Diríase
un bárbaro que arranca una flauta de las manos hábi-
(1) Primitus (pantornm procernm praeterumque pió potis-
les de un artista del palacio de Augusto, para soplar
simnm paternoque praesertím privilegio) panegyricum poe-
allí con todos sus pulmones, como en una mugiente matique passim prosatori snb polo promulgantes, stridula
vocum symphonia ac melodiae cantinelaeqne carmine modu-
laturi hymnizemus.
(1) Expresión de Guillermo de MaTmesbury.
kaldas, como los que se encuentran aún en los anti- tórica latina y convertirá su atención hacia las cosas
guos manuscritos, juntamente con los cantos b á r b a - á expensas de las palabras. Más aún: bajo el imperio
ros: última nota del genio nacional, que, cuando s e del clima y de la soledad, del hábito de la resistencia
afana por comprender las cosas, deja á un lado la de- y del esfuerzo, pone sus ojos en un ideal distinto: p a r a
ducción seca, escueta y enlazada, p a r a emplear l a él han conquistado la primacía los instintos viriles y
imagen rara, lejana y multiplicada, y sustituye e l morales, y , entre ellos, el anhelo de independencia, l a
análisis por la síntesis. afición á las costumbres serias y severas, la aptitud
para la abnegación y la veneración, el culto del he-
roísmo . He ahí los rudimentos y elementos de una ci-
vilización más tardía, pero más sana, menos inclinada
VIII hacia el placer y la elegancia, mejor cimentada en la
justicia y la verdad (1). En todo caso, hasta aquí la
raza está intacta, intacta en su tosquedad primitiva;
Tal es esa raza que, llegada á última hora, en m e - la cultura recibida de Roma no ha podido desenvol-
dio de la decadencia de sus hermanas, la griega y la verla ni deformarla. Si ha entrado allí el cristianismo,
latina, trae al mundo una civilización nueva con un es por afinidades naturales y sin alterar el genio nati-
carácter y un espíritu nuevos. Inferior á sus antece- vo. Ahora v a á venir una nueva conquista que, á más
sores en varios puntos, en otros los supera. En medio de ideas, trae también hombres. Pero los sajones, se-
de sus bosques, sus cenagales y sus nieves, bajo su gún costumbre de las razas germánicas, razas vigoro-
cielo inclemente y triste, en el curso de su larga bar- sas y fecundas, se han multiplicado enormemente des-
barie, han conquistado el imperio los instintos rudosj de hace seis siglos; son quizá seis millones en este m o -
el germano no ha adquirido el genio alegre, la facili- mento, y el ejército normando es de sesenta mil hom-
dad expansiva, el sentimiento de la belleza a r m o n i o - bres (2). Y esos normandos, aunque alterados, aunque
sa; su corpanchón flemático sigue siendo feroz y rígi-
do, voraz y brutal; su espíritu inculto y rígido p e r m a -
(1) En Islandia, patria de los más feroces reyes del mar, no
nece inclinado al salvajismo y rehacio á lacultura. Sus hay ya crímenes; las cárceles se han destinado á otros usos; no
ideas embotadas y coaguladas, no aciertan á osten- hay más castigos que multas.
tarse desembarazada y copiosamente, con un enlace (2) Pictorial history, i, 249. «Todas las ciudades, y aun loa
pueblos y lugarejos que hoy posee Inglaterra, parecen haber
natural y una regularidad involuntaria. Pero ese es- existido ja en los tiempos sajones... La división actual en pa-
píritu, privado del sentimiento de lo bello, no puede rroquias es casi sin alteración la del siglo x.»
ser más á propósito para el sentimiento de lo verdade- Según el Doomsday book, Tnrner calcula en trescientos mil
el número de los jefes de familia indicados. Si cada familia es
ro. L a profunda y punzante impresión que recibe del
de cinco personas, suman un millón quinientos mil. Tnrner
contacto de los objetos, y que no sabe expresar aún añade otros quinientos mil, incluyendo los cuatro condados del
más que con un grito, le eximirá más tarde de la r e - Norte, Londres y otras grandes ciudades, y los monjes y el
clero de los campos, que no se cuentan... No hay que aceptar
kaldas, como los que se encuentran aún en los anti- tórica latina y convertirá su atención hacia las cosas
guos manuscritos, juntamente con los cantos b á r b a - á expensas de las palabras. Más aún: bajo el imperio
ros: última nota del genio nacional, que, cuando s e del clima y de la soledad, del hábito de la resistencia
afana por comprender las cosas, deja á un lado la de- y del esfuerzo, pone sus ojos en un ideal distinto: p a r a
ducción seca, escueta y enlazada, p a r a emplear l a él han conquistado la primacía los instintos viriles y
imagen rara, lejana y multiplicada, y sustituye e l morales, y , entre ellos, el anhelo de independencia, l a
análisis por la síntesis. afición á las costumbres serias y severas, la aptitud
para la abnegación y la veneración, el culto del he-
roísmo . He ahí los rudimentos y elementos de una ci-
vilización más tardía, pero más sana, menos inclinada
VIII hacia el placer y la elegancia, mejor cimentada en la
justicia y la verdad (1). En todo caso, hasta aqui la
raza está intacta, intacta en su tosquedad primitiva;
Tal es esa raza que, llegada á última hora, en m e - la cultura recibida de Roma no ha podido desenvol-
dio de la decadencia de sus hermanas, la griega y la verla ni deformarla. Si ha entrado allí el cristianismo,
latina, trae al mundo una civilización nueva con un es por afinidades naturales y sin alterar el genio nati-
carácter y un espíritu nuevos. Inferior á sus antece- vo. Ahora v a á venir una nueva conquista que, á más
sores en varios puntos, en otros los supera. En medio de ideas, trae también hombres. Pero los sajones, se-
de sus bosques, sus cenagales y sus nieves, bajo su gún costumbre de las razas germánicas, razas vigoro-
cielo inclemente y triste, en el curso de su larga bar- sas y fecundas, se han multiplicado enormemente des-
barie, han conquistado el imperio los instintos rudosj de hace seis siglos; son quizá seis millones en este m o -
el germano no ha adquirido el genio alegre, la facili- mento, y el ejército normando es de sesenta mil hom-
dad expansiva, el sentimiento de la belleza a r m o n i o - bres (2). Y esos normandos, aunque alterados, aunque
sa; su corpanchón flemático sigue siendo feroz y rígi-
do, voraz y brutal; su espíritu inculto y rígido p e r m a -
(1) En Islandia, patria de los más feroces reyes del mar, no
nece inclinado al salvajismo y rehacio á lacultura. Sus hay ya crímenes; las cárceles se han destinado á otros usos; no
ideas embotadas y coaguladas, no aciertan á osten- hay más castigos que multas.
tarse desembarazada y copiosamente, con un enlace (2) Pictorial history, i, 249. «Todas las ciudades, y aun loa
pueblos y lugarejos que hoy posee Inglaterra, parecen haber
natural y una regularidad involuntaria. Pero ese es- existido ja en los tiempos sajones... La división actual en pa-
píritu, privado del sentimiento de lo bello, no puede rroquias es casi sin alteración la del siglo x.»
ser más á propósito para el sentimiento de lo verdade- Según el Doomsday book, Turner calcula en trescientos mil
el número de los jefes de familia indicados. Si cada familia es
ro. L a profunda y punzante impresión que recibe del
de cinco personas, suman un millón quinientos mil. Turner
contacto de los objetos, y que no sabe expresar aún añade otros quinientos mil, incluyendo los cuatro condados del
más que con un grito, le eximirá más tarde de la r e - Norte, Londres y otras grandes ciudades, y los monjes y el
clero de los campos, que no se cuentan... No hay que aceptar
II
III afrancesados, son, por su origen y por algún residuo
de si propios, parientes de sus vencidos. Aunque im-


II ¡ p S ®
porten sus costumbres y sus poemas, aunque introduz-
can en la lengua más de un tercio de sus voces, esa
lengua sigue siendo completamente germánica en el
• f e fondo (1); si cambia su gramática, es de suyo, por su
CAPITULO II
m m propia fuerza, en el mismo sentido que sus parientes
del continente. A l cabo de trescientos años, los con-
i quistados son los conquistadores; estos últimos hablan
Ill el inglés; la sangre inglesa acaba por sobreponerse en
LOS NORMANDOS

III sus venas á la sangre normanda por virtud de los ma-

I trimonios. A la postre, la raza sigue siendo sajona. Si


el antiguo genio poético desaparece después de la con-
¡1
111; quista, es como un rio que se sume en el suelo y corre
I. Formación y carácter del hombre feudal.
II. Expedición y carácter de los normandos.—Contraste entre
bajo tierra. Volverá á salir de allí á quinientos años. normandosy sajones.—Los normandos son franceses.—Cómo
se hicieron franceses.—Su gusto y su arquitectura.—Su cu-
11:
estas cifras sino con toda clase de reservas. Sin embargo, están
de acuerdo con las de Mackintosh, do Jorge Chalmers y de otros
riosidad y su literatura.—Su caballería y sus diversiones.—
Su táctica y su éxito.
varios; muchos hechos prueban que la población sajona era III. Indole del espíritu francés.—Dos rasgos principales: ideas
11 numerosísima y completamente desproporcionada con la po- definidas ó ideas enlazadas.—Construcción psicológica del es-
How • blación normanda. píritu francés.—Narraciones prosaicas; falta de colorido y de
la* (1) Warton, History of English poetry. Prólogo; Skeat, pasión; facilidad y verbosidad.—Lógica y claridad natural;
Etymologieál Dictionary. (Los cuadros del fin consignan la pro- sobriedad; gracia y delicadeza; perspicacia y burla.—El or-

II porción de las voces sajonas y de las voces normandas.) den y el atractivo.—Qué género de belleza y qué clase de
ideas han traído al mundo los franceses.
IV. Los normandos en Inglaterra.—Su situación y su tiranía.—
j. ¡..Í
! 1, Importan su literatura y su lengua.—Olvidan su literatura y
1 su lengua.—Poco á poco aprenden el inglés.—Poco á poco el
ill
1 inglés se afrancesa.
V. Traducen en inglés libros franceses. Palabras de sir John
Mandeville —Layamon, Roberto de Gloucester, Roberto de
Bp. Brunne.—Imitan en inglés la literatura francesa.—Manuales

lili
morales, canciones, fabliaux, cantos de gesta.—Brillantez,
frivolidad y vacuidad de esa cultura francesa.
"VI. Barbarie é ignorancia de esa civilización feudal —La can-
ción de gesta de Ricardo Corazón de León, y los viajes de sir
lili John de Mandeville.—Pobreza de la literatura importada é
iW'ii!«!!'- implantada en Inglaterra.—T or qué no dió resultados en el
continente ni en Inglaterra.
VII. Los sajones en Inglaterra—Persistencia de la nación sa-
II
III afrancesados, son, por su origen y por algún residuo
de si propios, parientes de sus vencidos. Aunque im-


II ¡ p S ®
porten sus costumbres y sus poemas, aunque introduz-
can en la lengua más de un tercio de sus voces, esa
lengua sigue siendo completamente germánica en el
• f e fondo (1); si cambia su gramática, es de suyo, por su
CAPITULO II
m m propia fuerza, en el mismo sentido que sus parientes
del continente. A l cabo de trescientos años, los con-
i quistados son los conquistadores; estos últimos hablan
Ill el inglés; la sangre inglesa acaba por sobreponerse en
LOS NORMANDOS

III sus venas á la sangre normanda por virtud de los ma-

I trimonios. A la postre, la raza sigue siendo sajona. Si


el antiguo genio poético desaparece después de la con-
¡1
111; quista, es como un rio que se sume en el suelo y corre
I. Formación y carácter del hombre feudal.
II. Expedición y carácter de los normandos.—Contraste entre
bajo tierra. Volverá á salir de allí á quinientos años. normandosy sajones.—Los normandos son franceses.—Cómo
se hicieron franceses.—Su gusto y su arquitectura. — Su cu-
11:
estas cifras sino con toda clase de reservas. Sin embargo, están
de acuerdo con las de Mackintosh, do Jorge Chalmers y de otros
riosidad y su literatura.—Su caballería y sus diversiones.—
Su táctica y su éxito.
varios; muchos hechos prueban que la población sajona era III. Indole del espíritu francés.—Dos rasgos principales: ideas
11 numerosísima y completamente desproporcionada con la po- definidas ó ideas enlazadas.—Construcción psicológica del es-
How • blación normanda. píritu francés.—Narraciones prosaicas; falta de colorido y de
la* (1) Warton, History of English poetry. Prólogo; Skeat, pasión; facilidad y verbosidad.—Lógica y claridad natural;
Etymologieál Dictionary. (Los cuadros del fin consignan la pro- sobriedad; gracia y delicadeza; perspicacia y burla.—El or-

II porción de las voces sajonas y de las voces normandas.) den y el atractivo.—Qué género de belleza y qué clase de
ideas han traído al mundo los franceses.
IV. Los normandos en Inglaterra.—Su situación y su tiranía.—
j. ¡..Í
! 1, Importan su literatura y su lengua.—Olvidan su literatura y
1 su lengua.—Poco á poco aprenden el inglés.—Poco á poco el
ill
1 inglés se afrancesa.
V. Traducen en inglés libros franceses. Palabras de sir John
Mandeville —Layamon, Roberto de Gloucester, Roberto de
Bp. Brunne.—Imitan en inglés la literatura francesa.—Manuales

lili
morales, canciones, fabliaux, cantos de gesta.—Brillantez,
frivolidad y vacuidad de esa cultura francesa.
"VI. Barbarie é ignorancia de esa civilización feudal —La can-
ción de gesta de Ricardo Corazón de León, y los viajes de sir
lili John de Mandeville.—Pobreza de la literatura importada é
iW'ii!«!!'- implantada en Inglaterra.—T or qué no dió resultados en el
continente ni en Inglaterra.
VII. Los sajones en Inglaterra—Persistencia de la nación sa-
joña y formación de la constitución inglesa.—Persistencia en cuerpos atléticos (1), incapaces de temor, sedientos
del carácter sajón y formación del carácter inglés. de acciones violentas, nacidos para la guerra p e r m a -
VIII á X. Oposición entre el héroe popular de Francia y el de
nente, porque en la guerra permanente se habían tem-
mm
iMiS ;¡
Inglaterra.—Los fabliavx del Zorro y las baladas de Robin
Hood.—Cómo el carácter sajón mantiene y prepara la liber- plado; héroes y bandidos que, para salir de su soledad,
tad política.—Contraste del estado de los pueblos en Francia se lanzaban á las empresas aventureras y se iban á
y en Inglaterra.—Teoría de la constitución inglesa por sir
John Fortescue.—Cómo la constitución de la nación sajona Sicilia, á Portugal, á España, á Livonia, á Palestina,
mantiene y prepara la libertad política.—Situación de la á Inglaterra, á conquistar tierras ó á ganar el paraíso.
Iglesia y precursores de la Reforma en Inglaterra.—Pedro
Plowman y Wyclef.—Cómo el carácter sajón y la situación
de la Iglesia normanda prepara la reforma religiosa.—In-
complemento é impotencia de la literatura nacional.—Por
qué no prosperó. II

I
El 27 de Setiembre de 1066 podía verse un gran es-
pectáculo en la desembocadura del Somme: cuatro-
cientos navios de gran velamen, más de mil lanchas
de transporte, y sesenta mil hombres que se embarca-
ban. El sol lucía espléndidamente después de prolon-
1 - Hacia y a siglo y medio que en el continente se ha-
gadas lluvias; sonaban las trompetas; los gritos de
bía formado una sociedad nueva, surgiendo nuevos
aquella multitud armada subían hasta el cielo; en l a
hombres en medio de la disolución universal. Por fin,
playa, en el anchuroso río, en el brillante y espacioso
los valientes se hicieron firmes contra los normandos
mar que más allá se dilata, erguíanse como un bosque
y los salteadores. Habían sentado la planta en el sue-
hasta perderse de vista los mástiles y las v e l a s , y la
l o , y el esfuerzo de sus grandes corazones y de sus bra-
zos contuvo el caos móvil de las cosas que se derrum-
(1) Véase, entre otras pinturas de costumbres, los primeros
baban. En la desembocadura de los ríos, en los desfi-
s i l laderos de los montes, en el linde de las marcas de-
relatos de la primera cruzada: Godofredo parte un sarraceno
hasta la cintura.—En Palestina, una viuda estaba obligada á
vastadas, en todos los pasos peligrosos, habían cons- casarse hasta los sesenta años, porque ningún feudo podía que-
dar sin defensor.—Un jefe español dice á sus hombres extenua-
truido sus fortalezas, cada uno la suya, cada uno en dos, después de una batalla: Muy cansados y heridos estáis;
¡lili su tierra, cada uno con su bando de fieles; y vivían á pero venid á batiros conmigo contra esa otra tropa: las heridas
frescas que recibamos nos harán olvidar las que hemos recibi-
l a manera de un ejército diseminado, pero en guardia,
f |¡f ft acampados y coligados en sus castillos, con las armas
do.»—En aquel tiempo—dice la Crónica general de España—
i |! en la mano y enfrente del enemigo. Bajo esa disciplina
los réyes, condes y nobles, y todos los caballeros, á fin de estar
dispuestos á todas horas, tenían sus caballos en la estancia don-
! wamI se había formado un pueblo temible: corazones fieros de dormían con sus mujeres.

1 11
l l i i i
enorme flota se ponía en movimiento á impulsos del que la guerra con sus reclutas, vino á alterar la inte-
viento Sur (1). El pueblo que transportaba se decía gridad de la sangre primitiva. Cuando Rollo, después
originario de Noruega, y se le hubiese podido creer de repartir la tierra entre sus hombres, ahorcó á los
pariente de aquellos sajones á quienes iba á combatir; ladrones y á los que les prestaban ayuda, acudieron
pero llevaba consigo una multitud de aventureros que gentes de todos los países. L a seguridad, la buena y
habían acudido por todos los caminos, de cerca y de «rígida» justicia eran tan raras que bastaban para re-
lejos, del Norte y del Mediodía, del Maine y de Anjou, poblar un país (1). Llamó á los extranjeros, dicen los
del Poitou y de Bretaña, de la Isla de Francia y de antiguos autores, «é hizo un solo pueblo de tanta gen-
Flandes, de Aquitania y de Borgoña (2); y él mismo, te de diversas procedencias». Ese amasijo de bárba-
en suma, era francés. ros, de refugiados, de salteadores, de colonos emigra-
dos, habló tan pronto romance ó francés, que el se-
¿Cómo es que, conservando su nombre, había c a m -
gundo duque, queriendo que su hijo aprendiese la len-
biado de naturaleza, y qué serie de renovaciones ha-
gua danesa, tuvo que mandarle á Bayeux, donde aún
bía hecho de un pueblo germánico un pueblo latino?
estaba en uso. Las grandes masas acaban siempre por
Es que ese pueblo, cuando llegó á Neustria, no era un
formar la sangre, y las más de las veces el espíritu y
cuerpo de nación ni una raza pura. No era más que
la lengua. Por eso estos hombres, una vez transforma-
una banda, cuyos miembros, casándose con las muje-
dos, se desentumecieron rápidamente: la raza fabrica-
res del país, infundían en sus hijos la savia extranje-
da resultó de espíritu despierto, mucho más despejada
ra. Era una banda escandinava, pero engrosada por
que los sajones, sus vecinos de ultra-Mancha, entera-
todos los bigardos valientes y todos los infelices des-
mente semejante á sus vecinos de Picardía, de Cham-
esperados que vagaban por la tierra conquistada (3);
paña y de la Isla de Francia. «Los sajones (2)—dice un
y en este concepto también, recibía en su propia sus-
antiguo autor—bebían á quién más, y consumían sus
tancia la savia extranjera. Por otro lado, si mezcla ha-
rentas en festines día y noche, mientras que se con-
bía en la tropa errante, mayor la hubo en la tropa es-
tentaban con habitaciones miserables: todo lo inverso
tablecida; y la paz, con sus infiltraciones, lo mismo
de los franceses y normandos, que hacían poco gasto
en sus bellas y espaciosas casas, siendo, por otra par-
(1) Véanse, para todos los detalles, las Crónicas anglo-nor- te, delicados en el comer y esmerados en el vestir.»
mandas, m, pág 4, citadas por Agustín Thierry. Yo mismo he
visto el sitio y el paisaje. Los unos, entumecidos aún por la flema germánica,
(2) En Hastings, de tres columnas de ataque, había dos for- eran borrachos glotones á quienes sacudía á veces el
madas por los auxiliares. Aparte de todo, los cronistas no se acceso del entusiasmo poético; los otros, aligerados
engañan sobre el hecho capital: todos convienen en decir que
Inglaterra fué conquistada por franceses.
(3) Un pescador de Rúan, soldado de Rollo, fué quien mató (1) «En el siglo x (dice Stendhal) un hombre anhelaba dos
al dnque de Francia en la desembocadura del Eure. Has- cosas: 1.°, que no le matasen; 2.°, tener un buen vestido de
tings, el famoso rey de mar, era hijo de un labrador de los al- piel.» Véase aquí la Crónica de Fontenelle.
rededores de Troyes. (2) Guillermo de Malmesbury.
por su transplantación y su mezcla, empezaban y a á térra quinientas cincuenta y siete escuelas. Enrique
sentir las necesidades del espíritu. «Dentro de su país, Beauelerc, hijo del conquistador, fué instruido en las
hubieseis podido ver elevarse iglesias y monasterios ciencias ; Enrique II y sus tres hijos lo eran también;
de un estilo antes desconocido» (primero en Norman- el mayor, Ricardo Corazón de L e ó n , íué poeta. L a n -
día, y á poco en Inglaterra) (1). Inmediatamente se *ranc, primer arzobispo normando de Cantorbery, ló-
había despertado en ellos el gusto, es decir, el deseo gico sutil, discutió hábilmente sobre la presencia real;
de recrear los ojos, y de expresar en formas sensibles San Anselmo, su sucesor, el primer pensador del siglo,
su pensamiento, un pensamiento nuevo: el arco circu- creyó descubrir una nueva prueba de la existencia de
lar se apoyaba sobre una columna simple ó sobre un Dios, é intentó dar á la religión carácter filosófico, h a -
haz de columnitas; circuían las ventanas elegantes ciendo de la razón el camino de la fe ; grande era la
molduras; abríase el rosetón, sencillo aún, semejante idea ciertamente, sobre todo en el siglo x n , y no cabía
á la rosa de las zarzas, y desplegábase el estilo nor- ir más de prisa. Sin duda esa ciencia es la escolástica,
mando, original y medido, entre el estilo gótico cuya y aquellos terribles tomos en folio matan más espíri-
riqueza anunciaba, y el estilo románico c u y a solidez tus que los que alimentan ; pero se empieza c o m o se
recordaba. puede, y el silogismo, aun latino y teológico, no deja
Con el gusto se despertó no menos pronto y natu- de ser un ejercicio de la inteligencia y una prueba de
ralmente la curiosidad. Los pueblos son como los ni- ingenio. Entre esos abades del continente que se ins-
ños: unos rompen á hablar fácilmente, y comprenden talan en Inglaterra, éste crea una biblioteca ; aquél,
al punto; otros rompen á hablar con trabajo, y com- fundador de una escuela, hace que sus alumnos r e p r e .
prenden tarde. Estos habían hecho su educación de senten la leyenda de Santa Catalina ; otro, escribe en
prisa, á la francesa. Son los primeros que en Francia latín pulido, epigramas «aguzados como los de Marcial».
desembrollaron el francés, fijándole, escribiéndole; Son los placeres de una raza inteligente, ávida de
tanto, que aun hoy entendemos sus códigos y sus poe- ideas, de espíritu dispuesto y flexible, cuyo claro pen-
mas. En siglo y medio se habían pulido hasta el punto samiento no está ofuscado, como el de las cabezas sa-
de encontrar «ignorantes y groseros» (2) á l o s sajones. jonas, por las alucinaciones de l a embriaguez y los v a -
T a l fué su pretexto para expulsarlos de las abadías y pores del estómago voraz y ahito. Les gustan las plá-
de todos los buenos puestos eclesiásticos. Y á la ver- ticas y los relatos de aventuras. Al lado de sus cro-
dad, ese pretexto era también una razón, porque odia- nistas latinos, como Enrique de Huntington, Guiller-
ban por instinto la rudeza estúpida. Entre la conquis- mo de Malmesbury, hombres reflexivos y a , y que sa-
ta y la muerte del r e y Juan, establecieron en Ingla- ben, no sólo narrar, sino juzgar á veces, tienen cróni-
cas rimadas, en lengua v u l g a r , como la de Godofredo
(1) Pictoriál history, i, 615. Iglesias de Londres, de Sarum, Gaimar, de Benito de Sainte-Maure, de Roberto W a c e .
de Norwich, Durham, Chichester, Peterborough, Rochester, Y no creáis que sus versificadores pecarán p o r falta
Hereford, Glocester, Oxford, etc. Guillermo de Malmesbury. de palabras ni serán parcos en detalles. Son cuentis-
(2) Expresión de Orderieo Vital.
tas, decidores, sueltos y nada cortos de lengua. Canto- aporreando al prójimo ; pero también por afán de re-
res, ni por asomo; hablan en sus poemas como en sus nombre y por pundonor. Esta sola p a l a b r a , el honor,
crónicas: tal es su fuerte. Son los primeros que han es- ha transformado todo el espíritu de la guerra. Los
crito la canción de Roldán, amén de una multitud so- poetas sajones la pintaban como un furor mortífero,
bre Carlomagno y sus pares, sobre Arturo y Merlin, como una locura ciega que estremecía la carne y la
sobre los griegos y los romanos, sobre el r e y Horn, sangre y despertaba los instintos de la fiera rapaz; los
sobre Cuy de W a r w i c k , sobre todo príncipe y todo poetas normandos la describen como un torneo. L a
pueblo. Sus troveros, como sus caballeros, cosechan á nueva pasión que introducen en ella es la vanidad y
dos manos en el suelo galós, en el franco, en el latino, la galantería; C u y de W a r w i c k derriba á todos los
y se lanzan por Oriente y Occidente al vasto campo caballeros de Europa por merecer la mano de la se-
de las aventuras. Hablan á la curiosidad como los sa- vera y desdeñosa Felisa. El torneo mismo no es más
jones hablaban al entusiasmo, y deslíen en sus largas que una ceremonia, algo brutal, sin duda, puesto que
narraciones claras y fluidas los vivos colores de las se trata de romper brazos y piernas, pero brillante y
tradiciones germanas y bretonas: batallas, sorpresas, francesa; hacer alarde de destreza y de valor, osten-
combates singulares, embajadas, discursos, procesio- tar la magnificencia del vestido y de las armas, ser
nes, ceremonias, cacerías, diversidad de sucesos entre- celebrado y agradar á las damas, son sentimientos
tenidos, he ahí lo que pide su imaginación ligera y va- que indican hombres más sociales, más sumisos á la
gabunda. Al principio, en la canción de Roldán, se opinión, menos concentrados en la pasión personal,
contiene todavía; anda á paso largo, pero no hace más exentos de la inspiración lírica y de la exaltación sal-
que andar. Pronto le nacen las alas; se multiplican los vaje, dotados de otro genio, puesto que se inclinan á
incidentes; pululan los gigantes y los monstruos; des- otros placeres.
aparece la verosimilitud ; la canción del juglar toma Esos son los hombres que á la sazón desembarcaban
las proporciones de poema en manos del trovero, y en Inglaterra para importar nuevas costumbres y un
éste hablaría, como el viejo Néstor, cinco y hasta seis nuevo espíritu, francés en el fondo y en la lengua,
años seguidos, sin cansarse ni detenerse. Cuarenta aunque con caracteres propios y provinciales : hom-
mil versos no son mucho para satisfacer su locuacidad: bres positivos si los hubo, atentos al lucro, calculado-
espíritu fácil, afluente, curioso, novelero, tal es el ge- res, con los nervios y el arranque de nuestros solda-
nio de la r a z a ; los g a l o s , sus padres, paraban á los dos, pero con astucias y precauciones de procurado-
viajeros en los caminos para que les contasen noticias, res ; corredores heroicos de aventuras provechosas,
y se preciaban, como ellos, « de batirse bien y hablar que habían viajado por Sicilia y por Nápoles, y estaban
deleitosamente». dispuestos á viajar por Constantinopla y Antioquía,
Al par que los poemas caballerescos, tienen la ca- pero para tomar el país ó traer dinero; políticos suti-
ballería en primer término, claro es, porque son ro- les, acostumbrados en Sicilia á alquilar su valor al
bustos, y un hombre fuerte gusta probar su fuerza mejor postor, y capaces de dedicarse á hacer negocio
8
en lo más recio de la eruzada, á ejemplo de su Bohe- bien en la batalla. Eran en su mayoría arqueros y
mundo que, delante de Antioquía, especulaba con la jinetes, buenos maniobreros, diestros y ágiles. Taille-
penuria de sus aliados cristianos, y no les abría la ciu- fer el juglar, que solicitó el honor de acometer el pri-
dad sino á condición de conservarla para él; conquis- mero, iba cantando como verdadero voluntario fran-
tadores metódicos y perseverantes, expertos en la cés y haciendo juegos de destreza (1). Y a delante de
administración y fecundos en papeleo, como aquel
Guillermo q u e había sabido organizar tal expedición Si con li cler l'orent loé,
Ke à ce jor mez s'il ve3keient,
y tal ejército, que tenia escrita la lista de él, y que iba
Ohar ni saune ne mangerieot.
á hacer el catastro de toda Inglaterra en su Domes- Giffrei, éveske de Constances,
day-boók: diez y seis días después del desembarque se A plus ors joint lor pénitances.
vió en Hastings sensiblemente el contraste de las dos Cli reçut li confessions.
Et dona li béneiçons.
naciones. (1) Taillefer kí moult bien cantout
Los sajones «comieron y bebieron toda la noche. Sur un roussin qui tôt alout,
Habíais de verlos bullir, saltar y cantar», con la alga- Devant li dus alout cantant
De Karlemaine e de Rolant,
zara más estrepitosa (1). Por la mañana, apiñaron de-
E ^'Oliver et des vassals,
trás de sus empalizadas las masas compactas de su Ki morurent à Roncevals.
pesada infantería, y , con el hacha colgada al cuello, Quan ils orent chevalchié tant
esperaron el ataque. Los normandos, hombres pru- K'as Engleis vindrent aprismant:
dentes , pensaron en la alternativa del paraíso y del «Sires, dist Taillefer, merci
Jo vos ai longuement servi.
infierno, y quisieron poner á Dios de su parte. Y asi
Tout mon servise me debvez,
como á ellos no les turbaba el ánimo de inspiración Hui, si vos plaist, me le rendez;
guerrera, tampoco alteraba á Roberto W a c e , su histo- Por tout guerrednn vos requier,
riador y compatriota, la inspiración poética ; en vis- Et si vos voil forment preier,
peras de la batalla conserva el espíritu tan prosaico y Otreiez-mei, ke jo n'i faille,
Li primier colp de la bataille.»
tan lúcido como ellos ('2). Ese espíritu apareció tam-
Et li dus répont: «Je l'otrei »
il) Roberto Wace, romance de Rollo. Et Taillefer point à desrei;
(2) Et li Normanz et li Franceiz Devant toz li al tres se mist,
Un Englez féri, si l'ocist.
De sos le pis, parmie la pance,
Tote nnit firent oreisons, Li fist passer ultre la lance,
Et f urent en aflicions. A terre estendu l'abati.
De lor péehiés eonféz se firent Poiz trait l'espée, altre féri.
Poiz a crié: «Venez, venez!
As proveires les regehirent,
Ke fetes-vos? Férez, férez!»
Et qui n'en ont proveires préz, Donc l'unt Englez avironé,
A son veizin se fist eonféz, Al seennd colp k'il ou doné.
Pour co ke samedi esteit
Ke la bataille estre debveit. ROBERTO WACE.
Unt Normanz a promis e voé,
los ingleses, arrojó al aire por tres veces su lanza y
su espada, volviendo á cogerlas siempre por el pufio; culto ó inculto, niño ó viejo, pasa su vida y emplea su
y los pesados infantes de Haroldo, que no sabían más fuerza en concebir un hecho ó un objeto; he ahí su paso
que partir á hachazos las armaduras, «se maravilla- original y perpetuo, y por más que cambie de terreno,
ban, diciendo el uno al otro que aquello era cosa de por más que retroceda, avance, prolongue y varíe su
encantamento». En cuanto á Guillermo, entre una curso, todo su movimiento se reduce á una serie de
porción de acciones prudentes ó ladinas, hizo dos bue- pasos así, enlazados unos con otros; de suerte que la
nos cálculos que en aquel gran aprieto le sacaron de menor alteración en la magnitud, la prontitud ó la se-
apuros. Mandó á sus arqueros que tirasen al aire; sus guridad del que dió primitivamente, transforma y rige
flechas hirieron en la cara á muchos sajones, y salta- toda la carrera, como la estructura del primer botón
ron un ojo á Haroldo. En esto fingió huir; los sajones, de un árbol dispone todo el follaje y gobierna toda la
ebrios de júbilo y de ira, abandonaron las trincheras vegetación (1). Cuando el francés concibe un hecho ó
y se entregaron á las lanzas de sus caballeros. Du- un objeto, le concibe pronto y distintamente; nada de
rante el resto de la guerra, no supieron más que salir alteraciones interiores, nada de fermentaciones pre-
en pequeñas partidas, combatir furiosamente y de- vias, de ideas violentas y confusas que, concentradas
jarse matar. L a raza fuerte, fogosa y brutal, se pre- y elaboradas al fin, hacen explosión en un grito. Los
cipita sobre el enemigo á la manera de un toro bravo; movimientos de su inteligencia son diestros y prontos
los hábiles cazadores de Normandía la hieren con des- como los de sus miembros; á la primera v e z , y sin es-
treza, la derriban y la ponen el yugo. fuerzo, pone mano en su idea. Pero no pone mano más
que en ella; deja á un lado todas las profundas pro-
longaciones enmarañadas mediante las cuales penetra
y se ramifica en sus afines; no se preocupa de ellas:
desgaja, coge, desflora, y nada más. Está privado, ó ,
III
si se quiere, está exento de esas semivisiones repenti-
nas que, sacudiendo al hombre, le abren en un m o "
mentó las grandes profundidades y las perspectivas
¿Qué es, pues, esa raza francesa que, con las armas lejanas. La conmoción interior es la que suscita las
y las letras, hace tan brillante entrada en el mundo, imágenes; por falta de ella, no imagina. No se impre-
y v a á dominar de un modo tan visible que, en Orien- siona más que á raíz de la piel; le falta la gran simpa-
te, v . g r . , se dará su nombre de francos á todos los tía; no ve el objeto tal y como es, complejo y de una
pueblos de Occidente? ¿En qué consiste ese nuevo es- ojeada, sino por partes, con un conocimiento discur-
píritu, inventor precoz, obrero de toda la civilización sivo y superficial. Por eso ninguna raza de Europa es
de la Edad Media? H a y en cada espíritu una acción
elemental que, incesantemente repetida, compone su
trama y le da su sello: en la ciudad ó en los campos, (1) Esta idea de los tipos se aplica á toda la naturaleza físi-
ca y moral.

'M
los ingleses, arrojó al aire por tres veces su lanza y
su espada, volviendo á cogerlas siempre por el pufio; culto ó inculto, niño ó viejo, pasa su vida y emplea su
y los pesados infantes de Haroldo, que no sabían más fuerza en concebir un hecho ó un objeto; he ahí su paso
que partir á hachazos las armaduras, «se maravilla- original y perpetuo, y por más que cambie de terreno,
ban, diciendo el uno al otro que aquello era cosa de por más que retroceda, avance, prolongue y varíe su
encantamento». En cuanto á Guillermo, entre una curso, todo su movimiento se reduce á una serie de
porción de acciones prudentes ó ladinas, hizo dos bue- pasos así, enlazados unos con otros; de suerte que la
nos cálculos que en aquel gran aprieto le sacaron de menor alteración en la magnitud, la prontitud ó la se-
apuros. Mandó á sus arqueros que tirasen al aire; sus guridad del que dió primitivamente, transforma y rige
flechas hirieron en la cara á muchos sajones, y salta- toda la carrera, como la estructura del primer botón
ron un ojo á Haroldo. En esto fingió huir; los sajones, de un árbol dispone todo el follaje y gobierna toda la
ebrios de júbilo y de ira, abandonaron las trincheras vegetación (1). Cuando el francés concibe un hecho ó
y se entregaron á las lanzas de sus caballeros. Du- un objeto, le concibe pronto y distintamente; nada de
rante el resto de la guerra, no supieron más que salir alteraciones interiores, nada de fermentaciones pre-
en pequeñas partidas, combatir furiosamente y de- vias, de ideas violentas y confusas que, concentradas
jarse matar. L a raza fuerte, fogosa y brutal, se pre- y elaboradas al fin, hacen explosión en un grito. Los
cipita sobre el enemigo á la manera de un toro bravo; movimientos de su inteligencia son diestros y prontos
los hábiles cazadores de Normandía la hieren con des- como los de sus miembros; á la primera v e z , y sin es-
treza, la derriban y la ponen el yugo. fuerzo, pone mano en su idea. Pero no pone mano más
que en ella; deja á un lado todas las profundas pro-
longaciones enmarañadas mediante las cuales penetra
y se ramifica en sus afines; no se preocupa de ellas:
desgaja, coge, desflora, y nada más. Está privado, ó ,
III
si se quiere, está exento de esas semivisiones repenti-
nas que, sacudiendo al hombre, le abren en un m o "
mentó las grandes profundidades y las perspectivas
¿Qué es, pues, esa raza francesa que, con las armas lejanas. La conmoción interior es la que suscita las
y las letras, hace tan brillante entrada en el mundo, imágenes; por falta de ella, no imagina. No se impre-
y v a á dominar de un modo tan visible que, en Orien- siona más que á raíz de la piel; le falta la gran simpa-
te, v . g r . , se dará su nombre de francos á todos los tía; no ve el objeto tal y como es, complejo y de una
pueblos de Occidente? ¿En qué consiste ese nuevo es- ojeada, sino por partes, con un conocimiento discur-
píritu, inventor precoz, obrero de toda la civilización sivo y superficial. Por eso ninguna raza de Europa es
de la Edad Media? H a y en cada espíritu una acción
elemental que, incesantemente repetida, compone su
trama y le da su sello: en la ciudad ó en los campos, (1) Esta idea de los tipos se aplica á toda la naturaleza físi-
ca y moral.

