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La raíz nazi del PAN

Rafael Barajas, el Fisgón

Rafael Barajas, el Fisgón Publicado: 09/06/2013 09:36

Durante los sexenios de Vicente Fox y Felipe Calderón, los hombres que fundaron el
Partido Acción Nacional (PAN) en 1939 –Manuel Gómez Morín, Efraín González Luna,
Gustavo Molina Font, Manuel Herrera y Lasso, Aquiles Elorduy, Pedro Zuloaga Irigoiti y
Luis Calderón Vega, entre otros– fueron retratados como hombres de sacrificado
heroísmo que tenían fe en el futuro democrático de México. Para la derecha mexicana,
Gómez Morín, el ideólogo y primer dirigente panista, es una figura ética y sus biógrafos lo
recuerdan como un sabio, un humanista, un defensor de libertades, el heredero espiritual
de José Vasconcelos, un creador de instituciones que luchó incansablemente por los
valores de la democracia, el Estado de Derecho y la justicia social.1

Esta imagen idealizada oculta que los fundadores del PAN tenían fuertes vínculos políticos
e ideológicos con movimientos de ultraderecha nacionales y extranjeros. No podemos
olvidar que en la década de los años treinta del siglo pasado, en especial durante el
cardenismo, la derecha radical mexicana creció de manera significativa y fue muy
beligerante. La Unión Nacional Sinarquista (UNS) llegó a tener más de 500 mil afiliados y la
Falange cerca de 50 mil.2 En este período se conformó un grupo pronazi, armado,
pequeño, violento, anticomunista, antisemita y antichino llamado los Camisas Doradas, el
cual era dirigido por un tal Nicolás Rodríguez. Diversos grupos reaccionarios apoyaron la
rebelión de Saturnino Cedillo de 1938 y la candidatura de Juan Andrew Almazán en las
elecciones presidenciales de 1940. Finalmente, durante la segunda guerra mundial, en
nuestro país circularon varios periódicos afines al Eje Berlín-Roma-Tokio, entre ellos,
Timón, Revista Continental (dirigida por José Vasconcelos, mentor de Gómez Morín),
Omega y El Hombre Libre.

La cercanía de los primeros hombres del PAN con ideas y personajes de la derecha radical
era notoria. De hecho, los servicios de inteligencia estadunidenses de la época sostenían
que había una relación muy estrecha entre la UNS, el PAN, el clero conservador, la Falange
Española y los nazis.3 Sin embargo, esta versión ha sido desdeñada por la derecha con el
argumento de que se trata de una interpretación errada, hecha por un funcionario
extranjero. En México, como en todo el mundo, es muy difícil probar las ligas de cualquier
individuo, grupo o institución con el movimiento internacional que encabezaban Adolfo
Hitler y Benito Mussolini. Los involucrados niegan sistemática y vehementemente
cualquier liga con el fascismo, y los documentos y testimonios directos de este período
escasean (muchos fueron destruidos) o resultan tan delirantes que terminan siendo
cuestionables. Incluso las publicaciones profascistas, que circularon profusamente entre
1938 y 1945, hoy son difíciles de encontrar ya que muchas fueron destruidas al término de
la guerra. Faltan muchas piezas de este rompecabezas histórico, pero cuando alguna
aparece, aporta información muy valiosa.
Hace unas semanas pude consultar una colección casi completa del semanario de opinión
titulado La Reacción (?), un tabloide de doce páginas que circuló entre 1938 y 1942. 4 Esta
revista fue pronazi. Los artículos, las columnas y las caricaturas daban por hecho “la
naturalísima admiración” que provocan los “fulminantes triunfos alemanes” en “toda
persona no cegada por la pasión o influenciada por otros motivos menos confesables”.5
Elogiaban el valor y el liderazgo militar del Führer: “Hitler habla poco, y cuando lo hace es
porque las circunstancias lo obligan a ello. En todo caso, obra militarmente más de lo que
habla. Está en el frente de la lucha y como director de ella…”.6 El semanario era
anticomunista y veía en los avances nazis la promesa de un futuro mejor para el hombre:
“Alemania, con sorpresa general, le declaró la guerra a Rusia y procedió a invadirla.
Seguramente con ello ha señalado nuevos derroteros de progreso a los destinos
humanos.”7 Para justificar las agresiones militares alemanas, los colaboradores de esta
revista hacían suyas las versiones más delirantes de Goebbels: “esta faz de la lucha
iniciada en 39, es un acto de defensa del Tercer Reich contra la democracia y el
comunismo, feudos de la judería internacional”.8

