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LA FALACIA DEL LIBRE MERCADO

Xosé Gabriel Vázquez Fernández

gabriel.vazquez@udc.es

RESUMEN

Lo que se conoce como teoría del libre mercado, así como la corriente ideológica que la sostiene, conocida a
su vez como liberalismo o, en estos tiempos actuales, neoliberalismo, no tiene base natural ni lógica,
tratándose por tanto de un constructo artificial e interesado. No se puede pedir ni mucho menos promocionar
ni propiciar un estatus especial y aislado para la economía, en relación a los demás sistemas que también
componen nuestro mundo o realidad social. Mucho menos todavía pretender que la sociedad, a través de sus
instituciones, no pueda intervenir en la misma. Tanto desde el análisis histórico como sociológico, tal
corriente del libre mercado no se sostiene y es, por tanto, una falacia.
A través del debate histórico entre Keynes y Hayeck se aprecian claramente las diferencias, aciertos y errores
de los postulados de las dos grandes corrientes que han primado en la economía, exceptuando los regímenes
comunistas. A esas diferencias tangibles, a favor de las tesis keynesianas y, concretamente, a la intervención
del Estado, se une el análisis de sistemas o mismo el del comportamiento y evolución naturales de los hechos
y fenómenos sociales.

PALABRAS CLAVE:
Libre mercado, laisser faire, liberalismo, Keynes, Hayek, Estado, intervencionismo.