'M
menos poética. Mirad sus epopeyas nacientes; nunca la serie de las razones consoladoras (1). Nada más.
se vieron más prosaicas. Y por número no queda: la Esos hombres ven la cosa ó la acción en si misma, y
canción de Roldán, G-arín, Ogier el Danés, Berta la del á esa vista se atienen. La idea conserva su exactitud,
pie grande; hay toda una biblioteca. Más aún: enton- precisión y sencillez sin despertar ninguna imagen
ces las costumbres son heroicas y las almas poseen congénere para confundirse con ella, colorearse y
toda su frescura; tienen inventiva, cuentan sucesos transformarse: permanece seca. Conciben una á una
grandiosos, y, no obstante, sus narraciones son tan
descoloridas como las de los gárrulos cronistas nor- Co sent Rollans que la mort le trespent,
mandos. Cuando Homero cuenta, no hay duda de que Devers la teste sur le quer li deseent;
es tan claro como ellos y explana como ellos; pero los Desnz un pin i est alet curant,
Sur l'erbe verte si est culehet adenz;
magníficos nombres de la Aurora de rosados dedos, del Desuz lui met l'espèe et l'olifan;
Aire de amplio seno, de la Tierra divina y sustentado- Turnat sa teste vers la païene gent;
ra, del Océano que estremece la tierra, vienen á os- Pour ço l'at fait que il voelt veirement
Que Caries diet e trestute sa gent,
tentar á cada instante su floración purpúrea en medio
Li gentilz quens, qu'il fut mort cnnquéraut.
de los discursos y de las batallas, y las grandes com- Cleimet sa culpe, e menut e suvent,
paraciones que suspenden la narración anuncian un Pur ses pecehez en puroffrid lo guant.
pueblo más propenso á gozar de la belleza que á ir de- Li quens Rollans se jnt desuz un pin,
Envers Espaigne en ad turnet snn vis,
recho al grano. Aquí hechos, y nada más que hechos;
De plusurs choses a remembrer le prist.
el francés quiere saber si el héroe matará al traidor, De tantes terres cnme li bers cunquist.
si el amante se casará con la joven; no le detengáis De dulce France, des humes de sun lign,
con poesías ni pinturas. Se va al desenlace en dere- De Carlemagne sun seignor ki l'nurrit.
Ne poet muer n'en plurt et ne susprit.
chura, sin entretenerse en los ensueños del corazón Mais lui meisme ne volt mettre en ubii :
ni ante las riquezas del paisaje. No busquéis esplendor Cleimet sa culpe, si priet Dieu mercit:
ni color en su relato; el estilo es completamente des- «Veire paterne, ki unques s e mentis,
Seint Lazaron de mort resurrexis,
nudo, desprovisto de figuras: se pueden leer diez mil Et Daniel des lions guaresïs,
versos de esos antiguos poemas sin encontrar una sola. Guaris de mei 1' anme de tuz perilz,
¿Queréis abrir el más antiguo, original y elocuente, Pur les pecchez que en ma vie fis.»
Sun destre quant à Deu en puroffrit.
por el pasaje más conmovedor: la canción de Roldan Seint Gabriel de sa main l'ad pris.
en el momento en que muere Roldán?—El narrador Desur sun bras teneit le chef enclin,
está conmovido, y, á pesar de todo, sigue hablando Juntes ses mains est alet à sa fin.
Deus i tramist sun angle chérubin.
con la misma lisura, sin acento. ¡Tan dotados se ha- Et Seint Michel q u ' o n cleimet del péril
llan del genio de la prosa, y tan huérfanos del genio Ensemble ad els seint Gabriel i vint,
de la poesía! Expone un resumen de motivos, el suma- L'anme del cunte portent en pareis.
rio de los sucesos, la serie de las razones aflictivas y
(Chanson de Roland, ed. Génin.)
las partes del objeto, sin abarcarlas, como los sajones, hasta lo último, miradla, como la de los eskaldas, en
en una brusca semivisión apasionada y luminosa. el momento de la decadencia, cuando sus vicios, exa-
Nada más opuesto á su genio que los verdaderos can- gerados como los de los eskaldas, manifiestan con acen-
tos y los himnos profundos, tales como los cantan aún tuado relieve el género de espíritu que la produce. Los
los monjes ingleses dentro de las bajas bóvedas de sus eskaldas caían en la jerga; ella degenera en charlata-
iglesias. Los desconcertarían las brusquedades y la nería y trivialidad. El sajón no domina su anhelo
oscuridad de aquel lenguaje. No son capaces de tales de exaltaciones; el francés no contiene la volubilidad
accesos de entusiasmo ni de tales excesos de emocio- de su lengua. Es demasiado lato y demasiado claro,
nes. No gritan nunca; hablan, y hablan familiarmente, como el sajón es demasiado oscuro y demasiado breve.
aun en los momentos en que el alma, trastornada por El uno se agitaba y transportaba con exceso; el otro
la fuerza de las impresiones, debería cesar de pensar explica y amplifica sin tasa. Y a en el siglo XII las can-
y de sentir. Así, en un misterio, Amis, que es un le- ciones de gesta diluidas rebosan en rapsodias y salmo-
proso, pide tranquilamente á su amigo Amille que dias de treinta á cuarenta mil versos. Allí entra l a
mate á sus dos hijos para curarle de la lepra, y Amille teología; la poesía se convierte en una letanía inter-
responde más tranquilamente aún (1). Si alguna vez minable é intolerable, donde las ideas, explicadas, des-
tratan de cantar, así fuese en el cielo, á invitación de envueltas y repetidas hasta la saciedad, sin un arran-
Dios, «unrondelhaut et clair», expondrán razonamien- que de sentimiento ni un acento de invención, fluyen
tos rimados tan descoloridos como la más descolorida á modo de agua clara é insípida, y arrullan con sus
de las conversaciones (2). Extremad esta literatura rimas monótonas al lector edificado y adormecido. De-
plorable abundancia de las ideas definidas y fáciles
reapareció durante el siglo XVII, en la cotorrería lite-
(1) Mon très chier ami débonnaire,
Vous m'avez une chose ditte raria que circulaba por debajo de los grandes hombres;
Qui n'est pas é. faire petite, es el efecto y el talento de la raza. Con ese arte invo-
Mais que l'on doit moult resongnier. luntario de percibir y aislar de golpe y claramente
Efc non pourquant, sanz eslongier.
Puisque garison autrement
cada parte de cada objeto, se puede hablar siempre,
Ne povez avoir vraiement, aun sin sustancia.
Pour vostre amour les occiray,
Et le sang vous apporteray. He ahí el paso primitivo. ¿Cómo enlaza con el si-
(2) Vraiz Diex, moult est excellente, guiente? Aquí aparece un nuevo carácter del espíritu
Et de gran charité plaine, francés, el más precioso de todos. Para que él c o m -
Vostre bonté souveraine
prenda, es menester que la segunda idea sea contigua
Car vostre grâce présente,
A toute personne humaine. á la primera; si no, se desorienta y se detiene. No sabe
Vraiz Diex, moult es excellente, saltar irregularmente; no marcha más que paso á
Puisqu'elle a cuer et entente,
paso, por un camino recto; el orden es innato en él;
Et que à ce désir l'amaine
Que de vous servir se paine. sin estudio y de primera intención, descompone el o b -
Jeto ó el hecho, por complicado, por embrollado que mas, muere al lado del ermitaño, no le pide más que
sea, y pone las piezas unas á continuación de otras, en un don supremo:
fila, según sus conexiones naturales. Aunque bárbaro
Que v o u s metéz vos bras sour mí,
aún, su inteligencia es una razón que se despliega in-
Si mourrai es bras raon ami.
conscientemente. Nada más claro que el estilo de sus
antiguos cuentos y de sus primeros poemas: no se da ¿Se puede expresar de una manera más sobria un
uno cuenta de que sigue el narrador: tan desembara- sentimiento más conmovedor? Hay que decir de sus
zada es su marcha, tan llano es el camino que abre, poesías lo que se dice de ciertos cuadros: eso está
tan suave é insensiblemente se desliza de una idea á hecho con nada. ¿Hay algo en el mundo más delica-
la inmediata. Por eso cuenta tan bien. Los cronistas, damente gracioso que los versos de Guillermo de Lor-
Villehardouin, Joinville, Proissart, inventores de la ris? La alegoría envuelve las ideas para templar su
prosa, poseen una desenvoltura y una claridad á que exceso de luz; en torno del amante flotan figuras idea-
nadie se acerca, y, sobre todo, un atractivo, una gra- les, semitransparentes, luminosas aunque veladas, y
cia que no buscan. La gracia es aquí cosa nacional le conducen entre todas las dulzuras de los sentimien-
y procede de esa delicadeza nativa que aborrece las in- tos matizados hasta la rosa, «cuya suavidad llena toda
congruencias: nada de choques violentos; repugnan á la llanura». Esa delicadeza van tan lejos, que en Teo-
su instinto; los evitan en las obras de gusto como en baldo de Champaña, en Carlos de Orleans, degenera
las obras de reflexión; quieren que los sentimientos, en melindre, en ñoñería. En ellos todas las impresiones
como las ideas, se enlacen, sin chocarse. Llevan á se atenúan: el perfume es tan débil, que apenas si se
todo ese espíritu mesurado, delicado por excelen- percibe á menudo; murmuran niñerías y lindezas,
cia (1). En un asunto triste; se guardan de extremar puestos de hinojos ante su dama; aman con cortesía y
el sentimiento hasta lo último: evitan las expresiones discreción; combinan en ingeniosos ramilletes las
melodramáticas. Recordad cómo cuenta Joinville en «palabras pintadas», todas las flores «del lenguaje
seis líneas el fin de un pobre sacerdote enfermo que fresco y primoroso»; saben anotar al paso los senti-
quiso acabar de celebrar la misa, y «oncques puis ne mientos fugitivos, la blanda melancolía, el vago en-
chanta et mourut». Abrid un misterio, el de Teófila, el sueño; son tan elegantes, tan atildados, tan encanta-
• de la reina de Hungría: cuando quieren quemarla con dores como los más deliciosos abates del siglo XVIII:
su hijo, dice dos versos sobre «aquel dulce rocío tan tan propia es de la raza esa ligereza de mano, que al
puro y tan inocente»; nada más. Tomad un fabliau, punto aperece, así bajo las armaduras y entre las ma-
aun dramático: cuando el caballero penitente, que se tanzas de la Edad Media, como entre las reverencias
ha impuesto la tarea de llenar un barril con sus lágri- y los perfumados douillettes de la última corte. La en-
contraréis en su colorido lo mismo que en sus senti-
mientos. No les impresiona la magnificencia de la na-
turaleza; apenas ven más que ios aspectos bonitos;
(1) La 'Fontaine et ses Fables, por H . Taine, pág. 15.
el destino de su vida; y, sobre todo, quiere reirse á
pintan la belleza de una mujer con un solo toque, pu- expensas de los demás. El verso corto de sus fabliaux
ramente agradable, diciendo que «es más preciosa que salta y brinca como chico de escuela en libertad, al
la rosa de Mayo». No sienten esa alteración terrible, través de todas las cosas respetadas ó respetables,
ese arrobamiento, esa postración súbita del corazón mofándose de la Iglesia, de las mujeres, de los gran-
que delatan las poesías vecinas; dicen discretamente des, de los frailes. Bromistas y zumbones, nuestros
«que ella sonreía, lo cual la agraciaba mucho». Cuan- padres no escasean de materia ni de palabra para el
do están en vena descriptiva, añaden «que tenía caso; y tan natural es esto en ellos, que, sin cultura y
aliento dulce y sabroso», y el cuerpo tan blanco «como en medio de las costumbres brutales, afinan tanto en
la nieve en la rama, cuando acaba de caer». No pasan la burla como los ingenios más sutiles. Tocan de sos-
de ahí: la belleza les agrada, pero no los transporta. layo lo ridículo, se burlan con mucha suavidad, y como
Gustan de gratas emociones; no están hechos para las inocentemente; su estilo es tan llano que al pronto en-
emociones violentas. El profundo rejuvenecimiento de gaña, y no se ve malicia en lo que dicen. Se los cree
los seres, el aura tibia de la primavera que renueva y ingenuos; parece que no se curan de tal cosa; sólo una
remueve todas las vidas, no les sugiere más que unos insinuación descúbrela sonrisa imperceptible:se trata,
versitos risueños; notan de paso «que ya acabó el in- por ejemplo, del asno, y le llaman arcipreste por su
vierno, que florece el espino y la rosa»; y después se gravedad y su sotana de fieltro. Al término de la his-
van á sus quehaceres. Ligera y fugaz alegría, como toria os sentís penetrados, sin saber cómo, del fino
la que despierta uno de nuestros paisajes de Abril; el sentimiento de lo cómico.
narrador ha mirado un instante el vapor de los ria- No llaman á las cosas por su nombre, sobre todo en
chuelos que sube en torno de los sauces, el risueño materia de amor; dejan que adivinéis: os juzgan tan
vapor que aprisiona la luz de la mañana, y después vivos y perspicaces como ellos (1). Se ha podido esco-
de canturrear un estribillo, vuelve á su cuento. Quiere ger entre sus producciones, embellecer á veces, de-
divertirse: ese es su fuerte. purar quizá; pero sus primeros rasgos son incompara-
En la vida, como en la literatura, busca el recreo, bles. Cuando el zorro se acerca al cuervo para robarle
no la voluptuosidad ni las emociones. Es vivo, y no el queso, empieza como un santurrón, piadosamente
voluptuoso; goloso, y no glotón. Toma el amor como y con cautela, siguiendo las genealogías; le nombra á
un pasatiempo, no como una embriaguez. Es un fruto «su bondadoso padre, D. Rohart, que cantaba tan
bonito que coge, gusta y deja. Y aun hay que añadir bien»; alaba su voz, que es «tan clara y tan pura». El
que lo mejor del fruto, á sus ojos, es ser un fruto ve- zorro es un Scapin, un artista en invenciones, no un
dado. Piensa en sus adentros que burla á un marido, simple glotón; le gusta la trapacería por sí misma; só
«que engaña á una tirana, y cree ganar perdones con
(1) Parler lui veut d'une besogne
eso (1)». Quiere reirse: es su estado favorito, el fin y
Oü crois que peu conquerrérois
Si la besogne vous nommois.
(1) La Fontaine: Contes, Richard Minutolo.
goza en su superioridad; prolóngala burla. Cuando el arte y la teoría del desarrollo y de la coordinación;
Tibert, el g a t o , se cuelga, por consejo suyo,de la cuerda el don de ser mesurados, claros, entretenidos y atrac-
de la campana, queriendo tocar, explana la ironía, la tivos? Cómo se ordenan las ideas, he ahí lo que hemos
gusta y la saborea: parece impacientarse contra el enseñado á Europa; cuáles son las ideas atractivas,
pobre necio á quien ha cogido en el garlito, le llama he ahí lo que hemos mostrado á Europa; y he ahí lo
orgulloso, se queja de que el otro no le responda, de que nuestros franceses del siglo xi van á enseñar á
que quiera subirse á las nubes é ir en busca de los san- sus sajones, durante quinientos años, á lanzadas, á
tos. Y así es, desde el principio hasta el fin, esa larga palos y á palmetazos.
epopeya: no cesa la burla, ni deja de ser agradable.
El zorro tiene tanto ingenio, que todo se le perdona. La
comezón de reir es la característica nacional, y tan
privativa, que á los extranjeros los desorienta y asom- IV
bra. Ese placer no se parece en nada al gozo físico,
que es despreciable, porque es grosero. El, al contra-
rio, aguza la inteligencia, y permite descubrir muchas
ideas delicadas ó escabrosas; los fabliaux están llenos Fijaos, pues, en ese francés, normando, angevino
de verdades sobre el hombre y más aún sobre la mu- 6 manseño, que con su cota de malla bien cerrada,
jer, sobre las condiciones humildes y más aún sobre con su espada y su lanza, ha ido á Inglaterra en busca
las elevadas; es una manera de filosofar á hurtadillas de fortuna. Haciéndose dueño de la hacienda de algún
y atrevidamente, á despecho de todo convenciona- sajón que perdió la vida, se ha establecido allí con
lismo y contra todo poder. Ese gusto tampoco tiene sus soldados y sus camaradas, dándoles tierras, casas
nada de común con la verdadera sátira, que es repul- y peajes, á cargo de combatir bajo él y por él, como
siva, porque es cruel; al contrario, provoca el buen hombres de armas, maríscales y abanderados: es una
humor; se ve pronto que el bromista no es malo, que liga en previsión del peligro. En efecto; están en país
no quiere herir; si pica, es como una abeja sin vene- enemigo y conquistado, y necesitan sostenerse. Cada
no; un minuto después no piensa en tal cosa; en caso cual se ha construido un lugar de refugio, un castillo
preciso, se tomará á sí propio por objeto de burla; todo ó fortaleza (1) bien parapetada, de sólidas piedras,
lo que desea es alimentar en sí mismo y en nosotros con ventanas angostas, con almenas, guarnecida de
una ebullición de ideas agradables. ¿No veis aquí y de soldados y provista de troneras. Después han ido á Sa-
antemano la cifra y compendio de toda la literatura lisbury hasta sesenta mil, todos poseedores de tierras,
francesa; la impotencia de la alta poesía, la perfec- con los recursos suficientes para tener un caballo ó
ción súbita y durable de la prosa, la excelencia de to- una armadura completa; allí, poniendo su mano en la
dos los géneros que tocan á la conversación y á la elo-
cuencia; el reinado y la tiranía del gusto y el método; (1) A la muerte del rey Esteban había mil ciento quince
castillos.
goza en su superioridad; prolóngala burla. Cuando el arte y la teoría del desarrollo y de la coordinación;
Tibert, el gato, se cuelga, por consejo suyo,de la cuerda el don de ser mesurados, claros, entretenidos y atrac-
de la campana, queriendo tocar, explana la ironía, la tivos? Cómo se ordenan las ideas, he ahí lo que hemos
gusta y la saborea: parece impacientarse contra el enseñado á Europa; cuáles son las ideas atractivas,
pobre necio á quien ha cogido en el garlito, le llama he ahí lo que hemos mostrado á Europa; y he ahí lo
orgulloso, se queja de que el otro no le responda, de que nuestros franceses del siglo xi van á enseñar á
que quiera subirse á las nubes é ir en busca de los san- sus sajones, durante quinientos años, á lanzadas, á
tos. Y así es, desde el principio hasta el fin, esa larga palos y á palmetazos.
epopeya: no cesa la burla, ni deja de ser agradable.
El zorro tiene tanto ingenio, que todo se le perdona. La
comezón de reir es la característica nacional, y tan
privativa, que á los extranjeros los desorienta y asom- IV
bra. Ese placer no se parece en nada al gozo físico,
que es despreciable, porque es grosero. El, al contra-
rio, aguza la inteligencia, y permite descubrir muchas
ideas delicadas ó escabrosas; los fabliaux están llenos Fijaos, pues, en ese francés, normando, angevino
de verdades sobre el hombre y más aún sobre la mu- 6 manseño, que con su cota de malla bien cerrada,
jer, sobre las condiciones humildes y más aún sobre con su espada y su lanza, ha ido á Inglaterra en busca
las elevadas; es una manera de filosofar á hurtadillas de fortuna. Haciéndose dueño de la hacienda de algún
y atrevidamente, á despecho de todo convenciona- sajón que perdió la vida, se ha establecido allí con
lismo y contra todo poder. Ese gusto tampoco tiene sus soldados y sus camaradas, dándoles tierras, casas
nada de común con la verdadera sátira, que es repul- y peajes, á cargo de combatir bajo él y por él, como
siva, porque es cruel; al contrario, provoca el buen hombres de armas, maríscales y abanderados: es una
humor; se ve pronto que el bromista no es malo, que liga en previsión del peligro. En efecto; están en país
no quiere herir; si pica, es como una abeja sin vene- enemigo y conquistado, y necesitan sostenerse. Cada
no; un minuto después no piensa en tal cosa; en caso cual se ha construido un lugar de refugio, un castillo
preciso, se tomará á sí propio por objeto de burla; todo ó fortaleza (1) bien parapetada, de sólidas piedras,
lo que desea es alimentar en sí mismo y en nosotros con ventanas angostas, con almenas, guarnecida de
una ebullición de ideas agradables. ¿No veis aquí y de soldados y provista de troneras. Después han ido á Sa-
antemano la cifra y compendio de toda la literatura lisbury hasta sesenta mil, todos poseedores de tierras,
francesa; la impotencia de la alta poesía, la perfec- con los recursos suficientes para tener un caballo ó
ción súbita y durable de la prosa, la excelencia de to- una armadura completa; allí, poniendo su mano en la
dos los géneros que tocan á la conversación y á la elo-
(1) A la muerte del rey Esteban había mil ciento quince
cuencia; el reinado y la tiranía del gusto y el método; castillos.
de Guillermo, le han prometido fidelidad y ayuda, y mitido. Derramaban la sangre arbitrariamente, qui-
el edicto del r e y declara «que todos deben hallarse taban el pan de la boca á los desgraciados, y se apo-
unidos y conjurados como hermanos de armas» para deraban de todo el dinero, de los bienes, de la tie-
prestarse defensa y auxilio. Son una colonia armada rra (1).» Por ejemplo : « todos los habitantes del país
y acampada permanentemente, como los espartanos bajo se cuidaban mucho de aparecer humildes delante
entre los ilotas, y hacen leyes en consonancia. Cuando de Ivés Taillebois, y de no dirigirle la palabra más
en un cantón aparece muerto un francés, los habitan- que hincando en tierra una rodilla ; pero, aunque se
tes tienen que entregar al matador ó pagar cuarenta apresurasen á tributarle todos los honores posibles y
y siete marcos de multa; si el muerto es inglés, á los á pagarle con usura todo lo que le debían en censos y
del lugar corresponde probarlo mediante el juramento servicios, los v e j a b a , los atormentaba, los torturaba,
de cuatro parientes próximos del muerto. Que se guar- los aprisionaba, lanzaba sus perros en persecución
den mucho de matar un ciervo, un jabalí ó una corza: del ganado... desjarretaba y deslomaba á las bestias
por un delito de caza perderán los ojos. D e todos sus de carga... y mandaba asaltar á sus servidores en los
bienes no han conservado nada sino «á título de li- caminos á palos y á cuchilladas.» No era de esos infe-
mosna», ó á condición de tributo, ó bajo juramento de lices (2) de quienes podían ni querían tomar los nor-
homenaje. Tal sajón libre y propietario ha venido á mandos ninguna idea ni costumbre ; los menosprecia-
ser «siervo de la gleba en su propia heredad (1)». Tal ban como «bestias y estúpidos.» Eran entre ellos,
sajona noble y rica siente pesar sobre sus hombros la como los españoles del siglo x v i entre sus súbditos de
mano de un criado normando que se ha hecho por la América, superiores por la fuerza, superiores por la
fuerza su marido ó su amante. Hay sajones de dos cultura, más instruidos en las letras, más expertos en
sueldos, de un sueldo, según lo que rentan á su amo; las artes de lujo. Conservaron su lengua y sus costum-
se venden, se alquilan, se explotan en aparcería, como bres. Toda la Inglaterra aparente — la corte del r e y ,
un buey ó un asno. Un abad normando manda des- los castillos de los nobles, los palacios de los obispos,
enterrar á sus predecesores sajones y arrojar sus des- las casas de los r i c o s — f u é francesa, y los pueblos es-
pojos fuera de las puertas. Otro tiene hombres de ar- candinavos, cuyos poemas se hacían cantar los reyes
mas que á mandobles hacen entrar en razón álos mon- sajones sesenta años antes, creyeron que la nación ha-
jes recalcitrantes. Figuraos, si podéis, el orgullo de bía olvidado su lengua, y la trataron en sus leyes como
esos nuevos señores, orgullo de vencedores, orgullo si no fuese y a su hermana.
de extranjeros, orgullo de amos, alimentado por los
hábitos de la acción violenta y por el salvajismo, la
(1) Guillermo de Malmesbury. Ag. Thierry ix, 20, 122-203.
ignorancia y la furia de la vida feudal. «Todo lo que
(2) «Desde el año 652 (dice Warton) los anglosajones envia-
querían (dicen las antiguas crónicas) se lo creían per- ban comúnmente sus hijos á educarse en los monasterios de
Francia; y no sólo la lengua, sino hasta los modales franceses,
se consideraban como un mérito y como signo de una buena
(1) A . Thierry: Histoire de la Conquête de VAngleterre, n. educación.
Ahora, pues, se inaugura al otro lado de la Mancha encontraréis más que versos latinos ó franceses, prosa
una literatura francesa (1), y los conquistadores hacen francesa ó latina. ¿Qué es del inglés? Oscurecido, des-
esfuerzos porque sea m u y francesa, pura de toda mez- deñado, no se o y e y a más que en boca de los degra-
c l a sajona. Ponen tanto empeño, que los nobles de dados francTclins, de los outlaws del bosque, de los
Enrique I I mandan sus hijos á Francia para preser- porqueros, de los campesinos, de la clase baja. No se
varlos contra los barbarismos. Durante doscientos escribe y a ó poco menos; insensiblemente vemos alte-
años, dice Hygden (2), «los niños de escuela, contra el rarse y extinguirse el idioma antiguo en la crónica
uso y costumbre de toda nación, tuvieron que renun- sajona; esa crónica se detiene un siglo después de la
ciar á su lengua propia, tuvieron que traducir en fran- conquista (1). Los que disfrutan de bastante holgura
cés sus lecciones latinas y hacer en francés sus ejer- y seguridad para leer ó escribir son franceses; para
cicios» . Los estatutos de las universidades obligaban á ellos se inventa y se compone; la literatura se amolda
los estudiantes á no conversar más que en francés ó siempre al gusto de los que pueden saborearla y pa-
en latín. «Los hijos de los nobles aprendían á hablar garla. Aun los ingleses (2) se esfuerzan por escribir
francés desde que los mecían en la cuna ; y los luga- en francés; por ejemplo: Roberto Greathead ó Grosse-
reños se afanaban en aprender á hablar francés teste, en su poema alegórico sobre el Cristo; Pedro
para darse aire de doctores.» Con m a y o r razón es Langtoft, en su crónica de Inglaterra y en su Vida de
francesa la poesía. El normando ha llevado consigo su Tomás BecJcet; Hue de Rotheland, en su poema de
ministril; hay un juglar, Taillefer, que canta la can- Ipomedon; Rogerio Hoveden, y otros muchos. Varios
ción de Roldán en la batalla de Hastings; h a y una ju- escriben la primera mitad del verso en inglés, y la se-
glaresa, Adelina, que recibe una tierra en el reparto gunda en francés: extraña muestra del ascendiente
siguiente á la conquista. El normando que se burla que los modela y oprime. Todavía en el siglo x v (3),
de los reyes sajones, que desentierra los santos sajones varios de esos infelices se dedican á tal faena: el fran-
y los arroja fuera de las puertas de la iglesia, no gus- cés es la lengua de la corte; de esa lengua ha venido
ta más que de ideas y de versos franceses. En versos todo poesía, toda elegancia; el que no tiene habilidad
franceses le redacta Roberto W a c e la historia legen- para manejarla es un zafio. A ella se aferran como
daria de esa Inglaterra que acaba de conquistar y la nuestros eruditos de antaño á los versos latinos; los
historia positiva de esa Normandia donde aún sienta
sus plantas. Entrad en una de esas abadías adonde
la abadía de Glastonbury, en 1247: Liber de excidio Trojae,
van á cantar los ministriles, « donde los clérigos, des- gesta Ricardi regis, gesta Alexandri Magni, etc. En la abadía
pués de comer y de cenar, leen los poemas, las cróni- de Peterborough: Amys et Amelion, sir Tristam, Guy de Bour-
gogne. gesta Otuclis, les prophéties de Merlin, le Charlemagne
cas de los reinos, las maravillas del mundo» (3), y no
de Turpin, la destruction de Troie, etc. V . Warton, ibidem.
(1) En 1154.
(1) Warton, i, p. 5, Ed. Prlce, 1840. (2) Warton 1.1, 76, 78.
(2) Trevisa's translation of Hygden's Polychronicon. (3) En 1400. Warton, t. n i , 248. Gower muere en 1408; sus
(3) Estatutos de fundación de New-College en Oxford. En baladas francesas pertenecen á fines del siglo xiv.
unos se afrancesan, como los otros se latinizaban, á
viva fuerza y con cierta especie de temor, conven- "bles, quien los nombra es el pueblo, el sajón: esos
cidos de que no son más que aprendices y provincia- nombres vivos están demasiado arraigados en su ex-
nos. Uno de sus mejores poetas, Grower, al final de sus periencia para que los deseche, y así, toda la sustan-
obras en francés, se disculpa humildemente por no te- cia de la lengua procede de él. He ahí, pues, al nor-
ner «la facundia del francés.—Perdonadme (dice), soy mando hablando y entendiendo inglés, lentamente y
inglés». á la fuerza: un inglés deformado, afrancesado, pero
un idioma, al fin, de cepa y savia inglesa. Le ha cos-
Después de todo, sin embargo, ni la raza, ni la len-
tado tiempo, doscientos años: bajo Enrique i n acaba
gua han perecido. El normando tiene que aprender el
de formarse el nuevo idioma, á la vez que la nueva
inglés para comunicarse con sus terratenientes; su
constitución, y del mismo modo, por alianza y mez-
mujer, la sajona, le habla inglés, é inglés oyen sus
cla. El estado llano toma asiento en el Parlamento
hijos en los labios de su nodriza: fuerte es el contagio,
con los nobles, al par que las palabras sajonas toman
puesto que se ve en la precisión de enviarlos á Fran-
puesto en la lengua juntamente con las palabras fran-
cia para librarlos de la jerga que amenaza invadirlos-
cesas.
en sus dominios. De generación en generación, el con-
tagio se propaga: se respira en el aire, en las cace-
rías con la gente del monte, en los campos con lo&
colonos, en las embarcaciones con los marineros;
porque claro es que esa gente tosca, sumida del todo y
en la vida corporal, no va á aprender una lengua ex-
traña, sino que, al revés, por el simple peso de su
torpeza, impone su idioma, al menos en lo tocante á Así se forma el inglés moderno, por transacción y
las palabras vivas. Nada se opone á que los términos por necesidad de entenderse. Pero ya se adivina que
eruditos, la lengua del derecho, las expresiones abs- aquellos nobles, á pesar de hablar el naciente len-
tractas y filosóficas, todas las voces, en fin, del domi- guaje, han conservado su alma llena de las ideas y
nio de la reflexión y de la cultura, sean francesas, -aficiones francesas; Francia sigue siendo la patria de
como así sucede: esa clase de ideas y esa clase de len- su espíritu, y la literatura que empieza no es más que
gua están por encima de la gran masa, que, no pu- una traducción. Traductores, copistas, imitadores; no
diendo tocarlas, no puede alterarlas; todo eso consti- kay otra cosa. Inglaterra constituye como una lejana
tuye francés, francés colonial sin duda, estropeado, provincia que es, con respecto á Francia, lo que eran
mascullado, pronunciado con una contorsión de gaz- los Estados Unidos, treinta años ha, con respecto á
nate «á la moda, no de París, sino de Stratford-at- Europa: exporta lanas é importa ideas. Abrid los Via-
Bow»; pero, así y todo, es francés. A la inversa, por iesdesir John Mandeville (1), el más antiguo pro-
lo que atañe á los actos usuales y á los objetos sensi-
(1) Kscribe hacia 1356, y muere hacia 1372.
unos se afrancesan, como los otros se latinizaban, 4
viva fuerza y con cierta especie de temor, conven- "bles, quien los nombra es el pueblo, el sajón: esos
cidos de que no son más que aprendices y provincia- nombres vivos están demasiado arraigados en su ex-
nos. Uno de sus mejores poetas, Grower, al final de sus periencia para que los deseche, y así, toda la sustan-
obras en francés, se disculpa humildemente por no te- cia de la lengua procede de él. He ahí, pues, al nor-
ner «la facundia del francés.—Perdonadme (dice), soy mando hablando y entendiendo inglés, lentamente y
inglés». á la fuerza: un inglés deformado, afrancesado, pero
un idioma, al fin, de cepa y savia inglesa. Le ha cos-
Después de todo, sin embargo, ni la raza, ni la len-
tado tiempo, doscientos años: bajo Enrique i n acaba
gua han perecido. El normando tiene que aprender el
de formarse el nuevo idioma, á la vez que la nueva
inglés para comunicarse con sus terratenientes; su
constitución, y del mismo modo, por alianza y mez-
mujer, la sajona, le habla inglés, é inglés oyen sus-
cla. El estado llano toma asiento en el Parlamento
hijos en los labios de su nodriza: fuerte es el contagio,
con los nobles, al par que las palabras sajonas toman
puesto que se ve en la precisión de enviarlos á Fran-
puesto en la lengua juntamente con las palabras fran-
cia para librarlos de la jerga que amenaza invadirlos
cesas.
en sus dominios. De generación en generación, el con-
tagio se propaga: se respira en el aire, en las cace-
rías con la gente del monte, en los campos con los
colonos, en las embarcaciones con los marineros;
porque claro es que esa gente tosca, sumida del todo y
en la vida corporal, no va á aprender una lengua ex-
traña, sino que, al revés, por el simple peso de su
torpeza, impone su idioma, al menos en lo tocante á Así se forma el inglés moderno, por transacción y
las palabras vivas. Nada se opone á que los términos por necesidad de entenderse. Pero ya se adivina que
eruditos, la lengua del derecho, las expresiones abs- aquellos nobles, á pesar de hablar el naciente len-
tractas y filosóficas, todas las voces, en fin, del domi- guaje, han conservado su alma llena de las ideas y
nio de la reflexión y de la cultura, sean francesas, -aficiones francesas; Francia sigue siendo la patria de
como así sucede: esa clase de ideas y esa clase de len- su espíritu, y la literatura que empieza no es más que
gua están por encima de la gran masa, que, no pu- una traducción. Traductores, copistas, imitadores; no
diendo tocarlas, no puede alterarlas; todo eso consti- kay otra cosa. Inglaterra constituye como una lejana
tuye francés, francés colonial sin duda, estropeado, provincia que es, con respecto á Francia, lo que eran
mascullado, pronunciado con una contorsión de gaz- los Estados Unidos, treinta años ha, con respecto á
nate «á la moda, no de París, sino de Stratford-at- Europa: exporta lanas é importa ideas. Abrid los Via-
Bow»; pero, así y todo, es francés. A la inversa, por iesdesir John Mandeville (1), el más antiguo pro-
lo que atañe á los actos usuales y á los objetos sensi-
(1) Kscribe hacia 1356, y muere hacia 1372.
cuatro veces seguidas sobre la misma idea para me-
sista, el Villehardouin del país; su libro no es más que
terla en un cerebro inglés; la expresión se ha alar-
l a traducción de una traducción: «Sabréis, dice, que
gado; se ha hecho más pesada, y se ha estropeado de
yo he pasado este libro del latín al francés, y le he
camino. Como toda copia, la nueva literatura es m u y
vuelto á pasar del francés al inglés, para que puedan
mediana, y reproduce la vecina con méritos menores,
entenderlo todos los hombres de mi nación (1).» Es-
y mayores defectos.
cribe ante todo en latín, que es la lengua de los doc-
tos; después en francés, que es la lengua de la alta Veamos, pues, lo que nuestro barón normando v a á
sociedad; por fin, cambia de dictamen, reflexionando hacer que le traduzcan. Ante todo, las crónicas (1)
que los barones, sus compatriotas, en fuerza de ha- de Godofredo Gaimar y de Roberto W a c e , que son l a
bérselas con jayanes sajones, han dejado de usar su historia fabulosa de Inglaterra, continuada hasta el
habla normanda, y que el resto de la nación no la ha día: vulgar rapsodia rimada, traducida en inglés por
sabido nunca; entonces transcribe su manuscrito en otra rapsodia no menos vulgar. El primer inglés que
inglés, y por remate, se cuida de esclarecerle, com- hace el ensayo es un sacerdote de Erneley, L a y a -
prendiendo que habla á inteligencias menos despier- mon (2), enredado todavía en el idioma añejo, que tan
tas. «Aconteció una vez, dice en francés (2), que Ma- pronto acierta como no acierta á rimar; hombre com-
homa iba á una capilla donde moraba un santo ermi- pletamente bárbaro é infantil, incapaz de exponer un
taño. Entró en la capilla donde había una puerta pe- pensamiento enlazado y que balbucea frases cortas,
queña y baja, y era muy pequeña la capilla, y luego atropelladas ó incompletas, á la manera de los anti-
la puerta se v o l v i ó tan grande que parecía como si guos sajones; después de él, un monje, Roberto de
fuese la puerta de un palacio.» Se detiene, medita; Gloucester (3), y un canónigo, Roberto de Brunne (4),
quiere explicarse mejor para los lectores de ultra- los dos tan insípidos y tan claros como sus modelos
Mancha, y dice en inglés: « Y cuando entró Mahoma franceses (5); en esto se han afrancesado y han adqui-
en la capilla, que era pequeña y baja, y no tenía más rido las cualidades distintivas de la raza, es decir, el
que una puerta pequeña y baja, entonces la entrada hábito y el don de contar con soltura, de ver los obje-
empezó á hacerse tan grande, tan ancha y tan alta
que parecía como si hubiese sido la entrada de un íl) Sabido es que la fuente en que bebió Wace para escribir
gran monasterio ó la puerta de un palacio.» Veis que su Historia de Inglaterra, es la compilación latina de Godo-
amplifica, y se cree en el caso de machacar tres ó fredo de Monmouth.
(2) Extract from the account of the Proceedings at Arthur's
Coronation, given by Layamon.
(3) Después de 1297.
(1) F,1 orden de las lenguas varía según los manuscritos. Es
(4) Terminado hacia 1339. Su traducción del Manual de los
muy probable que Mandeville escribiese desde el principio en
pecados, de Guillermo de Waddington, es de 1303.
francés, y aun quizá que n o escribiese más que en francés. Se-
(5) Aldis-Wright, en su edición de Roberto de Gloucester,
gún el parecer de Nicholson y otros varios, el inglés y el latín,
estima que la crónica atribuida á este monje es de dos ó varios
n o serían mas que traducciones hechas por mano distinta.
autores sobre los cuales n o se sabe nada.
(2) Texto francés, impreso en 1487. Bibl. imperial.
tos conmovedores sin profunda emoción, de escribir y se le parece delata su origen por su palabrería y su
poesía prosaica, de discurrir y explanar, de creer que lisura.
frases terminadas en sonidos semejantes son verdade- Le delata también por otros caracteres más agrada-
ros versos. Los buenos de nuestros versificadores in- bles. Hay alguna vez excursiones más ó menos felices
gleses de ultra-Mancha, como sus preceptores de Mor- al dominio del ingenio, v . g r . , una balada con juegos
mandía y de la Isla de F r a n c i a , guarnecen de rimas de vocablos contra Ricardo, rey de los romanos, pren-
disertaciones é historias que llaman poemas. Con dido en la batalla de Lewes. Entonces no falta la gra-
efecto; en el continente, toda la enciclopedia de las cia, ni tampoco la dulzura. Nadie ha hablado tan
escuelas desciende así á la calle á la sazón, y Juan de pronto y tan bien á las damas como los franceses del
Meung, en su poema de la Rosa, es el más enojoso de continente, y , al establecerse en Inglaterra, no han
los doctores. Aquí, de igual suerte, Roberto de Brunne olvidado del todo ese talento. Se v e al punto en su
traduce en versos el Manual de los pecados, de Gui- manera de celebrar á la «Madona»; nada más distinto
llermo de Waddington; Adam D a v y (1) versifica his- del sentimiento sajón, completamente bíblico, que la
torias sacadas de la Escritura; Hampole (2) compone adoración caballeresca de la Dama soberana, de la
el Aguijón de la conciencia. Sólo los títulos hacen bos- santa y encantadora Virgen, que fué el verdadero
tezar; ¡qué será el texto! «Nosotros hemos sido creados Dios de la Edad Media. Respira esa adoración este
para obedecer la voluntad de Dios, y para cumplir himno (1).
sus santos mandamientos. Porque de todas sus obras, «Bendita seas, Señora, llena de delicias celestes,
grandes ó pequeñas, el hombre es la criatura princi- suave flor del paraíso, madre de dulzura. Bendita
pal. Todo lo que hizo lo hizo para el h o m b r e , como seas, Señora, tan radiante y tan bella; en ti se cifra
vais á ver en seguida (3).» Es un poema, aunque no toda mi esperanza, día y noche...» No hay más que
lo habríais adivinado; llamadle sermón: es su verda- un paso, un paso bien pequeño y bien fácil de dar,
dero nombre. Así continúa, prolongándose respeta- entre ese tierno culto de la Virgen y los sentimientos
blemente, límpido y vacío. L a literatura que le rodea de las cortes de amor; los rimadores ingleses le dan; y
cuando quieren alabar á las damas terrestres, toman,
aquí como antes, nuestras ideas y aun las formas de
nuestros versos. Uno compara su dama á toda clase
(1) Hacia 1312.
(2) Hacia 1349. de piedras preciosas y de flores. Otros cantan verda-
(3) Mankynde mad ys to do Goddas wille, deras canciones amorosas, á veces sensuales: «Entre
Und alle hys byddyngus to fulfille.
Marzo y Abril (2), cuando las ramas empiezan á b r o -
mm For of al hys manking more and les,
Man most principal creature es.
Al that he made, f o r man hit was done (1) Tiempo de Enrique III. Reliquiae antiquae. Edición de
As ye schal here after sone. Th. Wright y Halliwell.
Hasta el siglo xvi la ortografía varfa según los autores y (2) Hacia 1278. (Ritsen's Essay on national Song. Ritson's
| l | # -i editores. anñent Songs.J
¡ i l i
I I » ;
i i iite -
tar, y los pajarillos sienten deseo de entonar sus can- suministrar materia para cuentos alegres y picantes.
ciones, me entrego á las ilusiones de mi amor hacia el Se trata de la vida que se lleva en la Abadía de Pipi-
más gracioso de los seres. Ella puede depararme de- ripao. «Todos los muros son de pasteles de carne, de
licias; yo me sujeto á su albedrío. ¡Venturosa suerte pescados, de ricas viandas, las más gustosas que pue-
la mía! Creo que es un don del cielo. Mi amor se ha de comer el hombre; las tejas son tortas de flor de ha-
apartado de todas las mujeres para posarse en Alison.» rina; las almenas son sustanciosos pudings. Por alegre
y risueño que sea el paraíso, más hermoso país es Pi-
«Con tu amor, dice otro, dulce adorada, harías mi
piripao.» Hasta aquí el triunfo del estómago y de la pi-
felicidad; un dulce beso de tu boca serla mi curación.»
tanza. Añadid que al lado hay un convento de «mon-
¿No se ve aquí la viva y ardiente imaginación del Me-
jas jóvenes», que en los días calurosos de verano
diodía? Hablan de la primavera y del amor, «del
toman una barca y bajan el río «para aprender una
tiempo hermoso y despejado», como troveros, y aun
oración» que se podía puntualizar en la Edad Media,
como trovadores. La sucia cabafia ahumada; el som-
pero por la cual hay que pasar hoy como sobre ascuas.
brío castillo feudal, donde, excepto el señor, todos
duermen revueltos sobre paja en la gran sala de pie- Sin embargo, lo que prefiere el barón que le traduz-
dra; la lluvia fría, la tierra enlodada, todo contribuye can son los poemas caballerescos, porque le pintan
á hacer deliciosa la vuelta del sol y del aire tibio. «Ha hermoseada su propia vida. Como despliega magnifi-
venido el verano. ¡Canta, cuclillo! Crece la hierba, la cencia y ha importado el lujo y los goces de Francia,
pradera florece, y el bosque se cubre. Canta, cuclillo. quiere que su cantor se los ponga delante de los ojos.
La oveja bala por el cordero; la vaca muge por el be- La vida entonces, fuera de la guerra y aun durante la
cerro. El toro se estremece; el corzo va á cobijarse guerra, es una gran parada, una especie de fiesta
(en los helechos). Canta alegremente: ¡cucú, cucú, brillante y tumultuosa. Cuando viaja Enrique II (1),
cucú! Bien cantas, cuclillo. No dejes ahora de cantar.» lleva consigo multitud de caballeros y de infantes, ca-
He ahí pinturas, como las hace en ese momento Gui- rros de bagajes, tiendas, cómicos,cortesanos,prebostes
llermo de Lorris, y aun más ricas y vivas, quizá por- de cortesanas, cocineros, confiteros, bufones, bailari-
que el poeta ha encontrado aquí por apoyo el amor al nes, barberos, rufianes, parásitos; por la mañana, al
campo, que en este país es profundo y nacional. Otros, ponerse en movimiento, toda esa muchedumbre grita,
más imitadores, intentan chistes como los de Rutebeuf canta, se atropella y arma una gresca y una zambra,
y los fábliaux, malicias Cándidas (1), y hasta picardías «como si se hubiese desencadenado el infierno». Gui-
satíricas. No hay que decir que se trata de empren- llermo Longchamps, aun en tiempos de paz, no via-
derla con los frailes. En todo país francés ó que imita jaba más que con una escolta de mil caballos. Cuando
á Francia, el destino más visible de los conventos es el Arzobispo Becket vino á Francia, hizo su entrada
en la ciudad con doscientos caballeros, una porción de

(1) Poema sobre el Buho y el Rniseflor, que disputan sobre


(1) Carta de Pedro de Blois.
quién tiene una voz más bonita.
barones y de nobles, y un ejército de servidores, todos el rey de Francia, llevó consigo treinta halconeros é
ricamente armados y equipados; él se había provisto hizo la campaña, cazando y peleando alternativa-
de veinticuatro trajes. Iban en primer término dos- mente (1). Otra vez, dice Froissart, los caballeros que
cientos cincuenta niños entonando canciones naciona- se unieron al ejército llevaban un parche en uno de los
les; seguían los perros, los carros y doce caballos de ojos, habiendo hecho voto de no quitársele hasta no con-
c a r g a , montado cada uno por un mono y un hombre; sumar proezas dignas de su dama. Por desenfreno de
luego venían los escuderos con los escudos y los caba- espíritu practican la poesía; por ligereza de imagina-
llos de guerra; después otros escuderos, los halcone- ción juegan con la vida: Eduardo III mandó construir
ros, los empleados de la casa, los caballeros, los sacer- en Windsor una sala y una mesa redonda, y en uno
dotes, y , por fin, el arzobispo con sus amigos par- de sus torneos de Londres sesenta damas, sentadas en
ticulares. Figuraos aquellas procesiones y también palafrenes, conducen otros tantos caballeros con una
aquellas comilonas, porque, desde la conquista (1), los cadena de oro, como en los cuentos de hadas. ¿No es
normandos «han tomado de los sajones la costumbre ese el triunfo de las galantes y frivolas costumbres
de beber y comer con exceso»; en las bodas de Ricar- francesas? Su mujer, Felipa, servía de modelo á los
do de Cornualies se sirvieron treinta mil platos. Podéis artistas para sus Vírgenes; se presentaba en los c a m -
añadir que conservan su galantería, y practican pos de batalla; escachaba á Froissart que la proveía
punto por punto el gran precepto de las cortes amoro- de sentencias y agudezas; diosa, heroína y letrada á
sas: sabed bien que en la Edad Media el sexto sentido un tiempo junto, y todo ello graciosamente, ¿no es la
no andaba mas ocioso que los otros. Notad, en fin, que verdadera soberana de la caballería cortés? En aquel
menudean los torneos: es una especie de ópera puesta momento, como también en Francia bajo Luis de Or-
en escena por ellos mismos. De esa suerte marcha su leans y los duques de Borgoña, desplegóse la más ele-
vida aventurera y decorativa, paseada al aire libre y gante flor de esa civilización novelesca, desprovista
al sol, entre las cabalgatas y las armas: representan de juicio, entregada al placer, inmoral y brillante
y gozan en representar. Por ejemplo: habiendo ido á y que, como sus vecinas de Italia y de Provenza, no
Londres con cien caballeros el r e y d e Escocia (2), to- podía subsistir por falta de seriedad.
dos, echando pie á tierra, dieron al pueblo sus caballos
De todas esas maravillas hacen ostentación los n a -
con los soberbios caparazones, é inmediatamente cinco
rradores en sus relatos. Ved esta pintura de la n a v e
señores ingleses que allí había, siguieron su ejemplo
que lleva á Inglaterra á la madre de Ricardo: «El
por emulación. En medio de la guerra se divertían:
timonera de oro puro; el mástil era de marfil; las
Eduardo III (8), en una de sus expediciones contra-
(1) En las fiestas de la toma de posesión de Jorge Nevill
hermano de Warwick, Arzobispo de York, se consumieron^ 04
(1) Guillermo de Malmesbury.
(2) Coronación de Eduardo I . i m 6 w r 1 °i ca - 1ieros 304 terner°9' °tr°s ™
(3) Las prodigalidades y los refinamientos crecen hasta el e x - Tm T ^ -, C i e " ° 8 ' C ° rZOS y gamos > 204 fritos,
c e s o bajo su nieto Ricardo II. de v no n L 36 , 8 ° , d o m e ! t i c a s ' f r i c a s de cerveza, 10¿
6 Y i n o ' u n a P J P a de hipocrás y 12 marsoplas ó focas.
jarcias de verdadera seda, tan blancas como la leebe; ella toda la noche los ministriles.» He saltado varias
la vela era de terciopelo. Ese noble barco iba colgado cosas, porque hay una profusión excesiva; la idea
por fuera de paños de oro... Había en ese navio caba- desaparece como una página de misal entre las ilumi-
lleros y damas de gran poder; y dentro iba una dama naciones. En esas fantasmagorías y esplendores se
brillante como el sol al través del cristal.» En tocando complacen y extravían los poetas ; y el tejido, como
á esta materia, no acaban nunca. Cuando el rey de los bordados de su tela, lleva la marca de esa afición
Hungría quiere consolar á su afligida hija, la propone á lo decorativo : se compone de aventuras, es decir,
llevarla de caza en un carro cubierto de terciopelo de acontecimientos extraordinarios y sorprendentes'
rojo, «con paños de oro fino por encima de su cabeza, Ya es la vida del príncipe Horn que, arrojado muy
con telas de damasco blanco y azul, matizadas de joven en un navio, va á parar á la costa de Inglate-
lirios. Los pomos serán de oro, las cadenas de esmal- rra, y, hecho caballero, marcha á reconquistar el
te. Tendrá ágiles caballos de España cubiertos hasta reino de su padre. Ya es la historia de sir Guy que li-
el suelo de terciopelo brillante. Habrá hipocrás, mos- berta á los caballeros encantados, parte al gigante
to, vinos de Grecia, vino moscatel, clarete, empana- Colbrand y desafía y mata al sultán en su tienda No
das de venado y las aves mejores que pueden cazarse». he de contar esos poemas: no son ingleses; no son
Cuando haya cazado con el lebrel y el halcón, y esté más que traducciones. Pero aquí, como en Francia
de vuelta en la casa, encontrará «fiestas, bailes, cán- pululan; llenan la imaginación de esa sociedad joven
ticos, niños, crecidos y pequeños, que cantarán como éirán exagerándose hasta que, descendiendo al últi-
ruiseñores; en su concierto nocturno habrá voces gra- mo extremo de la insulsez y de la inverosimilitud
ves y voces de falsete, sesenta casullas de brillante sean encerrados para siempre por Cervantes. ¿Qué
damasco, llenas de perlas, con los correspondientes diríais de una sociedad que por toda literatura tuviese
coros y el sonido de los órganos. Luego se sentará á ta ópera con sus fantasmagorías? Pues una literatura
cenar en un verde bosquecillo, bajo tapices bordados de ese lmaje es la que alimentó los espíritus en la
de zafiros. Para distraerla, cien caballeros bien con- Edad Media. Lo que piden no es la verdad, sino el so-
tados jugarán á las bochas en las frescas calles de ár- laz, el solaz violento y vano, con deslumbramientos
boles. Luego vendrá una barca, llena de trompetas y y sacudidas. Lo que quieren ver á poco son viajes im-
clarines, con veinticuatro remos, para pasearla por postes y desafíos extravagantes, una baraúnda de
el río. Después pedirá el vino aromatizado de la no- combates, un cúmulo de magnificencias, un laberinto
che, con dátiles y golosinas. Cuarenta antorchas la de aventuras; de la historia interior no se curan • no
acompañarán á su aposento; sus sábanas serán de se interesan por los fenómenos del corazón, lo'que
tela de Rennes; su almohada estará bordada de ru- cautiva su ánimo es lo externo: permanecen como ni-
bíes. Cuando se halle acostada en su blando lecho, se sos, con la mirada fija en un desfile de imágenes colo-
colgará en su cuarto una jaula de oro donde se que- readas y amplificadas, sin ver, por falta de pensa-
marán aromas, y, si no puede dormir, velarán por miento, que nada han aprendido.
senta mü prisioneros. «Allí oyeron á los ángeles del
cielo que decían: «Señores, matad, matad. No perdo-
néis; cortadles la cabeza.» El rey oyó la voz de los
ángeles, y dió gracias á Dios y á su santa cruz. Tras
VI
esto los decapitan á todos; y siempre que el rey toma
una ciudad, manda que degüellen á todo el mundo,
niños y mujeres. Tal era la devoción de la Edad Me-
¿Qué hay por debajo de ese sueño quimérico? Las dia, no sólo en las ficciones, como aquí, sino en la his-
brutales y perversas pasiones humanas, desencadena- toria: en la toma de Jerusalén se mató á toda la po-
das primero por el furor religioso, y entregadas des- blación—setenta mil personas.
pués á si mismas bajo una capa de cortesía externa, Así se traslucen, hasta en las narraciones caballe-
pero tan perversas como antes. Ved el rey popular, rescas, los instintos feroces y desenfrenados de la
Ricardo Corazón de León, y contad sus carnicerías y bestia sanguinaria. Los relatos auténticos nos la pre-
asesinatos: «El rey Ricardo, dice el poema, es el me, sentan en acción. Vemos á Enrique II que, irritado
jor que se encuentra en ningún canto de gesta.» Pero contra un paje, salta sobre él para sacarle los ojos.
si su corazón es de león, su estómago también. Un día, Vemos á Juan sin Tierra que deja morir de hambre
hallándose bajo las murallas de San Juan de Acre, y en una prisión á veintitrés rehenes. Vemos á Eduar-
acabado de salir de una enfermedad, quiere comer do II que manda ahorcar y despanzurrar de una vez
tocino á toda costa. No habiendo tocino, matan un jo- á veintiocho nobles, y á quien matan metiéndole en
ven y tierno sarraceno; le cuecen; le salan; el rey se las entrañas un hierro candente. Ved en Froissart, en
le come, y le sabe muy bien; después de lo cual quie- Francia como aquí, los excesos y los asesinatos d¡ la
re ver la cabeza del cochino. El cocinero se la lleva gran guerra de los Cien años; ved en Inglaterra las
temblando. El se echa á reir, y dice que el ejército no matanzas de la guerra de las Dos Rosas. En ambos
tendrá ya que temer hambres, porque tiene á mano países la independencia feudal conduce á la guerra
provisiones. Toma la ciudad, é inmediatamente los civil, y la Edad Media zozobra bajo el peso de sus vi-
embajadores de Saladino van á pedirle gracia para cios. La cortesía caballeresca, que ocultaba la feroci-
los prisioneros. Ricardo manda decapitar á treinta de dad nativa, desaparece como ropaje súbitamente con-
los más nobles ; ordena á su cocinero que cueza las sumido por la irrupción de un incendio: en Inglaterra,
cabezas, y que sirva una á cada embajador, con un á la sazón, se mata de preferencia á los nobles y
cartel en que consten el nombre y la familia del muer- también á los prisioneros, incluso los niños, alevosa-
to. El, en su presencia, come la suya con buen ape- mente y á sangre fría. ¿Qué es, pues, lo que ha apren-
tito, y les dice que cuenten á Saladino de qué manera üido el hombre en esa civilización y por esa litera-
hacen la guerra los cristianos, y si es verdad que le
temen. Después manda llevar á una llanura á los se- W ¿En <lué s e h a humanizado? ¿Qué máximas de
justicia, qué hábitos de reflexión, qué tejido de jui-
10
cios verdaderos ha interpuesto esa cultura entre sus El buen hombre cuenta sin más ni más; la duda y el
deseos y sus acciones para moderar su arrebato? El discernimiento apenas tienen cabida aun en aquel
hombre ha fantaseado, ha imaginado una especie de mundo. Nada de juicio ni de reflexión personal; pone
ceremonial elegante para hablar mejor á los señores y los hechos unos en pos de otros, sin más enlace; su
á las damas, ha descubierto el código galante del Pe- libro no es más que un espejo que reproduce los re-
tit Jehan de Saintré. Pero, ¿dónde está la verdadera cuerdos de sus ojos y de sus oídos. «Y á todos los que
educación? ¿De qué le ha servido á Froissart toda recen por mí un Pater y un Ave María, los hago par-
su vasta experiencia? Es un niño agradable y par- tícipes y les doy parte en todas las santas peregrina-
lero; lo que se llama entonces su poesía, la poesía ciones que he hecho en mi vida.» Tal es el fin, aco-
nueva, no es más que una charlatanería refinada, una modado á lo demás. Ni la moral pública ni la ciencia
puerilidad reviejuela. Algunos retóricos, como Cris- pública han ganado nada en esos tres siglos de cul-
tina de Pisan, tratan de calcar períodos á la antigua; tura. Esa cultura francesa, vanamente imitada en
pero la literatura aborta en todo. Nadie piensa: ved á toda Europa, no ha servido más que para adornar la
sir John de Mandeville, que ha corrido el universo superficie del hombre, y el barniz con que la ha cu-
ciento cincuenta años después de Villehardouin, y que bierto se desluce ya por todas partes ó se desconcha.
tiene el entendimiento tan cerrado como Villehar- Aún van peor las cosas en Inglaterra, donde el barniz
douin. Su libro está plagado de leyendas y fábulas ex- es más externo, donde le han extendido más torpe-
travagantes, de todas las credulidades y de todas las mente manos extrañas, donde no ha podido cubrir
ignorancias. Si trata de explicar por qué ha pasado más que á medias la costra sajona y donde esa costra
de mano en mano la Palestina, sin quedar nunca bajo ha conservado surudeza. He aquí por qué durante tres
una dominación estable, dice «que Dios no quiere que siglos, durante toda la primera edad feudal, la litera-
esté mucho tiempo en manos de traidores y pecado- tura de los normandos de Inglaterra, compuesta de
res, cristianos ó no cristianos.» En Jerusalén ha visto, imitaciones, de traducciones, de copias desmañadas,
en las gradas del templo, la señal de las patas del es una literatura vacía.
asno que montaba nuestro Señor «cuando entró el
Domingo de Ramos.» Pinta á los etíopes como gente
que no tiene más que un pie, pero tan ancho, que
pueden utilizarle como un quitasol. Cita una isla cu-
yos habitantes «tienen de diez y ocho á treinta pies de
estatura y no van vestidos más que de pieles de ani-
males», y otra isla «donde hay muchas y muy crue-
les mujeres que tienen piedras preciosas dentro de los
ojos y tienen tal vista, quesi miran áun hombre con des-
pecho, le matan s ólo con la mirada como un basilisco».
so; se ha rgistrado á cada hombre en su sitio, con su
condición, sus deberes, su procedencia y su valor; de
suerte que la nación entera está como envuelta en una
VII red donde no se suelta ninguna malla. Si en adelante
se desenvuelve, es dentro de ese marco. Su constitu-
ción es un hecho, y dentro de ese recinto definitivo y
¿Qué se ha hecho, entre tanto, del pueblo vencido? cerrado v a á desplegarse y á obrar el hombre. Soli-
El añejo tronco en que han venido á injertarse las daridad y lucha: he ahí las dos consecuencias de esa
brillantes flores continentales, ¿no ha producido gran reglamentación que consolida en un cuerpo á la
ningún brote literario peculiar? ¿Ha permanecido es- aristocracia conquistadora, y en otro á la nación con-
téril durante todo ese tiempo bajo el hacha normanda quistada, bien así como en Roma la inclusión siste-
que cortó todos sus vástagos? Ha vegetado bien poco, mática de los vencidos en la plebe, y la organización
pero ha vegetado al fin. El pueblo subyugado no es forzosa de los patricios en frente de la plebe, regi-
una nación desmembrada, dislocada, desarraigada, mentó á los particulares en dos órdenes cuya oposi-
inerte, como las poblaciones del continente que, al ción y unión formaron el Estado. D e esa manera,
salir de la larga explotación romana, se vieron á aquí como en Roma, se forja y completa el carácter
merced de la desordenada invasión de los bárbaros; nacional por la costumbre de obrar en cuerpo, por el
ese pueblo forma masa, sigue apegado á su suelo y respeto del derecho escrito, por la aptitud política y
está lleno de savia; no se han trastrocado sus partes; práctica, por el desarrollo de la energía militante y
se le ha decapitado simplemente para ingerirle por paciente. El domsday-book, encerrando á esa joven
arriba un haz de ramas diversas. Ha padecido, sin sociedad en una rígida disciplina, es el que ha hecho
duda; pero, al fin, cerróse la herida, y las dos savias del sajón el inglés que hoy día vemos.
se han mezclado (1). Hasta las duras y rígidas ligadu- Lenta, gradualmente, en medio de las dolorosas
ras con que el conquistador le ha oprimido aumentan quejas de los cronistas, vemos cómo se forma ese
en adelante su fijeza y su fuerza. Se ha hecho el ca- nuevo hombre, agitándose al modo de un niño que
tastro de las tierras; se ha examinado, definido y es- grita porque una máquina acerada, hiriéndole, le f o r -
crito cada título (2); se ha fijado cada derecho ó cen- talece el cuerpo. Por mermados y rebajados que se
hallen los sajones, no han caído en el populacho. Al-
(1) Pictorial history, i, 666. Dialogue on the Exchequer.
gunos (1), en casi todos los condados, siguen siendo
Tiempo de Enrique II.
(2) Domsday-book.—Froude's History of England, tomo i,
señores de sus tierras, á condición de prestar home-
13. «Al través de todas las disposiciones se descubre un objeto naje al rey. Gran número se han hecho vasallos de
único: que en Inglaterra todo hombre tiene definidos su puesto barones normandos, y continúan siendo propietarios
y su deber, y que ningún ser humano es dueño de vivir á su
antojo sin rendir cuentas á nadie. Es la disciplina de un ejér-
ciio transportada á la vida social.» (1) Domsday-book. Tenants in ohief.
en tal concepto. Un número mayor pasan á ser soca- suelto llevar la barba larga, de padres á hijos, en me-
gers, es decir, poseedores libres, con el gravamen de moria de las costumbres nacionales y de la antigua
un censo, pero con la facultad de enajenar sus bie- patria. Semejantes hombres, aun reducidos al estado
nes; y los villanos sajones encuentran patronos en de socargers y hasta la condición de villanos, tienen
todos esos hombres, como la plebe encontró jefes en una cerviz más rígida que los miseros colonos del
los nobles italianos transplantados á Roma. El patro- continente, pisoteados y magullados por los cuatro
nato de esos sajones que se han mantenido firmes es siglos de fiscalización romana. Así por sus sentimien-
un patronato efectivo, porque no están aislados; ma- tos como por su condición, son reliquias al par que
trimonios comunes, como en la antigua Roma los de rudimentos vivos de un pueblo libre. No se llega con
patricios y plebeyos, han unido las dos razas (1); el ellos hasta el último extremo de la opresión. Forman
normando, cuñado de un sajón, se defiende á sí mismo el cuerpo de la nación, el cuerpo laborioso y animoso
defendiendo á su cuñado; sobre todo en esos tiempos que suministra la fuerza. Los grandes barones com-
de disturbios y en una sociedad armada, los parien- prenden que ahí es donde hay que apoyarse para
tes, los aliados, tienen que unirse estrechamente para hacer frente al rey. Bien pronto, al estipular para sí
apoyarse. Después de todo, menester es que los adve- mismos (1), estipulan también para todos los hombres
nedizos tengan en cuenta á sus súbditos, porque esos libres, hasta para los mercaderes, hasta para los villa-
súbditos poseen corazón y valor de hombres: los sa- nos. En lo sucesivo «ningún mercader será privado de
jones, como los plebeyos de Roma, se acuerdan de su su mercancía, ningún villano de sus instrumentos de
condición nativa y de su primera independencia. Lo trabajo; á ningún hombre libre, mercader ó villano, se
dicen las quejas y la indignación de los cronistas, los le multará desmesuradamente por un pequeño delito.
rencores y las amenazas de rebelión popular, las lar- Ningún hombre libre será detenido, aprisionado, des-
gas amarguras con que evocan continuamente la liber- poseído de su tierra, ni perseguido de ningún modo,
tad antigua, el favor con que acogen las audacias y sino por el juicio legal de sus pares y según la ley
la rebelión de los outlaws. A fines del siglo xn existían del país.» Así protegidos, se rehacen y obran. Hay un
familias sajonas que, por voto perpetuo, habían re- tribunal en cada condado donde se reúnen todos los
terratenientes libres, grandes ó pequeños, para delibe-
(1) Pictorial history, i, 66. Según Aibred (tiempo de Enri-
rar sobre los asuntos municipales, administrar justicia
que II), «un rey, muchos obispos y abades, muchos grandes
condes y nobles caballeros, descendientes á la vez de sangre y nombrar á los que han de repartir el impuesto. El
inglesa y de sangre normanda, eran un sostén para la una y sajón de barba roja*, de tez clara, de grandes dientes
un honor para la otra». «Ahora (diceotro autor del mismo tiem-
blancos, siéntase al lado del normando en esos tribu-
po), c o m o los ingleses y los normandos viven juntos, y vienen
casándose constantemente unos con otros, las dos naciones se nales; allí se ven franklins semejantes al que describe
hallan tan completamente mezcladas, que, al menos por lo que Chaucer, «de complexión sanguínea», liberal y de
atañe á los hombres libres, apenas se puede distinguir quién
es de raza normanda y quién de raza inglesa. Los villanos en-
cadenados al suelo son los únicos de pnra sangre sajona.»
(1) Carta Magna, 1215.
buen estómago como sus antepasados, hombre amigo presentarse esos hombres cuando se quiere compren-
de francachelas, «que siempre tiene el pan y la cer- der cómo se ha establecido en ese país la libertad p o -
veza sobre la mesa»; en cuya casa no falta nunca la lítica. Poco á poco ven acercarse á ellos á los sim-
carne asada al horno; que «tiene perdices mantecosas ples caballeros,'sus colegas en el tribunal del condado,
en jaula; que tiene sargos y lucios en su estanque»; demasiado pobres para asistir con los grandes baro-
que truena contra su cocinero «si la salsa no es pi- nes á las asambleas reales. Forman cuerpo con ellos
cante y fuerte», y « c u y a mesa está siempre puesta y por la comunidad de intereses, por la semejanza de
provista todo el dia. Es un hombre importante: ha costumbres, por la proximidad de condiciones: los
sido sheriff y caballero del condado; figura «en las toman por representantes; los eligen (1). Ahora han
juntas». Con él se hallan en la asamblea, más frecuen- entrado en la vida pública, y viene á reforzarlos un
temente entre el concurso, los yeomen, colonos, gente contingente que contribuirá á hacer definitivo su in-
del monte, artesanos, compatriotas suyos, hombres greso. Las ciudades devastadas por la conquista se
musculosos y decididos, dispuestos á defender su pro- han repoblado poco á poco. Han obtenido ó arrancado
piedad y á apoyar con sus aclamaciones, con sus pu- cartas; los burgueses se han redimido de los tributos
ños y también con sus armas, al que tome la defensa arbitrarios que les imponían; han adquirido el suelo
de sus intereses. ¿Creéis que se desprecia el descon- de sus casas; se han unido bajo regidores y aldermen;
tento de un hombre como éste, verbigracia (1): «Un ahora cada ciudad, dentro de las grandes redes feuda-
fornido jayán, de carne y huesos robustos, ancho de les, es una potencia; Leicester, rebelado contra el r e y ,
hombros, sólido como un tronco», capaz «de hacer llama al Parlamento (2) á dos representantes de cada
saltar la barra de cualquier puerta ó de hundirla con una, para autorizarse y sostenerse. Los antiguos v e n -
la cabeza, corriendo? Tenía la barba roja como el pelo cidos, campesinos ó ciudadanos, han conseguido ele-
de una marrana ó de un z o r r o , y ancha como una varse hasta la vida política. Si se imponen cargas, es
pala. En el lado derecho de la nariz tenía una verruga voluntariamente; no pagan nada que no acuerden; á
con un mechón de pelos rojos como las sedas de la principios del siglo x i v sus diputados reunidos forman
oreja de una marrana. Las ventanas de la nariz eran Ja Cámara de los Comunes; y y a á fines del siglo ante-
anchas y negras, y la b o c a tamaña como una horna- rior el arzobispo de Gantorbery decía al Papa, ha-
za. Llevaba al lado espada y escudo; era pendenciero blando en nombre del r e y : «Es costumbre del reino de
y osado.» He ahí las figuras atléticas y las constitu- Inglaterra q u e , en todos los asuntos relativos al es-
ciones de toros que aún subsisten allá, mantenidas á
pasto de cerveza fuerte y de carne, y vigorizadas por
los ejercicios del cuerpo y de los puños. Hay que re-
(1) En 1214, y también en 1225 y 1254. (Gnizot: Origine du
système représentatif en Angleterre, páginas 297-299; Ch. B é -
mont, Simon de M.ntfort, son rôle politique en France et en
(1) Prólogo de los Cuentos de Gantorbery, y , 545. Ed. Ri- Angleterre.)
chard Morris. (2) 1264.
tado de este reino, se tome el parecer de todos los in- á quien, según un antiguo historiador, tanto se com-
teresados.» place en celebrar el pueblo bajo en juegos y comedias,
y cuya historia, cantada por ministriles, le interesa más
que ninguna. En el siglo xvi tenía aún su día de fiesta,
celebrado por toda la gente de los pueblos y de los
VIII campos. El obispo Latimer, haciendo su visita pasto-
ral, anunció una vez que predicaría. Al día siguiente,
al ir á la iglesia, encontró las puertas cerradas, y es-
peró más de una hora antes de que llevaran la llave.
Si han adquirido libertades, es porque han sabido Al fin vino un hombre y le dijo: «Señor, hoy es un día
conquistarlas; las circunstancias han ayudado, pero el muy atareado para nosotros, y no podemos oiros: es el
carácter ha hecho más. La protección de los grandes día de Robin Hood; toda la gente de la parroquia anda
barones y la alianza de los simples caballeros los han cortando ramaje para Robin Hood; no es cosa de espe-
fortalecido; pero si han logrado mantenerse firmes, es rarla.» El obispo tuvo que quitarse las vestiduras
por su rudeza y su energía nativa. Porque ved el con- eclesiásticas, y seguir su camino, dejando el puesto á
traste que ofrecen con sus vecinos en ese momento. los arqueros vestidos de verde que representaban en
¿Qué es lo que divierte al pueblo en Francia? Los fa- un teatro de ramajes los papeles de Robin Hood, de
bliaux, las jugarretas del zorro, el arte de burlar al se- Juanillo y su partida. Es, en efecto, el héroe nacional:
ñor Isengrin, de soplarle la mujer, de pegarse á su ante todo, sajón, y armado en guerra contra la gente
mesa, de apalearle sin peligro, valiéndose de ajena de ley, «contra los obispos y arzobispos», cuyas juris-
mano; en resumen: el triunfo de la pobreza unida al dicciones son tan pesadas; amén de esto, generoso,
ingenio sobre el poderío unido á la estolidez; el héroe hombre que da al caballero arruinado, vestido, caballo
popular es ya el plebeyo astuto, zumbón y alegre, que y dinero para redimir sus tierras empeñadas á un abad
se perfeccionará más tarde en Panurgo y Fígaro, poco rapaz; tan compasivo y bueno para con el pobre, que
dispuesto á resistir de frente, demasiado fino para gus- recomienda á los suyos no hacer daño á los yeomen ni
tar de victorias rudas y hacer alardes de lidiador, in- á los labriegos; pero, por encima de todo, arrojado,
clinado, por viveza de espíritu, á sortear los obstácu- atrevido, arrogante, un valiente que dispara su arco
los, y bastante diestro para hacer caer á cualquiera en á la vista y en las barbas del sheriff, y dispuesto siem-
la trampa sin más que tocarle con la punta de un dedo. pre á las puñadas, lo mismo á recibirlas que á devol-
Aquí tiene otras costumbres: es Robin Hood un valien- verlas. Mata á catorce guardas de quince que querían
te outlaw, que vive libre y audazmente en la verde prenderle; mata al sheriff, al juez y al guardián de la
selva, y hace la guerra á cara descubierta al sheriff y ciudad; matará á otros muchos, y todo eso con despar-
á la ley (1). Si hubo hombre popular en un país, es ese pajo y alegremente, como mozo que come bien, que
tiene duro el pellejo, que vive al aire libre, y á quien
(1) A Thierry, vi, 56, Robin Hood, ed. Ritson.
le rebosa la vida animal. «Cuando resplandece el mon- bate así todo un día, todo un largo día de estío hasta
te, cuando está hermosa la hierba, cuando hay anchas que se les rompen las espadas entre las manos sobre
y largas hojas, él, paseándose por el bello bosque, se los anchos escudos». Sucede aún con frecuencia que
regocija oyendo cantar á los pajarillos.» Así empiezan Robin no lleva la ventaja. Arturo, el intrépido curti-
una porción de baladas; y ese hermoso tiempo, que es- dor, «con su estaca de ocho pies y medio, que hubiera
timula á los ciervos y á los toros á embestir, los esti- derribado á un becerro», pelea con Robin durante dos
mula á ellos á acuchillarse ó apalearse. Robin sueña horas; corre la sangre: se han partido la cabeza. Ro-
que dos yeomen le aporreaban; quiere ir en su busca, bin, satisfecho, le dice que en adelante puede pasar por
y rechaza colérico á Juanillo, que se ofrece á marchar el bosque sin pagar. «¡Gran favor! (responde el otro):
delante. «¿Cuántas veces he mandado yo mi gente de- me he ganado el paso, y tengo que agradecérselo á mi
lante, y me he quedado atrás? Juan, si no fuese por estaca, no á ti.» ¿Quién eres, pues? pregunta Robin.
miedo de romper el arco, te partía la cabeza.» Va, «Soy un curtidor (replicó el valiente Arturo); he tra-
pues, solo, y encuentra al robusto yeoman, Cuy de Gis- bajado mucho tiempo en Nottingham, y, si quieres ve-
borne. «Para todo el que no fuese aliado ni pariente de nir allí, juro curtir tu piel de balde.» «Gracias, amigo
ellos, hubiese sido un hermosísimo espectáculo ver cómo (dice el alegre Robin), puesto que eres tan bueno y tan
se adelantaron uno contra otro Jos dos yeomen, con sus campechano; y, si quieres curtir mi piel de balde, yo
brillantes espadas, ver cómo se pelearon los dos yeo- haré otro tanto con la tuya.» Con estas graciosas ofer-
men durante dos horas de un día de estío. Y en todo ese taste abrazan; un cambio espontáneo de leales cache-
tiempo ni Robin Hood ni Guy pensaron en huir.» Como tes los prepara siempre para la amistad. De esa suerte
se ve, Guy el yeoman es tan valiente como Robin Hood: probó Robin á Juanillo, á quien quiso después toda la
ha ido á buscarle al bosque, y maneja el arco casi tan vida. Juanillo tenía siete pies de estatura, y, hallán-
bien como él. Es que esa vieja poesía popular no es el dose en un puente, se negaba á ceder el puesto. El
elogio de un bandido aislado, sino de toda una clase, honrado Robin no quiso utilizar contra él su arco; se
de la yeomanry. «¡Dios tenga misericordia del alma de fué á cortar una vara de siete pies, y convinieron
Robin Hood, y salve á todos los buenos yeomen/» Así amistosamente combatir sobre el puente hasta que uno
terminan muchas baladas. El yeoman valiente, duro de los dos cayese al agua. Zurran y aporrean de tal
á los golpes, buen tirador, ducho en el manejo de la modo «que suenan sus huesos»; por último cae Robin,
espada y del palo, es el favorito. Se ve ahí una temi- y entonces concibe una gran estima por Juanillo. Otra
ble burguesía armada y acostumbrada á servirse desús vez, teniendo el una espada, le muele un calderero con
armas. Miradlos en acción: «Sería una vergüenza ata- un palo; lleno de admiración, le da cien libras. Otra
carte (dice el jovial Robin al guarda): somos tres y es- vez es un ollero que se niega á pagar el peaje; otra un
tás sol o. »El otro no tiene miedo: «retrocede de un salto pastor. Se baten así por pasatiempo; hoy aún sus «bo-
treinta pies—mejor, treinta y un pies;—apoya la es- xeadores» se dan la mano amistosamente antes de cada
palda en una espesura, y el pie en una piedra, y com- ataque; en ese país se aporrean honrosamente, sin
rencor, ni furor, ni sonrojo. Saltarse los dientes, po-
nerse los ojos como puños, hundirse las costillas, no
son cosas que claman venganza sangrienta; parece
como si aquí los huesos fuesen más duros y los nervios
menos sensibles que en otras partes. Después de ma- IX
gullarse, los contendientes se agarran de la mano y
bailan juntos sobre la verde hierba. «Tres hombres
alegres, tres hombres alegres, tres hombres alegres Así pensaba sir John Fortescue, canciller de Ingla-
éramos nosotros (1).» Tened en cuenta, además, que, terra bajo Enrique V I , desterrado en Francia durante
en cada parroquia, esos hombres se ejercitan en el ar- la guerra de las Dos Rosas, uno de los más antiguos
co «todos los domingos, y son los primeros arqueros del prosistas, y el primero que ha juzgado y explicado la
mundo; que desde fines del siglo x i v la emancipación constitución de su país (1). « L o que impide á los fran-
universal de los villanos multiplica enormemente su ceses levantarse, dice, es la cobardía, la falta de c o -
número, y comprenderéis cómo, al través de todas las razón y de valor, no la pobreza (2). Ningún francés
alteraciones y cambios de los grandes poderes del tiene ese valor como un inglés. En Inglaterra se ha
centro, subsiste la libertad del súbdito. Después de visto muchas veces á tres ó cuatro bandidos, aguija-
todo, la única garantía permanente é invencible, en dos por la pobreza, precipitarse sobre siete ú ocho
todo país y bajo toda constitución, es el saber que mu- hombres honrados, y robarles á todos, mientras que
chos hombres formulanparasusadentroseste discurso: en Francia no se han visto siete ú ocho bandidos bas-
«Si alguien toca á mi hacienda, entra en mi casa, se tante resueltos para robar á tres ó cuatro hombres
interpone en mi camino y me molesta, que ande con honrados. Por eso es sumamente raro que en ese país
ojo. Tengo paciencia, pero tengo también buenos bra- se ahorque por robo á mano armada, porque los fran-
zos, buenos compañeros, un buen puñal, y la firme re- ceses no tienen pecho para cometer una acción tan te-
solución de hundírsele hasta el pomo en la garganta, rrible. Así, en Inglaterra se ahorcan en un año más
llegado el caso, cueste lo que cueste.» hombres que en Francia durante siete, por robo á
mano armada y por asesinato... Si un inglés pobre v e
otro hombre con riquezas que pueden quitársele p o r
(1) Then Robín took them both b y the hands,
And dane'd round about the oke three.
«For three merry men, and three merry men,
(1) The difference betwen an ábsolute and limited monar-
And three merry men we be».
chy.—A. learned conmendation of the politique laws of En-
gland. Cito frecuentemente esta segunda obra, que es más
completa.
(2) Los ingleses olvidan siempre la cortesía, y no ven los
matices de las cosas. Entiéndase aquí el valor brutal, el instinto
batallador é independiente. La raza francesa, y en general la
raza gala, es quizá, entre todas, la más pródiga de su vida.
rencor, ni furor, ni sonrojo. Saltarse los dientes, po-
nerse los ojos como puños, hundirse las costillas, no
son cosas que claman venganza sangrienta; parece
como si aquí los huesos fuesen más duros y los nervios
menos sensibles que en otras partes. Después de ma- IX
gullarse, los contendientes se agarran de la mano y
bailan juntos sobre la verde hierba. «Tres hombres
alegres, tres hombres alegres, tres hombres alegres Así pensaba sir John Fortescue, canciller de Ingla-
éramos nosotros (1).» Tened en cuenta, además, que, terra bajo Enrique V I , desterrado en Francia durante
en cada parroquia, esos hombres se ejercitan en el ar- la guerra de las Dos Rosas, uno de los más antiguos
co «todos los domingos, y son los primeros arqueros del prosistas, y el primero que ha juzgado y explicado la
mundo; que desde fines del siglo x i v la emancipación constitución de su país (1). « L o que impide á los fran-
universal de los villanos multiplica enormemente su ceses levantarse, dice, es la cobardía, la falta de c o -
número, y comprenderéis cómo, al través de todas las razón y de valor, no la pobreza (2). Ningún francés
alteraciones y cambios de los grandes poderes del tiene ese valor como un inglés. En Inglaterra se ha
centro, subsiste la libertad del súbdito. Después de visto muchas veces á tres ó cuatro bandidos, aguija-
todo, la única garantía permanente é invencible, en dos por la pobreza, precipitarse sobre siete ú ocho
todo país y bajo toda constitución, es el saber que mu- hombres honrados, y robarles á todos, mientras que
chos hombres formulanparasusadentroseste discurso: en Francia no se han visto siete ú ocho bandidos bas-
«Si alguien toca á mi hacienda, entra en mi casa, se tante resueltos para robar á tres ó cuatro hombres
interpone en mi camino y me molesta, que ande con honrados. Por eso es sumamente raro que en ese país
ojo. Tengo paciencia, pero tengo también buenos bra- se ahorque por robo á mano armada, porque los fran-
zos, buenos compañeros, un buen puñal, y la firme re- ceses no tienen pecho para cometer una acción tan te-
solución de hundírsele hasta el pomo en la garganta, rrible. Así, en Inglaterra se ahorcan en un año más
llegado el caso, cueste lo que cueste.» hombres que en Francia durante siete, por robo á
mano armada y por asesinato... Si un inglés pobre v e
otro hombre con riquezas que pueden quitársele p o r
(1) Then Robin took them botb b y the hands,
And danc'd round about the oke three.
«For three merry men, and three merry men,
(1) The difference betwen an ábsolute and limited monar-
And three merry men we be».
chy.—A. learned conmendation of the politique laws of En-
gland. Cito frecuentemente esta segunda obra, que es más
completa.
(2) Los ingleses olvidan siempre la cortesía, y no ven los
matices de las cosas. Entiéndase aquí el valor brutal, el instinto
batallador é independiente. La raza francesa, y en general la
raza gala, es quizá, entre todas, la más pródiga de su vida.
la fuerza, no dejará de hacerlo, á menos de ser c o m - se asombran de la fuerza de su cuerpo y de su c o r a -
pletamente honrado (1).» Esto proyecta una luz súbi- zón, «de los enormes trozos de v a c a » que alimentan
ta y terrible sobre el estado violento de esa sociedad sus músculos, de sus hábitos militares, de su feroz
armada en que los atentados son diarios, y en que to- obstinación de «animales selváticos (1)». Se parecen
dos, ricos ó pobres, viven con l a mano en el puño de á sus bull-dogs, raza indomable que, en el frenesí de
la espada. Bajo Eduardo I hay grandes partidas de su valor, «se precipitan á cierra ojos en la boca de un
malhechores que recorren el país, y luchan cuando se oso de Rusia, y se dejan aplastar la cabeza como una
intenta prenderlos; es menester que se junten los ha- manzana podrida». Ese extraño estado de una socie-
bitantes de la ciudad, y también los de las ciudades dad belicosa, tan llena de peligros, y que exige tantos
vecinas, «gritando y vociferando», para perseguirlas esfuerzos, no los arredra. Como el r e y Eduardo orde-
y capturarlas. Bajo Eduardo III hay barones que ca- nase que se encarcelara á los perturbadores sin for-
balgan con grandes escoltas de hombres de armas y de mación de proceso, y que no se los pusiese en libertad
arqueros, «ocupando las tierras, llevándose las damas bajo fianza ni de ningún modo, los comunes declaran
y las doncellas, mutilando, matando y exigiendo res- la ordenanza «horriblemente vejatoria», reclaman,
cate á la gente hasta en su misma casa, como si se rehusan ser demasiado protegidos. Menos paz, pero
tratase de un país conquistado, y presentándose á ve- más independencia. Sostienen las garantías del súbdi-
ces delante de los tribunales de tal manera y con tan- to á expensas de la seguridad del público, y prefieren
ta fuerza, que los jueces se amedrentan y no se atre- la libertad turbulenta al orden arbitrario: más vale
ven á hacer justicia (2).» Leed las cartas de la familia tolerar merodeadores á quienes se puede combatir que
Paston, bajo Enrique V I y Eduardo I V , y veréis cómo prebostes á quienes habría que doblegarse.
arde la guerra privada en todas las puertas, cómo Ese arrogante pensamiento es el que preside á todo
hay que proveerse de hombres y de armas; cómo el libro de Fortescue. «Hay dos clases de monarquía,
cada cual necesita hallarse prevenido para defender dice, una de las cuales es el gobierno real y abso-
su hacienda, contando consigo propio, con su v i g o r y luto, y otra el gobierno real y constitucional (2).» El
su valor. Ese exceso de vigor y esa facilidad en venir primero se halla establecido en Francia; el segundo
á las manos es lo que, después de sus victorias en en Inglaterra. «Y se diferencian en que el primero
Francia, los precipita á unos contra otros en las car- puede gobernar sus pueblos por leyes que hace él mis-
nicerías de las Dos Rosas. Los extranjeros que los ven mo, é imponerles así tributos y todas las cargas que
quiera, sin su consentimiento; mientras que el segun-
do no puede gobernar sus pueblos sino por las leyes
(1) Hoy se cuentan en Francia 42 robos en los caminos, por
738 en Inglaterra.—En 1843 había en Inglaterra cuatro veces
tantas acusaciones de crímenes y delitos como en Francia, en (1) Benvenuto Cellini, citado por Froude, i, 20, History of
proporción al número de habitantes. (Moreau de Jonnès.) England; Shakespeare, Enrique V; conversación de los seño-
(2) Pictorial history, i , 833. Estatuto de Winchester, 1285, res franceses antes de la batalla de Azincourt.
ordenanza de 1378. (2) Jus regale, por oposición á jus regale etpoliticum.
11
que éstos han aprobado, y así no puede imponerles ya en el siglo xv, todas las ideas de Locke: ¡tan po-
cargas sin su consentimiento.» En un Estado como derosa es la práctica para sugerir la teoría! ¡tan
éste, la voluntad del pueblo es el elemento más vital, pronto enseña el goce de la libertad la naturaleza de
el que envía la sangre á la cabeza y á todos los miem- la libertad! Fortescue va más lejos: contrapone, pun-
bros del cuerpo político... Y así como la cabeza del to por punto, la legislación romana, herencia de los
cuerpo físico no puede alterar sus nervios, ni negar á pueblos latinos, á la legislación inglesa, herencia de
sus miembros las fuerzas propias y la sangre que debe los pueblos teutónicos: la una, obra de príncipes ab-
alimentarlos, así el rey, que es la cabeza del cuerpo solutos, y encaminada toda á sacrificar al individuo;
político, no puede alterar las leyes de ese cuerpo, ni la otra, obra de la voluntad común, y encaminada
sacar al pueblo su propia sustancia, cuando él recla- toda á proteger á la persona. Contrapone las máxi-
ma y se niega... No se erige un rey de esta clase sino mas de los jurisconsultos imperiales que otorgan
para proteger á los subditos de la ley, para proteger «fuerza de ley á todo lo que decide el príncipe», á los
sus personas y sus bienes, y el pueblo no le ha dele-
gado poder más que para ese fin (1). He aquí, pues,
comes appellatus, qui intercaetera officii sui ministeria, om
nium mandata et juditia curiarinm regis in suo commitatu
(1) Fortescue, In leges Angliae, Londres, 1599, con traduc- exsequenda exsequitur; cui officium annale est, quo ei post an-
ción inglesa. num in eodem ministrare non licet, nec duobus tum sequenti-
Non potest rex Angliae ad libitum snum leges mutare regni bus annis ad idem officium reassumetur. Officiarius iste sic eli-
sui. Principatu namque nedum regali, sed et politico ipse suo gitur: quolibet anno in crastino Animarum fa) conveniunt in
populo dominatur. saccario regis (b), omnes consiliarii ejus tarn domini spiritua-
In corpore politico, intentio populi primum vividum est, ha- l s et temporales quam ejus omnes justiciarii (c), omnes b a r o -
bens in se sanguinerà, vir provisionem politicam utilitati popu- nes de scaccario, clericus rotulornm (d), et quidam alii officiarli,
li illius, quam in caput et in omnia membra ejusdem corporis nbi hi omnes communi assensu nominant de quolibet commi-
ipsa traasmitit, quo corpus illud alitur et vegetatur. Lex vero latu tres milites vel armígeros (e), quos inter caeteros ejusdem
sub qua coetus hominum populus effìcitur, nervorum corporis commitatus ipsi opinantur melioris esse dispositionis et famae,
phisici ef ficit rationem... Et ut non potest caput corporis physi- et ad officium vicecomitis commitatus illius melius dispositos.
ci ñervos suos commutare, neque membris suis proprias vires Ex quibus rex unum tantum eliget, quam per litteras suas pa-
et propria sanguinis alimenta denegare nec r e x , qui caput est tentes constituit vicecomitem comitatus.
corporis politici, mutare potest leges corporis illius, nec ejus- Del jurado, y de las tres recusaciones sucesivas permitidas
dem populi substantias proprias subtrahere, reclamantibus á las partes:
eis, aut invitis. A d tutelam legis subditorum et eorum corpo- Juratis demum in forma praedicta xii probis et legalibus h o -
rum et bonorum rex hujnsmodi erectus est et ad hanc, potesta- minibus habentibus ultra mobilia sua possessiones sufficientes
tem a populu effluxam ipse habet. unde eorum statnm ipsi continere poternnt et nulli partium
Anglia statuta... nedum prinoipis volúntate, sed et totius re- suspectis nec invisis sed eísdem viciais, legitur in anglico c o -
gni assensu ipsa conduntur...plusquam trecentornm electorum ram eis per curiam totum recordatum et processus placiti.
hominum prudentia... (ita ut) populi laesuram illa efficere ne-
quant, vel non eorum commodum procurare. (a) Al Souls'day.
(&) The kings exchequer.
Elección del sheriff. (e) Justices.
In quolibet comitatu est officiarius quidam unus, regis, vice- M) Master of the rolls.
(«) Knights or squires.
164 HISTORIA DE LA LITERATURA INGLESA

