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Uniformes de los Granaderos del Tercio de Montañeses

Notas y referencias históricas

Nota respecto del estado de uniformidad de las milicias:

Existía una diferenciación entre el estado de los uniformes de los ejércitos de línea y las milicias. El
equipamiento y uniforme de los ejércitos representantes del Reino de España en 1806 eran financiados con
recursos procedentes del Virreynato, con ciertas dificultades financieras, en tanto el de las milicias era provisto
por los propios integrantes, pudiéndose dar, más allá de un mejor equipamiento de las milicias frente a
regimientos de línea españoles, variaciones de calidad en los uniformes entre las milicias mismas e incluso
dentro de cada uno de los cuerpos.

Al respecto, Roberts aclara que: "...como fueron (los milicianos) bastante bien uniformados, tenían cierto
lucimiento en una revista, pero les faltaba, sobre todo, disciplina, y no eran capaces de combatir en campo
abierto contra ningún ejército regular...".

Nota respecto del uniforme, su descripción:


Las iniciales cuatro compañías de fusileros ajustaron su uniforme al tipo adoptado por la mayor parte de la
infantería urbana.
La casaca (22) azul, con cuello (23) solapa curva y bocamanga encarnados (24), vivo blanco en cuello, solapas y
bocamangas (25) y encarnado en la cartera de la casaca (26), calzón (27) y chaleco (28) blanco; banda encarnada
con fleco plata, que descendía del hombro derecho a la cadera izquierda (29). Por cubrecabeza “sombrero” (30)
que, de acuerdo a las láminas, es de copa alta, con escarapela y penacho encarnado (31) en el frente del sombrero
y no en el costado (32).Camisa (33) blanca (34), pañuelo al cuello negro (35) como en los demás cuerpos (36) y
por calzado botas (37) que en las láminas se ve como media bota, con la parte delantera de forma trapezoidal
(38).
En cada casaca se empleaban entonces 1 ¼ vara de paño para el cuerpo (39)< ¼ vara de grana (40) o cúbica (41)
para los vueltos (cuello, solapa y bocamangas); gasa para forros (42), y 18 botones (43), 6 a cada lado de la solapa
y 3 en cada cartera (44), que coincide en la solapa con la lámina del Museo Mitre (45). En cada centro
(combinación de pantalón y chaleco) 3 varas de cotonía (46); y 1 vara de sarguilla encarnada (47), es posible que
para la banda.
Tal es la exacta reconstrucción del uniforme histórico de los fusileros Cántabros Montañeses (48).
Extraído del Artículo: El Tercio de Cántabros Montañeses - Por Guillermo Palombo.
Referencias:
(22) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Sección Contaduría, diciembre 1807 (Sala XIII, legajo 22-11-7), Documento de Caja Nº 769, parcial nº 15:
“Tercio de Cántabros – 2ª. Compañía. Cuenta y razón del costo por menor de un uniforme y a este respecto cuatro para otros tantos individuos que
de la expresada compañía existen hoy heridos de la última acción del día 5 de julio con las tropas británicas”.
(23) En la lámina 11 de la Iconografía parece existir un distintivo en el collarín cuyo detalle no es posible advertir. Cfr. “Iconografía de los
uniformes militares. Invasiones Inglesas – 1807”, Notas Documentales por ENRIQUE WILLIAMS ALZAGA, Bs. Aires, Emecé, 1967.
(24) Véanse láminas 11, “A” (“Plan que demuestra los Tercios Voluntarios, así de caballería como de infantería que se han uniformado a costa del
público para defensa del Rey y de la Patria”) y “B” (“Estado de las tropas de infantería voluntarios, así de caballería como de infantería que se han
uniformado a costa del público para defensa del Rey y de la Patria”) y Album de uniformes del Museo Mitre (publicado en Guillermo Palombo,”
Invasiones Inglesas. Uniformes del Ejército organizado para resistir a la invasión inglesa de 1807”, en “El Tradicional”, año 10, nº 67, agosto 2006,
págs. 8-9.
(25) Lámina ”B” de la Iconografía.
(26) Láminas 11 y “B” de la Iconografía.
(27) En todas las láminas de la Iconografía.
(28) Lámina “B” de la Iconografía y álbum del Museo Mitre.
(29) Láminas 11 y “B” de la Iconografía. Parece ser blanca en la lámina “A” .
(30) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Sección Contaduría, diciembre 1807 (Sala XIII, legajo 22-11-7), Documento de Caja Nº 769, parcial nº 14:
“Nota de lo que se necesita para vestir a dos soldados de la Compaña 1ª. del Tercio de Cántabros Montañeses que salieron heridos el 5 de julio de
este año, en el ataque que hicieron los ingleses a esta Capital”, Bs. Aires, 20-VIII-1807, firmado por Santiago Gutiérrez. Mismo legajo parcial nº 15
citado.
(31) Lámina 11 de la Iconografía y álbum del Museo Mitre.
(32) Láminas “A” y “B” de la Iconografía, y en los demás cuerpos militares.
(33) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Sección Contaduría, diciembre 1807 (Sala XIII, legajo 22-11-7), Documento de Caja Nº 769, parciales nº 14 y
nº 15, citados.
(34) Láamina “B” de la Iconografía.
(35) Láminas 11 y “B” de la Iconografía.
(36) Es blanco en la lámina “A” de la Iconografía y en el álbum del Museo Mitre.
(37) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Sección Contaduría, diciembre 1807 (Sala XIII, legajo 22-11-7), Documento de Caja Nº 769, parciales nº 14 y
nº 15, citados.
(38) El detalle se observa bien en la lámina 11 de la Iconografía.
(39) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Sección Contaduría, diciembre 1807 (Sala XIII, legajo 22-11-7), Documento de Caja Nº 769, parcial nº 15
citado.
(40) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Sección Contaduría, diciembre 1807 (Sala XIII, legajo 22-11-7), Documento de Caja Nº 769, parcial nº 15
citado.
(41) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Sección Contaduría, diciembre 1807 (Sala XIII, legajo 22-11-7), Documento de Caja Nº 769, parcial nº 14
citado.
(42) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Sección Contaduría, diciembre 1807 (Sala XIII, legajo 22-11-7), Documento de Caja Nº 769, parciales nº 14 y
nº 15 citados.
(43) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Sección Contaduría, diciembre 1807 (Sala XIII, legajo 22-11-7), Documento de Caja Nº 769, parciales nº 14 y
nº 15 citados.
(44) Lámina 11 de la Iconografía.
(45) En la lámina “B” de la Iconografía se observan 26 botones, 9 en cada solapa y 4 en cada cartera.
(46) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Sección Contaduría, diciembre 1807 (Sala XIII, legajo 22-11-7), Documento de Caja Nº 769, parcial nº 15
citado.
(47) ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Sección Contaduría, diciembre 1807 (Sala XIII, legajo 22-11-7), Documento de Caja Nº 769, parcial nº 15
citado.
(48) El Ejército Argentino ha concedido el uso de uniforme histórico del Tercio de Cántabros Montañeses al Regimiento de Infantería Mecanizado 4
Escuela, con asiento en Monte Caseros. Véase: Ejército Argentino, “FP-70-04-II Público. Uniformes, Tomo II (Vestuario histórico del Ejército y
distinciones honoríficas)” Buenos Aires, 2000, págs. 14-16, Nº 2007.