Los colaboradores eran racistas; uno de ellos aprobó la incursión alemana en los Balcanes
con el argumento de que “¡La Grecia actual no es siquiera helénica de raza, sino una
mezcla de eslavonio, albanés, dálmata, turco, veneciano…!”.9 Por supuesto, la revista
justificaba la persecución de los judíos: “Los judíos, con su espíritu de mafia racial se
apoderaron, fácilmente de todos los puestos de dirección [de Alemania]… Es natural,
pues, que el nacional-socialismo les declarase la guerra más enconada.”10 Por supuesto, el
semanario protestó cuando México le dio asilo a 30 mil israelitas que huían del
exterminio.11

A nivel nacional, La Reacción (?) era anticardenista, anticomunista, antilombardista y veía


en los Camisas Doradas la salvación de la patria.12 Denunciaba las “falsedades” de la
prensa “anglófila” monopolizada por las potencias “saxojudías” y se mofaba de quienes
denunciaban la existencia de una Quinta columna fascista o una conjura nazi en México
(conjura documentada recientemente por Juan Alberto Cedillo en su reportaje Los nazis
en México). En 1941, el semanario le exigió una y otra vez al gobierno de Ávila Camacho
que se mantuviera neutral en el conflicto mundial; que no siguiera los pasos de
Washington, que le había declarado la guerra a Alemania.

Explotando los sentimientos antiyanquis del pueblo mexicano, La Reacción (?) hizo una
campaña constante contra el presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosvelt, a
quien acusaba de entrar en guerra contra Alemania “obedeciendo al impulso de la sangre
judía que corre por sus venas y a las influencias de sus consejeros (semitas)”. 13 De hecho,
La Reacción (?) es responsable de la publicación de los tres volúmenes del libro Los judíos
sobre América, del Dr. Atl, la obra cumbre del antisemitismo mexicano.

Por todo lo anterior, se puede afirmar que La Reacción (?) fue una herramienta de
propaganda del Eje en México. Ahora bien, en todo el mundo, el nazismo tuvo aliados
estratégicos que esperaban el triunfo del Tercer Reich para tomar el poder en sus
respectivos países. La llamada Quinta columna estaba organizada a varios niveles; entre
otras cosas, solía mantener frentes de propaganda que solían estar ligados a partidos o
grupos políticos concretos. México no fue la excepción a esta estrategia y en las páginas
de La Reacción (?) se puede rastrear fácilmente qué agrupación política estaba detrás de
este proyecto propagandístico.

Para empezar, entre 1941 y 1942 (los años consultados), ese semanario nazi fue dirigido
por el licenciado Aquiles Elorduy, fundador y líder importante del PAN (fue uno de los
primeros diputados federales de ese partido; después, en 1947, fue expulsado por
declarar contra el clero), pero Elorduy no actuaba de motu proprio. En siete de los sesenta
números estudiados, la revista ostentaba, en la contraportada, con grandes letras –a
veces a página entera– un listado de colaboradores que conformaban una suerte de
comité de redacción, de aval editorial. Esta lista permaneció prácticamente inalterada
durante el tiempo que circuló el semanario y los enlistados jamás se deslindaron de la
línea de la revista. Entre los personajes que “daban la cara” por el semanario estaban los
más connotados escritores fascistas mexicanos: Nemesio García Naranjo (ministro de
Educación de Victoriano Huerta y abogado de compañías petroleras estadunidenses), el
Dr. Atl (seudónimo del pintor Gerardo Murillo, prolífico autor de textos antisemitas y
pronazis), Rubén Salazar Mallén (comunista converso al fascismo) y Alfonso Junco
(representante de la derecha regiomontana). Entremezclados con ellos estaban los
nombres del padre fundador del PAN, Manuel Gómez Morín y de otros tres destacados
fundadores de ese partido: Gustavo Molina Font, Manuel Herrera Lasso y Pedro Zuloaga.
De hecho, Elorduy y Zuloaga colaboraban regularmente en el semanario. Elorduy estaba
consciente del autoritarismo hitleriano, pero justificaba así su posición:

…el triunfo de Alemania ha de significar la propagación de hábitos tan benéficos y de


normas tan útiles, ¡cómo no suspirar por el triunfo de una causa que pueda influir en
México para convertir a su pueblo apático, vicioso, holgazán, ignorante y degradado en
pueblo trabajador, técnico, económico, culto, y digno? (...) considero necesario el mal del
nazismo alemán para llegar a ser nación y después ser nación libre…14

Pedro Zuloaga era tan “germanófilo” y pronazi que sus artículos bien podrían haber sido
escritos por el ministerio de propaganda alemán.

Pero esto no es todo. La revista le daba espacio a organizaciones filopanistas, como la


Unión Nacional de Padres de Familia (UNPF)15 y sirvió como tribuna y portavoz del PAN de
manera abierta. El número del 29 de septiembre de 1941 de La Reacción (?) reproduce,
íntegro y en exclusiva, el informe de Gómez Morín en el segundo aniversario de la
fundación del PAN. Este discurso estaba escrito en un lenguaje elíptico y elusivo, pero
encajaba con la línea de la revista: criticaba el agrarismo, la educación socialista, los
“malos líderes obreros” y campesinos; arremetía contra “el crudo y primario materialismo,
el marxismo político de última hora” del cardenismo. Para rematar, exigía la neutralidad
de México en la segunda guerra mundial y, en un momento en que el triunfo nazi parecía
inevitable, concluía con un llamado a reconstruir el mundo a partir de los valores
tradicionales:

La paz que todos ansiamos y que deseamos justa, humana y generosa, habrá de
celebrarse para dar comienzo a la inmensa tarea de reconstrucción (…) Pero en este
torbellino de ahora o en el mundo en ruinas que lo sucederá, sólo pueden salvarnos la fé
en los valores eternos y la esperanza de que los hombres y los pueblos podrán siempre
entenderse con lealtad generosa, al amparo de esos claros valores del espíritu.

Por todo lo anterior, se puede afirmar que La Reacción (?), fundada en 1938, y el PAN,
fundado en 1939, fueron dos órganos de un mismo cuerpo político, y que en el momento
en que Alemania va ganando la guerra, el semanario nazi fue portavoz de Acción Nacional.
De modo que, más que sabios humanistas que tenían fe en el futuro democrático de
México, una buena parte de los políticos y escritores que fundaron el PAN en 1939 –el año
en que dio inicio la segunda guerra mundial– eran simpatizantes del nazismo.16 Cabe
suponer que el nombre de Acción Nacional pareciera estar inspirado en el de dos
importantes partidos fascistas: Action Française (partido de restauración monárquica,
fundado por Charles Maurras en 1898) y el Partido Nacional Socialista de Hitler.

Hasta donde sabemos, la vocación democrática es incompatible con el fascismo. Si los


panistas invocaban la libertad de expresión y la democracia no era para implantarlos, sino
como parte de una estrategia para imponer un orden fundado en la religión y los valores
“superiores” de la tradición. Esta cultura política que apela a los valores de la democracia
como mera estrategia formal para tomar el poder e instaurar un nuevo orden estaba muy
expandida en la década de los años treinta, tanto en la derecha como en la izquierda (sólo
que los comunistas buscaban imponer el comunismo y la derecha un orden
tradicionalista).