Pongamos el caso de cualquier sistema (desde el biológico al galáctico) en el que se plantease que una de las
partes o subsistemas fuese por libre, dejándola hacer sin más. Por ejemplo, imaginemos nuestro cuerpo como
un sistema y que algunas personas quisiesen que su aparato digestivo funcionase independientemente. O que
en nuestro sistema solar Saturno fuese por libre, es más, sin que el Sol interviniese o lo regulase. A modo de
símiles, esto es, ni más ni menos, lo que viene a predicar y defender la doctrina económica del libre mercado,
hoy conocida como neoliberal.
Si el sentido común no me falla, no se puede reclamar o defender el laisser faire para un ámbito o dimensión
social (en este caso para la economía) en particular. Eso, cuando menos, resulta a las claras muy interesado.
Pero sobre todo, como pretendo aclarar, es antinatural, antisocial, ilógico, irracional y contrario tanto a
nuestra historia como a nuestra evolución como especie, o mismo a nuestro entorno.
El debate entre el modelo económico de Keynes y el de Hayek se puede decir que ha impregnado el mundo
de la economía -y sus importantes y múltiples ramificaciones- durante los últimos cien años. Sin embargo,
creo que el mismo nace ya viciado en el caso de Hayek, que preferentemente teorizaba, encajase o no la
teoría en la realidad (más bien lo segundo, según vamos a comprobar); al contrario de Keynes, que ya
vaticinó que el tratado de Versalles iba a traer consecuencias negativas, en forma de venganza por parte de la
parte derrotada. Asimismo, al no tener viabilidad la economía de los estados participantes (los vencedores sin
posibilidades de percibir la deuda y Alemania no pudiéndola pagar), la libertad de mercado que conllevó
dicho tratado fue determinante para que el capital se dirigiese a las bolsas (sobre todo a la de Nueva York); lo
que, como ha sido demostrado, provocó la crisis de 1929. Otros hechos cercanos del planteamiento erróneo
del libre mercado son las llamadas burbujas monetaria, inmobiliaria o bancaria de la actual crisis de 2008,
puesto que la influencia de Hayek, a través de su discípulo Milton Friedman, volvía a liderar la economía
que, empuñada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, nos llevó a la actual situación, de abuso y colapso
de gran parte del sistema económico mundial. En cambio, los años de desarrollo y bonanza de la economía
después de las dos grandes guerras, así como del llamado Estado de Bienestar, se inspiraron en Keynes,
demostrando bien a las claras la bondad de la intervención de los agentes sociales, con papeles destacados de
los respectivos Estados, en esta dimensión social como es la economía. Algo que también vino a corroborar
Karl Polanyi al demostrar la vinculación e interrelación histórica -y natural- entre economía y sociedad, algo
que los planteamientos de Hayek y seguidores han pretendido soslayar, haciendo así de la economía algo
ahistórico, antisocial y antinatural, es decir, artificial.
Así que los hechos y la historia, ya por si solos, desacreditan y desmienten los planteamientos basados en el
libre mercado. Pero es que la lógica o la razón tendrían que bastar para ni tan siquiera plantearse otra cosa
distinta en el orden económico que lo acontecido a lo largo de nuestra evolución como especie en todos los
demás órdenes: social, institucional, científico, espiritual, corporal, etc. En todas las dimensiones de nuestra
existencia hemos venido interviniendo para mejorar en la medida de lo posible: qué es sino la sanidad
(pública), la educación (pública), el transporte (público), las tecnologías (públicas), la comunicación
(pública), el conocimiento (público), etc.; pero, en cambio y según los postulados del libre mercado, al orden
económico (privado) ni tocarlo, se regula por sí sólo, cuando resulta que es otra de nuestras creaciones. Esto
no tiene ninguna lógica, ni base de ningún tipo.
¿Por qué plantear el no intervencionismo en la economía y no en todos los órdenes o dimensiones de nuestra
existencia? Si no estamos hablando de trato distinto, discriminación, exclusividad o intereses, entonces
aplicar las condiciones que predica dicha doctrina a los demás aspectos de nuestra existencia sería abogar por
algo así como que vivamos sin normas, ordenamiento, instituciones, leyes, principios, moral, etc. Algo que
ya se desacredita por sí mismo.
Dicho de otro modo o utilizando una comparación, plantear el libre mercado es como pretender aplicar
L'Emile de Rousseau a nuestras propias vidas u otros órdenes sociales. Es decir que, para empezar, los
individuos también seríamos mejores en estado libre, sin regulaciones. Sino, ¿cómo se puede plantear que el
mercado se regule solo y no el individuo y, ya que estamos, la justicia, la política, la educación, la
administración pública, etc.? Estará antes el individuo que la economía; es decir, la persona es lo principal,
ya que son personas las que hacen, entre otras cosas, la economía. Y si para ese ente principal que somos
nosotros todos entendemos que nos hayamos dado orden, estructura, objetividad, justicia, instituciones,
regulación, colaboración, etc., pedir laissez faire-laissez passer para esta parte de la actividad humana que
llamamos economía es totalmente parcial o interesado y, por supuesto, un craso error y una incongruencia en
relación a nuestra existencia.
Siguiendo con la aplicación de la lógica en este caso, ¿cómo es posible decir o mantener que es mejor que
uno de los más importantes actores y/o agentes sociales, como es el Estado, que además es prácticamente el
más significativo económicamente, no intervenga precisamente en la economía? ¿Cómo no va a ser mejor
que la sociedad o el Estado intervengan en el orden económico para hacerlo más adecuado? ¿Cómo se
demuestra que es mejor que el Estado no intervenga en la economía (léase mercado)? Milton Friedman
argumentaba en una entrevista, aludiendo a su experiencia como hijo de inmigrantes, que esa Norteamérica a
la que llegaron y en la que han vivido se reguló sola, con sus dificultades y sus posibilidades, siendo que
entre los inmigrantes se las arreglaban (prácticamente ellos solos, como el libre mercado). ¿Quiere ello decir
que el entorno casi o no interviene? ¿O que, por eso, la regla o norma a seguir es la no intervención por parte
de los poderes públicos y que, por ejemplo, no hubiese sido mejor que esos emigrantes, entre ellos él y su
familia, hubiesen podido contar ya de aquella con asistencia sanitaria adecuada, centros de acogida,
regularizaciones, atención, servicios, traductores, escolarización, etc.? Si esa es la mentalidad o perspectiva
de esta corriente económica, entonces se puede entender que aboguen para que el Estado no intervenga en la
economía, por ejemplo, para corregir desigualdades, impedir en la medida de lo posible los abusos, que