Fuentes consultadas en esta sección:

- Beverina, Juan. "El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata. Su Organización Militar ".

- Alzaga, Enrique Williams. "Iconografía de los Uniformes militares. Invasiones inglesas-1807."

- Luqui-Lagleyze, Julio Mario."Los Cuerpos Militares en la Historia Argentina".

- Roux, Guillermo . "Uniformes Históricos Militares."

- Núñez, Ricardo . "Noticias Históricas de la República Argentina".

- Roberts, Carlos. "Las Invasiones Inglesas del Río de la Plata".


Uniformes de los Granaderos del Tercio de Montañeses

Capitán

Casaca: Hecha de paño azul con cuello, solapas y puños encarnados (Rojos), barras de faldones blancas.
Son de plata los vivos. En el cuello lleva un bordado de plata de una torre del lado derecho y un león del
izquierdo – alusión a Castilla y León -. En el talle de la espalda, tiene dos botones de 2 cm, y cada faldón posee
un bolsillo horizontal con vivos dorados. El capitán llevará sardinetas en las solapas, 7 en cada una y 3 en las
bocamangas. Charreteras plateadas, una en cada hombro Los botones de las solapas, y de las bocamangas son
iguales a los del coronel. Los faldones son largos, llegando hasta la altura de la rodilla.

Camisa: blanca lisa con cuello alto y de mangas largas.

Corbatín: Habitualmente un simple pañuelo blanco, anudado al cuello.