Con razón, la derecha le ha reclamado a la izquierda mexicana su pasado estalinista,


autoritario y sectario, pero si bien es cierto que en México estuvieron muy activos grupos
estalinistas impresentables, también lo es que los trotskistas y los anarquistas
denunciaron los horrores de la dictadura de Stalin, que en 1968 el Partido Comunista
Mexicano criticó la represión soviética en Checoslovaquia, que los estalinistas se hicieron
una fuerte autocrítica antes de la caída del muro de Berlín y que la gran mayoría de la
izquierda mexicana hoy defiende la vía democrática y los derechos democráticos.

A lo largo de su historia, Acción Nacional atrajo a ciudadanos que creían en los valores de
la democracia (entre ellos, los miembros del Foro Doctrinario), pero la estrategia de usar
la democracia como mera fachada siguió viva en el PAN mucho después de la derrota
mundial del fascismo. En 1955, en una carta a un correligionario, Gómez Morín escribe:

En México, la autoridad debe instaurarse por el sufragio. Por el sufragio universal. Esa es
nuestra realidad formal. Más tarde veremos o verán nuestros hijos si se da un voto
calificado al jefe de familia, si deben tener representación como tales, los claustros
universitarios, los intereses económicos, las comunidades profesionales, las jerarquías
eclesiásticas…17

Esta utilización pragmática de la democracia sigue viva en la derecha mexicana y explica el


caso de Los Amigos de Fox en el 2000, los fraudes electorales de 2006 y 2012, y las redes
clientelares que el PAN le pelea al PRI en 2013.

Origen es destino. No podemos olvidar que, entre los fundadores del PAN, al lado de
Elorduy y Zuloaga estaba Luis Calderón Vega, el padre de Felipe Calderón. En el PAN
profascista de 1939-1942 –el de La Reacción (?)– parecen estar las raíces de la cultura
política que imperó en el sexenio calderonista: la promesa democrática como medio para
imponer una visión autoritaria, tradicionalista y clerical, el discurso humanista que
encubre la disposición a sacrificar a miles de personas por un fin superior (ya sea acabar
con el comunismo, el populismo o las drogas), el recurso de convertir el odio a un
enemigo en una causa sagrada (llámese Stalin, Cárdenas, Lombardo Toledano o López
Obrador), la idea de que hay grupos humanos inferiores que no tienen derecho alguno (ya
sean judíos, chinos, nacos o delincuentes) y la disposición a someterse a las lógicas de un
imperio (llámese el Tercer Reich o Washington).

La derecha mexicana nunca ha practicado la autocrítica; niega y esconde sus horrores y


errores. Ha hecho lo imposible por enterrar las pruebas de su pasado nazi, pero conserva
su esencia dogmática y autoritaria. Mientras no se haga una revisión profunda y una
autocrítica sincera, no podemos esperar nada mejor de esta derecha que el fanatismo, el
atraso, la hipocresía y la crueldad. Esta autocrítica debería de comenzar por una revisión
de su pasado nazi.

Intelectuales públicos y telectuales / Rafael Barajas, el Fisgón

Desde siempre, en México, la gente del poder ha buscado a intelectuales para que le articulen sus
discursos y por ello los adula, aunque los ve con cierto desprecio.

Rafael Barajas, el Fisgón

Publicado: 23/06/2013 11:10

Cuentan que, en tiempos de Luis Echeverría, un viejo gobernador priísta contrató a un joven
intelectual marxista para que le hiciera los discursos. El escritor, en un acto de provocación,
redactó un discurso radical que hablaba de “lucha de clases” y “explotación”, y concluía con un
llamado a las masas a luchar contra el régimen. El político revisó el discurso antes de leerlo en
público y le hizo al provocador una sola petición: “Ponle más de eso que no se entiende.”

Desde siempre, en México, la gente del poder ha buscado a intelectuales para que le articulen sus
discursos y por ello los adula, aunque los ve con cierto desprecio.

El intelectual público
Sin duda, los intelectuales han tenido un papel muy importante en la vida de México, en especial
cuando asumen la figura del intelectual público. Un intelectual público es el que desempeña un
papel activo ante los problemas de la sociedad; es un ser reflexivo que descifra fenómenos
complejos y puede opinar sobre ellos; es a la vez un pensador independiente, alejado del poder,
un divulgador y un activista en asuntos de interés general. Tiene mucho en común con el
comunicador y con frecuencia su papel se confunde con el del periodista.