cubra lo que pueda las necesidades sociales, que defienda la justicia, que vele por la integridad de sus
ciudadanos, que active la economía, etc.
Pero también, en este sentido, tanto la realidad como el bien común vuelven a dar la espalda y quitar la razón
a esta corriente del (neo)liberalismo económico. Además del análisis histórico expuesto, la teoría y la
práctica económica demuestran que si el Estado interviene y, por ejemplo, crea puestos de trabajo, con sus
correspondientes salarios y actividad (poder adquisitivo, de gasto, de compra, etc.), eso influye directamente
en las demás partes de la economía, y de la sociedad en su conjunto (puesto que son indisolubles, y no el
aceite y el agua que nos pretenden vender o convencer los postulados del mercado libre). ¿No es lógico,
además de estar demostrado, que si el Estado crea puestos de trabajo (a través de servicios, empresas,
licitaciones, etc.), infraestructuras, dotaciones, recursos, prestaciones, etc., aumenta el nivel de vida de las
personas y la economía va bien y acorde con el conjunto de la sociedad a la que pertenece? Pero además,
¿cómo se puede obviar el papel intervencionista del ente, institución o agente social quizá más importante en
la actualidad?, ¿qué empresa más grande y más importante hay que el Estado, a nivel general? (Los nuevos
actores transnacionales, como Google, Amazon, Facebook, etc., así como la cada vez menor importancia del
territorio, las fronteras o los gobiernos en una economía cada vez más globalizada, siendo éste otro análisis
complementario necesario, no quitan ni casi restan hasta ahora el ingente papel de los presupuestos estatales
y, por tanto, de la importancia de los mismos en la economía y la sociedad, como para no tenerlos en cuenta
a la hora de intervenir -por activa y por pasiva- en la economía o el mercado).
¿Por qué entonces hay etapas en las que se cuestiona y se pretende desactivar el papel del Estado -u otros
agentes sociales- en el mundo de la economía; algo que debería ser natural y, sin embargo, se insiste en
imponer la doctrina del libre mercado? La explicación para ello -visto lo ya ocurrido y demostrado por la
historia, además de por la lógica, la razón o el sentido común- es la del error y la incongruencia mantenidos
en contra de todo y de todos los que queremos un mundo mejor (de ahí también su relación fratricida con el
medio ambiente o entorno, otro tema que también merece su tratamiento desde el punto de vista aquí
descrito).
Cuánto mejor les iría (y, de paso, nos iría a todos) a los que mantienen esos planteamientos no
intervencionistas si, en lugar de pretender aislar(se) una cosa de la otra, tendiesen (más) puentes y apostasen
por las interrelaciones adecuadas con las otras partes y sistemas de la sociedad, incluida por supuesto una de
las formas que nos hemos dado para la vida en común, como es hasta la fecha el denominado Estado, o
léanse los llamados gobiernos, ya sean nacionales o supranacionales, cuando son los legítimos representantes
del pueblo.
No hay argumento, disculpa ni por donde coger que se sigan planteando semejantes disparates (sociales,
económicos y en general). Solo ha valido para que unos pocos se aprovechasen mientras se pretendía poner
una venda en los ojos al conjunto de la humanidad. Frente a ello se suelen defender (o atacar más bien)
invocando al mal ejemplo del comunismo -o mismo al igualitarismo-, como la personificación de la bestia
negra que supone el intervencionismo económico, logrando con ello asustar a las clases populares para que
se alejen de tales planteamientos y les dejen hacer a ellos (el verdadero laissez faire, como así se ha visto en
la nefasta y malintencionada desregularición llevada a cabo en Norteamérica y otras partes por los
Greenspan, Bernanke o el mismo Friedman o, a nivel político, Ramsfeld, Cameron o los ya aludidos Reagan
y Thatcher, incluyendo también a instituciones como el FMI o el Banco Mundial, junto a lobbies como el de
la sanidad, seguros, banca, etc.). Ya no estamos ni se trata de un debate comunismo vs. capitalismo, algo a lo
que se aferran (como ya apuntó el propio Hayek al abandonar los postulados del socialismo convencido por
su jefe Ludwig von Mises). Estamos hablando del adecuado equilibrio entre las diferentes partes, actores y
elementos que conforman en este caso a la economía o sistema económico, sin excluir a nadie (menos aún a
uno de los más importantes como el Estado). Mientras que éste -el Estado- sea una de las formas de
organización o convivencia con la que nos dotamos institucionalmente los humanos y, sobre todo, tenga el
peso que supone en cualquier economía, entonces todo planteamiento que pretenda obviarlo está
irremediablemente abocado al fracaso (y, lo que es aún peor, a causar perjuicios que pueden llegar a ser muy
graves, como ya se ha visto en las mencionadas crisis de 1929 y 2008, por no hablar del aumento de la
desigualdad y de los desequilibrios sociales, así como del cambio climático o el deterioro medio ambiental).
El Estado -los Estados- son grandes empresas, empresas sociales además, que sin tener que regirse por las
leyes del coste/beneficio o negocio, sin embargo suponen una gran oportunidad para mejorar la o las
economías -dado su potencial- y con ello también a las sociedades en general. Como para no dejarlos
intervenir: sería como maniatar, no contar o dejar fuera de juego a uno de los principales actores, además uno
de los que debe representarnos colectivamente. Estaríamos locos (o ciegos).
Un apunte final para zanjar de una vez el debate, en este caso, podría venir de la mano de otro de los órdenes
conformantes de nuestra existencia, como es la dimensión del espíritu humano. Desde este otro punto de
vista, además de los ya expuestos de la historia, la lógica o la evolución natural, los planteamientos de Hayek
y su doctrina estiman que la solidaridad y la cooperación, tras su adecuado papel en las tribus, son o suponen
un error; lo que confirma la visión egocéntrica del economista austriaco y de sus seguidores. Esto es, que
nada más y nada menos se atreven a pretender obviar la trayectoria de la dimensión espiritual de nuestra
especie, en concreto, cuestionando el amor al prójimo, la caridad, la igualdad, por no hablar de la no
acumulación de riquezas, etc. Precisamente, esta es otra objeción, no menos importante, de la visión del libre
mercado, que está desconectada de esta (otra) dimensión humana (como del entorno o del medio ambiente).
Y quizás sea este un (otro) problema crítico de la economía y de la humanidad en general, cuando ambos no
se tienen en cuenta, tal y como postula la corriente no intervencionista o ajena. Pero este es otro tema (el
divorcio entre la dimensión espiritual humana y la economía) que, como otros indicados, merece un
tratamiento y una atención específicos.

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