Chaleco (antiguamente llamado chupa): de paño blanco con bolsillos y pequeños botones dorados de 1,5 cm
(con 6 botones y con cuello abierto, será no reglamentado y con 12 botones y cuello cerrado será
reglamentado) en su delantero, siendo la espalda de lienzo, sin mangas.

Pantalón: paño Blanco.

Calzado: Botas a lo Húsar.

Cubrecabezas: Morrión de pelo con manga, con escarapela encarnada (roja), plumero rojo, cordones,
galápago y borlas plateadas del lado izquierdo. Chapa frontal de bronce con el León de Castilla. En la manga
el escudo de la ciudad de Buenos Ayres, igual que el soldado.
Otros accesorios: Gola metálica al cuello, en caso de servicio con armas. Banda de paño encarnado
con flecos plateados llevada por debajo del tahalí (correaje que lleva el briquet), desde el hombro derecho al
costado izquierdo de la cintura.

Fuentes consultadas en esta sección:

- Beverina, Juan. "El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata. Su Organización Militar ".

- Alzaga, Enrique Williams. "Iconografía de los Uniformes militares. Invasiones inglesas-1807."

- Luqui-Lagleyze, Julio Mario."Los Cuerpos Militares en la Historia Argentina".

- Roux, Guillermo . "Uniformes Históricos Militares."

- Núñez, Ricardo . "Noticias Históricas de la República Argentina".

- Roberts, Carlos. "Las Invasiones Inglesas del Río de la Plata".

Antecedentes de los Cuerpos milicianos en el Virreinato del Río


de la Plata.

El plan de Milicias de 1801

El Tratado de San Ildefonso firmado el 18 de agosto de 1796, por el Reino de España y la República francesa,
tuvo como consecuencia principal: la paz entre ambas naciones y la declaración de guerra de España a Gran
Bretaña el 26 de octubre del mismo año. Estos nuevos acontecimientos dejaron en evidencia la total falta de
preparación de los territorios de ultramar hispanos, expuestos a sufrir cualquier ataque por parte de los ingleses.
Los infructuosos pedidos de tropas y de armamento por parte de los virreyes, y la imposibilidad de la metrópoli
para satisfacer los mismos, hizo que los funcionarios representantes del rey en América buscarán una solución para
la nueva coyuntura que debían enfrentar.

En estas circunstancias, el virrey del Virreinato del Río de la Plata, Mariscal de campo D. Antonio
Olaguer Feliú, resolvió que se realizase el estudio y la preparación del trabajo que no pudo verificar su antecesor.
Su larga permanencia (1783-1797) en el cargo de Inspector General de las tropas (veteranas) y milicias del
Virreinato, le permitía estar familiarizado con todo a lo concerniente a la organización militar.

El 14 de febrero de 1799, envió un oficio al Subinspector General, brigadier marqués de Sobremonte, en


donde expresa “(...) el nuevo plan que había formado de estos Cuerpos (de milicias) para la sola esta Provincia (de
Buenos Ayres), (...). Con tal motivo de la actual guerra (con Gran Bretaña) ha sido preciso tratar de la reunión,
instrucción y aumento de los Cuerpos expresados (...)” .
El nuevo virrey marqués de Avilés, no queriendo dilatar por más tiempo la preparación y elevación del plan
de milicias dio, el 16 de agosto de 1799 al Subinspector la siguiente la orden de redactar el reglamento para el
establecimiento de Milicias.
Con gran actividad, Sobremonte se dedicó a la tarea que le fuera encomendada, y antes de dos meses
después de recibida la orden, elevó al Virrey (con oficio N° 477, del 10 de octubre de 1799) el plan reglamentado
para las milicias no ya solo de Buenos Aires sino de todo el Virreinato. Estudiado el documento el Virrey Avilés lo
aprobó sin modificaciones, elevándolo al ministro de Guerra el 5 de abril de 1800 para que fuese presentado el Rey
a fin de obtener su aprobación.

Esta fue otorgada el 24 de septiembre del mismo año, con el título de “Reglamento para las Milicias disciplinadas
de Infantería y Caballería del Virreynato de Buenos Aires, aprobado por S. M., y mandado observar
inviolablemente” por Real Cédula del 14 de enero de 1801, impreso en Madrid, en un folleto de 66 páginas, que
contenía las normas para la nueva organización disputa para las milicias de todo el virreinato.