Desde los tiempos de fray Servando Teresa de Mier, México ha contado con valiosos intelectuales
de ese tipo. Muchos próceres de la Reforma cumplieron ese papel y, en las últimas décadas, en
este rubro han destacado personalidades notables como Elena Poniatowska, con su denuncia de la
represión al movimiento estudiantil y de la guerra sucia; Carlos Montemayor, con su alegato a
favor de los indígenas; Carlos Monsiváis, en defensa de múltiples causas que van del respeto a la
diversidad sexual a la defensa del voto; Fernando del Paso, con su plegaria contra la intolerancia
del clero, y el poeta Javier Sicilia, que llama a detener la ola de violencia desatada por la
“estrategia de seguridad” del gobierno.

El Telectual

Desde hace años, en México, los dueños de los consorcios masivos de comunicación han
entendido la importancia del intelectual que actúa y tiene voz pública. Así, hemos visto cómo
muchos de los grandes consorcios mediáticos han buscado crear sus propias figuras y para ello
impulsan la carrera de gente que tuvo, en un momento dado, cierto prestigio académico o
intelectual. Lo único que piden estos consorcios es que estos intelectuales entiendan y le den
forma al discurso del poder económico y político. Estos personajes, al igual que los intelectuales
públicos, asumen una postura activa ante los problemas de la sociedad, son activistas en asuntos
de interés público, su papel se confunde con el del periodista y son figuras públicas por su alta
exposición mediática. Sin embargo, no hay que confundirse. Estos informadores no son
intelectuales públicos, sino intelectuales orgánicos del poder con exposición mediática, voceros de
intereses poderosos, locutores de consorcios. Los empresarios los llaman “comunicadores”, pero
como trabajan más para la televisión que para el intelecto, la gente ha dado por llamarles los
telectuales. En la era neoliberal, estos señores han hecho de su habilidad para construir discursos
un negocio muy sólido, y elaboran discursos a la medida del poder en turno.

Algunas perlas de la telectualidad nacional

A diferencia de los intelectuales públicos, los telectuales no son figuras éticas en la medida en la
que defienden intereses y manejan, casi siempre, una agenda oculta; no son entes independientes
(sin la tele o la radio se desvanecen); no cultivan ideas más que en la medida en la que le sirven al
sistema; no buscan hacer avanzar la libertad y el conocimiento humanos, y cuando dicen “hablar
por la sociedad”, en realidad expresan la opinión de los poderes fácticos.

Suelen ser gente brillante y por eso se sienten con la autoridad de defender las tesis más
insostenibles. Por ejemplo, en su ensayo Un futuro para México, Héctor Aguilar Camín y Jorge
Castañeda diagnostican que hoy México padece de “soberanismo defensivo”; poco después, los
cables diplomáticos de la embajada de Estados Unidos filtrados por Wikileaks documentaron que
la actual clase gobernante mexicana tiene la compulsión por ceder voluntariamente la soberanía.
Enrique Krauze no se queda atrás y publica, después de las elecciones de 2010, un texto en El País
de España, en el que afirma que México está al fin entrando en la normalidad democrática:
“elecciones presidenciales y legislativas limpias; un Instituto Federal Electoral confiable […] una
Suprema Corte de Justicia independiente, cuyos fallos han sido respetados de manera universal
[…] libertad de expresión sin cortapisas en medios impresos y electrónicos”, y concluye: “Ahora la
democracia mexicana podrá seguirse consolidando.” No hay peor analista que el que no se quiere
enterar. Si no fuera por los asesinatos de varios candidatos, por la intromisión del narco que llevó
a la prensa a hablar de narcoelecciones (¿Y tú, por qué cártel vas a votar?”), por las amenazas de
atentados en las casillas de votación, por las incontables denuncias de fraude, por el
financiamiento ilegal y abierto de empresarios a ciertos candidatos, por los dictámenes del
Tribunal Electoral que dieron por buenos votos de casillas que no fueron instaladas, por la
intromisión del Ejecutivo en las elecciones internas de un partido ajeno al suyo, por el monopolio
informativo que ejercen Televisa y TV Azteca y por muchas, pero muchas otras lindezas
semejantes, Krauze podría tener razón.