estatutos de Inglaterra, «que, lejos de emanar de 1* •de tela análoga, y no pasan de la rodilla, de modo que
voluntad del príncipe, son decretados por acuerdo de lo demás de la pierna va desnudo. Sus mujeres y sus
todo el reino, por la sabiduría de más de trescientos hijos llevan los pies descalzos... Porque varios de
hombres elegidos, de suerte que no pueden perjudicar ellos, que solían pagar anualmente á su señor un es-
al pueblo ni dejar de serle beneficiosos». cudo por su tierra, ahora pagan al rey, sobre ese es-
Contrapone el nombramiento arbitrario de los fun- cudo, cinco escudos. De ahí que la necesidad les obli-
cionarios imperiales al nombramiento del sheriff, que gue á velar y á trabajar para vivir, en términos que
anualmente es elegido por el rey, para cada condado, su cuerpo está enteramente empobrecido y su especie
de entre tres caballeros ó escuderos del mismo conda- reducida á la nada. Van encorvados, y son débiles é
do designados por el consejo de los lores espirituales incapaces de combatir y de defender el reino; tampo-
y temporales, de los justicias, de los barones del Ex- co tienen armas ni dinero para comprarlas.
cMquier y de otros grandes funcionarios. Contrapone »He ahilos frutos del gobierno absoluto. Pero,gra-
el procedimiento romano, que se contenta con dos tes- cias á Dios, nuestra tierra está regida por leyes me-
timonios para condenar á un hombre, al jurado, á las jores; y, á causa de eso, el pueblo de este país no vive
tres recusaciones permitidas, á las admirables garan- en tal penuria, ni se maltrata á los habitantes en sus
tías de equidad que la honradez, el número, la repu- personas, sino que son ricos y tienen todas las cosas
tación y la condición de los jurados dan á la senten- necesarias para su sustento. Por eso son fuertes y ca-
cia. Así protegidos, los pueblos de Inglaterra no pue- paces de resistirá los adversarios del reino que les ha-
den menos de ser florecientes. Notad, por ei contrario gan ó quieran hacerles daño. Y este es el fruto de ese
—dice el joven príncipe á quien instruye,—el estado juspoliticum, et regale bajo el cual vivimos... Todo ha-
de los pueblos de Francia. Con las tallas, la gabela, bitante de este reino goza de los frutos que le produ-
los impuestos sobre el vino y el alojamiento de la gen- cen sus tierras ó que le da su ganado, y también de
te de guerra, se hallan reducidos á la última miseria. todos los beneficios que puede obtener por su industria
«Los habéis visto, durante vuestros viajes... Se hallan propia ó por la ajena, en la tierra y en el mar; usa de
tan empobrecidos y arruinados, que apenas pueden vi- ellos á su albedrío, y nadie se lo impide, por rapiña ó
vir: beben agua; comen manzanas con pan de centeno injusticia, sin ofrecerle una justa compensación (1)...
muy moreno. No comen carne, sino á lo sumo, rara No se le demanda sino ante los jueces ordinarios y se-
vez, un poco de tocino, ó algo de las entrañas y la ca- gún la ley del país, ni se le embargan sus posesiones
beza de los animales que se matan para los nobles y los ni sus bienes muebles, ni se le prende á causa de un
comerciantes... La gente de armas les come las aves; crimen, por grande ó enorme que sea, sino según las
asi, que apenas les quedan los huevos, que son para leyes del país y ante los jueces susodichos... He aqui
ellos un regalo grandísimo. No usan lana, fuera de un por qué los moradores de este país están bien provis-
pobre chaleco para debajo de la prenda exterior, que
es de lienzo burdo, y que llaman sayo.Los calzones son, (1) Véase Commines, que expresa el mismo juicio.
tos de oro y de plata, y de todas las cosas necesarias »Son muy superiores (1), dice otro autor en el siglo
á la vida. No beben agua, si no es por penitencia; c o - siguiente, á los simples labradores y á los jornaleros.
men abundantemente de toda clase de carnes y pesca- Tienen buenas casas, donde viven con holgura y tra-
dos. Tienen buenas telas de lana para todas sus pren- bajan para enriquecerse. L a mayoría son arrendata-
das de vestir; tienen también en sus casas una porción rios que sostienen á su vez varios sirvientes. Esa clase
de mantas y de todas las cosas que se hacen de lana; de hombres fué la que en otro tiempo se hizo tan te-
son ricos en bienes muebles, en instrumentos de la- mible á los franceses; y aunque no lleven tratamien-
branza y en todas las cosas que sirven para llevar to como los nobles y los caballeros, aunque se llamen
una vida tranquila y feliz, cada uno según su condi- Pedro ó Juan á secas, han prestado grandes servicios
ción.» Todo eso dimana de la constitución del país y en nuestras guerras. Nuestros reyes han dado con ellos
de la distribución de la tierra. Mientras que en las de- ocho batallas, ó iban en sus filas, que formaban la in-
más comarcas no se encuentran más que un popula- fantería de nuestros ejércitos, al paso que los reyes
cho de pobres y algunos que otros señores, Inglaterra de Francia iban en medio de su caballería; el prín-
está tan cubierta y llena de poseedores de tierras y d e cipe demostraba así dónde estaba la fuerza principal
campos, «que no hay dominio tan pequeño que no en- de una y otra parte.» Semejantes hombres, dice F o r -
cierre un caballero, un escudero ó algún propietario, tescue, pueden constituir un verdadero jurado, y tam-
como los que se llaman franklins, enriquecido con bién votar, resistir, asociarse y ejecutar todos los
grandes posesiones, y también otros terratenientes li- actos por los cuales subsiste un gobierno libre, porque
bres y muchos yeomen con renta bastante para cons- son numerosos en todos los cantones; no están «em-
tituir un jurado en la forma mencionada. Porque en brutecidos» como los tímidos campesinos de Francia;
este país hay varios yeomen que pueden gastar más de «tienen que conservar su honor y el de su familia»;
seiscientos escudos al año». Ellos son los que forman están bien provistos de armas; se acuerdan de que
la sustancia del país (1). han ganado batallas en Francia (2). Tal es la clase,
(1) «The might of the realme most stondyth upon archers
which be not richmen ..» Bracton. En cuanto á los villanos, se emanciparon pronto, en
Compárese Hallam, n , 482. Todo eso se remonta á la conquis- los siglos xiii y x i v , ya escapándose, ya haciéndose copy-
ta, y más adelante: holders.
«It is reasonable to suppose that the greater part of those La guerra de las Dos Rosas contribuyó á levantar más al es-
who appear to have possessed small freeholds or parcels of ma- tado llano: antes de las batallas solía darse la orden de matar á
nors were no other than the original nation.» los nobles y respetar á los plebeyos.
«A respectable class of free socagers, having in general full (1) Harrison, 275. Description of England.
right of alienating their lands and holding them probably at a (2 Retrato de un yeoman por Latimer, predicador de Enri-
small certain rent f r o m the lord of the manor, frequently oc- que VIII.
curs in the Domsday Book.» «My father was a yeoman, an h a i n o lands of his own, only
En todo caso, había en el Domsday Book sajones «completa- he had a farm of p. s. 3 or p . s. 4 by yeard at the uttermost, and
mente exentos de villanaje». hereupon he tilled so much as he kept half a dozen men. H e
Esta clase es mirada con respeto en los tratados de Glanvil y had walk f o r an hundred sheep, and m y mother milked thirty
oscura aún, pero más rica y poderosa cada siglo, que,
fundada por la aristocracia sajona abatida, y sosteni-
da por el carácter sajón subsistente, ha acabado por
establecer y consolidar una constitución libre y una
nación digna de la libertad, bajo la dirección de la
X
pequeña nobleza normanda y bajo el patronato de la
gran nobleza normanda.

kine. He was able, and did find the king a harness, with him-
self and his horse, while he came to the place that he should Hombres, como estos, dotados de un carácter serio,
receive the king's wages. I can remember that I buckled his har- de un espíritu decidido y de hábitos independientes,
ness when he went to Blackheath field. He kept me to school,
se ocupan de su conciencia, como de sus negocios, y
o r else I had not been able to have preached before the king's
majesty now. He married my sisters with p. s. 5 or 20 nobles acaban por poner la mano en la Iglesia, lo mismo que
a-piece, so that he brought them up in godliness and fear of en el Estado. Y a ha tiempo que las exacciones de la
God. He kept hospitality for his p o o r neighbours. And some curia romana han provocado las reclamaciones públi-
alms he gave to the poor, and all this did he of the said farm.
Where he that now hath it, payeth p. s. 16 by the year, or more, cas (1), y que es impopular el alto clero; los naciona-
an is not able to do any thing f o r his prince, for himself, not les se quejan de que el Papa entregue los mayores be-
for his children, or give a cup of drink to the poor. neficios á extranjeros no residentes; de que tal italiano
»In my time my poor father was as diligent to teach me to desconocido en Inglaterra posea por sí solo en Ingla-
shoot, as to learn me any other thing, and so I think other men
did their children: he taught me h o w to draw, how to lay terra de cincuenta á sesenta beneficios ; de que el di-
m y body in my bow, and not to draw with strength ot arms as nero inglés corra á raudales hacia R o m a , y que los
divers other nation do, but with strength of the body. I had clérigos, no siendo juzgados y a más que por los cléri-
my bows bought me according to my age and strength; as I
increased in them, so my bows were made bigger and bigger, rigos, se entreguen á sus vicios y abusen de la impuni-
f o r men shall never shoot wel, except they be brought up in dad. En los primeros años de Enrique III se contaban
it: it is a worthy game, a wholesome kind of exercise, and cerca de cien homicidios cometidos por sacerdotes que
much commended in physic.»
vivían aún. A principios del siglo x i v , la renta ecle-
• siástica era doce veces mayor que la civil. L a mitad
del suelo próximamente estaba en manos del clero. A
fines del siglo declaran los Comunes que los tributos
pagados á la Iglesia son cinco veces mayores que los
pagados á la c o r o n a ; y algunos años después (2), con-

(1) Pictorial History, j, 802. En 1245, 1246, 1376. A . Thier-


ry, m , 79.
(2) 1404-1409. Los Comunes declaraban que con esas rentas
«1 rey podría sostener 15 condes. 1.500 caballeros, 6.200 escude-
oscura aún, pero más rica y poderosa cada siglo, que,
fundada por la aristocracia sajona abatida, y sosteni-
da por el carácter sajón subsistente, ha acabado por
establecer y consolidar una constitución libre y una
nación digna de la libertad, bajo la dirección de la
X
pequeña nobleza normanda y bajo el patronato de la
gran nobleza normanda.

kine. He was able, and did find the king a harness, with him-
self and his horse, while he came to the place that he should Hombres, como estos, dotados de un carácter serio,
receive the king's wages. I can remember that I buckled his har- de un espíritu decidido y de hábitos independientes,
ness when he went to Blackheath field. He kept me to school,
se ocupan de su conciencia, como de sus negocios, y
o r else I had not been able to have preached before the king's
majesty now. He married my sisters with p. s. 5 or 20 nobles acaban por poner la mano en la Iglesia, lo mismo que
a-piece, so that he brought them up in godliness and fear of en el Estado. Y a ha tiempo que las exacciones de la
God. He kept hospitality for his p o o r neighbours. And some curia romana han provocado las reclamaciones públi-
alms he gave to the poor, and all this did he of the said farm.
Where he that now hath it, payeth p. s. 16 by the year, or more, cas (1), y que es impopular el alto clero; los naciona-
an is not able to do any thing f o r his prince, for himself, not les se quejan de que el Papa entregue los mayores be-
for his children, or give a cup of drink to the poor. neficios á extranjeros no residentes; de que tal italiano
»In my time my poor father was as diligent to teach me to desconocido en Inglaterra posea por sí solo en Ingla-
shoot, as to learn me any other thing, and so I think other men
did their children: he taught me h o w to draw, how to lay terra de cincuenta á sesenta beneficios ; de que el di-
m y body in my bow, and not to draw with strength ot arms as nero inglés corra á raudales hacia R o m a , y que los
divers other nation do, but with strength of the body. I had clérigos, no siendo juzgados y a más que por los cléri-
my bows bought me according to my age and strength; as I
increased in them, so my bows were made bigger and bigger, rigos, se entreguen á sus vicios y abusen de la impuni-
f o r men shall never shoot wel, except they be brought up in dad. En los primeros años de Enrique III se contaban
it: it is a worthy game, a wholesome kind of exercise, and cerca de cien homicidios cometidos por sacerdotes que
much commended in physic.»
vivían aún. A principios del siglo x i v , la renta ecle-
• siástica era doce veces mayor que la civil. L a mitad
del suelo próximamente estaba en manos del clero. A
fines del siglo declaran los Comunes que los tributos
pagados á la Iglesia son cinco veces mayores que los
pagados á la c o r o n a ; y algunos años después (2), con-

(1) Pictorial History, j, 802. En 1245, 1246, 1376. A . Thier-


ry, m , 79.
(2) 1404-1409. Los Comunes declaraban que con esas rentas
«1 rey podría sostener 15 condes. 1.500 caballeros, 6.200 escude-
siderando que los bienes del clero no le sirven más que nal y vivo. Reaparece en parte la antigua lengua, y
para vivir en la ociosidad y en el lujo, proponen su reaparece del todo el antiguo metro; nada de rimas,
confiscación en beneficio del público. Ya se había sino aliteraciones bárbaras; nada de chanzas, sino
abierto camino la idea de la Reforma. Recuérdese que, una gravedad rígida, una invectiva sostenida, una
en las baladas, el héroe popular, Robín Hood, manda á imaginación grandiosa y sombría, pesados textos lati-
su gente que respete á los yeomen, á los que trabajan, nos asestados como por mano de protestante. El autor
hasta á los caballeros, si son «buenas personas», pero ha dormido en las alturas de Málveme, y ha tenido
que jamás hagan merced á los abades, ni á los obis- un sueño maravilloso. Sueña «que estaba en un desier-
pos. Los prelados pesan gravemente sobre el pueblo to, no pudo saber jamás en dónde; y como mirase al
con sus derechos, sus tribunales y sus diezmos ; y de Oriente, hacia la parte del sol, vió sobre una altura
repente, entre las charlas agradables ó las divagacio- una torre soberbiamente edificada, debajo un profundo
nes monótonas de los poetastros normandos, se oye valle, y allá dentro un torreón, con profundos fosos
tronar contra ellos la voz indignada de un sajón, de negros y de un aspecto terrible». Luego, entre una y
un hombre del pueblo y de un oprimido. otro, una gran llanura llena de gente, «de hombres de
Tal es la visión de Piers Plowman, un labriego (1), todas clases, pobres y ricos, trabajando y agitándose,
escrita, según se dice, por un clérigo ó sacerdote secu- como el mundo quiere; algunos, con el arado, no se da-
lar de Cleobury-Mortimer, cerca de Ludlow. En ella ban paz ni reposo á labrar y sembrar, y pasaban du-
son visibles sin duda las huellas del gusto francés; no ras penalidades, ganando lo que engullían y consu-
podía suceder de otra suerte: la gente de abajo no mían los pródigos (1)». Lúgubre pintura del mundo,
puede eximirse nunca en absoluto de imitar á la gente semejante á los sueños formidables, tan frecuentes en
de arriba; los poetas más verdaderamente populares, Alberto Durero y en Lutero; los primeros reformado-
Burns y Béranger, conservan con harta frecuencia el res se figuran que la tierra se halla entregada al mal,
estilo académico. Aquí, del propio modo, se echa que en ella tiene el diablo su imperio y sus ministros,
mano del artificio de moda, de la alegoría del poema que el Anticristo, sentado en el trono de Roma, os-
de la Rosa: salen á relucir Beneficio, Corrupción, Ava- tenta las pompas eclesiásticas para seducir á las almas
ricia, Simonía, Conciencia, y todo un pueblo de abs- y precipitarlas en el fuego del infierno. Aquí, de igual
tracciones corporalizadasi Pero á despecho de esos va- modo, el Anticristo entra en un convento con la ban-
nos fantasmas exóticos, el cuerpo del poema es nacio- dera desplegada; los frailes van en procesión solemne
á recibir y felicitar á su padre y señor. Sitia á Con-
ciencia, con siete gigantazos, los siete Pecados capita-
ros y 100 hospitales, recibiendo cada conde 300 marcos al año,
cada caballero 100 marcos y el producto de cuatro huebras; les; y el asalto es dirigido por Pereza, que lleva con-
cada escudero 40 marcos y el producto de dos huebras.—Pie- sigo un ejército de más de mil Prelados. Porque lo que
torial history, n , pág. 142.
(1) Hacia 1362. Hizo una revisión de su poema en 1376-77, y
le refundió por última vez hacia 1391. (1) Ed. Skeat, Oxford, 1886; texto A , prólogo, pág. 3.
impera son los vicios, tanto más odiosos, cuanto que minia. Y a aparece Ja concepción del mundo propia de
residen en los lugares sagrados y ponen al servicio del los pueblos del Norte, concepción triste y moral. No se
demonio á la Iglesia de Dios. «Ahora la religión es un vive tranquila y sosegadamente en esos países; hay
apuesto jinete, un azota calles, un mangonero de fies- que luchar á todas horas contra el frío y contra la llu-
tas, un comprador de tierras, que espolea á su pala- via. Allí no es posible tumbarse indolentemente baña-
frén, de hacienda en hacienda, seguido de una jauría, dos de luz, en medio de una atmósfera templada y des-
como un señor», y se hace servir de rodillas por cria- pejada, con los ojos embebidos en las nobles formas y
dos (1). Pero esa farsa sacrilega no es eterna, y Dios en la risueña serenidad del paisaje. Allí h a y que
sienta la mano á los hombres por v í a de aviso. Natu- trabajar para vivir; hay que ser diligente y pun-
raleza, por orden de Conciencia, envía de lo alto el es- tual; hay que patullar animosamente por lodazales,
cuadrón de los azotes y las enfermedades, «fiebres y detras del arado; hay que encender la luz de l a
fluxiones, toses y náuseas, calambres y dolores de tienda en pleno día: las penalidades que el clima i m -
muelas, reumas y sarampiones, tiñas y sarnas de la pone al hombre y las resistencias que le exige son
cabeza, inflamaciones y tumores é hinchazones abra- infinitas. De ahí la melancolía y la idea del deber.
sadoras, frenesí y enfermedades innobles». Se oyen El hombre piensa, naturalmente, en la vida como en
gritos: «¡Socorro! ¡Ahí está la terrible muerte que viene el combate; piensa más á menudo aún en l a negra
á destruirnos á todos!» Y llegan las podres, las pústu- muerte que cierra esa parada sangrienta sumiendo
las, las pestes, los dolores agudos: acude la Muerte, tantas cabalgatas rozagantes y tumultuosas en el si-
«reduciéndolo todo á polvo, reyes y caballeros, empe- lencio y la eternidad del ataúd. Todo este mundo v i -
radores y papas. Más de una graciosa dama, y señora sible es vano; lo único verdadero es la virtud del h o m -
de caballeros, se desmayó y murió doliente entre los bre, la energía animosa con que se domina á sí mismo,
dientes de la Muerte (2)». He ahí cúmulos de miserias, y la energía generosa con que se consagra al servicio
semejantes á los que exhibe Milton en su visión de la de los demás. En ese fondo se fijan los ojos, traspa-
vida humana (3); he ahí las trágicas pinturas y los sen- sando la decoración mundana y despreciando el g o c e
timientos en que se complacerán los reformadores; sensible para llegar hasta ahí. A favor de ese m o v i -
discurso hay de K n o x á las damas de la corte de Ma- miento interno, cambia el modelo ideal, y se ve surgir
ría Estuardo, que también arranca brutalmente el una nueva fuente de acción: la idea de lo justo. L o
adorno del cadáver humano para patentizar su igno- que los subleva contra la pompa y la insolencia ecle-
siástica no es ni la envidia del plebeyo pobre, ni l a
cólera del hombre explotado, ni la sed revolucionaria
(1) Texto B, passus x , verso 305.
El archidiácono de Richmond, girando visita en 1216, fué al de aplicar la verdad abstracta, sino la conciencia;
priorato de Bridlington con noventa y siete caballos, veintiún tiemblan ante el pensamiento de no salvarse, si per-
perros y tres halcones. manecen en el seno de una iglesia corrompida; temen
(2) Texto C, passus x x n i , verso 80.
las amenazas de Dios, y no se atreven á embarcarse
(3) Ultimo libro. The Lazar House.
intermediarios entre el hombre y Dios; por más que
para el gran viaje eon guias dudosos. «¿Qué es la jus-
los doctores reivindiquen la autoridad para sus pala-
ticia, y cómo la tendré?» se preguntaba ansiosamente
bras, hay una más autorizada: la de Dios. Esa gran
Lutero. Con las mismas inquietudes parte Piers Plow-
palabra se o y e desde el siglo x i v ; ha abandonado las
man en busca de Bien-Obrar, y pide á todos que le
escuelas doctas, las lenguas muertas, los empolvados
indiquen dónde podrá encontrarle. «Entre nosotros»,
estantes en que la dejaban dormir los clérigos, cubier-
le dicen dos monjes. «No, contesta, puesto que el
ta por el hacinamiento de los comentaristas y de los
justo peca siete veces al día, vosotros pecáis, y así la
Padres (1). Ha aparecido W y c l e f f , y la ha traducido
verdadera justicia no está entre vosotros.» Recurre al
como Lutero y en el mismo espíritu que Lutero. «To-
«estudio y á la Escritura», c o m o Lutero; los clérigos
dos los cristianos, hombres y mujeres (2), viejos y j ó -
hablan muy fácilmente, en la mesa, de Dios y de la
venes—dice en su prefacio—deben estudiar mucho el
Trinidad, «citando á San Bernardo, con muchos ar-
Nuevo Testamento, porque tiene plena autoridad, y
gumentos pomposos, cuando los ministriles terminan
está abierto al entendimiento de la gente sencilla en
su música; pero entre tanto los pobres pueden llorar
los puntos que son más necesarios p a r a l a salvación.»
á la puerta y temblar de frío sin que nadie los alivie».
Es menester que la religión sea secular, que salga de
A l contrario, se les grita como á perros, y se los echa.
las manos del clero que la acapara; cada uno debe
«Todos esos grandes señores tienen á Dios en la boca;
escuchar y leer por sí mismo la palabra de Dios; así
los pobres son los que le tienen en el corazón (1)», y
estará seguro de que no se ha corrompido en el cami-
el corazón, la fe interior, la virtud v i v a es lo que cons-
no; la oirá mejor; mucho más: la entenderá mejor;
tituye l a religión verdadera. He ahí lo que han em-
«porque todos los pasajes de la Santa Escritura, los
pezado á descubrir los rudos sajones; se ha despertado
claros como los oscuros, enseñan la dulzura y la cari-
l a conciencia germánica, y también el sano sentido
dad. Por eso el que practique la dulzura y la caridad
inglés, la energía personal, la resolución de juzgar y
tiene la verdadera inteligencia y toda la perfección
decidir cada cual por su propia cuenta.
de la Sagrada Escritura... Así, que ningún hombre de
«Cristo es nuestra cabeza; no tenemos otra cabeza» espíritu sencillo se asuste de estudiar el texto de la
dice un poema anónimo de la misma época, y que rei-
vindica, con otros, la independencia para las con-
(1) Knighton, hacia 1400, escribe lo siguiente sobre Wycleff:
ciencias cristianas (2). «Nosotros también somos sus
«Transtulit de Latino in anslicam linguam, non angelicam!
miembros. Nos ha dicho á todos que le llamemos nues- Unde per ipsum fit vnlgare, et magis apertnm laicis et mulieri-
tro Padre. Nos ha prohibido usar ese nombre de maes- bus legere scientibus quam solet esse clericis admodnm littera-
tis, et bene intelligentibus. Et sic evangelica margarita spargi-
tro; todos los maestros son falsos y malos.» Nada de tnr et a porcis concnlcatur... (ita) ut laicis commune aeternum
quod ante fuerat clerieis et ecclesiae doctoribus talentum a u -
pernum.
(1) Este poema se imprimió más tarde, en 1550. Se hicieron
(2) Wycleff s Bible, ed. de Forshall and Madden, prefacio,
tres ediciones en un año: tan visiblemente protestante era. ed. de Oxford.
(2) Véase Piers Plowman's crede, The Plowman's tale, etc.
Sagrada Escritura... Y que ningún clérigo se alabe de
aquellas clases humildes van á pensar y hablar; que
poseer la verdadera inteligencia de la Escritura, por-
bajo la literatura oficial, imitada de Francia, va á
que la verdadera inteligencia de la Escritura sin la
surgir una nueva literatura, y que al fin va á tener
caridad no sirve sino para condenarse más completa-
voz Inglaterra, la verdadera Inglaterra, medio muda
mente... Y el orgullo y la concupiscencia de los clérigos
desde la época de la conquista.
son causas de su ceguedad y de su herejía, y los pri-
No la tiene. El rey y los pares se unen á la Iglesia;
van de la verdadera inteligencia de la Escritura». Ta-
establecen estatutos terribles; destruyen los libros-
les son las temibles palabras que empiezan á circular
queman vivos á los herejes, y á menudo con refina-
en las tiendas y en las escuelas; se lee y comenta esa
mientos: al uno dentro de un tonel, al otro colgado
Biblia traducida, y se juzga, según ella, á l a Iglesia
por medio del cuerpo de una cadena de hierro. Se
presente. Qué juicio formarían aquellos espíritus serios
atentaba al poder temporal del clero, se atentaba con
y sinceros, con qué prontitud se elevarían hasta la
él á toda la constitución inglesa, y el gran edificio de
verdadera religión de su raza, cosa es que puede verse
arriba aplastó con todo su peso á los demoledores de
en su petición al Parlamento (1): Ciento treinta años
abajo. Oscuramente, en silencio, mientras los grandes
antes de Lutero decían que Cristo no había instituido
se degüellan en las guerras de las Dos Rosas, el pue-
el Papa; que las peregrinaciones y el culto de las
blo sigue trabajando y viviendo, desprendiéndose de
imágenes lindaban con la idolatría; que los ritos exte-
la Iglesia oficial, conservando sus libertades y acre-
riores carecen de importancia; que los sacerdotes no
centando su riqueza (1), pero sin ir más adelante. Como
deben poseer bienes temporales; que la doctrina de la
enorme roca que constituye el fondo del suelo, y sin
transubstanciación hace al pueblo idólatra; que los
embargo, no aflora más que por tal cual punto, él ape-
sacerdotes no tienen el poder de absolver los pecados.
nas aparece. Ninguna gran obra poética ni religiosa
En prueba de todo eso aducían textos de la Escritura.
le saca á luz. Cantó; pero sus baladas, olvidadas pri-
Figuraos aquellos espíritus valerosos, aquellas almas
mero y transformadas después, no llegan á nosotros
viriles y sencillas, que empiezan á leer por la noche
más que en redacciones posteriores. Oró; pero, salvo
en su tienda, á la luz de una mala vela; porque de
uno ó dos poemas de escaso valer, su doctrina incom-
gente de tienda se trata—de sastres, de peleteros, de
panaderos:—esos son los que, en compañía de al-
gunos hombres de letras, empiezan á leer; más aún: (1) Commines, lib. v, capítulos xix y xx.
á creer y dejarse quemar (2). ¡Qué espectáculo en el «En mi sentir, de todos los señoríos del mundo que y o conoz-
co, aquel en que es mejor tratada la cosa pública y en que rei-
siglo x v , y qué esperanza! Parece que con la libertad
na menos violencia sobre el pueblo, y donde no se ven edificios
de acción v a á surgir la libertad del espíritu; que derribados ni demolidos por la guerra, y donde la desgracia cae
sobre los que hacen la guerra, es Inglaterra... El reino de I n -
glaterra disfruta, sobre todos los otros, de este favor: que no se
(1) 1395. «estruje el pueblo ni el país, que nose queman ni demuelen loa
(2) 1401. William Sawtre, primer lolardo quemado vivo. «Mcioa, y que el destino pesa sobre la gente de guerra, y en
particnlar sobre los nobles.»
pleta y reprimida no llegó á desenvolverse. Por el can-
to, el acento y el sello de sus baladas (1), se ve bien
que son capaces de la más bella invención poética;
pero su poesía permanece en manos de los yeomen y
de los arpistas. Por la precocidad y la energía de sus
reclamaciones religiosas, se comprende bien que son
capaces de las creencia? más apasionadas y severas; CAPITULO III
pero su fe permanece sepultada en las trastiendas de
algunos sectarios oscuros. Ni su fe ni su poesía pudie-
LA NUEVA LENGUA
ron llegar á su término y complemento. El Renaci-
miento y la Reforma, que son las dos explosiones na-
cionales, se hallan lejos aún, y la literatura del tiempo
va á conservar hasta el fin, como la alta sociedad in-
I. Chancer.—Su e d u c a c i ó n . — S u vida política|y mundana.—
glesa, la impresión casi pura de su origen francés y de Cómo sirvió esa vida á su talento.—Es el pintor de la segunda
sus modelos extranjeros. sociedad feudal.
II. Cómo degeneró la Edad Media.—Diminución de la seriedad
(1) Véase las baladas sobre Chevy Chace, The Nut Brmn en las costumbres, en los escritos y en las obras de arte.—
maid, etc. Muchas de ellas son dramitas admirables. Necesidad de excitación.— Situaciones análogas de la a r q u i -
tectura y de la literatura.
III á V . En qué pertenece Ohaucer á la Edad Media.—Poemas
novelescos y decorativos.—El Poema de la Eosa.—Troilo y
Criseida.—Cuentos de Cantorbery.—Desfile de descripciones
y de acontecimientos.— La Casa de la Fama. —Visiones y sue-
ños fantásticos.—Poema de a m o r . — T r o ü o y Criseida.—Des-
arrollo exagerado del amor en la Edad Media.—Por qué h a -
bía tomado esa senda el espíritu.—El amor místico.—La Flor
y la hoja.—El a m o r s e n s u a l . — T f b ü o y Criseida.
VI. En qué es francés Chaucer.—Poemas satíricos y burlescos.
—Cuentos de Cantorbery.—La m u j e r de Bath y el m a t r i m o -
nio.—El fraile mendicante y la religión.—La chocarrería, la
bellaquería y la grosería de la Edad Media.
VII. En qué es Chaucer inglés y original.—Concepción del c a -
rácter y del individuo.—Van Eyck y Chaucer son contempo-
ráneos.—Prólogo de los cuentos de Cantorbery.—Retratos del
franklin, del monje, del molinero, de la burguesa, del caba-
llero, del escudero, de la abadesa, del buen cura.—Conexión
de los sucesos y de los caracteres.—Concepción del conjunto.
Importancia de esa concepción.—Chaucer precursor del R e -
nacimiento.—Se detiene en el camino —Su pesadez y sus pue-
pleta y reprimida no llegó á desenvolverse. Por el can-
to, el acento y el sello de sus baladas (1), se ve bien
que son capaces de la más bella invención poética;
pero su poesía permanece en manos de los yeomen y
de los arpistas. Por la precocidad y la energía de sus
reclamaciones religiosas, se comprende bien que son
capaces de las creencia? más apasionadas y severas; CAPITULO III
pero su fe permanece sepultada en las trastiendas de
algunos sectarios oscuros. Ni su fe ni su poesía pudie-
LA NUEVA LENGUA
ron llegar á su término y complemento. El Renací-
miento y la Reforma, que son las dos explosiones na-
cionales, se hallan lejos aún, y la literatura del tiempo
va á conservar hasta el fin, como la alta sociedad in-
I. Chaueer.—Su e d u c a c i ó n . — S u vida política|y mundana.—
glesa, la impresión casi pura de su origen francés y de Cómo sirvió esa vida á su talento.—Es el pintor de la segunda
sus modelos extranjeros. sociedad feudal.
II. Cómo degeneró la Edad Media.—Diminución de la seriedad
(1) Véase las baladas sobre Chevy Chace, The Nut Brmn en las costumbres, en los escritos y en las obras de arte.—
maid, etc. Muchas de ellas son dramitas admirables. Necesidad de excitación.— Situaciones análogas de la a r q u i -
tectura y de la literatura.
III á V . En qué pertenece Chaueer á la Edad Media.—Poemas
novelescos y decorativos.—El Poema de la Eosa.—Troilo y
Criseida.—Cuentos de Cantorbery.—Desfile de descripciones
y de acontecimientos.— La Casa de la Fama. —Visiones y sue-
ños fantásticos.—Poema de a m o r . — T r o ü o y Criseida.—Des-
arrollo exagerado del amor en la Edad Media.—Por qué h a -
bía tomado esa senda el espíritu.—El amor místico.—La Flor
y la hoja.—El a m o r s e n s u a l . — T f b ü o y Criseida.
VI. En qué es francés Chaueer.—Poemas satíricos y burlescos.
—Cuentos de Cantorbery.—La m u j e r de Bath y el m a t r i m o -
nio.—El fraile mendicante y la religión.—La chocarrería, la
bellaquería y la grosería de la Edad Media.
VII. En qué es Chaueer inglés y original.—Concepción del c a -
rácter y del individuo.—Van Eyck y Chaueer son contempo-
ráneos.—Prólogo de los cuentos de Cantorbery.—Retratos del
franklin, del monje, del molinero, de la burguesa, del caba-
llero, del escudero, de la abadesa, del buen cura.—Conexión
de los sucesos y de los caracteres.—Concepción del conjunto.
Importancia de esa concepción.—Chaueer precursor del R e -
nacimiento.—Se detiene en el camino —Su pesadez y sus pue-
disfrutar de una pensión, ir de diputado al Parlamen-
rilidades.—Causas de esa impotencia.—Su prosa y sus ideas
escolásticas.—Cómo permanece aislado en sn siglo.
to y fundar una familia que hizo fortuna. Era cufiado
VIII. Enlace de la filosofía y la poesía.—Cómo han perecido del duque de Lancaster; desempeñaba varias veces
las ideas generales bajo la filosofía escolástica.—Por qné pe- embajadas ó misiones secretas en Florencia, en Géno-
rece la poesía.—Comparación de la civilización y de la de-
va, en Milán, en Flandes; negociaba en Francia el ma-
cadencia en la Edad Media y en España.—Extinción de la
literatura inglesa.-Traductores.—Rimadores oe crónicas.— trimonio del príncipe de Gales; atravesaba todas las
Poetas didácticos.—Redactores de moralidades.—Gower.— vicisitudes de la política, ahora en desgracia, luego en
Occleve.—Lydgate.-Analogía del gusto en los trajes, en los alza. Experiencia de los negocios, de los viajes, de la
edificios y en la literatura.—Idea triste del azar y de la mise-
ria humana.—Hawes. — Barcklay.—Skelton.— Rudimentos guerra, de la corte; he ahí una educación muy distin-
de la Reforma y del Renacimiento. ta de la de los libros. Notad que se encuentra en la
corte de Eduardo III, la más espléndida de Europa,
entre torneos, recepciones y magnificencias; que se ha-
llaba en medio de las pompas de Francia y de Milán;
I que conversaba con Petrarca, y quizá con Boccacio y
Froissart; que fué actor y espectador de los más bellos
y más trágicos espectáculos. ¡Qué de cabalgatas y ce-
remonias! ¡Qué desfile de armaduras, de caballos en-
Sin embargo, al través de tantos ensayos infructuo-
jaezados, de damas engalanadas! ¡Qué ostentación de
sos, en medio de la prolongada impotencia de la lite-
costumbres galantes y señoriales! ¡Qué brillante y va-
ratura normanda, que se contentaba con copiar, y de
riada sociedad, capaz de llenar la mente y los ojos de
la literatura sajona, que no podía desenvolverse, se
un poeta! Como Froissart, y mejor que Froissart, pudo
había formado la lengua definitiva, y surgía un escri-
pintar los castillos de los nobles, sus conversaciones y
tor potente. Apareció un hombre superior, Godofredo
sus amores, y lisonjearlos con su retrato.
Chaucer, inventor, aunque discípulo, original, aunque
traductor, y que por su genio, su educación y su vida,
pudo conocer y pintar toda una sociedad, y sobre todo,
satisfacer á la sociedad caballeresca y á las cortes
suntuosas que en sus cimas brillaban (1). A ella perte- n
necía, aunque docto y versado en todas las ramas de
la escolástica, y en ella tomó tanta parte, que su vida
fué, desde el principio hasta el fin, la de un hombre de Dos ideas habían sacado á la Edad Media de la
mundo y un hombre de acción. Le vemos sucesivamen- informe barbarie: una idea religiosa, que erigió las
te servir en el ejército de Eduardo, llegar á gentilhom- gigantescas catedrales y arrancó del suelo á las po-
bre del rey, casarse con una camarista de la reina, blaciones para lanzarlas sobre la Tierra Santa, y otra
idea secular, que levantó las fortalezas feudales, y
(1) Nació en 1840, murió en 1400.
grata sorpresa? ¿Y qué es del sentimiento cristiano ante
plantó al hombre de corazón, erguido y armado, en
esas decoraciones de ópera? La literatura se entre-
su dominio; una produjo el héroe aventurero, y otra
tiene en términos análogos. En el siglo XVIII, segunda
produjo el monje místico; una era la creencia en Dios,
edad de la monarquía absoluta, se vió sustituir á las
y otra la creencia en sí. Las dos, extremadas, habían
líneas severas los perendengues y la hojarasca, y á
degenerado por el desenfreno de su propia fuerza. La
los nobles escritos los lindos versos de sociedad y las
una había exaltado la independencia hasta la rebe-
novelitas afectadas y libres. Así también, en el si-
lión; la otra había extraviado la piedad hasta el arro-
glo xiv, segunda edad del mundo feudal, se ve susti-
bamiento. La primera incapacitaba al hombre para
tuir á la antigua arquitectura grandiosa las blondas
la vida civil; la segunda apartaba al hombre de la
de piedra y la esbelta florescencia de las formas
vida natural; la una, instituyendo el desorden, disol-
aéreas, y á la antigua y sencilla epopeya los versos
vía la sociedad; la otra, entronizando el desvarío, per-
refinados y los cuentos divertidos. No es ya la exube-
vertía la inteligencia. Fué menester reprimir la caba-
rancia de un sentimiento verdadero la fuente que los
llería que conducía 'al bandolerismo, y refrenar la
produce, sino la necesidad de excitación. Fijaos en
devoción que traía la servidumbre. El feudalismo tur-
Chaucer: ved cuáles son sus asuntos y cómo los elige.
bulento se había enervado como la teocracia opre-
Va á buscarlos á todas partes, á Italia, á Francia, á
sora; y las dos grandes pasiones dominantes, privadas
las leyendas populares, á los antiguos clásicos. Sus lecto-
de su savia y separadas de su tronco, languidecían
res necesitan variedad, y su oficio es suministrarles co-
hasta el extremo de dejar germinar en su puesto y
sas gratas: es la misión del poeta en aquel tiempo (1).
florecer con su nombre la monotonía del hábito y el
Los señores acaban de comer; los ministriles acabando
apego al mundo.
cantar; la luz de las antorchas cae sobre el terciopelo
Insensiblemente disminuye la seriedad en los escri- y el armiño, sobre las figuras caprichosas, los colori-
tos como en las costumbres, en las obras de arte como nes y bordados de los ropajes; en aquel punto llega el
en los escritos. La arquitectura, en vez de servidora poeta, y presenta su manuscrito «ricamente iluminado,
de la fe, se hace esclava de la fantasía. Cae en la con encuademación violada carmesí, embellecido con
exageración; se afana por los adornos; olvida el con- broches, con relieves de plata y rosas de oro»; se le
junto por los detalles; lanza sus torres á alturas des- pregunta de qué trata, y responde: «de amor».
medidas; guarnece sus iglesias de doseletes, de pinácu-
los, de arcos trilobados, de galerías caladas. «Su única
preocupación es subir continuamente, revistiendo el (1) Véase Froissart, sn vida al lado del conde de Foix y al
sagrado edificio de un atavio deslumbrador, que le lado del rey R-cardo II.
hace asemejarse á una desposada (1).» Ante ese en-
caje maravilloso, ¿qué emoción puede sentirse sino la