Pero para que estos cuerpos milicianos estuviesen preparados para rechazar una agresión exterior, era necesario
contar con una gran cantidad de oficiales, sargentos y cabos – como constaba en el reglamento – indispensables
para su instrucción. Por lo que se volvía al mismo problema de origen que se había querido resolver. España no
estaba en condiciones de enviar efectivos de línea, y tampoco podían los virreyes sacarlos de los cuerpos de
veteranos virreinales, pues esta medida desminuiría o destruiría esas unidades, que eran el núcleo y consistencia
de los cuerpos de milicias llamadas al servicio. Esta deficiencia se vería reflejada en los desastrosos primeros
enfrentamientos que se tendrían contra los invasores británicos.

A partir de la reglamentación de 1801, la organización de las fuerzas fue la siguiente:

1° En la ciudad de Buenos Aires: El “Batallón de Voluntarios de Infantería de Buenos Aires”, con una compañía de
granaderos y ocho de fusileros, con una fuerza total de 634 plazas; la “Compañía de granaderos de Pardos libres”,
con una fuerza de 100 hombres, y la de “Morenos libres”, con 60 hombres; el “Regimiento de Voluntarios de
Caballería de Buenos Aires”, de cuatro escuadrones y 724 plazas en total, que lo formarían los pobladores “de
barrios de la periferia de la ciudad considerados extramuros, y chacras inmediatas”.

2° En la Frontera de Luján: El “Regimiento de Voluntarios de Caballería de la Frontera de Buenos Aires”, de cuatro


escuadrones, con 1200 hombres en conjunto.

3° En la ciudad de Santa Fe: El “Escuadrón de Voluntarios de Caballería de la ciudad de Santa Fe, con 301
hombres

4° En la campaña de Buenos Aires: Distribuida en seis fuertes, cuarenta y cinco compañías sueltas.

5° En Montevideo: El “Batallón de Voluntarios de Infantería de Montevideo”; la “Compañía de Pardos libres, la de


“Morenos libres” y el “Regimiento de Voluntarios de Caballería de Montevideo”; todas estas unidades tendrían la
misma composición y fuerza a las de Buenos Aires.

6° En Maldonado y alrededores: Un regimiento de dos escuadrones, con 362 hombres.

7° En Colonia de Sacramento: Un regimiento de dos escuadrones, con 362 hombres.

8° En el Río Negro, Yí y cordobés: Un escuadrón de 180 hombres

9° En Corrientes: El “Regimiento de Voluntarios de Caballería de Corrientes”, con dos escuadrones y 600 hombres
en total.

10° En Paraguay: El 1° y 2° “Regimiento de Voluntarios de Caballería del Paraguay”, con cuatro escuadrones y
1200 hombres cada uno.

11° En la Provincia de Córdoba: El “Regimiento de Voluntarios de Caballería de Córdoba”, con cuatro escuadrones
y 1200 hombres cada uno.

12° En la ciudad de Mendoza: El “Regimiento de Voluntarios de Caballería de Mendoza”, con dos escuadrones y
600 hombres en total.
13° En la ciudad de San Luis: El “Regimiento de Voluntarios de Caballería de San Luis”, igual al anterior.

14° En la provincia de Salta: El “Regimiento de Voluntarios de Caballería de Salta” con cuatro escuadrones y 1200
hombres cada uno.

15° En la ciudad de S. M. de Tucumán: El “Regimiento de Voluntarios de Caballería de Tucumán”, a dos


escuadrones; 600 hombres en conjunto.

16° En la ciudad de Santiago del Estero: El “Regimiento de Voluntarios de Caballería de Santiago del Estero”, igual
al anterior.

En las provincias interiores del Alto Perú (actual Bolivia), serían formados batallones y regimientos en: La Paz,
Charcas, Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra.

En total las milicias regladas, que contaban con personal veterano para su instrucción y disciplina, ascenderían a
14.141 hombres.

Composición por batallones y compañías de infantería:

El Batallón de Infantería (de Buenos Aires y Montevideo) estaría compuesto por: Una compañía de granaderos y
ocho de fusileros, con un total de 694 hombres. Estaría al mando un Coronel y como segundo jefe un Sargento
Mayor.
Compañía de granaderos: 1 Capitán, 1 Teniente, 1 Subteniente, 2 Sargentos, uno veterano y uno voluntario
(miliciano), 3 Cabos 1ros: 2 veteranos y 1 voluntario, 3 cabos segundos, 1 Tambor veterano y 61 soldados. Un
total de 70 hombres.
Compañía de fusileros: 1 Capitán, 1 Teniente, 1 Subteniente, 3 Sargentos, uno veterano y dos voluntarios
(milicianos), 4 Cabos 1ros: 2 veteranos y 2 voluntarios, 4 cabos segundos, 1 Tambor veterano y 65 soldados. Un
total de 77 hombres.