Hace unos días, en el periódico Reforma, Krauze escribió contra “la intolerancia política […]
presente en los correos electrónicos, los blogs, las redes sociales […] en la política editorial de
algunas publicaciones” y articulistas, y ahí alerta que esta intolerancia “se ha convertido en odio”.
En su texto, Krauze afirma: “El odio proviene directamente de la impugnación (injustificada, en mi
opinión) que se hizo al resultado de aquellas elecciones [y de los que rechazan] a la actual política
de seguridad” en su “esencia” y que, al hacer esto, diluyen o relativizan la culpa de los criminales.
Así, para Krauze, lo preocupante de la violencia en el país no es la ola de terror y sangre que asuela
a ciudades como Juárez o Culiacán, sino la intolerancia política de ciertos articulistas (¿para qué
hablar de 35 mil muertos, si podemos ir a esencias como el odio? ¿Quién rechaza la “esencia” –no
los métodos y la estrategia– de la actual política de seguridad? ¿Quién diluye o relativiza la culpa
de los criminales? ¿Qué tan infiltrados están los criminales en el poder?)

Si no hubiera tantas pruebas del fraude de 2006 (que van desde llamadas telefónicas de la Gordillo
a gobernadores para negociar el voto, hasta actas adulteradas); si no estuviera tan documentada
la alianza que urdieron el PRI y el PAN a espaldas de los electores; si Fox no hubiera declarado que
“cargó los dados” –desde la Presidencia– contra López Obrador, tal vez se podría opinar –como
Krauze– que la impugnación de esas elecciones es injustificada. Pero lo que es incuestionable es
que el entonces ocupante de Los Pinos se negó a hacer un recuento de votos a pesar de que nunca
pudo demostrar que ganó limpiamente esas elecciones.

Cuando Krauze plantea que el odio proviene “del rechazo a la actual política de seguridad”, está
acusando de irracionales y violentos a los que cuestionan la estrategia del gobierno. Si la violencia
del gobierno no hubiera desatado la de la delincuencia; si no hubiera miles de denuncias contra el
Ejército por violaciones a los derechos humanos; si la ONU no hubiera pedido sacar al Ejército de
las calles; si no hubieran sido asesinados tantos defensores de derechos humanos; si no
hubiéramos tenido tantos “daños colaterales” que lamentar; si los ciudadanos que denuncian a los
delincuentes no fueran entregados a ellos por quienes juraron preservar su anonimato; si el plan
de seguridad combatiera el lavado de dinero; si las policías, el gobierno y la clase política no
estuvieran infiltradas por el crimen organizado; si tantos analistas no hubieran advertido desde un
principio de los riesgos de militarizar al país; si esa militarización no fuera anticonstitucional; si no
hubiera decenas de denuncias (entre ellas las del relator de la ONU) de que se combate a todos los
cárteles menos a uno; si el propio Calderón no hubiera reconocido que equivocó la estrategia pero
no la cambió; si esa política no tuviera relación alguna con las decenas de miles de muertos, los
miles de “levantones” y otros tantos miles de desaparecidos, entonces la acusación de Krauze
podría tener algún sustento.

Pero eso no parece importarle a Krauze, pues su discurso es el del poder y el poderoso no tiene
por qué argumentar. Las críticas contra la intolerancia política de la izquierda radical son viejas,
han sido también bandera de un sector de la izquierda y, en gran medida, las compartimos. Sin
embargo, usar hoy ese discurso contra los críticos del plan de seguridad se traduce en una
acusación maniquea e infundada: “Quien no está con la política de seguridad de Calderón, está
con el crimen organizado.” Ese sí que es un discurso de intolerancia política, una declaración de
odio que nadie merece y lleva implícitas una amenaza y un chantaje inaceptables. Son dignas de
un intelectual orgánico que opera para el poder.