(1) Renán: De l'art au moyen áge.


Arcitas, vencedor en el torneo, cae y muere de la caída,
legando la bella Emilia á su rival; cómo el apuesto ca-
ballero troyano Troilo gana el favor de Criseida, y
cómo Criseida le abandona por Diómedes: he ahí aún
ni novelas en verso y novelas de amor. Son un poco lar-
gas; todos los escritos de ese tiempo, franceses ó imita-
ciones del francés, proceden de espíritus demasiado
fáciles; pero ¡qué fluidez! Un riachuelo sinuoso que
En efecto; es el tema más agradable, el más á pro- mansamente se desliza por tersa arena brillando á ra-
pósito para que se deslicen suavemente las horas de tos al sol, es lo único á que pueden compararse. Los
la noche entre la copa de vino sazonado y los perfu- personajes hablan demasiado; ¡pero hablan tan bien!
mes que se queman en la estancia. Chaucer tradujo Aun en los momentos en que disputan, se los oye con
desde luego el gran almacén de la galantería, el poe- gusto: de tal suerte se funden las cóleras y las injurias
ma de la Rosa. Ningún pasatiempo más bonito: se en el copioso flujo de la conversación continua. Acor-
trata de una rosa que quiere coger el amante—ya daos de Froissart, y de como los degüellos, los asesi-
se adivina cuál;—las pinturas del mes de Mayo, de natos, las pestes, las carnicerías, todo el cúmulo de las
los bosquecillos, de la tierra engalanada, de los verdes miserias humanas, se disipa en la atmósfera uniforme
setos, cunden y pululan por todas partes. Luego vie- de su humor placentero, hasta el punto de que las
nen los retratos de las damas risueñas, Riqueza, Fran- figuras furiosas y gesticulantes no parecen ya más que
queza, Alegría, y, por contraste, los de los personajes adornos y bordados destinados á poner de relieve el
tristes, Peligro, Trabajo, todos ellos minuciosos, con tejido de sedas matizadas que forman la trama de su
el pormenor de las facciones, de los vestidos, de los narración.
ademanes. Es como si uno se paseara por delante de
Pero lo que abunda sobre todo son las descripcio-
un tapiz entre paisajes, bailes y castillos, entre grupos
nes. Chaucer os pasea por entre las armaduras, los
de alegorías de vivos colores, alegorías contrapuestas
palacios y los templos, deteniéndose delante de todo
é incesantemente renovadas y variadas para recreo de
hermoso ejemplar: aquí «el oratorio y la capüla de
los ojos. Porque ha sobrevenido un mal ignorado en
Venus», y la figura gloriosa de la «misma Venus des-
las edades serias: el tedio. Para combatirle se necesi-
nuda y flotante en el anchuroso mar, cubierta desde
tan cosas siempre nuevas y llamativas; y Chaucer,
el ombligo abajo de verdes olas como el cristal de bri-
como Boccacio y Froissart, se consagra á esa empresa
llantes, con una cítara en la diestra mano, y ceñida
con toda su alma. Toma de Boccacio las historias de
la graciosa cabeza por una guirnalda de frescas rosas,
Arcitas y Palemón, de Troilo y Criseida, y las arre-
de suave perfume, sobre la cual revolotean sus palo-
gla. Cómo los dos jóvenes caballeros tebanos, Arcitas y
mas»; allá el templo de Marte, «en una selva donde
Palemón, se prendan á la vez de la bella Emilia, y cómo
no habita hombre ni animal, con viejos árboles nudo-
sos, rugosos, estériles, de raigones puntiagudos y ho- y poderosos músculos, de anchos hombros, de barba
rribles, y al través de los cuales circulaba un rumor negra, de cara viril, con su larga cabellera de cuervo
y estremecimiento como si la tempestad fuese á rom- cayéndole por la espalda, con una pesada diadema de
per todas las ramas. Bajo un escarpado se alzaba el oro y de rubíes en la cabeza, marchando de pie en un
templo, todo él de acero bruñido, y de una entrada carro de oro tirado por cuatro toros blancos, seguido
larga, estrecha, espantosa»; de fuera «entraba un de veinte lebreles tamaños como búfalos pequeños,
viento tan furioso que levantaba todas las puertas». con collares de oro labrado, y rodeado por cien seño-
Ninguna luz, salvo la del Norte; todos los pilares, de res de buenas armas y de gran valor.» No describiría
hierro reluciente y gruesos como toneles; las puertas más ni mejor un rey de armas. Los nobles y las damas
de diamante indestructible, y afianzadas á lo largo y de la época veían reproducidos aquí sus fiestas y tor-
á lo ancho con sólidas barras de hierro; las paredes, neos.
cubiertas de imágenes del homicidio, y en el santua- Hay algo más agradable que un bello cuento, y es
rio «la estatua de Marte armado en un carro, con ex- una colección de bellos cuentos, sobre todo cuando los
presión feroz y sombria, y con un lobo á sus pies de- cuentos son de todos los colores. Froissart los compone
vorando la carne de un hombre». ¿No son esos con- con el nombre de Crónicas, y mejor aún Boccacio; tras
trastes bien preparados para despertar la atención? él los señores de las Cien novelas nuevas, y más tarde
Encontraréis en Chaucer multitud de pinturas seme- Margarita de Navarra. ¿Qué más natural entre per-
jantes. Ved el paso de los combatientes que van á sonas que se reúnen, hablan y quieren divertirse? Las
justar en campo cerrado por Arcitas y Palemón (1); costumbres del tiempo los sugieren; porque ya han em-
unos con una tarja, otros con una adarga, otros con pezado los usos y los gustos de la sociedad, y la ficción,
una coraza y faldellín de acero; cada cual armado á así concebida, no hace más que trasladar á los libros
su guisa con espadas, hachas ó mazas, según la moda las conversaciones que se cruzan en los salones y en
caprichosa de la fantasía guerrera. Al frente «el rey los caminos. Chaucer describe una compañía de pere-
de la India sobre bayo corcel cubierto de acero y de grinos, gente de toda clase de condiciones que va á
paño de oro bordado. Llevaba cota sembrada de grue- Gantorbery, un caballero, un jurista, un doctor de
sas perlas blancas y redondas, y manto salpicado de Oxford, un médico, un molinero, una abadesa, un
rojos rubíes resplandecientes como el fuego. Tenía ri- fraile, todos los cuales convienen en contar cada uno
zosa y dorada cabellera que brillaba al sol, ojos como una historia. «Porque no hubiese sido alegre y ani-
los del león, voz como una trompeta atronadora, una mado cabalgar mudos como piedras.» Cuentan, pues;
fresca guirnalda de laurel en la cabeza, y en la mano en ese hilo ligero y flexible van ensartándose y for-
un aguila domesticada, blanca como una azucena». mando un collar todas las joyas de la imaginación feu-
Por otra parte, Licurgo, el rey de Tracia, «de duros dal, falsas ó verdaderas: nobles relatos caballerescos,
el milagro de un niño degollado por judíos, las prue-
(1) Knight'tale, páginas 20-21. bas de la paciente Griselda, Canacea y las maravillo-
sas invenciones de la fantasía oriental; fábliaux licen- que no se sacian sino con el hacinamiento de cosas des-
ciosos sobre el matrimonio y sobre los frailes, cuentos lumbradoras. Cuando miráis una catedral de la épo-
alegóricos ó morales, la fábula del Gallo y la Gallina, ca, sentís un movimiento de temor. Falta la sustancia:
la enumeración de los grandes infortunados: Lucifer, los muros rasgados para dejar su puesto á las venta-
Adán, Sansón, Nabucodonosor, Zenobia, Creso, Ugo- nas, el labrado artificio de las puertas, el vuelo pro-
lino, Pedro de España. Corto, porque hay que abre- digioso de las delgadas columnillas, las frágiles sinuo-
viar. Chaucer es como un joyero, con las manos lle- sidades de los arcos, todo amenaza; se ha retirado el
nas: perlas y cuentas de vidrio, diamantes refulgen- apoyo para ceder su puesto al ornato. Sin el sostén
tes, ágatas vulgares, negros azabaches, rosas de ru- exterior de los contrafuertes, y sin la ayuda artificial
bíes; cuanto la historia y la imaginación han podido de los grapones de hierro, el edificio se hubiese desplo-
recoger y tallar durante tres siglos en Oriente, en mado al primer día; con eso y con todo, se desmorona
Francia, en el país de Gales, en Provenza, en Italia; en tales términos, que hay que tener á mano colonias
cuanto ha rodado hasta él machacado, roto ó pulimen- de albañiles para combatir de continuo su continua
tado por la corriente del tiempo y por el gran revol- ruina. Pero los ojos se pierden siguiendo las ondula-
tillo de la memoria humana, lo tiene á mano y lo arre- ciones y espirales de su infinita filigrana; el rosetón
gla, componiendo con todo un vistoso aderezo de mil flamante de la portada, y las pintadas vidrieras, de-
facetas, que por su brillo y sus contrastes puede rraman matizada luz sobre las sillas esculpidas del
atraer y satisfacer los ojos más ávidos de recreo y no- coro, sobre el oro y la plata del altar, sobre las pro-
vedad. cesiones de capas adamascadas y resplandecientes,
sobre la profusión de estatuas escalonadas; y á esa luz
violada, con esa púrpura vacilante, entre esas flechas
de oro que traspasan la sombra, el edificio entero pa-
IV rece la cola de un pavo real místico. Pues así también
la mayoría de los poemas del tiempo carecen de fon-
do; á lo sumo si les sirve de sostén alguna vulgaridad
Hace más. El desenfreno universal de la curiosidad moral: el poeta no se ha preocupado más que de poner
inmoderada exige goces más refinados, que sólo pue- á nuestra vista el brillo de los colores y la riqueza de
den satisfacer la fantasía y el ensueño; no la fantasía las formas. Son ensueños ó visiones; hay cinco ó seis
profunda y reflexiva de un Shakespeare, ni el ensueño en Chaucer, y vais á encontrarlas en todo vuestro ca-
apasionado y meditado de un Dante, sino el fantasma mino hasta el Renacimiento. Pero la exhibición es es-
y la quimera de los ojos, de los oídos, de todos los sen- pléndida. Chaucer se ve transportado en sueños á un
tidos exteriores que, en poesía como en arquitectura, templo de cristal (1), sobre cuyos muros aparecen
reclaman singularidades, maravillas, desafíos empe-
ñados y ganados contra lo razonable y lo probable, y (1) The House of Fame.
sas invenciones de la fantasía oriental; fábliaux licen- que no se sacian sino con el hacinamiento de cosas des-
ciosos sobre el matrimonio y sobre los frailes, cuentos lumbradoras. Cuando miráis una catedral de la épo-
alegóricos ó morales, la fábula del Gallo y la Gallina, ca, sentís un movimiento de temor. Falta la sustancia:
la enumeración de los grandes infortunados: Lucifer, los muros rasgados para dejar su puesto á las venta-
Adán, Sansón, Nabucodonosor, Zenobia, Creso, Ugo- nas, el labrado artificio de las puertas, el vuelo pro-
lino, Pedro de España. Corto, porque hay que abre- digioso de las delgadas columnillas, las frágiles sinuo-
viar. Chaucer es como un joyero, con las manos lle- sidades de los arcos, todo amenaza; se ha retirado el
nas: perlas y cuentas de vidrio, diamantes refulgen- apoyo para ceder su puesto al ornato. Sin el sostén
tes, ágatas vulgares, negros azabaches, rosas de ru- exterior de los contrafuertes, y sin la ayuda artificial
bíes; cuanto la historia y la imaginación han podido de los grapones de hierro, el edificio se hubiese desplo-
recoger y tallar durante tres siglos en Oriente, en mado al primer día; con eso y con todo, se desmorona
Francia, en el país de Gales, en Provenza, en Italia; en tales términos, que hay que tener á mano colonias
cuanto ha rodado hasta él machacado, roto ó pulimen- de albañiles para combatir de continuo su continua
tado por la corriente del tiempo y por el gran revol- ruina. Pero los ojos se pierden siguiendo las ondula-
tillo de la memoria humana, lo tiene á mano y lo arre- ciones y espirales de su infinita filigrana; el rosetón
gla, componiendo con todo un vistoso aderezo de mil flamante de la portada, y las pintadas vidrieras, de-
facetas, que por su brillo y sus contrastes puede rraman matizada luz sobre las sillas esculpidas del
atraer y satisfacer los ojos más ávidos de recreo y no- coro, sobre el oro y la plata del altar, sobre las pro-
vedad. cesiones de capas adamascadas y resplandecientes,
sobre la profusión de estatuas escalonadas; y á esa luz
violada, con esa púrpura vacilante, entre esas flechas
de oro que traspasan la sombra, el edificio entero pa-
IV rece la cola de un pavo real místico. Pues así también
la mayoría de los poemas del tiempo carecen de fon-
do; á lo sumo si les sirve de sostén alguna vulgaridad
moral: el poeta no se ha preocupado más que de poner
Hace más. El desenfreno universal de la curiosidad
á nuestra vista el brillo de los colores y la riqueza de
inmoderada exige goces más refinados, que sólo pue-
las formas. Son ensueños ó visiones; h a y cinco ó seis
den satisfacer la fantasía y el ensueño; no la fantasía
en Chaucer, y vais á encontrarlas en todo vuestro ca-
profunda y reflexiva de un Shakespeare, ni el ensueño
mino hasta el Renacimiento. Pero la exhibición es es-
apasionado y meditado de un Dante, sino el fantasma
pléndida. Chaucer se ve transportado en sueños á un
y la quimera de los ojos, de los oídos, de todos los sen-
templo de cristal (1), sobre cuyos muros aparecen
tidos exteriores que, en poesía como en arquitectura,
reclaman singularidades, maravillas, desafíos empe-
ñados y ganados contra lo razonable y lo probable, y
(1) The House of Fame.
figuradas en oro todas las leyendas de Ovidio y de riadores de la guerra de Troya. ¿Hay que acabar de
Virgilio: interminable desfile de personajes y de trajes transcribir esa fantasmagoría en que la erudición acu-
semejantes al que en las vidrieras de las iglesias mulada desluce la invención pintoresca, y en que el
ocupa entonces los ojos de los fieles. De pronto una tono festivo delata muchas veces que la visión no es
gran águila de oro, que se cierne cerca del sol y re- más que un entretenimiento voluntario? El poeta y su
luce como un carbunclo, baja con la rapidez del rayo lector se han representado durante media hora salas
y le arrebata en sus garras hasta más arriba de las adornadas y animadas muchedumbres; al través del
estrellas, para dejarle después delante del palacio de diáfano y dorado vapor que se complacían en seguir,
la Fama, palacio resplandeciente de berilo, con bri- ha corrido un tenue hilillo de ingenio. Basta: se han
llantes ventanas y erguidas torrecillas, situado en el distraído con sus ilusiones fugitivas, y no piden más.
remate de un alto peñón de hielo casi inaccesible.
Toda la parte Sur estaba cubierta de nombres graba-
dos de hombres famosos, pero el sol los derretía conti-
nuamente. Por la parte Norte, los nombres, mejor res-
V
guardados, permanecían íntegros. En las torrecillas
aparecían ministriles y juglares con Orfeo, Arión y los
grandes arpistas; detrás de ellos infinidad de músicos
con bocinas, flautas, cornamusas y zampoñas, cuyos En medio de ese libertinaje del espíritu, entre esas
sonidos llenaban el aire; por fin todos los encantado- exigencias refinadas y esa exaltación insaciable de la
res, mágicos y profetas. Entra el poeta, y en un alto imaginación y de los sentidos, existía una pasión, el
salón revestido de oro con realces de perlas, sobre un amor, que, concentrándolas todas, se había desen-
tronode carbunclo, v e sentada una mujer, «unagrande vuelto hasta lo sumo, y revelaba en compendio el en-
y noble reina», entre una multitud infinita de heral- canto enfermizo, la profunda y funesta exageración
dos cuyas bordadas túnicas ostentan las armas de los que caracterizan á esa edad, y que más tarde repro-
caballeros más famosos del mundo, y oye el son de los ducía la civilización española, floreciendo y perecien-
instrumentos y de la melodía celeste que entonan do. Hacía tiempo que las cortes de amor habían for-
Callione y sus hermanas. Desde el trono hasta la mulado su teoría en Pro venza. «Toda persona que
puerta se extiende una fila de pilares, sobre los cuales ama, decían, palidece á la vista de la que ama. Toda
se ven los grandes historiadores y los grandes poetas: acción del amante termina por pensar en lo amado.
Josefo sobre un pilar de plomo y de hierro; Estado El amor no puede negar nada al amor (1).» Tal afán
sobre un pilar de hierro tinto en sangre; Ovidio sobre de la sensación extremada había conducido á los éxta-
un pilar de cobre; luego, en un pilar más alto que los sis y transportes de Guido Cavalcanti y de Dante, y
otros, Homero, y también Tito Livio, Dares, Guido se vió nacer en Languedoc una secta de ilusos, los
Colonna, Godofredo de Monmouth y los demás histo-
(1) Andrea el Capellán, en 1170.
figuradas en oro todas las leyendas de Ovidio y de riadores de la guerra de Troya. ¿Hay que acabar de
Virgilio: interminable desfile de personajes y de trajes transcribir esa fantasmagoría en que la erudición acu-
semejantes al que en las vidrieras de las iglesias mulada desluce la invención pintoresca, y en que el
ocupa entonces los ojos de los fieles. De pronto una tono festivo delata muchas veces que la visión no es
gran águila de oro, que se cierne cerca del sol y re- más que un entretenimiento voluntario? El poeta y su
luce como un carbunclo, baja con la rapidez del rayo lector se han representado durante media hora salas
y le arrebata en sus garras hasta más arriba de las adornadas y animadas muchedumbres; al través del
estrellas, para dejarle después delante del palacio de diáfano y dorado vapor que se complacían en seguir,
la Fama, palacio resplandeciente de berilo, con bri- ha corrido un tenue hilillo de ingenio. Basta: se han
llantes ventanas y erguidas torrecillas, situado en el distraído con sus ilusiones fugitivas, y no piden más.
remate de un alto peñón de hielo casi inaccesible.
Toda la parte Sur estaba cubierta de nombres graba-
dos de hombres famosos, pero el sol los derretía conti-
nuamente. Por la parte Norte, los nombres, mejor res-
V
guardados, permanecían íntegros. En las torrecillas
aparecían ministriles y juglares con Orfeo, Arión y los
grandes arpistas; detrás de ellos infinidad de músicos
con bocinas, flautas, cornamusas y zampoñas, cuyos En medio de ese libertinaje del espíritu, entre esas
sonidos llenaban el aire; por fin todos los encantado- exigencias refinadas y esa exaltación insaciable de la
res, mágicos y profetas. Entra el poeta, y en un alto imaginación y de los sentidos, existía una pasión, el
salón revestido de oro con realces de perlas, sobre un amor, que, concentrándolas todas, se había desen-
tronode carbunclo, v e sentada una mujer, «unagrande vuelto hasta lo sumo, y revelaba en compendio el en-
y noble reina», entre una multitud infinita de heral- canto enfermizo, la profunda y funesta exageración
dos cuyas bordadas túnicas ostentan las armas de los que caracterizan á esa edad, y que más tarde repro-
caballeros más famosos del mundo, y oye el son de los ducía la civilización española, floreciendo y perecien-
instrumentos y de la melodía celeste que entonan do. Hacía tiempo que las cortes de amor habían for-
Callione y sus hermanas. Desde el trono hasta la mulado su teoría en Pro venza. «Toda persona que
puerta se extiende una fila de pilares, sobre los cuales ama, decían, palidece á la vista de la que ama. Toda
se ven los grandes historiadores y los grandes poetas: acción del amante termina por pensar en lo amado.
Josefo sobre un pilar de plomo y de hierro; Estacio El amor no puede negar nada al amor (1).» Tal afán
sobre un pilar de hierro tinto en sangre; Ovidio sobre de la sensación extremada había conducido á los éxta-
un pilar de cobre; luego, en un pilar más alto que los sis y transportes de Guido Cavalcanti y de Dante, y
otros, Homero, y también Tito Livio, Dares, Guido se vió nacer en Languedoc una secta de ilusos, los
Colonna, Godofredo de Monmouth y los demás histo-
(1) Andrea el Capellán, en 1170.
duda de su ventura, y no se atreve á dar crédito á las
penitentes del amor, que, p a r a probar la violencia dé seguridades que recibe. «Así como las flores, cerradas
su pasión, se vestían en verano de pieles y de telas por el frío de la noche, se inclinan en su tallo, mas
recias, y en invierno de ligera gasa, y se paseaban de con el sol brillante se levantan y se abren á su paso»,
esa suerte por el campo, no sin que varios de ellos así su corazón se inunda repentinamente de alegría.
enfermasen y muriesen. En Inglaterra, Chaucer y sus Poco á poco, después de mil trabajos, y merced á la
imitadores explican en sus versos (1) el arte de amar, solicitud de Pandaro, consigue una respuesta satisfac-
los diez mandamientos, los veinte estatutos del amor; toria, y ¡qué gracia tan deliciosa en esa respuesta!
el poeta ensalza á su dama, «su deliciosa margarita, «Cual joven ruiseñor que, al empezar su canto, se
su rosa bermeja», y pinta el amor en baladas, visio- para sobresaltado al pronto, si oye el e c o de un zagal
nes, alegorías, poemas didácticos, y de mil modos. Es ó algún ruido en el seto,- y después, tranquilizándo-
el amor caballeresco, exaltado, tal y como le concibió se, despliega su voz, así también Criseida, vencidos
la Edad Media, pero, sobre todo, tierno. Troilo ama á sus temores, abrió su corazón y reveló su pensa-
Criseida como trovador; sin Pandaro, el tío de Cri- miento (1).»
seida, se consumiría y acabaría por morir en silencio. El, no bien vislumbró una esperanza:
No quiere revelar el nombre de la que ama; es menes- «Con voz alterada por el temor, con v o z trémula
ter que Pandaro se le arranque, que tome á su cargo como toda su persona, lleno de humüdad, sonroján-
todas las insinuaciones é invente todas las estratage- dose y palideciendo alternativamente, delante de Cri-
mas. Troilo, tan fuerte y tan valiente en la batalla, seida, su adorada dama, bajos los ojos, y en actitud
delante de Criseida no sabe más que llorar, pedir sumisa, ¡oh! la primera palabra que salió de sus la-
perdón y desvanecerse. Criseida, por su parte, es la bios, dos veces repetida, fué: ¡Gracias, gracias, dulce
misma delicadeza. Cuando Pandaro le lleva por pri- corazón mío!»
mera v e z una carta de Troilo, vacila en tomarla, le
Ese ardiente amor se desborda en acentos apasiona-
da vergüenza abrirla, y no la abre sino porque su tío
dos, en transportes de felicidad. Lejos de ser mirado
le dice que el pobre caballero v a á morir. Desde las
como una flaqueza, es la fuente de toda virtud. Troilo
primeras palabras se pone «más encarnada que una
se vuelve más valiente, más generoso, más honrado;
rosa», y á pesar de lo respetuosa que es la carta, no
sus discursos versan ahora «sobre el amor y sobre la
quiere responder. No cede al fin sino á las importuni-
virtud; desprecia toda bajeza»; honra á las personas
dades de su tío, y contesta á Troilo que tendrá por él
de mérito; alivia á los desgraciados. Y Criseida, exta-
el afecto de una hermana. Troilo, á su vez, se encuen-
siada, se repite el dia entero con transportes de júbilo
tra trémulo; palidece cuando v e volver al mensajero;
esta cantilena que es como el gorjeo de un ruiseñor:
«¿A quién sino á vos, Dios del amor, daré y o gra-

(1) The craft of love', the. ten commandments of love; balla


des; the court of love, the assemble of ladies. Estos poemaa no (1) Lib. m .
son de Chancer.
cías por toda la ventura que empieza á inundarme?
íQué acción! ¡Ay! ¡Cuán cerca hemos estado de m o -
Gracias á vos, señor, gracias, porque amo: asi estoy rir juntos (1)!»
en el camino derecho que ha de apartarme de todo
¡Coa qué juramentos, con qué lágrimas se separan!
vicio y pecado; así me acerco tanto á la virtud, que de
Y Troilo, solo en su aposento, no cesa de repetir-
día en día se enmienda mi voluntad. Y quien diga que
« ¿ D o n d e está mi bien a m a d a , mi dama querida?
el amor es un vicio es un envidioso, un novicio com-
¿Donde está su blanco pecho? ¿dónde está? ¿dónde?
pleto, ó un ser incapaz de amar. Mas y o , y a lo he
¿Dónde están sus brazos y sus brillantes ojos que ayer
dicho, quiero amar hasta el fin, con toda mi alma, á
á estas horas estaban conmigo (2)?» Se dirige al sitio
mi caro corazón, á mi fiel caballero, á quien profeso
en donde la vió por primera vez; después á otro en
una adhesión tan firme (como él á mí) que durará por
que la oyó cantar; «no hay hora del día ó de la noche
siempre (1).»
en que no piense en ella». Nadie ha encontrado des-
Pero viene el infortunio. Su padre Calcas la recla-
pués palabras más verdaderas y más tiernas; he ahí
ma, y los troyanos deciden restituírsela á cambio de
las encantadoras «ramas poéticas» que habían brotado
los prisioneros. Al saber esta noticia, ella se desmaya,
al través de la ruda ignorancia y de las pomposas
y Troilo quiere matarse. El amor parece infinito en
ostentaciones; el espíritu humano en la Edad Media
aquel tiempo; juega con la muerte, porque constituye
había florecido hacia la parte donde divisaba la luz
toda la vida; fuera de la vida superior y deliciosa que
Pero en esa época no basta el relato para expresar
él produce, parece que y a no hay nada.
la felicidad y el ensueño; es menester que el poeta
«Pero Dios quiso que volviera de su desmayo. En-
vaya «á las llanuras que se visten de nuevo verdor
tonces empezó á suspirar y exclamó: «¡Troilo!» Y él
donde empiezan á brotar las florecillas, donde buenas
respondió: «Criseida, señora mía, ¿vivís aún?» Y dejó
y saludables lluvias renuevan todo lo viejo y muerto» •
caer su espada. «Sí, corazón mío, dijo ella, gracias
donde la alondra, «mensajera del día, saluda con s u ¡
sean dadas á Cupido.» En esto suspiró penosamente.
cantos la pálida mañana; donde el sol, penetrando en
El empezó á reanimarla como pudo; la cogió en sus
a espesura, s é c a l a s gotas de plata suspendidas en
brazos y l a besó repetidas veces. Con esto, su alma,
las hojas (3)». Es menester que se absorba en las v a -
que revoloteaba y a en los aires, volvió á su triste
gas delicias del campo, y que se desvanezca, como
seno. Pero al fin, al v o l v e r l o s ojos, vió la espada des-
Dante, en la luz ideal de la alegoría. Los sueños del
envainada, y empezó á gritar de miedo, preguntán-
amor, para ser verdaderos, no deben tomar cuerpo
dole por qué la había sacado. Troilo le indicó el mo-
demasiado visible, ni entrar en una historia demasiado
tivo, diciéndole cómo se habría matado c o n su espada.
enlazada; necesitan flotar en una lontananza v a p o -
A l oirlo, Criseida le miró Ajamante y le estrechó en sus
brazos con energía, diciendo: «¡Misericordia, Dios mío!
(1) L b. iv.
(2) Libro v.
(1) Lib. n .
{3) The F l o u r and m Uaf', anónimo.
rosa; el alma en que susurran no puede pensar y a en una corona de frescas y verdes ramas, unas de laurel,
las leyes de la vida; habita en otro mundo; se abstrae otras de madreselva, otras de agnocasto. Al mismo
en la arrobadora emoción que la embarga, y v e sur- -tiempo se acercaba un ejército de valientes caballeros
gir, mezclarse, tornar y desaparecer sus caras visio- espléndidamente ataviados, con cascos de oro, con
nes, como se v e á las abejas en estio, sobre la pen- corazas que brillaban como el sol, y montando nobles
diente de una colina, revoloteando en una nube de luz. corceles con caparazones escarlata. Damas y caballe-
y girando en torno de las flores. ros eran los servidores de la Hoja, y se sentaron bajo
Una mañana, dice una dama, á los primeros albo- una inmensa encina á los pies de su reina.
res del día entré en un encinar, «donde las anchas r a - Por otra parte llegaba una muchedumbre de damas
mas, cargadas de flores nuevas, extendíanse frente al tan magníficas como las precedentes, pero coronadas
sol, rojas las unas, otras con una bella luz verde». de flores. Eran las servidoras de la Flor. Desmonta-
« Y estando y o mirando aquel deleitoso sitio, creí as- ron y se pusieron á bailar en la pradera. Pero subían
pirar de pronto tan dulce olor de agavanzo, que el a l cielo densos nubarrones, y se desencadenó la tem-
alma más desesperada, más agobiada de sombríos pestad. Quisieron guarecerse debajo de una encina;
pensamientos, no podía menos de sentir algún consue- no había y a sitio. Se ocultaron como pudieron al
lo, con sólo percibir una vez tan suave olor. Y hallán- abrigo de setos y matorrales. L a lluvia marchitó sus
dome de pie, y volviendo los ojos, vi el más hermoso eoronas, ajó sus vestidos y se llevó sus adornos. Cuando
níspero que en mi vida contemplé, tan lleno de flores tornó á lucir el sol, fueron á pedir socorro á la reina
que más no cabía, y encima un jilguero que saltaba de la Hoja. Esta, misericordiosa, las consoló, reparó
graciosamente de rama en rama, y picaba á capricho el ultraje de la lluvia, y les devolvió su prístina be-
aquí y allí los pimpollos y las flores. Y cuando estaba lleza. Luego desapareció todo como un sueño.
sentada, escuchando de esa suerte á los pájaros, me Asombrábase Ja paseante, cuando vió de repente
pareció oir de pronto las voces más dulces y delicio- una hermosa dama que iba á enterarla de todo. Supo
sas que ningún hombre oyó jamás en su vida, porque que los servidores de la Hoja habían vivido como v a -
su armonía y dulce acuerdo formaban tan excelente lientes caballeros, y que los de l a Flor habían amado
música, que las v o c e s parecían en verdad las de los la ociosidad y el placer. Ella prometió servir á la Hoja,
ángeles (1).» y .se volvió.
Después v e venir multitud de damas con vestidos ¿Es esto una alegoría? Lo menos que puede decirse
de terciopelo blanco, «bordados de esmeraldas, de es que no hay sombra de agudeza; no se ve enigma
grandes perlas redondas, de diamantes finos y de ro- ingenioso. Campea aquí la fantasía como única sobe-
jos rubíes». Y todas llevaban en el pelo «una rica red rana, y el poeta no piensa más que en desarrollar en
de oro adornada de ricas piedras espléndidas», coa plácidos versos el cortejo brillante y fugitivo que
viene á distraer su alma y cautivar sus ojos.
(1) The Flour and the Leaf. El poeta mismo, el primer día de Mayo, se levanta y
se v a á una pradera. Con el cálido y suave aire pene-
días, en este hermoso mes de Mayo, v e á mirar la
tra el amor en su corazón; la campiña se transfigura;
fresca margarita, y cuando estés á punto de morirte
los pájaros hablan, y él los oye:
de pena, eso dulcificará grandemente tu aflicción. No
«Allí me senté entre las bellas flores, y vi salir los
te olvides nunca de ser fiel y bueno, y por amor á ti
pájaros, saltando, de las enramadas donde habían re-
entonaré, tan alto como pueda, una de las nuevas
posado toda la noche. Estaban tan alegres con la luz
canciones. Luego empezó á cantar con v o z sonora:
del día, que empezaron á tributar á Mayo sus honores.
«Condeno á cuantos son infieles en amor.»
Todos sabían ese rito de memoria. Había más de una
A tan exquisitas delicadezas había conducido el
nota cariñosa. Unos cantaban alto, como si se queja-
amor á esta poesía, como á la de Petrarca; y aun por
sen; otros de distinta manera, como consumidos de
refinamiento, como en Petrarca, se extravía á veces
ansiedad, y algunos haciendo pleno alarde de su g a r -
en el discreteo, los concetti y las agudezas. Pero un ca-
ganta. Se peinaban y abrillantaban las plumas; bai-
rácter acentuado le separa al punto de Petrarca. Si es
laban y brincaban sobre las briznas de hierba: y
exaltado, es juntamente gracioso, travieso, chancero,
siempre dos á dos, juntos, como si se hubiesen elegido
malicioso, sensual y un tanto parlanchín, á la mane-
en Febrero, el día de San Valentín, para aquel a ñ o .
ra francesa. Es que aquí el poeta inglés sigue á sus
Y el río á cuya margen estaba sentado yo hacía, al co-
verdaderos maestros, y él mismo es purista, afluente,
rrer, un ruido tan acorde con la armonía de los pá-
risueño, amante del placer refinado, discípulo del Poe-
jaros, que parecióme la mejor melodía que pudiese
ma de la Rosa, y mucho más francés que italiano (1).
oir un hombre (1).»
La tendencia del carácter francés hace del amor, no
Esa confusa sinfonía de ruidos vagos, embarga los
una pasión, sino un delicioso festín, dispuesto con gus-
sentidos; invade el alma secreta languidez. La monó-
to, donde el servicio es elegante, fino el manjar, bri-
tona v o z del cuclillo sale c o m o un suspiro tierno y
llante la vajilla, y donde los dos comensales se presen-
doloroso por entre los blancos troncos de los fresnos;
tan engalanados, y son personas ingeniosas y dispues-
las triunfales notas del ruiseñor fluyen y circulan por
tas á atenderse, á complacerse, á divertirse y á m a r -
encima de la bóveda del follaje; todo invita á soñar,
charse después cada cual por su lado. En Chaucer, al
y Chaucer los o y e á ambos disputar sobre el amor.
par de los trozos sentimentales, se v e fluir esa otra
Cantan alternativamente una canción contraria, y el
vena completamente mundana. Si Troilo es un enamo-
ruiseñor llora de pena oyendo al cuclillo hablar mal
rado lloricón, Pandaro es un tunante desaprensivo que
del amor. Se consuela, no obstante, escuchando la voz.
se ofrece á desempeñar el más extraño papel con pla-
del poeta, al v e r que sufre con él.
centera insistencia, con una inmoralidad candorosa, y
«Pues bien (dice): usa de ese remedio. Todos los

(1) The boke of Cupid... or the cucJcow and the nightingale*.


Anónimo. (1) Stendhal, De Vamour: diferencia entre el amor-gusto y
el amor-pasión.
le desempeña concienzudamente, gratis y hasta el fin. tornados (1), nos ofrecen un oficio divino como el de
En esos buenos pasos le acompaña Chaucer, sin es- la misa. Chaucer maldice con todo su corazón al a v a -
candalizarse, todo lo lejos posible. A l contrario, se riento y al hombre de negocios que le tratan de locu-
huelga. En el momento delicado, con visible hipocre- ra: «Dios debería ponerles orejas de burro tan largas
sía, se escuda tras el nombre de su autor. Si esto os como las de Midas... para enseñarles que ellos se re-
parece libre, dice, no es culpa mía: «así lo escribieron vuelcan en el vicio, y no los amantes á quienes des-
los doctos en sus rancios libros», y hay que traducir precian. ¡Que Dios les dé mala suerte, y proteja á to-
lo que está escrito. No sólo se nos presenta alegre, dos los amantes!» Obvio es que aquí falta la severidad.
sino zumbón, desde el principio hasta el fin; v e claro Es rara en las literaturas del Mediodía; los italianos,
al través de los subterfugios del pudor femenino; se en la Edad Media, convertían el júbilo en una virtud,
ríe maliciosamente, y sabe bien lo que ocultan; pare- y ya veis que esé mundo caballeresco, tal y como
c e decirnos poniéndose un dedo en los labios: «¡Cht!, Francia le inventó, ensancha l a moral hasta confun-
dejad correr las palabras pomposas; vais á edificaros dirla con el placer.
en seguida». Nos edificamos, en efecto, y él también;
por eso en el momento escabroso se marcha y se lleva
la luz, diciendo «que para nada hace falta allí, ni él
tampoco.» «Troilo, dice Pandaro, si sois juicioso, no
volváis á desvaneceros, porque se movería ruido, y VI
vendrían.» Troilo procura no desvanecerse,yCriseida,
y a sola con él, habla al fin. ¡Con qué ingenio y con
qué discreta finura! Aquí todo es primor; ninguna gro-
sería. La dicha lo encubre todo, aun la voluptuosidad,
con la profusión y los perfumes de sus divinas rosas; á Todavía hay rasgos más festivos: ahora viene la
lo más asoma una ligera punta de malicia: Troilo tie- verdadera literatura gala, los sabrosos fabliaux, las
ne en los brazos á su dama: «No nos ponga Dios en malas pasadas jugadas al prójimo, no envueltas en la
peores trances.» El poeta está casi tan contento como frase ciceroniana de Boccacio, sino contadas con sol-
ellos; para él, como para los hombres de su época, el tura y por un hombre de buen humor. Ahora viene
soberano bien es el amor, no tímido, sino satisfecho; sobre todo la malicia vivaracha, el arte de reírse á
hasta se acaba por considerar como un mérito esa cla- expensas del vecino. Chaucer tiene más que Rutebeuf,
se de amor. Las damas declaran en sus sentencias y á veces tanta como La Fontaine. No aplasta; pincha
«que, cuando se ama, no se puede negar nada á quien de pasada, y no por odio ó indignación profunda, sino
os ama». El amor tiene fuerza de l e y ; está inscrito en
un código; se le mezcla con la religión, y hay una (1) The Court of Love, hacia 1353 y siguientes. Véase tam-
bién el Testamento del Amor (atribuidos erróneamente á
misa del amor en que los pájaros, con sus cantos al
Ohaucer).
le desempeña concienzudamente, gratis y hasta el fin. tornados (1), nos ofrecen un oficio divino como el de
En esos buenos pasos le acompaña Chaucer, sin es- la misa. Chaucer maldice con todo su corazón al a v a -
candalizarse, todo lo lejos posible. A l contrario, se riento y al hombre de negocios que le tratan de locu-
huelga. En el momento delicado, con visible hipocre- ra: «Dios debería ponerles orejas de burro tan largas
sía, se escuda tras el nombre de su autor. Si esto os como las de Midas... para enseñarles que ellos se re-
parece libre, dice, no es culpa mía: «así lo escribieron vuelcan en el vicio, y no los amantes á quienes des-
los doctos en sus rancios libros», y hay que traducir precian. ¡Que Dios les dé mala suerte, y proteja á to-
lo que está escrito. No sólo se nos presenta alegre, dos los amantes!» Obvio es que aquí falta la severidad.
sino zumbón, desde el principio hasta el fin; v e claro Es rara en las literaturas del Mediodía; los italianos,
al través de los subterfugios del pudor femenino; se en la Edad Media, convertían el júbilo en una virtud,
ríe maliciosamente, y sabe bien lo que ocultan; pare- y ya veis que esé mundo caballeresco, tal y como
c e decirnos poniéndose un dedo en los labios: «¡Cht!, Francia le inventó, ensancha l a moral hasta confun-
dejad correr las palabras pomposas; vais á edificaros dirla con el placer.
en seguida». Nos edificamos, en efecto, y él también;
por eso en el momento escabroso se marcha y se lleva
la luz, diciendo «que para nada hace falta allí, ni él
tampoco.» «Troilo, dice Pandaro, si sois juicioso, no
volváis á desvaneceros, porque se movería ruido, y VI
vendrían.» Troilo procura no desvanecerse,yCriseida,
y a sola con él, habla al fin. ¡Con qué ingenio y con
qué discreta finura! Aquí todo es primor; ninguna gro-
sería. La dicha lo encubre todo, aun la voluptuosidad,
con la profusión y los perfumes de sus divinas rosas; á Todavía hay rasgos más festivos: ahora viene la
lo más asoma una ligera punta de malicia: Troilo tie- verdadera literatura gala, los sabrosos fabliaux, las
ne en los brazos á su dama: «No nos ponga Dios en malas pasadas jugadas al prójimo, no envueltas en la
peores trances.» El poeta está casi tan contento como frase ciceroniana de Boccacio, sino contadas con sol-
ellos; para él, como para los hombres de su época, el tura y por un hombre de buen humor. Ahora viene
soberano bien es el amor, no tímido, sino satisfecho; sobre todo la malicia vivaracha, el arte de reírse á
hasta se acaba por considerar como un mérito esa cla- expensas del vecino. Chaucer tiene más que Rutebeuf,
se de amor. Las damas declaran en sus sentencias y á veces tanta como La Fontaine. No aplasta; pincha
«que, cuando se ama, no se puede negar nada á quien de pasada, y no por odio ó indignación profunda, sino
os ama». El amor tiene fuerza de l e y ; está inscrito en
un código; se le mezcla con la religión, y hay una (1) The Court of Love, hacia 1353 y siguientes. Véase tam-
bién el Testamento del Amor (atribuidos erróneamente á
misa del amor en que los pájaros, con sus cantos al
Ohaucer).
por viveza de ingenio y pronta percepción de las ridi- ha dicho que mi marido abandonaría á su padre y á su
culeces, que arroja á manos llenas sobre los persona- madre para unirse á mí. Pero ¿dónde hizo Dios men-
jes. Su alguacil es «el hombre más atareado del mun- ción de número, y en qué pasaje prohibe tomar un se-
do, y , con todo, parecía más ocupado de lo que esta- gundo ó un octavo marido? ¿Por qué, pues, se habla-
b a » . Sus tres burgueses, «por su sensatez, son bien ría indignamente de mi caso? Ahí tenéis el sabio rey
merecedores de ser aldermen, porque poseen una p o r - Salomón; me parece que tenía más de una mujer.
ción de ganado y de rentas»; y tened por seguro que ¡Pluguiera á Dios que hubiese yo podido cambiar tan
«sus mujeres no se hubiesen opuesto». El limosnero frecuentemente como él!... ¡Bendigo á Dios por haber-
lleva por delante su maleta, «repleta de indulgencias me casado con cinco! ¡Bien venido sea el sexto cuan-
acabadas de llegar de Roma». La burla fluye aquí á do se presente!... Cristo ha hablado para los que quie-
la francesa, sin esfuerzo, ni violencia, ni cálculo. ¡Es ren vivir santamente. Y , señores, con vuestro perdón,
tan grato y tan natural despellejar al prójimo! A v e - yo no soy de ese número. Yo quiero dedicar la flor de
ces el precioso venero es tan abundante que nos da mi edad á los actos y á los frutos del matrimonio... Yo
toda una comedia, libre si se quiere, pero ¡tan franca y quiero un marido, y no le soltaré!» Chaucer usa aquí
tan viva! Tal es el retrato de la mujer de Bath, viuda las franquezas de Molière, y nosotros no las usamos
de cinco maridos «sin más». En toda la parroquia no ya; su burguesa justifica el matrimonio al modo de
había nadie que le tomara la delantera en la ofrenda; Sganarelle. Hay que volver la hoja un poco deprisa,
«si había alguna, se irritaba tanto que se le agotaba y seguir muy por cima toda esa odisea de matrimo-
la caridad». ¡Qué lengua! Impertinente, vanidosa, atre- nios. L a esposa aventurera que ha pasado y a por cin-
vida, charlatana furibunda, hace callar á todo el mun- co maridos sabe el arte de domeñarlos, y refiere c ó m o
do y divaga durante una hora antes de entrar en mate- los acosaba con sus celos, sus sospechas, sus repri-
ria. Oye uno la v o z vibrante, sostenida, alta y clara mendas y sus querellas, qué de bofetones daba y reci-
con que ensordecía á sus maridos. Revuelve de conti- bía, y cómo el marido, sofrenado por la continuidad de
nuo las mismas ideas, repite sus razones, las copia y la borrasca, bajaba la cabeza, aceptaba el cabestro y
amontona, como una muía temosa que corre sacudien- daba vueltas á la muela doméstica como pollino con-
do y sonando sus campanillas, en términos que los yugal y resignado. « Y o los hacía freirse en su propia
oyentes, aturdidos, se quedan con la boca abierta, grasa, de ira y de celos. Salía á pasearme de noche, y
maravillándose de que una sola lengua pueda dar al regreso les juraba que era para vigilar sus malos
abasto á tantas palabras. El asunto bien valía la pasos. Jamás les dejaba decir la última palabra. No
pena. L a mujer demuestra que hizo bien en casarse les hubiera valido ni el tener al Papa de su parte. Por
cinco veces, y lo demuestra en un estilo claro, como lo que hace al cuarto, ¡santo Dios! fui su purgatorio
hembra perita: «Dios nos ha dicho: creced y multipli- sobre la tierra; así que supongo que su alma estará en
caos.» He ahí un «bonito texto», que ella ha «sabido la gloria.» En cuanto al quinto, le vió por primera v e z
comprender perfectamente». « Y o sé también que Dios en el entierro del cuarto, detrás del ataúd, y le pare-
Esa ironía tan v i v a aparece y a en Juan de Meung.
c i ó tan bien formado de piernas, que no tuvo más re-
Pero Chaucer la lleva más lejos y la pone en acción;
medio que tomarle por marido. «Creo que él no pasaba
su fraile pide de casa en casa, alargando el morral.
de veinte inviernos, y y o , á decir la verdad, tenía
«Dadnos una fanega de trigo, de cebada ó de centeno,
cuarenta años. Pero ¡á Dios gracias! era fresca, y gua-
medio penique, un pedazo de queso, lo que queráis;
pa, y rica, y joven, y bien nacida.» ¡Qué expresión!
todo nos hace, ó dadnos jamón, si tenéis, un retazo de
¿Se ha pintado nunca más afortunadamente la ilusión
vuestra manta, buena señora, querida hermana ( v e d :
humana? ¡Qué v i v o es todo esto, y cuánta soltura! He
aquí escribo vuestro nombre), tocino, carne, ó lo que
ahí y a la sátira del matrimonio; la encontraréis en
encontréis.» Promete rezar por todos los que inscribe;
Chaucermultitud de veces; para agotar los dos asuntos
apenas sale, borra los nombres. Entre todos esos n o m -
perpetuos de la burla francesa, no hay más que aña-
bres, hay uno con que cuenta. Ha reservado para el fin
dir á la sátira del matrimonio la sátira de la religión.
de su jira á Tomás, uno de los mejores parroquianos.
Aquí la tenemos, y no la hay más punzante en Ra- Le encuentra enfermo en la cama; he ahí un excelente
belais. El fraile que pinta Chaucer es un camandule- fruto que chupar y exprimir. «¡Pobre Tomás! ¡Con
ro (1), una buena púa que conoce las posadas y los po- cuánta pena me has tenido! ¡Cuántas oraciones he re-
saderos campechanos mejor que los pobres y los hos- zado por tu salud! A propósito, hoy he visto en misa
pitales. No es «honroso», dice, habérselas con esa al ama, ¿Dónde está?» Entra la mujer. El se levanta
chusma. Confesemos á los ricos, á «los vendedores de cortésmente, y la saluda de un modo muy afectuoso.
vitualla». No se gana honra y provecho más que con La estrecha bien entre sus brazos, la besa con dulzu-
ellos. Pero hay que saber componérselas, como él. Es ra y chirría como un gorrión. Después, con el t o n o
hombre ducho; o y e la confesión con semblante afable más benigno y con las inflexiones de v o z más cariño-
y dulce; su absolución es sumamente bondadosa. En sas, se deshace en cumplimientos. «¡Bendito sea Dios
punto á penitencias, no es exigente. Basta que se le dé que os ha dado el alma y la vida; no he visto hoy e n
«buena pitanza». «Porque dar á los pobres frailes es la iglesia mujer tan hermosa como vos!» ¿No es y a Tar-
señal de haber hecho una buena confesión.» Las ma- tufo al lado de Elmira? Pero aquí está en casa de un
las lenguas dirán que el penitente está muy poco arre- colono, y puede ir más derecho al grano. Despacha-
pentido y m u y poco contrito; pura calumnia. Hay dos los cumplidos, piensa en lo sólido, y suplica á l a
personas que se duelen sinceramente de sus culpas, y mujer que le deje hablar un poco con Tomás. Necesita
que, sin embargo, no pueden llorar y demostrar osten- enterarse del estado de su alma. «¡Estos curas de aldea
siblemente su remordimiento. Es lo que pasa con el son tan descuidados y tan torpes para sondear delica-
rico; la verdadera prueba, la prueba sobrada de que damente una conciencia!» Por supuesto, dice, nada de
es buen penitente, de que está muy afligido y bien hacer despilfarros por mí. «Aunque no me dieseis más
dispuesto, es que ha dado mucho. que los menudillos de un capón, con una rebanada de
pan blanco y la cabeza de un cochino asado (¡pero y o
(1) Prólogo de los cuentos de Cantorbery.
no quisiera que por mi se matase un animal!), con eso poco que á nosotros nos toca.» Reconoced aqui al ver-
tendría bastante: soy hombre de poco comer; mi espí- dadero orador; se remonta á los grandes efectos para
ritu se reconforta con la Biblia»; mi cuerpo está tan hacer cocer la olla. «Que se dé á ese convento un ce-
quebrantado por las vigilias, «que tengo echado á lemín de a v e n a , á estotro veinticuatro cuartos, á ese
perder completamente el estómago». ¡Pobre hombre! fraile un penique, y que se v a y a : he ahí lo que decís,
levanta los ojos al cielo, y acaba dando un suspiro. impíos. No, no, Tomás : eso no puede ser así. ¿Qué
La mujer le dice que su hijo ha muerto hace quince vale una blanca dividida entre doce? Y a veis que toda
días. En un santiamén fabrica un milagro; ¿puede cosa, cuando está entera, es más sólida que cuando
uno ganar mejor su dinero? En el dormitorio del con- se desparrama. T o m á s , tú quisieras tener por nada
vento tuvo él la revelación de esa muerte: vió que se todo nuestro trabajo.» Y vuelta á empezar el sermón
llevaban al niño al paraíso; de repente se levantó en tono vehemente, gritando más á cada palabra, con
con todos los hermanos, y , «corriéndoles las lágrimas ejemplos sacados de Séneca y de los antiguos. Terri-
por las mejillas», rezaron sendas oraciones para dar ble facundia, máquina del oficio que, manejada con
gracias á Dios por esa merced. «Porque, señores míos, constancia, debe extraer el dinero del paciente. « D a d
creedme á mí: nuestras oraciones son más eficaces y para el enlosado de nuestro claustro, para los cimien-
nosotros penetramos más en los secretos del Cristo que tos, para la fábrica. Socorrednos, Tomás, en nombre
las personas seculares, asi fuesen reyes. Es que vivi- del que venció al infierno, porque si no tendremos
mos en la abstinencia y la pobreza, y ellos entre rique- que vender nuestros libros. Y si os veis privados de
zas y dispendios. Lázaro y el rico vivían de distinto nuestras instrucciones, contad con que el mundo en-
modo, y también tuvieron recompensas diferentes.» tero camina á su perdición. Porque el que privase á
A esto espeta todo un sermón en estilo nauseabundo y este mundo de nosotros, te digo, T o m á s , ¡así Dios me
c o n intenciones manifiestas. El enfermo, harto y a , res- salve!, que privaría al mundo del sol (1).» Por fin, T o -
ponde que ha dado la mitad de su fortuna á toda clase más, furioso, le promete un donativo; le dice que meta
de frailes, y que, á pesar de todo, sigue padeciendo. la mano en la cama para cogerlo, y le despide bur-
Es de oir el grito doloroso, la indignación sincera del lado sucia é ignominiosamente.
fraile mendicante, que se v e amenazado por la compe- Descendemos aquí á la farsa popular; cuando h a y
tencia de un cofrade en su parroquia, en su renta, en empeño de divertirse á toda costa, se llega hasta la
su hacienda, en su olla.» ¡Oh Tomás! ¿Obras bien chocarrería grosera y aun hasta el chiste obsceno.
así? El que se ve asistido por un buen médico, ¿qué Sabido es cómo florecieron las dos groseras y vigoro-
necesidad tiene de irse á buscar otros médicos por la sas plantas en el estiércol de la Edad Media, planta-
ciudad? Vuestra inconstancia es vuestra confusión. das por el pueblo truhanesco de Champaña y de la Isla
¿Creéis que y o y todo nuestro convento no nos basta- de Francia, regadas por los troveros, para ir á abrir-
mos para rezar por vosotros? T o m á s , esa burla es
una acción vituperable; tu enfermedad proviene de lo (1) The Sompnoures tale.
se, salpicadas de lodo y encendidas de color, en las
manazas de Rabelais. En el ínterin, Chaucer c o g e y a
su ramillete. Maridos burlados, lances de mesones,
peripecias de c a m a , cachetes, escarmientos de costi-
llas y de bolsas : hay para provocar la risotada. Al
VII
lado de las nobles pinturas caballerescas, pone una
cáfila de figurones al estilo flamenco, carpinteros,
frailes, alguaciles ; llueven los palos y se pasean los
puños por los sendos lomos ; salen al aire desnudeces
rollizas; aquellos bellacos se estafan la hacienda y las Phln I . ra' áS' d e leguemos al verdadero
Chaucer; pues amén de los dos grandes caracteres
mujeres, se tiran de lo alto de un piso, chillan y des-
potrican. Una magulladura ó una porquería legítima Zl o roT ?aSÍfiCarle 611 SU S Í g l ° ^ e n 8U escuela,
y verdadera pasa entre semejante gente por una chus-
hay otros que le separan de su escuela y de su siglo-
cada. El alguacil burlado por el fraile le devuelve
- es novelesco y festivo como los demá's, lo £
las tornas. «Tú te alabas de conocer el infierno. ¡ V a y a
mane a. Cosa S a u d i t a en aquel tiempo: o b s é r v a l o s
una gracia! Los frailes y los diablos andan siempre
caracteres; nota sus diferencias; estudia la conexión
juntos. Oid,si no, la historia de aquel fraile á quien un ind v H f e °S; ^ d e P r e s e n t e r i - n i b r e s vivos é