Bibliografía:

Beverina, Juan. El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata. Su Organización Militar. Biblioteca del Oficial. 2°
Edición, Buenos Aires, 1992.
Kinder, Hermann, Hilgemann, Werner. Atlas Histórico mundial (II). Ediciones ISTMO Madrid, 1996

Por el Profesor C. Fabián Bonvecchiato

El Mosquete de Chispa, una escopeta de feria


Mucho ruido y pocas nueces: en combate, sólo cinco de cada mil disparos daban en el blanco. Matar a
un enemigo "costaba su peso en plomo"

La instrucción militar en orden cerrado está hoy en día obsoleta desde el punto de vista táctico, aunque conserva
su utilidad en la instrucción básica. Sin embargo, las formaciones tácticas cerradas, la cadencia acompasada de la
marcha y los movimientos simultáneos en la carga y disparo fueron indispensables con la generalización de las
armas portátiles de fuego desde el siglo XVI hasta mediados del XIX. El manejo del fusil en época napoleónica
-entre 1789 y 1815- explica bien las razones.

Desde principios del siglo XVIII habían cambiado bien poco los instrumentos básicos de la guerra: hombres y
bestias desplazándose a pie por caminos embarrados o polvorientos, y armados con fusiles y cañones de
avancarga. En particular, los fusiles con que se armaron los ejércitos napoleónicos, con llave de chispa o sílex, eran
muy similares a los de todo el siglo anterior, y muy parecidos en todos los países europeos, aunque su calidad de
fabricación variaba: los fusiles rusos tenían fama de estar mal fabricados, y los españoles eran particularmente
robustos. Por otro lado, Inglaterra cedió o vendió centenares de miles de fusiles (el tipo llamado Brown Bess) y
otros pertrechos militares a países como España, Portugal o Prusia, cuyos ejércitos a menudo combatieron vestidos
y armados por fabricantes británicos.

MANIPULACIÓN COMPLEJA

El fusil de infantería medía unos 150 cm. sin bayoneta, y pesaba unos 4,5 kilos. La secuencia de carga y disparo
era compleja, y requería durante la instrucción de los reclutas la repetición de una serie de movimientos hasta que
pudieran ser realizados instintivamente en medio de la tensión y confusión del combate: he aquí, pues, la primera
necesidad del orden cerrado. El soldado montaba el arma, descubriendo la cazoleta de la llave de chispa; luego
extraía de una cartuchera colgada en bandolera un cartucho (llevaba unos sesenta); éste se componía de una
bolsita cilíndrica de papel que contenía una carga medida de pólvora negra y una bala esférica de plomo de unos
30 gramos de peso y unos 17,5 mm. de calibre (diámetro). A continuación, mordía el papel, ponía horizontal el
fusil y depositaba una pequeña cantidad de la pólvora del propio cartucho en la cazoleta, que se cubría con la
cobija para evitar que se derramara. Muchas cosas podían ir mal en este proceso, sobre todo si el soldado no
estaba bien entrenado. Podía, por ejemplo, derramar la pólvora de la cazoleta, con lo que las chispas del pedernal
no tendrían donde prender; podía, en la confusión del combate, meter dos o más cartuchos, y reventar el cañón;
podía -y esto era frecuente- olvidarse de sacar la baqueta, y dispararla junto con la bala, con lo que el fusil
quedaba inutilizado. Por eso se exigía siempre reintroducir la baqueta en el baquetero a cada disparo, pues si se
clavaba en el suelo un súbito movimiento de la unidad podía hacer que se olvidara.

Llave de chispa o sílex de tipo español ("de miquelete"): (1) se

aprieta el disparador (2) el pie de gato baja,

(3) el pedernal golpea contra el rastrillo, produce la chispa que

prende la pólvora depositada en la cazoleta que (4) comunicada

por el oído con el cañón del fusil inflama, la pólvora del cartucho...