ángel transportó en visión al infierno para enseñarle á mdividuales, como harán en su día los renovadores
Satán. Satán tenía una cola más larga que la vela de del siglo x v i , y, en primer término Shakespeare. ¿Es
una carraca. Alza el rabo, Satán, dijo el ángel, para que empiezan y a á manifestarse el sentido positivo
que v e a éste dónde está el nido de los frailes. Y en mglés y la aptitud para la observación interior? D e
una extensión de más de media fanega de tierra salie- lo que no cabe duda es de que apunta un espíritu nue-
r o n , como las abejas de su c o l m e n a , más de veinte vo casi v m l , en literatura como en pintura, en Chau-
mil frailes ; se desparramaron por el infierno, y des- T C°m° en VaQ - dos al mismo tiempo;
pués volvieron á meterse en seguida en el sitio de no es y a simplemente la imitación infantil de la vida
donde habían salido. Tras lo cual Satán bajó la cola, abaUeresca (1) ó de la devoción monástica, sino el
y se quedó muy quieto (1).» Ese grato sitio, añade el e n o i n t e r ^ y la profunda exigencia de verdad por
narrador, «es la verdadera herencia de los frailes». cuya virtud llega á ser completo el arte. Por vez pri-
He ahí las groseras chocarrerías de la imaginación
popular. Advertid que no he traducido más que parte
rrelieve
melievea8íen ^ ^
el personaje; sus
611 V a n
miembros tienen consisten-
« e
del texto, y dispensadme de mostrar hasta el fin cómo
T Z J ^ Un fantaSma SÜ1 S U S t a n c i a ' 8e a **na
han pasado al poema inglés las demasías francesas.
s u d a d o ; se ve venir su acción; su porte externo
(1) The Sompnoures prologue.
(1) Véase en los Cuentos de Cantorbem Th« , .
se, salpicadas de lodo y encendidas de color, en las
manazas de Rabelais. En el ínterin, Chaucer coge ya
su ramillete. Maridos burlados, lances de mesones,
peripecias de cama, cachetes, escarmientos de costi-
llas y de bolsas : hay para provocar la risotada. Al
VII
lado de las nobles pinturas caballerescas, pone una
cáfila de figurones al estilo flamenco, carpinteros,
frailes, alguaciles ; llueven los palos y se pasean los
puños por los sendos lomos ; salen al aire desnudeces
rollizas; aquellos bellacos se estafan la hacienda y las Phln I . ra' máS' de leguemos al verdadero
Chaucer; pues amén de los dos grandes caracteres
mujeres, se tiran de lo alto de un piso, chillan y des-
potrican. Una magulladura ó una porquería legítima Zl o r o T ? a S Í f i C a r l e 6 1 1 S U S Í g l ° ^ e n 8 U escuela,
y verdadera pasa entre semejante gente por una chus- hay otros que le separan de su escuela y de su siglo-
- es novelesco y festivo como los demá's, lo £
cada. El alguacil burlado por el fraile le devuelve
las tornas. «Tú te alabas de conocer el infierno. ¡Vaya mane a. Cosa Saudita en aquel tiempo: obsérvalos
una gracia! Los frailes y los diablos andan siempre caracteres; nota sus diferencias; estudia la conexión
juntos. Oid,si no, la historia de aquel fraile á quien un ind v H f e °S; ^ d e P r e s e n t e r i-nibres vivos é

ángel transportó en visión al infierno para enseñarle á mdividuales, como harán en su día los renovadores
Satán. Satán tenía una cola más larga que la vela de del siglo xvi, y, en primer término Shakespeare. ¿Es
una carraca. Alza el rabo, Satán, dijo el ángel, para que empiezan ya á manifestarse el sentido positivo
que vea éste dónde está el nido de los frailes. Y en mglés y la aptitud para la observación interior? De
una extensión de más de media fanega de tierra salie- lo que no cabe duda es de que apunta un espíritu nue-
ron, como las abejas de su colmena, más de veinte vo casi vml, en literatura como en pintura, en Chau-
mil frailes ; se desparramaron por el infierno, y des- T C°m° en VaQ - dos al mismo tiempo;
pués volvieron á meterse en seguida en el sitio de no es ya simplemente la imitación infantil de la vida
donde habían salido. Tras lo cual Satán bajó la cola, abaUeresca (1) ó de la devoción monástica, sino el
y se quedó muy quieto (1).» Ese grato sitio, añade el encínteos y la profunda exigencia de verdad por
narrador, «es la verdadera herencia de los frailes». cuya virtud llega á ser completo el arte. Por vez pri-
He ahí las groseras chocarrerías de la imaginación
popular. Advertid que no he traducido más que parte rmelievea8íen ^ 611 V a n E ^ k > « e
relieve el personaje; sus miembros tienen consisten-
del texto, y dispensadme de mostrar hasta el fin cómo
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han pasado al poema inglés las demasías francesas.
s u d a d o ; se ve venir su acción; su porte externo
(1) The Sompnoures prologue.
(1) Véase en los Cuentos de Cantorbem Th« , .
manifiesta las particularidades personales é incomu- Oxford, el joven squire, hijo del caballero, «enamo-
nicables de su naturaleza intima y la infinita comple- rado galán, bordado todo él como una pradera llena
jidad de su economia y de su movimiento; aun hoy de frescas flores blancas y encarnadas.» Ya ha cabal-
después de cuatro siglos, es un individuo y un tipo: gado y servido valerosamente en Flandes y en Picar-
permanece vivo en la memoria humana como las crea- día, ganando el favor de su dama; «es tan fresco
ciones de Shakespeare y de Rubens. Asistimos aquí al como el mes de Mayo; canta ó silba todo el día; sabe
nacimiento de este nuevo mundo. Chaucer, no sólo cabalgar airosamente, componer canciones y cantar
enlaza sus cuentos (1), como Boccacio, tejiendo una bien, justar, baüar y escribir; es tan enamorado, que
sola historia, sino que hace algo más que Boccacio; durante la noche no duerme más que un ruiseñor; es
empieza por el retrato de todos sus narradores, el ca- además cortés, modesto y servicial, y trincha en la
ballero, el pertiguero, el alguacil, el fraile, el bailío, mesa delante de su padre». Más delicada aún y más
el posadero y hasta unas treinta figuras distintas de digna de una mano moderna es la figura de la priora
ambos sexos y de todas edades y condiciones, pintada «madame Eglantina», que en calidad de monja, de
cada una con su temperamento, su fisonomía, su tra- doncella y de gran dama, es ceremoniosa y da prue-
je, su manera de hablar, sus actos característicos, sus bas de un tono exquisito. ¿Se encontraría hoy algo
hábitos y su pasado, y sosteniendo cada una su carác- mejor en Alemania, en el más decoroso y bello nido
ter en sus palabras y actos ulteriores, de tal manera, de canonesas sentimentales y literatas? «Su sonrisa era
que se encontraría aquí, antes que en ningún otro sencüla y modesta. Su mayor juramento era simple-
pueblo, el germen de la novela de costumbres, según mente: jPor San Eloy! Cantaba muy bien los oficios
la componemos hoy. Recordad los retratos del fran- divinos con entonaciones nasales muy adecuadas. No
Uin, del molinero, del fraile mendicante y de la bur- menos bien se conducía en la mesa: jamás dejaba caer
guesa. Hay otros que acaban de poner de relieve las nada de la boca, ni se pringaba de grasa los dedos...
brutalidades licenciosas, las groseras trapacerías y las El don de mundo era su gran, placer. Acabada la co-
candideces de la vida popular, así como las franca- mida, eructaba con mucha decencia. Indudablemente
chelas y hartazgos de la vida corporal; ora bravuco- era una persona de buen tono y de modales muy ama-
nes que se remangan y aprestan los puños; ora perti- bles y atractivos.» Cierto es que se esfuerza «en reme-
gueros satisfechos que, cuando han bebido, no quie- dar las maneras cortesanas, en ser imponente»; quiere
ren hablar ya más que en latín. Pero juntamente se parecer persona del mundo elegante, y «habla muy
ven personajes selectos, como el caballero que ha ido bien y primorosamente el francés, á la manera de
á la cruzada, á Granada y Prusia, caballero valiente Stratford-at-Bow, porque el francés de París le es
y cortés, «tan delicado como una doncella, y que ja- desconocido». ¿Llevaréis á mal esas afectaciones de
más profirió una palabra torpe»; el pobre sabio de provincia? Al contrario; agrada ver esas graciosas
zalamerías, esas finuras melindrosas, la travesura
codeándose con la gazmoñería, la sonrisa entre mun-
(1) Cantorbery Tales.
daña y monástica; se respira allí un delicado perfume
que en Boccacio, por incidentes del viaje, nacidos del
femenino conservado y envejecido bajo la toca: «era
carácter de los personajes. Los caballeros caminan de
tan caritativa y tan compasiva, que lloraba si por
buen humor por la vasta campiña soleada, y conver-
casualidad veía un ratón en la ratonera, herido ó
san entre sí. El molinero ha bebido demasiada cerve-
muerto. Tenía perrillos á los cuales alimentaba con
za, y se empeña en hablar á toda costa. El cocinero
carne asada, leche y pan de harina fina. Lloraba
se duerme sobre su rocín, y le juegan malas pasadas.
amargamente si se le moría alguno ó si un mal inten-
El fraile y el alguacil se traban de palabras á propó-
cionado les daba un palo. Era la misma conciencia y
sito de su oficio. El posadero pone paz en todas partes,
un tierno corazón.» Muchas viejas solteronas se entre-
y hace hablar ó callar á la gente, como hombre que
gan á esos afectos, á falta de otros. Pero ¿qué es eso
ha presidido durante mucho tiempo una mesa de po-
de vieja solterona? No es una vieja: tiene «ojos tan
sada, y que ha apaciguado muchas veces á los albo-
transparentes como el cristal, una boca chiquita,
rotadores. Se comentan los relatos oídos ; se declara
tierna y sonrosada». L l e v a muy bien puesta la toca;
que hay pocas Griseldas en el mundo ; provocan la
su velo es de buen gusto; tiene en el brazo dos rosa-
risa los lances del carpintero engañado ; se hace apli-
rios de coral, esmaltados de verde, «con un broche de
cación del cuento moral. El poema no es y a , como en
oro, donde se v e escrita una A coronada, y luego esta
la literatura ambiente, una simple procesión, sino un
divisa: Amor vincit omnia», linda divisa ambigua,
cuadro donde se han estudiado los contrastes, escogi-
galante y devota; la dama es á la vez del mundo y
do las actitudes y calculado el conjunto, en términos
del claustro; se adivina que es del mundo por el sé-
que afluye la vida, y nos embebemos contemplándola
quito que la acompaña, una monja y tres sacerdotes;
como en presencia de toda obra vital, y nos dan ga-
se v e que es del claustro por el Ave María que canta
nas de montar á caballo una mañana risueña para
y las leyendas edificantes que cuenta. Tan fresca y
galopar por las verdes praderas, en compañía de los
tan delicada, es una linda cereza, hecha para madu-
peregrinos, hasta la urna del buen santo de Cantor-
rar al sol, y que, conservada en un bote eclesiástico,
bery.
se ha puesto dulzona y empalagosa en el almíbar.
Pesad esta p a l a b r a : el conjunto; según se piensa ó
He aquí, pues, empezando á apuntar la reflexión y
no en él, se entra en la madurez ó se permanece en la
el arte elevado. Chaucer no se entretiene ya; estudia.
infancia. Todo el porvenir está ahí. Bárbaros ó semi-
Deja de charlar y piensa. No se abandona y a á mer-
bárbaros, guerreros de los siete reinos ó caballeros de
ced de la improvisación corriente, sino que combina.
la Edad Media, hasta aquí ningún espíritu se ha re-
Cada cuento es apropiado al narrador. El joven escu-
montado á esa altura. Han tenido emociones fuertes,
dero cuenta una historia fantástica y oriental; el mo-
á veces tiernas, y las han expresado, según las dotes
linero borracho, un cuento verde y cómico; el honrado
originales de sus razas respectivas, unos con breves
sabio, la conmovedora leyenda de Griselda. Todas
clamores, otros con una continua charla; pero no han
esas narraciones se hallan enlazadas, y mucho mejor
dominado ni dirigido sus impresiones ; han cantado ó
hablado por impulso, á la ventura, según la tenden- dad y sobre la vida. Se llega al umbral del pensa-
cia de su índole nativa, ínterin surgían y venían á miento independiente y del descubrimiento fecundo.
guiarlos las i d e a s ; y , cuando encontraron el orden, En él está Chaucer. Á ciento cincuenta años de dis-
fué sin saberlo ni quererlo. Aquí, por vez primera, tancia, se roza con los poetas de Isabel por su galería
aparece la superioridad del espíritu, q u e , en el m o - de pinturas, y con los reformadores del siglo x v i por
mento de la concepción, se detiene de pronto, se eleva su retrato del buen sacerdote.
sobre sí mismo, se juzga y se d i c e : « Esta frase signi- No hace más que rozarse. Ha dado algunos pasos
fica lo mismo que la anterior ; quitémosla. Estas dos más allá del umbral del arte, pero se ha detenido al
ideas no casan ; enlacémoslas. Esta descripción lan- extremo del vestíbulo. Ha entreabierto la gran puerta
guidece; volvamos á pensarla.» Guando se puede ha- del templo, pero no se ha sentado en él ó lo ha hecho
blar así, es que se tiene la idea, no escolástica y apren- á ratos solamente. En Arcitas y Palemón, en Troilo y
dida, sino personal y práctica, del espíritu humano, Criseida, bosqueja sentimientos, no crea personajes;
de su proceder y sus necesidades, así como también traza con naturalidad y con soltura la linea sinuosa
de las cosas, de su estructura y de sus relaciones ; es de los sucesos y las conversaciones, pero no marca los
que se tiene un estilo, lo que quiere decir que se es contornos precisos de una figura acentuada. Si á v e -
capaz de hacer ver y comprender toda cosa á toda in- ces (1), sintiendo tras de si el hálito ardiente de un
teligencia humana. Se puede entonces extraer de cada poeta, levanta los pies del cieno de la Edad Media en
objeto, paisaje, situación ó personaje, los rasgos espe- que yacen hundidos, y salta de golpe al campo poéti-
ciales y significativos para reunirlos, ordenarlos y co en que Estacio imita á Virgilio é iguala á Lucano,
componer una obra artificial, superior á la obra natu- otras veces, á propósito del «caballero Febo ó Apolo
ral en pureza y perfección. Se puede, como Chaucer, Délfico», vuelve á caer en la palabrería pueril de los
ir á buscar historias y leyendas en el antiguo bosque troveros ó en las divagaciones insulsas de los erudi-
común de la Edad Media para replantarlas en su te- tos. En otras ocasiones, en medio de una pintura apa-
rreno y obtener nuevos brotes. Se tiene, como Chau- sionada, se pavonea un lugar común sobre el arte.
cer, el poder y el derecho de copiar y traducir, por- Emplea tres mil versos para conducir á Troilo á su
que á fuerza de retoques se imprime á las traduccio- primera entrevista. Parece un niño precoz y poeta
nes y á las copias el sello original, porque entonces se que baraja con sus sueños de amor las citas de sus
rehace lo que se imita, porque al través ó al lado de manuales y los recuerdos de su abecedario (2). Aun
las quimeras gastadas y de los cuentos monótonos se en los Cuentos de Cantorbery, repite las cosas, se eter-
pueden hacer visibles, como ocurre en Chaucer, los de-
liciosos ensueños de un alma amable y flexible, las
(1) Descripción del templo de Marte según la Teseida de
treinta figuras salientes del siglo x i v y la magnífica
Estacio.
frescura del paisaje húmedo y de la primavera ingle- (2) Hablando de Criseida, dice: «Tan cierto c o m o nuestra
sa. No se está lejos de tener una opinión sobre la ver- primera letra es ahora una A , nunca se vió cosa más digna de
alabanza, ni estrella tan brillante al través de negra nube.»
niza en amplificaciones inocentes, se olvida de con-
to del Amor, entre las quejas más conmovedoras y las
centrar su pasión ó su idea. Empieza una broma que
más punzantes cuitas, la bella dama ideal, la media-
se queda á mitad de camino. Diluye un vivo color en
dora celeste que aparece en una visión, el Amor, sien-
una estrofa monótona. Su voz se asemeja á la de un
ta tesis, afirma «que la causa de una causa es causa
muchacho que se está haciendo hombre. Se o y e pri-
de la cosa causada», y discurre tan pedantescamente
m e r o el acento firme y varonil, pero luego una nota
como en Oxford. ¿Qué pueden dar de sí el talento ni
aguda y blanda viene á indicar que no ha acabado
aun el sentimiento, entorpecidos por semejantes tra-
aquel crecimiento, y q u e aquella fuerza tiene sus des-
bas? ¿Qué serie de verdades originales y de doctrinas
mayos. Chaucer empieza á salir de la Edad Media,
nuevas cabe descubrir y probar, cuando, en un cuento
pero está en ella aún. Hoy compone los Cuentos de
moral como el de Melibeo y de su mujer Prudencia,
Cantorbery; ayer traducía el poema de la Rosa. Hoy
se cree preciso desenvolver una controversia en for-
estudia la complicada máquina del corazón, descubre
ma, citar á Séneca y á Job p a r a vedar las lágrimas,
las conseceeneias de la educación primitiva ó del há-
objetar con Jesús que llora para legitimar el llanto,
bito dominante, y llega á la comedia de costumbres;
numerar uno por uno los argumentos, apelar á Salo-
mañana no le interesarán más que los hechos curio-
món, á Casiodoro y á Catón, escribir, en resumen, un
sos, las alegorías bonitas, las disertaciones amorosas
libro de doctrina? No anda en manos del público más
á imitación de los franceses, las doctas sentencias sa-
que el pensamiento agradable y brillante; las ideas
cadas de los antiguos. Tan pronto es un observador
serias y generales no están allí, sino en otras manos
como un trovero; había que dar un paso, y no ha dado
que las detestan. En cuanto entra Chaucer en el te-
más que medio paso.
rreno de la reflexión, al punto Santo Tomás, Pedro
¿Qué le ha detenido, y qué detiene también á los Lombardo, los manuales de los pecados, los tratados
demás? Se vislumbra el obstáculo en sus disertaciones de la definición y del silogismo, la grey de los anti-
y en los cuentos que traduce: Melibeo, El Gura. En guos y de los Padres bajan de sus estantes, se meten
efecto: mientras escribe en verso, caminaásus anchas; en su cerebro, hablan en su lugar, y la voz atractiva
no bien entra en la prosa, se le enredan los pies en del poeta truécase en la voz dogmática y soporífera
una especie de cadena. Su imaginación es libre, y su de un doctor. En achaques de amor y de sátira, tiene
discurso esclavo. Las rígidas divisiones escolásticas, experiencia é inventa; en achaques de moral y de filo-
el artificio mecánico de los argumentos y d é l a s répli- sofía, tiene erudición y transcribe. Sólo por un ins-
cas, los ergos, las citas latinas, la autoridad de Aris- tante, y á favor de un impulso aislado, llegó al te-
tóteles y de los Padres oprimen su pensamiento na- rreno de la observación y del verdadero estudio del
ciente. Su invención nativa desaparece bajo la disci- hombre. No podía permanecer allí; no llegó á sentar-
plina impuesta. Tan pesada es la servidumbre, que, se; no hizo más que dar un paseo poético, sin que na-
en la obra de un contemporáneo que durante mucho die le siguiese. El nivel del siglo está más bajo; él mis-
tiempo se ha podido confundir con él, en el Testamen- mo desciende á ese nivel las más de las veces; se le
encuentra entre los narradores como Froissart, entre mina la otra. Poned en todos los espíritus de un siglo
los escritores atildados como Carlos de Orleans, entre una gran idea nueva de la naturaleza y de la vida, de
los versificadores gárrulos y hueros como Gower, modo que la sientan y la crean con toda su alma y todo
Lydgate, Occleve. Nada de frutos, sino flores pasaje- su corazón, y los veréis, poseídos de la necesidad de
ras y frágiles, mucha hojaresca inútil, mucha más expresarla, inventar formas de arte y grupos de figu-
mustia ó seca: he ahí esa literatura. Es que no tiene ras. Arrancad de todos los espíritus de un siglo toda
y a raíces; después de trescientos años de esfuerzos, gran idea nueva de la naturaleza y de la vida, y así,
acabó por cortárselas un pesado instrumento subte- no sintiendo la exigencia de expresar los pensamien-
rráneo. Ese instrumento fué la filosofía escolástica, tos capitales, los veréis copiar, callarse ó desbarrar.
¿Qué se ha hecho de esos pensamientos capitales?
¿Qué trabajo los ha elaborado? ¿Qué investigaciones
los han nutrido? No es celo lo que faltó á los obreros.
En el siglo XH es admirable el entusiasmo de los espí-
vm ritus. Ningún edificio de París hubiese podido conte-
ner la muchedumbre de los discípulos de Abelardo;
cuando se retiró á una soledad, le acompañó tal mul-
titud, que el desierto trocóse en una ciudad. No retro-
Porque bajo toda literatura hay una filosofía. En el cedían ante nada. Se cuenta el caso de un joven que,
fondo de cada obra de arte existe una idea de la na- maltratado por su preceptor, quiere seguir con él á
turaleza y de la vida humana. Esa idea guía al artis- todo trance, á fin de aprender. Cuando vino la terri-
ta; el poeta, sépalo ó no, escribe para hacerla sensi- ble enciclopedia de Aristóteles, completamente desfi-
ble, y los personajes que forja, como los hechos que gurada é ininteligible, la devoraron. Una sola cues-
combina, no sirven más que para sacar á luz la sorda tión se ofrecía como pasto á su pensamiento, la cues-
concepción creadora que los suscita y los une. Lo que tión de los universales, tan abstracta, tan árida, tan
aparece en Homero es la noble vida del paganismo enmarañada con las oscuridades árabes y los refina:
heroico y de la Grecia feliz. L o que aparece en Dante mientos griegos, y en ella se cebaron durante siglos.
es la dolorosa y violenta vida del cristianismo exaltado No obstante lo pesado é incómodo del instrumento que
y de la Italia rencorosa; de suerte que de cada uno se les transmitía, el silogismo, se hicieron dueños de él,
de los dos podría sacarse una teoría del hombre y de agravaron aún su peso y le hundieron dondequiera en
lo bello. L o mismo acontece con los demás: la litera- todos sentidos. Construyeron infinidad de libros mons-
tura varía, nace, florece, degenera ó acaba, según las truosos, catedrales de silogismos, de una arquitectura
variaciones, el nacimiento, el florecimiento, la deca- desconocida, de una labor prodigiosa, erigidas con una
dencia ó la inercia de la concepción matriz. Quien intensidad intelectual extraordinaria, y que toda la
implanta la una implanta la otra; quien mina la una acumulación del trabajo humano no ha podido igualar
encuentra entre los narradores como Froissart, entre mina la otra. Poned en todos los espíritus de un siglo
los escritores atildados como Carlos de Orleans, entre una gran idea nueva de la naturaleza y de la vida, de
los versificadores gárrulos y hueros como Gower, modo que la sientan y la crean con toda su alma y todo
Lydgate, Occleve. Nada de frutos, sino flores pasaje- su corazón, y los veréis, poseídos de la necesidad de
ras y frágiles, mucha hojaresca inútil, mucha más expresarla, inventar formas de arte y grupos de figu-
mustia ó seca: he ahí esa literatura. Es que no tiene ras. Arrancad de todos los espíritus de un siglo toda
y a raíces; después de trescientos años de esfuerzos, gran idea nueva de la naturaleza y de la vida, y así,
acabó por cortárselas un pesado instrumento subte- no sintiendo la exigencia de expresar los pensamien-
rráneo. Ese instrumento fué la filosofía escolástica, tos capitales, los veréis copiar, callarse ó desbarrar.
¿Qué se ha hecho de esos pensamientos capitales?
¿Qué trabajo los ha elaborado? ¿Qué investigaciones
los han nutrido? No es celo lo que faltó á los obreros.
En el siglo XH es admirable el entusiasmo de los espí-
vm ritus. Ningún edificio de París hubiese podido conte-
ner la muchedumbre de los discípulos de Abelardo;
cuando se retiró á una soledad, le acompañó tal mul-
titud, que el desierto trocóse en una ciudad. No retro-
Porque bajo toda literatura hay una filosofía. En el cedían ante nada. Se cuenta el caso de un joven que,
fondo de cada obra de arte existe una idea de la na- maltratado por su preceptor, quiere seguir con él á
turaleza y de la vida humana. Esa idea guía al artis- todo trance, á fin de aprender. Cuando vino la terri-
ta; el poeta, sépalo ó no, escribe para hacerla sensi- ble enciclopedia de Aristóteles, completamente desfi-
ble, y los personajes que forja, como los hechos que gurada é ininteligible, la devoraron. Una sola cues-
combina, no sirven más que para sacar á luz la sorda tión se ofrecía como pasto á su pensamiento, la cues-
concepción creadora que los suscita y los une. Lo que tión de los universales, tan abstracta, tan árida, tan
aparece en Homero es la noble vida del paganismo enmarañada con las oscuridades árabes y los refina:
heroico y de la Grecia feliz. L o que aparece en Dante mientos griegos, y en ella se cebaron durante siglos.
es la dolorosa y violenta vida del cristianismo exaltado No obstante lo pesado é incómodo del instrumento que
y de la Italia rencorosa; de suerte que de cada uno se les transmitía, el silogismo, se hicieron dueños de él,
de los dos podría sacarse una teoría del hombre y de agravaron aún su peso y le hundieron dondequiera en
lo bello. L o mismo acontece con los demás: la litera- todos sentidos. Construyeron infinidad de libros mons-
tura varía, nace, florece, degenera ó acaba, según las truosos, catedrales de silogismos, de una arquitectura
variaciones, el nacimiento, el florecimiento, la deca- desconocida, de una labor prodigiosa, erigidas con una
dencia ó la inercia de la concepción matriz. Quien intensidad intelectual extraordinaria, y que toda la
implanta la una implanta la otra; quien mina la una acumulación del trabajo humano no ha podido igualar
atributos determinan las personas, y no la sustancia,
más que dos veces (1). Aquellos juveniles y valerosos
es decir, la naturaleza.—Cómo las propiedades pue-
espíritus, creyendo ver el templo de la verdad, se pre-
den estar en la naturaleza de Dios, y no determinarla.
cipitaron á ciegas, por legiones, con una velocidad y
-—Si los espíritus creados son locales y circunscribi-
una energía de bárbaros, hundiendo la puerta, esca-
bles.» Tales son las ideas que remueven; ¿qué verdad
lando los muros, abalanzándose al recinto, y se en-
puede salir de ahí? D e mano en mano agranda la qui-
contraron en lo hondo de una fosa. Tres siglos de labor
mera, abriendo más sus vastas alas tenebrosas (1). «Si
en el fondo de esa negra fosa no añadieron una idea
Dios puede hacer que, conservándose el lugar y el
al espíritu humano.
cuerpo, el cuerpo no tenga posición, es decir, exis-
Porque ved las cuestiones que los agitan. Parecen
tencia en un lugar.—Si es una propiedad constitutiva
andar, y no hacen más que revolverse sin dar un paso.
de la primera persona de la Trinidad la imposibilidad
A l verlos sudar y afanarse, se creería que van á ex-
de ser engendrada.—Si la identidad, la semejanza y la
traer de su corazón y su razón alguna gran creencia
igualdad son en Dios relaciones reales.» Duns Escoto
original; y toda creencia les es impuesta anticipada-
distingue tres materias: la materia primariamente
mente. El sistema está hecho; no les queda más que
primera, la materia secundariamente primera, y la
ordenar y comentar. L a concepción no procede de
materia terciariamente primera; según él, hay que
ellos, sino de Bizancio. Van á consumirse, por su parte,
atravesar ese triple seto de abstracciones espinosas
en reproducir esa concepción, infinitamente compli-
para comprender la producción de una esfera de bron-
cada y sutil, obra suprema del misticismo oriental y
ce. Bajo tal régimen, no tarda en aparecer la imbeci-
de la metafísica griega, tan desproporcionada para su
bilidad: Santo Tomás mismo examina «si el cuerpo de
inteligencia juvenil; y por remate van á abrumar sus
Jesucristo resucitado tenía cicatrices; si ese cuerpo se
manos novicias con el peso de un instrumento lógico
mueve al moverse la hostia y el cáliz durante la c o n -
que Aristóteles había construido para la teoría, no para
sagración; si Cristo, en el primer momento de su con-
la práctica, y que debía permanecer en el gabinete de
cepción, tuvo el uso del libre albedrío; si Cristo recibió
las curiosidades filosóficas sin llevarse jamás al campo
la muerte por sí mismo ó por otro». ¿Os creéis en los
. de la acción. «Si la divina esencia (2) engendró al Hijo
confines de la tontería humana? Aguardad. Indaga «si
ó fué engendrada por el Padre.—Por qué las tres per-
la paloma en que se apareció el Espíritu Santo era un
sonas juntas no son mayores que una sola.—Que los
animal verdadero; si un cuerpo glorificado puede ocu-
par un solo y mismo lugar á la vez que otro cuerpo
(1) Bajo Proclo y bajo Hegel. Duns Escoto muere á los treinta
glorificado; si en el estado de inocencia todos los ni-
y un años, dejando, además de sus sermones y de sus comen-
tarios, doce volúmenes en folio de letra menuda, en estilo de ños hubiesen sido varones». ¡Paso por alto las diges-
Hegel sobre el mismo asunto que Proclo. Véase también Santo tiones de Cristo, y otras cosas mucho más intraducti-
Tomás y toda la hueste de los escolásticos Hasta después de
haberlos manejado no se tiene idea de aquella labor.
(2) Pedro Lombardo, Manual de las sentencias. Es el libro
(1) Duns Escoto ed. de 1639.
clásico de la Edad Media.
bles (1)! A eso llega el doctor más acreditado, el espí- lista se desmorona á los golpes de Occam; se reconoce
ritu más juicioso, el Bossuet d é l a Edad Media. Aun que sus entidades no son más que palabras; se desacre-
dentro de ese círculo de quisicosas, se halla prescrita dita. Oxford, según el testimonio de Ricardo Fitz-
la respuesta; y , por separarse de ella, se excomulga, Ralph, cuenta cinco veces menos estudiantes que en
destierra y encierra á Roscelino y Abelardo. Hay un el siglo x m ; aún se aderezan sus «barbara» y sus «fe-
dogma completo, minucioso, que ataja todas las sali- lapton», pero por rutina. Cada cual atraviesa á su vez
das; no h a y medio de escapar; después de mil vueltas y maquinalmente el país de los disputadores rapados,
y de mil rodeos, hay que venir á caer bajo una fór- se desuella en las malezas del ergotismo y se carga de
mula. Si intentáis volar por encima en alas del misti- una dosis de textos. Eso es todo. El vasto cuerpo de
cismo, ó tratáis de ahondar por debajo á favor de la ciencias que debía formar y vivificar el pensamiento
experiencia, os aguardan á la salida manos violentas entero del hombre se ha reducido á un manual.
y engarabitadas. El sabio pasa por mágico; el ilumi- Así, poco á p o c o , gradualmente, ha ido secándose la
nado, por hereje; los valdenses, los cátaros, los discí- concepción que fecunda y rige á las restantes; el ma-
pulos de Juan de Parma, perecen en la hoguera; Ro- nantial profundo de donde fluyen todas las aguas poé-
gerio Bacon muere á tiempo para no ser quemado. ticas está vacío; la ciencia no suministra y a nada al
Bajo esa coacción, se deja de pensar, porque quien mundo. ¿Qué obras puede producir el mundo aún? Así
dice pensamiento dice esfuerzo i n v e n t i v o , creación como España, renovando más tarde la Edad Media,
personal, labor fecunda. Se recita una lección y se después del alarde espléndido y loco de la caballería
salmodia un catecismo; hasta en el paraíso, hasta en y la devoción, después de Lope y Calderón, después
el éxtasis y en los más divinos arrobamientos del de San Ignacio y Santa Teresa, vino á enervarse con
amor, Dante se cree obligado á dar testimonio de me- la Inquisición y la casuística, y acabó por caer en el
moria fiel y de ortodoxia escolástica. ¿Qué harán los silencio del embrutecimiento, así la Edad Media, anti-
demás? Los hay que, como Raimundo Lulio, llegan á cipándose á España, después de ostentar el heroísmo
inventar una máquina de raciocinio á guisa de inteli insensato de las cruzadas y los éxtasis poéticos del
gencia. Hacia el siglo x i v esa misma ciencia verba- claustro, después de haber producido la caballería y
la santidad, después de haber dado vida á San Fran-
cisco de Asís, á San Luis y á Dante, languideció bajo
Utrum ángelus diligat se ipsum dilectione naturali vel electiva?
la Inquisición y la escolástica para acabar en la cho-
Utrum in statu innocentiae fuerit generatio per coitum?
Utrum omnes fuissent nati in sexu masculino? chez y en la nada.
Utrum cognitio angelí posset dici matutina et vespertina?
¿Es cosa de citar á toda esa pobre gente que habla
Utrum martyribus aureola debeatur?
Utrum virgo Maria fuerit virgo in concipiendo? sin tener qué decir? Se encontrará en Warton (1) do-
Utrum remanserit virgo post partum? cenas de traductores que importan las pobrezas de la
El lector hará bien en ir á buscar al texto la respuesta á estas
dos últimas preguntas. (Santo Tomás, Summa Theologiea, edi-
ción de 1677.) (1) History of english poetry, t. ix.
literatura francesa é imitan imitaciones; rimadores de
imitación, en gran parte, de nuestro Juan de Meung,
crónicas, de lo más chabacano que se ha visto, y que
y que tiene por objeto, como el poema de la Rosa, ex-
no se leen sino porque h a y que cosechar la historia
plicar y subdividir los impedimentos del amor. Siem-
por todas partes, hasta entre los imbéciles; zurcidores
pre reaparece el tema añejo, y , p o r remate, la erudi-
y zurcidoras de poemas didácticos, que compilan ver-
ción indigesta. Allí veréis una exposición de la cien-
sos sobre la educación de los halcones, sobre la herál-
cia hermética, un curso sobre la filosofía de Aristóte-
dica, sobre l a química; redactores de moralidades que
les, una retahila de leyendas antiguas y modernas, to-
inventan por centésima vez el mismo sueño, y hacen
madas de los compiladores y estropeadas por la pe-
que la diosa Sapiencia les enseñe la historia univer-
dantería doctoral y l a ignorancia del siglo. Es una
sal. Esos hombres, á ejemplo de los escritores de la
carretada de escombros escolásticos; la cloaca se des-
decadencia latina, no piensan más que en transcribir,
ploma sobre esa pobre inteligencia, que era de suyo
compilar, resumir, poner en manuales, en compen-
fluida y límpida, pero que ahora, entre el cúmulo de
dios rimados, la enciclopedia de su tiempo.
tejas, ladrillos y yesones, se arrastra, ofuscada, tor-
¿Queréis oir al más ilustre, al grave Gower, al «mo- pemente. Gower, uno de los hombres más sabios de
ral G o w e r » , como se le llama (1)? A veces conserva su tiempo (1), supone «que el latín fué inventado por
sin duda un resto de brillo, alguna gracia. Podría la antigua profetisa Carmens; que los gramáticos Aris-
compararse al antiguo secretario de una corte de tarco, Donato y Didimo reglamentaron su sintaxis,
amor, á Andrés el capellán ó cualquier otro, que pa- su pronunciación y su prosodia; que Cicerón le adornó
sase el día registrando solemnemente los decretos de con las flores de la elocueucia y de la retórica; que se
las damas, y que á la noche, adormecido sobre su pu- enriqueció después con traducciones del árabe, del
pitre, viese en un semisueño su dulce sonrisa y sus be- caldeo y del griego, y que, por último, después de
llos ojos (2). La vena ingeniosa y agotada de Carlos muchos trabajos de escritores célebres, alcanzó la p e r -
de Orleans corre aún en sus baladas francesas. Tiene fección final en Ovidio, poeta de los amantes». En
la misma delicadeza atildada, casi un tanto melindro- otra parte descubre que ülises aprendió l a retórica de
sa. L a menguada fuentecilla poética alimenta aún un Cicerón, la magia de Zoroastro, la astronomía de Pto-
tenue arroyito que corre sobre las tersas guijas con lomeo y la filosofía de Platón. ¡Y qué estilo tan pe-
un murmullo tan débil que apenas se oye. Pero ¡qué sado, tan deslavazado (2), tan machacón, tan minu-
pesado es todo lo demás! Su gran poema, Gonfessio cioso y plagado de remisiones al texto, como de un
amantis, es un diálogo entre un amante y su confesor, hombre que, clavados los ojos en su Aristóteles y su
Ovidio, esclavo de su rancio pergamino, no hace más
(1) Contemporáneo de Chaueer. Su Confessio amantis fué
terminada en 1386. Más tarde hizo una revisión, suprimiendo
todo lo que había dicho de Ricardo II, y añadiendo una dedica- (1) Warton, n, 225.
toria al futuro Enrique I V .
(2) Véase, por ejemplo, en el séptimo libro, el pasaje más
(2) Vox clamantis (en latín). Ballades (en francés). poeuco, la descripción de la corona del sol.
que transcribir y ensartar versos! Discípulos hasta en oratorios, los sepulcros blasonados, y las capillitas
l a vejez, parecen creer que toda verdad y todo espí- deslumbradoras que vienen á desplegarse c o m o flo-
ritu se halla en su libróte de tapas de madera, que no res bajo las naves del gótico florido. Cuando y a no
necesitan buscar ni inventar nada por sí mismos, que se puede hablar al alma, se procura aún hablar á los
toda su misión es repetir que ese es el oficio del h o m - ojos.
bre. El régimen escolástico erigió en reina la letra Eso, y nada más, hace Lydgate. Se le piden pa-
muerta y pobló el mundo de espíritus muertos. geants ó exhibiciones pomposas, disfraces para el gre-
Tras Gower, Occleve y L y d g a t e (1). «Mi padre mio de los orífices, una mascarada delante del r e y , un
Chaucer, dice Occleve, hubiera querido instruirme; juego de Mayo para los sheriffs de Londres, una re-
pero y o era torpe y aprendía poco ó nada.» Parafra- presentación de la creación para la fiesta del Corpus,
seó en verso un tratado de Egidia sobre el gobierno: un villancico; y él da el plan y los versos. En eso es
son moralidades; añadid otras sobre la compasión, se- inagotable: se le atribuyen doscientos cincuenta y un
gún San Agustín, y sobre el arte de morir; además, poemas. La poesía, así concebida, se convierte en un
amores: una carta de Cupido fechada en su corte en el trabajo mecánico; se fabrica por varas. D e esa suerte
mes de Mayo. Amores y moralidades, es decir, melin- opina el abad de Saint-Alban, que, habiéndole encar-
dres y abstracciones, tal es la afición de la época (2); gado traducir en verso una leyenda, paga cien cheli-
no de otra suerte, en tiempo de Lebrun y de Esménard, nes por todo, por los versos, por su copia y por las
en el extremo agotamiento de nuestra literatura, se iluminaciones, midiendo por el mismo rasero esos tres
formaban las colecciones con poemas didácticos y flo- trabajos; y la verdad es que no exigen mucho más
reos á Cloris. En cuanto al fraile Lydgate, tiene algún pensamiento unos que otros. Sus tres grandes obras, La
talento, alguna imaginación, sobre todo en las des- Caída de los principes, El Sitio de Troya y l a Historia
cripciones ricas; es el último destello de las literatu- de Tebas, no son más que traducciones ó paráfrasis
ras que se extinguen: se amontona el oro, se incrus- verbosas, eruditas, descriptivas, especies de procesio-
tan las piedras preciosas y se violentan y multiplican nes caballerescas, iluminadas por centésima vez en la
los adornos, asi en los trajes y en los edificios como misma vitela. El único punto saliente, sobre todo en
en el estilo (B). Ved los trajes en tiempo de Enrique IV el primer poema, es la idea de la Fortuna (1) y de las
y de Enrique V , los tocados monstruosos en forma de violentas vicisitudes por que atraviesa la vida huma-
corazón ó de cuernos, las mangas largas recargadas na. Si hay una filosofía en aquel tiempo, es esa. Se
de caprichosos dibujos, los penachos, y también los repiten las narraciones horribles y trágicas; se reco-
gen desde la antigüedad hasta el día; se está muy lejos
(1) 1420,1430. de la piedad confiada y apasionada que veía la mano
(8) Es el título que puso Froissart á su colección de versos
(1897), al presentarla al rey Ricardo II.
(3) Lydgate, Historia de Troya, descripción de la capilla de (1) Véase su Visión de la Fortuna, figura gigantesca. En
Héctor. Véase sobre todo los pageants 6 entradas solemnes. «sa pintura hay talento y sentimiento.
de Dios en la marcha del mundo; se ve que ese mundo gastadas, hueras: es la escolástica de la poesía. Si hay
va de aquí para allí tropezando é hiriéndose como un en alguna parte un acento un poco original, es en esa
hombre beodo. Edad triste y sombría, distraída en di- Navis stultifera que traduce Barclay, en la Danza de
versiones exteriores, oprimida por una vulgar mise- la muerte que traduce Lydgate, bufonadas amargas,
ria, que sufre y teme sin consuelo ni esperanza, situa- humoradas tristes que, por mano de los artistas y de
da entre el espíritu antiguo, cuya viva fe no tiene yar los poetas, circulan en ese momento por toda Europa.
y el espíritu moderno, cuya fecunda ciencia no posee. Se burlan de sí mismos grotesca y lúgubremente; po-
Sobre las cosas se cierne el Azar como una negra hu- bres figurones chocarreros y vulgares, hacinados en
mareda, ocultando la vista del cielo. Represéntase un navio ó que bailan sobre su tumba al son del vio-
como «una imagen monstruosa, de faz cruel y terri- lín de un ridiculo esqueleto. En el fondo de toda
ble, de miradas altaneras y amenazadoras, y con cien esa putrefacción y en medio de ese tedio de si mismos,
manos á cada lado, de las cuales unas elevan á los aparece el farsante, el Triboulet de taberna, el fabri-
hombres á altas jerarquías humanas, y otras los aga- cante de versucos chocarreros y macarrónicos, Skel-
rran rudamente para precipitarlos». Se contempla álos ton (1), virulento libelista, que, mezclando las frases
grandes desgraciados, á un rey cautivo, á una reina francesas, inglesas y latinas, los términos de jerga, el
destronada, príncipes asesinados, nobles ciudades des- estilo al uso y las voces inventadas, en metros cortos,
truidas (1), lamentables espectáculos que acaban de amasa una especie de lodo literario con que salpica á
darse en Alemania y en Francia, y que van á acumu- Wolsey y á los obispos. Estilo, metro, rima, lengua,
larse en Inglaterra; y no se sabe más que mirarlos con todo arte ha concluido; bajo la vana ostentación de
insensible resignación. Lydgate, por todo consuelo, re- rúbrica no hay ya más que un montón de ruinas. Sin
cita al concluir un lugar común de piedad maquinal. embargo, esa poesía «andrajosa, desharrapada, amor-
El lector hace la señal de la cruz bostezando, y se mar- dazada, sucia y roída de gusanos, tiene su meollo (2)».
cha. La poesía y la religión no son ya capaces de su- Está llena de cólera política, de vehemencia sensual,
gerir un sentimiento verdadero. Los escritores calcan
y recalcan. Lydgate rehace el Palacio de la Fama de (1) Muerto en 1529, laureado en 1489. Las Recompensas de
Chaucer; Hawes (2) escribe una especie de poema ale- corte, La Corona de laurel, Ja Elegía á la muerte del duque
górico amoroso á imitación del Poema de la Rosa (3). de Northumberland, son de un estilo decoroso y pertenecen
á la poesía oficial. Véase Philarète Chasles, Skelton, estudios
Barclay (4) traduce El Espejo de las buenas maneras y
sobre el siglo xvi.
la Navis stultifera. Siempre abstracciones pálidas, (2) Expresión de Skelton.

Though my rhyme be ragged,


(1) La guerra de los hussiías, la guerra de Cien Años, la Tattered an gagged,
guerra de las Dos Rosas. Rudely rai beaten,
(2) Hacia 1506, The Temple of g7ass. Rusty, moth-eaten,
(3) Passetyme of pleasure. Yf ye take welle therewithe,
(4) Ship of fools, 1L08. It hath in it some pith.
de instintos ingleses y pupulares: vive. Vida grosera^
rudimentaria aún, en innoble fermentación, como la
que aparece en un gran cadáver que se descompone £
pero es la vida, al fin, con los dos grandes caracteres
que va á manifestar: el odio á la jerarquía eclesiásti-
ca, que es la Reforma, y el retorno á los sentidos y & LIBRO SEGUNDO
la vida natural, que es el Renacimiento.
El Renacimiento.

CAPITULO PRIMERO

EL R E N A C I M I E N T O PAGANO

§ 1.—Las costumbres.

I. Idea que los hombres se hablan f o r m a d o del m u n d o después


de la disolución de la sociedad antigua.—Cómo y p o r qué
vuelve á empezar la invención humana.—Forma de espíritu
del Renacimiento.—Cómo la representación d e los objetos es
entonces imitativa, figurada y completa.
I I . P o r qué cambia el modelo ideal.—Mejora de la condición
humana en Europa.—Mejora de lá condición humana en I n -
glaterra.—La paz —La industria.—El comercio.—Los p a s -
tos.—La agricultura.—Aumento de la riqueza pública.—
Los edificios y l o s muebles.—Los palacios, las comidas y el
vestido.—Las pompas de la c o r t e . — Fiestas bajo Isabel.
—Masques bajo Jacobo I .
III. Las costumbres populares.—Pageants.—Teatros.—Fiestas
de aldea.—Expansión pagana.
IV. Los modelos — L o s antiguos —Traducción y lectura de l o s
autores clásicos.—Simpatía p o r las costumbres y los dioses
de la antigüedad.—Los modernos.—Afición á las ideas y e s -
critos de los italianos.—Cómo la poesía y la pintura de Italia
son paganas.—El tipo ideal es el hombre feliz, circunscrito i
la vida presente.
de instintos ingleses y pupulares: vive. Vida grosera^
rudimentaria aún, en innoble fermentación, como la
que aparece en un gran cadáver que se descompone £
pero es la vida, al fin, con los dos grandes caracteres
que va á manifestar: el odio á la jerarquía eclesiásti-
ca, que es la Reforma, y el retorno á los sentidos y & LIBRO SEGUNDO
la vida natural, que es el Renacimiento.
El Renacimiento.

CAPITULO PRIMERO

EL R E N A C I M I E N T O PAGANO

§ 1.—Las costumbres.

I. Idea que los hombres se hablan f o r m a d o del m u n d o después


de la disolución de la sociedad antigua.—Cómo y p o r qué
vuelve á empezar la invención humana.—Forma de espíritu
del Renacimiento.—Cómo la representación d e los objetos es
entonces imitativa, figurada y completa.
II. P o r qué cambia el modelo ideal.—Mejora de la condición
humana en Europa.—Mejora de lá condición humana en I n -
glaterra.—La paz —La industria.—El comercio.—Los p a s -
tos.—La agricultura.—Aumento de la riqueza pública.—
Los edificios y l o s muebles.—Los palacios, las comidas y el
vestido.—Las pompas de la c o r t e . — Fiestas bajo Isabel.
—Masques bajo Jacobo I .
III. Las costumbres populares.—Pageants.—Teatros.—Fiestas
de aldea.—Expansión pagana.
IV. Los modelos — L o s antiguos —Traducción y lectura de l o s
autores clásicos.—Simpatía p o r las costumbres y los dioses
de la antigüedad.—Los modernos.—Afición á las ideas y e s -
critos de los italianos.—Cómo la poesía y la pintura de Italia
son paganas.—El tipo ideal es el hombre feliz, circunscrito i
la vida presente.
jardines de Acrasia.—Cómo compone Spenser.—Cómo es
completo el arte del Renacimiento.
§ 2.—La poesía.
§ 3. —La prosa.

I . El Renacimiento en Inglaterra es el Renacimiento del genio I. Fin de la poesía.—Cambios en la sociedad y en las costum-
sajón. bres.— Cómo el retorne á la naturaleza degenera en excita-
II. Los precursores.—El conde de Snrrey.—Su vida feudal y ción de los sentidos. -Cambios correspondientes en la poe-
caballeresca.—Su carácter inglés y personal.—Sus poemas sía.—Cómo lo lindo sustituye á lo bello.—La delicadeza me-
serios y melancólicos.—Su concepción del amor íntimo. lindrosa. - C a r e w . — S u c k l i n g . — H e r r i c k . — L a afectación.—
III. Su estilo.—Sus maestros Petrarca y Virgilio Sus p r o - Quarles, Herbert, Babington, Donne, Cowley.—Comienzo del
cedimientos, su habilidad, su perfección precoz.—Ha nacido estilo clásico y de la vida de salón-
alarte.—Desfallecimientos, imitación,Artificio.—El arte no
II. Cómo la poesía conduce á la prosa.—Relación de la ciencia
es completo.
y el arte.—En Italia.—En Inglaterra —Cómo el imperio del
IV á VIII.—Desarrollo y perfeccionamiento del arte.—El Eu- naturalismo desenvuelve el ejercicio de la razón natural.—
phues y la moda.—El estilo y el espíritu del Renacimiento.— Eruditos, historiadores, retóricos, comp : ladores, pol íticos, an -
Superabundancia y desorden.—Cómo se corresponden las ticuarios, filósofos, teólogos.—Abundancia de talentos y es-
costumbres, «1 estilo y el espíritu.—Sir Felipe Sidnej.—Su casez de bellos libros.—Redundancia, afectación y pedan-
educación, su vida y su carácter.—Su erudición, su genero- tería del estilo.—Originalidad, precisión, energía y riqueza
sidad y su vehemencia.—Su Arcadia.—Exageración y afec- del estilo—Cómo, á la inversa de los clásicos, se represen-
tación de los sentimientos y del estilo.—Su Defensa de la tan, no la idea, sino el individuo.
poesía.—Su elocuencia y su energía.—Sus sonetos.—Cómo
III. Roberto B u r t o n . — S u vida y su carácter.—Confusión y
los cuerpos y las pasiones del Renacimiento difieren de los
enormidad de su erudición.—Su asunto, Anatomía de la me-
cuerpos y de las pasiones modernas.—El amor sensual.—El
lancolía . —Divisiones escolásticas.—Mezcla de las ciencias
amor místico.
morales y médicas.
VIII á XI.—La poesía pastoril.—Abundancia de poetas.—Es- I V . Sir Tomás Browne.—Su espíritu.—Su imaginación es de
pontanidad y fuerza de la poesía.—Estado de espíritu que un hombre del NortQ.—Hydriotaphia, Réligio medid.—Sus
la suscita.—Amor al campo.—Renacimiento de los dioses an- ideas, sus curiosidades y sus dudas son de un hombre del
tiguos.—Entusiasmo por la belleza.—Pintura del amor inge- Renacimiento.—Pseudodoxia.—Consecuencias de esa activi-
nuo y feliz.—Shakespeare, Jonson, Flechter, Drayton, Mar- dad y de esa dirección del espíritu público.
lowe, Warner, Bretón Lodge, Greene.—Cómo la transforma-
V y VI. Francisco Bacon. — Su espíritu.—Su originalidad.—
ción del público ha transformado el arte.
Concentración y esplendor de su estilo.—Sus comparaciones
X I á X I V . La poesía ideal.—Spenser.—Su vida.—Su carácter. y sus aforismos.—Los Ensayos.—Su procedimiento no es la
—Su platonismo.—Sus Himnos al amor y la belleza.—Rique- argumentación, sino la intuición.—Su sentido utilitario —
za de su imaginación.—Cómo es é p i c a . - Cómo es fantástica. Punto de partida de su filosofía.—El objeto de la ciencia es
—Sus tanteos.—El Calendario del pastor.—Sus Pequeños la mejora de la condición humana.—Nueva Atlántida.—Cómo
poemas.—Sil o b í a maestra.—La Reina de las hadas.—Su epo- esa idea está de acuerdo con el estado de cosas y el espíritu
peya es alegórica, y , sin embargo, viva.—Abraza la caballe- de la época.—Fsa idea completa el Renacimiento.—Trae un
ría cristiana y el olimpo pagano.—Cómo enlaza ambas cosas. nuevo método. — El Organum.—En qué punto se detiene
X I V á XVI. La Reina de las hadas.—Los acontecimientos i m - Bacon.—Límites del espíritu del siglo.—Cómo la concep-
posibles.—Cómo se hacen verosímiles— Belphcebe y Cri- ción del mundo, que era poética, se hace mecánica.—Cómo
sógone —Las pinturas y los paisajes fantásticos y gigantes- el Renacimiento conduce á la fundación de las ciencias p o -
cos.—Por qué deben ser así,—La caverna de Mammón y los sitivas.
La idea fué de mal en peor, por su propia virtud.
Porque la tendencia inherente á semejante concepción»
como á las miserias que la engendran y al desaliento
§ 1.—Las costumbres.
que consagra, es suprimir la acción personal y susti-
tuir la invención con la sumisión. Desde el siglo xrv
se ve reemplazar insensiblemente á la fe viva la regla
muerta. El pueblo cristiano se pone en manos del
I clero, que, á su vez, se pone en manos del Papa. Las
opiniones cristianas se someten á los teólogos, some-
tidos, por su parte, á los Padres. La fe cristiana se
Diez y siete siglos hacía que sobre el espíritu del reduce al cumplimiento de las obras, y éste al cumpli-
hombre pesaba un triste pensamiento, que ora le ano- miento de los ritos. La religión, fluida en los primeros
nadaba, ora le exaltaba y enervaba, sin apartarse siglos, se petrifica, se transforma en duro cristal, y el
nunca de él en tan largo espacio. Era la idea de la im- grosero contacto de los bárbaros deposita encima una
potencia y de la decadencia humana. Contribuyeron capa de idolatría: se ve aparecer la teocrasia y la In-
á su nacimiento la corrupción griega, la opresión ro- quisición, el monopolio del clero y la prohibición de
mana y la disolución del mundo antiguo; y ella, á su las Escrituras; el culto de las reliquias y la compra de
vez, había dado nacimiento á la resignación estoica, á la8 indulgencias. En vez del cristianismo, la Iglesia;
la despreocupación epicúrea, al misticismo alejandri- en vez de la creencia libre, la ortodoxia impuesta; en
no y á la espera cristiana del reino de Dios. «El mundo vez del fervor moral, las prácticas prefijadas; en vez
es malo y está perdido ; desprendámonos de él por la del corazón y del pensamiento fecundo, la disciplina
insensibilidad, por el aturdimiento y por el éxtasis.» externa y maquinal: son los caracteres propios de la
Así hablaban las filosofías; y la religión agregaba que Edad Media. Con esas ligaduras, acabó por no pen-
el mundo iba á acabar: «Preparaos, porque se acerca sarse: la filosofía había vuelto al manual; la poesía á
al reino de Dios.» Durante mil años, las ruinas que las puerilidades; y el hombre inerte, arrodillado, po-
por todas partes se acumulaban insinuaron de conti- niendo su conciencia y su conducta en manos del
nuo en los corazones ese fúnebre pensamiento; y sacerdote, no parecía más que un maniquí á propósito
cuando del fondo de la imbecilidad extrema y del uni- para recitar un catecismo y salmodiar un rosario (1).
versal infortunio levantóse el hombre feudal por la
Por fin, torna la invención; torna gracias al esfuer-
fuerza de su valor y de su brazo, se encontró, como
zo de la sociedad laica que ha rechazado la teocracia»
traba de su pensamiento y de su acción, la concepción
aniquiladora que, proscribiendo la vida natural y las (1) Véase en Brujas los cuadros de HemUng (siglo xv). N o
esperanzas terrestres, erigía en modelos la obediencia hay pintura que permita comprender tan bien la piedad ecle-
del monje y los deliquios del iluminado. siástica de la Edad Media, ccmpletamente semejante á la de loa
budhistas.
La idea fué de mal en peor, por su propia virtud.
Porque la tendencia inherente á semejante concepción»
como á las miserias que la engendran y al desaliento
§ 1.—Las costumbres.
que consagra, es suprimir la acción personal y susti-
tuir la invención con la sumisión. Desde el siglo xrv
se ve reemplazar insensiblemente á la fe viva la regla
muerta. El pueblo cristiano se pone en manos del
I clero, que, á su vez, se pone en manos del Papa. Las
opiniones cristianas se someten á los teólogos, some-
tidos, por su parte, á los Padres. La fe cristiana se
Diez y siete siglos hacía que sobre el espíritu del reduce al cumplimiento de las obras, y éste al cumpli-
hombre pesaba un triste pensamiento, que ora le ano- miento de los ritos. La religión, fluida en los primeros
nadaba, ora le exaltaba y enervaba, sin apartarse siglos, se petrifica, se transforma en duro cristal, y el
nunca de él en tan largo espacio. Era la idea de la im- grosero contacto de los bárbaros deposita encima una
potencia y de la decadencia humana. Contribuyeron capa de idolatría: se ve aparecer la teocrasia y la In-
á su nacimiento la corrupción griega, la opresión ro- quisición, el monopolio del clero y la prohibición de
mana y la disolución del mundo antiguo; y ella, á su las Escrituras; el culto de las reliquias y la compra de
vez, había dado nacimiento á la resignación estoica, á la8 indulgencias. En vez del cristianismo, la Iglesia;
la despreocupación epicúrea, al misticismo alejandri- en vez de la creencia libre, la ortodoxia impuesta; en
no y á la espera cristiana del reino de Dios. «El mundo vez del fervor moral, las prácticas prefijadas; en vez
es malo y está perdido ; desprendámonos de él por la del corazón y del pensamiento fecundo, la disciplina
insensibilidad, por el aturdimiento y por el éxtasis.» externa y maquinal: son los caracteres propios de la
Así hablaban las filosofías; y la religión agregaba que Edad Media. Con esas ligaduras, acabó por no pen-
el mundo iba á acabar: «Preparaos, porque se acerca sarse: la filosofía había vuelto al manual; la poesía á
al reino de Dios.» Durante mil años, las ruinas que las puerilidades; y el hombre inerte, arrodillado, po-
por todas partes se acumulaban insinuaron de conti- niendo su conciencia y su conducta en manos del
nuo en los corazones ese fúnebre pensamiento; y sacerdote, no parecía más que un maniquí á propósito
cuando del fondo de la imbecilidad extrema y del uni- para recitar un catecismo y salmodiar un rosario (1).
versal infortunio levantóse el hombre feudal por la
Por fin, torna la invención; torna gracias al esfuer-
fuerza de su valor y de su brazo, se encontró, como
zo de la sociedad laica que ha rechazado la teocracia»
traba de su pensamiento y de su acción, la concepción
aniquiladora que, proscribiendo la vida natural y las (1) Véase en Brujas los cuadros de HemUng (siglo xv). N o
esperanzas terrestres, erigía en modelos la obediencia hay pintura que permita comprender tan bien la piedad ecle-
del monje y los deliquios del iluminado. siástica de la Edad Media, ccmpletamente semejante á la de loa
budhistas.
que ha mantenido el Estado libre, y que ahora resu- y el momento más admirable de la vegetación huma-
cita ó descubre, una á una, las industrias, las ciencias na. Aun hoy vivimos de su savia, y no hacemos más
y las artes. Todo se renueva: se descubren la Améri- que continuar su germinación y su esfuerzo.
ca y las Indias; se conoce la figura de la tierra; se
anuncia el sistema del mundo; se funda la filología
moderna; principian las ciencias experimentales; bro-
tan como una mies las artes y la literatura; se trans-
forma la religión; no hay región de la inteligencia y II
la actividad humanas que no desbroce y fecunde ese
esfuerzo universal. Es tan grande, que pasa de los in-
novadores á los rezagados, y frente al protestantismo
que erigió levanta un catolicismo. Parece que los Cuando el poder humano se manifiesta tan clara-
hombres abren los ojos de repente y ven. En efecto, mente en obras tan grandes, no es maravilla que
entran en una forma de espíritu nueva y superior. El cambie el modelo ideal y reaparezca la antigua idea
rasgo característico de esa edad es que los hombres pagana. Reaparece, trayendo consigo el culto de la
no conocen ya las cosas fragmentaria y aisladamente, belleza y de la fuerza: primero, en Italia, porque es
ó mediante clasificaciones escolásticas y mecánicas, el más pagano de todos los países de Europa, el más
sino en con junto, en ojeadas generales y completas, próximo á la civilización antigua; después, en Fran-
con esa comprensión apasionada de un espíritu simpá- cia y en España, en Flandes (1), y hasta en Alema-
tico que, colocado delante de un vasto objeto, le pe- nia, para llegar, en fin, á Inglaterra. ¿Cómo es que se
netra en todas sus partes, le sondea en todos sentidos, propaga, y qué revolución han sufrido las costumbres
se le apropia, se le asimila, se queda con su imagen que á la sazón une por doquiera á todos los hombres
grabada viva y profundamente, tan viva y profunda- un sentimiento olvidado hacía quince siglos? Es que la
mente que se ve obligado á traducirla y exteriorizarla condición de los hombres mejora, y ellos lo experi-
en una obra de arte ó en una acción. Un calor de mentan. El modelo ideal expresa siempre la situación
alma extraordinario, una imaginación exuberante y real, y las creaciones de la imaginación, como las
magnífica, semi-visiones, visiones completas, artistas, concepciones del espíritu, no hacen más que manifes-
creyentes, fundadores, creadores: he ahí lo que pro- tar el estado de la sociedad y el grado de bienandan-
duce semejante forma de espíritu; porque, para crear, za; hay una correspondencia constante entre lo que
hay que tener, como Lutero y San Ignacio, como Mi- el hombre admira y lo que el hombre es. Cuando la
guel Angel y Shakespeare, no una idea abstracta, par- miseria agobia, cuando la decadencia es visible, ó
cial y seca, sino una idea figurada, cabal y sensible,
una verdadera criatura que se agita interiormente y
(1) Van Orley, Michel Coxie, Franz Floris, los de Vos, los
pugna por salir á luz. Este es el gran siglo de Europa Sadler, Crispin de Pass y ios maestros de Nuremberg.
que ha mantenido el Estado libre, y que ahora resu- y el momento más admirable de la vegetación huma-
cita ó descubre, una á una, las industrias, las ciencias na. Aun hoy vivimos de su savia, y no hacemos más
y las artes. Todo se renueva: se descubren la Améri- que continuar su germinación y su esfuerzo.
ca y las Indias; se conoce la figura de la tierra; se
anuncia el sistema del mundo; se funda la filología
moderna; principian las ciencias experimentales; bro-
tan como una mies las artes y la literatura; se trans-
forma la religión; no hay región de la inteligencia y II
la actividad humanas que no desbroce y fecunde ese
esfuerzo universal. Es tan grande, que pasa de los in-
novadores á los rezagados, y frente al protestantismo
que erigió levanta un catolicismo. Parece que los Cuando el poder humano se manifiesta tan clara-
hombres abren los ojos de repente y ven. En efecto, mente en obras tan grandes, no es maravilla que
entran en una forma de espíritu nueva y superior. El cambie el modelo ideal y reaparezca la antigua idea
rasgo característico de esa edad es que los hombres pagana. Reaparece, trayendo consigo el culto de la
no conocen ya las cosas fragmentaria y aisladamente, belleza y de la fuerza: primero, en Italia, porque es
ó mediante clasificaciones escolásticas y mecánicas, el más pagano de todos los países de Europa, el más
sino en conjunto, en ojeadas generales y completas, próximo á la civilización antigua; después, en Fran-
con esa comprensión apasionada de un espíritu simpá- cia y en España, en Flandes (1), y hasta en Alema-
tico que, colocado delante de un vasto objeto, le pe- nia, para llegar, en fin, á Inglaterra. ¿Cómo es que se
netra en todas sus partes, le sondea en todos sentidos, propaga, y qué revolución han sufrido las costumbres
se le apropia, se le asimila, se queda con su imagen que á la sazón une por doquiera á todos los hombres
grabada viva y profundamente, tan viva y profunda- un sentimiento olvidado hacía quince siglos? Es que la
mente que se ve obligado á traducirla y exteriorizarla condición de los hombres mejora, y ellos lo experi-
en una obra de arte ó en una acción. Un calor de mentan. El modelo ideal expresa siempre la situación
alma extraordinario, una imaginación exuberante y real, y las creaciones de la imaginación, como las
magnífica, semi-visiones, visiones completas, artistas, concepciones del espíritu, no hacen más que manifes-
creyentes, fundadores, creadores: he ahí lo que pro- tar el estado de la sociedad y el grado de bienandan-
duce semejante forma de espíritu; porque, para crear, za; hay una correspondencia constante entre lo que
hay que tener, como Lutero y San Ignacio, como Mi- el hombre admira y lo que el hombre es. Cuando la
guel Angel y Shakespeare, no una idea abstracta, par- miseria agobia, cuando la decadencia es visible, ó
cial y seca, sino una idea figurada, cabal y sensible,
una verdadera criatura que se agita interiormente y
(1) Van Orley, Michel Coxie, Franz Floris, los de Vos, los
pugna por salir á luz. Este es el gran siglo de Europa Sadler, Crispin de Pass y ios maestros de Nuremberg.
falta la esperanza, se inclina á maldecir la vida te- en Europa, ha puesto paz en las sociedades (1), y con
rrestre y á buscar consuelos en otro mundo. No bien la paz aparecen las artes útiles. La seguridad civil
se alivian sus sufrimientos, no bien se manifiesta su trae el bienestar doméstico; y el hombre, mejor abas-
poder, no bien se dilatan sus horizontes, vuelve á en- tecido dentro de casa, mejor protegido dentro de su
cariñarse con la vida presente, á tener confianza en villa, puede tomar gusto á la vida terrestre que trans-
sí mismo, á amar y celebrar la energía, el genio, to- forma.
das las facultades que contribuyen á procurarle la Hacia fines del siglo x v (2) está dado el impulso: el
felicidad. Hacia el vigésimo año de Isabel, los nobles comercio y la industria de las lanas crecen súbita-
cambian el escudo y la espada de dos manos por el mente, y de una manera tan enorme, que las tierras
espadín (1): circunstancia casi imperceptible en apa- de pan llevar se transforman en praderas, «todo se
riencia, pero en rigor enorme, porque es semejante á destina á pastos (3)», y desde 1553 se exportan en un
la mudanza que hace sesenta años nos despojó de la año por buques del país cuarenta mil piezas de paño.
espada de corte para dejarnos con los brazos colgando Es ya la Inglaterra que conocemos hoy: país de pra-
en nuestra levita negra. En efecto; entonces es cuan- deras, completamente verde, entrecortado de setos,
do acaba el régimen feudal y empieza la vida de cor- sembrado de ganado, navegante, manufacturero,
te, como hace poco acabó la vida de corte y empezó el opulento, con un pueblo de trabajadores alimentados
régimen democrático. Juntamente con la espada de de carne, que la enriquecen enriqueciéndose. Mejo-
dos manos, con la pesada armadura completa, con los ran tan bien la agricultura, que al cabo de cien
torreones feudales, las guerras privadas y el perma- años (4) dobla el producto de las tierras. Ellos, á su
nente desorden, todas las calamidades de la Edad Me- vez, se multiplican de tal suerte, que en doscientos
dia retroceden y se desvanecen en el pasado. El in- años (5) dobla la población. Se enriquecen tanto, que
glés ha salido de la guerra de las Dos Rosas. Ya no á principios del reinado de Garlos I la Cámara de los
corre el riesgo de que un día le saqueen como rico, y Comunes es tres veces más rica que la Cámara de los
ai siguiente le ahorquen como traidor; ya no necesita
limpiar su armadura, concertar ligas con los podero-
sos, hacer provisiones para el invierno, reunir hom- (1) Luis X I en Francia, Fernando é Isabel en España, Enri-
que VII en Inglaterra. En Italia el régimen feudal acabó más
bres de armas, correr el campo para saquear y ahor-
pronto por el establecimiento de las repúblicas y de los princi-
car á los demás (2). La monarquía, en Inglaterra como pados.
(2) 1488. Acta del Parlamento sobre los inelosures.
(3) A Compendious examination, 1581, por Villiam Strafford.
(1) La primera carroza es de 1564. Causó mucho asombro. Acta del Parlamento, 1541. Whereby the inhabitans of the said
Unos decían que era «una gran concha marina traída de Chi- town have gotten and come into riches and wealthy livings.
na»; otros que era «un templo en que los caníbales adoraban (Se trata de Manchester.)
al diablo». (4) Pictorial history, I, 902.
(2) Véase la pintura de este estado de cosas en las cartas de (5) Pictorial history, i , 903. De 1377 á 1583, se eleva desde
la familia Paston, publicadas por John Fen. dos millones y medio á cinco millones.
Lores. L a ruina (1) de Amberes, por obra del duque das, y las dependencias de servicióse encuentran más
de Parma, les envía «la tercera parte de los comer- lejos de las habitaciones.» En cuanto á las antiguas
ciantes y manufactureros que fabricaban las sedas, casas de madera, se revestían de yeso fino, que, «sobre
los damascos, las medias, los tafetanes y las sargas». ser de una blancura tan deliciosa, se extendía en c a -
El desastre de la armada y la decadencia de España pas tan tersas y tan suaves, que, en mi sentir, no c a -
abren todos los mares á su marina. L a colmena labo- bría hacer nada con más delicadeza (1)». Esa ingenua
riosa que sabe arriesgarse, emprender, explorar, admiración patentiza de qué tugurios se acababa de
obrar de concierto, y siempre fructuosamente, v a á salir. Ahora, por fin, se emplea comúnmente el vidrio
inaugurar sus beneficios y sus viajes y á zumbar p o r para las ventanas; las desnudas paredes se visten de
todo el universo (2). tapices, donde las visitas contemplan con placer y
En la base y en las cumbres sociales, en todas las asombro plantas, animales, figuras; se empieza á usar
partes de la vida, en todos los grados de la condición estufas, y se experimenta el placer desconocido de te-
humana, se hacía visible ese nuevo bienestar. En 1533, ner habitaciones abrigadas.
considerando «que las calles de Londres estaban su- «Tres cosas son de notar, dice Harrison, en las c a -
cias, llenas de baches y atolladeros, y que muchas p e r - sas de los colonos. L a primera es la multitud de chi-
sonas, tanto á pie como á caballo, corrían riesgo de he- meneas recién construidas. Durante su juventud, no
rirse y casi habían perecido», Enrique VIII mandaba había más de dos ó tres, á lo sumo, en la mayoría de
empezar el empedrado en Londres (3). Nuevas calles las ciudades del interior del reino. L a segunda es la
cubrían los despoblados á donde los jóvenes iban en mejora de los muebles, que es grande, aunque no g e -
otro tiempo á correr y á luchar. Todos los años se veía neral aún; porque dicen ellos: Nuestros padres, y nos-
crecer el número de las tabernas, de los teatros, de las otros también, hemos dormido muchas veces en ca-
salas donde se fumaba, se jugaba y se celebraban pe- mastros de paja, en esteras ordinarias, con una sola
leas de osos. Antes de Isabel, las casas de los nobles sábana, con cobertores hechos de pelos recios ó de
rurales apenas eran más que cabañas cubiertas de trapos recosidos, y con un buen leño redondo debajo
paja, revocadas de barro de lo más ordinario é ilumi- de la cabeza por travesero ó almohada. Si el jefe de fa-
nadas solamente por rejas. «Al contrario, dice Harri- milia, á los siete años de matrimonio, llegaba á com-
son (1580), las que se han construido recientemente prar por acaso un colchón de borra y un saco de paja
son, por lo común, de ladrillo, de piedra dura ó de a m - fina para reposar la cabeza, se creía tan bien acomo-
bas cosas; las habitaciones son hermosas y desahoga- dado como el señor de la ciudad... Las almohadas (de-
cían) no parecían hechas más que para las paridas.
(1) Ludovic Guicciardini. En 1585. La tercer cosa es el cambio de l a vajilla de madera
(2) 1553. Compañía inglesa del comercio ruso. por la de peltre, y de las cucharas de madera por cu-
1578. Drake da la vuelta al mundo.
1600. Compañía inglesa para el comercio de la India.
(3) Lib. vi, cap. iv, Pictorial history. (1) Nathan Drake: Shakespeare and his Times, passim.
16
charas de plata ó de estaño; porque esa vajilla de ma- se reducen á dos; los nobles no tardan en hacerse
dera era tan común en lo antiguo, que hubiera sido di- gente refinada, que cifran su orgullo en la distinción
fícil encontrar cuatro piezas de peltre (entre ellas qui- y singularidad de sus diversoines y de su atavío. Se los
zá un salero) en la casa de un colono acomodado.» ve vestirse magníficamente de telas vistosas, con el
No es la posesión, sino la adquisición, lo que nos da lujo de quien por primera vez restriega l a seda y luce
el goce y l a conciencia de nuestra fuerza: los hombres el oro: jubones de raso escarlata; mantos de cebellina
reparan más en cualquier satisfacción menuda, si es de mil ducados; zapatos de terciopelo bordados de oro
nueva, que en una gran satisfacción antigua; cuando y de plata; botas de donde salen olas de encajes, con
ellos miran la vida con buenos ojos y se sienten dis- bordados de pájaros, de cuadrúpedos, de constelacio-
puestos á celebrarla, no es cuando todo v a bien sino nes, de flores de plata, oro y piedras preciosas; cami-
cuando todo v a mejor. Por eso, en este instante, la ce- sas adornadas que cuestan diez libras esterlinas. «Es
lebran; por eso hacen de ella una ostentación magnífi- cosa corriente poner m ü cabras y cien bueyes en una
ca, tan semejante á un cuadro, que produce la pintura vestidura y llevar toda una hacienda sobre la espal-
en Italia, y tan semejante á una representación que da (1).» Los vestidos de aquel tiempo parecen urnas.
produce el drama en Inglaterra. Ahora que el hacha Guando murió Isabel, se encontraron en sus guarda-
y l a espada de las guerras civiles han abatido á la bo- rropas tres mil trajes. ¿Hay que hablar de las golas
bleza independiente y se ha arruinado la soberanía so- colosales de las damas, de sus faldas ahuecadas, de
litaría de cada gran barón feudal, los señores abando- sus cuerpos envarados en fuerza de diamantes? Signo
nan sus sombríos castillos, son almenadas fortalezas, singular de los tiempos: los hombres eran más volu-
rodeadas de aguas estancadas y provistas de ventanas bles en el vestir, y se adornaban más que las mujeres.
angostas, especies de corazas de piedra, que sólo ser- «Tal es nuestra inconstancia, dice flarrison, que hoy
vían para defender la vida de sus dueños, y afluyen á no gusta más que la moda española, al paso que ma-
los nuevos palacios de cúpulas y torrecillas, cubiertos ñana no parecen elegantes y agradables más que los
de múltiples y atormentados adornos, guarnecidos de perifollos franceses, y poco después no hay prendas
azoteas y de escaleras monumentales provistos J como las del estilo alemán. Tan pronto se prefiere la
jardines, de surtidores de agua, palacios de Enrique forma turca como el ropaje morisco, las mangas ber-
V I I I y de Isabel, semigóticos y semiitalianos (1), cuya beriscas y los calzones cortos franceses. Y si las mo-
comodidad, esplendor y simetría anuncian y a hábi- das son diversas, hablar del precio, de la calidad, de
tos de sociedad y apego al placer. Los señores la vanidad, de la pompa, de la variedad, y , finalmen-
l a corte y abandonan sus costumbres: las cuare. co- te, de la volubilidad y la locura que se observa en to-
midas, que apenas bastaban á la voracidad de antaño, dos los órdenes sociales, sería cuento de no concluir.»
Locura, concedido; pero también poesía. H a y algo

(1) Ese estilo se llama estilo Tudor. Se hace completamente


italiano, próximo al antiguo, bajo Jacobo I, con f m g o Jones. (1) Véase Burton: Anatomy of melancoly; Stubbes, etc.
gran contento del rey y de los nobles que allí había».
más que una diversión de gente casquivana en esa es-
Contad, si podéis (1), las fiestas mitológicas, las recep-
pléndida exhibición de trajes. El exceso de la savia in-
ciones teatrales, las óperas representadas al aire libre
terior se difunde por ese lado, asi como en los dramas
por Isabel, Jacobo y sus grandes señores. En Kenil-
y poemas. Esos hombres poseen una imaginación de
worth duraron las fiestas diez y nueve días. Todo está
artistas. Una vegetación increíble de formas vivas
ahí: pedanterías, novedades, juegos populares, espec-
brota en sus cerebros. Hacen como sus grabadores,
táculos sangrientos, alegorías, mitología, caballería,
que prodigan en las portadas los frutos, las flores, las
conmemoraciones rústicas y nacionales. En semejante
figuras movidas, los animales, los dioses, y derraman
tiempo, en medio de esa animación universal y de esa
y hacinan todo el tesoro de l a naturaleza por todos los
súbita expansión, los hombres se interesan por sí mis-
huecos del papel. Necesitan gozar de lo bello; quieren
mos; su vida les parece hermosa, digna de ser repre-
disfrutar con los ojos; sienten, naturalmente, de recha-
sentada y puesta en escena; juegan con ella, gozan
zo el relieve y la energía de todas las formas. Desde
con verla, aman sus altos y sus bajos, la miran como
el advenimiento de Enrique VIII hasta la muerte de
un objeto de arte. L a reina es recibida primero por
Jacobo I , no se ven más que procesiones, torneos, en-
una sibila, luego por gigantes del tiempo de Arturo,
tradas triunfales, mascaradas. Vienen, ante todo, los
después por la Dama del L a g o . Silvano, Pomona, Ce-
banquetes regios, la pompa de las coronaciones, los
res y Baco, todas las divinidades le presentan sucesi-
ruidososos placeres de Enrique VIII.
vamente las primicias de su reino. A l siguiente día, un
Wolsey le da fiestas (1) «tan espléndidas y costosas,
salvaje, vestido de musgo y de hiedra, dialoga, en su
que es una gloria presenciarlas. No faltan allí damas
presencia, y en obsequio suyo, con Eco. Se echan á
y doncellas muy hábiles y amaestradas para bailar
pelear perros contra trece osos. Un saltarín italiano
con los señores disfrazados ó para adornar el salón en
hace ejercicios maravillosos delante de toda la concu-
el momento preciso. Hay también toda clase de mú-
rrencia. L a reina asiste á un matrimonio rústico, y á
sica y armonía, con hermosas voces de hombres y de
una especie de combate cómico entre los campesinos
niños». El rey v a á sorprenderle un día en la mesa,
de Coventry, que representan la derrota de los dane-
seguido de doce señores disfrazados de pastores con
ses. Cuando vuelve de caza, Tritón, saliendo del lago,
trajes de tisú de oro y de raso carmesí, y precedido de
la suplica, en nombre de Neptuno, que liberte á la
antorchas, « c o n tal ruido de tambores y de flautas, que
dama encantada, perseguida por sir Bruce Sin-Piedad.
rara vez se vió cosa semejante (2).» A l momento se
Al instante aparece l a dama, rodeada de ninfas, y se-
sirve un nuevo banquete «de doscientos platos distin-
guida á poco de Proteo, que v a sobre un enorme del-
tos, muy selectos y de invención costosa. Y así pasan
fín. Músicos, ocultos en el delfín, cantan, con el coro de
la noche comiendo, bailando y en otros regocijos, con
las divinidades marinas, las alabanzas de la poderosa,

(1) Holinshed, 921. (1) Elisabeth and James' Progresses, por Nichols.
(2) Ibid.
de la bella, de la casta reina de Inglaterra.—Como galas, ese fulgor de las telas, esa irradiación de pie-
veis, la comedia no está sólo en el teatro; los grandes dras preciosas, ese esplendor de las carnes desnudas,
y la reina misma se hacen actores. Las exigencias de se exhibían diariamente en las bodas de los grandes,
la imaginación son tan vivas, que la corte se con- á la vez que se oían los acentos atrevidos de un epita-
vierte en escena. Bajo Jacobo I, la reina, las principa- lamio pagano. Pensad en los festines que introducía
les damas y los primeros nobles, representaban todos entonces el conde de Carlisle, donde se servía una
los años, el día de Reyes, una ópera llamada Masque mesa llena de selectos manjares, de lo supremo que
especie de alegoría entreverada de bailes, realzada' podía alcanzar el hombre, para desecharla en seguida,
por decoraciones y trajes resplandecientes, y de cuyo y sustituirla por otra análoga. Esa prodigalidad de
esplendor sólo pueden dar idea los cuadros mitológi- magnificencias, esas locuras suntuosas, ese desenfreno
cos de Rubens. «Lores vestidos al modo de las estatuas de la imaginación, esa embriaguez de los ojos y de los
antiguas, ostentando en la cabeza coronas persas, con oídos, esa ópera representada por los jefes del reino,
espirales de oro hacia dentro, y ceñida la frente con denuncian, como la pintura de Rubens, de Jordaens y
una tira de gasa encarnada y plata; la casaca de tisú de la Flandes contemporánea, un llamamiento tan
encarnado de plata, cortada de suerte que dibujase el franco á los sentidos, un retorno tan completo á la na-
desnudo, al modo de la coraza griega, ajustada al pe- turaleza, que no puede figurarse nuestra fría y triste
cho por un ancho cinturón de tisú de oro bordado, que edad (1).
se abrochaba con joyas; los mantos de seda, unos de
color azul celeste, otros de color de perla, otros de co-
lor de fuego ó bronceados (1); las damas con cuerpo de
tisú blanco de plata, donde se veían bordados pavos
reales y frutos; por debajo, una vestidura suelta, frun-
cida, de fondo encarnado, listado de plata, dividida III
por una cintura de oro; y , bajo ésta, otra vestidura flo-
tante de tisú azulado de plata, con galón de oro; sus
cabellos recogidos negligentemente bajo una rica y
preciosa corona, adornada de finos diamantes; encima
Explayarse, satisfacer el corazón y los ojos, lanzar
un velo transparente que bajaba hasta el suelo; su
audazmente por todos los caminos de la vida la jauría
calzado azul celeste y oro guarnecido de rubíes y de
de los apetitos y de los instintos: he ahí, pues, la ne-
diamantes.» Resumo la descripción, que se asemeja á
cesidad que aparece en las costumbres. Inglaterra no
la de los cuentos maravillosos. Pensad que todas esas

(1) Así ciertas cartas privadas describen la corte de Isabel


como un sitio donde había «poca piedad y práctica de la reli-
(1) Sacado de las Masques, de Ben-Jhonson, Masque of gión, y donde reinaban en el más alto grado toda clase de enor-
hymen, 76. Ed, Gifford, tomo vn.
midades».
de la bella, de la casta reina de Inglaterra.—Como galas, ese fulgor de las telas, esa irradiación de pie-
veis, la comedia no está sólo en el teatro; los grandes dras preciosas, ese esplendor de las carnes desnudas,
y la reina misma se hacen actores. Las exigencias de se exhibían diariamente en las bodas de los grandes,
la imaginación son tan vivas, que la corte se con- á la vez que se oían los acentos atrevidos de un epita-
vierte en escena. Bajo Jacobo I, la reina, las principa- lamio pagano. Pensad en los festines que introducía
les damas y los primeros nobles, representaban todos entonces el conde de Carlisle, donde se servía una
los años, el día de Reyes, una ópera llamada Masque mesa llena de selectos manjares, de lo supremo que
especie de alegoría entreverada de bailes, realzada' podía alcanzar el hombre, para desecharla en seguida,
por decoraciones y trajes resplandecientes, y de cuyo y sustituirla por otra análoga. Esa prodigalidad de
esplendor sólo pueden dar idea los cuadros mitológi- magnificencias, esas locuras suntuosas, ese desenfreno
cos de Rubens. «Lores vestidos al modo de las estatuas de la imaginación, esa embriaguez de los ojos y de los
antiguas, ostentando en la cabeza coronas persas, con oídos, esa ópera representada por los jefes del reino,
espirales de oro hacia dentro, y ceñida la frente con denuncian, como la pintura de Rubens, de Jordaens y
una tira de gasa encarnada y plata; la casaca de tisú de la Flandes contemporánea, un llamamiento tan
encarnado de plata, cortada de suerte que dibujase el franco á los sentidos, un retorno tan completo á la na-
desnudo, al modo de la coraza griega, ajustada al pe- turaleza, que no puede figurarse nuestra fría y triste
cho por un ancho cinturón de tisú de oro bordado, que edad (1).
se abrochaba con joyas; los mantos de seda, unos de
color azul celeste, otros de color de perla, otros de co-
lor de fuego ó bronceados (1); las damas con cuerpo de
tisú blanco de plata, donde se veían bordados pavos
reales y frutos; por debajo, una vestidura suelta, frun-
cida, de fondo encarnado, listado de plata, dividida III
por una cintura de oro; y , bajo ésta, otra vestidura flo-
tante de tisú azulado de plata, con galón de oro; sus
cabellos recogidos negligentemente bajo una rica y
preciosa corona, adornada de finos diamantes; encima
Explayarse, satisfacer el corazón y los ojos, lanzar
un velo transparente que bajaba hasta el suelo; su
audazmente por todos los caminos de la vida la jauría
calzado azul celeste y oro guarnecido de rubíes y de
de los apetitos y de los instintos: he ahí, pues, la ne-
diamantes.» Resumo la descripción, que se asemeja á
cesidad que aparece en las costumbres. Inglaterra no
la de los cuentos maravillosos. Pensad que todas esas

(1) Así ciertas cartas privadas describen la corte de Isabel


como un sitio donde había «poca piedad y práctica de la reli-
(1) Sacado de las Masques, de Ben-Jhonson, Masque of gión, y donde reinaban en el más alto grado toda clase de enor-
hymen, 76. Ed, Gifford, tomo vn.
midades».
es aún puritana. Es «la alegre Inglaterra», merry En- para describir todas esas fiestas, la de la Siega, la de
gland, como se dice entonces. Todavía no se lia atie- Todos los Santos, la de San Martín, la del Esquileo, y ,
sado y regularizado. Se dilata amplia, libremente, y sobre todo, la de Navidad, que duraba doce días, y á
goza en verse asi. No es sólo en la corte donde se en- veces seis semanas. Comen y beben, andan de franca-
cuentra la ópera, sino también en la aldea. Allí van chela, bullen y se agitan, abrazan á las muchachas,
compañías ambulantes y , en caso preciso, las suple la repican las campanas, se hartan de ruido: rudas b a -
gente del país; Shakespeare v i ó , antes de pintarlos, canales en que se desenfrena el hombre, y que son l a
carpinteros, remendones de fuelles (1), patanes, que consagración de la vida natural; no se engañaron en
hacían los papeles de Píramo y Tisbe, que representa- eso los puritanos.
ban el león rugiendo lo más suavemente posible y figu-
«Primeramente, dice Stubbs (1), se reúnen todas
raban la muralla extendiendo la mano. Toda fiesta es
las cabezas desatadas de la parroquia; eligen un gran
un pageant donde hacen de comparsas burgueses,
capitán con el título de principe del desorden, y des-
obreros, niños. Tienen instinto de actores. Un alma
pués de coronarle solemnemente, le toman por rey.
henchida y juvenil no expresa sus ideas con razona-
Este rey, una vez consagrado, escoge veinte, cuarenta
mientos; las representa y las figura: tal es el verda-
ó cien troneras como él, que hacen el servicio cerca
dero y el primer lenguaje, el de los niños, el de los ar-
de su majestad soberana... Tienen sus caballos de
tistas, el de la alegría y la invención. D e ese modo se
palo, sus dragones y otras paparruchas, con sus livia-
solazan con cantos y festines en todas las fiestas sim-
nos flautistas y sus tambores atronadores para animar
bólicas de que han poblado el año las tradiciones (2).
la danza del diablo. Después, esa pandilla de paganos
El domingo siguiente á la noche de Reyes los labrado-
se dirige hacia la iglesia y el cementerio al son de
res se presentan en las calles con las camisas sobre la
flautas y tambores, bailando, sonando sus campani-
ropa exterior, adornados de cintas, arrastrando un
llas, agitando los pañuelos como locos por« cima de
arado al son de la música y bailando la danza de las
sus cabezas, mientras los caballos de palo y otros
espadas; otro día hacen una figura de espigas, y la pa-
monstruos escaramucean al través de la muchedum-
sean en un carro, en medio de canciones, y al son de
bre. Y de esa suerte van á la iglesia como verdaderos
tambores y caramillos; otra v e z toca el turno á Navi-
demonios, en medio de tal confusión de ruidos que no
dad y su compañía; ó bien al árbol de Mayo, alrede-
hay hombre que pueda oir su propia voz. Luego las
dor del cual se representa la historia de Robin Hood,
cabezas sin seso miran, se emboban, hacen visajes, se
el valiente cazador furtivo, y la leyenda de San Jorge,
suben á los bancos para v e r esa bella ceremonia. Des-
que derriba al dragón. Se necesitaría medio volumen
pués van y vienen por la iglesia y por el cementerio,
donde tienen comúnmente sus glorietas, sotillos, pla-
zoletas de verano y casas de festín, donde andan de
(1) Midsummer Night's Dream.
(2) Natham Drake, Shakespeare and his times, eapitulos v
y vi. (1) Stubbs: Anatomy of abuses.
desarrollo del bienestar corporal, el hombre se adora
broma, de banquete y de baile todo el día, y á veces
á sí propio, y no queda vivo en él más que el pagano.
toda la noche. Y asi pasan esas furias terrestres su
sábado. Otra especie de locos llevan á esos perros del
infierno (quiero decir el príncipe del desorden y sus
cómplices) pan, buena cerveza, queso añejo, queso
fresco, tortas, tartas, nata, carne, ya una cosa, ya
IV
otra.
«En la fiesta de Mayo, dice en otra parte, se reúnen
los hombres, mujeres y niños de cada parroquia, ciu-
dad ó pueblo; se van al bosque... donde pasan la no-
Para concluir, ved qué camino toman las ideas á la
che divirtiéndose, y por la mañana traen ramas de
sazón. Algunos sectarios, sobre todo de la clase media
abedules y de otros árboles, y sobre todo su joya más
y del pueblo, se desojan tristemente sobre la Bibb'a.
preciosa, el árbol de Mayo, que llevan reverentemente
Pero la corte y las personas del mundo buscan sus pre-
con veinte ó cuarenta pares de bueyes, á cuyos cuer-
ceptores y sus héroes en Roma y en la Grecia pa-
nos atan hermosos ramos de flores... Plantan eseMayo,
gana. Hacia 1490 (1) se empiezan á leer nuevamente
ó más bien, ese repugnante ídolo; siembran de flores
los clásicos; uno tras otro se traducen, y no tarda
el césped del contorno; instalan en derredor cenado-
en estar de moda leerlos en el original. Isabel, Juana
res y plazoletas de follaje, y saltan y bailan, comen
Grey, la duquesa de Norfolk, la condesa de Arundel,
y se regodean, como los paganos en la dedicación de
muchas damas leen corrientemente á Platón, á Xeno-
sus ídolos... De cada diez doncellas que van al bosque
fonte y á Cicerón, y se deleitan con esa lectura. Poco
esa noche, nueve vuelven embarazadas.» «...El mar-
á poco, por un progreso insensible, el hombre se eleva
tes de carnestolendas, dice otro, al son de la campa-
hasta la altura de los grandes y sanos espíritus que
na, millares de personas se vuelven locas, y olvidan
quince siglos atrás habían manejado sin rebozo todas
todo decoro y toda sensatez... En esas execrables pa-
las ideas. No entiende sólo su lengua, sino su pensa-
s a t i e m p o s tributan homenaje y sacrificio al diablo y
miento; no repite ya una lección suya, sino que sostie-
á Satán.» En efecto (1): se lo tributan á la naturale-
ne una conversación con ellos; es su igual, y sólo en
za, al antiguo Pan, á Freya, á Hertha, sus hermanas
ellos encuentra espíritus tan viriles como el suyo.
á las antiguas divinidades teutónicas conservadas al Porque noson ergotistasde escuela, compiladores míse-
través de la Edad Media. En este instante, en medio
de la decadencia pasajera del cristianismo y del súbito
(1) W a r t o n , tomo n , § 4; tomo ra § 1.
Antes de 1600 están traducidos en inglés todos los grandes
poetas de Grecia y de Roma; de 1550 á 1616 «e traducen todos
(1) Hentzner's Travels in England. los grandes historiadores. En 1500 Lilly enseña el griego públi-
Opina qne la figura que llevaban en carro en la fiesta de
camente por primera vez.
siega era la de Ceres.
desarrollo del bienestar corporal, el hombre se adora
broma, de banquete y de baile todo el día, y á veces
á sí propio, y no queda vivo en él más que el pagano.
toda la noche. Y asi pasan esas furias terrestres su
sábado. Otra especie de locos llevan á esos perros del
infierno (quiero decir el príncipe del desorden y sus
cómplices) pan, buena cerveza, queso añejo, queso
fresco, tortas, tartas, nata, carne, ya una cosa, ya
IV
otra.
«En la fiesta de Mayo, dice en otra parte, se reúnen
los hombres, mujeres y niños de cada parroquia, ciu-
dad ó pueblo; se van al bosque... donde pasan la no-
Para concluir, ved qué camino toman las ideas á la
che divirtiéndose, y por la mañana traen ramas de
sazón. Algunos sectarios, sobre todo de la clase media
abedules y de otros árboles, y sobre todo su joya más
y del pueblo, se desojan tristemente sobre la Bibb'a.
preciosa, el árbol de Mayo, que llevan reverentemente
Pero la corte y las personas del mundo buscan sus pre-
con veinte ó cuarenta pares de bueyes, á cuyos cuer-
ceptores y sus héroes en Roma y en la Grecia pa-
nos atan hermosos ramos de flores... Plantan eseMayo,
gana. Hacia 1490 (1) se empiezan á leer nuevamente
ó más bien, ese repugnante ídolo; siembran de flores
los clásicos; uno tras otro se traducen, y no tarda
el césped del contorno; instalan en derredor cenado-
en estar de moda leerlos en el original. Isabel, Juana
res y plazoletas de follaje, y saltan y bailan, comen
Grey, la duquesa de Norfolk, la condesa de Arundel,
y se regodean, como los paganos en la dedicación de
muchas damas leen corrientemente á Platón, á Xeno-
sus ídolos... De cada diez doncellas que van al bosque
fonte y á Cicerón, y se deleitan con esa lectura. Poco
esa noche, nueve vuelven embarazadas.» «...El mar-
á poco, por un progreso insensible, el hombre se eleva
tes de carnestolendas, dice otro, al son de la campa-
hasta la altura de los grandes y sanos espíritus que
na, millares de personas se vuelven locas, y olvidan
quince siglos atrás habían manejado sin rebozo todas
todo decoro y toda sensatez... En esas execrables pa-
las ideas. No entiende sólo su lengua, sino su pensa-
s a t i e m p o s tributan homenaje y sacrificio al diablo y
miento; no repite ya una lección suya, sino que sostie-
á Satán.» En efecto (1): se lo tributan á la naturale-
ne una conversación con ellos; es su igual, y sólo en
za, al antiguo Pan, á Freya, á Hertha, sus hermanas
ellos encuentra espíritus tan viriles como el suyo.
á las antiguas divinidades teutónicas conservadas al Porque noson ergotistasde escuela, compiladores míse-
través de la Edad Media. En este instante, en medio
de la decadencia pasajera del cristianismo y del súbito
(1) W a r t o n , tomo n , § 4; tomo ra § 1.
Antes de 1600 están traducidos en inglés todos los grandes
poetas de Grecia y de Roma; de 1550 á 1616 «e traducen todos
(1) Hentzner's Travels in England. los grandes historiadores. En 1500 Lilly enseña el griego públi-
Opina que la fignra que llevaban en carro en la fiesta de
camente por primera vez.
siega era la de Ceres.
ros, pedantes desabridos, como los profesores de jerin- placer juntamente con el del genio y de la fuerza. Los
gonza que la Edad Media les imponía, como ese Duns rigoristas lo saben de sobra, y claman escandalizados.
Escoto, cuyas hojas dispersan al viento en este instan- «Los sortilegios de Circe (escribe Ascham) han venido
te los comisarios de Enrique VIII. Son «nobles», hom- de Italia para pervertir las costumbres de Inglaterra,
bres de Estado, personas de las más corteses y mejor con ejemplos de mala vida, y sobre todo con los pre-
educadas del mundo, que saben hablar, que sacan sus ceptos de los malos libros traducidos últimamente del
ideas, no de los libros, sino de las cosas: ideas v i v a s italiano al inglés, y vendidos en todas las tiendas de
y que de suyo penetran en las almas vivas. Por en- Londres. De esos libros profanos (1), impresos en estos
cima de la procesión de los escolásticos encapirotados últimos meses, hay más que los que se han visto en In-
y de los disputadores mezquinos se dan la mano las glaterra desde hace varias veintenas de años. Así la gen-
dos edades adultas y pensadoras, y el hombre moder- te mira ahora con más respeto los «triunfos» de Petrar-
no, haciendo callar las voces infantiles ó gangosas de ca que el Génesis de Moisés, y hace más aprecio de un
la Edad Media, no se digna y a departir más que con la cuento de Boccacio que de una historia de la Biblia.»
noble antigüedad. Acepta sus dioses; por lo menos, los En efecto; Italia tiene entonces visiblemente la prima-
comprende, y de ellos se rodea. En los poemas, en los cía en todas las cosas, y allí se v a á buscar la civiliza-
festines, en los tapices, en casi todas las ceremonias ción como en su fuente. ¿Qué civilización es esa que de
aparecen, no y a restaurados por la pedantería, sino tal modo se impone á Europa, de donde procede toda
reanimados por la simpatía, y dotados por las artes de ciencia y toda elegancia, que es ley en todas las cor-
una vida tan lozana y tan profunda casi como la que tes, y adonde van á buscar sus ejemplares y materia-
tenían en su primera cuna. Después de l a horrible les Surrey, Sidney, Spenser y Shakespeare? Es paga-
noche de la Edad Media y de las dolorosas leyendas de na por su origen y naturaleza, por su lengua, que no es
aparecidos y condenados, es un deleite volver á ver más que un latín apenas deformado, por sus tradicio-
el radiante Olimpo de Grecia; sus dioses bellos y he- nes y sus recuerdos latinos, que no ha venido á inte-
roicos cautivan una vez más el corazón de los hombres, rrumpir ninguna laguna, por su constitución, donde ha
elevan é instruyen á esa joven sociedad hablándole la predominado desde un principio la antigua vida urba-
lengua de sus pasiones y de su genio, y ese siglo de na absorbiendo la vida feudal, y por el genio de la raza,
acciones viriles, de libre sensualidad, de audaz inven- donde siempre rebosaron el vigor la alegría.
ción, no tiene más que seguir su pendiente para reco-
Más de un siglo antes que nadie, á partir de Petrar-
nocer en ellos sus maestros y los eternos promovedo-
ca, Rienzi y Boccacio, empezaron á descubrir la anti-
res de la libertad y de la belleza.
güedad perdida, á «libertar los manuscritos enterra-
Muy cerca de éste h a y otro paganismo, el de Italia, dos en los calabozos de Francia y Alemania», á res-
más seductor porque es moderno é infunde una nueva taurarlos, á interpretar, comentar y meditar los
savia en el antiguo tronco, más atractivo porque es
más sensual y ofrece el culto de la voluptuosidad y del (1) Ungracious,
antiguos, á hacerse latinos de inteligencia y corazón, que, contraponiendo el cristianismo y el paganismo,
á componer en prosa y en verso con la urbanidad de dice que el uno cifra la «felicidad suprema en la hu-
Cicerón y de Virgilio, á considerar las amenas c o n - mildad, la abyección y el menosprecio de las cosas
versaciones y los goces intelectuales como el ornato y humanas, mientras que el otro funda el soberano bien
la flor más exquisita de la vida (1). Y no se apropian en la grandeza de alma, en el vigor del cuerpo y en
sólo las exterioridades de la vida antigua, sino su fon- todas las prendas que hacen temible al hombre». Tras
do, es decir, la preocupación de la vida presente, el lo cual afirma atrevidamente que el cristianismo en-
olvido de la vida futura, la atención á los sentidos, la seña á «soportar los males y no á realizar grandes
renuncia al cristianismo. «Hay que gozar», cantaba hechos»; descubre en ese vicio interior la causa de
su primer poeta, Lorenzo de Médicis, en sus poesías todas las opresiones; declara que «los malos habían
bucólicas y en sus triunfos: «el mañana es incierto». visto que podían tiranizar sin temor á hombres que,
Y a en Pulci aparece la incredulidad burlona, la ex- por ir al paraíso, estaban más dispuestos á soportar
pansión sensual y atrevida, toda la audacia de los los agravios que á vengarlos». Por ese tono, y á des-
librepensadores que sueltan con repugnancia la raída pecho de las genuflexiones obligadas, se adivina de
cogulla de la Edad Media. El es el que, en un poema sobra cuál de las dos religiones se prefiere. El tipo ideal
burlesco, pone á la cabeza de cada canto un Hosanna, hacia el cual se dirigen todos los esfuerzos, á que todos
un In principio, un texto sagrado de la misa (2). El los pensamientos se encaminan y que promueve toda
es quien, preguntándose lo que es el alma y cómo esa civilización, es el hombre fuerte y feliz, dotado de
puede entrar en el cuerpo, la compara á esos dulces todas las potencias que pueden satisfacer sus deseos y
que se envuelven en pan blanco calentito. ¿Qué se hace dispuesto á emplearlas en la persecución de su feli-
de ella en el otro mundo? «Algunos creen que encon- cidad.
trarán allí papafigos y hortelanos muy bien pelados, Si queréis ver tal idea en su obra capital, hay que
vinos excelentes, buenas camas; y por eso siguen á los buscarla en las artes, en esas artes del dibujo que
frailes y andan tras ellos. Pero nosotros, querido ami- anima y difunde por toda Europa, suscitando ó trans-
go, iremos al sombrío valle, donde no oiremos y a can- formando las escuelas nacionales con tal originalidad
tar ¡Aleluya!» Si buscáis un pensador más serio, oid y poderío, que de ella deriva todo arte viable y el
ai gran patriota, al Tucídides del siglo, á Maquiavelo, mundo de figuras vivas con que puebla nuestros mu-
ros, señala como la arquitectura gótica ó la tragedia
francesa, un momento único del espíritu humano. El
(1) Ma il vero e principal ornemento dell* animo in ciascuno Cristo escuálido de la Edad Media, el hombre mísero
penso io che siano le lettere benché i Francesi solamente co-
deformado y ensangrentado; la Virgen fea y lívida, la
noscano la nobilità dell* arme... et tutti i litterati tengon per
vilissimi uomini.—P. 112 ed 1585, Castiglione, II Cortegiano. vieja é infeliz campesina desmayada al pie del patí-
(2) Véase Burchard, mayordomo del Papa, descripción de bulo de su hijo; los mártires macilentos, consumidos
la fiesta S que asistía Lucrecia Borgia; Cartas del Aretino, por el ayuno y con ojos extáticos; las santas de pecho
Vida de CeUini, etc.
raso y dedos angulosos: todas las visiones patéticas ó los ojos se recrean en su vista, y ellos no están allí
lastimeras de la Edad Media se han desvanecido. El más que para el recreo de los ojos. Lo que el especta-
cortejo divino que ahora se desarrolla no presenta y a dor contempla en una madona florentina es el m a g -
más que cuerpos lozanos, semblantes regulares y no- nífico animal virgen cuyo tronco potente y cuyo pu-
bles, bellos y desenvueltos continentes; los nombres jante desarrollo anuncian la casta y la salud; no es la
son cristianos, pero todo aquello no tiene de cristiano expresión moral, como h o y , lo que pintan los artis-
más que el nombre. Aquel Jesús no es más que un tas, no es la profundidad moral de un alma atormen-
«Júpiter crucificado (1).» Aquellas vírgenes que Ra- tada y refinada por tres siglos de cultura; á lo que
fael dibuja desnudas antes de ponerles un ropaje (2), atienden es al cuerpo, hasta el punto de hablar con
no son más que bellas jóvenes, absolutamente terres- entusiasmo de las vértebras, «que son magníficas», de
tres, parientas de su Fornarina. Aquellos santos del los omoplatos, que en los movimientos del brazo «son
Juicio final, de Miguel Angel, que se yerguen y retuer- de un efecto admirable (1)». «El punto importante»
cen en el cielo, son una asamblea de atletas capaces para ellos es «hacer bien un hombre y una mujer des-
de combatir con bríos y de lanzarse á cualquier auda- nudos». L a belleza para ellos es la de la armazón
cia. Un martirio, como el de San Lorenzo, es una no- huesosa que se articula, de los tendones que se afo-
ble ceremonia en que un hermoso mancebo desnudo sa rran y estiran, de los muslos que van á erguir el
acuesta delante de cincuenta hombres vestidos y agru- tronco, del amplio pecho que respira desahogadamen-
pados como en un gimnasio antiguo. ¿Hay alguno de te, del cuello que v a á girar. ¡Qué bueno es estar des-
esos personajes que se haya macerado? ¿Hay alguno nudos! ¡Qué bien se encuentra uno en plena luz p a r a
que haya pensado, entre lágrimas y congojas, en el recrearse en su sano cuerpo, en sus poderosos múscu-
juicio de Dios, que haya rendido y domeñado su car- los, en su alma gallarda y resuelta! Las espléndidas
ne, que se haya llenado el corazón de las tristezas y diosas reaparecen con su desnudez primitiva, sin pen-
dulzuras evangélicas? sar en que están desnudas; bien se ve, en la tranqui-
lidad de su mirada y en la sencillez de su expresión,
Son demasiado sanos y vigorosos para eso; les sien-
que siempre lo han estado, y que aún no las altera el
tan demasiado bien sus vestidos; están demasiado dis-
pudor. La vida del alma no se opone aquí, como en
puestos á la acción pronta y enérgica. Se haría de ellos
nosotros, á la vida del cuerpo; no se rebaja ni menos-
facilísimamente soldados ó soberbias cortesanas, ad-
precia la segunda; no se teme poner de manifiesto sus
mirables en una parada ó en un baile. Por lo mismo,
acciones y sus órganos; no se ocultan: el hombre no
todo lo que el espectador concede á su aureola es una
sueña en aparecer todo espíritu. Ellas salen como en
genuflexión ó la señal de la cruz; después de lo cual