Además de los errores, los fallos mecánicos eran frecuentes: si el tiempo era lluvioso, el pedernal podía no inflamar
la pólvora húmeda; si el sílex no estaba adecuadamente tallado o colocado no saltarían chispas (la robusta llave de
miquelete española permitía que funcionara casi cualquier trozo de sílex); el oído, muy estrecho, podía obstruirse...

Además, la pólvora negra quemaba mal y, con los restos de la combustión y del papel de los cartuchos, el cañón
acababa por obstruirse. En sus memorias, Jean-Roch Coignet, soldado de Napoleón, ofrece una solución de campo
para este último problema: orinar en el interior del cañón, verter pólvora suelta y quemarla.

En estas condiciones, el disparo fallaba una de cada seis veces en condiciones ideales, y una de cada cuatro o peor
en tiempo húmedo o en combates prolongados. En teoría, un soldado bien entrenado podía disparar cinco veces
por minuto, pero en combate lo normal era un ritmo de dos o tres disparos por minuto, o menos, si el fuego se
prolongaba. Además, el retroceso era brutal y podía dislocar el hombro: algunos soldados derramaban algo de la
pólvora del cartucho, lo que disminuía el retroceso, pero acortaba drásticamente el alcance. Por todo ello era tan
importante la primera descarga, cuando los fusiles estaban limpios, bien cargados, y no había humo que limitara o
impidiera ha visibilidad.

UNA ESCOPETA DE FERIA

¿Qué eficacia real tenía este arma? Relativa. Carente de rayado en el ánima, la trayectoria de la bala era imprecisa
y en condiciones de combate era imposible apuntar bien. Aunque el alcance teórico efectivo era de unos 200
metros, a más de 75 el tiro individual suponía desperdiciar munición. A más de 200 metros, el fuego de fusilería
normal era ineficaz incluso en descargas masivas. La única forma de asegurar una cierta eficacia era agrupando
una gran densidad de fusiles en un frente reducido, disparar en descargas lo más cerradas posible ya la menor
distancia que permitieran los nervios de los soldados: 'cuando se vea el blanco de sus ojos'. Esta es la otra razón
para las cerradas formaciones del siglo XVIII y principios del XIX: asegurar una cierta eficacia en el tiro de un arma
inherentemente imprecisa.

En experimentos realizados en condiciones ideales sobre grandes blancos de tela, una unidad descansada y
entrenada podía obtener un 50% de impactos a cien metros, y un 30%, a doscientos metros Pero la realidad del
campo de batalla era bien distinta: salvo en casos muy especiales y recordados -como una primera salva a sólo 20
metros que consiguó un 30% de blancos-, lo normal era que a unos 200 metros sólo de un 3 a un 4% de los
disparos realizados alcanzara a un enemigo, ascendiendo quizá al 5% a 100 metros.

Tomado en conjunto, distintos autores de la época calculaban que sólo de un 0,2% al 0,5% del total de balas
disparadas en una batalla daba en algún blanco, y que para matar un hombre era necesario 'dispararle siete veces
su peso en plomo'. Sólo por esa ineficacia podían tener ciertas garantías de avanzar y sobrevivir las compactas
formaciones tácticas del período. No es de extrañar en estas condiciones que incluso en 1792 el teniente coronel
inglés Lee, del 44 Regimiento, propusiera seriamente la reintroducción del arco largo (ver La Aventura de la
Historia, nº 1, pág. 94) con argumentos sensatos: era más barato que el fusil, no más impreciso, tenía un alcance
eficaz similar, no producía humo, causaba graves heridas en enemigos sin armadura y su cadencia de tiro era de
cuatro a seis veces más rápida.

Sin embargo, el arquero necesitaba más espacio que el fusilero, un viento fuerte inutilizaba las flechas, y sobre
todo costaba años entrenar a un arquero eficiente, mientras que los movimientos para el manejo del fusil podían
enseñarse, mal que bien, en horas o días.

El gran calibre (unas seis veces mayor que el moderno), peso y maleabilidad de las balas de plomo, unidos a la
baja velocidad del proyectil (unos 320 m/s.), hacían que este fusil tuviera un gran poder de detención y que
causara heridas terribles. Además, los bajos niveles higiénicos, la práctica inexistencia de servicios médicos
competentes -barón Larrey aparte y la inexistencia de antibióticos hacían que cualquier herida resultara peligrosa,
por leve que fuera, y que la amputación de miembros sobre la marcha fuera el tratamiento de urgencia usual.

Fuente: Fernando Quesada Sanz para LA AVENTURA DE LA HISTORIA (marzo, nº5)