(1) Benvennto Cellini, Principios sobre él arte del dibujo.


(1) Frase de Pulci.
«Dibujarás entonces el hueso que hay entre las dos caderas. Es
(2) Véase sus bocetos en Oxford y los bocetos del religioso mny bello y se llama sacro... Los admirables huesos de la ca-
Fra Bartbolomeo en Florencia. Véase también el Martirio de bezas
San Lorenzo por Baccio Bandinelli.
otro tiempo del mar luminoso con sus caballos enca- rra: el renacimiento inglés es el renacimiento del ge-
britados, erizando las crines, tascando el freno, aspi- nio sajón. Es que torna la invención, é inventar es ex-
rando por la nariz los olores salitrosos, mientras sus presar el genio privativo: una raza latina no puede
compañeros llenan con su aliento las resonantes ca- inventar más que expresando ideas latinas; una raza
racolas; y los espectadores (1) avezados á manejar la sajona no puede inventar más que expresando ideas
tizona, á ejercitarse desnudos con el puñal y la es- sajonas, y al través de la civilización y de la poesía
pada de dos manos, á cabalgar por caminos peligro- nuevas vamos á ver descendientes del antiguo Csed-
sos, sienten por simpatía el fiero arrojo de la espina mon, de Aldhelm, de Piers Plowman y de Robin Hood.
arqueada, el esfuerzo del brazo que va á embestir y
el largo estremecimiento de los músculos que se hin-
chan desde el talón hasta la nuca para enrijecer al
hombre ó dispararle.
II

«A fines del reinado de Enrique VIII, dice Put-


§ 2.—La poesía. tenham, surgió una nueva compañía de poetas de
corte, cuyos capitanes fueron sir Tomás Wyatt, el
mayor, y Enrique, conde de Surrey, quienes habiendo
I viajado por Italia y saboreado el dulce estilo y las no-
bles cadencias de la poesía italiana, bien así como no-
vicios acabados de salir de las escuelas del Dante, Pe-
Ese paganismo, transplantado á razas y climas di- trarca y Ariosto, pulieron en alto grado nuestra poe-
ferentes, recibe de cada raza y cada clima rasgos dis- sía, que era basta y ruda, y por ello pueden llamarse
tintos y un carácter propio. Se hace inglés en Inglate- justamente los primeros reformadores del estilo y del
verso inglés.» No es que su idea sea muy original ni
(!) Vida de Benvenuto Cellini. Véase también estos ejerci-
manifieste francamente el nuevo espíritu. La Edad
cios que prescribe Castiglione al hombre de cabal educación:
«Però voglio che il nostro cortegiano sia perfetto cavallierfl Media finaliza, pero no ha acabado aún. En torno de
d'ogni sella... Et perchè degli Italiani è peculiar laude il caval- ellos, Andrés Borde, Juan Bale, Juan Heywood y el
care benè alla brida, il maneggiar con raggione massimamente
mismo Skelton renuevan la insulsez de la pasada poe-
cavalli aspri, il corre lance, il giostare, sia in questo de me-
glior Italiani... Nel torneare, tener un passo, combattere una sía y la rudeza del antiguo estilo. Las costumbres,
sbarra, sia buono tra il miglior Francesi... Nel giocare a canne, apenas desbastadas, son aún medio feudales; en el
correr torri; lanciar haste e dardi, sia tra spagnnoU eccellen- campamento, delante de Landrecies, el comandante
te . Conveniente è ancor sapere saltare, e correre...; ancor
nobile exercitio il giocco di palla... Non di minor laude estimo inglés escribe una carta amistosa al gobernador fran-
il voltegiar à cavallo.» Pág. 55, ed. de 1585. cés de Térouanne para preguntarle «si no tiene algu-
otro tiempo del mar luminoso con sus caballos enca- rra: el renacimiento inglés es el renacimiento del ge-
britados, erizando las crines, tascando el freno, aspi- nio sajón. Es que torna la invención, é inventar es ex-
rando por la nariz los olores salitrosos, mientras sus presar el genio privativo: una raza latina no puede
compañeros llenan con su aliento las resonantes ca- inventar más que expresando ideas latinas; una raza
racolas; y los espectadores (1) avezados á manejar la sajona no puede inventar más que expresando ideas
tizona, á ejercitarse desnudos con el puñal y la es- sajonas, y al través de la civilización y de la poesía
pada de dos manos, á cabalgar por caminos peligro- nuevas vamos á ver descendientes del antiguo Csed-
sos, sienten por simpatía el fiero arrojo de la espina mon, de Aldhelm, de Piers Plowman y de Robin Hood.
arqueada, el esfuerzo del brazo que va á embestir y
el largo estremecimiento de los músculos que se hin-
chan desde el talón hasta la nuca para enrijecer al
hombre ó dispararle.
II

«A fines del reinado de Enrique VIII, dice Put-


§ 2.—La poesía. tenham, surgió una nueva compañía de poetas de
corte, cuyos capitanes fueron sir Tomás Wyatt, el
mayor, y Enrique, conde de Surrey, quienes habiendo
I viajado por Italia y saboreado el dulce estilo y las no-
bles cadencias de la poesía italiana, bien así como no-
vicios acabados de salir de las escuelas del Dante, Pe-
Ese paganismo, transplantado á razas y climas di- trarca y Ariosto, pulieron en alto grado nuestra poe-
ferentes, recibe de cada raza y cada clima rasgos dis- sía, que era basta y ruda, y por ello pueden llamarse
tintos y un carácter propio. Se hace inglés en Inglate- justamente los primeros reformadores del estilo y del
verso inglés.» No es que su idea sea muy original ni
(!) Vida de Benvenuto Cellini. Véase también estos ejerci-
manifieste francamente el nuevo espíritu. La Edad
cios que prescribe Castiglione al hombre de cabal educación:
«Però voglio che il nostro cortegiano sia perfetto cavallierfl Media finaliza, pero no ha acabado aún. En torno de
d'ogni sella... Et perchè degli Italiani è peculiar laude il caval- ellos, Andrés Borde, Juan Bale, Juan Heywood y el
care benè alla brida, il maneggiar con raggione massimamente
mismo Skelton renuevan la insulsez de la pasada poe-
cavalli aspri, il corre lance, il giostare, sia in questo de me-
glior Italiani... Nel torneare, tener un passo, combattere una sía y la rudeza del antiguo estilo. Las costumbres,
sbarra, sia buono tra il miglior Francesi... Nel giocare a canne, apenas desbastadas, son aún medio feudales; en el
correr torri; lanciar haste e dardi, sia tra spagnuoU eccellen- campamento, delante de Landrecies, el comandante
te . Conveniente è ancor sapere saltare, e correre...; ancor
aobile exercitio il giocco di palla... Non di minor laude estimo inglés escribe una carta amistosa al gobernador fran-
il voltegiar à cavallo.» Pág. 55, ed. de 1585. cés de Térouanne para preguntarle «si no tiene algu-
momento más hermoso del más rico florecimiento, en
nos nobles dispuestos á romper una lanza en favor de
el magnífico despliegue de la vida natural, difundirá
las damas», y promete enviar á su encuentro seis cam-
un tinte sombrío sobre la poesía de Sidney, de Spen-
peones. Combates, heridas, desafíos, amor, apelacio-
ser, de Shakespeare, ahora, desde el primer poeta,
nes al juicio de Dios, penitencias, de todo eso hay en
separa ese mundo pagano, pero germánico, del otro
la vida de Surrey, como en un libro de caballería-
mundo profundamente voluptuoso, que en Italia se
Es un gran señor, un conde, un pariente del rey,,
esparce con la fina ironía, y no siente aficiones más
que ha figurado en las procesiones y ceremonias, que
que por las artes y el placer. Surrey traduce en verso
ha hecho la guerra, mandado fortalezas, asolado paí-
el Eclesiastés. ¿No es extraño encontrar en sus manos
ses, que ha subido al asalto, que ha caído en la brecha,
semejante libro, á esa hora matinal, en esa nueva al-
que ha sidosalvado por su servidor; noble, espléndido,
borada? La desilusión, la meditación amarga ó som-
manirroto, irritable, ambicioso, preso cuatro veces, y,-
bría, el conocimiento innato de la vanidad de las cosas
por fin, decapitado. En la coronación de Ana Bolena
humanas no escasean en la raza y en el país: esos hom-
llevaba la cuarta espada. En el matrimonio de Ana
bres llevan la vida con trabajo, y saben hablar de la
de Cléveris es uno de los mantenedores del torneo-
muerte.
Denunciado y encarcelado, se ofrece á combatir sin
armadura con su adversario armado. Otra vez le en- Los más bellos versos de Surrey delatan ya ese ca-
carcelan por comer carne en cuaresma. No es ma- rácter serio, esa filosofía instintiva y grave; lo que
ravilla si esa prolongación de las costumbres caba- nos cuenta son penas: nos habla de su querido Wyatt
llerescas trae consigo una prolongación de la poesía á quien llora; de su amigo Clere, de su compañero el
caballeresca, si en un tiempo que cierra la edad del joven duque de Richmond, muertos todos prematura-
Petrarca los poetas reproducen los sentimientos de Pe- mente. Solo, encarcelado en Windsor, recuerda los
trarca. Sheffield, sir Tomás Wyatt, y, en primer tér- felices días que pasaron juntos, sus justas «en los
mino, Surrey, son adoradores doloridos y platónicos;, anchos patios verdes», las expansiones, las animadas
lo que Surrey expresa es el amor puro, y su dama, la pláticas de las largas noches de invierno, «el juego de
bella Geraldina, como Beatriz y como Laura, es una pelota, donde, deslumhrados sus ojos por los rayos del
madona ideal y una niña de trece años. amor, fallaban la jugada por sorprender una mirada
de sus damas». «Cada dulce lugar despierta un re-
Y, con todo, entre esas languideces de la tradición
cuerdo amargo.» Ante esos pensamientos «huye la
mística, vibra el acento personal. En ese espíritu que
sangre de su rostro, y corre por sus pálidas mejillas
imita, y que imita mal á veces, que anda á tientas
una lluvia de lágrimas».—«¡Oh morada de felicidad
aún, y que de vez en cuando desliza en sus limadas
que renuevas mis penas! respóndeme: ¿Dó está mi
estrofas las añejas candideces ó las gastadas alegorías
noble hermano, el que en tus muros todas las noches
de los reyes de armas y de los troveros, se ve apare-
albergabas, de tantos otros querido, pero de mí más
cer, ya la melancolía del Norte, ya la emoción intima-
<que de nadie? ¡Ay! el eco, apiadado de mi pena, res-
y dolorosa. Este carácter, que, dentro de poco, en el
ponde con un acento sordo de dolor.» Análogamente, oye en su interior la voz firme de un buen amigo,
lo que expresa en el amor es el abatimiento de un de un consejero fiel, la Esperanza, que le habla con
alma fatigada. «Cuantos viven, el campesino, el buey- acento seguro, jurándole que su amada es «la más
de labor, el remero de galera, todos tienen algunas digna y leal, la más dulce y sumisa de corazón que
horas de reposo, todos, menos él, que pena de día, un hombre puede encontrar en la tierra». Si el amor
que vela de noche, que pasa de las tristes meditacio- y la fe hubiesen huido, en ella volverían á encontrar-
nes á las quejas, de las quejas á las lágrimas amar- se. Su corazón no piensa más que en serte fiel; no se
gas, para tornar otra vez á las quejas dolorosas, con- preocupa más que de ti y del bien tuyo. «Desea tu
sumiendo asi su vida.» Lo que trae la alegría á los salud y tu felicidad, y te ama cuanto una mujer pue-
demás, á él le trae penas. «La dulce estación que des- de amar á un hombre; es tuya, y lo dice, y se pre-
pliega pimpollos y flores ha vestido de verde el valle ocupa de ti de mil maneras. Cuando habla, cuando
y la colina. Canta el ruiseñor, ya con nuevo plumaje. come, cuando llora, cuando suspira, allí estás tú.
La tórtola ha murmurado su canción. Ha venido el Por la noche dice: «Adiós, amado mío»; y aunque tú,
estío, pues ya los botones se abren. El ciervo ha colgado Dios lo sabe, estés muy lejos de ella, te repite su
en la empalizada su vieja cornamenta < El gamo suelta adiós una y mil veces. Te llama con frecuencia su
en el helechal su vestidura de invierno. Los peces se dueño querido, su consuelo, su bien, su alegría, y cuen-
deslizan con nuevas escamas. La culebra se despoja de ta á su almohada toda su historia: cómo has labrado
su camisa. La ágil golondrina persigue las moscas. su cuita y su dolor, cómo suspira por ti y perece por
La laboriosa abeja fabrica su miel. Ha acabado el in- verte. Y dice: «¿Por qué estás lejos de mi? ¿No soy la
vierno, que era la muerte de las flores; y yo veo que, que más te ama? ¿No deseo tu bienestar y tu reposo?
entre tanta cosa deleitosa, toda pena se mitiga, y, no ¿No miro cómo agradarte? ¿Por qué te vas tan lejos de
obstante, brota mi aflicción.» Pero él seguirá amando tu bien? Si yo soy por quien tú te preocupas, por quien
hasta su último suspiro. «Aunque mi débil cuerpo fla- así te atormentas, ¡ay! harto sabes que me encontra-
quee ó desfallezca, mi voluntad es que hasta el fin sea. rás aquí, donde soy siempre tu más caro bien, la más
suyo el corazón. Y cuando aquestos huesos vuelvan á fiel y leal, la que siempre te ama y no puede menos de
la tierra, la dejaré mi alma para servirla aún...» amarte, la que es tuya y no piensa más que en ti,
Amor infinito y puro como el de Petrarca. Su objeto como tú también, supongo, piensas en ella, en la que
es digno de él; en medio de todos esos versos es- entre todas las mujeres no alienta más que por ser
tudiados ó imitados, se destaca un retrato admira- toda tuya.» Evidentemente en quien él piensa enton-
ble, de lo más sencillo y sincero que cabe imaginar: ces es en su mujer (1), y no en ninguna Laura imagi-
obra ésta del corazón, y no de la memoria, que, al
través de la virgen caballeresca, descubre la esposa
(1) En otra composición, Complaint on the absence of her
inglesa, y, sobre la galantería feudal revela la feli-
lover being upon the sea, habla de su mujer expresamente casi
cidad del hogar doméstico. Surrey, solo, inquieto» con la misma ternura.
naria: el sueño poético de Petrarca se ha trocado en purgar las ideas y ceñir las frases. A imitación suya,
la exacta pintura del profundo y perfecto amor con- mide los medios de atraer la atención, de auxiliar á la
yugal, tal y como subsiste aún en Inglaterra, tal y inteligencia, de evitar la fatiga y el aburrimiento. Pre-
como siempre le han representado todos los poetas, vé la última línea al escribir la primera. Reserva para
desde el autor de la Nut Brown Maid hasta D i c - el último toque la expresión más vigorosa, y marca la
kens (1). simetría de las ideas con la simetría de las frases. Ora
dirige la mente mediante una serie de oposiciones con-
tinuas hasta la imagen final, especie de arqueta bri-
llante donde deposita la idea que llevaba y que ha ve-
III nido enseñando desde el momento de partir (1). Ora
pasea á los lectores hasta el término de una larga y
florida descripción, para detenerlos de repente en un
Un Petrarca inglés: tal expresión, á propósito deSur- verso triste (2). Maneja los recursos y sabe producir
r e y es la más e x a c t a , tanto más exacta cuanto que los efectos; hasta tiene versos clásicos de esos en que
denota su talento al par que su alma misma. En efec- dos sustantivos, acompañado cada uno de un adjeti-
t o ; como Petrarca, el más antiguo de los humanistas y vo, se equilibran alrededor de un verbo (3). Reúne sus
el primero de los escritores perfectos, lo que Surrey frases en períodos armoniosos, y piensa en el deleite
aporta es un nuevo estilo, el estilo viril, síntoma de de los oídos como en el deleite de la inteligencia. Mer-
una gran transformación del espíritu; porque ese modo ced á inversiones, aumenta la fuerza de las ideas y la
de escribir es consecuencia de una reflexión superior, gravedad del discurso. Escoge los términos elegantes
que, dominando el primer impulso, calcula y elige en ó elevados; no transige con palabras ociosas ni frases
vista de un objetivo. A l presente el espíritu se ha h e - redundantes. Encierra una idea en cada epíteto y un
cho capaz de juzgarse, y se juzga. Vuelve á tomar sentimiento en cada metáfora. H a y elocuencia en el
entre manos su obra espontánea, obra infantil é inco- desarrollo regular de su pensamiento; hay música en
herente, incompleta al par que redundante, y la forti- el acento sostenido de sus versos.
fica y traba, la poda y perfecciona, desentrañando l a Ha nacido, pues, el arte: los que tienen ideas p o -
idea dominante para despejarla y sacarla á luz. Así seen ahora un instrumento capaz de expresarlas; como
hace Surrey, y á ello le h a preparado su educación; los pintores italianos que, en cincuenta años, han i m -
porque, además de Petrarca, ha estudiado á Virgilio, portado ó descubierto todos los procedimientos técni-
traduce, casi verso por verso, dos libros de la Eneida. cos del pincel, los escritores ingleses van á importar
En semejante compañía, no h a y más remedio que e x - ó descubrir en medio siglo todos los artificios del len-

(1) Greene, Beaumont y Flechter, Webster, Shakespeare, (1) The frailty and hurtfulness of beauty.
Ford, Otway, Richardson, de Foe, Fielding, Byron, Dickens, (2) Description of spring. A vow to love faithfully.
Thackeray, etc. (3) Complaint of the lover disdained.
naria: el sueño poético de Petrarca se ha trocado en purgar las ideas y ceñir las frases. A imitación suya,
la exacta pintura del profundo y perfecto amor con- mide los medios de atraer la atención, de auxiliar á la
yugal, tal y como subsiste aún en Inglaterra, tal y inteligencia, de evitar la fatiga y el aburrimiento. Pre-
como siempre le han representado todos los poetas, vé la última línea al escribir la primera. Reserva para
desde el autor de la Nut Brown Maid hasta D i c - el último toque la expresión más vigorosa, y marca la
kens (1). simetría de las ideas con la simetría de las frases. Ora
dirige la mente mediante una serie de oposiciones con-
tinuas hasta la imagen final, especie de arqueta bri-
llante donde deposita la idea que llevaba y que ha ve-
III nido enseñando desde el momento de partir (1). Ora
pasea á los lectores hasta el término de una larga y
florida descripción, para detenerlos de repente en un
Un Petrarca inglés: tal expresión, á propósito deSur- verso triste (2). Maneja los recursos y sabe producir
r e y es la más e x a c t a , tanto más exacta cuanto que los efectos; hasta tiene versos clásicos de esos en que
denota su talento al par que su alma misma. En efec- dos sustantivos, acompañado cada uno de un adjeti-
t o ; como Petrarca, el más antiguo de los humanistas y vo, se equilibran alrededor de un verbo (3). Reúne sus
el primero de los escritores perfectos, lo que Surrey frases en períodos armoniosos, y piensa en el deleite
aporta es un nuevo estilo, el estilo viril, síntoma de de los oídos como en el deleite de la inteligencia. Mer-
una gran transformación del espíritu; porque ese modo ced á inversiones, aumenta la fuerza de las ideas y la
de escribir es consecuencia de una reflexión superior, gravedad del discurso. Escoge los términos elegantes
que, dominando el primer impulso, calcula y elige en ó elevados; no transige con palabras ociosas ni frases
vista de un objetivo. A l presente el espíritu se ha h e - redundantes. Encierra una idea en cada epíteto y un
cho capaz de juzgarse, y se juzga. Vuelve á tomar sentimiento en cada metáfora. H a y elocuencia en el
entre manos su obra espontánea, obra infantil é inco- desarrollo regular de su pensamiento; hay música en
herente, incompleta al par que redundante, y la forti- el acento sostenido de sus versos.
fica y traba, la poda y perfecciona, desentrañando l a Ha nacido, pues, el arte: los que tienen ideas p o -
idea dominante para despejarla y sacarla á luz. Así seen ahora un instrumento capaz de expresarlas; como
hace Surrey, y á ello le h a preparado su educación; los pintores italianos que, en cincuenta años, han i m -
porque, además de Petrarca, ha estudiado á Virgilio, portado ó descubierto todos los procedimientos técni-
traduce, casi verso por verso, dos libros de la Eneida. cos del pincel, los escritores ingleses van á importar
En semejante compañía, no h a y más remedio que e x - ó descubrir en medio siglo todos los artificios del len-

(1) Greene, Beaumont y Flechter, Webster, Shakespeare, (1) The frailty and hurtfulness of beauty.
Ford, Otway, Richardson, de Foe, Fielding, Byron, Dickens, (2) Description of spring. A vow to love faithfully.
Thackeray, etc. (3) Complaint of the lover disdained.
guaje: el periodo, el estilo elevado, el verso heroico, cuando aparece un nuevo arte, el primer artista, en
y á poco la gran estancia; de tal suerte que después vez de oír su corazón, escucha á sus maestros, y se
los versificadores más perfectos, Dryden y el mismo pregunta á cada paso si sienta bien el pie en el suela
Pope, no añadirán casi nada á las reglas inventadas firme ó sí es que resbala.
y aplicadas desde esos primeros ensayos (1). Pero Sur-
rey se aproxima y se sujeta aún demasiado á sus mo-
delos; le falta mucho para ser libre; no ha sentido
todavía el soplo ardiente del siglo; no se ve en él un
genio audaz, un hombre apasionado que se desfoga, IV
sino un cortesano, aficionado á la elegancia, que, cau-
tivado por las bellezas de dos literaturas acabadas,
imita á Horacio y á los maestros selectos de Italia,
corrige y pule y se esmera en hablar bien el lenguaje Insensiblemente se efectúa el desarrollo, y al fin del
escogido. Luce entre semibárbaros un traje de gala; siglo todo ha cambiado. Se ha formado un estilo nue-
pero no le lleva aún con entera desenvoltura; tiene vo, extraño, recargado, que va á reinar hasta la res-
los ojos demasiado fijos en sus modelos, y no se atreve tauración, no sólo en la poesía, sino también en la
á permitirse los ademanes francos y desembarazados. prosa, incluso en los discursos de ceremonia y en las
A veces es un novicio: abusa de los hielos y de las predicaciones teológicas (1); un estilo tan conforme
llamas, de las heridas y de los martirios; aunque ena- con el espíritu de la época, que se encuentra al mismo
morado, y de veras, piensa en demasía que debe serlo tiempo en toda Europa, en Ronsard y D'Aubigné, en
á la manera de Petrarca, y sobre todo que una frase Calderón y Góngora, en Marini. En 1580 apareció
Euphues, la anatomía del espíritu, por L y l y , que f u é
debe ser armoniosa, y que una imagen debe ser sos-
tenida; me atrevería á decir que, en sus sonetos, ese su manual, su obra maestra, su caricatura, y objeto
tímido adorador piensa con más frecuencia en escri- de admiración universal (2). «A él debe nuestra na-
bir bien que en amar bien. Usa frases conceptuosas y ción, dice Eduardo Blount, el haber aprendido un nue-
palabras de relumbrón; emplea giros manoseados; vo inglés. Todas nuestras damas fueron discípulas su-
cuenta cómo Natura, después de formar su dama, yas. Una beldad de la corte que no supiese hablar el
rompió el molde; pone en juego á Cupido y á Venus; euphuismo era tan poco considerada como la que hoy
maneja los añejos artificios de los trovadores y de los
(1) Discurso del speaker al rey Carlos II en su restauración^
antiguos, como hombre ingenioso que quiere pasar Compárese con los discursos de M. de Fontanes bajo el impe-
por galante. Apenas hay espíritu que desde el primer rio. En ambos casos vemos una edad literaria que acaba. Léa-
momento se atreva á proceder por cuenta propia: se como ejemplar el discurso pronunciado ante la universidad
de Oxford. (Athenae oxonienses, i , 193.)
(2) Su segunda obra, Euphues and his England, apareció
al año siguiente, 1581,
(1) Surrey, ed. N o « . Notas del Dr. Nott.
no sabe hablar francés.» Las damas sabían de memo- del sano discernimiento, ni la menor preocupación; se
ria todas las frases de Euphues, singulares frases re- trata de una fiesta y de una locura; les place el absur-
buscadas y refinadas, que son enigmas, para los cua- do. Nada más sabroso para ellos que un carnaval de
les parece buscar el autor deliberadamente las expre- magnificencias y de extravagancias; allí todo se co-
siones menos naturales y más remotas, cuajadas de dea: una alegría ruidosa, una expresión tierna y triste,
exageraciones y de antítesis, en que las alusiones mi- un idilio, un trompetazo atronador de fanfarrón des-
tológicas, las reminiscencias de la alquimia, las me- comunal, una zancada de payaso. Los ojos, los oídos,
táforas botánicas y astronómicas, todo el fárrago, todos los sentidos, ávidos de curiosidad, exaltados, ha-
todo el revoltijo de la erudición, de los viajes y del llan alimento y satisfacción en el soniqueo de las síla-
amaneramiento se atropellan en un diluvio de compa- bas, en la irradiación cambiante de las expresiones
raciones y de concetti. No vayáis á juzgarle por la pintorescas, en el choque inesperado de las imágenes
grotesca pintura que hizo de él Walter Scott: sir Percy raras ó familiares, en la marcha majestuosa de los pe-
Shafton no es más que un pedante, un frío y pálido ríodos equilibrados. Cada cual se forja entonces sus
copista ; y lo que da á este lenguaje un aire sincero y juramentos, sus elegancias, su lenguaje. «Diríase, es-
un acento es su calor, su originalidad ; debemos figu- cribe Heylin, que se avergüenzan de su lengua mater-
rárnosle, no muerto é inerte, sino retozando en los la- na, y no la estiman bastante matizada para expresar
bios de las damas y de los jóvenes señores de jubón los caprichos de su mente.» Nosotros no concebimos
bordado de perlas, vivificado por su vibrante voz, por ya esa invención, ese atrevimiento de la fantasía, esa
«us risas, por el destello de sus ojos y el ademán de continua fecundidad de la sensibilidad vibrante; no
las manos que jugaban con la cazoleta de la espada ó hay verdadera prosa, entonces; la poesía desbordada
retorcían el manto de raso. Están de vena, la mente lo invade todo. Una palabra no es una cifra exacta,
les rebosa, y se divierten, como hacen hoy á sus an- como entre nosotros, un documento que de gabinete
chas, en un taller, artistas vehementes y nerviosos. en gabinete transmite un pensamiento preciso; es parte
No hablan por convencerse ó comprenderse, sino por de una acción completa, de un pequeño drama: cuan-
desahogar su tensa imaginación, por dar salida á su do la leen, no se la figuran sola, sino con el sonido si-
savia exuberante (1). Juegan con las palabras, las re- bilante ó clamoroso de la voz, con el pliegue de los
tuercen, las deforman, y se deleitan con las súbitas labios, con el fruncimiento de las cejas, con la serie
perspectivas, con los bruscos contrastes que hacen de pinturas que tras esa palabra se apiñan, y que ella
brotar unas tras otras continua ó indefinidamente. De- evoca como la luz de un relámpago. Cada cual la
rraman flor sobre flor, oropel sobre oropel; todo lo que pronuncia y gesticula á su modo, imprimiendo allí su
brilla les agrada; doran, bordan y empenachan su alma. Es un canto que, como el verso de un poeta,
lenguaje, como su vestido. De la claridad, del orden, contiene mil cosas aparte de su sentido literal, y re-
vela la hondura, el calor y los destellos de la fuente
de donde ha surgido. Porque en aquel tiempo, aun tra-
(1) Véanse los jóvenes en Shakespeare, sobre todo Meroueio.
expresión. Forzoso es elegir entre esa multitud de
tándose de hombres adocenados, sus obras son vivas:
poetas. He aquí uno, uno de los primeros, que paten-
siempre palpita algo en los menores escritos de ese si-
tizará en sus escritos como en su vida las grandezas y
glo; son en él cualidades inherentes el vigor y el fue-
las locuras de las costumbres reinantes y del gusto
go creador; al través de los énfasis y afectaciones, se
público: sir Felipe Sidney, sobrino del conde de Lei-
traslucen; ese mismo Lyly, tan enrevesado, que pare-
cester, un gran señor y un hombre de acción y de ca-
de escribir expresamente á despecho del sentido co-
bal cultura, que, después de recibir una educación
mún, es á veces un verdadero poeta, un cantor, un
profunda de humanista, ha viajado por Francia, Ale-
hombre capaz de arrobamientos, un congénere de
mania é Italia; ha leído á Platón y Aristóteles; ha es-
Spenser y de Shakespeare, uno de esos soñadores des-
tudiado en Venecia la astronomía y la geometría; ha
piertos que ven interiormente «hadas bailadoras, la
meditado las tragedias griegas, los sonetos italianos,
mejilla purpúrea de las diosas, y esos embriagados
las poesías bucólicas de Montemayor y los poemas de
bosques que cierran sus senderos para detener en sus
Ronsard, y se interesa por las ciencias, sosteniendo
espesuras los ligeros pasos de las doncellas (1)». Ayú-
una correspondencia epistolar con el docto Huberto
deme y ayúdese el lector; de lo contrario, á mí me es
Languet. Amén de esto, es hombre dé mundo; un favo
imposible hacerle comprender lo que los hombres de
rito de Isabel, que ha hecho representar en honor
-aquel tiempo tuvieron la fortuna de sentir.
suyo una pastorela lisonjera y cómica; un verdadero
«joyel de la corte», árbitro como D'ürfé, de la alta ga-
lantería y del bien decir; por encima de todo, hombre
de alma y de conducta caballerescas, que quiso correr
V
con Drake las aventuras marítimas; y destinado, por
remate, á morir joven y como héroe. Era general de
la caballería, y había salvado al ejército inglés en
Superabundancia y desorden: he ahí los dos carac- Gravelinas; á poco tiempo de allí, herido mortalmente
teres de ese espíritu y de esa literatura, caracteres y abrasado de sed, cuando le llevaban agua, vió á su
comunes á todas las literaturas del Renacimiento, lado un soldado aún más herido que miraba aquel
pero más acentuados aquí que en otras partes, por- agua con ansiedad: «Dádsela á ese hombre, dijo; la
que la raza, que es germánica, no se halla contenida, necesita más que yo.» Añádase á esto la vehemencia
«orno los pueblos latinos, por el amor á las formas ar- y la impetuosidad de la Edad Media, una mano pronta
moniosas, y prefiere la impresión enérgica á la bella á la acción y puesta siempre sobre el puño de la es-
pada ó del puñal. «Señor Molineux, escribía al secre-
(1) The Maid's metamorphosis: tario de su padre, si llego á saber alguna vez que ha-
Adorned with the presence of m y love,
The woods, I fear, such secret power shall prove.
béis leído una carta mía sin mi consentimiento ó sin
As they'll shut up each path, hide every w a y , orden de mi padre, os hundiré mi daga en el cuerpo;
Because thy still would have her go astray.
y cuenta que hablo seriamente.» Es el mismo hombre tivamente: todavía se disparan pistoletazos en las ca-
que declaraba á los adversarios de su tío que «men- lles de Londres, y en tiempo de Enrique VTII, de su
tían descaradamente», y, para sostener su dicho, les hijo y de sus hijas, se arrodillarán bajo el hacha del
daba cita de allí á tres meses en cualquier punto de verdugo reinas, un protector y los primeros de los no-
Europa. La energía salvaje de la edad precedente, bles. La vida armada y azarosa ha opuesto en Europa
subsiste intacta, y por eso la poesía prende con tanta larga resistencia al advenimiento de la vida pacífica
fuerza en esas almas vírgenes: nunca son tan hermo- y tranquila, y ha sido preciso transformar la sociedad
sas las cosechas humanas como cuando el cultivo abre y el suelo para trocar en hombres civiles á los hom-
un suelo nuevo. Hombre apasionado además, melan- bres de espada; los caminos reales de Luis XIV y su
cólico y solitario, propende por naturaleza á la medi- ordenada administración, como más tarde los ferroca-
tación noble y vehemente, y tan poeta es, que lo es rriles y los polizontes, son los que han dado al traste
fuera de sus versos. con nuestros hábitos de violencia y nuestra afición á
las aventuras peligrosas. Tened presente que á la sa-
zón las cabezas están llenas aún de imágenes trágicas.
La Arcadia de Sidney encierra bastantes para dar
VI asunto á seis poemas épicos. «Era un juego, dice Sid-
ney: yo desfogaba mi cerebro de joven.» En las vein-
ticinco primeras páginas encontráis un naufragio, una
¿Expondré su epopeya pastoril, La Arcadia| No es historia de piratas, un príncipe medio ahogado reco-
más que un pasatiempo, una especie de novela poéti- gido por los pastores, un viaje por Arcadia, disfraces,
ca escrita en el campo para entretenimiento de su el retiro de un rey que se ha confinado en una soledad
hermana, obra de moda, y que, como nuestro Giro y con su mujer y sus hijos, la salvación de un mancebo
nuestra Glelia, no es un monumento, sino un docu- prisionero, una guerra contra los üotas, la celebra-
mento. Esa clase de libros no muestran más que las ción de una paz, y otras muchas cosas. Proseguid, y
exterioridades, la elegancia y la cortesía corriente, el veréis princesas encarceladas por un hada perversa
dialecto de la alta sociedad; en resumen: lo que hay que las vapulea y amenaza de muerte si se niegan á
que decir delante de las damas. Y, sin embargo, en casarse con su hijo; una hermosa reina condenada
ellos se ve la tendendencia del espíritu público: en Cíe- á morir en el fuego, si no van á salvarla caballeros
lia, el desarrollo oratorio, el análisis delicado y soste- que se designan; un príncipe pérfido torturado en cas-
nido, la conversación abundante de personas tranqui- tigo de sus fechorías y precipitado después de lo alto
lamente sentadas en buenos sillones; en la Arcadia, la de una pirámide; combates, sorpresas, raptos, viajes,
imaginación tormentosa, los sentimientos exagerados, todo el contingente, en fin, de las novelas más nove-
el tropel de acontecimientos, que corresponden á lescas. Eso por lo que toca á la parte grave; la agra-
hombres apenas salidos de la vida semibárbara. Efec- dable corre parejas: por doquiera reina la fantasía,

18
y cuenta que hablo seriamente.» Es el mismo hombre tivamente: todavía se disparan pistoletazos en las ca-
que declaraba á los adversarios de su tío que «men- lles de Londres, y en tiempo de Enrique VTII, de su
tían descaradamente», y, para sostener su dicho, les hijo y de sus hijas, se arrodillarán bajo el hacha del
daba cita de allí á tres meses en cualquier punto de verdugo reinas, un protector y los primeros de los no-
Europa. La energía salvaje de la edad precedente, bles. La vida armada y azarosa ha opuesto en Europa
subsiste intacta, y por eso la poesía prende con tanta larga resistencia al advenimiento de la vida pacífica
fuerza en esas almas vírgenes: nunca son tan hermo- i tranquila, y ha sido preciso transformar la sociedad
sas las cosechas humanas como cuando el cultivo abre y el suelo para trocar en hombres civiles á los hom-
un suelo nuevo. Hombre apasionado además, melan- bres de espada; los caminos reales de Luis XIV y su
cólico y solitario, propende por naturaleza á la medi- ordenada administración, como más tarde los ferroca-
tación noble y vehemente, y tan poeta es, que lo es rriles y los polizontes, son los que han dado al traste
fuera de sus versos. con nuestros hábitos de violencia y nuestra afición á
las aventuras peligrosas. Tened presente que á la sa-
zón las cabezas están llenas aún de imágenes trágicas.
La Arcadia de Sidney encierra bastantes para dar
VI asunto á seis poemas épicos. «Era un juego, dice Sid-
ney: yo desfogaba mi cerebro de joven.» En las vein-
ticinco primeras páginas encontráis un naufragio, una
¿Expondré su epopeya pastoril, La Arcadia| No es historia de piratas, un príncipe medio ahogado reco-
más que un pasatiempo, una especie de novela poéti- gido por los pastores, un viaje por Arcadia, disfraces,
ca escrita en el campo para entretenimiento de su el retiro de un rey que se ha confinado en una soledad
hermana, obra de moda, y que, como nuestro Giro y con su mujer y sus hijos, la salvación de un mancebo
nuestra Glelia, no es un monumento, sino un docu- prisionero, una guerra contra los üotas, la celebra-
mento. Esa clase de libros no muestran más que las ción de una paz, y otras muchas cosas. Proseguid, y
exterioridades, la elegancia y la cortesía corriente, el veréis princesas encarceladas por un hada perversa
dialecto de la alta sociedad; en resumen: lo que hay que las vapulea y amenaza de muerte si se niegan á
que decir delante de las damas. Y, sin embargo, en casarse con su hijo; una hermosa reina condenada
ellos se ve la tendendencia del espíritu público: en Cíe- á morir en el fuego, si no van á salvarla caballeros
lia, el desarrollo oratorio, el análisis delicado y soste- que se designan; un príncipe pérfido torturado en cas-
nido, la conversación abundante de personas tranqui- tigo de sus fechorías y precipitado después de lo alto
lamente sentadas en buenos sillones; en la Arcadia, la de una pirámide; combates, sorpresas, raptos, viajes,
imaginación tormentosa, los sentimientos exagerados, todo el contingente, en fin, de las novelas más nove-
el tropel de acontecimientos, que corresponden á lescas. Eso por lo que toca á la parte grave; la agra-
hombres apenas salidos de la vida semibárbara. Efec- dable corre parejas: por doquiera reina la fantasía,

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Ei idilio inverosímil sirve de intermedio, como en
mela es próxima parienta de las más severas heroí-
Shakespeare ó en Lope, á la tragedia inverosímil.
nas de nuestra Astrea; cunden como una plaga todas
Continuamente veis bailar pastores; son muy corte-
las exageraciones y todas las falsedades españolas.
ses, buenos poetas y sutiles metaflsicos. Varios son
Porque en esas obras de moda y de corte jamás con-
príncipes disfrazados que hacen la corte á princesas.
serva su sinceridad el sentimiento primitivo; el inge-
Cantan sin fin y organizan danzas alegóricas; se ade-
nio, el afán de agradar, el deseo de producir efecto
lantan dos bandos, los servidores de la Razón y los
de hablar mejor que los demás, le alteran, le ator-
servidores de la Pasión; se describe minuciosamente
mentan, acumulando embellecimientos y refinamien-
sus sombreros, sus cintas y sus túnicas; se denostan
tos hasta que ya no queda nada más que un galima-
en verso, y sus réplicas contundentes, rápidas y
tías. Musidoro quiere dar un beso á Pamela. Pamela
alambicadas, constituyen un torneo de ingenio. ¿Quién
le rechaza. El se habría caído muerto allí mismo-
se cuida de la naturalidad y de la verosimilitud en
pero afortunadamente recuerda que su señora le ha
ese siglo? Fiestas así se celebran en las entradas de
mandado alejarse, y aún halla fuerzas para cumplir
Isabel, y no hay más que mirar las estampas de Sad-
su mandato. Se queja á los árboles; llora en verso
ler, de Martín de Vos y de Goltzius para ver esa mez-
Encontraréis diálogos en que el eco, repitiendo la úl-
cla de bellezas sensibles y de enigmas filosóficos. La
tima palabra, da la respuesta, dúos rimados, estan-
condesa de Pembroke y sus damas se complacen en
cias equilibradas, donde se expone minuciosamente la
idear esa profusión de trajes y de versos, esa ópera
teoría del amor, y, en fin, todos los recursos de em-
representada bajo los árboles; es que en el siglo xvi
peño de la poesía ornamental. Si los galanes envían
se tienen ojos, sentidos que buscan su satisfacción en
una carta á su dama, hablan á la carta, y dicen á la
la poesía, la misma satisfacción que en las mascara-
tinta que llore. «Cuando ella te mire, tu negrura se
das y en la pintura. Entonces el hombre no es todavía
transformará en luz; cuando ella te lea, tus gritos
una razón pura, no; le basta la verdad abstracta; ri-
se trocarán en música.» Acuéstanse dos jóvenes prin-
cas telas enroscadas y plegadas, el sol que las abri-
cesas. Esas princesas «empobrecieron sus vestidos
llanta, una pradera cuajada de blancas margaritas,
para enriquecer su lecho, que aquella noche b%n hu-
damas con vestido de brocado, con los brazos desnu-
biese podido desdeñar al altar de Venus; y acaricián-
dos y una corona en la cabeza, conciertos de instru-
dose una á otra, con tiernos aunque castos abrazos
mentos detrás del follaje: he ahí lo que quiere el lector
con dulces aunque fríos besos, hubieran podido hacer
que se le ofrezca; no se preocupa de los contrastes, y
creer que el Amor había ido á juguetear allí sin dar-
halla muy en su punto un salón en medio del campo.
dos, ó que, fatigado de sus propias llamas, quería re-
¿Qué van á decir en él? Aquí se revela en toda su frescarse entre sus labios embalsamados». Para dis-
locura la especie de exaltación nerviosa propia del culpar esas tonterías, pensad que las hay iguales en
espíritu de la época; el amor se remonta al quinto Shakespeare. Tratad más bien de comprenderlas de
cielo; Musidero es hermano de nuestro Celadon; Pa- figurároslas en su sitio, en medio de su ambiente, tales
como son, es decir, como excesos de la singularidad y de un clarín. «Si tan mal perjeñada y cubierta con el
de la fuerza inventiva. Aunque esos hombres adulte- polvo y las telas de araña de una edad tosca, nos re-
ren hasta lo último sus ideas, al través del afeite mueve de ese modo, ¿qué no haría vestida con la mag-
asoma la nativa frescura. Desde la segunda obra de nífica elocuencia de Píndaro?» El filósofo repele; el
Sidney, la Defensa de la poesía, se v e aparecer l a poeta atrae. «Viajáis con él como por un hermoso vi-
v e r d a d e r a imaginación, el acento sincero y s e n o el ñedo; desde el mismo principio os da un racimo de
estilo grandioso, imperioso, toda la pasión y elevación uvas, y vosotros, impregnados de ese sabor, deseáis
que encierra su alma y que pondrá en sus versos. Es seguir adelante.» ¿Qué género de poesía puede des-
un espíritu contemplativo, un platónico (1), que se ha agradaros? ¿Acaso l a bucólica, tan plácida y risueña?
penetrado de las doctrinas antiguas, que toma las ¿Acaso el y a m b o amargo, pero saludable, que toca en
cosas por lo alto, que pone la excelencia de la poesía, lo vivo del alma ulcerada, y , con sus valientes y p e -
no en el adorno, la imitación ó la rima, sino en esa netrantes clamores contra el vicio, hace de la ver-
concepción creadora y superior con que el artista güenza la trompeta de la infamia? A l final concentra
rehace y embellece la naturaleza. A l mismo tiempo es sus razones, y el acento vibrante y marcial de su pe-
un hombre vehemente, confiado en la nobleza de sus ríodo poético es como un toque de victoria. «Puesto
aspiraciones y en la amplitud de sus ideas, que pone á que las excelencias de la poesía pueden comprobarse
r a y a la vocinglería del puritanismo estrecho, vulgar, tan fácil y tan cumplidamente; puesto que las bajas y
y se desahoga con la ironía altanera, con la indepen- rastreras objeciones pueden pisotearse en un momento;
dencia altiva de un poeta y de un gran señor. puesto que no se trata de un arte de mentiras, sino de
doctrina verdadera; puesto que, en vez de afeminar,
A sus ojos, si hay algún arte ó alguna ciencia capaz
estimula el valor; puesto que, en vez de relajar, for-
de aumentar y de cultivar la generosidad del hombre,
talece el entendimiento del hombre, plantemos laure-
es la poesía. Hace comparecer ante ella al filósofo y
les para coronar la cabeza de los poetas, lejos de per-
al historiador, y se burla de sus pretensiones y 1*3 pi-
mitir que el impuro aliento de esos difamadores em-
sotea (2). Combate por la poesía como un caballero
pañe las claras fuentes de la poesía.» Por esta eleva-
por su dama, y es de ver con qué heroico y magnífico
ción y vehemencia puede colegirse de antemano cómo
estilo. Cuenta que, oyendo la antigua balada de Percy
serán sus versos.
y Douglas, su corazón se estremecía como á los ecos

2) I dare undertake Orlando Furioso or honest Kmg ^ r í ^ r


will never disploase a soldier. But the qaiddiüe of Ens and
prima materia will hardly agree with a corcelet
Véase en la pág. 497 la personificación tan burlesca e inge-
n i l s T d e * Historia y de la Filosofía. Allí se ve un verdadero
talento.
su tierrecita? Eran más firmes los músculos y menos
prematuro el desfallecimiento. La concentración in-
tensa de la atención, las semialucinaciones, la an-
gustia y el anhelo del pecho, el estremecimiento de
los miembros que se disponen involuntaria y ciega-
mente á la acción, todos los dolorosos impulsos que
acompañan á los grandes deseos, los agotaban menos
que á nosotros; por eso tenían durante mucho tiempo
' Muchas veces, después de leer poetas de esta edad, grandes deseos y eran más arrojados. D'Aubigné, he-
he permanecido inclinado sobre las estampas contem- rido de varias cuchilladas, creyendo morir, hizo que
poráneas, diciéndome que el hombre, en espíritu y en le atasen á su caballo para volver á ver otra vez á su
cuerpo, no era entonces el mismo que vemos hoy. dueña y señora; corrió así varias leguas desangrán-
También tenemos pasiones nosotros, pero no somos dose y llegó desvanecido. He ahí los sentimientos que
ya bastante fuertes para soportarlas. Nos desconcier- adivinamos hoy aun en sus pinturas, en esa mirada
tan: no somos ya poetas impunemente. Alfredo de firme que se clava como una espada, en esa fuerza
Musset, Enrique Heine, Edgardo Poe, Burns, Byron, del espinazo que se dobla ó va á torcerse, en la sen-
Shelley, Cowper, ¿cuántos citaré? El tedio, el embru- sualidad, en la energía, en el entusiasmo que se tras-
tecimiento y la enfermedad, la incapacidad, la locura luce al través de sus ademanes y sus miradas. He ahí
y el suicidio, y, en el caso mejor, la excitación per- el sentimiento que descubrimos hoy aun en sus poe-
manente y la declamación febril: he ahí en lo que sías, en Greene, en Lodge, en Jonson, en Spenser,
viene á parar hoy ordinariamente el temperamento en Shakespeare y en Sidney, como en todos los de-
poético. Los arrebatos del cerebro consumen las en- más. Se olvidan pronto las faltas de gusto que le
trañas, secan la sangre, atacan la medula, sacuden al acompañan, las afectaciones, aquella extraña jerga.
hombre como una tempestad, y la armazón humana, ¿Es realmente tan extraña? Suponed un hombre que
tal y como nos la han dejado las manos de la civiliza- con los ojos cerrados ve distintamente el adorado
ción, no es ya bastante sólida para resistir contra eso semblante de su dama; que le tiene presente todo el
mucho tiempo. día; que se altera y se estremece figurándose alterna-
tivamente su frente, sus ojos, sus labios; que no puede
Estos otros hombres, educados con más rudeza,
ni quiere desechar su visión; que cada día se absorbe
más acostumbrados á las intemperies, más endureci-
más en esa contemplación vehemente; que á cada ins-
dos por los ejercicios corporales, más acorazados con-
tante le atormentan mortales angustias ó le ponen
tra el peligro, duran y viven. ¿Hay en el día alguien
fuera de sí raptos de dicha. Ese hombre perderá la no-
que pudiese soportar la tempestad de pasiones y de
ción exacta de las cosas. Una idea fija llega á ser una
visiones que agitó á Shakespeare, y concluir, al modo
idea falsa. A fuerza de mirar un objeto bajo todo sus
que él, como un buen hombre sesudo y acomodado en
aspectos, de darle vueltas y más vueltas, de penetrar de rumores de pájaros y de dulces emanaciones. El
en él, se le deforma. Cuando no se puede pensar en cielo sonríe, las hojas se estremecen besadas por el
una cosa sin ofuscación y sin lágrimas, se la agranda viento, los árboles inclinados enlazan su ramaje hen-
y se la atribuye una naturaleza que no tiene. Desde chido de savia, la amorosa tierra aspira con avidez el
ese punto y hora las comparaciones extrañas, las agua temblorosa. De hinojos, con el corazón palpi-
ideas alambicadas, las imágenes exageradas pasan á tante y oprimido, le parece que su dama se transfi-
ser naturales. Por lejos que vaya ese hombre, toque gura; «su alma juvenil vuela hacia Stella, su caro
el objeto que quiera, no ve por ninguna parte en el nido»; Stella, «soberana de su pena y su alegría»; Ste-
universo más que el nombre y las facciones de Stella. lla, «en quien derramó toda su luz el cielo del amor»;
Todas sus ideas convergen ahí. Es atraído eterna é Stella, «cuya voz, cuando habla, trastorna los senti-
invenciblemente por el mismo pensamiento, y las dos»; Stella, cuya voz, cuando canta, suscita la vi-
comparaciones que parecen lejanas no hacen más que sión de los ángeles». Esos gritos de adoración son como
expresar la presencia continua y el poder soberano un himno. El escribe diariamente los pensamientos de
de la imagen que le asedia. Stelle está enferma, y á amor que le agitan, y en ese largo diario proseguido
Sidney le parece «que la alegría inseparable de sus durante cien páginas, á cada instante se siente crecer
ojos llora en ella (1)». Esta frase es absurda para nos- la llama abrasadora. Una sonrisa de ella, un rizo que
otros. ¿Lo es para Sidney, que durante horas enteras el viento levanta, un ademán, son acontecimientos.
se ha embebido en la expresión de esos ojos; que ha La pinta en todas las actitudes; no se sacia de verla.
acabado por ver en ellos todas las bellezas del cielo y Habla á las aves, á las plantas, á los vientos, á la
de la tierra; que á su lado juzga pálida toda luz, ó naturaleza toda. Pone el mundo entero á los pies de
insulta toda felicidad? Reflexiónese que en toda pasión Stella. Con la idea de un beso desfallece. «Mi corazón
extrema se invierten las leyes ordinarias; que nuestra saltará á los labios para besar esas rosas perfumadas
lógica francesa no es juez en la materia; que aquí se por la miel de la voluptuosidad, esos labios que en-
ven afectaciones, puerüidades, genialidades, crude- treabren sus rubíes para descubrir perlas.»
zas, locuras, y que los estados violentos de la máquina Encierra magnificencias orientales el soneto deslum-
nerviosa son como un país desconocido y extraordi- brador en que pregunta por qué están pálidas las me-
nario donde no podrán penetrar nunca el sano juicio jillas de Stella: «¿Dónde fueron las rosas que arreba-
y el sano lenguaje. A la vuelta de la primavera, cuan- taban nuestros ojos? ¿dónde las mejillas bermejas en
do Mayo extiende sobre el suelo su tapiz matizado de que la virtud ruborosa se encendía con la regia librea
flores nuevas, Astrofel y Stella van á sentarse en una del pudor? ¿Quién robó á mis cielos de la mañana su
arboleda umbría, en medio del suave ambiente, lleno vestido de púrpura?» «Su vida se consume á fuerza de
pensar.» Agotado por el éxtasis, se detiene. Después,
(1) And Joy which is inseparate from those eyes, «como el sátiro que, al traer el fuego Prometeo, fué á
Stella, now learnes (strange case) to weepe in thee. besar la llama muy gozoso, y huyó profiriendo insen-
(Soneto 101.)
2 8 2 HISTORIA DE LA LITERATURA INGLESA

satos gritos por campos y por bosques, sin lograr cal- »Cuando anhela jugar, á esos labios se dirige, y
mar la aguda punzada del divino elemento», así él, de ruboroso, avergonzado de amarlos, con cada labio besa
unos pensamientos en otros, va buscando el alivio' de al otro.
su herida. Por fin torna la calma, y, durante ese res- »Mas cuando anhela apartarse del mundo en busca
piro, el espíritu ágil y brillante revolotea como llama de reposo, ese corazón es el retiro, donde bien sabe
retozona en la superficie de la profunda hoguera amor- que no habrá de encontrarle ningún hombre.»
tiguada. ¿Me atreveré á traducir esos sueños de en- Todo está prendado aquí, el corazón y los sentidos.
amorado y de pintor, esas encantadoras visiones paga- Si los ojos de Stella le parecen más hermosos que to-
nas y caballerescas en que Petrarca y Platón parecen das las cosas del mundo, su alma le parece « aún más
haber dejado su recuerdo? ¿Podré traducirlas? Salid un hermosa que su cuerpo». Es platónico cuando dice que
momento de nuestra lógica lengua, y penetrad en la la virtud, queriendo hacerse amar de los hombres,
gracia y el donaire al través de la aparente afecta- tomó la forma de Stella para cautivar sus ojos, «y ha-
ción (1): cerles descubrir ese cielo que el sentido interior reve-
«Bellos ojos, dulces labios, corazón querido, ¡insen- la á las almas heroicas». En él se reconoce la plena
sato de mí! ¡esperar gozar de vosotros con auxilio del sumisión del corazón, el amor erigido en religión, la
Amor, cuando él mismo se apropia vuestros dones pasión perfecta que no desea más que creer, y que, al
donde halla su fuerza principal, sus exquisitos juegos, modo de la piedad de los místicos, se reputa siempre
su apacible retiro! demasiado pequeña cuando se compara con el objeto
»Porque, si alguien ve que se atreve á contradecir- amado. «Mi juventud se consume ; mi saber no da á
le, con esos ojos mira; y al punto sus armas deponen luz más que futilezas. Mi espíritu se afana en defen-
á los pies del Amor todas las almas, considerándose der una pasión, que, en recompensa, le aniquila con
dichosas si por ella las permite morir. sufrimientos estériles. Yo veo que mi carrera me pre-
cipita á mi perdición; lo veo, y, sin embargo, mi ma-
(1) Faire eyes, swetee lips, deare heart, that foolish I
Could hope by Cupids helpe on y o u to pray;
yor sentimiento es no perder más por Stella.» Al fin,
Since to himself he doth y o u r gifts a o p l y , como Sócrates en el Banquete, vuelve los ojos hacia la
A s his main force, choice sport, and easef'nll stray. Belleza inmortal (1), luz celeste que atraviesa las nu-
For when he will see w h o dare him gainsay,
bes, y al par que resplandece da la vista. «¡Oh! fija
Then with those eyes he lookes; by and by
Each soule doth at Loves feet his weapon lay, ahí tus ojos. Sea esa luz tu guía en esta breve carrera
Glad if f o r her he give them leave to die. que desde el nacimiento nos conduce á la muerte.» Al
W h e n he will play then in her lips he is, amor terrestre ha sucedido el amor divino; preso an-
W h e r e blnshing red, that Love selfe them doth love,
With either lip he doth the other kisse.
tes, ahora rompe sus ligaduras. En tal nobleza, en tan
But when he will f o r quiet sake r e m o v e altas aspiraciones se descubre una de esas almas serias
F r o m all the world, her heart is then his rome,
Where w e l l he knowes, n o man to him can c o m e .
(3.er soneto.) (1) Ultimo soneto, pág. 490.
como tantas que hay en ese clima y esa raza. Al tra- ó diccionarios descriptivos, se encuentren pinturas
vés del paganismo reinante, se revelan los instintos brillantes y verdaderos acentos de amor? ¿A qué se
espiritualistas, y forman platónicos, ínterin forman debe que, agotada esa generación, acabe en Inglate-
cristianos. rra la verdadera poesía, como en Italia y en Flandes
la verdadera pintura? Se debe á que ha aparecido y
desaparecido un momento del espíritu, el de la con-
cepción espontánea y creadora. Esos hombres poseen
sentidos nuevos, y no llevan teorías en la cabeza. Así,
VIII al pasearse, experimentan distintos sentimientos que
nosotros. ¿Qué es una salida de sol para un hombre
común? Una mancha blanca en el confín del cielo, entre
trozos de tierra y fragmentos de caminos, que no ve
Sidney no es más que un soldado en medio de un ya porque los ha visto mil veces. Para ellos, todas
ejército; en torno de él exite una multitud de poetas. esas cosas tienen un alma, con lo cual quiero decir que
Doscientos treinta y tres se calculan, sin incluir los sienten en sí mismos el vuelo y las sinuosidades de las
dramaturgos, en cincuenta y dos años (1), y entre lineas, la fuerza y los constrastes de las tintas, y la
ellos hay cuarenta de genio ó de talento: Bretón, Don- sensación dolorosa ó deliciosa que se desprende de esa
ne, Drayton, Lodge, Greene, los dos Fletcher, Bean- amalgama y de ese conjunto como una armonía ó como
mont, Spenser, Shakespeare, Ben Jonson, Marlowe, un grito. ¡ Qué triste es ese sol cuando se levanta en-
Wither, Warner, y otros más, como Davison, Carew, vuelto en niebla «sobre los sombríos surcos»! ¡Qué
Suckling, Herrick ; se cansaría uno de enumerarlos. aire de resignación en esos añosos árboles, que cho-
Hay un enjambre, como á la sazón en la heroica rrean con la lluvia nocturna! ¡Qué febril tumulto en
y católica España ; y aquí, como en España, su pro- el tropel de las olas, cuyas «melenas descompuestas»
fusión es un signo del tiempo, testimonio de una ne- se retuercen sin cesar en la superficie del abismo! Pero
cesidad pública, indicio de un estado extraordinario la gran antorcha del cielo, el dios luminoso, se despeja
y pasajero del espíritu. ¿Qué estado de espíritu es ese y brilla. La hierba alta y flexible, las praderas siem-
que por todas partes provoca y lleva á gustar la pre verdes, las dilatadas copas de las encinas, todo el
poesía? ¿Qué es lo que infunde vida en las obra? paisaje inglés, incesantemente renovado y abrillanta-
¿A qué se debe que, aun en los inferiores, al través do por la abundancia de agua, ostenta su inagotable
de las pedanterías y torpezas, entre crónicas rimadas frescura. Esas praderas, esmaltadas de blancas y ro-
jas flores siempre húmedas y lozanas, sueltan su velo
de dorada bruma, y aparecen de pronto tímidamente
(1) Nathan Drake, 810. Shakspeare and his times. En esos como bellas vírgenes. Allí está la primavera, que brota
doscientos treinta y tres poetas no se cuentan los autores de
antes de la llegada de la golondrina ; el jacinto de los
composiciones aisladas, sino los que publicaron y coleccionaron
s u s obras.
como tantas que hay en ese clima y esa raza. Al tra- ó diccionarios descriptivos, se encuentren pinturas
vés del paganismo reinante, se revelan los instintos brillantes y verdaderos acentos de amor? ¿A qué se
espiritualistas, y forman platónicos, ínterin forman debe que, agotada esa generación, acabe en Inglate-
cristianos. rra la verdadera poesía, como en Italia y en Flandes
la verdadera pintura? Se debe á que ha aparecido y
desaparecido un momento del espíritu, el de la con-
cepción espontánea y creadora. Esos hombres poseen
sentidos nuevos, y no llevan teorías en la cabeza. Así,
VIII al pasearse, experimentan distintos sentimientos que
nosotros. ¿Qué es una salida de sol para un hombre
común? Una mancha blanca en el confín del cielo, entre
trozos de tierra y fragmentos de caminos, que no ve
Sidney no es más que un soldado en medio de un ya porque los ha visto mil veces. Para ellos, todas
ejército; en torno de él exite una multitud de poetas. esas cosas tienen un alma, con lo cual quiero decir que
Doscientos treinta y tres se calculan, sin incluir los sienten en sí mismos el vuelo y las sinuosidades de las
dramaturgos, en cincuenta y dos años (1), y entre líneas, la fuerza y los constrastes de las tintas, y la
ellos hay cuarenta de genio ó de talento: Bretón, Don- sensación dolorosa ó deliciosa que se desprende de esa
ne, Drayton, Lodge, Greene, los dos Fletcher, Beau- amalgama y de ese conjunto como una armonía ó como
mont, Spenser, Shakespeare, Ben Jonson, Marlowe, un grito. ¡ Qué triste es ese sol cuando se levanta en-
Wither, Warner, y otros más, como Davison, Carew, vuelto en niebla «sobre los sombríos surcos»! ¡Qué
Suckling, Herrick ; se cansaría uno de enumerarlos. aire de resignación en esos añosos árboles, que cho-
Hay un enjambre, como á la sazón en la heroica rrean con la lluvia nocturna! ¡Qué febril tumulto en
y católica España ; y aquí, como en España, su pro- el tropel de las olas, cuyas «melenas descompuestas»
fusión es un signo del tiempo, testimonio de una ne- se retuercen sin cesar en la superficie del abismo! Pero
cesidad pública, indicio de un estado extraordinario la gran antorcha del cielo, el dios luminoso, se despeja
y pasajero del espíritu. ¿Qué estado de espíritu es ese y brilla. La hierba alta y flexible, las praderas siem-
que por todas partes provoca y lleva á gustar la pre verdes, las dilatadas copas de las encinas, todo el
poesía? ¿Qué es lo que infunde vida en las obra? paisaje inglés, incesantemente renovado y abrillanta-
¿A qué se debe que, aun en los inferiores, al través do por la abundancia de agua, ostenta su inagotable
de las pedanterías y torpezas, entre crónicas rimadas frescura. Esas praderas, esmaltadas de blancas y ro-
jas flores siempre húmedas y lozanas, sueltan su velo
de dorada bruma, y aparecen de pronto tímidamente
(1) Nathan Drake, 810. Shakspeare and his times. En esos como bellas vírgenes. Allí está la primavera, que brota
doscientos treinta y tres poetas no se cuentan los autores de
antes de la llegada de la golondrina ; el jacinto de los
composiciones aisladas, sino los que publicaron y coleccionaron
sus obras.
prados, azulado c o m o venas de mujer ; la caléndula des, toda la opulencia de sus tintas fundidas, de su
que se acuesta con el sol, y con él se levanta lloro- cambiante cielo, de su vegetación lujuriosa, vienen á
sa (1).» «Desde lejos, desde su puerta resplandeciente, reunirse así en torno de los dioses que les dan cuerpo,
el alba hechicera dora todas las copas donde acaba y un hermoso cuerpo.
de prender sus perlas la noche, y los enjambres de Todo hombre tiene momentos en que, á presencia de
pájaros, poseídos del júbilo de l a mañana, gorjean las cosas, experimenta una sacudida. El montón de
con voces tan vibrantes, que responden los valles y ideas, de recuerdos truncados, de imágenes esbozadas
colinas, y el aire que murmura y resuena no parece que yacen oscuramente en todos los rincones de su es-
compuesto y a más que de sonidos. Entre tanto sube el píritu, se remueve, se organiza, y de pronto se des-
s o l ; traspasa con su cabeza de oro la densa niebla envuelve como una flor. El hombre, embelesado, no
que se evapora, y al través de las copas entrelazadas puede menos de mirar y admirar la deliciosa criatura
viene á besar la sombra adormecida (2).» Un paso que acaba de nacer; quiere verla de nuevo, v e r cria-
m á s , y veréis reaparecer los antiguos dioses. Reapa- turas semejantes, y no piensa en otra cosa. En la vida
r e c e n , en efecto, esos dioses v i v o s , esos dioses mez- de las naciones hay momentos análogos, y éste es uno.
clados con las c o s a s , que no pueden menos de encon- Los hombres se regocijan de contemplar bellas cosas,
trarse cuando se vuelve á la naturaleza. « Ceres, la y sólo desean que sean lo más bellas posible. No se
reina liberal, entre sus ricos cultivos de trigo, cente- preocupan, como nosotros, de teorías; no se atormen-
nos, avenas, cebadas, algarrobas y guisantes, entre sus tan por expresar ideas filosóficas ó morales. Quieren
herbosas montañas donde viven y pacen las ovejas, gozar por la imaginación, por los ojos, como esos no-
entre sus riachuelos con las márgenes orladas de lirios bles de Italia que en ese mismo instante se hallan tan
y peonías que el húmedo Abril adorna para tejer coro- prendados de los bellos colores y de las bellas formas,
nas á las castas ninfas (3). «Iris cuyas alas de azafrán que llenan de pinturas, no sólo sus habitaciones y sus
derraman sobre las flores gotas perfumadas y turbio- iglesias, sino hasta la superficie de sus arcas y las si-
nes refrescantes, y cuyo arco azul corona los campos llas de sus caballos. L a rica y verde campiña bañada
nemorosos y las pendientes desnudas. Flora, brillante de sol, las jóvenes adornadas rebosando amor y salud,
y engalanada, sentada soberbiamente en medio de los dioses y las diosas medio desnudas, obras maestras
la pompa de todas sus flores, desplegando su manto y dechados de la fuerza y de la gracia: he ahí los más
de verde deslumbrador (4).» Todos los esplendores y bellos objetos que el hombre puede contemplar, los
las dulzuras del país húmedo, todas las particularida- más capaces de satisfacer sus sentidos y su corazón,
de despertar en él la sonrisa y la alegría; y esos son
los objetos que aparecen en todos los poetas, en la más
(1) Todas estas expresiones están tomadas de Jonson, Spen-
ser. Drayton, Shakespeare y Greene. maravillosa abundancia de canciones, de poesías pas-
(2) Drayton, Polyolbion. toriles, de sonetos, de composiciones sueltas, tan vivas,
(3) Shakespeare, Tempest, rv, 1. tan delicadas y espontáneas, que no ha vuelto á verse
(4) Greene, Never too late.
nada igual. ¿Qué importa que Venus ó Cupido hayan calladamente; le quita las flechas, y pone en su lugar
perdido sus altares? Aquí los poetas, como los pinto- las suyas. La ninfa, por fin oye ruido; alza su cabeza
res contemporáneos de Italia, se representan un bello inclinada; ve acercarse un pastor, y huye. El pastor
niño desnudo dentro de un carro de oro y en medio del la persigue. Ella arma el arco y le dispara sus flechas
aire límpido, ó una mujer, radiante de juventud, ergui- El se enardece más entonces, y v a á alcanzarla. La
da sobre las olas que v a n á besar sus pies de nieve. nmfa, desesperada, clava una flecha en su hermoso
Ese espectáculo transporta al rudo Ben Jonson. El cuerpo. Hela aquí transformada: se detiene; sonríe-
batallón disciplinado de sus robustos versos se trueca ama; se dirige hacia él. «No pueden encontrarse i a |
en una bandada de estroñtas graciosas que corren montañas, pero sí los amantes. Lo que otros amantes
tan ligeramente como niños de Rafael (1). V e venir á hacen, ellos lo hicieron. El dios del amor se había
su dama sentada en el carro del Amor, tirado por cis- sentado en un árbol, y reía al contemplar tan dulce
nes y palomas. El Amor guía el carro; ella pasa serena espectáculo.» En esa mezcla de ingenuidad y de gra-
y sonriente, y todos los corazones cautivados por sus cia voluptuosa ha caído una gota de malicia; lo mismo
divinas miradas no desean y a más placer que verla y pasa en Longo y en todo ese delicioso ramillete que se
servirla siempre: llama la Antología. No es la chanza seca de Voltaire
«Ved, si no, sus ojos; ¡iluminan cuanto abarca el de los hombres que no poseen más que ingenio y qué
mundo del amor! V e d sus cabellos; ¡relucen como la no han vivido más que en los salones; es la de los ar-
estrella del amor al nacer!... ¿Visteis abrir una bri- tistas y enamorados que tienen el cerebro lleno de co-
llante azucena antes de que groseras manos la toca- lores y de formas, y que, al decir una travesura, so
ran? ¿Habéis mirado la caída de la nieve antes de que representan un cuello inclinado, unos ojos bajos y el
el fango la mancille? ¿Habéis aspirado los capullos de rubor que sube á unas mejülas bermejas. Una de esas
la zarza ó el nardo en el fuego? ¡Oh! ¡Tan blanca, tan beldades llega á decir versos haciendo carantoñas;
suave, tan dulce es ella!» ¡cómo se v e desde aquí el mohín de sus labios! «El
amor, cual la abeja, chupa en mi corazón su néctar.
¿Hay algo más v i v o , más distante de la mitología
Ora juega conmigo con sus alas, y a con sus pies. De
regular y artificial? Como Teócrito y Mosco, estos poe-
mis ojos hace su residencia. Tiene su lecho en mi tier-
tas juegan con sus risueños dioses, y se esparcen con
no seno. Mis besos son su diario regalo. Y sin embar-
sus creencias. Un día Cupido encuentra una ninfa dor-
go, me roba mi reposo. ¡Ah, sí! ¡me roba el atrevido!»
mida al extremo de un bosque. «Cubríanla la cara sus
Lo que salva á estas fruslerías es el esplendor de la
cabellos de oro. Tenía indolentemente extendidos los
imaginación. H a y explosiones, relámpagos que no se
dos brazos. Servíala de almohada su carcaj, y el seno
atreve uno á traducir, deslumbramientos y locuras
desnudo abríase al viento (2).» Cupido se aproxima
como en el Cántico de los Cánticos. «Sus labios, dice
trreene, son rosas empapadas en rocío, ó semejan la
(1) Celébration of charis. púrpura de la flor del narciso. Sus ojos, esos hermosos
(2) Cupid'x Pastime, de autor desconocido, hacia 1621.

19
ojos, parecen las luces más puras que animan el sol ó nuestras esperanzas violentas. Penetra en nosotros, y
alegran el día. Sus mejillas son como azucenas im- le respiramos como el fresco hálito de un viento mati-
pregnadas de vino ó como granos de granadas moja- nal que acaba de pasar ñor campos en flor. Los caba-
dos en leche, ó como hilos de blanca nieve en redes de lleros de esa corte azarosa le sentían con deleite, y
seda carmesí, ó c o m o espléndidas nubes á la puesta del reposaban así, por contraste de sus empresas y de sus
sol.» «¿A qué comparar cuando la belleza excede á peligros. Los más severos y trágicos de sus poetas se
apartaron de su camino para salirle al encuentro:
toda ponderación? El que extrae sus pensamientos de
Shakespeare, entre las encinas siempre verdes de la
a m o r de las cosas inanimadas, desluce su pompa y
selva de Ardennes (1); Ben Jonson (2), en los bosques
sus mayores esplendores, y sube al cielo del amor
de Sherwood, entre los anchos claros cortados de som-
con torpes alas (1).» Y o quiero creer que las cosas en-
bra, entre los relucientes follajes y las húmedas flores
tonces no eran más hermosas que h o y , pero tengo
que palpitan á la orilla de las fuentes solitarias. El
por seguro que á los hombres les parecían más her-
mismo Mario w e , el terrible pintor de la agonía de
mosas.
Eduardo II, el enfático y enérgico poeta que compuso
Fausto, Tamerlán y El Judío de Malta, deja sus dra-
mas sangrientos, su verso tonante, sus imágenes des-
aforadas, y nada más musical y dulce que sus cancio-
nes. El pastor, para granjearse el favor de su amada,
IX
le promete «un sombrero de flores, una saya bordada
de hojas de mirto, un cinturón tejido de paja y de vás-
tagos de hiedra, con botones de ámbar y broches de
coral». Irán juntos por los valles y las pendientes de
las montañas peñascosas.
Cuando el poder de embellecer es tan grande, es
natural que se pinte el sentimiento que concentra to- Los pastores baüarán en torno de ella todas las ma-
das las alegrías y adonde convergen todos los sueños, ñanas de Mayo; y los dos, sentados en una peña, c o n -
el amor ideal, sobre todo el amor ingenuo y feliz. No templarán de lejos los rebaños que pacen la hierba, y
hay sentimiento que despierte en nosotros mayor sim- los riachuelos que caen y murmuran entre cantos de
patía. Es el más dulce y sencülo. Es el primer movi- pájaros. Los rudos nobles del tiempo, al volver de la
miento del corazón y la primera palabra de la natura- caza del halcón, se habían detenido más de una vez
leza. No se compone más que de inocencia y abando-
no. Está exento de reflexiones y de esfuerzos. Nos
aleja de nuestras pasiones complicadas, de nuestros (1) As you like it.
(2) The Sad Shepherd.
desdenes, de nuestros duelos, de nuestros odios, de Véase también Flechter and Beaumont: the Faithful She-
pherdess.
(1) Greeno (Frorn Menaphon.—Melicertus' eglogue).
ante esos cuadros rústicos, soñando con figurar en brazos, y le dice: «Yo soy Argentile.» Pues bien; Cu-
ellos. Pero, aunque comprendiéndolos, los rehacían: ran era un hijo de reyes, que se había disfrazado de
los rehacían en sus parques preparados para la en- ese modo por su amor á Argentile.
trada de la reina, con profusión de adornos y de in- Vuelve á tomar las armas, y derrota al malvado
venciones, sin preocuparse de copiar exactamente la rey. No hubo caballero más poderoso, y los dos reina-
grosera naturaleza. No les daba en rostro la inverosi- ron mucho tiempo en Bernicie. Entre tantos cuentos
militud; no eran imitadores minuciosos, observadores semejantes, verdaderos cuentos de primavera, permí-
de costumbres; creaban. El campo, para ellos, no era tame el lector entresacar otro, risueño y sencillo como
más que un marco, y el cuadro entero salía de sus en- alborada de Mayo (1). La princesa Dowsabell ha ba-
sueños y de su corazón : cuadro novelesco, imposible, jado por la mañana al jardín de su padre; coge madre-
pero no por eso menos, sino más delicioso. ¿Hay ma- selvas, prímulas, violetas y margaritas. En aquel ins-
yor delicia que apartarse de este mundo real que nos tante oye cantar á un pastor detrás del seto y cantar
oprime y encadena; flotar vaga y libremente en el es- tan bien, que le ama de repente. El la jura fidelidad,
pacio cerúleo y luminoso, en lo más alto del país de y la pide un beso. Las mejillas de la bella paseante se
las hadas y de las nubes; arreglar las cosas á medida pusieron encarnadas como la rosa. «Doblando su ro-
del albedrío ; no sentir ya las pesadas leyes, los rígi- dilla, blanca como la nieve, se hincó de hinojos junto
dos y resistentes contornos de la vida; adornarlo y va- á él y le besó dulcemente. El pastor lanzó un grito de
riarlo todo según los caprichos y las delicadezas de la alegría, diciendo: ¡Oh! ¡Jamás hubo zagal tan dichoso
fantasía? He ahí lo que hacen esos pequeños poemas. como yo!» Nada más. ¿No es bastante? Aquí sólo se
Por lo común, los acontecimientos no pasan allí en ve el sueño de un momento, pero á cada momento se
ninguna parte; al menos se desarrollan en el reino ven sueños parecidos. ¡Júzguese qué poesía debe sur-
donde los reyes se hacen pastores y se casan con pas- gir de ellos, qué poesía tan superior á las cosas, tan
toras. La bella Argentüe (1) se halla retenida en la emancipada de la imitación servil, tan prendada de la
corte de su tío que quiere privarla de su reino, y des- belleza ideal, tan capaz de forjarse un mundo fuera de
pués de dos años la manda casarse con Curan, un ja- nuestro triste mundo! En efecto; entre todos esos poe-
yán de su casa. Argentüe huye, y Curan, desespera- mas hay uno verdaderamente divino, tan divino, que
do, se marcha á vivir entre los pastores. Un día en- ha parecido enojoso á los doctores de las edades si-
cuentra una bella campesina, y se enamora de ella; guientes, y aun hoy apenas si hay algunos que le en-
poco á poco, hablándola, se acuerda de Argentile, y tiendan: La Reina de las hadas, de Spenser.
llora; describe su dulce rostro, su talle flexible, sus
finas muñecas veteadas de azul, y de repente ve desfa- (1) Miguel Drayton.
llecer á la campesina. Esta, en fin, se arroja en sus

(1) William Warner.


tarla en vuestra obra. Me gustará volver á ver allí al
natural, con todos sus pelos y señales, el estableci-
miento de mi padre que vendía paño á los amigos por
servirles, la cocina de mi criada Nicole, las habilida-
X des de Brusquet, el perrillo de mi vecino M. Diman-
che. También podréis explicar mis asuntos domésti-
cos; nada más interesante para el público que saber
cómo se gana un millón. Decidle también que mi hija
Un día M. Jourdain, ya todo un «mamamuchí», y
Lucila no se ha casado con ese mequetrefe de Cleonte,
habiendo aprendido la ortografía, llamó á su casa á
sino con Samuel Bernard, que ha hecho fortuna, tiene
los escritores más ilustres del siglo. Se acomodó en
coche y será ministro del rey. Por eso os pagaré gene-
un sillón, les señaló con el dedo sillas de tijera, y les
rosamente á medio luis la vara-de escrito. Volved den-
dijo:
tro de un mes, y enseñadme lo que hayáis sacado de
«Señores: He leído vuestros chascarrillos; me han
mis ideas.»
divertido, y quiero daros trabajo. Se lo he dado últi-
mamente á vuestro colega, á Luili. A petición mía ha Nosotros somos hijos de M. Jourdain, y desde princi-
introducido en los conciertos la trompa marina, ins- pios de siglo hablamos ese lenguaje á los artistas; los
trumento armonioso en que nadie se había fijado aún, artistas nos escuchan. De ahí nuestra novela vulgar
y que es de tanto efecto. Deseo que sigáis mis ideas y nuestra novela realista. Suplico al lector que las
como las ha seguido él, y os encargo un poema en pro- olvide, que se olvide á sí mismo, que se haga por un
sa. Ya sabéis que todo lo que no es prosa es verso, y instante poeta, noble, hombre del siglo xvi. A me-
que todo lo que no es verso es prosa. Cuando yo digo: nos de enterrar al M. Jourdain, que alienta en cada
«Nicole, traedme las zapatillas y dadme el gorro de uno de nosotros, ninguno de nosotros podrá entender
dormir», hago prosa. Tomad esta frase por modelo. á Spenser.
Ese estilo es mucho más agradable que la jeringonza
de renglones sin acabar que llamáis versos. En cuanto
al asunto, seré yo mismo. Pintaréis la bata rameada
que acabo de ponerme para recibiros y el trajecillo de
pana verde que llevo debajo para mis ejercicios du- XI
rante la mañana. Apuntaréis que la indiana cuesta á
un luis la vara. Esa descripción bien perjeñada se
presta á toques de muy buen viso, y enseñará al pú-
blico el precio de las cosas. Quiero que habléis tam- Era de una antigua familia, emparentada con gran-
bién de mis espejos, de mis alfombras y colgaduras. des casas; amigo de Sidney y de Raleigh, los dos caba-
Mis proveedores os darán la nota; no dejéis de inser- lleros más cumplidos del siglo; caballero á su vez, al
tarla en vuestra obra. Me gustará volver á ver allí al
natural, con todos sus pelos y señales, el estableci-
miento de mi padre que vendía paño á los amigos por
servirles, la cocina de mi criada Nicole, las habilida-
X des de Brusquet, el perrillo de mi vecino M. Diman-
che. También podréis explicar mis asuntos domésti-
cos; nada más interesante para el público que saber
cómo se gana un millón. Decidle también que mi hija
Un día M. Jourdain, ya todo un «mamamuchí», y
Lucila no se ha casado con ese mequetrefe de Cleonte,
habiendo aprendido la ortografía, llamó á su casa á
sino con Samuel Bernard, que ha hecho fortuna, tiene
los escritores más ilustres del siglo. Se acomodó en
coche y será ministro del rey. Por eso os pagaré gene-
un sillón, les señaló con el dedo sillas de tijera, y les
rosamente á medio luis la vara-de escrito. Volved den-
dijo:
tro de un mes, y enseñadme lo que hayáis sacado de
«Señores: He leído vuestros chascarrillos; me han
mis ideas.»
divertido, y quiero daros trabajo. Se lo he dado últi-
mamente á vuestro colega, á Lulli. A petición mía ha Nosotros somos hijos de M. Jourdain, y desde princi-
introducido en los conciertos la trompa marina, ins- pios de siglo hablamos ese lenguaje á los artistas; los
trumento armonioso en que nadie se había fijado aún, artistas nos escuchan. De ahí nuestra novela vulgar
y que es de tanto efecto. Deseo que sigáis mis ideas y nuestra novela realista. Suplico al lector que las
como las ha seguido él, y os encargo un poema en pro- olvide, que se olvide á sí mismo, que se haga por un
sa. Ya sabéis que todo lo que no es prosa es verso, y instante poeta, noble, hombre del siglo xvi. A me-
que todo lo que no es verso es prosa. Cuando yo digo: nos de enterrar al M. Jourdain, que alienta en cada
«Nicole, traedme las zapatillas y dadme el gorro de uno de nosotros, ninguno de nosotros podrá entender
dormir», hago prosa. Tomad esta frase por modelo. á Spenser.
Ese estilo es mucho más agradable que la jeringonza
de renglones sin acabar que llamáis versos. En cuanto
al asunto, seré yo mismo. Pintaréis la bata rameada
que acabo de ponerme para recibiros y el trajecillo de
pana verde que llevo debajo para mis ejercicios du- XI
rante la mañana. Apuntaréis que la indiana cuesta á
un luis la vara. Esa descripción bien perjeñada se
presta á toques de muy buen viso, y enseñará al pú-
blico el precio de las cosas. Quiero que habléis tam- Era de una antigua familia, emparentada con gran-
bién de mis espejos, de mis alfombras y colgaduras. des casas; amigo de Sidney y de Raleigh, los dos caba-
Mis proveedores os darán la nota; no dejéis de inser- lleros más cumplidos del siglo; caballero á su vez, al
menos de corazón, por haber encontrado en su paren-
es un alma prendada de la belleza sublime y pura,
tela, en sus amistades, en sus estudios y en su vida
platónica por excelencia, una de esas almas exaltadas
todas las circunstancias que podían elevarle hasta la
y delicadas, las más encantadoras de todas, que, na-
poesía ideal. Se le ve alternativamente en Cambridge,
cidas en el seno del naturalismo, extraen de él su sa-
donde se penetra de las más nobles filosofías antiguas;
via, pero le superan, se aproximan al misticismo, y
en un condado del Norte, donde siente un gran amor
se remontan por un esfuerzo involuntario para dila-
desgraciado; en Penshurst, en el castillo donde nació
tarse hasta los confines de un mundo superior. Spen-
la Arcadia, con Sidney, en quien subsisten incólumes
ser conduce á Milton, y de ahí al puritanismo, como
la poesía novelesca y la generosidad heroica del espí-
Platón conduce á Virgilio, y de ahí al cristianismo. La
ritu feudal; en la corte, donde se ostentan alrededor
belleza sensible es perfecta en ambos, pero su primer
del trono todas las magnificencias de la caballería dis-
culto es para la belleza moral. «Conducidme, dice á
ciplinada y engalanada; finalmente, en Kilcolman, á
las musas, al escondido retiro donde mora con vosotras
orillas de un bello lago, en apartado castillo, desde
la Virtud, bóveda de plata que la oculta á los hombres
donde la vista abraza un anfiteatro de montañas y la
y á los perversos desdenes del mundo.»
mitad de Irlanda. Pobre, en medio de todo, no hecho
para la corte, ni obteniendo de sus patronos, á pesar Alienta á su caballero cuando le ve flaquear; se in-
de favorecerle la reina, más que empleos subalternos, digna cuando le ve atacado. Se huelga de su equidad,
cansado al fin de solicitar, quedó relegado á aquel pe- de su templanza, de su cortesía. Inserta al principio de
ligroso dominio de Irlanda, de donde le expulsó la re- un canto largas estancias en honor de la amistad y de
belión, quemándole casa é hijo. Tres meses después la justicia. Se detiene, después de referir un bello
murió de miseria y con el corazón lacerado (1). Ex- rasgo de castidad, para aconsejar á las damas que
pectaciones y repulsas, muchas tristezas y muchos sean púdicas. Prodiga á los pies de sus heroínas e1
sueños, algunos halagos y de repente una horrible des- tesoro de sus respetos y sus ternuras. Sí algún desal-
gracia, escasa fortuna y un fin prematuro: he ahí una mado las insulta, clama auxilio á toda la naturaleza
vida de poeta. Pero en él el verdadero poeta es el co- y á todos los dioses. Jamás las presenta en escena sin
razón; todo emana de esa fuente; las circunstancias no adornar su nombre con alguna magnífica alabanza.
han hecho más que suministrarle asunto; las transfor- Para la belleza tiene adoraciones dignas de Dante y
mó más de lo que ellas le transformaron; dió más que de Pío tino. Y es que no la considera como una simple
recibió. Füosofía y paisajes, ceremonias y galas, es- armonía de colores y de formas, sino como una emana-
plendores del campo y de la corte, en todo lo que ción de la belleza única, celeste, imperecedera, que no
pintó ó pensó imprimió su interna nobleza. Ante todo pueden percibir ojos mortales, y que es la primera
obra del gran obrero de los mundos (1). Los cuerpos

(1) He died for want of bread in King street. (Ben Jonson,


citado por Drummond.) (1) Himnos al amor y día bellexa,—al amor y é la belleea
ctltstes.
no hacen más que sensibilizarla; no reside en los más hermosas de ambas vertientes, es á la vez pagano
cuerpos ; las gracias y el atractivo no están en las co- y cristiano.
sas , sino en la idea inmortal que luce al través de las
cosas. «Ese delicioso tinte blanco y bermejo que colo-
rea las mejillas se borrará. Esas dulces hojas de rosa
tan delicadamente extendidas sobre los labios se mar-
chitarán y caerán para tornar á ser lo que eran, ba-
XII
rro corrompido. Esos cabellos de oro, esos ojos que
brillan como estrellas refulgentes, volverán á conver-
tirse en polvo y perderán su hermosa luz. Pero la
hermosa lámpara, cuyos celestes rayos encienden el
fuego de los amantes, esa no se extinguirá ni se amor-
Esto en lo tocante al corazón; en lo demás, es poeta,
tiguará nunca, sino que cuando todo aliento vital ex-
es decir, creador y soñador por excelencia, creador y
pire, volverá á su planeta nativo : allá arriba nació,
soñador de la manera más natural, más instintiva,
y no puede morir, como partícula que es del más puro
más sostenida. Por mucho que se describa ese estado
de los cielos.» Ante esa idea de la belleza, el amor se
interior de los grandes artistas, siempre queda por
transforma. Es el soberano de la verdad y de la rec-
describir. Es una especie de vegetación que se des-
titud , « y con alas de oro se remonta por encima del
arrolla en su espíritu: á cada paso brota un boton:
polvo vil hasta el empíreo sublime, fuera del alcance
tras ese, otro, y otros más, pululando y floreciendo de
del innoble deseo sensual, que, como un topo, yace en
suyo cada uno, en términos que al cabo de un instante
la tierra».
se ve toda una planta, á poco un macizo, y, por fin,
Encierra en si todo lo bueno, bello y noble. Es la un bosque. Se les aparece un personaje, luego una
fuente primera de la vida y el alma eterna de las co- acción, un paisaje después, y tras esto una serie de
sas. Es el que, apaciguando la discordia primitiva, ha acciones, de personajes y paisajes que se completan y
formado la armonía de las esferas y sostiene este glo- engarzan á favor de un desarrollo involuntario, como
rioso universo. Habita en Dios ; es Dios mismo ; ha nos sucede cuando contemplamos en sueños un cortejo
descendido aquí bajo forma corpórea para reparar el de figuras que, por su propia fuerza, se despliegan y
mundo vacilante y salvar la raza humana; alrededor ordenan ante nuestros ojos. Esa fuente de formas vi-
de los seres y dentro de los seres, cuando nuestros ojos vas y cambiantes es inagotable en Spenser; siempre
traspasan las apariencias, le vemos como una luz viva imagina; es su estado natural. Parece como si no tu-
que penetra y abraza toda criatura. Tócase aquí la viese más que cerrar los párpados para despertar las
sublime y aguda cumbre en que se encuentran el apariciones; afluyen á él, sé agolpan, se amontonan;
mundo del espíritu y el mundo de los sentidos, y en llega uno á pensar que, por más que las prodigue,
que el hombre, cosechando á manos llenas las flores seguirán rebosando, más amplias y más apiñadas cada
vez. Siguiendo su enjambre inagotable, he pensado á epítetos de adorno. Se comprende que ve los objetos á
menudo en esos vapores que salen continuamente del una bella luz uniforme, con un detalle infinito; que
mar, y suben haciendo visos y entretejiendo sus vo- quiere mostrar todo ese detalle; que no teme nunca
lutas de oro y de nieve, mientras debajo de ellos se ver alterarse ó desaparecer su feliz visión; que sigue
elevan nuevas brumas, y debajo de éstas otras más, sus contornos con un movimiento regular, sin acele-
sin que nunca pueda palidecer ni detenerse la bri- rarse ni retardarse nunca. Pero se extiende desmedi-
llante procesión. damente; se olvida demasiado del público; propende
Pero lo que le distingue de todos es la manera como en demasía á abandonarse y á divagar en presencia
imagina. Por lo común la mente fermenta en los poe- de las cosas. Su pensamiento se despliega en vastas
tas violentamente y á sacudidas; sus ideas se juntan, comparaciones reduplicadas, semejantes álas del vie-
chocan, se traban de pronto formando masas, y bro- jo narrador jonio. Si cae herido un gigante, le compa-
tan en expresiones punzantes, penetrantes, que las ra á un árbol secular crecido en la cima más alta de
concentran; parecen como si exigiesen esas acumula» una montaña roquiza, cuyo corazón ha desgarrado el
ciones súbitas para imitar la unidad y la energía viva tajante acero, y que, inclinándose de pronto sobre el
de los objetos que reproducen; por lo menos, casi to- crujiente pie, rueda por los peñascales con estrépito
dos los poetas del tiempo, con Shakespeare á la cabeza, espantoso; y después á un magno castillo que, minado
proceden así. Spenser permanece sereno en lo más por artes pérfidas, se desploma sobre sus conmovidos
empeñado de la invención. Las visiones que produci- cimientos, y cuyas torres erguidas y acumuladas has-
rían fiebre á otro espíritu, á él le dejan en calma. Lle- ta el cielo hacen más tremenda la caída.
gan y se desarrollan fácil é íntegramente, sin inter- Desenvuelve todas las ideas que maneja; desarrolla
rupción, sin sacudidas. Es épico, es decir, narrador, todas sus frases en períodos. En vez de concentrar, se
y no cantor como un autor de odas, no mímico comcf explaya. Para ese amplio pensamiento y su cortejo, no
un autor de dramas. Ningún moderno se asemeja más le basta con menos que con la estancia inmensa, re-
á Homero. Como Homero y los grandes narradores, naciente sin cesar, de largos versos de rimas alterna-
no encuentra más que imágenes enlazadas y nobles, das y repetidas, cuya uniformidad y amplitud recuer-
casi clásicas, tan próximas á las ideas, que el pensa- dan los rumores majestuosos que circulan eternamen-
miento penetra en ellas de suyo, sin notarlo. Como te por los bosques y los campos. Para desplegar esas
Homero, siempre es claro y sencillo, no da saltos, no facultades épicas, y para desplegarlas en la región su-
omite ninguna razón, no desvía ninguna palabra del blime donde esa calma se cierne, no se necesita nada
sentido primitivo y corriente, conserva el orden natu- menos que la epopeya ideal, es decir, asentada fuera
ral de las ideas. Como Homero también, tiene redun- de lo real, con personajes que apenas existen y en un
dancias, candideces, puerilidades. Lo dice todo, se ex- mundo que no puede estar en ninguna parte.
tiende en reflexiones que ha adivinado de antemano Varias veces anduvo rondando á tientas entre sone-
todo el mundo; repite hasta la saciedad los grandes tos, elegías, poesías pastoriles, himnos de amor, pe-
queñas epopeyas risueñas (1); no son más que ensayos, forma á cuanto él imagina como á todo lo que piensa.
incapaces en su mayoría de revelar su genio. Sin em- Involuntariamente despoja á los objetos de su forma
bargo, y a en ellos se desborda su magnífica imagina- ordinaria. Si mira un paisaje, al cabo de un rato le ve
ción: dioses, hombres, paisajes, el mundo que pone en completamente distinto. Sin darse cuenta, le trans-
movimiento está á mil leguas del mundo en que viví- porta á una tierra encantada; el azul del cielo res-
mos. Su Calendario del pastor (2) es un poema bucóli- plandece como una cúpula de diamantes; cubren las
co, soñador y tierno, lleno de amores delicados, de no- praderas bosques de flores; por la suave atmósfera
bles tristezas é ideas elevadas, donde no hablan más revolotea un pueblo de pájaros; entre los árboles res-
que pensadores y poetas. Sus Visiones de Petrarca y plandecen palacios de jaspe; en los balcones labrados
de Du Bdlay, son sueños admirables, donde se suceden sobre las galerías de esmeraldas, aparecen damas
como en una fantasmagoría oriental, palacios, templos radiantes. Ese sordo trabajo del espíritu se parece á
de oro, paisajes espléndidos, ríos centelleantes y aves las lentas cristalizaciones de la naturaleza. Se echa
maravillosas. Si canta un epitalamio, v e venir dos be- una rama húmeda al fondo de una mina, y se saca
llos cisnes, blancos como la nieve, que al son de los una girándula de diamantes.
cantos de las ninfas se deslizan entre las flores berme- Por fin, encuentra el asunto adecuado: es la mayor
jas, al paso que el agua transparente besa sus plumas fortuna con que puede soñar un artista. Saca l a epo-
de seda y murmura de placer. Si llora la muerte de peya del terreno común, de aquel en que expresa
Sidney, Sidney se trueca en pastor, á quien matan creencias efectivas y pinta héroes nacionales, como
como á Adonis, y en cuyo derredor se congregan las hacen Dante y Homero. El nos conduce á lo más alto
ninfas llorosas. Se transforma, con su dama, en una del país de las hadas, por encima de todas las cum-
flor «roja y a z u l » , que empieza por ser roja, y luego bres de la historia. Es más arriba aún que el país de
palidece como él tornándose azul. las hadas: es á ese límite extremo en que los objetos se
Entonces aparece en su centro una estrella, tan desvanecen y principian las puras ideas. «He empren-
hermosa como estrella de los cielos, semejante á Stella dido (1), dice, mi poema, para representar todas las
en su época más lozana, cuando sus ojos despedían ra- virtudes morales, asignando á cada una un caballero
yos de belleza. Todo el día está allí impregnada de como padrino y defensor, á fin de expresar las obras
rocío: son las lágrimas que corrieron de sus ojos (3). de esa virtud y de abatir y vencer los apetitos desorde-
Así se tornan en magia sus sentimientos más sinceros. nados y los vicios opuestos, mediante hechos de armas
L a magia es el molde de su espíritu, é imprime su y de caballería.» Efectivamente: en el fondo del poe-
ma introduce una alegoría; y no porque sueñe en ser
(1) The Shepheard's Calendar, Amoretti, Sonnets, Protha- ingenioso, enigmático ó moralista. No somete la ima -
lamion, Epithalamion, Muiopotmos, Virgü's Gnat, The Ruin*
of time, The tears of Muses, etc.
(2) Publicado en 1589; dedicado á sir Felipe Sidney. (1) Le atribuye estas palabras Ledowick Bryskett, Discour-
(3) Astrophel. se of civil life, 1606.
gen á la idea; es un vidente, no un filósofo. Los perso-
najes que presenta son personajes vivos, y vivas son
sus acciones; lo que hay es que los palacios encanta-
dos y todo el cortejo de apariciones resplandecientes
tiembla y se desgarra á trechos como un vapor, dejan- XIII
do entrever el pensamiento que las suscita y ordena.
Cuando en su jardín de Venus vemos dispuestas por
orden, esperando el ser, las infinitas formas de todas
las cosas vivas, concebimos con él el alumbramiento
del amor universal, la fecundidad incesante de la gran ¿Qué mundo podia suministrar materiales á una
madre y la fermentación misteriosa de las criaturas fantasía tan elevada? No había más que uno: el de la
que alternativamente surgen de su seno profundo. caballería: porque ninguno está más lejos de lo real.
Cuando vemos á su caballero de la Cruz combatir con Solitario é independiente en su castillo, libre de todas
un monstruo, semimujer, semiserpiente, y defender á las trabas que la sociedad, la familia y el trabajo im-
Una, su querida dama, recordamos vagamente que, ponen comúnmente á las acciones, el hombre feudal
si penetrásemos al través de esas dos figuras, encon- había acometido todas las aventuras; pero aún había
traríamos bajo la una la Verdad y bajo la otra el imaginado más de las que había acometido: la locura
Error. Comprendemos que sus personajes no son de de sus sueños superaba á la audacia de sus empresas-
carne y sangre, y que todos esos brillantes fantasmas
1 f K, " ^ " e m p l e ° ÚtÜ y d e u n a acep-
no son más que fantasmas. Nos recreamos en su es-
tada, había dado mil vueltas á lo irracional y á lo im-
plendor sin creer en su consistencia; nos interesamos
posible, y la persecución del tedio agrandó desme-
por sus acciones sin alterarnos por sus males. Sabe-
d damente a sed de excitaciones. Bajo este aguijón, su
mos que su llanto y sus clamores no son verdaderos. poesía llegó á convertirse en una fantasmagoría In-
Nuestra emoción se purifica y se eleva. No caemos en sensiblemente habían vegetado y pululado en los cere-
la grosera ilusión; disfrutamos del goce de soñar á sa- bros las invenciones extrañas, amontonándose unas
biendas. Estamos, como él, á mil leguas de la vida sobre otras, como hiedras que se enroscan alrededor
real, fuera del alcance de la compasión dolorosa, del de un árbol, y el primitivo tronco desaparecía bajo su
terror fiero, del odio hostigador y punzante. No en- pompa y acumulación. Las delicadas imaginaciones de
contramos ya en nosotros más que sentimientos deli- la antigua poesía galesa, los restos grandiosos de las
cados, á medio formar, suspendidos en el momento epopeyas germánicas, los maravillosos esplendores'del
en que iban á afe